JEHOVA
ENRIQUECE
En el libro de Proverbios, en el capítulo diez, versículo veintidós, encontramos un tesoro
espiritual a vista de todos, pero que pocos aprecian, quizá por la sencillez del mismo (a los
seres humanos nos encantan las cosas complicadas, indescifrables, grandes y apoteósicas;
en cambio, las cuestiones chicas y simples las dejamos de lado).
Este proverbio es una perla de gran valor contenida en una vasija ordinaria. El adagio reza
así: “La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella” (Proverbios
10:22 RV 1960).
Otras versiones bíblicas, que usan un español más moderno, traducen el versículo de la
siguiente manera.
• La DHH (Dios habla hoy) dice: La bendición del Señor es riqueza que no
trae dolores consigo.
• La PDT (Palabra de Dios para todos) dice: La bendición del Señor trae
riqueza, y no hay por qué preocuparse.
• La NTV (Nueva traducción viviente) dice: La bendición del Señor enriquece
a una persona y él no añade ninguna tristeza.
• La NVI (Nueva versión internacional) dice: La bendición del Señor trae
riquezas, y nada se gana con preocuparse.
• La TLA (Traducción en lenguaje actual) dice: La bendición de Dios es
riqueza que viene libre de preocupaciones.
Salomón.
Antes de develar algunas verdades de Proverbios 10:22, permítanme hablarles del autor
de este dicho, Salomón, y el contexto del porqué fue escrito este refrán.
Salomón, como bien sabemos, fue uno de los hijos del rey David. Subió al trono en lugar de
su padre —a pesar de que por línea de sucesión no le correspondía, pues no era el hijo
mayor— en el 970 a.C. Gobernó a Israel durante cuarenta años, haciendo que la nación
prosperara económica, política, cultural y militarmente como en ningún otro reino
anterior, pero la decadencia espiritual del pueblo santo comenzó a verse en los últimos
años de este monarca (el rey trajo poder a Judá, pero también deshonra). Salomón, al
inicio de su reino, pide a Dios sabiduría para gobernar la nación, oración que fue aceptada
por el Señor y respondida con creces, convirtiendo a este joven veinteañero en el hombre
más sabio del mundo conocido de ese entonces (2 Crónicas 1; 1 Reyes 3; 1 Reyes 10).
Salomón, según algunos trabajos de investigación, fue hábil en muchas ciencias, oficios y
profesiones; destacándose en arquitectura, agricultura, destrezas militares, música y
literatura. Fue así que el rey Salomón compuso, al menos, tres libros que se conservan
hasta la actualidad: Cantar de los Cantares (escrito, según se cree, cuando el rey era
joven). Proverbios (escrito cuando atravesaba una edad madura) y Eclesiastés (libro de
doce capítulos que fue escrito cuando Salomón era un anciano próximo a dejar este
mundo).
Dos verdades de Proverbios 10:22
Con respecto al capítulo diez del libro de Proverbios, el comentarista bíblico, David
Guzick, nos dice: “Proverbios 10 comienza una nueva sección del libro. En cierto sentido,
los primeros nueve capítulos han sido una introducción. Y en cierto sentido también, la
colección de los proverbios de Salomón comienza aquí -proverbios diez en adelante-
como una serie de refranes de sabiduría ‘de un solo verso de dos frases’. Esta disposición
continúa hasta Prov. 22:16”
1ª Verdad. La primera parte del versículo 22, en la versión Reina Valera, dice: “La
bendición de Jehová es la que enriquece”. Salomón se recuerda a sí mismo —pues se había
convertido en un hombre muy rico— y a todos sus lectores un principio que ya Moisés
había enseñado siglos atrás… ‘La riqueza viene de Dios, no del hombre’.
En Deuteronomio 8:1-18 leemos… “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para
cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda
que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se
aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se
enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de
casa de servidumbre; que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de
serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de
la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no
habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu
corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de
Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su
pacto que juró a tus padres, como en este día”.
Por tanto, el rey Salomón nos trae a memoria nuestro pasado de pobreza, carencias,
dificultades y poquedades, no para desmoralizarnos, sino para que desde ahí
glorifiquemos a Dios y le agradezcamos, pues ha sido él, y no nuestras habilidades,
capacidades, ideas, sociedades y fuerzas, quien nos ha enriquecido. El Eterno nos ha
prosperado en lo económico. Sí, ha sido el Señor quien viendo nuestras penurias
financieras, decidió bendecirnos, blindarnos con bondades y hacernos hombres-mujeres
prósperos de manera integral, lo cual incluye, por supuesto, nuestras finanzas. Así, por
tanto, si estamos disfrutando de un buen pasar económico (quiera Dios que así sea), jamás
olvidemos ‘de dónde nos sacó el Señor’, en cambio, alabémoslo, agradezcamos y siempre
digamos que la riqueza de la que estamos disfrutando hoy, se debe al Creador, pues él nos
dio las fuerzas, ideas, capacidades, conexiones y sociedades para que prosperemos. Amén.
La fuente original de nuestra prosperidad es Dios, nunca el hombre, no nosotros.
2ª Verdad. La segunda parte de Proverbios 10:22 dice, “y no añade tristeza”. Recibir
riquezas de Dios es ser bendecido; pero tener riquezas sin la pena (estrés, angustia,
miedo, carga) que a menudo las acompaña, es una bendición aún mayor. Hay muchas
personas ricas que son miserables y tienen gran dolor junto con sus riquezas (David
Guzick).
Veamos algunos ejemplos bíblicos.
• La codiciosa elección de Lot (quedarse con la mejor tierra) estuvo llena de
aflicción y consecuencias funestas. Se convirtió en un hombre rico, ¡pero a
qué precio! (Génesis 13:10-11; 14:12; 19:15; 2 Pedro 2:8).
• Acab llevaba una corona de oro sobre su cabeza, pues era rey de todo
Israel, pero yacía en su cama enfermo, descontento con la vida, sintiéndose
miserable (1 Reyes 21:4).
• El rechazo del hombre rico a Cristo fue la fuente de su dolor presente y
eterno (Lucas 18:23-25).
Por tanto, la verdadera riqueza es aquella que viene de Dios, pues viene acompañada de
verdadera alegría, paz, sosiego mental, capacidad administrativa. La bendición del Señor
no produce tristeza (tormento-carga), porque de él solo emana bondad, luz, felicidad. En
cambio, cuando el humano se enriquece por sus propios medios, despreciando la ayuda
de Dios, le vienen, junto con el dinero, muchos juicios celestiales como: Ausencia de paz,
descontento con la vida, peleas conyugales, hijos rebeldes, estafas, robos, trampas,
ansiedad, temor a perderlo todo, codicia, avaricia, tacañería. Pero cuando el mortal
entiende que de Dios viene la verdadera riqueza, y acepta esta verdad, comienza a
disfrutar la vida sin enojos ni penas.
La verdadera riqueza
¿Cuál es la verdadera riqueza entonces? Siendo justos con la interpretación de Proverbios
10:22, Salomón aquí se está refiriendo a la prosperidad económica exclusivamente. Pero
bien, sabemos que el dinero no lo es todo en la vida. Esta afirmación no va en contra de la
enseñanza salomónica, al contrario, la complementa.
Jamás reduzcamos la bendición del Señor a la esfera financiera solamente. La riqueza que
nos otorga Jehová es completa y mucho más que lo metálico. Abarca el ser felices en lo
personal, en lo familiar, en lo laboral, en lo profesional, en lo físico, en lo mental, en lo
espiritual, y por supuesto, también en lo económico. La verdadera riqueza, pues, a juicio de
este simple jornalero, es tener plena fe y absoluta confianza en Dios, pues cuando esto
sucede, el humano ya no tendrá más preocupaciones, pues ha aprendido a ocuparse de lo
que realmente importa… su relación con el Señor (“Entre ellos, eligió a doce para que
estuvieran con él y luego enviarlos a otros lugares para anunciar su mensaje” —Marcos
3:14 PDT).
¿Quiere decir esto que lo económico no importa? No he dicho eso. Más bien, lo financiero
es parte crucial del crecimiento personal. El dinero no te hace más rico o más pobre en
cuanto a valores, educación y principios de fe; te hace más adinerado o menos adinerado.
Sin embargo, no descartemos la importancia de la riqueza material, pues esta —si es
direccionada por Dios— nos permite hacer mucho bien a la Obra del Señor, a los demás y
a uno mismo:
“La sabiduría es aún mejor cuando uno tiene dinero; ambas cosas son de beneficio a lo
largo de la vida. La sabiduría y el dinero abren casi todas las puertas, pero solo la
sabiduría puede salvarte la vida” (Eclesiastés 7:11-12).
Perdámosle el miedo a las palabras prosperidad, dinero, riquezas, aumento, incremento.
Es cierto que se ha abusado de ellas, pero es imposible negar esta verdad: ‘El Dios al que
servimos le gusta bendecir a sus siervos’. El Señor prospera a quienes le obedecen y
aman; sería imposible que esto no ocurriera, ya que él es fuente de toda bendición, y todo
aquel que se acerca a su presencia, por los motivos correctos, se ve afectado por la bondad
que emana de él, bondad que no solo es paz, liberación y salvación espiritual; bondad que
también es riqueza financiera, para unos más y para otros menos, según Su voluntad.
El profeta Samuel tenía razón cuando dijo:
“Jehová mata, y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y él
enriquece; Abate, y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, Y del muladar exalta al
menesteroso, Para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de
Jehová son las columnas de la tierra, Y él afirmó sobre ellas el mundo. Él guarda los pies
de sus santos, Mas los impíos perecen en tinieblas; Porque nadie será fuerte por su propia
fuerza” (1 Samuel 2:6-9).
Roberto Martinez