Tema 2
Tema 2
El estudio de la misma va a girar en torno a los tres conceptos básicos que ya hemos
mencionado, la jurisdicción, la acción y el proceso.
2. PERSPECTIVAS DE LA JURISDICCIÓN.
Es natural que la jurisdicción, en sus líneas fundamentales, sea estudiada desde una
perspectiva constitucional, pero no es esta la única perspectiva de la jurisdicción, porque
esta potestad del Estado esta ejercida por órganos determinados y estos, a su vez, están
integrados por personas; el régimen jurídico de las personas que ejercen la función
jurisdiccional será objeto de estudio de la jurisdicción desde una perspectiva
administrativa. Además, como la potestad que ha de ser desarrollada por esos órganos o
personas desemboca en la actividad jurisdiccional, la jurisdicción también ha de
contemplarse desde una perspectiva procesal.
A. Perspectiva constitucional.
Nuestra Constitución dedica su Título VI al Poder Judicial. Esta regulación, junto con la
dicción del Art. 1.2, supone reconocer que la jurisdicción constituye uno de los tres
poderes del Estado emanados de la soberanía nacional que reside en el pueblo español
distinto e independiente del poder Legislativo y Ejecutivo.
El art. 117 introduce un concepto nuevo al predicar la potestad jurisdiccional de los jueces
y magistrados que la ejercitan juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado. La potestad
constituye la forma de ejercer y manifestar la soberanía del Estado en el ámbito judicial,
es decir, la potestad es la forma de ejercer el poder judicial.
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Esta potestad se desarrolla bajo unas notas o principios jurídicos políticos que son:
• Independencia.
• Unidad jurisdiccional (art. 117.5 CE y 31 LOPJ)
• Exclusividad jurisdiccional (art. 117.3 CE y 2.o1 LOPJ)
• Principio/derecho al juez ordinario predeterminado por la ley (art. 24 y 117.6
CE).
a. La independencia
Precisamente la existencia del Consejo General del Poder Judicial como órgano
encargado del autogobierno de la magistratura es la muestra más palpable de la
necesaria independencia del Poder Judicial, restando de esta manera al Poder Ejecutivo,
a través de su control administrativo, posibilidades de interferir en el funcionamiento de
los juzgados y tribunales.
b. Unidad jurisdiccional.
1. Organización de tribunales.
Esto no supone que la jurisdicción se divida entre todos los órganos jurisdiccionales, sino
que estos la poseen en bloque. No se tiene parte de la jurisdicción; se tiene potestad o
no se tiene.
El principio de unidad jurisdiccional no impide que se puedan establecer tribunales
especiales, entendiendo por tales aquellos cuyo ámbito de competencias va a estar
circunscrito a determinadas materias o personas y no regulados en la LOPJ.
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• Los tribunales militares. Del tenor del artículo 117.5 CE se deriva que el ámbito
de competencia de estos tribunales debe limitarse al estrictamente castrense y a
los supuestos de estado de sitio.
• El Tribunal del Jurado. Este órgano será competente en determinadas materias
penales y está incardinado en la organización judicial ordinaria, pero el estatuto
del juez profesional y del lego que lo integra presenta muchas diferencias.
• Los tribunales supranacionales.
• Los tribunales consuetudinarios. La LOPJ, reconoce como únicos tribunales de tal
naturaleza el Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia y el Consejo de
Hombres Buenos de Murcia.
• El Tribunal de Cuentas. Por un lado, es un órgano técnico de control de las cuentas
y de la gestión económica del Estado y del sector público. Por otro lado, ejerce
potestad jurisdiccional limitada al ámbito que se denomina de enjuiciamiento
contable.
Por otro lado, la existencia de los Tribunales Superiores de Justicia como órganos que
culminan la organización judicial en el ámbito territorial de aquella no supone atribución
alguna a dichos entes territoriales, sino una adscripción territorial concreta a dichos
órganos.
c. Exclusividad jurisdiccional.
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A esta manifestación de la exclusividad se le ha denominado exclusividad en sentido
positivo para distinguirlo de la previsión contenida en el Art. 117.4 CE, en la que se
establece que “los juzgados y tribunales no ejercerán más funciones que las señaladas en
el apartado anterior y las que expresamente le sean atribuidas por la ley en garantía de
cualquier derecho”.
Es imposible atribuir la potestad jurisdiccional a otros poderes del Estado, y que, además,
los jueces y tribunales no pueden realizar más funciones que las propiamente
jurisdiccionales.
No obstante, el artículo 117.4 CE matiza aquella afirmación, en cuanto que reconoce que
los juzgados y tribunales podrán ejercer las funciones que les sean atribuidas por las leyes
en garantía de cualquier derecho. Con base a esta excepción, no es contraria al principio
de exclusividad la atribución a los jueces del control de las actuaciones administrativas
que afecten a los derechos fundamentales, ni encargarles el conocimiento de los actos
de jurisdicción voluntaria, ni el Registro Civil, tal y como dispone el artículo 2.2 LOPJ.
El principio del juez legal se encuentra reconocido en el artículo 24 CE, donde se establece
«que todos tienen derecho al juez ordinario predeterminado por la ley». En íntima
conexión con el artículo 117.3 CE, en cuanto reconoce la exclusividad jurisdiccional y con
el artículo 117.6 CE, que prohíbe los tribunales de excepción.
Dicho principio se proyecta en dos planos, por un lado va a incidir en la organización que
de los tribunales haga el legislador y por otro conduce al reconocimiento de un derecho
fundamental de toda persona, que le asegura que sus asuntos van a ser conocidos por
un juez determinado por unas normas de organización y competencia ajustadas a los
postulados constitucionales.
1. Predeterminación legal del órgano jurisdiccional. Este requisito supone que tanto la
creación como la constitución de los tribunales solo pueden realizarse a través de
una ley que, además, tiene que tener el carácter de orgánica. Prohíbe los tribunales
de excepción, entendiendo por tales aquellos que son creados infringiendo las
reglas legales de asignación de atribuciones y competencias.
Dicha matización surge como consecuencia de justificar que el derecho al juez legal
predeterminado por la ley no se corresponde con el juez natural (entendiendo por
éste a aquel que presenta más puntos de conexión con el objeto del asunto y que
resulta más accesible para la parte)
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- Predeterminación del juez-persona que debe conocer del asunto. El TC
considera que la fijación de la persona -juez o magistrado- que debe conocer
de un asunto forma parte del principio/derecho al juez legal predeterminado
por la ley. Las normas de reparto, aunque no necesitan ser aprobadas por ley
formal, si deben ser objetivas y estar prefijadas.
En un esfuerzo por distinguir qué es lo que nos interesa y qué es lo que tenemos que
dejar al Derecho Administrativo ha surgido la distinción entre:
Tras diversas modificaciones, la nueva dicción de los artículos 566 ss. Establece que los
veinte vocales del CGPJ serán elegidos por las Cortes Generales. Cada una de las cámaras
elegirá a diez vocales, por mayoría de tres quintos. De estos diez miembros, 4 serán
elegidos por juristas de reconocida competencia con más de 15 años de ejercicio de su
profesión, y los otros seis serán elegidos entre los jueces y magistrados que presenten su
candidatura.
Las funciones a través de las cuales el CGPJ ejerce dicho gobierno de los tribunales están
enumeradas en el artículo 107 LOPJ: propuesta de miembros del Tribunal Constitucional;
inspección de los tribunales; selección, formación y perfeccionamiento; provisión de
destinos; ascensos, situaciones administrativas y régimen disciplinario de jueces y
magistrados; nombramiento de magistrados del TS, presidentes y magistrados...
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C. La perspectiva procesal
La función jurisdiccional.
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recoge a nivel constitucional en el art. 117 pero sí en el art. 5 LEC como una clase de
tutela jurisdiccional.
Por todo esto y para diferenciarla de la función administrativa llegamos a dar una
definición de la función jurisdiccional, teniendo en cuenta las características que dichos
sujetos poseen, como aquella que se destina a tutelar e integrar el derecho objetivo,
individualizando el derecho en el caso concreto, juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado,
desarrollándose por órganos independientes, responsables, imparciales y objetivamente
desinteresados, estando dotadas sus resoluciones de carácter irrevocable.
A. Independencia.
1. Garantías frente a otros poderes del Estado: Se refleja en tres tipos, en primer lugar
se intenta evitar que el Poder Ejecutivo pueda manipular tanto la constitución de los
tribunales como la distribución de los asuntos entre los diferentes órganos. Por ello
se hace una reserva de LO a favor del Estado. En segundo lugar, los jueces y
magistrados se someten solo y exclusivamente al imperio de la ley, desempeñando
sus funciones de forma exclusiva. En tercer lugar, reconocimiento de la inamovilidad
de jueces y magistrados en particular. Esta constituye la máxima garantía de la
independencia judicial con respecto al Estado, sólo podrán ser removidos si
concurren algunas de las causas previstas en la LOPJ.
B. Responsabilidad.
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La contrapartida de la independencia es la responsabilidad de jueces y magistrados,
ambas características son complementarias. Los tipos de responsabilidad regulados en la
LOPJ se pueden clasificar en dos grupos:
C. Imparcialidad.
Los sistemas previstos en nuestro ordenamiento para garantizar la imparcialidad del juez
son dos, la abstención, que es el mecanismo del que dispone el juez para apartarse del
conocimiento de un asunto cuando considere que en él concurren algunas circunstancias
prevista en el artículo 219 LOPJ y que hacen pensar que su imparcialidad puede verse
afectada. Por lo contrario, la recusación, que es el mecanismo puesto a disposición de las
partes del proceso para denunciar la concurrencia de una de las causas de recusación en
el juzgador que está conociendo de su litigio.
El desinterés objetivo de la función jurisdiccional (No del juez en concreto) es la nota más
característica que permite una mejor diferenciación de esta función frente a la actividad
desarrollada por la Administración. Esto es que la Administración es juez y parte, es decir,
juzga de su propia actividad, en cambio, la jurisdicción juzga de la actividad ajena y de
una voluntad de ley que concierne a otros.
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Por otro lado, el que nuestra legislación procesal recoja supuestos en los que las
resoluciones no adquieran la fuerza de cosa juzgada, por ejemplo los procesos sumarios,
no obsta a la calificación de la irrevocabilidad como parte integrante del concepto de la
función jurisdiccional. Esto se explica con base en el hecho de que, en ocasiones, existe
una especial premura en obtener una concreta tutela por los intereses que se están
ventilando. Estos procesos son acortados, por ello se compensa permitiendo que
cualquiera de los sujetos procesales pueda volver a plantear la acción a tramitar por un
procedimiento ordinario que sí produciría el efecto de cosa juzgada.
No siempre los ámbitos de actuación del Ejecutivo y Legislativo están claros, por ello para
resolver los problemas que se puedan generar, tanto la LOPJ como la Ley Orgánica de
Conflictos Jurisdiccionales crean un procedimiento denominado Conflictos de
Jurisdicción. Cabe decir que es una denominación incorrecta ya que la Administración no
es jurisdicción y cabría hablar más correctamente de Conflictos de Atribución.
Según la LOPJ el órgano que resolverá las controversias, tanto negativas como positivas,
será el Tribunal de Conflictos de Jurisdicción formado por:
El conflicto podrá ser planteado por cualquier juzgado o tribunal, aunque los jueces de
Paz lo deben tramitar a través del Juzgado de primera instancia, o por los órganos de la
Administración designados en el art. 3 de la Ley de Conflictos Jurisdiccionales.
No se puede plantear acerca del habeas corpus, asuntos resueltos por sentencia o auto
firme, que se haya agotado por vía administrativa.
Los conflictos pueden ser positivos o negativos aunque habrá diferencias de tramitación
en función de si lo planea un juzgado o tribunal o un órgano de la Administración.
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una vista con el Ministerio Fiscal y la Administración, dictará sentencia i en 10
días.
• La Administración, de oficio o a instancia de parte, previa audiencia a los
interesados puede requerir de inhibición al órgano jurisdiccional, que en el
momento en el que lo reciba suspenderá el procedimiento, salvo proceso penal
o de derechos fundamentales. El tribunal convocará a una vista al Ministerio Fiscal
y a las partes y podrá declinar el conocimiento del asunto (Donde cabe recurso
de apelación) o mantener su jurisdicción, en cuyo caso elevará las actuaciones al
Tribunal de Conflictos de Jurisdicción, tramitándose a partir de este momento
como hemos indicado anteriormente.
La LOPJ establece que este tipo de conflictos será resuelto por la Sala de Conflictos de
Jurisdicción, que estará formada por:
Al igual que en el caso anterior los conflictos podrán ser tanto positivos como negativos.
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En este caso, la tramitación será igual a la que hemos establecido en el supuesto
anterior.
2. LA ACCIÓN.
La acción es el segundo pilar sobre el que se asienta nuestra disciplina. La acción procesal
constituye uno de los temas que más polémica ha despertado y destacamos al respecto
dos teorías principales, que pretenden estudiar cuales son los derechos de los justiciables
ante la Administración de Justicia como consecuencia de la prohibición de la autotutela.
2. Teoría abstracta, que intenta explicar por qué se inicia la actividad de los órganos
jurisdiccionales y se llega hasta el fin del proceso.
Ambas pretenden estudiar cuáles son los derechos de los justiciables ante la
Administración de Justicia como consecuencia de la prohibición de la autotutela.
Podríamos así señalar tres:
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Este derecho fue definido como acción procesal por un sector doctrinal que partía de
considerar a la acción con un derecho ínsito en la personalidad. No obstante, se puede
considerar esta posibilidad como una mera facultad y no como un verdadero derecho
subjetivo.
La acción Civil.
El derecho a la tutela jurídica concreta supone que el particular tiene derecho a activar
la actuación de la jurisdicción, que esta dicte sentencia, que se pronuncie sobre el fondo
del asunto y que se otorgue en esa sentencia la tutela jurídica que está solicitando.
Este derecho constituye el contenido del derecho de acción para los seguidores de la
teoría concreta. En este sentido, la acción sería un derecho subjetivo público dirigido
frente al Estado para obtener una tutela con un determinado contenido concreto.
Ahora bien, el derecho de acción está indisolublemente unido al proceso. Esto se debe a
que, si bien cabe el reconocimiento de derechos subjetivos privados fuera del proceso,
el derecho de acción no puede ser reconocido fuera del mismo.
Para que se tenga derecho a una sentencia favorable es precisa la concurrencia de cuatro
condicionantes:
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Acción Civil y derecho subjetivo material.
La acción es un derecho que se ejerce frente al Estado para que satisfaga frente al
demandado el interés de tutela jurídica en la forma establecida por el ordenamiento
procesal y se plantea frente al adversario para que tolere el acto de tutela. Esta
diferenciación se hace evidente en los siguientes supuestos reconocidos en nuestro
ordenamiento jurídico:
Por otro lado, la acción del derecho subjetivo privado se distinguen por su naturaleza
jurídica, en cuanto a los requisitos y presupuestos y, en su contenido. Así pues, frente a
los derechos subjetivos privados, la acción es un derecho subjetivo público que se tiene
frente al Estado
Acción y pretensión.
Una de las críticas que se ha formulado contra esta teoría es que la acción no conseguía
explicar el modo en que se iniciaba el proceso. En este sentido, Gómez Orbaneja
establecía que el objeto del proceso civil no es la acción en cuanto existente, si no en
cuanto afirmada. Por tanto, lo que marcaría el inicio del proceso es la afirmación de la
acción, denominada pretensión. Esta pretensión es necesaria para ejercer el derecho al
proceso. Por tanto, ambos derechos se ejercitan en el mismo: la demanda.
Así pues, la pretensión puede ser entendida como acto en sí de solicitar y, a la vez, como
el objeto de ese acto. Corresponde a Guasp el mérito de haber aislado dicho concepto,
autor para el cual el tradicional binomio acción-demanda se resuelve más certeramente
en un trinomio: acción-pretensión-demanda; concedido por el Estado el poder de acudir
a los tribunales, el particular puede reclamar cualquier bien de la vida frente a otro sujeto
distinto, de un órgano estatal (pretensión procesal), iniciando para ello el
correspondiente proceso (demanda).
c. La Acción penal.
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tienen es un interés jurídico protegido dirigido a lograr la condena de aquellos que hayan
delinquido.
El derecho de acción penal que la Ley de Enjuiciamiento Criminal predica tanto de todos
los ciudadanos como del Ministerio Fiscal no es igual al derecho en que consiste la acción
civil, ni idéntico entre sí.
El Ministerio Fiscal no deja de ser un órgano del Estado, obligado ejercitar la acción penal
en las causas por delitos públicos. De esta manera, el Estado (ministerio fiscal) afirma
ante el Estado (juez) la existencia de un derecho (ius puniendi) Del que el propio Estado
es el único y exclusivo titular. De toda la anterior se concluye que lo que se denominación
penal pública es algo radicalmente diferente a la acción civil.
El interés que ostenta el ofendido es previo a la comisión del hecho delictivo que
desencadena el proceso penal. Por lo tanto, la función del derecho penal es la protección
de bienes jurídicos a través de la prevención general
De todo ello deducimos que algunas de las diferencias entre el ius ut procedatur (derecho
al proceso) y el derecho al proceso establecido para el ámbito civil son:
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Así el contenido mínimo del derecho a la tutela judicial efectiva estaría comprendido por
los siguientes aspectos:
3. EL PROCESO.
El proceso puede ser considerado como la serie o sucesión de actos que sirven como
cauce para el ejercicio de la función jurisdiccional.
Por ello, solamente será válido aquel método que reglamente las posibilidades de
conductas de las partes procesales en términos que salvaguarden sus derechos de
defensa y la igualdad.
Una vez tomado el proceso como la serie o sucesión de actos que conforman el método
apropiado para impartir justicia, y que debe respetar en todo caso los principios de
igualdad, audiencia y dualidad de posiciones, el siguiente paso que se plantea la doctrina
es qué concepto jurídico básico o institución jurídica ya existente conviene al proceso.
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Hay que matizar que las diversas teorías que se han ido elaborando a lo largo del tiempo,
sobre este tema, se han centrado en el análisis del proceso civil.
Esta naturaleza se fundamenta en que los primeros estadios del proceso romano, al no
estar la jurisdicción investida de imperium estatal, la eficacia de la misma solo podía
desplegarse sobre la base de la voluntad de ambos contendientes, que acuerdan
someterse a la decisión del juez. Por ello, si la sentencia vincula a las partes lo hace en
función de la voluntad de estas de acatar la decisión del juez.
Nace la teoría de la relación jurídica aplicada al campo procesal, cuyo autor fue Von
Büllow.
Siguiendo el camino marcado, algunos autores delimitaron los sujetos de dicha relación
procesal. Para Kholer el proceso tendría un carácter lineal, es decir, sólo existen derechos
y deberes entre las partes procesales. Para Hellwing las relaciones se trazan
fundamentalmente entre las partes y el juez, eliminando las relaciones de las partes entre
sí.
Sobre esta teoría pesan demasiadas consideraciones iusprivatistas como para que
puedan explicarse las relaciones de poder del juez sobre las partes.
Fue Goldschmidt quien, publicada su obra “El proceso como situación jurídica”,
presentaba su propia concepción acerca de la naturaleza jurídica del proceso.
Para el citado autor no cabe hablar de relación jurídica procesal, pues en el proceso no
existen derecho ni obligaciones, más bien existen expectativas, como posibilidades de
efectos favorables, y cargas o imperativos del propio interés. Por ello, las partes en el
proceso no actúan compelidas por una obligación sino por su propio interés, de manera
que las actuaciones que les brindan les abren más amplias posibilidades de ganar que su
inactividad.
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5. El proceso como concepto jurídico autónomo.
Las últimas tendencias apuntan hacia unos derroteros absolutamente distintos. En los
últimos tiempos, el proceso no puede enmarcarse en ninguna otra figura, se trata de una
figura con perfiles y características propios de tal forma que podemos considerarla como
un concepto jurídico autónomo. En pocas palabras, el proceso es el proceso.
C. El binomio proceso-jurisdicción.
D. El binomio proceso-procedimiento.
Ha sido utilizado como sinónimos, pero desde la perspectiva procesal obedecen a dos
realidades diversas: proceso y procedimiento.
Para el citado autor el proceso se considera como una serie o sucesión de actos, o como
un acto de desarrollo temporal, mientras que el término procedimiento se utiliza para
hacer referencia al método o canon de una secuencia de actos que se desarrollan en esa
dimensión temporal. Así, el proceso jurisdiccional sólo puede caminar en su avance por
una vía constituida por un procedimiento.
E. El binomio proceso-juicio.
Aunque la palabra proviene del latín, iudicium, como acción de juzgar, y por ello se le ha
relacionado siempre con la finalidad última del proceso, la sentencia de fondo, tal
consideración es excesivamente estrecha, pues nos lleva a la conclusión engañosa de que
el juez solo juzga al final del proceso, para dictar sentencia. Se enjuicia para admitir o no
una demanda, para decidir si las partes tienen o no capacidad de obrar, si se admite o no
una prueba, si una pregunta es impertinente, etc.
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Pues bien, partiendo de esta supuesta finalidad facilitadora del ejercicio de la función
jurisdiccional, se le atribuyen al secretario judicial auténticas funciones enjuiciadoras.
Por un lado, los jueces “juzgan”, cuando declaran el derecho al caso concreto, declaran
el deber ser del caso concreto planteado entre ellos, esta actividad sería la que se
despliega a través del llamado proceso declaración; y, por otro, una vez declarado o
indubitado el derecho en cuestión, si no se cumple voluntariamente por la persona
obligada a ello, existe la vertiente ejecutiva de la jurisdicción, que en este caso tiende a
materializar lo ya determinado, haciendo pasar el mero mandato contenido en una
resolución judicial al terreno de la realidad.
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