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Ted Bundy

Este documento es la introducción a la historia de Katherine Vega, quien descubre que su padre biológico fue el asesino en serie Ted Bundy. Creció en el pueblo de Leavenworth, Washington sin saber la verdad sobre su padre hasta los 15 años, cuando su madre se la reveló. Desde entonces ha tratado de aprender todos los detalles sobre los crímenes de Bundy.

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Ted Bundy

Este documento es la introducción a la historia de Katherine Vega, quien descubre que su padre biológico fue el asesino en serie Ted Bundy. Creció en el pueblo de Leavenworth, Washington sin saber la verdad sobre su padre hasta los 15 años, cuando su madre se la reveló. Desde entonces ha tratado de aprender todos los detalles sobre los crímenes de Bundy.

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ALGO

MALVADO

Katherine Vega

Ha estado creciendo dentro de mí

por no sé cuánto tiempo.

No sé por qué,

pero sigo pensando

que algo está destinado a salir mal.

Don’t worry, baby

THE BEACH BOYS

PRÓLOGO

Theodore Robert Bundy.

O como vosotros lo debéis conocer: Ted Bundy. Ese es el nombre de uno de


los peores asesinos en serie de Estados Unidos. En serio. Si no me creéis solo
tenéis que entrar en internet, buscar su nombre y deleitaros con todas sus
hazañas.

Yo también debería conocerle por ser un serial killer y nada más. Pero la
realidad, mi realidad, es otra. Ted Bundy, además de ser un psicópata que
aterrorizó al país durante cinco años asesinando a decenas de chicas, es
también mi padre.

Una putada, pensaréis. Y yo os diré que sí, que desde luego es una putada,
porque nadie quiere ser la maldita hija de un despiadado asesino en serie. Si
bien debo ser honesta y admitir que es una putada relativa, puesto que no
tengo ni un solo recuerdo de los cinco primeros años de mi vida, que fueron
los años que compartí con mi padre en el corredor de la muerte. Ted Bundy
murió en la silla eléctrica la mañana del 24 de enero de 1989, ocho años
después de que yo naciera, aunque mi madre se divorció de él en 1986 y, que
yo sepa, nunca volvieron a tener contacto desde que ella huyó de Florida y de
su matrimonio fracasado.

Pero hablemos claro: que mi madre no tuviera contacto con él desde su


divorcio no significa que dejara de quererle. En absoluto. Así me lo confesó
cuando no tuvo más remedio que revelarme mi verdadero apellido y quién
había sido mi tristemente famoso padre. ¿Os imagináis, con quince años, que
vuestra madre os cuente que estuvo casada con Ted Bundy, y no solo eso, sino
que tú eres su hija?

Bueno, supongo que no os sorprenderá saber que no me lo tomé muy bien. Yo


nunca había leído ni sabido apenas nada de Bundy más allá de algún reportaje
aislado que la televisión repetía de vez en cuando. Nunca hasta entonces me
había interesado el true crime y, por lo tanto, nunca le presté atención a ese
hombre que para mí estaba muerto y bien muerto.

Una noche de viernes de 1997 todo eso cambió, claro. Mi madre me enseñó
una revista con un reportaje de Bundy que incluía una foto de ella y mi padre
conmigo en brazos, y poco a poco, fue desgranando la historia de cómo lo
había conocido cuando trabajaban juntos en el Servicio de Emergencias de
Washington, cómo se había enamorado de él desde el primer momento y
cómo, por amor, se mudó a Florida mientras a él lo juzgaban por los
asesinatos múltiples de la hermandad Chi Omega.

La única razón por la cual se decidió a contarme la verdad sobre mi origen


fue el temor a que yo pudiera descubrirlo sola, con la llegada progresiva de
internet a los hogares. La foto de Carole Ann Boone solía acompañar la
mayoría de reportajes sobre Bundy, y aunque mi madre se había teñido el
pelo de rubio y el tiempo había envejecido su piel, no me hubiera resultado
complicado reconocerla. Creo que si hubiera sido por ella jamás habría
llegado a confesarme nada y yo habría seguido viviendo en la total ignorancia.

Mientras me lo contaba, le brillaban aquellos pequeños ojos marrones que


escondía tras unas enormes gafas de pasta. Cada vez que mencionaba a
Bundy ahí estaba esa diminuta luz en sus pupilas. Una luz que indicaba que,
aunque nunca me lo reconocería con sus propias palabras, aún seguía
amándolo. Esa tarde de viernes en que supe la verdad sobre mi vida fue la
única en la que mi madre me habló de Bundy. Después de aquella confesión
jamás quiso volver a mencionar el asunto, como si por haberme informado de
la verdad ya no me debiera nada más al respecto.

Todo lo que concierne a Ted Bundy lo tuve que averiguar yo por mis propios
medios. Me obsesioné con conocer todos los pormenores posibles de sus
crímenes, leí todos los artículos que encontré, descargué los vídeos de sus
juicios y de sus entrevistas a la prensa, escruté fotos de sus víctimas, y
también suyas. Encontré varias fotos mías donde él me llevaba en brazos y
que corrían por la red a merced de todos los extraños que quisieran
contemplarlas. Lo comparaba con otros asesinos en serie famosos para
convencerme a mí misma de que mi padre no había sido el peor de ellos,
mientras leía sin parar detalles escabrosos de todo tipo sobre muertes,
torturas y vejaciones. Me pasé unos dos años así, hasta que la vida y milagros
de Ted Bundy acabaron por afectarme y tuve que apartarme de aquella
malsana obcecación antes de que esta me devorara por completo.

En fin, no fue nada fácil, lo reconozco.

Llevo viviendo en Leavenworth toda mi vida. Mi madre regresó al estado de


Washington tras el divorcio con Ted Bundy en noviembre de 1986, cuando yo
tenía solo cinco años, así que mis primeros recuerdos son de este pueblo que
Carole Ann Boone eligió para empezar de nuevo, con cambio de apellido
incluido: en 1986 dejé de ser Rose Bundy para convertirme en Rose Blake, la
segunda hija de una madre divorciada que buscaba una nueva oportunidad en
un pequeño pueblo al este de Seattle.

Y dejadme que os diga que Leavenworth es, como mínimo, un lugar extraño.
Era el típico pueblo que vivía de las industrias madereras que había alrededor
hasta 1920, año en que el ferrocarril dejó de llegar, afectando a toda la
pequeña economía de sus habitantes. A mediados de los sesenta alguien
decidió convertir Leavenworth en una especie de lugar temático para atraer
turistas de todo el estado, así que poco a poco sus edificios se fueron
transformando hasta imitar el estilo arquitectónico de un típico pueblo de la
Bavaria alemana. Hoy figura en las guías como destino “con encanto”,
rodeado de naturaleza y montañas perfectas para esquiar y hacer senderismo,
llegando a recibir cientos de visitantes a la semana, sobre todo en otoño, para
participar en nuestro propio Oktoberfest.

En medio de todo esto me he criado, ajena a mi verdadero apellido y a la


secreta relación de mi madre con uno de los peores asesinos del país. ¿Por
qué decidió Carole Ann Boone regresar a Washington, donde Bundy había
perpetrado sus primeros crímenes, a tan solo un par de horas de
Leavenworth? Nunca llegó a decírmelo. Quizá era su macabra forma de estar
más cerca de él, de cuando lo conoció trabajando en el Servicio de
Emergencias y ella se estaba divorciando de su primer marido, siendo ya
madre soltera de mi hermanastro James.

Ah, sí, tengo un hermanastro… James era adolescente cuando Carole Ann se
casó con Bundy en Florida. Al parecer nunca aprobó aquel matrimonio y huyó
de casa en cuanto cumplió la mayoría de edad. Nunca jamás volvimos a saber
de él y lo único que conozco de mi hermanastro es una foto suya que
permanece colgada en el pasillo de casa.

Mi madre no parecía demasiado preocupada por la huida y desaparición de su


primogénito, puesto que no hablaba de él. De hecho, mi madre nunca estaba
demasiado preocupada por nada. Ni por su hijo fugado ni por la niña que
criaba en Leavenworth. Continuaba estando demasiado hipnotizada por mi
padre, y todo lo que no fuera él no le importaba. Durante el tiempo que
vivimos en Florida la prioridad de mi madre había sido demostrar la inocencia
de Ted Bundy a toda costa. Por supuesto, nunca lo consiguió.

Nuestra vida como madre e hija, la de Carole Ann Boone y Rose Blake,
empezó como una farsa, así que supongo que tiene sentido que ella eligiera
un pueblo como Leavenworth para continuar la pantomima. Todo el pueblo se
dedicaba a actuar y fingir que estábamos en mitad de la Bavaria alemana,
¿qué les importaba la aparición de una madre soltera con su pequeña de cinco
años? Ya os lo digo yo: absolutamente nada.

Así que aterrizamos en Leavenworth en 1986 con el peso de un apellido


maldito en una tierra que aún lloraba la muerte de las chicas que mi padre
había asesinado. Mi madre encontró una pequeña casa de una sola planta en
Meadow Drive, casi la última calle al oeste del pueblo, tranquila y con vistas a
los inhóspitos bosques que rodean la montaña Tumwater, en la cordillera de
las Cascade.

Aquí es donde me he criado, donde he ido al instituto, donde he hecho


amigos, donde he perdido la virginidad y donde he tenido mi primer trabajo. Y
aquí, en el apacible y pintoresco pueblo de Leavenworth, la joya turística del
condado de Chelan, es donde me encontró la muerte de nuevo.

Porque yo fui concebida en el corredor de la muerte y nací cercana a la


muerte y crecí mecida por los brazos de la muerte. Solo era cuestión de
tiempo que esta viniera a saldar cuentas conmigo.

Desde aquel día en que supe que era hija de Ted Bundy veo en mi cara los
rasgos atractivos de mi padre, los mismos que utilizaba para que sus víctimas
confiaran en él antes de subir a su Volkswagen Beetle de apagado color beige.
He heredado sus ojos de un color azul acero, grandes y expresivos, y su
cabello oscuro ligeramente ensortijado. También tengo su misma nariz larga,
recta, bien definida, y esos labios finos que tantas veces habréis visto sonreír
de forma encantadora en entrevistas y en las grabaciones de sus juicios.
Soy, en una definitiva ironía del destino, el tipo de chica que mi padre no
dudaría en secuestrar, violar y asesinar.

Y desde luego que sé que no es culpa mía haber nacido bajo el nombre de
Rose Bundy. Tampoco es culpa mía que Carole Ann Boone decidiera que un
asesino en serie fuera su marido y, por consiguiente, mi padre. No es culpa
mía ser quien soy. Pero en el fondo no puedo evitar sentir que, dentro de mi
alma y mezclado con mi sangre, aún perdura algo heredado de Ted Bundy.

Algo malvado.

La sociedad quiere creer que puede identificar

a las personas malvadas, o a las personas malas

o dañinas, pero no es factible.

No hay estereotipos.

TED

BUNDY

CAPÍTULO 1

Cuando llego a mi puesto de trabajo, como hago cada mañana a las diez y
media, Bette Peterson ya está barriendo la recepción y la pequeña tienda de
regalos del Museo del Cascanueces. Lo hace obsesivamente, hasta que el
viejo suelo de madera marrón brilla y ni una sola mota de polvo mancha las
vitrinas de los cientos de cascanueces que ella y su marido, el bueno de
Richard, han ido acumulando en el museo desde mediados de los años
cincuenta.

En teoría no es trabajo de Bette limpiar, porque es la dueña y debería estar


ocupándose de cuadrar los números, pero es tozuda como solo una vieja mula
puede serlo: se levanta a primera hora cada día y se pone a sacar brillo a
estanterías, cristales y suelos antes de abrir las puertas del museo para que
todo esté impoluto.

—¡Bette! —la regaño nada más entrar, dejando atrás el frío y el viento que
asola la calle Front. Saco un par de hojas otoñales que se han colado detrás
de mis pasos cuando he abierto la puerta del museo y procedo a cerrar con
llave, ya que no abriremos oficialmente hasta las once—. Un día te caerás de
esas escaleras del diablo y te romperás la cadera. ¿Por qué no dejas que lo
haga yo?

Ella ni siquiera me mira, encaramada a unas viejas escaleras de madera que


usa para limpiar las vitrinas superiores de la recepción. Me dedica un breve
vistazo con una ceja levantada y sigue frotando a conciencia.

—Buenos días, Rose. Este maldito polvo que se cuela, ya ves tú. Me trae de
cabeza.
—El polvo está en tu cabeza. No es posible que se acumule tanta suciedad
desde la última vez que limpiaste, y eso fue ayer a esta misma hora —digo,
encendiendo el ordenador del mostrador y dejando mi chaqueta, mi gorro de
lana y mi mochila en el pequeño cuarto donde guardamos los trastos de
limpieza—. Además, te recuerdo que hace siete años me contrataste para que
os ayudara con el museo y nunca me dejas limpiar. En serio, ni un solo día
descansas y me dejas ocuparme del polvo.

—Oh, cariño —me dice, bajando de las escaleras por fin—. No te contraté para
que limpiaras, ya lo sabes. Tú eres la mejor guía de Leavenworth.

—No es cierto, Richard es tan buen guía del museo como yo.

—¡Paparruchas! Richard ya hace cosas de viejo y se enrolla con los clientes


hasta aburrirlos. Está medio senil y… Oh, cielo. Discúlpame, Rose. No
pretendía ofenderte.

—No me ofendes, Bette. —Y lo digo en serio. Si hay alguien bueno e inocente


en este pueblo, esa es Bette Peterson, y desde luego sé que no era su
intención mencionar el tema para hacerme daño. Al fin y al cabo mi madre no
está senil, aunque Bette crea que el alzhéimer y la senilidad sean en esencia
lo mismo.

—¿Cómo está Carole Ann, por cierto?

Yo me encojo de hombros. Introduzco la contraseña en el ordenador y


enseguida me da la bienvenida el fondo de pantalla, con la foto de la entrada
al museo. Abro el programa de reservas y la página web para comprobar si
tenemos algún mensaje pendiente de respuesta antes de abrir las puertas al
público.

—Está como siempre. Cuando termine mi turno iré a verla, pero vaya… que
no sirve de nada. Apenas me reconoce ya. Las enfermeras me dicen que lo
único que hace es tejer y mirar la televisión. No sé ni siquiera por qué sigo
yendo de visita al St. Joseph. Me da la impresión de que solo pierdo el tiempo.

—No digas eso, Rose. Tu madre sabe, de alguna forma, que estás ahí. Eres
una buena chica y una buena hija. Carole Ann también sabe eso. Lástima que
nunca te hayas decidido a dejar Leavenworth…

—Bette, no empieces.

No puedo escuchar otra vez el discurso de que tendría que haber ido a la
universidad en cuanto salí del Cascade High. A Bette no le falta razón.
Muchos de mis compañeros de curso se han largado de Leavenworth para
estudiar, pero yo nunca he terminado de decidirme por una carrera u otra,
porque en realidad no hay nada que me apasione lo suficiente para
profundizar sobre ello. Además, en este mundo solo estamos mi madre y yo,
solas, y ella ya empezaba a mostrar los primeros signos del alzhéimer cuando
yo estaba a punto de graduarme en el instituto. ¿Cómo iba a irme y dejarla
atrás, internada en el St. Joseph?
Me gusta mi trabajo en el museo, me gusta mi casa de Meadow Drive y me
gusta Leavenworth, por muy esperpéntico que resulte el pueblo. Me gusta
pasear a orillas del río Wenatchee y ver cómo pasan las estaciones una detrás
de otra, desde el frío glacial del invierno al suave verano característico del
centro del estado de Washington. Me gusta conocer a todo el mundo y ver
cómo algunos de mis amigos del Cascade High también han decidido
quedarse en Leavenworth y ayudar a sus padres en sus respectivos negocios.
Somos una pequeña y disfuncional familia de apenas dos mil habitantes, y me
siento a gusto encerrada entre estas montañas y estos bosques. Jamás me
adaptaría a la vida de una ciudad como Seattle; cada vez que he ido de visita
me he sentido muy incómoda con tanto edificio alto y acristalado. Qué le voy a
hacer: soy una auténtica chica de pueblo.

Bette Peterson me dice muy a menudo que soy una buena chica y una buena
hija. Yo no lo tengo tan claro.

Desde el día que averigüé que Ted Bundy era mi padre no he podido mirar a
mi madre con los mismos ojos. Ella y yo nunca hemos tenido una relación
fácil, pero aquella revelación lo acabó de complicar todo entre las dos.

A veces estábamos mirando la televisión mientras cenábamos y yo no podía


evitar fijar mis ojos en esos labios suyos, que siempre parecían estar en
tensión hasta que el alzhéimer fue avanzando en su cerebro, y no podía dejar
de preguntarme cómo podía haber utilizado su boca para besar a un hombre
que disfrutaba asesinando de forma brutal a chicas jóvenes, a las que violaba
antes y después de muertas. A menudo me descubría a mí misma pensando si
Carole Ann Boone llegaba al orgasmo imaginando que aquellas manos que la
acariciaban también habían sido las manos que habían golpeado y
estrangulado a más de treinta chicas por todo el país.

Pronto empecé a pensar que mi madre conocía a la perfección qué había


hecho Bundy, por muchas entrevistas que hubiera concedido en Florida
proclamando la inocencia de él. Es más, no me sacaba de la cabeza que no
solo no le importaba la asquerosa verdad sino que le gustaba que Ted fuera
un asesino.

¿Cómo puedes aceptar que tu propia madre haya elegido a alguien así para
ser tu progenitor? Era algo que me torturó durante bastante tiempo tras la
revelación y que me llevó por algunos tortuosos caminos durante parte de mi
adolescencia, hasta el punto de no retorno en que fantaseé con ahogar a mi
propia madre con una almohada mientras dormía y suicidarme yo luego. Por
suerte, fueron delirios adolescentes que reprimí durante una temporada bajo
buenas cantidades de alcohol y marihuana, y algún que otro problema con la
ley, hasta que conseguí el trabajo en el Museo del Cascanueces con diecisiete
años.

Por pura casualidad, también fue el momento en que mi madre empezó a


mostrar los primeros síntomas de su enfermedad y aquello cambió un poco
nuestros papeles, porque de repente tuve que convertirme en su cuidadora y
no en su juez. Conforme el alzhéimer la iba hundiendo en su particular mundo
de tinieblas, encontré dentro de mí las fuerzas suficientes para llegar a algo
parecido al perdón por la funesta herencia sanguínea que me había
procurado. Una parte de mí la seguía despreciando y otra intentaba ser
comprensiva con ella, pero a medida que su estado ha ido empeorando con el
paso de los años mi actitud hacia ella se ha suavizado bastante.

Así que esa afirmación de Bette Peterson de que soy una buena chica y una
buena hija es, como mínimo, relativa.

—¿Qué tenemos para hoy, cariño?

—Pues tenemos tres reservas a primera hora y un par más para la tarde. No
está mal para ser un lunes de noviembre. Las de primera hora han comprado
entrada con guía.

—Perfecto. ¿Te encargas tú de hacer la visita guiada?

—Claro. Voy a reponer la tienda de regalos y en nada abrimos. Ve a sentarte


un rato arriba, no me hagas obligarte.

Ella refunfuña como siempre hace, pero obedece. La veo arrastrar los pies
hasta el armario de detrás del mostrador, dispuesta a guardar la escalera, los
trapos y el líquido pulidor, pero se lo quito todo de las manos para hacerlo yo
por ella. Luego la empujo con cariño hacia la escalera que lleva al tercer piso,
donde hay una pequeña sala de descanso con una máquina de café.

La veo subir como si le pesaran las piernas, sin dejar de quejarse en voz baja,
pero sin lanzar una sola palabrota. Dios libre a Bette Peterson de blasfemar.

Luego me ocupo de revisar la pequeña tienda a la izquierda del mostrador,


que es el final del recorrido del museo. Hay réplicas de varios cascanueces,
libros de cuentos para todas las edades, algunos peluches, imanes turísticos
de Leavenworth, alegres tazas pintadas, camisetas estampadas y algunas
chucherías más. Es una buena fuente de ingresos extras, así que procuramos
que siempre esté bien surtida, limpia y ordenada para captar la atención de
los visitantes.

En esa sencilla tarea estoy inmersa cuando por una de las ventanas del museo
veo asomar la cabeza de mi mejor amiga, que levanta dos cafés humeantes y
una bolsa marrón y me hace un gesto para que le abra la puerta principal.

—Buenos días, Jane —la saludo cuando esta entra, resoplando de frío. Tiene
cara de cansada, algo habitual en ella, puesto que trabaja de cocinera en el
FairBridge Inn y cuando le tocan los turnos de desayuno tiene que madrugar
muchísimo. Se saca el gorro de lana y su melena castaña lisa se le eriza por la
electricidad estática.

—Tengo descanso de media hora, así que no me puedo entretener.

—Ya lo sé, pesada. No te preocupes: aunque llegases tarde, James nunca te


despediría. Es difícil encontrar buenas cocineras en Leavenworth, así que
seguro que puedes permitirte ser un poco impuntual.
—Qué dices, loca… —sonríe ella, siempre tan tímida. Sospecho que se hizo
cocinera para no tener que enfrentarse a la gente. Le gusta estar entre
fogones y hablar lo mínimo posible con nadie—. James no me despide porque
trabajo bien.

Me alarga uno de los vasos con café y también uno de los bollos que suelen
servir en el FairBridge Inn para desayunar. Se sienta en el único banco de
madera que tenemos en recepción y me mira mientras yo respondo un par de
emails preguntando por horarios y precios de las entradas.

—No sé para qué me molesto en tener la web actualizada. Deberían


preocuparse de mirarla antes de escribirme un correo y hacerme perder el
tiempo.

—¡Son turistas! Lo quieren todo masticado, ya lo sabes. Oye, ¿iremos esta


noche al Old World?

—¿Hoy? Hoy es lunes y mañana trabajamos las dos, si no recuerdo mal. Ah, ya
entiendo… —digo, apartando la vista de la pantalla del ordenador para
observar a mi amiga con un gesto socarrón—. Es porque Chris tiene turno de
noche, ¿a que sí?

Jane se pone roja hasta las orejas y baja la vista hacia su café. Bingo.

—No es por Chris.

—Anda que no es por Chris… ¡Llevas pillada de Chris desde segundo! El día
que él se entere de tu amor secreto puede que se abran las puertas del
infierno en Leavenworth.

—¡Que no es por Chris! Es solo que me he pasado el fin de semana trabajando


como una burra y me apetece tomar una copa.

—Sí, hombre, y qué más.

No puedo evitar tomarle el pelo. Jane es incapaz de declararse a un chico, así


que suele limitarse a mirarle con ojitos de cordero hasta que el susodicho se
da cuenta; algo que por lo general ha pasado muy pocas veces. A Jane solo le
conozco un novio, el único que ha tenido, de hecho, y que ahora está en la
Universidad de Duke estudiando ciencias políticas. Aquella ruptura la dejó
destrozada porque ella ya se veía casándose con su amor del instituto y, de
repente, aquel imbécil de Matthew Mangod se había largado del pueblo casi
de un día para otro. Desde entonces Jane le pone ojitos a su segundo amor del
instituto, Chris O’Donnell, sin resultado alguno.

—Haremos una cosa —propongo, mientras giro el cartel de “Abierto” en la


puerta del museo y me guardo las llaves en el bolsillo de mi tejano—. A las
cinco termino, voy a ver a mi madre al St. Joseph, te paso a buscar y tiramos
para el Old World. Pero una cerveza, una miradita a Chris y te llevo a casa,
¿trato hecho?
—Trato hecho.

Jane me da un rápido beso con sus helados labios, se vuelve a colocar el gorro
en la cabeza y se despide con otro beso a distancia que se queda flotando en
el aire de la recepción.

Por un momento me vuelvo a quedar sola entre esas cuatro paredes que son
un refugio para mí desde que Bette y Richard Peterson me dieron mi primer
trabajo a los diecisiete años; desde entonces, este lugar ha formado parte de
mi vida a diario.

Me aseguro que todas las luces de las vitrinas están ya encendidas y procedo
a activar la música ambiente que sonará todo el día hasta que la apague a las
cinco. Por supuesto, siempre empezamos con el famoso ballet de Tchaikovsky,
de una antigua grabación de la Filarmónica de Berlín que Richard adora.

Aún está sonando la obertura cuando la puerta del museo se abre y entra un
desconocido solo algunos años mayor que yo. No puedo evitar fijarme en que
es muy alto, atractivo y, desde luego, puedo asegurar de un simple vistazo
que no es del condado de Chelan.

—Buenos días. Caramba, qué frío hace ya para ser solo noviembre —me
saluda con alegría, frotándose l