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Seducción Criminal

El documento narra la historia de Owen Byrne, un ranchero que vive en Kansas y se enfrenta a problemas financieros debido a una enfermedad que afecta a su ganado y hace que las vacas pierdan a sus crías. Mientras revisa su ganado, Owen encuentra sangre cerca de su cabaña y teme que haya ocurrido algo malo.

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Seducción Criminal

El documento narra la historia de Owen Byrne, un ranchero que vive en Kansas y se enfrenta a problemas financieros debido a una enfermedad que afecta a su ganado y hace que las vacas pierdan a sus crías. Mientras revisa su ganado, Owen encuentra sangre cerca de su cabaña y teme que haya ocurrido algo malo.

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DARIAN NORTH

Seducción criminal

Traducción de Claudia Cabarrocas

Editorial Planeta S.A

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Sinopsis

El escritor Owen Byrne consigue por fin dar el gran salto, el que le
permite alejarse del Midwest por primera vez en su vida y trasladarse a
las despiadadas calles de Nueva York. Byrne pretende escribir una
crónica del asesinato de la década, el homicidio de Bram Serian, un
artista de fama mundial. La bella esposa asiática de Serian, la
misteriosa y solitaria mujer a la que la prensa ha bautizado como la
Viuda Negra, es la acusada. El proceso, sueño de la acusación, pesadilla
de la defensa y bautismo de un autor inédito, está a punto de ir a juicio y
en él se conjugan las llamas de la muerte, que han borrado las pruebas
esenciales del crimen, y el ardor de la relación sentimental con una bella
mujer que es o una víctima o una asesina desalmada y sin escrúpulos.

Título Original:

Criminal seduction

Traductor: Cabarrocas, Claudia

Autor: North, Darian

©1994, Editorial Planeta S.A

ISBN: 9788408011910

Generado con: QualityEbook v0.87

Generado por: Silicon, 03/06/2019

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Darian North

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Seducción criminal

TÍTULO original: Criminal seduction

Traducción de: Claudia Cabarrocas

Editorial Planeta S.A. 1994

ISBN 84-08-01191-X

Michael Bradly

Algunos se elevan por el petado y otros por la virtud caen.

SHAKESPEARE

La necesidad de ir a la deriva, de destruirse, es una verdad


extremadamente Intima, distanciada, apasionada y turbulenta.

GEORGES BATAILLE

Mirando atrás se daba cuanta da que siempre la había estado


esperando. Esperando su abrazo. Dejarse tragar por la oscuridad de sus
ojos

Trajo consigo la caída enfebrecida, el soplo ardiente que derribo todo lo


que él había sido hasta entonces y que le dejo en la boca sabor a cenizas
Pero ahora, mirando atrás, sabía que no había anhelado más que
aquello.

Que siempre había estado esperando.

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UNO

EL TIEMPO pasa despacio en los montes Flint, en Kansas. Son tierras


solitarias. Un mar ondulante de hierba sobre una cadena montañosa tan
antigua que los enormes picos han quedado reducidos a cerros. Tierra
de ranchos, reacia a la azada, sujeta a ventiscas, tormentas de polvo,
tomados, sequías, granizo del tamaño de un puño, vientos violentos e
inundaciones frecuentes en las tierras bajas que acunan los ríos.

Mientras recorría aquellas colinas montado sobre su caballo, Owen


Borne tenía la sensación de estar remontando la historia y de que si
seguía adelante se cruzaría con colonos, con manadas de búfalos y de
indios Osage, y después con dinosaurios y finalmente con los glaciares y
los volcanes que en un principio conformaron aquellos territorios. A
veces, detenía el caballo y auscultaba el viento en busca del pasado,
convencido de que estaba allí, murmurando a su alrededor, se sentaba
sobre la hierba, bajo la mirada inquieta del caballo y de los perros, e
intentaba imaginar todo lo que podía haber sucedido en aquel lugar
concreto. Cada insecto ambulante y cada semilla germinada. Cada gota
de sangre vertida en el acto de dar la vida o de quitarla.

Pero aquel día no pudo. Hacía meses que no podía. La inquietud le había
curado de aquellas ensoñaciones ociosas.

Trató de concentrarse en las largas y armoniosas zancadas de la potra


que salvaba distancias rápidamente. Trató de olvidarlo todo salvo el
ruido sordo y metronómico producido por las pezuñas de su montura,
salvo la mordida del viento en su rostro y salvo el placer que le
procuraba aquella carrera poderosa y grácil en dirección al horizonte,
pero no había escapatoria. El zumbido persistente de la ansiedad
continuaba. Trató de pertrecharse en un optimismo ciego y de
persuadirse de que... de alguna forma todo se arreglaría.

De alguna forma

. Pero aquellas palabras le parecieron huecas.

Oyó el ruido de un avión; detuvo a la potra para alzar la vista y


observarlo. La luz del sol se reflejaba en el fuselaje plateado. Desde allí
abajo el avión parecía más pájaro que máquina; un pájaro gigantesco
que planeara en las alturas rumbo a un destino exótico. Nunca había
volado y había aceptado incluso que quizá no lo haría jamás, que su
vida estaba trazada y que no conocería más que lo que, a sus treinta y
dos años, había en ella.

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Owen Borne, aquel hombre alto montado sobre una baya esbelta en
medio de un vacío ondulante, podía haber sido una visión del pasado.
Con su largo abrigo de lona de pionero, sus zahones lacerados y su
fatigado sombrero vaquero negro, era la imagen del llanero solitario
elemental. Parte del caballo, del entorno y de los sueños de una época
remota. Pero Owen no era ni sueño ni visión. No era más que un hombre
ocupado en su quehacer diario.

La potra sacudió nerviosamente la cabeza y se escoró en un baile de


costado. Estaba domada desde hacía poco y su tolerancia ante la
inmovilidad era limitada. «Tranquila», le murmuró mientras sostenía las
riendas firmemente, y la forzó a seguir quieta unos momentos más antes
de espolearla para que reemprendiera el medio galope. Cabalgaba con
los ojos clavados en el suelo, en busca de más temeros muertos.

Aquella misma mañana había encontrado otro feto, con el que ya


sumaban treinta desde el Día de Acción de Gracias. Su esperanza inicial
de que sólo un pequeño porcentaje del rebaño estuviera afectado se
había trocado en resignación.

—Es un virus nuevo procedente de Suramérica parecido al de la


enfermedad de Bangs —había declarado el veterinario—. Se transmite
por vía sexual. A los toros no les pasa gran cosa, pero todas las vacas
afectadas perderán sus becerros antes de término.

Dado que el único producto del rancho eran los temeros, aquellas
noticias eran devastadoras. Sin casi dejarle tiempo a digerirlas, el
veterinario siguió explicando a Owen que los toros, tras una cuarentena
y un tratamiento antibiótico, se pondrían bien, pero que el virus
esterilizaba a las vacas. No podrían volver a criar. El rancho Borne
Shamrock no sólo vería reducido el número de temeros destinados al
mercado, sino que además perdería una cantidad importante de
excelentes vacas reproductoras. Y dado que las vacas maduras no
rendían gran cosa por kilo, pagara lo que pagara la fábrica cárnica en
ningún caso bastaría para sustituir aquellas vacas en el rebaño.

Despachó el primer grupo de vacas enfermas aquella misma mañana.


Vino a llevárselas un camión, y Owen participó personalmente en la
operación de carga invirtiendo toda su angustia y su desespero en el
desgaste físico. No sólo se trataba de unas pérdidas financieras
gravísimas; los animales destinados al matadero eran vacas
reproductoras de primera que él alimentaba, cuidaba y conocía desde
hacía años.

Pero no había más remedio que proceder a la eliminación. No podían


permitirse seguir alimentando a vacas estériles durante el resto del
invierno. Es más, dadas las circunstancias, ni siquiera sabía si podrían
seguir alimentando a las productivas. Rememoró la nochebuena en que
unos cuatreros se llevaron un semiremolque lleno de ganado. Lograron

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sobreponerse a aquel golpe, y de alguna forma lograrían sobreponerse
a éste. De

alguna forma

. Otra vez aquellas palabras.

La potra galopó hasta la cima de un altozano, entonces aparecieron a


sus pies los extensos rediles, la choza de los antiguos colonos y el
esqueleto invernal del inmenso peral. Su madre quiso talar el árbol poco
después del funeral de su hermano, pero Owen consiguió convencerla de
que no lo hiciera. No sólo porque en aquella zona escaseaban los
árboles, sino porque Terry le tenía un gran cariño a aquel árbol; había
cercado los rediles y construido la red de canalizaciones de forma que
quedara protegido.

Para Owen, aquél era el auténtico monumento de su hermano y no la


ornada lápida de granito del cementerio de Cyril. Ésa era la gran obra
de Teny, pensada para que el cuidado diario del ganado —herrar,
descornar, castrar y vacunar a los animales— pudiera llevarse a cabo
de forma mucho más rápida y eficaz que en los viejos tiempos. Ahora
que Owen efectuaba la mayor parte del trabajo sin ayuda de nadie,
aquella construcción le parecía inestimable. Sin ella le habría resultado
imposible dar abasto, así que consideraba la zona de trabajo como el
legado que Terry le había dejado.

Pensar en la muerte de su hermano le aproximó a una vasta zona de


oscuridad en la que temía adentrarse, así que despejó rápidamente su
mente y permitió que la potra se lanzara al galope. El animal arrancó su
carrera ansiosamente y los perros pasaron apuros para seguirla.

Se acercaron a los rediles donde pastaban los toros del rancho. Owen
siempre los mantenía separados del rebaño durante varios meses para
evitar que las vacas parieran en pleno invierno y para que no pusieran
en peligro la supervivencia de los recentales y, en algunos casos,
también de las madres. Aquel año, con el virus, la separación era
todavía más imperativa.

De pronto, junto a la choza, la potra soltó un relincho y empezó a patear


lateralmente. Hubiera podido forzarla a seguir adelante, pero los perros
sumaron sus ladridos a la inquietud del caballo. Entonces, él también
pudo advertir en el aire el leve pero inconfundible olor a sangre.

Se apeó y ató la potra en uno de los extremos de la choza. Luego rodeó


el edificio hacia el lugar donde los toros se daban empellones y bufaban
creando una pared de cuerpos musculosos mientras intentaban hacerse
un lugar en los pesebres. Cuando los recogían en el aprisco estaban
hambrientos, vorazmente hambrientos, y casi tan vorazmente en celo. A
menudo se preguntaba qué opinaría un sociólogo del comportamiento
sexual de los toros. Cuando salían de los rediles, y aunque no hubiera
vacas que cubrir durante días, o incluso semanas, las bestias se

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evitaban entre sí. Y, sin embargo, durante su estancia en los rediles, no
dejaban de excitarse mutuamente montándose los unos a los otros
acorde a un orden descendente de poder y de talla. La ley del más
fuerte, decía su hermano.

—A ver, chicos —dijo mientras los inspeccionaba con la mirada en busca


de heridas—. ¿Quién está sangrando por aquí?

Los toros alzaron sus húmedos hocicos en su dirección y husmearon con


fuerza rastreando el aroma de los cubos prensados o del grano. Se
encaramó a medias sobre la verja y la masa musculosa se revolvió
inquieta. Oteó desde aquella altura más allá de los anchos espinazos de
los animales más grandes, situados en primera línea, y pudo examinar a
los animales más jóvenes, más pequeños, que habían quedado
acorralados en la parte trasera. Y comprobó que pateaban alrededor de
un animal caído.

—Estupendo —dijo en voz alta convencido de que el toro derrumbado


tenía que ser el que su padre acababa de comprar.

Tomó uno de los cubos de hierba prensada almacenados en la choza y


llenó un pesebre en el extremo opuesto de la serie de rediles. Como era
de prever, los toros salieron de estampida hacia la comida bramando y
arremetiendo entre ellos por lograr las primeras posiciones. Cerró una
cerca para impedir su regreso y luego se acercó al animal postrado.

El torito, incluso rodeado de un charco de sangre y de excrementos y


con una mirada vidriosa en los ojos, era una preciosidad. Owen se
agachó a su lado y oyó un leve ronquido respiratorio que le salía de los
hocicos cubiertos de costras y de sangre. Palmeó la nuca del animal y
murmuró: «Tranquilo, muchacho, tranquilo», pero el animal ni siquiera
se revolvió bajo su mano. Owen sintió que un profundo cansancio le
penetraba en los huesos.

La víspera, su padre había regresado de la subasta alardeando de haber


hecho un negocio excelente y de haber logrado que alguien trajera al
animal en un remolque hasta los rediles del rancho. Owen,
desconcertado ante la noticia de que su padre hubiera gastado un
dinero del que andaban escasos en un toro innecesario, no pidió
aclaraciones en relación al animal, ni su edad, incapaz de imaginar que
su padre había encerrado a un animal muy joven con los sementales.
Pero Clancy Borne, que desde hacía tiempo había decidido hacer caso
omiso del escaso sentido común del que en alguna época hubiera
gozado, había hecho exactamente eso. Había abandonado a un becerro
en medio de los brutos, y éstos lo habían montado, derrumbado,
golpeado y pateado durante toda la noche.

Owen regresó junto a su caballo y desenfundó el rifle que llevaba en la


silla; luego escaló la cerca para meterse de nuevo en el aprisco de suelo
endurecido y lo atravesó. A lo lejos, una ristra de nubes se movía sobre
las oscuras colinas. Los toros habían terminado de devorar la hierba y

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lo miraban fijamente a través de la cerca. Los perros avanzaban y
retrocedían con impaciencia esperando una señal para dar caza.

Owen se giró y apuntó en un movimiento lento e ininterrumpido. El rifle


chasqueó. El animal caído tuvo una sacudida. Los perros huyeron. Del
agujero de entre los ojos vidriosos empezó a manar sangre. Luego,
Owen terminó de alimentar a los toros y se fue.

Montó con fiereza e imprudencia, hasta que el viento le hizo subir


lágrimas punzantes a los ojos y no tuvo más remedio que moderar la
velocidad para poder ver. La rabia lo ahogaba, lo embargaba de tal
forma que se asustó. Desmontó y siguió a pie, con las riendas de la
potra en la mano, para forzarse a volver a la normalidad. Aquella ira
tan extrema no era razonable. Su padre, desde luego, había hecho cosas
peores. Incluso él había tenido que hacer cosas peores.

Respiró profundamente mientras avanzaba, tragándose la rabia en cada


respiración y obligando a los demonios a regresar a su guarida. Cuando
lo consiguió se sintió vacío y exhausto por sus estados de ánimo
personales y por algo más importante, algo vago, indesignable, que le
llegaba de todas partes.

Mientras se izaba de nuevo sobre la silla le pareció oír un campaneo.


Inmovilizó la potra y se inclinó ligeramente hacia adelante para aguzar
el oído. No, no había imaginado el sonido. Alguien estaba tocando la
gran campana del rancho. El tañido sombrío flotaba a favor del viento,
unas veces nítido y profundo, otras apenas audible. Finalmente entendió
el mensaje. No era el toque angustiado de una emergencia, sino
sencillamente un aviso para que regresara. Se revolvió sobre la silla al
recordar que tenía previsto controlar los apaños del cercado en el
derrumbe del arroyo, pero aquella convocación le produjo una enorme
curiosidad.

Tiró de las riendas y encaró la potra en dirección al establo, a la casa y


a la campana. El examen de la cerca podía esperar. En último caso lo
haría de noche con los faros de su camioneta.

El sol invernal ya bajaba en el cielo cuando fue a dejar la potra en su


cuadra. Salió del viejo establo lóbrego y bajó hacia la casa.
Aparentemente no había visitas ni coches extraños y no se explicó la
llamada de la campana. La casa reposaba en silencio a sus pies; un
rectángulo estrecho, de piedra caliza local cortada a mano, que había
soportado las intemperies de la zona durante un siglo. Estaba
agazapada en una hendedura entre colinas; la fachada, encarada al
este, miraba hacia la carretera distante, y la parte trasera, al oeste,
hacia los establos y los rediles. Los extremos eran paredes sólidas, de
forma que ninguna puerta ni ninguna ventana se abría directamente a
las feroces ventoladas norte-sur.

La campana estaba junto a la puerta trasera; una pesada campana de


barco, colada en bronce, traída por los primeros colonos. Estaba

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suspendida entre dos altos tubos de acero y la cuerda reposaba a un
lado. Casi nunca la usaban porque las camionetas iban equipadas con
radios.

Sus botas hicieron crujir la hierba seca y la corteza de nieve al pasar


por delante del esqueleto del molino de viento abandonado, del
barracón en el que vivía y del alto seto del huerto. Antes de entrar en la
casa se limpió las botas en el raspador metálico y luego penetró en el
atrio.

En cuanto estuvo dentro se despojó de sus espuelas y guardó los


guantes en el bolsillo de su abrigo. Luego se quitó el largo guardapolvo
de lona, la camisa de lana gorda y los zahones de caza con cremallera
que fue colgando de los ganchos alineados en la pared. Por último se
quitó el sombrero y se pasó automáticamente los dedos por el pelo para
borrar la marca de la cinta del sombrero. Contrariamente a su padre,
nunca llevaba sombrero en el interior. Para Owen, el sombrero no era
más que un accesorio de su uniforme de trabajo y su utilidad se reducía
a cubrirle la cabeza y a proteger sus ojos del exceso de luz.

Sin su vestimenta de vaquero, dejó de ser una visión histórica para


encamar a un hombre contemporáneo. Un hombre con el pelo castaño
oscuro, los ojos del azul intenso de la rama irlandesa de su familia
paterna y la mirada reservada y pensativa que desde hacía tanto tiempo
caracterizaba a los parientes de su madre.

—¡Ya he llegado! —voceó mientras pasaba del atrio a la cocina. El calor


de la vieja estufa le dio de lleno, y oyó el ronroneo de la máquina de
coser que procedía de la salita delantera.

Cruzó la cocina, se asomó al quicio de la puerta del salón y vio a su


hermana mayor encorvada sobre la vieja Singer.

—¡Ellen! —gritó por encima del matraqueo de la máquina.

Su hermana retiró el pie del pedal y alzó la mirada por debajo de la


franja de su flequillo. Su pelo desaliñado y sin brillo colgaba en
desorden, y debajo de sus ojos aparecían dos medias lunas oscuras.
Tenía treinta y cinco años, pero parecía mucho mayor.

—Te acaba de llamar Mike —le dijo ella fastidiada—. Su padre tiene el
día jaranero y se ha ido con el camión a beber. Le da miedo que esta
noche se quede tirado en alguna parte y se congele.

A Owen le sorprendió que su hermana le hiciera regresar al rancho


para ayudar a los Wheeler. Despreciaba al viejo Wheeler y, de todas
formas, era algo que podía hacerse después de la cena, con los faros de
la camioneta. Pero lo único que dijo fue:

—Vale. Iré a buscarlo.

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Regresó a la cocina para servirse un poco de café. Ellen lo había
seguido y Owen alzó la cafetera.

—¿Quieres un poco?

Su hermana le dio a entender que no con un gesto de la mano; tenía las


uñas comidas y en carne viva. Owen recordó la época en que todavía le
brillaba el pelo, en que llevaba las manos cuidadas y en que su rostro no
exhibía profundos surcos.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella mientras lo observaba con


detenimiento.

Owen fijó los ojos en la taza.

—He encontrado otro feto. Además, ha habido problemas con los toros.

—¿Qué ha ocurrido?

—El nuevo toro que compró Clancy; lo han vapuleado hasta dejarlo
medio muerto.

—¿Está lisiado?

—Está muerto. He tenido que dispararle.

—¡Mierda! —Ellen aporreó la mesa de la cocina— Más vale que le


digamos a papá que se juegue el maldito rancho al póquer, sería más
rápido y menos exasperante.

Se oyó el ruido de un coche en la gravilla del exterior y justo después


entró Meggie por la puerta. Meggie, con veintiséis años, era la más
joven de los Borne. Trabajaba tres días por semana en un
supermercado, y tendría que seguir haciéndolo durante años si quería
pagar el préstamo del coche que conducía. Pero el coche era importante
para ella y para Ellen. Sin él, cuando los hombres se llevaban las dos
camionetas, se quedaban aisladas.

—Buenas —dijo Meggie mientras se debatía en la puerta con dos


enormes bolsas llenas de comida. El viento le había alborotado unas
cuantas mechas de su pelo color caoba y lo llevaba casi suelto.

Owen se apresuró en ir a liberarla de las dos bolsas.

—¿Recuerdas el toro que papá compró por un ojo de la cara en la


subasta de anoche? —dijo Ellen antes de que Meggie hubiera terminado
de desabrocharse el abrigo—. Pues está muerto.

—¡No!

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—Sí señora. —Ellen casi parecía complacida— Pateado por los demás,
en el redil. Os digo una cosa: dentro de nada estaremos todos en el
hospicio y este rancho pertenecerá a otra familia.

Meggie miró a Ellen y luego a Owen.

—¿Ya lo sabe papá?

Owen sacudió la cabeza.

—Todavía no lo he visto.

—Yo sé dónde está —dijo Ellen—. Esta mañana he hablado con Mike y
me ha dicho que lo había visto en el banco. Se iba a la subasta pública
de una finca para examinar unos perros de caza.

—¿Lo ha visto en el banco? —preguntó Owen.

Ellen asintió.

—Haciendo cola delante de la ventanilla y hablando de

comprar perros de caza

. —Enfatizó cada palabra.

Hubo un momento de silencio tenso. Meggie se mordió la comisura del


labio, miró a Owen y luego dijo:

—Bueno, al fin y al cabo es su dinero.

—Sí —dijo Ellen con amargura—, y su rancho. Pero me parece que todos
nos hemos ganado el derecho a opinar. Sobre todo Owen, que ha echado
los hígados para que esto funcione.

—Bueeeeno... —Meggie se alisó el pelo con las manos y alzó los hombros
con ligereza—. Si a Papá le da por comprar una jauría de perros,
tendremos un montón de carne fresca de ternera con que alimentarlos,
¿no os parece?

—¡Por Dios! —exclamó Ellen con los ojos en blanco, y salió taconeando
de la habitación.

Owen terminó su café mientras pensaba en Mike Wheeler y en dónde


habría podido ir a parar su padre.

—Oh... Owen... —Ellen regresó a la cocina para tenderle un sobre


rasgado—. Lo siento. He olvidado decirte la razón por la que te he

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hecho venir. Te han llamado de Nueva York. Una mujer, me ha dicho que
era a propósito de tus cuentos y que por favor la llamaras hoy mismo.

Meggie frunció las cejas.

—Tienes que decirle a la gente que no llame dejando recados como éste,
Owen. ¿Y si contestara papá y se encontrara con un yanqui diciéndole
que llames a Nueva York?

—Papá nunca contesta el teléfono, Meg —dijo Ellen—. Siempre espera a


que uno de nosotros lo haga. Además, tarde o temprano, tendrá que
enterarse de lo que hace Owen.

—Habíamos quedado en que... —dijo Meggie hablando con lentitud para


dar mayor peso a sus palabras—, después de la última estancia de papá
en el hospital... que no lo atosigaríamos. Y ya sabéis cómo reaccionaría
a eso de escribir y a todo este ajetreo de conferencias con Nueva York.

—Al fin y al cabo, Owen no está haciendo nada malo —declaró Ellen—.
Y estoy hasta el moño de mantener a papá protegido de todo. ¿Acaso
nos ha protegido él de algo alguna vez?

—Vaya..., así muestras tu gratitud... regresando aquí para quitar a papá


de en medio, después de abandonar a tu marido y de quedarte sin un
lugar en el que vivir y...

—Basta. —Owen se apartó bruscamente de la mesa y se levantó.

—¿Cómo? —preguntó Meggie indignada—. Sólo pretendo recordaros la


salud de papá. ¡Virgen santa!, pensaba que...

—¡Ya basta! —Owen se estrujó la frente con las manos presionando las
palmas sobre sus ojos cerrados hasta que vio sombras extrañas,
inconexas. Cuando volvió a abrirlos, sus dos hermanas lo miraban con
fijeza, con aquel ademán nervioso, casi temeroso, que siempre les
provocaba la interacción con su padre, y aunque lamentó ser el
causante de aquella tensión no tuvo la energía de hacer uno de sus
gestos conciliadores.

»Voy a hacer mi llamada —les dijo con impaciencia.

Las dos mujeres asintieron y se fueron al salón. Sabía que escucharían.


La intimidad nunca había sido una prioridad en aquella casa; y sólo
había un teléfono, colgado de la pared, junto a la estufa. Hubiera podido
acercarse al teléfono público del colmado de Cyril, pero estaba a media
hora de camino. Echó un vistazo al nombre y al número garabateados
en el sobre rasgado. Bernadette Goodson, su agente literaria. Ver su
nombre escrito por el puño de Ellen le produjo un escalofrío. El modo de
comunicación habitual de Bernie Goodson era por carta; una llamada
telefónica tenía que significar noticias frescas.

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Aspiró una bocanada de aire, alzó el auricular y marcó el número. La
conexión era lenta. Finalmente contestó una secretaria, y luego se puso
Bernie al aparato.

—¡Owen! ¿Qué tal está! ¿Cómo le va por Kansas? —Bernie había nacido
en una isla, antigua colonia británica, y en su forma de hablar seguía
existiendo un deje del acento de su niñez. A Owen le gustaba el sonido
distintivo de su voz y su fraseado inhabitual.

—Como siempre —contestó.

—Espero no haber interrumpido nada crucial.

—No.

—Bien. Esta mañana he estado hablando largo y tendido de su nuevo


manuscrito y quería comentárselo inmediatamente. ¿Recuerda la
editora que le recomendó que se pusiera en contacto conmigo? ¿Aquella
a la que le gustaban tanto sus otras cosas?

—¿La del apellido curioso?

Bernie se echó a reír.

—Sí. Arlene Blunt.

—Pues claro que la recuerdo. Tengo sus cartas de rechazo clavadas en


la pared.

—Bueno, Owen, los editores no siempre pueden adquirir lo que quieren.


Ya se lo he explicado.

—Sí. Ya me lo ha explicado. —Owen casi jadeaba. No osaba depositar


ninguna esperanza en aquella llamada... aunque sentía un optimismo
creciente.

—Bien, pues Arlene ha vuelto a llamarme esta mañana para hablarme


de su nuevo manuscrito. Y está muy impresionada. Está convencida de
que usted tiene grandes dotes. Todavía no ha logrado que sus jefes se
interesen por él, pero sigue intentándolo. El problema con este libro es
básicamente el mismo que con el resto de sus obras. Primer estorbo; a
pesar de que todo está tan entretejido que parece una novela,

es

un compendio de relatos, y eso cuesta de vender. Segundo, su escritura


es tan sombría... Suicidios, mujeres recluidas en granjas, y su visión de
la decadencia de la naturaleza... Todo es tan fenomenalmente tétrico,
tan crudo. Porque, oiga, hasta sus animales son... bueno... demasiado

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bestiales. La gente quiere que los animales sean mimosos, afectuosos, o
al menos benignos.

Las esperanzas se le desvanecieron en un suspiro. Aquel manuscrito


sería rechazado, al igual que los anteriores, y se uniría a ellos en una
estantería de su armario.

Bernie se detuvo esperando que Owen interviniera. Pero al ver que no lo


hacía, prosiguió.

—Por supuesto, mandaré el manuscrito a otras editoriales, pero


tenemos que ser realistas... Arlene, que apreciaba tanto sus trabajos
anteriores, era nuestra mejor baza. Las cosas no son fáciles para un
escritor inédito. El mercado está muy mal y los editores no quieren
mojarse. Temen los riesgos y no quieren aventurarse en nada que
resulte demasiado perturbador o demasiado diferente a lo que se vende
bien.

—Pues quizá ha llegado el momento de aprender a redactar guiones de


comedias televisivas —dijo Owen.

Bernie rió.

—Nadie pretende eso de usted. Pero le he llamado para animarlo a


investigar nuevas direcciones en su próximo libro. Si pudiera dejar de
lado a los animales... ¿Y qué me dice de escribir una novela en lugar de
relatos cortos?

Owen apoyó el hombro en la pared cubierta de desdibujados gallos


bailarines.

—Arlene sugiere que se ponga un poco al día de lo que se está


vendiendo. Y no es que pretendamos que cambie su forma de escribir,
pero...

—Bernie, sé perfectamente lo que son los best-sellers. Es cierto que vivo


en un rincón perdido, pero de vez en cuando me acerco a la biblioteca y
a la librería. —Owen alzó la mirada hacia el techo manchado—. No me
publicarán nunca, ¿no es cierto?

—¡Owen! Nunca lo he oído tan pesimista. Seguro que algún día venderá
silgo; y cuando lo consiga habrá un mercado para su narrativa. Con un
talento como el suyo, basta con que no se desanime y siga esforzándose
por conseguir esa oportunidad.

—Ya —dijo él.

La agente rió suavemente; luego se oyó un crujido, como si estuviera


cambiando de posición en su mesa de despacho. Owen partía de la base
de que trabajaba sentada frente a un escritorio. Siempre la había

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imaginado con el cabello canoso y con gafas, sentada detrás de una
enorme mesa de roble, como una bibliotecaria.

—Lo siento, pero tengo que dejarle. Arlene y yo estamos metidas en un


lío bastante gordo. Nada que ver con su libro —añadió Bernie
apresuradamente—. Es bastante triste. DeMilIe había encargado a uno
de mis autores más antiguos que escribiera un libro acerca de un
crimen real, para una colección de Arlene, y ayer el pobre hombre
sufrió un infarto y no podrá hacerlo.

—¿Un crimen auténtico?

—Sí, un relato periodístico. Ya sabe...

El Campo de Cebollas, Gracia Salvaje, A Sangre Fría

. Homicidio de altos vuelos. La épica en todo su esplendor. En DeMille


les encanta la tragedia americana... sensacionalista, pero con contenido.

—He leído

El Campo de Cebollas

Gracia Salvaje

—dijo Owen—. Eran impresionantes.

—Sí. Los crímenes reales pueden ser prodigiosos —suspiró Bernie—. Mi


pobre autor está totalmente fuera de combate, pero DeMille sigue
insistiendo en que se haga el libro, y sin más tardar, así que no nos
queda otro remedio que buscar a un sustituto donde sea. Hasta ahora
todos los autores con los que nos hemos puesto en contacto, o ya están
metidos en otros proyectos, o bien no pueden comprometerse a entregar
el libro en el plazo requerido.

Owen sintió que el pulso le retumbaba en los oídos y notó que la mano
con la que sostenía el auricular se le ponía húmeda y pegajosa. Tragó
saliva.

—¿Y yo, Bernie?

—¿Cómo?

—¿Y si me encargo yo de esa crónica criminal?

—Pero se trata de un libro de estilo periodístico, y es un campo que


desconoce.

16/607
—Bernie... —Owen ordenó velozmente su argumentación intentando
desesperadamente que cada palabra cobrara peso— Casi todo lo que
escribo procede de mi vida, así que en cierto modo ya he escrito sobre
hechos verídicos.

Bernie permaneció en silencio.

—Puedo hacerlo, Bernie. Truman Capote era novelista cuando escribió

A Sangre Fría

, ¿no es cierto?

—Bueno, siempre he dicho que tiene usted una forma de escribir muy
profunda. A los de DeMille, eso les gustaría. Pero no tiene ninguna
experiencia en tribunales, ni en procesos legales.

—Bueno, así mi enfoque resultará novedoso. Y conseguiré explicar


mejor las cosas al lector, puesto que yo mismo acabaré de enterarme de
ellas. Piénselo Bernie... Un relato criminal no se aleja tanto de lo que he
escrito hasta ahora. Tratar de comprender las circunstancias humanas
que conducen a un homicidio tiene mucho que ver con lo que he hecho
hasta ahora. Sería del todo incapaz de sentarme a escribir un libro de
espías, o algo romántico, pero

esto...

un libro en torno al acto más radicalmente perverso... realmente creo


que podría hacerlo, Bernie.

—Hmmmm...

El ansia crecía dentro de Owen y amenazaba con consumirlo. Ése era


un tema para él. Estaba escrito que debía ser suyo. Tendría que
convencerla, de la forma que fuera.

—Puedo hacerlo, Bernie. Tengo que hacerlo. Las cosas andan mal por
aquí y es posible incluso que nos quedemos sin la granja. De no haber
tenido problemas de dinero, nunca me habría atrevido a proponérselo.
Pero como los tengo, lo hago. Le suplico que me dé esta oportunidad.

Bernie no habló hasta pasado un momento.

—Owen, el juicio no va a celebrarse en Manhattan, sino un poco más al


norte en Nueva York. ¿Cómo va a seguirlo? El año pasado, cuando le
sugerí que viniera a conocer a Arlene, me soltó un sermón de lo difícil
que es para un granjero abandonar su granja.

17/607
—Ya inventaré algo —dijo Owen sin la más remota idea de qué, pero
demasiado empecinado como para dejar que algo se interpusiera en su
camino.

—Y si tiene dificultades económicas, ¿cómo va a poder permitirse venir


aquí y quedarse durante toda la celebración del juicio?

—No se preocupe por mí, Bernie. Tomaré el autobús, me llevaré mi saco


de dormir y me alimentaré de hamburguesas.

Bernie se echó a reír de buena gana.

—¿Ha salido alguna vez de esas colinas en las que vive?

—Sí.

Afortunadamente no le pidió hasta dónde.

—Dios Santo, no sé qué decirle en este momento. Deje que lo hable con
Arlene y volveré a llamarlo. En realidad, es ella quien tiene que
decidirlo. ¿Quién sabe? Teniendo en cuenta lo mucho que necesitamos a
un autor y lo mucho que aprecia su trabajo, igual acepta.

—Intente convencerla, Bernie. No se arrepentirán. Se lo prometo.

—Hmmm. Bueno, trataré de llamarlo hoy mismo.

—Estupendo.

—Owen, estoy de su lado, ya lo sabe. Pero me sabría mal que por


precipitación se metiera en algo que luego no pudiera controlar.

Owen colgó y fijó la mirada en el vacío. Pasaron algunos segundos antes


de que se diera cuenta de que Meggie y Ellen le observaban desde el
quicio de la puerta con los ojos como platos.

—¿Qué pasa? —preguntaron al unísono.

Owen encontró al padre de Michelle Wheeler colapsado en su camioneta


detrás de la alameda que abalizaba el riachuelo, entre el rancho
Wheeler y el rancho Borne Shamrock. Izó a su vecino inerte con ayuda
de una cincha de bombero y lo depositó en el asiento del pasajero de su
furgoneta. Aquella noche, Sandy Wheeler dormiría a salvo en su cama
en lugar de congelarse al raso, pero a la mañana siguiente se levantaría
hecho una furia, sobre todo cuando se enterara de que había sido un
Borne quien lo había devuelto a su casa. Sandy Wheeler y Clancy Borne
se odiaban desde hacía quince años.

18/607
Owen atajó camino circulando a campo abierto, en dirección a la casa
de los Wheeler. Mientras conducía se regodeaba con la ironía de que
quizá sería su pasión por escribir la que acabaría salvando el rancho
Borne. Su padre era de la opinión que las ambiciones intelectuales no
eran más que pura basura y que cualquier hombre que pasara mucho
tiempo en compañía de libros tenía la virilidad mermada. Todo lo más,
un libro de vaqueros de vez en cuando, pero todo lo que pasara de ahí
era sospechoso. «Un hombre que se pasa el día con el culo sobre una
silla revolviéndose los sesos acaba maricón» era una de las homilías de
Clancy Borne.

Clancy no tenía ni idea de que Owen escribía, ni de sus manuscritos


guardados en el armario. Meggie había decidido que aquella noticia
chocante podría serle fatal, así que había insistido en mantener aquella
afición secreta, cosa que a Owen le iba de perillas porque no le
entusiasmaba tener que soportar las constantes mofas de su padre ni el
regodeo con que Clancy habría acogido cada fracaso.

Y hasta el momento, lo único que Owen había conseguido eran fracasos.


Uno tras otro. A pesar de haber logrado llamar la atención de una
editora y a pesar del buen hacer de la agencia literaria Bernadette
Goodson, seguía sin ver publicada ni una línea.

Pero ahora, después de tantas negativas y de tanto secreteo, quizá se le


presentaba una auténtica oportunidad. Con aquel asunto conseguiría
que lo editaran. Sabía que podía, si lo dejaban.

Owen entró en la curva que se abría sobre los caserones de los Wheeler.
La ansiedad que le producía lo que estuviera decidiéndose en Nueva
York cedió de inmediato al darse cuenta de que Michelle lo estaría
esperando y que tendría que contárselo todo. Tenía que hacerle entender
lo que aquello significaba para él.

La finca de los Wheeler era muy similar a la suya, salvo que aquí todo
parecía en un estado de decadencia más avanzado. Como si ya estuviera
abandonada. Y en cierto sentido, lo estaba. La señora Wheeler se había
fugado una noche, cuando el menor de sus hijos todavía llevaba pañales.
Y cada uno de los ocho hijos Wheeler se había largado al alcanzar la
mayoría de edad. Ahora sólo vivían en el rancho Sandy Wheeler y su
hermano, el tío Kaye, ambos sesentones, la abuela Wheeler, la anciana
matriarca, y Michelle, que había regresado al hogar familiar para
cuidar de todos ellos tras pasar siete años en Kansas City. Sobrevivían
porque el rancho no estaba endeudado, porque habían cobrado el
seguro de vida del abuelo Wheeler y porque hasta el momento la suerte
les había sido propicia.

En cuanto Owen se acercó a la casa, Mike salió atropelladamente. Su


rostro se distendió al ver que su padre iba en la furgoneta. Mike tenía
veintisiete años, pelo liso trigueño, ojos claros y esa actitud sosegada y
firme que tienen los que carecen de incertidumbres. Owen

19/607
experimentaba a menudo grandes dificultades en relacionar a la Mike
diurna con la nocturna, la Mike con quien hacía el amor.

—¿Dónde estaba? —preguntó ella.

—En el arroyo.

Mike sacudió la cabeza.

—Cada día bebe más, pero no hay forma de hacérselo entender. Hoy,
cuando la abuela ha intentado decírselo, la ha dejado plantada.
Estábamos muy preocupados. Y el tío Kaye ha salido con la otra
furgoneta, así que no tenía ninguna forma de ir a buscarlo.

Owen miró de soslayo el barracón del tío Kaye. El hombre dormía allí
desde su adolescencia; ayudaba a su hermano mayor y, con los años, se
volvía cada vez más excéntrico. A veces, también Owen temía
transformarse en el viejo chiflado del barracón y tenía que convencerse
a sí mismo de lo mucho que difería su situación de la de Kaye. Owen
llevaba el rancho Borne, dormía en el barracón por decisión propia. En
el futuro, él y Mike se casarían, tendrían hijos y vivirían en una casa
propia.

—¿Dónde está el tío Kaye? —preguntó.

Con un suspiro exasperado, Mike puso los ojos en blanco.

—Ni idea.

Owen incorporó de nuevo a Sandy con ayuda de la cincha de bombero y


Mike fue abriéndole las puertas camino del dormitorio de su padre. Le
sacaron las botas y los vaqueros y lo cubrieron con una frazada.

—¿Qué pasa? —gritó la abuela Wheeler desde su habitación.

—Owen ha encontrado a papá. Estamos acostándolo.

—¿Está patitieso? —preguntó la anciana.

—Sí.

—¿Ya ha vuelto Kaye?

—No, abuela.

—¡A ese chico voy a tener que ponerle las peras a cuarto!

—Sí, abuela. Voy a salir un rato. Owen me acompaña a buscar la


furgoneta de papá.

20/607
Mike estuvo muy parlanchina durante el trayecto hasta el riachuelo. Le
habló de los garbanzos que pediría en primavera al semillero, de las
semillas que tenía encargadas y de todas las conservas que más
adelante confeccionaría si el huerto crecía bien.

Owen evocó a Mike Wheeler de adolescente; odiaba todo lo relacionado


con la vida rural y, al igual que habían hecho antes que ella sus
hermanos y hermanas mayores, soñaba con escapar. El día después de
graduarse se fue a Kansas City, y a Owen no le sorprendió. Lo que sí le
sorprendió fue que de pronto, dos años atrás, regresara para
consagrarse a la vida de campo con empecinado fervor. Lo que Mike
vivió en la ciudad la cambió por completo y a Owen le costó reconocer a
la Mike de su adolescencia.

—Mike... —dijo Owen interrumpiendo su monólogo mientras se


estacionaba junto a la furgoneta de su padre—. Tengo que hablar
contigo.

El rostro de Mike se petrificó.

—¿De qué?

Owen dudó un momento, sin saber cómo empezar.

—Es posible que me den un trabajo.

—¿Qué? —preguntó ella más confundida que curiosa.

Owen le dio una versión simplificada de todo el asunto y luego admitió:

—Es posible que tenga que irme a Nueva York y quedarme allí hasta que
termine el juicio.

—¿Ir a Nueva York? ¿A la ciudad de Nueva York?

Owen asintió.

—¡Owen, no puedes hacerlo! ¡No se te ocurra! ¡Créeme, por favor! —Le


agarró el brazo, como si con aquel gesto hubiera podido retenerlo—. La
gente como tú y como yo no estamos hechos para las ciudades. ¡No
están hechas para nosotros!

—Sólo serán unas semanas, Mike. Todo lo más, un mes. Puedo aguantar
cualquier cosa que dure ese tiempo.

—No lo sabes. No tienes ni idea. —Le soltó el brazo y hundió el rostro en


sus manos— Oh, Owen... Hay tantas formas de salir trasquilado en
lugares como ésos. Eres demasiado confiado... demasiado...

21/607
—Michelle, Michelle... —La atrajo suavemente hacia él—. Todo irá bien.
Sólo voy a hacer un trabajo. Te prometo que no me juntaré con
narcotraficantes, ni con desvalijadores profesionales o asesinos a
sueldo.

Su broma no surtió efecto. Mike siguió arrebujada en sus brazos unos


minutos más, con los dedos agarrados a las solapas de su abrigo; luego
se separó.

—¿Y quién cuidará del rancho? —preguntó.

—Estamos organizándolo.

—Tu padre, con los problemas de salud que tiene, no podrá hacerlo. Y
no tienes dinero para emplear al tipo de ayudante que necesitas. —Su
voz fue cobrando firmeza mientras repasaba las razones por las que le
era imposible partir—. Aun en caso de que pudieras permitírtelo, no hay
nadie disponible. Los únicos que quedan por aquí, o son demasiado
mayores, o quieren hacer cosas más fáciles y mejor remuneradas que
cuidar de un rancho. Y no tienes tiempo para conseguir a un jornalero
emigrante del sur.

Owen dejó que se despachara a gusto y luego le dijo: —Meggie cree


haber encontrado a alguien que puede hacerlo.

—¿Ah, sí? —dijo Mike débilmente.

—Rusty Campbell. Su familia tiene un rancho en el norte, cerca de


Junction City. Es el cadete de cuatro hermanos y todos siguen en casa,
así que Meggie cree que aceptará, por darse el gusto de irse de su casa
y ser su propio jefe durante un tiempo. Le pagaré cuando pueda o dejaré
que se lleve unos cuantos temeros.

—Me huele a chamusquina, Owen. Me juego lo que sea a que ese tipo, en
realidad, sólo viene por Meggie.

—Quizá, pero no hay nada malo en eso.

—Sí, claro... Antes de que te des cuenta, Meggie te dirá que quiere
casarse.

Owen la miró con el ceño fruncido.

—¡Ahora te toca a ti casarte, Owen!

—Pero Mike, no podemos casamos. ¿No es cierto? Tu padre no aceptará


que me mude a vuestra casa, y tú no quieres vivir conmigo en mi
barracón. Y...

22/607
—No es que me importe vivir en tu barracón —insistió ella—. Es que no
puedo vivir allí y tener que ir a la casa principal para lavar o cocinar o
lo que sea. Ése es el territorio de tus hermanas.

—Sabes... —propuso él tanteando—, si esto funciona podría ser el


principio de una nueva vida... con una entrada de dinero al margen del
rancho. Quizá lo suficiente como para que podamos construirnos una
casa propia.

Aquella idea la animó instantáneamente.

—¿Y dónde la construiríamos? —le preguntó.

—Conociendo a tu padre, tendría que ser en nuestras tierras. Mike miró


por la ventana.

—¿Cuándo tienes que irte?

—El juicio empieza la semana próxima. Si se deciden por mí, tendré que
irme de inmediato.

Mike le estudió el rostro un momento, como si fuera a decirle algo;


luego se giró bruscamente y salió de la furgoneta. Owen no se fue hasta
que Mike aparcó la furgoneta de Sandy y se metió dentro de la casa.

Nada más entrar, Meggie lo empujó hacia el teléfono y le comunicó que


Bernadette Goodson había llamado de nuevo y que quería que Owen la
llamara a su oficina cuanto antes. Se lo dijo con ojos brillantes y luego
cruzó los dedos para desearle suerte.

Owen marcó el número. Meggie, muy exaltada, se sentó en una silla de


la cocina mientras esperaba. Ellen se asomó a la puerta que conducía al
salón y se apoyó en el quicio. Trató de ignorar a sus hermanas, pero su
presencia contribuía a ponerlo nervioso.

—Menos mal —dijo Bernie al oír su voz—. Temía tener que irme sin
poder anunciárselo.

Owen dejó de respirar.

—A Arlene le gusta la idea. En DeMille no están convencidos de que


pueda manejar la situación, pero parecen receptivos. La cosa ha
quedado en que de momento asiste al juicio y dentro de dos semanas
presenta un proyecto detallado. Si el proyecto les conviene, el contrato
es suyo. Bien, ahora viene lo demás... Dado que nos las tenemos con una
situación poco ortodoxa, Arlene y yo hemos conseguido convencer al
editor de que le entregue dos mil de buenas a primeras... ahora mismo...
para gastos. Si les hace el libro, será considerado parte de su anticipo.

23/607
Si su proyecto no es aceptado, los dos mil dólares se olvidan y no tendrá
que devolverlos. Arlene quiere que se deje de autobuses y utilice parte
de ese dinero en pagarse un billete de avión y presentarse en Nueva
York cuanto antes para entrevistarse con ella y empezar su
investigación. ¿Podrá hacerlo?

La alegría lo invadió y hubiera deseado gritar a Bernie y a sus


hermanas y a todos los que estuvieran cerca, pero se contuvo, se
contuvo con todas sus fuerzas para no alterar nada. Para que nada se
desvaneciera antes de tenerlo bien atado.

—Podré hacerlo —respondió con mucha calma.

Se giró hacia sus hermanas y cabeceó afirmativamente para


informarlas. Meggie alzó los brazos, en la pose clásica de cantar
victoria, y pronunció un

¡sí!

silencioso. Ellen sonrió.

—Tengo más buenas noticias para usted —dijo Bernie—. Le he


encontrado un apartamento. Gratis. Los inquilinos estarán en California
durante tres meses y el contrato de alquiler que tienen no les permite
realquilarlo. ¿Qué le parece?

—Me parece fenomenal. ¿Pero está segura? Me refiero a que no hacía


falta que se molestara tanto por mí.

—Quite, quite. Quiero que esto funcione, Owen.

—Lo sé. Gracias. Haré un buen trabajo, Bernie. No se arrepentirá.

—Espero que quien no se arrepienta sea usted... —Owen oyó que alguien
la llamaba, unas risas sordas y Bernie contestó a ese alguien con el
auricular tapado—. Esto es una locura —se excusó Bernie— Bien, acabo
de remitirle por correo urgente un montón de recortes de periódicos y
de antecedentes relacionados con el caso. De esta forma podrá
examinarlos en el avión y estar al día cuando se entreviste con Arlene.
Es el caso Serian, ya sabe. El que llaman el homicidio de la Viuda
Negra. En Kansas igual no se comenta mucho, pero en Nueva York es
un asunto muy seguido. Está en el candelero.

—De acuerdo.

—Owen, esto no es algo seguro. Lo entiende, ¿verdad? Cabe la


posibilidad de que haga el viaje, desbarate su vida y luego no acepten su
proyecto.

24/607
—Lo entiendo —dijo Owen, aunque de pronto se le abrían tantas
posibilidades nuevas que nada más importaba.

25/607
DOS

EL DÍA que Owen voló a Nueva York el cielo estaba despejado. Le tocó
un asiento de ventanilla y se lo ofreció al chiquillo que tenía al lado
pensando que sería más justo que fuera un niño el que pudiera mirar
por la ventana, pero el mocoso le contestó que ya ni se molestaba en
mirar porque siempre era el mismo tostonazo.

Le costaba entender actitudes como aquélla. Sobre todo en un niño. El


chaval volvió a concentrarse en su juego electrónico. Owen lo observó
durante un rato, luego se acercó a la ventanilla y apoyó la frente en el
plexiglás para poder mirar en todas las direcciones. Antes del despegue,
presenció todo el ajetreo que la uniformada tripulación llevaba a cabo
en tierra. Vio cómo un conejo cruzaba la pista a toda velocidad mientras
el avión se desplazaba hasta la posición de salida y, finalmente,
contempló cómo perdían contacto con el suelo cuando el aparato se
elevó en el aire nítido de la tarde.

Lo embargó una sensación de febril excitación. No sólo dejaba su hogar,


los montes Flint, el estado de Kansas; ya no estaba conectado con la
tierra. Y tuvo la impresión de estar penetrando en una nueva dimensión,
en una realidad paralela.

De pronto lo asaltaron los recuerdos de Terry. Su hermano adoraba los


aviones y había ahorrado durante años para poder pagarse las clases
de piloto privado en la pista de los alrededores de Strong City. Recordó
las veces que Terry había sobrevolado el rancho en una avioneta roja y
blanca descolgándose en una bajada de vértigo, para luego acelerar y
retomar altura haciendo retumbar la casa con el zumbido del motor.
Henchido de orgullo y de afecto, Owen salía a la era y seguía con los
ojos la panza blanca de la avioneta en su trayectoria ascendente hacia
el cielo. Aquel de ahí arriba era su hermano. Su hermano capaz de
hacerlo todo.

Poco después, Terry dejó de volar. Owen nunca supo por qué. Ahora,
mientras contemplaba las tierras de la granja desde las alturas, un
gigantesco centón hilvanado con las estrechas líneas de los caminos de
tierra, Owen pensó en lo mucho que su hermano había anhelado
disfrutar de aquella panorámica y se preguntó qué habría encontrado
Terry allí arriba. ¿Acaso era la novedad lo único que lo atraía? ¿El
acicate del control del aparato y de un posible peligro? ¿O quizá era
arrancarse por completo de la tierra lo que Terry había buscado?
Aquellas preguntas nunca recibirían respuesta. Owen sólo podía
imaginar los sueños y las pesadillas que habían dominado a su hermano.
Y deseó, como había deseado tantas otras veces, haber tenido una edad

26/607
más próxima a la de su hermano, haber sido el amigo de su hermano en
lugar de sólo el chavalillo que le seguía los talones. Porque estaba
convencido de que, de haber sido su amigo, su hermano Terry seguiría
con vida.

Oyó un sonido metálico suave y breve y vio que la señal de abrocharse


los cinturones se apagaba. Owen se sacudió de encima los recuerdos
dolorosos. Aquel viaje le producía efectos curiosos y le incitaba a
reflexionar en episodios que por lo general procuraba evitar. Se levantó
para sacar el paquete de Bernie del compartimento que tenía sobre su
cabeza. Hacía rato que quería abrirlo, pero no había podido hacerlo
hasta aquel momento porque el sobre había llegado a la oficina de
correos de Cyril con el tiempo justo de pasar a recogerlo camino del
aeropuerto.

Depositó el paquete sobre el asiento que quedaba vacío entre él y el


chico mientras buscaba sus gafas, el bloc y el bolígrafo que tenía
guardados en la bolsa. El abultado sobre color marrón, del tamaño de
un manuscrito, estaba cubierto de etiquetas de urgente y correo expreso
nocturno. De pronto lo asaltaron enormes dudas que lo llenaron de
desasosiego. ¿Se habría metido en algo que le iría grande?

Abrió el extremo grapado del sobre y vació sobre el asiento los recortes
de periódicos, fotocopias de recortes y artículos de revistas que
contenía. Los titulares se le echaron encima.

INCENDIO SERIAN: ¿ACCIDENTE O SUICIDIO?

ARTISTA VÍCTIMA DE LOS MALEFICIOS DE UNA CASA ENCANTADA


SERIAN MURIÓ ANTES DEL INCENDIO. LA POLICÍA INTERROGA A
SU ESPOSA

¿INCENDIO SIMULADO PARA ENCUBRIR UN HOMICIDIO


PERPETRADO CON UN HACHA?

ORGÍA DE SEXO ANTES DEL INFIERNO. ELLA LO VIO MORIR PASTO


DE LAS LLAMAS

ARTISTA FAMOSO PREVIÓ SU MUERTE. SU MISTERIOSA ESPOSA


DESAFÍA A LA POLICÍA

DESAPARECE UN TESTIGO. SE BUSCA AL SACERDOTE PRESUNTO

AMANTE DE LA VIUDA

LA VIUDA NEGRA RECURRIÓ A RITUALES MÁGICOS PARA


PROVOCAR EL INCENDIO

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LA GOBERNANTA ASEGURA QUE LA VIUDA SEDUCÍA A LOS
AMIGOS DEL MARIDO

Empezó a leer. Un artículo lo llevaba a otro forzándolo a seguir


adelante, y ya casi había terminado de revisar todo el contenido del
sobre cuando se dio cuenta de que prácticamente no había tomado
notas. Se quitó las gafas con montura de alambre y se recostó en el
apoyacabezas. A pesar de los titulares sensacionalistas y de las
insinuaciones, en realidad, aquel suceso encubría una gran tragedia.

Le resultó fácil imaginar a Bram Serian, el artista, abandonando de muy


joven su pueblo natal, y una zona rural deprimida, y desembarcando en
Nueva York armado únicamente con su talento y su determinación.

Sintió cierta afinidad con Serian. ¡Qué bien conocía el deseo


enfebrecido, el desasosiego, la necesidad que habían motivado a aquel
joven! Serian podría haber sido su otra mitad. Una versión de sí mismo
más determinada, más brutalmente ambiciosa. Aunque no había nada
que indicara que Serian hubiera abandonado su hogar de forma brutal,
porque existían muy pocos datos relacionados con la juventud del
artista. La historia del joven Serian antes de acceder a la fama era vaga
y contradictoria hasta en las necrológicas, casi como si su verdadero
nacimiento se hubiera producido al llegar a Nueva York, o incluso
después, en ocasión de su primera exposición triunfal.

La ascensión meteórica de Serian en el mundo artístico de la década de


los setenta debió ser sorprendente. De pronto no se hablaba más que de
él y de sus obras. La alta burguesía de Nueva York lo aplaudía y las
mujeres se le ofrecían a porrillo.

Cualquier joven habría sucumbido rápidamente a los encantos de una


situación como aquélla, pero Bram Serian no. Aquel hombretón arisco,
descrito por un escritor como un cruce del bandolero Butch Cassidy y
del bíblico Moisés, conservó sus modales toscos, rehuyó a los
periodistas y permaneció al margen, pertrechado en una feroz
independencia que a algunos les parecía admirable y a otros
exasperante.

Le habría gustado conocer a Bram Serian. Sintió de veras su


desaparición, como si se tratara de un pariente lejano al que no hubiera
conocido pero con el que de todas formas se sintiera vinculado. ¿Cómo
era posible que un hombre tan dotado y vital muriera de forma tan inútil
y espantosa a la temprana edad de cuarenta y seis años?

Por supuesto, aquella pregunta no tenía respuesta, así que Owen se


dedicó a revisar lo que sí sabía. Al margen de los altibajos de su carrera
artística, los artículos reincidían en un par de temas más. El primero
era «Arcadia», la casa de Serian.

28/607
Al principio de su estancia en Nueva York, Serian vivió y trabajó en una
enorme nave industrial de Manhattan transformada en estudio. Al
llegarle la fama, conservó la nave y siguió pasando épocas en ella pero
adquirió una finca en el norte del estado que convirtió en su residencia
principal. Transformó el inmenso establo de la propiedad en un estudio
perfectamente equipado para hospedar sus diferentes proyectos
escultóricos, pictóricos y de talla de madera. Aquel estudio despertaba
un interés enfermizo pero, salvo el ayudante de Serian, nunca pudo
visitarlo nadie.

Cuando el estudio estuvo listo, Serian empezó a restaurar la


desvencijada casa de madera. Las obras la convirtieron en un complejo
y Serian anunció a sus amigos que aquella casa sería una obra de arte
en permanente estado de creación. Pasaron los años, Serian dedicaba la
mayor parte de su tiempo y de sus recursos a la casa, y se alojaba en las
partes terminadas mientras seguía añadiendo alas exteriores. Los
amigos hacían las veces de albañiles y Serian alentaba a los artistas de
paso a que contribuyeran con su tributo personal. El resultado era
«Arcadia», la legendaria e inacabada obra de arte que un crítico
aclamó como el edificio artístico más importante del siglo y otro lo
describió como el «santuario personal y encantado» de Bram Serian.

Luego, por supuesto, estaba la esposa de Serian; la «Viuda Negra» de


los titulares de los periódicos, tema de casi todas las especulaciones
aventuradas en los siete meses transcurridos desde su muerte. Serian se
casó a la edad de treinta y tres años, uno más que Owen. Al parecer, la
novia era una perfecta desconocida para sus amigos y colegas, y siguió
siéndolo.

Se trataba de una mujer distante, solitaria y misteriosa, una


combinación que había propiciado muchos rumores entre el
extravagante séquito que rodeaba a Serian. Se decía que era la hija
secreta de un militar americano de alto rango y de una mujer vietnamita
de vieja alcurnia, que había sido espía durante la guerra y, o que estaba
en peligro, o que era peligrosa y que su huida a los Estados Unidos
había sido dramática y violenta. Algunos aseguraban que, en Vietnam,
había salvado la vida a Serian y que éste se había casado con ella por
obligación. Dentro de aquel barullo dé chismes superficiales existía, sin
embargo, un marco de hechos básicos. Lenore Serian era americana de
origen asiático, hija de una asiática y de un soldado angloamericano, y
había llegado a los Estados Unidos con una mano delante y otra detrás.

De lo leído, Owen dedujo que la boda de Bram Serian no alteró en


absoluto su vida. Daba la impresión de que después de casarse siguió
dedicándose a su casa, a su trabajo y a vivir de la misma forma que
antes. Continuó repartiendo su tiempo entre Manhattan y «Arcadia» y
continuó rehuyendo a los periodistas, negándose a conceder entrevistas,
a dejarse fotografiar y relegando a una lista negra terminal a
cualquiera de sus conocidos que osara mencionar su nombre a la
prensa.

29/607
A finales de los ochenta, empezó el ocaso de la carrera de Serian. Tuvo
que soportar cierta irrisión y luego una relativa oscuridad, aunque
siguió atrayendo a una pandilla leal de seguidores. Luego, seis meses
antes de morir, empezaron a circular rumores de que Serian preparaba
un regreso sonado; y finalmente salió anunciada una exposición de sus
obras en la que quedaría plasmada, supuestamente, dicha resurrección.
La exposición estaba prevista para setiembre.

En agosto, Serian invitó a «Arcadia» a una serie de personas con el fin


de trabajar en la casa y de pasárselo bien. Todo el mundo se lo pasó en
grande hasta la madrugada del sábado, o mejor dicho, hasta el
amanecer del domingo.

A las cuatro y veinticinco de la mañana del domingo siete de agosto,


según había declarado la gobernanta de Serian a los investigadores, el
estudio empezó a arder. Algunos voluntarios intentaron luchar contra
las llamas, pero el estudio quedó destruido. Tal como se temía, el cuerpo
de Bram Serian apareció entre los escombros humeantes. En un
principio, las autoridades lo consideraron un accidente, pero la autopsia
reveló que el cráneo de Serian había sido fracturado, posiblemente con
un hacha, antes de iniciarse el siniestro.

Lenore Serian fue acusada del homicidio de su marido. Los medios de


comunicación arremetieron entonces con una cobertura frenética y, de
pronto, todos los presuntos conocidos de los Serian quisieron aportar su
contribución y suministrar información acerca de Lenore. Todas las
elucubraciones relacionadas con su pasado salieron impresas. La
galerista de Serian la acusó de estar celosa de la carrera artística de su
marido. Los seguidores de Bram Serian la atacaron y la tacharon de
meramente descortés, incluso de sicópata.

En una entrevista con un adolescente de la zona, éste aseguraba haberla


visto practicar sacrificios y rituales mágicos ante hogueras en los
bosques de los alrededores de «Arcadia». Y existía un supuesto amante
que había desaparecido antes de que la policía hubiera podido
interrogarlo. Al principio se dijo que el amante era un sacerdote
católico, pero luego se concretó diciendo que se trataba de un cofrade
católico, más similar a un monje que a un sacerdote.

Como si todo aquello no hubiera sido suficiente, la gobernanta de Serian


vendió declaraciones a un sinnúmero de revistas sensacionalistas y a un
programa televisivo en las que afirmaba que Lenore trataba a su
marido con frígida crueldad mientras se dedicaba a seducir a sus
amigos en el transcurso de extraños ritos sexuales celebrados en los
bosques. Según la gobernanta, Lenore ejercía un poder extraño, casi
sobrenatural, sobre su marido, aunque éste, que preparaba su
reaparición en la escena artística, estaba a punto de plantearle una
separación.

Según la policía, ése era el móvil principal; Lenore había matado a su


marido para evitar quedarse sin nada —para evitar ser desterrada de la

30/607
vida de Serian y de la casa a la que tan obsesivamente se había aferrado
durante trece años—. Fuentes anónimas aseguraban que existían
pruebas de que el homicidio no había sido un acto impulsivo, fruto de un
momento de enajenamiento, sino algo que Lenore había planeado
mientras acechaba a su marido a la espera de la situación propicia.

Owen echó un vistazo al material que le quedaba y vio la portada de una


revista de gran tirada. Salvo por la cabecera y un titular que
proclamaba Llegada de la viuda negra al tribunal para el acto de
procesamiento, toda la portada la ocupaba la fotografía de una mujer.
La instantánea recogía el momento en que bajaba de un coche, con el
vestido subido y sus largas piernas extendidas. Aunque la reproducción
en blanco y negro había quedado muy oscurecida, la expresión
exasperada y agresiva de aquel rostro estaba clarísima. Owen lo
estudió. Era una mujer muy llamativa, muy exótica. Pero en aquellos
rasgos elegantes había algo fiero y provocador. Algo que hacía
verosímiles las acusaciones vertidas sobre ella.

Oyó a su vecino exclamar en voz muy alta:

—No quiero sólo un vaso. La última vez me dieron toda la lata.

Owen alzó la vista hacia la azafata que servía bebidas en el pasillo. El


chico llevaba puestos los auriculares de un compact disc portátil y no
oía el volumen de su propia voz.

Con una sonrisa forzada, la azafata le tendió la lata. Luego se dirigió a


Owen.

—¿Desea beber algo, señor?

Owen dudó.

El chico gritó:

—Es gratis, ¿sabe? —Como si tomara a Owen por un novato.

La azafata rechinó. Owen le dijo que cualquier bebida gaseosa le iba


bien y la azafata, con el ceño fruncido y un golpe seco, depositó sobre su
mesilla una lata sin abrir y siguió adelante. Aquella brusquedad lo dejó
estupefacto.

El chico se giró hacia él y le sonrió, como para felicitarlo por aprender


tan rápido. Abrió la boca para decirle algo y Owen tendió el brazo para
retirarle los auriculares y evitar más griterío.

—Cuanto más les saques, mejor —le aconsejó el chico mientras tomaba
un sorbo de su lata.

—¿Quién te ha dicho eso? —le preguntó Owen.

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El chico se encogió de hombros.

—Nadie. Soy lo bastante listo como para ver cómo funcionan las cosas
solito.

Owen lo observó durante unos segundos.

—¿Viajas en avión a menudo?

—Cuando mi padre decide que quiere verme. A veces es muy a menudo.


—Alzó el compact disc—. Otras veces, en cambio, me regala cosas.

Cuando el avión inició su descenso sobre el espacio aéreo de Nueva


York, Owen volvió a acercarse a la ventanilla. Imaginaba toda la
porción oriental de los Estados Unidos como una extensa franja de
tierra pavimentada y cubierta de rascacielos; a sus pies, sin embargo,
aparecían extensas tierras de cultivo. En Kansas, el limitado porcentaje
de tierras montuosas se utilizaba como pasto; pero en aquella parte del
país, los granjeros cultivaban sus colinas siguiendo sus redondeces, de
forma que el centón de allí estaba trazado a base de curvas y de
círculos. Y las tierras sin cultivar no eran pastos sino zonas de un verde
oscuro aterciopelado, con aspecto de bosques primarios.

El avión se ladeó y apareció una extensión de agua. ¿El océano? ¿Era


eso de allí debajo el océano? La única persona a mano era el chiquillo,
pero como no le apetecía revelar su ignorancia a aquel chaval tan
seguro de sí mismo dejó la pregunta en el aire. Seguidamente, el avión
se posó y Owen experimentó por primera vez el estruendo del aterrizaje.
Bajó del compartimento superior las pertenencias de variéis personas y
sacó del avión el cochecito de una mujer con un niño.

Recogió su equipaje y salió al exterior: el tiempo era agradable. Hacía


al menos diez grados y no había rastro de viento. Un febrero muy
diferente al de los montes Flint. Cogió un taxi y bajó la ventanilla hasta
la mitad para inhalar el aire de Nueva York mientras el taxista
canturreaba suavemente en una lengua extranjera.

Dejaron atrás la zona del aeropuerto y siguieron una banda arenosa


cubierta de altos hierbajos que le parecieron unas marismas costeras.
Intuyó que el aire saturado de una espesa feculencia salina
correspondía al de las zonas pantanosas y sonrió para sus adentros ante
lo novedoso, lo insólito de todo aquello.

La carretera seguía el litoral. Cruzaron viejos puentes levadizos


tendidos sobre vías de agua serpenteantes. Vio amplios canales
bordeados de grandes casas con muelles privados y toda una flotilla
ondulante de embarcaciones de lujo. Luego, a un lado de la carretera,
los canales y las marismas fueron ampliándose hasta formar una

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extensión de agua, y al otro lado apareció tierra firme, donde
empezaron a aparecer zonas residenciales formadas por antiguas casas
de ladrillo de dos pisos. Nunca había visto tanto ladrillo junto, árboles
colosales que se mecían sobre las calles, parcelas ajardinadas e
imágenes de niños jugando. En la franja costera situada entre la
carretera y la inmensidad del agua se veía a gente correr, pasear y
montar en bicicleta.

Luego, al salir de una curva pronunciada, el mar abierto se estrechó


hasta formar un embudo entre pequeños islotes. Muy por encima de
ellos, sobrevolando el agua blanquecina, apareció un maravilloso
puente, largo y delicado. ¿El puente de Brooklyn quizá? Pero no, un
rótulo lo identificaba como el puente de los Estrechos de Verrazano que
unía Brooklyn a Staten Island. Una visión impresionante; y, sin embargo,
nunca había oído hablar de ella.

Después de cruzar el puente, la carretera volvió a enlazarse y los


estrechos se abrieron sobre el puerto de Nueva York. Owen dirigió una
mirada fascinada al exterior, invadido por la luz cegadora del sol, y
descubrió las barcazas, los transbordadores, los barcos, los enormes
buques, la Estatua de la Libertad, ¡la auténtica!, más puentes y, por fin,
la isla de Manhattan. Emergía del agua, bañada en la luz de la tarde,
como un espejismo resplandeciente, una auténtica Ciudad Esmeralda,
en parte alucinación, en parte catedral; una visión asombrosa, etérea. Y
se sintió como un hombre que de pronto, en medio de una habitación
llena de gente, descubre a la mujer más bella del mundo.

Llegó a la oficina de Bernadette Goodson atontado por el exceso de


sensaciones. Se quedó plantado como un pasmarote sobre la acera con
una gran maleta en una mano y en la otra una bolsa de viaje, ambas de
Ellen, porque en la familia sólo ella tenía equipaje. Miró la calle en
ambas direcciones. Toda la población de Cyril habría cabido en aquella
única manzana.

En comparación con las enormes avenidas comerciales que habían


tomado para llegar allí, la calle le pareció silenciosa y casi
exclusivamente residencial, a pesar del rótulo de cobre en el que se leía
Agencia Literaria Bernadette Goodson. Las casas de cuatro o cinco
pisos estaban edificadas en piedra de color pardo; grandes sillares, a
veces ricamente labrados. Se fijó en los muros medianeros entre
edificios y en las escaleras frontales que reposaban directamente sobre
las aceras, de forma que no existían jardines delanteros, y se preguntó
cómo sería eso de vivir rodeado de gente. Le maravilló que unos árboles
tan frondosos y altos pudieran crecer en aquellos recuadros de tierra
sin asfaltar.

Estudió el edificio de Bernie. También era de color parduzco, con una


cancela decorativa que llegaba a media cintura y que separaba la casa
de la acera. Los peldaños eran anchos y estaban flanqueados por un par
de leones esculpidos, y sobre la puerta de madera maciza se veía un

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tragaluz con una vidriera. Era una puerta imponente. Un edificio
imponente.

En aquel momento se abrió la puerta y un joven, con tirantes rojos se


asomó al exterior y le sonrió.

—¿Es usted Owen Byrne? —le dijo.

—Sí.

El hombre se echó a reír, se giró hacia la puerta y exclamó:

—¡Es él!

Luego bajó las escaleras atropelladamente, abrió el pequeño postigo de


hierro y le tendió la mano.

—Soy Alex —le dijo—. El ayudante de Bernie.

La mano que le tendía era pálida y suave comparada con la de Owen.

—Deme algo —insistió, y Owen le tendió la bolsa.

Mientras subían los peldaños, Alex se volvió para sonreírle.

—La recepcionista trabaja detrás de esa ventana salediza de ahí... y ha


venido a decirnos que había un chalado vestido de vaquero que la
estaba mirando desde hacía diez minutos.

—Ni la he visto —dijo Owen algo abochornado.

—Esas cortinas no dejan ver nada desde el exterior, pero ella ha creído
que le estaba echando el mal de ojo —rió Alex—. De todas formas,
Bernie ya imaginaba que sería usted.

Se detuvieron para las presentaciones justo detrás de la puerta, frente a


una mujer robusta instalada detrás de un ordenador que le dio un
apretón de manos cohibido y le dijo hola con un acento musical antes de
contestar a un gran teléfono con muchos botones. A Owen nunca le
había saludado con un apretón de manos ninguna mujer. Y hasta
entonces nunca había tocado a una persona negra. Se sintió torpe y
poco adecuado.

Alex lo condujo a través de una serie de salitas que comunicaban entre


sí, todas ellas cubiertas de madera oscura y bruñida y con techos muy
altos.

—Esto es una antigua mansión de piedra arenisca —dijo—. Bernie ocupa


el primer piso y el resto está dividido en apartamentos.

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Entraron en una habitación con grandes ventanas y puertas
acristaladas que daban a un pequeño patio cubierto de plantas
trepadoras. La mujer que se incorporó para saludarlo tenía el rostro en
forma de corazón, una sonrisa amistosa enmarcada por un par de
hoyuelos y montones de finos brazaletes danzándole en los brazos.
También era negra, como la recepcionista, aunque Owen se dio cuenta
de lo poco precisa que era aquella definición. Su tez era de un color
marrón luminoso y únicamente su pelo, muy corto y perfectamente
moldeado, era negro.

La saludó con una inclinación de la cabeza esperando que Alex se la


presentara, pero la mujer rodeó la mesa y se acercó a él con la mano
tendida. Otro apretón de manos con una mujer. No estaba muy seguro
de la firmeza que tenía que imprimirle. Pero ella no se quedó en el
simple apretón. Lo atrajo hacia sí con el brazo libre, en un semiabrazo,
y lo besó ligeramente en la mejilla.

—Sabía que algún día conseguiría traerle a Nueva York —le dijo, y al oír
su voz Owen tuvo una sacudida.

—¿Bernie? ¿Es usted Bernie?

Ella se echó a reír.

—Y usted es Owen. Por fin nos conocemos.

Se quedó embobado y se sintió increíblemente estúpido. Esperaba no


haber dicho nada que hubiera podido ofenderla durante todos aquellos
años de contacto epistolar. Nunca habría podido imaginar que era
negra.

—¿Está en pleno síndrome cultural? —le preguntó ella mientras Alex


tomaba el pesado abrigo de piel de cordero de Owen y lo colgaba en un
perchero.

—Sí, señora —admitió—. Todo me resulta tan nuevo.

En el rostro de Bernie volvió a dibujarse aquella maravillosa sonrisa


entre hoyuelos.

—Aunque siempre me ha seducido tu encanto rural, será mejor que


eliminemos lo del «señora». Hace que me sienta mayor y encopetada.

Owen sonrió complacido, aunque incómodo.

—Faltan tres días para el inicio del juicio, así que dispones de un poco
de tiempo para hacer turismo y orientarte. Se me ha presentado un
asunto imprevisto y no puedo llevarte a tu apartamento; pero lo
encontrarás fácilmente. Supongo que querrás ir a dejar tus cosas.
Pasaré a recogerte a eso de las siete para ir a cenar.

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Owen asintió.

—Alex te dará las llaves y la dirección. Está en el East Village, una zona
que, o se ama o se odia. —Rodeó la mesa para dirigirse hacia una pared
cubierta de estantes. Sus brazaletes repiquetearon suavemente y sus
elaborados pendientes se balancearon.

Owen supuso que no tendría más de treinta y cinco años, más o menos
como su hermana Ellen, y le maravilló aquel mundo en el que una mujer
negra, joven y atractiva pudiera tener tanto éxito. Era difícil que aquello
sucediera en Cyril. Allí, lo de ser mujer y además negra representaba un
obstáculo demasiado difícil de salvar.

—He conseguido más artículos para ti y varios libros que me parece que
podrán servirte. Crónicas de crímenes reales, trámites judiciales y
demás. Es un paquete bastante voluminoso. Espero que puedas con
todo.

—Oh, no te preocupes. Gracias.

—¿Dónde tienes la máquina de escribir? —le preguntó escrutando de


pronto su equipaje— Habrás traído máquina de escribir, ¿no?

—No..., pensé...

—No importa. —Alzó una mano de dedos largos y finos—. Hace poco
que nos hemos cambiado a los ordenadores, así que tengo guardada
una máquina de escribir que te cedo con mucho gusto. Salvo que
pensaras alquilar un ordenador...

—No. La máquina irá muy bien.

Del intercomunicador salió la voz de la recepcionista.

—Bernie, es LaFehr, por la dos.

Bernie se inclinó sobre su teléfono galáctico, apretó un botón y dijo:

—Pásamelo. —Luego se dirigió a Owen—: Creo que ya está todo dicho.


Ahora te dejo en manos de Alex. Nos veremos a las siete.

Sin dejarle tiempo a responder, alzó el auricular del teléfono para


recibir su llamada.

Alex llevaba la máquina de escribir y el paquete de libros cuando


bajaron las escaleras exteriores.

—Yo vine de Indiana —le confesó Alex—. No de un rincón perdido como


el tuyo, pero sí de una ciudad bastante pequeña. Recuerdo lo aturullado

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que estuve las primeras semanas. Pero no te preocupes... te
acostumbrarás.

—¿Había mujeres como Bernie en Indiana? —preguntó Owen.

Alex soltó una carcajada.

—Te aseguro que te esperan muchas experiencias que te abrirán los ojos
—dijo—. Esta ciudad está llena de gente interesante.

Fueron hasta la esquina porque según Alex era más fácil conseguir taxi
en las avenidas concurridas. Mientras éste escudriñaba la riada de
coches en busca de un taxi Ubre, Owen se dedicó a observar el tráfico
humano que pasaba junto a él sobre la amplia acera. Había tanta gente
sorprendente, todo tipo de tonalidades de piel, todo tipo de colores de
cabello, todo tipo de formas humanas, todos circulando por aquella
calle urbana con paso asegurado, como si el mundo les perteneciera.

—¡Owen! —gritó Alex desde la esquina mientras abría la puerta de un


taxi amarillo. Ayudó a Owen a cargar sus pertenencias; luego, mientras
éste se deslizaba en el asiento trasero, le tendió un trozo de papel con la
dirección del apartamento, le lanzó una sonrisa maliciosa y le dijo—:
Ahora ya no estás en Kansas.

El taxi salió en dirección a la parte baja de la ciudad y se detuvo frente


a un viejo edificio de apartamentos de seis pisos. Owen se quedó
perplejo. Lo de «East Village» le había sonado distinguido, pero la
realidad era algo diferente. No había rastro del refinamiento del barrio
de Bernie. Aquí, unos pocos árboles flacuchos luchaban por ofrecer algo
de verdor y todo estaba cubierto de una capa de mugre.

Gentes de todo pelaje llenaban las aceras y se derramaban en las calles,


y se quedó pasmado al ver a un hombre durmiendo sobre un cartón
justo en el portal del edificio. Descargó su maleta, la bolsa, la máquina
de escribir y el paquete de libros sobre el bordillo y el taxi desapareció.
Una anciana que empujaba una silla de ruedas cargada con perros
chihuahuas de ojos saltones dio un rodeo a su equipaje farfullando
mientras pasaba: «Dios tendría que libramos de toda esta basura.»

—Lo siento, señora —dijo Owen mientras le apartaba algunas cosas del
paso.

—No conseguirás nada —replicó ella—. Mis pequeños son unas fieras.

Owen la vio alejarse empujando su carga de chihuahuas temblequeantes


y no logró reprimir una sonrisa. En el aire flotaba una curiosa energía
cinética, una estimulante energía vital muy diferente a todo lo que había
experimentado hasta entonces.

Incapaz de llevarlo todo en un viaje, dejó su maleta al pie de las


escaleras mientras trasladaba la máquina de escribir, los libros y la

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bolsa hasta la puerta. Puso cuidado en apilarlo todo a un lado para
evitar que las personas que salieran tropezaran con algo.

—Perdone —dijo al hombre del cartón—. ¿Se encuentra bien?

—¡Tengo que dormir! —gritó el hombre; luego abrió un ojo, se incorporó


sobre un codo para examinar a Owen y le dijo—: ¿Tienes un dólar?

Owen se excusó por haberlo molestado, hurgó en su cartera en busca de


un dólar y luego bajó a por la maleta, pero la maleta había
desaparecido. Miró la calle en ambas direcciones. La gente seguía
pasando como antes, pero su maleta se había volatilizado.

En lo alto de las escaleras, el hombre se había incorporado del todo y se


desternillaba de risa.

—Así que ya has perdido la virginidad —le dijo Bernie cuando le contó lo
de la maleta.

Pasó a recogerlo a las siete y Owen, que no estaba enterado del


interfono con el que se abría el portal, bajó atropelladamente los cinco
pisos cuando llamó.

—¿Qué te parece el apartamento? —le preguntó Bernie camino del


restaurante.

Hospedarse en un apartamento de Nueva York le había parecido


impresionante, sobre todo después de que Alex lo llamó «estudio» y
Bernie se refiriera a él como un

pied-á-terre

, pero el piso se reducía a una única habitación con baño en un edificio


sórdido y con el ascensor averiado. Básicamente se reducía a un espacio
cuadrado, más pequeño que su barracón de Kansas, con una cocina
diminuta en una esquina, una tarima para la cama en otra, un sofá y
una silla encarados a la única ventana de la habitación, un baño del
tamaño de un armario y un armario todavía más insignificante.

—Es justo lo que necesito —le dijo agradecido—. Y el precio me


conviene perfectamente.

—Sí —dijo ella sonriendo—. Y subir todas esas escaleras te mantendrá


en forma durante tu estancia.

—Cierto. Bueno, ¿adónde vamos? ¿Voy vestido correctamente? Llevo


puesto todo lo que tengo.

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Volvieron a aparecer los hoyuelos.

—Querido, en el East Village, aun con tu atuendo vaquero colocado


sobre un vestido de noche, resultarías aceptable.

Lo llevó a la calle Seis, donde había toda una manzana de restaurantes


indo-paquistaníes aglutinados uno junto al otro; establecimientos
pequeñísimos en los que se servía el mismo tipo de comida.

—Mi hija está convencida de que en la parte trasera hay una única gran
cocina en la que se prepara la comida de todos —dijo Bernie riendo
mientras entraban en una sala larga y estrecha que habría podido
parecer una cueva a no ser por la cantidad de lucecitas de colores, de
espejos, de festones y de papeles crespos que ornaban sus paredes—
Éste es el Rosa de India —anunció Bernie—. Mi predilecto. Si tenemos
suerte, igual es el cumpleaños de alguien. Aquí es todo un espectáculo.

Bernie pidió los platos para ambos y la comida empezó a llegar de


inmediato: hojaldres triangulares rellenos de patatas y verduras,
garbanzos especiados en panecillos ahuecados, buñuelos de plátano,
unas tortitas muy finéis de pan crujiente con pimienta negra. Mientras
cenaban, Bernie charló animadamente; le preguntó acerca de su viaje y
le sugirió tiendas baratas en las que comprar ropa para sustituir la que
le habían robado. Luego calló y se quedó pensativa.

—Alex parece un buen colaborador —dijo Owen para romper el silencio.

—Oh, sí, es muy competente. Casi diría que podría establecerse por su
cuenta... aunque con los problemas domésticos que tiene dudo que
pueda dar ese salto de inmediato.

—Oh —dijo Owen momentáneamente incómodo al oír hablar de algo


etiquetado como «problemas domésticos».

Bernie suspiró.

—Está metido en una de esas relaciones tempestuosas, de ésas de ahora


sí, ahora no. Muy tormentosa. Y destructiva, a mi parecer. Aunque todos
hemos pasado por eso en algún momento de nuestras vidas, ¿no es
verdad? —dijo con un gesto compasivo.

Owen se concentró en la llegada del pollo

tandoori

. No, él no había pasado por una de esas relaciones. Es más, antes de


Mike, sólo había tenido una auténtica novia. Una chica con la que había
salido durante el primer año de universidad. Había tenido

relaciones con otras mujeres, pero

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nunca le habían durado ni habían sido importantes.

—Así —le dijo Bernie— que sigues soltero, ¿no?

Owen asintió.

—¿Y qué me dices de un alma gemela?

—¿Una qué?

—Una novia, una compañera, lo que sea.

Dudó unos segundos. Aquellas conversaciones le fastidiaban tanto como


una visita al dentista, pero se sentía agradecido con Bernie y no quería
ofenderla.

—Estoy unido a una persona —le respondió—. Somos vecinos. Mike


Wheeler.

—Ah... Mike, hmm. Nunca lo habría adivinado.

Owen se encogió de hombros.

—En realidad se llama Michelle. Pero a su familia le gustan mucho los


diminutivos.

Bernie se cubrió el rostro con la mano y su risa fue tan incontenible que
le sacudió los hombros.

—¿Qué? ¿He dicho algo gracioso?

Ella meneó la cabeza.

—Ojalá estuviera mi bija. Le gustarías.

—¿Dónde está?

—Está estudiando en la Universidad de Boston.

—No eres lo suficientemente mayor como para tener una hija en la


universidad.

—Oh, sí lo soy. Tengo cuarenta y tantos años. Estuve casada algunos


años, desde hace veinte estoy divorciada y soy madre de una
veinteañera guapísima.

—No.

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Bernie se inclinó sobre la mesa, con los hoyuelos brillándole con
picardía y los brazaletes castañeteándole.

—Sí. —Luego aspiró una bocanada de aire, sonrió y sacudió la cabeza—


Bueno, ahora hablemos de negocios... Mañana tienes que presentarte en
el despacho de tu editora a las diez. Tendrá preparado el acuerdo
relativo al dinero para gastos y te explicará las exigencias de DeMille y
cómo abordar tu proyecto.

Owen dejó el tenedor sobre el plato, incapaz de seguir comiendo.

—No te pongas nervioso. Arlene quiere ayudarte.

Owen cabeceó.

—¿Alguna pregunta?

—Probablemente, pero no se me ocurre ninguna.

—Llámame cuando quieras. Y lo mismo con Alex. Me ha encargado


decirte que si necesitas cualquier cosa lo llames, y te ha redactado una
pequeña guía para la supervivencia del escritor. —Bernie le tendió
varias hojas de papel escritas densamente a máquina—. Trucos para
utilizar los autobuses y el metro, direcciones de buenas librerías, de las
bibliotecas especializadas e instrucciones de uso para la biblioteca
central, dónde comprar papel barato. —Se echó a reír—. Le he dicho
que igual tiene un don oculto de autor de guías para escritores.

Owen tomó las hojas.

—Dale las gracias —dijo—. Os agradezco todo lo que...

—Lo sé. Espero que todo funcione. Porque todavía no estoy muy
convencida de que puedas hacerlo.

Owen alzó los hombros y trató de sonreír.

—Lo peor que me puede pasar es no estar a la altura.

Acostumbrado a oír únicamente el viento, Owen pasó su primera noche


en aquella habitación extraña acechando los ruidos de la calle. Habría
dado cualquier cosa por tener a Mike a su lado, como la noche anterior.

Se presentó en el barracón pasada medianoche. Sentado frente a la


estufa barriguda, Owen miraba fijamente el fuego asediado por la dicha
y la desazón, en plena efervescencia. Regocijado por su partida, pero
agitado ante la idea de irse. ¿Se ocuparía bien del rancho Rusty
Campbell? ¿Quién evitaría que Ellen y Meggie se pelearan? ¿Quién se

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encargaría de conducir a Clancy cuando le doliera la pierna? ¿Y Mike?
¿A quién acudiría cuando necesitara ayuda?

De pronto oyó un golpeteo en la puerta y al abrirla se encontró con


Mike, que le sonreía tímidamente, con una caja de galletas calientes en
las manos y vestida con sus mejores galas debajo del anorak. Owen
había deseado que viniera, aunque sabía lo difícil que le resultaba a
veces a Mike desaparecer de su casa.

—¡Sorpresa! Te he traído galletas para el viaje.

—Gracias —dijo Owen.

No podía ver bien su rostro a la luz del farolillo, pero intuyó que estaba
nerviosa.

—Estás muy guapa —le dijo mientras colgaba su anorak— Hace meses
que no te he visto vestida así.

Mike se alejó de él y se abrazó a sí misma, como si tuviera frío.

—¿Te importa echar más leña?

—En absoluto.

Owen se agachó frente a la vieja estufa para remover las brasas y


añadir un madero. Luego se incorporó y se giró. Estaba desnuda, con el
vestido a sus pies y los brazos cruzados sobre el flecho; como una diosa
vikinga recalcitrante.

—Me encantan las sorpresas—dijo Owen, y ella lo miró con una sonrisa
turbada.

En casi dos años de intimidad, Mike siempre había insistido en


esconderse debajo de las sábanas para desnudarse y aquella osadía
inédita era una auténtica sorpresa.

—Haré todo lo que quieras —le anunció Mike en un tono decidido.

Owen se acercó a ella y le acarició los hombros.

—¿Cualquier cosa? —le preguntó en son de broma—. ¿Qué es esto?, ¿un


regalo de despedida?

—Lo digo en serio, Owen. Cualquier cosa. Sólo tienes que decírmelo y lo
haré.

—Mike... —Owen ladeó la cabeza y buscó sus ojos, pero Mike se abrazó
fieramente a él y hundió la cara en su torso.

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—Quiero casarme —le dijo ella—. No quiero esperar más.

—De acuerdo. —Owen acarició su cabello sedoso—. ¿Y cómo vamos a


vivir?

—No lo sé. No me importa. Sólo sé que quiero casarme mañana, antes


de que te vayas a Nueva York.

Owen reposó la barbilla sobre la cabeza de Mike.

—Mike...

—De veras. Me he puesto mi vestido bueno y me he traído la partida de


nacimiento, quiero quedarme contigo hasta mañana, para poder ir a
casamos a algún sitio.

—Mike, eso es imposible. Para empezar, ni siquiera tenemos partida de


casamiento, y ya sabes que es un documento que no se consigue en el
momento.

Un temblor de sollozos silenciosos recorrió el cuerpo de Mike, Owen la


abrazó con fuerza, como para protegerla y apaciguar su angustia, pero
sin saber muy bien cómo.

—Ojalá pudieras venirte conmigo —le dijo.

Mike se echó para atrás y alzó los ojos, incrédulos y anegados en


lágrimas.

—¿A Nueva York? No me voy a Nueva York ni loca.

Aquella declaración lo dejó perplejo, pero permaneció silencioso.

—Tampoco irías tú si no te quedara más remedio, ¿no es cierto? —le


preguntó ella con el ceño fruncido.

—No desaprovecharía la oportunidad de ir, si es eso lo que estás


preguntándome. Siempre he querido ver Nueva York. De la misma
forma que he querido ver San Francisco y Los Angeles y París y Roma y
un montón de sitios más.

—Te dejas llevar por tu imaginación, Owen. Crees que todos esos
lugares lejanos son maravillosos, cuando lo cierto es que son sucios y
están atiborrados de gente y llenos de extranjeros y de maleantes.
Créeme, cuando por fin pude abandonar Kansas City, lo único que pensé
fue ¡menudo alivio!

La leña chisporroteaba en la estufa y una ráfaga de viento sacudió la


ventana. Owen miró su maleta preparada junto a la puerta. Sabía lo
mucho que Mike temía su partida.

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—Necesitamos dormir, supongo —suspiró ella.

—Sí —accedió Owen—. Lo necesitamos.

—¿Significa eso que no quieres hacer el amor conmigo? —preguntó


Mike con una sonrisa tímida pero traviesa.

Owen la tomó en sus brazos, tropezó y acabó aterrizando con ella sobre
la cama. Mike se metió rápidamente debajo de las mantas riéndose y
todo volvió a la normalidad.

Owen se deslizó a su lado y acarició el contorno de su cuerpo. Presionó


su erección contra los muslos y el vientre de Mike y ella respondió a su
deseo con más agresividad que de costumbre; tomó su pene entre las
manos y luego lo guió hacia su interior, ciegamente, con los ojos
apretados. Owen la penetró suavemente, con cautela, acechando
cualquier atisbo de contrariedad y deseando, como siempre, poder
cerciorarse de que Mike disfrutaba el acto.

Quiso prolongarlo, pero ella sabía tan bien dónde tocarle y cómo
moverse que su control se desvaneció y no pudo impedir el orgasmo.
Cuando todo hubo terminado, Mike se acurrucó en sus brazos y Owen,
como siempre, le preguntó:

—¿Te ha gustado? ¿Has gozado?

Y ella, como siempre, respondió:

—Sí, claro.

Pero nunca terminaba de creerla.

—Te quiero —le dijo Owen—. Te llamaré cada noche.

—¡Ni se te ocurra! Te costaría una fortuna. No me llames. Escríbeme.


¿No eres escritor...? Pues escribe.

—Pero echaré de menos tu voz.

Mike presionó su mejilla sobre el torso de Owen.

—Me quedaré toda la noche —le dijo en tono desafiante—. No me


importa lo que digan los demás. Y mañana por la mañana te ayudaré a
hacer la maleta y...

—Ya la tengo preparada.

—Ah..., bueno... Pues cuando nos levantemos iré a casa a prepararte


algo de comida para que te la lleves. Ensalada de patatas y de col y...

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—Mike... Mike... En el avión habrá comida, y me parece que en Nueva
York también tienen algo.

—Nada bueno, seguro. Nada como lo que comes en casa.

—No —concedió Owen—. No será como en casa.

Owen lo dijo únicamente por complacerla, sin imaginar que pasaría su


primera velada comiendo cosas exóticas y maravillosas en un
restaurante diminuto y extravagante mientras hablaba de «problemas
domésticos» con una mujer encantadora, inteligente y de tez oscura.

No sería como en casa. De eso no cabía la menor duda.

A la mañana siguiente, Owen se personó en la editorial DeMille & Sons.


Arlene Blunt, la directora editorial de quien tanto dependía su trabajo,
resultó ser una mujer diminuta con aspecto de adolescente. Tenía una
corona de pelo castaño plantada sobre la cabeza, como un ovillo de
alambre desenroscado, y un cutis pálido y sin maquillar. En una de las
orejas llevaba tres pendientes y en la otra dos. Su apretón de manos fue
firme.

Le hizo visitar a la carrera el piso en el que trabajaba y le explicó que


aquél era el nivel estrictamente editorial y que DeMille ocupaba varios
pisos más del mismo edificio para las ventas, la producción y la
administración propiamente dicha. Luego lo condujo a su despacho y,
sin más preliminares, le comunicó:

—Su proyecto tiene que ser muy muy bueno, o si no ya puede despedirse
del asunto. ¿Ha redactado alguna vez un proyecto?

No lo había hecho nunca.

A partir de ahí le impartió un curso acelerado de confección de


proyectos editoriales. Le describió los mecanismos del asunto y luego le
explicó que tenía que preparar dos capítulos de muestra y una síntesis
del libro, escritos de tal manera que sus jefes más escépticos babearan
ante las posibilidades comerciales. Cuando hubo terminado, se recostó
en su asiento y lo miró mientras manoseaba un lápiz entre los dedos.

—Hasta aquí, ¿cómo lo ve? —le preguntó.

Owen trató de recopilar sus impresiones en pocos segundos. Sabía que


la pregunta era una prueba, así que intentó desoír su natural reticencia.

—Bram Serian tomó a esa mujer, una refugiada de guerra, bajo su


protección con la generosa intención de borrar los estragos de su
pasado —respondió—, pero le resultó imposible. Esa mujer había

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soportado demasiadas atrocidades y la relación que los unía estaba
destinada al fracaso desde el principio. Durante trece años, Serian se
esforzó en luchar contra los problemas de su mujer, incluso cuando su
carrera artística se hundió y sus cimientos personales se tambalearon. Y
más tarde debió llegar a la conclusión de que su matrimonio no podía
seguir adelante. —Owen marcó una pausa para seguir hilvanando sus
reflexiones—. Quizá ella le arrastró en su naufragio personal y fue
parcialmente responsable del deterioro de su carrera. Quizá él empezó a
interesarse por otra persona. Quizá lo único que deseaba era liberarse
de ella. En fin, en cualquier caso... debió empezar a hablar de divorcio.
Y aquella idea, a Lenore Serian..., una mujer inconstante,
desequilibrada, cuya vida giraba enteramente en torno a su marido y a
su hogar... debió resultarle aterradora. No tenía amistades ni parientes.
Más allá de los límites de <Arcadia», para ella no existía nada. Matar a
su marido debió de ser, probablemente, un acto fruto de la
desesperación, casi un acto de autodefensa. Quiso dar la batalla y asirse
desesperadamente al único hogar y al único mundo en el que se había
sentido segura.

—Hmmm... —Se pasó distraídamente el lápiz por el pelo haciéndolo


brotar en ángulos si cabe más insólitos—. Me gusta. Me gusta mucho.
Tendrá que ir modificando la dirección del tiro a medida que el juicio
vaya avanzando, pero es un inicio respetable. —Se inclinó hacia
adelante y le dijo con una mueca—: Byrne, ¡a ver si al final resultará que
es usted bueno en esto!

Intensamente aliviado, Owen le devolvió la sonrisa.

Arlene volvió a darle un apretón de manos y lo acompañó hasta el


ascensor. Cuando Owen salió a la bulliciosa acera le vino de pronto a la
cabeza la idea de que era un chico de campo metido en una ciudad
monstruosa, que acababa de firmar una especie de precontrato de
edición y que no sabía qué carajo estaba haciendo. Pero se sintió tan
liviano como si hubiera tenido dieciocho años.

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TRES

AQUELLOS tres días, Owen no los dedicó al turismo. Se enfrascó en los


libros que Bernie le había buscado y los diseccionó con el empeño de
descubrir los resortes que hacían funcionar un relato criminal. Se
zambulló en el material Serian leyendo y releyendo los nuevos recortes
de periódicos y los artículos de revistas hasta que se supo párrafos
enteros de carrerilla. Las escasas indulgencias que se concedió fueron
de poca monta. Visitó la catedral de San Patricio en recuerdo a su
madre, paseó por el hormigueante East Village, entró en algunas
librerías, probó algunos restaurantes baratos chinos, polacos y árabes,
y, por mera necesidad, repuso su vestuario.

Después de comprar la ropa regresó al apartamento y se cambió de


camisa. Luego abrió la puerta del ropero para mirarse en el espejo, algo
que no solía hacer en su casa porque en el barracón no había espejos y
porque, de todas formas, concedía poca importancia a su aspecto. Pero
cuando se encaró con su imagen, olvidó la camisa y se adelantó para
observar de cerca el rostro que veía reflejado en la luna.

Siempre había creído que se parecía mucho a su padre, pero al ver su


imagen reflejada en aquel espejo que pertenecía a unos extraños, en
aquella ciudad extraña y en aquel extraño meandro de su vida, le resultó
imposible encontrar huella alguna de Clancy Byrne. Ni siquiera
importaban ya su pelo oscuro y sus ojos azules ahora que el pelo y los
ojos de su padre habían empalidecido con la edad.

Tampoco logró encontrar en aquellos rasgos ningún parecido con su


hermano muerto. Ni con ningún otro Byrne. Aquel semblante, de alguna
forma, se había convertido al fin en el suyo propio.

El martes por la mañana, Owen salió rumbo al tribunal para asistir a la


apertura del juicio del homicidio Serian. Experimentaba una mezcla de
temor y de expectación en partes iguales.

Armado con los mapas, los horarios de los trenes y los consejos de Alex,
tomó un autobús que se dirigía a la parte norte de la ciudad y del que se
apeó en la calle Cuarenta y dos. Iba buscando la estación Grand
Central, un nombre que había oído a menudo en su infancia cuando su
madre gritaba «¡Que no estamos en Grand Central!» cada vez que sus
hijos cruzaban el salón a la carrera. Esperaba encontrar un paradero
de ferrocarriles desmesurado y bullicioso, con tan poco carácter como
los terminales aéreos que había encontrado a su llegada a la ciudad,

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pero en cuanto vio el edificio se paró en seco ignorando la marea
humana que circulaba por las aceras. La audaz fachada modernista era
tan sobrecogedora y atemporal que le trajo a la memoria imágenes del
Partenón de Atenas o del Coliseo de Roma.

Volvió a concentrarse en el objeto de su viaje y entró en el edificio


uniéndose al tráfico de gente que se adentraba en él por las puertas del
extremo suroeste. Siguió la corriente humana por varios pasillos
monótonos hasta un vestíbulo desmesurado que le asombró tanto como
el exterior. En lo alto de aquel inmenso espacio abierto vio unos
imponentes techos abovedados con las constelaciones de un cielo
nocturno. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó un buen rato
embobado, sin complejos, y se dio cuenta de que aquel monumento era
fruto de la mente de un soñador. Aquel edificio era más que el súmmum
de la arquitectura, del dinero y de la política. Era un tributo a la
civilización. Una visión reverencial. Un milagro.

Deseó haber sido un constructor. Se preguntó si Bram Serian habría


sentido algo similar al empezar «Arcadia».

Adquirió un billete para un tren que salía en dirección al norte y fue en


busca de su andén de embarque. De camino vio una cafetería; se sumó a
la cola y compró un bollo fresco con nata y un café para desayunar en
el tren.

Como era la hora punta de la mañana, el flujo de viajeros ajetreados era


casi exclusivamente de llegada a Manhattan, por lo que encontró sitio
en un compartimento totalmente vacío. Se instaló en un lugar con
espacio para estirar las piernas y sacó el desayuno de su bolsa. El
placer que sentía era tan elemental que casi le pareció pueril. Un viaje
en un tren auténtico. El aroma de un buen café. Un asiento confortable.
Sonrió para sus adentros mientras desenvolvía el bollo.

Las puertas se cerraron y el tren empezó a avanzar muy lentamente por


los oscuros subterráneos de debajo de Grand Central. La oscuridad
seguía y seguía, y Owen miraba por la ventanilla percibiendo de vez en
cuando un movimiento en las tinieblas. Se preguntó si habría gente en
los túneles o si sólo se trataría de una sensación engañosa producida
por la oscuridad. De pronto apareció la luz y el tren fue tomando
velocidad balanceándose suavemente acorde a un ritmo sedante y
renqueante.

Trató de visualizar el recorrido del viaje cuando recordó que Alex le


había comentado que el estado de Nueva York tenía forma de embudo y
que Manhattan estaba en el extremo más delgado. Se dirigían pues a la
copa del embudo siguiendo el curso del río Hudson.

Con ayuda de sus mapas y de un conductor expansivo reconoció Harlem


cuando lo cruzaron. Luego siguió mirando fijamente por la ventanilla
mientras el tren atravesaba varios círculos concéntricos de dinámicos
suburbios residenciales y de opulentas fincas y cortijos, hasta que por

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fin llegaron al campo. El campo de Bram Serian. Un paisaje de montes
ondulados y de bosques densos, ocasionalmente interrumpido por una
vaquería o un manzanal. Alex se lo había descrito como un paisaje
exuberante y pintoresco, pero aquel día de febrero la niebla colgaba del
aire, algunos parches de nieve agarrados a las laderas se derretían
entre cúmulos de cantos rodados y los árboles desnudos perforaban la
bruma como los retorcidos dedos de una bruja.

Inquieto ante la eventualidad de saltarse su parada, Owen recogió la


bolsa, que ahora hacía las veces de maletín, y cuando el conductor
anunció Stoatsberg ya estaba preparado delante de la portezuela.

En la pequeña y victoriana estación de ferrocarril pidió al único


ocupante cómo llegar al juzgado. El hombre se succionó los dientes,
miró a Owen de arriba abajo y le dijo:

—¿Qué? Al juicio, ¿eh? ¿Quiere que le diga una cosa?, todo este lío me
parece un despilfarro de nuestros impuestos. Está clarísimo que esta
mujer es culpable y es una vergüenza que nosotros, los contribuyentes,
tengamos que pagar la factura del sinvergüenza del abogado que
pretenderá evitarle un castigo merecido;

Owen se quedó estupefacto ante el resentimiento de aquel hombre.

—Estoy seguro de que esa mujer también ha pagado un montón de


impuestos a lo largo de su vida.

El tipo lo miró con saña y luego movió la cabeza en una dirección poco
concreta.

—Tire recto por ahí y se lo encontrará de frente.

Owen se subió la solapa del abrigo y salió a la calle silenciosa. En


Stoatsberg había unos cuantos grados menos que en Manhattan. La
acera estaba cubierta de nieve medio derretida y fangosa, y lo único que
se oía era el agua sucia que se escurría por los canalones. Pasó frente a
una serrería desierta y un bar con los postigos cerrados, luego fue
dejando atrás viejas casas desastradas, con aceras reventadas y
diminutos jardincillos delanteros invadidos de componentes de coches y
de juguetes cubiertos de nieve. No había rastro de vida, ni humana ni de
otro tipo.

Manzana tras manzana, todo le pareció igual, y pensó en lo feas que


pueden resultar las poblaciones pequeñas en invierno. En Cyril, cuando
llegaban los primeros fríos glaciales del invierno, la gente se encerraba
en sus casas y el espectro de color quedaba reducido a los grises y a los
blancos sucios, salpicados de alguna que otra mancha negra o marrón.
En Stoatsberg las temperaturas no eran tan bajas, pero era tanta la
sordidez que Owen albergó serias dudas de que un cambio de estación
aportara alguna mejoría. Resultaba difícil entender que un artista
hubiera decidido vivir cerca de un lugar como aquél.

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Las aceras de los alrededores del impresionante tribunal rematado por
una cúpula estaban limpias y cubiertas de sal. Ya no quedaba libre ni
una de las plazas de aparcamiento en batería de delante del edificio y la
gente cruzaba apresuradamente la plazoleta para dirigirse, o bien hacia
uno de los edificios de despachos, chatos y de ladrillos, que flanqueaban
el espacio abierto, o bien hacia la amplia escalinata de granito de los
juzgados. Una camioneta muy tecnificada con logos televisivos pintados
sobre las puertas estaba estacionada a uno de los lados.

Subió las escaleras y entró en el juzgado. El vestíbulo parecía un


muestrario de mármoles: pavimentos de mármol marrón, dinteles y
molduras de mármol gris, columnas de mármol blanco. Imponente,
sólido, atemporal, pero con el inevitable apiñamiento de distribuidores
automáticos de bebidas y de rótulos baratos de plástico. Un arco de
seguridad portátil bloqueaba el acceso a la amplia escalinata central y
al pequeño ascensor añadido tardíamente. Se sumó a la cola de gente
que iba sacándose el forro de los bolsillos y abriendo bolsos y maletines
para facilitar la inspección.

La agente que palpó la bolsa de Owen tenía una expresión desganada.

—Esto es una grabadora —dijo sin mirarlo.

—Sí. Es que estoy haciendo una investigación para escribir un libro y...

—No me importa lo que haga, amigo. No dejo entrar ni cámaras ni


grabadoras. Aquí todo el mundo llega convencido de salirse con la
suya... ¿no?

—Lo siento. No lo sabía...

La agente movió el pulgar señalando a su derecha.

—Se lo cuenta al sargento.

Al sargento tampoco le interesaba. Cogió su grabadora y le entregó un


recibo sin alzar siquiera la mirada. Aquel incidente despejó una de las
incógnitas relacionadas con los juicios que ofuscaban a Owen: no estaba
permitido grabar.

Le resultó muy fácil encontrar la sala de audiencias número seis, la del


juez Martin J. Pulaski; era la más concurrida. Tres ujieres montaban
guardia con los brazos cruzados y los rostros herméticos mientras
observaban crecer la masa de gente. Unos postes cromados con
cordones aterciopelados dispuestos con el fin de mantener el orden no
lograban impedir cierto desbarajuste. Owen se colocó en lo que le
pareció el final de una cola. La mujer que le precedía lo miró
amistosamente. Tenía el pelo algodonoso y una pechera voluminosa bajo
un jersey sobre el que estaban bordados unos ositos danzarines.

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—¿Es la cola del juicio Serian? —preguntó Owen.

—La misma —le aseguró ella; luego señaló un cartel colgado de la pared
y le dijo—. Será mejor que se quite el abrigo.

Owen leyó el cartel escrito a mano —prohibido entrar con COMIDA O


BEBIDAS. PROHIBIDO ENTRAR CON ANIMALES. PROHIBIDO
FUMAR, MASCAR CHICLE O ESCUPIR. QUÍTENSE LOS ABRIGOS Y
LOS sombreros antes de entrar—, se quitó el abrigo y le dio las gracias.

—Estoy esperando a mi hermana —dijo la mujer—. Como no llegue


pronto no me quedará otro remedio que pelearme por guardarle un sitio
en el interior.

Owen se esforzó en sonreírle cortésmente.

—Es una pena que estemos tan lejos. Seguro que nos toca sentamos en
los traspuntines. Tengo unas amigas justo al principio de la cola... ¿ve
esas que están haciendo ganchillo? Pero van listas si creen que voy a
pedirles que me dejen colar. Son todas unas engreídas. En fin, que
mañana habrá que llegar más temprano, ¿no le parece?

—En efecto. —Owen sacó un bloc de su bolsa y empezó a anotar todo lo


que se le ocurría confiando en que al verlo tan absorto y ocupado, la
mujer se desanimaría. Pero sólo consiguió excitar su curiosidad.

—¿Trabaja en un periódico?

—No.

—Pues, ¿para qué escribe todo eso? —le preguntó mientras se acercaba
intentando descifrar sus notas.

Owen cerró el cuaderno.

—Estoy investigando —le contestó tratando de permanecer inconcreto.

—¡No me diga! ¿Qué es?, ¿escritor, o algo parecido?

—Más o menos.

—Me llamo Phyllis. Y usted, ¿cómo se llama?

—Owen Byrne.

Reflexionó un instante, con el ceño fruncido, y luego dijo:

—No he oído hablar nunca de usted. Pero no me sorprende que esté


aquí. Ésta es de las que da que hablar.

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—¿Ésta?

Phyllis frunció el entrecejo y puso los ojos en blanco.

—Ya sabe... —bajó la voz—, la Viuda Negra... Lenore Serian. —Echó un


vistazo receloso a su alrededor y bajó todavía más la voz—. Mi hijo
Tommy es uno de los testigos. Trabajó mucho en esa casa y la vio
quemando cosas y haciendo conjuros.

—¿Haciendo conjuros?

—Maleficios y cosas de vudú. O como lo llamen en su país. Owen trató


de conservar un semblante neutral.

—Debería entrevistar a mi hijo. Las cosas que podría contarle... —De


pronto se le iluminó la expresión—. ¡Mire! Allí llega Spencer Brown.
¡Sabía que sería él el que llevaría este asunto! Ese calzonazos de fiscal
del distrito debió temblar ante la posibilidad de tener que enfrentarse
con uno de esos abogados temibles de la defensa, y le habrá pasado el
muerto a Spencer.

Spencer Brown, el fiscal adjunto, cruzó el pasillo con paso seguro. Tenía
menos de cuarenta años, el pelo pajizo, un físico de delantero centro y
expresión angelical.

—¡A por ellos, Spence! —gritó alguien, y Brown alzó la mano en señal
de victoria antes de desaparecer detrás de las puertas de ingreso a la
sala de audiencias.

La muchedumbre se animó.

Detrás de Brown venía un hombre achaparrado y cohibido, de pelo


oscuro, que empujaba un carrito metálico cargado con cajas sobre las
que se leía: oficina del fiscal del distrito.

—Ése debe de ser Dapolito —dijo Phyllis—. No es de aquí. Me pareció


oírle decir a alguien que se había criado en Brooklyn.

En la cola, algunas personas se quejaron de que se hubiera permitido


entrar a la prensa antes que al público, aunque las protestas fueron
poco enconadas. Estaban todos pendientes del pasillo esperando la
llegada a escena de los demás miembros del reparto.

Apareció entonces un joven negro, impecablemente vestido, que


empujaba una carriola sobre ruedas de esas que se utilizan para
desplazar equipaje, cargada con enormes expedientes de cuero sujetos
con varias correas. Uno de los ujieres le abrió las puertas.

—Ése tiene que ser de los del enemigo —dijo Phyllis—. En nuestra
oficina del fiscal no emplean a gente de color.

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—Ya me he fijado que por aquí todo es bastante descolorido —dijo
Owen, pero su pequeño sarcasmo cayó en saco roto. Le pareció
imposible haber venido de tan lejos y estar tan cerca de Manhattan para
tener que recalar en una localidad en la que imperaba la misma
estrechez de miras que la de la zona en la que había crecido.

Pasaron varios minutos. En la cola, la tensión subía. Apareció entonces


por la esquina del pasillo un tipo de hombros caídos, ligeramente culón,
con el pelo escaso y una expresión bondadosa, afable.

—¡Ése es Rossner! —murmuró alguien, y Owen aventuró un doblete.


¿Charles Rossner? ¿El imbatible abogado defensor?

La llegada de Rossner levantó una ráfaga de murmullos al que siguió un


pesado silencio. La siguiente tenía que ser Lenore Serian. Los
semblantes de los espectadores brillaban con depredadora ansiedad.

Todo sucedió muy rápido. Apareció por la esquina flanqueada por dos
hombretones que la propulsaron a través de la muchedumbre. Llevaba
el pelo negro recogido sobre la nuca, en un moño muy prieto, y vestía un
austero traje de color caqui. En la fotografía de la revista proyectaba
una imagen de gélido desdén, como de mundana endurecida, pero ahora
parecía muy diferente. Sus rasgos eran más suaves y parecía mucho
más joven que en la fotografía. A primera vista iba sin maquillar, sin
joyas, sin ropas vistosas, sin aquel brillo retador en la pupila. Lenore
Serian no tenía nada que ver con la arpía perversa que con tanto anhelo
aguardaba la muchedumbre.

Pasó delante de Owen, tan cerca que durante unos segundos habría
podido tocarla, y la realidad de aquella mujer le llegó con la fuerza de
un puñetazo. Lenore Serian no era una figura creada para entretener al
público, ni un personaje inventado para su libro. Era un ser humano
real. Tan real como él. Una persona de carne y hueso que podía ser o un
monstruo despiadado, o una mujer inocente sometida a una terrible
pesadilla. Ambas realidades eran estremecedoras.

Y desapareció, tragada por las pesadas puertas de ingreso a la sala


número seis. Un suspiro colectivo de alivio y un intercambio de miradas
significativas recorrió la cola de arriba abajo. La culpabilidad de Lenore
Serian planeaba en el aire, implícitamente dictada por aquellos
silenciosos extraños.

—Aquí le caerá lo que merece —anunció Phyllis con aire satisfecho—.


Los miembros de nuestro jurado no son unos blandengues como los de
las capitales.

Tuvo ganas de huir de Phyllis pero, si no quería ceder su lugar en la


cola, no le quedaba más remedio que aguantarla.

Las puertas se abrieron de par en par y un ujier ladró:

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—¡Entren ordenadamente, por favor!

La estampida consiguiente lo arrastró hacia adelante, hasta un banco


de madera como los de las iglesias, junto a Phyllis. Uno de los ujieres les
ordenó que se apretaran más y Owen obedeció de mala gana mientras
Phyllis se quejaba de no poder guardarle sitio a su hermana.

Afortunadamente, la emoción que le producía estar por primera vez en


una sala de juicio apartó rápidamente a Phyllis de sus pensamientos.
Estaba allí, en el templo del régimen jurídico. Se le antojó a la vez más y
menos impresionante de lo que había imaginado.

Del techo colgaban enormes lamparones, aunque sin la mitad de los


globos de vidrio. Los candelabros de las paredes servían de soporte a
los múltiples hilos eléctricos de los micrófonos y de las estufas portátiles
instalados a la buena de Dios. Y en los cantos de los delicados arcos de
las ventanas que flanqueaban uno de los extremos de la sala, unos
burletes de plástico grapados de cualquier manera impedían la entrada
del frío exterior. Una chapuza digna de su padre, que se habría
defendido espetando belicosamente: «Bueno, ¿no era eso lo que
perseguíamos?»

Y, sin embargo, a pesar de las profanaciones recientes, la dignidad de


aquella estancia pervivía. Había sido construida para permanecer —una
combinación ostentosa de palisandro, nogal y mármol, con unos detalles
artesanales inimaginables en los edificios públicos de hoy en día—. Las
astas de las banderas de cobre ricamente labrado estaban coronadas
por unas águilas, y debajo de ellas aparecían las palabras en dios
confiamos esculpidas en bronce. De las paredes colgaban tres
desmesurados retratos de magistrados, oscurecidos por la historia.

Aquella sala estaba habitada por el pasado; flotaba en el aire


mezclándose con el polvo y con el tenue olor a maderas añejas. Trató de
imaginar a los constructores. Ni siquiera en su mejor momento habría
podido equipararse aquel tribunal a trasmano con la majestuosa
catedral de San Patricio o con la impresionante estación de Grand
Central, pero Owen sintió una enorme admiración por los hombres que
lo habían proyectado y construido con el sudor de sus frentes, que
habían tallado primorosamente sus maderas y sus mármoles y que
habían trabajado por algo más trascendental que la paga semanal.
Aquella obra era algo quimérico en nuestros días, hasta en una
localidad tan tradicional como Cyril. En caso de haber necesitado un
juzgado, las autoridades habrían encargado unos módulos
prefabricados y los habrían unido con cuatro tomillos y un poco de
estopa y de brea, y el día de la inauguración del edificio, ya habría
empezado a desintegrarse.

—¿A qué es emocionante? —dijo Phyllis meneándose a su lado para


ilustrar su estado de ánimo—. ¡Es la primera vez que asisto a un juicio
por homicidio!

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Phyllis. Le producía lástima, pero eso no la hacía más soportable. Con
un ligero encogimiento de hombros poco comprometedor, Owen se
esquinó y abrió su cuaderno de notas con la intención de trazar un
esbozo de la sala.

Ignoró a la gente que se arracimaba a su alrededor y estudió la


disposición de su entorno. Lo primero que le llamó la atención fue el
estrado del juez, el lugar más alto de la habitación. Dominaba el centro
de la parte delantera de la sala; alto, sólido e imponente, al tiempo altar
y trono. Debajo del estrado del juez y adosada a la pared de la derecha
estaba la tribuna del jurado; dos filas de sillas cercadas por un
antepecho. Entre la tribuna del jurado y el estrado se hallaba el solitario
banquillo de los testigos. Imaginó lo intimidado que se sentiría uno en
aquella posición.

En el centro, al pie del estrado, había dos mesas pequeñas. Owen


supuso que serían la del oficial de sala y la del secretario judicial.
Frente al banquillo de los testigos, aunque unos cuantos peldaños más
abajo, aparecía el puesto del taquígrafo. Y finalmente, en el nivel más
bajo, las mesas de la defensa y de la acusación, una frente a la otra; a la
izquierda, la defensa y a la derecha, más cerca del jurado, la acusación.

La barandilla que separaba todo esto de la zona destinada al público


era de madera maciza; una alineación clásica de balaustres, con un
pasamanos oscurecido y abrillantado por el contacto humano. A partir
de ahí empezaban los bancos para los espectadores. Llenaban los dos
tercios restantes de la sala, colocados en filas y formando un pasillo
central desde la compuerta de la barandilla hasta las puertas de doble
hoja de la parte trasera.

Aunque ya había visto aquella disposición en alguna película y en


fotografía, nunca había experimentado en carne viva el impacto de una
sala de audiencias. Incluso vacía, flotaba en el aire una impresionante
sensación de poder.

Contrariamente a lo que había imaginado, el juez Martin Pulaski ya


estaba sentado. Parecía estar leyendo libros de jurisprudencia. De vez
en cuando alzaba una mirada centelleante y la clavaba en los
espectadores especialmente ruidosos. Pocos momentos antes de la hora
del inicio del juicio, cerró sus libros y se inclinó hacia adelante para
intercambiar unas palabras con su secretario judicial.

Owen estudió a Pulaski. Sin el grandioso estrado y la toga negra, el


juez, un hombre de sesenta años con unos rasgos muy finos, casi
femeninos, habría sido un personaje insignificante. Llevaba el pelo y el
bigote canosos cortados en un contundente estilo militar y usaba gafas
con pesadas monturas negras.

Salvo los miembros del jurado, todos los participantes estaban


presentes. El taquígrafo ponía papel en su máquina. El oficial de la sala,
encorvado sobre un libro mayor, escribía. Y el secretario judicial, de pie

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sobre el estrado, escuchaba al juez con atención. Todos ellos tenían
cabellos oscuros y eran jóvenes treintañeros con aspecto serio.

Owen era suficientemente alto como para poder verlo todo bastante
bien. Incluso las mesas de los abogados, situadas en el nivel más bajo.
En línea recta veía a Brown y a Dapolito, sentados a la mesa de la
acusación, de cara al estrado. Uno, de espaldas anchas, y el otro,
estrechas. Brown tenía una actitud relajada y se apoyaba en el respaldo
de su asiento, con los codos levantados y los dedos entrelazados detrás
de la nuca, pero Dapolito parecía un manojo de nervios y no dejaba de
lanzar miradas nerviosas a la sala mientras rebuscaba entre el montón
de legajos que se apilaban sobre su mesa.

A su izquierda, Owen podía ver el territorio de la defensa. El primer


banco estaba acordonado y ocupado por los fornidos guardaespaldas de
Lenore Serian y el joven negro con los expedientes judiciales. Frente a
ellos, adosada a la barandilla, había una mesa estrecha cubierta de
carpetas y de cajas etiquetadas con la palabra pruebas. A la mesa de la
defensa propiamente dicha se sentaban Lenore y su abogado. Rossner le
hablaba, pero ella miraba hacia delante, con los hombros rectos y la
cabeza erguida. Desde donde estaba, Owen no podía verle la cara.

—¡Vaya vestido, eh! —dijo Phyllis en voz alta—. Un auténtico saco de


patatas.

Owen tomó aire y siguió anotando y dibujando.

—Cuesta creer que alguien con dinero se vista de esta forma para ir a
juicio —dijo la mujer que tenía a su izquierda y que se había inclinado
sobre él para cambiar impresiones con Phyllis.

Owen les sugirió que se sentaran juntas y sintió un inmenso alivio al ver
que ambas acogían la idea con agrado. Se alzó y dejó que la segunda
mujer ocupara su lugar junto a Phyllis. Sus agradecimientos efusivos le
produjeron cierta culpabilidad, aunque le duró poco.

Seis ujieres habían tomado posición en la sala.

—¡Silencio en la sala! —anunció uno de ellos en voz estentórea. El


oficial del juzgado se levantó.

—El ministerio fiscal del estado de Nueva York contra Lenore Serian.
¿Está lista la fiscalía?

—¡Sí, la fiscalía está lista! —respondieron Brown y Dapolito


enérgicamente.

—¿Está la defensa lista?

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—Sí, lo estamos. —La respuesta de Rossner fue relajada, aunque
respetuosa.

—¿Están de acuerdo en que hagamos entrar a los miembros del jurado y


procedamos a la instrucción? —preguntó el juez con brusquedad, de
forma casi desafiante—, ¿o existen problemas que debamos debatir
antes?

—Listos para el jurado, señoría —respondieron los tres abogados al


unísono.

—Bien. Me gustaría oír las dos declaraciones inaugurales hoy mismo. —


El juez hizo una seña a un ujier que estaba junto a la tribuna del jurado
vacía—. Hágalos entrar, por favor.

Brown y Dapolito se alzaron. Lenore y Rossner también. La imputada


parecía fuera de lugar en aquella sala enorme, rodeada de maderas
renegridas por los años y de abogados vestidos de gris o de azul marino.
Parecía demasiado esbelta, demasiado diferente, demasiado impotente,
plantada entre ellos y vestida con aquel sencillo traje caqui. Owen se dio
cuenta de que aquél era un ritual de hombres. El juez togado de negro,
el oficial de la sala, el secretario judicial y el taquígrafo, los abogados y
el fiscal adjunto; todos eran hombres. Lenore parecía muy sola de pie
allí en medio.

—Entrada del jurado —anunció un ujier mientras abría la puerta de la


esquina derecha de la sala.

Los doce miembros del jurado y los cuatro suplentes entraron con
indecisión, tomaron asiento y fijaron las miradas en el juez, como si
temieran mirar hacia otro lado. Era una mezcla de personas jóvenes y
mayores, de hombres y de mujeres, todos ellos con el aspecto sólido de
la clase media laboriosa. En el grupo no había ni asiáticos, ni hispanos,
ni negros, aunque si los comentarios de Phyllis eran los característicos
de aquella comunidad cabía suponer que los dos hombres de rasgos
mediterráneos y la mujer pelirroja debían ser considerados como
representantes de las minorías. Lo mismo que en Cyril, en Kansas. Y lo
más probable es que Owen, unos días antes, ni siquiera lo hubiera
advertido.

—Señoras y señores, buenos días.

Los jurados murmuraron un saludo, como una clase a su profesor.

El juez observó la sala durante unos segundos, carraspeó


aparatosamente y luego se movió sobre su asiento giratorio en dirección
a la tribuna. Descansó sus antebrazos sobre la mesa, juntó las manos y
adoptó un tono de paternal benevolencia para dirigirse a los jurados
reunidos.

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—Hoy estamos convocados en este juzgado para desempeñar una labor
muy seria... La de hacer justicia. Ustedes, los miembros del jurado,
están aquí para llevar a cabo una de las funciones sagradas de nuestra
nación; la del jurista. Esta función reside en el corazón mismo de
nuestro sistema judicial y son personas como ustedes las que mantienen
la vitalidad de este sistema.

Pulaski volvió a carraspear y adelantó el mentón. Su mirada no se


desvió en ningún momento de los dieciséis rostros embelesados que
tenía delante.

—A partir de hoy, deberán ustedes evaluar la causa en procedimiento


contra Lenore Serian. Pero antes de enfrascarse en esta labor tan
ardua, deberán partir de la base que esta mujer, Lenore Serian, es
inocente. Quiero que la miren, ahora mismo, y se convenzan de que esta
mujer es inocente. Es cometido de la acusación demostrarles lo
contrario... demostrarles, como sostiene el escrito de acusación, que es
culpable, y demostrárselo más allá de cualquier duda razonable.

El juez se refirió entonces a los fiscales Brown y Dapolito y su expresión


se transformó en un ceñudo escrutinio.

—Oirán ahora la declaración inaugural del señor Brown. Las


declaraciones inaugurales no son una presentación de pruebas, y no
deben ser consideradas como tales. Son meras promesas... adelantos de
lo que cada una de las partes confía en demostrar.

Su reacción a las palabras del señor Brown deberá consistir en un


«Demuéstrelo».

El silencio planeaba en la sala.

Brown se inclinó para murmurarle algo a Dapolito y, a juzgar por sus


gestos, parecía exasperado por las declaraciones del juez.

—Señor Brown —dijo el juez con brusquedad—, ¿quiere empezar?

Todos los ojos de la sala convergieron en Spencer Brown, que se


levantó. A Owen, la insolencia descarada de sus modales le hizo pensar
en un capitán de equipo de fútbol universitario y se preguntó cómo
lograría el juez mantenerse neutral ante las diferentes personalidades
presentes en su juzgado.

Un par de ujieres arrastraron el podio adosado a la pared hasta el


centro de la sala y probaron el micrófono, lapso en el que se formó un
breve alboroto. A continuación Spencer Brown, el fiscal adjunto, dio
unos golpecitos sobre el micrófono, ordenó sus papeles y barrió la sala
con la mirada.

—Señor Brown —dijo el juez en tono impaciente—, estamos listos.

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Bien pensado, se dijo Owen para sus adentros, el juez quizá no era tan
neutral.

—Gracias, señoría —replicó Brown—. Señoras y señores... hace seis


meses, el siete de agosto..., un hombre perdió la vida. Se trataba de
Bram Serian; vecino, miembro de esta comunidad y artista de fama. Su
muerte fue llorada en todo el mundo y produjo tanto asombro que al
principio nadie se preguntó por el origen del siniestro. Todos partieron
de la base que aquella terrible tragedia tenía que haber sido fortuita.

»Un viejo edificio de madera que de pronto desaparece pasto de las


llamas es un acontecimiento desafortunadamente muy común en nuestra
zona rural. Sin embargo, la autopsia posterior destapó la espantosa
revelación de que el cráneo de Bram Serian estaba seriamente
fracturado. Bram Serian había fallecido antes de que aquella cerilla
fatal fuera prendida. Y surgió entonces, señoras y señores, la
abominable verdad. Bram Serian había sido asesinado. Y la persona con
el

móvil

, los

medios

y la

ocasión

de perpetrar aquel crimen está sentada hoy aquí, en esta sala de


audiencias ...se trata de Lenore Serian.

Al pronunciar el nombre de la acusada, Brown se giró para dirigir un


dedo acusador hacia Lenore y consiguió que todos los miembros del
jurado clavaran su mirada en ella. A Owen le pareció que la mujer se
encogía, pero inmediatamente después la vio erguir la espalda y alzar el
mentón en un gesto retador.

Spencer Brown volvió a dirigirse a la tribuna del jurado y, exhibiendo


mucha confianza y una indignación legítima, dijo:

—Lenore Serian planeó fríamente el asesinato de su marido, esperó la


ocasión perfecta y luego puso su plan en acción. No existen testigos
oculares ni pruebas irrefutables que demuestren su culpabilidad, pero
estamos en medida de armar el rompecabezas que demuestra, absoluta
y definitivamente, que Lenore Serian es la asesina de su marido.

A continuación, Brown ofreció una descripción somera del matrimonio


Serian. Mencionó que habían vivido juntos durante trece años e hizo
hincapié en el tren de vida que llevaban, eran propietarios de la finca y

59/607
también de un gran estudio situado en una nave industrial del barrio
neoyorquino de Soho. A medida que Brown se aclimataba al podio, sus
palabras adquirían un ritmo de canción de cuna, casi como un arrullo.

—Los testigos nos notificarán que Bram Serian era más mayor que su
mujer, una refugiada vietnamita indigente cuando éste le dio cabida en
su hogar y en su corazón. Bram Serian era un hombre desprendido. Se
sentía moralmente obligado a ayudar a la gente lastimada por la
guerra, y ésa fue la razón por la que intimó con la que terminaría siendo
su mujer. Pero a Lenore Serian no le bastaban el amor ni la generosidad
de aquel gran hombre. No le bastaban la infinita paciencia, la
comprensión, la fidelidad y la lealtad demostradas por su marido
durante tantos años... Las obras de Bram Serian, que habían adquirido
un gran valor, le proporcionaban una posición social muy destacada así
como unos ingresos sustanciosos y mucho tiempo libre. Cualquier
esposa habría sido feliz con todo aquello, pero las deposiciones nos
demostrarán que Lenore Serian estaba insatisfecha. Incluso le
fastidiaban las largas reuniones que su marido mantenía con su
galerista de toda la vida. Se negaba a salir públicamente con él, a asistir
a sus exposiciones o a cualquiera de los demás eventos en los que se
requería su presencia, y trató de manipularlo y de impedirle que
asumiera aquellas importantes funciones. Pretendía mantenerlo recluido
con ella, en la finca y, aunque le permitía recibir invitados a menudo,
nunca participaba en los agasajos. Nunca se relajaba ni se divertía.
Rondaba por la casa acechando a su marido como un buitre, y siempre
conseguía que todo el mundo se sintiera incómodo.

Brown tomó una gran bocanada de aire y marcó una pausa para mirar
a la inculpada. Owen se preguntó en qué pensaría ella.

—Aunque también es cierto, señoras y señores, que Bram Serían tenía


que lidiar con todas las tentaciones que suelen derivar de la fama. En
todas partes lo acosaban mujeres bellas, y es posible que los celos
exacerbados de su mujer se debieran, en parte, a eso. Pero ello no exime
a Lenore de sus actos. También es cierto que Lenore Serian no había
tenido una vida fácil y que, según dicen, estaba incapacitada para
mantener el tipo de relación sobre el que se basa un matrimonio feliz.
Los testigos nos hablarán de su incapacidad para el amor. ¡De su
incapacidad incluso para la amistad! Pero eso no la exime de sus actos.
Era y es una persona madura, sana de espíritu, capaz de discernir la
diferencia entre el bien y el mal.

Owen dejó de tomar notas para volver a examinar a Brown. Repetía sus
argumentos. Machacaba una y otra vez las mismas tesis. Reincidía en la
difícil relación de Serian con su mujer para luego recalcar la inminencia
del divorcio. Se desviaba de la formulación exacta de sus documentos
escritos para recargar sus frases con florituras y formularlas acorde a
complicadas circunvoluciones.

De pronto, Brown cambió de posición, bajó la mirada sobre sus notas y


exclamó:

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—¿Y qué significaba todo aquello para Lenore Serian? Significaba
perder la influencia sobre su marido. ¡Y arriesgarse a perderlo todo!
¡Absolutamente todo...! Natalie Raven, la gobernanta, ya había
presenciado peleas muy subidas de tono entre el matrimonio cuando un
día, tras oír a la inculpada gritar a su marido: «¡No permitiré que lo
hagas!», tuvo que acompañarla en coche al pueblo donde, tal como
atestiguará el propio ferretero, la inculpada entró sola en la ferretería y
adquirió un quinqué y dos frascos de petróleo para el estudio de su
marido... Bram Serian había transformado los ruinosos establos de su
finca en un estudio para pintar. Aquel estudio era su terreno privado y
nunca permitía que nadie entrara en él. La gobernanta de los Serian,
que llevaba cuatro años trabajando en aquella casa, les dirá que Bram
Serian se encargaba personalmente de su limpieza y de su
abastecimiento, y que era del todo improbable que le hubiera encargado
a ella o a Lenore comprar algún utensilio para su interior. Es más, temía
tanto ocasionar algún daño a sus cuadros que ya anteriormente se
había negado a tener velas porque, según él, incluso una cantidad
insignificante de humo podía destrozar una pintura. Los testigos nos
hablarán también del pánico que le provocaba el fuego y de lo mucho
que lo inquietaba tener que manejar líquidos inflamables. Hacía un año
que había dejado de fumar, porque hasta la mera presencia de un
cigarrillo encendido cerca de sus telas lo impacientaba. Y, al reconstruir
el estudio, había descartado la idea de una estufa de leña y se había
emperrado en encontrar un sistema de calefacción eléctrica con la
apariencia de una estufa tradicional pero sin llamas reales. —Brown
alzó los brazos en señal de escepticismo—. ¿Y ese hombre, de pronto,
iba a querer un quinqué para su estudio?

Entonces se detuvo un momento para permitir que su desdeñoso


descreimiento impregnara la audiencia.

—Sin embargo, a Lenore Serian le entusiasma el fuego. Los testigos nos


contarán que el fuego fascina a esta mujer; que le encanta quemar
cosas y que tiene las chimeneas y las velas encendidas tanto de día
como de noche.

Brown reordenó sus notas.

—Ahora, pasaré a describirles los acontecimientos directamente


relacionados con este crimen abominable. La víspera del asesinato,
Bram Serian había invitado a veintidós personas de Manhattan a pasar
el fin de semana en el campo. Su hospitalidad era bien conocida y por su
casa pasaba mucha gente del mundo del arte. Además de divertirse,
Serian confiaba en que sus huéspedes aportaran una contribución
personal a la creación de su famosa casa. El grupo trabajó hasta media
tarde; después, algunos quisieron bañarse en el estanque y empezaron
las diversiones. Habían planeado cenar al aire libre y terminaron a eso
de las ocho; luego, algunos invitados abandonaron la casa con la
intención de pescar de noche, y otros entraron dentro para beber
cerveza y escuchar música. Serian estaba de excelente humor. Todos
comentaban su inminente exposición. A medida que pasaron las horas

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se reunieron todos en el exterior en una atmósfera de distendida
camaradería. Lenore Serian no participó en la juerga, ni propició la
más mínima conversación de cortesía con ninguno de los invitados. Se
mantuvo al margen, y sólo se la oía cuando alzaba la voz a su marido.
Serian anunció a sus huéspedes que iba a retirarse y les sugirió que
hicieran lo mismo puesto que ya eran más de las dos de la mañana. Las
habitaciones de los huéspedes estaban en el primer piso y en el sótano
había algunas camas más para invitados. La gobernanta dormía en la
segunda planta y ya había subido a acostarse. A las dos cuarenta y
cinco de la madrugada, Lenore y Bram Serian tuvieron una tormentosa
discusión en el patio exterior de delante del estudio que despertó a la
gobernanta. Ésta se asomó a la ventana, presenció el final del altercado
y vio a Bram Serian abrir la puerta de su estudio, entrar en él y cerrarla
de un portazo. Supuso que pasaría la noche allí; lo hacía a menudo. En
la hora que siguió, alguien hundió el cráneo de Bram Serian. Éste había
estado bebiendo y se había acostado muy cansado... y lo más probable
es que durmiera profundamente cuando el asesino o la asesina le asestó
el golpe fatal. No hace falta ser un atleta para descargar un golpe
mortal sobre el cráneo de una persona que está durmiendo. Al día
siguiente, la policía encontró la cuchilla de un hacha junto al cadáver, y
un hacha habría sido el arma perfecta; un golpe propinado con el
mango habría dejado a la víctima incapacitada o muerta. Luego, en una
conspiración diabólica urdida para encubrir aquel homicidio, el
homicida regó a Bram Serian con petróleo, dejó caer el quinqué
adquirido unas semanas antes por Lenore Serian junto a él, prendió una
cerilla y Bram Serian ardió como una tea. La excelencia de este plan,
desde el punto de vista del homicida, residía en que importaba poco que
Bram estuviera vivo o muerto cuando el estudio empezara a arder,
porque de todas formas estaba convencido de que sería considerado un
accidente fortuito... La rapidez y la intensidad del fuego debieron
sorprenderlo y hacerle incurrir en varios errores. Dejó la llave en la
cerradura y sacó unos cuantos cuadros al exterior, aunque luego los
abandonó debajo de los árboles. A las cuatro y cuarto de la madrugada,
la gobernanta volvió a despertarse; miró por la ventana y vio que salían
llamas del estudio. Lenore Serian estaba plantada en medio del patio
viendo cómo se propagaba el fuego, y no gritó «¡Fuego!», ni pidió ayuda
hasta que la gobernanta abrió la ventana y gritó su nombre. Fue la
gobernanta, Natalie Raven, quien llamó a los bomberos, y fue la
gobernanta quien despertó a los huéspedes y les suministró cubos para
formar una brigada de lucha contra el fuego. Fue la gobernanta quien
registró la casa principal y los alrededores con la esperanza de
encontrar a Bram Serian en alguna parte. ¿Y qué hizo Lenore Serian
mientras tanto? Seguir plantada en el patio, absolutamente embobada.
Otro testigo nos dirá que la puerta del estudio estaba abierta, a pesar de
que Bram Serian la había cerrado al ir a acostarse. También nos dirán
que en la cerradura había sólo una llave, cuando Bram llevaba la suya
en un aparatoso llavero. El o la asesina dejaron la puerta abierta; utilizó
una copia de la llave y luego la olvidó en la cerradura. El homicida
trasladó los cuadros para salvarlos del incendio. Los indicios
demostrarán que ésta es la única explicación razonable. Y los indicios
también demostrarán que la única persona con los

62/607
medios

, el

móvil

y la

ocasión

para entrar en aquel estudio y matar brutalmente a Bram Serian de un


golpe en la cabeza, regarlo con queroseno y prender una cerilla era
Lenore Serian, una mujer que pretendía controlar a su marido y
conservar su hogar a cualquier precio... Gracias.

Spencer Brown bajó del podio y se encaminó hacia su asiento con la


honorabilidad de un cruzado.

En cuanto se sentó, la sala de audiencias se llenó de ruido y de


agitación. Los locutores salieron apresuradamente para llamar a sus
emisoras.

—¡Silencio! —gritó un ujier.

El juez se dirigió a los miembros del jurado.

—Señoras y señores, les agradezco su atención durante este dilatado


preámbulo. Terminadas las declaraciones inaugurales, ya no tendrán
que soportar sesiones de trabajo tan largas sin pausa. —Se aclaró la
garganta y sus labios se curvaron en una sonrisa controlada—.
Reanudaremos la sesión después del almuerzo. Si tienen alguna
pregunta relacionada con sus planes para el mediodía, no duden en
planteársela al ujier que los acompañará hasta la sala del jurado. —
Carraspeó una vez más y adoptó una expresión adusta—. Les está
prohibido discutir de la causa en procedimiento —les advirtió, y pasó a
detallarles el reglamento y a recordarles que no podían leer las crónicas
de la prensa ni ver los telediarios.

Owen imaginó lo difícil que debía de ser pasarse el día sentado en


aquella tribuna y, de noche, no poder comentar el juicio con la familia o
con los amigos.

Los ujieres ordenaron a los asistentes que permanecieran sentados


mientras los miembros del jurado se retiraban. Cuando el último
miembro del jurado desapareció por la puerta todos los presentes se
pusieron en pie como accionados por un resorte.

—Despejen la sala, por favor. ¡Despejen la sala!

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Se demoró un poco para permitir que Phyllis y su amiga reciente se
adelantaran. La habitación se vació rápidamente. Y fue uno de los
últimos en abandonarla. Abrió la puerta y se apartó a un lado para
dejar pasar a la persona que venía detrás.

—Gracias —dijo la mujer, que se detuvo un segundo para que Owen se


uniera a ella—. ¿Qué?, ¿un encargo?

Owen miró a su alrededor.

—¿Me habla a mí?

—Sí. Le he preguntado si está aquí por encargo.

La joven tenía un rostro luminoso y fresco, el pelo pajizo y esponjoso y


unos pechos bien definidos debajo de la chaqueta entallada. Nueva York
parecía lleno de mujeres atractivas.

—Me parece que no entiendo su pregunta.

—Lo siento —dijo ella con una sonrisa—. Soy muy fisgona. Esta

mañana, en el control de seguridad, iba detrás de usted y le he oído


decir que viene a recopilar información para un libro.

Su sonrisa era como un destello de cien vatios lleno de dientes blancos y


perfectos, y aunque era imposible que Owen la conociera le resultaba
vagamente familiar.

—¿Nos hemos visto antes en alguna parte?

La chica se detuvo en el descansillo de las escaleras, le dedicó otra


sonrisa centelleante y parodió una pose profesional.

—Holly Danielson les ha informado del juicio de la Viuda Negra.

A Owen aquella frase no le decía nada; y debió verse en su expresión


porque la pose profesional se desintegró.

—Ya sabe... —dijo ella alzando ligeramente los hombros—,

Metro Eye at Five.

—¿Reportera de televisión?

—Quizá es que al natural igual le parezco muy diferente.

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—Es que no soy de Nueva York... e incluso si lo fuera... no suelo mirar
los noticiarios de la tele. Pero... —añadió Owen rápidamente—, anoche
estuve saltando de canal un buen rato, así que es posible que la viera.

—Ah... —La reportera recuperó su sonrisa—. Estoy aquí para cubrir el


juicio. ¿Y usted? ¿Es un corresponsal, o trabaja por libre, o qué?

—Un poco de todo —admitió Owen mientras empezaba a bajar la gran


escalinata que conducía al vestíbulo, muy silencioso a aquella hora del
almuerzo.

—Qué misterioso —dijo ella, que bajaba a su lado.

Aquella forma de sondearlo le hizo gracia.

—No hay misterio, sólo incertidumbres.

—Pero, ¿es escritor?

—Marginalmente.

—¿Especializado en juicios?

—Eso sí que no. Es la primera vez que presencio uno.

—No se preocupe. Lo dominará en muy poco tiempo. Tras asistir a un


par de vistas yo casi me sentía capaz de hacer de abogado.

—¿Y cubre otros eventos al margen de los juicios?

—Sí, claro. Todo lo que pillo. Pero el caso Serian es importante para mí.
Una cobertura enorme.

Mientras pasaban bajo el arco de seguridad, Owen se preguntó qué


habría de estimulante en plantarse frente a una cámara de televisión
para dirigirse a un público invisible. Le costaba entenderlo.

—O sea que si lo he entendido bien... está, usted preparando un libro.


¿No es eso, señor...?

—Byrne. Owen Byrne.

La reportera puso ojos como platos.

—¡Ése es un apellido irlandés! Ya me parecía a mí que tenía pinta de


irlandés.

—¿Ah sí?

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—Claro. El pelo y los ojos. Nunca he visto tantos ojazos azules como
cuando estuve en Irlanda. Como los suyos.

Owen se detuvo y miró a su alrededor cohibido.

—Oiga, lo siento... pero tengo que irme.

—Ahhh..., lo he asustado, ¿no es cierto? Debo estar demasiado


acostumbrada a codearme casi exclusivamente con periodistas: nos
pasamos el día pinchándonos.

La atención de aquella chica lo halagaba pero también le producía


cierta incomodidad. Se cambió la bolsa de mano.

—Esta noche la buscaré en la tele —le dijo Owen mientras se ¿fingía


hacia la puerta.

—Espere, ¿adónde va?

—A comer.

—Pues en ese caso, sígame. Le presentaré a algunos de mis colegas.

—Se lo agradezco, pero me parece que...

—Estoy haciéndole un favor —insistió ella—. Si pretende familiarizarse


con la terminología y establecer buenos contactos, no hay otra forma.
Créame.

Durante el trayecto hacia la calle Mayor, Owen se enteró de la vida y


milagros de Holly Danielson. Era del sur de California, había estudiado
periodismo en la universidad y había trabajado en una pequeña emisora
de radio de Los Ángeles antes de obtener un trabajo en Nueva York. Se
había hecho arreglar la dentadura por el dentista de las estrellas de
cine, y nunca la habían elegido animadora del equipo de fútbol
universitario, pero eso ahora ya no importaba.

Luego, ella lo cuestionó acerca de su pasado y Owen no tuvo más


remedio que confesarle que se había criado en el Midwest antes de
poder cambiar de tema y regresar al historial de ella. Por suerte Holly
no opuso gran resistencia, pero Owen no consiguió relajarse hasta que
llegaron a la cafetería, donde por fin logró zafarse de su curiosidad.

El local tenía compartimentos con asientos rojos y una barra curva, de


cantos cromados, que habría podido salir de un pueblo de su estado
natal. Era la hora punta de los almuerzos y el local estaba abarrotado
de gente, casi todos conocidos de Holly. Ésta lo condujo hasta una mesa

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de la parte trasera a través del alboroto y de las ondulantes capas de
humo de cigarrillos y le presentó a Ray del

News

, a Sharon de una emisora de radio y a Marylin, columnista de un


periódico cuyo nombre no entendió. Holly se deslizó dentro del
compartimento y Owen arrastró una silla para añadirse al grupo. El
centro de la mesa estaba ocupado por tres ceniceros desbordados.

—Así que escribes, ¿eh? —le preguntó Ray. Era rechoncho y blando, con
una papada que oscilaba cuando hablaba.

—Lo intento —admitió Owen.

—A vosotros, los cagatintas, siempre os toca la mejor tajada. Toda la


gloria y toda la pasta. Un día de éstos me voy a dedicar a escribir un
libro. En cuanto tenga un rato libre.

Owen asintió.

Ray encendió un cigarrillo con el mechero de Marilyn y le dedicó una


sonrisa afectada.

—Creerás que soy un cretino, ¿no?

Owen se hundió en su asiento, sin saber qué responderle, pero Ray se


echó a reír y añadió:

—Porque sabes que sin ayuda de un buen agente no hay libro que valga,
¿cierto?

Owen vaciló, pero antes de poder responder, el grupo ya estaba


discutiendo la vista, como si lo único que les interesara de verdad fuera
el crimen. A Owen le vino de perillas; pudo distenderse y dedicarse a
sacar provecho del rápido intercambio.

—Nos hemos enterado de que Rossner no sólo ha contratado a un


sicólogo especialista en jurados, sino que además ha encargado un
sondeo a una empresa especializada en estos temas.

—¡No puedo creerlo!

—Ya sabes lo marrullero que es.

—Por eso lo ha contratado ella, querido.

—¿Y tú crees que eso puede cambiar el proceso de selección del jurado?

—No. A la larga no cambia nada.

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—Pero ¿qué dices? Por supuesto que sí. El sicólogo debió indicarle los
miembros del jurado a quienes debía apoyar. Y eso altera el proceso de
selección.

—Ya. Pero creo que

nadie

es capaz de predecir con exactitud quién será un jurado amigable y


quién no. De la misma forma que tampoco funciona ya aquella antigua
pauta según la cual los negros y los liberales son mejores para la
defensa. Hoy en día ya no hay pautas que valgan.

—Hablando de negros, ¿no crees que Rossner está tentando al diablo


con eso de traerse a un adjunto negro a la sala de audiencias?

—Excelente pregunta.

—Podría haber sido peor —dijo Marylin—. Podría haberse traído a una
mujer negra.

El comentario de Marylin, cuya tez era de color café con leche, provocó
una carcajada general. Owen se preguntó si la considerarían negra. En
los últimos días había visto tantos matices diferentes de piel que
empezaba a no tener muy claras las fronteras entre las diversas
categorías.

Llegó la comida pero las conversaciones no amainaron.

—Le va la marcha, te lo digo yo. Buscó a un negro probablemente para


llamar la atención. Porque debe querer que se arme follón con eso.

—No creo. Me parece que Jacowitz trabaja con él desde hace tiempo.

—Bueno, da igual, ¿qué me decís de la declaración de Brown?

¿Qué os ha parecido?

—Técnicamente buena. Pero ese tío es un muermo.

—Es una lástima, porque con lo cachas que está podría haberle puesto
un poco más de cachondez a la declaración.

Ray puso los ojos en blanco y las mujeres se echaron a reír.

—La cuestión es si Brown ha puesto todas las cartas sobre la mesa o si


guarda alguna sorpresa para más adelante.

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—Me juego lo que quieras a que eso lo hará Rossner; dirá lo
indispensable para que no le quede coja su estrategia pero, con lo
maquinador que es..., veréis cómo esconderá algo en la manga.

—Vale... vale... Hablemos de los móviles. Yo soy de la opinión que mató a


su marido. Seguro. Lo tengo clarísimo. Y lo planeó todo de antemano;
recurrió al queroseno para que pareciera un incendio fortuito, y la
fiesta le sirvió de camuflaje. Fue muy astuta; una sangre fría y un
control colosales. En esto, coincido del todo con la acusación. Aunque lo
que no acabo de ver es que lo hiciera para no perder a su marido. Yo
creo que lo hizo estrictamente por dinero.

—¡No! No puede ser únicamente por dinero.

—¿Y por qué no? En casi todos los crímenes, el móvil principal es el
dinero, ¿no es cierto?

—Desde luego. Y se casó con él por su dinero... por su fama, por su


posición y por todo lo demás. Me refiero a que era lo más lógico, ¿no?
Al fin y al cabo era una refugiada y estaba sin un duro; lo más lógico es
que al descubrir aquella gallina de los huevos de oro quisiera echarle el
guante.

—Vale, pero ¿qué ganaba con matarlo? Se ha quedado sin gallina. La


mayoría de los cuadros más recientes de su marido ardieron en el
incendio. Y Serian, además, no estaba asegurado ni tenía nada
ahorrado; ni acciones, ni bonos, ni nada de eso. Y la casa de marras
está sin terminar, por lo que será difícil venderla, y además, para colmo,
dicen que está hipotecada. O sea que, ¿cómo iba a ser el dinero el móvil
del asesinato? Yo, en cambio, creo mucho en la tesis de la posesión.

—¿No existía un seguro contra incendios?

—Ya veremos si se lo dan, porque si se demuestra que fue ella quien


provocó el fuego, se quedará sin cobrarlo.

—Pues igual hay dinero guardado en alguna parte y no lo sabe nadie.

—Eso. En una de esas islas sureñas donde los narcotraficantes ocultan


sus fortunas.

—O igual se le torcieron los planes. Igual pensó que podría salvar los
cuadros del incendio, que la compañía de seguros no recelaría del
origen del incendio. Quién sabe... igual creía que su marido tenía un
seguro de vida.

—Pero si acabas de decir que es muy astuta. Si fuera tan lista no habría
cometido tantos errores.

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—¡Y yo qué sé...! También habría podido dejarle; después de tantos años
de matrimonio, habría podido pedir el divorcio y conseguir un arreglo
sustancioso. ¿Por qué iba a arriesgarse cometiendo un asesinato? A mí
me gusta la tesis de la posesión.

—Porque lo convierte en un crimen pasional, ¿no?

—¿Pasional? Lo dudo. Esa mujer tiene la mirada más fría que he visto
en mi vida. No creo que tenga muchos sentimientos. Ni pasión. Ni amor.
Ni siquiera ternura. Fíjate en la sesión de hoy. No ha venido ni un solo
amigo o familiar a alentarla.

—¿De veras?

—Eso han dicho los ujieres.

Owen estaba totalmente absorto en el diálogo cuando de pronto, sin


previo aviso, se levantaron todos. Según el reloj del bar llevaban
exactamente treinta y siete minutos sentados. Los siguió hasta la caja,
donde dividieron metódicamente la cuenta, y luego Sharon y Marylin
salieron escopeteadas en busca de un teléfono mientras Ray, Holly y
Owen regresaban juntos al tribunal.

La niebla se había disipado y el cielo vespertino era una aguada de débil


luz solar. Owen salió del restaurante detrás de Holly reflexionando
todavía sobre algunos episodios de la conversación del almuerzo. Los
comentarios relacionados con la mirada de Lenore Serian lo habían
dejado perplejo. No era una mirada fría, en todo caso demasiado
intensa, demasiado profunda.

—¿Qué, Byrne? ¿Ya te has acostumbrado a toda esta jerga legal? —le
preguntó Ray.

—Todavía no —tuvo que admitir Owen, al que flanquearon Ray y Holly.

—Pues adelante —dijo Ray en tono expansivo—. No tengo prisa.


Pregunta. Pregúntame lo que no entiendas.

Owen planteó el tema de las audiencias previas al juicio oral y recibió


una auténtica conferencia en la que Ray le explicó que las vistas
preliminares se celebraban con el fin de sentar las normas legales
aplicables durante el juicio y de tratar de temas como la ocultación de
pruebas o las declaraciones obtenidas ilegalmente. Aquellas audiencias
previas recibían la misma denominación que las causas originales que
habían sentado los precedentes, podían alargarse mucho y solían ser
muy aburridas. Ray no se interrumpió hasta que llegaron frente al
tribunal, entonces encendió un cigarrillo.

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—Si necesitas más información puedes pedírsela al oficial del juzgado,
quien también te indicará cómo conseguir la lista de las diferentes vistas
preliminares celebradas antes del juicio.

—Tengo todos los documentos relativos a las audiencias previas —le dijo
Holly en voz baja—. Te haré fotocopias.

Ray la miró de soslayo con las cejas enarcadas.

—La fase preliminar es como un precalentamiento. No hay jurado, ni


público, ni escenificación...; únicamente el juez y los abogados, que
tratan de impresionarse con la diarrea jurídica más increíble que
puedas imaginar. Sólo asisten los más concienzudos, como nuestra
Holly, y por lo general no suele compartir sus notas.

—Owen no es periodista —protestó Holly.

—Es
cierto. —Ray se dirigió a Owen como si fuera a confiarle un secreto—.
Algunos periodistas están dispuestos a compartir información. Pero
Holly, no. Tienes suerte de no ser periodista.

—¡Ray!

—¿Qué pasa? Sólo estoy diciéndole lo afortunado que es. —Ray aspiró
una última bocanada profunda de su cigarrillo y lo lanzó de un
capirotazo a la cuneta—. ¿Por qué frunces el ceño? —preguntó a Owen
—. ¿Te molesta que te digan que eres afortunado?

—No... no. Me molesta que la gente vaya tirando cosas.

—¿Cómo?
—Ray alzó la mirada al cielo con una expresión desconsolada—. ¡Por
Dios! ¿Y para qué crees que sirven los barrenderos?

—En tu casa no tirarás cosas por el suelo, ¿verdad? —le preguntó


Owen.

—¡Pues claro que sí! ¿Y para qué crees que sirven las esposas y las
madres? —Ray se dio una palmada en el muslo y soltó un par de
rebuznos.

Holly alargó el brazo y rozó la manga de Owen, como para decirle que
no le hiciera caso.

—Vale... vale —dijo Ray—. Veamos, ¿por dónde iba...? Ah, sí... Estaba a
punto de contarte el proceso de selección del jurado. —Sacó otro pitillo
del paquete y se lo colocó entre los dedos—. La selección del jurado es
algo más divertida. Empieza con la formación de un grupo de posibles
miembros del jurado.

71/607
—Para el juicio Serian, fue un grupo impresionante —añadió Holly—
Porque dada la expectación, tuvieron que andarse con mucho tiento.
Temían tener que eliminar a mucha gente mal predispuesta por lo que
ya sabían del caso.

Ray encendió el cigarrillo antes de proseguir.

—Primero se dedican a reducir el grupo en base a impedimentos varios;


los problemas u obligaciones personales que pudieran significar graves
trastornos para los posibles miembros del jurado. Incompatibilidades y
demás. Luego seleccionan a doce personas, las colocan en la tribuna del
jurado y dejan que los abogados se ceben con ellas, caso por caso. Este
examen se llama

Voir Dire

, que en francés significa «decir la verdad». Y al parecer, Rossner y


Brown lo convierten en un espectáculo digno de ser visto.

—Lo tengo todo, Owen. —Holly esquivó una charca para no ensuciarse
los zapatos de ante—. Y las biografías de los jurados. Puedes
fotocopiarlo todo, si quieres.

—¡Madre mía, Holly! ¡qué generosidad!

—No es de la competencia.

—¿Y cómo lo sabes? Podría estar espiando por cuenta de un periódico


sensacionalista, o ser un corresponsal secreto inglés, o...

—Oh... cierra el pico, Ray.

Ray se calló.

—No querría abusar —dijo Owen sin gran convicción. La verdad es que
le interesaban mucho las notas de Holly.

—No estás abusando —insistió Holly—. A Ray le encanta hablar por


hablar. De todas formas, si utilizas el material será para escribir un
libro que saldrá publicado dentro de varios meses, así que no hay
problema. —Lanzó una mirada iracunda a Ray y éste hundió el mentón
en el abrigo, como una tortuga asustada.

Owen se fijó en las mejillas de Holly, arreboladas

por el

frío, y en su 'cabello que brillaba al sol; el atractivo convencional y


saludable de la reportera le hizo pensar en las películas y en las
postulantes de los concursos de belleza de los años cincuenta.

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—¿Y por qué te sientas en el gallinero? —le preguntó Holly— ¿Por qué
no estás en la sección de la prensa?

—No soy periodista —dijo Owen.

—¿Qué quieres decir? Eres escritor. Por lo tanto, entras en nuestra


categoría. Te daré un número de teléfono para que pidas un pase de
prensa. Y, entretanto, puedes sentarte a mi lado. Te prestaré el pase de
mi técnico.

—Tiene razón —dijo Ray—, Hay sitio, y tienes derecho a ello.

Owen intuyó que la repentina solicitud de Ray iba encaminada a


complacer a Holly.

—Estupendo. Gracias. ¿Creéis que esta tarde habrá tanta gente como
esta mañana?

—Desde luego —dijo Holly con una mueca—. Y por suerte puedes venir a
sentarte con nosotros, porque ya te habrías quedado sin sitio en los
bancos destinados al público.

—¿O sea que no hubiera podido sentarme en el mismo banco que esta
mañana?

—No. El público tiene que esperar, hacer cola, y volver a pelearse por
conseguir un asiento. Sólo hay asientos reservados para los medios de
comunicación.

—Oye, pues gracias de nuevo.

—De nada —le dijo Holly con una sonrisa, y Ray siguió débilmente su
ejemplo.

Mientras subían las gradas del tribunal, Holly rodeó a Owen para seguir
conversando con Ray.

—Estoy intrigadísima con lo que va a decir Rossner, ¿tú no? El rey de


los embaucadores en persona; es como si fuera a ver domar leones a
Gunther Gabel-Williams.

—O a Michael Milken vendiendo bonos basura —resopló Ray. Hundió la


mano en uno de sus bolsillos en busca de otro cigarrillo—, Nos vemos
dentro, queridos. Necesito más veneno antes de meterme ahí dentro.

Owen abrió una de las inmensas puertas y dejó pasar a Holly.

—¿Tú crees que Rossner dará alguna sorpresa? ¿No conoce ya todo el
mundo los hechos?

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—Tú espera y verás —le aseguró ella—. Lo enredará todo de tal manera
que cuando haya terminado tendrás la cabeza hecha un lío.

—Dudo mucho que me convenza. Las acusaciones de Brown eran


perfectamente lógicas y coherentes.

—Ya veremos —dijo ella—, ya veremos.

—Señoras y señores del jurado, soy Charlie Rossner, el abogado


defensor de Lenore Serian —dijo Rossner, quien se acercó al jurado y
apoyó un codo en el podio. Brown, muy ceremonioso, había optado por
hacer alarde de rigor y de autoridad. Rossner, en cambio, optó por una
actitud desenfadada, como el vecino afable que viene a charlar un rato.

»Estoy en este histórico y prestigioso tribunal de condado con el fin de


hacer justicia, de la misma forma que también ustedes, excelentes
ciudadanos y miembros del jurado, están aquí para hacer justicia. Peto
quisiera decirles desde ahora —Rossner se rascó el lóbulo de la oreja y
miró al jurado con expresión de perplejidad— que no acabo de entender
qué hacemos ustedes y yo aquí dentro. —Se giró hacia Lenore, y su
perplejidad se transformó en lástima y en cierta incredulidad— Es
absurdo que esta mujer tenga que presentarse ante un tribunal para
defenderse de una acusación de asesinato. ¿Qué asesinato? Los indicios
demostrarán que nadie está realmente convencido de que se tratara de
un asesinato... Es cierto que Bram Serian murió, y que hubo un terrible
incendio. Sí. Pero los indicios demostrarán que aquella noche, cuando se
dirigió a su estudio, Bram Serian estaba borracho; tan borracho que
caminaba dando tumbos. Y que, a pesar de haber intentado dejar de
fumar, no había sido capaz de abandonar el hábito.

Rossner se detuvo para dejar que aquellos argumentos hicieran mella.

—¡Borracho como una cuba y fumando junto a un delicado quinqué, a


las tres de la madrugada, en un viejo edificio de madera repleto de
materiales inflamables!; no veo yo que ésos sean los ingredientes de un
asesinato cuidadosamente urdido, sino más bien los ingredientes de un
accidente trágico.

El abogado volvió a apoyarse en el podio, relajado y encantador. Se


subió los pantalones y miró a los miembros del jurado, uno por uno,
como para comunicarles que estaban todos subidos en el mismo barco.

—Y sí... es cierto que el matrimonio de Lenore y Bram Serian no era de


película, pero pocos lo son. Si pudiéramos ver todo lo que sucede detrás
de las puertas de los dormitorios de nuestros vecinos, ¿cuántos
matrimonios perfectos encontraríamos? Pocos, mucho me temo. La
diferencia, en este caso, estriba en que los Serian eran personajes
públicos, de forma que los altibajos de su matrimonio se magnificaban y
salían expuestos a la luz pública.

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Rossner subrayó aquellas palabras alzando ambos brazos. Owen estaba
impresionado. Aquel hombre encamaba la imagen del abogado honesto,
idealista y franco que Owen había descubierto y admirado en sus
lecturas adolescentes.

—Es posible que Lenore fuera una anfitriona mediocre, y que de vez en
cuando le diera la lata a su marido, y que alguna vez se pusiera un poco
celosa. Pero ésos no son actos criminales. Bram Serian también tenía
sus defectos. Como todas las personas especialmente dotadas tenía sus
caprichos y convivir con él no siempre resultaba fácil. Pero la realidad
es que los Serian habían logrado permanecer juntos durante trece años;
los indicios demostrarán que ninguno de los dos tenía intención de
desbaratar aquella relación que tanto les había costado construir. Y que,
al margen de lo que aconteciera en sus caóticas vidas, seguían juntos.
Entre ellos existían vínculos importantes y ninguno de los dos se
planteaba vivir sin el otro. Eran una pareja unida, una pareja sólida...

»En cuanto a ese quinqué... oiremos lo corrientes que son esas lámparas
y la cantidad de esposas que las compran para sus maridos, y cuánta
gente las utiliza en los almacenes y en los cobertizos. Ese quinqué fue
adquirido con el fin de cumplir su función más normal: es decir, la de
dar luz en una noche de tormenta, cuando no hay electricidad. Los
indicios demostrarán que en el estudio de Bram Serian había tantos
materiales inflamables que, al margen del quinqué, habría podido
declararse un incendio accidental en cualquier momento. Y que si la
inculpada hubiera planeado algo diabólico, habría podido echar mano
de esos materiales con los que su marido trabajaba cotidianamente y
evitar así llamar la atención. Estaba casada con un pintor y sabía que
en el estudio había aguarrás y todo tipo de productos químicos
peligrosos...

»Y más adelante, cuando logremos aclarar toda esta sarta de


incoherencias, hablaremos de la noche del incendio. Nos enteraremos
de la cantidad de gente que circuló aquella noche cerca del estudio
antes de que se declarara el fuego. Gente con tantas o más
oportunidades para originar aquel incendio, si es que efectivamente no
lo inició el propio Bram Serian...

»También nos enteraremos de la cantidad de accidentes que provocan


las personas que fuman o beben más de lo debido. Y, finalmente,
escucharemos el testimonio de un médico que nos dirá que Lenore
Serian se quemó seriamente las manos y los brazos al tratar de abrirse
camino a través del fuego para intentar salvar a su marido... un intento
heroico de rescate que no fue imitado por nadie. Ni por la fiel
gobernanta. Ni por ninguno de los veintidós invitados de Serian. Ni por
los adiestrados bomberos que con tanto valor lucharon contra el
siniestro aquella noche.

»Y también nos enteraremos de por qué no pidió Lenore Serian ayuda...


de por qué se quedó plantada en aquel patio, con la mirada clavada en
aquellas llamas que estaban destruyendo su vida, mientras a su

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alrededor todos los demás se agitaban y pegaban alaridos... y fue
porque Lenore estaba agotada, extenuada, en estado de shock.

Rossner se enderezó con los ojos brillantes de indignación ante aquella


situación injusta.

—Nos enteraremos, señoras y señores, de que Lenore es inocente... tan


víctima de esta tragedia como su amado marido, y que aquí no se trata
de buscar culpables. Les aseguro que los indicios en ningún caso apoyan
la versión de un hecho delictivo. Es más, les aseguro que el único delito
cometido es el de haber acusado a Lenore Serian y de hacerla
comparecer ante este tribunal.

Rossner fue a sentarse. En la sala reinaba un silencio sepulcral.

Owen miró a Holly de reojo y ésta le dirigió una mueca, como


diciéndole: «Te lo dije.»

A última hora de la tarde, tras su viaje de regreso a la ciudad y tras


haber pasado sus notas en limpio, Owen bajó a la cabina telefónica de la
esquina para llamar a su casa. Respondió Ellen.

—No deberías llamar —lo regañó ella—. No puedes permitirte estas


conferencias.

—Ya, Ellen, pero tengo que saber si todo va bien.

—Bueno..., me parece que puedo hablar. Papá se ha dormido en su


mecedora y Meggie ha ido a visitar a Rusty en el barracón.

—¿Qué tal funciona Rusty? ¿Está haciendo su trabajo como es debido?

—Está haciendo exactamente lo que le dijiste y lo hace casi tan bien


como tú. —Luego, con un bufido sarcástico, añadió—: Pero es como si
estuviéramos hospedando al mismísimo John Wayne. Meggie y Papá lo
tratan como si hubiera inventado la pólvora. Con decirte que papá hasta
deja que le gane al dominó...

—¿Ha encontrado más abortos de terneros?

—No. Según el veterinario, ese problema ya ha terminado. —Ellen vaciló


unos segundos—. A Rusty le ha dado por hablar de inseminación
artificial. Le ha dicho a papá que así podríamos sacamos a los
sementales de encima y que, además, si insemináramos a las vacas con
el esperma congelado, evitaríamos propagar enfermedades venéreas.

—Clancy no le habrá hecho ni caso, ¿verdad?

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—Al contrario. Ayer, después de cenar, estuvo mirando un catálogo de
inseminación artificial con Rusty, y anotaron los precios del semen de
algunos toros y ese tipo de cosas.

—Pero eso es una locura. La inseminación artificial no sale a cuenta en


la cría de temeros de engorde.

—Bueno... ésa es otra. Rusty también ha comentado lo ventajoso que


resultaría pasamos a los animales con pedigrí. Dice que es el momento
perfecto para hacerlo, porque de todas formas tenemos que reponer un
montón de vacas.

Owen estaba demasiado estupefacto como para poder responder.

—No es que papá haya dicho que sí —lo tranquilizó Ellen—, pero
tampoco ha dicho que no.

—No puedo creerlo. Hace unos años, cuando disponíamos de dinero


para hacer el cambio, mencioné la posibilidad de un rebaño registrado y
se puso como una furia.

—Ya sé —recordó Ellen.

—¿Y dónde sugiere Rusty que encontremos el dinero para pagar vacas
reproductoras de pura raza y metemos en un programa de inseminación
artificial?

—A eso todavía no hemos llegado.

—Tú o Meggie deberíais explicarle que estamos arruinados, antes de


que le dé más ideas a Clancy.

Entonces, Ellen prorrumpió en un amargo monólogo diciendo que a


Rusty no podía explicarle nada porque Meggie lo tenía completamente
monopolizado. Desde que se había ido, todo había cambiado y ella no
estaba dispuesta a pasarse el día guisando y limpiando para gente que
la trataba como a un perro sarnoso.

Owen trató de apaciguarla. Cuando lo hubo conseguido, le preguntó


acerca de Michelle Wheeler.

—No la he visto ni sé nada de ella —dijo Ellen.

—¿Te importaría llamarla... para ver si todo va bien, por favor?

—Lo intentaré. Ahora tengo que dejarte. Papá se ha despertado.

Y se cortó la comunicación. Owen colgó y se quedó unos minutos


inmóvil, con la mirada perdida, rodeado del bullicio de l

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a

avenida. Al regresar a su edificio subió muy despacio, lleno de culpa y


de inquietud.

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CUATRO

EL MIÉRCOLES, segunda jomada del juicio, Owen entró en el tribunal


algo más confiado. Subió velozmente la atestada escalinata hasta
mezclarse con la muchedumbre que se agolpaba frente al ingreso a la
sala de audiencias número seis. La cola de espectadores se revolvía
impacientemente detrás de los cordones de terciopelo. Los periodistas,
en pequeños grupos, preparaban sus blocs de notas y daban los últimos
sorbos a sus cafés antes de entrar.

Exhibió su flamante acreditación de prensa y el ujier le hizo una señal


para que pasara delante de la cola de espectadores y de las mujeres que
hacían ganchillo. Vio a Phyllis y hundió la cabeza al entrar en la sala. En
el interior reinaba una atmósfera de sigiloso ajetreo, como en una
biblioteca. La sección de prensa todavía no se había llenado, pero los
principales protagonistas del acto ya estaban situados: el juez y sus
secuaces, la defensa y la acusación, y casi todos los ujieres.

Vio a Holly sentada en primera fila y dudó unos segundos, sin saber si
saludarla o deslizarse calladamente en uno de los bancos traseros; pero
ella lo vio y le hizo señas para que se acercara.

—Siéntate aquí —le ordenó, y se corrió un poco para dejarle sitio junto
al pasillo.

Owen guardó la bolsa debajo del banco y miró a su alrededor. Gozaba


de una visión panorámica. En línea recta tenía a Brown y a Dapolito, a
la derecha veía perfectamente la tribuna del jurado, y a su izquierda
tenía la mesa de la defensa.

Estaba suficientemente cerca como para poder apreciar todo tipo de


detalles: los semicírculos húmedos que rodeaban la sisa de la chaqueta
de Spencer Brown, la calvicie en ciernes que coronaba la cabeza de
Charlie Rossner, las peinetas lacadas que sujetaban el pelo de Lenore
Serian y la frágil silueta de sus hombros bajo el holgado jersey. Ojalá se
girara, pensó Owen. Fijó la mirada en su espalda confiando en que se
moviera. O, al menos, en que se dirigiera a Rossner, para verle
parcialmente el rostro.

—¿Qué? ¿Inspeccionas a la reina de la fiesta? —le preguntó Holly.

—Lo intento.

—No me parece nada del otro mundo. No entiendo dónde le ven esa
sensualidad de la que tanto hablan.

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Dapolito se rascó rabiosamente el cuello, Brown tarareaba por lo bajo
el himno del ejército del aire y Rossner leía una ristra de documentos
que le iba pasando su adjunto.

Owen se inclinó hacia Holly para cuchichearle:

—Resulta extraño estar tan cerca de ellos. Es como si los invadiéramos.

—Ya te acostumbrarás.

—Hasta podríamos hablar con ellos desde aquí.

—Ni se te ocurra. Al juez Pulaski no le gustaría.

Owen se giró para echar un vistazo a los periodistas que iban llenando
los bancos de detrás.

—Debería sentarme más atrás. No me hace falta estar tan cerca.

—Deja, deja —le dijo Holly—. Estás conmigo, y mi sitio es éste. Ayer,
después de almorzar, no pudimos sentamos aquí porque el equipo de esa
revista francesa tan pija ocupó el banco durante toda la tarde.

—Pero ¿los asientos están asignados?

—No. Pero los asiduos solemos tener acotado nuestro territorio —dijo, y
giró la cabeza para incluir a su otra vecina de banco—. Pat, ¿no es
cierto que todos tenemos nuestros territorios acotados?

—Como las hienas —dijo la mujer riendo, y le tendió una mano


adornada de plata y de turquesa por encima del regazo de Holly—. Soy
Pat Melville —le dijo—. Patricia Velez Melville. Y tú debes ser el escritor
del que me ha hablado Holly esta mañanas

—Owen Byrne —respondió él al tiempo que recibía un firme apretón de


manos, que ya empezaba a parecerle normal.

—Pat es reportera del periódico regional y colaboradora de Associated


Press —le dijo Holly con un guiño— Si necesitas enterarte de algo
especial, es un manantial de información local.

—¿Así que eres de aquí? —le preguntó Owen.

Pat se echó a reír.

—Depende de a quién se lo preguntes. Llevo nueve años viviendo aquí.


Incluso tengo a mi marido enterrado en el cementerio municipal. Pero
algunos siguen refiriéndose a mí como a «esa mexicana de Arizona».

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En alguna parte de la sala se oyó un vozarrón que preguntaba:

—¿Diría usted que el jersey de Lenore es de color rojizo u orín? —Lo de


orín siempre me hace pensar en otra cosa —se oyó decir a alguien.

—¡Silencio! —advirtió un oficial de sala.

—¿Sabes si el juez ya ha tomado una decisión en cuanto al testimonio de


los Nellicliff? —murmuró Pat.

—Todavía no lo ha decidido —le contestó Holly.

—Pero ¿no declaran hoy?

—En principio, sí.

El vecino de detrás de Pat le dio un golpecito en el hombro y ésta se giró


para un intercambio de cuchicheos. Holly se separó de Pat y se acercó a
Owen.

—Bueno, ¿vas a redactar un libro acerca de este caso, sí o no?

—No lo decido yo —tuvo que admitir Owen—. Tengo que presentar un


proyecto y someterlo a la aprobación de mi editora.

—¡Caray! Cuánta presión, ¿verdad?

—Sí.

—Pero ¿a qué te lo pasas bien? —le dijo Holly con una mueca—. Es que
es difícil resistirse a un asesinato.

En la esquina más alejada de la habitación se oyó un estruendo. Todos


los asistentes voltearon sus cabezas para observar qué sucedía y Owen,
automáticamente, hizo lo mismo. Un par de técnicos de sonido se
debatían con unos cables tirados en el suelo mientras trataban de situar
una cámara. Los equipos de televisión no estaban admitidos en la sala,
pero estaba prevista una breve filmación de la vista destinada a un
documental sobre el sistema jurídico de Nueva York. Siguió observando
sus peripecias unos momentos más y luego volvió a girarse. Los
espectadores de la parte delantera de la sala seguían interesados en el
revuelo. El juez había levantado los ojos de sus documentos y observaba
las maniobras con el ceño fruncido. Los ujieres, el oficial de sala y el
taquígrafo parecían ensimismados. Dapolito y Brown miraron de reojo,
por encima del hombro, y Rossner volteó totalmente su silla. Y Lenore...
Lenore Serian, con enorme lentitud, también se giró.

La inculpada lanzó una mirada circular que pasó tan cerca de Owen que
éste habría podido captar su atención con un ligero movimiento. Se
quedó inmóvil, al acecho, como si hubiera percibido el aleteo de un ave

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extraña en medio de la jungla. Y descubrió que no se trataba ni de la
sirena indómita fotografiada en la revista, ni de la mujer aniñada y
vulnerable del día anterior. Parecía enérgica, serena y habitada por una
austera elegancia.

De pronto se abrieron las puertas de par en par y los espectadores


invadieron la sala; Lenore se giró bruscamente para mirar de frente.
Owen volvió a respirar. Tras una última llamada al orden del oficial de
sala, entraron los miembros del jurado de dos en dos. Parecían más
relajados que el día anterior y, mientras se aposentaban, examinaron la
sala. Algunos de ellos dirigieron una mirada curiosa a la inculpada
antes de concentrarse en los comentarios matinales del juez.

—Me parece que el jurado número siete tiene resaca —murmuró Holly.

Antes de que Owen pudiera contar los asientos y encontrar el número


siete, Pat se agachó para anunciar:

—Me he enterado de que la número tres hace retratos al óleo de


animales domésticos.

—¡No! —Holly hojeó su bloc de notas—. Creía que la número tres era la
que había montado un salón de belleza en su garaje.

Pat sacudió la cabeza.

—La confundes con la diez. Recuerdas que en el

Voir Dire...

Owen escuchaba y tomaba notas asombrado de lo mejor que entendía


las cosas en comparación con el día anterior. No le costaba seguir la
conversación entre las dos mujeres que, tras pasar revista a los
miembros del jurado, atacaron una cuestión relacionada con la
selección del jurado, para finalmente interrogarse sobre la decisión del
juez de prohibir que la acusación interrogara a los testigos del incendio
en relación a otras visitas hechas a los Serian.

Owen creyó descubrir en el proceso penal la misma simetría geométrica


que suele regir los juegos de sociedad. Arrancaba con el delito, y luego,
por etapas, había que salvar las casillas del gran jurado, del acto de
acusación, de las vistas preliminares, de la selección del jurado, de las
declaraciones inaugurales, la del juicio propiamente dicho, las
conclusiones y las deliberaciones del jurado para alcanzar por fin la
casilla del veredicto. Eran necesarios dos equipos —la acusación y la
defensa— y, aunque la que vencía o perdía era la imputada, ésta parecía
no desempeñar un gran papel en el desarrollo del juego.

Owen pasó a una página limpia de su bloc. Holly le había ofrecido


compartir sus transcripciones del juicio, pero Owen, en cualquier caso,

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quería tomar notas. Deseaba poder disponer de impresiones personales
y no tener que depender únicamente de la generosidad de Holly.

El oficial del juzgado se alzó y carraspeó.

—Se cita a declarar a Reggie Howland.

Los testigos sólo podían permanecer en la sala mientras declaraban, así


que uno de los ujieres se asomó a la puerta e hizo una seña al testigo
para que entrara. Howland, un hombre de rasgos angulares con una
nuez prominente, avanzó cohibido por el pasillo central, abrió la cancela
de la balaustrada y subió al banquillo de los testigos. Puso la mano
derecha sobre la Biblia desgastada que le presentaba el oficial y alzó la
mano izquierda.

—¿Jurausteddecirlaverdadysólolaverdad? —El oficial pronunció


aquellas palabras de corrido, sin inflexión ni significado alguno.

—Lo juro —dijo Howland con las orejas rojas como tomates.

—Siéntese, por favor.

Howland se sentó y el oficial regresó a su mesa, abrió su registro y dijo:

—Por favor, especifique en voz alta e inteligible su nombre y dirección, y


haga el favor de deletrear su apellido.

El oficial y el taquígrafo fueron anotando la información recitada por el


testigo.

Spencer Brown saltó de su asiento, con la chaqueta tirándole de los


hombros, como si de pronto se hubiera expandido.

—Buenos días, señor Howland —sonrió Brown—. ¿Le importa decimos


cuál es su profesión y en qué otras actividades ocupa su tiempo?

—Soy granjero y bombero voluntario.

—¿Desde cuándo es usted granjero?

—Hará unos quince años.

—¿Y desde cuándo es usted bombero voluntario?

—Hará unos cuatro años.

—En esos cuatro años de servicio, ¿ha recibido usted algún tipo de
formación especial relacionada con su labor de bombero?

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—Cómo no. Asistimos a un montón de reuniones y sesiones de
adiestramiento con expertos de todas partes.

—¿Estaban contempladas en esta formación especial instrucciones


concretas para la utilización del teléfono?

—Algunas. Hay que saber qué hay que preguntar a los que llaman, y
cómo calmarlos y lograr sacarles información. Ese tipo de cosas.

—Por lo tanto, usted ha recibido una formación especial y sabe cómo


recabar información en las llamadas de emergencia.

—Forma parte de mi trabajo.

—¿Y cuál es el procedimiento para computar un caso de emergencia?


¿Toman ustedes notas, o existen unos formularios especiales para ello?

—Junto al teléfono tenemos un registro en el que apuntamos el nombre,


la dirección y las indicaciones que nos den, también hay una sección
para notas. Cualquier cosa relacionada con la forma de llegar al sitio, o
con lo que diga la persona, como si hay heridos, por ejemplo, o si el
fuego se está extendiendo, o lo que sea.

Dapolito tendió a Brown un gran libro rectangular y éste lo alzó. El


registro provocó un breve intercambio entre el juez, Brown y Rossner.
Después de ser aceptado como prueba, el oficial de la sala lo registró y
le adjudicó un número de identificación.

—Bien, señor Howland, ¿estaba usted de guardia la mañana del siete de


agosto?

—Cómo no. Fui yo quien contestó la llamada de los Serian.

—¿Le importa buscar esa llamada en el registro?

—Aquí está, aquí la tiene.

—¿Le importa coger este lápiz rojo y trazar un círculo alrededor de la


llamada?

—¿Quiere que lo rodee todo, sólo lo primero, o qué?, porque me sabría


mal tachar algo importante.

—¿Qué le parece si la pone entre paréntesis?

—¿Cómo?

—Haga una marca al principio del registro de la llamada y otra al final.

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—Ya entiendo. Vale. Hecho.

—¿Le molesta leer lo que tiene marcado entre paréntesis?

—Ahh... Cuatro y veinticinco. Finca Serian. Autopista 13, diez kilómetros


al sur de la tienda de comestibles Gruber. Estudio de artista. Posible
cadáver. Peligra vivienda. Informadora: Natalie Raven.

—¿Cuándo registró usted estos datos?

—Mientras hablaba con la mujer.

—¿Mientras ella le iba diciendo esas cosas por teléfono?

—Bueno, igual añadí algo después de colgar, pero lo anoté casi todo
mientras la tenía en línea.

—Después de las anotaciones, ¿qué hizo usted?

—Di la alerta inmediatamente a todos mis colegas, desperté al equipo de


salvamento y me puse al volante del camión.

—O sea que ante una llamada de emergencia de este tipo, el tiempo es


un factor esencial.

—Claro.

—¿Y suele poder registrar todas las palabras pronunciadas por las
personas que efectúan las llamadas de emergencia?

—No. Por desgracia, no. Hay gente que cuando está nerviosa suelta
unas parrafadas de narices.

—¿Hubo algo de lo dicho por la persona que le anunció el incendio de


los Serian que no le diera tiempo a anotar?

—Claro. La señora Raven... la que llamó... gritaba y se desgañitaba, y


dijo un montón de cosas.

—¿Recuerda usted algo de lo que gritó y que no le dio tiempo a anotar


en su registro?

—Todo no, pero algunas cosas se me quedaron grabadas. Justo después


de darme las instrucciones para llegar a la casa, se desmontó... empezó
a llorar y me dijo que nos apresuráramos... dijo: «Lo está quemando
ella. Quemándolo todo... Seguro que él ha muerto.» Ese tipo de cosas se
te quedan grabadas.

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—¿Fueron ésas sus palabras exactas? «Lo está quemando ella.
Quemándolo todo... Seguro que él ha muerto.»

—Eso fue lo que dijo.

—¿Actuó usted en consecuencia a esas palabras?

—Perdone, pero no le sigo.

—¿Hizo usted algo especial a raíz de lo que acababa de decirle la


señorita Raven?

—Avisé al equipo de salvamento porque me había dicho a gritos que


alguien había muerto, si se refiere a eso.

—Gracias, señor Howland. —Brown se giró y regresó a la mesa de la


acusación.

Howland se levantó, y Rossner, también.

El juez, que hasta entonces había estado tomando notas, se subió las
gafas sobre la nariz e inclinó la cabeza hacia el testigo.

—Señor Howland, tenga la bondad de seguir sentado. Creo que el


abogado de la defensa quiere hacerle unas preguntas.

—Oh..., claro. Claro. —Howland, cuyas orejas volvieron a enrojecerse,


se dejó caer sobre la silla con cara de susto.

Charles Rossner estuvo dudando unos segundos, como si andara


perdido en sus pensamientos. Se detuvo a medio camino entre la mesa
de la defensa y el testigo, con los pantalones arrugados y la corbata
ladeada, y con los ojos puestos en las ventanas plastificadas de detrás
de la tribuna del jurado. Luego se frotó la barbilla y se dirigió al testigo
con una sonrisa.

—Hola, señor Howland. Soy Charlie Rossner. ¿Qué tal está?

—Esto... bien. Estoy bien, gracias.

—¿Desde cuándo dice usted que ejerce de bombero voluntario?

—Unos cuatro años.

—No está nada mal. Un trabajo duro, ¿cierto?

—Desde luego. A veces, durísimo.

—¿Y diría usted que es un trabajo muy estresante?

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—Lo más estresante que he hecho en mi vida, se lo digo yo.

—Estresante, en el escenario del incendio, ¿no?

—Y que lo diga.

—Pero el estrés empieza incluso antes, ¿no?, a partir de la llamada de


socorro.

—Claro. La llamada es muy importante. Hay que enterarse bien de la


información; y si el incendio es en el campo, hay que anotar muy bien la
forma de llegar al lugar.

—¿Y qué formación concreta recibió usted en cuanto a la recepción de


llamadas?

—Bueno, vino un tipo a hablamos y nos dio unos cuantos trucos de lo


que había que preguntar a los que llamaban.

—¿Le sometieron a alguna llamada simulada para hacer prácticas?

—No.

—¿Le sugirieron recurrir a algún tipo de procedimiento específico para


contestar esas llamadas?

—Pues no.

—¿Ha contestado usted a muchas llamadas durante esos cuatro años?

Howland dudó.

—Bueno, algunos colegas lo hacen más a menudo que yo.

—¿Ah sí? O sea que usted no es la persona que suele atender las
llamadas de emergencia como la de los Serian.

—Sí, más o menos es eso, pero no significa que yo no sepa hacerlo.

Rossner marcó una pausa, compuso un gesto de escepticismo reflexivo y


luego se rascó la cabeza.

—Veamos. Volvamos atrás. ¿Ha atendido usted muchas llamadas de


emergencia en esos cuatro años?

—Unas cuantas.

—¿Y cómo describiría esas llamadas?

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—¿Qué quiere decir?

—¿Hay algo en esas llamadas que se reproduzca siempre?

—Cada incendio es diferente.

—¿Y las llamadas son reposadas y racionales?

—Lo son, cuando se trata de un incendio de maleza, o cuando arde un


cobertizo abandonado, o algo así.

—¿Y cuándo se trata de una casa o de un establo, son llamadas serenas?

—No.

—¿Le parece correcto decir que se trata de llamadas angustiadas?


¿Difíciles de entender?

—Pueden serlo.

—Como la llamada de los Serian.

—Sí. Como la llamada de los Serian.

—Los que llaman, ¿suelen estar asustados?

—Sí.

—¿Turbados...? ¿Alterados?

—Por lo general, sí.

—Y esa gente que llama... esa gente asustada, turbada... ¿habla con
claridad?

—En general, no.

—¿Se explican bien?

—No, a veces no.

—¿Puede resultar difícil entender lo que dicen...? ¿incluso para alguien


con experiencia?

—Claro.

—Por ejemplo, cuando anotó en el registro el nombre de la persona que


efectuó la llamada, ¿qué escribió?

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—Natalie Raven.

Rossner sonrió con afabilidad.

—¿Por qué no abre el registro y refresca su memoria, señor Howland?


¿Qué escribió en el primer momento? Esa parte que luego fue tachada y
corregida...

El rostro de Howland se encendió por completo.

—Escribí Nellie Raymond y luego alguien lo corrigió y puso el nombre


correcto. No hay nada malo en eso.

—Mientras estaba al habla con la persona, ¿creyó usted que el nombre


que le daba era Nellie Raymond?

—Sí.

—Porque no entendió que la mujer le decía Natalie Raven, ¿cierto?

—Cierto. Hablaba muy deprisa, y lloraba. Pero yo hice mi deber. Mandé


el camión donde se suponía que tenía que mandarlo.

—Y gracias a eso se salvó la vivienda de los Serian.

—Sí, supongo que podría decirse así.

—Y, al fin y al cabo, eso es lo importante. No lo que se dice por teléfono.

—Eso es.

—Uno no puede permitirse perder un tiempo valioso en escuchar


mensajes histéricos, ¿no es cierto?

—No. Hay que ponerse en marcha.

—Y por lo tanto uno tampoco tiene tiempo de investigar si el nombre es


Nellie Raymond o Natalie Raven, ¿cierto?

—Cierto.

—O si la persona que llama dice él o ella... dos palabrejas que se


parecen mucho, ¿verdad?

—Es verdad.

—O sea que la persona que llamó podía haber dicho: «Lo está
quemando él. Quemándolo todo... Seguro que él ha muerto.»

89/607
Howland lanzó una mirada de disculpas a Spencer Brown.

Sí, supongo que sí.

—Y uno no tiene tiempo de analizar lo que ha oído, ni de investigar si Jo


que ha oído es correcto, ¿no es cierto?

—No.

—Bien. Después de dar la alarma, ¿qué hizo usted?

—Me puse los arreos y salté dentro del camión para ir a sofocar el
fuego.

—¿Fue el primero en llegar?

—No. Ted Waterhouse vive cerca de la finca de los Serian y llegó antes
que nosotros.

—¿Le habló a él o a cualquiera de los demás bomberos de la llamada


que había recibido?

—No.

—¿No comentó la llamada con nadie para hacerles partícipes de su


significado preocupante?

—No.

—O sea que, en aquel momento, lo que creyó oír no le pareció


sospechoso, ni chocante, ¿no?

—Bueno, en ese momento no pensé mucho en la llamada.

—¿No se le antojó sospechosa?

—No creo.

—¿Y cuándo empezó a pensar en la llamada?

—Cuando el sheriff me hizo unas cuantas preguntas.

—¿Y cuántos meses después del incendio se sometió usted a las


preguntas del sheriff, señor Howland?

—Oh... dos quizá.

90/607
—O sea que no estaba seguro de lo que había oído en la llamada y ésta
no le pareció sospechosa hasta dos meses después del incendio, cuando
el sheriff empezó a hacer preguntas, ¿no es así?

—Sí, supongo que sí.

—Gracias, señor Howland.

El segundo testigo de la acusación subió al banquillo. Tras los


preliminares de rutina, Brown se acercó. Ted Waterhouse se parecía
tanto a Spencer Brown que podría pasar por su hermano menor.

—Buenos días, señor Waterhouse.

—Buenas, Spence.

—¿Le molestaría decimos cuál es su profesión?

—Reparo electrodomésticos... lavadoras, secadoras, neveras... De todo.


Logré incluso reparar su segadora, ¿recuerda? —le dijo con una mueca
de orgullo—. Y también soy bombero voluntario.

—¿Desde cuándo está metido en el negocio de las reparaciones de


electrodomésticos?

—Desde que terminé el bachillerato. Hará cinco años en junio.

—¿Y desde cuándo ejerce de bombero voluntario?

—Un año, más o menos. Dado mi apellido... Waterhouse... viene como


anillo al dedo —dijo en tono jocoso, y miró al público para cerciorarse
del efecto de su chiste.

Se oyeron unas cuantas risas ahogadas. Los labios de Brown se


tensaron en una sonrisa prieta, técnica.

—¿Ayudó usted a sofocar el incendio de los Serian?

—Sí. Vivo cerca de su casa, sabe, y cinco minutos después de avisarme


ya estaba allí.

—¿Había visitado usted la granja de los Serian con anterioridad al


incendio?

—Sí. Les reparé el congelador hace un tiempo. Y dos semanas antes del
incendio, Natalie me llamó para que arreglara la lavadora.

—Por lo tanto, estaba usted familiarizado con la vivienda de los Serian.


Conocía su aspecto en circunstancias normales.

91/607
—En efecto.

—¿Fue usted el primer auxiliar del cuerpo de bomberos en llegar al


lugar del siniestro?

—En efecto.

—Cuéntenos, por favor, lo que vio a su llegada.

—Bueno, aparqué en el erial delantero y lo primero que vi fue el fuego.


Cuando llegué sólo ardía medio establo, o estudio, como lo llamen.

Dapolito exhibió la ampliación de un diagrama del estudio. Tras


registrarlo en tanto que prueba justificativa, lo colocó sobre un
caballete y Brown preguntó al testigo:

—¿Qué parte, del estudio ardía a su llegada?

Waterhouse indicó el extremo del estudio en el que Serian tenía su


vivienda y en el que estaba trazada la posición del cadáver.

—¿Podía ver el interior de la parte que ardía?

—Sí. La puerta estaba abierta de par en par, así que miré dentro y vi
que todo aquel lado era un muro de fuego. Sabía que en caso de haber
alguien en el interior ya no serviría de nada entrar a rescatarle.

—Así que pudo ver el interior porque la puerta del estudio de Bram
Serian estaba abierta de par en par, ¿no es así?

—Sí.

—¿Qué otra cosa observó al llegar?

—Vi a todo un grupo de gente pasándose cubos para intentar luchar


contra el fuego y vi a la señora Serian junto a los árboles.

—¿Y observó usted qué estaba haciendo la señora Serian?

—Se limitaba a mirar.

—Cuando llegó usted a la escena del siniestro, con sus arreos y su


uniforme, ¿corrió ella a recibirlo y...?

—¡Protesto! —exclamó Rossner—. Pregunta capciosa.

—Protesta admitida —replicó el juez de inmediato—. Cambie la


pregunta.

92/607
Con un ademán de fastidio indulgente, Brown preguntó al testigo si
llevaba puesta toda su parafernalia oficial para luchar contra el fuego.

—Claro. Llevaba el casco, la chaqueta y las botas, y el cinturón con


argolla.

—O sea que era fácilmente identificable como el primer integrante del


cuerpo de bomberos en presentarse.

—Sí.

—¿Y cómo reaccionaron los presentes cuando apareció usted en


escena?

—Algunos empezaron a gritar cosas como «Gracias a Dios» o «Haga


algo». La señorita Raven vino corriendo, gritando y llorando, y me
empujaba para que entrara en el edificio y rescatara a Bram Serian.

—Y la señora Serian, ¿qué hacía?

—Nada. Seguía mirando aparentemente impasible.

—¿Y qué sucedió luego?

—Llegaron más camiones y salí a informar a mis colegas de lo que


estaba sucediendo.

Brown dio las gracias al testigo y fue a sentarse; Rossner se alzó y, sin
prisas, se acercó al banquillo con las manos en los bolsillos y una
sonrisa campechana en el rostro.

—Buenas, señor Waterhouse. Soy Charlie Rossner.

Waterhouse se apoyó en el respaldo de su silla y cruzó los brazos. —Lo


sé perfectamente —dijo.

—Bien. Bien. Porque yo también sé perfectamente quién es usted; el


mejor reparador de electrodomésticos de la ciudad, ¿no es cierto?

—Eso dicen. —Waterhouse se encogió de hombros y relajó los brazos.

—Así que reparó usted la segadora del señor Brown y el congelador de


los Serian, ¿no es eso?

—Eso es.

—Y los Serian quedaron tan satisfechos de su reparación del congelador


que volvieron a llamarlo para la lavadora, ¿es eso cierto?

93/607
—Sí.

Rossner sonrió.

—Imagino que hasta a los artistas famosos se les escacharran los


electrodomésticos, como a todos.

—En efecto —dijo Waterhouse con una mueca, y a varios miembros del
jurado se les escapó la risa.

—¿Cuándo fue usted a casa de los Serian para lo de la lavadora?

—La semana antes del incendio.

—¿Una semana antes?

—Más o menos. Tendría que verificarlo para decírselo con exactitud.

—Da igual. Bueno, ¿y qué le pasaba a la lavadora de los Serian?

—La toma de salida estaba embozada y durante el centrifugado el


desagüe no funcionaba correctamente.

—¿Le molesta explicárnoslo?

Brown alzó un brazo, sin inmutarse.

—Señoría... no veo adónde conduce este tipo de preguntas. El señor


Rossner está sondeando al testigo.

Pulaski miró a Rossner.

—Le aseguro, señoría, que aunque dé la impresión de estar sondeando


sé muy bien lo que persigo, y es importante.

—Denegado —chasqueó Pulaski—. Pero no juegue con el tribunal, señor


Rossner.

Rossner inclinó la cabeza ante el juez y luego volvió a dirigirse al


testigo.

—Continúe... por favor —le conminó.

—El tubo de desagüe es una manga más o menos de este tamaño —


Waterhouse formó un círculo con el pulgar y el índice— que va del fondo
de la tina de la lavadora hasta la bomba. Cuando empieza el desagüe, el
agua tiene que circular por esta manga.

94/607
Pero el tubo estaba obturado con algo y el desagüe era mucho más lento
de lo debido.

—De acuerdo. Ya veo a lo que se refiere. O sea que tuvo que meterse
dentro de la lavadora y sacar lo que obturaba la manga.

—Así es.

—¿Y qué era?

Waterhouse se quedó perplejo y lanzó una mirada a Brown, como para


pedirle consejo.

—¿Qué era, señor Waterhouse? —repitió Rossner.

—Veamos... es una avería tan corriente... —Frunció el ceño, como para


reflexionar, aunque Owen vio algo en la expresión del testigo que le hizo
sospechar que estaba buscando pretextos y que no era la memoria lo
que le fallaba—. Un mechero —dijo al fin—. Eso era. Un encendedor.

—¿Le importa describírnoslo?

—Era un encendedor de plata grabado, como una hebilla muy trabajada


de cinturón, y con la letra S en el centro.

—¿Y cómo cree que fue a parar ese encendedor hasta el tubo de
desagüe?

—Fácil. Sucede muy a menudo. La gente se deja cosas olvidadas en los


bolsillos y cuando ponen la ropa en la lavadora, pues ya está.

—¿Y qué hizo con el encendedor?

—Se lo entregué a Natalie.

—¿Natalie Raven?, ¿la gobernanta?

—Eso... Es que no sabía que era la gobernanta... Pero se lo di a ella.

—¿Y qué posición creía que ocupaba ella en la casa?

Aquella vez la objeción de Brown fue admitida. Rossner pareció pensar


durante unos segundos y luego, flemático, formuló de nuevo su pregunta
cambiándola ligeramente.

—¿Sostuvo en algún momento que Natalie Raven era algo más que la
gobernanta?

Waterhouse, incómodo, se revolvió en su silla.

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—No... no exactamente.

—¿Qué fue lo que le dijo

exactamente

—No es que me dijera nada preciso, pero era por cómo actuaba.

—¿Y cómo actuaba?

Brown anunció su objeción en un tono quejumbroso que a Owen le


pareció fastidioso, pero fue admitida.

Rossner volvió a marcar una pausa y luego abandonó aquella pregunta


para retomar el hilo inicial.

—¿Dijo Natalie Raven algo cuando usted le entregó el encendedor?

Waterhouse dudó y volvió a mirar a Brown. Brown se protegió los ojos


con la mano, como si pretendiera ocultarse.

—¿Qué hizo Natalie Raven cuando usted le entregó el encendedor? —


repitió Rossner.

—Renegó, y dijo que Bram volvía a fumar.

—¿Recuerda exactamente cómo lo dijo... reniego incluido?

Waterhouse levantó la mirada hacia el juez, como para solicitar


permiso, y el juez asintió.

—Dijo: «Este maldito hipócrita de Serian vuelve a fumar» o algo muy


parecido a eso.

—¿«Este maldito hipócrita de Serian vuelve a fumar»?

—Sí —dijo Waterhouse con la mirada clavada en el regazo.

—Está bien... —Rossner se detuvo unos momentos—. Volvamos a la


noche del incendio...

Rossner se dedicó entonces a repasar la noche del fuego con ayuda del
testigo, sin conseguir ninguna revelación novedosa; y a continuación, el
juez suspendió la sesión durante la hora del almuerzo.

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Owen fue a comer con Holly y Pat Melville. Por insistencia de Pat, se
decidieron por un restaurante chino cuya comida sabía igual que las
latas que Ellen servía a veces en casa. Owen optó por el plato del día y
escuchó los pareceres locales reseñados por Pat.

—Bram Serian siempre tuvo buena prensa por estos pagos —dijo Pat—
Y no porque intimara mucho con nadie... No era eso. Sino porque era un
bien de la comunidad; el famoso de la zona. Todo el mundo lo apreciaba
porque no se metía en los asuntos de los demás, porque vestía como un
hombre de campo y porque cuando iba a la tienda de comestibles
hablaba como todo el mundo. Pero Lenore —Pat sacudió la cabeza—,
Lenore no levantaba grandes pasiones. Sus orígenes siempre fueron
considerados sospechosos y su relación con Serian también, y además
todos opinaban que era fría y arrogante.

—¿Pasaban largas temporadas en «Arcadia»? —preguntó Owen.

—Por lo que sé, Serian iba y venía —explicó Pat—. Pero Lenore residía
aquí permanentemente.

—¿Tenía amigos en la zona?

—No. Ni uno. Y casi nunca venía a Stoatsberg con su marido. Según


dicen no sabía conducir, así que eso, en parte, podría explicarlo. Pero
los que la frecuentaban dicen que era rara y que le gustaba permanecer
escondida en su casa.

—Eso me cuesta creerlo —dijo Holly— Una mujer necesita rodearse de


amigos o de familiares. En especial, si vive aislada en el campo y su
marido la deja sola a menudo. Alguien debía hacerle compañía.

—¿Crees que Ted, el reparador, se dedicaba a arreglar algo más que


lavadoras cuando iba? —le preguntó Pat sarcástica.

—Bueno podría ser, ¿no? —dijo Holly—. Todo el mundo dice que se
repasaba a los amigos de su marido... ¿por qué no iba a hacerlo con
chicos lugareños?

—Quizá —concedió Pat—. Pero en ese caso, ¿por qué no se han


manifestado esos chicos para alardear de su conquista? Ahora que
Serian ha muerto, lo lógico sería que al menos uno de estos amantes
secretos saliera del anonimato para chulearse.

Holly se encogió de hombros.

—Vete a saber, sus razones tendrán... Además, aunque se manifestaran,


Rossner encontraría la forma de impedir que hablaran. Fíjate en los
Nellicliff... saben cosas, pero Rossner pretende que no declaren.

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En el camino de regreso al tribunal, Owen tuvo que reconocer que las
declaraciones oídas hasta el momento le habían aportado muy pocos
datos y que el acto procesal en sí parecía ineficaz, y en algunos casos
absurdo —como por ejemplo, los interminables interrogatorios con los
que se establecían hechos aparentemente anodinos y la inagotable
energía que se invertía en conjeturas y en habladurías.

Pero también tuvo que reconocer que todo aquello le parecía


apasionante. Y no quería perderse nada.

Después del almuerzo se produjo por fin el fallo del juez relacionado con
la declaración de los Nellicliff. Pulaski anunció su decisión antes de que
los miembros del jurado entraran en la sala, de forma que éstos no
estaban enterados de lo que había sucedido ni de que la declaración
siguiente hubiera causado cierto revuelo.

Earl e Ida Nellicliff eran enfermeros jubilados y dirigían un ambulatorio


sanitario voluntario. Formaban parte del nutrido grupo de invitados
reunidos en «Arcadia» aquella mañana del mes de agosto y,
presumiblemente, tenían algo que añadir al acta de acusación. Pero lo
que interesaba a Spencer Brown eran las aclaraciones que habría
podido aportar la pareja en relación a algunas llamadas de emergencia
anteriores recibidas desde el hogar de los Serian. Al parecer, aquellas
aclaraciones eran nefastas para Lenore Serian.

El juez pronunció su fallo y leyó una breve declaración explicativa en


medio de un silencio absoluto. Los Nellicliff no podrían pormenorizar
sus visitas anteriores a la finca de los Serian porque, según dijo el juez
apoyándose en varios argumentos jurídicos, carecían de valor
probatorio.

Rossner había triunfado.

Se hizo entrar al jurado y, seguidamente, Brown interrogó a los


Nellicliff; sus declaraciones no aportaron nada nuevo. Los dos testigos
se habían encargado de suministrar los primeros cuidados a los
bomberos e invitados con heridas leves y ninguno de los dos había
estado en contacto con Lenore Serian.

Rossner no quiso interrogar a ninguno de los dos testigos.

A las cinco menos cuarto, el juez aplazó la vista hasta el día siguiente y
Holly salió escopeteada a llamar a su productor desde el teléfono
público. Owen hizo caso omiso del ujier que trataba de vaciar la sala y
se demoró en la sección de prensa con los periodistas rezagados que
comparaban notas y reunían sus pertenencias. Quería esperar a que
Lenore abandonara su silla y se girara.

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—¡Vamos, vamos! ¡Despejen la sala! —ordenó el ujier, y Owen recogió su
bolsa y se alzó con mucha parsimonia.

En aquel mismo momento aparecieron los dos guardaespaldas; Lenore


se levantó y se giró hacia Owen. Habría jurado que lo miró fijamente,
aunque más tarde ella le asegurara que no había sido así. El hombre
robusto y de tez rubicunda le cubrió los hombros con una capa negra y
voluminosa con capucha, y el bajito y moreno la agarró del codo. A
continuación, los tres abandonaron la sala.

Owen los siguió. El hombre más menudo se volvió y le dirigió una


mirada fulminante, de águila, como para advertirle que se mantuviera a
una distancia prudencial. Se llamaba Joe Volpe, que en italiano significa
«zorro». Su colega, el forzudo de rostro rubicundo y manazas como
jamones, era Frank Riley. Se trataba de dos antiguos policías
municipales de Nueva York que se habían asociado para prestar unos
servicios tan especializados y exclusivos que el número de teléfono de su
empresa ni siquiera figuraba en los listines. Owen se había enterado de
todo aquello por Holly y Pat durante el almuerzo.

—Ese Brown suda un montón —oyó decir a Riley—. Tendríamos que


comprarle un desodorante más eficaz a ese pobre hombre.

Volpe, divertido, ladeó una de las comisuras de su boca.

Frente a las puertas que conducían al pasillo, Lenore pareció dudar; se


cubrió la cabeza con la capucha de su capa e hizo un cabeceo
afirmativo. Volpe abrió la puerta. Fueron recibidos por una salva de
gritos que los golpeó como una ráfaga de aire caliente.

—¡Vamos, Lenore...! Sólo una declaración breve... ¿Es cierto que ha


consultado a otro abogado, aparte de Rossner?

Apareció un ujier.

—¡Hagan el favor de salir! —gritó, y el pequeño apiñamiento de


reporteros tenaces salió de estampida hacia las escaleras.

Volpe y Riley condujeron rápidamente a su protegida hasta el ascensor


y, al cerrarse las puertas, se colocaron de frente. Pero Owen alcanzó a
ver los ojos de Lenore, lo único visible bajo aquella capucha que la
cubría por completo, y tuvo un escalofrío; parecía la muerte arrebujada
en su sombría indumentaria.

99/607
CINCO

OWEN asistió a la salida de Lenore Serian y, cuando ésta abandonaba


la seguridad relativa del edificio, vio que la masa de reporteros y
fotógrafos se abalanzaba sobre ella. Se demoró un rato más y estuvo
observando a los reporteros televisivos que se disponían a filmar unas
cuantas tomas para el noticiario vespertino.

Las posiciones ya estaban tomadas. Dos equipos técnicos instalados en


el vestíbulo; los demás repartidos en el exterior para cubrir la escalinata
y la plazoleta, de forma que el tribunal apareciera en la imagen como
telón de fondo. Owen deambuló de equipo en equipo mirando y
escuchando. Algunas presentadoras se peinaban; hubo varios destellos
de los espejos con los que se retocaban el maquillaje o con los que
comprobaban la correcta colocación de las joyas y los cuellos. Una de
las mujeres situadas en el exterior había querido quitarse el abrigo y
hacía lo imposible por no temblar mientras hablaba ante el micrófono.
Un hombre discutía con sus operadores de la conveniencia de cruzar la
calle y filmar frente al hotel en el que se habían refugiado Lenore y su
equipo defensor.

Finalmente, cada uno de ellos se enfrascó en su labor y terminó su


crónica respectiva con la frase característica: Les ha informado de...
Holly Danielson. Les ha informado de... Amy Chang. Les ha informado
de... Gil Flores. Les ha informado de... Leland Wilson.» Aunque todos
ellos informaban del juicio de la Viuda Negra, cada reportaje tenía su
sesgo o énfasis particular, y Owen cayó en la cuenta de que los
telespectadores se formarían apreciaciones diferentes a tenor del canal
televisivo por el que optaran aquella noche.

Al término de su filmación, Holly trató de convencer a Owen para que


fuera a cenar con la cuadrilla, pero él le dijo que no, que quería
regresar a su apartamento para pasar sus notas a máquina mientras
todavía las tenía frescas. Aunque su negativa respondía a otras razones
que no podía explicar a Holly, como, por ejemplo, que le angustiaba no
saber qué tipo de proyecto editorial se esperaba de él. Temía fracasar y
le preocupaba la velocidad y la facilidad con la que se estaba acoplando
a su nueva situación. Se sentía culpable, como si estuviera traicionando
su otra vida, su vida real.

Cuando llegó al East Village, poco después de las ocho, se resistió a los
tentadores aromas de las viandas exóticas y optó por una cafetería
lúgubre en la que le sirvieron una hamburguesa con guisantes de lata y
puré de patatas liofilizado, todo ello encharcado en su jugo; una comida
tan parecida a lo que Ellen solía cocinar que habría podido cerrar los

100/607
ojos y sentirse en casa. Sólo que la hamburguesa sabía diferente, era
mejor que la que consumían en su casa, porque la carne del congelador
familiar procedía de los animales de la granja que quedaban lisiados y
tenían que sacrificarse en la carnicería local. Su familia no probaba
nunca la excelente carne de ternera alimentada con grano que consumía
el público americano.

La cena no mejoró su estado de ánimo. Se encaminó hacia su edificio


pero no se decidió a subir. Rodeó varias manzanas rehaciendo el mismo
recorrido una y otra vez, hasta que por fin cambió irnos billetes y fue a
llamar a Michelle Wheeler desde una cabina de la esquina.

—¡Owen! No deberías llamarme. Es demasiado caro.

—Te echo de menos, Mike. Quería oír tu voz.

—Hmmm... ¿debo preocuparme? ¿Te sientes culpable por algo?

—No. Sólo te echo de menos.

—Yo también te echo de menos. Me resulta tan extraño que no estés...

—Debes estar sola. No hablas en voz baja, ni finges que soy el


representante de piensos para los pollos.

Mike se echó a reír.

—Tienes razón. Estoy sola en casa. Papá se ha llevado a la abuela a


Emporia, porque hay rebajas en el supermercado. No entiendo por qué
no compra su ropa por catálogo, como yo.

—Quizá busca excusas para salir del rancho de vez en cuando.

—No. Nació y se crió aquí. Se moriría lejos de él.

—Pues en el tiempo que emplea en ir y volver del supermercado


aparentemente sobrevive.

—¡Oye! ¿Pero qué es eso? ¿Ya empiezas a hablar con el desparpajo de


los neoyorquinos?

Owen se rió.

—Puede ser. Aquí corres ese riesgo.

—Mmm..., bueno, así aprenderás. Y no me hables de riesgos, ya estoy


suficientemente angustiada. Oye, ¿no verás a muchos... bueno, ya sabes,
a muchos negros, drogadictos, maricas y todo eso?

101/607
—Mike... —Owen suspiró y reflexionó en lo que podía decirle—. Las
cosas no son como tú piensas. La gente no es como tú crees. Ojalá... —
Pero ¿cómo iba a hacerle entender que casi todas las ideas que les
habían inculcado desde críos no eran más que falsedades? Absolutas
falsedades.

Siempre lo había intuido. Es más, siempre había estado convencido de


que eran falsedades, sólo que ahora lo constataba directamente y se lo
demostraban día a día los rostros de las personas reales que tenía en la
cabeza.

Una voz mecánica interrumpió la conversación para pedir más monedas


y Owen metió las últimas que le quedaban en la ranura.

—Ojalá estuvieras aquí —le dijo.

—¡Ni hablar! Ojalá estuvieras tú aquí.

—No durará mucho —la tranquilizó.

—Sí, y no dejo de pensar en la casa. Nuestra casita propia. Será un


milagro.

—Mike, igual no aceptan mi propuesta. Igual vuelvo a casa sin un duro.

—Ni lo pienses. Lo conseguirás. Siempre has hecho lo que debías. —La


voz mecánica volvió a interrumpirlos y Mike gritó—: ¡Adiós! ¡Ahorra y
escribe!

Owen colgó y no tuvo más remedio que dirigirse hacia su edificio, pero
la llamada no lo había apaciguado. Es más, todavía estaba de peor
humor. Mientras subía a su apartamento pensó que habría sido mejor ir
a cenar con Holly y su grupo. No habría gastado más dinero del que
acababa de fundirse y no habría quedado tan deprimido.

El jueves por la mañana, Owen cogió el tren de cercanías y entró en el


tribunal como un veterano con una rutina que cumplir. Marilyn, Ray,
Sharon y Gil lo acogieron con grandes sonrisas cuando entró en la sala
de audiencias, como si fuera uno de los suyos, y cuando fue a sentarse
junto al pasillo, en el asiento que le tenían guardado Holly y Pat, éstas lo
saludaron con cariño y le susurraron las últimas novedades.

Llegó Lenore. Verla avanzar por aquel pasillo escoltada por Volpe y
Riley le hizo pensar en una boda. Sólo que en este caso no había
sonrisas, ni rubores, ni tímidos titubeos. Lenore andaba con seguridad y
con la espalda erguida y, a pesar de que no levantaba la mirada, en su
porte había cierto desafío.

102/607
De uno de los bancos de detrás, a Owen le llegaron las voces de unas
mujeres que comentaban el peinado de Lenore —de si siempre lo
llevaría recogido así, en un moño tan apretado; de lo largo que debía
tenerlo al soltárselo; de si el brillo sería natural o logrado con algún
producto especial—. Cuando terminaron con el pelo, se dedicaron a su
vestimenta. Aquella mañana venía de nuevo con un vestido holgado,
asexuado. Esta vez era marrón oscuro y a Owen le recordó los que
siguen vistiendo algunas mujeres

amish

en Kansas.

—Rossner cree que va a engañar al jurado diciéndole que se vista de


esta forma —oyó que decía alguien.

—Por mucho vestido humilde que se ponga, no conseguirá parecer


inocente —le contestó otra voz.

—¡El ministerio fiscal contra Lenore Serian!

Aquel reclamo familiar resultaba estimulante. Como el «¡A jugar!» al


principio de un partido, o el «¡A por ellos!» al principio de una
novillada. Vio que los abogados pedían silencio desde sus asientos y
entendió perfectamente sus motivaciones. Experimentaba las mismas
descargas de adrenalina que ellos y la exaltación que cada tanto
marcado les procuraba.

Como de costumbre, el jurado no estaba. Los procuradores, la parte


demandada, el taquígrafo y el oficial del juzgado se reunieron junto al
estrado para enfrascarse en una larga conferencia susurrada con el
juez.

—Esto se llama un receso —le murmuró Holly—. Ya me enteraré más


tarde de qué discutían y te lo contaré.

—¿Y el jurado? —preguntó Owen.

—Es que el propósito de un receso es que el jurado no se entere de su


contenido.

—Pero ¿y cómo va a dictar el jurado una sentencia justa si se le ocultan


datos?

—¿Justa? —Holly repitió la palabra como si fuera jocosa—. Owen, aquí


lo que puntúa es la estrategia. La justicia no tiene la menor importancia.

Media hora más tarde finalizó el receso y comparecieron los miembros


del jurado. Owen estudió sus rostros y se preguntó cuántos de ellos

103/607
habrían venido convencidos de que su deber primordial era el de rendir
justicia.

El primer testigo de la mañana era Kenneth Havlik, teniente del sheriff.


Era un hombre joven, de modales suaves. Sin uniforme habría sido el
cebo perfecto para unos alborotadores. Se limpió las palmas de las
manos sobre los muslos, juró decir la verdad y luego volvió a
limpiárselas mientras recitaba su nombre, su dirección y el cargo que
ocupaba en el departamento del sheriff.

El juez se inclinó hacia él.

—Relájese Kenneth. Estamos todos desarmados. —Las risas cundieron,


pero Havlik no consiguió relajarse.

Brown se acercó lentamente al banquillo y le sonrió.

—Teniente Havlik, ¿sería tan amable de decimos desde cuándo ejerce


usted sus funciones...? O mejor dicho, ¿cuánto tiempo llevaba
trabajando con el sheriff Bello en el momento del incendio Serian?

—Sí, señor.

—¿Cuánto?

—Cuatro meses.

—¿Había visitado usted la escena de un crimen antes de ese incidente?

—Protesto, señoría —dijo Rossner—. No se ha probado la existencia de


un crimen.

Brown puso los ojos en blanco.

—Señoría... —se quejó.

—¡Acérquese al estrado! —ladró el juez.

Tras un acalorado intercambio de susurros, el juez gritó:

—¡Protesta admitida! El jurado no tendrá en cuenta la referencia a un


crimen. —Brown regresó al podio con las mandíbulas apretadas,
después consultó sus notas.

—¿Le importaría relatamos lo que hizo aquella mañana, Kenneth?

—¿Dónde empiezo?

—A partir del momento en que creyó que sus servicios podían ser
necesarios en casa de los Serian.

104/607
—Supongo que en cuanto oí ladrar a mis perros. Estaba dormido y, de
pronto, todos mis perros de caza empezaron a montar un gran alboroto
en las perreras. Me vestí, fui a ver qué pasaba y a intentar calmarlos. Al
salir, vi el tráfico que pasaba por la carretera... camiones de bomberos y
todo eso. Luego vi el fuego y me pareció que era en casa de los Serian. Y
por cómo pintaba la cosa, imaginé que haría falta ayuda, así que salí
hacia allí.

—¿Fue usted el primer miembro de las fuerzas del orden en personarse


en el lugar?

—Sí, señor.

—¿Y qué observó al llegar?

Havlik sorbió todo el vaso de agua que le tendió uno de los ujieres.

—Aparqué frente a la casa; había un montón de gente corriendo,


gritando y llorando, y unos tipos que luchaban contra el fuego. Me
acerqué a ellos, me identifiqué diciéndoles que era el teniente del sheriff
y les pregunté si podía ayudarles. Uno de ellos me dijo que en el interior
quizá podía haber un hombre y que fuera a preguntarle a su mujer.

—¿Procedió entonces a localizar a la señora Serian?

—Sí, señor.

—¿Podría describimos su encuentro con la señora Serian, teniente?

—Estaba sola, de pie, a un lado de la era; iba muy sucia, con


churretones negros por todas partes, y solamente miraba. Entonces le
pregunté si era la señora Serian y asintió, pero estaba tan calmada que
no supe si creerla o no. Luego le dije quién era yo y le pedí si estaba
segura de que en el establo hubiera alguien. Como no me contestó, volví
a preguntárselo y me dijo que sí, que su marido había dormido allí y que
no había salido. Le pregunté si estaba totalmente segura de que no
había salido, y me dijo que estaba totalmente segura.

—¿Y cómo reaccionó usted, teniente?

—Le pregunté si podía hacer algo por ella y me dijo: «No. No, a menos
que pueda comunicar con los espíritus.»

—Siga, teniente Havlik, por favor. ¿Qué sucedió a continuación?

—Me quedé un poco sorprendido y pensé que quizá sería mejor no


decirle nada más, así que me alejé y entonces fue cuando vi los cuadros
apoyados en un árbol.

105/607
—¿Podría describimos el descubrimiento de esos cuadros y las acciones
que usted decidió emprender a continuación?

—Sí, señor. Había tres, sin enmarcar, ni nada de eso. Simplemente


apoyados en un árbol. Y como sabía lo que sabía... que ese hombre era
un artista famoso... me preocupó que les pasara algo... un camión de
bomberos que diera marcha atrás en la oscuridad y los estropeara, o
algo así, de modo que los acerqué a la casa.

—¿En qué momento decidió usted que era necesario avisar al sheriff?

—Justo después. La señorita Raven salió corriendo, gritando y llorando,


diciendo que el mejor artista del mundo se estaba quemando vivo, y
pensé que sería mejor llamar al sheriff Bello y explicarle lo que estaba
ocurriendo.

—¿Sucedió algo más relacionado con la señora Serian antes de la


llegada del sheriff?

—Sí, señor.

Brown lanzó un suspiro de impaciencia.

—¿Le importaría explicárnoslo?

—Cómo no. Justo después de llamar al sheriff vi que la señora Serian y


la señorita Raven empezaban a pelearse. No oí las primeras palabras,
pero la señorita Raven estaba furiosa y lo que le dijo la señora Serian
todavía la enfureció más, entonces le soltó un sopapo a la señora Serian
y la señora Serian saltó sobre ella, la derrumbó y empezaron a
revolcarse en el fango.

—¿Y cómo reaccionó usted ante ese espectáculo?

—Corrí hacia allí, y otros hombres también, y las separamos. La


señorita Raven estaba medio histérica, pero la señora Serian estaba
muy tranquila, como si todo aquello fuera de lo más normal.

Owen miró a Holly de reojo y ella alzó las cejas, como para confirmar
que lo que estaban oyendo era importante.

Rossner se incorporó y Owen se dio cuenta de que Brown había


terminado de interrogar al teniente. Havlik se movía nerviosamente en
su silla y se mordía el labio inferior mientras Rossner se acercaba al
banquillo.

—Teniente Havlik, ha dicho que aquella noche estaba usted durmiendo,


que lo despertaron sus perros y que usted dedujo rápidamente que en
casa de sus vecinos ocurría algo raro.

106/607
—Sí, señor.

—¿Está usted siempre tan alerta y presto para la acción?

—Lo intento. Es mi trabajo.

—Luego, por supuesto, tomó escrupulosamente nota del estado de


Lenore Serian cuando habló con ella aquella noche.

—Bueno..., sí.

—¿Le importa describimos ese estado?

—¿Se refiere a lo sucia que iba... y eso?

—Sí. Descríbanosla. En tanto que oficial de policía, debe usted estar


muy acostumbrado a observar bien ciertos detalles, así que explíquenos
todo lo que recuerda de ella esa noche.

—Vale... como ya he dicho antes, iba muy sucia y manchada. Tenía la


cara toda tiznada, y los brazos negros.

—¿Había buena luz en el lugar donde estaba ella?

—No. Estaba bastante oscuro, porque era junto a los árboles.

—¿O sea que no pudo ver si se había quemado o no?

—No.

—¿Vio su rostro de cerca?, ¿si estaba pálida?, ¿o las pupilas de sus


ojos?

Havlik lo miró con cara de póquer.

—No.

—¿Reciben ustedes en el departamento del sheriff algún tipo de


formación paramédica?

—No.

—O sea que, aun en caso de haber podido verla claramente, habría sido
incapaz de determinar si su comportamiento extraño se debía a una
conmoción, ¿no es cierto?

—Protesto, señoría —exclamó Brown brincando de su silla y haciendo


caer varios papeles de la mesa.

107/607
El juez frunció el entrecejo pero admitió la protesta.

Luego hubo otro receso larguísimo.

Al reanudarse la vista, Rossner declaró no tener más preguntas para el


teniente Havlik y Brown se acercó al banquillo para someterlo al
segundo interrogatorio directo.

—Teniente Havlik —empezó—, ¿ha recibido usted algún tipo de


adiestramiento en socorrismo?

—Bueno, sí, un cursillo, en mi último año de bachillerato. Nos enseñaron


lo básico. Como el abrazo fuerte que hay que dar a la gente que se está
ahogando con algo, y esas cosas.

—¿Lo instruyeron en lo relativo a la conmoción?

—Sí, señor. Y aunque no pude ver a la señora Serian muy bien... a juzgar
por lo que nos contaron de las conmociones, no me parece a mí que una
persona conmocionada esté en condiciones de entablar una pelea.

—Protesto, señoría —voceó Rossner incorporándose con las manos en


alto—. Sin ánimo de meterme con el curso de socorrismo del teniente
Havlik, no creo que esté cualificado para emitir diagnósticos médicos.

Tras una nueva sesión de regateo entre los abogados se decidió no


hacer constar en acta los comentarios de Havlik, aunque los miembros
del jurado, por supuesto, ya los habían oído. Owen se preguntó si
Rossner habría marcado algún tanto.

A la hora del almuerzo se juntó con el grupo compuesto por Holly, Pat,
Ray, Marilyn, la columnista, Sharon, la reportera de radio, y Gil Flores,
el otro reportero televisivo. Se dirigieron en comitiva a la pizzería local.

—Eso demuestra que esa mujer es capaz de ser violenta —dijo Holly.

—Sí —accedió Ray con una risa—. Ojalá hubiera podido ver a esas dos
revolcándose en el barro.

—Yo, eso de que estuviera conmocionada, no me lo trago —dijo Marilyn,


y hubo un consenso inmediato. Owen sospechó que las actitudes de los
periodistas eran similares a las del jurado.

Durante el almuerzo estuvieron haciendo conjeturas en cuanto al


contenido de los recesos; luego, en el camino de regreso, la
conversación derivó hacia los chismes de la profesión —quién cubría
qué para quién, qué columnista hablaba del caso sin asistir a las
audiencias y qué periodista radiofónica casada coqueteaba con el
secretario judicial.

108/607
Al llegar al juzgado, Owen llamó a la oficina de Bernie con el fin de
explicarle los últimos acontecimientos. Había salido a almorzar; habló
con Alex, que quiso enterarse con pelos y señales de todo lo sucedido en
el juicio. Owen no tuvo inconveniente en contárselo, aunque le relató
una versión condensada del asunto, convencido de que Alex no podría
apreciar todas las complejidades de las vistas. Aquel juicio empezaba a
parecerle un mundo aparte, difícilmente comprensible para los
extraños.

A la una y media se reanudó la sesión y el sheriff Vincent Bello,


uniformado, se encaminó con paso seguro hacia el banquillo. No tendría
más de cincuenta años y era un hombre achaparrado, con cara
redonda, una gran nariz marcada por la viruela y ademanes
autoritarios y pomposos.

—Sheriff Bello —empezó Brown—, ¿sería tan amable de recordar a los


aquí presentes el momento de la llamada del teniente Havlik y su
posterior actuación?

—Recibí la llamada a las cinco en punto de la madrugada y salí de


inmediato en dirección a la granja de los Serian.

—¿Y qué situación encontró usted a su llegada?

—La confusión más absoluta. Todos los focos de la era estaban


alimentados por el contador del estudio, así que sólo había linternas y
faros de coche para iluminar la escena. Había gente por todas partes...
vecinos, bomberos e invitados del fallecido. Localicé a mi teniente,
Kenneth Havlik, y luego al jefe del equipo de bomberos... Pete Gadding,
y empecé a formarme una idea de la situación.

Brown manoseó unas fichas que tenía en la mano.

—Pete Gadding. ¿Se refiere al capitán de bomberos Peter Gadding?

—El mismo.

—¿Lo informó Gadding de los pormenores de la situación?

—Sí. Pete me contó que el edificio había ardido tan rápidamente que
había sido imposible salvarlo. Dijo que por suerte el fuego no se había
propagado a la vivienda principal, y que según todos los indicios en el
interior había un hombre.

—En aquel momento, ¿tenía usted alguna razón para sospechar algo
raro?

—No. En aquel momento me pareció un incendio rutinario con una


víctima. Nos pasa muy a menudo, ¿sabe?

109/607
—¿Qué acciones emprendió usted a raíz de su conversación con Pete
Gadding?

—Me di una vuelta para echar un vistazo y busqué a la señora Serian.

—¿Conocía usted a la señora Serian en aquel entonces?

—No... no puedo decir que nos conociéramos. Aunque de vista, sí. La


había visto en la ciudad, y como no es el tipo de mujer con el que
tropiezo a menudo, efectivamente, no me había pasado desapercibida.

—¿Logró usted encontrar a la señora Serian?

—No. Estaba dando una vuelta para controlar la situación cuando de


pronto se me acercó una mujer corriendo. Venía cubierta de fango, con
los ojos desorbitados, y gritaba. Pero no era la señora Serian.

—¿Le sorprendió o asustó el comportamiento de aquella mujer?

—No. Estoy acostumbrado a ver mujeres desquiciadas en los lugares


donde acaba de suceder una tragedia. Es más, su comportamiento me
pareció de lo más normal.

—¿Y qué ocurrió a continuación?

—Luego apareció un tipo. Como si viniera persiguiéndola y acabara de


alcanzarla. Le dijo que tenía que calmarse y que sería mejor que entrara
en la casa y esperara al médico.

—¿Le comunicó ese hombre la identidad de la mujer?

—Sí. Pidió disculpas y me dijo que la mujer era Natalie Raven, la


gobernanta de los Serian, y que estaba histérica a causa de la muerte
del señor Serian. Eso sí me sorprendió, porque a Natalie Raven la
conocía de vista y no la reconocí. Luego le pregunté quién era él y me
dijo que se llamaba... —Bello alzó los ojos en dirección al juez—, ¿puedo
echar un vistazo a mis notas...? Nunca recuerdo los nombres, juez.

Hubo un nuevo paréntesis en el que las notas de Bello fueron sometidas


a escrutinio. Los dos abogados y el juez debatieron en voz baja la
conveniencia de mostrárselas al sheriff, aunque tras unos minutos se las
entregaron con un asentimiento de aprobación. Bello les echó una
ojeada y prosiguió.

—Se llamaba Clay Southey, y me dijo que era uno de los invitados de
Manhattan. Le pregunté si había visto a la señora Serian y me indicó la
casa.

—¿Se dirigió usted entonces hacia la casa, sheriff?

110/607
—Sí.

—¿Y pudo hablar con ella?

—No. Se había encerrado en una habitación y se negó a verme.

—¿Qué otras personas vio usted en el interior de la casa?

—Algunos bomberos que descansaban y algunos invitados; y cuando


salía para encargarme de dirigir el desalojo de los vehículos
estacionados en la era, llegó un médico.

—¿Había avisado alguien a ese médico?

—Sí. La señorita Raven lo había llamado.

—Entonces salió de la casa y se encargó de desalojar la era...


¿correcto?

—Sí.

—¿Qué hora era cuando terminó de desalojarla?

—Terminamos cuando amanecía.

—¿Había luz... es decir, luz diurna suficiente como para ver bien el
estudio?

—Se podía ver lo que quedaba de él.

—¿Le propuso entonces el jefe de bomberos Gadding entrar en el


estudio con él?

—Sí. Dijo que ya se había enfriado y que quería que entrara con él para
buscar el cuerpo.

—En aquel momento usted todavía no estaba seguro de encontrar un


cuerpo en el interior, ¿no es cierto?

—Sí, en efecto. Porque nunca se sabe; el hecho de que la esposa afirme


que su marido estaba durmiendo dentro del edificio no siempre significa
que así fuera.

—¿Y qué observó al entrar en el estudio?

—Todo estaba negro y quemado. En el extremo sur, donde los daños


eran más importantes y donde se nos había dicho que dormía el sujeto
en cuestión, el jefe Gadding localizó el cadáver.

111/607
—¿Estaba el cuerpo muy quemado?

—Totalmente carbonizado.

Aquel comentario provocó un gruñido involuntario en la sección del


público y Owen vio que algunos miembros del jurado miraban de
inmediato a Lenore para espiar su reacción. Owen no logró apreciar
ninguna reacción particular.

Brown carraspeó.

—¿Empezaron usted y el jefe Gadding a albergar algún tipo de recelo en


relación al incendio en aquel momento?

—Cuando la víctima es rica y famosa siempre es mejor averiguar un par


de cosas, pero todavía no teníamos sospechas.

—¿Había algo junto al cadáver que le llamara a usted la atención?

—En el suelo, a poca distancia del cuerpo, vi un trozo de metal. Lo


recogí y se lo mostré a Pete Gadding; a ambos nos pareció la cuchilla de
un hacha, y en aquel momento pensamos, o imaginamos, que el fallecido
habría querido luchar contra el fuego.

Se exhibió el pedazo de metal y Bello lo identificó.

—¿Qué hizo usted entonces?

—Iba a salir del estudio... la puerta de acero, ignífuga, seguía en pie... y


vi que en la cerradura había una llave.

—¿Podría describimos la cerradura, por favor?

—Era una de esas cerraduras de golpe, situada sobre el pomo de la


puerta.

—¿Y podría describimos la llave?

—Era una llave corriente, sin llavero ni argolla, de esas de latón.

La llave, metida en una bolsa de plástico, fue presentada a Bello para


que éste la identificara.

—¿Abandonó usted los aledaños del estudio entonces?

—Pete se quedó esperando a John Bagley, el forense, y yo regresé a la


casa para tomarme un café y reunir a los invitados y tomarles
declaración.

112/607
—¿Colaboraron todos de buena gana?

—Todos, excepto la señora Serian. Seguía encerrada en su habitación.

—¿Había llegado ya el doctor?

—Sí, pero ella no quiso verle. Entonces, el médico decidió encargarse de


los cortes y las quemaduras que los Nellicliff todavía no habían tenido
tiempo de examinar, y a atender a la señorita Raven, que estaba muy
trastornada.

—Señoría... —Rossner se levantó y, a continuación, hubo una nueva


ronda de conciliábulos en voz baja.

Pasados veinte minutos, el juez dio permiso para que el jurado se


disolviera hasta el día siguiente y dispensó al testigo. Pero el bisbiseo
siguió. Los espectadores, aburridos, empezaron a abandonar la sala. La
prensa acabó dándose por vencida y también abandonó la sala.

—Eso es todo por hoy —dijo Pat.

Owen sacudió la cabeza.

—Parece mentira que en una jomada haya tantas discusiones


confidenciales... tantas pausas de quince minutos... y tan pocos testigos
que declaren.

—Pues este juez es bastante eficaz —dijo Holly mientras se giraba hacia
él y le rozaba un brazo con el pecho. Owen trató de ignorar aquel
contacto y se concentró en lo que Holly estaba diciéndole—. Algunos
jueces convocan la sesión a media mañana y la levantan a primera hora
de la tarde, con muchos más recesos en el ínterin.

Continuaron la conversación mientras bajaban al vestíbulo y cuando


salieron al exterior vieron que nevaba suavemente. Owen echó la cabeza
hacia atrás para dejar que los copos algodonosos cayeran sobre su
rostro. Nunca había visto nieve como aquélla; era como la de las
postales, o la de los cuentos de hadas. Los copos esponjosos flotaban
desde lo más alto del cielo sereno y caían en suave oscilación, como
plumas de oca, a través de la luz plateada.

—¡Digo yo que en Kansas sabréis lo que es la nieve! —comentó Marilyn


en tono guasón.

—Pero no es como ésta —dijo Owen mientras tendía la mano para


apresar los suaves copos—. En los montes Flint hay muchas tormentas,
pero son ventiscas terribles, de las que hay que guarecerse. En general,
todos corren a refugiarse a sus casas y se dedican a jugar a las cartas y
a comer mientras esperan que pasen.

113/607
—Lo de comer no me parece una mala idea —dijo Holly mientras
echaba un vistazo a su reloj—. Hemos terminado prontísimo. Podría
hacer mi crónica, regresar en tren con mi cámara y llegar a tiempo
para una noche de juerga. ¿Alguien se apunta al barrio chino?

—Yo me apunto —dijo Marilyn mirando a Owen. Era una mujer


expeditiva, con pronunciadas arrugas en torno a los ojos y a la boca—.
¿Conoces el barrio chino?

—No, tenía pensado...

Marilyn zanjó el tema.

—Nunca mejor que hoy.

Al ver que Owen no accedía de inmediato, frunció el ceño con expresión


severa.

—Tendrás que cenar, ¿no?

—Sí.

—Bien, pues esta noche cenas comida china. Comida china de la buena.

El viernes por la mañana, el sheriff Bello volvió a ocupar el banquillo de


los testigos para someterse al contrainterrogatorio de Rossner. Éste
estuvo tanteando y revisó, paso a paso, la cadena de acontecimientos
que habían culminado con la inculpación de Lenore Serian. El abogado
parecía casi intimidado por el sheriff, y la arrogancia de éste fue
afianzándose conforme avanzaba el contrainterrogatorio.

Examinaron y reexaminaron informaciones aportadas previamente.


Rossner quiso que Bello recordara y repitiera todo lo que le había dicho
a Brown en su declaración inicial y Bello, reiterándose, empezó a
contestar de forma hostil a las preguntas de Rossner.

—Así que, si lo he entendido correctamente, sheriff... ¿dice usted que


estuvo fuera hasta el amanecer dirigiendo el desalojo de los vehículos
para dejar libre la era?

—Sí.

—¿Y por qué resultó tan trabajoso desplazar los vehículos?

Bello suspiró con impaciencia.

—Porque aquello era un lodazal. Para empezar, el suelo ya estaba


mojado, porque habíamos tenido una semana lluviosa; y luego estaba
toda el agua utilizada para sofocar el fuego. Aquel erial era una
auténtica ciénaga. En algunas partes resbalabas, y en otras había tanto

114/607
lodo que se te hundían las botas al andar. Nos costó bastante trasladar
todos los vehículos y aparcarlos en terreno seco. Incluso se quedó
atascado un camión de bomberos.

—Y también ha mencionado que la operación fue muy confusa porque


todo estaba muy oscuro y había gente por todas partes, ¿no es así?

—Así es.

—¿Cuántos invitados dice usted que había en casa de los Serian aquella
noche, sheriff?

Bello abrió su bloc de notas y leyó:

—Veintidós invitados.

—¿Aparece esa cifra en los documentos que hemos registrado antes


como prueba?

—Sí.

—¿Y está seguro de que los invitados, en total, eran veintidós?

—Eso es lo que he dicho.

—¿Pero no ha dicho usted que no pudo computar a los invitados y


tomarles declaración hasta el amanecer, después de haber sacado todos
los vehículos del barro, de haber encontrado el cadáver y de tomarse un
café?

—Sí. —Bello se movió en su asiento, y también su expresión pareció


alterarse ligeramente.

—O sea que, entretanto, alguien podía haberse ido.

—Sí.

—¿Sometió usted su lista a Natalie Raven para cerciorarse de que


estuvieran reseñadas todas las personas que habían pernoctado en la
casa?

—Sí, lo hice, pero ella no estaba muy segura de quiénes eran todas las
personas que habían venido

pasar el fin de semana.

115/607
—O sea que cabe la posibilidad de que alguien más pasara la noche en
aquella casa; alguien a quien usted no hubiera podido interrogar, o de
quien usted no supiera nada.

La boca de Bello se torció, como si la respuesta le disgustara. —Todo es


posible.

—O sea que también cabe la posibilidad de que aquella noche hubiera


más personas de las presentes con acceso al estudio de Bram Serian,
¿no?

—Cómo le he dicho, todo es posible.

—¿Equivale esto a una respuesta afirmativa, sheriff?

—Sí.

Rossner marcó una pausa y se rascó el labio.

—Y luego, ¿dice usted que interrogó a esas veintidós personas? —Sí.

—¿Allí mismo?

—A algunos, allí mismo.

—¿Y a los otros los interrogó más tarde?

—Sí. Cuando la autopsia reveló que el fallecido tenía la cabeza


fracturada; entonces interrogamos a fondo a todo el mundo.

—¿Interrogaron exhaustivamente a esas veintidós personas? Bello se


estaba poniendo nervioso.

—A todos, salvo a uno que no pudimos encontrar.

—¿No pudo encontrar a uno de los invitados? ¿A un testigo que podría


aportar información crucial relacionada con lo ocurrido aquella noche?

—Sí. Un hombre llamado James Collier, que desapareció antes de que


pudiéramos interrogarlo.

—¿Desapareció?

El mentón de Bello salió disparado hacia adelante y se le hincharon las


venas del cuello.

—Rossner, usted ya sabe que desapareció. No nos hemos dedicado a


ocultar datos ni a hacer triquiñuelas.

116/607
—Sheriff —le advirtió el juez—, limítese a contestar a las preguntas.

Rossner ladeó la cabeza y compuso una expresión de perpleja inocencia.

—Bien, en cuanto al descubrimiento del cadáver... ha dicho usted que


aquella noche, ni a usted ni al capitán de bomberos Gadding les pareció
sospechoso el incendio.

—He dicho que quería averiguar unas cuantas cosas, porque se trataba
de un artista famoso, pero que todavía no sospechaba nada extraño.

Rossner consultó una ficha.

—Antes ha dicho que discutió del siniestro con el capitán Gadding y


luego ha añadido: «Todavía no teníamos sospechas...» ¿Se refería a que
ni usted ni el capitán las tenían?

—No puedo hablar en nombre de Gadding —replicó Bello de mala gana


—. Tendrá que traerlo aquí y preguntárselo.

—¿Le parece correcto si decimos que lo único que afirma es que usted,
personalmente, no albergaba sospechas?

—Sí.

—De acuerdo... En cuanto a la llave. —Se interrumpió durante unos


segundos para que un oficial entregara la llave a Bello—. ¿Le molestaría
describimos esta llave, sheriff?

—Es una llave corriente de latón, de esas que venden en las ferreterías.

—¿Se refiere a las llaves ciegas que tienen los ferreteros para hacer
copias de las llaves que les traen sus clientes?

—Sí.

—En este caso, ¿es esta llave una copia hecha por un ferretero o la llave
original que venía con la cerradura?

El rostro de Bello se tiñó de un rojo encendido, malsano.

—No lo sé —farfulló.

—Perdone. ¿Le molestaría hablar más alto?

El sheriff parecía estar perdiendo pie. —No sé si es una copia o un


original.

—¿No investigó si se trataba de una llave original o de una copia?

117/607
—No.

—¿Mandó usted verificar si tenía huellas?

—Sí.

—¿Había huellas dactilares identificables?

—Sí. Obtuvimos la huella de un pulgar, pero no servía.

—¿De quién era la huella del pulgar, sheriff?

—Mía.

Rossner estudió el techo durante un momento y luego se dio unos


golpecitos en el mentón con el dedo.

—Sheriff... ¿conocía usted la identidad de Bram Serian en el momento


del siniestro?

—Cómo no.

—¿Le afectó esta identidad de alguna forma durante su estancia en el


lugar del siniestro?

—Imagino que estaría un poco nervioso... todos lo estábamos... por


tratarse de quien se trataba. Era un artista rico y famoso, y todos
queríamos poner orden y tenerlo todo organizado antes de que se nos
echara encima la prensa.

—Por lo tanto, ¿le parece correcto si decimos que tenía prisa por
resolver la situación?

—Sí.

—¿Ha oído usted aquel dicho según el cual cuando se quiere ir deprisa
se cometen errores...? ¿Conoce aquello de «vísteme despacio que tengo
prisa»?

—Sí.

—¿Cree que aquella mañana se cometieron errores?

Bello bajó la mirada.

—Nos ha hablado del barro, de la lucha contra el fuego y de la cantidad


de gente presente... Con todo ese barullo, ¿le fue posible rastrear las
pisadas o las huellas sospechosas?

118/607
Bello se enderezó bruscamente, para no desaprovechar aquella ocasión
de descargo.

—Hubiera sido del todo imposible. Cuando llegué, el lugar del crimen ya
estaba totalmente destruido.

—¿Regresó usted más tarde a inspeccionar el lugar?

—Sí. Regresamos después de los resultados de la autopsia, y procedimos


a rastrear la zona.

—¿Qué tipo de rastreo efectuaron?

—Un rastreo concienzudo. Todos mis hombres participaron en él.

—¿Dividió la zona en cuadrantes? ¿Recurrieron a un rastreo en


parrilla?

—No estoy seguro de seguirlo.

—¿Conoce usted la técnica policial del rastreo en parrilla?

—Bueno, conozco el término, pero no es algo que... No creo que... es el


de las cuadrículas, ¿no?

—Sí. ¿Procedieron ustedes a este tipo de rastreo?

—No hubiéramos podido utilizar esta técnica. Hay que dividir la zona en
cuadrados y rastrearlos uno por uno; pero en la zona de campo abierto
que rodea la casa de los Serian eso hubiera sido imposible.

—¿Por qué?

—Porque es una zona curva; no podía dividirse en cuadrados.

Rossner se giró hacia la mesa de la defensa y se tapó la boca con la


mano para disimular una sonrisa. Algunos miembros del jurado
pusieron los ojos en blanco, y en la parte trasera de la zona destinada al
público se oyeron algunas risas ahogadas. Hasta el juez tuvo que bajar
la cabeza y ocultarse el rostro con la mano durante un momento.

Rossner regresó al banquillo y siguió remachando el clavo.

—Pero rastrearon la zona.

—Sí.

—La zona de los alrededores del lugar del crimen, que ya había sido
perturbada antes de su llegada la madrugada del incendio... ¿correcto?

119/607
—Correcto, y además penalicé a mis hombres por ello y se lo señalé al
detective Kilgren.

—¿Se refiere al detective Kilgren de la policía estatal que más adelante


intervino en la investigación?

—Sí.

—¿Y qué esperaba encontrar en ese rastreo?

—Algún indicio relacionado con la muerte.

—¿Qué tipo de indicio?

—Lo habitual... colillas de cigarrillo... rodadas en el suelo... algo.

—Rodadas, colillas y lo habitual... —repitió Rossner escéptico—. ¿En


una zona convertida en un cenagal y pateada por más de cincuenta
personas, coches, camionetas y camiones de bomberos?

Bello se aclaró la garganta.

—Es una rutina.

—¿Y cuál era el propósito de ese rastreo?

—Cómo le he dicho, el de encontrar indicios relacionados con la muerte.

—Pero usted se querelló contra Lenore Serian; no me dirá que salió a


buscar rodadas o colillas de cigarrillos para presentarlas como pruebas
de cargo,

—No.

—Disponía de testigos que declaraban haberla visto en el lugar del


crimen, así que no necesitaba más indicios, ¿no es cierto?

—Sí. Pero eso fue antes de interponer la querella contra la señora


Serian, porque todavía no pensábamos en ella; andábamos tras otro
presunto autor del crimen.

—¿Significa eso que creía que había sido obra de otra persona?

—Sí. Eso pensamos al principio.

—¿Y luego cambió de opinión?

—Sí.

120/607
—¿Y qué le hizo cambiar de opinión exactamente?

—Un conjunto de cosas..., ciertos hechos relacionados con la muerte,


con la sospechosa y con su marido, que nos llevaron en esa dirección.

—¿Y no sería Natalie Raven la que lo llevó en esa dirección?

—Bueno, su declaración se sumó a los hechos.

—¿Y no es verdad que tenía prisa en encontrar un chivo expiatorio


debido a la presión de la prensa?

—No presto atención a la prensa.

—Pero antes ha dicho que quería tenerlo todo listo antes de que la
prensa se les echara encima, ¿no es cierto?

—No le presto atención. Eso no significa que me guste tenerla encima.

—¿Le parece correcto si decimos que, al no haber podido encontrar


ninguna prueba en el trastocado lugar del delito y a raíz del
hostigamiento de Natalie Raven y de las presiones de la prensa, llegó a
la conclusión de que la principal sospechosa tenía que ser Lenore
Serian? ¿Le parece correcto?

Bello se cruzó de brazos y lanzó una mirada en dirección a Rossner.

—Nada de lo que acaba de decir me parece correcto.

—Sheriff Bello —lo reprendió amablemente el juez.

—Lo siento, señoría.

—Bien —prosiguió Rossner—, ¿sí o no? ¿Presentó usted una querella


contra Lenore Serian al no poder encontrar indicios en el lugar del
crimen y tras soportar el hostigamiento de Natalie Raven y las presiones
de la prensa?

Bello apretó los labios y empequeñeció los ojos. Durante unos segundos
dio la impresión de que iba a seguir callado. Luego, con un suspiro
profundo, dijo:

—Sí.

A la hora del almuerzo, ya nadie preguntaba a Owen si quería unirse al


grupo de Holly; comía, con ellos sin más. Aquel día se decidieron otra
vez por la cafetería llena de humo. Owen se deslizó sobre la banqueta,

121/607
se apoyó en el respaldo y se enzarzó en la conversación vehemente que
se entabló a continuación.

Ya estaba tan aclimatado a la gente que lo rodeaba y a las agresivas


tertulias de los almuerzos que podía fijarse más en algunos detalles
individuales; como por ejemplo, en lo a menudo que Ray miraba a Holly
y en lo indiferente que Holly era con Ray; en que los pareceres de Pat
eran recibidos con gran respeto, en que Sharon cambiaba muy a
menudo de opinión y en que el sarcasmo agudo de Marilyn oreaba a
veces con la crueldad, aunque ésta siempre se retiraba antes de que la
sangre llegara al río. Y en que Holly era la estrella de la fiesta; todos la
adoraban. Ella, a cambio, los obsequiaba con sus sonrisas
deslumbrantes y acogía cualquiera de sus iniciativas con talante festivo.

Andaban todos muy alborotados con el contrainterrogatorio soportado


por el sheriff Bello. Todos sabían que Rossner pretendía demostrar que
la muerte de Serian, en realidad, se debía a un accidente y no a un
crimen; pero Rossner, con aquel contrainterrogatorio, había sugerido la
posibilidad de que el autor del crimen fuera un desconocido. Aquella
posibilidad provocó las opiniones tajantes y variadas de los periodistas,
que lanzaron los argumentos más dispares. Y de pronto, Marilyn hizo un
comentario que los dejó a todos mudos:

—Rossner ha demostrado qué Bello es un necio y que su investigación


ha sido una mamarrachada, pero eso no significa que Lenore Serian sea
inocente.

Y tras aquella sentencia, todos volvieron a refugiarse en el


convencimiento de la culpabilidad de Lenore.

Después del almuerzo, el ministerio fiscal hizo subir al banquillo al


forense John Bagley, quien, radiante, anunció ser propietario del
Servicio de Limpieza de Fosas Sépticas Daisy Dew y aprovechó la
ocasión para hacer publicidad de su negocio. Bagley relató cómo lo
habían avisado y cómo había supervisado el levantamiento del cadáver.
Al término del interrogatorio de Brown, Owen pensó que Rossner, tras
aquella declaración tan directa y tan diáfana, quizá renunciaría al
contrainterrogatorio.

Pero Rossner se acercó sin prisas al forense y, con tono desenfadado, le


hizo repetir el relato de sus actuaciones.

—Vaya desbarajuste, ¿no? Con tantos escombros, y las charcas de


agua... —le comentó Rossner inopinadamente serio y comprensivo.

—Fue terrible. Y además no llevaba botas.

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—¿Podría comentamos algo de lo que encontraron alrededor del
cadáver?

—Pues poca cosa. Todo estaba destruido, y lo poco que quedaba lo


movimos y lo pateamos todos nosotros.

—¿Podría decimos con exactitud cómo había caído el cuerpo? Por


ejemplo, ¿dónde estaba la cabeza?

—Ah, sí, cómo no.

Paul Jacowitz se levantó y tendió a Rossner un plano ampliado del


estudio de Bram Serian. Éste lo cogió para mostrárselo al juez, quien lo
examinó antes de entregarlo a su vez al oficial encargado de los
trámites de numeración del documento. Después, Rossner lo alzó para
que los miembros del jurado pudieran verlo y entregó al testigo un
pequeño perfil negro recortado con forma de cuerpo acurrucado en
posición fetal pero con la cabeza perfectamente reconocible.

—Es adhesivo, señor Bagley. ¿Tendría la amabilidad de acercarse y de


pegar este perfil en el lugar que corresponda para que podamos damos
cuenta de cómo estaba situado el cadáver?

Con mucho cuidado, Bagley colocó la figura recortada sobre el plano.


Un miembro del jurado estornudó ruidosamente y Rossner y el juez
dijeron al unísono: «Jesús».

Rossner estudió el perfil negro que Bagley acababa de pegar sobre el


plano.

—¿Podría describimos, señor Bagley, la posición de la cabeza en


relación con los elementos que sobrevivieron al fuego y que todavía
eran identificables?

—De acuerdo... —Bagley estudió el plano durante unos segundos—. La


cabeza estaba a unos treinta centímetros de estos ladrillos.

—¿De la plataforma elevada de ladrillo sobre la que se asentaba la


estufa?

—Sí.

—¿Se veían claramente la plataforma de ladrillo y la estufa?

—Sí. Había algunos maderos quemados encima, pero se veía


perfectamente.

—¿Le importaría describírnosla?

123/607
—Era bastante clásica. Una gran estufa de esas que parecen antiguas y
son carísimas, montada sobre una plataforma de ladrillos de unos
quince centímetros de alto por unos dos metros de diámetro.

—¿Y Bram Serian estaba tendido con la cabeza aquí? —preguntó


Rossner señalando el plano.

—Sí.

—Cuando un cuerpo se quema de esta forma, ¿es normal que se


acurruque en posición fetal?

—Normalísimo.

—¿O sea que el cuerpo, al caer, podría haber estado extendido e irse
enrollando conforme aumentaba el calor?

—Sí. Eso es.

—Y si al principio hubiera estado extendido, y teniendo en cuenta la


altura de Bram Serian, ¿dónde habría estado su cabeza?

Bagley estudió el plano y luego alzó los ojos hacia Rossner, como si de
pronto cayera en la cuenta de algo.

—Pues la cabeza habría estado justo al lado de la arista de ladrillos.

—¿Justo al lado de la arista de una plataforma de dos ladrillos de


espesor?

—Sí.

—Una arista en la que resultaría peligroso golpearse la cabeza, ¿no?

—Desde luego. Muy peligroso.

Rossner enmudeció para dejar que aquellas palabras cuajaran. El


jurado estaba encandilado. Owen se ladeó para verificar si Holly, Pat o
Marilyn experimentaban la misma sorpresa que él. Las tres mujeres
garabateaban furiosamente en sus blocs de notas.

Brown saltó de inmediato a la arena para iniciar su interrogatorio


directo y en parte logró deshacer el entuerto sacándole al forense unas
declaraciones que ponían en entredicho la teoría de que la cabeza de la
víctima habría podido fracturarse al percutir en los ladrillos. Pero a
Owen le siguió pareciendo que aquella partida la había ganado Rossner.

El capitán de bomberos Peter Gadding fue el siguiente en subir al


banquillo. Era un hombre de pocas palabras y a Brown le costó lo suyo
extirparle su declaración. Su narración de los acontecimientos de

124/607
aquella noche careció de adjetivación o de cualquier tipo de adorno.
Owen se distrajo unos segundos y miró la cabeza de Lenore Serian. ¿En
qué pensaría de noche, cuando no estaba en el tribunal? ¿Se sentaría a
mirar la televisión, o se acurrucaría delante de un fuego para leer un
libro, como si fuera una velada cualquiera?

—Y entonces, capitán Gadding —dijo Brown—, ¿qué sucedió cuando el


sheriff Bello encontró el objeto metálico que más tarde se identificó
como la cuchilla de un hacha?

—El sheriff la recogió del suelo y dijo «Creo que he encontrado la


cuchilla de un hacha. Nuestro fiambre debe de haber querido jugar a los
bomberos.»

—¿Y cuál fue su respuesta?

—Le dije: «Déjala ahí, Vinnie, estás desplazando una posible prueba
material.»

Brown pareció sofocarse, aunque se recuperó con rapidez.

—En aquel momento, ¿albergaba usted alguna sospecha en cuanto al


origen del incendio?

—Sí. Por eso avisé a Kevin Mullin, el inspector de incendios.

Brown dio su interrogatorio por terminado y Rossner se dispuso al


contraataque. El abogado de la defensa se mostró respetuoso con el
capitán Gadding, aunque sin deferencias especiales. Le hizo unas
cuantas preguntas generales en relación al incendio y luego le espetó:

—¿Comunicó usted sus sospechas al sheriff Bello?

—Sí.

—¿Y qué le respondió él?

—¿Exactamente, o debo parafrasearlo?

—Todo lo exacto que pueda.

—Bello dijo: «Nada, que el artista se ha achicharrado solito. Y como no


es de aquí, no hace falta que meneemos el asunto más de lo necesario.»

—¿Le pareció desconcertante el razonamiento del sheriff?

—No.

—¿Por qué no?

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—Porque lo conozco desde hace mucho tiempo.

Rossner esperó a que se apaciguaran las risas.

—Volvamos a la cuchilla del hacha. Tras advertirle que estaba


desplazando posibles pruebas, ¿cómo reaccionó el sheriff?

—Dijo que la muerte se había producido por accidente y que no


necesitábamos pruebas.

—Y ¿cómo describiría usted la actitud del sheriff aquella mañana del


incendio, cuando todavía podían haber existido pruebas que
posteriormente se extraviaron o se destruyeron?

—De despreocupación.

Cuando el capitán Gadding bajó del banquillo, el juez aplazó la sesión


hasta la mañana del lunes.

Holly se giró para lanzar a Owen una de sus sonrisas resplandecientes y


éste, intuyendo que iba a proponerle algún plan para la noche, farfulló
una excusa y sin pensárselo dos veces abandonó la sala. De pronto, tuvo
que irse.

Regresó a Manhattan en un compartimento vacío y estuvo observando


el paisaje invernal durante todo el trayecto. De vez en cuando veía por el
cristal algunos retazos de río y todo le pareció igual que siempre; como
en su primer viaje, flotaban sobre el agua mansa y grisácea algunos
témpanos de hielo. ¿Habían pasado tan sólo cuatro días desde entonces?
Le parecían meses. O años.

Y sin saber por qué sintió una inmensa añoranza. No de la casa que
había abandonado hacía pocos días, sino del hogar de su infancia, de
cuando toda la familia estaba intacta y confiada y el resto del mundo
sólo existía en las páginas de los libros que leía. Cerró los ojos y recordó
a su hermano cuando, desde lo alto de sus hombros fornidos, posaba la
mirada sobre un Owen más joven y le sonreía. Y con igual facilidad
evocó también la imagen de su madre amasando pan en la cocina, con
los brazos cubiertos de harina y diciéndole con una sonrisa melancólica
y tierna: «Deberías aprender a no hacer tantas preguntas, Owen.»

Las viejas imágenes le aparecían con toda claridad pero, cuando quiso
borrarlas y sustituirlas con el presente, tuvo que poner mucho empeño.
Aunque tan sólo hacía una semana que no veía a su familia, le costó
visualizar el aspecto actual de sus hermanas, de su padre, o hasta de
Michelle Wheeler. No lograba precisar los rasgos de los demás Byrne. Y
en cuanto a Mike, la mujer que por las noches dormía a su lado y con
quien hacía planes de futuro... casi era incapaz de rescatar sus
facciones.

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¿Por qué el pasado, que siempre había tratado de esquivar, se le
antojaba de pronto mucho más inmediato y poderoso que el presente?

Abrió su bloc de notas.

Mike

, escribió, y luego sonrió porque no le había escrito una línea desde el


bachillerato, época en la que todavía no la consideraba más que la
benjamina de los vecinos.

Arrancó la página y empezó de nuevo.

Mi querida Mike,

Te echo de menos. Echo de menos tu fuerza serena, tu sonrisa y la visión


que tienes de nuestro futuro juntos. Echo de menos poder abrazarte.

Volvió a arrancar la hoja y la arrugó hasta formar una bolita prieta.


Mike odiaría una carta como aquélla. No soportaba los
sentimentalismos y la poesía le repateaba.

Volvió a empezar. Describió las apacibles nevadas, los días sin viento y
las tierras cultivadas que había visto desde el avión. Le habló de la
ciudad, del juicio y de los periodistas a los que había conocido. Luego
terminó la misiva con un «te quiero» y un «ojalá nos veamos pronto».

Dobló la carta y la guardó en el bolsillo de su abrigo para mandarla


más tarde. Tenerla ahí, tan cerca de su corazón, lo sosegaba; como si
hubiera sido un talismán, un vínculo, una conexión tangible con su vida
real. Tenía que aferrarse a aquel nexo. Necesitaba aferrarse a él para
no desorientarse. Porque aquélla no era su vida real. Aquel juicio y
aquella ciudad formaban parte de otra dimensión. Era una realidad
engañosa. O mejor dicho, la ilusión, deformada por un prisma, de una
realidad que pronto se desvanecería.

Abrió otra vez su bloc de notas.

Queridas Ellen y Meggie

. Miró el encabezamiento y luego lo cambió:

Queridos Ellen, Meggie

Clancy

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. Siempre había llamado a su padre por su nombre de pila, pero al verlo
escrito le pareció extraño. ¿Y Rusty Campbell?, ¿tenía que mencionar a
Rusty? Finalmente empezó una hoja nueva y escribió,

Hola a tocios

, sin más. Luego, durante el resto del trayecto hasta Grand Central,
estuvo pensando qué decirles.

128/607
SEIS

EL SÁBADO por la mañana, Owen amaneció desorientado. Durante


unos momentos, mientras emergía de su letargo, creyó que el viaje a
Nueva York no había sido más que un largo sueño muy nítido.

El despertador marcaba las siete cincuenta y cinco. Se había acostado


tarde, tras pasar a limpio sus notas y trabajar en el esqueleto de su
proyecto, y se había permitido el lujo de no ponerse despertador. Pero
después de tantos años levantándose con el sol, las siete cincuenta y
cinco era su mejor marca.

Preparó café y se sentó frente al trabajo abandonado la víspera. Había


algo que no funcionaba. El proyecto carecía de vida, de emoción. Apoyó
el codo sobre la mesa, junto a la máquina de escribir, y miró la
fotografía de Lenore Serian aparecida en la revista que había pegado
con celo en la pared.

De haber sido un miembro del jurado y de haber tenido que votar aquel
día... Trató de imaginarse a sí mismo ante la tesitura de tener que
juzgarla. ¿Era inocente o culpable? ¿O entraba acaso en alguna
categoría intermedia —inocente debido a un estado de demencia
pasajera quizá, o inocente debido a circunstancias atenuantes...—?
Cabía la posibilidad de que la fractura de la cabeza de Serian se hubiera
producido accidentalmente, y que Lenore, asustada, hubiera querido
enmascarar el accidente provocando un incendio. O quizá era culpable
hasta la médula, como aseveraban Spencer Brown, los de la oficina del
fiscal del distrito y la policía.

Clavó la mirada en la imagen granulosa de la revista. Rasgos marcados,


pómulos afilados y ojos oscuros almendrados. Contemplarla era como
contemplar un río sombrío; casi percibía las violentas turbulencias y
corrientes que se movían debajo de la superficie.

Su café estaba listo y se lo bebió agradecido mientras trataba de


organizar el largo día que tenía por delante. Ante todo tenía que hacer
algo de ejercicio. Toda una semana sin sudar ni moverse le producía una
sensación de enclaustramiento. Tenía que correr, saltar, desgastarse de
alguna forma, y luego remodelaría su proyecto. Pero ¿cómo?

Quizá debía adentrarse más en el personaje de Lenore Serian para


poder entenderla mejor..., para auscultarla mejor..., para aprehender
mejor sus características de ser humano de carne y hueso y borrar las
de la mítica Viuda Negra que tanto gustaba a la prensa. Trató de
representarse a Lenore como la madre o la hermana de alguien. Lo de

129/607
madre no encajaba en absoluto, y lo de hermana, tampoco. Parecía del
todo ajena a aquellos vínculos tan terrenales.

Hermana.

Bajó con desgana a recoger la carta que tenía en el buzón desde la


noche anterior. Era de Ellen.

Querido Owen,

Espero que todo vaya bien y que no estés trabajando mucho, aunque
estoy convencida de que sí lo estás (trabajando mucho, claro). ¿Cómo
funciona un juicio por asesinato? ¿Tienes que pasarte el día sentado ahí
dentro? Tendrías que guardarte un poco de tiempo libre para ver cosas,
porque sería una vergüenza estar en una ciudad tan famosa y no ver las
cosas más importantes. Ojalá estuviera ahí contigo. Te arrastraría al
Empire State Building

a Ellis Island y ala Estatua de la Libertad y a todo lo demás.

Desde que te has ido, todo se ha torcido. No te preocupes, no tiene nada


que ver con el ganado, sino conmigo. Meggie hace que me sienta
extraña en esta casa, y, en efecto, como ya no ejerzo de esposa, ya no sé
bien cuál es mi lugar.

Cuando estabas aquí y amortiguabas todas las cosas no me dedicaba


mucho a pensar, pero ahora sí. Trato de recordar lo que quería ser en
mis últimos años de escuela (aparte de animadora jefe del equipo de
fútbol y de casarme con Danny

).

¿Recuerdas? Si pudiera volverá ese punto de mi vida, quizá podría


empezar de nuevo. A veces me da miedo terminar como Terry.

Escribe pronto.

¡Nada de conferencias!

Te quiero,

130/607
Ellen.

La carta lo dejó inquieto. ¿Terminar como Terry? ¿Hasta qué punto era
literal aquella referencia a su hermano muerto?

Lo habría dado todo por poder responderle algo sensato y apaciguador


de inmediato, pero no se le ocurrió nada. Además, tampoco sabía muy
bien cuáles habían sido las ambiciones de su hermana en sus últimos
años de bachillerato. Recordaba muy bien aquella época, pero era
incapaz de imaginar qué ansiaba su hermana entonces. Ellen, que era
una de esas chicas muy activas que caía bien a todo el mundo y que
además sacaba buenas notas, tenía sin embargo problemas muy a
menudo. Sus salidas de tono y su actitud rebelde ante la autoridad le
valían constantes castigos.

En aquella época, Ellen le producía una enorme fascinación. Sólo tenía


tres años más que él, pero aquella diferencia se le antojaba abismal.
Owen estaba convencido de que estaba predestinada para algo grande,
de que cuando alcanzara la edad suficiente, de pronto se destaparía y
sorprendería al mundo. Pero el verano después de graduarse, cuando
cumplió dieciocho años, se fugó con Danny Langmore y se mudó a vivir
a Texas.

Al principio parecía feliz. Danny encontraba trabajos muy bien


remunerados en los campos petrolíferos, y Ellen parecía encantada con
un empleo de media jomada en una tienda muy exclusiva de ropa.
Escribía largas cartas efusivas acerca de sus adineradas dientas y del
vestuario que estaba adquiriendo gracias a los generosos descuentos
que el almacén reservaba a sus empleados. Hablaba de cenas, de bailes
y de fiestas amenizadas por famosos cantantes de música country.

Las dos primeras navidades después de casada vino a pasarlas en casa


y se dedicó a hacer pasteles y a organizar torneos de dominó y de
rayuela con su acostumbrado entusiasmo. La tercera navidad estaba
recuperándose de un aborto y no se sintió bien como para viajar.
Después, sus largas cartas semanales fueron reduciéndose a notas
mensuales abatidas e inconcretas. No volvió hasta el funeral de Terry.

La víspera del funeral, Owen fue a recogerla al aeropuerto. La buscó en


la corriente de pasajeros que salían del avión esperando encontrar la
hermana enérgica y maliciosa que conservaba en la memoria, pero la
mujer que salió del avión era una parodia insegura, nerviosa y
descuidada de la chica que recordaba. Owen acababa de cumplir veinte
años y estaba destrozado, y achacó el pasmoso cambio dé Ellen al dolor
en el que la desaparición de Terry la había sumido.

Su siguiente visita al hogar familiar fue para el funeral de su madre.


Danny y ella se vinieron en coche desde Texas. La ocasión era, una vez
más, dolorosa y el aspecto de Ellen fácilmente atribuible a la situación.

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Nadie hizo ninguna observación al respecto. Pero aquella vez Owen no
pudo ignorar los cambios experimentados por su hermana, ni creer que
se debían únicamente a la aflicción. Le recordaba a un perro apaleado,
de esos que huyen en busca de refugio al mínimo ruido.

Trató de hablar con ella. Se esforzó en recrear las largas noches


calurosas de la infancia, cuando abandonaban sus camas y se
escabullían hasta detrás de los establos para toser con algún cigarrillo
afanado y charlar hasta el amanecer, y una noche logró hacerla salir al
porche. No hubo forma, no se abrió, y la solicitud de Owen sólo pareció
angustiarla.

Al cabo de un mes, una noche que Owen esperaba el regreso de su


padre y de Meggie de una fiesta con fuegos artificiales que se celebraba
en la ciudad en ocasión del Cuatro de Julio, de pronto, sonó el teléfono.
Era Ellen. Tenía la voz tan ronca que tuvo que esforzarse para
entenderla. En un largo e inexpresivo monólogo le contó que Danny
había tratado de estrangularla la noche anterior; que alguien había
llamado a la policía, pero Danny había huido, y estaba convencida de
que si la encontraba al regresar a casa la policía no podría impedir que
acabara matándola. Finalmente le preguntó si por favor podía volver a
casa.

Owen dejó una nota en la que sólo mencionaba que había ido a por
Ellen. Luego se subió a su furgoneta y salió rumbo a Texas. Condujo
durante catorce horas, de una sola tirada, y llegó al dúplex de Houston
en el que vivía su hermana poco antes del mediodía del día siguiente. La
puerta estaba abierta, entró y la encontró sentada sobré un sofá, con la
mirada vacía y clavada en el televisor. En el cuello se le veían unas
marcas oscuras y tenía un ojo hinchado y amoratado.

—¿Has preparado tus cosas? —le preguntó Owen. Al ver las marcas de
violencia en su hermana, el agotamiento del largo viaje se desvaneció
instantáneamente y dejó paso a una rabia profunda que le torció las
tripas.

Ellen sacudió la cabeza.

—Volví a llamarte más tarde, pero ya no estabas.

Tenía el rostro sereno, pero sus manos, enlazadas en el regazo,


temblaban como si tuvieran vida propia.

—No habría debido mezclarte en esto. Todo es culpa mía. Tengo que
quedarme aquí y tratar de reconciliarme con Danny.

—Ellen... Danny será tu marido, pero no tiene ningún derecho a hacerte


daño...

nunca...

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por ninguna razón. No es culpa tuya y no tienes que quedarte aquí.

Como una niña asustada, levantó los ojos para mirarlo.

—Venga. Preparemos tus cosas, Ellen. Puedes venir a casa y descansar


unos días. Luego ya decidirás qué quieres hacer respecto a Danny.

—Pero ¿y si regresa y me pilla haciendo la maleta? Se pondrá furioso.


Ni siquiera me deja ir al colmado sin su permiso.

Owen no dejó aflorar su reacción.

—Si regresa Danny, ya hablaré yo con él. No te preocupes.

Empaquetaron sus pertenencias en unas cuantas maletas y cajas. No


había gran cosa. Ellen le comentó que Danny, a veces, en lugar de
pegarle la castigaba tirando cosas suyas. El único mueble que quiso
llevarse fue una mecedora que había pertenecido a su abuela. Estaba
rota y alguien la había pegado torpemente. Owen prefirió no indagar
qué le había sucedido.

Estaba cargando la parte trasera de la furgoneta cuando apareció


Danny en un flamante deportivo de color rojo. Danny Langmore era un
hombre atractivo; esbelto, con un cuerpo atlético, bronceado, rubio y
vestido con ropa cara. Subió el sendero con un ramo de flores y una
caja de bombones, como el pretendiente perfecto.

—¡Qué tal, Owen! ¡Qué sorpresa! Tío, ya me había hecho a la idea de


que nunca vendríais a vemos.

Owen reprimió la ira violenta que Danny le provocaba, encajó una


maleta entre varias cajas y se giró para encararse con su cuñado.

—Me llevo a Ellen a casa —le dijo.

A Danny se le descompuso el semblante.

—¿Cómo? ¡Pero por Dios! ¿Sólo porque hemos tenido una pequeña
pelea?

—¿Cómo has podido hacerle eso, Danny? ¿Cómo has podido lastimarla
de esta forma?

—¡Caray! ¡Ya veo que te ha estado llenando la cabeza de sandeces!


Sería incapaz de hacerle daño.

—Y esos moratones, ¿de dónde los ha sacado?

Danny se echó a reír sin inmutarse.

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—Ya conoces a Ellie... es más torpe que un oso... siempre está dándose
golpes y cayéndose por todas partes.

Owen se alejó de Danny y entró en la casa.

—Danny está aquí —advirtió a su hermana en voz baja—. ¿Has


terminado de recogerlo todo?

Ellen asintió. Tenía una expresión de terror absoluto.

—Ve y enciérrate en alguna habitación con pestillo. Yo termino de


cargar el coche y nos largamos. ¿De acuerdo?

Ellen se metió en el baño justo cuando Danny doblaba la esquina del


pasillo.

—Cariño —le dijo Danny desde la puerta—. No pensarás en irte,


¿verdad? Te he traído flores, y esos bombones que tanto te gustan.
Venga, cielo... Sal de ahí. Siento de veras que nos peleáramos. —Miró a
Owen de soslayo Ellie, ya sabes que no fue más que un accidente. Sabes
que nunca te haría daño adrede.

Owen trajinaba las dos últimas cajas hasta el coche, las colocó donde
pudo y se apresuró en regresar a la casa. Danny estaba tratando de
forzar la puerta del baño a patadas, pero en cuanto vio a Owen dejó de
hacerlo.

—Maldita sea —dijo Danny en tono lastimero—. Estas mujeres, desde


luego, saben cómo volverte loco, ¿no?

—Ellen, ya podemos irnos —dijo Owen.

Ella entreabrió la puerta, vio a Owen y salió al vestíbulo.

—Sube a la furgoneta —dijo Owen—. Sólo me faltan este par de cosas.

Ellen pasó frente a Danny sin que sus ojos se cruzaran con la mirada
iracunda de su marido. Éste esperó un segundo y luego salió tras ella.
Owen recogió el último par de cosas, una bolsa de cuero y una pequeña
maleta que parecían ir llenas de piedras. Desde aquel ángulo del
vestíbulo, Owen veía la puerta delantera por la que Ellen estaba
subiéndose a la furgoneta. Danny buscaba algo en el armario ropero
que estaba junto a la puerta de entrada a la casa y Owen siguió
adelante. De pronto, Danny emergió del ropero: Owen pudo ver cómo
desde el umbral de la puerta los apuntaba con un rifle, entonces se
precipitó, lanzó la bolsa en dirección a la cabeza de Danny y éste se
desplomó sobre el cemento.

Sucedió todo tan velozmente que, aun sabiendo que era cierto, a Owen
le costó aceptar que hubiera sucedido realmente y a veces seguía

134/607
soñando que no le daba en la cabeza y que Danny disparaba el rifle.
Pero cuando estaba despierto y lúcido, se resistía a creer que el rifle
hubiera estado cargado. Danny sólo había querido asustar a Ellen. Eso
era todo. Y a veces Owen sentía remordimientos por haberle golpeado
tan fuerte con aquella bolsa.

Quizá Lenore Serian se había visto atrapada en una situación similar, en


la que nadie había pretendido lastimar a nadie, pero en la que las cosas
habían terminado mal. Quizá la habían asustado como a Ellen. ¿Quizá
hasta la habían maltratado como a Ellen? Owen no había leído nada que
indicara que Bram Serian fuera capaz de un comportamiento como
aquél, pero su experiencia con Danny Langmore le había enseñado que
uno puede ser amigo de un hombre, trabajar junto a él, conocer incluso
a sus familiares y, aun así, no tener ni la más remota idea de lo que es
capaz de hacer o de cómo se comporta en la intimidad.

De pronto, Owen saltó de su silla con renovada energía. ¡Eso era lo que
necesitaba! Comprender a Bram Serian. Explorar mejor su
personalidad. No su carrera artística, ni su misteriosa casa, sino a él, al
hombre. ¿Qué tipo de persona era Serian? ¿Cuáles eran sus
motivaciones? ¿Qué lo inspiraba o qué lo estimulaba? Las respuestas
debían estar en alguna parte, o al menos algunas pistas, y en ellas
residía la fuerza vital de su proyecto: tenía que hacer revivir a Bram
Serian.

La inmensa biblioteca central de la Quinta avenida era otro edificio


para quedarse embobado. Owen subió las impresionantes gradas de
piedra y pasó debajo de la espléndida columnata de ingreso, subyugado
ante tanta magnificencia y abrumado por la cantidad de informaciones
que un lugar como aquél podía ofrecer. Recogió un folleto y se informó
de las colecciones y de las exposiciones especiales. Luego subió la
escalinata abovedada de mármol hasta el tercer piso, donde estaban las
principales salas de lectura.

Cruzó varios sillones majestuosos; aspiró la fragancia de la madera


añeja, de libros antiguos y de intensa humanidad, y se llenó los ojos con
la belleza, la amplitud y las promesas de aquel lugar, después se dispuso
a emprender la caza. En aquel templo venerable de la letra impresa
encontraría a Bram Serian, al hombre que se ocultaba detrás del
artista, y lograría verlo todo con mayor claridad, podría centrarse
mejor, y la tragedia adquiriría una dimensión más humana.

Pasaron las horas. Estuvo bregando con catálogos y pantallas de


ordenador. Tomó notas en taquigrafía, pero no encontró gran cosa que
no supiera ya. Si acaso, más incógnitas.

Bajó a la asombrosa sala de publicaciones periódicas, aunque no


consiguió mejores resultados. Parecía mentira que una celebridad tan
exótica como Bram Serian hubiera logrado esquivar el escrutinio de la

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prensa durante toda su carrera, y, sin embargo, así era. Existía mucho
material relacionado con su versatilidad artística y con sus obras
torturadas, airadas, con su casa y con su influencia sobre otros artistas,
pero casi nada acerca del hombre propiamente dicho.

En los veintitantos años en que el nombre de Bram Serian había sido


pasto de los reportajes, se mencionaban cinco fechas de nacimiento
diferentes y un romántico surtido de lugares de nacimiento; una granja
dedicada a la cría de ovejas en un lugar remoto de Australia, un antiguo
rancho de Montana, una explotación forestal en el noroeste, una
hacienda dedicada al ganado de rodeo en Texas y una choza en las
regiones inexploradas de Alaska. Owen supuso que el propio Serian
habría propiciado los rumores y los datos erróneos que salpicaban su
historial, en cuyo caso el artista pudo haberse dedicado a armar aquel
gigantesco embrollo por diversión o pudo haber caído en la trampa de
sus propias fantasías. O pudo haber ocultado deliberadamente la
verdad. No existían indicios de que ninguno de aquellos datos fuera
exacto. Y las diversas notas necrológicas aparecidas después de su
muerte no eran más que una reiteración de viejas informaciones.

Owen se quitó las gafas y se apoyó en el respaldo de su asiento para


desentumecerse. Ya hacía rato que había pasado la hora del almuerzo y
su estómago se lo hizo notar, así que decidió salir a comprar un perrito
caliente. Era una tarde de mediados de febrero deliciosamente suave, la
Quinta avenida estaba invadida por el tráfico del sábado. Se unió a la
muchedumbre festiva sentada en la majestuosa escalinata de piedra
para comerse el bocadillo y hacer de mirón.

Sus pensamientos derivaron entonces y se preguntó cómo sería eso de


vivir en una ciudad como aquélla y de tener acceso a todas las
bibliotecas, museos y entretenimientos. Lograr existir en el seno de
aquella marea humana con tantos dramas cotidianos. Estar cargado
con la energía, el nervio y la agresividad que constantemente zumbaban
en la atmósfera.

Luego trató de imaginarse a sí mismo sentado junto a Bram Serian.


¿Qué diría Bram Serian de la vida en Manhattan? ¿Qué diría de la
investigación que Owen estaba llevando a cabo? ¿Le fastidiarían o le
divertirían sus pesquisas?

Si alguien conocía la verdad de Bram Serian, tenía que ser su viuda.


Pero aun habiendo sido Lenore Serian menos misteriosa, era
impensable tratar de acercarse a una mujer que estaba luchando por su
vida.

Volvió a entrar en la biblioteca. Tras un breve análisis de posibilidades,


se dirigió a la sección de arte algo desanimado, aunque todavía reacio a
aceptar que una biblioteca tan vasta no contuviera todo lo que él
necesitaba saber.

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Las publicaciones periódicas de aquella sección ofrecían una serie de
entradas específicas relacionadas con Serian. Owen leyó, anotó y
fotocopió. Luego, con la ayuda de una bibliotecaria informada, se
debatió con un montón de material general relacionado con el mundo
artístico de los años setenta y ochenta con la esperanza de encontrar
alguna mención de Serian, así como de conseguir una idea de conjunto
del mundo en el que éste se había movido.

Cuando acabó sabía que el arte contemporáneo se escindía no sólo en


áreas sino también en teorías. Sabía que, además de los diferentes
estilos artísticos, existían también diferentes estilos a la hora de exponer
y de vender arte. Incluso de discutir de arte. Hasta sabía lo que Serian
pensaba de las obras de otros artistas y de la dirección tomada por el
arte, lo que opinaba de algunos conservadores, críticos y galeristas.
Tenía una lista de libros de consulta que comprar y una lista de museos
y galerías que visitar. Tenía los nombres de todos los personajes del
mundo artístico que se habían cruzado con Serian. Pero a pesar de las
hojas de taquigrafía repletas de garabatos y de las carpetas saturadas
de fotocopias, su presa seguía pareciéndole inasible. Seguía sin tener
una idea precisa del hombre que había sido Bram Serian. No
encontraría las respuestas en la letra impresa.

Con escaso entusiasmo, Owen se dispuso a buscar los teléfonos públicos


de la biblioteca. Nunca le había gustado hacer negocios por teléfono, y
lo que desde luego no había hecho nunca era llamar a absolutos
desconocidos para robarles su tiempo. Pero no le quedaba otra
alternativa. Tenía que hablar con los amigos y colegas de Serian. Tras
una pequeña investigación en los listines, Owen empezó a marcar. La
labor fue cada vez más ardua; había líneas desconectadas y líneas en las
que no respondía nadie, algunos lo mandaron a hacer puñetas y otros le
colgaron el teléfono. Pero cuando terminó había conseguido varias citas
firmes y algunas factibles. Un hombre lo sorprendió al insistir para que
se vieran aquella misma tarde.

Salió de la biblioteca. El sol ya se ponía, pero la temperatura seguía


siendo agradable. Se detuvo en lo alto de la escalinata de piedra,
flanqueada por los inmensos leones, y tomó una bocanada de aire
mientras bajaba la mirada sobre la ancha ringlera de la Quinta avenida
y la concurrida acera que tenía a sus pies. Experimentó el mismo
sentimiento de apacible bienestar que a veces lo embargaba cuando
oteaba el paisaje desde algún cerro ventoso de los montes Flint. Y sonrió
porque casi parecía una perversidad que dos polos tan opuestos
pudieran despertar en él la misma sensación.

De pronto nació en su interior una sensación de angustia que mientras


siguió ahí, mirando hacia abajo, no dejó de crecer. Sería el primero en
plasmar a Bram Serian sobre el papel. Aquel libro no sólo relataría la
muerte de Serian, desenmarañaría también el misterio de su vida.

Le vino a la cabeza algo que había leído y anotado años antes. Una
frase de Rilke: «Lo que solemos llamar el destino no nos llega del

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exterior: procede de nosotros mismos.» Y entendió la verdad que
encerraba aquella frase, entendió que había esperado poder hacer una
cosa como aquélla toda su vida, que existía una cuerda invisible que lo
arrastraba hacia aquel libro y hacia aquel hombre, y que Bram Serian,
de alguna manera, lo había estado esperando desde siempre.

El sábado por la tarde, Owen llegó demasiado pronto a su entrevista y


esperó quince minutos en la fría acera antes de penetrar en el edificio.
En el zaguán había un portero uniformado y un gran cartel que rezaba:
todos los visitantes deben ser anunciados. Dio su nombre y esperó. Era
el primer edificio con portero en el que entraba. Peor todavía, era la
primera entrevista que hacía en su vida. Confiaba en que su torpeza e
inexperiencia no resultaran demasiado obvias y temía que Hillyer no
colaborara al percatarse del aficionado que tenía delante.

Gregory Hillyer, un artista de medio pelo de principios de los años


sesenta, había enseñado en la legendaria Academia de Bellas Artes de la
calle Cincuenta y Siete de Manhattan y podía ser considerado como lo
más próximo a un mentor de Bram Serian.

Al cabo de un rato, el portero lo obsequió con un cabeceo afirmativo y


Owen entró en un estrecho ascensor. Cuando las puertas deslizantes se
abrieron vio a un hombre muy anciano asomado al hueco de las
escaleras.

—¿Señor Hillyer? —preguntó Owen.

En señal de acogida el hombre le respondió con un saludo brusco.

La tez de Gregory Hillyer era del tono de pergamino curado. Tenía los
ojos legañosos y las manos nudosas. Iba vestido con un pijama amarillo
de franela debajo de un abrigo marrón de tweed. Y, a pesar de su frágil
apariencia, ordenó a Owen que se sentara con gesto vigoroso y voz
firme.

—Así que está escribiendo acerca de Bram Serian —dijo Hillyer.

—Sí.

Gregory Hillyer se instaló en una butaca, tomó un vaso de algo que


parecía whisky, y le dijo:

—Pues adelante. ¿Qué quiere saber?

Owen puso en marcha su grabadora. No tenía ni idea de cómo debía


iniciar una entrevista, pero intentó actuar con aplomo.

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—¿Por qué no me habla de cómo conoció a Bram Serian, de cómo
intimaron...? cualquier cosa que recuerde relacionada con su primer
encuentro.

Hillyer se aclaró la voz con un carraspeo ronco y tomó un sorbo de


whisky.

—Bram Serian descolló por encima de todos, pero no por su talento. Su


arte era tosco, mediocre, masturbatorio. Y no es que el arte no sea
masturbatorio. Todos lo somos, hasta cierto punto. Pero sus primeras
tentativas estaban por debajo de lo considerado aceptable... El revuelo
que causó al aparecer en la Academia de Bellas Artes no se debió en
absoluto a su arte, sino más bien a su presencia física. Se destacaba de
los demás estudiantes. Medía más de metro ochenta, tenía un físico de
leñador, y se vestía como si comprara la ropa en una tienda de
indumentaria montañesa de saldo. Desde luego, era imposible adivinar
que era un veterano de Vietnam. Daba una impresión de recién-bajado-
de-las— montañas. Como si acabara de quitarse la paja del pelo... Pero
en cuanto trabajé con él me di cuenta de que tenía algo de lo que
carecían la gran mayoría de mis alumnos...

el afán

. No sólo el afán de crear, porque en un artista es un afán que surge sin


esfuerzo consciente —como la lascivia—. No..., tenía afán de grandeza,
de reconocimiento, de... trascendencia. Y con ello no me refiero a que el
arte no le importara. No. Para él era una cuestión vital. La elaboración.
La construcción. Era su forma de expresarse y su método personal de
sicoterapia. Una característica muy corriente entre artistas. —Hillyer
rió con guasa—. Dios sabe cuántos asesinos desquiciados más andarían
sueltos por el mundo de no ser por el arte... Pero en cuanto a lo de estar
dotado... no lo estaba. Había otros estudiantes, como Jonas Watkins por
ejemplo, que sí tenían un talento natural real. Pero Serian, no. En su
trabajo se adivinaba la lucha y la frustración. Todavía no había
comenzado a pintar seriamente, por supuesto. Las clases de dibujo y
pintura que tomó no tuvieron grandes consecuencias para él en aquel
entonces. Su interés residía en moldear, en dar forma, en construir con
sus manos... actividades táctiles, vigorosas... y no tenía la paciencia de
esparcir el color sobre una tela. Es más, recuerdo haberle oído hablar
de ello con desdén.

Hillyer volvió a carraspear y luego le sobrevino un ataque de tos.


Cuando se le pasó, tomó un largo sorbo de su bebida y prosiguió.

—Jonas Watkins... ése es un hombre con el que le convendría charlar. Si


logra dar con él. Fue compañero de piso de Serian durante un tiempo, y
parecían entenderse bien. Hasta que Watkins se evaporó... Eso fue lo
que le sucedió a la mayoría de mis alumnos. Tuve tantos a lo largo de
los años, trabajé con tantos de ellos..., vi tanto talento... Ese talento
natural que te deja sin respiración. Venían a verme... jóvenes, ansiosos,
soñadores... sin la más remota idea de lo que el mundo les tenía

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preparado... ni de lo duro que era mantenerse en ese avión celestial
donde la única realidad es lo que consigues asimilar con tus sentidos
para poder plasmarlo luego en tu arte. Pero, más tarde, la vida los
machacaba con el peso de la respetabilidad, de educar a los hijos, de los
impuestos y de las hipotecas, y se dejaban vencer por la anestesia de la
televisión y del consumo... y caían. Como ángeles. Caían en los
engranajes de la máquina y se transformaban en aviones teledirigidos
cercados por la tierra, con un vago recuerdo de aquel avión de altura en
el que habían vivido antaño... Eso fue lo que constaté una y otra vez en
todos esos años. La seducción de mis alumnos. Su caída en desgracia.
No podían resistir la tentación, contrariamente a mí... o a Serian... Mire
a su alrededor, señor Bernie. Excepto las obras de arte y la ropa que
llevo puesta, nada de lo que contiene esta habitación me pertenece. Vivo
sin lastres en casa de mi hermana. Nunca me permití caer en la
tentación del matrimonio o del materialismo... Y podría decirle que
transmití esta sabiduría a Bram Serian, pero no fue así. Ya la tenía.
Quizá aprendió de mí a profundizar más en esa cuestión, pero ya lo
llevaba en sus entrañas... Ya, ya... Ya veo lo que piensa. Este anciano no
se enteró de que Bram Serian se hizo rico y se casó, y todo eso. Pero sí
lo sé. Seguí siendo el gurú de Bram Serian, su asesor espiritual si lo
prefiere, hasta el final. Y eso no significa que fuera su confesor
particular, ni su confidente. No era de ésos. Hablábamos únicamente de
arte. Pero pasé mucho tiempo en Arcadia y me di cuenta de cómo
funcionaban las cosas... Un extraño habría podido creer que había caído
en todas las trampas de los fracasados, pero no era más que una
ilusión. El dinero significaba poco para él. Era accesorio. Esa casona no
era el típico adosado hipotecado del animal suburbano, era una obra de
arte en permanente creación. Y el matrimonio... no era real.

—No lo entiendo —dijo Owen—. ¿No estaban casados legalmente?

Hillyer se rió con un brillo en la mirada.

—¿Y eso qué más da? Me refiero a lo espiritual. El matrimonio no hacía


mella en él, no le extirpaba nada, por lo tanto no interfería en su
creatividad. Siempre pensé que se debía a la sangre oriental de Lenore.
Son muy sumisas, ¿sabe usted? Por eso tienen tanto éxito las mujeres
orientales en las bodas convenidas por Correspondencia. Muy sumisas...
—Lo miró con picardía— Y también sexualmente. Al parecer, están
dispuestas a hacer todo lo que les pida un hombre.

—¿Así que cree que Serian se casó con Lenore porque era sumisa y no
le robaba ni un minuto de su tiempo?

—No. No. No. No he dicho que ésa fuera la razón por la que se casó con
ella. He dicho que ésa era la razón por la que estar casado con ella le
resultaba tan fácil. —Hillyer frunció el ceño pensativo—. Si no recuerdo
mal, se casó con ella porque se sentía obligado a hacerlo. Alguna
promesa hecha durante la guerra.

—¿Se refiere a que conoció a Lenore cuando estuvo en Vietnam?

140/607
—Obviamente, debió de ser entonces.

—¿Está seguro? —le preguntó Owen repentinamente enardecido. Era la


primera prueba de que algunos de los rumores relacionados con Lenore
podían ser verídicos, y quiso sonsacar a Hillyer.

—Es la primera vez que hablo de esto —suspiró Hillyer—. Puesto que
Bram ha muerto, ¿qué mal puede haber en que un anciano hable? Ya no
puede enojarse, ¿no es cierto...? Me parece que su mujer tenía un
pasado deshonroso. Espía..., o quizá prostituta. Porque Bram puso
mucho empeño en proteger su identidad... Y porque ésas eran el tipo de
mujeres que le gustaban.

—¿Las espías y las prostitutas?

—Sobre todo las prostitutas. Tenía una afinidad con las mujeres
mancilladas.

Owen quiso sondearlo y, con mucho tacto, trató de verificar si Gregory


Hillyer disponía de hechos reales que apoyaran la teoría vietnamita,
pero no los tenía.

—Le aseguro que no se unieron por amor —insistió Hillyer—. Bram


quiso liquidar algún tipo de deuda contraída con ella en Vietnam.
Debería buscar a algunos de sus compañeros de armas si quiere saber
más. Bram vivía a través de su arte... y de su identidad en tanto que
artista. Vivía para el poder y el respeto que su arte le reportaba. Y eso
era así al principio y lo fue hasta al final. Y por eso esa mujer acabó
matándolo. Porque no pudo hacer mella en él. Porque no podía herirlo
de ninguna otra forma.

Gregory Hillyer vació su copa, se levantó de su butaca y fue a buscar


una botella en un armarito para servirse otra. Efectivamente, era
whisky. No le ofreció nada a Owen.

—Oh..., créame... esa mujer es un enigma. Ninguna actriz lograría hacer


mejor el papel de mujer misteriosa que Lenore.

—¿Y por qué es tan misteriosa?

—Eso es difícil de concretar. Nunca se unía a las conversaciones, y si le


hacías una pregunta solía responderte con otra pregunta. Si le decías
«¿A qué hace un día estupendo, Lenore?», te miraba y te respondía
«¿No te parece un día estupendo?». Y nunca se sumaba a las risas de
los demás. Nunca exhibía este tipo de espontaneidad. —Hillyer dudó
unos segundos—. Se me acaba de ocurrir que en el fondo se parecía
mucho a las modelos. ¿Ha observado usted alguna vez a una modelo
aguerrida?

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Owen negó con la cabeza.

—Cuando posan, son el centro de atención de todo un grupo de


personas, pero actúan como si no fueran conscientes de tener un
público. Las expertas logran rodearse de una aureola increíble gracias
al lenguaje corporal, y, sin embargo, aparentemente lo ignoran, como si
no se dieran cuenta del efecto que causan en los que las miran. Así era
Lenore. Llamaba la atención con sus rarezas y su sensualidad, pero esa
atención la dejaba indiferente.

—¿Y qué relación tenía con Serian?

—Como he dicho antes, se comportaba con sumisión. Con respeto. Una


mirada de Bram, y Lenore quedaba escarmentada. Sabía cuál era su
lugar.

El anciano dio un largo trago a su whisky.

—A mi hermana no le gusta que beba —le explicó Hillyer—. Cuando se


dé cuenta de que el contenido de la botella ha bajado pienso decirle que
el responsable es usted, mi huésped. Si sigue aquí le ruego que no me
desmienta.

Owen lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta.

—No se preocupe. Todavía nos queda una horita antes de que baje.

Los ojos de Hillyer brillaban más y sus palabras habían perdido algo de
aspereza, pero parecía dispuesto a seguir hablando.

Owen echó un vistazo a sus notas.

—He encontrado información conflictiva en relación a los orígenes de


Serian... fecha y lugar de nacimiento, familia...

Hillyer sonrió.

—Bram era bastante escurridizo en esto. Quería que su pasado siguiera


en el pasado y, o bien esquivaba este tipo de conversación, o mentía.
Una vez le contó a alguien que había sido expulsado del autobús que lo
trajo aquí y, probablemente, eso fuera más verídico que cualquiera de
las otras cosas que le oí decir al respecto.

—¿Mencionaba alguna vez a sus padres?

—No.

—¿Tenía usted la impresión de que su infancia había sido


particularmente infeliz, o que huía de algo?

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—En todos los años que lo conocí nunca oí suficientes indicios como
para poder formarme una impresión de su pasado. Al principio se vestía
como un montañés, y luego como un vaquero. Ambas cosas podían
haber sido una afectación, no lo sé. Su forma de hablar no era del este,
pero tampoco era del sur, ni de Texas, ni de Canadá..., ni era ese deje
blandengue de los california— nos. Por lo que sé, creció en algún
suburbio de clase media y la explicación de su absoluto repudio del
pasado podría residir en su horror a la mediocridad. Al igual que tantos
otros creativos, vino a Nueva York y se reinventó. Es un proceso
bastante corriente.

—¿Pero recuerda algún comentario, por nimio que le parezca...?

—Nada más de lo que ya le he dicho.

—Y aparte de Jonas Watkins, ¿tenía algún otro amigo con el que yo


pudiera hablar?

—Serian evitaba las intimidades. En la academia acabó convirtiéndose


en todo un líder pero, que yo sepa, aparte de Watkins, no trabó especial
amistad con nadie.

—¿Y chicas?, ¿tenía novias?

Hillyer sonrió.

—Novias. Es un término tan frívolo..., y Bram Serian no fue nunca


frívolo. Tenía sus aventuras sexuales. Como ya he dicho antes, le
fascinaban las prostitutas. Y durante un tiempo anduvo liado con una
modelo. Negra, muy alta..., una mujer imponente. Pero eran dos polos
opuestos. Estoy seguro de que Watkins recordará su nombre.

Owen se retrajo unos segundos para examinar su bloc, aunque ya no


tenía anotada ninguna pregunta más.

—Dice que siguió siendo su consejero creativo. ¿Le molestaría


explicarme cómo se produjo su metamorfosis de la escultura a la
pintura?

—Ah... —Hillyer liquidó lo que le quedaba de whisky—. Intervención


divina, es la única forma de explicarlo... Nunca disfrutó verdaderamente
con la pintura, aunque de vez en cuando pintara algo. Recuerdo un día
en que fuimos a tomar una copa después de las clases. Éramos una
docena de alumnos, otro profesor y yo... estrujados en una esquina de
nuestro bar favorito, y empezamos a debatir cuál era el arte más puro,
si la escultura o la pintura. Se entabló una rabiosa discusión y los
pintores acusaron a los escultores de no ser más que unos artesanos
encumbrados, un peldaño por encima de la labor de punto o de la
albañilería, y los escultores acusaron a los pintores de ser unos
diletantes degenerados que se apoyaban en el color para salir del paso.

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Como de costumbre, Bram no dijo una palabra. Estaba apoyado en la
pared, con aquella expresión socarrona tan suya que hacía que la gente
pensara que conocía todas las respuestas de antemano... pero que en
realidad se debía a que las respuestas le importaban poco... y alguien
insistió para que explicara por qué le disgustaba la pintura. Y Serian
dijo que por la planicie. Dijo que odiaba la llanura..., ya fuera en una
mujer, en una tela o en un paisaje. Estuvimos riéndonos un buen rato.
Era una de esas fórmulas que luego la gente andaba repitiendo durante
años... Y creo que no cambió nunca de opinión.

»Un día me hizo ir a su granja porque quería mostrarme algo. Fui


esperando ver lo de siempre, pero tenía unas cuantas telas. Eso era
antes de que estuviera terminada la casa... y como nunca dejaba entrar
a nadie en su taller, sacó las telas al exterior. Entró otra vez dentro y no
apareció hasta al cabo de un rato, para dejarme examinarlas a
conciencia. Luego regresó y me preguntó que qué me parecían, y me
había quedado casi sin habla. Eran espléndidas.

»Y lo demás... como se suele decir... es historia. Aquellas telas lo


catapultaron hacia la fama. Pero nunca fueron su pasión. Parecía
sorprenderlo que tuvieran tanto éxito... Y fastidiarlo. Le repateaba que
el resto de su obra no obtuviera la misma consideración. Más tarde, por
supuesto, sí la obtuvo. Y ahora, de todas formas, toda su obra es objeto
de veneración. La muerte consigue estas cosas, sabe. La verdad es que
Serian sólo fue más afortunado que todos nosotros. Hasta su forma de
morir añade morbo a su historial, en lugar de diluirlo en la oscuridad.

Owen frunció el entrecejo pensativo.

—Si tuviera que explicar el tipo de hombre que era Serian, el tipo de
persona que era, ¿cómo lo describiría?

—Funcionaba por impulsos. Era un impulsivo total. Y creo que habría


podido ser perfectamente feliz sin intimidad ninguna en su vida. Le
gustaba tener seguidores, y ayudar a los jóvenes y a los voluntariosos,
pero la intimidad le provocaba mucha incomodidad. Y no le gustaba que
lo tocaran. Odiaba el contacto físico.

Hillyer se agarró a los brazos de su butaca y se inclinó hacia adelante,


como a punto de caerse.

—Está a punto de llegar y tengo que irme a la cama —declaró.

Owen lo ayudó a incorporarse del asiento y le dio el brazo para


acompañarlo hasta su dormitorio. Cuando estuvo suspendido sobre el
borde de la cama, Owen le dijo:

—Gracias por su tiempo.

—Sáqueme este abrigo —le ordenó Hillyer, y Owen liberó delicadamente


sus brazos entecos. Luego añadió—: Puede volver a verme, si quiere.

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Pero le advierto una cosa... Quiero que me regale un ejemplar del libro
cuando salga publicado.

—Con mucho gusto —le dijo Owen, y se dirigió a la puerta.

—¿Quién será el siguiente entrevistado? —le gritó Hillyer. Owen se giró


para mirarlo.

—Mañana tengo una cita con Edie Norton. La mujer que...

—La

quién es Edie Norton —le espetó Hillyer en tono amenazante—. Esa


maldita vampiresa.

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SIETE

OWEN pasó el resto de la velada del sábado organizando sus notas del
juicio, pasando a máquina la transcripción de la entrevista a Gregory
Hillyer y trabajando en su proyecto. Se acostó tarde pero aun así le
costó dormirse. Siguió tumbado en la oscuridad escuchando los ruidos
de la calle.

Al principio, Lenore le había parecido un enorme misterio. Y había


creído descubrirse muchas similitudes con Bram Serian conjeturando un
personaje que ahora se demostraba irreal. Al día siguiente estaba citado
con Edie Norton, propietaria de las Galerías Norton y marchante de
toda la vida de Serian. Seguro que ella podría despejarle alguna
incógnita.

Su mente empezó a divagar de antemano. El cuadrante iluminado del


despertador registró el paso de las horas.

La aversión de Bram Serian a la llanura, ya fuera en una mujer, en una


tela o en un paisaje, no dejaba de trotarle en la cabeza. Aquel
comentario sólo podía haberlo pronunciado un hombre de campo.

El propio Owen había crecido en tierra de llanuras. Un cuarto de milla


cuadrada de tierras trigueras, situado a doce millas de Maynard, en
Kansas. Ciento ochenta acres de excelente tierra de labranza cercada de
árboles, con el único paréntesis de la granja y la hilera de cedros
plantados al norte del erial.

Los setos y los cortavientos de aquella zona habían sido plantados en el


pasado por los primeros colonos, presumiblemente para señalar las
lindes y truncar el sempiterno viento, aunque Owen sospechaba que los
colonos también los habían plantado por otras razones. Imaginaba que
para enjaezar las tierras e inocentadas, porque tener que enfrentarse
con aquellas llanuras inacabables, con aquella visión ininterrumpida
hasta el horizonte, sin el menor relieve ni realce en el que descansar la
mirada o el corazón, tenía que haber sido desesperante.

El área de su familia se conocía como casa Hadley. Los Hadley eran la


familia de su madre; antes de que ella las heredara, aquellas tierras les
habían pertenecido desde tiempos inmemoriales. En la cancela de hierro
que tapiaba el jardín aparecía el apellido Hadley labrado en la
portezuela. En el arriate de delante de la vivienda crecían anticuados
rosales de pitiminí traídos del este por los primeros Hadley en un
carromato. Al final del sendero, encima de una lechera, estaba el buzón,
con el apellido Hadley escrito con letras de latón.

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Clancy Byrne no cambió nunca nada, ni se molestó en poner el apellido
Byrne. Ése hubiera podido ser un indicio, pero su escaso sentido de la
propiedad encajaba tan bien con sus demás despreocupaciones que a
nadie le sorprendió. Cabía incluso la posibilidad de que ni el mismo
Clancy fuera consciente de sus intenciones. O quizá lo tenía todo
perfectamente planeado desde el principio. Desde el día en que conoció
a la madre de Owen.

Cuando Stella Hadley conoció a Clancy Byrne, en una comida al aire


libre celebrada en ocasión del Cuatro de Julio, era una veinteañera
solitaria, destrozada por las muertes poco espaciadas de sus padres y
hermano. Clancy estaba ahí de paso, así que lo rodeaba cierto misterio.
Aquello, añadido a su encanto y a sus legendarios ojos azules, provocó
el inmediato interés de todas las jovencitas presentes en la comida
campestre. Consiguió un impresionante segundo lugar en la carrera
pedestre masculina y ganó el torneo de lanzamiento de herraduras.
Luego arrancó la mandolina de las manos de uno de los músicos y
animó la fiesta con una ronda de canciones tradicionales irlandesas.

Stella Hadley estaba perdida.

Ésa fue la historia que oyeron todos ellos una y otra vez en su infancia.
El cuento de la princesa triste y desamparada raptada por el príncipe
encantador. Incluso en sus últimos años, cuando ya era obvio que el
cuento de hadas no tenía un final feliz, a su madre seguía encantándole
repetir la historia de aquel encuentro mágico.

Stella y Clancy se casaron tres meses después de aquel encuentro. El día


de su boda, la novia soñadora se convirtió al catolicismo y cedió a su
marido la escritura de las tierras de labranza que había heredado.
Ninguno de sus tíos ni tías lograron disuadirla de aquellas iniciativas
tan drásticas. Stella estaba decidida a demostrar lo mucho que confiaba
en Clancy. O quizá había decidido amarrarlo de tal manera que nunca
pudiera escapar.

Hasta que Owen no cumplió nueve años, Ellen doce, Terry dieciséis y
Meggie tres, vivieron rodeados de tía-abuelas chochas y de una
comunidad creada y entretenida por los padres y los abuelos de su
madre. Había mucho trabajo que hacer, aunque fuera casi todo
estacional —centrado en torno a la siembra y a la siega—. Cultivaban
trigo de invierno, o sea que se sembraba en otoño, y arrendaban sus
pastos para que los vaqueros locales apacentaran al ganado con los
brotes tiernos; luego se dedicaban a observar el empuje primaveral del
trigo, milagrosamente recuperado del apacentamiento y de los
rigurosos meses de nieve, que más adelante se convertía en el mar
dorado y ondulante que cubría la gran mayoría de las tierras cultivables
de Kansas.

Los ingresos procedentes del trigo, añadidos a los exiguos pero seguros
beneficios del arrendamiento de los terrenos petrolíferos firmado en los
años cuarenta, permitían un tren de vida familiar decente a pesar de las

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escasas dotes agrícolas demostradas por su padre. Las tierras eran
fértiles, así que la producción no exigía especiales conocimientos. El
oscuro mantillo que cubría sus campos estaba enriquecido por el limo
aportado por varios siglos de crecidas de los ríos de los alrededores, y
los antepasados de su madre habían puesto especial cuidado en abonar
las tierras y dejar reposar los campos alternando la zahína o el maíz
con el trigo. Era imposible que Clancy desbaratara todo aquello en una
sola generación.

Para ser justos, Clancy era un granjero más apático que mediocre. Lo
de ser cultivador le aburría soberanamente. Owen guardaba recuerdos
muy vividos de las técnicas de siembra de su padre. Clancy iniciaba la
temporada metido en el bar situado junto al silo de cereales,
presumiblemente con el fin de reunir sugerencias para la siembra.
Luego, con gran solemnidad, sacaba la sembradora del cobertizo donde
guardaba la maquinaria y adquiría las semillas. Cuando llegaba el gran
día se llevaba a Terry, a Ellen y a Owen al sembradío y soltaba un
sermón para que Dios y los santos les fueran propicios. Seguidamente
se subía al tractor y, con gran ceremonial, efectuaba la primera pasada
delineando un trazado que, ahora Owen lo sabía, podía ser visto por los
pasajeros de los aviones que pasaban por encima de sus cabezas. En
cuanto concluía aquel vivificante primer recorrido, detenía el tractor y
ordenaba a uno de sus hijos que tomara el relevo.

El trabajo se realizaba a tumos; mientras uno conducía el tractor, los


otros cubrían a pie el trayecto que separaba la casa de los sembrados, y
desde allí se señalaban el cambio con un pañuelo. Durante la última
media hora de trabajo que le correspondía a Owen sufría alucinaciones
y casi siempre anticipaba su alivio imaginando haber visto el pañuelo
rojo agitarse a lo lejos.

Recordaba que conducir en círculos concéntricos aquel artefacto


atronador y desmesurado en un inmenso terreno abierto se le antojaba
el colmo del tedio y de la tortura. Incluso sin viento, la polvareda que se
levantaba cubría cada centímetro de piel y de ropa, y en Kansas casi
siempre soplaba el viento. Cuando hacía mal tiempo, muchos granjeros
aplazaban la labor, temerosos de que aquel valioso mantillo volara por
los aires, pero lo del mantillo a Clancy le traía sin cuidado. Owen
recordaba estar subido en aquel tractor estrepitoso en días en que el
viento cargado de polvo le laceraba el rostro con tanta fuerza que se
quedaba ciego y el trazado de los surcos que nacían a su paso parecía
una obra de arte contemporánea de la agricultura. En aquellas
ocasiones, Terry siempre hacía un tumo doble para repetir su trabajo.

Y la cosa no terminaba ahí. Dos veces al día había que ordeñar a la


vaca de Jersey, y alimentar a los perros, y siempre tenían un cerdo, un
cordero o un novillo criándose en el corral contiguo al cobertizo.
También estaba el mantenimiento de las vallas y de la maquinaria
agrícola, aunque las limitadas exigencias de Clancy no implicaran
grandes presiones en aquel ámbito. El invierno equivalía a pasarse el
día apartando nieve de los caminos, y la primavera a tener que volver a

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cubrirlos con grava. Durante el verano, todos ellos ayudaban a su
madre en el huerto y en la elaboración de conservas y de mermeladas.
Pero a pesar de todo, conseguían divertirse. Y aunque su trabajo fuera
casi siempre agotador no les causaba ningún resentimiento. Eran
felices.

Su padre estaba fuera a menudo. Era un asiduo del café y de todas las
partidas de dominó de la zona. De vez en cuando se iba varios días a
cazar coyotes, a trocar perros de caza o a acometer alguna tarea
inconcreta. Y aunque su ausencia era un alivio en algunas cosas,
siempre les alegraba verlo regresar. Llenaba la casa de alegría con sus
historietas desternillantes y lograba devolver la chispa a los ojos de su
madre. Se enorgullecían de tener un padre tan encantador y divertido.

El nacimiento de Meggie lo cambió todo.

Aquella mañana, Clancy se fue con algún cometido inexplicado. Las


previsiones del tiempo anunciaban nieve. Tenía la furgoneta subida
sobre unos bloques a la espera de una nueva bomba de gasolina y
aunque su mujer ya había cumplido los nueve meses de embarazo, se
despidió desde la ventanilla del coche familiar prometiendo no tardar
mucho.

La nieve anunciada cayó en forma de una ventisca de padre y señor mío.


Las líneas telefónicas quedaron interrumpidas, como sucedía siempre
con una tormenta importante. Luego se fue la luz. Estaban todos
arracimados alrededor de la vieja estufa de hierro contando historias de
terror cuando se produjo la primera contracción de su madre, y aunque
siempre había sido una mujer resuelta, tuvo un ataque de pánico.

Terry se cubrió con dos capas de ropa interior, un par de monos


aislantes, dos pares de guantes y un pasamontañas tejido a mano con
dos agujeros para los ojos, y salió en busca de ayuda con el tractor.
Owen estaba un poco preocupado por su madre, pero tras años de
presenciar los partos del ganado, un nacimiento le parecía un hecho
natural y no acababa de entender los peligros que acechaban a su
madre.

Lo que realmente lo dejó aterrado fue la partida de Terry en medio de


aquella violenta tormenta. Owen acompañó a su hermano al cobertizo.
El viento soplaba con tanta fuerza y la nieve ya era tan espesa que les
costó lo suyo abrir la puerta trasera de la casa y recorrer el espacio
abierto que los separaba del cobertizo. El tractor parecía pequeño en la
oscuridad. Incluso a velocidad máxima iba despacio. Muy, muy despacio.
Era un tractor anticuado, sin cabina ni calefacción que protegieran a
Terry de la tormenta.

Cuando por fin desapareció traqueteando detrás de la cortina de nieve,


a Owen le asaltó la repentina sensación de que su hermano podía morir.
El padre y el hermano de su madre habían muerto en un accidente de
tractor en condiciones mucho menos azarosas. Sabía que a Terry podía

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cegarlo la nieve, y que podía salirse de la carretera, quedarse
bloqueado, y morir congelado antes de encontrar ayuda. Sabía que la
nieve que cubría el suelo y la escasa visibilidad podían confundirlo y
disimular una zanja profunda en la que el tractor volcara, de forma que
el conductor quedara atrapado debajo o tendido y malherido en el
camino aquella noche gélida. En aquel momento, todo cambió para
Owen. A partir de entonces ya nunca pudo volver a sentir lo mismo por
su alegre y encantador padre.

Ellen y Owen limpiaron el sudor de la frente a su madre y dejaron que


les apretara las manos durante las contracciones mientras rezaban
todas las oraciones aprendidas en sus esporádicas clases de catecismo.
No tenía ni idea del tiempo que había pasado —le pareció una eternidad
— cuando oyeron el ruido del salvamento, el bendito estruendo de la
apisonadora. Terry había ido a buscar a la única persona capaz de
llevarse a su madre al hospital: al responsable del mantenimiento de los
caminos de tierra del condado. Guardaba la apisonadora en su granja, y
aquella maquinaria monstruosa tenía la fuerza y el poder de un tanque.

Arroparon a su madre y la auparon hasta la cabina con calefacción de


la apisonadora. Terry, medio congelado, se había quedado en casa del
peón caminero para entrar en calor, así que fue Ellen la que subió a la
cabina de la apisonadora para acompañar a su madre al hospital y
llorar con ella en el nacimiento de Meggie.

Clancy apareció al cabo de varios días, la noche en que su madre


regresó del hospital.

Stella estaba en la cama con la criatura cuando oyeron el coche. Se


levantó y salió al porche. Owen corrió tras ella para echarle una manta
sobre los hombros pero de repente, ambos se detuvieron en seco. En la
parte trasera del coche, mirándolos fijamente, vislumbraron cinco
rostros afilados y grisáceos. Perros. Galgos rusos cruzados con perros
lobo. Esas criaturas lanudas, malparidas e inexpresivas que corren
como el viento y matan como máquinas. Clancy Byrne había faltado al
nacimiento de su hija y había dejado abandonada a su familia durante
una semana para ir en busca de perros de caza.

Stella Byrne se apoyó un momento en su hijo, luego se recompuso y


transformó su boca en la línea delgada que sería tan característica de
sus últimos años.

—Dile que estoy descansando —dijo, y desapareció en el interior de la


casa.

Owen recibió a Clancy y tuvo que escuchar su largo informe sobre la


adquisición de los perros. Se había enterado de que un granjero, que
poseía los mejores rastreadores de coyote del estado, se había asfixiado
en un silo y había acosado a la viuda hasta lograr comprárselos por
cuatro perras. «No veas la judiada que le he hecho —dijo Clancy
triunfalmente—. Una judiada de miedo.»

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Más tarde se enteraron de cómo había logrado transportar a cinco
galgos adultos en el asiento trasero del coche familiar recién estrenado
—el primer coche nuevo de trinca que habían podido permitirse y el
único automóvil escogido por su madre.

Tras cerrar el trato con la viuda, ésta le dijo que quería que se los
llevara de inmediato, así que sin dudarlo ni un segundo, Clancy se
dirigió al mecánico más próximo para que le desmontara el asiento
trasero de su sedán recién salido de fábrica. Luego cargó a los galgos
infestados de pulgas en el espacio de carga recién creado y se puso al
volante. Le había parecido una solución ingeniosa y, por supuesto, tenía
la intención de regresar a buscar el asiento.

Su madre siguió encerrada con la niña durante varios días. Clancy


suplicó y rogó desde la puerta que lo dejara entrar, prometiéndole que
haría montar el asiento en un concesionario oficial y con un buen
lavado, el coche quedaría como nuevo. Hizo un salto a Hutchinson y le
compró un regalo, un joyero de madera exótica que imitaba una
cómoda en miniatura y podía contener todas las alhajas de una joyería.
Se lo entregó a Terry, en el frente de batalla del umbral de su
dormitorio, para que se lo diera.

Aunque su madre no tuviera joyas, excepto el anillo de boda y un broche


que le había dejado su madre, el regalo surtió efecto. Stella descorrió el
pestillo de la habitación, parecía no preocuparle que Clancy, con toda
evidencia, le hubiera comprado lo primero que había visto, sin
importarle lo que su mujer deseara o necesitara. Su madre adoraba
aquella cómoda y guardaba en sus cajoncitos forrados de terciopelo sus
tesoros más preciados. Aparte del broche de familia, guardaba en ella
los dientes y los primeros rizos de sus hijos, el dólar de plata que le
había regalado su padre al graduarse, la cinta azul que Terry había
ganado en el concurso de ortografía de octavo, la bala que había sido
retirada del muslo de Ellen cuando Clancy le disparó accidentalmente
en una cacería, y años más tarde añadió la medalla de fin de
bachillerato de Terry, la chapa de animadora jefe de Ellen y la pluma de
oro grabado que Owen ganó en el premio literario del condado.

Clancy hizo lavar y desinfectar el coche, aunque nunca logró devolverle


su aspecto inicial. Pasaron meses antes de que fuera a por el asiento y,
cuando por fin lo hizo, el mecánico había descartado su regreso y lo
había vendido. Terry amarró unos cajones de madera con alambre y
luego fijó unas cuantas almohadas por encima, y eso fue lo que hizo las
veces de asiento trasero durante los dos años que tuvieron el coche.
Terry, Owen y su madre no hablaban nunca de ello, pero Ellen
aprovechaba cualquier ocasión para echárselo en cara a Clancy y
utilizaba aquel coche deshecho en contra de su padre con argumentos
que habrían hecho sonreír al mismísimo diablo.

151/607
Llanura. Las llanuras formaban parte de la infancia de Owen, parte de
su pasado más vivido. Pero entendía perfectamente la aversión que
causaban en Bram Serian.

Escudriñó las tinieblas desde su lecho. Qué pensaría Serian de los


montes Flint, se preguntó. Y no pudo por menos que sonreír porque
creía conocer la respuesta. Creía que por fin había dado con la clave del
carácter de Bram Serian.

Owen estaba citado a las cuatro de la tarde con Edie Norton en su


galería del Soho. Como había preparado la entrevista, sabía que existía
otra galería Norton en la parte alta de la ciudad y que los Norton eran
bien conocidos en su campo.

Como de costumbre, Owen llegó con tiempo. Estuvo deambulando por


las amplias salas. Le parecieron similares a las de otras galerías que
había visto en el trayecto, con techos altos, paredes blancas y suelos
brillantes entarimados de roble. Dos obras de Serian estaban expuestas;
una era un cuadro abstracto, oscuro y amenazador, y la otra era una
mezcolanza sobria pero desesperada de cuerpos fusionados.

Detrás de una mesa había una joven con cara de pocos amigos,
embutida en un vestido de punto muy apretado. Owen dio su nombre. La
chica desapareció durante unos segundos y luego regresó para
conducirlo hasta el despacho. Owen la siguió hacia la parte trasera del
edificio preguntándose cómo sería posible que alguien con semejante
actitud conservara su empleo.

Entró en un aposento de decoración exquisita y vino a recibirlo una


mujer que, a pesar de haber pasado de los cincuenta, tenía un aspecto
tan cuidado que hacía olvidar su edad. La mujer le tendió la mano:

—Hola, Owen. Soy Edie Norton —le dijo mirándolo de arriba abajo—.
¿Te apetece té o café?

Owen declinó el ofrecimiento y la galerista se instaló detrás de su


ornado escritorio.

—Unos muebles preciosos —comentó él.

—Antigüedades francesas. Es mi segunda pasión, después del arte.

Owen asintió. Ella sonrió.

—He hecho todas las averiguaciones pertinentes en cuanto a ti, Owen,


pero de todas formas me parece útil advertirte que si algo de lo que
decimos aquí es vendido a la prensa amarilla o utilizado para cualquier

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propósito ajeno a tu libro, las galerías Norton te crearán un montón de
problemas.

—¿Ah sí?

—Sí. Hemos tenido que extremar la prudencia, sabes. Todos los que
conocían a Bram han sido interrogados, y como éramos tan íntimos... —
Se encogió delicadamente de hombros.

Owen decidió ignorar aquellas palabras desconcertantes y concentrarse


en lo que lo había traído.

—Según tengo entendido, está usted citada a declarar en el juicio —le


dijo.

—Sí. Forzada a declarar. Si Harry, mi marido, no estuviera en Europa


en un viaje de negocios también lo habrían forzado a subir ahí arriba. —
Frunció el ceño, pero tenía la piel del rostro tan tersa que no apareció
ningún surco vertical—. Háblame de ese libro para el que estás
investigando, Owen.

Hubo algo en la forma de pronunciar su nombre que le provocó ganas


de huir. Trató de evitar el contacto visual.

—Cómo le expliqué por teléfono, se trata básicamente de la narración


novelada de un crimen real. Pienso concentrarme en el juicio y en la
trágica desaparición de Serian, pero también quiero hablar de su vida.
Pretendo explicar quién era. No sólo en su faceta de artista, sino
también en la humana.

—Mmmm... —La galerista cruzó las manos sobre el escritorio y


comprimió los labios en actitud pensativa—. ¿Algo parecido a cómo
entender la trágica muerte del genial creador sin conocer su vertiente
humana?

Owen parpadeó.

—Sí. Es eso. ¿Me permite citar sus palabras?

Su risa sonó seca y mecánica.

—Estoy segura de haberte dicho que hoy disponía de muy poco tiempo.

—Sí.

—Y ya puedes guardar esa grabadora. Nada de grabaciones.

—De acuerdo. —Owen abrió su bloc.

—Ya conoces los temas que no estoy dispuesta a tocar, ¿no es cierto?

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—Si algo de lo que le pregunto le parece improcedente, ya me avisará...,
señora Norton.

—Edie —insistió ella.

—Muy bien —dijo él incómodo bajo su mirada escrutadora—.


Empecemos por el principio. ¿Qué sabe de la infancia de Serian?

—No gran cosa. Nunca se refería a ella.

—¿De dónde era?

—De alguna parte de por ahí. —Movió su mano enjoyada en un gesto


desdeñoso que señalaba el interior del país— Del más allá. De la tierra
que produce hombres auténticos. —Le sonrió—. Como tú.

—Yo... esto... Cuando lo conoció, ¿tenía algún acento especial, o alguna


forma de hablar particular que indicara sus orígenes?

—No.

—¿Hablaba de sus padres?

—No. Pero tenía algo con los huérfanos. Nada específico... pero... bueno,
por ejemplo, se indignaba cuando leía artículos en la prensa
relacionados con gente que dejaba abandonados a sus hijos. Y si en
alguna película aparecía un huérfano o un orfanato, se iba enseguida a
verla. Así que siempre me pregunté si su padre o su madre, o incluso él,
no serían huérfanos.

—¿Se lo preguntó alguna vez?

La galerista suspiró con impaciencia.

—Tienes que entender una cosa;

nunca

, ¿entiendes?,

nunca

hablaba de su vida. —Frunció el entrecejo pensativa—. Y no sé hasta


qué punto me interesaría ahora ver aflorar su pasado. La imagen de
Serian equivale para nosotros a una cuantiosa inversión financiera, y no
me gustaría ponerla en peligro.

Owen lo estuvo meditando unos segundos.

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—Sí. Ya entiendo a qué se refiere. ¿Pero en qué dañaría la imagen
artística de Bram Serian restablecer su humanidad? Tuviera el pasado
que tuviera... por muy complejo o trivial que fuera... sacarlo a la luz no
alteraría el respeto y la fascinación que su obra ejerce en el público. Si
acaso, el misterio que tejió alrededor de su persona crearía mayor
interés.

La galerista consideró sus palabras en silencio.

—Señora Norton... Edie... Las vidas de la gente como Serian, de la gente


que persevera en sus quimeras y que consigue elevarse por encima de
los demás... son tesoros que deberían formar parte del patrimonio
público. Podemos aprender muchas cosas de ellas. Nos permiten
entender mejor, o apiadarnos de ciertos aspectos de la condición
humana a los que hasta entonces no habíamos prestado mucha
atención. La historia de Serian es importante.

La boca de Edie Norton se torció en un amago de sonrisa.

—Así que no sólo eres elocuente escribiendo, sino también hablando —le
dijo en son de guasa. Luego, con la mirada perdida, pareció sumergirse
en los recuerdos. Cuando se recobró, le sonrió melancólicamente y le
dijo—: ¡Dios!, lo que podría hacer contigo si en lugar de escritor fueras
artista. Tanta sencillez y sinceridad..., y esos ojos azules, esas manos
encantadoramente rugosas. Me recuerdas a Bram de joven.

Owen carraspeó y fijó los ojos sobre sus notas.

Ella suspiró.

—Bueno, imagino que un libro sensacionalista acerca de Serian


generará mayor atención en torno a su obra... y más publicidad para la
galería. —Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre el escritorio
y cruzó las manos—. Bien, pues adelante. ¿Qué es lo que quieres saber?

Owen comenzó con la primera pregunta de la lista que tenía preparada.

—¿Era Bram Serian su nombre completo?

—Lo dudo. Pero era el que utilizó siempre.

—¿Conoce su fecha exacta de nacimiento?

—No. Y dudo que alguien más la conozca. La cambiaba a menudo.

—¿Y su lugar de nacimiento?

—Ni idea. Pero mi versión favorita es la de la explotación forestal.

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—¿Mencionaba alguna vez a gente de su pasado? Amigos, parientes,
profesores...

Edie Norton dudó unos segundos.

—Al final de su primera exposición de éxito estábamos bebiendo una


copa de champán juntos y comentó que le habría gustado restregarle
aquel triunfo a su profesora de dibujo, y cuando le dije que con mucho
gusto le mandaría alguna reseña laudatoria, se puso como un basilisco.
Rompió una de mis copas de cristal y me dijo que me ocupara de mis
asuntos.

—Una reacción muy exagerada.

—Serian era un hombre de reacciones exageradas.

—¿Y no tiene ninguna pista de su pasado?

La galerista sacudió la cabeza.

—Sólo... muchos creían que su pose de vaquero y de hombre de campo


no era más que una impostura. Pero a mí siempre me pareció auténtica.
Estoy convencida de que no creció en un suburbio. Era de esos hombres
firmes, intensos, callados, ¿sabes? Como tú. Salvo que Serian tenía una
vena sombría. Se intuía en él la posibilidad de cierta crueldad. Y le
costaba mucho relacionarse con los demás. O los ignoraba o esperaba
demasiado de ellos. Y siempre acababa decepcionado, o exasperado, o
añadiendo un nombre a su famosa lista negra.

Owen esperó, para dejarle tiempo a añadir algo más si así lo deseaba, y
luego le preguntó:

—¿Y qué hay de Vietnam? ¿Qué hay de eso?

—Creo que todo lo que le ocurrió allí fue negativo. Me parece que su
estancia le causó mucho sufrimiento.

—¿Y en qué cuerpo del ejército estaba?

—No tengo ni idea. Nunca lo especificó.

—¿Qué decía de la guerra?

—Oh, cosas inconcretas. La vida, la muerte, la injusticia, la hipocresía


del gobierno. Cosas así. Pero si alguien traía el tema de Vietnam a
colación, Bram abandonaba la habitación. Odiaba tener que participar
en discusiones relacionadas con eso.

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—¿Y qué hay de Lenore? Según dicen. Serian la conoció en Vietnam,
durante la guerra, y algunos piensan que se casó con ella para pagarle
una deuda.

—¡Eso es una bobada! Lenore Serian no es vietnamita. Quizá se lo dijo a


Bram para ganarse su simpatía. Ya la has visto. Podría ser medio
japonesa, medio coreana, medio filipina... Podría ser una de esas
mestizas californianas que son un poco de todo. ¿Qué prueba hay de que
sea medio vietnamita? Ninguna. ¡Y ese acento que tiene! Con los años se
le ha ido quitando, pero hablaba como alguien de Ohio que imitara una
mala película francesa. —Edie Norton puso los ojos en blanco y
chasqueó la lengua fastidiada— Todo lo que rodea a Lenore es falso.
Creó un personaje ficticio únicamente con el fin de atrapar a Bram
Serian. Y funcionó. Lo embaucó a él, y a un montón de personas más.

Owen trató de disimular su sorpresa.

—Si fuera una impostora, ¿no cree que el fiscal del distrito lo sacaría a
relucir en el juicio?

—¡Ja! ¿Pero cómo va a desenmascarar ese desgraciado de fiscal de


donde Cristo perdió el gorro a una mujer tan lista como Lenore...? Y
además, me pregunto si Bram no la ayudó... si en algún momento dado
no descubrió el subterfugio y, ante la humillación de tener que soportar
que la verdadera identidad de Lenore saliera a la luz... si no la ayudó a
echar más tierra por encima ...

Edie Norton echó un vistazo a su reloj y frunció el ceño, como si le


supiera mal que todavía quedara tiempo.

—Lenore —dijo con amargura— Siempre termina todo en Lenore, ¿no


es cierto?

—Habla de ella como si le guardara rencor.

Edie se alzó y empezó a deambular por la habitación paseando los


dedos sobre los muebles recargados.

—Cuando conocimos a Serian, estudiaba en la Academia de Bellas Artes


y vivía en el West Village. Acababa de desembarcar en Nueva York. Su
trabajo todavía no era nada del otro mundo, pero intuimos su enorme
potencial, así que decidimos representarlo. Tratamos de guiarlo, de
ayudarlo a descubrir su propio talento, por decirlo de alguna forma. Sus
esculturas mejoraron, y por fin logramos vender algo, pero... bueno... no
era fácil. No era un minimalista, no era un realista, no era un
surrealista... O sea que resultaba muy difícil vender sus obras... Pero
seguimos con él. Le inquietaba cada vez más aquella dificultad de
encontrar un público, y hubo un período en que casi desapareció;
compró la granja y se transformó en un anacoreta. Luego, todos
descubrimos su talento para la pintura y se convirtió en el Bram Serian
que todos conocemos... En ese período andaba liado con una modelo

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negra, aunque la vi en contadas ocasiones y nunca hablé con ella. De no
ser por los chismorreos del mundillo del arte, ni me habría enterado de
su existencia. O sea que ya ves, en aquella época Bram vivía de forma
muy reconcentrada y no permitía que las trivialidades personales
interfirieran en su creatividad... Después se casó con Lenore... y ella
destrozó esa capacidad de concentración. Lo agobió tanto con sus
manipulaciones y con su comportamiento pueril, neurótico, que
consiguió

destrozar

su habilidad para crear. Y cuando Bram ya no fue capaz de crear nada,


entonces Lenore lo

destrozó

físicamente.

Edie Norton se cubrió el rostro con sus manos perfectamente cuidadas.


Owen permaneció en silencio. Cuando recobró la serenidad parecía
furiosa.

—¡No me habías dicho que el tema sería Lenore Serian!

—Lo siento —dijo Owen.

Esperó a ver si la galerista lo echaba. Pero no lo hizo. Regresó a su


butaca y se dejó caer en ella, como vencida.

—¿Sabe cómo se llamaba la modelo?

—No. No era importante.

—Pero según parece, Serian vivió con ella varios años...

—¡No era importante! —lo cortó Edie.

—De acuerdo. —Owen echó un vistazo a sus notas preguntándose cuál


sería la dirección a tomar. Finalmente le preguntó—: Después de
mostrar sus cuadros a Gregory Hillyer, ¿Serian los trajo directamente a
la galería?

Edie Norton se echó a reír con desdén.

—Así que has estado hablando con el viejo Hilly, ¿eh? Yo de ti, Owen, no
me fiaría mucho de sus informaciones.

—¿Por qué no?

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—Digamos que los recuerdos de los alcohólicos de ochenta años no son
fiables.

—Parecía lúcido.

Empequeñeció los ojos para decirle:

—Podría contarte unas cuantas cosas relacionadas con Greg Hillyer... —


Se detuvo y le dirigió una sonrisa envarada—. Pero ya volvemos a salir
del tema, ¿no es cierto? —Echó una nueva ojeada a su reloj.

Owen volvió a concentrarse en sus notas.

—¿Visitaba usted a menudo la granja?

—Al principio, no. Bram no quería visitas. Trabajaba en el estudio y la


casa carecía de las mínimas condiciones.

—¿Restauró el establo él solo?

—No del todo. Empleó a unos cuantos profesionales para la electricidad,


la fontanería y todas esas cristaleras del techo. También le ayudó Al.

—¿Quién es Al?

—¿Al? Bueno..., lo tuvo ahí durante muchos años. No sé dónde lo


encontró. Se rumoreaba que Al era un primo lejano de Bram, o algo
parecido, pero lo dudo mucho. En cualquier caso, Al era limitado. Un
retrasado mental. No podía funcionar en sociedad. Bram cuidaba de él y
lo dejaba vivir en el estudio, como una especie de ayudante o de
asistente creativo.

—¿Qué es un asistente creativo?

—Bueno, ya sabes... el que prepara las telas, cuida de los sopletes,


limpia la pintura... Ese tipo de cosas. A veces, un artista con mucho
trabajo necesita la ayuda de varios asistentes.

—¿Qué ocurrió con Al cuando miró Bram?

—Ya hacía tiempo que Al se había ido. —Edie Norton jugueteaba


distraídamente con la gran esmeralda que llevaba en un dedo; volvió a
echar un vistazo a su reloj.

Rápidamente Owen preguntó:

—¿Y cómo se enteró de la existencia de los cuadros que marcaron la


ruptura de Serian? ¿La llamó Hillyer?

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—¿Hillyer? En absoluto. Ese viejo necio no tuvo nada que ver. Tomó una
gran bocanada de aire y su expresión se dulcificó. —Cuando Bram
empezó a trabajar en la granja se convirtió en un ermitaño. Nos costaba
sudor y lágrimas hacerlo venir a la ciudad. Barry y yo estábamos muy
preocupados. Podían pasar meses sin que nadie lo viera. Y se nos hacía
saber, en términos muy rotundos, que las visitas no serían bien
recibidas. Un día, Bram nos llamó para decimos que quería mostramos
algo y que si no nos importaba subiéramos allí arriba. Lo interrumpimos
todo y salimos de estampida. Fue nuestra primera visita a la granja y
nos quedamos estupefactos. Tan lejos de todo, en medio de no se sabe
dónde..., y aquella casucha tan siniestra... Todavía no había empezado el
gran proyecto de construcción... pero estaba muy orgulloso de aquel
lugar, especialmente del estudio que acababa de terminar. Era inmenso.
De hecho, eran unos establos transformados en un estudio de ensueño,
con luz cenital y demás. Eso decía él, porque no nos dejó entrar. No
dejaba entrar a nadie salvo a su asistente, por supuesto. Tampoco nos
mostró la casa. Me parece que lo abochornaba un poco. En la parte
delantera había un porche decaído de madera y ahí tenía las telas que
quería enseñamos. Barry me miró de reojo y ambos pensamos...
«¡Dios...! ¿Qué va a ser esto?», porque Serian nunca se había interesado
por la pintura, y entonces empezamos a examinar las telas y nos
quedamos atónitos. ¡Absolutamente atónitos! Barry estaba tan
impresionado que empezó a tartamudear.

Edie Norton sonrió al recordarlo.

—Aquellos cuadros marcaron su giro definitivo. Organizamos una gran


exposición y Bram se convirtió en una estrella. A partir de entonces la
demanda no dejó de crecer. Bram dividía su tiempo entre su nave de
Manhattan y su casa de campo y, cómo veía a sus amistades en la
ciudad, pasaron años antes de que nadie pusiera los pies en su granja.
Años en que lo único que sabíamos era lo que sucedía cuando Bram
estaba en Manhattan... Luego empezó a hablar de una casa que se
estaba construyendo y todos empezaron a interesarse y a ofrecer su
ayuda, y ése fue el inicio de los extenuantes festejos de Bram. La gente
subía en grupos y se pasaban el fin de semana pegando martillazos,
pintando, comiendo al aire libre y pasándoselo de miedo... En verano,
Bram alquilaba una furgoneta que recogía a los invitados los viernes
por la noche y los devolvía a la ciudad a última hora del domingo, o sea
que aquellos fines de semana tan ajetreados se regían por una
organización impecable. La gente se peleaba por ir, pero Bram
seleccionaba mucho a sus invitados.

—¿Cuándo se instaló Lenore en la granja?

—No lo sé. Nosotros subíamos de vez en cuando y a veces la


vislumbrábamos por los pasillos. Pero no se la veía con frecuencia; solía
circular antes de que la gente se levantara, o sea que imaginábamos que
era una asistenta que venía algunas horas al día. Finalmente
descubrimos que residía allí, aunque seguimos sin prestarle mucha
atención. En aquella época iba hecha una lástima y todos creíamos que

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era una de esas filipinas o coreanas clandestinas que Bram había
empleado para los quehaceres domésticos. Se mantenía al margen y
casi no la veíamos. Resultaba fácil olvidar que Bram vivía con dos
personas más, porque Lenore y Al eran de una discreción enfermiza.
Barry siempre decía que le parecían la servidumbre perfecta;
silenciosos y prácticamente invisibles. Luego corrió la voz que era una
especie de refugiada de guerra. Una de esas huérfanas hijas de
vietnamita y de americano. En cuanto lo supe empecé a sospechar que
Lenore se traía algo entre manos. Estaba convencida de que iba a por
él. Para empezar, Bram estaba traumatizado con los huérfanos, y
además estaba toda su rémora mental de Vietnam, así que Lenore
cuajaba con todas sus debilidades... Un fin de semana, Bram organizó
uno de sus festejos e invitó a un montón de gente a pasar la noche en la
finca para mostramos una parte de la casa recién terminada, y mientras
estábamos allí apareció la niña. Sólo que ya no era una niña. Se había
transformado en una joven de asombroso atractivo. Barry le dijo: «Veo
que todavía tienes a tu refugiada», Bram miró a su alrededor, como si
no supiera de qué le estaba hablando, y luego dijo: «Ah, sí, me he
casado con ella.»

Edie Norton suspiró profundamente.

—Nos quedamos todos boquiabiertos, pero Bram despachó el tema


como si no tuviera la mínima importancia. Es más, aquella misma tarde
nos llevó a un lago para que viéramos unos patos exóticos que acababa
de comprar y demostró mucho más entusiasmo e interés hablando de
sus patos que de la boda. Nunca entendí por qué se casó con ella...
Físicamente es interesante, es cierto. Ya la conoces. Ese color de piel
precioso, y esa estructura ósea... Supongo que para un artista era
natural verla como una obra de arte. Arte vivo. Y me di cuenta
perfectamente del partido que Lenore le había sacado a eso de ser una
huérfana vietnamita... pero ¿por qué tuvo que casarse con ella...? Ya la
tenía allí. A mano. Seguro que se acostaban juntos desde el principio.
Así que ¿por qué razón se casó con ella?

Edie dirigió la pregunta a Owen, como si éste hubiera podido


responderla.

—¿No parecían enamorados cuando se casaron? —preguntó él


diplomáticamente.

—¡En absoluto! Era algo curiosísimo. Nadie se lo explicaba. Incluso a


los hombres les resultaba chocante. Nos pasábamos el día hablando de
aquello.

—¿Le preguntó usted alguna vez la razón de aquel matrimonio?

—No me habría atrevido. Bram ya tenía una sólida fama de


cascarrabias, incluso yo le temía un poco.

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—¿Y Lenore? ¿Tuvo alguna vez una conversación personal con ella que
le aclarara algo?

—Nadie tenía conversaciones con Lenore, ni personales ni de las demás.

—¿No tenía amigos con los que intimara?

—No tenía amigos, punto. Qué quieres, Lenore Serian siempre me ha


parecido una lunática. Porque incluso cuando empezó a... —Edie Norton
se refrenó y le lanzó una mirada punzante—. No quiero emitir opiniones
personales relacionadas con Lenore Serian.

—De acuerdo... volvamos atrás... Dice usted que Lenore no conoció a


Serian hasta mucho después de regresar de Vietnam. O sea que los
rumores que decían que la había conocido allí, que iniciaron su relación
entonces y que Bram habría tenido una deuda pendiente con ella, ¿le
parecen totalmente infundados?

—Sí. —Edie se revolvió en su asiento y giró su reloj de muñeca para ver


la hora—. Te quedan cinco minutos.

—De acuerdo. Pues en ese caso, hábleme de Serian. ¿Cómo era cuando
lo conoció y en qué cambió cuando su carrera empezó a medrar?

La galerista sonrió.

—Recuerdo muy bien la primera vez que lo vi. Fue en una fiesta. Oh, era
fenomenal. Lo rodeaba una aureola artística, con un brillo casi tangible.
Era inocente, bondadoso e increíblemente atractivo.

Miró a su alrededor, como si temiera que alguien pudiera estar


observándolos, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una foto
enmarcada:

—Bram me habría matado si hubiera sabido que tenía esto —dijo Edie
Norton—. Pero para mí significaba mucho.

Le tendió la fotografía. Era el primer retrato de cerca que Owen veía de


Bram Serian, así que lo estudió ávidamente. Tema el pelo rubio y
espeso, un bigote en forma de manillar y un rostro que no habría
desentonado en una vieja placa color sepia del siglo pasado. Miraba a
otro lado, sin prestar atención a la cámara. Lo rodeaban varias
mujeres, todas con los ojos clavados en él. Una de ellas era una versión
rejuvenecida de Edie Norton. En segundo plano aparecía el perfil de una
mujer negra despampanante.

—¿Por qué le molestaba tanto que lo fotografiaran? —preguntó Owen.

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—Quería que la gente se concentrara en su obra. No en él —respondió
Edie Norton encogiéndose de hombros—. No sé, en todo caso no lo
aguantaba.

—Ésta es usted, ¿no es cierto? —preguntó Owen.

Edie sonrió.

—Sí. Fue tomada en una de las primeras exposiciones de Bram. Y ésta...


—Señaló a la mujer que aparecía a su lado—. Oh, no recuerdo su
nombre. Una casquivana. Se pasó toda la noche tratando de conquistar
a Bram, aunque logré colocarle un cuadro.

—¿Y quién es ésta? —preguntó Owen señalando a la mujer situada en


segundo plano.

—Ésa es Geneva —respondió Edie; luego calló y miró a Owen de


soslayo.

—¿Era la modelo con quien estaba liado?

—¡Claro! Es Geneva Johnson.

Edie le arrancó la fotografía de las manos, la miró un segundo y luego


la guardó con un suspiro.

—Bram perdió la inocencia, pero siguió conservando su atractivo. Y


nunca dejó de ser un trozo de pan. Dios sabe la cantidad de parásitos a
los que ayudó; el asistente tarado que tenía en el estudio, algunos
artistas de pacotilla que había conocido en la academia... —Con un
resoplido desdeñoso añadió—: Y ese horrible Hillyer... ese hombre vivió
a expensas de Bram durante años... Y por supuesto, siempre era muy
generoso con los artistas jóvenes, con los proyectos y con los grupos
artísticos. Pero casi nadie recordaba su bondad, porque se transformó
en un personaje... tremebundo. Tenía un carácter temible.

—¿También le temía Lenore?

—Quién sabe. Lo que sí te aseguro es que en mi presencia nunca se


hablaban.

—¿Ni siquiera en las fiestas, en los cócteles, en los acontecimientos


públicos?

—Querido Owen, Lenore no lo acompañaba nunca a Manhattan. Era


como uno de sus patos exóticos; se quedaba junto al estanque.

—¿Y a qué cree que se debía?

—Imagino que porque Lenore era un

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objet d’art

pensado para su mansión, y uno no suele desplazarse con sus objetos de


decoración doméstica a cuestas... Pero éste es mi último comentario
relacionado con Lenore.

—Me gustaría saber más de las amistades de Serian y de... —Tendrá que
ser otro día. Tengo muchas cosas que hacer. —Entonces, ¿podré
llamarla otro día? —le preguntó Owen. Ella le dedicó una sonrisa
sugerente.

—Quizá sería mejor que la próxima vez fuéramos a tomamos

una copa.

Owen abandonó el despacho rumiando lo que había oído y lo que no


había oído. La joven del vestido ceñido y de actitud impertinente lo
esperaba para acompañarlo a la puerta. Le lanzó una mirada desdeñosa
por encima del hombro y le dijo:

—¿Cómo ha ido la entrevista?

—Bien.

—¿Le ha contado cuando se lo folló? Owen no pudo disimular su


estupor.

—Sí, sí. Engulló un montón de píldoras cuando Bram se casó con


Lenore. Sólo que no las suficientes para morir.

—¡Desiree! —La voz de Edie flotó desde la parte trasera—. ¿Has hecho
aquellas llamadas?

—¡Sí, mamá!

Owen se encaminó hacia su apartamento. El cielo tenía ahora un color


ceniciento y la temperatura estaba bajando. Caminó dando grandes
zancadas, con las manos hundidas en los bolsillos y los ojos clavados en
la acera, aunque no logró liberarse de la pesadumbre que lo
embargaba. La verdad de la vida de las personas era a menudo triste,
patética, trágica; Edie Norton había deseado morir por amor, Serian se
había casado con una mujer por razones inexplicables, y Lenore,
seguramente no deseada y sin hogar, o quizá por mero desespero, había
tenido que mentir y calcular para buscarse un refugio. Y Serian había
muerto, Lenore estaba siendo sometida a juicio, Edie protegía su
corazón bajo múltiples capas endurecidas y su hija había quedado
atrapada entre dos fuegos.

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Y su propia familia, en tantos aspectos, también enmarañada y
fracturada.

Llegó a su edificio completamente deprimido y efectuó todo el ritual de


entrada; abrió primero el portal y luego la puerta que separaba el
zaguán del vestíbulo.

—¡Por fin! —exclamó una voz femenina, y le sorprendió ver a Holly


Danielson sentada en un peldaño de las escaleras.

—Hola —contestó Owen instantáneamente animado por aquel saludo


enérgico.

—Espero que no te moleste mi intrusión... —Holly se incorporó mientras


se limpiaba el trasero de los vaqueros. Tenía las mejillas sonrosadas y le
brillaban los ojos—. Tengo material para ti y como no tienes teléfono y
yo tenía que pasar por aquí, he pensado que era una buena hora para
traértelo directamente.

—¿Hace mucho qué esperas?

—No mucho. Y además, como ves, he logrado entrar y te he esperado


aquí dentro, o sea que no ha sido nada.

No parecía tener prisa en entregarle el material y en despedirse, así que


Owen le propuso:

—¿Quieres subir? Puedo hacerte un café.

—Bueno... —Holly recogió una bolsa blanca y una marrón que tenía a
sus pies—. Es que... he traído algo de comida.

Owen le tomó la bolsa blanca de las manos y empezó a subir. Reconoció


de inmediato el delicioso aroma de comida china.

—Aquí al lado hay un sitio especializado en platos de Sechuán—le


explicó Holly mientras subía detrás de él—. Nunca logro resistirme. Así
que... he pensado que... si no habías cenado...

Owen ahuyentó su amargura con gran alivio y se sintió agradecido por


el consuelo que prometían aquellos olores tentadores.

—Fantástico —le dijo—. Has tenido una idea excelente.

—También he traído cerveza china —añadió Holly en tono vivaz—. No


sabía si preferías vino o cerveza, aunque con especialidades de Sechuán
me ha parecido que la cerveza china sería más adecuada.

—La cerveza irá perfectamente.

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Depositaron la comida sobre la exigua mesilla baja del apartamento y
luego se sentaron en el sofá-cama para comer. Holly abrió un recipiente
de cartón y se lo tendió.

—¡Tallarines fríos con ajonjolí! Recordaba que Marilyn te los había


hecho probar y que te habían gustado —dijo Holly con el rostro
iluminado.

—Nunca habría imaginado que un tallarín frío pudiera ser tan delicioso
—admitió Owen riendo mientras se los servía en el plato.

Comieron un rato en silencio; luego Holly empezó a hablar de lo tronado


que era el apartamento y de lo deteriorado que estaba el East Village en
general. Después se quejó de lo aburrido que había sido aquel sábado
laboral, sin crímenes ni sucesos sórdidos, y le contó que un productor de
su emisora siempre estaba metiendo mano a sus subordinadas
femeninas.

—¿Y por qué no lo denunciáis y le paráis los pies?

—Sí, ya —bufó ella en tono sarcástico—. Hasta podríamos lograr que lo


echaran. Pero la primera que se atreva a abrir la boca se arriesga a que
la traten como a una leprosa durante el resto de su carrera televisiva. —
Owen la miró asombrado—. No pongas esa caía. Eso es lo que hay. O te
adaptas o te buscas un empleo en el que los hombres sean tus
subordinados.

—O te buscas un trabajo que no sea en la televisión —dijo Owen.

—¡Ya!... Pero si pasa lo mismo en todas partes... Sólo que tú no lo sabes


porque has vivido siempre una vida plácida en el campo. La mayoría de
los hombres, cuando alcanzan el poder, no se resisten a sacar tajada.
Imagino que debe formar parte de la naturaleza varonil. —Luego se
encogió de hombros arrepentida—. Aunque quién sabe, las mujeres, si
pudiéramos, igual haríamos lo mismo. Igual es que el poder es una
tentación irresistible.

Owen la observó mientras se servía más pollo al jengibre. Él no tenía


más apetito y su anterior amargura volvía a invadirlo.

—Hoy he entrevistado a Edie Norton —dijo.

—¿Y has conseguido enterarte de algo interesante?

—Supongo. Estoy empezando a pensar que Bram Serian estaba


predestinado a la tragedia.

—¿Y por qué lo dices?

—No sé. Por nada en concreto.

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—Bueno, ya le sacarás partido. Es un punto de partida excelente.

Destinado a la tragedia desde siempre

. Será una frase que a tu editora le sugerirá una lluvia de dólares.

Owen quiso decirle que a él el East Village le parecía estupendo, que un


sábado por la noche sin crímenes no le parecía algo lamentable y que
una tragedia no era únicamente un buen punto de partida para imaginar
una lluvia de dólares. Pero en lugar de eso se puso bruscamente en pie y
llevó el plato al fregadero.

—¿No vas a comer nada más? —le preguntó ella

—No puedo más —le respondió Owen atareado en armar la cafetera.

—¿He dicho algo inconveniente, Owen?

Él se giró para sonreírle, pero sin gran entusiasmo.

—Me temo que esta noche no soy la alegría de la huerta. Tengo


demasiadas cosas en la cabeza. Pero gracias por tu cena. Ha sido una
sorpresa muy agradable.

Holly empezó a recoger los recipientes medio llenos y los guardó en la


nevera. Luego insistió en vaciar los platos y en recogerlo todo. Owen se
arrepintió de haber empezado a hacer café porque deseaba que se
fuera.

—Chico, no sabes lo que te envidio eso de haber crecido en el campo —


le dijo ella—. De pequeña, siempre soñaba con eso. Todos esos animales,
y tanto espacio, y toda la familia reunida en torno a una tarta de
manzana.

Owen se echó a reír.

—Pues yo soñaba con vivir en una ciudad para poder ir en bicicleta


hasta la biblioteca, ir al cine y mezclarme con otros chicos con las
mismas ideas que yo.

—Nunca se me había ocurrido verlo de esta manera —dijo ella mientras


apoyaba los codos en el tablero de la cocina y observaba cómo Owen
sacaba las tazas, la leche y el azúcar—. Si tuviera que describirte en un
reportaje, diría que tienes aspecto de intelectual deportivo. —Se
golpeteó la mejilla con un dedo pensativa—. O quizá sería mejor
definirte como un irlandés tenebroso y profundo.

—Pero como nunca harás un reportaje que me concierna... —le


respondió Owen al tiempo halagado y fastidiado por su atención.

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—¿Eras de los buenos en el colegio? —le preguntó ella. —Sírvete —le
respondió Owen acercándole una taza.

Holly se puso azúcar y leche, sin dejar de estudiarlo con una mirada
guasona mientras removía el café.

—Vamos... ¿Eras de los buenos?

—No. —Owen sabía que ella quería oír algo más, pero no tenía ningún
deseo de alentarla.

Holly se llevó su taza al sofá y se sentó.

—¿Y qué piensa tu familia de que estés en Nueva York? —Están


horrorizados.

—Mmmm. —Sonrió y tomó un sorbo de café—. Me lo imagino. Mi


familia también estaba horrorizada cuando me vine. Y yo soy de una
ciudad.

Owen apoyó la cadera en la barra de la cocina y se terminó el café.

—Pero te sientes bien aquí, ¿no es cierto? —le preguntó ella en tono más
serio que antes.

—¿Por qué lo dices?

—Porque... no desentonas. —Holly depositó su taza con cuidado sobre la


mesilla de cristal—. Tienes la actitud adecuada.

Owen se frotó los ojos con cansancio.

—Oye Holly... tengo que ponerme a trabajar en mi proyecto, así que...

—Pero si a eso he venido —lo cortó ella con rapidez—. Te he fotocopiado


un montón de coséis. —Hundió la mano en el bolso de grandes
dimensiones que había dejado en el suelo, junto a la mesilla, y sacó un
sobre de papel manila—. Ven y siéntate. —Dio unos golpecitos sobre el
cojín que tenía a su lado—. Te mostraré lo que tengo.

A regañadientes fue a sentarse junto a ella con la taza de café en la


mano. Holly se le arrimó para desplegar el material apoyando el pecho
sobre su brazo mientras le señalaba puntos específicos. La suave
presión de la piel de Holly originó una zona de calidez en torno al punto
de contacto. Trató de ignorarla y de concentrarse en el contenido del
sobre. Lo que Holly se había traído resultó ser una información de
escasa trascendencia que podía haberle dado al día siguiente en el
tribunal. Estuvo a punto de comentárselo pero se contuvo.

—Gracias por tu ayuda —le dijo.

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Holly se descalzó, recogió sus piernas sobre el sofá y palpó el tejido de
la camisa de Owen.

—Tus camisas siempre parecen nuevas. En lugar de llevarlas a lavar,


¿qué haces?, ¿las tiras y compras otras?

—Ah, ¿por qué no se hace así? —respondió Owen.

En aquella posición le llegaba su perfume y podía verle el escote. Iba sin


sostén. ¿Lo había tenido tan abierto toda la velada o era acaso la forma
de sentarse, inclinada hacia él, la que lo dejaba tan al descubierto?

—Estás tenso —le dijo ella en tono de reproche—. Toda esa presión con
el proyecto y lo demás... —Sus dedos masajearon suavemente el cuello
de Owen—. Date la vuelta, estás tan rígido. ¿Cómo puedes trabajar así?

Owen se giró para ofrecerle la espalda y cerró los ojos sometiéndose a


la exquisita presión de las yemas de sus dedos que se movían arriba y
abajo amasando y friccionando sus músculos.

—Desabróchate la camisa —le dijo ella y Owen, sin volverse, obedeció.

Holly le bajó la camisa hasta media espalda, para tener libre acceso a
su cuello y sus hombros. Sus manos lo acariciaron derritiendo la
crispación de su espalda pero remitiéndola de inmediato a las ingles.
Owen cambió ligeramente de posición y ella, apoyada en él, le presionó
los hombros y deslizó sus manos por delante, hacia su torso desnudo.
Owen se percató de que los senos apretados contra su espalda estaban
desnudos, Holly se había desabrochado la blusa y la tibieza que sentía
era la de su piel. Oyó un leve suspiro de placer y se asombró de que
fuera suyo.

—Relájate —le murmuró Holly, y Owen se giró obedeciendo a la presión


de sus manos, de forma que otra vez quedó apoyado en el respaldo del
sofá.

Holly estaba ahora frente a él. Arrodillada entre sus piernas. Sus suaves
pechos blancos le rozaban los muslos. Sus dedos se dirigieron hacia su
bragueta. Owen cerró los ojos concentrándose en las sensaciones, su
respiración se aceleró al notar que la cremallera se abría. Sintió los
labios de Holly, ligeros como una pluma, sobre su estómago besándolo y
resbalando..., resbalando. Procuró no abrir los ojos, ni volver a respirar,
procuró no hacer nada que pudiera interrumpir el descenso de aquella
boca suave, húmeda. Ninguna mujer lo había tenido en su boca. Y lo
deseaba. ¡Dios, cuánto lo deseaba! Cerró los puños para refrenarse y no
acelerar el descenso de aquella cabeza.

Los besos se interrumpieron.

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—¡Oh Owen! —jadeó ella—, desde el momento en que te conocí supe que
estaríamos bien juntos. He pensado mucho en ti desde ese día.

Aquellas palabras surtieron el mismo efecto que un cubo de agua fría.


Su erección se marchitó y la nube de deseo que le invadía el cerebro se
desvaneció por completo dejándolo con la sensación de ser el mayor
majadero del mundo. No existía ninguna vía de escape. Ningún
chasquido de dedos mágico que pudiera recomponer la situación. Holly
alzó la mirada con expresión aturdida, vulnerable, empeorando todavía
más su incomodidad. Se alzó del sofá abochornado y se colocó la
camisa por dentro del pantalón.

—Lo siento Holly. Lo siento de veras. No sé qué me ha pasado.

Ella lo miró parpadeando.

—¿No quieres hacer el amor conmigo? —le preguntó con voz apagada.

Seguía en el suelo. Con los ojos entelados por las lágrimas y clavados en
él. Owen le recogió la blusa abandonada sobre el brazo del sofá y se la
tendió, y luego desvió la mirada. Pero ella no se la puso; se levantó y se
sentó en el borde del sofá, con la blusa apretada sobre los pechos.

—Me parece que era obvio que quería hacer el amor contigo. Pero no
está bien. Ya te lo dije, Holly... En Kansas salgo con alguien, y no sería
justo ni para ti ni para ella.

—¿Es eso lo que te preocupa? —Parecía haber recuperado parte de su


aplomo y se puso la blusa, sin falsas modestias. Owen se esforzó en
mirar a otro lado.

—Owen, somos dos personas adultas que nos sentimos mutuamente


atraídas. La felicidad es para los que saben aprovecharla. Estar juntos
nos haría felices a los dos. ¿Quién va a enterarse? ¿Quién va a sentirse
herido?

Owen sopesó cuidadosamente sus palabras.

—Me halaga mucho que me desees. Eres una mujer increíblemente


atractiva y si las circunstancias fueran otras...

—Igual las cosas te parecerían diferentes si las examinaras realmente —


dijo ella—. Quizá la razón de la atracción que sientes por mí resida en
que no estás enamorado de ella. Deberías pensadlo.

Owen se volvió.

—En este momento lo único que pienso es que debería estar trabajando
y que se acerca la fecha de entrega de mi proyecto. —Le salió un tono

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un poco más brusco de lo deseado que agravaba su culpabilidad, pero
no se disculpó. Quería que Holly se fuera del apartamento.

—Claro —dijo ella aparentemente no afectada— Conozco bien eso de las


fechas de entrega.

Owen se refugió en la cocina y la observó mientras se calzaba, se


arreglaba el pelo y recogía el bolso y el abrigo. Cuando por fin pareció
dispuesta a irse, Owen se dirigió a la puerta y descorrió el pestillo.

—No te preocupes —le dijo ella—. No estoy enfadada contigo. Tu lealtad


te hace todavía más atractivo. La mayoría de hombres son tan fáciles...
Les importa poco estar comprometidos, o casados, o lo que sea... con
tal de salirse con la suya. —Se encogió de hombros—. Por eso no me he
casado. De los hombres no hay que fiarse nunca. Casi todos son
esclavos de su polla.

—Quizá es que los hombres a los que has conocido no valían la pena —le
sugirió Owen.

—Sí... debes tener razón. —Holly le sonrió melancólicamente y se colgó


el bolso del hombro— Pero estoy intentando cambiarlo.

Owen ignoró su mirada significativa.

—¿Quieres que te acompañe a la calle y espere mientras encuentras un


taxi o...?

—Eres un sol, pero no. Soy una chica acostumbrada a la gran ciudad. —
Se puso de puntillas para besarlo rápidamente en la mejilla— Nos
vemos mañana. Adiós.

—Adiós —respondió él mecánicamente. Estaba cerrando la puerta


cuando se fijó en que el anciano del apartamento de enfrente se
asomaba a la puerta.

—Así que por fin lo ha encontrado —dijo el hombre.

—¿Cómo?

—Ha estado esperando la tira. Ahí abajo, sentada en las escaleras. No


se dedicará usted a vender drogas, ¿verdad?

—No.

—A las chicas no les gusta esperar, sabe.

—Intentaré no olvidarlo.

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—Sí. Y esta noche, aún. No habrán pasado más de veinte minutos desde
que ha subido a llamar a su puerta hasta que usted se ha presentado.
Pero anoche estuvo aquí tres horas. Casi llamo a la poli.

—Siento que le haya molestado —dijo Owen.

Cerró la puerta. ¿La noche anterior también lo había estado esperando?


¡Santo cielo! ¡Qué estúpido había sido! ¿Cómo no se había dado cuenta
del interés que despertaba en ella?

Aunque se refrenó de inmediato, porque no era del todo inocente. No


podía negar cierta responsabilidad en lo que había ocurrido. Había
percibido lo que Holly quería al sentarse en el sofá junto a ella. Incluso
quizá antes. Le habían intrigado las posibilidades, lo desconocido,
incluso la faceta furtiva de todo aquello.

En qué lío se habría metido si Holly no hubiera hablado y lo hubiera


devuelto bruscamente a la realidad. Porque para él, no se había tratado
de Holly. Ni siquiera se había tratado de alguien conocido. No había
sido más que el personaje de una fantasía. Y qué fantasía... Inclusive con
su yo racional bajo control, sólo con recordarlo se le ponía tiesa. Un
polvo desenfrenado y sin consecuencias, con una rubia lechosa, en un
picadero de Nueva York. Ni sacado de una vigilia lúbrica de la
adolescencia.

Aunque sí habría traído consecuencias. Habría desencadenado el inicio


de una serie de secretos culpables que ocultar a Mike. O habría
significado contarle a Mike la verdad y herirla. Y también habría podido
significar herir a Holly, porque estaba convencido de que a pesar de su
aparente desapego, Holly aspiraba no sólo a provocarle una respuesta
física, sino también emocional. Aspiraba a encamar algo más que la
anónima rubia de sus fantasías.

Quiso llamar a Mike y oír su voz. Pero eso equivalía a bajar a la calle en
busca de una cabina, y además había prometido no malgastar más
dinero en conferencias. Estuvo deambulando un rato por el
apartamento y decidió tomar una ducha para disolver la presión sexual
residual con el único método del que disponía, luego, por fin, se dispuso
a trabajar. Lo separaban sólo cinco días del plazo final para la entrega
de su proyecto. Cinco días en los que debería conseguir armar la
promesa de un libro cuando ni siquiera estaba seguro de lo que estaba
haciendo.

Para ponerse en marcha empezó pasando a limpio la entrevista de Edie


Norton y releyó la de Gregory Hillyer. Luego repasó sus apuntes, que
resumían los antecedentes personales de Bram Serian aparecidos en la
prensa. ¿Por qué razón habría deseado alguien censurar de aquella
forma su pasado? ¿Qué le habría movido a hacerlo? ¿Cómo habría
tomado forma la extraña fuerza creadora en la que acabó

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convirtiéndose Serian? ¿Y qué tipo de relación habría mantenido con la
mujer acusada de haberlo asesinado?

A las dos de la mañana, Owen decidió que era hora de interrumpirse y


acostarse. El juicio se reanudaba a la mañana siguiente. Estaba
impaciente por volver a sumergirse en aquel drama, aun cuando ya
intuía que le reportaría pocas respuestas. Los ruidos de la calle lo
adormecieron y se dejó vencer por aquel estado de semiletargo que
siempre había sido su momento más creativo. Era el momento en el que
triunfaba su imaginación y en el que podía soñar lo que quería. Y ahora,
en él, sólo cabía Bram Serian.

Y con los sueños se abrió camino la idea de un nuevo filón en el que


adentrarse a la mañana siguiente.

173/607
OCHO

EL LUNES por la mañana, cuando Owen entró en el tribunal no se


dirigió hacia las escaleras para subir a la sala de audiencias número
seis. En lugar de eso, y siguiendo su idea nocturna, se metió en la zona
de despachos de la planta baja y cruzó el vestíbulo en dirección a la
oficina de los archivos del condado. El empleado era cordial y
comunicativo. Los archivos decían que Bram Serian había comprado su
granja a un tal John Potter. Tras una breve conversación con el
empleado se enteró de que John Potter vivía con su hija a poca distancia
de los juzgados.

Era casi la hora del inicio de la vista, pero Owen no podía esperar. Salió
del edificio y se dirigió sin dilación a casa de Potter.

Le abrió la puerta una mujer muy desconfiada. Tuvo que darle muchas
explicaciones antes de que le permitiera entrar.

—Más le valdrá no ser un vendedor disfrazado —le advirtió la mujer


mientras lo conducía a la recocina.

Abrió la puerta.

—Tienes visita, papá. Haz el favor de comportarte y de no ensuciar


nada.

John Potter era un hombre de ojos nublados y apariencia frágil, pero


hablaba con vivacidad.

—Pues claro que recuerdo haberle vendido mi casa a ese artista —dijo
con brusquedad—. La peor equivocación de mi vida.

—¿Y eso por qué, señor Potter?

—Porque terminé aquí cuando podía haberme quedado allí, con mis
animales y mi estanque para pescar.

—¿Conocía usted a Serian, o a su familia, antes de venderle la casa?

—No. No tenía familia por aquí.

Otro callejón sin salida. Owen trató de sobreponerse a su desengaño.

—¿Le contó algo? ¿Le dijo por qué quería la granja?

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Potter alargó la mano para coger una pipa apagada.

—No era un tipo muy hablador, aunque sí me dijo por qué quería mi
casa. Le gustaban mi establo y mi estanque. Le gustaban los árboles y
que no se vieran las edificaciones desde la carretera. —Potter hizo una
mueca—. Dijo que le gustaba porque era una finca resguardada y
porque el terreno no era plano. Al agente inmobiliario casi le da un
ataque, porque cuando fui a proponerle la venta me dijo que el terreno
era demasiado accidentado y escarpado como para conseguir un buen
precio.

Potter se colocó la pipa en la boca con una mano temblorosa. —¿Quiere


fuego? —le preguntó Owen buscando cerillas con la mirada.

—Mi hija no me deja fumar aquí —dijo Potter.

Owen estuvo observando al anciano unos momentos preguntándose si


no sería mejor proponerle salir al exterior para que pudiera fumarse la
pipa.

—Pregunte... pregunte —lo urgió Potter—. ¿Qué más? Es una buena


prueba para mi memoria.

—¿Lo acompañaba alguna mujer... una amiga, una novia, o lo que


fuera?

—No.

Owen reflexionó unos segundos.

—¿Le vendió también las vacas?

—No. El tipo no las quería. No le interesaban las vacas. Dijo que quería
comprar caballos.

—¿Mencionó a qué tipo de operación quería dedicarse con los caballos?


¿Si los quería de carreras, o para la doma, o si pretendía montar una
hípica?

—No lo dijo.

—Igual quería yeguas para la cría, o...

Potter rió entre dientes.

—No me pareció un gran experto. No entendía ni papa de ganado.

—¿Ah no? ¿Le pareció una persona criada en la ciudad?

175/607
—Tampoco. De hecho, se empeñó en aclararme que era un agricultor. —
Potter se rascó la cabeza y dio una chupada a su pipa—. Estoy tratando
de recordar lo que me dijo exactamente. Algo de cultivar trigo. Le dije
que mi tierra poco trigo le iba a dar, y me dijo que no importaba porque
estaba de trigo hasta las narices.

¡Trigo! Allí estaba otra vez, aquella mención recurrente al trigo y a la


antipatía a la llanura. Owen se animó momentáneamente aunque se le
pasó pronto al darse cuenta de lo poco que aquello lo hacía progresar.

Miró el reloj.

—Tengo que volver al tribunal, señor Potter. Le agradezco que me haya


recibido. ¿Le-gusta leer?, porque podría mandarle unos cuantos libros
o...

—Hubo un tiempo en que disfrutaba con un buen libro. Los del oeste, o
las historias de guerra, sobre todo. Pero ahora, con estos ojos, ya no
puedo leer nada. Lo que se dice nada.

Después de lo cual le cogió un espasmo de tos y expectoró un enorme


escupitajo de flema en el suelo. Su carraspeo ronco siguió a Owen hasta
la puerta.

Remontó la colina hacia los tribunales pensando en John Potter y en su


hija, unidos hasta la muerte. En Mike, enclaustrada en el rancho
Wheeler, y en su padre, en su tío y en su abuela. Y en su propia familia.
Cada historia era diferente, aunque los vínculos del amor, del deber y de
la necesidad resultaran, al fin y al cabo, muy similares. Y luego pensó en
Bram Serian. ¿Qué ataduras habría seccionado en su huida a Nueva
York? ¿Y qué oscura alianza lo habría unido a Lenore durante tantos
años?

Owen se sometió mecánicamente a los trámites de seguridad, tomó las


escaleras para subir al primer piso y entró en la sala del juez Pulaski.
En el banquillo había un testigo y Spencer Brown apuntalaba su
declaración. El ujier de la puerta le ordenó con malhumor que no
hiciera ruido y Owen asintió obedientemente, aunque después dudó. No
sabía dónde sentarse. Su sitio habitual junto a Holly estaba libre, ¿pero
desearía Holly su compañía después de lo sucedido la noche anterior?
¿No sería mejor dirigirse a la parte trasera de la sección destinada a la
prensa? ¿O Holly se lo tomaría como un insulto, y todavía se
degradarían más sus relaciones?

Aunque era consciente de que tenía que moverse, la reprimenda del


ujier no hizo más que agravar su indecisión.

176/607
—¡Señoría! —oyó exclamar a Rossner en el lado opuesto de la sala, y lo
salvó un receso.

La tribuna del jurado se vació y el público aprovechó para evadirse a


fumar un cigarrillo o para ir al baño.

Holly se giró para conversar con alguien que tenía detrás, vio a Owen y
le hizo una señal con la mano para que se acercara.

—Creía que tu tren había descarrilado —le murmuró con una sonrisa en
los labios, como si nada hubiera cambiado. A no ser por unas ligeras
ojeras y su alegría exagerada.

De pronto, sintió muchos remordimientos y pensó en volver a


disculparse, pero luego decidió que sólo conseguiría causar mayor
incomodidad entre ellos, así que se forzó a sonreír y le preguntó:

—¿Me he perdido algo?

—El inspector de incendios Kevin Mullin ha subido a declarar. —Holly


hojeó su bloc de notas—. Veamos... Las dos únicas personas que hemos
conseguido seguir despiertas hemos sido obsequiadas con una
disertación técnica relacionada con la naturaleza del incendio y de los
acelerantes. También ha hablado de las pautas del incendio Serian y de
que el centro del fuego había sido el cuerpo de Serian. Después, cuando
llegaba lo mejor, es decir el descubrimiento de los restos del quinqué,
han anunciado el receso.

Owen fue tomando notas mientras Holly hablaba. Afortunadamente,


terminó el receso y ambos pudieron relajarse y concentrarse en el juicio.
Los miembros del jurado regresaron a la tribuna y el testigo al
banquillo. Spencer Brown sacó pecho y siguió hilvanando sus preguntas
y, a juzgar por su actitud, quedó claro que había sido el vencedor de la
argumentación sometida a receso.

—¿Puede decimos, señor Mullin, si esos fragmentos a los que se refería


fueron remitidos a un experto para su posterior análisis e
identificación?

—Sí. Y tal como sospechaba eran los restos de un quinqué de vidrio.

Brown regresó a su asiento obviamente complacido y Rossner se


incorporó para iniciar su contrainterrogatorio.

—Buenas, señor Mullin —empezó Rossner dirigiéndose al inspector de


incendios como si estuvieran en una reunión de negocios—. ¿Ve muchos
incendios causados por quinqués?

—Algunos. No le diré que son los más corrientes, pero tampoco son
excepcionales.

177/607
—Nos ha suministrado una cantidad asombrosa de informaciones
relacionadas con este incendio, acerca de cómo se inició y de cómo se
propagó, pero me preguntaba una cosa... ¿existe algo en este incendio
que usted desconozca?

—Por supuesto.

—Bien, nos ha dicho que no cabía ninguna duda en cuanto a la


presencia de un acelerante en la vecindad del cuerpo...

—Sí.

—¿Puede usted afirmar sin la menor duda que el acelerante fue el


petróleo de la lámpara, y no aguarrás, o cualquiera de los productos
químicos presentes en el estudio de Bram Serian?

—No. No puedo.

—¿Puede usted afirmar que el petróleo del quinqué ardía cuando se


declaró el fuego?

—No.

—¿Puede usted decimos si el quinqué se había roto antes de que se


declarara el fuego, o si fue el fuego el que destruyó el quinqué?

—No.

—¿Puede usted afirmar que el fallecido tenía el quinqué entre las


manos?

—No.

—¿O si se había desplomado y había dejado caer el quinqué?

—No.

—¿O si había tropezado inadvertidamente con el quinqué?

—No.

—¿O si alguien había rociado a la víctima con el petróleo del quinqué, o


si lo habían salpicado accidentalmente con él, o si la víctima estaba
tumbada en el suelo sobre el charco de petróleo del quinqué roto...?
¿Puede asegurar alguna de estas posibilidades?

—No.

—¿Puede saber si no fue un cigarrillo el que inició el fuego?

178/607
—No.

—¿Es posible que el causante del fuego fuera un cigarrillo...? ¿Un


cigarrillo que hubiera caído al suelo o que alguien hubiera tendido
distraídamente a la víctima?

—Es posible en un marco preciso de circunstancias.

—¿Podría usted damos un ejemplo de un marco preciso de


circunstancias?

—Sí. Por ejemplo, si el fallecido hubiera tenido un cigarrillo encendido


en la boca o entre sus dedos y hubiera dejado caer el quinqué y luego se
hubiera agachado... ésa podría ser una posibilidad.

—Posibilidad que se habría plasmado en una deflagración accidental,


¿correcto?

—Correcto.

Rossner marcó una pausa para subrayar aquellas palabras; luego


sonrió cortésmente y dijo:

—Gracias, señor Mullin. No hay más preguntas.

El juez despachó a los miembros del jurado muy temprano para que
fueran a almorzar, aunque los trámites procesales prosiguieron. Brown
no tuvo otro remedio que comunicar al juez Pulaski que el doctor Gavril,
el médico forense, había tenido una emergencia personal y no podría
declarar aquel día, tal como estaba previsto. Brown aseguró al juez que
el testigo previsto para después de Gavril podría llegar al juzgado a eso
de la una, de forma que el juicio no se interrumpiría, y que informaría al
tribunal en cuanto el doctor Gavril estuviera disponible.

Aunque el juez Pulaski aceptó aquel arreglo, quiso subrayar que las
emergencias personales no eran una excusa válida en su sala. Owen se
preguntó cómo sería el juez despojado de sus símbolos de autoridad. Le
resultaba difícil imaginarle una vida al margen de aquella sala.

Finalmente, la sesión quedó aplazada hasta después del almuerzo. Owen


se unió al grupo de periodistas y se dirigió a la cafetería. Holly actuaba
como si no hubiera sucedido nada, así que optó por hacer lo mismo.

La discusión del mediodía fue acalorada, como de costumbre, pero


Owen la siguió con relativo interés. Estaba distraído. Ahora que el juicio
ya no lo fascinaba tanto como al principio, no acertaba más que a
pensar en Bram Serian. Las estrategias y las maniobras judiciales, los
juegos de adivinanzas y las teorías le parecían de pronto absurdas.

179/607
Bram Serian había muerto. Había desaparecido para siempre. Y Owen
estaba completamente atrapado en su tragedia y en su misterio.

Después del almuerzo, Brown ya tenía listo para declarar al detective


Douglas Kilgren, de la policía del estado. Kilgren era un hombre alto y
aseado, de mucho empaque, y aunque llevaba traje y corbata, a Owen le
hizo pensar en un policía montado de Canadá.

Con mucho brío, Brown hizo que el detective Kilgren desgranara sus
credenciales y su impresionante currículum policial; durante dos horas
le hizo describir los acontecimientos acaecidos desde su aparición en el
lugar del siniestro hasta el momento en que Lenore Serian había sido
acusada de asesinato. Tras repetirlo todo al menos dos veces, Brown
repescó una vez más los puntos más importantes.

—Así que desde el principio estuvo usted convencido de estar ante un


caso de homicidio —le preguntó Brown.

—Desde el principio —respondió Kilgren con firmeza.

—Tras completar la investigación y dada su dilatada experiencia en el


seno de las fuerzas del orden, ¿albergó usted alguna duda en cuanto a la
persona a quien se le imputaba aquel homicidio, es decir, Lenore
Serian?

—Ninguna.

Brown siguió insistiendo con ese tipo de preguntas durante veinte


minutos más. No salió nada nuevo, pero el calmoso convencimiento del
detective borró el escepticismo causado por la declaración del sheriff
Bello. Brown no quería soltar a su testigo, pero no tuvo más remedio
que hacerlo e ir a sentarse.

Cuando Rossner se presentó a Kilgren y empezó su interrogatorio, Owen


detectó cierta desazón en su actitud. Aquel testigo preocupaba a
Rossner.

—Detective Kilgren, usted supervisó la investigación efectuada a raíz del


informe de la autopsia de Bram Serian, ¿no es cierto?

—Supervisé algunos aspectos del mismo, y en otros hice de asesor, o de


observador.

—En su experimentada opinión, ¿cree usted que la investigación


efectuada por el sheriff Bello en torno a la muerte de Bram Serian fue
concienzuda y competente?

180/607
—Para poder responderle tendríamos que ponemos de acuerdo en lo que
entendemos por

concienzuda y competente

, porque son dos palabras de significado muy amplio. En lo que se


refiere a las investigaciones no existen reglas de actuación precisas, de
forma que no pueden ser calificadas ni conceptuadas acorde a un
patrón específico. Lo importante en este caso —lo que no debemos
olvidar— es que el sheriff Bello presentó argumentos muy convincentes
basándose en muchos criterios evidénciales diferentes.

—O sea que aprueba por completo las técnicas, o la ausencia de


técnicas, utilizadas en aquella investigación, ¿es eso?

—Apruebo cualquier técnica que se plasme en resultados concretos. Si


existieran más agentes de la autoridad que consiguieran resultados
concretos, no tendríamos a tantos criminales sueltos por las calles
amenazando a los ciudadanos de bien.

—Es decir, que centrarse en un único sospechoso y no abrir otras


posibles vías de investigación, ni permanecer abierto a otros posibles
sospechosos, ¿le parece un procedimiento adecuado?

—En algunas circunstancias, me parece del todo adecuado. Y,


precisamente en este caso, casi todas las pruebas apuntaban
directamente a la imputada, así que habría sido una pérdida de tiempo y
de energía buscar sospechosos alternativos en base a informaciones
inexistentes y por el mero hecho de salvar las apariencias.

De pronto, Rossner anunció que había terminado con el testigo. Owen


observó al abogado mientras éste regresaba a su mesa y por primera
vez lo vio visiblemente desalentado.

Después del detective Kilgren, el ministerio fiscal citó a declarar a un


experto en medicina forense llamado Tonnessen. Tonnessen resumió su
historial y su experiencia laboral, fue presentado al tribunal y aceptado
como testigo pericial.

El forense era un hombre barbudo y enérgico, más parecido a un


leñador que a un científico, pero en cuanto empezó a hablar quedó
patente su pasión profesional. Tonnessen tenía respuestas científicas
detalladas para todo. Habló de su profesión más de lo que nadie habría
deseado y de la cuchilla del hacha y de los restos del quinqué más de lo
que nadie pretendía.

Cuando Rossner emprendió su tumo de preguntas, Tonnessen no tuvo


más remedio que admitir que la única cosa que la cuchilla del hacha o el
quinqué no permitían determinar era la forma exacta en que había
muerto Bram Serian.

181/607
 

—¡Owen, espera!

Holly lo pilló justo cuando salía del tribunal.

—¿Podemos hablar un minuto? —le preguntó—. ¿No podrías esperar a


que termine mi transmisión y nos tomamos un café?

—Lo siento Holly, pero esta noche estoy citado a cenar con mi agente y
mi editora, así que tengo un poco deprisa. Tengo que coger el próximo
tren.

—Vale... pues... —Holly miró a su alrededor— Bueno, sólo quería decirte


que no hace falta que exista tanta tensión entre nosotros dos. Me refiero
a que es una cosa natural; nos sentimos mutuamente atraídos y no hay
nada malo en ello. No existe ninguna razón que nos impida ser buenos
amigos y estoy preocupada porque veo que ahora estás incómodo
conmigo. ¿No crees que los hombres y las mujeres pueden ser amigos?

—Eso es algo que está fuera de mis costumbres. En mi pueblo, el mero


hecho de ir al bar con un miembro del otro sexo equivale prácticamente
a una pedida de mano, así que no tengo una gran experiencia en
amistades femeninas. La mujer con la que estoy prometido empezó
siendo una amiga, pero es obvio que no supimos limitarnos a ser
amigos.

Holly se echó a reír.

—Pero ya no estás en Kansas. En la ciudad, los hombres y las mujeres


trabajan juntos y traban amistad. A veces, hasta se acuestan juntos y
siguen siendo amigos.

Owen sacudió la cabeza.

—No tiene mucho sentido que cambie mi forma de ser o que me


acostumbre a nuevos hábitos porque de todas formas dentro de muy
poco volveré a estar en Cyril.

—Vamos, vamos. Anímate. He sido una buena amiga para ti. Te he


ayudado y te he presentado a gente y todo eso.

—Es cierto. Y te lo agradezco.

—Bueno, pues en ese caso... —le dijo Holly mientras le tendía la mano
con una sonrisa guasona—, chócala. Amigos, ¿de acuerdo?

—Amigos —accedió Owen en voz baja.

182/607
Más tarde, mientras miraba por la ventanilla del tren, pensó en el
regreso a Cyril, donde nadie daba nunca un apretón de manos a una
mujer, ni trababa amistad con ellas, donde nunca había visto a una
persona de otra raza y donde todo era tan familiar e inalterable que
habría podido vivir con los ojos vendados sin el menor problema.

Se apeó del tren en Grand Central. La estación ya no le impresionaba


tanto. Ahora se fijaba en las chillonas máquinas expendedoras de
cambio, en los antiestéticos chiringuitos de comidas rápidas, en las
manchas de humedad que cubrían los techos celestiales y en los
atorrantes que acechaban como buitres. Pero curiosamente le tenía más
cariño que antes. Toda la isla de Manhattan era como aquel edificio —
grandiosa y estimulante, rebosando energía y vitalidad, y al mismo
tiempo también era sucia, decrépita, y a veces hasta peligrosa—. Todo
aquello le fascinaba. Le habría gustado poder abrazarlo todo,
experimentarlo todo, absorberlo todo.

Salió a la calle Cuarenta y dos y respiró hondo. Al este aparecían el


edificio Chrysler, de elegantes líneas modernistas, y las aguas turbias y
oscuras del East River. Al oeste se desplegaba la calle Cuarenta y dos,
que en un primer momento atravesaba la Quinta avenida, cerca de la
biblioteca central y del delicioso parque Bryant, luego Broadway, cerca
de la zona de los grandes teatros, de los neones y de la sordidez, y luego
el infierno de la Octava y Novena avenidas para ir a morir en la
extensión grisácea del río Hudson.

Ya era de noche, pero las calles estaban llenas de gentío. En las aceras
se oían risas y conversaciones. Gente apresurada. Gente que paseaba.
Gente que había salido con otra gente, en lugar de enterrarse en su
salita frente al televisor.

Siguió un rato plantado en la acera observando, escuchando y


disfrutando con aquella mágica electricidad generada por tanta
vitalidad. Y luego, con una sonrisa en los labios, se adentró en aquella
marea humana para dirigirse hacia el restaurante en el que le había
citado Bernadette Goodson.

El martes por la mañana, Owen llegó con retraso. Entró corriendo en el


tribunal y se dirigió al puesto de seguridad. El vestíbulo estaba desierto,
a no ser por una mujer que tenía ocupados a los tres guardas que
escudriñaban su voluminoso bolso y la interrogaban.

—He venido a declarar —insistía ella—. Vamos, ahora devuélvanme mi


bolso y déjenme pasar.

Owen la estudió. Era alta, cerca de metro ochenta, de espaldas anchas y


osamenta importante, largas piernas y largas manos expresivas. Su piel

183/607
era del color del café tostado. No pudo verle el rostro porque le daba la
espalda.

—Espere ahí, en el vestíbulo —le ordenó uno de los guardas—. Vaya a


sentarse en el banco que hay junto a las máquinas de café. Voy a avisar
arriba de su llegada. —Consultó una lista—. Usted es Johnson, ¿no?

La mujer asintió.

¡Geneva Johnson! Allí estaba, la mismísima Geneva Johnson; la modelo


con la que Serian había estado unido en sus primeros años en Nueva
York.

Owen había hecho lo imposible por localizar a aquella mujer


perteneciente al pasado de Serian, y allí la tenía. La vio pasar bajo el
arco detector de metales y luego girar hacia el vestíbulo. Llevaba un
abrigo de piel sobre el brazo y un conjunto de un naranja subido de tono
que la envolvía, la ceñía, se sobreponía y flotaba en una compleja
abundancia de tela. Tenía el pelo peinado en diminutas y largas trenzas
adornadas con perlas de colores y recogidas en una cola de caballo
alta. Desde donde estaba, Owen no pudo verle bien el rostro.

Los guardas rieron por lo bajo y murmuraron algunas obscenidades en


cuanto desapareció de su vista. Owen tensó la mandíbula para
contenerse y no reprenderles aquel comportamiento impropio. No podía
permitirse enojarlos ni llamar su atención porque había decidido seguir
a Geneva Johnson y no quería arriesgarse a que se interpusieran.
Cuando los guardas hubieron terminado de regístrale la bolsa, Geneva
la recogió y bajó el par de peldaños en dirección al vestíbulo.

Owen la encontró sentada en un recoveco junto a las máquinas de café.


Leía un libro de bolsillo muy voluminoso.

—Perdone —dijo Owen.

Ella alzó la mirada. Tenía unos rasgos marcados y resultaba difícil


adivinar su edad. Sus ojos eran de un marrón acaramelado y su porte
era majestuoso.

—¿Ya puedo entrar?

—No. Me llamo Owen Byrne, y...

—No hablo con periodistas —contestó ella.

Aunque seguía de pie y ella estaba sentada, Owen tuvo la sensación de


que lo miraba por encima del hombro.

—No soy periodista. Soy escritor.

184/607
—Una gran diferencia. Lárguese.

—No. No es lo mismo. No escribo artículos para periódicos o revistas.


Estoy investigando para escribir un libro.

No cambió de expresión, aunque ahora lo escuchaba. Owen habló más


velozmente que de costumbre, ansioso por explicarse antes de que
dejara de prestarle atención.

—Estoy escribiendo acerca del juicio. Pero la muerte de Bram Serian no


tiene ningún sentido si no logro saber más de su vida. Estoy buscando
información relacionada con sus antecedentes... tratando de conocer su
pasado para poder comprender cómo se convirtió en lo que era.

Ella estrechó los ojos.

—¿Y quién me dice que eso es cierto?

—Podría hacer unas cuantas averiguaciones —dijo Owen mientras abría


un bloc para escribirle su nombre, y los nombres y teléfonos de su
editora y de su agente. Debajo añadió sus señas temporales en
Manhattan y su dirección y teléfono permanentes en Kansas—. Al
parecer, soy de fácil averiguación —añadió, incapaz de resistirse a
sonreír ligeramente mientras arrancaba la hoja y se la tendía.

Geneva ojeó la lista y luego lo escrutó con ojos desconfiados.

—Le aseguro que no pretendo aprovecharme de nadie —dijo Owen.

—Pues si eso es cierto, deberían rellenarlo con serrín y colocarlo en un


museo, señor, porque entre los de su sexo eso es una rareza.

—Lo único que quiero es información acerca del pasado de Serian.


Usted lo conoció cuando llegó a Nueva York, ¿no es cierto?

Geneva lo estudió con una mirada penetrante, inquisitiva.

—¿De qué signo astrológico es usted? —le preguntó.

—No lo sé —tuvo que admitir Owen.

Geneva dobló el papel y lo dejó caer dentro de su enorme bolso.

—No quería venir —dijo—. Pero esos merdosos me han forzado a


declarar. Usted, en cambio, no puede forzarme a nada.

—Por supuesto que no. No es eso lo que pretendo. Querría...

—¿Con quién ha hablado hasta ahora?

185/607
—Con Gregory Hillyer y Edie Norton.

—Ya imagino —bufó ella con sarcasmo— la de basura que habrán


sacado a relucir.

El libro que tenía sobre las rodillas resbaló al suelo y Owen se agachó
para recogerlo. Al tendérselo leyó el título:

Sortilegios y Ceremonias para encauzar la energía espiritual.

—¿Trata de magia? —le preguntó Owen.

—Trata —le respondió ella con una sonrisa desprovista de calidez— de


cosas que le resultaría imposible entender.

Owen decidió darse por vencido porque imaginaba que aquella mujer no
accedería nunca a concederle una entrevista. La aceptación de la
derrota lo relajó.

—Mi buena señora... —respondió Owen riéndose—, en ese caso eso se


aplica a un terreno vastísimo, porque no suelo entender casi nada de lo
que sucede en el mundo. Por eso escribo. Para intentar comprenderlo.

—Pues tiene usted trabajo hasta el final de sus días.

—Supongo que tiene usted toda la razón —le contestó Owen riéndose de
nuevo.

—Pero Bram Serian era una creación. Una creación brillante. Y es malo
mezclarse con el arte.

—Me parece que no la sigo.

—Pues ahí tiene. —Aquella vez le sonrió con más franqueza—. Algo en lo
que trabajar. Intente entenderlo. Entretanto, ¿por qué no se va y me deja
tranquila?

—De acuerdo. Tiene toda la información en caso de que hubiera algo...

—No lo habrá. Adiós.

Owen se apresuró en subir a la sala número seis y se escurrió hasta el


lugar vacío entre el pasillo y Holly. Ésta le dirigió una mirada
inquisidora y luego le mostró su bloc donde había escrito:

Sven Eklund

186/607

Instalador de estufas

. Owen supo de inmediato que el anciano del banquillo era el hombre


que había instalado la estufa en el estudio de Serian casi veinte años
atrás.

La declaración de Eklund fue aburrida y a Owen le costó mucho no


desconcentrarse. Miraba a Lenore Serian, miraba al jurado, miraba al
juez y pensaba en Bram Serian.

Brown se dedicó a exprimir a su testigo a conciencia y, mientras él


exhibía fotografías de diferentes modelos de estufas, quiso que el
anciano Eklund rememorara todo el historial de la fábrica de estufas y
diera los porcentajes de las instalaciones de estufas falsas en oposición
a las de estufas auténticas de leña. El abogado trató repetidamente de
que Eklund diera su opinión de las motivaciones sicológicas de sus
clientes adictos a las estufas eléctricas, pero Rossner le impidió la
jugada con múltiples protestas hasta que el juez no tuvo más remedio
que pedir a Brown que lo dejara estar a menos que pudiera demostrar
al tribunal que Sven Eklund poseía un título de sicología.

Un suave ronquido se elevó de la parte trasera de la sala y el juez


interrumpió la sesión mientras un ujier despertaba al molesto
espectador. Durante la interrupción, Holly se inclinó hacia Owen para
susurrarle que también había visto cabecear a un miembro del jurado.

Al reanudarse la deposición, Brown intentó que Eklund evocara los


comentarios de Serian relacionados con la estufa, pero el anciano no
podía recordar gran cosa. En el contrainterrogatorio, con mucha mano
izquierda, Rossner logró que Eklund confesara que no había recordado
haberle instalado la estufa a Serian hasta que la policía lo convocó y le
refrescó la memoria. Tras haber pasado toda la mañana con el
instalador de estufas, a Owen le costó discernir cuál de las dos partes
había ganado o perdido el punto.

En cuanto Eklund bajó del banquillo, el juez Pulaski mandó que el


jurado abandonara la sala y pidió a los abogados de la defensa y de la
acusación que se acercaran al estrado para discutir una nota que le
había remitido el portavoz del jurado.

—¿Dónde estabas? —le susurró Holly.

—Hablando con una testigo —admitió Owen— La he visto en el vestíbulo


y he probado suerte.

Holly se rió por lo bajo.

187/607
—Estás aprendiendo —le dijo—. Antes de que esto termine, ya te habrás
convertido en un auténtico periodista.

—No está prohibido hablar con un testigo, ¿verdad?

—No. Pero hay que ir con pies de plomo. Podrías crearte enemigos, o
que alguien se lo tomara mal..., y sólo nos faltaría que los de la oficina
del fiscal se enojaran, o se nos pusieran en contra.

Owen movió la cabeza en señal de entendimiento.

—Así que... —Holly, inquisitiva, enarcó una ceja—, ¿con quién has
estado hablando?

—Con Geneva Johnson.

—¿Has conseguido algo?

—No.

—No te desanimes. Ninguno de nosotros ha conseguido sacarle nada a


Geneva Johnson.

Pat se apoyó sobre Holly para unirse a la conversación.

—Johnson pertenece a un pasado demasiado lejano de Serian. Por muy


jugosa que sea su deposición, al público ya no le interesa.

—No entiendo por qué necesita la fiscalía su declaración —dijo Holly


con tono fastidiado.

—Según Marilyn... —Pat explicó a Owen que Marilyn tenía un excelente


conducto de información en la oficina del fiscal del distrito, así que todo
lo que dijera en relación a la estrategia de Brown y de Dapolito iba a
misa—. Según Marilyn, Geneva Johnson es la única persona que estuvo
directamente vinculada con Serian mientras éste construía su estudio.

—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Holly.

—Pues que su declaración les permitirá insistir en lo del miedo al fuego.


Al parecer, sólo la quieren para eso. Única y exclusivamente para lo del
fuego. A pesar de que es una-testigo hostil.

—¿Y eso cambia algo? —preguntó Owen.

—Puede —le contestó Pat— Si un testigo es forzado a comparecer y se


declara hostil, el abogado de la acusación puede someterlo a un
interrogatorio más agresivo sin que sea considerado como una

188/607
coacción. Si Brown opta por esa solución, te Harás cuenta
inmediatamente...

Pat interrumpió sus explicaciones y volvió a centrar su atención en el


estrado al oír la llamada al orden. Los miembros del jurado ya habían
regresado a la tribuna.

El juez echó una mirada de reojo al reloj, dirigió a los jurados su


habitual sermón advirtiéndoles que no hablaran del caso y aplazó la
vista para después del almuerzo.

Owen se unió al tropel de salida que aquel día, en ocasión de una


comida de beneficencia organizada por la iglesia metodista en el sótano
del templo, no sólo incluía a los periodistas sino también a los
empleados del juzgado e incluso a Spencer Brown y a Tony Dapolito.
Durante el ágape, sumamente aburrido, todos los presentes hicieron
gala de sus mejores modales y nadie comentó una palabra del juicio por
asesinato que los había reunido.

Cuando regresaba al juzgado en compañía de su cuadrilla, Owen vio al


juez Pulaski cruzar la plazoleta; Sin la toga y sin el traje de corte
impecable que vestía, el juez habría sido un hombre insignificante, de
apariencia anodina. Llevaba un par de libros en la mano. Owen intentó
descifrar los títulos. El de tapa dura era

Juegos Capitalinos

, el libro en torno a la nominación a la Corte Suprema de Clarence


Thomas. Una obra muy adecuada para un juez, pensó Owen. El libro de
bolsillo era una novela de Clive Cussler que relataba las hazañas de
Dirk Pitt.

A las dos en punto se reanudó la vista. En la sala reinaba más tensión


que por la mañana y el sector del público estaba abarrotado. Owen
reparó en la avidez con que los espectadores aguardaban, hartos de los
detalles técnicos y con ganas de enterarse de algo jugoso... de algo que
los impactara. Y Geneva Johnson era la primera testigo que podía saciar
aquella avidez.

Cuando la llamaron, Geneva Johnson recomo el pasillo como una reina


cuya virtud hubiera sido puesta en entredicho. No se dignó desviar los
ojos hacia Lenore, aunque barrió el resto de la habitación con una
mirada de desdén mientras se sentaba en el banquillo.

La sala estaba sumida en un silencio total. Owen se preguntó en qué


estaría pensando Lenore.

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Brown saltó a la arena. A Owen le hizo pensar en un gallo de pelea
encrespado y listo para el ataque, y se dio cuenta de que Brown
pretendía intimidar a Geneva Johnson.

—¿Cuáles son sus ocupaciones, señorita Johnson?

—Tengo una tienda.

—¿Había hecho algo más anteriormente?

—Por supuesto. No imaginará usted que al cumplir dieciséis años pude


abrir tienda propia.

Aquella réplica tajante descolocó ligeramente a Brown.

—¿Le importa hablamos un poco de su tienda?

—¿Qué es lo que desea saber, señor abogado? ¿Ventas por metro


cuadrado? ¿Perfil del cliente? ¿Cotización en el mercado? ¿índice de
satisfacción de los empleados?

Brown le lanzó una mirada iracunda.

—¿A qué categoría de establecimiento pertenece?

—Ropa de marca para mujeres.

—¿Es usted la única propietaria y gestora de la tienda?

—Sí.

—O sea que podríamos definirla como una mujer de negocios.

—No es la primera vez que me definen así.

—Y para triunfar en ese campo es necesario gozar de una memoria


excelente y conocer bien a sus clientes y sus opiniones con el fin de
lograr venderles su mercancía, ¿no es eso?

—Eso es.

—Retrocediendo al pasado, ¿podría explicarnos cómo conoció a Bram


Serian?

—¿En el sentido bíblico, o en otro?

Brown tosió.

—¿Cuándo trabó conocimiento con él?

190/607
—Nos conocimos en mil novecientos sesenta y ocho.

—¿Y entabló usted a continuación una relación sentimental con Bram


Serian?

—No. Pero empezamos a acostamos juntos.

Brown la miró con genuino asombro.

—¿Se refiere usted a que no estaba sentimentalmente relacionada con


Bram Serian?

—El sentimentalismo es para los majaderos, señor abogado. Y ni él ni yo


lo éramos.

—Ya veo. —Brown estudió nerviosamente sus notas—. Pasemos a la


época en que usted residía con Bram Serian.

—Sí. Pasemos —replicó ella con sarcasmo.

—¿Dónde vivieron usted y Bram Serian?

—En su nave de Manhattan.

—¿Utilizaba aquella nave para algo más, aparte de cómo vivienda?

—Sí. Serian también trabajaba en ella.

—¿Y le marcó alguna regla específica relacionada con ese espacio en el


que vivía y trabajaba?

—Sí.

—¿Le importaría decimos qué reglas eran ésas?

—No me dejaba recibir visitas, a menos que se lo hubiera consultado


con antelación. Cubría sus obras con sábanas y estaba prohibido
destaparlas.

—¿Algo más?

—Había muchas reglas —suspiró Geneva— Nada de música de Barry


Manilow; nada de sombreros sobre las camas; nada de Kahlil Gibran; ni
una palabra relacionada con Vietnam; nada de color naranja; ni un
animal, excepto los pájaros; ni una mención a Dios; nada de chicle...
¿Quiere que siga?

—Bueno, limítese a los datos específicos —dijo Brown— ¿Le dictó Bram
Serian alguna regla relacionada con el fuego o con las llamas?

191/607
Geneva, que hasta entonces no había dejado de mirar fijamente a
Brown, bajó los ojos. Y eso ¿qué significaría?, se preguntó Owen... ¿Que
dimitía? ¿O que se sentía vencida? ¿Un recuerdo doloroso?, ¿o la
inmediatez de una mentira?

—No me permitía encender velas —dijo ella.

—¿Le molesta repetirlo en voz un poco más alta, por favor?

—No me permitía encender mis velas.

—¿Se refiere a que veinte años atrás, cuando Bram Serian todavía era
joven, no estaba dispuesto a permitir que ardieran velas en su zona de
trabajo ni en su vivienda?

—Sí.

Brown se detuvo para enfatizar aquella respuesta positiva. El público no


tenía ojos más que para el fiscal y su testigo.

—Bien, señorita Johnson, ¿seguía usted unida a Bram Serian y vivía con
él en la nave de Manhattan cuando éste compró la finca en las afueras
de Stoatsberg?

—Sí.

—¿Se mudó usted allí?

—No. Seguí residiendo en la nave, y Serian iba y venía de la finca.

—¿Por qué razón no se mudó usted a vivir con él?

—Porque Serian no quería. No se podía vivir allí arriba, y él sólo subía


para efectuar las obras del estudio.

—En aquella época estaba transformando el viejo establo en un estudio,


¿no es eso?

—Sí, eso es.

—¿Le hablaba de aquellas obras?

—A veces.

—¿Cuál era su actitud general en relación a esas obras?

—Estaba muy exaltado.

—¿Le comentó algo acerca de la estufa que tenía intención de instalar?

192/607
—Algo.

—¿Le molestaría contamos lo que le dijo en relación a la estufa que


quería instalar?

—Me mostró una fotografía de la estufa y me dijo que parecía como las
de leña pero que era falsa. En realidad, la estufa camuflaba un aparato
eléctrico para calentar el aire.

—¿Era cara?

—Mucho.

—¿Le comentó por qué instalaba ese tipo de estufa, en lugar de una
normal, de leña, que tan fácilmente hubiera conseguido en Stoatsberg?

—No quería fuego en su estudio.

—¿No
le diría en realidad que le daba pánico el fuego? —inquirió Brown—.
¿Qué siempre había temido el fuego y que...?

—¡Protesto! —exclamó Rossner.

—Conténgase, señor Brown —ordenó el juez con tanta celeridad que


Owen se convenció de que Pulaski estaba esperando la ocasión para
pegar, un bocinazo al fiscal.

Brown apretó la mandíbula.

—¿No decía a menudo, y a todos los que lo rodeaban, que le daba miedo
el fuego?

—Nunca me comentó que algo le diera miedo, o que algo le aterrorizara


—replicó ella de inmediato.

—¿Se refiere a que nunca le dijo ni a usted ni a los que le rodeaban que
le daba miedo tener un fuego en su estudio?

—Decía que el establo estaba construido con madera vieja y que podía
arder fácilmente.

—O sea que temía que su estudio pudiera incendiarse, ¿no?

—Sí.

Después de lo cual y con mucho tino, Spencer Brown dio las gracias a
su testigo recalcitrante y regresó a la seguridad de su asiento.

193/607
Rossner, con exagerada cortesía, se presentó a Geneva y empezó
sometiéndola a una serie de preguntas benignas. Luego se centró en el
tema del fuego.

—Y dice usted que no le permitía encender velas, ¿no es así? —Sí.

—¿Y no le parece plausible que a Bram Serian sencillamente no le


gustaran las velas, de la misma forma que no le gustaba la música de
Barry Manilow?

—Sí.

—¿Y qué le asustaba tan poco que las llamas de una vela provocaran un
incendio como que la música de Barry Manilow provocara disturbios
raciales?

La sida se llenó de risitas sofocadas.

La actitud de Rossner, o su propia resignación, consiguieron atemperar


la hostilidad de Geneva Johnson, y ésta contestó de buena gana:

—Tenía opiniones muy severas que no siempre explicaba.

—¿Era Bram Serian el tipo de persona que tolera la suciedad? —No.


Era un fanático de la limpieza.

—Las velas ensucian mucho, ¿no es cierto? Todos esos goterones de


cera, ¿verdad?

—Sí.

—Y la estufa de su estudio... ¿le concretó alguna vez haber optado por


una estufa eléctrica porque temía el fuego, o era la posibilidad de un
incendio una de tantas razones?

—Era una de tantas razones.

—Y una estufa de leña hubiera ensuciado mucho, ¿a qué sí?, y lo


comentó, ¿no es así?

—Sí. Lo que más le preocupaba era que a los ratones y a los insectos les
gusta instalarse entre la madera, y no quería tener leña almacenada en
su estudio.

Rossner estudió la pared un momento y luego miró a la testigo.

—¿Puede decirnos dónde vivía usted cuando Bram Serian se llevó a


Lenore a vivir con él a la granja?

194/607
Geneva Johnson inhaló aire profundamente, y a Owen le pareció que
lanzaba una mirada de reojo en dirección a Lenore.

—Vivía en la nave.

—¿En la nave que Bram Serian tenía en Manhattan?

—Sí.

—¿O sea que la tenía a usted viviendo en la nave y a Lenore en la


granja?

—Sí.

—¿Estaba usted enterada de ello en aquella época?

—Sí —contestó ella aparentemente cada vez más incómoda.

—¿Y qué opinaba usted de que su amante tuviera a otra mujer viviendo
en...

De pronto, Lenore Serian, que en toda una semana de deposiciones no


había movido un dedo, saltó de su silla, corrió pasillo abajo y
desapareció por la doble puerta. En la sala hubo un momento de
silencio desconcertado y luego un estallido general. El juez Pulaski
descargó varias veces su martillo, inútilmente. Volpe y Riley salieron en
busca de la encausada que se acababa de fugar. Varios reporteros de
radio corrieron detrás de ellos para pasar la noticia por teléfono.
Geneva Johnson, que seguía en el banquillo, hundió el rostro entre las
manos.

Cuando los ujieres hubieron logrado restablecer un símil de orden, el


juez mandó que el jurado se retirara a su sala y los abogados a sus
despachos, y ordenó a los ujieres que despejaran la sala durante quince
minutos.

—¡Madre mía! —jadeó Holly mientras abandonaban el banco.

En el pasillo se formó un corrillo de periodistas. Todos hablaban a la


vez, con tono enardecido, exaltado.

—Es la primera vez que presencio una cosa así en tantos años de juicios
—dijo Marilyn con una mueca de estupefacción.

—¡Esto es genial! —repetía Ray una y otra vez.

—Ha querido pararle —dijo Holly pensativa—. Por eso ha salido de esa
forma... para contener a su abogado. Debe haber temido que entrara en
terreno pantanoso, que tropezara con algo feo relacionado con el
triángulo amoroso.

195/607
—Pues igual tienes razón —concedió Marilyn—. No sabía cómo taparle
la boca y ésa era la única forma de conseguirlo.

—¿Y no va a querer Brown sacarle la verdad con un segundo


interrogatorio directo? —preguntó Owen.

—¡Estás loco! —le lanzó Marilyn con tono sarcástico—. A Brown no le


interesa en absoluto fomentar la hostilidad entre Lenore y Geneva. Todo
eso está demasiado lejos como para empañar el personaje de Lenore, y
lo único que conseguiría sería que el jurado creyera que Geneva se la
tiene jurada a Lenore desde siempre y que ha venido a cargársela.

Owen sacudió la cabeza.

—O sea que no va a ser posible sacarlo todo a la luz, ¿no es cierto?

Holly le lanzó una mirada exasperada.

Cuando las puertas volvieron a abrirse, todo el mundo se dio prisa en


entrar para presenciar el desarrollo de los acontecimientos. Volpe y
Riley trajeron de vuelta a Lenore y la acompañaron hasta su asiento,
junto a Charles Rossner. Rossner le murmuró algo y ella sacudió la
cabeza.

—Señora Serian —dijo el juez con firmeza mientras Rossner se alzaba y


la agarraba del codo para que ella hiciera lo mismo—. Al parecer, se ha
encontrado usted repentinamente mal. Sea lo que sea, esto es un
tribunal, y no estoy dispuesto a tolerar comportamientos impropios.
Cualquier futura interrupción será debidamente castigada. ¿Está claro?

Lenore asintió y Rossner dijo:

—Señoría, mi cliente está conforme.

El resto de la deposición de Geneva Johnson fue tedioso. Rossner no


retomó la línea de preguntas previa a la interrupción. En lugar de eso,
volvió a repetir lo de las velas y lo de la estufa, y luego dio su tumo por
terminado. Brown no quiso someter a su testigo a un segundo
interrogatorio directo.

La testigo bajó del banquillo y el juez procedió a soltar un sermón


relacionado con los deberes de los jurados.

A Owen, todo aquel asunto lo tenía desazonado. Algo vinculado con el


fuego le torturaba la memoria. Se inclinó para susurrarle a Holly:

—Me parece que tengo algo relacionado con Serian y con el fuego. Algo
en mi investigación...

196/607
—¿Ah sí? ¿Algo que desearías comunicar a los medios de comunicación?
—le preguntó ella en son de guasa, aunque esperanzada.

—Ni siquiera recuerdo claramente de qué se trata. Pero si sirviera para


introducir elementos nuevos, se lo comunicaría al tribunal.

—¿Te refieres al juez? No puedes hacerlo. Deberías comunicárselo a un


bando o al otro, y yo de ti no me comprometería de esa forma.

—Si poseyeras una información crucial, ¿no la anunciarías?

—¿Crucial? —Holly emitió una risita socarrona—. Dudo mucho que


dispongas de alguna información crucial.

—Probablemente no —admitió él—. Pero si tuviera una certeza, por


pequeña que fuera, me creería obligado a comunicarla.

—¿Y si tu pequeña certeza pusiera trabas a la justicia? ¿O si Lenore


Serian, a pesar de ser culpable, consiguiera con ella su libertad?

—Pero ¿qué estás diciendo, Holly? O sea que como estás convencida de
la culpabilidad de una mujer, ¿ocultarías pruebas que demostraran lo
contrario?

—No he dicho eso. Sólo he dicho que no deberías olvidar la situación


general.

Owen hubiera podido seguir atosigándola pero el jurado empezó a salir


de la sala. Eso significaba que el juez suspendía la vista de aquel día y
que de un momento a otro los ujieres abrirían las puertas. Gil Flores, el
reportero televisivo, estaba sentado detrás de Holly y le dio unos
golpecitos en el hombro.

—¿Con qué

lead

vas a abrir hoy? —le preguntó.

Owen aprovechó que Holly y Pat se giraban para un intercambio


susurrado con Flores para recoger sus cosas y abandonar la sala.

En el trayecto de regreso a Manhattan, siguió pensando en la deposición


relacionada con el fuego. Brown pretendía falsear la imagen de un
hombre cuya actitud había sido meramente prudencial ante el fuego,
pretendía convertir a Serian en un hombre aterrorizado por el fuego, y
a Owen le parecía que aquello no respondía a la realidad. Bram Serian
no le había parecido un hombre pusilánime... aunque no era sólo eso.

197/607
Owen estaba convencido de que en alguna parte, entre todo el material
que había cotejado, Bram Serian hablaba del fuego.

En lugar de irse a cenar subió directamente a su apartamento para


escudriñar sus papeles. Trató de no perder la calma, de no desordenarlo
todo, pero a medida que avanzaba crecía su exaltación. Se trataba de
una pista real. De algo importante.

Por fin lo encontró: una revista de arte desconocida y desaparecida


desde hacía tiempo, cuyo artículo central se titulaba

•Jóvenes

artistas en Manhattan». Y en aquel artículo aparecía una breve


entrevista a Bram Serian cuando todavía estudiaba en la Academia de
Bellas Artes. Los entrevistadores se habían desplazado hasta una de
esas cooperativas de restauración que por poco dinero sirven de comer
a los estudiantes y habían hablado con todos los aspirantes a artistas.
La parte de Serian era breve:

«P. — ¿Puede decimos su nombre y de dónde es?

»R.— Mi nombre es Bram Serian y soy americano.

»P.— ¿No podría ser más específico?

»R. — Creía que íbamos a hablar de mi trabajo.

»P .—Sí, así es, pero estoy tratando de colocarlo en un contexto.

»R. — Mi único contexto es mi trabajo.

»P.—Estupendo. Pero antes nos gustaría saber en qué le ha afectado a


usted... y a su trabajo su venida a Nueva York.

»R.— Nueva York es el centro artístico de América. Un artista que no


esté aquí, está muerto.

»P.— ¿O sea que no tiene la impresión de que la ciudad interfiere en su


trabajo?

»R. — No, aquí soy un escultor mucho más auténtico de lo que he sido
nunca. La ciudad ha dado a mi trabajo una nueva perspectiva lineal.

»P. — ¿Y en qué está trabajando ahora?

»R.— Acabo de terminar una serie de metales que he llamado


Hearrfund.

198/607
»P.— ¿La de los tractores despiezados?

»R.— Sí. ¿La ha visto?

»P.— Hay una fotografía colgada en el tablón de anuncios de abajo.


Parece enorme. ¿No le causa eso problemas a la hora de exponerla?

»R — Sí. Pero no moldeo mis esculturas en función de los espacios de


exposición.

»P._ Bien, esperamos poder verlas expuestas pronto. ¿Ha empezado ya


algo nuevo?

»R — Tengo proyectada una pieza hecha con elementos de edificios


quemados. Hace meses que me dedico a seguir los camiones de
bomberos y a recoger material.

»P.— ¿Y no le angustia visitar todos esos lugares arrasados?

»R.— El fuego es una de las fuerzas básicas de la naturaleza y el único


predador que no teme a los humanos. Es misterioso y depurador, pero
no angustiante.»

Ahí estaba. El resto no venía a cuento. Era aquella declaración relativa


al fuego la que recordaba. Bram Serian no se expresaba como una
persona que hubiera temido el fuego desde siempre. Si acaso, como
alguien que lo admirara.

Owen fijó los ojos en aquellas fotocopias durante un rato. Luego bajó
corriendo a una cabina para llamar a la oficina de Charles Rossner.

199/607
NUEVE

EL HOTEL GREYSTONE estaba justo al otro lado de la plazoleta


situada frente a los juzgados. El edificio, que formaba esquina, era de
granito y constaba de cuatro pisos con enormes ventanas de guillotina y
aspecto de solera perdida. La entrada, profusamente ornada con
cobres, se cobijaba bajo una marquesina de un marrón deslavazado.

Owen penetró en el vestíbulo, se fijó en la elegante vetustez de los


muebles, en unas cacatúas enjauladas en un rincón, en la recepción de
madera y en la campanilla con un cartel que decía servicio; luego lo
atravesó y se acercó al hombre que estaba en la recepción.

Éste Jo miró con recelo.

—¿Está el señor Rossner? —preguntó Owen.

El recepcionista ladeó la cabeza y le dijo con aire suficiente:

—Puede que sí. Puede que no. Si es periodista, será mejor que lo olvide.

—Me llamo Byrne. Owen Byrne. Estoy citado con él.

El empleado levantó el auricular del teléfono y mantuvo una


conversación sigilosa en la que Owen oyó su nombre, y luego,
señalándole una escalinata, le dijo:

—Segundo piso. La suite ejecutiva.

En realidad, Owen todavía no había comunicado con Rossner. Había


hablado por teléfono con Paúl Jacowitz, el ayudante de Rossner, que al
principio pareció escéptico. Pero después de oír la información de
Owen, Jacowitz le pidió disculpas y le explicó que sufrían un constante
acoso por parte de todo tipo de chiflados y de periodistas que
pretendían introducirse en el sanctasanctórum de la defensa.
Finalmente, Jacowitz le arregló una cita con Rossner para primera hora
del día siguiente en el Greystone.

Al llegar al rellano, Owen giró a la derecha y tropezó con Volpe y Riley,


los dos detectives. Riley era de la altura de Owen, pero con pinta de
jugador de rugby ajado. Su piel rojiza y sus ojos de un azul transparente
podían ser genéticos o resultado de años de mucha bebida. Volpe era
justamente lo contrario, menudo, con los ojos oscuros, y de rasgos tan
afilados como una cuchilla.

200/607
—¿Armas? ¿Grabadoras ocultas? —ladró Volpe.

Aquel recibimiento lo cogió tan desprevenido que se quedó mirándolos


fijamente un par de segundos antes de responderles: «No.»

Riley sonrió.

—No te importará que lo comprobemos, ¿verdad chico?

Owen sacudió la cabeza y se dejó cachear por primera vez en su vida.

—Nada personal —le aseguró Riley mientras sus manazas lo palpaban


de arriba abajo. Volpe observaba la operación como si su colega fuera a
encontrar una ametralladora en el bolsillo de Owen.

Cuando terminó el cacheo, Riley dejó caer uno de sus brazos


ajamonados sobre el hombro de Owen y le dijo:

—Conozco a varios Byrne. ¿Cómo se llama tu padre, chico?

—Clancy. Pero no es de Nueva York. Es de Kansas.

—Ah, vale. Ya decía yo... —Owen asintió, aunque sin entender a qué se
refería Riley.

Los ojitos negros de Volpe siguieron escudriñando a Owen provocándole


cierta incomodidad, así que se giró hacia Riley y le dijo:

—Estoy citado con el señor Rossner.

—Pues claro que sí —dijo Riley con una mueca— Bueno, la cosa
funciona así. El que habla es el señor Rossner y tú el que contestas. ¿Lo
pescas? Y a la señora Serian no le dices una palabra.

—Esto son negocios, no una entrevista —dijo Volpe despidiendo


agresividad por cada poro de su piel—. Y será mejor que no se trate de
algún truco de enteradillo.

La señora Serian. Al oír aquellas palabras a Owen le empezaron a


temblar las piernas. Estaba allí. Iba a conocer a Lenore Serian.

Entró por una puerta detrás de Riley. Jacowitz vino a recibirlo. Riley le
quitó el abrigo y le dio un codazo para que avanzara hacia una mesa
redonda donde estaba Rossner, junto a la única ventana de la
habitación.

—Señor Byrne, ¿no es eso? —le preguntó Rossner con tono divertido,
aunque afable.

201/607
—Sí. Owen Byrne.

Riley le señaló una silla y Owen se sentó.

—Ya conoce usted a mis investigadores, Joe Volpe y Frank Riley... —El
ademán de Rossner daba a entender que se trataba de las
presentaciones oficiales, así que Owen los miró y asintió—. Y éste es el
señor Paúl Jacowitz, mi socio... —Owen miró a Jacowitz y asintió—.
Bueno, pues ya está usted dentro de nuestro búnker, señor Byrne —
concluyó Rossner sonriendo.

Owen miró a su alrededor. Estaban en una gran habitación de formas


irregulares y en la que reinaba la penumbra salvo por el derrame de luz
que procedía de la única ventana de guillotina. El color predominante
era un gris verdoso rebajado. En una esquina había una pequeña nevera
con una máquina automática de hacer café. Aparte de la mesa, el
mobiliario consistía en un viejo sofá Chester, varias sillas de estilo y
unas cuantas mesitas y lámparas de pie repartidas al buen tuntún. No
había camas. Imaginó que los dormitorios estarían detrás de alguna de
las puertas de la habitación. No había rastro de Lenore Serian.

Rossner alzó lentamente los ojos.

—Joe —dijo finalmente a Volpe—, ¿avisas a Lenore por favor?

Volpe dio unos golpecitos en una de las puertas. Cuando se abrió y


apareció Lenore, Owen no logró desviar la mirada. Allí estaba, igual
que en la foto de la revista: huraña y altiva, sensual y distante. Sólo que
sin la irritación.

—Lenore, ven a sentarte con nosotros, por favor. —Rossner se alzó y le


ofreció la silla colocada frente a Owen—. Quiero presentarte al hombre
que quiere ayudarte.

Owen se sintió presa de un entramado de emociones contradictorias;


culpabilidad, exaltación, curiosidad, y algo más intenso, algo que iba
más allá de la mera curiosidad.

Lenore Serian atravesó la habitación, con actitud obviamente hostil, y


tomó asiento sin dignarse saludar y todavía menos dirigir la mirada a
Owen. Llevaba un traje de chaqueta sin entallar y una blusa blanca
abrochada hasta debajo de la barbilla. Seguro que aquella ropa no era
suya. Como de costumbre, llevaba el pelo recogido en un moño
apretado, iba sin maquillar y no lucía más joyas que una alianza. La piel
de su rostro era tersa y, a la luz de la ventana, cobró un matiz dorado.
Como la miel. O como la miel con nata.

—Lenore, te presento a Owen Byrne. Dice que quiere mostrarnos algo


importante.

202/607
Lenore se volvió hacia Owen con expresión displicente, recelosa. Éste,
de natural discreto, no pudo sin embargo evitar quedarse embobado
durante unos momentos. Allí estaba la mujer que había compartido la
vida de Bram Serian y quizá también su muerte. De pronto sintió la
imperiosa necesidad de atisbar más allá de las poses y de las
apariencias. Quiso conocerla. Entender quién era. La displicencia de
Lenore pareció flaquear durante una fracción de segundo y algo brilló
brevemente en sus ojos oscuros, algo que Owen percibió más que vio.
Luego su rostro recobró su habitual hermetismo, como si se hubiera
parapetado detrás de algo, y Owen tuvo la sensación de que había sido
la sombra de Lenore la que lo había mirado.

—Bien, Byrne —dijo Rossner—, veamos esa información sobre—


cogedora.

Cuando oyó el tono de voz empleado por Rossner, Owen se recompuso


de inmediato y sacó las fotocopias de su bolsa. Todos los presentes
guardaron silencio mientras Rossner las leía. Cuando hubo terminado,
se las tendió a Jacowitz.

—Léelo en voz alta, ¿quieres Paúl?

Al principio, Jacowitz leyó aquellas páginas con tono monótono, pero


terminó con la voz tomada por la exaltación. Lenore, impasible e
imperturbable, seguía con los ojos clavados en la mesa.

—Cuénteme exactamente cómo ha encontrado esto —le pidió Rossner, y


Owen le relató el rastreo que había efectuado del pasado de Bram
Serian y la cantidad de horas que había invertido en hojear los viejos
periódicos polvorientos de la biblioteca.

—Con esto podríamos marcar un tanto realmente importante —dijo


Rossner acariciándose su mentón bien rasurado.

—¿Podrá utilizarlo hoy mismo? —le preguntó Owen.

—Quizá. —Rossner se reclinó entonces sobre la mesa mirando fijamente


a Owen, y su anterior afabilidad y campechanía desaparecieron como
por encanto—. ¿A quién más se lo ha ofrecido, Byrne?

—A nadie. Llamé a su oficina en cuanto logré encontrarlo en mis


papeles.

—¿Y qué precio pide por una exclusiva? ¿Por entregarnos este artículo y
comprometerse a no comunicarlo a la prensa hasta que podamos
utilizarlo?

Owen estuvo a punto de decir que no había precio. Que le alegraba


poder ayudar a establecer la verdad. Pero entonces miró a Lenore
Serian y se oyó pronunciar las siguientes palabras:

203/607
—Desearía una breve entrevista con Lenore.

Todos los presentes se removieron en sus asientos. Lenore despegó


finalmente sus ojos de la mesa y lanzó una mirada airada a Owen.

—¡Cabrón! —escupió Volpe, y Riley tuvo que frenarlo físicamente.

Rossner, en cambio, ponderó la situación con expresión reflexiva.

—Eso podría arreglarse —dijo.

Owen ofreció garantías de inmediato.

—No tendrá que ver con el juicio. He llegado a un callejón sin salida en
lo que se refiere al pasado de Bram Serian, y Lenore quizá podría
aclararme ciertas cosas. Sólo se tratará de eso. Únicamente el pasado
de Serian.

Rossner lo estudió achicando un ojo.

—¿Y esa información sólo será utilizada para su libro?

—Sí. Si lo prefieren, les firmaré un acuerdo.

Rossner se volvió hacia Lenore.

—Usted decide —dijo—. No veo nada malo en un pequeño intercambio.


El señor Byrne nos ha suministrado un material muy útil... y quién
sabe... igual descubre algo más, ¿no es cierto señor Byrne?

—No puedo garantizarle nada —dijo Owen—, pero... estaré al quite.

Lenore Serian miraba alternativamente a su abogado y a Owen. En sus


ojos había tanta aprensión que Owen flaqueó pero, cuando estaba a
punto de retirar su exigencia, la oyó decir:

—De acuerdo. Lo haré.

Era la primera vez que la oía hablar.

Owen se dirigió de inmediato al teléfono público del vestíbulo de los


juzgados para llamar a Bernadette Goodson. No podía esperar a
anunciarle que había conseguido una entrevista con Lenore Serian.
Todavía era pronto y la oficina de Bernie estaba cerrada. Dejó un
mensaje en el contestador y deseó haber podido presenciar la reacción
de Bernie y de Alex cuando escucharan la noticia. Intuía que DeMille

204/607
acogería muchísimo mejor su proyecto si iba acompañado de una
entrevista exclusiva con Lenore Serian.

Se rumoreaba que Natalie Raven, la gobernanta, iba a declarar aquella


misma mañana, y la sala de audiencias estaba abarrotada de curiosos,
ávidos por presenciar el espectáculo. Raven era prácticamente una
celebridad puesto que había hecho declaraciones a algunos periódicos
de ámbito nacional y había aparecido en varios programas televisivos
semanales de gran audiencia, de esos que amalgaman los sucesos
criminales con reportajes sobre amas de casa que para ganarse un
sobresueldo

atienden líneas eróticas desde sus hogares y ese tipo de temas que a
Owen nunca le habían interesado.

Los periodistas se regocijaban de antemano con las líneas o los minutos


de filmación de más que la intervención de Natalie Raven les reportaría.
Los dibujantes del tribunal estaban preparados, dispuestos a perfilar a
Raven desde todos los ángulos posibles. Los ujieres, el oficial de sala y
el taquígrafo, así como los abogados y sus ayudantes parecían tensos.
Todos estaban listos. Todos estaban en sus lugares. Pero, por primera
vez desde el principio de las diligencias, el asiento del juez Martin J.
Pulaski estaba vacío.

Llegó unos minutos más tarde, con el brazo izquierdo enyesado, y


anunció que había sufrido un accidente en su clase de karate. Owen oyó
las risas de los periodistas que lo rodeaban.

El oficial citó a declarar a Natalie Raven y toda la sala se giró para


presenciar su entrada. Era de altura y de constitución media, con una
melenita castaña y ondulada, y vestía una blusa y una falda vaquera. De
haber tenido que adivinarlo, Owen la habría tomado por una madre
suburbana camino de una reunión escolar.

Tras los preliminares, Brown la sometió a unas cuantas preguntas sin


importancia, de mero calentamiento, para que se relajara. Aunque no
parecía necesitarlo. Desde el mismo momento en que subió al banquillo,
Natalie Raven pareció perfectamente a sus anchas.

—¿Desde cuándo trabajaba usted para Bram Serian, señorita Raven?

—Me mudé a vivir a «Arcadia» unos cuatro años antes del incendio.

—¿Y cómo se puso él en contacto con usted para contratarla?

—Nos conocimos, se enteró de que buscaba trabajo y me hizo venir para


un período de prueba. Y ya me quedé.

—¿Tuvo algo que ver la señora Serian en la decisión de contratar sus


servicios?

205/607
—No. Antes de mi llegada, Bram estaba apuntado a una agencia que le
mandaba un equipo de limpieza una vez a la semana y tenía contratada
a una mujer del pueblo que iba cada tarde a preparar la cena. A Lenore
eso ya le bastaba, y no creo que quisiera modificar aquella situación.
Pero luego murió la cocinera y Bram no pudo conseguir a nadie para
sustituirla. Y como no le gustaban las idas y venidas de extraños, le
pareció más oportuno contratar a una única persona. Pero no creo que
lo discutiera con Lenore, porque ella no se interesaba por cosas como la
limpieza de la casa o la preparación de las comidas. Con tal de que
estuviera hecho....

—¿Diría usted que sus relaciones con la señora Serian fueron poco
amistosas desde el primer momento?

—No. Más bien diría que fueron neutrales. Le era indiferente.

—¿Le daba alguna orden, o discutía con usted de temas relacionados


con los quehaceres domésticos?

—No.

—¿Era entonces Bram Serian el que le daba las instrucciones y el que


administraba la casa?

—Al principio, sí. Pero al cabo de poco tiempo quiso que las cosas
funcionaran sin tener que estar él pendiente de todo.

—Y usted residía en la casa de los Serian, en «Arcadia»,


permanentemente, ¿no es cierto?

—Sí. Tenía mi propia habitación y mi baño, y vivía allí como si fuera mi


casa. Era mi casa.

—Y ocasionalmente, ¿iban sus obligaciones más allá de la limpieza y de


la cocina?

—Oh, sí. De hecho, todo aquello estaba bajo mi responsabilidad. Me


encargaba de comprar sábanas y toallas nuevas cuando hacía falta, de
llamar a los operarios en caso de avería, de encargar la compra, de que
las facturas se pagaran y de emplear a más gente cuando era necesario.
Por ejemplo, si había que hacer algún baldeo importante, llamaba a una
agencia de mujeres de la limpieza o, cuando se fue el ayudante de Bram,
si se presentaba algún trabajo extra, llamaba a Tommy Kubiak para que
se viniera a echar una mano.

—¿Tuvo usted que efectuar en alguna ocasión prestaciones personales


para el señor Serian o su esposa?

—Pues claro. Yo, allí, hacía de madre. Si veía que a Bram le faltaba un
botón en una camisa le decía que me la diera y se lo cosía. O, si cuando

206/607
ordenaba la ropa veía que tenía los calcetines agujereados, los tiraba y
le compraba otros. Cosas así.

—¿Y con la señora Serian? ¿Ejercía usted las mismas funciones con
ella?

—Lo intentaba. Pero era muy personal con las cosas, y muy difícil de
complacer.

Owen escuchaba y tomaba notas mientras Spencer Brown urdía su


particular descripción, con el testimonio de Natalie Raven. En aquella
descripción Raven era la figura maternal, tolerante y benévola, sin cuya
presencia el ámbito doméstico de los Serian se habría venido abajo.
Bram Serian era el artista distraído, tan asediado por las exigencias de
su propio talento que raramente prestaba atención a lo que lo rodeaba.
Y Lenore tenía el papel de la arpía egocéntrica y desagradecida. Bram
Serian era un hombre bondadoso, tenaz, con montones de amigos y de
seguidores, y Lenore una solitaria inadaptada y rencorosa.

Raven se dedicó a continuación a describir el extraño comportamiento


que Lenore ostentaba de vez en cuando. El temor casi enfermizo que
tenía a abandonar «Arcadia». Y, en algunas ocasiones, sus exhibiciones
sexuales ante los invitados que alternaba con actitudes francamente
groseras en el trato con sus huéspedes.

Owen trató de concentrarse en la declaración, pero en aquel


intercambio había algo que lo reconcomía. Estudió primero a Raven y
luego a Brown. Se comportaban con demasiada familiaridad. Raven
descifraba las barrocas preguntas de Brown sin ni siquiera marcar una
pausa para reflexionar, y Brown sabía perfectamente qué preguntarle
para traerla a su terreno. Reinaba entre ellos el acomodo de un
matrimonio; se mostraban complacientes y zalameros, como si se fiaran
el uno del otro, y se lanzaban y aceptaban pullas como una pareja de
interlocutores perfectamente sincronizados. Hasta las fluctuaciones
emocionales parecían programadas.

Owen se agachó un poco hacia Holly.

—¿Les dejan ensayar antes del juicio? —le cuchicheó.

Holly frunció el ceño fastidiada por aquella interrupción. Siguió con la


mirada clavada en el banquillo y le contestó en un susurro:

—Es su testigo estrella. Lo más probable es que hayan pasado mucho


tiempo revisando la declaración juntos. Eso es de cajón, Owen.

Llegaron y pasaron las doce sin que el juez Pulaski suspendiera la


sesión para el almuerzo, aunque a nadie pareció importarle. Brown
estaba enfrascado en las preguntas que todos anhelaban desde el
principio.

207/607
—En tanto que residente permanente de la casa, ¿cómo describiría
usted el comportamiento entre Bram y Lenore Serian?

—Lenore era siempre muy fría y muy distante. A veces, se ponía de


malhumor, o se enfadaba, y cogía una rabieta... decía cosas
verdaderamente odiosas, feas. Y Bram... era el colmo de la paciencia
con ella. Siempre la trataba con mucho cariño y... bueno, como estaba
muy dedicado a su trabajo, no ganduleaba mucho, pero cuando estaba
en casa siempre estaba pendiente de ella, venía a saludarla, se
interesaba por lo que hacía... ese tipo de cosas.

—¿Sucedió alguna vez que Bram Serian le planteara a usted la


posibilidad de divorciarse de su mujer?

—Sí. Unos cinco meses antes del incendio me dijo que había empezado a
pensar en el divorcio. Me dijo que le preocupaba mucho tener que
sometérselo a Lenore, porque creía que ella no sería capaz de aceptarlo
y que no podría espabilarse sin él.

—¿Y qué le respondió usted?

—Le dije que tenía que hacer lo que considerara más conveniente, que
Lenore era una mujer atractiva y que no veía qué problemas iba a
causarle tener que vivir sola.

—¿Le comentó posteriormente Bram Serian haber hablado con su mujer


del divorcio?

—Hablado concretamente de ello, no. Pero me dijo que estaba


intentando plantearle la idea de una separación, para ver cómo
reaccionaba. Luego, más adelante, me dijo que había cogido el toro por
los cuernos y que había tocado el tema del divorcio.

—¿Presenció usted alguna de las reacciones de Lenore Serian al


plantearle su marido una posible separación o divorcio?

—Sí. Un par de veces.

—¿Podría usted contarnos en qué ocasión, y qué sucedió?

—La primera vez fue unos dos meses antes del incendio. Estaban
discutiendo y Bram dijo: «Tú lo que pretendes es desangrarme», y ella le
respondió: «Lo quiero todo», y luego él dijo: «¿Pero no te he dado ya
suficiente? Sin mí, lo más probable es que estuvieras muerta», y ella le
dijo: «Quizá lo habría preferido», y él entonces le contestó: «¿Pero no lo
entiendes...? nuestra unión es malsana.»

—¿Podría hablarnos de la segunda ocasión?

208/607
—La segunda vez fue la noche del incendio. Justo antes de que Bram se
fuera a su estudio a dormir. No gritaban ni nada de eso, pero hablaban
con tono muy resentido... casi peor que si estuvieran gritando. Ella le
dijo: «¿Cómo puedes hacerle esto a alguien que ha vivido tantos años
contigo...? ¿Qué ha significado tanto para ti? ¿O es que ha sido todo una
mentira?», y él le dijo: «No puede ser de otra forma», y ella añadió: «Te
advierto que no te dejaré hacerlo», a lo que él contestó: «No puedes
impedírmelo.» —Natalie Raven se secó los ojos con un pañuelo de papel
— Y eso fue lo último que le oí decir a Bram. Se metió en el estudio y...
—señaló a Lenore con el dedo—, ella lo mató.

—¡Protesto, señoría! —exclamó Rossner indignado.

—Protesta admitida. Borre esa última frase del acta. —El juez se quitó
las gafas y las dejó a un lado—. Señor Brown, ¿me equivoco al suponer
que le queda a usted aún un trecho que recorrer con esta testigo?

—No, señoría, no se equivoca.

—Pues en ese caso creo que deberíamos permitir que esta buena gente
almorzara. La sesión se reanudará a las dos.

Owen vio a Natalie Raven abandonar la sala y se fijó en que Lenore


también la estaba mirando. Volpe y Riley no sacaron a Lenore hasta que
Raven hubo desaparecido por la puerta.

—¡Vaya tela!, ¿no? —dijo Holly revisando sus notas mientras salían.

—Y habrá más —le recordó Pat.

Cuando llegaron al vestíbulo, Ray anunció que aquel día tocaba pizza y
que todos los que tuvieran hambre se encontraran en el pequeño
restaurante italiano del final de la calle principal.

—¿Te vienes, Owen? —le preguntó Pat.

—Hoy, no. Tengo que hacer unas cuantas llamadas, y luego tengo que ir
a averiguar algo a la biblioteca municipal.

—Bueno, pues diviértete —le dijo Pat.

—Te traeremos un trozo —le gritó Holly mientras se alejaba.

Owen se dirigió a las cabinas y marcó de nuevo el número de la oficina


de Bernadette Goodson. La telefonista le dijo que Bernie había salido a
comer, así que preguntó por Alex.

209/607
—¡Owen! —le dijo Alex en cuanto lo tuvo en línea— Ya hemos oído tu
mensaje de esta mañana. ¡Pero qué jugada! ¿Y cómo has conseguido
una entrevista con la mismísima Viuda Negra?

—Pura suerte, Alex. En realidad, encontré algo útil para sus abogados e
imagino que podríamos llamarlo mi justa recompensa.

Alex se echó a reír.

—Deberías haber visto la cara de Bernie. Se ha puesto como loca


cuando lo ha oído.

—¿O sea que le parece importante?

—¡Tú dirás!

—Pues entonces no os entrego mi proyecto mañana, ¿vale? Lo retengo


un par de días más para ver si puedo incluir algo de la entrevista. ¿Te
parece correcto?

—Me parece que no habrá ningún problema. ¿Cómo van a quejarse en


DeMille? —Alex seguía riéndose—. Hasta Arlene Blunt se exaltará
cuando se entere.

Siguieron charlando unos minutos más, sobre todo de la declaración de


Natalie Raven que Alex quiso oír con todo lujo de detalles.

—Oh, no sabes lo que me habría gustado hoy ir contigo —le dijo Alex—.
Bernie me ha dicho que lo que tenía que hacer era admitir que no soy
más que un

voyeur

e irme contigo.

—Podrías venir mañana —le dijo Owen—. Es posible que Raven todavía
siga en el banquillo, y luego está programada Edie Norton. Estoy seguro
de que su declaración también será interesante.

Alex estuvo dudando.

—No, no puedo. Sería demasiado frívolo..., con el montón de trabajo que


tengo aquí —dijo suspirando—. Pero recuerda que si puedo ayudarte en
algo, no tienes más que decírmelo. Ah, oye, mi compañero de piso, Cliff,
ha regresado. Es un chalado dé los ordenadores... así que si necesitas
averiguar algún dato o algo, no dudes en llamar. Lo convenceré para
que te haga un buen descuento.

Owen le dio las gracias y colgó. El compañero de piso de Alex era un


especialista de la informática que de día se dedicaba a investigar por

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cuenta de las empresas que se lo encargaban y de noche trabajaba en
un bar. Owen estaba intrigado. Había leído que existía gente que hacía
maravillas con los ordenadores y se preguntaba si Cliff pertenecería a
aquella categoría. También le intrigaba la relación existente entre Alex y
Cliff. Porque Alex parecía tenerle mucho cariño a su compañero de piso.
¿Sería posible conocer a un homosexual sin saber que lo era? Siempre
había imaginado que los homosexuales eran muy diferentes a la gente
corriente, aunque quizá no fuera cierto.

Empezó a marcar los números que tenía listados para conseguir más
entrevistas con personas dispuestas a hablar de Bram Serian. La
operación fue un absoluto fiasco. Cuando terminó eran cerca de las dos,
así que decidió dejar lo de la biblioteca para otro momento y comprarse
un bocadillo en la máquina.

Al día siguiente hablaría con Lenore Serian. Sentía una exaltación


similar a la que le asaltaba la víspera de un partido de baloncesto en sus
últimos años de bachillerato. Al día siguiente se sentaría cara a cara con
ella. Lenore lo conocería. Owen ya no sería un rostro anónimo perdido
entre el público del juzgado. Tiró el bocadillo, todavía sin abrir, y volvió
a subir.

Cuando Natalie Raven regresó al banquillo, Brown retomó el análisis


del ámbito doméstico de los Serian y enfatizó el ingenio y la bondad de
Bram Serian contraponiéndolos al carácter huraño, caprichoso y
posesivo de Lenore. Luego se centró en el tema de la compra del
quinqué y el temor de Serian al fuego.

—¿Iba Lenore Serian a menudo a la ciudad con usted?

—No. En contadas ocasiones. Casi nunca salía de «Arcadia».

—¿Le proponía ir de tiendas o acompañarla a hacer las compras?

—Muy raramente. Aquel día me sorprendió que quisiera ir. Y todavía me


sorprendió más que me pidiera la lista de la compra de la ferretería
Fugate.

—¿Entró Lenore Serian sola en la ferretería Fugate?

—Sí.

—¿Vio usted lo que había comprado?

—No. Cuando regresé a la furgoneta, George Fugate ya lo había


cargado todo en la parte trasera y lo único que vi fue la caja de
recipientes de conserva, que estaba encima de las demás compras, y la
manguera.

—¿Recipientes de conserva?

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—Sí, en el huerto teníamos grosellas y quería hacer confitura.

—¿Y esa caja era tan grande que tapaba todo lo demás?

—Había más cajas de botes de conserva y algunas cosas más, como una
manguera, y todo estaba apilado, de forma que no se veía lo que había
debajo.

—¿Cuándo se enteró usted de la naturaleza de los artículos adquiridos


aquel día?

—Cuando llegamos a casa y descargamos el coche. Tommy estaba en la


era (Tommy Kubiak, el joven que venía a echarnos una mano) y al vemos
llegar vino a ayudar; sacó las cajas de los botes de conserva y unas
cuantas cosas más, y luego vi una caja con el dibujo de un quinqué y un
par de latas de petróleo para lámparas de aceite.

—¿Y qué hizo usted?

—Le pregunté a Lenore por qué lo había comprado, porque en casa


teníamos varios candiles de metal, mucho más seguros;

—¿Y qué le contestó?

—Me dijo que había comprado el quinqué para el estudio de Bram. Le


dije a Tommy que lo dejara en el coche porque tendríamos que
devolverlo, y le comenté a Lenore que Bram nunca utilizaría un quinqué
como aquél en su estudio.

—¿Y cómo reaccionó la señora Serian?

—Dijo que Bram quería aquel quinqué, cosa que era mentira porque...

—¡Protesto! —exclamó Rossner fuera de sus casillas—. ¿Es la testigo


experta en adivinar el pensamiento de los demás?

El juez suspiró.

—Admitida. Borre esto último. Siga, señor Brown.

—¿Cómo respondió la señora Serian? —volvió a preguntar Brown.

—Dijo que Bram quería el quinqué... pero a mí me pareció raro porque


Bram no quería nada que ardiera en su estudio. Estaba tan paranoico
con lo del fuego en su estudio que incluso había dejado de fumar.

—¿Y qué sucedió con el quinqué?

—No lo sé. Supuse que Tommy lo habría devuelto, porque así se lo había
dicho. Era la hora del almuerzo y como no quería que Bram tuviera que

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esperar para comer me metí en la cocina a preparar la comida. La
última vez que vi el quinqué y el petróleo, seguían en la parte trasera de
la furgoneta.

—¿Le comentó usted a continuación algo relacionado con el quinqué a


Bram Serian?

—No. No quería que aquello ocasionara problemas entre ellos dos.

—¿Vio usted aquel quinqué en la casa, o supo dónde había ido a parar?

—No, no lo vi. Y yo lo veía casi todo. Me refiero a que yo era la que


ordenaba los armarios y esas cosas.

—Salvo en la habitación de Lenore Serian, ¿no es así?

—Sí. Salvo en la habitación de Lenore Serian, donde se hubiera podido


ocultar algo sin que yo lo supiera.

—Retrocedamos un poco para hablar de Bram Serian. ¿Charló usted


alguna vez con él del miedo que le provocaba ver arder algo en su
estudio?

—Bueno, una discusión concreta no la hubo. Pero sí pequeños


comentarios. Un día, poco después de mudarme a «Arcadia», estalló
una tormenta; quise darle unas velas y me dijo que no, que no quería
velas, y traté de insistir un poco... ya sabe... para convencerlo de que las
cogiera, porque no entendía por qué se negaba a llevárselas, y me dijo
que no quería velas cerca de sus pinturas. Y lo dijo con mal tono, como
si fuera un tema delicado. Así que le pregunté que por qué, y me
respondió que no quería ver llamas cerca de sus cuadros... Otro día, me
dejó ver el interior del estudio desde la puerta (para que me hiciera una
idea de cómo era) y me mostró su estufa, de la que estaba muy
orgulloso. Me dijo que tenía todas las ventajas de las estufas de leña
pero sin ninguno de sus peligros ni inconvenientes. Quise bromear un
poco... pincharle... y le dije que muchos incendios se declaraban a raíz
de un cortocircuito eléctrico. Se puso muy nervioso con aquello y mandó
venir a un lampista que se pasó toda la tarde revisando la instalación
eléctrica.

—¿Recuerda usted algún comentario más relacionado con el fuego en


sus conversaciones con Bram Serian?

—Sí, otro. Un día, hará un par de años, Bram bajó a desayunar conmigo
(Lenore estaba encerrada en su habitación, no quería desayunar con
nosotros, así que estábamos solos) y me contó que había tenido una
pesadilla relacionada con un incendio. Me contó que el fuego lo había
rodeado por todas partes y lo impotente que se había sentido. Me dijo
que había sido una de las peores pesadillas de su vida. Luego se sinceró

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conmigo y me confesó el terror que siempre le había provocado el fuego
y lo mucho que le avergonzaba tener que reconocerlo.

Allí estaba. Lo del fuego. Owen se quedó inmóvil, invadido por el súbito
regocijo interno que le producía su revelación secreta, e imaginó que
Rossner estaría experimentando la misma sensación sólo que de manera
mucho más intensa. Trató de imaginar cómo sería eso de estar sentado
a la mesa de la defensa viendo actuar a Brown con una testigo y
analizando cada una de sus debilidades, disfrutando con cada desliz,
con cada posible trampolín. Preparándose para el ataque.

—Bien, ahora centremos nuestra atención en la noche del seis y en la


madrugada del siete de agosto. Ante todo, ¿podría usted hablamos de la
fiesta que Serian había organizado y describírnosla?

—Bram organizaba a menudo fines de semana festivos. No eran fiestas


en el sentido que todo el mundo suele darles. De hecho, como Bram no
veía mucho a sus amigos, porque vivía en «Arcadia», hacía que subieran
a verle. De esa forma mantenía sus relaciones y ayudaba a los artistas
jóvenes dándoles buena comida y una buena cama durante unos días y
permitiéndoles que conocieran a artistas más afamados. Además,
aquello también servía para que otros artistas colaboraran en la
construcción de su casa, a la que siempre seguía añadiéndole algo.

Brown le dirigió una sonrisa alentadora.

—Así que, a tenor de lo que nos está diciendo, tenemos que entender que
en esas fiestas los invitados no se limitaban a llenar los salones con una
copa en la mano, ¿no es cierto?

—No. La gente circulaba por todas partes y hacía todo tipo de cosas. A
algunos les daba por pescar, a otros por nadar o por remar, otros
jugaban a lo que fuera, y además estaba todo el trabajo de carpintería
de la casa, y las comidas, que solían prepararse fuera... en la barbacoa.

—Así que no se trataba de esas fiestas que acaban transformándose en


orgías salvajes y en las que a todo el mundo le da por hacer disparates,
¿no?

Antes de responder con un «No» rotundo a Natalie Raven se le escapó


la risa, como para subrayar lo absurdo de aquella presunción.

—¿Y qué solía beber Bram Serian en el transcurso de esas fiestas?

—Durante el día bebía algo de cerveza. Luego, con la cena, cerveza o


vino. Y las noches de verano, le gustaba que todo el mundo saliera fuera
a charlar, y entonces bebía algún combinado. Pero nunca hasta el punto
de emborracharse. Bram Serian era un hombre de constitución robusta
que aguantaba bien la bebida.

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—La madrugada del siete de agosto, cuando se retiró a su estudio,
¿estaba borracho?

—En absoluto.

—¿Dónde estaba usted cuando estalló la discusión entre él y su esposa?

—Yo ya había subido y estaba metida en la cama cuando me pareció oír


voces por la ventana (en verano suelo dormir con la ventana abierta),
así que me levanté y me asomé para ver qué pasaba.

—¿Y los vio bien?

—Sí.

—¿Y pudo oír bien lo que se dijeron?

—Sí. Todo estaba tranquilo en la zona que separa la casa del estudio.
Pude oírlos perfectamente.

—Tenga la bondad de contamos lo que sucedió después de la discusión.

—Bram fue a su estudio, abrió la puerta y se guardó la argolla de las


llaves en el bolsillo; luego entró y cerró de un portazo. Lenore se quedó
varios minutos plantada en la era, con la mirada clavada en la puerta;
poco después regresó a la casa.

—¿Vio usted lo que hizo dentro de la casa?

—No. Es una casa muy grande.

—¿Y en el exterior había luz suficiente como para poder ver todo
aquello claramente?

—Sí. Hay luces instaladas en los árboles que bordean la era.

—¿Y cuándo volvió usted a ver a Bram Serian o a Lenore?

—Más tarde, a las cuatro y veinte, cuando me desperté sobresaltada. No


recuerdo qué fue lo que me despertó pero, como en verano duermo con
la ventana abierta, pudo haber sido el olor a humo. Corrí a una ventana
de la galería que da al estudio y vi que de allí salían algunas llamas y
humo y que Lenore estaba mirando desde la era, delante de la puerta
del estudio.

—¿Mirando?

—Sí. Muy quieta viendo cómo se propagaba el fuego.

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—Y entonces, ¿usted qué hizo?

—Le grité. No recuerdo exactamente qué, pero algo parecido a «¿Dónde


está Bram?», o «¿Está Bram dentro?», entonces fue cuando Lenore
empezó a pedir ayuda.

—¿Y usted qué hizo?

—La casa dispone de un sistema de seguridad muy sofisticado y uno de


sus dispositivos es un timbre de emergencia que pone en marcha una
alarma muy potente, así que pulsé ese timbre para despertar a todo el
mundo y llamé a los bomberos.

—Siga... por favor.

—Corrí a la planta baja y agarré a Lenore de los hombros para


zarandearla. Le pregunté si Bram estaba dentro; al decirme que sí, traté
de entrar en el estudio por la puerta, pero era imposible. Había
demasiado humo y demasiadas llamas.

—Cuando trató de entrar en el estudio, ¿estaba la puerta abierta o


cerrada?

—Estaba abierta.

—¿Se fijó en ese detalle en aquel momento?

—Sí. Me sorprendió porque Bram era muy paranoico con lo de la puerta


del estudio.

Nunca

la dejaba abierta, y le había visto cerrarla al ir a acostarse.

Owen creyó que Brown iba a poner punto final a su interrogatorio, pero
no fue así; alargó la deposición de Natalie Raven unos veinte minutos
más haciéndole evocar la llegada de los bomberos y de la policía —
ejercicio que no pareció aportar nada nuevo—. Pero el parte que hizo de
la pelea en el fango y de cuando tuvieron que separarlas causó un gran
efecto y resultó muy dañino para Lenore.

Tras el interrogatorio directo a Natalie Raven, el juez Pulaski suspendió


la sesión durante un cuarto de hora. Casi todos los espectadores
permanecieron en la sala, por miedo a perder sus sitios, pero los
reporteros salieron al vestíbulo. Owen también salió y se quedó apoyado
en la pared del pasillo. Los periodistas de la radio bajaron a llamar por
teléfono y los demás se enzarzaron en acaloradas polémicas relativas al
sentido de lo que acababan de oír mientras aventuraban conjeturas en
cuanto a las posibles estrategias de la acusación y a la dirección por la
que optaría Rossner.

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Desde la reunión secreta mantenida con Rossner, Owen se sentía muy al
margen. Los observaba con la misma distancia analítica con la que
observaba a los testigos que declaraban desde el banquillo. Y se
preguntó si hasta entonces le habrían pasado por alto la mezquindad y
la ignorancia que ahora percibía o si ahora lo observaba todo con
mayor pesimismo.

«Es una pena que en el estado de Nueva York no exista la pena de


muerte», oyó decir a Holly cuando regresaron todos a la sala.

Rossner se apoyó relajadamente en el podio. Exageró tanto su


perplejidad cuando interrogó a Natalie Raven acerca de lo acontecido la
noche del incendio que casi pareció remiso. La declaración de la
gobernanta fue casi idéntica. Es más, cuando Owen repasó sus notas se
dio cuenta de que el fraseo empleado en ambas deposiciones era
idéntico y de que la gobernanta debía haber memorizado casi todas sus
respuestas. Aunque eso no significaba que mintiera. Owen era
consciente de ello. Habían pasado más de seis meses desde el incendio, y
Natalie Raven había tenido que soportar las mismas preguntas una y
otra vez y por lo tanto repetía una y otra vez las mismas respuestas.
Quizá eso explicara que todo parecía perfectamente ensayado.

Rossner se rascó la cabeza y se mordisqueó la comisura del labio


durante unos segundos. Owen estaba casi convencido de que aquél iba a
ser el momento del gran golpe y de que Rossner estaba a punto de
dispararle unas cuantas flechas envenenadas a la inmaculada
gobernanta.

—Veamos. Si no me equivoco... Bram Serian la contrató a usted sin la


mediación de su mujer, ¿no es eso?

—Sí. En esas cosas era muy eficaz. Me refiero a la hora de tomar ese
tipo de iniciativas y de decisiones.

—Usted residía permanentemente en el hogar de los Serian y Bram le


encomendaba planificar todas las comidas y llevar la administración
general de la casa, ¿es eso cierto?

—Sí.

—¿Y desayunaba a solas con Bram Serian a menudo?

—Sí, porque Lenore siempre estaba de morros y no quería bajar.

—Y usted se encargaba de reponer lo que faltara en los cajones del


vestidor de Bram Serian y de toda la casa en general, salvo en el
dormitorio de Lenore, ¿sí?

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—Sí.

—¿Y cuándo le prohibió Lenore entrar en su dormitorio?

—Oh... —Natalie Raven suspiró y se encogió de hombros—. Nada, un día


se enfadó y me gritó que no volviera a poner los pies en su habitación.

—¿Estaba ordenando su habitación? ¿Qué fue lo que la irritó?

—No estaba haciendo más que cumplir con mis deberes de gobernanta.

—¿Contemplaban esos deberes que usted ordenara los cajones de


Lenore, como lo hacía con los de su marido?

—No recuerdo exactamente qué estaba haciendo.

—Pero es posible que estuviera abriendo sus cajones, ¿no?

—Es posible que estuviera ordenando el dormitorio, incluidos los


cajones de la cómoda.

Rossner se alejó unos pasos de la testigo y luego volvió a encararse a


ella con un cabeceo de asombro.

—¿Y nunca se le ocurrió, señorita Raven, que Lenore habría podido


estar un poco resentida y que quizá siempre estaba de morros porque...
su marido..., sin tomarse la molestia de consultárselo..., se había traído
a vivir al hogar de ambos a una extraña a la que había cedido el total
control de la casa, incluido el libre acceso a su espacio personal? ¿Se le
ocurrió alguna vez que la relación que Bram Serian mantenía con usted,
es decir, desayunar frecuentemente en su única compañía, hacerla
partícipe de discusiones íntimas y confiarle sus pesadillas y sus temores,
no corresponde a una relación corriente entre empleado y patrono? ¿Y
qué a Lenore todo aquello habría podido fastidiarla?

—¡Está usted tergiversándolo todo!

—¿Ah sí? Me limito a repetir todo lo que usted misma nos ha contado
hoy. Y quisiera hacerle una pregunta, señorita Raven: si Bram Serian
hubiera sido su marido, ¿no le habría usted puesto morros?

—No lo sé.

—Pero Bram Serian no era su marido, ¿no es cierto?

—Eso es obvio.

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—Sí, debería serlo, ¿pero lo era realmente? ¿Le parecía tan obvio
cuando vivía usted bajo su techo, cuando compartía con él el desayuno y
escuchaba sus pensamientos íntimos?

—No entiendo a qué se refiere.

—Pues yo creo que lo sabe perfectamente. ¿Acaso no fue usted la que le


metió en la cabeza a Bram Serian lo de la idea del divorcio?

—No sé quién ha podido decirle eso.

—Y por qué no lo sabe, ¿porque no había nadie que merodeara a su


alrededor ni espiara sus conversaciones con Serian como usted espiaba
las que Serian mantenía con su esposa?

Natalie Raven se puso tan encamada que parecía un personaje de


dibujos animados.

—¿Cómo se atreve usted a hacer estas insinuaciones cuando tiene a una


asesina por cliente?

El juez descargó su martillo con violencia.

—Señorita Raven, no le permitiré más salidas de tono de este tipo.

Natalie Raven murmuró una disculpa, enderezó los hombros y


comprimió los labios.

Rossner revisó sus notas y permitió que un silencio tenso se instalara en


la sala; luego alzó los ojos y, con mucha calma, dijo:

—¿No es cierto que esperaba un hijo de Bram Serian y que abortó tres
meses antes de...

—¡Protesto! —gritó Spencer Brown—. ¡Esto es inadmisible señoría!


¡Esto es...!

—¡Hagan el favor de acercarse! —ordenó el juez a los dos letrados con


voz tajante, y los dos hombres se reunieron al pie del estrado para
enzarzarse en una feroz y sigilosa contienda verbal. Cuando terminaron,
Rossner y Brown se separaron y el juez alzó la voz:

—Protesta admitida en cuanto a la forma. Señor Rossner, tendrá usted


que aportar mayores fundamentos si pretende seguir esta línea de
indagación.

Pero el daño ya estaba hecho. Owen advirtió las dudas que asomaban a
los ojos de los jurados.

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Rossner dejó pasar varios minutos más que aprovechó para revisar sus
notas y para que el jurado dispusiera de más tiempo para digerir las
implicaciones de todo aquello, y luego dijo:

—Señorita Raven...

—Un momento. ¿No me dan la oportunidad de defenderme? —exclamó


ella.

—Señorita Raven —le contestó el juez con amabilidad—. Por favor,


limítese a contestar las preguntas.

La gobernanta agachó la cabeza y Rossner prosiguió.

—Cuando presenció aquella discusión que usted relacionó con el


divorcio, ¿oyó claramente todo lo que se dijeron?

—No —contestó ella en voz baja.

—Dado que no pudo oírlo todo, ¿no podría ser... que lo entendiera mal y
que aquella discusión se refiriera a algo del todo diferente?

—No lo creo.

—Pero, ¿podría ser?

—Yo diría que discutían del divorcio —insistió ella, aunque con voz poco
convencida.

—¿Y no cabría la posibilidad de que Bram Serian no le contara todo lo


que pensaba, o lo que hacía, o lo que tenía planeado hacer?

—Sí.

—¿Y de que Bram Serian le ocultara ciertas cosas?

—Sí.

—¿E incluso que a veces la engañara?

—Lo dudo, pero sí, es posible.

—¿No cabría la posibilidad de que Bram Serian no le hubiera planteado


nunca la posibilidad de un divorcio a su mujer?

La testigo suspiró.

—No...

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—¿Le parece eso posible? —urgió Rossner.

—Remotamente.

Rossner marcó una pausa.

—De acuerdo, volvamos a su encuentro con Bram Serian. ¿Dónde se


conocieron?

De pronto Natalie Raven empezó a agitarse en su asiento, como si algo


la indispusiera.

—Nos conocimos en Manhattan.

—Pero Manhattan es enorme... ¿Dónde se conocieron concretamente?

—No lo recuerdo.

—Deje que le ayude a refrescar la memoria. ¿Dónde vivía usted antes de


conocer a Bram Serian?

—No lo recuerdo.

—¿De dónde se mudó usted al irse a vivir a «Arcadia»?

—No lo recuerdo.

—¿No recuerda de dónde se mudó hace cuatro años?

La testigo lanzó una mirada esquinada a la sala. Brown y Dapolito


estaban muy rígidos y trataban de disimular su inquietud. Owen tuvo la
sensación de que no sabían hacia dónde quería dirigirse Rossner.

—Vivía con unas amigas en Chelsea —contestó ella por fin.

—¿El barrio de Chelsea, en Manhattan?

—Sí.

—¿Recuerda los nombres de esas amigas?

—Sí, claro. Sandy, Doreen, Cindy... compartíamos el piso entre varias


chicas, y unas venían y otras se iban...

—¿Y cómo pagaba su parte del alquiler?

—¿Cómo?

—¿En qué trabajaba para ganarse la vida?

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Natalie Raven parecía a punto de derrumbarse.

—Hacía... ya sabe... algo por aquí, algo por allá. Trabajaba casi siempre
por cuenta propia.

—Todo perfectamente legal, ¿no es cierto...? ¿Estaba afiliada a la


seguridad social y pagaba sus impuestos y demás?

—Oh... sí... por supuesto.

—¿Y si le dijera que no hay rastro de ninguna Natalie Raven en ningún


fichero administrativo?

La testigo miró al juez y luego a Brown y a Dapolito.

—Un momento —dijo de pronto Rossner— ¿Y no será porque en aquella


época usted no utilizaba el nombre de Natalie Raven?

—¡Sí, eso es! —dijo ella aliviada.

Los hombros de Brown descendieron varios centímetros.

—¿Utilizaba entonces en aquella época su nombre auténtico? —Sí.

—¿Y cuál era? —Rossner bajó los ojos sobre una ficha, como si lo
tuviera anotado.

—Norma Bretcher.

—¿La misma Norma Bretcher que fue arrestada por ejercer la


prostitución y por tenencia de...?

—¡Protesto! —Brown, indignado, se puso en pie de un brinco—.


¿Podemos acercamos al estrado, señoría?

Y entonces empezó un receso que duró media hora. Owen salió y bajó a
la máquina de café del vestíbulo. A su alrededor varios periodistas se
peleaban por los teléfonos para llamar a sus redactores o productores y
anunciarles el bombazo que tenían para los informativos vespertinos.

Marilyn coincidió con Owen cuando éste subía las escaleras.

—Bueno —dijo ella—, ya no se oye ni un ronquido en los bancos


traseros, ¿verdad?

—Sí, desde luego. Y Holly va a tener que hacer maravillas para seguir
negando que ahora existe la posibilidad de la duda.

Marilyn se echó a reír.

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—Holly habría sido un excelente verdugo. Uy... aquí viene.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Holly—. ¡Rossner lo tergiversa todo


tanto que al final consigue que todos parezcan culpables! ¿Y a quién le
importa si Natalie, o Norma, o cómo se llame, no sale del convento?
¡Con eso no se demuestra la inocencia de Lenore Serian! Sólo se
demuestra que Bram era liberal a la hora de contratar a sus empleados.

Marilyn lanzó una mirada llena de risas a Owen mientras entraban en la


sala.

La efervescencia era casi tangible cuando los jurados regresaron a sus


asientos. Owen observó a la muchedumbre. Nadie se movía. Los ojos
brillaban y las respiraciones eran casi como jadeos. Todos querían que
Lenore Serian fuera culpable y, en buena lógica, habrían debido apoyar
a la gobernanta, pero el olor a sangre fresca les producía vértigo.
Querían que Rossner la destrozara. Owen no pudo impedir sentir cierta
lástima por ella.

Al principio, Rossner se dedicó a atosigarla con el tema del quinqué y


trató de ridiculizar sus siniestras deducciones relacionadas con la
adquisición y la forma en que había sido cargado en la furgoneta.
Luego, apoyándose en el artículo suministrado por Owen, la atacó por
el flanco del fuego para engendrar dudas en cuanto al supuesto pánico
que Serian sentía y enfatizó el hecho de que sólo ella lo hubiera oído
declarar que no quería nada que ardiera en el estudio. Después trató de
hacerle reconocer que Serian volvía a fumar. Y finalmente se refirió a lo
acaecido antes del incendio.

Rossner se detuvo y se acarició la oreja.

—Un momento... porque estoy un poco embarullado. Dice usted que


subió a acostarse y que en verano siempre dormía con la ventana de su
dormitorio abierta, ¿no es eso?

—Sí.

—Y que le llegaron las voces de Bram y de Lenore Serian cuando


empezaron a discutir en la era, ¿no?

—Sí.

—Y que luego vio a Bram dirigirse al estudio, abrir la puerta, entrar y


cerrar de un portazo, ¿cierto?

—Sí.

—¿Y luego, qué? ¿Volvió usted a acostarse?

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—Sí. Yo ya estaba metida en la cama cuando los oí discutir, entonces me
levanté para mirar por la ventana y cuando terminó la pelea me acosté
de nuevo.

Rossner se detuvo un segundo para seguir rascándose la oreja y


componer una expresión de asombro.

—Y más tarde, ¿la despertó el olor a humo?

—Creo que fue el humo lo que me despertó. Aunque no estoy segura.


Pero en cuanto me levanté me di cuenta de que había humo en alguna
parte.

—¿Y supo de inmediato que el humo no procedía de la casa?

—Sí. Como he dicho antes, la casa tiene un sistema de seguridad


increíble en el que están incluidos detectores de humo y de llamas
dispuestos en toda la casa, y ninguno de esos dispositivos se había
puesto en marcha, así que instintivamente supuse que lo que ardía no
era la casa.

—¿Y corrió a...?

—Corrí a la ventana de la galería desde la que podía verse... —Natalie


Raven se detuvo en secó, y cuando se dio cuenta de su error se le
ensancharon los ojos.

—Continúe —la apremió Rossner. Pero como no dijo nada, éste añadió
—: Da igual. Tengo su declaración «interior. —Pasó unas cuantas
páginas de su bloc amarillo—. Ha dicho usted: «Corrí a una ventana de
la galería que da al estudio y vi que de allí salían algunas llamas y humo
y que Lenore estaba mirando desde la era, delante de la puerta del
estudio.» ¿Es eso?

—Sí —admitió ella con voz vacilante.

—Pero si desde la ventana de su dormitorio se veía la era y el estudio, y


desde allí pudo presenciar la discusión y ver a Bram Serian abrir la
puerta con la llave de la argolla, ¿cómo explica usted que tuviera que
correr a la ventana de la galería para ver si el estudio ardía?

—No... no lo sé... Estaba medio dormida. Lo único que sé es que salí de


la cama. Supongo que no pensaba con mucha claridad.

—Es comprensible —dijo Rossner asintiendo con afabilidad—. Pero ¿en


qué quedamos? ¿Podía ver la era y el estudio desde la ventana de su
dormitorio, o tenía que desplazarse a otro sitio de la casa para poder
verlos?

—Pues...

224/607
En aquel momento Jacowitz desplegó un enorme diagrama con la silueta
de la casa y del estudio y solicitó que se registrara el documento.

—¿Sería tan amable de señalarme la localización de su dormitorio con


este puntero? —preguntó Rossner a la testigo.

Natalie Raven, indecisa, señaló una zona desde la que era imposible
divisar la era y el estudio.

Rossner examinó el dibujo mientras enarcaba una ceja con perplejidad.

—Pero entonces, desde su ventana no podía... Quizá fue lo que sucedió


anteriormente... cuando oyó la discusión y se levantó... lo que la hizo
salir de su cama...

—Sí. Estaba en la cama cuando los oí.

—Y quizá estaba soñolienta y desorientada.

—Sí. Sí.

—Y quizá se dirigió a la ventana de la galería, sin ser consciente de ello.

—Sí. Sí. Eso fue lo que pasó.

—¿Y presenció la discusión en ese estado... tan soñolienta y confusa que


no sabía si estaba en la galería o todavía seguía frente a la ventana de
su dormitorio?

—Sí.

—Y, a pesar de no saber en qué ventana estaba, recuerda usted


perfectamente todo lo que Bram y Lenore se dijeron en el transcurso de
su discusión...

—Bueno, en aquel momento ya me había despertado del todo.

—¿Y lo vio usted colocar su llave en la cerradura?

—Sí.

—¿Pero no tenía el estudio una de esas cerraduras con un alero


protector que le habría impedido ver la cerradura desde la posición en
la que usted estaba, es decir, en el último piso?

—Bueno, era... Le vi abrir la puerta, así que igual estaba en una ventana
de la planta baja.

225/607
—¿Se refiere a que estaba tan desorientada que quizá no sólo salió a la
galería, sino que además pudo haber corrido a la planta baja sin darse
cuenta? —le preguntó Rossner con tono incrédulo.

—Sí.

—Quizá... —dijo Rossner con voz atronadora—, ¡quizá estaba tan


desorientada que aquella madrugada fue usted quien se dirigió al
estudio y mató a Bram Serian!

—¡Señoría! —gritó Spencer Brown, y Owen se fijó en la expresión de


Charlie Rossner. A Rossner le importaba un bledo que aquello no
apareciera en acta. Acababa de marcar un tanto importantísimo y el
jurado no lo olvidaría.

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DIEZ

OWEN no descansó bien la noche del miércoles. Había estado


preparando las preguntas que quería plantear a Lenore Serian, pero le
intranquilizaba no saber qué podía preguntarle, hasta dónde podía
llegar, o qué le respondería ella. Soñó que había una llave perdida en
alguna parte y que si la encontraba lograría desentrañar todos los
secretos de Lenore. Se pasó horas buscando aquella maldita llave y tuvo
que luchar, huir y soportar torturas mientras la buscaba. Se despertó
antes del amanecer, sudado y liado en las mantas, pero siguió tumbado
y esperó a que sonara el despertador mientras contemplaba cómo
amanecía. Lenore Serian también estaba acostada, en alguna parte.
También sola. ¿En qué soñaría? ¿Qué torturas le traería la oscuridad?

Cuando llegó al hotel Greystone para entrevistarla estaba muy nervioso.


Aquella vez el recibimiento de Volpe fue algo menos hostil y el de Riley
francamente amistoso. En la suite reinaba una atmósfera relajada;
todos iban con los cuellos de la camisa abiertos y algunos tenían los pies
sobre la mesa, entre montones de documentos legales y de tazas de café
a medio terminar. Jacowitz bromeó acerca del derribo de la principal
testigo de Spencer Brown y Owen se unió a las burlas, con la sensación
de haber pasado una prueba y de haberse ganado la confianza general.

—¿Café? —le preguntó Jacowitz— ¿O una soda quizá?

Incluso desarreglado, con la pajarita sin anudar y en mangas de camisa,


Paúl Jacowitz era la imagen misma de la corrección.

Si en lugar de joven y negro hubiera sido más mayor y blanco, se le


habría podido definir como un hombre «peripuesto». Owen se preguntó
qué educación patricia y anacrónica habría podido producir a un joven
tan distinguido.

—Prefiero café —contestó. Rossner se le acercó, le dio unas palmaditas


en la espalda y le dijo:

—Lenore está esperándolo, así que será mejor que vaya. —Otra
palmadita y, luego—: Paúl estará presente durante la entrevista.

Posiblemente, la confianza no era tanta como había creído. Jacowitz le


tendió un café y luego lo condujo a una de las puertas laterales que
comunicaba con una habitación más pequeña, amueblada con dos
camas, una cómoda, una mesa y un par de butacas antiguas colocadas
junto a la ventana, y donde imperaban los tonos beige y marrones. En
una de aquellas butacas holgadas y confortables pudo ver sentada a

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Lenore, con la espalda erguida y gesto retador. Intocable y a la vez en
actitud defensiva.

Pero aquella vez, su aspecto le pareció más auténtico. Vestía un jersey


verde oscuro, una falda de franela y botas de cuero de color rojizo. Un
atuendo más favorecedor que cualquiera de los que le había visto en
otras ocasiones. Llevaba el pelo recogido en un moño suelto sujeto en lo
alto de la cabeza y un leve toque de color canela sombreaba sus labios y
sus mejillas. A Owen volvió a sorprenderle su aparente juventud y se
preguntó cuántos años tendría y qué diferencia de edad habría existido
entre ella y Serian.

Jacowitz se instaló discretamente en un rincón de la habitación y Owen


se sentó frente a Lenore en la otra butaca, junto a la ventana.

Buscó sus ojos, tan impenetrables como el vidrio opaco, y su cercanía le


aceleró el pulso y le cerró la boca del estómago. ¿Estaba asomándose al
alma de una pobre víctima inocente o ante los ojos despiadados de una
asesina?

—¿Qué quiere de mí? —preguntó Lenore con voz clara aunque con un
ligero acento. Un acento casi francés, pero no del todo.

Owen sintió un escalofrío. Ponderó cuidadosamente su respuesta.

—Estoy escribiendo un libro acerca del juicio, pero no puedo escribirlo


sin conocer a Bram Serian. —Hubiese querido añadir: y conocerla a
usted, pero no se atrevió—. Tras iniciar mi investigación y entrevistar a
varias personas me he dado cuenta de lo misterioso que es el pasado de
Serian. Y ahora estoy tratando de desenmarañar ese pasado. Confío en
que usted pueda suministrarme algunas de las piezas del rompecabezas.

Ella lo miró con atención, aunque Owen no logró interpretar su mirada.

—¿Quiere crear una historia para Bram? —preguntó Lenore.

—No quiero crear una historia. Quiero descubrir una historia. Una de
las comisuras de la boca de Lenore se alzó ligeramente y sus ojos
reflejaron un enigmático regodeo.

La sombra de una sonrisa se dibujó en su boca.

—Quizá sería más adecuado decir que pretendo hacer más humano a
Serian.

Lenore lo observaba ahora de forma directa, intransigente. Sus ojos


oscuros recogieron algo del verde de su jersey y adquirieron el
tenebroso color nocturno de los bosques que aparecen en las pesadillas
infantiles. Owen sintió una extraña sensación de angustia a la que siguió
una renovada incertidumbre.

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—Bram se habría reído de usted —dijo Lenore—. Luego le habría
echado y habría añadido su nombre a su lista negra.

—Pues menos mal que estoy hablando con usted, ¿no le parece?

Lenore desvió la mirada momentáneamente y luego volvió a fijar sus


ojos oscuros en él.

—Adelante. Pregunte.

Owen ojeó su bloc de notas y aspiró hondo.

—¿Qué sabe de la infancia de Serian?

—Nada.

—Vale... ¿Le comentó alguna vez dónde había nacido o crecido?

—No.

—¿Le habló alguna vez de haberse criado en una granja?

—No. —Un destello casi imperceptible cruzó sus ojos—. ¿Por qué? ¿Cree
que creció en una granja?

Owen le repitió lo que John Potter le había contado y los leves indicios
recogidos al entrevistar a Gregory Hillyer y a Edie Norton. Aquellas
informaciones parecieron intrigarla, pero no hizo ningún comentario.

—¿Mencionó alguna vez el nombre de sus padres o de algún miembro de


su familia? —preguntó Owen.

—No. Sólo Al...

—¿Al? ¿Su ayudante?

—Sí. Eran primos.

—¿El asistente que vivía en el estudio era de verdad su primo?

—preguntó Owen enardecido ante aquella noticia.

—Sí. Un primo lejano.

—¿Y dónde está ahora?

—No lo sé. Se fue hace un par de años. Bram siempre decía que
regresaría... pero no regresó —contestó ella con la mirada perdida.

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—¿Cuál era el nombre completo de Al?

Lenore se encogió ligeramente de hombros.

—Al Serian.

—¿Hablaba Al de su familia o de su infancia?

—Al no hablaba mucho de nada, salvo cuando tenía uno de sus ataques,
y en esos casos decía cosas incoherentes.

Owen tomó un sorbo de café y estudió la nueva dirección a tomar.

—Al era retrasado, o desequilibrado, ¿no es cierto?

Lenore vaciló y luego se encogió de hombros.

—Bueno, ¿lo era o no lo era?

—¿Por qué? ¿Qué importancia tiene?

—Bueno, pensaba... que si hubiera estado internado en alguna parte a


raíz de sus problemas mentales, existirían archivos que podrían
conducirme a la familia Serian y a los orígenes de Bram.

—Bram era el único familiar que tenía Al. Por eso cuidaba de él.

—¿Dónde vivía Al mientras Bram estuvo en Vietnam?

—No... Lo siento. No sé mucho de eso.

—¿Cómo era Bram Serian cuando lo conoció? ¿Qué tipo de persona


era?

El sol ya estaba más alto y se derramaba por la ventana envolviéndola


en una luz plateada de invierno que transformaba su piel en antiguo
marfil y su cabello en brillante seda negra. Nunca había visto a nadie
con el pelo tan auténticamente negro, como la tinta china, o la
obsidiana.

Lenore apoyó las yemas de sus dedos en sus sienes, en actitud reflexiva,
debatiéndose con los recuerdos y con las respuestas a su pregunta.
Había vulnerabilidad en aquel gesto. Sus dedos eran finos, sus uñas tan
blancas y naturales como las de un niño y su muñeca tan frágil que
habría podido quebrarse. De pronto, Owen sintió remordimientos.
Aquella mujer estaba sufriendo y él, con la única intención de escribir
un libro, sacaba provecho de aquel sufrimiento. Estaba utilizándola,
cebándose en su infortunio. ¿Cómo había podido caer tan bajo?

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—Basta —dijo Owen mientras se levantaba bruscamente y cogía su
bolsa.

Jacowitz pegó un brinco.

—¿Qué pasa, hombre?, ¿qué pasa?

Owen lo empujó a un lado, agarró el abrigo que había dejado sobre la


cama y salió al pasillo asqueado consigo mismo y con todo el proyecto
del libro.

Rossner lo pilló en el descansillo de las escaleras.

—¡Espere, Byrne!

De mala gana, Owen se detuvo y se giró.

—Ya no me verán más el pelo —le dijo.

—No tan deprisa. Me debe una explicación.

—Ya le escribiré una carta.

—No. Si está enojado con Lenore, quiero aclararlo ahora mismo.

—No estoy enojado. —Owen se percató de que su voz era casi un grito y
de que sí estaba enojado, pero consigo mismo. Echó la cabeza hacia
atrás y dio un profundo suspiro de desaliento—. Me he equivocado, ¿de
acuerdo? No habría debido imponerme de esa forma con ella.

Algo pasó por la mirada de Rossner. Podría haberse tratado de afecto,


pero presentaba mayor similitud con el triunfo.

—Sabe Byrne... lo que le he dicho antes sigue en píe. Podría ayudar


mucho a Lenore. ¿Quién sabe lo que todavía ignoramos? ¿Quién sabe lo
que usted podría descubrir? —Rossner calló unos segundos—. Me
gustaría que trabajara con nuestro equipo.

—¿Y qué significa eso de su equipo?

—Que estoy dispuesto a remunerar sus pesquisas. Usted indagaría para


nosotros y no revelaría nada a la acusación.

—No me interesa su dinero, Rossner.

—Pues ¿cuál es su precio? ¿Qué es lo que quiere? —le preguntó el


abogado con el entrecejo fruncido.

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—Quiero que se haga justicia... quiero que prevalezca la verdad... como
todo el mundo. Si descubro algo más, es suyo. Sin precio. Ni
condiciones.

—Ah... —dijo Rossner. Luego sonrió levemente, cínicamente. Una


sonrisa teñida de una extraña melancolía—. Un hombre de principios.
Cuando averiguamos sus antecedentes ya nos lo pareció, pero los
principios son algo tan infrecuente... que nos costó creerlo.

Owen se volvió, avergonzado por todo el incidente, exasperado ante


todos aquellos juegos y «averiguaciones» y consciente de que su vida
había sido explorada e investigada. Antes de empezar a bajar las
escaleras se giró por última vez y pudo ver cómo Lenore lo miraba
desde el pasillo. Y en sus ojos sombríos brilló algo parecido a la
esperanza.

Aquella mañana, el primero en subir al estrado fue Tommy Kubiak. Los


testigos no podían asistir al juicio, pero Owen estaba convencido de que
Phyllis, la espectadora entusiasta que no había dejado pasar un día sin
presenciar la vista, habría mantenido a su hijo informado y, por lo tanto.
Tommy estaría al corriente de todo lo que se había dicho previamente
desde aquel estrado. Owen dirigió su mirada al sector del público y vio a
Phyllis sentada en segunda fila, jubilosa, como una madre a punto de
presenciar un gol marcado por su hijo en un partido escolar.

Spencer Brown hizo recitar al chico las tareas que éste efectuaba en
casa de los Serian, como si en lugar de tener diecisiete años hubiera
tenido siete. Tommy habló de los casi dos años en que había trabajado
para los Serian y repartió sonrisas a diestro y siniestro. Sonrió a Brown,
al juez, al jurado y a su mamá, que estaba en la sala, y Owen habría
jurado que Tommy hasta sonrió a Lenore.

—Veamos Tommy, centrémonos en aquel día que estabas trabajando en


la era cuando aparecieron la señorita Raven y la señora Serian en la
furgoneta y fuiste a ayudarlas a descargar y...

—¿El día en que trajeron el quinqué? —se anticipó Tommy.

—Sí. ¿Hablaron la señorita Raven y la señora Serian del quinqué en tu


presencia?

—Vaya que si hablaron. Fui a descargarlo, pero la señorita Raven dijo


algo parecido a: «Un momento, ¿y eso para qué es?» La señora Serian
le contestó que era para el estudio y la señorita Raven se puso hecha
una furia y dijo que Bram no quema tener aquella cosa en el estudio.

—¿Y qué respondió la señora Serian?

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—No dijo nada. Se quedó allí en medio. Después, la señorita Raven me
dio las llaves de la furgoneta y me dijo que más tarde fuera a Stoatsberg
a devolver el quinqué, y se fue diciendo que tenía que apresurarse y
preparar la comida.

—¿Devolviste después el quinqué, tal como te había dicho?

—No. Seguí haciendo las cosas que Serian me había encomendado


hacer aquella mañana y cuando terminé ya no estaban ni el quinqué ni
el petróleo, así que fui a guardar las llaves de la furgoneta dentro de la
casa y seguí haciendo mi trabajo.

—¿Comentaste lo del quinqué a alguien?

—No. En esa casa, la mejor manera de no meterse en líos era no decir


nunca nada a nadie a menos que te preguntaran, así que eso hice, y
como no vino nadie a preguntarme nada, pues lo olvidé.

—Bien, Tommy... ¿te regañaba Bram Serian alguna vez?

—Muchas veces.

—Y, concretamente, ¿te regañó alguna vez por algo relacionado con el
fuego?

—¿Se refiere a lo que le conté acerca de fumar?

—Sí. Cuéntanoslo, por favor.

—Bueno, un día estaba fumándome un pitillo mientras me tomaba un


respiro, sentado en el suelo y apoyado en una pared del estudio, cuando
de repente apareció Serian y me gritó que lo apagase inmediatamente.
Me quedé un poco sorprendido, porque hasta entonces nunca le había
importado que fumara, y hasta me había dado lumbre alguna vez con
aquel mechero tan potente que tenía, pero me pegó un sermón diciendo
que el estudio no era más que un viejo establo hecho con madera muy
antigua y quiso que le prometiera no volver a fumar en los alrededores.

—¿O sea que temía que, en un descuido, pudieras prenderle fuego al


estudio?

—Exacto. Eso era lo que temía.

Brown sonrió con indulgencia.

—Bien, ¿tuviste la ocasión mientras desempeñabas tus quehaceres en


«Arcadia» de mantener una conversación con la señora Serian
relacionada con el fuego?

—¿Cómo? —preguntó Tommy a dos velas.

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—Antes has dicho que una de tus asignaciones en «Arcadia» consistía en
eliminar la basura, ¿correcto?

—Sí. Lo quemábamos casi todo, pero ciertas cosas había que ir a


tirarlas al vertedero.

—¿Dónde quemabas la basura?

—Oh, lejos de la casa, cerca del cobertizo de la maquinaria.

—¿Venía alguna vez la señora Serian a verte quemar la basura?

—Sí. Montones de veces. Siempre traía cosas para añadir a la pila, y se


quedaba allí conmigo hasta que terminaban de quemarse.

—¿Y qué tipo de cosas llevaba?

—Bueno, cosas... no sé. Cosas que no quería mezclar con el resto de


basura.

—¿Te lo dijo con estas palabras?

—Más o menos. Me dijo que no eran cosas personales y que nada le


pertenecía hasta que lo veía arder.

—¿Que no eran cosas personales y que nada le pertenecía hasta que lo


veía arder?

—Sí... una cosa un poco extraña, pero bueno, siempre decía cosas
extrañas.

—¿Recuerdas algunas de las cosas que le viste quemar?

—Sí. La vi quemar una muñeca que estaba impecable, ropa que no


parecía estropeada y fotos.

—¿Puedes describimos esas fotos?

—Bueno, no eran fotos. Eran dibujos. Pero nunca los vi tan de cerca
como para poder examinarlos, porque antes de echarlos a la pila los
doblaba, o los arrugaba.

—¿Comentaba algo mientras observaba cómo se quemaban estas cosas;


la muñeca, la ropa y los dibujos?

—No. Los tiraba al fuego y se quedaba mirándolos mientras se


ennegrecían y se encogían.

—¿Recuerdas si quemaba otras cosas?

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—Sí, a veces se traía sus velas —lo que queda cuando se han consumido,
¿sabe?, o cuando se había roto el recipiente de cristal en el que las
ponía—, cosas así.

—¿Puedes decirnos algo más respecto a esas velas?

—Eran diabólicas, sabe, con cosas de vudú escritas encima. —/Protesto.¹


—exclamó Rossner.

—Protesta admitida —respondió el juez de inmediato—. Que no conste


en acta.

—Por favor. Tommy, ¿podrías describimos esas velas? Damos detalles de


su aspecto pero sin tratar de caracterizarlas.

Tommy asintió.

—Eran de colores —rojas, azules, verdes— y tenían cosas escritas, como


sortilegios.

—¿Recuerdas alguna de esas cosas escritas?

—Una la recuerdo muy bien, decía: Mala suerte a todos los enemigos—.

—¿Le preguntaste alguna vez qué eran esas velas?

—Ah, ah. No señor. Como le decía antes, allí, lo mejor era no decir nada,
así que cerraba el pico y hacía ver que no me fijaba en las velas.

—¿Te comentó ella algo acerca de las velas?

—No. Nunca.

—¿Quemó alguna vez algo más que te sorprendiera?

—Sí. Hacía poco que trabajaba allí cuando un día vino a quemar cosas
hechas con papel. Eran unos recortes de papel geniales... coches,
animales, muebles, todo en miniatura... y de papel.

—¿Y qué hizo con esos recortes?

—Los tiró al fuego de una sola vez y me dijo que cuando alguien moría,
se podían quemar cosas como aquéllas para que el muerto las tuviera.

—¿Te importaría repetirlo otra vez para que todos entendamos


exactamente a qué te refieres?

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—Cómo no. Dijo que si quemabas algo parecido a un coche de papel,
pues que era como si le mandaras un coche al muerto, para que pudiera
utilizarlo después de haber muerto. Como en el cielo, ¿sabe...?

—Sí. Gracias. —Brown se detuvo unos instantes para que aquellas


palabras surtieran su efecto y luego prosiguió—. ¿Tuviste ocasión de
hablar con la señora Serian después de la muerte de su marido?

—Sí. Fue después del funeral, pero antes de... ya sabe... de que la
arrestaran, y eso. Me mandó llamar para que limpiara un poco la era,
porque los bomberos y toda aquella gente lo habían dejado todo hecho
un asco. Empecé a sacar cosas y cuando fui a quemarlas, se vino
conmigo y se quedó delante del fuego, muy triste, así que para animarla
un poco le dije algo como: «Bueno, dé todas formas, las cosas más
importantes de Bram ardieron con él, así que ahora debe tenerlas junto
a él, ya sabe..., en el cielo.» Se lo dije porque como creía en todas
aquellas cosas extrañas pensé que se sentiría mejor.

—¿Te contestó algo la señora Serian?

—Sí. Dijo que para que lo tuviera todo tendría que quemar a Natalie y la
casa.

—¿Dijo que tendría que quemar recortes de Natalie y de la casa?

—No. No dijo recortes.

Rossner se dirigió a Tommy Kubiak con tono afable y campechano.


Preguntó al joven acerca de la escuela, de cómo había conseguido
trabajar en «Arcadia» y qué hacía en su tiempo libre. Owen se dio
cuenta de lo que perseguía Rossner, pero no supo si lo conseguiría. El
abogado, con mucho tacto, quería poner de manifiesto que Tommy era
un chico inexperto, de miras estrechas, que habría podido
malinterpretar con suma facilidad cualquier cosa que le resultara poco
familiar; es decir, casi todo lo que había visto en aquella casa, puesto
que sus moradores no tenían nada en común con la gente con la que él
solía tratar.

Owen desvió la mirada hacia los miembros del jurado. Sospechaba que
su experiencia y sus miras eran tan estrechas como las de Tommy
Kubiak y que la estrategia de Rossner, en lugar de darle puntos, se los
quitaría.

Rossner logró que Tommy confesara que nunca se había sentido


amenazado por Lenore; es más, que Lenore le gustaba. Que si alguna
vez se había sentido amenazado por alguien de «Arcadia» habría sido
más bien por Natalie Raven, a quien tildó de «broncas». Luego, Rossner
repescó el incidente del pitillo y rogó a Tommy que volviera a relatarlo.

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—¿Y dices que Bram Serian a veces te daba lumbre con su potente
encendedor?

—Sí. Un encendedor muy elegante, de plata, que funcionaba con butano,


o algo parecido. Tenía una llama monstruosa.

—¿Y con ese encendedor encendía Bram Serian sus pitillos?

—Sí. A veces nos tomábamos los dos un descanso y nos fumábamos un


cigarrillo juntos. Se pasaba todo todo el día prometiendo que iba a
dejarlo, pero no lo conseguía.

—¿Y a quién le prometía que iba a dejarlo?

—A Natalie. Natalie se pasaba todo el día dándole la lata. Diciéndole


que iba a morirse.

—¿Y de qué iba a morir, según ella?

Tommy se encogió de hombros.

—De cáncer, imagino. Nunca lo dijo.

—Pero habría podido referirse a morir quemado, a morir abrasado por


las llamas que su potente encendedor habría podido provocar, o...

—Señoría —dijo Brown con exasperada impaciencia— Protesto. La


defensa está compulsando unos procesos mentales imaginarios que este
testigo, en cualquier caso, ignora.

—¡Protesta admitida!

Rossner decidió cambiar de estrategia; preguntó a Tommy si sabía que


en algunas religiones, en ocasión de los funerales, era costumbre
quemar las pertenencias del fallecido reproducidas en papel. Por
supuesto, Tommy no tenía ni idea. Owen no supo si aquella breve lección
de sociología de Rossner tendría algún efecto en el jurado. Aunque lo
dudaba.

Marilyn y Pat convencieron a Owen de que se uniera a la cuadrilla para


ir a almorzar a la cafetería. Eran nueve y tuvieron que juntar un par de
mesas. Aquel día, Holly vestía de rojo de arriba abajo. Owen la miró y
experimentó sensaciones contradictorias. Por una parte, era una mujer
atractiva, y resultaba muy sugerente saber que la tenía a su disposición.
Pero por otra, se sentía totalmente insensible a sus encantos. De regreso
al tribunal entabló una animada conversación con Marilyn y Pat con el
único fin de no tener que hablar con Holly.

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Al reanudarse la sesión, subió al estrado Edie Norton. Lejos de su
galería y de su elegante oficina parecía algo disminuida. Conociendo a
Rossner, el formidable adversario que no desaprovecharía la ocasión
para someterla a un interrogatorio implacable, Owen no pudo impedir
sentir cierta lástima por ella.

Brown tomó posiciones y empezó su interrogatorio directo sin


dilaciones. Edie Norton hizo un panegírico de Bram Serian, y habló del
mundo del arte en general y de su galería en particular. En tanto que
experta, hizo una valoración de la colección de arte contenida en casa
de Serian, que según ella era considerable, y de las obras de Serian que
Lenore podría heredar —también considerables—. Contestó con mucha
cautela. Owen casi la oía razonar, casi la oía preguntarse qué respuesta
serviría mejor sus intereses, qué imagen resultaría más rentable para la
galería.

—Bien, señora Norton, ¿desde cuándo exactamente conocía usted id


fallecido?

—Desde mil novecientos setenta, o setenta y uno. Nosotros descubrimos


a Bram Serian y fuimos los primeros en vender sus obras.

—¿Y siguió usted representándolo?

—Sí. Seguimos haciéndolo.

—Y tras esa dilatada relación profesional, ¿tenía usted la impresión de


conocer bien a Bram Serian?

—Desde luego. Con muchos de nuestros artistas hacemos las veces de


asesores, de sicoanalistas, de confidentes, y si me apura, hasta de
padres..., al margen de apoyarlos financieramente.

—¿Y qué representaba usted para el fallecido?

—Todas esas cosas, en según qué momentos.

—O sea que estaba usted íntimamente relacionada con él.

La galerista dudó un momento.

—Sí.

—Antes ha mencionado que la carrera de Bram Serian había tenido


altibajos. ¿Podría usted ser más concreta al respecto?

—Ciertamente. Todo empezó muy despacio. Su obra despertaba poco


entusiasmo. Entonces se produjo ese giro, cuando decidió explorar
nuevas direcciones... con la pintura... y luego hubo un período en el que
todo lo que hacía era recibido con enorme interés. A ese período álgido

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le siguieron varios años desalentadores... desalentadores para Serian...
porque sólo interesaba su pintura. Porque ve usted, para Serian, la
pintura no era tan importante como la escultura y le hería enormemente
que los críticos se centraran únicamente en la pintura e ignoraran el
resto de su obra. En aquella época, se obsesionó con construir la casa e
invirtió toda su energía creadora en ello. Y, como suele suceder en el
mundo del arte, su obra... tanto sus cuadros como sus esculturas
dejaron de despertar interés.

Brown parecía concentrado en absorber el significado de las palabras


de Edie Norton.

—Durante ese período, señora Norton, ese período infausto en el que su


obra dejó de interesar, ¿dejó también de interesar Bram Serian?

—Pues sí. Me duele decirlo, pero fue así. Cuando se desvanece el interés
por un artista, poco a poco éste deja de recibir invitaciones a actos
sociales o académicos. Aunque Bram tenía una personalidad tan fuerte
que siguió rodeado de un grupo de incondicionales.

—Durante ese momento tan crítico, ¿en qué invertía su tiempo y energía
Bram Serian?

—Como he dicho, se obsesionó con la casa; pasaba mucho tiempo allí


arriba, en el campo, y con eso se entretenía.

—Mientras que antes, ¿dónde pasaba la mayor parte del tiempo?

—En su época de mayor popularidad pasaba largas temporadas en


Manhattan, porque estaba muy solicitado; lo trataban como a una
celebridad, la gente quería tocarlo, las mujeres le dejaban su número de
teléfono en el bolsillo y ese tipo de bobadas.

—Durante ese período de popularidad en el que pasaba tanto tiempo en


Manhattan y todos lo solicitaban, ¿participaba también su mujer en
aquellas actividades?

—Nunca. Lenore parecía casi agorafóbica. No iba nunca a Manhattan


ni lo acompañaba a ningún acto social.

—¿Le hizo él algún comentario al respecto?

—De forma sesgada.

Brown, de pronto, pareció agitarse.

—¿Le importaría ser un poco más específica, señora Norton? ¿Le hizo
Bram Serian algún comentario?, y en caso afirmativo, ¿qué fue lo que le
dijo?

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—No eran comentarios concretos, no, eran más bien ligeros desahogos,
casi en son de broma, como...

—¡Señora Norton! ¿Acaso pretende usted cambiar sus primeras


declaraciones?

—Estoy diciendo que... he estado reflexionando en algunas de las cosas


que dije ante el gran jurado y ahora me parecen injustas. En aquella
época todavía estaba destrozada por la muerte de Bram y, con su ayuda,
señor Brown, interpreté ciertos comentarios pronunciados hace mucho
tiempo de la forma menos halagüeña para Lenore. Ahora me he dado
cuenta de mi error y pretendo difundir una imagen más ajustada a mis
recuerdos.

Spencer Brown se quedó boquiabierto. El receso decretado a


continuación fue breve pero permitió que Holly, Pat y Marilyn
susurraran su estupor. Owen no estaba asombrado. Sabía lo que estaba
ocurriendo. Edie Norton ya había concluido su luto por Serian. Había
seguido el juicio por los noticiarios y había entrevisto la posibilidad de
que Lenore resultara absuelta, es decir, la posibilidad de ganar dinero y
la sensatez de respaldar a Lenore. Nadie mejor que Edie para calibrar
la cantidad de obras de arte que Lenore controlaría si la declaraban
inocente.

Brown reanudó su interrogatorio directo obviamente irritado.

—Señora Norton, ¿qué giro experimentó la carrera de Bram Serian


poco antes de su muerte?

—Un giro desconcertante que se plasmó en un renovado interés por su


trabajo.

—¿Planearon usted y Bram Serian hacer algo para responder a este


interés renovado?

—Sí, decidimos de inmediato organizar una gran exposición. Bram


estaba entusiasmado.

—¿Una exposición?

—Sí. Para mostrar algunos cuadros nuevos muy significativos.

—Así que estaba optimista, exaltado...

—Sí. El mundo del arte volvía a adoptarlo y Bram tenía la impresión de


renacer.

—Mientras planificaba esa exposición, ¿tuvo usted la ocasión de ir a


visitarlo a «Arcadia»?

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—Sí.

—Y en sus visitas, ¿tenía usted contacto con Lenore Serian?

—Sí.

—¿Y cómo reaccionó ella ante ese interés renovado y toda esa
publicidad?

—Estaba muy preocupada.

—¿Qué era lo que la preocupaba?

—Estaba... En aquel momento, y más adelante, después de la muerte de


Bram, lo interpreté como que estaba celosa y que no quería que la
popularidad volviera a arrebatarle a su marido. Pero ahora, con el
tiempo, creo que a Lenore lo que más la preocupaba era que Bram ya
había sufrido mucho; el mundo del arte, los críticos, los coleccionistas y
los seguidores, es muy inconstante y lo que quizá temía Lenore era que
Bram se llevara otro chasco.

Brown cruzó los brazos, miró el techo y tensó las mandíbulas.

—Pero en aquella época, señora Norton, a usted le pareció que Lenore


Serian estaba celosa y que no quería que la popularidad volviera a
dejarla sin marido. ¿No es eso?

—En aquella época, mientras organizábamos la exposición, sí.

—Y mientras duró la época aciaga en que su obra no era bien recibida


por el público, Bram Serian vivía casi permanentemente en «Arcadia»,
en compañía de su mujer, ¿no es eso?

—Sí.

—Y eso hubiera cambiado... Si su obra hubiera vuelto a gozar del favor


del público ya no habría podido pasar tanto tiempo en «Arcadia», junto
a su mujer, ¿no es cierto?

—Probablemente no, pero eso no es más que una conjetura. Quién


sabe...

—Centrémonos ahora en la noche del seis al siete de agosto. ¿Estaba


usted en casa de los Serian?

—Sí. Estaba allí. Aunque yo no era una asidua de sus fines de semana,
porque se habían convertido en una especie de exaltación del trabajo y
Bram pretendía que todos bregáramos en la construcción de esa casa;
pero aquel fin de semana también quería celebrar su inminente

241/607
exposición y había prometido mostrarme algunos de sus cuadros más
recientes.

—¿Cuándo llegó usted?

—Subí en coche con Barry, mi marido, la tarde del sábado seis de


agosto.

—¿Le molesta contamos cuál era la atmósfera que reinaba en la casa y


qué sucedió aquella tarde y aquella noche?

—Todo el mundo estaba de excelente humor. Había algunos habituales,


pero casi todos eran gente que me resultaba desconocida. Bram
adoptaba a la gente..., a sus seguidores. Era como una especie de Robin
Hood del mundo del arte, con su grupito de fieles, y siempre los ayudaba
y les echaba una mano. Cuando llegamos, todos estaban trabajando en
la casa y más tarde, algunos se fueron a pescar y otros a pasear. Le pedí
a Bram que me enseñara los cuadros pero me dijo que no, que todavía
no. Me dijo que los tenía guardados en el estudio y que todavía no podía
mostrármelos.

—Siga, siga, señora Norton.

—Barry y yo no teníamos ganas de ir a pasear, así que nos tomamos una


copa con Natalie Raven en la terraza. La señorita Raven,
contrariamente a los demás, no estaba muy animada. Parecía
deprimida, e intentamos alentarla un poco. Luego llegó el momento de
la cena. Todo un festival, porque habían asado un cochinillo entero en la
barbacoa. Intenté zafarme, porque soy vegetariana, pero Bram no
paraba de pincharme y en un momento dado le dijo a alguien que me
pusiera un horrible pie de cerdo en mi plato. Eso me fastidió muchísimo
y me metí dentro de la casa. Dentro encontré a Lenore, que observaba
el festejo sentada junto a una ventana.

—¿Y qué le dijo?

—Bueno, hablamos un rato. Estuvimos charlando.

Owen recordó que el fin de semana anterior Edie Norton le había


asegurado no haber cruzado

nunca

una palabra con Lenore Serian.

Brown, ante las declaraciones de aquella testigo imprevisible, parecía a


punto de estallar.

—Pero ¿no le dijo ella algo concreto relacionado con la inminente


exposición? —le apremió.

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Edie Norton dudó unos instantes y luego dijo:

—Sí. Yo hice un comentario acerca de lo que eran las cosas del destino y
de la nueva oportunidad que se le presentaba a Bram, y ella me
respondió que aquello terminaría mal. Que todo aquello era una locura
y que iba a ser uno de los peores errores de Bram'.

—¿Le preguntó usted a qué se refería?

—No. Lenore era siempre muy críptica y yo ya sabía que no me daría


mayores explicaciones. Pero creo que estaba realmente preocupada; la
preocupación que sentiría cualquiera al ver a la persona amada a punto
de experimentar un gran dolor. Porque es cierto, cuando lo pienso no me
queda más remedio que reconocer que no temamos ninguna garantía.
La exposición podría ser un chasco enorme. Y los cuadros, que ardieron
y que nadie pudo ver, podían haber sido horribles.

Brown pegó un resoplido exasperado.

—Pero en sus primeras declaraciones, ¿no interpretó usted los


comentarios de Lenore Serian como si deseara ver fracasar a su marido
para poder seguir aferrándose a él?

—Eso era entonces. Ahora pienso de otra forma. Ahora creo que lo veo
todo de forma más objetiva.

Spencer Brown alzó las manos sulfurado y dijo.

—No tengo más preguntas, señoría.

Luego Charles Rossner se levantó y dirigió una leve inclinación de


cabeza en dirección a Edie Norton.

—La defensa no tiene preguntas para la señora Norton, señoría.

Edie Norton miró al juez y a Rossner parpadeando y luego abandonó la


sala de audiencias con mucha dignidad. Owen no pudo reprimir una
sonrisa cuando la vio pasar al lado de Brown, que estaba indignado, y
de Dapolito, que no salía de su estupor.

—No entiendo por qué no te relajas un poco —le dijo Holly.

Estaban todos en el pasillo del exterior de la sala de audiencias. El juez


ya había anunciado que el viernes tenía que atender otras obligaciones y
que, por lo tanto, el día siguiente no habría juicio. Dada la inesperada
brevedad de la declaración de Edie Norton y que el testigo siguiente de
Spencer Brown todavía no había aparecido, Pulaski suspendió la sesión
de aquel día en hora muy temprana.

243/607
El traje rojo de Holly consistía en una chaqueta muy escotada y en una
falda muy ceñida. Ray tenía que pasarse el pañuelo por las sienes cada
vez que la miraba.

—Vamos, vente con nosotros —insistía Pat—. Si no me dejas en minoría.

Todos querían convencerlo para que se fuera a cenar con ellos y


participara en un torneo de dardos en un pub irlandés de Manhattan.

—No puedo —les dijo.

—Ahhh, es que tiene miedo —dijo Ray— No quiere que veamos que los
de Kansas no tienen ni idea de lanzar dardos.

Owen estaba cercado por Ray, Holly, Marilyn, Gil Flores y varios
periodistas más cuyos nombres había olvidado. Parecían todos muy
animados, encantados del interés que seguía despertando el juicio y de
los puntos que les significaría en sus respectivos trabajos.

—Ojalá pudiera —dijo Owen riendo—. Pero tengo que entregar mi


proyecto a primera hora de la mañana. Y mucho me temo que tendré
que pasarme la noche trabajando.

Le dieron las señas, por si cambiaba de opinión, y luego cada uno se fue
a sus obligaciones. Owen se dirigió a los teléfonos públicos.

Bernie estaba hablando por la otra línea, aunque no importaba porque


de todas formas tenía algo que decirle a Alex.

—O sea que está todo listo para que entregue mi proyecto mañana, ¿no,
Alex? —le preguntó.

—En efecto —le contestó Alex.

Owen dejó escapar un gemido nervioso y Alex se echó a reír.

—No pierdas la calma. Todo irá bien. No sé por qué, pero estoy
convencido de que vas a conseguirlo.

—Ojalá tengas razón. Espero haber hecho un buen trabajo. Porque si lo


rechazan... no sé si podría dejarlo todo y volverme a casa. Quiero llegar
hasta el final. Quiero hacer este libro.

—Bueno, tienes mi apoyo.

—Gracias, Alex. Oye, cuando me dijiste que tu amigo podía hacer alguna
averiguación en el ordenador, ¿iba en serio?

—Pues claro. ¿Qué necesitas?

244/607
—No sé si existirá mucha información relacionada con esto a la que se
pueda acceder libremente, pero si encontrara algo relacionado con el
paso de Serian por el ejército sería una gran ayuda. Sobre todo de
cuando sirvió en Vietnam.

—De acuerdo. Se lo pediré a Cliff. Te quedarías alucinado, no,


horrorizado, si supieras la cantidad de bancos de datos en los que se
mete.

—Y también hay un primo, un tal Al Serian, con algún tipo de problema


mental. Vivía en «Arcadia» hasta hace un par de años. No sé si podrá
encontrar algo relacionado con él, o con su paradero, pero valdría la
pena probarlo.

—Anotado —le dijo Alex—. Llámame dentro de un par de días y te daré


los datos. —Owen lo oyó tapar el auricular con una mano y hablar con
alguien — Oye, Owen, te acaban de llamar. La telefonista ha cogido el
mensaje. Era una mujer, ha dicho que necesitaba tu teléfono con mucha
urgencia.

—¿Quién era? —preguntó Owen inmediatamente preocupado ante la


posibilidad de una emergencia en su casa.

—No lo ha dicho. Sólo ha dejado un número.

Owen lo anotó, luego dio las gracias a Alex y colgó. El prefijo le pareció
sospechoso. Era el mismo que el del tribunal. Temía que se tratara de
algo tramado por Holly Danielson.

De mala gana, empezó a marcar el número.

—Diga —respondió una voz femenina.

No parecía la de Holly.

—Sí, me llamo Byrne, alguien me ha dejado este número para que


llamara.

—Sí.

La mujer pareció dudar unos instantes y de pronto, cuando se hizo el


silencio en la línea, Owen supo quién era. Antes de que dijera nada ya
sabía quién era.

—Soy Lenore Serian. Charlie Rossner me ha contado la razón de su


partida tan brusca de ayer.

El pulso de Owen se aceleró. ¿Por qué lo habría llamado? ¿Qué querría?


Trató de no perder la calma.

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—Lo siento, si le parecí desconsiderado...

—No tiene por qué pedir disculpas. También me ha dicho que accedía a
ayudarnos con unas cuantas averiguaciones más.

—Sí, pero si llama para saber si ya he hecho algo, siento decirle que
todavía no he podido.

—No. —Otro momento de silencio—. Lo llamo para pedirle que venga a


«Arcadia».

—¿Quiere que vaya a «Arcadia»? —repitió incrédulo.

—Sí.

Owen tomó una bocanada de aire.

—¿Cuándo?

—Mañana, si puede.

Otra bocanada de aire.

—¿Y a qué hora quiere que venga?

246/607
ONCE

LA ENTRADA de «Arcadia» era una imponente masa rocosa atravesada


por una alta cancela de hierro forjado. Contrastaba mucho en aquella
carretera perdida. Las demás granjas tenían sencillas cercas de
alambre de púas, con pasos de ganado en los caminos y, a lo sumo, una
verja de aluminio cerrada con cadena y candado. Owen salió del coche y
pulsó el interfono de la cancela. Pasó casi un minuto antes de que se
oyera la voz de Lenore Serian.

—¿Quién es?

—Owen Byrne.

La cancela empezó a moverse lateralmente, sobre un raíl de metal, casi


sin darle tiempo a volver al coche alquilado y a entrar en la finca.
Después, apagó el motor del coche y miró a su alrededor.

Aquella mañana, al llamar a Bernadette Goodson para contarle lo de su


visita a «Arcadia» e implorarle una nueva prórroga para entregar su
proyecto, ésta había acogido la noticia con ilusión aunque no sin cierta
inquietud.

—¿Qué estará tramando esta mujer? —le había dicho varias veces
Bernie durante la conversación. Y al despedirse, añadió medio en guasa
—: Owen, recuerda, si hueles petróleo..., ¡huye!

No se veían más que árboles. Volvió a poner el coche en marcha y


avanzó despacio por el camino de grava, que crujía bajo los neumáticos,
mientras trataba de distinguir algo a través de los frondosos bosques
que flanqueaban el sendero. Entre los poderosos troncos vislumbró
algún que otro pasto, paisajes sin mayor grandeza que las dehesas que
había visto en las demás fincas del camino. Luego llegó sobre un
montículo y vio la casa.

Era imposible describir el espectáculo de «Arcadia». Era a la vez una


visión de gran belleza y de gran fealdad, muy lógica y a la vez
surrealista, un espejismo trémulo de atalayas, terrazas, gabletes,
galerías, pináculos, agujas y baluartes. Una catedral gótica fruto de una
alucinación futurista de ciencia ficción. El sol se reflejaba en tantos
puntos que el edificio parecía estar hecho de luz. Tuvo que protegerse
los ojos, pero siguió mirándolo fascinado. Le sorprendió que aquella
visión de «Arcadia» le hiciera pensar en una miniatura quimérica de la
ciudad de Nueva York, y se preguntó si Serian lo habría hecho adrede.

247/607
A medida que se acercaba a la casa, la impresión fue cambiando y los
detalles se hicieron más nítidos. Aunque aquella visión no le pareció real
hasta que recaló en una era circular, donde las sombras de unos cedros
de quince metros de altura dejaban la entrada de la casa en una
pronunciada penumbra. Allí vio que las paredes estaban hechas con
piedras oscuras e irregulares, salpicadas aquí y allí con lascas dentadas
de minerales translúcidos. Unas tejas vidriadas del color del lapislázuli
festoneaban los tejados y las atalayas estaban cubiertas de cobre batido
que las inclemencias habían teñido de cardenillo. Enormes ventanales
alternaban en caprichosa disposición con unos círculos, óvalos y
rectángulos de vidrio oscuro adornado con dibujos. Vidrio coloreado,
imaginó, aunque desde donde estaba no podía distinguir los colores.

Una ráfaga de viento barrió las hojas secas del suelo y las copas de los
cedros. Owen se subió el cuello del abrigo. Cuando las ramas se
movieron y dejaron pasar los rayos de sol, se dio cuenta de la enorme
cantidad de superficies reflectoras que creaban el espejismo de luz.

A un lado de la era vio una parte de los restos calcinados de lo que


debió de haber sido el estudio de Serian. Aquella visión le produjo
mayores escalofríos que el viento helado.

Subió muy despacio los peldaños de la escalinata que llevaba a un


amplio porche que, en realidad, no era un porche sino más bien una
serie de terrazas de piedra que abrazaban la casa. La puerta principal
era de madera maciza, muy trabajada, encuadrada con un entredós de
vidrio de un azul verdoso muy subido de tono —no se trataba de vidrio
transparente templado mecánicamente, sino de una pasta de vidrio
antigua, soplada manualmente, de maravillosa densidad e imperfección,
veteada de sopladuras diminutas y de fluctuadas degradaciones de
color.

Llamó al timbre y esperó.

La puerta se abrió y apareció Lenore Serian, aunque una Lenore Serian


que nadie vería en el tribunal, una Lenore deportiva vestida con una
blusa de seda roja, vaqueros desgastados y una brillante melena negra
suelta sobre los hombros que, apoyada en la puerta, lo observó con una
mirada indescifrable. Luego sus labios se curvaron en una sonrisa lenta,
sugestiva.

—Señor Byrne —dijo mientras lo dejaba entrar en una sala inundada de


una luz ondulante, como de fondo marino, que lo atraía como si fuera
una diosa antigua de la Atlántida que quisiera hechizarlo hacia sus
aposentos del fondo del mar.

En aquella luz pelágica vio sus ojos brillantes, incandescentes, y se


sintió atrapado, clavado en el suelo, mudo e impotente ante aquella
mirada enigmática. De pronto, Lenore se giró y lo guió por oscuros y
serpenteantes pasillos. La siguió. Se fijó en las oscilaciones de su larga

248/607
melena, que se movía de lado a lado de su esbelta espalda con cada
paso.

Llegaron a una enorme cocina inundada de luz y con techos muy altos,
una chimenea de piedra, vigas de madera y toda una batería de cazos de
cobre colgada de la paired.

—¿Té o café? —le preguntó ella sin mirarlo.

—Lo que sea más fácil —contestó él mientras se desplazaba hasta el


otro lado de la mesa para estar frente a ella.

Lenore lo miró con brusquedad.

—Dígame lo que quiere. No me haga jugar a las adivinanzas.

—Café. Con un poco de leche, si tiene.

—Bien. Deje su abrigo en esa silla.

Owen la estuvo observando mientras preparaba el café en una cafetera


de vidrio, al estilo europeo. Sus movimientos eran estudiados, pero
gráciles. Lenore le tendió una taza, cogió una para ella y seguidamente
desapareció por la puerta más alejada. Una vez más la siguió. Aquella
vez hasta un saloncito cuadrado, bañado por la luz mágica de una
vidriera de dos metros y medio de alto.

Lenore dejó su taza sobre una maciza mesa baja de metal batido y se
instaló en uno de los confortables confidentes que la rodeaban. Owen
hizo lo mismo y se giró para admirar el portentoso ventanal. Era una
cascada cayendo en una alberca, o la ilusión de una cascada, y más
abajo, en una esquina, un hada menuda, con alas opalescentes,
arrodillada sobre un canto rodado y estudiando su imagen reflejada en
el agua.

—Me he fijado en las ventanas al llegar, pero desde fuera no se ve gran


cosa. ¿Son todas tan... impresionantes?

El gesto de Lenore se suavizó un poco.

—Sí. Pero ésta es mi preferida. Es de Émile Gallé, un francés


contemporáneo de Tiffany. De hecho, el estilo no es mucho de Gallé. Lo
hizo por encargo de un amigo... así que es doblemente inestimable.

Owen asintió, todavía poco dispuesto a admitir que el nombre de Gallé


no le decía nada y que sólo tenía una idea muy remota del significado
del de Tiffany. Lenore estudió la vidriera con expresión melancólica y se
perdió en ella mientras se rascaba ausente el interior de la muñeca con
un dedo. Owen se fijó en las venas azules que surcaban la delicada piel
de la parte interior de su muñeca. No llevaba puesta la alianza que le

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había visto durante el juicio, pero sí unos finos aros de oro en las orejas.
Parecía cansada y sus rasgos angulosos despedían una frágil ferocidad.

—¿Cuántos años tiene este ventanal? —preguntó Owen finalmente.

—Unos doscientos.

—No sé nada de vidrieras. Siempre me han parecido algo exclusivo de


las iglesias.

Lenore parecía distraída, distante.

—Hay muchos niveles en la elaboración del vidrio, de la misma forma


que hay muchos niveles en la pintura. Pero el arte tiene que ver con la
luz, y un artista, con el vidrio, puede capturar la luz del exterior.

—¿Es usted una artista?

—No.

Bebieron sus cafés. Lenore no era de las que charlaban para no decir
nada. Los silencios encajaban bien con su personalidad. Mientras Owen
se acostumbraba a la idea de estar dentro de «Arcadia» y de estar en su
presencia, también él se dejó vencer por el silencio.

—Le diré lo que sé de «Arcadia» —dijo ella al fin—. Luego le haré visitar
la casa. Quizá le ayudará a conocer mejor a Bram.

Le preguntó si podía grabar y Lenore puso mala cara, aunque


finalmente accedió. En cuanto puso la grabadora en marcha, Lenore
imprimió una cadencia monótona a su voz.

—El terreno tiene ciento sesenta acres. Originalmente, los únicos


edificios eran una granja, un viejo establo y un cobertizo para la
maquinaria. Bram reconvirtió el establo en un estudio de artista, con
cristaleras en el techo, y una zona de vivienda. Al vivía allí, y Bram,
cuando estaba metido en un proyecto, también.

»En cuanto terminó el establo, Bram empezó la casa. Al principio hizo


pocos cambios y reparaciones; pero luego empezó a intuir las
posibilidades y se percató de que un edificio puede ser la mejor materia
para crear. Porque en un edificio, el arte puede experimentarse en todas
sus vertientes.

—¿Quería hacerla mucho más grande?

—El tamaño no era lo importante. La consideraba como un material


orgánico, en constante metamorfosis.

250/607
Owen estuvo reflexionando unos instantes y luego preguntó. —¿Quién
escogió el nombre de «Arcadia»?

—Bram.

Abrió su bloc de notas.

—El diccionario define

Arcadia

como una «región imaginaria de la felicidad pastoril». ¿Era ése el


significado que quiso darle? —Le mostró el bloc para que lo leyera, pero
Lenore hizo un gesto de indiferencia.

—Bram nunca dijo por qué escogió ese nombre —dijo mientras se
levantaba—. Venga, voy a mostrarle la casa.

Owen se levantó.

—No sé cómo agradecerle todo esto.

Ella inclinó la cabeza en un gesto sutil de aprobación.

—La sala en la que estamos no tenía ningún uso especial. Bram la


construyó para realzar la vidriera.

Lenore lo condujo de nuevo a la cocina.

—Éste es el punto de convergencia de todas las alas de la casa. Fue el


primer añadido a la granja originaria.

Owen examinó la habitación con mayor detenimiento que al principio y


contó siete puertas. La inmensa cocina estaba construida en varios
niveles, cada uno de ellos dos peldaños más arriba que el anterior. Vio
muchas piedras labradas, una enorme chimenea con una vieja olla de
hierro que colgaba de un gancho, una pila decorada con azulejos, cada
uno de ellos una obra de arte, y una serie de armarios que era una
mezcla asombrosa de madera hoscamente tallada y de cristales
emplomados. En el techo oscuro se abrían unos cuantos tragaluces y
una de las paredes la ocupaba una amplia ventana con parteluces.

—Bram hizo la mesa —dijo Lenore. Posó sus dedos sobre la larga
superficie que parecía haber sido tallada a partir de vigas macizas—.
Caben treinta personas.

Owen tocó la madera.

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—Primero nos dedicaremos a la zona sur. —Lenore se cubrió los
hombros con un chal de nudos—. Tráigase el abrigo. No todas las
habitaciones están caldeadas.

La siguió hacia una red intricada de galerías y de habitaciones, muchas


de las cuales estaban por terminar. Pasó debajo de una multitud de cajas
de escaleras que conducían a habitaciones o a grupos de habitaciones
sin ninguna conexión lógica. Vio puertas que se abrían y daban a una
pared y peldaños que no conducían a ninguna parte.

—Aquí es muy fácil perderse —comentó Owen.

Lenore no dijo nada.

Atravesaron dormitorios, algunos con literas construidas en las paredes,


y baños que se convertían en laberínticos solarios, y llegaron frente a
una biblioteca curiosamente armada. Después de subir y bajar varias
veces, treparon por cinco peldaños esculpidos en la roca y penetraron
en una enorme habitación con una cúpula de cristal en el techo y una
cascada que goteaba en una esquina. Centrada debajo de la cúpula se
veía una cama sobreelevada.

—Con unos cuantos relámpagos —dijo Owen— sería el lugar idóneo


para rodar

Frankenstein.

—Es el dormitorio de Bram. —Lenore prefirió emplear el presente en


lugar del pretérito—. Quiso que la cúpula pudiera abrirse, para que en
la cama uno tuviera la impresión de estar flotando en el cielo.

—¿Funcionaba?

—Sí. —Las comisuras de sus labios parecieron arquearse un instante—.


Pero cuando había tormenta entraba agua, y las noches de verano
venían miles de mosquitos.

De pronto se interrumpió bruscamente y se quedó escuchando muy


quieta.

Owen miró a su alrededor, y luego le susurró.

—¿Qué es?

Aquella interrogación pareció sacarla de su ensimismamiento.

—Nada —respondió con brusquedad. Luego volvió a echar la cabeza


hacia atrás para estudiar la cúpula— Al final no hubo más remedio que
sellarla; aunque Bram, de todas formas, ya se había cansado de ella.

252/607
Owen se paseó por la habitación y le sorprendió no ver enseres, ni
efectos personales olvidados.

—¿Qué ha hecho con todas sus pertenencias? —preguntó Owen.

Ella dudó un momento.

—Se las ha quedado Natalie. Vació totalmente la habitación. Yo sabía


que lo estaba haciendo, y la dejé.

Owen siguió deambulando y se detuvo ante la cascada para mojarse los


dedos en la pila; luego se acercó a la ventana para examinar la vista
escogida por Serian. En uno de los butacones que estaban junto al
ventanal, parcialmente tapado por un cojín, vio un libro abierto
colocado boca abajo. Como siempre le producía curiosidad ver lo que la
gente leía, lo recogió y le sorprendió ver que se trataba de un clásico de
filosofía:

La enfermedad mortal

, de Soren Kierkegaard.

—¿Quién se interesa por la filosofía? —preguntó.

Lenore le arrancó el libro de las manos, lo lanzó sobre el butacón y, con


un movimiento muy violento, dio media vuelta y le espetó:

—Venga. Estamos perdiendo tiempo.

—Lo siento —dijo Owen—. No tocaré nada más sin pedirle permiso.

Lenore siguió guiándolo a través de aquel laberinto y, de pasada, le


señaló algunas obras de arte y algunas vidrieras. Owen estaba
perdiendo su capacidad de absorción cuando, de pronto, Lenore abrió
una puerta que daba a una habitación asombrosamente austera
comparada con el resto de la casa. No había ni cuadros ni vidrieras, ni
maderas talladas ni metales batidos. Las paredes eran de color crudo, el
suelo de madera sin encerar, y el mobiliario casi espartano.

—Éste es mi dormitorio —dijo ella.

Owen asintió, sin decir nada, y se preguntó si Lenore y Serian habrían


compartido cama.

—Una última cosa —anunció Lenore cuando abandonaban su


dormitorio— y habremos terminado el ala sur.

—¿Sólo hemos visto una parte?

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—Sí. La casa cubre casi cuatro acres, sabe.

—Lo había leído, pero no me daba cuenta...

Lenore abrió de par en par una puerta de doble batiente y Owen vio
aparecer una habitación rectangular, parecida a una despensa,
enteramente cubierta de estanterías. Había de todo; filtros solares,
pasta de dientes, cepillos de dientes, tiritas, jabón, preservativos,
quitaesmaltes, así como una selección de fármacos de venta libre, de
antibióticos y de analgésicos.

—Esto es mucho mejor que la farmacia de Cyril —dijo Owen admirado.

—Lo llamábamos el almacén. Stanley sigue encargándose de reponerlo


todo, aunque no uso casi nada.

—¿Stanley?

—Stanley Cantor. Cada semana trae la compra del colmado y lo que


haga falta repostar del almacén. También trae cosas que le encargamos:
cintas de vídeo... revistas... lo que sea. No sé qué haría sin Stanley.

Lenore cerró el almacén y siguió avanzando por un pasillo muy largo y


oscuro hasta detenerse ante una puerta. Ya hacía rato que Owen andaba
totalmente desorientado, así que le maravilló estar de nuevo en la
habitación donde habían tomado el café. El sol vespertino que entraba a
raudales por la vidriera creaba un efecto extraordinario, casi
vertiginoso.

—Es como estar dentro de una piedra preciosa —dijo Owen.

Ella le sonrió con cierta indulgencia.

—O dentro de una obra de arte. —Con un gesto de la mano, le señaló


uno de los confidentes—. Ahora pare la grabadora y siéntese.
Descansaremos un poco antes de visitar la otra parte.

Desapareció y a los pocos minutos regresó con un bol de fresones tan


grandes que casi parecían ficticios.

—Los ha traído Stanley esta mañana —dijo mientras dejaba el bol sobre
la mesa— Siempre me trae alguna sorpresa.

De pronto Owen se sintió incómodo, demasiado grandón para la


habitación. Sus piernas golpeaban la mesa. No sabía dónde colocar las
manos. Quiso coger un fresón, pero hasta comer le daba reparo. No
había almorzado antes de emprender el viaje a «Arcadia» porque tenía
el estómago hecho un nudo, y ahora todavía era peor.

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—Utilizo muy pocas habitaciones de esta casa —dijo Lenore mientras
cogía un fresón—. Pero me gusta estar aquí.

Silencio.

La vio estirar suavemente cada uno de los sépalos verdes del fresón,
como si estuviera jugando a las preguntas con los pétalos de una
margarita.

—Parece que ha remitido el viento —dijo Owen echando mano del tema
de mayor vigencia en Kansas—. Quizá nos libraremos de la tormenta
que habían anunciado.

Lenore mordisqueó el fresón y el jugo de la fruta le tiñó los labios.

Owen desvió la mirada hacia el ángulo menos peligroso de la vidriera.

—Le agradezco mucho su invitación. Ya sé... que con el juicio y todo


eso... lo que debe estar... —Se le agotaron las palabras antes de poder
darles un significado.

El desapego y el distanciamiento de Lenore lo ponían nervioso. Comió


varios fresones, por hacer algo y para evitar el pozo sin fondo de sus
ojos. Pero no había escapatoria. Notaba su mirada escrutadora clavada
en él.

Lenore se incorporó y se acercó al ventanal, como para mirar al


exterior, aunque, por supuesto, no se veía nada. Owen advirtió la
firmeza del contorno de sus hombros y los delicados tirantes de una
camiseta debajo de la blusa de seda, la finura de su talle y la curva
suave de su cadera.

—Usted es la persona que ando buscando —dijo.

Owen estuvo a punto de girarse, para buscar a su interlocutor, porque le


pareció imposible que estuviera dirigiéndose a él. Pero siguió sentado,
muy quieto.

Entonces, Lenore se giró y lo miró fijamente. Quedó de espaldas a la


vidriera, con la silueta resaltada por aquella luz cegadora y los hombros
y una parte del rostro cubiertos de colores.

—Necesito a alguien que me ayude. Alguien en quien confíe. Owen


necesitó más tiempo del acostumbrado para responder. —Ya le he
prometido a Rossner que le entregaré todo lo que encuentre —dijo con
cautela.

—No me refiero al juicio. Eso no tiene nada que ver conmigo. Es una
batalla entre abogados. —Lenore se alejó de la ventana y se sentó frente
a Owen, con una mirada encendida en la que no quedaba rastro del

255/607
anterior desapego. Luego se inclinó hacia él y añadió—: Hay ciertas
cosas que tengo que descubrir. Cosas que tengo que saber.

El ardor que irradiaba aquella mujer tenía que emanar de algo muy
profundo; ¿necesidad?, ¿obsesión?, ¿locura? Owen sintió escalofríos
sólo de pensar que tenía que decantarse.

—Un día soñé que salía a poner ofrendas —dijo ella— Y en mi sueño
aparecía el signo de la llegada de alguien. —Su voz menguó hasta no ser
más que un susurro—. Y al día siguiente... apareció usted en el hotel
para hablar con Rossner.

Owen se quedó sin respiración, con la garganta seca, y como dudaba de


su voz, prefirió no responder.

—¿No lo nota? —le preguntó ella—. Al principio yo tampoco lo supe.


Pero ahora es fortísimo. No me diga que no lo nota...

Owen buscó refugio mentid y se cobijó en una pregunta de orden


general.

—¿Qué pretende de mí, Lenore?

—Quiero que me ayude a descubrir algunas cosas.

Owen la miró fijamente.

—Bueno, al fin y al cabo está investigando la historia de Bram —siguió


ella—, busca lo que usted llama las piezas del rompecabezas. Y podría
encontrar las respuestas que yo necesito.

—Si lo que quiere decir —Owen empezó cautelosamente— es que quiere


encargar una indagación seria, entonces no soy la persona que le
conviene. Yo soy un aficionado en esto de investigar. Voy aprendiendo a
medida que lo hago. Usted necesita emplear a alguien... a un detective
especializado en este tipo de cosas. Rossner podría recomendarle a un
investigador experimentado que...

—No.

—Pero ¿por qué cree que yo...?

—Usted y yo estamos unidos por el pasado de Bram. Usted tiene sus


razones para querer desenmarañar sus secretos, y yo las mías. Podemos
ayudamos mutuamente. Y sé que puedo fiarme de usted. Eso sería
imposible con un detective. Además —bajó los ojos—, no tengo dinero
para pagar a nadie. La testamentaría todavía no está resuelta y no lo
estará hasta que se termine el juicio. Los administradores judiciales son
quienes se encargan de subsanar mis gastos corrientes y procesales,
pero al margen de esto no dispongo de nada.

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Owen trató de serenarse. Si lo que realmente le proponía era una
colaboración para investigar el pasado de Serian, habría debido saltar
de alegría, habría debido salir corriendo en busca de un teléfono para
anunciarle la noticia a Bernie. Pero le costaba sobreponerse a sus
aprensiones.

—No puede negarse —le dijo ella en voz queda.

Encontró su mirada intensa, cuajada de pasiones que no osaba


imaginar.

—No puedo negarme —tuvo que acceder él finalmente.

Lenore, con el semblante incandescente, le dirigió una sonrisa lenta,


íntima, que a Owen le fue a parar directamente al bajo vientre. Aquella
turbación sexual repentina le habría causado extrañeza de no haber
sido por la profunda sensación de presagios que arropaba todo lo
demás.

—Salgamos antes de que se haga demasiado tarde —dijo ella—. Le


mostraré dónde murió.

Silencioso, Owen recogió su abrigo y la siguió.

Salieron por una puerta trasera, cruzaron un patio resguardado y


varias terrazas cubiertas con baldosas hasta llegar ante las ruinas
calcinadas del estudio de Bram Serian.

—Es esto —dijo ella con la mirada perdida más allá del confuso
apilamiento de escombros calcinados—. Esto es lo que quedó.

Owen recorrió todo el perímetro ennegrecido.

—Por lo que decían los noticiarios, creía que había una parte todavía en
pie —observó.

—Los bomberos dijeron que era un peligro y vinieron al día siguiente


con sus camiones y sus excavadoras a echarlo todo abajo y a llevárselo
—dijo Lenore dando un puntapié de contrariedad a un madero
chamuscado—. No quería que lo hicieran. Les dije que se fueran. Pero
no me hicieron caso.

Owen mantuvo un silencio prudente.

—La acusación pretendía demostrar que fui yo quien ordenó el derribo


para borrar pruebas. Pero no ha salido en el juicio. No lo han
mencionado. Charlie estaba encantado de poder probar que estaban
equivocados, pero todavía no han hablado de esto.

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Con el ceño ligeramente fruncido se quedó ensimismada ante aquella
visión desoladora.

—Es curioso ver que las cosas pasan y que cuando vuelves la vista
atrás, o cuando otra persona vuelve la vista atrás, nada es como
pensabas que había sido.

Owen hundió la punta del zapato en las cenizas y cuando la retiró se


quedó mirando la capa grisácea que la cubría. No se atrevió a levantar
la mirada y permitir que ella leyera sus pensamientos. Porque en aquel
momento, Owen habría jurado que Lenore Serian estaba delirando.

—Son las cuatro pasadas —dijo ella abruptamente—. Terminemos


nuestra ronda antes de que se vaya el sol. Algunas partes de la casa no
tienen luz adecuada. —Regresó a la casa sin decir nada, aunque luego
reanudó su monólogo de guía turística.

»E1 ala norte debe tener más o menos la misma superficie —explicó
Lenore—, pero hay menos habitaciones y son más grandes.

La primera parada fue en un enorme salón con un techo de seis metros


de alto cruzado por enormes vigas y una chimenea de piedra en la que
hubiera podido asarse medio buey. En lo alto y abriéndose a cada lado
de la chimenea había una serie de ventanas en abanico.

—Bram lo llamaba el salón gigantesco —dijo ella—. Todo lo que hay


aquí es de tamaño descomunal. Los sofás son tan anchos que no
pasaban por las puertas, así que tuvieron que traerlos antes de que las
paredes estuvieran terminadas.

A continuación, Lenore lo condujo a una habitación cavernosa, sin


ventanas, con paredes de piedra curvas y asientos cavados en nichos. El
suelo estaba cubierto con una espesa moqueta sobre la que estaban
esparcidos unos cuantos cojines grandes. Las paredes, en lugar de
servir de soporte a unos cuadros, estaban adornadas con pinturas
rupestres y alambicados grafitis. En uno de los extremos se veía una
enorme pantalla de proyección y una estantería llena de cintas de vídeo.
Owen comentó que era el televisor más grande que había visto en su
vida y ella le respondió que no era un televisor. Bram odiaba la
televisión. Servía únicamente para ver vídeos.

Atravesaron varías habitaciones sin terminar y una parcialmente


tapiada. Lenore le mostró otra escalera que no conducía a ninguna
parte y luego, después de un recodo, lo hizo entrar en una habitación
muy larga, inundada con la luz del crepúsculo. El suelo estaba sin
alfombrar y las altas ventanas sin cortinas. Una de las paredes era un
enorme espejo atravesado por una barra de danza. En una esquina
había una meridiana estrecha, una mesa baja y un pequeño televisor
con vídeo. El centro de la habitación lo ocupaba una enorme mesa
hecha con gruesos tablones de madera co