Ted Bundy
Ted Bundy
MALVADO
Katherine Vega
No sé por qué,
PRÓLOGO
Yo también debería conocerle por ser un serial killer y nada más. Pero la
realidad, mi realidad, es otra. Ted Bundy, además de ser un psicópata que
aterrorizó al país durante cinco años asesinando a decenas de chicas, es
también mi padre.
Una putada, pensaréis. Y yo os diré que sí, que desde luego es una putada,
porque nadie quiere ser la maldita hija de un despiadado asesino en serie. Si
bien debo ser honesta y admitir que es una putada relativa, puesto que no
tengo ni un solo recuerdo de los cinco primeros años de mi vida, que fueron
los años que compartí con mi padre en el corredor de la muerte. Ted Bundy
murió en la silla eléctrica la mañana del 24 de enero de 1989, ocho años
después de que yo naciera, aunque mi madre se divorció de él en 1986 y, que
yo sepa, nunca volvieron a tener contacto desde que ella huyó de Florida y de
su matrimonio fracasado.
Una noche de viernes de 1997 todo eso cambió, claro. Mi madre me enseñó
una revista con un reportaje de Bundy que incluía una foto de ella y mi padre
conmigo en brazos, y poco a poco, fue desgranando la historia de cómo lo
había conocido cuando trabajaban juntos en el Servicio de Emergencias de
Washington, cómo se había enamorado de él desde el primer momento y
cómo, por amor, se mudó a Florida mientras a él lo juzgaban por los
asesinatos múltiples de la hermandad Chi Omega.
Todo lo que concierne a Ted Bundy lo tuve que averiguar yo por mis propios
medios. Me obsesioné con conocer todos los pormenores posibles de sus
crímenes, leí todos los artículos que encontré, descargué los vídeos de sus
juicios y de sus entrevistas a la prensa, escruté fotos de sus víctimas, y
también suyas. Encontré varias fotos mías donde él me llevaba en brazos y
que corrían por la red a merced de todos los extraños que quisieran
contemplarlas. Lo comparaba con otros asesinos en serie famosos para
convencerme a mí misma de que mi padre no había sido el peor de ellos,
mientras leía sin parar detalles escabrosos de todo tipo sobre muertes,
torturas y vejaciones. Me pasé unos dos años así, hasta que la vida y milagros
de Ted Bundy acabaron por afectarme y tuve que apartarme de aquella
malsana obcecación antes de que esta me devorara por completo.
Y dejadme que os diga que Leavenworth es, como mínimo, un lugar extraño.
Era el típico pueblo que vivía de las industrias madereras que había alrededor
hasta 1920, año en que el ferrocarril dejó de llegar, afectando a toda la
pequeña economía de sus habitantes. A mediados de los sesenta alguien
decidió convertir Leavenworth en una especie de lugar temático para atraer
turistas de todo el estado, así que poco a poco sus edificios se fueron
transformando hasta imitar el estilo arquitectónico de un típico pueblo de la
Bavaria alemana. Hoy figura en las guías como destino “con encanto”,
rodeado de naturaleza y montañas perfectas para esquiar y hacer senderismo,
llegando a recibir cientos de visitantes a la semana, sobre todo en otoño, para
participar en nuestro propio Oktoberfest.
Ah, sí, tengo un hermanastro… James era adolescente cuando Carole Ann se
casó con Bundy en Florida. Al parecer nunca aprobó aquel matrimonio y huyó
de casa en cuanto cumplió la mayoría de edad. Nunca jamás volvimos a saber
de él y lo único que conozco de mi hermanastro es una foto suya que
permanece colgada en el pasillo de casa.
Nuestra vida como madre e hija, la de Carole Ann Boone y Rose Blake,
empezó como una farsa, así que supongo que tiene sentido que ella eligiera
un pueblo como Leavenworth para continuar la pantomima. Todo el pueblo se
dedicaba a actuar y fingir que estábamos en mitad de la Bavaria alemana,
¿qué les importaba la aparición de una madre soltera con su pequeña de cinco
años? Ya os lo digo yo: absolutamente nada.
Desde aquel día en que supe que era hija de Ted Bundy veo en mi cara los
rasgos atractivos de mi padre, los mismos que utilizaba para que sus víctimas
confiaran en él antes de subir a su Volkswagen Beetle de apagado color beige.
He heredado sus ojos de un color azul acero, grandes y expresivos, y su
cabello oscuro ligeramente ensortijado. También tengo su misma nariz larga,
recta, bien definida, y esos labios finos que tantas veces habréis visto sonreír
de forma encantadora en entrevistas y en las grabaciones de sus juicios.
Soy, en una definitiva ironía del destino, el tipo de chica que mi padre no
dudaría en secuestrar, violar y asesinar.
Y desde luego que sé que no es culpa mía haber nacido bajo el nombre de
Rose Bundy. Tampoco es culpa mía que Carole Ann Boone decidiera que un
asesino en serie fuera su marido y, por consiguiente, mi padre. No es culpa
mía ser quien soy. Pero en el fondo no puedo evitar sentir que, dentro de mi
alma y mezclado con mi sangre, aún perdura algo heredado de Ted Bundy.
Algo malvado.
No hay estereotipos.
TED
BUNDY
CAPÍTULO 1
Cuando llego a mi puesto de trabajo, como hago cada mañana a las diez y
media, Bette Peterson ya está barriendo la recepción y la pequeña tienda de
regalos del Museo del Cascanueces. Lo hace obsesivamente, hasta que el
viejo suelo de madera marrón brilla y ni una sola mota de polvo mancha las
vitrinas de los cientos de cascanueces que ella y su marido, el bueno de
Richard, han ido acumulando en el museo desde mediados de los años
cincuenta.
—¡Bette! —la regaño nada más entrar, dejando atrás el frío y el viento que
asola la calle Front. Saco un par de hojas otoñales que se han colado detrás
de mis pasos cuando he abierto la puerta del museo y procedo a cerrar con
llave, ya que no abriremos oficialmente hasta las once—. Un día te caerás de
esas escaleras del diablo y te romperás la cadera. ¿Por qué no dejas que lo
haga yo?
—Buenos días, Rose. Este maldito polvo que se cuela, ya ves tú. Me trae de
cabeza.
—El polvo está en tu cabeza. No es posible que se acumule tanta suciedad
desde la última vez que limpiaste, y eso fue ayer a esta misma hora —digo,
encendiendo el ordenador del mostrador y dejando mi chaqueta, mi gorro de
lana y mi mochila en el pequeño cuarto donde guardamos los trastos de
limpieza—. Además, te recuerdo que hace siete años me contrataste para que
os ayudara con el museo y nunca me dejas limpiar. En serio, ni un solo día
descansas y me dejas ocuparme del polvo.
—Oh, cariño —me dice, bajando de las escaleras por fin—. No te contraté para
que limpiaras, ya lo sabes. Tú eres la mejor guía de Leavenworth.
—No es cierto, Richard es tan buen guía del museo como yo.
—Está como siempre. Cuando termine mi turno iré a verla, pero vaya… que
no sirve de nada. Apenas me reconoce ya. Las enfermeras me dicen que lo
único que hace es tejer y mirar la televisión. No sé ni siquiera por qué sigo
yendo de visita al St. Joseph. Me da la impresión de que solo pierdo el tiempo.
—No digas eso, Rose. Tu madre sabe, de alguna forma, que estás ahí. Eres
una buena chica y una buena hija. Carole Ann también sabe eso. Lástima que
nunca te hayas decidido a dejar Leavenworth…
—Bette, no empieces.
No puedo escuchar otra vez el discurso de que tendría que haber ido a la
universidad en cuanto salí del Cascade High. A Bette no le falta razón.
Muchos de mis compañeros de curso se han largado de Leavenworth para
estudiar, pero yo nunca he terminado de decidirme por una carrera u otra,
porque en realidad no hay nada que me apasione lo suficiente para
profundizar sobre ello. Además, en este mundo solo estamos mi madre y yo,
solas, y ella ya empezaba a mostrar los primeros signos del alzhéimer cuando
yo estaba a punto de graduarme en el instituto. ¿Cómo iba a irme y dejarla
atrás, internada en el St. Joseph?
Me gusta mi trabajo en el museo, me gusta mi casa de Meadow Drive y me
gusta Leavenworth, por muy esperpéntico que resulte el pueblo. Me gusta
pasear a orillas del río Wenatchee y ver cómo pasan las estaciones una detrás
de otra, desde el frío glacial del invierno al suave verano característico del
centro del estado de Washington. Me gusta conocer a todo el mundo y ver
cómo algunos de mis amigos del Cascade High también han decidido
quedarse en Leavenworth y ayudar a sus padres en sus respectivos negocios.
Somos una pequeña y disfuncional familia de apenas dos mil habitantes, y me
siento a gusto encerrada entre estas montañas y estos bosques. Jamás me
adaptaría a la vida de una ciudad como Seattle; cada vez que he ido de visita
me he sentido muy incómoda con tanto edificio alto y acristalado. Qué le voy a
hacer: soy una auténtica chica de pueblo.
Bette Peterson me dice muy a menudo que soy una buena chica y una buena
hija. Yo no lo tengo tan claro.
Desde el día que averigüé que Ted Bundy era mi padre no he podido mirar a
mi madre con los mismos ojos. Ella y yo nunca hemos tenido una relación
fácil, pero aquella revelación lo acabó de complicar todo entre las dos.
¿Cómo puedes aceptar que tu propia madre haya elegido a alguien así para
ser tu progenitor? Era algo que me torturó durante bastante tiempo tras la
revelación y que me llevó por algunos tortuosos caminos durante parte de mi
adolescencia, hasta el punto de no retorno en que fantaseé con ahogar a mi
propia madre con una almohada mientras dormía y suicidarme yo luego. Por
suerte, fueron delirios adolescentes que reprimí durante una temporada bajo
buenas cantidades de alcohol y marihuana, y algún que otro problema con la
ley, hasta que conseguí el trabajo en el Museo del Cascanueces con diecisiete
años.
Así que esa afirmación de Bette Peterson de que soy una buena chica y una
buena hija es, como mínimo, relativa.
—Pues tenemos tres reservas a primera hora y un par más para la tarde. No
está mal para ser un lunes de noviembre. Las de primera hora han comprado
entrada con guía.
Ella refunfuña como siempre hace, pero obedece. La veo arrastrar los pies
hasta el armario de detrás del mostrador, dispuesta a guardar la escalera, los
trapos y el líquido pulidor, pero se lo quito todo de las manos para hacerlo yo
por ella. Luego la empujo con cariño hacia la escalera que lleva al tercer piso,
donde hay una pequeña sala de descanso con una máquina de café.
La veo subir como si le pesaran las piernas, sin dejar de quejarse en voz baja,
pero sin lanzar una sola palabrota. Dios libre a Bette Peterson de blasfemar.
En esa sencilla tarea estoy inmersa cuando por una de las ventanas del museo
veo asomar la cabeza de mi mejor amiga, que levanta dos cafés humeantes y
una bolsa marrón y me hace un gesto para que le abra la puerta principal.
—Buenos días, Jane —la saludo cuando esta entra, resoplando de frío. Tiene
cara de cansada, algo habitual en ella, puesto que trabaja de cocinera en el
FairBridge Inn y cuando le tocan los turnos de desayuno tiene que madrugar
muchísimo. Se saca el gorro de lana y su melena castaña lisa se le eriza por la
electricidad estática.
Me alarga uno de los vasos con café y también uno de los bollos que suelen
servir en el FairBridge Inn para desayunar. Se sienta en el único banco de
madera que tenemos en recepción y me mira mientras yo respondo un par de
emails preguntando por horarios y precios de las entradas.
—¿Hoy? Hoy es lunes y mañana trabajamos las dos, si no recuerdo mal. Ah, ya
entiendo… —digo, apartando la vista de la pantalla del ordenador para
observar a mi amiga con un gesto socarrón—. Es porque Chris tiene turno de
noche, ¿a que sí?
Jane se pone roja hasta las orejas y baja la vista hacia su café. Bingo.
—Anda que no es por Chris… ¡Llevas pillada de Chris desde segundo! El día
que él se entere de tu amor secreto puede que se abran las puertas del
infierno en Leavenworth.
Jane me da un rápido beso con sus helados labios, se vuelve a colocar el gorro
en la cabeza y se despide con otro beso a distancia que se queda flotando en
el aire de la recepción.
Por un momento me vuelvo a quedar sola entre esas cuatro paredes que son
un refugio para mí desde que Bette y Richard Peterson me dieron mi primer
trabajo a los diecisiete años; desde entonces, este lugar ha formado parte de
mi vida a diario.
Me aseguro que todas las luces de las vitrinas están ya encendidas y procedo
a activar la música ambiente que sonará todo el día hasta que la apague a las
cinco. Por supuesto, siempre empezamos con el famoso ballet de Tchaikovsky,
de una antigua grabación de la Filarmónica de Berlín que Richard adora.
Aún está sonando la obertura cuando la puerta del museo se abre y entra un
desconocido solo algunos años mayor que yo. No puedo evitar fijarme en que
es muy alto, atractivo y, desde luego, puedo asegurar de un simple vistazo
que no es del condado de Chelan.
—Buenos días. Caramba, qué frío hace ya para ser solo noviembre —me
saluda con alegría, frotándose l