EL REGALO DE LA PRINCESA
Érase una vez una pequeña princesa que al cumplir los diez años tuvo
una fantástica fiesta. Había músicos, flores, helado de fresa y pasteles
con glaseado rosa. Los invitados trajeron los más maravillosos
regalos.
El rey, su padre, le regaló un poni blanco con una cola larga y un
arnés azul plateado. La reina, su madre, la sorprendió con una vajilla
de oro para sus muñecas. Había muchos regalos hermosos: un anillo
de piedras preciosas, una docena de vestidos de seda, un ruiseñor en
una jaula de oro; pero todos esperaban saber cuál sería el regalo del
hada madrina de la pequeña princesa.
Igualmente, especulaban cómo llegaría a la fiesta, pues el hada era
impredecible. Algunos decían que llegaría volando con sus alas
doradas, otros, la imaginaban sobre el palo de una escoba. Pero para
la fiesta de la princesa, el hada llegó a pie, con un vestido rojo y
delantal blanco. Sus ojos brillaron cuando le entregó su regalo a la
princesa. El regalo era muy extraño: ¡solo una pequeña llave negra!
—Esta llave abrirá una pequeña casa al final del jardín, ese es mi
regalo de cumpleaños— dijo el hada madrina—. En la casita
encontrarás un tesoro.
Entonces, tan repentinamente como había llegado, el hada madrina se
había marchado con una sonrisa entre los labios.
Los invitados se preguntaban acerca de la casita, algunos de ellos
fueron al final del jardín para verla. Sin embargo, lo que encontraron
fue una pequeña cabaña con techo de paja, limpia y ordenada, pero
ordinaria. Así que alzaron la nariz y regresaron al castillo.
—¡Qué regalo tan corriente y pobre! —dijeron.
La pequeña princesa puso la llave en su bolso de seda y se olvidó de
ella por el resto de la fiesta. Al final, decidió visitarla.
La casita despertaba su curiosidad, porque era muy diferente a su
castillo. El castillo tenía grandes ventanas de colores, pero la casita
tenía geranios carmesíes que colgaban de las ventanas y cortinas
blancas.
Entonces, abrió la puerta y entró. El castillo tenía muchas
habitaciones, grandes y solitarias, pero la casita tenía una habitación,
pequeña y muy acogedora. Allí encontró una chimenea cuyo fuego
parecía bailar al son del agua que burbujeaba en un pequeño fogón.
La mesa estaba puesta para el té. Era un té común, acompañado de
pan blanco, mantequilla, miel y leche. La princesa se sentó a tomar el
té.
—Qué agradable era la casita— pensó—. ¡Qué inusualmente
hambrienta estaba!
Aunque podía degustar los más exquisitos manjares en su castillo; en
su propia casita descubrió que nada era tan delicioso como el pan con
mantequilla, y que su leche sabía tan dulce como la miel.
Después del té, la princesa notó en un rincón de la casita, una
máquina de coser con tela de lino y se puso a coser. El fuego de la
chimenea bailó, el agua del fogón cantó y la máquina de coser zumbó
alegremente. Fue tan maravilloso ese momento en la casita, que la
princesa también comenzó a cantar. Ella cantaba como un pajarito, sin
embargo, nunca antes lo había intentado.
—Te escuché cantar y me detuve—dijo una voz muy suave.
La princesa vio a un niño de su misma edad. Su cara era muy
agradable, pero estaba vestido con ropa harapienta. Su camisa estaba
tan llena de agujeros que apenas cubría su espalda.
—¿Qué estás cosiendo? — le preguntó.
La princesa no sabía hasta ese momento qué estaba cociendo, pero lo
comprendió de inmediato.
—Estoy cosiendo una camisa nueva para ti — respondió.
—¡Oh, gracias! — dijo el niño sonriendo.
Entonces, la pequeña princesa pensó en lo que había dicho su
madrina:
—En la casita encontrarás un tesoro.
En la casita no había oro, ni nada de lo que ella consideraba un
tesoro. Pero su corazón también cantaba. Eso lo era todo; su hada
madrina le había dado el regalo de un corazón contento.
LOS DOS RATONCITOS
Érase una vez dos pequeños ratoncitos que vivían en un pequeño y
acogedor agujero en compañía de su mamá.
No les faltaba de nada: estaban siempre calentitos, tenían comida,
podían protegerse de la lluvia y también del frío…pero aun así, casi
nunca estaban contentos, sobre todo cuando llegaba la hora de irse a
dormir, que siempre les parecía pronto.
Un día, como muchos otros días, los dos ratoncitos fueron a dar un
paseo antes de la cena para poder ver a sus amiguitos y charlar un
rato antes de volver a casa, y tanto alargaron el paseo que no
consiguieron encontrarse con ninguno de sus amigos, puesto que se
había hecho bastante tarde.
Los ratoncitos se habían alejado mucho de casa y no estaban seguros
de sí podrían encontrar el camino de vuelta. Y tanto se asustaron que
se pararon en el camino para darse calor y sentirse más acompañados
el uno con el otro.
De pronto, en mitad de la noche y del silencio, les pareció escuchar
ruido. ¿Serían las hojas movidas por el aire? ¿Sería un gran y temible
gato que les querría dar caza? Y en medio de la incertidumbre
apareció mamá, que llevaba toda la noche buscándoles.
Desde aquel día ninguno de los dos ratoncitos volvió a quejarse
cuando llegaba la hora de irse a la cama. Se sentían tan a gustito en
casa protegidos por mamá y disfrutando de todos y cada uno de sus
cuidados, que hasta meterse en la cama calentita les parecía un plan
fantástico, y tenían razón. Por aquel entonces ya eran conscientes de
que desobedecer a su mamá podía tener consecuencias muy
desagradables, y tenían tiempo de sobra durante el día para disfrutar
de sus amigos y de todas las cosas que les divertían, como el brillo del
sol y la brisa de la mañana. Comprendieron que estar en casa no era
algo aburrido, sino el mejor lugar que podía haber en el mundo.
LA CASA OSCURA
Lucas entró a su nueva casa después del colegio, descargó el morral y
se dirigió a la cocina. Allí se encontró con una joven.
—Hola, debes ser Lucas, me llamo María.
Entonces, María se dirigió a la nevera y le preguntó si deseaba algo de
beber. Lucas asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con un libro
ya que debía presentar un informe para la clase de lectura. María se
acercó a él extendiéndole un vaso de agua:
—¿Qué lees? —preguntó.
—“La casa a oscuras”—respondió Lucas, sin interés de continuar la
conversación con la nueva empleada doméstica. Había algo en ella
que lo hacía sentir muy incómodo.
—También tuve que leer ese libro en el colegio—respondió María—,
pero no me agradan las historias de fantasmas. Espero que tú
tampoco creas en ellos. Me imagino que ya conoces todos los rumores
acerca de esta casa.
—Sí, conozco los rumores de que esta casa está habitada por
fantasmas. Pero a diferencia de mi papá, a mí me tienen sin cuidado.
No creo en lo sobrenatural —contestó Lucas de manera tajante,
haciendo aún más evidente su desinterés por continuar la
conversación y añadió—: Este lugar está hecho un desastre, ¿puedes
por favor guardar las cosas de los antiguos dueños y desempacar
nuestras cajas?
Entonces, María se dirigió hacia la sala y comenzó a desempacar.
Lucas continuó leyendo, terminó el informe y se marchó a su
habitación a tomar la siesta. Entredormido, escuchó a María
despedirse desde la puerta.
Acercándose la noche, el padre de Lucas llegó a casa después del
trabajo. Ambos comenzaron a conversar.
—Hijo, creo que nunca voy a acostumbrarme a este lugar. Los
rumores de que aquí habitan fantasmas me tienen muy preocupado —
dijo el padre.
—¡Nada de eso! Papá, eres el único en esta casa que cree en esas
cosas. Yo no creo en fantasmas y hasta María, la nueva empleada
doméstica, tampoco cree en ellos.
El padre se llevó la mano a la boca y dijo consternado:
—Hijo, empaca tus cosas de inmediato, ¡debemos irnos!
—Pero ¿por qué papá? —preguntó Lucas sorprendido por la extraña
reacción de su padre.
—Porque no contraté a ninguna empleada doméstica.
LA OVEJA Y EL CERDO
A primera hora de una mañana brillante, una oveja y un cerdo de cola
enroscada se aventuraron al mundo en busca de un hogar.
—Construiremos una casa —dijeron la oveja y el cerdo de cola
enroscada—, allí viviremos juntos.
Los dos siguieron un largo, largo camino, pasando sobre los campos,
entre montañas y a través del bosque, hasta que se encontraron con
un conejo.
—¿Adónde van? —preguntó el conejo.
—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja y el cerdo.
—¿Puedo vivir con ustedes? —preguntó el conejo.
—¿Qué puedes hacer para ayudar? —preguntaron la oveja y el cerdo.
—Puedo afilar estacas con mis dientes —dijo el conejo— y clavarlas
con mis patas.
Los tres recorrieron el largo, largo camino, hasta que se encontraron
con un ganso gris.
—¿Adónde van? —preguntó el ganso gris.
—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja, el cerdo y el conejo.
—¿Puedo vivir con ustedes? —preguntó el ganso gris.
—¿Qué puedes hacer para ayudar? —preguntaron la oveja, el cerdo y
el conejo.
—Puedo juntar musgo y usarlo para rellenar las hendijas con mi ancho
pico —dijo el ganso.
—Está bien —dijeron la oveja, el cerdo, el conejo—. Puedes venir con
nosotros.
—¿Adónde van? —preguntó el gallo.
—Vamos a construir una casa —dijeron la oveja, el cerdo, el conejo y
el ganso.
—¿Puedo vivir con ustedes? —preguntó el gallo.
—¿Qué puedes hacer para ayudar? —preguntaron la oveja, el cerdo,
el conejo y el ganso.
—Puedo cacarear de madrugada para despertarlos a tiempo —dijo el
gallo.
—Está bien —dijeron la oveja, el cerdo, el conejo y el ganso—.
Puedes venir con nosotros.
Los cinco fueron más allá del largo, largo trecho, hasta que
encontraron un buen lugar para una casa.
La oveja cortó troncos y los apiló.
El cerdo fabricó ladrillos para el sótano.
El conejo afiló las estacas con sus dientes y las martilló con sus patas.
El ganso buscó musgo y rellenó las hendijas con el pico.
El gallo cantaba todas las madrugadas para anunciarles que era la
hora de levantarse.
Y todos vivieron felices en su casita.
LA PRINCESA Y LA SAL
Érase una vez un rey orgulloso que vivía con sus tres hermosas hijas.
Un día les preguntó cuánto lo amaban. La hija mayor respondió:
—Te amo más que al oro y la plata.
La segunda hija respondió:
—Te amo más que a los diamantes, rubíes y perlas.
La hija menor respondió:
—Te amo más que a la sal.
El rey se enojó con su hija menor por comparar su amor con una
especia común, y la desterró de su reino.
Una anciana cocinera de la corte, lo había escuchado todo y acogió a
la princesa, enseñándole a cocinar y cuidar de su humilde cabaña. La
joven era una buena trabajadora y nunca se quejó. Aun así, cada vez
que pensaba en su padre, le dolía el corazón por haber
malinterpretado su amor.
Muchos años después, el rey convocó a los más nobles y ricos a un
banquete en celebración de su cumpleaños. Cuando la hija menor del
rey se enteró de la noticia, le pidió a la anciana cocinera que le
permitiera cocinar para el rey y los invitados.
El día de la majestuosa fiesta, se sirvió un exquisito plato tras el otro
hasta que no quedó espacio en la mesa. Todo estaba preparado a la
perfección, y todos los asistentes elogiaron a la cocinera. El rey
esperaba ansioso su plato favorito, el cual lucía delicioso, pero al
probarlo se llenó de ira:
—Este plato no tiene sal — dijo—, tráiganme a la cocinera.
Entonces la hija menor se presentó ante su padre que sin reconocerla
le preguntó:
—¿Cómo puedes olvidar ponerle sal a mi platillo favorito?
La joven princesa le respondió serenamente:
—Un día desterraste a tu hija menor por comparar el amor con la sal.
Sin embargo, tu cariño le daba sabor a su vida, así como la sal le da
sabor a tu plato. Al escuchar estas palabras, el rey reconoció a su hija.
Avergonzado, le suplicó que lo perdonara y aceptara regresar al
palacio. Nunca más volvió a dudar del amor de su hija.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
LAURA LA MARIQUITA AMARILLA
Laura, la mariquita, era muy especial. A diferencia de todos sus
amigos, ella tenía unas brillantes alas amarillas.
A todos les encantaba sus brillantes alas amarillas. Cada mañana,
Mary Mariposa y Martha Mantis la saludaban efusivamente, hasta Ariel
Araña, quien era muy malhumorado, se alegraba de verla.
Pero Laura quería ser como las demás mariquitas.
---Quisiera tener alas rojas como tú, mamá, dijo llorando.
Para animarla un día, la mamá de Laura pinto sus alas de rojo.
A la mañana siguiente, nadie saludo a Laura en el camino de la
escuela.
Al llegar, todos sus amigos parecían ignorarla.
Laura se sentó sola. Nadie notó sus nuevas alas rojas. Hasta que
encontró a la señorita Teresa:
---Laura, ¿eres tú? –dijo-. Te ves muy diferente, ¡has pintado tus
preciosas alas amarillas!
Los compañeros de Laura se sorprendieron.
---¡Tus alas son amarillas!, sin ellas no sabíamos quien eras.
---Laura, -dijo la señorita Teresa-, tus alas amarillas hacen parte de ti,
te hacen única y especial.
Así como las piernas de Lili y el lunar de Luis: ¡todos somos diferentes!
De vuelta a casa, Laura tomo un largo baño y se restregó.
Sus alas amarillas brillaron.
---¡No volveré a pintar mis alas! –pensó- .
Tal vez una o dos veces, solo para probar otros colores. Nunca para
esconderlas.
EL ZAPATERO Y LOS DUENDES
Érase una vez un zapatero muy pobre que vivía con su esposa.
Aunque él trabajaba con mucha diligencia y sus zapatos eran de
excelente calidad, no ganaba lo necesario para mantener a su familia.
Terminó siendo tan pobre que solo le quedaba el dinero para comprar
el cuero con que hacer el último par de zapatos.
Con mucho cuidado cortó el cuero y colocó las piezas en su mesa de
trabajo para coserlas a la mañana siguiente.
Al llegar la mañana, en lugar del cuero que había dejado, el zapatero
se sorprendió al encontrar un hermoso par de zapatos. Eran tan bellos
los zapatos, que un hombre pasó por la tienda y los compró por el
doble del precio. El zapatero fue a contárselo a su esposa:
— Con este dinero, compraré el cuero para hacer dos pares de
zapatos —dijo entusiasmado.
Esa noche cortó el cuero y nuevamente colocó las piezas en su mesa
de trabajo para coserlas en la mañana.
A la mañana siguiente, encontró dos pares de zapatos relucientes y
perfectos. Estos zapatos se vendieron por un precio aún más alto.
Todas las noches, el zapatero dejaba el cuero cortado en su mesa de
trabajo y todas las mañanas encontraba más pares de zapatos. Muy
pronto, la pequeña tienda se hizo famosa y el zapatero se convirtió en
un hombre muy rico.
El zapatero y su esposa se sentaron junto al fuego una noche:
— ¿Qué te parece si nos escondemos para conocer a quien nos ha
estado ayudando? —dijo el zapatero.
El zapatero y su esposa se escondieron. Alrededor de la medianoche,
vieron a dos pequeños duendes entrar furtivamente en la tienda de
zapatos. Rápidos y habilidosos, los duendecillos hicieron un par de
zapatos en un instante. Era invierno y los hombrecillos vestidos con
ropas harapientas, temblaban mientras trabajaban.
—Pobres duendecillos, deben sentir mucho frío —susurró la esposa a
su marido—. Les haré dos abrigos de lana, así estarán más calientitos.
A la medianoche siguiente, al lado del cuero, los dos duendecillos
encontraron dos elegantes abrigos rojos con botones dorados y se los
pusieron inmediatamente. Fue tanta la alegría que bailaron y cantaron:
—¡Qué hermosos abrigos! Nunca volveremos a tener frío.
Pero cuando uno de los pequeños duendecillos le dijo al otro:
—Sigamos trabajando.
El otro respondió:
—¿Trabajo? ¿Para qué? Con dos abrigos como estos ya somos ricos.
Nunca más tendremos que trabajar.
Los dos duendecillos se fueron por donde habían llegado y nunca más
se les volvió a ver.
La tienda continuó prosperando, pero el zapatero y su esposa siempre
recordaron a los buenos duendecillos que los habían ayudado durante
los tiempos difíciles.
MARÍA Y EL PANADERO AVARO
Érase una vez, en un pequeño pueblo de Perú, una humilde joven
llamada María que vivía frente a una panadería. Todos en el pueblo le
tenían aprecio porque era muy trabajadora y de buen corazón. Para
pagar sus alimentos, María limpiaba casas y lavaba ropa ajena.
El panadero, vecino de María, horneaba los mejores panes, pasteles y
tartas de todo el pueblo. Pero él era un hombre codicioso y áspero que
rara vez tenía una palabra amable que ofrecer. Aun así, su panadería
siempre estaba llena de gente, porque nadie podía hornear tan bien
como él.María y el panadero rara vez cruzaban palabra, pero la joven
amaba los olores que provenían de la panadería. Antes del amanecer,
mientras el panadero horneaba, María se acercaba a la ventana de la
panadería para deleitarse con los deliciosos aromas.
—¡Ah, qué deliciosos olores! —Exclamó la joven—. No tengo cómo
comprar los panes y pasteles, pero me siento feliz solo con olerlos.
El panadero alcanzó a escuchar a María y furioso le dijo:
—Si te sientes feliz con los olores, tendrás que pagar por ellos.
De un portazo cerró la pastelería y salió camino abajo hacia el
juzgado. Cuando llegó ante el juez, dijo:
—María me debe dinero porque me ha robado.
Y presentó su caso. El juez lo escuchó atentamente y citó a María a
juicio ordenándole traer diez monedas de oro.
Pronto, la gente del pueblo se enteró de la noticia y acudieron a la
casa de María. Entre todos habían reunido las diez monedas de oro.
Llegó el día del juicio y María se presentó al juzgado con las diez
monedas de oro dentro de una bolsa.
—María —dijo el juez—, ¿has estado oliendo las tartas, pasteles y
panes del panadero?
—Sí, señor Juez, lo confieso —dijo María—. Por la mañana me deleito
con todos esos maravillosos olores; estos se confunden con el aire
cuando salen por la ventana.
El juez se quedó en silencio. Todo el pueblo, reunido en la sala del
juzgado también guardó silencio.
Después de varios minutos, el juez se levantó.
—He llegado a un veredicto — dijo—. Te encuentro culpable de robar
los olores del panadero. Ahora es el momento de tu sentencia.
Acércate al panadero y sacude la bolsa que traes con las diez
monedas.
María, muy desconcertada con la extraña petición, se acercó al
panadero y sacudió la bolsa.
Todos escucharon el sonido de las monedas.
El juez miró al panadero y le preguntó: —¿Has escuchado el sonido
de esas monedas?
—Claro que sí Señor Juez —respondió el panadero.
—¿Y es un sonido encantador para ti? —preguntó el juez.
—Claro que sí, señor Juez —respondió el panadero.
—Bien entonces —dijo el juez —. María ha robado los olores de tu
panadería y te ha pagado con el sonido de las monedas. ¡Caso
cerrado!
EL EMPERADOR Y EL RUISEÑOR
El palacio del emperador de China estaba completamente hecho de
porcelana, siendo el más espléndido del mundo entero y también el
más frágil. Su jardín de flores perfumadas y maravillosas era tan
extenso que ni el propio jardinero tenía idea de dónde terminaba. Si
llegaras a recorrer las tierras imperiales, te encontrarías en el bosque
más frondoso que puedas imaginarte, lleno de altos árboles y
profundos lagos. Aquel bosque llegaba hasta el mar hondo y azul;
grandes embarcaciones podían navegar por debajo de sus ramas, y
allí vivía un ruiseñor que cantaba tan primorosamente que los
pescadores, a pesar de todas sus ocupaciones, se detenían para
escuchar sus trinos.
De todos los países llegaban viajeros que admiraban el palacio y el
jardín, pero en cuanto oían al ruiseñor, exclamaban:
—¡Este canto es el mejor del mundo!
Los comentarios llegaron a oídos del emperador, quien ordenó a sus
hombres encontrar el ruiseñor y traerlo ante su presencia para
escucharlo cantar.
Los hombres se dirigieron al bosque, al lugar donde el pájaro solía
situarse. En el camino se encontraron con una niña que conocía el
lugar donde vivía el ave. Avanzaban a toda prisa, cuando una vaca se
puso a mugir.
—¡Oh! —exclamaron los hombres—. ¡Ya lo tenemos! ¡Qué fuerza para
un animal tan pequeño!
—No, esa es una vaca que muge —dijo la niña—. Aún nos falta
mucho por llegar.
Luego, escucharon las ranas croando en una charca.
—¡Magnífico! —exclamó uno de los hombres—. Ya lo oigo, suena
como las campanillas de la iglesia.
—No, esas son ranas —contestó la niña—. Pero creo que no
tardaremos en oírlo.
Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.
—¡Es él! ¡Escuchen, escuchen! ¡Allí está! —Dijo la niña—, señalando
un ave gris posada en una rama.
—¿Es posible? —Dijeron los hombres—. Jamás lo hubiéramos
imaginado así. ¡Qué feo y ordinario! Seguramente habrá perdido el
color, intimidado por unos visitantes tan distinguidos.
—Mi ruiseñor —dijo la niñita en voz alta—, nuestro emperador quiere
que cantes en su presencia.
—¡Con mucho gusto! — respondió el pájaro—, y reanudó un canto
que daba gloria escucharlo.
En medio del gran salón donde estaba el emperador, habían puesto
una percha de oro para el ruiseñor. Toda la corte estaba presente, y la
niña había recibido autorización para situarse detrás de la puerta.
Todos llevaban sus vestidos de gala, y todos los ojos estaban fijos en
la avecilla gris, a la que el emperador hizo un signo para comenzar su
canto.
El ruiseñor cantó tan hermosamente que las lágrimas acudieron a los
ojos del emperador y cuando el pájaro las vio rodar por sus mejillas;
cantó desde el alma. El llanto del emperador lo hacía sentir
recompensado.
Un día, el emperador de Japón le envió al emperador de la China un
hermoso ruiseñor mecánico. Este ruiseñor estaba cubierto de gemas
preciosas y también cantaba maravillosamente. Todo el mundo olvidó
al humilde ruiseñor, y tristemente, el ave se fue volando. Toda la corte
tachó al ruiseñor de ingrato y fue desterrado.
Un día, la cuerda del ruiseñor mecánico se desgastó y su trino artificial
cesó sin que alguien encontrara la manera de arreglarlo.
Pasaron los años y el emperador se enfermó de gravedad, ningún
doctor podía curarlo. De pronto resonó, procedente de la ventana, un
canto maravilloso. Era el ruiseñor posado en una rama. Enterado de la
desesperada situación del emperador, había acudido a traerle
consuelo y esperanza; cuanto más cantaba, más se recuperaba el
emperador.
Fue así como el fiel ruiseñor que había sido olvidado y desterrado
regresó todos los días a cantarle al emperador.
LAS RANAS Y EL BALDE DE LECHE
Érase una vez dos ranitas hermanas que vivían en un lago cerca de
una granja lechera. Una mañana soleada, las dos ranitas jugaban y
cazaban moscas en el lago. Pero después de un rato se aburrieron y
saltaron con emoción hacia una granja lechera donde nunca antes
habían estado. ¡Era el día perfecto para explorar!
Al llegar, encontraron un balde lleno hasta la mitad con leche y como
ranitas que se respeten, saltaron para nadar en él.
Pronto se dieron cuenta de que el líquido blanco en el que estaban
nadando era muy delicioso y se llenaron el estómago con leche fresca
y cremosa. Al cabo de unas horas, decidieron que era tiempo de saltar
del balde y regresar al lago, pero las paredes del balde eran
demasiado resbaladizas y el borde quedaba demasiado alto. ¡Estaban
atrapadas!
Las dos ranitas nadaron y patalearon, luchando por salir. Hasta que
finalmente la ranita mayor dijo:
—Esto es inútil, nunca saldremos de aquí, no puedo nadar más, así
que voy a dejar de patalear.
La ranita mayor cerró los ojos y se quedó flotando en el líquido blanco.
Pero la ranita menor no quería darse por vencida, así que siguió
luchando para salir del balde:
—Puede que nunca salgamos de aquí, pero seguiré nadando y
pataleando hasta que no me queden fuerzas —dijo con convicción.
La ranita menor tenía la esperanza de encontrar una salida si se
esforzaba lo suficiente. Finalmente, la ranita menor se agotó por
completo y tuvo que dejar de nadar; no le quedaban fuerzas para
continuar. No obstante, cuando estaba a punto de darse por vencida,
no se hundió. La ranita había nadado y pataleado tanto que había
convertido la leche en un enorme trozo de mantequilla desde el cual
era muy fácil saltar.
—Abre los ojos hermanita —le dijo a la ranita mayor— ¡Es hora de
regresar a casa!
—¡Gracias hermanita! —exclamó feliz la ranita mayor— Si no es por tu
perseverancia nunca hubiéramos salido de este lugar.
Las dos ranitas regresaron al lago muy agradecidas de haber
sobrevivido.