Jason Henderson
Zoe, Costa Rica
120819
LEVÍTICO 21-24
En Levítico 21 encontramos algo interesante:
“Entonces el Señor dijo a Moisés: Habla a los sacerdotes, los hijos de Aarón, y
diles: Ninguno se contamine con persona muerta entre su pueblo, salvo por
sus parientes más cercanos, su madre, su padre, su hijo, su hija o su
hermano, o por su hermana virgen, que está cerca de él, por no haber tenido
marido; por ella puede contaminarse” (vs. 1-3).
Todo este libro trata de un pueblo separado, santificado, un pueblo celestial, y ahora
el cuerpo de Cristo es el cumplimiento de este cuadro. Somos un reino de
sacerdotes desde la perspectiva de Dios, y aquí vemos una advertencia con relación
a lo muerto. Que no debemos contaminarnos con una persona muerta, con una
persona sin vida. Aquí, en estos versículos, una persona muerta es un cadáver, pero
para nosotros una persona muerta es una persona sin la vida de Cristo.
¿Qué significa contaminarnos con una persona sin vida? Pablo dijo esto mismo en
una de sus cartas:
“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo
tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y
qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y
qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?...limpiémonos de toda
contaminación…” (2 Corintios 6:14-16 y 7:1).
El mundo muerto puede tener un efecto en nuestras almas. Como ciudadanos del
cielo (los que están en Cristo), seguir viviendo en, para, y con este mundo, o estas
personas muertas, no es una buena idea. Va a tener un efecto, va a cambiar nuestra
perspectiva, nuestro sentido de la realidad, va a distraernos, tocarnos, influenciarnos
de muchas maneras. Pablo, en esta carta, está tratando de evitar que los cristianos
intenten conectar en la carne, algo que no está conectado al Espíritu. Quiero decir,
puesto que el pueblo de Dios y el mundo muerto no tienen nada en común, no
comparten la misma vida, perspectiva, metas, identidad, propósito, naturaleza,
destino, etc...debemos tener mucho cuidado con los vínculos que establecemos con
el mundo. “Ninguno se contamine con persona muerta entre su pueblo”
La única excepción en el versículo de Levítico es la familia inmediata, es decir, con
los que tenemos que relacionarnos en la carne, con las personas que tenemos
responsabilidades naturales. No estoy diciendo que no debamos relacionarnos con
nadie más fuera de nuestras familias, sino estoy aconsejando que debemos tener
cuidado con las personas muertas, porque es muy fácil contaminarnos si estamos
tratando de compartir nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro todo… con ellas, con un
mundo muerto.
Tenemos que darnos cuenta del hecho, de que aunque nunca vamos a ser la Semilla
que Dios busca, y no podemos hacer que esa Semilla crezca, lo que sí podemos
hacer es evitar los estorbos, lo que impide que la Semilla de Dios crezca. Cómo
pasamos nuestro tiempo, en qué ponemos nuestros ojos, dónde está nuestro
corazón, etc.
Muchas veces los cristianos, en general, no entienden que nosotros no podemos
producir el crecimiento. Pensamos que hacer ciertas cosas y no hacer otras es crecer
espiritualmente; ahí nos confundimos. Y aún, si entendemos que todo es Cristo, la
Semilla es Cristo, y el crecimiento viene de Dios, a veces concluimos que no importa
lo que hagamos porque la obra es de Dios. Hay verdad en eso, pero también hay un
peligro, el peligro de no entender que aunque no podemos producir el
crecimiento de la Semilla, sí podemos ser una tierra favorable para que Ella
crezca.
En este capítulo de Levítico, tenemos un cuadro de que nuestras relaciones no sólo
con las personas sino con las cosas muertas, es invertir o sembrar en un mundo
muerto. Es como separar semillas, luego sembrarlas, y esa siembra en el mundo
muerto va a producir una cosecha, y esa cosecha va a requerir más tiempo y más
inversión. Esto es lo que dice Pablo en Gálatas:
Gal 6:8 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el
hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne,
de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu
segará vida eterna”
Para mí la palabra sembrar aquí tiene que ver con la inversión de nuestro corazón,
tiene que ver con el lugar donde estamos tirando la semilla con la expectativa de
segar el fruto o el incremento. Nadie puede romper esta regla, Dios no puede ser
burlado.
Esto lo vemos en Levítico 21. Invertir nuestro corazón en un mundo muerto va a
producir contaminación, corrupción. ¿Qué es contaminación, o corrupción? Es
cuando algo sucio empieza a mezclarse con algo limpio. Y es interesante que Pablo
advierta que no entender esto es engañarnos. La gente siempre está pensando que
no es así. A veces me preguntan: “Jason, ¿por qué no estoy experimentando la
revelación de Cristo, o el incremento de la perspectiva de Dios en mi alma? ¿Por qué
la obra consumada de Dios en la cruz es más para mí una doctrina que una
experiencia?” A veces me gustaría responder: “No se engañe, de Dios nadie se burla,
todo lo que el hombre siembra eso cosecha”. ¡Es una ley espiritual! ¿En cuál mundo
estamos sembrando? ¿Dónde estamos invirtiendo nuestro corazón? Donde ponemos
nuestro corazón, ahí encontraremos nuestra cosecha.
Hay algo interesante en el versículo 6 de Levítico 21:
“Serán santos a su Dios y no profanarán el nombre de su Dios, porque
presentarán las ofrendas encendidas al Señor, el alimento de su Dios; por
tanto, ustedes serán santos”.
Algunas versiones dicen “pan”. Hay, por lo menos siete veces en el Antiguo
Testamento, una mención a las ofrendas como el pan de Dios, el alimento de Dios.
Es una descripción muy interesante. ¿En qué sentido eran los ofrendas el pan de
Dios? Primero tenemos que recordar que las ofrendas representaban a Cristo
subiendo al Padre. En las ofrendas Dios recibía de Su pueblo el incremento y la
fragancia de Su Hijo, y esto es adoración. Si hemos visto a Cristo como lo que Dios
siempre ha querido y el incremento de Cristo obrando en Su pueblo como la
fragancia aceptable para Él, entonces, la adoración tiene que ser el incremento y la
fragancia del Hijo obrando en nosotros. Creo que es en este sentido que Cristo es el
“alimento” o “pan” de Dios. Obviamente, no es como si Dios tuviera que comer.
Pero Cristo es lo que le satisface a Dios, lo que le agrada a Dios.
Veamos lo que dice el versículo 21:
“Ningún hombre de la descendencia del sacerdote Aarón que tenga defecto se
acercará para ofrecer las ofrendas encendidas del Señor; porque tiene defecto
no se acercará para ofrecer el alimento de su Dios”.
Y no es que Dios tenga algo en contra de los cojos, ciegos, rostro desfigurado,
extremidad deformada… (v.18 y 19). ¡Es que estos defectos representan algo que no
es Cristo, eso es todo! Todos los animales, sacerdotes, olores, rituales, TODO tenía
que ser un cuadro perfecto de lo que venía en el Hijo de Dios.
LEVÍTICO 22 y 24
Ahora, miremos algo acerca de Levítico 22 y de Levítico 24. Me llama la atención
algo de lo que ya hemos hablado varias veces. En estos capítulos hay muchas reglas
de cómo deben ofrecerle a Dios Sus sacrificios y ofrendas. Tanto el sacerdote como
todo lo relacionado con el sacerdocio, y la ofrenda y todo lo relacionado con la
ofrenda, tenían que se representaciones perfectas de la sustancia. Al leer estos
capítulos me impacta cuán equivocados estamos nosotros al pensar que la sustancia
no tiene que ser el cumplimiento de las sombras. Por eso hablamos en la iglesia de
hoy, de adorar y ofrecerle a Dios tantas cosas que no tienen que ver con el
cumplimiento de las sombras, ni con el incremento y fragancia de Cristo. Aunque
Dios detalla tantas reglas que involucran estas ofrendas, hoy le ofrecemos cualquier
cosa que venga a nuestra mente para adorarlo y servirle.
En Romanos 1:9 Pablo dice: “Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu
en el evangelio de su Hijo…” Esta palabra “sirvo” es la misma palabra que se usaba
en el servicio del sacerdocio, y en otros lugares se traduce “adorar”. Pablo habla de
un servicio a Dios que está sucediendo en su espíritu, en el hombre interior. En
Filipenses 3:3 vemos lo mismo, “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en
espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza [ni la
adoración, ni el servicio] en la carne”. Esta palabra “servimos” no es la palabra
tradicional que describe lo que hace un siervo, un esclavo, sino la palabra que se
refiere al ministerio del sacerdote.
Tenemos que entender el cumplimiento del sacerdocio, pero antes que nada,
tenemos que entender el “cumplimiento” como el cambio de sustancia y lugar. La
sustancia siempre es el cumplimiento espiritual de la sombra natural. El lugar donde
ocurre esta adoración o servicio, es el hombre interior. Si no hemos entendido esto
no podremos entender Levítico. El libro de Levítico es un cuadro externo de lo que
significa adorar a Dios “en espíritu y verdad”.
¡Cuántas ideas hay en la iglesia acerca de servirle a Dios! Pero sólo hay una cosa que
está definida por muchos tipos y sombras, y esa es, que servirle a Dios, que adorar a
Dios debía ser de acuerdo al patrón, y el patrón era Cristo. Si no vemos que el
patrón era Cristo, por lo menos deberíamos ver que había un patrón y ese patrón era
definitivo para Dios; pero nos deshacemos del patrón y le ofrecemos a Dios nuestras
ideas adámicas, nuestros becerros de oro. El servicio siempre ha tenido la misma
definición, y la definición es, ofrecerle a Dios el incremento de lo que Él ya nos ha
dado de su Hijo.
Entonces, la primera parte de Levítico 22 trata de las ofrendas que la congregación
llevaba al sacerdocio.
“Di a Aarón y a sus hijos que se abstengan de las cosas santas que los hijos
de Israel me han dedicado, y no profanen mi santo nombre” (22:2).
Había ciertas ofrendas que eran solamente para Dios y los sacerdotes no las podían
comer, otras sí; otras sí las podían comer como su alimento. No lo tengo muy claro,
pero me parece que tanto el pueblo como Dios, recibía su alimento, recibía su
porción de lo que se le ofrecía a Cristo. Cristo es nuestro pan y nuestra vida, y
también es la ofrenda que Dios recibe de nosotros.
El diezmo es un buen ejemplo de esto. El pueblo vivía por la vida de Cristo que Dios
les ofrecía en cuadros como cosechas, bendiciones, victorias, incremento…y a la vez,
la expectativa de Dios era que dicho incremento se usara para devolverle una porción
de Cristo en la forma del diezmo. Esto me pinta un cuadro en continuo
ensanchamiento, ellos siempre recibían más y más de Cristo y le devolvían a Dios
más y más. Cristo era la vida del pueblo y la ofrenda de Cristo a Dios. Así también
es con la iglesia. Cristo es como vivimos, como recibimos y experimentamos Su
naturaleza, justicia, luz, mente...pero también es la fragancia agradable para Dios,
como dice Pablo en 2 Corintios.
En este capítulo de Levítico podemos ver cuán particular y detallado es Dios con
respecto a lo que se le ofrece. Dios no va a tomar nada de Cristo que esté
contaminado con la carne. Las ofrendas tenían que ser Cristo representado en el
sacerdocio, Cristo representado en las ofrendas, Cristo representado en la pureza…en
todo. El servicio se define de una manera muy particular, y todo tenía que ser una
representación muy estricta de Cristo.