LA DEPRESIÓN
Algunas consideraciones
Prof. Roberto Bertholet
¿Cómo pensar a las depresiones desde las enseñanzas de Sigmund
Freud y Jacques Lacan?
La etimología latina de depresión: premere, que significa “apretar,
oprimir”; y deprimere, “empujar hacia abajo”, nos indican ya cuál es el
afecto que siente el sujeto deprimido. La depresión es un conjunto de
afectos del sujeto: tristeza, inhibición, abatimiento, desgano, crisis de
llanto, angustia, frustración, aislamiento, dolor, desesperanza,
decepción, desamor.
El psicoanálisis toma al afecto por la palabra, lo invita a pasar al dicho, a
que el sujeto pueda meterse en el enunciado y hacer aparecer su
enunciación, escuchando la dimensión de la palabra plena.
Así, el psicoanálisis no invita a pasar a la mostración ni a la actuación;
tampoco es sólo una mera confesión de lo que la persona ya sabe o
cree saber. Apunta a la verdad.
El psicoanálisis interroga a la verdad como saber (inconsciente), no sólo
como afecto vivido, yendo en contra del prejuicio psicológico tan
frecuente: que el afecto y el pensamiento serían exteriores el uno al
otro.
Y espera que el sujeto produzca no sólo afectos, sino los significantes
que regulan su relación a la verdad inconsciente.
El trayecto de un análisis va desde los afectos, desde el sufrimiento, a la
queja y al síntoma analítico. Los afectos están subordinados, desde este
enfoque, a la verdad, ya que no son en sí la verdad ni la última palabra.
El inconsciente se experimenta en la vida cotidiana por sus efectos, uno
de ellos son los afectos –en lo que nos interesa, el afecto depresivo-,
pero se articula como verdad por su lógica.
Tal como sostenía Lacan en R.S.I.: “Lo que yo enseño es que el
inconsciente está condicionado por el lenguaje, y eso sitúa los afectos”.
En esta perspectiva, los afectos deben ser ubicados en relación al
inconsciente y a lo pulsional, como también en relación al deseo, al
amor y al goce, en tanto son las dimensiones subjetivas que permiten
tomar a los afectos por su causa.
Son dos los signos por los que se hace evidente la depresión,
combinados o de a uno por vez: la tristeza y la inhibición; tanto uno
como otro, consecuencia de una inhibición “simbólica”, ya que falta
significación, es un momento donde está dañado el sentido de la vida.
Es necesario ir a “Inhibición, síntoma y angustia” (1925), ya que Freud
plantea allí a la inhibición -frecuente signo de los estados depresivos-
como una “renuncia” a cierta función, porque a raíz de su ejercicio se
desarrollaría angustia.
Renuncia que lleva a una “limitación funcional del yo”. Tal “limitación
funcional del yo” tiene diferentes razones, siempre en la intención de
evitar la emergencia de angustia.
Y a continuación, Freud alienta esta expectativa: “A partir de aquí ha de
abrírsenos un camino que nos lleve a comprender la inhibición general
que es característica de los estados depresivos”.
Se abriría así una vía para pensar la depresión en las neurosis, a partir
de la inhibición y su relación con la angustia, con el deseo, con el
mandato superyoico, los ideales y el narcisismo.
Respecto del superyó, el goce retorna en la depresión, después del
sacrificio de goce impuesto por el superyó y aceptado por el yo.
Esto quiere decir que por más renuncias que el yo esté dispuesto a
hacer para evitar la angustia, el superyó -en su vertiente más cruel
ligada a la pulsión de muerte- se ensaña mortificando al sujeto,
cualquiera sea la experiencia que viva, haciéndose presente tanto bajo
el modo del autorreproche, de una profunda y dolorosa frustración, como
también de una repetición pulsional que se lee en los sucesivos fracasos
en la vida de un paciente.
En el tercer capítulo de “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud considera
que no hay que concebir al yo y a la pulsión como opuestos, ya que el
yo mismo es una parte del ello. En la renuncia del yo hay satisfacción,
en cuanto en el displacer hay satisfacción de la instancia superyoica.
Esto se entiende en tanto distingamos Superyó de Ideal del yo,
atribuyéndole a este último la función pacificadora y de índole
significante propia de las identificaciones edípicas y culturales, que
vienen a orientar a la pulsión de modo adecuado para el lazo social.
En cambio, el superyó indica, desde “El yo y el ello”, “cultivo puro de la
pulsión de muerte”, una “ley insensata” al decir de Lacan, que empuja a
un goce más allá del principio del placer.
La función reguladora del deseo es propia del Ideal y no del superyó, el
que termina siendo ubicado por Lacan en el nudo mortal del narcisismo
y de la pulsión de muerte; de allí que señale en el Seminario XX “Aun”,
que el superyó aparece en el mandato “Goza!!”, una concepción muy
alejada de identificar al superyó con la prohibición.
Es el mandato superyoico que encontramos en esta época de la
postmodernidad, donde hay una promoción enloquecedora del derecho
al goce y una mostración sin ninguna vergüenza del goce privado que se
exhibe públicamente.
Es una época que en tanto empuja superyoicamente al goce pulsional,
en la misma medida empuja a la depresión.
No dejemos de tomar en cuenta que Jacques Lacan, en “El saber del
psicoanalista”, curso de 1971, caracteriza a la época actual como
dominada por el discurso capitalista, que tiene por consecuencia lógica
de su funcionamiento el rechazo de la castración y por lo tanto de todo
lo relativo al amor.
Tres son los rasgos de toda depresión:
a) despoblamiento simbólico
b) disminución del brillo narcisista
c) pérdida del goce fálico
Estos rasgos llevan a un desinterés por el mundo exterior y a una
impotencia para actuar. Hay una pérdida de regulación del goce que es
consecuencia del déficit de la significación fálica.
El proceso depresivo se inicia por el encuentro con algo que el sujeto
vive como traumático, frente a lo que no responde ni con el síntoma ni
con el fantasma.
Aparecen, entonces, la tristeza y la inhibición. Tanto una como otra
señalan claramente un proceso de vaciamiento simbólico, de
despoblamiento del sentido de la vida.
Si lo traumático fue el encuentro con el deseo del Otro o una realidad
inesperada, se produce en todo ser humano una desestabilización de
los significantes del Otro que organizan el sentido de la vida para cada
ser humano; significantes del Otro organizados inconscientemente bajo
el modo del Ideal.
En la neurosis, la depresión interesa al registro imaginario y al goce
fálico, que es el goce regulado por el Nombre del Padre, goce que
incluye la castración.
La depresión afecta, entonces, a lo imaginario y a ese goce medido; por
lo cual el sujeto se ve empujado a un goce que pareciera no tener
medida, que no parece poder frenarse por el deseo; que lo hace sufrir
sin medida.
Esto se articula al despoblamiento simbólico: la vida deja de tener
sentido. Es el campo del Otro lo que está en causa en lo que Freud
llama un desinvestimiento del mundo exterior.
Un elemento importante a tomar en cuenta en toda depresión neurótica:
la vacilación del fantasma en el punto en el que está afectado el brillo
fálico y los significantes del Ideal. El fantasma es la respuesta
inconsciente que el sujeto inventó para tramitar la angustia que le
provoca el deseo del Otro -en tanto el Otro está, tanto como el sujeto
mismo, afectado por el deseo y la castración-. La respuesta
fantasmática, entonces, es un recurso con el que el sujeto cuenta para
dar sentido a toda experiencia vivida.
Hay situaciones que resultan traumáticas: pérdidas, frustraciones,
decepciones, fracasos o incluso, éxitos que conmocionan el sentido que
hasta ese momento estaba estabilizado por el fantasma inconsciente.
Esto provoca la irrupción de angustia, en tanto retorna la castración de
modo insoportable. Frente a ella, aparecen las respuestas singulares de
cada sujeto: síntomas, duelo, inhibiciones, temores, depresión, que son
diferentes maneras de tratar la castración.
La tesis de Freud es que, partiendo de la pérdida constitutiva del objeto,
el tratamiento dialéctico de la falta se realiza con la mediación de la
significación fálica, resultando así una estructuración del deseo.
La castración articula las relaciones del yo a los objetos, que se
dialectizan por la función del Nombre del Padre.
La histeria es el inconsciente en ejercicio, nos dice Lacan, que interpela
al Amo para hacerle producir un saber. El sujeto histérico es el agente
activo del deseo que, en el mismo movimiento, se sustrae como objeto
del deseo del Otro, para hacer aparecer la falta.
Así, el deseo insatisfecho es la clave de su estrategia y de su
identificación. Sostener esa falta es tan importante para el sujeto
histérico que sacrifica el objeto.
Consideramos, entonces, que la tristeza histérica, sentida como un
vacío, expresada en el “no sé nada”, “no sé qué me pasa ni qué quiero”,
es correlativa a su puesta en escena de la impotencia del significante
para alcanzar al ser.
Tristeza que es consecuencia del abandono de su posición activa y de la
caída en la inercia ante lo que siente como impotencia del Otro para
proporcionarle algún saber que alcance a decir su ser de objeto.
En otras ocasiones, la tristeza del sujeto histérico muestra su fracaso en
la estrategia que implementó ante el deseo del Otro, cuando en vez de
provocar el interés del Otro, su deseo, se encuentra con lo imprevisto,
con un deseo que no la toma por objeto.
Por su parte, lo que el obsesivo presenta es su intento permanente por
engañar a la castración, que toma la forma de la pregunta por la muerte.
Es su yo triste el que nos muestra el fracaso de su estrategia, cuando no
hace más que esperar su muerte.
La tristeza obsesiva es el semblante de la muerte, desde donde intenta
responder a la pregunta por la existencia; tristeza que siempre vela un
profundo odio, que se expresa habitualmente dirigido contra el propio yo,
pero en verdad de lo que se trata es de su posición hostil en relación
con el Otro.
Lacan, en “Televisión” ubica a esta cuestión: “Se califica a la tristeza de
depresión, cuando se le da el alma por soporte o la tensión psicológica
del filósofo Pierre Janet. Pero no es un estado del alma, es simplemente
una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spinoza: un pecado,
lo que quiere decir una cobardía moral, que no cae en última instancia
más que del pensamiento, o sea del deber de bien decir o de
reconocerse en el inconsciente, en la estructura”.
Lacan sostiene que es una traición del sujeto a si mismo, por no
reconocerse en el inconsciente, cuando de neurosis se trata. Tristeza
explicada por Lacan, entonces, en relación al no-querer-saber propio de
la neurosis –represión, decía Freud-. Lacan ha insistido sobre el aspecto
ético de la tristeza: la depresión no sería síntoma; es el efecto de una
traición del sujeto a sí mismo, en tanto no quiere saber de lo que lo
determina sujetado al inconsciente.
La tristeza, una falla moral, un pecado. Lacan hace comparecer a Dante,
a Spinoza, a la tradición religiosa y filosófica; allí busca referencias
sólidas y esclarecimientos a la cuestión de la tristeza. Ya vimos antes
algo de esa tradición, en la que se destaca la dimensión del sujeto y,
desde el ángulo religioso, su responsabilidad.
Con la enseñanza de Lacan, la tristeza pone en evidencia las
consecuencias de una seria dificultad en la elaboración simbólica de un
sujeto, un goce que empuja desde un más allá del inconsciente, más
allá de lo que la doctrina religiosa inventa como Dios (uno de los
nombres del inconsciente), más allá del principio del placer.
En tal sentido, la llamada depresión, la tristeza, no es un síntoma como
formación del inconsciente, sí un modo de gozar.
Tampoco permite un diagnóstico en la clínica psicoanalítica, en tanto la
“depresión” puede darse en cualquiera de las tres estructuras: neurosis,
perversión o psicosis.
A la tristeza, Lacan le opone el saber, el alegre saber. Por un lado: “no
reconocerse en la estructura” provoca tristeza, evidencia del no-querer-
saber de las determinaciones inconsciente y las elecciones de goce, de
las repeticiones significantes y pulsionales que organizan la vida de un
sujeto.
Por otro, como lo expresa en “Televisión”: “lo opuesto de la tristeza, el
alegre saber, es una virtud. Una virtud no absuelve a nadie del pecado.
La virtud: no se trata de comprender, de mordisquear en el sentido, sino
de rasurarlo lo más que se pueda, lo que implica que el alegre saber no
produzca al final más que la caída, el retorno al pecado”.
El malestar en la cultura, evidentemente, se expresa en la “depresión”
moderna, depresión a la que la ciencia biológica y sus aplicaciones
médicas y comerciales resaltan como fenómeno central del que
ocuparse, sin incluir la dimensión del inconsciente y la sexualidad.
En 1967, en un discurso ante colegas suyos psiquiatras, titulado
“Pequeño discurso a los Psiquiatras”, Lacan decía: “la psiquiatría está
entrando en la Medicina General sobre la base de que la medicina
general entra totalmente en el dinamismo farmacéutico; evidentemente,
se producen allí cosas nuevas que atemperan, interfieren, modifican,
pero no se sabe para nada lo que se modifica, ni tampoco adónde irán
estas modificaciones, ni el sentido que tienen, ya que se trata de
sentido”.
Contrariamente a los criterios diagnósticos del D.S.M. IV, las
enseñanzas de Freud y de Lacan no consienten ubicar a la depresión
como un “trastorno del estado de ánimo”, ni como un “episodio afectivo”,
sino que vuelven a incluir al sujeto del inconsciente, al significante, y a la
sexualidad, al goce, al objeto, como las dos dimensiones a tomar en
cuenta en toda depresión neurótica.
Entonces, en las neurosis se podrían tomar estos planos que se
articulan pero que conviene distinguir: el plano del significante y el plano
del goce. O dicho de otro modo: el plano del Otro y el plano del objeto a
y del goce superyoico.
Es imprescindible el diagnóstico de estructura, en tanto las depresiones
vienen a cumplir una muy diferente función en las neurosis y en las
psicosis. En la psicosis, la depresión puede ser prodrómica respecto de
un próximo desencadenamiento, o por lo contrario, ser una suplencia
necesaria para evitarlo, lo que lleva al analista a no apresurarse a sacar
a ningún psicótico de la depresión, hasta no asegurarse de poder
alojarlo en otro modo de suplencia eficaz.
El psicoanalista subordina el diagnóstico de depresión al diagnóstico
preciso de estructura para que el tratamiento, tomando en cuenta los
fenómenos depresivos, esté orientado por la singularidad de cada
paciente y de su modo de tratar la falta, que da por consecuencia modos
neuróticos, perversos o psicóticos de situarse en la vida.
En cuanto al tratamiento del sufrimiento depresivo, al analista le cabe
ofrecer al sujeto un semblante, una manera de dirigirse a él, que le
facilite construir un Otro de la demanda, un Otro al que demandarle
saber qué le pasa, de qué sufre. Esto en principio se logra a través de
una escucha atenta y precisa, de tal modo que se intervenga para que el
sujeto vaya rectificando sus relaciones con la realidad, no en vías a
alguna adaptación sino en vías a que el lugar de la causa del malestar
pase del exterior, del mundo, al sujeto, permitiéndole convertir en
pregunta lo que antes estaba tapado por una falsa respuesta.
El analista es quien dirige la cura a fin de pasar de la depresión, de la
tristeza y de la inhibición como modos de gozar de la pérdida, a un
estado distinto, que tomará la forma de síntoma, de recuerdos, de
angustia también, pero no sólo para seguir gozando y sufriendo, sino
para comprender la posición frente a lo real, la posición frente al Otro, la
posición de mortificación en la que se encuentra.
Es un compromiso del analista el de no mostrarse indiferente, sabiendo
que la orientación de la cura tiende a la implicación del sujeto en su
mensaje, implicación no en el enunciado sino en la enunciación y que se
verifique esa implicación en la transferencia.
Eric Laurent sostiene: “La experiencia de un análisis no debe
conducirnos a vivirnos como máquinas sino a descubrir en eso un
relámpago, que hay otro modo de goce que la tristeza. Habitar el
mundo, vivir, es poder vivir con la experiencia de la pérdida, habitar un
mundo tal que él pueda incluir este dolor allí. No deshacerse u olvidarlo
sino verdaderamente habitar el lenguaje. Proponernos no solamente un
significante nuevo sino una relación nueva al significante en tanto que él
introduce un nuevo afecto, una ganancia de saber con el afecto de
entusiasmo que eso produce. Y Lacan no retrocede al hablar de un
afecto nuevo; es el alegre saber que propone el psicoanálisis. Que el
sujeto pueda tener otra relación a la causalidad. Descubrir la tela, la
materia de la cual está hecho, es lo que puede permitir al sujeto inventar
una nueva aplicación de la regla de goce de la cual procede.”
El psicoanálisis de orientación lacaniana lee a toda “depresión” en
función de las razones de la causalidad psíquica -y no en función de los
neurotransmisores sinápticos o los genes de la ciencia contemporánea-,
ofreciendo la posibilidad, sin duda valiosa para el sujeto que pueda
implicarse, de que se genere un nuevo espacio subjetivo para el
malestar, reduciendo el goce y la paradójica satisfacción que conlleva
toda depresión, a medida que se genera un nuevo lazo social que el
psicoanálisis llama transferencia, que le permita al sujeto en cuestión
recuperar su vida, a condición de que el analista ofrezca un deseo que
no sea neutral.
BIBLIOGRAFÍA
Freud, Sigmund; “Introducción al narcisismo”; tomo XIV; Amorrortu
Editores, 1985.
Freud, Sigmund, “Más allá del principio del placer”; tomo XVIII;
Amorrortu Editores, 1990.
Freud, Sigmund; “Psicología de las masas y análisis del yo”, tomo XVIII,
Amorrortu Editores, 1990.
Freud, Sigmund; “El malestar en la cultura”, tomo XXI, Amorrortu
Editores, 1990.
Lacan, Jacques; “La ciencia y la verdad, en Escritos 2, Editorial Siglo
XXI, 1985.
Lacan, Jacques; Seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis”, Editorial Paidós, 1991.
Lacan, Jacques; Seminario “De un Otro al otro”, Editorial Paidós, 2008.
Lacan, Jacques; Seminario “El reverso del psicoanálisis”, Editorial
Paidós, 1992.
Lacan, Jacques; Seminario “El saber del analista”, charlas en Sainte-
Anne, en 1971-1972, inédito.
Lacan, Jacques; Seminario “Aún”; Editorial Paidós.
Lacan, Jacques; “Radiofonía y Televisión”, Editorial Anagrama, 1993.
Miller, Jacques-Alain; “El Otro que no existe y los Comité de Etica”;
Editorial Paidos; 2000.
Miller, Jacques-Alain; “Piezas sueltas”, Curso dictado en París, 2003;
inédito.
Miller, Jacques-Alain; “Una fantasía”; Revista Lacaniana 1; 2002.
Laurent, Eric; “Hacía un afecto nuevo”, en “Freudiana”, Editorial EEP,
1997
Bauman, Zigmunt; “La globalización, consecuencias humanas”
Spinoza, “Etica”, Editorial Porrua, 1990.
Hampshire, Stuart; “Spinoza”, Editorial Alianza, 1996.
Cottet, Serge; “La depresión”, en “Cómo se analiza hoy”, Editorial
Manantial, 1989.