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No Soy Tu Esposa

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NO SOY TU ESPOSA

Aún lo tengo muy fresco en mi memoria. Hoy con mis veintiún años, me gradué de la facultad
de ciencias empresariales. Sosteniendo mi título universitario en mis manos, sonreí para la foto
que me tomó mi único amigo, pero mis labios cambiaron a uno de asombro, cuando detrás de
él apareció Carlos Erardi. El tipo mas odioso y detestable que haya conocido en mi vida. Aquel
que amé, pero me dejó durante seis largos años, por el que derramé más de una lágrima, pero
que por su ambición se negó a dejarme libre. En otras palabras, mi esposo. Y digo amé, porque
ahora todo sentimiento romántico murió.

Retirando sus gafas de sol, se acercó con pasó firme. Sus ojos azules profundos seguían siendo
igual de hipnotizantes que la mañana con el primer canto del pájaro, su cabello perfectamente
peinado y acomodado de lado; es tan oscuro como la noche, y esos labios que me robaron un
beso cuando aún yo era una jovencita inocente, seguían mostrándose tan varoniles y delgados.

Tenía una incipiente barba; lo que indicaba que recién había llegado y no había tenido tiempo
de afeitarse, pero eso no le quitaba lo elegante. Es un hombre muy guapo eso no lo niega.
Parándose frente a mí, noté aún más su belleza masculina. De hombros anchos, brazos fuertes,
y cuerpo atlético que una camisa y sacó intentaron ocultar, piernas largas y firmes. Maldición,
era más alto que yo. Siempre lo fue, pero esto era ridículo, me sacó un poco más de una
cabeza de alto, a pesar de que yo estaba usando tacones.

Sus ojos azules me vieron de abajo hacia arriba, fue como si me desnudara con la mirada. Lo
que causó un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta las piernas.

- ¿Qué es lo que quieres? -dije, rompiendo al fin el hielo.

Él levantó una ceja, era seguro que no esperaba esa respuesta de mí.

—¿Así es como recibe tu esposo?-me Preguntó serio.

- ¿Esposo? -me reí con sarcasmo-. Por supuesto, que descuido de mi parte. Si sabía que
llegabas, hubiera mandado a colocar la alfombra roja para su Majestad.

- July, estás exagerando.

- Bueno, al menos recuerdas mi nombre ¡Qué halago!


-Escucha, déjate de tonterías, necesito hablar contigo. Vamos a mi auto.

Él se giró pensando que lo seguiría, pero de ninguna manera haría eso. Al no oír mis pasos y no
sentir mi cercanía, regresar y me apretó la muñeca, llevándome con él.

-¿Qué crees que haces? No soy de tu propiedad para que me trate de esta manera -le di unos
golpes en el hombro, pero él siguió sin escuchar mis reclamos.

— ¡July! —exclamó , quien quiso intervenir, pero haciéndole una señal con mi mano, le
pedí que me esperara. Carlos no me iba a dejar en paz hasta que habláramos.

Dos minutos después, estamos en su auto. Bastante lujoso según mi propio juicio. Al parecer le
había ido bien durante estos años fuera del país.

- Y bien ¿Ya vas a hablar? Tengo… a mis amigos esperándome -mentí.

—¿Amigos? —arqueó una ceja.

- Tengo muchos amigos, y no es de tu incumbencia.

- Bien -parpadeó-. Tienes razón, no es de mi importancia. De tu vida personal has lo que


quieras, pero…-se detuvo para acercar su rostro-. De mi empresa, no te atrevas a
cambiar ni una sola piedra.

Ahí estaba esa actitud fría y calculadora, al que solo le importaba el dinero.

No tienes ningún derecho a meterte en mis negocios -lo encaré sin atemorizarme como
aquella chiquilla de hace seis años.

Si bien era verdad que recién me gradué. He estado vinculado con la empresa Erardi desde que
mi apellido pasó de Mariani a la del tipo con el que me casé. Mientras él se largaba con otra,
yo me dediqué a estudiar y esforzarme para convertirme en la mujer que era ahora. Con mi
corta edad, ya era respetada en la empresa, y muchos reconocían mi potencial para
convertirme en la jefa absoluta.
- ¿Tus negocios? -se burló regresando a acomodarse en su asiento- ¿Ah si? Entonces debo
suponer que el excedente de las 1000 docenas de tela pedida, fue producto de tu increíble
negocio.

No tenía la menor idea de cómo, pero él ya estaba enterado de ese error que casi costó el
despido de mi personal.

- Eso fue un error de digitación -respondí.

- Bueno, ese error significa dinero perdido, - July.

- Pero lo recuperé · -me defendí —. El excedente fue vendido como material para otras
empresas. No soy una ignorante, tengo más tiempo en este negocio que tú.

- ¿Qué yo? Por si no lo recuerdas, he estado a cargo de la sede en Inglaterra -él sacó una
revista para restregarmela “Erardi, la moda de Italia a Inglaterra” Conozca a Carlos
Erardi, el increíble dueño de la marca más grande en el continente Europeo.

El titular me hizo rabiar, pero gracias a las veces que negoció, aprendí a controlar mi carácter.

— Pequeña florecilla…

- ¡July! —alcé mi voz-. No te he dado la confianza para que te dirijas a mi persona de ese
modo.

-De acuerdo señora Erardi -dijo con tranquilidad guardando la revista-. Ahora con esto
entenderás que el éxito de que la marca sea muy conocida y consumida, sea gracias a mi
trabajo.

- ¿Qué es lo que quieres exactamente, Carlos? No voy a felicitarte.

-Lo tengo claro, pequeña flo… July. Simplemente vino a tomar las riendas de lo que me
pertenece.
-¿Pertenece? ¿De qué hablas?

- Me he enterado que aviones vender el — 25% de acciones a un hombre en Francia.

-Sí ¿Y eso que tiene que ver?

-No, nada de malo. No, si ese tipo fuera el hijo del dueño de la empresa rival.

-¿Qué dices? -abrí los ojos con sorpresa.

- Es evidente que te falta aún mayor experiencia.

-¡Tengo experiencia suficiente! ¡Seis años!

- A ver tranquilízate. Además ese no es el único asunto por el que vine.

Bajando mis manos a mis rodillas, le aparte la mirada. Sabía que este día llegaría tarde o
temprano, y aunque siempre me lo grabé, se sintió extraño.

-Claro que lo sé, es lo que más esperabas ¿Verdad?

- El abogado dar la lectura de lo restante del testamento hoy. Luego de eso obtendrás tu
libertad.

-Libertad que me negaste hace seis años- le recordé.

- Ambos perdimos esa libertad, July. No creas que fuiste la única afectada. Pero ve el
lado positivo, firmado el divorcio tendrás la parte que te corresponde de la herencia.

-Herencia me reí-. Siempre te importó solo eso.


Él no me respondió, descubrió su reloj en la muñeca y salió del auto para abrirme la puerta de
mi lado.

-Eso no era necesario-dije sin mostrar emociones.

- Ve a decirle a tu amigo que te iras conmigo. La lectura al testamento será en una hora
y el camino desde aquí es largo.

-Pues vete. Tú eres el más interesado ¡Oh, es verdad! También está la mujerzuela de Melody
¿Cierto?

Lo vi apretar los puños, en un intento de guardar la compostura.

-No la metas en esto. Lo que tenga con ella no te concierne, así que cuida tus palabras al
dirigirte a Melody.

-Yo hablo como se me de la gana, después de todo ella es la amante.

- Estás colmando mi paciencia, July. No soy un estúpido que va aguantar tus insolencias.

- Pues mira que a mi me encanta hablar con estupidos. Te escucho.

Su mandíbula se tensó y sus ojos me miraron con dureza. Decidida a irme, me levanté
intentando alejarme de su presencia, más el no se apartó. De hecho se mantuvo firme parado
frente a mí, pero cuando intenté empujarlo, él me retuvo de las muñecas con fuerza.

Yo levanté la mirada, exigiendo y moviendo mis brazos para que me soltara. Pero hacerlo era
como pelear contra un león. Carlos me superaba enormemente en tamaño y fuerza.

- ¡Tonto, estúpido e idiota! —lo insulté, pero él se quedó en silencio-. Maldita sea,
suéltame -ordené, mas entre los movimientos que hice y él acercándose, caí de
espaldas al asiento con él sobre mí.
Su rodilla se metía en medio de mis piernas, mi falda estaba desacomodada lo que dejaba gran
parte de mis muslos al descubierto, y sus brazos presionaban a mis costados, impidiendome
cualquier escape.

¡Por Dios! Tenía el cuerpo de Carlos sobre mí.

-C-Carlos-murmuré con las mejillas rojas de vergüenza-. ¿Qué diablos?

Él acomodó sus brazos, pensé que se levantaría, pero cuando sus ojos hicieron contacto con
los míos, me susurró: Hospital…

- ¿Hospital? -pregunté confundida, pero rápidamente logré recordarlo.

La primera vez que lo vi, él me confesó de esa condición que sufría, no era mortal, pero si
debía tener cuidado con su glucosa de lo contrario está era la consecuencia. Un desmayo.

-Carlos ¿Hace cuánto llegaste? -le pregunté.

-Está… mañana.

-¿Y has comido algo?

Moviendo su cabeza, lo negó. Juro que pensé que la desmayada sería yo ¿Cómo se le ocurría
andar por ahí sin haber comido? Y peor manejar, pudo haberse accidentado ¡Este tipo era un
completo descuidado! Tan irresponsable como lo recordaba.

Entonces, como un simple objeto, quedó sin movimiento. Tenía su rostro en mi cuello y todo
su peso casi me dejaba sin aire. Cualquiera que nos viera, pensaría de inmediato que éramos
una pareja demostrando su afecto desmedido en plena vía pública. Santo Dios, estaba en gran
desventaja ¿Cómo salirme?

De repente, escuché los pasos de alguien que se acerca.

- ¡David! -logré exclamar.


Él se quedó congelado al ver semejante escena incómoda. Acomodando su cabello castaño
largo que le llegaba a los hombros, me miraba con asombro.

- Por favor, ayúdame ―le pedí, estirando mi mano.

Mi amigo de inmediato pensó que estaba siendo atacada. Lo observé subirse las mangas de su
saco, pero usando mis pocas fuerzas grité: ¡Esta desmayado, hay que llevó al hospital!

Quince minutos después, y con la habilidad que tengo al manejar, llegamos al hospital. Harry
me ayudó a llevar a Edzel hasta la entrada del hospital, ahí fuimos atendidos. De inmediato
expliqué la situación.

-¿Y usted es…? Quiso saber la enfermera.

- Soy la esposa.

Casi como un resorte, Harry levantó el rostro con los ojos bien abiertos.

- De acuerdo señora, le informaré cuando él paciente despierte.

- Gracias-respondí.

Estando a solas con Harry, él solo hizo señas con sus manos.

- Perdona le dije, sintiéndome culpable.

-July… Me dijiste que te habías divorciado.

- Lo sé, de verdad lo sé, y lamento haberlo – ocultado. Pero no era algo de lo que
estuviera orgullosa.

- Pero soy tu amigo, creí que confiabas en mí-su mirada de decepción me dolió, y
cuando quise acercarme para explicarle, la enfermera volvió.
- Su esposo esta despierto, señora. Ahora mismo le estamos administrando una solución
que le ayudará a recuperar sus fuerzas.

-Gracias-dije—. David, hablaremos después.

- Lo entiendo, perfectamente July. Cuida de tu marido -me respondió dándome la


espalda.

Tenía en mi garganta las ganas de decir que me disculpara por haberle mentido. Pero la
insistencia de la enferma hizo que me quedara.

—¿Cómo está? -Pregunté sin mucho entusiasmo.

- Estará bien, una vez terminada la administración, se podrá ir.

— Bien, siendo ese el caso ¿Puedo irme? – realmente él ya no me importaba. Si lo había


traído al hospital fue por un acto solidario. Hace mucho que había superado a Carlos
Erardi.

-¿Cómo? ¿No piensas entrar a verlo? —me detuvo con su pregunta.

Rodee los ojos, en realidad lo último que quería, era relacionarme con ese sujeto ¿Por
qué simplemente no recogió una copia del testamento? Pero no, a él le encantaba
hacerme la vida miserable.

Solo para no ser tomado como una grosera, asentí. Seguí a la enfermera que me llevó
donde el susodicho.

- Los dejo a solas —dijo la enfermera antes de irse.

Con el brazo conectado a un equipo de venoclisis, Carlos se encontraba sentado sobre la silla
donde iba recuperando sus fuerzas. Su brazo libre estaba descansando sobre sus ojos sin
prestar atención a mi presencia en la habitación.
- Acabo de llamar al abogado —comentó.

Yo solo desvíe la mirada a la ventana. Me importaba poco lo que él abogado dijo. Solo ansiaba
mi libertad.

-Le he dicho que habrá un retraso, y lo entendió.

Yo solté una fugaz sonrisa sarcástica-. Que beneficios para ti ¿Acaso temes que altere el
testamento a mi conveniencia?

-No lo harás-respondió tranquilo, quitando su brazo para verme-. Antes de que pongas un
dedo sobre el testamento, te colocaré unas cadenas.

— Atrévete y verás cómo te dejo sin poder tener hijos el resto de tu vida.

— Ja, ja, ja —soltándose en una carcajada que sería como un tipo de arma de seducción
al ser ronca y masculina para las mujeres “busca-chequeras” se burló de mí.

- ¿De qué te ríes? Por si no lo sabes fue una amenaza -le advertí-. Tú me pones un dedo
encima, y yo te doy con la punta de mi rodilla

- Muy bien pequeña florecilla, pero tus rodillas no llegarían a mi entrepierna ni usando
todo tu impulso.

Enojada por su burla a la diferencia de altura que había entre nosotros, pero más porque
seguía usando ese irritante apodo, lo miré fríamente.

- ¡Ya te dijo que no me llames así! Soy July, además por qué utilizas una palabra
redundante. Por si no lo sabes “florecilla” ya está en un término diminutivo y el
“pequeña” está fuera de lugar.

Carlos volvió a romper en carcajadas ¿Qué demonios tenía? ¿Acaso estoy haciendo chistes?
Estoy hechando fuego por los poros y él solo se burla.

-De acuerdo ¿Estaría bien entonces, señora Erardi?


-Solo dime July ¿Quieres?

-Pero tu misma fuiste la que dijo ser mi esposa a la enfermera.

- ¡Estabas despierto! -lo apunté con el – dedo.

- Solo estaba débil, por ninguna circunstancia me desmayo.

-Eres… tomé aire para no exaltarme-. Muy bien, no sé de qué me sorprendo. Contigo se puede
esperar cualquier cosa. Pero te lo dejo claro, NO SOY TU ESPOSA.

Apretando mis manos al mango de mi bolso, le di la espalda para marcharme, pero tan pronto
lo hice, senti sus dedos alrededor de mi brazo.

-Lo eres, y aunque te niegues hay un papel que así lo declara.


NO SOY TU
ESPOSA

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