CÁTEDRA DE ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA /TEOLOGÍA
(Modalidad a distancia)
04 Anexo: Los sacramentos
Autor:
Juan Carlos Bilyk
Módulo de estudio
Adaptación de la edición impresa: aptación de: BILYK, Juan
Versi Mayo 2017 Carlos (2014). Jesucristo y su Iglesia. Buenos Aires: MDA.
ón 4
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Unidad 4 - Anexo:
Los sacramentos
Módulo de estudio
Índice
Índice ..............................................................................................................................................................2
1. Los sacramentos en general .......................................................................................................................3
1.1 ¿Qué son los sacramentos? ..................................................................................................................3
1.2. Elementos necesarios para recibir los sacramentos ...........................................................................4
1.3. Necesidad de los sacramentos para la salvación ................................................................................5
2. Los sacramentos en particular ...................................................................................................................5
2.1. Bautismo..............................................................................................................................................5
2.2. Confirmación .......................................................................................................................................6
2.3. Eucaristía .............................................................................................................................................6
2.4. Reconciliación ......................................................................................................................................8
2.5. Unción de los enfermos.......................................................................................................................8
2.6. Orden sagrado .....................................................................................................................................9
2.7. Matrimonio..........................................................................................................................................9
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1. Los sacramentos en general
1.1 ¿Qué son los sacramentos?
Etimológicamente la palabra “sacramento” proviene del latín sacramentum, término que significa “algo
que es santo (o sagrado)”.
Se define a los sacramentos como signos sensibles y eficaces de la gracia habitual, que fueron
instituidos por Jesucristo y que son administrados por la Iglesia por Él fundada, para la santificación
de sus miembros.
Los sacramentos son signos sensibles de la gracia habitual y santificante, ya que por medio de cosas que
podemos ver, oír y tocar (palabras y acciones, que son externas), significan la gracia (que es interna), es decir,
representan y señalan su presencia real aunque invisible. Así como, por ejemplo, la presencia de humo
significa (señala, indica) la existencia del fuego; en el Bautismo el agua bendita derramada sobre la frente del
bautizado significa la gracia del sacramento. De este modo: cuando un sacramento se celebra debidamente, el
cristiano puede decir “ahí está la gracia”, aunque no la vea con los ojos de la cara o no la pueda tocar con sus
manos.
Los sacramentos son signos visibles de la gracia invisible.
Pero los sacramentos no sólo significan la gracia, sino que además la producen. Y por eso se les dice
también signos eficaces, porque producen lo que significan. Entonces, distinto del caso del humo que señala
la presencia del fuego pero no lo produce, encontramos que los sacramentos sí producen la gracia en el alma
(a la vez que son un signo externo y sensible de su presencia invisible en ella).
Los sacramentos otorgan, devuelven, o aumentan la gracia santificante y habitual, y junto con ella se dan
las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, y cada uno en particular otorga su propia gracia sacramental.
Cristo los ha confiado a su Iglesia porque por su intermedio Él, como Cabeza de su Cuerpo Místico, actúa entre
sus miembros para su justificación (santificación).
Los sacramentos que la Iglesia ha reconocido infaliblemente como instituidos (establecidos) por el
Señor son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Reconciliación, Unción de los enfermos, Orden
Sagrado y Matrimonio.
Es muy importante aclarar que los sacramentos son eficaces por el mismo hecho de que la acción es
realizada, es decir, como fruto de la acción salvadora de Jesucristo realizada de una vez y por todas. A esta
propiedad de los sacramentos se la designa con la expresión latina ex opere operato, que significa: “desde la
obra realizada”. Por lo tanto, y siguiendo a santo Tomás de Aquino, decimos que el sacramento no actúa de
acuerdo a la santidad del ministro que lo confiere, sino independientemente de ello (aunque sí a través suyo),
por el poder de Cristo y del Espíritu Santo que actúa en él y por él (aunque no debe tener, esto sí, intención de
simular al celebrarlo). En suma: no depende ni de los méritos ni de la fe de quien lo administra (lo cual suele
ser, lamentablemente, una excusa muy común para no ir al encuentro de la gracia).
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Además de ello, los frutos de los sacramentos dependen de las adecuadas disposiciones del sujeto que lo
recibe. Esto es, que la gracia que se recibe en los sacramentos obra siempre en quien los reciba, mientras no
ponga impedimentos (vgr. el estado de pecado mortal impide moralmente recibir la Eucaristía, y si se la recibe
en ese estado se comete otro pecado mortal muy grave: el sacrilegio).
Acerca de los sacramentos, y en particular de los de iniciación, el Papa Francisco enseña:
Los Sacramentos expresan y llevan a cabo una efectiva y profunda comunión entre
nosotros, ya que en ellos encontramos a Cristo Salvador y, a través de Él, a nuestros
hermanos en la fe. Los sacramentos no son apariencias, no son ritos, los sacramentos son
la fuerza de Cristo, está Jesucristo en los sacramentos. Cuando celebramos la misa, en la
Eucaristía, está Jesús vivo, muy vivo, que nos reúne, nos hace comunidad, nos hace adorar
al Padre. Cada uno de nosotros, de hecho, mediante el Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía, está incorporado a Cristo y unido a toda la comunidad de los creyentes. Por
tanto, si por un lado está la Iglesia que “hace” los sacramentos, por otro lado están los
sacramentos que “hacen” a la Iglesia, la edifican, generando nuevos hijos, agregándolos al
pueblo santo de Dios, consolidando su pertenencia. Cada encuentro con Cristo, que en los
sacramentos nos da la salvación, nos invita a «ir» y comunicar a los demás una salvación
que hemos podido ver, tocar, encontrar, acoger y que es verdaderamente creíble porque es
amor. En este sentido, los sacramentos nos empujan a ser misioneros y, el compromiso
apostólico de llevar al Evangelio en todos los ambientes, también en los más hostiles,
constituye el fruto más auténtico de una asidua vida sacramental, en cuanto que es
participación en la iniciativa salvífica de Dios, que quiere dar a todos la salvación. La gracia
de los sacramentos alimenta en nosotros una fe fuerte y gozosa, una fe que sabe
sorprenderse de las «maravillas» de Dios y sabe resistir a los ídolos del mundo (Catequesis
papal de los días miércoles (6/11/2013).
1.2. Elementos necesarios para recibir los sacramentos
Para recibir debidamente un sacramento, se requiere:
la materia: es el elemento sensible que se usa en el sacramento (vgr. el óleo sagrado en la
Confirmación).
la forma: son las palabras sagradas (la “fórmula”) que se pronuncia durante el rito del sacramento,
y que no pueden ser cambiadas (por ejemplo, en el Bautismo se dice: “Yo te bautizo, en el Nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...”). Ambos, materia y forma, constituyen el signo sensible
del sacramento.
el ministro: es la persona que confiere el sacramento en el Nombre y con la Autoridad delegada
por Cristo (de quien es ministro secundario, instrumento de Jesús), porque es Cristo mismo quien
confiere principal y excelentemente el sacramento. Debe tener la firme y sincera intención de
conferir el sacramento, tal como lo manda la Iglesia, sin ánimo de simulación o imitación.
el sujeto (o destinatario): es la persona que recibe el sacramento, y que debe cumplir las debidas
disposiciones (por ejemplo, guardar el ayuno previamente a recibir la Eucaristía).1
1
Sólo a modo informativo, se incorpora al final un cuadro donde se indica cada uno de estos elementos en cada
sacramento.
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En los sacramentos del Bautismo y la Confirmación es necesaria la presencia del padrino o de la madrina,
quienes también deben cumplir con las necesarias disposiciones (creyentes sólidos, de buena formación
cristiana, y coherencia en la práctica cotidiana de la fe), siendo su misión propia la de ayudar a su ahijado o
ahijada en el camino de la vida cristiana. Es conveniente que el padrino o madrina de la Confirmación sea el
mismo del Bautismo, para subrayar la unidad de ambos sacramentos.
1.3. Necesidad de los sacramentos para la salvación
Así como es absolutamente necesaria la gracia para la salvación, son indispensables los sacramentos como
medios ordinarios por los cuales Cristo, por ministerio de su Iglesia, derrama su Vida entre sus fieles.
Siguiendo a santo Tomás de Aquino, encontramos tres razones que sostienen lo dicho:
es propio del ser humano ser conducido a las cosas espirituales por medio de las sensibles, y por
esta razón Dios provee al hombre para su salvación de estos signos sensibles y corporales llamados
sacramentos. De esta manera, al decir del Papa Benedicto XVI, “el Señor nos «toca» a través de la
materia”;
el hombre, cuando peca, se somete a cosas corporales. Y el remedio debe ser aplicado donde está
el mal. Por eso Dios aplica al hombre la medicina espiritual por medio de estos signos sensibles;
al hombre le han sido propuestas en los sacramentos acciones sensibles, para evitar las acciones
supersticiosas, a las cuales es tan propenso por su afán de lo sobrenatural y misterioso, y cuando
resulta confundido por el pecado o por la ignorancia.
Por consiguiente, decimos que si bien la gracia de Dios es necesaria y suficiente para salvarse, Dios nos la
da del modo que nos resulta más conveniente. Y por todo lo dicho, concluimos en que son necesarios los
sacramentos para conseguir la gracia (no excluye esto que, de modo extraordinario, Dios quiera conceder la
gracia por otros medios que sólo Él conozca a los que, sin culpa personal, no la puedan recibir en los
sacramentos o no saben de la existencia de ellos).
2. Los sacramentos en particular
Los sacramentos son 7 y se dividen según su función en tres categorías:
SACRAMENTO DE INICIACION: Bautismo, Confirmación, Eucaristía
SACRAMENTO DE CURACIÒN: Reconciliación, Unción de los Enfermos
SACRAMENTO DE SERVICIO : Orden Sagrado, Matrimonio
2.1. Bautismo
El nombre proviene del griego baptizo que significa “sumergir” (en el agua). Es el primer sacramento de la
iniciación cristiana. Es el sacramento de la fe y de la consagración a Dios por el cual el hombre se incorpora a
Cristo y a la Iglesia, muriendo al pecado (tanto al original como a los personales que hubiera cometido hasta
ese momento, de recibirlo en uso de razón), y naciendo a la Vida nueva de la Gracia, a la Vida de hijo de Dios
(cfr. Jn 3,1-8; Hch 2,38; Rom 6,3-11; 1 Cor 12,13; etc.).
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El Bautismo es no sólo el primero sino el más necesario de los sacramentos, por ser el mismo “Puerta
de Salvación”.
En cuanto a sus efectos, el Bautismo:
quita todos los pecados (el original con el cual somos concebidos, y en caso de tratarse del
bautismo de un adulto, también todos los cometidos hasta ese momento de su vida;
perdona todas las penas (temporales y eternas) debidas hasta ese momento;
otorga la gracia santificante y habitual primera, y junto con ella, todas las virtudes infusas y los
dones del Espíritu Santo;
nos hace nacer a la Vida eterna como hijos adoptivos de Dios Padre, nos hace hermanos de Dios
Hijo (Cristo), templos del Espíritu Santo, y herederos del Reino;
imprime carácter indeleble: el de cristiano que lo distingue de los no bautizados, y que lo hace
miembro de la Iglesia Católica, con derecho a recibir todos los demás sacramentos, pero también
sujeto a sus leyes y disposiciones.
2.2. Confirmación
La Confirmación es el segundo sacramento de iniciación cristiana, conformando una unidad con el
Bautismo y la Eucaristía. El nombre quiere indicar que se robustecen —se “confirman” o “reafirman”— las
gracias recibidas en el Bautismo, para vivir como verdaderos hijos de Dios, y para dar mejor cumplimiento a la
misión de todo cristiano, que es ser testigo del Señor ante todos los hombres, y defensor valeroso de la fe.
Todo ello es posible gracias al don recibido en este sacramento, que no es otro que el mismo Espíritu Santo,
es decir, el Amor mismo con que Dios se ama y nos ama. La recepción de este sacramento es necesaria para la
plenitud de la gracia bautismal, porque a los bautizados la Confirmación los une más íntimamente con Cristo y
su Iglesia (cfr. Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Jn 20,22; Hch 1,8 y 2,1ss).
Por la Confirmación el cristiano se compromete mucho más como auténtico testigo y soldado de
Cristo, para extender y defender cabalmente la fe con sus palabras y sus obras.
El efecto principal de este sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo (“el don del Espíritu Santo”),
aumentando significativamente los dones propios de Dios Espíritu Santo (Sabiduría, Entendimiento, Consejo,
Fortaleza, Ciencia, Piedad, Temor de Dios). Concede, además, una fuerza especial para difundir y defender la
fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos y soldados de Cristo, y para confesar alegre y
valientemente el Nombre de Jesús. La Confirmación también imprime carácter en el alma, una marca
espiritual indeleble.
2.3. Eucaristía
La Eucaristía se entiende de dos modos: como sacrificio (la Santa Misa) y como sacramento (el tercero de la
iniciación cristiana), que es el que aquí nos ocupa (pero debe considerarse que el sacramento se
celebra dentro del marco litúrgico del sacrificio). Es el sacramento del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Cristo, en el cual el Señor actualiza y ofrece al Padre el mismo Sacrificio de la Cruz, y se da en alimento
espiritual a su Iglesia. Hacia ella se ordenan todos los demás sacramentos y en ella culmina todo el orden
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sacramental, porque contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo resucitado (Jn 2,1-12;
Mt 14,13-21; Mc 6,31-44; Lc 9,10-17 y Jn 6,1-66; Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; I Cor 11,17-34).
La Eucaristía es el sacramento más excelente, en el que se concentra por entero el Misterio de Jesús y
de la Iglesia.
En cuanto a los efectos principales, la Eucaristía da la fuente de la gracia, es decir, a Cristo mismo
resucitado y por siempre gloriosamente vivo; alimenta el alma sobrenaturalmente con la gracia (da la vida
sobrenatural y eterna), análogamente a como el cuerpo se alimenta naturalmente de comida (la vida natural y
temporal); perdona los pecados veniales y preserva de los mortales (alejando la debilidad espiritual y
concediendo la perseverancia en el bien); es anticipo de la resurrección definitiva y de la gloria eterna.
Aquí hay que aclarar el modo en el que se halla Cristo en la Eucaristía. Las
Para acercarse a recibir la
Eucaristía, el cristiano debe palabras sagradas (la forma) no sólo son un signo, son creadoras: producen lo que
estar en estado de gracia, es significan. No sólo determinan un hecho, lo crean al determinarlo. Allí se hace
decir, confesado.
presente Jesucristo glorioso —vivo y resucitado— con su humanidad (su cuerpo,
sangre y alma), y su divinidad, pero misteriosamente escondido tras lo que quedó de lo
que antes era pan y vino (sus accidentes: gusto, color, textura). Así lo canta santo Tomás de Aquino: “Te adoro
con fervor deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida”2. A esta maravillosa conversión se la llama
transubstanciación (del latín trans-substare = “estar debajo”), término que expresa perfectamente lo que allí
ocurre pues, al repetir el ministro las palabras de Jesús en la Última Cena, se produce el cambio de una
sustancia en otra (la del pan y vino original en la humanidad y divinidad de Jesús actual), conservándose
únicamente los accidentes de la sustancia original.. Así, el cambio que no perciben los ojos de la cara lo
reconoce ciertamente la fe. Su presencia es verdadera (no hay simulación ni error) y real (no simbólica o
figurativa) porque es sustancial: en la Eucaristía se hace presente Cristo Dios y Hombre, entero e íntegro,
ofreciéndose como alimento espiritual para su Iglesia.
Lo que estamos diciendo no significa que el pan y el vino sufren aniquilamiento (se destruyen) sino que se
cambian; tampoco que hay creación del Cuerpo de Cristo (porque no sale de la nada); ni que Cristo sufre
mutación en la Eucaristía (porque lo que cambia es la sustancia del pan y el vino). Hay un cambio real pero no
visible. “Tu fe te ayudará a darte cuenta que es Jesús mismo quien está presente en el Santísimo Sacramento”
(san Juan Pablo II). Sin embargo, para avivar la fe de los dudosos, no faltaron en la historia de la Iglesia los
denominados “milagros eucarísticos” en los cuales el pan y vino ya consagrados se convirtieron visiblemente
en cuerpo y sangre humana (por ejemplo el primero de ellos, en el siglo VIII en Lanciano, Italia, y que hasta el
día de hoy se conserva sobrenaturalmente intacto).
“La Eucaristía es un banquete en el que comemos con Cristo, comemos a Cristo, y somos comidos por
Cristo” (san Agustín de Hipona)
2
Adoro te devote
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2.4. Reconciliación
La Reconciliación (también llamado “confesión” o “penitencia”) es el
sacramento por el cual Jesucristo, por medio de la absolución
sacerdotal, concede el perdón de los pecados y el retorno a la Para confesarse adecuadamente, hay que: 1)
amistad con Dios y con su Iglesia, al pecador sinceramente hacer un examen de conciencia, para
reconocer esos actos realizados que dañan
arrepentido de sus pecados, que los confiesa y tiene decidido nuestra amistad con Dios, nuestra
propósito de enmienda y de no volver a cometerlos. La palabra interioridad y nuestra relación con los
demás; 2) arrepentirnos de estos pecados;
“reconciliación” proviene del latín reconciliare que significa
3) propósito de no volver a pecar; 4)
“restablecer, reparar” (una amistad rota, dañada, en este caso acercarse al confesionario, para decirle los
con Dios) Se lo llama también sacramento de Conversión, de la pecados al confesor con sinceridad; 5)
recibir la absolución y cumplir la penitencia.
Penitencia, de la Confesión o del Perdón. (Cfr. Mt 4,17, 16,19 y 18,18;
Mc 2,5-12; Lc 7,48-49; II Cor 5,20). Decía san Agustín: “confesar es
abandonar las tinieblas y las sombras”.
Así como uno recurre habitualmente al médico para hacerse un chequeo de su salud, es bueno
reencontrarse a menudo con el confesor; y mejor si es uno que nos conozca—un “asesor espiritual”—
pues está al tanto de nuestras debilidades y de nuestros progresos en el camino de la salvación.
Entre sus efectos principales, la Reconciliación perdona tanto los pecados mortales como los veniales
cometidos desde el Bautismo o desde la última confesión; devuelve los méritos que nos redituaron las buenas
obras en estado de gracia que hayamos hecho anteriormente; trae como resultado la paz y la tranquilidad de
la conciencia, acompañada de un profundo consuelo espiritual; nos reconcilia con Dios y con la Iglesia,
produciendo una verdadera “resurrección espiritual”, por la recuperación de la gracia santificante y los demás
dones sobrenaturales que el pecado mortal nos arrancara del alma (si fueron sólo pecados veniales no fue en
vano, pues nos aumenta la gracia santificante); otorga la gracia sacramental específica que consiste en el
fortalecimiento para no volver a recaer en el pecado en las próximas ocasiones de tentación.
2.5. Unción de los enfermos
La Unción es el sacramento que alivia y fortalece al enfermo, lo purifica de su fondo de pecado, y lo ayuda a
superar la enfermedad física, incluso sanándolo de la misma si es conveniente a su salud espiritual. Está
orientado a socorrer al cristiano que se encuentra afligido por una grave enfermedad corporal (al enfermo
grave), que transita los últimos años de su vejez (al anciano), o que se encuentra próximo a la muerte (al
moribundo); asociándolo a los padecimientos de Cristo, y ayudándolo a transitar el último tramo de su vida
cristiana fortalecido por la fuerza que brota de la Pasión del Señor (cfr. Mt 9,20-22 y 10,1-2; Mc 6,5.13; 7,32-
37; 8,22-25 y 16,18; Lc 4,40 y 5,17-26; Jn 9,6ss.; Sant 5,14; etc.).
En cuanto a sus efectos en el cuerpo, suaviza los sufrimientos corporales devolviéndole la salud al cuerpo si
es conveniente, a juicio de la Sabiduría divina, para la salud del alma. Pero no debe ser visto como un remedio
contra la muerte ni pretender en él acción de curación milagrosa sino sobrenatural (si sucede), pues ayuda a
dar salud a las fuerzas naturales si así conviene al alma.
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En cuanto a sus efectos en el alma, aumenta la gracia santificante y los demás dones sobrenaturales, pues
es sacramento de vivos, perdonando además los pecados veniales. No obstante puede actuar como
sacramento de muertos perdonando los pecados mortales si estando el enfermo en trance de muerte es
incapaz de confesar los pecados (si está inconsciente) y tiene, a juicio de Dios, dolor de atrición o contrición
imperfecta. Otorga asimismo la gracia sacramental, que consiste en el alivio espiritual y fortaleza especial del
Espíritu Santo contra las tentaciones (que redoblan sus intenciones dada la debilidad propia del estado de
enfermedad). Une al anciano, al enfermo y al moribundo de un modo especial con la Pasión del Señor, y la
Iglesia toda, cuando celebra este sacramento, intercede por el bien del enfermo. A su vez, el destinatario de la
Unción contribuye por la gracia de este sacramento a la santificación de toda la Iglesia y de todos los hombres
por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.
2.6. Orden sagrado
Es el sacramento que confiere al varón, que con las debidas condiciones libremente lo acepte (como
respuesta al llamado que Jesucristo le hace), una participación jerárquica en el Único Sacerdocio de Cristo,
para el culto de Dios y la santificación de su Iglesia, además de autoridad para la enseñanza y el gobierno del
Pueblo de Dios. (cfr. Mt 28,16-20; Mc 16,15-20; Hch 2,1-46; 6,1-7; 14,20-24; I Cor 11,23-25; I Tim 2,5 y 4,14; II
Tim 1,6; Hebr 5,10; 6,20 y 10,11-14; Apoc 1,6 y 5,6-10),.
El sacerdocio ministerial, que se obtiene por este admirable sacramento del Orden, lo vemos
instituido por Nuestro Señor en la Última Cena, a la par que instituye la Sagrada Eucaristía, pues no
hay sacrificio sin sacerdocio.
Entre sus efectos, confiere, siendo sacramento de carácter, una marca espiritual indeleble (que no se
pierde jamás), la de ser ministro de Cristo: representante de la Cabeza de la Iglesia, en su triple función de
Sacerdote, Profeta y Rey; confiere el poder de consagrar el Cuerpo y Sangre de Cristo y el de perdonar los
pecados (presbíteros y obispos), y de ejercer otras funciones propias del sacerdote (vgr. bendecir); aumenta
magníficamente la gracia santificante y los demás dones sobrenaturales, como sacramento de vivos que es, y
una gracia sacramental especial para poder desempeñar mejor los sagrados deberes del estado sacerdotal.
2.7. Matrimonio
Es el sacramento por el cual Cristo santifica a los esposos, y les otorga su
gracia para que constituyan, en un proyecto de fe, la comunidad conyugal Los ministros del sacramento son
los cónyuges. El sacerdote o el
por el amor y el complemento mutuo; y la comunidad familiar por medio diácono sólo oficia de testigo de la
de la transmisión de la vida y la educación cristiana de los hijos, naturales o ceremonia.
adoptivos. La palabra “matrimonio” es una contracción del latín matris
munium, lo cual se traduce como “oficio de la madre”, haciendo referencia a que engendrar y alumbrar es el
“oficio” propio de la madre en la familia. A su vez el término “patrimonio” (patris munium = “oficio del padre”)
se aplica a los bienes externos de la familia, porque es tarea primaria del padre buscar el sustento y las demás
cosas necesarias para el bienestar de la familia. Mientras que la tarea de “educar a la prole” (los hijos) será
misión de ambos.
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El sacramento del Matrimonio brinda una asistencia especial para que puedan cumplir santamente los
deberes y obligaciones propios de los esposos, quedando fortalecidos para ello en el amor mutuo
(sobrenatural), como “consagrados”; el vínculo matrimonial produce una completa indisolubilidad (perpetua
de por vida y exclusiva).
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