XXVII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología.
VIII Jornadas de
Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Asociación Latinoamericana de
Sociología, Buenos Aires, 2009.
Pensar la maternidad como
desafío teórico, histórico y
político.. Un análisis de las
conceptualizaciones de la
teoría de género sobre la
maternidad.
Patricia K. N. Schwarz.
Cita:
Patricia K. N. Schwarz (2009). Pensar la maternidad como desafío
teórico, histórico y político.. Un análisis de las conceptualizaciones de la
teoría de género sobre la maternidad. XXVII Congreso de la Asociación
Latinoamericana de Sociología. VIII Jornadas de Sociología de la
Universidad de Buenos Aires. Asociación Latinoamericana de Sociología,
Buenos Aires.
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Pensar la maternidad como desafío teórico, histórico y político.
Un análisis de las conceptualizaciones de la teoría de género sobre la maternidad
Lic. Patricia K. N. Schwarz
Instituto de Investigaciones Gino Germani – Universidad de Buenos Aires
[email protected]En este trabajo se realiza un análisis en torno a las propuestas teóricas feministas sobre la
maternidad, resaltando su utilidad epistemológica y política. Dialogamos con procesos y
acontecimientos históricos que contextualizaron y condicionaron la discusión teórica.
La postura teórica que adoptamos en este trabajo considera al género como categoría
analítica. Ésta permite analizar las posiciones relacionales de los sujetos, así como sus
diversas formas de sentir, comportarse, decidir, vivir su sexualidad, entre otros aspectos
referidos a la manifestación y conformación de la propia identidad. Consideramos, pues que
el género se hace colectivamente y se expresa en individuos que producen particularidades
mientras repiten performances normatizadas. La legitimidad de la reiteración de la
normativa genérica se evalúa según su eficacia simbólica y material. El género es algo que
se construye a lo largo de la vida y nunca es un producto terminado, sino en permanente
proceso (Butler, 2001; Scott, 1993).
El sexo, la sexualidad y el género son resultado de la interacción entre las condiciones
materiales y simbólicas de existencia. Están atravesados por la representación y el lenguaje
por medio de la clase, etnicidad, edad, religión, entre otras dimensiones de la vida social y
psicológica.
En la normativa de género androcéntrica, las mujeres se debaten entre múltiples mandatos,
provenientes de diversos actores y entidades simbólicas heredadas, reactualizados en la
vida cotidiana. La maternidad constituyó a lo largo de la historia un medio útil para
imponer, desde diferentes pertenencias ideológicas, políticas y económicas, un espacio
propio de acción para cada género. La maternidad es una arena política de definición de
espacios de poder. Así es como funcionó como dispositivo de control sobre el cuerpo, las
decisiones y los espacios de la mujer.
Como función biológica o como deseo existencial, la maternidad fue idealizada durante
mucho tiempo. La teoría feminista desde hace aproximadamente cuarenta años comenzó a
analizarla en todos sus componentes, rechazarla e incluso denigrarla. La principal
argumentación a favor de una actitud de sospecha en torno a la maternidad era que esta
“labor de amor” tejía formas sutiles y brutales de opresión personal y social hacia las
mujeres: la renuncia a un proyecto propio, la doble jornada de trabajo, la resignación ante la
violencia familiar, entre otras. Las respuestas políticas fueron diversas, algunas de ellas son
analizadas en este trabajo también.
Si bien no partiremos de una definición a priori de la maternidad para nuestro análisis,
siguiendo las definiciones de Marta Lamas (en Ávila, 2004), diferenciaremos dos áreas
donde este fenómeno se expresa: la “maternidad”, que refiere a la gestación, el parto y la
lactancia y el “maternazgo”, que refiere a la responsabilidad emocional, la crianza y el
cuidado de los hijos. La maternidad es una experiencia distintiva de las mujeres, en cambio,
el maternazgo no tiene que serlo necesariamente.
El análisis de la maternidad requiere comprender que se trata de una experiencia polisémica
y compleja; una dimensión subjetiva la define y a la vez se constituye a través de una
práctica social objetiva.
La maternidad en la teoría de género
La función de la reproducción social constituye una parte medular del sistema de género.
En esta función se conjugan de manera paradigmática las diferencias biológicas de los
sexos y las producciones culturales en torno a éstas.
Como función biológica o como deseo existencial, la maternidad fue idealizada durante
mucho tiempo. La teoría feminista desde hace aproximadamente cuarenta años comenzó a
analizarla en todos sus componentes, rechazarla e incluso denigrarla. La principal
argumentación a favor de una actitud de sospecha en torno a la maternidad era que esta
“labor de amor” tejía formas sutiles y brutales de opresión personal y social hacia las
mujeres: la renuncia a un proyecto propio, la doble jornada de trabajo, la resignación ante la
violencia familiar, entre otras. Como respuesta política, el feminismo defendió la
maternidad voluntaria. Varios años después comenzó a señalarse el hecho de que a muchas
mujeres la maternidad les servía como escudo para actitudes abusivas, incluso crueles, con
respecto a sus hijos y demás miembros de la familia (Verea, 2004).
En lo que sigue expondremos las diferentes propuestas teóricas en torno a la maternidad,
organizando la exposición en dos instancias, ambas enmarcadas en las teorías de género: de
acuerdo a tres períodos de la teoría feminista y de acuerdo a tres períodos de la teoría sobre
maternidades.
La maternidad en tres períodos de producción teórica feminista
Entre las primeras décadas del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial, los reclamos de
reivindicación feminista concebían a la maternidad como condición unificadora del sexo
femenino, al margen de la pobreza y el estatus ocupacional o matrimonial de las mujeres.
Este movimiento, llamado “Maternalismo Feminista” se constituyó dentro de lo que dio en
llamarse: la Primera Ola Feminista. En este período también las feministas exigieron que la
maternidad fuera reconocida como trabajo retribuido por el Estado, pues era una tarea
cuyos beneficios eran percibidos por toda la sociedad.
Durante la Segunda Ola Feminista, a finales de los años ´20, se deja de lado el reclamo en
torno a la maternidad y se focalizan las acciones en dirección a lograr la igualdad legal
entre varones y mujeres. Margaret Mead en 1935, en su texto “Sexo y temperamento en tres
sociedades primitivas”, planteó la idea revolucionaria de que el género era cultural, no
biológico y que podía variar ampliamente en contextos diferentes 1 . Más tarde, en 1949, en
“Masculino y femenino”, rompe con la idea biologicista de la maternidad y subraya la idea
del aprendizaje respecto de la reproducción. Cuestiona el discurso médico que advierte, sin
un sustento clínico suficiente, sobre afecciones del cuerpo de la mujer que no ejerció la
maternidad. A pesar de lo cual, deja poco espacio para la capacidad de agencia de los
sujetos, poniendo el acento en el condicionamiento cultural de la conducta y las
percepciones (Ávila, 2004).
Recién con la publicación de “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir en 1949, la
identidad de la mujer comienza a disociarse de la maternidad y ésta comienza a ser
estudiada como objeto científico. Beauvoir plantea la inexistencia del instinto maternal y
ubica en la naturaleza el dispositivo utilizado por el patriarcado para la dominación sobre la
mujer.
A fines de los ´60, las protestas estudiantiles dieron paso al surgimiento de la Tercera Ola
Feminista que buscaba la emancipación integral de la mujer. La aparición de la pastilla
anticonceptiva permitió que las mujeres tuvieran control sobre su fecundidad, al mismo
tiempo la interrupción voluntaria del embarazo se legalizaba en algunos países (Knibiehler,
2001). Un elemento constitutivo de la crítica al patriarcado fue el cuestionamiento de la
maternidad obligatoria (Sánchez Bringas, 2003). En este marco, Nancy Shepper Hughes
realiza estudios donde explora la diversidad de prácticas y representaciones de la
maternidad legítima en diferentes culturas. En estos estudios se conjugan desde las
conductas de entrega y cuidado incondicional de los hijos hasta el infanticidio (Ávila,
2004). Se comienza a difundir, a partir de investigaciones en este sentido, que el
infanticidio es una práctica presente en casi todas las culturas; las razones en general están
ligadas a lograr un mayor espaciamiento entre los hijos, a motivos económicos, a falta de
leche en la madre, entre otras (Verea, 2004).
Otra autora, Francoise Heritier, a partir de datos de sus investigaciones, afirma que el
instinto materno no existe y propone que el control sobre la fecundidad de las mujeres es
uno de los factores principales del origen del sistema de desigualdad entre varones y
mujeres. Este control lo ejercen los varones con mecanismos de poder, tales como la fuerza
física y la simbólica, que legitiman el orden social existente. La autora sostiene que la
eficacia de estos mitos se basa en el pensamiento por oposición de binomios (mujer-varón,
pureza-impureza, bueno-malo) (Ávila, 2004).
Actualmente los estudios latinoamericanos que analizan los cambios en la maternidad, los
atribuyen a transformaciones en las políticas públicas, los medios de comunicación,
educación, migraciones; a la crisis económica; al desarrollo de la vida urbana. En general se
observan estas transformaciones en los procesos microsociales, abordándolos como
procesos históricamente determinados (Sánchez Bringas, 2003).
Tres períodos en el abordaje feminista de la maternidad
1
Margaret Mead (1901-1978) perteneció, junto con Franz Boas, Ruth Benedict y Edgard Salir, al movimiento
Cultura y Personalidad, en el que se intentaba relacionar la antropología cultural con la psiquiatría y la
psicología. De ahí el interés en los procesos de socialización y aprendizaje en el contexto cultural (Ávila,
2004).
Ann Snitow (2004) diferencia tres períodos en el abordaje feminista de la maternidad: el
primero va de 1963 a 1974, el segundo de 1975 a 1979 y el tercero va de 1979 hasta hoy.
Al primer período lo caracteriza como representante del surgimiento de los “textos
demoníacos” porque fueron producciones a las que se culpó de clasistas, racistas,
homofóbicas. Un libro que la autora propone como exponente de esa etapa es “La mística
de la feminidad” de Friedan, ampliamente criticado por la comunidad y por la propia
autora, por considerarlo opositor a la familia, a que las mujeres tuvieran hijos, y por
exagerar en cuanto a las bondades de la autonomía de las mujeres. Snitow observa que fue
un libro satanizado, por el que la autora tuvo que pedir perdón y que fue citado fuera de
contexto para probar que el feminismo de comienzos de los setenta era “extrañamente
ciego”. Otro libro que ha sido acusado de ceguera, según esta autora, es “La dialéctica del
sexo” de 1970 de Firestone. Se acusó a la autora de querer destrozar a las madres, Snitow
no encuentra esa intención en el libro, pero reconoce que tiene un tipo de escritura utópica,
un entusiasmo acrítico a favor de la cibernética, un asco explícito ante el cuerpo
embarazado, y que presenta la imagen del cuerpo femenino como una cárcel de la que una
ciencia benigna y no patriarcal habría de liberarnos.
En este período, sin embargo, Snitow reconoce la existencia de ensayos producto de
trabajos inexpertos. Pero la autora considera que este tipo de expresiones son poco
frecuentes; asegura no haber encontrado en la producción feminista de la época textos de
odio contra las madres, tal como se consideraba, en las críticas, la intención de las
propuestas feministas de ese momento. En 1971 aparece el libro “Our bodies / Ourselves”
que refleja el autocuestionamiento del feminismo acerca de la maternidad. Para graficar lo
dicho, la autora cita frases del texto, tales como “nosotras, como mujeres, crecemos en una
sociedad que sutilmente nos conduce a creer que encontraremos nuestra máxima
realización al vivir nuestra función reproductiva”. Este tipo de expresiones fueron
interpretadas como un ataque a las amas de casa. Snitow considera que estas críticas al libro
fueron un artilugio de grupos de oposición para “dividir y reinar”. Este clima provocó
formas de producción más tibias en este sentido, habida cuenta que las madres y no madres
estaban a la defensiva.
En el segundo período – de 1975 a 1979 – cambia la tesitura política de producción
feminista. Fue un período de libertad de expresión, de investigación más amplia, de rechazo
de la ortodoxia, de apego a la realidad práctica. En esa etapa comenzó el trabajo feminista
de investigación de la maternidad: en 1976 aparece “Nacida de Mujer” de Adrienne Rich,
“La Sirena y el Minotauro” de Dorothy Dinnerstein, “The Mother Know” de Jane Lazarre y
“Women´s Body, Women´s Right” de Linda Gordon. En ese año también el feminismo
francés comenzó a influir en el feminismo académico de Estados Unidos. En 1978 se
publica “The Reproduction of Mothering” de Nancy Chodorow y “Black Macho and the
Mith of the Superwoman” de Michelle Wallace. Estas producciones abonaron la separación
entre maternazgo y la institución patriarchal de la maternidad e inauguraron debates acerca
del cuerpo, el esencialismo y la construcción social.
El tercer período es introducido, según Snitow, a partir de un artículo de Sara Ruddick en
1980: “Maternal Thinking”. En este artículo, Ruddick desarrolló lo que llamó “práctica
maternal” y “pensamiento maternal” y analizó qué es lo que las mujeres hacen cuando son
madres, intentando explicar por qué las mujeres están tan profundamente involucradas en la
experiencia maternal, incluso en condiciones muy opresivas. Lo que Ruddick no abordó es
la viabilidad de elegir no ser madres. Pero sí demandó apoyo del Estado para las tareas de
crianza, que eran, entonces como ahora, tareas desarrolladas mayormente por mujeres. Los
opositores al feminismo difundieron la interpretación de estos escritos según la cual la
irritación frente a la opresión denotada en estos textos, en realidad era irritación ante los
niños, las madres y las amas de casa. En 1986 se publican los libros “The Good Mother” de
Sue Millar y “A lesser Life” de Ann Hewlett. En este momento histórico, las mujeres se
encargan de todas las tareas del hogar y de crianza sin apoyo del Estado, e incluso ya
comienzan a insertarse masivamente en el mundo laboral remunerado. Hewlett manifiesta
que los modelos de igualdad legal son hipócritas y acusa al feminismo por no plantear
demandas ante el Estado para resolver esta situación. Snitow considera que la suposición de
Hewlett de que las mujeres llevan a cabo inevitablemente todo el trabajo de crianza, es
compartida por los varones en el poder, y que esta actitud es una de las causas de la
dificultad existente para obligar al Estado a que facilite otras instancias para hacer estos
trabajos.
No obstante, Snitow se pregunta si las madres están dispuestas a perder el poder sobre estas
áreas, delegándolas en varones y en el Estado.
Reflexiones finales
La función reproductora y de crianza está fundamentalmente asociada al espacio privado y
la vida en el hogar. Nuestra cultura opone la vida en el hogar a la vida pública, para las
mujeres, en su planteamiento más radical esta oposición se manifiesta en: altruismo versus
hedonismo. Esta tensión se traduce en una falsa oposición entre la pertenencia de la mujer
al mundo doméstico y al mundo público. Dos modelos que coexisten y funcionan como
mandato para las mujeres: la maternidad intensiva y la independencia de la mujer o su
propio interés egoísta (Hays, 1998).
Los discursos religiosos, culturales e institucionales hegemónicos oponen las “buenas
madres” a las “malas madres”, las primeras respetan la normativa de género que prescribe
una dedicación plena a la maternidad y maternazgo y un desdibujamiento del sujeto mujer
por debajo del sujeto madre. Las segundas, que no se ajustan al mandato, son interpretadas
por estos sectores, como expresiones aisladas, derivadas de trastornos mentales
individuales, o manifestaciones de anomias sociales propias de los pueblos salvajes y
atrasados o de las sociedades industrializadas modernas desnaturalizadas (Ávila, 2004).
En nuestra cultura el estereotipo de “madre” alude a: un determinado saber hacer maternal,
el instinto materno, la paciencia, la tolerancia, la capacidad de consuelo, la capacidad de
sanar, la capacidad de cuidar, de atender, de escuchar, proteger, sacrificarse, entre otras
virtudes. Esta matriz representacional contribuye a la oposición antes descrita, donde el
espacio público y el privado compiten por la atención de las mujeres (Verea, 2004).
La creciente influencia del “homo economicus” no alcanza para desarmar la ideología de la
maternidad intensiva ni la ética maternal (Hays, 1998; Lovibond, 1995).
La producción de nuevas generaciones le compete a la comunidad, las políticas públicas
respecto del cuidado y atención necesarios también deben comenzar a serlo.
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