Literatura Argentina: Identidad y Violencia
Literatura Argentina: Identidad y Violencia
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- Unidad 1 -
1.1- Definir a la literatura argentina. Ejes posibles: violencia y
tradiciones. Lo argentino de la Literatura Argentina
Lo curioso es que hay posturas que afirman que estamos reescribiendo una
tradición que no existe y por eso nos toca a nosotros crearla, inventarla, darle
espesura intelectual. Se trata de una poderosa operación de lectura que proviene de
la historia nacional –y del debate acerca de si existe una historia nacional– y
desemboca en la construcción de un imaginario literario que parece remitir a esa
historia.
Otro caso es Borges, sin duda el escritor más grande de la literatura argentina del
siglo pasado. Nunca escribió una novela porque despreciaba ese género canónico
por excelencia, que en gran medida funda nuestra literatura, y se dedicó a otra cosa:
escribir “ficciones”, relatos breves, misceláneas, reescrituras, fragmentos.
Con vitalidad y una gran diversidad (¿eclecticismo?), estas nuevas voces parecen
no ahondar en la tensión entre estética y política aunque la refleje. Cada escritor
está pensando y realizando su obra, despreocupado de la discusión por programas,
estilos y estrategias culturales.
Tabarovsky cierra su interesante artículo retomando una definición del crítico Héctor
Libertella: “Si Argentina es un país periférico en el mundo, su escritor más periférico
será entonces centralmente argentino”. En esa misma línea de sentido, podría
decirse que en la actualidad, la literatura argentina se caracteriza por su
marginalidad, porque podría afirmarse que “Cuanto más marginal, más central!”
Bibliografía:
Drucaroff,E (2011) Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura
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Emecé, Buenos Aires. https://letraslibres.com/revista-espana/literatura-argentina-reciente-
cuanto-mas-marginal-mas-central-2/ Letras libres (blog sobre literatura, artículos varios
disponibles online)
Prieto, M. (2006) Breve historia de la literatura argentina. Taurus. Buenos Aires.
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de manera reconocible para la gran mayoría de los habitantes, rasgos propios
e identificables.
Los primeros esbozos de esta literatura, con autores como Bartolomé Hidalgo (con
sus “cielitos”), Hilario Ascasubi (autor de La refalosa) y Estanislao del Campo (autor
de Fausto).
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Con Echeverría comienza a germinar una literatura de madurez intelectual y política;
en este período que precede a la caída del régimen rosista, se destacan otros
autores jóvenes. como Juan Bautista Alberdi, especialmente por el aporte que
hace a los derechos constitucionales con su obra Bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina (1852), cuyo texto
reaparecerá en la primera Constitución Nacional aprobada en 1853. Literatura,
política e identidad nacional se hermanan en las obras de este período.
A causa de la posición política de los Gorriti -una familia de patriotas en los albores
de la independencia, que luego se alineara detrás de las concepciones unitarias-
Juana Manuela tuvo que marchar al exilio junto a su familia y residió desde la
adolescencia en Bolivia, donde se casó y su esposo llegó a ser presidente de ese
país. Instalada luego en Perú, inició su trabajo literario en 1845 (el mismo año en
que Sarmiento editara su Facundo) con la novela corta La quena. Creó una escuela
para niñas, revistas literarias y dio vida a las famosas Veladas Limeñas a la que
concurrían los escritores más importantes de ese país. Su producción literaria se
publicó también en Colombia, Ecuador, Madrid y París. Viajera incansable, cruzó
medio continente, desde Bolivia al Perú, desde la Argentina a Chile y al Ecuador y
en 1874 regresó a la patria, luego de un largo viaje en barco (al que se alude en la
novela Juanamanuela mucha mujer, de Martha Mercader, de 1980). Se radicó en
Buenos Aires donde continuó su labor intelectual y tuvo intercambios con la llamada
“generación del 80”. Su vida, marcada por la desdicha y la peripecia, hizo que viera
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morir a sus hermanos y a sus hijas y regresó un par de veces a Salta, una de las
veces vestida de varón porque a las mujeres de la época les estaban vedados
muchos derechos como viajar, por ej.
La generación del ’80 traza, teórica y metódicamente, una literatura con rasgos
propios, pero retomando la marca europeizante y señalando la supremacía cultural
de Buenos Aires por sobre las demás provincias. Es tiempo de corrientes
inmigratorias que le aportan al país, en pleno desarrollo, una gran variedad étnica, y
esto se acentúa con el cambio de Buenos Aires, que pasa de gran aldea a urbe
cosmopolita. En el panorama literario surge el ensayo, un género reciente en el que
se destaca especialmente José Manuel Estrada con su obra Radiografía de la
Pampa.
A fines de ese siglo y comienzos del Siglo XX, se consolidan algunos productos
teatrales que incluyen el “cocoliche” como esa lengua mezcla que registra las
voces de inmigrantes de las más diversas procedencias (en italiano, idish, con
voces del español de España, etc.). Ejemplos son Jettatore, de Gregorio de
Laferrere y M´hijo el dotor, de Florencio Sánchez.
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Leopoldo Lugones, el poeta y narrador, es el paradigma del autor que se
mueve entre dos estéticas. Al tono de realismo rural, Lugones le opone ka
modernidad (es el autor que representa al Modernismo en nuestro país ) que
desarrolla en sus poemarios, propia de los avances científicos.
Aparece también una escritura sencilla y popular con autores como Evaristo
Carriego y Baldomero Fernández Moreno, a quienes les sigue el tradicionalismo de
Ricardo Güiraldes con su obra Don Segundo Sombra, entre otros
escritores de su tiempo, un fenómeno tardo-gauchesco .
El grupo literario de Florida adscribe al ultraísmo con Oliverio Girondo, Jorge Luis
Borges, Leopoldo Marechal y Macedonio Fernández. En cambio Boedo, con Raúl
González Tuñón, César Tiempo, Elías Castelnuovo y Ricardo E. Molinari, se sentían
impresionados por el Realismo ruso y también por textos existencialistas como los
de Nieztche.
Pero será sin dudas Roberto Arlt, una suerte de desclasado, escritor
maldito, narrador y dramaturgo a la vez que periodista,
simpatizante y adherente a la estética de vanguardia del grupo
Boedo (aunque no parte de él), quien se destaque como la voz de su tiempo,
fundando un estilo propio y erigiéndose como el “primer escritor profesional” de
la Argentina. Con sus novelas, cuentos y obras de teatro, revolucionó el campo
literario de su tiempo. Hay una escritura argentina “antes de Arlt” y una después de
su obra.
Este recorrido no estaría completo sin mencionar la obra de Jorge Luis Borges,
prolífico poeta, narrador y ensayista argentino. Único en su búsqueda y estilo, cruza
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lo clásico universal con lo local - como la literatura gauchesca y lo propio del tango-,
generando así un abanico de posibilidades literarias que inserta a la llanura
argentina en las historias propias de las tradiciones clásicas griega, latina o
germana, a la vez que propone juegos con lo fantástico, destacándose por contar
entre sus obras con el texto más traducido de la literatura argentina: El Aleph.
Es el único autor que ingresa al Canon Occidental, del prestigioso critico literario
Harold Bloom, por haber sido considerado como de los mejores autores del Siglo
XX. Fue, además, traductor de Shakespeare y lector de Dante, un especialista en su
obra.
“El cautivo”
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y
un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de
vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo
perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como
una criatura o un perro, los padres y la casa.
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Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares y Manuel Mujica Láinez. Cada
uno con la fuerza de un estilo y peso propio en el panorama literario argentino.
Patio de tarde
A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y
remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos
la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del
patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le
gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha
rubia. Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra
vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la
muchacha rubia ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con
sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas. Tal vez la muchacha rubia
vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para
espantar una mosca, mete el pincel en el tarro, y sigue aplicando la cola a la
madera terciada.
El neohumanismo de posguerra
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Hacia 1950 surge otro hito: el neohumanismo, una respuesta al nuevo estado del
pensamiento de posguerra, con autores más vanguardistas y otros más regionales.
Se destacan narradores como Beatriz Guido, David Viñas y Marco Denevi (1922-
1998). Se percibe, en la mayoría de estos escritores, una fuerte influencia de la
poesía anglosajona e italiana.
Despedida
La carencia
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
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La Generación de 1970 o la creación en tiempos oscuros
Otras voces potentes son Osvaldo Soriano y la todavía vigente María Rosa Lojo,
quienes sobresalen entre las vicisitudes de su tiempo y renuevan el campo de las
ideas éticas y estéticas.
Como puede inferirse, el tiempo de la Dictadura fue complejo y muy pocos autores
pudieron publicar. Algunos textos, como Respiración artificial, de
Ricardo Piglia, circulaban clandestinamente . El regreso a la democracia
supuso la posibilidad de volver a publicar y muchos cuentos y también novelas
tomaron los temas sensibles y dolorosos de ese tiempo: desaparición, tortura y
muerte; persecuciones y exilio de los intelectuales, Guerra de Malvinas, etc. Pero
tuvieron que pasar varios años para que ya avanzados los ´90, autores
y autoras comenzaran a escribir sobre ese período desde una
perspectiva menos realista. La década de los noventa, señala el
reencuentro de los sobrevivientes de las distintas generaciones, en una
coalición intelectual de revisión de valores y textos, frente a un final de
siglo enigmático pero esperanzado.
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Después de la Dictadura en la narrativa se destacan nombres como los
de Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Manuel Puig, Hebe Uhart, Antonio Di
Benedetto, Juan Martini, César Aira, Juan José Saer, Antonio Dal
Masetto, Alan Pauls, Ana María Shua, Rodolfo Fogwill (autor de Los
pichiciegos, novela emblemática sobre la guerra en Malvinas, escrita en
simultáneo con el conflicto), Alicia Steimberg, Luisa Valenzuela, Alberto
Laiseca, Osvaldo Soriano, Jorge Asís, Héctor Tizón, Rodrigo Fresán,
Mempo Giardinelli, Leopoldo Brizuela, Guillermo Martínez y poetas
como Arturo Carrera, Néstor Perlongher, Susana Thénon, Irene Gruss,
Cristina Piña, Diana Bellessi, Fabián Casas, etc.
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Literatura post-crisis: del 2001 al hoy
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Ejemplos: Claudia Piñeiro y Mariana Henríquez. Misterio y terror
Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: «¿Estás seguro?». «Sí, estoy
seguro», respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. «No
pueden ser dos», insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en
el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos
abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta
dudando de si entrar o irse. «Pasá y tomamos un café», le dije. «¿Estás de ánimo?
Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…». «No, tomemos un
café, que me va a hacer bien», dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer
bien. Mauro me había hecho el favor de ir a retirar las valijas de Fabián del
aeropuerto y no me parecía bien dejar que se fuera sin siquiera ofrecerle un café. El
cuerpo de Fabián lo había retirado mi hermano una semana antes. Y se había
ocupado de todo: reconocer ese cuerpo, organizar el velorio, disponer el entierro. Yo
no habría podido. Un infarto en pleno vuelo. Fabián había subido vivo en Chile y
bajado muerto en Argentina. Un médico que viajaba en el avión le hizo masajes
cardíacos y otras maniobras. Pero no fue suficiente. Mi marido murió diez minutos
antes de aterrizar en el aeropuerto de Ezeiza.
Los primeros días después del entierro sólo podía pensar en ese preciso momento,
el de su muerte, cuando el médico miró a alguien, la azafata tal vez, y dijo: «Ya no
hay nada que hacer». Pensaba también en los otros pasajeros, en el resto de la
tripulación. Qué habrá pensado cada uno de ellos, qué habrán hecho, cuál habrá
sido la última cara que Fabián vio antes de morir, cuáles los últimos ojos con los que
hizo contacto, quién le tomó la mano si es que alguien se la tomó, quién le habló
hasta que se fue. Quizá me concentraba en esos detalles para seguir pensándolo
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vivo, para tenerlo conmigo en ese instante anterior a la muerte en el que yo no pude
estar a su lado. Hasta que llegaron las valijas y las preguntas cambiaron.
Mauro me esperaba sentado en el living cuando aparecí con la bandeja y los cafés.
«Estaba segura de que había viajado sólo con una valija», dije otra vez mientras le
alcanzaba su taza. «A mí también me sorprendió, no fueron tantos días. Pero
pregunté y me mostraron que las dos etiquetas están a su nombre, de hecho
todavía las tienen puestas», dijo Mauro, y se acercó a una de las valijas, tomó la
etiqueta que colgaba de la manija y leyó, «Fabián Tarditti». Luego hizo exactamente
lo mismo con la otra: «Fabián Tarditti». Levantó la vista y me miró como con
resignación. «Quizá compró cosas allá y no le alcanzó el espacio, o traía folletería
de la empresa. Ya verás cuando las abras, pero quedate tranquila que las dos son
de Fabián.» «Sí, ya veré», le dije, y se me llenaron los ojos de lágrimas.
«Perdoname, estoy harta de llorar», me disculpé. «Es lógico», me consoló, y
preguntó: «¿Cómo está Martina?». «Supongo que mal, se le fue su padre, tan de
repente. Pero hace un esfuerzo por sostenerme a mí, así que me demuestra poco.
Espero que se descargue con sus amigas o con su novio». «Seguro que sí», dijo
Mauro. Yo asentí, me tomé mi café y ya casi no hablamos más. «¿Querés que te
ayude a llevar las valijas al cuarto?», me ofreció Mauro antes de irse. Pero le dije
que no, todavía no estaba preparada para abrirlas y encontrarme con las cosas de
Fabián. Tampoco quería dormir con ellas en nuestra habitación. Así que se
quedaron allí.
Recién me ocupé de las valijas tres días después; pasaba junto a ellas, salía y
entraba, pero no las movía de donde Mauro las había dejado. La noche en que
terminé abriéndolas, venían a comer a casa Martina y Pedro, su novio, y no me
pareció prudente que mi hija se encontrara con ellas así, señalando la presencia de
un padre que ya no estaba. Por eso antes de terminar de poner la mesa las empujé
a mi cuarto y ahí las dejé. Comimos, charlamos, lloramos un poco. Pedro puso
música, nos preparó café, cada tanto le tomaba la mano a Martina o le susurraba
algo al oído.
Cuando se fueron por fin me decidí. Tenía que abrir esas valijas aunque me
espantara encontrarme con las cosas de Fabián, aunque las prendas que sacara
olieran a él. ¿Se guardan las prendas de un muerto en los mismos estantes donde
se las guardaba cuando estaba vivo? ¿Por cuánto tiempo? Me acerqué a las valijas.
Las dos tenían candado numérico pero eso no presentaba ninguna dificultad porque
desde que nos vinimos a vivir a este departamento pusimos siempre en todo
candado, locker o cerradura que tuviéramos que compartir los cuatro números de la
dirección de nuestra casa: 1563. Veintiocho años vivimos juntos en Salta 1563,
quinto piso, departamento A. Subí una de las valijas sobre la cama, puse los
números del candado en la posición 1563 y el candado se abrió. Deslicé el cierre.
Allí estaban sus cosas, todo ordenado tan meticulosamente como siempre. No
conocí nunca a nadie que hiciera las valijas con la perfección con que las hacía
Fabián. El traje gris que llevaba por si tenía reuniones de trabajo más formales. Su
camisa blanca. La corbata azul con pintas rojas. Un pantalón sport. Su suéter azul.
Dos remeras. Los zapatos de vestir y un cinturón del mismo cuero en otro
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compartimento. El jean lo traía puesto, lo mismo que su camisa celeste de mangas
cortas, sus mocasines y su campera de lluvia. Todo perfectamente doblado, la ropa
interior sucia dentro de una bolsa, las camisas abotonadas. El perfume, la pasta
dentífrica, el cepillo y los artículos para afeitarse en el neceser de cuero que le
regalé para su último cumpleaños. Cada cosa que sacaba olía a él. Lloré. Dejé para
últimomomento el cierre interior, allí solía guardar los regalos que nos traía de sus
viajes. Fabián siempre viajó por trabajo, dentro del país cuando recién se recibió de
arquitecto y durante los años que ejerció la profesión en forma independiente, y a
Chile, Uruguay y Brasil desde que trabajaba como gerente regional para una
empresa de equipamiento de oficinas. De cada viaje nos traía algo, aunque fuera
una pavada, algo que nos hiciera sentir que estando lejos había pensado en
nosotras. Cuando Martina se fue a vivir con Pedro, ya no le trajo regalos en cada
viaje sino de tanto en tanto, pero a mí, sí. Deslicé el cierre y metí la mano: saqué un
sobre de papel, era de una casa de ropa de mujer de Las Condes. Lo abrí, dentro
había un pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas. Me
lo llevé al pecho y lloré otra vez.
Decidí que por un tiempo, hasta que supiera qué hacer con sus cosas, mantendría
el placard de Fabián tal cual estaba. Así que guardé cada prenda en su sitio. Cerré
la valija y la subí al estante de donde mi marido la había bajado el día antes de
viajar por última vez. Luego puse la otra valija sobre la cama. Coloqué los números
de siempre en el candado: 1563. Pero esta vez el candado no abrió. Miré los
números, dudé de si ese seis era un seis o un ocho, me calcé los anteojos y volví a
chequear los números: 1563. Probé abrir otra vez y nada. ¿Y si finalmente yo tenía
razón y ésa no era una valija de Fabián? Leí yo misma la tarjeta personalizada que
aún colgaba de ella: Fabián Tarditti. Giré los números en el candado y volví a
dejarlos en la posición 1563. Tampoco. Pensé un instante. Probé con su fecha de
cumpleaños, con la de Martina, con la mía. No funcionaron. Finalmente volví a la
etiqueta y fue entonces cuando empecé a comprender. Debajo de su nombre
estaban la dirección y el teléfono. El teléfono era el que conocía, el celular que tuvo
siempre, ése al que yo lo llamaba. Pero la dirección era otra: Jonás 764, Pinamar.
¿Jonás 764, Pinamar? ¿Qué dirección podía ser esa? Volví al candado. La
cerradura tenía cuatro posiciones. Hice lo mismo que hicimos tantas veces que nos
enfrentamos a candados con más dígitos que nuestra dirección: agregar nueves a la
izquierda. Puse un nueve en la primera posición, luego un siete, luego un seis y por
último un cuatro: 9764. El candado se abrió. Deslicé el cierre, levanté la tapa y me
quedé sin aire. Lo que vi dentro era una copia exacta de lo que traía en la otra valija:
el traje gris, la camisa blanca, la corbata azul con pintas rojas, el suéter, las
remeras, los zapatos y el cinturón en otro compartimento, la ropa sucia en una
bolsa, un neceser de cuero. No podía pensar, no terminaba de entender. O no podía
entender aún. Entonces abrí el compartimento donde Fabián guardaba los regalos y
allí estaba el sobre de papel del negocio de Las Condes. Pero había algo más, otra
bolsa pequeña. La abrí y saqué lo que contenía: ropa de bebé, un enterito de
algodón celeste con ositos marrones, un babero y un par de zoquetes. Me recosté
en la cama. La cabeza me latía como si fuera a explotar. ¿Dos valijas idénticas
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significaban lo que se cruzaba por mi mente? Idénticas no, en una había ropa para
un bebé. ¿Y si no qué? ¿Por qué alguien llevaba valijas duplicadas? ¿Una mujer y
un bebé de Fabián en Pinamar? ¿Qué habría hecho Fabián con la otra valija si no
hubiera tenido un infarto en el avión? ¿La habría dejado en la oficina, en el baúl del
auto? No podía ser, tenía que haber otra explicación. Pero si la había yo no la
encontraba.
Anduve por la casa de un lado a otro, elegí y descarté amigas con quien compartir lo
que me estaba pasando. Tampoco quería decírselo a mi hermano. Pensé en
Martina, en cómo se lo diría, en si se lo diría. También pensé en llamar a Mauro, el
amigo más cercano que tenía Fabián. Al menos el más cercano que yo conocía.
Pero desestimé la idea, era imposible que Mauro supiera, si hubiera sabido no me
habría entregado la valija. Habría protegido a su amigo hasta las últimas
consecuencias. La habría entregado allí donde esta valija debía estar. Y cuando
pensé eso, que Mauro habría llevado la valija allí donde debía estar, fue que supe
qué era lo que yo iba a hacer: viajar a Pinamar a entregársela a una mujer que tal
vez ni siquiera sabía que Fabián ya no regresaría.
Tomé algo para dormir y dejé que mi cuerpo decidiera qué hora era buena para
despertarse. Amanecí como a las diez de la mañana. Cargué en el auto la otra
valija, esa que traía una dirección en Pinamar hacia donde me dirigía. Nunca había
manejado sola en ruta. Nunca incluso había ido a Pinamar desde nuestro
casamiento. Sí antes, de solteros, cuando Fabián tenía un par de obras allí y lo
acompañé a verlas. Pero a mí nunca me gustó la playa. Así que nuestros destinos
siempre fueron otros: Villa La Angostura, Mendoza, Córdoba. Busqué la ruta más
apropiada en Google Maps. Sabía que tenía que tomar la 2 y luego desviar en
Dolores. Allí pregunté, en una estación de servicio. Me indicaron un camino más
corto, un poco desolado, pero que me ahorraría más de cincuenta kilómetros. Y eso
hice. Quería llegar cuanto antes. Conocer de una vez a esa mujer y al hijo de
Fabián, para luego volver y olvidarme de ellos. Si podía. Me pregunté desde hacía
cuánto estaría ella en su vida. Yo nunca había notado nada. Fabián había estado un
poco distante el último tiempo. Y tal vez los dos estábamos menos cariñosos, o con
menos interés sexual. Pero hacía veintiocho años que estábamos juntos y el hecho
de que decayera su libido o la mía no me pareció alarmante ni mucho menos. Ahora
me daba cuenta de que su libido no había decaído sino que estaba puesta en otro
sitio. ¿Una mujer de qué edad? ¿Treinta y cinco, cuarenta? Tenía que ser bastante
joven para tener un bebé, pero también una edad adecuada como para estar con un
hombre de cincuenta y cinco años. Miré a un lado de la ruta y vi un Cristo gigante
que invitaba a un Vía Crucis en Madariaga, así que supe que estaba muy cerca, que
pronto estaría frente a la mujer a la que le entregaría una valija que no me
pertenecía.
¿Qué le diría? ¿Me enojaría con ella? ¿La insultaría? ¿Le daría el pésame? En la
rotonda de entrada a Pinamar me detuve y puse la dirección en el GPS del teléfono:
Jonás 764. El GPS buscó y luego me indicó el camino. Fui despacio, temía llegar y
hacer un escándalo. O desmayarme. O no atreverme y volver a mi casa sin dejar la
valija. Ir despacio me permitía tomar coraje. Un rato después me detuve frente a la
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dirección con la que había abierto el candado. Era una casa sencilla, con un jardín
cuidado delante. Bajé y toqué el timbre. No salió nadie. Insistí. Y luego otra vez. Un
hombre que entraba a la casa vecina me dijo: «Están en el bar». «¿Cuál bar?», le
pregunté. «El del centro», me dijo, «el de la playa en esta época del año lo tienen
cerrado». «Ah, claro, dije», como si supiera de qué me estaba hablando. Y antes de
irme agregué: «¿Me indica el camino? Hace años que no vengo de visita y tengo
miedo de perderme». El hombre se puso junto a mí y dibujó en el aire un mapa que
traté de aprender de memoria. «A Mi Modo, se llama», dijo. Lo miré sin entender.
«El bar. Ahora se llama A Mi Modo, le cambiaron el nombre hace un tiempo. Le digo
para que no se confunda, por si no sabía». «Sí, claro, sabía, pero le agradezco»,
mentí. Y me subí al coche.
Hice el camino que me había indicado el hombre sin dificultad y ahí estaba el bar: A
Mi Modo. Entré y me senté en una mesa. Enseguida vino una mujer a atenderme,
una mujer embarazada, que no podía tener más años que Martina. No había un
bebé, sino una mujer embarazada. Sentí pena por ella, pero también enojo, bronca.
¿Cómo Fabián había podido tener una relación con una mujer de la edad de nuestra
hija? ¿Quién era ese hombre con el que compartí veintiocho años y recién ahora
empezaba a conocer? ¿Cómo se puede tener un hijo de una chica de veintipico a
los cincuenta y cinco años? ¿Cuándo pensaba decírmelo? ¿Pensaba decírmelo
alguna vez? «Perdón, señora, ¿qué le sirvo?», dijo la mujer en voz alta,
seguramente porque ya lo había dicho antes y no la había escuchado. «Un café, por
favor, un café». Ella desapareció detrás del mostrador. Tuve que contenerme para
no ponerme a llorar. La mujer salió de la cocina a buscar algo pero alguien la llamó
desde adentro: «Martina…», y la chica volvió a irse. Se me nubló la vista. Mi marido
tenía una amante de la edad de nuestra hija que se llamaba como nuestra hija.
Sentí asco. Me lo imaginé diciéndole cosas en la cama y nombrándola con el mismo
nombre que eligió, él mismo, para Martina. Yo quería llamarla Carolina, pero él
insistió y yo acepté. La chica salió de la cocina con el café, caminó hacia mi mesa y
lo dejó frente a mí. Luego me acercó un servilletero y los sobres de azúcar. «¿De
cuánto tiempo estás?», pregunté con la voz ronca, casi sin pensarlo. «De seis
meses. Va a nacer para fin de año». «Qué bien…», dije, «¿es un varón?». «Sí, es
un varón», respondió ella, «si no se equivocó el médico que me hizo la ecografía».
«Sos muy joven para tener un hijo». «No tanto, tengo veintiséis». «Veintiséis»,
repetí, «uno más que mi hija». Ella sonrió, acomodó una de las sillas de otra mesa y
volvió al mostrador. ¿Cómo decirle a esa mujer, a pesar del rencor que sentía, que
su hijo no tendría padre porque había muerto de un infarto en el avión que lo traía
de Chile? ¿Desde hacía cuánto tiempo estaban juntos? Ella era tan joven. ¿Qué
necesidad había tenido Fabián de llevar con esa chica una vida igual a la que
llevaba conmigo? Dos valijas. Me sentía demasiado incómoda, quería irme ya, pero
antes debía completar lo que me había llevado hasta allí. Dejé el café sin tomar y fui
al auto. Bajé la valija y volví al bar arrastrándola conmigo. Cuando entré no había
nadie. La llamé por su nombre y el de mi hija: «¡Martina!». Entonces ella salió de la
cocina y me vio allí, parada junto a la valija. «Te traje la valija de Fabián», dije.
Parecía asustada, miró hacia la cocina y gritó: «¡Mamá!». Una mujer muy parecida a
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ella salió de inmediato, se detuvo junto a la chica y se quedó mirándome. Por fin,
entendí. En sus ojos vi que ella, esa otra mujer, sabía quién era yo, sabía que
Fabián había muerto y por qué estaba allí. Se acercó tomó la valija y dijo: «Gracias
por traérmela». Yo en cambio no pude decir nada. Sonreí, no sé a cuenta de qué;
me quedé mirándola un tiempo incalculable, muerto. Luego me di media vuelta y me
fui.
En esa corta distancia que recorrí hasta el auto, pasaron por mi cabeza imágenes
de la vida duplicada de Fabián: las dos valijas, las dos casas, los dos suéteres
azules, los dos trajes, las dos hijas con el mismo nombre, sus dos mujeres.
Veintiocho años conmigo. ¿Cuántos con ella? Veintinueve, treinta. Subí al auto y
encendí el motor. Tardé en irme; me llevó un tiempo encontrar el coraje para dejar,
por fin, lo que no era mío. Miré una vez más hacia el bar. En la puerta estaba la otra
mujer de Fabián; un paso más atrás, su otra hija. La mujer sostenía en la mano un
pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas.
ANTES
Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los
muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos.
Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas,
de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y
las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la
angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que
la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran
los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen
las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en
sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las
córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no
haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos
los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las
veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los
aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios
empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los
argumentos, de todas las furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas
ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la
última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se
apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman
los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes,
mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo? ¿Cómo? “Qué admirable / el que no
piensa ‘la vida huye’ / cuando ve un relámpago”, escribió Basho. Admirables los que
están en el tiempo sin pensar en él.
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La última vez que la vimos a la Romi fue ese fin de semana en lo del tío Daniel. La
Romi no es parienta nuestra, es la hija de la novia del tío. Pero con nosotros era una
más, como hubiera sido una prima si hubiésemos tenido prima. Yo y Luis somos
hermanos (el burro adelante para que el de atrás no se espante). Tapita es primo
nuestro y único hijo. Y Nelson también es primo y tiene hermanos pero son más
grandes así que no se juntan con nosotros. El grupo cuando íbamos al campo, a lo
del tío Daniel, éramos nosotros cuatro y la Romi. Que era como nosotros, pero
mujer. Usaba el pelo corto, sabía jugar a las pulseadas, andaba a caballo y a veces
hasta usaba nuestra ropa porque era más cómoda, decía. Mi madre, que no la
quiere a la novia del tío, decía que la Romi era una machona. Igual qué sabrá ella. A
veces pienso que de haber sabido que no la veríamos más, hubiera hecho fuerzas
para grabarme en la mente cada hora, cada minuto de ese fin de semana. Cuando
llegamos ella nos esperaba en la tranquera. Estaba acaballada en el borde y cuando
vio venir la camioneta de mi padre empezó a revolear un pañuelo como los
domadores en las jineteadas. Nosotros la vimos bien, desde lejos, porque veníamos
atrás, en la caja, parados. A medida que nos acercábamos Nelson y Tapita le
respondieron moviendo los brazos y yo y mi hermano golpeamos el techo de la
chata con las palmas hasta que mi padre sacó la cabeza por la ventanilla y nos
gritó: dejen de joder, guachos de mierda. Seguro a mamá le dolía la cabeza, como
siempre, siempre con su migraña. Siempre que veníamos al campo le dolía la
cabeza y se quedaba encerrada en la pieza con la persiana baja. Yo creo que era
para no cruzarse con la novia del tío. La Romi bajó de un salto y abrió la tranquera
con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía una paleta medio encimada arriba de la otra,
pero no le importaba, decía que ni loca se ponía los aparatos. Cerró al paso de la
chata y después corrió atrás. Mi padre ni se molestó en esperarla. Luis le estiró una
mano y la ayudó a subir. De esa parte me acuerdo clarito, capaz porque recién
llegábamos y tenía la mente más despejada. Ayudamos a bajar los bolsos y los
tiramos rápido en la pieza. Los fines de semana que veníamos al campo no
queríamos perder ni un solo minuto. Afuera la Romi nos esperaba con las cañas de
pescar y los mediomundo para irnos al arroyo. No me acuerdo si pescamos. Capaz
que sí pero puro pescado chico y lo devolvimos al agua. De lo que sí me acuerdo,
porque era la primera vez, fue que fumamos. Nelson les había robado unos puchos
a los hermanos. Fósforos teníamos porque nos gustaba hacer fuego. Nelson ya
había probado y la Romi dijo que también. Nosotros la miramos sospechando que
mentía, de agrandada. Ella blanqueó los ojos y dijo: mi madre fuma, siempre le robo
uno. Tapita, de envidioso, dijo: qué feo una mujer fumando. A mí no me parecía feo
aunque ninguna mujer de mi familia fumaba. Al contrario, me parecía lindo cuando
lo veía en las películas o en la calle. Nelson, haciéndose el canchero, le dijo a la
Romi: a ver ya que sabés tanto prendelo vos. Y ella lo prendió y soltó el humo, sin
toser, y después se lo pasó a Nelson que, aunque sabía fumar, un poco se
atragantó. Empezaba el verano. Eran las últimas semanas de escuela antes de las
vacaciones, la mejor época del año. Hablamos de eso, seguro, de las vacaciones,
de venirnos todos al campo si el tío Daniel quería, si nuestros padres nos dejaban.
La Romi iba a estar ahí, siempre estaba ahí cada vez que íbamos. Por lo menos
estaba ahí desde hacía tres o cuatro años, desde que su madre se había juntado
con el tío. Yo no me acordaba cómo era el campo antes de ella. Mi hermano que es
más grande terminaba séptimo y empezaba el secundario. A nosotros y a la Romi
nos quedaba un año más. Seguro hablamos de lo que queríamos ser cuando
fuéramos grandes. Siempre se hablaba de pavadas así. La Romi siempre decía: no
sé, no me importa. Luis le decía que era una bruta, que cómo no iba a saber. Pero
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ella en vez de contestarle, de inventar cualquier cosa, le hacía fakiu. De verdad no
le importaba ser astronauta ni famosa ni millonaria como a nosotros. Después no
me acuerdo qué hicimos el resto del día, pero a la noche nos metimos en el tanque
australiano. Teníamos prohibido ir cuando no había adultos presentes. Esperamos a
que todos se durmieran. Eso pasaba bastante rápido cuando estábamos en el
campo: esas noches todos tomaban de más y si no empezaba alguna discusión que
los ponía jetones, terminaban durmiéndose arriba de la mesa. Las tías también
tomaban. Solamente una copita de sidra, decían, pero el ruido de los tapones
saltando por el aire se escuchaba cada vez más seguido y ellas empezaban a reírse
como tontas, de cualquier cosa. En la superficie del agua se reflejaban las estrellas,
pero todo lo demás era negro. Apenas nos veíamos nosotros recortados contra los
bordes de chapa. La parte de adentro del tanque siempre estaba babosa, igual que
el fondo. Igual jugábamos a taparnos la nariz y tocar ese fondo resbaloso,
quedarnos acurrucados abajo del agua hasta que no dábamos más. Esa noche,
cuando ya nos estábamos por ir, vimos unas luces en el cielo. Apenitas más
grandes o más cerca que el resto de las estrellas. La Romi dijo que eran ovnis, que
ella veía siempre. Nelson se burló y dijo que era un avión. Los demás no dijimos
nada pero nos quedamos mirando fijo las luces. No sé si de tanto mirarlas o qué,
nos dio la impresión de que se movían muy lentamente, en zigzag. La Romi volvió a
decir que casi todas las noches aparecían esas luces y que después de un rato
desaparecían en el monte. Es como si vinieran a saludar, dijo. O como si quisieran
acercarse de a poquito, como los perros cuando quieren agregarse en una casa,
dijo. Tapita se rió y dijo: manso bolazo. Pero todos nos dormimos un poco inquietos
esa noche pensando en invasiones de marcianos. El domingo ya no me acuerdo
tanto de lo que hicimos, los días en el campo eran como una copia uno del anterior,
así que capaz fuimos de nuevo al arroyo o estuvimos nadando en el tanque
australiano con las tías mientras los hombres hacían el asado, o anduvimos a
caballo. O todo eso. Me da rabia no acordarme con claridad como se acuerdan los
testigos o los sospechosos de un crimen en las películas. Siempre decía cómo
harán para acordarse todo lo que hicieron ese día con tanto lujo de detalle. Ahora
me doy cuenta de que eso es imposible, a menos que seas el asesino, entonces te
acordás bien porque matar a alguien no es algo que hagas todos los días. Igual no
sé por qué pienso en esas cosas. La Romi no está muerta. Yo estoy seguro de que
la Romi está en algún lado, viva. Ya está por empezar de nuevo el verano y hace un
año que a la Romi la vimos por última vez, ese fin de semana. A los dos o tres días
de eso, mi padre contó en la mesa que había llamado el tío Daniel, que no
encontraban a la Romi por ningún lado. Preguntó si nosotros sabíamos algo, si ella
nos había dicho algo el fin de semana. ¿Algo cómo?, dijo mi hermano. Algo como
de irse, de escaparse de la casa, de algún noviecito, dijo mi padre con fastidio. No
por la pregunta de mi hermano que era bastante normal, creo que lo que le
molestaba era tener que ocuparse de alguien que ni siquiera era de la familia. Mirá
si la Romi va a tener novio -dije yo- y mi madre que hasta ese momento no había
dicho nada me dio la razón. La cosa es que la gurisa no aparece, dijo mi padre y dio
por terminada la conversación. A mí se me cerró la panza y crucé los cubiertos
sobre el plato. Ese domingo cuando volvíamos del campo pasó algo. Yo enseguida
no lo conecté con la Romi pero después hablando con Nelson, Tapita y mi hermano
pensamos que sí, que capaz algo tiene que ver una cosa con la otra. Veníamos de
nuevo los cuatro atrás, pero estaba oscuro. La noche nos había agarrado en el
campo porque los grandes se habían puesto a jugar a las cartas y se había hecho
tarde. Nosotros ya veníamos medio cabeceando de sueño. Al otro día teníamos
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escuela, por suerte eran los últimos días y no hacíamos casi nada. El camino estaba
bastante fulero así que cada vez que nos dormíamos nos despertaba algún sacudón
que pegaba la chata. En una de esas vimos una luz, parecida a las que habíamos
visto la noche anterior, pero ésta era una sola y se movía hacia adelante, viniendo
hacia nosotros, agrandándose hasta ser una esfera brillante que nos dejó
encandilados, ciegos por unos segundos. Todo duró nada, pero el motor de la
camioneta se paró y por un momento esa luz como un refucilo puso todo como si
fuese de día. Como digo: no duró nada. Fue todo tan rápido que hasta dudamos de
que hubiera pasado. Mi padre puteó y volvió a girar la llave de la camioneta, el
motor hizo unos ruidos raros y arrancó otra vez, como si nada. Mis padres hasta el
día de hoy nunca hablaron de eso, creo que prefieren hacer como que no pasó
nada, como hacen con el resto de las cosas. Pero nosotros cuatro sí nos acordamos
y casi que no hablamos de otra cosa todo este tiempo. Esa noche en lo primero que
pensamos fue en la Romi, en las luces de la Romi como empezamos a llamarlas. Y
después no va que ella se pierde. Nosotros pensamos que una cosa llevó a la otra,
por eso sabemos que la Romi no está muerta como piensan los demás. Mi madre,
que antes no la podía ni ver, ahora le prende velas y le pone flores a una foto de ella
que le dio la novia de mi tío. A mí me da bronca y cada vez que paso al lado de la
mesita donde tiene el portarretratole soplo las velas. La policía interrogó a todo el
mundo menos a nosotros porque somos chicos. Por eso yo repaso todos los días lo
que pasó ese fin de semana, para no olvidarme de lo poco que me acuerdo, para
seguir acordándome cuando sea grande y me pregunten. Fue un fin de semana
común y corriente, excepto por las luces. Y la Romi fue la mejor amiga que tuvimos
aunque nunca llegamos a decírselo.
Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las
pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro,
las botitas de gamuza—, regresa de noche, en sueños. Los sueños con Adela son
todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos
parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los
policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada en su
enorme chalet inglés insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que
parecía un castillo, y sus habitantes, los señores, y nosotros, los siervos en nuestras
casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque
ella tenía los mejores juguetes importados, que le traía su papá de Estados Unidos.
Y porque organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 3 de enero, poco
antes de Reyes y poco después de Año Nuevo, al lado de la pileta, con el agua que,
bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenía
un proyector y usaba las paredes blancas del living para ver películas mientras el
resto del barrio todavía tenía televisores blanco y negro.
Pero, sobre todo, nos hicimos amigos de ella, mi hermano y yo, porque Adela tenía
un solo brazo. O a lo mejor sería más preciso decir que le faltaba un brazo. El
izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba desde el hombro; tenía ahí una
pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de músculo, pero no
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servía para nada. Los padres de Adela decían que había nacido así, que era un
defecto congénito. Muchos otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de ella, le
decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían que la iban a contratar en un
circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina.
Nuestra madre decía que Adela tenía un carácter único, era valiente y fuerte, un
ejemplo, una dulzura, qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero Adela
decía que sus padres mentían. Sobre el brazo. No nací así, contaba. Y qué pasó, le
preguntábamos. Y entonces ella contaba su versión. Sus versiones, mejor dicho. A
veces contaba que la había atacado su perro, un dóberman negro llamado Infierno.
El perro se había vuelto loco, les suele pasar a los dóberman, una raza que, según
Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro; por eso les
dolía siempre la cabeza y se enloquecían de dolor, se les trastornaba el cerebro
apretado contra los huesos. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años.
Se acordaba: el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la
sangre manchando el pasto, mezclada con el agua de la pileta. Su padre lo había
matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el disparo,
todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Ella se molestaba.
—No quedó cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida. .
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Era el único que la enfurecía. Y, sin embargo, nunca se peleaban del todo. Él
disfrutaba con sus mentiras. A ella le gustaba el desafío. Y yo solamente escuchaba
y así pasaban las tardes después de la escuela hasta que mi hermano y Adela
descubrieron las películas de terror y cambió todo para siempre.
Él supo ocultar hasta el final, hasta su último acto, hasta que solamente quedó de él
ese costillar a la vista, ese cráneo destrozado y, sobre todo, ese brazo izquierdo en
medio de las vías, tan separado de su cuerpo y del tren que no parecía producto del
accidente —del suicidio, le sigo diciendo accidente a su suicidio—; parecía que
alguien lo había llevado hasta el medio de los rieles para exponerlo, como un
saludo, un mensaje.
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Me gustaban especialmente las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé
cuándo comenzó la obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde, después de la
escuela, mi hermano y yo la acompañamos hasta el supermercado. Ella apuró el
paso cuando pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra del
negocio. Nos dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo
de la risa de mi madre, de lo joven que era esa tarde de verano, del olor a champú
de limón de su pelo y de la carcajada de chicle de menta.
—¿Y?
—¡Decime, dale!
Mi hermano quiso saber más, pero mi madre no tenía mucho más para decir. La
casa había estado abandonada desde antes de que mis padres llegaran al barrio,
antes del nacimiento de Pablo. Ella sabía que, apenas meses antes, se habían
muerto los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso saber
Pablo. Qué morboso estás, hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno
atrás del otro. Les pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere, el otro
se apaga enseguida. Y, desde entonces, los hijos se están peleando por la
sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se
están peleando para ver quién se queda con la casa. Pero es una casa bastante
chota, dijo Pablo, y mi mamá lo retó por usar una mala palabra.
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—Para mí que tiene fantasmas.
Yo creí que le iban a prohibir seguir viendo películas, pero mi mamá no volvió a
mencionar el tema. Y, al día siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa.
Ella se entusiasmó: una casa embrujada tan cerca, en el barrio, a dos cuadras
apenas, era la pura felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Los tres salimos corriendo.
Bajamos a los gritos las escaleras de madera del chalet, muy hermosas (tenían de
un lado ventanas con vidrios de colores, verdes, amarillos y rojos, y estaban
alfombradas). Adela corría más lento que nosotros y un poco de costado, por la falta
del brazo; pero corría rápido. Esa tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me
acuerdo de que, cuando corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de
bracito y ella lo acomodaba sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de
pelo.
Qué exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes
amarillos. Eso sí me daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba los
dientes, creo; y, además, era muy pálida y la piel traslúcida hacía resaltar ese color
enfermizo, como en los rostros de las geishas. Entró en el jardín, muy pequeño, de
la casa. Se paró en el pasillo que llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—Es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
—Es verdad —dijo—. Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré. Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó
después: estoy segura de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía
frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado. Arrasado. Era amarillo y corto: ni un
yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al mismo
tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco, como
un mosquito gordo. Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mi hermano y
Adela se burlaran de mí, pero tenía ganas de escapar hasta mi casa, hasta mi
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mamá, de decirle sí, tenés razón, esa casa es mala y no se esconden ladrones, se
esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que salir.
Adela y Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban en el barrio
sobre la casa. Preguntaban al quiosquero y en el club; a don Justo, que esperaba el
atardecer sentado en la puerta de su casa, a los gallegos del bazar y a la verdulera.
Nadie les decía nada de importancia. Pero varios coincidieron en que la rareza de
las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les daba escalofríos, tristeza, a veces
miedo, sobre todo miedo de noche. Muchos se acordaban de los viejitos: eran rusos
o lituanos, muy amables, muy callados. ¿Y los hijos? Algunos decían que peleaban
por la herencia. Otros que no visitaban a sus padres, ni siquiera cuando se
enfermaron. Nadie los había visto. Nunca. Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien tuvo que tapiar las ventanas —le dijo mi hermano a don Justo.
—Vos sabés que sí. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los hijos.
—Seguro que no. Eran bien morochos los albañiles. Y los viejitos eran rubios,
transparentes. Como vos, como Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser. De por ahí.
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—No importa —dijo Adela—. Nosotros te contamos.
Y me contaban.
Sobre la viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el fondo.
Sobre el fondo, igual de seco y muerto que el jardín, lleno de pequeños agujeros
como madrigueras de ratas.
Sobre una canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba
agua.
A Pablo le costó un poco convencer a Adela de que entrara. Fue extraño. Ahora ella
parecía tener miedo: se turnaban. En el momento decisivo, ella parecía entender
mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del único brazo y hasta la sacudía. En el
colegio, se hablaba de que Pablo y Adela eran novios y los chicos se metían los
dedos en la boca, hasta la garganta, haciendo gesto de vómito. Tu hermano sale
con la monstrua, se reían. A Pablo y Adela no les molestaba. A mí tampoco. A mí
solamente me preocupaba la casa.
Decidieron entrar el último día del verano. Fueron las palabras exactas de Adela,
una tarde de discusión en el living de su casa.
—El último día del verano, Pablo —dijo—. Dentro de una semana.
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Nos señaló la puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
La miramos confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro
de la casa había luz.
Recuerdo que caminamos de la mano bajo esa luminosidad que parecía eléctrica,
aunque en el techo, donde debería haber lámparas, sólo había cables viejos,
asomando de los huecos como ramas secas. Parecía la luz del sol. Afuera era de
noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Ahí adentro hacía frío
y olía a desinfectante y la luz era como de hospital.
La casa no parecía rara por adentro. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa
del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros abuelos.
Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo de que recé así, de que repetí
eso en voz baja, con los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que
parecía desde afuera. Y zumbaba, como si vivieran colonias de bichos ocultos
detrás de la pintura de las paredes.
La sala siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el
polvo. Contra la pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y llenos
de pequeños adornos, tan pequeños que tuvimos que acercarnos para verlos.
Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más bajos, los que
alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
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—Son uñas —dijo Pablo.
Adela gritó en la oscuridad. Mi corazón latía tan fuerte que me dejaba sorda. Pero
sentía a mi hermano, que me abrazaba los hombros, que no me soltaba. De pronto,
vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije: «Salgamos, salgamos.»
Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en la
casa. Lo seguí. Quería irme, pero no sola.
—Vamos, vamos —volví a decirle, y recuerdo que pensé en salir sola, en dejarlo, en
escapar. .
—Acá.
Era su voz, muy baja, cerca. Estaba detrás de nosotros. Retrocedimos. Pablo
iluminó el lugar de donde venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano
derecha, parada junto a una puerta. Después giró, abrió la puerta que estaba a su
lado y la cerró detrás de ella. Mi hermano corrió, pero cuando llegó a la puerta, ya
no pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la
mochila, para abrir la puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería sacarla:
solamente quería salir, y lo seguí, corriendo. Afuera llovía y las herramientas
estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la
noche. Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un
minuto, asustados, sorprendidos, alguien cerró la puerta desde adentro.
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No recuerdo bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrirla. Pero en algún
momento escuchó mis gritos. Y me hizo caso.
Y todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres,
los padres de Adela, la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos
amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La
madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
En la casa, le dijimos. Abrió una puerta de la casa, entró en una habitación y ahí
debe estar todavía.
Los policías decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que
pudiera ser considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las
paredes interiores habían sido demolidas.
Nosotros mentíamos. O habíamos visto algo tan feroz que estábamos shockeados.
Ellos no querían creer siquiera que habíamos entrado en la casa. Mi madre no nos
creyó nunca. Ni siquiera cuando la policía rastrilló el barrio entero, allanando cada
casa. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los noticieros. Nos dejaban leer
las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de Adela nos visitó varias
veces y siempre decía: «A ver si me dicen la verdad, chicos, a ver si se
acuerdan…».
Nosotros volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba.
Yo la convencí, yo la hice entrar, decía.
Una noche, mi papá se despertó y escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Se
levantó de la cama, agazapado, pensaba que encontraría a un ladrón. Encontró a
Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura —esa cerradura siempre andaba
mal—; llevaba herramientas y una linterna en la mochila. Los escuché gritar durante
horas y recuerdo que mi hermano le pedía por favor que quería mudarse, que si no
se mudaba, se iba a volver loco.
Nos mudamos. Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los veintidós años. Yo
reconocí el cuerpo destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones
en la costa cuando se tiró bajo el tren, bien lejos de nuestra casa, cerca de la
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estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus sueños,
nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus
manos.
Desde que Pablo se mató, vuelvo a la casa. Entro en el jardín, que sigue quemado y
amarillo. Miro por las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó los
ladrillos que las tapiaban hace quince años y así quedaron, abiertas. Adentro de la
casa, cuando el sol la ilumina, se ven vigas y el techo agujereado y basura. Los
chicos del barrio saben lo que pasó ahí adentro. En el suelo pintaron, con aerosol, el
nombre de Adela. En las paredes de afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una
pintada. Otra, más pequeña, escrita con fibra, repite el modelo de una leyenda
urbana: hay que decir Adela tres veces a la medianoche, frente al espejo, con una
vela en la mano, y entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano, que también visitaba la casa, vio esas indicaciones e hizo ese viejo
ritual una noche. No vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos
que llevarlo al hospital para que lo cosieran.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera.
Acá vive Adela, ¡cuidado!, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste
o desafío. Pero yo sé que tiene razón. Que ésta es su casa. Y todavía no estoy
preparada para visitarla.
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UNIDAD 1. 2 - SIGLO XIX- LITERATURA FUNDACIONAL
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“El matadero”, de Echeverría:
El relato, que es una extensa alegoría del Buenos Aires subyugado por
la tiranía el gobierno rosista, mostraba la tensión entre Unitarios y
Federales, y llega al punto máximo en la situación de un joven unitario
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que es llevado y retenido por la fuerza en la casilla del lugar, a causa de
no tener divisa y por lucir frac y galera. El muchacho es torturado y
obligado a renegar de sus ideas y…
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Núcleos narrativos (o momentos) del relato
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*Americanismo
*La naturaleza
*La Patria
*La denuncia política y social (principal objetivo de la escritura de la
obra)
*La mujer idealizada o demonizada
2. Tarea:
En un programa del Canal Encuentro, el filósofo José Pablo Feinmann explica
algunos aspectos interesantes sobre Echeverría y su obra:
https://www.youtube.com/watch?v=7XgmkESINdk
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Vean el video y tomen nota de lo que se dice en el video sobre el autor,
su obra y los conceptos Civilización - Barbarie.
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Para darle continuidad a lo que veníamos trabajando con Esteban Echeverría,
el enfrentamiento entre Unitarios y Federales y focalizar ahora en la dicotomía
(oposición) aún vigente, de CIVILIZACIÓN y BARBARIE.
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Sobre la obra literaria de Sarmiento
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En el cuadro: CONTEXTO POLÍTICO- PARES DE OPUESTOS VINCULADOS CON
CIVILIZACIÓN Y BARBARIE Y GÉNEROS DE LA OBRA.
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El GAUCHO en la obra de Sarmiento: una mirada compleja
Con respecto al gaucho, Sarmiento observa la presencia del gaucho en las grandes
extensiones de campo y procede a clasificarlo según “tipos”, que dan cuenta de los
quehaceres que estos desarrollan y que tienen directa relación con su entorno. Al
pensarlo como “tipos clasificables”, según ciertas características fijas, el autor está
negándole a los gauchos lo propio de condición de sujetos (porque los transforma
en “tipos clasificables”) y la de ciudadanos (recuerden que, en la red conceptual, los
ciudadanos se identifican con lo civilizado) y, a la vez, les niega la diversidad que es
inherente a la condición humana, una diversidad difícil de someter a criterios
clasificatorios como los que el autor despliega.
(la docente compartirá un link para leer y sistematizar la información sobre los cuatro tipos
de gaucho que existían según el autor)
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En la Introducción de la obra -parte en la que el autor invoca a la sombra de
Quiroga, caudillo ya muerto- así como en el inicio del capítulo 5, Sarmiento
caracteriza a este singular personaje. Lean atentamente lo que dice,
intentando rescatar la descripción física y emocional que presentaba de él:
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Unidad 2- GAUCHESCA: el género de la patria
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Los usos del gaucho:
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1ro. de su situación civil: el Estado ignoró sus derechos. Él y sus
pertenencias, así como su familia, pasaron a ser posesión de terceros.
2do. de su cuerpo, cuando lo llevaron a la frontera a luchar en los fortines
contra los indios.
3ero. de su voz, cuando la cultura letrada la tomó y escribió obras que lo
tenían como protagonista.
51
Otras reescrituras a considerar:
Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara.
El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña
52
Por su producción, la literatura gauchesca podría dividirse en cuatro etapas:
De este período son los primeros poemas que abordan el tema del gaucho,
escritos a modo de crónicas de la colonización y de descripción de la vida en
las estancias.
Representantes y obras
Hernández publicó dos obras con este personaje, en 1872 y en 1879, y poco
después de ese período se desarrolló y prosperó la narrativa gaucha, a través
de novelas y cuentos publicados en diarios y revistas, alcanzando su cumbre
en 1926, a través de la obra de Ricardo Güiraldes (1887-1927), Don Segundo
Sombra.
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La literatura gaucha, a diferencia de la gauchesca que fue escrita por
hombres letrados, en su mayoría de la culta Buenos Aires, es escrita por
los propios representantes de este grupo, gente de tierra adentro.
Representantes y obras
Son importantes José Hernández y sus extensos poemas El gaucho Martín
Fierro (1872) y La vuelta de Martín Fierro (1879), Eduardo Gutiérrez, con su
novela Juan Moreira (1880), y finalmente Ricardo Güiraldes, Don Segundo
Sombra (novela, 1926).
A partir de los años ´30 del siglo pasado la literatura rioplatense se orienta
más hacia los conflictos de las grandes ciudades, y la literatura gauchesca
continúa viva en la música de compositores como el “Cuchi” Leguizamón, o
de cantautores como Atahualpa Yupanqui o Jorge Cafrune. Pero el gaucho
siguió presente a través de los creadores de historietas y culminará con las
aventuras de Inodoro Pereira, el renegáu, del escritor y dibujante Roberto
Fontanarrosa (1944-2007).
Representantes y obras
Sin dudas, de esta etapa señalamos a Roberto Fontanarrosa, con su
inolvidable Inodoro Pereira, el Renegau, historieta que vivió entre 1972 y
2007, cuando el autor murió.
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Lectura de los Cantos I, VIII, IX, X, XI, XII, XIII
Ver: https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-
_el_gaucho_martin_fierro.pdf
REESCRITURAS:
I'm looking for the face I had Before the world was made.
Yeats: The winding stair.
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un
malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las
fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una
borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino
del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna
Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los
montoneros para la desventura que dio sus carnes a los pájaros y a los
perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la
Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí,
el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el
cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado
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el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El
criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y
de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se
había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los
suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura
trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro
Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la
guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba
gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea.
Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de
Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía
en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es
mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro.
Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su
íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él.
Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que
no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear
contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.
Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco.
De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo
laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría
nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana
ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la
ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba
mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de
bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la
puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que
había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado
a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía
frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas
con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había
amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo.
Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día
siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto
bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de
apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos
apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido
Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las
soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales,
ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de
lluvia.
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Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta.
Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico,
taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado
se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si
ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un
punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o
parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho
oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el
galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló.
Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al
palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo
con dulzura: —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con
voz áspera, replicó:
—Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he
venido. Hubo un silencio.
Al fin, el negro respondió: —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado
siete años.
El otro explicó sin apuro: —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las
puñaladas. —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con
salud.
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana.
Pidió una caña y la paladeó sin concluirla. —Les di buenos consejos —
declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras
cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta de negro: —Hizo bien. Así no se
parecerán a nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta
—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo
en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó: —Con el otoño se van acortando los
días.
—Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: —Dejá en paz la guitarra,
que hoy te espera otra clase de contrapunto. Los dos se encaminaron a la
puerta.
El negro, al salir, murmuró: —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el
primero.
El otro contestó con seriedad: —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es
que andabas ganoso de llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura
era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y
el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo,
cuando el negro dijo: —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que
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en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro
de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo
sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara
del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o
tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es
intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una
embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se
tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino
otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el
negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en
el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su
tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino
sobre la tierra y había matado a un hombre.
Fue el brillo
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cimarrón como el río mismo ese ganado ya perdido, arrastrado más que
arriado, dando vueltas carnero los carneros y todo lo demás; las patas
para arriba, para adelante, para abajo, para atrás, como trompos con eje
horizontal; avanzaban veloces y apretados, entraban vivos y salían
kilogramos de carne putrefacta. Era un cauce de vacas en veloz caída
horizontal: así caen los ríos en mi tierra, con una velocidad que a la vez
es un ahondarse, y así vuelvo al polvo que todo lo opacaba del principio
y al fulgor del cachorro que vi como si nunca hubiera visto otro y como si
no hubiera visto nunca las vacas nadadoras, ni sus cueros relumbrantes,
ni toda la llanura echando luz como una piedra mojada al sol del
mediodía.
Lo vi al perro y desde entonces no hice más que buscar ese brillo para
mí. Para empezar, me quedé con el cachorro. Le puse Estreya y así se
sigue llamando y eso que yo misma cambié de nombre. Me llamo China,
Josephine Star Iron y Tararira ahora. De entonces conservo sólo, y
traducido, el Fierro, que ni siquiera era mío, y el Star, que elegí cuando
elegí a Estreya. Llamar, no me llamaba: nací huérfana, ¿es eso posible?,
como si me hubieran dado a luz los pastitos de flores violetas que
suavizaban la ferocidad de esa pampa, pensaba yo cuando escuchaba el
“como si te hubieran parido los yuyos” que decía la que me crió, una
negra enviudada más luego por el filo del cuchillo de la bestia de Fierro,
mi marido, que quizás no veía de borracho y lo mató por negro nomás,
porque podía, o quizás, y me gusta pensar esto aun de ese que era él, lo
mató para enviudarla a la Negra que me maltrató media infancia como si
yo hubiera sido su negra.
Fui su negra: la negra de una Negra media infancia y después, que fue muy
pronto, fui entregada al gaucho cantor en sagrado matrimonio. Yo creo que el
Negro me perdió en un truco con caña en la tapera que lla- maban pulpería, y
el cantor me quería ya, y de tan niña que me vio, quiso contar con el permiso
divino, un sacramento para tirarse encima mío con la bendición de Dios. Me
pesó Fierro, antes de cumplir 14 ya le había dado dos hijos. Cuando se lo
llevaron, y se llevaron a casi todos los hombres de ese pobre caserío que no
tenía ni iglesia, me quedé tan sola como habré estado de recién parida, sola
de una soledad animal porque sólo entre las fieras pueden salvar ciertas
distancias en la pampa: una bebé rubia no caía así nomás en manos de una
negra. (…)
(…) El primer precio de tanta felicidad fue el polvo. Yo, que había vivido
entera adentro del polvo, que había sido poco más que una de las tantas
formas que tomaba el polvo allá, que había sido contenida por esa atmósfera
—es también cielo la tierra de la pampa—, comencé a sentirlo, a notarlo, a
odiarlo cuando me hacía rechinar los dientes, cuando se me pegaba al sudor,
cuando me pesaba en el sombrero. (…)
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La China no es un nombre.
(…) “Yo Elizabeth”, dijo ella muchas veces y en algún momento lo aprendí,
Elizabeth, Liz, Eli, Elizabeta, Elisa, “Liz”, me cortó Liz, y así quedamos. “¿Y
nombre vos?”, me preguntó en ese español tan pobrecito que tenía entonces.
“La China”, contesté; “that’s not a name”, me dijo Liz. “China”, me emperré y
tenía razón, así me llamaba a puro grito aquella Negra a quien luego mi
bestia enviudaría y así me llamaba él cuando solía, cantó luego, irse “en
brazos del amor a
dormir como la gente”. Y también cuando quería la comida o las bombachas o
que le cebara un mate o lo que fuera. Yo era la China. Liz me dijo que ahí
donde yo vivía toda hembra era una china pero además tenia un nombre. Yo
no. No entendí en ese momento su emoción, por qué se le mojaron los ojitos
celestes casi blancos, me dijo eso podemos arreglarlo, en qué lengua me lo
habrá dicho, cómo fue que la entendí, y empezó a caminar alrededor con
Estreya saltándole a los pies, dio otra vuelta y volvió a mirarme a la cara:
“¿Vos querrías llamarte Josefina?”. Me gustó: la China Josefina desafina, la
China Josefina no cocina, la China Josefina es china fina, la China Josefina
arremolina. La China Josefina estaba bien. China Josephine Iron, me nombró,
decidiendo que, a falta de otro, bien estaría que usara el nombre de la bestia
mi marido; yo dije que quería llevar más bien el nombre de Estreya, China
Josephine Star Iron entonces; me dio un beso en la mejilla, la abracé,
emprendí el complejo desafío de hacer el fuego y el asado sin quemar ni
ensuciar mi vestidito y lo logré. (…)
Canto 1
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que esta va con sentimiento.
Yo vi a banda de chabones,
con famas bien otenidas,
y que despué de alquiridas
no las quieren sustentar:
parece que sin bombear
ya se van en la lamida.
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hago tiritar los vasos.
Con pelpas, trolas y fasos
queda ahí mi pensamiento.
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como mi lengua lo esplica:
para mí tu verga es chica
y tu hermana ya es mayor;
chamuyan los que se pican
que así se viaja mejor.
Yo no tengo en el amor
quien me abra una querella;
como esas pibas tan bellas
que fuman rama tras rama,
yo tengo cien en mi cama,
y me hacen ver las estreyas.
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Siglo XX-XXI. Otros márgenes, nuevas fronteras. La
estigmatización social: nuevas subjetividades desclasadas,
marginadas. La ciudad como espacio que (no) contiene.
Soy una negra de mierda, una ordinaria, una orillera, una cuchillera, el mundo
me queda grande, el tiempo me queda grande, las sedas me quedan
grandes, el respeto me queda enorme, soy negra como el carbón, como el
barro, como el pantano, soy negra de alma, de corazón, de pensamiento, de
nacimiento y destino. Soy una atorranta, una desclasada, una sin tierra, una
sombra de lo que pude ser. Soy miserable, marginal, desubicada, nunca sé
cómo sonreír, cómo pararme, cómo aparentar, soy un hueco sin fondo donde
desaparece la esperanza y la poesía, soy un paso al borde del precipicio y el
espíritu me pende de un hilo. Cuando llego a un lugar todos se retiran, y
como buena negra que soy, me arrimo al fuego y relumbro, con un fulgor
inusitado, como una trampa, como si el mismo mal se depositara en mis
destellos.
“Es profunda la noche: hiela sobre el Parque. Árboles muy antiguos, que
acaban de perder sus hojas, parecen suplicar al cielo algo indescifrable pero
vital para la vegetación. Un grupo de travestis hace su ronda. Van amparadas
por la arboleda. Parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo
animal. Se mueven así, como si fueran manada. Los clientes pasan en sus
automóviles, disminuyen la velocidad al ver al grupo y, de entre todas las
travestis, eligen a una que llaman con un gesto. La elegida acude al llamado.
Así es noche tras noche. El Parque Sarmiento se encuentra en el corazón de
la ciudad. Un gran pulmón verde, con un zoológico y un Parque de
diversiones. Por las noches se torna salvaje. Las travestis esperan bajo las
ramas o delante de los automóviles, pasean su hechizo por la boca del lobo,
frente a la estatua del Dante, la histórica estatua que da nombre a esa
avenida. Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie
escribe, para devolver la primavera al mundo. Con este grupo de travestis
también está una embarazada, la única nacida mujer entre todas. Las demás,
las travestis, se han transformado a sí mismas para serlo. En la comarca de
travestis del Parque, ella es la diferente, esa mujer embarazada que repite
desde siempre el mismo chiste: tomar por sorpresa la entrepierna de las
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travestis. Ahora mismo lo hace y todas ríen a carcajadas. El frío no detiene la
caravana de travestis. Una petaca de whisky va de mano en mano, papeles
de cocaína visitan una a una todas las narices, algunas enormes y naturales,
otras pequeñas y operadas. Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo
presta. Ahí, en ese Parque contiguo al centro de la ciudad, el cuerpo de las
travestis toma prestado del infierno la sustancia de su hechizo. La Tía
Encarna participa del aquelarre con un entusiasmo feroz. Está exultante
después de la merca. Se sabe eterna, se sabe invulnerable como un antiguo
ídolo de piedra. Pero algo que viene de la noche y del frío convoca su
atención, la separa de sus amigas. Desde la espesura algo la llama. Entre las
risas y el whisky que viene y que va de una boca pintada a otra, entre los
bocinazos de los que pasan buscando un turno de felicidad con las travestis,
La Tía Encarna distingue un sonido de otra procedencia, emitido por algo o
alguien que no es como el resto de las personas que aquí vemos. Las otras
travestis siguen la ronda sin prestar atención a los movimientos de Encarna.
Anda desmemoriada La Tía, cuenta una y otra vez las mismas viejas
anécdotas. Las cosas más recientes y cercanas no tienen lugar en su
memoria. Llega un momento de la vida en que ningún recuerdo está a salvo.
Desde entonces anota todo en cuadernitos, pega notas en la puerta de la
heladera, como una manera de ganarle al olvido. Algunas piensan que está
volviéndose loca, otras creen que ha dejado de recordar por cansancio.
Muchos golpes ha padecido La Tía Encarna (…)
De manera que nadie se inquieta cuando se va, cuando las deja, cuando
responde a la sirena de su destino. Se aleja un poco desorientada, hostigada
por los zapatos de acrílico que a sus ciento setenta y ocho años se sienten
como una cama de clavos. Camina con dificultad por la tierra seca y el yuyal
bravo que crece al descuido, cruza la avenida del Dante como un silbido
hacia la zona del Parque donde hay espinas y barrancas y una cueva en la
que las maricas van a darse besos y consuelo, y que han apodado La Cueva
del Oso. A unos metros está el Hospital Rawson, el hospital que se encarga
de las infecciones: nuestro segundo hogar.
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