Yo también hablo de la rosa de Emilio Carballido: la pobreza de la experiencia como
motor revolucionario
Martín Rodríguez
(CONICET-GETEA-
UBA-ANPCyT)
De todas las obras que componen la vasta producción de Emilio Carballido es
sin dudas Yo también hablo de la rosa (1966) la que más interés ha despertado en la
crítica, quizás por las dificultades que entraña su abordaje (en especial el personaje de la
Intermediaria). Se trata de un verdadero desafío para todo lector que intente explicarla
ya que ella misma propone diversas aproximaciones al hecho puntual que se narra (el
descarrilamiento de un tren por parte de dos púberes, Toña y Polo) y ella misma las
desestima. Invita al lector y al crítico a aventurar alguna interpretación pero al mismo
tiempo presenta una serie de mecanismos defensivos contra, al menos, cierto tipo de
interpretación.
Aún advertidos por el mismo texto de los peligros que presenta, no son pocos
quienes se han atrevido a trasponer, con mayor o menor éxito, los estrechos límites por
él impuestos: Margaret Paden, Priscilla Meléndez, Frank Dauster, Eugene Skinner,
Diana Taylor, David William Foster, Roy Kerr y Jaqueline Bixler son algunos de los
aventureros que integran la interminable lista. Se trata de trabajos que apelan a marcos
teóricos diversos, que van desde la sociología marxista, pasando por la hermenéutica
hasta llegar a abordajes que podríamos calificar, sin entrar en detalles engorrosos, de
posmodernos.
No es nuestra intención aquí revisar cada uno de estos casos que, por otra parte,
hemos revisado muy someramente (esta tarea nos queda pendiente) al sólo efecto de
chequear la originalidad de nuestro planteo. Si quisiéramos destacar el trabajo escrito
por Roy Kerr en 1978, ya que es uno de los pocos que arriesga una interpretación sin
medir las consecuencias, especialmente en lo que se refiere a las funciones de la
Intermediaria. Con una propuesta a veces cercana al delirio (interpretar tiene sus
riesgos), invita al lector a seguir su camino, quizás munido de armas críticas más
adecuadas que las por él esgrimidas y aún a retomar muchas de sus ideas, en especial en
lo referido a las relaciones internas del texto y a algunas de los intertextos con los que
Carballido construye su obra. Por ejemplo, percibe con claridad las tres posiciones
fundamentales expuestas en la obra (la del psicoanalista, la del sociólogo marxista y la
de la Intermediaria) a las que relaciona con tres imágenes (el corazón, el aire y la
sabiduría) que a su vez se corresponden con tres maneras de comprender el mundo (la
interna, la externa y la que se corresponde con un ideario vitalista y anti-racional).
Respecto de este último, no resulta descabellada la asociación que hace con la filosofía
de Henri Bergson y aunque la figura de la Intermediaria quizás no reúna funciones del
teatro brechtiano y artaudiano (más allá de que cumpla la función de narradora) o se
vincule al budismo zen o al taoísmo, si es posible señalar con Kerr (más allá de alguna
diferencia) el carácter dionisíaco de su discurso, que encuentra su correlato en el
accionar de Polo y Toña. Vale señalar por último, el rastreo que hace de personajes
semejantes en otras obras previas del autor (por ejemplo Nativitas Llavero, la curandera
bruja de Rosaura y los llaveros).
Dejando de lado la propuesta de Kerr, sobre la cual volveremos, quisiéramos en
primer lugar detenernos en la anécdota central de la obra y en el modo en que
Carballido la presenta. Polo y Toña han decidido faltar a clase y, aunque se
proporcionan una serie de razones que justificarían su decisión (Polo no tiene zapatos
porque su madre no ha podido aún comprárselos por no tener el dinero, Toña no ha
hecho su tarea) ninguna de ellas parece ser más fuerte que su deseo de no ir a clase y de
pasar ese tiempo juntos. Durante su ausencia, realizan una serie de acciones: extraen
dinero golpeando un teléfono público, compran golosinas, juegan “volados” con el
vendedor, pierden su dinero, se encuentran con Maximino (un joven mayor que ellos
que tiene una moto y al que Polo admira y Toña ama), pasean por un basural lindero a
las vías del tren, hablan de temas diversos, bailan, recogen flores y, finalmente,
encuentran un barril de cemento al que colocan en la vía férrea, provocando el
descarrilamiento mencionado al comienzo. Las consecuencias de esta acción son
múltiples: Toña y Polo son recluidos temporariamente en un reformatorio, aparecen en
los periódicos representados como dos jóvenes vándalos, son presentados por la maestra
de su curso como malos ejemplos, y el hecho en cuestión es interpretado por un
psicoanalista y un sociólogo marxista cuyos discursos son claramente parodiados. Pero,
al mismo tiempo, su acción tiene consecuencias inesperadas: el tren descarrilado no
transportaba pasajeros sino alimentos que son saqueados por los pepenadores
(recolectores de basura) y los pobres del lugar. Frijoles, sacos de azúcar que son
repartidos consumidos y/o canjeados por bienes “suntuarios” tales como tamales o
tequila. Dejaremos para el final la narración del final hecha por la Intermediaria.
Para dar una versión “objetiva” de estos acontecimientos, Carballido recurre de
manera magistral a la poética costumbrista, fundamentalmente a lo sentimental
melodramático que, junto con la compasión, parece ser atributo exclusivo de los
sectores más desposeídos. Los otros, los sectores medios y altos, son caracterizados por
su egoísmo que hace que se apropien del hecho, que lo capitalicen en términos de
rumor, noticia o ejemplo (ya sea de conducta en el caso de la maestra o de diversos
modelos teóricos en el caso de los profesores universitarios). Quisiera en este punto
hacer una pequeña digresión: utilizamos la palabra compasión y no solidaridad para
referirnos a uno de los atributos de los pobres en el sentido que Hannah Arendt le da a
estos términos en su libro sobre la revolución aunque ubicándolos en otra escala
valorativa. Para Arendt, la compasión, el padecer con el otro su dolor es un sentimiento
irracional que suprime toda distancia crítica y lleva a la violencia (tal sería para ella el
sentimiento dominante en la Revolución Francesa) mientras que la solidaridad
(principio de la Revolución Norteamericana al que ella privilegia) es un
comportamiento racional que permite tomar la necesaria distancia para no incurrir en
acciones violentas. Independientemente de la violencia que la compasión pueda
engendrar en el texto (aunque tanto el descarrilamiento como el saqueo son actos
violentos desde la perspectiva estatal) es evidente que es el padecer con el otro el
sentimiento dominante en el texto. Cuando el Pepenador les pide dinero a Polo y Toña
es la compasión la que lleva al primero de ellos a darle todo el dinero (una conducta
irracional sin dudas) en vez de sólo una parte (conducta racional y solidaria). Dar todo,
despojarse totalmente de lo propio es un acto alocado, violento en algún sentido y,
como el juego de azar del que participan sin medir consecuencias es un acto de entrega
apasionada que sólo alcanza su verdadera dimensión si es presentado desde lo
sentimental.
Retomando el eje de nuestro trabajo, quisiéramos mencionar, a modo de
ejemplo, algunos momentos sentimentales:
1) El momento en que Toña critica la foto de la novia de Maximino que éste lleva en su
billetera diciendo que es fea y bizca. Esta escena se completa en otra posterior en la cual
Maximino va a visitar a Toña en la cárcel y ésta le pide que saque la foto de la novia de
su billetera y deje sólo una suya.
Toña: En la noche me da miedo. Despierto y se me olvida dónde estoy, y
mi colchón huele harto a pipí, porque allí dormía una niña que se orinaba.
Y todavía no dicen cuándo voy a salir. Las muchachas creen… que aquí
voy a quedarme por años. Fíjate.
Maximino: Te vamos a sacar, vas a ver. No se ponga así. (Busca cómo
animarla). Además, si ya es usté popular, y sale en el periódico retratada
y todo. Con suerte y te contratan para el cine.
Toña: Ay, si, tu, cómo crees. Salí re fea, ni me parezco.
Maximino: Saliste bien. Mira (Saca la cartera.) Aquí guardé tu foto,
¿ves?
Toña: ¡Ahí la traes¡ Mira, esta foto chiquita yo no la había visto. Si la ve
en tu cartera se va a enojar Ojitos Chuecos. A ver tu foto, deja verla.
Mira, mírala bien. ¿Verdad que está bizca?
Maximino: Como serás. No es cierto.
Toña: ¿No es cierto?
Maximino: Se te ha de figurar… por la postura, ¿ves? Como estás viendo
de lado…
Toña: (Mimada.) Ya no traigas ese retrato. Deja nada más el mío, ¿eh?
(Pausa. Se ven. Toña habla en serio.) ¿Vas a dejar nada más el mío?
Maximino: Bueno. Ya nada más voy a traer el tuyo.
Toña: ¿Palabra?
Maximino: Palabra.
Toña: (Lo abraza de pronto, llorosa) Y ven a verme mucho, cada vez que
se pueda. Ven a verme, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho…
2) El diálogo entre los Pepenadores en torno a la fogata, escena erótica y sentimental
que, tal como indican las didascalias “deberá ser maliciosa, tierna. Nunca sucia ni
orgiástica”.
Lo sentimental une a los pobres y a los desclasados y los separa del resto del
mundo que sólo se refieren a ellos para condenarlos. Más allá de la presencia de la
Intermediaria como complejo personaje embrague, hay en esta distinción entre pobres y
ricos una clara toma de partido que muy poco tiene de ambigua: lo pobres son buenos y
compasivos mientras que los ricos y la clase media son egoístas y sólo piensan en ellos
mismos. Nos parece importante hacer este señalamiento quizás obvio para el lector,
porque es un aspecto que la crítica no ha contemplado y que resuelve gran parte de la
ambigüedad de este texto cuyos aspectos costumbristas lo acercan más al teatro
finisecular que a las formas posmodernas con las cuales se lo ha vinculado.
Vamos a pasar, ahora sí, a aquellas cuestiones que presentan mayor complejidad.
En primer lugar, vamos a hacer una breve referencia a los modos en que los profesores
“relatan” e intentan explicar el acontecimiento central, para luego proporcionar una
lectura posible del personaje de la Intermediaria y su función.
Sin entrar en detalles, podemos decir en líneas generales que el discurso del
psicoanálisis y el de la sociología marxista se hallan desautorizados por una parodia
que, aun estando enfocada sobre dos de las teorías pilares de la modernidad, es moderna
ella misma, al menos si partimos de la distinción entre parodia (moderna) y pastiche
(posmoderno) que realiza Jameson. Parodia que también involucra a las opciones
teatrales de la época (la obra es de 1966): el realismo psicologista cuyo intertexto
fundamental es el teatro de Miller y el realismo socialista que, aún modulado por el
intertexto brechtiano, es dominante en el teatro latinoamericano del período y que
define la voluntad de “atipicidad” que caracteriza a Carballido. Se trata de discursos
dominantes cuya voluntad explicativa totalizante es cuestionada desde el texto por
medio de la parodia pero también, mediante la inclusión de la Intermediaria como
curioso “personaje embrague”. Se trata de un personaje de procedencia indígena que
intenta desde una perspectiva irracionalista, dar una explicación al inexplicable hecho
del descarrilamiento. Comencemos entonces por el final, para luego avanzar sobre
aspectos más complejos. Cerca del desenlace, la Intermediaria anuncia que va a explicar
el accidente. Señala que “ellos se estaban convirtiendo en todo cuanto los rodeaba: eran
el basurero, las flores, y eran nubes, asombro, gozo, y entendían y veían, eso era todo”.
En ese marco de libertad y de libre proliferación del deseo, Toña y Polo “están viendo
señales: como quien deletrea un alfabeto. Flechas que indican rumbos, marcas de
encrucijadas, signos…” Y su accionar es azaroso ya que “no sabemos ni el gesto que
nuestras manos harán dentro de un rato”.
Luego de que la Intermediaria pronuncia ese parlamento, un haz de luz cae sobre
el bote de cemento y unas voces dicen lo siguiente: “atrás de cada paso hay una
esquina”, “cada paso es un rumbo”, “entre un momento de elección y el siguiente
cruzan muchos caminos”, “por eso siempre nos encontramos donde no pensamos llegar,
y no sabemos cómo”, “y tampoco sabemos los frutos de cada acto”. Luego de dudar, se
muestra a Toña y Polo empujando la lata y las voces recomienzan: “la elección es una
sola cara de la moneda que está siempre en el aire”, “la libertad es un gesto loco”, “la
elección es un gesto loco”, “la libertad toma la forma del gesto con que la escogemos”.
Se percibe en los parlamentos citados el intertexto sartreano, fundamentalmente
en las ideas de libertad y elección, aunque en este caso una y otra se encuentran teñidas
de un matiz de azar e irracionalidad que las aleja de su origen existencialista y las
acerca, ahora sí, al marxismo no ortodoxo de Walter Benjamin o a ciertos escritos de
Deleuze cuya relación con Benjamin merecería ser estudiada con detenimiento (en este
punto nos acercamos a Kerr, quien ve en la obra de Carballido el intertexto de Bergson,
intertexto que está presente en la obra de Benjamin pero también en los escritos de
Deleuze sobre cine).
El desenlace de la obra que la intermediaria profetiza y que reúne a todos los
personajes en escena sin excepción resulta de un singular optimismo. En él se anuncia el
matrimonio de Toña y que Polo va a instalar un taller. Finalmente todos bailan de la
mano mientras la luz “va aumentando progresivamente, como a latidos, hasta alcanzar
la máxima intensidad”. Se trata de un desenlace esperanzador, despojado de ironía y
legitimado por la voz autorizada de la Intermediaria, un desenlace en el que nadie
resulta castigado y en el que todos obtienen su perdón y su redención, un final que es
consecuente con la poética costumbrista que articula el todo y para la cual no hay
villanos, sólo personajes egoístas a los que el azar puede redimir.
Conocida entonces la postura a la que la Intermediaria representa: toda elección
es azarosa como azarosos e inesperados son sus resultados que serán positivos siempre
y cuando sean una respuesta a un deseo inocente y genuino. ¿Cómo se refuerzan estas
ideas desde los otros parlamentos de la Intermediaria? ¿Cuáles son las razones que
llevan a Polo y Toña a provocar el descarrilamiento?
Para responder a esta y otras preguntas nos referiremos a tres breves escritos de
Walter Benjamin que (esta es una hipótesis que esperamos corroborar) pudieron haber
servido de intertexto a Carballido para el armado de su obra. Estos son: “El carácter
destructivo”, “Experiencia y pobreza” y, en alguna medida, sus “Tesis de filosofía de la
historia”. Nos referiremos sólo a los dos primeros.
El primero de ellos, cuya construcción aforística hace casi imposible su síntesis,
señala que todos conocemos personas sobre cuyo carácter destructivo hay un acuerdo
generalizado. Para Benjamin, “el carácter destructivo sólo conoce una consigna: hacer
sitio; sólo una actividad: despejar”. Siempre es joven y alegre “porque destruir
rejuvenece y alegra” (piénsese por ejemplo en el placer que los niños siente por destruir
objetos diversos) y “no está interesado en absoluto en que se le entienda” ya que “en
nada puede dañarle ser malentendido”. Es decir que no favorece el cotilleo, fenómeno
pequeño burgués que tiene lugar porque las gentes no quieren ser malentendidas.
Y continúa Benjamin: “Como por todas partes ve caminos, está siempre en la
encrucujada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo.
Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que
pasa a través de ellos”. Encontramos en el texto de Benjamin un posible camino para
comprender la acción del descarrilamiento, sus causas (el deseo de destruir, de hacer
sitio), la jovialidad nietzscheana con que Toña y Polo encaran su tarea, el estar en la
encrucijada y el llegar a un lugar sin saber cómo consecuencia del carácter destructivo.
Pero también para entender la presencia de los intérpretes del hecho y su imposibilidad
de comprender a partir de la idea de que el carácter destructivo “no favorece el cotilleo”.
El segundo, “Experiencia y pobreza”, comienza con un relato sobre un anciano
que en su lecho de muerte les dice a sus hijos que en su viña hay un tesoro escondido.
Estos cavan y cavan pero no logran encontrar el tesoro. Sin embargo, cuando llega el
otoño, la viña aporta más que ninguna otra en la región. Antes de morir, el padre les ha
legado una experiencia: que la bendición no está en el oro sino en la laboriosidad.
Benjamin se refiere a la pérdida de valor de este tipo de relatos luego de la experiencia
de la primera guerra mundial, de la cual los combatientes retornaban sin poder poner en
palabras el horror vivido. Desde su perspectiva, sería la experiencia como tal la que ha
perdido valor y un ejemplo de ello al que Benjamin se refiere en otro trabajo suyo serían
esas parábolas sin enseñanza que Kafka presenta en sus textos. No queda nada por
narra, menos aún, narraciones que dejen alguna moraleja.
La experiencia se acumula en forma de cultura mientras que su ausencia aparece
asociada a un nuevo tipo de barbarie que Benjamin percibe como positivo: “¿Barbarie?
Así es de hecho. Lo decimos para introducir un concepto nuevo, positivo de barbarie.
¿Adónde lleva al bárbaro la pobreza de experiencia? Le lleva a comenzar desde el
principio; a empezar de nuevo; a pasársela con poco; a construir desde poquísimo y sin
mirar ni a diestra ni a siniestra. Entre los grandes creadores siempre ha habido
implacables que lo primero que han hecho es tabula rasa.
Los hombres están cansados de cargar el peso de la cultura sobre sus espaldas,
saturados de la experiencia (hasta el tango lo dice: sería más fácil caminar sin mi
equipaje) y, como dice Benjamin, “al cansancio le sigue el sueño, y no es raro por tanto
que el ensueño indemnice de la tristeza y el cansancio del día y que muestre realizada
esa existencia enteramente simple, pero enteramente grandiosa para la que faltan fuerzas
en la vigilia” esa simpleza y grandiosidad que permiten (como al Ratón Mickey en el
ejemplo que da Benjamín) integrarse al entorno, fusionar la naturaleza y la técnica y
ponerla a nuestro servicio. Esta pobreza de experiencia ligada al carácter destructivo es
la que permite a Toña y Polo provocar el descarrilamiento del tren. Despojados de la
cultura que facilita la proliferación de interpretaciones pero que, al mismo tiempo,
funciona como una pesada carga que nos impide actuar con la necesaria celeridad, los
protagonistas pueden alcanzar ese estado de ensoñación en cual es posible hallar fuerza
de las que carecemos en la vigilia. Recordemos las palabras con las que la Intermediaria
se refiere al estado en el que Toña y Polo se encuentran: “ellos se estaban convirtiendo
en todo cuanto los rodeaba: eran el basurero, las flores, y eran nubes, asombro, gozo, y
entendían y veían, eso era todo”. Estado de ensoñación que les permite fusionarse con el
entorno, prescindiendo de la experiencia, actuando azarosamente y eligiendo con una
libertad que excede largamente los postulados sartreanos. Con la libertad que da la
ensoñación y que es una característica del mundo de la infancia pero también de los
pobres (de los que ayunan, en la lectura que Benjamin hace de Kafka).
Ausente la experiencia, no hay relato moralizante que pueda ser tomado como
punto de partida para actuar (ni el marxismo ni el psicoanálisis parecen ser eficaces en
ese sentido). No es casual que la Historia de los dos que soñaron incluida en el discurso
de la Intermediaria (similar a un relato incluido en las Mil y una noches y citado por
Borges, pero también al que da inicio a “Experiencia y pobreza”) carezca de final.
Desde ese vacío, Carballido parece decir benjaminianamente: no hay palabras, ni
experiencias, ni relatos que puedan instarnos a actuar y los cambios (la Revolución)
sobrevendrá cuando logremos despojarnos del peso de la cultura.