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Política de Seguridad de Uribe

Este documento describe la política de seguridad democrática implementada por el presidente Álvaro Uribe en Colombia. La política se ha centrado en recuperar el control territorial a través de tropas militares y en atacar las retaguardias de la guerrilla. Esto ha llevado a algunos logros como reducciones en secuestros y homicidios, pero también ha tenido problemas como capturas masivas de inocentes. El documento también discute la controversia sobre si Colombia enfrenta un conflicto armado o una amenaza terrorista.

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Política de Seguridad de Uribe

Este documento describe la política de seguridad democrática implementada por el presidente Álvaro Uribe en Colombia. La política se ha centrado en recuperar el control territorial a través de tropas militares y en atacar las retaguardias de la guerrilla. Esto ha llevado a algunos logros como reducciones en secuestros y homicidios, pero también ha tenido problemas como capturas masivas de inocentes. El documento también discute la controversia sobre si Colombia enfrenta un conflicto armado o una amenaza terrorista.

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SEGURIDAD DEMOCRATICA

Desde su campaña para la presidencia, Álvaro Uribe propuso una política de seguridad para
devolverles la tranquilidad a los colombianos, un discurso que a la postre lo llevó al Palacio de
Nariño. Ya posesionado, Uribe formuló una estrategia integral para ganar la guerra. La política
asume que el origen de la violencia está en la debilidad histórica del Estado para ejercer su
autoridad y que la seguridad es responsabilidad de las tres ramas del poder, de la comunidad
internacional y de los ciudadanos en su conjunto y no sólo del Ejército y la Policía. Dentro de esa
lógica, la política se ha centrado en dos ejes. Por un lado, en recuperar el control del territorio
con la creación de batallones de alta montaña, de pelotones de soldados campesinos, que
acompañan a la Policía ahora en todos los municipios del país, de redes de cooperantes y una
política polémica de recompensas a informantes. Por otro, en atacar las retaguardias de la
guerrilla. Con unas Fuerzas Armadas a la ofensiva y con una importante inversión, el gobierno de
Uribe lanzó en cabeza del general Castellanos el Plan Patriota, la operación militar más
ambiciosa en la historia del país. Su primera fase fue la exitosa operación Libertad I en
Cundinamarca, donde el Ejército logró desarticular varios frentes de la Farc. Su segunda fase es
actualmente en el sur del país, en el corazón de las Farc, donde el comandante de las Fuerzas
Militares, general Carlos Alberto Ospina, ha advertido que será la etapa más larga y peligrosa. Y
en el 2005 arrancará el Plan Cabecillas que busca la captura de los miembros del Secretariado.
La política de seguridad también ha comprendido una ofensiva legal con la declaración de la
conmoción interior, mediante la cual el gobierno decretó el impuesto al patrimonio que los
empresarios pagaron de buena gana y creó dos zonas de rehabilitación en Montes de María y
Arauca. (En este conflictivo departamento Uribe gobernó por tres días). La Corte Constitucional
autorizó la primera declaratoria de conmoción pero tumbó su prórroga. Entonces el gobierno
tramitó en el Congreso la polémica ley del estatuto antiterrorista para darles facultades judiciales
a los militares, que finalmente tumbó la Corte Constitucional. En el plano internacional, a partir
del atentado del Nogal el Presidente arrancó una ofensiva continental para declarar terroristas a
las Farc. La política de seguridad ha arrojado logros importantes. El primero es devolverles la
esperanza a los colombianos de que algún día podrán recuperar la tranquilidad. Han podido
volver a viajar en caravanas turísticas, han bajado los índices de desplazamiento, de ataques a
poblaciones, de secuestros, de homicidios y han caído algunos jefes guerrilleros importantes
como'Simón Trinidad', y Sonia, que fueron extraditados, 'el Mocho' y Marco Aurelio Buendía, de
Cundinamarca. Aunque algunos piensan que se trata tan sólo de un repliegue táctico, y citan
como ejemplo los ataques de Iscuandé, lo cierto es que las Farc han sido duramente golpeadas
por el Ejército. Aunque el ministro de Defensa ha dicho que la "fiera sigue viva", expertos como
Joaquín Villalobos afirman que está derrotada estratégicamente. Sin embargo, la política de
seguridad democrática no ha estado exenta de serios problemas. Las capturas masivas donde
han caído cientos de inocentes que han sido liberados después de unos meses ha demostrado
que la deficiencia en inteligencia es uno de los talones de Aquiles de la política de seguridad. El
malestar en la cúpula, los roces entre los organismos de seguridad, las dificultades de las
Fuerzas Militares para adoptar la nueva forma de operar y varios errores que aún no son
dilucidados por la justicia penal militar también han dificultado la aplicación de la política. En el
plano internacional, las constantes críticas de Uribe a las ONG de derechos humanos han
provocado preocupación. Pero quizás la mayor crítica que se le ha hecho a la ejecución de la
política es que la recuperación de territorios por el Ejército es consolidada en varias regiones por
los paramilitares. Es el caso de la comuna 13 de Medellín, tras la exitosa operación Orión. Aún
existen varios desafíos. El primero es garantizar que llegue la inversión social dentro de una
estrategia más integral del Estado; la segunda, hacer sostenible la estrategia con recursos y la
tercera, ganarse verdaderamente a la población civil, cuyo apoyo definirá en últimas la
confrontación. El 2005 arrancó con varios ataques de las Farc en particular a los soldados
campesinos en Iscuandé, Nariño, que crearon interrogantes acerca de la política de seguridad y
de si las Farc estaban sólo en un repligue táctico. También ha sido muy criticada la insistencia
del gobierno en que en Colombia no hay conflicto armado sino una amenaza terrorista a la
democracia, lo cual tiene implicaciones prácticas sobre la aplicación del Derecho Internacional
Humanitario. Pero quizás el mayor riesgo que corre actualmente el gobierno está relacionado
con la negociación con los paramilitares, que poco a poco ha pasado a estar en el centro de
debate de la estrategia de seguridad. Pese a la desmovilización  de miles de combatientes se
acrecientan las dudas del país sobre el proceso con las AUC. 

Sí hay guerra, señor presidente


Álvaro Uribe sostiene que en Colombia no hay conflicto armado sino amenaza terrorista.
¿Cuál es la diferencia y por qué es tan importante la controversia?
El lunes 31 de enero el presidente Álvaro Uribe se reunió con todo el cuerpo diplomático
acreditado en Colombia en el Palacio de Nariño. En el majestuoso Salón Bolívar, el Presidente
tomó la palabra y en un tono pausado pero firme se dirigió a una treintena de embajadores.
Después de agradecer las palabras del nuncio apostólico y hacer un completo diagnóstico sobre
la problemática nacional, Uribe remató su discurso advirtiendo que en Colombia no había un
conflicto armado sino una amenaza terrorista. Palabras que repitió tres días después en
Cartagena, durante la reunión de los 24 países y las organizaciones multilaterales que
conforman la mesa de donantes (G24). No es la primera vez que Uribe lo dice. Pero sí es cada
vez más evidente que no se trata de un capricho lingüístico del primer mandatario sino de una
concepción de cómo enfrentar el tema de la violencia que azota el país.

A esa misma hora, a 800 kilómetros de distancia del solemne ambiente diplomático, en medio de
la selva húmeda de las costas pacíficas se estaba gestando lo que sería uno de los ataques
militares más sangrientos de la guerrilla contra el gobierno de Uribe. A las 2:10 de la madrugada
del día siguiente, cerca de un centenar de hombres de las Farc atacaron a Iscuandé, un pequeño
puerto incrustado en las costas de Nariño que ha sido estratégico para el tráfico de drogas.
Mimetizados en el espeso follaje de la selva y ayudados por una lluvia pertinaz, los guerrilleros
abrieron fuego contra la base donde dormían 60 militares, la mitad de los cuales eran soldados
campesinos. La guerrilla no escatimó en su artillería de fuego: pipetas de gas, ametralladoras,
fusiles... "En ese momento la noche se volvió día y todo se cubrió de un rojo intenso", dijo a El
Tiempo uno de los pobladores que vive al frente de la base. Al despuntar el día, y después de
cuatro horas de intenso fuego cruzado, la escena no podía ser más dantesca: hombres
calcinados, cadáveres ensangrentados, gritos de ayuda, hierros retorcidos, y lo que había sido la
noche anterior la base militar de Iscuandé no era más que unas ruinas humeantes con olor a
pólvora y muerte. El saldo final: 15 infantes muertos y 26 heridos.

Esa mañana la noticia sonó como de otra época. La mayoría de los colombianos ya no
recordaba cómo era levantarse, prender el radio y encontrar el relato de una toma violenta a un
pueblo como ocurría con tanta frecuencia hace unos años. Sobre todo cuando aún estaban
frescos los recuerdos de unas vacaciones decembrinas en que los colombianos salieron a
disfrutar el país de manera tranquila, cuando el flujo vehicular en carretera aumentó 30 por
ciento, y cuando en 2004 los homicidios se redujeron en 15 por ciento, los secuestros en 42 por
ciento y el desplazamiento forzado en 37 por ciento.

Después de los hechos de Iscuandé se alzaron voces diciendo que era el fin del repliegue de las
Farc. Y es que el ataque en Nariño cerró un enero negro que empezó con una masacre de 16
campesinos de Tame (Arauca), la muerte de siete soldados en un campo minado en Tolima y la
fuga masiva de 20 guerrilleros en la cárcel Picaleña de Ibagué, luego de un ataque con dinamita
a esa prisión que dejó seis muertos y cuatro heridos. Y febrero empezó con la emboscada a una
caravana militar en Putumayo con un saldo de siete soldados y un civil muertos.

Estos ataques le corroboraban a la comunidad internacional, a las ONG, a la Iglesia y los


gremios económicos reunidos en Cartagena que, a pesar de los avances en seguridad, en
Colombia hay un conflicto armado interno y que de él se desprende una crisis humanitaria. En
una declaración histórica por la pluralidad de organizaciones que la firman, dijeron que
"observamos con preocupación la persistencia de la crisis humanitaria, graves violaciones a los
derechos humanos y al Derecho Internacional Humanitario" y que "la solución política negociada
es el instrumento idóneo para terminar con el conflicto armado interno". Pero los mismos hechos
le dieron a Uribe el argumento contrario: este no es un conflicto ni una guerra interna sino una
lucha antiterrorista.

A pesar de que para el colombiano de a pie esta discusión no pasa de ser una disyuntiva
semántica sin efectos prácticos, lo cierto es que caracterizar la realidad colombiana como un
conflicto armado interno o como un desafío terrorista tiene enormes implicaciones sobre la
población civil, los combatientes, la comunidad internacional, la ayuda humanitaria o la
mediación política, todos aspectos fundamentales para ponerle punto final a la violencia que
desde hace tantos años viene flagelando al país.

La doctrina Uribe

¿Por qué Uribe insiste con tanta vehemencia en que no hay conflicto interno armado ni guerra en
Colombia? José Obdulio Gaviria, el hombre más cercano a Uribe que hace las veces de ideólogo
y asesor político, acaba de publicar un libro de 284 páginas para explicar por qué no hay una
guerra. El libro titulado Sofismas del terrorismo en Colombia se extiende en los mismos
argumentos que ha expresado el Presidente en diversos foros. El primero es que no existe un
conflicto porque Colombia es una democracia legítima y no una dictadura ni un régimen opresivo.
Por lo tanto no hay justificación para que un puñado de violentos continúen en armas. Segundo,
porque después de la caída del muro de Berlín las guerrillas colombianas ya no luchan por un
ideal político sino que actúan como mafias vinculadas al narcotráfico y a la captura de rentas
como la gasolina, la coca y el oro. En consecuencia, más que revolucionarios en busca de un
nuevo régimen son bandas criminales con poderosos aparatos militares. Y por último, porque en
su lógica criminal la principal víctima son los civiles. En síntesis, son simples terroristas que no
respetan las normas humanitarias.

Uribe usa este artilugio del lenguaje como un arma para devaluar políticamente a las Farc y al
ELN y quitarles toda aura de romanticismo frente a la comunidad internacional y toda pretensión
de legitimidad a sus acciones armadas. Quiere mostrarlos como un Pablo Escobar que pone
bombas y no como un Che Guevara que reivindica con su fusil al hombro causas sociales. Uribe
se apoya en el nuevo paradigma del pos 11 de septiembre y alínea su discurso con la cruzada
antiterrorista del presidente George W. Bush, que aunque con menos furor también ha calado en
algunos países de la Unión Europea.

En esta dirección, el gobierno ha manifestado su interés en que la ayuda humanitaria de


organismos internacionales como la ONU no se destine solamente a aliviar la crisis humanitaria -
si no hay guerra no hay crisis humanitaria- sino que también se apoye la reinserción de los
desmovilizados.
Y con este giro Uribe busca romper con la idea de que la población debe ser neutral frente a las
acciones de la guerrilla. "En las sociedades democráticas no hay neutralidad de los ciudadanos
frente al delito", ha dicho en varios discursos. "No hay distinción entre policías y ciudadanos".
Desde su posesión Uribe ha insistido en que dado que los civiles son las principales víctimas de
las guerrillas ellos deben tomar partido y una posición activa contra los grupos armados. Por
ejemplo, sirviendo como cooperantes o informantes.

Este discurso fue recibido con recelo por delegados de varios países en Cartagena y de hecho
fue el punto más difícil de conciliar para la declaración final. La comunidad internacional no ve las
cosas de manera tan simple. Ver la problemática colombiana como una simple lucha
antiterrorista puede tener preocupantes implicaciones en el mediano y largo plazo.

En el plano jurídico, la consecuencia práctica de que no haya un conflicto armado interno sino
una amenaza terrorista es que dejaría de regir el Protocolo II de Ginebra. Si no hay guerra sino la
persecución de criminales, no se aplicaría el Derecho Internacional Humanitario que la regula y
que busca humanizarla. Es decir, se diluye la obligación de respetarle la vida al enemigo cuando
se rinde, de proteger los bienes y la vida de los civiles, de respetar las misiones médicas, de
diferenciar entre civiles y combatientes. Esto último significaría que el Estado no reconoce la
distinción entre combatientes y civiles y por esa vía podría ponerles a los ciudadanos mayores
obligaciones respecto de la política de seguridad democrática que a la postre los podría convertir
en objetivo militar.

En el terreno diplomático podría significar el retiro de varios organismos humanitarios. Estos por
un lado son los ojos del mundo en Colombia y supervisan al gobierno en temas como el
cumplimiento de los derechos humanos -por ejemplo, la Oficina del Alto Comisionado de los
Derechos Humanos. Pero a la vez cumplen una misión humanitaria imprescindible para las
víctimas de la guerra. Organizaciones como Acnur, cuya misión es prestar ayuda de emergencia
a los desplazados, y el Comité Internacional de la Cruz Roja, cuya misión en Colombia es la
tercera más grande del mundo, bien podrían empacar sus maletas e irse a otros lugares del
planeta igual de necesitados. ¿Para qué continuar con las brigadas médicas en los Montes de
María si el gobierno tiene acceso a todos los rincones del país? ¿Cómo llevarles cartas a los
secuestrados de la guerrilla si se les niega la posibilidad de que busquen contacto con los grupos
armados?

En el terreno político, significaría cerrar el margen de maniobra para una negociación política con
los grupos armados. Con terroristas no se negocia. Se les somete por la fuerza. No obstante,
Uribe deja abierta la posibilidad de llevar a cabo procesos de desmovilización con la condición de
un cese del fuego. Procesos que, como en el caso del que se sigue en Santa Fe de Ralito con
los paramilitares, no incluyan ninguna agenda política.

¿Tiene razón Uribe? El Presidente tiene razón en que las guerrillas y los paramilitares carecen
de justificación para su lucha armada y sus coletazos sangrientos. Es cierto que la guerrilla
comete a diario actos terroristas y arremete contra los civiles, vive del narcotráfico y además no
representa a casi nadie. Sin embargo, la falta de legitimidad de los grupos armados no niega la
existencia del conflicto.

Es más, la definición de si existe un conflicto no depende del capricho o de la apreciación del


presidente de turno sino de unas condiciones objetivas. El Protocolo II de Ginebra se aplica
cuando en un territorio las Fuerzas Armadas se enfrentan a "fuerzas armadas disidentes o
grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una
parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y
concertadas y aplicar el presente Protocolo". En Colombia es difícil negar -aunque José Obdulio
Gaviria lo intenta- que las Farc tienen un mando responsable como es el Secretariado. También
es indudable que aún ejercen control sobre fracciones del territorio. Lejano, a veces ocasional,
pero lo ejercen. ¿Cómo explicar de otra manera que puedan tener campos de concentración
donde llevan secuestrados soldados y policías más de cinco años? Aunque el gobierno de Uribe
ha avanzado muchísimo en arrebatarles su retaguardia en el sur del país, conservan todavía la
capacidad para realizar operaciones militares como lo demostró el ataque a Iscuandé.

Por todo lo anterior, la Corte Constitucional ha reconocido en sus sentencias que existe un
conflicto armado, el Congreso de la República ha desarrollado leyes como la de los desplazados
a raíz del conflicto y la gran mayoría de colombianos cree que en Colombia existe una guerra. Es
más, eligieron a Álvaro Uribe porque fue el único candidato que prometió ganarla. Más aún: las
Fuerzas Armadas piensan, se preparan y actúan para la guerra. "Estamos en guerra y vamos
ganando", entonan al unísono los soldados al formar.

En conclusión, es entendible que el Presidente utilice el eslogan de la lucha antiterrorista para


deslegitimar políticamente a la guerrilla y a los paramilitares. Y ojala ese discurso de criminalizar
la lucha armada logre cerrarle los pocos espacios políticos que todavía le quedan a la guerrilla
colombiana en la comunidad internacional. Lo que sería muy grave es que este discurso
trascienda el terreno simbólico y termine orientando la estrategia de seguridad del gobierno.
Porque si bien los guerrilleros y los paramilitares son terroristas, no se circunscriben a eso.
También es cierto que ambos grupos son narcotraficantes y tienen motivaciones políticas. Las
Farc, cuyo origen es sin duda político, insisten en que quieren tomarse el poder y enarbolan una
agenda de 10 reformas para el país. Los paramilitares cuentan con una sólida base social en
ciertas regiones del país, tienen representación indirecta en el Congreso e hicieron una
verdadera 'operación avispa armada' para controlar por medio del terror y la intimidación gran
parte de los gobiernos locales en regiones como la Costa y los Llanos Orientales, entre otras.

En el terreno militar la confusión es aún mayor. "No reconocer el trasfondo político de la


confrontación puede llevar a un error de mayores consecuencias: menospreciar y subestimar al
oponente", dice el coronel retirado Carlos Alfonso Velásquez. "Si nos atenemos a la posición del
gobierno, las Fuerzas Militares estarían ubicando el centro de gravedad donde no está". En el
libro On Strategy, el coronel Harry G. Summers Jr. demuestra que por ubicar mal ese 'centro de
gravedad', Estados Unidos perdió la guerra en Vietnam. Mientras que los norvietnamitas y sus
apoyados, los vietcong, acertaron en identificar el centro de gravedad de Estados Unidos en "la
personalidad de sus líderes políticos sensibilizada por la opinión pública, lo que además
obstaculizaba la alianza con el gobierno de Vietnam del Sur", la potencia mundial creyó que el
centro de gravedad eran las guerrillas del vietcong en sí mismas.

Si el gobierno realmente piensa que las guerrillas son esencialmente terroristas, entonces la
única acción realmente consecuente sería reforzar la Policía, que es la encargada de capturar a
los delincuentes; reforzar la persecución de los bienes y dineros de guerrilleros y paramilitares, y
crear un servicio de inteligencia exterior o por lo menos enviar a Interpol la lista de los terroristas
para evitar situaciones tipo Granda.

Pero si reconoce que las guerrillas y los paramilitares, además de cometer acciones terroristas,
tienen motivaciones políticas y controlan territorios quizá pondría su centro de gravedad en
reforzar la legitimidad del Estado en el país marginal, donde transcurre la mayor parte del
conflicto armado. Así está redactado en la Política de Seguridad elaborada por el Ministerio de
Defensa al comienzo de este gobierno. Se haría entonces menos énfasis en la política de
capturas masivas, que ha alienado a la población en contra de las Fuerzas Armadas en muchos
pueblos, y se haría más énfasis, por ejemplo, en cortar todo vínculo entre militares y
autodefensas. Pero, sobre todo, se esforzaría menos por atacar en sus discursos -y ahora en sus
libros- a sus opositores políticos, incluidos los defensores de los derechos humanos, y más por
llevar al Estado a las regiones abandonadas de país. Llevar jueces, fiscales, colegios y
alternativas económicas a las zonas donde los soldados están peleando con tanto esfuerzo y
sacrificio el Plan Patriota. Detrás del fusil tiene que venir la legitimidad.

Porque si bien José Obdulio tiene razón en que en Colombia existe un Estado legítimo y que
después de la Constitución del 91 hay una democracia mucho más plural e incluyente, es una
realidad que se vive sobre todo en el país de los centros urbanos. Ahí funciona el Estado, se
mueve la economía, la vida es cosmopolita y los colombianos viven en el siglo XXI. Pero a
medida que se alejan de ese país urbano se entra a otro país. Un país marginal, rural,
abandonado, anclado en el siglo XVII y controlado por los señores de la guerra.

En varias regiones hay decenas de municipios donde el Estado está controlado por los
paramilitares. Tampoco se conoce mucho del Estado legítimo en Cartagena del Chairá o
Calamar, en el Guaviare. Tiene razón el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos cuando
dice que la guerra en Colombia se ha prolongado por décadas no tanto porque la guerrilla sea
fuerte, sino por la debilidad del Estado. El verdadero desafío del gobierno es comprender que
esta es una guerra con muchas caras. Simplificarla sólo es un ejercicio de propaganda y haría
bien el Presidente en encomendarle esa labor sólo a José Obdulio.

Conflicto armado o amenaza terrorista?


Por Carlos Alfonso Velásquez R.* El coronel retirado Carlos Alfonso Velásquez explica por
qué el gobierno se equivoca al negarle el carácter político al conflicto armado. Foro con
los lectores.
El 22 de noviembre, durante la visita de George Bush a Cartagena, el presidente Álvaro Uribe
pronunció un discurso de 19 párrafos, durante los cuales empleó la palabra terrorismo 11 veces.
Además volvió a utilizar la frase "la culebra está viva". Con estas palabras, Uribe reafirmó su
visión de que en Colombia no existe un conflicto armado sino una amenaza terrorista.

Había tratado de encontrar una explicación satisfactoria sobre por qué el gobierno no reconoce el
carácter político del conflicto armado hasta que le escuché al Alto Comisionado para la Paz las
siguientes palabras en un foro en Fescol: "Hay un conjunto de conceptos que sustentan
nuestra política de paz a los cuales quiero hacer referencia de manera sucinta. El señor
Presidente con frecuencia hace referencia a ellos, sin embargo me da la impresión de que no
han sido suficientemente comprendidos. ¿Cuáles son estos conceptos? El primero: en Colombia
no existe un conflicto armado sino una amenaza terrorista. Durante varios años hizo
carrera el concepto de conflicto social y armado o conflicto armado interno. Con el primero
se da a entender que lo que existe en Colombia es una problemática de tipo social que no
encuentra cauces diferentes a los de la violencia para expresarse. Con el segundo, el de
conflicto armado interno, se da a entender que en Colombia se vive una dinámica semejante a la
guerra civil..")
Quedó entonces claro que la premisa de arranque de la estrategia del gobierno para buscar la
paz no reconoce el trasfondo político del conflicto. Alguien podría decir que se trata solo de un
problema semántico sin importancia. Sin embargo, el asunto va más allá, pues está produciendo
una fisura de consecuencias estratégicas. En lo dicho por Restrepo puede ser acertado desechar
la caracterización del conflicto como 'social y armado', pero es equivocado tratar de borrar su
connotación política.

Las guerrillas, sus pocos partidarios y quienes desde la legalidad coinciden con algunos de sus
planteamientos han promovido el concepto de social y armado para proveer de un aura de
legitimidad y justificación al levantamiento en armas. Con esos términos afirman implícitamente
que el conflicto ha sido determinado por las injusticias sociales y que estas son su causa.
Argumento que hace rato fue dejado de lado por importantes sectores académicos. Si se
aceptara esa caracterización, se oscurecería la responsabilidad personal que -en distintas
proporciones- cabe a cada quien por los actos violentos, y en especial por los degradantes como
el secuestro y el terrorismo.

Sin embargo, no aceptar dichos términos es diferente a no querer ver el trasfondo político del
conflicto, entendiéndolo como la búsqueda del poder público.

Es un hecho comprobable que quienes participan directamente en la confrontación emplean la


violencia organizada y deliberada para la obtención de sus fines de poder, que sin dejar de ser
políticos frecuentemente interactúan con intereses privados de índole delictiva. Por lo demás, la
ambigüedad entre lo político y lo delictivo no es exclusiva de nuestro conflicto. Por el contrario,
ha estado presente en diferentes choques bélicos a través del tiempo. Por ejemplo, en la guerra
civil de EE.UU.**

La explicación central para descartar el carácter político del conflicto se encuentra en los
argumentos del Alto Comisionado expresados en su ponencia: ".Por otro lado al hablar de
conflicto armado interno y asimilarlo a una especie de guerra civil se desconoce que los grupos
armados ilegales no cuentan con el apoyo de la opinión, son grupos minoritarios. Y que
por otro lado no existe en Colombia ni una constricción constitucional de derechos, ni una
dictadura personalista que pueda eventualmente justificar, como se justificó en otras épocas, el
recurso a las armas para buscar más libertad o más justicia". (negrillas del autor).

Que las guerrillas son grupos minoritarios que no cuenten con el apoyo de la opinión
(principalmente urbana) es cierto. Pero también es cierto que eso no elimina sus propósitos de
búsqueda del poder político.

El argumento de Restrepo puede ser válido para desechar la definición del conflicto colombiano
como una guerra civil, si se la entiende como el enfrentamiento entre dos grandes bandos de la
sociedad. Pero no tiene suficiente asidero para descartar lo político del conflicto.

En esa lógica, ¿será que un candidato a elección popular de un partido minoritario que no cuente
con apoyo de opinión deja por esto de ser político? Es distinta la favorabilidad de opinión a los
propósitos políticos.

Luego encontramos la respuesta de fondo sobre por qué se trata de borrar el carácter político del
conflicto: se cree que aceptándolo se está justificando a las guerrillas. Lo que no deja de ser
también equivocado puesto que un asunto es identificar adecuadamente un problema y otro bien
diferente, justificarlo.

Identificar un problema es esencial para afrontarlo y buscarle la solución más adecuada. Más
aún si se tiene en cuenta la influencia que tienen los intercambios políticos entre los
contendientes en un conflicto bélico. No reconocer el trasfondo político de la confrontación puede
llevar a un error de mayores consecuencias: menospreciar y subestimar al oponente. Falla que
ha sido criticada de manera abundante por todos los estudiosos de los fenómenos bélicos.

Cabe llamar la atención sobre otra equivocación, esta vez de amplios sectores de la opinión
pública. Se entienden los intercambios políticos en el marco del conflicto solo como el 'diálogo' o
las 'negociaciones de paz'. Sin embargo, estos no son los únicos.

Cuando existe un conflicto, que pese a su degradación sigue siendo político-violento, las
posiciones polarizantes, desdeñosas o inoportunas del gobierno incentivan a las guerrillas a
reafirmar su autojustificación y a radicalizarse. Y las de la contraparte también radicalizan a la
opinión pública y al gobierno. Todo lo cual calienta las cabezas y se aparta de la verdadera
efectividad estratégica, es decir, del avance hacia el logro de la paz. Por eso es importante una
acertada identificación del problema, y no hacerlo produce una fisura de implicaciones
estratégicas.

La fisura estratégica En un reciente seminario del grupo de Houston sobre la sostenibilidad de


la política de seguridad democrática se hizo evidente la fisura al observar la contradicción entre
el gobierno y las Fuerzas Militares. Mientras que para el general Carlos Alberto Ospina el centro
de gravedad estratégico está en "preservar la legitimidad del Estado", el consejero presidencial
José Obdulio Gaviria volvió sobre la caracterización gubernamental: "Lo que tenemos es una
democracia amenazada por el narcoterrorismo".

Es decir, si se tiene en mente que el concepto de legitimidad es esencialmente político, estamos


frente a un conflicto de connotación política. Lo contradictorio entonces es que, si nos atenemos
a la posición del gobierno, las Fuerzas Militares estarían ubicando el centro de gravedad donde
no está. Y es de tal importancia la acertada identificación del centro de gravedad, que cuando no
se tiene claro se incurre en errores que pueden llegar a producir la derrota o el estancamiento del
conflicto y la innecesaria prolongación de la guerra.

En su libro On Strategy (un análisis crítico de la guerra del Vietnam), el coronel Harry G.
Summers Jr. demuestra que principalmente por esa equivocación los Estados Unidos perdieron
la guerra. Mientras que los norvietnamitas y sus apoyados, los Vietcong, acertaron en identificar
el centro de gravedad de los Estados Unidos en "la personalidad de sus líderes políticos
sensibilizada por la opinión pública, lo que además obstaculizaba la alianza con el gobierno de
Vietnam del Sur". La potencia mundial creyó que el centro de gravedad eran las guerrillas del
vietcong en sí mismas. Algunos estrategas estadounidenses trataron de identificarlo en el ejército
de Vietnam del Norte por el apoyo que en todo sentido le brindaba a los Vietcong, pero allí
tampoco estaba.

Es pues un asunto vital del arte-ciencia de la estrategia establecer con claridad el centro de
gravedad. De ello dependen asuntos de mucha importancia como el esfuerzo principal y las
prioridades que se derivan para las líneas de acción.
Algunas consecuencias

En el vacío mencionado se originan varios errores en la implementación de la política de


seguridad democrática. El primero de ellos es la manera como el propio Presidente ha cerrado
su margen de maniobra política para un posible acuerdo humanitario, una de las pocas
herramientas políticas que aún poseen las Farc. ¿No sería más rentable que el gobierno tomara
la iniciativa para quitarles esa posibilidad?. Lo ha tratado de hacer con las últimas propuestas
pero como no reconoce lo político, estas se han hecho en el vacío.

Otro error es no haber diseñado indicadores de resultados para su política que permitan tener un
cuadro objetivo sobre lo que está pasando en los diferentes municipios, donde la
'paramilitarización' fue puesta en evidencia por los medios de comunicación.

Si el gobierno tuviera en cuenta que lo que hay subyacente en el conflicto es una lucha por la
legitimidad política, seguramente habría diseñado este tipo de indicadores para medir, entre
otras cosas, el nivel de progreso de la democracia. ¿No se trata de seguridad democrática?

El indicador que existe es el nivel de cubrimiento de los municipios con fuerza pública para el
control estatal del territorio, lo que si bien es importante porque abre la puerta para la llegada de
otras entidades, es insuficiente hasta que no se dé el efectivo arribo de las instituciones civiles.
¿Hay planes en este sentido?

Tal vez se considere que los consejos comunitarios llenan el vacío político, lo que resulta
dudoso. Por una parte porque al opacar a las autoridades locales y en general a los organismos
del Estado, los consejos tienden a desinstitucionalizar. Y por otra parte, sus efectos no son ni de
mediano ni de largo plazos.

En la práctica, con dichos consejos -y medidas como alojar a 'Julián' por dos noches en una suite
del Hotel Tequendama- no se está buscando relegitimar al Estado sino a la figura personal del
Presidente Uribe.

Esto nos lleva a otro punto aún más problemático. Si hay una característica de nuestro régimen
político que ha evitado que las guerrillas ganen legitimidad y aumenten su moral de combate es
precisamente la institucionalidad del país. Entre otras razones, porque esta institucionalidad ha
hecho aparecer hueco el discurso de agravios guerrilleros. ¿A quién echarle la culpa?, ¿a los
diferentes presidentes?, ¿a todos los congresistas que han pasado por el poder legislativo?, ¿al
poder judicial?, ¿a la Procuraduría?, ¿a los gremios económicos?, ¿a los partidos políticos?, en fin

Si el gobierno tuviera en cuenta lo político, no expondría a las Fuerzas Militares a un desgaste de


su legitimidad con las capturas masivas, que han demostrado que al final son más los inocentes
privados de su libertad que los realmente responsables por el delito por el que se les acusa y
captura.***

Si tuviera en mente el intercambio político que se puede dar durante un conflicto armado, no
habría asumido posiciones públicas respecto a los derechos humanos y derecho internacional
humanitario que han hecho pensar a sectores de opinión que son banderas de la izquierda, en
contra de la seguridad como bandera de la derecha, cuando la verdad es que estos conceptos
no pueden ser excluyentes. En realidad son como hermanas siamesas. Un entorno sin seguridad
limita sensiblemente el respeto, la promoción y la protección de los derechos humanos, y
tampoco puede haber verdadera seguridad en democracia sin la prevalencia de estos derechos.

Por último, también se deriva de este vacío el manejo que se le ha dado al proceso con las AUC.
Hay todavía muchas zonas grises, en buena parte porque se cree que el perdón se opone a la
justicia. Y no se vislumbra que se esté aprovechando para desactivar el polvorín que ha
constituido a través del tiempo el problema de tierras en el país. En fin, no se está aprovechando
para relegitimar al Estado. ¿Será que se está desmintiendo el discurso guerrillero respecto a los
paramilitares?

Hay que reconocer que la política de seguridad democrática ha producido diferentes resultados
representados en descenso de la violencia, cuyos efectos psicológicos han mejorado la
percepción de seguridad de una alta proporción de la gente. Todo ello ha incidido en el ambiente
que facilita la recuperación económica del país. No obstante, en la implementación de esa
política se mantiene subyacente la equivocación aquí expuesta, que puede llevarnos a una
nueva frustración en el camino hacia la paz.

Es más, ya empieza a mostrar síntomas de agotamiento. En el 'empantanamiento' del conflicto al


que se refiere el informe número 6 de la Fundación Seguridad y Democracia, al lado de otros
factores está gravitando la equivocación político-estratégica del gobierno. Pero ese sería un tema
para tratar con más extensión.

* Coronel retirado, especialista en estrategia general, magíster en estudios políticos, profesor de la


Universidad de la Sabana.

**Stathis N. Kalyvas, "La ontología de la 'violencia política': acción e identidad en las guerras civiles",
Revista Análisis Político del Iepri No. 52, septiembre/diciembre 2004, pp 51-76.

***Según cifras de la Comisión Colombiana de Juristas, Codhes, Asfades y País Libre, entre septiembre de
2002 y diciembre de 2003 han sido detenidas 4.846 personas, de las cuales 3.750, el 77,4%, han tenido
que ser puestas en libertad después de unos días, y solo 1096, el 22,6%, han sido procesadas por auxiliar
a las guerrillas en una u otra forma, pero aún no han llegado a la etapa de juicio y condena.

Por Rodrigo Uprimny director de DJS, resalta las inconsistencias del gobierno, que al
mismo tiempo niega y reconoce la existencia del conflicto armado. Ver confito arm

Los Convenios de Ginebra de 1949


Los Convenios de Ginebra y sus Protocolos adicionales son tratados internacionales que
contienen las principales normas destinadas a limitar la barbarie de la guerra. Protegen a
las personas que no participan en las hostilidades (civiles, personal sanitario, miembros
de organizaciones humanitarias) y a los que ya no pueden seguir participando en los
combates (heridos, enfermos, náufragos, prisioneros de guerra). Enlaces a recursos de
interés

Los Convenios de Ginebra y sus Protocolos adicionales son la piedra angular del derecho
internacional humanitario, es decir el conjunto de normas jurídicas que regulan las formas en
que se pueden librar los conflictos armados y que intentan limitar los efectos de éstos.
Los Convenios y sus Protocolos establecen que se debe tomar medidas para prevenir o poner fin
a cualquier infracción de dichos instrumentos. Contienen normas estrictas en relación con las
llamadas "infracciones graves". Se debe buscar, enjuiciar o extraditar a los autores de
infracciones graves, sea cual sea su nacionalidad.

Convenios de Ginebra de 1949

El I Convenio de Ginebra protege, durante la guerra, a los heridos y los enfermos de las
fuerzas armadas en campaña. 1864, 1906 y 1929. Consta de 64 artículos, que establecen que
se debe prestar protección a los heridos y los enfermos, pero también al personal médico y
religioso, a las unidades médicas y al transporte médico. Este Convenio también reconoce los
emblemas distintivos. Tiene dos anexos que contienen un proyecto de acuerdo sobre las zonas
y las localidades sanitarias, y un modelo de tarjeta de identidad para el personal médico y
religioso.

El II Convenio de Ginebra protege, durante la guerra, a los heridos, los enfermos y los
náufragos de las fuerzas armadas en el mar. Este Convenio reemplazó el Convenio de La
Haya de 1907 para la adaptación a la guerra marítima de los principios del Convenio de Ginebra
de 1864. Retoma las disposiciones del I Convenio de Ginebra en cuanto a su estructura y su
contenido. Consta de 63 artículos aplicables específicamente a la guerra marítima. Por ejemplo,
protege a los buques hospitales. Tiene un anexo que contiene un modelo de tarjeta de identidad
para el personal médico y religioso.

El III Convenio de Ginebra se aplica a los prisioneros de guerra.

Este Convenio reemplazó el Convenio sobre prisioneros de guerra de 1929. Consta de 143
artículos, mientras que el Convenio de 1929 constaba de apenas 97. Se ampliaron las categorías
de personas que tienen derecho a recibir el estatuto de prisionero de guerra, de conformidad con
los Convenios I y II. Se definieron con mayor precisión las condiciones y los lugares para la
captura; se precisaron, sobre todo, las cuestiones relativas al trabajo de los prisioneros de
guerra, sus recursos financieros, la asistencia que tienen derecho a recibir y los procesos
judiciales en su contra. Este Convenio establece el principio de que los prisioneros de guerra
deben ser liberados y repatriados sin demora tras el cese de las hostilidades activas. Tiene cinco
anexos que contienen varios modelos de acuerdos y tarjetas de identidad, entre otras.

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