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Misión de la Familia Cristiana hoy

Este documento introduce la Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio" del Papa Juan Pablo II sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Señala que la Iglesia desea iluminar a las familias sobre el significado del matrimonio y la familia a través de la fe, y ayudar a aquellos que buscan vivir fielmente estos valores o que se enfrentan a dificultades. Finalmente, la Iglesia quiere proclamar el diseño de Dios para el matrimonio y la familia para fortalecer estas

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Misión de la Familia Cristiana hoy

Este documento introduce la Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio" del Papa Juan Pablo II sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Señala que la Iglesia desea iluminar a las familias sobre el significado del matrimonio y la familia a través de la fe, y ayudar a aquellos que buscan vivir fielmente estos valores o que se enfrentan a dificultades. Finalmente, la Iglesia quiere proclamar el diseño de Dios para el matrimonio y la familia para fortalecer estas

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

FAMILIARIS CONSORTIO
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II

AL EPISCOPADO,
AL CLERO Y A LOS FIELES DE TODA LA
IGLESIA SOBRE LA MISIÓN DE LA FAMILIA
CRISTIANA EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCIÓN
La Iglesia al servicio de la familia
1. La familia, en los tiempos modernos, ha
sufrido quizá como ninguna otra institución, la
acometida de las transformaciones amplias,
profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura.
Muchas familias viven esta situación
permaneciendo fieles a los valores que
constituyen el fundamento de la institución
familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas
de cara a su cometido, e incluso en estado de
duda o de ignorancia respecto al significado
último y a la verdad de la vida conyugal y familiar.
Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de
injusticia se ven impedidas para realizar sus
derechos fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y
la familia constituyen uno de los bienes más
preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su
voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que,
conociendo ya el valor del matrimonio y de la
familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel
que, en medio de la incertidumbre o de la
ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve
injustamente impedido para vivir con libertad el
propio proyecto familiar. Sosteniendo a los
primeros, iluminando a los segundos y ayudando
a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo

2
hombre preocupado por los destinos del
matrimonio y de la familia1.
De manera especial se dirige a los jóvenes
que están para emprender su camino hacia el
matrimonio y la familia, con el fin de abrirles
nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la
belleza y la grandeza de la vocación al amor y al
servicio de la vida.
El Sínodo de 1980 continuación de los
Sínodos anteriores
2. Una señal de este profundo interés de la
Iglesia por la familia ha sido el último Sínodo de
los Obispos, celebrado en Roma del 26 de
septiembre al 25 de octubre de 1980. Fue
continuación natural de los anteriores 2. En efecto,
la familia cristiana es la primera comunidad
llamada a anunciar el Evangelio a la persona
humana en desarrollo y a conducirla a la plena
madurez humana y cristiana, mediante una
progresiva educación y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta
idealmente, en cierto sentido, con el que abordó
el tema del sacerdocio ministerial y de la justicia
en el mundo contemporáneo. Efectivamente, en
cuanto comunidad educativa, la familia debe
ayudar al hombre a discernir la propia vocación y

1
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.
2
Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo de los
Obispos, 2 (26 de septiembre de 1980): AAS 72 (1980), 1008.

3
a poner todo el empeño necesario en orden a una
mayor justicia, formándolo desde el principio
para unas relaciones interpersonales ricas en
justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su
Asamblea, me presentaron una larga lista de
propuestas, en las que recogían los frutos de las
reflexiones hechas durante las intensas jornadas
de trabajo, a la vez que me pedían, con voto
unánime, que me hiciera intérprete ante la
humanidad de la viva solicitud de la Iglesia en
favor de la familia, dando oportunas indicaciones
para un renovado empeño pastoral en este sector
fundamental de la vida humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente
Exhortación, como una actuación peculiar del
ministerio apostólico que se me ha encomendado,
quiero expresar mi gratitud a todos los miembros
del Sínodo por la preciosa contribución en
doctrina y experiencia que han ofrecido, sobre
todo con sus «propositiones», cuyo texto he
confiado al Pontificio Consejo para la Familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las
mismas, a fin de valorizar todos los aspectos de
las riquezas allí contenidas.
El bien precioso del matrimonio y de la
familia
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a
conocer toda la verdad acerca del bien precioso
del matrimonio y de la familia y acerca de sus

4
significados más profundos, siente una vez más el
deber de anunciar el Evangelio, esto es, la «buena
nueva», a todos indistintamente, en particular a
aquellos que son llamados al matrimonio y se
preparan para él, a todos los esposos y padres del
mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo
con la aceptación del Evangelio se realiza de
manera plena toda esperanza puesta
legítimamente en el matrimonio y en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación3,
matrimonio y familia están internamente
ordenados a realizarse en Cristo 4 y tienen
necesidad de su gracia para ser curados de las
heridas del pecado5 y ser devueltos «a su
principio»6, es decir, al conocimiento pleno y a la
realización integral del designio de Dios.
En un momento histórico en que la familia es
objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla
o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien
de la sociedad y de sí misma está profundamente
vinculado al bien de la familia 7, siente de manera
más viva y acuciante su misión de proclamar a

3
Cfr. Gén 1-2.
4
Cfr. Ef 5.
5
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 47; Juan Pablo II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de
agosto de 1980): AAS 72 (1980), 791.
6
Cfr. Mt 19, 4.
7
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 47.

5
todos el designio de Dios sobre el matrimonio y
la familia, asegurando su plena vitalidad, así como
su promoción humana y cristiana, contribuyendo
de este modo a la renovación de la sociedad y del
mismo Pueblo de Dios.
PRIMERA PARTE
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA
EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
4. Dado que los designios de Dios sobre el
matrimonio y la familia afectan al hombre y a la
mujer en su concreta existencia cotidiana, en
determinadas situaciones sociales y culturales, la
Iglesia, para cumplir su servicio, debe esforzarse
por conocer el contexto dentro del cual
matrimonio y familia se realizan hoy8.
Este conocimiento constituye
consiguientemente una exigencia imprescindible
de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las
familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia
debe llevar el inmutable y siempre nuevo
Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las
familias, implicadas en las presentes condiciones
del mundo, las que están llamadas a acoger y a
vivir el proyecto de Dios sobre ellas. Es más, las
exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan
también en los acontecimientos mismos de la

8
Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 1980): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, III, 1 (1980), 472-476.

6
historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada a
una comprensión más profunda del inagotable
misterio del matrimonio y de la familia, incluso
por las situaciones, interrogantes, ansias y
esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los
padres de hoy9.
A esto hay que añadir una ulterior reflexión
de especial importancia en los tiempos actuales.
No raras veces al hombre y a la mujer de hoy día,
que están en búsqueda sincera y profunda de una
respuesta a los problemas cotidianos y graves de
su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen
perspectivas y propuestas seductoras, pero que en
diversa medida comprometen la verdad y la
dignidad de la persona humana. Se trata de un
ofrecimiento sostenido con frecuencia por una
potente y capilar organización de los medios de
comunicación social que ponen sutilmente en
peligro la libertad y la capacidad de juzgar con
objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que
corre la persona humana y trabajan en favor de la
verdad. La Iglesia, con su discernimiento
evangélico, se une a ellos, poniendo a disposición
su propio servicio a la verdad, libertad y dignidad
de todo hombre y mujer.
Discernimiento evangélico

9
Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 4.

7
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se
convierte en el ofrecimiento de una orientación, a
fin de que se salve y realice la verdad y la dignidad
plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el
sentido de la fe10 que es un don participado por el
Espíritu Santo a todos los fieles 11. Es por tanto
obra de toda la Iglesia, según la diversidad de los
diferentes dones y carismas que junto y según la
responsabilidad propia de cada uno, cooperan
para un más hondo conocimiento y actuación de
la Palabra de Dios. La Iglesia, consiguientemente,
no lleva a cabo el propio discernimiento
evangélico únicamente por medio de los Pastores,
quienes enseñan en nombre y con el poder de
Cristo, sino también por medio de los seglares:
Cristo «los constituye sus testigos y les dota del
sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cfr.
Act 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del
evangelio brille en la vida diaria familiar y
social»12. Más aún, los seglares por razón de su
vocación particular tienen el cometido específico
de interpretar a la luz de Cristo la historia de este
mundo, en cuanto que están llamados a iluminar
y ordenar todas las realidades temporales según el
designio de Dios Creador y Redentor.
10
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12.
11
Cfr. 1 Jn 2, 20.
12
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
35.

8
El «sentido sobrenatural de la fe» 13 no
consiste sin embargo única o necesariamente en
el consentimiento de los fieles. La Iglesia,
siguiendo a Cristo, busca la verdad que no
siempre coincide con la opinión de la mayoría.
Escucha a la conciencia y no al poder, en lo cual
defiende a los pobres y despreciados. La Iglesia
puede recurrir también a la investigación
sociológica y estadística, cuando se revele útil para
captar el contexto histórico dentro del cual la
acción pastoral debe desarrollarse y para conocer
mejor la verdad; no obstante tal investigación por
sí sola no debe considerarse, sin más, expresión
del sentido de la fe.
Dado que es cometido del ministerio
apostólico asegurar la permanencia de la Iglesia
en la verdad de Cristo e introducirla en ella cada
vez más profundamente, los Pastores deben
promover el sentido de la fe en todos los fieles,
valorar y juzgar con autoridad la autenticidad de
sus expresiones, educar a los creyentes para un
discernimiento evangélico cada vez más
maduro14.
Para hacer un auténtico discernimiento
evangélico en las diversas situaciones y culturas
en que el hombre y la mujer viven su matrimonio
13
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12; Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
Mysterium Ecclesiae, 2: AAS 65 (1973), 398-400.
14
Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12; Const. dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum, 10.

9
y su vida familiar, los esposos y padres cristianos
pueden y deben ofrecer su propia e insustituible
contribución. A este cometido les habilita su
carisma y don propio, el don del sacramento del
matrimonio15.
Situación de la familia en el mundo de
hoy
6. La situación en que se halla la familia
presenta aspectos positivos y aspectos negativos:
signo, los unos, de la salvación de Cristo operante
en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el
hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una
conciencia más viva de la libertad personal y una
mayor atención a la calidad de las relaciones
interpersonales en el matrimonio, a la promoción
de la dignidad de la mujer, a la procreación
responsable, a la educación de los hijos; se tiene
además conciencia de la necesidad de desarrollar
relaciones entre las familias, en orden a una ayuda
recíproca espiritual y material, al conocimiento de
la misión eclesial propia de la familia, a su
responsabilidad en la construcción de una
sociedad más justa. Por otra parte no faltan, sin
embargo, signos de preocupante degradación de
algunos valores fundamentales: una equivocada
concepción teórica y práctica de la independencia
de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades
15
Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo de los
Obispos 3 (26 de septiembre del 1980): AAS 72 (1980), 1008.

10
acerca de la relación de autoridad entre padres e
hijos; las dificultades concretas que con
frecuencia experimenta la familia en la
transmisión de los valores; el número cada vez
mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso
cada vez más frecuente a la esterilización, la
instauración de una verdadera y propia
mentalidad anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está
muchas veces una corrupción de la idea y de la
experiencia de la libertad, concebida no como la
capacidad de realizar la verdad del proyecto de
Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como
una fuerza autónoma de autoafirmación, no
raramente contra los demás, en orden al propio
bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de
que en los países del llamado Tercer Mundo a las
familias les faltan muchas veces bien sea los
medios fundamentales para la supervivencia
como son el alimento, el trabajo, la vivienda, las
medicinas, bien sea las libertades más elementales.
En cambio, en los países más ricos, el excesivo
bienestar y la mentalidad consumista,
paradójicamente unida a una cierta angustia e
incertidumbre ante el futuro, quitan a los esposos
la generosidad y la valentía para suscitar nuevas
vidas humanas; y así la vida en muchas ocasiones
no se ve ya como una bendición, sino como un
peligro del que hay que defenderse.

11
La situación histórica en que vive la familia se
presenta pues como un conjunto de luces y
sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente
un progreso necesario hacia lo mejor, sino más
bien un acontecimiento de libertad, más aún, un
combate entre libertades que se oponen entre sí,
es decir, según la conocida expresión de san
Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor
de Dios llevado hasta el desprecio de sí, y el amor
de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios16.
Se sigue de ahí que solamente la educación en
el amor enraizado en la fe puede conducir a
adquirir la capacidad de interpretar los «signos de
los tiempos», que son la expresión histórica de
este doble amor.
Influjo de la situación en la conciencia de
los fieles
7. Viviendo en un mundo así, bajo las
presiones derivadas sobre todo de los medios de
comunicación social, los fieles no siempre han
sabido ni saben mantenerse inmunes del
oscurecerse de los valores fundamentales y
colocarse como conciencia crítica de esta cultura
familiar y como sujetos activos de la construcción
de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este
fenómeno, los Padres Sinodales han señalado en
particular la facilidad del divorcio y del recurso a
16
Cfr. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CSEL 40 II, 56 s.

12
una nueva unión por parte de los mismos fieles;
la aceptación del matrimonio puramente civil, en
contradicción con la vocación de los bautizados a
«desposarse en el Señor»; la celebración del
matrimonio sacramento no movidos por una fe
viva, sino por otros motivos; el rechazo de las
normas morales que guían y promueven el
ejercicio humano y cristiano de la sexualidad
dentro del matrimonio.
Nuestra época tiene necesidad de
sabiduría
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de
una reflexión y de un compromiso profundos,
para que la nueva cultura que está emergiendo sea
íntimamente evangelizada, se reconozcan los
verdaderos valores, se defiendan los derechos del
hombre y de la mujer y se promueva la justicia en
las estructuras mismas de la sociedad. De este
modo el «nuevo humanismo» no apartará a los
hombres de su relación con Dios, sino que los
conducirá a ella de manera más plena.
En la construcción de tal humanismo, la
ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas
e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia,
como consecuencia de las opciones politicas que
deciden su dirección de investigación y sus
aplicaciones, se usa a menudo contra su
significado original, la promoción de la persona
humana. Se hace pues necesario recuperar por
parte de todos la conciencia de la primacía de los

13
valores morales, que son los valores de la persona
humana en cuanto tal. Volver a comprender el
sentido último de la vida y de sus valores
fundamentales es el gran e importante cometido
que se impone hoy día para la renovación de la
sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de
éstos permite un uso de las inmensas
posibilidades, puestas en manos del hombre por
la ciencia; un uso verdaderamente orientado
como fin a la promoción de la persona humana
en toda su verdad, en su libertad y dignidad. La
ciencia está llamada a ser aliada de la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los
problemas de la familia las palabras del Concilio
Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna
otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de
la humanidad. El destino futuro del mundo corre
peligro si no se forman hombres más instruidos
en esta sabiduría»17.
La educación de la conciencia moral que hace
a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los
modos adecuados para realizarse según su verdad
original, se convierte así en una exigencia
prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que
debe ser más profundamente reconstituida en la
cultura actual. De tal Sabiduría todo hombre ha
sido hecho partícipe por el mismo gesto creador
17
Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 15.

14
de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta
alianza como las familias de hoy estarán en
condiciones de influir positivamente en la
construcción de un mundo más justo y fraterno.
Gradualidad y conversión
9. A la injusticia originada por el pecado —
que ha penetrado profundamente también en las
estructuras del mundo de hoy— y que con
frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena
realización de sí misma y de sus derechos
fundamentales, debemos oponernos todos con
una conversión de la mente y del corazón,
siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al
propio egoísmo: semejante conversión no podrá
dejar de ejercer una influencia beneficiosa y
renovadora incluso en las estructuras de la
sociedad.
Se pide una conversión continua,
permanente, que, aunque exija el alejamiento
interior de todo mal y la adhesión al bien en su
plenitud, se actúa sin embargo concretamente con
pasos que conducen cada vez más lejos. Se
desarrolla así un proceso dinámico, que avanza
gradualmente con la progresiva integración de los
dones de Dios y de las exigencias de su amor
definitivo y absoluto en toda la vida personal y
social del hombre. Por esto es necesario un
camino pedagógico de crecimiento con el fin de
que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la
misma civilización, partiendo de lo que han

15
recibido ya del misterio de Cristo, sean
conducidos pacientemente más allá hasta llegar a
un conocimiento más rico y a una integración
más plena de este misterio en su vida.
Inculturación
10. Está en conformidad con la tradición
constante de la Iglesia el aceptar de las culturas de
los pueblos, todo aquello que está en condiciones
de expresar mejor las inagotables riquezas de
Cristo18. Sólo con el concurso de todas las
culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada
vez más claramente y la Iglesia podrá caminar
hacia un conocimiento cada día más completo y
profundo de la verdad, que le ha sido dada ya
enteramente por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la
compatibilidad con el Evangelio de las varias
culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia
Universal se deberá proseguir en el estudio, en
especial por parte de las Conferencias
Episcopales y de los Dicasterios competentes de
la Curia Romana, y en el empeño pastoral para
que esta «inculturación» de la fe cristiana se lleve a
cabo cada vez más ampliamente, también en el
ámbito del matrimonio y de la familia.
Es mediante la «inculturación» como se
camina hacia la reconstitución plena de la alianza

18
Cfr. Ef 3, 8, Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 44; Decr. sobre la actividad misionera de la
Iglesia Ad gentes, 15 y 22.

16
con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La
Iglesia entera quedará enriquecida también por
aquellas culturas que, aun privadas de tecnología,
abundan en sabiduría humana y están vivificadas
por profundos valores morales.
Para que sea clara la meta y,
consiguientemente, quede indicado con seguridad
el camino, el Sínodo justamente ha considerado a
fondo en primer lugar el proyecto original de
Dios acerca del matrimonio y de la familia: ha
querido «volver al principio», siguiendo las
enseñanzas de Cristo19.
SEGUNDA PARTE
EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO
Y LA FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y
semejanza20: llamándolo a la existencia por amor, lo
ha llamado al mismo tiempo al amor.
Dios es amor21 y vive en sí mismo un
misterio de comunión personal de amor.
Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe en la
humanidad del hombre y de la mujer la vocación
y consiguientemente la capacidad y la

19
Cfr. Mt 19, 4 ss.
20
Cfr. Gén 1, 26 s.
21
1 Jn 4, 8.

17
responsabilidad del amor y de la comunión 22. El
amor es por tanto la vocación fundamental e
innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma
que se expresa en el cuerpo informado por un
espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor
en esta su totalidad unificada. El amor abarca
también el cuerpo humano y el cuerpo se hace
partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos
específicos de realizar integralmente la vocación
de la persona humana al amor: el Matrimonio y la
Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su
forma propia, son una concretización de la
verdad más profunda del hombre, de su «ser
imagen de Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la
cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con
los actos propios y exclusivos de los esposos, no
es algo puramente biológico, sino que afecta al
núcleo íntimo de la persona humana en cuanto
tal. Ella se realiza de modo verdaderamente
humano, solamente cuando es parte integral del
amor con el que el hombre y la mujer se
comprometen totalmente entre sí hasta la muerte.
La donación física total sería un engaño si no
fuese signo y fruto de una donación en la que está
presente toda la persona, incluso en su dimensión
22
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 12.

18
temporal; si la persona se reservase algo o la
posibilidad de decidir de otra manera en orden al
futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal,
corresponde también con las exigencias de una
fecundidad responsable, la cual, orientada a
engendrar una persona humana, supera por su
naturaleza el orden puramente biológico y toca
una serie de valores personales, para cuyo
crecimiento armonioso es necesaria la
contribución perdurable y concorde de los
padres.
El único «lugar» que hace posible esta
donación total es el matrimonio, es decir, el pacto
de amor conyugal o elección consciente y libre,
con la que el hombre y la mujer aceptan la
comunidad íntima de vida y amor, querida por
Dios mismo23, que sólo bajo esta luz manifiesta
su verdadero significado. La institución
matrimonial no es una ingerencia indebida de la
sociedad o de la autoridad ni la imposición
intrínseca de una forma, sino exigencia interior
del pacto de amor conyugal que se confirma
públicamente como único y exclusivo, para que
sea vivida así la plena fidelidad al designio de
Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la
libertad de la persona, la defiende contra el
subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de
la Sabiduría creadora.
23
Ibid., 48.

19
Matrimonio y comunión entre Dios y los
hombres
12. La comunión de amor entre Dios y los
hombres, contenido fundamental de la
Revelación y de la experiencia de fe de Israel,
encuentra una significativa expresión en la alianza
esponsal que se establece entre el hombre y la
mujer.
Por esta razón, la palabra central de la
Revelación, «Dios ama a su pueblo», es
pronunciada a través de las palabras vivas y
concretas con que el hombre y la mujer se
declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y
símbolo de la Alianza que une a Dios con su
pueblo24. El mismo pecado que puede atentar
contra el pacto conyugal se convierte en imagen
de la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría
es prostitución25, la infidelidad es adulterio, la
desobediencia a la ley es abandono del amor
esponsal del Señor. Pero la infidelidad de Israel
no destruye la fidelidad eterna del Señor y por
tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como
ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben
existir entre los esposos26.
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el
sacramento del matrimonio
24
Cfr. por ej. Os, 2, 21; Jer 3, 6-13; Is 54.
25
Cfr Ez 16, 25.
26
Cfr. Os 3.

20
13. La comunión entre Dios y los hombres
halla su cumplimiento definitivo en Cristo Jesús,
el Esposo que ama y se da como Salvador de la
humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
Él revela la verdad original del matrimonio, la
verdad del «principio»27 y, liberando al hombre de
la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla
plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva
en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la
humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en
el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la
cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se
desvela enteramente el designio que Dios ha
impreso en la humanidad del hombre y de la
mujer desde su creación28; el matrimonio de los
bautizados se convierte así en el símbolo real de
la nueva y eterna Alianza, sancionada con la
sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor
renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer
capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor
conyugal alcanza de este modo la plenitud a la
que está ordenado interiormente, la caridad
conyugal, que es el modo propio y específico con
que los esposos participan y están llamados a vivir
la misma caridad de Cristo que se dona sobre la
cruz.

27
Cfr. Gén 2, 24; Mt 19, 5.
28
Cfr. Ef 5, 32 s.

21
En una página justamente famosa, Tertuliano
ha expresado acertadamente la grandeza y belleza
de esta vida conyugal en Cristo: «¿Cómo lograré
exponer la felicidad de ese matrimonio que la
Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística
refuerza, que la bendición sella, que los ángeles
anuncian y que el Padre ratifica? ... ¡Qué yugo el
de los dos fieles unidos en una sola esperanza, en
un solo propósito, en una sola observancia, en
una sola servidumbre! Ambos son hermanos y los
dos sirven juntos; no hay división ni en la carne ni
en el espíritu. Al contrario, son verdaderamente
dos en una sola carne y donde la carne es única,
único es el espíritu»29.
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente
la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y
enseña que el matrimonio de los bautizados es
uno de los siete sacramentos de la Nueva
Alianza30.
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y
la mujer son inseridos definitivamente en la
Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de
Cristo con la Iglesia. Y debido a esta inserción
indestructible, la comunidad íntima de vida y de
amor conyugal, fundada por el Creador 31, es
elevada y asumida en la caridad esponsal de
29
Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8: CCL, I, 393.
30
Cfr. Conc. Ecum. Trident., Sessio XXIV, can. 1: I. D. Mansi, Sacrorum
Conciliorum Nova et Amplissima Collectio, 33, 149 s.
31
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.

22
Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza
redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su
matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a
otro de la manera más profundamente
indisoluble. Su recíproca pertenencia es
representación real, mediante el signo
sacramental, de la misma relación de Cristo con la
Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo
permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en
la cruz; son el uno para el otro y para los hijos,
testigos de la salvación, de la que el sacramento
les hace partícipes. De este acontecimiento de
salvación el matrimonio, como todo sacramento,
es memorial, actualización y profecía; «en cuanto
memorial, el sacramento les da la gracia y el deber
de recordar las obras grandes de Dios, así como
de dar testimonio de ellas ante los hijos; en
cuanto actualización les da la gracia y el deber de
poner por obra en el presente, el uno hacia el otro
y hacia los hijos, las exigencias de un amor que
perdona y que redime; en cuanto profecía les da
la gracia y el deber de vivir y de testimoniar la
esperanza del futuro encuentro con Cristo»32.
Al igual que cada uno de los siete
sacramentos, el matrimonio es también un

32
Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de Liaison des
Equipes de Recherche», 3 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1032.

23
símbolo real del acontecimiento de la salvación,
pero de modo propio. «Los esposos participan en
cuanto esposos, los dos, como pareja, hasta tal
punto que el efecto primario e inmediato del
matrimonio (res et sacramentum) no es la gracia
sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal
cristiano, una comunión en dos típicamente
cristiana, porque representa el misterio de la
Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza.
El contenido de la participación en la vida de
Cristo es también específico: el amor conyugal
comporta una totalidad en la que entran todos los
elementos de la persona —reclamo del cuerpo y
del instinto, fuerza del sentimiento y de la
afectividad, aspiración del espíritu y de la
voluntad—; mira a una unidad profundamente
personal que, más allá de la unión en una sola
carne, conduce a no hacer más que un solo
corazón y una sola alma; exige la indisolubilidad y
fidelidad de la donación reciproca definitiva y se
abre a la fecundidad (cfr. Humanae vitae, 9). En
una palabra, se trata de características normales
de todo amor conyugal natural, pero con un
significado nuevo que no sólo las purifica y
consolida, sino que las eleva hasta el punto de
hacer de ellas la expresión de valores propiamente
cristianos»33.
Los hijos, don preciosísimo del
matrimonio
33
Ibid., 4: 1. c., p. 1032.

24
14. Según el designio de Dios, el matrimonio
es el fundamento de la comunidad más amplia de
la familia, ya que la institución misma del
matrimonio y el amor conyugal están ordenados a
la procreación y educación de la prole, en la que
encuentran su coronación34.
En su realidad más profunda, el amor es
esencialmente don y el amor conyugal, a la vez
que conduce a los esposos al recíproco
«conocimiento» que les hace «una sola carne» 35,
no se agota dentro de la pareja, ya que los hace
capaces de la máxima donación posible, por la
cual se convierten en cooperadores de Dios en el
don de la vida a una nueva persona humana. De
este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre
sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo,
reflejo viviente de su amor, signo permanente de
la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del
padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de
Dios el don de una nueva responsabilidad. Su
amor paterno está llamado a ser para los hijos el
signo visible del mismo amor de Dios, «del que
proviene toda paternidad en el cielo y en la
tierra»36.

34
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 50.
35
Cfr. Gén 2, 24.
36
Ef 3, 15.

25
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso
cuando la procreación no es posible, no por esto
pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad
física, en efecto, puede dar ocasión a los esposos
para otros servicios importantes a la vida de la
persona humana, como por ejemplo la adopción,
la diversas formas de obras educativas, la ayuda a
otras familias, a los niños pobres o minusválidos.
La familia, comunión de personas
15. En el matrimonio y en la familia se
constituye un conjunto de relaciones
interpersonales —relación conyugal, paternidad-
maternidad, filiación, fraternidad— mediante las
cuales toda persona humana queda introducida en
la «familia humana» y en la «familia de Dios», que
es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la
Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona
humana no sólo es engendrada y progresivamente
introducida, mediante la educación, en la
comunidad humana, sino que mediante la
regeneración por el bautismo y la educación en la
fe, es introducida también en la familia de Dios,
que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado,
queda reconstituida en su unidad por la fuerza
redentora de la muerte y resurrección de Cristo 37.
El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia
37
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 78.

26
salvífica de este acontecimiento, constituye el
lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la
inserción de la persona humana en la gran familia
de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al
principio al hombre y a la mujer, alcanza de este
modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida
del sacramento, su cuna y el lugar donde puede
actuar la propia inserción en las generaciones
humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.
Matrimonio y virginidad
16. La virginidad y el celibato por el Reino de
Dios no sólo no contradicen la dignidad del
matrimonio, sino que la presuponen y la
confirman. El matrimonio y la virginidad son dos
modos de expresar y de vivir el único Misterio de
la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se
estima el matrimonio, no puede existir tampoco
la virginidad consagrada; cuando la sexualidad
humana no se considera un gran valor donado
por el Creador, pierde significado la renuncia por
el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan
Crisóstomo: «Quien condena el matrimonio,
priva también la virginidad de su gloria; en
cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más
admirable y luminosa. Lo que aparece un bien
solamente en comparación con un mal, no es un
gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes

27
por todos considerados tales, es ciertamente un
bien en grado superlativo»38.
En la virginidad el hombre está a la espera,
incluso corporalmente, de las bodas escatológicas
de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la
Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta
en la plena verdad de la vida eterna. La persona
virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de
la resurrección futura39.
En virtud de este testimonio, la virginidad
mantiene viva en la Iglesia la conciencia del
misterio del matrimonio y lo defiende de toda
reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón
del hombre40, «hasta encenderlo mayormente de
caridad hacia Dios y hacia todos los hombres» 41,
la virginidad testimonia que el Reino de Dios y su
justicia son la perla preciosa que se debe preferir a
cualquier otro valor aunque sea grande, es más,
que hay que buscarlo como el único valor
definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su
historia, ha defendido siempre la superioridad de
este carisma frente al del matrimonio, por razón
del vínculo singular que tiene con el Reino de
Dios42.
38
S. Juan Crisóstomo, La Virginidad, X: PG 48, 540.
39
Cfr. Mt 22, 30.
40
Cfr. 1 Cor 7, 32 s.
41
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.
42
Cfr. Pío XII, Cart. Enc. Sacra virginitas, II: AAS 46 (1954), 174 ss.

28
Aun habiendo renunciado a la fecundidad
física, la persona virgen se hace espiritualmente
fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a
la realización de la familia según el designio de
Dios.
Los esposos cristianos tienen pues el derecho
de esperar de las personas vírgenes el buen
ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su
vocación hasta la muerte. Así como para los
esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige
sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así
también puede ocurrir a las personas vírgenes. La
fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas,
debe edificar la fidelidad de aquéllos43.
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden
iluminar y ayudar a aquellos que por motivos
independientes de su voluntad no han podido
casarse y han aceptado posteriormente su
situación en espíritu de servicio.
TERCERA PARTE
MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y
Redentor la familia descubre no sólo su
«identidad», lo que «es», sino también su «misión»,
lo que puede y debe «hacer». El cometido, que
ella por vocación de Dios está llamada a
desempeñar en la historia, brota de su mismo ser
43
Cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, 9 (8 de abril de 1979): AAS 71
(1979), 410 s.

29
y representa su desarrollo dinámico y existencial.
Toda familia descubre y encuentra en sí misma la
llamada imborrable, que define a la vez su
dignidad y su responsabilidad: familia, ¡«sé» lo que
«eres»!
Remontarse al «principio» del gesto creador
de Dios es una necesidad para la familia, si quiere
conocerse y realizarse según la verdad interior no
sólo de su ser, sino también de su actuación
histórica. Y dado que, según el designio divino,
está constituida como «íntima comunidad de vida
y de amor»44, la familia tiene la misión de ser cada
vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y
amor, en una tensión que, al igual que para toda
realidad creada y redimida, hallará su
cumplimiento en el Reino de Dios. En una
perspectiva que además llega a las raíces mismas
de la realidad, hay que decir que la esencia y el
cometido de la familia son definidos en última
instancia por el amor. Por esto la familia recibe la
misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como
reflejo vivo y participación real del amor de Dios
por la humanidad y del amor de Cristo Señor por
la Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la
expresión y la actuación concreta de tal misión
fundamental. Es necesario por tanto penetrar más
a fondo en la singular riqueza de la misión de la
44
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 48.

30
familia y sondear sus múltiples y unitarios
contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en
constante referencia a él, el reciente Sínodo ha
puesto de relieve cuatro cometidos generales de la
familia:
1) formación de una
comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de
la sociedad;
4) participación en la vida y
misión de la Iglesia.
I - FORMACIÓN DE UNA
COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la
comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el
amor, es una comunidad de personas: del hombre
y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos,
de los parientes. Su primer cometido es el de vivir
fielmente la realidad de la comunión con el
empeño constante de desarrollar una auténtica
comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y
la meta última de tal cometido es el amor: así
como sin el amor la familia no es una comunidad
de personas, así también sin el amor la familia no
puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de
personas. Cuanto he escrito en la encíclica

31
Redemptor hominis encuentra su originalidad y
aplicación privilegiada precisamente en la familia
en cuanto tal: «El hombre no puede vivir sin
amor. Permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido, si
no le es revelado el amor, si no se encuentra con
el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio,
si no participa en él vivamente»45.
El amor entre el hombre y la mujer en el
matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el
amor entre los miembros de la misma familia —
entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas,
entre parientes y familiares— está animado e
impulsado por un dinamismo interior e incesante
que conduce la familia a una comunión cada vez
más profunda e intensa, fundamento y alma de la
comunidad conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión
conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura
y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del
pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no
son ya dos, sino una sola carne»46 y están
llamados a crecer continuamente en su comunión
a través de la fidelidad cotidiana a la promesa
matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en
el complemento natural que existe entre el
45
Juan Pablo II, Cart. Enc. Redemptor hominis, 10: AAS 71 (1979) 274.
46
Mt 19, 6; cfr. Gén 2, 24.

32
hombre y la mujer y se alimenta mediante la
voluntad personal de los esposos de compartir
todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que
son; por esto tal comunión es el fruto y el signo
de una exigencia profundamente humana. Pero,
en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia
humana, la confirma, la purifica y la eleva
conduciéndola a perfección con el sacramento del
matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la
celebración sacramental ofrece a los esposos
cristianos el don de una comunión nueva de
amor, que es imagen viva y real de la
singularísima unidad que hace de la Iglesia el
indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de
vida para los esposos cristianos y al mismo
tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día
progresen hacia una unión cada vez más rica
entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del
carácter, del corazón, de la inteligencia y
voluntad, del alma47—, revelando así a la Iglesia y
al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente
contradicha por la poligamia; ésta, en efecto,
niega directamente el designio de Dios tal como
es revelado desde los orígenes, porque es
contraria a la igual dignidad personal del hombre
47
Cfr. Juan Pablo II, Homilía durante la misa para las familias, 4
(Kinshasa, 3 de mayo de 1980): AAS 72 (1980), 426 s.

33
y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un
amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así
lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad
matrimonial confirmada por el Señor aparece de
modo claro incluso por la igual dignidad personal
del hombre y de la mujer, que debe ser
reconocida en el mutuo y pleno amor»48.
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no
sólo por su unidad, sino también por su
indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto
donación mutua de dos personas, lo mismo que
el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de
los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»49.
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar
con fuerza —como han hecho los Padres del
Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del
matrimonio; a cuantos, en nuestros días,
consideran difícil o incluso imposible vincularse a
una persona por toda la vida y a cuantos son
arrastrados por una cultura que rechaza la
indisolubilidad matrimonial y que se mofa
abiertamente del compromiso de los esposos a la
fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de

48
Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 49;
cfr. Juan Pablo II, Homilía durante la misa para las familias, 4 (Kinshasa, 3
de mayo de 1980): l.c.
49
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 48.

34
la perennidad del amor conyugal que tiene en
Cristo su fundamento y su fuerza50.
Enraizada en la donación personal y total de
los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la
indisolubilidad del matrimonio halla su verdad
última en el designio que Dios ha manifestado en
su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del
matrimonio como fruto, signo y exigencia del
amor absolutamente fiel que Dios tiene al
hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el
Creador ha inscrito en el corazón del hombre y
de la mujer, y en la celebración del sacramento del
matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este
modo los cónyuges no sólo pueden superar la
«dureza de corazón»51, sino que también y
principalmente pueden compartir el amor pleno y
definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha
carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo
fiel»52, es el «sí» de las promesas de Dios53 y
consiguientemente la realización suprema de la
fidelidad incondicional con la que Dios ama a su
pueblo, así también los cónyuges cristianos están
llamados a participar realmente en la

50
Cfr. Ef 5, 25.
51
Cfr. Mt 19, 8.
52
Ap 3, 14.
53
Cfr. 2 Cor 1, 20.

35
indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con
la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin54.
El don del sacramento es al mismo tiempo
vocación y mandamiento para los esposos
cristianos, para que permanezcan siempre fieles
entre sí, por encima de toda prueba y dificultad,
en generosa obediencia a la santa voluntad del
Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el
hombre»55.
Dar testimonio del inestimable valor de la
indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de
los deberes más preciosos y urgentes de las
parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto,
junto con todos los Hermanos en el Episcopado
que han tomado parte en el Sínodo de los
Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas
que, aun encontrando no leves dificultades,
conservan y desarrollan el bien de la
indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y
valiente, el cometido a ellas confiado de ser un
«signo» en el mundo —un signo pequeño y
precioso, a veces expuesto a tentación, pero
siempre renovado— de la incansable fidelidad
con que Dios y Jesucristo aman a todos los
hombres y a cada hombre. Pero es obligado
también reconocer el valor del testimonio de
aquellos cónyuges que, aun habiendo sido
abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza
54
Cfr. Jn 13, 1.
55
Mt 19, 6.

36
de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado
a una nueva unión: también estos dan un
auténtico testimonio de fidelidad, de la que el
mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben
ser animados y ayudados por los pastores y por
los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el
fundamento sobre el cual se va edificando la más
amplia comunión de la familia, de los padres y de
los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre
sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos
naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla
encontrando su perfeccionamiento propiamente
humano en el instaurarse y madurar de vínculos
todavía más profundos y ricos del espíritu: el
amor que anima las relaciones interpersonales de
los diversos miembros de la familia, constituye la
fuerza interior que plasma y vivifica la comunión
y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a
hacer la experiencia de una nueva y original
comunión, que confirma y perfecciona la natural
y humana. En realidad la gracia de Cristo, «el
Primogénito entre los hermanos»56, es por su
naturaleza y dinamismo interior una «gracia
fraterna como la llama santo Tomás de Aquino 57.
56
Rom 8, 29.
57
Summa Theologiae, IIa-IIae, 14, 2, ad 4.

37
El Espíritu Santo, infundido en la celebración de
los sacramentos, es la raíz viva y el alimento
inagotable de la comunión sobrenatural que
acomuna y vincula a los creyentes con Cristo y
entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una
revelación y actuación específica de la comunión
eclesial está constituida por la familia cristiana que
también por esto puede y debe decirse «Iglesia
doméstica»58.
Todos los miembros de la familia, cada uno
según su propio don, tienen la gracia y la
responsabilidad de construir, día a día, la
comunión de las personas, haciendo de la familia
una «escuela de humanidad más completa y más
rica»59: es lo que sucede con el cuidado y el amor
hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos;
con el servicio recíproco de todos los días,
compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal
comunión está constituido por el intercambio
educativo entre padres e hijos 60, en que cada uno
da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la
obediencia a los padres, los hijos aportan su
específica e insustituible contribución a la
edificación de una familia auténticamente humana

58
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11, cfr. Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 11.
59
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 52.
60
Cfr. Ef 6, 1-4; Col 3, 20 s.

38
y cristiana61. En esto se verán facilitados si los
padres ejercen su autoridad irrenunciable como
un verdadero y propio «ministerio», esto es, como
un servicio ordenado al bien humano y cristiano
de los hijos, y ordenado en particular a hacerles
adquirir una libertad verdaderamente responsable,
y también si los padres mantienen viva la
conciencia del «don» que continuamente reciben
de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y
perfeccionada sólo con un gran espíritu de
sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa
disponibilidad de todos y cada uno a la
comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la
reconciliación. Ninguna familia ignora que el
egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los
conflictos atacan con violencia y a veces hieren
mortalmente la propia comunión: de aquí las
múltiples y variadas formas de división en la vida
familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está
llamada por el Dios de la paz a hacer la
experiencia gozosa y renovadora de la
«reconciliación», esto es, de la comunión
reconstruida, de la unidad nuevamente
encontrada. En particular la participación en el
sacramento de la reconciliación y en el banquete
del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia
cristiana la gracia y la responsabilidad de superar
61
Cfr. Conc. Ecum. Vat, II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.

39
toda división y caminar hacia la plena verdad de la
comunión querida por Dios, respondiendo así al
vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una
sola cosa»62.
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser
siempre comunión y comunidad de personas,
encuentra en el amor la fuente y el estímulo
incesante para acoger, respetar y promover a cada
uno de sus miembros en la altísima dignidad de
personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios.
Como han afirmado justamente los Padres
Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de
las relaciones conyugales y familiares consiste en
la promoción de la dignidad y vocación de cada
una de las personas, las cuales logran su plenitud
mediante el don sincero de sí mismas63.
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido
reservar una atención privilegiada a la mujer, a sus
derechos y deberes en la familia y en la sociedad.
En la misma perspectiva deben considerarse
también el hombre como esposo y padre, el niño
y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la
igual dignidad y responsabilidad respecto al
hombre; tal igualdad encuentra una forma
singular de realización en la donación de uno
62
Jn 17, 21.
63
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 24.

40
mismo al otro y de ambos a los hijos, donación
propia del matrimonio y de la familia. Lo que la
misma razón humana intuye y reconoce, es
revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en
efecto, la historia de la salvación es un testimonio
continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer» 64, Dios
da la dignidad personal de igual modo al hombre
y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos
inalienables y con las responsabilidades que son
propias de la persona humana. Dios manifiesta
también de la forma más elevada posible la
dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la
carne humana de María Virgen, que la Iglesia
honra como Madre de Dios, llamándola la nueva
Eva y proponiéndola como modelo de la mujer
redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las
mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su
aparición la mañana de Pascua a una mujer antes
que a los otros discípulos, la misión confiada a las
mujeres de llevar la buena nueva de la
Resurrección a los apóstoles, son signos que
confirman la estima especial del Señor Jesús hacia
la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos, pues,
sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No
hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no
hay varón o hembra, porque todos sois uno en
Cristo Jesús»65.
64
Gén 1, 27.
65
Gál 3, 26.28.

41
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes
aspectos del amplio y complejo tema de las
relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a
algunos puntos esenciales, no se puede dejar de
observar cómo en el campo más específicamente
familiar una amplia y difundida tradición social y
cultural ha querido reservar a la mujer solamente
la tarea de esposa y madre, sin abrirla
adecuadamente a las funciones públicas,
reservadas en general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y
responsabilidad del hombre y de la mujer
justifican plenamente el acceso de la mujer a las
funciones públicas. Por otra parte, la verdadera
promoción de la mujer exige también que sea
claramente reconocido el valor de su función
materna y familiar respecto a las demás funciones
públicas y a las otras profesiones. Por otra parte,
tales funciones y profesiones deben integrarse
entre sí, si se quiere que la evolución social y
cultural sea verdadera y plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado
el Sínodo, una renovada «teología del trabajo»
ilumina y profundiza el significado del mismo en
la vida cristiana y determina el vínculo
fundamental que existe entre el trabajo y la
familia, y por consiguiente el significado original e
insustituible del trabajo de la casa y la educación

42
de los hijos66. Por ello la Iglesia puede y debe
ayudar a la sociedad actual, pidiendo
incansablemente que el trabajo de la mujer en
casa sea reconocido por todos y estimado por su
valor insustituible. Esto tiene una importancia
especial en la acción educativa; en efecto, se
elimina la raíz misma de la posible discriminación
entre los diversos trabajos y profesiones cuando
resulta claramente que todos y en todos los
sectores se empeñan con idéntico derecho e
idéntica responsabilidad. Aparecerá así más
espléndida la imagen de Dios en el hombre y en
la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres,
como a los hombres, el derecho de acceder a las
diversas funciones públicas, la sociedad debe sin
embargo estructurarse de manera tal que las
esposas y madres no sean de hecho obligadas a
trabajar fuera de casa y que sus familias puedan
vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se
dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según
la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo
exterior que de la actividad familiar. Pero esto
exige que los hombres estimen y amen
verdaderamente a la mujer con todo el respeto de
su dignidad personal, y que la sociedad cree y
desarrolle las condiciones adecuadas para el
trabajo doméstico.
66
Cfr. Juan Pablo II, Cart. Enc. Laborem exercens, 19 AAS73 (1981), 625.

43
La Iglesia, con el debido respeto por la
diversa vocación del hombre y de la mujer, debe
promover en la medida de lo posible en su misma
vida su igualdad de derechos y de dignidad; y esto
por el bien de todos, de la familia, de la sociedad
y de la Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no
significa para la mujer la renuncia a su feminidad
ni la imitación del carácter masculino, sino la
plenitud de la verdadera humanidad femenina tal
como debe expresarse en su comportamiento,
tanto en familia como fuera de ella, sin descuidar
por otra parte en este campo la variedad de
costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano
sobre la dignidad de la mujer halla oposición en la
persistente mentalidad que considera al ser
humano no como persona, sino como cosa,
como objeto de compraventa, al servicio del
interés egoísta y del solo placer; la primera
víctima de tal mentalidad es la mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy
amargos, como el desprecio del hombre y de la
mujer, la esclavitud, la opresión de los débiles, la
pornografía, la prostitución —tanto más cuando
es organizada— y todas las diferentes
discriminaciones que se encuentran en el ámbito
de la educación, de la profesión, de la retribución
del trabajo, etc.

44
Además, todavía hoy, en gran parte de
nuestra sociedad permanecen muchas formas de
discriminación humillante que afectan y ofenden
gravemente algunos grupos particulares de
mujeres como, por ejemplo, las esposas que no
tienen hijos, las viudas, las separadas, las
divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido
deploradas con toda la fuerza posible por los
Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte
de todos se desarrolle una acción pastoral
específica más enérgica e incisiva, a fin de que
estas situaciones sean vencidas definitivamente,
de tal modo que se alcance la plena estima de la
imagen de Dios que se refleja en todos los seres
humanos sin excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad
conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir
su don y su función de esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio
de Dios: «No es bueno que el hombre esté solo.
Voy a hacerle una ayuda adecuada» 67, y hace suya
la exclamación de Adán, el primer esposo: «Esta
vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne»68.
El auténtico amor conyugal supone y exige
que el hombre tenga profundo respeto por la
67
Gén 2, 18.
68
Ibid., 2, 23.

45
igual dignidad de la mujer: «No eres su amo —
escribe san Ambrosio— sino su marido; no te ha
sido dada como esclava, sino como mujer...
Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con
ella agradecido por su amor»69. El hombre debe
vivir con la esposa «un tipo muy especial de
amistad personal»70. El cristiano además está
llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo,
manifestando hacia la propia mujer la caridad
delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia 71.
El amor a la esposa madre y el amor a los
hijos son para el hombre el camino natural para la
comprensión y la realización de su paternidad.
Sobre todo, donde las condiciones sociales y
culturales inducen fácilmente al padre a un cierto
desinterés respecto de la familia o bien a una
presencia menor en la acción educativa, es
necesario esforzarse para que se recupere
socialmente la convicción de que el puesto y la
función del padre en y por la familia son de una
importancia única e insustituible 72. Como la
experiencia enseña, la ausencia del padre provoca
desequilibrios psicológicos y morales, además de
dificultades notables en las relaciones familiares,
como también, en circunstancias opuestas, la

69
S. Ambrosio, Exameron, V, 7, 19: CSEL 32, I, 154.
70
Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968), 486.
71
Cfr. Ef 5, 25.
72
Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5 (19 de marzo de
1981): AAS 73 (1981), 268-271.

46
presencia opresiva del padre, especialmente
donde todavía vige el fenómeno del «machismo»,
o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas
masculinas que humillan a la mujer e inhiben el
desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma
paternidad de Dios73, el hombre está llamado a
garantizar el desarrollo unitario de todos los
miembros de la familia. Realizará esta tarea
mediante una generosa responsabilidad por la
vida concebida junto al corazón de la madre, un
compromiso educativo más solícito y compartido
con la propia esposa74, un trabajo que no
disgregue nunca la familia, sino que la promueva
en su cohesión y estabilidad, un testimonio de
vida cristiana adulta, que introduzca más
eficazmente a los hijos en la experiencia viva de
Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas,
debe reservarse una atención especialísima al
niño, desarrollando una profunda estima por su
dignidad personal, así como un gran respeto y un
generoso servicio a sus derechos. Esto vale
respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia
singular cuando el niño es pequeño y necesita de
todo, está enfermo, delicado o es minusválido.
73
Cfr. Ef 3, 15.
74
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.

47
Procurando y teniendo un cuidado tierno y
profundo para cada niño que viene a este mundo,
la Iglesia cumple una misión fundamental. En
efecto, está llamada a revelar y a proponer en la
historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha
querido poner al niño en el centro del Reino de
Dios: «Dejad que los niños vengan a mí, ... que de
ellos es el reino de los cielos»75.
Repito nuevamente lo que dije en la
Asamblea General de las Naciones Unidas, el 2
de octubre de 1979: «Deseo ... expresar el gozo
que para cada uno de nosotros constituyen los
niños, primavera de la vida, anticipo de la historia
futura de cada una de las patrias terrestres
actuales. Ningún país del mundo, ningún sistema
político puede pensar en el propio futuro, si no es
a través de la imagen de estas nuevas
generaciones que tomarán de sus padres el
múltiple patrimonio de los valores, de los deberes
y de las aspiraciones de la nación a la que
pertenecen, junto con el de toda la familia
humana. La solicitud por el niño, incluso antes de
su nacimiento, desde el primer momento de su
concepción y, a continuación, en los años de la
infancia y de la juventud es la verificación
primaria y fundamental de la relación del hombre
con el hombre. Y por eso, ¿qué más se podría
desear a cada nación y a toda la humanidad, a
todos los niños del mundo, sino un futuro mejor
75
Lc 18, 16; cfr. Mt 19, 14; Mc 10, 14.

48
en el que el respeto de los Derechos del Hombre
llegue a ser una realidad plena en las dimensiones
del 2000 que se acerca?»76.
La acogida, el amor, la estima, el servicio
múltiple y unitario —material, afectivo, educativo,
espiritual— a cada niño que viene a este mundo,
deberá constituir siempre una nota distintiva e
irrenunciable de los cristianos, especialmente de
las familias cristianas; así los niños, a la vez que
crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y ante los hombres»77, serán una preciosa
ayuda para la edificación de la comunidad familiar
y para la misma santificación de los padres78.
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular
veneración y un gran amor por el anciano; lejos
de ser apartado de la familia o de ser soportado
como un peso inútil, el anciano permanece
inserido en la vida familiar, sigue tomando parte
activa y responsable —aun debiendo respetar la
autonomía de la nueva familia— y sobre todo
desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado
e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para
el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente
como consecuencia de un desordenado desarrollo
76
Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas,
21 (2 de octubre del 1979): AAS 71(1979), 1159.
77
Lc 2, 52.
78
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.

49
industrial y urbanístico, han llevado y siguen
llevando a los ancianos a formas inaceptables de
marginación, que son fuente a la vez de agudos
sufrimientos para ellos mismos y de
empobrecimiento espiritual para tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la
Iglesia estimule a todos a descubrir y a valorar los
cometidos de los ancianos en la comunidad civil y
eclesial, y en particular en la familia. En realidad,
«la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala
de valores humanos; hace ver la continuidad de
las generaciones y demuestra maravillosamente la
interdependencia del Pueblo de Dios. Los
ancianos tienen además el carisma de romper las
barreras entre las generaciones antes de que se
consoliden: ¡Cuántos niños han hallado
comprensión y amor en los ojos, palabras y
caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no
ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la
corona de los ancianos son los hijos de sus hijos"
(Prov 17, 6)!»79.
II - SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida.
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la
mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a
perfección la obra de sus manos; los llama a una

79
Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el «International Forum
on Active Aging», 5 (5 de septiembre de 1980) Insegnamenti di Giovanni Paolo
II, III, 2 (1980), 539.

50
especial participación en su amor y al mismo
tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante
su cooperación libre y responsable en la
transmisión del don de la vida humana: «Y
bendíjolos Dios y les dijo: " Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"»80.
Así el cometido fundamental de la familia es
el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la
historia la bendición original del Creador,
transmitiendo en la generación la imagen divina
de hombre a hombre81.
La fecundidad es el fruto y el signo del amor
conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y
recíproca de los esposos: «El cultivo auténtico del
amor conyugal y toda la estructura de la vida
familiar que de él deriva, sin dejar de lado los
demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a
los esposos para cooperar con fortaleza de
espíritu con el amor del Creador y del Salvador,
quien por medio de ellos aumenta y enriquece
diariamente su propia familia»82.
La fecundidad del amor conyugal no se
reduce sin embargo a la sola procreación de los
hijos, aunque sea entendida en su dimensión
específicamente humana: se amplía y se enriquece
con todos los frutos de vida moral, espiritual y

80
Gén 1, 28.
81
Cfr. Ibid. 5, 1-3.
82
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 50.

51
sobrenatural que el padre y la madre están
llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a
la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y
siempre nueva de la Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los
esposos es una participación singular en el
misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la
Iglesia sabe que ha recibido la misión especial de
custodiar y proteger la altísima dignidad del
matrimonio y la gravísima responsabilidad de la
transmisión de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de
la comunidad eclesial a través de la historia, el
reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de
mi predecesor Pablo VI, expresado sobre todo en
la encíclica Humanae vitae, han transmitido a
nuestro tiempo un anuncio verdaderamente
profético, que reafirma y propone de nuevo con
claridad la doctrina y la norma siempre antigua y
siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y
sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última
asamblea declararon textualmente: «Este Sagrado
Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el
sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha
sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr.
Gaudium et spes, 50) y después en la encíclica
Humanae vitae, y en concreto, que el amor
conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo

52
y abierto a una nueva vida (Humanae vitae, n. 11
y cfr. 9 y 12)»83.
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy
en una situación social y cultural que la hace a la
vez más difícil de comprender y más urgente e
insustituible para promover el verdadero bien del
hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que
el hombre contemporáneo acrecienta
continuamente en su dominio sobre la naturaleza,
no desarrolla solamente la esperanza de crear una
humanidad nueva y mejor, sino también una
angustia cada vez más profunda ante el futuro.
Algunos se preguntan si es un bien vivir o si sería
mejor no haber nacido; dudan de si es lícito
llamar a otros a la vida, los cuales quizás
maldecirán su existencia en un mundo cruel,
cuyos terrores no son ni siquiera previsibles.
Otros piensan que son los únicos destinatarios de
las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a
los cuales imponen medios anticonceptivos o
métodos aún peores. Otros todavía, cautivos
como son de la mentalidad consumista y con la
única preocupación de un continuo aumento de

83
Propositio 22. La conclusión del n. 11 de la Encíclica Humanae vitae afirma:
«La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural
interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto
matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» («ut quilibet
matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus
permaneat »): AAS 60 (1968), 488.

53
bienes materiales, acaban por no comprender, y
por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de
una nueva vida humana. La razón última de estas
mentalidades es la ausencia, en el corazón de los
hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte
que todos los posibles miedos del mundo y los
puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida
(anti-life mentality), como se ve en muchas
cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un
cierto pánico derivado de los estudios de los
ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a
veces exageran el peligro que representa el
incremento demográfico para la calidad de la
vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida
humana, aunque débil y enferma, es siempre un
don espléndido del Dios de la bondad. Contra el
pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo,
la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida
humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí»,
de aquel «Amén» que es Cristo mismo 84. Al «no»
que invade y aflige al mundo, contrapone este
«Sí» viviente, defendiendo de este modo al
hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan
la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar
nuevamente a todos, con un convencimiento más
claro y firme, su voluntad de promover con todo
84
Cfr. 2 Cor 1, 19; Ap 3, 14.

54
medio y defender contra toda insidia la vida
humana, en cualquier condición o fase de
desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa
grave a la dignidad humana y a la justicia, todas
aquellas actividades de los gobiernos o de otras
autoridades públicas, que tratan de limitar de
cualquier modo la libertad de los esposos en la
decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay
que condenar totalmente y rechazar con energía
cualquier violencia ejercida por tales autoridades
en favor del anticoncepcionismo e incluso de la
esterilización y del aborto procurado. Al mismo
tiempo, hay que rechazar como gravemente
injusto el hecho de que, en las relaciones
internacionales, la ayuda económica concedida
para la promoción de los pueblos esté
condicionada a programas de
anticoncepcionismo, esterilización y aborto
procurado85.
Para que el plan divino sea realizado
cada vez más plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente
también de los múltiples y complejos problemas
que hoy, en muchos países, afectan a los esposos
en su cometido de transmitir responsablemente la
vida. Conoce también el grave problema del

85
Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las Familias cristianas en el
mundo contemporáneo, 5 (24 de octubre del 1980): L'Osservatore Romano
en lengua española (2 de noviembre del 1980).

55
incremento demográfico como se plantea en
diversas partes de mundo, con las implicaciones
morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración
profunda de todos los aspectos de tales
problemas ofrece una nueva y más fuerte
confirmación de la importancia de la doctrina
auténtica acerca de la regulación de la natalidad,
propuesta de nuevo en el Concilio Vaticano II y
en la encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo,
siento el deber de dirigir una acuciante invitación
a los teólogos a fin de que, uniendo sus fuerzas
para colaborar con el magisterio jerárquico, se
comprometan a iluminar cada vez mejor los
fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y
las razones personalistas de esta doctrina. Así será
posible, en el contexto de una exposición
orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en
este importante capítulo sea verdaderamente
accesible a todos los hombres de buena voluntad,
facilitando su comprensión cada vez más
luminosa y profunda; de este modo el plan divino
podrá ser realizado cada vez más plenamente,
para la salvación del hombre y gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los
teólogos, inspirado por la adhesión convencida al
Magisterio, que es la única guía auténtica del
Pueblo de Dios, presenta una urgencia especial
también a causa de la relación íntima que existe

56
entre la doctrina católica sobre este punto y la
visión del hombre que propone la Iglesia. Dudas
o errores en el ámbito matrimonial o familiar
llevan a una ofuscación grave de la verdad integral
sobre el hombre, en una situación cultural que
muy a menudo es confusa y contradictoria. La
aportación de iluminación y profundización, que
los teólogos están llamados a ofrecer en el
cumplimiento de su cometido específico, tiene un
valor incomparable y representa un servicio
singular, altamente meritorio, a la familia y a la
humanidad.
En la visión integral del hombre y de su
vocación
32. En el contexto de una cultura que
deforma gravemente o incluso pierde el
verdadero significado de la sexualidad humana,
porque la desarraiga de su referencia a la persona,
la Iglesia siente más urgente e insustituible su
misión de presentar la sexualidad como valor y
función de toda la persona creada, varón y mujer,
a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II
afirmó claramente que «cuando se trata de
conjugar el amor conyugal con la responsable
transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera
intención y apreciación de los motivos, sino que
debe determinarse con criterios objetivos, tomados de
la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que

57
mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega
y de la humana procreación, entretejidos con el
amor verdadero; esto es imposible sin cultivar
sinceramente la virtud de la castidad conyugal» 86.
Es precisamente partiendo de la «visión
integral del hombre y de su vocación, no sólo
natural y terrena sino también sobrenatural y
eterna»87, por lo que Pablo VI afirmó, que la
doctrina de la Iglesia «está fundada sobre la
inseparable conexión que Dios ha querido y que
el hombre no puede romper por propia iniciativa,
entre los dos significados del acto conyugal: el
significado unitivo y el significado procreador» 88.
Y concluyó recalcando que hay que excluir, como
intrínsecamente deshonesta, «toda acción que, o
en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus
consecuencias naturales, se proponga, como fin o
como medio, hacer imposible la procreación»89.
Cuando los esposos, mediante el recurso al
anticoncepcionismo, separan estos dos
significados que Dios Creador ha inscrito en el
ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo
de su comunión sexual, se comportan como
«árbitros» del designio divino y «manipulan» y

86
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 51.
87
Cart. Enc. Humanae vitae, 7: AAS 60 (1968), 485.
88
Ibid., 12: l.c., 488 s.
89
Ibid., 14: l.c., 489.

58
envilecen la sexualidad humana, y con ella la
propia persona del cónyuge, alterando su valor de
donación «total». Así, al lenguaje natural que
expresa la recíproca donación total de los
esposos, el anticoncepcionismo impone un
lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el
de no darse al otro totalmente: se produce, no
sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida,
sino también una falsificación de la verdad
interior del amor conyugal, llamado a entregarse
en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el
recurso a períodos de infecundidad, respetan la
conexión inseparable de los significados unitivo y
procreador de la sexualidad humana, se
comportan como «ministros» del designio de
Dios y «se sirven» de la sexualidad según el
dinamismo original de la donación «total», sin
manipulaciones ni alteraciones90.
A la luz de la misma experiencia de tantas
parejas de esposos y de los datos de las diversas
ciencias humanas, la reflexión teológica puede
captar y está llamada a profundizar la diferencia
antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre
el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos
temporales. Se trata de una diferencia bastante
más amplia y profunda de lo que habitualmente
se cree, y que implica en resumidas cuentas dos
concepciones de la persona y de la sexualidad
90
Ibid., 13: l.c., 489.

59
humana, irreconciliables entre sí. La elección de
los ritmos naturales comporta la aceptación del
tiempo de la persona, es decir de la mujer, y con
esto la aceptación también del diálogo, del
respeto recíproco, de la responsabilidad común,
del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el
diálogo significa reconocer el carácter espiritual y
a la vez corporal de la comunión conyugal, como
también vivir el amor personal en su exigencia de
fidelidad. En este contexto la pareja experimenta
que la comunión conyugal es enriquecida por
aquellos valores de ternura y afectividad, que
constituyen el alma profunda de la sexualidad
humana, incluso en su dimensión física. De este
modo la sexualidad es respetada y promovida en
su dimensión verdadera y plenamente humana,
no «usada» en cambio como un «objeto» que,
rompiendo la unidad personal de alma y cuerpo,
contradice la misma creación de Dios en la trama
más profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los
esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral
conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y
Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la
norma moral que debe guiar la transmisión
responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no
es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En
obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen

60
se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la
persona humana, la Iglesia interpreta la norma
moral y la propone a todos los hombres de buena
voluntad, sin esconder las exigencias de
radicalidad y de perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a
muchas parejas de esposos que se encuentran en
dificultad sobre este importante punto de la vida
moral; conoce bien su situación, a menudo muy
ardua y a veces verdaderamente atormentada por
dificultades de todo tipo, no sólo individuales
sino también sociales; sabe que muchos esposos
encuentran dificultades no sólo para la realización
concreta, sino también para la misma
comprensión de los valores inherentes a la norma
moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez
Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no cesa
nunca de invitar y animar, a fin de que las
eventuales dificultades conyugales se resuelvan
sin falsificar ni comprometer jamas la verdad. En
efecto, está convencida de que no puede haber
verdadera contradicción entre la ley divina de la
transmisión de la vida y la de favorecer el
auténtico amor conyugal91. Por esto, la pedagogía
concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y
nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto,
con la misma persuasión de mi predecesor: «No
91
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 51.

61
menoscabar en nada la saludable doctrina de
Cristo es una forma de caridad eminente hacia las
almas»92.
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial
revela su realismo y su sabiduría solamente
desarrollando un compromiso tenaz y valiente en
crear y sostener todas aquellas condiciones
humanas —psicológicas, morales y espirituales—
que son indispensables para comprender y vivir el
valor y la norma moral.
No hay duda de que entre estas condiciones
se deben incluir la constancia y la paciencia, la
humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza
filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a
la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y
de la reconciliación93. Confortados así, los
esposos cristianos podrán mantener viva la
conciencia de la influencia singular que la gracia
del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas
las realidades de la vida conyugal, y por
consiguiente también sobre su sexualidad: el don
del Espíritu, acogido y correspondido por los
esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana
según el plan de Dios y como signo del amor
unitivo y fecundo de Cristo por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está
también el conocimiento de la corporeidad y de
sus ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene
92
Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 29: AAS 60 (1968), 501.
93
Cfr. Ibid., 25: l.c., 498 s.

62
hacer lo posible para que semejante conocimiento
se haga accesible a todos los esposos, y ante todo
a las personas jóvenes, mediante una información
y una educación clara, oportuna y seria, por parte
de parejas, de médicos y de expertos. El
conocimiento debe desembocar además en la
educación al autocontrol; de ahí la absoluta
necesidad de la virtud de la castidad y de la
educación permanente en ella. Según la visión
cristiana, la castidad no significa absolutamente
rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana:
significa más bien energía espiritual que sabe
defender el amor de los peligros del egoísmo y de
la agresividad, y sabe promoverlo hacia su
realización plena.
Pablo VI, con intuición profunda de
sabiduría y amor, no hizo más que escuchar la
experiencia de tantas parejas de esposos cuando
en su encíclica escribió: «El dominio del instinto,
mediante la razón y la voluntad libre, impone sin
ningún género de duda una ascética, para que las
manifestaciones afectivas de la vida conyugal
estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia
periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de
los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal,
le confiere un valor humano más sublime. Exige
un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su
influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan
integralmente su personalidad, enriqueciéndose

63
de valores espirituales: aportando a la vida
familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando
la solución de otros problemas; favoreciendo la
atención hacia el otro cónyuge; ayudando a
superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor,
y enraizando más su sentido de responsabilidad.
Los padres adquieren así la capacidad de un
influjo más profundo y eficaz para educar a los
hijos»94.
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una
recta concepción del orden moral, de sus valores
y normas; la importancia aumenta, cuanto más
numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y
propone el designio de Dios Creador, no puede
ser algo mortificante para el hombre ni algo
impersonal; al contrario, respondiendo a las
exigencias más profundas del hombre creado por
Dios, se pone al servicio de su humanidad plena,
con el amor delicado y vinculante con que Dios
mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura
hacia su felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir
responsablemente el designio sabio y amoroso de
Dios, es un ser histórico, que se construye día a
día con sus opciones numerosas y libres; por esto

94
Ibid., 21: l.c., 496.

64
él conoce, ama y realiza el bien moral según
diversas etapas de crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida
moral, están llamados a un continuo camino,
sostenidos por el deseo sincero y activo de
conocer cada vez mejor los valores que la ley
divina tutela y promueve, y por la voluntad recta y
generosa de encarnarlos en sus opciones
concretas.
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley
como un mero ideal que se puede alcanzar en el
futuro, sino que deben considerarla como un
mandato de Cristo Señor a superar con valentía
las dificultades. «Por ello la llamada "ley de
gradualidad" o camino gradual no puede
identificarse con la "gradualidad de la ley", como
si hubiera varios grados o formas de precepto en
la ley divina para los diversos hombres y
situaciones. Todos los esposos, según el plan de
Dios, están llamados a la santidad en el
matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en
la medida en que la persona humana se encuentra
en condiciones de responder al mandamiento
divino con ánimo sereno, confiando en la gracia
divina y en la propia voluntad»95. En la misma
línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que
los esposos reconozcan ante todo claramente la
doctrina de la Humanae vitae como normativa
95
Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8
(25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1083.

65
para el ejercicio de su sexualidad y se
comprometan sinceramente a poner las
condiciones necesarias para observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el
Sínodo, abarca toda la vida conyugal. Por esto la
función de transmitir la vida debe estar integrada
en la misión global de toda la vida cristiana, la
cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección.
En semejante contexto se comprende cómo no se
puede quitar de la vida familiar el sacrificio, es
más, se debe aceptar de corazón, a fin de que el
amor conyugal se haga más profundo y sea fuente
de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información,
educación idónea de los sacerdotes, religiosos y
laicos que están dedicados a la pastoral familiar;
todos ellos podrán ayudar a los esposos en su
itinerario humano y espiritual, que comporta la
conciencia del pecado, el compromiso sincero a
observar la ley moral y el ministerio de la
reconciliación. Conviene también tener presente
que en la intimidad conyugal están implicadas las
voluntades de dos personas, llamadas sin
embargo a una armonía de mentalidad y de
comportamiento. Esto exige no poca paciencia,
simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en
este campo la unidad de juicios morales y
pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe ser
buscada y asegurada cuidadosamente, para que

66
los fieles no tengan que sufrir ansiedades de
conciencia96.
El camino de los esposos será pues más fácil
si, con estima de la doctrina de la Iglesia y con
confianza en la gracia de Cristo, ayudados y
acompañados por los pastores de almas y por la
comunidad eclesial entera, saben descubrir y
experimentar el valor de liberación y promoción
del amor auténtico, que el Evangelio ofrece y el
mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas
concretas
35. Ante el problema de una honesta
regulación de la natalidad, la comunidad eclesial,
en el tiempo presente, debe preocuparse por
suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a
quienes desean vivir la paternidad y la maternidad
de modo verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra
de los resultados alcanzados por las
investigaciones científicas para un conocimiento
más preciso de los ritmos de fertilidad femenina y
alienta a una más decisiva y amplia extensión de
tales estudios, no puede menos de apelar, con
renovado vigor, a la responsabilidad de cuantos
—médicos, expertos, consejeros matrimoniales,
educadores, parejas— pueden ayudar
efectivamente a los esposos a vivir su amor,
respetando la estructura y finalidades del acto
96
Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 28: AAS 60 (1968), 501.

67
conyugal que lo expresa. Esto significa un
compromiso más amplio, decisivo y sistemático
en hacer conocer, estimar y aplicar los métodos
naturales de regulación de la fertilidad 97.
Un testimonio precioso puede y debe ser
dado por aquellos esposos que, mediante el
compromiso común de la continencia periódica,
han llegado a una responsabilidad personal más
madura ante el amor y la vida. Como escribía
Pablo VI, «a ellos ha confiado el Señor la misión
de hacer visible ante los hombres la santidad y la
suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios,
autor de la vida humana»98.
2) La educación.
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la
vocación primordial de los esposos a participar en
la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el
amor y por amor una nueva persona, que tiene en
sí la vocación al crecimiento y al desarrollo,
asumen por eso mismo la obligación de ayudarla
eficazmente a vivir una vida plenamente humana.
Como ha recordado el Concilio Vaticano II:

97
Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de Liaison des
Equipes de Recherche», 9 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1035, cfr. también Discurso a los
Participantes en el Congreso Internacional de la Familia de Africa y de
Europa, 1 s. (15 de enero de 1981): L'Osservatore Romano en lengua
española, 1 de febrero de 1981.
98
Cart Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968), 499.

68
«Puesto que los padres han dado la vida a los
hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la
prole, y por tanto hay que reconocerlos como los
primeros y principales educadores de sus hijos.
Este deber de la educación familiar es de tanta
transcendencia que, cuando falta, difícilmente
puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear
un ambiente de familia animado por el amor, por
la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que
favorezca la educación íntegra personal y social
de los hijos. La familia es, por tanto, la primera
escuela de las virtudes sociales, que todas las
sociedades necesitan»99.
El derecho-deber educativo de los padres se
califica como esencial, relacionado como está con
la transmisión de la vida humana; como original y
primario, respecto al deber educativo de los demás,
por la unicidad de la relación de amor que
subsiste entre padres e hijos; como insustituible e
inalienable y que, por consiguiente, no puede ser
totalmente delegado o usurpado por otros.
Por encima de estas características, no puede
olvidarse que el elemento más radical, que
determina el deber educativo de los padres, es el
amor paterno y materno que encuentra en la acción
educativa su realización, al hacer pleno y perfecto
el servicio a la vida. El amor de los padres se
transforma de fuente en alma, y por consiguiente,
99
Decl. sobre la educación cristiana de la juventud Gravissimum educationis,
3.

69
en norma, que inspira y guía toda la acción
educativa concreta, enriqueciéndola con los
valores de dulzura, constancia, bondad, servicio,
desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto
más precioso del amor.
Educar en los valores esenciales de la
vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a
menudo agravadas, de la acción educativa, los
padres deben formar a los hijos con confianza y
valentía en los valores esenciales de la vida
humana. Los hijos deben crecer en una justa
libertad ante los bienes materiales, adoptando un
estilo de vida sencillo y austero, convencidos de
que «el hombre vale más por lo que es que por lo
que tiene»100.
En una sociedad sacudida y disgregada por
tensiones y conflictos a causa del choque entre
los diversos individualismos y egoísmos, los hijos
deben enriquecerse no sólo con el sentido de la
verdadera justicia, que lleva al respeto de la
dignidad personal de cada uno, sino también y
más aún del sentido del verdadero amor, como
solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los
demás, especialmente a los más pobres y
necesitados. La familia es la primera y
fundamental escuela de socialidad; como
comunidad de amor, encuentra en el don de sí
100
Conc Ecum. Vat II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 35.

70
misma la ley que la rige y hace crecer. El don de
sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se
pone como modelo y norma del don de sí que
debe haber en las relaciones entre hermanos y
hermanas, y entre las diversas generaciones que
conviven en la familia. La comunión y la
participación vivida cotidianamente en la casa, en
los momentos de alegría y de dificultad,
representa la pedagogía más concreta y eficaz
para la inserción activa, responsable y fecunda de
los hijos en el horizonte más amplio de la
sociedad.
La educación para el amor como don de sí
mismo constituye también la premisa
indispensable para los padres, llamados a ofrecer
a los hijos una educación sexual clara y delicada.
Ante una cultura que «banaliza» en gran parte la
sexualidad humana, porque la interpreta y la vive
de manera reductiva y empobrecida,
relacionándola únicamente con el cuerpo y el
placer egoísta, el servicio educativo de los padres
debe basarse sobre una cultura sexual que sea
verdadera y plenamente personal. En efecto, la
sexualidad es una riqueza de toda la persona —
cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su
significado íntimo al llevar la persona hacia el don
de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber
fundamental de los padres, debe realizarse
siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa

71
como en los centros educativos elegidos y
controlados por ellos. En este sentido la Iglesia
reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela
tiene que observar cuando coopera en la
educación sexual, situándose en el espíritu mismo
que anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la
educación para la castidad, como virtud que
desarrolla la auténtica madurez de la persona y la
hace capaz de respetar y promover el «significado
esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres
cristianos reserven una atención y cuidado
especial —discerniendo los signos de la llamada
de Dios— a la educación para la virginidad, como
forma suprema del don de uno mismo que
constituye el sentido mismo de la sexualidad
humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la
dimensión sexual de la persona y sus valores
éticos, esta educación debe llevar a los hijos a
conocer y estimar las normas morales como
garantía necesaria y preciosa para un crecimiento
personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un
sistema de información sexual separado de los
principios morales y tan frecuentemente
difundido, el cual no sería más que una
introducción a la experiencia del placer y un
estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo
el camino al vicio desde los años de la inocencia.

72
Misión educativa y sacramento del
matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión
educativa, basada como se ha dicho en su
participación en la obra creadora de Dios, tiene
una fuente nueva y específica en el sacramento
del matrimonio, que los consagra a la educación
propiamente cristiana de los hijos, es decir, los
llama a participar de la misma autoridad y del
mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así
como del amor materno de la Iglesia, y los
enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los
otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los
hijos en su crecimiento humano y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del
matrimonio la dignidad y la llamada a ser un
verdadero y propio «ministerio» de la Iglesia al
servicio de la edificación de sus miembros. Tal es
la grandeza y el esplendor del ministerio
educativo de los padres cristianos, que santo
Tomás no duda en compararlo con el ministerio
de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan
la vida espiritual con un ministerio únicamente
espiritual: es la tarea del sacramento del orden;
otros hacen esto respecto de la vida a la vez
corporal y espiritual, y esto se realiza con el
sacramento del matrimonio, en el que el hombre y
la mujer se unen para engendrar la prole y
educarla en el culto a Dios»101.
101
Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, IV, 58.

73
La conciencia viva y vigilante de la misión
recibida con el sacramento del matrimonio
ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran
serenidad y confianza al servizio educativo de los
hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables
ante Dios que los llama y los envía a edificar la
Iglesia en los hijos. Así la familia de los
bautizados, convocada como iglesia doméstica
por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la
vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los
padres cristianos propongan a los hijos todos los
contenidos que son necesarios para la
maduración gradual de su personalidad desde un
punto de vista cristiano y eclesial. Seguirán pues
las líneas educativas recordadas anteriormente,
procurando mostrar a los hijos a cuán profundos
significados conducen la fe y la caridad de
Jesucristo. Además, la conciencia de que el Señor
confía a ellos el crecimiento de un hijo de Dios,
de un hermano de Cristo, de un templo del
Espíritu Santo, de un miembro de la Iglesia,
alentará a los padres cristianos en su tarea de
afianzar en el alma de los hijos el don de la gracia
divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el
contenido de la educación cristiana: «La cual no
persigue solamente la madurez propia de la
persona humana... sino que busca, sobre todo,

74
que los bautizados se hagan más conscientes cada
día del don recibido de la fe, mientras se inician
gradualmente en el conocimiento del misterio de
la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en
espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23), ante todo en la
acción litúrgica, formándose para vivir según el
hombre nuevo en justicia y santidad de verdad
(Ef 4, 22-24), y así lleguen al hombre perfecto, en
la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13), y
contribuyan al crecimiento del Cuerpo místico.
Conscientes, además, de su vocación,
acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza
que hay en ellos (cf. 1 Pe 3, 15) y a ayudar a la
configuración cristiana del mundo»102.(
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando
la línea conciliar ha presentado la misión
educativa de la familia cristiana como un
verdadero ministerio, por medio del cual se
transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de
que la misma vida de familia se hace itinerario de
fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela
de los seguidores de Cristo. En la familia
consciente de tal don, como escribió Pablo VI,
«todos los miembros evangelizan y son
evangelizados»103.
En virtud del ministerio de la educación los
padres, mediante el testimonio de su vida, son los
102
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 2.
103
Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.

75
primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos.
Es más, rezando con los hijos, dedicándose con
ellos a la lectura de la Palabra de Dios e
introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo —
eucarístico y eclesial— de Cristo mediante la
iniciación cristiana, llegan a ser plenamente
padres, es decir engendradores no sólo de la vida
corporal, sino también de aquella que, mediante la
renovación del Espíritu, brota de la Cruz y
Resurrección de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan
cumplir dignamente su ministerio educativo, los
Padres Sinodales han manifestado el deseo de que
se prepare un texto adecuado de catecismo para las
familias claro, breve y que pueda ser fácilmente
asimilado por todos. Las conferencias episcopales
han sido invitadas encarecidamente a
comprometerse en la realización de este
catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única
y exclusiva, comunidad educadora; la misma
dimensión comunitaria, civil y eclesial del hombre
exige y conduce a una acción más amplia y
articulada, fruto de la colaboración ordenada de
las diversas fuerzas educativas. Estas son
necesarias, aunque cada una puede y debe

76
intervenir con su competencia y con su
contribución propias104.
La tarea educativa de la familia cristiana tiene
por esto un puesto muy importante en la pastoral
orgánica; esto implica una nueva forma de
colaboración entre los padres y las comunidades
cristianas, entre los diversos grupos educativos y
los pastores. En este sentido, la renovación de la
escuela católica debe prestar una atención especial
tanto a los padres de los alumnos como a la
formación de una perfecta comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de
los padres a la elección de una educación
conforme con su fe religiosa.
El Estado y la Iglesia tienen la obligación de
dar a las familias todas las ayudas posibles, a fin
de que puedan ejercer adecuadamente sus
funciones educativas. Por esto tanto la Iglesia
como el Estado deben crear y promover las
instituciones y actividades que las familias piden
justamente, y la ayuda deberá ser proporcionada a
las insuficiencias de las familias. Por tanto, todos
aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas,
no deben olvidar nunca que los padres han sido
constituidos por Dios mismo como los primeros
y principales educadores de los hijos, y que su
derecho es del todo inalienable.

104
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 3.

77
Pero como complementario al derecho, se
pone el grave deber de los padres de
comprometerse a fondo en una relación cordial y
efectiva con los profesores y directores de las
escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías
contrarias a la fe cristiana, la familia junto con
otras familias, si es posible mediante formas de
asociación familiar, debe con todas las fuerzas y
con sabiduria ayudar a los jóvenes a no alejarse de
la fe. En este caso la familia tiene necesidad de
ayudas especiales por parte de los pastores de
almas, los cuales no deben olvidar que los padres
tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a
la comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en
un servicio a la vida que tiene muchas formas, de
las cuales la generación y la educación son las más
inmediatas, propias e insustituibles. En realidad,
cada acto de verdadero amor al hombre
testimonia y perfecciona la fecundidad espiritual
de la familia, porque es obediencia al dinamismo
interior y profundo del amor, como donación de
sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la
experiencia de la esterilidad física, deberán
orientarse hacia esta perspectiva, rica para todos
en valor y exigencias.

78
Las familias cristianas, que en la fe reconocen
a todos los hombres como hijos del Padre común
de los cielos, irán generosamente al encuentro de
los hijos de otras familias, sosteniéndoles y
amándoles no como extraños, sino como
miembros de la única familia de los hijos de Dios.
Los padres cristianos podrán así ensanchar su
amor más allá de los vínculos de la carne y de la
sangre, estrechando esos lazos que se basan en el
espíritu y que se desarrollan en el servicio
concreto a los hijos de otras familias, a menudo
necesitados incluso de lo más necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor
disponibilidad a la adopción y acogida de aquellos
hijos que están privados de sus padres o
abandonados por éstos. Mientras esos niños,
encontrando el calor afectivo de una familia,
pueden experimentar la cariñosa y solícita
paternidad de Dios, atestiguada por los padres
cristianos, y así crecer con serenidad y confianza
en la vida, la familia entera se enriquecerá con los
valores espirituales de una fraternidad más
amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su
incesante «creatividad», fruto maravilloso del
Espíritu de Dios, que abre el corazón para
descubrir las nuevas necesidades y sufrimientos
de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para
asumirlas y darles respuesta. En este marco se
presenta a las familias un vasto campo de acción;

79
en efecto, todavía más preocupante que el
abandono de los niños es hoy el fenómeno de la
marginación social y cultural, que afecta
duramente a los ancianos, a los enfermos, a los
minusválidos, a los drogadictos, a los
excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el
horizonte de la paternidad y maternidad de las
familias cristianas; un reto para su amor
espiritualmente fecundo viene de estas y tantas
otras urgencias de nuestro tiempo. Con las
familias y por medio de ellas, el Señor Jesús sigue
teniendo «compasión» de las multitudes.
III - PARTICIPACIÓN EN EL
DESARROLLO DE LA SOCIEDAD
La familia, célula primera y vital de la
sociedad
42. «El Creador del mundo estableció la
sociedad conyugal como origen y fundamento de
la sociedad humana»; la familia es por ello la
«célula primera y vital de la sociedad»105.
La familia posee vínculos vitales y orgánicos
con la sociedad, porque constituye su
fundamento y alimento continuo mediante su
función de servicio a la vida. En efecto, de la
familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran
en ella la primera escuela de esas virtudes sociales,

105
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.

80
que son el alma de la vida y del desarrollo de la
sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y
vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre
a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su
función social.
La vida familiar como experiencia de
comunión y participación
43. La misma experiencia de comunión y
participación, que debe caracterizar la vida diaria
de la familia, representa su primera y fundamental
aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la
comunidad familiar están inspiradas y guiadas por
la ley de la «gratuidad» que, respetando y
favoreciendo en todos y cada uno la dignidad
personal como único título de valor, se hace
acogida cordial, encuentro y diálogo,
disponibilidad desinteresada, servicio generoso y
solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura
comunión de personas en la familia se convierte
en la primera e insustituible escuela de socialidad,
ejemplo y estímulo para las relaciones
comunitarias más amplias en un clima de respeto,
justicia, diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los
Padres Sinodales, la familia constituye el lugar
natural y el instrumento más eficaz de
humanización y de personalización de la

81
sociedad: colabora de manera original y profunda
en la construcción del mundo, haciendo posible
una vida propiamente humana, en particular
custodiando y transmitiendo las virtudes y los
«valores». Como dice el Concilio Vaticano II, en
la familia «las distintas generaciones coinciden y
se ayudan mutuamente a lograr una mayor
sabiduría y a armonizar los derechos de las
personas con las demás exigencias de la vida
social»106.
Como consecuencia, de cara a una sociedad
que corre el peligro de ser cada vez más
despersonalizada y masificada, y por tanto
inhumana y deshumanizadora, con los resultados
negativos de tantas formas de «evasión» —como
son, por ejemplo, el alcoholismo, la droga y el
mismo terrorismo—, la familia posee y comunica
todavía hoy energías formidables capaces de sacar
al hombre del anonimato, de mantenerlo
consciente de su dignidad personal, de
enriquecerlo con profunda humanidad y de
inserirlo activamente con su unicidad e
irrepetibilidad en el tejido de la sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede
ciertamente reducirse a la acción procreadora y
educativa, aunque encuentra en ella su primera e
insustituible forma de expresión.
106
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 52.

82
Las familias, tanto solas como asociadas,
pueden y deben por tanto dedicarse a muchas
obras de servicio social, especialmente en favor
de los pobres y de todas aquellas personas y
situaciones, a las que no logra llegar la
organización de previsión y asistencia de las
autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su
originalidad, que exige se la conozca mejor y se la
apoye más decididamente, sobre todo a medida
que los hijos crecen, implicando de hecho lo más
posible a todos sus miembros107.
En especial hay que destacar la importancia
cada vez mayor que en nuestra sociedad asume la
hospitalidad, en todas sus formas, desde el abrir la
puerta de la propia casa, y más aún la del propio
corazón, a las peticiones de los hermanos, al
compromiso concreto de asegurar a cada familia
su casa, como ambiente natural que la conserva y
la hace crecer. Sobre todo, la familia cristiana está
llamada a escuchar el consejo del Apóstol: «Sed
solícitos en la hospitalidad» 108, y por consiguiente
en practicar la acogida del hermano necesitado,
imitando el ejemplo y compartiendo la caridad de
Cristo: «El que diere de beber a uno de estos
pequeños sólo un vaso de agua fresca porque es

107
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.
108
Rom 12, 13.

83
mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su
recompensa»109.
La función social de las familias está llamada
a manifestarse también en la forma de
intervención política, es decir, las familias deben
ser las primeras en procurar que las leyes y las
instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino
que sostengan y defiendan positivamente los
derechos y los deberes de la familia. En este
sentido las familias deben crecer en la conciencia
de ser «protagonistas» de la llamada «política
familiar», y asumirse la responsabilidad de
transformar la sociedad; de otro modo las familias
serán las primeras víctimas de aquellos males que
se han limitado a observar con indiferencia. La
llamada del Concilio Vaticano II a superar la ética
individualista vale también para la familia como
tal110.
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la
sociedad, de la misma manera que exige la
apertura y la participación de la familia en la
sociedad y en su desarrollo, impone también que
la sociedad no deje de cumplir su deber
fundamental de respetar y promover la familia
misma.

109
Mt 10, 42.
110
Cfr. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
30.

84
Ciertamente la familia y la sociedad tienen
una función complementaria en la defensa y en la
promoción del bien de todos los hombres y de
cada hombre. Pero la sociedad, y más
específicamente el Estado, deben reconocer que
la familia es una «sociedad que goza de un
derecho propio y primordial» 111 y por tanto, en
sus relaciones con la familia, están gravemente
obligados a atenerse al principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no
puede ni debe substraer a las familias aquellas
funciones que pueden igualmente realizar bien,
por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer
positivamente y estimular lo más posible la
iniciativa responsable de las familias. Las
autoridades públicas, convencidas de que el bien
de la familia constituye un valor indispensable e
irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer
cuanto puedan para asegurar a las familias todas
aquellas ayudas —económicas, sociales,
educativas, políticas, culturales— que necesitan
para afrontar de modo humano todas sus
responsabilidades.
Carta de los derechos de la familia
46. El ideal de una recíproca acción de apoyo
y desarrollo entre la familia y la sociedad choca a
menudo, y en medida bastante grave, con la

111
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la libertad religiosa Dignitatis
humanae, 5.

85
realidad de su separación e incluso de su
contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado
continuamente, la situación que muchas familias
encuentran en diversos países es muy
problemática, si no incluso claramente negativa:
instituciones y leyes desconocen injustamente los
derechos inviolables de la familia y de la misma
persona humana, y la sociedad, en vez de ponerse
al servicio de la familia, la ataca con violencia en
sus valores y en sus exigencias fundamentales. De
este modo la familia, que, según los planes de
Dios, es célula básica de la sociedad, sujeto de
derechos y deberes antes que el Estado y
cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus
intervenciones y más aún de sus injusticias
notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y
vigorosamente los derechos de la familia contra
las usurpaciones intolerables de la sociedad y del
Estado. En concreto, los Padres Sinodales han
recordado, entre otros, los siguientes derechos de
la familia:
 a existir y progresar como familia, es
decir, el derecho de todo hombre,
especialmente aun siendo pobre, a fundar
una familia, y a tener los recursos
apropiados para mantenerla;

86
 a ejercer su responsabilidad en el campo
de la transmisión de la vida y a educar a
los hijos;
 a la intimidad de la vida conyugal y
familiar;
 a la estabilidad del vínculo y de la
institución matrimonial;
 a creer y profesar su propia fe, y a
difundirla;
 a educar a sus hijos de acuerdo con las
propias tradiciones y valores religiosos y
culturales, con los instrumentos, medios e
instituciones necesarias;
 a obtener la seguridad física, social,
política y económica, especialmente de los
pobres y enfermos;
 el derecho a una vivienda adecuada, para
una vida familiar digna;
 el derecho de expresión y de
representación ante las autoridades
públicas, económicas, sociales, culturales
y ante las inferiores, tanto por sí misma
como por medio de asociaciones;

87
 a crear asociaciones con otras familias e
instituciones, para cumplir adecuada y
esmeradamente su misión;
 a proteger a los menores, mediante
instituciones y leyes apropiadas, contra los
medicamentos perjudiciales, la
pornografía, el alcoholismo, etc.;
 el derecho a un justo tiempo libre que
favorezca, a la vez, los valores de la
familia;
 el derecho de los ancianos a una vida y a
una muerte dignas;
el derecho a emigrar como familia, para
buscar mejores condiciones de vida112.
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita
del Sínodo, se encargará de estudiar
detenidamente estas sugerencias, elaborando una
«Carta de los derechos de la familia», para
presentarla a los ambientes y autoridades
interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia
cristiana
47. La función social propia de cada familia
compete, por un título nuevo y original, a la
familia cristiana, fundada sobre el sacramento del
matrimonio. Este sacramento, asumiendo la
112
Cfr. Propositio 42.

88
realidad humana del amor conyugal en todas sus
implicaciones, capacita y compromete a los
esposos y a los padres cristianos a vivir su
vocación de laicos, y por consiguiente a «buscar el
reino de Dios gestionando los asuntos temporales
y ordenándolos según Dios»113.
El cometido social y político forma parte de
la misión real o de servicio, en la que participan
los esposos cristianos en virtud del sacramento
del matrimonio, recibiendo a la vez un mandato
al que no pueden sustraerse y una gracia que los
sostiene y los anima.
De este modo la familia cristiana está llamada
a ofrecer a todos el testimonio de una entrega
generosa y desinteresada a los problemas sociales,
mediante la «opción preferencial» por los pobres
y los marginados. Por eso la familia, avanzando
en el seguimiento del Señor mediante un amor
especial hacia todos los pobres, debe preocuparse
especialmente de los que padecen hambre, de los
indigentes, de los ancianos, los enfermos, los
drogadictos o los que están sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy
caracteriza a los diversos problemas sociales, la
familia ve que se dilata de una manera totalmente
nueva su cometido ante el desarrollo de la
sociedad; se trata de cooperar también a
113
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
31.

89
establecer un nuevo orden internacional, porque
sólo con la solidaridad mundial se pueden
afrontar y resolver los enormes y dramáticos
problemas de la justicia en el mundo, de la
libertad de los pueblos y de la paz de la
humanidad.
La comunión espiritual de las familias
cristianas, enraizadas en la fe y esperanza común
y vivificadas por la caridad, constituye una energía
interior que origina, difunde y desarrolla justicia,
reconciliación, fraternidad y paz entre los
hombres. La familia cristiana, como «pequeña
Iglesia», está llamada, a semejanza de la «gran
Iglesia», a ser signo de unidad para el mundo y a
ejercer de ese modo su función profética, dando
testimonio del Reino y de la paz de Cristo, hacia
el cual el mundo entero está en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto
tanto por medio de su acción educadora, es decir,
ofreciendo a los hijos un modelo de vida fundado
sobre los valores de la verdad, libertad, justicia y
amor, bien sea con un compromiso activo y
responsable para el crecimiento auténticamente
humano de la sociedad y de sus instituciones,
bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los
problemas del orden internacional.
IV - PARTICIPACIÓN EN LA VIDA Y
MISIÓN DE LA IGLESIA
La familia en el misterio de la Iglesia

90
49. Entre los cometidos fundamentales de la
familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que
ella está puesta al servicio de la edificación del
Reino de Dios en la historia, mediante la
participación en la vida y misión de la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos,
contenidos y características de tal participación,
hay que examinar a fondo los múltiples y
profundos vínculos que unen entre sí a la Iglesia y
a la familia cristiana, y que hacen de esta última
como una «Iglesia en miniatura» (Ecclesia
domestica)114 de modo que sea, a su manera, una
imagen viva y una representación histórica del
misterio mismo de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que
engendra, educa, edifica la familia cristiana,
poniendo en práctica para con la misma la misión
de salvación que ha recibido de su Señor. Con el
anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a
la familia cristiana su verdadera identidad, lo que
es y debe ser según el plan del Señor; con la
celebración de los sacramentos, la Iglesia
enriquece y corrobora a la familia cristiana con la
gracia de Cristo, en orden a su santificación para
la gloria del Padre; con la renovada proclamación
del mandamiento nuevo de la caridad, la Iglesia
anima y guía a la familia cristiana al servicio del
114
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11; Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 11;
Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo de los Obispos, 3
(26 de septiembre de 1980): AAS 72 (1980), 1008.

91
amor, para que imite y reviva el mismo amor de
donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre
hacia toda la humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada
de tal forma en el misterio de la Iglesia que
participa, a su manera, en la misión de salvación
que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres
cristianos, en virtud del sacramento, «poseen su
propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su
estado y forma de vida» 115. Por eso no sólo
«reciben» el amor de Cristo, convirtiéndose en
comunidad «salvada», sino que están también
llamados a «transmitir» a los hermanos el mismo
amor de Cristo, haciéndose así comunidad
«salvadora». De esta manera, a la vez que es fruto
y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia,
la familia cristiana se hace símbolo, testimonio y
participación de la maternidad de la Iglesia116.
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar
parte viva y responsable en la misión de la Iglesia
de manera propia y original, es decir, poniendo a
servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser
y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de
amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos
vínculos son renovados por Cristo mediante la fe
115
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11.
116
Cfr. Ibid., 41.

92
y los sacramentos, su participación en la misión
de la Iglesia debe realizarse según una modalidad
comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto
pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de
vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser
en la fe «un corazón y un alma sola» 117, mediante
el común espíritu apostólico que los anima y la
colaboración que los empeña en las obras de
servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino
de Dios en la historia mediante esas mismas
realidades cotidianas que tocan y distinguen su
condición de vida. Es por ello en el amor conyugal y
familiar —vivido en su extraordinaria riqueza de
valores y exigencias de totalidad, unicidad,
fidelidad y fecundidad118— donde se expresa y
realiza la participación de la familia cristiana en la
misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y
de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo
tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia
cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando
dice: «La familia hará partícipes a otras familias,
generosamente, de sus riquezas espirituales. Así
es como la familia cristiana, cuyo origen está en el
matrimonio, que es imagen y participación de la
alianza de amor entre Cristo y la Iglesia,
manifestará a todos la presencia viva del Salvador
117
Act 4, 32.
118
Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968), 486 s.

93
en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia,
ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad
y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación
amorosa de todos sus miembros»119.
Puesto así el fundamento de la participación de
la familia cristiana en la misión eclesial, hay que
poner de manifiesto ahora su contenido en la triple
unitaria referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey,
presentando por ello la familia cristiana como 1)
comunidad creyente y evangelizadora, 2)
comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al
servicio del hombre.
1) La familia cristiana, comunidad creyente y
evangelizadora
La fe, descubrimiento y admiración del
plan de Dios sobre la familia
51. Dado que participa de la vida y misión de
la Iglesia, la cual escucha religiosamente la Palabra
de Dios y la proclama con firme confianza 120, la
familia cristiana vive su cometido profético acogiendo y
anunciando la Palabra de Dios. Se hace así, cada día
más, una comunidad creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se
exige la obediencia a la fe121, ya que son llamados
a acoger la Palabra del Señor que les revela la
estupenda novedad —la Buena Nueva— de su
119
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 48.
120
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la divina revelación
Dei Verbum, 1.
121
Cfr. Rom 16, 26.

94
vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho
santa y santificadora. En efecto, solamente
mediante la fe ellos pueden descubrir y admirar
con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado
Dios el matrimonio y la familia, constituyéndolos
en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios
y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa
suya. La misma preparación al matrimonio
cristiano se califica ya como un itinerario de fe.
Es, en efecto, una ocasión privilegiada para que
los novios vuelvan a descubrir y profundicen la fe
recibida en el Bautismo y alimentada con la
educación cristiana. De esta manera reconocen y
acogen libremente la vocación a vivir el
seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de
Dios en el estado matrimonial.
El momento fundamental de la fe de los
esposos está en la celebración del sacramento del
matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es
la proclamación, dentro de la Iglesia, de la Buena
Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de
Dios que «revela» y «culmina» el proyecto sabio y
amoroso que Dios tiene sobre los esposos,
llamados a la misteriosa y real participación en el
amor mismo de Dios hacia la humanidad. Si la
celebración sacramental del matrimonio es en sí
misma una proclamación de la Palabra de Dios en
cuanto son por título diverso protagonistas y
celebrantes, debe ser una «profesión de fe» hecha
dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes.

95
Esta profesión de fe ha de ser continuada en
la vida de los esposos y de la familia. En efecto,
Dios que ha llamado a los esposos «al»
matrimonio, continúa a llamarlos «en el»
matrimonio122. Dentro y a través de los hechos,
los problemas, las dificultades, los
acontecimientos de la existencia de cada día, Dios
viene a ellos, revelando y proponiendo las
«exigencias» concretas de su participación en el
amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la
particular situación —familiar, social y eclesial—
en la que se encuentran. El descubrimiento y la
obediencia al plan de Dios deben hacerse «en
conjunto» por parte de la comunidad conyugal y
familiar, a través de la misma experiencia humana
del amor vivido en el Espíritu de Cristo entre los
esposos, entre los padres y los hijos.
Para esto, también la pequeña Iglesia
doméstica, como la gran Iglesia, tiene necesidad
de ser evangelizada continua e intensamente. De
ahí deriva su deber de educación permanente en
la fe.
Ministerio de evangelización de la familia
cristiana
52. En la medida en que la familia cristiana
acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace
comunidad evangelizadora. Escuchemos de
nuevo a Pablo VI: «La familia, al igual que la

122
Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968), 498.

96
Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es
transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de
esta misión, todos los miembros de la misma
evangelizan y son evangelizados. Los padres no
sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que
pueden a su vez recibir de ellos este mismo
Evangelio profundamente vivido... Una familia
así se hace evangelizadora de otras muchas
familias y del ambiente en que ella vive»123.
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi
llamada lanzada en Puebla, la futura
evangelización depende en gran parte de la Iglesia
doméstica124. Esta misión apostólica de la familia
está enraizada en el Bautismo y recibe con la
gracia sacramental del matrimonio una nueva
fuerza para transmitir la fe, para santificar y
transformar la sociedad actual según el plan de
Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una
especial vocación a ser testigo de la alianza
pascual de Cristo, mediante la constante
irradiación de la alegría del amor y de la certeza
de la esperanza, de la que debe dar razón: «La
familia cristiana proclama en voz alta tanto las

123
Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
124
Cfr. Discurso a la III Asamblea General de los Obispos de América
Latina, IV a) (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.

97
presentes virtudes del reino de Dios como la
esperanza de la vida bienaventurada»125.
La absoluta necesidad de la catequesis
familiar surge con singular fuerza en
determinadas situaciones, que la Iglesia constata
por desgracia en diversos lugares: «En los lugares
donde una legislación antirreligiosa pretende
incluso impedir la educación en la fe, o donde ha
cundido la incredulidad o ha penetrado el
secularismo hasta el punto de resultar
prácticamente imposible una verdadera creencia
religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito
donde los niños y los jóvenes pueden recibir una
auténtica catequesis»126.
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los
padres cristianos es original e insustituible y
asume las características típicas de la vida familiar,
hecha, como debería estar, de amor, sencillez,
concreción y testimonio cotidiano127.
La familia debe formar a los hijos para la
vida, de manera que cada uno cumpla en plenitud
su cometido, de acuerdo con la vocación recibida
de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta
a los valores transcendentes, que sirve a los
hermanos en la alegría, que cumple con generosa

125
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
35.
126
Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 68: AAS 71 (1979), 1334.
127
Cfr. Ibid., 36: l.c., 1308.

98
fidelidad sus obligaciones y es consciente de su
cotidiana participación en el misterio de la cruz
gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y
mejor seminario de vocaciones a la vida
consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis
de los padres debe acompañar la vida de los hijos
también durante su adolescencia y juventud,
cuando ellos, como sucede con frecuencia,
contestan o incluso rechazan la fe cristiana
recibida en los primeros años de su vida. Y así
como en la Iglesia no se puede separar la obra de
evangelización del sufrimiento del apóstol, así
también en la familia cristiana los padres deben
afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu
las dificultades que halla a veces en los mismos
hijos su ministerio de evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a
cabo por los cónyuges y padres cristianos en
favor del Evangelio es esencialmente un servicio
eclesial, es decir, que se realiza en el contexto de
la Iglesia entera en cuanto comunidad
evangelizada y evangelizadora. En cuanto
enraizado y derivado de la única misión de la
Iglesia y en cuanto ordenado a la edificación del
único Cuerpo de Cristo128, el ministerio de
evangelización y de catequesis de la Iglesia
doméstica ha de quedar en íntima comunión y ha
de armonizarse responsablemente con los otros
128
Cfr. 1 Cor 12, 4-6; Ef 4, 12 s.

99
servicios de evangelización y de catequesis
presentes y operantes en la comunidad eclesial,
tanto diocesana como parroquial.
Predicar el Evangelio a toda criatura
54. La universalidad sin fronteras es el
horizonte propio de la evangelización, animada
interiormente por el afán misionero, ya que es de
hecho la respuesta a la explícita e inequívoca
consigna de Cristo: «Id por el mundo y predicad
el Evangelio a toda criatura»129.
También la fe y la misión evangelizadora de
la familia cristiana poseen esta dimensión
misionera católica. El sacramento del matrimonio
que plantea con nueva fuerza el deber arraigado
en el bautismo y en la confirmación de defender y
difundir la fe130, constituye a los cónyuges y
padres cristianos en testigos de Cristo «hasta los
últimos confines de la tierra»131, como verdaderos
y propios misioneros» del amor y de la vida.
Una cierta forma de actividad misionera
puede ser desplegada ya en el interior de la
familia. Esto sucede cuando alguno de los
componentes de la misma no tiene fe o no la
practica con coherencia. En este caso, los
parientes deben ofrecerles tal testimonio de vida

129
Mc 16, 15.
130
Cfr. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 11.
131
Act 1, 8.

100
que los estimule y sostenga en el camino hacia la
plena adhesión a Cristo Salvador132.
Animada por el espíritu misionero en su
propio interior, la Iglesia doméstica está llamada a
ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y
de su amor incluso para los «alejados», para las
familias que no creen todavía y para las familias
cristianas que no viven coherentemente la fe
recibida. Está llamada «con su ejemplo y
testimonio» a iluminar «a los que buscan la
verdad»133.
Así como ya al principio del cristianismo
Aquila y Priscila se presentaban como una pareja
misionera134, así también la Iglesia testimonia hoy
su incesante novedad y vigor con la presencia de
cónyuges y familias cristianas que, al menos
durante un cierto período de tiempo, van a tierras
de misión a anunciar el Evangelio, sirviendo al
hombre por amor de Jesucristo.
Las familias cristianas dan una contribución
particular a la causa misionera de la Iglesia,
cultivando la vocación misionera en sus propios
hijos e hijas135 y, de manera más general, con una
obra educadora que prepare a sus hijos, desde la
132
Cfr. 1 Pe 3, 1 s.
133
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 35; Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 11.
134
Cfr. Act 18; Rom 16, 3 s.
135
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la actividad misionera de la
Iglesia Ad gentes, 39.

101
juventud «para conocer el amor de Dios hacia
todos los hombres»136.
2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con
Dios
El santuario doméstico de la Iglesia
55. El anuncio del Evangelio y su acogida
mediante la fe encuentran su plenitud en la
celebración sacramental. La Iglesia, comunidad
creyente y evangelizadora, es también pueblo
sacerdotal, es decir, revestido de la dignidad y
partícipe de la potestad de Cristo, Sumo
Sacerdote de la nueva y eterna Alianza137.
También la familia cristiana está inserta en la
Iglesia, pueblo sacerdotal, mediante el sacramento
del matrimonio, en el cual está enraizada y de la
que se alimenta, es vivificada continuamente por
el Señor y es llamada e invitada al diálogo con
Dios mediante la vida sacramental, el
ofrecimiento de la propia vida y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia
cristiana puede y debe ejercer en íntima
comunión con toda la Iglesia, a través de las
realidades cotidianas de la vida conyugal y
familiar. De esta manera la familia cristiana es
llamada a santificarse y a santificar a la comunidad
eclesial y al mundo.

136
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 30.
137
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 10.

102
El matrimonio, sacramento de mutua
santificación y acto de culto
56. Fuente y medio original de santificación
propia para los cónyuges y para la familia cristiana
es el sacramento del matrimonio, que presupone
y especifica la gracia santificadora del bautismo.
En virtud del misterio de la muerte y resurrección
de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se
sitúa de nuevo, el amor conyugal es purificado y
santificado: «El Señor se ha dignado sanar este
amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don
especial de la gracia y la caridad»138.
El don de Jesucristo no se agota en la
celebración del sacramento del matrimonio, sino
que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda
su existencia. Lo recuerda explícitamente el
Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo
«permanece con ellos para que los esposos, con
su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad,
como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por
ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir
dignamente sus deberes de estado, están
fortificados y como consagrados por un
sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir
su misión conyugal y familiar, imbuidos del
espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe,
esperanza y caridad, llegan cada vez más a su
propia perfección y a su mutua santificación, y,
138
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 49.

103
por tanto, conjuntamente, a la glorificación de
Dios»139.
La vocación universal a la santidad está
dirigida también a los cónyuges y padres
cristianos. Para ellos está especificada por el
sacramento celebrado y traducida concretamente
en las realidades propias de la existencia conyugal
y familiar140. De ahí nacen la gracia y la exigencia
de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y
familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la
creación, de la alianza, de la cruz, de la
resurrección y del signo, de los que se ha ocupado
en más de una ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los
sacramentos que «están ordenados a la
santificación de los hombres, a la edificación del
Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a
Dios»141, es en sí mismo un acto litúrgico de
glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia.
Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su
gratitud a Dios por el bien sublime que se les da
de poder revivir en su existencia conyugal y
familiar el amor mismo de Dios por los hombres
y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los
cónyuges el don y el deber de vivir
139
Ibid., 48.
140
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 41.
141
Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 59.

104
cotidianamente la santificación recibida, del
mismo sacramento brotan también la gracia y el
compromiso moral de transformar toda su vida
en un continuo sacrificio espiritual 142. También a
los esposos y padres cristianos, de modo especial
en esas realidades terrenas y temporales que los
caracterizan, se aplican las palabras del Concilio:
«También los laicos, como adoradores que en
todo lugar actúan santamente, consagran el
mundo mismo a Dios»143.
Matrimonio y Eucaristía
57. El deber de santificación de la familia
cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y su
expresión máxima en la Eucaristía, a la que está
íntimamente unido el matrimonio cristiano. El
Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve
la especial relación existente entre la Eucaristía y
el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste
se celebre «dentro de la Misa»144. Volver a
encontrar y profundizar tal relación es del todo
necesario, si se quiere comprender y vivir con
mayor intensidad la gracia y las responsabilidades
del matrimonio y de la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del
matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio
eucarístico representa la alianza de amor de Cristo
142
Cfr. 1 Pe 2, 5; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 34.
143
Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
34.
144
Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 78.

105
con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de
la cruz145. Y en este sacrificio de la Nueva y
Eterna Alianza los cónyuges cristianos
encuentran la raíz de la que brota, que configura
interiormente y vivifica desde dentro, su alianza
conyugal. En cuanto representación del sacrificio
de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es
manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la
caridad la familia cristiana halla el fundamento y
el alma de su «comunión» y de su «misión», ya
que el Pan eucarístico hace de los diversos
miembros de la comunidad familiar un único
cuerpo, revelación y participación de la más
amplia unidad de la Iglesia; además, la
participación en el Cuerpo «entregado» y en la
Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente
inagotable del dinamismo misionero y apostólico
de la familia cristiana.
El sacramento de la conversión y
reconciliación
58. Parte esencial y permanente del cometido
de santificación de la familia cristiana es la
acogida de la llamada evangélica a la conversión,
dirigida a todos los cristianos que no siempre
permanecen fieles a la «novedad» del bautismo
que los ha hecho «santos». Tampoco la familia es
siempre coherente con la ley de la gracia y de la
santidad bautismal, proclamada nuevamente en el
sacramento del matrimonio.
145
Cfr. Jn 19, 34.

106
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro
de la familia cristiana que tanta parte tienen en la
vida cotidiana, hallan su momento sacramental
específico en la Penitencia cristiana. Respecto de
los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la
encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les
sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que
recurran con humilde perseverancia a la
misericordia de Dios, que se concede en el
Sacramento de la Penitencia»146.
La celebración de este sacramento adquiere
un significado particular para la vida familiar. En
efecto, mientras mediante la fe descubren cómo
el pecado contradice no sólo la alianza con Dios,
sino también la alianza de los cónyuges y la
comunión de la familia, los esposos y todos los
miembros de la familia son alentados al encuentro
con Dios «rico en misericordia»147, el cual,
infundiendo su amor más fuerte que el pecado 148,
reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la
comunión familiar.
La plegaria familiar
59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la
educa para que viva en generosa coherencia con
el don y el cometido sacerdotal recibidos de
Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio

146
N. 25: AAS 60 (1968), 499.
147
Ef 2, 4.
148
Cfr. Juan Pablo II, Cart. Encíclica Dives in misericordia, 13: AAS 72
(1980), 1218 s.

107
bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-
sacramento, constituye para los cónyuges y para
la familia el fundamento de una vocación y de
una misión sacerdotal, mediante la cual su misma
existencia cotidiana se transforma en «sacrificio
espiritual aceptable a Dios por Jesucristo» 149. Esto
sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía
y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí
mismos para gloria de Dios, sino también con la
vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido
al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu
Santo.
La plegaria familiar tiene características
propias. Es una oración hecha en común, marido
y mujer juntos, padres e hijos juntos. La
comunión en la plegaria es a la vez fruto y
exigencia de esa comunión que deriva de los
sacramentos del bautismo y del matrimonio. A
los miembros de la familia cristiana pueden
aplicarse de modo particular las palabras con las
cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Os
digo en verdad que si dos de vosotros
conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier
cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los
cielos. Porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos»150.

149
1 Pe 2, 5.
150
Mt 18, 19 s.

108
Esta plegaria tiene como contenido original
la misma vida de familia que en las diversas
circunstancias es interpretada como vocación de
Dios y es actuada como respuesta filial a su
llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas,
nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la
boda de los padres, partidas, alejamientos y
regresos, elecciones importantes y decisivas,
muerte de personas queridas, etc., señalan la
intervención del amor de Dios en la historia de la
familia, como deben también señalar el momento
favorable de acción de gracias, de imploración, de
abandono confiado de la familia al Padre común
que está en los cielos. Además, la dignidad y
responsabilidades de la familia cristiana en cuanto
Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas
con la ayuda incesante de Dios, que será
concedida sin falta a cuantos la pidan con
humildad y confianza en la oración.
Maestros de oración
60. En virtud de su dignidad y misión, los
padres cristianos tienen el deber específico de
educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos
progresivamente al descubrimiento del misterio
de Dios y del coloquio personal con Él: «Sobre
todo en la familia cristiana, enriquecida con la
gracia y los deberes del sacramento del
matrimonio, importa que los hijos aprendan
desde los primeros años a conocer y a adorar a

109
Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el
bautismo»151.
Elemento fundamental e insustituible de la
educación a la oración es el ejemplo concreto, el
testimonio vivo de los padres; sólo orando junto
con sus hijos, el padre y la madre, mientras
ejercen su propio sacerdocio real, calan
profundamente en el corazón de sus hijos,
dejando huellas que los posteriores
acontecimientos de la vida no lograrán borrar.
Escuchemos de nuevo la llamada que Pablo VI
ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres,
¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del
cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los
sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos
de la primera edad: confesión, comunión,
confirmación? ¿Los acostumbráis, si están
enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A
invocar la ayuda de la Virgen y de los santos?
¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres,
¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la
comunidad doméstica, al menos alguna vez?
Vuestro ejemplo, en la rectitud del pensamiento y
de la acción, apoyado por alguna oración común
vale una lección de vida, vale un acto de culto de
un mérito singular; lleváis de este modo la paz al

151
Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la juventud
Gravissimum educationis, 3; cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae,
36: AAS 71 (1979), 1308.

110
interior de los muros domésticos: "Pax huic
domui". Recordad: así edificáis la Iglesia»152.
Plegaria litúrgica y privada
61. Hay una relación profunda y vital entre la
oración de la Iglesia y la de cada uno de los fieles,
como ha confirmado claramente el Concilio
Vaticano II153. Una finalidad importante de la
plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir
para los hijos la introducción natural a la oración
litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de
preparar a ella y de extenderla al ámbito de la vida
personal, familiar y social. De aquí deriva la
necesidad de una progresiva participación de
todos los miembros de la familia cristiana en la
Eucaristía, sobre todo los domingos y días
festivos, y en los otros sacramentos, de modo
particular en los de la iniciación cristiana de los
hijos. Las directrices conciliares han abierto una
nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha
sido colocada entre los grupos a los que se
recomienda la celebración comunitaria del Oficio
divino154. Pondrán asimismo cuidado las familias
cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera
adecuada a sus miembros, los tiempos y
festividades del año litúrgico.

152
Discurso en la Audiencia general (11 de agosto de 1976): Insegnamenti di
Paolo VI, XIV (1976), 640.
153
Cfr. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 12.
154
Cfr. Institutio Generalis de Liturgia Horarum, 27.

111
Para preparar y prolongar en casa el culto
celebrado en la iglesia, la familia cristiana recurre
a la oración privada, que presenta gran variedad
de formas. Esta variedad, mientras testimonia la
riqueza extraordinaria con la que el Espíritu
anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas
exigencias y situaciones de vida de quien recurre
al Señor. Además de las oraciones de la mañana y
de la noche, hay que recomendar explícitamente
—siguiendo también las indicaciones de los
Padres Sinodales— la lectura y meditación de la
Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos,
la devoción y consagración al Corazón de Jesús,
las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la
bendición de la mesa, las expresiones de la
religiosidad popular.
Dentro del respeto debido a la libertad de los
hijos de Dios, la Iglesia ha propuesto y continúa
proponiendo a los fieles algunas prácticas de
piedad en las que pone una particular solicitud e
insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo del
rosario: «Y ahora, en continuidad de intención
con nuestros Predecesores, queremos
recomendar vivamente el rezo del santo Rosario
en familia ... no cabe duda de que el Rosario a la
Santísima Virgen debe ser considerado como una
de las más excelentes y eficaces oraciones
comunes que la familia cristiana está invitada a
rezar. Nos queremos pensar y deseamos
vivamente que cuando un encuentro familiar se

112
convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su
expresión frecuente y preferida»155. Así la
auténtica devoción mariana, que se expresa en la
unión sincera y en el generoso seguimiento de las
actitudes espirituales de la Virgen Santísima,
constituye un medio privilegiado para alimentar la
comunión de amor de la familia y para desarrollar
la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la
Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de
manera especial la Madre de las familias cristianas,
de las Iglesias domésticas.
Plegaria y vida
62. No hay que olvidar nunca que la oración
es parte constitutiva y esencial de la vida cristiana
considerada en su integridad y profundidad. Más
aún, pertenece a nuestra misma «humanidad» y es
«la primera expresión de la verdad interior del
hombre, la primera condición de la auténtica
libertad del espíritu»156.
Por ello la plegaria no es una evasión que
desvía del compromiso cotidiano, sino que
constituye el empuje más fuerte para que la
familia cristiana asuma y ponga en práctica
plenamente sus responsabilidades como célula
primera y fundamental de la sociedad humana.
En ese sentido, la efectiva participación en la vida
y misión de la Iglesia en el mundo es
155
Pablo VI, Exhort. Ap. Marialis cultus, 52-54: AAS 66 (1974), 160 s.
156
Juan Pablo II, Discurso en el Santuario de la Mentorella (29 de octubre
de 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), 78 s.

113
proporcional a la fidelidad e intensidad de la
oración con la que la familia cristiana se una a la
Vid fecunda, que es Cristo157.
De la unión vital con Cristo, alimentada por
la liturgia, de la ofrenda de sí mismo y de la
oración deriva también la fecundidad de la familia
cristiana en su servicio específico de promoción
humana, que no puede menos de llevar a la
transformación del mundo158.
3 ) La familia cristiana, comunidad al servicio del
hombre
El nuevo mandamiento del amor
63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y
real, tiene la misión de llevar a todos los hombres
a acoger con fe la Palabra de Dios, a celebrarla y
profesarla en los sacramentos y en la plegaria, y
finalmente a manifestarla en la vida concreta
según el don y el nuevo mandamiento del amor.
La vida cristiana encuentra su ley no en un
código escrito, sino en la acción personal del
Espíritu Santo que anima y guía al cristiano, es
decir, en «la ley del espíritu de vida en Cristo
Jesús»159: «el amor de Dios se ha derramado en

157
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 4.
158
Cfr. Juan Pablo I, Discurso a los Obispos de la XII Región Pastoral de
los Estados Unidos de América (21 de septiembre de 1978):AAS 70
(1978), 767.
159
Rom 8, 2.

114
nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo,
que nos ha sido dado»160.
Esto vale también para la pareja y para la
familia cristiana: su guía y norma es el Espíritu de
Jesús, difundido en los corazones con la
celebración del sacramento del matrimonio. En
continuidad con el bautismo de agua y del
Espíritu, el matrimonio propone de nuevo la ley
evangélica del amor, y con el don del Espíritu la
graba más profundamente en el corazón de los
cónyuges cristianos. Su amor, purificado y
salvado, es fruto del Espíritu que actúa en el
corazón de los creyentes y se pone a la vez como
el mandamiento fundamental de la vida moral
que es una exigencia de su libertad responsable.
La familia cristiana es así animada y guiada
por la ley nueva del Espíritu y en íntima
comunión con la Iglesia, pueblo real, es llamada a
vivir su «servicio» de amor a Dios y a los
hermanos. Como Cristo ejerce su potestad real
poniéndose al servicio de los hombres161, así
también el cristiano encuentra el auténtico
sentido de su participación en la realeza de su
Señor, compartiendo su espíritu y su actitud de
servicio al hombre: «Este poder lo comunicó a
sus discípulos, para que también ellos queden
constituidos en soberana libertad, y por su
abnegación y santa vida venzan en sí mismos el
160
Ibid., 5, 5.
161
Cfr. Mc 10, 45.

115
reino del pecado (cf. Rom 6, 12). Más aún, para
que sirviendo a Cristo también en los demás,
conduzcan con humildad y paciencia a sus
hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar.
También por medio de los fieles laicos el Señor
desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino
de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de
paz. Un reino en el cual la misma creación será
liberada de la servidumbre de la corrupción para
participar en la libertad de la gloria de los hijos de
Dios (cf. Rom 8, 21)»162.
Descubrir en cada hermano la imagen de
Dios
64. Animada y sostenida por el mandamiento
nuevo del amor, la familia cristiana vive la
acogida, el respeto, el servicio a cada hombre,
considerado siempre en su dignidad de persona y
de hijo de Dios.
Esto debe realizarse ante todo en el interior y
en beneficio de la pareja y la familia, mediante el
cotidiano empeño en promover una auténtica
comunidad de personas, fundada y alimentada
por la comunión interior de amor. Ello debe
desarrollarse luego dentro del círculo más amplio
de la comunidad eclesial en el que la familia
cristiana vive. Gracias a la caridad de la familia, la
Iglesia puede y debe asumir una dimensión más

162
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
36.

116
doméstica, es decir, más familiar, adoptando un
estilo de relaciones más humano y fraterno.
La caridad va más allá de los propios
hermanos en la fe, ya que «cada hombre es mi
hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre,
débil, si sufre o es tratado injustamente, la caridad
sabe descubrir el rostro de Cristo y un hermano a
amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en
la familia de acuerdo con el estilo evangélico, hay
que poner en práctica con todo cuidado lo que
enseña el Concilio Vaticano II: «Para que este
ejercicio de la caridad sea verdaderamente
irreprochable y aparezca como tal, es necesario
ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual
ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en
realidad se ofrece lo que al necesitado se da»163.
La familia cristiana, mientras con la caridad
edifica la Iglesia, se pone al servicio del hombre y
del mundo, actuando de verdad aquella
«promoción humana», cuyo contenido ha sido
sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las
familias: «Otro cometido de la familia es el de
formar los hombres al amor y practicar el amor
en toda relación humana con los demás, de tal
modo que ella no se encierre en sí misma, sino
que permanezca abierta a la comunidad,
inspirándose en un sentido de justicia y de

163
Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 8.

117
solicitud hacia los otros, consciente de la propia
responsabilidad hacia toda la sociedad»164.
CUARTA PARTE
PASTORAL FAMILIAR:
TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES
Y SITUACIONES
I - TIEMPOS DE LA PASTORAL
FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana
en su camino
65. Al igual que toda realidad viviente,
también la familia está llamada a desarrollarse y
crecer. Después de la preparación durante el
noviazgo y la celebración sacramental del
matrimonio la pareja comienza el camino
cotidiano hacia la progresiva actuación de los
valores y deberes del mismo matrimonio.
A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la
familia cristiana participa, en comunión con la
Iglesia, en la experiencia de la peregrinación
terrena hacia la plena revelación y realización del
Reino de Dios.
Por ello hay que subrayar una vez más la
urgencia de la intervención pastoral de la Iglesia
en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda
clase de esfuerzos para que la pastoral de la
familia adquiera consistencia y se desarrolle,

164
Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las Familias cristianas en
el mundo contemporáneo, 12: L'Osservatore Romano en lengua española (26
de octubre de 1980).

118
dedicándose a un sector verdaderamente
prioritario, con la certeza de que la
evangelización, en el futuro, depende en gran
parte de la Iglesia doméstica165.
La solicitud pastoral de la Iglesia no se
limitará solamente a las familias cristianas más
cercanas, sino que, ampliando los propios
horizontes en la medida del Corazón de Cristo, se
mostrará más viva aún hacia el conjunto de las
familias en general y en particular hacia aquellas
que se hallan en situaciones difíciles o irregulares.
Para todas ellas la Iglesia tendrá palabras de
verdad, de bondad, de comprensión, de
esperanza, de viva participación en sus
dificultades a veces dramáticas; ofrecerá a todos
su ayuda desinteresada, a fin de que puedan
acercarse al modelo de familia, que ha querido el
Creador «desde el principio» y que Cristo ha
renovado con su gracia redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser
progresiva, incluso en el sentido de que debe
seguir a la familia, acompañándola paso a paso en
las diversas etapas de su formación y de su
desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que
nunca la preparación de los jóvenes al
matrimonio y a la vida familiar. En algunos países
165
Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea General de los Obispos
de América Latina, IVa) (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.

119
siguen siendo las familias mismas las que, según
antiguas usanzas, transmiten a los jóvenes los
valores relativos a la vida matrimonial y familiar
mediante una progresiva obra de educación o
iniciación. Pero los cambios que han sobrevenido
en casi todas las sociedades modernas exigen que
no sólo la familia, sino también la sociedad y la
Iglesia se comprometan en el esfuerzo de
preparar convenientemente a los jóvenes para las
reponsabilidades de su futuro. Muchos
fenómenos negativos que se lamentan hoy en la
vida familiar derivan del hecho de que, en las
nuevas situaciones, los jóvenes no sólo pierden de
vista la justa jerarquía de valores, sino que, al no
poseer ya criterios seguros de comportamiento,
no saben cómo afrontar y resolver las nuevas
dificultades. La experiencia enseña en cambio que
los jóvenes bien preparados para la vida familiar,
en general van mejor que los demás.
Esto vale más aún para el matrimonio
cristiano, cuyo influjo se extiende sobre la
santidad de tantos hombres y mujeres. Por esto,
la Iglesia debe promover programas mejores y
más intensos de preparación al matrimonio, para
eliminar lo más posible las dificultades en que se
debaten tantos matrimonios, y más aún para
favorecer positivamente el nacimiento y
maduración de matrimonios logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista
y actuada como un proceso gradual y continuo.

120
En efecto, comporta tres momentos principales:
una preparación remota, una próxima y otra
inmediata.
La preparación remota comienza desde la
infancia, en la juiciosa pedagogía familiar,
orientada a conducir a los niños a descubrirse a sí
mismos como seres dotados de una rica y
compleja psicología y de una personalidad
particular con sus fuerzas y debilidades. Es el
período en que se imbuye la estima por todo
auténtico valor humano, tanto en las relaciones
interpersonales como en las sociales, con todo lo
que significa para la formación del carácter, para
el dominio y recto uso de las propias
inclinaciones, para el modo de considerar y
encontrar a las personas del otro sexo, etc. Se
exige, además, especialmente para los cristianos,
una sólida formación espiritual y catequística, que
sepa mostrar en el matrimonio una verdadera
vocación y misión, sin excluir la posibilidad del
don total de sí mismo a Dios en la vocación a la
vida sacerdotal o religiosa.
Sobre esta base se programará después, en
plan amplio, la preparación próxima, la cual
comporta —desde la edad oportuna y con una
adecuada catequesis, como en un camino
catecumenal— una preparación más específica
para los sacramentos, como un nuevo
descubrimiento. Esta nueva catequesis de cuantos
se preparan al matrimonio cristiano es

121
absolutamente necesaria, a fin de que el
sacramento sea celebrado y vivido con las debidas
disposiciones morales y espirituales. La formación
religiosa de los jóvenes deberá ser integrada, en el
momento oportuno y según las diversas
exigencias concretas, por una preparación a la
vida en pareja que, presentando el matrimonio
como una relación interpersonal del hombre y de
la mujer a desarrollarse continuamente, estimule a
profundizar en los problemas de la sexualidad
conyugal y de la paternidad responsable, con los
conocimientos médico-biológicos esenciales que
están en conexión con ella y los encamine a la
familiaridad con rectos métodos de educación de
los hijos, favoreciendo la adquisición de los
elementos de base para una ordenada conducción
de la familia (trabajo estable, suficiente
disponibilidad financiera, sabia administración,
nociones de economía doméstica, etc.).
Finalmente, no se deberá descuidar la
preparación al apostolado familiar, a la
fraternidad y colaboración con las demás familias,
a la inserción activa en grupos, asociaciones,
movimientos e iniciativas que tienen como
finalidad el bien humano y cristiano de la familia.
La preparación inmediata a la celebración del
sacramento del matrimonio debe tener lugar en
los últimos meses y semanas que preceden a las
nupcias, como para dar un nuevo significado,
nuevo contenido y forma nueva al llamado

122
examen prematrimonial exigido por el derecho
canónico. De todos modos, siendo como es
siempre necesaria, tal preparación se impone con
mayor urgencia para aquellos prometidos que
presenten aún carencias y dificultades en la
doctrina y en la práctica cristiana.
Entre los elementos a comunicar en este
camino de fe, análogo al catecumenado, debe
haber también un conocimiento serio del misterio
de Cristo y de la Iglesia, de los significados de
gracia y responsabilidad del matrimonio cristiano,
así como la preparación para tomar parte activa y
consciente en los ritos de la liturgia nupcial.
A las distintas fases de la preparación
matrimonial —descritas anteriormente sólo a
grandes rasgos indicativos— deben sentirse
comprometidas la familia cristiana y toda la
comunidad eclesial. Es deseable que las
Conferencias Episcopales, al igual que están
interesadas en oportunas iniciativas para ayudar a
los futuros esposos a que sean más conscientes de
la seriedad de su elección y los pastores de almas
a que acepten las convenientes disposiciones, así
también procuren que se publique un directorio
para la pastoral de la familia. En él se deberán
establecer ante todo los elementos mínimos de
contenido, de duración y de método de los
«cursos de preparación», equilibrando entre ellos
los diversos aspectos —doctrinales, pedagógicos,
legales y médicos— que interesan al matrimonio,

123
y estructurándolos de manera que cuantos se
preparen al mismo, además de una
profundización intelectual, se sientan animados a
inserirse vitalmente en la comunidad eclesial.
Por más que no sea de menospreciar la
necesidad y obligatoriedad de la preparación
inmediata al matrimonio —lo cual sucedería si se
dispensase fácilmente de ella— , sin embargo tal
preparación debe ser propuesta y actuada de
manera que su eventual omisión no sea un
impedimento para la celebración del matrimonio.
Celebración
67. El matrimonio cristiano exige por norma
una celebración litúrgica, que exprese de manera
social y comunitaria la naturaleza esencialmente
eclesial y sacramental del pacto conyugal entre los
bautizados.
En cuanto gesto sacramental de santificación, la
celebración del matrimonio —inserida en la
liturgia, culmen de toda la acción de la Iglesia y
fuente de su fuerza santificadora— 166debe ser de
por sí válida, digna y fructuosa. Se abre aquí un
campo amplio para la solicitud pastoral, al objeto
de satisfacer ampliamente las exigencias derivadas
de la naturaleza del pacto conyugal elevado a
sacramento y observar además fielmente la
disciplina de la Iglesia en lo referente al libre
consentimiento, los impedimentos, la forma
166
Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 10.

124
canónica y el rito mismo de la celebración. Este
último debe ser sencillo y digno, según las normas
de las competentes autoridades de la Iglesia, a las
que corresponde a su vez —según las
circunstancias concretas de tiempo y de lugar y en
conformidad con las normas impartidas por la
Sede Apostólica167 — asumir eventualmente en la
celebración litúrgica aquellos elementos propios
de cada cultura que mejor se prestan a expresar el
profundo significado humano y religioso del
pacto conyugal, con tal de que no contengan algo
menos conveniente a la fe y a la moral cristiana.
En cuanto signo, la celebración litúrgica debe
llevarse a cabo de manera que constituya, incluso
en su desarrollo exterior, una proclamación de la
Palabra de Dios y una profesión de fe de la
comunidad de los creyentes. El empeño pastoral
se expresará aquí con la preparación inteligente y
cuidadosa de la «liturgia de la Palabra» y con la
educación a la fe de los que participan en la
celebración, en primer lugar de los que se casan.
En cuanto gesto sacramental de la Iglesia, la
celebración litúrgica del matrimonio debe
comprometer a la comunidad cristiana, con la
participación plena, activa y responsable de todos
los presentes, según el puesto e incumbencia de
cada uno: los esposos, el sacerdote, los testigos,
los padres, los amigos, los demás fieles, todos los

167
Cfr. Ordo celebrandi matrimonium, 17.

125
miembros de una asamblea que manifiesta y vive
el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Para la celebración del matrimonio cristiano
en el ámbito de las culturas o tradiciones
ancestrales, se sigan los principios anteriormente
enunciados.
Celebración del matrimonio y
evangelización de los bautizados no
creyentes
68. Precisamente porque en la celebración del
sacramento se reserva una atención especial a las
disposiciones morales y espirituales de los
contrayentes, en concreto a su fe, hay que
afrontar aquí una dificultad bastante frecuente,
que pueden encontrar los pastores de la Iglesia en
el contexto de nuestra sociedad secularizada.
En efecto, la fe de quien pide desposarse ante
la Iglesia puede tener grados diversos y es deber
primario de los pastores hacerla descubrir,
nutrirla y hacerla madurar. Pero ellos deben
comprender también las razones que aconsejan a
la Iglesia admitir a la celebración a quien está
imperfectamente dispuesto.
El sacramento del matrimonio tiene esta
peculiaridad respecto a los otros: ser el
sacramento de una realidad que existe ya en la
economía de la creación; ser el mismo pacto
conyugal instituido por el Creador «al principio».
La decisión pues del hombre y de la mujer de
casarse según este proyecto divino, esto es, la

126
decisión de comprometer en su respectivo
consentimiento conyugal toda su vida en un amor
indisoluble y en una fidelidad incondicional,
implica realmente, aunque no sea de manera
plenamente consciente, una actitud de obediencia
profunda a la voluntad de Dios, que no puede
darse sin su gracia. Ellos quedan ya por tanto
inseridos en un verdadero camino de salvación,
que la celebración del sacramento y la inmediata
preparación a la misma pueden completar y llevar
a cabo, dada la rectitud de su intención.
Es verdad, por otra parte, que en algunos
territorios, motivos de carácter más bien social
que auténticamente religioso impulsan a los
novios a pedir casarse en la iglesia. Esto no es de
extrañar. En efecto, el matrimonio no es un
acontecimiento que afecte solamente a quien se
casa. Es por su misma naturaleza un hecho
también social que compromete a los esposos
ante la sociedad. Desde siempre su celebración ha
sido una fiesta que une a familias y amigos. De
ahí pues que haya también motivos sociales,
además de los personales, en la petición de
casarse en la iglesia.
Sin embargo, no se debe olvidar que estos
novios, por razón de su bautismo, están ya
realmente inseridos en la Alianza esponsal de
Cristo con la Iglesia y que, dada su recta
intención, han aceptado el proyecto de Dios
sobre el matrimonio y consiguientemente —al

127
menos de manera implícita— acatan lo que la
Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el
matrimonio. Por tanto, el solo hecho de que en
esta petición haya motivos también de carácter
social, no justifica un eventual rechazo por parte
de los pastores. Por lo demás, como ha enseñado
el Concilio Vaticano II, los sacramentos, con las
palabras y los elementos rituales nutren y
robustecen la fe168; la fe hacia la cual están ya
orientados en virtud de su rectitud de intención
que la gracia de Cristo no deja de favorecer y
sostener.
Querer establecer ulteriores criterios de
admisión a la celebración eclesial del matrimonio,
que debieran tener en cuenta el grado de fe de los
que están próximos a contraer matrimonio,
comporta además muchos riesgos. En primer
lugar el de pronunciar juicios infundados y
discriminatorios; el riesgo además de suscitar
dudas sobre la validez del matrimonio ya
celebrado, con grave daño para la comunidad
cristiana y de nuevas inquietudes injustificadas
para la conciencia de los esposos; se caería en el
peligro de contestar o de poner en duda la
sacramentalidad de muchos matrimonios de
hermanos separados de la plena comunión con la
Iglesia católica, contradiciendo así la tradición
eclesial.
168
Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 59.

128
Cuando por el contrario, a pesar de los
esfuerzos hechos, los contrayentes dan muestras
de rechazar de manera explícita y formal lo que la
Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de
bautizados, el pastor de almas no puede
admitirlos a la celebración. Y, aunque no sea de
buena gana, tiene obligación de tomar nota de la
situación y de hacer comprender a los interesados
que, en tales circunstancias, no es la Iglesia sino
ellos mismos quienes impiden la celebración que
a pesar de todo piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia
la necesidad de una evangelización y catequesis
prematrimonial y postmatrimonial puestas en
práctica por toda la comunidad cristiana, para que
todo hombre y toda mujer que se casan, celebren
el sacramento del matrimonio no sólo válida sino
también fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia
normalmente constituida significa concretamente
el compromiso de todos los elementos que
componen la comunidad eclesial local en ayudar a
la pareja a descubrir y a vivir su nueva vocación y
misión. Para que la familia sea cada vez más una
verdadera comunidad de amor, es necesario que
sus miembros sean ayudados y formados en su
responsabilidad frente a los nuevos problemas
que se presentan, en el servicio recíproco, en la
coparticipación activa a la vida de familia.

129
Esto vale sobre todo para las familias
jóvenes, las cuales, encontrándose en un contexto
de nuevos valores y de nuevas responsabilidades,
están más expuestas, especialmente en los
primeros años de matrimonio, a eventuales
dificultades, como las creadas por la adaptación a
la vida en común o por el nacimiento de hijos.
Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente
y valorar inteligentemente la ayuda discreta,
delicada y valiente de otras parejas que desde hace
tiempo tienen ya experiencia del matrimonio y de
la familia. De este modo, en seno a la comunidad
eclesial —gran familia formada por familias
cristianas— se actuará un mutuo intercambio de
presencia y de ayuda entre todas las familias,
poniendo cada una al servicio de las demás la
propia experiencia humana, así como también los
dones de fe y de gracia. Animada por verdadero
espíritu apostólico esta ayuda de familia a familia
constituirá una de las maneras más sencillas, más
eficaces y más al alcance de todos para
transfundir capilarmente aquellos valores
cristianos, que son el punto de partida y de
llegada de toda cura pastoral. De este modo las
jóvenes familias no se limitarán sólo a recibir,
sino que a su vez, ayudadas así, serán fuente de
enriquecimiento para las otras familias, ya desde
hace tiempo constituidas, con su testimonio de
vida y su contribución activa.

130
En la acción pastoral hacia las familias
jóvenes, la Iglesia deberá reservar una atención
específica con el fin de educarlas a vivir
responsablemente el amor conyugal en relación
con sus exigencias de comunión y de servicio a la
vida, así como a conciliar la intimidad de la vida
de casa con la acción común y generosa para
edificación de la Iglesia y la sociedad humana.
Cuando, por el advenimiento de los hijos, la
pareja se convierte en familia, en sentido pleno y
específico, la Iglesia estará aún más cercana a los
padres para que acojan a sus hijos y los amen
como don recibido del Señor de la vida,
asumiendo con alegría la fatiga de servirlos en su
crecimiento humano y cristiano.
II - ESTRUCTURAS DE LA
PASTORAL FAMILIAR
La acción pastoral es siempre expresión
dinámica de la realidad de la Iglesia,
comprometida en su misión de salvación.
También la pastoral familiar —forma particular y
específica de la pastoral— tiene como principio
operativo suyo y como protagonista responsable
a la misma Iglesia, a través de sus estructuras y
agentes.
La comunidad eclesial y la parroquia en
particular
70. La Iglesia, comunidad al mismo tiempo
salvada y salvadora, debe ser considerada aquí en
su doble dimensión universal y particular. Esta se

131
expresa y se realiza en la comunidad diocesana,
dividida pastoralmente en comunidades menores
entre las que se distingue, por su peculiar
importancia, la parroquia.
La comunión con la Iglesia universal no
rebaja, sino que garantiza y promueve la
consistencia y la originalidad de las diversas
Iglesias particulares; éstas permanecen como el
sujeto activo más inmediato y eficaz para la
actuación de la pastoral familiar. En este sentido
cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad
parroquial debe tomar una conciencia más viva de
la gracia y de la responsabilidad que recibe del
Señor, en orden a la promoción de la pastoral
familiar. Los planes de pastoral orgánica, a
cualquier nivel, no deben prescindir nunca de
tomar en consideración la pastoral de la familia.
A la luz de esta responsabilidad hay que
entender la importancia de una adecuada
preparación por parte de cuantos se
comprometan específicamente en este tipo de
apostolado. Los sacerdotes, religiosos y religiosas,
desde la época de su formación, sean orientados y
formados de manera progresiva y adecuada para
sus respectivas tareas. Entre otras iniciativas, me
es grato subrayar la reciente creación en Roma, en
la Pontificia Universidad Lateranense, de un
Instituto Superior dedicado al estudio de los
problemas de la Familia. También en algunas
diócesis se han fundado Institutos de este tipo;

132
los Obispos procuren que el mayor número
posible de sacerdotes, antes de asumir
responsabilidades parroquiales, frecuenten cursos
especializados; en otros lugares se tienen
periódicamente cursos de formación en Institutos
Superiores de estudios teológicos y pastorales.
Estas iniciativas sean alentadas, sostenidas,
multiplicadas y estén abiertas, naturalmente,
también a los seglares, que con su labor
profesional (médica, legal, psicológica, social y
educativa) prestan su labor en ayuda a la familia.
La familia
71. Pero sobre todo hay que reconocer el
puesto singular que, en este campo, corresponde
a lo esposos y a las familias cristianas, en virtud
de la gracia recibida en el sacramento. Su misión
debe ponerse al servicio de la edificación de la
Iglesia y de la construcción del Reino de Dios en
la historia. Esto es una exigencia de obediencia
dócil a Cristo Señor. Él, en efecto, en virtud del
matrimonio de los bautizados elevado a
sacramento confiere a los esposos cristianos una
peculiar misión de apóstoles, enviándolos como
obreros a su viña, y, de manera especial, a este
campo de la familia.
En esta actividad ellos actúan en comunión y
colaboración con los restantes miembros de la
Iglesia, que también trabajan en favor de la
familia, poniendo a disposición sus dones y
ministerios.

133
Este apostolado se desarrollará sobre todo
dentro de la propia familia, con el testimonio de
la vida vivida conforme a la ley divina en todos
sus aspectos, con la formación cristiana de los
hijos, con la ayuda dada para su maduración en la
fe, con la educación en la castidad, con la
preparación a la vida, con la vigilancia para
preservarles de los peligros ideológicos y morales
por los que a menudo se ven amenazados, con su
gradual y responsable inserción en la comunidad
eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la
elección de la vocación, con la mutua ayuda entre
los miembros de la familia para el común
crecimiento humano y cristiano, etc. El
apostolado de la familia, por otra parte, se
irradiará con obras de caridad espiritual y material
hacia las demás familias, especialmente a las más
necesitadas de ayuda y apoyo, a los pobres, los
enfermos, los ancianos, los minusválidos, los
huérfanos, las viudas, los cónyuges abandonados,
las madres solteras y aquellas que en situaciones
difíciles sienten la tentación de deshacerse del
fruto de su seno, etc.
Asociaciones de familias para las familias
72. Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto
responsable de la pastoral familiar, hay que
recordar las diversas agrupaciones de fieles, en las
que se manifiesta y se vive de algún modo el
misterio de la Iglesia de Cristo. Por consiguiente,
se han de reconocer y valorar —cada una según

134
las características, finalidades, incidencias y
métodos propios— las varias comunidades
eclesiales, grupos y movimientos comprometidos
de distintas maneras, por títulos y a niveles
diversos, en la pastoral familiar.
Por este motivo el Sínodo ha reconocido
expresamente la aportación de tales asociaciones
de espiritualidad, de formación y de apostolado.
Su cometido será el de suscitar en los fieles un
vivo sentido de solidaridad, favorecer una
conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la
fe de la Iglesia, formar las conciencias según los
valores cristianos y no según los criterios de la
opinión pública, estimular a obras de caridad
recíproca y hacia los demás con un espíritu de
apertura, que hace de las familias cristianas una
verdadera fuente de luz y un sano fermento para
las demás.
Igualmente es deseable que, con un vivo
sentido del bien común, las familias cristianas se
empeñen activamente, a todos los niveles, incluso
en asociaciones no eclesiales. Algunas de estas
asociaciones se proponen la preservación, la
transmisión y tutela de los sanos valores éticos y
culturales del respectivo pueblo, el desarrollo de
la persona humana, la protección médica, jurídica
y social de la maternidad y de la infancia, la justa
promoción de la mujer y la lucha frente a todo lo
que va contra su dignidad, el incremento de la
mutua solidaridad, el conocimiento de los

135
problemas que tienen conexión con la regulación
responsable de la fecundidad, según los métodos
naturales conformes con la dignidad humana y la
doctrina de la Iglesia. Otras miran a la
construcción de un mundo más justo y más
humano, a la promoción de leyes justas que
favorezcan el recto orden social en el pleno
respeto de la dignidad y de la legítima libertad del
individuo y de la familia, a nivel nacional e
internacional, y a la colaboración con la escuela y
con las otras instituciones que completan la
educación de los hijos, etc.
III - AGENTES DE LA PASTORAL
FAMILIAR
Además de la familia —objeto y sobre todo
sujeto de la pastoral familiar— hay que recordar
también los otros agentes principales en este
campo concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral
familiar en la diócesis es el obispo. Como Padre y
Pastor debe prestar particular solicitud a este
sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A él
debe dedicar interés, atención, tiempo, personas,
recursos; y sobre todo apoyo personal a las
familias y a cuantos, en las diversas estructuras
diocesanas, le ayudan en la pastoral de la familia.
Procurará particularmente que la propia diócesis
sea cada vez más una verdadera «familia
diocesana», modelo y fuente de esperanza para

136
tantas familias que a ella pertenecen. La creación
del Pontificio Consejo para la Familia se ha de ver
en este contexto; es un signo de la importancia
que yo atribuyo a la pastoral de la familia en el
mundo, para que al mismo tiempo sea un
instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a
todos los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de
los presbíteros, cuya tarea —como ha subrayado
expresamente el Sínodo— constituye una parte
esencial del ministerio de la Iglesia hacia el
matrimonio y la familia. Lo mismo se diga de
aquellos diáconos a los que eventualmente se
confíe el cuidado de este sector pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los
problemas morales y litúrgicos, sino también a los
de carácter personal y social. Ellos deben sostener
a la familia en sus dificultades y sufrimientos,
acercándose a sus miembros, ayudándoles a ver
su vida a la luz del Evangelio. No es superfluo
anotar que de esta misión, si se ejerce con el
debido discernimiento y verdadero espíritu
apostólico, el ministro de la Iglesia saca nuevos
estímulos y energías espirituales aun para la
propia vocación y para el ejercicio mismo de su
ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados
adecuada y seriamente para este apostolado,
deben comportarse constantemente, con respecto
a las familias, como padre, hermano, pastor y

137
maestro, ayudándolas con los recursos de la gracia
e iluminándolas con la luz de la verdad. Por lo
tanto, su enseñanza y sus consejos deben estar
siempre en plena consonancia con el Magisterio
auténtico de la Iglesia de modo que ayude al
pueblo de Dios a formarse un recto sentido de la
fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta.
Esta fidelidad al Magisterio permitirá también a
los sacerdotes lograr una perfecta unidad de
criterios con el fin de evitar ansiedades de
conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la
Iglesia en la misión profética de Cristo: los laicos,
testimoniando la fe con las palabras y con la vida
cristiana; los pastores, discerniendo en tal
testimonio lo que es expresión de fe genuina y lo
que no concuerda con ella; la familia, como
comunidad cristiana, con su peculiar participación
y testimonio de fe. Se abre así un diálogo entre
los pastores y las familias. Los teólogos y los
expertos en problemas familiares pueden ser de
gran ayuda en este diálogo, explicando
exactamente el contenido del Magisterio de la
Iglesia y el de la experiencia de la vida de familia.
De esta manera se comprenden mejor las
enseñanzas del Magisterio y se facilita el camino
para su progresivo desarrollo. No obstante, es
bueno recordar que la norma próxima y
obligatoria en doctrina de fe —incluso en los
problemas de la familia— es competencia del

138
Magisterio jerárquico. Relaciones claras entre los
teólogos, los expertos en problemas familiares y
el Magisterio ayudan no poco a la recta
comprensión de la fe y a promover —dentro de
los límites de la misma— el legítimo pluralismo.
Religiosos y religiosas
74. La ayuda que los religiosos, religiosas y
almas consagradas en general, pueden dar al
apostolado de la familia encuentra su primera,
fundamental y original expresión precisamente en
su consagración a Dios: «De este modo evocan
ellos ante todos los fieles aquel maravilloso
connubio, fundado por Dios y que ha de
revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que
la Iglesia tiene por esposo único a Cristo» 169. Esa
consagración los convierte en testigos de aquella
caridad universal que, por medio de la castidad
abrazada por el Reino de los cielos, les hace cada
vez más disponibles para dedicarse
generosamente al servicio divino y a las obras de
apostolado.
De ahí deriva la posibilidad de que religiosos
y religiosas, miembros de Institutos seculares y de
otros Institutos de perfección, individualmente o
asociados, desarrollen su servicio a las familias,
con especial dedicación a los niños, especialmente
a los abandonados, no deseados, huérfanos,
pobres o minusválidos; visitando a las familias y
169
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.

139
preocupándose de los enfermos; cultivando
relaciones de respeto y de caridad con familias
incompletas, en dificultad o separadas; ofreciendo
su propia colaboración en la enseñanza y
asesoramiento para la preparación de los jóvenes
al matrimonio, y en la ayuda que hay que dar a las
parejas para una procreación verdaderamente
responsable; abriendo la propia casa a una
hospitalidad sencilla y cordial, para que las
familias puedan encontrar el sentido de Dios, el
gusto por la oración y el recogimiento, el ejemplo
concreto de una vida vivida en caridad y alegría
fraterna, como miembros de la gran familia de
Dios.
Quisiera añadir una exhortación apremiante a
los responsables de los Institutos de vida
consagrada, para que consideren —dentro del
respeto sustancial al propio carisma original— el
apostolado dirigido a las familias como una de las
tareas prioritarias, requeridas más urgentemente
por la situación actual.
Laicos especializados
75. No poca ayuda pueden prestar a las
familias los laicos especializados (médicos,
juristas, psicólogos, asistentes sociales, consejeros,
etc.) que, tanto individualmente como por medio
de diversas asociaciones e iniciativas, ofrecen su
obra de iluminación, de consejo, de orientación y
apoyo. A ellos pueden aplicarse las exhortaciones
que dirigí a la Confederación de los Consultores

140
familiares de inspiración cristiana: «El vuestro es
un compromiso que bien merece la calificación
de misión, por lo noble que son las finalidades
que persigue, y determinantes para el bien de la
sociedad y de la misma comunidad cristiana los
resultados que derivan de ellas... Todo lo que
consigáis hacer en apoyo de la familia está
destinado a tener una eficacia que, sobrepasando
su ámbito, alcanza también otras personas e
incide sobre la sociedad. El futuro del mundo y
de la Iglesia pasa a través de la familia»170.
Destinatarios y agentes de la
comunicación social
76. Una palabra aparte se ha de reservar a
esta categoría tan importante en la vida moderna.
Es sabido que los instrumentos de comunicación
social «inciden a menudo profundamente, tanto
bajo el aspecto afectivo e intelectual como bajo el
aspecto moral y religioso, en el ánimo de cuantos
los usan», especialmente si son jóvenes 171. Tales
medios pueden ejercer un influjo benéfico en la
vida y las costumbres de la familia y en la
educación de los hijos, pero al mismo tiempo
esconden también «insidias y peligros no
insignificantes»172, y podrían convertirse en
170
N. 3-4 (29 de noviembre del 1980): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III,
2 (1980), 1453 s.
171
Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones Sociales
(7 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 455.
172
Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales (1 de mayo del 1980): Insegnamenti di Giovanni

141
vehículo —a veces hábil y sistemáticamente
manipulado, como desgraciadamente acontece en
diversos países del mundo— de ideologías
disgregadoras y de visiones deformadas de la vida,
de la familia, de la religión, de la moralidad y que
no respetan la verdadera dignidad y el destino del
hombre.
Peligro tanto más real, cuanto «el modo de
vivir, especialmente en las naciones más
industrializadas, lleva muy a menudo a que las
familias se descarguen de sus responsabilidades
educativas, encontrando en la facilidad de evasión
(representada en casa especialmente por la
televisión y ciertas publicaciones) el modo de
tener ocupados tiempo y actividad de los niños y
muchachos»173. De ahí «el deber ... de proteger
especialmente a los niños y muchachos de las
"agresiones" que sufren también por parte de los
mass-media», procurando que el uso de éstos en
familia sea regulado cuidadosamente. Con la
misma diligencia la familia debería buscar para sus
propios hijos también otras diversiones más
sanas, más útiles y formativas física, moral y
espiritualmente «para potenciar y valorizar el
tiempo libre de los adolescentes y orientar sus
energías»174.
Paolo II, III, I (1980), 1042.
173
Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales, 5: L'Osservatore Romano en lengua española, 31 de
mayo de 1981.
174
Ibid.

142
Puesto que además los instrumentos de
comunicación social —así como la escuela y el
ambiente— inciden a menudo de manera notable
en la formación de los hijos, los padres, en cuanto
receptores, deben hacerse parte activa en el uso
moderado, crítico, vigilante y prudente de tales
medios, calculando el influjo que ejercen sobre
los hijos; y deben dar una orientación que permita
«educar la conciencia de los hijos para emitir
juicios serenos y objetivos, que después la guíen
en la elección y en el rechazo de los programas
propuestos»175.
Con idéntico empeño los padres tratarán de
influir en la elección y preparación de los mismos
programas, manteniéndose —con oportunas
iniciativas— en contacto con los responsables de
las diversas fases de la producción y de la
transmisión, para asegurarse que no sean
abusivamente olvidados o expresamente
conculcados aquellos valores humanos
fundamentales que forman parte del verdadero
bien común de la sociedad, sino que, por el
contrario, se difundan programas aptos para
presentar en su justa luz los problemas de la
familia y su adecuada solución. A este respecto,
mi predecesor Pablo VI escribía: «Los
productores deben conocer y respetar las
exigencias de la familia, y esto requiere a veces,
175
Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones Sociales:
AAS 61 (1969), 456.

143
por parte de ellos, una verdadera valentía, y
siempre un alto sentido de responsabilidad. Ellos,
en efecto, están obligados a evitar todo lo que
pueda dañar a la familia en su existencia, en su
estabilidad, en su equilibrio y en su felicidad.
Toda ofensa a los valores fundamentales de la
familia —se trate de erotismo o de violencia, de
apología del divorcio o de actitudes antisociales
por parte de los jóvenes— es una ofensa al
verdadero bien del hombre»176.
Yo mismo, en ocasión semejante, ponía de
relieve que las familias «deben poder contar en no
pequeña medida con la buena voluntad, rectitud y
sentido de responsabilidad de los profesionales de
los mass-media: editores, escritores, productores,
directores, dramaturgos, informadores,
comentaristas y actores»177. Por consiguiente, es
justo que también por parte de la Iglesia se siga
dedicando toda atención a estas categorías de
personas, animando y sosteniendo al mismo
tiempo a aquellos católicos que se sienten
llamados y tienen cualidades para trabajar en estos
delicados sectores.
IV. - LA PASTORAL FAMILIAR EN
LOS CASOS DIFÍCILES
Circunstancias particulares

176
Ibid.
177
Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales:
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 1044.

144
77. Es necesario un empeño pastoral todavía
más generoso, inteligente y prudente, a ejemplo
del Buen Pastor, hacia aquellas familias que —a
menudo e independientemente de la propia
voluntad, o apremiados por otras exigencias de
distinta naturaleza— tienen que afrontar
situaciones objetivamente difíciles.
A este respecto hay que llamar especialmente
la atención sobre algunas categorías particulares
de personas, que tienen mayor necesidad no sólo
de asistencia, sino de una acción más incisiva ante
la opinión pública y sobre todo ante las
estructuras culturales, profundas de sus
dificultades.
Estas son, por ejemplo, las familias de los
emigrantes por motivos laborales; las familias de
cuantos están obligados a largas ausencias, como
los militares, los navegantes, los viajeros de
cualquier tipo; las familias de los presos, de los
prófugos y de los exiliados; las familias que en las
grandes ciudades viven prácticamente
marginadas; las que no tienen casa; las
incompletas o con uno solo de los padres; las
familias con hijos minusválidos o drogados; las
familias de alcoholizados; las desarraigadas de su
ambiente cultural y social o en peligro de
perderlo; las discriminadas por motivos políticos
o por otras razones; las familias ideológicamente
divididas; las que no consiguen tener fácilmente
un contacto con la parroquia; las que sufren

145
violencia o tratos injustos a causa de la propia fe;
las formadas por esposos menores de edad; los
ancianos, obligados no raramente a vivir en
soledad o sin adecuados medios de subsistencia.
Las familias de emigrantes, especialmente
tratándose de obreros y campesinos, deben tener
la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia
su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia,
dado que es signo de unidad en la diversidad. En
cuanto sea posible estén asistidos por sacerdotes
de su mismo rito, cultura e idioma. Corresponde
igualmente a la Iglesia hacer una llamada a la
conciencia pública y a cuantos tienen autoridad
en la vida social, económica y política, para que
los obreros encuentren trabajo en su propia
región y patria, sean retribuidos con un justo
salario, las familias vuelvan a reunirse lo antes
posible, sea tenida en consideración su identidad
cultural, sean tratadas igual que las otras, y a sus
hijos se les dé la oportunidad de la formación
profesional y del ejercicio de la profesión, así
como de la posesión de la tierra necesaria para
trabajar y vivir.
Un problema difícil es el de las familias
ideológicamente divididas. En estos casos se
requiere una particular atención pastoral. Sobre
todo hay que mantener con discreción un
contacto personal con estas familias. Los
creyentes deben ser fortalecidos en la fe y
sostenidos en la vida cristiana. Aunque la parte

146
fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante,
hay que mantener siempre vivo el diálogo con la
otra parte. Deben multiplicarse las
manifestaciones de amor y respeto, con la viva
esperanza de mantener firme la unidad. Mucho
depende también de las relaciones entre padres e
hijos. Las ideologías extrañas a la fe pueden
estimular a los miembros creyentes de la familia a
crecer en la fe y en el testimonio de amor.
Otros momentos difíciles en los que la
familia tiene necesidad de la ayuda de la
comunidad eclesial y de sus pastores pueden ser:
la adolescencia inquieta, contestadora y a veces
problematizada de los hijos; su matrimonio que
les separa de la familia de origen; la
incomprensión o la falta de amor por parte de las
personas más queridas; el abandono por parte del
cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa
experiencia de la viudez, de la muerte de un
familiar, que mutila y transforma en profundidad
el núcleo original de la familia.
Igualmente no puede ser descuidado por la
Iglesia el período de la ancianidad, con todos sus
contenidos positivos y negativos: la posible
profundización del amor conyugal cada vez más
purificado y ennoblecido por una larga e
ininterrumpida fidelidad; la disponibilidad a poner
en favor de los demás, de forma nueva, la bondad
y la cordura acumulada y las energías que quedan;
la dura soledad, a menudo más psicológica y

147
afectiva que física, por el eventual abandono o
por una insuficiente atención por parte de los
hijos y de los parientes; el sufrimiento a causa de
enfermedad, por el progresivo decaimiento de las
fuerzas, por la humillación de tener que depender
de otros, por la amargura de sentirse como un
peso para los suyos, por el acercarse de los
últimos momentos de la vida. Son éstas las
ocasiones en las que —como han sugerido los
Padres Sinodales— más fácilmente se pueden
hacer comprender y vivir los aspectos elevados de
la espiritualidad matrimonial y familiar, que se
inspiran en el valor de la cruz y resurrección de
Cristo, fuente de santificación y de profunda
alegría en la vida diaria, en la perspectiva de las
grandes realidades escatológicas de la vita eterna.
En estas diversas situaciones no se descuide
jamás la oración, fuente de luz y de fuerza, y
alimento de la esperanza cristiana.
Matrimonios mixtos
78. El número creciente de matrimonios
entre católicos y otros bautizados requiere
también una peculiar atención pastoral a la luz de
las orientaciones y normas contenidas en los
recientes documentos de la Santa Sede y en los
elaborados por las Conferencias Episcopales, para
facilitar su aplicación concreta en las diversas
situaciones.

148
Las parejas que viven en matrimonio mixto
presentan peculiares exigencias que pueden
reducirse a tres apartados principales.
Hay que considerar ante todo las
obligaciones de la parte católica que derivan de la
fe, en lo concerniente al libre ejercicio de la
misma y a la consecuente obligación de procurar,
según las propias posibilidades, bautizar y educar
los hijos en la fe católica178.
Hay que tener presentes las particulares
dificultades inherentes a las relaciones entre
marido y mujer, en lo referente al respeto de la
libertad religiosa; ésta puede ser violada tanto por
presiones indebidas para lograr el cambio de las
convicciones religiosas de la otra parte, como por
impedimentos puestos a la manifestación libre de
las mismas en la práctica religiosa.
En lo referente a la forma litúrgica y canónica
del matrimonio, los Ordinarios pueden hacer uso
ampliamente de sus facultades por varios
motivos.
Al tratar de estas exigencias especiales hay
que poner atención en estos puntos:
 en la preparación concreta a este tipo de
matrimonio, debe realizarse todo esfuerzo
razonable para hacer comprender la

178
Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Matrimonia mixta, 4-5: AAS62 (1970), 257
ss. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la reunión plenaria del
Secretariado para la Unión de los Cristianos (13 noviembre de 1981):
L'Osservatore Romano (14 de noviembre de 1981).

149
doctrina católica sobre las cualidades y
exigencias del matrimonio, así como para
asegurarse de que en el futuro no se
verifiquen las presiones y los obstáculos,
de los que antes se ha hablado.
 es de suma importancia que, con el apoyo
de la comunidad, la parte católica sea
fortalecida en su fe y ayudada
positivamente a madurar en la
comprensión y en la práctica de la misma,
de manera que llegue a ser verdadero
testigo creíble dentro de la familia, a
través de la vida misma y de la calidad del
amor demostrado al otro cónyuge y a los
hijos.
Los matrimonios entre católicos y otros
bautizados presentan aun en su particular
fisonomía numerosos elementos que es necesario
valorar y desarrollar, tanto por su valor intrínseco,
como por la aportación que pueden dar al
movimiento ecuménico. Esto es verdad sobre
todo cuando los dos cónyuges son fieles a sus
deberes religiosos. El bautismo común y el
dinamismo de la gracia procuran a los esposos, en
estos matrimonios, la base y las motivaciones
para compartir su unidad en la esfera de los
valores morales y espirituales.
A tal fin, aun para poner en evidencia la
importancia ecuménica de este matrimonio

150
mixto, vivido plenamente en la fe por los dos
cónyuges cristianos, se debe buscar —aunque
esto no sea siempre fácil— una colaboración
cordial entre el ministro católico y el no católico,
desde el tiempo de la preparación al matrimonio y
a la boda.
Respecto a la participación del cónyuge no
católico en la comunión eucarística, obsérvense
las normas impartidas por el Secretariado para la
Unión de los Cristianos179.
En varias partes del mundo se asiste hoy al
aumento del número de matrimonios entre
católicos y no bautizados. En muchos de ellos, el
cónyuge no bautizado profesa otra religión, y sus
convicciones deben ser tratadas con respeto, de
acuerdo con los principios de la Declaración
Nostra aetate del Concilio Ecuménico Vaticano II
sobre las relaciones con las religiones no
cristianas; en no pocos otros casos, especialmente
en las sociedades secularizadas, la persona no
bautizada no profesa religión alguna. Para estos
matrimonios es necesario que las Conferencias
Episcopales y cada uno de los obispos tomen
adecuadas medidas pastorales, encaminadas a
garantizar la defensa de la fe del cónyuge católico
y la tutela del libre ejercicio de la misma, sobre
todo en lo que se refiere al deber de hacer todo lo
posible para que los hijos sean bautizados y
179
Instr. In quibus rerum circumstantiis (15 de junio de 1972): AAS 64 (1972),
518-525; Nota del 17 de octubre de 1973: AAS 65 (1973), 616-619.

151
educados católicamente. El cónyuge católico debe
además ser ayudado con todos los medios en su
obligación de dar, dentro de la familia, un
testimonio genuino de fe y vida católica.
Acción pastoral frente a algunas
situaciones irregulares
79. En su solicitud por tutelar la familia en
toda su dimensión, no sólo la religiosa, el Sínodo
no ha dejado de considerar atentamente algunas
situaciones irregulares, desde el punto de vista
religioso y con frecuencia también civil, que —
con las actuales y rápidas transformaciones
culturales— se van difundiendo por desgracia
también entre los católicos con no leve daño de la
misma institución familiar y de la sociedad, de la
que ella es la célula fundamental.
a) Matrimonio a prueba
80. Una primera situación irregular es la del
llamado «matrimonio a prueba» o experimental,
que muchos quieren hoy justificar, atribuyéndole
un cierto valor. La misma razón humana insinúa
ya su no aceptabilidad, indicando que es poco
convincente que se haga un «experimento»
tratándose de personas humanas, cuya dignidad
exige que sean siempre y únicamente término de
un amor de donación, sin límite alguno ni de
tiempo ni de otras circunstancias.
La Iglesia por su parte no puede admitir tal
tipo de unión por motivos ulteriores y originales
derivados de la fe. En efecto, por una parte el

152
don del cuerpo en la relación sexual es el símbolo
real de la donación de toda la persona; por lo
demás, en la situación actual tal donación no
puede realizarse con plena verdad sin el concurso
del amor de caridad dado por Cristo. Por otra
parte, el matrimonio entre dos bautizados es el
símbolo real de la unión de Cristo con la Iglesia,
una unión no temporal o «ad experimentum»,
sino fiel eternamente; por tanto, entre dos
bautizados no puede haber más que un
matrimonio indisoluble.
Esta situación no puede ser superada de
ordinario, si la persona humana no ha sido
educada —ya desde la infancia, con la ayuda de la
gracia de Cristo y no por temor— a dominar la
concupiscencia naciente e instaurar con los demás
relaciones de amor genuino. Esto no se consigue
sin una verdadera educación en el amor auténtico
y en el recto uso de la sexualidad, de tal manera
que introduzca a la persona humana —en todas
sus dimensiones, y por consiguiente también en
lo que se refiere al propio cuerpo— en la plenitud
del misterio de Cristo.
Será muy útil preguntarse acerca de las causas
de este fenómeno, incluidos los aspectos
psicológicos, para encontrar una adecuada
solución.
b) Uniones libres de hecho
81. Se trata de uniones sin algún vínculo
institucional públicamente reconocido, ni civil ni

153
religioso. Este fenómeno, cada vez más frecuente,
ha de llamar la atención de los pastores de almas,
ya que en el mismo puede haber elementos
varios, actuando sobre los cuales será quizá
posible limitar sus consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como
obligados por difíciles situaciones —económicas,
culturales y religiosas— en cuanto que,
contrayendo matrimonio regular, quedarían
expuestos a daños, a la pérdida de ventajas
económicas, a discriminaciones, etc. En otros,
por el contrario, se encuentra una actitud de
desprecio, contestación o rechazo de la sociedad,
de la institución familiar, de la organización socio-
política o de la mera búsqueda del placer. Otros,
finalmente, son empujados por la extrema
ignorancia y pobreza, a veces por
condicionamientos debidos a situaciones de
verdadera injusticia, o también por una cierta
inmadurez psicológica que les hace sentir la
incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo
estable y definitivo. En algunos países las
costumbres tradicionales prevén el matrimonio
verdadero y propio solamente después de un
período de cohabitación y después del nacimiento
del primer hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia
serios problemas pastorales, por las graves
consecuencias religiosas y morales que de ellos
derivan (pérdida del sentido religioso del

154
matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios
con su pueblo, privación de la gracia del
sacramento, grave escándalo), así como también
por las consecuencias sociales (destrucción del
concepto de familia, atenuación del sentido de
fidelidad incluso hacia la sociedad, posibles
traumas psicológicos en los hijos y afirmación del
egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se
preocuparán por conocer tales situaciones y sus
causas concretas, caso por caso; se acercarán a los
que conviven, con discreción y respeto; se
empeñarán en una acción de iluminación
paciente, de corrección caritativa y de testimonio
familiar cristiano que pueda allanarles el camino
hacia la regularización de su situación. Pero, sobre
todo, adelántense enseñándoles a cultivar el
sentido de la fidelidad en la educación moral y
religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las
condiciones y estructuras que favorecen tal
fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad;
ayudándoles a madurar espiritualmente y
haciéndoles comprender la rica realidad humana y
sobrenatural del matrimonio-sacramento.
El pueblo de Dios se esfuerce también ante
las autoridades públicas para que —resistiendo a
las tendencias disgregadoras de la misma sociedad
y nocivas para la dignidad, seguridad y bienestar
de los ciudadanos— procuren que la opinión
pública no sea llevada a menospreciar la

155
importancia institucional del matrimonio y de la
familia. Y dado que en muchas regiones, a causa
de la extrema pobreza derivada de unas
estructuras socio-económicas injustas o
inadecuadas, los jóvenes no están en condiciones
de casarse como conviene, la sociedad y las
autoridades públicas favorezcan el matrimonio
legítimo a través de una serie de intervenciones
sociales y políticas, garantizando el salario
familiar, emanando disposiciones para una
vivienda apta a la vida familiar y creando
posibilidades adecuadas de trabajo y de vida.
c) Católicos unidos con mero matrimonio civil
82. Es cada vez más frecuente el caso de
católicos que, por motivos ideológicos y
prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio
civil, rechazando o, por lo menos, diferiendo el
religioso. Su situación no puede equipararse sin
más a la de los que conviven sin vínculo alguno,
ya que hay en ellos al menos un cierto
compromiso a un estado de vida concreto y quizá
estable, aunque a veces no es extraña a esta
situación la perspectiva de un eventual divorcio.
Buscando el reconocimiento público del vínculo
por parte del Estado, tales parejas demuestran
una disposición a asumir, junto con las ventajas,
también las obligaciones. A pesar de todo,
tampoco esta situación es aceptable para la
Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer
comprender la necesidad de coherencia entre la

156
elección de vida y la fe que se profesa, e intentará
hacer lo posible para convencer a estas personas a
regular su propia situación a la luz de los
principios cristianos. Aun tratándoles con gran
caridad e interesándoles en la vida de las
respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia
no podrán admitirles al uso de los sacramentos.
d) Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones
recíprocas, incapacidad de abrise a las relaciones
interpersonales, etc., pueden conducir
dolorosamente el matrimonio válido a una
ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la
separación debe considerarse como un remedio
extremo, después de que cualquier intento
razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces
patrimonio del cónyuge separado, especialmente
si es inocente. En este caso la comunidad eclesial
debe particularmente sostenerlo, procurarle
estima, solidaridad, comprensión y ayuda
concreta, de manera que le sea posible conservar
la fidelidad, incluso en la difícil situación en la que
se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del
perdón, propio del amor cristiano y la
disponibilidad a reanudar eventualmente la vida
conyugal anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido
que sufrir el divorcio, pero que —conociendo
bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial

157
válido— no se deja implicar en una nueva unión,
empeñándose en cambio en el cumplimiento
prioritario de sus deberes familiares y de las
responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso
su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana
asume un particular valor de testimonio frente al
mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más
necesaria, por parte de ésta, una acción continua
de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo
alguno para la admisión a los sacramentos.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por
desgracia, que quien ha recurrido al divorcio tiene
normalmente la intención de pasar a una nueva
unión, obviamente sin el rito religioso católico.
Tratándose de una plaga que, como otras, invade
cada vez más ampliamente incluso los ambientes
católicos, el problema debe afrontarse con
atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo
han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto,
instituida para conducir a la salvación a todos los
hombres, sobre todo a los bautizados, no puede
abandonar a sí mismos a quienes —unidos ya con
el vínculo matrimonial sacramental— han
intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto
procurará infatigablemente poner a su disposición
los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están
obligados a discernir bien las situaciones. En
efecto, hay diferencia entre los que sinceramente

158
se han esforzado por salvar el primer matrimonio
y han sido abandonados del todo injustamente, y
los que por culpa grave han destruido un
matrimonio canónicamente válido. Finalmente
están los que han contraído una segunda unión en
vista a la educación de los hijos, y a veces están
subjetivamente seguros en conciencia de que el
precedente matrimonio, irreparablemente
destruido, no había sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a
los pastores y a toda la comunidad de los fieles
para que ayuden a los divorciados, procurando
con solícita caridad que no se consideren
separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo,
en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les
exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a
frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en
la oración, a incrementar las obras de caridad y las
iniciativas de la comunidad en favor de la justicia,
a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el
espíritu y las obras de penitencia para implorar de
este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia
rece por ellos, los anime, se presente como madre
misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la
esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la
Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir
a la comunión eucarística a los divorciados que se
casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser
admitidos, dado que su estado y situación de vida

159
contradicen objetivamente la unión de amor entre
Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la
Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se
admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles
serían inducidos a error y confusión acerca de la
doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del
matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la
penitencia —que les abriría el camino al
sacramento eucarístico— puede darse únicamente
a los que, arrepentidos de haber violado el signo
de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están
sinceramente dispuestos a una forma de vida que
no contradiga la indisolubilidad del matrimonio.
Esto lleva consigo concretamente que cuando el
hombre y la mujer, por motivos serios, —como,
por ejemplo, la educación de los hijos— no
pueden cumplir la obligación de la separación,
«asumen el compromiso de vivir en plena
continencia, o sea de abstenerse de los actos
propios de los esposos»180.
Del mismo modo el respeto debido al
sacramento del matrimonio, a los mismos
esposos y sus familiares, así como a la comunidad
de los fieles, prohíbe a todo pastor —por
cualquier motivo o pretexto incluso pastoral—
efectuar ceremonias de cualquier tipo para los
divorciados que vuelven a casarse. En efecto,
180
Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 7
(25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1082.

160
tales ceremonias podrían dar la impresión de que
se celebran nuevas nupcias sacramentalmente
válidas y como consecuencia inducirían a error
sobre la indisolubilidad del matrimonio
válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la
propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo
tiempo se comporta con espíritu materno hacia
estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos
que inculpablemente han sido abandonados por
su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que
también quienes se han alejado del mandato del
Señor y viven en tal situación pueden obtener de
Dios la gracia de la conversión y de la salvación si
perseveran en la oración, en la penitencia y en la
caridad.
Los privados de familia
85. Deseo añadir una palabra en favor de una
categoría de personas que, por la situación
concreta en la que viven —a menudo no por
voluntad deliberada— considero especialmente
cercanas al Corazón de Cristo, dignas del afecto y
solicitud activa de la Iglesia, así como de los
pastores.
Hay en el mundo muchas personas que
desgraciadamente no tienen en absoluto lo que
con propiedad se llama una familia. Grandes
sectores de la humanidad viven en condiciones de
enorme pobreza, donde la promiscuidad, la falta

161
de vivienda, la irregularidad de relaciones y la
grave carencia de cultura no permiten poder
hablar de verdadera familia. Hay otras personas
que por motivos diversos se han quedado solas
en el mundo. Sin embargo para todas ellas existe
una «buena nueva de la familia».
Teniendo presentes a los que viven en
extrema pobreza, he hablado ya de la necesidad
urgente de trabajar con valentía para encontrar
soluciones, también a nivel político, que permitan
ayudarles a superar esta condición inhumana de
postración. Es un deber que incumbe
solidariamente a toda la sociedad, pero de manera
especial a las autoridades, por razón de sus cargos
y consecuentes responsabilidades, así como a las
familias que deben demostrar gran comprensión y
voluntad de ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay
que abrirles todavía más las puertas de la gran
familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su
vez en la familia diocesana y parroquial, en las
comunidades eclesiales de base o en los
movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin
familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia
para todos, especialmente para cuantos están
fatigados y cargados181.
CONCLUSIÓN
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y
madres de familia.
181
Cfr. Mt 11, 28.

162
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la
esperanza de la Iglesia y del mundo, y seréis los
responsables de la familia en el tercer milenio que
se acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos
en el Episcopado y en el sacerdocio, queridos
hijos religiosos y religiosas, almas consagradas al
Señor, que testimoniáis a los esposos la realidad
última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos,
que por diversas motivaciones os preocupáis por
el futuro de la familia, se dirige con anhelante
solicitud mi pensamiento al final de esta
Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente
que todo hombre de buena voluntad se esfuerce
por salvar y promover los valores y exigencias de
la familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un
empeño particular a los hijos de la Iglesia. Ellos,
que mediante la fe conocen plenamente el
designio maravilloso de Dios, tienen una razón de
más para tomar con todo interés la realidad de la
familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia.
Se trata de una consigna concreta y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus
valores y posibilidades, promoviéndolos siempre.
Amar a la familia significa individuar los peligros

163
y males que la amenazan, para poder superarlos.
Amar a la familia significa esforzarse por crear un
ambiente que favorezca su desarrollo.
Finalmente, una forma eminente de amor es dar a
la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada
por el desánimo y angustiada por las dificultades
crecientes, razones de confianza en sí misma, en
las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la
misión que Dios le ha confiado: «Es necesario
que las familias de nuestro tiempo vuelvan a
remontarse más alto. Es necesario que sigan a
Cristo»182.
Corresponde también a los cristianos el deber
de anunciar con alegría y convicción la «buena nueva»
sobre la familia, que tiene absoluta necesidad de
escuchar siempre de nuevo y de entender cada
vez mejor las palabras auténticas que le revelan su
identidad, sus recursos interiores, la importancia
de su misión en la Ciudad de los hombres y en la
de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la
familia puede llegar al fondo de su más íntima
verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido
en la escuela de Cristo y en el de la historia, —
interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone,
sino que siente en sí la exigencia apremiante de
proponerla a todos sin temor, es más, con gran
confianza y esperanza, aun sabiendo que la
182
Juan Pablo II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980): AAS
72 (1980), 791.

164
«buena nueva» conoce el lenguaje de la Cruz.
Porque es a través de ella como la familia puede
llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del
amor.
Finalmente deseo invitar a todos los
cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos
los hombres de buena voluntad, que viven su
responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos
se consagran a su bien dentro de la Iglesia, en su
nombre o inspirados por ella, ya sean individuos
o grupos, movimientos o asociaciones,
encuentran frecuentemente a su lado personas e
instituciones diversas que trabajan por el mismo
ideal. Con fidelidad a los valores del Evangelio y
del hombre, y con respeto a un legítimo
pluralismo de iniciativas, esta colaboración podrá
favorecer una promoción más rápida e integral de
la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que
quiere llamar la atención de todos sobre el
cometido pesado pero atractivo de la familia
cristiana, deseo invocar la protección de la
Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió
escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el
prototipo y ejemplo de todas las familias
cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que
transcurrió una existencia anónima y silenciosa en
un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada
por la pobreza, la persecución y el exilio; que

165
glorificó a Dios de manera incomparablemente
alta y pura, no dejará de ayudar a las familias
cristianas, más aún, a todas las familias del
mundo, para que sean fieles a sus deberes
cotidianos, para que sepan soportar las ansias y
tribulaciones de la vida, abriéndose
generosamente a las necesidades de los demás y
cumpliendo gozosamente los planes de Dios
sobre ellas.
Que San José, «hombre justo», trabajador
incansable, custodio integérrimo de los tesoros a
él confiados, las guarde, proteja e ilumine
siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la
Iglesia, sea también Madre de la «Iglesia
doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada
familia cristiana pueda llegar a ser
verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que
se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de
Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de
acogida humilde y generosa de la voluntad de
Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la
Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las
lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de
sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de
las familias, esté presente como en Caná, en cada
hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y
fortaleza. A Él, en el día solemne dedicado a su
Realeza, pido que cada familia sepa dar

166
generosamente su aportación original para la
venida de su Reino al mundo, «Reino de verdad y
de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de
justicia, de amor y de paz»183 hacia el cual está
caminando la historia.
A Cristo, a María y a José encomiendo cada
familia. En sus manos y en su corazón pongo esta
Exhortación: que ellos os la ofrezcan a vosotros,
venerables Hermanos y amadísimos hijos, y abran
vuestros corazones a la luz que el Evangelio
irradia sobre cada familia.
Asegurándoos mi constante recuerdo en la
plegaria, imparto de corazón a todos y cada uno,
la Bendición Apostólica, en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de
noviembre, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del
año 1981, cuarto de mi Pontificado.
IOANNES PAULUS PP II

183
Prefacio de la Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

167

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