100%(1)100% encontró este documento útil (1 voto) 243 vistas9 páginas03 Nancy J-L Las Musas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido,
reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Las Musas
Jean-Luc Nancy
Amorrortu editores
Buenos Aires - MadridAwa ror he, ed Fors
Bi Ae
dE,« CEE,
i a
ealenery PON Ot sontren py Oe tomagoond
hh pile i ee 7
iittmemd, gt,
Ts oapeah .
orale, mon PEL aaa 5
1EntMinee gow mtms oh ary © the “Eg”
en stems oe tm marks fom fini. bite r
tae ke frag fom te promt
mime dant te i
fale, jt me mae
| an tem
hb itn non par: smparadoe: ant
foe pel wt he pel,
fe aviacment. IT Hq digi nha he
9 te pot ad mae mitten, be ta ge Ah
th geo am bate apprpie gos dame atte
Si WEdis wd hb how\ toy |g
Seller frmind, 4s pond gulatlr Agpasme
Pant Nhewmont, eich
he be
Una primera versién de este articulo, con el titulo de «Peinture dans 1 salud ils heh. pinta, alee rs
Ja grotte (sur les parois de G. B.)», aparecié en La Part de l’il (Bruse- panies atieoe Ginbn fb me Ede. b
las), 10, 1994, «Georges Bataille et esthétique», pags. 161-8. Al margen me + Ete wh hh pose de
de las diferencias del propio texto, lo que se publics entonces fue su ma-
nuserito, atravesado por dibujos originales del pintor Frangois Martin.
Se reproduce aqui el facsimil de una de esas paginas. «Peinture dans la grotte», extraido de La Part de l’eil, 10, 1994,
98
99l
El hombre comenz6 por la extrafieza de su propia hu-
manidad, O por la humanidad de su propia extrafieza. Se
presenté en ella: se la presents o figuré, Tal fue el saber de
si del hombre: que su presencia era la de un extratio, mons-
truosamente semejante. El semejante tenia precedencia
sobre el si mismo, y eso era este. Tal fue su primer saber, su
habilidad, el pase de manos con que arrancaba el secreto a
la extrafieza misma de su naturaleza, sin penetrar, empe-
To, ese secreto, sino penetrado por él, y él mismo expuesto
como el secreto. El esquema del hombre es la mostracién de
ese prodigio: si fuera de si —el fuera vale para si—, yél
sorprendido frente a si. La pintura pinta esa sorpresa. Esa
sorpresa es pintura.
En esa mostracién, todo se da de una vez: la sociedad de
los semejantes, la inquietante familiaridad del animal, el
sujeto surgido de su muerte, el sentido suspendido, la evi-
dencia oscura. Todo se da con ese pase de manos que traza
el contorno de una presencia extrana, directamente sobre
una pared, una cortezao una piel (con él, casi con el mismo
gesto, podria haberla aplastado, sofocado). También fue,
tal vez, un canto. Es preciso escuchar al primer cantante
acompanar al primer pintor.
El placer que los hombres encuentran en la pipinots es-
ta hecho de la perturbacién que los embarga frente a la
extrafieza reconocible, o en la excitacién debida a un re-
conocimiento que habria que lamar extraniado.
Reconozco en ello que soy irreconocible para mi mismo,
y sin eso no habria reconocimiento alguno. Reconozco que
eso constituye tanto un ser como un no-ser, y que yo soy
uno en otro. Soy el ser-uno-en-otro, E] mismo es el mismo
sin volyer jamas a si, y de ese modo se. identifica. El mismo
es el mismo de una identidad que se altera desde el naci-
101miento, sedienta de si que atin nunca ha sido si, y cuyo na-
cimiento ya es alteracién y se apropia como es@ alteracion
misma.
La figura trazada presenta todo eso. Es Ia huella de la
extrafieza que viene como una intimidad abierta, expe-
riencia ms interior que cualquier intimidad, hundida co-
mo la gruta, abierta como la aperturidad y como la apa-
riencia de su pared. La figura trazada es esa misma aper-
tura, el espaciamiento mediante el cual el hombre Iega al
mundo y este mismo es un mundo: el acontecimiento de to-
da la presencia en su extraneza absoluta.
Asi, la pintura que comienza en las grutas (pero, tam-
bién, las grutas inventadas por la pintura) es en primer
lugar la mostracién del comienzo del ser, antes de ser el
inicio de la pintura. -
El hombre comenzé por el saber de esa mostracién. El
Homo sapiens s6lo es tal en concepto de Homo monstrans.
De improviso, y con un mismo primer gesto, hace apro-
ximadamente veinticinco mil afios, el animal monstrans se
muestra. No mostraria nada si no se mostrara asi mismo
al mostrar. Muestra con un trazo el extratio que éles, mues-
tra la extrafieza del mundo al propio mundo, y muestra
ademas su saber de la mostracion y de su extraflamiento.
Pues «mostrar» no es otra cosa que poner aparte, poner a
distancia de presentacién, salir de la pura presencia, au-
sentar y, asi, absolutizar.
Lo que los hombres, a continuacion, llamaran con una
palabra que querra decir el saber y el saber hacer, la texvn
o elars, en términos absolutos, es al comienzo del hombre
toda su ciencia y toda su conciencia (pero, ghabra dejado él
de recomenzar alguna vez?). Ciencia y conciencia de la fas-
cinacion del monstruo de la presencia, salido de la presen-
cia. Téxym 0 ars de una fascinacién que no paraliza, sino
que entrega al no saber el abandono ligero y grave. Esa fas-
cinacion no se transforma en imagen. detenida, como no sea
para suscitar la apariencia sin fondo, la aperturidad, la se-
mejanza sin original, e incluso el origen mismo en cuanto
monstruo y mostracién sin fin. El pase de manos del arte es
el cariz de ese gesto.
En ese sentido, el «arte» esta presente en Su totalidad
desde el comienzo. Incluso consiste en eso: estar presente:
102
en su totalidad en el comienzo. El «arte» es el comienzo
mismo, y atraviesa, como un unico gesto inmévil, los vein-
ticinco mil aiios del animal monstrans, el animal mons-
trum. Pero, al mismo tiempo, no deja de transformar las
formas de esa mostracién infinita. Con un solo trazo, mul-
tiplica sin fin la historia de todos sus trazos. El axteno es
mas que una inmensa tradicion de invencién de las artes,
de nacimiento de los saberes sin fin. Pues lo propiamente
monstruoso, la monstruosidad de lo propio, es que no hay
fin en lo finito de la figura.
El sentido que es el mundo directamente en si mismo.
ese sentido inmanente de ser ahi y nada mas, viene a zni08-
trar su trascendencia: que consiste en no tener sentido, en
no inducir ni permitir su propia asuncidén en ninguna suer-
te de Idea ni de Fin, sino en presentarse siempre como su
propio extrafiamiento. (Ser ahi en cuanto el ahi esta ahi,
monstruosamente ahi, es ser e/ ahi mismo, hacer una Pace
sién 9 una excisién en lo fntimo de su inmanencia, cortar,
pintar la pared [paroi], su a-pared-cer [apparoitre]: el oh
es siempre una gruta.)
a Sila condicién de una presencia, en general, es su situa-
cién en un lugar, en un tiempo y para un sujeto, el mundo,
entonces, y el hombre en el mundo, es la presentacién ae
una presencia sin presencia. Pues el mundo no tiene ni
tiempo, ni lugar, ni sujeto. Es pura y simple presentacién
monstruosa, que se muestra como tal en el gesto del
hombre que dibuja los contornos de la aparicién que nada
soporta ni delimita.
1 Asi, las manos pintadas, sin duda por medio de una téc-
nica de plantilla de estarcir (se las ama «manos en nega-
tivo»), que son hoy la primera pintura conocida (gruta de
Cosquer, ademas de centenares de manos un poco mas re-
cientes), al lado de animales y signos diversos, no presen-
tan otra cosa que Ja presentacién misma, su gesto abierto,
su exhibicion, su aperturidad, su patefaccién y su estupe-
faccién. La mano puesta sobre la pared, pegada a ella, no
agarra nada. Ya no es una mano prensil; se la ofrece como
la forma de una prensién imposible o abandonada. Una
prensién que, en igual medida, suelta. La prensién de un
abrir: el abrir de la forma.
103:Apartada de toda prension y de toda empresa que no
sea la de exponer, en una quiromancia sin nada para des-
——————___________cifrar, la mano del primer pintor, el primer autorretrato, se
muestra desnuda y silenciosa, y hace suya una insignifi-
cancia que todo desmiente cuando ella aferra un instru-
mento, un objeto o una presa. cand
Esas grutas no dejan ver huella alguna de habitacién, y
ni siquiera (o muy poco) de uso, De ellose cree licito deducir
que fueron «santuarios». Pero seria muy temerario asociar
forzosamente a ellas la representacién de un culto y el
encuentro exaltado o pavoroso con una divinidad, un nu-
men al que las imagenes-pintadas habrian proporcionado
una funcién propiciatoria o de evocacién. No hay raz6n.
alguna, en efecto, para atribuir a esas formas y esas figu-
ras otro sentido que el sentido'sin significacién de la expo-
sicién a través de la cual la presencia se hace extrafia, al
poner el mundo y al sujeto frente a si mismos, como frente
a un sentido ausente: no un sentido perdido, ni alejado o
postergado, sino un sentido dado en la ausencia como en la
mas simple simplicidad extratiada de la presencia, ente sin
ser 0 sin esencia que lo funde, lo cause, lo justifique o lo san-
tifique. Ente sélo existente. Ente, incluso, soberanamente
existente, por no ajustarse sino a esa existencia misma.
Y que muestra en ello su soberania.
Pero esa soberania no se ejerce sobre nada; no es una
dominacién. En realidad, no se ejerce, se excede: todo su
ejercicio consiste en excederse, al no ser ella misma otra
cosa que la desvinculacién o el apartamiento absoluto de. lo
que no tiene fundamento en la propiedad de una presencia,
ni inmanente, ni trascendente, y que, de tal modo, es en st
misma el defecto, la falla de una presencia que se muestra
ajena a si: en si ajena a si, soberanamente alienada. No
muestra mas que eso, y tiene su tnico acto en esa mostra-
cién. Su falla expuesta es su toque propio, su honor, su
gracia y su acorde, en lo mas intimo del desgarramiento y
la estridencia muda que lo atraviesa: acorde y ritmo de la
forma, musica en la pintura misma.
La imagen, aqui, no es el doble cémodo o ineémodo de
una cosa del mundo: es la gloria de esa cosa, su epifania, su
distincién con respecto a su propia masa y su propia apa-
viencia. La imagen es el elogio de la cosa en cuanto esta se-
104
parada del universo de las cosas, y se la muestra separada
asi como lo esta el todo del mundo. (El todo del mundo esta
separado de si: es la separacién.)
El silencio de las primeras pinturas no es el de un tiem-
Po cuyas voces se hayan extinguido para nosotros. Ni si-
quiera existe la certeza de que no escuchemos, con ellas, los
cantos de esos hombres (escuchados como tocados por el
ojo, escuchados en su proximidad y su apartamiento abso-
lutos con respecto a la forma visible). Pero es entonces el
silencio de toda pintura, de toda muiisica, el silencio de la
forma, de esa forma que no significa y tampoco halaga,
pero muestra: el ritmo o el plan, el trazo o la cadencia. Por
consiguiente, no se trata tampoco del silencio que retiene y
reserva, sino del que deja sobrevenir la extraneza del ser:
su inmediata contigiiidad, en la pared misma. Ese silencio
no hace nada: expone todo.
Y no precede a la palabra nila sucede: es su tensién, su
vibracién que no deja pesar ni postular significacién algu-
na. Silencio de una humanidad sin frase (pero no sin ha-
bla), a la que nada relaciona con sus fines, a la que nada
hace pasar por otra cosa que lo que es: la simple extrafieza
de la presentaci6n, (Una humanidad sin humanismo.)
éimaginamos (y de acuerdo con qué imagen, qué idea de
la «imagen») esta humanidad «primitiva», como suele de-
cirse, esta humanidad «balbuciente», «zafia», de subito en
trance de perfilarse, al mismo tiempo y con un mismo gesto
enteramente arrojada en su propio esbozo y como si fuera
este mismo, consumado enseguida de un solo trazo (el es-
bozo en cuanto consumacién), cuyos inicios habrian de
reactivar sin discontinuidad veinticinco mil afios de pintu-
ra y dibujo, sin clausurar pese a ello la forma (la consuma-
cién en cuanto esbozo)?
Esa extrafieza propiamente inhumana y, asi, monstruo-
sa no tiene nada que no sea muy simple, sobrio y hasta es-
tricto, sin estrépitos ni otro adorno que el ornato de apare-
cer. El silencio de las primeras pinturas no proviene, pues,
de la extincién de los cantos o las aclamaciones Sagradas
que las habrian acompafiado y comentado. Muy por el con-
trario, ese silencio fue el canto inaudito al que nada so-
metia a ningun servicio, ni divino, ni profano.
1056 ilenci damente vio-
EI hombre comenzé en el silencio sosegadamer
lento de un gesto: aqui, sobre una pared, la continuidad del
[Link] interrumpida por el nacimiento de una forma, y esa
forma separada de todo, y que incluso separaba ala pared
de su espesor opaco, dejaba ver la extraneza del ser sus-
tancia o animal, que la trazaba, y de todo el ser en él.
Esto hizo temblar al hombre: y ese temblor era él. ;
Si las imagenes de las cavernas de nuestra prehistoria
(que es tan poco nuestra a la vez que es la nuestra, que es
nuestro destierro en nuestra propia tierra) nos emocionan,
nos fascinan y nos tocan el alma, no sélo es en razon de su
perturbadora antigiiedad, sino, mas bien, porque pre-
sentimos la emocién que nacia con ellas, esa emocién que
era su nacimiento mismo (jo cuya venida al mundo eran
ellas?): risa y miedo, deseo y estupor frente aesa Ria
tan poderosa como la pared de roca maciza, segun lacualel
contorno figurativo consuma lo que no puede consumarse,
pone fin a lo no finito, y no lo sustrae asia lo pea) sino
que, muy por el contrario, le da el espacio vertiginoso de su
én sin fin: ;
eee como si tocara la ruptura de todo soporte
y el fundamento de toda separacién, el mundo entero salia
2 . ae : {qué era entonces esa «vez» demas, esa
segunda ocurrencia 0 recurrencia del origen mismo, esa re-
creacién que recreaba al propio creador?
Imaginemos lo inimaginable, el gesto del primer imagi-
oT eee no procede por azar ni por proyecto. Su mano .
adentra en un vacio, ahondado en el instante mismo, que lo
separa de si en vez de prolongar suser en su acto. Pero esa
separacién es el acto de su ser. Helo aqui fuera de wea
antes de haber sido en si, antes de haber sido si. ecir
verdad, esa mano que avanza abre por si sola ese vacio,
aunque no lo colma. Abre la eeatin ee ‘una presencia que
de ausentarse con el avance de la mano. 7
ae tantea, ciega y sorda a toda forma. Pues el animal
que esté en la gruta y hace ese gesto conoce cosas, red
materias, estructuras, signos y acciones. Pero ignora ‘a for-
ma, el elevarse de una figura, un ritmo, en su presentacién.
106
Lo ignora, o es de inmediato eso mismo: levantamiento de
la forma, figuracién.
Por primera vez, toca la pared no como un soporte, 0 co-
mo un obstdculo 0 un apoyo, sino como un lugar, si un lugar
Puede tocarse. Pero como un lugar donde dejar acaecer
algo del ser interrumpido, de su extrafiamiento. La pared
de roca sélo se hace espaciosa: acontecimiento de la dimen-
sin y el trazo, del apartamiento y el aislamiento de una
zona que no es ni un territorio de vida, ni una regidn del
universo, sino un espaciamiento para dejar llegar, proce-
dente de ninguna parte y vuelta hacia ninguna parte, toda
la presencia del mundo. zs :
Del pintor a la pared, la mano abre una distancia que
suspende la continuidad y la cohesion del universo, para
abrir un mundo. La superficie de piedra se convierte en ese
mismo suspenso, su relieve, su matiz y su grano. El mundo
parece quedar cortado, cercenado de si, y cobra figura en su
corte: aplanado, liberado del espesor inerte, forma sin fondo,
abismo y playa de la aparicién.
El trazo divide y dispone la forma: él la forma, Descarta
al mismo tiempo —con el mismo tino, con el mismo trazo
atinado— al animal trazador y su gesto; en el extremo del
pedernal o del dedo surge lo real separado, lo real re-
pentino dibujado y destinado segiin su lisa y lana rea-
lidad, ofrecida como tal sobre la pared inclinada, sin sus-
tancia, sin peso, sin resistencia a su despliegue. La reali-
dad misma de lo real, desconectada de cualquier uso, invia-
ble, intratable y hasta intocable, densa Y porosa, opaca y
didfana directamente sobre la pared, pelicula impalpable e
impasible en la superficie de la roca: la roca misma transfi-
gurada, pura superficie, pero siempre sélida.
No una presencia: su vestigio o su nacimiento, su ves-
tigio naciente, su huella, su monstruo,
En la punta del primer trazo, el primer pintor ve llegar
a él un monstruo que le tiende el reverso insospechado de
la presencia, su desplazamiento, su desprendimiento o su
plegado como pura manifestacién, y la manifestacién mis-
ma como la Ilegada de lo ajeno, la venida al mundo de lo
que no tiene lugar alguno en el mundo, como el nacimiento
del origen mismo o la aparicién del aparecer, la largueza
107
j
i
i
idel ser en su existencia (como suele o solia decirse: largar a
un preso).
Pero lo que no tiene lugar algunoen mundo es la veni-
{i
da misma del mundo, su acontecer. En 9 sentido, no es
otra cosa que el mundo mismo 0 su acto puro, el hecho de
que haya mundo. Esto es para siempre ajeno al mundo, no
hay parte ni lugar en que este lo contenga, pero, al mismo
tiempo, se difunde por doquier en la superficie del mundo,
como su tener lugar mds inmediato, su «creaci6n conti-
nua»: una inmediatez tal que brota al instante fuera de sf,
extravasada toda en manifestacién de las formas.
Por lo demas, el mundo sélo es superficies sobre super-
ficies: por mucho que se penetre detras de la pared, no se
encontrardn sino otras paredes, otros cortes, y estratos ba-
jo estratos o caras sobre caras, laminado indefinido de ca-
pas de evidencia. Al peinar la pared, el animal monstrans
no pone una figura sobre un soporte, levanta el espesor de
este, la multiplica al infinito, y la figura misma ya no esta
sostenida por nada. Ya no hay fondo, o bien el fondo no es
mas que el advenimiento de las formas, la aparicién del
mundo. a
(La prohibicion de la representacién es la prohibicién de
reproducir el gesto divino de la creacién. Pero en este caso
no hay nada de eso para reproducir, y por lo tanto tampoco
prohibicion. Es el hombre el que queda prohibido ante el
surgir de su extrafieza, y siente la necesidad absoluta de
recuperar ese surgimiento. Debe reproducir la aparicién,
es un imperativo: la imitacion es una intimacion. De todas
maneras, no hay que olvidar que la extrafieza sdlo surge en
ese gesto de la imitacién. Minot, monstruosidad y mos-
‘acién giran en circulos.)
" Tso oe el acontecimiento que se manifiesta en la punta
del pedernal o el carbén del pintor en la gruta: helo aqui re-
medando el origen del mundo. No copia ese origen, adopta
la postura que jamas tuvo lugar ni lo tendra, porque no hay
afuera del mundo. (Sélo hay el adentro del mundo, como el
interior de una gruta.) Adopta la postura 0 el aspecto del
gesto que da lugar al mundo (que le da lugar sin tener lu-
gar con anterioridad a él). La gruta es el mundo, donde el
dibujo hace surgir lo imposible fuera del mundo, y lo hace
surgir en su imposibilidad misma.
108
Atrapado en esa Postura, en medio de ese gesto, el pri-
mer pintor se ve, y el mundo con él, llegar a si como aquel
que él nunca fue ni sera, como el extranjero llegado de nin-
guna parte y destinado a ninguna parte, sin ir, entonces, ni
venir: tinicamente puesto, separado, aislado en un trazo
frente a si, Si mismo, se sorprende ausente, tal cual esta
ausente el autor del mundo, Sorprende, por consiguiente,
al mundo en su desnudez de ser o ente sin autor. Se asom-
bra, se preocupa y se rie de esa postura y de lo que esta le
muestra; la forma del animal, su propia forma y la del ser
mismo, recortada frente a él, dejada como una huella que
no lleva a otro lado que a la pared de la gruta y las sober-
bias imagenes. 7
Las imagenes nos devuelven la imagen del pintor, el ful-
gor de su gesto tendido por la Idea, del gesto que yaes Idea
antes de que esta se idealice: el monstruo que no es ni bello,
ni feo, ni verdadero, ni falso, y que sélose adelanta, surgido
aqui mismo de ningtin otro lugar.
La mano tendida sigue el trazado que se decide delante
de ella y que la atrae a la pared de la gruta. En cierto sen-
tido, es un puro tacto dela Piedra, de su resistencia y de su
docilidad a la incisién o la marca, de los obstaculos de su
relieve, de su densidad. En otro sentido, es el tacto dividido
con respecto a si, que aparta la mano de la piedra, inaugu-
ra la continuidad en lugares distintos y valores contras-
tados, y representa la figura que ofrece de improviso su
brillo mate.
Hay mas de un trazado de la traza: esta el grabado del
pedernal, la huella del carbén aplastado, la pasta o el polvo
de tierra; estan las lineas ylos colores, los pegamentos y los
Acidos. Estan también los cantos que ya no escuchamos, y
los pasos de baile que ya no vemos. El gesto difiere en cada
ocasién y la traza nunca es una: siempre distinta de otra,
siempre formada en un grano 0 un tono singular, en un
€spesor 0 un tornasol que son cada vez las propiedades
Unicas del monstruo, de un monstruo diferente. Ese gesto
no muestra otra cosa que su manera, su téxvn pryintucn, de
mostrarse, de configurar su ausencia de figura. No se pare-
ce nunca, al ser el monstruo y la muestra de la Semejanza
que no se asemeja a nada, y remedar de esa manera la
109| naturaleza excelente del mundo, el mundo o el hombre, el
f ser o el extratio. —— -
Entonces, el ojo que hasta aqui no ha hecho mas que
a percibir las cosas se descubre viendo: Ve esto: que ve. Ve
$ que ve ahi: ve donde hay algo del mundo que se muestra. Y
fi siempre es ver también en la noche de la gruta, la mirada
recta tendida hacia la profundidad negra. Y el ojo ve ahila
Idea, la extranjera, la figura: el Monstruo que es él mismo
es abierto por ella y en ella, es ritmado a su son, y es ella. Ve
lo invisible, y el desvanecimiento del sentido de su propia
I presencia en el mundo.
i
110
5. El vest
También podría gustarte
Los Raros
Aún no hay calificaciones
Los Raros
144 páginas