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La Verdad de Margaret Trudis - Maria - Isabel - Salsench - Olle

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prohíbe la copia total o parcial de la obra, ni su incorporación a un sistema informático o por cualquier medio, sea éste electrónico,
mecánico o por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor. La infracción de los derechos
mencionados puede constituir un delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y Siguientes del Código Penal). Obra registrada con todos los
derechos reservados.
Nota del autor.

Todos los hechos que se relatan en esta obra son ficticios.

La historia empieza en el Capítulo I. Las tres primeras partes: Toda una Vida, Ascenso y Transición las he
creado para optimizar la comprensión del lector y es recomendable leerlas.

Primera edición en Noviembre, 2019

©2019, Maria Isabel Salsench Ollè

[Link]
Contents

Copyright
Toda una Vida
Transición
Transición
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo final
Epílogo
Dedico este libro a todas aquellas personas que necesitaron escapar de la realidad en algún
momento de sus vidas.
La única verdad es la realidad.

(384 AC-322 AC) Aristóteles.

Toda una Vida

El orfanato era frío, gris y triste. Con olor a humedad y crueldad.


Techos altos y estancias amplias resguardaban del frío a un centenar de niñas. Que, paradójicamente,
morían congeladas en las camas tétricas de aquel edificio regentado por monjas.
—Margaret, ¿qué es la familia? —preguntó una niña de diez años a su compañera de litera.
—La familia es un sentimiento —contestó.
—¿Un sentimiento?
—Sí, es un sentimiento de pertenencia...
—¿Sólo eso?
—También es una sensación de bienestar y un apoyo incondicional.
—¿Crees que las monjas son nuestra familia?
—Creo que tú eres mi familia.
Esa niña que respondía con tanta madurez pese a su corta edad, era Margaret Trudis. Según le habían
contado las monjas, la encontraron una noche en la puerta del orfanato. Alguien la había dejado envuelta
en una mantilla y con una placa en la que rezaba su nombre. A lo largo de su vida nadie le había dado
amor ni afecto salvo Elizabeth. Una huérfana que, al igual que ella, había sido abandonada a la merced de
esas mujeres que vestían el hábito.
Aquellas chiquillas tan dispares, una rubia y la otra pelinegra, no podían vivir la una sin la otra, puesto
que estaban muy solas en el mundo. Compartían penas, inquietudes y orfandad. En ocasiones, como niñas
que eran, se olvidaban de sus desgracias y se perdían en juegos imaginarios.
«No te preocupes, Elizabeth —decía Margaret en mitad de la noche, observando las estrellas—, yo sé
que nosotras no formamos parte de este mundo. Nos hemos perdido en mitad de los astros y nuestros
padres nos están buscando». La pequeña Elizabeth asentía, creyendo firmemente las afirmaciones de su
mejor amiga.
«¿De qué mundo somos? —preguntaba la rubia de ojos verdes como las esmeraldas».
«De uno en el que tenemos muchos hermanos y hermanas... De uno en el que somos personas
importantes y nos escuchan».
Lo cierto era que las monjas no las escuchaban demasiado. La mayoría eran ancianas que se limitaban
a cumplir con sus obligaciones de forma severa, estricta e incluso inhumana. Pero había un día, sólo un
día al mes, en el que ese edificio húmedo y oscuro abría las puertas.
Era el día en que los matrimonios incapaces de tener hijos iban en busca de alguna criatura a la que
dar amor y estabilidad. Las pequeñas lucían bonitos lazos en el pelo y sus uniformes menos trillados. Con
el objetivo de ganarse el corazón de alguna pareja dispuesta a ofrecerles algo mejor que un poco de avena
machacada y golpes de vara sobre la espalda.
Margaret y Elizabeth, en cambio, hacían lo imposible para no ser las elegidas. Habían hecho un pacto
en el que juraban no dejarse solas. Cuando un matrimonio se acercaba a ellas, se rascaban la cabeza con
ímpetu como si tuvieran piojos o empezaban a lloriquear en un ataque de histeria aunque eso conllevara
una buena reprimenda por parte de las cuidadoras que no dudaban en usar la fuerza física para
castigarlas.

***

El tiempo pasó volando para las huérfanas. Tan rápido que, cuando quisieron darse cuenta, ya estaban
en la adolescencia. Para ese entonces, tuvieron que separarse forzosamente. Las monjas no cuidaban a
niñas mayores de doce años y ellas ya cumplían los trece, así que las mandaron a centros de menores
distintos. Elizabeth se convenció a sí misma de que debía ser de ese modo por razones administrativas
mientras que Margaret culpó a las monjas por aquel último acto de tiranía.
—Te echaré mucho de menos —dijo Elizabeth.
—Y yo a ti —confesó Margaret, abrazando a la joven de pelo dorado que estaba a punto de subir a un
Alfa Romeo del '89 para ser trasladada.
—Nos cartearemos.
—Sí, lo haremos.
Era una promesa vacía. Ni si quiera ellas mismas conocían la dirección de su próximo destino.
Con la cara empapada y un nudo en la garganta, Margaret se despidió de la única persona a la que
había considerado familia hasta ese instante. Cuando ya no pudo ver al coche que se llevaba a Elizabeth,
dio media vuelta para regresar al hospicio.
—Margaret, tu coche llegará en unos minutos. No es necesario que vuelvas a entrar —le dijo la
hermana Lucía con una mueca de satisfacción mientras cerraba la puerta en sus narices.
—De todas formas, no iba a hacerlo —replicó la joven, que nunca había sido del agrado de las monjas.
—Margarita.
Oyó a sus espaldas. Sólo había una persona que la llamaba con ese nombre, la Reverenda Madre.
—Dígame, Reverenda —contestó educadamente, cogiendo la maleta del suelo para dejarla sobre un
banco de piedra mientras esperaba en el patio exterior.
—Ya es la hora —sonrió, colocando una mano sobre la otra.
—Sí, supongo que sí.
—Cuando te encontramos, fue en este mismo lugar —señaló un rincón al lado de la puerta principal—.
Fue una noche de invierno. Estabas envuelta en una mantilla y llevabas una placa con tu nombre...
Margaret sonrió incómoda. ¿A dónde quería ir a parar?
—Pero llevabas algo más que nunca te dijimos.
La adolescente abrió los ojos, sorprendida.
—Este relicario de oro.
La mano anciana de la monja extendió un medallón y lo colocó entre las manos de Margaret.
—No te dijimos nada porque no nos estaba permitido.
—¿Por qué? ¿Por qué no podíais decirme nada? —preguntó, sosteniendo ese pedacito de memoria
familiar entre los dedos.
—Normas del hospicio. Debéis ser tratadas por igual. Y si tú hubieras llevado esta joya colgando del
cuello... Directrices de la Madre Superiora que falleció hace dos años —resumió, siendo incapaz de dar
más explicaciones.
La joven Trudis guardó silencio y entre la confusión, el miedo y la emoción, observó la joya. Se trataba
de un relicario de oro con cadena del mismo material. El medallón tenía forma circular y en medio había
grabados una estrella y una luna.
Con las manos temblorosas lo abrió. En el lado izquierdo había el retrato de un señor de pelo blanco y
ojos oscuros mientras que en el derecho había el de una mujer con el pelo negro muy parecida a ella.
—¿Son mis padres? —se imaginó en voz alta.
—No lo sabemos, Margarita —negó la Reverenda—. Ya ha llegado tu coche —indicó el vehículo que
acababa de parar delante de ellas.
—Gracias, Reverenda Madre —concluyó, con la mirada cargada de palabras y los ojos bañados en
lágrimas.

***

La adolescencia la cambió. El centro de menores estaba dividido en dos sectores: chicos y chicas.
Ambos lados estaban supervisados por interventores rígidos y severos. Pero los jóvenes se las ingeniaban
para verse a escondidas sin importar el género.
Así fue como Margaret se convirtió en una chica popular. Se escapaba de su habitación, salía con
chicos, se subía la falda del uniforme más de lo debido y se tornó algo superflua. A pesar de lo
preocupados que estaban sus profesores por ella, sabían que era inteligente y responsable.
En el fondo de aquella faceta adolescente, Margaret escondía un gran pozo de frustración y desilusión
con la vida. Siempre llevaba el relicario de sus padres (así había decidido nombrar a las personas que
aparecían en él) encima. No se desprendía de la joya ni si quiera para ir a dormir. Y muchas noches se
acordaba de Elizabeth con gran melancolía, preguntándose si algún día la volvería a ver.
No dejó de observar las estrellas con gran interés y, en ocasiones, seguía sintiéndose extraña en ese
mundo. Como si esos juegos imaginarios de su niñez no quisieran abandonarla nunca.
Pero el tiempo no perdona. Y al final se olvidó de Elizabeth, del relicario y de las estrellas. También
consiguió olvidarse de la popularidad y de los chicos y se concentró en tomar sus primeras decisiones. Las
opciones que le ofrecía el estado eran bastante aceptables teniendo en cuenta su orfandad. Le daban la
posibilidad de seguir formándose o de ocupar el puesto de aprendiz en algún oficio.
A sus dieciséis años, decidió colocarse como aprendiz en una panadería. Siempre le había gustado
ayudar a las monjas en la cocina y la repostería era una de sus mayores aficiones a pesar de que en el
centro no le habían permitido desarrollarla. Por eso, cuando vio entrar a la señora Madison buscando a
una ayudante, no lo dudó. Estudiar nunca había sido de su agrado y consideró que formarse como
panadera era una buena salida.
La señora Greta Madison se convertiría en la tercera persona importante de su vida después de
Elizabeth y la Reverenda Madre. Aquella mujer era un alma solitaria que había perdido a su esposo y a su
hijo en un accidente de coche. Por eso, rápidamente cogió tal afecto a Margaret que la sacó del centro
para hospedarla en su apartamento.
La independencia en el piso de la señora Madison le pareció muy sabrosa a la joven. Por primera vez,
nadie la vigilaba y no tenía que llevar ningún uniforme. Con una de sus mensualidades se compró unos
jeans rectos y una camiseta verde de cuello alto.
—Te sienta bien el color verde, Marga —alabó la señora Madison con su habitual dulzura—. Te conjunta
con los ojos.
—Mis ojos son oscuros...
—No, cariño. Son verdes. Tan sólo tienes que verlos con la luz apropiada...
Margaret buscó sus ojos verdes en el espejo, pero por mucho que lo intentaba sólo veía unos ojos
negros. Por no contradecir a la buena señora, le dio la razón y se colocó su delantal para amasar el pan.
—Tienes que estudiar, Marga —le decía Greta en repetidas ocasiones—. Ahora ya tienes un oficio. Pero
no deberías quedarte estancada aquí, hay un mundo de posibilidades. Tienes que labrarte un futuro. ¿Por
qué no estudias química?
—¿Química? ¿Y qué voy a hacer yo con eso? —inquirió divertida, colocando los cruasanes en el horno.
—Se te dan bien los números y fijarte en las cosas pequeñas. Podrías trabajar en un laboratorio o algo
así...
—No sé yo... —rio, mostrando su bella dentadura blanca—. Además, eso vale mucho dinero Greta.
La señora Madison, en su infinita bondad, apareció un día con una matrícula pagada en la Universidad
de Vermont.
—Ahora ya no tienes excusa —le dijo.
Y no la tuvo. Se esforzó para compaginar los estudios con el trabajo.
—Margaret, ¿por qué no sales nunca? —le preguntó un día su compañera de clase mientras esperaban
al autobús.
—Supongo que he nacido en una época equivocada —contestó en broma—. No me siento cómoda con
esas fiestas llenas de alcohol y de música horrenda.
—Seguro que ligarías un montón, eres guapísima.
Margaret se sonrojó, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja. No estaba acostumbrada a que
la gente le dijera que era hermosa. Y ni ella misma lo creía, pese a que era toda una belleza de pelo
oscuro y ojos... ¿Verdes? ¿Negros?
—¿Ligar?
—Vamos, me dirás que nunca has estado con un hombre... Ya tienes veintiún años.
La chica recordó los encuentros con los chicos del centro de menores. No los encontró tan interesantes
salvo por un par de besos robados y algún que otro tocamiento indebido.
—No me gustan los chicos de hoy en día.
—¡Hablas como si fueras de otro siglo! ¡Mira ese de ahí! ¿No te gusta? —Señaló a un chico de media
estatura con el pelo un poco largo y los ojos caramelo.
—¡Calla, Mía! ¡Te va a escuchar! ¡Qué vergüenza!

***

Greta Madison, la leal y afable panadera, falleció en el frío mes de noviembre del año 2002. Tras sufrir
un ictus cerebral, la encontró una clienta que solía ir a comprar el pan a primera hora de la mañana.
Hacía años que Margaret vivía en un bonito apartamento en Nueva York y ejercía su profesión con
bastante más éxito del que hubiera esperado. Después de meses sin ver a la anciana, volvió a Vermont
alertada por los vecinos de la ciudad. De nuevo, esa sensación de vacío se instaló en su corazón al verse
frente al ataúd de Greta, que tanto le había dado sin pedir nada a cambio. Y se lamentaba profundamente
por no haberla visitado más a menudo. Margaret siempre estaba ocupada con el trabajo.
—Lo siento mucho —oyó que le decían los clientes de la panadería que habían acudido al entierro,
movidos por la vieja amistad que los unía a la fallecida panadera.
Para nadie era un secreto que Margaret era como la hija que Greta jamás había tenido. Y a ella iban
dirigidas las condolencias y los abrazos. Sin embargo, por mucho que intentaban transmitirle apoyo y
alivio, nadie conseguía sosegar la inminente depresión que estaba por afectar a la huérfana.
La exitosa química de Nueva York cayó en un profundo abismo que venía amenazándola desde que tuvo
uso de consciencia. Se encargó del papeleo que conllevaba la muerte de la señora Madison y volvió a
Nueva York para encerrarse en su piso.
Dejó de ir al trabajo por lo que pronto la despidieron. Dejó de coger el teléfono a Mia, su inseparable
amiga de la universidad. Dejó de levantarse por las mañanas...
Llegó un día en el que se le acumularon las facturas en el buzón y tuvo que dejar el piso de Nueva York
para rentar un humilde apartamento en las afueras.
Una noche de tormenta en la que estaba tumbada en la cama reparó en el brillo del ordenador que
había comprado meses antes de que Greta falleciera y se le ocurrió la estúpida idea de empezar a escribir.
Se levantó y se sentó con su pijama hecho bolas frente al teclado. Dio rienda suelta a su imaginación, a su
tristeza y a su dolor hasta que tuvo terminado un manuscrito completo.
Dedicó su tiempo a teclear y a escupir lo que había guardado en su alma durante años hasta que
decidió ponerse su mejor vestido y probar suerte en las editoriales. Fue puerta por puerta mostrando su
trabajo. Pero siempre le respondían lo mismo: "no tiene futuro comercial" o "no tiene suficiente
argumento".
Estaba a punto de cumplir los treinta años y no tenía a nadie ni nada. No tenía familia ni amigos que
pudieran considerarse como tal. Había perdido su trabajo hacía tres años por lo que vivía de las ayudas
del estado. Y su única razón para vivir no tenía futuro comercial ni argumento. ¿Por qué estaba en ese
mundo? ¿Qué sentido tenía su vida? ¿Quién se preocupaba por ella?
Agotada por los estragos, perdida en un cosmos cruel y solitario, tomó una de las peores decisiones de
su vida: suicidarse. Tenía el conocimiento y los medios para hacerlo de la forma menos dolorosa posible.
Se encerró en su cuarto y tomó unas dosis especialmente preparadas para inducir una muerte lenta e
indolora.
Sin embargo, cuando tomó la penúltima de las cinco pastillas que debían matarla, aporrearon su
puerta de forma estridente. Obviamente, no tenía intenciones de abrir. Así que cogió su última píldora y se
la dirigió a la boca.
—¡No! ¿Se puede saber que estás haciendo?
Era Mía. Había tirado la puerta del mugroso apartamento y estaba apretándole las manos con fuerza
para evitar que terminara de matarse.
—¡Margaret! ¡Margaret! ¡Oh, Dios mío!
Mía cogió entre sus brazos a su inconsciente amiga y pidió al casero que llamara a una ambulancia. Por
fortuna, la mujer de mediana edad sobrevivió. Pasaron horas hasta que pudieron terminar de lavarle el
estómago y reanimarla, pero al fin consiguieron salvarle la vida.
—¿Por qué has hecho esto? —preguntó Mía—. Te he estado llamando durante meses.
—Hablamos en julio —respondió la bella y débil Margaret en la cama del hospital.
—Desde que murió la señora Madison no has vuelto a ser la misma. Y de eso ya hace cuatro años. ¿No
crees que deberías buscar ayuda de un profesional? ¿Qué hubiera pasado si yo no te hubiera encontrado a
tiempo?
—Mía... ¿Has pensado que quizás no todo el mundo tenga tantas ganas de vivir como tú? Tú tienes
unos padres fabulosos y un hermano que vela por ti. Además de un esposo y un bebé en camino —Señaló
su vientre—. Yo no tengo nada... Y no quiero hacerme la víctima, te prometo que...
—Sé que no quieres hacerte la víctima —Se acercó a ella para colocar una mano sobre su hombro—.
Has sufrido mucho... Lo sé. ¿Pero tan poco me valoras? ¿Qué haría yo sin ti? Eres mi única y mejor amiga.
—Lo siento... —dijo al fin, dolida por el mal rato que había hecho pasar a Mía estando embarazada.
—Hay un señor que lleva buscándote desde hace semanas. Al principio pensé que sería algún amante...
—soltó una risilla.
—No empieces...
—Pero se trata de un abogado inglés —ultimó, poniéndose seria—. Por lo visto no daba contigo y ha
estado buscando entre tus contactos más cercanos.
—¿Un abogado inglés? ¿Será que también tengo deudas allí? —ironizó—. Seguro que está equivocado.
—Me extrañaría después de la insistencia que ha demostrado. ¿Te importa que te visite aquí?
—No, al menos aquí podré hacerme la desvalida si me pide medio millón —se permitió bromear.
—Vamos, Margaret... Quizás sea algo bueno —animó Mía, pasándose sus dedos por la larga melena
roja.
—A estas alturas, ya lo dudo.

***

—Buenos días, señorita Trudis —Entró un señor bajito y bigotudo en la habitación—. ¿Puedo pasar?
Soy míster Thompson, abogado familiar.
El acento británico era palpable y Margaret hizo una seña para indicarle al licenciado que podía entrar.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó, formalmente.
—Estoy bien, gracias —repuso, desconfiada.
—He estado buscándola durante semanas, señorita Trudis.
—¿Puedo saber por qué?
—Ha heredado usted una mansión en Bath.
Margaret se pasó la mano por la frente un par de veces y luego se rascó los ojos para verificar que el
abogado era real.
—¿Disculpe? —inquirió.
—Aquí está el testamento —Le extendió un documento que ella cogió entre vías subcutáneas y leyó
que, efectivamente, era la heredera de una mansión de 3500 metros cuadrados.
—Debe ser un error. Yo no conozco a este hombre... —negó.
—Sea como sea, usted es la única heredera y no hay duda de eso. Quizás se trate de un pariente
lejano...
¿Pariente? ¿Un pariente lejano? De pronto recordó los retratos del relicario que debía estar
abandonado en alguno de los cajones del mugriento apartamento de Nueva York.

✽✽✽

Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando
tratas de ocultarla.

Bretrand Russell (1872-1970).

Transición

—Te devolveré el dinero —repitió Margaret en mitad del concurrido aeropuerto de John Kennedy,
Nueva York.
—Por favor, Margaret, deja de repetir lo mismo. Ya te he dicho que no es necesario que me devuelvas
nada —le quitó importancia su mejor amiga—. Sólo te pido que me llames a diario. Si no fuera por mi
embarazo, iría contigo —expresó, preocupada.
—Lo sé, pero no tienes nada de qué preocuparte. Estaré bien. En cuanto venda la mansión, volveré.
—¿Estás segura de que quieres venderla? La propiedad está ligada a una renta anual bastante
sustanciosa como para mantenerla.
—Pero no sabría qué hacer en Inglaterra. Yo soy americana... Prefiero venderla e invertir el dinero
aquí, donde me pueda servir.
—Está bien, como desees...
«Señores pasajeros, les informamos que el control del vuelo con salida a Londres—Gatwick está a
punto de cerrar sus puertas —oyeron decir por megafonía, acelerando su despedida».
Entre abrazos y alguna lágrima traicionera, Margaret embarcó en el avión junto a una pequeña maleta
en la que llevaba lo indispensable: un jersey verde, unos jeans y el retrato de la vieja señora Madison.
Había dejado el resto de sus pertenencias en un trastero económico.
El vuelo duró unas siete horas sin escala, pero a la viajera le resultó mucho más largo por el cambio de
horario. Mientras que en Estados Unidos eran las seis de la tarde, en Inglaterra eran las once. Sin estar
acostumbrada al desfase horario, se hospedó en un hotel rudimentario para pasar la noche. No se veía
con fuerzas de pedir un taxi, estaba agotada.
—Bonito colgante —alabó la recepcionista del hotel, señalando al relicario de oro astral. (Lo llamaba
así por los grabados lunares y estelares que lucía la joya).
Había decidido desenterrar el relicario del baúl de los recuerdos y ponérselo. Tenía la extraña
sensación de estar cerca de sus orígenes, de su familia. Y en esos momentos, más que nunca, a través de
la herencia. En el testamento figuraba el nombre de un hombre, un tal Alexander Trudis. Por el apellido,
deducía que se trataba de algún familiar. Pero no lo conocía. Y era imposible que se tratara de su padre,
¿no? Se decantaba por la opción de un familiar lejano. Sería demasiado horrible descubrir que su padre la
había abandonado en otro país a sabiendas de su existencia. Además, recursos económicos no le faltaron
a Alexander Trudis como para no poder mantenerla. Sí, era mejor pensar que era algún primo segundo o
cuarto.
La situación resultaba extraña porque en el testamento no se daban más detalles. Ni del año en el que
murió ese señor ni de la fecha en que se firmó el documento. Hubiera pensado que se trataba de una
broma, si no fuera por la insistencia de míster Nathaniel Foster, el abogado. Su gesto era tan serio y sus
palabras tan contundentes, que era imposible contrariarlo.
Al día siguiente cogió un taxi que le saldría bastante caro porque tenía dos horas de camino, pero no
quería arriesgarse a coger un tren o un autobús sin saber si la parada le quedaría cerca de la propiedad.
Desde el asiento trasero del vehículo observó la localidad con expectación y admiración. No había leído
el libro de Orgullo y Prejuicio, pero sí que había visto su película. Bath era una ciudad dotada de una
belleza romántica y única.
Situada en el condado de Somerset, ofrecía una vistas espectaculares de colinas en cadena. Los
edificios, construidos con piedra de Bath, una piedra caliza que se extraía del mismo lugar, estaban
dispuestos de forma ordenada y precisa dibujando semicírculos perfectos. El otoño le daba un encanto
añadido con melancólicos árboles naranjas, amarillos y verdes. Las hojas teñían el suelo como gotas de
pintura en un lienzo mientras los transeúntes andaban sobre ellas con aires de Elizabeth Bennet y Míster
Darcy.
El coche enfiló por un camino y se alejó de la población. Pasaron por delante de algunas mansiones y a
cada una de ellas, a Margaret le daba un salto el corazón. Cuando veía que el taxista pasaba de largo,
recuperaba el aliento. ¿Por qué estaba tan emocionada?
—Ya hemos llegado —pronunció el señor de gorra con visera negra y sonrisa forzada, extendiendo el
recibo.
Margaret pagó sin aire y sin concentración, sólo tenía ojos para esa realidad estratosférica que se le
estaba presentando. Bajó sin mirar atrás, cogiendo la maleta por inercia y con los ojos secos por la falta
de parpadeo. ¿Todo aquello era suyo?
—¿Quiere que la espere, señorita?
—No, gracias —respondió, ensimismada.
Sus ojos no eran capaces de abarcar la inmensidad del lugar.
Decenas de hayas y abetos rodeaban el edificio principal construido con piedra autóctona de color
miel. Un camino de piedrecitas perfilaba el patio delantero creando montañitas de césped decoradas con
toda clase de flores. El viento removía las hojas de los árboles, ofreciéndole una corriente fresca y dulzona
que le resultaba extrañamente conocida.
Dio pasos hacia la puerta principal, situada bajo un porche de dos aguas lo suficiente grande como
para sostener un balcón encima de él. Dicho balcón, coronaba la baranda con estatuas y molduras
exquisitas.
Eran seis, los escalones que debía subir hasta alcanzar la puerta. Y al poner el pie en el último, una
ventisca le sobrevino cargada de palabras: «Margaret, mi pequeña Margaret...Estás más cerca de mí.»
Sacudió la cabeza y miró a su alrededor verificando que no había nadie, no eran más que
imaginaciones suyas. Seguramente estaba demasiado impresionada y le daba la sensación de oír sonidos
inexistentes.
Rebuscó en su bolsillo el juego de llaves que míster Nathaniel le había entregado al firmar los
documentos. Por fortuna, la llave de la cerradura principal estaba indicada con un lazo y no tuvo que
probarlas todas, que no eran pocas. Hizo rodar el rodete y con un nudo en la garganta, se adentró.
La entrada tenía vidrieras lo suficiente grandes como para quedar iluminada sin necesidad de
encender la luz. Un techo muy alto se erguía sobre ella con bonitos detalles de yeso y mármol. A la
derecha, el busto de un ciervo sobresalía colgado de la pared. ¿Sería real? ¡Qué desagradable decorativo!
¿De cuándo databa esa mansión? ¿Quién fue el último residente?
Una enorme ánfora sobre un estante tallado en un rincón, muebles oscuros y un suelo compuesto por
azulejos. Un reloj de pie y a cada lado del reloj: un retrato de tamaño considerable. Pese a la infinidad de
objetos, cuadros y demás ornamentos, su completa atención recayó sobre ambos cuadros.
A la izquierda, estaba un hombre de pelo blanco con ojos negros mientras que a la derecha había una
mujer de pelo oscuro. ¡Eran los mismos que el del relicario! Abrió el colgante y movió los ojos de los
cuadros a los retratos y viceversa hasta constatar que, efectivamente, eran las mismas personas. ¿Quiénes
eran? ¿Eran sus padres? ¿Esa mansión era de su padre, Alexander Trudis?
Sentimientos contrariados, entretejidos como un lienzo de colores dispares, invadieron su alma de
forma agresiva. ¿Sus padres la habían abandonado siendo ricos? ¿Sabían de su existencia y nunca la
buscaron? ¿Cuándo habían muerto? ¿Por qué Nathaniel había tardado tanto en buscarla? Demasiadas
incógnitas.
Tomó asiento en una otomana floreada mientras cogía aire profundamente y contaba hasta diez. No
quería entrar en un estado de ansiedad que no la ayudaría en nada.
La casa no sufría signos de abandono pese a un cúmulo devastador de polvo y algunos muebles
cubiertos con sábanas. El resto se mantenía brillante, lujoso... Como si el esplendor de ese espacio no se
hubiera marchitado.
Decidió emprender, de nuevo, el recorrido que deseaba hacer como Alicia en el País de las Maravillas.
Parecía de película de Hollywood y le parecía mentira que todo aquello llevara su apellido: Trudis. Esas
letras estaban esparcidas en las molduras, los grabados y hasta en los tapizados. Con el taconeo de sus
botas como única banda sonora, se adentró a través del vestíbulo infinito. Había conjuntos de mesas y
sillas estratégicamente situados bajo las escaleras y en los ángulos, como si tiempo atrás, aquello hubiera
estado repleto de invitados y gente importante.
Había tantas puertas que no sabía por cual decantarse hasta que decidió abrir la más grande y mejor
decorada. Tras ella, encontró el comedor en el que debieron servir a una cincuentena de comensales. La
mesa medía alrededor de 8 metros y los asientos lucían un tapizado rojo empolvado. ¡Qué lástima! Del
techo colgaba una lámpara que no cabría en un apartamento de Nueva York y las ventanas tenían cortinas
pesadas y tupidas del mismo color que el tapiz de las sillas. Otra vez, las molduras formaban flores y
figuras en las paredes y los marcos de las puertas. En esa ocasión, una alfombra rojiza cubría el espacio
que ocupan la mesa y las sillas. Así como dos espejos daban sensación de mayor amplitud, si es que eso
era posible.
A la derecha del comedor, una puerta daba al salón del té para las mujeres. Y a la izquierda, había otra
que daba a una sala masculina en la que fumaban y bebían los hombres del s. XIX después de la comida.
Margaret no era una experta en historia y mucho menos en las costumbres victorianas, pero sabía algunas
cosas de las "country house" de la campiña inglesa debido a que había estado documentándose desde el
momento en que heredó la mansión. Necesitaba conocer en profundidad el valor histórico y económico de
la herencia si quería venderla debidamente.
La sala de las señoras era de infinito gusto y dedicación con tonos rosados y espejos ornamentados por
motivos florales y pajaritos. Mientras que la sala de los señores, adquiría un tono más sobrio con cortinas
verdes y sillones a juego. Retratos y más retratos llenaban los espacios, pero no conseguía reconocer a
ninguna de aquellas personas.
Reparó en que cada estancia tenía una chimenea acompañada de sus respectivos complementos. Y
volvió al vestíbulo para pasar a otras estancias. Descubrió habitaciones completas con camas, doseles,
escritorios, alfombras y papel floreado en las paredes. Aquello era laberíntico, casi indescriptible.
Muebles con los que se podría comprar un coche, cuadros más grandes que algunas cocinas, juegos de té,
bancos, divanes, otomanas, cubrecamas, colchas, lámparas, etc.
¡Un despacho! Sin saber cómo ni por qué camino, llegó a un estudio con mesa de trabajo y librería
incluida. Había documentos sobre él y con la sensación incómoda de sentirse una intrusa, los leyó. Eran
cuentas y presupuestos. Suponía que de la casa, que no debía ser barata de mantener. Pero la propiedad
tenía tierras y una renta sustanciosa que la sustentaba.
Abrió uno de los cajones del escritorio, pero no encontró nada más que diarios de contabilidad y
resúmenes presupuestarios. Había otro cajón, pero estaba cerrado con llave. Intentó abrirlo con alguna de
las que traía consigo, pero ninguna le iba bien. No era el momento de forzar nada, por lo que continuó su
investigación general.
Al lado del despacho, encontró la biblioteca. Una típica country house victoriana no podía considerarse
tal, sin una de ellas. La biblioteca se extendía dos pisos hacia arriba por lo que había dos escaleras
larguísimas con las que llegar al libro deseado. ¡Un sueño para cualquier lector y escritor!
Más recámaras con armarios empotrados, ventanas de guillotina, tocadores... ¿Eran habitaciones para
los invitados? ¿O para huéspedes? Porque no eran muy personales. Suponía que las habitaciones de los
dueños estaban en la segunda planta. No obstante, no quería precipitarse y no pasó por alto los aseos.
Que incluían un lavabo de porcelana para lavarse las manos y la cara, un espejito y cajitas en las que
debían guardar los algodones o los polvos de maquillaje.
Perdida y divagando por los pasillos encontró unas escaleras que iban hacia el piso de abajo. ¿Un piso
de abajo? Ella pensaba que estaba en él. Pero no. Sin saberlo, halló la cocina. Y junto a la cocina, las
habitaciones de los sirvientes. Mucho más sencillas, pero que cualquier mortal del s. XXI envidiaría. O, al
menos, uno que fuera amante del estilo victoriano. Volvió al piso de arriba por otro extremo, pasando por
una sala con un piano.
El piano la absorbió. Llamó su atención como un embrujo y se sentó frente a él como si supiera tocarlo,
cuando en realidad jamás había visto a uno de tan cerca. Colocó las manos sobre él y...
Una melodía con sentido inundó aquellas paredes abandonados durante años. No tenía poder sobre sus
manos, simplemente ellas bailaban de una tecla a otra como si las notas nacieran de lo más recóndito de
su alma. ¿Cómo sabía ella aquello? Se asustó y se levantó de un salto, llevándose las manos sobre el
pecho.
¡No, no! ¿Cómo podía ser? ¿Estaba enloqueciendo?
El móvil, un Nokia 6288, la sacó de sus pensamientos turbadores. Era Mía.
—Mía —contestó, ahogada.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué tienes esa voz? —se asustó su amiga pelirroja.
—¡He tocado un piano! ¡He tocado una canción! O parte de ella, pero yo no sé...
—A ver, cálmate, por favor. ¿Ya estás en la mansión?
—Sí, estoy en ella —se serenó.
—¡Qué emoción! ¿Y cómo es?
—Es enorme, repleta de cosas y más cosas... Me da la sensación de que en cualquier momento me
perderé.
—Si te pierdes, busca una salida. Siempre la hay —aconsejó la pelirroja desde el otro lado de línea.
—Tienes razón. En realidad es muy bonita, un cuento de hadas... Tan sólo me he asustado con el piano.
Me he sentado y he tocado algo con sentido y yo no sé...
—¿Algo con sentido? —rio Mía—. ¡Por favor, Margaret! Seguro que a unas incultas musicales como
nosotras, hasta el chirrido de una puerta nos parece una composición de Mozart. No le des más
importancia y disfruta. ¿Te quedarás a dormir ahí?
—¿Sola? ¡No estoy tan loca! He cogido el número de móvil del taxista, lo llamaré en cuanto haya dado
un repaso general. Mañana mismo iré a buscar una inmobiliaria.
—Ten cuidado, llámame a la noche.
—Sí, lo haré. Hasta luego.
—Hasta luego, Margaret.
Con los ánimos recuperados, se posicionó al pie de las escaleras de mármol. Era el momento de
penetrar en las vísceras de aquella casa que lucía retratos de personas desconocidas y, ¿padres ausentes?
¿Quería encontrar respuestas? ¿O sólo quería saber cuánto dinero podía sacar de todo aquello?
Fuese como fuese, con la mano en el pasador emprendió el ascenso. En mente tenía las caras de esos
dos señores que había guardado en el relicario astral. ¿Alexander Trudis? ¿Y la señora? ¿Cómo se
llamaría? ¿Era su madre? ¿Sería aquella mujer que la privó de un abrazo maternal o de un beso antes de
ir a dormir? Nunca había odiado a sus progenitores, se los había imaginado de todos los tipos y los había
justificado de cien mil maneras. Pero empezaba a sentir un resquemor... Un resquemor que a sus treinta
años no debería sentir. ¿Era tiempo de abrir heridas que habían cicatrizado hacía muchos años?
Un pasillo con moqueta se presentó frente a ella. A un lado, a su derecha, una mesita redonda con dos
sillas y un candelabro. Lo cogió pero no funcionaba, o no sabía hacerlo funcionar por lo que usó la linterna
del móvil. No le hacía mucha falta porque entraba bastante luz por los grandes ventanales, pero se sentía
más reconfortada con aquel apoyo lumínico.
Dio un paso al frente, pero una corriente pesada la empujó sin escrúpulos a través del corredor, no
tenía control de su cuerpo y no tenía valor ni de gritar del miedo que estaba sufriendo. Al fin, esa fuerza
invisible la dejó en paz frente a una puerta de rosa marfil. Buscó el número de Mía en el móvil pero los
contactos estaban borrados. ¿Qué estaba sucediendo? ¡Dios mío! La piel de gallina y los ojos a punto de
saltar de sus órbitas. ¡Debía huir de ahí!
Hizo el intento de dar un paso atrás, pero esa misma fuerza la retuvo. Era una corriente cálida que no
parecía amenazadora pero que asustaba por ser desconocida.
—¿Qué quieres de mí? —lloriqueó, negada a adentrarse a esa habitación en la que estaba siendo
empujada.
«Que descubras la verdad.»
Respondió una voz tan ligera como un soplido sin sexo ni edad.
—¡Déjame en paz! ¡Déjame marchar!
«No, Margaret. No... Debes afrontar la verdad.»
—No me hagas daño, por favor —suplicó, encogiéndose.
«La verdad es dolorosa. Yo no te haré daño, sino ella.»
La puerta que tenía frente a sus narices se abrió de un golpe seco, chocando contra la pared. No quería
mirar ahí dentro, no podía hacerlo. ¿Por qué? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué estaba empujándola? ¿Quién
había abierto la puerta? ¿Era real? ¿Era locura? ¿Era un fantasma? ¿Creía en los fantasmas? ¿Creía en
Dios?
Pasaron unos segundos sin que esa fuerza se pronunciara. Levantó la cabeza lentamente, destensando
el agarrotamiento de sus músculos y miró el interior de la habitación. Entonces lo vio: una bebé pintada.
Tenía el pelo oscuro y los ojos verdes. Lo peor no era ese cuadro que podía representar a cualquier niña,
sino los que había a lo largo de ese salón infantil en el que una diminuta cama rosada reposaba a un lado.
Cruzó la cuna, el balancín y el caballito de madera para llegar, con paso lento pero firme, a la imagen
de una niña de diez años. Con las manos temblorosas y los ojos brillantes, rozó ese cuadro en el que
aparecía ella. ¡Sin ninguna duda era ella!

✽✽✽

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.

Antonio Machado (1875-1939).

Transición

Con las yemas de los dedos repasó su rostro pintado en aquel cuadro victoriano. Sin lugar a duda, era
ella. ¿Cómo era posible? Repasó los otros retratos en los que también aparecía. Figuraba en ellos con una
sonrisa que nunca la caracterizó y una mirada verde que nunca había encontrado en sus ojos oscuros.
Negó con la cabeza repetidas veces llevándose las manos sobre la boca, en un intento desesperado de
contener la vorágine serpenteante que intentaba asfixiarla.
—No es real —se dijo a sí misma—. ¡No puede ser real! —vociferó desde lo más profundo de las
vísceras.
«Es real, aunque no creas en ello.»
Y tras esa respuesta del viento, las puertas de las otras estancias se abrieron dando fuertes golpes que
hicieron vibrar los tímpanos, el corazón y el alma de Margaret. La química neoyorquina que no tenía
complejo de heroína ni de mártir volvió a buscar el número de Mía en el móvil, pero seguía sin aparecer.
¡Estaba borrado! ¡Todos los contactos lo estaban! Intentó llamar al número de emergencia, pero no había
línea. Cogió impulso para salir corriendo, pero de nuevo, esa fuerza invisible se lo impidió. No sólo eso,
sino que la arrastró hasta una habitación de matrimonio. En ella, había más imágenes.
Los señores del relicario estaban por todas partes. Y el nombre de Alexander Trudis también.
Alexander Trudis.
El hombre que le había legado ese patrimonio, el hombre de su relicario. Las ideas y los pensamientos
se le amontonaban en la mente de forma desordenada.
—¿Eres tú, Alexander? ¿Por qué me has traído aquí? —se atrevió a preguntar al aire; pero no hubo
respuesta, dándole a entender que esa corriente habladora era caprichosa.
Abrió cajones y estuches repletos de joyas que debieron ser de la señora y encontró una placa de oro
en la que había su nombre: Margaret Trudis.
—¿Sois mis padres? ¿Qué queréis de mí?
Nada. Silencio. Tiró el móvil a un lado y se empoderó, se atrevió a abrir el tocador principal, hecho de
madera de sándalo. Halló polvos para la cara, perlas, broches y otra placa. La cogió con presteza, como si
no tuviera tiempo.
Greta Trudis, 1793.
¿Greta? Se le escurrió la medalla entre las manos, repicando contra el suelo alfombrado. Corrió cerca
de los retratos, achinando los ojos para ver mejor a la señora de pelo oscuro.
¡Señora Madison!
Emprendió una carrera permitida por la fuerza invisible para ir en busca de la maleta que había dejado
en el recibidor. Sacó la foto de la señora Greta Madison, la panadera, y subió de nuevo a la segunda planta
olvidándose de sus miedos y poseída por el descubrimiento. Colocó la foto de la señora Madison junto al
rostro de la señora Trudis. ¡Eran clavadas! No se había dado cuenta antes porque la panadera tenía el
pelo rubio y vestía ropas modernas.
—¿Madre? ¿Estuviste siempre a mi lado?
Silencio. Dejó la foto de la señora Madison sobre el tocador y anduvo por su propio pie alejándose de la
habitación de... ¿sus padres?
La risa estridente de una joven salió de una estancia a escasos metros. La risa era fuerte, melódica y
sin malicia. Se acercó a ella, descubriendo que estaba vacía. Que no había nadie. ¿De dónde había salido
esa risa?
—Este lugar... es... como si reviviera un sueño. —Tocó las molduras de oro que ornamentaban a un
espejo, trasteó unas bandejas de plata repletas de complementos para el pelo y el cuello y luego abrió el
armario hallando una decena de vestidos victorianos para mujer adulta. Ensimismada con los objetos que
estaban a su alcance, se sentó al borde de la cama. Jamás, por extraño que pudiera parecer, se había
sentido tan arropada como en esos instantes. Los doseles amarillos caían alrededor del fastuoso lecho y le
daba la sensación de haber dormido muchas noches en él.
¿De quién había sido esa habitación? Buscó respuestas en los cuadros pero tenían el rostro borrado.
Sólo se apreciaba el cuerpo esbelto de una chica.
Un gran pesar cayó sobre sus párpados induciéndola a un sueño profundo casi involuntario.
Dormida con sus jeans y su jersey verde, soñó con una niña que corría a los brazos de su padre para
que éste la levantara haciéndola volar. A esa quimera, le sucedió otra en la que una madre arropaba a la
misma niña entre almohadas y besos de buenas noches. Después, la visión se tornaba oscura y confusa
dando paso a un hombre de pelo y ojos negros frente a ella.
«¿No vas a dar un beso a tu prometido?»
Le preguntó el hombre del sueño, a lo que ella respondió con un beso cargado de sentimientos y
esperanzas que pronto se rompieron por la aparición de una mujer rubia con los ojos verdes como
esmeraldas.
Agonía, dolor, decepción...Una pesadilla que la despertó de forma turbulenta en mitad de la noche.
¡Había anochecido! ¡Debía irse! Era peligroso seguir ahí sola y sin comunicación. Gracias a la luz de la
luna se guio a través de los pasillos y llegó al móvil, constató que los contactos estaban restablecidos.
¿Sería que la fuerza invisible había decidido dejarla en paz? ¿O habrían sido imaginaciones suyas? ¿Podría
haberse imaginado todo aquello? Si así fuera, debía plantearse seriamente el consejo de Mía y consultar a
un especialista,
Llamó al taxista con un nudo en la garganta y para su alivio la informó que en treinta minutos estaría
ahí. Le mandó un mensaje a Mía, eran las 22:00, diciéndole que iba a salir de la mansión en media hora y
que la llamaría en cuanto llegara al hotel. Mía le contestó un "ok" y bajó al vestíbulo a la espera del coche.
No pensaba pisar esa casa en lo que le quedaba de vida si tenía la oportunidad de hacerlo. Al día siguiente
iría en busca de una inmobiliaria y le pediría al agente inmobiliario que se encargara de todo a cambio de
una buena comisión.
No quería profundizar más. ¿La señora Madison era su madre? ¿Se había hecho pasar por otra persona
para estar cerca de ella? ¿La niña del cuadro era ella? Prefería pensar que se trataba de alguna
antepasada de la que ella había heredado sus mismos rasgos.
Una melodía empezó a sonar suave y dulce desde las profundidades del caserón, provocando que
Margaret se levantara de un salto y corriera hacia la puerta principal. Había decidido esperar en el
interior por miedo a lo que el exterior pudiera hacerle, pero no había sido una buena idea. Forzó el pomo,
lo rodó a la derecha y a la izquierda frenéticamente pero no había manera de huir.
«Qué rápido se olvida el ser humano de la verdad. Y que fácil es negar los signos de ella, en cuanto uno
se siente a salvo».
La voz caprichosa había vuelto a la carga entre que la melodía subía el tono acompañada de un coro
que puso la piel de gallina a la mujer de pelo negro. Margaret dejó ir el pomo y se giró lentamente en
dirección al origen de esa música. Era una canción clásica. Pero no sabía identificarla. Inevitablemente,
volvió a sentirse en medio de una situación en la que ya había estado. ¿Un déjà vu?
Si se trataba de uno, jamás había vivido uno tan real e intenso como ese. La corriente la envolvió con
un halo brillante vistiéndola con un ceremonioso traje victoriano de color verde intenso con broche de oro
incluido y una tiara de perlas esplendorosa. Con los botines del s. XIX anduvo a paso lento pero seguro
hasta un salón que no había visto durante su investigación. Era una sala en la que cabrían cien coches
enteros. Se accedía a ella bajando una gran escalinata cubierta por una alfombra roja. Las vidrieras se
alzaban a cada lado de la habitación ornamentadas con doseles enormes, pesados y tupidos en tonos
diversos. El aire, que ya empezaba a resultarle familiar, revivió a las personas pintadas en los retratos con
vestidos de gala y llenó la sala con ellos entre danzas y felicidad. El piano, que no tenía nada que ver con
el que había visto por la mañana, movía sus teclas por sí solo acompañado de unos violines que hacían
vibrar sus cuerdas sin necesidad de manos que los sostuvieran. Unas voces sin dueño entonaban cantos
armoniosos y llenos de emoción. Las decenas de lámparas de lágrimas se encendieron y personajes
ilustres empezar a comparecer anunciados por una trompeta y la voz de un mayordomo con casaca roja y
mallas blancas.
«Anthon Cavendish, el Duque de Devonshire, y su hija Audrey Cavendish.»
Un hombre de avanzada edad e increíble presencia bajó los escalones seguido de una dama bellísima
de ojos azules y pelo negro perfectamente recogido en un moño coronado por zafiros. Observó como
andaban con la espalda recta y el mentón erguido sin parecer suntuosos, pero sí refinados y justos.
Saludaron a los presentes, incluida a ella que hizo una reverencia nacida de lo más fondo de su alma
porque lo más cerca que había estado de hacer una reverencia en su vida había sido en el orfanato frente
a la reverenda Madre.
«Robert Talbot, Marqués de Salisbury.»
Un apuesto y viril hombre de media melena oscura captó la atención de las damas. Su corazón dio un
vuelco inexplicable al verlo, pero la velocidad del mismo alcanzó velocidades peligrosas, cuando Robert se
acercó a ella y la cogió de la mano para hacerla rodar en medio de la pista. Era el mismo caballero que el
de sus sueños y estaba bailando con ella sin dejar de sonreírla ni un instante. Sus pies iban solos,
efectuando pasos perfectos bajo la atenta mirada de los asistentes.
Hubo un momento en el que se olvidó del s. XXI y vivió aquello como si fuera tan real como los vuelos
de Nueva York a Londres. Robert llevaba el pelo peinado hacia atrás y lucía un hermoso chaqué rojo a
juego con unos pantalones planchados en horizontal. Giró y giró al ritmo de la melodía, arrastrando su
abultada falda con crinolina y mirándose en los espejos del salón, constando que sus ojos eran verdes.
En mitad del halo lumínico, resplandeciente, Robert la soltó y otros brazos la cogieron. Eran los de
Alexander Trudis. Lo reconoció por su pelo blanco y su mirada oscura. Bailó con él sintiéndose arropada y
protegida sumida en un éxtasis y paramnesia del reconocimiento abrumadores.
¿Quién la abrazaba con tanto amor?
—¿Papá?
«Recuerda, hija mía. Recuerda.»
Cerró los ojos desenterrando del fondo de su ser recuerdos sobre hechos que nunca había vivido: ella
en una cuna de marfil, ella a lomos de un poni, ella vistiendo lujosas ropas y carísimas joyas junto a su
madre, ella en Escocia junto a Robert...
Cayó en el suelo y abrió los ojos. Sus párpados vacilaban, reacios a despertarse de la mentira en la que
había estado viviendo. Sus pestañas retemblaron en un parpadeo frenético que limpió sus ojos del
embuste y la oscuridad.
Levantó la cabeza lentamente con las manos apoyadas en el suelo y los jeans apretando sus muslos
contra los azulejos. Los seres brillantes habían desaparecido. Y sólo había un gigantesco cuadro en el que
aparecían sus padres y ella con veinte años.
Se incorporó con rapidez, mirando a su alrededor con especial atención. Corrió hacia ese despacho con
el cajón cerrado y lo forzó, tiró de él hasta romperlo.
En el interior, encontró un conjunto de cartas atadas con un cordel.
Abrió una por una, eran cartas entre Robert y Alexander Trudis hablando de ella y de su compromiso.
Cuando más concentrada estaba en sus propios pensamientos, escuchó un fuerte estruendo que la
sobresaltó. Abrió los ojos y miró el umbral de la puerta del despacho. El destello de una luz llegó a ella y
decidió seguirla, llegando a la recámara donde se había quedado dormida. La luz cegadora iluminaba la
habitación por completo y procedía del espejo que había encima del tocador. Ese espejo repleto de
molduras de oro. Instintivamente se llevó la mano derecha al relicario que llevaba colgado, cerrándolo en
un puño.
¿Qué era eso?, se preguntó con la sensación de haber enloquecido definitivamente.
La luz la llamaba, la esperaba.
«Margaret, es hora de despertar. Margaret, cruza la luz. Es hora de que vuelvas entre nosotros.»
Miles de dudas la asaltaron. Se había pasado la vida aceptando las decisiones del destino. ¿Era el
momento de tomar una decisión por sí misma? ¿Era el momento de ser valiente? Hipnotizada por la
vorágine que salía del espejo, se acercó a él hasta poner las manos sobre sus molduras doradas.
Y allí, en esa posición y en esos instantes, fue engullida. Sin pensar. Su cuerpo dejó de existir, sintió
pánico. Flotando en un abismo sin superficie ni tiempo abandonó el s. XXI.
Capítulo I

Un padre no es el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da el amor.
Danis Lord.

Alexander Trudis era uno de los hombres más ricos de Inglaterra de origen escocés. Con una fortuna
amasada a través del esfuerzo y la dedicación, disponía de una decena de mansiones a lo largo del país. Al
cumplir los treinta años se casó con Greta Madison.
Greta, una belleza de pelo oscuro y ojos negros, engendró una niña muy parecida a ella a la que
nombraron Margaret. El matrimonio no tuvo más hijos pero era feliz. Sobre todo, con la compañía de los
Marqueses de Salisbury y su único hijo, Robert Talbot.
Los Marqueses y los Trudis eran las dos familias más notables de la frontera entre Inglaterra y Escocia.
Por eso, decidieron comprometer a sus hijos con el fin de establecer una unión. El matrimonio entre
Robert y Margaret fue concertado por sus padres cuando tan sólo tenían diez y ocho años
respectivamente.
Para Margaret eso supuso toda una vida de preparación y entrega hacia ese joven con el que crecía y
jugaba. De origen plebeyo, su madre la educaba con severidad para que, llegado el momento, cumpliera
con sus obligaciones de Marquesa.
—Robert, ¿me regalarás un anillo cuándo nos casemos? —preguntó una niña de doce años a su
compañero de juegos.
—El anillo más grande que exista, por eso eres mi prometida —respondió el adolescente que amaba
profundamente a esa chica.
Lo que no sabían, para ese entonces, era que existían muchas formas de amar. Y la de Robert no era
pasional ni romántica, sino más bien fraternal. Robert, que a medida que se hacía mayor, tenía más
contacto con el exterior y otro tipo de personas, empezó a descubrir que Margaret no la atraía como lo
atraían otras mujeres. Y no porque la joven no fuera hermosa, sino porque era incapaz de dejarla de ver
como a una hermana.
—Mamá, no sé si seré capaz de cumplir con el compromiso. Quiero a Margaret, pero no me veo como
su esposo —confesó un atormentado muchacho de dieciocho años a su madre.
—Hijo, los tiempos han cambiado y ya no se estilan los compromisos infantiles. Si es tu deseo, hablaré
con Greta y anularemos el compromiso —repuso la Marquesa de Salisbury con tono maternal.
—No quiero hacer daño a Margaret... Ni a los Trudis.
—El daño será inevitable, pero es mejor ahora que dentro de diez años. Margaret está a punto de
cumplir la edad casadera y tiene tiempo para encontrar al verdadero amor.
—Te lo agradezco, madre —concluyó el heredero, abrazándose a su progenitora.
Unos días después, Regina invitó a Greta a tomar el té. Greta no se extrañó porque compartían mucho
tiempo juntas y compareció como lo hubiera hecho cualquier otro día. Sin embargo, no sabía que estaban
a punto de romper con todos sus planes y aquellas esperanzas que se habían afianzado en el fondo de su
alma durante muchos años.
—...Espero que lo entiendas, Greta —suplicó Regina, angustiada frente al rostro descompuesto de su
mejor amiga.
—Oh... Por supuesto, querida. Robert es muy joven y es natural que quiera abrir otro abanico de
posibilidades que Margaret no puede darle.
—Mi hijo ama a Margaret. Pero no la ama como lo debiera hacer un esposo. Sino más bien, como un
hermano.
—Oh. Lo entiendo perfectamente, no te preocupes.
—Aquí tienes el documento que mi esposo y yo hemos firmado anulando la alianza —extendió un sobre
sellado—. También se estipulan las tierras y el dinero que os damos en compensación y cumpliendo con
las cláusulas del acuerdo inicial. En la próxima cena, Alexander y el Marqués podrán hablar del asunto
más detalladamente.
—Sí —dijo Greta, cogiendo el documento entre sus manos y apretándolo con fuerza.
Llegó a su mansión hecha una furia. Era incapaz de controlar la rabia y la impotencia que crecían en su
interior. Durante muchos años, Greta había soñado con que su hija sería la Marquesa de Salisbury, la
había educado para eso. ¿Y ahora qué? ¿Ahora debía arruinar la felicidad de Margaret por los caprichos
de un crío? ¿Debía acceder a los cambios de naturaleza voluble de los nobles? ¡Toda una vida dedicada a
los Marqueses! ¡Y ahora los humillaban! ¡Tenían dinero y poder, pero no un título! ¿Qué noble se casaría
con su hija siendo una plebeya? ¿Si no fuera uno que ya la conociera desde su niñez?
No había más opciones que la de casarse con Robert Talbot. Era la única forma de emparentar a los
Trudis con un título. ¡Y nadie se lo arrebataría! ¡Nadie le arrebataría el título de Marquesa a su hija! ¡Ni el
título de Marqués a su futuro nieto!
Conteniendo el aliento, se acercó a la habitación de Margaret. La espió a través de la ranura de la
puerta, estaba dormida entre los doseles amarillos. ¡Era tan bonita! ¡Mucho más que ella! Había heredado
los ojos verdes de su abuelo paterno y el cabello le caía con gracia hasta la cintura. ¡Era una beldad!
¡Robert aprendería a amarla! ¡Lo haría! Sólo era un imberbe en busca de cosas nuevas. Pero ella le
enseñaría a apreciar lo que tenía.
Escondió el documento que Regina le había dado en el interior de su joyero. E ideó un plan para acabar
con los Marqueses. Robert ya tenía edad para responsabilizarse de un título y, en todo caso, si necesitaba
ayuda... ella y Alexander se la darían.
Conocía la costumbres de sus viejos amigos y sabía que cada mañana salían a dar una vuelta con su
carruaje. Solían hacerlo sin escolta porque se sentían seguros en sus tierras. Sobornó a un zagal para que
espantara los caballos y rompiera las ruedas del vehículo, haciendo que los Marqueses murieran en un
espantoso accidente.
Robert, abatido y hundido, tomó las riendas del Marquesado con la ayuda de Alexander Trudis. El
hombre de negocios se convirtió en un referente para el joven y en un consejero muy útil. Mientras que
Greta ocupó el lugar de una madre fallecida dándole la comprensión y el amor que le faltaba.
—Oh, mi pequeño Robert... Regina era tan buena —dijo Greta, cogiéndolo por el mentón y acariciando
su incipiente barba—. Margaret, pasa y dale las condolencias a tu prometido.
Margaret, de estatura media y con un traje verde, le entregó un reloj de bolsillo a su futuro esposo con
una sonrisa delicada y lo abrazó con fuerza. Lo podía hacer debido a la familiaridad con la que se habían
conocido.
Robert miró a Margaret tan inocente y entregada y decidió que aprendería a amarla. Si su madre,
Regina, no había tenido tiempo de anular el compromiso era porque era su destino.
No obstante, el matrimonio se pospuso por diferentes razones y en diferentes ocasiones hasta que el
Marqués cumplió los treinta años y Margaret los veintiocho. Para ese entonces, Robert se enamoró
perdidamente de una muchacha casadera de pelo rubio y ojos verdes como las esmeraldas: Elizabeth
Cavendish.
Elizabeth entró en sus vidas con inocencia y bondad, pero arruinó el porvenir de Margaret que había
esperado muchos años para ser la esposa de Robert. Frente a las decisiones del corazón, poco podían
hacer los humanos. Y el Marqués, sintiéndolo mucho y con un gran sentimiento de culpabilidad, decidió
casarse con Elizabeth y anular cualquier tipo de compromiso con los Trudis.
Ya no había compromiso.
Alexander lo comprendió, pero no así su esposa. Que, una vez más, vio sus planes truncados. Empezó
una persecución casi criminal de Elizabeth. La intentó matar en diferentes ocasiones, incluso se coló en su
habitación para asesinarla con sus propias manos. Desafortunadamente para Greta, la cogieron a tiempo y
salieron a la luz todas sus fechorías, incluido el asesinato de los Marqueses.
Alexander, un hombre honorable y sensato, envió a su propia esposa a la cárcel y repudió a Margaret
por ser cómplice de ella. Y no sólo por eso, sino por su falta de virginidad. Esas eran las normas de la
sociedad. Si una respetable señorita perdía la virginidad de forma escandalosa y ruin, su familia debía
repudiarla si quería seguir formando parte de la comunidad elitista británica.
Margaret, en un intento desesperado para recuperar a Robert, le había entregado su virginidad
aprovechándose de un momento de embriaguez en la que el Marqués no fue dueño de sus acciones. Pero
no le sirvió de nada y tan sólo se ganó el desprecio de la familia.
En realidad, Margaret no era maliciosa ni tenía una naturaleza vengativa, pero su madre la había
influenciado negativamente desde una temprana edad. Terminó muy arrepentida por todo lo ocurrido,
hasta el punto de alejarse de su padre y de Robert voluntariamente más allá del repudio.
Era el principio del final, ya no quedaba nada por salvar y el corazón de Margaret estaba roto en mil
pedazos.
Todo lo que un día fue amor, se convirtió en dolor. Los recuerdos se amontonaban en su mente y con un
puñado de monedas y lo que llevaba puesto, emprendió un viaje a la capital. La primera opción que
encontró fue la de prostituirse. Pero no pensaba caer tan bajo y se obligó a sí misma a dormir varias
noches en la intemperie, con todos los peligros que eso conllevaba, hasta que una mujer se apiadó de ella
y la hizo entrar en su panadería.
—Vamos, niña... Serás mi ayudante —concluyó la señora tras escuchar el relato de la desdichada.
—Muchas gracias, señora.
Y así empezó a trabajar como panadera días tras día. Sin embargo, una profunda desolación incurable
se había adueñado de su alma y de su ser. Por mucho que intentara acomodarse a la nueva situación, no
era fácil. No era fácil verse en un mundo de precariedad habiendo nacido en una cuna de oro. Aunque las
dificultades económicas eran lo de menos, lo más doloroso era la falta de su primer amor y la de su padre.
También echaba de menos a su madre, pese a lo mal que se había comportado en aquellos últimos años.
Una madre siempre era una madre y Greta había luchado hasta el final por ella, a su modo.
¡Estaba sola! ¡Abandonada! ¿Cuándo la irían a buscar? Intuía a su alrededor a Robert, como si siguiera
amándola. Cerraba los ojos y recordaba sus besos, olvidándose de los enojos. Se abrazaba a sí misma, y
lloraba durante horas en un mugroso apartamento arriba de la panadería. Hasta que llegó un día en el
que ya no pudo levantarse. No podía seguir... No.
Estaba viva, pero era como estar muerta.
Sola y triste, perdió la voz y su corazón se fue arrugando en un rincón del miedo. ¿Dónde estaban
aquellas personas que tanto la habían amado? ¿Por qué la habían abandonado? ¿Qué tenía Elizabeth que
ella no tuviera? Lo amaba tanto... ¿Por qué? ¿Por qué Elizabeth era más bella? ¿Por qué ella acariciaba
mejor?
¡No podía ser feliz! ¡Ni vivir! Si no tenía a Robert, era el fin. No podía estar sin él. ¡Era una tortura!
¿Era verdad que se había casado con Elizabeth? ¡Le parecía una pesadilla! ¡Qué mala suerte! ¿Por qué
jugó con ella?
Sólo le quedaba el relicario de oro en el que aparecían sus padres... No le quedaba nada más de su vida
anterior.
—Margarita... —inició la preocupada panadera a la que todos llamaban Reverenda por su pasado en un
convento de monjas—. ¿Qué te ocurre? Hace dos días que no bajas a ayudarme...
—¡Si no va a ayudar que se vaya! ¡No podemos alimentar a una boca inútil! —gritó el marido de la
Reverenda desde la puerta.
—¡Haz el favor, Martin! ¡Deja a la niña! ¡Que es una niña de bien!
—¿Una niña de bien? ¡Y tú qué sabes! No es más que una sintecho con ínfulas de lady.
Margaret abrió los ojos y se levantó de un salto para salir corriendo de allí.
—¡Margarita! ¡No! ¡No escuches a este zopenco! —gritó la regordeta Reverenda—. ¡No te vayas, por
favor! ¡Ahí fuera no hay sitio para un joven como tú! ¡Es peligroso!
—No quiero molestarla más, Reverenda. Soy incapaz... Soy incapaz. —Mostró su manos magulladas y
su corazón roto.
—Margarita...
Margaret salió corriendo con un chal alrededor de los brazos y los ojos ahogados. ¿Para qué seguir
viviendo? ¿Para qué? Si todo lo que amaba había desaparecido... Robert ya no la quería, pero se aferraba
a ese amor imposible con odiado arraigo.
«Has perdido su cariño, él se ha enamorado de otra mujer», le decía su conciencia.
«Lo quiero y no puedo vivir sin él, no entiendo por qué me ha dejado así», contestaba su corazón.
«Porque tiene un nuevo amor, déjales vivir en paz. Que sean felices.»
La agonía emocional la llevó al puente de Westminster del río Támesis. Era un día de viento que
amenazaba tormenta y había pocos transeúntes. Con su traje negro y su falda ondeante se subió al pretil
(muro del puente) y observó el agua del río enfadarse por los empujones del viento. El agua estaba
inquieta y se levantaba en olas amenazantes.
Su mente estaba bloqueada, no tenía esperanzas. Y un ser humano sin esperanzas puede ser muy
peligroso.
—¡No! ¡Margarita! ¡Detente!
Todos nacemos con la capacidad de quitarnos la vida y hay personas que ven el suicidio como la única
solución. No quieren estar solas, buscan ayuda... pero a veces la humanidad se la niega. Las personas que
amamos la vida, tenemos la responsabilidad de cuidar de ellas.
Esa misma responsabilidad cayó como un balde de agua fría sobre la cabeza de Alexander Trudis una
mañana. Una mañana en la que una señora de las clases más bajas le informó que tenía a su hija, su única
hija, inconsciente en una cama.
Margaret se había precipitado desde un puente y se golpeó con el pilón del mismo en la cabeza.
Pudieron sacarla del agua con la ayuda de los pueblerinos, pero estaba en una cama muy grave y no
tenían dinero para pagar a un médico.
—Voy a ir a buscar a su padre —determinó la Reverenda, con la muchacha casi sin vida en medio de su
apartamento.
—Si la repudió, no creo que quiera hacerse cargo... ¡No eres más que una miserable para él! No te va a
hacer caso.
—Martin, ya has hecho suficiente. No hables más. ¿Acaso has olvidado a nuestro hijo Jimmy? ¿Aquel
que murió en un naufragio? Haz el favor de comportarte como un hombre y no como un animal sin
sentimientos. María —se dirigió a una joven del vecindario—. Cuida de Margarita hasta que vuelva —
resolvió, cogiendo una chaqueta y un par de monedas para el carruaje de alquiler.

***

Alexander se había hundido en una profunda tristeza desde que su mujer y su hija tuvieron que dejarlo.
Había amado con locura a Greta y mucho más a Margaret. Pero ambas se habían comportado
despreciable y vergonzosamente. Para restaurar el honor familiar, no le había quedado otra opción que
repudiar a su niña.
No obstante, una semana después se arrepintió de su decisión y mandó a diferentes lacayos a buscarla
sin éxito. Pareciera que la tierra se la hubiera tragado y desconocía el paradero de Margaret. ¿Dónde
estaba su princesa? ¿La niña de sus ojos? ¡La había empujado a las calles! Y no era más que una víctima
más de la maldad de su madre. ¡Pobre mujer nacida de su sangre!
La niña a la que él cuidó y apreció...
—¡Hay que encontrarla! —bramaba cada noche cuando sus secuaces volvían sin respuestas positivas.
No dormía y su corazón se oprimía a cada instante, imaginándose lo peor. La culpabilidad corroía sus
entrañas cual lombriz parasitaria.
Una mañana después de dos meses con Margaret desaparecida, el mayordomo tocó la puerta de su
despacho.
—Mi señor, hay una mujer en que insiste en tener a la señorita Margaret en su casa.
El señor de pelo y barba blancos se levantó de un salto fijando su mirada oscura sobre la del sirviente
para luego andar hacia el vestíbulo.
—¡Señor Trudis! —nombró la voz suplicante de esa señora con ropas humildes y pelo fielmente
recogido—. Su hija, Margarita, está en mi casa inconsciente...
—¿Cómo? —Cogió el sombrero y un abrigo largo mientras salía de la casa cogiendo a la pandera por el
brazo con desesperación.
—Señor...Es difícil de explicar... —titubeó la Reverenda.
—¡Hable mujer! ¡Es mi hija! —ordenó entre que hacía una seña a los mozos para ensillaran su montura.
—La niña se ha tirado del puente de Westminster —Alexander palideció, llevándose las manos sobre la
cabeza.
—Es mi culpa... ¡Es mi culpa! —se culpó, consumido por el dolor.
—Señor, si me lo permite... No es tiempo de buscar culpables. Margarita está viva y lo necesita —
abogó.
—¿Dónde se encuentra?
La Reverenda le dio la dirección y vio al señor salir a trote hacia la panadería mientras ella subía al
carruaje que Alexander Trudis había tenido la amabilidad de poner a su disposición.

***

Ver a tu hija postrada en una cama sin consciencia, muy probablemente por tu culpa, no era fácil de
digerir para un hombre que había amado sinceramente pese a sus errores como padre.
Margaret estaba sumida en un profundo sueño del que ni los mejores médicos podían despertarla. El
mismo doctor que atendía a la monarquía la había visitado y lo único que había podido idear era un
artefacto de aire para que la afectada no dejara de respirar. También era pinchada con frecuencia para
suministrarle alimento. Era desgarrador.
Cuando las contusiones y las heridas más graves fueron curadas, Alexander trasladó a Margaret a su
mansión, su hogar. La Reverenda venía a visitarla con frecuencia y la recompensó por sus cuidados con
una buena suma de dinero. Pero al caer la noche, sólo quedaban él y ella.
En ese tiempo, Alexander se arrodillaba junto a su pequeña y colocaba las manos sobre su frente.
Acariciaba su rostro, susurrándole palabras de aliento y apoyo.
—Margaret, vuelve con nosotros. Estés donde estés... Vuelve.

✽✽✽

Capítulo II

El instante es la continuidad del tiempo, pues une el tiempo pasado con el tiempo futuro.
Aristóteles. (384 AC-322 AC)

Pasaron los días, incluso los meses. Pero Margaret no despertaba y Alexander Trudis estaba
desesperado. Los médicos no le daban ninguna solución para despertar a su hija. Cada noche se
arrodillaba al lado de su bella niña, pidiéndole que volviera con él, pero no había resultados.
—Mi señor —dijo un día la Reverenda, en una de sus tantas visitas—. Yo... Quería proponer algo... —Se
frotó las manos, nerviosa y temerosa por la posible reacción del honorable señor Trudis ante su
proposición.
—Dígame, Reverenda —concedió el abatido padre, sentado al lado de la cama en la que la bella
durmiente reposaba.
—Verá, mi señor... —empezó—. En el pueblo hay una mujer... Una mujer que quizás sea capaz de hacer
algo por Margarita.
—¿Una enfermera?
—No, mi señor... Se trata de una mujer que ve más allá... —aclaró, con reparos—. Una mujer que es
capaz de hablar con seres invisibles para el ojo humano.
—¿Una bruja? —preguntó el señor, con cierta repugnancia.
—No, mi señor. No es una bruja... Nadie sabe lo que es. Pero...
—No expondré a mi hija a una curandera, Reverenda —la cortó, alzando la mano con una mueca.
—Está bien, mi señor... Como desee —calló la panadera.
Después de seis meses, sin embargo, el frustrado hombre llamó a la panadera para hablar con ella en
privado. Alexander había envejecido diez años en seis meses y las comisuras de sus labios estaban
siempre torcidas hacia abajo, deprimido.
—¿Hay algo que pueda hacer por usted, mi señor?
—Reverenda, usted ha demostrado querer sinceramente a mi hija visitándola a diario a pesar de no
tener ninguna obligación para ello.
—Es una buena chica, mi señor —simplificó la humilde trabajadora ante el rico y poderoso señor
Trudis.
—Cierto... La lástima es que no lo supe ver... Y por mi culpa... —estuvo a punto de sincerarse—. Pero no
hablemos de mí —se detuvo—. Hace un par de meses me propuso algo... Me habló de una mujer...
especial.
—Sí, mi señor.
—Me gustaría que la trajera a casa en su próxima visita.
Los ojos de la panadera se iluminaron, llenos de esperanzas. Deseaba de todo corazón que esa joven
inocente volviera a la vida.
—Por supuesto, señor Trudis. Mañana mismo la traeré si ella accede a venir. No es una mujer común y
es un poco difícil de llevar... Yo no he usado nunca sus servicios, pero es bien conocida entre los
habitantes de la ciudad.
Al día siguiente, la Reverenda compareció en la mansión de los Trudis sola.
—¿Y ella? —demandó Alexander.
—No ha querido venir —respondió, ansiosa—. Me ha dicho que si usted requiere de sus servicios, debe
ir en su busca personalmente.
—¿Eso ha dicho? No sé si empezamos bien... —Pasó las manos por su barba canosa.
—Mi señor... Ella es así. Sólo ella sabe por qué hace lo que hace... Seguro que hay algún motivo para
tal petición.
—Está bien, Reverenda. Iré... Todo sea por mi hija. Se lo debo...

***

Alexander Trudis, uno de los hombres más respetados de Inglaterra por su honorabilidad y sentido
común, se hallaba en medio de una las mugrosas calles de Londres en busca de una clarividente.
La dirección que le había dado la Reverenda era clara y concisa, el número 27 de Dean Street. No
había ningún cartel sobre la puerta, ¿qué esperaba? Seguramente los clarividentes no se anunciaban de
ese modo. Miró a un lado y a otro de la calle, subió las solapas de su chaqueta larga hasta los tobillos y
apretó el sombrero hacia abajo con el fin de que nadie lo reconociera.
Tocó la puerta magullada y envejecida un par de veces. No hubo respuesta. Alzó la vista, intentando
encontrar un resquicio de luz a través de las ventanas superiores. Cogió aire profundamente y volvió a
tocar, pero esa vez más fuerte.
La madera de la puerta vibró de forma extraña y cedió por sí sola. ¿Unas bisagras oxidadas.
—¿Señora? Soy el hombre que viene de parte de la Reverenda.
No hubo respuesta. Colocó un pie sobre los azulejos negros del interior y luego el otro, muy
lentamente. No se sentía cómodo invadiendo una casa ajena y mucho menos sabiendo a quien pertenecía.
Pero una vez más, el amor hacia su hija primaba por encima de cualquier cosa. Había fallado a Margaret y
debía enmendar su error. Necesitaba que Margaret despertara lo antes posible. ¿Si él muriera, qué
ocurriría con ella?
—¿Señora?
Con la incertidumbre y cierto miedo, aunque fuera vergonzoso reconocerlo a su edad, cerró la puerta
tras de sí y dio pasos lentos e inseguros hasta el salón del que salía luz. Lo demás, estaba oscuro. No
había luz en el pasillo ni en ninguna otra estancia.
Tenso y soltando las solapas de su chaqueta que había mantenido en alto todo ese tiempo, llegó al
salón. Vislumbró a una figura de espaldas. Estaba sentada.
—¿Señora? —repitió.
La figura humana vestida con una capa roja que la cubría desde la cabeza hasta los pies no se inmutó.
Alexander, conteniendo el aliento, se acercó más a ella. Afinó el oído para escuchar su respiración o algún
susurro. Pero no había ninguna nota audible en el espacio.
—¿Está bien? —temió encontrarse con una muerta.
Estaba sentada en una gran mesa redonda, el señor Trudis rodeó dicha mesa para situarse delante de
ella. Sin embargo, el miedo y la angustia pasadas, no le sirvieron de nada porque la mujer llevaba la cara
tapada con la capa roja.
—Disculpe... —Tragó saliva sonoramente.
El cuerpo inamovible levantó una mano lentamente y señaló un cartel que colgaba de una pared
rodeada de espejos, al menos no estaba muerta. Alexander leyó: "Debe entrar en esta casa con el nombre
de Dios".
El hombre, que no había sido muy creyente a lo largo de su vida, miró con espanto esas letras y ese
lugar. ¿Dónde se había metido?
—Entro en su casa, señora, con el nombre de Dios —dijo, a media voz, casi titubeando.
—Siéntese —pidió la clarividente, todavía con el rostro cubierto y exponiendo únicamente sus manos,
que eran muy blancas. Su voz era muy dulce, excesivamente dulce.
Alexander obedeció y se sentó en la única silla que había, que quedaba justamente en frente de la
mujer.
—Sé por qué ha venido, señor Trudis.
—¿Puede ayudarme?
—Puedo ayudarle, ¿pero usted quiere?
—Quiero, es todo lo que quiero en mi vida: recuperar a mi hija —sonó impaciente.
—No le aseguro que la recupere. No le aseguro nada, señor Trudis.
—Debo intentar cuantas posibilidades tenga en mis manos... ¿Cuánto tengo que pagarle?
—No quiero dinero.
—¿Entonces? —La miró, extrañado.
—No hago lo que hago por dinero. Lo hago porque debo hacerlo. Vuelva a su casa y espéreme. Vendré
cuando tenga que venir.
Alexander la observó confundido, molesto. Se sentía engañado... Burlado. Había ido hasta allí con la
intención de llevarse a esa mujer a su casa, pero debía esperar. Esperar más... Se levantó sin decir nada y
se dirigió a la puerta.
—La paciencia será su mayor virtud, Alexander. No permita que la impaciencia vuelva a perjudicar a su
hija... —dijo la mujer, desde su asiento.
El señor le dedicó una mirada rápida y salió de allí con el sombrero tapándole los ojos.
La clarividente se incorporó en cuanto escuchó la puerta de la calle cerrarse. Se acercó a uno de tantos
espejos que tenía en el salón y lo acarició.

***

Llovía con fuerza, las gotas de agua repicaban contra los vidrios espantosamente obligando a los
empleados de la mansión a correr los portillos con el fin de proteger los vidrios. Los relámpagos
iluminaban los salones y los truenos se colaban entre las fisuras de las paredes removiendo las piedras.
Alexander, como cada noche, estaba de rodillas al lado de Margaret. Su pelo blanco contrarrestaba con
el negro de su hija, que era peinado cada mañana por las doncellas por expresa petición del padre.
No había nada más en el aire salvo el ruido de la tormenta. Hasta que un grito ensordecedor rompió
con la extraña armonía de la tempestad. Alexander corrió hasta el origen de ese grito.
—Perdone, mi señor —se apresuró en disculparse la sirvienta que había gritado de ese modo, con la
mano sobre el pecho y señalando al exterior por toda explicación.
El señor Trudis se asomó y vio a la misma figura roja que había dejado dos semanas atrás en esa casa
aterradora y que ahora estaba al lado de una de las hayas que rodeaban la propiedad.
—¿La conoce, mi señor?
Pero Alexander no respondió, se limitó a salir corriendo hacia su encuentro. Pasó por debajo de la
tormenta, empapando su pelo y su barba.
—Señora... Ha venido, al fin. Por favor, pase...
La mujer, que le pareció bastante alta a Alexander, enfiló el camino hacia la casa y se adentró en ella
con la capa cubriendo su rostro bajo la mirada horrorizada del servicio. ¿A dónde llegaría su señor para
recuperar a su hija?
El mayordomo se ofreció para retirarle la capa, pero ella se negó. Y pasó con ella a la estancia de
Margaret. En ella, se paró unos segundos en la puerta. Y después cruzó el umbral y se sentó al lado de la
joven. Alexander observó la escena con especial interés y con bastante miedo por lo que pudiera ocurrir.
Cerró la puerta tras de él, alejando las miradas curiosas de las sirvientas.
—Baja la luz del candil —pidió la voz dulce de la clarividente y así lo hizo, dejando la estancia a media
luz—. Margaret, sé que te costará oírme. Pero soy Mía —Se quitó la capa, mostrando su rostro y su pelo
rojizo recogido en un moño perfecto.
Alexander se percató con que era ciega, tenía los ojos completamente blancos. Pero era hermosa y
joven, lejos de lo que habría imaginado. Las manos blancas de la ciega acariciaron el rostro de la
inconsciente y cerró los ojos con fuerza. Pasó en esa posición durante minutos, llegando a una hora
completa.
—¡Dejad de atormentarla! —gritó de golpe Mía al aire, como si hubiera otra presencia invisible—.
¡Apartaos de ella! ¡En el nombre de Dios!
—...Mi hija... ¿Está poseída? —preguntó el padre, asustado.
—No es una posesión. Pero se están aprovechando de ella... Los seres invisibles que no vemos la han
encapsulado en un tiempo que todavía no hemos vivido. La han abandonado a su suerte en un lugar que
ellos conocen y que todavía nosotros no conocemos ni conoceremos. Se han aprovechado de su debilidad
y la cogieron en el momento que cayó al río.
—Sáquela de ahí, señora.
—No seré yo quien la salve, sino Dios.
Pasaron en silencio una hora más en la que Mía estuvo cerca de Margaret y susurraba cosas
ininteligibles.
—Ella tiene un dolor... Un dolor muy agudo del que los demonios se aprovechan. Un dolor producto de
la desilusión, la frustración y los celos. Se siente abandonada, traicionada. Necesito que se reconcilie para
liberarla. Necesito que ame a las personas que jura odiar... Elizabeth —pronunció—. Necesito a Elizabeth.
—Señora... Elizabeth es la actual esposa del hombre al que estuvo prometida mi hija...
—Lo sé, por eso la necesito.
Alexander mandó una carta urgente a los Marqueses de Salisbury suplicando su comparecencia
mientras mandaba a preparar una habitación para Mía.
—No, señor Trudis. Si queremos que salga bien, debo pertenecer en la misma habitación que Margaret
—se negó a abandonar la estancia.
Los Marqueses recibieron la carta a la mañana siguiente.
—¿Qué ocurre, querido? —preguntó una preocupada Elizabeth al ver el rostro descompuesto de su
esposo, Robert Talbot.
—Es Alexander Trudis... Me pide que vayamos a su casa. Por lo visto Margaret lleva inconsciente desde
hace más de seis meses tras haber intentado quitarse la vida...
—¡Dios mío! ¡No sabía nada!
—Yo tampoco... —se lamentó Robert, que amaba a Margaret como a una hermana a pesar de todo.
—Vayamos, Robert —concluyó Elizabeth—. Alexander ha demostrado ser justo metiendo a su mujer a la
cárcel después de todo lo que hizo... Si nos pide que vayamos debe ser porque realmente lo necesita —
explicó la hermosa dama de pelo dorado y ojos verdes como las esmeraldas, convenciendo a Robert que
no tardó en preparar el carruaje para ir.

***

En la habitación de doseles amarillos de Margaret.


—No tienes por qué hacerlo, Elizabeth —dijo Robert, tras escuchar las explicaciones de la clarividente
y de Alexander Trudis.
Elizabeth, que era tartamuda y muy tímida, removió sus manos inquieta con lágrimas en los ojos.
—Es mi deber hacerlo, Robert. En parte soy culpable de lo que le ha sucedido a Margaret, quiero
ayudarla. Porque al igual que ella, yo también soy mujer. Y no puedo imaginarme el dolor por el que ha
pasado... Y está pasando.
Mía cogió la mano de la Marquesa y la puso sobre la mano de Margaret. Con ambas manos cogidas, la
clarividente inició uno de sus trances en el que susurraba y se movía de forma extraña y casi aterradora.
Varias sesiones se sucedieron de similares características, en ocasiones Mía solicitaba la
comparecencia de otras personas como la Reverenda, Robert o incluso la madre, Greta, a la que tuvieron
que traer de la prisión para luego volver a encarcelarla.
Greta, al saber que su niña estaba en ese estado, se lamentó mucho y no tardó en culpar a Alexander.
Pero de nada servían los reproches y debían seguir intentándolo.
—Hola, soy Mía —dijo un día la clarividente con una voz extraña y tras un mes de sesiones—. Soy tu
amiga, tu amiga de la universidad.
Alexander alzó una ceja, ¿universidad?
—Ahora ella me reconoce —aclaró la joven de pelo rojo—. Estoy llegando a ella, he conseguido que se
reconciliara consigo misma.
—Supongo que es una buena noticia.
—Es una noticia estupenda, porque significa que está más cerca de nosotros y que hemos apartado del
camino a muchos demonios que la tenían retenida. La hemos apartado de los celos y de sus últimos
recuerdos en la panadería.
Mía entretejía los hilos de la historia irreal de Margaret para llevarla a su terreno con una maestría
excepcional.
—Sintiéndolo mucho ahora debo quitar a la panadera... Si no, se aferrará a ella... A su madre...
Alexander no comprendía nada, pero asentía. Había días en que el señor dudaba de la veracidad de las
palabras de Mía, pero alimentaba sus esperanzas a través de ellas sin importarle lo que pudieran pensar
los de su alrededor. Muchos habían empezado a llamarlo loco desde las esquinas. Pero si un padre que
lucha por su hija, es considerado loco, entonces él era el más loco de todos.
Entre otras escenas que se repetían a diario, era la del relicario de oro en el que estaban Alexander y
Greta retratados. La clarividente solía apretarlo contra el pecho de Margaret y lo removía con insistencia,
como si quisiera hacerlo traspasar.
—¡No! ¡Margaret! ¡No hagas eso! ¿Se puede saber qué estás haciendo? —exclamó en un grito
desgarrador la joven de pelo rojo en una sesión, sacudiendo el cuerpo de la dormida—. ¡Apártate de ella!
¿Qué quieres de ella? Ella no volverá a suicidarse, demonio.
—¿Qué ha pasado?
—Hemos estado a punto de perderla definitivamente.
—¡Por Dios!
—Pero he conseguido salvarla, estos son los riesgos de entrar en estas situaciones. Debemos saber a lo
que nos enfrentamos... Nunca te prometí nada, Alexander...
—¿Pero está bien?
—Sí, ahora sí. Pero hay que pasar a la acción... Escribe un testamento en el que legas esta mansión a
ella y tráemelo.
Mía colocó el testamento firmado por Alexander sobre el tocador de la habitación. Esparció sal sobre él
y dijo unas palabras incomprensibles, como de costumbre. El papel empezó a arrugarse sin que nadie lo
tocara y desapareció ante el asombro del señor Trudis.
—Dios protege a Margaret de los demonios y acércala a nosotros... Vamos, coge el vuelo... Sube. Cada
vez está más cerca, Alexander. La tenemos aquí... La tenemos en Bath.
Una mañana, sin más explicaciones y por primera vez en meses, Mía salió de la estancia de Margaret y
salió al porche. Con los ojos blancos a causa de su ceguera miró al frente.
—¿Mía?
—Sshhtt. Está aquí —Señaló a un punto de las seis escaleras del porche—. Ya la tenemos.
—Margaret, mi pequeña Margaret, estás más cerca de mí... —dijo Alexander.
—Te ha oído. Es la primera vez que te oye...
Alexander lloró, de emoción. Mirando a la figura invisible que señalaba Mía entre que el mayordomo y
el servicio confirmaban que su señor había perdido el juicio totalmente.
—Está abriendo la puerta —informó Mía, señalando el rodete—. Está observando las vidrieras, el techo,
el suelo... No le ha gustado el ciervo —Señaló el busto que colgaba de la pared—. No reconoce el lugar, no
lo conoce... La ánfora ha llamado su atención —Mía andaba como si viera, siguiendo unos pasos invisibles
que llenaban a Alexander de emoción—. Te ha visto —Alexander saltó impresionado, pero vio que Mía
señalaba a su retrato—. También la ha visto a ella... A Greta. Se acaba de sentar en la otomana, está
asustada. Pero ha decidido enfrentarse a la verdad...
Mía anduvo hasta el comedor que tenía una enorme mesa de 8 metros, después se adentró al salón de
mujeres y luego en el de hombres. Volvió al vestíbulo y entró en el despacho.
—Está mirando los libros de contabilidad y ha intentado abrir el segundo cajón que tiene una llave.
—Allí están los documentos del compromiso entre ella y Robert que quedaron anulados.
Pasaron a la biblioteca, a las recámaras, a los lavabos y a los pasillos sin fin.
—Está aquí, cerca del piano —Mía colocó las manos sobre el piano y cerró los ojos con fuerza—. Voy a
hacer que lo toque, que recuerde algo de su vida real...
Alexander vio como las teclas del piano se movían "solas", movidas por las manos invisibles de su hija
y Fur Eliza de Beethoven llegó a ellos.
—Es su melodía favorita.
—Tiene mucho miedo —La melodía se detuvo—. Voy a intentar hablar con ella y calmarla.
Un silencio cubierto por susurros y la tensión aminoró.
—Va a subir, tendré que ser más agresiva si no queremos que se nos escape otra vez.
Alexander y Mía se posicionaron al pie de las escaleras de mármol que llevaban al segundo piso.
Cuando Mía empezó a subir, el señor también. Seguían a la Margaret perdida en otro tiempo.

✽✽✽

Capítulo III

Si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio.


William Blake (1757-1827).

Mía y Alexander llegaron a la segunda planta. Allí, Mía movió las manos de una forma extraña y anduvo
hasta la habitación infantil en la que Margaret había pasado su niñez. La clarividente cerró los ojos con
fuerza.
—Quiero que descubras la verdad —susurró Mía en el aire, con una voz impropia de ella—. No,
Margaret. No... Debes afrontar la verdad. La verdad es dolorosa. Yo no te haré daño, sino ella.
La pelirroja empujó la puerta y la abrió de par en par con una expresión difícil de descifrar.
—Está observando sus retratos —informó con voz dulce, señalando los cuadros en los que aparecía
Margaret retratada—. Es real, aunque no creas en ello —habló de nuevo con la mujer invisible para
Alexander—. Dile al servicio que abra las puertas de este pasillo —pidió, modulando la voz en función de
con quien hablaba.
Se movieron a la habitación de matrimonio de los señores Trudis y allí, Alexander vio como los cajones
de los muebles se abrían solos. Pero lo más impresionante fue ver a un joyero del que salió flotando una
placa de oro con un nombre grabado: "Margaret Trudis".
—Está preguntando por ti —explicó Mía, provocando que el padre diera un paso al frente, emocionado
—. Pero todavía no podemos ofrecerle esa información... Debemos ir poco a poco. Los demonios la han
retenido durante demasiado tiempo y sólo Dios y la paciencia podrán recuperarla.
Paso a paso, explicación tras explicación, se adentraron en la recámara de los doseles amarillos en la
que el cuerpo de Margaret estaba dormido.
—¿Se ve? —inquirió Alexander.
—No, nos ve. Ni si quiera se ve a sí misma. Pero se siente cómoda aquí y no tiene miedo. Aprovecharé
esta oportunidad para introducir algunos recuerdos de su vida real en su mente... con el nombre de Dios y
nada con mi poder sino a través de mis conocimientos y mis técnicas.
Mía entró en trance hasta la noche; en un momento inesperado, dio un salto repentino y corrió hacia la
planta baja.
—La estamos perdiendo, quiere irse...
—No lo permitas, Mía —suplicó el padre desesperado frente a los ojos inverosímiles del servicio que
habían aguantado un sinfín de actos demoníacos y psicóticos desde que Margaret había caído en la
inconsciencia.
¿Serían un problema esas personas para el señor Trudis? ¿Esas personas que lo miraban asustado?
¿Como si de la noche a la mañana hubiera enloquecido? El mayordomo, Benjamin, hacía meses que
barajaba la posibilidad de llamar a las autoridades por miedo a que un asesinato pudiera volver a ocurrir,
dados los antecedentes familiares.
—Que rápido se olvida el ser humano de la verdad. Y que fácil es negar los signos de ella, en cuanto
uno se siente a salvo —pronunció solemnemente la pelirroja mientras corría hacia el salón de baile y
movía las manos de un lado para otro con los ojos cerrados—. Alexander, pídele que te recuerde. Ahora
está bailando contigo, aquí mismo —indicó un punto en medio de la pista.
—Recuerda, hija mía. Recuerda —pidió, con lágrimas en los ojos.
Alexander, no era más que una sombra de lo que un día fue. Ya no se ocupaba de sus negocios y sólo
tenía en mente salvar a su hija.
Silencio. Una tensión extraña en el aire, un aroma distinto... Una bendición divina que transcurría
lentamente.
—La tenemos —sentenció Mía—. Gracias a Dios, la hemos liberado del demonio que la poseía.
Y dicho eso, corrió con una habilidad extraordinaria, teniendo en cuenta su ceguera, y llegó a la
habitación de los doseles amarillos.
—Margaret, es hora de despertar. Margaret, cruza la luz —ordenó Mía, extendiendo los brazos—. Es
hora de que vuelvas entre nosotros —susurró finalmente sobre el espejo con molduras de oro que había
en un rincón de la recámara.
La habitación tembló bajo un resplandor cegador. Los doseles amarillos ondearon al ritmo de una
ventisca turbulenta y el cristal del espejo se rompió en mil pedacitos que salieron volando y se
mantuvieron en suspensión durante unos instantes.
Una voz ahogada como aquellas que suenan al salir del fondo del agua, inundó los tímpanos de los
presentes en el preciso segundo en el que los cristales del espejo cayeron estrepitosamente contra el
suelo.
Alexander corrió hacia su hija que había despertado de manera brusca y la tomó entre sus brazos para
reconfortarla. Feliz por haberla recuperado. De hecho, él sonrió por primera vez en muchos meses.

***

Margaret sintió como sus pulmones se expandían y se incorporó violentamente para coger el aire que
tanto le faltaba. Se notaba sudorosa y le dolía mucho la cabeza. Estaba oscuro aunque intuía luz.
Sus oídos chirriaban y su visión era borrosa. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaba?
Notó unos fuertes brazos reteniéndola y se asustó. Se deshizo de ellos con un movimiento casi agresivo
y huyó de esa presencia que todavía no era capaz de ver claramente.
—Margaret, no temas —escuchó que le decía una voz dulce y femenina.
—¿Dónde estoy? —preguntó, aterrorizada mientras se frotaba los ojos con fuerza.
—Estás en un lugar seguro.
La joven pelinegra consiguió sacarse la neblina de los ojos y lo primero que vio fue al hombre de su
relicario. El hombre de pelo blanco y ojos oscuros.
—No... No... —negó, levantándose de un salto de la cama, lejos de Alexander—. No... No... —repetía,
bloqueada. Su pelo negro caía desordenado sobre su tez pálida y sus ojos verdes amenazaban con salirse
de las órbitas.
—Hija... —intentó calmarla el padre.
—¡Aléjate de mí! ¿Qué es esto? ¿Un secuestro? —Miró a su alrededor, en un estado de pánico—. ¿Había
algo en el aire que me ha drogado? ¿Es una mafia? ¿Traficáis con mujeres? ¡Oh, Dios! ¿Dónde me he
metido?
—Pero... ¿De qué estás hablando? ¡Soy tu padre!
—¡Yo no tengo padres! ¡Soy huérfana! —se exasperó, apretando las manos hasta marcar sus venas.
—Margaret... —interrumpió Mía, dando un paso al frente.
—¡Mía! ¡Oh, Mía! ¿Estás aquí? ¿Se trata de una broma? ¿Hay cámaras? —Buscó las cámaras ocultas
por los rincones.
—Margaret... Sufriste un accidente y has vivido una vida irreal mientras estabas en un estado
inconsciente —explicó la clarividente.
La joven de ojos verdes como la albahaca negó, acercándose a la joven pelirroja. Pero con la marea de
sensaciones turbulentas no se dio cuenta de la infinidad de cristales rotos que había en el suelo y se cortó
los pies con ellos.
—¡Hija! ¡Por favor!
—¡Mía! ¡Explícame que es todo esto! —suplicó, con los pies ensangrentados, el pelo negro hecho una
maraña sin control y un camisón blanco largo hasta los tobillos.
—Siéntate y te lo explicaré.
—¡¿Por qué tienes los ojos así?! —gritó horrorizada al ver los ojos blancos de su amiga mientras se
sentaba al borde de la cama amarilla.
—¿Recuerdas el sueño que has tenido esta tarde mientras dormías? ¿Recuerdas tus visiones en el salón
de baile? —preguntó Mía, cogiendo los pies de Margaret entre sus manos, manchándose con la sangre con
el fin de detener la hemorragia.
—Sí...
—Esa es tu realidad. La verdad. Sé que es difícil...Y doloroso. Pero debes comprender que tú formas
parte de este siglo, el XIX. Y no del siglo XX ni del XXI.
—¿Cómo puede ser? Debo haber enloquecido, sí. Es eso... Nada de esto es real. Seguro que me he
quedado dormida otra vez... Y estoy soñando.
La viajera del tiempo no comprendía nada y entró en un estado de ansiedad preocupante.
—Margaret...
—¡No! ¡Apártate de mí! ¡Tú no eres Mía! Mía tiene los ojos... normales. Los tuyos... me aterran. No
eres más que un personaje malvado de esta pesadilla de la que pronto despertaré —Se tumbó de nuevo en
posición fetal, ocultando su cabeza entre los brazos, llorando desgarradoramente.
Mía se incorporó y se acercó a un compungido Alexander que, una vez más, veía a su hija muy lejos.
—La querías de vuelta y aquí está. No puedo hacer nada más... Esto se escapa de mis manos.
—¿Te irás así? ¿Sin más? —reclamó el señor, indignado.
—Nunca te prometí nada, Alexander.
—No puedes dejarme solo con Margaret en este estado. Tienes que ayudarla...
—¡No puedo! —gritó, desesperada. Algo impropio de ella—. Yo...
—¡Aquí están! ¡Son ellos! —interrumpió una voz delatadora cargada de amenazas—. ¡Practican
brujería y actos demoníacos! ¡Son peligrosos!
Alexander y Mía se giraron en dirección al mayordomo que los estaba señalando con el dedo índice.
—Benjamin... ¿Qué significa esto? —inquirió el señor Trudis, molesto—. No tienen ningún derecho a
estar aquí —dijo a los guardias que estaban entrando en la habitación y observaron la escena con horror.
—Señor... Usted ha enloquecido —explicó Benjamin—. Al igual que lo hizo su mujer cuando mató a los
Marqueses de Salisbury. Es un peligro para la sociedad... ¿Cómo se le ocurre exponer a la señorita a esta
bruja? —Miró con desprecio a Mía, que no se inmutó ante el insulto.
—No estamos en la inquisición, señor Benjamin. Aquí no perseguimos a las brujas —aclaró uno de los
guardias—. Hemos venido porque no podemos permitir que se cometa otro delito por parte de los Trudis.
Señor, ha mostrado usted signos de locura y debe ser procesado.
—¿Locura? ¿Es una locura recuperar a mi hija?
El guardia miró a la joven hecha un ovillo en la cama con los pies ensangrentados y el rostro hundido
entre la maraña de pelos desordenados.
—No sé qué ha hecho con su hija. Pero no tiene buen aspecto, señor Trudis. Ya no estamos en esa
época en que pueden tratar violentamente a la prole.
—¿Violentamente? ¿De qué está hablando? No lo entendería, son asuntos familiares.
—Son asuntos que deben ser tratados por un médico y, si es necesario, un juez.
—¡No, no! ¿Qué van a hacer? —se alarmó Alexander, posicionándose frente a Margaret para protegerla
con los brazos abiertos hacia los agentes.
—Debemos trasladar a la joven a un centro médico. No se preocupe, señor Trudis. Si se aclara lo
sucedido, todo volverá a su normalidad —aclaró el guardia de más edad con un bigote contundente y una
gorra propia del uniforme.
El desconsolado padre vio con gran impotencia como cargaban a su niña, que no se movía ni abría los
ojos, lejos de él para luego arrestarlo junto a Mía. Iban a ser puestos a disposición judicial con previa
evaluación por un psiquiatra.

***

Margaret se dejó trasladar sin hacer el mínimo esfuerzo ni oponer la mínima resistencia al hospital
psiquiátrico de Bethlem en los Campos de St. George. Se le asignó una habitación en la que dos mujeres
le pusieron una camisa de fuerza blanca y le amordazaron la boca como si fuera peligrosa.
Ella tan sólo podía pensar en aquel momento glorioso en el que despertaría y se reiría de la gran
imaginación de su subconsciente. Nada de aquello era real. Seguramente se había quedado dormida en
alguna habitación de la mansión y Mía no tardaría en llamarla. Su móvil sonaría y, entonces, despertaría.
Claro que el tiempo de los sueños no era el mismo que el de la vida real y por eso le daba la sensación de
que todo ocurría muy despacio.
No supo cuánto tiempo transcurrió, ni en el mundo onírico ni en el real, hasta que apareció un hombre
de avanzada edad con una barba generosa de color gris que llevaba un portafolios entre las manos e iba
acompañado de dos enfermeras.
—Paciente de treinta años, mujer —inició, a modo mecánico sin sentimientos ni empatía. Mirándola con
frialdad—. ¿Cómo te llamas?
Una enfermera le sacó la mordaza y con los ojos amoratados de tanto llorar fue incapaz de responder.
No pensaba seguirle el juego a ese ser infernal que venía para castigarla. ¿Cuándo iba a sonar el móvil?
—¿Cómo te llamas? —repitió el doctor.
Silencio, mutismo. Al ver su negativa por hablar, el hombre hizo una seña a una de las enfermeras que
cogió una vara para golpearla en las manos. ¡Qué dolor! Al tercer golpe, no tuvo más remedio que
acceder.
—Margaret Trudis —pronunció, rasgando sus cuerdas vocales, que se habían quedado secas.
—Muy bien. Reconocimiento personal, positivo —Anotó el doctor Crock, tal y como había oído que se
llamaba. No porque se hubiera presentado, sino a través de las enfermeras que buscaban la aprobación
constante del... ¿profesional?
—¿Cómo se llaman tus padres? ¿Dónde vives?
—No tengo padres y vivo en Nueva York.
El doctor Crok frunció el ceño en una mueca mal disimulada y garabateó algo en su hoja.
—¿No conoces a Alexander Trudis? ¿Ni a Greta Trudis?
—Son unos seres desconocidos que salían retratados en mi relicario de oro. ¿Dónde está mi relicario?
Tiene una estrella y un sol grabados.
—No permitimos a los internos llevar ningún tipo de joya, Margaret. Cuando demuestres que eres apta
para salir de aquí, podrás recuperarla.
—¿Apta? ¡Maldito ser imaginario! ¡No eres más que el producto de mi subconsciente! ¡No eres real!
¿Apta? ¡Haz el favor de sacarme esta camisa de fuerza! —Se agitó, irritada con toda aquella situación de
locos.
—Demencia precoz —concluyó el doctor con una solemnidad irritante—. Mentalmente inepta —agregó
para más inri—. Empezaremos con duchas heladas.
La joven pelinegra con mentalidad del s. XXI observó con error como la desnudaban sin ningún pudor
frente al doctor Crok de cejas súper pobladas y ojos café. Tras ese atentado contra su intimidad y como si
no tuvieran suficiente con vejarla públicamente, le ofrecieron dos descargas eléctricas porque, según la
opinión de las enfermeras, estaba siendo muy difícil de sobrellevar.
Cuando se aseguraron de que estaba lo suficientemente atolondrada e inutilizada, la metieron en una
tina de agua helada con bloques de hielo y la sacudieron con fuerza repetidas veces.
No era nada. Ni nadie. Era un trozo de carne, un animal. O peor que todo eso. Habían decretado que
estaba loca por pensar diferente, sin ningún estudio ni orden judicial. Simplemente, era un objeto en
manos de aquellos seres que aseguraban que estaba loca.
Ella se negaba a aceptar que fuera hija de Alexander o que hubiera nacido en el 1813. Porque le daba
la sensación de que, si lo hacía, entonces estaría perdiendo la batalla contra su subconsciente. Tenía la
esperanza de despertar en cualquier momento y no quería darle la razón a su mente que ya había
intentado matarla una vez.
Si tenía algún problema, acudiría a un psicólogo tal y como le había recomendado Mía. Conocía
algunos muy buenos en Nueva York. Pero, bajo ningún concepto, iba a dejarse perder en ese infierno
atrasado.
Según el tiempo onírico, pasaron días e incluso semanas. Notaba su cuerpo cada vez más mermado,
más delgado. Sus ojos estaban hinchados permanentemente en un aureola morada de sufrimiento y frío.
Frío por la falta de calefacción en un edificio tan grande, frío por los baños helados y frío por la ausencia
de personas cercanas. Se alegró de haberse acostumbrado a la soledad durante su niñez, porque en esa
situación le estaba sirviendo.
Un día, cuando dejó de ser agresiva y pasó a un estado más pacífico, una enfermera le regaló un
carboncillo y una hoja de papel. Le era permitido plasmar sus pensamientos en ella. Por lo que escribió:
"Cambiemos las riendas inicialmente conocidas que rigen el universo y pensemos por un momento en
el más allá de este espacio desconocido, inmenso y oscuro. No en el más allá de la Tierra ni de la
civilización sino más allá del universo. ¿Quién dice que no somos almas flotando en un espacio vacío, que
cada una vive diferentes experiencias juntándose las unas con las otras formando nuevos caminos? ¿Qué
es lo físico? ¿Qué es lo espiritual? ¿Dónde terminan los límites de cada palabra? ¿Y dónde empiezan? Por
supuesto que si hiciéramos un estudio genérico de la población sobre quién cree en la vida después de la
muerte, nos daríamos cuenta de que el porcentaje cada vez es más bajo. Teniendo en cuenta que la
ciencia va en aumento. ¿Pero por qué descartamos una idea que ha estado enraizada en la humanidad
desde los inicios de ésta? No hablo del cristianismo ni de ninguna otra religión, simplemente hablo de
Dios. ¿Quién es capaz de decir rotundamente, como una verdad absoluta, que no existe un plano divino?
Nadie. Y quien lo diga, no tiene conocimiento de causa, porque no hay datos experimentales concluyentes.
Quizás deberíamos saber llevarnos, dejar este mundo material y físico para permitir a nuestra menta volar
más allá de lo que nos rodea. ¿Tan difícil sería volver a un mundo sencillo, si es que nunca lo ha sido? Es
una pregunta que no espera respuesta, porque sé que esto es imposible. Es una visión que guardo desde
pequeña, una visión soñadora e hipócrita. Nada en este mundo vuelve al punto de partida. No nos damos
cuenta, pero esto debe tener un final... Manicomios llenos, ¿alguien sabe quiénes son los buenos? ¿Los de
dentro o los de fuera?"
El doctor Crok, que había esperado el garabato de una lunática, se encontró con aquella disertación
filosófica.
—¿Quién ha escrito esto? —demandó, alzando sus cejas pobladas.
—La paciente, doctor —respondió la enfermera.
—No era lo que esperaba. Pero tampoco tiene ningún sentido... No debe extrañarnos que una señorita
de alta cuna sepa escribir correctamente. El contenido es errático y propio de una demente como la que
estamos tratando.
Archivó el escrito en los expedientes generales y continuó con su rutina habitual.
A la semana siguiente, Margaret tuvo el privilegio de volver a contar con un carboncillo y una hoja de
papel. Aquello le recordaba a sus días de escritura en el apartamento mugroso de Nueva York, pero esa
vez, lo que escribía no tenía futuro editorial. Simplemente, escribía para poner en orden un cúmulo de
ideas que se le habían acumulado a lo largo del tiempo.
"Pienso que el amor es una de esas cosas, bien podríamos decir sentimiento o tema, que no varía en el
tiempo, ni en la forma, ni en la finalidad; es decir, el amor a algo siempre sigue un esquema que Platón
definió muy bien: amor a la belleza física, te das cuenta que hay algo más que un cuerpo y pasas a unos
cánones morales ideales a cada época y, finalmente, llegas a la cima que resulta ser el amor al alma, más
allá de lo físico. Siempre y cuando hablemos de amores que no poseemos, por lo tanto, no hablo del amor
a una madre o a un hermano, ya que son amores que tenemos al nacer en mayor o menor medida. Me
refiero a los amores que de entrada no tenemos, como el amor de la amistad, el amor de una pareja o el
amor al conocimiento. En mi caso, al ser huérfana, todos mis amores han seguido los cánones establecidos
por Platón. Inclusive, en el caso de mis padres, si realmente lo fueran. Debería iniciar un progreso de
enamoramiento..."
Semana tras semana, Margaret llenaba los archivos generales con sus pensamientos y discursos que el
doctor Crok se negaba a entender. Por lo que la joven pelinegra era siempre "corregida" con métodos
severos perjudicando su salud física y mental, que iban en deterioro progresivo.
—Esta paciente es demente precoz —escuchó decir una mañana en sus espaldas.
Ella estaba sentada en mitad del suelo de la celda blanca y acolchada (había dejado de llamarla
habitación en cuanto descubrió que no podía salir sin escolta). Sus manos estaban atadas con cuerdas que
se sostenían en ganchos anclados en las paredes. El pelo, largo y negro, le caía en forma de cascada
caótica sobre el cuello y la frente y sus ojos, aunque no podía verlos, los notaba secos.
—¿Es peligrosa? ¿Por qué está atada? —preguntó una voz de barítono que llegó a los tímpanos
congelados de la paciente.
—Ha intentado pegar a las enfermas en repetidas ocasiones —oyó argumentar al señor Crok con
deliberada malicia.
«No las he pegado, sólo les he pedido que dejaran de torturarme.»
—Como puedes ver en los informes tiene un lapso mental completo en cuanto al tiempo y el espacio.
Margaret, sé educada y saluda al doctor Newman.
Margaret levantó lentamente los ojos adoloridos e hizo el intento de levantar la cabeza para llegar al
rostro del nuevo doctor, pero su cuello esquelético y mal tratado no se lo permitió. ¡Sabía que comportaba
eso! ¡Otra sesión de "correctivos" entre electricidad y bebidas jabonosas! Las lágrimas le salieron
involuntariamente, muriendo en las ojeras pronunciadas.
Entonces, pasó algo que nunca hubiera esperado: el doctor Newman se acuclilló a su nivel. Sintió su
aroma fresco, repleto de notas olfativas vegetales y amaderadas.
Con gran esfuerzo, obligó a sus párpados a subir, haciendo chocar sus largas pestañas contra sus
perfiladas cejas. Y lo vio. Vio el rostro hercúleo de un hombre que la miraba... ¿impresionado? Se perdió
en los ojos caramelo del doctor Newman, como si en ellos pudiera encontrar el camino a casa.
Una corriente agradable se estableció entre ellos, provocado por el pestañeo del hombre que, con
diferencia, era el más atractivo que Margaret había visto jamás.
—Encantado de conocerla, señorita Trudis —dijo él con una sonrisa a media altura y un brillo especial
en los ojos.
—Igua... Igualmente, doctor Newman —correspondió ella, haciendo temblar sus labios resecos.
—Veo que tiene un poco de sangre aquí —Señaló sus muñecas irritadas por las cuerdas—. Que la
desaten —ordenó, dirigiendo una mirada rápida a las enfermeras que acababan de entrar.
—Pero doctor Newman, es un peligro para los internos y para sí misma —contrapuso el doctor Crok de
cejas espesas y barba tupida.
—Me han mandado aquí para ayudarlo, doctor Crok. Pero también para poner orden en aquellas
situaciones en las que vea necesaria mi intercesión. La señorita Trudis no presenta signos de agresividad,
sino más bien de agotamiento. Tiene los pies mal curados de lo que posiblemente fueron cortes profundos,
las muñecas irritadas, los dedos y las articulaciones engarrotadas y los ojos hundidos. Necesita una cama
y comer. Es una persona, no un animal.
Margaret oyó todo aquello como si una vela quisiera derretir su corazón hecho un bloque de hielo.
—... Además presenta contusiones en el cráneo y sangre seca por doquier.
—Está bien, está bien doctor Newman. Debe entender que cada generación tiene sus métodos, usted es
muy joven...
La paciente fue colocada sobre una cama tras muchos días de tortura y agradeció el contacto del
colchón bajo su espalda, aislándola del frío. Se quedó mirando, con muy poca energía pero con una gran
curiosidad, al doctor nuevo.
Era alto, de espaldas anchas y pelo castaño claro largo hasta la nuca. Una barba castaña cubría su
pronunciado y varonil mentón entre que sus ojos caramelo se movían con audacia y... ¿bondad?
Lo miró tanto que lo siguió con las pupilas hasta la puerta de salida. Y allí, sin esperarlo (por segunda
vez), el doctor Newman le dedicó una última mirada y le guiñó el ojo con una sonrisa cómplice.
Margaret levantó ambas cejas, quedándose sola e impresionada.

✽✽✽

Capítulo IV

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de
manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen.

—¿Cómo que se los han llevado, Benjamin? —reclamó un enfurecido Robert, al conocer la noticia.
—Lord Talbot... Déjeme que se lo explique —Se frotó las manos nervioso—. El señor Trudis estaba muy
extraño últimamente. Era peligroso y todos temíamos que volviera a suceder una desgracia similar a la de
Greta, tendría que haberlo visto en mitad de las sesiones de espiritismo; estaba irreconocible. Y la niña...
La niña Margaret ha enloquecido. Todo por culpa de esa bruja pelirroja.
—¿Margaret ha enloquecido? ¿Por qué lo dice? —inquirió Elizabeth, con Áurea entre sus brazos.
Habían tardado varios meses en visitar de nuevo a Alexander y Margaret debido al embarazo de
Elizabeth. Pero tan pronto como pudieron viajar, lo hicieron. Encontrándose con la desagradable sorpresa
de que los Trudis habían sido procesados por las autoridades.
—La niña estaba como ida. No reconocía ni a su propio padre y decía que todo era una mentira. Se la
llevaron de aquí como si fuera una muñeca sin vida... —narró el mayordomo.
—¡Pobre Margaret! Pero dudo mucho que esté loca, señor Benjamin. ¿Qué haría usted si despertara de
una inconsciencia de más de ocho meses de duración? ¿Cree que hablaría y actuaría con normalidad?
Simplemente creo que su señorita debe volver a acostumbrarse a la realidad. Decir que está loca, me
parece impropio de gente sensata.
Robert asintió corroborando las palabras de su esposa. No podía creer que los Trudis terminaran de
ese modo. Primero, Greta, que había sido como una madre para él, pero resultó ser una asesina. Y ahora,
Alexander estaba siendo procesado por ser un peligro para la sociedad. Fuese como fuese, era incapaz de
creer que Margaret hubiera enloquecido. Su hermana postiza era de todo menos una demente. La conocía
por ser una muchacha inteligente, madura y muy introspectiva.
—Demos hacer algo, Robert —se preocupó Elizabeth mientras el bebé jugaba en su pecho—. Alexander
no es ningún peligro para la sociedad. Nos lo demostró metiendo en la cárcel a la malvada de su mujer.
Tan sólo, por lo que cuenta Benjamin, ha hecho todo lo posible para recuperar a su hija sin importarle la
opinión de una sociedad demasiado cerrada. Y Margaret no merece estar lejos de su casa; ahora más que
nunca, debería estar aquí.
—¿A dónde se los han llevado?
—Al señor Alexander lo tienen en la prisión de Marshalsea, en la zona de enfermos mentales. Pero a la
señorita no sé exactamente a dónde se la han llevado. Seguramente a un hospital psiquiátrico.
—No puedo ni imaginar por lo que estará pasando... Esos sitios son un infierno. Lo sé por la suegra de
mi hermana Karen. Ella también está en un manicomio y sufre todo tipo de vejaciones pese a los intentos
de su familia para evitarlos. Ella está sola...
—No hay tiempo que perder. Intentaremos hacer todo lo posible para liberarlos... Por el momento,
Benjamin, queda destituido de su cargo. No quiero que siga trabajando en esta casa.
—¡Lord Talbot! Esta decisión debería tomarla...
—¿Alexander? ¿Acaso no es un lunático?
—Legalmente no puede echarme, señor mío —El mayordomo se cuadró ante la impotencia del
Marqués.
—Ya se ocupará Alexander cuando vuelva —disuadió Elizabeth, saliendo de la mansión decidida a
encontrar a Margaret. Necesitaba salvarla, ¿y si ella estuviera en su lugar? No podía ser egoísta y
limitarse a disfrutar de su felicidad. Hubiera sido muy ruin, teniendo en cuenta que su esposo estaba
prometido con ella mucho antes de su llegada.

***

Después de un merecido descanso en la cama, Margaret recuperó parte de las fuerzas. A cada músculo
aliviado, se obligaba a darle gracias mentalmente al doctor Newman. De hecho, se durmió pensando en él.
Se preguntaba si a partir de ahora sería él quién la visitara. Por otro lado... tenía miedo de encontrarle
encantos a ese mundo falso. No debía rendirse si quería volver al s. XXI. ¿Por qué tardaba tanto en
despertar? ¿Se habría dado un golpe en la cabeza y estaba inconsciente? ¡Oh, en ese caso, ojalá que la
encontraran rápido!
—Buenos días, señorita Trudis.
Había amanecido y el doctor Newman acababa de entrar por la puerta con una sonrisa que ya
empezaba a resultarle característica. Olía muy bien y su voz transmitía seguridad y bondad.
—Bue... buenos días, doctor Newman —consiguió responder, desacostumbrada a saludar y a ser
saludada en ese manicomio.
—Hoy me toca visitarla a mí.
Margaret reparó en que no había venido acompañado de las enfermeras ni del cargante doctor Crok.
Todo un alivio prescindir de esas tres alimañas por una vez. ¿Por qué estaba soñando con ese hombre que
le resultaba tan...guapo? ¿Sería su prototipo de hombre ideal y por eso lo estaba proyectando en el mundo
onírico? Jamás había mostrado demasiado interés por los hombres y le resultaba extraño y patético
sentirse apabullada por una visión. Y más en su precaria y loca situación.
—Como ya sabrá, soy el doctor Newman —Extendió una mano enorme para encajarla con la suya.
Margaret, al borde de un ataque de pánico absoluto, extendió su raquítica mano y la colocó sobre la del
doctor Newman. Una corriente eléctrica al estilo de las descargas correctoras, cayó sobre sus dedos para
posteriormente electrocutar su corazón. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza! Deshizo el contacto
inmediatamente y buscó en los ojos caramelo del doctor Newman algún rastro de burla o de enfado; en
lugar de eso, el doctor parecía tan extrañado y perturbado como ella.
—Bien, señorita Trudis... —inició, tomando asiento en una silla que quedaba delante de su tétrica cama
—. Empezaremos con cosas simples —explicó entre que Margaret se sentaba con la espalda apoyada en
los almohadones y se peinaba el pelo con las manos en un intento burdo de no parecer tan loca—.
¿Cuántos años tiene?
—Me llamo Margaret Trudis y tengo treinta años —respondió, dejando su largo pelo en un lado y
colocando una mano sobre otra a la altura de su falda.
—Entonces, ¿si tiene treinta años en qué año nació?
—En el año 1976 —contestó, con una mueca de miedo. Cuando le decía eso al doctor Crok, recibía una
serie de castigos físicos para corregirla de su error. Pese al miedo que sentía en decir su verdad, no podía
negarla. Si lo hacía, temía perderse en un mundo que no era el suyo.
El doctor Newman no se enfadó, ni si quiera hizo un mal gesto. Simplemente asintió y anotó algo en su
portafolios.
—Señorita Trudis, según sus cálculos y considerando que estamos en el 1843, todavía le faltan 133
años para nacer. ¿Usted cree que eso es posible? ¿Es posible que yo esté hablando con una persona que
todavía no ha nacido?
—Doctor Newman, sé lo que todos piensan: que estoy loca. Pero sólo digo lo que sé. Yo no he nacido en
esta época, he nacido en una futura. Tan sólo estoy viviendo un sueño del que muy pronto despertaré y
toda esta pesadilla habrá terminado.
—Está bien... ¿Y cómo se llaman sus padres del futuro?
—No tengo padres, soy huérfana.
—Todo el mundo tiene padres aunque no los conozca, señorita Trudis. ¿No ha sabido nada de ellos en
treinta años?
—No... Bien, no puedo mentirle, doctor Newman. Es posible que mis padres sean los que aparecen
retratados en mi relicario astral.
—¿Relicario astral?
—Sí, un relicario de oro con una luna y una estrella grabadas.
—¿Este de aquí? —Sacó de su bolsillo derecho la joya y se la mostró.
—¡Sí! ¡Ese mismo!
—Lo guardamos en nuestros almacenes. Se lo he traído para que me identifique a las personas que
salen en él, si fuera tan amable... —Abrió el relicario y se acercó a ella para que viera mejor los rostros de
los señores Trudis.
—Él es Alexander Trudis y ella... teóricamente es Greta. La esposa de Alexander.
—¿Ellos son sus padres?
—Es posible.
—¿No está segura?
—No.
—¿Por qué?
—Porque nunca se han presentado como tal. Deduzco que son ellos porque Alexander me legó una
mansión en Bath.
—¿Cree que la gente va regalando mansiones a desconocidos?
—Creo que todo esto podía ser un intento de rapto o manipulación.
—¿Hace falta legar una mansión para raptar o manipular a alguien?
Margaret se quedó callada, pensativa.
—¿Podría explicarme el parecido de estas personas con usted? ¿Es una casualidad? Me parece que la
señora de pelo oscuro y ojos negros es muy parecida a su persona.
No hubo respuesta, la joven se mostró confundida y reflexiva.
—¿Podría describirse físicamente, señorita Trudis?
—¿De verdad? —sonrió Margaret por primera vez en mucho tiempo en un acto reflejo de su timidez.
—Sí, de verdad. Me gustaría saber cómo se ve.
—Hace tiempo que no me veo... La última vez que me vi fue en el espejo de la habitación con doseles
amarillos.
—¿Y cómo se recuerda?
—Bien... Tengo el pelo negro y largo, un poco ondulado si lo trato adecuadamente... Mi cara es más
bien rectangular con nariz romana y.… mis ojos son negros —Los ojos del doctor Newman chispearon—.
Soy de complexión normal, aunque ahora debo parecer una momia del desierto... —se permitió bromear.
—Ha realizado usted una descripción muy acertada de sí misma. Sólo ha errado en un pequeño
detalle... —Se marchó y volvió con un espejo de mano del que le hizo entrega—. Mírese, por favor. Y
dígame de qué color ve sus ojos...
Margaret, sin comprender por dónde quería ir, tomó el espejo y se observó chocando con una dolorosa
realidad: sus ojos eran verdes. ¡No entendía nada! La señora Madison le había dicho en alguna ocasión
que sus ojos eran verdes dependiendo de la luz en que los mirara. ¡Pero eran negros! ¡Siempre habían
sido negros! ¡Era esa tediosa visión que no quería abandonarla! ¡Estaba enloqueciendo! ¿Estaría dando
vueltas en esa abandonada mansión con esas visiones en la mente? ¿Cómo cuando esa fuerza invisible la
empujó a través del pasillo? ¿O cómo cuando el salón de baile recobró vida con fantasmas?
Impotente, agobiada, asustada y enfadada consigo mismo tiró el espejo al suelo rompiéndolo en un
fuerte estruendo.
—¡Es todo mentira! ¡Es mentira! —gritó, desgarrada con las venas de su cuello hinchadas y sus ojos
amoratados a punto de estallar. Se levantó de la cama y pegó al doctor Newman con los puños cerrados
sobre su torso—. ¡No me engañarás con tu carita de niño bueno y tus palabras dulces! ¡No me engañarás
por mucho que seas el hombre más guapo que haya visto nunca! ¡No eres nada más que parte de un
sueño irreal! ¡Fuera! ¡Fuera!
Las enfermeras entraron corriendo con cuerdas y palos en las manos, atraídas por el ruido. Iban a
atarla y a pegarla de nuevo, pero no le importaba. Debía escapar de ahí.
—¡No! —ordenó el psicoanalista, alzando la mano en dirección a las mujeres.
—¡Acabaré contigo visión extorsionadora! —Seguía dándole golpes sobre el pecho que parecía hecho
de hierro.
El doctor cogió sus pequeños puños entre las enormes manos y luego pasó los brazos alrededor de ella,
reteniéndola y privándola de cualquier movimiento.
—Este no es el comportamiento de una señorita. Aunque que crea que está en un mundo onírico,
debería comportarse y parar de gritar. Yo no soy su enemigo. En todo caso, si está soñando, usted misma
es su enemiga. Y de nada le sirve la rabia y la ansiedad, debe calmarse y buscar una salida a su pesadilla.
Margaret encontró muy lógicas las palabras del doctor y dejó de forcejear. Si quería encontrar una
salida, debía mantener la mente fría.
—Ahora —prosiguió el médico—. Se volverá a sentar en la cama y seguiremos hablando tranquilamente
—La soltó y la pelinegra obedeció.
Las enfermeras se retiraron por petición del experto y todo volvió a esa relativa calma que inspiraba
él.
—¿No le gustan los ojos verdes, señorita Trudis? —preguntó con sorna, retomando el asiento en la
silla.
—No es que no me gusten. Es que no son los míos, los míos son negros.
—¿Nadie le dijo nada acerca de su color?
—Hubo una persona... La señora Madison... Que siempre me decía que mis ojos eran verdes como la
albahaca.
—¿Quién es la señora Madison?
—La panadera, una señora entrañable que cuidó de mí cuando cumplí los dieciséis. Pero se murió en
2002.
—Entiendo. ¿Dónde vive, señorita?
—Vivo en Nueva York. En un apartamento mugroso de las afueras...Perdí mi trabajo.
—¿Trabaja?
—Soy química.
—¡Química! Una interesante profesión para una mujer.
—En el s. XXI las mujeres pueden trabajar de lo que quieran. Hasta son soldados y grandes
empresarias.
—Debe ser una gran época.
—Se está burlando.
—¡No! ¡De veras! No me estoy burlando.
Margaret dilató y contrajo sus pupilas adaptándose al brillo que desprendía el psicoanalista, movió sus
orbes buscando un rastro de malicia en sus traslúcidas esferas caramelo y aspiró profundamente las notas
de barítono que las cuerdas vocales del emisor desprendían hasta llegar a cada rincón de su alma y de su
ser.
Charles Newman no quiso moverse pese al escrutinio de la joven. Parecía que lo estaba mirando por
primera vez, como si estuviera más cerca de la realidad. Era su paciente, peligrosa y ¡por Dios! muy bella;
el enigma que la envolvía, su mirada verde con tonos oscuros... su Hermosa mirada...Cuanto más la
miraba y más buscaba en sus pupilas, más se perdía. Ella era de todo menos una demente. Dios sabría por
qué estaba en esa patética situación, pero la señorita Trudis era demasiado elocuente y bonita como para
ser una lunática. Era un ser especial con luz propia que divagaba entre una infinidad de colores pese a
que predominaba el negro.
—¿Y está casada? Quiero decir... en su mundo.
—No... Ni si quiera tengo novio pese a los intentos de Mía para emparejarme con alguien.
—¿Novio? ¿Qué es eso?
—Es la relación que hay entre dos personas sin estar casados...
—¿Hacen eso en su mundo?
—No es mi mundo, también es el suyo. Pero dentro de muchos años...
—¿Entonces acepta que estamos en el mismo plano real?
Margaret levantó ambas cejas, sin darse cuenta había caído en el error de considerar que aquello que
estaba viviendo era tan real como lo que había vivido en el futuro. Y, que por lo tanto, ambas realidades
eran verdaderas y se diferenciaban por el tiempo.
—¿Quién es Mía?
—Es mi amiga de la universidad. Estudiamos juntas, ahora está casada y embarazada.
—Según el informe que tengo sobre este caso, Mía fue encontrada en la misma habitación que usted el
día que los procesaron.
—¡Esa no era Mía!
—¿Quién era?
—Una imaginación.
—¿Alexander también lo era?
—También.
—¿Y yo?
—Por mucho que me duela... sí.
—¿Le duele?
—Me duele porque es usted muy guapo pero no es real. Cuando me despierte —Chasqueó los dedos—.
Se desvanecerá.
—No sé cómo sentirme al respecto... —sonrió Charles, acariciándose la barba con cierta timidez.
Ninguna mujer le había hablado tan claramente nunca. Debía suponer que Margaret hablaba de ese modo
tan desinhibido a causa de su percepción de la realidad como algo transitorio. Seguramente ella pensaba
que aquello que decía caía sobre su propia mente y no llegaba a la mente de otros seres—. Mañana
seguiremos —concluyó, levantándose para irse.
—Lo esperaré con ansias, es lo único bueno que hay por aquí... Quizás usted sea una vía para recobrar
la consciencia.
—Quizás sí —Ladeó la comisura de sus labios, arrugando su mentón con extrema sensualidad y
abandonó la habitación.
—Mañana... Mañana será otro día... —habló consigo misma, esperanzada.

✽✽✽

Capítulo V

Es parentesco sin sangre una amistad verdadera.


Pedro Calderón de la Barca.

Una semana después.

El nerviosismo iba disminuyendo en Margaret. La presencia del doctor Newman le transmitía seguridad.
Él, con su amabilidad, le hacía creer que todo iría bien.
La esperanza es la confianza que todo ser humano necesita para sobrevivir.
Los días se hacían eternos esperando las visitas del doctor que, desgraciadamente, no podía visitarla a
diario. Algunas mañanas, le tocaba con el doctor Crok y su séquito de carroñeras. Sin embargo, el viejo
médico ya no podía mal tratarla del mismo modo en el que lo había hecho anteriormente. Porque cuando
Charles Newman descubría una nueva herida o contusión, se enzarzaba en una acalorada discusión,
amenazando a Crok con denunciarlo a las organizaciones pertinentes.
Era extraño sentirse protegida por ese hombre del que estaba segura de que era una imaginación. ¿Era
capaz la mente de crear a sus propios héroes y villanos?
—¡Buenos días, señorita Trudis!
¡Era él! ¡Lo había estado esperando durante tres días! Le encantaba el modo en el que la llamaba:
"señorita Trudis". ¡Era tan caballeroso!
—Buenos días, doctor Newman —respondió ella, más confiada y desinhibida.
—Veo que ya no tiene las muñecas irritadas —observó el médico, acercándose a su cama para
explorarla.
—El ungüento que me recetó ha ido muy bien. Pese a que la enfermera me lo pone como si estuviera
untando a un pavo.
Charles rio, como solía hacerlo cuando visitaba a Margaret. La paciente gozaba de un humor y de unos
comentarios muy originales. Era divertida.
—La noto de buen humor —apreció, sentándose frente a ella como solía hacerlo.
—Estoy de buen humor porque hoy me ha tocado con usted... Doctor Newman —confesó. Se mostraba
poco vergonzosa y hablaba sin tapujos porque ella estaba firmemente convencida de que él era falso y que
todo lo que le dijera no lo sabría nadie más salvo ella. Jamás había sido una mujer cercana a los hombres,
pero dadas las circunstancias y en el horror de esa pesadilla, prefería encontrar un punto divertido.
—Hoy hablaremos de su mundo. Aquel en el que dice que realmente vive —explicó, ignorando su
halago con un gesto tímido—. ¿Cómo es la vida en él?
—La vida en el s. XXI es estresada —declaró—. Te forman desde pequeño para que accedas a un
trabajo que consumirá tus días por un salario, ya sea alto o bajo. A duras penas hay tiempo para la familia
o los amigos y mucho menos para encontrarte a ti mismo.
—Suena horrible.
—También tiene cosas buenas como los estados de derecho, las tecnologías o el avance de la
medicina...
—¿Estados de derecho?
—Sí, las personas tienen derechos fundamentales como la alimentación, la educación o un hogar digno.
Los niños están obligados a ir a clase, no pueden trabajar igual que en este tiempo...
—¿Cómo sabes lo que ocurre en este tiempo si no has vivido en él?
—Lo estudié en clase de historia.
—Entiendo, entonces sí hemos existido.
—Sí, existió este tiempo. Pero no existe esta realidad, no existen estas personas que veo ni es real lo
que estoy viviendo. Lo que yo digo es que vengo del futuro, no de otro mundo.
—Está bien, no se irrite señorita Trudis —dijo con una sonrisa—. ¿Puede detallarme un poco más el
asunto de las tecnologías?
—Sí, en el futuro habrá coches.
—También los hay ahora.
—Pero no tirados por caballos, hablo de coches a motor.
—Sí, he visto algunas pruebas de ellos...
—En el s. XXI el mundo irá con coches de motor rápidos y ligeros. Nos comunicaremos a través de
móviles, unos aparatos pequeños que van conectados con satélites y te permiten llamar desde cualquier
lugar. Hay televisión, un aparato que emite imágenes...
El doctor Newman asentía ante las explicaciones de Margaret. Le parecían extrañas las cosas que
decía, pero no locas. De hecho, era como estar hablando con una mujer científica o con una persona con
gran visión de futuro. Eran muy ingeniosos todos aquellos objetos que relataba...Y parecían reales por el
modo en el que los describía. Normalmente, los pacientes con demencia precoz suelen hacer
descripciones erráticas y confusas de sus imaginaciones o visiones. Pero esa paciente hablaba como si
realmente hubiera vivido en un tiempo futuro.
—Sería genial tener uno de esos móviles de los que habla, señorita Trudis.
—¿De veras lo cree?
—Sí, lo creo. ¿No sería mucho mejor poder llamar a tus familiares sin tener que depender del correo?
Este asunto de las llamadas por satélite me parece similar al telégrafo y a la pila voltaica que inventó
Alessandro Volta en 1800. En relación con la medicina, ¿qué avances hay?
—No le podría detallar muy bien, porque no soy médico. Pero sí tengo claro que, por ejemplo, sería
impensable que en el 2002 se pegaran a los pacientes como está ocurriendo aquí. Por muy locos que
estén.
—Tiene razón, es una práctica reprobable que poco a poco va a ir desapareciendo. Estoy convencido.
¿Y qué más?
—Hay antibióticos —Charles frunció el ceño en una mueca de incomprensión—. Son unos
medicamentos contra las bacterias. Por ejemplo, la sífilis se puede curar.
Charles la miraba seriamente, con el mentón apoyado en los dedos. Parecía asombrado.
—Existen las radiografías, para ver si un hueso está roto o similar... —enumeraba satisfecha de ser
escuchada—. La aspirina para disminuir el dolor, las transfusiones de sangre...
—¿Existen personas que se quedan dormidas por un largo tiempo? —se esforzó Charles para seguir con
su terapia por encima de su asombro y de sus ganas por seguir escuchando a Margaret.
—Sí, por supuesto. Se llama estar en coma. Son personas que han sufrido golpes severos o por otras
causas... que yo desconozco. Y se quedan completamente dormidas, inconscientes. Pero siguen viviendo,
respiran y necesitan alimento. También hay estudios que han revelado que durante ese tiempo, su cerebro
funciona y es capaz de escuchar lo que sucede a su alrededor.
—¿Pueden estar mucho tiempo así?
—Sí, me parece que incluso años... ¿Por qué? ¡Oh, Dios mío! —se horrorizó Margaret—. ¿Estoy en
coma, verdad? Me he dado algún golpe o qué sé yo... Y estoy inconsciente tal y como siempre lo había
sospechado. ¡Sabía que usted sería mi vía de escape!¡Mi mente lo ha creado para auto salvarme!
—Me alegra que tenga un alto concepto sobre las capacidades de su mente, señorita Trudis.
Seguiremos el próximo día —concluyó, incorporándose para irse.
—¿Qué? No puede irse ahora que estamos tan cerca de salir de aquí.
—Señorita Trudis, la paciencia es una virtud.
El guapo doctor que parecía sacado de una revista de moda vintage la dejó sola con sus pensamientos.
¡Qué insoportable era en ocasiones! ¿Por qué se iba en la mejor parte siempre? Si esa era el modo de
autoayuda de su cerebro, era de lo más lento.

***

—¿Por qué no podemos verla? ¿Qué derecho tienen a negarnos la visita? —demandó el Marqués de
Salisbury, Robert, a las puertas del manicomio.
—Tiene que dejarnos entrar, la señorita Trudis es una persona muy cercana a nosotros —suplicó
Elizabeth.
—No es conveniente para la paciente recibir visitas del exterior. Además, está catalogada como
peligrosa. No podemos permitir que hubiera un accidente. Es la hija de una asesina y de un loco amante
de la brujería —argumentó el doctor Crok con su largo bigote bailando al compás de sus podridas
palabras.
—¿Peligrosa? No he escuchado mayor necedad, doctor Crok. Conozco muy bien a la señorita Trudis y
no es ninguna amenaza para el bienestar público. Y en cuanto a sus padres, debería reprimir sus juicios.
Sobre todo en lo que se refiere al señor Trudis; quien es un gran hombre y ejerció como un padre para mí
—defendió Robert—. Lo que están haciendo es ilegal y vendré cargado con todas la de la ley. Más le vale
no hacerle daño a Margaret, porque si descubro...
—Yo no pienso irme de aquí hasta haber constatado que Margaret se encuentra en buen estado. Si es
necesario, pediré una orden expresa del juez para entrar —amenazó la apocada Elizabeth, levantando su
dedo índice.
No conocía a Margaret en profundidad. No había compartido con esa mujer nada más que palabras
mordaces nacidas de los celos. Pero se sentía responsable de su desgracia y, lo más extraño, se sentía
unida a ella. No hay nada como esa comprensión femenina mutua que surge en los momentos más
inesperados.
—¿Qué ocurre aquí? —Entró en el despacho un hombre joven, alto y de colores caramelo.
—Doctor Newman, haga el favor de esperar fuera; yo me encargo...
—¡Barón de Cromwell!
Robert dio un salto del sillón y se acercó al que parecía un buen conocido suyo.
—Lord Talbot —correspondió el doctor.
—¿Os conocéis? —inquirió Crok.
—¿Ha conocido a algún noble que no conozca a todos los nobles? Claro que nos conocemos —respondió
el Marqués con la prepotencia que lo singularizaba.
Charles Newman era el Barón de Cromwell, pero debido a su precario título y a su afición por la
ciencia había decidido estudiar y ejercer como psicoanalista. Era un hombre bien posicionado con su
pequeña fortuna y sus propiedades ligadas al título. Pero no se caracterizaba por ello sino por ser un
hombre progresista, humilde y muy bondadoso. Era aficionado a los avances industriales y un adicto a las
convenciones científicas. Amante de lo nuevo y de lo original, era un perfecto psiquiatra entregado a sus
pacientes.
—Te presento a mi esposa, Elizabeth Talbot —siguió Robert, ignorando por completo al viejo médico
que los miraba molesto.
—Un placer, Marquesa —reverenció.
—Lord Newman, quizás usted nos pueda ayudar... —inició Elizabeth con su voz dulce y almibarada—.
Necesitamos confirmar que la señorita Trudis está bien. Queremos visitarla y, en un futuro no muy lejano,
sacarla de aquí. Ha tenido la mala suerte de ser confundida por una demente cuando tan sólo es una
mujer con el alma partida.
—Sería muy beneficiosa una visita para la señorita Trudis. Pero primero deberíamos prepararla y me
gustaría saber un poco más que es lo que les une a ella...
—Doctor Newman, esto no es lo apropiado —intercedió el doctor Crok levantándose del sillón y
colocando sus regordetes dedos sobre la mesa, indignado.
—Doctor Crok, está usted siendo un verdadero incordio —espetó el Marqués de Salisbury—. Me huele
muy mal su hermetismo. ¿Acaso la está mal tratando? ¿Mal trata a sus pacientes? ¿Es eso? Si es así
tardaré menos de una semana en hacer que sea destituido de su cargo. No sabe con quién se está
midiendo, señor. Si se ha pensado que puede manipular a la señorita Trudis...
—Está bien. Está bien... —Levantó ambas manos el viejo barbudo—. Hagan lo que quieran, no seré yo
quien...
—Me duele la cabeza de escucharlo, doctor Crok. Elizabeth, vayamos al despacho de Lord Newman.
Elizabeth asintió y salió de la estancia seguida de los caballeros, dejando atrás a un impotente doctor
Crok.
En el despacho de Charles, el matrimonio contó todo lo sucedido. Desde el temprano compromiso entre
Robert y la señorita Trudis hasta el intento de suicidio de la joven. Agregaron los intentos desesperados
de Alexander por despertar a su hija de la inconsciencia y la participación de Mía, una clarividente, con el
fin de recuperarla de las garras del demonio.
—Tenía conocimiento de la presencia de esa clarividente en la habitación el día que los procesaron —
comentó Charles.
—Ella ha conseguido escapar de la cárcel. Nadie sabe cómo pero no la encuentran, como si la tierra se
la hubiera tragado. ¿Cree de veras que un demonio ha podido meterle en la cabeza todas esas ideas del
futuro?
—Lord Talbot, como científico me veo obligado a decirle que no. Creo que la señorita Trudis ha pasado
por un trauma físico y mental del que debe salir a través de una terapia basada en la lógica. Ella es una
joven llena de sensatez y muy inteligente que sabrá encontrar el camino de vuelta a la cordura... No creo
que esté loca, simplemente confundida.
—¿Entonces por qué no deja que se marche con nosotros? ¿Hoy mismo?
—Yo no tengo esa protestad, debe ser el doctor Crok quien dé el alta. Pero sí puedo permitir que la
visiten como parte de su terapia. Vuelvan mañana por la mañana y les dejaré pasar. Primero debo
prepararla...
—Está bien, Lord Newman. Confío en usted.
Los Marqueses abandonaron el manicomio dispuestos a volver al día siguiente.
—¿Has visto como se le iluminan los ojos a Lord Newman cada vez que habla de Margaret? —preguntó
Elizabeth en el carruaje.
—Si fuera así, desearía que saliera bien... Margaret merece ser feliz y Charles es un buen hombre.
—Sí, se lo merece. Dios quiera que salga pronto de aquí.

***

A la mañana siguiente.
Margaret se peinó el pelo con el pobre reflejo que el vidrio de la puerta le ofrecía. Sentía la tonta
necesidad de parecer menos miserable frente al doctor Newman. Él la escuchaba, la valoraba. Fuera real
o no, merecía que, como mínimo, se adecentara todo lo posible. Claro que el sempiterno camisón blanco
del manicomio no era el atuendo más favorecedor. Ni si quiera le daban la cantidad suficiente de agua
para lavarse adecuadamente. ¡Cuanto echaba de menos una buena ducha!
Escuchó los pasos decididos y pesados de Charles y corrió a la cama, donde aparentó estar medio
dormida. A penas eran las siete de la mañana a juzgar por la posición del sol, que intuía levemente a
través de las rejas de su ventana.
—Buenos días, señorita Trudis.
—Buenos días, doctor Newman —sonrió ella, incorporándose para quedarse sentada—. Hoy ha venido
más pronto de lo habitual—. Observó con una de sus escasas pero extraordinarias sonrisas femeninas.
—Tenemos muchas cosas de las que hablar...
—Sí, es cierto. Ayer me dejó a medias con el asunto del coma. ¿Estoy en coma?
—Quiero decirle algo, señorita Trudis. Cualquier realidad que vivamos en nuestra mente, es real. Sea
pasada o futura. No importan los motivos por los que se sienta de otro tiempo, debe considerar
seriamente que cualquier espacio que ocupa es tan válido como otro. Y en todos ellos debe mantener la
calma. ¿Me entiende?
—Es algo que voy entendiendo desde que lo conozco —sonó demasiado atrevida para su propio gusto—,
quiero decir que usted me hace ver la situación de forma distinta.
—Le he traído el desayuno —Le extendió una bandeja con un tazón de leche y unos panecillos de
mantequilla. Margaret no se había dado cuenta de ello hasta que lo mencionó. ¡Desayuno en la cama! ¡Era
el hombre ideal! ¡Sin duda! Aceptó las viandas con mucho gusto, normalmente comía pan duro y poco más
—. Me gustaría hablar de las personas que han sido importantes para su vida, hoy. ¿Las recuerda? ¿Puede
enumerarlas por orden cronológico?
—Sí... —Hizo un esfuerzo de memoria—. La primera persona a la que recuerdo importante... es
Elizabeth.
—¿Puede describirla?
—Era una niña muy dulce y sensible. De pelo rubio y ojos verdes como las esmeraldas —Charles
palideció.
—¿Qué tipo de relación tenía con ella?
—Era mi amiga del orfanato. Mi mejor amiga, como una hermana.
—¿La siguiente?
—La Reverenda Madre, una señora entrada en años muy amable que me dio el relicario astral en el
que salen los señores. Después, llegó la señora Madison. Y por último, Mía.
—¿No ha tenido ninguna relación sentimental?
Margaret se sonrojó y se miró las manos con uñas cortas.
—Lo cierto es que no... Nunca me gustaron los hombres de mi época.
—¿Por qué?
—Sentía que no combinaban con mi prototipo de hombre ideal.
—¿Se sentía cómoda en su época?
La joven cayó en la cuenta de que siempre se había sentido fuera de lugar. Acostumbraba a sentirse de
otro mundo y Mía se reía de ella constantemente de ello.
—A veces no me sentía cómoda, pero creo que puede pasarle a cualquiera.
—Puede que sí. ¿Le suena de algo el nombre de Robert Talbot?
La bella pelinegra cerró con fuerza los ojos, tratando de relacionar ese nombre con algún recuerdo.
—Sí, su nombre aparecía en algunos documentos de la mansión que heredé. Según esos documentos, él
era mi prometido. También tuve una visión de él bailando conmigo... Pero estamos en lo mismo, no sé si
era real. Porque hasta donde yo sé, yo nunca he estado prometida.
—¿Hace mucho tiempo que no ves a Elizabeth?
—¡Muchísimo! ¡Nos separamos al cumplir los trece años!
—Si la volvieras a ver, ¿qué harías?
—¡Abrazarla! Sin ninguna duda.
—Un segundo, ahora vuelvo.
El sexy doctor, como lo apodaba Margaret mentalmente, salió dejándola sola con el panecillo de
mantequilla.
Charles fue en busca de los Marqueses de Salisbury que esperaban en su despacho.
—Mía, la clarividente, sabía lo que hacía. No sé qué técnicas usó, pero por lo que entiendo, consiguió
desbloquear a Margaret —inició Lord Newman tras las salutaciones pertinentes—. Me imagino que debía
sentirse muy dolida con vosotros. Sobre todo con usted, Elizabeth. Por ser la mujer que, por decirlo de
algún modo, le robó el marido... Sin embargo, ese rencor ha sido transformado por un profundo amor,
sanando esa gran herida que pueden provocar los celos.
—¿Amor? —se extrañó la Marquesa.
—Sí, Mía introdujo unos recuerdos falsos en su mente. Le hizo creer que eras su amiga de la infancia. Y
estaría encantada de volver a verte...
Elizabeth se llevó las manos sobre el pecho, horrorizada.
—¡Pero eso será peor! Si descubre... Podría hacerle más daño.
—No, porque no recuerda a Robert. Ni si quiera no está presente en sus recuerdos falsos. Sabe algo de
que fue su prometido, pero no lo siente como tal. Y aunque llegara a recordar lo sucedido, dudo mucho
que volviera a sentirse como se sintió el día que quiso suicidarse. Porque ahora conoce otra parte de
usted, Elizabeth. Y desconoce muchas de su esposo.
—¿Podemos verla? —preguntó el Marqués.
—Sí, pero deberán ser muy cautos con lo que digan.
—Lo seremos, no se preocupe.

✽✽✽

Capítulo VI

La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo.


Napoleón I.

El manicomio era frío y gris. A Margaret le recordaba al orfanato. Por eso podía acostumbrarse a él. La
diferencia erradicaba en los compañeros. En lugar de ser niños faltados de cariño y atormentados, eran
un grupo de adultos que daban auténtica grima. No asustaban por sus patologías o comportamientos, sino
por lo descuidados y solos que estaban.
—Señorita Trudis —la sacó de sus pensamientos el doctor Newman—. Ya estoy de vuelta.
—Pensé que no volvería.
—Disculpe, he tenido que salir en medio de mi visita porque la terapia de hoy será un poco distinta. Le
traigo una visita.
—¿Visita? ¿Quién puede ser? No conozco a nadie aquí... —se preocupó la joven.
—No tienen por qué ser conocidos. Simplemente disfrute de su compañía... Quizás encuentre algún
punto positivo.
—Está bien —Se incorporó y esperó con las manos cruzadas por delante—. Confío en usted.
—Ya pueden pasar.
Entró un hombre de pelo oscuro y ojos negros, el mismo que el de esa visión que tuvo en el salón de
baile. Era muy apuesto y tenía un aire salvaje de lo más sensual, pero no era tan atractivo como su sexy
doctor. O eso pensó ella para sus adentros. ¿Era su prometido? ¡Esperaba que no hubiera ido para casarla
en ese mundo onírico! Puestos a elegir, prefería tirarse a los brazos de Charles. Aquello último sonó
cómico para sí misma.
Tras de él, iba una mujer de pelo dorado y ojos esmeralda...Muy conocida. ¡Elizabeth! Tenía diez años
más y vestía un enorme traje victoriano pero, sin lugar a duda, era ella. ¡Su vieja amiga de la infancia! ¡Su
hermana postiza! ¿Cómo era posible?
—¡Elizabeth! —se emocionó, sorprendida—. ¿Está usando mis recuerdos para manipularme? —Encaró
a Charles tras unos segundos de silencio—. ¿Está esperando que me quede aquí si me trae a las personas
de las que le he hablado?
—Margaret... ¿Se acuerda de lo que habíamos hablado? Cualquier vivencia es real. ¿Por qué no deja de
sobre—analizarse y actúa como realmente desea?
La paciente controló su impotencia y cogió aire sonoramente. Charles tenía razón. Fuese real o no,
deseaba abrazar a Elizabeth con todo su corazón. Ella había sido su única familia en la infancia. Y la echó
mucho de menos durante su adolescencia. ¡Estaba tan cambiada! Parecía feliz y se había convertido en
una mujer muy bella. Su carácter advertía ser el mismo de siempre: un poco insegura, bondadosa, dulce y
tímida.
—Elizabeth... ¿Me recuerdas? —preguntó, acercándose a ella e ignorando a Robert por completo.
—Por supuesto que te recuerdo —respondió la Marquesa, lejos de los protocolos.
No compartían los mismos recuerdos, pero ambas se conocían. Y eso era suficiente para ambas.
—¡Te he echado tanto de menos! —confesó la pelinegra, abrazando a Elizabeth con fuerza.
La Marquesa correspondió al abrazo, pidiéndole disculpas por todo el daño que le había causado
mentalmente. Margaret merecía una segunda oportunidad y ella haría todo lo posible para que la tuviera.
Si debía entrar en el mundo fantasioso de ella, entraría. Llegaría un día, estaba segura, en que la
pelinegra entendería lo sucedido y volvería a ser ella misma.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué has venido?
—He venido para ofrecerte mi ayuda, Margaret. Me gustaría que salieras de este lugar...
—¡A mí también me gustaría salir! ¡Ojalá despertara pronto de este coma infinito! ¡Estoy aburrida de la
falta de agua y comida! Por no hablar de este aburrido camisón blanco que parece un saco.
Los Marqueses abrieron los ojos como platos y buscaron ayuda de Lord Newman, Barón de Cromwell.
—Margaret cree que está inconsciente y en su tiempo, el futuro, ese estado se llama "coma" —aclaró el
sexy doctor.
—Lo cierto es que jamás la había escuchado hablando así... —comentó Robert—. Ella siempre ha sido
muy comedida, elegante y protocolar... Es como si la hubieran cambiado.
—¿Y tú quién eres para opinar sobre mí? —espetó Margaret en una situación completamente
surrealista para terceras personas. En el siglo XIX era impensable que una dama de buena cuna hablara
de ese modo a un Marqués por mucha confianza que hubiera—. ¿Tú eres ese que se hace pasar por mi
prometido? Pues yo no te conozco de nada, así que no hables de mí —lo cortó, al más puro estilo s. XXI.
Robert se quedó patidifuso ante esa mujer a la que consideraba su hermana. Así la amaba, como si
compartieran la misma sangre. Por un lado estaba feliz de que hubiera sanado el dolor del desamor, pero
por otro se sentía un poco triste por perderla una vez más. Le encantaría poder tener una amistad sincera
con ella. Pero por lo visto, Margaret era otra totalmente. ¡Fuerte y directa! Quizás demasiado directa.
—Margaret, Robert está casado con Elizabeth. Si algún día fue tu prometido, ya no lo es —explicó el
doctor Newman desde sus espaldas sin dejar de observar ningún detalle.
—¡Qué sueño más raro estoy teniendo! Mi amiga de la infancia resulta que está casada con mi
prometido, que por cierto, no conozco de nada. Mientras un bombón de doctor intenta psicoanalizarme.
Será mejor que me tumbe y espere a que me den un electrochoque para reanimarme —sentenció con la
cabeza a punto de estallarle entre que se tumbaba delante de los presentes sin ningún pudor ni
miramiento—. ¿Por qué me miráis así? —Se dio cuenta de que la estaban mirando de forma extraña—. Ah
sí, todo eso de que debo comportarme bien aunque crea que es una mentira. Eh... Bien —se dirigió a
Elizabeth—. Me alegro muchísimo de que te hayas casado con este tío. No sabía nada sobre tu vida y
ahora apareces casada. ¿Tienes hijos?
—Eh...Eh... S-Sí —consiguió responder la Marquesa—. Tenemos dos. El mayor, Rony y la bebé, Áurea.
—¿Áurea? ¡Qué nombre tan bonito! ¿Los conoceré algún día?
—Cuando quieras...
—Margaret, ¿de verdad no recuerdas nada sobre mí? —inquirió Robert.
—¿Qué voy a recordar de ti, alma de cántaro? Si es la primera vez en mi vida que te veo. Un día tuve
una alucinación sobre un baile en el que salían y me dabas vueltas en medio de una pista...
—¿En la mansión de los Trudis?
—Sí...
—¿Con Audrey Cavendish como invitada especial?
—Sí... ¿Cómo lo sabes? Bueno, claro. Si eres un producto de mi mente, sabes todo lo que sé yo...
—¿Por qué piensas que soy un producto de tu mente? ¿No podría ser que has estado en coma en este
tiempo y has despertado tan confusa que no reconoces ni a tu propia familia?
Charles negó con la cabeza desde un rincón, advirtiendo al Marqués que no siguiera por ese camino.
—No, no pienso callarme. Alguien tiene que decirle la verdad.
—Pero todo tiene un procedimiento... —alegó el psicoanalista.
—A la mierda el procedimiento —dijo Robert—, voy a hacerlo al estilo escocés: Margaret, eres hija de
los Trudis. Estuvimos prometidos por un tiempo, pero yo sólo te amaba como a una hermana. Me casé con
Elizabeth, que no es tu amiga de la infancia. Y luego intentaste suicidarte. Te diste un golpe en la cabeza y
estuviste más de ocho meses en esto que dices tú... coma. Una clarividente, una mujer que manipula y ve
cosas del más allá, te sanó con sus propios hilos y sus historias para que volvieras. Pero has vuelto a "lo
Frankenstein". Porque no te enteras de nada y estás quedando como una loca. Los recuerdos del más allá
y no sé qué novelas de Jane Austen, son las imágenes que Mía, la médium, te metió en la cabeza. ¿Lo has
entendido? El doctor bombón es real, yo soy real y ella es real. Tú también. Mira —Le dio un pellizco en el
brazo—. ¿A qué te ha dolido?
Margaret le soltó una sonora bofetada en respuesta.
—¿Te ha dolido a ti, miserable rata? ¿Quieres que te dé otra? —amenazó, con la mano levantada.
El Marqués se llevó la mano sobre la mejilla adolorida.
—¡Robert! ¿Por qué la enfadas? —se molestó Elizabeth—. ¿No te ha dicho el doctor que hay que ir poco
a poco?
—¡No soy ninguna loca! ¿Cómo puedes venir aquí y decirme que todo lo que yo recuerdo es una
mentira? ¿Entonces por qué no tengo ningún recuerdo de este siglo?
—No mientas, sé que Mía te hizo ver cosas que habías vivido. Me lo ha dicho Alexander en una visita
que le hemos hecho antes de venir aquí. Está muy preocupado por ti, Margaret. Es tu padre, es mayor y
está en la cárcel por defenderte. Si tú salieras de este manicomio... Y pudieras hablar por él, volveríais a
casa con normalidad. Te estás aferrando a una mentira sin sentido. ¿Qué siglo XXI ni qué historias?
—¡No! ¡No! ¡No! —se ofuscó Margaret—. ¡No! ¿Mi infancia, mi adolescencia, mis estudios... son
mentira? ¿Quieres decir que yo he nacido en este mugroso siglo?
La paciente dio un salto de la cama y empezó a golpear la pared con rabia. No soportaba ese vacío, ese
entrevero de ideas, recuerdos y verdades.
—Margaret, Margaret —La cogió entre los brazos el sexy doctor, embriagándola con su aroma fresco—.
Respira, respira... Por favor. Tranquilízate.
Elizabeth miró con clara desaprobación a su esposo.
—Alguien tenía que decírselo.
—Tú no eres médico, Robert. No eres más que un tosco y bruto salvaje que nunca aprende. Margaret...
—Se aproximó a ella, colocándole una mano en el hombro—. Margaret, ¿quieres venir conmigo? ¿En mi
casa? ¿Quieres pasear por los jardines y ver el cielo? Aquí dentro no estás viendo nada más que paredes
blancas.
—No, no quiero moverme de aquí —sollozó, cogida a Charles y con un reguero de lágrimas en sus
ojeras moradas—. Aquí es donde caí inconsciente y de aquí me despertaré. No quiero profundizar más...
—Está bien, querida. Está bien... ¿Pero puedo visitarte otro día?
—Bueno... sí. ¡Pero sin él! —Señaló a Robert como si fuera el enemigo.

***

Las visitas de Elizabeth eran frecuentes. Normalmente se sentaba al lado de ella, en la misma cama. Y
hablaban de nimiedades sin entrar en temas que pudieran ser dolorosos. Un día, trajo a los niños con
ella.
Margaret se alegró mucho de ver a esos pequeños. De ver a dos criaturas tan inocentes y de poder
abrazarlas y jugar con ellas. Le devolvían una parte de la vida que había creído perder.
—¡Qué bonita es Áurea! Es preciosa —Cogía a la bebé y se la acercaba al cuerpo, sintiendo su pequeño
corazoncito.
—Maga...Magarre —piulaba Rony, subiéndose a su falda y ella le devolvía el afecto con una carantoña.
Los días se sucedían y Margaret empezaba a amar a esos niños como si fueran reales. Los amaba tanto
que le resultaba muy difícil pensar que fueran falsos. También estaba cogiendo afecto a su vieja amiga de
la infancia; por no mencionar a Charles, que se había vuelto indispensable en su vida. La relativa felicidad
de ese ambiente, hizo que se planteara si lo que había dicho Robert era cierto. No se sentía incómoda. No
parecía tan falso como había querido creer desde el principio.
—¿Sigue en pie tu invitación? ¿Podría pasar unos días en tu casa? —preguntó una mañana, para
sorpresa de los presentes.
—¡Por supuesto! —exclamó Elizabeth, que le había cogido afecto a Margaret. Más allá de la rivalidad
que un día existió por Robert, se había encontrado con una mujer llena de aptitudes y muy agradable.
—¿Cuándo se le ha ocurrido esto, señorita Trudis? —inquirió el doctor Newman, disimulando su miedo.
Su decepción. Se había acostumbrado a la presencia de la paciente, aunque no fuera correcto.
Ella estaba cada día más hermosa, su humor había mejorado considerablemente y presumía de tener
las conversaciones más divertidas, elocuentes e inteligentes de todas las mujeres que había conocido.
—Llevo meditándolo desde ayer por la noche. Hace dos meses que Elizabeth viene a visitarme y la
presencia de los niños me ha hecho plantear muchas cosas. Creo que sería beneficioso para mí salir de
estas cuatro paredes y ver qué hay más allá. Quizás encuentre límites que me demuestren que estoy
perdida en mi propia mente. O quizás no encuentre ningún muro y tenga que aceptar... que lo que dijo
Robert es cierto. En este último caso, me quedaría un largo camino por recorrer, porque no tengo ningún
recuerdo de este tiempo. Y, en cambio, sí tendría muchas dudas y preguntas sin respuestas.
—La entiendo, señorita Trudis. De hecho, comparto su modo de pensar. Sin embargo, el permiso para
darle el alta debe dárselo el doctor Crok.
El viejo doctor Crok de barba abundante y bigote largo seguía siendo el director del manicomio y sólo
él tenía la protestad de dar el alta a los pacientes.
—Pero usted está aquí para informar a las organizaciones pertinentes de una mala praxis por parte del
doctor Crok. Apele por el alta de Margaret y si se niega... deberemos tomar cartas en el asunto. No
podemos permitir que ese hombre actúe como un tirano —argumentó Elizabeth con su bebé, Áurea, entre
las manos y Rony subido a la falda de Margaret.
—Por supuesto... Haré todo lo posible para conseguir que la señorita Trudis pueda salir de aquí. Si me
disculpan...
Charles Newman abandonó la habitación ante la mirada perpleja de las mujeres. ¿Qué le sucedía? Por
algún motivo extraño, le molestaba que Margaret quisiera irse de su lado... De su ala de protección. Pero
por otro lado, estaba feliz por ella. Se alegraba de su evolución. Y quería lo mejor para su paciente. Sí, no
debía olvidar que ella era su paciente y no podía... No podía sentir lo que estaba sintiendo. Estaba mal.
Caminó con paso seguro y decidido hasta el despacho del doctor Crok, donde solía estar confinado
cuando no mal trataba a los internos.
—¿Puedo pasar, doctor Crok? —preguntó, tocando la puerta un par de veces.
—Pase, doctor Newman.
—He estado tratando a la señorita Trudis durante más de dos meses y aconsejo que se le dé el alta.
Ella misma la ha pedido y Lady Talbot, la Marquesa de Salisbury, se ha ofrecido para hospedarla en su
casa. Si viéramos que...
—Lo que me pide es imposible, doctor Newman. No puedo darle el alta a la señorita Trudis —lo cortó.
—¿Existe algún motivo? —preguntó el Barón de Cromwell, que siempre había notado una deliberada
malicia del doctor Crok hacia la señorita Trudis. Parecía que en lugar de querer que se recuperara, quería
volverla más loca.
—Es peligrosa. No sabe si vive en esta realidad o en otra. Y dados los antecedentes de su madre, que
mató a los padres del Marqués de Salisbury, no podemos confiar en ella ni en sus intenciones. Quién sabe
si lo que en realidad está tramando es otro asesinato... Desaconsejo totalmente que vaya a vivir con los
Marqueses donde hay niños inocentes y una mujer tan delicada como Lady Talbot.
—Ha sido la mismísima Lady Talbot la que ha invitado a la señorita Trudis a su casa.
—Lady Talbot es demasiado ingenua y no tiene los conocimientos que tenemos nosotros o que
deberíamos tener... —Lo miró con segundas intenciones—. ¿Si ahora los familiares de todos los internos
dicen que se quieren llevar a los enfermos, debemos acceder? ¿Sin tener en cuenta el perjuicio que esto
pueda conllevar?
—Tengo los informes de la evolución positiva de la paciente aquí mismo —Le entregó un dossier repleto
de pruebas que indicaban que Margaret había evolucionado correctamente—. Considero que el contacto
con el exterior será definitivo para su recuperación.
El doctor Crok hizo un amago de revisar los documentos para luego apartarlos y mirarlo con desdén.
—No le daré el alta —sentenció—. Ahora, si me disculpa...
—¿Por qué, doctor Crok? Exijo una explicación coherente y no una negativa vacía de argumentos —se
envaró Charles, haciendo temblar sus ojos caramelo sobre los diminutos orbes del viejo.
—¡Doctor Newman! —Se incorporó ese cuerpo sin cuello, porque tenía la cara pegada al torso de lo
bajito que era—. Lo han enviado aquí para supervisar mis métodos y colaborar en lo que se le necesite, no
para darme órdenes. El director de este centro sigo siendo yo y a menos que pueda comprobar que la
señorita Trudis no es una asesina en potencia, la paciente se quedará aquí.
—Haré uso de todos mis métodos para liberar a esa paciente de sus garras —espetó Charles, a punto
de salir por la puerta como alma que lleva el diablo.
—¿Por qué tiene tanto interés por esa señorita? ¿No será que se siente demasiado cercano a ella?
—¿Qué insinúa? —Se giró, para enfrentarlo.
—Insinúo que está usted demasiado implicado en este caso por asuntos que pueden llevarlo a ser
cesado de su cargo.
—¡Jamás! Tan sólo no tolero las injusticias...
—¿Y por qué no lucha por los otros pacientes que quizás necesitan de un salvador tanto como la
señorita Trudis?
—Ya lo hago —Lo miró seriamente—. No me manipule, doctor Crok. No le saldrá bien —dijo con voz
amenazante, cubriendo al diminuto médico con su enorme sombra.
—Por el momento no visitará más a la señorita Trudis y no expondrá a Lady Talbot a esa asesina en
potencia —resolvió el viejo, sentándose de nuevo.
—¿Disculpe? No tiene autoridad para...
—¡La tengo! Y si demuestra tener un apego inusual con la paciente, seré yo quien lo despida y no podrá
seguir ejerciendo en ningún otro lugar.
—¿Tiene pruebas de lo que dice?
—¿Acaso no es evidente? —Lo señaló—. Usted que es psicoanalista como yo, debería reconocer el
enamoramiento y el deseo sin dificultad.
Charles se cuadró, impotente. El doctor Crok, pese a todo, tenía ojo de halcón y había adivinado sus
sentimientos antes que él. Se había enamorado de su paciente y era un delito. Salió del despacho sin decir
nada más, molesto. Enfadado consigo mismo, porque sus sentimientos por Margaret la habían perjudicado
indirectamente. Por otro lado, ¿por qué el viejo médico tenía esa inquina contra la señorita Trudis?
Se negó a volver a la habitación de la joven pelinegra de ojos verdes como la albahaca. Se negó a
presentarse frente a la avispada mujer de ideas revolucionarias que hacían despertar su ingenio y su
pasión por la ciencia. Se negó a confesarle que era un vil embustero, que buscaba cualquier excusa para
visitarla porque se había vuelto adicto a su humor, a sus manos largas y pálidas y a su sonrisa enorme. Se
había vuelto adicto a los labios finos y bien dibujados de Margaret, y deseaba besarla. Quería besarla con
ímpetu, protegerla entre sus brazos y amarla como nadie la había sabido amar. ¡Robert Talbot era un
idiota! La señorita Trudis era alta, con pecho abundante y unas caderas de infarto... ¡Dios! ¿Cómo
resistirse? Se resistía por su profesionalidad, por respeto a ella. ¿Cómo le afectaría a la paciente que su
propio doctor la besara? ¡Diría que estaba en ese sueño idílico del que siempre hablaba! ¿O pensaría que
estaba siendo abusada?
Atado de pies y manos, no visitó a Margaret durante varios días. El doctor Crok se lo había prohibido,
peligraba su oficio. Y no era que le importara seguir ejerciendo como médico, pero sí temía ser despedido
y que la alejaran definitivamente de la señorita Trudis. No podía dejarla sola. No podía tirar por los suelos
a más de dos meses de terapia.
Se le prohibieron las visitas a Elizabeth bajo el pretexto de que era por su seguridad. La Marquesa,
impotente, se dispuso a tirar de los hilos para liberar a Margaret de las garras de Crok pero entre que se
salía con la suya y no, la paciente había quedado en manos de ese desalmado de nuevo.
—¿Y el doctor Newman? —preguntó la pelinegra al ver entrar al viejo seguido de las enfermeras.
—Está ocupado con otros asuntos. Nosotros nos ocuparemos de ti hoy...
Capítulo VII

Todo deseo estancado es un veneno.


André Maurois.

Meses antes en el s. XIX.

Un callejón oscuro de Londres, orín en los adoquines y perros sarnosos vagabundeando por las esquinas.
En ese ambiente, el fino mayordomo de los Trudis, Benjamin, se dirigía al encuentro de su primo. Un
renombrado psiquiatra que dirigía el hospital psiquiátrico de Bethlem.
—¿Qué quieres Benjamin? —espetó el médico, subiendo las solapas de su chaqué para que nadie lo
reconociera—. ¿Por qué me has citado en este asqueroso lugar?
—Tengo una propuesta que nadie puede escuchar. Podemos hacernos muy ricos... —Hizo brillar su
dentadura en mitad de la bruma.
—¿De qué se trata? —Acercó la oreja.
—De los Trudis... Pusieron a la señora en la cárcel por haber asesinado a los anteriores Marqueses de
Salisbury y por conspirar contra los actuales.
—¿Y qué puedo hacer yo? —inquirió "el sin cuello", confuso.
—Dirás... ¿Qué podemos hacer nosotros? La hija de los Trudis ha intentado suicidarse. No entiendo de
psiquiatría pero tiene toda la pinta de ser un caso para tratar...
—Me dedico a casos más severos que un simple intento de suicidio...
—Ahora viene la mejor parte, primo. No te impacientes. La niña ha perdido el conocimiento y lleva días
sin recuperarlo. Alexander está desesperado y ha aceptado el tratamiento de una clarividente de nombre
Mía.
—¿Brujería?
—Locura —determinó Benjamin—. Están locos y no creo que la niña despierte mucho mejor...
—No te sigo...
—Si me quedara yo solo al mando de la casa, podría sacar un buen pastizal. Las rentas y todo lo demás
estarían a mi alcance... Y en el tuyo. Por supuesto. Para eso, debemos hacer entender a la sociedad que
tanto Alexander como Margaret Trudis son peligrosos y deben estar encerrados.
—Benjamin... Y yo que te había subestimado cuando vi que dedicabas tu vida al servicio de otro. Ya veo
que has heredado la ambición familiar.
—¿Entonces? ¿Lo vamos a hacer?
—Sí, lo haremos. No es la primera vez que lo hago. Han ocurrido cosas similares en el manicomio. El
plan es el siguiente...
Los pérfidos primos idearon un plan en el que meterían a las autoridades de por medio con el fin de
avalar sus actos. Benjamin fingiría estar muy preocupado por la familia y llevaría a los guardias a la
mansión justo en el momento indicado. Cuando tuvieran el control de la fortuna de los Trudis, todo habría
valido la pena.

***

Ahora en el s. XIX.
Charles Newman estaba inquieto. Hacía su ronda entre los pacientes que le habían asignado, pero era
incapaz de concentrarse en su trabajo. Había mandado diferentes misivas a las autoridades competentes,
pero le habían respondido lo mismo que el doctor Crok. Que la señorita Trudis era peligrosa dados sus
antecedentes familiares y su delicado estado de salud y que no podían hacer nada más por ella aparte de
retenerla en el hospital de Bethlem en St. George.
No podía creer que Margaret fuera una asesina. Ni mucho menos que fuera peligrosa. Llegaba un
punto en el que no sabía si sus pensamientos eran objetivos o movidos por el amor que sentía por ella. La
echaba de menos. Echaba de menos sus ocurrencias, sus conversaciones inteligentes y.… su cuerpo.
Moría por perderse en esos ojos verdes otra vez.
Para ir a la habitación 42, donde tenía que hacer terapia, tuvo que pasar por delante de la de
Margaret. La escuchó gritar, sus gritos invadían el pasillo y llegaban hasta el final del mismo. También
lloraba. ¡La estaban mal tratando! Otra vez las duchas frías y los golpes... ¡Por nada! ¡Por qué! ¿Por qué
tanta maldad contra ella? ¿Contra esa mujer que deseaba retener entre sus brazos? La rabia lo consumió,
hinchándole la vena yugular y apretando sus ojos caramelo.
Se acercó a la puerta de la habitación, estuvo tentado de entrar y darle una soberana paliza al viejo
doctor Crok. Pero en lugar de eso, iba a hacer algo más inteligente. Abandonó su camino hacia la
habitación 42 y corrió al despacho de Crok. Se estaba arriesgando mucho, pero ella valía la pena. Ella, en
mayúsculas. Allí, rebuscó entre los cajones y los documentos.
No había nada. Nada que pudiera incriminarlo. Algo que le dijera por qué se estaba comportando de
ese modo más allá de la maldad... Debía tener algún interés. Ocultaba información. Con el entrecejo
apretado y bien marcado por los años de estudio, reparó en un sobre bien cerrado al final de un cajón.
Lo tomó entre sus grandes manos y lo rasgó sin miedo. En él había cheques firmados por un tal
Benjamin. No entendía qué relación tenía Benjamin con Margaret, pero su intuición le decía que alguien
estaba pagando al director para perjudicar a los Trudis.
No había tiempo que perder. Su sentido del honor, la justicia y la caballerosidad lo obligaban a actuar
de inmediato. Observó que estaba anocheciendo y que la luz del edificio iba disminuyendo. Dejó el sobre
abierto en el mismo lugar que lo había encontrado y salió con uno de esos cheques escondido en el
bolsillo. ¿Sería una prueba?
Al hacerlo, y unos metros más adelante, se cruzó con Crok. Lo saludó normalmente, como si no lo
odiara. Como si no acabara de descubrir que alguien lo estaba sobornando. No era el momento de hacerle
frente. Conocía sus costumbres, sabía que después de haber torturado a Margaret iría con otra paciente
del piso de abajo.
Era ahora o nunca. Con una habilidad propia de un espía y valiéndose de las habilidades adquiridas en
su juventud como estudiante en Eton, se coló en el cubículo acolchado de Margaret. La joven estaba atada
de manos a unas cuerdas, tenía los pies llenos de hematomas y su cara cubierta por una maraña de pelo
larga hasta la cintura. Se le encogió el corazón al verla en ese estado, cuando días antes estaba rebosante
de alegría y buen humor.
Se acercó a ella lenta pero rápidamente. No levantó la cabeza para verlo, estaba bloqueada. La cogió
entre los brazos y la cargó como una pluma lejos de allí. Sintió su cuerpo tembloroso pegado a su torso y
su virilidad se disparó, orgulloso de salvarla.

***

Margaret vio desaparecer al doctor Newman y a Elizabeth de un día para otro. El doctor Crok la
visitaba cada día y se ensañaba con ella tal y como lo había hecho al principio. Se pasaba las horas
llorando, sin entender nada.
Había abierto su corazón a los niños de Elizabeth, había estado dispuesta a abandonar el manicomio.
Pero en cambio, la habían castigado. En ocasiones se colocaba al lado de la puerta y gritaba el nombre del
doctor Newman o el de la Marquesa de Salisbury, pero no aparecían. ¡Otra pesadilla! ¿Cuándo se
terminaría todo eso? ¿Cuándo acabaría ese lamento? ¿Esa desesperación?
Terminó por acurrucarse en una esquina, apoyada a la pared acolchada y sintiendo como su cuerpo y
su alma se debilitaban de nuevo. Temblaba y no dormía. Era incapaz de concebir el sueño.
Hasta que una noche nublada por un aire fresco e innovador, fue cargada entre unos brazos enormes y
alejada de ese lugar. Sentía la respiración sobre su pelo desordenado, los pasos pesados y seguros... y el
corazón latir a toda prisa contra su pecho.
Se sintió a salvo pese a lo enfadada que estaba con él. Y cayó dormida después de muchas noches sin
dormir.

***

Se despertó sin saber cuántos días ni cuantas noches habían pasado. Le dolía la cabeza, por lo que
parpadeó unas cuantas veces antes de abrir los ojos definitivamente. Por un instante pensó que iba a
despertar en un moderno hospital del s. XXI, pero vio que estaba en una modesta casa del s. XIX. Los
muebles oscuros, las paredes empapeladas y las cortinas pesadas eran una buena prueba de ello.
Notaba su aroma cerca. Ese aroma fresco, amaderado y lleno de vida. ¡Estaba enfadada con él! ¿Por
qué la había dejado en las garras del doctor Crok? ¿Después de haber accedido a salir de ahí? ¿Dónde
estaba?
Lo buscó con la mirada a través de la estancia, pero estaba vacía. Intentó incorporarse superando el
fuerte dolor de articulaciones que padecía por culpa del frío que había sufrido. Se fijó en que todavía
llevaba el mugroso camisón del manicomio. ¡No lo soportaba! Olía mal y estaba sucio. ¡Por Dios! ¿Una
ducha? ¿No habría una ducha por allí?
Se acercó a la lumbre que chispeaba ardientemente y se sentó al lado de ella, agradeciendo el calor en
sus huesos. ¿Cuántos días hacía que no veía el sol? Fuera imaginario o real. ¡Ya le daba igual! Necesitaba
luz, calor en el cuerpo.
—Señorita Trudis... Se ha despertado —escuchó a sus espaldas, una voz comedida y gentil. La voz de
Charles.
Lo miró de reojo con el ceño fruncido y lo ignoró.
—¿Está enfadada conmigo, señorita Trudis? —Se acercó a ella, acuclillándose a su nivel y mirándola
fijamente—. ¿No quiere hablar, es eso?
—¡¿Cómo ha podido abandonarme en las manos de ese malvado doctor?! —espetó, furiosa. Con
lágrimas en los ojos, pero con esa dignidad de la que nunca se desprendía ni en sus peores momentos.
—Créame que lo último que deseaba era dejarla en manos del doctor Crok, pero todo se complicó...
—Sinceramente, doctor Newman. Ya no sé qué creer. Ya no sé qué... —Se movió ansiosa—. ¿Cómo sé
que al aceptar la invitación de Elizabeth no he caído en un abismo mayor en mi inconsciencia? ¿Cómo sé
que los castigos del doctor Crok no son un reflejo de mi propia culpabilidad por encontrarle encantos a
esta pesadilla? ¿Cómo sé que...? —El dedo índice de Charles se colocó sobre sus labios, haciéndola callar
con una sonrisa acompañada por unos ojos brillantes y dulces. ¡Qué guapo era! Lo que más le gustaba de
él era su pelo largo hasta la mitad del cuello. Siempre bien peinado y en tonos castaños. ¡Era como un
gran bombón de caramelo!
—Ahora mismo no tengo ni idea de cómo puede saber todas estas cosas —susurró, siendo inconsciente
de la carga erótica con la que había impregnado sus palabras—. Pero puedo decirle que está a salvo. Está
en una de mis propiedades. No he podido llevarla a mi residencia principal porque... porque nos hubieran
cogido esa misma noche... Tengo mis razones para creer que alguien está sobornando al doctor Crok para
perjudicarla. Quieren que estés loca y que no salgas nunca de ese manicomio.
—¿Usted no cree que yo esté loca? —preguntó ella a media voz, con voz firme pero con cierto y ligero
truncamiento mientras el doctor pasaba sus dedos por encima de su rostro. Acariciándola lentamente.
—Creo que es usted la mujer más inteligente que haya conocido nunca —respondió—. Además de... —
calló, avergonzado.
—¿Además de qué? —pidió, ahogada por el calor de la lumbre.
—De que es irresistiblemente hermosa... perdón. Disculpe —Se alejó de ella con un salto, asustado—.
Quise decir que no es una loca. Y que no lo parece —resumió, aclarándose la garganta.
—¿Hay una ducha? —cambió de tema Margaret, incómoda por su suciedad.
—¿Una qué...?
—Algo para lavarse. En el s. XXI hay unos grifos en los que sale agua directamente.
—Oh, ya... Una bañera. Ahora se la prepararé.
Vio cómo se arremangaba, mostrando unos codos varoniles y unos brazos exquisitamente musculados y
despareció para reaparecer con una bañera metálica, que empezó a llenar con agua caliente. Agua que
calentaba en la lumbre.
—¿Le ayudo? —se ofreció Margaret, incómoda por la situación.
—No, yo se la preparo.
—¿De verdad?
—Usted siéntese.
Margaret obedeció. Era encantador. Sublime. Un príncipe.
—Listo, ya puede meterse.
La joven pelinegra se acercó a la tina y levantó un pie.
—¡Espere! ¡Ahora salgo! —Salió corriendo Charles con la cabeza gacha.
—Si sólo quería ver la temperatura... —se excusó Margaret—. Ni si quiera me había sacado el camisón
—rio para sí misma—. Es tan... ¡Tan adorable!
Se sacó el camisón y se hundió en el agua caliente por primera vez en meses. ¡Qué placer! Sus pechos
flotaban felices y sus piernas se relajaban. Aprovechó para meter la cabeza y quitarle suciedad al pelo. ¿Y
el jabón? Se cuestionó. Miró a los lados sin éxito.
—¡Doctor Newman! ¡Doctor Newman! —nombró con su voz de soprano, alzándola a notas hermosas y
sensuales.
—¿Qué? ¿Qué ocurre? —se asustó el médico entrando de golpe, olvidándose de la desnudez de su
paciente.
—¿Y el jabón? —preguntó ella con una sonrisa.
—¡Por Dios! —exclamó el Barón de Cromwell, girándose de inmediato, claramente ofuscado e irritado.
—Pero si no se me ve nada con el agua... No sea dramático, doctor Newman.
—Ahora le traeré el jabón, se me había olvidado.
Y con esa afirmación se fue y volvió entrando de espaldas. Esa visión provocó una sonora y bella risa en
Margaret. Ver a un grandullón como Charles tan avergonzado... era gracioso, bonito y ¿estimulante?
—¿De qué se ríe, señorita Trudis? —inquirió, molesto. Entregándole la pastilla de jabón de espaldas.
—¿Acaso no ha visto nunca a una mujer desnuda? —preguntó ella—. Me imagino que con su profesión,
debe de haber visto a más de una...
—Haga el favor de no burlarse de mi caballerosidad, señorita Trudis. Estoy intentando respetarla como
se merece. Le recuerdo que todavía es usted mi paciente.
—Está bien, perdone — ahogó la risa y cogió la pastilla, rozando su mano húmeda con la de Charles.
¿En qué estaba pensando esa mujer?, se preguntó Charles al salir de la alcoba. Estaba tentando sus
límites y... Ya era suficiente con saber que estaba desnuda en su casa, para que encima lo llamara con esa
voz irresistiblemente femenina.
Bajó al primer piso y se sirvió una copa de brandy. Quería sacarse de la cabeza la visión de Margaret
en la tina. Había podido ver parte de sus cuantiosos pechos... Y su piel parecía tan suave y tan... deliciosa.
¡Deliciosamente peligrosa!
Sacudió esas ideas de su mente y se dispuso a preparar unas tortillas. En esa propiedad no tenía
servicio, por lo que debía hacérselo todo él mismo. Cosa que no le importaba porque estaba acostumbrado
a cuidarse de sí mismo y si algo lo caracterizaba era su humildad.
—Huele muy bien —escuchó detrás de él en cuanto tenía los huevos en la sartén. Se giró lentamente y
encontró a Margaret con el pelo empapado hasta su cintura. Lo peor de todo es que llevaba su ropa. La
ropa de él. Se había puesto una camisa que le quedaba tan larga como un camisón y unos pantalones de
algodón atados por la cintura. Los pechos se le movían sin freno porque no llevaba corsé ni...nada. ¡Nada!
Margaret tragó saliva sonoramente al sentir la mirada de escrutinio de Charles sobre ella. ¿De verdad
eso era falso? ¿Un sentimiento tan fuerte como el que la estaba sobreviniendo? ¿Esa adrenalina del
deseo?
—Mañana le compraré ropa de mujer —fue todo lo que dijo él, girándose de nuevo para concentrarse
en la tortilla que por poco se le quema.
—¿Esto no es ropa de mujer? Oh, claro... Lo olvidaba... Aquí aun es obligatorio ir con falda.
—¿En su mundo no es así, señorita Trudis?
—No, las mujeres llevamos pantalones y faldas cortas.
—¿Cortas?
—Sí, cortas por aquí —Señaló sus muslos donde Charles miró para arrepentirse en el instante. Su
cuerpo estaba despierto y le atemorizaba la idea de que Margaret pudiera darse cuenta. Por eso se pegó a
la cocina, dándole la vuelta a los huevos sin decir nada. Quizás si guardaba silencio, Margaret se iría.
—¿No tiene familia, doctor Newman? —No, no tenía intenciones de irse.
—Hace tiempo que estoy solo. Mis padres murieron hace unos años.
—Así es como yo, yo también soy huérfana. O... Al menos eso recuerdo yo, claro.
—Coma, lo necesita.
Puso un plato en medio de la mesa y Margaret lo devoró.
—¿Usted no come?
—Ya he comido antes —Se sentó en un diván, cogiendo un libro para leer, ignorándola.
—Yo ya he terminado. ¿Cuál es el plan, doctor? ¿Qué vamos a hacer?
Charles la miró impresionado, sosteniendo el aire. Después entendió que se refería a la situación.
—Permaneceremos aquí unos días, para ver si se convence de que este es su mundo. Sólo con su
recuperación, podremos enfrentar al doctor Crok. Encontré unos cheques firmados por un tal Benjamin.
No sé quién es ni qué pretendían...
—¿Benjamin? Me suena ese nombre.
—Seguramente tenga relación con usted.
—¿Y los Marqueses?
—Nos pondremos en contacto con ellos dentro de un par de días. Ahora mismo deben estar registrando
el correo y buscándonos.
—¿Somos fugitivos?
—Algo así.
—¿Y dónde nos encontramos?
—En un pueblo cerca de Bath. Nadie sospecharía de este lugar remoto. Y nadie me conoce aquí...
Porque no había ocupado nunca esta casa.
—Gracias —agradeció Margaret, sentándose a su lado—. Muchas gracias por todo lo que está haciendo
por mí. ¿Por qué lo hace?
Charles clavó sus ojos sobre ella intensamente.
—Por justicia —contestó secamente—. Si lo desea puede leer algo de la estantería.

✽✽✽

Capítulo VIII

Prohibir algo es despertar el deseo.


Michel de Montaigne.

Margaret durmió en una cama confortable después de muchos meses de sufrimiento. La lumbre calentó
sustancia durante toda la noche y sus huesos lo agradecieron, aliviando el dolor de sus articulaciones.
Se despertó por el canto del gallo en el amanecer. Cogió aire profundamente y llenó el corazón de
esperanzas. Si le hubieran dejado, si alguien la hubiera ayudado desde el principio, habría demostrado
que era una mujer divertida y despreocupada. Prueba de ello fue que se levantó con un salto a sus treinta
años. Sentía que era una nueva etapa, real o no. Charles la había salvado de las garras del doctor Crok. Y
deseaba en el fondo de su alma, pasar esos días de intimidad con él. Aunque fuera solamente para hablar
o leer en silencio en una misma sala tal y como pasó en la noche anterior.
Anduvo hasta la ventana con los pantalones de algodón que le había cogido al doctor Newman (le iban
enormes) y a través de ella lo vio. Vio a Charles en medio del patio trasero repartiendo comida a las
gallinas y regando las verduras que había plantadas.
Decidió robarle un jersey de lana a Charles y bajar a ayudarlo. No tenía zapatos, por lo que salió
descalza, tocando la tierra con los pies. Estaba fría y húmeda, pero le parecía un pedacito del edén. La luz
tenue del sol brillaba sobre el pelo castaño de su salvador y la calentaba con destellos suaves y deseados.
—Buenos días, señorita Trudis. ¿No tendrá frío? —saludó el doctor con una de sus eternas y sosegadas
sonrisas.
—Buenos días doctor Newman, lo último que podría sentir ahora mismo es frío —Cerró los ojos en
dirección al sol y retuvo aquella paz mental durante algunos segundos.
Charles tragó saliva y exhaló por la boca entreabierta, viendo cómo aquel rostro capaz de deformarse
por el dolor, se convertía en puro terciopelo blanco bajo el sol. No pudo contenerlo y tampoco quiso,
ansioso por dejar ir al menos una vez los estragos que el deseo dejaba en él.
—¿Quiere darles comida a las gallinas? —preguntó, obligándola a abrir los ojos. Quería ver aquellos iris
verdes que lo volvían loco, que lo empujaban a dejarlo todo.
Margaret parpadeó un par de veces y dejó caer su luz verde sobre él, iluminándolo.
—Nada me gustaría más —Extendió las manos para que le entregara un poco de grano para repartir.
—Las compré el primer día que vinimos aquí, mientras usted dormía —explicó, dándole el grano,
dejándolo caer suavemente sobre las femeninas palmas abiertas.
—Son muy bonitas, nunca había estado tan cerca de unas gallinas —Tiró el grano por los aires,
espantando a las aves más que atrayéndolas.
—Señorita Trudis, ¿me permite? No sabe darles de comer, las está espantando.
—¡No es cierto! Mire esa de ahí como picotea —Señaló.
—Está tratando de esconderse bajo tierra para que ningún grano le caiga en forma de pedrada sobre la
cabeza —bromeó Charles.
Los ojos del doctor contenían el resplandor natural de una criatura mítica. Eran tan cautivadores que
el corazón de Margaret terminó colgando del frenético bombeo de su corazón.
Charles se inclinó sobre ella, colocando una mano sobre la suya. El soplo de su aliento fue el indicativo
de que estaba peligrosamente cerca de su cuerpo. Tuvo tiempo para apartarse, pero en lugar de eso,
Margaret se quedó quieta.
—Se hace así —Meneó la mano de arriba a abajo suavemente, dejando caer el grano y atrayendo a las
gallinas que picoteaban a su alrededor sin miedo.
—Usted... Usted todo lo hace así —confesó Margaret.
Había algo en el apretón de Charles que la hacía delirar, suspirar.
—¿Así cómo? —musitó él.
—Suave, delicado, correcto... Adorable.
—¿Soy adorable? Pensaba que ese adjetivo era para los perritos y los gatitos —contestó en voz muy
baja, como si quiera hipnotizarla. Y con un punto de irritación en su garganta.
Charles la aplastó entre su viril cuerpo. A pesar de la ropa, sintió la agonía que el hombre no sabía
ocultar.
—¿Se ha molestado, doctor Newman?
—Si fuera usted, no iría por el mundo llamando adorable a alguien que puede reducirla en cuestión de
un mínimo esfuerzo.
—Debe ser que en este siglo...
La giró hacía él, callándola. Una mirada como las brasas del fuego la quemó. Toda esa expresividad
definió a Charles como un hombre de sangre caliente que no le gustaba ser un príncipe las veinticuatro
horas del día.
Ella temió haberlo molestado con su actitud. Buscó en su semblante algún signo de enfado, pero no
había nada de eso. Era...nerviosismo.
—En ese siglo, en este y en cualquier otro... Un hombre quiere sentirse hombre cuando está al lado de
una mujer como usted —dijo, reprimiendo una urgencia de la que no podría huir por mucho tiempo—. Si
no fuera usted quien es, si no fuera mi paciente... Si no me debiera a mi código profesional... Si no tuviera
que esperar a que me viera como a una persona y no como a un producto de su mente... Si todo esto no
fueran condicionantes, la besaría aquí y ahora porque la deseo como un loco. Así que no me diga que soy
adorable, no se burle de mi caballerosidad ni me mire como a un perrito faldero. Porque no sería
considerado si pudiera llevarla a mi cama.
—Yo...N-no.
—No hable, señorita Trudis. No siga... Dejémoslo aquí.
Negó con la cabeza. Negó una y otra vez y se fue dejándola sola con las gallinas y las plantas. Estaba a
salvo de su tacto, de su cercanía... pero no de lo que ya había despertado en ella. De eso ya no podría huir.

***

—He conseguido encontrar a una modista en el pueblo. Es muy discreta y leal, la conocí años atrás y
sería incapaz de delatarme —anunció Charles en mitad de la tarde, después de haber pasado todo el día
lejos de ella.
—¿Una modista? —se extrañó, dejando el libro a un lado y mirándolo con atención.
—Sí, debemos hacer la ropa a medida.
—Como los ricos —comentó ella.
—Pase, señora Roy.
Una mujer de mediana estatura, delgadita y con el pelo blanco entró en el salón; el único que había en
esa casa y que quedaba cerca de la cocina. Iba cargada con un muestrario de telas que dejó sobre el
diván, expandiéndolas.
Había de todas las texturas y colores.
—¿Qué telas le gustan más, señorita? —cuestionó la anciana con una pequeña sonrisa.
Margaret pasó la mano por las muestras, asombrada. Siempre había comprado la ropa directamente de
las tiendas (lo más económica posible) y estaba perdida, se sentía como Vivian en Pretty Woman.
Charles la miraba con las manos puestas en los bolsillos. La intimidaba, desde esa mañana que ya no
podía verlo del mismo modo pese a que seguía siendo el mismo buen hombre que conoció en mitad del
infierno. Quizás era porque lo veía más como a un hombre y no como a una persona en la que apoyarse.
—Mi lord, será mejor que nos deje solas. La señorita necesita poder escoger...
¿Mi lord? ¿Había escuchado bien? ¿Lord? Se tragó las preguntas porque no quería parecer una idiota
frente a la modista, pero su sorpresa fue palpable para Charles que abandonó el salón sin mirarla.
Margaret observó que la mayoría de los colores eran planos: azules oscuros, blancos, beige,
aguamarina, celeste... Nada era intenso.
—¿No tiene color rojo o verde? —se atrevió a preguntar.
La anciana la miró con cara de espanto y la miró de arriba a abajo como si la hubiera insultado.
—No sabía que usted fuera una de esas, señorita. No trabajo para las de su clase —determinó,
recogiendo las muestras para irse.
La joven pelinegra abrió los ojos sin entender nada, confundida.
—¿Qué ocurre? —escuchó preguntar a Charles en el vestíbulo en cuanto vio salir a la modista con cara
de vinagre.
—Mi lord, lo siento mucho pero yo no coso para... para mujeres vulgares.
—¿Vulgares? ¿Qué quiere decir?
—¡Me ha pedido color rojo!
—Oh, entiendo la confusión... —el suspiro del doctor llegó hasta ella—. La señorita no es ninguna
prostituta, lo que sucede es que...
¿Prostituta? ¿Perdón? ¿Qué tenía que ver el color rojo con ser una prostituta? Fue incapaz de seguir
escuchando las explicaciones de Charles, meditando sobre la palabra tan horrenda que acaba de escuchar
relacionada con su persona. ¿Cómo podía pensar aquella mujer que era una furcia? No tenía nada en
contra de esa profesión, pero no le agradaba que la confundieran de esa forma.
—Disculpe señorita —la sacó de sus pensamientos la anciana con gesto compungido—. No la entendí
bien... Perdóneme, por favor.
—No... No pasa nada —decidió dejarlo pasar, al fin y al cabo aquella señora tenía una edad muy
avanzada y quizás no cavilaba bien.
Pasó las dos siguientes horas entre pruebas, tallas y explicaciones de la profesional. El primer vestido
le llegaría al día siguiente, sería uno sencillo para que pudiera moverse como una mujer y no como un
hombre (tal y como dijo la modista) y los demás le serían enviados en una semana. Por lo visto la señora
Roy tenía pocos encargos en ese pequeño pueblo y podría dedicarse por completo a su pedido. Ella no
habría pedido más de dos trajes, pero Charles la obligó a comprar unos cuantos más con botines, medias y
sombreros a juego. ¡Cuantos detalles y complementos usaban en esa época! ¡Qué fáciles eran los jeans y
las camisetas en comparación!
—¿Mi lord? —exigió Margaret en cuanto la señora Roy hubo abandonado la casa—. ¿Qué ha querido
decir la señora Roy?
—La señora Roy es la madre de un joven que traté hace mucho. Está agradecida conmigo y por eso...
—¿Por eso lo llama Lord? —lo cortó.
—No, me llama así porque es su obligación.
—¿Obligación? ¿Por qué? —Se plantó frente a él con curiosidad.
—Porque hay que dirigirse a los nobles con esa distinción.
—¿Es usted un noble? ¿Y por qué Elizabeth no lo había llamado así?
—Soy el barón de Cromwell y nadie me llama así en el lugar que trabajo. Porque por encima de barón,
soy médico.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Un noble! ¡Joder! —exclamó, entre la emoción y la conmoción—. ¿Entonces debería
llamarle lord... Lord Newman?
—Prefiero que siga llamándome doctor —le quitó importancia, arreglando unas verduras que había
comprado en el mercado porque las del patio eran todavía muy pequeñas.
—¿Y no tiene servicio? ¿Y esas cosas de los nobles?
—No necesito servicio, pero lo tengo en mi residencia principal. No me caracterizo por mi baronía,
señorita Trudis. Soy un hombre como otro.
A Margaret le pareció todavía más encantador. No por su rango ni por saber que tenía servicio y esas
cosas... No. Sino por la humildad que demostraba a diario como si no fuera nadie, como si fuera uno más
entre la multitud.
—¿Lo ayudo? —Cogió un manojo de espinacas para quitarle el barro en el agua.
—Le debo una disculpa. Me avergüenzo del arrebato que he tenido esta mañana... No debí...
—No se preocupe, olvidémoslo —Levantó los hombros, desdeñando la conversación.
¿Olvidémoslo? ¿Era eso lo que quería? ¿Quería olvidarse de que la deseaba?
—¿Cómo se siente ahora, señorita Trudis? ¿Qué opina de este lugar? ¿Del patio, de la señora Roy y lo
demás?
—Si le soy sincera, cada vez creo más las palabras de Robert, el Marqués de Salisbury. Mi vida en el s.
XXI era incómoda, vacía y siempre me sentía incomprendida. No tenía padres, ni hermanos... Todo pasaba
muy rápido y borroso... Ahora, me siento más viva que nunca. Me siento de este mundo, cómoda pese a
los estragos y a la pesadilla que el doctor Crok me está haciendo vivir. Aquí hay más detalles, no hay
huecos ni el tiempo pasa tan rápido
—¿Eso quiere decir que está empezando a ver esta realidad como la suya?
—Quizás sea eso... Pero me aterra —Lo miró fijamente, seria—. Porque no sé nada... No me acuerdo de
nada... ¿Puedo vivir sin recuerdos, doctor Newman?
—Es muy probable que algún día los recupere. Y si no es así, siempre puede crear unos nuevos. La vida
no termina hasta que no deje de respirar, señorita Trudis.
—¿Cree que la vida termina con la muerte?
—Estoy convencido de ello, ¿usted no?
—Yo creo que hay algo después...
—¿Cree en Dios? —preguntó en tono burlón.
—¿Por qué no?
—Una mujer tan avanzada, con ideas tan revolucionarias que cambiarían este mundo... Me parece
extraño.
—Una cosa no está reñida con la otra, puedo creer en Dios y ser una científica. ¿Por qué no?
—Debo admitir que tiene bastante sentido su razonamiento. ¿Por qué negar la existencia de una fuerza
superior mientras se estudia su creación? Es aceptable, aunque no lo comparta.
—¿No es ilegal ser ateo en esta época?
—La religión tiene bastante fuerza, pero se empiezan abrir otras corrientes que son permitidas. No
estamos en la inquisición. Y ahora que hablamos de lo que es apropiado y no, quizás debería informarle de
unas cuantas cosas...
—¿Como por ejemplo que el rojo es de fulanas? —rio ella.
—Por ejemplo, pobre señora Roy. Debería haber visto su rostro...
—¡Qué bobada! ¿Qué tiene que ver el color con el trabajo?
—Si no quiere ser una paria de la sociedad, debe regirse por sus cánones. Otro ejemplo sería que está
completamente prohibido para las mujeres usar pantalones —Señaló sus piernas—. Sean del rango que
sean y sin importar a lo que se dediquen. Ni si quiera las fulanas los llevan.
—Uy, no sé si ahora debo sentirme culpable —fingió un puchero burlón.
—Y es de muy mala educación llevarlo todo a la burla o a la sorna. Debe tomarse las cosas más en
serio.
—Está empezando a parecer un profesor de protocolo.
—Disculpe.
—Disculpado —ultimó, cortando los brotes que tenía entre manos para después pasarlos por la sartén
—. ¿Sabe bailar el vals? Me quedaba horas viendo Orgullo y Prejuicio por sus bailes.
—Sé bailarlo. Pero no tenemos orquesta.
—¿No hay radio? Pensé que la radio ya estaba inventada.
—No sé qué es eso.
—¿Gramófono?
—Tampoco.
—Estamos perdidos. Si pudiera fabricar esos cachivaches yo misma, me haría inmensamente rica. Pero
no sabía ni comprender el manual de instrucciones, así que dudo mucho que pueda fabricar una tele... —
habló más para sí misma que para su acompañante—. Perdón, ya me he vuelto a perder en mis propias
conclusiones...
—No importa, me gusta oírla hablar de esos inventos tan ingeniosos —Puso sal en las espinacas,
mirándola de reojo.
—¡Está poniendo demasiada! —exclamó Margaret, apartándole la mano de la sartén. Quedándose
cerca de él entre que removía la comida.
Charles la miró con una sonrisa discreta. No había nada más en el gesto que un intento para que la
comida no quedara salada. Pero el calor que irradiaba su cercanía le produjo un placentero
estremecimiento.
—Tiene las manos frías, señorita Trudis —manifestó él, a media voz.
—Suelo tenerlas así.
Charles tiró de sus manos de sopetón y las encerró entre las suyas, intentando calentárselas.
—No quiero que sienta frío, señorita Trudis. Quiero quitarle la frialdad de su cuerpo, es hora de que
sea feliz.
Margaret tragó saliva repetidamente, aquel gesto espontáneo era algo que nunca habría esperado del
correctísimo doctor que se disculpaba por cualquier nimiedad y expresión de sentimientos.
—Nunca quise encontrarle encantos a este mundo, doctor Newman. Pero usted me parece...
Y cuando iba a confesarle sus sentimientos, la dejó del mismo modo en el que la había cogido y sacó la
verdura de la sartén con la excusa de que se iba a quemar.
¿Por qué hacía eso? ¿Por qué su relación se había convertido en un vaivén de emociones enmarañadas?
Le daba la sensación de que Charles estaba luchando contra su propio deseo, la quería respetar. Pero ella
sólo quería sentirlo cerca, abrazarlo y.… perderse entre sus brazos.

✽✽✽

Capítulo IX

La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder.


Aristóteles.

Charles despertó empapado de sudor. Había soñado con Margaret y tenía la sangre concentrada en el
centro de su cuerpo. La fogosa necesidad que había experimentado al tenerla tan cerca, lo había estado
atormentado durante toda la noche.
Margaret con su camisa blanca, con pantalones, con el cabello libre y salvaje por la espalda. En su
imaginación, ella se entregaba a él sin condiciones ni restricciones. Sin irrealidades ni percepciones
imaginarias. Sin roles, tan sólo siendo dos personas: dos amantes.
A sus casi cuarenta años, se había pasado la vida entregado a su profesión. Ni si quiera tuvo demasiado
tiempo para llorar a sus padres cuando éstos fallecieron algunos años atrás. Su padre, Francis Newman,
había sido un buen hombre que jamás lo había insultado por ser médico. Al contrario, precisamente fue
Francis quien le contagió su pasión por los avances científicos. Su madre, una típica dama inglesa, fue
todo lo que un niño pueda desear: atenta, cariñosa, educada e impoluta. No podía quejarse.
Al heredar la baronía no notó mucho cambio en su vida. Prácticamente se llevaba sola, era pequeña y
bien organizada. Tan sólo debía estar atento a las cuentas y a los protocolos administrativos más
relevantes porque de lo demás se encargaba el capataz. Las rentas y las ganancias que sacaba de las
tierras las solía guardar en el banco y gastaba muy poco debido a que era un hombre solitario y
trabajador.
Jamás había sido un vividor de aquellos que pasan las noches en el club y tienen cien amantes, una en
cada burdel. A él le gustaban las excursiones de día. Andaba por las playas que nadie había visitado o
llegaba a monumentos perdidos en el medio del bosque. Así era él: una persona sana, estudiosa y con
grandes valores más allá de la diversión.
Había capitaneado un equipo de críquet en su juventud, participado en combates de boxeo, probado el
rugby y tanteado el tenis. Tenía una de las espaldas más anchas del país y muchos todavía lo recordaban
como un gran deportista.
¿Mujeres? Algún que otro affaire con cantantes y actrices. Pero nada que durara más de un suspiro y
que fuera más allá de la satisfacción sexual. No conocía el amor, no se había enamorado nunca porque él
necesitaba algo más que un cuerpo para ello. Siendo psiquiatra solía descifrar los secretos de la mente
fácilmente y eso le aburría. Con Margaret era distinto, ella era complicada. Y no cumplía ningún
parámetro anteriormente visto.
Por un lado, muchos dirían que era una demente precoz; pero él sólo veía a la mujer más inteligente,
coherente e ingeniosa que jamás había conocido. Era divertida, natural y simple en lo complicado. A
Charles le gustaba oír a Margaret hablando de las duchas, los pantalones estrechos, las televisiones y
todo lo que su mundo futurista conllevaba. Porque, en cierto modo, encontraba similitudes a artefactos
que había visto en exposiciones o a teorías que había leído.
—¿Doctor Newman? —escuchó su voz femenina al otro lado de la puerta.
Llevaba tenso desde que la conoció, estaba tan acelerado que si le abriera la puerta se tiraría sobre
ella como un animal. Porque aparte de ser increíblemente inteligente, era una belleza de pechos
abundantes tal y como a él le gustaban. Estaba a punto de obsesionarse. De obsesionarse con su piel
aterciopelada y con su pelo negro y largo.
—¿Qué ocurre, señorita Trudis?
Se obligó a levantarse, negándose a mirar hacia abajo para comprobar las reacciones físicas a su
escozor.
—Ha llegado la modista...Y yo...
—No se preocupe, dile que espere en el salón. Ahora salgo.
¡Maldición! ¿Esa anciana no dormía o qué? ¡A penas eran las seis de la mañana!
Margaret no tenía dinero para pagar la ropa y él tampoco lo hubiera consentido. Quería darse el
capricho de vestirla. Por fortuna, Margaret no comprendía el significado de ese acto. En el s. XIX un
hombre no podía comprarle ropa a una señorita de bien a menos que fuera su prometido oficial o su
marido (o su padre si habláramos en otros términos). Se sentía culpable por aprovecharse del
desconocimiento de su paciente para fines egoístas.
¡Pero por Dios!¡Cómo deseaba verla envuelta en finas telas y colores tan hermosos como ella!
Se vistió con rapidez y se deshizo de su amiguito matutino, escondiéndolo entre los pliegues de su
pantalón.
—Perdone las horas, mi lord —se disculpó la diminuta señora Roy—. Pero ayer estuve cosiendo este
traje hasta altas horas de la noche con el fin de que la señorita pudiera vestir como una mujer hoy mismo.
Temía que se levantara y se pusiera otra ropa.
—Ha hecho bien, señora Roy.
Inspiró hondo y concentró su atención en pagar lo debido mientras escuchaba una larga explicación
sobre el resto de los pedidos y sus respectivas entregas. Si todo iba según lo previsto, Margaret recibiría
un conjunto nuevo cada día durante esa semana. Así, poco a poco, confeccionarían un armario completo.
—Aquí le dejo el camisón, los calcetines, el corsé, las cintas, los zapatos...
La joven pelinegra miró con espanto todas esas piezas y descubrió que no tendría ni idea de cómo
colocárselas. Siempre vio imágenes de esa época y pensó que era tan fácil como ponerse una falda
abultada y una camisa, pero no. Sabía de la existencia de los corsés, pero no sabría cómo ponerse uno.
Definitivamente, no.
—Señora Roy, ¿le importaría ayudarme? No sé si sería capaz de...
—No hay ningún problema, yo la ayudo. Me imagino que una señorita de su posición no está
acostumbrada a vestirse sola.
—Gracias.
Lo dejaron plantado en medio del salón para subir con todo el ropaje a la habitación de arriba.
No era dado a beber y menos a tan temprana hora, pero necesitaba un trago de lo más fuerte que
estuviera a su alcance. Era eso o morir agónico de necesidad.

***

Qué elegante y bonita era la indumentaria victoriana. Eso fue lo primero que pensó Margaret cuando
vio a la señora Roy extender el vestido sobre su cama. La moda de ese siglo estaba dotada de infinidad de
modelos, estilos, complementos y colores. Nada que ver con la moda del s. XXI.
Primero se despojó de lo que la modista llamaba: "andrajos de hombre". Lo que venían a ser la camisa
y los pantalones.
Desnuda frente a la anciana, con cierto pudor, esperó pacientemente a que le colocara el camisón. Una
tela de blanco roto hecha de algodón y muy cómoda. Ella lo habría usado como un vestido. ¡Pero ni hablar
del peluquín! Aquello sólo había hecho que empezar.
Unos pantalones de algodón por debajo del camisón que venían a ser las enaguas. Unos calcetines
largos hasta más arriba de la rodilla atados con cintas para que no se vinieran abajo (de seda).
El corsé, la pieza más emblemática, le fue colocado por encima de la camisola y atado con dureza, pero
no dolía. Era como un sujetador con relleno. Apretaba pero realzaba.
Una falda por encima del camisón, de blanco impoluto. Y otra falda más para, lo que deducía ella,
ensanchar sus caderas.
A las faldas sobrepuestas le siguió un pequeño bulto que le fue ligado justo por encima del trasero (la
silicona de la época).
—Yo pensaba que ahora debía ponerme eso así —comentó Margaret, ensanchando sus manos alrededor
de su cuerpo.
—¿La crinolina? Se usa para otro tipo de vestidos, señorita. Este traje sencillo de mañana no requiere
de ella.
—Oh...
Se sintió ligeramente decepcionada.
—Pero no se preocupe, en uno de los vestidos de noche que vamos a hacer, se la tendrá que poner.
Aclaró la señora Roy, un poco desconcertada ante la total ignorancia de la joven hacia la moda actual.
Tras la pregunta, la anciana le puso un chaleco de puntilla de lo más hermoso, debía reconocerlo, que
tenía como función cubrirle el pecho adecuadamente y protegerla del sol.
Y, por último, por fin: el vestido que se vería desde fuera tras haber sido envuelta como una cebolla.
Era de una sola pieza y se abrochaba por detrás.
—Ahora sí parece una señorita —respiró satisfecha la señora Roy.
Margaret se miró en el espejo. ¡Qué cambio! Y debía aceptar que era un atuendo muy femenino. De
color verde claro con estampado floral, le sentaba de maravilla a conjunto con sus ojos.
—Si sale, puede ponerse este chal de lana por encima —Mostró la anciana—. Y no se olvide del bonete.
Levantó un sombrero tipo casco con flores y lazos a los lados. ¡Era rimbombante!
—Oh, pero debe recoger su pelo —agregó, observando su melena negra dispersa por doquier.
Margaret se recogió el pelo a modo de coleta y le colocó un lazo para sujetarlo. Sus tirabuzones
azabaches caían con gracia y su rostro quedó muy despejado.
—Señorita, ese pelo solo lo llevan las niñas.
La anciana la miró verdaderamente preocupada como si el mundo se fuera a extinguir por una coleta.
—Está bien, señora Roy —Se deshizo el lazo del pelo—. Péineme usted, por favor.
—Será un honor.
La sesión de peluquería matutina duró cerca de una hora después de la hora que habían dedicado a la
ropa. ¡Dos horas para prepararse! O las mujeres victorianas se levantaban cada día a las cinco de la
mañana o no tenían un trabajo en el que tuvieran que entrar a las siete.
No obstante, los resultados eran ineludibles.
La anciana demostró su buena mano con un precioso semirrecogido alto que dejaba caer delicados
tirabuzones estratégicos entorno a su rostro.
—Suerte que traje horquillas y agujas... Se las puede quedar para usarlas mañana.
—Gracias señora Roy... parezco una princesa.
La costurera le dedicó una sonrisa pequeña y natural para luego recoger y marcharse con la promesa
de que volvería al día siguiente.

***

Charles despidió a la señora Roy después de haber dado de comer a las gallinas y de preparar el
desayuno. ¿Por qué habían tardado tanto esas mujeres?
Iba a sentarse en su humilde silla para comerse la tortilla cuando de golpe vio a la mismísima Penélope
griega frente a él. La belleza de Margaret lo aturdía. Deseaba despeinarla, desvestirla... Romper a tiras
ese traje y hacerla suya.
—Buenos días, señorita Trudis —fue todo lo que dijo, en contraposición de la aglomeración de
pensamientos, clavando sus ojos caramelo sobre el plato.
La joven pelinegra hubiera esperado algo más que unos simples y atrasados "buenos días". Pero a esas
alturas ya podía conocer a Charles y su inmensa capacidad de contención.
—Buenos días, doctor Newman. ¿Cómo se encuentra hoy? —lo imitó.
—Bien, gracias. ¿Y usted?
—Bien.
El eco de su fuerza llegó a Charles. Ya no era la joven acurrucada en una habitación del manicomio. Y
admiró la capacidad de Margaret por sobreponerse a la situación en cuestión de horas. Era admirable,
sí... Admirable. Llevaba un vestido en terciopelo color verde estampado y se ceñía a su cuerpo recortando
una silueta que lo llevaría a una catarsis epiléptica en cualquier instante. Así de admirable era ella.
—¿Ha tenido alguna pesadilla o algún pensamiento relevante últimamente? —trató de sobreponerse,
cumpliendo con su obligación profesional. No debía olvidar que estaba delante de su paciente y que hacía
aquello por justicia.
La había alejado de las garras del doctor Crok porque ese maníaco se estaba aprovechando de ella con
fines económicos. Eso era todo, sí. ¿Sentía deseo? Debía ser reprimido. ¿Pensaba que era la mujer
perfecta? Debía dejar de pensar en ello.
—He dormido perfectamente, doctor —repuso ella, consciente de los estragos que estaba causando en
el hombre. Ella no deseaba ponerlo en esa tesitura, pero sería muy infantil negar la tensión sexual que
existía entre ambos y que crecía a diario—. Y... No, no he tenido ningún pensamiento relevante más allá
de los que ya conoce. Me horroriza la idea, cada vez más convincente, de que sufriera un coma. Porque
eso conlleva a que me desconozca completamente. ¿Qué es una persona sin recuerdos? ¿Sin saber ni
cómo vestirse adecuadamente?
—Usted siempre será usted, con recuerdos o sin ellos. Hay una parte de la memoria que nos define,
aunque no salga a la luz.
—Entiendo.
—¿Se ha puesto perfume?
No lo puedo evitar. Le era imposible, sentía esa fragancia clavada en su alma y más allá de ella.
—No, no es perfume... Son unas bolsitas perfumadas que la modista me ha regalado con el vestido.
¡Que lo partiera un rayo! Era imposible terminar de desayunar con ese estado de excitación
irrazonable.
—No tengo hambre, me retiro —se excusó, dejando a Margaret perpleja.
Sabía que no se estaba comportando como un médico debiera hacerlo, pero prefería abandonar el
salón antes de abalanzarse sobre ella. Sería ruin y despreciable aprovecharse de la soledad de esa mujer,
de su condición desventajada. Subió los peldaños casi sin darse cuenta y se encerró en su alcoba.
Necesitaba aire, tenía calor y no lo soportaba más.
Tiró su camisa a un lado, harto del calor de la tela. Iba a descansar un poco, pese a que no estaba
cansado. No debía olvidar su objetivo: mantenerse escondidos durante unos días hasta que pudieran
contactar con los Marqueses de Salisbury sin peligro y Margaret fuera más consciente de su realidad. Sí,
Margaret debía convencerse completamente de que estaba en su mundo para hacer frente al doctor Crok
y liberar a su padre de la cárcel.
—Doctor Newman —interrumpió una voz de soprano, abriendo la puerta sin tocarla previamente—. ¿Le
ocurre alg...?
Margaret enmudeció en cuanto reparó en que estaba desnudo de cintura para arriba. La escuchó
tragar saliva y lo obligó a hacer lo mismo. Dios sabría lo que estaba pensando esa mujer, pero podía
hacerse una idea. Y eso era provocador.
—Disculpe, olvidé las normas victorianas y cualquier norma universal... Debí tocar... Yo... En fin —
titubeó con la cabeza gacha tras haberle dedicado un escrutinio nada disimulado—. Yo sólo quería saber si
se encuentra bien —confesó a media voz, mirando al suelo—. Si necesita algo en que pueda ayudarlo.
¿Ayudarlo en algo? ¿Qué tal si se sacaba el vestido y se tumbaba en su cama? Eso lo ayudaría mucho.
—No, no necesito nada —gruñó entre dientes.
—Quería darle las gracias por este vestido y pedirle disculpas por si le he molestado en algo... Yo
esperaba que estos días lejos de ese infernal manicomio pudiéramos hablar un poco y...
—Sí, lo siento. Tan sólo quería descansar un poco. No me tiene que dar las gracias y no ha hecho nada
que pueda ofenderme, no se preocupe.
Se sentía culpable. ¿Qué estaba haciendo? Ella era tan frágil y natural. Se colocó la camisa de nuevo y
cogió aire profundamente.
—Siéntese, señorita Trudis. Por favor, ya puede mirar —invitó, indicando uno de los dos sillones que
reposaban en un rincón.
Charles se sentó pensando en el movimiento de caderas que había hecho Margaret para tomar asiento.
En los besos que le robaría y en el modo en que le arrancaría el corsé oculto bajo esas capas de tela.
—¿Qué sabe de mis padres? De los que dicen ser ellos... —le preguntó, removiendo sus dedos largos y
pálidos.
—Los señores Trudis son acaudalados, de origen escocés y tenían muy buena relación con los
Marqueses. Bien, ya sabe que usted estuvo prometida con Lord Robert Talbot.
Ella asintió, sin demostrar ningún sentimiento. No lo amaba, ¿pero lo amaría si lo recordara?
—Su madre, Greta, dijéramos que no le sentó demasiado bien que Lord Robert rompiera con el
compromiso... —calló, esperando su reacción. No iba a seguir por caminos que pudieran causarle una
crisis.
—Por favor, sea sincero. Si voy a tener que aceptar una realidad que me parecía falsa unos meses
atrás, me gustaría saber la verdad —pidió, con más serenidad de la que había demostrado hasta el
instante.
—Su madre quería poder, que un título nobiliario entrara en los Trudis. Y al ver que los Marqueses de
Salisbury tenían otros planes, decidió terminar con ellos.
—¿Mató a los padres de Robert?
—Sí —afirmó, con delicadeza.
—¡Qué horror! No sé si quiero aceptar que ella es mi madre... ¿Cómo puede hablarme Lord Robert?
—En el fondo ella luchó mucho por usted. A parte de ser terriblemente avariciosa, la amaba... A su
estilo. Y en cuanto al Marqués... él sabe que sólo fue una víctima más de la maldad de esa señora. La
quiere como a una hermana, sinceramente.
—No sé qué estilo puede ser el de una madre que antepone sus ambiciones a la felicidad de su hija... ¿Y
mi padre?
—Es un buen hombre. Hizo todo lo posible por enmendar su error.
—¿Qué error?
—La repudió. Y eso la llevó a vagar por las calles de Londres hasta llegar a una panadería de la que
salió corriendo unos días después para... ya sabe.
—Entonces... lo que dijo Robert sobre lo de que intenté suicidarme...
—Es cierto.
La pelinegra se acurrucó inconscientemente, se había estremecido.
—Soy un desastre... —lamentó, mirándose los puños que apretaba con rabia.
—Margaret... No es ningún desastre. Hay situaciones límite en que el ser humano no encuentra otra
salida más allá del suicidio.
—Pero también intenté suicidarme en esa vida que soñé mientras estaba en coma —explicó,
avergonzada y llorosa.
—Porque era una proyección de cómo se sentía, de lo que había vivido.
—Me siento miserable. No sirvo para nada más que dar dolores de cabeza; he metido a mi padre en la
cárcel y mire, hasta he arruinado su carrera profesional.
—Eh...
No iba a permitir que siguiera por ahí. Ella no era culpable de nada de lo que le sucediera a él por
haberla ayudado. De un salto se arrodilló al nivel de la paciente y le rogó que levantara la cabeza
colocando dos dedos bajo su mentón. Le quemó ese leve contacto y al juzgar por el gesto de Margaret a
ella también, por lo que apartó la mano inmediatamente.
—Usted no ha arruinado mi carrera profesional, usted le ha dado un sentido a mi profesión. Con
aceptación popular o sin ella. No sé lo que estará haciendo en estos momentos el viejo doctor Crok ni lo
que estarán pensando mis compañeros de oficio, pero en estos instantes sólo me importa lo que haga y
piense usted. ¿Miserable? A mí me parece la mujer más valiente que he tenido el placer de conocer. ¿Cree
que es fácil despertar de un coma y recuperarse? ¿Cree que es fácil aceptar que su prometido se ha
casado con otra? Es una sobreviviente.
—Le agradezco sus palabras, pero no creo que las sobrevivientes vayan por ahí tratando de quitarse la
vida —negó en un susurro.
Charles la cogió por la cabeza, obligándola a mirarlo fijamente con fuerza.
—A veces hay que morir, para vivir —Hundió los dedos en su pelo, recreándose en la textura.
Ella respiraba sonoramente. Su pecho se movía frenéticamente sin llenar los pulmones. Quería
liberarla, arrancarle ese vestido que acababa de pagar rompiéndolo en mil pedazos. Las pupilas de
Margaret se dilataron entorno a las suyas propias, conociéndose en profundidad. Una profundidad que él
mismo anhelaba y le era prohibida.
Margaret soltó un bufido cercano al gemido, como si ya la hubiera besado. Tenía las mejillas rojas y los
labios apretados. Tensos. Tan tensos como lo estaba él.
—Seguiremos en otro momento.
Se apartó de ella bruscamente, con dolor y atentando contra cualquier historia de amor escrita por los
griegos.

✽✽✽


Capítulo X

Llamar a la mujer el sexo débil es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por fuerza
se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos brutal que el hombre. Si por fuerza se
entiende el poder moral, entonces la mujer es inmensamente superior.
Mahatama Gandhi.

Margaret se quedó mirando la puerta que Charles había cerrado en sus narices. Después de haber
hablado sobre sus padres, la había echado teórica y prácticamente.
Era inútil negar lo que estaba ocurriendo. Charles estaba saliendo de su patrón habitual de
comportamiento y cada vez estaba más irritable. ¿Por qué impedir algo que iba a pasar? ¿Por qué huir de
lo que sentían? Ella se sintió atraída por él desde el primer día en que lo vio. Incluso, negando la realidad,
llegó a confesarle que era muy guapo sin ningún pudor.
"Es una pena porque cuando despierte, usted desaparecerá. Porque es muy guapo. Lo estaré
esperando, es lo único bueno que hay por aquí..."
Esas y muchas más cosas eran las que le había dicho. Y ahora se avergonzaba. Con tanta verdad y
objetividad, era incapaz de decirle lo mucho que le gustaba. Ya no sentía sus palabras y acciones privadas
de juicio, sino que las sentía caer en la mente de su interlocutor. Y eso le provocaba timidez, reparos y
objeciones.
A cada hora que pasaba en esa casa, lejos del gris y húmedo manicomio, más se convencía de que todo
lo que le había dicho Robert era cierto. Era imposible que ella creara todos esos espacios con gallinas y
polluelos incluidos. Lo que veía, cada día al despertar, transcurría con mucha más lentitud que lo que
había creído que era su vida. La realidad estaba conformada con detalles, situaciones y sentimientos que
jamás alcanzó a percibir en el s. XXI.
El deseo, siempre a flor de piel, que hacía palpitar su corazón de forma estrepitosa, era el mejor
indicativo de que había vivido una vida paralela a la verdadera. ¿Pero cómo afrontar esa situación lejos de
sus recuerdos primarios? ¿Cómo reconocer a un padre del que no tienes ni una sola imagen en tu mente?
Si era así, si no se había perdido en los abismos de su inconsciencia, y estaba más cerca de la verdad que
nunca, era doloroso.
"La verdad te hará daño. Yo no, sino ella". Recordó esa frase que voló en el aire el último día que
estuvo en la mansión, en el s. XXI. ¿De quién había sido esa voz? ¿De esa tal Mía? ¿De esa mujer a la que
llamaban médium de ojos blancos? Mía era su amiga de la universidad o así la concibió por un largo
tiempo hasta cruzar el espejo.
¡El relicario astral! ¡Se había quedado en el manicomio!
Una punzada de culpabilidad recorrió su pecho por haberse olvidado de él tan fácilmente. Él había sido
su único compañero en ambos mundos. ¿Podría recuperarlo algún día? Con la mente puesta en el colgante
de oro, llegó a su habitación sin darse cuenta. Pero una corriente distinta, fuerte y oscura, llamó su
atención.
Era ella.
—¿Buscas esto? —le preguntó dulcemente, extendiendo el collar y pendiéndolo en el aire.
Iba ataviada con una capa roja que le cubría el rostro, pero se intuía una piel aterciopelada de color
melocotón. Había algo en ella familiar y a la vez aterrador. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado?
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has sabido dónde estaba? ¿Cómo has conseguido mi relicario? —se enfrentó
a ella, empoderada. Ya no era la atemorizada Margaret que se acurrucaba en la cama. Ahora tenía
motivos para luchar, él. Charles Newman era su principal motivo para querer que todo estuviera bien y
que nadie la perjudicara.
—Estoy aquí porque necesitaba ver los resultados de mi trabajo. Veo que estás bien, que estás
mejorando. Y a las dos otras preguntas, sólo puedo contestarte que tengo mis métodos.
La vio sonreír a través de la capa entre que dejaba caer el relicario sobre un tocador sencillo que
descansaba contra la pared.
—Escuché que te has escapado de la cárcel.
—Sí, logré hacerlo. No así tu pobre padre, pero yo no puedo hacer nada por él. Debes ser tú quien lo
libere.
Margaret calló. Por supuesto que quería liberar a un hombre inocente que, supuestamente, era su
progenitor. Pero todavía tenía dudas, y muchas.
—¿Todavía tienes dudas?
—¿Lees mis pensamientos?
—Leo tus gestos. No tengo poder, sólo conocimiento.
—¿Eres tú la que me trajiste aquí? ¿Eres tú la me hizo cruzar el espejo con molduras de oro? ¿Eres tú
la que susurraba en el viento? ¿La que tocó el piano? ¿La que me hizo soñar con Robert y ver una escena
de baile en una mansión abandonada? ¿Eres tú la que hizo que me encariñara con Elizabeth, la señora
Madison y la Reverenda?
—Yo no he hecho nada, sólo Dios. Lo único que hice fue guiarte con mis palabras y salvarte de las
garras de los demonios con palabras que hay en las escrituras sagradas.
—¿Eres creyente?
—Por supuesto. Soy una fiel devota a Dios todo Creador. Y si alguien dice que yo tengo algún poder, lo
rechazo. Porque nunca asociaría con mi Creador ninguna otra fuerza falsa. Te susurraba realidades
distintas a las que habías vivido, para reconciliarte contigo misma y tus enemigos. Te hablé bien de
Elizabeth y te dije que era tu amiga porque su recuerdo te bloqueaba.
—¿Margaret? ¿Con quién...? —Entró Charles, confundido—. ¿Quién eres tú? —demandó al ver a Mía—.
¿Cómo has entrado?
—Doctor Newman, ella es la clarividente con la que me encontraron el día en que desperté.
—¿Mía? —inquirió el Barón de Cromwell, que se había leído el historial de Margaret en bastantes
ocasiones.
—Yo misma. Vengo en son de paz. Sólo quiero explicar qué ocurrió, qué pasó. Siento que es mi deber.
¿Me da su permiso, doctor?
Parecía que Mía sabía muy bien lo que tenía que decir y cuándo decirlo. Era una de esas mujeres que
veía sin ver.
—Por supuesto, creo que será beneficioso para la señorita Trudis.
Con el permiso del profesional, la intrusa se quitó la capa mostrando su cabellera roja y sus peculiares
ojos. Dejó la ropa de calle encima de la cama y se sentó en uno de los sillones sin esperar a que sus
acompañantes lo hicieran primero. Quizás las normas de protocolo no eran lo suyo. Y mucho menos lo de
Margaret que se sentó a toda prisa delante de ella. Necesitaba más explicaciones. Más aclaraciones. Y
ella, aquella persona que había rechazado el primer día, podía ser una buena salida a todas sus dudas. El
doctor se sentó el último, todo un galán.
Mía imponía. Tenía un cuello muy largo decorado con una cinta negra y un pelo voluminoso que
recogía en un moño desordenado, dejando caer algunos mechones libremente. Era hermosa, de piel color
melocotón y labios anaranjados. Pero daba miedo, por los ojos. No era que los ciegos dieran miedo (por
supuesto que no), pero ella emanaba una sensación distinta; como si pudiera ver y fingiera no hacerlo.
Margaret notaba el escepticismo de Charles por su posición y su cara de "esto no va conmigo" y sabía
que en el fondo sólo había aceptado aquello para avanzar con la terapia. Una persona que hubiera
estado in situ el día en que despertó otorgaría información relevante.
—Margaret, tu padre un día llegó a mí desesperado. Movido por la culpa y los remordimientos.
Necesitaba despertarte a cualquier precio.
—¿Por qué se sentía culpable? ¿Qué había hecho él?
—Déjame explicarte cada cosa en su momento.
La joven pelinegra asintió, guardando silencio y mirando por el rabillo del ojo como Charles aprobaba
la decisión de Mía de ir poco a poco. ¿De qué tenían miedo?
—Como iba diciendo —prosiguió la pelirroja de ojos blancos—. Tu padre acudió a mí en busca de una
solución a tu inconsciencia. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Así que accedí a ayudarlo, pero
sobre todo yo quería ayudarte a ti. Porque intuía que eras un alma especial. Escuché tu historia... La
historia de un amor no correspondido, la historia de una traición. La historia de una mujer que una vez
amó y vio todos sus sueños y esperanzas arruinados.
—Supongo que tengo suerte de no recordar esa parte de mi vida... —musitó Margaret—. Aunque si la
recordara, no creo que me sintiera tan desdichada como para querer suicidarme —Dedicó una mirada
rápida a Charles, que ni se inmutó o no quiso inmutarse.
—Cuando te encontré, estabas sumergida en un mundo de bloqueos del que eras incapaz de salir. Claro
que los demonios también habían aprovechado la ocasión para entrar dentro de ti y hacerte ver cosas del
futuro con el fin de retenerte en el abismo. Querían atraparte.
—¿Entonces las cosas que vi eran reales? ¿Las cosas del s. XXI?
—En cierto modo, sí. Viste cosas que pasarán en el futuro, como los artefactos, las ciudades y demás...
pero tu vida allí no es real. Sino un producto de lo que yo susurraba en tus oídos. Busqué en tu alma y
entretejí una historia para sanar tus heridas. Desde la relación con Elizabeth hasta con la de tu madre
pasando por tus estudios en la Universidad.
—Elizabeth... era mi amiga de la infancia.
—Así te lo hice creer. Porque en el fondo tú nunca odiaste a esa joven... Nunca le quisiste hacer daño
más allá de los malos consejos de tu madre. Y cuando encontraste un punto de unión con ella y viste que
era una gran persona, desbloqueaste esa parte de tu dolor. Liberando el sufrimiento y convirtiéndolo en
amor, amor de amistad.
—Por eso me cae tan bien Elizabeth.
—Y por eso le caes tan bien tú a ella también. Porque las dos sois grandes personas tan sólo
enfrentadas por un hombre, culpable o no.
—Me parece una estupidez, visto así.
—Sí, ahora te parece así. Pero antes... Antes te parecía que era el fin del mundo. Por eso has tenido que
pasar por todo este sufrimiento y crecimiento personal.
—¿Y qué hay de la señora Madison, la panadera?
—Uní tu sentimiento hacia la Reverenda, una panadera que te ayudó en los peores momentos, con tus
sentimientos hacia tu madre. Porque estabas muy dolida con ella, con Greta. Tu alma renegaba de ella.
—No me extraña, con una madre así...
—Hay que saber perdonar y olvidar, Margaret. Greta era una mujer ambiciosa y de eso debes aprender
tú. De sus errores...
—Entiendo. ¿Y qué hay de ti?
—Necesitaba que me vieras como a una amiga para poder acercarme a ti. Para poder darte consejos
como el de heredar una mansión en un lugar remoto... Y funcionó.
Margaret miró a Mía y no pudo evitar el sentir cierto afecto hacia esa mujer. Pese a que no era la
misma que la de sus recuerdos, era como si volviera a hablar con su amiga de la universidad.
—Margaret... Sé que es difícil pero deberás ir aceptando que tu mundo, tu vida y tu realidad están
aquí. En este siglo. Sé que dudarás, que quizás esa duda te perseguirá para siempre...Quizás podríamos
vernos de vez en cuando para que pueda ayudarte a recuperar la memoria, si verdaderamente lo deseas.
—Creo que sería beneficioso para mí, ¿verdad? —preguntó Margaret a Charles, que se había
mantenido en un segundo plano.
—No lo sé —dudó Charles, mirando a Mía seriamente—. ¿Recordar esta vida, haría que olvidara lo que
ha sucedido hasta ahora? ¿O lo que vivió en sus sueños? Es algo que también debemos plantearnos...
¿Quiere olvidar lo que vio en el futuro? ¿Quiere recordar todo lo que sucedió con sus padres y Robert?
¿No sería mejor empezar de nuevo?
—¿Es así, Mía? ¿Si recuperara la memoria de este siglo... perdería toda la información del futuro?
—Es algo que no puedo responder —negó con una sonrisa comedida, de aquellas que te hacen sentir
seguro en mitad de un tornado.
—Yo creo que si recordara mi vida aquí, sería más fácil para mí adaptarme. Ni si quiera sé cómo
vestirme, o las normas básicas de convivencia...
—Esas son cosas que se aprenden —espetó Charles, incorporándose ante la mirada atónita de
Margaret. Que no comprendía nada—. Si me disculpan, estaré en mi habitación tratando de relajarme.
—Po-por supuesto —titubeó la paciente.
—Es guapo —susurró Mía en cuanto Charles salió.
—¡Mía! ¿Cómo puedes saberlo si...?
—¿Soy ciega? Los hombres guapos tienen un aroma característico.
—Esta situación me recuerda a cuando me intentabas presentar algún chico.
—Lo hacía para que olvidaras a Robert, aunque fuera con un hombre imaginario.
—Jamás tuve relaciones en ese mundo futurista... Será que no me tragaba la mentira.
—Tú misma sabes que muchas veces dudabas de si ese era tu mundo real o no. Solías decir que te
sentías de otra época...
—Así era.
—Bien, ahora ya estás en tu época y en tu mundo. Así que aprovecha.
—Pensé que las clarividentes solo hablaban de seres invisibles y del alma.
—Las clarividentes somos seres humanos como vosotros. Y además, el amor forma parte del alma.
—¿Amor? No...
—Él es el indicado, Margaret. Lo noto, estáis hechos el uno para el otro.
—Pero él...
—Él tiene miedo y muchos prejuicios y barreras. Quizás deberías ser tú la que diera el primer paso.
—¿Yo? Pero si no sé nada del amor. Ya sabes que yo... Jamás he estado con un hombre en la intimidad.
Mía esbozó un gesto difícil de descifrar pero no dijo nada.
—Volveré otro día. Tenemos que ir poco a poco...
—Sí, pero por favor, vuelve. Me gustaría recordar mi infancia y todo lo que conlleve estar aquí. Y Mía
—La abrazó—. Gracias por haber venido.
—No tienes nada qué agradecerme. Espero que pronto puedas sacar a tu padre de la prisión, es un
buen hombre pese a todo.
—Sí... Deseo que sea libre. Por lo que me decís, ha luchado mucho por mí. ¿Pero por qué me repudió?
—Ya te lo contaré el próximo día; de momento, disfruta de estos días de paz tan merecidos.
Y tal como vino, se fue. Margaret se quedó a solas con su relicario de oro astral y se lo colocó,
pensando que le quedaba muy bien con el traje victoriano. ¿Qué le ocurría a Charles? ¿Por qué se había
ido de esa forma tan brusca? Estuvo tentada de ir en su busca y preguntarle, pero no quería darle más
molestias de las que ya le estaba dando. Había arriesgado mucho por ella y lo mínimo que podía hacer era
darle su espacio. Así que bajó a la primera planta y empezó a escribir. Hacía días que no lo hacía y sentía
la necesidad de hacerlo. Sobre todo para poner en orden sus ideas. Sus sentimientos y los hechos.

✽✽✽

Capítulo XI

El beso es una forma de diálogo.


George Sand.

A la mañana siguiente y después de haber pasado un día entero lejos de Charles, quien se negó a salir de
su habitación si no era estrictamente necesario, volvió la señora Roy cargada con un espectacular vestido
mejor que el anterior.
Margaret agradeció la presencia de la anciana después de la jornada de reflexión en la que llenó hojas
y hojas de pensamientos, ideas y planes. Entre ellos, estaba el objetivo de acercarse a Charles siguiendo
el consejo de Mía. Quería romper con aquella desagradable y placentera tensión que se había creado
entre ellos para tan sólo convertirla en placentera. No le importaba que no hubiera "intimidad
física", pero sí necesitaba establecer un vínculo más cercano. Nunca había sentido algo así por alguien
(no, a menos que ella recordara) y en el fondo de su alma sabía que aquello era único.
—Buenos días, señora Roy —saludó Margaret bien temprano, esperanzada.
Le gustaba madrugar con el canto del gallo que reclamaba comida para sus cinco mujeres.
—Buenos días, señorita —respondió la anciana con una sonrisa—. ¡Qué gusto verla vestida como a una
mujer! Oh... ¡Y qué colgante más bonito! Sin duda era la joya que le faltaba.
—Gracias, señora Roy —repuso algo anonada por la creciente amabilidad de la modista.
—Hoy le traigo un vestido de mañana. El de ayer era para estar en casa (¿de veras?), pero con este
puede salir a pasear a la calle o recibir invitados para comer.
Extendió una falda azul con una camisa a juego. Ambas partes adornadas con volantes blancos y a
conjunto con otro bonete más cargado que el primero. Amablemente, la anciana subió a ayudarla después
de que Charles le pagara el vestido con una mueca.
¿Por qué estaba de tan mal humor su sexy doctor?
El proceso fue similar: cambio de enaguas, más y más capas de faldas, camisones y el corsé. Las partes
visibles como la falda y la camisa, al final. El azul le sentaba muy bien, sobre todo si era marino como se
daba el caso. Era elegante, sobrio y muy mañanero.
—¿De qué material está hecho? Es muy ligero pese su volumen...
—De chalís, lana suave.
—Es muy cómodo, es usted una experta.
—No merezco tantos halagos. Hacía tiempo que no vestía a una joven y me ha hecho ilusión hacerlo,
eso es todo —le restó importancia la delgada mujer.
—Para mí es mucho —confesó sinceramente—. De veras, gracias.
—¿Y qué peinado se va a hacer hoy? —cambió de tema la señora Roy, en su eterna sencillez y
modestia.
—¿No está bien el de ayer? No se ha desmontado mucho... —Se miró en el espejo, retocándose un par
de mechones.
—¡Una señorita que se precie jamás repite de peinado en una misma semana! Ahora mismo se lo
arreglo.
—Yo pensaba que los duques y los reyes llevaban la misma peluca durante semanas...
—Esa moda ya pasó. Ahora es conveniente dar una imagen simple pero bien cuidada.
Lo cierto era que la señora Roy parecía disfrutar mucho con aquello y Margaret estaba encantada de
recibir las atenciones de una experta en moda victoriana. ¿Qué más podía pedir? Por ejemplo que Charles
dejara de huir de ella. Sí, eso sería fantástico. Él había sido su mayor apoyo desde que despertó del coma
y odiaba tener que estar de ese humor por... por tensión sexual no resuelta tal y como lo llamaban en
Nueva York. ¿Se arrepentiría de perder esos conocimientos futuristas si recuperaba la memoria?
Ella jamás había tenido relaciones sexuales (no, a menos que ella recordara) pero no era ninguna niña.
A sus treinta años podía entender qué estaba sucediendo. Y sólo había una forma de solucionarlo.
—¿Le gusta? —la sacó de sus pensamientos la señora Roy.
Contempló su rostro embellecido por una hermosa coleta adornada con flores, tirabuzones y trenzas.
—¿No me dijo que las coletas eran para niñas? —inquirió, divertida.
—Las que se hacen con las manos y una cinta, sí. Pero las que se hacen con el cepillo, algunos
ornamentos y ocultando la coleta en sí misma, no.
—Es precioso, señora Roy. Me siento como una verdadera dama victoriana.
—¡Qué ocurrencias tiene! —rio la anciana, dispuesta a irse con la promesa de volver el día siguiente.
Margaret despidió desde la ventana a su consejera de moda con cierto anhelo. Desde que había
aterrizado en el s. XIX, no había andado por el exterior ni una sola vez. Sin contar el pequeño patio
trasero en el que solía pasar la mañana entera. ¿Pero cómo serían los pueblerinos? ¿Cómo sería la vida en
esas calles de época? ¿Sería como en esas películas antiguas que había visto? ¿Habría tiendas? ¿Cómo
irían vestidas las mujeres? ¿Y los hombres? ¿Y los niños? ¡Cuántas dudas! ¡Y qué deseo de empaparse de
ese siglo que sentía tan suyo!
—¿Te apetece salir?
Margaret dio un respingo y lo miró, encontrándolo vestido como a un verdadero gentleman: traje
grisáceo, chaleco marrón y camisa blanca. Llevaba puestas unas lentes que jamás se las había visto pero
que le daban un aire de intelectual irresistible.
¡Quién iba a decir que las gafas pudieran quedarle tan bien al sexy doctor!
—Me apetece, pero temo que sea arriesgado —confesó a media voz, sobrellevando su sonrojo con la
mayor dignidad posible. ¿Cómo podía encontrar tan atractivo a un hombre vestido con ropa del s. XIX?
¡Era tan elegante y masculino! ¡Con ese toque de romanticismo impregnado!
—Nadie nos reconocería en este lugar —negó Charles, llevándose los dedos a las gafas para
recolocárselas—. Además, debemos hacernos a la idea de que algún día tendremos que afrontar la
realidad. Creo que estás mejorando mucho y mereces dar un paseo. Si sucediera algo, que lo dudo mucho,
ya he mandado una misiva a los Marqueses de Salisbury. Así que no tardarán mucho en presentarse por
aquí y tendremos más apoyo.
—Entonces creo que no hay ningún impedimento para que salgamos a tomar el aire. No tengo excusa
ahora que tengo este precioso vestido de calle... Hasta hace unos días no sabía ni que existieran vestidos
específicos para ello —explicó, ilusionada.
—¿Cómo es en el futuro? —preguntó Charles, colocándose un abrigo largo que le quedaba imponente
para luego rematar el " look" con un sombrero de media copa.
—No hay ropa de calle. Quiero decir, por supuesto que hay prendas específicas para cada ocasión.
Nadie saldría con un camisón a dar un paseo por la Gran Avenida, pero no se le da la misma importancia
que aquí. No hay tantos complementos ni contemplaciones.
—¿Y qué opción le gusta más?
Margaret observó al bellísimo Barón de Cromwell abrir la puerta de la calle entre que le ofrecía el
brazo como un auténtico caballero principesco al verdadero estilo Walt Disney. ¿Se convertiría en un sapo
por la noche? ¿O caería dormida en un sueño eterno del que sólo podría despertar con el verdadero beso
de amor? Aquello último se estaba cumpliendo. Se estaba despertando como Aurora bajo el hechizo de
Maléfica y se sentía una genuina princesa.
—Sin lugar a duda, prefiero esta opción mil veces —concluyó, cogiéndose con fuerza al brazo de
Charles.
—Una dama sólo pone la palma de la mano sobre el antebrazo de un caballero —la corrigió
inmediatamente el doctor.
—Déjeme seguir siendo del s. XXI por unos días más —suplicó, bien aferrada a ese príncipe novelesco
al que no pensaba dejar ir.
La población estaba prácticamente desierta. Era muy pequeña y a duras penas tenía habitantes. Según
las explicaciones de Charles, eso se debía a que en el 1832 con la aparición del ferrocarril, los pueblerinos
empezaron a dejar las aldeas para mudarse a la capital donde había más trabajo gracias a la inminente
revolución industrial.
—Aquí el aire es mucho más limpio y hay mayor calidad de vida —explicaba Charles, señalando las
pequeñas tiendas del lugar hechas con escaparates de madera y carteles de metal.
—Me gusta.
—Creo que también te gustarán las ciudades. Allí hay todo tipo de inventos como el ómnibus.
—¿Ómnibus?
—Un carruaje muy largo tirado por caballos en el que puede subirse más de un pasajero. Sin importar
la relación que haya entre ellos.
—Oh, como un taxi o un autobús...
—Sí, supongo que debe ser como eso.
—Sinceramente, después del ajetreo de Nueva York... esto me parece un delicia.
El suelo estaba lleno de polvo por la inexistencia de asfalto y sólo las mejores calles gozaban de
adoquines, que solían ser las colindantes a las iglesias o centros de culto. Los transeúntes tenían un
aspecto dejado en comparación a lo que Margaret estaba acostumbrada y tan sólo unos pocos, los más
aventajados, tenían el privilegio de ir bien vestidos como lo iba ella. Se sentía afortunada por haber ido a
parar en una familia bien posicionada. ¿Qué habría sido de ella si hubiera caído en una familia humilde?
Las familias humildes de la época no eran iguales a las del futuro.
Anduvo y anduvo sin cansarse. Sus piernas lo agradecían y su mente también. A cada paso que daba se
convencía más de la realidad y su buen ánimo iba en aumento. Así era ella, una mujer alegre que solía
derrochar simpatía y felicidad si se lo permitían.
—¿Sabe qué pienso, doctor Newman?
—¿Qué piensa, señorita Trudis?
Charles la miró intensamente, haciendo brillar sus ojos caramelo. ¿Por qué se tensaba al hablarle de
sus pensamientos? ¿Eran ellos los causantes de su atracción?
—Que sería genial recibir clases de la época victoriana.
—¿Clases? —sonrió el varonil acompañante, haciendo repicar sus botines a cada paso.
—Sí. Cómo andar, cómo hablar, cómo vestirme... De ese modo, podría adaptarme mucho más rápido a
esta época y presentarme antes frente al malvado doctor Crok.
—Lo cierto es que tiene razón, señorita Trudis. Sería necesario que aprendiera algunas cosas que
olvidó con el golpe.
—¿Será mi profesor?
Lo oyó tragar saliva mientras el pescadero pasaba empujando un carrito repleto de mercancía. Sabía
que lo estaba poniendo en un compromiso, pero era la excusa perfecta para obligarlo a salir de la
habitación y acercarse a él.
—Yo no creo que pueda enseñarle todo lo que necesita saber una señorita de su posición...
—No me valen las excusas, doctor Newman. Ambos estamos aquí solos y aburridos sin saber qué hacer.
¿Qué mejor que prepararse para lo que tiene que venir?
—Está bien, empezaremos con las clases...
—¡Ahora mismo! —exclamó Margaret, interrumpiéndolo.
—Lo primero que debe aprender es que es inapropiado que una señorita grite en la calle, en casa y en
cualquier circunstancia en general.
—No he gritado...
—Alzar la voz, si lo prefiere. Y deje de morderse el labio.
—¿Eso hacía? —Estiró los labios hacia fuera.
—Lo hace a cada instante y es una costumbre muy fea. Además de...
—¿Además de qué?
—Tampoco es apropiado que pregunte a cada instante. Agobia a su interlocutor. Aquí las
conversaciones son menos directas y más escasas.
—¿Está seguro de eso? Uy, perdón... Acabo de preguntar otra vez. Me siento como una niña en el cole,
doctor Newman.
—Usted me ha pedido lecciones y es lo que le estoy dando. Si el fin es tener una fructífera reaparición
en escena, creo que debo ser un poco rígido.
Y dicho eso, se colocó bien las gafas con el fin de ocultar la tensión que inundaba su rostro.
—Es cierto, trataré de ser una buena alumna. ¿Le parece si volvemos a casa? Se me están congelando
las manos.
—Por supuesto, señorita Trudis. Volvamos...
El regreso al hogar, pasando por delante de la tienda de modas de la señora Roy y parando a comprar
un par de quilos de ternera en la carnicería, se caracterizó por ser silencioso. Los temas de conversación
que tocaron fueron sobre los avances industriales de la región, sobre los estudios de Margaret y sobre lo
mucho que Charles deseaba que ganara las elecciones un partido progresista. Entre ellos nadaba la
inquietud por el aprendizaje, el amor a la ciencia y un saber estar propio de la edad.

***

La primera clase inició bien entrada la tarde, después de haber comido ternera y de haber descansado
de la caminata.
—Señorita Trudis, póngase de pie en medio del salón —pidió Charles, alto e imponente con una sonrisa
benevolente.
—Está bien, doctor —accedió ella, colocando las manos tras la espalda y plantándose.
Charles dio un par de vueltas a su alrededor. Lo sentía cerca, sentía su cálido aliento sobre la nuca y su
aroma fresco pegado al pelo. Lo miró de reojo, todavía llevaba el traje gris y el chaleco marrón. Por
suerte, no se había quitado las lentes, lo que le daba un aire de profesor malvado arrollador. Se vio
obligada a coger aire con fuerza y a cuestionarse si había sido sano aquello de pedirle que le diera
lecciones.
Si encontraba a Charles de por sí solo increíblemente atractivo y de ensueño, no quería imaginarse lo
que haría en ese nuevo rol de educador. ¿Qué iba a educar cuándo tenía la mente de una mujer de Nueva
York? Sólo podía pensar en arrancarle la camisa y hacer todo lo que no había hecho en treinta años.
—Ponga los pies rectos, no los tuerza. Y haga el favor de encorvar la espalda.
Le dio un toque sobre la columna que se sintió abrasador y que la obligó a ponerse recta, pero no por
protocolo. Sino por el dolor de la quemadura. ¡Era tan dulce! ¡Tan comprensivo! ¡Tan irritante cuando
quería! ¡Era un pedacito de miel! ¡Una nube de algodón! Cerró los ojos con fuerza y lo recordó con la bata
blanca... ¡Aquello era peor! Se obligó a abrirlos. Pero al hacerlo, chocó con los orbes caramelo de su sexy
doctor.
—¿Por qué cierra así los ojos? —demandó la voz de barítono, molesto.
—Mm.…perdone.
—Debe mantenerlos a media altura, ni mirar abajo ni muy arriba. Lo primero la haría parecer poca
cosa y lo segundo, altiva. La barbilla, igual. —Rozó su mentón, electrocutándose y horrorizándose al
instante. Buscó en los ojos de Charles la solidaridad de ese momento, pero sólo encontró una barrera. Esa
barrera que quería y debía romper. ¡Él tenía que dejar de verla como a una paciente!
—¿Le gusta mi vestido nuevo? ¿Es bonito este azul verdad? —preguntó ella, estirando la tela de su
camisa hacia abajo. ¿Era muy evidente su insinuación?
—Punto importante a anotar en su libreta: una mujer nunca le pregunta a un hombre qué le parece su
atuendo si no les une un lazo afectivo como el del matrimonio.
¿Matrimonio? Eso sonaba fantástico. ¿Pero sería mucho pedir que la hiciera suya salvajemente en ese
lugar y ese momento?
—Sí —aceptó, medio ahogada y sudorosa.
No, no había sido buena idea. Empezaba a sudar y estaba más tensa que la tela de una pandereta.
Debía demostrar cordura y ella se sentía más loca que nunca. Temía saltar sobre el doctor y que éste
pensara que había entrado en un brote psicótico.
"Respira Margaret. Aparenta normalidad. Aparenta cordura. No quieres que te vea como a una loca."
Cada vez lo encontraba más agradable, que no contento con despertar a veces su ternura, la
desequilibraba con su original galanteo. Debería estar preocupándose por recuperar la memoria, de
revisar si Mía había tocado la puerta o de si conseguía vislumbrar algún punto más de la verdad. Pero
aquello era tan extasiante, embriagador y estimulante...que incluso el enloquecimiento parecía
sobrevalorado. ¿Quién diablos la entendía? Hacía unos meses estaba volando de Nueva York a Londres
para vender una mansión y ahora estaba en mitad del s. XIX tratando de derretir el corazón del "doctor
Jekyll".
—Bien, iremos trabajando la postura. Ahora, siéntate.
Obedeció, sentándose a bocajarro sobre la silla que Charles le había indicado.
—Así no, señorita Trudis.
¡Diablos! ¡Aquello era demasiado! La había cogido de las piernas y se las estaba recolocando en una
posición que le importaba un carajo. Sólo le importaba el tacto de esas manos encurtidas por potingues
químicos sobre sus muslos. Lo de sus muslos era un decir porque entre las manos de él y su cuerpo, había
cuatro capas de ropa sin contar las enaguas (bragas estilo pantalón). Él debió darse cuenta de su error
porque inmediatamente se apartó.
—¡Yo no puedo más! —espetó Margaret, incorporándose de un salto y mandando a
la "mierda" cualquier mantra que se hubiera impuesto—. Doctor Newman, es inútil negar lo que aquí está
sucediendo. Estoy sudando, estoy ruborizada y... ¿por qué no hablamos claro de una vez?
—¿Todavía cree que sus palabras caen en un abismo? —espetó Charles, apartándose de ella.
—¡No! Por supuesto que no...
—¿Entonces por qué habla tan directamente?
—¡Porque no sé hablar de otra manera! —Se llevó las manos sobre el abultado pecho, dejando caer su
cabellera negra hacia delante—. Porque aunque ame este siglo, mi mente está en otro. Porque todavía no
he recuperado mi memoria y me siento una americana... Y los americanos lo hacemos así.
—¡Yo soy inglés! Y no tengo ideas tan progresistas como para...
—¿Cómo para qué? Dígalo. Llevamos así desde que nos vimos en el manicomio... Desde que entró en mi
habitación y yo no era más que una desnutrida maltratada y desquiciada. Ahora soy yo: soy una mujer en
pleno uso de mis facultades y me doy el lujo de dar paseos con trajes de infarto... ¿Por qué no...?
—¡Porque es mi paciente! ¡Y no es mi esposa! No soy un libertino. Ya se lo dije el primer día en el patio,
tengo un código de honor —Dio un paso más hacia atrás entre que Margaret daba pasos hacia él,
acorralándolo contra la mesa de los desayunos—. Yo la respeto —susurró en un tono de voz que hacía
inverosímil su afirmación.
—No me creo que no haya tenido relaciones con ninguna mujer y que yo sepa, no está casado. ¿O sí? —
se horrorizó por un segundo, deteniendo su paso.
—No, no es eso. Hay mujeres con las que no me importa compartir el lecho pero usted no es una de
esas. Usted es una de esas mujeres con las que un hombre piensa y...
—Deje de pensar y béseme —Lo cogió por las solapas de la camisa y tiró de él pegando sus labios con
los suyos.

✽✽✽

Capítulo XII
El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece.
Jacinto Benavente.

No pudo quedarse allí, quieto y distante, por mucho que su ética se lo implorara. Los labios de Margaret
estaban sobre los suyos y su cuerpo funcionaba como un autómata sin razón. La necesitaba con urgencia;
era una emergencia sensorial y física que sólo tenía una cura posible: ella. La atrapó entre sus brazos con
fuerza, con ímpetu. Casi tragándosela de una sola sentada.
Su medicina tenía nombre y cuerpo de mujer: Margaret Trudis.
Margaret sintió la fuerza arrolladora de Charles sobre ella, la estaba engullendo y lo cierto era que ella
no tenía ni idea de cómo besar. Lo había hecho en algunas ocasiones imaginarias en el centro de menores,
pero aquello era otro nivel con lengua incluida. Los suaves labios de Charles sobre los suyos, la habían
conmocionado sin saber qué hacer. Por suerte, parecía que el doctor sí sabía cómo continuar. Las
sensaciones eran alucinantes, como si cien mil mariposas revolotearan en su estómago desde la lengua
hasta el centro de su cuerpo. Apretó los puños con fuerza por detrás del cuello de Charles y soltó un
pequeño gemido implorando más a punto de un colapso cerebral. Ella no era tímida. Prudente sí, pero no
tímida. Y estaba descubriendo que Charles tampoco lo era. Ambos habían pecado de demasiada sensatez
que estaba siendo destruida por la inminente fogosidad.
"Porque no sería considerado si pudiera llevarla a mi cama", recordó Margaret aquello que le había
dicho el doctor y se dio cuenta de que era verdad. Aquel hombre que medía dos metros no estaba
teniendo ninguna consideración con ella y la estaba devorando, aplastándola. Se movía con sabida
experiencia en el interior de su cavidad húmeda, acariciándole recovecos que ni si quiera sabía que
existían. Como colofón final le mordió el labio con premura y se separó de ella por falta de respiración.
—Me sobra respirar —confesó él, jadeante—. Si no te tengo, reviento.
Y con esa confesión, más propia de un animal que de un ser humano, levantó a Margaret y la sentó
encima de la mesa. Ella estaba en otro mundo, había algo en el abrazo vigoroso del hombre que la hacía
delirar. Quizás era por su aroma amaderado o por su fuerte complexión que liberaba hormonas
masculinas por doquier.
Sudada y temblorosa aceptó que Charles se cerniera sobre su cuello cual lobo hambriento y la besara
con crueldad en ese lugar, dejándole marcas imborrables en el alma. Se derretía con cada coque de su
lengua en esa zona que quedaba entre la clavícula y el hombro, arrastrando la camisa azul hacia abajo.
Trató de no fijarse en lo mucho que se marcaban los músculos de Charles contra su ropa porque si lo
hacía, caería desmayada en cualquier instante al estilo "Escarlata O'Hara" en Lo que el Viento se llevó.
Mientras Charles la regaba de besos se dio cuenta de que no había vivido nada tan real como eso. Que
ninguna vida, en el pasado, el futuro o el presente podría emular a ese sólo instante de su existencia. Y si
alguien intentara convencerla de lo contrario, le daría un buen puñetazo (eso había sonado muy
americano).
—Te deseo —rugió él, atacando su boca por segunda vez en un gruñido complacido. Ella lo miró con las
mejillas sonrojadas y los ojos brillantes como estrellas nadando entre la excitación y el miedo. Miedo a la
vorágine de sensaciones y sentimientos que se estaban desatando.
Charles sentía que no había fin, que por mucho que la besara no se saciaba. Pero al mismo tiempo, no
podía separarse de ella porque el elixir de la vida estaba en su boca aterciopelada de color rosa. En un
intento desesperado de saciarse, la apretó todavía más contra su virilidad, ensimismado con su calidez
femenina.
Margaret pasó sus manos alargadas y pálidas por el cuello de Charles, sintiendo cada minúscula vena
hinchada, un estimulante que la llevó a clavar sus uñas con el objeto de corresponder a sus confesiones
físicas. Y ese acto, por minúsculo que fuera, obligó al doctor a bajar las manos por su cintura para luego
subirlas al escote. Allí, desgarró la tela que había pagado esa misma mañana y liberó los abundantes
pechos que sobresalían por encima del corsé. ¡Eran enormes! ¡Cómo a él le gustaban!
Y se tiró sobre ellos cual niño en un parque de bolas.
Quería besar, succionar y morder; por eso, de un certero tirón partió las cuerdas del corsé y arrancó el
camisón probando la fuerza física que había ganado en sus miles de entrenamientos deportivos.
—Sobra la ropa y ya no quiero esperar más —se excusó, tirando los retales al suelo y clavando sus
garras en los senos de Margaret—. Eres deliciosa, voy a hacer realidad todos mis sueños nocturnos.
Charles reparó en que Margaret tenía cicatrices distribuidas a lo largo de su impoluto y sedoso cuerpo.
Muchas eran debido a su intento de suicido y otras eran producto del manicomio, donde la habían mal
tratado de cien mil maneras. Enfadado con el mundo por haber estropeado a la Penélope del s. XIX, se
dedicó a besar todas y cada una de las señales que Margaret lucía como una auténtica luchadora y
sobreviviente.
—¿Ya me tutea? —se le ocurrió preguntar a Margaret sin saber por qué.
—Yo puedo tutearte, Margaret. Porque soy tu doctor y el Barón de Cromwell. Quién no puede tutearme
eres tú.
Margaret lo miró seriamente al oír aquello, pero se encontró con un Charles bromista que la miraba
sonriente.
—Tutéame, Margaret. Por Dios, hazlo... ¿Qué preguntas me haces? —musitó, lamiéndole la aureola
rosada de su seno derecho.
—Charles... —nombró por primera vez, provocando que el ímpetu masculino aumentara y le hiciera
daño al morderla por doquier.
—Me he despertado cada mañana con esta necesidad. Cada mañana desde que te conozco...
Sintiéndome culpable...
—No te sientas culpable, Charles. Ya no soy tu paciente, soy una mujer libre que va curándose de sus
heridas. No me hables de mis heridas... Déjame olvidarme de todo por una noche.
La joven pelinegra lo abrazó, dándose cuenta de que ella estaba muy desnuda y él muy vestido.
—¿Por qué no te quitas la camisa? —pidió, ahogada y empapada.
—¿Quieres verme? —inquirió él, llevándose las manos sobre los botones del chaleco y, posteriormente,
sobre los de la camisa.
—Quiero y necesito verte.
Su sexy doctor se desnudó lentamente frente a ella sin titubear, cargando cada movimiento de
sensualidad y erotismo. Margaret lo miró de arriba a abajo sin pestañear, ni los mejores modelos de Calvin
Klein tenían ese cuerpo esculpido por el mismísimo Leonardo Da Vinci y Donatello. ¿Qué había estado
haciendo ese hombre? No tenía ni una sola cicatriz, era perfecto, bien cuidado y.… todo lo que no era ella.
Lo cogió con fuerza y lo apretó contra sus pechos, empoderada y fascinada por ese regalo de Dios. Por
suerte, a Charles le gustaba su iniciativa y la respondió cerniéndose sobre ella, perdiéndose en un tercer
beso infinito cargado de ternura y pasión, de flores y sándalo.
—Eres todo lo que un hombre pueda desear, Margaret. Pero debo parar. Lo siento... lo siento.
Se separó de ella, cruel y dolorosamente. Arrastrando los pies lejos de ella con una mueca de tortura.
—¿Por qué? —se indignó ella, levantándose de la mesa y acercándose a él entre que se tapaba los
pechos con las manos.
—Porque si no para ahora... Dudo mucho que lo pueda hacer después... Y no te lo mereces.
—Creía que ya habíamos superado esa parte.
—¿Quieres que te haga mía? ¿Quieres que entre dentro de ti? Eres una señorita. Cuando recuerdes
quién eres, te arrepentirás... Y no quiero que me veas como a un enemigo en ese momento.
—¿Enemigo? No creo que me arrepienta nunca de haber estado contigo. No he estado jamás con
ningún otro hombre... Y deseo, a mis treinta años, estar contigo. ¿Qué hay de malo en eso? Has sido bueno
conmigo y me gustas...
Charles removió la cabeza de un lado para otro como si escondiera algo.
—¿Todavía crees que soy tu paciente? ¿Qué me debes profesionalidad?
—Creo que es demasiado pronto para esto, Margaret. Debo ser racional por mucho que piense que
eres la mujer perfecta, la mujer con la que quiero pasar el resto de mis días. Lo único que puedo hacer es
darte un tratamiento para la histeria. Pero no entraré dentro de ti... No, a menos que tu padre me dé
permiso para casarme contigo. Haremos las cosas bien, preciosa.
—¡Oh, por favor! ¿Es en serio? —espetó ella, olvidándose de su desnudez y abriendo los brazos a modo
de indignación suprema.
—Por favor, tápate... —suplicó Charles recolocándose las gafas con el propósito de no mirarla.
Los pechos de Margaret eran su debilidad, así de claro y sin tapujos.
—¡Oh, Charles! ¿Me has besado como un salvaje para dejarme así? ¿Me has quitado la ropa y me has
mostrado tu torso par ahora decirme que necesitas el permiso de un viejo encarcelado? ¡Por favor que
alguien saque a Alexander Trudis de la cárcel ahora mismo! —ironizó Margaret molesta y alucinada por
las ideas medievales del único hombre del que sería capaz de enamorarse, si es que ya no estaba
enamorada.
—Ssht, Margaret... Soy médico y sé el dolor que sientes. Hay un tratamiento muy innovador para la
histeria femenina —la calmó como cuando le entraban ataques psicóticos en el manicomio, abrazándola
con fuerza y hablándole a media voz. ¿Qué era ella? ¿Una psicópata o una fiera? ¡Dios, Charles!
—¿Histeria femenina? ¿De qué habla, señor doctor? ¿Y qué hay de su dolor? Porqué creo que eso de ahí
abajo le va a explotar en cualquier momento.
—¡Margaret! ¡Por favor! No seas tan...Buff. Cuando hablas así, me gustas más. Me aguantaré, estoy
seguro de que la espera merecerá la pena...
—Charles...
—Margaret, deja que te ayude con paroxismo histérico.
—¿Paroxiqué?
—Paroxismo histérico. Déjate hacer...
En medio del abrazo, fue deslizando sus enormes manos hasta el nivel de su centro y empezó a
masajearlo por encima de la ropa. Margaret sintió el golpe de calor y le flaquearon las piernas, los brazos
y todo lo que tuviera relación con su cuerpo. Charles absorbió su temblor cogiéndola en volandas y
llevándola a la habitación entre besos y susurros dulces.
Allí, la dejó sobre la cama y la acomodó con almohadones para luego deshacerle la falda y desnudarla
por completo.
—¿Por qué haces esto? —pidió Margaret, intimidada, extrañada, excitada, sudada, avergonzada y todo
lo que terminara en -ada.
—Porque quiero que seas feliz, quiero darte lo que pueda según mis métodos y mis valores. Tú eres
liberal, explosiva y muy moderna. Y yo soy progresista pero tengo unos valores familiares distintos. Quiero
hacerte mi esposa, sé que puede sonarte precipitado pero así hacemos las cosas por estos lares con las
mujeres de bien. Tú no eres una cualquiera... Así que sólo puedo darte un tratamiento que pronto estará
de moda en las calles londinenses.
—¿Y consiste en desnudar a la paciente? —preguntó, llevándose la mano sobre su pubis; un tanto
incómoda ante la mirada oscurecida del loco y sexy doctor.
—No, en el método medicinal no requiere desnudar a la paciente. Pero permíteme esta licencia
especial contigo. Me gusta verte...
—Eres masoquista...
—Si al amor entregado y sincero le llaman masoquismo, entonces soy un masoquista. Tu masoquista
personal.
Y dicho eso, colocó sus manos masculinas sobre sus pechos y los masajeó cuidadosamente hasta
erizarle el vello. Rozó sus cicatrices y cuando se aseguró que había trabajado esa zona lo suficiente, bajó a
su intimidad.
Margaret dio un salto al notar los dedos de Charles allí. No esperaba algo así, no lo esperaba. Y creyó
que podría morir de placer, porque el corazón le palpitaba a mil por hora tratando de dar riego sanguíneo
a sus puntos más álgidos. No sabía que se podía hacer aquello, y no sabía que los hombres victorianos lo
hicieran. Y mucho menos que lo hicieran a modo medicinal. ¿Medicina? Está bien, iba a aprovechar. Al
final y al cabo, él decía que la haría su esposa. Así que podía permitirse el lujo de dejarse ir. En Nueva
York las chicas hacían cosas peores por menos (peores para ella y sus gustos, pero no juzgaba a nadie).
Las caricias en su centro eran delicadas, especiales y exquisitas. A cada roce de Charles, dejaba ir un
pequeño gemido. Claro que ver al Barón de Cromwell sin camisa y sobre ella, ayudaba mucho a que el
delirio fuera en aumento. La besó, la mordió, la acarició y la apretó hasta que notó algo que iba subiendo
desde su intimidad hasta su garganta saliendo en forma de grito estratosférico. Era como morir para
volver a vivir. Como tocar el cielo con las puntas de los dedos. Como engarrotarse de dolor y retorcerse de
placer. Como agua, como jugo.
Con la coleta desmontada, los mechones distribuidos por encima de la almohada, sudorosa, empapada
y enrojecida...se atrevió a mirar a Charles. La miraba con verdadera devoción, con amor infinito. ¿Tanto
podía amarla en esos meses? ¿Qué había hecho para merecer su amor? ¿Qué regalo de Dios había caído
en sus manos?
—¿Por qué me sacaste del manicomio?
—Porqué me enamoré de ti.
Se tumbó a su lado, acariciándole el pelo, amándola sinceramente.
—Me mentiste, me dijiste que era por justicia.
—¿Y no es justicia rescatar a mi futura esposa de las garras de un corrupto?
—Gracias, Charles —susurró, hundiéndose en el torso masculino sintiéndose la mujer más afortunada
del mundo y de todos los tiempos.
—No tienes nada que agradecerme, te estaba esperando. Estaba esperando una mujer con tus
cualidades y defectos. Curaré tus heridas y pasaremos los días hablando de tus inventos futuristas...
Tendremos una hija preciosa a la que llamaremos como tú y pasearemos por las calles más avanzadas de
Londres.
—Suena estupendo —confesó ella, a punto de dormirse.
—Duerme, querida mía. Duerme... Yo velaré tus sueños para que ningún otro demonio te lleve lejos de
aquí —declaró, besándole la frente.
Y así, entre los fuertes brazos de un hombre verdadero, Margaret se quedó dormida sin miedo, sin
ansiedad ni preocupaciones.

✽✽✽

Capítulo XIII

Algún dinero evita preocupaciones; mucho, las atrae.


Confucio.

El "sin cuello” del doctor Crok se removía inquieto de un lado para otro en medio de una taberna
cochambrosa. El asunto era serio y podía suponer el fin de su carrera, de su vida y de sus días tal y como
los conocía.
—¿Quieres parar de moverte? ¿O necesitas una descarga eléctrica de esas que dedicas a tus pacientes
para tranquilizarte? ¡Haz el favor de sentarte!
Espetó Benjamin de muy mal humor con el cuello del abrigo subido alrededor de su rostro y un
sombrero que le tapaba los ojos.
—¡Este es el fin, Benjamin! ¡Nuestro fin! —gritó en un susurro el doctor Crok, sentándose a golpe de
taburete a su lado—. ¿No lo entiendes?
—Sólo entiendo que has sido un necio. ¿Cómo has podido perder a una jovencita desquiciada?
—Tiene amigos poderosos... sobre todo ese asqueroso del doctor Newman. Él se la ha llevado, estoy
seguro. Parecía enamorado de ella... y ya sabes lo que hace un hombre por una mujer.
—Si no fueras tan idiota, podríamos haber llamado a las autoridades y meterlos en la cárcel. Pero no,
tú tenías que dejar los cheques al alcance de ese doctorcito progresista.
—Tiene pruebas, al menos un cheque en su poder. Firmado por ti y recibido por mí. ¡Oh, Dios! ¡Este es
el fin! ¿Por qué te haría caso? —Se pasó las manos por el bigote, ansioso.
—¿No me dirás que es la primera vez que haces algo semejante?
—No, claro que no. Ha habido otros casos... Casos en los que familiares o amigos han buscado mi
ayuda para ganar herencias o fortunas. Solía darse la oportunidad de alguna persona débil de mente con
un gran patrimonio a sus espaldas. Entonces, sus propios cuñados o hijos buscaban el modo de decretar
que esa pobre alma estaba loca y que debía ser encerrada. Era así como me daban una suculenta
comisión a cambio de encargarme de que el pobre desgraciado no saliera del manicomio de Bethlem.
¡Pero nunca accedí a encerrar a alguien tan influyente como Margaret! Los Trudis son demasiado ricos y
tienen el apoyo de los Marqueses de Salisbury, Robert y Elizabeth Talbot... es cuestión de tiempo que nos
den caza. Porque el Barón de Cromwell, Charles Newman, no descansará hasta verme hundido. Hasta
vernos hundidos.
—No corramos tanto —tranquilizó Benjamin—. El padre de Margaret, Alexander Trudis, todavía está en
la cárcel. Y por lo que he podido saber, vive en condiciones deplorables con mal tratos continuos. Su
avanzada edad no creo que le permita seguir en pie durante mucho más. Si él muere, habrá una herencia
de la que aprovecharse. Sólo debemos entrar en la casa del Barón de Cromwell y eliminar las pruebas que
nos inculpan. Si eliminamos el cheque, no tendrán ningún poder y Margaret volverá donde tiene que
estar, en el manicomio.
—¿Y cómo pretendes entrar en casa del Barón? Seguro que tiene lacayos por doquier.
—Ay, querido primo... Si supieras lo que hace el dinero. He pagado a unos mercenarios para que
rastrearan a ese desgraciado de Charles Newman. Y sé a ciencia cierta que se encuentra en una chabola
de pueblo sin vigilancia ni escolta. Así que están en nuestras manos.
—¿Y qué piensas hacer con el doctor Newman? Él puede testificar contra nosotros y tiene las de ganar.
Sólo tiene que levantar la moqueta para que salga a relucir toda la porquería corrupta. Las autoridades no
lo pondrán en la cárcel si el Marqués influye en su favor. Recuerda que Robert Talbot es cuñado de los
Duques de Devonshire. Sólo tiene que chasquear los dedos si quiere tener el favor de la Reina o de
alguien mucho más poderoso que nosotros: un simple mayordomo y un decadente director de manicomio.
—Como te he dicho, con dinero baila el perro. Bebe, primo... Y deja de preocuparte.
—¿No estarás tramando un asesinato?
Se llevó la copa de whisky a los labios con la mano temblorosa.
—Lo que sea necesario para tener dinero. ¿No querías ambición familiar? ¿No me habías subestimado
durante años? Ahora te demostraré de qué soy capaz.
El doctor Crok miró a los ojos café de Benjamin y consideró que había creado un monstruo del que él
mismo no podría escapar. Eran los villanos de esa historia. ¿Cómo terminarían?

***

Margaret pasó su mano derecha por encima del relicario de oro. Aquella única pieza que la había
acompañado desde pequeña. Se observó en el espejo, la señora Roy le había traído un precioso traje de
lana blanca con bordados verdes a conjunto con sus ojos. Ya era el tercer día en esa casa del amor. Tal y
como la había apodado mentalmente.
Porque allí, entre esas cuatro paredes humildes, había conocido al verdadero amor de su vida: Charles
Newman. Él le había demostrado que la respetaba como mujer y la deseaba a partes iguales. El Barón de
Cromwell era un hombre sano por dentro y por fuera del que ella se nutría sanando sus heridas.
Con una sonrisa de felicidad, abandonó el espejo y se acercó al baúl de ropa rota que había tenido que
ocultar a la señora Roy con mucha vergüenza. ¿Qué explicación le hubiera dado ante un escote
desgarrado?
—Hola, Margaret —oyó una voz dulce tras de ella. Era casi de noche y había pasado un día fantástico al
lado de Charles, como siempre. Los días al lado de él, se estaban volviendo adictivos.
Él era su héroe. Y no le importaba quedar como la típica princesa de cuento a la que rescatar. A veces,
hay que dejarse ayudar y valorar la ayuda prestada. ¿Qué hubiera sido de ella si Charles no la hubiera
amado tan sinceramente?
—Hola, Mía. Ayer no viniste —respondió tranquilamente, saludando a la bella pelirroja de ojos blancos
y sonrisa sabida.
—Sí, vine. Pero vi que estabas ocupada...
—¿Qué? ¡Oh, Mía!
Se llevó las manos a las mejillas, que le empezaron a arder por el bochorno.
—Tranquila, no vi nada. Me fui en cuanto supe qué estaba ocurriendo. Me alegro por ti, querida
Margaret. Él es todo cuanto necesitas, un bálsamo para tu dolor y sándalo para tu cuerpo.
—Gracias, querida Mía.
La abrazó y la guio del brazo para que se sentara en un sillón mientras ella hacía lo mismo. Era el
segundo día que veía a Mía en esa casa, pero la sentía tan cercana como a una amiga. Lo vivido, es
vivido. Aunque sea imaginario.
—Charles está en el patio, ¿quieres que lo llame?
—No creo que sea necesario, lo que debo hablar y lo que debemos tratar sólo te concierne a ti.
—¿De qué hablaremos hoy? Ya tengo claro lo que me pasó. Sé que entré en una depresión porque
Robert Talbot se casó con otra, Elizabeth, en lugar de conmigo. Sé que mi padre me repudió y mi madre
fue a la cárcel por asesina... Fue ahí donde la Reverenda, la buena panadera, me acogió en su casa. Pero
no pude seguir e intenté suicidarme. Entré en coma, los demonios me llevaron lejos de este tiempo y tú
conseguiste recuperarme mediante la ayuda de Dios. Al volver, el mayordomo nos acusó de locos y
peligrosos. Mi padre fue a la cárcel y yo al manicomio...
—Exacto. Un excelente ejercicio de memoria. En el manicomio, el doctor Crok te mal trató hasta que el
doctor Newman, el Barón de Cromwell, se enamoró de ti y te rescató. También tienes el apoyo de los
Marqueses, que te quieren sinceramente pese a todo lo ocurrido.
—Así es.
—Todo va bien...
—Sí, creo que sí.
—¿De veras te gustaría recuperar la memoria? ¿No prefieres esta versión de tu vida?
—¿No eras tú la que me incitaba a buscar la verdad? ¿No debería tener toda la información que
necesito para vivir plenamente?
—La verdad sí. Pero ya sabes la verdad. Lo demás, es opcional. ¿Quieres recordar el dolor que sufriste
cuando Robert anuló el compromiso? ¿Quieres recordar la decepción y la frustración al ver a tu madre en
la cárcel? Recordarás cosas bonitas, pero habrá muchas... que te dolerán.
—A estas alturas de mi vida, creo que podré soportarlo. Pero tengo miedo de olvidarme de Charles. Eso
es lo que me da más miedo de todo.
—Vamos a empezar con cosas fáciles. Con tus recuerdos de la infancia...
—¿Puedes? ¿Puedes devolvérmelos?
—Puedo ayudarte a recuperarlos. Túmbate en la cama...
Margaret se tumbó y Mía empezó a pronunciar unas palabras ininteligibles como ya era habitual en
ella y su profesión. Tocó su cabeza suavemente entre otras técnicas hasta que la pelinegra cayó en un
sueño extraño. (Hay que considerar que a partir de aquí la conversación se desarrolla entre largos
periodos de tiempo entre pregunta y respuesta).
—¿Qué ves, Margaret? —preguntó la clarividente tras algunos minutos y un silencio atronador.
—Veo a mi padre, Alexander.
—¿Es tu padre? ¿Cómo lo sabes?
—Lo es. Lo recuerdo... Lo estoy viendo al lado de mi camita, cantándome una canción para dormir.
Ahora me está enseñando los colores y también a leer.
—¿No tienes institutriz?
—Tengo, pero él prefiere darme clases a parte. Le gusta pasar el tiempo conmigo.
—¿Es un buen padre?
—Eso parece, sí. Es entregado, cariñoso y protector.
—¿Qué más ves, Margaret?
—Veo a mi madre, Greta. Me está peinando entre que me habla de vestidos y modales. Ahora me está
regañando por haberme ensuciado el vestido de barro. Pero rápidamente me perdona.
—¿Qué opinas de tu madre? ¿Cómo la ves?
—La veo muy hermosa, joven. No es tan afectuosa como mi padre, pero me quiere. Sí, me quiere
mucho y quiere que sea una dama. Está muy preocupada por mi educación... como si me preparara para
algo...
—¿Ves algo más, Margaret?
—A Robert. Lo recuerdo. Lo estoy recordando. Lo veo como a mi mejor amigo... y como al príncipe que
mi madre me lee en los cuentos. Estamos prometidos, somos dos niños. Lo quiero tanto... ¡Dios!
—¿Qué ocurre, Margaret?
—Me estoy viendo de más adulta, soy una adolescente. Mi madre ha cambiado su carácter, es mucho
más dura y fría. Mientras que mi padre está ausente... No pasa tiempo con nosotras —se agitó, nerviosa—.
¿Cómo has podido hacer esto, mamá? ¿Cómo has podido? ¡Son los padres de Robert! ¡Eran los padres
de...!
—Margaret, escúchame atentamente... cuando cuente tres, te despertarás y volverás conmigo. Uno...
Dos... Tres.
Se despertó con una presión en el pecho y un nudo en la garganta. Esos eran los derroteros por los que
la llevaba su pasado. Sufrimiento y horror.
—¿Qué ha pasado? —se preocupó Charles, entrando justo en el momento en que Margaret se
incorporaba asfixiada y compungida—, tendrá que decirme cómo consigue entrar, señorita Mía.
—No es culpa de ella... —aclaró Margaret, medio ahogada—. Yo le he pedido que me hiciera recordar.
Necesitaba saber más.
Charles palideció y dio un paso al frente, queriendo retener algo que estaba a punto de perder.
—¿Y qué has recordado?
—Ahora ya sé cómo ponerme un traje victoriano... —se permitió bromear la pelinegra, llevándose las
manos sobre el tocado alborotado—. Ahora en serio, ha sido un infierno. Al principio era muy bonito. Pero
después, todo adquiría un color gris oscuro bastante desagradable. Quizás Mía tenga razón y no deba
indagar más. Pero si me ha servido de algo esta experiencia, es para darme cuenta de lo mucho que
quiero a mis padres. ¡Oh, pobre papá! ¡Qué calvario estará sufriendo! Deseo hacer algo por él lo antes
posible. No me imagino cómo lo debe estar pasando en una cárcel de este siglo... ¿Por qué no vamos en su
busca?
—Ahora mismo no podemos hacer nada, Margaret. ¿Recuerdas que nos estamos escondiendo? No
sabemos quién es Benjamin ni qué relación tiene con el doctor Crok. Ni qué...
—¿Benjamin? Benjamin es el mayordomo... —balbuceó la señorita Trudis, recordando a ese hombre de
ojos café.
—¿Estás segura de eso?
—Segurísima, sí. Lo he visto en mis recuerdos. ¿Quieres decir que él...?
—Ahora todo tiene más sentido —comprendió Charles—. Os han tendido una trampa. Han aprovechado
vuestras debilidades para apartaros de la fortuna...
—¿Se están beneficiando de nuestro dinero?
—A toda costa —concluyó Charles—. Lo que no entiendo es qué relación puede haber entre el
mayordomo y el doctor Crok. Sea como sea, esto confirma mis sospechas: el director ha estado recibiendo
dinero para tenerte encerrada y hacerte creer que eras una demente cuando sólo eras una mujer
confundida.
—¡Es horrible! Debemos hacer algo, Charles —suplicó ella, aferrándose al torso masculino de su amor.
—No te preocupes, loquita mía. Lo haremos —la consoló, pasándole la mano por el pelo.
—También he recordado a Robert, no me extraña que me hablara de ese modo en el manicomio, tan
confiado —agregó la pelinegra, mirando a la nada—. Lo que nos une a él y a mí es...
El doctor Newman tragó saliva sonoramente entre que apretaba los puños, tenso. ¿Qué haría si
Margaret se olvidara de él y amara a Robert de nuevo? Su profesionalidad lo obligaba a querer la
recuperación completa de su paciente, pero su corazón le prohibía seguir por ese camino. No soportaría
perder a su loquita de ojos verdes.
—¡Viene alguien! —gritó de pronto Mía, horrorizada—. ¡Se acercan para haceros daño! ¡Buscan un
cheque!
—¿Cómo sabes...? ¿De qué está hablando señorita Mía? —demandó Charles, separándose de Margaret
ofuscado—. Acabo de venir de la calle y...
Un fuerte estruendo detuvo las palabras del Barón de Cromwell. Era la puerta del dormitorio, que
había sido tirada al suelo para que cuatro hombres como cuatro montañas pudieran entrar armados y
amenazantes. Charles reaccionó perdiéndose en una pelea sin fin con puñetazos, patadas y claves
orientales incluidas. Pero no tenía posibilidades de ganar. Eran cuatro, y él uno solo. ¿Quiénes eran esos
extraños? ¿Tendría razón Mía? ¿Querrían la única prueba que tenían en contra del doctor Crok y
Benjamin? ¿Hasta dónde sería capaz de llegar ese mayordomo codicioso?
—Las manos donde pueda verlas, doctorcito —amenazó el más alto de los intrusos luciendo una perilla
tan larga como una mazorca de maíz.
El pobre Charles no había podido con ellos. Iban armados y lo superaban en número. Por lo que lo
estaban atando con una cuerda improvisada.
—¿Quiénes sois? ¿Qué buscáis? —bramó el Barón, tratando de zafarse del agarre del mercenario con la
furia resbalándole por los poros—. ¡Salid de mi casa ahora mismo! —imperó.
—Tranquilo... ahora te diré lo que necesito. De momento... calladito.
—Mire, jefe. Mire... Esta belleza de aquí debe ser la loca de la que nos habló el...
—¡Calla zopenco! ¡No hables demasiado!
Eran cuatro: el más alto y el que parecía ser el cabecilla, era rubio. ¿Su nombre? Mike. El segundo era
pelirrojo y tenía los brazos como las pinzas de un cangrejo, lo llamaban "el Gamba". El siguiente era "el
Pulga" por ser el más bajito y el más moreno. Finalmente, estaba Calvin y era el guapo del equipo.
—Vamos a quedarnos quietecitos aquí —explicó Mike, levantando sus manos en son de paz con una
sonrisa irónica—. Gamba, ata a las mujeres.
—¿A la ciega también, jefe? —preguntó "el Gamba", que no era muy espabilado.
—También. Todos bien atados. Necesito calma...
—¡No me toques! —gritó Margaret en cuanto sintió las pinzas del cangrejo sobre ella—. ¡Suéltame!
¡¿Qué queréis?!
—Jefe, ¿podemos tirárnosla? —inquirió "el Pulga", mirando lascivamente a la joven.
—De momento, no...
—Cómo os atreváis a ponerle una sola mano encima... —amenazó Charles, rabioso.
—Tenemos todos los ingredientes aquí: la belleza desquiciada, la ciega madurita y el príncipe
encantador —dijo con sorna Mike, apretando el agarre de Charles y obligándolo a sentarse en la cama.
Después, hizo lo mismo con Margaret y Mía—. Bien, ahora que este teatro está organizado. Díganme:
¿dónde está el cheque?
Los cuatro malvados se posicionaron frente a ellos y tenían toda la pinta de hacerles cualquier cosa con
tal de conseguir lo que pedían.
Capítulo XIV

La probabilidad de perder en la lucha no debe disuadirnos de apoyar una causa que creemos que es
justa.
Abraham Lincoln.

Margaret observó a los cuatro fantásticos y consideró que era una verdadera lástima que en ese siglo no
existieran los móviles o las alarmas. Los nervios empezaban a pasarle factura y le temblaban las manos y
la garganta. Mía parecía muy tranquila, con la sabida mueca que la caracterizaba. Charles tenía el ceño
fruncido y sangre por doquier debido a la pelea inicial.
¿De qué serían capaces si habían llegado hasta allí? Mike y los demás habían entrado en la casa del
amor sin dificultad y estaban coaccionándolos para conseguir el cheque. El cheque firmado por Benjamin
y recibido por el doctor Crok. La única prueba que Charles había sustraído del manicomio antes de
fugarse. Si entregaban el cheque, se quedarían sin pruebas y desamparados ante la ley. No podrían
demostrar que ella no estaba loca.
Qué triste realidad... tener que demostrar que una no está loca con pruebas y documentos después de
haber sufrido un coma de ocho meses. Lamentablemente así era y, por lo visto, ser mujer era un
agravante en esa condición de locura. No había cabida para la debilidad mental en el s. XIX.
—No me hagáis volver a repetirlo, todo puede salir bien si me decís dónde está el cheque —advirtió
Mike, pasándose la mano por la perilla y mirándolos con seriedad entre que se encendía un cigarrillo con
estudiada frialdad. Margaret se fijó en que Mike tenía la cara cuarteada, como si hubiera sufrido
quemaduras leves en la piel.
—No sabemos de qué nos habla —repuso Charles, firme y contundente. Apretando sus ojos caramelo y
con el labio ensangrentado.
—Doctorcito, no nos mienta —Le dio una calada al cigarro—. No le queda bien mentir a un hombre de
prestigio como lo es usted. Sabemos que tienen el documento mencionado y lo necesitamos. No quisiera
destruir esta casa por un simple papel —ironizó con palabras rebuscadas. Mike no era un cualquiera. La
época de los mercenarios iletrados ya había pasado y sabían lo que se hacían.
—Eh, jefe. ¿Por qué no probamos con la pechugona? —balbuceó "el Pulga", demostrando que todavía
quedaban zopencos en el mundo y que siempre quedarían ejemplares de su especie sin importar el pasar
de los siglos y los milenios.
—¡Apártate de mí, asqueroso! —gritó Margaret, moviéndose lejos del pervertido que le había tocado un
pecho con la mano bien abierta. ¡Qué asqueroso era ese degenerado!
"El Gamba" y "El Guapo” se mostraban neutrales, limitándose a mirarlos con cara de pocos amigos.
—Buscad por la casa —ordenó Mike con un movimiento de manos que dio inició a un registro violento
en el que cajones, armarios, cojines y figuras fueron destrozados a golpes sin éxito.
A cada objeto destrozado, "El Perilla Mazorca" se ponía más nervioso. Porque no daban con lo que
habían ido a buscar y si no lo encontraban, no cobrarían la otra mitad de lo acordado con Benjamin. Y eso,
cuando llevas a tres hombres como tres montañas bajo tu mando, no puede suceder. No, si no quieres
terminar en una cuneta.
—Estáis acabando con mi paciencia —Se llevó las manos a la cara, nervioso tras quince minutos de
búsqueda infructuosa—. Y no os conviene. ¡No os conviene! —rugió, dejando atrás cualquier atisbo de
tranquilidad que pudiera mostrar; apretó los dientes y tiró la colilla al suelo, pisándola con su bota
enorme—. Calvin, ya sabes qué hacer —ultimó, sin mirar a los rehenes.
"El guapo” cogió con violencia a Charles y lo zarandeó en una agarrada brutal que horrorizó a
Margaret. ¡Pobre Charles! ¿Cuánto más tendría que sufrir para protegerla? Lo empujó contra una pared y
lo aplastó contra ella gritándole aberraciones del estilo: "te vamos a matar y a descuartizar si no nos dices
dónde está el puto cheque". Charles aguantaba en silencio, con una sola cosa en su mente: "Margaret".
—¡Habla! No te hagas el duro —intervino "El Gamba", dándole una sonora cachetada de lo más
humillante. Charles intentó pelear, pero era imposible. ¿Cómo saldrían de esa? Porque no podían ni
pensar en entregarles el cheque. Si lo hacían, todo lo que habían hecho hasta ahora no valdría para nada.
Se llevarían a Margaret y la encerrarían de nuevo sometiéndola a brutales mal tratos con el fin de
desquiciarla.
Y no iba a permitir tal cosa. No, después de haber caído locamente enamorado de ella. Aguantó cada
patada, cada daño infringido. Sería capaz de morir por Margaret, y lo estaba descubriendo. Se
conformaba con ella. Con aquella mujer que había conocido en una celda de manicomio. Si ella supiera...
si ella supiera los estragos que causaba en él.
—¡Dejadlo en paz! —suplicó Margaret, con lágrimas en los ojos. No soportaba seguir viendo esa
tortura. No se imaginaba una vida sin Charles. Cada golpe que él recibía, parecía que caía sobre ella
cruelmente.
Entonces, Mike la miró con un brillo difícil de definir. Un sonrisa diabólica invadió su rostro, era un
calculador nato.
—Margaret... No. —dijo Mía en un susurro, viendo sin ver—. Ni se te ocurra hacer lo que estás
pensando, miserable —habló por primera vez la mujer con poderes extrasensoriales de pelo rojo.
—¿O qué? ¿Qué puede hacer una ciega como tú? —se burló, cogiendo a Margaret y tirándola al suelo
con brutalidad; causándole un hematoma en el brazo—. Chicos, que empiece el festín.
Dos ratas se cernieron sobre Margaret, rompiéndole el vestido a tiras con cuchillos. La joven pataleó y
forcejeó tratando de liberarse de las sucias manos de los violadores; pero le propinaron un fuerte golpe
que la dejó prácticamente inconsciente y, al mismo tiempo, más heridas que se sumaban a su ya torturado
cuerpo. Despedazaron su traje nuevo sin ninguna consideración y luego la desnudaron hasta dejarla
"disponible" para ser violentada.
—¡No! ¡Ni se os ocurra! —rabió Charles con las venas del cuello henchidas y los puños
apretados. Tiraba del agarre con ímpetu, como un león enjaulado. Pero Mike y "el Gamba" lo sujetaban
con fuerza—. ¡Nooo!
—¿Por qué te importa tanto, doctorcito? —susurró el jefe en la oreja de Charles con evidente sorna—.
No le pasará nada si tú quieres. Si tú quieres, puedo parar esto. Ya sabes lo que tienes que decirme...
—¡Está bien! ¡Maldita sea! ¡Está bien! —accedió él, desesperado por evitar que violaran a Margaret.
Mike se había aprovechado de los sentimientos que había entre ambos y lo había conseguido—. El cheque
está...
Pero no pudo continuar su confesión porque Mía entró en trance, se movía de una forma extraña y
emitía voces guturales cercanas a un idioma extranjero. ¿Árabe? Los cuatro invasores detuvieron su
proceder y la miraron confundidos. Mike estuvo a punto de asestarle una buena bofetada para pararla,
pero una fuerza invisible lo tiró al suelo. Los muebles empezaron a temblar y las cortinas a volar sin
viento.
Las luces menguaron y un sonido tétrico propio del último renglón del infierno se apoderó de la
estancia, horrorizando a los presentes.
—¡Venid a mí! —escucharon gritar a la pelirroja pocos segundos antes de que los espejos reventaran en
mil pedazos clavando sus vidrios en los cuerpos de los mercenarios.

***

Los Marqueses de Salisbury, Robert y Elizabeth Talbot, habían recibido la misiva del Barón de
Cromwell, Charles Newman, el día anterior. En ella, les informaba que estaba con Margaret en una aldea
cercana de Bath. Elizabeth se alegró de tener noticias de Margaret porque desde que el doctor Crok
prohibió las visitas, no había vuelto a saber nada más de ella. Había pedido ayuda a su hermana Audrey, la
Duquesa de Devonshire, para que interviniera en el asunto y pudiera sacar a la joven Trudis del
manicomio. Pero debían esperar al procedimiento necesario.
Después de leer la carta de Charles, no dudaron en poner rumbo a su localización. Necesitaban
solventar ese asunto lo antes posible. Y si el rígido y correcto del doctor Newman estaba arriesgando su
carrera para sacar a Margaret del manicomio, seguro que tendría buenos argumentos a parte de los que
ya sospechaban.
—Mira, Robert. Creo que es ahí —señaló Elizabeth una casita rodeada de pinos desde su montura
blanca. Era de noche y habían cabalgado prácticamente todo el día prescindiendo de un carruaje que los
retrasaría. Elizabeth no estaba acostumbrada a montar, pero la ocasión merecía el esfuerzo.
—Sí, es esa. Pero hay algo que no me cuadra...
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Es hora de cenar y sólo hay luz en la planta de arriba.
—Quizás estén descansando... —musitó la Marquesa, con las mejillas sonrojadas.
—¡Elizabeth! Dudo mucho que el doctor hiciera tal cosa con Margaret.
—Será mejor que nos acerquemos.
Trotaron seguidos de su escolta personal, Ian y Roderick, dos hombres que valían por ocho y que
habían servido al Marqués desde su juventud. Al llegar a la puerta, vieron que estaba forzada y del
interior de la residencia, salían gritos y ruidos espantosos.
—¡Elizabeth, quédate con Ian! Roderick, conmigo —ordenó el Marqués rápidamente, desmontando del
caballo.
La Marquesa se quedó con el corazón encogido al lado de Ian mientras veía desaparecer a su esposo
en esa casa oscura.

***

—¡Es una bruja! —gritó "El Piojo” al ver como los espejos se rompían, intentando sacarse los vidrios
clavados de su cuerpo.
—¡Las brujas no existen! —bramó Mike, desenfundando su pistola con la mano ensangrentada por un
enorme cristal clavado en ella.
—¡Dispara Mike! ¡Acaba con ella! —pidió "El Gamba".
El rubio apuntó a la pelirroja y sacó el seguro del arma, dispuesto a acabar con ella. Charles no vio sus
intenciones porque estaba cubriendo a Margaret para que ningún cristal cayera sobre su cuerpo
desnudo.
Pero de nuevo, de golpe, todo volvió a su normalidad. Las luces recuperaron su fuerza, las cortinas
cesaron su vuelo y el mobiliario dejó de golpear contra el suelo despidiendo a la voz del infierno que los
había poseído.
Mike vio que era el momento perfecto para disparar, pero unas fuertes manos lo cogieron y lo
desarmaron. Se trataba de un hombre más alto que una puerta y ancho como una pared.
—Hola, amigo. Soy Roderick —dijo el gigantón de pelo oscuro y lo redujo en un par de segundos para
luego hacer lo mismo con el resto de los "fantásticos".
El Marqués desató a Charles que no se separaba de Margaret, cubriendo la desnudez de la mujer con
su propio cuerpo.
—Toma —ofreció Robert, quitándose el abrigo y extendiéndolo hacia el doctor que corrió a tapar a
Margaret con un amor infinito. El Marqués reparó en la mirada del Barón de Cromwell y tuvo que dar la
razón a su mujer mentalmente, él estaba enamorado de Margaret.
—Robert... —susurró Margaret desde los brazos de Charles y emitiendo una leve, pero cariñosa sonrisa
que molestó a Charles pese a que no era el momento de tener celos sino de agradecer la intervención del
Marqués.
—Margaret, ¿ya te acuerdas de mí?
—Sí, me acuerdo. Claro que me acuerdo... Mi gran amigo de la infancia, mi...
No pudo terminar la frase porque Mía pidió que la desataran y Roderick ató a los malhechores para
llevarlos frente a las autoridades junto a Ian, que lo esperaba fuera.
—Miladi, ya puede entrar —informó Roderick en cuanto salió de la casa con Mike a cuestas—. Ian,
ayúdame con estos. Hay tres más adentro.
Ian custodió a la Marquesa hasta la recámara y se encargó de los que faltaban.
—¡Margaret! —se conmocionó Elizabeth, abalanzándose sobre la joven herida y prácticamente desnuda
si no fuera por el abrigo de Robert.
—Elizabeth... —correspondió la pelinegra.
—Yo me ocupo de ella, doctor Newman. Usted y mi marido tendrán muchas cosas de las que hablar —
se ofreció la rubia, quedándose al lado de Margaret y Mía.
Robert y Charles se miraron, ambos tenían los ojos oscuros. Sólo Charles los tenía un poco más claros,
como si el dulzor de su alma saliera a través de ellos. Salieron de la habitación femenina pasando por
encima de los cristales y se reunieron en la habitación de Charles, donde el Barón ofreció una copa de
brandy al Marqués.
—Yo no bebo esa bazofia inglesa —espetó Lord Talbot, sentándose en un sillón encuerado.
—No tengo drambuie, no acostumbro a beber venenos escoceses —respondió Charles, sentándose
frente al Marqués—. ¿Un puro?
—Eso sí —aceptó, llenando el lugar de humo—. Gracias por cuidar de Margaret durante este tiempo.
—No hay nada que agradecer —replicó algo molesto, frunciendo las cejas castañas. No necesitaba que
alguien le diera las gracias por cuidar de su futura mujer y mucho menos que ese alguien fuera un
anterior prometido.
—¿Y bien? Lo veo algo deteriorado, Lord Newman —ironizó Robert, señalando la sangre que caía de la
frente de Charles.
—Ahórrese la burla, Lord Talbot. Lo que me ha traído hasta aquí ha sido descubrir que tenían a
Margaret encerrada por interés económico. Descubrí un cheque firmado por un tal Benjamin y recibido
por el doctor Crok.
—Canalla... Debí suponer que Benjamin tenía algo que ver en todo esto —Dejó ir una bocanada de
humo para dar otra calada profunda—. Y supongo que esos buscaban el cheque... La única prueba que
inculpa a esos corruptos.
—Exactamente.
—Siempre supe que Margaret no era ninguna loca. Sólo estaba confundida por ese sueño que la tuvo
lejos de nosotros por tanto tiempo.... Ahora deberemos imponer una denuncia al manicomio y pedir que
liberen a Alexander de la cárcel por falso testimonio.
—Así es, imagino que debe haber más gente implicada. Guardias, jueces...
—Lo que hace el dinero. Mientras tanto, Margaret vendrá a nuestra casa.
—¿Disculpe?
—Lo más cercano a una familia que tiene Margaret, somos nosotros. La Marquesa y yo. Mientras se
aclara todo este asunto, lo más correcto es que ella viva con nosotros. Lo más decente y lo más seguro
para ella... ¿O pretendía tenerla en esta casa?
—Pretendo casarme con ella —determinó Charles, sin más. Mirando fijamente los ojos negros de
Robert.
—Es algo que debe decidir su padre, ¿no cree? —dijo en voz baja, casi rayando el susurro.
—Ella ya tiene treinta años. No creo que necesite tal permiso.
—Tiene treinta años, pero es una señorita decente.
—¿Qué pretende?
—Proteger a Margaret.
—En ningún lugar estará mejor protegida que a mi lado.
—Puede venir como invitado a nuestra casa... ¿Le parece bien?
—Sí.
—¿Y dónde está el cheque? —cambió de tema el Marqués, llevándose el puro a los labios entre que el
Barón le daba un sorbo al brandy.

***

Margaret se tumbó en la cama después de que sus dos únicas amigas, Elizabeth y Mía, la ayudaran a
limpiarse y a vestirse. Era un alivio tenerlas cera en esos momentos. Y se daba cuenta de que ellas
siempre habían estado a su lado, ya sea en un mundo imaginario o real. Las quería sinceramente.
Charles no había vuelto a la habitación, que estaba prácticamente destrozada por el ritual de Mía. ¿De
qué estaría hablando con Robert?
—¿Quieres que te traigamos algo de comer? —preguntó Elizabeth, preocupada.
—No tengo hambre...
—Por fortuna, no pudieron hacerte nada esos canallas... Espero que Ian y Roderick ya los hayan
puestos a disposición judicial.
—Eso espero. Por un momento pensé... ¡Dios! No quiero ni imaginármelo —se estremeció Margaret,
aferrándose a su cuerpo. Agotada.
—Será mejor que descanse —intervino Mía, sonriendo.
—Está bien, es verdad... Buenas noches, Margaret.
—Buenas noches, Elizabeth.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, Mía.
Cuando se quedó sola, apretó el relicario astral entre sus manos y lo abrió. Sacando de su interior un
papelito doblado a consciencia.
Capítulo XV
Los celos son, de todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y
ninguna de remedio.
Michel de Montaigne.

Finales de 1843, unos días después de la comparecencia de los Marqueses en la casa del Barón.

Las colinas del castillo de Carlisle, la residencia habitual de los Marqueses de Salisbury, estaban nevadas
haciendo honor al clima escocés. El viento soplaba con fuerza trayendo consigo buenas y frescas nuevas
para Margaret Trudis.
—Espero que estés cómoda aquí —dijo Elizabeth, con el rostro enmarcado por tirabuzones dorados;
tirabuzones del sol.
—Es mucho más de lo que podría desear, Elizabeth. Muchas gracias por hospedarme en tu casa —
agradeció Margaret, que los recuerdos que tenía de ese lugar eran muy tempranos. No recordaba todo lo
sucedido a partir de los veinticinco. Todavía le faltaban algunas sesiones con Mía. Recordaba su buena
relación con Robert, pero no su desastroso final.
Mía había rehusado la invitación de los Marqueses, prometiendo visitarlos muy pronto. La clarividente
no era una mujer de estar en un sólo lugar por mucho tiempo, era un alma libre y necesitada de
independencia.
—La señora Roy ha prometido enviarte el resto del pedido en breve... —comentó Elizabeth.
—Sólo me queda este traje verde, el que llevo puesto —musitó Margaret, más consciente de la realidad
y con conocimiento de lo que necesitaba para vivir en el s. XIX siendo quien era—. Si pudiera tener acceso
a mis pertenencias... En casa de mi padre tengo muchos vestidos.
—Hasta que no se aclare todo el asunto con Benjamin y el doctor Crok, es difícil que puedas acceder a
tus vestidos. Debes mantenerte protegida y a salvo. Aquí lo estarás, Robert quiere lo mejor para ti. Y yo
también.
—Elizabeth... No recuerdo el final de nuestra relación. No recuerdo cómo nos conocimos
verdaderamente tú y yo. Los recuerdos que tengo de ti, son ficticios. El producto de lo que Mía me hizo
ver para dejar de odiarte; espero que si te hice daño de algún modo, me perdones...
—Te perdoné hace mucho tiempo. Y yo también te debo una disculpa... Supongo. Él era tu prometido y
entiendo perfectamente lo que debiste sentir. Durante un tiempo no quise saber nada de ti, pero en
cuanto supe que estabas inconsciente, no dudé en ir a verte. Durante esas visiones que Mía te trasladaba,
yo estaba a tu lado. Así que de alguna manera, fueron ciertas. He descubierto que eres una gran mujer,
divertida y sensata cuando debes. Y me congratula ser tu amiga. Sólo deseo tu felicidad —confesó,
brillando con luz propia entre que tomaba asiento en un diván amarillo e invitaba a Margaret a hacer lo
mismo.
—Eres muy bondadosa, Elizabeth. Otra mujer, en tu lugar, hubiera actuado movida por los celos y la
soberbia —Se sentó, cogiendo el té que la señorita Clive, la doncella de Elizabeth, le ofreció.
—No soy esa clase de mujer; las Cavendish no somos así —explicó la dulce mujer.
—¿Las Cavendish?
—Claro, debes recordarnos muy poco...
—Vosotras sois más pequeñas que yo... Y no coincidimos en muchos eventos. Pero recuerdo a tu
hermana mayor, Audrey. Mi padre la invitó en una ocasión, para un baile. Y se presentó con tu padre,
Anthon Cavendish. El Duque de Devonshire. Recuerdo que mis padres estaban muy orgullosos de tenerlo
en nuestra casa, como si hubiera venido el mismo rey. Pero en cambio, era muy humilde y agradable.
—Mi padre falleció hace tres años —se lamentó Elizabeth, llevándose la mano a los ojos esmeralda.
—Lo siento mucho. Era un gran hombre. Un gran Duque... —se apenó Margaret—. ¿Y quién lo ha
sucedido?
—Mi sobrino, Anthon. Pero en realidad es Audrey quien lleva las riendas de todo... Es una larga
historia que contar.
—Tu hermana parece una mujer muy dura... y adelantada a la época —consideró lo mucho que habían
luchado las mujeres a lo largo de la historia para conseguir los derechos que tenían en el s. XXI.
—Y lo es, pero también tiene un gran corazón.
—Sin duda. ¿Y tus otras hermanas? ¿Cuántas sois en total?
—Somos cinco. Tendrás la ocasión de conocerlas este fin de semana. Vendrán a celebrar el fin de año y
también a tratar tu asunto con la justicia. Audrey nos ayudará...
—Gracias, de veras. Muchas gracias. Después de todo lo que hizo mi madre... No consigo recordar
todo, pero me han contado que intentó matarte y...
—Por favor, olvídalo. Yo sé lo que es tener una madre que te impide progresar en la vida. No se lo
deseo a nadie. Y por eso no te juzgo... Puedes estar tranquila. ¡Mira, quién viene por aquí!
Elizabeth se levantó y Margaret después de ella según requería el protocolo. Acababan de llegar los
niños, Rony y Áurea, que habían salido a dar un paseo con su padre y el invitado de honor, Charles
Newman. Los hombres de la época victoriana solían dedicar poco tiempo al cuidado de los niños, pero
Robert y Charles presumían de una caballerosidad que superaba a sus ideales. Con el fin de permitir que
las mujeres hablaran a solas, se habían ofrecido a estar con los pequeños durante un tiempo.
Áurea iba en brazos de su papi, mimada y consentida como era, entre que Charles cargaba con un
Rony de dos años. Ver a Charles con un niño despertó en Margaret un instinto que a sus treinta años ya
premiaba. Le encantaría tener un hijo. Y Charles parecía el candidato perfecto para dar su semilla. ¡Dios!
Esos pensamientos híbridos entre el s. XIX y el s. XXI la avergonzaron, tiñendo sus mejillas de rojo
escarlata.
Robert reparó en el sonrojo de Margaret. En todos sus años de convivencia jamás la había visto
sonrojarse de ese modo y la causa era Charles. Se alegraba por ella; se alegraba de que, por fin, se diera
cuenta de que el amor verdadero nunca existió entre ellos. Pronto le daría la razón, y lo llamaría hermano.
Sólo esperaba que en cuanto Mía le devolviera los recuerdos que le faltaban, no se rompiera toda esa
armonía
—¡Mamá! Mucha nieve... Hemos hecho un muñeco y ángeles... —explicó Rony a su manera mientras
Elizabeth lo cargaba con una gran sonrisa.
—Áurea está congelada, pobrecita —dijo Margaret, cogiendo a la niña y apretándola contra su pecho
para darle calor de forma inconsciente. No se dio cuenta de lo que aquel acto provocó en Charles que tuvo
que apartar la mirada rápidamente si no quería hacerla suya en ese mismo instante para tener un hijo. Él
tampoco era ningún mozuelo, a sus cuarenta años debía tener descendencia lo más pronto posible si
quería darle un heredero a la baronía. Y Margaret era la madre perfecta. La mujer perfecta... En fin, muy
perfecta sí. Tragó saliva sonoramente y pidió permiso para retirarse.
—¡Oh, Charles! ¿Ya te vas? —dijo con confianza Margaret, mirándolo con sorpresa por su repentina
marcha.
—Señorita Trudis, debo ocuparme de algunos asuntos de importancia.
Margaret enarcó una ceja y no dijo nada más. ¿Señorita Trudis? ¿A qué venía eso? Dejó a Áurea en
manos de Robert y dio un paso tras de Charles.
—¿A dónde vas, Margaret? —reclamó Robert, recibiendo un codazo de su mujer para que se callara.
—Voy a.… a hablar con el doctor Newman.
—¿No sabes que una mujer y un hombre no pueden estar a solas sin una carabina?
—¡Por favor, Robert! —suplicó Elizabeth—. Déjala. Ni que fuera una niña... Ya tiene edad para tomar
sus propias decisiones.
—¡Pero es una mujer respetable!
—Y no deja de serlo por hablar un poco con su doctor. ¿No es su doctor?
—Sí, pero...
—Pero nada, calla y sujeta a Áurea que quiere dormir —ultimó la Marquesa, guiñándole un ojo a
Margaret que corrió tras de Charles.
—¡Charles! ¡Charles! —gritó, corriendo tras él y cogiéndolo por el brazo para detenerlo.
Un fuerte terremoto los sacudió a ambos a causa de ese leve contacto, y como si Margaret hubiera
leído el miedo en los ojos del Charles, lo soltó de repente.
—¿Qué quiere, señorita Trudis? —la miró con estudiada frialdad.
—¿Ahora soy señorita Trudis? ¿Se puede saber qué te pasa? —se indignó, pasándose la mano por su
cabellera negra.
—¿Ya has recuperado gran parte de tu memoria, verdad?
—Sí...pero.
—¿Y no sabe que no podemos tutearnos? ¿No ha recordado las normas de protocolo?
—¿Acaso no voy a ser tu esposa, señor Barón de Cromwell? —demandó Margaret con retintín y
bastante molesta.
—Pero todavía no he pedido su mano a su padre, que sigue en la cárcel. Y no puedo tutearla frente a
otras personas... Eso ensuciaría su reputación, señorita.
—Pensé que eras progresista.
—Soy progresista, no un libertino. Ya se lo dije.
—¿Hay algo más? ¿Algo más por lo que estás así?
Charles le sostuvo la mirada acaramelada por largos segundos con seriedad e intensidad. Margaret
sintió el maremoto de sentimientos en los ojos del doctor y se intimidó. Estaba enfadado. ¿Pero por qué?
—No, no hay nada más —concluyó, separándose de ella para seguir su camino.
Margaret volvió a respirar con normalidad en cuanto dejó de verlo al final del pasillo, aquel hombre
despertaba en ella sensaciones inconcebibles. Su aroma amaderado y fresco... ¡Dios! Lo necesitaba.
Necesitaba mucho más de él. ¿Y si le dijera que estaba sufriendo de histeria femenina? Se avergonzó de
sus propios pensamientos y volvió con los Marqueses para jugar con los niños, que eran un encanto y le
daban la alegría que necesitaba.

***

Ese mismo día por la tarde


Unos toques ligeros y educados la despertaron de su siesta, obligándola a levantarse.
—Margaret, soy yo... Elizabeth. ¿Puedo pasar?
—¡Elizabeth! Pasa, por favor —corrió a recibirla con una sonrisa.
—Siento molestarte —se disculpó.
—No me molestas, al contrario.
—Señorita Clive, pase por favor —pidió la Marquesa a su doncella, que entró cargada con una gran
caja dorada.
—¿Y esto?
—Es un vestido... Me lo cosí antes de quedarme embarazada y no lo he usado. He pensado que quizás
te gustaría usarlo tú esta noche, durante la cena de honor que queremos ofreceros a ti y a Charles como
nuestros invitados especiales. ¿Aceptarías mi regalo?
—¡Por supuesto! —se emocionó Margaret, que ya se había imaginado en la cena con el mismo traje
verde que había llevado durante dos días.
—Señorita Clive, abra la caja por favor —pidió la rubia.
Margaret no podía creer lo que estaba viendo. ¡Era el vestido más atrevido, bello y costoso que había
visto jamás en cualquier tiempo!
—Es para mujeres casadas... No es lo que una señorita suela llevar, pero creo que te sentará muy bien
—adujo Elizabeth, observando los ojos de Margaret abiertos como platos—. La señorita Clive, Briana, te
ayudará a ajustarlo a tus medidas. Aunque sospecho que te irá un poco pequeño. Espero que para este
sábado tu costurera ya haya mandado el pedido.
—La señora Roy es muy responsable, estoy segura de que cumplirá con lo pactado —recordó con
nostalgia a la anciana que la había vestido durante tres días con infinita paciencia—. Muchas gracias,
Elizabeth. Es precioso —convino, levantando la tela de la caja y admirándola.
—Te lo mereces. Hoy tienes que brillar...
Margaret abrazó a la Marquesa, a sabiendas que aquello rompía con todos los protocolos, pero
Elizabeth no se apartó y la abrazó de vuelta con respeto y cariño.
—Te dejo tranquila para que te prepares... Estoy deseando ver la cara de Charles —dejó ir Elizabeth,
saliendo de la recámara con una mueca divertida.
—¿Podría tomar un baño antes de vestirme?
—¡Pero si ya se bañó hace dos días! ¿No querrá contraer una enfermedad? —se horrorizó la doncella.
—Vamos, uno cortito...
—Oh, está bien. Voy a prepararle la tina.
Margaret rio para sus adentros, si esa gente supiera que el agua era beneficiosa...
¡Qué ilusión! Iba a florecer esa noche, sí. Se sentía preparada para mostrarse al mundo, pero sobre
todo, para demostrarle a Charles qué tipo de mujer era. ¡A darlo todo al estilo Madonna en Vogue! ¡O a
lo Jennifer López en Waiting for Tonight!
Se bañó con agua de rosas y se puso en manos de Briana, que le ató un bellísimo corsé aterciopelado
con flores cosidas para luego ponerle la querida y deseada crinolina que le haría unas caderas de infarto.
¡Sin necesidad de cirugías!
El vestido era de terciopelo púrpura y se apretaba en todos lados porque le quedaba pequeño. Briana
intentó sacarle algunos puntos, pero el busto quedaba a la vista de forma escandalosa. Se miró en el
espejo y opinó que estaba perfecta para una fiesta de carnavales en Nueva York. Pero no para una cena en
pleno s. XIX.
—Tengo la solución perfecta, señorita —la salvó la señorita Clive, mostrándole un chal blanco de tul—.
Se lo puede poner por encima, como estamos en invierno le dará un toque sofisticado.
—Tiene razón, Briana —se colocó el chal por encima en un bucle elegante—. Perfecto.
—Y no se olvide de su colgante de oro.
—No, no podría olvidarme de él.

***

—¡Oh, Margaret! ¡Estás impresionante! —alabó Elizabeth desde abajo de las escaleras nada más verla.
Robert se giró para mirarla y Charles hizo lo propio, anonadado. Intuyó que, tras sus lentes metálicas,
los ojos se le tornaban oscuros.
—Permíteme que te ayude —pidió el Marqués, subiendo las escaleras para ofrecerle el brazo y
acompañarla hasta el salón de comidas.
Margaret buscó la mirada cómplice del doctor, pero éste la ignoró ofreciéndole el brazo a Elizabeth.
¿Qué diantres le ocurría? ¿No le iba a decir nada? ¿Dónde estaba el Charles sano y honesto que había
conocido? No le gustaba esa versión agria.
Durante la cena, Charles la evitó a toda costa. Evitó mirarla, evitó hablar con ella y hasta le giró la cara
un par de veces. Tenía unas ganas irrefrenables de gritarle: ¡qué coño te pasa! Al más puro estilo
neoyorquino. O escocés, ahora que había descubierto que parte de su familia provenía de esas tierras
verdes y frías.
Pero la presencia de Robert, y sobre todo la de Elizabeth, evitaban esa explosión de impotencia. No
podía hacerles eso después de que la acogieran en su casa y le dedicaran una cena en su honor. Así que
tragó la bilis, frenó sus pensamientos negativos y se obligó a sonreír mientras hablaba de nimiedades.
—Margaret, quisiera hacerte una prueba de memoria... —dijo de golpe Robert, divertido con una copa
de más, dejando los cubiertos sobre el plato—. A ver si recuerdas esto: una colina nevada, tus padres y los
míos arriba de ella mientras que tú y yo estábamos abajo...
—Y todos bajaron con los trineos exitosamente menos mi madre, que no supo controlar su trineo y se
dio de bruces contra un árbol gritando sin parar.
—¿Te acuerdas? —rio Robert—. Después salió tu madre con la cara llena de nieve y parecía un
monstruo.
Margaret rio melódica y femeninamente. No lo hacía mucho, pero cuando lo hacía era como ver una
estrella fugaz. Charles la observó, tan divertida y genial, tan fresca con su maravilloso vestido púrpura
que le marcaba todo pese a sus intentos de ocultarlo con el chal blanco. La necesitaba, estaba seco. Seco
de excitación y ni el aire ni el vino ni nada podían saciarlo. Trató de disimular su necesidad, sus celos y su
estupidez. Lo hizo lo mejor que pudo con el maxilar comprimido y el ceño fruncido, dándole un sorbo al
champán.
Desde que Margaret había recuperado parte de su memoria y se paseaba de un lado para otro con los
Marqueses, que no habían vuelto a hablar como lo hacían antes. Claro que las normas de sociedad
tampoco se lo permitían... pero era tan difícil verla riendo con su anterior prometido. Verla riendo con ese
hombre, sin saber si todavía lo amaba. No podía ser egoísta y desear que Margaret se mantuviera en la
ignorancia para siempre, pero era un hombre. Un hombre que quería casarse después de cuarenta años, y
ahora temía que la única mujer con la que estaba dispuesto a hacerlo, lo rechazara. Por supuesto que los
besos, las caricias y la noche que durmieron juntos eran un aval de contención y de seguridad. ¿Pero
podía competir con Robert? ¿Un hombre que había estado a su lado desde la niñez?
—¿Sabes que recuerdo también? El día en que caíste al lago y tu padre te pegó en el trasero con un
cinturón de cuero.
—¡Eso dolió!
—Te lo buscaste por haberte escapado de casa —rio Margaret, apretando su chal blanco contra los
pechos sin querer.
Charles no podía más, flexionó las rodillas dispuesto a levantarse y a buscar cualquier excusa para salir
de allí lo más rápido posible.
—Es hora de que pasemos al baile —lo de tuvo Elizabeth, que se había mantenido en un segundo plano
hasta ese instante, levantándose de la silla y obligando a los presentes a hacer lo mismo.
—¿Un baile? ¡Oh, Elizabeth! ¡Eres la mejor! —admiró Margaret, cogiéndose del brazo de la Marquesa
para entrar a otro salón en el que una pequeña orquesta los estaban esperando.
Estaba feliz, emanaba luz por donde pasaba y era la más bella de la fiesta. Al menos para Charles que
era incapaz de sacarle los ojos de encima pese a los intentos de disimularlo.
El Marqués invitó a Margaret a bailar y él tuvo que hacer lo mismo con la Marquesa, ambas parejas
bailaban al son de los violines y del piano.
—¿No es estupenda? —lo sacó de sus pensamientos Elizabeth. Dándose de bruces con la vergüenza de
ser sorprendido mirando a Margaret fijamente.
—Sí, lo es.
—Me ha dicho mi esposo que quiere pedir su mano —comentó la mujer de pelo dorado, cogida a su
mano con extrema elegancia y saber hacer entre que giraban en torno a la pista.
—Quiero que sea mi esposa. Pero no sé si ella querrá después... No debería de ser tan franco —se
limitó—. Pero usted parece una de esas personas a las que uno puede contar cualquier cosa.
—Puede contármelo si lo prefiere, pero sé lo que está pensando. ¿Cree que Margaret sigue enamorada
de mi marido?
Charles se tensó. ¿En serio estaba hablando de eso con la esposa de Robert? Se cuadró en el cuarto
giro y calló, temeroso de ir por derroteros peligrosos. No quisiera comprometer a Margaret. No obstante,
el rostro de Elizabeth no transmitía enfado ni molestia. Si no más bien una comprensión infinita adornada
por sus bondadosos ojos verdes.
—Le aseguro que Margaret no está enamorada de mi esposo. Sólo son dos buenos amigos que se
quieren pese a lo que han sufrido. Puede estar tranquila —sonrió—. Mi marido la amó siempre como a una
hermana, y estoy segura de que ella hace lo mismo.
—¿Por eso intentó suicidarse? —espetó Charles.
—Ella no sabía lo que era el amor verdadero. Pero estoy segura de que ya lo sabe... —lo miró
significativamente.
Aún con las explicaciones de la Marquesa, Charles seguía incómodo con la situación. Margaret no
paraba de bailar, reír y hablar por los codos con Robert y éste parecía encantado sin importarle la
presencia de su esposa. Elizabeth podía ser todo lo bondadosa y comprensiva que quisiera, pero él era un
hombre y tenía límites.
—Creo que es hora de que me devuelva a mi esposa —bromeó Robert, cogiendo a Elizabeth
impetuosamente y pegándose a ella para bailar un vals.
Charles miró a Margaret. No deseaba bailar nada con ella. Pero lo hizo, extendió su mano enguantada
y la sostuvo en mitad de un vals muy sugerente.
—Oh, Charles... ¿Puedo saber qué te ocurre? —pidió Margaret, entornando sus enormes y verdes ojos
como la albahaca.
—¿Qué me ocurre? ¿Acaso he dicho algo?
—Creo que detrás de esas gafas escondes algo —musitó, divertida.
—No puede tutearme aquí, ya se lo he dicho —contestó seco, sin mirarla a los ojos.
—No pienso hacerte caso en esto, Charles Newman. Tu futura esposa quiere explicaciones.
—¿Mi futura esposa? ¿Estás segura de eso?
—¿Qué quieres decir? ¿Ya no quieres casarte conmigo?
Lo notó, notó a Margaret enfurruñada e impotente. Quería llegar a él, pero él era incapaz de ser
honesto. Y estaba actuando en contra de sus propios principios, como un idiota de esos a los que siempre
había despreciado. Pero sentirla cerca, sentir su aroma mujeril, su cuerpo aterciopelado más blanco que
nunca... Su busto exuberante pegado a su torso, su mirada verde, sus pestañas largas y encorvadas y...
¡Dios! ¿Existiría alguna otra mujer tan bella como ella?
✽✽✽

Capítulo XVI

Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a
callar.
Diógenes Laercio.

Se fue a la cama de muy mal humor. No lo soportaba, no soportaba ver a Margaret riendo con Robert sin
parar. Recordando memeces de la infancia y no sé qué anécdotas que le parecían de lo más ridículas.
¿Cómo lo soportaba Elizabeth? ¿Cómo podía estar tan segura de que Margaret no sentía nada por su
esposo? ¿Amor verdadero? ¿Podía existir una amistad sincera entre un hombre y una mujer? Él que era
psicoanalista, debería saberlo mejor que nadie. Pero lo cierto era que ya no sabía nada. Que a sus
cuarenta años y tras veinte de profesión, se sentía como un adolescente enamorado.
Se quitó las gafas, hastiado. Y las dejó caer sobre la mesita que había en la habitación de prestado.
¿Qué hacía allí? ¿Qué hacía lejos de su trabajo? Arriesgándolo todo, todo...por una mujer. Y ahora ésta se
pavoneaba de un lado para otro con vestidos sugerentes y hablando sandeces durante horas con su
anterior prometido.
Se deshizo de la camisa, de los pantalones del traje y de cualquier prenda de vestir. Casi no tenía ropa
porque no había podido comunicarse con sus lacayos, huyendo de la justicia mientras no se solventara el
asunto y un juez pusiera entre rejas al doctor Crok y a ese tal Benjamin. El procedimiento estaba siendo
algo lento, pero con la intercesión de la Duquesa de Devonshire esperaban que se acelerara. ¿Dónde se
habrían metido esas ratas? Era cuestión de paciencia que los cuatro mercenarios cantaran y delataran a
sus pagadores.
Para ese entonces, el momento en que Margaret volviera a su hogar y su padre tuviera la protestad
sobre ella, ¿aceptaría casarse con él? ¿O estaba haciendo el ridículo? ¡Diantres!
Se pasó una toalla húmeda por el rostro y por el cuerpo para luego tumbarse como Dios lo creó.
Necesitaba ese momento de paz, de libertad masculina. No había sido nunca un mujeriego, ni un hombre
necesitado de mujeres. Pero esa noche necesitaba remediar su resquemor. La cercanía de Margaret le
pasaba factura. Le temblaba todo el cuerpo de insatisfacción. Le daba rabia estar tan cerca de alguien
que no podía tener por moral y ética. Les estrechó la mano a sus virtudes y cerró los ojos imaginándose a
Margaret de mil maneras. Arriba y abajo.
—Charles.
Era ella. Su voz de soprano. Y no era su imaginación. Dio un salto con el corazón en la boca y se tapó
inmediatamente con el primer cojín más cercano.
—¡Oh, Dios! ¿Charles? ¿Qué estás haciendo? —preguntó Margaret, cerrando la puerta tras ella y
gritando en un susurro. Todavía llevaba el traje púrpura y seguía oliendo a rosas.
—¿Por qué entras aquí, mujer? —demandó Charles, nervioso y sudado. Apretando la almohada contra
su virilidad con el fin de taparla y tirando de la sábana para cubrirse sin éxito.
—Quería hablar contigo, has estado muy raro durante la velada —explicó, tapándose los ojos con la
palma de la mano.
En realidad, sólo estaba haciendo ver que se los tapaba, porque estaba mirando a través de la rendija
que quedaba entre el dedo índice y el dedo del medio. ¿Y cómo no mirar a un hombre que había hecho
deporte toda su vida y que le hablaba de matrimonio? Sin mencionar su personalidad y bla, bla.
—Haz el favor de salir, Margaret. Ahora no puedo hablar.
—¿Por qué no?
"¿A ti que te parece?", pensó Charles.
—Tápate bien los ojos.
—¡Los tengo bien tapados!
—Te estoy viendo, Margaret.
—Oh —refunfuñó la pelinegra, dándose la vuelta para permitir que el doctor se levantara a ponerse los
calzones. Una especie de pantalones largos y finos de color blanco que usaban los hombres victorianos a
modo de ropa interior.
—Ya puedes mirar.
¡Por Dios Misericordioso! ¿Qué ya podía mirar? ¡Si no llevaba camisa y se le marcaba todo ahí abajo!
Quedó impactada, en shock. Pero se recuperó rápidamente, preocupada por el cambio de actitud del
Barón.
—Charles, ¿qué te ocurre? —Se acercó a él—. Hemos pasado tanto juntos... Me has salvado de las
garras de Crok, peleaste por mí con los mercenarios... Y no sólo eso. Has dedicado horas y horas de tus
días para sanar mis heridas con profundas conversaciones. ¿Y ahora? Ahora me das a entender que no
estás seguro de casarte conmigo. ¿He hecho algo mal?
Charles la miró de arriba a abajo y se sintió ruin. Estaba siendo tóxico, perjudicial para ella. ¿Pero
cómo superar ese desagradable sentimiento?
—No has hecho nada mal —suavizó el tono y su expresión—. ¿Por qué deberías hacerlo? Estás
disfrutando de tu libertad, fuera de ese infernal manicomio. Nada más.
—¿Disfrutando? ¿Eso crees? Sí, no te negaré que me siento muy a gusto entre la gente que amo. Tú,
Elizabeth, Robert... Pero no puedo dejar de pensar en mi padre. ¿Has olvidado que está sufriendo en una
cárcel? Me gustaría ir a verlo. Quiero decirle que no está solo. He de decirle que ya lo recuerdo y que lo
quiero... Darle las gracias. Pero en lugar de eso, tengo que esconderme como si la delincuente fuera yo.
Como si no fuera yo la que ha pasado ocho meses en coma y la que despertó necesitando ayuda.
—¿Quieres ir a ver a tu padre? Yo te llevo.
¿En serio había dicho eso? En lugar de pedirle explicaciones por sus charlas infinitas con Robert, ¿le
acababa de proponer algo casi imposible? Quiso echarse para atrás, pero la cara de ilusión de Margaret le
dijo que eso sería imposible. ¿Qué había hecho? ¿A ese nivel llegaba su actitud de perrito faldero? ¡Sólo
quería hacerla feliz! Se lo merecía. Margaret merecía un hombre que buscara su felicidad y que no le
pidiera explicaciones por echarse unas risas con un viejo amigo.
—¡Sería genial! ¿Cuándo iríamos? ¿Pero no nos estaríamos arriesgando demasiado?
—No, si lo hacemos de forma inteligente.
—Oh... pero no sé si Robert permitiría que me marchara a solas con...
—¿Necesitas el permiso de Robert para venir conmigo? —enjaretó Charles, impregnando sus pupilas
caramelo de un tono oscuro y casi perverso.
—No he dicho tal cosa —evidenció ella, depositando sus ojos verdes sobre los de él—. ¿Estás celoso?
¿Es eso? —dijo tras unos segundos de incómodo silencio—. ¡Es eso! —rio irónicamente—. ¿Acaso crees
que yo...? ¡No!
—No necesito explicaciones, Margaret. Pero si quieres ir a ver a tu padre, deberías ir a dormir. Porque
debemos salir de madrugada. Tenemos un viaje largo por delante. Yo me encargaré de avisar a los
Marqueses. Eres mi responsabilidad, así lo siento.
—¿Ya no tienes dudas?
—¿Las tienes tú?
—¡No! ¿Qué te hace pensar que las pueda tener? Por Dios, Charles. A estas alturas con estos juegos.
—¿Y qué hago? —gritó, irritado. Moviendo las manos en un aspavientos casi violento que dejó a
Margaret sorprendida—. Será mejor que te vayas, por favor.
Margaret lo miró con los ojos aguados y salió, dejándole el espacio que pedía.

***

A la mañana siguiente, los Marqueses les dieron el permiso para ir a ver al padre de Margaret. Con la
condición de que Roderick y una doncella los acompañara. Lo primero para garantizar su seguridad y lo
segundo, para resguardar las apariencias. Volverían el fin de semana, así que la despedida no fue muy
larga y Margaret se colocó su sencillo vestido verde que ya se había convertido en su favorito por ser
cómodo y por recordarle a la señora Roy, la costurera.
Recorrieron media Inglaterra para llegar a la cárcel en la que Alexander Trudis estaba encerrado
desde hacía algunos meses. Casi diez horas de viaje en un carruaje torturador que dejó el trasero de
Margaret hecho un guiñapo.
Nadie sabía nada de Alexander porque esa prisión era muy estricta, cuando alguien entraba era para
ser torturado y castigado. Rara vez daban información al exterior. Ni si quiera los Marqueses sabían nada
de él, y sólo podían esperar a que la justicia lo sacara de allí.
—No entiendo qué hace mi padre aquí. No debería estar en este tipo de prisión... Ni en ninguna otra.
—Ya sabes que lo que buscaba Benjamin era sacaros del medio. Si no hubiera sido por tu recuperación,
se hubiera quedado con todo para siempre. Porque tu madre tampoco va a salir de su celda.
—¿Cómo hemos llegado a esto, papás? —Margaret habló más para consigo misma que para su
acompañante, llevándose la mano sobre el pecho y mirando el edificio gris que se levantaba frente a ella
con mucha pena e impotencia. Como una sola fracción de segundos, de una decisión equivocada o de una
imprudencia... puede cambiarle la vida a alguien—. ¿Y cómo vamos a entrar?
—Tengo un conocido que trabaja aquí dentro. También tengo mis contactos, Margaret. Pese a ser un
simple Barón.
—Yo no he dicho que... —lo dejó correr, Charles se molestaba por todo desde que estaban en casa de
los Marqueses y ella no tenía ánimos para estar justificando cada palabra.
—Roderick, usted quédese aquí fuera. No queremos llamar la atención.
El armario asintió y se quedó a una distancia prudencial de sus señores mientras la doncella hacía lo
mismo. Cuantos menos entraran, mejor.
Charles tocó la puerta de la prisión y un alférez lo recibió.
—¿Quién es?
—Soy un amigo del doctor Ryan, que trabaja aquí dentro. Dígale que salga a atenderme, por favor.
—¿No me dirá su nombre?
El rostro serio del Barón obligó al guardia a hacer lo que le pedía; cuando se lo proponía, el sexy doctor
imponía. Unos minutos después de larga y angustiosa espera, apareció un señor de la edad de Charles con
una bata blanca al que se iluminó el rostro nada más verlos.
—¡Charles! —saludó eufóricamente, abrazándolo—. ¡Cuánto tiempo sin verte, compañero! Oh, y vienes
acompañado. ¡He esperado mucho para ver llegar este día! —miró a Margaret con orgullo, incomodando a
la mujer.
—Ryan —correspondió el Barón—. Yo también me alegro de verte, he venido por algo... Debe ser
confidencial.
—Dime... —cambió el gesto, sintiéndose responsable de lo que Charles le pudiera pedir.
Los dejó pasar. Los pasó con la excusa de que eran médicos y necesitaban valorar al paciente.
Margaret agradeció enormemente el favor de Ryan y se adentró en los callejones oscuros y mal olientes
del lugar, siguiendo a los hombres. Era espantoso, peor de lo que se había imaginado. Heces, orín y ratas
por doquier. Lamentaciones nacidas de las entrañas y olor a muerto en algunas celdas.
No había luz. No había nada... Nada, salvo horror. El horror humano. La crueldad y el infierno en la
tierra. Trató de ser fuerte, de taparse la nariz con un pañuelo que el doctor Ryan había tenido la
amabilidad de prestarle. Llegó un punto en el que decidió no mirar a nada y andar hacia el objetivo lo más
rápido posible.
—Aquí está —susurró Ryan—. Lo visité hará algunas semanas, pero no me permiten atenderlo. No sé
por qué. No sé qué crimen habrá cometido.
Margaret estuvo a punto de gritarle "ninguno", pero no estaba en condiciones de hacerse la mártir.
Achinó los ojos, buscando a su padre al otro lado de los barrotes. Era devastador, ninguna hija querría ver
a su padre de ese modo. Pero debía hacerse fuerte.
—¿Papá? —susurró, cogiéndose a los fríos barrotes y mirando con más ahínco. No veía nada, estaba
oscuro y olía a fétido, a podredumbre. Se imaginó lo peor, mirando con verdadero espanto a Charles,
quien se acercó a ella y colocó una mano sobre su hombro—. ¿Papá? —repitió—. Soy yo, Margaret...
Silencio. Brumas. Miedo.
¡Una mano! Se colocó sobre la pálida mano de Margaret. Era una mano con uñas largas, sucias y
corroída por la miseria. La pelinegra se asustó, no había esperado eso. Así que se apartó de la celda de un
salto. Para luego volver a acercarse a paso muy lento, dándose cuenta de que su padre estaba detrás de la
bruma nauseabunda.
—¿Papá?
—Margaret —repicó una voz agarrotada y oxidada, casi inaudible.
—¡Papá! ¡Soy yo, Margaret! —introdujo sus manos de nuevo en la celda, buscando las de Alexander y
se las tomó entre las suyas. Sin importarle la mugre ni el mal olor—. Estoy bien, papá. Y voy a sacarte de
aquí. Te recuerdo. Sé quién eres. No te preocupes, te sacaré de aquí. Y volveremos a estar juntos.
Había aguantado. Había aguantado estoicamente desde que descubrió lo que le unía Alexander Trudis
y en qué situación se encontraba él. Pero ya no podía seguir aguantando, estar ahí. In situ, al lado de su
progenitor. Al lado de aquel hombre que había luchado por ella hasta el final... No lo pudo evitar. Lloró,
lloró aferrada a ese trozo de carne casi sin vida, suplicándole a Dios que los sacara de esa penosa
situación.
Fue en esa demostración de sentimientos, que Charles descubrió que Margaret era una mujer muy
fuerte y valiente. Había soportado durante días ese dolor, sin mencionarlo. Pero allí estaba, derrumbada y
débil.
—No podemos estar mucho tiempo —advirtió Ryan—. Me juego el puesto y la reputación.
—Por supuesto —comprendió Charles—. Vamos, Margaret —la cogió por lo hombros y la levantó,
separándola de Alexander.
—Hija —se oyó decir, levemente.
—Volveré, papá. Volveré —prometió, con el rostro empapado.

***

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo Charles, saliendo de la cárcel y lejos de los oídos de los
guardias.
—¿El qué? —preguntó ella, todavía con las pestañas húmedas.
—Que te dolía tanto tu padre. Nunca lo mencionaste.
—Supongo que no soy esa clase de mujer que habla de sus penas a todas horas. Pese a lo que pueda
aparentar... no quería causarte más angustia. Suficiente he hecho ya.
—Me ha gustado —confesó, deteniéndose unos metros antes de llegar a Roderick y a la doncella.
—¿Te ha gustado verme llorar? —preguntó con una sonrisa.
—Me ha gustado verte natural.
—Espero que mi padre salga pronto... No soporto esta situación.
—Haremos todo lo posible. Seguro que al verte, su esperanza de vida se ha alargado.
—Eso espero... ¡Maldito Benjamin! Se acordará de Margaret Trudis. ¿Yo, loca? Sabrá lo que es estar
loca en cuanto lo tenga en frente de mí. ¿Cómo pueden aprovecharse así de la gente?
—Ocurre con frecuencia cuando hay herencias suculentas de por medio y grietas en las familias. Lo
más fácil es tildar a una mujer de desquiciada.
—¡Qué pena!
—Así es... Y seguro que cuando tiremos de la manta, saldrán más casos parecidos al tuyo.
—Merecen justicia. Merecemos justicia.
Capítulo XVII
El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo.
George Owell.

Ese fin de semana.

La visita a su padre, en aquella cárcel mohosa y maloliente la dejó más afectada de lo que hubiera
esperado. Por supuesto que siempre sufrió por él, pero no imaginó tanto horror.
Nadie es consciente de la realidad hasta que se topa con ella.
En cuanto llegó a Carlisle, tras un viaje agotador, los Marqueses se mostraron muy preocupados por
Alexander y prometieron hacer todo lo posible por él. Pero ella estaba angustiada, ni si quiera pudo
dormir la primera noche. Recordándolo, llorándolo.
Debía recomponerse. Ser fuerte y seguir luchando. No era el momento de venirse abajo. Y mucho
menos cuando las hermanas de Elizabeth estaban por llegar. Ellas la ayudarían y debía tener la mente
despejada para hablar con propiedad. ¿Qué recuerdos tendrían de ella? ¿Habría tenido alguna discusión
con Audrey por el asunto de Robert? ¡Como desearía recuperar la memoria que le faltaba! ¡Sólo le
faltaban cinco años por recordar! Pero eran cruciales.
El saber por qué su padre la repudió, la reconcomía. Saber si causó mucho daño a Robert y a su
esposa. Saber…en definitiva. ¿Pero dónde estaba Mía? ¿Cuándo aparecería de nuevo?
Pasaba horas mirando por la ventana, con la esperanza de ver a la pelirroja.
Pero al parecer, debería enfrentarse a la familia de Elizabeth con esa laguna y con la esperanza de no
hacer o decir algo que la pusiera en ridículo o causara un problema. Era la primera vez, después de un
largo recorrido de acontecimientos, que estaría en contacto con una pequeña multitud. Al menos tenía
presentes las normas de protocolo.
—Señorita —la interrumpió Briana, la doncella.
—Señorita Clive —la recibió, dejando su libreta de apuntes en la que pretendía retomar su hábito
imaginario de escribir.
—Ha llegado una modista, la señora Roy. Y trae consigo su pedido.
—¡Justo a tiempo! —se alegró Margaret, intentando apartar el recuerdo de su padre para no vagar
como alma en pena.
Corrió al recibidor, sin esperar a que hicieran pasar a la anciana. Deseaba verla de nuevo, durante el
poco tiempo que compartieron juntas, le cogió mucho cariño.
Pero al llegar a la puerta principal se encontró con Charles y Robert discutiendo.
—Lord Newman, ya le he dicho que pago yo. No puede comprarle un armario completo a una mujer
que ni si quiera es su prometida.
—Lord Talbot, este pedido lo encargué yo y seré yo quien lo liquide. Si cuando el padre de la señorita
Trudis salga de la cárcel, no desea darme su mano, ya llegaremos a un acuerdo para satisfacer a ambas
partes.
—Por favor, Robert. Deja que Charles liquide la cuenta —suplicó Elizabeth, con cara de incomodidad.
—Sí, Robert. Deja que Charles pague mi ropa —aclaró Margaret, posicionándose al lado del doctor y
mirando seriamente al Marqués.
—¿Sabes qué significa? —inquirió Robert—. Mancha tu reputación. Como si cualquier hombre pudiera
ir regalándote ropa…
—Él no es cualquier hombre. Es mi prometido… Entiendo que te sientas con la obligación de
salvaguardar mi honor como si fueras mi hermano, y lo agradezco. Pero no es necesario que intercedas
por mí. Tengo treinta años y ya he pasado por suficientes cosas como para que ahora necesite a alguien
que evite algo tan simple como pagar un par de vestidos… ¡Por favor!
Margaret no sabía quién estaba hablando. Si su yo del s. XIX o su yo del s. XXI, pero fuera como fuera,
le gustaba tener el poder y el conocimiento de dos siglos para defenderse. Era una ventaja. Notó la
mirada de orgullo masculino de Charles clavada sobre ella, pero la ignoró.
—Pase, señora Roy —dijo, destensando el ambiente para el alivio de Elizabeth que era alérgica a los
conflictos.
—Sí, pase señora —agregó la Marquesa, guiando a la modista a una sala especial para que Margaret
pudiera probarse los nuevos vestidos.
En dicha sala, exquisitamente decorada con todo lujo de detalles y un diván enorme de terciopelo
naranja, Margaret se probó un vestido tras oro alargando la tarde hasta el anochecer.
—Son maravillosos, señora Roy. Tiene muy buena mano, como siempre —ultimó Margaret—. Ahora
podré devolverte el vestido púrpura, Elizabeth.
—Es un regalo, me gustaría que te lo quedaras.
—Con mucho gusto —sonrió, mirando como la anciana guardaba un glamuroso traje de terciopelo
verde—. Creo que me pondré este para mañana.
—Es muy acertado. Señora Roy, si quiere puede quedarse esta noche. No es necesario que viaje a estas
horas —ofreció la Marquesa, mirando las agujas del reloj que marcaban las ocho.
—Oh, no quisiera ser una molestia miladi.
—No es ninguna molestia. Es más, si lo desea… y si Margaret está de acuerdo, podría quedarse todo el
fin de semana. Así ayudaría a mi amiga a vestirse para la ocasión.
—¡Oh! Eso sería fantástico —exclamó Margaret—. Acepte señora Roy, por favor.
—No podría rechazar semejante ofrecimiento —resolvió, con las manos cruzadas por delante del pecho
y una mueca de timidez de lo más encantadora.
La señora Roy se quedó con Margaret para ayudarla en lo que fuera menester en cuanto a vestimenta y
la joven lo agradeció sobremanera, descubriendo que la anciana era una viuda solitaria que había vuelto a
nacer con la oportunidad de vestirla.
A la mañana siguiente, los nervios afloraron. La hermana de la Marquesa no era una cualquiera. Y
temía el desarrollo de la velada.
—Tranquilícese, señorita. Todo irá bien —aseguró, colocándole el corsé.
—Si supiera, señora Roy… —ahogó su voz, en parte por la presión de las cuerdas y en parte por la
presión de la situación.
—No sé mucho, pero puedo imaginármelo e intuirlo. Sólo le pido que sea usted misma, seguro que les
encantará.
—Eso espero —concluyó, llevándose las manos a la cintura de infarto que le había quedado.
“Porque el futuro de mi familia está en esta reunión.”
El color verde era el suyo por definición. Combinaba con sus ojos, con su piel y su personalidad. Por
eso, el terciopelo verdoso caía como una capa más de piel sobre su cuerpo, apretándose donde debía y
holgándose con elegancia premeditada. ¡Qué estúpida! Se sentía como si fuera una debutante en su noche
de estreno.
Pero en esa ocasión no habría tarjetas de baile ni flores escondidas en libros.
La velada de honor con los Marqueses de Salisbury había sido un entrenamiento para el debut estelar.
Era la hora de demostrar a unos desconocidos que no estaba loca. Y no sólo eso, sino que era una mujer
empoderada y lista para ganar. No había cabida para la debilidad.
No había cabida para el s. XXI. Ni sus ideales futuristas. Y era imposible que pudiera transmitir, ni por
un solo segundo, que ella todavía tenía dudas de cuál era su mundo. Porque el trauma sufrido, la
enajenación mental vivida durante ocho meses, no se curaba fácilmente.
Y lo sabía por las pesadillas. Por las noches en que no podía dormir y se despertaba llorando de miedo.
No tenía padres. Los tenía, pero no estaban con ella. Había conseguido un hombre que juraba amarla y
tenía el apoyo de un matrimonio ideal. Pero en realidad, en el fondo de todo ese embrollo, sólo estaba ella:
Margaret Trudis.
Nadie hablaría por ella.
Mirándose en el espejo, no evitó coquetear con la idea de que Charles quedara embelesado al verla.
Estaba radiante. No tenía joyas, pero su infalible colgante astral le serviría.
Unos toques contundentes, pero formales la apartaron de su reflejo para enfocar la puerta.
—Soy Charles.
Margaret miró avergonzada a la modista, que abrió la puerta y salió con un gesto de complicidad.
—Siento importunarte —se excusó, él siempre tan educado—. Te he notado bastante cambiada desde
que llegamos de la cárcel —dijo, apretando sus brazos hacia abajo y remarcando sus músculos contra el
chaqué azul marino que portaba.
—Sí, lo cierto que haber topado con esa realidad ha sido como bañarme en un balde de agua fría. Sabía
lo que sucedía pero… Por eso es muy importante esta noche para mí, espero que la Duquesa de
Devonshire pueda interceder por mi padre y sacarlo cuanto antes.
—Y que podamos meter entre rejas a Benjamin y el doctor Crok.
—Eso sin duda —ultimó, avergonzada por la reciente intimidad con Charles. Hacía un par de días que
no hablaban a solas y el aire se había tensado en cuestión de segundo. Su aroma, su masculinidad, sus
ojos caramelo…Sus gafas.
—¿Puedes sentarte frente al tocador?
Lo miró extrañada, pero obedeció.
—Cierra los ojos —le pidió.
Notó sus manos sobre el cuello, rozándolo con deliberada lentitud con el fin de erizarle cada vello
corporal. Con el fin de hacerla suspirar. Notó su calidez, su pasión contenida y sus ganas de ella. Su
hambre voraz, aquella que le había demostrado esa noche en la casa del amor.
—Ya puedes abrirlos.
—¡Oh, Charles!
Se trataban de unos pendientes dorados con una esmeralda incrustada en cada uno.
—No debiste molestarte.
Se llevó la mano sobre las orejas, observando lo bien que le quedaban.
—Debía molestarme y lo he hecho. No soportaba ver tus orejas desnudas por mucho más. Y hoy debes
brillar con luz propia.
La miró con verdadera admiración. La amaba. ¿Qué había hecho ella para merecer un amor tan sincero
y puro?
—¡Gracias, mi sexy doctor! —se permitió bromear, incorporándose de un salto con la enorme falda
verde victoriana y plantándole un beso nada casto a Charles.
Lo besó con ímpetu, como en las películas de Hollywood. Apretándole el mentón y removiendo los
labios como si se lo quisiera comer. Él la correspondió cogiéndola por la cintura y acercándola a su torso.
El cosquilleo del que se habían vuelto adictos volvió a ellos, recordándoles que tenían cuentas
pendientes. Recordándoles que todavía no habían consumado ese amor y que si algún día lo hacían,
temían desaparecer en las brasas de la pasión.
—¡Margaret! —interrumpió Robert, acompañado de Elizabeth. Por lo visto habían tocado la puerta,
pero no los habían oído. Estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos. La Marquesa estaba
sonrojada hasta el inicio del cuero cabelludo y el Marqués tenía cara de pocos amigos.
—Disculpe, Lord Talbot. Sé que inadmisible —se cuadró Charles.
—¡Es una falta de respeto! —espetó el Marqués, con los brazos cruzados y mirándolo con severidad.
—¡Robert! Nos vamos a casar de todos modos —intervino Margaret, cogiéndose la falda para andar con
mayor facilidad hasta su viejo amigo.
—¡Por supuesto que os vais a casar! Después de lo que he visto, no toleraría otra salida.
—Está bien —sonrió Margaret—. Perfecto.
—Cumpliré con mi deber con mucho gusto —resolvió el Barón, inclinándose levemente hacia el
Marqués para salir del lugar.

***

El silencio de las colinas nevadas de Carlisle fue interrumpido por el sonido de los carruajes que
enfilaban el camino en dirección al castillo de los Marqueses. Era bien entrada la tarde.
Margaret pegó su terciopelo verde y sus ojos del mismo color al ventanal. La señora Roy le había
hecho un moñete de lo más sofisticado con tirabuzones negros que enmarcaban su rostro con delicadeza.
A sus treinta años estaba más nerviosa que nunca y le suplicaba a Dios hacerlo bien pese a las
dificultades con las que se encontraba.
Vio a un fastuoso y enorme vehículo detenerse frente a las puertas, seguido de otro igual de
imponente. Iban rodeados de lacayos con casaca roja y jinetes con montura blanca. Parecían sacados del
cuento de la Cenicienta.
Primero bajó el cochero acompañado de un mozo encargado de abrir la puertecita. Dicha puerta lucía
orgullosa los emblemas del ducado de Somerset y del ducado de Devonshire. El primero, por parte del
esposo de Audrey y el segundo, por parte de la misma.
Con el vidrio empapado de vaho observó a un apuesto y solemne caballero descender. Tenía el pelo
castaño claro y unos ojos celestes que brillaban a través de la espesa neblina. Debía ser el Duque, por los
galardones cosidos a su chaqué negro que representaban su rango y su posición en el ejército imperial
inglés.
El Duque de Somerset extendió su mano enguantada con la más fina y blanca seda del país y ayudó a
su esposa, la señora de Devonshire, a bajar los escalones.
Margaret retuvo el aire al verla. Extraordinaria. Majestuosa. Perfecta. Inigualable.
Era ella, en todo su conjunto, una demostración de fuerza, de poder y de saber estar que opacarían a la
mismísima reina Victoria. De hecho, si no supiera de quien se trataba, podría llegar a confundirla con la
reina. Era una copia de ella: baja estatura, cuerpo ancho pero bonito, pelo negro, ojos azules y piel blanca.
Piel pálida como…como la nieve. Como la luna. Piel de Luna. Era muy joven, pero no aparentaba su edad y
nadie se atrevería a menospreciarla por ello.
Bajó los escalones con la espalda recta y una sonrisa que había sido entrenada durante años:
impecable.
Fue inmediatamente recibida por su hermana rubia, Elizabeth; que al contrario de ella, parecía
deshacer la nieve con su candor y sus mejillas eternamente sonrojadas.
Las vio abrazarse con infinito amor y respeto mientras el servicio bajaba a los niños: tres bebés. Dos
igualitos pero con diferente sexo a juzgar por la ropa, y otro más pequeño que parecía recién nacido.
Según lo que le había contado su amiga Elizabeth debían ser: Anthon, Mary y Alice.
Audrey llevaba una capa de terciopelo azul marino con brillantes y pedrería de todo tipo cosida con
esmero. Debajo de la capa se intuía un traje de azul cerúleo cosido con lana de cachemira. A conjunto, un
simple pero soberbio bonete que cubría parcialmente su pelo negro como el azabache.
Del segundo carruaje, bajaron las tres hermanas restantes con una anciana que vestía el luto riguroso.
La más hermosa o, por lo menos la que llamaba más la atención, era la pelirroja. Era voluptuosa, de
piel melocotón y parecía no perderse ni un solo detalle a través de sus enormes ojos verdes. Para no
desentonar con su hermana mayor, la Duquesa, llevaba un delicado y glamuroso vestido de color rosa con
tonos burdeos a juego con una capa de invierno escarlata. No llevaba bonete, sino un simple gorrito de
lana que dejaba entrever una voluminosa y cuantiosa cabellera rojiza trenzada con perlas blancas. Un
Manto de colores. Un Manto del Firmamento, eso era Georgiana Cavendish.
A su lado, iba una inquieta joven delgada pero de robusta complexión. Imponía pese a no tener más de
diecisiete años. Había algo en sus ojos negros que daba miedo, pero que a la vez hechizaba. Era oscura,
misteriosa y parecía no darle demasiada importancia a la ropa. Puesto que llevaba un simple y llano traje
grisáceo con adornos florales. Su larga cabellera negra iba enfundada en un moñete rebelde que parecía
no hacerle demasiado caso a las horquillas perladas que hacían su mayor esfuerzo por contenerla.
Margaret buscó los ojos de Karen a través de esa ventana que tenía que ir limpiando con la manga
para quitar el vaho.
Y quedó anonada. No había visto en ese tiempo ni en el futuro, unos ojos tan sobrecogedores. Eran
oscuros, pero brillaban. Como una noche… Ojos del anochecer.
Detrás de las dos torres que representaban las mellizas Cavendish, había una jovencita delgada y
frágil.
Suponía que era Elisa por lo que le había contado Elizabeth. Era la más pequeña de todas, no rozaba
los quince. Y ella, tenía algo especial que no se veía a simple vista pero que un buen observador intuía. Su
forma de moverse era distinta. Su forma de mirar, intrusiva.
De pelo largo hasta las rodillas, lo llevaba perfectamente peinado y atado con un simple lazo infantil
que combinaba con su vestido holgado de color marfil.
Las Cavendish reunidas en el helado porche de Carlisle, se dieron un caluroso abrazo con el que
fundieron la nieve de su alrededor. En ese momento, no parecían quienes eran. Sino simples hermanas
amándose hasta la eternidad contra todo y contra todos.
Robert saludó al Duque de Somerset, Edwin Seymour, y así entraron al recibidor.
Margaret se apartó de la ventana y anduvo a paso presto hacía el lugar de donde provenían las voces
de esos astros.
Capítulo XVIII

La sabiduría es una tranquilidad del alma que por nada puede ser turbada y que ningún deseo inflama.
Nicolás Boileau.

En cuanto pisó el recibidor, no le pasó desapercibida la mirada fría y calculadora de la Duquesa, Audrey.
Y entendió, sin más explicaciones, porque su hijo, apenas siendo un bebé, había heredado un ducado de
semejante envergadura como era el de Devonshire; en lugar de ser su tío David, quien lo heredara tal y
como obligaba la ley de sucesión a falta de heredero varón.
Margaret se quedó en una esquina, al lado de la estantería, con las manos cruzadas por delante de la
falda con un gesto comedido. Escondida y observando como los recién llegados dejaban su ropa de calle a
los lacayos entre risas y salutaciones. La riqueza de su padre, un plebeyo, la había llevado a codearse con
las altas esferas de la nobleza inglesa. Pero era la primera vez que tenía que enfrentarse ella sola a
personalidades de semejante envergadura y lo peor de todo era que no recordaba sus últimos momentos
con aquellas personas. Le quedaba el alivio de saber que Elizabeth había informado a Audrey de su
pérdida de memoria en una carta anterior a su visita. Esperaba que con eso fuera indulgente si algún día
se portó mal con ella.
Notó la presencia de Charles a su lado, y eso le dio el aire que le faltaba para dar un paso al frente y
recibir a los Duques.
—Oh, Margaret… pasa, por favor. No te quedes en la puerta —la invitó Elizabeth en cuanto la vio,
haciéndole una seña para que se acercara.
“Por favor, que no noten que soy una loca”, pidió para sí misma.
—¿Te acuerdas de Margaret, Audrey? —convino la rubia, cogiéndola por los brazos y mostrándola
frente a la temible Duquesa que clavó sus ojos gélidos como el hielo sobre ella.
—Señorita Trudis, ¿cómo se encuentra?
—Lady Seymour —respondió, apresurándose a hacer una reverencia perfecta con genuflexión incluida
—. Estoy bien, sobre todo ahora que usted y su familia ha llegado. Me complacer tener el honor de
compartir su presencia en una misma sala.
Lo hizo con el corazón en la boca, con los nervios a flor de piel y sin mirarla a los ojos como si se
tratara de una bestia devoradora. Pero cuando subió los ojos, se encontró con una mujer que la miraba de
forma impasible. Como si nada en el mundo fuera capaz de importunarla. Desde ese instante hacia
delante, la apodaría “la dama impasible”.
—Cuñado, te presento a la señorita Trudis y al Barón de Cromwell —continuó con las presentaciones la
Marquesa.
—A la señorita Trudis ya la conocía, pero es un placer verla de nuevo.
Margaret hizo otra reverencia, Edwin era más cercano pero en su voz se notaba la ironía. Una ironía
innata con la que impregnaba todas sus palabras. La altivez de los nobles era hereditaria por muy
humildes que se mostraran.
Charles y Edwin se saludaron tal y como requería el protocolo y pasaron al salón de visitas donde se
serviría el té a las mujeres mientras los hombres fumaban y bebían en una sala colindante.
Margaret tomó asiento después de que todas las damas presentes lo hicieran debido a su bajo rango y
lo hizo de la forma en que su madre, Greta, le enseñó. Con las piernas juntas y ladeadas levemente hacia
la derecha. Con la mano izquierda sostuvo el platito y con la derecha sostenía la taza. Todo sobre su falda,
porque era incapaz de mantener el pulso a la altura de los codos.
—Este té está ardiendo —espetó una de las mellizas Cavendish, la de pelo negro y ojos perturbadores.
Lo dijo de tal modo, moviendo las manos en un aspaviento y rechinando los dientes, que rompió con todas
las normas del decoro habidas y por haber.
—Karen, ¿qué te he dicho de resoplar? —la regañó la anciana que las acompañaba. La Baronesa Viuda
de Humpkinton.
—¿Y quiere que me escalde la lengua? ¿Y luego tenga que comer así? —Sacó la lengua y la colgó de
forma muy cómica. Por supuesto que su comportamiento era debido a su temprana edad, pero había algo
en ella… una rebeldía innata que era contagiosa.
—¡Karen! —gritó en un susurro la Duquesa, helándose las pestañas en el intento de transmitir un frío
eterno a través de sus pupilas.
La jovencita detuvo su proceder y dejó el té a un lado con una mueca de repugnancia.
¡No habría esperado esa escena viniendo de las Cavendish! Le parecían fascinantes, inspiradoras.
Dignas de ser protagonistas de un libro. Cada una tenía una personalidad desbordante en combinación
con sus rasgos físicos.
Reparó en que Audrey llevaba las joyas del luto. Eran joyas diseñadas expresamente para recordar los
difuntos de una familia. Eran una muestra de sentimiento y también de posición social, porque no todos
podían permitirse el lujo de fabricarse una joya personalizada.
Entre ellas, destacaba un broche de azabache con una gran perla en medio, suponía que en
representación de su padre.
—No tuve la oportunidad de darle mi más sincero pésame, Lady Seymour —dijo en cuanto tuvo la
ocasión, entre conversaciones llenas de naturalidad.
—No se preocupe —le restó importancia, imperturbable.
—Recuerdo a su padre, era un gran hombre. Fue invitado un día en nuestra casa, no sé si lo recuerda.
—Lo recuerdo perfectamente, señorita Trudis. Su padre también fue muy amable con nosotros.
Sonrió quedamente, deshaciendo parcialmente la escarcha de sus comisuras pálidas.
¡Era díficil hablar con la hermana mayor de Elizabeth! Y pensar que Elizabeth era tan cercana y
afectuosa… La noche y el día.
—Este año será vuestro debut, Karen y Gigi —cambió de tema Elizabeth, mirando a las mellizas que no
podían ser más diferentes.
—¡Espero que no se me acerque ningún petimetre al que tenga que echar a punta de pistola! —espetó
Karen.
—Deberás comportarte como la señorita que eres —la corrigió la Baronesa viuda.
—¿Y tú Gigi? ¿Cómo te sientes?
—Me siento bien. Será un honor para mí cumplir con mis obligaciones —dedicó una mirada rápida a
Audrey, buscando su aprobación.
Leyendo entre líneas, se deducía que Karen detestaba cualquier norma impuesta mientras que Gigi se
deshacía por complacer a su hermana mayor. ¿Cómo se desarrollarían sus vidas? Margaret se las
imaginaba y sentía que podría escribir libros enteros sobre ellas.
—¿Y la pequeña? —se atrevió a preguntar, animada por el ambiente familiar y distendido que se iba
desarrollando.
—Elisa todavía tiene catorce años, le faltan ocho para debutar —explicó la Duquesa, con un afán casi
salvaje de proteger a la última Cavendish.
—Oh, entonces todavía le queda tiempo para estar en familia. ¿Verdad, miladi?
—¿Y quién sabe el tiempo que nos queda juntas? —respondió Elisa, viendo sin ver a través de sus ojos
especiales. No era ciega, pero veía el mundo de un modo distinto. La pregunta hizo reflexionar a Margaret
a la par de entender que la pequeña era una mujercita en un cuerpo de niña. No era rubia, ni morena ni
pelirroja. Su pelo brillaba en diferentes tonos, resaltando el rubio. Entre que sus ojos eran de un celeste
profundo que ninguna de sus otras hermanas tenía. Esencia del Astro.
—Tiene razón, miladi. Nadie debería dar por sentado nada —aceptó la lección de esa joven quince años
menor que ella.
—Señorita Trudis, ¿usted ha viajado? —le preguntó Karen.
¿Viajar? Había viajado a un tiempo futuro, a Nueva York. Pero eso no podía decírselo, porque estaría
comprometiendo su imagen.
—Lo más lejos que he ido es a Irlanda —respondió.
—¿Irlanda? Yo fui una vez de pequeña con mi padre. A mi me gustaría ir a Francia —determinó, con
una seriedad impropia de una joven debutante.
—Puede ser muy bonito, tiene razón miladi.
—No me llame miladi, puede llamarme Karen. Karen a secas, sin más. Es usted mucho más mayor que
yo, y me avergüenza ese tratamiento.
—Karen… —nombró la Baronesa, con una mirada de desaprobación.
—No creo que sea lo más correcto, miladi —convino ella, temerosa de faltarle el respeto a la Duquesa
si se dirigía a su hermana de una forma menos cordial.
—Puede llamarla Karen —accedió Audrey—. Así es mi hermana, ella toma sus propias decisiones —
aclaró, en un tono difícil de descifrar.
—Está bien, entonces Karen.
La pelinegra sonrió dedicándole una mirada cómplice. Era como si le hubiera tendido una mano
invisible. Sorprendente, no era más que una niña. Pero se imponía como una adulta.
—¿Ha estudiado, señorita Trudis?
—¿Qué conversaciones son estas? —interrumpió la Baronesa Viuda con el ceño fruncido—. En mi época
las damas hablábamos de costura, de los niños y de lo bonito que es Bath. No creo que a la señorita
Trudis le gusten este tipo de preguntas. Disculpe a las niñas, todavía son jóvenes —se excusó la anciana,
que portaba una cofia negra y un bastón con el que se ayudaba a andar. Con las manos apoyadas en él,
examinaba cada movimiento de las mellizas, muy preocupada por su educación—. Y perdone que corrija a
las jóvenes en frente de usted, pero si Elizabeth la ha invitado a estar entre nosotras seguro que puedo
tomarme esa confianza.
—Por supuesto, no es ningún inconveniente. Al contrario, es agradable aprender de nuestros mayores.
La Baronesa Viuda se estiró orgullosa—. Pero quizás también deberíamos aprender de los jóvenes —
ultimó, rompiendo una lanza en favor de las mellizas que pedían libertad a gritos.
—¿Lo ve, señora Royne? A nuestra invitada no le importa que hablemos de estudios y de países que no
sean Inglaterra —pinchó Karen.
—Karen… —nombró Audrey esta vez, dándole un toque de atención.
—¿Su prometido es doctor, verdad? —quiso saber Georgiana, llena de curiosidad. Provocando un
sonrojo delatador en Margaret. ¡Todavía no era oficial lo de su compromiso!
—Gigi, el doctor ha manifestado el interés de desposar a la señorita Trudis pero todavía no le ha pedido
permiso a su padre. Por lo que no podemos referirnos a él como a su prometido —argumentó Elizabeth
con dulzura.
—¿Pero es doctor?
—Sí, lo es. Está especializado en la mente humana.
—¿Un psicoanalista?
—Exacto.
—¿Y cómo ha conocido a un psicoanalista? Hasta donde yo sé, no suelen salir de sus lugares de trabajo.
Se había puesto en camisa de once varas ella misma. ¿Qué debía decir? La verdad siempre sale a luz. Y
no era fácil ocultar que había estado en un manicomio. Que era una loca. Una desquiciada buscada por la
justicia e intentando aparentar la máxima normalidad para salvar la situación. Para salvar a su padre.
—La pregunta sería, ¿cómo sabes tú que los psicoanalistas no salen de sus lugares de trabajo? —
inquirió Audrey, llevándose la taza de té a los labios y estirando su espalda hasta el techo.
La conversación rápidamente derivó a qué libros debía leer una señorita para luego hablar de la
sociedad y de otros intereses europeos. ¿La había ayudado? ¿Debía entender que la Duquesa le había
tendido una mano? ¿O era simple casualidad?
Hablaron sobre la nueva reina de España, la reina Isabel II. De los hipotéticos pretendientes que
tendría dicha reina y de lo mucho que se alegraban de ver a otra mujer en el poder. Hicieron
comparaciones entre ella y la reina Victoria y rápidamente centraron su atención en los hijos de Audrey.
Que demandaban carantoñas y juegos a esas siete mujeres que estuvieron encantadas de ofrecérselos.
Tras un buen rato, las Cavendish se retiraron para descansar y prepararse para la cena.
Margaret se quedó con Charles y los Marqueses, prefería hablar y olvidarse de su angustia.

***

La cena, no era una cena cualquiera. Era la cena de fin de año. Y los victorianos podían celebrarlo de
dos formas: la primera, de rigurosa etiqueta y con estricticas normas de protocolo y la segunda,
disfrazados de fantasmas con juegos para niños y en una ambiente desinhibido.
En Carlisle decidieron dejar que cada uno de los invitados escogiera su indumentaria y su proceder. Al
ser una reunión estrictamente familiar, no debían darle tanta importancia. Por supuesto que tener una
anfitriona dócil como lo era Elizabeth, también fomentaba el libre albedrío.
Margaret pidió a la señora Roy que la vistiera con el vestido de terciopelo burdeos, era un color vivo
pero elegante y muy adecuado para la ocasión. En el centro de su cuello en forma de barco, colocó un
broche que Elizabeth le había prestado. Los pendientes que Charles le había regalado esa mañana no
podían faltar y mucho menos su colgante de oro.
Con ello, sería suficiente. Aunque estaba segura de que algunos asistentes irían mucho más recargados
para demostrar su opulencia.
Y no se equivocó. Al menos no con Audrey. Que llevaba una tiara de diamantes espectacular a juego
con un collar de ocho zafiros y un cinturón de oro por encima del espectacular y costoso vestido negro
que lucía como una verdadera reina. Claro que siendo una mujer casada, podía permitirse el lujo de usar
ciertos colores. Como ese negro que se rompía con detalles plateados haciéndola más parecida a la luna
de lo que ya era.
Elizabeth, en cambio, había optado por un sencillo conjunto verde esmeralda exento de joyas
recargadas.
Las mellizas tomaron la decisión de ir disfrazadas de fantasmas entre que Elisa parecía importarle un
reverendo comino el fin de año y todo lo que aquello conllevara. Elisa llevaba el vestido que, muy
probablemente, Audrey le había escogido y se limitaba a observar a sus hermanas con actitud reflexiva.
Los hombres iban más o menos iguales, con traje oscuro, camisa blanca y reloj de bolsillo. La
diferencia erradicaba en que Robert llevaba su melena al viento, Edwin no se quitaba el cigarrillo de la
boca y Charles se recolocaba sus gafas con extrema sensualidad a cada segundo.
—… Y tienes que tirar una tarta contra la puerta para que el año nuevo no se presente con pobreza —
explicaba Karen con su vestido de tul blanco y con su capa a modo de fantasma entre que intentaba comer
la sopa.
—Edwin, también debes llevar unas monedas en los bolsillos. Y abrir la puerta de la casa de par en par
para sacar lo malo… —añadió Gigi, sentada al lado de su cuñado.
—¡Son blasfemias! —se llevó las manos a la cabeza la Baronesa Viuda, que no se había cambiado su
vestido negro ni parecía tener intenciones de hacerlo.
—¡No son blasfemias! Son dichos que corren entre la población. ¿Verdad, Audrey?
—Son supersticiones que no deberíamos creer —concluyó la Duquesa.
—¿Y tú, Elisa… qué dices?
—Yo pienso que son tonterías. ¿Qué sentido tiene tirar una tarta contra la puerta o cargar los bolsillos
de monedas? No le veo ninguna lógica.
—¡Sois unas aburridas!
—Karen, Gigi… —calmó Elizabeth, sentada al lado de su esposo.
—Margaret, ¿usted qué piensa? ¿Son blasfemias, tonterías o verdades?
¡Vaya! Y ella que quería pasar desapercibida. Se había sentado al inicio de la cena en completo
silencio. No quería hablar y meter la pata. Pero Karen había provocado que la atención de la mesa
recayera sobre ella. Y sentía la mirada de los Duques, de los Marqueses y de Charles sobre ella. Sin
mencionar a las niñas que, en grado de intimidación, estaban un poco por debajo de los mayores.
—Yo creo que cada uno debe mirar en su interior y buscar la verdad.
Esa fue su respuesta. Una respuesta filosófica en la que no entraba en ningún terreno ni dejaba mal a
nadie. Notó la mirada de aceptación del grupo.
Tras la cena, pasaron a una sala en la que había un piano. Audrey se sentó y lo tocó embelesando a los
oyentes. Leyeron versículos religiosos, cantaron canciones y esperaron a que fueran las doce para
desearse lo mejor los unos a los otros.
Poco después, las niñas se fueron a la cama, dejando solos a los adultos. Edwin invitó a bailar a su
esposa y Robert hizo lo propio. Por lo que Charles no dudó en acercarse a ella y pedirle un baile.
—¿Baila, señorita Trudis?
—Si es con usted, hasta el fin de mis días —contestó, en un ataque de necesidad. Con todo el asunto de
la prisión y de la visita de las Cavendish, no había podido dedicarle tiempo a Charles.
Se había olvidado de lo que su aroma causaba en su interior. De lo que su cercanía provocaba en su
cuerpo.
—Lo estás haciendo muy bien —le susurró en el oído.
—Gracias, eso intento.
—Estoy seguro de que la Duquesa no tardará en sacar a tu padre de la cárcel.
—Dios te oiga, Charles.
Y justo en ese preciso instante, la orquesta paró y la puerta se abrió con un golpe atronador. Las
parejas miraron al origen de ese estruendo, encontrándose con una mujer de pelo rojo y ojos blancos, Mía.

✽✽✽

Capítulo XIX

Sepan que olvidar lo malo también es tener memoria.


José Hernández.

Mía apareció de la nada, sin avisar ni pedir permiso para entrar. Lo hizo con un golpe de puerta, una
ráfaga de viento gélida y una capa roja que la cubría desde la cabeza hasta los pies. Margaret la miró con
espanto, cogida a Charles. Y pudo ver por el rabillo del ojo que Audrey y Elizabeth también estaban
asustadas.
Mía era su amiga, pero había algo en ella en esos instantes que resultaba aterrador. No era una luz
mágica ni serpientes alrededor de su cuello. Era ella en sí misma, su forma de mirar sin ver.
—Buenas noches, Margaret —habló la clarividente, haciendo vibrar las ventanas.
—Mía... —susurró la aludida, entre preocupada y avergonzada.
¿Qué pensaría la Duquesa en cuanto supiera que tenía tratos con una adivina que rompía cristales sin
tocarlos? No era que quisiera renegar de esa mujer que tanto la había ayudado, pero quizás no era el
momento de presentarla. O no era la forma. ¿No podría haber entrado por la puerta con un mayordomo?
Los victorianos tenían la creencia de que la primera visita después de fin de año, determinaría el porvenir
del año entrante. Ella no creía en las supersticiones, pero sí en los mensajes de Dios.
—Mía, por favor; pase —se recompuso la Marquesa, apartándose de su esposo.
—¿La conoces, Elizabeth? —preguntó la Duquesa, relajando su postura.
—Es una amiga de la señorita Trudis.
Lo notó. Notó la mirada inquisitiva de Audrey sobre ella. La estaba examinando y valorando el cariz de
su relación con aquella mujer que había entrado dando trompazos y asustando a los presentes.
—Gracias, Lady Talbot —convino Mía, dejando su capa a un mayordomo que se acercó a ella con
titubeos.
"¿Cómo había entrado? ", se preguntaba el servicio.
—Mía, bienvenida —la recibió Elizabeth; acercándose a ella ante la atenta mirada de su esposo y de su
hermana, que parecían temer por su seguridad—. ¿Quiere una copa de champán?
—No bebo. He venido porque es el momento.
—¿El momento? —preguntó Margaret, dando dos pasos hacía ella, temblorosa.
Temió que Mía le dijera que tenía que volver al s. XXI. Temió despertar en ese mundo en el que nunca
se sintió identificada y tener que readaptarse a una realidad que había creído falsa. Le horrorizó la idea
de perder a Charles, el gran amor de su vida. Y le angustió la sola insinuación de que su viejo amigo
Robert y Elizabeth desaparecieran junto al mundo victoriano al que se había acostumbrado. Estaba
viviendo un cuento de hadas. Y no quería salir de él, ya no. Si algún día renegó del s. XIX, ahora ya no
podría vivir en otra época que no fuera aquella.
Notó la presencia de Charles en sus espaldas, la misma presencia que llevaba acompañándola desde el
manicomio. El mismo hombre que la había salvado de las garras de un médico corrupto y que quería
casarse con ella. Olió su aroma fresco y amaderado, aferrándose a ese olor por si ya no podía volver a
sentirlo.
Sus ojos verdes tambalearon por el rostro de Mía, buscando respuestas a su repentina aparición y a sus
enigmáticas palabras.
—¿Qué momento, Mía? —repitió la pelinegra, llegando a la altura de Elizabeth. Embriagándose del
candor de la Marquesa y de su estabilidad para no caerse.
—El momento de que completes tu recuperación.
—¿Es por el fin de año?
—No, el fin de año no es nada más que una invención humana. Es porque los astros se han conjuntado
para que recuerdes... los cinco años que te faltan por recordar.
—Pero ahora... —susurró, mirando a la Duquesa de reojo.
Audrey no se movía del sitio, parecía inamovible al lado de su esposo. Observaba la escena con
estudiada frialdad.
—Es ahora o nunca.
—Hazlo, Margaret —la encorajó Elizabeth, sonriéndola con cariño y cogiéndole una mano para darle
fuerzas—. No te preocupes por nosotros, te esperaremos aquí.
—¿Estás segura, Margaret? —inquirió Charles, cogiéndola por los hombros—. Tienes que ser
consciente de que lo que verás, puede cambiarte la vida tal y como la concibes ahora.
—¿Alguien sería tan amable de explicarme qué está sucediendo? —preguntó la Duquesa, clavando sus
ojos azules sobre Margaret.
—Hermana, Margaret necesita terapia para recordar... Ya te comenté que había perdido la memoria, y
Mía le está ayudando a recuperarla.
—¿Y cómo puede esta señora ayudarla a hacer tal cosa?
Hubo un silencio sepulcral. Elizabeth se removió incómoda, Robert miró hacia otro lado y Charles se
quedó callado.
—Por favor, vayan a hacer lo que deban. Nosotros los esperaremos aquí —rompió el silencio el Duque,
haciendo una seña con el brazo para indicar la puerta.
Margaret asintió, con las mejillas sonrojadas. Todos sus esfuerzos por aparentar ser una persona
normal se habían ido al traste. Todas sus esperanzas de que Audrey la viera como a una mujer sensata a la
que ayudar, arruinadas. ¡Una noche! ¡Su noche! La noche en la que debía brillar, ser una más de ellos...
Su pasado había vuelto. Persiguiéndola y recordándole que no era más que una suicida con lagunas y
traumas mentales. Esa sensación de no poder rehacer su vida por mucho que lo intentara la invadió de
nuevo como lo hacía cada noche. ¿Y su padre? ¿Qué ocurriría con su padre ahora? ¿Debería esperar a que
la justicia le diera la razón? ¿Cuánto podría tardar aquello?
Salió del salón acompañada por Charles y Mía. Los tres anduvieron detrás de Elizabeth que los guio
hasta una sala solitaria con decoración adusta y simple.
—Margaret, pase lo que pase, nosotros siempre te apoyaremos —concluyó la Marquesa—. Te estaré
esperando en el salón... con Robert.
Con esa bonita declaración cargada de significados, salió de la sala cerrando la puerta para darles la
intimidad que necesitaban.
—Mía... ¿No podrías haber escogido otro momento? —reclamó Margaret—. ¿Sabes lo importante que
es para mí quedar bien frente a los Duques? ¡La vida de mi padre depende de ello! La Duquesa es muy
influyente y puede sacarlo en cuestión de horas si mueve los hilos necesarios. Pero no lo hará a menos
que se asegure de que no está causando ningún daño a la sociedad. Debo... debía demostrarle que estaba
en mi sano juicio y que, por lo tanto, mi padre también. ¿Ahora qué? ¿Ahora qué va a pensar de mí?
—He sentido que era el momento propicio para que recuerdes los cinco años que me pediste recordar.
Si no lo deseas hacer, puedo marcharme y no volveré a molestarte nunca más.
—No... no es eso. No me molestas. Sólo es que... precisamente tenía que ser esta noche...
—Margaret, no pienses más en los Duques —la cortó Charles—. Has hecho todo lo posible para ganarte
su favor. Pero si no lo ganas, me tienes a mí. Mis abogados ya están trabajando en el caso y muy pronto
será el juicio. El doctor Crok y Benjamin tendrán que declarar y tenemos las de ganar. Recuerda que
tenemos el cheque como prueba, los mercenarios como testigos y los Marqueses como apoyo. Deja de ser
tan dura contigo misma —la calmó, pasándole la mano por el cabello suavemente. Adorándola en silencio,
siendo el mejor compañero de vida que una mujer pueda tener.
—Tienes razón, Charles —lo tuteó—. Lo siento, Mía. Siento...
—No te preocupes. Por favor, túmbate —pidió la pelirroja, señalando el diván.
—Margaret... ¿estás segura? —la detuvo Charles.
—No estoy segura de nada a estas alturas. Pero sé que es mi deber recuperar mi memoria. Una
persona sin memoria, es una persona sin identidad. Sí, yo siempre seré yo. No olvido lo que me dijiste...
Pero quiero saber qué acciones han compuesto mi vida. Quiero completar la historia de mi vida.
—Pero...
Charles ahogó sus ojos caramelo en los suyos, cogiéndola por las manos con delicadeza.
—No podría amar a ningún hombre que no fueras tú, Charles. No importa lo que recuerde.
—¿Y si te olvidas de mí?
—Entonces haz todo lo posible para que me vuelva a enamorar de ti. Y lo haré. Volveré a amarte.
Porque tú eres mi otra mitad —confesó, acariciándole el rostro. Bebiendo de sus pupilas y cogiendo aire
para no besarlo delante de Mía.
Pero a Charles pareció no importarle. Al estricto y profesional doctor Newman ya no le importaban las
apariencias. Sólo le importaba Margaret. Le asustaba perderla. Y en un intento desesperado de retenerla,
la cogió por la cintura y la besó. Acarició sus labios con ímpetu entre que Margaret pasaba las manos
alrededor de su cuello. Fue un beso intenso. Una demostración de amor, pasión y ternura. Charles la
necesitaba desde que la conoció, y Margaret hubiera dado su vida entera para tenerlo dentro de ella.
Querían unirse.
Charles se arrepintió por unos segundos de no haberla hecho suya. De no haberla amado en su lecho,
de no haberla besado en sus partes más recónditas. Se lo demostró a través de ese beso. Que podía ser el
último. Margaret soltó un pequeño gemido, extasiada. Su estómago revoloteaba de placer y sus piernas
estaban a punto de flaquear. Era el beso más largo que se habían dado. Él estaba acariciando todos sus
recovecos, como si con la lengua quisiera demostrarle algo. El sudor empezaba a invadirla y recuerdos
como el de Charles tocándole sus partes íntimas la abordaron con intensidad. Deseando más. Deseando
más de la medicina de su sexy doctor. Él también lo había pasado mal, lo estaba pasando mal. Le apretó la
cintura y la pegó a su torso, haciendo chocar sus pechos.
—Siento interrumpir, pero... —carraspeó Mía, sentada en un sillón que quedaba enfrente del diván.
Margaret y Charles se separaron, algo incómodos por haberse olvidado de Mía. Y recuperaron la
compostura con un par de bocanadas de aire. La pelinegra se tumbó en el diván de terciopelo verde y se
tranquilizó. Antes de cerrar los ojos, dedicó una última mirada al alto y apuesto Charles, que la miraba
con miedo, tristeza y amor.
—Te amaré una y otra vez, en todas mis vidas. Pase lo que pase. Búscame, enamórame. Hazlo, Charles.
—Te enamoraré todos los días de mi vida, Margaret. En eso consiste el amor verdadero.
La clarividente empezó a recitar sus palabras ininteligibles, a hacer movimientos de manos extraños
con un péndulo y Margaret cayó en un profundo sueño. (A partir de aquí debe considerarse que entre
pregunta y respuesta hay minutos de diferencia).
—¿Qué ves Margaret? —preguntó Mía.
Charles se sentó en un sillón cercano con los dedos apoyados los unos con los otros y los labios sobre
los índices. Serio, conteniendo el aire. A sus cuarenta años, Margaret era la indicada. Y no pensaba
dejarla ir.
—Carlisle. Veo el castillo del Marqués de Salisbury, Robert.
Charles se tensó.
—¿Con quién estás?
—Con mis padres. Mis padres y yo vivimos aquí, ayudamos a Robert con su nueva responsabilidad de
llevar el marquesado —el rostro de Margaret no parecía turbado, sino feliz.
—¿Cómo te sientes?
—Me siento parte del castillo. Siento un ambiente familiar. Pero odio a mi madre. La odio por lo que ha
hecho a los padres de Robert. Los mató... por no perder el control sobre Robert. Me siento ruin. Siento
que lo estoy traicionando, pero no sé cómo actuar. No sé qué decir. Porque temo que si digo la verdad,
Robert me culpe a mí. ¡Pero yo no he hecho nada! ¡Ha sido mamá! Yo no quería, no quería... —se agitó,
nerviosa y angustiada.
—Tranquilízate. Cambia de estancia, ve a otro lugar. Apártate de tu madre. ¿Qué ves?
—A mi padre hablando con Robert. Hablan sobre tierras y negocios.
—¿Qué más?
—A mí, me veo mayor. No he tenido la oportunidad de debutar como el resto de las damas, estando
comprometida con Robert. Y a veces tengo dudas.
—¿Dudas?
—Dudas de si realmente amo a Robert, o sólo lo hago por imposición de mi madre.
Charles soltó un leve suspiro, un poco aliviado.
—Avancemos un poco en el tiempo... ¿Ocurre algo relevante?
—¡Lady Cavendish! Una joven de apenas diecisiete años de la que se ha enamorado mi prometido. Ya
no veo a Robert, ya no pasa tiempo conmigo. Y mamá a ha descubierto que tiene intenciones de romper
con el compromiso para casarse con esa niña.
—¿La odias?
—No quiero odiarla, pero es lo que estoy sintiendo ahora mismo. Odio, rencor. Me siento traicionada y
engañada.
Unas lágrimas silenciosas salieron de los ojos de Margaret y resbalaron a través de sus mejillas hasta
tocar las almohadas azules. ¡Qué duro era el desamor!
Charles se las limpió con un pañuelo de seda.
—¿Por qué no me dejaron conocer a otros hombres si iba a ser engañada de este modo? Siento un
punto de conexión con mamá y me dejo llevar por sus malos consejos. Al principio, por rabia. Y después,
porque no puedo alejarme de ella. Me manipula y me coacciona. Ha intentado matar en un par de veces a
Lady Cavendish, yo no estoy de acuerdo con eso. Pero ella no parará hasta conseguir sus propósitos. Amo
a Robert, lo quiero con todo mi corazón. Y me duele perderlo... Lo veo con Elizabeth, ella se ha mudado a
vivir en Carlisle. El servicio la ha aceptado rápidamente. Y pronto todos se olvidan de mí... Yo no quiero
hacer daño a nadie. ¿Pero cuánto daño me han hecho ellos a mí?
—¿Puedes avanzar un poco en el tiempo y encontrar algún hecho relevante más allá de las intrigas de
tu madre para acabar con Elizabeth?
—La boda. Veo la boda de mi prometido con su nueva novia. Me duele... No lo soporto. No soporto
verlo abrazando a otra —se le tensaron las venas del cuello—. No soporto sentirlo tan lejos de mí, para
siempre.
—¿Hay algún sentimiento positivo?
—En el fondo... en el fondo me alegro de que Robert sea feliz. Deseo que sea feliz, y Elizabeth parece
una buena mujer. Aun así... aun así... ¿Cómo aceptar que el hombre al que has amado durante casi treinta
años te abandone? ¿Te deje plantada?
Charles volvió a sentarse en su sillón, batallando contra sus propios celos y su orgullo masculino.
Priorizando el bienestar de Margaret.
—¿Qué hay de ti? ¿Qué haces tú?
—Me acerco al despacho de Robert... Ha discutido con su nueva esposa, y quiero ayudarlo. Lleva días
encerrado y bebiendo. Necesito ayudarlo porque lo amo. Pero cuando lo veo... Un maremoto de
sentimientos me sobrevienen.
—Escúchame bien, Margaret. Ahora deberás contarme detalladamente qué ocurre, lenta y
pausadamente. Si en algún momento cuento hasta tres, tendrás que despertarte. ¿Me oyes?
—Te oigo...
—Avanza.
La joven Trudis se perdió en el recuerdo de ese momento crucial que cambió su vida para siempre y lo
relató a Mía con todo lujo de detalle:
"Acaricio la mano de aquel al que tanto amé y siento aquello que jamás podría sentir con otro que no
fuera él, nunca habíamos compartido una caricia o un beso, él no me deseaba pero yo ardía de deseo con
su aroma varonil. Me estiro hasta llegar a sus labios empapados de drambuie y lo beso, Robert está tan
aturdido que en medio de su imaginación y no pudiendo distinguir la realidad de la fantasía, le parece que
Bethy lo está besando así que me corresponde haciendo que yo me avive hasta el punto de sentarme a
horcajadas sobre las robustas piernas de Lord Talbot.
—Bethy, mi amada Bethy... —balbucea entre mis labios, palabras que yo intento disipar en medio de la
excitación. Una excitación que provoca que me abra ante él, ofreciéndole mi bien más preciado, la
virtud... Me siento ruin, pero no quería entregársela a nadie más que no fuera a él, aunque tuviera que
escuchar el nombre de otra mientras eso ocurría, aunque mañana él no se acuerde de ese bien entregado.
Robert se hunde en mi cuerpo. Noto cómo algo en mi interior se rompe hasta el punto de doler, espero
que con la cercanía de la intimidad de Robert desaparezca, sin embargo, esa cercanía desaparece como
una ola en cuanto la virilidad de hombre sale de mi interior de forma impetuosa.
Abro los ojos y me encuentro con la repugnancia personificada en Robert, que me mira como si se
estuviera descomponiendo hasta la putrefacción.
—No puede ser, no puede ser, no… —se atormenta él.
—Robert, Robert...lo siento... —lloro, cogiéndole el brazo.
—Apártate —bufa Lord Talbot soltándose de mi agarre con violencia como si mi sólo roce lo hiciera
desear la muerte."
Charles no podía creer lo que estaba escuchando. Margaret se removía en el diván alterada, sufriendo.
Sufría y se desgarraba. Pero él... ¿Él que debía hacer? Margaret había estado con otro hombre, se había
entregado a otro. Y no era una cuestión de besos o de caricias, sino de virginidad. Margaret no era virgen.
¡Por Dios! Si fuera otra mujer, en otra situación... ¿La aceptaría? Una esposa que no era suya... ¿Quería
eso para su vida? El hombre que la había tomado estaba a unos metros de esa sala. Y ni si quiera se
acordaba, o no quería acordarse. Con la excusa del alcohol. Debía entender muchas cosas, hacer acopio
de un valor y de una mentalidad impropia de su época. Pero necesitaba tiempo para asimilarlo... Por lo
que antes de hacer cualquier idiotez, decidió levantarse e irse. Se fue de esa sala y se marchó de Carlisle.
La amaba. Amaba a Margaret. Pero si quería amarla, debía serenarse primero. No podía quedarse a su
lado mientras tuviera el corazón podrido de celos. Y mucho menos podía seguir compartiendo el techo con
el hombre que se le había adelantado. Y no era tan imbécil como para reclamarle algo a Robert. No, no
era así. No funcionaban así las cosas.
Con el abrigo y un sombrero de media copa, montó a un caballo prestado y galopó lejos de allí.

✽✽✽

Capítulo XX

"-Debes practicar el juego hasta que los practiques mejor que ellos.
-¿No me recomiendas que busque un esposo que juegue por mí?
-Yo buscaría a uno que juegue contigo, no por ti.''
La reina Victoria de Inglaterra.

Margaret se removía en el diván con el gesto compungido. Lloraba con los ojos cerrados y sus venas se
hinchaban por momentos. El dolor de ese instante que determinó su vida, había vuelto a ella.
Desgarrándola viva. Sollozaba y el aire empezaba a faltarle. El terciopelo blanco de su piel se volvía rojo
por momentos uniéndose con el terciopelo burdeos de su vestido.
Había perdido su virginidad y su dignidad. Había abusado de un hombre embriagado. Y había
provocado un grave problema en un matrimonio. Sí, ella había perdido mucho. Sí, ella había sido
traicionada. Pero no debió... no debió hacer tal cosa. Por eso su padre la repudió. Por eso...se suicidó.
¿Qué futuro tenía una mujer sin virginidad? ¿Qué hombre la querría?
Entró en una espiral muy dolorosa de culpa, resentimiento y rencor. Los pensamientos negativos se le
amontonaban y no veía la salida.
—Margaret... —musitó Mía, tratando de recuperarla sin éxito.
La joven había llegado al punto clave de su vida, al más hiriente. A ese punto de inflexión que todos
habían temido y del que habían intentado protegerla. Cualquier psicoanalista sabe que existe un punto
crucial en la vida de una persona por el que decide suicidarse, más allá de los diferentes factores que
puedan empujarla. Por eso Charles temía a lo que pudiera recordar Margaret. Por eso Charles no había
aguantado la verdad y se había ido en silencio, para evitar tener un comportamiento que todavía
perjudicara más a la paciente. Porque había demasiados sentimientos en medio.
—¡Por qué lo has hecho! ¡¿Por qué?! —gritaba Margaret a pleno pulmón—. ¡No eres más que una
desgraciada! ¡Nadie te querrá! ¡Nunca te van a querer! ¡Vete de esta casa! ¡Vete! ¡Tengo que morir! ¡No
merezco seguir viviendo! ¡No!
—Margaret... —suplicó Mía, tocándole el hombro.
—¡Nooo! ¡Nooo! —repetía en bucle, convulsionando.
Los Marqueses acudieron atraídos por los gritos y entraron sin pedir permiso, con la mirada puesta en
la bella señorita pelinegra que se estaba ahogando.
—¿Qué le ocurre? —reclamó Robert, corriendo hacia ella y tratando de retener sus temblores que
podían ser peligrosos para su bienestar físico.
—Ha recordado el momento más doloroso de su vida.
—¡Margaret! ¡Margaret! Despierta, despierta por favor —pidió el Marqués, cogiéndola con fuerza para
evitar que se golpeara con algo.
—Margaret.... ¿Nos escuchas? —preguntó Elizabeth, arrodillándose al lado de su amiga con infinita
dulzura e inquietud—. Margaret...
Margaret no respondía a nada. Había perdido parte del conocimiento y sólo podía convulsionar como
en un ataque epiléptico.
—¡Se va a ahogar! —gritó desesperada Elizabeth al ver que a Margaret cada vez le costaba más
respirar y se ponía morada por momentos.
—¿Y dónde está el médico? —exigió Robert, mirando a su alrededor con enfado.
—No ha soportado la verdad. La verdad de Margaret Trudis —concluyó Mía, con expresión sabida y sus
ojos más blancos que nunca.
—¿Qué verdad? ¿De qué está hablando? ¡Haga algo para recuperarla!
Los Duques entraron justo en ese instante, angustiados. No habían podido permanecer por más tiempo
en el salón escuchando el horror que se estaba viviendo a unos metros de ellos.
—¡Audrey! Margaret se está muriendo —sollozó Elizabeth, incorporándose de un salto y corriendo a los
brazos de su hermana mayor como si fuera una niña atemorizada.
—Mantengamos la calma —pidió Audrey, en un tono de voz perfecto e impasible—. No le estamos
haciendo ningún favor poniéndonos en este estado de nerviosismo. Señorita Mía, ¿usted puede hacer
algo?
—Puedo intentarlo.
—Inténtelo —exigió, plantándose frente a ella mientras el Duque la acompañaba con el ceño fruncido.
Mía se puso en pie, Robert se apartó de Margaret y todos quedaron a la expectativa de lo que iba a
suceder.
¿Deberían enterrar a una mujer tan bella con toda la vida por delante? ¿Despertaría? ¿En qué estado lo
haría? ¿Qué recordaría? ¿Qué sabría?
—Margaret. Soy Mía, escúchame atentamente. Cuando cuente hasta tres, debes despertar. ¿Te
acuerdas de que quedamos en esto? Margaret. Uno... —no había respuesta—. Dos... —sin respuesta—.
Tres.
Un grito nacido de las entrañas femeninas despertó junto a esa mujer que un día amó y lo perdió todo.
La voz aulló expulsando el suplicio vivido. El suplicio de haber entregado la vida entera a un hombre
que nunca la amó y se casó con otra delante de ella. El suplicio de haberse entregado a ese mismo
hombre que la miraba con repugnancia. La tortura de ser repudiada por su propio padre por no ser válida,
por ser una cualquiera sin virginidad. ¡Por ser poco más que una prostituta!
Se incorporó de un salto, con la tez pálida y los ojos hundidos en grandes y pesarosas ojeras. No podía
respirar y tenía el corazón palpitando a mil, le daba la sensación de que en cualquier momento su corazón
se pararía y caería muerta. Aterrada corrió de un lado para otro buscando aire, necesitaba aire. Vio una
ventana, en medio de la neblina. No veía claro ni era consciente de donde estaba.
Robert vio como Margaret corría hacia la ventana y temió lo peor por lo que corrió tras ella y la detuvo
cogiéndola con fuerza. Elizabeth se llevó las manos a la boca, suplicando a Dios que Margaret no quisiera
suicidarse de nuevo.
—¡Detente! —dijo Robert con voz firme.
—¡Necesito aire! ¡Necesito aire! —gritó ella, necesitada de oxígeno.
Elizabeth corrió a abrir la ventana, dejando que el gélido frío de Carlisle entrara en la sala, y Robert
acompañó a Margaret a la cornisa para que respirara.
La tensión se podía cortar con un cuchillo, a la espera de saber cómo había despertado Margaret. De
saber si era la Margaret del pasado, del futuro o del presente. O ninguna de ellas.
—Margaret... —nombró Robert.
—¡Apártate de mí! —aulló, rota del dolor. Girándose con el rostro descompuesto y el pelo deshecho.
Ya no quedaba nada de la señorita educada e impoluta que había iniciado la velada con su
esplendorosa imagen de mujer sensata. En esos instantes, si le hubieran puesto una camisa de fuerza,
nadie hubiera dudado de que se trataba de una desquiciada. Su mirada era fija, como ida. Sus
movimientos erráticos y su aspecto... lamentable. Sudada, roja, despeinada, ahogada.
—¡Apártate! Yo... ¡Yo no soy nada más que una loca! ¡Una demente a la que debieron encerrar hace
mucho tiempo! —expresó, contrayendo la mandíbula y mirando a los presentes—. Yo... ¡He hecho cosas
horribles!
—Margaret... —musitó Elizabeth, tratando de llegar a ella.
—¡No! ¡No, Elizabeth! No merezco tu compasión ni tu amabilidad. ¡He hecho una cosa horrible!
—¿Recuerdas a Elizabeth? —preguntó Mía.
—La recuerdo perfectamente. Es la mujer que me robó a mi prometido —escupió, mirando a la
Marquesa con odio y acercándose a ella de forma temeraria.
Robert dio un paso al frente, por si a Margaret se le ocurría atentar contra su esposa.
—¿Y no recuerdas nada más?
—Sí, también es la mujer que me ha ayudado hasta ahora pese a todo... Pese a que no lo merezco —
suavizó su expresión—. Es mi amiga. ¡Pero no puede ser mi amiga! ¡No puede serlo! ¡Porque yo he hecho
algo! —Se estiró el pelo, hiriéndose a sí misma.
Estaba confundida, pero parecía tener toda la memoria intacta. Desde su pasado hasta su vida
imaginaria en el futuro.
—¡No merezco vivir! ¡Soy una perturbada! ¡Lo amé tanto! ¡Le entregué mi vida! ¡Y perdí mi dignidad y
mi valor como mujer! No, Elizabeth. En cuanto sepas la verdad. No querrás saber nada mí. Me odiarás
como lo hizo mi padre, y como lo hará... Charles. ¿Dónde está Charles? —se golpeó el vientre con rabia,
odiándose a sí misma. Llorando a lágrima viva, expulsando lágrimas de sangre. Toda su belleza se rompía
a cada movimiento nervioso que hacía.
Los Duques la miraban sin decir nada, serios.
—Margaret, lo sé todo. Me lo contó Robert en cuanto retomamos el contacto contigo. Pero te perdoné.
Sé que...
—¿Me has perdonado? —la interrumpió y enfocó sus ojos verdes inundados—. ¿Pero yo podré
perdonarme? —miró a la Duquesa, que tenía clavados sus ojos azules sobre ella. Fríos como siempre—. Ya
lo ve, miladi —se dirigió a ella, sonriendo en medio de la locura. Lagrimando, oscureciendo sus ojos y
palideciendo su piel cada vez más hasta que sus venas verdes se intuyeron—. No soy nada más que una
mujer enloquecida. No soy nada más que la hija de una asesina... No soy nada más que una mujer sin
honradez. Una loca que una vez amó y lo perdió todo. Soy una miserable —contrajo su frente, frunciendo
el ceño hasta marcar todos los surcos que allí habían—. Una vez soñé que este amor sería infinito. Soñé
que Dios me perdonaría... Pero no. Dios no me ha perdonado —rugió, sin dejar de mirar a la Duquesa y
acercándose a ella a paso lento—. Y con mis pecados, llevaré a mi padre a la tumba. Porque esto es lo que
soy, miladi. Una mujer que se entregó a un hombre borracho —hizo temblar sus cuerdas vocales hasta
hacerlas parecer oxidadas—. Una vez soñé que mi vida sería muy diferente a este infierno que estoy
viviendo. Soy una miserable. ¡Soy una mujer que ha vivido en un manicomio! ¡Y que n debería haber
salido de él! ¡Soy una mujer a la que los demonios poseyeron! ¡Porque yo misma soy el demonio! —sollozó
—. ¡Si pudiera arrancarme este cabello! ¡Si pudiera desgarrar mi cuerpo! ¡Si pudiera desaparecer! —cayó
de rodillas, a los pies de la Duquesa que no había perdido su posición ni su mirada. Audrey no había
demostrado ni un solo sentimiento frente a todo lo que Margaret le había contado, casi a grito
desgarrado.
¡Qué vergüenza! ¿Qué pensaría esa mujer que era casi como una reina? ¿Qué pensaría esa mujer
perfecta que dirigía un ducado con mano de hierro? Se abrazó a su propio cuerpo, arrodillada y con la
frente casi en el suelo. ¡Quería desaparecer! ¡Quería dejar de existir! ¡Que se la tragara la tierra! ¿Cuándo
terminaría el castigo de Dios? ¿Cuándo le perdonaría Dios por su pecado? Entonces, cuando la oscuridad
ya estaba cernida sobre ella y las esperanzas de volver a vivir algún día arruinadas. Cuando ya no
esperaba volver a ver a Charles. Cuando ya estaba segura de que volvería al manicomio y que su padre
moriría en una celda mugrienta... Notó una fría mano sobre su hombro.
La frialdad de esa presencia la obligó a levantar la mirada del suelo lentamente, encontrándose con la
Duquesa arrodillada frente a ella.
—¿Quién te puede culpar por haber amado, mujer? ¿Quién puede juzgarte? Una mujer es y será
siempre una loca frente a la sociedad. Deja que ellos crean que estás loca, pero no te lo creas tú.
Margaret, con los ojos vidriosos, miró los ojos de la Duquesa y descubrió que, detrás de esa dura capa
de hielo azul, había un gran fuego. El fuego que todas las mujeres cargaban y cargarían el resto de los
siglos. El testigo que una mujer pasaba a otra, en medio de luchas.
—Levántate, Margaret. Hazlo. Eres más que una virginidad perdida, eres más que un corazón roto y
una reputación manchada. Eres una persona. Y estoy segura de que Dios te perdonará. Es más, estoy
segura de que ya lo ha hecho.
Y la abrazó, inexplicable y sorprendentemente, la Duquesa y Señora de Devonshire la abrazó.

***

Charles se había ido. Le costó mucho asimilarlo, creerlo. Lloró, pataleó y rabió. Pero Mía le explicó que
el doctor se había ido en cuanto supo que no era virgen. Al principio, se enfadó. Se enfadó con él y
consigo misma. Renegó de cualquier sentimiento positivo... Lo tachó de egoísta, de hipócrita y de
machista hasta que se dio cuenta de que podía llegar a entenderlo; ningún hombre y menos un barón,
querría casarse con una mujer que se había entregado tan fácilmente a otro. Imaginó su dolor, el dolor de
Charles. Y su impotencia.
Pero no iba a darse por vencida. Ahora que tenía el perdón de Elizabeth y que las cosas con Robert se
habían anivelado, iba a luchar por el verdadero amor de su vida.
Sabía que Charles no se había ido por él ni por su ego masculino, sino por ella. Estaba convencida de
que no quiso lastimarla con los celos que seguramente lo estaban reconcomiendo. Su código de honor y
profesional, lo habrían obligado a marcharse con tal de no formar una escena de celos que pudieran
dañarla. Con todo ese tiempo juntos y con un poco de actitud crítica, era fácil llegar a esa conclusión. Así
era él, una buena persona.
Sin embargo, el haber recordado esos momentos tan decisivos de su vida, sólo la ayudaban a tener más
claros los sentimientos. El amor que un día sintió por Robert no era comparable con el que sentía por
Charles. El amor verdadero no estaba en aquel compromiso impuesto desde la niñez, sino en aquel que
había nacido espontáneamente en los lugares más insospechados.
Se dio cuenta de que amaba a Robert como a un hermano y a Charles, como a un hombre.
Lo echaba de menos, se había acostumbrado a su presencia, a sus consejos y a su mirada cálida. No
estaba dispuesta a tener que olvidarse de todo aquello, y no pensaba hacerlo. Sí, se avergonzaba de su
pasado y seguramente siempre lo haría. Pero era el momento de ser egoísta y de atar a Charles con una
cuerda si era menester.
El sexy doctor era suyo y no iba a perderlo.
Deseaba coger un caballo y cabalgar hasta la propiedad de Charles para decirle todo lo que sentía.
Pero no podía. Debía priorizar. Y la salida de su padre de aquel infierno victoriano al que llamaban cárcel
era una prioridad. Por fortuna, no había perdido ningún recuerdo ni conocimiento; ya fuera pasado,
presento o futuro. Y agradeció a Mía su gran trabajo pese a sus comparecencias inoportunas.
—Gracias, Mía —dijo al día siguiente, el primer día del año.
Se había recuperado parcialmente de lo ocurrido y se sentía más ligera, como si se hubiera quitado un
gran peso de encima. Elizabeth y su hermana mayor fueron muy amables y comprensivas con ella y su
situación. Así como sus respectivos esposos se comportaron amble y caballerosamente sin avergonzarla
más de lo que ya estaba.
—No tienes nada que agradecerme, Margaret. Espero verte pronto... Sé que te irá bien —sonrió la
pelirroja bajo la capa escarlata, a punto de salir.
—¿Estás segura? No sé si Charles...
—Enamóralo. Enamóralo cada día, en eso consiste el amor.
—Lo intentaré... ¿Ya te vas? —inquirió—. ¿Por qué no te quedas? Pasado mañana iremos a buscar a mi
padre. Estoy segura de que le gustaría verte de nuevo.
—No, no puedo estar aquí por más tiempo. Volveré cuando Scarlett nazca.
—¿Scarlett?
—Ya lo entenderás, Margaret. Ya lo entenderás...
Y con esas últimas palabras, se marchó entre la espesa neblina blanca sin mirar atrás.
—Gracias, amiga mía —susurró la pelinegra para sí misma.
—¡Margaret! —la interrumpió Robert—. Los espías de los Duques han encontrado al doctor Crok y a
Benjamin.
—¿De verdad? —preguntó, a punto de saborear la justicia con los ojos bien abiertos y una gran
sonrisa.
—¡Sí! Estaban escondidos en una taberna de mala muerte desde que los mercenarios fueron cogidos
por Roderick e Ian.
—Sospechaban que tenían los días contados —agregó Elizabeth, uniéndose a ellos con Áurea en los
brazos.
—Iremos para asegurarnos que los meten en prisión —determinó el Duque, Edwin Seymour, pidiéndole
al mayordomo su abrigo y su sombrero.
—Siento mucho todas las molestias que les estoy causando... —piuló, humildemente.
—Cuando se trata de justicia, no es ninguna molestia —reflexionó Audrey, la Duquesa, posicionándose
al lado de ella.
Observó a Robert y a Edwin preparándose para ir a meter en la cárcel a esos dos granujas que
quisieron volverla loca por dinero. Y se le ocurrió una idea...
—¿Puedo ir con vosotros? —se atrevió a preguntar.
—Margaret... no es sitio para mujeres —aclaró el Marqués.
—Es una cosa de hombres.
—¿Es una cosa de hombres, Edwin? —inquirió Audrey, clavando sus ojos azules sobre su esposo con
severidad.
—Oh, está bien... Si quiere venir, que venga...
Robert negó con la cabeza pero no dijo nada, limitándose a ordenar que ensillaran a otro caballo.
—A por ellos, Margaret —animó Elizabeth, bajita y delgada pero llena de fuerza.
—¡Por todas las mujeres que fueron declaradas locas por el interés masculino! Juega a su juego hasta
que lo hagas mejor que ellos —aconsejó Audrey.
—No se olvide de su capa... —dijo la Señora Roy, la modista, que se había mantenido en silencio hasta
ese momento. La anciana todavía no se había ido, y parecía ser que ya no se iría jamás. Convirtiéndose,
sin haberlo esperado, en la doncella personal de Margaret pese a su avanzada edad.
—Gracias, señora Roy.
Se colocó su capa marrón sobre un vestido amatista y salió tras los hombres dispuesta a encarar al
viejo doctor Crok y a Benjamin.

✽✽✽

Capítulo XXI
El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente.

George Elliot (Mary Anne Evans).

Margaret vislumbró en la lejanía a un grupo de hombres armados con gabardinas negras. Eran los
espías del Duque, que lo estaban esperando para cumplir nuevas órdenes. Edwin, Robert y ella habían
cabalgado durante varias horas para llegar a una pequeña casa de leñador abandonada. Margaret deducía
que allí, en medio de aquel bosque laberíntico, solían hacer ese tipo de tejemanejes. Las gabardinas
negras de los secuaces contrarrestaban con el blanco de la nieve, y los hacía parecer mucho más
temerarios de lo que ya eran.
El frío cortaba su piel aterciopelada, haciéndola parecer de mármol. Pero sus ojos verdes estaban
clavados en los dos hombres que estaban atados a una estaca, sentados sobre la fría nieve y amordazados.
Los reconocía perfectamente: Benjamin y el doctor Crok. El primero delgado como una lagartija y el
segundo gordo como un sapo. La vieron llegar y pudo palpar el miedo en sus ojos. No sólo el miedo, la
sorpresa.
—Milord —reverenció uno de los hombres con gabardina negra al llegar a su altura y desmontar—.
Estos son los dos hombres que nos pidió —ofreció, señalando a las alimañas—. Por lo visto, son primos. Y
han estado mucho tiempo enterrados en casos de corrupción. Sobre todo, el doctor... que tiene a varias
mujeres encerradas en el manicomio por intereses familiares y económicos de los que él, por supuesto,
gana una parte.
—Deben ser encarcelados rápidamente, esta es la carta con mi sello que deberéis entregarle al juez de
instrucción y él sabrá lo que tiene que hacer. Estoy seguro de que el resto de las mujeres que han sido
encerradas injustamente también serán liberadas al igual que la señorita Trudis —extendió un sobre
cerrado con el emblema de su ducado al espía—. Señorita Trudis, por mi parte no tengo nada más que
decir. ¿Usted quiere añadir algo?
Margaret sintió la emoción transpirando por su piel. La emoción de la justicia sobre su cuerpo, sobre
su persona. La emoción de sentirse liberada y de poder decir clara y libremente: no estoy loca y no me lo
harás creer. Descendió en silencio de su montura y se acercó a Benjamin y al doctor Crok. Lo hizo
lentamente, bajo la mirada del que un día fue su prometido, Robert.
Se acuclilló al nivel de los arrestados y los miró fijamente a los ojos.
—¿Y bien? ¿No tenéis nada que decirme? —inquirió, con una sonrisa de satisfacción—. Ya veo que no.
¿Queríais volverme loca? ¿Hacerme creer que era una demente...? ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Una demente
precoz. No os voy a pedir explicaciones, ni a reclamar nada. No las quiero ni las necesito. Vosotros sabéis
muy bien lo que hicisteis. Yo sólo quiero ser real y sentir el mundo igual. Yo he superado con éxito todos
mis traumas, ahora os tocará a vosotros.
—Señorita Trudis... yo —balbuceó Benjamin—. Yo...
—No, no me vas a pedir perdón —lo detuvo—. No te voy a dar esa satisfacción, Benjamin. Eras nuestro
mayordomo y nos traicionaste. Mereces un castigo...Quizás te vendrá bien la compañía del doctor Crok
dentro de la prisión... ¿Y tú? Sapo asqueroso sin cuello... Espero que te pudras en una celda y que alguien
te torture como tú lo hiciste conmigo. Es más, me encargaré de que alguien lo haga. Ya has visto que te
has metido con quien no debías... Quizás te hagamos una visita todas las mujeres a las que encerraste
injustamente.
—Misericordia, señorita Trudis —suplicó el doctor Crok, viéndose en las últimas y con lágrimas de
cocodrilo.
—¿Misericordia? ¿La tuviste tú conmigo? —le mostró las cicatrices que tenía en el brazo a causa de las
palizas.
—Yo... estaba cegado por el dinero, señorita Trudis.
—Como son las cosas, doctor Crok. Ahora soy señorita Trudis, pero cuando me conoció me humilló y
me insultó. ¿Cegado por el dinero? Bien, entonces merece su castigo. Me encantará reunirme con las
demás afectadas y hacer una excursión a su celda. Resérvese para ese día. Esto no termina aquí, para
ninguno de los dos. Me encargaré de devolveros cada daño infringido, no sólo a mi cuerpo... sino a mi
mente.
—Hay que saber perdonar... señorita Trudis —insistió el sapo mientras Benjamin asentía, desesperado.
—Y os perdonaré, pero cuando me quede satisfecha.
Les dedicó una mirada amenazante y se incorporó, haciendo volar su capa marrón con elegancia.
—Vamos, Margaret. Tu padre debe estar a punto de salir —concluyó Robert.
Benjamin y el doctor Crok observaron a aquella mujer que habían infravalorado, montar a lomos de un
caballo lejos de ellos para volver a casa junto a su padre. Y se dieron cuenta de lo mucho que habían
errado al pensar que podrían doblegarla. Sólo les quedaba esperar que no fuera muy dura con ellos el
resto de sus vidas.

***
¿Era una buena hija? ¿Cómo podía saberlo? Era una certeza difícil de definir. No sabía si era una buena
hija, puesto que había defraudado a su padre perdiendo su castidad con un hombre casado y borracho.
Pero había luchado por él, por su padre. Lo había amado desde que lo recordó y se propuso liberarlo
desde que supo que estaba en la cárcel.
No sabía si aquello era ser una buena hija. Pero lo que sí sabía era que ella lo amaba con todo su ser. Y
que él, había estado junto a ella cuando más lo había necesitado. No había sido una relación ejemplar de
lealtad. Pero sí una relación repleta de amor y de afecto que impedía el abandono sin importar las
circunstancias.
Ahora, en las puertas de esa maldita prisión, esperaba a Alexander Trudis con un nudo en la garganta.
Las piernas amenazaban con flaquear, pero se mantenía de pie con Robert y Edwin a unos pasos detrás de
ella. Era inevitable recordar a Charles y desear que hubiera estado allí, junto a ella. Hubiera sido
maravilloso saborear esa victoria al lado del hombre que la había ayudado a llegar hasta allí. Pero no
sabía dónde estaba él. Cogió aire profundamente y trató de sobreponerse a la angustia.
La puerta principal se abrió y salió el doctor Ryan, el amigo de Charles. Su expresión era seria y
provocó que el corazón de Margaret se pusiera del revés, ahogando todas sus ilusiones. Se quedó estática,
en blanco. No quería oír lo que Ryan tuviera que decirle. No lo soportaría.
Pero entonces, como si aquello de que "Dios no impone una carga superior a la que puedas soportar"
se cumpliera, detrás del doctor apareció un hombre alto pero encorvado de pelo blanco y barba dejada.
Cojeaba y fruncía el ceño, adaptando sus ojos a la luz después de meses de oscuridad.
Margaret se llevó las manos sobre la boca, reteniendo el grito de emoción pero siendo incapaz de
retener el río de lágrimas que fluía desde sus ojos hasta su cuello.
—¡Papá! —consiguió articular, con el mentón tembloroso.
Alexander subió su mirada desgastada atrapada entre surcos de sufrimiento y enfocó a la joven alta de
pelo negro que lloraba a unos metros en frente de él. Era su hija.
—Hija... —susurró, dándole vida a las putrefactas cuerdas vocales.
—¡Papá!
El expresidiario vio a su pequeña, que ya era toda una mujer, correr hacía él como cuando era una
niña. Su corazón, que se había mantenido en vida gracias a su recuerdo, dio un brinco de emoción y lo
obligó a abrir los brazos para recibir a la mujer de su vida, su hija.
Margaret se tiró a sus brazos y enterró la cabeza en su pecho, sintiendo su amor paternal. Un amor
incondicional que era más fuerte que nunca.
—¿Me recuerdas? —preguntó el hombre, que llevaba una vieja y roída chaqueta negra y unos
pantalones llenos de polvo.
—Te recordaría en esta y en mil vidas más, papá.
Alexander pasó el brazo por encima de los hombros de Margaret y se ayudó de ella para andar hasta el
carruaje, tenía una pierna que no respondía y se había quedado cojo por una gangrena mal curada. La
joven pelinegra ayudó a su padre a subir al carruaje y después se giró hacia Ryan.
—Doctor Ryan... muchas gracias por haber cuidado de mi padre en todo lo que ha podido —agradeció.
—Ha sido un placer, señorita Trudis. Pensé que vería a mi amigo Charles —comentó, mirando a su
alrededor.
—Él... él no sé... donde está ahora mismo —titubeó, incómoda.
—Oh, no me diga que... ¡Será estúpido! Por favor, no tenga en cuenta los desvaríos de mi amigo. Sé que
usted es su mujer ideal —Margaret se sonrojó—. Lo encontrará en su residencia habitual en la baronía de
Cromwell. Tiene que atarlo con una cuerda si es necesario, señorita Trudis. No permita que pierda la
oportunidad de casarse con una buena mujer como lo es usted.
—Pero...
—No importa lo que haya pasado —la cortó—. Deben estar juntos.
—Gracias... doctor Ryan.
El amable señor le dedicó una sonrisa cómplice y volvió al interior de la cárcel, ocupado con su
trabajo.
—Margaret... El Duque y yo debemos volver a Carlisle —dijo Robert, que había esperado
pacientemente a que Alexander subiera al carruaje y a que ella terminara de hablar con el doctor—.
Vendremos a visitarte muy pronto. Elizabeth te ayudará con la recuperación de tu padre.
—Robert —lo detuvo—. Te debo una disculpa.
—Y yo a ti, Margaret. Y yo a ti...
—Te quiero Robert, como a un hermano —confesó—. Nunca debí hacer eso...
—Olvídalo. Eres la hermana que nunca tuve y también te quiero.
La abrazó y se fundieron en un abrazo sincero de amistad y apoyo incondicional.
—Elizabeth es fantástica —sinceró Margaret.
—Y tu doctor cascarrabias también lo es, ya hablaré con tu padre para que empecemos a negociar el
compromiso.
—No sé si después...
—Querrá. Él te ama.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te mira como yo miro a Elizabeth. Y tú lo miras a él como Elizabeth me mira a mí. Estoy
seguro de que seréis un matrimonio muy feliz. Ya iré a hacerle una visita y lo convenceré... No te
preocupes.
—Gracias, Robert.
—No es nada, pequeña. Vuelve a tu hogar.
Margaret miró a su padre, llenando su corazón de dicha y subió al carruaje con él. Tenían muchas
cosas de las que hablar, así que pusieron rumbo a la mansión de Bath. Aquella que un día heredó en un
tiempo futuro y en un mundo imaginario.
—Perdóname, hija —se disculpó su padre tras algunos minutos de viaje.
—¿Por qué, papá? Ahora cuando lleguemos, pondré en orden el servicio y echaré a la gran mayoría.
Quiero rodearme de personas de confianza.
—No, quiero decir que me perdones por haberte repudiado. No tendría que haberlo hecho —clavó sus
ojos negros en los de su hija, que eran verdes.
—Supongo que yo también te fallé... Me educaste esperando unas cosas de mí y yo no supe...
—Lo hiciste lo mejor que pudiste, Margaret. No debí ser tan duro, eres una buena hija.
Aquello la bañó en oro y plata, se sintió orgullosa de sí misma y se llevó la mano derecha sobre su
colgante astral. Dándose cuenta de que siempre había buscado a sus padres, sin importar donde estuviera
perdida.
—¿Crees que deberíamos ir a visitar a mamá algún día?
—Si tú quieres, iremos.
—Me gustaría, creo que ya la he perdonado.

***

Despidieron a toda la plantilla de la mansión de Bath. Nada más llegar se dieron cuenta de que los
habían estado robando desde hacía mucho tiempo atrás. Se habían aprovechado de sus problemas y
debilidades.
Margaret explicó a su padre todo lo que Benjamin y su primo, el doctor Crok, habían planeado. Pero
también le explicó que habían terminado en una cárcel en la que ella iría a visitarlos a menudo con el fin
de torturarlos. Su padre la amonestó y le pidió que olvidara lo sucedido y empezara una nueva vida. Ella
obedeció a su padre pero le pidió que la dejara ir al menos una vez, quería presentarse donde estaba el
doctor Crok junto a las otras mujeres afectadas.
La Reverenda, esa panadera que la salvó de una muerte segura en el río Támesis, no tardó en
visitarlos.
—¡Reverenda! —la recordó Margaret con gran cariño, por haber estado presente en su vida real e
imaginaria.
—¡Oh, mi niña! He estado tan preocupada por ti. He venido muchas veces para ver si te encontraba,
pero el servicio siempre me echaba a patadas. Hasta mi marido empezó a preocuparse.
—Sí, ya recuerdo a su marido...
—Por favor, perdónalo mi niña. Él se volvió así de huraño en cuanto nuestro hijo Jimmy desapareció.
—No hay nada que perdonar, Reverenda. Me habéis demostrado ser leales. Es más, quería pediros que
fuerais nuestros cocineros.
—¿Nosotros? ¿Cocineros de una casa pudiente?
—Si queréis...
—¡Claro que queremos! Eh... no sé qué dirá mi marido. Pero estoy segura de que estará encantado.
—No tenemos servicio, los eché a todos. Así que si conoces a personas del pueblo de confianza que
quieran trabajar... podríamos valorarlo.
—Sí, estupendo. Correré la voz.
La Reverenda se trasladó a la mansión de los Trudis en cuestión de una semana junto a su esposo y su
vecina María. No eran muchos, pero eran fieles y bondadosos. Que era lo que necesitaban los señores de
la casa. La panadera preparaba deliciosas comidas, pero todavía elaboraba pan de lo más rico. A veces,
Margaret la ayudaba sin importarle las normas sociales.
Al poco tiempo, también llegó la señora Roy. La modista solitaria que se había convertido en su
doncella personal. A Alexander le agradaron los cambios que hizo su hija en la organización de la casa y
con la armonía del hogar, fue recuperándose. No fue asunto de un día para otro. Sino de semanas y de
arduo trabajo. No era fácil levantar una mansión en ruinas y organizar un servicio sin formación. En esos
días, visitaron a Greta. Que estuvo muy feliz de ver a su única hija recuperada.
Los días pasaban, pero Margaret teñía su sonrisa de una pena desconocida. Desconocida para su
padre, que la veía trabajar con una mueca de nostalgia que haría llorar al hombre más feliz del mundo.
—¿Ocurre algo, hija?
—¿A mí? No, papá —se esforzó en sonreír la joven—. Estaba pensando en el menú semanal.
—Deja un poco el trabajo y siéntate a mi lado, ya estoy bien —dijo Alexander, bien peinado y afeitado
con un brillo nuevo en los ojos.
—Sí, pero no debes descuidarte. El médico ha dicho...
—El médico dice muchas cosas. Pero creo que a ti te interesa otro médico...
Margaret se sonrojó. No se había atrevido a hablar del tema con su padre después de todo lo ocurrido
con Robert. Temía que la viera como a una mujer fácil o a hacerle daño.
—¿Cómo... cómo?
—Los Marqueses de Salisbury nos visitan con frecuencia, Margaret. Y me lo han contado todo...
—¡Dios! ¿En serio? Papá... yo...
—Hija, tienes treinta años.
—Lo sé y estoy decidida a luchar por el doctor Newman. Pero no quería faltarte el respeto o hacer algo
que empeorara tu salud... Quería esperar un poco. No soy una muchacha casadera que deba correr a las
puertas de un Barón suplicándole que me perdone. Hay formas más decentes de lograrlo teniendo en
cuenta mi posición desventajada. No soy una noble ni tengo... buena reputación. Lo último que podría
ayudarme es coger un vehículo y presentarme yo sola en casa de Charles. No quiero eso para él, ni para
mí. Es hora de hacer las cosas bien y de no poner en peligro a nadie.
—Sí, y por eso ya me he puesto en contacto con el doctor Newman... o mejor dicho, el Barón de
Cromwell. Un padre puede negociar el cortejo de su hija.
—¡¿Qué?!
Margaret abrió los ojos como platos. Durante el día ocupaba su mente con el trabajo, pero por la
noche... se iba a la cama llorando. Recordando a Charles. Lo amaba con todo su ser. Él la había sacado del
manicomio y no olvidaba su compañía en esa casa del amor en la que fueron tan felices. No olvidaba sus
besos ni sus caricias y ni mucho menos su aroma. Lo necesitaba como agua de mayo, lo necesitaba más
que al aire. Él era su otra mitad. Charles le había pedido matrimonio y lucía los vestidos y los pendientes
que le había regalado con gran orgullo y amor.
—Hoy viene a visitarnos.
—¡¿Qué?! ¿Y ahora me lo dices? ¿Cuándo va a venir? —se incorporó de un salto, sacándose el delantal
y tirándolo a un lado con un movimiento nervioso.
"Toc, Toc".
La puerta sonó y Margaret escuchó los pasos de María a través del pasillo en dirección al vestíbulo
—Papá, te lo voy a decir al estilo americano del s. XXI: estoy jodida.
Margaret inició una carrera hacia su habitación a grito pelado para que la señora Roy la vistiera
adecuadamente y la peinara. La anciana se apresuró en arreglarle el pelo en una de sus famosas coletas
ocultas y la vistió con un traje de terciopelo verde que le había comprado su padre antes de que todo eso
ocurriera. Por fin, tenía acceso a sus joyas y no dudó en ponérselas: un pasador de diamantes para sujetar
el pelo, un collar pegado al cuello con una gema colgando y unos brazaletes de esmeraldas. No se quitó
los pendientes de Charles ni una mantilla que él le regaló cuando no tenía nada.
Por el pasillo voló el eco de la voz de Charles, poniéndole los pelos de punta. ¡Habían pasado semanas!
Semanas rememorando su rostro, su cuerpo, sus manos sobre ella... Rememorando el amor que se dieron
a escondidas y las técnicas medicinales que Charles practicaba y que ella deseaba volver a experimentar.
Deseaba sentir su abrazo, su protección.
Se quedó quieta, embriagándose las notas audibles del barítono que había entrado en su casa. ¡En su
casa! ¿Significaba eso que estaba dispuesto a olvidar el asunto de la virginidad? ¿Significaba eso que
seguía amándola?
—Cálmese, señorita Trudis —pidió la señora Roy, al notar el temblor de la joven.
—Señora Roy, ya sabe que cuando se trata de Charles... no puedo calmarme.
La anciana rio y se quedó a su a lado a la espera de lo que pudiera pasar. Entre tanto, los latidos de
Margaret eran la banda sonora principal de la estancia, fabricada por el propio Hans Zimmer en honor
a Gladiator.
Capítulo XXII

Hay pasiones que la prudencia enciende y que no existirían sin el riesgo que provocan.
Jules d'Aurevilly.

Margaret trató de controlar su respiración.


—Señorita, perdone... le decía que la están...
—Esperando. Sí, la he oído.
Su padre y Charles la estaban esperando en el salón de visitas. Ambos habían estado hablando durante
casi cuarenta minutos y ahora requerían de su presencia. Sentía el bombeo sanguíneo repicando contra
sus tímpanos como si fueran tambores. No estaba preparada para ese momento y, sin embargo, lo había
estado esperando desde que vio a Charles en el manicomio.
Todo estaba en su lugar: lo malos en la cárcel, los buenos en casa y el servicio renovado. Ella tenía la
mente en orden y la memoria intacta. Pero faltaba una pieza crucial: él. Su compañero de vida, su príncipe
azul, su salvador.
Se incorporó lentamente del sillín del tocador y cogió aire un par de veces, saboreando esos instantes
de felicidad. No sabía qué quería el doctor ni qué habría hablado con su padre, pero sentirlo tan cerca...
llenaba su alma de luz y de color. Como si sus nombres hubieran sido escritos uno al lado del otro antes de
que el mundo existiera. Lo suyo era algo predestinado, algo sentenciada con tinta divina.
Anduvo a paso lento pero firme hasta el pasillo, dejando atrás a las sirvientas y quedándose sola. Se
acercó al borde del primer escalón y escuchó la voz clara de Charles.
—Es un espectáculo entretenido, debería animarse a ir algún día...
Estaban hablando de los partidos de cricket. Colocó una mano enguantada sobre el pasamanos de la
escalera y descendió cogiéndose la abultada falda verde con la otra. Lo hizo despacio, guardando en la
retina la visión de su padre y de Charles hablando tan tranquilamente, como siempre lo hubo soñado.
Sus esfuerzos por ser silenciosa no surgieron efecto en cuanto llegó al último escalón y su botín chocó
contra el suelo amaderado. Su padre la miró y acto seguido, Charles se giró.
Margaret casi se encogió cuando el doctor le dedicó una apreciativa mirada de cuerpo entero. Pero ella
no se quedó atrás, lo miró de arriba a abajo. ¿Qué le daban de comer en su casa? ¡Estaba más alto y
fuerte que nunca! Su pelo castaño le caía bien peinado hasta el cuello y el traje parecía recién salido del
sastrería. Se le puso la carne de gallina e hizo acopio de todo su valor para adentrarse en ese salón de
puertas abiertas sin caerse por el camino.
—Hija, acércate —la invitó Alexander, mirándola con ternura—. Creo que tú y Lord Newman tenéis
muchas cosas de las que hablar.
—¿Habla...?
La dejó con la palabra en la boca y salió. La dejó plantada en medio del salón, sola e indefensa ante
Charles Newman y su seductora mirada de color caramelo.
—¿Y sus gafas? —se le ocurrió preguntar en cuanto el servicio cerró las puertas del salón.
—¿Es eso de lo que quiere hablar, señorita Trudis? —la miró seriamente, cruzando los brazos por
delante y tirando de su chaqué hacía bajo, remarcando sus músculos. Margaret tuvo que hacer un gran
esfuerzo por no mirar ahí. Le molestó su edulcorada condescendencia. Pero no iba a permitir que siguiera
por ahí.
—No. De hecho, me gustaría hablar de por qué me abandonó sin decirme nada —dijo, acercándose a él.
Jugando con esa arma de doble filo que podía ser la cercanía de Charles y su aroma fresco.
—Tiene razón, le debo una explicación. Supongo que sabe...
—Lo sé —lo miró seriamente.
—No pude soportarlo —se pasó las manos por el pelo—. Pensé que sería mía, señorita Trudis. Pero
alguien se me adelantó. No tengo derecho a reclamarle nada, pero...
—Lo entiendo. Entiendo cómo se siente.
—Siempre tuve miedo a que recordara esa parte de su vida. Intuía que podía haber algo en ella que
pudiera romper nuestra...relación.
—¿Y la ha roto? —inquirió Margaret, a escasos centímetros de él, clavando sus ojos verdes sobre los de
él y casi rozándolo con el pecho.
—Si la hubiera roto —lo notó tenso—. No estaría hoy aquí, señorita. Su padre se puso en contacto
conmigo y.… el Marqués de Salisbury me visitó. Ambos se han esforzado en hacerme entender que lo que
pasó... No tuvo ninguna validez. Que lo que vale...
—Lo que vale es lo que yo siento, Charles Newman —susurró ella, cogiéndole la mano y llevándosela
sobre su pecho. A la altura de su corazón—. Mi corazón es suyo. Nadie ha entrado en él como lo ha hecho
usted. Y nadie es capaz de hacerlo. Así que en eso soy completamente virgen. Y en todo lo demás también,
porque aquello...
—Lo sé, aquello no fue nada —convino el doctor, cada vez más sudado y acorralado por la cercanía de
Margaret y su aroma mujeril—. Pero esa noche en que descubrí la verdad, su verdad. No pude resistirlo.
Si me hubiera quedado allí, la hubiera dañado y era lo último que quería. Necesitaba poner en orden mis
pensamientos y superar mi orgullo de hombre herido. Al fin y al cabo, soy médico y un hombre liberal. Y
no iba a montar una escena ridícula de celos. Ahora...
—¿Ahora qué, Charles? —intervino ella, arrastrando sus cuerdas vocales de soprano hasta maullar
como una gata. Toda su timidez se había perdido en cuanto vio que Charles seguía tan perdido por ella
como el primer día. Y no pensaba dejarlo ir. Ahora que estaba en su casa, lo secuestraría si era menester.
Pero ese hombre no se iba a ir de su lado—. ¿Qué piensa hacer?
—Voy a casarme con usted —se impuso, cogiéndola por la cintura.
—¿Me ha echado de menos?
—¿Quiere decir que usted lo ha hecho?
—Mucho, doctor Newman. He echado de menos su palabrería infinita, sus ojos caramelo y...
La besó.
La besó con fervor, robándole el aliento y apretando su agarre hasta ahogarla y hacerla diminuta. Se
sentía mujer en sus brazos.
—¿Podrá perdonar mi ausencia? —preguntó él, separándose de sus labios pero no de ella.
—Yo le perdono todo mientras me siga besando así.
Charles rio de esa forma. De esa forma que enamoraba a Margaret por ser tan masculina y natural. Lo
besó. Esta vez, ella a él. Lo besó buscando los pliegues de sus labios y la suavidad de su lengua,
pegándose a él hasta hacerlo caer al diván. Iba a violarlo allí mismo. O eso le pareció a su padre cuando
abrió la puerta y se aclaró la garganta.
—¡Papá! —se avergonzó ella, separándose inmediatamente de Charles.
—Supongo que habréis aclarado los términos de vuestro compromiso —dijo Alexander, mirando a la
nada.
—¿Términos? ¿A qué...?
—Me refiero a que no podréis casaros hasta dentro de un año.
—¿Qué? —se bloqueó Margaret.
—¿No te lo ha dicho el Barón? Hemos quedado en que te cortejaría durante un año, tras ese tiempo...
os prometeréis y os casaréis.
Margaret necesitó tiempo para analizar las palabras de su padre, parada en medio de la sala con
aspecto de idiota.
—¿Pero qué? ¿Esto quién lo ha propuesto? ¿Has sido tú, papá? —lo miró seriamente, casi enfada.
—He sido yo —la paró Charles, ganándose una mirada de Margaret que venía diciendo: "¿te has vuelto
loco?"—. Se merece un cortejo largo que restaure su reputación, señorita Trudis.
—¡Oh, Charles! ¡Por Dios! ¿Todavía tendré que esperar más tiempo? ¿A qué tenemos que esperar? ¿A
qué me salgan canas?
—Te visitaré cada día. Te presentaré a mis familiares y daremos paseos por el parque más concurrido
de Londres con la presencia de una carabina. Te regalaré flores cada mañana y te mandaré cartas de
amor... Te lo mereces, ¿no crees? ¿No crees que después de todo lo que has sufrido mereces un poco de
decencia y consideración? Los Marqueses de Salisbury serán nuestros padrinos y nos presentaran a la
sociedad como pareja consolidada. Quiero un futuro con una esposa respetada y feliz. No quiero un futuro
con una esposa dolida por no haber tenido nada... Quiero que puedas contarles a tus nietos cómo fue tu
cortejo, tu compromiso y tu boda. Y otra vez, te pido perdón por haberme ido —se arrodilló frente a ella y
sacó una cajetilla de su bolsillo.
Margaret se llevó las manos sobre la boca, impresionada.
—Señorita Trudis, ¿quiere ser mi prometida?
—¡Quiero! ¡Quiero ser su prometida, su esposa y su todo! —se tiró a sus brazos, haciendo caer la
cajetilla con el anillo.
—¡Hija!
—¡Margaret!
—Oh, está bien... —se separó y cogió la cajetilla del suelo—. Póngame el anillo, Lord Newman.
Un círculo de oro se escurrió por su alargado dedo anular, coronándolo con un enorme diamante que
sería la envidia de esos salones llenos de gente a los que Charles quería llevarla y mostrarla como su
prometida y futura esposa.
A aquel día se le sucedieron una sucesión de visitas de Charles Newman a casa de los Trudis. Cada día
se presentaba con un regalo diferente, con atuendo más impresionante que el anterior. Margaret lo
esperaba con anhelo, mirando por la ventana y escribiéndole cartas perfumadas en las que le narraba
todo lo que habían vivido juntos y todo lo que les quedaba por vivir.
Al principio no entendió por qué Charles había hecho eso, pero luego le dio las gracias. Fue un alivio
volver a pasear por un parque sin ser señalada y del brazo de un hombre respetable como lo era el Barón
de Cromwell. Era un alivio tener la certeza de que aquel amor se estaba cociendo a fuego tan lento que
sería indestructible.
Pasaron el invierno de casa en casa, abrigados por el calor de los familiares y amigos. La primavera la
disfrutaron en el campo, donde solían hacer picnics y otras actividades relacionadas con la estación. En
verano se mudaron a la ciudad para disfrutar de la temporada social y otra vez llegó el invierno...Y con el
invierno, el final del año 1844. El final de un año en el que Margaret y Charles se conocieron con
profundidad y en el que Margaret fue más feliz que nunca agasajada por un caballero principesco.
—Charles, ¿y cuándo me vas a volver a tratar la histeria femenina? —le preguntaba en ocasiones
Margaret, aleteando sus pestañas con frenesí.
—Margaret, no me manipules. Con una vez al año hay suficiente, ya tuviste tu medicina hace poco...
—¡¿Una vez al año?! A mí lo que me gustaría saber es cómo aguantas tú.
—No te mentiré, he tenido que saciarme yo solo...pero siempre pensando en ti.
—¡Charles!
—Tranquila, loquita mía. Pronto serás mía... Nos queda poco.
—Eres muy raro... A veces me da la sensación de ser un experimento más de los tuyos.
—Cuando un hombre quiere hacer las cosas bien, es un raro. Si te hubiera hecho mía en cualquier
rincón, entonces sería un gran hombre.
—No, no digo eso.
—Compartiremos el lecho cuando seas mi respetable esposa... y no hay nada más de que hablar.

***

A mitades de 1845.
Campanas de boda repicaron en Londres y todos sabían que los recién casados eran Charles Newman y
su respetable esposa Margaret Trudis. Alexander Trudis observó con orgullo a su hija desfilar entre la
multitud a sus treinta pero muy decentes años. La gente se había olvidado de su pasado enturbiado por la
asesina de su madre y solo veían a la afable y humilde mujer del médico.
—Oh, Charles. Te debo tanto... Muchas gracias por devolverme la vida, el prestigio social y la honradez
—agradeció Margaret, en medio del jardín de su casa con todos los invitados revoloteando felices.
—Yo no te he devuelto nada, esposa mía. Te lo has ganado tú, te lo mereces.
—¿Puedo bailar con la recién casada? —preguntó el Marqués de Salisbury, uno de los invitados de
honor.
—Por supuesto, si usted me presta a su esposa —convino Lord Newman, señalando a Elizabeth.
Anduvieron a la pista y empezaron el baile.
—Felicidades, pequeña —felicitó Robert a Margaret—. Es un gran hombre.
—Sí, soy muy feliz. Y me alegra haber esperado un año para llegar hasta aquí, mira a tu alrededor... Ya
nadie me ve como la villana de la historia. Sino como a una mujer que se equivocó y merecía una segunda
oportunidad.
Terminaron la pieza y luego Elizabeth se acercó a ella con una gran sonrisa, brillante como era ella,
como el sol.
—¡Margaret! Tu esposo está deseando marcharse... Se ha ido corriendo a preparar el carruaje —la
avisó—. Pero primero quisiera presentarte a unas personas...
—Por supuesto —la siguió hasta la mesa en la que estaban sus hermanas y con ellas, unas mujeres muy
hermosas pero que desprendían una energía vibrante y casi aterradora.
—¿Quiénes son?
—Ellas son las beldades problemáticas.
—¡Elizabeth! —se quejó Catherine Nowells, una belleza de ojos grises y pelo castaño.
—¿No es así cómo os hacéis llamar?
—Sí, está bien —aceptó Karen, la hermana de Elizabeth.
—Te presento: Catherine Nowells, Sophia Peyton, Diana Towson y Helen Ravorford.
—Encantada...
—Margaret, debemos irnos —interrumpió su recién esposo, con la mirada oscura y con menos
formalidad de la que había hecho gala hasta el momento.
—Ha sido un placer conocerlas, pero...
—Tranquila, ve... Ninguna de nosotras sabemos lo que es un año de cortejo, pero lo imaginamos —
bromeó Karen ganándose la desaprobación de Audrey, la Duquesa, que la miró con severidad.
Margaret rio y se marchó, no sin antes despedirse de su padre.
—¿Vendrás a verme? —preguntó la hija.
—Por supuesto, no lo dudes.
—Gracias, papá...por todo.
—Vamos, Margaret...
¿Ahora le venían las prisas al doctor Newman? Lo siguió casi a la carrera y se subieron al carruaje
olvidándose de muchos invitados de los que deberían haberse despedido.
—¡Charles! ¡Nos hemos olvidado de tus primos y de...!
—¡A la mierda todos! ¡Ya no puedo más!
La cogió con un movimiento rápido y fuerte y la sentó sobre sus largas piernas. La besó con tanta
necesidad que le dolió. La apretaba con fuerza contra él y la tocaba por todas partes, gimiendo. Margaret
se perdió en ese torrente de sensaciones sanguíneas y dejó que parte de la conciencia se le esfumara,
quedando colgada del hilo de la pasión. El traqueteo del vehículo favorecía su contacto vibrante,
sintiéndose el uno al otro sin barreras. Sin obstáculos.
—Te lo voy a hacer todo, de mil maneras y cien mil veces —declaró Charles, casi sin aire, rompiéndole
el vestido para liberar sus pechos encorsetados—. Me encantas, Margaret. Me encantas y... —se ahogó y
le mordió un seno para luego besarle el cuello, haciéndole mil cosquillas placenteras que la hicieron sudar
y empaparse.
—¡Oh, Charles! ¡Estás siendo un animal!
—Ya te avisé, ¿recuerdas? No me subestimes por ser correcto. Porque en cuanto te tenga en mi cama
—gruñó, apretándole la cintura—. No seré compasivo...
—¿Debo asustarme? —preguntó, mordiéndose el labio.
—Deberías —sentenció, abordando su boca de nuevo.
Olía tan bien, tan fresco... una mezcla de cedro y agua limpia que penetraba en sus fosas nasales con
garra, clavándose en sus entrañas. Bajo sus palmas, el corazón de Charles latía desenfrenado.
—Me muero por entrar dentro de ti —confesó él con una voz sacada del infierno.
—Hazme tuya, Charles. Te amo y te amaré como a ningún otro hombre —suplicó Margaret, sintiéndose
preparada.
Le apretó los muslos, buscándolos a través de las miles de capas del vestido y la movió hacía él, sobre
su virilidad. Ella sintió la dureza masculina y recordó el dolor que había sentido la primera vez.
—¿Me va a doler? —preguntó, temerosa.
—¿Dolerte? Conmigo nada te va a doler, Baronesa de Cromwell.
Y con aquella sentencia, le cubrió los pechos con su chaqueta y bajó del carruaje. Con los besos
infinitos y las caricias rebuscadas no se había dado cuenta de que habían llegado. Hacía rato que el
cochero había tocado la puertecita.
Charles la cogió en volandas e inició la andadura hacia la mansión. Margaret vio que era un edificio
mucho más grande que el de su padre y tenía un jardín enorme lleno de fuentes.
—Charles, bájame. ¿Qué pensará el servicio? Representa que debes presentarme y yo debo mostrarme
como una serena y formal nueva Baronesa de Cromwell.
—Por hoy voy a olvidarme del protocolo, de las normas sociales y de todo lo que me aleje de tu
cuerpo... Margaret Newman. Hoy, ahora... vas a ser mía. Y no te dejaré en el suelo, tu próxima parada es
mi cama.
Margaret tragó saliva y se tapó la cara con la chaqueta de Charles, no quería mostrar sus mejillas
enrojecidas ni su rostro descompuesto por la lujuria al mayordomo de esa casa noble. No vio nada, solo
luces y colores a través del tejido. La climatología de las salas iba cambiando hasta llegar a una que era
más cálida y que tenía un fuerte olor a hombre. Era su habitación. La habitación por excelencia.
La dejó sobre algo mullido que supuso que era la cama y le quitó la chaqueta de la cara tirándola a un
lado. Había llegado el momento y sentía su intimidad preparada para que la derruyera de placer.
—Creo que tu cuerpo y el mío tienen una conversación pendiente... —afirmó Charles, sacándose la
camisa.

✽✽✽

Capítulo final

Se quitó la camisa y la tiró al suelo.


Entre los dos había un deseo doloroso por entregarse y Charles no iba a detenerse, estaba inscrita en
sus ojos la determinación de poseer a Margaret de la forma más animal posible.
Se abalanzó sobre ella cual puma salvaje y terminó de romperle el vestido de novia, dejándola en paños
menores victorianos. No contento con eso, le mordió el cuello, las orejas y la parte de los pechos que le
sobresalían del corsé. Eran mordiscos cortos, intensos y placenteros que hacían retortijarse de fruición a
Margaret, la pelinegra de pechos abundantes y cintura de avispa.
Charles latía desenfrenado, sudoroso y asfixiado. Había esperado e imaginado esa noche durante más
de un año y estaba como un niño en su primer parque de atracciones: acelerado y emocionado. Sí, había
estado con más mujeres...pero ninguna como ella.
Ella era especial.
Ella era su musa.
Ella era todo.
Y todo era lo que tenía entre sus manos. Exprimió el cuerpo femenino de Margaret, encontrando el
elixir de la pasión. ¿Cómo era posible que no se cansara de besarla? ¿Cómo era posible que la sintiera
mejor que la última vez? Enterró la nariz en sus pechos, sintiendo el temblor femenino con orgullo
masculino. Era sublimemente encantadora y fascinante. Cada minuto, cada hora y cada semana de
tortuosa espera habían merecido el esfuerzo por ese instante de redención.
La devoción con la que la miraba convenció a Margaret de que cada segundo de espera había merecido
la pena. La miraba haciéndola sentir valiosa, única y mujer. Era una sensación casi divina que rozaba al
éxtasis. Charles la estaba mordiendo por doquier, besándola con fruición y moviéndose sobre ella como si
quisiera ganar un partido de cricket.
No tardó mucho en arrancarle el corsé y el camisón, dejándola completamente desnuda en mitad de su
cama. Ella se sintió hermosa, la mujer más bella del mundo por cómo la miró. Se veía a través de sus ojos
caramelo y le encantaba verse de ese modo. Charles le apretó los senos con fuerza, casi haciéndole daño
pero los soltó en cuanto supo que estaba rozando el dolor. "Conmigo nada te va a doler", recordó ella con
sus puntos más álgidos duros y tensados.
Separó suavemente sus piernas y empezó a subir el camino que ya conoció en "la casa del amor”, para
luego deslizar los grandes dedos a través de su resbaladiza intimidad, arrancándole un gemido. Charles se
esforzó por rascarle gemidos con movimientos circulares mientras que con la otra mano que tenía libre le
cogía el mentón y la obligaba a mirarlo. Clavó sus ojos verdes sobre los oscurecidos ojos de su esposo
mientras ahogaba un sollozo de placer causado por su masaje pélvico.
—Quiero ver cómo vuelas entre mis manos —resolló él, reteniendo su rostro en su mano.
La torturó de ese modo durante minutos, dándole placer sin parar, estimulándola hasta hincharle la
intimidad y sentirla tan palpitante que amenazaba con explotar. La cama estaba regada de agua y ella
cada vez estaba más ausente, más extasiada. Dejó ir un último grito que fue retenido por los labios de
Charles, chupó su orgasmo como si se lo quisiera tragar y sentirlo él también.
Charles clavó sus uñas sobre su cuerpo aterciopelado, parecía borracho, borracho de placer,
hipnotizado por su candor. Le cogió la mano y la obligó a desabrocharle el pantalón, ella tiró del sencillo
nudo que sostenía esa prenda y quedó impresionada con lo que vio. Se le secó la garganta y sintió pánico.
—¿Estás seguro de que no me va a doler? —musitó ella, sin darse cuenta del contenido erótico con el
que había empapado su pregunta.
—No más de lo que me duele a mí seguir así —gruñó, apretándola contra el colchón e introduciéndose
poco a poco en su interior.
Margaret se sentía poderosa, bella e imperecedera. Charles quería ir poco a poco, pero sus cuerpos
eran impacientes y no podían aceptar sus miedos. Así que el ritmo se intensificó. Él no dejaba de mirarla,
como si no se cansara de ella ni pudiera cansarse nunca. Estaba enloquecido, era un loco poseyéndola sin
aire, sólo sangre. La besó en el cuello de nuevo, en la cara, en los ojos y hasta en la nariz. Y Margaret tuvo
la convicción de que no podría decepcionarlo. Algo dentro de ellos se había roto en mil pedazos y los
obligó a convertirse en seres irracionales que daban vueltas sobre sí mismos sobre una cama.
Clavó las uñas sobre sus fuertes hombros y Charles la nombró: Margaret. Ambos volaron lejos de allí,
en otro nivel del espacio. La desencadenada pasión les robó la voz y la estabilidad, convirtiéndolos en dos
drogadictos del amor.
Su esposo se dejó caer a su lado y la arrastró para colocarla sobre su torso todavía caliente y húmedo.
—Charles... te amo —confesó ella a media voz, sin querer parecer superficial por decirlo en un
momento tan íntimo.
—Yo también te amo, Margaret. Lo nuestro fue amor a primera vista, a segunda vista y a todas las
vistas...
Y así, el uno con el otro, y el uno sin el otro, se quedaron dormidos y felices.

***

Al día siguiente, Margaret conoció su nuevo hogar y servicio. Tal y como esperó, era un lugar
modernista con personas amenas y afables. No había lugar para la seriedad sin motivo ni normas
estrictas. Reinaba la modestia y un afán por vivir acorde a las nuevas modas.
La aceptaron rápidamente e incluso con cierto anhelo, como si hubieran estado esperándola durante
mucho tiempo. De hecho, al ama de llaves se le escapó un "ya era hora", como si todos hubieran temido
quedarse sin Baronesa y sin heredero.
Como nueva Baronesa, cambió algunos aspectos generales como el menú o la decoración de las salas
principales. El mayordomo, un hombre de aspecto saludable y muy culto, acostumbraba a darle la razón
en casi todo y la apoyaba incondicionalmente en todos aquellos cambios que quisiera hacer.
La señora Roy, su leal doncella, no tardó en trasladarse con ella y en ayudarla en todo lo referente a la
moda y a lo que una dama de su posición debía llevar según cada ocasión. La modista, pese a ser una
anciana, se esforzaba por actualizarse y por codearse con doncellas más jóvenes que pudieran
transmitirle nuevos conocimientos.
Ella y Charles solían viajar a Londres, la cuna de los nuevos avances tecnológicos y científicos. Pasaban
horas de exposición en exposición y no había día en que Margaret no relatara algún cuento futurista a su
esposo, que estaba encantado con aquellos conocimientos.
—Margaret... ¿y por qué no me cuentas otra vez cómo funciona ese aparato al que llamáis televisor?
Ella se lo explicaba pacientemente y él aprovechaba la información para hacer experimentos o escribir
páginas y páginas de ensayos.
Por su lado, la nueva Baronesa de Cromwell, inició un proyecto individual: el de ser cronista.
Aprovechó su deseo imaginario de ser escritora y su afición por la lectura para escribir sobre la historia,
la historia que ella vivía o que vivían las personas de su alrededor. Quería dejar su propia huella para el
futuro, para que en el año 2002 o en el año 2020 leyeran sobre ella y sobre la gente que la rodeó. De esa
manera, seguiría estando presente en ambas épocas.
Su mayor inspiración eran las Cavendish, así que un día visitó a la Duquesa y le solicitó escribir su
biografía. La perfecta e impasible Audrey al principio tuvo sus reparos, pero luego accedió. Convencida en
que dar a conocer su historia, podría ayudar a otras mujeres a luchar como ella lo había hecho. Y, en el
fondo, también deseaba ser conocida en épocas futuras. Deseaba que las jóvenes del año 2020 supieran
quién fue Audrey y qué hizo.
—¿Cuándo empieza su historia, Lady Seymour? —preguntó Margaret, con un moñete elegante y un
traje marrón sencillo que hacía resaltar su colgante de oro astral.
—Podríamos decir que mi verdadera historia empieza en 1840 —repuso Audrey, sentada en el sillón de
su despacho mientras observaba la pluma de Margaret moverse.
Margaret anotó: "1840."
—¿Y dónde empezó? —clavó sus inquisitivos ojos verdes sobre aquella gran mujer.
—En Chatsworth House, Inglaterra —dijo ella, emitiendo un brillo especial a través de sus ojos azules y
fríos. Amando ese lugar al que acababa de nombrar.
La escritora añadió: "1840. Dos años después de que iniciara la era victoriana. Chatsworth House,
Inglaterra."
Y siguió: "Los Duques de Devonshire eran una de las familias más prestigiosas de la aristocracia
inglesa. Eran inmensamente poderosos y ricos..."
Se le daba bien escribir sobre la historia, porque tenía una visión amplia de ella y de lo que en siglos
posteriores querrían leer y saber. Después de Audrey, preguntó a Elizabeth si quería tener su propia
biografía, y ella aceptó en el momento.
—¿Cuándo empieza tu historia, amiga? —preguntó Margaret, sentada en Carlisle y con Áurea en sus
pies.
—Em... No sé... —dudó la Marquesa—. Me gustaría que empezaras a escribir a partir del 1842, cuando
debuté y me casé... Y quizás podrías dar alguna pincelada de mi niñez. Mi vida empezó en Dunster, la
propiedad de mi cuñado Edwin.
Elizabeth vio como Margaret escribía en una hoja amarillenta: "1842. Castillo de Dunster en Minehead,
Inglaterra."
Claro está que escribir sobre esas personalidades llevaba mucho tiempo. Eran visitas semanales o casi
diarias en las que dedicaban una hora o incluso dos a hablar. Margaret escuchaba lo que esas mujeres
querían dar a conocer al mundo y ella lo anotaba para luego hacer una redacción interesante en casa.
Había días en que no hacía nada más que escribir, pero tenía la gran fortuna de que su esposo la apoyaba
y la empujaba a continuar. Esas eran las ventajas de haberse casado con un hombre culto y estudiado con
ideales progresistas.
Un día, Elizabeth la animó a visitar a sus hermanas menores. Ellas también querían su propia
biografía. Ella, feliz por ver a su proyecto prosperar y expandirse, no dudó en ponerse sus botines y viajar
hasta Karen y Gigi, las mellizas Cavendish. Llegó a la propiedad de los Condes de Derby con un bonete
azul y un traje del mismo color. Tocó la puerta con cierta timidez, como siempre que llegaba a una nueva
casa noble.
—¡Margaret! —le abrió la propia Condesa, Karen. Como si la hubiera estado esperando con candeletas
—. ¡Te estaba esperando! Pasa, pasa —la forzó aquella alta mujer que podría aplastar a una lata con sus
manos. Era fuerte, pero femenina y bella.
La hizo pasar a su habitación, en lugar de dejarla en un despacho o un salón de visitas. A esa dama
parecía no importarle ninguna norma del decoro, pero no era vulgar, sino irremisiblemente magnética.
—Me encanta lo que estás haciendo. Me encanta que des a conocer la vida de mis hermanas y la mía,
por supuesto. Será una forma de permanecer en la historia para siempre. Incluso he hablado con mis
amigas y también estarían encantadas de que escribieras sobre ellas. Menos de Helen, porque Helen
también es escritora y creo que ella tiene en mente hacer una autobiografía. Pero podrías mencionarla en
nuestras historias.
—Será un placer relatar todas vuestras historias, Lady Stanley —aceptó Margaret, empapándose de lo
mucho que la inspiraba Karen.
—¡Oh, por favor! ¡No me llames Lady Stanley! Ya te pedí una vez que me llamaras por mi nombre,
Karen. Bueno, lo primero que tendrás que decir de mí, es que no soporto la sumisión de la mujer ni la
diferenciación de clases. Yo he vivido en Francia en un apartamento mísero y me he hecho mi propia
comida. Así que no soy una lady, soy una mujer como cualquier otra. Y, en todo caso, si yo soy una lady
también lo son todas. Por cierto, he escuchado que tienes conocimiento sobre el futuro. ¿Podrías
explicarme cómo es la vida de la mujer en el s. XXI?
—Todavía queda mucho por hacer, pero las mujeres en el s. XXI estudian. Estudian todo lo que quieren
e incluso las más pobres lo hacen. No es una cuestión de clases ni de género la educación. Hay muchas
mujeres que son, incluso, presidentas de un país.
—¿De verdad? —se emocionó Karen, llenando su corazón de dicha—. ¿Y pueden montar a caballo
libremente?
—Sí, claro lo hacen... Lo que pasa es que en el s. XXI no se usarán los caballos como medio de
transporte general. Sino los coches...
—¿Coches? Oh, me parece que he visto alguna réplica. Es eso con un extraño motor que saca humo...
—¡Sí! Y las mujeres conducen libremente por donde quieran... carreteras y vías especializadas para
ello.
—¡Me encantaría conducir un coche! Ya me imagino a toda velocidad por una carretera del s. XXI.
Margaret rio con las ocurrencias de la Condesa que, sin duda alguna era un alma extrovertida y
rebelde que no dejaría indiferente a nadie que leyera sobre ella. Hablaba tanto, que le dolían las muñecas
de escribir sobre ella. Y tenía una gran labor para ordenar los sucesos de forma cronológica. Con Gigi fue
diferente.
Nada más llegar a casa de los Condes de Norfolk, Georgiana ya tenía preparadas cinco hojas con los
aspectos más relevantes de su vida que quería que fueran conocidos. Aquello le facilitó mucho para
escribir su biografía en la que intentó plasmar su gran belleza e inteligencia. Por supuesto que le contó
que en el s. XXI había miles y miles de doctoras especializadas en todas las materias. Gigi se alegró de
saber aquello e hizo hincapié en felicitarla por su recuperación y su progreso.
Y así, año tras año, Margaret fue redactando la vida de las Cavendish y la de sus amigas.
Pero antes de todo eso, y en un día como otro en casa de su esposo, invitó a todas aquellas personas
afectadas por el doctor Crok y su corrupta forma de obrar. Eran mujeres de diferentes edades, la mayoría
bastante adultas y con una historia desgarradora tras de ellas. Algunas eran ricas y otras pobres, pero
Margaret no hizo distinciones y las sentó en su salón de visitas a tomar el té.
—Muchas de las que estamos aquí hemos perdido nuestro dinero por culpa del doctor Crok —empezó
Clara, una señora de cincuenta años con cicatrices visible en el rostro—. Decretaron que estaba loca y me
lo hicieron creer a base de palizas y malos tratos diarios. Por fortuna, un día un inspector me liberó. Se ve
que descubrió movimientos de dinero entre mi familia y el doctor Crok y declararon que yo no era
ninguna desquiciada, sino una víctima de robo y estafa.
—En mi caso, fue mi propio marido. Yo tenía una cuantiosa herencia que me dejó mi padre al morir —
continuó Ana, una mujer de cuarenta años entrada en carnes—. Al tener mi segundo hijo, necesité
recuperarme física y mentalmente. Lloraba con facilidad y todo me irritaba, pero era debido al embarazo.
No porque yo estuviera loca. Bien, mi marido aprovechó esa debilidad y me encerró en el manicomio poco
después de dar a luz. Se quedó con mi herencia y se casó con otra. Gracias a Dios, al destapar tu caso,
Margaret, se destapó el mío y pude salir de ese infierno. Pero todavía estoy luchando para recuperar lo
que es mío, mi dinero y mis propiedades.
—Lo que se sufre por un hijo... Y fueron mis propios hijos los que me clausuraron allí dentro —lloriqueó
una anciana de sesenta años—. Querían hacer uso de mi liquidez, mal gastar la fortuna en clubs y
prostitutas... Y como yo no soltaba ni una moneda, lo más fácil fue acusarme de demente.
La decena de mujeres que allí estaban dieron su testimonio y Margaret escuchó todos y cada uno de
ellos.
—Os he reunido aquí para que nos unamos y nos ayudemos —concluyó la Baronesa de Cromwell—.
Propongo reunirnos asiduamente con el fin de desahogarnos y sentirnos menos solas en este duro camino.
Además, pondré a vuestra disposición mis abogados. Y al que tenga medios para ayudar a alguna de las
presentes, también puede colaborar. Mi esposo se ha ofrecido a dar terapia curativa y no destructiva
como la que recibimos en el manicomio. Él puede recetaros remedios naturales para aliviar vuestra
ansiedad o daros consejos para mejorar anímicamente.
—¡Suenas tan diferente! —alabó Clara—. No había escuchado nunca nada parecido.
Margaret calló recordando los grupos de apoyo en Nueva York para alcohólicos anónimos y otras
necesidades colectivas. Estaba implantando el mismo modelo.
—¡Lo que me gustaría sería darle una buena paliza a ese doctor Crok! —se envaró Ana.
—¡Y a mí!
—¡Yo le haría una de sus famosas descargas eléctricas en sus partes innobles!
—¡Y yo lo pegaría con un palo en la espalda!
—Sí, eso sería una terapia fenomenal. Y si queréis, podemos hacerlo —ofreció Margaret con una
sonrisa perversa, alejándose de los métodos futuristas y acercándose al puro estilo victoriano retorcido y
gótico.
—¿Podemos hacer eso? —se emocionó Paulina, con los ojos bien abiertos y la esperanza inscrita en sus
comisuras.
—¡Podemos y debemos! —se incorporó Margaret—. Tengo preparados los carruajes, sólo estaba
esperando a que vosotras quisierais.
—¿Qué si queremos? ¿No habrás equipado los carruajes con palos y objetos punzantes, por casualidad?
—Tengo algo mejor... Una máquina de electrocutar.
El grupo salió a toda prisa por la puerta principal, iban a hacerle la prometida visita al doctor Crok.
Charles observó a las féminas correr lejos de la propiedad para subirse a los coches que su esposa había
preparado para la ocasión.
—¿Es necesario? —preguntó Charles a Margaret, que se había quedado en el vestíbulo para despedirse
de él.
—Lo es, Charles. Esas mujeres necesitan desquitarse y yo también.
—Hay que saber perdonar.
—¡Y lo perdonaré! ¡Pero cuándo le hayamos devuelto todo lo que nos hizo! —argumentó, dándole un
ligero pero sentido beso en los labios.
—¿Les has dicho que estoy dispuesto a darles terapia?
—¡Por supuesto! Les he dicho que puedes recetarles remedios naturales y darles consejos para mejorar
su estado anímico. Pero no les he dicho nada del tratamiento para la histeria, porque me juraste que sólo
me lo harías a mí.
Lo cogió por las solapas del traje y lo besó de nuevo con ternura y fogosidad.
—No te quites las gafas esta noche —musitó Margaret antes de irse.
—Loquita mía...
La Baronesa le guiñó el ojo y salió para reunirse con la agrupación de mujeres afectadas por el
síndrome masculino de llamar locas a todas aquellas féminas que no entienden o no quieren entender.

✽✽✽

Epílogo

Año 1846.

Su vientre pesaba más que ella, o eso le parecía. Se sentía hinchada por doquier, incluso por partes que
desconocía. A sus treinta y dos años estaba experimento por primera vez la bendición de ser madre y se
sentía extraña porque en el s. XIX había pocas madres primerizas a esa edad. Si quería compartir sus
preocupaciones debía ser con jóvenes que estaban más nerviosas que ella. Así que se limitaba a pasar por
esa etapa prácticamente sola pero con la buena compañía de su esposo.
A falta de madre, por estar encarcelada, se mudó a vivir con ella Elizabeth hasta que diera a luz. La
Marquesa de Salisbury era la encargada de darle los ánimos y las fuerzas que toda mujer necesita de otra
mujer en una época donde se tenían los hijos en casa. Por supuesto que la presencia de la señora Roy y la
de su padre también ayudaban, pero no era lo mismo.
Su parto lo asistiría un reconocido médico de la ciudad, compañero de Charles en el oficio. Habían
decidido que Charles no era el indicado para ese trabajo. Él estaba especializado en la mente humana y no
se veía con la frialdad de traer a su hijo o hija al mundo.
Todo estaba preparado para la llegado del nuevo bebé. Le asignaron una habitación que decoraron con
mucho mimo y dedicación. El servicio estaba encantado de recibir a un nuevo miembro de la familia y no
había día que no se oyeran vítores de felicidad y cantos en honor a la madre.
Por fortuna, Margaret no temía la reacción de su esposo si el bebé nacía siendo niña. Charles ya le
había dejado claro, de antemano, que no le importaba el sexo de su vástago, sino su salud y su felicidad.
Era un gran alivio, teniendo en cuenta la mentalidad machista en la que todos deseaban herederos. Sin
embargo, Charles tenía otras ambiciones para su prole, como la de ser reconocidos científicos mundiales.
Así que una fría mañana de marzo, las contracciones se intensificaron avisando de que el bebé quería
llegar a ese mundo. El parto fue duro, largo y costoso. Pero exitoso.
Nació una niña. Una preciosa niña con vello negro en la cabeza y ojos claros que hacían sospechar que
serían verdes con el paso de los días. Igualita a su madre.
—¡Es tan bella como su madre! —alabó Elizabeth al verla en las manos del doctor londinense.
La Marquesa la envolvió después de lavarla cuidadosamente y se la entregó a Margaret, que la arropó
cuidadosamente entre su pecho. Elizabeth salió a avisar al padre de que ya podía entrar. Charles se había
quedado fuera junto a su suegro. No lo hizo por tradición masculina, sino porque no podía ver a Margaret
sufriendo sin hacer nada.
Alexander y Charles entraron en la habitación reteniendo en sus retinas la imagen de Margaret
acunando al bebé con eterno amor. El Barón se acercó a su esposa y no le hizo falta preguntar por el sexo
del recién nacido, saltaba a la vista que era una niña igual a la madre.
—La llamaremos Scarlett —decidió el orgulloso padre, mirando a la pequeña con infinito amor.
—¿Scarlett? —preguntó Margaret, que le sonó mucho ese nombre pese a no haberlo escuchado nunca
en su ámbito.
—Sí, así se llamaba mi abuela. No te lo dije antes porque quería que fuera una sorpresa. ¿Estás de
acuerdo?
—¡Sí! Me encanta Scarlett... pero no sé de qué me suena...
Los vidrios vibraron, las cortinas volaron y las velas chispearon. Un fuerte golpe en la puerta anunció
la llegada de una nueva visita: Mía.
—¡Mía! —exclamó Margaret, sorprendida y feliz a la vez.
—¡Aquí estoy, Scarlett! —exclamó la clarividente, moviendo sus caderas hasta la criatura que
descansaba sobre el cuerpo de la madre—. Es preciosa, muy hermosa. Sí... Será una gran hermana
mayor.
—¿Hermana mayor?
—Todavía te falta un hijo, querida Margaret.
Enfocó a Margaret con sus ojos blancos, dejando caer su caballera roja por fuera de la capa escarlata
que portaba.
—¿Y cómo será?
—Eso sólo lo sabe Dios, pero sospecho que será igual que el padre.
Margaret y Charles se miraron con infinita complicidad, amándose en silencio mientras Alexander le
dedicaba unas carantoñas a su nieta y Elizabeth convencía a Mía para que se quedara a cenar.

✽✽✽

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