En este proceso el concepto de derecho lingüístico cobra una importancia cada vez mayor.
Los
derechos lingüísticos forman parte de los derechos humanos fundamentales, tanto individuales
como colectivos, y se sustentan en los principios universales de la dignidad de los humanos y de la
igualdad formal de todas las lenguas. Los defensores de los derechos de las minorías lingüísticas
iniciaron un proceso de discusión para llegar a un conjunto de definiciones básicas y una serie de
condiciones mínimas para que las minorías puedan ejercer dichos derechos.
En un nivel individual significan el derecho de cada persona a “identificarse de manera positiva con
su lengua materna, y que esta identificación sea respetada por los demás”. Esto implica, como
derechos fundamentales, el derecho de cada individuo a aprender y desarrollar libre mente su
propia lengua materna, a recibir educación pública a través de ella, a usarla en contextos oficiales
socialmente relevantes, y a aprender por lo menos una de las lenguas oficiales de su país de
residencia.
En el nivel de las comunidades lingüísticas los derechos lingüísticos comprenden el derecho
colectivo de mantener su identidad y alteridad etnolingüísticas.
Cada comunidad debe poder “establecer y mantener escuelas y otras instituciones educativas,
controlar el currículo y enseñar en sus propias lenguas... mantener la autonomía para administrar
asuntos internos a cada grupo y contar con los medios financieros para realizar estas actividades”
Estas definiciones muy generales, que pretenden abarcar una gran diversidad de situaciones,
deberán complementarse con disposiciones específicas para cada caso como parte integral de las
legislaciones lingüísticas.
En la actualidad, muchos de los postulados anteriores son materia de arduos debates entre
experto En fuerzas políticas divergentes. Por esta razón, debemos
explorar la naturaleza de los derechos lingüísticos y su relación con los derechos humanos
generales. Debemos preguntarnos además de qué manera el estudio de temas centrales de la
sociolingüística como la planificación y política del lenguaje, el desplazamiento y la resistencia de
lenguas subordinadas o el uso de las lenguas en las instituciones pueden contribuir a la definición
de los derechos lingüísticos, a su implementación y defensa.
La argumentación en torno a la ubicación de los derechos lingüísticos se basa en una distinción
entre dos funciones del lenguaje: su función de expresión y de comunicación. Esta distinción, que
en la lingüística se considera como meramente analítica, ha servido de Funes des a la
argumentación en torno a la ubicación de los derechos lingüísticos se basa en una distinción entre
dos funciones del lenguaje: su función de expresión y de comunicación. Esta distinción, que en la
lingüística se considera como meramente analítica, ha servido de fundamento para atribuirle al
lenguaje un status jurídico antiguo, incluso contradictorio, ubicándolo en dos categorías diferentes
Como medio de expresión en abstracto, es decir, como el derecho a hablar , el derecho al lenguaje
forma parte de los derechos humanos fundamentales, al igual que el derecho a la libertad de
conciencia, religión, creencia u opinión, ya que éstos se consideran atributos naturales de todo
individuo.
Cuando se refieren a la función de comunicación que tiene el lenguaje, en cambio, los derechos
lingüísticos pierden su carácter absoluto, de derechos fundamentales, y se asocian más bien con la
categoría de derechos económicos, sociales y culturales que tienen que ser creados por una
iniciativa del Estado. Los derechos fundamentales pueden ser ejercidos por un individuo, mientras
que no es concebible implementar los derechos lingüísticos a una comunicación adecuada en
ausencia de una comunidad lingüística.
Algunos juristas han criticado, sin embargo, la dicotomía entre los derechos fundamentales
generales (individuales), otorgados a todos los ciudadanos, y los derechos lingüísticos (colectivos)
concedidos a grupos específicos. Sostienen que “el refinamiento de la teoría de los derechos
fundamentales permite demostrar, para un gran número de los textos constitucionales y de
decisiones jurídicas de los últimos veinte años, que la utilización creativa del derecho
fundamental.