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Mora, Victoria - Un Mundo Oscuro

El relato narra la historia de un hombre viudo que encuentra fotografías de su pasado como fotógrafo para las fuerzas de seguridad durante la dictadura militar argentina. Al revisar las fotos, comienza a ver aparecidos de las personas que fotografió.
Derechos de autor
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Mora, Victoria - Un Mundo Oscuro

El relato narra la historia de un hombre viudo que encuentra fotografías de su pasado como fotógrafo para las fuerzas de seguridad durante la dictadura militar argentina. Al revisar las fotos, comienza a ver aparecidos de las personas que fotografió.
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Un mundo oscuro

/ 100 ejemplares

Victoria Mora
Un mundo oscuro
Mora, María Victoria
Un mundo oscuro. - 2da ed. - Peces de Ciudad Ediciones
90 p. ; 14x20cm.

ISBN 978-987-1883-67-7

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título CDD A863

Edición y diseño de interiores:


Mariana Kruk
contacto: [email protected]

Diagramación de tapa y postal:


Rodolfo González Furkert
contacto: [email protected]

Contacto con el autor: [email protected]

2° Edición, Peces de Ciudad, 2017


Mariana Kruk - Soledad Blanco

www.pecesdeciudad.com.ar

Queda prohibido, salvo excepción prevista en la ley, cualquier


forma de reproducción, distribución, comunicación pública
y transformación de esta obra sin contar con autorización
de los titulares de la propiedad intelectual.
Victoria Mora

Un mundo oscuro
Para Mauro, Joaquín y Zoe
por la felicidad que logramos construir.
Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad.
El verdadero cementerio es la memoria.

Rodolfo Walsh

Pienso en ellos en los muertos


En los que yo vi caer
En los que están grabados en mi alma
En los que aún están cayendo en mis miradas
Vosotros que seguiréis muriendo
Hasta el día en que yo muera.

Vicente Huidobro
Barro

Hoy es el primer día de clase en su escuela nueva. La


mamá la prepara para eso. Viven en el fondo del terreno de
sus abuelos, en una casita que construyeron su papá y su tío:
cocina, pieza y baño en un tamaño que les alcanza apenas
para vivir.
Cuando su mamá la despierta se da cuenta de que está
lloviendo, todavía dormida piensa cómo va a llegar a la
escuela sin embarrarse. Su mamá la viste, le pone la camisa,
el jumper, las medias, el sweater y la corbata. Ella piensa
cómo va a hacer con la calle embarrada pero no dice nada.
Sabe que sus papás contrataron un micro escolar que la va
a llevar a la escuela porque ellos viven lejos. El problema es
la larga calle de barro sin vereda que hay que caminar desde
su casa hasta la esquina asfaltada, por donde el micro la va a
buscar, cuando todavía no salió el sol y encima llueve.
Toma la leche tibia con chocolate, ve el líquido marrón
viajar por la bombilla que rodea el vaso hasta llegar a su
boca y se acuerda de su madrina. Ella le regaló ese vaso que
nunca había visto antes. Su madrina es amiga de las monjas,
por eso pudo rendir el examen para entrar a la escuela.
El lugar se le hizo enorme desde el principio, un edificio
grande en el medio de un campo, difícil de medir sólo con
la mirada. La prueba la hizo bien pero la directora le dio

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miedo, una monja vieja que no sonrió ni una vez mientras
ella y las otras chicas escribían sin emitir sonido. No se
parecía en nada a la directora del jardín donde había ido, ni
siquiera le decía “Señora” o “Directora”, la llamaba Marta.
Sin embargo se esforzó, de ninguna manera podía fallarles a
su madrina y a su mamá. La madrina la premió con un par
de zapatos Kickers guillermina. Zapatos de los que se siente
orgullosa.
Termina de tomar la leche y se pone el blazer. Su mamá
busca dos paraguas y le da el chiquito a ella. Le pide que
se siente en la silla, le pone los zapatos nuevos y trae dos
bolsitas de nylon.
Ella mira sorprendida porque no se le ocurre para qué
pueden servirle. Entonces su mamá le mete primero el pie
derecho en una de las bolsitas y ata las manijas alrededor
del tobillo, después hace lo mismo con el otro pie. Le explica
que así va a llegar con los zapatos limpios y lustrados a la
escuela para que se vean igual de limpios que los de sus
compañeritas. Ésas, que ella sabe, van a llegar en autos por
calles de asfalto que no tienen barro.
Es la hora de salir a la intemperie antes de que sea tarde
y el micro pase de largo. Antes, su mamá busca la billetera,
por primera vez en su vida le da plata para que en el recreo
se compre algo y le abre la puerta. Ella se pone la mochila.
Salen al patio protegidas cada una por su propio paraguas,
llueve mucho, caminan de la mano hasta la esquina. Cruzan
la calle y encaran la cuadra larga hacia el asfalto. Por esa
calle se bordea una casa abandonada, la que era el casco de
estancia de la zona. Ella sabe que pertenece a la familia de
su madrina y a veces se pregunta por qué no se la presta, por

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qué ellos viven apretados en una casa donde no se puede
invitar amigas, cuando otros tienen casas que les sobran. No
pregunta en voz alta porque ya sabe que hay cosas que es
mejor callar.
Llegan al punto de encuentro con el micro. Lo ve doblar
a unas cuadras y acercarse. Su mamá le saca las bolsitas de
los pies, la misión fue un éxito: una cuadra por el barro sin
una manchita.
El colectivo frena. Le da el paraguas a su mamá y sube,
saluda al chofer y a la celadora y se sienta en el primer
asiento. Mira por la ventana a su mamá bajo la lluvia, aún
tiene en la mano las bolsitas llenas de barro. La saluda como
si se fuera lejos, muy lejos y ya no pudiera volver a verla. Un
nudo le cruza la garganta. El chofer arranca.

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Aparecidos

El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de sillas sobre la


alfombra o un ahogado susurro de conversación (…) Me tiré contra la
puerta antes de que fuera demasiado tarde.
Julio Cortázar, Casa tomada.

Los aparecidos lo tomaron por sorpresa una noche y ya


no lo dejaron nunca. Eduardo tenía sesenta años. Era viudo
y vivía solo en un departamento que le quedaba grande. Una
noche, después de cenar un sandwich, se fue al living a ver
televisión. Hizo zapping un rato, se encontró con una escena
de película: Jack Nicholson frente a una mesa revisaba
papeles y fotos. Ya la había visto y lo había conmovido, un
hombre como él en una vejez solitaria. Apagó el televisor y
fue a buscar las fotos viejas que guardaba en aquel baúl, todos
los que habían vivido allí sabían que lo que había adentro no
se tocaba. Buscó los lentes y fue a su estudio, acercó una
silla al baúl y lo abrió. Se encontró con las fotos familiares
que él había tomado. Frente a sus ojos desfilaban sus hijos
de bebé, dando sus primeros pasos, en el jardín de infantes,
en la escuela, en la universidad, millones de momentos que
él captaba con su cámara. Cuando miró el fondo del baúl
asomaron muchos sobres prolijamente catalogados por mes
y año: eran las otras fotos, esas que sacaba con la misma
cámara.
Apenas empezó su trabajo se decidió a tener un archivo

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personal, era una obsesiva compensación extra. Estaba
haciendo Patria y quiso tener un registro de aquello. Entró
en los servicios por sus habilidades como fotógrafo. El año
en que su tío, militar retirado, le habló de la propuesta de
trabajo era un año de mucha convulsión. Se necesitaban
fotógrafos para tareas especiales de investigación, a él la idea
le gustó de entrada, por fin iba a poder sacarse de encima
esos trabajos que odiaba: las fiestas ajenas. No tenía ningún
interés en ocuparse de buscar buenas tomas frente a gente
que le era indiferente. Este laburo era otra cosa, estaba
aportando la punta del ovillo para poder salvar a la Patria de
esos que querían contaminarla, malditos zurdos, siempre los
había repudiado, ¿qué se creían? ¿Que Argentina era Cuba?
Qué tentación tan grande hacer uso de su pasión para torcer
el curso del país, el lente como un arma. Dijo que sí.
Ahora, los tenía otra vez frente a frente. Jóvenes
mujeres y hombres, incluso adolescentes. En la puerta
de la quinta de Olivos, Junio del 73, su primer trabajo.
Después vinieron miles: gente saliendo de universidades,
clubes, departamentos, casas, encontrándose en estaciones,
plazas… imágenes que lo llenaban de orgullo. Era imposible
hablar con nadie de su pasado, el país estaba dado vuelta,
aquello que treinta años antes había sido motivo de medallas
y honores, se había transformado en un riesgo de cárcel. Por
suerte nadie lo había nombrado nunca en ninguna causa.
Él trataba de no preocuparse por lo que podría pasar pero
a veces era difícil controlarlo. Cuando abría el diario o en el
noticiero se hablaba de un nuevo juicio, el pulso le temblaba,
y por un tiempo no lograba desprenderse de una sensación
de inquietud difícil de sobrellevar. No se arrepentía, la

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guerra se peleó desde todos los frentes, él daba el primer
paso, la investigación, las fotos, los datos que iniciaban el
principio del fin para los otros que había que exterminar.
Se detuvo en una foto en particular: las escalinatas de la
Facultad de Derecho, dos chicas bajan las escaleras, una de
ellas le llamó la atención, el nombre no se lo iba a acordar,
aunque de ella se acordara muy bien. El pelo lacio largo, sus
ojos celestes profundos, un cuerpo que lo hacía estremecer y
su sonrisa amplia dirigiéndose a la otra chica que, a su lado,
era insignificante. La sostuvo en la mano minutos eternos,
sabía cómo había terminado. Se encargó de saber de ella.
Mucho tiempo quiso creer que podía ser una de las elegidas
para la rehabilitación, hasta que le confirmaron su final: el
Río de la Plata, un vuelo de la muerte, unos meses después
de que él sacara esa foto. Todavía lo emocionaba verla.
Necesitaba prepararse un té. Dejó la foto en el escritorio y
fue a la cocina.
Estaba a punto de entrar cuando sintió un ruido, creyó
que el viento habría entrado por la ventana y tirado algo.
Pero no recordaba haber dejado la ventana abierta. Entró
a la cocina y ahí estaba ella mirándolo fijo, los mismos
ojos, apoyada en la mesada de frente a la puerta ¿Podía
ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Con paso apurado
regresó al estudio, con la respiración agitada buscó la foto,
cuando la tuvo en la mano, trastabilló, se sentó de golpe
en el sillón para no caerse: en la foto sólo quedaba la joven
insignificante mirando al vacío y de ella en la imagen ni el
rastro. Dio vuelta la foto como si pudiera haberse escapado
hacia la otra cara del papel, allí tampoco la encontró. Tomó
aire y entró a la cocina, ahí seguía ella en la misma posición

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sin hablarle, sólo miraba, parada delante de la mesada donde
él tenía que buscar sus cosas para el té.
No supo qué hacer, cerró la puerta y la trabó con una
silla bajo el picaporte, decidió irse a tomar el té al bar,
quizás cuando volviera ella se hubiese ido. Deseó que fuese
una mala pasada de su mente. En los últimos tiempos se
olvidaba algunas cosas, no encontraba los objetos donde
creía haberlos dejado, tenía que ir al neurólogo urgente.
Cuarenta minutos, un té cargado y una caminata más
tarde, puso la llave en la cerradura para entrar. Caminó
sigilosamente como si alguien durmiera y no pudiera ser
molestado. No fue a la cocina, primero fue a ver la foto. Lo
inesperado volvió a asaltarlo por sorpresa: las escalinatas de
la facultad estaban desiertas. Corrió la silla y abrió, tal como
lo imaginaba, las dos en la cocina lo miraban en silencio.
Se encerró en su habitación. Durante una semana no
volvió a ver las fotos, ni fue a la cocina, bajó al bar para cada
una de las comidas. Compró las cosas que necesitaba para
hacerse un té o un café e instaló una pava eléctrica en su
habitación. ¿Cómo seguir ahora? El neurólogo que lo vio de
urgencia no encontró nada fuera de lo común en la batería
de estudios y técnicas que le administró, en el motivo de
consulta omitió hablar de los aparecidos, no era cuestión
de quedar como un loco. Lo cierto es que aunque no los
quisiera nombrar ahí estaban, permanecían.
Cada vez eran más, en cada foto que iba a buscar se
encontraba con vacíos que directamente se convertían en
presencias en cada rincón de su departamento. Recuperó
la cocina e intentó vivir como si ellos no estuviesen. Los
días pasaban y la convivencia era cada vez más complicada,

18
no se puede vivir con gente que mira a cada momento de
tu vida. Salía un poco más pero no tenía dónde ir, y salir
presionado por los aparecidos era una forma de cobardía
que lo abrumaba. Hasta que tuvo la idea de exterminarlos
por segunda vez, la segunda muerte. Juntó todas las fotos en
una olla grande, las roció con alcohol, mucho alcohol, buscó
la caja de fósforos y le tiró uno al montón.

Los bomberos lograron apagar el incendio cuando para


él ya era tarde. No hubo que lamentar más víctimas.

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El último tren

El tren no llega. Odio esperar. Este andén parece un


cráter que se abre a mis pies y no paro de caer. Quiero irme
ya ¿para qué habré aceptado venir a este pueblo de mierda?
Siguiendo un amor, qué ingenuidad. Tendría que haberme
quedado en mi ciudad, no sé si sería feliz, pero al menos
no tendría esta grieta enorme que me atraviesa el corazón
y llega hasta el andén para que me caiga. Encima de noche;
con lo que odio caminar de noche estas calles, donde aún en
la oscuridad los ojos siempre miran y juzgan. En cambio en
Buenos Aires lo mejor es la noche, el anonimato, sus luces,
su música, sus bares.
No te voy a negar que quisiera estar volviendo con vos.
El rencor no me alcanza para mentir. Te odio y te amo tanto
a la vez ¿Cómo es posible? Dale, vamos a vivir a provincia,
necesito el aire limpio, el verde, la paz, Buenos Aires me
agobia, me enferma, ¿Cuántas veces me enfermé el último
año? Mis bronquios no dan más.
Sabías muy bien que no podía ir contra tal argumento,
tu salud es lo primero. Qué imbécil. La primera vez, cuando
bajé del tren, tuve que apoyarme en tu hombro porque casi
me caigo del espectáculo que tenía en frente. Un puñado de
negocios que no sumaban más que diez y un bar ocupando
toda una esquina, algunas casas y el campo ¿Qué hago acá?

21
pensé, pero no te lo dije, y cuando te miré, tenías esa sonrisa
que me derrite el alma; entonces sonreí, y te dije que me
gustaba, que acá ibas a respirar mejor, que fue una buena
decisión, que íbamos a ser felices.
Me esforcé, y cómo. Nunca me quejé. Viajé cada día
dos horas de ida y dos de vuelta a mi laburo. Me fui cada
mañana dándote un beso y sonriendo y volví cada día
con otra sonrisa para vos. La gente no me caía nada bien,
chusmas, todos viejas chusmas: hombres, mujeres, jóvenes
o niños. Los primeros tiempos fuimos los extranjeros, hasta
que empezaron a saludarnos por el nombre. Mostraban más
afinidad con vos, te les metiste bajo la piel, se notaba que te
adoraban. Siempre te hablaban amigablemente, a mí apenas
me dirigían un saludo con la mano o una inclinación de
cabeza. Claro, yo nunca estaba y vos siempre pendiente de
ayudar a los vecinos y adentro del club organizando una
cosa y otra. Además, estaba tu enfermedad. Te encargaste
de contarles los terribles tratamientos que habías pasado,
que habías elegido el pueblo para recuperarte, lo importante
que era para vos quedarte en casa y disfrutar de una vida
apacible. Sabían que necesitabas todos los cuidados que yo
te daba.
A pesar de todo, estos últimos meses empecé a
acostumbrarme, y hasta un poco el gusto le tomé a esta
tranquilidad avasallante. Incluso ansiaba la hora de volver
a casa.
Hasta que un día me dolió una muela.
Ya me molestaba cuando tomé el tren a las seis y media
de la mañana, intenté no darle bola, un analgésico y listo.
Bajé en Retiro, compré un agua y me tomé una pastilla

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esperando el alivio que nunca llegó. Para el medio día ya no
aguantaba más, no podía ni pensar. Le pedí permiso a mi jefe
y me fui. Llamé a mi dentista y conseguí que me atendiera
de urgencia. Terminé, todavía con dolor, esperando el tren
dos horas antes de lo habitual. Bajé en nuestra estación
sintiéndome un poco mejor y hasta con cierta alegría de
disfrutar un par de horas más de ese día juntos. Caminé las
cuatro cuadras hasta casa, abrí el portón, la perra me saltó y
me movió la cola como única bienvenida. Fui por la puerta
de atrás, cuando estaba a punto de tocar el picaporte levanté
la vista, a través del vidrio partido de la puerta, los vi: los
dos desnudos bailando un tango, y te miro y se te ve feliz,
como pocas veces te vi conmigo, siento que la cabeza me
va a explotar, me quedo inmóvil, ahí, mano en el picaporte
y pies estaqueados al piso por unos segundos que se hacen
eternos, hasta que reacciono.
Me di media vuelta y me fui, le pegué una patada a tu
perra que pegó un grito que espero hayas escuchado. Volví
a la estación como por inercia ¿A dónde iba a ir? Esperé
el siguiente tren a Retiro, finalmente a la de media hora lo
tomé. Unas estaciones después bajé y me crucé a un bar a
tomar un café y a hacer tiempo.
La cabeza me daba vueltas, no sabía qué pensar, y tus
palabras para convencerme de mudarnos no paraban
de resonarme como un eco eterno, ¿habrá sido antes o
después? ¿Cuándo empezaste a engañarme? No sé si quiero
saberlo alguna vez. Calculé la hora y tomé el tren que me
correspondía. Llegué a casa y te encontré pintando como si
nada. Yo igual, como si nunca me hubiese encontrado, esa
misma tarde, con la imagen de la traición.

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Cenamos como todos los días, te dije que me dolía la
muela y me fui a dormir temprano, en realidad no pude
pegar un ojo. Cuando me aseguré que dormías, me levanté
y en silencio junté un par de cosas indispensables y me fui
para no volver.
Acá estoy, esperando el último tren, no vuelvo más, no
sé a dónde ir, no tengo a dónde ir sin vos, caigo finalmente
en la cuenta de que no tengo a nadie en el mundo más que
a vos, sin embargo no quiero simular. Las luces del tren que
se acerca se hacen cada vez más grandes, de repente tienen
tu rosto y tu cuerpo desnudo, parpadeo. No es posible, y aun
así, ahí estás, en esas luces, entonces, salto a tu encuentro.

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Herencias

España, 1937

Florencia abrió los ojos a un cielo celeste. Ese cielo que la


había visto nacer y crecer la encontraba ahora, a sus veinte
años, recostada en los campos en las afueras de su pueblo,
cerca del frente de batalla con ropa de miliciana, pañuelo
rojo al cuello y un viejo fusil a su derecha y a su lado, Andrés.
Se habían conocido en las reuniones del POUM, ella era
maestra y daba unos discursos que dejaban la boca abierta
de todo el auditorio. Él la escuchaba sin pestañear y, desde el
primer día que la vio, supo que sería su compañera.
Andrés era un campesino que participaba fervientemente
del movimiento, sostenía sus opiniones con la sabiduría que
da la experiencia y el amor por su tierra y su gente. Cuando
estalló la guerra los encontró juntos.
Se levantaron esa mañana de verano y se dirigieron al
encuentro de su tropa. El grupo, de no más de diez personas,
se encontraba discutiendo. Había que decidir si integrarse al
Ejército Popular o no. Manuel creía que perderían su propia
identidad de milicianos, además de arriesgarse a que el
Partido Comunista se cobrara muy caro el favor de entregar
armas. Jordi en cambio, sostenía que no había modo de

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ganar ninguna guerra sin armas y entonces la revolución
quedaría perdida para siempre. Habló entonces Camilo.
—Votaremos. Los que estén a favor de aceptar
incorporarnos al Ejército Popular levanten su puño
La mayoría eligió las armas, esa decisión significaba
aliarse al Partido Comunista. Florencia y Andrés se miraron
sabiendo lo que ambos pensaban, eso no era bueno.
De la aldea en la que ellos habían crecido quedaba un
escenario muy distinto. Ambos recordaban los colores y los
olores de su pueblo: las puertas de las pequeñas casas, las
flores adornando ventanas, los caminos por los que pasaban
las carretas, el color gris piedra brillante de las paredes.
El paso de la tropa y el tiempo lo habían cambiado todo,
ahora caminar las calles era apenas soportable, la mugre
los desbordaba, sus botas pisaban desechos acumulados de
todo tipo, la mezcla de olores generaba un malestar extra.
Unas semanas después llegó Camilo de vuelta de una
reunión, con novedades. Intentaba sonreír, sin embargo, la
sinceridad de su rostro se lo impedía, sus ojos expresaban
el cansancio y la tristeza. Una de las noticias era que las
mujeres ya no podrían ir al frente, solo podían cocinar o
ser enfermeras. El Partido Comunista no entendía el lugar
de la mujer como el POUM. Florencia protestó sin éxito.
Luego se acercó a Andrés y juntos fueron a buscar las pocas
pertenencias que a ella le quedaban: un vestido con flores
que su madre había hecho para ella antes de que partiera,
un par de medias, un pañuelo rojo y nada más. El dolor
le atravesaba el cuerpo. No era sólo no poder luchar, era
el principio del fin. El bando republicano comenzaba a
dividirse sin retorno.

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No había terminado de juntar sus cosas, cuando oyeron
el ruido de camiones acercándose por la carretera. En las
puertas podía leerse PC. Un jefe uniformado se bajó del
primer camión, dio la orden al resto de descender, lo que
parecía ser la llegada de los ansiados refuerzos, terminó
siendo la confirmación de la traición
—A partir de hoy el POUM es un partido ilegal no
reconocido por el gobierno republicano, entreguen las
armas y vuelvan a sus pueblos, salvo Andrés y Camilo:
quedan detenidos.
En vano insultaron y gritaron pidiendo por los suyos, los
apresaron a ambos.
Florencia volvió a su aldea con la certeza de no volver
a ver jamás a sus camaradas. Cuando la vieron llegar, sus
padres y los niños de la familia salieron a su encuentro
corriendo hacia ella. Estaba sucia, no podía contener las
lágrimas y la derrota se le escapaba por los poros. Su padre
la abrazó con fuerzas, con orgullo.
Un tiempo después los republicanos perdieron la guerra.
La mañana que los nacionales entraron al pueblo, juntaron
a todos los que habían formado parte de la revolución frente
a la iglesia, los obligaron a andar por horas camino a una
aldea vecina, antes de llegar, en una cuneta los fusilaron. Sus
familias nunca supieron qué fue de ellos, los cuerpos fueron
enterrados, junto con los republicanos de otro pueblo, en
una fosa común.

Argentina, 1977

Ana volvía una y otra vez a pensar en ese recuerdo. Al

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momento que se transformó en bisagra, en un punto sin
retorno, la noche anterior al 20 de Junio de 1973 como
si volver allí pudiera cambiar la historia. Pintaba sobre la
mesa de un aula de la Facultad una bandera. Junto a ella se
encontraba un grupo de compañeros montoneros. Gracias
a ellos Perón volvía al país. También estaba Fernando, su
compañero, había decidido formar parte del cambio social
que los rodeaba, harto de ver cómo su padre se deslomaba
en una fábrica para llegar apenas a fin de mes. Historia que
se repetía con él, aunque no la misma: él era el delegado
de la fábrica donde trabajaba. La tortilla al fin iba a darse
vuelta.
Al día siguiente iban todos juntos hasta Ezeiza a recibir al
Viejo. Terminó de pintar PERÓN VUELVE y le dirigió una
mirada triunfal al resto. Se despidieron en la puerta de la
universidad con la promesa de encontrarse al día siguiente.
Ella y Fernando se fueron al departamento donde él vivía
cerca de allí.
Después el recuerdo de Ana se vuelve borroso. Quizás sea
el dolor de la traición, el dolor de la derrota, de las utopías
perdidas. Sí, se acuerda bien con el fervor que recorrieron
los kilómetros que separaban la facultad del Puente 12 en
Ezeiza, donde suponían la gloria. Duró poco. Comenzaron
los disparos y las corridas, la derecha peronista les tiraba
a matar. Ella y Fernando pudieron huir juntos. Peor fue
después, cuando el Viejo les echó la culpa a ellos. Tocar el
cielo con las manos se había transformado en un infierno,
en una trampa mortal.
En todo esto pensaba Ana, una mañana del invierno del
77, mientras esperaba subirse a un colectivo que la llevaría

28
hacia una provincia en el interior. Hacía demasiado tiempo
que había pasado a la clandestinidad y que Fernando ya no
estaba con ella, lo habían chupado. En los días previos, en
un encuentro furtivo, un compañero le había habilitado
los datos del lugar dónde tenía que viajar y quien la iba
a recibir. Su rostro había cambiado notablemente desde
aquel invierno esperanzador del 73. La comisura de los
labios delataba el dolor, sus ojos eran tristes, su cansancio
se filtraba en cada uno de sus gestos. Subió al micro. Todo
lo que tenía era un bolso en el regazo con apenas algunas
cosas. Cerró los ojos acunada por el ruido del motor que ya
había comenzado a andar.
Sintió una mano en el hombro que la sacudía. No tenía
idea de cuánto tiempo había pasado, el sueño la había
trasladado a otro mundo. Hacía mucho que no dormía.
Cuando abrió los ojos la esperaba la pesadilla. Unos ojos
marrones asomaban debajo de un casco del ejército.
—Bajate ya.
Fue todo lo que dijo. La subieron a los golpes y empujones
a un Falcon verde, mientras el resto de los pasajeros miraba
por la ventanilla. Alcanzó a darse vuelta para ver por última
vez el cielo por encima del hombro de los milicos que la
agarraban con una fuerza feroz. El chofer cerró la puerta
del micro, arrancó y se fue. A Ana la tiraron en el piso del
auto apoyando los pies sobre ella. La encapucharon y le
ataron las manos. Nunca supo dónde fue. El auto anduvo
horas hasta atravesar las puertas del centro clandestino
donde finalmente moriría ese mismo invierno. La fusilaron
contra un paredón cuando, después de torturarla, ella no
cantó. Su cuerpo se encuentra en una fosa común en algún

29
cementerio del conurbano bonaerense.

30
Engaño

Sonó el teléfono tres veces y se cortó. Diez días esperando


escuchar el maldito aparato con la señal que los comunicaba
antes de levantar el tubo. No quería que su madre empezara
con las preguntas y las frases condenatorias, quería ser ella
la que atendiese los llamados de Andrés. Dejá Mamá, yo
atiendo. Angélica apretó los dientes, tanto como las noches
anteriores en las que se había despertado con la mandíbula
dolorida. Hola, Andrés. Y del otro lado las excusas de
siempre. Perdonáme, amor, es mi mujer, estuvo enferma, no
pude ir, y además los chicos…, y las interrupciones en voz
baja. Qué mierda me importan a mi tu mujer y tus hijos.
Hace un mes que no nos encontramos, que ni me llamás ¿y
ahora me decís esto? Si no venís este fin de semana, no me
ves más el pelo ¿entendiste? Cortó enojada por el verdadero
corte, el que no podía, de una vez por todas, hacer.
Si Angélica hubiese sabido lo que iba a pasar ese fin de
semana, no le habría insistido en que fuera a verla. Quizás
hubiese dicho: se terminó, no vengas, nunca vas a dejar a tu
mujer. Y cortar sin bronca, resignada, y llorar a mares, hasta
que con el tiempo, la pena pasara.
Fumó sin parar los días que separaron la llamada
telefónica de la visita prometida. Pará un poco, te va a hacer
mal, le dijo su compañera del local de ropa donde trabajaba

31
cuando la vio prender el quinto cigarrillo del día a las nueve
de la mañana. Si no fumo reviento, contestó Angélica entre
pitada y pitada.
Para cuando llegó el sábado a la mañana, Angélica había
fumado más cigarrillos en cuatro días que en un mes entero
y había ingerido los mínimos alimentos para la subsistencia,
pasando malas noches de insomnio.
Lo esperó a las ocho de la noche de un invierno que
sacaba vapor por la boca, en la puerta de su casa, afuera
como hacían siempre, parada bajo el árbol que había crecido
con ella en esa vereda. Vio las luces de la camioneta doblar
en la esquina. Andrés frenó cerca del cordón y se estiró para
abrir la puerta, Angélica se subió, él quiso darle un beso en
los labios que terminó en su mejilla porque ella le corrió la
cara. Salieron camino a la ruta, rumbo al centro del pueblo.
Cuando él empezó su discurso ella lo supo.
—Esto no va más Angélica, mi mujer está muy enferma
no la puedo dejar sola con los chicos y venirme acá.
Y ella con lágrimas corriendo como ríos le rogó que no le
hiciera eso, que ella se iba con él donde le dijese, y él, que no
iba a cambiar de opinión, que lo tenía decidido. Sos un hijo
de puta ¿te olvidaste todo lo que pasamos juntos? Hace tres
años que lo único que hago es esperarte, ¿ya no me amás?
Yo te amo, le podés pasar guita, ayudarla, pero no necesitás
vivir con ella. Él apretando el volante negaba con la cabeza.
En ese momento, ella lo miró. Clavó la mirada en su cara y
después en el anillo que aún llevaba en el anular izquierdo,
un anillo de oro, grueso. Vio en su mirada que no había
vuelta atrás. Dejó repentinamente de llorar, supo que lo iba
a hacer. Cuando giró la cabeza hacia adelante se encontró

32
las luces de un camión de frente que la encandilaban.

Lucía entre sueños escuchó sonar el teléfono, los números


rojos en su mesa de luz decían que eran las dos de la mañana.
Ni bien se despertó supo que eran malas noticias, nadie
jamás llamaba a esa hora. Se apuró a levantarse descalza a
pesar del frío.
Hola, atendió con apenas un hilo de voz.
—¿Con la Señora Lucía Perrone?
—Sí, ella habla.
Mientras respondía ya no le quedaba duda de que se
trataba de una tragedia. Escuchó las palabras comisario,
el nombre de un pueblo que alguna vez había mencionado
Andrés, accidente, ruta y morgue. Cortó anestesiada por
palabras que carecían del peso de la realidad, y aun así eran
ciertas. Andrés muerto. Se sentó en el sillón con la mirada
fija en ningún lugar cuando sintió ruidos cercanos, su hijo
mayor le decía algo que no llegó a entender.
Todo lo que pudo decir fue: llamá al abuelo, Pablo, decile
que venga, ya.
Al día siguiente Lucía iba camino a buscar el cuerpo de
Andrés. No estaba en condiciones de decidir nada. Su padre
tomó todas las decisiones desde el llamado, él no podía ser
un compañero mejor, callado y respetuoso de los silencios
ajenos.
Tres horas de viaje y llegaron a la rotonda de la ruta
con el nombre del pueblo que había llevado a Andrés a la
muerte. Lo odió antes de haber puesto un pie ahí, era la
tierra del dolor por venir. Cuando estacionaron frente a la
comisaría un policía se acercó a recibirlos. Era un pueblo

33
demasiado chico como para tener alguna duda de quién era
esa mujer que bajaba del auto con unos anteojos negros que
no alcanzaban a esconder la tristeza. El policía la saludó con
un respetuoso lo lamento Señora, la acompaño en el senti-
miento, para llevarla directo a la oficina del comisario. Se
sentaron frente a un escritorio, el comisario dijo palabras de
rigor y cuando Lucía preguntó por las causas del accidente,
dijo que todavía no se sabía, que la sobreviviente estaba
inconsciente internada en el hospital, entonces no había
ninguna versión oficial, suponían que el camionero se
había dormido… Lucía interrumpió para preguntar ¿El
camionero iba con una mujer? El comisario se acomodó en
la silla, se pasó un pañuelo por la frente, tosió y dijo que el
que iba acompañado era su marido. Lucía pensó que, por
cansancio, seguro había entendido mal, le pidió que por
favor le repitiera. Otra vez incómodo el comisario repitió las
mismas palabras, Señora lo lamento el que iba acompañado
era su marido. Y agregó: con la hija de los Aguirre. Su padre
atinó a dar las gracias y a preguntar qué había que hacer
para trasladar el cuerpo mientras su hija miraba por la
ventana a un cielo celeste sin nubes, con la vista perdida
en pensamientos que no podía ordenar. Volvió cuando
la voz del padre la llamaba con una lapicera en la mano,
firmó papeles que para ella no decían nada y salieron de la
comisaría rumbo al auto. Cuando estuvo sola con el padre
le pidió que la llevase al hospital. No, hija, ¿para qué?, le
contestó él. Lucía con la mirada clavada en los ojos de su
padre, le dijo que la llevaba él o se iba caminando sola, que
de ese pueblo de mierda no salía sin hablar primero con esa
hija de puta. El padre bajó la vista y dio arranque al auto.

34
Lucía entró al hospital dando pasos errantes que obligaban
a su padre a tomarla cada vez más firme del brazo, fue a la
recepción y dijo con una convicción sorprendente que era la
prima de la chica de Aguirre que venía a verla desde Buenos
Aires. La mujer con delantal celeste le indicó, con un gesto de
consuelo, el lugar donde estaba. No pensó en la posibilidad
de encontrarla acompañada, no podía pensar en nada. Una
fuerza interior la movía a buscar a la mujer que viajaba con
su marido el día del accidente. Cuando llegó a la puerta de
la habitación comprobó que sólo había una mujer postrada
en una cama llena de cables y vendas. La pendeja que tenía
enfrente no iba a poder decirle ni una palabra que sirviera
de algo. Parada a los pies de la camilla mirándola a los ojos
se dio cuenta de que ya nada que escuchara cambiaría la
historia.

Angélica se despertó al día siguiente del accidente y se


descubrió a sí misma llena de cables e inmovilizada por
el dolor. Lo primero que vio fue el rostro lacrimoso de su
madre que se secaba las lágrimas con un pañuelo gastado.
La miró, intentó que su mirada comunicara lo que no podía
decir con palabras. Aunque quería hablar no salía ningún
sonido de su boca. Pasaron unos minutos hasta que su mamá
se dio cuenta de que su hija había despertado. Escuchó a su
mamá llorar con más fuerza, con sollozos ahogados. ¡Hija!
te despertaste, hija, voy a buscar al médico. Su madre se
perdió en un espacio ajeno a su mirada. Por más esfuerzo
que hiciera en esos interminables minutos en que su madre
no volvía, no encontraba en su memoria ningún recuerdo
que la llevara hasta allí ¿Qué hacía en el hospital?

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Estaba intentando recordar cuando una mujer entró a la
habitación y se paró a sus pies ¿Quién era? No había modo
de poder unir esa imagen con alguien que conociera, la
mujer en un incipiente gesto parecía querer abrir la boca en
un intento vano que quedó truncado antes de ser. No emitió
sonido. Se acomodó el pelo en un gesto mecánico; ahí fue
cuando Angélica vio su mano y el anillo, dorado y grueso,
cerró los ojos. En un torrente imparable y en cuestión de
segundos volvieron escenas como flashes, diapositivas que
no paraban de pasar: ella en la camioneta con Andrés,
Andrés y su cara inmutable diciendo que la dejaba, su mano
izquierda en el volante, el anillo de casado, ese anillo, y ella
Angélica que no aguantó y decidió en un segundo tomar el
mando de sus destinos, se tiró sobre el conductor y en un
volantazo certero cruzó la camioneta de mano en la ruta en
el instante exacto en que un camión venía de frente.

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Barril

A mi abuela Lola, porque me regaló esta historia.

Esa noche la despertó un ruido fuera de lugar. Sus


padres habían salido a la feria de San Simón y no iban a
volver hasta el día siguiente. Amada se levantó y bajó los
seis escalones que separaban su habitación de la cocina. Los
escuchó discutir. Cuando miró hacia afuera por la puerta
entreabierta descubrió el barril de vino, que sus padres
venderían en la feria, roto.
Tenía quince años. Ella, junto a su familia y su pueblo,
intentaban continuar con sus vidas en la medida que les
fuera posible. Habían tenido cierta suerte. Su padre Rafael
se encontraba enfermo cuando estalló la guerra, por eso
estaba en la casa, aunque no se sabía por cuánto tiempo.
Su amiga Carmen, en cambio, vivía sola con su abuela.
Su mamá y su papá habían escapado a zona republicana un
año antes cuando habían corrido los primeros rumores del
avance de las tropas nacionalistas en Galicia.
Caminó en puntas de pie, se acercó para poder escuchar
por qué discutían, incluso para descubrir por qué el barril,
con el vino tan preciado estaba roto. Imaginó que entre
los caminos de montaña la carreta habría avanzado con
dificultad y quizás se les había cruzado un animal o una
piedra enorme, provocando un vuelco inevitable. Sin ser
vista, observó de cerca a sus padres, no estaban lastimados.

37
—Mujer, es una cuestión de humanidad
Escuchó decir a su padre. Sus gestos delataban
preocupación, incluso tristeza. Y a su madre con voz
temblorosa:
—Vamos a tener problemas, Rafael, acuérdate lo que te
digo.
Sus padres estaban a punto de entrar. Corrió escalera
arriba. Su madre cruzó la puerta de la cocina refunfuñando,
puso la pava al fuego y se sentó en una de las sillas que
rodeaban la pequeña mesa.
Su padre trataba de tranquilizarla, la abrazaba y buscaba
calmarla. Su madre lloraba. Se paró y abrazó a su marido.
La pava hervía en el fuego. Amada se acostó escuchando ese
silbido y a su corazón latir muy fuerte y ya no pudo dormir
en toda la noche.

Aquella tarde su padre había cargado el barril con vino en


la carreta. La feria de San Simón era, en esos días, una de las
pocas oportunidades de poder ganar unos pesos más allá de
la poca comida que tenían, descontando la mayor parte que
se llevaban los patrones. Todo estaba convulsionado, nada
podía guardarse. Los nacionales habían tomado hacía un
tiempo el territorio y si se encontraban con alimentos, los
llevaban para la tropa. Lo que se obtenía se consumía o se
vendía. Rafael llamó a su mujer Ofelia, ella salió secándose
las manos en el delantal que llevaba atado a su cintura. Le
dijo que tenían un barril de vino, unos huevos y apenas un
par de litros de leche. Era poco pero ambos coincidieron en
que irían de todas formas.
La mujer volvió a las tareas que la tenían ocupada todo

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el día adentro de su casa pequeña, mientras sus hijos y su
marido trabajaban en el campo sin descanso.
Salieron esa noche con las pocas cosas que habían
reunido, tenían que viajar toda la noche para poder llegar
cuando amaneciera. Despidieron a sus hijos. Amada estaba
a cargo por ser la mayor, tenía orden de dar de comer a sus
hermanos y acostarlos. Cenarían lo mismo que todos los
días: pan negro, mojado en vino con apenas unas cucharadas
de azúcar. Los padres se subieron al carro y comenzaron a
andar.
Recorrieron los caminos de montaña que conocían de
memoria sin decir una palabra. Vivían tiempos en los que
era difícil encontrar qué decir. Después de unas horas de
marcha, vieron algo que les llamó la atención. Rafael tocó
el brazo de su mujer y le señaló el bulto al costado del
camino. Frenó la carreta. A unos pasos de distancia ya
podía distinguirse que se trataba de una persona, aunque
no podían ver en qué estado se encontraba. Él se arrodilló al
lado del cuerpo, Ofelia se mantuvo de pie a unos centímetros
de distancia. Era un hombre boca abajo, sus ropas estaban
sucias y sus pies descalzos. Cuando Rafael lo dio vuelta se
encontró con la cara del padre de Carmen, deformado por
los golpes. Sin dudas era José. Habían sido vecinos toda la
vida. Ofelia paralizada se llevó las manos a la boca para
ahogar un grito y un llanto que apenas pudo contener y
se filtró entre sus dedos. Él la miró, le dijo que no podían
dejarlo ahí, ella respondió que estaba loco si pensaba entrar
al pueblo con un muerto en la carreta, menos con un muerto
republicano, éso y una sentencia de muerte eran la misma
cosa. Estaba claro, sin embargo, no iba a dejar a José tirado,

39
a merced de los animales, como si fuera poco menos que un
perro. Eso argumentó, que hasta los perros eran sepultados
en su pueblo.
Rafael miró a su alrededor buscando una respuesta.
Dejar a José ahí no era una opción. Dio vueltas caminando
alrededor de su mujer, el muerto y la carreta. Cuando levantó
la vista se encontró con el barril de vino. Le pidió ayuda a su
mujer para bajarlo. En silencio, lo empujó al suelo tirando
todo su contenido que fue absorbido en un segundo fugaz
por la tierra. Ofelia miraba a su marido sin entender, hasta
que vio como él hacía rodar el barril vacío hasta el cuerpo
de José. En ese momento entendió. Rafael volvió a pedirle
ayuda. Él sabía lo que pensaba su mujer: no debían meterse,
igual, Ofelia obedeció. Como pudieron metieron el cuerpo
de José dentro del barril. Lo subieron a duras penas a la
carreta. Desanduvieron el camino.
Cuando llegaron a la aldea, el pueblo entero dormía. Se
acercaron a la parte trasera de la casa de José y allí dejaron
su cuerpo.
Volvieron a su casa con el barril roto.

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Rescate

Mamá me despertó a las sacudidas. Siempre que pasa


algo que la pone nerviosa me despierta así ¿viste? Me agarra
del brazo y me dice: levantáte Juana, dale levantáte. Yo
ya sé que si me llama de esa manera es porque pasó algo.
Bueno… algo… casi siempre es mi papá. Ellos se pelean
todo el tiempo. Mi mamá se enoja y le grita cosas re feas,
que es un inútil, que no sirve para nada, que se la pasa en
el bar. Él a veces se calla y la deja que hable, o se mete en
el baño y cierra la puerta. Ella no siempre para cuando la
deja hablando sola, sigue y sigue, llora y cuando está muy
enojada empieza a tirar las cosas. Ahí mi papá le dice que es
una loca y se va dando un portazo. Entonces ella se calma
empieza a juntar los pedazos de lo que rompió y repite: vos
tranquila, Juana, vos no te preocupes, aunque yo no haya
dicho nada.
Así fue ayer, yo estaba sentada en la mesa de la cocina
haciendo la tarea, tenía que contestar un montón de
preguntas de los Mayas. Los indios que antes vivían en
América, bueno, yo estaba concentrada escribiendo y
mi mamá cocinaba. Yo ya me di cuenta de que no estaba
contenta porque le pregunté algo que no entendía y ni
me contestó. Así que me las traté de arreglar sola. Tenía el
manual que nos dio la Seño ¿a vos te dieron? Lo regalaron

41
¿viste? A mí me gustó mucho. Nunca tuve un libro mío.
Bueno, te decía, estaba escribiendo de los indios esos cuando
escuché la puerta. Era mi papá, ahí nomás mi mamá arrancó
de vuelta con la cantinela, como dice él, y no paró. Le dijo
que la tenía harta, que ella trabajaba como negra para que
tuviésemos las cosas, que gracias a ella teníamos la casa y
ya no sé cuantas otras cosas más. Yo pensaba: papá metete
al baño, pero él nada, le contestaba y ya gritaban tanto que
ni me acordé de mi tarea y aunque no me moví de la silla
me tapé los oídos y cerré fuerte los ojos. Empecé a rezar
lo que me enseñó mi abuela, ¿vos rezás? La que yo sé dice
así: Ángel de la guarda dulce compañía, no me desampares
ni de noche ni de día... Mi abuela me dijo que así tu ángel
viene a cuidarte. Se ve que me escuchó porque mi papá se
fue. Igual a mí no me gusta mucho cuando se va, si está muy
muy enojado ya no vuelve por muchos días y yo lo extraño
porque siempre me hace chistes y me hace reír y jugamos
a las cartas. Mi mamá nunca tiene tiempo. No puedo, hija,
tengo que hacer las cosas, me dice siempre. Pero bueno, si
están peleando mucho, mucho por ahí es mejor que se vaya.
Ya no pude ni terminar la tarea porque mi mamá no paraba
de llorar y aunque era temprano me dio unos fideos con
manteca y me mandó a dormir. Guardé todo en la mochila,
comí y me fui a la cama. Me costó que el sueño viniera pero
se ve que lo logré porque después lo que me acuerdo es que
mi mamá me sacudía el brazo. Mientras trataba de abrir los
ojos me dijo: Dale, dale, el agua. Escuché la lluvia, sonaba
muy fuerte, pero no entendí hasta que bajé de la cama y
me mojé toda. Encima el agua estaba fría y crecía, ya la
teníamos cada vez más arriba, casi llegaba al colchón. Mi

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mamá lloraba y decía: ¿Qué vamos a hacer? Vos tranquila,
Juana, vení. Yo estaba muerta de miedo, me llevó hasta la
mesada de la cocina, llegué a agarrar justo a mi muñeca para
salvarla, una de pelo negro con dos trenzas que me regaló
papá. No podía caminar mucho porque el agua me llegaba a
la cintura, mi mamá me tiraba del brazo para que alcanzara
rápido la mesada, me subí como pude. Ella me ayudó. Nos
sentamos las dos y vimos el agua subir más todavía ya casi
nos alcanzaba y mi mamá empezó a gritar: ¡Auxilio, que
alguien nos ayude! y me abrazaba y me decía: Vos tranquila,
Juana. Yo ya no aguanté y me puse a llorar bajito; después
ella se paró y en puntas de pie trató de llegar a una ventanita
que hay en la cocina para gritar más fuerte. Pensé que lo
mejor era llamar al ángel de nuevo. Me puse bajo el brazo
a Pepona, mi muñeca, me abracé las piernas, cerré fuerte
los ojos, y repetí de nuevo ese rezo que te conté. Entonces
se ve que el ángel me escuchó de nuevo, oí un golpe fuerte
y otro más y la puerta se abrió. Apareció mi papá con un
bote y como siempre me hizo un chiste: ¿Usted pidió un
remis, Señorita? y ahí nomás saltó del bote y caminó hasta
la mesada, con el agua que ya le llegaba más arriba de la
cintura; le dio la mano a mi mamá para que saltara y me
agarró fuerte a mí. Vos no dejes caer a la pepona eh, me dijo
y me abracé fuerte, fuerte, a su cuello con un brazo y con
el otro agarré bien a mi muñeca. Mirá qué linda es, la salvé
yo. Así llegué acá ¿y vos? ¿Cómo viniste? ¿A vos también te
rescató tu papá?

43
Yo no sabía

Hacía unos seis meses que mi hermano Federico se había


ido de viaje. Mi vieja intentaba cubrir el vacío que había
dejado con sus versiones. A mi corta edad me daba cuenta
de que no eran más que sus deseos: está en la costa con una
chica que conoció, se fue allá porque la familia de la chica
está muy bien y el padre le va a dar trabajo a Fede ¿sabés?
Yo no podía dejar de preguntar miles de cosas: ¿Por qué
se fue sin saludar? ¿Cómo nunca conocimos a la chica? (que
para ese entonces ya tenía nombre: Liliana) ¿Va a llamar
alguna vez? ¿Va a volver?, hasta que mi viejo pegaba un grito
—Acabala de una vez, no preguntes más, ¿no te das
cuenta de que a tu madre le hace mal?
Mi vieja, en silencio, se secaba las lágrimas con el delantal
y seguía haciendo lo que fuera que estuviese haciendo
cuando yo había empezado a preguntar.
La verdad yo lo extrañaba horrores, Federico tenía diez
años más que yo, era mi ídolo, lo sigue siendo. Todo lo que
hacía o me enseñaba, para mí, era parte de un culto personal.
Lo que más compartíamos era el fútbol. Los domingos a
la mañana me despertaba con un dale cabezón arriba, y
nos íbamos derecho al jardín a patearnos penales hasta la
hora del almuerzo. Éramos fanáticos de Boca. Íbamos a
la cancha desde que teníamos edad para salir sin mamá.

45
Era nuestra salida sagrada. La única que hacíamos los tres
hombres solos. La casa, después del viaje de mi hermano,
cambió demasiado. Mis viejos estaban tristes y amargados.
Yo lo atribuía a su ausencia y a cuánto lo extrañábamos los
tres. Era junio del setenta y ocho, yo tenía doce años y había
muchas cosas que aún no sabía.
Me acuerdo de la conmoción en la escuela. Todos
hablaban de fútbol sin parar, maestras y chicos. Juan Gómez
era mi mejor amigo y estaba fascinado por que se venía el
Mundial. Él era el más fanático del grado, el segundo era yo.
—¿Viste cómo va a armar Menotti el equipo? — y ahí
recitaba de memoria — Fillol, Olguín, Galván, Pasarella,
Tarantini, Gallego, Ardiles, Kempes, Bertoni, Luque y Ortiz.
En el patio de la escuela no se hablaba de otra cosa, y
en el aula tampoco. Las maestras pedían que escribiéramos
narraciones y trabajos prácticos sobre el Mundial y la
Argentina unida y en paz.
Yo no podía evitarlo: el Mundial era una fiesta para mí
también. Fiesta que se terminaba cuando cruzaba el umbral
de mi casa.
Mi viejo me despertó una mañana, más precisamente
la del primero de Junio, día que empezaba el Mundial, se
sentó en la cama vacía de Fede y dijo que tenía algo muy
importante que decirme.
—Escuchame, Manuel, tenés totalmente prohibido ver o
hablar del mundial en esta casa ¿estamos?
Su tono y su gesto tenían tal firmeza que la pregunta por
el por qué no salió de mi garganta. Todo lo que me escuché
decir fue, sí papá. Se levantó, los hombros caídos y el paso
lento, y salió de la habitación. Entendía que estuviera triste

46
pero ¿acaso era mi culpa?
¿Qué tenía que ver yo con que Fede se enamorara y se
fuera? Lo odiaba, tanta admiración que había sentido por mi
hermano se empezaba a transformar en bronca, él se había
ido a la mierda y era yo el que me quedaba sin Mundial.
¿Cómo iba a hacer para ver y poder comentar con mis
amigos los treinta y ocho partidos si no me dejaba verlos?
Los de Argentina eran los que me quitaban el sueño. Esa
noche no dormí: necesitaba una excusa para poder estar en
la casa de Juan al día siguiente a las siete de la tarde para ver
Argentina- Hungría. No era fácil encontrar una explicación
válida que mi viejo aceptara. Nunca llegué a hablar estos
detalles con él. Creo que lo convenció mi vieja, él habrá
elegido creer: el nene se va a quedar en lo del amiguito a
hacer un trabajo para la escuela, lo invitaron a cenar y a
quedarse a dormir. A cenar sí, a dormir no, a la hora que
terminen de comer lo busco, fue todo lo que contestó mi
viejo.
El partido en lo de Juan fue una experiencia rara. El
padre de Gómez me produjo una extraña impresión. Mi
amigo nunca había hablado del padre. Me enteré esa noche
de que el tipo era policía porque lo primero que me llamó
la atención cuando entré a la casa fue un arma arriba de la
mesa, cuando Juan siguió el curso de mi mirada aclaró: mi
papá es policía. El tipo conmigo era atento, intentando todo
el tiempo que esté cómodo: nene vení, comete algo, sentate
acá, ¿así que en tu casa no ven fútbol?, y yo, gracias señor, no
señor, sí señor, ¿Qué le iba a explicar? Ni yo tenía la menor
idea de por qué mi viejo, que había amado toda la vida el
fútbol, se perdía ahora la posibilidad de ver los partidos,

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incluso de ir a la cancha.
Junto con el entusiasmo por el fútbol, el Señor Gómez
trataba muy mal a su mujer. Cosa que hasta entonces yo
nunca había visto. Le gritaba todo el tiempo, la tenía de
sirvienta, y lo que más me llamaba la atención era que la
Señora Gómez agachaba la cabeza y ni contestaba. Mientras
tanto Juan se reía.
Por lo demás, el partido fue un éxito: dos a uno triunfo
para nosotros, con goles de Luque y Bertoni. El viejo de
Gómez gritaba los goles: para ustedes, putos; ahora vengan
a decir que la Argentina no es una fiesta, vayan a Europa a
decir que no se vive en paz acá ¡vamos carajo! y otras cosas
como esas que yo escuchaba por primera vez y no entendía
en lo más mínimo. A las diez de la noche mi papá me fue a
buscar. Cuando subí al auto traté de disimular la alegría pero
al final cuando llegamos a casa me preguntó cómo la había
pasado y si había salido todo bien, incluso creo recordar que
me palmeó el hombro y esbozó una sonrisa.
Durante ese mes me las ingenié como pude. Algunos
partidos no quedó más remedio que perdérmelos. A lo de
Juan no pude volver. A los pocos días del primer partido
de Argentina le comenté algunas cosas a mi vieja sobre los
Gómez, entre ellas que el tipo era policía, mi vieja pálida me
dijo: ahí no volvés más. Y otra vez, eso fue todo, no dio ni
una explicación.
El gran tema era la final. Con el transcurso de los días del
mes de junio la situación en casa estaba cada vez más densa.
Había clima de velorio, visitas de familiares, charlas que se
interrumpían cuando yo entraba, llamados telefónicos a
abogados. Todo el tiempo me mandaban a mi habitación

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para que no escuchara lo que se hablaba. Argentina seguía
ganando y yo me quedaba sin argumentos.
La final fue el domingo veinticinco de junio, no me lo
olvido más, de un plumazo armé un rompecabezas cuyas
piezas habían danzado alrededor mío y yo me había negado a
ver. Rogué a mi vieja que me dejara ir a lo de Juan, se mantuvo
inflexible. Como era domingo mi papá no abría la ferretería
y eso hacía más difícil encontrar algún lugar con televisión
o radio que no llegara a sus oídos. De afuera, de la calle, de
las casas vecinas, se escuchaba puro silencio y transmisiones
lejanas de periodistas deportivos que no llegaba a entender.
Almorzamos en silencio. Mis papás habían envejecido años
de golpe. Se les notaba en los movimientos, los gestos, las
palabras, y los silencios. Terminamos de comer y se fueron
a dormir la siesta. Una idea me atravesó como un rayo: me
iba a escapar. Mi viejo dormía como un tronco, Juan vivía a
diez cuadras, para cuando se levantaran y me encontraran
ya iba a ser tarde para impedirme ver el partido. Me quedé
en silencio en el living fingiendo leer mientras el corazón
me latía a ritmos imposibles. Cuando empecé a escuchar los
ronquidos de mi viejo, dejé el libro, busqué la campera y
trepé a una silla para buscar la llave en el porta llaves que
habíamos comprado el verano anterior en Mar del Plata con
Federico. Bajé en puntas de pie, corrí la silla, puse la llave
en la cerradura y cuando giré el picaporte la voz de mi viejo
me envolvió como un viento de tormenta próxima a estallar.
—¿Adónde te creés que vas?
Entonces empezó a gritarme de todo a un milímetro
de distancia, al tiempo que mi vieja se acercaba corriendo
para ponerse en el medio. Él jamás me había pegado y muy

49
pocas veces gritaba: esta fue la primera vez que lo vi tan
furioso. Los gritos terminaron cuando agarró el diario que
estaba arriba de la mesa, se veía una multitud de gente con
banderitas y al lado una foto grande de Videla.
—¿No sabés lo que estos hijos de puta están haciendo?
¿Qué querés? ¿Ir a festejar con los asesinos de tu hermano?
Me senté en el sillón y empecé a llorar. Mi papá pegó un
portazo y se encerró en su habitación. Mi mamá, en un mar
de lágrimas, se acercó y me abrazó.
—No — dije—… yo no sabía.

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Demasiado tarde

—¿Ahora quiere vernos?, no, olvidate, conmigo no


cuentes.

Eugenia cuelga el teléfono dejándole en claro a su hermana


lo que siente. Piensa que el tiempo no vuelve atrás. Se sienta
y fuma un cigarrillo y después otro. No puede evitar que los
recuerdos aparezcan, ahí mismo, frente a sus ojos como si
esa mesa y esas sillas, ahora vacías, fueran las de su infancia.
La frase de su padre se le mete por los poros. “Me tienen
harto” vuelve a sonar dentro suyo con una nitidez que hacía
tiempo no sentía.
Ella tenía trece años, y era la mayor de cuatro hermanos:
Susana tenía diez, Julio ocho y Marta seis. Ser la más grande
le daba el dudoso privilegio de ser la confidente de su madre.
Ella se encargaba de hacerle saber los detalles cada vez que
discutían con su padre. Nunca supo si le jodieron la infancia
por desesperación o soledad. Ella, por obligarla a escuchar,
y él, porque siempre que aparecía era para armar una u otra
discordia: que la comida estaba muy cruda o muy pasada,
que las camisas estaban mal planchadas, los muebles sucios,
las cosas fuera de lugar. Todo era motivo de gritos y llantos,
porque siempre venían los gritos, y acto seguido el llanto
interminable de su madre tirada en la cama, al tiempo que

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el padre daba un portazo y los dejaba solos.
Apenas empezaban con el griterío Eugenia llevaba a sus
hermanos a la habitación de arriba más alejada de la cocina
y el living, que solían ser los lugares elegidos como campo
de batalla; tratando de sonreír les decía: ¡un chupetín para
el que llega primero a la biblioteca!, sus tres hermanos
corrían en tropel escaleras arriba. Ya de grande, jamás se
animó a preguntarles si le seguían el juego o realmente
sus tretas funcionaban como aislante. Lo peor siempre era
el después, las horas interminables entre la discusión y la
vuelta del padre, con suerte, a la madrugada, o en el peor
de los casos, dos o tres días más tarde. Su madre a esa altura
era un fantasma de sí misma. Eugenia le tenía profunda
lástima, y a su padre lo odiaba, ambos sentimientos la
dejaron huérfana. Sumado a las discusiones con su mujer,
el padre, parecía odiar a su hija mayor. La insultaba siempre
que tenía oportunidad o sino la ignoraba. Sos imbécil, le
gritaba si se tropezaba o se le caía un vaso. Burra como tu
madre, cuando no entendía cualquier cosa insignificante o
trascendental. Nada era suficiente para ser felicitada, por
más que se esforzara, él carecía de buenas palabras para ella.
Con sus hermanos era distinto. No era el mejor del mundo
pero de vez en cuando dejaba caer alguna caricia, que a
Eugenia le pasaban de largo.
Una tarde, su madre la llamó a la cocina y en confidencia
le contó algo, papá hizo las valijas en secreto, creyó que estaba
dormida, pero yo lo vi, cuando venga esta noche va a enojarse
con cualquier excusa y se va a ir para siempre, ayudame a que
no se enoje y tampoco dejes que yo me enoje con él.
La angustia de ese día le quedó marcada a fuego. Planeó

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sin descanso las mil formas posibles de evitar el enojo de
su papá: que nada se cayera, que la comida fuera deliciosa,
que sus hermanos no se peleasen, que todo estuviera en
orden o quizás mostrarle el diez con el que la maestra había
premiado su composición sobre la Revolución de Mayo.
Convenció a sus hermanos que si lograban mantener una
conducta intachable desde que llegara su padre hasta que
terminaran de cenar, al día siguiente los llevaría al cine.
Salir de paseo no estaba entre sus actividades cotidianas, la
promesa fue suficiente para que prometieran portarse como
duques.
Ayudó a su mamá a cocinar carne al horno con papas,
con cebolla, ají y zanahoria como le gustaba al padre. Puso
la mesa con la vajilla que tenían para ocasiones especiales,
ésa que habían heredado de su abuela paterna. Su madre se
puso el mejor vestido que tenía y se sentaron a esperarlo.
A las nueve de la noche se escuchó el inconfundible ruido
a llaves en la cerradura. Su padre entró y fue directo al baño.
Cuando fue a la cocina no se percató de lo bien puesta que
estaba la mesa, ni del vestido de su mujer, o si se dio cuenta
no dijo nada.
La madre con su mejor sonrisa, trajo la carne y empezó a
servirles uno por uno, todos en absoluto silencio. Cada tanto
Eugenia miraba a sus hermanos y les guiñaba cómplice el
ojo. Cuando hacía diez minutos que estaban comiendo la
madre suspiró. Fue suficiente.
¿Por qué suspirás? ¿De qué te quejás? Me tienen harto, yo
soy el pelotudo que se desloma trabajando todo el día en ese
banco de mierda para que ustedes puedan vivir como reyes,
no puedo tener una cena en paz que me estás suspirando

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en la oreja, sos una desagradecida. Así siguió y siguió una
media hora en la que su madre resistió en silencio, hasta que
estalló. Otra vez vuelta a empezar, gritos y llanto. Entonces
el padre dijo: me voy, me tienen harto vos y tus hijos. Subió
las escaleras con su mujer atrás pidiéndole por favor que
no se fuera. Eugenia pensó que su madre había llegado
demasiado lejos, ¿para qué lo quería? No hacía más que
maltratarla. Ella sabía que una amiga de la escuela tenía los
papás separados y el padre le pasaba plata todos los meses.
Lo único que este hombre les daba era dinero, y si podía
dárselos viviendo en otro lado, ¿para qué soportarlo?
El padre bajó con dos valijas, todavía seguido por su
mujer que no paraba de llorar. Antes de irse se acercó a
la mesa donde ellos estaban petrificados y les dijo: me
voy porque acá no me quiere nadie. Eugenia no soportó
la hipocresía, se levantó y le dijo que era un hijo de puta,
apretando los puños. La madre dejó de llorar y se quedó
paralizada, el padre apoyó las valijas en el piso, se acercó y le
dio un cachetazo. Levantó las valijas, se dio media vuelta y
salió por la puerta, para no volver.
La historia que ella suponía nunca fue, no lo vieron más
a él, ni a un peso de su parte. Al tiempo supieron que vivía
en Capital con una mujer mucho más joven. Después le
perdieron el rastro. Gracias a un conocido, al mes siguiente
del abandono, la madre consiguió un empleo en el Correo
Central donde trabajó para mantenerlos hasta que se jubiló,
mientras Eugenia dedicaba su adolescencia a cuidar a sus
hermanos.
Treinta años después ese hombre quiere verla. Con
seguridad no va a darle el gusto. Termina el último cigarrillo

54
que le queda, quiere prepararse un café, cuando se levanta
para ir a la cocina, suena el timbre. Va hasta la puerta y
abre, se encuentra a su hermana Marta, parada detrás de un
hombre sentado en una silla de ruedas, viejo, con aspecto
de haber envejecido antes de tiempo, con apariencia de
derrotado, una caricatura de aquel que le había dado el
cachetazo más doloroso de su vida. Eugenia, sin decir
palabra, cierra la puerta firme, sin portazos y le pone llave.

55
Sueños de juventud

Por qué no me habrán matado. Repite una y otra vez


Claudia en un susurro, sentada en su baño, con las piernas
abrazadas queriendo hacerse un bollito, aprieta los ojos
para no recordar. Lo repite como un conjuro contra los
recuerdos que vuelven. Un conjuro que no funciona, la
angustia no la deja respirar y las lágrimas le nublan la vista.
En su mano tiene las pastillas que le recetó un médico de
guardia para que pasara la noche y la angustia cediera. Las
pastillas ahogadas en su puño son inútiles contra el dolor
profundo del infierno que, por más que se empeña en que no
vuelva, nunca deja de perseguirla. Vuelve, siempre vuelve. A
veces tardan más pero ella sabe que las pesadillas regresan.
Treinta y seis años conviviendo con una historia que no la
quiere dejar ir, y ella no puede soltar: de eso no voy a hablar
nunca. Esas mismas palabras que le dijo a su padre el día
que fue a buscarla al hospital, le repitió esta misma tarde a
la abogada que insiste con que testifique en el juicio: de eso
no voy a hablar nunca.

Claudia en aquel entonces, tenía veinte años y muchos


sueños de juventud por cumplir. Se crió en un pueblo
de Jujuy que dependía del ingenio azucarero que había
atravesado la historia de su gente por más de cien años.

57
Parecía imposible concebir otra cosa que el sometimiento
a las condiciones que ese monstruo fabril imponía. Ella y
su padre trabajaban en el ingenio. Él desde antes que ella
naciera. Trabajaban horas inhumanas en condiciones
siempre precarias. Ella intentaba convencerlo, papá tenés
que reunirte con los compañeros, vení conmigo, si no nos
unimos nunca van a cambiar las cosas. En vano insistía cada
vez que iba a encontrarse con sus compañeros del sindicato.
El padre miraba la televisión y la llamaba a silencio, que él
no sabía hacer otra cosa, que todo lo que tenían se lo debían
a los patrones, que ella porque era joven y era rebelde, que ya
se le iba a pasar. Nunca se opuso, pero tampoco comprendió
ni compartió su militancia.
Claudia participaba cada vez más. Cumplía funciones
de secretaria en las reuniones del sindicato de empleados y
obreros del ingenio y gestionaba lo que estaba a su alcance
para hacer realidad las mejoras en las condiciones de trabajo
de sus compañeros y de ella misma. Así, había conocido al
Doctor Arédez. Admiraba su generosidad y su valentía.
Celebró como un triunfo compartido su intendencia. Fueron
tiempos felices. Cada vez que salía de esos encuentros o
conseguían algún beneficio sentía que valía la pena, que
pronto el cambio sería radical, y así fue.
El 27 de julio de 1976 cuatro meses después del golpe
de estado, secuestraron a Claudia en la noche del apagón:
un pueblo entero bajo la oscuridad más cerrada, la noche
cayendo sobre la gente con toda su inmensidad. Las
reuniones habían pasado a ser clandestinas en la casa
de uno u otro familiar que estuviese dispuesto a correr el
riesgo. Al Doctor Arédez ya lo habían secuestrado. Fue el

58
primero que se llevaron el día del golpe y no se sabía nada de
él, sólo sospechas y rumores de prisión y tortura. Su padre
insistía con que no fuera más, que esperara un poco a que se
calmaran las aguas y ella firme, no iba a bajar los brazos, no
estaba dispuesta a abandonar a sus compañeros.
Esa tarde habían decidido no reunirse. El pueblo era una
trampa mortal, algo pronto iba a suceder. Claudia volvió
del ingenio y se quedó en su casa sola. Su padre se había
retrasado en el bar. Vivían solos, Claudia no tenía hermanos,
ni memoria de una madre que se había muerto antes de que
ella pudiera recordarla. La había criado su abuela paterna
muerta hacía dos años de un cáncer fulminante. Le puso
unas flores que cortó del jardín a un florero junto al retrato
de su abuela y se acostó. Estaba agotada, casi no podía
dormir de noche, la tensión en el ingenio era cada vez más
insoportable. Los buchones de siempre que se vendían a los
jefes no los dejaban trabajar, insultos, amenazas, poblaban
las horas de su trabajo. Apoyó la cabeza en la almohada y
se durmió. Se despertó cuando escuchó un golpe fuerte y
corridas en la casa, saltó de la cama para encontrarse cara a
cara con un gendarme que la agarró de los pelos, oyó que le
gritaban zurda de mierda, quedate quieta. La tiraron sobre
la cama boca abajo y le esposaron las manos a la espalada, le
vendaron los ojos, como ella gritaba y se resistía le pegaron
con la culata del arma en el estómago dejándola sin aire. Lo
único que pensó en ese momento fue en su padre, cuando lo
recuerda le parece ridículo pero fue así. Bendijo su decisión
de no volver del bar, temía por él y por como hubiese
podido reaccionar de haber estado ahí. Después más golpes
la dejaron anestesiada y sin un solo pensamiento posible,

59
sintió que la arrastraban a la calle y la subían a lo que supuso
una camioneta. La venda se corrió levemente hacia arriba
en su ojo derecho, por debajo pudo ver el logo del ingenio
en el vehículo donde la subían.
Ahí empezó el horror.
El infierno fue primero en el lugar que la gendarmería
tenía dentro del ingenio y después en el penal de Gorriti.
Supuso en ese momento que la llevaban a la empresa por el
logo que había visto en la camioneta. La trasladaron al penal
unos días más tarde, días cuyo número nunca pudo precisar.
Una noche, todavía de ese mismo invierno, la sacaron del
lugar donde estaba, un espacio mínimo con piso de tierra,
donde no entraba acostada. Acurrucada apoyada contra la
pared esperaba, con terror, las interrupciones que venían del
exterior. Las interrupciones que la sacaban para acostarla en
una camilla de hierro bajo una luz que atravesaba el trapo
sucio de sus ojos y que, con una música a todo volumen y
gritos que pedían nombres, se convertían periódicamente
en la escena del infierno. Volver a su lugar chiquito era un
alivio. Esa noche fue distinta. La sacó una voz de hombre
que le prometió llevarla a un lugar mejor, pensó que la
mataban y no le pareció tan mal. Morirse para ella era irse
al cielo, siempre preferible a ese infierno terrestre, pensó en
su padre en cuánto lo extrañaría y en todos los que ya no
iba a ver, y aún así elegía la muerte. Dedujo que la habían
subido a un auto. Los tipos hablaban entre ellos de sus hijos,
sus mujeres, incluso Claudia oyó el inconfundible ruido del
mate que pasaba de mano en mano. Hablaban como si ella,
y nada de lo que habían vivido, existiera. Anduvieron un
tiempo, la comodidad de ese asiento la adormeció.

60
—Dale, nena, despertate, llegamos.
Y unas manos de afuera, frías, la agarraban de los brazos
—Bajate —escuchó decir a otra voz.
Como pudo intentó que ese cuerpo que ya no le respondía,
ajeno, al menos pudiera obedecer a aquel hombre, a esa voz.
No quería enfurecer a nadie, en el último tiempo había
aprendido a despegarse de su cuerpo, había creído que era la
única forma de sobrevivir, pero en ese momento necesitaba
que ese mismo cuerpo respondiera y descendiera del auto.
—Dale, bajate ¿estás sorda?
Las manos frías tiraron con fuerza. Me matan, se terminó,
pensó. Cuando puso los pies en el suelo escuchó un portazo
y al auto arrancar. No entendía nada, pero eso no era nuevo.
Hacía muchos meses que vivía en el mundo del revés, casi
sin agua, comiendo mierda, sin espacio, seca de tanto llorar
y con un cuerpo que no le pertenecía.
Se quedó parada, quieta, hasta que oyó una voz de mujer
que le hablaba de lejos y se iba acercando, atropellando
palabras.
—Otra vez, qué hijos de puta. Vení nena, entrá. Cobardes,
como si no supiéramos quiénes son, al menos podrían
entrar, siguen dejándolos en la puerta tirados como perros.
Y Claudia en un sollozo preguntó: ¿Dónde estoy? ¿Qué
pasa?
Sintió que la ayudaban a sentarse, con cuidado le fueron
sacando la venda pegada a su cara por la sangre seca,
parpadeó muchas veces.
—Tranquila te vamos a curar, así, despacio ya vas a
acostumbrarte a la luz.
Entonces, en ese instante otra vez Claudia cuerpo y
Claudia alma se volvieron una, entre una visión borrosa

61
reconoció que estaba en el hospital de Jujuy.
Durante la primera semana que estuvo allí no quiso que
llamaran al padre.

—Si estuvo tantos meses esperándome puede estar unos


días más sin mí, no quiero que me vea así, esta no soy yo.
Decía a la enfermera que insistía en llamar a su casa y
avisar.
Claudia se había equivocado, se dio cuenta cuando su
padre entró una semana después a la habitación del hospital.
Él había sufrido cada día de su ausencia, una semana antes o
después no daba igual. La angustia lo desbordó en un abrazo
eterno y en lágrimas silenciosas.
—No me preguntes nada, papá, de lo que me pasó en
estos meses no voy a hablar nunca.
Palabras que su padre no intentó disuadir y que se
convirtieron, para ella, en un eterno infierno.
Aunque su padre le ofreció que se mudara con una tía
que vivía en Buenos Aires, no había querido irse del pueblo.
No lo hubiese soportado, ése era su lugar a pesar de que
hubo gente que eligió ignorarla después de su secuestro.
Otros, pocos, la habían recibido como si no hubiese pasado
nada. Como ella quería.
Una mañana iba camino a la verdulería, para llegar tenía
que atravesar la plaza. Cerca del mástil central la reconoció.
Era la mujer del Doctor Arédez con un pañuelo blanco en la
cabeza, con la mirada al frente y la foto de su marido como
estandarte, daba vueltas sola por la plaza. Claudia con sus
pies clavados en el suelo sin poder avanzar la vio caminar,
miró la foto, sintió los ojos del Doctor viéndola desde algún

62
lugar, no pudo seguir. Se dio media vuelta y volvió a su casa
con la bolsa de los mandados vacía y, otra vez, no pudo
dormir por las noches ni salir de su casa por semanas.

Ahora, todos esos recuerdos vuelven a inundarla, a


colarse a su alrededor, a poblar su baño. Se baja del inodoro,
levanta la tapa, tira las pastillas, aprieta el botón y se va a
acostar. Entonces tiene un sueño: sueña que está en la celda
minúscula, la misma humedad, los mismos olores, sueña
que su padre está ahí con ella, y ella le empieza a contar con
detalles cada recuerdo que tiene del secuestro y la tortura, las
cosas que espió, las que escuchó, las que sintió, las que vio.
Como por arte de magia la medida de la celda se agranda,
más habla ella, más grande es el espacio donde están, hasta
que al fin ya no es una prisión sino el jardín de su casa y ella
está limpia y sana y su papá le ceba mate. Termina el relato
contando el momento en que llegó al hospital. Su padre se
levanta de la silla la besa y la abraza.
Ahí en ese punto Claudia se despierta.
Se sienta en la cama, se agacha a buscar el bolso que dejó
en el piso, saca la tarjeta que le dejó la abogada y marca el
número.

63
Bajen las armas

Rosario, 19 de Diciembre de 2001

Escucha la campana del despertador que marca las seis


y se levanta. Hace unas horas que ya no puede dormir por
el calor que desde el amanecer pega en las chapas bajas de
su casilla. En realidad no es sólo el calor, piensa. Lo que lo
inquieta son los veinte pibes que se va a encontrar cuando
llegue al comedor y que la cuenta no dé, porque lo que quedó
del día anterior cubre la mitad de esas bocas hambrientas.
Piensa que no importa, que algo va a inventar y calcula que
le quedan seis horas para conseguir más. Después de pasar
por el baño, se prepara el mate y repasa mentalmente los
lugares posibles donde pedir lo que falta. Traga con fuerza
para empujar la sensación que le sube desde el estómago, la
que no se puede permitir, tiene que hundirla, ahogarla para
poder seguir.
Sale y en su bicicleta va para la casa de Norma, la
coordinadora del comedor de la escuela. De camino saluda
a la gente del barrio. Las caras conocidas que se cruza cada
día, las que son su familia. Él es parte de ellos, así se siente,
uno más, en ese barrio que eligió para vivir. Llega a la casa
de su amiga, pasa por el pasillo al fondo y apoya la bici sobre
una pared a medio construir, parte de la futura casa de
Norma y su familia. Cuando entra se encuentra a la mujer

65
que le toma la fiebre a su hijo. El nene tiene los ojos cerrados
y la ropa empapada de transpiración.
—No puedo ir hoy, perdoname, Luisito está mal, pasó la
noche delirando y tiritando, lo llevo al hospital, te veo a la
tarde y vemos.
Él no se anima a recordarle que no alcanza lo que hay
para el medio día y que no sabe qué hacer.
—Sí, quedate tranquila, el nene va a estar bien, yo me
arreglo, paso a la tarde cuando termine en la escuela para
ver como está.
Se despide con un beso. Busca su bici y mientras pedalea
intenta decidir cuáles son los mejores lugares donde ir. No
tiene suerte: ni el cura, ni Julio el dueño del supermercado,
ni los almaceneros. Nadie tiene qué ofrecer, reconoce la
angustia propia en todos ellos. Sabe que si dicen que no, es
porque ya no les queda nada para dar. Llega a la escuela. Hay
tres pibes dando vueltas. Aunque sea temprano siempre los
deja entrar. Les abre la puerta y los deja que hagan lo suyo.
Celeste, la otra chica que ayuda en el comedor, entra detrás
de él. Buscan lo que quedó de la última comida. Cuando ella
mira sobre la mesada entiende el gesto triste de su amigo.
—No alcanza ¿no?
Busca en su bolso, saca la billetera, tiene cinco pesos.
—Mirá, vamos a hacer así, dividimos las porciones y nos
arreglamos con esto. Después del medio día salimos para
ver cómo hacemos una merienda. Les pedimos a los pibes
que vuelvan a las cinco— le dice él.
Se hace la hora, el resto de los chicos van llegando. Se
arman los platos, quedan medio flacos es más de lo que
podrían comer en su casa. Él lo sabe. En la mesa faltan

66
tres chicos, de los que nunca fallan. A él le parece raro,
le pregunta a Celeste que le responde que no sabe nada.
Entonces, escucha tiros, no uno perdido (como suele pasar)
muchos, cerca, cada vez más cerca, y gritos y puteadas.
Mira por la ventana y de ahí ve a un policía disparando. Sin
pensarlo corre arriba del techo para alertar que no disparen
que están sólo los pibes. Se trepa por la escalera de atrás,
sube y no puede creer lo que ve: dos patrulleros y un puñado
de policías disparando a mansalva para cualquier lado, con
todas sus fuerzas grita
—Paren, por favor, acá sólo hay pibes comiendo
Entonces siente en el pecho un fuego, como un rayo que
lo atraviesa y un dolor tan fuerte que no lo deja seguir de pie.
Cae de espaldas, ya no puede mantener los ojos abiertos. Se
le cierran. Lo último que piensa es quién carajo va a darle de
comer a los pibes mañana.

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Efectos personales repetidos

Lara se quedó dormida. No podía faltar a la facultad,


aunque fuese tarde tenía que hacer el esfuerzo de llegar al
tren. Salió apurada, el único libro que encontró de paso fue
los cuentos completos de Fogwill. Sintió una leve extrañeza.
Se lo habían regalado hacía unos meses y todavía no lo había
tocado, es más, no creía haberlo dejado sobre la mesa donde
lo encontró. Lo puso en su mochila, pesaba, pero supuso
que valdría la pena.
Corrió las últimas cuadras y a lo largo del andén para
alcanzar el tren. Subió. Buscó un asiento al final del vagón
del lado de la ventanilla. Tomar el tren en la segunda estación
del ramal daba privilegios, se podía elegir asiento. Tres
estaciones más y ya no quedaría lugar para nadie. Respiró
agitada y se acomodó la mochila sobre la falda. Mientras
recuperaba el aliento observó al resto de los pasajeros.
Tenía esa costumbre, mirar a los otros con quiénes viajaba,
imaginarles vidas posibles. Un hombre grande hablaba por
celular con el ceño fruncido y cargaba un paquete envuelto
en papel madera. En el asiento de adelante un señor leía el
diario. Dos asientos más allá, vio a un policía junto a una
chica con planos de arquitectura. Después dejó de contar,
había llegado a la estación siguiente y el vagón se había
superpoblado.

69
Recuperada de la corrida buscó el libro de cuentos de
su mochila y lo abrió en cualquier página. Prefería leer
los cuentos salteados y no en el orden que el editor había
elegido. El azar la llevó a “Efectos personales”, empezó a leer.

Yo tenía un encendedor Dupont, una lapicera Montblanc,


un reloj Rolex.
En el segundo párrafo Fogwill hablaba de una mujer y
su Rolex en un tren, se sorprendió de encontrarse con una
historia que sucedía en la misma línea del ferrocarril en la
que ella viajaba. Simple coincidencia, pensó. Siguió leyendo.
El relato decantaba en un robo.

Se lo robaron en el ferrocarril Mitre. Costaba mil seiscientos


dólares. Yo estaba loco, de lástima. No por la violación de la
propiedad, sino por la violencia. El brazo o la vida: un ratero.

Llegó a un punto del cuento en que la mujer grita.

Cuerpo pegado a la pared del vagón, nadie verá al ratero


desde el vagón.
La mujer grita.

En ese preciso momento Lara escuchó un grito que la


obligó a levantar la vista, a su izquierda vio a una mujer,
escuchó los gritos: mi reloj, mi reloj, decía entre sollozos.
Ella no lo podía creer. No. No podía estar pasando y aun…
su conciencia ordenaba cerrar el libro. Sin dudas hubiera
sido lo mejor, un dictado de la razón que no pudo obedecer,
siguió leyendo…

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… la mujer grita, las huellas de la malla de acero se
ahondan marcas violetas aflorarían muy pronto, la mano de
la mujer se hincha.

Lara miró a la mujer ahí en su vagón, agitaba su brazo que,


morado, empezaba a hincharse. Siguió leyendo a Fogwill,
describía a los otros que miraban la escena: un señor con un
diario, un señor con un paquete, una muchacha con planos
de arquitectura y un policía. Los vio, estaban allí en las letras
y en su tren ¿acaso estaba loca? Su respiración se volvió cada
vez más pesada, nerviosa se acomodó en el asiento y leyó
que los códigos de la cárcel se mezclaban con los actos de la
mujer, ella, la mujer robada, decidía bajarse en la estación
siguiente para hacer la denuncia. En ese momento el tren
frenó, Lara vio a la mujer acongojada, llorosa, histérica bajar
los escalones junto al policía.

La mujer tarda un tiempo que ya no puede medir para


reponerse. Baja en la estación siguiente, por la denuncia.

Fogwill y sus cuentos quedaron para siempre marcados


a fuego en su memoria. Cada vez que leía un nuevo cuento
tenía mucho cuidado dónde y con quién lo hacía. Fogwill
fue desde entonces, una caja de sorpresas que nunca pudo
dejar de abrir.

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Patriotas

29 de agosto 1963 - Dieciséis días después del robo


acometido en el Museo Histórico Nacional, se ha recuperado
el día de ayer el glorioso sable corvo del General José de San
Martín, reliquia que había sido hurtada por un grupo de
facciosos de la Juventud Peronista

—¿Qué hacés, Pedro? Si soy yo Hernández, no,


escucháme…el traidor hijo de puta de Cardozo pactó la
devolución… sí, se cagó, por lo de Méndez y Julio…ya
sé, pienso lo mismo, no pudimos hacer nada, dice que no
quiere que sigan persiguiendo a los pibes… todo al pedo…
nos cagaron, viejo.

El sable había sido sustraído el pasado 12 de Agosto por una


banda de asaltantes pertenecientes a la Juventud Peronista
que redujeron al ordenanza y entraron de forma violenta.
Dicha agrupación se adjudicó el hecho inmediatamente por
medio de una proclama de corte revolucionario-extremista-
peronista, hecho poderosamente repudiado por todo el pueblo
patriota argentino sin excepción.

Eran las siete menos diez de la tarde, el museo cerraba


a las siete. Cinco compañeros de la JP, esperaban sentados

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dentro de un auto. Estaban en la puerta del Museo Histórico
Nacional. La fecha no era cualquiera, se eligió el mismo día
en que se había logrado la Reconquista de Buenos Aires
de manos de los ingleses. El Negro, encargado sólo de
manejar, fumaba sin parar, más nervioso que los cuatro que
iban a entrar. Vieron salir a los últimos visitantes, bajaron
y corrieron hasta la puerta, se acercaron al ordenanza que
estaba a punto de cerrar.
—Vea don, mis primos vienen de Tucumán, nos pasamos
la tarde recorriendo Buenos Aires y ya ve, se nos ha hecho
tarde ¿nos permitiría entrar? Le prometemos no demorar
demasiado.
Entre la labia de Hernández y las caras que ponían los
otros tres lo convencieron. Cuando el viejo cerró la puerta
del museo, Pedro le tomó ambos brazos por detrás y se los
ató en diez segundos. El hombre pedía por favor que no le
hicieran nada. Tranquilícese, nadie va a lastimarlo, quédese
tranquilo, el pueblo peronista sigue vivo, cuéntele eso a los
diarios mañana. Hernández corrió a la vitrina, traicionado
por los nervios, se olvidó de lo que habían hablado, levantó
el brazo con el martillo. Julio le pegó el grito, ¡Boludo! de
arriba no, vas a hacer mierda el sable con los vidrios, de
costado, acordate lo que te dije, ¡de costado! Hernández,
obediente, sin emitir palabra reventó la vitrina Millones de
gotas filosas volaron por todo el salón sembrando el piso.
Con todo el cuidado los envolvió en un poncho, al sable y
su vaina, no sin detenerse tres segundos ante su belleza y la
emoción que le provocaba. El sable de San Martín, carajo,
pensó. Contuvo las lágrimas. Mientras, Julio y Mendez
tiraban por todo el museo el comunicado:

74
El pueblo no debe albergar ninguna preocupación:
el corvo de San Martín será cuidado como si fuera el
corazón de nuestras madres; Dios quiera que pronto
podamos reintegrarlo a su merecido descanso. Dios
quiera iluminar a los gobernantes. Una vez que se
cumplan las siguientes condiciones será devuelto:
anulación de los infamantes contratos petroleros,
ruptura con el FMI, nulidad de los convenios leoninos
con SEGBA y el levantamiento de la proscripción
que pesa sobre la mayor parte del pueblo argentino:
retorno de Perón al país ya.

Luego de ser sustraído por los delincuentes el sable habría


estado en posesión del facineroso Jaime Cardozo quien tendría
como misión entregárselo a Perón en el exilio madrileño.

—Metéle, boludo, rajá —Méndez gritaba como si se le


fuera la vida en eso, aunque nadie los siguiera.
—Calmáte, loco, está todo bien —lo tranquilizó Pedro.
Después, silencio. Unas quince cuadras más tarde se
bajaron Méndez y Pedro. Hernández y Julio eran, según
el plan, los responsables de la entrega del sable a Cardozo,
quien ejecutaría la parte final del plan: entregarle el sable a
su conductor, así la trinidad estaría completa: San Martín,
Rosas y El General.
Pararon en la esquina de Carlos Pellegrini y Santa Fe. De
Cardozo, ni noticias. Hernández empezaba a impacientarse:
qué mierda hacemos si no viene, nunca pensamos en
otra opción, nunca se habló de…Acabala de una vez, lo

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interrumpió Julio y ahí nomás bajó del auto y del teléfono
de la esquina que estaba al otro lado de la calle, lo llamó a
Jaime, que atendió y cuando le escuchó la voz lo primero
que hizo fue preguntar por la hora en que habían quedado.
Malentendidos los dos, pactaron otra esquina porteña.
Después del traspaso, vieron irse el auto de Cardozo.
Entonces, Julio y Hernández celebraron aliviados con
un sonoro abrazo de palmadas en la espalda. Lo hicimos
viejo, recuperamos el sable ¡viva Perón! Y se fueron al bar a
celebrarlo. Su parte del plan había sido un éxito: la reliquia
en manos de la JP y ni un herido, al menos hasta esa noche.

El honorable sable del prócer nacional habría permanecido


en una estancia cercana a Mar del Plata, mientras su indigno
poseedor aguardaba instrucciones.

Jaime cerró la puerta de su departamento, bajó dos pisos


por escalera aferrado al bolso que llevaba en la mano derecha.
Salió a una noche fría, más de lo que hubiese querido, subió
al auto y puso el bolso en el asiento delantero como si fuera
un compañero de ruta. Cuando encaró la ruta 2 no pudo
evitar sonreír, a los dos segundos se reía a carcajadas. El día
anterior había dejado el auto con el mismo bolso en el baúl
en la puerta de su compañía de seguros, saludó al policía
que custodiaba la cuadra
—Cuídemelo jefe, mire que en el baúl tengo el sable de
San Martín.
—Tiene cada idea usted…vaya tranquilo, se lo miro
como todos los días.

76
Hacía tan bien su papel que nadie podía sospechar de
su vida política. Ahora, camino a la estancia que había sido
de su viejo, las carcajadas se le mezclaron con la bronca, el
padre había muerto de un infarto unas semanas más tarde
del bombardeo a la plaza. La oligarquía hija de puta le había
robado al padre y a un líder político. Él era pendejo en aquel
entonces, pero no se olvidaba. Estaba seguro de que el viejo
no había soportado tanta bronca. Prendió un cigarrillo
y miró una vez más el bolso. Sí, definitivamente el padre
estaría orgulloso de él.

Gracias a la diligente intervención de la Comisaría 14,


con quien cooperó el personal de Robos y Hurtos así como la
Dirección de Coordinación Federal, los malhechores pudieron
ser identificados, y el sable finalmente recuperado.

La casa de brujas se desató cinco días después del robo


—Cantá, hijo de puta, ¿Dónde tienen el sable? Confesá y
se termina todo de una vez.
La electricidad recorriéndole el cuerpo no fue suficiente
para quebrarlo. Julio siempre supuso que iba a aguantar
llegado el momento. Sin embargo, entendió después de esa
tarde, a quien no tuviera la misma voluntad. Él no dijo una
palabra. Lo dejaron desnudo en una celda mínima. Con la
cara hinchada casi sin poder abrir los ojos, trató de resistir al
frío que le calaba los huesos. Se hizo un bollo en un rincón.
Pasado un tiempo, le tiraron una frazada, se cubrió, intentó
dormir.
A Méndez le tocó peor. Su pasado en la policía
bonaerense le significó un trato especial, sus ex compañeros

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se encargaron de hacerle saber lo que creían de su resistencia
peronista. No pudo soportar cuando después de horas de
tortura, además le dieron la dirección exacta de la escuela
de su hija de catorce años y la hora en la que al día siguiente
tenía que entrar. Eso fue lo último que pudo soportar antes
de dar las coordenadas de la estancia donde se escondía el
sable.

El pueblo argentino estará eternamente agradecido a los


grandes patriotas de uniforme que ponen orden e imparten la
ley, a ellos nuestro respeto y agradecimiento más profundo. El
sable ha recuperado el lugar que se merece: en el museo bajo
custodia policial.

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Un mundo oscuro

Siento que caigo al vacío y me cuesta un tiempo darme


cuenta de qué es lo que está pasando. Ya está, se terminó
el dolor, pienso. Caigo y caigo hasta que mi cuerpo entra
al agua, entonces, todo se siente en paz. Agua, mucha agua
alrededor y la voz de mamá que me llama. Mamá del otro
lado me espera. Es lo único que importa ahora.

Son las tres de la mañana, Elena no se puede dormir,


aún oye el llanto de su hijo menor, siente como si un
puño le oprimiera el corazón. Esa tarde dejó a Juan con su
propia madre. Juancito tan chiquito, con sus dos añitos no
entendía nada, sólo lloraba, parecía percibir que su madre
ya no volvería, aunque ella dijera lo contrario para intentar
consolarlo.
La noche implacable avanza. Se levanta de la cama, va
hacia la ventana, abre la cortina unos centímetros. En la
calle no hay nadie. Sólo la oscuridad cerrada de una noche
sin luna, noche de un mundo que se ha vuelto oscuro.
Vuelve a la cama. La una, las dos de la madrugada y el sueño
que no aparece. Piensa en los sueños que fracasan, que no
se cumplen. Se da vuelta en la cama y mira a su compañero
que ronca. Nunca entendió esa capacidad de Marcos
para dormirse apenas apoya la cabeza en la almohada,

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aunque pasen las peores cosas, aunque la noche se los esté
comiendo, a pesar de que las pesadillas se hagan realidad.
Las pesadillas… se acuerda de María y Federico, del Turco,
del Negro y la lista que ya se hace difícil de enumerar. Tantos
nombres de gente querida que no está, que no se sabe qué
les hicieron, que ya duelen como muertos. Nicolás, su
hijo mayor, duerme en el living. El departamento que les
prestaron esta vez es pequeño pero sirve para esconderse un
tiempo. Una amiga de la infancia, sin ninguna relación con
la organización, les brindó el lugar. Ahora es así, cada uno
se las arregla como puede.
Ellos decidieron dejar a Juan en un lugar seguro. No
es lo mismo ser clandestino con un bebé de dos años.
Además, está el miedo. Ese miedo voraz que la come por
dentro desde que cayeron María y Federico y nadie supo
nunca más dónde se llevaron a Eva, esa hermosa beba que
tantas veces tuvo en brazos. Aprieta los ojos, le duelen tantas
derrotas. Nico ya debe estar dormido, decidieron que él se
quedara con ellos, al menos por un tiempo más. Catorce
años y siempre tan maduro, ya desde chiquito.
—Má ¿por qué luchamos? Sé que es por el otro, por un
mundo mejor, eso te escuché decirlo… pero eso que dicen
vos y papá de la justicia social ¿cómo se hace?
Esa tarde Elena pelaba papas de espaldas mientras él hacía
su tarea. Y ese plural que usó al principio de sus preguntas
la hizo estremecer. Se sentía uno de ellos. Aun así trató de
preservarlo lo más que pudo. Pero era cierto que tenía que
estar con ellos y él había insistido tanto, no quería dejarlos.
Se levanta a tomar agua. Ve a su hijo dormir con la boca
semi abierta. Su frazada se está cayendo del sillón. Hace frío,

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se la acomoda y le da un beso en la frente. Vuelve a acostarse.
Logra dormirse hasta que escucha un golpe y la puerta
que cae, ya es tarde. No llega a agarrar el arma que tiene
bajo la almohada. No llega ella, no llega Marcos. Cuando
reaccionan, un milico está a los pies de la cama tiene a Nico
de los pelos que no para de insultarlo y revolcarse poniendo
resistencia, otros dos se les tiran encima.
—Dejá al nene, hijo de puta
Es lo último que escucha decir a Marcos, culatazo en la
cabeza y dos tipos sin uniforme que entran en ese momento,
lo agarran de los brazos y arrastran su cuerpo, ya sin
conciencia, afuera del departamento.
—Por favor, dejá a mi hijo, por favor, déjalo no le hagas
nada. Elena ve salir al tipo con Nico por detrás, a la rastra
porque no se deja llevar. Escucha que a los gritos lo insulta
y le dice que se quede quieto ahí si no quiere que a su
mamita le revienten la cabeza. Más insultos y una piña en el
estómago que la tira al piso, patadas cobardes sobre ella: su
espalda, su cabeza, su sexo… después ya no sabe más nada.
Elena se despierta tres horas más tarde, no puede ver.
Un trapo sucio le envuelve los ojos, sacárselo es imposible
porque tiene las manos atadas a la espalda. Siente un frío
intenso, una sensación que no puede definir mezclada con
un profundo dolor en todo el cuerpo. Trata de estirar sus
pies que también están atados. Toca a alguien, repliega las
piernas. Escucha que le hablan pero no logra entender. Se
siente mareada y lo único que toma forma es la cara de Nico,
su gesto de dolor, y piensa que por favor lo hayan dejado
en el departamento y que haya podido irse con la abuela.
No puede pedirle a dios porque tiene sobrados motivos

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para saber que no existe, sólo siente esa frase repetirse en su
cabeza como un ruego: que esté en casa de mamá. Escucha
que vuelven a hablarle, alguien la calma, la tranquiliza.
Ella intenta responder pero todo lo que sale es una tos
incontrolable de su garganta seca. Tose y la tos duele. Me
duele, dice. Está bien, no hables, tratá de descansar un poco,
escucha decir a la voz de mujer. ¿Dónde estoy?, pregunta.
En el infierno, le contesta la otra. Y otra vez Elena se pierde
en el sueño y la inconsciencia.
Una, dos, tres veces la empujan con el pie. Ella está tirada
en el piso, siente a alguien parado a su lado. Ya no es la voz
de la mujer que intenta consolarla. Levantáte, puta. Ella dice
que no puede, que apenas logra respirar. ¿No me ves, idiota?
Y aprende por primera vez que ahí mejor no insultar, no
desafiar, que las cosas pueden ponerse siempre peores.
—Vení, Luque, acá hay una que se hace la viva, traé al
pibe y ándate para la sala.
Elena siente que la arrastran de un brazo, apenas intenta
pararse, todavía está atada de pies. La llevan por un pasillo
y la sientan en una silla. Le dan agua y le sacan la venda.
Toma desesperada. Lentamente levanta los párpados, la luz
la enceguece. Abrí, mirá, le ordenan. Como en una nebulosa
ve a Nico, en calzoncillos, tirado en una camilla de hierro.
El infierno es mucho peor de lo que cualquiera puede
imaginar. Sabe que cantar no sirve de nada, les tira pistas
falsas. Nada les alcanza, ruega, grita, llora, promete, ofrece
lo que pueda darles. No paran. Cuando el médico indica
que el nene ya no puede resistir más lo dejan. Los lugares se
invierten, ahora la mamá en la camilla grita y el hijo apenas
puede sollozar, sus lamentos se vuelven uno.

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Los días pasan, a ella la dejan un poco tranquila. Hay
otros de quiénes ocuparse. Al principio es lo peor, después
se ocupan de los nuevos, eso le dice Mariana, su compañera
de celda. Nico y ella pueden verse a diario. La guardia de la
mañana es la más amable, les tienen pena. Por Nico, le dice
una vez uno. Lo hacemos por el nene, no por vos, montonera
de mierda.
Nicolás les ceba mate, ayuda con la limpieza, lo usan
como a un colimba. Elena lo escucha ir y venir y cuando le
sacan la venda y las ataduras puede espiarlo por una grieta
en la pared. Ella cada mañana lo espera sonríe como puede
y le cuenta historias como cuando era chiquito. A veces
hasta los dejan tomar mate.
Una tarde, un mes después del secuestro, la sacan a Elena
de la celda. La llevan a la cocina, ahí le indican que se siente.
—Despedite, el pibe se va.
En ese momento ve entrar a Nico. Se abrazan.
—¿Dónde lo llevan?
—¿Y a vos qué te importa? no te abusés, agradecé que te
dejo saludarlo, tenés diez minutos.
Abrazos, palabras de amor y consuelo.
—Tranquila, má, escuché a Torres decir que me llevan
con la abuela.
Y ella que lo conoce tanto, sabe que improvisó una
mentira.

Me da mucha tristeza dejar a mamá. Espero que me haya


creído. La verdad es que no sé dónde me llevan pero quiero
que se quede tranquila, mamá sufrió mucho. Ya no puede
sufrir más. Yo escuché a uno decir que no sabían qué hacer

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conmigo, ojalá me lleven con la abuela. Como decía la tía,
tendríamos que habernos ido a México. Pero mamá y papá
no querían y yo los entiendo. Uno no puede traicionarse
cuando los suyos más lo necesitan. Eso me explicó papá.
Espero que los compañeros sigan luchando contra los
milicos para que nos dejen libres pronto a todos ¿Dónde
estará papá? A mí me subieron a un auto y ahora me llevan
a algún lado, hace bastante que viajamos. Estos que me
llevan por lo menos todavía no me pegaron. Tengo los ojos
vendados no pude ver quiénes son, aunque algunas voces
reconozco, como la del doctor. Lo que no sé es adónde me
llevarán.
—Nicolás, quedate quieto, apenas te va a doler, es un
pinchazo no más, mandale saludos a tu mamá.
No entiendo qué quiere decir. ¿Acaso habrán liberado
a mamá y nos vamos a encontrar afuera? Un líquido me
recorre el brazo, siento un cansancio insoportable y mucho
sueño. Ya no puedo mantener los ojos abiertos y aunque mi
cuerpo no me responde, puedo pensar. Parece que alguien
me alza y me suben a algún lugar. Se escucha un ruido
fuerte, motores. Es un avión. Estoy en un avión.
¿Dónde me llevan? Lo bueno es que voy a encontrarme
con mamá.
¿Será verdad? Capaz esta inyección para dormirme es
para que no vea el camino. Siento que caigo y vuelo. Agua,
mucha agua alrededor. Escucho la voz de mamá que me
llama. La veo, ahí y está linda, hermosa, como antes del dolor
y las marcas de las heridas. A su lado papá la abraza, le toma
el hombro y me sonríen los dos. Corro, llego hasta ellos y los
tres nos abrazamos, ya nadie va a poder separarnos nunca.

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Muñeca rota

Apenas puede levantarse de la cama. Necesita confirmar


que aún no está vencida por el tumor que la come por
dentro. Camina a paso lento. Llega a pararse frente al espejo
que le devuelve una imagen de sí misma en la que no se
reconoce. Mueve su pierna izquierda y siente una puntada
que la inmoviliza. Tanto dolor, su pierna, piensa. Cierra los
ojos y, sin que pueda controlarlo, los recuerdos viajan al
verano de sus seis años.

La pobreza de su casa aparece nítida, el mantel gastado,


los pocos muebles y su madre siempre cosiendo en el único
ambiente que tenía su hogar. Ella y sus hermanos afuera
con los únicos juguetes posibles, los que la naturaleza daba
gratis. Faltaba poco para Reyes. Me van a traer la muñeca
grande que les pedí, le dijo una tarde a Elisa, su hermana
mayor. Ella le acarició la cabeza sin decir palabra. Su madre
pobre, sola y con cinco hijos no podía darle el lujo de los
juguetes, pero los Reyes sí, esa era su certeza. Pidió una
muñeca, la había visto una mañana cuando iba de la mano
de su madre a repartir las prendas que cosía. Fue amor a
primera vista, rulos negros para peinar hasta el cansancio
y un vestido blanco con volados. Sin dudas, era el mejor
regalo que se merecía por ser siempre una niña buena.

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La noche anterior a la llegada de los Reyes puso
con cuidado y esmero pasto y agua para esos camellos
hambrientos que transportaban parte de la aristocracia
infantil. No pudo dormir hasta entrada la madrugada. Se
despertó y sin desayunar corrió a ver qué habían dejado para
ella bajo el árbol. Encontró una caja enorme, con las tres
letras de su nombre. Lo abrió rasgando el papel, se encontró
un rostro de porcelana con unos grandes ojos negros y un
pelo ondulado y largo. Cuando la sacó de la caja reconoció
con pavor que a su muñeca le faltaba una pierna. A los Reyes
se les cayó del camello, te la trajeron para que la cuides y la
protejas. Esas mágicas palabras de su mamá convirtieron a
su muñeca en la mejor del mundo, la necesitaba, no podía
abandonarla. Desde ese día fue su compañera privilegiada
de juegos, la peinaba, la ayudaba a aprender a caminar con
su sola pierna, la protegía.
Diez años después, ya en la adolescencia, le preguntaría a
Elisa por qué esa muñeca había llegado en esas condiciones
a sus manos, ella supo develar el misterio, su mamá la había
comprado apenas por unos centavos por su condición
de rota. Después de conocer la verdadera historia de esa
muñeca quiso a su madre aún más. Esa muñeca a la que ella
había decidido bautizar con su propio nombre: Eva.
En aquel entonces no pudo imaginar hasta qué
punto se parecerían las dos: muñecas rotas, toda la vida
manteniéndose íntegras, frente a tantos, que una y otra vez
trataron de arrebatarle la dignidad y la entereza.

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Índice

Barro 11
Aparecidos 15
El último tren 21
Herencias 25
Engaño 31
Barril 37
Rescate 41
Yo no sabía 45
Demasiado tarde 51
Sueños de juventud 57
Bajen las armas 65
Efectos personales repetidos 69
Patriotas 73
Un mundo oscuro 79
Muñeca rota 85
Otros títulos de esta colección

Caranchón, Santiago Jorge


Ahora tiro yo, Sebastián Pujol
Intervalos lúcidos, Rodolfo Retondano
Aves migratorias, Patricia Angulo
Gente Común, Karina Rodriguez

La colección completa se puede adquirir


a través de nuestra web
www.pecesdeciudad.com.ar
Este libro se terminó de imprimir en septiembre de 2017,
en Buenos Aires, Argentina.

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