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La Trinidad en la Biblia

El documento presenta la doctrina de la Trinidad, explicando que Dios existe como tres personas distintas - el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo - pero que son un solo Dios. Examina las evidencias bíblicas de la Trinidad desde el Génesis hasta el Apocalipsis y explora las cuatro formas en que se revela la paternidad de Dios, incluyendo como Creador, como Padre de Jesucristo y como Padre de los creyentes. Finalmente, analiza la relación entre el Padre y el Hijo como una ilustra

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La Trinidad en la Biblia

El documento presenta la doctrina de la Trinidad, explicando que Dios existe como tres personas distintas - el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo - pero que son un solo Dios. Examina las evidencias bíblicas de la Trinidad desde el Génesis hasta el Apocalipsis y explora las cuatro formas en que se revela la paternidad de Dios, incluyendo como Creador, como Padre de Jesucristo y como Padre de los creyentes. Finalmente, analiza la relación entre el Padre y el Hijo como una ilustra

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INTRODUCCIÓN

“Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el


Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia
de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser
rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean
multiplicados. (1Pedro 1:1-2).

La Trinidad de Dios, es una doctrina trascendental. El tema es, en


efecto, sumamente importante y constituye uno de los fundamentos
básicos de nuestra fe. Puede decirse que sin la Trinidad de Dios,
resultaría incomprensible, por no decir imposible, cuanto las Escrituras
nos enseñan acerca de nuestra salvación. Pero este no es un tema para
especular, sino para adorar.

La doctrina de la Trinidad se halla claramente contenida en la Biblia,


está presente en todo el recorrido de sus páginas. Las Sagradas
Escrituras no demuestran la Trinidad: la muestran.

Esta doctrina ha sido enseñada y sostenida por la Iglesia cristiana desde


los primeros tiempos, siendo normalmente expresada en la siguiente
fórmula: Dios es uno en esencia, pero subsiste en tres personas: el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. O dicho de otra manera: Dios es único,
pero existe eternamente con tres distinciones bajo la figura de personas.

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Es verdad que el hecho —lo tenemos que confesar— sobrepasa a


nuestra comprensión, pues no se conoce nada comparable en el mundo
de nuestra experiencia. Por eso es muy fácil caer en ideas confusas y
errores. Pero el hecho de que la doctrina de la Trinidad esté por encima
de nuestra comprensión, no quiere significar que esté en contra de
nuestra razón.

Todas las ilustraciones para explicar racionalmente la Trinidad se


prestan a establecer conceptos pobres e inadecuados. Sólo como
ejemplo de la posibilidad de combinar las ideas de unidad y pluralidad,
pensemos en el rayo de luz, único, que al atravesar el prisma de cristal
se descompone en los siete colores del arco iris.

Hallamos en casi toda la Biblia la idea de la pluralidad de personas


divinas, lo cual significa que la doctrina de La Trinidad tiene su apoyo en
las Sagradas Escrituras desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Iniciamos pues este recorrido maravilloso en el cual encontraremos


conceptos bíblicos básicos, pidiendo al Señor que a través de su Santo
Espíritu ilumine nuestra comprensión a fin de ser edificados sobre
nuestra santísima fe (Judas 20).

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del


Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amen (2 Corintios 13:14).

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1. DIOS EL PADRE
A. EL PADRE COMO LA PRIMERA PERSONA

Se indica que hay tres Divinas Personas: EL PADRE, EL HIJO y EL


ESPIRITU SANTO y que ellas son un solo Dios. La primera Persona es
asignada como el Padre; por lo tanto, el Padre no es la Trinidad, el Hijo
no es la Trinidad, y el Espíritu Santo tampoco es la Trinidad. La Trinidad
incluye las tres Personas. Aunque la doctrina del Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo esta presentada en el Antiguo Testamento; y estos
términos se dan a las personas de la Trinidad; el Nuevo Testamento
define y revela la doctrina total. Y en esta revelación neotestamentaria
el Padre aparece eligiendo, amando y dando; El Hijo se revela
sufriendo, redimiendo y sustentando; mientras que el Espíritu Santo se
manifiesta regenerando, impartiendo poder y santificando. La
revelación del Nuevo Testamento se centraliza en revelar a Jesucristo,
pero a la vez, presentando a Cristo como el Hijo de Dios, la Verdad de
Dios el Padre es de esta manera revelada. Dado el orden irreversible del
Padre mandando y comisionando al Hijo, y el Hijo mandando y
comisionando al Espíritu Santo, el Padre se designa correctamente en
teología como la Primera Persona, sin rebajar en ninguna manera la
inefable deidad de la Segunda o la Tercera Persona.

En la revelación concerniente a la paternidad de Dios pueden


observarse cuatro aspectos diferentes: 1) Dios como el Padre de toda la
creación; 2) Dios el Padre por relación íntima; 3) Dios como el Padre de

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nuestro Señor Jesucristo, y 4) Dios como el Padre de todos los que creen
en Jesucristo como Salvador y Señor.

B. LA PATERNIDAD SOBRE LA CREACIÓN

Aunque las tres Personas participaron en la creación y sostenimiento


del universo físico y de las criaturas que existen en él, la Primera
Persona, o sea Dios el Padre, en una manera especial es el Padre de toda
la creación. De acuerdo a Efesios 3: 14 y 15, Pablo escribe: “Por esta
causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de
quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra.” Aquí toda
la familia de criaturas morales, incluyendo ángeles y hombres, son
declaradas para constituir una familia de la cual Dios es el Padre. De
manera similar, en Hebreos 12: 9 la Primera Persona es nombrada como
“el Padre de los espíritus”, lo que parece otra vez incluir todos los seres
morales como ángeles y hombres.

De acuerdo a Santiago 1:17 la Primera Persona es el “Padre de las


luces”, una expresión peculiar que parece indicar que Él es el originador
de toda luz espiritual. En (Job 1:6, 2:1,38:7) los ángeles se describen
como “Hijos de Dios”. A Adán se le refiere como de Dios por creación
en Lucas 3: 38, por implicación, un hijo de Dios. Malaquías 2:10 hace la
pregunta: “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un
mismo Dios?”.

Pablo dirigiéndose a los atenienses lo incluyó en este argumento:


“Siendo, pues, linaje de Dios” (Hechos 17:29) en 1 Corintios 8: 6 se hace
la declaración: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre,
del cual proceden todas las cosas-“

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En las bases de estos textos hay suficiente campo para concluir que la
Primera Persona de la Trinidad, como el Creador, es el Padre de toda la
creación, y que todas las criaturas que tienen vida física, deben su
origen a Él. Solamente en este sentido es correcto referirse a la
paternidad universal de Dios. Todas las criaturas participan en este
sentido en la hermandad universal de la creación. Esto no justifica, sin
embargo, el mal uso de esta doctrina por los teólogos liberales para
enseñar la salvación universal, o que cada hombre tiene a Dios como su
Padre en un sentido espiritual.

C. LA PATERNIDAD POR UNA INTIMA RELACION

El concepto y relación del padre y el hijo se usan en el Antiguo


Testamento, en muchas instancias para relacionar a Dios con Israel. De
acuerdo a Éxodo 4: 22, Moisés instruyó al Faraón: “Jehová ha dicho así:
Israel es mi hijo, mi primogénito.” Esto era más que ser meramente su
Creador y era menos que decir que ellos eran regenerados, pues no
todo Israel tenía vida espiritual. Afirma una relación especial de cuidado
divino y solicitud para con Israel similar a la de un padre hacia un hijo. Él
dijo a David: “Yo le seré a él Padre, y él me será a mi hijo” (2 Samuel
7:14). En general, Dios declara que su cuidado como un Padre será sobre
todos quienes confían en Él como su Dios. De acuerdo al Salmo 103: 13,
la declaración se hace: “Como el padre se compadece de sus hijos, se
compadece Jehová de los que le temen”.

D. EL PADRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

La primera Persona se describe como “el Dios y Padre de Nuestro


Señor Jesucristo” (Efesios 1:3). La revelación teológica más

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comprensiva del Nuevo Testamento es que Dios el Padre, la Primera


Persona, es el Padre del Señor Jesucristo, la Segunda Persona. El hecho
de que Jesucristo en el Nuevo Testamento, se refiere frecuentemente
como el Hijo de Dios, y que los atributos y obras de Dios le son
constantemente asignados, constituye de una vez la prueba de la deidad
de Jesucristo y la doctrina de la Trinidad como un todo, con Cristo como
la segunda Persona, como un hijo está relacionada a un padre. La
relación de Padre e Hijo, por lo tanto, se refiere a la deidad y unidad de
la Santa Trinidad desde la eternidad, en contraste a la Encarnación, en la
cual el Padre estaba relacionado a la humanidad de Cristo, la cual
empezó en un tiempo.

Usando los términos “Padre” e “Hijo” para describir la Primera y


Segunda Personas, los términos son elevados a su más alto nivel,
indicando unidad de vida, unidad de carácter y atributos, y aun una
relación en la cual el Padre pudiera dar y enviar al Hijo, aun cuando esto
se relaciona esencialmente con la obediencia del Hijo muriendo en la
cruz. La obediencia de Cristo está basada sobre su calidad de Hijo no en
ninguna desigualdad con Dios el Padre en la unidad de la Trinidad.

Mientras que la relación entre la Primera y la Segunda Personas de la


Trinidad es en realidad como la de un padre con su hijo y la de un hijo
con su padre (2 Corintios 1: 3; Gálatas 4: 4; Hebreos 1:2), el hecho en sí
de esta relación ilustra una verdad vital que para hacerse accesible a
nosotros condesciende a expresarse en la forma de pensamiento que
corresponde a una mente finita.

Aunque brevemente mencionada en el Antiguo Testamento (Salmo 2:


7; Isaías. 7: 14; 9: 6, 7), es una de las enseñanzas más amplias del Nuevo

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Testamento, como puede verse en los puntos que señalamos a


continuación:

1. Se declara que el Hijo de Dios ha sido engendrado por el Padre


(Salmo 2: 7; Juan. 1: 14, 18; 3:16, 18; 1 Juan. 4: 9).
2. El Padre reconoce como su Hijo al Señor Jesucristo (Mateo 3: 17;
17: 5; Lucas 9: 35).
3. El Señor Jesucristo reconoce a la Primera Persona de la Trinidad
como su Padre (Mateo 11: 27; 26: 63, 64; Lucas. 22: 29; Juan 8: 16-
29, 33 – 44; 17:1).
4. Los hombres reconocen que Dios el Padre es el Padre del Señor
Jesucristo (Mateo 16: 16; Marcos 15: 39; Juan 1:34, 49; Hechos 3:
13).
5. El Hijo manifiesta su reconocimiento del Padre sometiéndose a Él.
(Juan 8:29, 49).
6. Aun los demonios reconocen la relación que existe entre el Padre y
el Hijo (Mateo 8: 29)

E. EL PADRE DE TODOS LOS QUE CREEN EN CRISTO


En contraste al concepto de Dios el Padre como el Creador, el cual se
extiende a todas las criaturas, está la verdad de que Dios es el Padre, en
una manera especial, de aquellos que creen en Cristo y han recibido la
vida eterna.

El hecho de que Dios es el Padre de toda la creación no asegura la


salvación de todos los hombres ni tampoco les da a todos vida eterna.
La Escritura declara que hay salvación sólo para aquellos que han
recibido a Cristo por la fe como su Salvador. La afirmación de que Dios

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el Padre, es el Padre de toda la Humanidad y que hay, por lo tanto, una


hermandad universal entre los hombres, no significa que todos son
salvos e irán al cielo. La Escritura enseña, en lugar de lo anterior, que
sólo aquellos quienes creen en Cristo para salvación son hijos de Dios en
un sentido espiritual. Esto no es en el terreno de su nacimiento natural
dentro de la raza humana, ni en el terreno en el cual Dios es su Creador,
sino más bien está basado en su segunda nacimiento, o espiritual,
nacimiento dentro de la familia de Dios (Juan 1: 12; Gálatas 3: 26;
Efesios 2: 19; 3:15; 5:1).

Por medio de la obra de regeneración que efectúa el Espíritu Santo, el


creyente es hecho un hijo legítimo de Dios. Y siendo Dios su Padre en
verdad, el redimido es impulsado por el Espíritu a exclamar: “Abba,
Padre”. Por haber nacido de Dios, es ya un participante de la naturaleza
divina y, sobre la base de ese nacimiento, ha llegado a ser un heredero
de Dios y coheredero con Cristo (Juan 1: 12-13; 3: 3-6; Romanos 8:
16,17; Tito 3: 4-7; 1 Pedro 1:4). Además, la salvación no se pierde, es
eterna: (Juan 3:16,36; 10:27,28; Efesios 1:13; Hechos 13:38,39). El acto
de impartir la naturaleza divina es una operación tan profunda
efectuada en el creyente, que nunca se dice que la naturaleza así
impartida puede removerse por alguna causa.

Ningún ser humano puede por su propia fuerza convertirse en un hijo


de Dios. Esta es una transformación que sólo Dios es capaz de hacer, y El
la efectúa únicamente a base de la sola condición que El mismo ha
establecido, es decir, que Cristo sea creído y recibido en su carácter de
único y suficiente Salvador (Juan 1:12).

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La paternidad de Dios es una doctrina importante del Nuevo


Testamento (Juan 20:17; 1 Corintios 15:24; Efesios 1:3; 2:18; 4:6;
Colosenses 1: 12,13; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 1:3; 2:1, 22; 3:1). La seguridad
del amor y el cuidado de nuestro Padre Celestial es un gran consuelo
para los cristianos y un estímulo a la fe y a la oración.

2. DIOS EL HIJO:
SU PREEXISTENCIA

Siendo al mismo tiempo perfectamente humano y perfectamente


divino, el Señor Jesucristo es semejante y a la vez distinto a los hijos de
los hombres. Las Escrituras son muy claras respecto a la semejanza de Él
con los humanos (Juan 1:14; 1 Timoteo 3:16; Hebreos 2:14-17), y lo
presentan como un hombre que nació, vivió, sufrió y murió entre los
hombres. Pero de igual manera la Biblia enseña que Él es diferente a
nosotros, no solamente en el carácter impecable de su vida terrenal, en
su muerte vicaria y en su gloriosa resurrección y ascensión, sino también
en el hecho maravilloso de su preexistencia eterna.

En cuanto a su humanidad, Él tuvo principio, pues fue concebido por el


poder del Espíritu Santo y nació de una virgen. En cuanto a su divinidad,
Él no tuvo principio, pues ha existido desde la eternidad. En Isaías 9:6
leemos: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado”. La distinción
es obvia entre el niño que nació y el Hijo que nos es dado.

Así también en Gálatas 4:4 se declara: “Cuando vino el cumplimiento


del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”.
El que existía desde la eternidad, llegó a ser, en la plenitud del tiempo,
“nacido (la descendencia) de mujer”. Declarando que Cristo fue
preexistente, meramente se afirma que Él existió antes de que se
hubiera encarnado, puesto que todos los propósitos también afirman

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que Él existía desde toda la eternidad pasada. La idea de que Él era


prexistente sólo en el sentido de ser el primero de todos los seres
creados (la así llamada herejía arriana del siglo IV) no es una enseñanza
moderna. Así las pruebas de su preexistencia y las pruebas para su
eternidad pueden ser agrupadas juntas. Es también evidente que si
Cristo es Dios, Él es eterno, y si Él es Eterno, Él es Dios, y las pruebas
para la deidad de Cristo y su eternidad se sostienen unas a otras.

La eternidad y deidad de Jesús es establecida por dos líneas de


revelación: 1) declaraciones directas, y, 2) implicaciones de la Escritura.

A. DECLARACIONES DIRECTAS DE LA ETERNIDAD Y DEIDAD DEL


HIJO DE DIOS

La eternidad y deidad de Jesucristo están sostenidas en una vasta área


de la Escritura, la cual afirma su infinita Persona y su existencia eterna
igual con las otras Personas de la Trinidad. Este hecho no es afectado
por su encarnación.
La Escritura declara en Juan 1:1-2: “En el principio era el Verbo, y el
Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con
Dios”. De acuerdo a Miqueas 5:2 “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para
estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en
Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la
eternidad”.

Isaías 7:14 afirma su nacimiento virginal y le da el nombre de Emanuel,


lo cual significa “Dios con nosotros”. De acuerdo a Isaías 9:6-7, aunque
Jesús fue un niño nacido, Él fue también dado como un hijo y es
llamado específicamente “el Dios fuerte”. Cuando Cristo declaró en
Juan 8:58: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo
soy”, los judíos entendieron que esto era una afirmación de la deidad y
la eternidad (Éxodo 3:14; Isaías 43:13). En Juan 17:5, Cristo, en su

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oración, declaró: “Ahora, pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con


aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. (Juan
13:3). Filipenses 2:6-7 dice que Cristo fue “en forma de Dios” antes de
su encarnación. Una declaración más explícita se hace en Colosenses
1:15-19, donde se declara que Jesucristo es, antes de toda la creación,
el Creador mismo, y la imagen exacta del Dios invisible. En 1 Timoteo
3:16 se declara a Jesucristo como “Dios …manifestado en carne”. En
Hebreos 1:2-3 el hecho de que el Hijo es el Creador y la exacta imagen
de Dios se declara nuevamente, y su eternidad se afirma en 13:8
(Efesios 1:4; Apocalipsis 1:11). La Escritura declara muy a menudo que
Cristo es eterno y que Él es Dios. La educación contemporánea, la cual
acepta la Biblia como la autoridad irresistible –con excepción de algunas
sectas-, afirma la eternidad y deidad de Cristo.

B. IMPLICACIONES DE QUE EL HIJO DE DIOS ES ETERNO

La Palabra de Dios constante y consistentemente implica la


preexistencia y eternidad del Señor Jesucristo. Entre las pruebas obvias
de este hecho pueden resaltarse varias:

1. Las obras de la creación son adjudicadas a Cristo. (Juan 1:3;


Colosenses 1:16; Hebreos 1:10). Por lo tanto, Él antecede a toda la
creación.

2. El Ángel de Jehová, cuya apariencia se recuerda a menudo en el


Antiguo Testamento, no es otro que el Señor Jesucristo. Aunque Él
aparece algunas veces como un ángel o aún como un hombre, Él
lleva las marcas de la deidad. Él apareció a Agar (Génesis 16:7), a
Abraham (Génesis 18:1; 22:11-12; véase Juan 8:58), a Jacob (Génesis
48:15-16; véase también Génesis 31:11-13; 32:24-32), a Moisés
(Éxodo 3:2, 14), a Josué (Josué 5:13-14) y a Manoa (Jueces 13:19-22).

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Él es quien lucha por los suyos y los defiende (2 Reyes 19:35; 1


Crónicas 21:15-16; Salmos 34:7; Zacarías. 14:1-4).

3. Los títulos adjudicados al Señor Jesucristo indican la eternidad de su


Ser. Él es precisamente lo que sus nombres sugieren. Él es “el Alfa y
Omega”, “el Cristo”, “Admirable”, “Consejero”, “Dios fuerte”,
“Padre eterno”, “Dios”, “Dios con nosotros”, el “gran Dios y
Salvador” y “Dios bendito para siempre”. Estos títulos identifican al
Señor Jesucristo como la revelación del Antiguo Testamento acerca
de Jehová-Dios (compárese Mateo 1:23 con Isaías 7:14; Mateo 4:7
con Deuteronomio 6:16; Marcos 5:19 con Salmos 66:16, y Salmos
110:1 con Mateo 22:42-45).
Además, los nombres que el Nuevo Testamento le da el Hijo de Dios
se hallan íntimamente relacionados con los títulos del Padre y del
Espíritu, lo que indica que Cristo está en un plano de igualdad con la
Primera y la Tercera Persona de la Trinidad (Mateo 28:19; Hechos
2:38; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 13:14; Juan 14:1; 17:3; Efesios 6:23;
Apocalipsis 20:6; 22:3), y explícitamente Él es llamado Dios
(Romanos 9:5; Juan 1:1; Tito 2:13; Hebreos 1:8).

4. La preexistencia del Hijo de Dios se sobreentiende en el hecho de


que Él tiene los Atributos de la Deidad: Vida (Juan 1:4), Existencia
en sí mismo (Juan 5:26, Inmutabilidad (Hebreos 13:8), Verdad (Juan
14:6), Amor (1 Juan 3:16), Santidad (Hebreos 7:26), Eternidad
(Colosenses 1:17; Hebreos 1:11), Omnipresencia (Mateo 28:20),
Omnisciencia (1 Corintios 4:5; Colosenses 2:3) y Omnipotencia
(Mateo 28:18; Apocalipsis 1:8).

5. De igual manera, la preexistencia de Cristo se sobreentiende en el


hecho de que Él es adorado como Dios (Juan 20:28; Hechos 7:59-60;
Hebreos 1:6). Por lo tanto, se concluye que siendo el Señor
Jesucristo Dios, Él existe de eternidad a eternidad. Esta exposición
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que recalca la Deidad de Cristo, debe estar inseparablemente


relacionado con el tema que sigue, en el cual se da énfasis a la
humanidad del Hijo de Dios, realizada a través de la encarnación.
3. DIOS EL HIJO:
SU ENCARNACIÓN

Al considerar la encarnación deben de admitirse dos verdades


importantes: 1) Cristo fue al mismo tiempo, y en un sentido absoluto,
verdadero Dios y verdadero hombre; y 2) al hacerse Él carne, aunque
dejó a un lado su Gloria, en ningún sentido dejó a un lado su deidad. En
su encarnación Él retuvo cada atributo esencial de su deidad. Su total
deidad y completa humanidad son esenciales para su obra en la cruz. Si
Él no hubiera sido hombre, no podría haber muerto; si Él no hubiera sido
Dios, su muerte no hubiera tenido tan infinito valor.

Juan declara (Juan 1:1) que Cristo, quien era uno con Dios y era Dios
desde toda la eternidad, se hizo carne y habitó entre nosotros (1:14).
Pablo, asimismo, declara que Cristo, quien era en forma de Dios, tomó
sobre sí mismo la semejanza de hombre (Filipenses 2:6-7); “Dios fue
manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16); y Él, quien fue la total
revelación de la gloria de Dios, fue la exacta imagen de su persona
(Hebreos 1:3). Lucas, en más amplios detalles, presenta el hecho
histórico de su encarnación, así mismo como ambos su concepción y su
nacimiento (Lucas 1:26-38; 2:5-7).

La Biblia presenta muchos contrastes, pero ninguno más sorprendente


que aquel que Cristo en su persona debería ser al mismo tiempo
verdadero Dios y verdadero hombre. Las ilustraciones de estos
contrastes en las Escrituras son muchas: Él estuvo cansado (Juan 4:6), y
Él ofreció descanso a los que estaban trabajados y cargados (Mateo
11:28); Él tuvo hambre (Mateo 4:2), y Él era “el pan de vida” (Juan 6:35);

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Él tuvo sed (Juan 19:28), y Él era el agua de vida (Juan 7:37). Él estuvo
en agonía (Lucas 22:44), y curó toda clase de enfermedades y alivió todo
dolor. Aunque había existido desde la eternidad (Juan 8:58). Él creció
“en edad” como crecen todos los hombres (Lucas 2:40). Sufrió la
tentación (Mateo 4:1) y, como Dios, no podía ser tentado. Se limitó a sí
mismo en su conocimiento (Lucas 2:52), aun cuando Él era la sabiduría
de Dios.

Refiriéndose a su humillación, por la cual fue hecho un poco menor que


los ángeles (Hebreos 2:6-7), Él dice: “Mi Padre es mayor que yo”. (Juan
14:28); y “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30), y “El que me ha visto
a mí, ha visto al Padre (Juan 14:9). Él oraba (Lucas 6:12), y Él contestaba
las oraciones (Hechos 10:31). Lloró ante la tumba de Lázaro (Juan
11:35), y resucitó a los muertos (Juan 11:43). Él preguntó: “¿Quién
dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13), y “no
tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él
sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:25). Cuando estaba en la cruz
exclamo: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?”.
(Marcos 15:34). Pero el mismo Dios quien así clamó estaba en aquel
momento “en Cristo reconciliando al mundo a sí” (2 Corintios 5:19). Él
es la vida eterna; sin embargo, murió por nosotros. Él es el hombre ideal
para Dios y el Dios ideal para el hombre. De todo esto se desprende que
el Señor Jesucristo vivió a veces su vida terrenal en la esfera de lo que es
perfectamente humano, en otras ocasiones en la esfera de lo que es
perfectamente divino. Y es necesario tener presente que el hecho de su
humanidad nunca puso límite, de ningún modo, a su Ser divino, ni le
impulsó a echar mano de sus recursos divinos para suplir sus
necesidades humanas. Él tenía el poder de convertir las piedras en pan a
fin de saciar su hambre; pero jamás lo hizo.

A. EL HECHO DE LA HUMANIDAD DE CRISTO

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1. a humanidad de Cristo fue determinada desde antes de la


fundación del mundo (Efesios 1:4-7; 3:11; Apocalipsis 13:8). El
principal significado del tipo del Cordero está en el cuerpo físico
que se ofrece en sacrificio cruento a Dios.
2. Cada tipo y profecía del Antiguo Testamento concerniente a
Cristo, anticipa el advenimiento del Hijo de Dios en su
encarnación.
3. El hecho de la humanidad de Cristo se ve en la anunciación del
ángel a María y en el nacimiento del Niño Jesús (Lucas 1:31-35).
4. La vida terrenal de Cristo revela su humanidad: 1) Por sus
nombres: “el Hijo del hombre”, “el Hijo de David”, u otros
semejantes; 2) por su ascendencia terrenal: Se le menciona
como “el primogénito de María” (Lucas 2:7), “la descendencia
de David” (Hechos 2:30 13:23), “la descendencia de Abraham”
(Hebreos 2:16), “nacido de mujer” (Gálatas 4:4) “vástago de
Judá” (Isaías 11:1); 3) por el hecho que Él poseía cuerpo, y alma,
y espíritu humanos (Mateo 26:38; Juan 13:21; 1 Juan 4:2, 9); y 4)
por las limitaciones humanas que Él mismo se impuso.
5. La humanidad de Cristo se manifiesta en su muerte y
resurrección. Fue un cuerpo humano el que sufrió la muerte en
la cruz, y fue ese mismo cuerpo el que surgió de la tumba en
gloriosa resurrección.
6. La realidad de la humanidad de Cristo se ve también en su
ascensión a los cielos y en el hecho de que Él está allí, en su
cuerpo humano glorificado, intercediendo por los suyos.
7. Y en su segunda venida será “el mismo cuerpo” -aunque ya
glorificado- que adoptó en el milagro de la encarnación.

B. LAS RAZONES BIBLICAS DE LA ENCARNACIÓN

1. Cristo vino al mundo para revelar a Dios ante los hombres


(Mateo 11:27; Juan 1:18; 14:9; Romanos 5:8; 1 Juan 3:16). Por
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medio de la encarnación, el Dios, a quien los hombres no podían


comprender, se revela en términos que son accesibles al
entendimiento humano.
2. Cristo vino a revelar al hombre. Él es el Hombre ideal para Dios, y
como tal, se presenta como un ejemplo para los que creen en Él
(1 Pedro 2:21), aunque no para los inconversos, pues el objetivo
de Dios en cuanto a ellos no es meramente reformarlos, sino
salvarlos.
3. Cristo vino a ofrecer un sacrificio por el pecado. Por esta causa,
Él da alabanza por su cuerpo a Dios, y esto lo hace en relación
con el verdadero sacrificio que por nuestro pecado Él ofreció en
la cruz (Hebreos 10:1-10).
4. Cristo se hizo carne a fin de destruir las obras del diablo (Juan
12:31; 16:11; Colosenses 2:13-15; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8).
5. Cristo vino al mundo para ser “misericordioso y fiel sumo
sacerdote en lo que a Dios se refiere” (Hebreos 2:16-17; 8:1;
9:11-12, 24).
6. Cristo se hizo carne para poder cumplir el pacto davídico (2
Samuel 7:16; Lucas 1:31-33; Hechos 2:30-31, 36; Romanos 15:8).
El aparecerá en su cuerpo humano glorificado y reinará como
“Rey de reyes y Señor de señores”, y se sentará en el trono de
David su padre (Lucas 1:32; Apocalipsis 19:16).
7. Por medio de su encarnación, Cristo llegó a ser “Cabeza sobre
todas las cosas y de la iglesia”, la cual es la Nueva Creación, o
sea, la nueva raza humana (Efesios 1:22). En la encarnación, el
Hijo de Dios tomó para sí, no solamente un cuerpo humano, sino
también un alma y un espíritu humanos. Y poseyendo de este
modo tanto la parte material como la inmaterial de la existencia
humana, llegó a ser un hombre en todo el sentido que esta
palabra encierra, y a identificarse tan estrecha y
permanentemente con los hijos de los hombres, que Él es
correctamente llamado “el postrer Adán”; y “el cuerpo de la
16
17

gloria suya” (Filipenses 3:21) es ahora una realidad que


permanece para siempre.

El Cristo que es el Hijo Eterno, Jehová Dios, fue también el Hijo de María,
el Niño de Nazaret, el Maestro de Judea, el Huésped de Betania, el
Cordero del Calvario. Y un día se manifestará como el Rey de gloria, así
como ahora es el Salvador de los hombres, el Sumo Sacerdote que está
en los cielos, el Esposo que viene por su Iglesia, y el Señor.

4. DIOS EL HIJO: SU MUERTE VICARIA

En la Escritura se revela la muerte de Cristo como un sacrificio por los


pecados de todo el mundo. De acuerdo a ello, Juan el Bautista presentó
a Jesús con las palabras: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo” (Juan 1:29). Jesús, en su muerte, fue el sustituto
muriendo en el lugar de todos los hombres. Aunque “sustituto” no es
específicamente un término bíblico, la idea de que Cristo es el sustituto
para los pecadores se afirma constantemente en las Escrituras. Por
medio de la muerte vicaria, los juicios justos e inconmensurables de Dios
contra el pecador fueron llevados por Cristo. El resultado de esta
sustitución es en sí mismo tan simple y definitivo como la misma
transacción. El Salvador ya ha cargado con los juicios divinos contra el
pecador a total satisfacción de Dios. Para recibir la salvación que Dios
ofrece, se les pide a los hombres que crean estas buenas nuevas,
reconociendo que Cristo murió por sus pecados y por este medio
reclamar a Jesucristo como su Salvador personal.

La palabra “sustitución” expresa sólo parcialmente todo lo que se llevó


a cabo en la muerte de Cristo. En realidad, no hay un término que
pudiéramos decir que incluye el todo de esa obra incomparable. El uso
popular ha tratado de introducir para este propósito la palabra
“expiación”; pero este vocablo no aparece ni una solo vez en el Nuevo
17
18

Testamento, y, de acuerdo a su uso en el Antiguo Testamento, significa


solamente cubrir el pecado. Esto proveía una base para un perdón
temporal “ a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los
pecados pasados” (Romanos 3:25). Aunque en los tiempos del Antiguo
Testamento se requería nada más que el sacrificio de un animal para el
remitir (literalmente “tolerar”, “pasar por alto”, Romanos 3:25) y el
disimular (literalmente “pasar por alto”, sin castigo, (Hechos 17:30) los
pecados, Dios estaba, no obstante, actuando en perfecta justicia al
hacer este requerimiento, puesto que Él miraba hacia la manifestación
de su Cordero, el cual vendría no solamente a pasar por alto o cubrir el
pecado, sino a quitarlo de una vez y para siempre (Juan 1:29).

A. LO QUE IMPLICA LA MUERTE DEL HIJO

Al considerar el valor total de la muerte de Cristo deben distinguirse los


siguientes hechos:

1. La muerte de Cristo nos da seguridad del amor de Dios hacia el


pecador (Juan 3:16; Romanos 5:8; 1 Juan 3:16; 4:9); y en adición
a esto hay, naturalmente, una acción refleja o requerimiento
moral que se proyecta, a través de esta verdad tocante al amor
divino, sobre la vida de los redimidos (2 Corintios 5:15; 1 Pedro
2:11-25); pero no debe olvidarse que toda demanda referente a
la conducta diaria no se dirige nunca a los inconversos sino a los
que ya son salvos en Cristo.

2. La muerte de Cristo es una redención o rescate pagado a las


demandas santas de Dios para el pecador y para liberar al
pecador de la justa condenación. Es significativo que la palabra
discriminadora “por” significa “en lugar de”, o “en favor de”, y
es usada en cada pasaje en el Nuevo Testamento donde se
menciona la muerte de Cristo como un rescate (Mateo 20:28;
18
19

Marcos 10:45; 1 Timoteo 2:6). La muerte de Cristo fue un castigo


necesario, el cual Él cargó por el pecador (Romanos 4:25; 2
Corintios 5:21; Gálatas 1:4; Hebreos 9:28). Al pagar el precio de
nuestro rescate Cristo nos redimió. En el Nuevo Testamento se
usan tres importantes palabras griegas para expresar esta idea:
a) agorazo, que quiere decir “comprar en un mercado” (agora
significa “mercado”). El hombre, en su pecado, es considerado
bajo la sentencia de muerte (Juan 3:18-19; Romanos 6:23), un
esclavo “vendido al pecado” (Romanos 7:14), pero en el acto de
la redención es comprado por Cristo a través del derramamiento
de su sangre (1 Corintios 6:20; 7:23; 2 Pedro 2:1; Apocalipsis 5:9;
14:3-4); b) exagorazo, que significa “comprar y sacar del
mercado de la venta”, lo que agrega el pensamiento no sólo de
la compra, sino también de que nunca más estará expuesto a la
venta (Gálatas 3:13), indicando que la redención es una vez y
para siempre; c) lutroo, “dejar libre” (Lucas 24:21; Tito 2:14; 1
Pedro 1:18). La misma idea se encuentra en el vocablo lutrosis
(Lucas 2:38; Hebreos 9:12), y otra expresión similar, epoiesen
lutrosin (Lucas 1:68), y otra forma usada frecuentemente,
apolutrosis, indicando que se libera a un esclavo (Lucas 21:28;
Romanos 3:24; 8:23; 1 Corintios 1:30; Efesios 1:7, 14; 4:30;
Colosenses 1:14). El concepto de la redención incluye la compra,
el quitar de la venta, y la completa libertad del rescate individual
a través de la muerte de Cristo y la aplicación de la redención por
medio del Espíritu Santo.
Así, también, la muerte de Cristo fue una ofrenda por el pecado,
no semejante a las ofrendas de animales presentadas en tiempos
del Antiguo Testamento, las cuales podían solamente cubrir el
pecado, en el sentido de retardar el tiempo del justo y merecido
juicio contra el pecado. En su sacrificio, Cristo llevó sobre “su
cuerpo en el madero” nuestros pecados, quitándolos de una vez

19
20

y para siempre (Isaías 53:7-12; Juan 1:29; 1 Corintios 5:7; Efesios


5:2; Hebreos 9:22, 26; 10:14).

3. La muerte de Cristo está representada en su parte como un acto


de obediencia a la ley que los pecadores han quebrantado, cuyo
hecho constituye una propiciación o satisfacción de todas las
justas demandas de Dios sobre el pecador. La palabra griega
hilasterion se usa para el “propiciatorio” (Hebreos 9:5), el cual
era la tapa del arca en el lugar Santísimo, y que cubría la ley en el
arca. En el Día de la Expiación (Levítico 16:14) el propiciatorio era
rociado con sangre desde el altar y esto cambiaba el lugar de
juicio en un lugar de misericordia (Hebreos 9:11-15). De manera
similar, el trono de Dios se convierte en un trono de gracia
(Hebreos 4.14-16) a través de la propiciación de la muerte de
Cristo, una palabra griega similar, hilasmos, se refiere al acto de
propiciación (1 Juan 2:2; 4:10); el significado es que Cristo,
muriendo en la cruz, satisfizo completamente todas las
demandas justas de Dios en cuanto al juicio para el pecado de la
Humanidad. En Romanos 3:25-26 Dios declara, por tanto, que Él
perdona en su justicia los pecados antes de la cruz, sobre la base
de que Cristo moriría y satisfaría completamente la ley de la
justicia. En todo esto Dios no está descrito como un Dios que se
deleita en la venganza sobre el pecador, sino más bien un Dios el
cual a causa de su amor se deleita en misericordia para el
pecador. En la redención y propiciación, por lo tanto, el creyente
en Cristo está seguro de que el precio ha sido pagado en su
totalidad, que él ha sido puesto libre como pecador y que todas
las demandas justas de Dios para el juicio sobre él debido a sus
pecados han sido satisfechas.

4. La muerte de Cristo no sólo satisfizo a un Dios Santo, sino que


proveyó las bases por medio de las cuales el mundo fue
20
21

reconciliado para con Dios. La palabra griega katallasso, que


significa “reconciliar”, tiene en sí el pensamiento de traer a Dios
y al hombre juntos por medio de un cambio total en el hombre.
Aparece frecuentemente en varias formas en el Nuevo
Testamento (Romanos 5:10-11; 1 Corintios 7:11; 2 Corintios
5:18-20; Efesios 2:16 Colosenses 1:20-21). El concepto en cuanto
a reconciliación no significa que Dios cambie, sino que su
relación hacia el hombre cambia debido a la obra redentora de
Cristo. El hombre es perdonado, justificado y resucitado
espiritualmente al nivel donde es reconciliado con Dios. El
pensamiento no es que Dios sea reconciliado con el pecador,
esto es, ajustado a un estado pecaminoso, sino más bien que el
pecador es ajustado al carácter santo de Dios. La reconciliación
es para todo el mundo, puesto que Dios redimió al mundo y es la
propiciación para los pecados de todo el mundo (2 Corintios
5:19; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 2:1-2). Tan completa y de largo alcance
es esta maravillosa provisión de Dios en la redención,
propiciación y reconciliación, que las Escrituras declaran que Dios
no está ahora imputando el pecado al mundo (2 Corintios 5:18-
19; Efesios 2:16; Colosenses 2:20).

5. La muerte de Cristo quitó todos los impedimentos morales en la


mente de Dios para salvar a los pecadores en los que el pecado
ha sido redimido. Por medio de la muerte de El, Dios ha sido
satisfecho y el hombre ha sido reconciliado con Dios. No hay más
obstáculo para Dios en aceptar libremente y justificar a
cualquiera que cree en Jesucristo como su Salvador (Romanos
3:26). A partir de la muerte de Cristo el infinito amor y poder de
Dios se ven libres de toda restricción para salvar, por haberse
cumplido en ella todos los juicios que la justicia Divina podría
demandar contra el pecador.

21
22

6. En su muerte, Cristo llegó a ser el Sustituto que sufrió la pena o


castigo que merecía el pecador (Levítico 16.21; Isaías 53:6; Lucas
22:37; Mateo 20:28; Juan 10:11; Romanos 5:6-8; 1 Pedro 3:18).
Esta verdad es el fundamento de certidumbre para todo aquel
que se acerque a Dios en busca de salvación. Además, éste es un
hecho que cada individuo debe creer concerniente a su propia
relación con Dios en lo que toca al problema del pecado. Creer
en forma general que Cristo murió por el mundo no es suficiente,
se demanda en las Escrituras una convicción personal de que el
pecado de uno mismo fue el que Cristo, nuestro Sustituto, llevó
completamente en la cruz. Esta es la fe que resulta en una
sensación de descanso interior, en un gozo inexplicable y
gratitud profunda hacia Él (Romanos 15:13; Hebreos 9:14; 10:2).
La salvación es una obra poderosa de Dios, que se realiza
instantáneamente en aquel que cree en Cristo Jesús.

B. FALACIAS CONCERNIENTES A LA MUERTE DEL HIJO

La muerte de Cristo es a menudo mal interpretada. Cada cristiano hará


bien en entender completamente la falacia de las enseñanzas erróneas
que sobre este particular se están propagando extensamente en el día
de hoy:
1. Se afirma que la doctrina de la sustitución es inmoral porque,
según se dice, Dios no podía, actuando en estricta justicia,
colocar sobre una víctima inocente los pecados del culpable. Esta
enseñanza podría merecer más seria consideración si se pudiera
probar que Cristo fue una víctima involuntaria; pero, por el
contrario, la Biblia revela que Él estaba en completa afinidad con
la voluntad de su Padre y era impulsado por el mismo infinito
amor (Juan 13:1; Hebreos 10:7). De la misma manera, en el
inescrutable misterio de la Divinidad, era Dios quien “estaba en
Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). Lejos
22
23

de ser la muerte de Cristo una imposición moral, era Dios mismo,


el Juez justo, quien en un acto de amor y sacrificio de sí mismo
sufrió todo el castigo que su propia santidad demandaba para el
pecador.

2. Se asegura que Cristo murió como un mártir y que el valor de su


muerte consiste en su ejemplo de valor y lealtad a sus
convicciones. Basta contestar a esta afirmación errónea que,
siendo Cristo el Cordero ofrecido en sacrificio por Dios, su vida
no fue arrebatada por hombre alguno, sino que Él la puso de sí
mismo para volverla a tomar (Juan 10:18; Hechos 2:23).

3. Se dice que Cristo murió para ejercer cierta influencia de


carácter moral. Es decir, que los hombres que contemplan el
hecho extraordinario del Calvario serán constreñidos a dejar su
vida pecaminosa, porque en la cruz se revela con singular
intensidad lo que es el concepto divino acerca del pecado. Esta
teoría, que no tiene ningún fundamento en las Escrituras, da por
establecido que Dios está buscando actualmente la reformación
de los hombres, cuando en realidad la cruz es la base para su
regeneración.

5. DIOS EL HIJO:
LA RESURRECCIÓN

A) LA RESURRECCIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO


La doctrina de la resurrección de Cristo, aparece tan tempranamente en
la tipología del antiguo testamento, José como tipo de Cristo y la
cisterna como figura profética de la tumba vacía (Génesis 37:23-24 y
29), igualmente como la profecía de Job, probablemente un
contemporáneo de Abraham, y se expresa en su declaración de Fe “Yo

23
24

sé que mi redentor vive”(Job 19:25-27); aquí Job afirma no solamente


su propia resurrección personal, sino la verdad de que su redentor ya
vive y más tarde estará sobre la tierra.
La resurrección de Cristo se enseña específicamente en donde el
salmista David declara: “se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi
Alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás
mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”(Salmo
16:9-10). David no solo afirma que el espera personalmente la
resurrección, sino también que Jesucristo a quien se describe como el
“único Santo”, no vería corrupción, esto es, no estar en la tumba el
tiempo suficiente para que su cuerpo se corrompiera. Este pasaje está
citado por Pedro en (Hechos 2:24-31) y por Pablo en (Hechos 13:34-37)
confirmando la resurrección de Cristo. David mismo profetizo;
“horadaron mis manos y mis pies.” (Salmo 22:16) y después de la
resurrección del Señor, queda confirmada la profecía, que el crucificado
fue el que resucitó (Juan 20:24-29).

B) LAS PREDICCIONES DE CRISTO DE SU PROPIA RESURRECCIÓN


Frecuentemente, en los evangelios, Cristo predice ambas cosas, su
propia muerte y su resurrección (Mateo 16:21; 17:22-23; 20:17-19;
26:31-32) (Marcos 9:30-32; 14:28) (Lucas 9:22; 18:31-33), (Juan 2:19-22;
10:17-18). Las predicciones son tan frecuentes, tan explicitas y dadas
en tan numerosos y diferentes contextos que no puede haber duda
alguna de que Cristo predijo su propia muerte y resurrección, y el
cumplimiento de estas predicciones verifica la exactitud de la profecía.

C) PRUEBAS DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO


El nuevo testamento presenta una serie de pruebas contundentes de la
resurrección de Cristo. Estas son las siguientes: 1) aparición a María
Magdalena y la otra María (Juan 20:11-17; Marcos 16:9-11); 2)
aparición a Pedro (Lucas 24:34; 1 Corintios 15:5); 3) aparición de Cristo
a los Diez Discípulos (Marcos 16:14; Lucas 24:36-43; Juan 20:19-24); 4)
24
25

una semana después a los once porque ahora si estaba presente Tomas
(Juan 20:26-29); 5) aparición a siete de los discípulos en el mar de
Tiberias (Juan 21:1-23); 6) aparición a más de quinientos hermanos a la
vez (1 Corintios 15:6); 7) aparición a Jacobo (1 Corintios 15:7); 8)
aparición a los once discípulos en Galilea (Mateo 28: 16-20); 9) aparición
a sus discípulos con ocasión de su ascensión (Lucas 24:44-53; Hechos
1:4-12); 10) aparición del Cristo resucitado a Esteban, durante de su
martirio (Hechos 7:55-56); 11) a Pablo en el camino a Damasco (Hechos
9:3-6); 12) aparición a Pablo en el Templo (Hechos 22:17-18); 13)
aparición de Cristo a Pablo en la prisión antes de llevarlos a Cesarea
(Hechos 23:11-18, 23, 33); 14) aparición de Cristo al apóstol Juan
(Apocalipsis 1:9-20).

El número de estas apariciones, la gran variedad de circunstancias y las


evidencias que confirman todo lo que rodea a estas apariciones,
constituyen la más poderosa calidad de evidencia histórica de que Cristo
se levantó de los muertos. Además de las pruebas anteriores, pueden
aun citarse más evidencias que sostienen estos hechos. La tumba
estaba vacía, y los ángeles lo afirman (Mateo 28:1-6), (Marcos 16:1-6)
(Lucas 24:3-12).

El Señor Jesucristo le enseño al Apóstol Pablo y a la iglesia, observar el


primer día de la semana, el momento de celebrar la cena del Señor (1
Corintios 11:23) (Hechos 20:7) y traer sus ofrendas (1 Corintios 16:2).
Estas dos ordenanzas siguen proclamando esta evidencia histórica.

El mismo hecho de que la iglesia primitiva nació a pesar de la


persecución y muerte de los apóstoles, seria dejado sin explicación, si
Cristo no se hubiera levantado de la muerte. Fue una resurrección
literal y corporal, la cual transformo el cuerpo de Cristo conforme para
su función celestial.

25
26

D) RAZONES PARA LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Por lo menos pueden citarse siete razones importantes para la


resurrección de Cristo.
1. Cristo resucitó debido a quien es Él, por cuanto era imposible
ser retenido
por la muerte, debido a su poder divino (Hechos 2:24); porque
El es la vida (Juan 11:25) y porque así estaba escrito (Lucas
24:46).
2. Cristo resucitó para cumplir con el pacto davídico
(2 Samuel 7:12:16); (Salmo 89:34-37), (Isaías 9:6-7), (Lucas 1:31-
33), (Hechos 2:25-31)
3. Cristo resucitó para ser el dador de la vida resucitada
(Juan 10:10-11, 11:25-26); (Efesios 2:5-6), (Colosenses 3:3-4).
4. Cristo resucitó de modo que ÉL sea la fuente del poder de la
resurrección
(Mateo 28:18); (Efesios 1:19-21); (Filipenses 4:13).
5. Cristo resucitó para ser la cabeza de la Iglesia
(Efesios 1:22-23, 4:15);(Colosenses 1:18).
6. Cristo resucitó para que nuestra justificación sea cumplida
(Romanos 4:25);(2 Corintios 5:21).
7. Cristo resucitó para ser las primicias de la resurrección
(1 Corintios 15:20-23); (Colosenses 1:18).

Este versículo de colosenses se aplica a Cristo, quien fue el Primogénito


(El primero de muchos de entre los muertos), gracias a la resurrección
de Él, los muchos también resucitarán.

Por cuanto Él vive, nosotros también viviremos. Si Él hubiera


permanecido bajo el poder de la muerte, no habría fuente de vida
espiritual para los hombres. Ahora bien, “Cristo ha resucitado de los
26
27

muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).


El reino de las tinieblas ha sido derrotado. Satanás ha caído como un
rayo del cielo; y el triunfo de la verdad sobre el error; del bien sobre el
mal, de la dicha sobre la desgracia, ha quedado asegurado para siempre.

6. DIOS EL HIJO:
LA ASCENSIÓN

A) EL HECHO DE LA ASCENSIÓN DE CRISTO


Puesto que la resurrección de Cristo es la primera en una serie de
exaltaciones de Cristo, su ascensión a los cielos puede ser considerada
como el segundo paso importante. Cuarenta días después de la
pascua, Cristo ascendió al cielo en medio de sus discípulos, volviendo a
su padre para sentarse a su diestra (Lucas 24:50-51) (Marcos 16:19);
(Hechos 1:9-11).
Este coronamiento de su obra redentora estaba previsto en el Antiguo
Testamento (Salmo 110:1), Jesús mismo lo había anunciado en repetidas
ocasiones (Lucas 9:31) (Juan 6:62, 14:28) y su predicho retorno sobre las
nubes del cielo implicaba su ascensión previa (Mateo 24:30; 26:64).

Otras citas que podemos referir en relación al Cristo luego de su obra


terrenal son (Hechos 2:33-36); (1 Pedro 3:22); (Efesios 1:20-22);
(Filipenses 3:20); (2 Tesalonicenses 1:7); (Apocalipsis 3:21; 5:6 y 13).
La ascensión es el sello y la consecuencia necesaria de la resurrección de
Jesucristo.
Después de su humillación, El ha sido soberanamente exaltado. Sentado
desde entonces a la diestra de Dios, ha recibido todo poder en el cielo y
sobre la tierra, habiendo penetrado en el santuario, esto es, ante la
misma presencia de Dios (Filipenses 2:5-11); (Mateo 28:18); (Hebreos
12:2).

27
28

B) SU ASCENSIÓN, UN HECHO LITERAL


Un pregunta se ha levantado con respecto a sí la ascensión en Hechos 1
fue literalmente un acto. Todo el pasaje sostiene completamente el
hecho de que Cristo literalmente fue al Cielo, tanto como Él vino
literalmente a la tierra cuando fue concebido y nacido, Hechos 1 usa
cuatro frases para describir la ascensión: “fue alzado” (v.9); “le recibió
una nube que le ocultó de sus ojos” (v.9); “Él se iba” (v.10); y “ha sido
tomado de vosotros al cielo” (v.11), mejor traducido como “recibido
arriba” (de abajo hacia arriba). Estas cuatro declaraciones son
significativas porque en el versículo 11 está predicho que su segunda
venida será en igual manera; esto es, su ascensión y su segunda venida
serán graduales, visibles, corporales y con nubes (Hechos 1:9-11) esto se
refiere a su venida para establecer su reino más que al rapto de su
Iglesia.
La evidencia de la llegada de Cristo al cielo lo afirman sus Apóstoles
como testigos de tal acontecimiento y la profecía también lo anunció
(Salmo 110:1); (Job 19:25-27). Los creyentes creemos en la palabra del
Señor: (Hechos 1:3-11); (1 Timoteo 3:16); (1 Tesalonicenses 4:16)
Porque toda la Escritura es inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16).

C) EL SIGNIFICADO DE LA ASCENSIÓN
La ascensión señaló el fin de su ministerio terrenal. Así como Cristo
había venido, nacido en Belén, también ahora Él había retornado el
Padre. También marcó el retorno a su gloria manifestada, la cual estaba
oculta en su vida terrena aun después de su resurrección. Su entrada en
los Cielos fue un gran triunfo, habiendo terminado su obra en la tierra y
una entrada dentro de su nueva esfera de trabajo a la diestra del Padre.
Además confirma la gran esperanza de los creyentes: “porque si
creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús
a los que durmieron en Él.”..”Y así estaremos siempre con el Señor.”
(1 Tesalonicenses 4:13-18);(1 Corintios 15:20).

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29

7. DIOS EL HIJO:
SU MINISTERIO SACERDOTAL

1. SENTADO A LA DIESTRA DEL PADRE


En su posición a la diestra del Padre, entre otras funciones, Cristo
cumple como nuestro Sumo Sacerdote en relación a la Iglesia como
sacerdocio real. Se revelan tres importantes verdades en su obra como
sumo Sacerdote. Como Sumo Sacerdote sobre el verdadero tabernáculo
en lo alto, el Señor Jesucristo ha entrado en el mismo cielo para
ministrar como Sacerdote en favor de aquellos quienes son su
propiedad en el mundo. (Hebreos 8:1-2). (v.1) El punto principal: Aquí
la escritura llegó a su mensaje central, el hecho es que “tenemos”
(posesión actual) un Sumo Sacerdote superior: Jesucristo quien es el
cumplimiento de todo lo que fue prefigurado por medio de símbolos y
sombras en el Antiguo Testamento.
(v.1) Se sentó: Su sacrificio, resurrección y ascensión; lo llevan a la
diestra del trono de la majestad en los cielos. Esta obra es tan
superior al ministerio de los Sacerdotes Levitas que por medio de ella,
el viejo sistema ha sido reemplazado por el absoluto, eterno y perfecto
sacerdocio de Cristo. (v.2) Ministro del santuario: El ministerio de
Jesús se realiza en el verdadero “santuario”, no de la tierra, sino del
cielo, como Sacerdote ocupa el lugar de suprema autoridad (v.1).
El hecho de que Él, cuando ascendió, fue recibido por su padre en los
cielos es una evidencia que su ministerio terrenal fue aceptado. El que
se sentara indicó que su obra a favor del mundo estaba completa.
Sin embargo, la Escritura claramente indica que Él no está
estableciendo ahora esta legislación del reino en la tierra (Mateo 25:31-
46), (Salmo 2:8), (Apocalipsis 11:15), sino que más bien está llamando
de ambos, judíos y gentiles, un pueblo celestial el cual está relacionado
con Él como su cuerpo y novia. Después de que el propósito presente
sea cumplido Él retornara y “reedificaré el tabernáculo de David, que

29
30

está caído” (Hechos 15:16-18). Aunque Él es un Rey-Sacerdote de


acuerdo al tipo de Melquisedec (Hebreos 5:5-10; 7:3-28), Él está ahora
sirviendo como Sacerdote y no como rey. El que viene otra vez y será
entonces el Rey de reyes, ascendió para ser cabeza sobre todas las
cosas (Efesios 1:22-23).

2. LA INTERCESIÓN SACERDOTAL
El Cristo ascendido como Sacerdote vive siempre para hacer intercesión
por los suyos. Este ministerio comenzó antes de que Él dejara la tierra
(Juan 17:1-26), este pasaje lo podemos dividir así: oración personal
(1-5), oración por sus discípulos (6-19), por los creyentes (20-26). Su
obra de intercesión tiene que ver con la debilidad, necesidad de ayuda y
la inmadurez de los santos que están sobre la tierra. Él, conociendo las
limitaciones de los suyos, y el poder de la estrategia del enemigo, contra
quien ellos tienen que luchar, les es a ellos un Pastor y Obispo para sus
almas. El cuidado del Señor hacia Pedro, es una ilustración de esta
verdad (Lucas 22:31-32).
La intercesión Sacerdotal de Cristo no es solo eficaz, sino que también
sin fin. Los Sacerdotes de la antigüedad fallaron a causa de la muerte;
pero Cristo, puesto que vive para siempre, tiene un sacerdocio
Inmutable (Hebreos 7:25). David reconoce el mismo cuidado pastoral y
su garantía de seguridad eterna (Salmo 23).
Cristo se presenta actualmente por los suyos en la presencia de Dios. A
menudo el creyente es culpable de algún pecado que le separaría
completamente de Dios si no estuviera de por medio la abogacía de
Cristo y la obra que Él efectuó por su muerte en la cruz. El efecto del
pecado sobre el cristiano es la perdida de gozo, paz y poder espiritual.
Por otra parte, estas bendiciones se restauran según la gracia infinita
de Dios sobre la sola base de la confesión de pecado (1 Juan 1:9; 2:1-2)
pero más importante es considerar el pecado del cristiano en relación
con el carácter santo de Dios.

30
31

Por medio de la presente abogacía Sacerdotal de Cristo en los cielos, hay


absoluta seguridad de salvación y perdón para los hijos del padre
celestial. Un abogado defensor es aquel que expone y defiende la
causa de otro ante los tribunales públicos. En el desempeño de sus
funciones de abogado defensor, Cristo está ahora en el cielo
interviniendo a favor de los suyos cuando ellos pecan (Hebreos 9:24) (1
Juan 2:1). Se revela que su defensa la hace ante el padre y que Satanás
está allí también acusando sin cesar día y noche a los hermanos, en la
presencia de Dios (Job 1:9-11) (Apocalipsis 12:10) (Romanos 8:33-39).
“Por tanto, teniendo un gran sumo Sacerdote que traspasó los cielos,
Jesús el Hijo de Dios,”… “Acerquémonos pues, confiadamente al trono
de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno
socorro.” (Hebreos 4:14-16).

3. LA OBRA PRESENTE DE CRISTO SOBRE LA TIERRA

Cristo está también obrando en su iglesia sobre la tierra al mismo


tiempo que está a la diestra del Padre en el cielo. En numerosos
pasajes se dice que Cristo habita en su iglesia y está con su iglesia
(Mateo 28:18-20), (Mateo 18:20), (Juan 14:18 y 20). Cristo está en su
iglesia en el sentido de que Él es quien le da vida (Juan 1:4; 10:10;
11:25; 14:6), (Colosenses 3:4), (1 Juan 5:11-13). Rogó al Padre para que
enviara al Consolador (Juan 14:16) para que esté con su iglesia. Atiende
las peticiones de su iglesia (Juan 14:13-14), (1 Juan 5:14-15), la iglesia
goza de su protección divina. (Romanos 8:33-39).
Se puede concluir que la obra presente de Cristo es la clave para
entender la presente tarea de Dios de llamar a un pueblo para formar el
cuerpo de Cristo, y el poder y la santificación del mismo para ser
testigos de Cristo hasta lo último de la tierra. Su obra presente es
preliminar y a ella seguirán los eventos que tienen relación con su
segunda venida.

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8. DIOS EL ESPÍRITU SANTO

A. REGENERACIÓN:

Es un cambio radical que el Espíritu Santo realiza en el hombre, cuando


habiendo oído y creído la palabra de Dios recibe a Jesucristo como
Salvador. La persona pasa del dominio del pecado al dominio del
Espíritu, e indica el crecimiento y el progreso espiritual: cuya meta es la
perfección y llegar a ser semejante a Cristo (Mateo 13:23). El término
regeneración aparece solo dos veces en el Nuevo Testamento (Tito 3:5;
Mateo 19:28), donde nuestro Señor lo emplea en sentido escatológico,
refiriéndose a la restauración de todas las cosas.

B. REGENERACIÓN POR EL ESPÍRITU SANTO.

Por su naturaleza la Regeneración es una obra de Dios y los aspectos de


su veracidad se declaran en muchos pasajes (Juan 1:13; 3:3-7; 5:21;
Romanos 6:13; 2 Corintios 5:17; Efesios 2:5,10; 4:24; Tito 3:5, Santiago
1:18; 1 Pedro 2:9). De acuerdo a Juan 1:13, no son engendrados de
sangre es decir no es hereditario o por descendencia. Ni por voluntad
de carne, así como un niño no puede nacer por voluntad propia, nadie
puede producir el nacimiento por sus propios esfuerzos. Ni de voluntad
de varón, ningún ser humano, no importando que posición eclesiástica
ocupe, no puede impartir el nuevo nacimiento a otra persona. Sino de
Dios, solamente es por voluntad de Dios. En muchos pasajes se le
compara a la resurrección espiritual (Juan 5:21; Romanos 6:13; Efesios
2:5). También se le compara a la creación, por cuanto es un acto
creativo de Dios (2 Corintios 5:17; Efesios 2:10; 4:24).
Las tres personas de la trinidad están involucradas en la regeneración
del creyente. El padre está relacionado con la regeneración en Santiago
1:17,18. Al Señor Jesucristo se le revela frecuentemente involucrado en
la regeneración (Juan 5:21; 2 Corintios 5:18; 1 Juan 5:12). Parece, sin
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embargo, que, como en otras obras de Dios donde las tres personas
están involucradas, el Espíritu Santo es específicamente el Regenerador,
como se declara en Juan 3:3-7 y Tito 3:5. Puede observarse un paralelo
en el nacimiento de Cristo, en el cual Dios fue su Padre, la vida estaba
en Cristo y aun así fue concebido del Espíritu Santo.

C. VIDA ETERNA IMPARTIDA POR LA REGENERACIÓN.

El concepto central de la regeneración es que un creyente el cual, en un


principio estaba muerto espiritualmente ahora ha recibido vida eterna.
Para describir esto se usan tres figuras. UNA ES LA IDEA DE NACER DE
NUEVO, o la figura de renacer. En la conversación de Cristo con
Nicodemo Él dijo: “Os es necesario nacer de nuevo”. Aparece en
contraste con el nacimiento humano en Juan 1:13. En una segunda
figura, la de LA RESURRECCIÓN ESPIRITUAL, se declara a un creyente en
Cristo como «vivo de entre los muertos» (Romanos 6:13). En Efesios 2:5
se declara que Dios, «aun estando nosotros muertos en pecados, nos
dio vida juntamente con Cristo», literalmente «nos hizo vivos junto con
Cristo». En la tercera figura, la de la NUEVA CREACIÓN, el creyente es
exhortado a «y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la
justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:24). En 2 Corintios 5:17 el
pensamiento se hace claro: «De modo que si alguno está en Cristo,
nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas
nuevas». Las tres figuras hablan de la nueva vida, la cual se recibe por fe
en Cristo.
Dada la naturaleza del acto del nuevo nacimiento, la resurrección
espiritual y la creación, está claro que la regeneración no es llevada a
cabo por ninguna buena obra del hombre. No es un acto de la voluntad
humana en sí misma, y no es producida por ninguna ordenanza de la
iglesia tal como el bautismo por agua. Es enteramente un acto
sobrenatural de Dios en respuesta a la fe del hombre.

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De igual manera, la regeneración debe distinguirse de la experiencia que


le sigue. La regeneración es instantánea y es inseparable de la
salvación. Una persona salvada en forma genuina tendrá una
experiencia espiritual subsiguiente, pero la experiencia es la evidencia
de la regeneración, no la regeneración misma. En un sentido es posible
decir que en nuestra vida espiritual experimentamos el nuevo
nacimiento, pero lo que queremos significar con esto es que
experimentamos los resultados del nuevo nacimiento.

D. LOS RESULTADOS DE LA REGENERACIÓN.

En muchos aspectos, la regeneración es el fundamento sobre el cual


está edificada nuestra total salvación. Sin nueva vida en Cristo no hay
posibilidad de recibir los otros aspectos de la salvación tales como la
morada del Espíritu, la justificación, o todos los otros resultados
ulteriores. Sin embargo, hay algunas características que son
inmediatamente evidentes en el mismo hecho de la regeneración.
Cuando un creyente recibe a Cristo por la fe, es nacido de nuevo y en el
acto del nuevo nacimiento recibe una nueva naturaleza. Esto es a lo que
la Biblia hace referencia como el «nuevo hombre» (Efesios 4:24), del
cual se nos exhorta a que «nos vistamos», en el sentido de que
deberíamos aprovecharnos de su contribución a nuestra nueva
personalidad. A causa de la nueva naturaleza, un creyente en Cristo
puede experimentar a menudo un cambio drástico en su vida, en su
actitud hacia Dios y en su capacidad de tener victoria sobre el pecado.
La nueva naturaleza está modelada en conformidad con la naturaleza de
Dios mismo y es algo diferente de la naturaleza humana de Adán antes
de pecar, la cual era completamente humana, aunque sin pecado. La
nueva naturaleza tiene cualidades divinas y anhela las cosas de Dios.
Aunque en sí misma no tiene el poder de cumplir sus deseos aparte del
Espíritu Santo, da una nueva dirección a la vida y una nueva aspiración
para alcanzar la voluntad de Dios.
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Mientras que la regeneración en sí misma no es una experiencia, la


nueva vida recibida en la regeneración da al creyente nueva capacidad
para la experiencia. Antes fue ciego, y ahora puede ver. Antes estaba
muerto, ahora está vivo a las cosas espirituales. Antes era extraño para
Dios y fuera de la comunión; ahora tiene una base para la comunión con
Dios y recibe el ministerio del Espíritu Santo. En la proporción que el
cristiano se entrega a sí mismo a Dios y obtiene la provisión de Dios, su
experiencia será maravillosa, una demostración sobrenatural de lo que
Dios puede hacer con una vida que está rendida a Él.
Otro aspecto importante de tener la vida eterna es, que es el terreno
para la seguridad eterna. Aunque algunos han enseñado que la vida
eterna puede perderse y que una persona que ha sido una vez salva
puede perderse si se aparta de la fe, la misma naturaleza de la vida
eterna y del nuevo nacimiento impiden una vuelta atrás en esta obra
de Dios.
Es primeramente una obra de Dios, no de hombre, que no depende de
ninguna dignidad humana. Si bien la fe es necesaria, no es considerada
una buena obra la cual merece la salvación, sino más bien abre el canal
a través del cual Dios puede obrar en la vida individual. Así como el
nacimiento natural no puede ser invertido, de la misma manera el
nacimiento espiritual tampoco puede serlo; una vez efectuado, asegura
al creyente que Dios siempre será su Padre Celestial.
De igual manera, la resurrección no puede ser revocada, puesto que
somos elevados a una nueva orden de seres, por acto de Dios.
El nuevo nacimiento como un acto de la creación es otra evidencia que
una vez que se realiza continúa para siempre.
El hombre no puede en sí mismo anular esta creación. La doctrina de la
seguridad eterna, de acuerdo a esto, descansa sobre la pregunta de si la
salvación es una obra de Dios o del hombre, si es enteramente por
gracia o basada en los méritos humanos. Aunque el nuevo creyente en
Cristo puede fallar en lo que él debería ser como un hijo de Dios, así
como se da en el caso del parentesco humano, esto no altera el hecho
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de que él ha recibido una vida que es eterna. También es cierto que la


vida eterna que tenemos ahora se expresa sólo parcialmente en la
experiencia espiritual. Tendrá su gozo final en la presencia de Dios en
los cielos.

E. MORADA Y SELLAMIENTO

En términos generales el Nuevo Testamento explica el tabernáculo,


indicando que este es un tipo en tres maneras. 1. El tabernáculo es un
tipo de la iglesia como morada de Dios por medio del Espíritu (Éxodo
25:8; Efesios 2:19-22). 2. El tabernáculo es un tipo del creyente (2
Corintios 6:16). 3. El tabernáculo es figura de las cosas celestiales
(Hebreos 9:23,24).
En el tiempo actual el creyente goza del privilegio de ser morada del
Espíritu (Juan 14:17-23), mora con nosotros, cuando convence de
pecado (Juan 16:9), cuando presenta a Cristo como el objetivo de
nuestra fe y cuando regenera (Tito 3: 5).
En nosotros esto describe la permanencia continua del Espíritu en el
cuerpo del creyente, dándole victoria sobre la carne (Gálatas 5:16,17) y
produciendo un carácter como el de Cristo. Los frutos del Espíritu
(Gálatas 5:22,23), otras referencias de la morada del Espíritu (Romanos
8:9; 1 Corintios 6:19,20; 2 Corintios 1:21; 3:6; 1 Juan 2:20-27).
El morar del Espíritu Santo se presenta como el sello de Dios en tres
pasajes en el Nuevo Testamento (2 Corintios 1:22; Efesios 1:13; 4:30). En
cada consideración importante el sellamiento del Espíritu es
enteramente una obra de Dios. A los cristianos nunca se les exhorta a
buscar el sellamiento del Espíritu, puesto que cada cristiano ya ha sido
sellado. El sellamiento del Espíritu Santo, por lo tanto, es tan universal
como la morada del Espíritu Santo y ocurre en el momento de la
salvación.
Efesios 1:13 dice: «Habiendo creído en El, fuisteis sellados con el
Espíritu Santo de la promesa.» En otras palabras, el creer y el recibir
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ocurren al mismo tiempo. No es, por lo tanto, ni un trabajo


subsiguiente de la gracia ni una recompensa por la espiritualidad. Los
cristianos efesios fueron exhortados: «Y no contristéis al Espíritu Santo
de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la redención» (Efesios
4:30).
Aun cuando el creyente peca y contrista al Espíritu, sin embargo está
sellado para el día de la redención, esto es, hasta el día de la
resurrección o transformación, cuando recibirá nuevo cuerpo y ya no
pecará más.
Como el morar del Espíritu, el sellamiento del Espíritu no es una
experiencia, sino un hecho para ser aceptado por la fe. El sellamiento
del Espíritu es una parte tremendamente significativa de la salvación del
cristiano e indica su seguridad, y que es propiedad de Dios. En adición a
lo anterior, es el símbolo de una transacción terminada. El cristiano está
sellado hasta el día de la redención de su cuerpo y su presentación en
gloria. Tomado como un todo, la doctrina de la presencia moradora del
Espíritu Santo como nuestro sello, trae gran seguridad y confortamiento
al corazón de cada creyente que entienda esta gran verdad.

F. SU PERSONALIDAD.

¿Qué es la personalidad?: consiste de inteligencia, emociones y


voluntad.
Con la inteligencia sabemos (Hechos 8:30).
Con las emociones sentimos (Hechos 16:13-15; 16:30,31).
Con la voluntad hacemos (Hechos 9:6).

1. El Espíritu hace aquello que sólo una persona puede hacer.


a) El convence al mundo: «Y cuando El venga, convencerá al mundo de
pecado, de justicia y de juicio» (Juan 16:8).
b) El enseña: «Él os enseñará todas las cosas» (Juan 14:26; ver también
Nehemías 9:20; Juan 16:13-15; 1 Juan 2:27).
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c) El Espíritu habla: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros


corazones al Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas
4:6).
d) El Espíritu intercede: “Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos indecibles» (Romanos 8:26).
e) El Espíritu Guía: “Guiados por el Espíritu” (Gálatas 5:18; cf. Hechos
8:29; 10:19; 13:2; 16:6,7; 20:23; Romanos 8:14).
f) El Espíritu señala a los hombres para el servicio específico: “dijo el
Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los
he llamado” (Hechos 13:2; cf. Hechos 20:28).
g) El mismo Espíritu está sujeto a un plan (Juan 15:26).
h) El Espíritu ministra: El regenera (Juan 3:6), El sella (Efesios 4:30), El
bautiza (1 Corintios 12:13), El llena (Efesios 5:18).

2. El, como una persona, es afectado por otros seres.

a) El padre lo envía al mundo (Juan 14:16, 26), y el Hijo lo envía al


mundo (Juan 16:7).
b) Los hombres pueden hacer enojar al Espíritu (Isaías 63:10), pueden
contristarle (Efesios 4:30), pueden resistirle (1 Tesalonicenses 5:19),
pueden blasfemarle (Mateo 12:31), pueden mentirle (Hechos 5:3),
pueden afrentarle (Hebreos 10:29), pueden hablar en contra de Él
(Mateo 12:32).

3. Todos los términos bíblicos relativos al Espíritu implican su


personalidad.
a) Él es llamado «otro Consolador» (Abogado), lo cual indica que Él es
una persona tanto como lo es Cristo (Juan 14:16,17; 26; 16:7; 1 Juan
2:1,2).
b) A Él se le llama Espíritu en el mismo sentido personal que Dios es
llamado Espíritu (Juan 4:24).

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c) Los pronombres usados para el Espíritu implican su personalidad. En


el idioma griego la palabra «espíritu» es un nombre neutro, y en unas
pocas oportunidades es usado (Romanos 8:16,26); pero a menudo se
usa la forma masculina de pronombre, enfatizando el hecho de la
personalidad del Espíritu (Juan 14:16,17; 16:7-15).

G. SU ADVENIMIENTO.

A través del extenso período antes de la primera venida de Cristo, el


Espíritu estaba presente en el mundo en el mismo sentido en el cual
está presente en cualquier parte, y Él obraba en y a través del pueblo de
Dios de acuerdo a su divina voluntad (Génesis 41:38; Éxodo 31:3; 35: 31;
Números 27:18; Job 33:4; Salmos 139:7; Hageo 2:4,5; Zacarías 4:6).
Todas estas actividades indican que el Espíritu era muy activo en el
Antiguo Testamento; sin embargo, no hay evidencia en el Antiguo
Testamento de que el Espíritu morara en cada creyente.
La referencias de 1 Samuel 16:14, Salmos 51:11, Lucas 11:13 hablan de
la presencia temporal del Espíritu en el Antiguo Testamento. Hasta en el
día de pentecostés vino a morar con vosotros y en vosotros (Hechos 2:1-
4; Juan 14:17).
El Espíritu reside en la compañía de creyentes que constituyen una
iglesia local y hace de ellos en forma corporativa un templo de Dios (1
Corintios 3:16,17). El Espíritu forma la iglesia bautizando a los creyentes
en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12,13), imparte dones a cada
miembro del cuerpo para el servicio cristiano (1 Corintios 12:7,11,27),
guía a los miembros en el servicio que ellos ofrecen (Lucas 2:27; 4:1;
Hechos 16:6,7), Él mismo da el poder para efectuar dicho servicio
(Hechos 1:8; 2:4; 1 Corintios 2:4) y estará con la iglesia hasta el
arrebatamiento (Efesios 1: 13,14; 4:30; 2 Tesalonicenses 2:6,7).

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9. DIOS EL ESPÍRITU SANTO:


SU BAUTISMO

A. EL SIGNIFICADO DEL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO

Probablemente ninguna otra doctrina del Espíritu Santo ha creado más


confusión que el bautismo del Espíritu. Mucho de esto se deriva del
hecho de que el bautismo del Espíritu comenzó al mismo tiempo en que
ocurrían otras grandes obras del Espíritu, tales como la regeneración, la
morada y el sellamiento. También en algunas ocasiones el bautismo del
Espíritu y la plenitud del Espíritu ocurren al mismo tiempo. Esto ha
guiado algunos expositores a hacer sinónimos de estos dos
acontecimientos. El conflicto en la interpretación, sin embargo, se
resuelve si uno examina cuidadosamente lo que la Escritura dice con
relación al bautismo del Espíritu. En total hay once referencias
específicas al bautismo del Espíritu en el Nuevo Testamento (Mateo
3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33; Hechos 1:5; 11:16; 1 Corintios
12:13; Gálatas 3:27; Efesios. 4:5; Colosenses. 2:12).

B. EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU SANTO ANTES DE PENTECOSTES

Al examinar las referencias en los cuatro evangelios y Hechos 1:5, se


aclara que el bautismo del Espíritu es considerado en cada caso como un
acontecimiento futuro, el cual nunca había ocurrido previamente. No
hay mención del bautismo del Espíritu en el Antiguo Testamento, y los
cuatro evangelios se unen con Hechos 1:5 en anticipar el bautismo del
Espíritu como un evento futuro. En los evangelios, el bautismo del
Espíritu se presenta como una obra la cual Cristo hará por medio del
Espíritu Santo como su agente, como, por ejemplo, en Mateo 3:11,
donde Juan el Bautista predice que Cristo “os bautizará en Espíritu
Santo y fuego”. La referencia al bautismo por fuego parece hacer

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alusión a la segunda venida de Cristo y los juicios que ocurrirán en ese


tiempo, y también se menciona en Lucas 3:16, pero no en Marcos 1:8 o
en Juan 1:33. A veces la intervención del Espíritu Santo se expresa por el
uso de la preposición griega “en”, como en Mateo 3:11, Lucas 3:16 y
Juan 1:33. Ya sea que la preposición se use o no, el pensamiento es claro
en cuanto a que Cristo bautizó por el Espíritu Santo. Algunos han
tomado esto como algo diferente del bautismo del Espíritu del que se
habla en Hechos y en las Epístolas, pero el punto de vista preferible es
que el bautismo del Espíritu es el mismo en todo el Nuevo Testamento.
El bautismo en cualquier caso es por medio del Espíritu Santo.
La norma de la doctrina es expresada por Cristo mismo cuando Él
contrastó su bautismo, administrado por Juan, con el futuro bautismo
de los creyentes por medio del Espíritu Santo, lo cual ocurriría después
de su ascensión. Cristo dijo: <<Porque Juan ciertamente bautizó con
agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de
no muchos días>> (Hechos 1:5)

C. TODOS LOS CRISTIANOS SON BAUTIZADOS POR EL ESPÍRITU EN LA


EDAD PRESENTE

A causa de la confusión en cuanto a la naturaleza y tiempo del bautismo


del Espíritu, no siempre ha sido reconocido que cada cristiano es
bautizado por el Espíritu dentro del cuerpo de Cristo en el momento de
su salvación. Este hecho es destacado en el pasaje central sobre el
bautismo del Espíritu en el Nuevo Testamento en 1 Corintios 12:13. Allí
se declara: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un
cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos
dio a beber de un mismo Espíritu”. En este pasaje la preposición griega
“en” es traducida correctamente “por”, en lo que se llama el uso
instrumental de esta preposición. Este uso instrumental es ilustrado por
medio de la misma preposición en Lucas 4:1, donde se dice que Cristo
fue “llevado por el Espíritu al desierto”, y por la expresión “por
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vosotros” en 1 Corintios 6:2, por la expresión “por medio de Él” en


Colosenses 1:16 y por la frase “en Dios Padre” en Judas 1. El argumento
de que la preposición no es usada con respecto a personas en la
Escritura está errado. De acuerdo a ello, si bien es verdad, como se
indica en 1 Corintios 12:13, que por el bautismo del Espíritu entramos
en una nueva relación del Espíritu, la enseñanza no es tanto que seamos
traídos dentro del Espíritu como que por medio del Espíritu somos
traídos dentro del cuerpo de Cristo.
La expresión “todos nosotros” se refiere claramente a todos los
cristianos, no a todos los hombres, y no debería estar limitada a algún
grupo de cristianos en particular. La verdad es más bien que cada
cristiano desde el momento en que es salvo es bautizado por el Espíritu
dentro del cuerpo de Cristo. Así, Efesios 4:5 se refiere a “un Señor, una
fe, un bautismo”. Mientras que los rituales del bautismo por agua
varían, hay un solo bautismo del Espíritu.
La universalidad de este ministerio se destaca también por el hecho de
que en la Escritura, el cristiano nunca es exhortado a que sea bautizado
por el Espíritu, mientras que sí se le exhorta a ser lleno del Espíritu
(Efesios 5:18).

D. EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU DENTRO DEL CUERPO DE CRISTO

Por medio del bautismo del Espíritu se cumplen dos resultados


importantes. El primero, que el creyente es bautizado o ubicado dentro
del cuerpo de Cristo; relacionado a esto es la segunda figura del
bautismo en Cristo mismo. Estos dos resultados simultáneos del
bautismo del Espíritu son tremendamente significativos. Por medio del
bautismo del Espíritu el creyente es colocado dentro del cuerpo de
Cristo en la unión viviente de todos los creyentes verdaderos en la edad
presente. Aquí el bautismo tiene su significado primario en el hecho de
ser ubicado, iniciado, y en que nos ha sido dada una relación nueva y
permanente. Por consiguiente, el bautismo del Espíritu relaciona a los
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creyentes con todo el cuerpo de la verdad que se revela en la Escritura


concerniente al cuerpo de Cristo. El cuerpo de los creyentes, formando
así por el bautismo del Espíritu y aumentado a medida que los
miembros adicionales son añadidos, se menciona frecuentemente en las
Escrituras (Hechos 2:47; 1 Corintios 6:15; 12:12-14; Efesios 2:16 4:4-5,
16; 5:30-32; Colosenses 1:24; 2:19). Cristo es la cabeza de su cuerpo y el
Único que dirige sus actividades (1 Corintios 11:3; Efesios 1:22-23; 5:23-
24; Colosenses 1:18). El cuerpo así formado y dirigido por Cristo también
es nutrido y cuidado por Cristo (Efesios 5:29; Filipenses 4:13; Colosenses
2:19). Una de las obras de Cristo es la de santificar su cuerpo en
preparación, para su presentación en gloria (Efesios 5:25-27).
Al creyente se le dan también dones o funciones especiales en el cuerpo
de Cristo (Romanos 12:3-8; 1 Corintios 12:27-28; Efesios 4:7-16). Siendo
colocado dentro del cuerpo de Cristo por medio del Espíritu Santo, no
sólo es segura la unidad del cuerpo, sin distinción de raza, cultura o
fondo social, sino que también es seguro que cada creyente tiene su
lugar y función particulares y su oportunidad para servir a Dios sin el
armazón de su propia personalidad. El cuerpo como un todo es “unido
entre sí” (Efesios 4:16); esto es, aunque los miembros difieran, el cuerpo
como un todo está bien planeado y organizado.

E. EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU EN CRISTO

En adición a su relación con respecto a los otros creyentes en el cuerpo


de Cristo, el que es bautizado por el Espíritu tiene una nueva posición en
cuanto a estar en Cristo. Esto fue anticipado en la predicción de Juan
14:20, donde Cristo dijo la noche antes de su crucifixión: “En aquel día
vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo
en vosotros”. La expresión “vosotros en mí” anticipaba el futuro
bautismo del Espíritu.
Como consecuencia de que el creyente está en Cristo, es identificado en
lo que Cristo hizo en su muerte, resurrección y glorificación. Esto se
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presenta en Romanos 6:1-4, donde se declara que el creyente es


bautizado en Jesucristo y en su muerte, y si lo es en su muerte, está
sepultado y resucitado con Cristo. Eso ha sido tomado a menudo para
representar el rito del bautismo por agua, pero en cualquier caso
también representa la obra del Espíritu Santo, sin la cual el rito sería
carente de significado. Un pasaje similar se encuentra en Colosenses
2:12. Nuestra identificación con Cristo a través del Espíritu es una base
importante para todo lo que Dios hace por el creyente en el tiempo y la
eternidad.
Dado que un creyente está en Cristo, él también tiene la vida de Cristo,
la cual es compartida por la cabeza con el cuerpo. La relación de Cristo
con el cuerpo como su Cabeza también se relaciona con la dirección
soberana de Cristo de su cuerpo, del mismo modo como la mente dirige
al cuerpo humano de los creyentes.

F. EL BAUTISMO DEL ESPÍRITU EN RELACIÓN CON LA EXPERIENCIA


ESPIRITUAL

En vista del hecho de que cada cristiano es bautizado por el Espíritu en


el momento de su salvación, está claro que el bautismo es una obra de
Dios para ser comprendida y recibida por la fe. Aunque la experiencia
espiritual subsiguiente puede confirmar el bautismo del Espíritu, el
bautismo no es una experiencia en sí mismo. Por ser universal y
relacionado con nuestra posición en Cristo, el bautismo es un acto
instantáneo de Dios y no es una obra para ser buscada después de
haber nacido de nuevo.
Se ha originado mucha confusión por la afirmación de que los cristianos
deberían buscar el bautismo del Espíritu especialmente como se
manifestaba en el hablar en lenguas en la Iglesia primitiva. Mientras que
en los tres ejemplos en Hechos (capítulos 2, 10 y 19) los creyentes
hablaron en lenguas en el tiempo de su bautismo por el Espíritu, queda

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claro que esto fue excepcional y relacionado al carácter transitorio del


libro.
En todos los otros ejemplos donde figura la salvación no hay mención
del hablar en lenguas como algo que acompañe al bautismo del Espíritu.
Más adelante, es bastante claro que mientras que todos los cristianos
son bautizados por el Espíritu, no todos los cristianos hablaron en
lenguas en la Iglesia primitiva. Por lo tanto, el concepto de buscar el
bautismo del Espíritu como un medio de una obra excepcional de Dios
en la vida del cristiano es sin fundamento espiritual. Aun la plenitud del
Espíritu no se manifiesta en hablar en lenguas, sino más bien en el fruto
del Espíritu, como se menciona en Gálatas 5:22-23. El hecho es que los
cristianos corintios hablaron en lenguas sin estar llenos del Espíritu.
A veces se alega un error similar, el cual sostiene que hay dos bautismos
del Espíritu, uno en Hechos 2 y el otro en 1 Corintios 12:13.
Una comparación de la conversión de Cornelio en Hechos 10-11 con
Hechos 2 aclara que lo que le ocurrió a Cornelio, un gentil, fue
exactamente lo mismo que lo que les había ocurrido a los discípulos en
el día de Pentecostés. Pedro dice en Hechos 11:15-17: “Y cuando
comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como
sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el
Señor, cuando dijo: “Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros
seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió
también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor
Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” Considerando
que el bautismo del Espíritu coloca al creyente dentro del cuerpo de
Cristo, es, pues la misma obra de Hechos 2 a través de la presente
dispensación.
El bautismo del Espíritu Santo es, por lo tanto, importante, puesto que
es la obra del Espíritu que nos coloca en una nueva unión con Cristo y
nuestros hermanos creyentes, una nueva posición en Cristo. Es la base
para la justificación y para toda la obra de Dios, la cual presenta al final
al creyente perfecto en gloria.
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10. DIOS EL ESPÍRITU: SU PLENITUD

A. DEFINICIÓN DE LA PLENITUD DEL ESPÍRITU SANTO

En contraste con la obra del Espíritu Santo en la salvación tales como la


regeneración, el morar, el sellamiento y el bautismo, la plenitud del
Espíritu se relaciona a la experiencia cristiana, al poder y al servicio. Las
obras del Espíritu en relación a la salvación son de una vez y para
siempre, pero la plenitud del Espíritu es una experiencia repetida y se
menciona frecuentemente en la Biblia.
En una escala limitada, se puede observar la plenitud del Espíritu en
ciertos individuos antes de Pentecostés (Éxodo 28:3; 31:3; 35:31; Lucas
1:15 41, 67; 4:1). Sin lugar a dudas, hay muchos otros ejemplos donde el
Espíritu de Dios vino sobre individuos y los capacitó en poder para el
servicio. En el total, sin embargo, unos pocos fueron llenos del Espíritu
antes del día de Pentecostés, y la obra del Espíritu parece estar
relacionada al soberano propósito de Dios de cumplir alguna obra
especial en los individuos. No hay indicación de que la plenitud del
Espíritu hubiera estado abierta a cada uno que rindiera su vida al Señor
antes de Pentecostés.
Comenzando con el día de Pentecostés, amaneció una nueva edad en la
cual el Espíritu Santo obraría en cada creyente. Entonces todos fueron
hechos morada del Espíritu y podrían ser llenados si Él encontraba las
condiciones propicias. Esta conclusión está confirmada por numerosas
ilustraciones en el Nuevo Testamento (Hechos 2:4; 4:8, 31; 6:3, 5; 7:55;
9:17; 11:24; 13:9, 52; Efesios 5:18).
La plenitud del Espíritu puede definirse como un estado espiritual donde
el Espíritu Santo está cumpliendo todo lo que Él vino a hacer en el
corazón y vida del creyente individual. No es un asunto de adquirir más
del Espíritu, sino más bien que el Espíritu de Dios vaya tomando
posesión del individuo. En lugar de ser una situación anormal y poco

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frecuente, como lo era antes de Pentecostés, el ser llenado por el


Espíritu en la edad presente es normal, si bien no es lo usual, en la
experiencia del cristiano. A cada cristiano se le ordena ser lleno del
Espíritu (Efesios 5:18), y el no estar llenos del Espíritu es estar en un
estado de desobediencia parcial.
Hay una diferencia apreciable en el carácter y calidad en la vida diaria de
los cristianos. Pocos pueden caracterizarse por estar llenos del Espíritu.
Esta falta, sin embargo, no se debe a una falla de parte de Dios en su
provisión, sino más bien es falla de parte del individuo en apropiarse de
esta provisión y permitir al Espíritu Santo llenar su vida. El estado de
estar lleno del Espíritu debería de contrastarse con la madurez
espiritual. Un cristiano nuevo quien haya sido salvo recientemente
puede ser lleno con el Espíritu y manifestar el poder del Espíritu Santo
en su vida. Sin embargo, la madurez viene sólo a través de experiencias
espirituales, las cuales pueden extenderse toda una vida y abarcan un
crecimiento en conocimiento, la continua experiencia de ser llenado
con el Espíritu, y una madurez en juicio sobre cosas espirituales. Así
como un niño recién nacido puede ser impulsivo, de la misma manera
un cristiano puede ser lleno con el Espíritu; pero, al igual que un recién
nacido, sólo la vida y la experiencia pueden sacar a relucir las cualidades
espirituales que pertenecen a la madurez. Esta es la razón de que
numerosos pasajes de la Biblia hablen del crecimiento. El trigo crece
hasta la cosecha (Mateo 13:30). Dios obra en su iglesia a través de
hombres dotados con dones personales para perfeccionar a los santos
para la obra del ministerio y para edificar el cuerpo de Cristo de manera
que los cristianos puedan crecer en la fe y en estatura espiritual (Efesios
4:11-16). Pedro habla de los bebés espirituales, que necesitan la leche
espiritual para crecer (1 Pedro 2:2), y exhorta “crecer en la gracia y el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).
Hay una relación obvia entre la plenitud del Espíritu y la madurez
espiritual, y un cristiano lleno del Espíritu madurará más rápidamente
que uno que no lo está. La plenitud del Espíritu y la madurez espiritual
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como resultado son los dos factores más importantes en la ejecución de


la voluntad de Dios en la vida de un cristiano y también en el propósito
de Dios de crearle para buenas obras (Efesios 2:10).
Por consiguiente, la plenitud del Espíritu se cumple en cada creyente
cuando él está completamente rendido al Espíritu Santo, el cual mora en
él, resultando en una condición espiritual en la cual el Espíritu Santo
controla y dota de poder al individuo. Mientras que puede haber varios
grados en la manifestación de la plenitud del Espíritu y grados en el
poder divino, el pensamiento central en la plenitud es que el Espíritu de
Dios es capaz de operar en y a través del individuo sin obstáculo,
cumpliendo la voluntad perfecta de Dios para aquella persona.

El concepto de la plenitud del Espíritu es sacado a luz en un número de


referencias en el Nuevo Testamento. Es ilustrado preeminentemente en
Jesucristo, quien, de acuerdo a Lucas 4:1, era continuamente “lleno del
Espíritu Santo”. Juan el Bautista tuvo la experiencia excepcional de ser
llenado con el Espíritu desde que estaba en la matriz de su madre (Lucas
1:15), y ambos, su madre Elisabet y su padre Zacarías, fueron
temporalmente llenos del Espíritu (Lucas 1:41, 67). Estos ejemplos están
aún dentro del molde del Antiguo Testamento, en el cual la plenitud del
Espíritu era una obra soberana de Dios que no estaba al alcance de cada
individuo.

Comenzando con el día de Pentecostés, sin embargo toda la multitud


fue llena con el Espíritu. En la iglesia primitiva el Espíritu de Dios llenaba
repetidamente a aquellos que buscaban la voluntad de Dios, como en el
caso de Pedro (Hechos 4:8), el grupo de cristianos quienes oraban por
valor y el poder de Dios, (Hechos 4:31), y Pablo después de su
conversión (Hechos 9:17). Algunos se caracterizan por estar en un
continuo estado de plenitud del Espíritu, como se ilustra en los primeros
diáconos (Hechos 6:3) y Esteban el mártir (Hechos 7:55) y Bernabé
(Hechos 11:24). Pablo fue lleno con el Espíritu repetidas veces (Hechos
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13:9), y así lo fueron otros discípulos (Hechos 13:52). En cada caso


solamente los cristianos rendidos a Dios fueron llenados con el Espíritu.

A los creyentes del Antiguo Testamento nunca se les ordenaba ser


llenados con el Espíritu, aunque en algunas ocasiones fueron
amonestados, como Zorobabel, que la obra del Señor se cumple, “no
con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los
ejércitos” (Zacarías 4:6). En la era presente a cada cristiano se le ordena
ser llenado con el Espíritu, como en Efesios 5.18: “No os embriaguéis
con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espírito”.
El ser llenados con el Espíritu, así como el recibir la salvación por fe, no
se cumple, sin embargo, por esfuerzo humano, más bien es por permitir
a Dios que cumpla su obra en la vida del individuo. En la Escritura está
claro que un cristiano puede ser genuinamente salvo sin ser llenado con
el Espíritu, y, por lo tanto, la plenitud del Espíritu no es una parte de la
salvación misma. La plenitud del Espíritu también puede ser contrastada
con la obra hecha de una vez y para siempre que es cumplida en el
creyente cuando éste es salvo. La plenitud del Espíritu, si bien puede
ocurrir en el momento de la salvación, ocurre una y otra vez en la vida
de un cristiano consagrado, y debería ser una experiencia normal de que
los cristianos tuvieran esta constante plenitud del Espíritu.

El hecho de que la plenitud del Espíritu es una experiencia repetida, se


hace notorio en el tiempo presente del mandamiento en Efesios 5:18:
“sed llenos del Espíritu”. Traducido literalmente es “manteneos siendo
llenados por el Espíritu”. En el texto se compara con un estado de
intoxicación en el cual el vino afecta al cuerpo entero, incluyendo a la
actividad mental y a la actividad física del cuerpo. La plenitud del
Espíritu no es, por lo tanto, una experiencia que sucede una vez y para
siempre. No está correcto llamarla una segunda obra de gracia, puesto
que ocurre una y otra vez, indudablemente, la experiencia de ser
llenado con el Espíritu por primera vez es muy fuerte en la vida del
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cristiano y puede ser un hecho que eleve la experiencia cristiana a un


nuevo nivel. Sin embargo, el cristiano depende de Dios para la continua
plenitud del Espíritu, y ningún cristiano puede vivir en el poder espiritual
de ayer.

De la naturaleza de la plenitud del Espíritu puede concluirse que la


amplia diferencia en la experiencia espiritual observada en cristianos y
los varios grados de conformidad a la mente y voluntad de Dios, pueden
ser atribuidos a la presencia o ausencia de la plenitud del Espíritu. El que
desea hacer la voluntad de Dios debe, por consiguiente, entrar por
completo en el privilegio que Dios le ha dado al ser morada del Espíritu y
tener la capacidad de rendir completamente su vida al Espíritu de Dios.

B. CONDICIONES PARA LA PLENITUD DEL ESPÍRITU

Frecuentemente se han señalado tres sencillos mandamientos como la


condición para ser llenados con el Espíritu. En 1 Tesalonicenses 5:19 se
da el mandamiento: “No apaguéis al Espíritu”. En Efesios 4:30 se
instruye a los cristianos: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con
el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Un tercero, como
instrucción más positiva, se da en Gálatas 5:16: “Digo, pues: Andad en
el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”. Aunque otros
pasajes arrojan luz sobre estas básicas condiciones para ser llenados con
el Espíritu, estos tres pasajes resumen la idea principal.

1. El mandamiento de “no apaguéis el Espíritu”, en 1 Tesalonicenses


5:19, aunque no se explique en su contexto, está usando en forma obvia
la figura del fuego como un símbolo del Espíritu Santo. En la forma en
que se hace mención de apagar el fuego en Mateo 12:20 y Hebreos
11:34 se ilustra lo que se quiere decir.
De acuerdo a Efesios 6:16, “el escudo de la fe” es capaz de “apagar los
dardos de fuego del maligno”. Por consiguiente, apagar el Espíritu es
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ahogar o reprimir al Espíritu y no permitirle que cumpla su obra en el


creyente. Puede definirse simplemente como el decir “No”, o de no
tener la voluntad de dejar al Espíritu conducirse a su manera.
El pecado original de Satanás fue la rebelión contra Dios (Isaías 14:14), y
cuando un creyente dice “yo quiero” en lugar de decir como Cristo dejo
en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42),
entonces está apagando al Espíritu.
Para que pueda experimentarse la plenitud del Espíritu es necesario
para un cristiano que rinda su vida al Señor. Cristo observó que un
hombre no puede servir a dos señores (Mateo 6:24), y a los cristianos se
les exhorta constantemente a que se rindan a sí mismos a Dios. Al
hablar de la rendición a la voluntad de Dios en la vida de un cristiano,
Pablo escribió en Romanos 6:13: “Ni tampoco presentéis vuestros
miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos
vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros
miembros a Dios como instrumentos de justicia”. Aquí se declara
claramente la opción ante cada cristiano: él puede rendirse a sí mismo
tanto a Dios como al pecado.
Un pasaje similar se encuentra en Romanos 12:1-2. Al presentar la obra
de salvación y santificación en la vida del creyente, Pablo encarece a los
romanos: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios,
que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a
Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino
transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento,
para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y
perfecta”. En ambos pasajes –Romanos 6:13 y 12:1- se usa la misma
palabra griega. El tiempo de verbo está en aoristo, lo cual significa
“rendirse a Dios de una vez y para siempre”. De acuerdo a esto, la
experiencia de ser llenado con el Espíritu sólo puede ser llevada a cabo
cuando un cristiano toma el paso inicial de presentar su cuerpo en
sacrificio vivo. El cristiano ha sido preparado para esto por medio de la
salvación, lo cual hace al sacrificio santo y aceptable delante de Dios. Es
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razonable de parte de Dios esperar esto habiendo muerto Cristo por


este individuo.

Al presentar su cuerpo, el cristiano debe enfrentar el hecho de que no


debe de conformarse exteriormente al mundo, sino que interiormente
debe ser transformado por el Espíritu Santo con el resultado de que su
mente sea renovada para reconocer los valores espirituales.

Él es capaz de distinguir lo que no es la voluntad de Dios, de lo que es la


“buena, agradable y perfecta voluntad de Dios” (Romanos 12:2).
La rendición no se hace en referencia a algún punto en particular, sino
que más bien discierne la voluntad de Dios para la vida en cada asunto
particular. Es, por lo tanto, una actitud de estar deseoso de hacer
cualquier cosa que Dios quiera que el creyente haga. Es el hacer la
voluntad final de Dios en su vida y estar dispuesto a hacer cualquier cosa
cuando sea, donde sea y como Dios pueda dirigirla. El hecho de que la
exhortación “no apaguéis el Espíritu” está en tiempo presente indica
que ésta debería ser una experiencia continua iniciada por el acto de la
rendición.
Un cristiano que desea estar continuamente rendido a Dios encuentra
que esta rendición se relaciona con varios aspectos. Es, en primer lugar,
una rendición a la Palabra de Dios en sus exhortaciones y su verdad. El
Espíritu Santo es el Maestro, y a medida que va conociendo la verdad,
un creyente debe rendirse a ésta a medida que la va comprendiendo. El
rehusar someterse a la Palabra de Dios hace que la plenitud del Espíritu
sea imposible.
La rendición también se relaciona con la guía. En muchos casos la
Palabra de Dios no es explícita en cuanto a decisiones que un cristiano
tiene que enfrentar. Aquí el creyente debe ser guiado por los principios
de la Palabra de Dios, y el Espíritu de Dios puede darle la guía sobre las
bases de lo que la Escritura revela. De acuerdo a ello, la obediencia a la
guía del Espíritu es necesaria para la plenitud del Espíritu (Romanos
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8:14). En algunos casos el Espíritu puede ordenar a un cristiano que


haga algo y en otras ocasiones puede prohibirle que siga el curso de una
acción. Una ilustración es la experiencia de Pablo, quien fue impedido
de predicar el evangelio en Asia y Bitinia en las primeras etapas de su
ministerio y más tarde se le instruyó que fuera a estas mismas áreas a
predicar (Hechos 16:6-7; 19:10). La plenitud del Espíritu incluye el seguir
la guía del Señor.
Un cristiano también debe estar rendido a los hechos providenciales de
Dios, los cuales a menudo acarrean situaciones o experiencias que no
son deseadas por el individuo. De acuerdo a ello, un creyente debe
entender lo que es ser sumiso a la voluntad de Dios aun cuando ello
implique el sufrimiento y sendas que en sí mismas no son placenteras.
La suprema ilustración de lo que significa ser llenado con el Espíritu y
rendido a Dios es el Señor Jesucristo mismo. En Filipenses 2:5-11 se
revela que Jesús, al venir a la tierra y morir por los pecados del mundo,
estaba deseando ser lo que Dios había escogido, deseando ir donde
Dios había escogido y deseando hacer lo que Dios había escogido.
Un creyente que desea ser llenado con el Espíritu debe tener una actitud
similar en cuanto a rendición y obediencia.
2. En conexión con la plenitud del Espíritu, se le exhorta también a “no
contristar al Espíritu”(Efesios 4:30). Aquí se presume que el pecado ha
entrado en la vida de un cristiano y como un hecho de su experiencia ha
sobrevenido la falta de rendición. Para poder entrar en un estado en el
que pueda ser llenado con el Espíritu, o para volver a tal estado, se le
exhorta a que no continúe en su pecado, el cual contrista al Espíritu
Santo. Cuando en el creyente el Espíritu de Dios es contristado, la
comunión, guía, instrucción y poder del Espíritu son estorbados; el
Espíritu Santo, aunque está morando, no está libre para cumplir su obra
en la vida del creyente.
La experiencia de la plenitud del Espíritu puede ser afectada por las
condiciones físicas. Un cristiano que físicamente está cansado,
hambriento o enfermo puede no experimentar el gozo normal y la paz,
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los cuales son frutos del Espíritu. El mismo apóstol que exhorta a ser
llenados con el Espíritu confiesa en 2 Corintios 1:8-9 que ellos
estuvieron “abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de
tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida”. De
acuerdo a ello, aun un cristiano lleno con el Espíritu puede experimentar
algún trastorno interior. Sin embargo, cuanto más grande sea la
necesidad en las circunstancias del creyente, mayor es la necesidad de la
plenitud del Espíritu y la rendición a la voluntad de Dios para que el
poder del Espíritu pueda ser manifestado en la vida individual. Cuando
un cristiano toma conciencia del hecho de que ha contristado al Espíritu
Santo, el remedio está en cesar de contristar al Espíritu, como se
expresa en Efesios 4:30 traducido literalmente. Esto puede cumplirse
obedeciendo 1 Juan 1:9, donde se instruye al hijo de Dios: “Si
confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros
pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Este pasaje se refiere a un hijo
de Dios que ha pecado contra su Padre Celestial. La vía de restauración
está abierta porque la muerte de Cristo es suficiente para todos sus
pecados (1 Juan2:1-2).
Así, la manera de volver a la comunión con Dios para un creyente es
confesar sus pecados a Dios, reconociendo nuevamente las bases para
el perdón en la muerte de Cristo y deseando la restauración a una
comunión íntima con Dios el Padre, así como también con el Espíritu
Santo. No es un asunto de justicia en una corte legal, sino más bien una
relación restaurada entre padre e hijo que se había descarriado. El
pasaje asegura que Dios es fiel y justo para perdonar el pecado y
quitarlo como una barrera que se interpone en la comunión cuando un
cristiano confiesa sinceramente su iniquidad a Dios. Mientras que en
algunas situaciones la confesión del pecado puede requerir que se vaya
a los individuos que han sido ofendidos y corregir las dificultades, la idea
principal es establecer una nueva relación íntima con Dios mismo.
Confesando sus pecados, el cristiano debe de estar seguro de que del
lado divino el perdón es inmediato. Cristo, como el intercesor del
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creyente y como el que murió en la cruz, ha hecho ya todos los ajustes


necesarios del lado celestial. La restauración a la comunión está sujeta,
por lo tanto, sólo a la actitud humana de confesión y rendición.
La Biblia también advierte al creyente contra los serios resultados de
estar contristando continuamente al Espíritu. Esto, a veces, resulta en el
castigo de Dios para con el creyente con el propósito de restaurarle,
como se menciona en Hebreos 12:5-6. Al cristiano se le advierte que, si
él no se juzga a sí mismo, Dios necesitará intervenir con la disciplina
divina (1 Corintios 11:31-32). En cualquier caso, hay una pérdida
inmediata cuando un cristiano está caminando fuera de la comunión
con Dios, y existe el constante peligro del juicio severo de Dios como un
padre fiel que trata con su hijo rebelde.
3. El andar en el Espíritu es un mandamiento positivo, en contraste a los
mandamientos previos, los cuales son negativos. Caminar en el Espíritu
(Gálatas 5:16) es un mandamiento para apropiarse del poder y la
bendición que es provista por el Espíritu que mora en el creyente. El
andar en el Espíritu es un mandamiento en el tiempo presente, esto es,
un cristiano debe de mantenerse andando por medio del Espíritu.
El nivel cristiano de la vida espiritual es alto, y él no es capaz de cumplir
la voluntad de Dios aparte del poder de Dios. De acuerdo a ello, la
provisión del Espíritu que mora hace posible para el cristiano el estar
andando por medio del poder y la guía del Espíritu que vive en él.
El andar en el Espíritu es un acto de fe. Está dependiendo del Espíritu al
hacer lo que sólo el Espíritu puede hacer. Las altas normas de la era
presente –donde se nos ordena amar como Cristo ama (Juan 13:34;
15:12) y donde se ordena que cada pensamiento sea traído a la
obediencia en Cristo (2 Corintios 10:5)- son imposibles aparte del poder
del Espíritu. De igual manera, las otras manifestaciones de vida
espiritual –tales como el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23) y tales
mandamientos como “estad siempre gozosos. Orad sin cesar” (1
Tesalonicenses 5:16-17) y “dad gracias en todo, porque ésta es la

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voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses


5:18)- son imposibles a menos que uno esté andando en el Espíritu.
Obtener una norma alta de vida espiritual es de lo más difícil porque el
cristiano está viviendo en un mundo pecador y está bajo constante
influencia maligna (Juan 17:15; Romanos 12:2; 2 Corintios 6:14; Gálatas
6:14; 1 Juan 2:15). De igual manera, el cristiano tiene oposición por el
poder de Satanás y está comprometido en una lucha incesante con este
enemigo de Dios (2 Corintios 4:4; 11:14; Efesios 6:12).
Además del conflicto con el sistema mundial y con Satanás, el cristiano
tiene un enemigo de dentro, su antigua naturaleza, la cual desea
conducirle de vuelta a la vida de obediencia a la carne pecaminosa
(Romanos 5:21; 6:6; 1 Corintios 5:5; 2 Corintios 7:1; 10:2-3; Gálatas
5:16-24; 6:8; Efesios 2:3). Por estar la antigua naturaleza
constantemente en guerra con la nueva naturaleza en el cristiano, sólo
la continua dependencia en el Espíritu de Dios puede traer victoria. Así
es que, aunque algunos han llegado a la conclusión errónea de que un
cristiano puede alcanzar una perfección sin pecado, existe la necesidad
de caminar constantemente en el Espíritu para que este poder pueda
llevar a cabo la voluntad de Dios en la vida de un creyente. Al creyente
le espera la perfección final del cuerpo y el espíritu en el cielo, pero la
lucha espiritual continúa sin disminuir hasta la muerte o el traslado
espiritual.
Todas estas verdades enfatizan la importancia de apropiarse del Espíritu
andando en su poder y guía y dejando que el Espíritu tenga control y
dirección de una vida cristiana.

C. LOS RESULTADOS DE LA PLENITUD DEL ESPÍRITU

Cuando uno está rendido a Dios y lleno con el Espíritu vienen


imprevisibles resultados.

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1. Un cristiano que camina en el poder del Espíritu experimenta una


santificación progresiva, una santidad de vida en la cual el fruto del
Espíritu (Gálata 5:22-23) está cumplido. Esta es la suprema
manifestación del poder del Espíritu y es la preparación terrenal para el
tiempo cuando el creyente en los cielos será completamente
transformado a la imagen de Cristo.

2. Uno de los importantes ministerios del Espíritu es el de enseñar al


creyente las verdades espirituales. Sólo mediante la guía e iluminación
del Espíritu un creyente puede comprender la infinita verdad de la
Palabra de Dios. Así como el Espíritu de Dios es necesario para revelar la
verdad concerniente a la salvación (Juan 16:7-11) antes de que una
persona pueda ser salva, así el Espíritu de Dios guía también al cristiano
a toda verdad (Juan16:12-14).
Las cosas profundas de Dios, verdades que sólo pueden ser
comprendidas por un hombre enseñado por el Espíritu, son reveladas a
uno que está andando por el Espíritu (1 Corintios 2:9 – 3:2).

3. El Espíritu Santo es capaz de guiar a un cristiano y aplicar las verdades


generales de la Palabra de Dios a la situación particular del cristiano.
Esto es lo que se expresa en Romanos 12:2, demostrando “cuál es la
buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Como el siervo de
Abraham, un cristiano puede experimentar la declaración 2guiándome
Jehová en el camino” (Génesis 24:27). Una guía tal es la experiencia
normal de los cristianos que están en una relación correcta con el
Espíritu de Dios (Romanos 8.14; Gálatas 5:18).

4. La seguridad de la salvación es otro resultado importante de la


comunión con el Espíritu. De acuerdo a Romanos 8:16, “el Espíritu
mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”
(Gálatas 4:6; 1 Juan 3:24; 4:13). Es normal para un cristiano el tener la

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seguridad de su salvación, como lo es para un individuo el saber que


está físicamente vivo.

5. Toda la adoración y el amor de Dios son posibles solamente cuando


uno está andando por el Espíritu. En el contexto de la exhortación de
Efesios 5:18 los versículos siguientes describen la vida normal de
adoración y comunión con Dios. Una persona fuera de la comunión no
puede adorar verdaderamente a Dios aun cuando asista a los servicios
de la iglesia en bellas catedrales y cumpla con el ritual de la adoración.
La adoración es un asunto del corazón, y como Cristo le dijo a la mujer
samaritana: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en
verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

6. Uno de los aspectos más importantes de la vida de un creyente es su


oración de comunión con el Señor. Aquí nuevamente el Espíritu de Dios
debe guiar y dirigir si la oración ha de ser inteligente. Aquí también
debe de comprenderse si la oración ha de ser de acuerdo a la Palabra
de Dios: La verdadera alabanza y acción de gracias son imposibles aparte
de la capacitación del Espíritu. Además de la oración del creyente
mismo, Romanos 8:26 revela que el Espíritu intercede por el creyente.
De acuerdo a ello, una vida de oración efectiva depende del andar en el
Espíritu.

7. Además de todas las cualidades ya mencionadas, toda la vida de


servicio de un creyente y el ejercicio de sus dones naturales y
espirituales están dependiendo del poder del Espíritu. Cristo se refirió a
esto en Juan 7:38-39, donde Él describió la obra del Espíritu como un río
de agua viva fluyendo del corazón del hombre. De acuerdo a esto, un
cristiano puede tener grandes dones espirituales y no usarlos por no
estar andando en el poder del Espíritu. En contraste, otros con
relativamente pocos dones espirituales pueden ser usados
grandemente por Dios porque están andando en el poder del Espíritu.
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La enseñanza de la Escritura sobre la plenitud del Espíritu es, por lo


tanto, una de las líneas de verdad más importantes que un cristiano
debe comprender, aplicar y apropiarse de ella.

11. LA TRINIDAD DE DIOS

A. LA EXISTENCIA DE DIOS
Aunque Dios es invisible en su persona, su existencia es evidente que los
hombres por lo general no requieren pruebas para el hecho de Dios. La
duda de existencia de Dios tiene que ver con la perversión del hombre,
su ceguera y a la influencia satánica. La evidencia de la existencia de
Dios en la creación es tan clara, que el rechazarla es el fundamento de
la condenación del mundo, que no ha escuchado el evangelio. Según
Romanos 1:19-20, “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto,
porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen
claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas...”
La revelación de Dios mediante los profetas, antes que la Palabra de
Dios fuese escrita, y la revelación procedente de la Escritura, ha
penetrado, en cierto grado, la conciencia total del hombre hoy en día.
Aunque el mundo, en general está ignorante de la revelación de la
Escritura, algunos conceptos de Dios han llegado al pensamiento de
todo el mundo, de tal forma que la creencia en una especie de ser
Superior es generalmente cierta, incluso entre los hombres a quienes no
ha llegado directamente la Escritura.
Aunque cualquier argumento en favor de la existencia de Dios tiene
considerable validez, y el hombre puede ser justamente condenado por
rechazarlos (Romanos 1:18:20), no ha sido suficiente para llevar al

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hombre en la apropiada relación con Dios o producir una fe real en Dios,


sin la asistencia de la completa revelación de Dios, confirmando todos
los hechos encontrados en la Naturaleza, pero añadiendo a la revelación
natural, muchas verdades, que esta no hubiera podido develar por sí
misma.

B. LA UNIDAD DE LA DIVINA TRINIDAD


En general, el Antiguo Testamento, recalca el énfasis en la unidad de
Dios (Éxodo 20:3, Deuteronomio 6:4, Isaías 44:6), un hecho que también
se enseña en el Nuevo Testamento (Juan 10:30, 14:9; 17:11, 22,23,
Colosenses 1:15). Tanto en el Antiguo, como en una gran parte del
Nuevo Testamento, también se indica que Dios existe como una
Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Muchos consideran que la
doctrina de la Trinidad está implícita en el uso de la palabra Elohim,
como un nombre para Dios, y que está en una forma plural, refiriéndose
al Dios trino y uno.
En los principios del Génesis hay referencias al Espíritu de Dios, y los
pronombres personales en plural se usan para Dios, como en el Génesis
1:26, 3:22, 11:7. Frecuentemente, en el Antiguo Testamento, hay
distinción dentro de la naturaleza de Dios, en términos de Padre, El Hijo,
y el Espíritu Santo. Isaías en 7:14, habla del Hijo como Emanuel, “Dios
con nosotros”, que tiene que ser distinto del Dios Padre y del Espíritu
Santo. Este Hijo es llamado en Isaías 9:6, “Dios Fuerte, Padre Eterno,
Príncipe de Paz”.
En el Salmo 2:7, Dios Padre, referido como “Yo”, indica que es su
propósito tener a su Hijo como el supremo soberano sobre la tierra. Por
lo mismo que el Padre y el Hijo quedan distinguidos, así Dios también se

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distingue del Espíritu Santo, como en el Salmo 104:30, donde el Señor


envía a su Espíritu. A estas evidencias hay que agregar todas las
referencias del Ángel de Jehová, que señala las apariciones del Hijo de
Dios en el Antiguo Testamento, como un enviado por el Padre, y
referencias al Espíritu del Señor, como el Espíritu Santo, distinto del
Padre y del Hijo.
A estas evidencias del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento añade
una revelación adicional. Aquí, en la persona de Jesucristo, está el Dios
Encarnado, concebido por el Espíritu Santo, y con todo, Hijo de Dios, el
Padre. En el bautismo de Jesús, la distinción de la Trinidad se hace
evidente con Dios el Padre hablando desde los cielos, el Espíritu Santo
descendiendo como una paloma y viniendo sobre Él, y el propio
Jesucristo bautizado (Mateo 3:16:17).

Estas distinciones de la Trinidad se observan también en pasajes como:


Juan 14:16, donde el Padre y el Consolador quedan distinguidos del
propio Cristo, y en Mateo 28:19, donde los discípulos son instruidos para
bautizar a los creyentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo.
Las muchas indicaciones que hay, tanto en el Antiguo Testamento como
en el Nuevo Testamento, de que Dios existe o subsiste como trino y uno,
han conformado la Doctrina de la Trinidad, como un hecho central de
todas las creencias desde los principios de la iglesia hasta los tiempos
más modernos. Es importante mencionar que, aunque la palabra
Trinidad no se da en la Biblia, los hechos de la revelación de la escritura,
no permiten otra explicación.

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Aunque la Trinidad es un hecho central, el núcleo de la fe cristiana está


más allá de la comprensión humana y no tiene paralelo en la
experiencia del hombre. La mejor definición es que: aunque Dios es
uno, El existe en tres personas. Estas personas tienen los mismos
atributos, y son igualmente dignas de adoración, culto y fe. Con todo,
está claro que, no hay tres dioses separados, como tres seres humanos
separados, tales como Santiago, Pedro y Juan; de acuerdo con esto, la
verdadera fe cristiana no es un triteismo (creencia en tres dioses).
Las personas de la Trinidad, aunque tengan iguales atributos, difieren en
ciertas propiedades. De aquí, que la Primera Persona de la Trinidad sea
llamada Padre, la Segunda Persona sea llamada El Hijo, como enviada
por el Padre, la Tercera Persona es el Espíritu Santo, que procede del
Padre y del Hijo.

C. LA TRINIDAD EN EL GÉNESIS

Tres veces se usa en los once primeros capítulos de la Biblia el plural


NOS para designar a la Divinidad. La primera vez se habla de la
pluralidad de personas divinas en relación con la creación del hombre
(Génesis1:26); la segunda vez, en relación con el pecado del hombre
(Génesis 3:22); y la tercera vez, en relación con el juicio de los hombres
(Génesis 11:7).
En Génesis 18:1-5 leemos lo siguiente: “Después le apareció Jehová en
el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en
el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que
estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su
tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: Señor, si ahora he
hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se

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traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestros pies; y recostaos


debajo de un árbol, y traeré un bocado de pan, y sustentad vuestro
corazón, y después pasaréis; pues por eso habéis pasado cerca de
vuestro siervo. Y ellos dijeron: haz así como lo has dicho”.

Aquí nos damos cuenta que los “tres” tienen nada más un par de ojos y
un solo corazón, pero los tres tienen sus propios pies y cuerpos.
También los tres hablan lo mismo pero con bocas individuales, lo cual
nos ilustra el carácter de la Trinidad. Los tres tienen la misma
omnipresencia (ojos), la misma omnisciencia (corazón), y la misma
omnipotencia (expresada a través de la pronunciación de las mismas
palabras en unión), a pesar de que estos son tres individuos. Por encima
de esto, Abraham ve a los tres por un instante y en otro instante ve a
uno solo; así es también la Trinidad, a veces los tres se distinguen y a
veces es uno solo o dos que se manifiestan en la Palabra de Dios. Si tres
personas siempre están en todo lugar viendo lo mismo, entendiendo lo
mismo y diciendo lo mismo con el mismo poder, es obvio que son la
misma persona. Esto nos hace entender que Dios es una naturaleza
(omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia) en tres personas (el
Padre de luces, el Hijo de Dios quien es la “imagen” de Dios y el
Espíritu Santo, el que es el movimiento (viento) Consolador de Dios.

En Génesis 19:18, Lot llama a los dos mensajeros de Génesis: YHWH en


el Hebreo original, lo cual fue cambiado a Adonay por los judíos hace
aproximadamente 1,500 años. La palabra Jehová (YHWH) para los dos
mensajeros es conservado en el Arameo Peshita.

La Doctrina de la Trinidad es no solo distintiva de la fe cristiana, sino que


es crucial porque se relaciona con quien es Dios, cómo es y de qué

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manera obra. Creemos que esta Doctrina es necesaria para hacer


justicia al testimonio de las Escrituras, que es la fuente primordial de
nuestro conocimiento de Dios. Tenemos que hablar de Dios en términos
utilizados por él. La evidencia bíblica presenta tres facetas: a) hay un
solo Dios; b) es una unidad trina y c) son tres personas que son Dios en
uno solo.

D. HAY UN SOLO DIOS


El cristianismo surgió de los antiguos hebreos, que eran y siguen siendo
rigurosos monoteístas. Los escritores del Antiguo Testamento se ocupan
del tema y, en ocasiones citan a Dios de forma directa. El Decálogo
comienza con las palabras divinas: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué
de Egipto, del país donde eras esclavo. No tengas otros dioses además
de mí” (Éxodo 20:2-3). Deuteronomio 6:4 presenta la declaración
monoteísta definitiva, expresada inicialmente dentro de un mundo
politeísta: ”Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor”.

El Nuevo Testamento continúa con este tema; por ejemplo, el caso de


Pablo (1 Corintios 8:4) y el de Santiago (Santiago 2:19). ¿Qué hizo
entonces que estos judíos y cristianos monoteístas afirmaran creer en la
Trinidad? FUE EL TESTIMONIO BÍBLICO DE TRES PERSONAS DIVINAS.

E. UNA TRINIDAD
Dios se refiere a sí mismo tanto en la primera persona del singular como
del plural. Como ya se dijo anteriormente, en Antiguo Testamento, la
forma plural de uno de los nombres de Dios (Elohim) es cuantitativa:
“Hagamos al hombre a nuestra imagen”. El plural aparece en el verbo
“hagamos” y en sufijo posesivo hebreo “nuestra” (Génesis 1:26, ver
también 11:7). Isaías, en visión, escucha que el Señor dice: “¿A quién

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enviaré y quién irá por nosotros?” (Isaías 6:8). A menudo se suele


vincular a las tres Personas divinas (Isaías 42:1; 61:1,2; 63:8-11). El ángel
le dice a María que su hijo será llamado Santo, porque el Espíritu Santo
vendría sobre ella (Lucas 1:35). Jesús vincula sus milagros con el poder
del Espíritu de Dios (Mateo 12:28). Como consecuencia de la Gran
Comisión, se bautiza a los nuevos discípulos en el nombre singular de las
tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Mateo 28:19).

En el Evangelio de Juan se dan evidencias contundentes. Jesús declara


que el Hijo es enviado por el padre (14:24) y que proviene de él (16:28).
El Espíritu es dado por el Padre (14:16), es enviado (14:26) y procede de
Él (15:26). El Hijo ora por la venida del Espíritu (14:16); el Padre envía el
Espíritu en el nombre del Hijo (14:26); el Hijo envía el Espíritu de parte
del Padre (15:26). El Ministerio del Espíritu continúa en el Hijo y hace
recordar lo que el Hijo ha dicho (14:26), da testimonio del Hijo (15:26),
declara lo que oye de parte del Hijo y glorifica al Hijo (16:13,14). Jesús
ora para que sus discípulos sean uno, así como Él y el Padre son uno
(17:21).

En el Pentecostés, Pedro nombra a tres personas divinas: “exaltado por


la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu
Santo, ha derramado esto…arrepentíos y bautícese cada uno en el
nombre de Jesucristo…, y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos
2:33, 38).

Pablo se refiere a menudo al Dios Trino, y relaciona la salvación con las


tres Personas de la Deidad (2 Corintios 1:21,22). En la epístola a los
Romanos, tanto la forma como el contenido de sus escritos comunican
lo que cree: el juicio de Dios sobre todos (Romanos 1:18, 3:19); la

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justificación por la fe en Cristo (Romanos 5:1, 8:1); la vida en el Espíritu


(Romanos 8:2-30). Pablo también incluye las tres Personas en sus
bendiciones: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la
comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Corintios
13:14). En las epístolas de Pedro y Judas pueden leerse expresiones
similares. (1 Pedro 1: 1-2, Judas 20, 21).

F. DIOS EN TRES PERSONAS


La divinidad del Padre jamás se discute. Jesús se refiere al Padre como a
Dios (Mateo 6:26-30). Pablo habla de la divinidad de Jesús (Filipenses
2:6; Colosenses 1:10-20). Para Pablo, un judío ortodoxo instruido según
el más estricto judaísmo rabínico, esta es una convicción asombrosa de
la divinidad plena de Cristo.

Jesús mismo reconoció su identidad divina al sostener que podía


perdonar pecados (Marcos 2:8-10). Los judíos, que sabían que solo Dios
puede perdonar pecados, acusaron a Jesús de blasfemar. Él afirmó que
los ángeles de Dios eran sus ángeles (Lucas 12:8,9; 15:10; Mateo 13:41).
Al llevarlo a juicio, fue acusado de afirmar que era el Hijo de Dios. Este
habría sido el momento ideal para arrepentirse de lo que había
afirmado, si no hubiera considerado que Él no era Dios; pero no lo hizo,
sino que enfatizó su divinidad. El sumo sacerdote así lo entendió, por lo
que pidió darle muerte (Mateo 26:63-66). Después de la resurrección,
Tomás se dirigió a Jesús como “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:28).
Jesús no rechazó ese título o la adoración, aunque a lo largo de las
Escrituras, los seres humanos y los ángeles rehúsan que se los adore
(Hechos 14:8-18; Apocalipsis 19:10, 22:8-9).

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El Espíritu Santo es identificado como Dios y miembro de la Trinidad, y


se le suele atribuir el título de Santo. Jesús afirmó que el Espíritu del
Señor estaba sobre Él, y que lo había ungido para predicar (Lucas 4:18).
Cuando Ananías y Safira guardaron parte del dinero prometido por la
venta de su propiedad, Pedro les recordó que mentirle al Espíritu Santo
es mentirle a Dios (Hechos 5:3,4). Las tres Personas de la Divinidad son
iguales pero no idénticas. Las tres participan de nuestra salvación.

El Padre es toda la plenitud de la divinidad invisible (Juan 1:18); el Hijo


es toda la plenitud de la divinidad manifestada: (Juan 1:14-18 y
Colosenses. 2:9); el Espíritu Santo es toda la plenitud de la divinidad
obrando directamente sobre la criatura (Corintios 2: 9-16).

En (Efesios 1:3 al 14) vemos a la Trinidad actuando para el hombre:

LA OBRA DEL PADRE: bendice (v. 3), escoge (v. 4), predestina (v. 5).
¿Para qué? Para alabanza de su gloria (v. 6).

LA OBRA DEL HIJO: redime por su sangre (v. 7), perdona los pecados (v.
7), descubre el secreto de su voluntad (v. 9), reúne todas las cosas en El
(v. 10). ¿Para qué? Para alabanza de su gloria (v. 12).

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO: sella (v. 13). ¿Para qué? Para alabanza
de su gloria (v. 14).

Por lo tanto, el Padre ejerce la soberanía y decreta los consejos


determinados por la Trinidad: 1 Corintios. 15:24-28 y Efesios 1:3-6, el
Hijo ejecuta los consejos divinos: Hebreos 10:7; y el Espíritu Santo los
desarrolla y aplica. Lo expuesto se pone de manifiesto tanto en la
Creación como en la Redención.

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12. PENSAMIENTO FINAL:


Si Dios fuera solo una persona, no se podría proclamar que Dios
envía y es enviado; que puede rechazar el pecado y al mismo
tiempo ofrecerse en sacrificio por él. La capacidad de
reflexionar con detenimiento en el Dios trino solo proviene de
un corazón y una mente instruidos en humildad. Hablar en
forma adecuada de Dios es una tarea sobrecogedora. Las
escrituras tienen que ser la fuente principal de nuestro
conocimiento de Él. La formulación histórica de la Trinidad
busca circunscribir y salvaguardar este misterio (no explicarlo,
porque está más allá de nosotros), y nos confronta con el que es
probablemente el pensamiento más difícil que la mente humana
ha tenido alguna vez que tratar. No es fácil, pero es ve

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