Unidad 4: La familia y la Educación
La familia es importante y central en relación a la persona. En esta cuna de la vida y del amor,
el hombre nace y crece. Cuando nace un niño, la sociedad recibe el regalo de una nueva
persona, que está « llamada, desde lo más íntimo de sí, a la comunión con los demás y a
la entrega a los demás ».
En la familia la entrega recíproca del hombre y de la mujer unidos en matrimonio, crea un
ambiente de vida en el cual el niño puede « desarrollar sus potencialidades, hacerse
consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible ».
La primera estructura fundamental es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras
nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado y, por
consiguiente, qué quiere decir en concreto ser una persona ».
Las obligaciones de sus miembros no están limitadas por los términos de un contrato, sino que
derivan de la esencia misma de la familia, fundada sobre un pacto conyugal irrevocable y
estructurada por las relaciones que derivan de la generación o adopción de los hijos.
La familia, comunidad natural en donde se experimenta la sociabilidad humana, contribuye en
modo único al bien de la sociedad. La comunidad familiar nace de la comunión de las
personas:
« La “comunión” se refiere a la relación personal entre el “yo” y el “tú”.
La “comunidad”, en cambio, supera este esquema apuntando hacia una “sociedad”, un
“nosotros”.
La familia, comunidad de personas, es por consiguiente la primera “sociedad”
humana».
La Doctrina Social de la Iglesia considera a la familia como “primera sociedad natural, titular de
derechos propios y originarios. Es el centro de la vida social y el lugar primario de relaciones
interpersonales, la ‘célula primera y vital de la sociedad’. Es el fundamento de la vida de todas
las personas y el prototipo de toda organización social. Desplazar y relegar a la familia a un
papel secundario, excluyéndola del lugar que le corresponde en la sociedad, supone ‘causar un
grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo socia
El matrimonio, fundamento de la familia.
La familia tiene su fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de unirse en matrimonio,
respetando el significado y los valores propios de esta institución, que no depende del hombre,
sino de Dios mismo
La institución matrimonial (fundada por el Creador) nace, también, « del acto humano por el
cual los esposos se dan y se reciben mutuamente » y se funda sobre la misma naturaleza del
amor conyugal que, en cuanto don total y exclusivo, de persona a persona, comporta un
compromiso definitivo expresado con el consentimiento recíproco, irrevocable y público. Este
compromiso pide que las relaciones entre los miembros de la familia estén marcadas también
por el sentido de la justicia y el respeto de los recíprocos derechos y deberes.
El matrimonio tiene como rasgos característicos:
1. la totalidad, en razón de la cual los cónyuges se entregan recíprocamente en todos los
aspectos de la persona, físicos y espirituales;
2. la unidad que los hace una sola carne
3. la indisolubilidad y la fidelidad que exige la donación recíproca y definitiva;
4. la fecundidad a la que naturalmente está abierto
El matrimonio está ordenado a la procreación y educación de los hijos. La unión matrimonial,
en efecto, permite vivir en plenitud el don sincero de sí mismo, cuyo fruto son los hijos, que, a
su vez, son un don para los padres, para la entera familia y para toda la sociedad.
El sacramento del matrimonio asume la realidad humana del amor conyugal con todas las
implicaciones y capacita y compromete a los esposos y a los padres cristianos a vivir su
vocación de laicos.
Asimismo, la familia cristiana está llamada « a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer
de ese modo su función profética, dando testimonio del Reino y de la paz de Cristo, hacia el
cual el mundo entero está en camino.
Formación de la comunidad de personas
En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales
(relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad) mediante las cuales toda
persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la
Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona
humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la
comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la
fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia se presenta como espacio de comunión que debe desarrollarse como una auténtica
comunidad de personas gracias al incesante dinamismo del amor. El amor hace que el hombre
se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se
puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente.
Gracias al amor cada persona, hombre y mujer, es reconocida, aceptada y respetada en su
dignidad. El ser humano ha sido creado para amar y no puede vivir sin amor. El amor, cuando
se manifiesta en el don total de dos personas en su complementariedad, no puede limitarse a
emociones o sentimientos, y mucho menos a la mera expresión sexual.
La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la
mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir
fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica
comunidad de personas.
La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del
pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne» y están
llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la
promesa matrimonial de la recíproca donación total.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo
tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica
entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y
voluntad, del alma—, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.
La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la
mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir
fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica
comunidad de personas.
La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en
el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus
miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios
Servicio a la vida
El cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia
la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a
hombre
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y
recíproca de los esposos: «El cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida
familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar
a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador,
quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia
Además del servicio a la vida, de la educación de los hijos y ser escuela de amor, la familia
debe producir en la sociedad abundantes frutos de caridad, unión, servicio, fraternidad. Por
ejemplo: la ayuda a otras familias, la adopción desinteresada de niños sin hogar, la atención a
ancianos minusválidos enfermos, drogadictos, encarcelados, etc. La familia además es escuela
de trabajo desinteresado y vínculo entre las generaciones.
Participación en el desarrollo de la sociedad
Es importante que cada Estado, y las diversas instituciones u organizaciones sociales
nacionales e internacionales realicen acciones contundentes que promuevan y protejan el
papel fundamental de la familia como generadora de vida humana y por tanto creadora de la
sociedad.
En la familia se construye la identidad de la persona, se protege su autonomía y es la base
desde donde se proyecta en el ámbito social. Son los padres quienes como primeros
responsables de la educación de los niños, protegen su intimidad y promueven su desarrollo
con base en los valores culturales propios. De esta manera forman hombres y mujeres capaces
de construir sociedades sanas que progresan de manera continua y sostenible.
La familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de
personalización de la sociedad: colabora de manera original y profunda en la construcción del
mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en particular custodiando y
transmitiendo las virtudes y los «valores».
Como dice el Concilio Vaticano II, en la familia «las distintas generaciones coinciden y se
ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas
con las demás exigencias de la vida social
La función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la acción procreadora y
educativa, aunque encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras
de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y
situaciones, a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las
autoridades públicas.
La conexión íntima entre la familia y la sociedad impone también que la sociedad no deje de
cumplir su deber fundamental de respetar y promover la familia misma. iertamente la familia y
la sociedad tienen una función complementaria en la defensa y en la promoción del bien de
todos los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más específicamente el Estado,
deben reconocer que la familia es una «sociedad que goza de un derecho propio y
primordial» y por tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente obligados a
atenerse al principio de subsidiaridad.
Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella
está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la
participación en la vida y misión de la Iglesia.
Fortalecer la educación de los hijos
La familia constituye « una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la
enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos,
esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad
».Cumpliendo con su misión educativa, la familia contribuye al bien común y constituye la
primera escuela de virtudes sociales, de la que todas las sociedades tienen necesidad.
La familia ayuda a que las personas desarrollen su libertad y su responsabilidad, premisas
indispensables para asumir cualquier tarea en la sociedad. Además, con la educación se
comunican algunos valores fundamentales, que deben ser asimilados por cada persona,
necesarios para ser ciudadanos libres, honestos y responsables.
La familia tiene una función original e insustituible en la educación de los hijos . El derecho y el
deber de los padres a la educación de la prole se debe considerar como
esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana;
como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de
la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable,
y... por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros ». 544
Los padres tiene el derecho y el deber de impartir una educación religiosa y una formación
moral a sus hijos: derecho que no puede ser cancelado por el Estado, antes bien, debe ser
respetado y promovido. Es un deber primario, que la familia no puede descuidar o delegar.
En la educación de los hijos, las funciones materna y paterna son igualmente necesarias.552 Por
lo tanto, los padres deben obrar siempre conjuntamente. Ejercerán la autoridad con respeto y
delicadeza, pero también con firmeza y vigor: debe ser una autoridad creíble, coherente, sabia
y siempre orientada al bien integral de los hijos.
Los padres tienen una particular responsabilidad en la esfera de la educación sexual. Es de
fundamental importancia, para un crecimiento armónico, que los hijos aprendan de modo
ordenado y progresivo el significado de la sexualidad y aprendan a apreciar los valores
humanos y morales a ella asociados.