IFI
Letras e Ideas
Colección dirigida por
F r a n c i s c o R ic o
A lber to Várvaro
LITERATURA ROMÁNICA
DE LA EDAD MEDIA
Estructuras y formas
EDITORIAL ARIEL, S. A.
BA R C EL O N A
Título original:
STRUTTURA H FORME DELLA LETTERATURA
ROMANZA DEL MEDIOEVO
Traducción de
L o la B a d ia y C a r lo s A lvar
Adiciones bibliográficas de
C a r l o s A lvar
Primera edición: octubre 1983
© 1968: Alberto Virvaro
Derechos exclusivos de edición en castellano
reservados para todo el mundo
y propiedad de la traducción:
© 1983: Editorial Ariel, S. A.
Córcega, 270 - BarceIona-8
ISBN: 84 344 8367 X
Depósito legal: B -1983
Impreso en España
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, alma
cenada o transmitida en manera alguna ni por ningún m edio, ya sea eléctrico, químico, mecánico,
óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Capítulo I
NOCIONES PRELIMINARES
1. U n id a d y v e r t e b r a c ió n d e l m u n d o r o m á n ic o m e d i e v a l
Podríamos plantear una introducción a las literaturas romá
nicas medievales desde distintos puntos de vista.1 Cabría es
coger, por ejemplo, la descripción de su desarrollo histórico
según el esquema habitual de las historias de la literatura; sin
embargo habría que considerar'si resulta factible encajar en una
única sucesión cronológica la totalidad de la producción literaria
desde Lisboa hasta Londres y Palermo, si no se impone la nece
sidad de desgajar la exposición en seis secciones paralelas. Pero,
incluso suponiendo que consiguiéramos presentar una visión crí
tica unitaria, las restricciones de espacio inherentes a la natura
leza de toda introducción transformarían nuestro trabajo en una
árida enumeración de nombres y títulos.
He aquí por qué creemos más conveniente tomar un camino
completamente distinto; renunciando en parte a la presentación
del desarrollo histórico, pretendemos identificar las formas prin
cipales de la experiencia literaria medieval, así como esclarecer
su significación a través de textos ejemplares por distintas razo
nes, destacando su valor y su configuración específica, sin olvidar
en cada caso la relación dialéctica que media entre lo concerniente
1. Se trata de las literaturas italiana, francesa, provenzal, catalana, castellana
y gallego-portuguesa. Las literaturas rumana y retorromance no tuvieron fase me
dieval. Tíngase en cuenta que el área lingüística que llamamos francesa incluye
solamente la mitad norte de Francia y también la actual Inglaterra en la que,
tras la conquista normanda de 1066, el francés fue la lengua de las clases
altas y de casi soda la producción literaria hasta por lo menos el siglo xiv. La
mitad meridional de Francia pertenece al ¿rea provenzal.
3",
(xJ
37
Uv>c*J is»
8 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD M EDIA
Iacasuno autor en concreto o a un fragmento literario, y las mar
perspectivas valederas para la totalidad de un período
histórico. De esta manera nos parece que se puede ofrecer una
versión más auténtica del mundo cultural de la Edad Media
románica, de sus posibilidades y de sus logros poéticos, con la
condición de que se tenga presente que nuestra iniciación re
quiere un ahondamiento complementario de los conocimientos
adquiridos tanto por lo que respecta a la cronología como a las
caracterizaciones nacionales de cada una de las literaturas romá
nicas medievales; sólo así devolveremos a nuestra materia de estu
dio la complejidad cultural y literaria que le es propia y que nos
vemos obligados a sacrificar o a minimizar.
I Pero en primer lugar cabe preguntarse si la autonomía de
cada tradición lingüística — y por ende literaria— no desautoriza
cualquier estudio unitario de la materia, aun desde el punto de
vista expuesto. Y es que no nos proponemos realizar un trabajo
de literatura comparada, que permite ver los problemas desde el
exterior, sino arrojar luz sobre todo un conjunto interiormente
diferenciado y, sin embargo, unitario. Pero, ¿qué entendemos por
unitario?
A los comienzos del período que tomamos en consideración.2
no cabe duda de que no existía todavía una conciencia precisa y
clivulgada de las distintas identidades nacionales, En brancia la
monarquía de los Capetos tenía una tuerza y un peso más que
modestos y estaba lejos de ejercer una función catalizadora del
sentimiento nacional, sentimiento que por descontado no com
partían los súbditos del duque de Normandía, que desde 1152 era
también rey de Inglaterra y duque de Aquitania. En el sur de
Francia, por otro lado, la soberanía del rey de París era un hecho
meramente nominal. En la Península Ibérica la fragmentación
política era menos aguda pero más tajante; las monarquías por
tuguesa, leonesa, castellana y aragonesa (implantada en Cataluña
ya desde 1137) poseían una fisonomía duradera y definida (sin
olvidar que había todavía una parte de la península dominada por
los musulmanes). El cuadro ibérico no se simplificó hasta finales
2. Que va desde los primeros monumentos literarios en vulgar hasta el si
glo xv, excepto en el caso de Italia ya que la figura de Petrarca representa la
transición entre la Edad Media y el Humanismo. Generalmente y de acuerdo con las
circunstancias, la implantación de la cultura humanística en las distintas formas
que adopta según los ambientes que la acogen, se considera como meta final
de la descripción de las literaturas medievales.
<3cio r? fe>Í\+¡c&- y
NOCIONES PRELIM IN A RES 9
del siglo xv con la unión de las coronas de Aragón y Castilla y con
la caída del reino de Granada. Resulta ocioso hacer hincapié en la
fragmentación política de la Italia de los barones, de las ciudades
francas y más tarde de los principados: el sur de Italia (Sicilia
y Ñapóles) constituyó un reino floreciente que duró desde 1137 a
1282 y en el que se sucedieron tres dinastías: la normanda, la
suaba y la de Anjou, introducida por el Papado; mientras tanto, el
norte de Italia se organizaba en ciudades independientes, vincu
ladas al Imperio o al poder papal, más por razones económicas
que espirituales; los enfrentamientos de güelfos y gibelinos, ge-
noveses y písanos, florentinos y sieneses constituyen una norma
a lo largo de la Edad Media, con frecuentes repercusiones lite
rarias. Añadamos además que la identificación entre territorios
políticos y conciencia nacional quedaba obstaculizada por la hete
rogeneidad lingüística. El rey de Francia no era el soberano dé
todos los hablantes franceses (que en parte eran súbditos del Im
perio) y lo era, en cambio, de provenzales y flamencos; el rey de
Inglaterra reinaba sobre normandos, sajones y bretones y, en el
continente, sobre franceses, bretones y provenzales"; el rey de
Aragón sobre gentes de dialecto aragonés, pero también sobre
catalanes y provenzales, aparte de las poblaciones de lengua árabe
y hebrea, sometidas a todos los soberanos ibéricos. En resumen,
los sentimientos nacionales se fortalecieron a lo largo del período
que nos interesa paralelamente a la solidificación de las institu-
ciones monárquicas, y no siempre en correspondencia con üñíci'a-
des lingüísticas (y por lo tanto literarias).
Si el carácter de la fragmentación política en el fondo no
negaba una unidad de base (que sé puso de manifiesto, por ejem
plo, en las Cruzadas), la diferenciación lingüística, por el contrario,
era más neta. Debe quedar clara una cosa: el área lingüística
románica, vista en toda su extensión, presentaba fracturas claras
y profundas únicamente en casos aislados. Normalmente la dife-
renciación era un fenómeno progresivo y casi imperceptible que se
jnanilestaba en todas partes en un gran numero de dialectos más
o menos equidistantes e"l uno del otro en idénticas circunstancias
de contigüidad. iJoco a poco, sin embargo, y por un conjunto de
factores en mínima parte literarios (mayor o menor frecuencia
¡
de los contactos comerciales o sociales en general, incidencia de
determinados centros políticos, eclesiásticos o mercantiles, forma
ción de convenciones de lengua escrita con finalidades jurídicas,
10 LITERATURA ROMÁNICA D E LA EDAD M EDIA
documentales o comerciales, etc.), las distintas áreas dialectales
se fueron articulando — generalmente a partir de afinidades pre
existentes— en unidades más complejas que tendían a utilizar un
tipo de expresión escrita y hasta hablada (a determinados nive
les) que les-era común. Generalmente esta tradición de lengua
común (que se suele llamar scripta) es anterior a las obras litera
rias que conocemos; pero el gran prestigio de algunas scriptae
nació con el estableeimiento,.de. una tradición literaria y a partir
de este prestigio se fue fijando en cada área dialectal un punto
g c A x © lo S de convergencia y 'poniendo en marcha todo un proceso de unifi-
cación lingüística y de eliminación de dialectos que en nuestros
^ días ha llegado a sus últimas fases. Ya hemos señalado cuáles
son las seis lenguas literarias principales de la Edad Media romá
© nica. fCabe precisar ahora dos puntos. Unicamente hacia el final
de nuestro ner.íodnJ y I»n alffinnt fflfps solamente fnn prntprinri.
dad a él. las lenguas literarias unitarias se impusieron definitiva
mente sobre tradiciones afines de base más limitada; por , ello,
podemos encontrar durante la Edad Media textos tranceses con
urTbarniz dialectal, más o menos manifiesto, normando. anglo;
normando, picardo, franco-provenzal, etc., o un texto castellano
con formas leonesas o aragonesas, o un texto italiano con moda
lidades sicilianas o paduanas. En realidad no se trata de «bar
nices» en el sentido de una inadecuada asimilación de la lengua
literaria común, sino de resistencias o tentativas de creación de
una lengua literaria sobre bases dialectales algo distintas de las
de la modalidad que a la larga se impuso; es decir que nos halla
mos ante soluciones menos afortunadas pero de igual validez. Sin
embargo no hemos de caer en una sobrevaloración de la base
dialectal, ya que ésta obedece siempre a una serie de conven
cionalismos que proceden de una tradición de lengua scripta.
Con ello llegamos al segundo punto que queríamos subrayar. Las
/y ^ tradiciones lingüísticas de las obras literarias medievales, tal
v— ' ¿orno las conocemos, no atestiguan necesariamente una determT
nada procedencia geográfica, p recisamente por su convenciona
lismo intrínseco. E s suficiente destacar que Jurante algún tiempo-
el provenza!” fue la lengua de la poesía lírica en Italia, especial
mente en la región paduana, y lo fue también en Cataluña; el
i)' francés fue la lengua de las obras narrativas, didácticas o histó
ricas, de escritores que no lo tenían como lengua materna (así
por ejemplo Brunetto Latini, Rustichello de Pisa, Marco Polo);
NOCIONES PR ELIM IN A RES 11
el gallego-portugués se impuso como lengua de la poesía lírica en
ambientes de habla castellana, etc. Además en el interior del área
de una determinada tradición literaria vemos, por ejemplo, que
registrar una gran cantidad de obras francesas con barniz dialec
tal normando o picardo no indica que aquéllas zonas fueron espe
cialmente fértiles en escritores en un momento determinado, sino
que durante ciertos períodos y para determinados géneros se tuvo
,'fa^>4ÁC_¿one3’
preferencia por las scriptae de base dialectal picarda o normanda.
Dentro del ámbito que se ha señalado y en el sentido que se
j. V
ha intentado precisar, debemos hablar de distintas tradiciones en ¿e. ooÑcis^
la literatura románica medieval; tradiciones con marcadas alTe-
rencias pero que por dos "razones principales mantuvieron una
unidad fundamental. En primer lugar, todo ambiente cultural To-
mánico se formó y definió sus características en una relación esen
©
e s c A jM s
cial y constante con la escuela, que conservaba y ditundía la
tradición latina. Pero la organización de la escuela medieval y V
sus practicas de enseñanza eran iguales prácticamente en todcTel V io m o c je -
occidente europeo, si no en cuanto a conocimientos, por lo m enos'
en el ripo de planteamiento cultural; par lo tanto, también era
comúrTa toda Europa el patrimonio* de saber que se transmitía,
y, por distintas que fueran las posiciones de cada ambiente cultu
ral románico respecto a la tradición, ésta les confería una indis
cutible homogeneidad de fondo, basta señalar' ^üe en~t'ódas ~ig5~
escuelas se estudiaba latín y que todas las personas cultas estaban
capacitadas pá'rá'Ti'aBTárló bien o mal; ello permitía un intercam
bio de personas y de ideas que podía ser limitado pero que for
talecía los cimientos de una unidad de base. Un maestro italiano
podía enseñar sin ninguna dificultad en Inglaterra; un estudiante
podía viajar a París desde Coimbra, un literato de la corte de
Barcelona, a la de Enrique II de Inglaterra; una obra en latín
compuesta en Salerno se difundía rápidamente por toda la Europa
culta, exactamente igual que otras obras escritas en Montpcllier,
en Compostela o en Canterbury.3
Pero hay más. Cada una de las culturas románicas, además
de estar en contacto con la cultura latina unitaria, no se cerraba
efi'¿f Misma en un aislamientod esd eñ o so . Ya se ha señalado que
las áreas lingüisticas y las de lengua literaria no coincidían y ello
3. Es más, hay que añadir que el ámbito de la cultura latina es mucho más
amplio que el ámbito románico ya que incluye Irlanda y los países germánicos y
posteriormente también Polonia, Bohemia y Hungría.
j 12 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
constituye ya una prueba de la existencia de contactos y de aper
turas. Pero hay que añadir que ias literaturas románicas medie-
vales se pueden considerar en cierta medida unitarias a causa de
la~fuerza de cohesión que representó el predominio cultural fran
cés, que se concretó en la irradiación de modas, de temas, de
lo rmas v sobre todo de ideales y de ejemplos. Al decir cultuTa
Q -T ¡y n ces¿i francesa no queremos olvidar el mediodía del país, pues Provenza
fue la cuna de la mayor parte de la lírica romance, igual que el
norte lo fue de la narrativa y de la producción didáctica. Y esta
influencia francesa se imponía a través de las obras, pero también
á través de los viajes de los escrito res 4 v.~en un porcentaje ~c|ue
no es menos elevado, a través de los múltiples canales de la jugla
ría internacional, ya que fos iualaresTrecitactores de bóéüfü ÜlMRi.
ele" novelas, de anécdotas, intérpretes de poesía lírica, etc.) supe
raban todas las barreras lingüísticas y políticas y contribuían de
forma capilar pero impresionante a la difusión de la producción
literaria romance.5
4. Por la historia de la literatura italiana sabemos que .fueron muchos los
trovadores que viajaron más al este de los Alpes: Peire Vidal, Raimbaut de Va
quearas, Aimcric de Peguilhan, para citar sólo los más importantes. Tampoco fal
taron las visitas de autores franceses; se podría decir más o menos lo mismo
para los demás países. Sobre los trovadores que vinieron a la Península Ibérica
¡case el cuidadoso libro de C. Alvar, La poesía trovadoresca en España y Portugal,
Madrid, 1977, y Textos trovadorescos sobre España y Portugal, Madrid, 1978.
A la difusión de la cultura francesa contribuyó el extraordinario auge adqui-
rido por las órdenes de Üuny y de ¿ister, que 'llegaron a dominar sobre más de
un millar de monasterios, con la riqueza que ello suponía. Los clumacenses co
menzaron a mostrar su iuerza eri la Península ibérica en tiempos de Alfonso VI;
antes de que acabara el siglo xi, los monasterios más importantes y una gran
parte de los obispados (entre ellos Toledo y Valencia) eran regidos por monjes
franceses; pero también contribuyó de forma importante' la explosión demográ
fica que se experimentó a lo largo del siglo xt y que puso en movimiento el
comercio, dando lugar a una ciase nueva •—los mercaderes— que no se dedicaban
•ni 3 la "guerra ni a las letras, ni al trabajo de la tierra: muchds de lo's"'córfii?f-
ciantes asentados en la Península Ibérica procedían del centro de Europa y, en
especial, de Francia (cfr. R. Lapesa, Historia de la Lengua Española, Gredos,
Madrid; 1980,' pp. 170 ss.; M. Defourncux, Les ¡ranfais en Espagne aux X I
el X II síteles, París, 1949; F. Rico, «Las letras latinas del siglo xii en Galicia,
León y Castilla», Abaco, 2 [1969], pp. 9-92; P. García Mouton, «Los franceses
en Aragón [siglos xi-xii]», Archivo de Filología Aragonesa, X X V I-X X V II [1980],
pp. 7-98; F. López Estrada, Introducción a la literatura medieval española, edic.
renovada, Gredos, Madrid, 1979).4
5. Además de los libros de C. Alvar citados en la nota anterior, debe con
sultarse: R. Menéndez Pidal, Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas romá
nicas, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957;* P. Dronke, La lírica en la
NOCIONES PRELIM IN A RES 13
2. L as artes l ib e r a l e s
De todo lo expuesto hasta ahora se deduce la necesidad de
examinar la organización de las\escuelas medievales Jcomo punto
de partida para un conocimiento coherente de la cultura de IT
época. Él desarrollo del tema es menos difícil de lo que se puede
prever, precisamente por la'unidad y la relativa inmovilidad de
la tradición escolar medieval^ que se basaba en el esquema de las
artes liberales. Tales artes liberales constituían en la AntigüedacT
tardía el ciclo completo de la educación secundaria, que se consi
deraba propedéutico al estudio de la filosofía. En 1a primera
Edad Media, por lo menos hasta Abelardo, se consideró que las
artes liberales eran suficientes para una educación completa y
preparaban para los estudios de teología.
En la Antigüedad las artes liberales se distinguían de las artes
mechanicae: pintura, escultura y todas las técnicas artesanas in
cluyendo a la arquitectura. La separación entre unas y otras está
basada en la ausencia o presencia de finalidad práctica y en una
clara valoración negativa de ésta. Sólo las artes sinceramente
desinteresadas, que no llevan a ningún lucro, son consideradas
liberales, «quia homine libero digna sunt» («porque son dignas'
del hombre libre»), como dice béneca \ü .p . 88, ¿). Esta discri
minación duró muchos años, atribuyéndose una dignidad muy dis
tinta al poeta y, por ejemplo, al pintor; solamente con la llegada
del Renacimiento se devolvió a las artes figurativas un prestigio
comparable al de las disciplinas literarias.6
A medida que fue avanzando la Edad Media se produjeron
tales cambios, tanto en la estructura de la sociedad (con la mo
dificación de la división entre esclavos y libres), como en la rela
ción de las distintas clases con la instrucción, que una definición
sociológica como la de Séneca, aludida más arriba, se hizo pro
blemática. Pero en 1a carta que hemos citado el filósofo antiguo
ofrecía ya una alternativa muy interesante. Decía Séneca: «Cete-
rum unum studium vere liberale est, quod liberum facit... cetera
Edad Media, Scix Barra!, Barcelona, 1978; E. Faral, Les jongleurs en France au
Moyen Age, París, 1930; C. Alvar, Poesía de trovadores, trouvéres y Minnesinger,
Alianza Editorial, Madrid, 1981.
6. Respecto a estas cuestiones se puede consultar A. Ilauser, Historia social
de la literatura y del arte, Guadarrama, Madrid, 1969.!
14 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
pusilla et puerilia sunt» (E p . 88, 2) («Por otra parte solamente
hay un estudio liberal, el que confiere la condición de libre... lo
demás son nimiedades y cosas infantiles»). Aquí las artes libera-
les están vistas como elemento activo de la formación humana, T e
la que constituyen éI^Ein3amento ~ L a educación no es el retleio'
de una condición social, sino que es el factor determinante del
lugar del hombre dentro del mundo a través de una renovación
profunda ejercida en su íntimo.
Esta segunda concepción, con los matices de rigor, es la más
frecuente en la Edad Media. Leyendo determinadas declaraciones
del abad premonstratense Felipe de Harvengt (muerto en el año
1183), se nos hace patente el orgullo propio del sabio que es
consciente de su superioridad interior, pues afirma que la scientia
liberalis «a confuso vulgi consortio et a multitudine liberat pu-
blicana, ne pressus et oppressus teneatur compede et hebetudine
rusticana»7 («libra de la confusa compañía del vulgo y de la mul
titud pública, de manera que no seas prisionero de la llaneza y de
la estupidez rústicas ni estés oprimido por ellas»). En las palabras
de la abadesa alsaciana Herrada de Landsberg (Hortus deliciarum,
1175-1185) la definición abre, en cambio, perspectivas místicas,
ya que la cultura está vista como instrumento del conocimiento
de Dios: «Ideo dicuntur liberales quia liberant animam a terrenis
curis et faciunt eam expeditam et paratam ad cognoscendum
Creatorem»8 («Se llaman liberales porque libran al alma de los
cuidados terrenales y la dejan preparada y a punto para conocer
al Creador»). El maestro de retórica Conrado de Hirsau se remitía
incluso a un texto de San Pablo: « “ In libertatem uocati sumus” ,
studiis liberalibus regi nostro seruiamus»9 ("H em os sido llamados
a la libertad” , sirvamos a nuestro rey con los estudios liberales»).
En los tiempos de Séneca no existía todavía un canon bien
definido, de las disciplinas liberales. Pero ya antes del De Nuptiis
Philologiae et Mercuri (410-439) de Marciano Capella, que trata
de ellas con detalle, su número estaba fijado en siete: gramática,
retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música.10
7. Patrología latina, CCI1I, col. 152.
8. Cfr. J . Lcclcrcq, Cultura umanistica e destderio di Dio, Florencia, 1965,
pp. 360-361.
9. Dialogas su per andares, edición “R. B. C. Huygens, Bercbcm-BruJdas, 1963,
líneas 1581-1582. Cfr. San Pablo, Ad Galat. V, 13.
10. Las artes liberales son aquí un reíalo de Apolo a la novia (la Filología),
lo que ofrece la ocasión al autor de realizar una minuciosa descripción de éstas.
NOCIONES PRELIM IN A RES 15
Más tarde se introdujo una precisión más; las últimas cuatro, que
se consideraban afines por el fundamento matemático que les era
común, fueron reunidas por Boecio (muerto en el 524) bajo 'el
nombre de quadruuium (y más tarde también ~quadriuium)\ para
lelamente, pero solo a partir d d Siglo ix, las otras- tres se cond-
cieron con el nombre de tnuium. ' ——— •
Lás" siete artes llbérálfis constituyeron durante toda la Edad
Media el curriculum escolar normal. A menudo sucedía que en
algunos centros sólo se enseñaba el triuium, puesto que se le con
sideraba suficiente para una formación cultural no demasiado
profunda, pero con clara conciencia de que se trataba de un ciclo
incompleto. Únicamente a partir del siglo x n en determinados
centros la enseñanza tue más allá‘13e1as~a'rtes liberales; pero se
trata ya de otra problemática que va ligada al desarrollo de las
Universidades y que trataremos más adelante. Por otro lado'
incluso en las Universidades el estudio de las artes era prope-
déutico a las demás facultades.11
3. La g r a m á t ic a
Un breve examen de las artes que más importancia tienen
para el tema que desarrollamos, nos permite hacer una compro
bación de notable peso: la escuela medieval no sólo no modificó
los esquemas de la Antigüedad tardía, sino que incluso conservó
sus programas prácticamente inalterados.
Veamos, pues, qué debemos entender por gramática. T a ld is-
ciplina abría el ciclo educativo,‘ y no sólo formalmente; "era la
primera que se ensenaba, ¿ i porqué, es evidente. Ahora bien, en
senarla en primer lugar se hacía indispensable cuando aprendían
gramática escolares cuya lengua materna no era el latín sino un
11. Pera los temas tratados en este párrafo recomendamos la lectura de H . I.
Marrou, Historia de ¡a Educación en la Antigüedad, Editorial Universitaria de
Buenos Aires, 1970;J E. R. Curtius, Literatura europea y Edad Media latina,
México, FCE, 1955 (2.* reimpresión, Madrid, 1976), cap. 3.° (el original alemán
ha sido traducido también al francés y al inglés); P. Riché, Education el culture
dans l'occident barbare, du Seuil, París, 1962 (tr. italiana, Roma, 1967); también
se puede consultar P. Abelson, The Sevcn Liberal Arts, Nueva York, 1965 (pero
1906). Resulta útil, además, la consulta de P. Riché, Écoles el enseignement dans
le Haut Mayen Age, Aubier Montaigne, París, 1979, y el clásico libro de C. S.
Lewis, La imagen del mundo (Introducción a la literatura medieval y renacen
tista), Antoni Bosch, edit., Barcelona, 1980.
16 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
habla romance o una lengua completamente distinta, como, por
ejemplo, e f alemán o el inglés. Sin embargo, en todos los casos
se utilizaban los mismos manuales, los mismos métodos de ense-
- ñanza. El texto clásico inicial era el ars minor de Donato (si
glo iv ); diez páginas escasas sobre las partes de la oración, expli
cadas en un tono muy elemental y en forma de diálogo, de manera
que resultase cómodo memorizarlas. Posteriormente se pasaba a la
ars maior del mismo autor, más amplia y desarrollada, o a la Ins-
titutio de arte grammatica de Prisciano (siglo vi).
El estudio no estaba encaminado al conocimiento activo de la
lengua, aunque se terminara por adquirirlo tras una práctica pro
longada; tal conocimiento, por otra parte, era indispensable para
toda persona culta. Y en este aspecto la antigua tradición, que se
remontaba a los tiempos en que -el latín era la lengua materna de
los estudiantes, atribuía a la gramática un contenido y una fina
lidad distintos. Quintiliano, en efecto, la había definido «recte
loquendi scientiam et poetarum enarrationem» («ciencia de hablar
correctamente e interpretación de los poetas») (II, 1, 4), mientras
que la tradición medieval tal vez puso más de relieve el segundo
término. En efecto, en el escritor carolingio Rabano Mauro (si
glo ix), en verdad muy poco original, pero de una gran autoridad
— en parte precisamente por esto, porque fue transmisor de una
tradición secular— , leemos: «Grammatica est scientia interpretan-
di poetas atque historíeos et recte scribendi loquendique ratio»
(«La gramática es la ciencia de interpretar a los poetas y a los
historiadores y la disciplina de escribir y hablar correctamente»).12
Se trata de definiciones que coordinan dos finalidades que a nues
tro modo de ver son harto distintas: por un lado, y no siempre
en primer plano, el aprendizaje normativo de la lengua; y por el
otro, el estudio de las obras literarias y el interés por ellas. Ünica-
{ mente-a partir de la segunda mitad del siglo x i i , con el gramático
Pedro Helias, y sobre todo en el siglo siguiente,.con la adopción
de nuevos, manuales provistos de ejemplos construidos ad hoc, la
definición de la primera de las artes se limitará exclusivamente
al aspecto lingüístico.13
Pero la fusión de intereses lingüísticos y literarios no desapa
rece ni siquiera entonces y encuentra su explicación en la práctica
12. Patrología latina, CVII, col. 395.
13. Cfr. Ch. Thurot, Extraits de djvers manuscríts latías pour servir, a l'his-
toire des doctrines grammaticales au moyen age, París, 1869, pp. 121-122.
NOCIONES PRELIM IN A RES 17
de las escuelas. El alumno, en efecto, no aprendía las reglas gra-'
maticales latinas a través de la formulación abstracta del manuaI7
ni tan sólo a través de los eiemplos que el maestro construía sobre*
la marcha, como en nuestras gramáticas. El estudiante se entren”
taba lo antes posible con el texto literario latino que tenia que
interpretar y que era a la vez fuente de reglas y modelo de \ec-V \C i
escritura. No era orro el prnrpsn He la lectio, piedra angular
de la enseñanza medieval. _i
Se empezaba con textos relativamente sencillos, como por
ejemplo las fábulas derivadas más o menos directamente de las de
Fedro; Aviano o Acsopus lalinus, y también con los Disticha Ca-
totiis, un breve poema didascálico-moral de un Catón del siglo III
y que tuvo gran difusión; luego se pasaba gradualmente a poetas
más difíciles, para llegar finalmente al clásico por excelencia:
Virgilio.
El curriculum de los textos que se leían en la escuela (los
auclores) variaba ¿ótViri eS 'lÓgiCQ según las existencias de las bi- caflD O r>
bliotecas y según el grado de preparación del maestro, pero, en
ultima instancia, se trataba siempre de los mismos autores, con
oscilaciones más bien modestas, i-'or ejemplo, podenYWCltar el de
Conrado de Hirsau,14 más nutrido de lo corriente, que contaba
hasta veintiún autores: el gramático Donato, Catón (el autor de
los Disticha), Esopo (es decir una colección tardía de fábulas en
prosa latina que derivaban de las del poeta griego cuyo npmbre
llevaban), Aviano (hacia el 400), Sedulio (poeta cristiano del
siglo v), Juvenco (poeta cristiano del siglo iv), Próspero de
Aquitania (otro poeta cristiano del siglo v), Teodulo (siglo v),
Arator (siglo vi), Prudencio, Cicerón, Salustio/ Boecio, Lu-
cano, Horacio, Ovidio, Juvenal, Homero (es decir una exigua re
ducción latina atribuida a un tal Píndaro), Persio, Estacio,
Virgilio.
Observando esta lista, claramente ordenada según una grada-,
ción de dificultades, salta a la vista la total ausencia de nuestro
criterio de distinción éntre autores clásicos, de la edad de plata.
•ge la latinidad tardía y medievales. E s evidente, en cambio, que
el punto de vista es unitario v está basado en una escala de
valores según la cual Boecio está, por lo menos, ai mismo nivel
que Cicerón, Juvenal al mismo que Ovidio y Estacio apenas por
14. En el Dialogas citado.
?-
18 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD M EDIA
debajo de Virgilio.15 También se aprecia la falta de cualquier
discriminación entre escritores cristianos y paganos, los primeros
más númefóF6s~en~nrparte' fn^TaT cTel curriculum, los otros en la
fiíial. Si profundizáramos en nuestro estudio veríamos que se
toman en consideración sólo algunas obras de los autores mayores
y tendríamos que explicar las razones de esta elección,
f Lo que interesa subrayar ahora es que un estudio gramatical
“ de esta? ”^aHH5TÍStfel5'”Ife" transformaba, en la práctica, en el
mstri7rñeñ?olfe~u'ftT rícá~p~reparación literaria. A través del minu"
y cioso examen a que se sometía cada obra, seguido del proceso
de* memorización qué la escasez y alto coste de los libros hacían
necesario,16 la escuela daba a todo aquel que había estudiado
gramática un baga]e llterarío’Ta'ñ amplío quTcórídl^ófiabFprofÜ'nda
i^e indeleblemente íu cuTturar'En éstFseñndo somTrcíy"sígnificativas‘
algunas frases de Hugo de San Víctor (1097-1141) en su Didas-
calicon de studio legendi, frases que él aplica a todas las artes
liberales, pero que valen especialmente para la primeia de
ellas:
J5. La Tebaida de Eslacio se difundió a finales del siglo l d. J . C. El éxito
que obtendría esta obra durante la Edad Media se debió al paralelismo entre las
ideas paganas del autor y las cristianas medievales: este paralelismo facilitó una
primera fase en la asimilación de la obra; por otra parte, determinadas ideas (res
peto hacia la virginidad, personificaciones de carácter alegórico, etc.) tuvieron
una indiscutible repercusión posterior; pero, sin duda, una gran parte del influjo
de Estacio se debe al consciente abandono de la tensión épica y su búsqueda
de variaciones novelescas: es un precursor del entretejido de motivos diversos,
que tanto éxito tendrá en siglos posteriores. Cuando Estacio se presenta como
poeta serio, se convierte en poeta alegórico; todo ello explica el porqué autores
como Dante o Jean de Meung muestran clara huella de este escritor, en espe
cial con las personificaciones de Virtud, Clemencia, Piedad y Naturaleza. En
el caso concreto de Dante, además, se debe añadir que —según una difundida
leyenda— Estacio se convirtió al Cristianismo por la lectura de la profecía incluida
en la Égloga IV de Virgilio, arrepintiéndose de sus culpas anteriores. Estacio
representa, asf, el eslabón que une a Virgilio con Beatriz (razón y fe) y por eso
acompaña a Dante en los últimos pasos del Purgatorio (X X II, 66). Cfr. espe
cialmente, C. S. Lcwis, La alegoría del amor. Estudio sobre la tradición medieval,
Eudeba, Buenos Aires, 1969 (el original inglés es de 1936); vid. también, H. R.
Jauss, «EntsJehung und Strukturwandcl der allcgorisclien Dichtung», Grundríss
der Romanischen Literatura! des Mittelallers (citado GRLMA), V I/1, pp. 146-244.
16. Citamos de J . Lcclcrcq, Cultura umanistica e tlesíderio di Dio, Florencia,
1965, p. 159, un pasaje de la Vita Sugcrii de Guillermo de Saint-Dcnis: «Gen-
tilium vero poetarum ob tenaccm memoriam oblivisci usquequaque non poterat,
ut versus horatianos utile aliquid continentes usque ad vicenos, saepe etiam ad
trícenos memoriter nobis recitare!» («N o podfa olvidar nunca a los poetas gentiles
a causa de la fidelidad de su memoria, de manera que nos recitaba hasta veinte
versos de Horacio cuyo contenido fuera útil, y a veces hasta treinta»). Se preferían
los textos poéticos porque entre otras cosas eran más fáciles de memorizar.
NOCIONES PR ELIM IN A RES 19
Has septem quídam tanto studio didiqsse leguntur, ut plañe
ita omnes in memoria tenerent, ut quascumque scripturas deinde
ad manum sumpsissent, quascumque quaestiones solvendas aut
comprobandas proposuissent, ex his regulas et rationes ad defi-
niendum, id de quo ambigetur, folium librorum non quaererent,
sed statim singula corde parata haberent.17
(En verdad se lee que estas siete se aprendían con tal afición
que fácilmente todos las tenían en la memoria. Asimismo,
cualesquiera textos tomasen en sus manos, cualesquiera cuestio
nes se propusieran resolver o comprobar, partiendo de aquellas
reglas y razones para explicar lo que desearan, no necesitaban
las hojas de los libros, sino que les bastaba con tener sólo su
memoria preparada.)
4. La r e t ó r ic a y lo s « to p o i»
La segunda de las artes, la retórica, había sido en la Antigüe
dad el arte de hablar correctamente, de construir con elegancia la
expresión oral, pero ya en la época imperial había ido perdiendo
parte de sus funciones prácticas como consecuencia de los cambios
sufridos por la vida política; y Tácito, en su Dialogus de oratori-
bus; ya empezaba a verlo. La definición que dio Quintiliano de
«ars bene dicendi» («arte de hablar correctamente») se trans
mitió a la Edad Media y así la repitió, por ejemplo, Rabano
Mauro, pero, en la práctica, las antiguas divisiones clásicas de
inven tío, dispositio, elocutio, memoria y actto quedaron reducidas
a algürioTsectores: la inventu^'y*™ las técnicas del exordio, de la
Tiarratio, y todavía más de la amplificatio, y la elocutio para toda
la teoría del ornatus, con la metáfora, la hipérbole, Ta~ añáTora, Ta
adnominatio, etcT
También eíTeste caso la enseñanza no quedaba limitada a la
teoría (sabemos que los manuales medievales de retórica fueron
muy numerosos, pero generalmente breves y sumarios), sino que
se complementaba con textos, los mismos de la gramática utiliza"-"
17. Palr. lat., CLX XV I, col. 768, o en la traducción inglesa de The Didas-
calicon of Hugh of St. Víctor, trad. de J . Taylor, Nueva York-Londres, 1961, p. 87.
Respecto a la enseñanza de la gramática, ver Curtius, op. til., cap. 3.°; Thurot,
op. til.; para comprender el sentido medieval de auclor, cfr. S. Battaglia, La
coscienia letteraria del medio evo, Nápolcs, 1965, pp. 34 ss., cfr. también F.
López Estrada, Introducción a la literatura medieval española, cit.
20 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD M EDIA
dos como repertorios, mostrando a la vez cómo y en qué lugares
debían utilizarse los artificios retóricos.
Durante la Edad Media se añadió al legado de la Antigüedad
tardía un sector entero de la retórica romnletamenrp nuevo: el_¿?/j
dictandi}%Se trata de la fijación de las técnicas de redacción de
una carta o de un documento administrativo, elementos muy im
cyock\
portantes en el mundo político medieval y especialmente en el
de las ciudades francas. Al multiplicarse los contactos sociales, que
se realizaban en un primer momento por vía oral, se impuso la
necesidad de la escritura; a partir de finales del siglo xi se crearon
escuelas de ars dictandi y se compusieron manuales para su ense
ñanza. Hubo regiones en que las escuelas de retórica estaban
dedicadas exclusivamente a estas nuevas doctrinas; ello ocurrió,
por ejemplo, en la Francia meridional y en la Italia del norte. En
la Francia septentrional, en cambio, se compusieron en estos años
unos nuevos tratados de retórica ( poetriae) que codificaban las
enseñanzas tradicionales, con todas las reglas y los ejemplos an
tiguos, pero desvinculadas ya de las finalidades oratorias de la
época romana, con lo que quedaban definitivamente ajustadas a
las exigencias y a la práctica de la literatura latina contemporánea.
L a enseñanza de la retórica también ha tenido un peso enorme
en las literaturas romances, llegando a caracterizar de manera'
determinante toda la cultura medieval. Vamos a detenernos, para
poner un ejemplo, en uno de los topoi o lugares comunes que
se enseñaban en la retórica para ser utilizados en los exordios.
AT principio del Paradiso (II, 7) Dante dice:- — — ——
L ’acqua ch’io prendo giá mai non si corsé.
(El agua por la que yo me aventuro jamás fue surcada.)
Posteriormente Ariosto replicó con su:
Diró d’Orlando in un medesmo tratto
Cosa non detta mai in prosa né in rima.
( 1. 2 )
18. Dictare significa originariamente «dictar» pero luego (a partir del siglo v)
adquiere también el valor de «componer», «escribir» y especialmente «escribir
poesía». P. Zumthor, «Rhétorique et poétique latines et romanes», CRLMA, I,
pp. 57-91, y C. Segre, «Le forme e le trádizioni didattiche», GRLMA, V I/1, pági
nas 58-145; es clásico el libro de E . Faral, Les arts poétiques du X I I ' el du X III’
siécle, Champion, París,_ 1924.
NOCIONES PRELIM IN A RES 21
(En un mismo fragmento diré cosas de Orlando jamás dichas
ni en prosa ni en verso.)
En ambos casos no nos podemos limitar a relacionar estas
afirmaciones con la novedad objetiva de la materia poética. De
bemos tener presente, en efecto, que se inscriben en una cadena
muy larga de aseveraciones semejantes. Ya Horacio (Carm., III,
1, 2) había prometido «carmina non prius / audita Musarum sa-
cerdos / virginibus puerisque canto» («sacerdote de las Musas
canto para doncellas y muchachos poemas jamás escuchados») y
lo había imitado Manilio, que en II, 53 habla de los integra prata
que pisará. En el siglo x m la poetisa Maria de Francia escribe
en el prólogo de sus lais que había pensado que se podía hacer
algo interesante traduciendo del latín al romance:
Mais ne me fust guaires de pris:
Itant s’en sunt altre entremis!
Des lais pensai, k’oi's aveie.
(vv. 31-33)
(Pero me di cuenta de qué no valía la pena, pues hay tantos
que ya lo han probado. Entonces pensé en los lais que había
oído.19)
Y con ello María implícitamente reivindica la absoluta nove
dad de sus composiciones, por lo menos en la forma que ella
les imprimió. Más tarde encontraremos de nuevo a Dante propo
niéndose al principio de la Monarchia (I, 1, 3) «intemptatas ab
aliis ostendere veritates» («mostrar verdades que nadie ha inten
tado mostrar»).
Veamos ahora otro topos propio del exordio. En el mismo
prólogo que hemos citado de Maria de Francia leemos:
Ki Deus ad duné escience
E de parler bonc cloqucnce
Ne s’cn deit taisir ne celer,
Ainz se deit voluntiers mustrer.
(w . 1-4)
19. María de Francia, Lais, traducción castellana de Luis Alberto de Cuenca,
Editora Nacional, Madrid, 1975; hay otra traducción debida a Ana M.* Valero,
Espasa-Calpe, Madrid, 1978.
22 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD M EDIA
(Quien ha recibido como don de Dios doctrina y elocuencia
de bellas palabras, no debe callarse ni esconderla, sino que debe
mostrarse de buena gana.)
También en este caso no hay demasiadas dificultades en re
construir la cadena de la tradición. Se podrían buscar los antece
dentes en Teógnides, vv. 769 ss., o en Séneca, Ep. 6, 4, pero
para los medievales el punto de partida está en la Biblia. Leemos
en Ecclesiasticus 20, 32: «Sapientia absconsa et thesaurus invi-
sus, quae utilitas in utrisque?» («Sabiduría escondida y tesoro
oculto, ¿qué utilidad hay en am bos?»); y en Mateo, 5, 14-15:
Vos estis lux mundi: non potest civitas abscondi supra mon
tes posita, ñeque accendunt lucernam et ponunt eam sub modio,
sed super candelabrum, ul luceat ómnibus, qui in domo sunt.M
(Vosotros sois la luz del mundo: no se puede ocultar una ciu
dad situada sobre un monte, no se enciende una lámpara y se
pone bajo el celemín, sino sobre el cándelero, para que ilumine
a todos los que están en la casa.)
Los ejemplos se podrían multiplicar enormemente sin dema
siadas dificultades. Citaremos algunos. El Archipoeta, uno de los
mayores líricos latinos de la Edad Media (siglo x n ), empieza
así una composición:
Ne sim reus et dignus odio,
Si lucernam ponam sub modio,
Quod de rebus humanis sentio,
Pia loqui iubet intentio.
(Para no ser reo y digno de odio si pongo la lámpara bajo el
celemín, la intención piadosa recomienda hablar de lo que siento
respecto de las cosas humanas.)
Y he aquí la Vie de St. Nicolás de Wace (mitad del siglo x ii):
20. Cfr. también la parábola del talento que no hay que sepultar (Mateo 25,
18).
NOCIONES PR ELIM IN A RES 23
A ces qui n’unt lectres apriscs
Ne lur ententes n’i ont mises,
Deivent H clerc mustrer la lei...
Chescon deit mustrer sa bonté
De ceo que Deus lui ad doné.
(vv. 1-3 y 15-16)
(A los que no han aprendido las letras y no se han dedicado
a ellas, los literatos deben mostrarles la religión... Cada uno debe
mostrar sus -capacidades, las que Dios le ha dado.)
Y el gran novelista Chrétien de Troyes (segunda mitad del si-
del siglo x m :
Car qui son estuide antrelait,
Tost i puet tel chose teisir,
Qui mout vandrpit puis a pleisir.
{Erec, vv. 6-8)
(Pues quien abandone su estudio, puede ser que pronto calle
cosas tales que luego le producirían satisfacción.)
Posteriormente leemos al principio del Renart le Novel de Jac-
quemart Gielée (siglo x m ):
Qui le bien set diré le doit.
(v. 1)
(Quien conoce el bien debe decirlo.)
Del que se hace eco el Libro de Alixandre, castellano, también
del siglo x iii:
Deve de lo que sabe omne largo seer
Sy non podría en culpa c en yerro caher.
(estr. 1)
Y de nuevo Dante en el De Monarchia, I, 1, 3:
... ne de infossi talenti culpa redarguar.
(... para que no se me culpe de haber enterrado el talento.)
24 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
Reunir un amplio conjunto de ejemplos de los principales
lugares comunes al uso en la literatura medieval (y a menudo con
sus reflejos en la moderna) no es difícil; lo que es mucho más
delicado es el problema de valorarlos. Normalmente se tiende a
interpretaciones opuestas y extremadas: o se olvida por completo
el valor tópico de determinadas frases, otorgándoles una plenitud
expresiva que a menudo implica ecos realistas o autobiográficos
evidentemente inadmisibles, o bien se interpreta el lugar común
como un ejemplo más de un determinado tipo, vacío de cualquier
expresividad que no sea la simple confirmación de la existencia
del topos mismo.
Si, por ejemplo, el poeta castellano del siglo x m Gonzalo de
Bereo escribe en su Vida de Santa O ria:
Avernos en el prólogo mucho detardado,
Sigamos la estoria, esto es aguisado:
Los días non son grandes, anochezrá privado,
Escrivir en tiniebra es un mester pesado.
(cstr. 10)
es fácil que un comentarista superficial señale la nota realista, la
confesión autobiográfica del poeta en la celda del monasterio in
vadida poco a poco por las tinieblas; el que, en cambio, ha iden
tificado el topos de conclusión, ya que se encuentra en Cicerón
(De oratore, I I I , 209) y lo ha ido siguiendo hasta Milton, des
poja los versos de Berceo de todo contenido anecdótico.
Claro está que la primera actitud es demasiado ingenua, pero
también la segunda es demasiado aséptica. El uso sistemático de
lugares comunes no tiene por qué estar privado de expresividad;
tlerig la suya propia, más secreta y difícil. Pensemos en el len:
guaje humano: en sus esquemas elásticos pero siempre limitados,
cada uno de nosotros moldea su propia expresividad que aparece
en formas siempre nuevas y capaces de infinitas variedades. Un
sentimiento de alegría que yo tenga, por ejemplo, no sólo no es
igual al de otros de mis semejantes, sino que ni siquiera se parece
a los sentimientos de alegría que yo mismo he experimentado en
otros momentos. Pero esta variedad se expresa lingüísticamente
en un repertorio limitado de términos o de frases que son comu
nes a mí y a todos los hablantes de mi lengua. De esta manera
el lenguaje reduce.de manera notable la variedad de las experien
NOCIONES PRELIM IN A RES 25
cias humanas, pero nosotros estamos ya de tal manera amoldados
a sus esquemas que nos contentamos con las posibilidades que
nos ofrece y advertimos sin dificultad hasta los matices más pe
queños que nos permite expresar. Pues bien, en el campo espe-
cífico de la composición literaria, la tópica representa una nueva
"selección y reducción de las posibilidades expresivas.^..limitadasi
a una cantidad verdaderamente exigua, pero capaces de encauzar
Ta misma carga de significación. Por otra parte no se pierde total
mente la posibilidad de seleccionar; si para el prólogo se puede
recurrir a 10 o 15 lugares comunes está claro que, al escoger uno
y rechazar los demás, se selecciona un contenido expresivo con
respecto a otros, exactamente igual que cuando se escoge un
término en una serie de sinónimos o casi sinónimos (por ejemplo
alegría, en lugar de contento, júbilo, gozo, regocijo, placer, etc.).
En segundo lugar, precisamente porque existe una norma, cual-
quier variación respecto a ella adquiere valor expresivo; sí la
norma retórica requiere un determinado esquema de descripción
de la mujer (y en efecto todos los personajes femeninos de las
novelas medievales y todas las mujeres amadas por los poetas
tienden a parecerse entre sí), cualquier variación respecto a ésta
(la preferencia por los cabellos negros en lugar de rubios, por
ejemplo) o también la selección (limitarse a un grupo concreto de
detalles) deben tener un sentido preciso. Finalmente cualquier
lugar común pierde, sin duda, carga expresiva original, pero a la
vez adquiere otro tipo de expresividad derivada de su naturaleza
de lugar común; si hoy un novelista describe un prado, una
fuente, unos árboles llenos de hojas, esta descripción tiene valor
por sí misma o como máximo expresa la visión individual de un
paisaje; pero si se encuentran estos mismos elementos en un
texto medieval, no cabe duda de que el escritor ha recurrido al
lugar común del locus a/noenus, el paisaje ideal en el que se de
sarrollan siempre los acontecimientos especialmente significativos.
Y hay más; para el poeta medieval es esencial que su materia
posea un nivel literario garantizado.' porque no todas Jas materias
ni todas las formas de tratarlas tienen suficiente dignidad. Pues"
bien, recurrir al modelo tópico garantiza automáticamente que se
ha alcanzado el nivel deseado, asegura la dignidad literaria.
J-'or lo tanto, y volvemos ahora a los versos de iierceo, si bien
es cierto que el fragmento no responde a un anochecer concreto
y autobiográfico del momento en que fue escrito, no deja de
26 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
ser, a su modo y en el marco de los medios expresivos de la
época,2' un signo indiscutible de la intimidad comunicativa del
humilde poeta que ha querido dar a su página un tono directo y
espontáneo, creando una relación existencial entre la perfección de
los santos que canta y el asombro de los milagros marianos que
recoge, por una parte, y su propia realidad de fiel y de monje y
la de los lectores, tal vez pecadores y débiles pero atentos a la
ejemplaridad, por otra.22
5. L a ESCUELA M EDIEVAL
No considero oportuno tratar con detalle de la tercera arte
del trivium, la dialéctica, de secundaria importancia para nosotros
y además completamente renovada a partir del siglo xn gracias
al desarrollo de la lógica.23 E s conveniente, en cambio, explicar
mejor los| métodos y la finalidad de la enseñanza medievaü que
está encaminada sin lugar a dudas a algo que va más allá del mero
dominio de la lengua latina. En realidad la escuela medieval com
bina el estudio minucioso v paciente de los auclores, con ejercicios
personales ae composición literaria regidos, clafo está, por crite-
21. Que podía ofrecerle formas de preterición más variadas y más rápidas
como el «Que vous dirai» («Qué os diré») de los poetas épicos y de los his
toriadores.
22. Para la retórica medieval ver Curtius, op. til., cap. 4 ° , y los manuales
de L . Arbusow, Colores rhetorici, Gotinga, 1948, y de H. Lausberg, Elementos
de retórica literaria, Credos, Madrid, 1974 (versión original, Munich, 1963) (y del
mismo autor el Manual de retórica literaria, Gredos, Madrid, 1966); vid. también,
E. Faral, Les arts poítiques, cit. Son importantes las obras de J. J . Murphy,
Khetoric in the Middel Ates: a History of rhetorical Theory ¡rom Saint Agustín
lo the Renaissance, University of California Press, Berkcley 1974 (traducido al
juliano: La retorica nel Medioevo, Liguori editore, Ñapóles, 1983); y, del mismo,
Medioeval Rhetoric: a select Bibliography, University Press, Toronto, 1971. Y por
lo que respecta a la Edad Media española, no se deben olvidar los trabajos de
Ch. Faulhaber, Latín Rhetorical Theory in Thirteenth and Fourteenth Century
Castile, University of California Press, Berkelcy, 1972; y, del mismo, «Retóricas
clásicas y medievales en bibliotecas castellanas», Abaco, 4 (1973), pp. 151-300.
Una exposición clara de los problemas que plantean la retórica y la poética me
dievales se halla en F. López Estrada, Introducción a la literatura medieval, cit.
Para la tópica ver Curtius, op. cit., cap. 5.°, y R. Menéndez Pida!, Castilla, la
tradición, el idioma, Madrid, s. a., pp. 77-85; ídem, Los godos y la epopeya
española, Madrid, 1956, pp. 243-255.
23. Cfr. Abelson, op. cit., pp. 72 ss„ y M. Grahmann, Die Geschichte der
scholarischen Methode, 2 vols., Berlín, 1957 (especialmente el vol. 2). Vid. tam
bién, P. Riché, École et enseignement, cit.
NOCIONES PRELIM IN A RES 27
ríos de imitación y de emulación. Al término de un aprendizaje
de esta clase, era inevitable "que el individuo quedara marcado
para siempre, y son precisamente la fuerza y la constancia de la
formación escolar los factores determinantes de la uniformidad
literaria que presentan muchos autores cultos medievales, que se
nos antojan como vinculados unos a otros por un cierto aire de
familia.
Entrar en una escuela medieval y respirar su atmósfera viva no
es empresa fácil ya que nos han llegado escasos testimonios sobre
el tema. El más bello es sin duda el amplio fragmento en el que
Juan de Salisbury recuerda en su Meíalogicus, I, 24 (compuesto
en 1159) a su maestro Bernardo de C ham es, uno de los más
famosos de sus tiempos:
Excute Virgilium aut Lucanum, et ibi, cujuscumque philoso-
phiae professor sis, ejusdem invenies condituram. Ergo pro ca
pacítate discernís, aut docentis industria et diligentia, constat
fructus praelectiones auctorum. Sequebatur hunc morem Ber-
nardus Carnotensis, exundantissimus modernis temporibus fons
litterarum in Gallia, et in auctorum lectione quid simplex esset,
et ad imaginem regulac positum, ostendebat; figuras gramma-
ticae, colores rhetoricos, cavillationes sophismatum, et qua parte
sui propositae lectionis articulus respiciebat ad alias disciplinas,
proponebat in medio: ita tamen, ut non in singulis universa
doceret, sed pro capacítate audientium, dispensaret eis in tem-
pore doctrinae mensuram. Et quia splendor orationis aut a pro-
prietate est, id est cum adjectivum aut verbum, substantivo
eleganter adjungitur, aut a translatione, id est ubi sermo ex
causa probabili, ad alienam traducitur significationem, haec,
surnpta occasione, inculcat mentibus auditorum. Et quoniam
memoria exercitio firmatur, ingeniumque acuitur, ad imitan-
dum ea quae audiebant, alios admonitionibus, alios flagellis et
poenis urgebat. Cogebantur exsolverc singuli die sequenti aliquid
eorum, quae praecedenti audierant; alii plus, alii minus: erat
enim apud eos praecedentis discipulus sequens dies. Vesperti-
nura exercitum, quod declinatio dicebatur, tanta copiositate
grammaticae refertum erat, ut si quis in eo per annum integrum
versaretur, rationem loqucndi et scribendi, si no esset hebetior,
haberet ad manum, et significationem sermonum, qui in com-
muni us'i versantur, ignorare non posset. Sed quia nec scholam,
ncc diera aliquem dccet esse religionis expertem, ea propone-
batur materia, quae fidem aedificaret, et mores, et unde qui
LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
convenerant, quasi collatione quadam, animarentur ad bonum.
Novissimus autem hujus declinationis, imo philosophicae colla-
tionis, articulus, pietatis vestigia praeferebat; et animas defunc-
torum commendabat, devota obiatione psalmi, qui in Poeniten-
tialibus sextus est, et in oratione Dominica, Kedemptori suo.
Quibus autem indicebantur praeexercitamina puerorum, in prosis
aut poematibus imitandis, poetas aut oratorcs proponcbat, et
eorum jubebat vestigia imitari, ostendens juncturas dictionum
et elegantes sermonum clausulas. Si quis autem ad splendorcm
sui operis, alienum pannum assuerat, deprchensum redarguebat
furtum; sed pocnam saepissime non infligebat. Sic vero redar-
gutum, si hoc tamen meruerat inepta positio, ad exprimendam
auctorum imaginem, modesta indulgentia conscendere jubebat
faciebatque, ut qui majores imitabatur, fieret posteris imitan-
dus. Id quoque inter prima rudimenta docebat, et infigebat ani-
mis, quae in oeconomia virtus: quae in decore rerum, quae in
verbis laudanda sunt: ubi tenuitas et quasi macies sermonis,
ubi copia probabilis, ubi excedens, ubi omnium modus. Histo
rias, poemata, percurrcnda monebat diligenter quidcm, et qui
velut nullis calcaribus urgebantur ad fugam: et ex singulis,
aliquid reconditum in memoria, diurnum debitum, diligenti ins-
tantia exigebat. Superflua tamen fugienda dicebat; et ea sufficere,
quae a claris auctoribus scripta sunt: siquidem «persequi quid
quis unquam contemptissimorum hominum dixerit, aut nimiae
miseriae, aut inanis jactantiae est, et detinet, atque obruit inge
nia, melius aliis vacatura; quod autem melius tollit, eo usque
non prodest», quod nec boni censerctur nomine; omnes enim
schedas excutere et volvere scripturas, etiam lectione indignas,
non magis ad rem pertinet, quam anilibus fabulis operam daré.
[ ...] Et quia in toto praeexercitamine erudiendorum, nihil
utilius est quam ei, quod fieri ex arte oportet, assuescere, prosas
et poemata quotidie scriptitabant, et se mutuis exercebant colla-
tionibus, pro quidem exercitio, nihil utilius ad eloquentiam,
nihil expeditius ad scicntiam, et plurimum confert ad vitam, si
tamen hanc sedulitatem regit chantas, si in profectu litterario
servetur humilitas.24
(Examina a Virgilio o a Lucano, y allí encontrarás condimen
tación para enseñar públicamente cualquier saber. El fruto de
la explicación de los autores se fundamenta con seguridad en la
capacidad del alumno y en la técnica y empeño del maestro.
Bernardo de Chartres, la más copiosa fuente de humanidades
Palrol. Int., CXCIX, col. 854-856.
NOCIONES PR ELIM IN A RES 29
que ha tenido la Galia en ios tiempos modernos, seguía este
procedimiento: mostraba en la lectura de los autores lo que
era honrado y estaba dispuesto según el modelo de las reglas;
las figuras de la gramática, los colores retóricos, las capciosida
des de los sofismas, y aquella parte de su programa que con
tenía referencias a otras disciplinas, la tenía situada en el medio
de éste; de esta manera no enseñaba a los discípulos la totali
dad de las cosas, sino que, según la capacidad del auditorio,
les ofrecía a su tiempo un saber gradual. Partía de la base de
que la brillantez de la oración procede o bien de la propiedad,
es decir cuando el adjetivo o el verbo se unen elegantemente
con el substantivo, o bien de la traslación, es decir cuando el
discurso se traduce de una causa probable a otra significación;
por lo tanto, aprovechando ocasiones oportunas, inculcaba estas
cosas en las mentes de los que le escuchaban. Y puesto que
con la ejercitación la memoria se fortalece y el ingenio se es
timula, obligaba a los discípulos a imitar lo que iban oyendo;
a unos con advertencias, a otros con el látigo y los castigos.
Cada uno de ellos se veía obligado a poner en práctica al día
siguiente alguna de las cosas que había aprendido el anterior;
unos más y"' otros menos; para ellos el día siguiente era discí
pulo del anterior. La clase vespertina, que se llamaba de decli
nación, era tan densa de enseñanzas gramaticales que si alguien
la seguía durante un año entero y si no era muy obtuso, tenía
que dominar a la fuerza los secretos de la lectura y de la escri
tura y no podía ignorar el sentido de los textos que tratan de
cosas de uso común. Pero como no es conveniente que ni la
escuela ni ningún día de nuestras vidas esté alejado de la reli
gión, proponía una temática que fortaleciera la fe y las costum
bres, de manera que todos los que se reunían a su alrededor se
sentían empujados hacia el bien casi por una lógica deducción.
En efecto, la última parte de la clase de declinación, o mejor
dicho de enseñanza filosófica, versaba sobre temas de piedad;
se encomendaban las almas de los difuntos con la ofrenda del
salmo Redemptori suo, que es el sexto de dos Penitenciales y de
la oración dominical. A los muchachos que tenían que hacer
ejercicios de imitación de prosas y de versos, les ofrecía poetas
y oradores y les aconsejaba que siguieran sus huellas, mostrán
doles las conexiones entre las frases y las elegantes cláusulas de
los discursos. Y si alguien para dar brillo a su obra tomaba
ropajes ajenos, en el caso de que el robatorio fuera descubierto,
era reprendido; pero muy a menudo las penas no se llegaban a
imponer. Y así el alumno también era castigado si lo merecía
el uso equivocado que hacía de las palabras para expresar la
30 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
imagen de un autor; con modesta indulgencia los obligaba a
elevarse, consiguiendo que los que imitaban a los mayores fue
ran luego imitados por la posteridad. También enseñaba lo
siguiente entre los primeros rudimentos y se lo inculcaba en
las almas: cuáles son las virtudes de la armonía del discurso;
qué es lo que hay que alabar en el ornato de los conceptos, qué
en las palabras; dónde conviene un discurso breve y casi esque
lético, dónde una discreta abundancia, dónde riqueza exuberan
te, dónde moderación en todo ello. Exhortaba también a recorrer
las historias y los poemas con la diligencia y con la lentitud
del que no se siente espoleado a la fuga; y con empeño diligen
te exigía de cada uno, como deuda diaria, algo que tuviera
guardado en la memoria. Decía, sin embargo, que hay que huir
de lo superfluo; y que son suficientes las cosas escritas por los
autores famosos; ya que «seguir algo que haya dicho alguna vez
un hombre digno de desprecio, o bien nace de una gran mise
ria o bien de excesiva jactancia, y obstaculiza y embota el in
genio que mejor podría aplicarse en otras cosas; pues en la
medida en que arrebata cosas buenas, en aquello precisamente
no favorece», porque no puede ser designado con el nombre
de bueno. En efecto, trabajar sobre libros que contienen pá
ginas indignas incluso de ser leídas, no es más apropiado a
nuestro propósito que ocuparse de las chacharas de las viejas.
[ ...] Y ya que en todos los ejercicios de los estudiantes no
hay nada tan útil como someterse a lo que hay que hacer según
una técnica, escribían todos los días prosas y versos y se entre
naban mucho en la interpretación, pues aparte de este tipo de
ejercicio, no hay nada tan útil para la elocuencia, ni tan reco
mendable para el conocimiento; además ayuda mucho en la
vida, si la caridad rige este empeño y si en el aprendizaje
literario se respeta la humildad.)
Nos bastará subrayar algunos puntos fundamentales del frag
mento. En primer lugar la distinción teórica entre las artes queda
superada en la práctica de la enseñanza, porque todos los auctores
son maestros de cada una de las siete disciplinas. En ello está
implícito el concepto del poeta thcologus, capaz de expresar la
multiforme totalidad de una cultura, y que tendrá su máxima ex
presión en Dante.25 Este tipo de enseñanza requiere que el maes
tro tenga no sólo una gran preparación sino también una habilidad
25. Cfr. S. Battaglia, Esemplarilú e antagonismo nel pensiero di Dante, Ña
póles, 1967, pp. 269 sS.
NOCIONES PR ELIM IN A RES 31
didáctica eficaz, para poder graduar, según convenga, la doctrina
que hay que ofrecer al alumno en relación a su madurez. El
maestro tenía la obligación de asegurarse que los discípulosTe
seguían: liara ello repetía incansablemente las explicaciones, amo
nestaba v~hasta ~aplicabá~castigos corporales (no es casual que la
iconografía de la Gramática presente siempre la férula, como pue
de observarse en cualquier representación medieval). Claro está
que el aprendizaje lingüístico estaba siempre en primer plano,
aunque es difícil admitir que se obtuvieran resultados apreciables
en un solo año como dice nuestro autor (téngase en cuenta, sin
embargo, que en la Edad Media un año escolar equivalía a 300
horas de clase); pero, por la dosificada complejidad de su temáti
ca, por la preocupación moral y religiosa constantes, la escuela
medieval era, sobre todo, una escuela formativa, una escuela de
vida, una escuela total. Fijémonos en que la escuela inglesa, que
es la que mantiene vivos más elementos de la herencia medieval,
conserva todavía plenamente este aspecto. Considérése asimismo
la invitación a componer siguiendo las huellas de ios auctores-,
se" trataba de un ejercicio tan estrechamente relacionado con la
lectura diaria, con la escrupulosa disección de los textos, que a la
fúérza tenía que retener ecos y reminiscencias de éstos. H asta lo s
mejores escritores, loTlñás originales, no podían renunciar a esta
íntima relación con los antiguos ni a los esquemas retóricos gra
cias a los que habían aprendido a escribir.
No cabe duda de que una escuela de estas características im
primía carácter. Juan de Salisbury la recuerda con emoción;
Guiberto de Nogent (ss. xi-xu)} con disgusto y acritud porque
había caído en las manos de un maestro ignorante y amigo de
pegar al alumnado. En realidad Guiberto debió tener una prepa
ración de menor calidad que la de Juan, pero inspirada en los
mismos principios. Gracias a esta homogeneidad, en la Edad Me
dia, con aplicación y estudio, resultaba siempre factible recuperar
el tiempo perdido y alcanzar el nivel de los más cultos.
6. E l n a c im ie n t o de la s U n iv e r s id a d e s
Ahora bien, hablar de la instrucción medieval en un único
bloque es realizar una generalización arriesgada; a pesar de lo
dicho, existieron diferencias significativas en el espacio y en el
( 32 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
tiempo. Sin ir más lejos no se puede silenciar la profunda evolu
ción "que, desde comienzos del siglo x i, conduce, tras un siglo
de camino, a la creación de las Universidades, una de las ins
tituciones más fecundas de la Edad Media. Y esta evolución tiene
para nosotros especial interés porque es estrictamente contem
poránea del florecimiento de la literatura romance y se localiza
fundamentalmente en Francia.
Antes del nacimiento de las Universidades la escuela europea
se basaba en las Capitulaciones de Carlomagno, cuyas disposicio
nes había conservado con una tenacidad tan “providencial comu
limitada y estéril. Había pocas escuelas y pocos estudiantes, des-
tinados todos ellos a la carrera eclesiástica y en parte a cubrir
plazas" en las cortes, a pesar del predominio del derecho oral. En
los úlimos decenios del siglo x i empieza ya a apuntar una reno
vación: aumenta el número de los maestros, florecen escuelas en
lugares que habían estado privados de ellas desde siglos, crece
evidentemente la demanda de cultura, se multiplica el número
de los estudiantes. H ada 1130 ya hay voces en Inglaterra que se
quejan del excesivo número dé maestros. Las normas que regulan
las acdvidades escolares proliferan, surgen conflictos y discusio
nes; la estructura de la escuela se tambalea, pero es una crisis de
crecimiento.
L o que es todavía más significativo es el aumento de prestigio
de la cultura. Entre los nobles germánicos, y por lo tanto entre
las clases altas de los siglos i x -x i , era tradicional el menosprecio
por la cultura gramatical y literaria, considerada superflua. El
ideal del caballero, el miles, estaba perfectamente diferenciado del
del clericus, el hombre de cultura. Sin embargo, en el siglo x i i
todo esto tiende a cambiar. Encontramos, por ejemplo, a un rey,
Enrique I de Inglaterra, á quien se celebra como philosophus\u
se atribuye a este personaje el proverbio de «Rex illitteratus, asi-
nus coronatus» («Rey ignorante, asno coronado»), que tiene su
explicación en una disputa entre el conde Folco de Anjou (942-
960) y el rey Luis IV de Francia, que desde su ignorancia co
menta irónicamente las habilidades clericales de su vasallo.27 Ya
26. De Guillermo de Malraesbury, Cesta Regum Anglorum, edición Stubbs,
v. 390 (vol. I I , p. 467).
27. La anécdota está sacada de las Cesta Consultan Andcgavorum de Bretón
d’Amboise (entre 1155 y 1173) y su autenticidad es lógicamente algo dudosa: se
trata de la proyección de ideales contemporáneos en el pasado.
¡
NOCIONES PR E LIM IN A RE S 33
son numerosos los nobles que saben leer y escribir, que se rodean
de escritores, o que por lo menos los protegen y se dejan dedi
car obras por ellos.
Estos fenómenos no son más que un indicio de lo que pasaba
en mayor escala en el seno de la sociedad. Se trata de un proceso |
lento, pero el prestigio de la cultura no deja de aumentar gra- \
dualmente, el miles puede ser también clcricus, hasta hay alguien I
que dice que debe serlo.
EJ florecimiento de las escudas no es, sin embargo, uniforme.
Aparte de las ciüdíldt'S francas lldli'anas y de algún centro ibérico,
en Francia hay zonas de gran actividad y zonas de sombra. Entre
las primeras cabe señalar dos. La una va desde las cuencas del
Mosa y del Escalda hasta Lieja y se prolonga en tierras de lengua
alemana por la Renania, hasta Tréveris, Maguncia y Colonia; la
otra tiene su centro en Le Bec, Chartres, París y Reims y llega
por el suroeste hasta Angers, Le Mans, Tours, Orléans, Poitiers.28
Estas escuelas del siglo xn eran algunas monásticas y otras
capitulares. Las primeras pertenecían al tipo que había predomi-
natitrerrSpocas anteriores pero que en aquel momento estaba en
crisis. La existencia de escuelas para alumnos externos, junto a las
destinadas solamente a los novicios, había producido tradicíonal-
mente problemas en los monasterios; la reforma que partía de
Cluny en aquellos años atajó la cuestión concentrando la educa
ción en la Biblia y la liturgia y eliminando las escuelas «externas».
Las escuelas capitulares, en cambio, nacidas bajo la protección
de catedrales o colegiatas y encomendadas a un scholasticus, de
qüíen dependía la prerrogativa de conceder a los estudiantes la"
l'icéntta docendi, el titulo definitivo, fueron adquiriendo mayor""
importancia, sobre todo porque — a diferencia de los monas
terios— estaban situadas en las ciudades, es decir en los nuevos
centros de la vida social. Las escuelas de Chartres en las que en
senaba .bernardo, eran de esta clase.'
En París había también una escuela capitular, que natural
mente esta va vinculada a la catedral de Nótre Dame; allí empezó
a enseñar Abelardo hacia 1115 llevando el método dialéctico a
un éxito extraordinario. Hacia mediados de siglo este método se
aplicaba ya sistemáticamente a la teología en el Liber Sententiarum
28. El área de difusión de las principales bibliotecas de la época- es prácti
camente idéntica.
34 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
de Pedro Lombardo. Gracias a tales innovaciones las artes libe
rales quedaban reducidas a un estudio preparatorio para la nueva
teología; por otra parte su curriculum tradicional ya había sido
alterado con la introducción de la Lógica aristotélica. Estas no
vedades y la fascinación que ejercían las personalidades de deter
minados maestros atraían a París a estudiantes de todos los rin
cones de Europa. Pero no los acogía ningún tipo de organización,
puesto que la que podía ofrecer Nótre Dame era totalmente in
suficiente. El remedio apareció hacia mediados del siglo x ii su
gerido por la misma anarquía de la situación; los maestros se
constituyeron en corporación profesional y empezaron a trabajar
como grupo. Se fijaron unas normas para el ingreso al cuerpo
que representaban a la vez la conclusión del aprendiza]e de ios
alumnos. Esta organización floreció precisamente porque tenía
que eñírentarse con problemas muy graves: las relaciones con
Nótre Dame; que reclamaba sus derechos a través de un canciller,
la lucha por el reconocimiento de los privilegios clericales para
los estudiantes, las tensiones con los habitantes de París, el equi- *
_____ librio entre el rey de Francia y el papa1.
-V X W \ En la primera mitad del siglo x m nace, a partir de estas pri
meras experiencias y de manera orgánica, la institución del studium
generóle (tal es su nombre medieval); se trata de un organismo
escolar que puede conceder por autorización papal el derecbo'cle
enseñar en todas partes. El studium generóle está formado por
distintas facultades íartes liberales, medicina, teología, derecho'
canónico), la primera de las cuales es propedéutica para las demás.
Los profesores y los estudiantes forman la universitas magistro-
rum et scholarium del studium generóle y están gobernados por
un rector que en París es el rector de los «artistas».
Las universidades más antiguas (París, Bolonia, Oxford) nacen
todas como organizaciones espontáneas. Posteriormente empiezan
a aparecer a su imagen las universidades de fundación papal, por
ejemplo Tolosa, o regia, como Nápoles (fundada en 1224 por Fe
derico I I Staufen). Otras universidades proceden de una escisión,
como Cambridge respecto a Oxford y Padua, a Bolonia. No todas
las organizaciones eran idénticas; en Bolonia, por ejemplo, pre
dominaba la universitas scholarium, de cuya gestión dependía el
studium generale-, en Oxford se instaura muy temprano la orga
nización de los colleges, que sigue viva hoy en día. Tampoco era
uniforme el tipo de estudios que se ofrecían; en París no se en-
IC
NOCIONES PRELIM IN A RES 35
señaba derecho romano, mientras que en Bolonia era la disciplina
fundamental.
Lo que más nos interesa es que las Universidades modificaron
profundamente el ambiente cultural de la época. Antes actuaban
inconstantemente de catalizadores culturales algunas cortes o al
gunos individuos aislados; desde la fundación de los studia la
cultura tuvo ya sus piedras angulares y sus tradiciones fuerte
mente arraigadas. D entro del ámbito universitario las artes libe
rales no desaparecieron, sino que sufrieron un reajuste. Ahora
bien, el saber por excelencia transmitido por las Universidades
es el arístotelismo: de las Universidades nace la iilosotia esco- ~
lástica v de ellas sume el espíritu enciclopédico que caracterizará"
al sifflo x m . Aparece una sustancia cultural nueva y riquísima
que engendra nuevos esquemas de pensamiento y de expresión.
Todo esto se realizaba en latín, lengua que gracias a la eclosión
del fenómeno universitario adquirió un nuevo vigor totalmente
imprevisible y que fue entonces más que nunca la lengua de la
cultura europea. El mundo universitario tuvo un peso tal y una
fuerza de atracción tan grande, que incluso llegaron a reflejarse
en las literaturas vulgares; su influencia fue menor o mayor según
los países, los ambientes y los géneros literarios, pero en general
se dejó sentir muchísimo. Pensemos, por ejemplo, en Italia en
las personalidades de Guittone, Guinizelli, Ciño da Pistoya y
sobre todo Dante, tan ligado a la escolástica, que tal vez estudió
en París. Sin las Universidades no comprenderíamos el Román
de la Rose de Jean de Meung, la poesía de Fran^ois Villon, o la
Celestina,29
7. E l C r is t ia n is m o y lo s e s c r it o r e s pagano s
En el Dialogus su per auctores de Conrado de Hirsau, en el
que dialogan un maestro y un discípulo, este último formula la
siguiente pregunta:
29. Puede utilizarse como introducción el excelente libro de H . Wieruszowski,
The Medieval University, Princeton, 1966. La obra clásica sobre el tema es: H.
Rashdall, The Univcrsities of Europe in ¡he Middlc Ages, editado por F. M.
Powicke y A. B. Emdcn, Oxford, 1936 (la primera edición de esta obra, en tres
volúmenes, es de Oxford, 1895). Para el conocimiento de las Universidades es
pañolas, se puede utilizar el libro de C. M. Ajo G . y Sainz de Zúñiga, Historia
de las Universidades hispánicas, I, «Medievo y Renacimiento», CSIC, Ávila, 1933.
36 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
Itane dabimus operam apprehendendc dialectice ceterarum-
que disdplinarum, cum «stultam mundi sapientiam» Christus
«dci uirtus et sapientia» fecerit ct Paulus, qui sapientiam inter
perfectos loquimr, nihii nisi Christum ct hunc cruciíixum
noocrjt? 38
(¿Nos esforzamos, pues, en aprender la dialéctica y las de
más disciplinas, cuando Cristo ha hecho «necia la sabiduría del
mundo», siendo él «virtud y conocimiento de Dios», y Pahlo,
que habla del saber entre los más sabios, no ha conocido otra
cosa que Cristo y su crucifixión?)
El problema es antiguo y crucial: ¿cómo es posible que la
tradición cristiana haya acogido en su seno a la herencia pagana?
Se trata de un problema de saberes, sin embargo no hay que
olvidar sus aspectos prácticos y hasta humanos y sentimentales.
La Iglesia no continuó la tradición judaica para la que la
Sinagoga era esencialmente un lugar de estudio: «quorum [Iudeo-
rum] tradirio ad nos transitum fecit, quae per negligentiam ob-
solevit* («cuya [de los Judíos] tradición pasó a nosotros, pero se
extinguió por negligencia»}, escribía Ambrosiaster31 en el si
glo iv. Sin embargo, la Biblia y la Liturgia tenían un papel tan
importante en la vida cristiana que se hacía indispensable la pre
sencia de clérigos cultos, cuva preparación sólo podía realizarse
en las escuelas laicas que, en época imperial, eran naturalmente'
napana* fcl r^ñidío personal enriquecía a posteriori las nociones"
aprendidas, imprimiéndoles el sello del cristianismo. Incluso el
De doctrina ebristiana de San Agustín, expresamente dedicado a
la formación intelectual de los fieles, se limita a suponer por
parte de éstos la normal asistencia a la escuela clásica. Las prime-
ras escuelas exclusivamente cristianas fueron, más tarde, las de
los monasterios, que limitaron al mínimo las enseñanzas de gra-
i 3 ^ M j ‘^ j E S B 5 ^ V «p ecialm qity <-n los primeros tiempos, aun-
que ni siquiera en ellas se abandonaron nunca los esquemas tra
dicionales. Es lícito, pues, afirmar que en los primeros siglos de
Más asequible pero menos homogénea es la obra de A. Jiménez, Historia de la
Vniversidtd español*. Alianza Editorial, Madrid, 1971. Vid. también, J. Verger,
L a U nivm itéi tm M o ja i Age, Piesses Universitaires de France, París, 1973.
30. Edición Huygcsjs cit., líneas 1583-1586.
31. Citado de Rirfjé. tAucalion el culture dans l'Occident barbare, pp. 46-47,
nota 29.
NOCIONES PRELIMINARES 37
la civilización cristiana todas las personas cultas se formaban a
partir de los textos paganos tradicionalmente usados en las es
cuelas.
Pero el Cristianismo llevaba consigo el rechazo de la cultura
profana grecolatina frente a un saber más elevado y más verda
dero. Escribió San Pablo (se trata del fragmento al que se refiere
el discipulus de Conrado):
Ubi sapiens? ubi scriba? ubi conquisitor huius saeculi? Non-
nc stultam fccit Dcus sapientiam huius mundi? Nam, quia in Dei
sapicntia non cognovit mundus per sapientiam Deum, placuit
D;o per stultitiam pracdicationis salvos faccrc credentes. Quo-
niam et Iudaci signa petunt, et Graeci sapientiam quaerunt;
nos autem praedicamus Christum crucifixum, Iudaeis quidem
scandalum, gentibus autem stultitiam, ipsis autem vocatis Iudaeis
atque Graecis Christum Dei virtutem et Dei, sapientiam; quia
'quod stultum est Dei, fortius est hominibus et quod infirmum
est Dei, fortius est hominibus. Vidcte enim vocationem vestram,
fratres; quia non multi sapientes secundum carnem, non multi
potentes, non multi nobiles. Sed quae stulta sunt mundi elegit
Deus, ut confundat sapientes.32
(¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el dispu
tador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría, de. este
mundo? Pues por cuanto no conoció en la sabiduría de Dios
el mundo a Dios por la humana sabiduría, plugo a Dios salvar
a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los
judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que
nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los
judíos, locura para los gentiles, más poider y sabiduría de Dios
para los llamados, ya judíos, ya griegos. Porque la locura de
Dios es más sabia que los hombres y la* flaqueza de Dios más
poderosa que los hombres. Y si no, mirad, hermanos,., vuestra
vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la
carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Antes eligió
Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios.)
32. I Cor., 20-27, referido a Isaías 33, 18. Cfr. también el episodio de San
Pablo en el Areópago de Atenas en Actos 17, 17 ss., y el comentario de W. Jae-
ger, Cristianismo primitivo y paideia griega, FCE, México. Cfr. finalmente II
Tim. 2, 20. La clara contraposición planteada por San Pablo la hallamos también
en Tertuliano, por ejemplo al principio del De Testimonio animae, cfr. Tertulliani
opera, I, Praga-Viena-Lcipzig, 1890, pp. 134-136.
38 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
Unas palabras como éstas anuncian una renovación total de
los valores culturales; queda claro que ningún cristiano desde
ahora en adelante puede ya posponer, manteniéndose fiel a sí
mismo, la stultitia divina a la sapicnlia del mundo. Tampoco
podía ser menor la desconfianza del cristiano con respecto a la
poesía pagana: en ella, no solamente se reflejaba por entero el
patrimonio filosófico y religioso de la cultura clásica, con sus
mitos y sus tradiciones; sino que, además, éste aparecía revestido
de todas las sugestiones de la belleza formal, estimulando los
sentidos de mil maneras y exaltando el triunfo de las pasiones.
E l amor a la poesía representa, pues, para el converso, un veneno
sutil, difícil de combatir y algunas veces hasta de detectar; por
ello la postura de los primeros poetas cristianos que escriben su
obra dentro de la tradición formal clásica, como Sidonio Apolinar,
Draconcio, Casiodoro o Enodio, es considerada equívoca sin re
medio alguno.33
Ya hemos visto que la primera fase de la educación se i£ -
cibía en escuelas laicas y sobre textos paganos. Al cabo de unos
años se producía inevitablemente en la conciencia del cristiano
el choque entre sus hábitos culturales y su compromiso religioso,
que se hacía más acuciante por el factor individual del recuerdo
de la juventud. A la fascinación que producía la poesía en un
determinado momento se sumaba la dulce memoria de la que
<51 había producido en otros tiempos. Tenemos más de un testigo
V de este drama íntimo de muchas almas. San Agustín lloraba con
movido al leer los versos de Virgilio que hablan de Dido, pero
intentaba borrarlos de su memoria no pudiendo destruir su he
chizo. Y San Pedro Damián (siglo xi) escribe todavía:
Olim mihi Tullius dulcescebat, blandiebantur carmina poeta-
rum, phiiosophi verbis aureis splendebant, et Sirenes usque in
exitium dulces mcum incantaverunt intcllectum.34
(Antes Cicerón era dulce para mí, los cantos de los poetas me
conmovían, resplandecían los filósofos con sus áureas senten
cias, y las seductoras sirenas hechizaron mi mente hasta la per
dición.)
33. Crf. Riché, op. cit., pp. 127-129.
34. Ep. V I, 10 (Palr. lat., C X L IV , col. 391) rilado por H. de Lubac, Excghe
mí¿iévate, I I / l , París, 1961, p. 81, nota.
NOCIONES PRELIMINARES 39
En el ambiente cosmopolita de Alejandría, sin embargo, pa
recía apuntar el camino de un equilibrio más sólido. Fue allí
donde Filón Hebreo (30 a.C.-45 d.C.) creó una escuela de
pensamiento sincretista que fundía perfectamente la tradición
judaica con la filosofía ncoplatónica. Esta orientación arraigó en
tre los primeros núcleos culturales cristianos y así Justino, Cle
mente y más tarcic Orígenes fueron poniendo en claro que cabía
considerar la teología cristiana no corno la antítesis de la heren
cia cultural clásica, cuya culminación era la filosofía, sino como una
especie de suprema coronación de la filosofía misma, como el
grado más elevado del conocimiento. Esta concepción llegó en
algunas ocasiones a las puertas de la heterodoxia y en otras hasta
las traspuso, sin embargo tenemos que considerarla como un ha
llazgo definitivo; la volvemos a encontrar, por ejemplo, en un pen
sador tan riguroso y estricto como San Gregorio Magno, que
escribe: «H anc quippem saecularem scieniiam omnipotens Deus
in piano anteposuit, ut nobis ascendendi gradum feceret, qui nos
ad divínae Scripturae altitudinem levare debuisset»35 («Sin duda
Dios todopoderoso dispuso en el llano esta ciencia mundana para
que nos ayudara a levantarnos a la divina elevación de la Escri
tura»).
Es de capital importancia en el proceso de convergencia de las
dos tradiciones la figura de San Jerónimo (340 apr.-420 apr.),
que fue alumno en Roma del gramático Donato y que poseyó una
cultura clásica solidísima. San Jerónimo citaba a los autores pa
ganos con toda naturalidad y su amigo Magno le pidió una jus
tificación, dándole oportunidad de exponer cabalmente en su epís
tola L X X las razones y motivos del humanismo cristiano del
siglo iv. La argumentación se fundamenta en un fragmento de
la Biblia en el que se autoriza a los judíos a casarse con esclavas
paganas conquistadas en la guerra si se toman determinadas me
didas:
quae radet caesariem et circumcidet ungues ct deponet vestem
in qua capta est sedensque in domo tua flcbit patrem et ma-
trem sua uno mense, ct postea intrabis ad eam dorroiesque
cuín illa, et erit uxor tua. (Deutcronomio 21, 12-13)
35. En I Reyes I, 5, n. 30 (Palr. Int., L X X IX , col. 356). Cfr. también ¡bíd.
(pero col. 355): «dum saecularibus litteris instruiqiur, in spiritualibus adjuvamur»
(«mientras nos instruyen en las letras seculares, nos ayudan en las espirituales»).
40 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
(y ella se raerá la cabeza y se cortará las uñas, y quitándose los
vestidos de su cautividad, quedará en tu casa; llorará a su padre
y a su madre por tiempo de un mes; después entrarás a ella y
dormirás con ella y serás su marido y ella será tu mujer.)
La interpretación alegórica de este pasaje permite afirmar que hay
que tratar a la literatura pagana igual que a la esclava de la Bi
blia, depurándola de sus errores, manteniéndola en una especie
de cuarentena que la aísle de su contexto original y la asimile
al del cristianismo para hacer de ella finalmente tu esposa, uxor
tua. ¿N o citó el apóstol San Pablo a Arátor (Acta 17, 18) e im
plícitamente a otros autores paganos? Si lo hizo fue para darles
una interpretación y un sentido cristianos: «Ideo assumit Paulus
verba etiam de his quae foris sunt, ut sanctificet ea»36 («Por esto
utiliza Pablo también las palabras de los que están fuera, para
santificarlas»). Y mucho más tarde Rabano Mauro comentará:
Itaque et nos hoc facere solemus, hoeque facere debemus,
quando poetas gentiles legimus, quando in manus nostras libre
veniunt sapicntiac saecularis, si quid in cis utile reperimus, ad
nostrum dogma convertimus; si quid vero supcrfluum de idolis,
de amore, de cura saecularium rerum, hacc radamus.37
(Y así pues nosotros solemos hacer esto, y debemos hacerlo,
cuando leemos a los poetas gentiles, cuando nos vienen a las
manos libros de la sabiduría mundana; convertimos a nuestro
dogma todo lo útil que encontramos en ellos, borramos todo
lo superfluo referido a los ídolos, al amor o a la preocupación
por las cosas mundanales.)
También San Agustín recurría a la Biblia citando el Exodo 3,
22 y 12, 35 donde Dios recomienda a Moisés que los judíos des
pojen a los egipcios de sus riquezas antes del éxodo:
postulabit mulier a vicina sua et ab hospita sua vasa argéntea
et aurea hac vestes, ponctisque cas super filios et filias vestras,
et spoliabitis Aegyptum;
36. Orígenes, citado por De Lubac, op cit., p. 63 y nota. En la misma página
aparece un pasaje significativo de Gregorio Magno.
37. De clericorum inslructione, III, 18 (Palr. Int., CVII, col. 369), citado en
Leclercq, op. cit., p. 59, nota. Consultar también a este respecto: J. de Ghellinck,
Le mouvement théologique du X II’ siiele, 2." cd., Brujas, p. 94.
NOCIONES PRELIMINARES 41
(sino que cada mujer pedirá a su vecina y a la que vive en su
casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis
vosotros a vuestros hijos y a vuestras hijas, y os llevaréis los
despojoi de Egipto)
lo que es ejecutado por los israelitas. De la misma manera el
cristiano puede y debe adueñarse de todo lo bello y útil que tiene
la cultura pagana a condición de que sepa encaminarlo al servicio
de la verdad.
Este planteamiento de las relaciones entre cultura cristiana y
cultura pagana, basado en los fragmentos bíblicos que hemos
transcrito, permitía una recuperación selectiva de la literatura pa
gana, que, rigurosamente aplicada, habría conducido a la salva
ción de un limitado número de obras. Sin embargo, el criterio
enunciado es enormemente elástico y de ello nos da una prueba
el mismo San Agustín. En el De ordine habla del entusiasmo que
sentía el discípulo Licencio por la fábula ovidiana de Píramo y
Tisbe y expone cómo él intenta apagar tal entusiasmo a través
del ejemplo y de la exhortación; sin embargo cuando ha conse
guido que el joven deseche ios peligrosos devaneos de los poetas
para interesarse por la filosofía, San Agustín aprueba la eruditio
disdplinarum liberalium («la erudición en las disciplinas libera
les»), aunque modesta sane ac succinta («ciertamente comedida
y sucinta»), precisamente como camino hacia la verdad. Aquí
San Agustín admite la poesía a título de ciencia instrumental y
parenética, tal como la hemos descrito anteriormente, y lo no
table del caso es que propone la recuperación de uno de los textos
más sospechosos, el de Ovidio, del que según San Agustín el lec
tor podrá extraer: «illius foedae libidinis et inccndiorum venena-
torum exccrationem» (I, 24) («la execración de aquella nefasta
lujuria y exaltaciones envenenadas»).
Una lectura de los clásicos fundamentada en estos principios
moraleT acaba por aportar al patrimonio cultural cristiano la to
talidad de la herencia grecolatina, a pesar de las tensiones y dis-
putas entre aceptaciones y rechazos, a la vez que inaugura un
estilo de interpretación destinado a constituir un mnrlpln p ara-
digmatico para toda la Edad Media. Es una lectura dúctil y abier
ta a cualquier tipo de textos, hasta a los más peligrosos, y que
42 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
no hace más que aplicar a un caso particular procedimientos de
exégesis sacados de la interpretación de la Biblia.38
8. E x é g e s is y a l e g o r ía
La confluencia del legado cultural pagano con la tradición cris
tiana no se explica sin tener en cuenta los hábitos exegéticos me
dievales; tales procedimientos de interpretación tienen que ser es
tudiados, entre otras razones porque ayudan al lector a desvelar
las potencialidades significativas de los textos medievales, por lo
menos en calidad de hipótesis que podrán ser desechadas pero
no ignoradas.
Para los hombres de la Edad Media la interpretación de un
texto no constituía una tarea fácil que se pudiera resolver en una
única dimensión. He aquí lo que Hugo de San Víctor opina de
ello:
Expositio tria continet: litteram, scnsum, sentcntiam. Littera
est congrua ordinatio dictionum, quam etiam constructionem vo-
camus. Sensus est facilis quaedam ct aperta significado, quam
littera prima fronte praefert. Sententia est profundior intelligen-
tia quae nisi expositione vel interpretatione non invenitur.3’
(El comentario contiene tres grados: literal, de significado y
de sentido profundo. La interpretación literal es una ordenación
coherente de las palabras a la que llamamos también construc
ción. El significado es una lectura en cierto modo sencilla y abier
ta sugerida a nivel superficial por el texto. El sentido constituye
una comprensión más profunda a la que no se llega sin exégesis
o comentario.)
Vemos, pues, que, dejando de lado la interpretación literal o
littera que Hugo identifica aquí con la estructura sintáctica, sub
siste una distinción entre sensus y sententia, «significado» y «sen
tido profundo», ambos presentes a la vez en el texto pero dife-
38. Para desarrollar más ampliamente los temas de este párrafo consúltense
las obras de Jaegcr y De Lubac citadas anteriormente y también De Ghellmck,
op. cit., pp. 94-95, y E. A. Quain, «Acccssus ad auctores», Tradilio, III (1945),
pp. 215-264. Para el episodio de San Agustín cfr. S. Battaglia, La concierna let-
¡eraría, cit. pp. 51-61.
39. Didascalicon I II, IX (Patr. la!., loe. cit. cois. 771-772). Cfr. Taylor, op.
cit., p. 92.
NOCIONES PRELIM INA RES 43
renciables en tre sí. Pues bien, a lo largo de la E dad M edia se
fue elaborando una técnica de notab le com plejidad encam inada
a d e te cta r y a identificar estos diversos grados in terpretativos.
* La técnica en cuestión tiene su eje p rincipal (aunque no único)
en la alegoría.' D e ninguna m anera se puede sostener que la ale-
goría es u n a creación del cristianism o id ead a para re so lv e r'su s
necesid ad es" el procedim iento se rem o n ta á épocas anteriores, de-
las que los cristianos las heredaron. N unca la poesía fue conside
rada una evasión g ratu ita y parece verosím il que ya los antepasa
dos de los griegos le atribuyeran las funciones mágicas que suele
tener en tre los pueblos prim itivos.40 E n tiem pos b astante an
tiguos perdió la poesía su contenido m ágico, p ero no dejó de ser
considerada ú til; para ser ú til la poesía tenía que ser verdadera.
É sta es la concepción que poseyó H esío d o . P e ro , cuando en el
siglo v n antes de C risto el pensam iento racionalista vino a susti
tu ir form as m ás arcaicas, se presen tó la necesidad de encontrar
una nueva interp retació n para los m itos religiosos y poéticos, es
pecialm ente para los q u e había cantado H o m e ro y que perm ane
cieron en el corazón de lá paideia griega. E sta nueva interpretación
es sin d uda una lectura alegórica capaz de desvelar en los textos
del ayer la verdad del presen te.41 C uando se h u b o alcanzado úna
perspectiva histórica suficientem ente am plia se som etió a Virgilio
a una exégesis del m ism o tipo en la obra de M acrobio (hacia
el 4 00), que era todavía pagano. 1
La adopción del m étodo p o r los cristianos en cierto m odo se
halla presente ya en San Pablo, cuando en el A reópago in terp retó
en sentido cristiano el Ignoto deo («al dios desconocido») de la
inscripción pagana.42 Sin em bargo fue en A lejandría donde, una
vez m ás, se llevó a cabo una osm osis p erfecta del m étodo alegórico
p o r obra de F ilón, quien , a través de la 'e x é g e s is del A ntiguo
T estam en to , supo d em o strar que había ú n a arm onía total entre
el sentido esp iritual del tex to , el hebraico, y el platonism o. Al
cabo de cien años O rígenes volvió a utilizar el procedim iento pero
en sentido cristiano, añadiendo una lectu ra tipológica o figural,
de la que hablarem os m ás adelante, p o r lo q u e la exégesis bíblica
se m ovió sobre dos planos: el literal y el alegórico, a los que
40. Cfr. A. SeppiUi, Poesía e magia, Turín, 1962.
41. Cfr. Séneca. Ep. 88, 3 donde se mencionan distintas interpretaciones ale
góricas de Homero visto como un estoico, un epicúreo o un académico. Su crítica
es una prueba de la difusión y valor de estas lecturas.
42. Cfr. también Actas 17, 23 y Jacger, Cristianismo primitivo, cit.
O
44 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
hay q u e añadir, para el A ntiguo T estam ento, el tipológico.
La escuela alejandrina, inaugurada precisam ente p o r O rígenes,
prevaleció d u ra n te la E dad M edia sobre la de A ntioquía que se
lim itab a a estu d iar el sen tid o literal, adm itía valores tipológicos
únicam ente en algunos fragm entos y rechazaba la alegoría; esta
p o stu ra n o tu v o repercusión alguna en el occidente latino. E n
realidad «el m étodo a'pjandrino daba satisfacción a una necesidad
em ocional p ro fu n d a y se inscribía en una visión general del m un
do , m ientras que el o tro m étodo le sorprendía [al pensador del
m undo latin o ] p o r su frialdad e irrelevancia».43
La exégesis alegórica no sólo m ultiplicaba los sentidos de un
tex to , sino que daba tam bién am plio despliegue a sus ecos y a >
nexiones. E n el D e doctrina christiana ( I I , V I, 7) San A gustín
recuerda u n a frase del Cantar d e los Cantares (4, 2): «D entes
tu i sicu t greges tonsarum » («Son tus dientes cual rebaño de ove
jas d e esquila»), p ara ex p o n er con toda claridad la necesidad de
realizar u n a lectu ra alegórica, feliz en su libertad:
nescio quomodo suavius intueor sanctos, cum eos quasi dentes
Ecclesiae video praecidere ab erroribus homines, atque in ejus
corpus, emollita duritia, quasi demorsos niansosque transferre.
(no sé cómo podría figurarme mejor a los santos, pues los veo,
casi como dientes de la Iglesia, librar a los hombres de los erro
res, e incorporarlos al seno de ésta, dulcificada su dureza, mor
didos y amansados.)
P ara San A gustín, el sen tid o alegórico, como podem os com-¡
p ro b a r, n o descarta el literal, sino que se com bina con él, abrién-l
dolo a infin itas significaciones espirituales.
H e aq u í, pues, cóm o se va organizando una técnica sutil y
v erteb rad a q u e encontram os ya explícita en C asiano (360-435
a p ro x im a d a m e n te)44 y q u e se constituyó en norm a canónica. La
expondrem os según el m odelo y las definiciones de Rabano Muu-
43. B. Smalley, The Study of thc Bible in ll¡c Mi,hile Ages, Nótrc Dame, 1964,
p. 19.
44. •QtupijTixv vcro >n duas diuiditur partes, id est ¡n historicam interpre-
utioncm ct intelligcntiam spiritalem ... Spiritalis autem scientiae genera sunt tria,
tropología, allegoría, anagoge... Itaque historia practeritarum ac vísibilium agnitio-
nem complectitur rerum... Ad allcgoriam autem pertinent quae sequuntur, quia ea
quae in ueritate gesta sunt alterius sacramenti formam praefigurasse dicuntur...
Anagoge uero de sphitalibus- mysteríis ad sublimiora quaedam et sacratíora cae-
lorum secreta coscendeñs ab apostolo ita subicitur... Tropología est moralis expía-
NOCIONES PRELIM IN A RES 45
ro .43 E l no m b re Hierusalem es «secundum historiam civitas Iu-
daeorum » («según la historia la ciudad de los judíos»); queda claro
que historia equivale aquí a littera, es decir al sentido literal. E n
cam bio hay alegoría «cum verbis sive reb u s m ysticis praesentia
C hristi e t Ecclesiae sacram enta sig n an tu r» («cuando la presencia
de C risto y los sacram entos de la Iglesia están señalados por
palabras o elem entos m ísticos»); corresponde, pues, la alegoría
a la significación cristológica y eclesiástica, y entonces Hierusalem
equivale a Ecclesia C hristi. T enem os adem ás a la tropología como
entidad in d ep en d ien te, «id est m oralis locutio ad institu tio n em et
correctionem m orum , sive apertis seu figuralis prolata serm onibus»
(«es decir el enunciado m oral encam inado a d efinir y corregir las
costum bres, expresado en térm inos o bien abiertos o bien figu
rados»); en este caso Hierusalem q u iere decir «anim a hom inis,
quae fre q u e n te r hoc nom ine au t in c re p a tu r aut la u d a tu r a D o
m ino» («el alm a del hom bre, la cual a m enudo es fustigada o
alabada p o r D ios bajo este no m b re» ). Y finalm ente existe el sen
tido escatológico o anagogía «quae de praem iis fu tu ris e t ea quae
in caelis est vita fu tu ra , sive m ysticis seu apertis serm onibus
d isp u tat» («que d iscurre en to rn o a los prem ios fu tu ro s y a la
vida fu tu ra q u e nos esperan en los cielos con palabras m ísticas o
abiertas» ), y n u e stro nom bre equivale entonces a «civitas
D ei, illa caelestis, quae est m ater om nium n ostrum » 46 («la ciu-
natio ad emudationem vitae ct instructionem pertinens actualcm» («La teorética se
divide en dos partes, es decir la interpretación histórica y la intelección espiritual...
Los géneros de la ciencia espiritual son tres: tropología, alegoría, anagoge... De
este modo la historia encierra el conocimiento de las cosas pasadas y visibles...
Pertenecen a la alegoría las cosas que siguen porque lo que fue hecho en verdad
se dice que prefigura la forma de otro sacramento... La anagogía elevándose casi
de los misterios espirituales a secretos más sublimes y sagrados de los ciclos
fue sugerida asi por el apóstol... La tropología es la explicación moral en vistas a
la purificación de la vida y encaminada a la instrucción actual»), Jean Cassien,
Con/eréncrs, vol. II, París, 1938, pp. 189-190 (XIV, 8).
■15. Cfr. II. Luusberg, Manual de retórica literaria, Gredos, Madrid, 1966,
S 900.
46. Cfr. también Conrado de Hirsau, op. cit., pp. 18-19: «Explanatio est ad
literam, ubi dicitur quomodo nuda litera intclligcnda sit, ad sensum ubi dicitur
ad quid referatur quod dicitur, ad allegoriam, ubi aliud intelligitur et aliud
significatur, ad moralitatem, ubi quod dicitur ad mores exitandos colendosque
reflectitur» ( «La explicación es, según la letra, cuando se dice cómo hay que
entender la letra por sí misma; según el sentido, cuando se dice a qué se refiere
lo que se dice; según la alegoría, cuando se entiende una cosa pero se representa
otra; según la moral, cuando lo que se dice se aplica a despertar y cultivar las
buenas costumbres»).
46 LITERATURA ROMÁNICA. LA ST./J> MEDIA
dad de D ios, la celeste, que es m adre de todos nosotros»).
Sem ejante m étodo se nos puede antojar un pretencioso ins
tru m en to capaz de violentar sistem áticam ente cualquier texto para
que diga lo que de antem ano uno se propone. E ste juicio, sin
em bargo, no es justo y no explica las razones de ser del m étodo
m ism o; el procedim iento en cuestión posee, en efecto, m otivacio
nes m uy genuinas y profundas aunque, como resulta evidente,
ajenas a las exigencias de precisión y rigor verbal del hom bre
m oderno.
A nte to d o hay que estu d iar cóm o se enfrenta a un texto un
lector m edieval y cuál es su preocupación básica. Dejem os la
palabra a Beda (673-735), quien en su prólogo a la exposición
alegórica del lib ro bíblico de Sam uel nos dice:
si vetera tantummodo de thesauro Scripturarum proferre, hoc
est, solas litterae figuras sequi Judaico more curamus, quid inter
quotidiana pcccata correptionis, inter crcbrescentcs acrumnas
saeculi consolationis, inter innúmeros vitae hujus errores spiri-
tualis doctrinae lcgentes vel audientet acquirimus, dum apeno
libro, verbi gratia, beati Samuelis, Elcanam virum unum duas
uxores habuisse reperimus, nos máxime, quibus ccclesiasticae vi
tae consuetudine longe ficri ab uxoris compkxu, ct coelibcs ma-
nere propositum est; si non etiam de his ct hujusmodi dictis
allegoricum noverimus excúlpete sensum, qui nos vivaciter inte-
rius castigando, erudiendo, consolando reficit? 47
(si nos ocupásemos de entresacar del tesoro de la Escritura sola
mente las cosas antiguas, es decir de seguir exclusivamente las
figuras del sentido literal según la costumbre judía, ¿que amo
nestación en medio de ios pecados cotidianos, qué consolación
en las crecientes tribulaciones del siglo, que doctrina espiritual
en los innumerables errores de esta vida podríamos alcanzar le
yendo o escuchando, si al abrir por ejemplo el libro del beato
Samuel, hallamos que el varón Elcana tuvo dos mujeres, y lo
hallamos precisamente nosotros que tenemos obligación por nor
ma .de vida eclesiástica de mantenernos alejados del abrazo de
la esposa y de permanecer célibes; si no supiésemos desvelar en
estos datos y en otros parecidos el sentido alegórico que vitaliza
vigorosamente nuestro interior con la amonestación, la enseñanza
y el consuelo?)
47. Patr. Ut., XCI, cois. 499-500.
NOCIONES PRELIM INA RES 47
El tono em ocionado y elocuente de estas palabras nos da a
entender que los textos «no se estu d iab an únicam ente como tes
tigos del pasado, com o docum entos m u erto s. H abía la cons
tan te preocupación de alcanzar una m eta práctica: la form ación
del cristian o » ;48 es éste un juicio válido no sólo de cara a la
cultura m onástica, para la que lo form uló Leclercq, sino tam bién
para toda la E d ad M edia en general. T o m ar en consideración un
texto es sum ergirlo en un tejido de problem as contem poráneos
para que p roponga soluciones útiles para éstos: de otra form a
su lectura carece de sentido.
Y es aquí donde la lectura alegórica entronca con la «poli
m atía», una de las pretensiones m ás singulares de la cultura
m edieval. Ya M acrobio y Servio sostuvieron q u e V irgilio estuvo
versado en todas las artes y que su lib ro ofrecía m últiples ense
ñanzas para cada una de ellas. P o sterio rm en te se hizo habitual
exigir tales enseñanzas de cualquier tex to poético y así D an te
fue celebrado, no sin fundam ento, com o poeta filósofo y teó
logo, com o «m aestro di color che sanno» («m aestro de los que
saben»);49 p ero todos los poetas m edievales que tenían una con
ciencia elevada de su oficio sabían que a sus textos les tocaba
p resen tar posibilidades excgéticas para lectores de todas clases y
niveles, com o nos dice, p o r ejem plo, A lano de Lille en el prefacio
de su Anticlaudianus, M p o r lo que Je a n de M eung pudo escribir,
y no sin razón, q u e com poner poesías equivale a «travailler en
philosophie» (« trab ajar en la filosofía»).51 Ya sabem os p o r o tra
p arte que la p ráctica de las escuelas suponía la com petencia del
auctor para cada u n a de las siete artes liberales.
Es casi su p erflu o añadir que e stas teorías facilitaban una recu
p eración operativ a y actual de los clásicos paganos. E n el siglo x i i
48. Cfr. Leclercq, op. eit., p. 155.
49. A! igual que Virgilio lo había sido para el.
50. «In lioc etenim opere, litteralis sensus suavitas pucrilcm demulccbit au-
ditum ; moralis instructio proficicntem imbuct sensum; acutior allegóme subtilitas
perficientem acuet ¡ntcllectum. Ab hujus crgo operis arceantur ingressu, qui solis
sensuum speculum dediti, rationis non aurigantur incessu» («En esta obra,
en efecto, la suavidad del sentido literal endulzará el oído de los jóvenes; la
instrucción moral impregnará este ventajoso sentido; la sutilidad más aguda de
la alegoría activará el intelecto que se está formando. Que se mantengan alejados
de la entrada de este tipo de lectura quienes, ocupados exclusivamente en el
sentido del espejo, no se dejan guiar por el empuje de la razón») (Palr. lal.,
CCX, cois. 487-488).
51. Román de la rose, v. 18.724.
48 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
Juan de Salisbury escribió que «mendacia poetarum inserviunt
veritati» («las mentiras de los poetas sirven a la v e rd a d » )52 y en
otra obra, con claridad todavía m ayor, y haciendo referencia
explícita a Marciano Capella y a la conveniencia del herm etism o
religioso, dijo:
Ut sit Mercurio Philologia comes, insta,
Non quiz numinibus falsis reverentia detur,
Sed sub verborum tegmine vera latent.
Vera latent rerum variarum tecta figuris,
Nam sacra vulgari publica iura vetant.53
(Trabaja para que la Filología sea compañera de Mercurio,
no porque demos reverencias a dioses falsos, sino porque bajo la
cobertura de las palabras están escondidas las verdades. Las ver
dades yacen encubiertas bajo figuras de distintas cosas, son pú
blicas las leyes que prohíben divulgar lo sagrado.)
En las escuelas, la lectura que estam os describiendo se rea-
1izaha m la práctica a través del acccssus y del com entario. El
primero constituía una especie de rápido prólogo al texto del duc
t o r y tema~como finalidad enfocarlo con precisión, determ inando*
sus propósitos últimos de acuerdo con una exégesis respetuosa
para con la formación dpi alumno Va hpmnc visto qnp San Agnc-
tin formuló la adopción de las fábulas ovidianas con finalidades
didácticas, pero a lo largo de la Edad Media se llegó a través de
la práctica escolar a recuperaciones más plenarias. Según un acces-
sus a d auctores anónimo del siglo x n 54 las epístolas de O vidio
fueron escritas para
reprehendendere masculos et feminas stulto et illicito amore de-
tentos... etbice subponitur, que morum instructoria est et extir-
patrix malorum.
(para amonestar a los varones y a las hembras deslumbrados por
un amor burdo e ilícito... lo que se subordina a una ética que
es maestra de costumbres y extirpadora de malos) (pág. 24).
52. Polícrtticus, edición Webb, I, p. 186, 12.
53. txtb elku s, y » . 183-188.
54. Atxasms ad amelares, edición R. B. C. Huygcns, Berchem-Bruselas, 1954.
NOCIONES PRELIM INARES 49
Es ésta una interp retació n que aparece tal cual en los otros dos
acccssus de la misma obra que han llegado a nosotros. E l tercero
dice: « in ten tio sua est in hoc libro h o rta ri ad u irtu tes et redar-
guere uicia» («su intención es en este lib ro ex h o rtar a las virtudes
y 'am onestar an te los vicios») (pág. 27).
T am poco hay que in sistir dem asiado a p ro p ó sito de esta téc
nica de lectura que se nos presenta o d esarm adoram ente ingenua
o hipócritam en te frau d u len ta. N o hay q u e olvidar que siem pre
existió otra corriente m enos dada a com prom isos justificados por
acrobacias exegéticas y am iga de lúcidas distinciones. E l discipulus
de C onrado de H irsau se pregunta, en efecto:
cur ouidianis libris Christi tyrunculus docile summittat inge-
nium, in quibus ctsi potest auruni in stcrcore inveniri, queren-
tcm tamen polluit ipse fetor adiacens auro, licet audium aun? 55
(si cuando el recluta de Christo dócilmente confía su ingenio a
los libros de Ovidio, en los que se puede hallar oro entre el
estiércol, la podredumbre que envuelve al oro le emponzoña, ¿es
lícito estar ansiosos de este oro?)
Y no faltó el desinterés p o r la calidad de los contenidos a favor
del entusiasm o p o r los encantos de la form a; el acccssus que
hem os citado dice a p ro p ó sito de los A m ores de O vidio: «finalis
causa scilicet utilitas est o rn atu s u erborum et pulchras hic cognos-
cere positiones» («su causa últim a, es decir su u tilid ad , es conocer
la ornam entación de las palabras y su adecuada colocación»).
Sin em bargo la dialéctica in terio r co n stitu id a p o r las reac
ciones y pun to s de vista que acabamos de señalar no menoscaba
sustancialm ente el m étodo exegético d escrito al principio, ya que
éste, p o r su íntim a conexión con la visión del m undo que fue
propia de la E dad M edia, alim entó, sin lugar a dudas, las téc
nicas de lectura de aquel período h istórico.56
55. Edición Huygens cit. líneas 1328-1330, p. 51.
56. Para ampliar este párrafo consultar, además de los libros de Curtius y de
Jaeger citados repetidamente, el estudio de B. Smalley, The sludy o/ thc Bible
in thc Middle Ages, Notre Dame, 1964; II. de Lubac, Esegcsi medievale, Alba,
1962, y Exégésc médiévale, I I, 1 y 2, París, 1961 y 1964; S. Battaglia, La coscienza
lelleraria del Medioevo, cit., y Esemplaritá e antagonismo, cit. passim. De Bruync,
Estudios de estética medieval, 3 vols., Gredos, Madrid, 1959 (en especial vol. II,
pp. 316-357).
50 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDÍA
9. La t i p o l o g ía
» Si el m étodo exegético antes aludido crea una red de infinitas
| correspondencias en tre las cosas, los acontecim ientos, las expe
riencias y sus significaciones, añadam os ahora las específicas re
laciones que instaura la in terpretación tinológirn oT ignral. que nó
hay que confundir con la t ropo lógica.
Ya en Saín M ateo hallam os un pasaje (12, 40) en que Jesús
dice: «sicut enim fu it lo n as in ven tre ceti tribus diebus et tribus
noctibus, sic erit filius hom inis in corde terrae tribus diebus et tri
bus noctibus» («com o estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres
días y tres noches, así estará el H ijo del hom bre tres días y tres
noches en el corazón de la tierra» ), con lo que establece una co
rrespondencia concreta en tre u n episodio del A ntiguo T estam ento
y un m om ento de su m isión personal. E n San P ablo el tem a se
presenta con u n desarrollo más am plio; en la prim era carta a los
C orintios cita la nube de E g ip to (Exodo 13, 21), el paso del M ar
Rojo (E xodo 14, 22), el m aná (Exodo 16, 15), el nacim iento de
la fuente (Exodo 17, 6) y finalm ente afirm a: «H aec autem in
Bgura facta su n t nostri» (« E sto fue en figura nuestra») (10, 6 ), y
más adelante:
Haec autem omnia in figura contingebant illis; scripta sunt
autem ad correptionem nostram, in quos fines saeculorum dcve-
nerunt.
(Todas estas cosas les sucedieron a ellos en figura y fueron
escritas para amonestarnos a nosotros, para quienes ha llegado el
fin de los tiempos.) (10.11)
D e esta m anera San P ablo señalaba una correspondencia que
la tradición exegética acogió y sistem atizó, y en O ccidente todavía
más que en O rien te. En el siglo x m el enciclopedista V icente de
Beauvais la definía en estos térm inos:
Sic igitur est lex nova in veteri sicut fructus in spica. Omnia
enim quae in Veteri Testamento implicite sub figura, traduntur
in Novo Testamento, sed explicite et aperte.57
57. Citado por E. Réau, Iconogrcpbie de í'art chrílitn, I, París, 1955, p. 193,
nota.
2
NOCIONES PRELIM INARES 51
(Así pues está la ley nueva en la antigua como el fruto en la
espiga. En efecto todas las cosas que aparecen en el Antiguo Tes
tamento implícitamente bajo figura, se pueden traducir al Nuevo
Testamento explícita y abiertamente.)
La interp retació n figural perm itía hallar conexiones m ás íntim as
en tre el A n tig u o y el N uevo T estam ento y adem ás era el ca
m ino para rescatar al p rim ero de su carácter exclusivam ente
judaico in jertán d o le valores cristianos genuinos: «Con la in te r
pretación figural, el A ntiguo i estam ento se tran sform ó, tal como
hem os dicho, de un libro de leyes y de una historia del pueblo
de Israel en una serie de figuras de C risto y de la R edención»,58 y
precisam ente p o r esto se co nvirtió en algo plen am ente válido y sig
nificativo p ara todos los cristianos.
Subrayem os la diferencia en tre alegoría y tipología. Lausberg
la especifica de esta m anera:
D istinta de la alegoría, cuyo fin es la interpretación del texto,
es la “tipología lies tinada a la interpretación de la realidad. La
tipología ordena una realidad aparentemente caótica con arreglo
al principio de la analogía.,, La tipologíaéi~úña semántica de las
realidades, la alegoría ( a £ f o _ a y upc/letr) es una semántica de
las palabras.59
I P o r tan to la tipología no supone en absoluto trascender el sentido
J literal en un plano in te rp re ta tiv o d istin to , sino sim plem ente en-
\ ~TTTáfcáflc r en un co n tex to de distaíicláriíleñto^ cronológico.
La interpretación figural establece entre dos hechos o dos per-1
/ sonas un nexo por el que uno de ellos no se representa sola-1
/ mente a sí mismo sino que significa también al otro, mientras
/ que el otro comprende y realiza al primero. Los dos polos de la I
/ figura están separados en el tiempo, pero se hallan los dos en el ¡
~~ tiempo como hechos o figuras reales.60
Los acontecim ientos que se n arran en el Exodo tuvieron y siguen
conservando una realidad y u n sentido histórico que su valor
figural no anula sino que com pleta. N o estam os en el cam po del
58. E. Aucrbach, Studi su Denle, Milán, 1966, p. 203.
59. Manual de retórica literaria, cit., 5 901, v. ÍI, p. 288-290.
60. Auerbach, op. til., p. 204.
52 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
«aliud aliud significat» («una cosa significa o tra cosa») propio
de la alegoría, sino en una íntima com penetración de cosas y
acontecimientos que se corresponden desde los extrem os del arco
temporal y ello es debido a que todas las cosas coexisten en la
eternidad de Dios, donde no hay ni pasado ni fu tu ro . «Las figu
ras, pues, no son solamente provisionales; constituyen al mismo
tiempo la forma provisional de algo eterno y sobrenatural.61»
Es comprensible que la interpretación figuial, nacida de la
lectura de los tratos sacros, se extendiera luego, precisam eñle
porque se presentaba como punto de enlace entre la eternidad y
el tiempo, a cualquier hecho de la historia hum ana en el que
emergiese el signo de eiemplaridad de un acontecim iento sólo
aparentemente casual. Por otra parte la historia quedaba, pai'il 1+
cristiano, necesariamente enmarcada en una trayectoria precisa
que iba del pecado original a la Encarnación y a la R edención, y
de ésta al Juicio. Dentro de esta parábola tem poral un aconteci
miento no tenía importancia por sí m ism o, no poseía un valor
definido y completo, ni siquiera form aba p arte de un proceso
provisional en cuanto perennemente" inacabado, com o sostienen
otras concepciones de la historia; todo hecho p articular carecía de
sentido h asta que no lo hallaba en una perspectiva providencial-
y eterna. La historia «interpreta cada hecho singular o como pro
fecía real o como cumplimiento de ésta»,M lo encuadra con pre-
cisión dentro"3iTuña'concepción unitaria y grandiosa, b l hombre"
sin embargo, lo vive sin esta seguridad, siente y sufre todas las
incertidumbres inherentes a él, todas sus facetas oscuras: lo vive
como una prueba.
La concepción tipológica encontró un campo de aplicación
amplísimo en las artes figurativas, en las que — para p o ner un
ejemplo— la imagen de Jonás y la ballena es recurrente en virtud
de su valor como figura de la Resurrección. E xagerando un poco
podríamos d ed f que se utilizan motivos iconográficos procedentes
del Antiguo Testamento únicamente cuando son asim ilables a in
terpretaciones figúrales. Louis Réau escribe: «nueve de cada diez
vece?, los temas del Antiguo Testamento que se han m antenido
a flote son los que eran interpretados como figuraciones del N uevo
61. Auafaadi, op. a l., p. 209.
62. Auofjach, Tjpolof/iscbe Motive in der mitlclalterlkben Literalur, Krc-
fcld, 1953. p . 14.
NOCIONES PRELIM INA RES 53
T estam en to » .63 D e la larga lista de ejem plos que nos facilita este
investigador, a u to r tam bién de un cuadro sinóptico de los temas
evangélicos con sus figuras, recordarem os solam ente los frescos de
San Angel in Form is cerca de C apua (siglo x i) y la famosa
Escuela de San R oque de T in to re tto , en la que el M oisés que
hace b ro tar la fuente de la roca es figura del bautism o de C risto,
la adoración de la serpiente de bronce lo es de la Crucifixión y
así sucesivam ente, y estas correspondencias figúrales se reflejan
incluso en la disposición de las p in tu ra s.64
Sobre estas bases se fundam enta la Biblia pauperum, pequeño !
fascículo m anuscrito o grabado sobre m adera que tuvo am plísim a ]
difusión en los últim os años de la E dad M edia; tam bién es tipo
lógica la concepción de los bestiarios que gozaron du ran te los
siglos m edios (e incluso más adelante) de una fama dilatada en
cantidad de versiones latinas y vulgares, y que además fueron
utilizados en infinidad de citas aisladas y como fuentes para la
representación iconográfica. Son conocidos bajo el título de Phy-
siologus, in te rp re ta d o com o nom bre de au to r, y el accessus ante
rio rm en te citado dice a propósito de él: « In te n tio eius est delec
tare in anim alibus e t prodesse in figuris. U tilitas est u t naturas
et figuras anim alium cognoscam us» («Su intención es deleitar con
los anim ales y ser provechosos con las figuras. Su utilidad consiste
en que conozcam os las naturalezas y las figuras de los anim ales»).
En las vidrieras de las catedrales góticas no suele faltar en las
representaciones de la R esurrección la imagen de un león ju nto
a la de Jonás. El Pbysiologus enseña, en efecto, que el león des
p ierta al tercer día a sus cachorros que nacen m uertos, lo que le
co nvierte en figura de la R esurrección. Com o se puede ver los
bestiarios tienen una im portancia que trasciende la de un sim ple
rep erto rio iconográfico; en ellos la tipología se extiende de la his
to ria y del tiem po a la naturaleza y a lo perm anente. Pasam os
insensiblem ente de la tipología a la sim bología.65
63. Op. cit.f pp. 207-208.
64. Para la Escuda de San Roque consultar el fascículo Tintorello: la Scuola
di San Rocco, de Renzo Chiarelli, Florencia, 1965 («Forma c colore»).
65. El Fisiólogo. Bestiario Medieval, introducción y notas de N. Guglielmi,
Eudeba, Buenos Aires, 1971 (es la traducción castellana del texto del Pbysiologus
latinus, versio Y, editado por F. J. Carmody, University of California, Publications
in Classical Phylology, vol. 12, n.° 7, pp. 95-134, Berkeley-Los Ángeles, 1941). La
edición argentina Viene gran profusión de ilustraciones. Para la exegesis, los bes
tiarios y otros aspectos didáctico-moralizantes tratados en este capítulo, vid. GRLMA,
y 1/2, pp. 203-280.
54 ■ /•- • LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
C abe ahora hacer hincapié en la im portancia de la concepción
tipológica para la p ro ducción literaria, a la que sum inistraba una
tem ática variada v un m étodo provechoso. C onsiderem os, por
ejem plo, la him nograíía, entretejida íodu ella de alusiones tipo
lógicas. Citarem os algunos fragm entos de Adán de San V íctor
(m uerto en 1192), uno de los poetas más notables de la E dad
M edia. E n la secuencia Gratuleniur m hac die, escrita para la
festividad d e la Asunción de M aría,, el poeta dice:
cstr. 6. Tu a saécíis praeeiecta
Litteráli diu tecta
Fuisti sub cortice.
De te Christum genitura
Pra'edixerunt in scriptiira
Prophetae, sed typicc.
(Tú, predestinada desde los siglos, estuviste largo tiempo en
cubierta bajo la corteza de la literalidad. Los profetas han
predicho en sus escrituras que tú engendrarías a Cristo, aunque
tipológicamente.) *•
Y m ás adelante:
estr. . 8. Te per thronum Sajomonis,
, ... Te per vellus Gcdeonis
■i Praesignatam crcdimus,
.. , , E t per rubum incombustum,
Testamentum si vetustum
Mysticc perpendimus.66
(Creimos que estabas prefigurada en el trono de Salomón,
en el vello de Gedcón y en la zarza ardiente, si examinamos a
fondo místicamente el Antiguo Testamento.)
Donde se hace referencia explícita a 3 Reyes 10, 19, Jueces 6,
35-40 y al Exodo 3, 2. 1 -
También la secuencia Zyma vetus expurgetur, escrita para la
festividad de la Resurrección por el mismo poeta está llena de
figurae. He aquí algunas estrofas:
66. Texto de Auetbach, en Studi, cit., pp. 279-280.
NOCIONES PRELIM INARES 55
estr. 7. Lex est umbra futurorum,
Christus finís promissorum,
Qui consummat omnia.
estr. 19. Sic de luda leo fortis
Fractis portis dirae, mortis
Die surgens tcrtia
20 . Rugiente voce patris •:
Ad supernae simún matris
Tot revexit spolia*,,. •
21 . Cetus lonam fugiti^ud, • ' -
Veri Ionae signativum, '
Post tres dies r e d $ t vivum
De ventris angustia;
2 2 . Botrus Cypri67 reflórescit, ; ;¡;-
Dilalatur et excrescit,
Synagógae flos ’m arcescit
Et florct ecclesia.68
(La Biblia es la sombra de las cosas futuras, Cristo es el
final de las cosas prometidas,' que lo lleva todo a' cumplimien
to ,.. Así el fuerte león de Judá, rotas las puertas dé la terrible
muerte, con la rugiente voz del padre al despuntar el tercer día
devuelve al seno de la madre soberana a todos los cadáveres.
La ballena en figura del verdadero Jonás, al cabo de tres días,
devuelve con vida d e las angustias sufridas en el vientre al fugi
tivo Jonás; el racimo de Chipre vuelve a brotar, se dilata y cre
ce, la flor de la Sinagoga se marchita y florece la Iglesia.)
Ya verem os en su m om ento que, paralelam ente a algunos es
quem as iconográficos m uy frecuentes, en portales románicos y
góticos, en el p rim er texto teatral francés, el Jeu d'Adam (si
glo x ii ), la E ncarnación de Cristo está figuralm entc representada
p o r una procesión de profetas que recitan un versículo de la Bi
blia cada u n o , con valor de profecía de la venida del R edentor.
La concepción tipológica influye poderosam ente en m uchas
obras literarias de la E dad M edia y especialm ente en ia Ú ivina
Comedia. La presencia de la concepción tipológica se advierte no
67, No es ni ia vara de Aarón, ni la virga de radice ]essc, sino el «racimo
de Chipre» del Cantar de Cantares, I, 13.
68. G . M. Drevcs y C. Biume, Ei» Jabrtausend Lateinischer Hymneitdicblung,
I, Leipzig, 1909, p. 266.
56 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
sólo en algunos pasajes concretos d e esta obra, sino tam bién en el
entram ado de las correspondencias en tre los cantos o en las cone
xiones en tre los personajes y su realidad histórica pasada. Com o
escribe Auerba'ch, V irgilio o B eatriz no son alegorías de algo, sino
figuras, «Personas históricas, q u e realizan [en el poem a] algo que
se d io figuradam ente en sus vidas».w
10. E l s im b o l is m o y la c r e a c ió n a r t ís t ic a
M arie-M adeleine D avy ha planteado con claridad el problem a
expresivo de los hom bres d el siglo x n (y podríam os decir — con
las precisiones q u e haga falta— de los hom bres de la E dad Me-
dia), así com o su solución:
Ven la creación y el papel central que el hombre desempeña
en ella, pero ¿cómo comunicarlo? Cada hombre entiende según
su facultad de comprensión. Ahora bien, el símbolo, testigo de la
verdad, puede expresar el misterio. Gracias al símbolo será po
sible transmitir un orden “de cosas incomunicable a través de la
escritura o de la palabra, tanto en un tratado de teología, como
en un sermón o en la imagen de un capitel.70
H em o s citado m ás-arrib a la definición de Lausberg, según la
cual la alegoría es una sem ántica de las palabras y la tipología una "
sem ántica de la realidad, pe ro tal vez convenga precisar m ejor e sta
segunda p arte añadiendo: d e las realidades del tiem po, de las c<>
rrespondencias analógicas e n tre realidades cronológicam ente leja-'
ñas. L a verdadera sem ántica d e las realidades en cuanto tales, por
sí m ism as, es el sim bolism o, o u e está en la base de la a le g o ría "
y d e la tipología pero q u e difiere de ellas porque, m ientras aquéllas
son procedim ientos fu ndam entalm ente exegéticos, éste es un insT
tru n iento d e conocim iento d e im portancia capital. ..........
69. Typologitche Motive, cit., p. 13. Para la tipología en general cír. Auerbach,
Studi su Dante, Milán, 1966, pp. 174-221; ídem Mimesis, FCE, México, 1950
(reimpresión, 1975), pas&im: ídem, Typologiscbe Motive in der mitlctalterlichen Li-
teratur, Krefeld, 1953, pp. 192-222; J. Daniélou, Sacrameiilum Futurí. Études sur
les origines de la typologje biblique, París, 1950.
70. M.-M. Davy, ínitiation a la symbolíque romane. X II' sítele, París, 1964,
p. 34. Véase, además, T. Todorov, Tbéories du Symbole, Scuil, París, 1977. M. Gue
rra, Símbología románica, FUE, M adrid, 1978. Debe recordarse también el útil
Diccionario de símbolos de J . E. C irlot, ahora reimpreso en Barcelona, Labor, 1978.
NOCIONES PRELIM INARES 57
La concepción m oderna del universo como un todo racionali
z a b a a través de la reducción a fórm ulas m atem áticas de sus
m agnitudes m ensurables procede, como es no to rio , de los tiem pos
de G alileo y D escartes. La E dad M edia heredó una teoría del
núm ero y de la cantidad de la civilización clásica, pero recogió
y subrayó algunos aspectos característicos de ésta que configuraban ic \
una idea de la naturaleza harto distin ta de la nuestra. Todos sabe
mos que la tradición pitagórico-platónica había identificado el ele-
m ento constructivo d e l universo ~con~el núm ero"y‘"la~clave 3 e T a
estru ctu ra de la realidad con la pro p o rció n : esta concepción, que
procedía de las prácticas astrológicas más rem otas, se había ido
adaptando tan to a las abstracciones rigurosas de las m atem áticas,
com o al desarrollo de la teoría de la música.
E l hom bre cristiano no tenía problem as al ad o p tar estas en
señanzas; ¿no hallaba acaso en el libro de la Sabiduría (11, 21):
«sed om nia in m ensura e t num ero et pondere disposuisti» («pero
todo lo dispusiste con m edida, núm ero y peso»)? C laro está qu°
no es ya la realidad m ism a la que posee una naturaleza intrínseca
de base num érica, sino que es Dios quien ha dispuesto que? así
sea; esto refuerza todavía más la idea de la arm onía de la crea
ción, que viene a ser el reflejo de un orden rigurosam ente teo-
céntrico.71 El D e música de San A gustín y el D e arithmetica de
Boecio se encargaron de tran sm itir a toda la E dad M edia con
plena autoridad la teoría de la naturaleza numerorum ratione for-
mata («form ada a p a rtir de la noción de n ú m ero » );72 y es sabido
que esta teoría produjo a través del esquem a tolem aico la imagen
del universo que D an te consagró en su poem a, con su ordenada y
rigurosa estru ctu ra concéntrica.73
Sjn em bargo, el núm ero no tardó e n adquirir u n v a l n r p n r sí
m ism o más allá de su papel de m otor oculto que el hom bre iba
descubriendo en la n atura eza; y así, traicionando los derechos de
fa observación y de la investigación, el núm ero se transform ó en
un a p rio ri, asum ió in fin itu d de significaciones: la aritm ética se
71. Cfr. L. Spitzcr, Varmonía del mondo. Sloria semántica di un'idca, Bo
lonia.
72. Boecio, De atitbmetica, I, 2.
73. Una eficaz introducción al «modelo de universo» que fue propio de los
medievales se halla en C. S. Lewis, La imagen del mundo, Antoni Bosch, edit.,
Barcelona, 1980. El simbolismo en Dante ha sido estudiado por H . F. Dunbar,
Symbolism in medieval tbought and its consummation in the «Divine Comedy»,
Russell and Russell, Nueva York, 1961 (la primera edición es de 1929).
58 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAB MEDIA
trocó en teología, Señalem os algunos ejem plos, A propósito del
num ero tres ya "San A gustín había dicho que «in ternario num ero
quam dam esse perfectionem , quia toíus est; habet enim princi-
pium , m édium et finem » («el núm ero tres es como si llevara con
sigo la perfección, porque lo es todo; tiene, en efecto, principio,
m edio y final»);74 no tardará en representar a la T rinidad, por
que el tres es unidad en lo trip le y viceversa, y será signo de con
cordia y 'd e unión, oe una to talidad plenaria dotada de una sólida
trabazón. A sí com o ei__£ies es la m edida del espíritu y de la
perfección etern a, el .cuatro encierra, en cam bio, la naturaleza de
la m ateria tem poral; el m undo visible se nos aparece construido
sobre el cuatro: hay cuatro p u n to s cardinales, cuatro elem entos,
cuatro estaciones, cuatro fases de la luna, cuatro edades del m un
do, Y se confirm a 3a im portancia del cuatro en el m undo hum ano:
el hom bre tiene cuatro com plexiones (sangre, cólera, flem a y m e
lancolía), cuatro m iem bros, cu atro edades (infancia, adolescencia,
ju v en tu d , m adurez), cuatro son las v irtu d es cardinales.
Q u eda claro, pues, q u e la concepción m edieval del núm ero
encam ino el naturalism o an tig u o (aun q u e se aprovechó de sus
coordenadas fundam entales) a la adquisición de linas cípnífii-orir.-
nes específicas que están m uy lejos de las norm as cuantitativas
de n u estra civilización, es mas." son totalm ente abenas a ellas.
¿ I n ú m ero , elevado de p rincipio de ordenación o de instrum entó
"3é m edida a valor o a significación, adquiere u na im portancia
extrao rd in aria de cara a la estética, que pasa a ocupar una situa-~
ción p reem inente con respecto a las otras artes y sobre lo d o
con r especto TTaTorganización del m undo, obra d e l Sñ m o ^ rtlsfá.'
Escribe San A gustín:
Intuere coclum ct terram et mare, ct quaccumque in eis vel
desuper fulgent, vel deorsum repunt vel volant vel natant; for
mas habent, quia números habent: adime illis haec, nihil erunt.75
(Mirad el ciclo y la tierra y el mar, y todas las cosas que en
ellos o bien brillan en lo alto, o bien reptan por la superficie o
bien vuelan y nadan; tienen formas, porque tienen números:
quítaselos y no serán nada.)
74. De música, I, 12, 21.
75. De libero arbitrio, II, XV, 42, edición F. J. Thonnard, s. 1., 1941, p. 296.
Cfr. De música, V I, X III, 38.
NOCIONES PRELIM INARES 59
La interpretación sim bólica del núm ero, sin em bargo, no es
más que un aspecto de la interpretación sim bólica de toda la rea
lidad, lo cual im plica ten er conciencia de unas relaciones m u y
precisas en tre el C reador, la naturaleza y el hom bre. T am bién en
este p u n to tenem os que recurrir a San Pablo que escribió en su
epístola a los C orintios:
Videmus nunc per speculum in acnigmate, tune autem facie
ad faciem; nunc cognosco ex parte, tune autem cognoscam sicut
et cognitus sum.76
(Ahora vemos por un espejo y oscuramente, pero entonces
[cuando lleguemos a la presencia de Dios] veremos cara a cara.
Al presente conozco sólo parcialmente, pero entonces conoceré
como soy conocido.)
El m undo creado es una traducción inteligible del m isterio divi m u n d o
no, es una form a provisional e interio r de conocim iento, la única* C o « ^ C
que es accesible a la m ente hum ana pero que difiere sustancial s ímbckj
m ente del conocim iento perfecto, igual que el habla, el juicio y el
pensam iento de un niño difieren de los de un adulto.
E sta devaluación aparen te d e J a realidad negaba cualquier an
helo 3 e a u to n o m ía al que ésta pudiese aspirar, al tiem po que le
asignaba, en calidad de speculum del aenigma al que está a ten ta la
m ente del cristiano, una función im portantísim a, si bien su b o r
dinada y m ediadora. E l cosm os es com o una señal, com o un
código su: generis q u e transm ite un m ensaie p erm an en te. N o se
trata , sin em bargo, de un signo cualquiera, fundam entalm ente
convencional, sino de u n verdadero sím bolo; es decir q ue la rea
lidad está en cierto sentido, com o preparada ;~como ordenada de
anteinan'o~en vistas a su "función significativa, si adm itim os que
las existencias puestas a nivel sensible tienen ya, por el mero
hecho de ser, aquella significación para la representación y ex
presión de la cual ellas mismas están siendo empleadas; y el
símbolo, considerado en este sentido más amplio, no es, pues,
ün simple signo indiferente sino un signo que desde su exterio-
76. A d Cor. I, 13, 12. Cfr. también Ad Rom. 1, 20: «Invisibilis enim [D ci] a
creatura mundi, per ea quae facta sunt ¡Mcllccta, conspiciuntur, sempiterna queque
eius virtus ct divinitas» («Porque desde la creación, e¡ mundo invisible de Dios, su
eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras»).
60 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
ridad engloba en sí mismo incluso el contenido de la represen
tación que se manifiesta a través de él.77
El símbolo m edieval en cuanto tal es sólo aparentem ente esoté
rico; lo sería efectivam ente si encerrara significaciones hum anas,
a las que nuestro lenguaje está ya adaptado, pero en realidad su
función era distinta;
La mente medieval no emplea los objetos simbólicos y sus nom
bres para crear una mística de lo arcano y para envolver y pro
teger la esencia de los misterios en un secreto mágico, sino que
experimenta la necesidad de desvelarlos y comunicarlos, de con
vertirlos en imágenes reales y objetivas, susceptibles de ser re
conocidas a primera vista, en un acto de intuición, casi como en
una visión inmediata y plástica, a través de la cual emerja sin
velos ni ambigüedades la verdad religiosa y metafísica; y no en
un clima intelectual sutil y enrarecido, sino bajo la especie de
cosas sensibles y casi tangibles.78
E sta función no esotérica sino clarificadora del sím bolo, ju n to
con l a conciencia de que los signos escondidos en la realida(T~ño
son heterogéneos sino que constituyen una urdim bre orgánica, está
■muy Dien expresada en la m etáfora del libro de la n atu raleza,'9 que
ilustram os con una form ulación de H ugo de San V íctor:
Universus... mundus iste sensibilis quasi quidam liber est
scriptus digito D ei..., et singulae creature quasi figurac quaedam
sunt non humani plácito inventae, sed divino arbitrio institutae
ad manifestandam invisibilem Dei sapientiam.80
(Este universo mundo sensible es casi como un libro escrito
por el dedo de Dios, y las criaturas individuales son como figu
ras no concebidas para capricho del hombre, sino dispuestas por
la voluntad divina para manifestar la invisible sabiduría de Dios.)
E n el mismo siglo x n A lano de Lille desarrolló en una bella
secuencia el antiguo paralelism o en tre la rosa y la vida del hom
77. G. W. F. Hegel, Estética.
78. S. Battaglia, Esemplaritá e antagonismo nel pcnsiero di Dante, Ñapóles,
1967, p. 257.
79. Para ello ver también Curtius, op. cit., cap. 16, § 7.
80. Eruditioites didascalicae, V II, IV , en Patrol. lat., CLXXVI, col. 814.
NOCIONES PRELIM INARES 61
b re, tem a destinado a tener amplias resonancias en la poesía
m oderna; aquí, sin em bargo, no nos hallam os ante una com para
ción esencialm ente decorativa o ante el descubrim iento de una
analogía d o tad a de una vigorosa carga expresiva si bien esencial
m ente ocasional. A quí los avatares de la rosa constituyen un signo
que el digitus D ei ha grabado en la naturaleza para aludir explí
citam ente a nuestro destino, que está escrito en las cosas con'
anteriorid ad a nuestra tom a de conciencia:
Omnís mundi creatura
Quasi liber et pictura
Nobis est in speculum,
Nostrae vitae, nostrae sortis,
Nostri status, nostrae mortis
Fidele signaculum.
Nostrum statum pingit rosa.
Nostri status deccns glosa,
Nostrae vitae lectio,
Quae dum primo mane floret,
Deíloratus flos efflorct
Vespertino senio.
Ergo spirans flos expirat,
In pallorem dum dclirat
Oriendo moriens,
Simul vetus et novella,
Simul senex et puella
Rosa marcet oriens.
Sic aetatis ver humanae
Iuventutis primo mane
Reflorescit paululum,
Mane tamen hoc excludit
Vitae vesper, dum concludit
Senii crepusculum...
Ergo clausum sub hac lege
Statum tuum, homo, lege,
Tuum esse respice,
Q uid fuisti nasciturus,
62 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
Quid sis praesexis, quid futurus,
Diligenter in sp ic c ...81
(Toda criatura dei mundo, casi como un libro o una pintura,
es para nosotros como un .espejo, representación fiel de nuestra
vida, nuestra suerte, nuestro estado y nuestra muerte. Dibuja
la rosa nuestro estado. Graciosa glosa de nuestro estado, modelo
de nuestra vida que, tras florecer por la mañana, la flor cortada
se marchita con ¡a vejez de la tarde. Así pues la flor expira al
• respirar, mientras se demuda por la palidez, muriendo al despun
tar; vieja y nueva a la vez, anciana y niña a la vez, se marchita
la rosa al nacer. Así 1a primavera de 1a edad humana en el tem
prano amanecer de la juventud florece un poquito, sin embargo
este amanecer inaugura el atardecer de la vida, mientras se cierra
el crepúsculo de la vejez... Por lo que, lee, oh hombre, tu condi
ción cifrada en esta ley, advierte que es la tuya, estudia con cui
dado qué fuiste en el punto del nacimiento, qué eres ahora, qué
serás m añana...)
E n el fragm ento que citábam os m ás arriba, H u g o de San Víc
tor afirm aba a continuación que cada hom bre lee el libro de la
naturaleza a su m odo,
velut si in una eademque Scriptura alter colorem seu formatio-
nem figurarum conimendet; alter vero laudet sensum et signifi
cationem.
(como si en una misma escritura el uno alabara el color o la
forma de las figuras, otro en cambio, ^dmirara el sentido y la
significación.82)
R esulta, pues, que las lecturas de la realidad tienen todas su
validez a p esar de que difieran ; y es que no son m ás que exé-
gesis d istin tas de un co n tex to único y coherente, no están condi
cionadas p o r la estabilidad de la referencia objetiva, sino que se
m iden por el grado de m adurez del observador y p o r su interés
específico. D e esta m anera el sim bolism o m edieval, a la vez que
posibilita la' intelección in tu itiv a de lo incognoscible, cstnhlcce üñ
p uente en tre la unidad susceptible de análisis y la multiplicidiuT
81. Cito de Dreves y Blume, op. cit., p. 288, las estrofas 1-4 y 8 (la se
cuencia tiene 9 estrofas). La atribución a Alano de Lille es discutible.
82. Patrol. Ut., CLXXVI, col. 814.
NOCIONES PRELIM INARES 63
in finita, entre lo uno perfecto en sí m ism o y sus innum erables
retracciones, todas ellas parciales.
“ ““ "H e"aq ú f'có m o descubre el hom bre un entram ado de corres
pondencias significativas que engloban to d o lo real y lo proyec-l
tan más allá de sus propios lím ites, abriéndolo an te nuestras pre-|
guntas como reserva inagotable de respuestas cifradas. P o dría
m os pensar que el hom bre m edieval se sentía como perdido en
un m undo hecho de enigm as, pero, en realidad, debido precisam en
te a la naturaleza no esotérica sino cognoscitiva del sim bolism o
m edieval, jamás el hom bre vivió tan íntim a y totalm ente integrado
en el universo. E ra suficiente poseer la noción de la enorm e
potencialidad expresiva de lo real, para sentirse en un m undo que
participaba de los m ism os valores, que repetía hasta el infinito
las verdades del esp íritu , las enseñanzas divinas, la obra del C rea
dor. E l individuo entablaba un diálogo perm anente con el Señor
a través* de ios signos de la naturaleza.
E n un m undo en el que todasT as -Cosas creadas encierran u n i
sentido, rem iten a u n conocim iento más elevado, ¿cóm o hay que j
concebir lo que crea no ya D ios, sino el hom bre? Considerem os
el caso de una o b ra arquitectónica: una iglesia, p o r ejem plo, está
construida a base de unas relaciones cuantitativas num éricas, que,
com o sabem os, están dotadas ya por sí m ism as de sentido; sin
em bargo la iglesia en cu an to objeto adquiere en su totalidad y en
sus p artes, una serie d e 'n u e v o s sentidos específicos. G racias al
crucero añadido a la nave, la iglesia es sím bolo de la cruz de
C risto ; está edificada generalm ente con el ábside m irando al este,
de m anera que el fiel se oriente hacia Jeru salén (y ya sabem os
cuántos sentidos se encerraban en este n om bre), y así sucesiva
m ente. Así, p o r ejem plo, se ha observado que las basílicas rom á
nicas, que g racias. a la reform a cluniacense se d ifundieron por
toda E uropa, se caracterizaban p o r sus interiores am plios y sus
m uros recios casi dignos de una fortaleza y ello no p o r razones
prácticas, sino para significar que la iglesia es u n espacio dife
ren te, un m undo d istin to del am biente profano de todos los
días; es ésta una idea que se rem onta al seudo-D ionisio Areo-
pagita, monje sirio anónim o de los siglos v-vi y que es una de las
fuentes más autorizadas del sim bolism o medieval.®3 Los ejemplos
se podrían m ultiplicar si exam ináram os, p o r ejem plo, la decora-
8.3. Cfr. R. Assunto, Die Tbeoric des Schoiien im MiUelaller, 1963, pp. 88-89.
64 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
ción escultórica y pictórica d e u n tem plo cristiano,84 pero nos
urge ahora analizar la situación del p o eta en este co n texto.
Según el concepto más divulgado d e la E dad M edia el poeta
es uñ artesano q u e se distingue de ios dem ás solam ente gracias
~al carácter liberalis y n o mccbanicus de su ars. D om ingo G un-
'disalvo, el tra d u c to r d e A vicena al latín en el siglo x i i , lo define
así en su Poética: «A rtifex autem est p oeta, qui secundum artem
p o etriae n o v it carm ina com ponere» («E l p o eta es un artífice que
sabe co m p o n er poem as según el arte poético»).85 Y el pensa
m iento d e D an te a este respecto n o andaba muy lejos: los poetas
son los «che con P a rte m usaica le loro parole hanno legate» («que
han enlazado sus palabras con el a rte d e las m usas»).84 Se trata
de definiciones que hacen hincapié en las capacidades técnicas,
de carácter precisam ente artesanal, y q u e encuentran confirm ación
en todos los tratad o s m edievales de poética, pues son m anuales
de p receptos prácticos, d e retórica, sin conexión alguna con lo
q u e entendem os p o r poética hoy en día.*7 P o r o tra p arte en
cualq u ier com posición d e la época la habilidad técnica tiene una
relevancia ^extraordinaria (basta pensar en la secuencia que hem os
tran scrito poco ha), y ello d eb id o a q u e no es considerada como
un elem en to ex tern o sino q u e es sen tida com o la esencia m ism a
de la p oesía. San Isid o ro de Sevilla había ya recogido en sus E li-
m ologiae, d e valo r paradigm ático p ara toda la E dad M edia, la si
g u ien te definición: «A rs v ero dicta est, quod artis praeceptis
regulisque consistat» («Se llam a a rte porque se fu n d am en ta en
reglas y precep to s rigurosos») (I, 1); y n o deja de ser significativo
q u e aquí, com o en otras p a rte s, el sen tido de ars esté m ás cerca
del d e «conocim iento técnico» y «teo ría» que del de «arte».
84. Ver especialmente los volúmenes de Male y de Réau citados en la nota 89
de este capitulo.
85. Citado por Assunto, op. cit., p. 164.
86. Convivio, IV , V I, en el De Vulgari Eloquenlia {II, V III) dice Dante
que la canción «fabricatur ab auctore suo* («es fabricada por su autor») y en el
Purgatorio, X X V I, 117, llama al trovador Arnaut Daniel «miglior fabbro del par
lar materno» («mejor artífice del habla materna»). Ya los trovadores proveníales
se sentían anísanos de ia lengua, asi se explican expresiones como colorar un cban,
passr- la lima, polir un chan, que se encuentran en Ceiramon, Raimbaut d ’Auren-
ga, iraut de Bornelh, Arnaut Daniel, etc. No debemos olvidar, por otra parte,
la vinculación de los trovadores a la retórica de la época, en la que se aludía
a los colores rbctorici y verba polite (cfr. M. de Riquar, Los trovadores. Historia
literaria y textos, 3 vols., Planeta, Barcelona, 1975; vid., en especial, vol. I, p. 73).
87. Para estos textos ver Faral, Les cris poétiques du X II * el du X I I I ' sii-
cles, París, 1924.
NOCIONES PRELIM INARES 65
A l estar caracterizado p o r sus capacidades técnicas y no por
las expresivas, parece q u e el poeta q u ede al m argen del mundo*
del sim bolism o. E n realidad sucede lo co n trario : la obra litera
ria, al estar ’P'ensáSa com o objeto, p articipa de la funcionalidad
ctcTlos objetos creados v en prim er liirar de su naturaleza d e sig-
nos, p o r lo q u e en tra a form ar p arte p o r derecho propio del HücJoW ''AcS
universo sim bólico. V eam os, pues, cómo el sim bolism o im pregna
W-Ve'TcVrici
la literatu ra medieval p o r una doble vía. E n p rim er lugar ya que
es intrínseco al m undo del escritor y a su capacidad de ponerse
en relación con las cosas, el sim bolism o se refleja en el in terio r
de la obra en cuanto ésta, al reproducir la realidad, recoge su
®
entram ad o tie valores significativos; desde este p u n to d e vista los
sím bolos son, pues, o b jeto de la obra literaria en la m ism a m edi
da en que lo son los personajes o el argum ento. P o r o tra n arte
el sim bolism o condiciona la m anera de ser de la poesía desde el
exterio r, p o rq u e ésta se p résenla — en su totalid ad— com o sím bo
©
lo (o com o discurso sim bólico), según un tejido de relaciones'
“significativas concebidas p o r e l ' autor o descubiertas autónom a
m ente p o r el lecto r en e l n irs n dp.-su gyéppsis n e rso n a l; y esta
exegesis, que es siem pre activa e inclinada a ia participación, se
en fren ta a la obra (en igual medida q u e a cualquier obietó
natural) com o a un enunciado p o rtad o r de m ú ltiples sentidos todos
ellos válidos aunqu e n o h ayan sido p revistos p o r el autor.
""" E sta función simbólica de la obra iite ra n a 'm e d ie v a l pOTde in
cluso ser late n te — depende de la responsabilidad y del. com pro
m iso cu ltu ral del au to r— , p ero constituye u n a posibilidad que el
investigador m oderno debe ten er siem pre en cuenta, sin qu erer
forzar los textos, claro está, p ara d ar con ella hasta cuando no
existe. D e todas form as su presencia o su ausencia o su m odo de
ser específico caracterizan todas las obras d e aquellos sig lo s/B er
nardo Sivestre, uno de los pensadores m ás n otables de m ediados
del siglo x ii, sabía bien que algunos poetas escriben causa delecta-
tionis (« p o r gusto»); y ya verem os q u e en e l ám bito rom ánico
lo que parecía y era efectivam ente falta de com prom iso y evasión,
con el tiem po y con la m odificación del co n tex to sociológico y
cultu ral, se transform ó en el germ en de una nueva concepción de
la lite ra tu ra . Sin em bargo, B ernardo sostenía q u e el poeta estaba
investido d e una función m ás elevada; h e aq u í lo que dice acerca
de V irgilio:
3|
6o UTERA TU RA ROMÁNICA DE L A ED«D MEDIA
Scsifcit cnwn ?n quantum >st ohüosophus iiumonae vitae na-
turam. Modus vero agendi taiis est: ¿ub integumento describit
quid agat ve! quid patíatur humanus spiritus ín humano corpore
terapoíaliter positus... Integumenium vere est genus demonstra-
'tionis sub fabulosa narratione -veritatis involvens intcllectum,
unde et involucrum dicitur. Utililatem vere capit homo ex opere
secundum su¡ agnitioncm, homini vero magna utilitas est, ut ait
Macrobius, si se ipsum cognoverit.88
(Escribe, en efecto, de la naturaleza de la vida humana en
calidad de filósofo. El procedimiento empicado es el siguiente:
describe bajo un «integumento» lo que el espíritu humano, tem
poralmente vinculado al cuerpo, hace o sufre... El «integumen
to» es un tipo de demostración de la verdad que envuelve al
intelecto en una narración fabulosa, por lo que es llamado tam
bién «involucro». El hombre puede recoger lo útil en las
obras según su grado de conocimiento; es, sin embargo, de gran
utilidad al hombre, que éste, como dice Macrobio, se conozca
a sí mismo.)
É ste es el concepto de poeta que halló en D ante su realiza
ción m ás alta y m ás plena.*9
11. A n t ig u o s y m o d e r n o s
Ya hem os visto que la tradición m edieval fue heredera y con
tinuadora d e la antigua, pero hem os visto tam bién que la cultura
m edieval adquirió unos caracteres n etam ente distintos de los de
la clásica. C abe p reguntarse ahora qué conciencia tuvieron los
88. Commenturn super sex libros Eneidis Virgilii, ed. G. Ricdcl, Grcifswald,
1924, p. 2.
89. Para esto» aspectos esenciales peto a menudo poco estudiados o igno
rados de la poesía dantesca cfr. especialmente S. Battaglia, Esemplarítá c antago
nismo, cit. Este libro ofrece una visión magistral del simbolismo medieval, incluso
fuera del capítulo que va dedicado a él especialmente. Tengase presente también
el estudio de M.-M. Davy citado en la nota 1 de este capitulo, el de K. Assunto
cit. en la nota 82, los Eludes d'esthftiitue mtdiévale de E. de Bruyne, vol. 3,
Brujas, 1946 (traducido al español: E. de Bruyne. Estudios de estítica medieval,
3 vols., Gredos, Madrid, 1958); el libro de De Lubac citado repetidamente F.xégtsc
mídiévale (especialmente I I / I I , pp. 7-262) y finalmente para las artes figurativas
E. Mále, L’art religieux du X II’ sítele en Franee, L.'art religieux du X I11' sítele
en Frailee y L’arl religieux de la /in du Mnyeii Age en Frailee, editados todos
ellos en París y con numerosas reediciones; asimismo consúltese E. Réau, Icono-
graphie de l'art ebretien,- París, 1955 ss-, especialmente el vol. I, pp. 59-244.
NOCIONES PRELIM INARES 67
hom bres de la Edad M edia de Ja relación en tre antiguos y m o
d ernos.
La tradición cultural de O ccidente ha presentado en num ero
sas ocasiones el fenóm eno de la polém ica abierta contra los ante
cesores; desde los poetas alejandrinos, encabezados por Calimaco,
tom and o partid o en con tra de la épica hom érica, hasta los neóte-
roi rom anos o poctae novi en contra de la tradición que se r e - .
m ontaba a E nnio, hasta los poetae novclli del período de los A nto-
ninos en contra de sus inm ediatos predecesores, y así sucesivam en
te. E stas polém icas son sin duda m anifestaciones de m odernidad
(o si se quiere hasta de arcaísmo cuando, com o en el últim o
ejem plo citado, se va en contra de una n orm a interm edia), pero
no expresan la conciencia de una vertebración objetiva de la his
toria según la pauta de una periodización d otada de validez propia
y perm an en te, sino que se lim itan a satisfacer la necesidad de
autoidentificarse a través del contraste. Tengam os en cuenta que
n u estra periodización histórica se' ha ido form ando poco a poco
en épocas relativam ente recientes y lleva im plícita una concepción
del tiem po y de la historia que por d istin tas razones es ajena
tan to a la A ntigüedad com o a la E dad M edia.
V em os p o r ejem plo qu e, aunque la R edención haya tenido, tal
com o hem os descrito an terio rm en te, una im portancia enorm e en
la concepción m edieval en calidad de p u n to central de la historia,
sin em bargo esto no es suficiente para crear la conciencia de un
co rte h istórico n eto e n tre la A ntigüedad pagana y el C ristia
nism o. Siem pre que en la E dad M edia se subraya la calidad de
m oderni,90 el térm ino se contrapone a todos los antiqui sin nin
guna distinción histórica y prácticam ente no tiene más valor que
el de «nu estro s contem poráneos», de «nuestros tiem pos».
Al lecto r de literatu ra latina o rom ance de la E dad M edia, en
efecto, le choca ver al m undo antiguo bajo u n disfraz m oderno.
P ara p o n er sólo un ejem plo, nos sorprende que en la adaptación
de la Eneida com puesta p o r un anónim o francés en la prim era
m itad del siglo x i i , no sólo los héroes antiguos están representados
con psicología m oderna, no sólo van vestidos con prendas com
p letam en te m edievales, sino qu e, adem ás, exhiben títulos y cargos
yo. Esta palabra, que es un adjetivo formado sobre el adverbio de tiempo
modo, aparece a partir del siglo vi. Anteriormente en oposición a ant'iqum, velus,
se utilizaba el grecismo neolericus, íorma que por otra parte no era muy frecuente.
Cfr. Curtius, op. cit., cap. 14, S 2.
68 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD M EDIA
propios d e los tiem pos del adap tad or, como los de barones y va
sallos; y las ciudades están descritas exactam ente com o ciudades
del siglo x i i , elim inando cualquier detalle que la conciencia con
tem poránea p údiera ex trañ ar. A principios del siglo siguiente el
arq u itecto V illard de H o n n e c o u rt realizó en su valioso álbum , que
ha llegado hasta nosotros, unos dibujos de unos bronces antiguos
q ue se h an conservado y q u e se hallan en el m useo del L ouvre;
pues bien, si m iram os los dibujos jamás se nos ocu rrirá id en tifi
carlos com o reproducciones p o rq u e están tan influidos p o r las
líneas propias del gusto gótico, q u e su origen clásico queda prác
ticam ente oculto. E n estos casos se suele hablar d e ingenuidad
m edieval, de falta de recursos. E n realidad nos hallam os an te
la ausencia de la noción de d istan ríám iehto histórico: los hom bres
de la E d a d M edia sabían q u e los antiguos form aban p arte del
pasado, pero para ellos no había u n corte tan tajan te en tre pasa-
cío y jpresente com o p ara considerar que se trataba de dos épocas
radicalm en te diferenciadas. N o sin razón un investigador italia
no, E ugenio G arin , considera q u e una de las características espe
cíficas del H um anism o es precisam ente la tom a de conciencia de
la irrep arab le distancia q u e separa la A ntigüedad d e los tiem pos
m odernos, q u e actúa com o p rem isa para poder im ita r a los anti
guos en calidad de tales.
Sabem os que la E dad M edia poseyó una viva conciencia de
los ductores, ejem plo p erm an en te y fecundo de la producción in
telectual,91 y en algunas ocasiones ap u n tó incluso una reacción
c o n tra la preem inencia de los m odelos antiguos, p ero general
m en te se tra ta de u n a sim ple im itación de una reacción m ás an
tigua, la de H o racio .” P o r o tra p a rte el concepto de auctor estaba
tan desasido de u n clasicism o históricam ente determ in ad o , que
cualquier escritor podía abrigar esperanzas de alcanzar, pasados
unos años, este títu lo .5*
91. Es suficiente remitir a S. Battaglia, La coscienza letleraria del medioevo.
Ñapóles, 1965, pp. 34 ss.
92. Epist., I I , 1, vv. 76-89.
93. Como le sucedió a Gualterio Map, el autor de De nugis curialium (entre
1180 y 1192): «Scio quid fiet post me. Cum cnim putuerim, tum primo sal acci-
piet, totusque sibi supplebitur decessu meo deíectus, et in remotissima posteritate
mihi faciet autoriíalem antiquitas, quod tune u t nunc vetustum cuprum preferetur
auro novello» («Sé lo que sucederá después de mí. Cuando empiece a pudrirme,
entonces adquiriré interés por vez primera, cualquier defecto que tenga quedará
contrarrestado por mi muerte, y en una posteridad remotísima m i antigüedad me
NOCIONES PRELIM INARES 69
JJebid o precisam ente al predom inio de este sentim iento de
continuid ad indeterm inada, que perm ite dejar tlu ir el p r e se n té -
¿n el pasado sin ninguna contradicción, es muy im p o rta n te q u e en
~ei "siglo x ii ap arezcan sín to m as de u n a conciencia a u tó n o m a d el
tie m p o p ro p io y d e los valores p ro p io s en oposició n a torios l os
d e m á s.
La relación en tre antiguos y m odernos fue expresada en una
form ulación felizm ente sintética p o r B ernardo de C hartres según
escribe Ju an de Salisbury:
Dicebat Bernardus Carnctensis nos esse quasi nanos, gigantium
humeris insidentes, ut possimus plura eis et remoüora vídere,
non utique proprii visus acumine, aut eminentia corporis, sed
quia in altum subvehimur et extollimur magnitudine gigantea.94
(Decía Bernardo de Chartres que nosotros somos como enanos
sentados sobre los hombros de gigantes de manera que podemos
ver más cosas y más lejos que ellos, pero no por la agudeza de
nuestra vista, ni por las dimensiones de nú-estros cuerpos, sino
porque el gran tamaño de los gigantes nos levanta y sostiene a
una cierta altura.)
Q ueda expresada aquí la conciencia de ía superioridad de los
m odernos, pero a través de un sentim iento tai de ia continuidad
histórica com o proceso casi fatal e involuntario, que excluye la
identificación específica de sí mism os.95 A l cabo de pocos años, sin
em bargo, ya no pareció satisfactorio considerarse enanos sobre los
hom bros de gigantes. E l mismo Ju a n de Salisbury escribe con
am argura en su Enlbeticus:
Temporibus nostris jam nova sola placent.90
transformará en autoridad, porque entonces como ahora el cobre antiguo es prefe
rido al oro nuevo»). Citado en la trad. inglesa del libro de Curtius, pp. 255-256,
nota.
94. Mclalog., I I I , 4 (Patrol. lat., CXCIX, col. 900). La obra es del 1159. Cfr.
también la carta 92 de Pedro de Blois, en Patrol. lat., CCVII, col. 1127.
95. Juan, en efecto, había escrito más arriba: «fruitur tamen aetas nostra bene
ficio praccedentis, ct saepe plura novit, non suo quidem pracedens ingenio, sed
innitens viribus alicnis» («Nuestra edad goza, sin embargo, de los beneficios de la
anterior, y a menudo conoce muchas cosas no gracias a su ingenio sino ayudán
dose con fuerzas ajenas»), Ibídem.
96. V. 60, en Patrol. lat., CXCIX, col. 966.
70 LITERATURA ROMÁNICA DE h h EDAD MEDIA
(En nuestros tiempos gustan ya sólo las novedades.)
Y el mismo nos explica p o r qué:
U t juvenis discat plurima, pauca legaí,
Laudat Aristotelcm solum, spernit Ciccroncm,
E t quidquid Latiis Graecia capta dedit,
Conspuit in leges, vilescit physica, quaevis
Littera sordescit, lógica sola placct.'17
(Para aprender mucho y leer poco alaba el joven sólo a Aris
tóteles y a todo aquello que Grecia tras la conquista dio a los
latinos, despreciando a Cicerón y al escupir sobre las leyes, la
física pierde valor, se marchitan todos los géneros literarios y
sólo gusta la lógica.)
H e aquí lo acontecido: la introducción de A ristóteles no sólo en
riqueció el panoram a cu ltu ral sino que lo llevó por vez prim era
a urí planteam iento selectivo. T odos los auctores no están ya al
m ism o nivel, todas las disciplinas no son ya igualm ente dignas de
estu d io ; quien se siente m oderno alaba sólo a A ristó teles (laudat
A rislo telen T ló Iu m ) v se c o m l^ c c sÓTo cn l ^ T ^ c i r ( 'lógica sola
p la cel). H e aquí cóm o to m ó conciencia de su id entidad una espe
cífica form ación cu ltu ral q u e , si bien era todavía trib u taría de la
A ntigüedad (y de los árabes), se sen tía ya netam ente d istin ta de
cu alquier o tra , m ostrándose polém ica v agresiva.
La discusión fue larga y apasionada. Los p artidarios de los
auctores, es decir de la vieja tradición gram atical tal com o ia he
mos descrito m ás arrib a, y los defensores de la nueva lógica d ispu
taron vigorosam ente, y su controversia dio m ateria incluso para
un poem a alegórico, la Balaille des sep t arts de H e n ri d ’An-
dcli (hacia la m itad del siglo x m ) . La disputa, a pesar de las
quejas de los tradicionalistas, no consiguió revolucionar to talm en
te la cu ltu ra m edieval. E l prestigio de los autores quedó algo
m enoscabado, tuvo q u e ad ap tarse a cohabitar con o tro s valores,
pero no llegó a desaparecer ni m ucho m enos. Se pro d u jo un ver
dadero reajuste de la vida cu ltu ral cuyo síntom a más vistoso fueron
las U niversidades y la escolástica, p o r lo que nadie puso ya en
d uda, p o r lo m enos en algunos am bientes, que aquella cultu ra era
97. Vv. 110-114, ib'Mem, col. 967.
NOCIONES PRELIM INARES 71
algo nuevo, que expresaba valores jamás expresados. N o fue un
corte radical com o el que llevó a cabo m ás tarde el hum anism o
italiano, pero tam poco hay que despreciarlo.
Añadam os a estos cam bios en la cu ltu ra latina, algunas p a
labras sobre la postu ra de los poetas vulgares, en lengua rom an
ce, ya que nos interesan más de cerca. É sto s tam bién se habían
form ado en la escuela latina, tam bién com partían la perspectiva
histórica indiferenciada de su tiem po, tam bién reflejaban la po
lémica en tre grammalici y logici (cuando particip ab an en la vida
universitaria, especialm ente en el siglo x i i i ) . E n ellos hallam os,
sin duda, una conciencia del presente más franca y más segura que
en sus colegas latinos, seguram ente fortalecida por el hecho de
estar lingüísticam ente desvinculados de la tradición latina. Es
difícil que C hrétien de Troyes, el gran n o velista de la segunda
m itad del siglo x i i , llegara a tener experiencias universitarias o
contactos con el aristotelism o, así que cuando celebró una trans-
latio studi de G recia a Rom a y de Rom a a Francia, p o r una p arte
recogió la fam a creciente de las escuelas d e P arís, pero sobre
todo expresó su conciencia de la vitalidad cu ltu ral del presente y
su confianza en él; u n presente cultural em inentem ente rom á
nico:
Ce nos ont nostre livre apris
Q u’an Grccc ot de chevalcrie
Le premier los et de clergie.
Puis vint chevalerie a Rome
Et de la clergie la somc,
Qui or est an France venue.
Dex l’avoit as altres prestee:
Car des Grezois ne des Romains
Ne dit an mas ne plus ne mains,
D'ax est la parole remese
Et cstaintc la vive brese.98
(Nuestros libros nos han enseñado que se honró en Grecia
a la caballería por vez primera y también a la clerecía. Vino
luego la cah a ü fía a Roma y también lo mejor de la clerecía,
las artes han venido ah o n a Francia. [ . . . ] Dios las prestó a
otros: pues ya no se habla ni poco ni mucho de los Griegos y de
98. Cligés, edición Micha, París, 1957, p. 2, vv. 2S-33 y 38-42.
72 LITERATURA ROMANICA D E LA EDAD M EDIA
los Romanos, su palabra ha cesado y ia viva llama se lia ex
tinguido.)
No encontraremos en ningún poeta latino un sentido tan claro
del aislamiento de los modernos en el tiempo y a la vez un sen
timiento tan evidente de su seguridad ante el deber que Dios
les ha encomendado .*9
12. El in te le c tu a l en la s o c ie d a d m e d ie v a l
Ya hemos visto cóm o era el aprendizaje del intelectual de la
Edad Media (al que entonces se llamaba clericus, clerc) y qué
patrimonio de esquemas culturales llevaba consigo. P e ro ¿qué
posición ocupaba en aquella época el clericus en la sociedad
contemporánea?
El interés que despiertan boy e n día los problem as sociales
de la literatura y la disyuntiva entre el com prom iso y la evasión
nos hacen sensibles a esta pregunta, a la vez q u e tienden a des
viar nuestra respuesta hacia la suposición precipitada de una afi
nidad fundamental entre nuestra situación y la de entonces; pen
semos que para la conciencia colectiva de la E dad M edia la pala
b ra clericus sugería connotaciones fu ndam entalm ente funcionales.
ir'ara ios poderosos era ei hombre capaz de resolver determ inadas
dificultades prácticas a través del ejercicio de la lectura y d e la
"esentura, desde la correspondencia a la rndlK.Tl(5lltfe'‘tioi:um entos,
á la compilación de anales o incluso de libros de histo ria, sin olvi-
~3ar que se le podía encargar que satisficiera exigencias mas p e r
sonales, como por ejemplo la magnificación de los poderosos en
las formas imperecederas de la poesía. P ara todos los dem ás el
clericus era principalmente un hombre de Iglesia, que, gracias tam
bién a sus estudios, participaba en las celebraciones litúrgicas, por
lo Gue se hacía transm isor deí mensaje divino y de los sacram entos.-
T a r a la gran m asa de los incultos u n clericus que no fuera ecle-
siásdeo en sen tid o estricto o pasab a desapercibido o co n stitu ía una I
extrañ a curiosidad.
99. Cfr. Curtius passim, pero especialmente cap. 14, 5 2, y «Excursus», X I;
L. J. Paetow, Tbe Baltle of tbe Seven Arís, Berkeley, 1914. Vid. F. López Es
ta d a , Introducción a la literatura medieval española, especialmente las pp. 133 ss.,
donde se puede hallar bibliografía ú til referente a España.
NOCIONES PRELIM INARES 73
N otem os q u e en am bos casos la preparación cu ltu ral se valo
raba como un in stru m en to para alcanzar d istin tas finalidades, y el
intelectual en cuanto tal no gozaba precisam ente de un p u esto en
la sociedad; la denom inación de clericus no servía para id en tificar
un nivel social, ni siquiera implicaba o retieiaba una estim ación
colectiva, se lim itaba a indicar la posesión de cualidades especí
ficas dotadas de u tilidad práctica.
Una consecuencia de esta situación es que cuando el clericus i
accedía a un cierto nivel de conciencia de sí m ism o, se sentía inm e
diatam ente ajeno a su situación en el m undo y tendía a recluirse
en la sociedad ideal de sus sem ejantes, la única capaz de devolverle
la estim ación de sí m ism o a la que él había llegado y de reflejar
su conciencia cultural. P ero generalm ente se trataba de destinos
individuales y de círculos de colegas que se form aban en cada
ocasión según la o ferta del m om ento, aunque potencialm ente se
extendían al censo internacional de todos los que sabían latín.
Se ha ap u n tad o que generalm ente el aprendizaje escolar se
lim itaba a la instrucción prim aria, form ando no al hom bre de
cultura sino al littcratus, al que sabía leer y escribir (y pocas
cosas más). Y p o r ende la adquisición de una form ación más
sólida estaba condicionada p o r la constancia del estudio indivi
dual o p o r la soledad de la m editación. H u g o de San V íctor escri
be al respecto:
in quibus tantam utilitatem esse prac caeteris ómnibus pers-
pexerunt, ut quisquis harum disciplinarum firmiter percepisset,
ad aliarum notitiam postea inqUirendo magis et exercendo,
quam audiendo perveniret.100
(en estas [siete artes liberales] vieron que había tanta utilidad
por encima de todas las demás, que cualquiera que se instruyera
sólidamente en estas disciplinas, posteriormente llegaría al co
nocimiento de otras cosas investigando y estudiando mejor que
escuchando a un maestro.)
Incluso en un cen tro de estudios como el de los V ictorinos de
P arís se consideraba que el intelectual tenía que form arse « in
vestigando y estu d ian do m ejor que escuchando a un m aestro», lo
100. Didascalicon, I I I , 3 (Pairo!. Int., CLXXVI, col. 768; cfr. Taylor, op. cit.,
m - 86-87).
74 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
que viene a ser una concepción que valoriza plenam ente la cu ltu
ra en cuanto conquista personal. Y hasta cuando la ío rtu n a facili
taba el valioso contacto con alguna personalidad in telectual capaz
de d esp ertar la conciencia de un joven, la situación no cam biaba
m ucho. P o r o tra p a rte este aislam iento tendía a em pujar al hom -
bre cu lto m edieval a re sp e ta r la tradición va que, faltan d o el
reconocim iento social de su actividad, sólo el apeno a la tradición
le podía garantizar, en el fo n d o , su vocación m isma.
E l intelectual m edieval vivía, por lo tanto, en una situación
n otablem ente condicionada; p o r un lado la soledad lo aislaba de
sTT'mu n d o cotidiano, y por o tra la coincidencia de form ación, de
“Enfoques m entales y de co n cien ciacíe sí m ism o lo ponía en rela
ción, en el tiem p o , con una tradición m u ltisecular y, en el espacio,
con un círculo 'in te rn a c io n a l de iniciados El cstucno~era, p u e s,1
para él ascetism o y refin am ien to personal, pero fu n d am en tad o en
la fecunda experiencia de quienes le habían precedido, y alentado
p o r el conocim iento d e o tra s experiencias contem poráneas parale
las. D e este m odo el estu d io se transform aba en una liberación
de los cuidados de tod o s los días, en un cam ino hacia úna in tim i
d ad m ás lib re y m ás elevada.
E l c en tro d e la vida in telectu al es la m ed itació n :
M editado principium sumit a dectionc; nullis tamen regulis
stringitur aut praeceptis Icctionis. Delcctatur cnim quodam
apto decurrcre spatio, ubi liberam contemplandac veritati aciem
affligat; ct nunc has, nunc illas rerum causas perstringere, nunc
autem profunda quaeque penetrare: nihilque, anccps, nihilque
obscurum relinquere. Principium ergo doctrinae est in lectione,
consummatio en mcditationc. Quam si quis íamiliarius amare
didicerit, eique saepius vacare voluerit, jucundam valde reddit
vitam, ct maximam in tribulatione praestat consolationem. Ea
cnim maxima est, quae animam a terrenorum actuum strepitu
segregat, et in hac vita ctiam aetcrnae quietis dulcedinem quo-
dammodo praegustare facit.
(La meditación se origina en la lectura; sin embargo no está
en absoluto condicionada por los preceptos o reglas de la lec
tura. Se deleita en un espacio apto para desplazarse, en el que
ejercita libremente su inteligencia en la contemplación de la
verdad; rastrear las causas ahora de estas cosas ahora de aque
llas otras, penetrar ahora en todas las cosas profundas, no dejar
nada ambiguo, nada oscuro. El principio, pues, del saber está
NOCIONES PR E L IM IN A R E S 75 'A
en la lectu ra, su culm inación en la m editación. Cuando alguien
aprende a am ar la m editación con asiduidad y quiere entregarse
a ella a m enudo, su vida se vuelve feliz y en cuentra grandes
consuelos en las tribulaciones del m undo. Y el m ayor de ellos
. consiste en que aleja el alma del estré p ito de las cosas m unda
nas p erm itiéndole saborear de algún m odo en esta vida la d u l
zura de la tran q u ilid ad etern a.101)
Una cu ltu ra tan interiorizada y tan p erso n al, tan circunscrita
a los pro blem as del ind iv id u o o del m u n do si bien con la p ers
pectiva de la salvación e tern a, v o lu n tariam en te desen ten d id a del
sirepitu s terrenorum actuum (y p o r o tra p a rte ignorada p o r el
m undo, si excep tu am o s su funcionalidad p ráctica m arginal), esta
l a r W i n n d n a r n n y r r f i r ^ c in n i n g ú n i r r / . r ^ i-n n n a . . £ Y p p r i p n n ?
prácticam en te lib re d e connotaciones espacio-tem porales, com pren-
sibítTv co m p artib le siem pre y en todas p a rte s. D e ahí la vitalidad
ex trao rd in aria d e los grandes m aestros in telectu ales d e la E dad
M edia, leídos y am ados d u ra n te siglos e n te ro s, y he aquí tam bién
o tra de las razones del internacionalism o p ro p io de la cu ltu ra de
esta época. Tal internacionalism o no d ep en d e sólo del uso de una
lengua de c u ltu ra única, sino que es a n te todo u na vocación, un
estado de alm a, u n a m eta.
B ernard o d e C h a rtre s describió la fig u ra ideal del h o m bre doc
to en tres versos q u e Ju a n d e Salisbury 102 juzgaba algo m ediocres
p ero dignos d e m em oria y que p o r o tra p a rte tu v iero n m ucho
é x ito :103
M ens humilis, studium quacrendi, vita quieta,
scruiinium tacitum, paupertas, térra aliena,
hacc reserare solent multis obscura legendo.
(M ente hum ilde, deseo de saber, vida reposada, juicio calla
do, pobreza, tierra extranjera, éstas son las cosas que suelen
esclarecer lo oscuro a muchos que leen.)
La m ayoría d e estas características n o son específicas de la*
situación m edieval, p ero hay una que efectiv am en te"atrae n u estra
101. H ugo de San Víclor, Didasc., 111, 9 ( Patrol. lat., CLXXVI, col. 772;
cír. Taylor, op. cit., pp. 92-93).
102. Policraticus, edición Webb, V II, 13, vol. II, p. 145.
103. Citados como anónimos en el mismo Didascalicon, traducción Taylor, p. 94.
76 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
atención: aliena ierra («tierra extranjera»). La m ejor glosa posible
son estas em otivas palabras de H u g o de San V íctor:
Delícatus iíle est adfauc cui patria dulcis est. Fortis autem jam
cui oinne solum patria est, perfectus vero cui mundus totus exi-
lium est. lile mundo amorem fixit, iste sparsit, hic exstinxit.
Ego a puero exsulavi, et scio quo moerore animus arctum
aliquando pauperis tugurii fundum deserat, qua libertate postea
marmoreos lares et tecta laqueata despiciat.104
(Ouien siente los atractivos de la patria es débil; es fuerte
quien tiene como patria cualquier suelo, es perfecto quien sabe
que todo el mundo es un destierro. El primero enciende el amor
del mundo, el segundo lo propaga, el tercero lo ahoga. Yo me
exilié siendo niño, conozco el dolor con que a veces el alma
abandona la pequeña propiedad con su pobre choza, y también
el desapego con que desprecia después los palacios de mármol
y ios techos decorados con lujo.)
E n estas líneas los ecos de V irgilio 105 y de H oracio 106 no res
tan espontaneidad a la confección autobiográfica; acaso, de un
m odo genuinam ente m edieval, tales ecos tienen la función de ele
var el tono del fragm ento y d e subrayar la nobleza de la renuncia
y la sufrida libertad del in telectual. A quí más que en ninguna
o tra p a rte las artes liberales liberum faciunt, le hacen a uno
libre.
P o r lo ta n to la cultura latin a de la E dad M edia es intrínseca
m ente una cu ltu ra de élite, p ero de una élite que no conoce
T ro n teras. E n el seno de esta c u ltu ra rse transm ite un patrim onio"’
secular en el que confluyen, sin dificultades para propagarse luego
velozm ente, las adquisiciones m ás recientes y tam bién, tras las
debidas filtraciones, algunos incentivos que proceden aquí y allá
de am bientes extraños. Sucedía, en efecto, que las personas de
cultu ra efifaksm rUcnmir'nrloc p o r u n lado, por todas las clases
sociales, desde la corte real a la parroquia rural más apartada
104. Didqscalicon, III , 20 (Patrol. lat., CLXXVI, col. 778; cfr. Taylor, op. cit.,
P. 101).
105. Ecl. I, 68-69: «pauperis et tuguri coiiRcsuim cespite culmen, / post ali-
quot, mea regna, videns mirabor aristas?» («¿viendo desde detrás de algunas es
pigas, mis reinos, contemplaré el tejado cubierto de hierba de mi pobre choza?»).
106. Carm. II, XVI, 9-12: «non enim gazae ñeque consularis / submovef
lictor miseros tumultus / mentís et curas laqueata circum / tecta volantis» («Ni
los tesoros ni el líctor consular alejarán de la mente los dolorosos pesares, ni las
preocupaciones que vuelan alrededor de los techos lujosos»).
t
NOCIONES PRELIM INARES 77
(donde a m enudo se trata de personas sólo nom inalm ente cultas,
pero esto sucedía tam bién en niveles sociales m ás altos) y se
hallaban co n tin u am en te en contacto con los illitterati, ta n to per
sonajes de alto rango como aldeanos rústicos; y , por el o tro , la
extracción social de los clerici mismos era de lo mas variad o . Se
podia acceaer a una escuela m onástica en calidad de oblatus,
ofrecido al m onasterio p o r una fam ilia extrem adam ente p o b re, pero
tam bién podía estu d iar en una escuela capitular el hijo de un
m ercader rico o el cadete de una fam ilia noble; en cualquier
caso, con independencia del origen social, el clericus llegaba a ser
tal por el aprendizaje escolar y no por sus orígenes sociales. El
curriculum escolar, sin em bargo, no llegaba a b o rrar com pleta
m ente el p atrim o n io de tradiciones locales o fam iliares de todas
clases que el joven, con plena conciencia o sin ella, había asim ilado
anteriorm ente a su carrera y que iban a confluir fatalm en te en el
conjunto de tradiciones sem icultas p ro p io de las com unidades
en que vivía, especialm ente si eran m onásticas. P o r este cam ino
podían llegar vestigios de ellas incluso a las obras escritas; G u al
terio M ap copió tradiciones narrativas populares de su país de
Gales originario; el m onje de la N ovalesa, las anécdotas h istó ri
cas y legendarias que se contaban en su convento; E k k eh ard de
San G al versificó en latín una leyenda épica germ ánica, la de
W alter de A q u itan ia. La escuela n o se oponía en principio a la
recuperación de estos elem entos, sino que se cuidaba de re v estir
los de las form as tradicionales y sobre todo de filtrarlos de form a
escrupulosa, p o rq u e precisam ente lo que conseguía su p erar estos
filtros adquiría el sello de la tradición escolar, podía alcanzar una
difusión am plia y en ocasiones extrao rd in aria; considérese p o r
ejem plo el caso de las leyendas bretonas sobre el rey A rtu ro di
vulgadas por toda E u ro p a a través de una obra latina, la H istoria
regum Britanniae de G odofredo de M o nm outh (1 136-1139). A sí
pues se establecía u n fecundo proceso de osmosis e n tre el m un
do de los incultos y la sociedad de los clerici. P ero ¿qué podían
d ar los illittera ti?, ¿qué podían ped ir? E stam os ante un problem a
crucial para la lite ra tu ra rom ánica m edieval, pues al estar dirigida
a un público fo rm ad o básicam ente de illitterati. desbarataba las
tradiflóh es, los cuadros In* esm iem as de la literatu ra medióla-^
107. Sobre los clérigos e intelectuales en la Edad Media se ha escrito
mucho. Véanse especialmente las siguientes obras: J. Le Goff, Los intelectuales
78 LITERATURA ROMANICA DE LA EDAD MEDIA
13. La c u ltu r a d e lo s in c u l t o s
Ante todo es un error creer que un illitteratus era necesaria
mente una persona inculta. Cabe por lo tanto formular unas dís-
tinciones.
Por de pronto en muchos casos el illitteratus era efectiva-
mentfTncapaz 3 e leer enfatírPy,"¿Taro’éTta',^^m bictr3eescribIHo‘,
"pero podía llegar a comprender un poco esta lengua si se trataba
"de un texto fácil. Y había escritores que deseaban llegar a este
público, como eí historiador escocés Davi^j, quien se servía «stilo
tam facili, qui pene nichil a communi loquela differat» («de un
estilo tan fácil que se distingue apenas del habla común»).108 En
los palacios de los nobles se llevaba a cabo, por otra parte, cuan
do se presentaba la necesidad, una amplia actividad de traducción
oral espontánea que permitía acceder a algunos aspectos de la
cultura latina, no sólo a los nobles, sino a todos los que se mo
vían a su alrededor independientemente de su procedencia social.
Aunque se trata de un caso atípico, recordaremos aquí a Bal-
duino II de Guiñes (finales del siglo xu) que «licet omnino lai-
cus esset et illitteratus», es decir perfectamente analfabeto, había
reunido una rica biblioteca y satisfacía su vivo interés por la
cultura haciéndose leer textos de todas clases, dei Cantar de los
Cantares, a los Evangelios, de vidas de santos, a tratados de física
y de historia natural. Gracias a su extraordinaria memoria Bal-
duino consiguió acumular tal acervo cultural, que era capaz de
mantener disputas «quasi litteratus» («casi como un hombre de
letras»).
A través de este ejemplo y de otros análogos se apunta la
posibilidad de que se utilizara por parte de los legos la cultura
latina de la que eran dipositarios los litterati, pero no es éste el
fenómeno que atrae primordialmente nuestra atención, sino la va
loración del patrimonio cultural propio de quienes no tenían
de la Edad Media, Universidad, Buenos Aires, 1965 (el original francés fue pu
blicado en París, 1957); P. Dronke, Poelic Individuality in the Middle Alies. New
Departures in Poetry, Clarendon, Oxford, 1970 (traducido al español: La individua
lidad poética en la Edad Media, Al ambra, Madrid, 1981). Para mayor informa
ción sobre España, cfr. López Estrada, op. cit., pp. 300-326.
108. Como nos dice Ekkehardo d : Aura, Monumenla Gcrmaniae Histórica,
XX, IV, p. 243.
t
NOCIONES PRELIM INA RES 79
acceso a la cu ltu ra latina. N o caigam os en el e rro r d e llam ar
cultura solam ente al aspecto literario de ésta; en se n tid o socio
lógico es tam bién cu ltu ra «el conjunto de las e stru c tu ra s de orga
nización social, d e los m odos de vida, de las actividades e sp iritu a
les, de los conocim ientos, de las concepciones, de los valores que
se hallan bajo form as variadas y a distin to s niveles en todas las
sociedades y en todos los períodos h istóricos»,109 un co n ju n to
vertebrado en el q u e una parte, p o r lo m enos, de los valores son
como los p relim inares de la elaboración p ropiam ente lite raria o
llegan incluso a tran sm itirse en form as, aunque prim arias, ya obje
tivam ente literarias. Pensem os en las tradiciones fam iliares d e la
nobleza unidas al recuerdo de las hazañas de los antepasados,
pensem os en el d e recho consuetudinario, de transm isión oral, pie
dra angular d e la sociedad m edieval, pensem os en el co n ju n to de
experiencias y saberes que form aban al caballero tra s u n largo
aprendizaje. “ ’
N o cabe d u d a d e q u e d u ran te la E d ad M edia existió u n es
quem a d¿"educación caballeresca to talm en te ajeno a la tradición
iatina y a la escritu ra. Tal educación se basaba, claro está, en el
en tren am ien to físico y en principios éticos básicos, pero tenía
tendencia a p royectarse espontáneam ente en im ágenes ejem plares
que, a p a rtir de una base histórica real, con facilidad p o dían pasar
al cam po más rico y satisfactorio de la leyenda form ando paradig
mas de com portam iento. U na de las raíces de la poesía épica re
side precisam ente en esta tendencia a expresar a través d e d e te r
m inados personajes la idealización de' la form ación cultural de un
grupo social.
leñ e m o s q u e con ta r tam bién con la tradición religiosa q u e , por
o tra p arte, s e 'h á ltá b a m enos vinculada a una sola clase social.
Las enseñanzas más eficaces y p en etran tes d e la tradición religiosa
se difundían a través d e las vidas de santos y de las historias de
pecadores. Los valores religiosos se encarnaban en narraciones
que instaban y am onestaban, enseñaban, disuadían y daban con
suelo.
E xiste adem ás to do un sector de la cu ltu ra cuya raíz últim a
es más psicológica que sociológica y hasta p u ram ente evasiva.
Siem pre el hom bre ha confiado a las form as del cuento folklórico
109. Battagüa, Grande dizionario della ¡tngua italiana, I I I , Turín, s. a., pági
na 1045.
80 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
las in tuiciones m ás elem entales d e su propio vivir y ha resu elto
sus c?eseos~cie distracción con la narración y con el canto. E s in-
cíüdable, aunque no siem pre diafano, que el cuentó""folklórico
suele contener form ulaciones de las situaciones elem entales de la
vida hum ana y 'de las esperanzas m ás recónditas y eternas del
hom bre, aunque a veces tales form ulaciones estén expresadas en
esquemas condicionados p o r contextos sociales po rtad o res de va
lores de un espacio y de u n tiem po determ inados. P ero general
m ente todo esto se reduce a u n arabesco más o m enos consciente
e insípido que acom paña el gusto p o r la narración, p o r el ru
m or, p o r la em oción del argum ento, p o r la curiosidad que despierta
un personaje. Se tra ta de form as que, ju nto a la ya más huidiza
y enigm ática poesía lírica, podríam os considerar preliterarias y
hasta situadas en los um brales m ism os de la literatu ra, pero que
se nos escapan totalm ente p o r lo q u e se refiere a su m anifestación
p articular e histórica. Al estar confiadas al vehículo, a veces
endeble y a veces sólido y resisten te de la palabra y de ía~memo-
nd" n o h an llegado hasta noso tro s p orque ningún litteratu s podía
reputarlas dignas, con m entalidad de etnólogo m oderno, de ele
varlas a la dignidad de la escritu ra; sin em bargo, ello no nos
autoriza a olvidar su existencia n i a dism inuir su im portancia
al realizar el com plejo cálculo de los factores p resentes en la
cultura m edieval.
H em os hablado de cu ltu ra oral; ésta es, en efecto, la condi-
ción norm al en los estadios prefim iñares y subliterarios, condición
que éhT iúesira E d atf’M edia ie vio fui taltlld'á por obra de la Ig le
sia". C uando se p rodujo la ru in a de la instrucción pública a finales
3eT¡a E d ad A ntigua, la Iglesia supo sacar de ello sus conclusiones
operativas con lucidez y sin prejuicios, .pues no podía p e rm itir
que la cultura m oral y religiosa dependiera de la cada día m enos
frecuente capacidad de leer y escribir. Ya San Cesáreo a p rin
cipios del siglo v i postulaba la su stitución del aprendizaje a tra
vés del libro p o r la escucha, de la lectura por la m em orización:
Nec dicat aliquis vestrum: Non novi litteras... Inanis ct inu-
tilis excusatio ista, fratres carissimi. Primum est, quod lectionem
divinam etiamsi aliquis nesciens litteras non potest legere, potest
tamen legentem libenter audire.110
110. Sermones, edición G. Morin, Turnholti, 1953, p. 31.
NOCIONES PRELIM INARES 81
(Para que ninguno de vosotros diga: no conozco las letras...
Excusa, ésta, vacía e inútil, hermanos carísimos. Y el primer
motivo es que, aunque haya alguno que no sepa leer la divina
lección, al no conocer las letras, puede, sin embargo, escuchar
con agrado a alguien que lea.)
Así, pues, en la E dad M edia tam bién la educación religiosa lle
gaba a l a mayoría de la población por vía o ral y q u edaba~conII ad 3
a ia m em oriá“colectiva e in dividual igual que íasidem ás form as d e f
paIrTmomo culturaT 'N b " es casuali3a3"que en el fragm ento que
hem os citado San Cesáreo añada que los textos sagrados se deben
recordar con exactitud igual que los «cantica diabólica, am atoria et
turpia», es decir igual que las formas más ínfim as de la literatura,
las rústicas canciones de tema erótico.
Es verosím il, aunque no siem pre d em ostrable con seguridad,
q ue hacia los siglos que nos interesan dé m anera especial, es'
decir a p a rtir del siglo x i, se fue formañHo pna conciencia cre
ciente de ia m adurez cu ltu ra l de la s lenguas rom ances a la vez
que se desarrollaba una literatu ra en lengua vulgar que, nacida
por escrito o de form a o ra lr siem pre llegaba afl-iúEIicb a través dé
los juglares. P o r lo q u e podem os afirm ar q u e hay m om entos en'
que los conceptos de literatu ra y de cültura nu están necesaria1-’
mente*"vinculados aT 3e escritura', sé pódIá'~poséer un” patrim onio
cultural b astan te rico, asim ilando e incluso p roduciendo, sin
que ello im plicara saber leer y escribir.
N i siquiera había u n abism o entre los littera ti, con su pasado
clásico, y los illitterati con sus formas rom ances y con su rep erto
rio de leyendas, narraciones, tem as y tradiciones poéticas. Al ¿P F
trario, las relaciones e n tre ambos cam pos fu ero n siem pre m uy
estrechas y a m enudo libres de prejuicios. E n p rim er lugar no
cabe duda de que las literatu ras rom ánicas deben m ucho a la
cultura m cdiolatina y a la escuela, y p o r ello hem os redactado esta
larga introducción. Sin em bargo las nuevas lite ra tu ras jam ás se
podrán valorar rectam ente si se consideran com o m eras continua
ciones de la tradición m ediolatina bajo una form a lingüística dis
tinta.
U n cam bio de lengua im plica muchas o tra s cosas: b úsqueda
de un público d istin to y de u n tip o de relación nueva con él, cam-
H o de óptica con r r l a r i A o -al pnM»i m r w ^ ..r i i l t n r n l rlpl
f
82 LITERATURA ROMÁNICA DE LA EDAD MEDIA
boracíón de una cultura con ámbito, intenciones e ideales propios
v hasta la formación de una tradición específica, mucho más vital
y decisiva para la cultura occidental moderna.1’*
III. Para estos temas cfr. mi artículo «Scuola c cultura in Francia nel X II se-
coio», Studí Mediolatíní e Volgari, X (1962), pp. 299-330, del que he tomado
alguna frase. Además de las obras de P. Riche ya citadas a lo largo de esta
introducción, resulta muy interesante la obra de F, Pirot, Recherches sur les
comtmssanccs líttéraíres des troubadours occítans el cataUns du X I I ' et X I I I '
síteles, Memorias de 1a Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Barcelona,
1972. Del mismo modo, son útiles otras obras como: P. Dronke, La lírica en la
Edad Medía, cit., R. Menendcz Pidal, Poesía juglaresca, cit., y C. Alvar, La poesía
de trovadores, trouvires y Minncsinger, también cit.