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Exploración y Pueblos del Tucumán

1) La región del Tucumán fue explorada por los conquistadores españoles en la década de 1540. 2) Diego de Rojas lideró la primera expedición en 1543 con el objetivo de encontrar un "reino rico", descubriendo accidentalmente la llanura del Tucumán. 3) Los pueblos indígenas de la región vivían en diferentes zonas ambientales como la puna, los valles y la selva, y ofrecieron resistencia a los incas y luego a los españoles.
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Exploración y Pueblos del Tucumán

1) La región del Tucumán fue explorada por los conquistadores españoles en la década de 1540. 2) Diego de Rojas lideró la primera expedición en 1543 con el objetivo de encontrar un "reino rico", descubriendo accidentalmente la llanura del Tucumán. 3) Los pueblos indígenas de la región vivían en diferentes zonas ambientales como la puna, los valles y la selva, y ofrecieron resistencia a los incas y luego a los españoles.
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La región del Tucumán fue explorada por los conquistadores europeos en los años posteriores a la

conquista del Perú en 1532. Diego de Almagro, en su paso hacia el “Arauco”, la cruzó por primera
vez. Pero las noticias de la existencia de un reino rico y poderoso que se extendía al sur, entre la
cordillera y el Río de la Plata, alimentaron las ansias de una generación de conquistado res que
habían trajinado buena parte de la experiencia indiana y, aunque habían alcanzado alguna fortuna
y renombre, la gloria les había sido esquiva. En 1543, apenas concluida la guerra civil que enfrentó
a pizarristas y almagristas, Vaca de Castro autorizó a don Diego de Rojas a que hiciera una
“entrada” en el reino de Tucma. Era frecuente que a este tipo de expediciones, que reque rían
grandes recursos en armas, caballos, gente y pertrechos, se sumaran varios interesados que
aportaban una cuota de recursos y esperaban ser retribuidos largamente con fama y riqueza, en
caso de lograr sus ansiados fines. Estas asociaciones se conver tían a menudo en fuente de
intrigas, discordias y desconfianza mutua, que en los momentos difíciles podían hacer fracasar cual
quier empresa. En el caso que nos ocupa, finalmente los recursos para la entrada fueron
proporcionados por Diego de Rojas, quien asumía la mayor autoridad, y por Felipe Gutiérrez y
Nicolás de Heredia, quienes lo secundaban en el mando.

Tras intensos preparativos, resolvieron partir en mayo de 1543 desde el Cuzco. Primero lo haría
Diego de Rojas con un con tingente de ochenta españoles y un gran número de indios en cargados
de llevar los pertrechos para la larga e incierta travesía. Un par de después, lo seguiría Gutiérrez, y
finalmente, Heredia. Al cabo de tres meses de camino, las huestes de Diego de Rojas traspusieron
el Abra del Acay, dejaron atrás el inhóspi to altiplano y se encaminaron hacia Chicoana
(actualmente, La Paya), un importante poblado indígena donde se detendrían a reponer fuerzas y
a esperar al grupo de Gutiérrez. Allí, un hechofortuito decidió a don Diego a cambiar su rumbo:
encontraron gallinas de Castilla. Hombres experimentados en los asuntos de Indias advirtieron que
la extraña presencia de los plumíferos in dicaba que los europeos los habían introducido y que las
noticias de una ciudad rica situada en algún lugar entre la cordillera y el Río de la Plata parecían
ser ciertas. En lugar de continuar hacia el sur y el poniente para ir al reino de Chile, don Diego
decidió torcer su rumbo hacia el este. De esa manera accidental, tras cru zar el valle de Tafi,
desembocó en lo que entonces era una exten sa llanura cubierta de una umbría y perfumada
selva, conocida como "el Tuema". Los pueblos indígenas de la región del Tucumán habitaban dis
tintas zonas ambientales, cuya disponibilidad o ausencia de re cursos condicionaban su forma de
organización social y política, y de algún modo definían sus relaciones de intercambio. Se dis
tinguen al menos, tres ambientes claramente diferenciados. Co menzando por el poniente del
territorio, una primera franja de norte a sur, que corresponde a la región de la puna; una segunda
franja, que corresponde a los valles, y una tercera ubicada en la llanura selvática. En aquella época,
las comunicaciones, los inter cambios de bienes y recursos seguían un eje este - oeste, pues de esa
forma se complementaban las producciones de las diferentes regiones. A la llegada de los
europeos, en cambio, las principales rutas de comunicación seguirían una dirección norte-sur. Los
pueblos de la puna, como los casabindos y cochinocas (en la actual provincia de Jujuy) vivían en un
ambiente que los euro peos consideraban inhóspito, a más de 3 500 metros de altura, con días
cálidos, noches heladas, escasez de lluvias. Se dedicaban a la cría de llamas y vicuñas, que, además
de carne y lana, brin daban los únicos animales de carga conocidos antes de la llegada de los
españoles. En algunos rincones guarecidos practicaban la agricultura, sembraban variedad de
tubérculos, quinoa y, donde podían obtener riego, maíz. Se trataba de sociedades complejas. La
llegada de los incas no afectó en demasía a estos pueblos, que aparentemente se sumaron al
Tahuantinsuyo sin oponer dema siada resistencia.

Los pueblos que habitaban los valles vivieron, en cambio en un habitat más amigable, con mayor
disponibilidad de agua y tierras fértiles. Además la cercanía a los otros ambientes, puna y selva, les
permitia con muy cortos desplazamientos acceder a los diferentes productos. Estos pueblos
pertenecían a distintos grupos étnicos; por ejemplo, en la zona norte del Valle Calchaquí, entre La
Poma

Y Seclantás, aproximadamente, predominaban los pulares, pue blos originarios del área andina
que habían sido trasladados por los incas a esa región y que en general se consideraban amigos de
los españoles. En esta región ubicada al norte del Valle Calchaquí los incas instalaron importantes
centros administrativos. Más al sur, estaban los tolombones o paciocas, que se diferenciaban cla
ramente de los pulares y pertenecían a la denominación genérica de diaguitas, pues hablaban la
lengua cacana. Más hacia el sur, se encontraban los pueblos del Valle de Yocavil, los andalgalaes y
los hualfines, entre muchos otros. Los incas no pudieron sojuzgar esa zona de los valles. Si bien
aún no se sabe a ciencia cierta cuál era su nivel de organización política, al parecer, estos pueblos
tenían sus propias jefaturas que involucraban grupos de doscientas a dos mil quinientas personas
pero que no dominaban un territorio comple to, sino que coexistían con diferentes grupos dentro
de cada valle. En ciertos momentos, realizaban alianzas; era común que un caci que entregara a
otro una punta de flecha para establecer una alian za militar, por ejemplo. Estas uniones
temporarias les permitían ofrecer una resistencia común ante un invasor, como lo hicieron en el
valle de Yocavil; donde los incas no pudieron instalarse como lo habían hecho más al norte; esa
tenaz resistencia se repitió contra el invasor europeo, como veremos luego en detalle. En suma,
los es pañoles encontraron en los valles, pueblos complejos con una gran diversidad étnica, que
ejercieron una tenaz resistencia al dominio incaico, primero, y colonial, luego.

En la llanura selvática, surcada por numerosos cursos de agua, vivían otros pueblos: los lules y los
tonocotés, como los llama ron los europeos, o juríes, como los denominaban los incas, que

Habitaban el ambiente selvático de la llanura y eventualme tomaban contacto con los pueblos de
los cerros; se carácter zaban por su apostura fisica y por su belicosidad. Su prin pal asentamiento
estaba entre los márgenes de los rios Dul Salado, donde practicaban una agricultura de regadio, a
vechando las crecidas de estos cursos de agua. Combinaban la apre tareas de labranza con la caza
y la recolección de raíces, frutos y semillas en el ambiente del monte santiagueño.

Mesoamérica come Es una tarea compleja estimar el tamaño de las poblaciones ame ricanas al
momento de la conquista. Se han realizado importan tes estudios para las áreas centrales, tanto
en en el área andina, basados en una profusa y rica documentación, en particular, padrones de
tributarios, recuentos de población, “revisitas", etcétera, que han permitido llegar a algunas
conclu siones generales tanto sobre el tamaño de las poblaciones origi narias como sobre la
magnitud de la caída de población provo cada durante el primer siglo de la conquista. Para la
región del Tucumán, no se dispone de la riqueza de fuentes documentales, por lo que las
estimaciones son aun más difíciles de realizar, y las conclusiones, más discutibles. En términos
generales, la po blación en todo lo que sería luego el noroeste argentino sumaria entre trescientas
treinta mil y cuatrocientas treinta mil almas, a la llegada de los europeos a mediados del siglo XVI.
A partir de entonces y siguiendo un patrón similar a lo ocurrido en el resto del continente,
comenzó un proceso de despoblamiento, pues la población fue diezmada por los malos tratos, la
desestructura ción de sus modos de vida, la llegada de epidemias y las guerras calchaquíes.

Tras arribar a la llanura, las huestes de Diego de Rojas tomaron contacto con los pueblos indígenas
que habitaban la región y se dispusieron a esperar a Gutiérrez. Una vez que este llegó, se in
ternaron hacia el este en busca de las tierras de los juries, donde Rojas encontró la muerte. Antes
de morir, delegó el mando en Francisco de Mendoza, lo que generó profundo malestar entre la
tropa. A las intrigas y al descontento se sumaron las hostilidades de los pueblos indígenas. En
suma, tras vagar por lo que hoy son tierras cordobesas y llegar luego hasta el litoral, las tropas
retor naron a Peri El Perú estaba convulsionado por la última rebelión de Gonzalo Pizarro y de los
encomenderos contra la aplicación de las Leyes Nuevas de 1542 en ese reino, que imponía severas
limitaciones al régimen de las encomiendas. En medio de esos conflictos, Men doza encontró la
muerte. La Gasca, el enviado del rey que terminó finalmente pacificando el Perú, decidió enviar
una nueva expedición al Tucumán. La experiencia había enseñado que, para preservar la paz, era
impor tante alimentar las expectativas de la soldadesca con perspectivas de nuevas riquezas en
tierras lejanas. Entonces, La Gasca decidió. enviar a Juan Núñez del Prado, a la sazón un simple
soldado sin mayores lustres, a poblar el Tucumán. Aquí la historia comienza a complicarse. Pedro
de Valdivia había recibido la gobernación de Chile, cuya laxa jurisdicción abarcaba parte de los
territorios del Tucumán. En suma, desde el inicio de la expedición de Núñez del Prado,
comenzaron los conflictos con Valdivia. Núñez del Prado siguió un derrotero similar al de Diego de
Rojas; al llegar a la llanura tucumana, comenzó a deambular intentando establecer una ciudad. Las
dificultades para obtener alimentos, la hostilidad de los indígenas y el conflicto con las huestes de
Valdivia transformaron la expedición de Núñez del Prado en un triste errar sin rumbo por las
dilatadas llanuras. En tres ocasiones fundó una ciudad y en tres ocasiones tuvo que trasladarla por
los inconvenientes. Finalmente, fue un enviado de Pedro de Valdivia, don Francisco de Aguirre,
quien, el 25 de julio de 1553, fundó a orillas del Río Dulce, la ciudad de Santiago del Estero, que
que daría firmemente establecida y desde donde partirían las nuevas fundaciones. En los años
siguientes, se establecieron tres ciuda des diferentes en los Valles Calchaquíes, pero fueron
devastadas por el primer levantamiento calchaquí. Resultaba estratégico buscar un nuevo
asentamiento cercano al camino que, pasandopor los valles, venía del Perú. Para ello, Francisco de
Aguirre. cargó a don Diego de Villarroel que fundara una nueva ciudad la desembocadura de la
Quebrada del Portugués, les naturales llamaban Ibatín. El 31 de mayo de 1565, siguie todas las
formalidades de rigor, se fundó San Miguel de Tu y Nueva Tierra de Promisión. Se desmontó un
cuadrilatero siete cuadras de lado; en el centro se dejó un espacio para la pla pública, se
adjudicaron los solares a los vecinos, y se procedi clavar el palo de justicia y a nombrar a los
alcaldes y regidores que compondrían el cabildo.

Situada en un rincón selvático, rodeada de ríos de cristalina aguas que bajan del Aconquija, la
nueva ciudad no dejaba de ser un modesto rancherío rodeado de una empalizada. Las construc
ciones eran de adobe, los techos de paja, y en los solares sin ocu par, la selva rápidamente
recuperaba el terreno perdido. El temor que suscitaban los indígenas dio un cariz defensivo a la
nueva ciudad. La empalizada que la rodeaba, las rondas permanentes de guardia y la obligación de
todos los vecinos de tener caballos y armas en sus solares sugieren el recelo que reinaba en la nue
va ciudad. El curso de los acontecimientos demostraría que ese temor estaba muy lejos de ser
infundado o exagerado. En 1578, el gobernador Gonzalo de Abreu había reclutado buena parte de
los españoles de la ciudad para que lo acompañaran en las ex pediciones en busca de la Ciudad de
los Césares. La ocasión fue aprovechada por los indígenas quienes, dirigidos por un indio yanacona
llamado Gualan, sitiaron y fuego a la frágil aldea, que fue rápida presa de las llamas. El teniente del
goberna dor Gaspar de Medina envió un mensajero a Santiago del Estero a pedir auxilio, mientras
resistían como podían el asedio de los indígenas. Finalmente, llegó Hernán Mejía de Miraval con la
es perada ayuda, y la ciudad consiguió sobrevivir. Las crónicas del padre Lozano, quien refiere esta
historia, permiten rescatar del olvido el nombre de un valeroso y astuto indio que pagó con su vida
la osadía de sublevar a sus congéneres contra los invasores. También refiere cómo, desde
entonces, surgió la leyenda de que, en lo peor del fragor del fuego y del asedio, aparecieron las
figuras de Judas y Tadeo para proteger a San Miguel de Tucumán y salvar a los españoles.

Mientras en las lejanas comarcas del Tucumán se producían esos acontecimientos, en el Perú los
tiempos hablan cambiado. Atrás habían quedado los convulsionados años de las guerras civiles, y
la llegada del virrey Toledo en 1571, junto con las medidas que adoptó, sentaron las bases de un
orden colonial más estable y próspero que el de los tumultuosos años que siguieron al ingre so de
Pizarro en Cajamarca. Una medida en particular revestiría gran importancia para la región del
Tucumán. En 1545 en Poto si, se descubrió en las faldas del cerro un importante yacimiento de
plata. Cuenta la leyenda que un indígena llevó sus llamas a pastar en las laderas del cerro donde lo
sorprendió la noche; para mitigar el frío, hizo una fogata y, al despertar a la mañana, vio que de los
restos de la hoguera se desprendían hilos de plata. A partir de entonces, comenzó la explotación
de este rico yacimien to utilizando técnicas de extracción y de fundición indígenas. El mineral era
fundido en unos hornillos que aprovechaban el vien to para atizar el fuego. Hacia 1570, la escasez
de combustible y el empobrecimiento de las vetas superficiales habían sumido la actividad en una
crisis. El virrey Toledo resolvió implementar un sistema de beneficio de la plata en frío, que ya se
usaba en las minas de Zacatecas en el virreinato de la Nueva España (Méxi co), mediante la
amalgama con mercurio. A partir de entonces, la producción de plata tuvo un crecimiento
impresionante, y la villa imperial del Potosí se transformó en una de las ciudades más grandes del
orbe. La propia actividad minera y la creciente pobla ción del Potosí consumían una importante
cantidad de bienes, que eran abastecidos por el espacio americano. En suma, las leja nas regiones
del Tucumán se transformaron en abastecedoras de bienes para el Potosí, y el comercio se
convirtió en un elemento central de la actividad económica de la región.

Situada en la ruta que unía inicialmente Santiago del Estero con el Perú, San Miguel de Tucumán
se transformó en lugar de paso obligado. Por otra parte, la fertilidad de sus suelos, la abundancia
de aguas, las frondosas y ricas selvas, y la disponibilidad de mano de obra brindaron a esta ciudad
una modesta prospe ridad al comenzar el siglo XVII. La ciudad contaba con un te jar, grandes
carpinterías y una variada producción agrícola. En la modestia de ese alejado rincón del imperio
español, no se conocía el boato y la pompa de la Ciudad de los Reyes ni de la villa rica del Potosí,
mas era posible también vivir con dignidad y contar con alguna prenda traída de Castilla o alguna
vajilla de plata, como símbolo de distinción social. El viajero, tras agotadoras jornadas sorteando
los ásperos cami nos de la sierra o las intrincadas selvas, y temiendo siempre un súbito ataque
indígena, al aproximarse a Ibatín, distinguía tras la empalizada que rodeaba la ciudad, las torres de
las cuatro iglesias con que contaba el poblado a comienzos del siglo XVII. Frente a la plaza se
levantaba el edificio del cabildo y la iglesia mayor; en diagonal, en la otra esquina, el templo de los
jesuitas. A una cua dra de la plaza, la iglesia de los mercedarios, y en sentido opuesto, la de los
franciscanos. En pocos años, las humildes construccio nes de adobe y paja habían sido
reemplazadas por otras de mayor tamaño y prestancia. La prosperidad de esos años se basaba en
que Ibatín quedaba en el camino hacia el Perú. A fines del siglo XVI, con la fundación de Esteco,
primero; Salta, después, y con el éxito de la guerra contra los mocovíes que fueron desplazados
más hacia el este, se reemplazó el camino del Perú por otro que seguía por la llanura hasta la
Quebrada de Humahuaca. Era un camino mucho más cómodo con pendientes menos
pronunciadas, mitía el tránsito de caravanas de carretas. que además, per Las sendas de la
Quebrada del Portugués traían cada vez menos viajeros; las caravanas no pasaban por las
cercanías de Ibatín, y poco a poco el comercio fue languideciendo, y con él, la ridad. Además, en el
verano, las crecientes del río se hacían cada prospe vez más peligrosas, la humedad reinante
fomentaba la presencia de enfermedades y plagas, y la población comenzó a ausentarse

Del sitio, buscando reponer su salud. Por otra parte, al encontrar se muy cerca de la
desembocadura de la Quebrada del Portugués, la zona quedaba expuesta a los ataques de los
calchaquíes, que en ocasión de los grandes levantamientos solían asolar la peque ña aldea. Todos
esos factores incidieron para que una parte de la población planteara la necesidad de trasladar la
ciudad a un nuevo sitio, en el lugar conocido como La Toma, cerca del Río Salí y recostado contra
las sierras de San Javier, en un punto de paso obligado de la ruta que unía Santiago del Estero con
el Perú. Durante muchos años, las discusiones entre los vecinos y las dis putas en el Cabildo
giraron en torno a la conveniencia o no de una mudanza. Como suele ocurrir, se formaron dos
bandos, que pujaron por imponer sus criterios. Finalmente, el peso de los he chos terminó
favoreciendo el traslado al sitio de la Toma, hecho que se concretó en septiembre de 1685 bajo las
órdenes de don Fernando Mate de Luna.

La San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión de Ibatín conoció en su corta existencia la
precariedad y la zozo bra de los tiempos iniciales, una efímera prosperidad que sus vecinos
creyeron sería perpetua y una lenta y parsimoniosa de cadencia que prácticamente la dejó en el
abandono aun antes de su mudanza.

La vida en el nuevo emplazamiento no difería demasiado de la anterior, salvo por supuesto, que se
disfrutó de una mayor tran quilidad; los ataques indígenas habían cesado junto con el fin de las
guerras calchaquíes y debido a una vida económica más activa, acicateada por el tráfico comercial
con el Potosí. La nueva ciudad se organizó en un damero más extendido que en Ibatín,
aprovechando una geografía más plana que la anterior. Sin em bargo, pasaron muchos años hasta
que pudieron erigirse edificios de ladrillo y tejas. A la vocación mercantil muy pronto se sumó la
producción agropecuaria en un territorio fértil y apropiado para diversos cultivos y para la
invernada de mulas. Las mulas tucu manas eran famosas hasta en el Ecuador, no por su tozudez,
sino por su porte.

La era de las rebeliones o alzamientos calchaquíes se dio casi en el mismo marco temporal en que
transcurría la vida de Ibatin. Los Valles Calchaquies, en particular el Valle de Yocavil, resultaron
inexpugnables para los españoles. Casi un siglo y medio les llevó dominar a los pueblos indígenas
que lo habitaban. Tres grandes alzamientos tuvieron lugar en el período. El primero entre 1560
1563, protagonizado por el cacique Juan Calchaquí: levantó a todo el valle contra el domino
español y arrasó con las precarias fundaciones de Cañete, Córdoba de Calchaquí y Londres. Un se
gundo gran levantamiento se produjo en 1630 y se prolongó por más de siete años; su jefe fue un
cacique de los hualfines llamado Juan Chelemin. Finalmente, un tercer gran alzamiento, en 1659,
se hizo célebre por ser el último y por haber sido dirigido por un pintoresco personaje llamado
Pedro Bohórquez.

La resistencia indígena tenía que ver, por un lado, con la defensa del territorio frente a la
pretensión de los españoles por ocupar lo y dominarlo; así los indios ejercieron una gran
resistencia a los múltiples intentos de fundar ciudades en distintos parajes de los valles. Pero
además, los españoles intentaban desde sus asen tamientos en las ciudades de la llanura capturar
mano de obra bajo el régimen de la encomienda de servicio personal. Entonces organizaban
“entradas” a los valles intentando sojuzgar a las po blaciones encomendadas. Juan Calchaquí,
célebre cacique de los Tolombones resistió durante muchos años la presencia española hostigando
sus poblados y logrando destruirlos, la mayoría de las veces. La primera “pacificación”
relativamente importante la consiguió don Juan Ramírez de Velasco en 1588, realizando una
entrada desde el norte con un grupo de más de cien lanceros y medio millar de indios “amigos”.

Hacia 1630, un encomendero, Juan Ortiz de Urbina, quien se proponía explotar minas en los valles,
fue asesinado junto con toda su familia. Eso despertó la inmediata reacción del gober nador
Albornoz, quien organizó una entrada al valle y provocó gran destrucción, ahorcó a más de treinta
caciques y destruyó las sementeras.

Al poco tiempo y bajo el liderazgo de Juan Chelemín, los hualfi nes asociados con otras
parcialidades, como los andalgalaes y los aconquijas, al sur, y con los yocaviles al norte, iniciaron lo
que se conocería como el gran levantamiento calchaqui; mataron at un grupo de encomenderos y
organizaron un alzamiento general contra los españoles. Durante siete años se extendieron los
com bates, destruyeron Londres y expulsaron a los españoles hacia el sur. Desde San Miguel de
Ibatin se organizaron entradas contra los aconquijas que tuvieron modestos resultados, pues
derrota ron a algunos pueblos pero no impidieron que los focos de rebe lión se propagaran por
entero. Los indios asediaron La Rioja y obligaron a sus pobladores a abandonarla, y atacaron San
Miguel y Salta. La rebelión se propagó hacia el oeste y el sur; los indios destruyeron Tinogasta y
continuaron el asedio contra La Rioja. Los españoles organizaron un conjunto de entradas desde el
nor te y desde el sur que provocaron muchas muertes y destrucción, pero no consiguieron
"pacificar" los valles. Finalmente, Ramírez de Contreras consiguió derrotar a los hualfines y apresar
a su ca cique, Juan Chelemín. A partir de entonces, atacaron a todos los pueblos indígenas y
capturaron una gran cantidad de población, que fue desnaturalizada del valle, es decir trasladada
forzosamen te y repartida entre los encomenderos de las ciudades del llano. A los europeos, esta
guerra les provocó muchas bajas; se estima que murieron más de ciento cincuenta españoles, lo
que es una cifra significativa para la cantidad que habitaba la región. Mucho mayores fueron las
bajas indígenas, no solo en términos de muer tos, sino también por el desplazamiento de indios
que fueron a trabajar en las encomiendas de servicio personal en las ciudades. Hacia 1657, cuando
aún no se habían acallado los ecos de la úl tima rebelión, ingresó al Tucumán un curioso personaje
cuyas andanzas evocan las mejores páginas de la picaresca española, Pedro Chamijo o Pedro
Bohórquez. Había nacido en uno de los pueblos blancos de Andalucía y muy joven había
renunciado al modesto y tranquilo destino que le deparaba la vida en su pueblo y se había
embarcado hacia las Indias, en busca de aventuras, gloria y riquezas. Ignoraba que las
oportunidades de alcanzar esa gloria en el siglo XVII ya no eran tantas; no habría otro México ni
otro Perú por descubrir. Al llegar a Lima, la Ciudad de losReyes, consiguió que el virrey le
concediera títulos para avanzar sobre la ceja de selva en busca del Gran Paititi, un mítico reino
pletórico de riquezas que se hallaba en medio de la jungla amazó nica. ese modo, Pedro Chamijo
conoció el extraño ambiente social de las zonas selváticas, donde muchos indígenas hufan de las
sierras y se instalaban allí escapando de las cargas del tributo y de la mita. En ese ámbito fuera del
dominio efectivo de los europeos, la utopía de restaurar un orden anterior a la conquista dio lugar
a la aparición de líderes mesiánicos, que renegaban de toda forma de autoridad colonial. Pedro
Bohórquez se relacionó con esos indígenas y terminó organizando malones que asolaron. los
poblados españoles situados en la frontera. En esos años en la selva peruana, Pedro Bohórquez
apreció la profunda raíz de una utopía andina, la restauración del domino inca y el predicamento
que esta utopía tenía entre todos los indígenas. En esa época, tuvo noticias de la existencia de un
viejo cura oriun do de su pueblo natal, de apellido Bohórquez. Se presentó ante el anciano con
toda su gracia y le manifestó que era su sobrino. Además de su nuevo nombre, consiguió unos
buenos caudales para emprender una nueva incursión hacia el Paititi. Finalmente, nunca encontró
el ansiado Gran Paititi, y sus correrías en la selva peruana colmaron la paciencia de las autoridades
coloniales, que lo apresaron y enviaron al Valdivia (el último poblado español al sur de Chile). Allí
se congració con sus carceleros, se ganó su con fianza y en la mejor oportunidad, escapó. Esta vez,
cuanto más lejos de Lima, mejor. Cruzó los Andes, pasó por Cuyo y llegó al Tucumán. En esos años
posteriores al gran levantamiento calcha quí, todas las conversaciones giraban en torno a la guerra
en los valles, a las resistencias indígenas y a las minas de oro y plata que, sin dudas, existían en el
corazón de las montañas tan celosamente defendidas por sus habitantes. Pedro Bohórquez trabó
amistad con un cacique pacioca de los tolombones llamado Pablo Pivanti, por quien seguramente
tomó noticias de la situación en el valle Calchaquí. Ante los españoles, se presentó como el
descubridor y señor del reino del Gran Paititi, donde había dejado a un hijo suyo a cargo, mientras
se ausentaba al Tucumán. También manifestó ser él el único capaz de controlar a los indómitos
indios de los valles, pues él sabía como tratarlos y que, de hecho, ya le habían develado alguno de
los secretos parajes donde se ocultaba una inmensa riqueza. Pedro Bohórquez se trasladó a los
valles a vivir junto a los indi genas en las cercanía de Tolombón. Allí conoció a los jesuitas que
desde hacia tiempo buscaban infructuosamente evangeli zar a esos pueblos. Pedro Bohórquez le
escribió al gobernador de Tucumán, Alonso de Mercado y Villacorta, quien residía en Córdoba,
ofreciendo sus servicios para pacificar definitivamente el valle calchaquí y descubrir las grandes
riquezas que los indios guardaban. Para concertar los detalles del plan era necesario que tuvieran
un encuentro. Don Pedro, en lugar de ofrecerse a viajar hasta Córdoba, propuso que el
gobernador se trasladara hasta Pomán, pueblo situado al sur del salar de Pipanaco, que a la sa zón
era casi la única presencia española en los valles. Finalmente y tras rechazar los consejos del
obispo Melchor de Maldonado, el gobernador se dirigió a Pomán. Allí, con toda la pompa y
ceremonia de rigor, se produjo el encuentro, el 30 de julio de 1657. Don Pedro consiguió que se lo
tratara con la defe rencia y respeto propios de un rey. A la vista de todos y tras con ferenciar con
el gobernador, reunió a la veintena de caciques que lo acompañaban, y con un simple gesto los
invitó a misa. Todos ingresaron a la ceremonia. Al ver esto, los jesuitas seguramente se
preguntarían, "¿qué tiene este hombre que con tanta facilidad consiguió algo que nosotros
llevamos décadas sin lograr?". Tras la misa, Bohórquez reunió a los caciques y les cortó el pelo. A
pesar de la gran importancia que los indios daban a su cabellera, pues mantener largas crenchas
era un símbolo de fuerza y viri lidad entre los calchaquíes, dócilmente aceptaron lo que Pedro les
pedía. Atónitos, los españoles no podían salir de su asombro: indios tan insumisos y feroces se
comportaban como mansos cor sy deritos al influjo de la gracia y el carisma de don Pedro. Si
alguna duda quedaba en la cabeza del gobernador respecto de la conve niencia de llegar a un
acuerdo con ese extraño personaje, estas se esfumaron ante la evidencia del absoluto dominio y
control que ejercía sobre los indios.

Pedro Bohórquez salió del encuentro con un título de teniente

De gobernador y capitán general, y con la expresa autorización de usar el título de Inca. Se retiró a
los valles el 13 de agosto, tras dos semanas de banquetes, fiestas, homenajes, cargado con
valiosos regalos. A su salida de Pomán, la población lo saludaba al grito de “viva el Inga!”. Se había
comprometido con el gobernador a pacificar el valle, facilitar el cumplimiento de las obligaciones
para los encomenderos, colaborar con la evangelización que cua tro misioneros jesuitas llevaban
adelante en las misiones de San Carlos y Santa María, y señalar los sitios que encerraban las gran
des riquezas. Sin embargo, pasaba el tiempo y cada vez se tenían menos noticias de don Pedro.
Los jesuitas que habitaban en San Carlos trataban de mantener informados a sus superiores, pero
no había ni señales de las riquezas prometidas. Por otra parte, el gobernador Mercado y Villacorta
le había concedido grandes fa cultades, muchas de las cuales se superponían con las jurisdiccio nes
de las ciudades ya fundadas. El virrey amonestó al gobernador por haber celebrado de modo
inconsulto tratos con un presidia rio fugado de Valdivia. Don Alonso Mercado y Villacorta intentó
enmendar el error cometido e intentó apresar a Pedro, pero el temor a un levantamiento general
lo disuadió de hacerlo, en dos ocasiones. También intentaron matar a Bohórquez, enviando a
algunos españoles a visitarlo a Tolombón, pero el apoyo de los indios, que le avisaban sobre
cualquier rumor que se escuchaba, y la buena suerte que acompañaba al andaluz los hizo fracasar.
Mientras tanto don Pedro, reconocido como Inca por todos los pueblos del valle calchaquí,
recorrió toda la región, azuzando a los indígenas contra el dominio español y recibiendo en su casa
en Tolombón a caciques de los más variados y distantes pueblos y lugares del valle, que se
presentaban a darle su adhesión. Pueblos que habían rechazado a los incas unos ciento y tantos
años atrás, ahora encontraban en este heredero de Paullu inca al líder que iba a organizar el gran
alzamiento contra el dominio colonial. A pesar de lo pintoresco del cuadro de un andaluz
arrogándose el título de inca, no era infrecuente que en ciertas circunstancias un líder externo al
grupo asumiera la dirección y confederara a los distintos cacicazgos en un esfuerzo bélico común.
Hacía pocos años, el gran levantamiento había concluido con la captura y muerte de Juan
Chelemin. La ausencia de un fuerte dirigente conspiraba contra la organización de una gran
resistencia. Ahora surgía oportunidad. A medida que pasaba el tiempo, las relaciones entre Pedro
Bo hórquez y el gobernador eran cada vez más tirantes. Al final, el inca se negaba a comunicarse
con él y pedía hacerlo con el virrey o con la Audiencia. Por otra parte, las evidencias de que se
estaba organizando un gran levantamiento eran cada vez mayores, lo que decidió al gobernador a
hacer una entrada al valle. Ingresó desde el norte atacando pueblo por pueblo y forzando la paz
con cada uno por separado. Hubo ataques contra las dos misiones de San Carlos y Santa María.
Por el sur, ingresó Francisco de Nieva y Castilla. La campaña se extendió por más de seis meses y
tuvo como resultado la derrota definitiva de los indios: hubo cuatrocientos indios degollados,
cuatrocientas mujeres muertas en batallas, mil prisioneros y más de seiscientas familias desna
turalizadas. Tras la derrota del último bastión de resistencia, los Quilmes fueron desnaturalizados
a orillas del Río de la Plata. Desde entonces, el valle calchaquí quedó en posesión de los con
quistadores, y su población originaria exterminada. Antes del estallido del gran alzamiento, Pedro
Bohórquez fue apresado y enviado a Charcas para ser procesado. Finalmente ter minó su vida en
la plaza de Lima sometido a garrote vil. Este per sonaje supo condensar en su persona una doble
utopía: la indíge na, de restaurar el incario, de retornar a un tiempo pasado donde no existían ni
las injusticias ni las arbitrariedades del orden co lonial; y la española, de alcanzar la gloria y el
poder mediante el hallazgo de grandes riquezas ocultas. Comprendiendo muy bien ambas,
consiguió convencer a los europeos sobre sus planes con el cebo de un futuro cercano colmado de
fortuna; y a los indí genas, sobre la importancia de restablecer el domino incaico y destruir a los
españoles. Por otra parte, coincidió su llegada al Tucumán con circunstancias particulares. A esto
hay que agregar, por supuesto, las características personales del sujeto. Una vez concluidas las
guerras calchaquíes, dominados los va lles y destruida su población, para los españoles que vivían
en Tucumán la vida se hizo más simple y tranquila. A los sobrevi vientes indígenas les esperaba el
destierro, los trabajos forzados y la muerte. El oro brillaba por su ausencia en esos lejanos parajes;
las tierras, a pesar de su fertilidad, nada valían si no se disponía de brazos para trabajarlas; ocurrió
en el Tucumán lo mismo que había sucedido en el resto del nuevo continente: la explotación de la
mano de obra indígena fue casi el único medio al alcance de los europeos para acceder a la
riqueza, y la encomienda, el modo principal de explotación de la población nativa. Esta había
comenzado con la conquista misma, cuando Cristóbal Colón realizó los primeros repartimientos de
indios entre sus seguidores, y luego fue co brando su forma definitiva tras una serie de
disposiciones reales. En suma, consistía en que la Corona encomendaba a un español un conjunto
de indígenas, quienes debían trabajar para él, y este se comprometía a instruirlos en la nueva fe.
Los grandes abusos perpetrados contra la población aborigen despertaron una tenaz oposición
entre franciscanos y dominicos, quienes iniciaron una campaña en defensa de los pueblos
indígenas, encabezada por Fray Bartolomé de las Casas. Esta prédica encontró eco entre los
consejeros del Rey Carlos V, y finalmente en 1542, se dictaron las llamadas "leyes nuevas", que
imponían un conjunto tan severo de restricciones a la encomienda, que prácticamente la hacían
desaparecer. El intento de aplicar las nuevas disposiciones sobre la encomienda en el Perú desató
una guerra civil. En los remotos confines del imperio, sin embargo, las encomiendas sobrevivie ron
durante todo el período colonial y fueron la forma principal de organización y explotación del
trabajo indígena. A diferencia de lo que ocurrió en las áreas principales de la dominación es pañola
en América, en la región del Tucumán las encomiendas adoptaron características especiales:
podían concederse por más de dos vidas, y el servicio personal y el alquiler de indios enco
mendados eran una práctica habitual. También el vínculo entre la encomienda y la propiedad de la
tierra fue más estrecho. Los encomenderos se encargaban además de cobrar el tributo, que en
aquellos alejados parajes, era impuesto a toda la población casi sin excepciones. Las relaciones
entre los encomenderos y los indigenas fueron siempre objeto de preocupación por parte de las
autoridades coloniales. El hecho de que en el interior de la encomienda no había forma de
controlar de un modo eficaz las actitudes y la conducta de los encomenderos hacia los indigenas
conspiraba contra el buen trato, o mejor dicho, favorecía una explotación abusiva y desmedida.
Para evitarlo, en tiempos del virrey Toledo se impusieron restricciones a las encomiendas del Perú
como los límites al monto que los indígenas debían pagar por el tributo o la eliminación del
encomendero como encargado de recaudarlo, y su reemplazo por un agente del gobierno colo
nial. Se intentó aplicar estas medidas en el Tucumán, mediante las Ordenanzas del Gobernador
Gonzalo de Abreu, en 1586. La situación en esa alejada región de frontera era muy desfavora ble
para los indígenas, pues los encomenderos explotaban a los indios según su voluntad. No solo
habían ocupado las tierras que antes pertenecían a los indígenas por mercedes reales, sino que
también se habían adueñado de las propias tierras de los pueblos de indios, organizando allí sus
actividades agrícolas. Obligaban a trabajar a todos los miembros de las familias indígenas sin distin
ción alguna. Las poblaciones eran trasladadas a largas distancias, según las necesidades del
encomendero, ya fuera en grupos o en "piezas sueltas" Además, el encomendero llevaba a su casa
urbana a todos los indios que quisiera y dejaba en el campo a un "poble ro" o "sayapaya", una
suerte de capataz, para que administrara el trabajo de la población indígena. Escaseaban los
adultos varones, porque eran llevados a las entradas y se los usaba como arrieros de las tropas de
ganado y carretas. Eso forzaba a que mujeres, ancianos y niños trabajaran para los españoles. En la
zona de San tiago del Estero, ese ritmo de trabajo solo se interrumpía en la época de la recolección
de la algarroba. Las ordenanzas de Abreu intentaron poner algunas limitaciones al poder de los
encomenderos; no tuvieron la firmeza de las medi das de Toledo en el Perú, en cuanto a fijar
claros límites al monto del tributo que debían pagar los indios, al menos buscaron pero regular la
forma de explotación del trabajo indígena. No preten 2indigenas fueron siempre objeto de
preocupación por parte de las autoridades coloniales. El hecho de que en el interior de la
encomienda no había forma de controlar de un modo eficaz las actitudes y la conducta de los
encomenderos hacia los indigenas conspiraba contra el buen trato, o mejor dicho, favorecía una
explotación abusiva y desmedida. Para evitarlo, en tiempos del virrey Toledo se impusieron
restricciones a las encomiendas del Perú como los límites al monto que los indígenas debían pagar
por el tributo o la eliminación del encomendero como encargado de recaudarlo, y su reemplazo
por un agente del gobierno colo nial. Se intentó aplicar estas medidas en el Tucumán, mediante las
Ordenanzas del Gobernador Gonzalo de Abreu, en 1586. La situación en esa alejada región de
frontera era muy desfavora ble para los indígenas, pues los encomenderos explotaban a los indios
según su voluntad. No solo habían ocupado las tierras que antes pertenecían a los indígenas por
mercedes reales, sino que también se habían adueñado de las propias tierras de los pueblos de
indios, organizando allí sus actividades agrícolas. Obligaban a trabajar a todos los miembros de las
familias indígenas sin distin ción alguna. Las poblaciones eran trasladadas a largas distancias,
según las necesidades del encomendero, ya fuera en grupos o en "piezas sueltas" Además, el
encomendero llevaba a su casa urbana a todos los indios que quisiera y dejaba en el campo a un
"poble ro" o "sayapaya", una suerte de capataz, para que administrara el trabajo de la población
indígena. Escaseaban los adultos varones, porque eran llevados a las entradas y se los usaba como
arrieros de las tropas de ganado y carretas. Eso forzaba a que mujeres, ancianos y niños trabajaran
para los españoles. En la zona de San tiago del Estero, ese ritmo de trabajo solo se interrumpía en
la época de la recolección de la algarroba. Las ordenanzas de Abreu intentaron poner algunas
limitaciones al poder de los encomenderos; no tuvieron la firmeza de las medi das de Toledo en el
Perú, en cuanto a fijar claros límites al monto del tributo que debían pagar los indios, al menos
buscaron pero regular la forma de explotación del trabajo indígena. No pretendian eliminar el
poder de los encomenderos, pero significaron una primera intervención del estado colonial para
acordar con los encomenderos cómo debía organizarse el trato con los indios. "Se buscaba un
mayor control estatal sobre la situación, cierto respero a recursos y descansos mínimos de la
población indígena que evitara la desestructuración total". Las principales disposiciones
establecían que habría participación estatal en la asignación de yanaconas; que se obligaría a
retornar a los indígenas sacados de la tierra; que se prohibía al encomen dero y a su familia residir
en los pueblos de indios; se reducía el tiempo que los indígenas debían trabajar para el
encomendero: ahora los hombres entre quince y sesenta años debían destinarle el cincuenta y
cinco por ciento de su trabajo anual, las mujeres, el cincuenta por ciento, y se exceptuaba a los
caciques y a los ancianos varones mayores de setenta años de edad, a las mujeres mayores de
cincuenta y cinco, y a los niños menores de diez años. Respecto de las tierras de los pueblos de
indios, se establecía que el encomendero podía cultivar en ellas, pero debía dar una parte al
indígena. Y que la organización, delimitación y vigilancia del pueblo quedaba a cargo del
encomendero o de su sayapaya. Esta ordenanza estableció muchas menos restricciones al poder
del encomendero que en otras partes del virreinato, porque en la región del Tucumán, donde la
conquista no había cesado y donde la presencia de los encomenderos era fundamental para
asegurar el domino colonial, estos eran bastante poderosos para imponer sus intereses sobre los
funcionarios reales. Dos años después, el propio virrey Toledo desconoció estas ordenanzas y
envió a un nuevo gobernador con instrucciones para imponer los controles sobre la encomienda
que se aplicaban en el resto del continente. Es decir, que se eliminara el servicio personal, que solo
tributa ran los hombres de dieciocho a cincuenta años, que se redujera los indios a sus pueblos,
etcétera. Estas instrucciones no fueron obedecidas. Es más, ni siquiera se aplicaban las moderadas
limi taciones de las ordenanzas de Abreu.

En las primeras décadas del siglo XVII, la corona renovó su pre ocupación por la libertad personal
de los indígenas y, mediante reales cédulas prohibió que pagaran el tributo bajo la forma del
servicio personal. Tomando en cuenta las numerosas quejas refe ridos a los malos tratos
propinados a los indios por los encomen deros, la Audiencia de Charcas resolvió en 1605 la visita
de un oidor que se concretó en la región del Tucumán en 1611. El oidor Francisco de Alfaro
estableció nuevas ordenanzas que estipulaban la prohibición de esclavizar indios, la necesidad de
agruparlos en reducciones, la protección de la tierra indígena y un límite a los tributos, que no
debían superar los cinco pesos anuales. También fijaba las pautas de funcionamiento de la mita,
ese trabajo forzo so por turnos que los españoles habían tomado de los incas pero modificado su
esencia. Se establecía que debía haber un mitayo por cada doce tributarios; se fijaba el monto de
los jornales que debía pagárseles, y se daba la posibilidad de conmutar el tributo por trabajo
durante treinta días. El tributo se pagaba en forma individual, a diferencia de el resto de América,
donde la obliga ción la asumía la comunidad indígena.
El intento de aplicar las ordenan¡”s despertó amargas reacciones entre los encomenderos, que se
quejaron ante las autoridades co loniales y concitaron el apoyo de los cabildos y de buena parte de
la iglesia, con la única excepción de los jesuitas que, por el contrario, fueron los que impulsaron
esas medidas protectoras. Finalmente, se terminó imponiendo un régimen de transacción en que
los encomenderos consiguieron fijar algunas condiciones más favorables para ellos, como, por
ejemplo, que se duplicara el monto del tributo que debían pagar los indios.

En la región del Tucumán, la producción en las encomiendas fue muy variada. Además de la
producción agrícola para abastecer a la población española, se producían paños de algodón con
que los nativos pagaban el tributo. Dichos paños tenían como desti no el mercado potosino.

Las ricas selvas que rodeaban San Miguel de Tucumán, tanto en su primer emplazamiento en
Ibatín como en su posterior y definitivo en La Toma, suministraron las ricas maderas con que se
elaboraban las famosas carretas tucumanas y todo tipo de mucbles./Los indios encomendados en
esa región, en especial los ubicados hacia el sur del distrito, se especializaron en las labores de
carpintería. Durante el siglo XVII, en las umbrías estribaciones del Aconquija, se instalaron grandes
carpinterías; entre las más célebres, estaban las de don Melián de Leguisamo, a la vera del Río
Lules, o la de don Duarte Meneses, en Nache, donde trabajaban muchos indios encomendados.
Las ramadas o carpinterías se extendían hasta el sur, y había algunas muy grandes en la zona de
Escaba. El trabajo en esas instalaciones lo efectuaban indios encomenda dos, que habían
desarrollado una notable destreza en la materia. Si bien se producía todo tipo de muebles y
objetos de madera, sin dudas el principal bien fabricado por las ramadas eran las carretas
tucumanas. Estas despertaron la admiración de todos los viajeros por su porte, su capacidad -se
estimaba que podían transportar unas doscientas arrobas (unas dos toneladas)- y porque no usa
ban en todo su armado una sola pieza de hierro. La economía del Tucumán siempre estuvo
asociada al hecho de que se desarrollaba en un lugar privilegiado para los intercam bios
comerciales en el espacio colonial. En sus orígenes, era el paso obligado desde Santiago del Estero
hasta Potosí y Lima, y tras la fundación de Buenos Aires y en la medida que este puerto se
convertía en lugar de ingreso furtivo de bienes europeos, era el paso obligado de la ruta entre
Buenos Aires y Potosí. A esta vocación mercantil debe sumarse la fertilidad de sus suelos, la
abundancia de ríos, las buenas maderas para la fabricación de muebles y carretas. El sistema
comercial español conocido como "sistema de flotas y galeones", solo autorizaba el comercio a
través de un limitado número de puertos americanos. Dos veces al año llegaban a ellos las flotas
provenientes de Cádiz que, para evitar los ataques de los piratas que infestaban los mares, venían
custodiadas por galeones militares. Este mecanismo implicaba que, para que llegara al Tucumán
un efecto de Castilla, había partido de la peninsula ibé rica, desembarcado en Portobello o
Maracaibo, cruzado a lomo de mula el istmo, embarcado nuevamente hasta el puerto de El Callao;
de allí una vez más por tierra, había atravesado el Perú, el Alto Perú y, finalmente, arribado a
Tucumán. En suma, un artículo llegaba a cotizar cinco o seis veces más que otro que sim plemente
hubiera ingresado ilegalmente por el puerto de Buenos Aires. Esa fue la razón principal por la que
el contrabando se transformó en una práctica habitual durante el período colonial. Solo podían
ingresar al puerto de Buenos Aires los llamados bu ques de registro, que consistían en navíos que
habían obtenido un permiso especial para atracar en el puerto. A esto se sumaba la posibilidad de
los arribos forzosos de buques que, para evitar un naufragio o para protegerse de un temporal,
también eran auto rizados a guarecerse en el puerto. Ambas ocasiones eran aprove chadas para
introducir al país mercancías provenientes tanto de Europa como del Brasil y partir cargados de
productos del país, sobe todo, de sebo, cueros y plata. Otra fisura importante para el control del
monopolio ocurrió con motivo de establecerse un asiento de negros en la ciudad de Buenos Aires,
lo que significaba que ese puerto podía ser utilizado para ingresar esclavos africa nos a
Sudamérica. Sin embargo, nunca constituyó la esclavitud una necesidad imperiosa para la
explotación económica en estas regiones del continente, pues en la mayoría de los casos, los escla
vos solo eran utilizados para el servicio doméstico. Los jesuitas, en cambio sí los utilizaron en sus
explotaciones económicas para realizar algunas tareas especializadas. Sin embargo, la posibilidad
de ingresar buques al asiento era una oportunidad nunca des aprovechada de comerciar
vulnerando el monopolio español.

A lo largo del período y de un mo¡” creciente, fue desarrollán dose un tráfico de bienes entre el
puerto de Buenos Aires y Po tosí, tráfico que favoreció especialmente a los habitantes de San
Miguel de Tucumán por varios motivos. En primer lugar, estos se especializaban en la “fletería”, la
fabricación de carretas y en la organización de las tropas que trajinaban esa vasta geografía entre
la quebrada de Humahuaca y el puerto de Buenos Aires.

Por otra parte, abastecían a ambos mercados el potosino y el porteño-con muebles, bateas,
suelas. Entre fines del siglo XVI y a lo largo del XVII, la mayor parte de la producción de la región de
San Miguel de Tucumán se dirigía al mercado alto peruano, donde Potosí era una pieza
fundamental. La especialización en la cría de ganado vacuno permitió exportar grandes cantidades
de ganado en pie a los mercados del norte. En el siglo XVII, casi el setenta por ciento de las
exportaciones tenían como destino el Porosí. A eso se agregaban derivados artesanales como las
suelas, los pellones y el sebo. Las tropas de carretas tucumanas trajina ban un itinerario comercial
complejo y dinámico; de la venta del ganado y los textiles en Potosí se obtenía el metálico con el
que se compraban los efectos de Castilla ingresados por Lima, los que eran vendidos en Tucumán y
en el resto de las ciudades. También había una importante y variada producción agrícola, como
trigo, maíz, tabaco, arroz, y de quesos, que en principio se orientaba al autoabastecimiento, pero
cuando había excedentes, se vendía en otras regiones.

Esa situación se mantuvo más o menos sin cambios hasta media dos del siglo XVIII, cuando la
economía de Buenos Aires expe rimentó un importante crecimiento como resultado de la expan
sión de la economía atlántica. Y también, por los cambios que los Borbones introdujeron al
sistema comercial español.

La creación del virreinato del Río de la Plata respondió a un con junto de razones, entre las que se
destacan las de orden político administrativo, la necesidad de contar con jurisdicciones más pe
queñas; las militares, la necesidad de proteger la frontera con el imperio portugués, sobre todo
después de la pérdida de la colo nia de Sacramento, y finalmente, las cuestiones económicas. A lo
largo del siglo XVIII, el crecimiento de la economía atlántica y el peso que adquirió el puerto de
Buenos Aires fue aumentando de modo decisivo. La puja comercial entre los intereses mercan tiles
de Buenos Aires y los de Lima por asegurar el mercado del Río de la Plata, el Tucumán y Potosí
terminó zanjándose a favor de los intereses del puerto atlántico. A fin de impedir que los bienes
ingresados subrepticiamente por Buenos Aires llegaran al mercado del Tucumán y del Alto Perú, y
para evitar que la plata potosina saliera por el Río de la Plata, se estableció en 1622 una aduana
seca en Córdoba, donde todo producto que la cruzara de sur a norte debía pagar un arancel del
cincuenta por ciento de su valor, y además se prohibía introducir plata amonedada o en piña a
Buenos Aires. Estas medidas resultaron inútiles para evitar el flujo comercial ilegal originado en el
puerto. Con el tiempo, en 1695, se desplazó la aduana seca desde Córdoba hasta Jujuy, lo que
implicó un triunfo de los intereses mercantiles de Buenos Aires que ampliaba su mercado legal a la
región del Tucumán. La creación en 1776 del virreinato del Río de la Plata, que tenia su capital en
Buenos Aires e incluía las regiones del Río de la Plata, Paraguay, Tucumán y el Alto Perú con las
ricas minas del Potosí, significó el triunfo de los intereses comerciales de Buenos Aries sobre los de
Lima. A ello se sumaron las nuevas medidas co merciales implementadas por los Borbones, las
llamadas "prag máticas de libre comercio" dictadas en 1778, que flexibilizaban las relaciones
mercantiles en el interior del espacio americano. Junto con las reformas político-administrativas y
mercantiles, es indudable que desde mediados del siglo XVIII se produjo una notable
transformación en el espacio económico rioplatense, ca racterizado por el dinámico ascenso de la
ciudad de Buenos Ai res y su puerto, como vía de ingreso de los productos europeos y como
centro de consumo de los productos del espacio virrei nal. La población de la ciudad de Buenos
Aires pasó de once mil seiscientos habitantes en 1744 a cuarenta y dos mil doscientos cincuenta
en 1810. La expansión atlántica y la creación del virrei nato impactaron en la ciudad, que pasó de
ser una pequeña aldea "a orillas del río inmóvil" a convertirse a fines del siglo XVIII en un pujante y
activo centro comercial que articulaba una compleja red de intercambios mercantiles. Eso implicó
una reorganización de los flujos del comercio, lo cual iba a ejercer una notable in fluencia en el
Tucumán. Además de comercializar los bienes de su variada producción agropecuaria y artesanal,
Tucumán se transformó en un centro de redistribución de los productos europeos o americanos,
como la yerba mate, al mercado alto peruano. Por otra parte, se benefi ciaba especialmente,
porque se encargaba de los fletes en carretas.

Para apreciar la magnitud de la expansión comercial de fines del siglo XVIII, basta ver que la
recaudación por alcabalas en la ciu dad de Tucumán, una suerte de impuesto a la circulación de bic
nes, creció de menos de doscientos pesos en la década de 1750, a un promedio de algo menos de
cuatro mil pesos al comenzar el siglo XIX. Otro dato significativo es que los altibajos en el comercio
ya no se relacionaban con la situación de la producción potosina, sino con los problemas
ocasionados por las guerras en el comercio atlántico. El pulso económico del Tucumán ya no latía
acompasado con el corazón minero altoperuano; sus impul sos, a fines del siglo XVIII, respondían a
los avatares del comercio trasatlántico a través del puerto de Buenos Aires. La venta de ganado en
pie fue el principal producto de exporta ción de Tucumán; en el siglo XVII, la mayor parte se dirigía
al Alto Perú, y a fines del XVIII perdió algo de su relevancia. La cría e invernada de mulares era otro
rubro importante. Los jesuitas tenían en sus estancias una buena cantidad de acémilas; tras su
expulsión en 1767 decayó mucho la cría de mulas en Tucumán y fue reemplazada por la invernada
de animales criados en el Li toral y en Córdoba. También era importante la cría de bueyes, sobre
todo, para el negocio de la carretería. La producción de suelas era otro rubro de gran
significación; en las últimas décadas del siglo XVIII se vendían cerca de diez mil unidades, cuyo
destino principal era la ciudad de Buenos Aires. Otros derivados de la ganadería, el sebo, la grasa y
el jabón, eran vendidos a los mercados de las ciudades vecinas y al Alto Perú. La producción de
quesos en las queserías del valle de Tafí tenía tam bién su relativa importancia así como la
elaboración de pellones. También debe consignarse la venta de productos agrícolas, como el trigo
y el maíz, que en años de buenas cosechas superaban las necesidades del abasto de la población
local y eran colocados en las ciudades vecinas. A fines del siglo XVIII, comenzó a desarro llarse la
producción arrocera con un notable éxito, y muy pronto el arroz tucumano era consumido en la
ciudad de Buenos Aires. El dinamismo de la economía tucumana era notable; a las ex tensas redes
comerciales la unían al Alto Perú, al Litoral y

Buenos Aires, se debe sumar una producción agrícola y ganadera muy variada que aprovechaba la
fertilidad natural de sus suelos. Por otra parte, el Tucumán se había caracterizado porque sus tic
rras no se concentraban en pocas manos. En promedio, existian multitudes de pequeños y
medianos productores que coexistians con algunos grandes terratenientes, el más notorio de los
cuales era la Compañía de Jesús, que hasta su expulsión, era dueña de las más fértiles tierras de la
región. El paisaje rural tucumano es raba dominado por la presencia de chacras, estancias y
potreros.

Los jesuitas tuvieron un papel decisivo en la historia colonial del Tucumán, tanto en los aspectos
propiamente religiosos como en los económicos y sociales. Su arribo a esa región en los confines
del imperio español ocurrió en 1585 cuando, enviados desde el Perú, llegaron los padres Alonso de
Bárzana, Francisco de Angulo y Juan de Villegas. Desde Santiago del Estero comenzaron su obra
misional; el padre Bárzana aprendió la lengua lule tonocoté y em prendió la evangelización de esos
pueblos. Los jesuitas crearon reducciones que tuvieron que ser trasladas con frecuencia, como
resultado de las guerras con los mocovies y por la permanente fuga de los indígenas atormentados
por las duras condiciones de los servicios personales que les imponían los encomenderos. Los
jesuitas se instalaron en la ciudad de San Miguel en Ibatín a

Fines del siglo XVI, donde recibieron las donaciones de un solar y

Luego, de unas estancias por parte del deán Francisco Salcedo y de las familias Medina y Bazán. A
comienzos del siglo XVII funda ron el colegio jesuita en Tucumán, que tuvo una destacada labor
educativa e intelectual impartiendo clases de gramática, casos de moral y un noviciado que luego
sería trasladado a Córdoba. A lo largo de esos siglos y mediante diferentes procedimientos que
incluían mercedes de tierras, donaciones y compras, los suitas se convirtieron en propietarios de
buena parte de las tierras fértiles cercanas a San Miguel. En su conjunto integraban un sis tema de
producción ordenado, muy bien organizado y tendiente al autoabastecimiento y a la articulación
con los mercados re gionales. Las vastas posesiones tenían dos centros principales: la Estancia de
San Ignacio y la Estancia de Lules; esta última, admi

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