Yendo a la
Iglesia
en el
Primer Siglo
El Relato de Un Testigo
Robert Banks
PREFACIO
Esta breve narración intenta describir cómo era asistir a una reunión de los primeros
cristianos a mediados del siglo I. Se escogió Roma como ubicación porque sabemos más
acerca de los detalles de la vida ordinaria allí en ese tiempo que de ninguna otra parte.
Aquila y Prisca fueron seleccionados como anfitriones de la iglesia porque su relación
a largo plazo con Pablo significaba que la reunión en su casa probablemente seguiría la
línea que sugieren sus cartas. En la medida de lo posible he tratado de basar mi figura
en datos de una clase u otra. Donde había vacíos tuve que especular, pero he tratado de
hacer esto de una manera controlada y no arbitraria.
El material que se utilizó en este estudio viene de fuentes bíblicas y otras literarias, tanto
romanas como griegas, además de la evidencia arqueológica e inscripcional. Mucho de
esto sigue de un largo estudio de Paul's Idea of Community: The Early Housechurches in
their Historical Setting [La Idea de Comunidad de Pablo: Las Primeras Casas—Iglesia
en su Escenario Histórico] (Anzea, Sidney 1979), que se escribió hace mucho tiempo
en la Universidad de Macquarie, Sidney, Australia. Aquellos que desean ver las bases
escriturales que sostienen la visión de la iglesia presentada en este manual podrán
hacerlo allí. La investigación del resto del material, particularmente el relacionado con la
vida en Roma en el siglo I, fue realizada durante un período sabático en la Universidad
de Tubinga al sur de Alemania. La ayuda dada por el Instituto para el Estudio de los
Orígenes Cristianos hizo la tarea fácil y agradable.
Al preparar la historia, recibí ayuda de varias personas a quienes me gustaría agradecer:
los miembros del Christliche Gemeinde en Tubingen, especialmente Scott Bartchy, por
su hospitalidad durante su preparación; Edwin Judge y Tom Hillard de la Universidad
de Macquarie, Sidney, por revisar su veracidad histórica; Liz y Peter Yuile, de Camberra,
por leer las pruebas; Clive y Ruth Monty, Jan Rolph y Humphrey Babbage de Camberra
y Sidney respectivamente, por enmarcar las preguntas de discusión que acompañan; y
finalmente, Ken Rolph, de Hexagon Press, Sidney, por su ánimo inicial, útiles comentarios
y la empresa editorial.
Al publicar esto, mi única esperanza es que, cualquiera sean sus imperfecciones, los
cristianos puedan vislumbrar algo aquí de lo que la iglesia fue una vez, y puede ser
aún. Hemos perdido algo vital desde el siglo XX. Y aunque no podamos regresar y
simplemente imitar lo que hicieron los primeros cristianos, el carácter esencial de sus
reuniones puede recibir una expresión apropiada en el siglo XX. Ello implicaría muchos
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cambios en nuestra manera de hacer las cosas hoy en día, pero lo que se lograría sería
inmensurable. En particular, tengo en mente a aquellos cristianos que han dejado la
iglesia y aquellos individuos en búsqueda que no son cristianos en lo absoluto. Espero
que encuentren aquí una idea más clara de lo que ellos están buscando y finalmente que,
como yo, puedan realmente experimentarlo semana a semana. Esta pequeña historia
está dedicada a los muchos pequeños grupos de gente en todo el mundo para quienes
estas cosas son ciertas.
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
Es gratificante ver que este pequeño manual se reimprima. En los últimos cuatro años
he observado su uso en varios contextos diferentes, e.g., teológico y no teológico, clerical
y laico, adulto y joven, congregacional y educativo. En cada uno de estos casos parece
haberse generado una discusión al nivel adecuado de los presentes. Incluso se ha adaptado
drásticamente para el desempeño, otra vez con un éxito considerable. Claramente se
ha permitido a algunas personas sentir la diferencia entre la adoración de los primeros
cristianos y mucho de la nuestra de una manera que la simple exégesis o exposición no
ha podido hacerlo. Hemos seguido la práctica de Jesús de narrar historias demasiado
cortas en nuestros intentos de comunicación cristiana.
Al volver a leer la historia sólo soy muy consciente de sus imperfecciones literarias.
Cuando concebí la idea había esperado que alguien más preparado que yo pudiese tomar
los datos que había reunido y redactarlos. Sé que algunas personas han encontrado
imperfecciones teológicas en la historia también. Aunque se discute, por ejemplo, que
un extranjero pudiese estar presente en la Cena del Señor, no puedo ver cómo dicha
persona podría participar en la reunión de otro modo (1 Corintios 14:16, 24 – 25), pero
estar excluido de ella sin quebrantar las leyes de hospitalidad y negarles la posibilidad
de una declaración visual del evangelio. Sobre la base de la Pascua precedente, no tengo
duda de la presencia de niños. Otros han cuestionado la comparativa informalidad de la
comida y del servicio en su totalidad. Quizás las palabras de institución de Jesús siempre
se citaron antes de la comida, pero no estoy seguro de que la referencia de Pablo a ellas
en 1 Corintios 11 necesite esto, especialmente en la visión de las diferentes versiones
que tenemos de ellas en los evangelios. Quizás, también, en general reinó la más grande
formalidad en las reuniones, aunque la descripción de la reunión en Troas en Hechos 20
apenas sugeriría esto.
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El nuevo formato del manual, por el cual agradecemos a Ken Rolph de Hexagon Press,
realza considerablemente la historia y, como antes, las elegantes ilustraciones de Judy
Clingan continúan añadiendo vida al texto.
Robert Banks
Yo, Publius
Mi nombre es Publius – Publius Valerius Amicius Rufus si quieren ser exactos. Vengo
de Filipo, una colonia de Macedonia comparativamente nueva, de la que estoy orgulloso
de decir que es romana de la cabeza a los pies por todo lo que está en suelo macedonio.
Actualmente me estoy quedando por algún tiempo con algunos de mis antiguos
conocidos, Clemente y Evodia, en Roma. Más temprano salimos a cenar por aquí cerca,
y tuvimos una extraña experiencia que quiero contarles. Veamos, mis amigos tienen una
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invitación abierta de parte de una pareja de judíos llamados Aquila y Prisca para reunirse
con ellos cada siete días en una comida. Esto incluye visitantes también, de manera que
no necesito de una invitación especial para asistir.
Era aproximadamente media tarde cuando salimos, bien avanzada la novena hora del día.
En Roma, también, la comida principal generalmente se come más tarde en el verano,
en especial cuando hay invitados. Debo decir que encontré agobiantes las estrechas
calles después de estar en un gran camino despejado. Algunas de ellas tenían apenas
tres metros de distancia. También estaban cubiertas de lodo más allá de lo descriptible
y eran inseguras para andar. Ya que se había detenido el trabajo para la mayoría, había
un considerable número de gente, y a veces encontrábamos difícil continuar nuestro
camino. Las calles estaban tan dañadas, primero este camino, luego ese, que pronto perdí
todo el sentido de dirección que tenía. Me convenía encontrar el lugar adonde estábamos
yendo. La mayor parte de los edificios no tenían números, y algunas de las calles apenas
tenían señales, entonces para un extraño era difícil encontrar su camino.
La ciudad se hizo tan grande. Debe haber más de un millón de personas aquí ahora y
está creciendo todo el tiempo. Dudo que haya un país extranjero en cualquier parte del
mundo que no esté representado aquí por una gran comunidad étnica. Se decía que sólo
los judíos eran cincuenta mil. ¿Quién dijo que Roma no era más una ciudad sino una
conglomeración de ciudades, cada una con su propio idioma, costumbres y ocupaciones?
Esto ha sido bueno para la economía, supongo, porque muchos de ellos introdujeron
habilidades que escasearon entre los residentes locales. La gran afluencia de esclavos y
hombres libres ha aliviado también el problema del empleo, aunque ahora ha llegado a
ser una carga. La comida ha mejorado también; hay mucha más variedad en estos días.
Pero desde el punto de vista cultural existe un poco de confusión. Prefiero que las cosas
se hagan como se solían hacer en tiempos antiguos. Los buenos viejos tiempos realmente
fueron los mejores.
La calle en la que Aquila y Prisca vivían, como muchas otras en Roma, tenía una mixtura
de estilos de vivienda. Una vez hubo muchas tiendas pequeñas que vendían varias clases
de artículos, sus dueños vivían en la parte trasera de los locales o en diminutos desvanes
encima de ellos. Luego, durante el reinado de Tiberio, un incendio consumió la mayor
parte. Una vez iniciado en estos locales de madera y escombros, un incendio era difícil
de controlar. Las pocas edificaciones que sobrevivieron ahora estaban de pie al lado
de los bloques vecinales, algunos de cinco o seis pisos de alto. Existe el riesgo de un
incendio aún más grande, muy aparte del riesgo constante del colapso, ya que muchas de
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las estructuras estaban muy mal construidas.
Estas construcciones tan altas están creciendo en toda Roma, como había sido por
décadas. La gran mayoría de la gente todavía vive en este tipo de inmueble. ¡Algunos de
los más caros, hechos de ladrillo y concreto, incluso llegan a completarse con galerías de
tiendas modernas en la planta baja!
En una esquina de la cuadra estaban dos casas independientes. No como aquellas
mansiones lujosas que vemos sobre las colinas alrededor de la ciudad, pero lugares que
parecían confortables de todos modos. Clemente explicó que la más imponente de los dos
era todavía propiedad privada. Había pertenecido a la misma familia por generaciones
y los actuales dueños habían rechazado varias ofertas lucrativas para venderla de modo
que se pudiese convertir en apartamentos o transformarse en una casa de huéspedes.
Supongo que este tipo de cosas está pasando cada vez más en toda Roma. La gran
afluencia de extranjeros y la preferencia de algunos ciudadanos acomodados por una
villa lujosa en la costa han contribuido al cambio. La segunda de las dos viviendas había
sido dividida en tres apartamentos de hecho, uno en el centro con un jardín estilo griego
en la parte posterior de la propiedad, los otros dos –uno rectangular, el otro en forma de
L y más grande –en torno al hall cuadrado estilo romano del frente. Para el segundo de
estos, la habitación con vista a la calle había sido transformada en una tienda. Era este el
apartamento que Aquila y Prisca habían comprado, porque esta disposición les permitía
llevar a cabo su trabajo, así como vivir cómodamente. Ellos tomaron lo mejor de ambos
mundos, como dicen.
A medida que llegábamos a la casa, se podía ver que la tienda del frente estaba cerrada,
las contraventanas verticales de madera herméticamente cerradas para los transeúntes.
Había un pequeño vestíbulo junto a ésta por el que entramos desde la calle. A pocos pasos
en el interior llegamos a la puerta abierta del apartamento. Allí estaba un pequeño signo
con el nombre de Aquila y el negocio. Ya que no había nadie, Clemente dio unos cuantos
golpes en la puerta–no había ninguna aldaba ni campanero–para llamar la atención.
‘¿Crees que llegamos temprano?’ le preguntó a Evodia.
‘No lo creo,’ ella respondió, ‘probablemente somos los primeros aquí.’
No pasó mucho antes de que alguien apareciera, un hombre de mediana estatura y
bastante delgado que corrió apresuradamente a nosotros. Me habían dicho antes que él
era judío pero eso no me preocupaba. Nosotros los romanos somos bastante tolerantes
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en dichos asuntos, y yo me he llevado bastante bien con su raza, aunque nunca he estado
en una comida en una de sus casas. Ellos no agasajan mucho a los extranjeros. Algo
relacionado con sus principios religiosos, supongo. Ellos se cuidan mucho, incluso de
los expatriados. Pero este, deduje de una conversación que tuve con Clemente la otra
noche, era un judío poco convencional en muchas maneras, mucho más liberal en sus
opiniones.
‘¿Porque él ha recorrido un poco en diferentes partes del Imperio?’ Pregunté.
‘No realmente,’ me respondió, ‘aunque puede tener algo que hacer con ello. Más porque
él ha adoptado una nueva manera de ver el mundo que afecta su punto de vista sobre
tales cosas.’
Bien, ¡entonces todo está claro! Cómo Clemente y Evodia se habían interesado primero
en esta nueva manera de ver las cosas en Corinto, mediante Aquila y Prisca. Clemente
dijo que él y Evodia se vieron envueltos en esto hasta el fin de sus días, y continuaron
así después de decidir mudarse a Roma. Encontraron difícil venir aquí al principio.
No es que haya alguna carencia de grupos religiosos en Roma, cada uno con su propio
altar o templo, o de escuelas filosóficas amplias tampoco. Pero la visión de Clemente y
Evodia no parecía encajar en ninguna categoría. Fue solamente cuando Aquila y Prisca
reaparecieron en la escena que la cosas se aclararon para ellos. Tal como ya lo habían
hecho en Corinto y Éfeso, estos dos empezaron reuniones regulares en sus hogares. He
escuchado de las sociedades religiosas privadas y las cenas filosóficas, aunque nunca he
tenido el dudoso privilegio de asistir a una. Con todo, Clemente me dijo que esto era
bastante diferente y Evodia se desvivió por asegurarme que no me sentiría fuera de lugar
si me presentaba.
‘Bien, te tomaré la palabra,’ dije.
Así que allí estuve, un poco nervioso pero curioso de todos modos. Había concluido que
mis anfitriones eran gente bastante sensata que no se involucraría en nada demasiado
excepcional. La verdad es que, siendo griegos, ellos no tuvieron la ventaja de tener una
buena base romana en nuestras tradiciones religiosas y cívicas, entonces se inclinaron
más a caer en uno de aquellos cultos orientales reservados, y cargados emocionalmente
que hemos visto tanto en los últimos tiempos. Pero luego no se esperaría que un judío,
aunque atípico, se involucrara en esa clase de cosas, con los escrúpulos morales tan
sofisticados de su raza y su tenaz adicción a un solo dios.
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Cuando apareció Aquila, mis amigos no lo esperaron hasta llegar a la puerta, sino que
fueron directo a su encuentro. Hubo el abrazo y beso usual entre los hombres, aunque
más cariñoso que de costumbre.
‘Bienvenidos, bienvenidos, bienvenidos,’ dijo Aquila cordialmente, ‘el favor y la paz de
Dios sean con ustedes.’
‘Y contigo,’ respondió Clemente, ‘Es bueno estar aquí nuevamente.’
Entonces, y esto era más irregular, Aquila abrazó a Evodia también, e intercambió besos
con ella. ¡Se habría creído que eran hermanos o algo así! No pude evitar pensar en lo que
nuestro poeta Marcial habría hecho de todo esto: él encontraba bastante aborrecible el
hábito de los hombres romanos de besarse entre ellos en todas las ocasiones posibles y
yo estaba de acuerdo con él. Prisca luego entró en la habitación, vestida con un colorido
traje de lana, pero decorado de manera sencilla. Todos hicimos lo mismo, aunque por
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ahora me estaban presentando y saludando también. Con más propiedad, de forma
agradecida me apresuré a integrarme.
‘Estamos complacidos de que hayas venido, Publius,’ dijo Prisca, ‘Clemente y Evodia nos
dijeron que vendrías.’
Luego, después de dejar nuestras capas con ellos, nos sacamos nuestras sandalias y
nos pusimos las pantuflas que nos dieron. También entregamos el ramo de flores y la
contribución para la comida que Evodia había preparado para llevar.
Luego empezamos a conversar, Aquila se desató hablándome en griego bastante fluido
acerca del itinerario de mi reciente viaje, el tiempo al cruzar el mar de Acaya y la duración
de mi estadía en la ciudad. En el transcurso de la conversación, descubrí que cuando joven
él se había mudado de Pontos a Roma, uno de los miles de inmigrantes de las provincias
orientales que habían inundado la ciudad en las últimas décadas. Por mucho tiempo
había establecido un próspero negocio de tiendas, sobre el cual se basó para casarse con
Prisca, miembro del bien conocido clan de Acilia aquí. Desafortunadamente, tuvieron
dificultades cuando Claudio sospechó que los judíos avivaban el problema político y los
expulsaron de la ciudad. Es ahí cuando Aquila y Prisca se establecieron en Corinto y, por
sus intereses económicos comunes, se conocieron con mi amigo. Ellos se habían traslado
luego a algunos otros lugares como Éfeso, y finalmente, cuando el calor disminuyó en
Roma, decidieron regresar aquí y buscar dónde hacer un alto. Estando razonablemente
acomodados decidieron comprar este modesto apartamento cerca del sector comercial
del cuero, sólo a pocas calles de sus antiguos amigos.
Justamente cuando comencé a preguntarle a Aquila acerca de sus primeros días en
Ponto, fuimos interrumpidos por la llegada de algunos otros invitados. Era una gran
familia compuesta por cuatro niños y una anciana abuela, que había estado viviendo
con su hijo y su esposa desde la muerte de su esposo. Aunque me los presentaron no
podía recordar todos sus nombres. Ellos no vivían lejos y el padre, Filologo, estaba
involucrado en la venta de libros, un negocio asociado al cuero. Aunque los saludos
continuaron, nuevamente con un exceso de fervor a mi manera de pensar, pude evaluar
la situación del espacio de la habitación en que estamos parados. Ahora que el sistema de
agua aparentemente había sido mejorado en esta parte de la ciudad, el pequeño pozo en
el centro–previamente usado para recoger el agua de lluvia del techo–se había tornado
ornamental solamente, y sus lados estaban cubiertos con macetas, dándole al lugar
una agradable apariencia de jardín interior. Dos dormitorios, actualmente sin cortinas,
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abrían sus puertas por allí. Uno era probablemente la habitación de huéspedes ya que
los hijos del anfitrión estaban casados y habían dejado el hogar. Yo sabía por Evodia que
Aquila y Prisca tenían cierta reputación de hospitalarios, que alojaban a los visitantes por
meses en algunas ocasiones. Era agradable y fresco adentro, refrescante después del calor
de media tarde afuera. Era también maravillosamente tranquilo en comparación con el
caos que habíamos encontrado en las calles allí afuera.
Yo entablé conversación con la familia que había entrado. Así fue por algunos instantes
hasta la llegada de dos invitados más–un caballero que lucía bastante distinguido en
una bata ligera que se veía muy cara, y su acompañante en una túnica sencilla que bien
podía haber sido su esclavo. A pesar de la obvia diferencia de clases entre ellos, yo estaba
sorprendido, y un poco aturdido, por la ausencia de discriminación mostrada por Aquila
y su esposa al saludarlos. Los niños inmediatamente se separaron de nosotros y rodearon
al esclavo.
‘Lysias, Lysias,’ lo llamaron.
‘Bien, bien,’ dijo burlándose horrorizado. ‘¡No me digan que los bárbaros ya han invadido
Roma!’
Él era obviamente uno de los favoritos entre los jovencitos y lucía igualmente complacido
de verlos, alborotando los cabellos de los chicos con afecto y halagando a las niñas por
sus vestidos. (Usaban blusas holgadas con estolas blancas que llegaban hasta sus tobillos,
mientras los muchachos tenían túnicas atadas con un cinturón apropiado para su edad.)
Pronto me presentaron al dueño del esclavo. Su nombre era Aristóbulo y se desempeñaba
en un puesto de relativa responsabilidad en el servicio público. Hablamos de su trabajo
por un momento, pero no pasó mucho antes de que Aquila diera unas palmadas con sus
manos para llamar nuestra atención. Él hizo una de aquellas bromas conocidas sobre
cuánto más fácil era lograr que dos filósofos estuvieran de acuerdo que dos relojes de
agua. (Creo que Séneca la inició, aunque tal vez la tomó de alguien más.) Luego dijo
que acababan de avisarle que los otros invitados estaban en camino, de modo que
podíamos también pasar al comedor para servir la comida. Aproveché la oportunidad
para reunirme con Clemente y Evodia mientras salíamos del vestíbulo.
‘¿Es ahora cuando empieza la reunión?’ le pregunté a Clemente.
Me miró burlonamente, una ligera sonrisa se dibujaba a un lado de la comisura de su
boca.
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‘Empezó realmente en el momento en que entramos a la casa,’ replicó, y me dejó pensar
lo que quería.
El comedor también salía del vestíbulo principal donde habíamos estado, y era bastante
grande. Aquila y Prisca es encontraban bien aquí también y pude ver por qué las reuniones
se llevaban a cabo en ese lugar. Difícilmente se podría acomodar a los nueve invitados
incluyendo niños, en el piso de Clemente. El dueño original del apartamento de Aquila
había obviamente estado de acuerdo con la conocida idea de Vitruvio de que el comedor
debía medir dos veces la longitud de su ancho. Esto significaba que en la habitación
se podían organizar dos grupos separados de tres sofás alrededor de una mesa, dando
espacio hasta para dieciocho adultos y, de ser necesario, a media docena de niños en
bancas o banquetas en un espacio abierto delante de las mesas. Cuando entramos, Prisca
(o Priscila como todos la llamaban muy familiarmente) nos dirigió a nuestros lugares.
‘¿Deseas ubicarte al final del sofá central alrededor de la primera mesa, Publius?’ Preguntó
ella.
Pensé que debía haberse equivocado, porque este era el lugar que normalmente se
reservaba para los invitados más importantes.
‘¿Aquí?’ Dije inseguro cuando llegué a la ubicación.
Ella sonrió y asintió con la cabeza, de modo que formalmente tomé mi lugar. Al lado
de mí ubicó a Clemente y Evodia. Aristóbulo, que por derecho debía haber tomado mi
lugar, estaba sentado al lado izquierdo de Evodia, junto con su esclavo nada menos, en
el sofá donde estaban los invitados menos importantes. Traté de ver cómo tomaría él
esta doble falta a la etiqueta, pero no parecía importarle. Si lo hizo, ciertamente mantuvo
su indignación bien escondida. En algunas de las comidas donde he estado, esto habría
sido suficiente para marcharse. En el sofá de la cabeza frente a él Aquila tomó su propio
lugar a mi derecha, con Prisca a su lado. Al otro extremo de la habitación, el segundo sofá
trilátero estaba abierto hacia nosotros de modo que todos pudiésemos vernos, aunque
tres de los niños estaban sentados en banquetas plegables en el medio. La mamá, el papá
y el mayor de los niños tomaron el sofá de la izquierda y la abuela la cabecera del opuesto,
junto a la niña más pequeña. Esto dejó varios espacios vacíos alrededor de las dos mesas
para los invitados que aún no llegaban.
Algunos de estos ahora llegaban. Un tejedor judío, su esposa y sus dos atractivas hijas,
saludaron a todos uno por uno, y se reunieron con la gente de la otra mesa. A unos cuantos
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pasos detrás de ellos estaban dos hombres libres, y ellos llenaron los espacios que estaban
vacíos en nuestra mesa. Todos estos pusieron sus regalos sobre las mesas frente a ellos,
junto a los demás que nuestro anfitrión había colocado allí. Uno de los hombres libres,
Gaius, estaba en la nómina de una prestigiosa familia romana como tutor de sus hijos.
Él realmente había nacido en la casa y, así como sucede con frecuencia en estos días, fue
posteriormente libre de ataduras en reconocimiento a su fiel servicio. A solicitud de su
antiguo dueño, aunque también por sus propios deseos, se había quedado en su anterior
trabajo. Hermas, el otro hombre libre, había sido expulsado por su antiguo amo que
lo había dejado para que se mantuviera a sí mismo. Ya que no había podido conseguir
empleo por meses, era sólo por el subsidio de desempleo del gobierno y la ayuda de este
pequeño grupo que había sido capaz de sobrevivir. Después de presentarme con ellos y
explicar su situación, Aquila se levantó y pidió silencio.
‘Se está haciendo tarde,’ dijo, ‘de hecho se ha ido casi la mitad de la décima hora, entonces
creo que deberíamos empezar la comida. Parece que Félix ha sido retenido por su amo
nuevamente, así que no se sabe cuándo llegará. ¿Podrías cerciorarte, Filologo, de que
quede algo de comida para él? De otro modo probablemente se quedará sin comer nada.
Todos sabemos cómo es su amo.’
Filologo asintió con la cabeza y delegó a su hijo mayor para ver que así se hiciera.
El esclavo de Aristóbulo y el segundo de los dos muchachos habían acompañado a
Prisca fuera de la habitación brevemente después de que habíamos entrado y estos ahora
volvían a entrar trayendo el primer plato. Las dos hijas del tejedor judío fueron también
a ayudar a Prisca en la cocina. Antes de empezar a comer, sin embargo, Aquila tomó un
pan que su esposa había puesto sobre la mesa frente a él–hecho en casa según se veía, no
traído de una panadería–y dijo que le gustaría dar las gracias. Alguna clase de ofrenda a
su dios, asumí. Nosotros los romanos siempre reservamos parte de la comida y bebida
para nuestras deidades de casa y después del plato principal se ofrece a ellos para su
aceptación. Había escuchado que los judíos hacían las cosas de modo diferente, siendo
señalado el inicio de la comida por la partición del pan y alguna clase de oración. Lo que
pasaba ahora era algo así. En lugar de ofrecer parte del pan al dios, Aquila recordó a la
gente que estaba presente que su dios había ofrecido algo por ellos a cambio. Su único
hijo, nada menos, quien murió para darles vida.
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‘Justo antes de que se sacrificara por nosotros,’ continuó diciendo, ‘participó de una
comida con sus seguidores tal como la que tenemos ahora. Durante esta comida
compartió el pan y les dijo que éste lo representaba a él. Tal como ellos necesitaban el
pan a fin de vivir físicamente, así, aún más, necesitaban de él si querían experimentar una
vida real. Y así lo hacemos nosotros. Es por esto que él quiere que continuemos teniendo
comidas juntos, y es por ello que estamos reunidos hoy.
Sólo no estaba del todo claro para mí cómo una persona muerta iba a hacer todo esto.
Pero entonces Aquila continuó diciendo que después de que esta persona fue ejecutada,
él realmente había logrado vivir otra vez. No podía creer lo que escuchaban mis oídos, les
puedo decir, ¡pero eso es exactamente lo que él dijo! Se había ido con su padre después de
su muerte y esto lo puso en una posición donde podía compartir su vida con cualquiera
que lo siguiera, dondequiera que estuvieran y no importaba cuántos eran. Una parte de
él vive en cada uno de ellos, por así decirlo, o al menos es así como lo entendí.
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‘Esto significa,’ continuó Aquila, ‘que aunque no está presente físicamente con nosotros en
la habitación, él está en realidad presente entre nosotros, no obstante. Cuando comamos
la comida juntos, empezando con este pan’ (que ahora él estaba partiendo en partes
considerables y pasándolo entre los invitados) ‘lo experimentaremos directamente dentro
de nosotros, así como a través de nuestra comunión con los demás cuando comemos.
Él concluyó todo con una breve oración, si así se le podría llamar. Porque ésta se hizo en
el mismo momento hasta donde podría decir, y se habló con una voz bastante normal.
En ella agradeció a su dios por todo esto y le dijo cuánto esperábamos por la comida y
todo lo demás. Luego se sentó y en coro todos dijeron ‘sí’, ‘así es‘, ‘amén’, etc., y empezaron
a comer.
Bien, esto no era lo que había esperado, les puedo decir. Ni bastante bien ritualista ni
exóticamente misterioso. Todo era muy sencillo y prosaico en realidad. Me preguntaba
qué pensaba su dios de esta descuidada y común manera de hacer las cosas. Esta no
parecía tratarlo más bien de forma casual. ¡De ninguna manera como yo habría pensado
que un dios estaba acostumbrado!
Después de que habíamos comido por un momento, Aquila se volvió a la abuela y le hizo
una pregunta.
‘¿Cómo lo está pasando, María, en este tiempo caluroso que tenemos? Es ciertamente
inusual tan pronto en el año.’
Clemente me confió: ‘Ella recientemente bajó a Roma de la zona montañosa en el lejano
norte, el hogar original de toda la familia. A pesar de sus cincuenta años, ella ha hecho
frente al cambio bastante bien, pero desarrolló alguna clase de problema con la piel que
con frecuencia le causa incomodidad.’
Ella respondió en su notable dialecto provincial. ‘Mucho mejor, gracias Aquila,
especialmente desde la última semana cuando todo el grupo oró por mí.’
Esto llevó a una discusión sobre el valor o no de ciertas cremas medicinales y sobre la
limitada utilidad de los doctores en general. Mientras ésta estaba en curso empezamos
nuestro primer plato. Era una pequeña porción de papilla de harina integral de trigo
que normalmente comemos en grandes cantidades como nuestro plato principal. Estaba
acompañada más de lo usual con una variedad de complementos–por lo menos con
hongos, aceitunas y algunas hierbas–y también endulzada con miel.
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‘Esta entrada está muy rica,’ le comenté a Evodia.
‘Una receta de Priscila,’ explicó ella. ‘No dirá a nadie su secreto de la mixtura exacta de
ingredientes.’
Luego fui atraído a la conversación más amplia y me preguntaron si en mis viajes había
escuchado algo de los grandes templos de sanación en el Oriente donde tantas curaciones
milagrosas tenían lugar supuestamente.
‘He escuchado hablar bastante,’ sugerí, ‘pero mucho de esto es inverosímil para mí.
Creeré en ese tipo de cosas cuando lo vea con mis propios ojos.’
Un animado intercambio tuvo lugar entonces sobre la relación entre la ayuda médica
profesional y la comunidad que oraba por sanación. Los sentimientos de algunas
personas eran bastante fuertes sobre el tema y por un momento o dos pareció que iba a
estallar una verdadera pelea. Pero con una pequeña ayuda de Aquila todos se calmaron
después de un momento y se volvieron demasiado sutiles para mí. Volví mi atención a
la primera ronda de vino que estaba a punto de ser servida por el esclavo de Aristóbulo.
Las tazas, como los platos que habíamos usado, estaban hechas de barro cocido, no era la
vajilla de bronce o de plata que ves en lo mejor de las casas. Los cucharones estaban para
los restos de la comida que nuestros dedos no podían coger. También sobre las mesas
había tazones con agua y servilletas, para lavarnos las manos y limpiarnos los dedos
antes, durante y después de la comida. Con frecuencia los esclavos ven esto, con la ayuda
de esponjas e incluso el vino a veces, pero aquí era una organización de auto—servicio.
Teníamos que mantener las moscas alejadas de nosotros, también. El vino mismo,
mezclado con agua en lugar de miel, era de una razonable calidad y deliciosamente
fresco al paladar. Los niños apresuraban al esclavo de Aristóbulo para que les sirviera
tanto vino como a sus padres.
‘Por favor, Lysias,’ instaban.
‘Muy bien,’ respondía, pero sólo pretendía hacer lo que le pedían.
Puesto que la discusión sobre la enfermedad se había enfriado y todos ya habían
terminado su primer plato, Prisca se levantó a atender el próximo, seguida por aquellos
que la habían ayudado antes. Mientras esto pasaba Evodia irrumpió en la conversación.
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‘He recibido una carta de Fortunato esta semana,’ ella dijo, ‘y pide que sus saludos se
transmitan a todos.’
Fortunato había pasado aparentemente un corto tiempo en Roma con mis amigos algunos
meses antes. Durante ese tiempo también había asistido a las reuniones. Ahora él había
vuelto a Mileto y estaba profundamente involucrado con otros creyentes allí. Evodia leyó
algunos párrafos de la carta donde contaba lo que estaba haciendo últimamente.
‘Por favor transmite nuestro cariñoso saludo en retribución,’ dijo Aquila, ‘y dile que
continuamos orando por su bienestar.’
Varios otros asintieron la cabeza en señal de aprobación.
Cuando Prisca volvió momentos más tarde, casi no podía creer mi buena fortuna. Había
estado esperando por un pedazo de carne, rara vez la había comido últimamente. Casi
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siempre era escasa y horriblemente cara en el mejor de los casos. Pero aquí estaba un gran
plato de carnes mixtas para cada mesa, y otro con vegetales surtidos. Deben haber estado
ahorrando toda la semana para esto, pensé. Para mi vergüenza, me sirvieron primero
otra vez. Tomé un poco de pescado, nabos y frijoles, y luego puse encima mucho de una
salsa deliciosa de conserva en salmuera.
En frente de mí me sorprendió ver a Aristóbulo poner la comida en el plato de su sirviente.
No solamente colocarla, sino exactamente del mismo tipo y cantidad que él tenía en su
propio plato. He crecido acostumbrado a ver incluso a hombres libres recibir comida y
vino de inferior calidad, e incluso en vajilla diferente a los invitados más distinguidos.
Pero los esclavos generalmente comían afuera del comedor. Ahora y nuevamente se
escucha de un dueño que busca una política más liberal, pero esto sigue siendo raro.
Aprovechando el momentáneo silencio cuando empezamos a comer, Aristóbulo dijo que
Lysias tenía un problema que le gustaría tratar con el grupo en algún momento dado
durante la noche. Aquila indicó con su mano que podía proseguir ahora si lo deseaba. Él
estaba a punto de hacerlo cuando se oyó el sonido de sandalias en el vestíbulo de afuera,
un arrastre mientras se las quitaban y se cambiaban por pantuflas, y luego un hombre
joven barbón en lugar de estar bien afeitado como la mayoría de nosotros apareció en el
portal.
‘Bienvenido Félix,’ dijo Aquila, moviéndose del sofá. Lleno de disculpas el esclavo explicó
por qué se había demorado.
‘Mi amo me envió fuera a cazar un ganso salvaje al otro lado del pueblo,’ dijo, ‘y eso me
llevó toda la tarde.’
‘Por supuesto, por supuesto,’ dijo Aquila, ‘nos disculpamos por empezar sin ti, pero se
hacia tarde.’
Félix todavía dudaba en la puerta.
‘Discúlpame, Aquila, pero ¿habrá lugar para alguien más en la cena también?
Hizo señas con su mano y un hombre aún más joven, también con barba, dio un paso
adelante cautelosamente.
‘Este es Tiro,’ Félix continuó, ‘un amigo mío de quien les he hablado antes. Le he hablado
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muchas veces del Señor. Pero anoche cuando estábamos conversando con Adrónico,
ese predicador que está en el pueblo ahora, de pronto él supo que aquello que escuchó
con tanta frecuencia era realmente cierto. Fue bautizado de inmediato en el Tiber [me
estremecí al imaginarlo: ¡sólo piensen en su contenido!] y luego me visitó directamente
después del trabajo para contarme lo que había pasado. Estaba seguro de que no te
molestaría que lo trajera conmigo.’
Aquila se levantó de su sofá, fue directamente hacia el recién llegado y lo abrazó.
‘Eres más que bienvenido aquí,’ dijo, ‘más que bienvenido. Haremos un lugar extra para
ti allí. Estarás un poco apretado, pero eso no importa, ¿verdad?’
Prisca ya estaba trayendo comida extra de la cocina.
‘Dejemos que empiece a comer,’ dijo ella, cuando se sentaron. ‘Tiempo de sobra para las
preguntas después. Te presentaré con los demás aquí y podrás empezar.’
Ahora Lysias,’ dijo Aquila, ‘adelante con lo que ibas a decir.’
‘Bien es un poco embarazoso en realidad,’ el esclavo replicó, ‘porque involucra a
Aristóbulo también. Pero él me animó a decirte esto. El problema es que Aristóbulo
quiere darme mi libertad. Le estoy sinceramente agradecido por su ofrecimiento, pero
en cierta forma no siento que sea correcto. Vea estoy convencido de que Dios me ha
llamado a servirle y creo que ahora puedo hacer mejor las cosas. Pero él siente que sería
mejor si yo fuese libre y no ve ninguna razón de por qué eso debería afectar las cosas.’
Aristóbulo estuvo de acuerdo, ampliando sus razones. Luego, mediante varias preguntas
que les hicieron a él y a Lysias, el asunto fue analizado más profundamente. De hecho se
abrió una discusión sobre el tema de la manumisión versus la servidumbre generalmente
y los dos hombres libres tenían mucho que decir con respecto a las ventajas y desventajas
respectivas. Obviamente no era un tema simple. Aunque existían ciertas ventajas
personales y sociales al convertirse en un hombre libre, frecuentemente había reales
pérdidas materiales involucradas. Demasiados amos en estos días–el de Hermas era uno
de ellos –liberaban a sus esclavos a fin de evadir toda responsabilidad sobre estos. Otros
lo hacían a condición de que una vez con su libertad continuaran sirviendo en el mismo
puesto de antes, pero sin la provisión de casa o comida que tenían previamente a su
salida. Las casuchas de algunos de los hombres libres eran una desgracia, el sueldo
inadecuado y toda su vida anterior de familia estaba desordenada. Algunos estaban
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incluso peor que los jornaleros que al menos podían buscar trabajo donde querían.
Poco a poco la discusión regresó al problema de fondo. Hubo voces que se levantaron de
los dos lados y por algún tiempo la conversación estuvo dando vueltas en círculo.
¿Pablo no tenía algo que decir acerca de esto? Prisca le preguntó a Aquila.
‘Es correcto,’ replicó. ‘Estaba en una de sus cartas para nuestra antigua iglesia en Corinto.’
‘¿Puedes recordar cuál?’
Él pensó un momento.
‘Está en la primera, creo, en la sección donde habla del matrimonio y la vida del soltero.
La encontrarás en el baúl en el dormitorio con nuestros otros papeles si no te importa ir
por ellos.’
Mientras ella estuvo fuera de la habitación, Aquila me dijo que este Pablo era un viejo
amigo de ellos que había formado grupos en todo el imperio y en la actualidad estaba
bajo arresto domiciliario en alguna parte de la ciudad, esperando juicio sobre algunos
cargos inventados que le habían sido levantados en Judea. Él tenía un tipo especial de
sabiduría sobre asuntos que afectan su vida común, y con frecuencia encontraban de
gran ayuda consultarle personalmente de tales cosas o revisar lo que les había escrito.
Cuando Prisca volvió, Aquila encontró el lugar en el pergamino muy fácilmente y lo leyó
en voz alta.
En la mayor parte, Pablo les aconsejaba que estén contentos con su estado actual y no lo
cambien. Aquellos que eran esclavos debían verlo como una oportunidad para servir a
otros, porque ésta es la responsabilidad básica que todos tenemos, cualquiera sea nuestra
condición social. Sin embargo, cuando llegaba la oportunidad de volverse libres, como
generalmente ocurría, entonces no debían dudar en volverse hombres libres. Porque si
alguien se aproximaba a esta situación correctamente, en realidad encontraría nuevas
formas de ayudar a otros. Luego se les recordaba a los amos que ellos mismos eran
realmente esclavos, para Cristo, y a los esclavos, que eran realmente libres en el aspecto
que más importaba.
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Este consejo ciertamente dio un giro a la discusión en una dirección más provechosa e
incluso me hizo pensar acerca de mí mismo. Ahora hablemos del principio sobre el cual
se había basado el juicio de Pablo. De qué maneras la libertad de Lysias le podría permitir
servir a Aristóbulo más satisfactoriamente, o había circunstancias especiales asociadas a
su caso que significaban que era la excepción a esta regla. Después de todo esto el mismo
Lysias, y otros que habían apoyado su perspectiva, parecía estar llegando a una actitud
más positiva sobre la propuesta de Aristóbulo. Pero obviamente había cosas que deseaba
pensar. Él dijo eso mientras se levantaba para ayudar a Prisca con el próximo plato.
En el corto receso que siguió, Filologo informó a los presentes que su hija mayor había
preparado una pequeña contribución para la asamblea y ahora le gustaría ofrecerla. Con
frecuencia tenemos tales interludios durante nuestras cenas así que no estaba del todo
sorprendido por su propuesta. Hubo susurros, palabras de aliento de todos lados de la
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habitación, cuando la pequeña niña se levantó y pasó al frente de modo que pudiese ser
vista por todos.
‘Es una canción’, dijo, ‘una de las que yo misma compuse. Es acerca de toda la clase de
cosas que Dios ha hecho.’
Y entonces cantó, con bastante seguridad, con una voz clara, una verdadera voz. Todos
aplaudimos cuando terminó, los otros niños gritaron desde luego, y Aristóbulo dejó salir
un sonoro ‘¡Bravo!’. Prisca y los demás, que habían estado esperando en la puerta para
no interrumpir, luego trajeron el postre. Este contenía una buena selección de manzanas,
uvas, peras e higos. Después de lavar bien nuestros dedos en el tazón y secarlos con una
servilleta, cada uno tomó una.
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Como la conversación, casi por primera vez, estaba siendo seguida en grupos pequeños
(alguien cerca de mí estaba debatiendo con respecto a la ética de la carrera de carros en
el estadio), reflexioné sobre el grado de involucramiento del grupo demostrado por la
gente. Con frecuencia en las comidas a las que había asistido, los invitados hacían uso de
su libertad durante la comida para apartarse de lo que estaban aconteciendo en torno a
ellos a fin de escribir o dictar cartas, hacer negocios con un vecino o algunas veces sólo
se quedaban dormidos entre las comidas. También observé que los miembros de este
grupo estaban respetuosamente cuidando de no dejar caer restos de su comida y bebida
sobre el piso. Se había desparramado un poco en los alrededores, pero esto se había
hecho decorosamente y dentro de los límites aceptables, no en forma descortés como se
ve algunas veces.
Sin embargo, no pude dejar de sentir que desde un punto de vista religioso toda la
reunión dejaba mucho que desear. En cuanto a lo que podía decir, lo que había pasado
hasta el momento apenas había contenido algo religioso del todo. Por qué, no tenían ni
siquiera un sacerdote, y mucho menos la parafernalia ritual que esperas. Pero tal vez
había más de una clase genuinamente religiosa por venir.
Durante este plato final, pude hablar con Aquila otra vez y volver a la conversación de
su tiempo en Ponto. El habló de sus experiencias pasadas allí y los contactos actuales
en el lugar y pudo responder muchas de las preguntas que le hice. Pero después de un
momento alguien más reclamó su atención así que crucé para conversar con Aristóbulo.
No pasó mucho antes de que él se lanzara a contar cómo se había llegado a involucrar
con este grupo. Había experimentado dudas por algún tiempo sobre el poder de nuestra
religión tradicional.
Entonces, muy impresionado por el énfasis monoteísta de los judíos, y su punto de vista
moral, entró sigilosamente a una sinagoga un día y encontró una alternativa genuina.
No es que haya pasado completamente al judaísmo. Algo de su régimen alimenticio y su
–para mi pensamiento, bastante barbárica–práctica de la circuncisión, se le impidieron.
También se había mantenido discreto sobre su relación con la sinagoga entre sus amigos.
Su esposa lo desaprobaba rotundamente pero no decía nada a nadie por temor a que su
posición social y lealtad política fuesen cuestionadas. Después de conocer a Aquila y
Prisca, él se acopló a esta asamblea. Pero, aunque había persuadido a su esclavo de unirse
al grupo, no había logrado convencer a su esposa de que no había nada malo en ello.
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En este punto fuimos interrumpidos por Lysias quien, a la señal de Aquila, había
empezado a llenar otra vez las copas en nuestra mesa. Félix estaba haciendo lo mismo en
la otra. Aquila entonces tomó su copa con ambas manos y dijo:
‘El vino que estamos tomando ha sido parte de nuestra comida y ayuda en nuestra
comunión con el Señor. Pero significa más que esto, dado que, como Jesús explicó, nos
recuerda que él es el único que ha creado este vínculo a través de su muerte. También
éste es una promesa para nosotros de la comunión que tendremos un día con él cuando
nos sentemos a su mesa y cenemos frente a frente. Entonces cuando bebamos esta copa
juntos, nos permitirá tomar estas cosas de corazón y agradecer por ellas, volviendo la
mirada atrás con agradecimiento y mirando hacia adelante con expectativa. Y puede que
nuestras reuniones expresen la unidad que tenemos con él más y más de modo que sean,
tal como lo fueron, un pedazo de cielo en la tierra.’
En este espíritu todos bebimos.
Puesto que ahora la comida estaba virtualmente llegando al final, varios de los invitados
estaban mostrando su aprecio con algunos eructos cordiales. No deseaba ser descortés,
así que naturalmente hice lo mismo. Prisca y Aquila miraron sutilmente complacidos esta
expresión nuestra de satisfacción y lo reconocieron con un leve movimiento de cabeza.
Cuando los niños y esclavos se retiraron, y los invitados se levantaron para estirar las
piernas, Prisca revisó la reserva de aceite en las lámparas de barro que estaban sobre las
mesas y también se aseguró de que las mechas estuviesen bastante largas. Ya que la noche
aún no terminaba de caer, ella no las encendió de inmediato. El aceite es demasiado caro
para desperdiciarlo, y todos estábamos conscientes de ello. Todos los niños se habían
reunido alrededor de Lysias quien inició un juego de damas de alguna parte y se sentó
en un extremo alejado de la habitación. Una de las niñas mayores también había traído
un juego de tres en raya y los dos muchachos empezaron a jugar a la taba. Yo paseaba y
los observé por un momento, absorto totalmente por la habilidad con que Lysias trataba
de perder mientras aparentaba desesperación por ganar. Los gritos estridentes de júbilo
le dieron la derrota, y sólo de manera suave los padres los hicieron callar para que se
tranquilizaran.
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En tanto los invitados se estaban reacomodando en los sofás, aunque uno o dos
aprovecharon la oportunidad para dejar la habitación, quizás en busca del lavatorio. Este
lugar podía ser compartido con fortuna en la planta baja con los ocupantes de los demás
apartamentos. Cuando regresé a mi sofá, empecé a preguntarme qué pasaría ahora que la
comida había terminado. Normalmente en este momento se reanuda una conversación
general, contando bromas o historias o discutiendo un tema moral o un texto, al mismo
tiempo que uno se puede servir vino libremente. Dado que nuestras copas estaban siendo
retiradas, presumí que no habría más que hacer. Pero más allá no sabría decir.
Me acomodé y me recosté en uno de los sofás en el diván y me saqué las pantuflas para
aliviar mis pies sobre el mosaico fresco del piso. Normalmente esperaríamos la terracota
o el cemento bajo nuestros pies en un hogar de gente con los recursos de Aquila y
Prisca. Pero gracias a sus orígenes aristocráticos, en este respecto también habían sido
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afortunados. La habitación era indudablemente agradable. Las ventanas de parrilla
espaciada, flanqueadas por cortinas, permitían una adecuada iluminación en toda una
pared de la habitación. Varios tapices y colgantes de pared decoraban los muros blancos
empastados. Los motivos sobre estos eran bastante estándar, pero habían sido muy bien
ejecutados. Los sofás y mesas eran modestos. En lugar de las vigas bellamente granuladas
y trabajos en madera elaboradamente tallada que se encuentran en casas de la mejor
clase, aquí las mesas de madera de baja calidad tenían sólo esas patas de metal ajustables
que son tan comunes en estos días y las cabeceras de los sofás eran de un diseño bastante
sencillo. La tela que los cubría era de un material bueno, pero no fino, y el bordado era
bien hecho más que extravagante.
Cuando todos se habían sentado y Lysias había guardado el juego, Aquila hizo ligeramente
una reverencia con su cabeza y pidió al espíritu de su dios que guie todo lo que ahora iba
a tener lugar. Como antes, él hizo esto muy sencillo y práctico. Después de una pequeña
pausa sugirió que cantemos una canción, la que les gustaba a los niños particularmente.
Esto contó con la aprobación general. Gaius, que tenía una voz de barítono, comenzó
y pronto todos le siguieron, los niños aplaudían mientras cantaban. Incluso yo me uní
después de un rato. Nada me agrada más que una buena canción, pero no frecuentemente
tuve la oportunidad de darme rienda suelta. Casi levantamos las vigas del suelo en el
último coro, de modo que ¡quién sabe lo que la gente de al lado hizo!
La canción no había terminado tan pronto como Clemente cerró sus ojos y empezó a
hablar a su dios. Como Aquila, habló de una manera bastante ordinaria, casi como si su
dios fuese un conocido que estaba en la misma habitación. Cuando Clemente conversó
con él, repitió algo que había mencionado varias veces en la canción, acerca del mundo
como un regalo del dios para nosotros. Una idea extraña, ¿no lo creen? Él se extendió
sobre esto un momento. Entró en muchos detalles acerca de cuán frecuentemente
subestimamos las cosas que usamos, vemos, oímos y olemos cada día y que provienen
de las manos de dios. Mientras él estaba hablando, hubo murmullos ocasionales de
aceptación de los demás en la habitación. Al final todo el grupo dio su afirmación en
voz alta.
Este mismo patrón se repitió cuando las diferentes personas hablaron, mujeres así como
hombres, e incluso uno de los niños. Algunas de las conversaciones con el dios eran
tan largas como las de Clemente, algunas no más de unas cuantas palabras. La mayoría
continuó de una manera u otra el tema que Clemente había extraído de la primera
canción. En un momento dado, por ejemplo, el tejedor judío agradeció a dios por su
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generosidad con sus ancestros, enumerando varias cosas que los diferenciaron de las
otras razas, aunque también se disculpó por sus constantes fracasos en la reciprocidad.
Una oración muy vacilante o dos también provinieron de Tiro, donde agradeció al dios
que ahora entendía cuánto había hecho por él, en particular el regalo de su único hijo.
Al final de esto, las cabezas de cada familia presente, y uno o dos de los demás, cruzaron
la habitación e impusieron sus manos sobre él, dándole la bienvenida en su comunidad
y prometiéndole que lo apoyarían en el futuro. Realmente él estaba conmovido hasta
las lágrimas por esto y apenas les podía expresar su gratitud. A pesar de lo extraño de
la ocasión, debo admitir que estaba un poco conmovido. Cuando volvieron a tomar
sus lugares, Hermas dijo que había un salmo de las sagradas escrituras que él sentía
particularmente apropiado para la ocasión. Debe haber tenido buena memoria para esta
clase de cosas, porque la recitación duró unos minutos.
‘¿Te gustaría una copia de esto?’ le preguntó a Tiro cuando hubo terminado. ‘Puedo
escribir fácilmente una para ti.’
Él asintió con la cabeza, un poco agobiado aún, creo, por lo que había pasado
anteriormente y toda la atención que recibió.
Durante una pequeña pausa que siguió, Prisca se levantó y alumbró con las lámparas.
Ahora estaba completamente oscuro afuera y apenas podíamos vernos el uno al otro en
la habitación. Mientras estaba haciendo esto, Hermas empezó a contar una historia de
los sagrados escritos judíos. Era acerca de uno de los grandes héroes del pasado, llamado
David. De la manera como habló ellos deben haber estado escuchando acerca de las
diferentes partes de su vida cada vez que se reunían. Ciertamente él sabía cómo hacer
comprender una historia, se lo reconozco, porque creo que ninguno de nosotros, adultos
como niños, hizo un solo sonido mientras él hablaba. Siguió otra canción, sugerida esta
vez por Aristóbulo.
Entonces todos se recostaron cuando Aquila empezó a hablar. Comenzó diciéndoles
que el espíritu de dios ahora les dio dones en mayor número que antes. Estos dones
involucraban cosas que podíamos decirnos el uno al otro o cosas que podíamos hacer
por otros. Algunos lograban entender más acerca de dios, de los demás, de nuestras
responsabilidades externas, o de los eventos que pasan alrededor de nosotros. Algunos
ayudaban a los miembros personalmente con sus problemas o los unían a todos juntos
en un grupo armonioso y cohesivo. Algunos ayudaban a aquellos que tenían dificultades
financieras u otras necesidades físicas como enfermedades. Algunos ayudaban a las
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personas a comunicar cosas a su dios, o explicar lo que comunicaron otros, lo que
sentían tan profundamente que no podían decirlo con palabras. Todo esto significaba
compartir con otros, no acaparar egoístamente ni solamente disfrutarlo en privado.
Juntos proporcionaban los recursos para el crecimiento, en cada aspecto de sus vidas,
de cada persona presente y el grupo como un todo. Es por ello que era importante para
todos descubrir qué habilidades se les había dado, discernir cuándo y cómo debían ser
ejecutadas y evaluar cuidadosamente cuánta verdad o solo opinión personal estaba
involucrada en el empleo de los dones de los demás.
‘Sobre todo,’ insistió, ‘debemos desear ejercer el más importante de todos los dones, el de
decir la palabra de Dios de manera servicial y pertinente a los demás, y también buscar
mostrar la cualidad más importante que hay, que es el amor genuino del uno por el otro.’
Él concluyó con un desafío directo a todos los presentes para que hagan esto.
‘Todo nuestro bienestar,’ señaló seriamente, ‘como individuos y como grupo dependen
de esto.’
No me sorprendió en lo más mínimo que hubiese un corto silencio después de que había
terminado. Porque, aunque habló sin la usual retórica que nuestros moralistas populares
muestran, hubo una fuerza inherente en sus palabras que no se podía negar. La sentí,
aunque no entendía completamente todo lo que dijo. Durante este silencio observé que
el niño más pequeño de la familia de Filologo se había dormido en los brazos de su madre
y que la otra hija estaba quedándose dormida contrariamente a uno de sus hermanos.
Una ligera corriente se filtraba por las cortinas cerradas, provocando que las lámparas
ondearan y el humo saliera ondulándose en el aire perezosamente. Alrededor de las
paredes se formaban sombras gigantes de nuestros cuerpos, se contraían y expandían
al ritmo de las luces. Afuera los ruidos ensordecedores del tráfico pesado que entra a
la ciudad al final del día, y del toque de queda, iba incrementándose gradualmente. Las
ventanas de esta habitación hacían frente hacia adentro en lugar de afuera en la calle, y
las paredes estaban sólidamente construidas. De otra manera, podría haber sido difícil
escuchar lo que se estaba diciendo.
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La esposa del tejedor empezó a hablar. ‘Mientras estaba sentada aquí,’ ella comenzó,
‘pensando acerca de lo que Aquila había dicho, sabía que Dios deseaba que dijera
algo, primero a todos nosotros, y luego a una persona en particular. Dios quiere que
conozcamos que él nos presentará más cosas para compartir el uno con el otro y hará
que aquellas que experimentamos ahora sean más provechosas aún. Esto no pasará si
nos concentramos en buscar los dones mismos sino simplemente si nos concentramos
en servir el uno al otro. Si tenemos voluntad de hacer esto también tendremos más
alcance para algunos de nuestros dones fuera del grupo en sí, entre otras cosas estamos
esperando influenciar para el Señor. En particular, Dios quiere asegurarte, Lysias, que
este sería el resultado de la libertad que Aristóbulo quiere darte. Esto no sólo te permitirá
servir a Aristóbulo en todas las formas sino también a otros en formas imposibles para ti
en el presente. Así que debes seguir adelante y tomar este paso con confianza.’
Ella se detuvo y, como pueden imaginarse, dada la discusión previa, la respuesta general
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fue muy positiva de hecho. Después de una breve pausa, Gaius se puso de pie y caminó
hacia María, la abuela. Se detuvo junto a ella, colocó sus manos sobre su cabeza y llamó
a otros a orar con él por ella. Entonces clamó por su sanación en el nombre del poder de
dios, agradeciéndole por su mejoría que tuvo lugar durante la última semana y pidiendo
que este poder continúe hasta que ella esté plenamente sana.
Esto pareció una señal para toda una variedad de oraciones de los diferentes miembros
del grupo sobre varios aspectos de la vida de los otros. Debo confesar que iba aumentando
un poco el sueño a medida que esto continuaba, probablemente debido al humo de las
lámparas, así como a algo más, aunque no me pareció que algunas personas se extendieran
de manera desmedida en sus oraciones. Tuve la impresión de que Clemente sintió esto
en varios momentos también, pero aquí y allí arrastró los pies más bien impacientes
y suspiró de manera resignada. Pero finalmente Aquila terminó todo sugiriendo que
cantemos juntos una canción de despedida que todos conocían. Así lo hicimos y la
reunión terminó.
Bien, tal vez no hay mucho que recuerde de lo que Clemente me había dicho anteriormente
acerca de ¡cuándo empezaron en realidad!
Filologo y su esposa inmediatamente se despidieron de los anfitriones y salieron con sus
hijos, Prisca los acompañó. La segunda familia, se disculpó al retirarse refiriéndose a que
se había hecho tarde, también se despidieron. Los dos grupos se encontraron conmigo
a la salida y me desearon una feliz estadía en Roma, y uno de ellos me invitó a una
comida en la noche la siguiente semana. Acepté. El resto se quedó hablando en pequeños
grupos, y a su regreso Prisca les ofreció un poco más de vino. Observé que Aristóbulo
discutía con Hermas en un rincón de la habitación y muy discretamente le daba algo
de dinero, haciendo caso omiso de las protestas de los otros cuando hacía eso. Los dos
esclavos también se despidieron y Aquila los condujo por el vestíbulo hacia la puerta
principal. Decidimos retirarnos también y los seguimos fuera del vestíbulo. Delante
de nosotros Prisca había detenido a los dos esclavos que estaban a punto de irse y les
dio dos servilletas llenas de sobras de la comida. Salieron y se despidieron de nosotros.
Agradecí a nuestro anfitrión muy cariñosamente por incluirme en su invitación y me
aclararon que yo era bienvenido junto con Clemente y Evodia en cualquier momento
durante mi estadía en Roma. Después de que recibimos nuestras sandalias todos excepto
yo se despidieron con un beso, mientras Aquila y Prisca los encomendaron a la gracia
de dios. Entonces recogimos nuestras capas, las tiramos sobre nuestros hombros y nos
fuimos en la noche.
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Afuera estaba totalmente negro. Los caminos de la capital solamente están iluminados en
grandes ocasiones, así que sortearlos en cualquier otro momento nunca es fácil. Excepto
cuando hay una luna llena y bastante alta en el cielo. Además de los dos esclavos, a
quienes pudimos escuchar, pero no verlos en frente de nosotros, la calle estaba desierta.
La mayoría de la gente estaba en la cama a estas horas, porque nosotros los romanos nos
levantamos temprano y aprovechamos la luz. Las lámparas que brillan intermitentemente
y llenan de humo las habitaciones en la noche casi no son propicias para quedarse hasta
tarde.
‘Félix,’ llamó Clemente a uno de los esclavos, ‘sugiero que caminemos hasta donde
podamos estar juntos. Es más seguro así.’
Los otros estuvieron de acuerdo y nos esperaron hasta que los alcanzamos. En ese
momento Aristóbulo también apareció por la entrada detrás de nosotros.
‘Esperaba que no se hubiesen ido muy lejos,’ dijo. ‘Lysias tiene una antorcha y si vamos
todos juntos nos podemos beneficiar. Será ligeramente más lejos para nosotros, pero no
hay problema. Podemos cuidarnos luego si hace falta, ¿verdad Lysias?’
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No puedo decir que estaba disgustado con estas sugerencias. Roma tiene mala fama por
los ladrones en la noche y los asaltantes. Ni hablar de los perros salvajes, e incluso los
cerdos, que corren sueltos a todas partes. En las calles estrechas, cuando no se puede ver
el camino apropiadamente, los grandes vagones que transportan cargan dentro y fuera
de la ciudad al final del día y del toque de queda también pueden ser peligrosos para
la vida y el cuerpo. Tampoco estas eran las únicas cosas de las que tenías que cuidarte.
Mucha gente vaciaba sus cubetas y los depósitos del baño por sus ventanas en la noche
cuando nadie los podía ver. Prácticamente no había nada que se podía hacer. Cuando
se salía a esa hora, lo único que se podía hacer era cruzar los dedos y esperar lo mejor.
A medida que caminábamos, y los otros discutían entre ellos los eventos de la noche,
recordaba lo que había pasado desde que nos pusimos en camino esa tarde. Aunque las
cosas se habían tornado muy diferentes a lo que había esperado, en general tenía que
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decir que había disfrutado esa noche. La gente ciertamente me impresionó. Esa era una
cosa. Y a pesar de mi recelo acerca de algunas de las buenas maneras que ignoraron, sus
creencias y entusiasmos, existía algo acerca de su intercambio, tanto durante la comida
como incluso después de ésta, que extrañamente se elogiaba por sí solo. Había algo acerca
de sus eventos que era sin lugar a dudas real. Sin embargo, sus reuniones parecían ser
extremadamente inadecuadas desde un punto de vista religioso, y la novedad de algunas
cosas que hicieron era mayormente desagradable. Me asombré de haber aceptado la
invitación de Aquila y Prisca para asistir la próxima semana. Era difícil decir no. No
estaba seguro del todo. Pero esperaba poder hacerlo.
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