UN HOMBRE EN BUSCA DE IDENTIDAD
DIARIO DE UN
PRISIONERO
Daniel R. Genovesi
Ilustración de tapa:
María Carla Genovesi
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
DIARIO
1. Mi nombre es Juan.
2. Vivo en una prisión.
3. Recuerdo historias.
4. Mientras me sumerjo en las sombras.
5. En mi cuerpo se registra mi vida.
6. Mi alma me susurra en sueños.
7. Alguien me guía en mi laberinto interior.
8. Para enfrentar mis miedos, dudas y destino.
9. Abrazo el centro de la vida.
10. En una danza sin fin.
ACTIVIDADES
1. Una mirada transgeneracional.
2. La máscara y la herida que nos libera.
3. El mito personal y las fuerzas del propio interior.
4. El trabajo con la propia sombra.
5. Escuchando la voz del cuerpo.
6. Recibiendo el mensaje de los sueños.
7. Integrando los opuestos ánima/ánimus.
8. La cualidad del tiempo que vivimos.
9. En contacto con el sí mismo.
10. Vislumbrando el inconsciente colectivo.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
“Alma mía, ¿dónde estás? ¿Me oyes? Yo te hablo, yo te
llamo, ¿estás allí? He regresado, estoy nuevamente aquí, he
sacudido de mis pies el polvo de todas las comarcas, y vine
hacía ti, estoy contigo, tras largos años de largo andar he
vuelto a ti. He de contarte todo lo que he visto, vivido, bebido
en mí. ¿O no quieres escuchar nada de todo aquello lleno de
ruido de la vida y del mundo? Algo, sin embargo, tienes que
saber: una cosa he aprendido, y es que hay que vivir esta
vida. Esta vida es el camino, el camino largamente buscado
hacia lo inasible, que nosotros llamamos divino.”
(C. G. Jung, El libro rojo, I,1 : El reencuentro con el alma.)
INTRODUCCIÓN
Él está allí y, donde muchos se desmoronarían, resurge.
La porción de mundo en el que está confinado no le pesa.
Es más amplia que la prisión que lo acompañó a todos lados
y que nunca detectó; es más benigna que la otra cárcel que lo
llevó a ser quien fue; es más luminosa que el calabozo donde
arrojó parte de su ser; y es más calma que la voz que gobernó
el fluir de sus palabras. Sí, para él su cuerpo fue su prisión;
su historia, su cárcel; sus represiones, su calabozo; y su
obsesión, su dueño.
Juan, apodado el bautista, está confinado en las
mazmorras del palacio de Herodes. Y ahora, el hombre que
creía vivir libre en el desierto, deberá aprender a conquistar
una nueva libertad en su cautiverio. Su mente y su corazón
serán el lugar donde registre sus convicciones, preguntas,
emociones y anhelos; ellos constituirán el diario que jamás
escribirá y que, al mismo tiempo, existirá por siempre
grabado en su propio ser. Este prisionero se transformará en
un hombre en camino y entonces… ¿quién sabe qué verdad
podría llegar a descubrir que afecte toda su vida?
El lugar donde comienza este diario de Juan es el lugar
donde muchos de nosotros estamos: aislados del resto,
encerrados en nuestras ilusiones y fantasías tras los barrotes
de nuestras compulsiones y fijaciones, pobres en certezas y
ricos en dudas.
Y así cómo él fue liberado por el advenimiento de Alguien
al que supo reconocer mayor que él, también cada uno de
nosotros puede cooperar en el surgimiento desde nuestro
propio interior de una realidad que es más grande que
nosotros mismos y que también nos ofrece redención en
nuestro cautiverio.
En la base de estas reflexiones están presentes tanto los
textos bíblicos que refieren a Juan como el proceso de
individuación según la concepción de C. G. Jung.
En lo que respecta a las Escrituras, Juan aparece en los
cuatro evangelios.
En Marcos es quien abre la narración y se convierte en el
nexo entre los dos testamentos.
En Mateo Jesús mismo habla sobre su persona y
ministerio.
En Lucas aparece conectado a Jesús desde su concepción
y mantiene un diálogo desde la prisión.
En Juan es quien envía a Jesús a los primeros discípulos y
se ve que su comunidad bautista continúa más allá de su
muerte.
La característica común es que en todos aparece como
aquél que bautiza a Jesús y ve descender al Espíritu sobre él.
Posee también una gran vinculación con el Antiguo
Testamento, tanto por su mensaje que se entronca con
Isaías, como por su persona que se conecta con la de Elías.
En cuanto al proceso de individuación, según Jung, es el
desarrollo completo del ser humano. Implica, inicialmente
asumir los complejos autónomos: núcleos de imágenes y
energías que están en el inconsciente y poseen una vida
propia. Entre ellos destacan:
- La sombra: todo aquello que somos y que para ser
aceptados en nuestro entorno hemos ocultado a los demás e
incluso a nosotros mismos.
- La máscara: esa forma habitual de mostrarnos y con la
que el yo tiende a identificarse.
- El ánima: en el varón es la personificación de todas las
tendencias psicológicas femeninas en la psique, tales como
vagos sentimientos y estados de humor, sospechas
proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor
personal, sensibilidad para la naturaleza y relación con el
inconsciente.
- El ánimus: en la mujer puede personificar un espíritu
emprendedor, atrevido, veraz y en su forma más elevada de
profundidad espiritual.
Integrando la sombra y el ánima o ánimus (según el
género de la persona) se prepara el camino para la
manifestación de una unidad o yo superior, sí mismo o
centro organizador: es la totalidad de la psique y el punto al
que tiende el proceso de individuación.
Cada uno de los capítulos permite trabajar los temas que
se abordan desde la psicología y la espiritualidad a través de
una serie de actividades. Éstas son simples orientaciones que
podrán ser recreadas desde las necesidades concretas de
cada persona o grupo. Y los tópicos a desarrollar son tan
amplios que el objetivo, lejos de pretender abarcarlos en su
totalidad, es incentivar a cada uno a la propia profundización
personal.
El camino hacia la identidad personal profunda y esencial
es la búsqueda de la propia verdad personal. Es volver a
confrontarnos con el desafío inscripto en el frontispicio de
Delfos, Conócete a ti mismo, desde una actitud despojada de
prejuicios que comienza su búsqueda diciéndose: “Yo solo sé
que no sé nada”. Así se abre el camino a una verdad que
contiene una promesa de liberación vital.
La pregunta sobre la propia identidad nos lleva siempre
un poco más allá de nuestra habitual orilla insular de ideas y
costumbres y nos impulsa a adentrarnos en un mar donde un
misterio resurge y lejos de evadirse nos abarca y abre a una
nueva plenitud.
Este interrogante fue poética y dramáticamente planteado
por Dietrich Bonhoeffer durante la segunda guerra mundial.
Este joven teólogo luterano fue encarcelado y condenado a la
horca. En ese período de prisión escribió diversos textos,
entre ellos este poema “¿Quién soy yo”. El mismo refleja una
pregunta de muchos y el sentido de este trabajo.
“¿Quién soy? – Me preguntan a menudo –,
Que salgo de mi celda,
sereno, risueño y firme,
como un noble en su palacio.
¿Quién soy? – Me preguntan a menudo –,
Que hablo con los carceleros,
libre, amistosa y francamente,
como si mandase yo.
¿Quién soy? – Me preguntan también –
Que soporto los días de infortunio
con indiferencia, sonrisa y orgullo,
como alguien acostumbrado a vencer.
¿Soy realmente lo que otros afirman de mí?
¿O bien solo soy lo que yo mismo se de mí?
Intranquilo, ansioso, enfermo, cual pajarillo enjaulado,
pugnando por poder respirar, como si alguien
me oprimiese la garganta.
Hambriento de olores, de flores, de cantos de aves,
sediento de buenas palabras y de proximidad humana.
Temblando de cólera ante la arbitrariedad y el menor
agravio,
agitado por la espera de grandes cosas,
impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía.
Cansado y vacío para orar, pensar y crear,
agotado y dispuesto a despedirme de todo.
¿Quién soy? ¿Éste o aquel?
¿Seré hoy éste, mañana otro?
¿Seré los dos a la vez? Ante los hombres, un hipócrita,
y ante mí mismo, un despreciable y quejumbroso débil?
¿O bien, lo que aún queda en mi se asemeja al ejército
batido
que se retira desordenado ante la victoria que creía
segura?
¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, tú me conoces, soy tuyo, ¡oh, Dios!”
Hurlingham, 13 de febrero de 2017.
1. MI NOMBRE ES JUAN
Parecía un día común, uno más. Pero fue el último.
Los hombres venían en fila hacia mí como siempre. En el
río, junto a mí, se inclinaban para que los bautizara. Uno tras
otro.
Fue al mediodía cuando llegaron los guardias de Herodes.
Creí que harían algún nuevo abuso de autoridad; el portar
armas los envalentonaba. Pero esta vez el objetivo no fue
amedrentarme. Tal vez ya habían descubierto que eso no era
posible conmigo. ¿Amenazar con matar a quien vive en
condiciones casi infrahumanas? ¡La condena es vivir, no
morir!
Desde ese entonces estoy aquí en el palacio. En la celda a
la que me confinó el tetrarca. Al inicio la encontré húmeda,
maloliente y oscura. Imposibilitado de ver el sol, pronto
perdí el registro del tiempo. ¡Ah, extraño el sol…! El último
que vi y sentí fue el de sexta, el momento en que la plenitud
comienza a declinar. ¿Extraño el sol…? ¡No! No es verdad.
¡Extrañaba! Ahora ya no. Con el paso de los días comencé a
percibir todo de un modo diferente. ¿Cuánto he necesitado
para adaptarme a esta condición? Estoy en el mismo lugar y
en mi entorno nada ha cambiado. Sin embargo ya no me
parece ni húmedo, ni maloliente, ni oscuro.
Si no cambió nada en mi entorno y ahora está todo bien…
¿Cambié yo?
Cuando fui parte de la comunidad esenia un anciano me
confió que en su juventud se había propuesto reformar el
mundo, que luego en la mitad de su vida se contentaba con
cambiar a las personas que estaban a su alrededor y que
ahora, ya en sus últimos días, se proponía transformase a sí
mismo. – No malgastes el tiempo como lo hice yo- me
indicó-. Comienza la transformación en ti y no en los otros;
inicia hoy y no mañana.
Es curioso que ese recuerdo surja en este momento. Los
últimos años me dediqué a decirle a la gente que debía
cambiar. Acaso este estar completamente aislado sea una voz
del que me envió al desierto para que entre ahora en mi
propio ser. ¿Y si hallo un desierto también allí? No me
resultaría extraño; el desierto me es familiar.
¿Pero cómo entrar en mí? Los que me pedían que los
bautizara, los sumergía en el Jordán.
Y yo… ¿cómo sumergirme en el río de la vida?
Creo que la puerta está frente a mí, a mí alcance. Como
todos la tienen a su alcance. Como el agua del Jordán. Basta
con querer acercarse.
Voy a comenzar sumergiéndome en donde surgí a la vida,
en mis orígenes, en mi familia. Me parece que es el mejor
lugar por donde iniciar el ingreso a mi propio ser. Al fin de
cuentas, allí comencé a existir.
Soy hijo de Zacarías, el sacerdote de la casa de Abías. Y
comencé a ser una leyenda desde antes de nacer. Mi padre,
según me relató, estaba quemando incienso en el santuario
cuando un ángel le anticipó mi nacimiento. Por la avanzada
edad que tenían tanto él como mi madre, Isabel, dudó de que
eso fuera posible y como castigo quedó temporariamente
mudo. Es curioso que siendo un hombre religioso no tuviera
fe, que no aceptara la posibilidad de que Dios quisiera hacer
algo más allá de las previsiones humanas.
Yo, por el contrario, creo que he llevado una vida
dedicada exclusivamente a la fe, como completando lo que
no vivió mi padre. Para ser mas honesto con su memoria,
con lo que solo en algunos momentos vivió: era afecto a los
ritos que le daban seguridad; fuera de ellos su hogar parecía
ser la duda. A veces pienso que en algún rincón de su alma,
una parte de él hubiera sido feliz sin vincularse al templo. De
ser así pareciera que la forma en que yo he vivido mi vida ha
sido la vida no vivida de mi padre.
Por cierto que estoy viviendo lo opuesto a lo que fue su
historia. Por descendencia debía ejercer funciones
sacerdotales. Y sin embargo me aparté de ello. A él se lo
conoce por enmudecer y a mí por ser la voz. La gente me
llama profeta. Yo no sabría qué decir de eso. Se que fui la voz
que gritaba en el desierto… Pero ahora que no estoy en un
desierto y que nadie me escucha… ¿Quién soy?
Dicen que mi nacimiento también tuvo su novedad.
Algunos querían que me llamara como mi padre pero mi
madre se opuso y propuso Juan. Más bien lo impuso; no
hubo forma de hacerla cambiar de parecer. Los parientes
discutían con ella argumentando que nadie en la familia
tenía ese nombre, lo que implicaba una velada sospecha
acerca de quién era hijo. El punto final lo dio mi padre al
escribir en una pizarra: - Su nombre es Juan-. Su
intervención fue suficiente. Y al darme el nombre recuperó la
voz.
Ahora, en la distancia, comprendo que fue un acto de
libertad: con ese nombre podía ser parte de algo nuevo, no
tenía por qué atenerme a historias antiguas, a reglas o a
formas de resolución de conflictos de otros. Si me hubieran
llamado Job estaría destinado a ser el sufriente, si hubiera
sido Noé, el trabajador que contiene a los demás, o si hubiera
recibido el nombre de mi padre… ¡qué peso para el futuro! Le
debo a mi madre esa libertad en potencia y a mi padre el
permitirla.
La novedad del nombre fue también un punto de partida.
Me pregunto si habré vivido su significado como misión:
Dios es misericordioso. Cuando miro lo que he realizado y
rememoro las cosas que proclamé me resulta difícil afirmar
que lo viví así. Me consuela pensar que tal vez el nombre me
fue dado para que recuerde esta afirmación cada vez que soy
interpelado por mi propia conciencia…
Sí, los nombres no son irrelevantes; marcan el destino,
nos recuerdan la misión que tenemos en la vida.
También puedo recordar que entre el anuncio del ángel y
mi circuncisión sucedieron cosas. Bien podría delimitar esa
etapa desde que mi padre enmudeció hasta que recuperó el
habla. Durante mi gestación no escuché su voz pero sí la de
mi madre, mientras era tejido en lo íntimo de su tierra.
Ella vivió oculta cinco meses… ¿tendrá eso algo que ver
con mi alejamiento de la gente, con ese gusto por los lugares
desiertos?
Ella había vivido con vergüenza su esterilidad… ¿tendrá
acaso esa emoción relación con mi ausencia de
descendientes, con el haber elegido no casarme?
¿Y si eran suyos muchos de los sentimientos que tantas
veces registré como míos…?
Desde la perspectiva de mi madre, ¡y en ese momento
también era desde mi perspectiva!, fue el tiempo de la visita,
del saludo, del estremecimiento y de la fe. En esos días mi tía
Miriam la visitó. ¡Y mi madre repitió esta anécdota hasta el
cansancio! Decía, tocando su cuerpo: - Tú te estremeciste
cuándo ellos llegaron. ¡Saltaste de alegría en mi seno!
De niño me contaba historias que al crecer consideré
exageraciones de madre… Y pese a que nunca pude
comprobarlas, de grande he presenciado cosas que me
llevaron a replantear mi opinión sobre sus creencias…
¡Porque en verdad ella creía lo que me contaba!
Todos esperaban mucho de mí. Mis padres, mis
familiares… ¡hasta mis vecinos! Ain Karim era un pueblo
como todos y todo se sabía; para bien y para mal. Cuando se
desestima a alguien es una verdadera tragedia porque todos
valemos ante Dios. Pero cuando se sobre estima a alguien:
¿qué es eso? Yo viví con esas expectativas. Mi padre al
circuncidarme proclamó delante de todos que yo sería el
profeta del Señor que iría delante suyo a preparar sus
caminos. ¿Qué hacer cuando tienes una misión que te
excede?
Por años me planteé esa pregunta. Fue al irme de mi casa,
al bendecirme mi padre, que obtuve inesperadamente de sus
labios la respuesta: - Recuerda que toda misión excede al
hombre y que solo puede llevarse adelante con la fuerza del
Altísimo.
Para llegar a ser quien soy fui el hombre de fe anunciando
al que había de venir. Sí, esa ha sido la característica de mi
vida. Pero… ¿por qué dudo ahora?
En mi familia fui hijo único: consentido hasta donde mis
padres podían hacerlo. Sin embargo no fui consentido como
otros niños, que eran sobreprotegidos o malcriados por sus
padres. Mi carácter siempre fue exigente y demandante pero
no con cosas y placeres sino con mi estilo de vida. Hoy puedo
mirarme a mí mismo y reconocer mis extravagancias y
excentricidades. ¿En cuánto afectó a lo que hice…? No estoy
en condiciones de juzgarme a mí mismo; no me haría bien en
este momento.
Por ser hijo único no aprendí a dialogar o a tan siquiera a
discutir reclamando y cediendo. Era mi palabra, mi
perspectiva y mis leyes. Y si no era así… ¡estaba mal! La otra
alternativa era las leyes de mis padres. Era lo mío o lo de
ellos. No hubo lugar para un semejante
¡Quién sabe si hoy no estoy aquí, en esta cárcel,
precisamente por todo lo que he comenzado a recordar! Pero
si esto es así… es tan solo el inicio. Sé que hay más… ¡Mucho
más! ¡Y quiero llegar hasta el fin!
Señor, Dios mío,
mi nombre es Juan
y quiero saber quién soy.
Sondéame y penetra en mi interior;
examíname y conoce lo que pienso;
observa si estoy en un camino falso
y llévame por el camino eterno.
2. VIVO EN UNA PRISIÓN
¡Cuántas veces lo que nos agobia es lo que nos sostiene!
La tarea que repetimos todos los días revela parte de lo que
somos y nos da identidad. Sólo que lo hace de un modo tan
limitado… ¡Nuestros actos son meras sombras que no logran
mostrar lo que realmente somos!
A mí ya comenzaban a apodarme el bautista. Era como
los demás me veían y como yo me mostraba. Me situaba al
lado de un río y todos los que venían hacia mí eran los que
daban sentido a mi permanencia en ese lugar. Venían como
piedras sucias y salían limpias. Y los que se quedaban un
tiempo conmigo comenzaban a pulirse. Y eso les parecía muy
bueno… pero yo sabía que no era suficiente. Yo estaba allí,
lavando a cada uno… ¡porque esperaba poder encontrar uno
que al lavarlo descubriera que no era una piedra sino un
diamante!
Para la gente yo era el que bautizaba. Yo me hubiera
llamado a mí mismo el que buscaba.
Ahora mi rutina es estar aquí encarcelado. ¿Qué es lo que
hace que un lugar sea una cárcel? ¿Es suficiente con un
cuarto cerrado y un prisionero? No, hace falta algo más.
Alguien que haga real esta relación, un hombre ante el que
sea un prisionero: el carcelero. Con su sola presencia me
recuerda constantemente mi estado de cautiverio.
Lo que transforma un lugar en una cárcel no son las rejas
ni los candados sino la relación que se establece entre esas
dos personas, entre alguien que acepta ser el prisionero y
otro el carcelero. Enfocado así existen, tanto en
matrimonios, familias, trabajos y sinagogas, más cárceles de
las que estaríamos dispuestos a admitir. ¡Y hasta habrá quien
viva a Dios como su carcelero!
¿Podría decirse que cada uno recibe el carcelero que se
merece? Pues debo de haber hecho algo muy malo entonces.
O simplemente estoy siendo desafiado a ir más allá de mí
mismo.
En mi caso tengo dos guardias: uno me trata con
desprecio y burla y el otro con admiración y respeto. El
primero es decididamente partidario de Herodes; el segundo
fue bautizado por mí. Pese a que lo hacen de manera
diferente, ambos me dañan; ninguno logra verme tal como
soy sino según lo que necesitan ver.
Este es mi nuevo desierto, el lugar donde la roca descubre
que no es inmutable. El trato alternado de mis carceleros me
ha llevado a despojarme de mis falsas identidades. Se que no
soy lo uno ni lo otro. Curiosamente el que me trata como un
delincuente me hiere menos que el que me trata como un
hombre santo.
En el desierto, el paso de un intenso calor a un frío
extremo durante el mismo día hace que algo ocurra y que se
revele que, tras la apariencia de solidez, la roca es tan solo un
fino polvo que puede ser afectado hasta por una simple brisa.
Estos dos hombres recrean el clima del desierto para mí y me
ayudan a descubrir quién soy. ¡Cómo deseo poder ser
afectado un día, como Elías, por el simple beso de la brisa…!
¿Llegaré un día a tener semejante experiencia?
Siempre me inspiró la historia de Elías, el gran profeta,
hombre de carácter que poseía un espíritu en llamas. Hoy no
me maravilla en sí el prodigio con el que asombró a tantos al
hacer descender fuego desde el cielo ni la sangrienta victoria
al degollar a los sacerdotes de Baal. Me alienta recordar a ese
hombre frágil y temeroso huyendo de una mujer e
internándose en el desierto camino al monte santo. Un
hombre sólo comienza su transformación cuando es herido.
Antes puede afectar a cientos de personas, hacer milagros o
revelar secretos indescifrables; sin embargo sigue siendo él
mismo. Lo nuevo aparece tras la herida, en un lento proceso.
Y es sólo a través de la herida que puede ver a Dios, como a
través de una grieta. Entonces cuando lo ve… muere. Yo he
experimentado esto…
La primera vez fue cuando ya hacía años que vivía en la
comunidad de los esenios.
Recuerdo muy bien cuál fue mi herida y cómo fue mi
muerte. Mi herida ocurrió en la comunidad: por apasionados
que fueran en su camino de perfección, habían hecho de sus
métodos un fin y no estaban dispuestos a mirar más allá de
ello. Habían comenzado a generar sus tradiciones y a
olvidarse que éstas debían nacer del encuentro con alguien
más grande que todos ellos. Y en un momento comencé a ser
como un extranjero, alguien extraño a sus costumbres. Las
conocía pero no tenían sentido. Externamente podía replicar
sus mismos pasos pero internamente percibía otra música. Y
me marché al desierto porque allí ya no había lugar para mí.
Acaso el dolor de la partida me hizo más permeable para
escuchar a Dios. No había nadie que me recordara quién
era… ¡ni que aguardara algo de mí!
Fue como si los golpes de la vida hubieran aflojado una
máscara que cubría el verdadero rosto. Entonces, desde
algún rincón del alma se abrió paso una fuerza a través de
una fisura imperceptible… ¡Y abrió una grieta!
Por allí escuché por primera vez, nítidamente, a Dios. Me
envió a preparar los caminos para quien había de venir. En
ese momento no sabía quién sería. Creí saberlo más tarde.
Hoy tengo mis dudas…
¿Cuál fue mi muerte? Morí a mi vida encerrada en mí
mismo, buscando mi propia perfección. Desapareció el
esenio, el recluido en una comunidad de selectos y diferentes
y surgió el que respondía a la misión, el que bautizaba
porque buscaba.
Porque mi finalidad no era bautizar sino descubrir.
La segunda vez fue mucho tiempo después. Pareciera que
Dios habla y luego calla. Y tienes que vivir con esa
convicción. Si la revelación fue auténtica no se te olvida. Y si
sigues creyendo en ella, te da ánimo. Mi madre decía que era
feliz todo aquél que creía que se cumpliría en su vida lo que
le había prometido el Señor. Porque toda palabra, promesa o
visión siempre requiere que creas: que no la degrades a
ilusión o autoengaño. Y que aguardes: porque la cumple
Dios, no el hombre. Sin la prisa de Abraham, que engendró a
Ismael cuando debía ser capaz de aguardar por Isaac.
Para ese tiempo la misión que había iniciado ya mostraba
sus frutos: venía gente de todas partes y buscaban
sinceramente el Reino de Dios. E incluso algunos de ellos
comenzaron a vivir junto a mí. Les enseñe a bautizar y a
orar; organizamos parte de la vida en común, casi parecía
haber surgido la comunidad que siempre había deseado
tener.
Y justamente fue ese medio el que propició la segunda
herida. Yo era quien los lideraba; y al estar en esa tarea se
comenzó a abrir otra fisura en mi ser. Acompañar rutinas,
dirimir conflictos, escuchar una y otra vez disputas por las
pequeñas cosas, descubrir que pronto al reino lo
identificamos con nuestras propias causas…
Y esta nueva fisura engendró una grieta por la que volví a
ver a Dios. Pero esta vez no fue sólo una voz; hubo también
una imagen. Vi que el cielo se abría y que de allí bajaba, en
forma como de paloma, el Espíritu Santo y se posaba para
siempre en mi primo Jesús. Y una voz decía que él era su hijo
muy amado y que se alegraba con él.
No tuve oportunidad de hablar acerca de lo que había
generado en su interior esa experiencia, ya que casi de
inmediato se retiró al desierto y cuando regresó yo había sido
encarcelado. Pero sí puedo registrar lo que generó en mí. Por
una parte me alegró haber cumplido mi misión.
¡Había hallado al diamante! ¡Estuvo junto a mí toda mi
vida! Había jugado y discutido con él como niño; era con
quien había reído y hablado como un amigo. Al menos en
ese momento lo creí así…
Ya había hallado y mostrado al que había de venir.
Recuerdo haberle dicho a dos de mis discípulos que Jesús
era el cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo. Y
ellos de inmediato se fueron con él.
Yo pensé que ese era el momento en que se restauraría
Israel; que había llegado el tiempo en el que debía
profundizar todo lo que había estado haciendo: los
bautismos, el mensaje de conversión, la inminencia del juicio
¡con el filo del hacha ya listo a dar el golpe!, y el reproche a
Herodes por su relación incestuosa con Herodías, ¡la mujer
de su hermano!
Así, yo por mi lado, apoyando lo que él hiciera, y él
desplegando todo su nuevo potencial, protegiéndonos
mutuamente, seríamos los instrumentos de Dios para el
surgimiento de un renovado y victorioso Israel.
Ver a Dios es morir. Es literal; solo que es de a poco.
Cuando Dios se muestra no es para que uno siga haciendo
exactamente lo mismo que estaba haciendo. Su aparición
provoca un cambio. Y Él es el único que puede provocarlo. Y
si uno no cambia, los acontecimientos te fuerzan a esa
transformación. Lo que experimenté no era para que siguiera
haciendo exactamente lo mismo sino justamente todo lo
contrario: para que dejara de hacer lo antiguo y me abriera
plenamente a lo nuevo. Porque debí haber muerto a lo
anterior y renacer a una nueva dimensión de mi vida.
Yo no lo hice e intensifiqué mi crítica contra Herodes y
Herodías. Me aferré a seguir siendo el profeta que anunciaba
y denunciaba. Me había tomado mucho tiempo forjar mi
máscara: coherencia, intransigencia, desprendimiento,
sinceridad, abnegación, fe… Quise seguir siendo lo que era
en vez de cambiar.
Admito que me equivoqué. Si yo debía mostrar al que
había de venir y ya lo había hecho… ¿por qué no fui con mis
discípulos a seguirlo a él? ¿Acaso me apegué más a ser el
hombre al lado del río? No lo tengo en claro...
También me equivoqué al creer que mi primo hablaría de
mí o retomaría mi discurso contra este poder de turno; me
equivoqué conmigo y también con él. Pero ese es otro tema…
¡Y no menor por cierto!
De él he escuchado que tras su momento de inspiración
en el bautismo fue tentado en el desierto. Es la ley del
crecimiento del cielo; por regalado que sea desde arriba no se
lo recibe sin un esfuerzo de conquista desde abajo:
inspiración y tentación en forma consecutiva. Una te prepara
y la otra te confirma.
Cada nueva visión y experiencia te lleva a una nueva
tentación, más sutil, menos obvia. Creo que la más fina es
cuando no sabes que eres tentado y, en su expresión máxima,
ni siquiera tomas conciencia de que ya has sido vencido por
ella. Es el caso del estudioso de la Ley que tiene su
compasión adormecida, o del religioso que se autocomplace
al orar consigo mismo, o del piadoso que queda absorto en
sus prácticas rituales, o del fanático que descarga sus
ansiedades atacando a otros, o del hombre que, nada más y
nada menos, se cree un dios o su vocero directo.
He escuchado que él venció sus tentaciones en su tiempo
de desierto. Yo, tras mi momento de participar en esa
inspiración, no fui capaz de percibir cuál era la tentación con
la que tenía que enfrentarme.
Ahora la veo. Y puedo despertar. Puedo dejar mis
ilusiones, fantasías y proyectos para percibir lo que Él quiere
hacer. Es tiempo de quitarme la máscara para saber quién
soy en realidad; es momento de que deje de ser el carcelero
de mí mismo y permita a lo aprisionado recuperar su
libertad.
Vienen a mi mente el recuerdo de estas palabras de Isaías:
“Cuando el Señor
te haya dado el pan de la angustia
y el agua de la aflicción,
Aquél que te instruye no se ocultará más,
y verás a tu maestro con tus propios ojos.
Tus oídos oirán detrás de ti una palabra:
Este es el camino, síguelo,
aunque te hayas desviado
a la derecha o a la izquierda.”.
Señor, creía que era una roca
y me descubrí que apenas soy polvo.
Te agradezco mis heridas,
que me han permitido conocerte.
Te agradezco por todas las fisuras
que han madurado en grietas
desde las que puedo ver algo más allá de mí.
Perdona mis falsas seguridades,
mi continua persistencia a aferrarme a mi máscara.
Diles al carcelero y al prisionero que moran en mí
que están libres de ese juego.
Libérame, Señor,
de la cárcel que he construido desde mi propio interior.
3. RECUERDO HISTORIAS
En este limitado espacio lo que parece infinito es el
tiempo. Pero no me engaño. Sé que nada es para siempre.
Aquí transcurren mis días y noches sin que pueda notar
cuándo uno cede su lugar al que le sigue. Tan solo la llama de
una lejana antorcha es mi continua y silente compañera.
Mi mente vaga sin rumbo. Fantaseo, divago, me ilusiono y
me deprimo. Quisiera poder gobernar mis pensamientos
pero apenas logro hacerlo. A veces me ayuda pensar qué haré
cuando sea liberado. Otras imagino a mi primo organizando
una protesta para pedir mi libertad. Pero ninguna me parece
real… ¡Y no me ayuda formarme falsas expectativas!
Sin embargo, últimamente he comenzado a recordar
historias que otros me contaron. ¿Por qué será? ¿Por qué
vienen hasta mí? Tal vez sea porque necesito volver a
apropiarme de cosas que he recibido. Hoy hay dos que
vienen dos a mi mente, con mucha nitidez. Es como si
estuviera frente al anciano que las narraba en la comunidad
esenia.
Él nos contaba:
- Era aún joven cuando pasé por una aldea en la que a
todos sus habitantes adultos les faltaba un ojo y una mano.
La curiosidad pudo más que el temor y decidí averiguar qué
había sucedido para que estuvieran todos en esa lamentable
condición. Uno de ellos me explicó la causa de esto. Solo los
mayores podían leer en público el texto sagrado. Y a partir de
ese momento se obligaban a cumplir al pie de la letra lo que
estaba consignado allí. Y me leyó uno de sus párrafos: “Si tu
ojo derecho es ocasión de pecado, arráncatelo. Porque si no
te lleva al bien… ¿para qué lo quieres? Y si tu mano derecha
está encadenada, córtala. Así, renunciando a lo que te
esclaviza serás libre.” Entonces yo decidí partir ese mismo
día del poblado porque ya estaba próximo a entrar a la
mayoría de edad…
Cuando le preguntamos dónde estaba esa aldea, él nos
respondió: - Está adentro de cada uno de nosotros. Y cuídese
cada uno a sí mismo de no habitar en ella. Porque cuando el
sabio apunta al sol, el necio mira el dedo. Cuando recibas
una ley descubre su sentido, porque la letra mata pero el
espíritu da vida.
La otra historia también trata de una aldea.
Todos vivían en paz en la comarca. El bosque que la
rodeaba era su protección natural y al mismo tiempo el lugar
donde hallaban su sustento. Una mañana, la tranquilidad en
la que vivían fue quebrada cuando uno de los pastores
descubrió que su rebaño había sido diezmado por una bestia.
Entre los hombres organizaron algunas emboscadas para
cazarla. Pero lo único que lograron fue descubrir que la fiera
era un león; y esto lo hicieron al precio de la vida de algunos
de ellos.
Cómo no hallaban solución a su problema se les ocurrió
contactar con un hombre santo que vivía en el desierto. De él
se decía que podía hablar con los ángeles, dominar a los
demonios y domesticar a los animales salvajes. Partieron en
su búsqueda y cuando lo hallaron le plantearon su problema.
Él accedió a ayudarlos. Fue con ellos hasta la aldea y luego se
internó en el bosque. A medida que pasaban los días el
optimismo general fue decayendo. Cuando apareció una
semana después les dijo: - He estado con el león. Él hará lo
que tiene que hacer. Ahora es importante que ustedes
comprendan lo que solamente a ustedes les corresponde
hacer-. Y les dio esta consigna: - Alimenten cada día a la
bestia.
El hombre santo no dijo nada más y se marchó. Los
pobladores quedaron desconcertados y en gran parte
insatisfechos. Esperaban otra clase de solución; que el león
hubiera muerto o bien que hubiera perdido su agresividad.
Pero tras el asombro inicial, y no contando con alternativas
valederas, decidieron llevar a la práctica la indicación que
habían recibido. Y desde ese día, en cada atardecer ofrecían
alimento a la bestia que merodeaba en el bosque.
Fue gracias a esa práctica que retornó la paz a la aldea.
Me pregunto para qué estoy recordando estas historias en
este momento.
Tal vez la primera me advierte de que he estado mucho
tiempo apegado a las reglas. Las que sirven y son muy útiles
en un momento deben de ser omitidas o descartadas en otro.
También podría significar que cada texto se comprende
según la comunidad que lo interpreta o según el entorno en
el que se vive.
Incluso podría indicarme que aún estoy a tiempo de no
perder mi ojo y mi mano si soy capaz de apartarme a tiempo
de esa perspectiva.
Esto último me dice algo más. Uno de mis carceleros me
pasa noticias del mundo exterior. Me cuenta cosas de Jesús.
Me ha dicho que en algunas ocasiones ha hablado de mí…
Me hace bien saber que no me ha olvidado… Y también me
ha descripto cómo lo ven algunos, como un glotón y bebedor,
amigo de los pecadores y recaudadores de impuestos… Cada
vez me es más difícil hacer coincidir a Jesús con el mesías
que esperaba. Pero si tan solo debiera de cambiar la forma en
que yo interpreto la Ley y los Profetas... ¿Y si debiera
aceptarlo como él es y no como yo quiero que sea?
Y la segunda me es más difícil de comprender aún.
¿Tendría que preguntarme qué es lo que habita en el
bosque de mi propio interior? ¿Qué es aquello que he
olvidado de alimentar? ¿Cuál es la bestia que ha comenzado
a diezmar mi propio mundo? ¿Encuentro cosas que actúan
en mí y que no puedo controlar?
¿Por qué me irritaba tanto el comportamiento de ciertas
de las personas? A algunos los he llamado raza de víboras…
¿O por qué me he ensañado tanto con la situación de
Herodes y Herodías? Era algo que no podría refrenar en mí,
era más fuerte que yo. Incluso hoy veo que si estoy en prisión
no es por haber estado bautizando o por haber proclamado
que el Espíritu Santo descendió sobre mi primo, sino por
este impulso que no he logrado dominar.
Me pregunto cómo alimentar a la bestia que habita en
mí…
Recuerdo que cierta vez pude observar unos leones en
cautiverio. Lo curioso era que con los cachorros de león
había un perro. La tarea de ese perro era educarlos en la
forma de expresar su fuerza y agresividad de tal modo que no
dañaran a los demás.
Debo hallar mis propios perros, mi nueva forma de
expresar mis propias fuerzas interiores para que no me
despedacen y para que no hieran a los que me rodean.
No se por qué recuerdo estas historias. Solo se que tienen
que tener algún sentido para mí y para que las recuerde en
este momento. Intuyo que algo hacen en mi corazón. Lo
abren, lo amplían; como si me pusiera en contacto con algo
más grande…
Señor y Dios mío,
en este tiempo sin días ni noches,
necesito que vuelvas a pronunciar tu Palabra
que ordene y renueve mi existencia,
que haga surgir la luz.
Cada vez que llego a mi fin, allí te encuentro a Ti.
Tú eres el sentido de todo lo que me acontece
aunque no pueda hallar cuál es ese sentido en cada
momento.
Si aún estoy a tiempo de no perder mi ojo y mi mano,
ayúdame a buscar nuevas formas de comprender mi vida
y los acontecimientos que me rodean.
Si ya los he perdido,
obra el milagro de que recupere lo que tu me diste
para afrontar con plenitud cada momento de mi vida.
Ilumina el bosque que me rodea
y permíteme detectar las bestias que lo habitan.
Dame sabiduría para saber alimentarlas,
constancia para cuidarlas
y humildad para reconocerme atrofiado sin ellas.
Dios mío,
antes mi vestimenta fue la piel de un camello,
y mi hablar el rugido del león.
Concédeme, ahora, en este tiempo nuevo,
vestirme con mi propia piel
y renacer, como un niño;
como ese niño que disfruta
y se reanima serenamente
al escuchar historias.
4. MIENTRAS ME SUMERJO EN LAS
SOMBRAS
El espacio donde estoy es apenas lóbrego; la mayor parte
es oscuridad. De alguna manera este entorno se ha metido en
mi propia piel. La luz de mi conciencia no es ni tan clara ni
tan fuerte como cuando ingresé. Cuando me dejaron en el
calabozo, uno de los guardias me gritó mientras me
empujaba: - ¡Púdrete aquí!
Yo sólo me di vuelta y lo miré en silencio. Fue mi mejor
respuesta. Me hacía sentir seguro y en control de la
situación. Como cuando me habían ido a arrestar. Dos de
ellos se acercaron hasta mí para obligarme a marchar con
ellos. Yo, con altivez y para preservar a los míos de una
posible confrontación, les respondí con voz potente: -
¡Avisen a ese hombre que vive preso en sus lujos que este
hombre libre hoy va a visitarlo!
A los míos les dije que siguieran con lo que estábamos
haciendo, que yo iba a hacer lo que ya era hora que hiciera. Y
partí con los guardias.
En ese momento yo era algo sólido, estable. Pero algo
sucedió en todo este tiempo. No ha sido tanto la monotonía
la que ha minado mi espíritu. Soy un hombre acostumbrado
a la soledad; ella me fortalece. Es más bien la desilusión:
cuando esperas que otros respondan por ti, te defiendan,
intenten hacer algo… Y cuando la expectativa de una pronta
liberación pasa, lentamente llega la desesperanza. Sí, hoy la
luz de mi conciencia es apenas un pábilo que busca
mantenerse encendido. ¡Y la oscuridad no es sólo lo que me
rodea sino lo que emerge de mí mismo…!
Ahora todo comienza a ser más difuso. Experimento cosas
diferentes. Anoche me sucedió algo extraño. Estaba acostado
en las sombras. Para dormirme me estiré por completo, si
bien cada vez que me despierto estoy en la posición de un
niño en el vientre de su madre. El sueño vino, como siempre.
Sólo que me despertó un ruido que me pareció que provenía
de la puerta de mi celda. Pensé que era el cambio de guardia
y no le concedí mayor atención. Sin embargo, en un estado
de semivigilia, percibí algo…
Creí sentir que alguien estaba acostado detrás de mí. Fue
como una intuición. Pero a esa primera impresión se sumó el
olor de un fino perfume. Las sensaciones eran incompatibles.
Me dije a mí mismo, alertándome:
- En este mundo limitado y lúgubre no hay lugar para la
distinción y el lujo-.
Lo asombroso fue que detrás de mí una voz susurró: -
Pues yo estoy en este mundo limitado y lúgubre. ¿Y qué vas a
hacer conmigo?
Me di vuelta y me senté para incorporarme. Estaba
alarmado por la inesperada presencia que respondió a mis
pensamientos. - ¿Y tú quién eres?- pregunté.
- ¿Te serviría acaso si te diera algún nombre?- su voz no
sonaba irónica ni sarcástica. Y prosiguió: - ¿Cómo prefieres
llamarme?
- No puedo ver tu rostro en la oscuridad. Eres tan solo
una sombra…- repliqué.
- Es verdad, Juan. Soy una sombra y dices bien al
llamarme así. Puedes llamarme Herodes, si prefieres…-. En
ese momento comprendí por qué había percibido la
fragancia del perfume. Pero quedé perplejo cuando continuó
diciendo: - También puedes llamarme Caifás, si lo deseas...
A esa altura no tenía en claro si estaba despierto o estaba
soñando. Sólo atiné a preguntarle: - ¿Qué es lo que quieres?
- Que me aceptes.
En mi interior aparecieron sentimientos y emociones que
creía tener olvidados. Y parecieron apropiarse de mis labios:
- ¡¿Cómo puedo aceptar tu vida?! Si eres Herodes eres un
hombre, casi afeminado, que solo sabe de blandura y
ternura, que busca estar bien vestido… ¡Y que va por la vida
sin tomar en serio las exigencias de la ley, dejando que sus
instintos gobiernen sus decisiones!-. Mientras hablaba había
comenzado a exasperarme. Algo se había encendido dentro
de mí y no lograba manejarlo. Proseguí:
- Y si eres Caifás… ¿crees que no te conozco, que no sé lo
que haces? Eres capaz de matar a un inocente por
salvaguardar tu cargo, pides que la gente haga ritos sin
necesidad de cambiar el corazón, prefieres la seguridad y los
diezmos del templo a la búsqueda de la voluntad de Dios.
¡Enseñas una cosa y haces otra!-. Ya no podía contenerme.
Mi ira estaba encendida. Le grité con todas mis fuerzas:
- ¡No puedo aceptarte, seas uno u otro!
- Juan, soy tu sombra, soy una parte de ti mismo - en su
voz había calma, casi comprensión y dolor. Y me aclaró: -
Soy lo que rechazas. Y lo rechazas con la misma fuerza con la
que atacas y condenas en los demás lo que no puedes aceptar
en ti.
- No, no puedo aceptarte… ¡Aunque tenga que perder una
parte de mí mismo!- yo a estaba convencido de que no se
podía pactar con el mal.
- Juan, si te ayuda a aceptarme, puedes imaginar que soy
el león, la bestia que habita en tu interior y a la cual debes de
alimentar para que no te destroce…
- ¡Eso no sucederá…! –la firmeza de mi voz no estaba en
consonancia con mis íntimos pensamientos.
Él también lo tenía en claro y me desarmó con sus
amables palabras: - Pues ya está sucediendo. ¿Has podido
controlar tus ataques a Herodes? Mira a lo que te condujo.
No te justifiques diciendo que era lo que Dios quería. ¿Acaso
tu primo Jesús se alineó en eso contigo…?- hizo un pausa
como para que sopesara su pregunta.
Luego prosiguió: - Si hubieras aceptado el desafío de la
complementación ¿acaso no habrías sido capaz de
comprender las dificultades que trae esta fuerza interior
cuando no se niega?
Y también agregó algo que no pude eludir: - ¡Y pretendes
que es Caifás quien dice lo que no hace! Y cuando tú les dices
a tus discípulos que allí va el cordero de Dios que quita el
pecado del mundo, y ellos van… ¿por qué tú no vas con ellos?
No supe qué responder. ¿Y si tuviera razón? Hice pie
internamente al pensar que yo tenía otra misión. Y desde allí
traté de frenar sus preguntas, que sólo parecían confundirme
más, con una clara acusación: - ¡Tú eres una tentación para
mí!
- No, Juan, tú eres la tentación para ti mismo. Yo soy la
oportunidad para que conozcas quién eres en realidad y para
que puedas ser tú plenamente.
Hubo silencio por un momento; no fue ni molesto ni
angustiante. Puedo decir que sentí que estaba vivo, que nada
era trivial o innecesario. Como si un hombre que habiendo
estado dormido acabara de despertar y no supiera dónde está
ni qué debe hacer… pero que tiene la certeza de que está bien
estar aquí y ahora.
Entonces el extraño visitante añadió: - Es bueno que un
hombre como tú, acostumbrado a tener palabras para todos,
calle. Y es mucho mejor que dentro tuyo comience a
delinearse con más fuerza la duda. Duda, Juan. Porque quien
cree sin dudar es un loco o un fanático. La fe sólo crece
cuando atraviesa dudas.
En ese momento estiré mi mano para tocarlo. Necesitaba
saber quién era ese intruso que se atrevía decirme
semejantes cosas. Mi brazo cruzó por el vacío.
- ¿Cómo atraparás a una sombra, Juan? ¿Cómo podrás
separarte de ella?- fueron las últimas palabras que me dijo
antes de desaparecer. Al inicio me sonaron a una amenaza.
Ahora comienzan a saberme a promesa.
Luego me costó conciliar el sueño; finalmente la fatiga me
venció. Esto sucedió hace unos días. Aún no he podido
aclarar si lo que me sucedió fue un sueño o sucedió en
realidad. Me inclino por lo primero… Si bien tengo presente
que los sueños muchas veces han sido un lugar en donde la
voz de Dios se ha manifestado de forma muy clara.
Inicialmente pensé que esto podía ser una tentación. ¿Y si
fuera la respuesta a mi pedido al Señor de que sondee en mi
interior? ¿Y si debiera aprender a vivir con mi sombra?
Señor y Dios mío,
vivo en medio de la oscuridad
y se que para Ti esto es plena luz.
También sé que hay oscuridad en mi interior
y que esto también es claro para Ti.
Te pido que cuando atraviese este oscuro valle
en el que está mi propia sombra,
me enseñes a no negar ni reprimir
ninguna de las fuerzas que has puesto en mí.
Ayúdame a que no llame malo
a nada de lo que me has dado
y concédeme hallar el camino
para integrar todo lo que soy.
Dios mío,
mientras me sumerjo en las sombras,
si me olvido de Ti
Tú no te olvides de mí.
5. EN MI CUERPO SE REGISTRA MI
VIDA
Hace días que estoy sin poder hablar. Tengo la garganta
cerrada, ¡cómo si tuviera algo atragantado! Apenas puedo
emitir algún sonido… No es un problema para mí. Pero
hubiera preferido no poder escuchar… porque así no tendría
que atender al carcelero que me habla de Jesús.
Simplemente me habla de él; de los comentarios que corren
de boca en boca. Y, lamentablemente, lo que me refiere
conmueve todo mi ser, golpea dentro de mí recordando una
amarga herida en mi alma… ¡qué intento sanar y no logro!
Cada vez que menciona algo referido a mi primo, me pone
más en duda acerca de lo que creí que había sido el sentido
de mi vida: preparar el camino para aquél que había de
venir. Me ha contado que sus discípulos no ayunan… ¡y él
tampoco! Incluso lo describen como un glotón y bebedor,
amigo de los pecadores y publicanos… ¡Francamente no me
esperaba esto!
Mi afonía es completa. ¿Es mi cuerpo el que limita a mi
alma o es ella la que lo limita a él? Por mucho tiempo
imaginé que éramos un soplo aprisionado en barro y que
toda la vida consistía en liberarnos de las ataduras que nos
imponía esa tierra. Así me esforzaba en dominar mi cuerpo
como quien doma a un potro o como el amo pone bajo el
yugo al buey… o incluso como quien trata a palos a un asno.
Ese tiempo fue una lucha constante y verdaderamente
despiadada.
Ahora se me ocurre concebir mi cuerpo como el reflejo de
mi alma. Tengo piernas porque poseo una voluntad que
desea caminar, ojos a causa de mi deseo de ver y manos por
mi intención de tomar las cosas. Y todo lo que sucede en mi
cuerpo me habla de mí. Si lo miro desde esa perspectiva mi
cuerpo no es una prisión sino la expresión de mi alma. Y
cuando lo pienso así, muchas cosas que me han sucedido
cobran sentido.
Por ejemplo, recuerdo cuando siendo niño mi padre me
pidió que lo acompañase a peregrinar a Jerusalén. Yo no
deseaba ir pero no se lo dije. La tarde previa a la partida,
mientras jugaba, me lesioné el pie derecho. No recuerdo
haberlo hecho intencionalmente… pero mi cuerpo expresó
que yo no deseaba avanzar con mi padre en esa dirección.
Zacarías me dijo: - ¡Qué mala suerte, Juan! Ahora no podrás
venir conmigo al templo-. Pero tal vez no haya sino ni buena
ni mala suerte. No había que buscar la razón en algo exterior
a mí…
Acaso el cuerpo exprese los sentimientos más ocultos del
alma.
En mi cuerpo está la marca de mi consagración a Dios, la
que hicieron mis padres al octavo día de mi nacimiento.
Mi piel curtida podría hablar de la forma rústica y a
menudo áspera con la que me he vinculado con los demás.
Mi cuerpo delgado y mis huesos marcados pueden
expresar mi sentido de justicia, de tan solo tomar lo que me
corresponde. ¡Y a veces menos aún!
Y seguramente mi rostro… ¡el que no observo desde mi
tiempo en prisión!, reflejaría sin rodeos cómo estoy ahora
interiormente.
A los que se acercaban al Jordán para verme bautizar, me
bastaba ver la postura de su cuerpo para detectar la actitud
con la que venían. Los soberbios llegaban con la cabeza alta e
inclinada un poco hacia atrás. Los agobiados por las culpas
estaban un poco inclinados hacia adelante.
En eso Jesús me impresionó por su connatural equilibrio:
ni altivo ni abrumado, erguido y de mirada directa. ¿El
impacto de su personalidad me confundió como para que
creyera que él era a quien yo aguardaba? No. Yo experimenté
otra cosa también…
Si miro desde esta perspectiva mi afección actual, la
afonía, debiera preguntarme qué es lo que no quiero decir, lo
que no me atrevo a decir. ¿Desde cuándo estoy así? ¿Qué
sucedió en ese momento?
Podría excusarme hablando de la humedad de mi celda…
pero sería evadir la causa interna.
Sé muy bien cuándo inició esto: cuando ya no podía
contener mis dudas y mis críticas hacia mi primo... ¡Y sin
embargo tampoco podía expresarlas! Siempre le he sido leal:
era ¡y sigue siendo! una cuestión de familia, de hombría y de
fe. Pero ahora todo lo que está sucediendo me conmueve
hasta lo más hondo. Tengo temor de haberme equivocado
acerca de lo que yo consideraba la misión de mi vida…Y me
he sentido golpeado en mi interior por su olvido de mí… Yo
hubiera sido capaz de dar la vida por él. ¡¿Cuántos de sus
nuevos discípulos serían capaces de eso?! Veamos quiénes de
ellos se atreverán a defenderlo cuando lleguen los tiempos
difíciles… ¡Y esos tiempos siempre llegan…!
Tal vez creo que me diferencio de mi padre y sin embargo
apenas soy una versión levemente diferente a él. Al igual que
Zacarías, cuando dudo, me quedo sin poder hablar… ¿Pesará
siempre sobre nosotros la voz del ángel?
¡No! Me niego a ser así. Yo fui llamado la voz fue porque
no me callaba nada. Y seguiré siendo fiel a mi estilo.
De todas formas, le concederé a Jesús el beneficio de la
duda. Si él estuviera frente a mí seguramente las cosas serían
distintas; podríamos entendernos mejor. Captaríamos los
tonos de voz, los gestos, las expresiones del rostro que dicen
más que mil palabras juntas... Sí, ya sé lo que voy a hacer. Le
pediré al guardia que dos de mis discípulos vayan a ver
personalmente a Jesús. Es necesario que sean dos, para que
al regreso no queden dudas sobre lo que narren. Y
simplemente deberán formularle esta pregunta: - ¿Eres tú el
que ha de venir o debemos esperar a otro?-. Sí, esa pregunta
está muy bien y es suficiente. No lo estoy juzgando y al
mismo tiempo tampoco niego las dudas que se han generado
en mi interior.
¡Es curioso! Es como si el reconocer mi emoción oculta y
el solo hecho de querer expresarla me hubiera ya aliviado la
garganta. Puedo sentir el impulso y la mejoría para hablar.
Señor,
con el habla que he recuperado
quiero volver a dirigir mi pensamiento
y mis palabras a Ti.
Mientras callaba se consumían mis huesos.
Al no reconocer la voz de mis emociones,
ha sido mi cuerpo quien ha comenzado a hablar
expresando lo que yo me había negado a expresar.
Concédeme la lucidez de descubrir
qué revela mi cuerpo acerca de mi alma.
Ya no quiero negar su mensaje:
quiero aprender de cada dolor,
enfermedad y sensación.
Que pueda escuchar
a este silente compañero
que sin hablar ni decir una sola palabra,
sin que llegue a escucharse una voz,
extiende su mensaje urgiendo mi atención.
Señor, abre mis labios
y mi boca proclamará tu alabanza.
Dios mío, ábreme plenamente a mi alma
para que ella se manifieste en mi cuerpo en plenitud.
6. MI ALMA ME SUSURRA EN
SUEÑOS
Hoy quiero hablar contigo. Necesito contarte mis cosas.
No se si puedes escucharme. Tampoco se si lo que llegue a
balbucear podrá llegar a ser comprensible. Pero me arriesgo
a hablarte. Se que en algún lado estás y que mi mensaje te
llegará en algún momento. Porque en este mundo de
transformaciones continuas, quien tiene sed es un
testimonio de un manantial que existe en algún lugar.
Me siento solo… y necesito de ti. ¿Dónde estás?
Hoy he despertado agitado, inquieto, a causa del sueño
que tuve anoche. ¿Debería de darle especial importancia a un
sueño? No lo sé…
Si hago memoria, encuentro que a Jacob se le reveló Dios
por primera vez en sueños. Vio una escalera que desde la
tierra tocaba el cielo y por ella iban y venían los ángeles.
Cuando despertó estuvo tan asombrado que llamó a ese lugar
Casa de Dios y Puerta del Cielo.
También su hijo tuvo sueños. José soñó que once
estrellas, el sol y la luna se inclinaban ante él. Y así ocurrió al
final de su vida cuando toda su familia fue a Egipto, en
donde él era el primero al frente de la administración del
país. Los sueños anticiparon su camino. Y además su
capacidad de interpretar los sueños que otros habían soñado,
lo liberó de la prisión y le dio un norte a su vida.
Estando encarcelado interpretó los sueños de dos de sus
compañeros. Al panadero del faraón le auguró su inminente
sentencia de muerte y al copero del rey su pronta liberación.
Y cuando el faraón necesitó que le interpretaran su sueño, él
pudo hacerlo; comprendió que las siete vacas gordas que
habían sido devoradas por siete vacas flacas anticipaban que
a siete años de abundancia le seguirían otros tanto de
escasez. Y su plan para obrar tomando en cuenta este
porvenir le valió su nueva familia, un valioso trabajo e hizo
posible la salvación de todo su pueblo.
Y es imposible que me olvide, en esta línea de personajes,
de Daniel, llamado el hombre de las predilecciones de Dios.
Deportado en Babilonia pudo interpretar lo que significaban
los sueños que se le presentaban... ¡Incluso el desafío mayor
fue tener que adivinar qué era lo que había soñado el rey! ¡Y
lo hizo! Con el sueño de la estatua de dimensiones colosales
cuya cabeza comenzaba con oro y cuyos pies eran de barro, y
que era destruida por una piedra que impactaba en la base,
le auguró el declinar del imperio con los futuros reyes. Con
otro sueño, el del árbol inmenso que era desmembrado,
interpretó la potencial caída en la locura si el monarca se
ensoberbecía.
¿Será que los sueños contienen un mensaje en clave para
cada uno de nosotros? Jacob, José y Daniel… ¡Ah, si
estuvieran aquí para interpretar mi sueño! Ellos podrían
decirme si es locura este deseo de hablar contigo.
Esto fue lo que soñé anoche.
Estoy en mi prisión, iluminado apenas por el lejano
resplandor de una antorcha. Sentado en un rincón y apoyado
contra la pared, noto que al querer incorporarme no puedo
hacerlo.
Miro mis pies y mis manos y descubro que tienen el
mismo color y textura que el piso. Y veo con angustia y dolor
que todo mi cuerpo por completo se transforma para unirse a
los muros del lugar. Por un momento me siento muy rígido y
atrapado pero luego percibo que toda la edificación me
pertenece y que yo estoy a su mando. Y la habitación se
transforma en una torre, cada vez más amplia y al mismo
tiempo más alta. La base crece tanto que bien podría ocupar
la superficie de todo mi pueblo natal. La altura es tal que
algunas nubes la tocan. Esta edificación remata, como toda
torre, con una velada forma de corona. Me siento poderoso
como un amo y al mismo tiempo encerrado como un esclavo.
Lo que me parecía prodigioso ahora comienzo a
experimentarlo como una nueva y más sólida prisión de la
cual no puedo, o no quiero, escapar.
Cuando todo parece sin salida, cae de lo alto un fuego que
da de lleno en la torre destruyendo su falsa corona. Cuando
veo venir la llama me inunda un profundo terror. Sin
embargo, al romperse la magnífica estructura me siento
liberado. Y desde esa altura caigo. Y caigo como si ese
trayecto no tuviera fin. Descubro que en la caída no estoy
solo; otro cae conmigo. No sé quién es. Lleva vestidos de
palacio y veo que me sonríe. Por ese instante olvido que estoy
cayendo. Y cuando dejo de mirarlo comprendo que al
estrellarme contra el suelo será mi fin…
¡El choque es durísimo mas sobrevivo…! Quedo tendido
sobre la hierba. No tengo fuerzas para levantarme y
permanezco como aturdido por un tiempo hasta que alguien
se acerca y me dice: - Ponte de pie.
Lo hago fortalecido por esa voz y al incorporarme veo que
quien me habló es Elías, el profeta. Entonces le pregunto: -
¿Tú me liberaste enviando ese fuego del cielo?
- No, Juan-, me responde- yo soy tu guía. Quien te
liberará es ella.
Y al decir esto veo ante mí a Salomé, la hija de Herodías.
No nos miramos como a dos extraños; nos vemos como a dos
fragmentos de una misma unidad. Somos totalmente
diferentes y radicalmente necesarios el uno al otro para ser
completos. Percibo una mutua admiración que se
entremezcla con un deseo ardiente de unirme a ella con todo
mi ser.
Ambos damos un paso que deja atrás todas las distancias.
Entonces todo se transforma: en lo alto, desde donde
apareció el fuego, ahora se divisa una estrella que impulsa y
orienta. El paisaje es naturaleza en desarrollo en donde una
mujer grávida vierte dos jarras de agua en un torrente que
nutre a un árbol en la distancia.
Me pregunto dónde estoy yo ahora… ¿Y si por ventura soy
el niño por nacer…?
Y entonces despierto. El sentimiento que me embargó al
inicio fue de plenitud. Pero cuando lo comparé con mi
situación actual la soledad me abrumó. ¡Para qué soñar con
la plenitud si uno vive en la carencia! ¿Son acaso esos breves
momentos nocturnos los que compensan toda la vida?
Estoy desorientado. Y necesitado de ayuda.
Por eso hoy quiero hablar contigo.
No sé si puedes escucharme.
Hoy me siento solo y necesito de ti.
¿Dónde estás, Elías? ¡Muéstrame a Salomé!
7. ALGUIEN ME GUÍA EN MI
LABERINTO INTERIOR
No puedo afirmar que Elías respondió a mi pregunta…
pero tampoco podría decir que la ha dejado de lado.
Asombrosamente este pequeño recinto se ha transformado
en un punto de encuentro entre cielo y tierra, entre pasado y
presente… Y más no me atrevo a decir. Fue algo extraño…
pero me pareció bueno.
Necesito rememorar lo que me ha sucedió tras ese pedido.
Luego de proferir mi desgarradora pregunta -¿Dónde
estás, Elías?- fue como si con el transcurso del tiempo me
hubiera llegado la respuesta.
Miré mis viejas vestimentas, mis únicas pertenencias...
Cuando me arrestaron no tuvieron nada que quitarme ya que
nada poseía. Apenas lo que me cubría y que aún sigue
estando conmigo: mi vestimenta de pelo de camello y mi
cinturón de cuero.
Siempre había pensado que yo había elegido usar ese
cinturón. Esta arrogancia inicial duró por mucho tiempo en
mí. Muchas otras cosas he presupuesto que eran provocadas
por mí; por ejemplo que los pensamientos que vienen a mi
cabeza dependen totalmente de mi voluntad. Sin embargo
noto que hay sólo una parte de ellos en la que estoy a cargo, y
hasta un cierto punto. Porque luego mi mente se puebla de
imágenes que yo no he convocado…
Mi celda me ha hecho más humilde. Hoy soy más
consciente de que las cosas que llegan a mí no dependen de
mi exclusiva intención: por ejemplo la comida que me
brindan -¡que nadie la llamaría así si no hubiera estado
acostumbrado a comer langostas como yo!-, los que
inesperada y furtivamente me ofrecen su visitas -¡hasta
Herodes ha pasado a verme!-, o bien los roedores que
deambulan por la oscuridad -¡y que ya se me figuran un
animal doméstico con el que puedo hablar!-. ¿Qué
descubriría si por un momento concibiera lo que está a mí
alrededor no como lo que elegí sino como lo que me fue
dado…? ¿Qué mensaje hallaría para mí?
Pues eso fue lo que me pasó al mirar el cinto que llevo
desde que la gente me apodó “el que bautiza”. El cinto no me
habló sólo de mi rebeldía de no querer tener una insignia
sacerdotal en el pecho; me transmitió con callada voz que era
mi vínculo con Elías. Sí, el cinto que yo uso es lo mismo que
usaba el profeta.
Si me observo un poco puedo ver que, en parte, mi
temperamento es como el suyo. Él hacía caer fuego del cielo;
yo soy capaz de ver el fuego inextinguible que les
corresponde a los que no son el trigo de Dios. Y si bien yo
usaba el agua para bautizar, mi Dios, como yo lo veo,
bautizará con fuego.
Mi primo Jesús, cuando le conté mi admiración por este
profeta, se comenzó a sonreír. Yo le pregunté por qué lo
hacía y él simplemente me dijo que yo era Elías. En ese
momento lo tomé como una broma, una simple ocurrencia.
No le otorgué más trascendencia. En ese momento yo era tan
solo un joven que se rebelaba ante las leyes paternas y él era
un aprendiz del oficio de su padre. Hoy ya no deshecho su
comentario. Creo que realmente tengo una conexión con la
historia de este profeta.
Solo que si estoy conectado con él, si de alguna manera
pudiera decir que soy su “doble”, entonces tengo que resolver
las cuestiones que él no resolvió en su vida.
Y si fuera así… ¿qué puede haber quedado sin resolver en
la misión de este gran hombre?
Acaso sea ese el inconveniente de las grandes figuras… es
tal el resplandor que traen a su época con sus palabras y
acciones que los confundimos con la luz misma. La luz no es
la antorcha; yo no soy la luz… ¿Quién podría tener la audacia
de decir que él mismo es la luz? Sólo un loco o Dios mismo...
Tal vez es justamente este momento de mi vida el que
mejor me une a su historia, el momento de la soledad y la
duda. No tengo nadie a mi alrededor y me pregunto si los
pasos que he dado han sido los correctos, si no me he
excedido o precipitado en mis acciones…Hoy me encuentro
perdido en este nuevo desierto; un laberinto de paredes
invisibles que cambia a cada momento, con cada soplo del
viento. ¡Con esa ligereza mutan mis emociones,
pensamientos y certezas!
Palpando mi cinturón cierro mis ojos e imagino a Elías en
su momento de abatimiento. Lo veo caminando rumbo al
monte Horeb, fatigado y fragmentado. Se sienta y se queda
allí; como para abandonarse, como para desistir. Allí, en ese
momento, en esa situación es donde yo debo retomar su
historia. Yo también me siento como lo imagino a él. Y trato
de reproducir su estado interno. No me es difícil; a un árbol
caído no le es extraña la desazón. Pero sucede algo
inesperado. En mi celda, que ahora es el desierto, me pongo
de pie en su lugar y comienzo a hablarle imaginariamente:
- Es hora de que dejes de huir. ¿A qué le temes?
Desde algún lugar me surge esta respuesta: - A la mujer
que me persigue.
- ¿Has degollado a cientos de hombres y le temes a una
mujer?
- Es más fácil la crueldad que la ternura- me responde.
- Yo te ayudaré a regresar. Te mostraré el camino- y le
propongo: - Vuelve sobre tus pasos-.
Al decirlo me doy media vuelta y comienzo a dar pasos
minúsculos puesto que mi celda es estrecha. Sin embargo
estoy atravesando un extenso desierto hasta que diviso la
ciudad.
- ¿Sabes quién está allí?- le pregunto.
- Ella.
- ¿Crees que podrás enfrentarla ahora?
- Puedo amarla- me responde-. Ingresemos al palacio.
Su respuesta en parte me sorprende pero su propuesta me
parece lo más importante y juntos ingresamos al palacio. Al
llegar ante las puertas de la cámara real él se adelanta para
abrirlas e indicarme:
- Adelante.
Yo replico: - Eres tú quien debe dar el paso.
- Yo ya lo he dado, Juan - y con un tono que me infunde
un renovado ánimo me dice: - ¡Sé fuerte, ten valor; se
hombre! Este es tu camino, el que te saca del laberinto del
desierto. No has sido tú mi guía sino yo el tuyo- quedo
perplejo por un instante y esta vacilación se disuelve con una
simple indicación: - Ahora cumple tu destino.
Ingreso a la habitación para encontrar a Jezabel, la
antigua perseguidora de Elías. En su lugar está Herodías, la
mujer que me hizo encerrar. Entre ella y yo hay una espada.
- ¿Qué has venido a hacer?- pregunta ella
despectivamente y eso exacerba mi arrogancia.
Tomo el arma y me aproximo tanto que apenas nos separa
la espada que sostengo a la altura de nuestras gargantas. No
sé en qué punto se ha hecho tan real todo que hasta puedo
sentir su respiración en mi rostro.
Ella no parece inmutarse y me desafía: - Si no me matas
ahora, Juan, yo sí te mataré a ti
Todo está listo. Es la gran oportunidad. La tentación es
grande y ceder es fácil. Casi parecería una batalla por Dios…
¿Lo sería realmente?
Entonces le respondo: - He venido a amarte. Veo en ti a
una hija de Dios. No quiero cambiarte y tampoco puedes
herirme.
Al decirlo bajo la espada a un costado. Herodías
desaparece y en su lugar se halla Salomé. Elías resurge a su
derecha y vuelve a dirigirme la palabra.
- En el pasado yo huí, fui evasivo ante la mujer, y tú
atacaste, fuiste agresivo con ella. Sin embargo, ahora has
podido hallar un lugar diferente que te permite seguir
creciendo a una nueva realidad. Estás maduro.
Entonces Salomé se acerca hasta mí y hace que sostenga
en mi mano un hilo muy fino que se desprende de sus
vestimentas. Luego comienza una danza en torno a mí
mientras el delgado hilo muy lentamente la va descubriendo.
Su coreografía la lleva hasta una puerta hacia el extremo
oriente de la habitación. Observo el piso y allí se ha formado
con el hilo la secuencia de un intrincado laberinto. Cuando
vuelvo a dirigir mi vista hacia ella, veo que semidesnuda y
danzando abre la puerta y desde allí se irradia una luz como
nunca antes había contemplado. La intensidad del
resplandor es tal que para resguardar mi vista me veo
obligado a abrir los ojos.
Y allí me encuentro nuevamente en mi celda.
¿Qué puedo decir respecto a lo que le pedí a Elías? Creo
que es tiempo de callar y decantar. Increíblemente pareciera
que mi cuerpo, mi consciencia, mi alma, son un horizonte
donde se besan cielo y tierra, una posada donde se
encuentran viajeros de ayer y de hoy… ¡Al menos eso es lo
que he vivenciado!
Por ahora no puedo más. Siento que necesito descansar.
En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Tú, el Dios leal, me librarás.
8. PARA ENFRENTAR MIS MIEDOS,
DUDAS Y DESTINO.
¿Cuál es el valor del tiempo? ¿Acaso puede pesarse para
saber su calidad? Distinguimos día y noche, otoño y
primavera… ¿pero más allá de las estaciones, cómo saber
cuál es el tiempo personal? Sé que hay un tiempo para nacer
y otro para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para
cosechar, un tiempo para intentar y otro para desistir…
¿Cómo lo reconocemos? No lo sé…
Hace poco regresaron los mensajeros que envié a Jesús.
Debo admitir que al verlos algo se conmocionó en mi
interior. Y más aún cuando exclamaron: - ¡Juan, lo
logramos! ¡Estuvimos con Jesús y le hablamos de ti! Le
planteamos tu pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir o
debemos esperar a otro?”
La pregunta que les había encomendado formularle era
genuina, procedía de una rara mezcla de duda con apenas
una pizca de esperanza. Si mi primo hubiera estado
posicionado en el orgullo, tendría que haberse ofendido…
Ese comportamiento ya me hubiera proporcionado una
respuesta de por sí.
Sin embargo, su reacción fue completamente diferente.
Uno de ellos me dijo:
- Tras escucharnos, desvió un instante la mirada. No
demostró vacilación. Tan solo me pareció que sintió una
verdadera compasión por ti. Iba a respondernos cuando en
ese momento se acercaron personas con muchas dolencias,
incluso con espíritus malignos.
El otro agregó:- No es sencillo estar a solas con él cuando
se muestra en público. La gente lo busca, tiene una atracción
muy especial. ¡Y obra verdaderos milagros en ellos!
- Estuvo mucho tiempo atendiéndolos –prosiguió el
primero-. No obstante, cuando se marcharon volvió de
inmediato al punto en el que se había detenido nuestro
diálogo. Nos dijo: “- Vayan y díganle a Juan que los ciegos
ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los
sordos oyen y los muertos resucitan y a los pobres se les
anuncian las buenas nuevas. ¡Y dichoso aquél que no
tropieza a causa mía!
- Tras su respuesta nos despedimos y emprendimos el
regreso para estar contigo lo antes posible…
- ¡Eso fue todo!-agregó de inmediato el otro, casi
superponiendo sus palabras con las de su compañero.
El mensaje que había recibido era típico de Jesús.
Siempre esperaba que su interlocutor aceptara pensar por sí
mismo, que pusiera en juego su imaginación. No enseñaba
frases que sólo debían repetirse; sus afirmaciones
necesitaban que te involucraras con ellas para descubrir lo
que significaban. Parecía tener un don para ofrecer a cada
uno el desafío necesario para captar toda su atención.
Sabía que ahora me correspondía a mí lidiar con esa
tarea; era mi lucha y su regalo para mí. Les agradecí a mis
dos discípulos lo que habían hecho por mí. Los iba a despedir
pronto porque lo exigía la calidad furtiva de nuestro
encuentro, que había sido posible por la bondad audaz del
carcelero. Mientras lo hacía noté en la mirada de uno de ellos
una sombra de turbación.
- ¿Qué te sucede?- le pregunté. Me miró y luego buscó la
mirada de su compañero. El otro le hizo un gesto de
asentimiento. Y entonces me contó lo que le había sucedido
luego de partir.
- Volví sobre mis pasos para despedirme de un familiar
que había encontrado allí. Al hacerlo escuché algo de lo que
Jesús enseñaba. Estaba hablando de ti. Dijo que de entre
todos los nacidos de mujer, no hay ninguno que sea más
grande que tú…- y guardó silencio.
- ¿Y crees que eso puede acaso envanecerme? ¿Qué es lo
que te pesa de ello?
- Lo que continuó diciendo…- agregó-. Que, sin embargo,
el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que
tú…-. Y nuevamente guardó silencio.
Sólo atiné a responderle: - ¿Y crees que eso podría
herirme? No te preocupes-. Y le recomendé a ambos: -
Vuelvan pronto a sus hogares. Todo lo que me han dicho ha
sido de bendición para mí- Y los despedí.
David no venció a Goliat con palabras; los reyes tienen
ejércitos para defenderse y atacar… ¡Pero cuánto poder
contiene cada palabra! Pueden derribarnos o elevarnos;
herirnos o sanarnos. Tendré que recibir las palabras de Jesús
sin haberlas escuchado directamente. La retransmisión hace
que pierda la entonación, la mirada, los gestos que las
acompañan.
Cuando no puedo contar con nada de eso, lo que me resta
es colocar las palabras en la esencia de quien las dijo y
tensarlas con la intención que llevan.
Lo que puedo afirmar sin lugar a dudas es que Jesús es
bueno y sus palabras para mí y sobre mí encierran una buena
intención.
Me habló como yo puedo comprenderlo: con hechos y
símbolos. Si es capaz de resucitar a los muertos, restaurar
cualquier dolencia… es a quien estábamos esperando. Es el
hombre nuevo y definitivo. El cumple lo anunciado por los
profetas.
Sólo que no es como lo esperaba. Es tierno y compasivo
con los pecadores; no se preocupa por cambiar a los demás o
por corregir sus defectos. Habla de su Padre, el que está en
los cielos y del que todos somos hermanos… ese es su
mensaje. Su mensaje es verdaderamente una roca de
tropiezo para mi mente, para mi yo. Pero tal vez… ¡El
obstáculo soy yo mismo! Es mi forma preconcebida de ver el
mundo, a los demás ¡y a Dios mismo! lo que me impide ver
lo que realmente está aconteciendo.
¡Tantas veces hablé de que venía detrás de mí alguien más
grande que yo! Y ahora que ha llegado quiero que sea de mi
estatura… Sí, ha llegado la hora, es un nuevo tiempo. Uno en
el que mi pequeño yo se abra a Alguien superior para poder
renacer desde allí a una identidad, a una mente y a un
corazón más grande, a una forma de ser que aún no logro
esbozar…
Me he preguntado, a menudo, por qué Jesús no habló
acerca de mi situación y no hizo nada para sacarme de esta
mazmorra. Me ha dolido mucho esta omisión suya… ¡Acaso
más de la cuenta! Pero hoy comprendo que no habría tenido
sentido sacarme de aquí. ¿Por cuánto tiempo se está saciado
antes de volver a tener apetito? Jesús sabía muy bien que si
volvía a estar en libertad… pronto volvería a estar en la
cárcel. No iba a cambiar mi mentalidad, iba a seguir
reprochando a Herodes tener por mujer a Herodías…
Sólo tras haberme roto casi por completo es que ahora
puedo comenzar a ver todo de un modo diferente. Y desde
este lugar no es necesario que nadie luche por mí; y tampoco
es necesario que yo luche contra otros. Curiosamente ha sido
en la prisión que he reconquistado una nueva libertad.
Me halaga que Jesús me llame el más grande de todos los
nacidos de mujer… Me cuesta imaginarme más grande que
Elías o Isaías o tantos otros... Pero voy a aceptar sus palabras
tal como las dice. Para mi bien. Si son buenas, ¡también
encierran verdad!
También las otras. Que soy más pequeño que el más
pequeño en el reino de los cielos. Si son verdad, ¡también
tienen que ser buenas! Sí, son las únicas palabras que
expresa Jesús: verdades que hacen bien. Tal vez saben
amargas al inicio, pero sé que me harán bien en algún lugar
de mi alma.
Si él es a quien esperábamos, yo ya lo he anunciado y por
lo tanto he cumplido mi destino. No tengo más dudas, no
albergo más miedos, me despojo de todos mis juicios y
partidismos.
Este es su tiempo. Es necesario que yo disminuya y que él
crezca. No sé cómo reconocemos la esencia del tiempo que
transcurrimos… ¡pero lo hacemos! No sé cómo pero sé
reconocer que para mí ha llegado el invierno, es mi tiempo
de morir. Y Jesús me ha dado una paz que ningún otro me
hubiera podido dar. ¿Qué más puedo pedir para mí?
Señor, vuelvo mi corazón a Ti,
antes de que se rompa el cordón de plata
y se quiebre la vasija de oro,
y se estrelle el cántaro contra la fuente
y se haga pedazos la polea del pozo.
Y cuando vuelva este polvo
al polvo silente de la tierra,
tal como fue antes,
recibe mi espíritu que volverá a Ti.
Recibe a este pequeño hombre que disminuye
y haz crecer al Hombre dentro de mí.
9. ABRAZO EL CENTRO DE LA
VIDA.
Si hoy fuera el último día mi vida… ¿Qué es lo que elegiría
hacer? Si tuviera tan solo la chance de hablar con una sola
persona… ¿Con quién me encontraría? Con la ilusión del
mañana solemos posponer indefinidamente lo que necesita
ser plasmado hoy. Palabras que expresan agradecimiento,
que otorgan o reclaman perdón, que confirman una vida.
Gestos de ternura, de comprensión y entrega. Miradas que
acogen, animan y bendicen. Simples omisiones que sellan
destinos…
Cuando es incierto contemplar el próximo amanecer… el
instante que vives se transforma en algo tan único y
definitivo que parece tomar un carácter de eternidad. Si el
tiempo es el único lugar para ganar la batalla, ¿qué es lo que
haré cuando no lo tenga más? Pero aún tengo tiempo: éste,
mi ahora.
Al situarme en el presente han desaparecido tristezas y
temores, las primeras responden al pasado y los últimos al
porvenir. No obstante, hay algo nuevo, algo diferente en mí.
No lo veo pero lo percibo. Me da confianza, me anima, todo
parece estar bien. Desde allí puedo volver a preguntarme qué
elegiría hacer, con quién me encontraría. Sólo que ahora elijo
sin angustia, sin compulsión; simplemente por un deseo
sereno.
Yo elegiría buscar a Jesús. Si es que eso es posible. Me
refiero a que tal vez sea sólo una manera de verlo. Para mí lo
más obvio es que el sol sale todas las mañanas por el extremo
oriente y se pone en occidente. Pero uno de nuestros
maestros decía que era a la inversa: que la luminaria estaba
quieta y éramos nosotros los que rotábamos en torno a ella y
que un tal Aristarco de Samos ya había enseñado eso. Si este
maestro, que admito que nos parecía algo extravagante con
sus teorías, estuviera acertado en esto… la percepción común
no siempre nos permite llegar rápidamente a la verdad.
Puede que con Jesús sea así también. Yo creo que lo busco
y lo elijo… pero en realidad es él quien me busca y elige. ¡Mi
propia historia, la que innumerables veces narró mi madre,
confirma esta manera de verlo!
Jesús vino a mí cuando aún ambos estábamos siendo
gestados en nuestras madres.
Él se acercó a mí cuando pidió ser bautizado. ¿Acaso para
que pudiera ver cómo descendía el Espíritu? ¿Fue una
atención hacia mí? Ahora creo que sí.
Él se acerco por donde yo estaba para que pudiera seguir
en contacto. Para que la obra que había iniciado tomara otra
plenitud en su camino; para que el poco de agua que pasaba
por mis manos llegara al océano.
A menudo repetí a los míos y a los visitantes que en medio
nuestro habitaba alguien a quien no conocíamos… El que era
más grande que yo. El que es más grande que todos los
hombres del mundo. ¡Y estaba junto a mí...!
Tal vez desde allí puedo entender las comparaciones que
Jesús ha hecho conmigo: al llamarme el más grande de los
antiguos, y el más pequeño que los pequeños del Reino. El
punto de comparación no somos unos con otros sino cada
uno con Jesús: ¿quiénes somos en relación a Él?
Curiosamente ahora que me refiero a mi primo lo percibo
con otro peso. Casi ya no me atrevo a seguir llamándolo por
mi relación familiar. Es como si eso nuevo en mí me llevara a
reconocer algo mucho más grande en Él. Empleando las
palabras de mi padre, puedo verlo como al sol que nace de lo
alto.
Sí, hoy, aquí, elijo buscar a Jesús, hablar con Él. Y sé,
tengo la certeza, que Él elige buscarme y hablar conmigo. Las
palabras no se pierden; el Cielo guarda cada una de ellas. Los
hombres no somos los artífices de nuestros sentimientos;
nos llegan imprevistamente. Tampoco somos responsables
plenamente de nuestras acciones… ¡es tan poco lo que
podemos hacer! Sin embargo tenemos plena posesión de
nuestras palabras. Seremos juzgados por cada una de ellas;
porque es lo que podemos producir y se encuentran bajo
nuestro poder.
Ahora que mi espíritu busca decididamente a Jesús, me
parece casi innecesario que mis discípulos hayan tenido que
ir hacia Él para hacerle preguntas. ¡Qué diferente es ver la
vida desde la confianza! Cuando se disipa la niebla de la
duda y se atraviesan los miedos surge un mundo
completamente nuevo: el mundo en el que Él habita.
Y pronuncio su nombre: - Jesús.
El sólo hacerlo crea un mundo de encuentro, una
presencia que está, que siempre estuvo… sólo que ahora la
percibo de alguna forma.
Y me adviene un silencio en el que sin ver ni sentir nada
todo lo necesario está dicho y revelado. Por increíble que me
parezca, siento como si junto a Él hubiera recorrido todos los
mundos y todas las edades, yo siempre preparando y Él
siempre salvando. Como si lo que ocurre en un instante
ocurriera en todos los tiempos; como si el misterio de
redención se hallara en la más pequeña y en la más inmensa
estructura del universo.
Aquí y ahora con Jesús; todo está bien. Esta celda es mi
mejor lugar. Este padecimiento es el necesario. No hay
ninguna injusticia; no tengo ningún reclamo. Era necesario
que olvide todo para vivir mi vida; es necesario que recuerde
todo para saber quien soy. Es el tiempo de la entrega, se
acerca el momento de mi liberación. Es el tiempo en el que el
esclavo será liberado: este ciego podrá ver la luz, este sordo
escuchará la voz que lo llama por su nombre, y este inválido
comenzará a andar.
La puerta de la prisión se abre. Quien ingresa tiene una
espada en la mano. No se ve brutal ni compasivo; es un
hombre que tiene un oficio al que ya está habituado. No sé
quién es, pero la persona que llega es la persona correcta.
Me hace caminar hasta un recinto próximo donde se
realizan las ejecuciones. Alguien está allí aguardando. Me
indica que me arrodille y que coloque mi cuello sobre un
tronco ya manchado con la sangre de otros. Lo hago y cierro
mis ojos. Lo que sucede es la única cosa que podría haber
sucedido.
Se que estoy por lanzar mi último aliento. Soy dueño de
expresar mis últimas palabras, las que nadie escuchará, las
que serán conocidas el día del juicio que nos alcanzará a
todos. Las que aún débilmente proclamadas manifestarán su
poder creador. Y las digo. La voz que denunciaba y
anunciaba en el desierto ahora es la voz que agradece y se
entrega en las mazmorras del palacio. Todo ha llegado a su
tiempo. ¿Ya comenzará a bajar la espada? En cualquier
momento que comience es el momento correcto.
Siento el golpe contundente. Voy a morir. Ya no es posible
proferir ninguna otra palabra. Apenas puedo registrar el
golpe en mi cabeza al caer en la cesta. Yo muero. Cuando
algo termina, termina.
Todo está cumplido. Ahora observo desde arriba la
escena. Mi ejecutor se marcha y un sirviente recoge mi
cabeza para entregarla en una bandeja de plata a Salomé. No
sé como, pero puedo observar y escuchar todo. Pero no me
interesan sus palabras. Sólo me acerco a Herodes, Herodías y
Salomé y les digo que los perdono, que no me deben nada,
que para mí han sido un brazo de la providencia para que
continúe mi camino y cumpla definitivamente mi misión...
Y pienso en mis discípulos y al hacerlo estoy en un
instante al lado de ellos. Y percibo el pesar por mi situación y
su determinación a continuar avanzando. Su actitud me
reconforta y en silencio me despido de ellos.
¡Verdaderamente nadie parte en soledad; siempre puede
despedirse de quienes ama!
Y recuerdo a Jesús. Y al hacerlo lo busco. Y allí está Él, el
hombre que es más que un hombre. Verdaderamente es el
sol que nace de lo alto, la Luz que ilumina a todo hombre.
Fulgurante en medio de la oscuridad. ¿Cómo es que no pude
percibirlo antes así? ¡¿Tan grande es la ceguera en la que
todos hemos caído?! Él ha apartado un tiempo especial, se ha
alejado de los suyos porque sabe que he muerto. Pero no lo
hace por dolor; lo hace para estar conmigo, para recibirme,
para orientarme.
He muerto y no lo sé todo. Sigo siendo una criatura.
Necesito ser guiado en este nuevo camino. Nada es como
imaginé. No podría casi describirlo. Lo único que sé es que
quiero ver a Jesús y Él está allí. Como lo sentí, como lo
necesito, como Él prometió: aquí está. Sé que ha convocado
muertos a la vida, porque eso era lo que el Cielo quería. ¿Qué
hará conmigo? Lo mejor para mí; lo que su Padre quiere. Él
me abraza y al responderle abrazo el centro de la vida. Y me
inunda con un amor incondicional y una luz cálida y clara.
De repente puedo ver toda mi vida en cada acontecimiento
cotidiano hasta en los detalles más pequeños. La indisoluble
unidad de luz y amor hacen que no sucumba ante el peso de
mis desvíos y faltas. Y su abrazo también me impulsa hacia
un nuevo lugar. En mi ser vibra la palabra con la se dirigió a
mí al verme: - Amigo.
Soy el amigo del novio. Y al igual que en la tierra, voy a
aguardarlo también allí.
Viví el último día en el mundo; comienzo el primero,
único y eterno, que jamás podré narrar en el centro de la
Vida, aquí y ahora, en todas partes y en todos los tiempos.
Gracias, Señor, por hacer de este hombre prisionero un
amigo tuyo que vive en libertad.
10. EN UNA DANZA SIN FIN.
El prisionero ha sido ejecutado. La mujer que pidió su
cabeza cumplió el deseo de su madre; el hombre que lo
concedió respondió a las consecuencias de su pasión. Sin
embargo… ¿Cómo acallar a un profeta, cómo matar al
espíritu, como detener el clamor de la sangre?
Sus discípulos dan sepultura a su cuerpo. La tierra lo
recibe y se alimenta de él. El polvo que le confió por un breve
tiempo ha sido altamente enriquecido. Sus ayunos y
oraciones, su servicio y su contemplación, han pagado
ampliamente el préstamo otorgado. Y la tierra recibe
materna y curiosa, ansiosa y benigna lo que allí está
atesorado en cada célula.
Es el hombre que ha visto al Espíritu descender como una
paloma sobre el Hijo mientras escuchaba la voz del Padre.
Nadie, desde el primer hombre se había aproximado tanto al
Edén, a lo que la tierra fue y ahora puede recordar. Y le
resuena a ella como el preámbulo de algo mucho más grande
que está por venir. De una promesa de transformación que
bien podría caer en el olvido si no fuera por los continuos
dolores de parto que también ella sufre.
La tierra acuna porque sabe que en sus entrañas un día se
engendrará al Hombre. Y sólo podrá reconocerlo cuando lo
reciba, cuando ya no habite sobre ella; sólo entonces
descubrirá al que estaba en medio de ella y sin que lo pudiera
reconocer. Acaso por esta esperanza soporta con paciencia
todos los atropellos y mutilaciones que recibe.
Su espíritu ha sido imposible de apresar. No pertenece a
un lugar. Juan es Elías, que había de volver. Y cada mártir
por la verdad es Juan, que retorna inexorablemente a dónde
una voz ha de ser levantada mientras se aguarda redención.
También se hace escuchar especialmente en cada corazón
penitente que eleva su oración al cielo; es el hombre que
expía por todos, el despojado que se priva en exceso por los
excesos de los suyos, el que renuncia a honores y dignidades,
un hombre, de esos pocos hombres, de los cuales el mundo
nunca fue digno. Donde la religión degenera en simple rito
vacío y hábito confortable, allí está su mensaje volviendo a
inquietar la conciencia, despertándola a lo vital e
impredecible, a la conversión y a la entrega. Donde el grupo
se hace encierro: allí está él indicando que hay algo más allá
de sus costumbres y tradiciones. En cada búsqueda interior,
donde el hombre se engaña en una ilusión de perfección, en
donde cada acción exalta un monumento al yo: allí Juan es
humildad viva clamando que uno no es la luz, ni el mesías y
que es necesario que el propio yo disminuya para que Jesús
crezca.
Y su alma, imagen y semejanza de Dios, conmocionada
por la presencia de su Señor, antes de que se gestara
plenamente su cuerpo y de que tomara forma su espíritu, se
expande, anima y enciende de tal forma para llevar adelante
la acción crucial de su misión. El amigo del novio está en el
preámbulo de la gran fiesta, cada preparativo está con él: con
su vida y prédica dispone corazones, busca rebajar montes y
enderezar caminos. La fiesta es para todos y todos deben
poder llegar. Él señaló al mundo quien era el Cordero del
Dios; él estará en sus bodas.
Juan, su vida, sus palabras, su historia, todo se hunde en
el inmenso inconsciente colectivo y emerge en sueños,
símbolos, actitudes y sentimientos.
Algo de Juan resucita en un canciller, Tomás, quien
muere por advertir a un rey, ahora llamado Enrique, de su
conducta ilegítima con su esposa.
Su pasión y fuerza resuena desde un capitolio arengando
a una multitud alentando a la unidad entre negros y blancos.
Un eco de su voz recuerda que Jesús es verbo y no
sustantivo.
En cada situación donde una persona se mantiene fiel a
sus principios, o donde sostiene una fe más allá de sus
dudas, o es capaz de hacerse más pequeña por genuina
humildad, allí es una manifestación del precursor que
prepara la llegada de Alguien más grande.
Artistas lo retratan, escritores recrean su historia,
dramaturgos y cineastas lo representan, catedrales llevan su
nombre, cientos de personas lo toman por guía, multitudes
lo encuentran al abrir cada evangelio.
¿Cómo callar a un profeta? Si su voz les parecía un trueno
ensordecedor… ¡al liberar su espíritu amplificaron su
mensaje! Si su comportamiento les era insufrible… ¿qué
hallarán cuando lo que sembraron en la tierra fructifique?
Juan,
el bebé bendecido desde su gestación,
el precursor del Sol que nace de lo alto,
el hombre que se alimentaba de langostas y miel,
la voz en el desierto,
el que bautizaba,
el último de los profetas,
el que disminuyó para que otro crezca,
el que señaló al que todos esperaban,
quien entregó su cuerpo a la tierra,
su espíritu al universo y su alma a Dios,
es el amigo del Novio.
Y ahora está en las bodas del Cordero.
En la fiesta eterna. Y allí danza.
En una danza sin fin en la tierra, en las estrellas y en el
Cielo.
ACTIVIDADES
1. MI NOMBRE ES JUAN
UNA MIRADA TRANSGENERACIONAL.
¿Quién soy yo? Si al buscar la propia identidad
comenzamos por esta simple pregunta, una respuesta
inmediata es decir nuestro nombre y apellido. Los nombres
-con sus significados propios- y los apellidos -generalmente
referidos a una profesión, lugar o característica personal- nos
remiten a una realidad más amplia y profunda de la que no
siempre somos conscientes. Nos ofrecen una coordenada
vital que nos inserta en una trama genealógica que la cultura
de hoy, con su acento en el presente y la inmediatez, no
percibe con nitidez.
Al respecto, un texto autobiográfico de Jung que aparece
en su obra “Recuerdos, sueños, pensamientos”, nos señala:
“Cuando trabajaba en el cuadro genealógico comprendí
claramente la curiosa vinculación del destino que me une a
los antepasados. Tengo la viva impresión de que estoy bajo la
influencia de cosas o interrogantes que quedaron sin
respuesta para mis padres y abuelos. Muchas veces me
pareció que en mi familia existía un karma impersonal que
se transmitía de padres a hijos. Me lo pareció siempre, como
si hubiera de dar respuestas a cuestiones que se les dieron a
mis antepasados, sin que ellos pudieran responderlas, o
como si debiera terminar o proseguir cosas que el pasado
dejó inconclusas.” 1 Esta intuición de Jung fue desarrollada
por el análisis transgeneracional.
1 C.G. Jung, Sueños, memorias, pensamientos, Seix Barral, Chile, 2009, p. 276.
En los evangelios aparecen dos genealogías de Jesús. En
Mateo se remonta hasta Abraham y en Lucas hasta Adán. Es
en el evangelio de Juan donde el autor desde el inicio deja en
claro que Jesús tiene su origen en Dios y desde Él todos los
hombres pueden acceder a una identidad más plena:
aquellos que “no nacieron de la sangre, ni por obra de la
carne, ni de voluntad del hombre sino que fueron
engendrados por Dios”. (Jn 1,13)
Toda historia humana, todo árbol genealógico, se inserta
en una historia más amplia –la historia de salvación- y en
una génesis más profunda –el deseo divino-. Ambas
perspectivas están unidas como destino y gracia, en ese
escenario donde puede accionar la libertad de cada ser
humano. Por citar un ejemplo, Abram aparece respondiendo
a una iniciativa de gracia divina en el inicio del capítulo doce
del Génesis: es llamado a ir a Canaán, la nueva tierra. Y basta
con leer los dos versículos que le preceden para encontrar lo
siguiente: “Téraj reunió a su hijo Abrám, a su nieto Lot, hijo
de Harán, y a su nuera Sarai, la esposa de su hijo Abrám, y
salieron todos juntos de Ur de los caldeos para dirigirse a
Canaán. Pero cuando llegaron a Jarán se establecieron allí.
Téraj vivió doscientos cinco años y murió en Jarán.” Una
expresión clara de cómo, en la perspectiva de Jung, “los hijos
viven la vida no vivida de los padres”
1. DIBUJANDO EL PROPIO ÁRBOL
GENEALÓGICO.
Diagrama tu propio árbol genealógico comenzando desde
tu línea generacional -donde estás ubicado tú y tus hermanos
si tienes; ordénalos de mayor a menor de izquierda a
derecha-. Luego sube y ubica a tus padres. Y traza una línea
sobre ellos para ubicarlos en su propia generación y en el
lugar que le corresponde entre sus hermanos. Y continúa
ascendiendo así hasta llegar a tus bisabuelos.
Luego coloca en cada lugar el nombre, la actividad o
profesión, fecha de nacimiento, fecha de muerte y
enfermedades.
2. BUSCANDO AL DOBLE.
En el análisis transgeneracional se considera que eres
doble de aquellas personas de tu árbol con las cuales has
coincidido en nombre y/o fecha. Busca ahora las personas
que:
tienen tu mismo nombre (a excepción de María por su
amplia difusión)
coinciden con tu fecha (día y mes) de nacimiento o de
concepción (agrega tres meses a tu nacimiento y
generalmente la obtendrás) en alguna de sus fechas (ya sea
de nacimiento, muerte o concepción). Puedes considerar +-
10 días en relación a cada fecha.
Cuando se detecta al o a los dobles, uno debe preguntarse
cuál es el conflicto que ha afrontado y dejado sin resolver
esta persona. Y allí se hallará un conflicto que uno mismo,
como parte de la tarea colectiva del árbol, tiene que resolver.
¿Cómo eran esas personas, qué conflictos a nivel carácter,
profesión, familia, etc., dejaron pendientes de resolver?
¿Cómo ves en ti estas mismas situaciones? ¿Qué
respuestas de resolución puedes dar a tus propias situaciones
para no repetir los destinos de otros?
3. CONTACTANDO LOS ORÍGENES.
Contesta las siguientes preguntas para hacer en forma
consciente una aproximación a ti desde tus orígenes. En
algunas de ella te será suficiente hacer memoria, en otras
tendrás que hablar con otros para hallar esa información. La
búsqueda y el contacto es parte del proceso. Registra lo
esencial de tus respuestas en una hoja de forma que puedas
verlas en conjunto.
a. Tus padres:
¿Cuáles eran sus profesiones y actividades? ¿Cómo
describirías su estilo de vida? ¿Cuál era la forma en la que se
relacionaban con los demás, con el dinero, con la fe y con la
sexualidad? ¿Qué sueños realizaron y cuáles quedaron
truncos?
b. Los nombres en la familia:
¿Cuáles son los nombres y sobrenombres de los
integrantes de la familia? ¿Conoces sus significados? Si no
los sabes, búscalos. ¿Se han establecido conexiones con
personajes de la Biblia, de la historia general o de la propia
historia familiar?
c. Tiempo de embarazo:
¿Cuáles fueron para tu madre los hechos relevantes en ese
período? ¿Qué sentimientos y emociones vivió ella? ¿Cómo
percibía a su entorno? ¿Detectas en ti algún sentimiento que
afecta hoy tu vida y que no es tuyo sino de ella?
d. Expectativas:
¿Qué expectativas tenían tus padres y tu entorno sobre tu
nacimiento? ¿Y sobre tu futuro? ¿Qué puedes decirte a ti
mismo al respecto? ¿Y qué puedes decirles a quienes tenían
esas expectativas?
e. Ubicación en la familia:
¿Qué lugar ocupas en tu familia? ¿Eres el hijo mayor,
menor, del medio o único? ¿Cómo te ha afectado eso en tu
forma de vincularte con los demás?
4. HACIA UNA SÍNTESIS DE LOS PROPIOS
ORÍGENES:
a. ¿De qué forma consideras que en conjunto, los factores
anteriores, han cooperado a tu situación de vida actual?
¿Algo ha tenido mayor relevancia?
b. Si tuvieras que elegir una imagen, símbolo o frase que
representara este conjunto, ¿cuál sería?
c. Teniendo presente lo que has encontrado, recita el
salmo 139 y has tuyo el pedido final del salmista: “Sondéame.
Dios mío y penetra en mi interior; examíname y conoce lo
que pienso; observa si estoy en un camino falso y llévame por
el camino de lo eterno.” También puedes volver a releer la
poesía ¿Quién soy yo? y reescribirla desde tus propios
planteos existenciales.
2. VIVO EN UNA PRISIÓN
LA MÁSCARA Y LA HERIDA QUE NOS
LIBERA.
Desde nuestro nacimiento, a medida que se va
conformando nuestro yo o ego, vamos seleccionando
actitudes, comportamientos y expresiones que consideramos
apropiadas para adaptarnos al entorno. En algunos casos el
niño descubre que gritando y reclamando obtiene atención y
buenos resultados; en otros, que un comportamiento tierno o
intelectual lo favorece. O bien, percibe que cuenta con la
aprobación de sus padres si posterga sus propias necesidades
para responder a las de ellos. Y así se van desplegando e
implementando formas habituales de relacionarse que pasan
a ser su personalidad. Y esa es la máscara: ese complejo del
yo con el que el yo llega a identificarse.
En el lenguaje filosófico y teológico, el término persona
significa una interioridad inviolable abierta al infinito, una
substancia individual de naturaleza racional. En la psicología
analítica de Jung, este término expresa otra cosa: es un
complejo autónomo con el cual el yo llega a identificarse y al
que emplea para adaptarse al medio. Y es tal el grado de
identificación del yo con la persona o máscara que cualquier
modificación que afecte a ésta es vivida como una amenaza o
“herida en la personalidad”. El yo se experimenta a sí mismo
como idéntico a la máscara.
Imaginemos un hombre que se coloca una armadura
porque va a participar en una competencia durante toda una
jornada. Cuando el sol declina y cede su puesto a la luna, el
hombre regresa a su hogar. Para poder vivir necesita poder
quitarse la armadura. Durante el día necesitaba mostrarse
fuerte, duro e invulnerable. Ahora, en la hora de las sombras
necesita incorporar lo opuesto a lo que representaba su
armadura para poder seguir viviendo. Su desnudez lo hace
más débil, sensible y vulnerable; y al mismo tiempo más apto
para la intimidad que requiere en su nueva situación. ¿Qué
pasaría si el hombre confundiera la armadura con su propia
piel? Haría todo lo posible para que nadie se la quite. Eso es
lo que sucede cuando el yo se identifica con la persona y llega
la mitad de la vida, a ese momento en que la luz debe ceder
su espacio a las sombras: persiste en aferrarse a su máscara
cuando en realidad lo que necesita es soltarla y abrirse a
otros elementos que relegó, que también forman parte de su
ser y que pugnan por desplegarse.
La llamada crisis de la mitad de la vida es uno de los
tantos momentos en los que la máscara se muestra
insuficiente, inadecuada para una vivencia de plenitud y
calidad de vida. Dante evidencia esto al inicio de la Divina
Comedia al expresar simbólicamente: “A mitad del camino
de la vida, en una selva oscura me encontraba, porque había
extraviado mi camino”.
La máscara es tan solo la punta del iceberg, la
manifestación de una totalidad más amplia. Esta amplitud
trasciende incluso al yo y nos lleva al ámbito del
inconsciente, de lo que no es percibido por el sujeto pero que
le pertenece. Y le pertenece puesto que es él en su identidad
más vasta.
Condicionar la vida a una dependencia absoluta de la
máscara nos lleva a un fracaso seguro precedido por
múltiples angustias y con dolorosas consecuencias. En
diferentes momentos tenemos oportunidad de experimentar
la posibilidad de liberación de este núcleo con el que nos
hemos identificado.
En “El hombre y sus símbolos”, Marie-Louise von Franz
expresa que, “el proceso de individuación efectivo empieza
generalmente con una herida de la personalidad y con el
sufrimiento que la acompaña. Esta conmoción inicial llega a
ser una especie de llamada aunque no siempre se la reconoce
como tal. Por el contrario, el ego se siente estorbado a causa
de su voluntad o su deseo y generalmente proyecta la
obstrucción hacia algo externo. Esto es, el ego acusa a Dios, o
a la situación económica, o al jefe, o al cónyuge, de ser
responsable de aquello que le estorba. O quizá todo parece
exteriormente muy bien, pero bajo la superficie la persona
padece un mortal aburrimiento que hace que todo le parezca
sin significado y vacío.”2
Si consideramos un momento la vida de Juan, éste se
entronca en la línea de los profetas como el último de ellos,
como el que señala al esperado. Su imagen y rol ante los
demás es ser la voz que clama en el desierto, su figura y
misión se identifica con la del profeta Elías. ¿Para ser quien
fue, que aspecto debió relegar de su propia personalidad? La
herida que le provoca el ser encarcelado: ¿a dónde lo
conduce? ¿Cuál es el proceso de integración personal que
enfrenta? ¿A qué identidad debe morir? ¿Y cuál es la que está
adviniendo? Las preguntas sobre la vida de Juan pueden ser
también aplicadas, de alguna forma, sobre la nuestra.
Henri Nouwen ha expresado con gran nitidez el valor de
las heridas en el desarrollo de la vida y ministerio. Su obra
“El sanador herido” y muchos de sus escritos hablan
elocuentemente de ello. A continuación presento un par de
reflexiones de su obra “La voz interior del amor”. Toma un
2 C. G. Jung, El hombre y sus símbolos, Caralt, Barcelona, 1997, p. 168. Esta es la
última obra supervisada por Jung y en ella M. L. von Franz desarrolla en el capítulo
3 el camino de individuación.
tiempo para leer y decantar estas palabras que inicialmente
H. Nouwen escribió para su propio trabajo interior y que
luego decidió compartir a los demás.
Sobrevive a tus heridas.
“Te han herido de muchas formas. Cuando más te abras a
la sanación, más descubrirás cuan profundas son tus heridas.
Estarás tentado de desanimarte, pues debajo de cada herida
que destapas encuentras otra. Tu búsqueda de la verdadera
sanación será una búsqueda dolorosa. Será necesario
derramar muchas lágrimas. Pero no temas. El simple hecho
de que estés más consciente de tus heridas demuestra que
tienes la fuerza suficiente para enfrentarlas.
El gran desafío es sobrevivir a tus heridas en lugar de
pensar en ellas. Es mejor llorar que preocuparse, es mejor
sentir profundamente tus heridas que comprenderlas, es
mejor dejarlas entrar en tu silencio que hablar de ellas. La
opción que enfrentas constantemente es llevar tus heridas a
la cabeza o al corazón. En tu cabeza puedes analizarlas,
hallar sus causas y consecuencias, y contar las palabras que
dirás o escribirás sobre ellas. Pero no es probable que de esta
manera se llegue a una curación. Necesitas dejar que tus
heridas penetren en tu corazón. Entonces podrás sobrevivir a
ellas y descubrir que no te destruirán. Tu corazón es más
grande que tus heridas.
Comprender tus heridas sólo puede ser terapéutico
cuando esa comprensión está al servicio de tu corazón. No es
fácil llegar al corazón con tus heridas: exige liberarse de
muchas cuestiones. Te preguntas: ¿Por qué me lastimé?
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién lo hizo? Crees que las respuestas a
estas preguntas te aliviarán. Pero, cuanto mucho, sólo te
ofrecerán una pequeña distancia respecto de tu dolor. Tienes
que liberarte de la necesidad de seguir controlando tu dolor y
confiar en el poder terapéutico de tu corazón. Allí tus heridas
pueden encontrar un lugar seguro donde se las reciba y, una
vez que se las recibe, pierden su facultad de infligir daños y
se transforman en suelo fértil para una nueva vida.
Piensa en cada herida como en un niño que ha sido
lastimado por un amigo. Mientras esté despotricando y
desvariando, intentando volverse contra el amigo, una herida
lleva hacia otra. Pero, cuando el chico siente el abrazo de
consuelo de uno de sus padres, puede sobrevivir al dolor,
volverse hacia el amigo, perdonarlo y construir una nueva
relación. Sé amable contigo mismo y deja que tu corazón
haga de tu amoroso padre mientras sobrevives a tus
heridas.”3
Deja que los demás te ayuden a morir.
“Dios ha enviado gente para que esté muy cerca de ti a
medida que te liberas gradualmente del mundo que te
mantiene cautivo. Cuanto más confíes en el amor de aquellos
que Dios te ha enviado, más capaz serás de perder tu vida y
de ganarla.
Ni el éxito, ni la notoriedad, ni el afecto, ni los planes
futuros, ni el entretenimiento, ni el trabajo satisfactorio, ni la
estimulación intelectual, ni el apoyo emocional, ni siquiera el
progreso espiritual, son factores a los que puedas aferrarte
como si fueran esenciales para sobrevivir. Sólo cuando te
liberas de ellos puedes descubrir la verdadera libertad que tu
corazón más desea. Eso es morir: entrar a la vida más allá de
la vida. Debes tomar ese pasaje ahora, no solo al final de tu
vida terrenal. No puedes hacerlo solo, pero con el amor de
3 Henry Nouwen, La voz interior del amor, …
quienes te están siendo enviados puedes entregar tu dolor y
dejarte conducir hacia la nueva tierra.” 4
1. IDENTIFICANDO LAS PROPIAS HERIDAS Y
MUERTES
a- Detecta una herida principal en alguna etapa de tu vida
-infancia, adolescencia, juventud, adultez-. Colócale un
nombre.
b- ¿A qué te condujo o qué consecuencias trajo para tu
vida?
c- ¿Qué muertes has experimentado en ti mismo a causa
de esta transformación que aconteció en ti?
d- ¿Estás vivenciando alguna herida en tu situación
actual? ¿A qué te está conduciendo? ¿A qué identidad o
máscara estás muriendo?
e- ¿Quiénes te han acompañado o te están acompañando
en este proceso?
f- ¿Ha afectado el conjunto de estas vivencias a tu visión
de la vida? ¿De qué forma?
g- Los textos de Henri Nouwen que aparecen en “La voz
interior del amor” surgieron buscando poner por escrito un
“imperativo espiritual”, una orden para sí mismo que
hubiera surgido de los encuentros con sus consejeros. Estos
imperativos eran el título de cada reflexión y apuntaban a su
propio corazón; no estaban destinados a nadie más que a sí
mismo. En base a lo que has registrado sobre tus heridas y
sus consecuencias, redacta sólo para ti un “imperativo
espiritual” para este momento de tu vida.
4 Ibídem, p. …
3. RECUERDO HISTORIAS
EL MITO PERSONAL Y LAS FUERZAS
DEL PROPIO INTERIOR.
Las historias que nos narramos a nosotros mismos, las
que de tanto en tanto vuelven a nuestra memoria, o que nos
acompañan por un tiempo, algo delatan sobre nuestra
manera de enfocar la vida. Y entre ellas y nosotros se genera
una relación de mutuo condicionamiento: nosotros las
narramos y hacemos modificaciones en ellas –por ejemplo,
no es el mismo el final del cuento “La sirenita” escrito por
Hans Christian Andersen que el presentado en la adaptación
de la película de Disney- y ellas nos programan expectativas
y respuestas en nuestra vida. Otro ejemplo de los cambios
que se introducen en las historias es el hecho de que en
décadas pasadas los cuentos presentaban a la mujer como
alguien que ocupaba un lugar de víctima y que debía ser
salvada mientras que hoy aparece el rol femenino con un
lugar activo y protagónico. Es decir que, surgen nuevas
historias que responden a una nueva situación y concepción
social. Desde una mirada junguiana, todos los personajes de
los cuentos representarían a diferentes fuerzas dentro del
propio psiquismo y en su trama estarían mostrando un
ejemplo del proceso de desarrollo del individuo.
Joseph Campbell, quien emplea especialmente postulados
de la psicología analítica de Jung, en su obra “El héroe de las
mil caras”, señala que “los cuentos populares representan la
acción heroica como física; y las religiones superiores dan un
sentido moral a las hazañas. (…) Típicamente, el héroe del
cuento de hadas alcanza un triunfo doméstico y
microscópico, mientras que el héroe del mito tiene un triunfo
macroscópico, histórico – mundial.”5
Este autor, comparando cientos de relatos mitológicos,
muestra cómo todas estas narraciones poseen una única
estructura: separación – iniciación – retorno. Y en cada una
de estas etapas se distinguen estos momentos o
posibilidades:
Separación o partida: 1. La llamada de la aventura o las
señales de la vocación del héroe. 2. La negativa al llamado o
la locura de la huida del dios. 3. La ayuda sobrenatural o la
inesperada asistencia que recibe quien ha emprendido la
aventura adecuada. 4. El cruce del primer umbral. 5. El
vientre de la ballena o el paso al reino de la noche.
Pruebas y victorias de la iniciación: 1. El camino de las
pruebas o el aspecto peligroso de los dioses. 2. El encuentro
con la diosa o la felicidad de la infancia recobrada. 3. La
tentación. 4. La reconciliación con el padre. 5. Apoteosis. 6.
La gracia última.
Regreso y reintegración a la sociedad: 1. La negativa al
regreso. 2. La huida mágica. 3. El rescate del mundo exterior.
4. El cruce del umbral del regreso. 5. La posesión de los dos
mundos. 6. La libertad para vivir.
Historias del presente o del pasado – desde La odisea de
Homero, El Señor de los anillos de J. R. R. Tolkien o la saga
de La guerra de las galaxias de George Lucas- muestran esta
secuencia. Vale aclarar que la expresión mito no se emplea
aquí en el sentido vulgar de falsa creencia o algo irreal sino
que se emplea en el sentido de una historia que explica los
orígenes de alguna cosa -relato primordial- o bien una
5Joseph Campbell, El héroe de las mil caras, Fondo de Cultura Económico, 9na,
Argentina, 2010, p 42.
narración que describe conflictos y desarrollos internos de la
psique.
Respecto del mito, en el prólogo de su obra “Símbolos de
transformación”, Jung expresa: “Vislumbré qué significa
vivir con un mito o sin él. El mito es aquello de lo que dice un
Padre de la Iglesia: “lo que se cree siempre, en todas partes y
por todos”, o sea que quien cree que vive sin un mito o fuera
de él, constituye una excepción. Más aún, es un desarraigado
que no se halla sinceramente vinculado con el pasado -con lo
ancestral que siempre vive en él-, ni con la sociedad humana
actual.” (…) “Me asaltaba el presentimiento de que el mito
tenía un sentido que necesariamente echaría yo de menos si
pretendiera vivir fuera de él en la niebla de la propia
especulación. Me sentía acosado a preguntarme muy en
serio: “¿Qué es el mito que tú vives?” (…) “De ahí resultó
naturalmente la resolución de aprender a conocer “mi” mito
y consideré que eso era la misión por antonomasia.” 6 En ese
momento Jung tenía 36 años.
En cuanto al conjunto de las fuerzas con que todos
contamos en nuestro ser, cada uno posee diferentes
cualidades y formas de combinarlas. Algunos enfoques
distinguen las pasiones o energías en el hombre y las ponen
de base para diferentes tipologías. Por ejemplo, en el caso del
eneagrama, este sistema considera nueve pasiones básicas
(ira, orgullo, vanidad, envidia, avaricia, miedo, gula, lujuria,
pereza) que combinadas con otros factores conforman un
eneatipo. O en el caso de Alejandro Jodorowsky, que
distingue en el hombre cuatro centros (intelectual,
emocional, sexual y material) con sus respectivos lenguajes
(pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades).
6 C. G. Jung, Símbolos de transformación, Paidós, Argentina, 2008, p. 16s.
En “Símbolos de transformación” Jung expresa: “me
pareció más adecuada una concepción energética que me
permitió identificar la expresión “energía psíquica” con el
término “libido”. El último expresa un afán o impulso no
inhibido por alguna instancia moral o de otra índole. (…)
Desde el punto de vista de la genética, lo que constituye la
esencia de la libido son las necesidades corporales tales como
el hambre, la sed, el sueño, la sexualidad, los estados
emocionales, los afectos. Todos estos factores poseen
diferenciaciones y ramificaciones muy sutiles en la
complicadísima pisque humana”.7
De entre las numerosas disposiciones existentes en el
psiquismo, en su obra “Tipos psicológicos” destaca cuatro
funciones fundamentales:
- la sensación: por medio de la cual el sujeto toma
contacto con el mundo exterior.
- la reflexión o pensamiento: con la cual el sujeto
comprende el significado de lo que ha entrado en contacto.
- el sentimiento: que valora lo que se ha captado y
comprendido.
- la intuición: que es la percepción inmediata de las
relaciones.
Además de estas diferenciaciones, el movimiento
preferido de la libido permite una nueva división. Ya que esta
energía no sólo avanza y retrocede sino que también sale y
entra. Esto último se llama:
- introversión: el movimiento está orientado hacia el
mundo interno.
- extroversión: el movimiento está orientado hacia el
mundo externo.
Los ocho tipos psicológicos que surgen de combinar las
cuatro funciones fundamentales con las dos orientaciones de
7 Ibídem, p 147.
movimiento de la libido no pretenden encasillar a nadie. En
palabras de Ira Progoff, “cuando Jung describe a un hombre
diciendo que pertenece al tipo sentimental extravertido, no le
coloca un rótulo, sino que describe la naturaleza del
movimiento de la libido en ese sujeto y la función psicológica
que acompaña a dicho movimiento.”8
Uno puede comenzar a aproximarse a descubrir su propio
tipo psicológico, detectando primeramente la orientación del
movimiento de su energía -extrovertido o introvertido- y
luego función psíquica que predominante -sensación,
reflexión, sentimiento o intuición-.
Es interesante tener presente cómo llega Jung a
aproximarse a esta conceptualización.
“La extraversión y la introversión son sólo dos
particularidades entre las muchas de la conducta humana.
Pero con frecuencia no son lo bastante evidentes y fáciles de
reconocer. Si, por ejemplo, se estudian los individuos
extravertidos, pronto se descubre que difieren en muchas
formas unos de otros y que el ser extravertido es, por tanto,
un concepto superficial y demasiado general para ser
realmente característico. Por eso, hace ya tiempo traté de
encontrar otras particularidades básicas, particularidades
que pueden servir para poner cierto orden en las variaciones,
aparentemente ilimitadas de la individualidad humana.
Siempre me impresionó el hecho de que hubiera un
número sorprendente de individuos que jamás utilizaban la
mente, si podían evitarlo, y un número igual que la
utilizaban, pero en una forma asombrosamente estúpida.
También me sorprendió encontrar muchas personas
inteligentes y muy despiertas que vivían, en lo que se podía
apreciar, como si nunca hubieran aprendido a utilizar los
8 Ira Progoff, La psicología de C. G. Jung y su significación social, Paidós, Buenos Aires,
1967, p. 143.
sentidos. (…) Había otras que parecían vivir en un estado de
consciencia más curioso, como si el estado al que habían
llegado fuese definitivo, si posibilidad de cambio, o como si
el mundo y psique fueran estáticas y hubieran de
permanecer así por siempre. Parecían vacías de toda
imaginación y que dependieran enteramente de su
percepción sensorial. Las ocasiones y posibilidades no
existían en su mundo y en su “hoy” no había verdadero
“mañana”. El futuro era exactamente la repetición del
pasado.
Estoy tratando de dar al lector una vislumbre de mis
primeras impresiones cuando comencé a observar la
muchísima gente que conocí”. 9
A partir de allí comienza a detectar más claramente las
cuatro funciones, de las que dice: “Estos cuatro tipos
funcionales corresponden a los medios evidentes por los
cuales obtiene la consciencia su orientación hacia la
experiencia. La percepción nos dice que algo existe; el
pensamiento nos dice lo que es; el sentimiento nos dice si es
desagradable o no lo es, y la intuición nos dice de dónde
viene y a dónde va.”10
Por último, es importante dejar en claro que ninguna
teoría abarca toda la vida y que la instrumentalización
teórica admite y requiere, según las circunstancias, nuevos y
diferentes puntos de vista. Respecto a su propia
conceptualización, Jung advierte: “El lector ha de entender
que estos cuatro criterios sobre los tipos de conducta
humana son sólo cuatro puntos de vista entre otros muchos,
como fuerza de voluntad, temperamento, imaginación,
9 C. G. Jung, Símbolos de transformación, Paidós, Argentina, 2008, p. 55s.
10 Op. cit., p. 57.
memoria y demás. No hay nada dogmático en ellos, pero su
naturaleza básica los abona como criterios adecuados de
clasificación. Los encuentro especialmente útiles cuando
tengo que dar explicaciones a los padres acerca de sus hijos y
a los maridos acerca de sus esposas, y viceversa. También
son útiles para comprender los prejuicios propios.”11
1. DETECTANDO HISTORIAS Y MITOS
PERSONALES.
A. EN EL CAMINO PERSONAL.
Considera tu propio plano de desarrollo individual. Desde
la secuencia de Joseph Campbell -separación, iniciación o
retorno- ¿en qué etapa te hallas en este momento? ¿Cuál es
el desafío que debes resolver?
B. EN LA DIMENSIÓN FAMILIAR.
Suelen encontrarse en los clanes familiares anécdotas o
narraciones que adjudican una cualidad, estilo o destino a
sus miembros. ¿Consideras que hay una historia, leyenda o
mito en tu familia que también te involucra? ¿Estás a gusto
con eso o necesitas reformularlo? La reformulación se puede
lograr transformando las afirmaciones universales en
particulares. Por ejemplo: “A todos los de nuestra familia
siempre…” por “En algunas oportunidades ciertos miembros
de la familia experimentaron…, en cambio otros pudieron…”.
O las afirmaciones de destino: “A todos los que
pertenecemos a este clan siempre les sucede…” por
“Anteriormente ha sucedido, pero a partir de ahora…”
C. EN CLAVE DE DESARROLLO ESPIRITUAL.
11 Ibidem.
El mito directriz en la vida de Juan bien podría registrarse
con la narración del anuncio del ángel a Zacarías anticipando
su nacimiento, su estremecimiento en el seno materno ante
la visita de su primo y las palabras de su padre profetizando
su misión. Esto fue forjando su propio convencimiento de
sentido de vida y misión: detrás de mí viene alguien más
grande que yo y es necesario que yo disminuya para que él
crezca.
¿Crees que podrías hallar en tu propia historia personal
acontecimientos o referencias simbólicas -personas, lugares,
ideas- a partir de las cuales esboces o conformes tu actual
sentido de vida y misión?
4. MIENTRAS ME SUMERJO EN LAS SOMBRAS.
EL TRABAJO CON LA PROPIA
SOMBRA.
Es clave en el camino de autoconocimiento poder
reconocer la sombra. Tengamos en cuenta que la sombra no
es la totalidad del mundo inconsciente. M. L. von Franz,
expresa que “representa cualidades y atributos desconocidos
o poco conocidos del ego. (…) Cuando un individuo hace un
intento para ver su propia sombra, se da cuenta, y a veces se
avergüenza, de cualidades e impulsos que niega en sí mismo,
pero que puede ver claramente en otras personas. (…) Si
alguien tiene un enojo insoportable cuando un amigo le
reprocha una falta, ese alguien tiene que estar
completamente seguro de que en ese momento encontrará
una parte de su sombra. (…) La sombra contiene
generalmente valores necesitados por la consciencia pero
que existen en una forma que hace difícil integrarlas en
nuestra vida.” 12
La sombra no representa de por sí los aspectos negativos
de la personalidad sino aquellas energías -los sentimientos,
ideas, deseos y necesidades- que sistemáticamente hemos
decidido apartar de nuestra consciencia. Por ejemplo, quien
ha vivido en un mundo hostil y consideró que para adaptarse
debía de mostrarse fuerte y despiadado ha dejado en la
sombra aspectos de ternura y mansedumbre. O bien quien
ha optado por mostrarse como una persona comprensiva y
12 C. G. Jung, El hombre y sus símbolos, op. cit., pp 170 s.
servicial ha relegado a la sombra sus tendencias irascibles y
de ocio. Cuando el individuo conforma su máscara, esto
traerá por consecuencia la formación de su sombra.
En su obra “Recuerdos, sueños, pensamientos”, C. G.
Jung describe: “En esta época tuve un sueño inolvidable que
al mismo tiempo me aterrorizó y estimuló. Era de noche en
un lugar desconocido y sólo penosamente avanzaba yo
contra un poderoso huracán. Además se extendía densa
niebla. Yo sostenía y protegía con ambas manos una pequeña
luz, que amenazaba con apagarse a cada instante. Pero todo
dependía de que yo mantuviese viva esta lucecita. De pronto
tuve la sensación de que algo me seguía. Miré hacia atrás y vi
una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. Pero en el
mismo momento me di cuenta -pese a mi espanto- de que
debía salvar mi pequeña luz, ajeno a todo peligro, a través de
la noche y de la tormenta. Cuando me desperté, en seguida lo
vi claro: era el «espectro», mi propia sombra sobre la niebla,
arremolinándose cansado por la pequeña luz que llevaba
ante mí. Sabía también que la lucecita era mi conciencia; es
la única luz que tengo. Mi propio conocimiento es el único y
el máximo tesoro que poseo. Cierto que es infinitamente
pequeño y frágil frente al poder de las tinieblas, pero una luz
al fin y al cabo, mi propia luz.”13
Todos somos seguidos por nuestra propia sombra.
Solemos tender a vivir la primera mitad de la vida desde la
esfera de nuestra vida consciente, aferrados a nuestra
máscara. Pero para continuar el viaje, necesitamos el
combustible que está reservado en los aspectos no
conscientes. Si ignoramos todo lo que se va acumulando en
esta área, llega el momento en que la sombra actúa por sí
misma -puesto que es un complejo autónomo- y toma
13 C. G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos, op. cit., p. 110 s.
posesión de la personalidad. Entonces el individuo puede
expresar afirmaciones como “no era yo quien lo hacía”, o
bien “era como una fuerza que no podía refrenar y actuaba
en mí.”
Comenzar a detectar e integrar la sombra es una tarea
ineludible en el desarrollo personal. Es la tarea que en
principio no querríamos pero en un determinando momento
se hace ineludiblemente necesaria. Es como en esa situación
en la que una vez que la persona ha tirado todo lo inútil y
despreciable a la basura se da cuenta de que las llaves de su
coche no están sobre la mesa… y descubre que para hallarlas
debe buscar en la basura.
Como expresan Connie Zweig y Steve Wolf en su obra
“Vivir con la sombra”: “Cada uno de nosotros debe
enfrentarse a su modo con ese gigante oscuro. Para ciertas
personas, por ejemplo, el trabajo con la sombra puede exigir
el sacrificio de la amabilidad en aras de la sinceridad, (…)
para otros el sacrificio de la ostentación en aras de la
humildad. (…) Así, en la medida que vayamos descorriendo
cada uno de los velos que ocultan a la sombra, en la medida
que vayamos haciendo frente a cada miedo y vayamos
reapropiándonos de cada proyección, nos hallaremos en
mejores condiciones de vislumbrar el tesoro que se oculta en
el interior de la sombra. Entonces nos daremos cuenta de
que esa tarea es continua y de que ese tesoro es inagotable.”14
“La sombra es, por definición, inconsciente y, en
consecuencia, no podemos contemplarla directamente y
debemos aprender a buscarla. Pero para ello es necesario, en
primer lugar, saber hacia dónde tenemos que mirar:
14Connie Zweig y Steve Wolf, Vivir con la sombra, Kairós, 3ra., Barcelona, 2008, p.
68
- La sombra se oculta detrás de nuestros sentimientos
secretos de vergüenza. (…) ¿Cuáles son, pues, los
pensamientos o sentimientos íntimos que nos avergüenzan?
¿Cuál es el rasgo personal del que más nos gustaría
deshacernos? ¿De qué modos nos sentimos inaceptables,
sucios o vergonzosamente diferentes?
- La sombra se halla en nuestras proyecciones. Así pues,
cuando reaccionamos desproporcionadamente ante un rasgo
ajeno es porque no acertamos a advertirlo en nosotros
mismos. (…) ¿A quiénes rechazamos o juzgamos con mayor
severidad? ¿Qué grupos de personas aborrecemos o tenemos
más miedo? ¿Qué rasgo nos resulta más insoportable de un
amigo o familiar?
- La sombra acecha también detrás de nuestras
adicciones. (…) ¿Cuáles son los deseos que tratamos de
controlar o limitar cuando caemos en una adicción?
- La sombra también se revela en los lapsus verbales. (…)
¿Qué deseo secreto tiene que cree inalcanzable?
- La sombra también hace acto de presencia en los chistes
y en las bromas pesadas hechas a expensas de otras
personas. (…) ¿En qué situaciones nos hemos sentido
sorprendidos o avergonzados por nuestra reacción ante la
desgracia ajena?
- La sombra también se esconde tras el disfraz de los
síntomas físicos. (…) ¿Cuál es el mensaje que nuestro cuerpo
trata de transmitir? ¿Qué secretos y traiciones revelarían
nuestras células en el caso de que pudieran hablar?
- La sombra también nos muestra su rostro en la mediana
edad. (…) ¿De qué formas podría expresarse este cambio?
(…) ¿Cuáles serían las cosas, si alcanzásemos los ochenta
años de edad, que lamentaríamos haber hecho, o por el
contrario, no haber hecho?
- La sombra se expresa también, y tal vez del modo más
elocuente, en nuestros sueños. (…) ¿Qué cosas emergen en
nuestros sueños que parecen contradecir la imagen que
vigílicamente nos forjamos de nosotros mismos?
- La sombra revela también sus facetas más ricas en la
obra creativa, tendiendo un puente entre los mundos
consciente e inconsciente.” 15
1. AL ENCUENTRO DE LA SOMBRA.
En la oscuridad de la prisión, Juan comienza a adentrarse
en los aspectos que ha reprimido. Dónde puede apreciarse la
sombra propia es en aquellas, cualidades, palabras,
demandas o acciones de personas de nuestro propio sexo que
nos irritan profundamente y que generan un considerable
monto de ira en nuestro interior.
A. DESCUBRIENDO LA VIGA EN EL PROPIO OJO.
El mecanismo de proyección mediante el cual podemos
detectar un aspecto de la sombra está puesto de manifiesto
en la pregunta de Jesús: ¿Por qué miras la paja que hay en el
ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? (Lc
6,41)
a. Tomo conciencia de qué personas de mi mismo sexo
suelen irritarme o alterarme en especial.
b. Hago una lista describiendo qué es lo que me molesta o
enfada de cada una de ellas.
c. ¿Cuál es el valor que esconde eso que me altera? Por
ejemplo si me fastidia en extremo su pereza el valor detrás de
esto es la capacidad de ocio; o si me choca la forma sensual
en la que vive, el valor está en saber disfrutar y apreciar los
placeres de la vida.
d. En lo que descubro allí hay una voz desde mi sombra
que reclama que lo incorpore en mi vida para completar mi
propio desarrollo personal. ¿Qué puedo hacer al respecto?
15 Op. cit., pp 50ss.
e. De ahora en más tomo conciencia que cuando veo en el
otro algo que me irrita, hay una parte dentro de mí que está
conectada con ello y está reclamando ser incorporada. Puedo
expresar esto con una oración en la que encendiendo una
vela y rodeada por la oscuridad de mi cuarto, le presente al
Señor mi deseo de que ilumine mis sombras.
2. INTEGRANDO EL TESORO ESCONDIDO.
La sombra puede integrarse o “comerse” de diversas
formas. El arte es un buen medio para poder darle expresión.
Los movimientos de quien danza, las historias de quien
escribe, los colores y escenas de quien dibuja, las letras que
un cantante interpreta, todos ellos son formas que permiten
traer a la luz ese aspecto que nuestra máscara habitualmente
relega.
a. ¿Qué actividad artística estoy realizando donde pueda
expresar mi mundo interior?
b. ¿Le estoy otorgando el tiempo que necesita?
c. ¿Podría profundizarla de alguna forma?
5. EN MI CUERPO SE REGISTRA MI VIDA
ESCUCHANDO LA VOZ DEL CUERPO.
Nuestro cuerpo es el ámbito en donde registramos todo lo
que sucede en nuestra alma. Y como tal contiene incluso
todos aquellos sentimientos, sensaciones y pensamientos
que negamos o pretendemos postergar más tiempo del que
nuestra propia salud requiere. En la actualidad diferentes
corrientes acentúan esta relación entre cuerpo, emociones y
enfermedades, por ejemplo el enfoque del Dr. Hammer con
la nueva medicina germánica o el de Enric Corbera con la
biodecodificación o bioneuroemoción. Aquí sólo tomaremos
la perspectiva de Thérèse Bertherat, creadora de la
antigimnasia, quien en su obra “El cuerpo tiene sus razones”,
en la introducción nos sugiere una mirada muy interesante
sobre nosotros mismos:
“En este momento, en el lugar preciso en que usted se
encuentra, hay una casa que lleva su nombre. Usted es su
único propietario, pero hace mucho tiempo que ha perdido
las llaves. Por eso permanece fuera y no conoce más que la
fachada. No vive en ella. Esa casa, albergue de sus recuerdos
más olvidados, más rechazados, es su cuerpo.
“Si las paredes oyesen...” En la casa que es su cuerpo, sí
oyen. Las paredes que lo han oído todo y no olvidado nada
son sus músculos. En el envaramiento, en las crispaciones,
en la debilidad y en los dolores de los músculos de la espalda,
del cuello, de las piernas, de los brazos, y también en los de
la cara y en los del sexo, se revela toda su historia, desde el
nacimiento hasta el día de hoy.
Sin siquiera darse cuenta, desde el primer mes de vida
reaccionó a las presiones familiares, sociales, morales.
“Ponte así, o asá. No toques eso. No te toques. Pórtate bien.
¡Pero, vamos, muévete! Date prisa. ¿A dónde vas tan de
prisa...?” Confundido, se plegaba a todo como podía. Para
conformarse, tuvo que deformarse. Su verdadero cuerpo,
naturalmente armonioso, dinámico, alegre, se vio sustituido
por un cuerpo extraño al que acepta mal, que en el fondo de
sí rechaza. “Es la vida –dice-. ¡Qué le vamos a hacer!” Pues
yo le digo que sí, que se puede hacer algo y que sólo usted
puede hacerlo. Aún no es demasiado tarde para librarse de la
programación del pasado, para hacerse cargo del propio
cuerpo, para descubrir posibilidades todavía insospechadas.
Existir significa nacer continuamente. Pero, ¿cuántos hay
que se dejan morir un poco cada día, integrándose tan bien a
las estructuras de la vida contemporánea que pierden su vida
al perderse de vista a sí mismos?
(…) Nuestro cuerpo es nosotros mismos. Somos lo que
parecemos ser. Nuestra manera de parecer es nuestra
manera de ser. Pero nos negamos a admitirlo. No nos
atrevemos a mirarnos. Por lo demás, ni siquiera sabemos
hacerlo. Confundimos lo visible con lo superficial. Sólo nos
interesamos en lo que no podemos ver. Llegamos incluso a
despreciar el cuerpo y a quienes se interesan por su cuerpo.
(…) ¿Y si tratásemos de buscar, a través de las sensaciones,
las razones del cuerpo?”16
El cuerpo encierra un tesoro vital que nos urge contactar
para tomarlo en plenitud. La noción de cuerpo se ha aplicado
positivamente en el cristianismo tanto desde el enfoque de
Pablo, al decir que somos el cuerpo de Cristo, como
especialmente desde Jesús, quien da su cuerpo a sus
discípulos y le confiere el carácter de vida eterna. La
16 Thérèse Bertherat, El cuerpo tiene sus razones, Paidós, 13ra., Buenos Aires, pp. 11s.
redención final no consiste en liberarnos del cuerpo sino en
la instancia plena en la que todo nuestro ser será resucitado y
glorificado. Tomar conciencia de nuestro cuerpo y asumir lo
que éste implica es nuestra tarea de hoy mientras vamos en
camino a la plenitud.
1. HABITAR EN LA PROPIA CASA.
Una forma de tomar conciencia de nuestro propio ser y
así habitar en la propia casa es a través de nuestra
respiración. Propongo aquí unas orientaciones de Thérèse
Bertherat, basada en sus primeros pasos en este camino.
“¿Cómo aprender a respirar? La respiración debe ser
natural. Es el cuerpo el que la tiene que encontrar, o más
bien, volver a encontrar su propio ritmo respiratorio.
¿Y por qué hemos perdido el ritmo respiratorio normal?
¿No se debe a que, ya desde los primeros instantes de
nuestra vida, retenemos el aliento cuando sentimos miedo o
nos hacemos daño? Más tarde, lo retenemos también cuando
tratamos de impedirnos el llorar o el gritar. Pronto sólo
espiramos para expresar el alivio o “cuando nos tomamos el
tiempo” de hacerlo.
Respirar superficialmente, irregularmente, se convierte
en nuestro medio más eficaz para dominarnos, para no tener
sensaciones. Una respiración que no nos oxigena lo
suficiente obliga a nuestros órganos a trabajar a marcha
lenta y reduce las posibilidades de experiencia sensorial y
emotiva. Así terminamos por “hacer el muerto”, como si
nuestra mayor preocupación consistiese en sobrevivir hasta
que el peligro -vivir- haya pasado. Triste paradoja. Siniestra
trampa de la que no tratamos de liberarnos porque no somos
conscientes de hallarnos prisioneros.
¿Cómo permitir al cuerpo volver a encontrar su
respiración natural, perdida desde hace tanto tiempo? La
señora Ehrenfried (quien la guió inicialmente en estos
ejercicios) nos pidió de nuevo que nos echásemos en el suelo,
y esta vez que cerrásemos los ojos. Hablando muy
lentamente, meciéndonos con sus palabras, nos dijo que nos
imaginásemos nuestros ojos no como si nos sobresaliesen del
rostro sino reposando en sus órbitas, como “guijarros que
dejamos hundir en un pantano. Esperen al final de los
remolinos”.
Me relajé y, por un momento me sentí lejos de las
preocupaciones. Y entonces dejé escapar un profundo
suspiro. A partir de ese suspiro, de esa gran espiración
involuntaria, mi ritmo normal se restableció…
En lugar de aspirar generosamente, de espirar con
avaricia y volver a aspirar inmediatamente, comencé a
respirar en tres tiempos: primero, aspiraba; segundo,
espiraba, ahora completamente, y tercero, mi cuerpo
esperaba.
Esperaba a tener necesidad de aire para aspirar de nuevo.
Más tarde aprendí que esta pausa correspondía al tiempo
que el cuerpo precisa para emplear la provisión de oxígeno
aportada por la respiración precedente. Empecé a bostezar,
con unos bostezos enormes, incontrolables, como si
satisficiese así una sed de aire reprimida desde hacía mucho
tiempo, quizás desde mi más tierna infancia.
A partir del momento en que me oxigené
convenientemente y regularmente, en que los pulmones y el
diafragma trabajaron al máximo y que, mediante su
movimiento lento y continuo, fueron capaces de “dar masaje”
al hígado, al estómago, a los intestinos, comprobé todavía
otras mejoras. Recobré el apetito. Desaparecieron los
insomnios. Me sentí mejor armada, presta a afrontar nuevas
responsabilidades, cuya extensión, sin embargo, no
sospechaba.”17
17 Op. cit., pp. 40s.
2. ESCUCHAR LA VOZ SILENCIOSA DE
NUESTRO CUERPO.
Sugiero dos formas simples de aproximación a esta
escucha.
A. CON LOS OJOS ABIERTOS.
a. Colócate frente a un espejo y toma tiempo para ver tu
rostro.
b. ¿Qué puedes ver en él? ¿Algo te llama especialmente la
atención?
c. ¿Puedes comprender el mensaje que en forma callada
pero innegable te comunica?
d. Formula lo que has “escuchado” y háblale a tu cuerpo
diciéndole: - Escucho lo que tú me estás diciendo: (y
enuncias lo que has comprendido).
e. Ahora dale una respuesta donde expreses tus
sentimientos y convicciones ante esa realidad.
Puedes realizar este mismo ejercicio apreciando el cuerpo
completo.
B. CON LOS OJOS CERRADOS.
a. Ponte en una posición cómoda y presta atención a lo
que percibes en tu cuerpo.
b. ¿Qué clase de sensación es?
c. ¿Las acompaña algún sentimiento?
d. ¿En qué zona de tu cuerpo la estás registrando?
e. Toma tiempo para tomar integralmente conciencia de
esa sensación, sentimiento y zona de de tu cuerpo y está
atento a lo que percibes. Bien puede ser que surja una
imagen o que evoques un recuerdo.
f. ¿Cuál es el mensaje que has recibido de tu cuerpo?
Anótalo en un lugar donde puedas tenerlo presente cada día
durante una semana.
6. MI ALMA ME SUSURRA EN SUEÑOS.
RECIBIENDO EL MENSAJE DE LOS
SUEÑOS.
Desde la antigüedad los sueños han sido considerados
como mensajes que el hombre recibe desde lo trascendente.
Los libros sagrados de las diferentes tradiciones registran
también esta concepción. En la Biblia son diversos los
pasajes del Antiguo Testamento que hacen alusión a esto. De
igual modo hallamos otros en el Nuevo Testamento,
especialmente en el evangelio de Mateo, tanto cuando José
es animado a aceptar como suyo al hijo que María ha
concebido como cuando se lo orienta a huir a Egipto y más
tarde a regresar a su patria, el mensaje le es transmitido en
sueños. Y también cuando la esposa de Pilato le envía a decir
mientras está sentado en el tribunal: -No te mezcles en los
asuntos de este justo porque hoy, por su causa, tuve un
sueño que me hizo sufrir mucho-. En los Hechos los
Apóstoles también se halla una alusión a los sueños cuando
Pedro hace presente la profecía de Joel que dice que cuando
el Señor derrame su Espíritu los jóvenes verán visiones y los
ancianos tendrán sueños proféticos.
Una interpretación reductiva del hombre llevó a una
interpretación también reductiva de los fenómenos que
acontecen en él, como lo es el soñar. Si el hombre es sólo un
conjunto de pulsiones en antagonismo, la realidad onírica
sólo puede ser una expresión de ese conflicto interno. Pero si
consideramos al ser humano no como resultado de la
asociación de materia sino como un viviente a causa de algo
que ha unido y organizado la materia, entonces lo que
acontece en él puede tener otra dimensión. El espíritu no es
producto del cuerpo; el alma habla en la materia. Los sueños
son parte de ese lenguaje que llega a nuestra consciencia.
A veces su origen puede estar más vinculado a lo corporal,
a lo anímico o a lo espiritual. Por ejemplo, si el sueño
muestra que algo oprime mi brazo y al despertar constato
que algo realmente lo ha esta oprimiendo, el origen está
claramente en lo físico. Quienes estaban en campos de
concentración solían soñar que comían excelentes platos de
comida; esto muestra el carácter compensatorio del
psiquismo, carácter propio de los sueños, y responde a
conflictos y angustias anímicas. Por otra parte, Jung relata
que al confiarle un colega que soñaba reiteradamente que
sufría accidentes en la montaña, él le recomendó que dejara
por un tiempo su costumbre de escalarlas. El otro no tomó
en cuenta la advertencia y falleció en un accidente como lo
soñó. El enfoque junguiano destaca también la existencia de
sueños proféticos. Y ve también, en lo anímico y onírico un
ámbito donde lo supraconsciente se pone en contacto con el
sujeto: desde las experiencias de personas que sueñan
vívidamente con familiares fallecidos hasta mensajes y
visiones ofrecidas por seres superiores. Por eso, todo sueño
requiere su propio discernimiento y análisis.
C. G. Jung, ya en los inicios de su obra, en Símbolos de
transformación, concebía el sueño de esta manera:
“Uno de los principios de la psicología analítica es que las
imágenes deben entenderse simbólicamente: que no deben
tomarse al pie de la letra, y sí suponerles un sentido oculto.
(…) Para el sentido común humano nada tiene de
extraordinario la idea de que el sueño posea significado y
sea, por consiguiente susceptible de interpretación; decirlo
así equivale a formular una verdad proclamada desde hace
milenios, vale decir, una verdad trivial. El lector sin duda
habrá oído hablar de los onirománticos de Egipto y Caldea;
de José que interpretó los sueños del faraón; de Daniel, que
explicó el de Nabucodonosor; y tal vez del Libro de los
Sueños de Artemidoro. En escritos de todas las épocas y
pueblos se habla de sueños importantes y proféticos,
anunciadores de calamidades y bonanzas, que fueron
enviados por los dioses. El hecho de que una opinión sea tan
antigua y tan general, demuestra necesariamente que de
algún modo tiene que ser verdadera, esto es,
psicológicamente verdadera.
Para la actitud moderna resulta apenas concebible que un
dios existente fuera de nosotros provoque el sueño, o que
éste vaticine proféticamente el porvenir. Mas si la
formulamos psicológicamente, la antigua concepción nos
resulta ya mucho más comprensible, a saber: el sueño surge
como una parte del alma que no conocemos y se ocupa de la
preparación del día siguiente y de sus acontecimientos. (…)
El sueño es una serie de imágenes aparentemente
contradictorias y absurdas, pero contiene un material de
pensamientos que, traducido, arroja un sentido claro.”18
Los sueños expresan también cómo está avanzando
nuestro proceso de individuación. Los personajes del mismo
sexo del soñante representan la sombra: esos aspectos de
nuestro propio ser que hemos relegado y que necesitamos
reincorporar para dar vitalidad a la actual etapa del camino.
Los personajes del sexo opuesto al soñante representan el
ánima (en el caso del varón) o el ánimus (en la mujer) y
expresan las fuerzas complementarias a integrar para ser
completos y afrontar en forma creativa y plena los nuevos
desafíos. Los animales representan los instintos y pulsiones
(agresividad, ternura, hambre, sexualidad, etc). El niño, el
18 C. G. Jung, Símbolos de transformación, op. cit., pp. 31s.
anciano o la anciana sabia, la pareja real, pueden simbolizar
la aparición del sí mismo (el centro organizador de la
personalidad desde una conciencia más amplia). También
pueden aparecer personajes que cumplen la función de
psicopompo (guía del alma o guía del camino), como vemos a
Virgilio con Dante en la Divina Comedia o a Filemón con
Jung en el Libro Rojo.
Anselm Grün en Transformación desarrolla cómo se
expresa este proceso en los sueños:
“Con frecuencia hemos experimentado que nos habíamos
acostado desengañados y contrariados, y a la mañana
siguiente nos hemos levantado contentos y con nuevas
energías. Ostensiblemente, dormir nos ha transformado.
¿Cómo se produjo? No siempre sabemos explicarlo.
(…) Con frecuencia los sueños describen el estado del que
sueña, sus problemas, su humor y cuál es su situación
interior. Quien por largo tiempo observe sus sueños, verá
que allí se manifiesta un proceso de imágenes que cambian y
le indican una transformación interior. Así, por ejemplo,
terminan los sueños de persecución por haberse integrado lo
que estaba en la sombra. (…) En un seminario de sueños,
una señora contaba que siempre volvía a soñar con niños
enfermos, con niños que ella perdía u olvidaba. Un año más
tarde, sus sueños habían cambiado; ahora ella tenía en
brazos niños sanos y alegres. Manifiestamente, durante
aquél año algo se había transformado en ella. Lo nuevo que
había crecido ya no le molestaba. Había pasado al
consciente, lo llevaba en brazos. En su interior había tenido
lugar una transformación.
(…) Pero los sueños reclaman al mismo tiempo nuestra
transformación. Dios mismo realiza nuestras
transformaciones a través de ellos. Por medio de las
imágenes que el inconsciente nos presenta en el sueño, Dios
mismo puede ofrecer una transformación en el fondo del
alma.
(…) En los sueños ensaya el alma sus propias
posibilidades. (…) Cuando el paciente cuenta al terapeuta sus
sueños y conversa sobre ellos, tiene lugar la transformación
de las partes reprimidas a nuevas formas de vida.
(…) El proceso del sueño depende también de cómo el que
sueña trata a sus sueños. Si los toma en cuenta y examina, si
lo que es inconsciente en sus sueños lo integra con su
consciente, entonces, el proceso de transformación puede
continuar. Si, en cambio, reprime sus sueños, el inconsciente
también hará notar sus consecuencias destructivas y
paralizantes. El inconsciente estorbará su pensar y sus
sentimientos. El inconsciente se apoderará del hombre con
manos invisibles. No le permitirá transformarse, sino que lo
bloqueará. Por eso es importante tomar en cuenta nuestros
sueños.”
Según Jung, para que dos polos contrarios se atraigan,
tiene que tener lugar una transformación. Cuando prestamos
atención a nuestros sueños, conectamos el consciente al
inconsciente. La tensión entre estos dos polos produce la
transformación. El proceso mismo permanece en el misterio.
Podemos favorecerlo, pero no determinarlo. Podemos
relacionar los dos polos, pero lo que acontece después escapa
a nuestra intervención. Es, en última instancia, siempre obra
de de Dios. Jung lo expresa diciendo que es opus magnum,
concedente Deo, es una obra grande que acontece por la
intervención de Dios.” 19
Teniendo en cuenta estos elementos podemos prestar
especial atención a nuestros sueños, al mensaje que nos
19Anselm Grün, Transformación, Lumen, 3ra., Buenos Aires, 2008, pp. 54s.
ofrecen y al proceso de transformación que se manifiesta en
ellos.
1. CUENTA TU SUEÑO O ESCRÍBELO.
Si el sueño no se narra o escribe al despertar, corremos el
riesgo de perder gran parte de él. Pude ser de utilidad tener
un cuaderno para registrarlos en forma habitual. Esto ofrece
la ventaja de poder verlos en conjunto a través del tiempo.
2. DESCUBRIENDO EL MENSAJE.
En general los sueños vienen a responder o compensar
una inquietud que ocupa a tu yo consciente.
a. ¿Qué interrogante, conflicto o situación precedió al
sueño? ¿Qué era lo que estaba inquietando u ocupando tu
mente?
b. ¿Qué mensaje o sentido puedes hallar en el sueño?
c. ¿Qué personajes intervienen? Trata de identificar si
alguno representa a la sombra, al ánima o ánimus, al sí
mismo o a tus instintos. Y luego percibe el mensaje que te
ofrece cada uno.
d. Teniendo en cuenta los símbolos que aparecieron en tu
sueño puedes buscar en un diccionario de símbolos su
significado a través del tiempo y en diferentes culturas. Es
una manera de amplificar tu sueño teniendo en cuenta las
posibilidades del inconsciente colectivo.
7. ALGUIEN ME GUÍA EN MI LABERINTO
INTERIOR.
INTEGRANDO LOS OPUESTOS
ÁNIMA/ÁNIMUS.
Si bien en el mundo del Antiguo Testamento hay un
acento en la cultura patriarcal, los grandes personajes
masculinos en el desarrollo de su historia siempre se ven
acompañados por su complemento femenino. Como señala
Henry Nouwen, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob es
también el Dios de Sara, Rebeca y Raquel. Y si nos
remontamos más allá de la historia, en el nivel mitológico de
los dos relatos de la creación en el Génesis, hallamos como
elemento esencial en el primero, que el hombre creado a
imagen y semejanza divina es diseñado como varón y mujer.
En el segundo aparece Adán incompleto en el paraíso y
mientras duerme surge de su propio interior Eva.
En el Nuevo Testamento esta complementariedad aparece
en Mateo con la inclusión de los nombres de cinco mujeres
en la genealogía de Jesús; también desplegando la historia de
José y María. En el evangelio de Juan la figura de María
aparece en relación a Jesús, ofreciendo el símbolo de una
nueva creación, recreando y superando el inicio de Adán y
Eva.
Los relatos sagrados que nos hablan de historias y
símbolos expresan, entre otras cosas, realidades que nos
muestran un camino interior de desarrollo personal. Joseph
Campbell, en la estructura del camino del héroe -inicio,
transformación, regreso-, en la segunda etapa, uno de los
elementos que se destaca, es la aparición del guía. Por
ejemplo, en “El Señor de los anillos”, la figura de Gandalf es
quien representa este rol de guía. En el proceso de desarrollo
personal, esto acontece también en lo exterior - ya en el
plano educativo, laboral, familiar o espiritual - y en lo
interior - como por ejemplo un personaje que en la secuencia
de un sueño te ofrece orientación -. Este personaje interno,
de figura arquetípica, suele aparecer como el varón o la
mujer ancianos que ofrecen su consejo.
El camino de transformación implica necesariamente la
integración de los opuestos. Habiendo detectado la propia
sombra y trabajando en su asimilación, la tarea posterior
será la de conectar con el ánima o ánimus según sea la
persona varón o mujer. Al respecto, M. L. von Franz expresa:
“El ánima es una personificación de todas las tendencias
psicológicas femeninas en la psique de un hombre, tales
como vagos sentimientos y estados de humor, sospechas
proféticas, captación de lo irracional, capacidad para el amor
personal, sensibilidad para la naturaleza y -por último pero
no en último lugar- su relación con el inconsciente.
En su manifestación individual el carácter del ánima de
un hombre, por regla general, adopta la forma de su madre.
Si tuvo una influencia negativa sobre él, su ánima se
expresará con frecuencia en formas irritables, deprimidas,
con incertidumbre, inseguridad y susceptibilidad. (…)
También con comentarios irritados, venenosos y afeminados
con los que rebajo todo. (…) Si tuvo una influencia positiva
(…) o bien resulta afeminado o es presa de las mujeres y, por
tanto, incapaz de luchar con las penalidades de la vida. Se
mantienen diálogos neuróticos pseudointelectuales que
inhiben al hombre a entrar en contacto directo con la vida y
sus decisiones reales. (..) Las manifestaciones más frecuentes
del ánima toman la forma de fantasías eróticas. (…) Este
aspecto crudo y primitivo del ánima se convierte en forzoso
sólo cuando un hombre no cultiva suficientemente sus
relaciones sentimentales, cuando su actitud sentimental
hacia la vida ha permanecido infantil.
(…) Hay también aspectos positivos: (…) hace al hombre
capaz de encontrar a la cónyuge adecuada, (…) ayuda a
desenterrar hechos escondidos en el inconsciente, (…) pone
la mente en relación con las profundidades interiores más
hondas, adopta el papel de guía o mediadora, como Beatrice
en el Paraíso de Dante.
(…) Tiene cuatro etapas de desarrollo: 1. La figura de Eva,
(…) relaciones puramente instintivas y biológicas. 2. Helena
de Fausto, (...) nivel romántico y estético. 3. Virgen María:
eleva el amor (eros) a alturas de devoción espiritual. 4.
Sapiencia: sabiduría que trasciende incluso lo más santo y
puro.
¿Qué significa en la práctica el papel del ánima como guía
en el interior? Esta función positiva se produce cuando un
hombre toma en serio los sentimientos, esperanzas y
fantasías enviadas por su ánima y cuando los fija de alguna
forma; por ejemplo, por escrito, en pintura, escultura,
composición musical o danza. Cuando trabaja en eso
paciente y lentamente, va surgiendo otro material
inconsciente más profundo salido de las honduras y
conectado con los materiales anteriores. Después de que
alguna fantasía ha sido plasmada de alguna forma, debe
examinarse intelectual y estéticamente con una reacción
valorizadora del sentimiento. Y es esencial mirarla como a un
ser completamente real; no tiene que haber ninguna duda
secreta de que es “sólo una fantasía”. Si esto se realiza con
devota atención durante un largo período, el proceso de
individuación se va haciendo paulatinamente la única
realidad y puede desplegarse en su forma verdadera.”20
20 C. G. Jung, El hombre y sus símbolos, op. cit., pp. 180s.
Así como la tarea del varón es integrar su ánima, la de la
mujer es integrar su ánimus. Continuando con la exposición
de M. L. von Franz, en referencia a este complejo autónomo
hallamos lo siguiente:
“El ánimus no aparece con tanta frecuencia en forma de
fantasía o modalidad erótica; es más apto para tomar la
forma de convicción sagrada oculta. Cuando tal convicción es
predicada con voz fuerte, insistente, masculina, o impuesta a
otros con escenas de brutal emotividad, se reconoce
fácilmente la masculinidad subyacente en una mujer. (…)
Aún en una mujer que exteriormente sea muy femenina, el
ánimus puede ser también una fuerza dura e inexorable, (…)
que la hace obstinada, fría y completamente inaccesible.
(…) El ánimus jamás cree en excepciones. Raramente se
puede contradecir su opinión porque, por lo general, suele
tener razón; sin embargo, pocas veces parece ajustarse a la
situación individual.
(…) El carácter del ánimus está básicamente moldeado
por el ánimus del padre de la mujer. El padre lo dota con el
matiz especial de convicciones indiscutibles,
irrecusablemente verdaderas, convicciones que jamás
incluyen la realidad personal de la propia mujer tal como es
realmente.
(…) En forma negativa personifica todas las reflexiones
semiconscientes, frías y destructivas que invaden a una
mujer en las horas de la madrugada cuando no ha
conseguido realizar cierta obligación sentimental.
(…) A veces una extraña pasividad y la paralización de
todo sentimiento, o una profunda inseguridad que puede
conducir casi a la sensación de nulidad pueden ser el
resultado de la opinión de un ánimus inconsciente.
(…) El ánimus no consta meramente de cualidades
negativas tales como la brutalidad, descuido, charla vacía,
malas ideas silenciosas y obstinadas.
También tiene un lado muy positivo y valioso; también
puede construir un puente hacia el sí mismo mediante su
actividad creadora. (…) Si la mujer se da cuenta de qué y
quién es su ánimus y qué hace con ella, y si ella se enfrenta
con esas realidades en vez de dejarse poseer, su ánimus
puede convertirse en un compañero interior inapreciable que
la dota con las cualidades masculinas de iniciativa, arrojo,
objetividad y sabiduría espiritual.
(…) El ánimus muestra cuatro etapas de desarrollo. La
primera aparece como una personificación de un mero poder
físico, por ejemplo como campeón atlético y hombre
musculoso. En la segunda etapa posee iniciativa y
capacidad de planear la acción. En la tercera el ánimus se
transforma en la palabra, apareciendo con frecuencia como
p ro f e s o r o s a c e rd o t e . F i na l me nt e , e n s u c u a rt a
manifestación, el ánimus es la encarnación del significado.
En este elevado nivel, se convierte en mediador de la
experiencia religiosa por la cual la vida adquiere nuevo
significado. Da a la mujer firmeza espiritual, un invisible
apoyo interior que la compensa de su blandura exterior. En
su forma más desarrollada conecta, a veces, la mente de la
mujer con la evolución espiritual de su tiempo y puede, por
tanto, hacerla más receptiva que un hombre a las nuevas
ideas creadoras.
(…) El lado positivo del ánimus puede personificar un
espíritu emprendedor, atrevido, veraz, y en su forma más
elevada, de profundidad espiritual. Por medio de él, una
mujer puede experimentar el proceso subyacente de su
situación objetiva personal y cultural, y puede encontrar el
camino de una intensa actitud espiritual ante la vida. (…) La
mujer tiene que encontrar el atrevimiento y la interior
amplitud mental para dudar de la santidad de sus
convicciones. Sólo entonces será capaz de aceptar las
sugerencias del inconsciente, en especial cuando contradicen
las opiniones de su ánimus. Sólo entonces llegarán hasta ella
las manifestaciones de su sí misma y podrá entender
conscientemente su significado”21
En el relato Juan es guiado por el profeta Elías y también
por Salomé, representaciones del psicopompo -guía del
alma- y del ánima. Esta última le comunica con sus
movimientos que aún debe recorrer un intrincado laberinto
pero que ella está allí ofreciéndole una guía que lo llevará a
un nuevo recinto donde hay una fulgurante luminosidad. Es
el camino que Juan tiene por delante; el laberinto de todos.
DETECTANDO A NUESTROS GUÍAS Y NUESTRA
ÁNIMA.
Para lograr los desarrollos de las habilidades necesarias
para vivir necesitamos de personas que nos orienten. Nos
enseñaron a comer, a caminar y hablar. En parte esa ha sido
la tarea de nuestros padres. Y al crecer, seguramente otras
personas se sumaron a esta tarea.
1. EN EL DESARROLLO DE LA VIDA.
A. Ten en cuenta los diferentes ámbitos de tu vida
-familiar, profesional, pastoral, espiritual- e identifica qué
personas han sido claves al ofrecerte una orientación.
B. Registra en qué circunstancia apareció cada uno de
ellos -¿qué desafío estabas atravesando?-.
C. ¿Quién está cumpliendo actualmente ese rol?
D. ¿Consideras que ese vínculo deberías hacerlo más
próximo o más distante? ¿Por qué?
E. Haz una oración donde puedas agradecer la presencia
de todos los guías que has recibido a lo largo de tu historia. Y
elige al menos a alguno de ellos para agradecerle su
intervención en tu vida.
21 Ibídem, pp 188s.
2. LO QUE NOS DEVUELVE EL ESPEJO.
Para distinguir la etapa de desarrollo de nuestra ánima
podemos usar como espejo lo que nos atrae.
A. ¿Cuál es la imagen de mujer que en lo cotidiano ocupa
el propio pensamiento?
B. ¿Cómo son las mujeres con las que eliges estar?
C. En relación a las 4 etapas del ánima (Eva - Helena -
María -Sofía): ¿cuál predomina?
Lo mismo puede realizarse en relación al ánimus.
A. ¿Cuál es la imagen o modelo masculino que en lo
cotidiano ocupa el propio pensamiento?
B. ¿Cómo son los varones con los que eliges rodearte?
C. En relación a las cuatro etapas del ánimus (poder físico
- iniciativa y capacidad de planear - palabra - significado):
¿cuál predomina?
3. APROPIÁNDOSE DEL ÁNIMA.
La función positiva del ánima “se produce cuando un
hombre toma en serio los sentimientos, esperanzas y
fantasías enviadas por su ánima y cuando los fija de alguna
forma; por ejemplo, por escrito, en pintura, escultura,
composición musical o danza.
A. Detecta alguno de estas intuiciones y manifestaciones
enviadas por tu ánima.
B. Plásmala para darle entidad en alguna forma cultural
que te sea afín.
C. Cuando hayas terminado tu obra, observa y valora lo
que has realizado.
4. APROPIÁNDOSE DEL ÁNIMUS.
En la actividad anterior nos orientamos a reconocer el
ánima. En este nos plantearemos preguntas para detectar la
influencia del ánimus en la propia persona.
a. ¿Cómo son los pensamientos que tienes acerca de ti y
de los demás? ¿Están conectados con la vida y dan espacio
para un desarrollo esperanzador? ¿O clasifican todo en
blanco y negro sin espacio para excepciones?
b. Considerando la personalidad de tu padre: ¿qué
improntas ha dado a tu ánimus?
c. Busca los aspectos positivos que contiene actualmente
tu ánimus y represéntalos en un objeto que puedas observar.
Puedes crear tú misma ese objeto como una plasmación de
tu interior o bien puedes elegirlo de algo ya existente.
8. PARA ENFRENTAR MIS MIEDOS, DUDAS Y
DESTINO.
LA CUALIDAD DEL TIEMPO QUE
VIVIMOS.
El tiempo se ha considerado de diversas formas. Desde
una descripción racional y objetiva podemos, por ejemplo,
considerarlo como el sistema que lo divide en años, meses,
semanas, días, horas, minutos y segundos. Desde una
apreciación subjetiva, todos podemos registrar que la
percepción del tiempo nos es diversa según el tono de la
propia vivencia: cuando estamos en una situación agradable
el tiempo transcurre rápidamente mientras que sucede lo
opuesto en una situación tediosa. La teología también ha
distinguido entre el cronos - tiempo que transcurre - y el
kairós - el tiempo de salvación en el que opera la gracia -. Y
además le ha otorgado al tiempo o historia un sentido y
progreso. Desde la breve expresión de Pablo “y al llegar la
plenitud de los tiempos, nació de una mujer” hasta la extensa
genealogía de Mateo, que presenta el nacimiento de Jesús en
el inicio de la séptima generación de siete, podemos hallar
expresiones que nos muestran el tiempo no como algo lineal
y abstracto sino como algo singularmente cualitativo.
Tal vez el texto del Eclesiastés, que comienza diciendo:
“Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el
sol”, es uno de los más claros en el Antiguo Testamento al
respecto para señalar que cada tiempo posee su cualidad. Ya
en el Nuevo Testamento, Jesús mismo lo manifiesta cuando
expresa a sus discípulos que, así como notan por los brotes
de la higuera que se aproxima el verano, también deben estar
atentos a lo que sucederá cuando vean los signos de los
tiempos. También en el evangelio de Juan, Jesús aparece
muy atento a la hora: empleando expresiones hacia María
señalándole que aún no ha llegado su hora o hacia sus
parientes explicándoles que su tiempo no ha llegado todavía.
Desde la psicología junguiana, el concepto que
especialmente se vincula al tiempo es el de sincronicidad. En
el prólogo al I Ching de Richard Wilheim, Jung expresa: “(…)
Es un concepto que configura un punto de vista
diametralmente opuesto al de causalidad. (…) La
sincronicidad considera que la coincidencia de los hechos en
el espacio y en el tiempo significa algo más que un mero azar,
vale decir, una peculiar interdependencia de hechos
objetivos, tanto entre sí, como entre ellos y los estados
subjetivos (psíquicos) del observador o los observadores. (...)
Exactamente como la causalidad describe la secuencia de los
hechos, la sincronicidad trata de la coincidencia de los
hechos.”22
Desde la perspectiva de la sincronicidad nada es azar ni
casualidad. Tampoco hay una separación irreductible entre
naturaleza y psique, sino que existe un vínculo mutuamente
condicionante. Los pensamientos, sentimientos, deseos y
necesidades -ya conscientes o inconscientes- del sujeto
moldean la naturaleza y ésta, de alguna forma llega a
espejarlo. Ante las situaciones que se nos presentan una y
otra vez podemos formularnos la pregunta: ¿qué es lo que
estoy proyectando desde mí y que veo devuelto por mi
entorno?
También se puede tener presente otro concepto junguiano
ligado al tiempo: enantiodromía. Jung lo toma de Heráclito y
significa que toda realidad se orienta a transformarse en su
22Richard Wilhem, I Ching, Editorial Sudamericana, 22da., Buenos Aires, 2013, p.
25.
contrario. De esta forma, cada situación presente es el punto
de partida para un nuevo cambio.
1. EL TIEMPO VITAL SEGÚN EL ECLESIASTÉS.
a. Lee con tranquilidad el texto de Eclesiastes 3,1-8.
“Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa
bajo el sol:
un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo
plantado;
un tiempo para matar y un tiempo para curar,
un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;
un tiempo para llorar y un tiempo para reír,
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;
un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para
recogerlas,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;
un tiempo para buscar y un tiempo para perder,
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;
un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,
un tiempo para callar y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar y un tiempo para odiar,
un tiempo de guerra y un tiempo de paz.”
b. ¿Consideras que alguna de las descripciones del tiempo
te representa? En caso afirmativo, ¿cómo podrías acompañar
con tu accionar a esta cualidad del tiempo que vives?
c. ¿Crees que habría que añadir otras descripciones de
opuestos según tus experiencias de vida? ¿Cuáles serían?
2. EL MOMENTO EN LA PROPIA VIDA.
Joseph Campbell describe dos grandes etapas en la vida
de toda persona. La primera corresponde a aprender a morir
al abrazo materno. Esto implica superar todos los vínculos
neuróticos que nos mantienen dependientes, infantiles para
enfrentar el propio camino en el mundo. La segunda es
aceptar el abrazo materno de la muerte. Conlleva aceptar las
disminuciones propias de la vida y la finitud de ésta sin por
ello dejar de estar presente y pleno en cada momento, ni
pretender detenerlos ni apurarlos.
a. ¿Cuál de estos dos momentos hoy te representa más?
b. ¿Cuáles son los desafíos que tienes afrontar?
c. ¿Qué acciones concretas te pueden ser de provecho en
esta etapa que estás transitando?
3. EL TIEMPO COMO VOZ DE DIOS.
El P. José Kentench decía que había que “tener la mano
en el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios”. Y
animaba a tener una fe práctica en la divina Providencia
percibiendo los acontecimientos como pequeños profetas.
Este simple ejercicio -empleado en un devocional-, realizado
cotidianamente, puede ayudar a ir generando esta actitud.
a. Al finalizar el día, repasa mentalmente lo que has
vivido.
b. ¿Qué fue lo más alegre que has experimentado hoy?
c. ¿Qué fue lo más difícil que te tocó vivir?
d. ¿Qué voz de Dios puedes reconocer en estas
experiencias?
9. ABRAZO EL CENTRO DE LA VIDA.
EN CONTACTO CON EL SÍ MISMO.
Respecto al desarrollo del proceso de individuación
junguiano, M. L. von Franz continúa diciendo lo siguiente:
“Si una persona ha forcejeado seriamente y el tiempo
suficiente con el problema del ánima (o del ánimus) hasta
que ya no se siente parcialmente identificado con él, el
inconsciente cambia otra vez su carácter dominante y
aparece en una nueva forma simbólica que representa al “sí
mismo”, el núcleo más íntimo de la psique. En los sueños de
una mujer este centro está generalmente personificado como
figura femenina superior: sacerdotisa, hechicera, madre
tierra o diosa de la naturaleza o del amor. En el caso del
hombre se manifiesta como iniciador y guardián, anciano
sabio, espíritu de la naturaleza, etc. (...) Pero la forma de un
ser humano es sólo una de las muchas formas en que puede
aparecer el “sí mismo” en los sueños o visiones.”23
El sí mismo posee una función unificadora o trascendente
de la psique. Es un nuevo punto de equilibrio: mientras que
el yo sigue siendo el punto central de la conciencia, el sí
mismo se ha convertido en el centro del individuo. El yo bien
podría decir que hay alguien más grande que él mismo y que
está por venir, ¡y que le antecedía! Una imagen de esto
podría ser la parábola donde alguien confía a unos
trabajadores el cuidado de la viña. Y luego estos personajes
se consideran los dueños y no aceptan y maltratan a todos
los mensajeros -cómo a veces tratamos a los mensajeros que
23 C. G. Jung, El hombre y sus símbolos, op. cit., pp. 193s.
nos hablan a través de la conciencia, del cuerpo, de los
hechos concurrentes y de los sueños- del legítimo dueño.
Algunas escuelas y corrientes han identificado la
experiencia del sí mismo con la divinidad; no es este el caso
de Jung. Las analogías que pueden hallarse entre realidades
sobrenaturales y psicológicas no implican que las primeras
deban reducirse a las últimas. Cuando Pablo expresa “Ya no
soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí”
expresa una realidad mística y moral de un orden diferente
al del yo y el sí mismo.
La psicología analítica “desarrolla una forma de alcanzar
el propio centro interior y de establecer contacto con el
misterio mismo del inconsciente por uno mismo y sin ayuda.
(…) Tratar de conceder a la realidad viva del sí mismo una
cantidad constante de atención diaria (…), tratar de vivir
simultáneamente en dos niveles o en dos mundo diferentes.
Dedicamos nuestra mente, como antes, a los deberes
externos, pero, al mismo tiempo, permanecemos alerta a los
indicios y signos, en los sueños y en sucesos exteriores, que
utiliza el sí mismo para simbolizar sus intenciones y
dirección del curso de la vida. (…) Así, en medio de la vida
exterior corriente, nos sentimos tomados, de repente, en una
emocionante aventura interior; y como es única para cada
individuo, no puede ser copiada o robada.
(…) El lado oscuro del sí mismo es lo más peligroso de
todo, precisamente porque el sí mismo es la fuerza mayor de
la psique. Puede hacer que las personas tejan megalomanías
u otras fantasías engañosas que las captan y la poseen. Una
persona en tal estado piensa con excitación creciente que se
ha apoderado de los grandes enigmas cósmicos y los ha
resuelto; por tanto pierde todo contacto con la realidad
humana. Un síntoma seguro de ese estado es la pérdida del
sentido del humor y de los contactos humanos.
(…) A veces tenemos la impresión de que desea cosas de
nosotros y nos encomienda tareas muy especiales. Nuestra
reacción ante tal experiencia puede ayudarnos a adquirir
fuerza para nadar contra la corriente de los prejuicios
colectivos, teniendo en cuenta seriamente nuestra propia
alma.
(…) Si un solo individuo se dedica a la individuación,
frecuentemente tiene un efecto positivo contagioso en la
gente que le rodea. Es como si una chispa saltara de uno a
otro. Y esto suele ocurrir cuando no se tiene intención de
influir en los demás y, con frecuencia, cuando no se emplean
palabras.”24
Tenemos presente que el sí mismo se expresa a través de
sueños; ya hemos hablado acerca de su interpretación. Y
también lo hace de otras formas. Al estudiar la conexión aún
indefinida e inexplicada (podría resultar que “psique” y
“materia” son en realidad el mismo fenómeno, uno
observado desde “dentro” y otro desde “fuera”), Jung expuso
“un nuevo concepto que él llamó sincronicidad. Este término
significa una “coincidencia significativa” de sucesos
exteriores e interiores que no están conectados causalmente.
Lo importante es la palabra significativa.”
De entre las representaciones para el sí mismo, Jung
empleó la figura de los mandalas -palabra que significa
círculo mágico- ya que estos en su estructura expresan una
representación simbólica del átomo nuclear de la psique
humana. “La redondez generalmente simboliza totalidad
natural mientras que la formación cuadrangular representa
la realización de ella en la consciencia”.
24 Ibídem, pp. 209s.
De entre los medios para favorecer la integración con el sí
mismo, tanto la meditación, como las danzas sagradas o la
realización de mandalas son de gran utilidad. Estos son
algunos de los diversos medios que nos permiten abrazar el
centro de la vida. Los siguientes ejercicios están enfocados en
el mandala.
1. PINTANDO UN MANDALA.
a. Elige un manda ya diseñado -o bien comienza por
dibujarlo si es tu preferencia-.
b. En un ambiente sereno, comienza a pintarlo como
desees. Simplemente está atento a los sentimientos y
pensamientos que vienen a ti. También ten presente cómo lo
vas haciendo: si comienzas desde el borde, desde el centro,
desde una zona intermedia.
c. Cuando hayas finalizado recoge el mensaje que has
encontrado de ti mismo. Ten presente que lo que has
generado expresa tu interior y al mismo tiempo te transmite
un mensaje a ti.
2. ACTUANDO UN MANDALA.
El sí mismo se representa a veces como una piedra. Y
Cristo mismo, la piedra angular, aparece en una conexión
con este símbolo.
a. Elige una piedra o roca para que represente al sí
mismo.
b. Coloca la roca en el suelo.
c. Traza en torno a ella un círculo visible en el que tú
quedes dentro.
d. Ubícate en el centro, sobre la roca.
e. Desde allí imagina que tus manos y brazos extendidos
pueden tocar los extremos del círculo formando un
cuadrado.
f. Desde el centro vas a dirigirte hasta el extremo del
círculo donde está tu mano derecha. Allí haces tres
respiraciones profundas y serenas mientras te preguntas qué
es lo que tienes que dar. Luego regresas al centro.
g. Repites lo mismo dirigiéndote hacia tu mano izquierda
y preguntándote qué es lo que tienes que recibir; luego hacia
tu pie derecho preguntando qué tengo que conquistar; y
finalmente hacia tu pie izquierdo preguntando qué debo
dejar atrás.
h. Desde el centro haz una oración a Cristo, que es la Roca
viviente y luego parte de allí llevándote la roca que ha
simbolizado tu sí mismo.
i. Colócala en un lugar donde puedas verla a diario para
recordar tu compromiso de abrazar el centro de la vida.
10. EN UNA DANZA SIN FIN.
VISLUMBRANDO EL INCONSCIENTE
COLECTIVO.
Jung abordó su tarea de investigación psicológica con el
rigor que demandaba el método científico, no dando por
sentado nada que no tuviera una base empírica. Respecto al
inconsciente expresa lo siguiente:
“El concepto de inconsciente es para mí un concepto
exclusivamente psicológico, no un concepto filosófico en el
sentido de algo metafísico. A mi juicio el inconsciente es un
concepto límite psicológico en el que se incluyen todos
aquellos contenidos o procesos psíquicos que no son
conscientes, es decir, que no están de modo perceptible
referidos al yo. Sólo basándonos única y exclusivamente en la
experiencia podemos cabalmente hablar de la existencia de
procesos inconscientes y ello, por de pronto, basándonos en
la experiencia psicopatológica que no deja lugar a dudas. (…)
Por ejemplo, en un caso de amnesia histérica el yo nada sabe
de la existencia dilatada de complejos psíquicos, pero con un
sencillo procedimiento hipnótico es capaz de maniobrar al
instante la reproducción completa del contenido extraviado.
Miles de experiencias de esta índole justificaron, al cabo,
el que pudiera hablarse de la existencia de contenidos
psíquicos inconscientes. (…) Sabemos, por de pronto, que los
contenidos conscientes pueden convertirse en inconscientes
por pérdida de su valor energético. Este es el proceso normal
del olvido. Que estos contenidos no se pierden sencillamente
bajo el umbral de la consciencia, nos lo dice la experiencia,
ya que a veces, al cabo de muchos años, emergen de su
abismamiento en circunstancias propias, ensueños, por
ejemplo, en estado de hipnosis, como criptomnesia o al
revivir el recuerdo olvidado en virtud de asociaciones.
Nos enseña además la experiencia que los contenidos
conscientes pueden quedar sumergidos sin experimentar en
su valor grandes pérdidas, bajo el umbral de la conciencia, en
virtud de un olvido intencional, lo que Freud llama represión
de un contenido penoso. Efectos semejantes produce la
disociación de la personalidad, disolución de la rotundidad
de la consciencia debido a la violencia de un afecto o a un
nervoushock o la fragmentación de la personalidad en la
esquizofrenia.
También sabemos por la experiencia que hay
percepciones sensibles que debido a su escasa intensidad o
desviación de la atención no llegan a alcanzar el nivel de la
apercepción consciente, convirtiéndose, sin embargo, en
contenidos psíquicos, en virtud de su apercepción
inconsciente, lo que a su vez queda demostrado por la
hipnosis. Lo mismo puede ocurrir con determinadas
consecuencias y demás combinaciones que debido a su
valorización escasa o a una desviación de la atención
permanecen inconscientes. Finalmente nos enseña también
la experiencia que hay conexiones psíquicas inconscientes,
imágenes mitológicas, por ejemplo, que al no haber sido
nunca objeto de la consciencia han de traer su origen en una
actividad inconsciente.
Estos son los asideros que la experiencia nos brinda para
presumir la existencia de los contenidos inconscientes. Pero
no puede decirnos lo que posiblemente sea contenido
inconsciente. No tiene objeto hacer aquí suposiciones, pues
lo que pueda ser contenido inconsciente es algo de todo
punto imprevisible. ¿Cuál es el límite inferior de una
percepción sensible subliminal? ¿Hay alguna medida que
pueda determinar la finura o el alcance de las combinaciones
inconscientes? ¿Cuándo puede considerarse por completo
extinto un recuerdo olvidado? No hay modo de contestar a
estas preguntas.
Ahora bien, la experiencia que hemos adquirido de la
naturaleza de los contenidos inconscientes permite una
cierta clasificación de índole general. Podemos distinguir un
inconsciente personal que comprende todas las
adquisiciones de la existencia personal, es decir, todo lo
olvidado, reprimido, percibido, pensado y sentido bajo el
umbral de la consciencia. Además de estos contenidos
personales inconscientes hay otros que no proceden de las
adquisiciones personales, sino de la posibilidad heredada del
funcionar psíquico, esto es, de la estructura cerebral
heredada. Son las conexiones mitológicas, los motivos e
imágenes que, en todo momento y donde quiera, pueden
reaparecer sin tradición histórica ni migración previa.
Considero estos contenidos colectivamente inconscientes.”25
Así Jung reconoce una dimensión consciente y otra
inconsciente. Y en esta última distingue un inconsciente
individual y otro colectivo. “Los contenidos del inconsciente
personal son adquisiciones de la vida del individuo; los del
inconsciente colectivo, en cambio, son arquetipos presentes
siempre y a priori”. 26 En el inconsciente individual es donde
se encuentran los llamados complejos autónomos y en el
inconsciente colectivo se hallan los arquetipos -si bien
algunos complejos autónomos, por ejemplo la sombra, el
animus y el anima pueden aparecer también como
arquetipos-.
Podemos captar los arquetipos por medio de sus
representaciones. “El hombre está en la prisión de su
25 C. G. Jung, Tipos psicológicos, op. cit., pp. 610ss.
26 C. G. Jung, Aion, Paidós, Argentina, 2008, p. 22.
realidad psicofísica, y, lo quiera o no, tiene que contar con
este hecho. Evidentemente es posible vivir contra las
exigencias del cuerpo y arruinarse la salud, y, como es bien
sabido, se puede hacer lo mismo con respecto a la psique.
Quien quiera vivir, prescindirá sensatamente de tales trucos
y se informará cuidadosamente respecto a las necesidades de
su cuerpo y de su pique. A partir de cierto grado de
consciencia y de inteligencia ya no es posible vivir
unilateralmente, sino que es necesario hacerse cargo en
forma consciente de la totalidad de los instintos psico-
somáticos, que en los primitivos funcionan todavía en forma
natural.
Del mismo modo que el cuerpo tiene necesidad de
alimento, y no de cualquier alimento sino sólo de aquél que
le conviene, así la psique necesita el sentido de su ser, y no
cualquier sentido sino esas imágines e ideas que le
corresponden naturalmente, esto es aquellas que suscita lo
inconsciente. Lo inconsciente proporciona lo que podemos
llamar la forma arquetípica, que en sí es vacía e
irrepresentable. Pero de inmediato esta forma es llenada
desde la consciencia con material representativo afín o
similar y se vuelve de ese modo perceptible. Debido a esto, la
representaciones arquetípicas están siempre determinadas
individualmente, por el lugar y por el tiempo.” 27 Un ejemplo
de esta determinación según el lugar y el tiempo, son las
cartas del tarot. Para Jung son representaciones de
arquetipos de transformación. Las representaciones más
antiguas que han llegado hasta nosotros son las del tarot
egipcio. Pero luego estas emergieron modificadas en sus
representaciones y con elementos provenientes del
cristianismo en el tarot de Marsella. Otro ejemplo son los
arquetipos del Padre y de la Madre, que según las épocas y
culturas emergen en formas diferentes. Los arquetipos “son
27 Ibídem, p. 207s.
imágenes y emociones (…) trozos de la vida misma que,
imágenes que están íntegramente unidas al individuo vivo
por el puente de las emociones.” 28 “Se puede percibir la
energía específica de los arquetipos cuando experimentamos
la particular fascinación que los acompaña.” 29
La historia de cada individuo está influenciada por
fuerzas que le son propias y por otras que son preexistentes y
que lo trascienden. Estas pueden ser percibidas a través de
símbolos en los sueños, relatos mitológicos y tendencias
colectivas. Ser conscientes de todo lo que emerge
fascinándonos y desafiándonos en diferentes circunstancias
nos ayuda a no quedar determinados por estas fuerzas sino a
integrarlas con nuestro esfuerzo humilde encauzándolas en
el desarrollo personal y social.
¿Qué símbolos actualmente poseen influencia en la propia
vida personal? ¿Qué mitos están ligados a ellos? ¿En qué
situaciones cedo la decisión personal para sumarme a
sentimientos colectivos? En las actividades en las que me
apasiono: ¿qué tipo de fuerza puedo encontrar en la base de
ellas? ¿Podría representarla de alguna forma? ¿Cómo la
representaría?
28 C. G. Jung, El hombre y sus símbolos, op. cit., p. 94.
29 Ibídem, p. 76.
CONCLUSIÓN
Concluyo esta obra con dos breves relatos. El primero nos
habla de Juan. Y pertenece a Khalil Gibrán. El texto es una
creación con la poesía y profundidad que caracteriza a este
escritor libanés. Allí, en su libro “Jesús, el Hijo del Hombre”,
él presenta a Jesús visto desde la perspectiva de diferentes
espectadores. Uno de ellos es Juan. Un símbolo más de una
voz que emerge en todos los tiempos.
“JUAN BAUTISTA
A uno de sus discípulos
No permaneceré callado en esta oscura prisión mientras
la voz de Jesús se levanta en el campo de batalla; ni nadie
pondrá su mano sobre mí, ni encadenará mi libertad
mientras Él esté libre. Me dicen que las víboras reptan
alrededor de sus tobillos, mas yo os digo: las víboras le darán
más fuerza para aplastarlas.
Yo no soy más que un trueno en sus relámpagos, y a pesar
de haber hablado yo primero, la palabra con que he
comenzado fue la palabra de Él, y mi intención fue su
intención.
Me cogieron preso de improviso, y tal vez así harán con
Él; pero el Nazareno les dirá antes todo lo que tiene que
decirles; y los vencerá. Su carroza pasará por encima de
ellos; las herraduras de sus caballos los pisotearán; y saldrá
victorioso. Vendrán a su encuentro con lanzas y espadas,
mas Él les opondrá la fuerza del Espíritu. Su sangre correrá
sobre la tierra, pero sus jueces y verdugos reconocerán sus
heridas y sufrimientos, y llorarán y se bautizarán con sus
lágrimas hasta purificarse de sus pecados.
Sus ejércitos avanzarán sobre sus ciudades con balistas de
hierro, pero se ahogarán todos en el camino del Jordán; en
tanto los muros y las torres de Jesús se tornarán más fuertes
y más inexpugnables frente al brillo de sus corazas y escudos.
Dicen que me alié con Él para incitar al pueblo a la
insurrección contra el reino de Judea; mas yo digo (y,
¡cuánto ansío tener fuego para amasarlo con mis palabras!)
que si ellos llaman "reino" a la fosa del vicio y del mal, pues
que se hunda y se destruya y que le suceda lo que a Sodoma y
Gomorra, y que Jehová se olvide de esta raza, volviendo a
esta tierra desierto de cenizas. Sí, soy un aliado de Jesús el
Nazareno, detrás de estas rocas ciclópeas de mi cárcel. Él
conducirá mis ejércitos con todos sus infantes y jinetes. Mas
yo, no obstante ser un jefe en el ejército de Jehová, no soy
digno de desatar la correa de sus sandalias. Caminad y
repetid a sus oídos mis palabras y rogad, en mi nombre, que
os consuele y os bendiga.
Yo no permaneceré mucho tiempo en este lugar, porque
cada noche, entre un despertar y otro, percibo el paso lento
de unos pies sobre mi cuerpo, y cuando presto oído siento las
gotas de lluvia caer sobre mi carne.
Id y decid a Jesús: Juan Al-Cadroni, cuya alma se llena y
se vuelve a vaciar de espectros, ora por ti. Entretanto, al lado
de él está el implacable sepulturero, y al otro lado yergue su
cabeza el verdugo que tiende su mano para recibir la paga.”
El segundo texto, presentado en forma abreviada, habla
de nosotros -puesto que también en estas páginas, hemos
buscado acercarnos a nosotros mismos, profundizar en
nuestro ser- desde el enfoque de la psicología analítica de
Jung. Es el relato final de los Hechos de Tomás, un texto
apócrifo. Allí aparece, en boca de ese apóstol que se
encuentra en la cárcel, esta narración que se titula “El
cántico de la perla” o “El cántico del alma”.
El hijo menor del rey y la reina es enviado a Egipto para
rescatar una perla única que había sido arrebatada por una
serpiente. El joven príncipe acepta de buen grado la misión
pero al llegar al lugar y comer de los alimentos de esa región
el olvido lo envuelve. Él olvida que es hijo de reyes y olvida la
perla. Y cae en un profundo sueño. Cuando sus padres son
advertidos de esto, le envían una carta que vuela a su
encuentro y con su voz lo despierta diciéndole:
“¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en la que has caído!
¡Recuerda la perla por la que has sido enviado a Egipto!”
Entonces el joven retoma su misión, domina a la
serpiente, recupera la perla y regresa al reino para recibir
nuevamente sus vestiduras reales.
Que este antiguo relato gnóstico también pueda
ayudarnos hoy a resumir el mensaje del conjunto de este
trabajo: despertar y recordar, tomar mayor conciencia de
quiénes somos y cuál es la misión que tenemos. En
definitiva, asumir, cada día más plenamente, nuestra propia
identidad.
BIBLIOGRAFÍA
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13ra., Buenos Aires, 2006.
Campbell, Joseph, El héroe de las mil caras, Fondo de
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3ra., Barcelona, 2008.
ACERCA DEL AUTOR
Daniel R. Genovesi nació en Venado Tuerto, Argentina, y
esta casado con su esposa Mercedes, con quien tiene dos
hijas. Se formó en humanidades en las áreas de filosofía,
teología, psicología y recursos humanos. Actualmente se
desempeña como Obispo en la Iglesia Anglicana del
Uruguay. En sus publicaciones ofrece elementos para poder
desarrollar el potencial personal trabajando la problemática
existencial del hombre de hoy y ofreciendo nuevas
perspectivas para acceder al autoconocimiento y a la
autotrascendencia a través de historias y testimonios
personales. Sus obras publicadas son “Transformación
interior”, “Qué hizo el hijo mayor?”, “Querido hermano” y
“El poder oculto” (novela policial). Actualmente está en
edición “EXELIXH: Crónica de un viaje asombroso”. Sus
obras pueden verse en la siguiente dirección de Google Site:
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