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El Padre Jose Maria Velaz S

Este documento describe la vida y obra del Padre José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría. Nació en Chile en una familia devota y se convirtió en jesuita para servir como misionero. Fue enviado a Venezuela en lugar de China, y allí fundó Fe y Alegría para brindar educación a las masas a través de la evangelización. Consideró la educación como el principal instrumento para cristianizar a los abandonados y llevó las banderas de Fe y Alegría a 13 países latinoamericanos.

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El Padre Jose Maria Velaz S

Este documento describe la vida y obra del Padre José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría. Nació en Chile en una familia devota y se convirtió en jesuita para servir como misionero. Fue enviado a Venezuela en lugar de China, y allí fundó Fe y Alegría para brindar educación a las masas a través de la evangelización. Consideró la educación como el principal instrumento para cristianizar a los abandonados y llevó las banderas de Fe y Alegría a 13 países latinoamericanos.

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EL PADRE JOSE MARIA VELAZ S.J.

Hay hombres que sembraron sus vidas en la tierra fértil del servicio. Por eso, fueron
capaces de levantar grandes cosechas en el corazón de multitudes. Uno de estos
hombres fue el Padre José María Vélaz, el fundador de Fe y Alegría, ese movimiento
educativo que, nacido en un rancho de Caracas, ha llevado sus banderas de
Educación Popular Integral a los barrios y campos de trece países latinoamericanos.
El Padre José María Vélaz nació en Rancagua, Chile, en el seno de una familia en la
que se vivía a fondo el cristianismo. Su abuela materna le sembró una especial
devoción a la Virgen que habría de durarle toda la vida y que le brindaría momentos
de especial consuelo y plenitud espiritual, especialmente con el rezo del rosario. El
propio Padre José María confiesa que lo rezaba todos los días, incluso los quince
misterios, y en la cumbre de su vida recordará con especial cariño a su abuelita
como “una de esas Viejecitas Santas que después de darle su vida a sus hijos, a
sus nietos, a sus huéspedes, pues tenía un hotel, a sus pobres a quienes recibía
como a Cristo, ya con más de 80 años, casi paralítica en su cama, sacaba los brazos
sobre las sábanas y rezaba, hora tras hora, sus Rosarios.
En su fino rostro arrugado, pero siempre sonrosado, brillaban de dulzura y felicidad,
sus ojos alegres. Un rosario para cada uno de sus cinco hijos, otro para cada uno
de sus yernos, y otros para sus once nietos. Pero, como entre estos últimos, había
dos que ella consideraba en mayor necesidad espiritual, a esos les ayudaba con dos
Rosarios a cada uno. Total y sin fatiga, 21 Rosarios de cinco decenas, es decir, 105
Padres Nuestros en plena consolación” (Cartas del Masparro, pág. 134).
Cinco años tenía José María, que era el mayor de los cuatro hermanos, cuando
murió el padre de un infarto. La mamá tuvo que atender con toda energía los
negocios y el cuidado y atención de cuatro niños muy pequeños. Este hecho marcó
profundamente al joven José María que siempre fue un arduo defensor del valor,
capacidad y entereza de las mujeres.
Cinco años después de la muerte del padre, la familia se volvió a España. Estos diez
años chilenos le dejaron a José María recuerdos de montañas, de potreros, árboles
y ríos. Y allí, de los labios del río Cachacual, en el que se dio sus primeras
zambullidas, aprenderá a vivir en la inestabilidad del darse permanente. Su vida
habrá de ser río, un perenne deslizarse dando vida. Chile se le quedó también para
siempre en el alma como raíz de su profunda sensibilidad latinoamericana, de su
viveza, de su carácter romántico y aventurero.
En España, la familia se estableció en Loyola, a la sombra del santo Fundador de la
Compañía de Jesús. Vendrán años de estudio y de trabajo, de estrechez económica,
de domar el espíritu y templarse para cosas grandes. Serán también años de
muchos y apasionados sueños. El mismo José María nos recuerda cómo estando
interno en el colegio de los jesuitas de Tudela en que “nos imponían aquellos
siniestros estudios de dos horas o más, yo iba feliz a ellos, porque a los cinco
minutos de riguroso silencio, con los codos clavados en el pupitre y las manos
apoyando la frente y cubriendo los ojos, con una pantalla protectora, ya me había
fugado de aquella cárcel de rutina y viajaba por las islas madrepóricas de las
Marianas y Carolinas, o por las selvas de la Amazonia o por la Taiga Siberiana. A
veces, acompañaba de cerca a Simbad el Marino” (Cartas del Masparro, pág. 205).
En sus sueños podía ser pastor de numerosos rebaños de ovejas, general invicto de
grandes ejércitos triunfadores o tribuno que defendía con un verbo contundente los
derechos del pueblo. Poco a poco, sin embargo, un sueño especial se fue
imponiendo sobre todos los demás: sería misionero para llevar la luz del evangelio
a las inmensas multitudes que lo desconocían. Se convertiría en un nuevo Francisco
Javier. Si Javier había muerto a las puertas de la China, él continuaría su obra
cristianizadora con el mismo ímpetu y el mismo entusiasmo.
Para poder realizar este sueño, abandonó sus estudios de Derecho y se hizo jesuita.
Sus estudios y la situación política de España lo llevaron por varios países europeos
y, cuando estaba esperando ser enviado a China, sus superiores decidieron
mandarlo a Venezuela:
“Yo llegué a Venezuela hace ya más de 48 años -escribió Vélaz en El Masparro-. Me
da como miedo decirlo, pues me parece mentira. Llegué con cierto desengaño, pues
toda mi ilusión apostólica era ser Misionero en China. A esta Misión estuve
destinado cinco años y cuando desterrado en Bélgica, me preparaba para viajar al
Oriente, me llegó una cartica de mi Provincial, que me cambió diametralmente el
rumbo: ‘Viento del Este, Viento del Oeste’ y caí, casi sin quererlo, en Venezuela.
Tengo que decir que Venezuela me fue ganando poco a poco hasta enamorarme
totalmente. Pero mi trabajo fue durante muchos años seco y duro, con una
sensación de trabajar una tierra difícil y de frutos distantes en la esperanza.
Ahí quedaron largos años en los Colegios y después de un tirón, ya casi 30 años en
Fe y Alegría, con Fe oscura, pero firme en que la siembra educativa daría resultados
abundantes, aunque tardara mucho la cosecha de la alegría” (Cartas del Masparro,
pág. 174).
Al llegar a Venezuela, trabajó unos años en el Colegio San Ignacio de Caracas y
regresó a Europa a continuar sus estudios de teología y a ordenarse de sacerdote.
De regreso a Venezuela, permaneció dos años en Caracas y, en agosto de 1948, fue
nombrado rector del Colegio San José de Mérida. Allí se reencontró con los Andes
que lo volverían a aguijonear una vocación de grandeza en el servicio, una
permanencia en la audacia y en el riesgo. A Vélaz le atraerían siempre las
montañas, los ríos, las llanuras infinitas, los árboles. El plantó con sus propias
manos cientos de árboles, denunció los crímenes ecológicos de las compañías
maderas, a las que llamó “Mataderos Forestales” y “Mataderos Industriales para la
Deforestación y el Afeamiento del Territorio Nacional”, y se cuenta que, cuando
construían San Javier del Valle, hizo guardia varios días para evitar que las
máquinas tumbaran algunos arbolitos. Y hasta un pobre fresno comido por las
vacas, fue objeto de su especial predilección y mereció una de sus poesías:

Era un niño al que le han mordido


los brazos y el rostro.
Pobre fresno lleno de cicatrices y muñones
se ha quedado enano
cuando sus hermanos detrás de la cerca
se mecen gigantescos en la altura.
Torcido está.
Tres pequeñas ramas verdes le dan aliento todavía.
Yo quisiera alargárselas siquiera medio metro
a fin de que estuvieran más altas
que los hocicos destructores
y pudiera fugarse hacia el cielo
para darle fuerza a las raíces
y robustez al tronco
que corrigiera tantas torceduras.

Siendo Rector del Colegio San José de Mérida, el 15 de diciembre de 1950, 27


alumnos del colegio perecieron en un accidente aéreo. Volvían a Caracas llenos de
alegrías, ilusiones y prisas, a pasar las navidades con sus familias. Pero el avión,
como un pájaro apedreado, cayó para siempre en el páramo Las Torres (Edo.
Trujillo).
El Padre Vélaz ideó en su homenaje una casa de retiros espirituales como un
recuerdo luminoso de ese racimo de jóvenes segados por la muerte. Y así nació la
Casa de Ejercicios Espirituales de San Javier del Valle, un lugar para mirarse hacia
adentro, para reencontrarse con Dios que habla en el rumor de la cascada, en los
labios del césped, en el colorido de las flores, y que todas las tardes se pasea con la
niebla por esos amplios corredores.
Velaz no era plenamente feliz con su trabajo en los colegios de los jesuitas. Su
corazón misionero seguía latiendo con ardor de multitudes. Primero pensó fundar
una red de escuelas en varios pueblitos andinos -Tovar, Ejido, La Puerta, Santa Cruz
de Mora...- que dependerían del Colegio de San José de Mérida. Después, cuando
terminó su período de Rector del Colegio San José, ideó una red de escuelas
campesinas por los llanos de Barinas donde le ofrecían 2.500 hectáreas al increíble
precio de 7.000 bolívares. Cuando le planteó su proyecto al Padre Provincial, no fue
comprendido: “Déjate de Quijotadas y vete a la Universidad Católica”, le dijeron.
Vélaz obedeció sin comprender. Se fue a Caracas. Allí lo estaba esperando Dios para
que fundara Fe y Alegría y así pudiera vivir a plenitud su vocación de Misionero.
Porque fundamentalmente eso es lo que fue el Padre José María Vélaz a lo largo de
toda su vida: un incansable misionero que consideró la educación como el medio
fundamental de evangelización, como el principal instrumento de cristianización de
las mayorías abandonadas. No en vano Vélaz mantuvo una especial admiración por
las reducciones de los jesuitas en el Paraguay y por las hazañas de los misioneros
de la red fluvial del Orinoco. Así como nunca pudo entender cómo la Iglesia y aún la
misma Compañía de Jesús había abandonado su pujanza misionera de siglos
pasados:
“Fe y Alegría debería de levantar la bandera de nuestros gloriosos y audaces
misioneros de la Antigua Compañía, que tantas señales de su paso han dejado
hasta hoy.
Nuestras Reducciones de los Siglos XVI, XVII y XVIII han influido en mí
poderosamente al fundar Fe y Alegría. Siempre las Misiones me atrajeron... Así
como las he admirado, no he llegado a explicarme por qué la Nueva Compañía al
regresar a América, no ha podido o no ha querido reiniciar tamaña epopeya
cristiana” (Cartas del Masparro, pág. 68).

El nacimiento de Fe y Alegría
Estando encargado de la atención espiritual de los jóvenes de la Universidad
Católica, Vélaz quiso que los estudiantes de la Congregación Mariana fraguaran una
profunda sensibilidad social al palpar la miseria en que vivían multitudes de
hermanos. Y así, los domingos solían salir a los barrios de Catia a enseñar
catecismo y repartir algunas bolsas de ropa y de comida. Pronto entendieron, sin
embargo, que el servicio cristiano, para ser de veras eficaz, se tenía que encarnar
en una amplia red de escuelas, en un vasto movimiento de educación que rescatara
a las mayorías de la ignorancia, raíz de la más profunda servidumbre. Vélaz, que
consideraba a la educación como la mayor fuerza transformadora del mundo,
pensaba que la falta de educación era la causa principal de la marginalidad y de la
miseria: “Pueblo ignorante es Pueblo sometido, Pueblo mediatizado, Pueblo
oprimido. Por el contrario, Pueblo educado es Pueblo Libre, Pueblo transformado y
Pueblo dueño de sus destinos” (Discurso en la Universidad Católica con motivo del
otorgamiento del Doctorado Honoris Causa en Educación).
La primera escuela nació de un acto de rotunda generosidad: cuando el obrero
Abrahán Reyes se enteró que el Padre Vélaz y su grupito de universitarios andaban
buscando un lugar para la escuela, les ofreció su casa. Durante ocho años,
trabajando en sus ratos libres, Abrahán y su esposa habían construido esa casa, la
habían ido moldeando con sus manos y sus sueños. Carreteaban el agua para la
mezcla en latas de manteca desde varios kilómetros. Y una vez terminada, la
ofrecieron con sinceridad y sin aspavientos. Así nació Fe y Alegría: en una casa
regalada con 100 niños sentados en bloques sobre el suelo. El gesto de Abrahán y
su señora habría de despertar múltiples y espontáneas generosidades que, desde
sus inicios, han marcado la trayectoria de Fe y Alegría: una de las muchachas
universitarias regaló sus zarcillos. Los rifaron y con lo que se sacó de la rifa se
compraron los primeros pupitres y hasta alcanzó para darles algo a las primeras
maestras. Esta fue la primera rifa de Fe y Alegría. Posteriormente, la rifa llegaría a
convertirse en una especie de cruzada nacional que aglutina infinidad de
generosidades anónimas y que, durante años, fue la principal fuente de ingresos
para sostener y aumentar la obra.
Abrahán entregó su casa, la universitaria sus zarcillos... Otros entregarían su
dinero, su fuerza, su trabajo, hasta sus vidas... Como el joven Timoteo Aguirre Pe
que murió, atropellado por un carro, cuando pegaba afiches de Fe y Alegría, en las
calles de Mérida.
Rápidamente, avivada por este montón de generosidades, Fe y Alegría empezó a
germinar en lo imposible: Debajo de una mata, en ranchos alquilados, en escuelas
que fueron creciendo sobre precipicios y quebradas, en basureros, en cumbres de
cerros, en los lugares inhóspitos que nadie ambicionaba. Para conseguir recursos,
además de la rifa, se emprendieron osadas campañas de promoción, se montaron
oficinas, se tocó al corazón de personas generosas, se dio rienda suelta a la
creatividad más atrevida: En Carora se implantarían las peleas de gallos, en
Cumaná, las carreras de burros.
El propio nombre de Fe y Alegría no fue escogido al azar. Debía recoger la propia
identidad, ser a un mismo tiempo espejo y meta: “Nuestro nombre de Fe y Alegría
no es una casualidad, ni tampoco algo intrascendente. Es un nombre totalmente
meditado, como la meta a que conduce nuestro camino. Es nuestro emblema y
nuestra bandera que fue pensada muchas horas y muchas veces. Es nuestro ‘santo
y seña’.
Somos mensajeros de la Fe y al mismo tiempo Mensajeros de la Alegría. Debemos
por lo tanto aspirar a ser Pedagogos en la Educación de la Fe y Pedagogos de la
Alegría. Dos vuelos espirituales tan hermosos y radiantes que son capaces de
enamorar una vocación. Dos Poderes y dos Dones de Dios que son capaces de
transformar el mundo” (J. M. Vélaz, Pedagogía de la Alegría).
Fe y Alegría siempre quiso ser una obra de iglesia que agrupara las generosidades
de muchos en torno a su proyecto educativo: la comunidad colaboraría con su
trabajo, levantando paredes, limpiando terrenos, pintando..., los más privilegiados
aportarían sus recursos económicos, sus influencias, sus ideas, otros darían sus
talentos, su trabajo. Y Fe y Alegría liderizaría el clamor popular de Justicia
Educativa en defensa de los derechos a la educación de los más pobres. El
Ministerio de Educación no es el amo, sino un simple administrador de los recursos
de todos. Fe y Alegría tendría que crecer fuerte para hacer oír su voz como “un
fuerte rugido de leones”.
En el Discurso que el Padre José María pronunció en la Universidad Católica con
motivo de recibir el Doctorado Honoris Causa en Educación, su voz tembló de santa
indignación:
“La Justicia a Medias es intolerable como meta.
Después de tanta lucha no nos podemos resignar a vivir en una Justicia a Medias,
recordando que las cosas estaban antes mucho peor que ahora.
Este debe ser el momento más alto, más claro, más resonante de nuestra exigencia
de Justicia Integral, en el campo educativo de Fe y Alegría.
Hay que decir que cuando a los Maestros de nuestras Escuelas gratuitas, los
Estados les pagan inferiormente, cometen una injusticia discriminativa, que se
acumula sobre la injusticia de no darnos lo que debieran para construcción y
equipamiento de los planteles. Y que cuando no les reconocen escalafón, ni otros
derechos recibidos por los demás Maestros recalcan una perniciosa injusticia.
Y que además cometen una insigne torpeza administrativa(...)
Nuestra bandera es bandera de Justicia en Educación de los más pobres,
discriminados, inferiorizados, insultados en su dignidad humana en Estados que se
proclaman igualitarios y democráticos.
A Fe y Alegría le ha tocado romper las barreras de la injusticia estadista,
neciamente centralizadora”.

Vélaz, el Educador
Fe y Alegría se define como un movimiento de Educación Popular Integral. En estas
dos palabras, ‘Popular e Integral’, tan preñadas de sentido, se compendia la esencia
de su propuesta educativa. Es, Fe y Alegría quiso echar su suerte con los más
pobres. Frases como “ Fe y Alegría comienza donde termina el asfalto, donde no
gotea el agua potable, donde la ciudad pierde su nombre”, reflejarán su
inquebrantable decisión de insertarse con los más desposeídos: “ Nos hemos
atrevido a levantar una bandera -escribirá Vélaz- cuando tantos arrían y desdeñan
las banderas. Nuestra bandera ha sido la Educación Integral de los Más Pobres, es
decir, de los más menospreciados e ignorantes, y como estos son muchos millones,
nos hemos atrevido a la Educación de Millones. O lo que es lo mismo: a la
liberación de millones, a la evangelización de millones, a la salvación de millones”
(Fe y Alegría. Características Principales e instrumentos de acción). Y esto como
una consecuencia simple y lógica de tomar en serio el cristianismo: “Porque Fe y
Alegría cree firmemente en que Dios es nuestro Padre y en que todos los hombres
son nuestros verdaderos hermanos, queremos realizar la obra de Justicia más
urgente: Educar a los más pobres, que son más pobres, porque son más
ignorantes”. “Dios no hizo estos Hermanos nuestros para la miseria. La maldad de
los hombres los ha vuelto miserables. Miserable quiere decir merecedor de
compasión. Pues si merecen la compasión de Dios y nuestra compasión de
Hermanos, a nosotros nos toca hacer dinámica esta compasión” (Cartas del
Masparro, pág. 34y 117).
La educación de Fe y Alegría no puede ser “una pobre educación para los pobres”,
sino que tiene que ser una educación de calidad, “la mejor educación para los más
pobres”, una educación integral que forme a la persona en su totalidad.
Si la educación es para el Padre José María un instrumento de liberación y de
humanización, si por medio de ella contribuimos a continuar el plan salvífico de Dios
que quiere el desarrollo pleno de cada hombre, no bastará educar a todos los
hombres, sino que habrá que educar a TODO el hombre. Tendremos que rescatar a
la educación de su acadecismo vacío y estéril en que está atrapada, para hacer de
ella un medio de crecimiento personal y social. Educar a todo el hombre supone
tomar en cuenta al alumno en su totalidad de persona y como miembro de una
determinada comunidad, y no como mera cabeza o como un receptáculo a llenar
con conocimientos muertos. Habrá que atender su estómago si tiene hambre, su
salud resquebrajada, su corazón herido por el desamor. Habrá que hacer de él una
persona fuerte, generosa, de manos trabajadoras y pies solidarios, con una
sexualidad y una afectividad maduras y responsables, con unos ojos críticos y
autocríticos, capaces de descubrir y apreciar lo bello, de admirar la Naturaleza
como espejo de Dios, con un olfato especial para percibir lo que sucede y las causas
porque sucede, con unos oídos atentos a los clamores de su gente, y con una
palabra que sea expresión de vida, voz valiente de los que no tienen voz. “La
educación del hombre -escribirá Vélaz- en la misma medida en que debe ser
integral y abarcarlo totalmente, tiene que dedicar su afán primordial a las
necesidades fundamentales, entre las cuales emerge, como primaria y principal, la
Alimentación y la Salud Humana”. Por ello, debemos “ diseñar una Educación
Integral en que la cabeza y el esfuerzo de los brazos tengan lugar, donde el trabajo
personal y el ensamble colectivo se practiquen, donde el buen decir se cuide y el
buen realizar estimule, donde la constancia sea aliada de la valentía, donde todo
estudio sea comprobado por la práctica, donde la confianza en sí mismo y la
necesidad de la iniciativa individual sea conjugada con la oración humilde y la
esperanza en Dios.
Nos hacen falta Academias de Cristiandad y Venezolanidad”. (Cartas del Masparro,
pág. 120 y 64).
En otras oportunidades hablará Vélaz de la necesidad de que los colegios sean
espacios de vida y de alegría, canteras de personalidades vigorosas, que se deben
transformar en “Semilleros de Hombres Nuevos”, “ Escuelas de Valentía”: “Escuelas
de leones que rujan a coro para defender sus derechos de ciudadanía”: “Enseñemos
a los jóvenes a vencerse a sí mismos y a dar su vida por la salvación de los
demás... Enseñemos a nuestros Amigos y Alumnos a arrancarse de la ley de la
gravedad universal del egoísmo y del enriquecimiento personal”. “Cada colegio de
Fe y Alegría tiene que ser una verdadera fábrica de Hombres Nuevos y de Cristianos
Insobornables”. “Pongámonos con toda el alma a preparar hombres libres, que para
poder serlo, tienen que ser antes hombres cultos, hombres técnicos, hombres
emprendedores y hombres cristianos de entrega al servicio de los demás” (Cartas
del Masparro, pág. 54 y 19).

Vélaz, el pionero
Hombre incansable, de frontera, el Padre José María nunca se contentaba con los
logros alcanzados. Siempre aspiraba más. No podíamos aburguesarnos en Fe y
Alegría cuando cada vez era mayor la magnitud del desamparo. Convencido de que
Fe y Alegría corría el peligro de rutinizarse en una serie de escuelas urbanas
tradicionales, dedicó los últimos años de su vida a impulsar una educación que
asumiera cada vez con mayor seriedad el mundo del trabajo y que preparara a los
alumnos para ejercer dignamente un oficio.
Había que emprender una cruzada educativa que lejos de considerar a la educación
como un medio para “no tener que trabajar”, fuera ella mismo trabajo, producción.
Consciente del grave daño que le había hechoado al desprecio de las manos
trabajadoras”, emprendió con toda su energía la superación de esas escuelas
tradicionales, desligadas de la vida, donde los alumnos aprenden cosas inútiles, que
no les sirven para nada y que, por ello, las abandonan antes de tiempo o las
soportan en una especie de ritual que los deja vacíos y derrotados: “Si queremos
que la Educación no cree Entes o entelequias separadas de la vida popular, tenemos
que llegar con nuestra enseñanza a aquellas actividades que le permitirán al Pueblo
una vida digna, una alimentación completa, una habitación de seres humanos, y un
nivel cultural y espiritual cónsono con los planes de la modernidad y de la
cristiandad” (Cartas del Masparro, pág. 20).
Para impulsar este tipo de educación en el trabajo productivo se fue Vélaz primero a
San Javier y cuando consideró que estaba ya bien afincado este Instituto, con un
ciclo diversificado profesional del que egresan los alumnos como Técnicos Medios en
13 especialidades, se metió llano adentro en busca de su viejo sueño de montar
una red de escuelas agropecuarias y forestales para los campesinos desamparados.
Los inicios en San Javier del Valle no fueron fáciles. La Hna. Montemayor que
convivió con el Padre José María gran parte de sus últimos años, nos recuerda cómo
sólo tenían entonces en San Javier “un montón de proyectos y de sueños y dos mil
bolívares”. Primero idearon una Escuela de Artes Aplicadas que completara con una
buena formación profesional la educación academicista que recibían los alumnos del
Valle. Pero ni ellos ni sus familiares entendieron el proyecto y no respondieron al
llamado. Surgió entonces la idea de un Internado y se fueron a reclutar alumnos
por los pueblos del Sur del Estado Mérida. Empezaron así con siete alumnos: cinco
hembras y dos varones. Al año siguiente ya tenían 72 alumnos, y al otro, 180.
Entonces, con palabras de la Hna. Monte, “tuvimos que empezar a hacer milagros
para acomodarlos a todos y darles de comer. Porque toda la obra de San Javier ha
sido un largo y continuo milagro”.
Vélaz nunca pensó de San Ignacio del Masparro como una única escuela en el
corazón de los llanos de Barinas. La entendió como la primera, la punta de lanza de
un vasto proyecto educativo de Institutos Agropecuarios Forestales que
contribuyeran a levantar de su miseria a los campesinos de Barinas:
“San Ignacio del Masparro será el inicio de una multiplicación de escuelas agrícolas
y forestales..., una bandera que no ondee sola en las orillas del río... No pretende
ser un Colegio agrícola único y sin prole. Lo que aquí se trata de lograr es un
modelo, un piloto, un Instituto que sea germen y prototipo para que Fe y Alegría
emprenda con definitivo entusiasmo y dedicación la gran Aventura de la Educación
de los Campesinos Depauperados de la Región más promisoria de Venezuela”
(Cartas del Masparro, pág. 82).
Al Padre José María le dolía en el corazón el abandono del campo y no podía
entender como la propia Iglesia vivía prácticamente de espaldas en toda
Latinoamérica al clamor de los campesinos:
“La Iglesia en conjunto se ha olvidado de lo que es la Población de nuestros
inmensos campos. Se asoma a algunos Pueblos y pueblitos pero sin ofrecerles a sus
gentes casi nada de lo que les preocupa en su desamparo espiritual y civil. El
esquema Parroquial no tiene casi nada que sobrepase un tenue servicio burocrático
para cristianos de décima categoría... Le advierto que si por algo estoy en el
Masparro y quisiera estar en 100 Masparros, es porque la Iglesia Venezolana tiene
urgente necesidad de empeñarse a fondo en el servicio a los más pobres y
Humillados, que son nuestros campesinos... Es evidente que la Educación para la
Producción Alimenticia y para la Salud, son un deber básico de la Iglesia hoy, sin los
cuales la Evangelización pura no tiene ni base, ni sostén, ni crédito, ni
ejemplaridad” (Cartas del Masparro, pág. 169, 166 y 120).
En San Ignacio del Masparro le sorprendió la muerte. Como siempre, su mente
ardía con múltiples y ambiciosos proyectos. Estaba intentando introducir a Fe y
Alegría al África, acababa de venir de la Gran Sabana donde quería iniciar una red
de escuelas para atender a “los más pobres entre los pobres”, los indígenas, sus
“Cristos desnudos”. Su imaginación desbordada que convertía cualquier suceso en
un proyecto, andaba ideando “ criadores de morrocoyes, galápagos y tortugas”,
“santuarios ecológicos”, “hatos de chigüires”, “gallineros fluviales de cachamas”,
“bosques de samanes gigantescos”, “serpentarios”, “hoteles fluviales”, “bodegas de
vino de mango”...
La noche antes de su muerte se sentía especialmente feliz. Había, por fin,
conseguido unas maestras para su escuela del Masparro, y después que cenaron
todos juntos, estuvieron cantando y celebrando. Cuando la madrugada del día 18
de julio le sobrevino el infarto, su preocupación era que no se enteraran las
maestras para que no se preocuparan. Luego, cuando adivinó que ese dolor tan
fuerte era Dios que le llamaba, pidió una oración y, a horcajadas de ella, se marchó
con la mañana y con el río a seguir soñando y dando vida en el océano del cielo.
Hoy, cuando los que hemos agarrado su bandera, estamos recordando los jalones
de su vida, debemos nutrirnos de su espíritu, de su audacia, de su tesón de pionero
para enfrentar los nuevos retos que nos plantea la situación cada vez más golpeada
de las multitudes latinoamericanas.
Porque, hoy más que nunca, cuando están tan de moda los acomodos y las
claudicaciones, “ nos hace falta en Fe y Alegría un Cristianismo comprobado por el
valor, por la austeridad en el trabajo y en el uso de los medios materiales, por la
curiosidad en el mejoramiento técnico, organizativo y humanístico, según las
condiciones geográficas y sociales de nuestro pueblo más pobre y apartado. Un
Cristianismo de Obras Activas y Vitales en bien de nuestros Hermanos más
Olvidados” (Cartas del Masparro, pág. 51).
Los retos que tenemos por delante son inmensos: “La vocación de Fe y Alegría es
todo lo que contribuya a una educación integral actualizada, incluidos, como es
lógico, los más Altos Estudios Universitarios”. Ante esos retos, es bueno que nos
sintamos pequeños, “como alguien que tuviera que escalar el Himalaya con los pies
descalzos”, pero no olvidemos que nuestra fortaleza viene de sentir que “no
estamos solos... Dios va con nosotros o mejor, vamos en el camino de Dios
ayudándole a amparar y educar a muchos de sus Hijos más pobrecitos y
desamparados que él ha querido que los cuidemos y amparemos” (Cartas del
Masparro, pág. 103).

El Padre José María Vélaz nació en Rancagua, Chile, el 4 de Diciembre de 1.910.


Contaba cinco años cuando murió su padre, quedando su madre a cargo de cuatro hijos
muy pequeños. Cinco años después regresaron a España, donde estudió en el internado
de los jesuitas en Tudela y en la Universidad de Zaragoza. En 1928 abandonó sus
estudios de Derecho e ingresó en la Compañía de Jesús. Su formación y la situación
política de España lo llevaron por varios países europeos y, cuando estaba esperando ser
enviado a China, sus superiores decidieron mandarlo a Venezuela en el año 1946.
En agosto de 1948, fue nombrado rector del Colegio San José de Mérida. Allí desarrolló
el colegio y varias obras en la zona. Después fundó una red de escuelas en varios
pueblitos andinos que dependían del citado colegio, para atender mayor número de
alumnos. Cuando terminó su período de rector ideó una red de escuelas campesinas por
los llanos de Barinas, pero el proyecto no fue aceptado por los superiores y en 1954 se
le envió a la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas. Allí, el año siguiente, fundó
Fe y Alegría.
En 1.960 se separó de la Universidad Católica, para dedicarse a tiempo completo a Fe y
Alegría que en esos momentos ya contaba con Seis Mil Alumnos -en los Barrios
Marginados de Caracas y comenzaba a extenderse a Maracaibo, Valencia, Barquisimeto
y el Oriente.
Siguieron las fundaciones en Venezuela y Ecuador (1964), Panamá (1965), Perú y
Bolivia (1966), Centro América y Colombia, El Salvador, Nicaragua y Guatemala,
siguiendo un proyecto continental de alcanzar todos los países iberoamericanos.
Su último viaje le llevó hasta Caicara, Puerto Ayacucho, la Gran Sabana, para explorar
la creación de escuelas para los indígenas. A su regreso a la escuela del Masparro le
sorprendió la muerte el 18 de julio de 1985.
Pensamiento [editar]
• "La educación de los pobres no puede ser una pobre educación"
• "la raíz más profunda de Fe y Alegría está en mi capacidad de soñar despierto"
• "Fe y Alegría es un sueño más, que va a caballo de grandes nubes de ensueños
pasados y de bellas fantasmagorías que por otra parte han sido muy realistas"
• "Nuestra Alegría debe ser el fruto y la joya de nuestra Fe."
• "Fe y Alegría no se puede casar nunca con la desesperanza. Nuestra vocación
es ser Hombres de Activa Esperanza, frente a ese escenario inmenso de pobreza
y de miseria de una gran parte de la Humanidad."''

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Vélaz's view on education was profoundly transformative, seeing it as a means to liberate people from ignorance and oppression. He considered education the primary instrument for societal change, particularly for the marginalized. His statement, "Pueblo educado es Pueblo Libre," underscores his belief that educated populations can control their destinies. This reflects his mission of not only bringing spiritual and educational opportunities but also advocating for dignity and self-sufficiency among the poor, emphasizing that "education of the poor cannot be a poor education" . His initiatives in various places, such as San Javier and the Fe y Alegría movement, are testament to his commitment to this philosophy .

Vélaz's final projects in Africa and South America encapsulated his lifelong commitment to education as a force for social change. His efforts to establish schools for indigenous peoples in South America and plans to expand Fe y Alegría into Africa demonstrated his vision of education as integral to human dignity and societal improvement. These projects reflected his belief in addressing the needs of "the most poor among the poor" and his commitment to creating inclusive education systems that offered hope and practical skills. They validated his idea that true evangelization required addressing economic and intellectual poverty alongside spiritual needs .

In Venezuela, Vélaz's experiences profoundly influenced his projects. His role as the Rector of Colegio San José de Mérida exposed him to the educational needs of the region, leading to the conception of schools in the Andes and Barinas. Despite initial resistance from his superiors, it was this exposure that catalyzed his later dedication to education, particularly through the Fe y Alegría movement. The social conditions of Venezuelan barrios, observed during his tenure at the Universidad Católica, further shaped his vision, pushing him to develop an education network addressing both spiritual and practical needs, as indicated in his work in Catia .

Vélaz envisioned Fe y Alegría as a perpetually dynamic movement, integral to advancing educational opportunities for impoverished communities worldwide. He imagined it as a living testament to his philosophy that "pueblo educado es pueblo libre." Posthumously, Fe y Alegría was to persist as a beacon of comprehensive education, combining academic, technical, and spiritual elements, embodying his dream of an empowered populace. His insights stressed the organization's need to adapt and evolve, continuing to bear the legacy of providing transformative education and thus embodying "Christianismo comprobado" through action rather than words .

Personal losses and challenges significantly shaped Vélaz's mission. The death of his father at a young age and the struggles faced by his family instilled a compassion for the marginalized. Such early adversities likely fostered resilience and a deep empathy for the poor. His experience with the tragic plane crash of his students at Colegio San José deeply impacted him, leading to the construction of the Casa de Ejercicios Espirituales in their memory, intertwining personal grief with a broader mission of hope and renewal. These experiences reinforced his commitment to expanding education as a transformative tool .

Vélaz viewed Fe y Alegría as a modern extension of the historical Jesuit missions, like those in Paraguay, which greatly influenced him. These missions successfully combined spiritual and practical education, promoting self-sustaining communities. Vélaz admired their audacity and impact on social structures, seeking to emulate their success through Fe y Alegría by integrating education and faith to empower marginalized communities. He lamented the perceived retreat of the Jesuits from such active mission work and sought to revive this blend of fervent evangelism and education in Latin America, thus renewing their historic impact .

Vélaz faced significant obstacles, including skepticism from church authorities, financial constraints, and initial community resistance to his innovative school models. Despite being branded as "quijotadas" by his superiors, he remained resolute and adapted by focusing on grassroots community support, as seen in the donation of a home for the first Fe y Alegría school. His ability to inspire and mobilize volunteers and communities to support his vision was crucial. This approach of leveraging local involvement and small resources helped him build a sustainable and expanding network of educational institutions .

José María Vélaz was inspired to found Fe y Alegría due to his deep commitment to mission work and education as means of evangelization and transformation for marginalized communities. His past experiences, such as witnessing the poverty in Catia and the influence of Jesuit missions in Paraguay, shaped his understanding of education as a tool for liberation and empowerment. Vélaz believed "Pueblo ignorante es Pueblo sometido," as he stated during a discourse at the Universidad Católica. His efforts to integrate education into communities, as illustrated in the formation of San Javier del Valle and San Ignacio del Masparro, reflect his approach of combining spiritual care with practical education for societal benefit .

Vélaz's educational model uniquely emphasized practical skills alongside spiritual development, reflecting his belief in holistic education. By combining technical and academic curricula with spiritual guidance, he prepared students both for the workforce and as informed citizens. This dual-focus was significant as it addressed immediate economic needs while fostering long-term societal change, breaking cycles of poverty by providing tangible skills and instilling values essential for communal leadership and ethical living. Furthermore, it aligned with Vélaz's vision of education as a form of profound evangelization and empowerment, affirming individuals' dignity and capacity to transform their lives .

José María Vélaz addressed the disconnect between urban and rural educational needs by consciously developing projects tailored to each context. He initiated urban-focused programs like Fe y Alegría in the barrios of Caracas, which aimed at providing education to those in urban poverty. Simultaneously, he pursued initiatives like the schools in Barinas, designed to meet the needs of rural populations, emphasizing agricultural and practical education. His efforts to juxtapose these initiatives highlight his understanding that distinct settings required different educational approaches to address unique social and economic challenges .

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