Guardería ABC: no debieron morir
ARTURO ZALDÍVAR
El 5 de junio de 2009, en el incendio de la guardería ABC, en Hermosillo, Sonora,
murieron 49 niños y niñas, a causa de la negligencia inexcusable de las autoridades
que estaban encargadas de cuidarlos. Esta tragedia no fue un mero accidente; fue
una injusticia y una grave violación de derechos humanos, que pudo haberse evitado
si el Estado hubiera cumplido con su deber básico de salvaguardar la vida y la
integridad de las personas y de velar por el interés superior de los niños que estaban
bajo su cuidado.
Murieron 49 niños y más de 100 resultaron lesionados, porque existía un desorden
generalizado en el otorgamiento, operación y vigilancia del sistema de guarderías
subrogadas del IMSS, particularmente en el ámbito de la protección civil. Un desorden
que, inexplicablemente, permitió el funcionamiento de un establecimiento improvisado,
que operaba en condiciones de inseguridad de tal magnitud, que en el lapso de
escasos minutos, se convirtió en una trampa mortal.
Estos hechos, que cimbraron a la sociedad, brindaron a la Suprema Corte la
oportunidad privilegiada de pronunciarse sobre la responsabilidad política,
constitucional y ética derivada de las violaciones graves a los derechos humanos. A
través de la hoy extinta facultad que la Constitución le concedía para investigar este
tipo de violaciones, la Corte estuvo en posibilidad de identificar a los responsables
últimos de la indolencia con la que tristemente muchos servidores públicos
desempeñan sus funciones en nuestro país.
El proyecto que me correspondió presentar al Pleno, proponía establecer la
responsabilidad constitucional de varios servidores públicos, con especial énfasis en
aquellos que ocupaban los cargos más altos en los tres órdenes de gobierno. No se
trataba de determinar las responsabilidades administrativas, civiles o penales de
dichas autoridades, sino de señalarlas desde los valores de la Constitución y
reprobarlas con ese peso. Se trataba de redimensionar la noción del servicio público
como responsabilidad y no como privilegio.
Pero lamentablemente, la oportunidad se dejó pasar. Ni un solo funcionario de alto
nivel fue señalado como responsable, no hubo ninguna renuncia, ninguna condena
moral. Lejos de ello, se le quitó a la Corte la facultad de investigación de violaciones
graves a derechos humanos, a pesar de que era un instrumento particularmente
adecuado para restaurar el orden constitucional vulnerado frente a hechos de esa
envergadura, en los que previsiblemente las instituciones tradicionales podían verse
rebasadas.
A ocho años, sigo lamentando que esta injusticia haya quedado impune. Más allá de
las consecuencias administrativas, civiles y penales —muchas de las cuales se siguen
ventilando ante los tribunales— el caso de la guardería ABC quedó impune desde el
punto de vista de la responsabilidad constitucional; quedó impune en el terreno de la
ética y de la legitimidad democrática. Diluir la responsabilidad de los altos funcionarios
públicos es vaciar de contenido la rendición de cuentas. La responsabilidad del
Estado por violaciones graves a los derechos humanos no puede desaparecer en un
mar de formalismos y de procesos mediante los cuales al final nadie es responsable
de los hechos o lo son solo los niveles más modestos de la cadena de mando. Para
hacer responsable al Estado frente a eventos como este, es indispensable que los
servidores públicos asuman la responsabilidad de las instituciones que se encuentran
a su cargo y que enfrenten consecuencias reales cuando estas fallan
estructuralmente.
El recuerdo de los pequeños que perdieron la vida, el dolor de sus padres, el
sufrimiento de los que hasta hoy padecen las lesiones, no deben perderse nunca en
nuestra memoria colectiva. Lo sucedido debe llevarnos, de una vez por todas, a
refundar nuestra ética del servicio público porque la indiferencia y la apatía o, peor
aún, la ineptitud y la corrupción generadas por la falta de rendición de cuentas y por la
impunidad en todos los niveles, a veces tienen por consecuencia, como aquel 5 de
junio, arrebatar vidas inocentes. Un Estado que no protege a sus niños es un Estado
sin futuro.
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