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La Crisis del Imperio Romano y sus Consecuencias

1. El documento describe la caída del Imperio Romano y el surgimiento de la Alta Edad Media en Europa Occidental. Las invasiones bárbaras debilitaron al imperio y llevaron a su fragmentación política. Los reinos germánicos se establecieron y la Iglesia cristiana ayudó a preservar la herencia romana. 2. Los pueblos germánicos como los suevos, vándalos, anglos, sajones y burgundios ocuparon territorios del antiguo imperio y establecieron reinos

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La Crisis del Imperio Romano y sus Consecuencias

1. El documento describe la caída del Imperio Romano y el surgimiento de la Alta Edad Media en Europa Occidental. Las invasiones bárbaras debilitaron al imperio y llevaron a su fragmentación política. Los reinos germánicos se establecieron y la Iglesia cristiana ayudó a preservar la herencia romana. 2. Los pueblos germánicos como los suevos, vándalos, anglos, sajones y burgundios ocuparon territorios del antiguo imperio y establecieron reinos

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La temprana edad media

1. Del bajo imperio a la alta Edad media

El bajo Irnperio corresponde a la época que sigue a la larga y profunda crisis del, siglo ni, en la que
tanto la estructura como las tradiciones esenciales de la romanidad sufren una aguda y decisiva
convulsión.

Lo que quedaba era tan poco, que no mucho después comenzó el oscuro periodo que suele
llamarse de la "anarquía militar". Los distintos ejércitos regionales impulsaron a sus jefes hacia el
poder y se suscitaron reiterados conflictos entre ellos que debilitaron el imperio en sumo grado.

Y entretanto, Jas primeras olas de invasores germánicos se lanzaban a través de las fronteras y
ocupaban vastas provincias saqueándolas sin encontrar oposición eficaz.

Era necesario suprimir los últimos vestigios del orden republicano, celosamente custodiados por
los Antoninos, y ceder a las crecientes influencias orientales que apuntaban hacia una autocracia
cada vez más enérgica. Cuando Claudio II y Aureliano comenzaron a restablecer el orden,
expulsando .a los invasores y sometiendo a una sola autoridad, todo el territorio del imperio,
estaban echando al mismo tiempo las bases de un nuevo orden político —el dominatus— que
perfeccionaría poco después Diocleciano.

El imperio imitaba a la autocracia persa y procuraba organizarse bajo la celosa y omnímoda


voluntad de un amo y señor que, apoyado en una vigorosa fuerza militar, pudiera imponer el
orden aun costa de la renuncia a todas las garantías que, en otros tiempos, ofrecía el derecho
tradicional.

Entre las medidas con las que Diocleciano quiso restaurar la unidad del imperio se cuenta una
terrible persecución contra los cristianos en beneficio de los tradicionales cultos del estado
romano; pero el cristianismo —una religión oriental que, como otras, habíase infiltrado en el
imperio—- tenía ya una fuerza inmensa y la acrecentó aún más en los años de la persecución.
Diocleciano fracasó, pues, en su intento, pero poco después Constantino, que perseveró en los
ideales autocráticos que aquél representaba, decidió ceder a la fuerza de la corriente y luchó por
lograr la unidad mediante una sabia y prudente tolerancia. Peto poco después el emperador
Teodosio había de volver a la política religiosa de Diocleciano invirtiendo sus términos y estableció
el cristianismo como religión única iniciando la persecución de los que empezaron por entonces a
llamarse "paganos".

Cuando Teodosio llego al imperio, los hunos, un pueblo mongólico de las estepas, se habían
lanzado hacia las fronteras romanas y habían obligado a los visigodos a refugiarse dentro de los
límites del imperio. Pacíficos al principio, los visigodos se mostraron luego violentos y fue
necesaria una sabia combinación de prudencia y de vigor para contemporizar con ellos. Teodosio
triunfó en su empresa, y mientras duró su gobierno (379-395) mantuvo a los invasores en las
tierras que les habían sido adjudicadas.
La crisis del siglo ni abrió en la vida del Imperio romano una nueva era que puede caracterizarse
como la época de disgregación de esa formidable unidad política y cultural constituida con tanto
esfuerzo en los siglos inmediatamente anteriores. Realizado por los emperadores que instauran la
autocracia, y de los cuales las dos más grandes figuras son Diocleciano y Constantino.

La crisis acusaba una marcada intensidad en el campo deja vida economicosocial. Acaso el
fenómeno más significativo de la economía fuera, en el periodo inmediatamente anterior, la
progresiva disminución numérica de la clase servil, sobre la que reposaba todo el edificio de la vida
económica. Esa circunstancia acrecentó el número de los colonos libres y transformó en alguna
medida el régimen de la explotación; pero influyó sobre todo por sus derivaciones, porque
provocó poco a poco un éxodo rural de incalculables consecuencias. Se produjo así una acentuada
concentración urbana, de la que es signo, por ejemplo, la fundación de Constantinopla en 326 y su
rápido crecimiento. El abandono de los campos era la respuesta debida al crecimiento del
latifundio, y ambos fenómenos debían traer aparejada una notable disminución de la producción;
y esto no sólo con respecto al trabajo rural, sino también respecto al trabajo del artesanado,
conmovido por la convulsión económica y social que aquéllos habían desencadenado. Estos
hechos amenazaron la existencia misma del imperio y acompañaban y provocaban —en un ritmo
alternado— la crisis política.

Diocleciano comenzó una severa política de control de la producción y los precios. Sin reparar en
las consecuencias, dispuso atar a los individuos a sus tradicionales ocupaciones y prohibió que se
abandonaran, de modo que el colono debía seguir trabajando la tierra y los artesanos y soldados
debían permanecer en sus oficios aun contra sus intereses y deseos. Ello dio lugar a la aparición de
las clases profesionales —que perduraron hasta la Edad Media— y restringió la libertad de las
clases no terratenientes.

La consecuencia fue, como de costumbre, una polarización de las clases económicas, pues los
latifundistas que constituían también la clase de los altos funcionarios de la burocracia imperial—
se hicieron cada vez más ricos mientras crecía el pauperismo de las clases trabajadoras. Este
fenómeno caracterizó la fisonomía social del bajo Imperio y se trasmitió a los estados occidentales
de la temprana Edad Media con semejantes características.

El intervencionismo económico, por la demás, correspondía a la mentalidad autocrática que


predominaba respecto a los problemas políticos. Puesto que el instrumento militar había sido el
que permitiera reordenar el caos del siglo III. Diocleciano y Constantino fueron también en este
aspecto los eficaces artífices de la reordenación del estado imperial.

El centro del nuevo estado debía ser el dominus, el señor, título que debía reemplazar al
tradicional de princeps y que llevaba consigo la idea de que todos los habitantes del imperio no
eran sino siervos del autócrata que lo gobernaba. desde la muerte de Teodosio en 395 la división
quedó consagrada definitivamente por los hechos.
Pero la crisis económica, social y política correspondía, naturalmente, a una profunda crisis
espiritual. Como el orden político tradicional, también parecía sometido a profunda revisión el
sistema de los ideales de la romanidad.

Entre todas las influencias, las de las religiones orientales, y en particular el cristianismo, fueron sin
duda las más extensas y decisivas. La vieja religión del estado romano era impotente para canalizar
las inquietudes de una humanidad convulsionada y que había perdido la confianza en sus ideales
tradicionales.

Y hasta el estado se adhirió finalmente a la fe cristiana, tolerándola primero y oficiándola luego


para tratar de aprovechar la creciente influencia de la Iglesia. De ese modo la Iglesia cristiana
comenzó a modelarse según los esquemas del estado romano, y a influir cada vez más
intensamente en la elaboración de una nueva concepción de la vida que, si entrañaba algunos
elementos de la romanidad, aportaba otros de innegable raíz oriental.

Finalmente, la crisis dio lugar a una marcada modificación de la composición étnica y social del
imperio, pues las poblaciones extranjeras, especialmente las germánicas, comenzaron a
introducirse dentro de las fronteras y sus miembros a ocupar puestos importantes en la vida
económica, social y política. Así se introdujeron creencias e ideas antes inusitadas, y así se vieron
entremezclarse los antiguos grupos sociales con los que ahora llegaban.

En el 395 Honorio fue desde entonces emperador del Occidente y Arcadio del Oriente, como dos
soberanos enemigos. En 406, otras tribus germánicas invadían el territorio cruzando la
desguarnecida frontera del Rin, y en poco tiempo el Imperio occidental se vio cubierto por las olas
germánicas que buscaban dónde instalarse. Desde 423, Valentiniano III sucedió en el trono a
Honorio y trató de canalizar a los invasores asimilándolos a las tropas mercenarias que desde
antiguo poseía el imperio a su servicio.

Desde 455, en que murió Valentiniano, los jefes barbaros dispusieron del trono para otorgarlo a
sus protegidos.

El imperio estaba definitivamente disgregado. Pero la idea de la unidad romana subsistía, y con
ella otras muchas ideas heredadas del bajo Imperio. La Iglesia cristiana se esforzó por conservarlas,
y asumió el papel de representante legítimo de una tradición que ahora amaba, a pesar de que
antes la había condenado.

2 ) LOS REINOS ROMANOGERMÁNICOS

En este último se acentuarán las antiguas y tenaces influencias orientales y debido a ellas se
perfilarán más las características que evoca el nombre de Imperio bizantino con que se le conoce
en la Edad Media.

El hecho decisivo es la ocupación del territorio por numerosos pueblos germánicos que se
establecen en distintas regiones. El cruce de la frontera del Rin por los pueblos bárbaros que
ocupaban la orilla opuesta del río, en 406, inaugura una nueva época.
Tres grupos invasores :los suevos, los vándalos y los alanos. los suevos se fijaron en Galicia, los
alanos en Portugal y los vándalos en la región meridional de España, que de ellos tomó el nombre
de Andalucía. Al mismo tiempo, los anglos, los jutos y los sajones cruzaron el Mar del Norte y
ocuparon la Bretaña, estableciendo numerosos reinos independientes. Y por su parte, los
burgundios, tras una etapa temporal en el valle del Rin, se dirigieron hacia la Provenza, donde
fundaron un reino.

La Galia del norte, pues al sur del Loira fueron establecidos, con autorización de Roma, los
visigodos, a quienes después encomendó el emperador que limpiaran de invasores a España; esta
medida no debía tener otra consecuencia que la formación de un reino visigodo en España y el sur
de Francia.

Odoacro, no vaciló y dejo vacante y quedarse como señor de Italia. El emperador de Oriente
decidió recuperar la península y encomendó al rey de los ostrogodos, Teodorico. Derrotó a
Odoacro en 493; pero en los hechos instauró un reino ostrogodo independiente en Italia. Pocos
años antes, Clovis, rey de los francos, había cruzado el Rin con su pueblo y se había establecido en
la Galia septentrional. Quedaba un conjunto de reinos autónomos, generalmente hostiles entre sí
y empeñados en asegurar su hegemonía.

Algunos de ellos desaparecieron rápidamente y otros, en cambio, perduraron durante largos


siglos. Los primeros en desaparecer fueron los de los suevos y alanos, que cayeron bajo los golpes
de los visigodos.

El reino de los ostrogodos; Fundado por Teodorico en 493, después de su victoria sobre Odoacro,
el reino ostrogodo se organizó durante el largo periodo en que lo rigió su fundador, cuya muerte
acaeció en 526.

Teodorico alcanzó una especie de indiscutida hegemonía sobre los demás reyes bárbaros, la que
contribuía además eficazmente el prestigio que conservaba Italia. Teodorico aspiraba a legitimar
su poder, que en realidad había usurpado prevaliéndose de la autoridad que le había sido
conferida por el emperador de Bizancio.

La hostilidad contra la población romana creció poco a poco, y el imperio bizantino, que había
adquirido un renovado esplendor con Justiniano, emprendió una larga campaña contra el reino
ostrogodo que terminó, al cabo de casi veinte años, con su caída. La Italia se transformó entonces
en una provincia bizantina y el reino ostrogodo no dejó sino la huella de una sabia política de
asimilación de los sometidos, que trataron de imitar en diversa medida los reyes de los otros
estados romanogermánicos.

El reino visigodo, Extendido al principio sobre la Galia y España, su capital Toledo; Los visigodos
sufrieron la invasión de los bizantinos. Quizá a ella se debió en parte la adopción definitiva del
catolicismo ortodoxo, que decretó Recaredo en 587. El reino subsistió hasta principios del siglo
VIII, en que sucumbió a causa de la invasión de los musulmanes. los reinos bretones y el reino
franco; Northumbria, Mercia y Wessex, que se sucedieron en h hegemonía hasta el siglo IX.
En cuanto al reino franco, fundado por Clovis, se repartió entre sus descendientes a su muerte
(521). La dinastía de Clovis conocida con el nombre de dinastía merovingia. Poco a poco, desde
fines del siglo VII, adquirieron en cambio mayor poder los condes de Austrasia, uno de los cuales,
Carlos Martel, adquirió gloria singular al detener a los musulmanes en la batalla de Poitiers (732).

Su hijo, Pipino el Breve, depuso finalmente al último rey merovingio y se hizo coronar como rey,
inaugurando la dinastía carolingia, en la que brillaría muy pronto su hijo Carlomagno, a quien se
debió la restauración del Imperio de Occidente, con algunas limitaciones.

El periodo que transcurre entre los últimos tiempos del bajo Imperio y la constitución del nuevo
Imperio carolingio (hacia 800), se caracteriza, pues, por la presencia de los reinos
romanogermánicos, todos los cuales tienen algunos caracteres semejantes, que reflejan la
fisonomía general del periodo. En general, todos ellos tuvieron que afrontar los mismos
problemas, derivados de la ocupación de un país de antigua civilización —que los conquistadores
admiraban, por cierto—, en el que debían coexistir vencidos y vencedores dentro de un régimen
que permitiera a los últimos el goce de su victoria y a los primeros su lenta incorporación al nuevo
orden. El resultado de la política puesta en práctica por los conquistadores fue beneficioso, y de
ella derivaron los estados medievales, raíz de los estados modernos de la Europa occidental.

Políticamente, se constituyeron monarquías en las que la tradición estatal romana desempeñó un


papel decisivo.

El absolutismo del bajo Imperio y las tradiciones jurídicas y administrativas que lo acompañaban
triunfaron poco a poco sobre las tradiciones germánicas. Económicamente, la crisis típica del bajo
Imperio se acentuó y continuaron decayendo las ciudades y el comercio, en tanto que se
evolucionaba hacia una economía predominantemente rural.

La Iglesia romana heredera de la tradición romana, se organizó a su imagen y semejanza y


constituyó el reducto en que se conservó la tradición ecuménica del imperio. Ella fue también la
que defendió y conservó la lengua latina, de la cual habrían de salir los nuevos idiomas nacionales,
en cuya base estaba el signo de la perpetuación de la influencia romana.

3 ) E L IMPERIO BIZANTINO

Consumada la división del imperio en 395, el Oriente quedó en manos de los emperadores de
Constantinopla, cuya primera actitud fue afirmar teóricamente sus derechos sobre el Occidente,
pero preocuparse sobre todo de defender su propio territorio. Ésta fue la orientación de los
emperadores del siglo v, debido a la cual se manifestó una acentuada tendencia a la afirmación de
los elementos griegos y orientales con detrimento de la tradición romana propiamente dicha.

Tras el reinado de Arcadio (395-408), subió al trono Teodosio JI, que rigió el imperio hasta 450.
Para precaverse contra los enemigos internos, Teodosio II ordenó la construcción de una gran
muralla que protegía, la frontera septentrional. Sin embargo, Teodosio pudo llevar a cabo dos
obras que han salvado su nombre: la ordenación del código que por él se llama teodosiano, y la
fundación de la universidad de Constantinopla.
Tras el breve reinado deMarciano subió al trono León I (457-474), cuyo poder fue sostenido por las
tropas mercenarias de origen isaurio que trajo a Constantinopla para contrarrestar las tropas
germánicas que hasta entonces predominaban y le eran hostiles. La rivalidad entre los grupos
armados prestaba mayor peligrosidad.

Los isaurios lograron imponerse hasta el punto de consagrar como emperador, a la muerte de
León I, a uno de entre ellos, Zenón, que ocupó el trono hasta 491. A Zenón se debió el intento de
reconquistar Italia, para lo cual envió a Teodorico Amalo, rey de los ostrogodos, para que
sometiera a Odoacro. Este intento revela que Constantinopla no creía llegado el momento de
abandonar definitivamente la parte occidental del imperio, aun cuando comprendía la
imposibilidad de llevar una política enérgica por sus propios medios.

Anastasio (491-518), a modificar sus líneas políticas, sosteniendo que los intereses del imperio
estaban principalmente en el Oriente. Y no se equivocaba, pues tuvo que soportar no sólo
repetidas olas de invasores eslavos y búlgaros, sino también el desencadenamiento de la guerra
por los persas, que desde 502 hasta 505 tuvieron en jaque al imperio.

Justino I, emperador desde 518 hasta 527, era un campesino ilírico que no carecía de habilidad, y a
quien ayudó en el delineamiento de una nueva política su sobrino Justiniano, destinado a
sucederle en el trono. El eje de esa política era la reanudación de las relaciones con el Occidente, y
por eso procuró Justiniano reconciliarse con el papado, después de los conflictos que se habían
producido entre ambos poderes a causa de las querellas religiosa.

Justiniano, en cuyo gobierno ejerció particular influencia su esposa Teodora, tuvo que afrontar una
situación interior delicadísima que, finalmente, desembocó en una conspiración que sólo pudo
vencer con grandes esfuerzos. Pero desde entonces su poder sé hizo cada vez más firme, y
concibió grandes proyec tos, tanto desde el punto de vista de la organización interna del estado
como en cuanto se refería a la política exterior. Los persas y los pueblos eslavos y magiares que
estaban al acecho tras las fronteras septentrionales obligaron a Justiniano a consagrar una
constante atención al problema de la seguridad del imperio, y no solamente perfeccionó el
sistema de fortificaciones, sino que también procuró acrecentar, los recursos del fisco, mediante
una importante reforma financiera y administrativa, con el objeto de disponer de los medios
necesarios para mantener un ejército numeroso y eficaz.

Su concepción general de los intereses del imperio le aconsejó llegar a una paz con los persas para
poder dedicar su atención al Occidente. Una vez lograda, volcó sobre el Mediterráneo sus
poderosas fuerzas, que, al mando de Belisario, dieron fin primeramente al reino vándalo del norte
de África (533). Poco después comenzaban las operaciones contra los ostrogodos de Italia; pero
aquí las cosas no tuvieron un curso tan favorable, pues la resistencia de los germanos y las intrigas
de la corte —-que obligaron a alternar en el mando del ejército a Belisario y a Narsés—, dilataron
la resolución de la campaña hasta 553/ Ese año, en efecto, Italia quedó definitivamente libre de
ostrogodos, y Constantinopla pudo organizaría como provincia romana.
Como ortodoxo, suprimió la universidad de Constantinopla, que se consideraba como un reducto
de la tradición clásica, y en cuanto administrador, se preocupó por establecer un sistema jurídico
ordenado mediante las sucesivas compilaciones de derecho que mandó hacer.

El ejército era cada vez más imprescindible. Los lombardos se lanzaron sobre Italia y se
apoderaron de buena parte de ella; los avaros entraron a través del Danubio, y fue necesario
apelar a toda suerte de recursos para contenerlos; y, finalmente, los partos desencadenaron en
572 una guerra contra, el imperio que debía durar hasta 591, poco antes de que recomenzara la
ofensiva de avaros y eslavos en la frontera septentrional. En esta ocasión, el ejército se sublevó y
llevó al trono a Focas. el exarca de Cartago, Heraclio, que gobernó desde 610 hasta 641, en una de
las épocas más características del Imperio bizantino.

En 612 —dos años después de la llegada de Heraclio al poder—, los persas lanzaron la invasión
contra Capadocia, y desde ese momento progresaron aceleradamente dentro del territorio
imperial. Desde 612 hasta 619 hicieron notables progresos y se apoderaron sucesivamente de
Siria, Palestina, el Asia Menor y el Egipto, sin que los desesperados esfuerzos de Heraclio pudieran
contenerlos.

invocaciones del patriarca Sergio y el dinero de la Iglesia para que Heraclio se decidiera a
reorganizar una fuerza suficientemente poderosa como para repeler el ataque. Desde 619 hasta
622, y a pesar de que los eslavos y los avaros habían llegado entonces para golpear enérgicamente
las fronteras, Heraclio preparó un poderoso ejército con el que se lanzó contra los invasores
persas después de haber pactado con los avaros. 626 Heraclio consiguió sobreponerse a los persas
y tres años después había conseguido arrebatarles sus conquistas.

Los árabes; se lanzaron los árabes contra la Siria. de la que se apoderaron al cabo de dos años,
pese a los esfuerzos del imperio, y poco después iniciaron una campaña victoriosa que les
proporcionó el dominio de Persia. Justamente al morir Heraclio se dirigieron contra el Egipto, cuya
conquista concluyeron en 642, y los sucesores del emperador durante el siglo VII vieron la
progresiva expansión de los árabes que, a fines del mismo, se apoderaron del norte de África.

Distintos pueblos —eslavos y mongólicos— se habían introducido en su territorio y habían


impreso su sello en algunas comarcas. "eslavización" del Imperio bizantino; pero la tradición
helénica se sobrepuso y, eso sí, aniquiló definitivamente a la latina, cuya lengua se extinguió en el
imperio.

La consecuencia fue que los árabes recomenzaron el asedio del imperio y le arrebataron nuevas
provincias en el Asia Menor. La salvación del imperio estaba reservada a un jefe militar de origen
isáurico, León III, que fue impuesto por las tropas como emperador en 717. Con mano firme
reorganizó el régimen interior y logró contener a los musulmanes en 739, fijando definitivamente
el .límite de su expansión septentrional en los montes Taurus, con lo cual el Asia Menor
permanecía dentro ' de los límites de Bizancio. Pero León III optó decididamente por uno de los
grupos religiosos que mayor fuerza tenían en su país de origen, el Asia Menor, y que se conoce con
el nombre de "iconoclastas" porque sostenían la necesidad de abolir el culto de las imágenes. El
triunfo de los iconoclastas condujo a una ruptura con Roma y el mundo occidental, precisamente
en la época en que el Occidente iba a unirse bajo la corona imperial de Carlomagno, cuyo lema
debía ser la defensa de la fe romana.

'4) EL MUNDO MUSULMÁN

A partir de los primeros tiempos del siglo VII la historia de la cuenca del Mediterráneo se
encuentra convulsionada por la aparición de un pueblo conquistador que trastrueca todo el orden
tradicional: los árabes, que bien pronto se pondrán a la cabeza de un vasto imperio internacional
unificado por una fe religiosa. Hasta entonces, los árabes no constituían sino un pueblo
preferentemente nómade, dividido en infinidad de pequeñas tribus dispersas por el desierto de
Arabia e incapaces de cualquier acción que sobrepasara sus fronteras. Adoradores de ídolos, su
politeísmo era extremado. Negra que se veneraba en la Kaaba, un santuario situado en La Meca al
que concurrían los árabes en peregrinación anual. Su organización política y económica
correspondía a la de los pueblos nómades del desierto.

La galvanización del pueblo árabe fue obra de un profeta, Mahoma, que lo convirtió a un
monoteísmo militante, de raíz judeocristiana, pero teñido con caracteres propios y originados en
la propia naturaleza. Así nació la fe islámica, alrededor de la creencia en un dios único, Alá.

No sólo afirmó la continuidad entre su fe y la de Abraham, antepasado de su raza, sino que


instituyó un culto ordenado que más tarde culminaría en una aprobación del mismo santuario de
la Kaaba. Pero para ello era necesario que la nueva fe se hiciera fuerte en la tradicional capital
religiosa de los árabes, La Meca, hacia la cual se lanzó Mahoma en son de guerra. Porque, a
diferencia de los judíos y los cristianos, los musulmanes sostenían la necesidad de la guerra santa,
pues Mahoma había comprendido que nada podría oponerse al carácter belicoso de los árabes y
que, en cambio, se podría dirigir ese ímpetu guerrero hacia el triunfo de su fe. La Meca cayó en
poder de Mahoma en 630 y el triunfo de Alá comenzó a ser admitido por todos. Las diversas tribus
árabes reconocieron poco a poco a Mahoma como profeta del verdadero y único Dios, unas por la
fuerza y otras por la razón. Y cuando murió, en el año décimo de la Hégira —632 de la era cristiana
—, su misión parecía cumplida, luego de haber dado a su pueblo una unidad de que carecía y un
ideal para la lucha. La doctrina del profeta quedó consignada en el Corán, parte del cual fue escrito
por sus discípulos en tanto que muchos fragmentos sólo fueron conservados en la memoria hasta
algún tiempo después.

Los puntos fundamentales del dogma son la creencia en un dios único, Alá; en los ángeles y en los
profetas, el último de los cuales, Mahoma, ha traído a los hombres el mensaje definitivo de Dios;
en el Corán y sus prescripciones; en la resurrección y el juicio, y, finalmente, en la predestinación
de los hombres según la. insondable voluntad de Alá.

El Islam es la sumisión a Dios y quienes creían en ella fueron los islamitas o musulmanes. Una
especie de teocracia surgió entonces en el mundo árabe y en las vastas regiones que los
musulmanes conquistaron, en la que el califa o sucesor del profeta reunía una autoridad política
omnímoda y una autoridad religiosa indiscutible.
Acaso la más importante contribución de los musulmanes —fuera de su propio desarrollo como
cultura autónoma— haya sido la constitución de un vasto ámbito económico que se extendía
desde la China hasta el estrecho de Gibraltar, por el que circulaban con bastante libertad no sólo
los productos y las personas, sino también las ideas y las conquistas de la cultura y la civilización.

A la muerte de Mahoma, el problema de su sucesión no había sido resuelto teóricamente. Abú


Béker, cuyo título de "califa", esto es, sucesor, significaba que no tenía otra autoridad que la que
provenía de su designación por Mahoma. Durante un largo periodo no se alteró esta costumbre, y
tres califas se sucedieron luego, elegidos siempre entre los allegados del profeta: Osmar sucedió a
Abú Béker en 634 y hasta 644, y a aquél siguieron Otmán (644-656) y Alí (656-661).

Abú Béker debió restablecer en un principio la unidad de la Arabia, disgregada otra vez a la muerte
del profeta; pero, una vez lograda, se dedicó a extender su dominación y pudo apoderarse,
mediante dos campañas afortunadas, del Irak y la Palestina. Su sucesor, Osmar, siguió la política
conquistadora de Abú Béker —que él mismo había inspirado— y sometió la Persia primero, y
luego la Siria y el Egipto, que arrebató al Imperio bizantino. Era el momento en que aquellos dos
grandes imperios se hallaban debilitados tras la contienda que los había enfrentado, y fue
empresa fácil para los musulmanes cumplir sus propósitos.

Finalmente, Otmán fue asesinado y sobrevino entonces una guerra civil, de la que salió vencedor
Alí, yerno de Mahoma. Moawiya, que ejercía la gobernación de Siria, pudo finalmente derrotar a
Alí en 661, y fundó entonces una dinastía vigorosa en Damasco, la de los oméyades, que debía
regir el imperio hasta mediados del siglo VIII.

Los oméyades se dedicaron primero a organizar el estado árabe, siguiendo sobre todo las huellas
de la administración bizantina. En efecto, a fines del siglo VII los musulmanes se extendieron por él
norte de África y hacia el Asia Menor, y emprendieron luego, en los primeros años del siglo vm, la
conquista de la Transoxiana y de España. La culminación de sus esfuerzos fue el sitio de
Constantinopla en 717, frente a la que fracasaron. Empezaron entonces su retirada en esa región
por obra del emperador León III Isáurico. Pero en Europa siguieron avanzando por algún tiempo y
luego de ocupar la casi totalidad de la península ibérica, entraron en Francia, donde no se
detuvieron hasta que los derrotó el mayordomo del palacio del reino franco, Carlos Martel, en la
batalla de Poitíers (732).

A mediados del siglo vm, los oméyades vieron levantarse frente a ellos otra fuerza proveniente de
otra región del califato: el Irak. Discordias políticas y religiosas armaron el brazo de Abul Abas, que
en 750 puso fin a la vieja dinastía de Damasco.

5) LA ÉPOCA DE CARLOMAGNO

La conquista de España por los musulmanes puso en contacto directo dos civilizaciones. Esta
circunstancia caracterizó todo el período subsiguiente, pues obligó al mundo cristiano a adoptar
una política dirigida por la idea del peligro inminente que lo acechaba.
Hasta 750, España constituyó un emirato bajo la dependencia del califa de Damasco, y la antigua
capital, Toledo, fue reemplazada por Córdoba, más próxima al África del norte. En el norte, los
reyes merovingios trataron de defender las fronteras; pero sus intentos fueron en un principio
vanos, pues los musulmanes consiguieron ocupar buena parte de la Galia meridional. Solamente
en 732 fueron contenidos, pero no tanto por la acción de los reyes como por la capacidad y
empuje de dos duques de Austria, uno de los cuales, Carlos Martel, pudo detenerlos en Poitiers, y
dejó a sus sucesores el cuidado de rechazarlos poco a poco hacia el sur.

Esta circunstancia contuvo el ímpetu expansivo y permitió a Pipino el Breve, heredero de Carlos
Marte], rechazar poco a poco hacia el Pirineo a las bandas invasoras. Pipino el Breve heredó de su
padre el cargo de mayordomo del reino franco, con cuya autoridad ejerció, como su padre, un
poder verdaderamente real. En 751, despojó del trono franco a Childerico y se proclamó rey con el
apoyo del papado, inaugurando así la dinastía carolingia. Por su eficacia militar, Pipino el Breve fue
un digno sucesor de Carlos Martel.

En efecto el nuevo rey franco había recibido el apoyo de la Iglesia con el objeto de que defendiera
al papado contra los lombardos, que ocupaban el norte de Italia, y fuera el campeón del
cristianismo contra los amenazantes invasores del Islam.

a su muerte (768), el papado prestó todo su apoyo a sus herederos, Carlos y Carlomán, de los
cuales el primero quedó solo en el poder a partir de 771 y emprendió la vasta política de conquista
que justificó el nombre de Carlos el Grande o Carlomagno con que la historia lo conoce. Su
preocupación fundamental fue Italia, donde los lombardos seguían amenazando al papa. En 774
Carlomagno llegó al Po, puso sitio a la ciudad de Pavía, donde se había encerrado el rey lombardo,
y poco después tomó la ciudad y se coronó rey de los lombardos. El papado recibió del
conquistador las tierras del Pontificado en la región de Ravena; pero Carlomagno se reservó el
título de "Patricio de los romanos" para dejar sentada su autoridad territorial.

Entretanto, Carlomagno había tenido que enfrentarse a los avaros y a los musulmanes. Los avaros,
fortificados en el Danubio medio, fueron aniquilados en sucesivas campañas, y los musulmanes
fueron rechazados del territorio francés; Carlomagno proyectó una operación de vasto alcance,
que consistía en cruzar las montañas y establecer una zona de seguridad del otro lado del Pirineo.

La expedición de 778 al norte de España terminó con la catástrofe. logró apoderarse de toda la
región situada entre el río Ebro y los Pirineos, en la que organizó una "marca" o provincia
fortificada que debía servir de límite y defensa del imperio. Marcas semejantes —al mando de
"margraves" o marqueses— organizó en el Elba y en Austria.

Así constituyó Carlomagno un vasto imperio, que reproducía con ligeras variantes el antiguo
Imperio romano de Occidente —sin España, pero extendiéndose hacia Germania—, en el que se
reunían los antiguos reinos romanogermánicos. La fuerza realizadora del nuevo imperio provenía
del poder extensivo del pueblo franco y del genio militar y político de Carlomagno, pero la
inspiración provenía, sobre todo, del papado, que se consideraba heredero de la tradición romana
y pugnaba por reconstruir un orden universal cristiano. Desde principios del siglc vn, el papado
había acrecentado considerablemente su autoridad, gracias á la enérgica y sabia política de
Gregorio el" Grande, y poco a poco la Iglesia había ido adquiriendo una organización cada vez más
autocrítica y jerárquica debido a la progresiva aceptación, por parte de los obispos, de la autoridad
pontificia.

Sólo le faltaba el "brazo secular", es decir, una fuerza suficientemente poderosa para hacer
respetar sus decisiones y ponerlo al abrigo de todas las amenazas. El pueblo franco aceptó esa
misión por medio de los duques de Austrasia, que lograron en cambio el beneplácito papal para su
acceso al poder real, y desde entonces la unión entre ambos poderes fue estrecha y fecunda.

Acaso contra la voluntad de Carlomagno, el papa León III lo coronó emperador el día de Navidad
del año 800, y desde entonces el nuevo augusto fue reconocido como el hijo predilecto de la
Iglesia, su brazo armado y el restaurador de la antigua grandeza romana.

Por lo demás, la restauración del imperio era también el resultado de las circunstancias. La
aparición de una poderosa y vasta unidad política —el califato musulmán—, cuya fuerza expansiva
aparecía amenazadora e incontenible, obligaba a reflexionar sobre las posibilidades de defensa en
un mundo dividido en reinos débiles y hostiles entre sí. La idea de la restauración del imperio
surgió, pues, como una posibilidad de organizar una defensa eficaz contra el avance de los
musulmanes, y Carlomagno fue el obrero eficaz de esa política.

El. Cristianismo sólo había reconocido hasta entonces como legítima la catequesis pacífica, basada
en la evangelización pacífica, con riesgo y sacrificio del evangelizados .Contrariamente, la religión
musulmana había sentado, por natural imperio del temperamento nacional de los árabes, el
principio de la guerra santa, esto es, de la conversión violenta. Ante su empuje, los cristianos
comenzaron a esbozar lo que sería la idea de cruzada, que, en el fondo, recogía la enseñanza
musulmana e introducía en la tradición cristiana una variante fundamental. Las guerras de
Carlomagno en defensa del papado y las campañas contra los infieles en Germania y España,
revelaban la intención de imponer por la fuerza la fe de los conquistadores, y éste es el sentido
que la tradición fijó luego a las empresas de Carlomagno, antecedente directo de los guerreros
que, más tarde, se armarían para reconquistar el Santo Sepulcro.

La declinación del Imperio romano reconocía como una de sus causas la insuficiencia técnica para
mantener eficazmente en contacto las vastas áreas que reunía bajo un solo mando político, y esa
insuficiencia no hizo sino acentuarse con el tiempo durante la temprana Edad Media.

La organización de los missi dominici, que instituyó Carlomagno para vigilar a los condes, duques y
margraves que gobernaban las provincias pudo, durante algún tiempo, contener las ambiciones;
pero tan sólo porque los apoyaba el vigoroso prestigio personal de Carlomagno, cuyo poder militar
y cuya energía eran proverbiales. Pero todo conspiraba contra la unidad: el desarrollo económico,
basado preferentemente en la autonomía de pequeñas áreas económicas, el sistema de
reclutamiento local del ejército y, sobre todo, las inmensas distancias y los inconvenientes en las
comunicaciones, que solían mantenerse interrumpidas durante largos periodos. Ninguna de las
medidas que Carlomagno adoptó, ni la legislación, ni las numerosas disposiciones particulares,
pudieron impedir que se desarrollara, el localismo que debía concluir en la organización feudal.
Sólo quedaba como vínculo duradero y vigoroso la idea de la comunidad cristiana, presidida por el
papado, que debía mantener su autoridad como jefe espiritual del imperio una vez que éste
desapareció prácticamente como efectivo vínculo político.

Ahora, el papado, por su parte, había concentrado sus esfuerzos en la reunión del Occidente bajo
su autoridad. El antiguo Imperio romano de Oriente, ahora legítimamente llamado Imperio,
bizantino, estaba bajo el control de los emperadores iconoclastas, que habían operado, en la
práctica, la escisión de la Iglesia de Oriente con respecto al papado.

Era necesario, pues, que se hiciera fuerte en el Occidente, y el apoyo del reino franco y del nuevo
imperio había sido inapreciable para acrecentar su autoridad. Ahora podía afirmar su calidad de
suprema potencia espiritual, y los papas supieron defender su posición como para sobrevivir como
la única autoridad ecuménica —en el Occidente— cuando el efímero imperio de Carlomagno
desapareciera.

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