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Los Bufones de Dios

La hermana Mechtilda, una monja que solía servir al papa Gregorio XVII en el Vaticano, visita al profesor Carl Mendelius en Tübingen y le entrega una carta del papa. Ella relata que el papa se veía cansado y preocupado después de un viaje a América del Sur y de reunirse con líderes chinos y rusos. Luego de retirarse a Monte Cassino, comenzaron problemas en el Vaticano y murmuraciones sobre su salud mental. Finalmente, el papa renunció presionado por el cardenal

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Los Bufones de Dios

La hermana Mechtilda, una monja que solía servir al papa Gregorio XVII en el Vaticano, visita al profesor Carl Mendelius en Tübingen y le entrega una carta del papa. Ella relata que el papa se veía cansado y preocupado después de un viaje a América del Sur y de reunirse con líderes chinos y rusos. Luego de retirarse a Monte Cassino, comenzaron problemas en el Vaticano y murmuraciones sobre su salud mental. Finalmente, el papa renunció presionado por el cardenal

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LOS

BUFONES
DE DIOS
MORRIS WEST

Título original: The Clowns of God


Traducción: Marta Cruz Coke de Lagos
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre
2005

NOTA DEL AUTOR


Una vez aceptada la existencia de Dios —como quiera que Ud.
lo defina, como quiera que Ud. explique su relación con Él— desde
ese momento, Ud. está atrapado para siempre por Su presencia en el
centro de todas las cosas. También Ud. está atrapado por el hecho de
que el hombre es una criatura que camina entre dos mundos y va
trazando en los muros de su caverna la maravilla y el terror que
experimenta durante su peregrinaje espiritual.

Para mis seres queridos


con todo mi corazón.

“¿Quién sabe si el mundo no terminará esta noche?"


Robert Browning
Nuestra última cabalgata
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre
2005

LIBRO PRIMERO

"Fui arrebatado en espíritu el día del Señor


y oí tras de mí una voz fuerte, como de trompeta
que decía: Lo que vieres, escríbelo en
un libro y envíalo a las siete Iglesias".
Apocalipsis
San Juan — Cáp. I — 10-11
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre
2005

PRÓLOGO

En el séptimo año de su pontificado, dos días antes de cumplir


los sesenta y cinco, en presencia del Consistorio en pleno, Jean Marie
Barette, más conocido como Papa Gregorio XVII firmó un instrumento
de abdicación, se quitó el anillo del Pescador, entregó su sello al
cardenal camarlengo y pronunció unas pocas palabras de despedida.
"Y así, hermanos míos, todo se ha consumado tal como ustedes
lo han deseado. Estoy cierto de que ustedes explicarán
adecuadamente lo que ha ocurrido tanto a la Iglesia como al mundo.
Espero que elegirán a un hombre bueno. Dios sabe cuánto lo
necesitan".
Tres horas después, acompañado por un coronel de la guardia
suiza, se presentó al monasterio de Monte Cassino y se colocó bajo la
obediencia del abad. El coronel regresó inmediatamente a Roma e
informó al cardenal camarlengo que su misión estaba cumplida.
El camarlengo lanzó un largo suspiro de alivio y comenzó
inmediatamente con las formalidades tendientes a proclamar que la
silla de Pedro estaba vacante y que la elección de un nuevo pontífice
se realizaría con toda la presteza requerida.
Digitalizado por Hyspastes, revisado por Gustavo. Diciembre
2005

CAPÍTULO1

La mujer parecía una campesina, robusta, vestida de tosca


lana, con el cabello gris asomando por debajo del sombrero de paja y
las redondas mejillas encendidas como manzanas. Se mantenía
erguida sobre la silla con las manos cruzadas sobre una amplia
cartera de cuero marrón pasada de moda. Se veía cansada pero nada
en ella denotaba temor. Parecía estar examinando la mercancía que
le ofrecían en una feria desconocida.
Carl Mendelius, profesor de Estudios patrísticos y bíblicos en el
Wilhelmsstift, que una vez fuera llamado el ilustre Colegio de la
Universidad de Tübingen, estiró sus largas piernas por debajo del
escritorio, juntó las manos formando un puente con los dedos índices
y sonriéndole por encima de esta precaria construcción se dirigió a
ella con toda gentileza.
—¿Usted deseaba verme, señora?
—Me dijeron que usted comprendía el francés —ella hablaba
con el acento abierto y arrastrado del midi.
—Así es.
—Me llamo Teresa Mathieu. En religión soy —era— la hermana
Mechtilda.
—¿Debo comprender que ha dejado los hábitos?
—No. Fui dispensada de mis votos. Pero él dijo que siempre
debería conservar y llevar el anillo con que profesé porque mi servicio
sigue siendo el servicio del Señor.
Estiró hacia él una grande y gastada mano de trabajadora
mostrando el anillo de plata que llevaba en el anular.
—¿Él? ¿Quién es él?
—Su Santidad, el papa Gregorio, Yo formaba parte del grupo de
hermanas que atendían su casa: limpiaba su estudio y sus
habitaciones privadas: le servía su café. A veces, en los días de
fiesta, cuando las otras hermanas descansaban, solía prepararle sus
comidas. Decía que le gustaba mi forma de cocinar porque le
recordaba su hogar… En esas ocasiones, a veces, conversaba
conmigo. Conocía muy bien mi tierra natal porque su familia poseía
viñedos en el Var… Y así, cuando, mi sobrina perdió a su marido y
quedó sola con cinco niños y con el restaurante que atender, yo se lo
conté. Y él me comprendió. Dijo que tal vez mi sobrina me necesitaba
más que el papa, que de todos modos tenía mucha gente a su
servicio. El me ayudó a pensar con libertad y a darme cuenta de que
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la caridad es la más importante de todas las virtudes… Mi decisión de
regresar al mundo fue tomada entonces, cuando la gente en el
Vaticano comenzó a decir todas aquellas cosas terribles, que el Santo
Padre estaba enfermo de la cabeza, que podía ser peligroso, todo
eso. El día que abandoné Roma fui a verlo para solicitarle su
bendición. Y él me pidió, como un favor especial, que pasara por
Tübingen y le entregara a usted esta carta, en sus propias manos. Y
me colocó bajo obediencia, haciéndome prometer que no debería
contarle a nadie lo que él había dicho o lo que yo llevaba. Y por eso
estoy aquí…
Hurgó en el gran bolso y extrajo de él un grueso sobre de papel
que extendió hacia él por sobre el escritorio. Carl Mendelius lo recibió
y lo sostuvo en las manos evaluando su peso antes de depositarlo
sobre la mesa.
—¿Vino usted aquí directamente desde Roma?
—No. Fui primero donde mi sobrina a quien acompañé durante
una semana. Su Santidad dijo que eso era lo que tenía que hacer,
porque era lo natural y propio. Me dio dinero para el viaje y un regalo
para mi sobrina.
—¿Le entregó algún otro mensaje para mí?
—No. Sólo que le enviaba a usted todo su afecto. Y agregó que
si me hacía preguntas, yo debía contestarlas.
—Veo que encontró en usted un fiel mensajero —dijo Carl
Mendelius gentilmente, pero su rostro estaba serio—. ¿Querría tomar
un café?
—No, gracias.
Ella cruzó las manos sobre la amplia cartera y esperó. Todo en
su actitud trasuntaba la monja que había sido y que aún parecía ser
pese a su ropa de confección casera. Mendelius hizo la pregunta
siguiente con todo cuidado y como restándole importancia.
—Estos problemas, estas murmuraciones en el Vaticano
¿recuerda cuándo comenzaron? ¿Y por qué se produjeron?
—Sí, sé cuándo comenzaron —la respuesta de la mujer fue
decidida, sin una sombra de vacilación—. Fue al regreso de la gira
que el Santo Padre hizo por América del Sur y los Estados Unidos.
Parecía entonces muy cansado, casi enfermo y luego vinieron
aquellas visitas de los chinos y los rusos y de esos africanos que lo
dejaron aún más preocupado. Después de aquello resolvió retirarse
por dos semanas a Monte Cassino. Y fue al volver de allí cuando
comenzaron los problemas…
—¿Qué clase de problemas?
—Yo nunca comprendía muy bien realmente de qué se trataba.
Como usted sabe, yo era sólo alguien muy insignificante, una
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hermana que hacía un trabajo doméstico. Y nos han entrenado para
no hacer comentarios sobre materias que no nos conciernen. La
Madre Superiora reprueba severamente toda murmuración. Pero sin
embargo no pude dejar de notar que el Santo Padre parecía enfermo,
que permanecía largas horas orando en la capilla, que las reuniones
con los miembros de la Curia se multiplicaban y que al salir todos
ellos parecían enojados y refunfuñaban entre sí. No recuerdo lo que
hablaban, salvo una vez que oí al Cardenal Arnaldo decir: "¡Dios
Santo del cielo! ¡Tenemos que vérnosla con un demente!
—¿Y el Santo Padre mismo, qué aspecto tenía?
—Conmigo nunca dejó de ser el mismo, bondadoso y cortés.
Pero era evidente que estaba muy acongojado. Un día me pidió que
le llevara una aspirina para tomarla con su café. Yo le pregunté si
deseaba que llamara a su médico. El me respondió con una curiosa
pequeña sonrisa y dijo: "Hermana Mechtilda, lo que yo necesito no es
un médico, sino el don de las lenguas. A veces me parece como si
estuviera enseñando música a los sordos y pintura a los ciegos…"
Bueno, al final, claro, vino el médico y luego varios otros en los días
que siguieron. Y después de aquello el cardenal Drexel llegó a verlo;
es el Decano del Sacro Colegio y un hombre muy severo.
Permanecieron encerrados todo el día en el apartamento papal y yo
ayudé a servirles el almuerzo. Y después de ese día… bueno… ocurrió
todo aquello.
—¿Comprendió usted algo de lo que estaba sucediendo?
—No. Lo único que nos dijeron fue que, por razones de salud y
para beneficio de las almas, el Santo Padre había decidido abdicar y
pasar el resto de su vida sirviendo a Dios en un monasterio. Nos
pidieron que rogáramos por él y por la Iglesia.
—¿Y él no le dio nunca ninguna explicación de lo que estaba
ocurriendo?
—¿A mí? —Ella se lo quedó mirando con una auténtica e
inocente sorpresa—. ¿Por qué a mí? Yo era nadie. Pero después que
me bendijo deseándome buen viaje, él puso sus manos en mis
mejillas y dijo: "Tal vez, hermanita, ambos somos afortunados por
habernos encontrado". Y esa fue la última vez que lo vi.
—¿Y ahora qué piensa hacer usted?
—Volver a casa con mi sobrina, ayudarla con los niños, cocinar
en el restaurante. Es un negocio pequeño, pero si logramos
mantenerlo como se debe, es bastante bueno.
—Estoy seguro de que lo conseguirán —dijo Carl Mendelius
respetuosamente al tiempo que se levantaba y extendía su mano
hacia ella—. Gracias hermana Mechtilda, gracias por venir a verme y
por lo que ha hecho por él.
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—Oh, no es nada. El era un hombre bueno que siempre
comprendió a la gente corriente como yo.
La palma de la mano de la mujer tenía la piel seca y agrietada
por el lavado y la friega de las cazuelas y Mendelius, al verla, sintió
vergüenza de sus propias diestras y suaves manos en las cuales
Gregorio XVII, sucesor del príncipe de los apóstoles había depositado
su último, su más secreto memorial.
Aquella noche, en su enorme estudio del ático, cuyas ventanas
miraban hacia el bulto gris de la Stiftskirche de St. George, Mendelius
veló hasta tarde, teniendo por únicos testigos de su meditación a los
bustos de Melanchthon y de Hegel, el primero de los cuales había sido
asistente de profesor y el otro alumno de la antigua universidad; pero
hacía ya tiempo que la muerte había absuelto a ambos de toda
perplejidad.
Delante de él, abierta y extendida sobre la mesa, yacía la carta
de Jean Marie Barette, el Gregorio portador del número diez y siete
en la línea de la sucesión papal: treinta páginas de fina cursiva
manuscrita, de impecable estilo gálico, testimonio de una tragedia
personal y de una crisis política de dimensión mundial.

Mi querido Carl:
"En ésta, la larga noche de mi alma, cuando la razón se
tambalea al borde del abismo y la fe de toda una vida
pareciera, haberse perdido, acudo a usted en busca de la
gracia de la comprensión.
"Hace ya muchos años que somos amigos. Sus libros y
sus cartas han sido hasta ahora mis inseparables
compañeros de viaje: bagaje infinitamente más esencial
para mí que mis camisas o mis zapatos. En numerosos
momentos de ansia e inquietud sus consejos han sido fuente
de paz para mí, así como su visión y sabiduría no han
dejado de ser la luz que ha guiado mis pasos por los oscuros
laberintos del poder. Y por eso, a pesar de que las sendas
de nuestras vidas parecieran haber divergido, me consuela
creer que nuestros espíritus han mantenido la unidad de sus
valores.
"Mi silencio durante estos últimos meses de mi
purgatorio personal se ha debido al hecho de que he
deseado mantenerlo al margen para no comprometerlo en lo
que me estaba ocurriendo. Desde hace ya algún tiempo he
vivido sometido a una estrecha vigilancia y en consecuencia
no me ha sido posible mantener nada privado, ni aun mis
papeles más secretos. En verdad tengo que confesarle que
si esta carta cae en manos equivocadas, usted quedará
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expuesto a un gran riesgo y si decide llevar a cabo la misión
que intento encomendarle, el peligro a que aludo se
multiplicará con cada día que pase.
"Comenzaré a contarle la historia por su desenlace. El
mes pasado, los cardenales del Sacro Colegio, entre los
cuales creo que cuento con algunos amigos, decidieron, por
una amplia mayoría, que yo estaba, si no loco, por lo menos
no en un estado mental competente para desempeñar las
tareas del pontificado. Esta decisión, motivada por razones
que más adelante le explicaré en detalle, colocó a mis
hermanos cardenales frente a un dilema que resultó trágico
y cómico a la vez.
"Sólo existían dos fórmulas para librarse de mí:
deponerme u obligarme a abdicar. Deponerme implicaba dar
explicaciones públicas, lo que evidentemente era imposible
por lo que nadie se atrevió siquiera a considerar esta
primera opción, ya que el olor a conspiración habría sido
demasiado fuerte y el riesgo de cisma consiguiente
demasiado grande. Por otra parte, la abdicación, en tanto
que acto legal, no habría podido ser llevada a cabo por un
hombre mentalmente enfermo, pues habría carecido de toda
validez jurídica.
"Mi dilema personal, en cambio, era completamente
diferente. Yo no había pedido ser elegido. Había aceptado,
con temor, pero confiando en el Espíritu Santo para
encontrar la luz y la fuerza necesarias. Aquel día en Monte
Cassino creí —e intento desesperadamente continuar
creyendo— que había recibido una iluminación especial del
Señor y que mi deber consistía en comunicar esa luz a un
mundo atrapado en la oscuridad de la última hora antes de
medianoche. Por otra parte comprendí que sin la ayuda de
mis más antiguos colaboradores, los hombres claves de la
Iglesia, ninguna acción era posible para mí. Me veía
reducido a la impotencia porque mis declaraciones podían
ser distorsionadas y las directivas que impartiera anuladas.
Los hijos de Dios podrían haber sido así sumidos en la
confusión o impulsados a la revuelta.
"Fue entonces cuando Drexel vino a verme. Como usted
sabe, es el Decano del Sacro Colegio de Cardenales y fui yo
mismo quien lo nombró en su actual cargo de Prefecto de la
Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. A usted le
sobran razones para saber que es un formidable perro
guardián, sin embargo en privado es un ser comprensivo,
sensible y muy humano. Al momento vi que para él era muy
dolorosa la misión que se le había impuesto, pues venía
como emisario de sus hermanos los cardenales con cuya
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opinión no estaba de acuerdo pero había sido encargado de
transmitirme su decisión. Se me pedía que abdicara y me
retirara enseguida a la oscuridad de un monasterio. En el
caso de que no aceptara ellos estaban dispuestos a correr el
riesgo de hacerme declarar insano e internarme bajo
vigilancia médica en un establecimiento para enfermos
mentales.
"Como comprenderá, el impacto recibido fue muy
fuerte, pues jamás había yo imaginado siquiera que
pudieran atreverse a tanto. A este primer momento de
sorpresa siguió otro de puro terror pues conozco lo
suficiente la historia de este cargo para no ignorar que la
amenaza era real. El Vaticano es un estado independiente y
todo lo que ocurre dentro de sus muros carece de audiencia
exterior cuando los que gobiernan aquí así lo han decidido.
"Luego el terror también pasó y logré encontrar la
calma suficiente para preguntarle a Drexel qué pensaba de
la situación. Me respondió al instante y sin vacilaciones. No
le cabían dudas de que sus colegas podían cumplir su
amenaza y que estaban plenamente dispuestos a hacerlo.
Sabían que el daño —considerando el crítico momento
internacional— sería grande, pero no irreparable. La Iglesia
había sobrevivido a los Theophylacts, a los Borgia y a las
orgías de Avignon. Podría sobrevivir a la locura lunática de
Jean Marie Barette. En vista de lo anterior Drexel me
ofrecía, muy amistosamente, su opinión personal: lo que me
convenía era inclinarme ante lo inevitable y abdicar
aduciendo motivos de mala salud. Concluyó agregando su
pequeña cláusula propia que cito textualmente para usted:
"Haga lo que le piden, Santidad, pero nada más, ni un ápice
más. Usted se irá. Se retirará a la vida privada. Y yo me
enfrentaré a cualquier documento o instrumento que intente
amarrarlo a algo más. Y en cuanto a esta luz que usted
declara haber recibido, no es a mí a quien corresponde
juzgar si viene de Dios o si es simplemente el fruto de un
espíritu sobrecargado por las ansiedades propias de su alta
investidura. Si fuera solamente una ilusión, espero que
antes que transcurra mucho tiempo, sabrá desecharla. Si es
algo que viene de Dios, entonces estoy seguro de que Él
permitirá que, cuando llegue el momento, la verdad se haga
manifiesta… Pero si entretanto lo declaran insano, quedará
usted completamente desacreditado y la luz que hay en
usted se apagará para siempre. La historia, especialmente
la de la Iglesia, sólo se ha escrito para justificar a los
sobrevivientes".
"Comprendí perfectamente lo que sus palabras
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significaban, pero aun así no podía decidirme a aceptar una
solución tan tajante. Hablamos durante todo aquel día,
examinando cada alternativa posible. Más tarde, y por
largas horas aquella noche, oré en la soledad de mis
habitaciones hasta que, finalmente, en un estado de total
agotamiento, terminé por rendirme. A las nueve de la
mañana siguiente mandé llamar a Drexel y le comuniqué
que estaba pronto para abdicar.
"Hasta aquí, mi querido Carl, le he contado cómo
sucedió todo. Relatar el por qué tomará mucho más tiempo:
y entonces usted también, mi dilecto amigo, será llamado a
juzgarme. Ahora mismo, escribir estas líneas temo que su
juicio pueda serme desfavorable. Así es la fragilidad
humana. Todavía no he aprendido a confiar en el Señor
cuyo Evangelio intento proclamar…"

La angustia implícita en aquel llamado conmovió


profundamente a Mendelius y sintió que las letras se borraban
delante de sus doloridos ojos. Se reclinó en su silla y se entregó al
torrente de sus recuerdos. Se habían conocido en Roma, hacía ya dos
décadas, cuando Jean Marie Barette, en su cargo de cardenal era el
miembro más joven de la Curia romana y el padre Mendelius, S. J.,
estaba apenas iniciando en la Universidad Gregoriana su primer curso
sobre Elementos para la Interpretación de las Escrituras. El joven
cardenal había asistido como invitado a una clase sobre las
comunidades judías en los primeros tiempos de la Iglesia. Después
habían cenado juntos y se habían quedado conversando hasta muy
entrada la noche. Al separarse aquella madrugada, una amistad había
nacido.
Más adelante, cuando vinieron los días malos y Mendelius,
delatado por sospecha de herejía ante la Congregación para la
Doctrina de la Fe, fue sometido durante largos meses a una
implacable investigación, Jean Marie Barette nunca dejó de apoyarlo
con todo el peso del poder e influencia de que entonces disponía. Y
más tarde, cuando él había sentido que su vocación sacerdotal ya no
lo satisfacía y había pedido ser devuelto a la vida laica, solicitando al
mismo tiempo el permiso para casarse, Barette había sido su
abogado ante un renuente e irascible pontífice. Y cuando, finalmente,
había presentado su candidatura para la cátedra en Tübingen, la más
brillante recomendación llevaba la firma de Gregorio XVII, Pontífice
Máximo.
Ahora sus mutuas posiciones se habían invertido. Jean Marie
Barette se encontraba desterrado en tanto que él, Carl Mendelius,
florecía en la libre zona de un matrimonio dichoso y de una vida
profesional plenamente realizada. Cualquiera que fuera el costo él se
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debía a sí mismo permanecer fiel a los deberes de la amistad. Volvió
a inclinarse sobre la interrumpida lectura de la carta.

"…Usted conoce las circunstancias de mi elección. Mi


predecesor, que centró su acción en lo social logró
completar con éxito la misión que se había fijado. Reforzó a
la vez la centralización de la Iglesia y la disciplina y restauró
la línea dogmática tradicional. Su enorme encanto personal
—magnetismo propio de un gran actor— ocultó por mucho
tiempo el hecho de que sus actitudes eran esencialmente
rigoristas. Al envejecer se fue tornando cada vez más
intolerante, menos y menos abierto a los argumentos que le
parecían ajenos. Se veía a sí mismo como el Instrumento de
Dios, encargado de destruir a las fuerzas de la impiedad.
Era difícil convencerlo de que, a menos que ocurriera un
milagro, todos los hombres —creyentes o incrédulos por
igual— estaban condenados a desaparecer. Habíamos
llegado a la última década del siglo y con ella a sólo unos
pasos de la guerra nuclear. Cuando asumí el cargo —
elección que fue el resultado de un compromiso después de
un Cónclave que duró seis días— me sentí aterrado ante la
perspectiva de lo que esperaba a la raza humana.
"No necesito leerle el texto apocalíptico tan claramente
impreso en el mundo de hoy, el angustioso clamor del
Tercer Mundo oscilando al borde de la total inanición, el
permanente riesgo de colapso económico de los países
occidentales, el creciente costo de la energía, la loca y
salvaje carrera armamentista, la tentación de los militaristas
de llevar a cabo su última y más demente jugada, cuando
aún les es posible calcular las consecuencias de sus
apuestas. Para mí, sin embargo, lo más espantoso dentro de
este cuadro era la atmósfera de reprimida desesperación
prevaleciente entre los líderes mundiales, la sensación
oficial de impotencia, la extraña y atávica regresión hacia
una visión mágica del universo.
"Usted y yo hemos discutido muy a menudo la
proliferación de los cultos nuevos y su manipulación en
provecho del dinero y del poder. Hemos presenciado
asimismo la explosión de estos fanatismos en las antiguas
religiones. Algunos de nuestros fanáticos particulares
deseaban que yo proclamara un Año Mariano y que lanzara
un llamado para una vasta movilización de masas en
peregrinaciones a todos los santuarios de la Virgen a través
del mundo. Les contesté que jamás haría nada semejante.
Lo último que necesitamos es el estallido de un pánico de
los mojigatos.
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"Creo que el mejor servicio que actualmente puede
ofrecer la Iglesia es el de la mediación fundada en la razón y
en la caridad para con todos. Esa es, por lo demás, la tarea
para la cual yo, como pontífice, me sentía más apto y en
consecuencia, más llamado a realizar. Por eso hice saber
que, en aras de la paz, estaba dispuesto a ir donde fuera y a
recibir a quien fuera, pero tratando al mismo tiempo de
dejar muy en claro que no poseía ninguna fórmula mágica
capaz de resolver problemas ni tampoco ninguna ilusión
sobre los alcances de mi propio poder. Conozco demasiado
bien la mortal inercia de las instituciones, la locura que
matemáticamente lleva a los hombres a pelear a muerte
entre sí sobre la más sencilla ecuación de cualquier
compromiso. Me dije a mí mismo y traté de convencer de
ello a los líderes de las naciones que aun un solo año de
respiro antes del advenimiento de Armageddon constituía de
por sí una victoria. Pero no obstante el temor de un
inminente holocausto me perseguía noche y día, socavando
mis reservas de valor y de confianza.
"Finalmente decidí que, para conservar algún sentido
de perspectiva y rehacer mis reservas espirituales era
imprescindible que descansara. En consecuencia resolví
hacer dos semanas de retiro en el monasterio de Monte
Cassino. Usted conoce bien el lugar que fue fundado por
San Benito en el siglo sexto. Pablo el diácono escribió allí
sus historias y mi tocayo Gregorio IX hizo la paz con
Federico de Hohenstaufen. Pero sobre todo es un lugar
aislado y sereno y su abad, el padre Andrew es un hombre
de singular piedad y gran discernimiento. Me colocaría pues
bajo su dirección espiritual y me dedicaría a meditar en
silencio para renovar mi ser interior.
"Así lo había planeado yo, mi querido Carl, y así había
comenzado a realizar mi plan. Pero llevaba allí solamente
tres días cuando ocurrió aquel acontecimiento".

La frase terminaba al final de la página y Mendelius vaciló antes


de continuar, sintiendo un débil estremecimiento de disgusto, como si
le estuvieran pidiendo que presenciara la realización de un acto de
intimidad corporal de otra persona. Solo merced a un gran esfuerzo
logró proseguir la lectura.

"…Doy el nombre de acontecimiento a aquello que


ocurrió pues no deseo prejuiciar en ninguna forma su
apreciación del hecho y también porque aquello tuvo para
mí una dimensión física. Sucedió. No es algo que yo
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imaginara. La experiencia fue tan real como el desayuno
que acababa de tomar en el refectorio del convento.
"Eran las nueve de la mañana de un día claro y
soleado, y me hallaba sentado en un banco de piedra en el
jardín del claustro. Un poco más allá un monje preparaba
tierra en unos tiestos destinados a recibir flores. Me sentía
bien, relajado y plácido. Comencé a leer el capítulo catorce
del Evangelio de San Juan que el abad había propuesto
como tema para la meditación de aquel día. Usted recuerda
la forma en que comienza este capítulo, con el discurso del
Señor en la Ultima Cena: "No se turbe vuestro corazón.
Creéis en Dios, creed también en Mí…" El texto mismo,
reconfortante, consolador, pleno de seguridades, calmaba
con mi estado de ánimo. Cuando llegué al versículo:
"y el que me ame será amado de mi Padre…"
cerré el libro y levanté la vista.
"A mi alrededor, todo había cambiado. El monasterio, el
jardín, el monje que trabajaba habían desaparecido y yo me
encontraba solo en una alta y estéril cumbre cercada por
negras montañas cuyo perfil se destacaba, desigual y nítido,
sobre la lobreguez del cielo. Todo el lugar se hallaba sumido
en un silencio de tumba. No sentí temor sino un terrible
vacío como si me hubieran abandonado a la intemperie,
como si algo hubiera socavado el meollo de mi ser dejando
tan solo la cáscara. Y supe entonces, sin lugar a dudas, que
estaba presenciando las consecuencias de la última locura
del hombre: un planeta muerto. No encuentro palabras
adecuadas para describirle lo que ocurrió en -seguida. Fue
como si súbitamente un enorme incendio hubiera estallado
dentro de mí, como si hubiera sido cogido en un furioso
torbellino y proyectado, fuera de toda dimensión humana,
hacia el centro de una luz insostenible. La luz era una voz y
la voz era una luz y todo mi ser pareció impregnarse del
mensaje de esa voz y de esa luz. Era el final de todo, el
comienzo mismo de todo: punto omega del tiempo, punto
alfa de la eternidad. Habían dejado de existir los símbolos
para dar paso a la existencia de la pura, simple y única
Realidad. Se habían cumplido todas las profecías. El orden
había surgido del caos y la última verdad se había hecho
patente. En un momento de exquisita agonía comprendí que
debía anunciar este acontecimiento, que debía preparar al
mundo para su advenimiento. Había sido llamado para
proclamar que los últimos días estaban próximos y que la
humanidad debía aprontarse para la Parusía: es decir para
la Segunda Venida del Señor Jesús.
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2005
"Y justo en el momento en que sentí que aquella agonía
estaba a punto de explotar en mí, destruyéndome, todo
terminó. Y me encontré de regreso en el jardín del claustro.
El monje seguía trabajando en la tierra destinada a sus
rosas, el Nuevo Testamento reposaba sobre mis rodillas,
abierto en el Capítulo veinticuatro de San Mateo "porque
como el relámpago sale por oriente y brilla hasta el
occidente, así será la venida del Hijo del hombre,.."
¿Accidente o destino? No lo sé y creo que ya no tiene
importancia.
"Y esto es Carl, lo que ha ocurrido, dicho en las palabras
más claras y cercanas a mi visión que he podido encontrar,
para el amigo más próximo a mi corazón. Cuando a mi
regreso a Roma intenté explicar a mis colegas lo que había
sucedido, vi en sus rostros el impacto que mis palabras
producían: ¿Un papa con revelaciones privadas? ¿Un
precursor de la Segunda Venida del Señor? ¡Locura! La
última y más explosiva sinrazón. Yo me había transformado
en una bomba de tiempo que había que desconectar tan
pronto como fuera posible. Y sin embargo así como no me
era posible cambiar el color de mis ojos, tampoco me era
posible cambiar lo que había ocurrido, que había quedado
para siempre impreso en cada fibra de mi ser del mismo
modo y con tanta fuerza como la huella genética dejada en
mí por mis padres. Me sentía impelido a hablar de ello,
condenado a anunciar lo que había visto a un mundo que se
precipitaba, sin rumbo, hacia su extinción.
"Comencé entonces a trabajar en la preparación de una
Encíclica, una Carta a la Iglesia Universal. El texto se
iniciaba con estas palabras: "In his ultimis annis fatalibus…".
En estos últimos y fatales días del milenio… Mi secretario
encontró sobre mi escritorio el borrador, lo fotografió
secretamente y distribuyó copias de su descubrimiento
entre los miembros de la Curia. Todos quedaron
horrorizados. Se dedicaron entonces —separadamente y en
conjunto— a urgirme para que suprimiera el documento.
Cuando rehusé hacerlo pusieron sitio a mis habitaciones y
bloquearon todas mis comunicaciones con el mundo
exterior. Luego citaron a una reunión de emergencia del
Sacro Colegio y convocaron al Vaticano a un grupo de
médicos y psiquiatras para que examinaran mi estado
mental y de esta manera iniciaron el curso de los
acontecimientos que culminaron en mi abdicación.
"Y así, ahora, en esta extrema penuria a la que me he
visto reducido, recurro a usted no sólo porque es amigo
mío, sino también porque usted, que ha sufrido los rigores
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de la inquisición comprende y sabe cómo la persistente
presión de los interrogatorios es capaz de hacer tambalear
la razón. Si juzga que estoy loco, lo absuelvo
anticipadamente de toda culpa que pueda sentir por la
censura que me haga, y le agradezco la amistad que he
tenido el privilegio de compartir con usted. Si se encuentra
capaz de creer por lo menos que no he hecho otra cosa sino
contarle una simple y terrible verdad, le ruego que estudie
los dos documentos que acompañan esta carta: una copia
de mi Encíclica a la Iglesia Universal y una lista de personas
de diversos países con las cuales mantuve excelentes
relaciones durante mi pontificado y que tal vez estén
preparadas para confiar en mí o para actuar de mensajeros
en mi nombre. En ese caso trate de ponerse en contacto con
ellas, de hacerles comprender todo lo que aún pueden hacer
en estos últimos y fatales años. No creo que sea posible
impedir la inevitable catástrofe, pero sí creo que tengo la
obligación de continuar hasta el fin proclamando la buena
nueva del amor y la salvación.
"Si acepta esta tarea que deseo encomendarle, correrá
un gran riesgo; tal vez, incluso, el riesgo de su propia vida.
Recuerde el Evangelio de Mateo "…Entonces os entregarán a
la tortura y os matarán… Muchos se escandalizarán
entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente".
"Muy pronto abandonaré este lugar para dirigirme a la
soledad de Monte Cassino. Espero que llegaré ahí sin
problemas. Si no fuera así, me encomiendo, así como a su
familia y a usted mismo al amoroso cuidado de Dios.
"Se ha hecho tarde. Hace ya mucho tiempo que la
merced del sueño me ha sido negada, pero ahora que esta
carta ha sido escrita tal vez me sea concedida.
"Soy, como siempre, suyo en Cristo
Jean Marie Barette".

Bajo la firma había garabateado un irónico agregado:


"Feu le pape"… el ex-pontífice.
Carl Mendelius, aturdido y casi privado de sensibilidad por el
doble efecto del impacto de los acontecimientos del día y el
cansancio, no se encontró capaz de leer el apretado texto de la
encíclica, y en cuanto a la larga lista de nombres, por lo que a él se
refería, bien podía haber estado escrita en sánscrito. Dobló
cuidadosamente la carta y los documentos y los colocó en la antigua
y negra caja fuerte donde guardaba los papeles sellados de su casa,
su póliza de seguros y las porciones más importantes de su material
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de investigación.
Lotte estaría esperándolo abajo, tejiendo tranquilamente junto
al hogar, pero él no se atrevía a enfrentarla hasta no haberse
compuesto una actitud y haber encontrado alguna forma de
respuesta a las inevitables preguntas: "Carl, ¿qué decía la carta?
¿Qué es lo que realmente le ha sucedido a nuestro querido Jean
Marie?"
¿Qué, en realidad? Fuera lo que fuera Carl Mendelius —
sacerdote fracasado, marido amante, padre perplejo, creyente
escéptico— era por sobre todo un investigador de la historia, rígido y
exigente en su aplicación de las reglas de la evidencia interna y
externa. En un texto, le era posible oler a la distancia cualquier
interpolación y seguir su pista con meticulosidad y exactitud hasta su
fuente misma, ya fuera ésta gnóstica, maniquea o essenita.
Sabía que la doctrina de la Parusía —la Segunda Venida del
Redentor que marcaría el fin de los tiempos históricos— pertenecía a
la más antigua y auténtica tradición. Estaba inscrita en los Evangelios
Sinópticos, afianzada en el Credo, recordada cada día en la liturgia:
"Cristo murió, Cristo volverá". Esta tradición representaba la más
firme esperanza del creyente para la justificación final del plan divino,
la victoria última del orden sobre el caos, del bien sobre el mal. El
hecho de que Jean Marie Barette, que acababa de ser papa, creyera
eso y lo predicara como un artículo de fe era tan natural y necesario
para él como el hecho mismo de respirar.
Pero que este mismo Jean Marie Barette estuviera mezclado y
comprometido en la forma más primitiva y más estrecha de la fe — el
advenimiento de un cataclismo universal seguido por un juicio
universal también, para el cual era preciso prepararse— era, por decir
lo menos, perturbador. A lo largo de la historia, la milenaria tradición
había tomado muchas formas y no todas ellas habían sido religiosas.
Estaba por ejemplo implícita en la idea hitlerista del Reich de mil
años, así como en la promesa marxista de que el capitalismo
desaparecería para dar paso a la fraternidad universal del socialismo.
Jean Marie Barette no había necesitado de visión alguna para dar
forma a su idea del milenium. Podía perfectamente haberla copiado
de mil fuentes diversas, desde el libro de Daniel hasta los profetas
Cevennoles del siglo XVII.
Pero el hecho de haber sido él, el papa, quien tuviera la visión,
representaba un elemento a la vez perturbador y familiar en el diseño
de la reflexión de Mendelius. Porque el ministro de una religión
organizada era, por su función misma, ordenado a exponer, bajo su
autoridad, una doctrina que los siglos habían fijado y hecho
consensual. Sise excedía en su mandato podía ser silenciado o
excomulgado por la misma autoridad que le había confiado el encargo
de desempeñar esa función.
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El profeta, sin embargo, pertenecía enteramente a otro orden
de criaturas. Proclamaba su relación directa con el Todopoderoso y en
consecuencia el mandato de que estaba investido no respondía ante
ninguna instancia humana ni podía ser prohibido por ningún agente
humano. Podía desafiar al más sagrado de los pasados con la clásica
frase, la misma que había usado Cristo: "Está escrito… pero Yo os
digo…" De manera que el profeta era siempre el extraño, el heraldo
del cambio, el retador al orden existente.
El problema de los cardenales no consistía en la locura misma
de Jean Marie Barette sino en el hecho de que hubiera aceptado la
función oficial de gran sacerdote y de supremo maestro y que luego
hubiera asumido otro rol, contradictorio con este primero.
En teoría, por supuesto, no era preciso que hubiera
contradicción. La doctrina de la revelación privada, de la
comunicación personal entre la criatura y su creador era tan antigua
como la doctrina de la Parusía. En Pentecostés el Espíritu Santo había
descendido sobre los apóstoles reunidos; Saulo había sido derribado
en el camino de Damasco, Juan cogido y envuelto en la revelación
apocalíptica en Patmos y todos estos eran acontecimientos enraizados
en la tradición. Por consiguiente, ¿era tan impensable que en esta
última y fatal década del milenio, cuando la posibilidad de la
destrucción planetaria era un hecho probado y un peligro real y vivo,
Dios hubiera elegido a un nuevo profeta para hacer su llamado al
arrepentimiento y a la salvación?
En términos teológicos por lo menos, esta era una proposición
completamente conforme a la ortodoxia. Para Carl Mendelius, sentado
allí en su estudio de historiador y llamado a juzgar la sanidad mental
de un amigo, era una especulación altamente peligrosa. De todos
modos estaba demasiado cansado para ser capaz de emitir juicio
alguno sobre nada, ni aun sobre el tema más sencillo; de manera que
cerró la puerta de su estudio y bajó a la sala de estar.
Lotte, rubia, rolliza, afectuosa y satisfecha como una gata con
su rol de madre de dos bellos hijos y de esposa del profesor
Mendelius, le sonrió y levantó el rostro para que él la besara, y él,
cogido bruscamente en un impulso de pasión, la acercó a sí y la
sostuvo apretadamente por unos momentos. Ella lo miró, un tanto
extrañada y dijo:
—¿A qué se debe esto?
—Te amo.
—Yo te amo también.
—Vamos a la cama.
—No puedo ir todavía. Johann ha telefoneado para decir que
olvidó la llave y le dije que lo esperaría. ¿Quieres un coñac?
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—Acepto. Es lo mejor después de lo otro.
Ella le sirvió el licor y comenzó a hacerle exactamente las
preguntas que el había temido. Comprendió que no podía usar de
argucias con ella. Era demasiado inteligente para contentarse con
verdades a medias, de manera que le contestó directa y
sencillamente.
—Los cardenales lo forzaron a abdicar porque creyeron que
estaba loco.
—¿Loco? ¡Dios santo! Yo hubiera pensado que no hay nadie tan
cuerdo como él.
Le alcanzó la bebida y se sentó en la alfombra dejando
descansar la cabeza en las rodillas de él. Levantaron sus copas
deseándose mutuamente salud. Mendelius acarició la cabeza y los
cabellos de su mujer. Ella volvió a preguntar.
—¿Cuál fue el motivo que les hizo pensar que estaba loco?
—El declaró —como me lo ha declarado a mí— que había tenido
una revelación privada mostrándole que el fin del mundo estaba
próximo y urgiéndolo a actuar como mensajero de la segunda venida
de Cristo.
—¿Qué? —Ella se atoró con su copa, escupiendo la bebida.
Mendelius le pasó su pañuelo para ayudarla a limpiar su blusa.
—Es verdad, schatz. En su carta me describe la experiencia, en
la que cree absolutamente. Y ahora que lo han silenciado acude a mí
para que lo ayude a proclamar y propagar la noticia.
—Aún no puedo creerlo. Siempre fue tan… tan francés y tan
práctico. Tal vez es cierto que se ha vuelto loco.
—Un hombre loco no habría podido escribir la carta que él me
ha escrito. Puedo aceptar que haya sido juego de una ilusión, de una
idea fija resultante de un exceso de tensiones o incluso puedo creer
en un ejercicio defectuoso de su propia lógica. Eso puede sucederle a
cualquiera. Los hombres cuerdos creyeron en una época que el
mundo era plano. Y hombres cuerdos guían sus vidas por los
horóscopos de los diarios dominicales… Millones, como tú y yo, creen
en un Dios cuya existencia no pueden probar.
—Sí, pero no vamos por allí proclamando que el mundo
terminará mañana.
—No schatz, no lo hacemos. Pero sabemos que si los rusos y
los americanos aprietan el botón, eso es exactamente lo que puede
suceder. Vivimos bajo la sombra de esa realidad y nuestros hijos
están conscientes de eso.
—Carl, no sigas.
—Lo siento.
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Se inclinó y besó sus cabellos mientras ella respondía
apretando la mano de él contra sus mejillas… Unos pocos momentos
después ella preguntó quietamente.
—¿Y harás lo que Jean Marie te pide?
—No lo sé, Lotte. Realmente no lo sé. Creo que debo pensarlo
muy cuidadosamente. Primero necesito hablar con la gente que
estuvo más cerca de él. Después quiero verlo a él mismo… me parece
que es lo menos que le debo. Ambos le debemos eso.
—Eso significa que deberás irte.
—Sólo por un tiempo muy corto.
—Odio cuando estás lejos. Te echo tanto de menos.
—Ven conmigo entonces… Hace siglos que no has ido a Roma. Y
hay muchísima gente a quien podrías ver.
—No puedo ahora Carl, tú lo sabes. Los niños me necesitan.
Este es un año muy importante para Johann y me gustaría no perder
de vista a Katrin y a su joven enamorado.
La pequeña y familiar discusión había vuelto a surgir, como
siempre, entre ellos. La constante preocupación de gallina que Lotte
sentía por los niños y sus propios celos de hombre de mediana edad
por esas atenciones maternales no dirigidas a él. Pero esta noche
estaba demasiado cansado para discutir de manera que se contentó
con posponer el tema.
—Hablaremos de eso otro día, schatz. Antes que me sea posible
poner un pie fuera de Tübingen, necesito algunos consejos
profesionales.

A los cincuenta y tres años Anneliese Meissner había alcanzado


una amplia variedad de distinciones académicas —la más notable de
las cuáles era la de haber sido designada por unanimidad como la
mujer más fea de todas las facultades de la Universidad. Rechoncha,
gorda, de piel cetrina y boca de rana, tenía los ojos escasamente
visibles detrás de unas gruesas gafas de miope, un desordenado y
desvaído cabello amarillento enmarcaba este rostro haciéndolo
semejar a una cabeza de Medusa y acentuaba esta impresión el
hecho de que su voz fuera rasposa y dura. En cuanto a su vestimenta
era a la vez amanerada y descuidada. Si a todo esto añadimos un
humor sardónico y un despiadado desprecio por la mediocridad se
obtenía, como una vez dijo un colega "el perfil perfecto de una
personalidad condenada a la alienación".
Y sin embargo, en virtud de algún milagro, ella había logrado
salvarse de la sentencia y al contrario, se había transformado, al
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amparo del viejo castillo de Hohentübingen, en una especie de diosa
tutelar de aquel lugar. Su apartamento del Burgsteige, donde
estudiantes y profesoras, sentados en banquetas o encaramados en
cajones solían reunirse para beber y discutir fieramente hasta altas
horas de la madrugada, se asemejaba más a un club que a una
habitación privada. Los cursos que dictaba en psicología clínica
desbordaban de alumnos y sus trabajos se publicaban en las mejores
revistas científicas en una docena de lenguas diferentes. La mitología
estudiantil la había dotado incluso de un amante, un gnomo de las
montañas Harsz, que en los domingos o en los grandes días de fiesta
de la Universidad, bajaba secretamente a visitarla.
Al día siguiente de haber recibido la carta de Jean Marie, Carl
Mendelius la invitó a almorzar con él en un comedor privado de la
Weinstube Forelle. Anneliese Meissner comió y bebió copiosamente,
sin dejar no obstante de monologar, en su usual forma punzante y
ácida, sobre los más variados temas, la administración de los dineros
de la Universidad, la política local de Badén Württenburg, el trabajo
presentado por un colega sobre la depresión endógena, trabajo que
calificó de "desecho pueril" y la vida sexual de los trabajadores turcos
de la industria local de papel. Llegaron así hasta el café antes que
Mendelius juzgara oportuno colocar su pregunta.
—¿Si yo le mostrara una carta, estaría usted en condiciones de
ofrecerme una opinión clínica sobre la persona que la escribió?
Ella lo miró con su mirada miope y sonrió. La sonrisa era
terrorífica pues parecía como si ella se preparara para engullirlo junto
con las últimas migajas de su pastel de manzanas.
—¿Me va a mostrar esa carta, Carl?
—Sí, si le otorga los privilegios de una comunicación
profesional.
—De usted sí, Carl, estoy dispuesta a aceptarla. Pero antes que
me la enseñe, creo preferible dejar en claro, para que usted los
comprenda bien, algunos axiomas de mi disciplina. No deseo que me
comunique un documento que obviamente es importante para usted
y que luego venga a quejarse diciendo que mi comentario es
inadecuado. ¿Comprendido?
—Comprendido.
—Primero, entonces: la escritura manuscrita, tal como se
presenta en estudios seriales de diversos ejemplares, es un indicador
bastante confiable del estado cerebral, ya que aun la simple hipoxia
—inadecuación o insuficiencia de la carga de oxígeno que recibe el
cerebro— produce un rápido deterioro de la escritura. Segundo: un
sujeto, aunque se encuentre en un grado avanzado de su enfermedad
psicótica, puede tener sin embargo períodos lúcidos durante los
cuales sus escritos o dichos se ajustan completamente al patrón
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racional. Holderlin murió de una esquizofrenia sin remedio en esta
misma ciudad nuestra. Y sin embargo ¿podría usted, al leer su "Pan y
vino" o su '"Empédocles en el Etna" siquiera imaginar nada
semejante? Nietzsche murió de una parálisis general que suele ser
consecuencia de la locura y que se debió probablemente a una
infección sifilítica. ¿Podría usted diagnosticar eso con la sola evidencia
de "Así hablaba Zarathustra"? Tercer punto: toda carta personal
contiene indicadores de los estados emocionales o aun de las
tendencias psíquicas de su autor; pero son sólo indicadores. Los
estados patológicos pueden ser superficiales, las propensiones
pueden hallarse perfectamente encuadradas dentro de la normalidad.
¿Me he expresado claramente?
—Admirablemente, profesora —dijo Carl Mendelius haciendo un
cómico gesto de rendición—. Estoy colocando mi carta en manos
seguras. —Se la tendió a través de la mesa—. Hay además otros
documentos, pero aún no he tenido tiempo para estudiarlos. El autor
de todo es el papa Gregorio XVII que acaba de abdicar la semana
pasada.
Anneliese Meissner juntó sus gruesos labios en un silbido de
sorpresa, pero no dijo nada. Leyó la carta lentamente, sin hacer
comentarios, mientras Mendelius sorbía su café y mordisqueaba
algunos "petits fours", lo cual era sin duda muy inconveniente para su
cintura, pero en todo caso mejor que el cigarrillo cuyo hábito estaba
desesperadamente intentando abandonar. Finalmente Anneliese
terminó su lectura. Depositó la carta en la mesa frente a ella y la
cubrió con sus grandes y regordetas manos. Eligió sus primeras
palabras con clínico cuidado.
—No estoy demasiado segura, Carl, de ser la persona adecuada
para comentar esto. No soy creyente, nunca lo he sido. Cualquiera
que sea la facultad que nos capacita para dar el salto de la razón a la
fe, jamás la he tenido. Algunas personas son sordas, otras son
daltónicas, yo he sido siempre una incurable atea. Créame que a
menudo lo he lamentado. A veces, en mi trabajo clínico, y con
relación a algunos pacientes con fuertes creencias religiosas, me he
sentido en posición desmedrada. Vea usted Carl —continuó riéndose
entre dientes larga y ruidosamente —de acuerdo con mis luces, usted
y los suyos viven en un estado de engañosa ilusión que es por
definición, locura. Por otra parte, sin embargo, como no estoy en
condiciones de probar que el estado de ustedes es en verdad ilusión
engañosa, tengo que aceptar que tal vez la enferma soy yo.
Mendelius le sonrió al tiempo que colocaba en la boca de ella el
último "petit four".
—Hemos acordado que sus conclusiones serán cuidadosamente
evaluadas. Y puede estar segura de que conmigo su reputación está
perfectamente resguardada.
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—De manera que la evidencia tal como yo la veo dice así —
tomó la carta y comenzó a anotar—. Letra: ningún signo de
perturbación. Es una bella letra. La carta misma es precisa y lógica.
Las secciones narrativas son clásicamente simples. Las emociones del
autor están perfectamente bajo control. Aun cuando habla de que se
encuentra bajo vigilancia no hay ningún énfasis que indique un
estado paranoico. La sección que se refiere a la experiencia visionaria
es, dentro de sus límites, muy clara. No hay imágenes patológicas
con implicaciones de violencia o sexualidad… Prima facie, en
consecuencia, el autor de esta carta estaba perfectamente sano
cuando la escribió.
—Pero él expresa dudas respecto de su propia cordura.
—De hecho no lo hace. Se limita a afirmar que otros tienen
dudas sobre esa cordura, pero en cuanto a él, está absolutamente
convencido de la realidad de su experiencia visionaria.
—¿Y qué piensa usted sobre esa experiencia?
—Estoy convencida de que él tuvo esa experiencia. Ahora, la
forma en que yo interpreto esa experiencia es otro problema.
Digamos que creo en ella de la misma manera en que estoy
convencida de que Martín Lutero vio al diablo en su celda y le lanzó
un tintero. Eso no significa que yo crea en el diablo sino simplemente
en la realidad de la experiencia para Lutero. —Rió de nuevo y
continuó, relajándose—: Usted es un ex-jesuita, Carl, de manera que
sabe perfectamente de lo que estoy hablando. Los pacientes presas
de ilusiones engañosas son mi pan de cada día y al trabajar con ellos
debo partir de la premisa de que sus ilusiones son reales y efectivas
para ellos.
—¿Está afirmando, entonces, que Jean Marie ha sido engañado
por una ilusión de sus sentidos?
—No ponga en mi boca palabras que no he pronunciado, Carl —
dijo ella con inmediato y cortante reproche. Cogió la carta y se la
alcanzó—. Mire, lea de nuevo los párrafos relativos a la visión, así
como los trozos anteriores y posteriores y dígame si todo eso no cae
precisamente en lo que llamamos la estructura de un sueño
despierto. El se encuentra leyendo y meditando en un soleado jardín.
No olvide que toda meditación implica algún grado de auto-hipnosis.
Su sueño se compone de dos partes: las consecuencias de un
cataclismo que ha dejado tras sí una tierra desolada y desierta y
luego el paso, en un arrebatado torbellino, hacia un espacio exterior.
Estas dos imágenes son muy vividas, pero esencialmente banales y
podrían haber sido extraídas de cualquier buen film de ciencia ficción.
El ha pensado en ellas en muchas ocasiones, especialmente en este
último tiempo. Ahora no sólo las piensa, sino que las sueña. Cuando
se despierta se encuentra de regreso en el soleado jardín. Todo eso
forma parte de un fenómeno muy común.
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—Pero él cree que su experiencia se debe a una intervención
sobrenatural.
—El dice que lo cree.
—¿Qué demonios está usted queriendo decir con eso?
—Quiero decir —la respuesta de Anneliese Meissner fue fría y
sin circunloquios— que él puede estar mintiendo.
—¡No! ¡Eso es imposible! Conozco muy bien a este hombre.
Hemos sido, somos, casi hermanos.
—Como analogía, me parece bastante desafortunada —dijo
Anneliese Meissner suavemente—. Las relaciones de parentesco
pueden ser infernalmente complicadas. Cálmese, Carl. Usted quería
una opinión profesional y eso es lo que está recibiendo. Por lo menos
tómese el tiempo y la tranquilidad necesarios para examinar una
hipótesis razonable.
—Esta hipótesis suya es pura fantasía.
—¿Lo es? Usted es un historiador. Eche una mirada:
retrospectiva a la historia que conoce, y dígame si no hay en ella
cualquier cantidad de milagros extremadamente convenientes y de
revelaciones igualmente oportunas. Cada secta se siente en el deber
de proveer de milagros y revelaciones a sus devotos adeptos. Los
Mormones tienen a José Smith y a sus fabulosas tablas de oro, el
reverendo Sun Myung Moon se erigió a sí mismo como el Señor del
Segundo Advenimiento y hasta el mismo Jesús se inclinó ante él y lo
adoró. De manera, Carl, que no veo razón alguna por la que no
podamos suponer —solamente suponer— que su Gregorio XVII no
haya podido decidir que su institución estaba en crisis y que había
llegado el momento para que la Divinidad se manifestara nuevamente
a los hombres.
—Pero eso significaría estar en un juego extremadamente
peligroso y arriesgado.
—Por eso mismo lo perdió. ¿No estará entonces ahora, tratando
de recobrar algo de lo destrozado y usándolo a usted para ver si su
juego puede, después de todo, resultar?
—Me parece una idea monstruosa.
—A mí no me lo parece. ¿Por qué se impresiona tanto? Se lo
diré. Porque si bien usted se considera un pensador liberal, continúa,
no obstante, formando parte de la familia Católica Romana, y
necesita, por consiguiente, proteger al mito. Lo necesita para su
propia seguridad interior. Lo percibí muy claramente cuando usted ni
siquiera se arrugó ante mi mención de los Mormones o de los
Moonitas. Vamos, amigo mío, dígame lo que está pensando.
—Me parece que ando un tanto extraviado —dijo Carl Mendelius
sombríamente.
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—Si quiere un consejo, se lo doy: olvide todo el asunto.
—¿Por qué?
—Porque usted es un académico con una reputación
internacional. No tiene para qué mezclarse en asuntos de locura o de
magia popular.
—Jean Marie es amigo mío. Y lo menos que le debo es una
investigación honrada del problema que me ha planteado.
—Entonces lo que usted necesita es un Beisitzer, un asesor que
le ayude a evaluar la evidencia.
—¿Querría usted ser ese Beisitzer Anneliese? Podría tal vez
ofrecerle la oportunidad de algunos nuevos descubrimientos clínicos.
El había lanzado la idea como una broma, en un intento por
restar acidez a la discusión, pero su chanza cayó en el vacío.
Anneliese no le contestó y por un largo momento permaneció muda
considerando la proposición. Al fin anunció firmemente.
—Muy bien. Acepto. Hacer de inquisidor de un papa será sin
duda una experiencia nueva para mí. Pero, querido colega —extendió
hacia él y colocó sobre su muñeca su mano grande y amistosa —la
verdad es que mi interés principal en este asunto es conservarlo a
usted tan honrado como siempre lo he conocido.
Aquella tarde, después de su última clase, Carl Mendelius
caminó lentamente por la ribera del río y luego se sentó, por un largo
rato, a contemplar el majestuoso paso de los cisnes por las grises y
tranquilas aguas.
Su conversación con Anneliese Meissner lo había dejado
profundamente perturbado. Ella le había planteado un desafío,
poniendo en tela de juicio no sólo sus relaciones con Jean Marie
Barette sino su propia integridad como académico y su honradez
moral como investigador de la verdad. Había señalado, con extrema
agudeza, el punto más débil de su coraza intelectual: su inclinación a
juzgar a su propia familia religiosa con una benevolencia que no
otorgaba a ninguna otra forma de fe. Por muy escépticas que fueran
sus tendencias, continuaba obsesionado con Dios, condicionado por
los reflejos de Pavlov de su pasado jesuita y prácticamente dispuesto
—en el caso de encontrar contradicciones entre sus descubrimientos
como historiador y su tradición ortodoxa— a conformar aquéllos con
ésta antes que enfrentar lisa y llanamente lo que una contradicción
semejante podría involucrar. Por eso siempre había preferido la
comodidad del hogar familiar a la soledad del innovador. Hasta ahora,
sin embargo, jamás se había hecho traición a sí mismo y le era aun
posible mirar su imagen en el espejo y respetar al hombre que en ella
veía. Pero el peligro estaba allí, acechándolo, así como el pequeño
aguijón de la lujuria está siempre al acecho del hombre, pronto para
coger fuego e incendiarse en el momento preciso, con la precisa
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mujer.
En el caso de Jean Marie Barette, el peligro de auto-traición
podía resultarle mortal. El problema estaba allí, frente a él, planteado
con tal claridad que no era posible interpretarlo o soslayarlo. Existían
solo tres posibilidades, cada una de ellas excluyente de las otras dos.
Jean Marie era un loco. Jean Marie era un mentiroso. Jean Marie era
un hombre elegido por Dios para entregar al mundo un mensaje
fundamental.
Frente a este dilema, tenía dos elecciones posibles: podía
rehusar verse envuelto en el asunto —con lo cual no haría sino
ejercer el derecho de todo hombre honrado que se juzgara a sí
mismo incompetente— o podía someter todo el caso al más rígido
escrutinio y actuar en seguida sin miedo ni favor conforme a la
evidencia que descubriera. Con Anneliese Meissner ruda e inflexible, a
su lado como Beisitzer, difícilmente le sería posible hacer otra cosa.
¿Pero, qué sucedería con Jean Marie Barette, que por tanto
tiempo había sido el amigo de su corazón? ¿Cuál sería su reacción
cuando se enterara de las duras condiciones de la investigación a que
serían sometidos su persona y sus actos? ¿Cómo se sentiría cuando el
amigo al que había acudido para que fuera abogado de su causa se
presentara en cambio como el Gran Inquisidor? Una vez más Carl
Mendelius se encontró vacilando, retrocediendo ante la posibilidad de
semejante confrontación.
Allá a lo lejos, cerca de la clínica, sonó la sirena de una
ambulancia, largo y prolongado gemido que resultaba aterrorizante
en el creciente atardecer. Mendelius se estremeció bajo el impacto de
un recuerdo de infancia que bruscamente surgió en su memoria: el
sonido de las sirenas de alarma aérea seguidas, inmediatamente
después, por el rugido de los motores de los aviones y las aterradoras
explosiones de las bombas incendiarias estallando en la ciudad de
Dresden.
Cuando llegó a su casa encontró a su familia aglomerada en
torno de la televisión. En su última sesión de la tarde de aquel día el
Cónclave reunido en Roma había elegido a un nuevo papa que había
tomado el nombre de León XIV. La ocasión se había caracterizado por
su carencia de magia, que se había reflejado en la total falta de
entusiasmo de los comentarios de los periodistas. Aun la
muchedumbre romana parecía afectada por esta indiferencia y las
aclamaciones tradicionales habían sonado a hueco.
El nuevo pontífice tenía sesenta y nueve años de edad y era un
hombre robusto, con una nariz como pico de águila, ojos fríos, un
áspero acento emiliano y veinticinco años de práctica en los asuntos
de la Curia. Se elección había sido el resultado de un cuidadoso, pero
obviamente doloroso acto de virtuosismo político.
Después de dos papas extranjeros, hacía falta un italiano que
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comprendiera las reglas del juego papal. Para suceder a un actor que
se había transformado en fanático y a un diplomático que se había
vuelto místico, Roberto Arnaldo, burócrata por cuyas venas corría
agua helada, parecía la elección más segura. No despertaría pasiones
ni tampoco proclamaría visiones, se contentaría tan solo con los
anuncios más indispensables y éstos se presentarían tan
cuidadosamente envueltos en una retórica italiana que tanto los
liberales como los conservadores los aceptarían con igual satisfacción.
Pero sobre todo era un hombre que sufría de una tasa de colesterol
muy alta por lo cual, de acuerdo con los galenos, su reinado no sería
probablemente ni muy corto ni muy largo.
Estas noticias ayudaron a mantener viva la conversación
durante la comida hogareña de Mendelius, por lo que él se sintió
agradecido, ya que Johann debido a un ensayo que no lograba
resultarle, estaba de mal humor, Katrin se mostraba arisca y Lotte se
hallaba en el punto más bajo de una de sus depresiones
menopáusicas. Era ésa una de aquellas veladas en que él solía
interrogarse con sardónico humor sobre las bondades que parecían
recomendar el celibato y que resultaban especialmente visibles en la
existencia de un no-célibe como él. Sin embargo, tenía suficiente
práctica en las lides del matrimonio como para guardar
cuidadosamente estos pensamientos para sí mismo.
Al terminar la cena se retiró a su estudio y llamó por teléfono a
Herman Frank, director de la Academia Alemana de Arte en Roma.
—¿Herman? Aquí Carl Mendelius. Lo llamo para pedirle un
favor. Estoy planeando ir a Roma por una semana o diez días, ahora
a finales de mes. ¿Podría usted recibirme?
—¡Encantado! —Frank era un cortés compañero, de sienes
plateadas, historiador de los pintores del Cinquecento y cuya mesa
era reputada por una de las mejores de Roma—. ¿Viene Lotte con
usted? Disponemos de mucho espacio.
—Posiblemente. Pero aún no lo hemos decidido.
—¡Tráigala! Hilde estará encantada. La compañía de otra
muchacha le hará mucho bien.
—Gracias por su atención y su bondad, Herman.
—No tanto, no tanto. Usted también está en condiciones de
hacerme un favor.
—Dígamelo.
—En la misma época en que usted planea encontrarse aquí, la
Academia recibirá a un grupo de pastores evangélicos. El programa
será el usual en estos casos, conferencias por la mañana, discusiones
por la tarde, visitas a la ciudad en los intervalos. Sería un estupendo
punto a mi favor si yo pudiera anunciar que el gran Mendelius estaría
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dispuesto a dar un par de conferencias, tal vez incluso a dirigir un
pequeño seminario…
—Encantado de poder hacerlo, amigo mío.
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Hágame saber la fecha de su
llegada para ir a recogerlo al aeropuerto…
Mendelius colocó el teléfono en su horqueta y emitió un cloqueo
de satisfacción. La invitación de Herman Frank a dar conferencias era
en realidad un verdadero golpe de suerte. La Academia Alemana de
Arte era una de las más antiguas y prestigiadas academias nacionales
de Roma. Fundada en 1910 bajo el reinado de Guillermo II de Prusia,
había sobrevivido a dos guerras y a los ideólogos analfabetos del
Tercer Reich y aún se las arreglaba para mantener una reputación de
sólido exponente de lo mejor de la cultura germana. En consecuencia
ofrecía a Mendelius una base de operaciones y una cobertura
eminentemente respetables para su delicada investigación.
El grupo germano del Vaticano respondería sin duda dichoso a
una invitación a cenar a la casa de Herman Frank.
El libro de huéspedes de Frank contenía títulos tan exóticos
como resplandecientes en el estilo de "Rector Magnífico del Instituto
Bíblico Pontificio" y "Gran Canciller del Instituto de Arqueología
Bíblica". El problema, ahora, era saber en qué forma Lotte
respondería a la idea de semejante viaje. Carl Mendelius comprendió
que debía buscar un momento más propicio para desplegar ante ella
su pequeña sorpresa. Su siguiente paso consistió en preparar una
lista de contactos a los cuales poder escribir y anunciar su visita.
Había residido en Roma el tiempo suficiente para acumular una
amplia y variada colección de amigos y conocidos, que iban desde el
áspero y viejo cardenal que había desaprobado su defección pero
conservaba sin embargo la generosidad suficiente para apreciar su
valor académico, hasta el custodio de los Incunables de la Biblioteca
del Vaticano y la anciana viuda de los Pierloni que, desde su silla de
inválida, dirigía aún los comentarios y chismes de Roma. Se
encontraba así, sumido en su rastreo de nombres cuando llegó Lotte
trayéndole una taza de café. Parecía arrepentida y desamparada,
incierta en cuanto a la bienvenida que pudiera esperarla.
—Los niños salieron y abajo está muy solitario. ¿Te importa si
me siento aquí contigo?
El la cogió en sus brazos y la besó.
—También esto está muy solitario, schatz. Siéntate y descansa.
Te serviré café.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy arreglando nuestras vacaciones.
Le contó entonces de su conversación con Herman Frank y
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alabó copiosamente los placeres que podría brindar Roma en el
verano, la oportunidad de volver a ver a viejos amigos, y la
posibilidad de visitar nuevamente algunos bellos lugares. Ella lo oyó
con una sorprendente calma y al final, preguntó:
—Se trata de Jean Marie, ¿no es así?
—Sí. Pero también se trata de nosotros. Te necesito a mi lado,
Lotte. Te necesito. Si los niños quieren venir, arreglaré para que se
hospeden en algún pequeño hotel.
—Ellos tienen otros planes, Carl. Estábamos precisamente
discutiendo sobre eso antes que regresaras a casa. Katrin desea ir a
París con su enamorado, Johann desea recorrer a pie ciertos lugares
de Austria. En cuanto a él, está muy bien, pero ella…
—Katrin es ahora una mujer, schatz. Y hará lo que quiere
hacer, se lo permitamos nosotros o no. Después de todo… —se inclinó
y la besó de nuevo— ellos sólo nos han sido prestados, de manera
que cuando se van, nos encontramos de regreso en el punto de
partida. Mejor que comencemos cuanto antes a practicar juntos cómo
se hace el amor.
—Sí, así me parece —dijo ella alzándose de hombros en un leve
gesto de derrota—, Pero, Carl… —se interrumpió como temerosa de
expresar en palabras lo que estaba pensando. Mendelius la presionó
gentilmente.
—¿Pero qué, schatz?
—Sé que los niños están destinados a dejarnos y me estoy
acostumbrando a la idea. ¿Pero, qué sucedería si Jean Marie, de
alguna manera, te separa de mí? Esto… esta cosa que te pide es en
verdad muy extraña y me da miedo —bruscamente y sin que nada
permitiera presagiarlo, estalló en sollozos—. ¡Tengo miedo, Carl…
tengo mucho, muchísimo miedo!
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CAPITULO 2

"En estos últimos y fatales días del milenio…" rezaban las líneas
iniciales de la encíclica no publicada de Jean Mario Barette. "…yo.
Gregorio, vuestro hermano en la sangre, vuestro servidor en
Jesucristo he recibido del Espíritu Santo la misión de escribir para
vosotros estas palabras de advertencia y consuelo…"
A Mendelius le costó creer la evidencia de sus ojos. Las
encíclicas papales, tal vez por el hecho mismo de ser portadoras de
tan abrumadora autoridad, eran usualmente documentos muy
vulgares que se limitaban a exponer posiciones tradicionales en
materia de fe o de moral, posiciones que cualquier buen teólogo
podría perfectamente encuadrar o explicitar y cualquier buen latinista
desarrollar en forma elocuente.
El modelo que se empleaba habitualmente correspondía al de
los antiguos y probados retóricos. Se comenzaba por exponer el
argumento, luego se acudía a citas de la Escritura y de los Padres de
la Iglesia para sostenerlo y reforzarlo. Seguían las directivas
destinadas a atar la conciencia del creyente. Había constantes y
urgentes exhortaciones a la fe, a la esperanza y a la permanente
caridad. A lo largo de todo el documento se usaba el formal nosotros,
no solamente para destacar la dignidad del Pontífice, sino sobre todo
como una connotación comunitaria y la indicación muy precisa de una
continuidad tanto en el cargo como en la enseñanza. La implicación
de todo ello estaba muy clara: el papa no comunicaba nada nuevo,
sólo exponía una antigua verdad que no había cambiado sino que
simplemente se aplicaba a las necesidades del tiempo presente.
Aquí, de una sola plumada, Jean Marie Barette había quebrado
todos los precedentes. Había desechado el rol de exegeta y endosado
el manto del profeta. "Yo, Gregorio, he recibido del Espíritu Santo la
misión…" Aun en el formal latín, las palabras resultaban impactantes.
Nada tenía pues de extraño que, al leerlas por primera vez los
hombres de la Curia hubieran palidecido y vacilado. Lo que venía a
continuación era aún más tendencioso…

"…El consuelo que os ofrezco descansa en la promesa


siempre viva de Nuestro Señor Jesucristo. No os dejaré
huérfanos… Y he aquí que yo estaré con vosotros todos los
días y hasta la consumación de los siglos… Les advierto
ahora que este final está muy próximo y que todo lo que ha
sido escrito se cumplirá antes que pase esta generación… Y
no les digo esto en virtud de mis propios conocimientos ni
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por nada que dependa de la razón humana, sino porque he
recibido una visión que tengo por encargo no ocultar, sino al
contrario revolar ampliamente al mundo. Pero aun esta
revelación no constituye en sí nada nuevo. Es simplemente
una afirmación, clara como la alborada, de todo lo que ya ha
sido revelado en las Sagradas Escrituras…"

A esto seguía una larga exposición de textos sacados de los


Evangelios Sinópticos y una serie de elocuentes analogías entre los
"signos" bíblicos y las circunstancias de la última década del siglo
veinte: guerras y rumores de guerra, hambrunas y epidemias, falsos
Cristos y falsos profetas.
Para Carl Mendelius, investigador profesional y conocedor
profundo de la literatura apocalíptica desde sus primeros tiempos
hasta el presente, este documento representaba algo que no sólo era
perturbador sino además peligroso. Emanando de tan alta fuente no
podía sino suscitar alarma y pánico. Entre los militantes podía muy
fácilmente servir de pretexto para un llamado a unirse en una última
cruzada de los elegidos contra los incrédulos. Por otra parte los
débiles y los temerosos podían incluso sentirse inducidos al suicidio
con el fin de evitar ser testigos de los horrores finales que arrollarían
a la humanidad.
Se preguntó asimismo qué hubiera hecho si, como el secretario,
hubiera visto este documento, recién escrito, sobre el escritorio del
Pontífice. Sin lugar a dudas hubiera urgido al Papa para que lo
suprimiera. Y eso era exactamente lo que los cardenales habían
hecho: suprimir el documento y silenciar a su autor.
Pero luego, súbitamente, un nuevo pensamiento asaltó a
Mendelius. ¿No era acaso éste, precisamente, el destino de todos los
profetas, el precio que tenían que pagar por el don terrible que
habían recibido, el sello de sangre que confirmaba la verdad de sus
anuncios? Surgido del tumulto de la elocuencia bíblica un texto saltó
a su memoria, aquél de la última lamentación de Cristo sobre la
Ciudad Santa.

"Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y


apedreas a los que te son enviados. Cuántas veces he
querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus
pollos bajo las alas y no has querido… Porque vendrán días
sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te
cercarán y te apretarán por todas partes y te estrellarán
contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti y no
dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el
tiempo de tu visita".
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La visión evocada resultaba aterradora, especialmente en


aquella hora de la medianoche, con la luz de la luna deslizándose
entre los faroles y el viento frío silbando a lo largo del valle del
Neckar y entre las callejuelas de la vieja ciudad donde el pobre
Holderlin había muerto y donde Melanchton, el más cuerdo de los
hombres, había enseñado "Dios atrae, llama a Sí. Pero sólo llama a
los que desean ser llamados".
Toda su anterior experiencia, su conocimiento de su amigo,
indicaban a Mendelius que Jean Marie Barette era el hombre más
deseoso de bien, más abierto, el menos apto para caer víctima de
una ilusión de fanático.
Cierto era que había escrito un documento increíblemente
imprudente. Pero tal vez ahí mismo residía el corazón del problema:
que en una hora de extrema necesidad sólo una locura semejante era
capaz de llamar la atención del mundo.
¿Pero llamar la atención hacia qué? Si la catástrofe final era
inminente y la fecha en que se produciría irrevocable dentro de los
mecanismos de la creación, ¿qué objeto tenía proclamarlo? ¿Qué
importancia podía tener cualquier consejo enfrentado a la
certidumbre de la pesadilla? ¿Qué oración podía nada contra lo que
había sido decretado desde la eternidad? En la respuesta que Jean
Marie daba a estas preguntas se revelaba una profunda ternura.

"…Mis amados hermanos y hermanas, mis pequeños,


todos tememos a la muerte y nos contraemos frente al
sufrimiento que suele precederla: nos intimida el misterio
del último tránsito hacia la eternidad, por el cual todos
debemos pasar. Pero somos discípulos del Señor, del Hijo de
Dios que sufrió y murió en nuestra carne humana. Somos
herederos de la Buena Nueva que nos dejó: que la muerte
es el paso a la vida y que es un tránsito no hacia la
oscuridad, sino hacia las manos de la Eterna Misericordia.
En un acto de fe y de amor debemos, como lo hacen los
amantes, abandonarnos, entregarnos, hacernos uno con el
Bienamado…"

Un golpe en la puerta sobresaltó a Mendelius. Su hija Katrin,


vacilante y tímida, entró a la habitación. Vestía una bata de entrecasa
y llevaba el rubio cabello recogido en la nuca con una cinta rosada,
mientras el rostro, limpio de afeites, mostraba en los ojos
enrojecidos, las huellas de un reciente llanto. Preguntó.
—¿Puedo hablar contigo, papá?
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—Por supuesto, mi amor —dijo Mendelius instantáneamente
solícito y atento—. ¿Qué sucede? Has estado llorando —la besó
dulcemente y la guió hacia una silla—. Ahora dime lo que te ocurre.
—Es este viaje a París respecto del cual mamá está tan
enojada. Me ha dicho que debo discutirlo contigo. Ella no me
comprende, papá, de verdad no me comprende. Ya tengo diez y
nueve años. Y soy una mujer, tan mujer como lo es ella y…
—Cálmate, mi pequeña. Comencemos por el principio. Quieres
ir a pasar el verano a París. ¿Con quién?
—Con Franz, por supuesto. Sabes que hace ya una eternidad
que nos amamos y hemos estado saliendo juntos. Tú mismo dijiste
que él te gustaba mucho.
—Me agrada mucho, en efecto. Creo que es un joven
espléndido. Y también un pintor con mucho futuro. ¿Estás enamorada
de él?
—Sí, estoy enamorada de él —había, en la voz de ella, una
clara nota de desafío—. Y él está enamorado de mí.
—Me alegro por ustedes, mi pequeña —dijo él sonriendo y
palmeándole la mano—. Es el sentimiento más magnífico que puede
haber en el mundo. De manera que ¿qué sucede ahora? ¿Han
hablado de matrimonio? ¿Deseas comprometerte? ¿De eso se trata?
—No, papá —ella se veía muy firme en relación a este último
punto—. Por lo menos, no todavía… y ése es el problema que mamá
rehúsa comprender.
—¿Has tratado de explicárselo?
—Lo he intentado mil veces. Pero ella no quiere oírme.
—Inténtalo conmigo —dijo Mendelius gentilmente.
—No es fácil. Yo no sirvo para hablar, como tú. No me vienen
las palabras. Bueno, el hecho es que tengo miedo; que los dos
tenemos miedo.
—¿Miedo de qué?
—Miedo del para siempre… nada más que eso. Miedo de
casarnos y tener niños y tratar de construir un hogar cuando
sabemos que en cada momento el mundo puede derrumbarse en
torno a nosotros —bruscamente ella se volvió apasionada y
elocuente—. Ustedes, los de la generación anterior no nos
comprenden. Ustedes sobrevivieron a una guerra, construyeron
cosas. Nos tuvieron a nosotros; ahora hemos crecido. Pero
contemplen el mundo que nos están dejando. A lo largo de todas las
fronteras hay rampas de lanzamiento y silos repletos de misiles. El
petróleo se está terminando y por eso hemos comenzado a usar el
poder atómico y a sepultar los desechos radioactivos que un día
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envenenarán a nuestros hijos… Ustedes nos han dado todo, excepto
un mañana. Yo no quiero tener un bebé que nazca en un refugio
subterráneo contra bombas y que muera de una enfermedad
generada por la irradiación… El presente y nuestro amor es lo único
que poseemos y creo que tenemos derecho a que se nos otorgue por
lo menos el derecho a eso.
La vehemencia de ella impactó a Mendelius como si le hubieran
lanzado a la cara un balde de agua fría. La pequeña y rubia mädchen
que había mecido en sus rodillas se había ido para siempre y su lugar
había sido ocupado por esta iracunda joven mujer, llena de
resentimiento contra él mismo y contra toda su generación. Lo asaltó
el sombrío pensamiento de que tal vez era precisamente para ella y
para todos aquellos como ella que Jean Marie Barette había escrito
sus consejos y advertencias sobre la vida en estos últimos días del
planeta. Porque ciertamente, no eran estos jóvenes los que estaban a
punto de suprimir toda forma de vida, sino los hombres de su
generación, los mayores, los aparentemente sabios, los eternos,
pragmatistas, que en todo caso, estaban viviendo de un tiempo
prestado. Suspiró en silencio, rogando que le fuera otorgado el don
de la palabra y comenzó, suave y tiernamente, a razonar con ella.
—…Créeme, mi pequeña, que comprendo lo que sientes, lo que
ustedes dos sienten. Tu madre comprende también, sólo que de una
manera diferente, porque ella, como mujer, sabe cómo la vida puede
herir a una mujer y cómo la consecuencia de ciertos actos pesa más
sobre una mujer que sobre un hombre. Y es precisamente porque te
ama y porque teme por ti, que ella lucha contigo… Ves, hija mía,
cualquiera que sea el grado de desorden que impere en el mundo —y
he estado sentado aquí leyendo precisamente hasta qué punto ese
desorden puede llegar a ser horrible— tú has tenido la experiencia de
amar y ser amada. No toda la experiencia, ciertamente, pero parte de
ella; de manera que tú sabes lo que es el amor; dar, recibir, cuidar y
nunca tratar de tomar toda la torta para ti sola… Ahora estás
comenzando a escribir el nuevo capítulo de ese amor tuyo con Franz
y solo ustedes dos pueden escribirlo, juntos. Si lo echan a perder,
todo lo que tu madre y yo podemos hacer es secar tus lágrimas y
tomarte de la mano hasta que te recuperes para comenzar a vivir de
nuevo… No podemos enseñarte nada sobre la forma de conducir tu
vida emocional o aun tu vida sexual. Lo único que sí podemos decirte
es que si desperdicias tu corazón y malgastas aquella particular
alegría que hace del sexo algo tan maravilloso, nunca volverás a
recuperarlo, porque eso es algo que no se renueva… Conocerás otras
experiencias y otras alegrías, pero nunca mas aquel primer, especial
y exclusivo éxtasis que hace que toda esta confusión de vivir y morir
valgan, a pesar de todo, la pena… ¿Qué más puedo decirte, mi
pequeña? Ve a París con tu Franz. Aprendan, juntos, a amarse. ¿Y en
cuanto a mañana…? ¿Cómo está tu latín?
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Ella le sonrió entre sus lágrimas.
—Tú sabes que siempre ha sido terrible.
—Ensaya esto. Quid sit futurum eras, fuge quaerere. Fue
escrito por el viejo Horacio.
—No entiendo. No me dice nada.
—Es muy sencillo. "Abstente de preguntar lo que el mañana
pueda traer. … Si dedicas tu vida a esperar la tormenta, nunca
gozarás del sol".
—¡Oh, papá! —Ella le lanzó los brazos al cuello y lo besó—. ¡Te
quiero tanto! Me has hecho muy dichosa.
—Vete a acostar, mi pequeña —dijo Carl Mendelius
suavemente—. Yo tengo aún bastante trabajo por delante.
—Trabajas demasiado, papá.
Él le dio un pequeño golpe de advertencia en la mejilla y citó
despreocupadamente:
—"Un padre sin trabajo significa una hija sin dote". Buenas
noches, mi amor. Felices sueños.
Cuando la puerta se hubo cerrado detrás de ella, él sintió afluir
a sus ojos el escozor de las retenidas lágrimas, lágrimas de piedad
por aquella joven esperanza y toda su amenazada inocencia. Sonó
violentamente su nariz, cogió sus lentes y se instaló nuevamente
ante el texto apocalíptico de Jean Marie.

"…Es evidente que en los tiempos de calamidad


universal que se avecinan las estructuras tradicionales de la
sociedad no podrán sobrevivir. Se producirá una lucha feroz
en torno a las necesidades más elementales de la vida, el
alimento, el agua, el combustible y el abrigo. Los más
fuertes, los más crueles usurparán la autoridad. Las grandes
sociedades urbanas se fragmentarán y reducirán a grupos
tribales, cada uno hostil al otro. En las áreas rurales se
enseñoreará el pillaje. La persona humana se convertirá en
una presa, del mismo modo y al mismo nivel que las bestias
que hoy llevamos al matadero con el objeto de
alimentarnos. La razón quedará de tal manera oscurecida
que los hombres recurrirán, para confortarse, a las más
groseras y más violentas formas de la magia. Y será muy
difícil y muy duro, aun para aquellos que más fuertemente
fundan su vida en la Promesa del Señor, mantener su fe y
continuar dando el necesario testimonio que deben dar,
hasta el final… ¿Cómo será entonces posible para los
cristianos confortarse mutuamente en estos días de prueba
y de terror?
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"…Desde el momento en que la existencia de grandes
grupos será imposible, los cristianos deberán dividirse en
pequeñas comunidades, cada una de las cuales deberá ser
capaz de auto-sostenerse por el ejercicio de una fe común y
de una mutua y auténtica caridad. Deberán dar testimonio
de su cristianismo extendiendo los efectos de su caridad
hacia todos aquellos que no comparten su fe, acudiendo en
auxilio de los necesitados, compartiendo sus magros medios
con los más desamparados. Cuando la jerarquía sacerdotal
se vea incapacitada de seguir funcionando, las comunidades
cristianas elegirán ellas mismas sus nuevos ministros y
maestros para que la Palabra sea mantenida en su
integridad y para continuar conduciendo la Eucaristía…"

—¡Dios Todopoderoso! ¡Lo hizo! ¡Se atrevió a hacerlo! —


Mendelius oyó el sonido de su propia voz resonar en la amplia y
abovedada habitación. Ficción o hecho predestinado a suceder, un
papa, tenía la prueba ante sus ojos, había osado decir lo indecible,
escribir lo ineditable. Si la prensa del mundo llegaba a apoderarse de
semejante documento, Jean Marie Barette aparecería ante los ojos de
todos como el más demente de los perturbados "mullahs", como el
más loco entre los profetas del desastre. Y sin embargo, en el
contexto de una calamidad atómica, el diseño de Jean Marie solo
respondía a la más simple lógica. Este necesario plan para lo que
seguiría al Armageddon era un escenario que, en una forma u otra,
cada líder nacional debía tener guardado entre sus papeles más
secretos.
Carl Mendelius llegó así, por fin, al tercer y último de los
documentos: la lista de aquéllos que, en opinión y esperanza de Jean
Marie, estarían dispuestos a creer en su mensaje y recibir a su
mensajero. Y tal vez por eso mismo, este último documento era el
más impactante de los tres. No estaba manuscrito, como la carta o la
encíclica, sino mecanografiado y era evidente que alguna vez había
formado parte de un archivo oficial. Contenía nombres, direcciones,
títulos, números de teléfono, métodos de contacto privado y sucintas
indicaciones telegráficas sobre cada uno de los individuos
seleccionados. La lista incluía nombres de políticos, industriales,
hombres de iglesia, líderes de grupos disidentes, editores de
importantes y conocidos diarios, en total más de cien nombres. Dos
ejemplos bastaban para indicar el tono general del documento.
U.S.A.
Nombre: Michael Grant Morrow
Cargo: Secretario de Estado
Dirección privada: 593 Park Avenue, Nueva York
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Teléfono: (212) 689-7611
Religión: Episcopal.
Conocido en una comida presidencial. Convicciones
religiosas muy firmes. Habla ruso, francés y alemán.
Respetado en Rusia, pero relaciones asiáticas débiles.
Profundamente consciente de la delicada y peligrosa
situación de las fronteras europeas. Autor de una
monografía privada sobre la función que competería a los
grupos religiosos en el caso de una desintegración social.

U.R.S.S.
Nombre: Sergei Andrevich Petrov
Cargo: Ministro de Agricultura
Dirección privada: Desconocida
Teléfono: Moscú 53871
Visita privada al Vaticano con el sobrino del primer ministro.
Consciente de la necesidad de tolerancia tanto religiosa
como étnica en la U.R.S.S. pero incapaz de hacer penetrar
esta idea a través de la coraza de los dogmáticos del
partido. Preocupado por el hecho de que los problemas
alimenticios y energéticos (petróleo) de Rusia podrían
precipitar un conflicto. Amigos íntimos entre los militares;
enemigos en la K.G.B. Vulnerable en la eventualidad de
malas cosechas o de bloqueo económico.
La última página contenía una nota de puño y letra de Jean
Marie.

"He tenido ocasión de tratar directamente con cada una


de las personas de esta lista. A su manera cada una de ellas
ha demostrado estar plenamente consciente de la crisis y
dispuesta a enfrentarla en un espíritu que —si bien no es
siempre el de un creyente— es, en todo caso, el de una
honda compasión humana. Ignoro hasta qué punto, bajo el
imperio de las presiones surgidas de los próximos
acontecimientos, la posición de estas personas sería
susceptible de cambiar. Sin embargo, he recibido de todas
ellas, en diversos grados, demostraciones de confianza que,
a mi vez, he tratado de retribuir. En tanto que persona
privada, tal vez al comienzo lo miren a usted con sospecha y
se muestren reservados frente a su misión. En cuanto tome
usted los primeros contactos, comenzarán los riesgos sobre
los cuales lo he puesto en guardia, ya que carecerá de
protección diplomática y el lenguaje de la política está
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construido expresamente para ocultar la verdad.
J. M. B."

Carl Mendelius se sacó las gafas y se restregó los ojos en un


esfuerzo por ahuyentar el sueño que lo invadía. Había leído aquel
sumario con la devoción de un amigo y el cuidado de un honrado
investigador. Pero ahora, en este solitario momento que sigue a la
medianoche, debía aprontarse para juzgar, ya que no al hombre que
lo había escrito, por lo menos al texto que acababa de leer. Y
súbitamente un helado miedo pareció penetrar todas las fibras de su
cuerpo, como si las sombras del cuarto hubieran sido invadidas por
los viejos y acusadores fantasmas: los fantasmas de los hombres
quemados por herejes y de las mujeres ahogadas por brujería y de
los innumerables y desconocidos mártires lamentando la vanidad de
su sacrificio.
En este período escéptico de su mediana edad, no le resultaba
muy fácil rezar, y ahora, cuando experimentaba la profunda
necesidad de la oración, las palabras no acudían ni a su corazón ni a
sus labios. Se sintió como un hombre al que un largo encierro en la
oscuridad hubiera hecho olvidar el sonido y el sentido de la voz
humana.

—Ahora sí que estamos realmente en el terreno de la oscura


fantasía —dijo Anneliese Meissner devorando a dos carrillos un
pepinillo en vinagre y bebiendo, para acompañarlo, un largo trago de
vino—. Esta mal llamada encíclica es una simple tontería, una vulgar
mezcla de folklore y de falso misticismo.
Se encontraban sentados en el desordenado apartamento de
ella, con los documentos extendidos sobre la mesa frente a ellos y
una botella de Assmanshausen destinada a aplacar el polvo que
surgía de todas partes y yacía sobre todos los objetos y muebles que
llenaban el cuarto. Mendelius había rehusado desprenderse de los
documentos, más aún, no había querido siquiera perderlos de vista,
en tanto que Anneliese, con igual vehemencia había reclamado en su
calidad de asesora, su derecho a leer hasta la última línea de la
evidencia presentada. Mendelius protestó por la escueta forma en que
ella había rechazado la encíclica de Jean Marie.
—Detengámonos aquí. Si vamos a discutir este punto,
discutámoslo en forma científica. Para comenzar dejemos en claro
que, sobre el milenarismo existe una abundante literatura que va
desde el libro de Daniel en el Antiguo Testamento hasta Jacob
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Boehme en el siglo diez y nueve y Teilhard de Chardin en el veinte.
Verdad que esa literatura suele, a veces, carecer de todo sentido,
pero también es cierto que en ella puede encontrarse muy bella
poesía como en el caso del inglés William Blake. Algunos de esos
escritos no son sino una interpretación crítica de una de las más
antiguas tradiciones de la humanidad. En segundo lugar, cualquier
científico serio puede decirle a usted, que la vida, tal como la
conocemos actualmente en este planeta, debe forzosamente, algún
día, tener un término. Lo que Jean Marie ha escrito se encuadra
perfectamente en el marco más cuerdo de esta tradición milenarista.
Y en cuanto al escenario de la catástrofe no podemos negar que en
estos momentos es objeto de la más informada especulación tanto
por parte de los científicos cuanto de los estrategas militares.
—Concedido. Pero aun así su amigo hace de todo ello una
ensalada de confusiones. ¡Fe, esperanza y caridad mientras los
hambrientos hombres lobos aúllan frente a las puertas de entrada!
¡Un amante Dios lamentándose delante de un caos creado por él
mismo! ¡Felicitaciones, profesor!
—¿Qué sucedería si el texto fuera publicado?
—La mitad del mundo se reiría, privadamente tal vez, de él. La
otra mitad se dejaría contagiar por esta danzante locura y correría
bailando al encuentro del redentor en su nube de gloria. Seriamente,
Carl, creo que lo que debe hacer es echar al fuego estos malditos
papeles y olvidar todo.
—Sí, puedo quemarlos. Lo que no puedo, es olvidarlos.
—Porque usted también es víctima de esta misma locura de
Dios.
—¿Y qué me dice del tercer documento, la lista de nombres?
—No veo que tenga ninguna importancia. Es simplemente un
ayuda memoria sacado de un archivo. Todos los políticos del mundo
llevan este tipo de registros. ¿Y que espera usted hacer con él?
¿Ponerse a trotar alrededor del mundo para encontrarse con toda
esta gente? ¿Y qué les dirá? "Mi amigo, Gregorio XVII, el que acaban
de echar del Vaticano, cree que el fin del mundo está próximo. Ha
tenido, acerca de ello, una visión. Y considera que ustedes deben
enterarse de esta visión antes que el resto de la gente" ¡Vamos Carl!
Antes de que haya terminado la primera mitad de la primera
entrevista, ya le habrán colocado a usted una camisa de fuerza.
Súbitamente, el vio el aspecto divertido de todo aquello y
comenzó a reír, en un inmenso estallido de alegría que fue poco a
poco dando paso a un desalentado cloqueo. Anneliese Meissner vertió
más vino en las copas y levantó la suya en un gesto de saludo.
—Eso está mejor. Por un momento creí que había perdido a un
buen colega.
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—Gracias, Frau Beisitzer —dijo Mendelius bebiendo un largo
trago de vino y dejando luego su copa—. Ahora volvamos al asunto.
En un par de semanas más me voy a Roma.
—Al infierno con todo —ella se quedó mirándolo con
incredulidad—. ¿Piensa usted que podrá hacer ahí algo de provecho?
—Sí. Pienso tener unas buenas vacaciones, dar un par de
conferencias en la Academia Alemana y hablar con Jean Marie y con
la gente que ha estado más cerca de él. Grabaré cada entrevista o
mis anotaciones referentes a cada una de ellas y se las enviaré.
Después de eso decidiré si vale o no la pena continuar con todo el
asunto. Por lo menos, habré cumplido mi deber de amigo y habré
contribuido a la honestidad de mi asesor.
—Espero que se dé cuenta, amigo mío, de que, aun cuando
usted haya hecho todo lo que planea, y terminado su investigación
allá, su evidencia continuará siendo incompleta.
—No veo que necesariamente tenga que ser así.
—Piénselo, —Anneliese Meissner cogió otro pepinillo que se
apresuró a engullir—. ¿Cómo se las arreglará usted para hablar con
Dios? ¿Piensa acaso grabar su conversación con Él?

Era por naturaleza un hombre meticuloso y ordenado, de


manera que preparó su visita a Roma con especial cuidado. Llamó por
teléfono a sus amigos, escribió a sus conocidos, se proveyó de toda
suerte de introducciones para importantes funcionarios del Vaticano,
concertó por adelantado y fijó las fechas de almuerzos, comidas y
entrevistas formales. Y siempre tuvo buen cuidado de insistir en el
motivo oficial de su visita: una investigación sobre fragmentos de la
literatura Ebionita en la Biblioteca Vaticana y en el Instituto Bíblico y
una breve serie de conferencias en la Academia sobre la Tradición
Apocalíptica.
Había elegido este tema no solamente porque le proporcionaba
un punto de partida para sus averiguaciones sobre Jean Marie, sino
además porque haría posible para él obtener de su audiencia
Evangélica alguna respuesta emocional sobre el problema del milenio.
La idea de Jung sobre el "gran sueño", la persistencia de la
experiencia tribal en el subconsciente y su permanente influencia en
el individuo y en el grupo había constituido una de las experiencias
más hondas y conmovedoras de su juventud. Existía una
impresionante similitud entre esta noción y aquélla que los teólogos
llamaban la "Infusión" y la "Morada Interior del Espíritu". Al mismo
tiempo servía para plantear el problema de Anneliese Meissner y su
obstinado rechazo de cualquier tipo de vivencia trascendental. Aún
resonaba en él su acerado comentario sobre la conversación con
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Dios, y más hondamente aun cuanto que no había encontrado una
adecuada respuesta para él.
La carta que le tomó más tiempo fue la que dirigió al abad de
Monte Cassino que era ahora el superior religioso de Jean Marie. Se
trataba de una indispensable cortesía. Jean Marie se había colocado a
sí mismo bajo obediencia y el control de la autoridad podía hacerse
extensivo a sus movimientos físicos y aun a su correspondencia
privada. Mendelius, que una vez había sido súbdito del sistema, tenía
una clara percepción de la importancia del protocolo religioso. Su
carta al abad hablaba de su larga amistad con Jean Marie Barette, de
su renuencia a interferir ahora en su presente retiro. Sin embargo, si
el abad no veía obstáculos a ello y si el ex-pontífice aceptaba
recibirlo, el profesor Carl Mendelius estaría encantado de visitar el
convento en la fecha más conveniente para ambos.
Añadió una nota a la carta, rogándole al abad entregarla a Jean
Marie Barette. La nota estaba compuesta con la más estudiada
discreción.

"Mi querido amigo:


Le ruego que perdone mi informalidad, pero ignoro el
protocolo que debe usarse con un pontífice retirado que ha
elegido transformarse en un humilde hijo de San Benito.
Siempre he lamentado que no me haya sido posible
compartir con usted el peso de sus últimos días en el
Vaticano, pero los profesores alemanes sobreabundan y su
esfera de influencia se extiende raramente más allá del
recinto de sus clases.
No obstante, pronto estaré en Roma, continuando mi
investigación sobre los Ebionitas y ofreciendo algunas
conferencias en la Academia Alemana sobre la doctrina de la
Parusía. Me daría un gran placer si pudiera verlo una vez
más, aunque sólo fuera por unos momentos.
He escrito al padre Abad solicitando el permiso para
visitarlo, siempre, por supuesto, que usted se encuentre en
ánimo de recibirme. La posibilidad de conversar, de estar
con usted sería para mí una gran fuente de dicha por la que
estaría muy agradecido, pero si usted cree que la ocasión no
es oportuna le ruego que no vacile en hacérmelo saber.
Confío en que se encuentre bien de salud. Creo que ha
dado pruebas de gran sabiduría al retirarse de un mundo
tan caótico como éste en que vivimos actualmente. Lotte le
envía su recuerdo más afectuoso y los niños sus
respetuosos saludos. En cuanto a mí, soy siempre
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su amigo en el Señor
Carl Mendelius".

Diez días después, llevada personalmente a su casa por un


mensajero del cardenal arzobispo de Munich, le llegó la respuesta: el
muy reverendo abad Andrew estaría encantado de recibirlo en Monte
Cassino y, si su salud se lo permitía, el muy reverendo Jean Marie
Barette, O.S.B., estaría feliz de volver a ver a su viejo amigo. En
cuanto llegara a Roma se le rogaba que telefoneara al abad con el fin
de arreglar la cita más conveniente.
Pero de Jean Marie no hubo respuesta alguna.
En la tarde que precedió a su partida a Roma con Lotte, le pidió
a su hijo Johann que subiera a tomar el café con él a su estudio.
Hacía ya algún tiempo que las relaciones entre ambos dejaban que
desear. El muchacho, un brillante estudiante de economía, se sentía
incómodo a la sombra de su padre que era al mismo tiempo uno de
los miembros más antiguos de la facultad. El padre, por su parte, en
su ansiedad por ayudar en el adelanto de la carrera de un talento tan
obvio, había actuado a veces con poca delicadeza. Todo ello había
resultado en una secreta reserva por un lado, en resentimiento por el
otro, con sólo algunas esporádicas demostraciones del afecto que
ambos continuaban teniéndose. Esta vez Mendelius había resuelto
que obraría con todo el tacto necesario. Pero, al contrario, como de
costumbre, sólo consiguió ser pesado. Preguntó.
—¿Cuándo piensas irte de viaje, hijo?
—En dos días más.
—¿Tienes ya planeado el camino que piensas seguir?
—Más o menos. Pensamos ir por tren hasta Munich y luego
comenzar a caminar a través del Obersazlburg y del Tauern hasta
Carinthia.
—Es una región muy bella. Me encantaría poder hacer esa
excursión contigo. Y a propósito —dijo Mendelius metiendo la mano
en su bolsillo y extrayendo de él un sobre cerrado— esto es para
ayudarte con los gastos del viaje.
—Pero ya me diste mi dinero para las vacaciones.
—Esto es algo extra. Has trabajado muy duramente este año y
tu madre y yo deseamos demostrarte nuestra satisfacción por ello.
—Bueno… gracias —Johann se veía obviamente confundido—,
pero la verdad es que no era necesario. Has sido siempre tan
generoso conmigo.
—Deseo decirte algo, hijo —al decir esto Mendelius percibió la
inmediata contracción del muchacho y vio la antigua y taimada
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expresión que asumía su rostro—. Se trata de algo personal sobre lo
que te rogaría que guardaras reserva, aun con respecto a tu madre.
Una de las razones de mi viaje a Roma es investigar las causas que
produjeron la abdicación de Gregorio XVII. Como tú sabes, ha sido
siempre un amigo muy querido… —sonrió tímidamente— tu amigo
también, supongo, ya que sin su ayuda tu madre y yo no hubiéramos
podido casarnos y tú no estarías aquí… Sin embargo, la investigación
puede tomar mucho tiempo y requerir algunos viajes que pueden a
su vez prolongarse. Además el asunto entraña algunos riesgos. Si
algo llega a sucederme deseo que sepas que mis cosas están en
orden y que el doctor Mahler, nuestro abogado, tiene en su poder la
mayor parte de mis documentos privados. El resto se encuentra en la
caja fuerte que ves aquí. Eres un hombre y por consiguiente te
corresponderá hacerte cargo de tu madre y de tu hermana en mi
lugar.
—No comprendo. ¿De qué riesgos me hablas? ¿Y por qué es
preciso que te expongas a ellos?
—Es difícil explicarlo.
—Soy tu hijo —dijo Johann con resentimiento—, dame por lo
menos una posibilidad de comprender.
—Por favor. Te ruego que te relajes conmigo. Créeme que te
necesito mucho, verdaderamente mucho.
—Lo siento, es solamente que…
—Lo sé. Nos irritamos mutuamente. Pero yo te quiero, hijo,
desearía que supieras cuánto te quiero en realidad —dijo Mendelius,
sintiendo que la emoción, como una marea, subía adentro de él y
deseando poder extender los brazos para estrechar en ellos al
muchacho, pero reteniéndose sin embargo por temor de un rechazo.
Se dominó y continuó suavemente—. Para explicarte de qué se trata,
debo mostrarte algo muy secreto y deberás prometerme, por tu
honor, que no hablarás de ello a nadie.
—Tienes mi palabra, papá.
—Gracias —Mendelius caminó hasta la caja fuerte, sacó de ella
los documentos de Barette y se los alcanzó a su hijo—. Lee esto.
Comprenderás todo. Cuando hayas terminado, conversaremos.
Mientras tanto, aprovecharé para escribir algunas notas.
Dicho esto se instaló a trabajar en su escritorio en tanto que
Johann acomodado en un sillón leía atentamente los documentos. La
visión de su hijo bajo la suave luz de la lámpara trajo vividamente a
la mente de Mendelius la imagen de uno de aquellos jóvenes modelos
de Rafael, sentados inmóviles y obedientes mientras el maestro los
inmortalizaba en su tela. Sintió un espasmo de dolor por los años que
ambos habían desperdiciado. Todo hubiera debido ser entonces como
ahora: el padre y el hijo, sepultadas y olvidadas todas las infantiles
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querellas, unidos, contentos y compañeros.
Mendelius se levantó y volvió a llenar la taza de café de Johann
y su vaso de coñac. Johann agradeció con un gesto de la cabeza y
retornó a su lectura. Pasaron casi cuarenta minutos antes que diera
vuelta a la última página. Permaneció en silencio por un largo rato,
luego dobló deliberada y cuidadosamente los documentos, se levantó
y los depositó sobre el escritorio de su padre. Dijo quietamente:
—Comprendo ahora, papá. Creo que todo esto es solo una
peligrosa locura y odio verte envuelto en este asunto. Pero
comprendo.
—Gracias, hijo. ¿Te importaría decirme por qué consideras que
esto es una locura?
—No —el tono del muchacho era firme pero respetuoso. Se
mantenía muy erguido frente a su padre, como un subalterno
dirigiéndose a su comandante—. Hace ya mucho tiempo que deseaba
decirte algo. Y este momento es tan bueno como otro.
—Tal vez querrías tomar un brandy primero —dijo Mendelius
sonriéndole.
—Por supuesto. —Llenó de nuevo su vaso y lo colocó sobre el
escritorio—. El hecho es, padre, que he perdido la fe, he dejado de
ser creyente —dijo Johann.
—¿Has perdido la fe en Dios o específicamente en la Iglesia
Católica romana?
—En ambos.
—Lamento oír esto, hijo —Mendelius conservaba una estudiada
calma—. Siempre he pensado que, sin una esperanza en el más allá,
el mundo debe resultar un lugar muy inhóspito. Pero estoy contento
de que me lo hayas dicho. ¿Lo sabe tu madre?
—No todavía.
—Se lo diré, si te parece, pero después. Desearía que ella
pudiera disfrutar de sus vacaciones.
—¿Estás enojado conmigo?
—¡Santo Dios, no! —dijo Mendelius alzándose de su silla y
palmeando los hombros del joven—. Escúchame. Toda mi vida no he
hecho otra cosa sino enseñar y escribir que un hombre debe caminar
por sus propios pies y únicamente por la senda que personalmente
vea y elija. Si, honestamente, no puede aceptar una fe, entonces
debe rechazarla. Más vale, de todos modos, ser quemado como lo fue
Bruno en el Campo de las Flores. Y en cuanto a tu madre y a mí,
carecemos de todo derecho para dictarte tu conducta a tu
conciencia… Pero, no obstante, hijo, recuerda una cosa: es necesario
mantener la mente abierta, de manera que la luz tenga siempre fácil
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y libre acceso a ella y mantener el corazón abierto de forma que
jamás llegue a cerrarse a la venida del amor.
—Yo… yo nunca pensé que lo tomarías así. —Por primera vez el
perfecto control que hasta entonces había mantenido pareció
abandonar a Johann y estuvo a punto de estallar en llanto. Mendelius
lo atrajo hacia él y lo abrazó.
—Te quiero, muchacho. Y nada puede hacer cambiar eso.
Además… ahora habitas una región nueva para ti y no podrás saber si
te agrada hasta que hayas pasado un invierno allí… No peleemos
más, ¿qué te parece?
—De acuerdo. —Johann se liberó del abrazo de su padre y
estiró la mano para tomar su coñac—. Brindaré por esto.
—Prosit —dijo Carl Mendelius— respecto de lo otro, padre…
—¿Sí?
—Me doy perfecta cuenta de los riesgos. Y sé lo que la amistad
de Jean Marie significa para ti. Pero creo que hay que establecer las
prioridades. Y mamá viene primero. Y luego, claro, Katrin y yo
también te necesitamos.
—Estoy tratando de dar su adecuado lugar a cada cosa, hijo —
Mendelius emitió una breve risita—. Es posible que tú no creas en la
Segunda Venida, pero si ocurre, ¿no crees tú que cambiará algunas
prioridades…?

Desde el aire la campiña italiana semejaba un paraíso pastoral,


con las orquídeas en pleno florecimiento, las praderas brillantes de
flores silvestres, las granjas inundadas de nuevo verdor y las
antiguas aldeas fortificadas luciendo plácidas como imágenes de
cuento de hadas.
Por contraste, el aeropuerto de Fiumicino parecía el escenario
de un ensayo general para el caos final. Los controles del influjo
interno y externo de pasajeros, trataban de mantener algún orden,
los maleteros estaban en huelga y delante de cada ventanilla de
revisión de pasaporte se habían formado largas colas. El aire vibraba
en una babel de voces gritando en una docena de idiomas. La policía
con perros olfateadores, se movía entre los agotados viajeros,
buscando traficantes de drogas en tanto que jóvenes soldados, de
mirada vigilante y porte inquieto, armados de ametralladoras,
montaban guardia al lado de cada puerta.
Lotte se hallaba al borde de las lágrimas y Mendelius
transpiraba de furia y frustración. Por fin, después de una hora y
media, lograron vencer las complicaciones de la aduana y emerger al
área de recepción donde Herman Frank, gentil y solícito como
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siempre, los estaba esperando. Había venido con una limusina, un
gran Mercedes que había pedido prestado a la embajada Alemana.
Tenía flores para Lotte, una efusiva bienvenida para Herr Professor y
champagne para brindar durante el largo viaje hacia la ciudad. El
tránsito, como siempre, era infernal, pero él deseaba ofrecerles un
pequeño anticipo de las delicias de la paz paradisíaca que los
esperaba en Roma.
La paz los acogió en efecto en el apartamento que Frank tenía
en el último piso de un antiguo palazzo con los cielos rasos decorados
con frescos, pisos de mármol, salas de baño lo suficientemente
grandes como para contener una flota y una impresionante vista
sobre todos los tejados de la vieja Roma. Dos horas más tarde,
bañados, con el vestuario renovado y la salud mental restaurada,
ambos esposos se encontraban bebiendo cócteles en la terraza
mientras escuchaban el tañido de las últimas campanas y observaban
el vuelo de los vencejos en torno de las cúpulas y de los áticos teñido
todo de púrpura por el resplandeciente atardecer.
—Allá abajo vive la muerte —dijo Hilde Frank señalando con el
dedo a la confusión de las calles congestionadas de automóviles y
peatones— y a veces la muerte se presenta en forma de verdaderos
asesinatos, porque los terroristas se han vuelto cada vez más osados
y porque la ley y el orden son cada vez más débiles frente a ellos. El
secuestro es, en estos momentos, la más floreciente de las industrias
privadas. Ahora, debido al peligro de los ladrones de carteras y las
bandas de motociclistas, prácticamente no salimos de noche. Pero
aquí arriba —con un amplio gesto abarcó, señalándolo, el horizonte
de tejados— todo permanece igual a como ha sido durante centurias:
la ropa lavada, tendida, secándose al viento en los cordeles, los
pájaros, la música que va y viene, los llamados de las mujeres a sus
vecinas. Y la verdad es que sin esto no creo que hubiéramos sido
capaces de resistir aquí.
Era una mujer pequeña, morena, conversadora, elegante como
una modelo, veinte años menor que su marido de sienes plateadas
que seguía cada uno de sus movimientos con ojos de adoración. Era
también afectuosa y regalona como una gata y Mendelius captó la
mirada de celos que le lanzó Lotte cuando Hilde lo cogió de la mano
para conducirlo a un rincón de la terraza a fin de mostrarle, en la
lontananza, las cúpulas de San Pedro y del castillo de Sant'Angelo. Le
habló en un fuerte y teatral susurro:
—No puede imaginar cuan dichoso está Herman de que usted
haya aceptado dar estas conferencias. Se aproxima el momento en
que deberá retirarse y se desespera al pensar en ello. Toda su vida se
ha centrado hasta aquí en la Academia, toda nuestra vida debería
decir, ya que no hemos tenido hijos… Lotte luce muy bien. Espero
que le gusten las tiendas. He pensado llevarla a dar una vuelta por la
Vía Condotti mañana, mientras usted y Herman están en la
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Academia. La gente del seminario no ha llegado aún, pero él se
muere por enseñarle a usted el lugar… y tenemos algunas cosas
realmente muy bellas que mostrarles este año —dijo Herman Frank
uniéndose a ellos con Lotte a su brazo—. Hemos logrado montar la
primera exposición comprensible y completa sobre Van Wittel que
jamás haya habido en este país y Pietro Falcone nos ha prestado su
colección de joyas antiguas florentinas. Esto último ha significado en
realidad una aventura muy costosa, porque hemos tenido que
mantener guardias armados noche y día… Ahora me permitiré
describirles a nuestros invitados de esta noche. Para comenzar está
Bill Utley, representante británico ante la Santa Sede y su esposa
Sonia. Bill es un viejo palo seco, pero está muy al tanto de todo lo
que ocurre; por otra parte domina el alemán, lo que no deja de ser
una ayuda. Sonia es una chismosa muy alegre y carente de
inhibiciones. Me parece, Lotte, que usted disfrutará con ella. Además
viene Georg Rainer, corresponsal del Die Welt en Roma. Es un
hombre reposado y agradable y que habla muy bien. Hilde tuvo la
idea de invitarlo porque se muere de ganas de conocer a una nueva
amiga que Rainer tiene y que nadie ha visto todavía. Parece que es
mexicana y, según se dice, muy rica… Nos sentaremos a la mesa
alrededor de las nueve y media… Y a propósito, Carl, tiene usted una
buena cantidad de correspondencia… dije a la criada que la
depositara en su cuarto…
Era una cálida bienvenida, que llevaba la memoria hacia
tiempos mejores, aquellos que precedieron a la guerra del petróleo,
antes que el milagro italiano se avinagrara y que las brillantes
esperanzas que se habían alimentado respecto de la unidad europea
enmohecieran sin remedio. Cuando más tarde llegaron los huéspedes
Lotte, relajada y feliz, charlaba animadamente con Hilde sobre
proyectos de un viaje a Florencia y otro a Ischia, en tanto que Carl
Mendelius diseñaba, para un entusiasta Herman, el esquema de sus
conferencias para los Evangélicos.
La comida transcurrió agradablemente. La conversación de la
mujer de Utley era escandalosamente entretenida. La amiga de
Georg Rainer —Pía Menéndez— resultó ser un inmediato y absoluto
éxito, pues era de una impactante belleza y sabía guardar
perfectamente su lugar e inclinarse graciosamente delante de las
mujeres mayores. Georg Rainer anhelaba oír noticias nuevas: Utley
disfrutaba con los recuerdos, de manera que para Mendelius fue muy
sencillo llevar la conversación a los recientes acontecimientos que
habían tenido lugar en el Vaticano. Utley, el inglés, que en su lengua
nativa podía elevar la oscuridad hasta el nivel de la más delicada de
las artes, fue muy preciso hablando en alemán.
—…Aun para los extranjeros que no estábamos en el secreto,
era evidente que Gregorio XVII había logrado producir pánico entre
su gente. La organización es demasiado grande y en consecuencia
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demasiado frágil para tolerar que un hombre flexible, mucho menos
un innovador, dirija sus destinos. Es lo mismo que les ocurre a los
rusos con sus satélites y sus gobiernos de camaradas en África y en
América del Sur. Les es preciso preservar, a toda costa, la ilusión de
la unanimidad, de la estabilidad. De manera que Gregorio tuvo que
irse…
—Me interesaría saber —dijo Carl Mendelius— qué métodos
emplearon para conseguir que él abdicara.
—Nadie está dispuesto a hablar de eso —dijo Utley—. En el
curso de toda mi experiencia, ésta es la primera vez que el Vaticano
no deja escapar ninguna verdadera noticia, que no hay filtraciones.
Es obvio que allí hubo algún pacto muy duramente negociado, y la
impresión general que ha quedado es que, después, algunas
conciencias no se han sentido del todo bien.
—Lo sometieron a chantaje —dijo clara y llanamente el hombre
de Die Welt. Poseo la evidencia, pero no puedo publicarla.
—¿Por qué no? —la pregunta vino de Utley.
—Porque esa evidencia proviene de un médico, uno de los que
fueron llamados a consulta para examinarlo. Obviamente no estaba
en condiciones ni tenía posibilidad alguna de hacer declaraciones
públicas.
—¿Le dijo a usted lo que había descubierto?
—Me dijo lo que la Curia le había pedido que encontrara: que
Gregorio XVII estaba mentalmente incapacitado.
—¿Esa fue la forma en que la Curia planteó su requerimiento?
dijo Mendelius, entre sorprendido y dudoso.
—No. Y ese fue, precisamente, el problema. La conducta de la
Curia, fue muy sutil. Pidieron a los médicos —que eran siete— que
establecieran, fuera de toda duda razonable, si el pontífice se
encontraba mental y físicamente incapacitado para llevar adelante los
deberes de su cargo en estos tiempos tan críticos.
—Una verdadera encerrona —dijo Utley—. ¿Y por qué aceptó
Gregorio? —le preguntó Utley.
—Estaba cogido en una trampa. Si rehusaba, quedaba como
sospechoso. Si aceptaba tenia que someterse al examen médico.
—¿Y en qué consistía el examen médico? —preguntó Mendelius.
—Mi informante no me lo pudo decir. Como verá, ellos supieron
hacer muy bien las cosas. Le pidieron a cada médico que diera su
opinión independientemente y por escrito.
—Lo que dejaba a la Curia las manos libres para elaborar a
continuación su propio juicio sobre el conjunto de la situación —dijo
Bill Utley riendo queda y secamente—. ¡Muy hábil en verdad! ¿Y cuál
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fue el veredicto de su informante?
—Creo que fue un veredicto honesto, pero no muy conveniente
para el enfermo. Determinó que sufría de un exceso de fatiga, de
constante insomnio y de una presión sanguínea muy elevada, aunque
no necesariamente crónica. Había claras indicaciones de ansiedad y
alternancias de estados de ánimo excitados y depresivos.
Obviamente, la persistencia de tales síntomas en un hombre de
sesenta y cinco años puede hacer temer las más graves
complicaciones.
—Si los otros informes fueran parecidos a éste…
—O —dijo Mendelius suavemente— si fueran menos honestos y
un poco, sólo un grado más, inclinados…
—Los cardenales le habían dado jaque mate —dijo Georg
Rainer—. Habían escogido con sumo cuidado los párrafos más
convenientes para ellos de los informes médicos y construido un
veredicto final que presentaron a Gregorio como un ultimátum:
váyase o lo echamos.
—Santo Dios —Mendelius juró por lo bajo—. ¿Qué elección
cabía para él?
—Una obra maestra de dura política —Bill Utley volvió a reír
queda y secamente—. Es imposible destituir a un papa. Ahora bien,
fuera de asesinarlo; ¿de qué otro modo puede usted librarse de él?
Tiene usted razón, Georg, aquello fue extorsión al estado puro. Me
pregunto, ¿quién fraguaría todo el asunto?
—Arnaldo, naturalmente. Sé que fue él quien dio las
instrucciones a los médicos.
—Y ahora él es el papa —dijo Carl Mendelius.
—Probablemente será un buen papa —dijo Utley con una
sonrisa—. Conoce las reglas del juego.
A pesar suyo Carl Mendelius —que había sido Jesuita— se vio
obligado a convenir con Utley. Pensó también que Georg Rainer era
un periodista de talento y que valdría la pena cultivar esa relación.
Aquella noche hizo el amor con Lotte en la enorme cama
barroca que —según juraba Herman por la salvación de su alma—
había pertenecido al elegante cardenal Bernis. Que le hubiera
pertenecido o no, carecía por el momento, de importancia; lo que en
cambio era importante es que su unión de aquella noche había sido
una de las más plenas y gozosas que hubieran tenido en los últimos
tiempos. Cuando todo hubo terminado, Lotte se acurrucó en la curva
de su brazo y charló con alegre somnolencia.
—Ha sido una velada encantadora, todo el mundo ha estado tan
hospitalario y además tan brillante. Estoy muy contenta de que me
hayas obligado a venir. Tübingen es una linda ciudad pero había
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olvidado cuan grande es en realidad el mundo exterior.
—Entonces comencemos a verlo juntos, schatz.
—Lo haremos, te lo prometo. Ahora me siento mucho más
tranquila respecto de los niños. Katrin fue muy dulce y gentil
conmigo. Me contó lo que tú le habías dicho y la forma como Franz
había recibido la noticia de tu permiso.
—No he sabido nada de eso.
—Según parece, Franz dijo: "Tu padre es un gran hombre. Me
gustaría traerle un buen cuadro de regalo de París".
—Bien, es una buena noticia agradable de oír.
—Johann también parecía más contento de lo que usualmente
está y se le notaba, aunque nunca habla mucho.
—La verdad es que se descargó de algunos secretos que le
pesaba guardar, incluyendo entre ellos el hecho de que ha dejado de
ser creyente…
—¡Oh, Dios mío! ¡Que triste es pensar eso!
—Oh, se trata sólo de una etapa de la vida, schatz, —Mendelius
hablaba con una elaborada despreocupación—. ¡Desea encontrar por
sí mismo su propio camino hacia la verdad!
—Espero que tú le hayas dado a entender que respetabas su
decisión.
—Por supuesto. Debes dejar de preocuparte respecto de mis
relaciones con Johann. En el fondo se trata solamente de dos toros, el
viejo y el joven, que ejercitan, el uno con el otro sus aptitudes para el
combate.
—El viejo toro no está mal —dijo Lotte sofocando en la
oscuridad una risita feliz—, lo cual me hace recordar que si vuelvo a
sorprender a Hilde coqueteando contigo, le arrancaré los ojos.
—Que bueno es saber que aún puedes estar celosa.
—Te quiero, Carl, te quiero realmente mucho.
—Y yo también te quiero a ti, schatz.
—Esto era todo lo que necesitaba para terminar un día perfecto.
Buenas noches mi hombre querido, tan querido.
Se dio vuelta para el otro lado, alejándose de él, se acurrucó
bajo los cobertores y se hundió rápidamente en un profundo sueño.
Carl Mendelius juntó sus manos bajo la nuca y permaneció por un
largo rato contemplando el ciclo raso donde amorosas ninfas y
rapaces semi-dioses se divertían en la oscuridad. A pesar de la dulce
paz que le había traído el amor, seguía obsesionado por lo que había
oído durante la cena y también por el contenido de la última carta
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que dominaba la pila de correspondencia que la criada había dejado
en su mesa de noche.
La carta estaba escrita en italiano, manuscrita en un grueso y
rico papel grabado con el sello oficial de la Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe.

"Querido profesor Mendelius:


Nuestro mutuo amigo, el rector del Instituto Bíblico
Pontificio me ha informado que usted —con el objeto de
llevar a cabo algunas investigaciones científicas— llegará a
Roma en los próximos días y que además ofrecerá algunas
conferencias en la Academia Alemana de Arte.
Entiendo que usted ha planeado también realizar una
visita al Monasterio de Monte Cassino con el propósito de
visitar a nuestro recién retirado Pontífice.
He sido siempre un gran admirador de su trabajo
académico y por lo tanto me daría usted un gran placer si
aceptara venir a tomar el café conmigo una mañana, en mis
apartamentos privados de la ciudad del Vaticano.
Confío en que tendrá usted la bondad de llamarme a
mis oficinas de la Congregación cualquier tarde entre cuatro
y siete, de manera que nos sea posible ponernos de acuerdo
en un día que nos convenga a ambos, de preferencia antes
de su planeada visita a Monte Cassino.
Le envío, con mis saludos, mis mejores deseos para
una agradable estada en Roma.
Suyo en Jesucristo
Antón Drexel
Cardenal Prefecto

Como de costumbre, todo estaba hecho en forma impecable:


un gesto de cortesía y una mordaz advertencia de que nada, pero
nada en absoluto de lo que ocurría en los círculos sagrados escapaba
a la vigilante mirada de los sabuesos del Señor. En los viejos tiempos
del esplendor del poder del Estado Pontificio le hubieran enviado una
notificación y un destacamento de gendarmes destinado a reforzarla.
Hoy en día se le invitaba a tomar un café y bizcochos en el
apartamento del cardenal como anticipo de una dulce y persuasiva
conversación.
¡Bien! ¡Bien! Tempora mutantur. Se preguntó qué sería lo que
realmente prefería el Cardenal: obtener información o conseguir
discreción. Se preguntó también cuáles serían las condiciones a las
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que habría de suscribir antes que le permitieran visitar a Jean Marie
Barette.
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CAPITULO 3

Herman Frank estaba plenamente justificado en enorgullecerse


de su exposición. La prensa se había mostrado muy generosa en sus
alabanzas, cumplidos e ilustraciones del acontecimiento artístico. Las
galerías de la Academia desbordaban de visitantes —romanos y
turistas— entre los que, sorprendentemente, había una enorme
cantidad de gente joven.
Las obras de Gaspar Van Wittel, un holandés de Amersfoort del
siglo XVII eran casi desconocidas por el público italiano. La mayor
parte de ellas había sido celosamente conservada tras los muros de
los palacios de los Colonna, los Sacchetti, los Pallavicini y algunas
otras familias nobles. Reunir aquellas obras en una exposición había
tomado dos años de paciente búsqueda y varios meses de delicadas
negociaciones. El lugar de donde provenían continuaba siendo un
secreto cuidadosamente guardado y la prueba de ello estaba en el
gran número de obras que llevaban simplemente la inscripción
"raccolta privata". Su conjunto constituía un extraordinario y vivido
testimonio pictórico y arquitectónico del arte del siglo diez y siete
italiano. El entusiasmo de Herman Frank vibraba con una inocencia
infantil, conmovedora.
—¡Contemple eso, se lo ruego! ¡Tan delicado y sin embargo tan
preciso! Con una calidad de color que es casi japonesa. Un dibujante
magnífico con un dominio total de las más intrincadas formas de la
perspectiva… Observe estos bosquejos… Vea con cuánta paciencia
construye y da forma a su composición… ¡Y qué extraño parece! Vivió
en una oscura y pequeña villa situada en las afueras de la Via Appia
Antica. La villa aún está ahí. Verla produce claustrofobia. Pero no
obstante no debemos olvidar que en aquellos tiempos la villa estaba
rodeada de campiñas, por lo cual él tuvo sin duda todo el espacio y la
luz que su arte requería… —bruscamente se detuvo, lleno de
confusión— lo siento, estoy hablando demasiado, pero la verdad es
que amo estas cosas.
Mendelius apoyó suavemente su mano en el hombro de Frank.
—Amigo mío, oírlo es una verdadera delicia. Mire a estos
jóvenes. Usted los ha hecho salir de sus resentimientos y confusiones
y los ha transportado a otro mundo más simple, mucho más bello, les
ha hecho olvidar toda la triste fealdad del presente. Debe sentirse
orgulloso de su obra.
—Lo estoy, Carl. Le confieso honradamente que lo estoy, pero
también me preocupa pensar en el día en que haya que desprender
estos cuadros, entregarlos a los embaladores y devolverlos a sus
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dueños; siento que estoy envejeciendo y no tengo ninguna seguridad
de volver a tener el tiempo o la energía, la suerte para decir verdad,
de intentar una vez más una empresa como ésta.
—Pero usted siempre continuará esforzándose, y eso es lo
importante.
—Me temo que no por mucho tiempo más. Me retiro el año
próximo y entonces no sé realmente qué haré conmigo mismo y con
mi vida. No podremos continuar viviendo aquí, pues careceremos de
medios para ello y sin embargo odio la idea de regresar a Alemania.
—Podrá entonces dedicar la totalidad de su tiempo a escribir.
Ya goza de una buena reputación como historiador de arte y estoy
convencido de que puede obtener de una buena editorial un contrato
mejor que el que actualmente tiene… Permítame hablar con mi
agente y ver lo que se puede conseguir para usted.
—¿Querría usted? —Su tono era de una gratitud casi patética—.
No soy muy bueno para los negocios y estoy preocupado por Hilde.
—Lo puedo llamar en cuanto regrese a casa. Lo que me
recuerda que debo hacer algunos llamados telefónicos ahora. ¿Puedo
usar su teléfono? Debo hablar con alguien antes de mediodía.
—Venga a mi oficina. Le enviaré un poco de café… Oh, pero
antes que se vaya, le ruego que eche una última mirada a este
panorama del Tiber, del que existen tres versiones: una que
pertenece a la colección de Pallavicini, otra que está en la National
Gallery y ésta que usted está mirando y que fue adquirida por un
anciano ingeniero en el Mercado de Pulgas, por el precio de una
canción…
Transcurrieron otros quince minutos antes que Mendelius
pudiera liberarse para hacer su llamado al monasterio de Monte
Cassino. Encontrar al abad y traerlo al teléfono tomó una
interminable cantidad de tiempo. Mendelius rebullía impaciente y
colérico hasta que se calmó lo suficiente para recordarse a sí mismo
que los monasterios han sido diseñados y están destinados
precisamente para separar a los hombres del mundo, no para
guardarlos en contacto con él. El abad fue cordial, pero no
exactamente efusivo.
—¿Profesor Mendelius? Aquí el abad Andrew. Es muy
bondadoso de su parte llamar tan pronto. ¿Podría arreglar su visita
para el próximo miércoles? Es día de fiesta y eso permitirá que
nuestra hospitalidad sea más generosa. Sugiero que llegue alrededor
de las tres y media y por la noche cene con nosotros. El viaje desde
Roma es largo, de manera que si desea alojarse aquí estaremos
encantados de acomodarlo lo mejor posible.
—Es muy considerado de su parte. Viajaré entonces de regreso
el jueves por la mañana. ¿Cómo está mi amigo Jean?
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—No se ha sentido muy bien. Pero confío en que la próxima
semana, cuando usted venga, se encuentre recuperado. Está muy
contento con la perspectiva de verlo.
—Le ruego que le transmita mis más afectuosos recuerdos y
que le diga que mi esposa le envía asimismo sus mejores deseos.
—Lo haré con mucho gusto. Hasta el miércoles entonces,
profesor.
—Gracias, padre abad.
Mendelius colgó el teléfono y permaneció por algunos minutos
absorto en sus pensamientos. Aquí estaba de nuevo el viejo
esquema: la respuesta cortés, la velada cautela. Faltaba todavía una
semana para el miércoles, tiempo ampliamente suficiente, si las
circunstancias cambiaban o la autoridad intervenía, para cancelar la
invitación. La enfermedad de Jean Marie, real o diplomática,
proveería, llegado el caso, la excusa adecuada.
—¿Algo no anda bien, Carl? —Herman colocó sobre la mesa la
bandeja de café y comenzó a servirlo.
—La verdad es que no lo sé. Se diría que el Vaticano se interesa
por mis actividades algo más de lo necesario.
—Me parece bastante natural. No olvide que en el pasado usted
les dio bastantes dolores de cabeza; y cada libro nuevo provoca en el
palomar un intenso revoloteo… ¿Leche y azúcar?
—Azúcar no. Estoy tratando de reducir mi peso.
—Lo he notado. También noté anoche que usted guió la
conversación de manera de obtener toda la información posible sobre
Gregorio XVII.
—¿Fue tan obvio?
—Creo que solamente para mí. ¿Hay algún motivo especial para
su ansia informativa?
—El es amigo mío. Usted lo sabe. Intentaba averiguar que le ha
ocurrido realmente.
—¿Acaso no se lo ha contado él mismo?
—Hace ya meses que no sé de él —Mendelius evadió una
respuesta directa—. Me imagino que no le ha quedado mucho tiempo
disponible para mantener una correspondencia privada.
—¿Pero con ocasión de esta visita usted, sin duda, piensa
visitarlo?
—Sí. Ya he arreglado para verlo.
La respuesta había sido una brizna más breve de lo necesario.
Herman Frank tenía demasiado tacto para insistir de manera que
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reinó un momento de embarazoso silencio, luego Herman dijo
suavemente.
—Hay algo que me tiene perplejo, Carl. Me gustaría tener su
opinión al respecto.
—¿Dígame, Herman?
—Hace más o menos un mes recibí un llamado de nuestra
Embajada. El embajador deseaba verme. Me enseñó una carta de
Bonn: una circular con instrucciones para todas las academias e
institutos que existen fuera del país. Muchos de ellos, como usted
sabe, guardan un valioso material que les ha sido prestado por la
República: esculturas, cuadros, manuscritos históricos, en fin, ese
tipo de cosas… Se instruía a todos los directores de tomar las
medidas necesarias para preparar, en algún lugar de los países
huéspedes, escondites tan secretos como seguros, donde, en el caso
de desórdenes civiles o conflictos internacionales, este material
pudiera ser guardado. Se nos concedió inmediatamente el dinero
requerido para comprar o arrendar los almacenes adecuados.
—Parece una precaución bastante razonable —dijo Mendelius
blandamente— sobre todo cuando sabemos que es imposible
asegurar esa clase de obras contra la guerra civil o la violencia.
—Usted no entiende —dijo Herman Frank enfáticamente—. Lo
que me preocupó fue el tono del documento, porque había en él una
nota de real urgencia y la amenaza de rigurosos castigos en el caso
de cualquier negligencia en el cumplimiento de lo estipulado. Tuve la
clara impresión de que nuestra gente estaba realmente inquieta como
si temieran que dentro de muy poco, algo terrible fuera a ocurrir.
— ¿Tiene alguna copia de esa circular?
—No. El embajador se mostró muy firme y dijo que por ningún
motivo la circular debía abandonar el recinto de la embajada. Oh, y
hay algo más. Solamente los funcionarios más antiguos y de más alto
rango podían conocer su contenido. Encontré que todo tenía un
aspecto más bien siniestro. Y continúo pensándolo. Por naturaleza no
soy una persona que se inquiete fácilmente pero no puedo dejar de
pensar en Hilde y en lo que pudiera ocurrirle si, por alguna
emergencia, nos viéramos obligados a separarnos. Me gustaría que
me diera su sincera opinión al respecto, Carl.
Por unos minutos Mendelius sintió la tentación de tranquilizar a
Frank con cualquier fácil palabra de aliento, pero luego se decidió por
lo contrario. Herman Frank era un buen hombre, demasiado blando
tal vez, para un mundo tan duro. Merecía una respuesta seria y
honrada.
—La situación no es buena, Herman. Todavía no hemos llegado
al nivel del pánico, pero no tardaremos en encontrarnos ahí. Todo
apunta en esa dirección: los desórdenes públicos, la quiebra de la
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confianza política, la enorme recesión y los locos altamente colocados
que piensan que pueden resolver el problema con una guerra muy
bien planeada y limitada. Tiene usted toda la razón en sentirse
preocupado. Ahora, lo que pueda hacer ya es otro asunto. Una vez
que se de la orden de partida a los primeros misiles ningún lugar en
el mundo estará a salvo. ¿Ha hablado con Hilde?
—Sí. No desea, como yo, regresar a Alemania, pero está de
acuerdo en que debemos vivir fuera de Roma. Tenemos esa pequeña
casa de campo en las colinas toscanas. Es algo solitaria, pero está
rodeada por una campiña que nosotros mismos produjéramos…
Aunque la sola idea de considerar una eventualidad así parece un
acto de desesperación.
—O un acto de fe —dijo Mendelius gentilmente—. Creo que su
Hilde es una muchacha muy sabia, y usted debe dejar de
preocuparse tanto por ella. Las mujeres tienen mucha mayor
resistencia para sobrevivir de la que tenemos nosotros.
—Sí, supongo que es así. Pero la verdad es que nunca las he
considerado bajo ese aspecto… ¿No ha pensado a veces cuan bueno
sería encontrar un gran hombre que tomara el control de la situación
y fuera capaz de sacarnos de este pantano?
—Jamás —dijo Carl Mendelius sombríamente—. Los grandes
hombres son peligrosos. Cuando sus sueños fallan los entierran bajo
las cenizas de las ciudades donde los hombres sencillos un día
vivieron en paz.

—Deseo ser muy sincero con usted Mendelius. Y deseo que


usted sea también sincero conmigo.
—¿Cuán sincero, Eminencia? ¿Y sobre que tema?
La hora de la cortesía había terminado. Los bizcochos habían
sido comidos. El café estaba frío. Su Eminencia, cardenal Antón
Drexel, erecto como un granadero, con el cabello gris, permanecía de
pie, con la espalda vuelta hacia su visitante, mirando caer la tarde
sobre los jardines del Vaticano. Se dio vuelta lentamente y
permaneció por un largo momento silencioso, su silueta sin rostro
destacándose muy nítida contra la luz. Mendelius dijo:
—Por favor, Eminencia. ¿Podría sentarse? Me gustaría ver su
rostro mientras hablamos.
—Perdóneme —Drexel emitió una honda y gruñona risita—, es
un viejo truco… y no es muy cortés… ¿Preferiría que habláramos en
alemán?
Drexel, a pesar de su nombre, era italiano, pues había nacido
en Bolzano, aquel territorio disputado por Austria y la república
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italiana. Mendelius se alzó de hombros con indiferencia.
—Como vuestra Eminencia prefiera.
—Usaremos el italiano entonces. Hablo el alemán como un
tirolés. Usted podría encontrarlo cómico.
—La lengua nativa es siempre la mejor para ser honrado con
ella —dijo Mendelius secamente—. Si mi italiano me falla, hablaré
alemán.
Drexel abandonó la ventana y fue a sentarse frente a
Mendelius. Arregló cuidadosamente sobre sus rodillas los pliegues de
su sotana. Su rostro, que a pesar de las arrugas se conservaba
apuesto, parecía tallado en madera. Sólo sus ojos, nítidamente
azules, estaban vivos, mientras evaluaban, divertidos, a su
interlocutor. Dijo:
—Ha sido usted siempre un cliente difícil —usó la frase familiar:
un tipo robusto y Mendelius no pudo evitar una sonrisa ante el
disfrazado cumplido—. Ahora, dígame, ¿qué y cuánto sabe usted de
lo que acaba de suceder aquí?
—Antes de contestar su pregunta, Eminencia, desearía que
usted respondiera a una pregunta mía. ¿Tiene usted la intención de
impedir que yo tome contacto con Jean Marie?
—¿Yo? No, en absoluto.
—Y fuera de usted ¿hay alguien más, que usted sepa?
—De acuerdo con lo que sé, nadie, aunque evidentemente hay
gente interesada por lo que pueda ocurrir en este encuentro…
—Gracias, Eminencia. Ahora, la respuesta a su pregunta: Sé
que el papa Gregorio fue forzado a abdicar. Y conozco los medios que
se emplearon para obtener de él esa decisión.
—¿Y esos medios fueron…?
—Una serie de siete informes médicos dados en forma
independiente, que fueron luego compuestos y ordenados por la Curia
en un documento final destinado a proyectar graves dudas sobre la
competencia mental de Su Santidad… ¿Es eso exacto?
Drexel vaciló un momento y luego asintió lentamente.
—Sí, es exacto. Dígame ahora, ¿qué sabe del papel que yo
desempeñé en este asunto?
—Entiendo, Eminencia, que si bien usted estaba en desacuerdo
con la decisión del Sacro Colegio, accedió sin embargo a servir de
emisario y llevarla personalmente al conocimiento del Pontífice.
—¿Sabe por qué mis colegas los cardenales llegaron a esa
decisión?
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—Sí.
Hubo un relámpago de duda en los ojos de Drexel, pero no
obstante continuó sin vacilar.
—¿Está de acuerdo con ella o no?
—Pienso que los medios que se usaron para llevar adelante esa
decisión fueron bajos: desnudo chantaje. En cuanto a la decisión
misma, debo reconocer que yo mismo me encuentro en un dilema.
—¿Y cómo expresaría ese dilema, amigo mío?
—El papa es elegido Supremo Pastor y Guardián del Depósito
de la Fe. ¿Es compatible ese cargo con el rol de profeta anunciando
una revelación privada, aun cuando esa revelación sea auténtica?
—De manera que usted sabe —dijo suavemente el Cardenal
Prefecto—, y, afortunadamente, comprende.
—Bien. ¿Y dónde nos deja eso, Eminencia?
—Nos enfrenta a un segundo dilema: ¿Cómo podemos probar si
la revelación es verdadera o falsa?
—Sus colegas ya resolvieron eso —dijo Mendelius en forma
cortante—. Juzgaron que estaba loco.
—No yo —dijo firmemente Antón Drexel—. Creía y continúo
creyendo, que su posición como pontífice era insostenible. La
oposición que se había levantado contra él era tan fuerte que no tenía
ninguna posibilidad de continuar ejerciendo el cargo. ¿Pero loco?
Jamás.
—¿Un profeta mentiroso tal vez?
Por primera vez, la máscara que era el rostro de Drexel,
traicionó sus emociones.
—Ha expresado usted un pensamiento terrible.
—Me pidió que lo juzgara, Eminencia. En consecuencia debo
tomar en consideración todos los veredictos posibles.
—Engañado sí, puede estar. Pero no es un mentiroso.
—¿Piensa que está engañado, que todo no es sino una ilusión
suya?
—Me gustaría poder creerlo. Porque todo sería entonces más
sencillo. Pero no puedo. Simplemente no puedo.
Bruscamente, tras la máscara, apareció el hombre real y Drexel
se vio tal cual era: un viejo león consciente de que estaba perdiendo
sus fuerzas. La angustia inscrita en aquella faz hizo surgir en
Mendelius una ola de simpatía, pero no obstante sabía que no podía
detener ni aminorar el ritmo de su propia investigación. Preguntó
firmemente.
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—¿En qué forma lo examinó usted, Eminencia? ¿Con qué
criterio?
—Con el único criterio que conozco: sometí a examen su
lenguaje, su conducta, sus escritos, el tono general de su vida
espiritual.
Mendelius rió ahogadamente.
—Acaba de hablar el sabueso de Dios.
Drexel sonrió ceñudamente.
—La herida aún sangra, ¿no es así? Admito que fuimos duros
con usted. Pero al menos es evidente que le enseñamos a
comprender los métodos. ¿Qué quiere saber primero?
—Fue condenado, finalmente, por aquello que escribió.
—Tengo una copia de la encíclica. ¿Bajo qué luz la leyó usted,
Eminencia?
—Obviamente la leí en forma errada. No me cabía la menor
duda de que tenía que ser suprimida. Pero también estoy de acuerdo
en que no contiene nada, absolutamente nada, que vaya en contra de
la tradición doctrinaria de la Iglesia. Hay interpretaciones que pueden
ser consideradas extremistas u osadas, pero ciertamente no
heterodoxas. Aun el problema de un poder ministerial recibido y
ejercido en virtud de una votación popular, en el caso de que la
ordenación del ministro competente, el Obispo, sea claramente
imposible, es un problema abierto y discutible por los católicos, si
bien suena delicado para los oídos romanos.
—Lo que nos lleva finalmente al carácter de su vida espiritual —
el tono de Mendelius traicionó una leve sugestión de ironía—. ¿Cómo
lo juzga usted, Eminencia?
Por primera vez una sonrisa dulcificó el duro rostro de Drexel.
—En todo caso ese carácter es muy superior al suyo, mi
querido Mendelius. Ha permanecido fiel a su vocación de sacerdote.
Ha sido siempre un hombre carente de todo egoísmo cuyos
pensamientos estuvieron dominados por la pasión de servir a Dios y a
las almas. En cuanto a sus pasiones humanas, supo mantenerlas bajo
control. En su alto cargo no dejó jamás de ser humilde y bondadoso.
Su cólera se dirigió siempre contra la malicia y nunca contra la
fragilidad. Aun ahora, al final, no injurió ni habló mal de sus
acusadores, sino que supo despedirse con dignidad y aceptó sin
quejas su nuevo rol de súbdito. El abad de Monte Cassino me informa
que su vida allá es un modelo de sencillez religiosa.
—Es también un modelo de silencio. ¿Cómo podría
compatibilizarse ese silencio con la obligación que él afirma haber
recibido de dar a conocer el advenimiento de la Parusía?
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—Antes de contestar a esa pregunta —dijo Drexel— creo
conveniente que aclaremos un hecho. Es obvio que él le escribió y le
envió una copia de la rechazada encíclica. ¿Correcto?
—Correcto.
—¿Eso ocurrió antes o después de su abdicación?
—Escribió la carta antes de su abdicación. Pero la recibí
después.
—Bien. Ahora permítame contarle algo que usted ignora.
Cuando mis hermanos los cardenales se sintieron seguros de haber
obtenido por fin el consentimiento de Gregorio para su abdicación,
quedaron convencidos de que habían quebrado su voluntad y de que
en consecuencia él estaría dispuesto a hacer lo que ellos dijeran. Por
eso trataron, en primer lugar, de incluir en el instrumento de
abdicación una promesa de silencio perpetuo sobre cualquier cuestión
que se relacionara con la vida pública de la Iglesia. Yo les dije
entonces que ellos no tenían ningún derecho, ni moral ni legal, para
exigir semejante promesa y que si persistían en hacerlo, yo estaba
dispuesto a enfrentarlos en una lucha a muerte. Manifesté que
renunciaría a mi cargo y haría una declaración pública contando en
detalle la lamentable historia. Entonces ensayaron una nueva táctica.
Su Santidad había aceptado entrar a la orden de San Benito y vivir
como un simple monje. Eso significaba que quedaba sujeto a la regla
de obediencia a su superior religioso. Mis hábiles colegas sostuvieron,
en consecuencia, que debían impartirse instrucciones al abad para
que, en virtud de sus votos, lo redujera al silencio.
—Conozco esa regla —dijo Carl Mendelius con fría cólera—.
Obediencia del espíritu. La peor forma de agonía que se puede
imponer a un hombre honesto. Hemos sido maestros de todas las
tiranías del mundo.
—Por eso mismo —dijo suavemente Drexel—, yo estaba
resuelto a que no la impusieran sobre nuestro amigo. Señalé que lo
que se intentaba era una intolerable usurpación del derecho de cada
hombre a actuar libremente bajo la guía de su propia conciencia y
que por firme y fuerte que fuera un voto no podía obligarlo a cometer
algo que él considerara errado o dañino ni tampoco acallar esa
conciencia en nombre de lo que otros consideraban bueno… Y una vez
más los amenacé con llevar todo el caso a la luz pública. Negocié mi
voto para el próximo Cónclave y di instrucciones al abad Andrew para
que él también, bajo pena de severas sanciones, si fallaba en esa
misión, protegiera la libertad de conciencia de su nuevo súbdito.
—No sabe cuánto me alegra oír esto, Eminencia —dijo
Mendelius grave y respetuosamente—. Es la primera luz que diviso en
este oscuro asunto. Pero aun así, eso no responde a mi pregunta: ¿A
qué se debe el silencio de Jean Marie? Tanto en la carta que me
dirigió cuanto en la encíclica habla de la obligación que tiene de
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proclamar ante todos la noticia que, insiste en ello, le ha sido
revelada.
Drexel no respondió inmediatamente. Lenta, casi
dolorosamente, se levantó de su silla, caminó hacia la ventana y
permaneció allí, una vez más, mirando hacia los jardines del
Vaticano. Cuando finalmente se dio vuelta, su rostro, como la vez
anterior, quedó en sombra; pero Mendelius no protestó. La voz del
hombre revelaba plenamente su evidente angustia.
—Pienso que su silencio se debe al hecho de que él está ahora
atravesando por una experiencia que es común a todos los grandes
místicos y que se ha llamado "la noche oscura del alma". Es un
período éste de total oscuridad, de aullante confusión, en que la
persona afectada se encuentra muy próxima a la desesperación,
cuando el espíritu, carente de todo apoyo humano o divino pareciera
sostenerse en el vacío. Es como una réplica de ese terrible momento
en que el mismo Cristo gritó: "Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?"… Esto es lo que el abad Andrew me ha hecho saber.
Y es por eso que él y yo hemos deseado hablar con usted antes
que se encuentre con Jean Marie… El hecho es, Mendelius, que yo
pienso que no le respondí, le fallé, porque traté de encontrar un
camino intermedio entre las admoniciones del espíritu y las
exigencias del sistema con el que había comprometido toda mi vida…
Espero, ruego para que usted resulte ser un amigo mejor de lo que
yo he sido.
—Habla de él como de un místico, Eminencia. Esto pareciera
confirmar que cree en su experiencia —dijo Carl Mendelius—. En
cuanto a mí, y por grande que sea el afecto para con él, no me siento
aún preparado para aceptar esto.
—Espero que usted le manifestará primero su afecto y dejará
las preguntas para después… ¿Tal vez querría tener la bondad de
llamarme después de su visita?
—Se lo prometo, Eminencia —Mendelius se levantó—. Gracias
por invitarme. Espero que me perdonará por haber sido algo rudo al
comenzar esta entrevista.
—No, rudo no, solamente robusto —el cardenal sonrió y le
extendió su mano—. En otros tiempos usted era mucho menos
razonable. El matrimonio le ha sentado bien.

Lotte y Hilde habían salido al Tivoli, de manera que Mendelius


se sentó frente a un solitario almuerzo en la Piazza Navona. Cuando,
aquella mañana, había abandonado el Vaticano, eran cerca de las
doce, así es que había decidido regresar a pie. Bajando por la Vía
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della Conciliazione se detuvo a mitad de camino y se dio vuelta para
echar una mirada a la gran Basílica de San Pedro con su columnata
circular que simbolizaba la misión universal de la Madre Iglesia.
Para millones de creyentes, éste era el centro del mundo, el
lugar de residencia del Vicario de Cristo, el sitio donde yacía la tumba
de Pedro el Pescador. Los primeros IBM que se lanzaran desde las
rampas soviéticas aniquilarían el lugar en cuestión de segundos. Una
vez que este símbolo visible de unidad, autoridad y permanencia
hubiera sido destruido, ¿qué sucedería con estos millones de fieles?
Habían sido condicionados, desde hacía ya tanto tiempo, para
considerar a este gastado edificio como la matriz del mundo y a su
jefe como el único y auténtico representante de Dios ante los
hombres que Mendelius se preguntó hacia quién volverían sus
miradas cuando la casa y el hombre hubieran sido reducidos a
reflejos en el pavimento.
No se trataba aquí de preguntas ociosas o vacías, sino de
posibilidades horriblemente inminentes —para Jean Marie Barette,
para Antón Drexel, para Carl Mendelius que conocía de memoria toda
la literatura apocalíptica y la veía diariamente reescrita en cada línea
de la prensa mundial. Sintió una oleada de pena por Drexel, viejo,
aún poderoso, pero despojado de todas sus certidumbres. Sintió pena
por todos ellos: cardenales, obispos, clérigos de la Curia, todos ellos
esforzándose por aplicar el Codees Hurís Canonice a un planeta loco
que giraba inconteniblemente hacia su propia destrucción.
Se dio vuelta y continuó su camino, abriéndose paso, como
despreocupado visitante a través de la multitud de peregrinos,
bajando luego por el Puente de Víctor Manuel y en seguida por el
Corso. En algún lugar, a lo largo de esta última calle, encontró un bar
con mesas dispuestas en la acera. Se sentó, pidió un Campari y se
dedicó a contemplar el espectáculo de la atareada calle.
Esta era la mejor estación del año en Roma, con la temperatura
aún suave, las flores frescas en los escaparates de las florerías, las
muchachas luciendo sus tintineantes abalorios veraniegos, las tiendas
repletas de chucherías para los turistas. Mientras se encontraba así,
observando distraídamente a los paseantes, le llamó la atención una
mujer joven, de pie cerca de un poste a unos pocos pasos a la
izquierda de donde él se encontraba. Llevaba unos estrechos
pantalones azules y una blusa de seda blanca que destacaba sus altos
y bien formados pechos. Un pañuelo rojo, amarrado en torno a su
cabeza, retenía hacia atrás sus cabellos negros y despejaba su rostro,
que semejaba el de una sureña, oliváceo y desdeñoso y que no
obstante, ahora que se hallaba en reposo, aparecía singularmente
bello como el de una calma Madonna. En una mano llevaba un diario
doblado y en la otra un bolso de cuero azul. Se diría que esperaba a
alguien. Mientras se hallaba así observándola, un pequeño Alfa rojo
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retrocedió hacia el espacio que quedaba libre cerca de ella. El
conductor estacionó torpemente con la nariz del auto apuntando
hacia el tránsito. Abrió la puerta y se inclinó hacia adelante para
hablar a la muchacha. Por un momento dio la impresión de estar
proponiéndole algo, pero la muchacha le respondió sin protestar, le
entregó su cartera, y, sosteniendo aún el diario, se dio vuelta para
enfrentar la acera. El conductor esperó, con la puerta abierta y el
motor andando.
Unos pocos minutos después, un hombre de mediana edad,
muy bien vestido y llevando un portadocumentos de cuero, apareció,
bajando ágilmente a lo largo del Corso. La muchacha dio un paso
adelante y le dirigió la palabra sonriendo. El se detuvo, como
sorprendido, luego asintió y dijo algo que Mendelius no alcanzó a oír.
La muchacha le disparó tres veces en la ingle, tiró el diario a una
alcantarilla y saltó dentro del auto que salió disparado a través del
Corso. Por un brevísimo momento, bajo el impacto de la impresión,
Mendelius permaneció inmóvil, pero luego, recobrándose, se lanzó
hacia la víctima caída en el suelo y con sus puños cerrados apretó la
ingle del hombre, tratando de contener el chorro de sangre que
brotaba de la arteria femoral. Se encontraba aún allí cuando la policía
y la ambulancia se abrieron paso a través de la multitud para hacerse
cargo del herido.
Un policía dispersó a los asombrados mirones y a los fotógrafos.
Un barrendero limpió la sangre del pavimento. Un hombre vestido de
civil empujó a Mendelius adentro del bar y un camarero trajo agua
caliente y servilletas para limpiar sus ensangrentadas ropas. El
propietario ofreció un whisky como atención de la casa. Mendelius lo
bebió agradecido, mientras hacía sus primeras declaraciones. El
investigador, un milanés con un rostro tan carente de expresión como
el de un jugador de póquer, la dictó inmediatamente por teléfono a su
cuartel general. Luego regresó a la mesa al lado de Mendelius y se
sirvió un whisky.
—…Ha sido una gran ayuda profesor. La descripción de la
asaltante, el detalle tan bien observado de lo que vestía, constituyen
elementos muy útiles en esta primera fase de la investigación… Me
temo, sin embargo, que tendré que pedirle que me acompañe al
cuartel general para que revise algunas fotografías y tal vez, incluso,
trabaje con un artista para hacer un identikit.
—Por supuesto. Pero, si fuera posible, preferiría hacerlo esta
tarde. Creo haberle explicado que tengo algunos compromisos.
—Perfecto. En cuanto termine su bebida lo llevaré adonde me
indique.
—¿Quién era la víctima? —preguntó Mendelius.
—Se llama Malagordo. Es uno de nuestros más antiguos
senadores, socialista y judío… Un sucio asunto, y cada semana esto
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se está poniendo peor.
—Parece tan sin sentido. Una barbaridad completamente
gratuita.
—Gratuita sí. Pero sin sentido, eso sí que no. Esta gente está
dedicada a crear la anarquía, es decir a provocar la clásica y total
quiebra del sistema por la destrucción de la confianza pública… Y
cada día nos acercamos más al punto de ruptura. Tal vez le cueste
creer lo que le voy a decir, profesor, pero es la verdad. Por lo menos
veinte personas presenciaron el asalto de hoy, pero me atrevería a
apostar mi sueldo del mes a que su testimonio será el único que nos
dirá algo concreto… y usted es un extranjero. Los otros tienen que
vivir en esta suciedad, pero no levantarán un dedo para ayudar a
limpiarla. De manera que —levantó los hombros con cansada
resignación— en fin de cuentas tienen el país que merecen… Lo que
me recuerda, a propósito, que usted debe prepararse para ver su
fotografía y su nombre publicados en todos los periódicos.
—Es lo último que necesito —dijo Mendelius sombríamente.
—También puede resultar peligroso —dijo el detective— usted
será identificado como el testigo clave.
—Y en consecuencia como el blanco lógico del próximo ataque.
¿Es eso lo que está tratando de decirme?
—Me temo que sí, profesor. Comprenda que esto es un juego
de propaganda, teatro negro, donde es preciso derribar al líder,
porque la muchacha de la boletería carece de todo valor para la
publicidad… Si admite que le dé un consejo, váyase de Roma y mejor
aún, de Italia.
—Debo quedarme aquí por lo menos una semana más.
—Tan pronto como pueda, entonces. Y entretanto, cambie de
dirección. Múdese a uno de esos grandes hoteles donde suelen
reunirse los turistas. Use otro nombre. Podemos arreglar fácilmente
el problema de su pasaporte.
—No creo que nada de eso sirviera de mucho. Tengo que dar
unas conferencias en la Academia Alemana. De manera que
continuaré estando expuesto.
—Nada puedo decirle, entonces —el detective se encogió de
hombros y sonrió—, excepto que se cuide, que varíe su rutina y que
no hable a bellas muchachas que se acerquen a usted en el Corso.
—¿Hay alguna posibilidad de protección policial, al menos para
mi esposa?
—Ninguna. Estamos desesperadamente necesitados de
hombres. Puedo darle, sí, el nombre de una agencia que arrienda
guardaespaldas; pero cobran precios millonarios.
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—Al infierno entonces con ellos —dijo Mendelius—. Vamos a ver
esas fotografías.
Mientras se abrían paso en el automóvil policial a través del
caos del mediodía romano, Mendelius continuaba sintiendo en sus
narices el olor de la sangre en su ropa. Esperaba que Lotte hubiera
disfrutado de un buen almuerzo en el Tivoli. Deseaba que ella gozara
con estas vacaciones, porque temía que el futuro no les deparara
muchas más.
Tarde aquel día, al tiempo que esperaba el regreso de Lotte y
Hilde, se sentó en la terraza y escribió un memorándum para
Anneliese Meissner. Enumeró sucintamente los hechos nuevos que
había sabido por Georg Rainer y por el Cardenal Drexel y solamente
cuando hubo terminado, añadió sus propios comentarios.
"…Rainer es un periodista sobrio y objetivo. La
evidencia médica que proporcionó, a pesar de venir de
segunda mano, probó ser efectiva. Evidentemente Jean
Marie Barette ha estado sometido a una gran tensión, tanto
física como mental. Pero también es claro que no había
consenso respecto de su incapacidad. Para usar las propias
palabras de Rainer: si hubieran querido conservarlo como
papa, hubiera bastado darle la oportunidad de un descanso
decente y reducir su carga de trabajo.
"… Quedé sorprendido por el punto de vista del
cardenal Drexel. Recuerde que yo estuve, bajo el escrutinio
implacable de la inquisición y lo conocía muy bien como un
dialéctico tan formidable cuanto incansable. No obstante,
aun en nuestros peores momentos, jamás dude de su
honradez intelectual. Me encantaría verlos, a usted y a él,
trenzados en un debate público. Sería sin duda una
representación fuera de serie. El rechaza, en forma
absoluta, toda idea de insania o de fraude por parte de Jean
Marie. Incluso va más allá porque lo eleva a la categoría de
los místicos como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y
Catalina de Siena. Por inferencia, entonces, aunque no
explícita ni categóricamente, Drexel aparece prestando fe a
la autenticidad de la experiencia visionaria de Jean Marie.
De manera que ahora, el escéptico, o más bien el agnóstico,
soy yo…
"…El próximo miércoles, o jueves, espero ver a Jean
Marie. Tenga por seguro que enviaré a mi asesor una
detallada y fiel cuenta de la entrevista. Estoy anticipando,
con agrado se lo confieso, mi primera conferencia en la
Academia, que tendrá lugar mañana. Los Evangélicos
constituyen una secta muy interesante cuya forma de vida
me parece admirable. Y sé de lo que hablo, ya que Tübingen
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ha sido siempre uno de los centros de la tradición Pietista,
que tanta influencia ha tenido en Inglaterra como en los
Estados Unidos… Pero olvido que usted carece de oídos para
esta clase de música… No importa. Confío en usted y estoy
muy contento de que sea mi Beisitzer. Desde esta
maravillosa, pero actualmente un tanto siniestra ciudad, le
envío mi más afectuoso recuerdo. Auf Widersehen".

Cuando entró en el recinto donde tendría lugar la conferencia,


descubrió que el público ya se encontraba sentado. La audiencia se
componía de veinte pastores evangélicos, la mayor parte de los
cuales apenas sobrepasaba los treinta años, de una docena de
esposas, de tres diaconisas y de media docena de miembros de la
comunidad Waldensiana de Roma, invitados especiales de Herman
Frank. El conjunto de oyentes proporcionó a Mendelius una agradable
sensación de comodidad. La facultad de Teología de Tübingen había
hecho las veces de invernadero para el movimiento Pietista en la
Iglesia Luterana y Mendelius siempre se había sentido atraído por el
énfasis que ponía el movimiento en la devoción personal y en los
trabajos de caridad pastoral. En cierta ocasión había escrito un largo
ensayo sobre la influencia de Philipp Jakob Spener y el "Colegio de
Piedad" que había fundado en Frankfurt en el siglo diez y siete.
Cuando terminó la presentación de Herman Frank y se acallaron
los aplausos, Mendelius ocupó el atril de profesor, colocó sus papeles
frente a él y comenzó a hablar, tranquila e informalmente.
—Existen dos formas de considerar la doctrina de los últimos
días. Cada una de ellas es radicalmente diferente de la otra. La
primera podría llamarse la "visión consumativa". La historia humana
terminará. Cristo vendrá por segunda vez, en gloria y majestad, a
juzgar a los vivos y a los muertos.
La segunda forma es la que yo llamo la "visión modificadora"…
La creación continúa, pero modificada por el hombre, que esta vez
trabajaría, de acuerdo con su Creador, para la realización de una
plenitud de perfección que solamente puede ser expresada por medio
de símbolos o de analogías. En esta segunda visión, Cristo está
siempre presente y la Parusía expresa la Revelación final de Su
Presencia creadora… Ahora me interesaría saber cuál es el punto de
vista de ustedes. ¿Qué le enseñan a su gente sobre la doctrina de los
últimos días? Al que desee contestar le ruego levantar la mano y
decir su nombre y su lugar de origen… Usted señor, en la segunda
fila…
—Alfred Kessler, de Colonia… —El que había pedido la palabra
era un muchacho bajo y robusto, de barba cuadrada—. Creo en la
continuidad y no en la consumación del Cosmos. Para el individuo, la
consumación consiste en la muerte y en la unión con su Creador.
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—¿Entonces, pastor, cómo interpreta las Escrituras para sus
fieles? Les enseña las Escrituras como la Palabra de Dios, por lo
menos, así presumo que lo hace. ¿Cómo interpreta sobre este tema,
la Palabra para ellos?
—Como un misterio, Herr Professor: como un misterio que,
bajo la influencia y la ayuda de la Gracia Divina va lentamente
develando su significado para cada individuo en particular.
—¿Podría aclarar ese punto, tal vez expresarlo como suele
hacerlo con su comunidad?
—Habitualmente uso el siguiente razonamiento: el lenguaje es
un instrumento de fabricación humana y en consecuencia,
imperfecto. Cuando las palabras fallan o faltan, la música suele
ocupar su lugar. A menudo, un simple contacto de la mano puede
decir más que una cantidad de palabras. Uso el ejemplo de la
consumación personal de cada hombre. Instintivamente, tememos a
la muerte. Y sin embargo, como cada uno de nosotros lo sabe a
través de su trabajo pastoral, el hombre poco a poco se familiariza
con la muerte, se prepara, inconscientemente, para su venida, va
aprendiendo a comprenderla a través del universo que lo rodea, una
flor que cae y al hacerlo esparce su semilla que el viento lleva, el
renacimiento de la primavera… En este contexto, la doctrina de los
últimos días resulta, si no comprensible, por lo menos más conforme
a la experiencia tanto física como psíquica.
—Gracias, pastor. El próximo…
—Petrus Allmann, de Darmstadt —esta vez se trataba de un
hombre de más edad—. Estoy en completo desacuerdo con mi colega.
El lenguaje humano es imperfecto, verdad, pero Cristo Nuestro Señor
lo usó. Pienso que es un grave error atribuir una especie de doble
sentido a las palabras que El pronunció. A este respecto la Escritura
es absolutamente clara. —Citó solemnemente—: "Inmediatamente
después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la
luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y las fuerzas
de los cielos serán sacudidas. Entonces aparecerá en el cielo la señal
del Hijo del Hombre…"' ¿Y qué significan esas palabras sino el anuncio
de la consumación del fin de todas las cosas temporales?
Sorpresivamente, una parte de la audiencia prorrumpió en
aplausos. Mendelius esperó unos minutos y luego sonriendo con buen
humor levantó la mano pidiendo silencio.
—De manera que ahora, señoras y señores, ¿hay alguien que
esté dispuesto a dirimir la contienda entre estos dos hombres de
buena voluntad?
Esta vez fue una mujer de cabello gris quien levantó la mano.
—Soy Alicia Herschel, diaconisa, de Heidelberg. No creo que
tenga mucha importancia saber quién de mis colegas tiene la razón.
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En los países musulmanes donde trabajé como misionera, aprendí a
decir Inshallah. La voluntad del Señor, cualquiera que ella sea,
siempre terminará por cumplirse, no obstante las diversas formas en
que los hombres lean Sus intenciones. El Pastor Allmann acaba de
citar el capítulo XXIV de San Mateo; pero en el mismo capítulo hay
otro versículo que dice: "Mas, de aquel día y hora, nadie sabe nada,
ni los Ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre".
Era una mujer impresionante y sus palabras fueron recibidas
con nutridos aplausos. A continuación habló un joven de Frankfurt.
Esta vez fue él quien dirigió una pregunta a Mendelius:
—¿Cuál es su posición frente a este problema, Herr Professor?
Le habían hecho la pregunta precisa, que por lo demás él había
anticipado que le harían y, en el fondo, agradeció verse así forzado a
definirse. Se recogió en silencio por unos minutos y luego procedió a
diseñar su posición.
—Como saben, yo fui ordenado sacerdote en la Iglesia Católica
Romana. Sin embargo, más tarde dejé ese ministerio y concentré mis
esfuerzos en un trabajo académico. Es así como, y por un largo
tiempo, me he visto absuelto de la obligación de llevar adelante una
interpretación pastoral de la Escritura. Ahora continúo siendo un
cristiano confeso, pero soy un historiador, dedicado a un estudio
puramente histórico de documentos bíblicos y patrísticos. En otras
palabras examino lo que ha sido escrito en el pasado a la luz de
nuestro conocimiento de ese pasado… De manera que, en tanto que
profesional, no estoy en condiciones de afirmar o negar la verdad o
falsedad de los escritos proféticos sino que solamente soy
competente para hablar de su origen y autenticidad.
Reinaba ahora un profundo silencio. Su auditorio había
aceptado su renuencia a tomar partido pero si soslayaba o evitaba
dar un testimonio personal sabía que sería a su vez rechazado por
sus oyentes. El conocimiento no les bastaba. Como verdaderos
Evangélicos que eran exigían que ese conocimiento fructificara por la
palabra y en la acción. Mendelius continuó.
—Por temperamento y disciplina académica me he inclinado
siempre a interpretar el futuro en términos de continuidad,
modificación, cambio. No logro reconciliarme con la idea de
consumación… Ahora, sin embargo, me siento más inclinado de lo
que nunca he estado antes, a considerar que la consumación es
posible. En efecto, la humanidad, y ese es un hecho experimental,
tiene hoy en su poder todos los medios para crear una catástrofe de
tales dimensiones como para que la vida humana, tal como la
conocemos, se extinga en el planeta. Y dado que existen otros hechos
experimentales de la capacidad del hombre para el mal y la
destrucción, enfrentamos en estos momentos la temible perspectiva
de la inminencia de la consumación…
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Un contenido suspiro, claramente audible, brotó de la
audiencia. Mendelius terminó con un breve comentario:
—…La cuestión de discernir si es sabio u oportuno difundir, en
estos momentos, un mensaje como éste, pertenece ya a otro orden
de problemas y confieso que, ahora mismo, me siento incompetente
para resolver el dilema.
Hubo un momento de silencio y luego un pequeño bosque de
manos emergió del auditorio. Antes de continuar con las preguntas
Mendelius alcanzó su vaso de agua y bebió un largo sorbo del líquido.
Y bruscamente, la incongruente visión de Anneliese Meissner pareció
erguirse ante él, mirándolo agudamente a través de sus gruesos
lentes, con una sonrisa iluminando su fea cara. Casi podía oírla dando
su burlón veredicto.
—Se lo advertí, Carl, ¿no es así? ¡Locura de Dios! Usted nunca
terminará de recuperarse de ella.
Se había planeado que la sesión finalizara al mediodía, pero la
discusión resultó tan animada que era casi la una cuando Mendelius
logró por fin escapar al estudio de Herman Frank para beber algunos
tragos antes del almuerzo. Herman se deshizo en alabanzas, pero
Mendelius, mirando los titulares de los diarios dispersos sobre el
escritorio, se sintió casi desgraciado.
Los comentarios de la prensa abarcaban toda la gama, desde lo
extravagante hasta lo malicioso: "héroe del Corso"; "distinguido
académico presencia un asalto"; "ex-jesuita, testigo clave contra las
brigadas terroristas". En cuanto a las fotografías, eran lóbregas:
Mendelius, con las ropas salpicadas de sangre, arrodillado al lado de
la víctima; Malagordo alzado dentro de la ambulancia; Mendelius y el
detective absortos en una conversación entre dos vasos de whisky.
Había también un retrato identikit de la asesina, cuidadosamente
rotulado: "Impresión de la asesina por el profesor Carl Mendelius de
la Universidad de Tübingen…" El conjunto había sido orquestado de
acuerdo al estilo teatral de los italianos: grandilocuente horror, alto
heroísmo y pesada ironía… "El hecho de que un senador judío deba la
vida a un historiador alemán no carece de cierta justicia poética…"
—¡Dios Todopoderoso! —Mendelius estaba pálido de ira—. Me
han colocado en la posición exacta de un pato de feria, listo para
servir de blanco a los tiradores domingueros.
Herman Frank asintió tristemente.
—Es un feo asunto, Carl. La Embajada acaba de llamar para
advertirle que existen fuertes lazos y conexiones entre los terroristas
italianos y los grupos similares alemanes.
—Lo sé. Creo que ya no nos será posible continuar viviendo en
su casa. Le ruego que llame de vuelta a la Embajada y que consiga
de ellos que usen de su influencia a fin de obtener para nosotros dos
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cuartos en alguno de los mejores hoteles, el Hassler, tal vez, o el
Grand… Por ningún motivo deseo exponerlos, a usted y a Hilde a
ningún tipo de peligro por culpa mía.
—¡No, Carl! No estoy dispuesto a inclinarme y ceder ante este
tipo de amenaza y sé que Hilde estará de acuerdo conmigo.
—¡Herman, se lo ruego! No es el momento para actos heroicos.
—No se trata de actos heroicos, Carl —Herman se veía
sorprendentemente resuelto—. Es simple sentido común. Rehúso vivir
escondido bajo tierra como un topo. Eso es precisamente lo que estos
bastardos están tratando de obtener. Además, será sólo por una
semana. Las muchachas pueden ir a Florencia, tal como lo han
planeado. Y un par de viejos percherones como nosotros bien pueden
ser capaces de cuidar de sí mismos.
—Pero escúcheme…
—Nada de "peros", Carl. Conversemos del asunto con las
muchachas a la hora del almuerzo y veamos lo que dicen.
—Muy bien. Gracias, Herman.
—Gracias a usted, amigo mío. La conferencia de esta mañana
representó un triunfo muy especial para mí. En todos los años que
llevo aquí en la Academia, jamás me había tocado presenciar un
debate tan animado. Sus auditores bullen de impaciencia esperando
el momento de la próxima sesión… ¡Oh, casi se me olvida! Hubo dos
llamados telefónicos para usted. Uno de ellos era del cardenal Drexel.
Estará en su escritorio hasta la una y media. El otro fue de la esposa
del senador Malagordo. Desearía que usted la llamara al hospital
Salvator Mundi… Aquí tiene los números. Haga los llamados ahora y
así podrá olvidarse de ellos. Me gustaría que disfrutara del almuerzo.
Mendelius marcó el número de Drexel sintiéndose un tanto
perdido. El problema de la discreción era esencial para el Vaticano.
Bien podía ser que Drexel viera en la amenaza suspendida sobre la
vida privada de Mendelius, una amenaza consiguiente sobre la vida
privada de Jean Marie Barette. Se sorprendió al descubrir que el viejo
guerrero estaba cordial y solícito.
—¿Mendelius…? Presumo que ya ha leído los diarios de esta
mañana.
—Así es, Eminencia. Justamente acabo de conversar sobre ellos
con mi huésped. Una molestia, por decir lo menos.
—Tengo una sugestión que hacerle. Espero que la acepte.
—Me sentiría dichoso de considerarla, Eminencia.
—Me gustaría que dispusiera, por el resto de los días que
pasará aquí, de mi auto y de mi chofer. El se llama Francone y fue
carabinero. Es un experto en todo lo referente a la seguridad personal
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de quien esté bajo su cuidado, es alerta y muy capaz.
—Es mucha bondad de su parte, Eminencia, pero me parece
que no puedo aceptar.
—Yo creo que sí puede. Es más, creo que debe aceptar. He
invertido una gran dosis de interés en que se mantenga a salvo,
amigo mío. Y me propongo proteger mi inversión. ¿Dónde se
encuentra ahora?
—En la Academia. Regresaré a casa de Frank para almorzar
allá. La dirección es…
—Tengo la dirección. Francone se presentará a las cuatro y
permanecerá a su disposición por el resto de su esta… Y no discuta
conmigo ahora. No podemos permitirnos perder al héroe del Corso,
¿no es así…?
Fue con un aliviado corazón que Mendelius marcó el siguiente
número, el del Hospital Salvator Mundi y pidió hablar con la esposa
del senador Malagordo. Lo comunicaron primero con una monja
alemana de modales bastante bruscos y luego con un agente de
seguridad. Después de un largo silencio, la mujer del senador llegó
por fin al teléfono. Deseaba, dijo, darle las gracias por haber salvado
la vida del senador. Estaba seriamente herido pero su condición se
había estabilizado y tan pronto como estuviera en condiciones de
recibir visitantes, le agradaría ver al profesor con el fin de agradecerle
personalmente lo que había hecho por él. Mendelius prometió llamar
a fines de la semana, agradeció la cortesía del llamado y colgó. En
cuanto se enteró de las noticias, Herman Frank retornó a su habitual
modo alegre.
—¡Ve usted, Carl! Ese es el otro lado de la medalla. La gente es
buena y generosa. Y el cardenal es un viejo zorro muy sagaz. Tal vez
usted lo ignore, pero el Vaticano tiene un equipo de agentes de
seguridad extremadamente capaces y duros, carentes por completo
de inhibiciones, y siempre dispuestos a romper cabezas en servicio de
Dios. Obviamente, este Francone es uno de ellos. Me siento mejor
ahora, mucho mejor. Vamos a casa a almorzar.
Durante el almuerzo, Lotte, muy quieta, casi no habló, pero en
cuanto los Frank se retiraron para su habitual siesta y ella se
encontró sola con Carl, dejó muy en claro su posición.
—No pienso ir a Florencia, Carl, ni a Ischia, ni a ningún otro
lugar fuera de Roma, a menos que tú me acompañes. Si estás en
peligro, quiero compartirlo contigo. De otro modo sentiría que no soy
sino un mueble más en tu vida.
—Por favor, schatz, te ruego que seas razonable. No necesitas
probarme nada.
—¿Has pensado alguna vez que acaso deba probármelo mí
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misma?
—Por el amor de Dios, ¿por qué?
—Porque desde que nos casamos yo he disfrutado solamente
del lado cómodo y agradable de la vida, primero como mujer de un
distinguido académico y luego como Frau Professor en Tübingen.
Nunca he tenido que preocuparme ni pensar demasiado acerca de
nada, salvo en cuidar a mis hijos y llevar la casa… y siempre tú has
estado allí, como un fuerte y poderoso muro que me ha protegido de
todos los vientos. Nunca he tenido que medirme a mí misma sin ti.
Nunca he tenido una rival. Todo eso ha sido ciertamente maravilloso,
pero ahora, cuando miro a las otras mujeres de mi edad, me siento
inadecuada para estos tiempos.
—No existe ningún motivó por el cual debas sentirte
inadecuada. ¿Crees tú que habría sido posible para mí llevar adelante
mí carrera académica sin ti, sin el hogar que tú me has dado y todo el
amor con que lo has llenado?
—Sí, creo que sí, en eso te he ayudado. Tu carrera habría sido
de todos modos brillante, aunque tal vez de manera diferente. No
eres un académico encerrado en sus libros, limitado por ellos, sino
que además eres un aventurero. ¡Oh sí! Te he visto deseoso de
emprender aventuras y, atemorizada, te he cerrado la puerta. Pero
ahora deseo conocer a ese aventurero y gozar con él antes que sea
demasiado tarde.
Rompió a llorar con unas quietas y tiernas lágrimas.
Mendelius extendió los brazos y reclinándola sobre él, comenzó
a acariciarla tiernamente.
—…No hay ningún motivo para estar triste, schatz. Estamos
juntos y yo no quiero ni intento echarte de mi lado. Lo que sucede es
que ayer, súbitamente, vi de frente la cara desnuda del mal. Aquella
muchacha, que no puede tener muchos más años que Katrin, tenía el
rostro de una Madonna de Dolci. Y sin embargo disparó a sangre fría
contra un hombre, no para matarlo, sino para destruir su
masculinidad… Yo no querría verte expuesta a ese tipo de crueldad.
—Pero de hecho lo estoy, Carl. Estoy tan expuesta como tú
porque formo parte de ti. Cuando Katrin partió a París con su Franz,
deseé fervorosamente ser joven de nuevo y estar partiendo contigo,
así como lo estaba haciendo ella con su amor. Y estuve celosa,
porque ella tenía ahora algo que yo nunca tuve. Cuando tú y Johann
discutían, una parte de mi ser se alegraba con ello, porque eso
significaba que después él vendría a mí. El era como un joven amante
con el cual yo me sentía capaz de despertar celos en ti… ¡Ya está! Lo
dije, y si tú me odias por lo que he dicho, nada puedo hacer ya.
—No puedo odiarte, schatz. Mis enojos contigo nunca han
podido durar, bien lo sabes.
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—Supongo que eso también forma parte del problema. Porque
yo lo sabía y quería que tú pelearas conmigo.
—Pero aun así no pelearé contigo, Lotte —se tornó súbitamente
sombrío y lejano—. ¿Sabes por qué? Porque durante toda la primera
época de mi vida estuve atado, cierto que por mi propia voluntad,
pero no obstante atado. Y cuando rompí aquella servidumbre y me
sentí nuevamente libre aprecié de tal manera esa libertad que nunca,
desde entonces, he sido capaz de imponer ningún tipo de poder sobre
nadie… Deseo tener una compañera, no una muñeca.
Yo veía lo que estaba sucediendo, pero mientras no lo vieras tú
misma y desearas cambiarlo, yo nada podía hacer, porque nunca he
querido forzarte a nada. No sé si esto ha sido para bien o para mal,
pero es así como yo lo veo y lo siento.
—¿Y ahora, Carl? ¿Qué sientes ahora?
—Estoy asustado —dijo Carl Mendelius—, temeroso de lo que
puede estar aguardándonos allá afuera en las calles; y aún más
temeroso de lo que puede suceder cuando yo me haya reunido con
Jean Marie.
—Mi pregunta se refería a nosotros, a ti y a mí.
—Es precisamente de eso de lo que estoy hablando, schatz.
Cualquier paso que demos ahora entraña un riesgo. Y yo deseo que
tú estés a mi lado, pero no para demostrarnos mutuamente nada,
porque eso sería como tener relaciones sexuales únicamente para
demostrar que podemos hacerlo… Puede ser magnífico, pero está
muy lejos del amor. En resumen, depende de ti, schatz.
—Hay infinitas formas de decirlo, Carl. Te amo. De ahora en
adelante, donde tú estés, ahí estaré yo.
—Dudo que los monjes te ofrezcan una cama en Monte
Cassino; pero fuera de eso, ¡espléndido! Estaremos siempre juntos.
—Me parece bien —dijo Lotte con una sonrisa—. Y ahora, Herr
Professor, venga a la cama. Es el lugar más seguro de Roma.
En principio la idea parecía excelente, pero antes que les fuera
posible llevarla a la práctica, la criada golpeó a la puerta para
anunciar que Georg Rainer llamaba desde su escritorio del Die Welt.
Rainer parecía de buen humor, pero sus palabras fueron cortantes,
precisas y en estricto tono de negocios.
—Usted se ha transformado en un hombre célebre ahora, Carl.
Necesito una entrevista para mi diario.
—¿Cuándo?
—Ahora, inmediatamente, por teléfono. Para que la entrevista
alcance a salir en la próxima edición dispongo de muy poco tiempo.
—Adelante.
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—No tan rápido, Carl. Somos amigos de un amigo común, de
manera que por esta vez, una sola vez, le daré las reglas básicas de
una entrevista mía. Si no desea responder, puede negarse a hacerlo.
Pero no me diga nada en confidencia. Imprimiré todo lo que me diga.
¿Queda claro?
—Claro.
—Estoy grabando esta conversación con su consentimiento. ¿De
acuerdo?
—De acuerdo.
—Comenzamos. Profesor Mendelius, la rapidez y eficiencia de
su acción de ayer salvó la vida del senador Malagordo. ¿Cómo se
siente en el papel de una celebridad internacional?
—Muy incómodo.
—Algunos diarios han juzgado en forma bastante provocativa
su acto de misericordia. Uno de ellos lo llama,"héroe del Corso".
¿Cómo se siente respecto a eso?
—Avergonzado. No hice nada heroico. Simplemente apliqué una
forma elemental de primeros auxilios.
—¿Y qué piensa de este título "Ex jesuita testigo clave contra
las brigadas terroristas"?
—Eso es una exageración. Presencié el crimen y lo describí a la
policía. Presumo que debe haber muchos otros testimonios.
—Usted dio también una descripción completa de la muchacha
que disparó.
—Sí.
—¿Fue una descripción precisa y detallada?
—Sí.
—¿Al dar esta evidencia, sintió que estaba aceptando un gran
riesgo?
—Si hubiera callado, habría asumido un riesgo mucho mayor.
—¿Por qué?
—Porque la violencia florece cuando los hombres temen hablar
y actuar contra ella.
—¿Teme ahora las represalias posibles, profesor?
—No tengo temor. Pero sí estoy preparado.
—¿Cómo se ha preparado?
—Sin comentarios.
—¿Está armado? ¿Le han dado protección policial, un
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guardaespaldas?
—Sin comentarios.
—¿Algún comentario sobre el hecho de que usted es alemán y
de que el hombre cuya vida salvó es judío?
—Jesucristo Nuestro Señor era judío. Me siento dichoso de
haber podido servir a alguien de Su mismo pueblo.
—Y sobre otro asunto, profesor. Entiendo que su conferencia de
esta mañana en la Academia Alemana fue bastante dramática.
—Fue muy bien recibida por el auditorio. Yo no la llamaría
dramática.
—El informe que tenemos sobre ella dice así: "Un miembro del
auditorio preguntó al profesor Mendelius si creía que el fin del mundo,
tal como había sido anunciado en la Biblia, era una posibilidad real y
el profesor Mendelius replicó que no sólo era una posibilidad sino una
inminente probabilidad".
—¿De dónde diablos sacó esa información?
—Tenemos buenas fuentes, profesor. ¿Ese informe es
verdadero o falso?
—Es verdadero —dijo Mendelius—. Pero ruego a Dios que usted
no publique eso.
—Le expliqué las reglas básicas, amigo mío; pero si desea
ampliar su declaración tendré el mayor placer en citarlo
textualmente.
—No puedo, Georg. Por lo menos no ahora.
—¿Y qué significa eso, profesor? ¿Tan en serio se toma a sí
mismo?
—En este caso, sí.
—Mayor razón aún para imprimir el informe.
—¿Qué tal periodista es usted Georg? ¿Bueno?
—Lo estoy haciendo bastante bien, ¿no le parece? —la risa de
Rainer resonó en el teléfono.
—Hagamos un convenio, Georg.
—Nunca hago convenios. Bueno, casi nunca. ¿En qué está
pensando?
—No publique esta información sobre el fin del mundo y a
cambio yo le daré una noticia mucho más importante.
—¿Sobre el mismo tema?
—Sin comentarios.
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—¿Cuándo?
—Dentro de una semana.
—Eso cae en viernes. ¿Y qué espera darme para entonces? ¿La
fecha de la Segunda Venida?
—Un almuerzo en el restaurante de Ernesto.
—¿Y una historia exclusiva?
—Se lo prometo.
—Bien. Tiene usted su pacto.
—Gracias, Georg.
—Y yo todavía tengo la grabación para recordar lo que hemos
convenido. Auf Wiedersehen, Herr Professor.
—Auf Wiedersehen, Georg.
Cortó la comunicación y permaneció allí, pensativo y perplejo
bajo la indiferente mirada de los cervatillos y pastores que lo
contemplaban desde el cielorraso. Involuntariamente había penetrado
en un campo minado. Un solo paso descuidado más que diera y
explotaría bajo sus pies.
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CAPITULO 4

Domenico Giuliano Francone, chofer y hombre de confianza de


Su Eminencia, era, tanto en su aspecto exterior como en su carácter,
un original. Su estatura sobrepasaba el metro ochenta, con un cuerpo
de atleta, una sonriente faz de chivo y un mechón de cabellos rojos
diligentemente teñidos. Proclamaba tener sólo cuarenta y dos años,
pero la verdad era que sobrepasaba ampliamente los cincuenta.
Hablaba un alemán que había aprendido en los Guardias Suizos, un
atroz francés de Génova, inglés con acento americano e italiano con
sonsonete sorrentino.
Su historia personal era una letanía de variables. Había
participado como aficionado en competencias de lucha libre, había
sido campeón ciclista, sargento en el cuerpo de Carabinieri, mecánico
en el equipo de carreras de Alfa, notable bebedor y mujeriego hasta
que, después de la muerte de su esposa había descubierto la religión
y asumido el cargo de sacristán en la iglesia titular de Su Eminencia.
Su Eminencia, impresionado por su laboriosidad y devoción —y
posiblemente por su buen humor— lo había promovido a un puesto
de relativa confianza en su casa particular. Debido a su
entrenamiento policial, a su habilidad como chofer, a su conocimiento
de las armas y a su experiencia en combates cuerpo a cuerpo había
llegado a ser casi por derecho propio, el guardaespaldas de Su
Eminencia. En estos duros e incrédulos tiempos, aun un Príncipe de la
Iglesia nunca estaba totalmente a salvo de las amenazas de los
terroristas, y si bien es cierto que un hombre de la Iglesia no se
atrevería a demostrar miedo, el gobierno italiano no hacía ningún
secreto de sus propios temores y pedía, en consecuencia, algunas
elementales medidas de precaución.
Todo esto y mucho más fue elocuentemente desarrollado por
Domenico Francone en la tarde del sábado, mientras conducía el
automóvil que llevaba a los Mendelius y a los Franks en una excursión
a las tumbas etruscas de Tarquinia. Una vez que sintió que su
autoridad quedaba así perfectamente establecida, procedió a delinear
para sus pasajeros las indispensables reglas de conducta.
—…Soy responsable ante Su Eminencia por la seguridad de
ustedes. De manera que les ruego que hagan lo que yo les diga y que
lo hagan sin discutir. Si les digo que se agachen, esconden sus
cabezas, si manejo como un loco, se afirman lo mejor que puedan y
no hacen preguntas. Cuando entren a un restaurante, seré yo quien
elija la mesa. Si usted, profesor, sale a pie por Roma, espera hasta
que yo haya estacionado el auto y esté en condiciones de seguirlo…
En esta forma pueden continuar pensando en sus asuntos y dejarme
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a mí la preocupación por su seguridad. Conozco perfectamente la
manera de actuar de estos mascalzoni…
—Tenemos plena confianza en usted —dijo Mendelius
amablemente—, pero ¿hay alguien siguiéndonos ahora?
—No, profesor.
—Entonces tal vez querría usted ir un poco más despacio, las
señoras disfrutarían si pudieran ver algo del paisaje.
—Por supuesto. Mil perdones… Esta es una zona muy histórica,
llena de tumbas etruscas. Como saben, hay una prohibición de hacer
excavaciones sin los debidos permisos, pero en una cantidad de sitios
apartados y escondidos, los robos continúan. Cuando yo estaba en los
Carabinieri…
El torrente de su elocuencia volvió a cobrar nuevos bríos. Los
cuatro amigos se alzaron de hombros, se sonrieron mutuamente y se
adormecieron el resto del camino hasta llegar a Tarquinia. Fue un
alivio poderlo dejar de centinela junto al automóvil, en tanto que ellos
seguían a un guardián de voz dulce que los guió a través de unas
colinas cubiertas de trigo hasta el lugar del pueblo de las tumbas
buscadas.
Era un lugar tranquilo que llenaba el canto de la alondra y el
bajo susurro del viento a través del verdeante trigo. La perspectiva,
desde allí, tenía algo de mágico: las verdes tierras derramándose
lentamente hacia las morenas aldeas allá abajo, con el mar azul
centelleando atrás, los dispersos yates con las velas henchidas por la
brisa dirigiéndose hacia el oeste, hacia Cerdeña. Lotte se sentía
verdaderamente transportada y Mendelius trató de recrear para ella
la vida de aquel pueblo desaparecido…
—…eran grandes mercaderes y grandes navegantes. Dieron su
nombre, el de Tirrenos, a esta parte del Mediterráneo. Trabajaban el
cobre y el hierro y fundían el bronce, cultivaban los fértiles campos
que van de aquí hasta el valle del Po y por el sur hasta Capua.
Disfrutaban y amaban la música y el baile y celebraban grandes
fiestas; y al morir, eran enterrados con comida y vino a su lado, y sus
mejores ropas, y escenas describiendo su vida pintadas en las
murallas de sus tumbas…
—Y ahora desaparecieron —dijo Lotte suavemente—. ¿Qué les
sucedió?
—Llegaron a ser demasiado ricos y la pereza se apoderó de
ellos. Se escudaron detrás de sus ritos y entregaron su confianza a
dioses que ya no tenían razón de ser. El pueblo y los esclavos se
sublevaron. Los ricos huyeron con su riqueza y fueron a pedir
protección a los romanos. Los griegos y los fenicios los reemplazaron
en las rutas de su comercio. Y aun su lengua misma terminó por
extinguirse. —Suavemente citó el epitafio—. "¡Oh antigua Veii! Una
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vez fuiste un reino y había en tu foro un trono de oro. Ahora los
pastores holgazanean y tocan la flauta adentro de tus muros; y sobre
tus tumbas, siegan la cosecha de tus campos…"
—Eso es muy bello. ¿Quién lo escribió?
—Un poeta latino, Propercio.
—Me pregunto lo que escribirán sobre nuestra civilización.
—Tal vez no quede nadie para escribir ni una sola línea… —dijo
Mendelius caprichosamente— y ciertamente que en nuestras tumbas
no se grabarán pastorales. Estos pueblos al menos, esperaban
continuidad. Nosotros en cambio estamos considerando la posibilidad
de un holocausto… Se necesitó un cristiano para escribir el Dies Irae.
—Rehúso seguir pensando en esas cosas tan tristes —dijo Lotte
firmemente—. Esto es muy lindo y yo deseo disfrutar del día.
—Discúlpame —Mendelius sonrió y la besó—. Apróntate ahora
para ocultar tus sonrojos. Los etruscos gozaban con el sexo y
pintaron algunos bellos recuerdos de agradables momentos que el
sexo les proporcionó.
—Bien —dijo Lotte—, muéstrame en primer lugar los más
sucios y malos entre esos recuerdos y asegúrate de que es a mí a
quien tienes de la mano y no a Hilde.
—Para ser una mujer virtuosa, schatz, tu mente es más bien
sucia.
—Alégrate de que sea así —dijo Lotte riéndose alegremente—,
pero por el amor de Dios no se lo cuentes a los niños.
El guía estaba haciéndoles señas, de manera que ella tomó la
mano de su esposo y caminó ágilmente a su lado ascendiendo la
suave colina hasta el lugar donde se encontraba el guía. Era un
muchacho joven, de corteses y agradables modales, que había
recibido hacía poco su grado de Arqueología y que se sentía, en
consecuencia, lleno de entusiasmo por el tema. Atemorizado, sin
embargo, por la presencia de dos distinguidos académicos, dedicó su
atención a las mujeres, en tanto que Mendelius y Herman Frank
permanecían atrás, conversando en voz baja. Herman estaba aquél
día en ánimo de confidencias.
—Hablé con Hilde sobre el asunto aquel y resolvimos seguir su
consejo. Nos trasladaremos a vivir al campo. Gradualmente, por
supuesto, planificaré algún programa para dedicarme a escribir. Si
pudiera obtener un contrato por una serie de libros, lograría a la vez
continuidad en el trabajo y algún sentido de seguridad económica.
—Eso es precisamente lo que me recomienda mi agente —dijo
Mendelius animándolo—. Dice que los editores prefieren ese tipo de
proyecto porque les da tiempo para buscar y asentar los lectores
adecuados. En cuanto regresemos a Roma lo llamaré y veremos qué
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ha podido hacer en estos días. Usualmente pasa sus fines de semana
en su casa.
—Pero hay sin embargo algo que me preocupa, Carl.
—¿Sí? ¿De qué se trata?
—Bueno, es un tanto embarazoso…
—¡Vamos! Somos viejos amigos. ¿Cuál es el problema?
—Se trata de Hilde. Soy mucho mayor que ella. Y no soy tan
bueno en la cama como solía serlo. Ella dice que no tiene
importancia, que no la preocupa para nada y yo le creo,
probablemente porque quiero creerle. En Roma llevamos una vida
interesante y movida: cantidades de amigos, visitantes divertidos y
variados… Bueno… parece que lo uno equilibra lo otro. Si nos vamos
al campo, yo tendré mi trabajo, pero ella se verá encerrada en una
casa pequeña, rodeada de campos, como la mujer de un campesino.
Y temo que eso no resulte. Sería por supuesto mucho más fácil si
tuviéramos hijos o nietos; pero tal como están las cosas… me moriría
si la perdiera, Carl.
—Pero ¿qué le hace pensar a usted que puede perderla?
—Eso —señaló con el dedo hacia las dos mujeres y el guía en
esos momentos abría una tumba. Hilde bromeaba con el muchacho y
el eco de su alegre risa resonaba como burbuja en la quietud del
valle—. Sé que no soy sino un viejo tonto, pero muy celoso y… tengo
miedo.
—Domínese, hombre —Mendelius usó la manera cortante para
tranquilizar a su amigo—. Domínese y mantenga su boca cerrada.
Ustedes se avienen, disfrutan de una buena vida juntos, Hilde lo ama.
Goce de lo que tiene, día a día. Nadie está asegurado contra nada,
para siempre, y nadie tiene derecho a estar asegurado. Además, en
la medida en que permita que el miedo se apodere de usted su
capacidad sexual disminuirá. Cualquier médico le diría lo mismo que
le estoy diciendo yo.
—Lo sé, Carl. Pero a veces es muy duro…
—Siempre es duro —Mendelius rehusaba ablandarse—. Es duro
cuando la esposa parece prestar más atención a los niños que a
usted. Es duro cuando los niños luchan contra usted para obtener el
derecho a vivir como ellos creen y no como usted piensa que
debieran hacerlo. Es duro cuando un hombre como Malagordo sale a
almorzar y una bonita muchacha le planta dos balas en sus partes
sexuales. Vamos, Herman, ¿cuánto azúcar necesita en su taza de
café?
—Lo siento.
—No lo sienta. Al hablarme se liberó de un peso que tenía en el
corazón. Ahora, olvídelo. —Hojeó el catálogo que llevaba en la
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mano—. Esta es la tumba de los Leopardos, con los flautistas y los
tocadores de laúd. Vamos a reunimos con las muchachas.
Más tarde, cuando se encontraban en la antigua cámara,
oyendo las explicaciones del guía sobre los frescos, otro pensamiento,
aventurado y fortuito asaltó a Mendelius: Jean Marie Barette, ex
papa, había sido impelido a proclamar la Parusía; pero ¿tenía
realmente el pueblo interés en oír acerca de eso? ¿Estaba la gente
verdaderamente dispuesta a prestar atención a un delgado profeta
que anunciaba una catástrofe desde la cima de una montaña? Desde
aquella época, quinientos años antes de Cristo, cuando los antiguos
Etruscos sepultaban a sus muertos al son de flautas y laúdes y los
encerraban en un perpetuo presente con comida y vino y un leopardo
amaestrado para hacerles compañía bajo los pintados cipreses, la
naturaleza humana no había cambiado mucho.

Aquella noche, Mendelius y Lotte cenaron en una trattoria en la


antigua Via Appia, llevados allí por el locuaz Francone que, ante sus
protestas por las largas horas de trabajo de él, los hizo callar con la
frase que ahora les era familiar: "Soy responsable por ustedes ante
Su Eminencia".
Les ordenó sentarse con las espaldas apoyadas en la pared de
la cocina y luego se retiró a comer en la misma cocina, desde donde
le era posible vigilar el patio donde se encontraba el coche y
asegurarse de que nadie colocaría una bomba bajo el auto del
Cardenal.
En esta ocasión se encontraban allí invitados por Enrico
Salamone, que publicaba en Italia los libros de Mendelius; se trataba
de un soltero de mediana edad con una señalada aficción a las
mujeres exóticas y de preferencia, inteligentes. Su compañera de
esta noche era una tal madame Barakat, esposa divorciada de un
diplomático indonesio. Salamone era el sagaz y exitoso jefe de una
casa editorial, gran admirador de la excelencia académica, pero que
jamás desdeñaba la oportunidad de discutir un tema sensacionalista.
—…¡Abdicación, Mendelius! Piense un poco sobre lo que eso
significa. Un papa vigoroso e inteligente, con sólo sesenta y cinco
años, en el séptimo año de su pontificado. Tiene que haber una
jugosa y enorme historia detrás de todo eso.
—Sí, probablemente es así —Mendelius habló con elaborada
displicencia—, pero si un autor intentara meterse con ella creo que
sólo conseguiría quebrarse el espinazo. Los mejores periodistas del
mundo sólo han obtenido alguna que otra migaja rancia.
—Estaba pensando en usted, Carl.
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—Olvídelo, Enrico —Mendelius se rió—. Por lo demás, mi plato
está demasiado lleno.
—He tratado de explicárselo —dijo madame Barakat—. Le he
dicho que debe mirar hacia otros horizontes. Este es un mundo
pequeño e incestuoso y los editores deben esforzarse por abrir
ventanas, hacia el Islam, hacia los Budistas, hacia la India. Todas las
nuevas revoluciones tienen un carácter religioso.
Salamone asintió de mala gana.
—Lo sé. Lo estoy viendo. ¿Pero dónde están los escritores
capaces de interpretar al Este para nosotros? El periodismo no basta
y en cuanto a la propaganda no es sino un mercado de prostitutas.
Necesitamos poetas y contadores de cuentos a la vieja usanza.
—Me parece —dijo Lotte tristemente— que cada cual grita lo
más alto y lo más a menudo que puede y que es imposible contar
historias en medio de una multitud o escribir poesía al resplandor de
la televisión.
—Bravo, schatz —dijo Mendelius estrechándole la mano.
—Es verdad —ahora estaba lanzada y pronta para el combate—
. No soy muy lista, pero sé que Carl ha escrito sus mejores obras
cuando ha podido disfrutar de una posición tranquila, en alguna
retirada ciudad de provincia. ¿No me has comentado tú mismo Carl,
cuánta gente habla y discute sobre sus libros en lugar de escribirlos?
Y usted también, Enrico. En una ocasión recuerdo que usted dijo que
le gustaría encerrar a sus autores en una habitación y luego guardar
la llave de la habitación en una caja fuerte hasta que fueran capaces
de producir un manuscrito terminado.
—Lo dije, Lotte, porque lo creo —le sonrió fugazmente
mirándola de reojo—, pero aun su marido aquí presente no es en
verdad el eremita que pretende ser. ¿Qué está haciendo en Roma,
Carl?
—Ya se lo dije: investigando, dando un par de conferencias y
aprovechando para tener unas vacaciones, con Lotte.
—Corre un rumor —dijo madame Barakat dulcemente— de que
el ex-papa le había encomendado a usted una especie de misión.
—De ahí nació la sugerencia mía para un libro suyo —dijo
Enrico Salamone.
—¿De dónde demonios sacaron ustedes esa tontería? —
Mendelius estaba francamente irritado.
—Es una larga historia —Salamone se veía divertido, pero no
había perdido nada de su cautela— y le aseguro a usted que es
auténtica. Usted sabe que soy judío. Es pues natural que acostumbre
a recibir al embajador de Israel y a los visitantes que él desea
presentar en Roma. Es también natural que hablemos de temas que
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nos interesan mutuamente. De manera que… El Vaticano siempre ha
rehusado otorgar reconocimiento diplomático al Estado de Israel. Eso,
por supuesto, es pura política. El Vaticano no desea pelear con el
mundo árabe. Si fuera posible, lo que la Santa Sede desearía sería
poder asumir un cierto tipo de soberanía sobre los Santos Lugares.
¡Ecos de las Cruzadas! Había cierta esperanza de que esa situación
pudiera cambiar bajo Gregorio XVII. Se creía que su respuesta
personal a una apertura de relaciones con Israel podía ser favorable.
De manera que, a comienzos de esta primavera se acordó realizar un
encuentro privado entre el embajador de Israel y el pontífice. El papa
se mostró muy franco y directo con relación a este problema, tanto
en el plano interno, con su propio Secretariado de Estado, cuanto en
el exterior, con los líderes árabes. Deseaba continuar explorando la
situación. Preguntó a mi embajador si un enviado suyo, personal y no
oficial, sería bien recibido en Israel. Naturalmente, la respuesta de los
israelíes fue afirmativa. Y el suyo fue uno de los nombres sugeridos
por el pontífice…
—¡Santo Dios! —exclamó Mendelius auténticamente
sorprendido—. Tiene que creerme, Enrico. No sabía absolutamente
nada de eso.
—Es verdad —afirmó Lotte apoyando a su marido—. Yo lo
hubiera sabido. Esto no fue mencionado jamás, nunca, ni siquiera en
estos últimos…
—Lotte, por favor.
—Lo siento, Carl.
—De manera que no había ninguna misión —madame Barakat
lucía apaciguadora y dulce como la miel—, pero ¿hubo alguna
comunicación?
—Sólo privada, madame —dijo Mendelius en tono cortante—.
Es lo natural en una vieja amistad… Y desearía cambiar de tema.
Salamone se encogió de hombros y extendió las manos en un
gesto de rendición.
—Bien. Pero no debe molestarse conmigo porque haya
intentado averiguar algo. Eso es lo que hace de mí un buen editor. Y
ahora, dígame, ¿cómo está saliendo el nuevo libro?
—Lento. Muy lento.
—¿Cuándo podré esperar el manuscrito?
—En seis o siete meses más.
—Esperemos que para entonces todavía sigamos con este
negocio.
—¿Y por qué no habrían de seguir con él?
—Si leyera los diarios, mi querido profesor, se enteraría de que
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las grandes potencias nos están llevando a una guerra.
—Necesitan doce meses más —dijo madame Barakat—. Se lo
he repetido muchas veces, Enrico. Nada antes de doce meses.
Después de eso…
—Nada volverá a ser igual —dijo Salamone—. Sírvame el resto
del vino, Carl. Creo que podríamos pedir otra botella…
La noche había perdido su dulzura, pero fue preciso, de todos
modos, continuar y terminar aquella comida. Al regresar a través de
la dormida ciudad, Mendelius y Lotte se sentaron muy juntos y
hablaron en voz baja, temerosos de despertar una vez más la
elocuencia de Francone. Lotte preguntó:
—¿Qué significa todo eso, Carl?
—No lo sé, schatz. Salamone estaba tratando de ser ingenioso.
—Y madame Barakat es una bruja.
—Salamone colecciona mujeres raras, ¿no te parece?
—Los viejos amigos y sus nuevas compañeras de cama no
hacen precisamente una buena combinación.
—Estoy en completo acuerdo contigo. Enrico hubiera debido
darse cuenta de eso y no traernos a esta señora.
—¿Crees tú que decía la verdad, respecto de Jean Marie y los
israelíes?
—Probablemente. ¿Pero, quién sabe? Roma ha sido siempre
una galería de chismes y murmuraciones… Lo difícil es poner el
nombre correcto sobre cada una de las voces que se oyen.
—Odio este ambiente de misterio.
—Yo también lo odio, schatz.
Estaba demasiado cansado para darle a conocer su verdadero
estado de ánimo, para decirle que se sentía como un hombre cogido
en las redes de una telaraña, enredado en los largos y arrastrados
mechones de una pesadilla de la que le era imposible escapar, ni
tampoco despertar.
—¿Qué haremos mañana? —preguntó Lotte soñolienta.
—Si no te importa, me gustaría que fuéramos a misa en las
Catacumbas y luego a Frascati para almorzar. Solamente nosotros
dos.
—¿Crees tú qué sería posible arrendar un auto y salir solos,
manejando tú?
Mendelius rió lastimeramente y sacudió la cabeza.
—Me temo que no, schatz. Y esa es otra lección que deberás
aprender en Roma. No hay forma de escapar de los sabuesos de
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Dios.
Francone bien podría ser parlanchín, pero era sin duda un
excelente perro guardián. Dio dos vueltas completas alrededor de las
calles que rodeaban el apartamento de Herman Frank y luego
permaneció de pie, vigilante, hasta que las puertas del edificio se
cerraron tras ellos, dejando afuera los peligros de la noche.

En los jardines de San Calixto las buganvillas estaban en


llamas, las rosaledas en el primer esplendor de su florecer y las
palomas alborotaban en su palomar detrás de la capilla… todo se
conservaba tal como él recordaba que había estado durante aquella
primera visita suya, largos años atrás. Los guías mismos no habían
cambiado: ancianos piadosos provenientes de por lo menos una
docena de países, que dedicaban sus servicios de traductores a los
grupos de peregrinos que acudían a rendir homenaje a las tumbas de
los primeros mártires.
Una extraordinaria tranquilidad reinaba en la diminuta capilla,
los fantasmas se habían ido y no había horrores barrocos ni tampoco
grotescas huellas medievales. Aun los símbolos eran sencillos y llenos
de gracia: el ancla de la fe, la paloma trayendo los signos del Pan
eucarístico. Todas las inscripciones hablaban de esperanza y paz: Vita
in Christo, In Pace Christi. La palabra Vale —adiós— había sido
desterrada. Aun los oscuros laberintos debajo de la capilla habían
sido despojados de toda forma de terror. Los loculi, es decir los
nichos en las murallas que habían servido de tumbas para los
muertos, solo mostraban ahora pequeñas canastas y polvorientos
fragmentos de huesos.
Más tarde, en la Capilla de los Papas, asistieron a una misa
oficiada por un sacerdote alemán para un grupo de peregrinos
bávaros. La capilla era una nave grande, abovedada, donde el conde
de Rossi había descubierto, en 1854, el lugar de descanso de cinco de
los primeros pontífices. Uno fue deportado como esclavo a las minas
de Cerdeña, y murió en cautiverio. Su cadáver fue traído de vuelta, y
enterrado en este lugar. Otro fue ejecutado en la persecución de
Decio, y otro muerto por la espalda a la entrada del lugar de entierro.
Ahora estaba casi olvidada la violencia en que perecieron. Allí
dormían en paz. Su memoria era celebrada en una lengua que jamás
conocieron.
Arrodillado con Lotte en el suelo de toba, respondiendo a la
liturgia familiar, Mendelius recordó su propio sacerdocio y sintió un
ramalazo de resentimiento por haber sido excluido de su ejercicio. No
era así en la Antigua Iglesia. Aún ahora a los clérigos Unigatas se les
permitía casarse, en tanto que los romanos se aferraban con
obstinación a su celibato, y lo reforzaban con mitos y leyendas
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históricas y leyes canónicas. Él había escrito copiosos argumentos al
respecto, y todavía luchaba contra eso en los debates; pero, casado a
su vez, era un testigo inválido, y los redactores de las leyes no le
prestaban atención.
¿Pero y el futuro —el futuro próximo—, en que el
abastecimiento de candidatos célibes se interrumpiría y la grey
pediría el ministerio… de hombre o mujer, casados o solteros, no
importaba, siempre que escucharan el Verbo y compartieran el Pan
de la Vida en caridad? En el Vaticano, Sus Eminencias todavía eludían
el problema y se ocultaban detrás de una tradición cuidadosamente
expurgada. Hasta Drexel lo eludía, porque era demasiado viejo para
luchar, y un soldado demasiado bien adiestrado para desafiar al alto
mando. Jean Marie había encarado el tema en su Encíclica, había
enfrentado el problema, y éste era otro de los motivos que habían
ayudado a suprimirla. Y ahora los días negros estaban, una vez más,
aproximándose. Los pastores serían derribados y el rebaño
dispersado. ¿Quién sería capaz de congregarlos una vez más y de
mantenerlos unidos en el amor mientras el techo del mundo se
derrumbaba alrededor?
Cuando el celebrante levantó la Hostia y el Cáliz después de la
Consagración, Mendelius inclinó la cabeza y de su corazón se alzó una
silenciosa y ardiente plegaria: "Oh Dios, dame la luz suficiente para
conocer la verdad y el valor necesario para llevar a cabo lo que será
exigido de mí". Bruscamente, incontrolablemente, se encontró
llorando. Lotte extendió su mano y apretó la suya y él se aferró a
ella, mudo y desesperado, hasta que la misa terminó y salieron a la
luz del sol que refulgía sobre la rosaleda.
Aquel domingo, temprano, mientras Lotte se encontraba aún en
el baño, Mendelius telefoneó al Hospital Salvator Mundi y preguntó
por el estado de salud del senador Malagordo. Como la vez anterior,
su llamado fue transferido de la recepción a la hermana guardiana y
luego al hombre de la seguridad. Finalmente se le comunicó que el
senador se encontraba mucho mejor y que desearía verlo en cuanto
le fuera posible. Hizo entonces una cita para las tres de aquella
misma tarde.
La inquietud, poco a poco, se había ido apoderando de él pues
estaba cada vez más convencido de que su reunión del miércoles
próximo con Jean Marie estaba destinada a significar una de las
encrucijadas más importantes de su vida.
Si él no era capaz de aceptar la revelación de Jean Marie, la
relación entre ellos cambiaría irrevocablemente. Si, al contrario,
aceptaba esa revelación, debería al mismo tiempo aceptar la misión
que involucraba, cualquiera que fuera la forma que esta misión
tomara. De todos modos, muy pronto debería irse de aquí y deseaba,
mientras tanto, tener la menor cantidad posible de impedimentos
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sociales o de cualquier otro orden.
Había llevado a cabo algunas investigaciones pero estaba
demasiado preocupado para ser capaz de concentrarse en el material
que había reunido, el que, por lo demás, era fragmentario y en
consecuencia, poco importante. Para el martes debería enfrentar
nuevamente a los Evangélicos. Se sentía todavía irritado por la
filtración hacia la prensa que se había producido a propósito de su
última conferencia, pero necesitaba poner a prueba la reacción de
una audiencia protestante ante algunas de las proposiciones de Jean
Marie. Además debía cumplir la promesa hecha a Georg Rainer y
darle la historia anunciada. Hasta ahora no tenía la menor idea de lo
que le diría.
Lotte continuaba en el baño, de manera que reunió sus notas y
salió a la terraza con la intención de desayunar allí. Herman había
partido temprano para la Academia y Hilde se encontraba sentada
sola frente a la mesa. Le sirvió café y anunció firmemente:
—Ahora ha llegado el momento en que usted y yo tengamos
una pequeña conversación. Usted está preocupado por algo, Caro
mío. ¿De qué se trata?
—Nada. Se lo prometo.
—Herman estudia cuadros. Yo estudio gente. Y veo que hay
problemas inscritos en cada línea de su cara. ¿Anda todo bien entre
usted y Lotte?
—Por supuesto.
—¿Entonces, qué sucede?
—Es una larga historia, Hilde.
—Sé escuchar muy bien. Cuéntemelo.
Y él le contó, entrecortadamente al comienzo y luego
progresivamente en un chorro de vívidas palabras, la historia de su
amistad con Jean Marie y la extraña encrucijada hacia la cual esta
amistad lo había conducido. Ella lo oyó en silencio; y para él fue un
verdadero alivio poder expresar lo que sentía sin sobrellevar al mismo
tiempo la carga de dar razones o polemizar. Cuando hubo terminado,
dijo sencillamente.
—De manera que así es la cosa, querida mía. Y no sabré nada
más hasta que vea a Jean Marie el miércoles.
Hilde Frank colocó una suave mano sobre su mejilla y dijo
gentilmente:
—Es un peso enorme para andar por ahí con él a cuestas,
aunque sea el gran Mendelius. Y ayuda a explicar algunas cosas
también.
—¿Qué cosas?
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—La romántica idea de Herman de vivir de porotos, "broccoli" y
queso de cabra allá arriba en las montañas.
—Herman ignora lo que le acabo de contar a usted sobre Jean
Marie.
—¿Entonces, de qué demonios está hablando Herman?
—Está asustado ante la perspectiva de una nueva guerra.
Todos estamos asustados. Y además él está preocupado por usted.
—¡Y si supiera la forma que tiene de preocuparse! ¿Sabe cuál
es su última ocurrencia? ¡Desea que corramos a Suiza para hacerse
unos injertos de hormonas con el objeto de mejorar nuestra vida
sexual! Le dije que no se molestara. Estoy perfectamente bien tal
como estamos.
—¿Es usted feliz, Hilde?
—¿Me creerá que sí? Lo soy. Herman es un encanto y yo lo
amo. En cuanto a lo sexual, el hecho es que no soy ni he sido
demasiado competente en esa materia. Oh, me encanta, claro, la
intimidad y el calor de las caricias, pero el resto… no es que sea
frígida, pero sexualmente soy lenta y difícil de excitar y lo que
finalmente obtengo apenas vale la molestia. De manera que usted ve
que Herman no tiene nada de qué preocuparse.
—Entonces lo mejor que usted puede hacer es decirle esto tan
a menudo como le sea posible —dijo Mendelius restando importancia
a sus palabras— porque en estos momentos se siente un tanto
inseguro de sí mismo.
—Olvide nuestros problemas, Carl. Saldremos adelante con
ellos. Siempre, desde que nos casamos, he sabido cómo tratar a
Frank… Volvamos a su historia.
—Me gustaría conocer su reacción ante ella, Hilde.
—Bueno, para comenzar he vivido mucho tiempo en Italia, de
manera que me he vuelto un poco escéptica en todo lo relativo a
santos, milagros, vírgenes que lloran y sacerdotes que se elevan del
suelo durante la misa. En segundo lugar soy una mujer
perfectamente satisfecha de su vida, en tal forma que nunca me he
sentido tentada de recurrir a adivinos, o sesiones de espiritismo o
grupos terapéuticos de ningún orden. Prefiero mil veces hacer cosas
divertidas. Finalmente, creo que soy una persona bien centrada.
Mientras mi pequeño rincón de universo tenga sentido para mí, me
olvido del resto. Y, de todos modos, ya no hay forma de cambiarme.
—Bien. Miremos entonces al problema desde otro ángulo.
Supongamos que yo regreso el jueves de Monte Cassino y le digo:
"Hilde, acabo de ver a Jean Marie. Creo que la revelación que él ha
recibido es verdadera, que el mundo, en consecuencia, está por
terminar y que la Segunda Venida de Cristo es inminente". ¿Qué
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haría usted?
—Difícil decirlo. Pero de lo que sí estoy segura es de que no
partiría corriendo a refugiarme en ninguna iglesia, ni me apresuraría
en acaparar comida ni me subiría a los Apeninos para esperar al
Salvador o contemplar la última salida del sol. ¿Y usted Carl? ¿Cómo
reaccionaría usted?
—No lo sé, Hilde, mi querida. Desde que leí aquella carta de
Jean Marie, no ha pasado ni una noche, ni un día en que no haya
pensado en ello. Pero aun así, no sé.
—Bueno, naturalmente, hay una forma de mirar el asunto…
—¿Qué manera?
—Si alguien se apronta para liquidar al mundo, entonces todo lo
que existe carece de sentido. Y en ese caso, en lugar de esperar el
último llamado del tambor, ¿por qué mejor no comprarse una buena
botella de whisky y un gran frasco de barbitúricos y ponerse a
dormir? Creo que muchísima gente haría precisamente eso.
—¿Lo haría usted? —dijo Mendelius suavemente—. ¿Podría
hacerlo usted?
Ella volvió a llenar las tazas de café y comenzó, calmadamente
a untar de mantequilla un pedazo de pan.
—Por los mil demonios, usted está en lo cierto, Carl, lo haría. Y
estoy segura de que no querría luego despertar para encontrarme
con un Dios capaz de incinerar a sus propios hijos.
Sonreía al hablar como negando lo que decía, pero Carl
Mendelius tuvo la certeza de que cada una de sus palabras sólo había
afirmado la verdad.
Aquella tarde, cuando se dirigían hacia el Hospital Salvator
Mundi, Domenico Francone, habitualmente tan parlanchín, se
mostraba taciturno y arisco. Cuando Mendelius le señaló que parecían
haber tomado una ruta muy complicada, Francone le contestó con
bastante brusquedad.
—Conozco mi oficio, profesor. Y le prometo que llegará a
tiempo.
Mendelius digirió el desaire en silencio. El tampoco se sentía
muy feliz. Su conversación con Hilde Frank había hecho surgir en él
nuevas y más profundas dudas sobre la veracidad de Jean Marie y la
prudencia de su encíclica, así como también había arrojado una luz
diferente sobre la actitud de los cardenales que lo habían obligado a
abdicar.
A través de toda la literatura apocalíptica, tanto en el Antiguo
como en el Nuevo Testamento, en los documentos Esénicos y
Gnósticos, un tema en especial mantenía su persistencia: la idea de
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la existencia de elegidos, de seres escogidos, hijos de la luz, buena
simiente, ovejas amadas por el pastor y por eso mismo, y por
siempre, separadas de las cabras. Para ellos, para estos elegidos, era
la salvación. Solo ellos serían capaces de cruzar indemnes los
horrores de los últimos tiempos, solo ellos, en consecuencia, serían
juzgados dignos de un juicio misericordioso.
Era una doctrina peligrosa, no solo porque estaba llena de
añagazas y de paradojas, sino también porque los fanáticos, los
charlatanes y los más rabiosos sectarios podían tan fácilmente
apropiarse de ella. En la Guayana un millar de elegidos había llevado
a cabo un suicidio ritual. En el Japón, un millón de hijos de la luz
había levantado al Soka Gakkai. Otros tres millones de predestinados
habían escogido la salvación en la Iglesia Unificada del Reverendo
Moon… Todos ellos y millones de otros, en diez mil cultos exóticos, se
creían y se llamaban a sí mismos los elegidos, los separados y
llevaban a la práctica un intenso sistema de adoctrinamiento que
creaba entre ellos lazos fieros, fanáticos y exclusivos…
En la eventualidad de un pánico universal, como el que la
encíclica de Jean Marie sería perfectamente capaz de desatar, ¿cuál
podría ser la actitud, la conducta de estos fanáticos? A la luz de la
historia de todas las grandes religiones, las perspectivas que
semejante eventualidad planteaba, eran tristemente desalentadoras.
No hacía tanto tiempo que los musulmanes Mandistas habían ocupado
la Kaaba en la Meca, tomado rehenes y derramado sangre en uno de
los lugares sagrados del Islam. Existía la posibilidad —pesadilla
inenarrable pero posible— de que la Parusía fuera precedida por una
vasta y sangrienta cruzada de los creyentes contra los incrédulos, de
los "de adentro" contra los "de afuera". Frente a semejante horror, un
suicidio rápido y sin dolor podría llegar a parecer a muchos la
alternativa más razonable.
Y éste era el corazón del problema que debería discutir con
Jean Marie. Porque cuando alguien reclama para sí mismo la gracia
de ser el depositario de una revelación privada, implica
necesariamente que ha renunciado a la racionalidad. A esto los
racionalistas replicarían sin duda que una vez que alguien ha
invocado haber recibido cualquier tipo de revelación, por muy
consagrada y apoyada por la tradición que ésta se encuentre, se
abren las puertas a la total insania.
Francone enderezó el auto hacia la entrada circular del Salvator
Mundi y se detuvo en un lugar inmediato a la entrada. No se movió
de su asiento, sino que dijo simplemente:
—Vaya directamente adentro, profesor. Y muévase rápido.
Por una fracción de segundo, Mendelius vaciló, pero luego
obedeció, abrió la puerta más cercana y caminó directamente hacia la
recepción. Desde allí se detuvo y miró hacia afuera. Vio a Francone
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colocar el auto en el área de estacionamiento y luego caminar
ágilmente hacia el lugar donde él se encontraba. Mendelius esperó
hasta que el otro llegó a su lado y le preguntó:
—¿Qué sucedía?
Francone se alzó de hombros.
—Simplemente precaución. Estamos en un lugar cerrado. No
tenemos dónde huir. Vaya arriba y vea al senador. Yo tengo que
hacer algunos llamados telefónicos.
Una anciana monja con acento suavo lo acompañó hasta el
ascensor. En el quinto piso, un hombre de la seguridad inspeccionó
sus credenciales y lo entregó en manos de la hermana guardiana, una
dama de modales bruscos que —su actitud lo trasuntaba
claramente— pensaba que la salud de los pacientes dependía de su
perfecta sujeción a las firmes manos de la autoridad. Le informó que
sólo podía estar quince minutos, y ni uno más, con el enfermo, que
en ningún caso debía ser excitado. Mendelius inclinó la cabeza con
mansedumbre. El también había sufrido a manos de estas doncellas
del Señor y sabía muy bien que de nada servía discutir o rebelarse
contra su combativa virtud.
Encontró a Malagordo apoyado sobre almohadones, con una
banda de tela adhesiva sujetando en su brazo izquierdo la aguja del
suero que lentamente alimentaba su cuerpo. Su delgado y bello
rostro se iluminó de placer al ver a su visitante.
—Mi querido profesor. Gracias por venir. Tenía tantos deseos de
verlo.
-Parece estar recuperándose muy bien —Mendelius acercó una
silla y se sentó cerca de la cama—. ¿Cómo se siente?
—Cada día mejor, gracias a Dios. Le debo la vida. Y entiendo
que usted se encuentra en peligro por culpa mía. ¿Qué puedo decirle?
Los diarios suelen ser tan irresponsables. ¿Puedo ofrecerle un poco de
café?
—No gracias. Almorcé tarde.
—¿Qué piensa de mi triste país, profesor?
—Por muchos años fue también el mío, senador. Por lo menos,
creo que lo comprendo mejor de lo que pueden hacerlo muchos
extranjeros.
—Hemos retrocedido cuatrocientos años hacia el tiempo de los
bandidos, de los condottieri. Y no veo esperanzas de que esto
mejore. Como todos los habitantes del Mediterráneo, somos ahora
sólo un montón de tribus perdidas, riñendo unas contra otras en las
riberas de este lago pútrido.
Aquel fúnebre lamento resonó en Mendelius como el de un eco
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familiar. Los latinos gustaban de llorar un pasado que jamás había
existido. Se esforzó por aliviar el tono de la conversación que estaba
manteniendo con el senador.
—Puede que tenga razón, senador; pero también debo decirle
que los vinos de Castelli siguen siendo espléndidos, y que los
spaghetti carbonara del restaurante de Zia Rosa son tan magníficos
como siempre. El domingo mi esposa y yo almorzamos allí. Y fue muy
simpático, porque aún me recordaba, y yo no había regresado desde
los días en que era clérigo. Zia Rosa pareció contenta con mi cambio
de estado.
El ánimo del senador cambió y dijo, con el rostro alegrado por
placenteras evocaciones.
—Me han contado que fue una gran belleza.
—Pero ya no lo es. Sin embargo continúa siendo una gran
cocinera y maneja el lugar con puño de hierro.
—¿Ha estado en el Pappagallo?
—No.
—Ese es otro lugar espléndido.
Hubo un momento de silencio y luego Malagordo dijo con
humor:
—Estamos hablando de banalidades. Me pregunto por qué
malgastamos tanto nuestra vida con ellas.
—Es una precaución —dijo Mendelius sonriendo—. El vino y las
mujeres son temas carentes de peligro. El dinero y la política, en
cambio, solo producen quebraderos de cabeza.
—Me retiraré de la política —dijo Malagordo— y tan pronto
como salga de aquí emigraré con mi mujer a Australia. Nuestros dos
hijos ya están allá y les va muy bien en los negocios. Además, es el
último refugio antes de los pingüinos. No quiero estar en Europa para
cuando se produzca el gran colapso.
—¿Cree usted que habrá un colapso? —dijo Mendelius.
—Sí, estoy seguro. Los armamentos están prácticamente listos.
Solo un año más y los últimos prototipos serán operacionales. No hay
bastante petróleo para que el mundo siga funcionando, Y vemos que
un número creciente de países está cayendo en manos de jugadores
o de fanáticos. Es siempre la misma y vieja historia: si tiene
problemas internos, lance una cruzada hacia el exterior. El hombre es
un animal loco y la locura es incurable. ¿Sabe dónde me dirigía esa
mañana cuando fui baleado? Iba a solicitar la liberación de una mujer
terrorista que está muriendo de cáncer en una cárcel de Palermo.
—¡Dios Todopoderoso! —Mendelius juró por lo bajo.
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—Creo que Él se sentirá dichoso de ver a esta raza de imbéciles
eliminarse a sí misma… —Malagordo torció la boca mientras un súbito
dolor se apoderaba de él—. Lo sé. Dicho por un judío, esto es una
blasfemia. Pero ya no creo en el Mesías. Se ha demorado demasiado.
Y por lo demás ¿a quién le interesa este mundo de sangrienta
confusión?
—Tranquilícese —dijo Mendelius—. Si usted se excita, me
echarán de aquí. Esa hermana guardiana es un verdadero dragón.
—Una vocación errada —Malagordo había recuperado su buen
humor— debajo de esa montaña de cortinajes tiene un cuerpo
bastante apetecible. Pero antes que usted se vaya… —hurgó debajo
de sus almohadas y extrajo un pequeño paquete envuelto en brillante
papel de colores y amarrado con una cinta dorada— tengo un regalo
para usted.
—Pero no era necesario —dijo Mendelius confundido—. Sin
embargo, gracias. ¿Puedo abrirlo?
—Se lo ruego.
El regalo consistía en una cajita dorada uno de cuyos costados
era de vidrio. Adentro había un trozo de cerámica con inscripciones
hebreas. Mendelius la tomó y la examinó cuidadosamente.
—¿Sabe lo que es, profesor?
—Parece que fuera una ostraca.
—Así es. ¿Puede leer las palabras inscriptas? Mendelius recorrió
lentamente con las yemas de los dedos los caracteres grabados y
dijo:
—Me parece que dice Aharon ben Ezra.
—¡Justo! Viene de Masada. Me han dicho que se trata
probablemente de uno de los trozos de cerámica que fueron usados
para echar suertes cuando la guarnición judía prefirió darse muerte
antes que caer en manos de los romanos.
Mendelius, profundamente conmovido, sacudió la cabeza,
rechazando el regalo.
—No puedo aceptarlo. Verdaderamente no puedo.
—Debe hacerlo —dijo Malagordo—. Es lo más cercano que he
podido encontrar para significar mi agradecimiento; todo lo que resta
de un héroe judío, por la vida de un miserable senador, que incluso
ha dejado ya de ser un hombre… Váyase ahora, profesor, antes que
comience a portarme como un tonto…
Cuando llegó nuevamente de regreso a la sala de recepción,
encontró a Francone esperándolo. Caminaron hacia la puerta hasta
que Francone colocó su mano en el brazo de Mendelius para
advertirlo y retenerlo.
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—Esperemos aquí unos minutos, profesor.
—¿Por qué?
Francone señaló con el índice a través de las puertas de cristal.
Dos automóviles de la policía se encontraban estacionados en el
camino de entrada en tanto que afuera cuatro autos más montaban
guardia. Dos ordenanzas colocaban una camilla dentro de una
ambulancia bajo los ojos de una multitud de curiosos. Mendelius se
quedó sin habla, reteniendo la respiración. Francone le explicó
concisamente.
—Fuimos seguidos hasta aquí, profesor. Por un auto. Luego
llegó un segundo coche y estacionó justo afuera de las rejas de
entrada. De esta manera tenían cubiertas las dos vías de escape.
Felizmente en cuanto dejamos la ciudad me di cuenta de que éramos
seguidos. De manera que, en cuanto llegamos aquí, llamé a la
Squadra Mobile, y ellos procedieron a bloquear las dos entradas de la
calle y cogieron a cuatro de esos bastardos. Uno ha muerto,
—¡Por el amor de Dios, Domenico! ¿Por qué no me lo dijo?
—Porque hubiera echado a perder su visita. Y además ¿qué
podría haber hecho usted? Tal como se lo he explicado profesor, yo
sé como trabajan estos mascalzoni…
—Gracias —Mendelius extendió hacia el otro su insegura y
húmeda mano— espero que no le contará esto a mi esposa.
—Cuando se trabaja para un cardenal —dijo Francone con
grave condescendencia— una de las primeras cosas que se aprende
es a callarse la boca.

—Queridos colegas —Carl Mendelius, al tiempo que se ajustaba


los lentes, observó a su público con sonriente benignidad—. Comienzo
hoy con una suave censura para una persona o personas
desconocidas… Sé que los viajes son caros. Y no ignoro que los
ministros del Evangelio ganan muy poco. Y sé también que es
costumbre aumentar las entradas o el dinero concedido para gastos
de viaje proporcionando a la prensa informes de las conferencias.
Esta práctica, siempre que sea hecha en forma abierta y declarada,
no merece objeciones, pero creo que dar a la prensa, en secreto y sin
que los colegas se enteren, noticias sobre lo que ocurre y se discute
en conferencias privadas constituye una falta de cortesía académica.
Uno de nuestros miembros ha contado a un prestigioso periodista que
yo pensaba que el fin del mundo era inminente, lo que ha sido para
mí causa de mucho embarazo y bastantes molestias. Verdad es que
afirmé eso en esta sala, pero también es cierto que, fuera del
contexto de nuestra asamblea y de los propósitos especiales que
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persigue esta reunión, esa declaración se prestaba fácilmente para
ser interpretada como frívola o tendenciosa. No urgí al periodista para
que identificara su fuente, no le exigí nombres. En consecuencia pido
que hoy se me conceda la seguridad de que lo que se diga aquí sólo
será repetido afuera con el pleno conocimiento de todos nosotros…
Todos los que estén de acuerdo con esta sugerencia ¿querrían
levantar la mano, por favor…? Gracias. ¿Alguien está en desacuerdo?
Nadie. Aparentemente nos hemos comprendido. De manera que
podemos comenzar… Hemos hablado de la doctrina de los últimos
días: consumación o continuidad. Hemos expresado, sobre el tema,
diferentes puntos de vista. Ahora aceptemos la hipótesis de que la
consumación es posible y además inminente, que el mundo terminará
muy pronto. ¿Cuál será, según ustedes la respuesta de los cristianos
ante semejante eventualidad…? Usted señor, en la tercera fila.
—Wilhelm Adler, de Rosenheim. La respuesta es que el
cristiano, o para el caso cualquier otro ser humano, no puede
responder ante una hipótesis, sino solamente ante un hecho. Creo
que éste es precisamente el error de los casuistas y de los
académicos. Tratan de prescribir fórmulas morales para cada
situación. Y eso es imposible. El hombre vive en el "aquí" y el "ahora"
y no en el "tal vez".
—Bien… ¿Pero, no suele la prudencia humana dictar al hombre
la forma como debe prepararse para enfrentar al "tal vez"?
—¿Puede dar un ejemplo, Herr Professor?
—Ciertamente. Los primeros discípulos del Señor eran judíos.
Continuaron llevando una vida de judíos. Practicaban la circuncisión.
Observaban las leyes y dietas judías. Frecuentaban las sinagogas y
leían las Escrituras… Ahora bien, Pablo —o más bien Saulo, como se
llamaba— se embarca para predicar el Evangelio entre los gentiles,
los no-judíos, para quienes la circuncisión era inaceptable y las leyes
de dieta inexplicables. Los gentiles no veían motivo alguno para
mutilar su cuerpo y sí muchas razones para comer lo que podían
cuando lo tenían. Los cristianos se encontraron así bruscamente fuera
de la teoría y en plena práctica… Y el problema se simplificó solo.
Porque es indudable que la salvación no depende de un trozo de piel
humana, ni tampoco puede depender del hecho de tener que dejarse
morir de hambre…
Hubo risas y aplausos ante el rabínico humor del
conferenciante. Mendelius continuó.
—Pablo estaba preparado para esta eventualidad. Pedro no lo
estaba. Y como carecía de apoyo en la Escritura, se vio obligado a
encontrar para este nuevo enfoque el justificativo de una visión
"Toma y come", ¿recuerdan?
Ellos recordaban y se oyó un murmullo de aprobación.
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—De manera que ahora, continuemos con nuestro "tal vez". Los
últimos días están próximos. ¿Nos encontramos preparados para
ellos? Y ¿de qué manera?
Pero ellos retrocedieron ante una respuesta, de tal forma que
Mendelius les ofreció otro ejemplo.
—Algunos de ustedes tienen edad suficiente para recordar los
últimos días del Tercer Reich; en un país en ruinas, con la revelación
de la monstruosidad de los crímenes cometidos por el difunto
régimen, con una generación destruida, y el ethos de una nación
corrompido, sólo quedaba una meta posible: sobrevivir. Para aquéllos
de nosotros que aún recuerdan; no es acaso eso lo que más puede
asemejarse a una catástrofe como la que estoy presentando como
hipótesis…? Pero ustedes están aquí hoy porque, en alguna parte, de
alguna manera, la fe y la caridad han sobrevivido y han una vez más,
fructificado… ¿Me he explicado bien?
—Sí —la respuesta llegó en un suave coro.
—¿Cómo entonces…? —el desafío que les estaba lanzando se
hizo más fuerte— ¿cómo podremos asegurarnos de que, cuando
lleguen estos últimos días, la fe y la caridad sobrevivan entre
nosotros? Si quieren, olviden los últimos días. Supongamos que tal
como muchos lo vaticinan, dentro de los próximos doce meses,
tengamos una guerra nuclear ¿qué harían ustedes entonces?
—Morir —dijo una voz sepulcral desde el fondo de la sala lo que
provocó instantáneamente un alegre coro de carcajadas.
—Señoras y caballeros —dijo Mendelius intentando inútilmente
sofocar su propia risa—. Ha hablado un verdadero profeta. ¿Querría él
subir a esta tarima y hablar en mi lugar?
Nadie se movió. Y después de unos minutos la risa fue
muriendo en el silencio. Mendelius continuó, más suavemente esta
vez.
—Querría leerles un extracto de un documento preparado por
un querido amigo mío. No puedo nombrarlo, pero les ruego que
acepten mi palabra de que se trata de un hombre de gran santidad y
singular inteligencia; además, de alguien que entiende muy bien los
usos y alcances del poder en este mundo moderno. Después de la
lectura, espero que me brindarán sus comentarios.
Hizo una pausa para limpiar sus anteojos y comenzó a leer
algunos trozos de la encíclica de Jean Marie.
"… Es evidente que en estos días de calamidad universal, las
estructuras tradicionales de la sociedad no sobrevivirán. Se desatará
una lucha fiera en torno a las necesidades más elementales de la
vida: alimento, agua, combustible y abrigo. Los fuertes y los crueles
usurparán la autoridad. Las grandes sociedades urbanas se disolverán
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en grupos tribales…"
Sintió como lentamente las palabras hacían presa del auditorio,
cómo la tensión subía de punto. Cuando terminó de leer, el silencio
fue como un muro levantado delante de él. Retrocedió unos pasos del
lugar que había ocupado como conferenciante y preguntó
simplemente:
—¿Algún comentario?
Hubo una larga pausa y luego una joven mujer se levantó.
—Soy Henni Borkheim de Berlín. Mi esposo es pastor. Tenemos
dos hijos. Y tengo una pregunta que hacer. ¿Cómo puede usted
demostrar su caridad con un hombre que llega con una pistola para
robar lo que usted aún posee y quitar el último pan de la boca de sus
hijos?
—Y yo tengo otra pregunta —el joven sentado junto a ella se
levantó a su vez—. ¿Cómo puede usted continuar creyendo en un
Dios que inventa o permite una calamidad universal así y luego se
sienta a juzgar a sus víctimas?
—De manera que tal vez —dijo Carl Mendelius gravemente—
debemos ahora hacernos a nosotros mismos una pregunta más
fundamental. Sabemos que el mal existe, que el sufrimiento y la
crueldad existen, y que ellos pueden propagarse y llegar a todas las
extremidades, tal como sucede con el cáncer en el cuerpo humano.
¿Podemos entonces creer en Dios?
—¿Cree usted profesor? —Henni Borkheim estaba nuevamente
de pie.
—Sí. Yo creo en Él.
—Entonces ¿podría hacer el favor de contestar a mi pregunta?
—Fue contestada hace dos milenios: "Padre, perdónales porque
no saben lo que hacen".
—¿Y cuál sería la respuesta suya, la que usted daría?
—No lo sé, mi querida —Estuvo a punto de decirle que aún no
había sido crucificado, pero lo pensó mejor y se calló. En cambio,
bajó del sitial en que se hallaba y caminó a través del auditorio hasta
el lugar en que la muchacha se encontraba sentada con su marido. Le
habló calmadamente, la voz llena de persuasión.
—…¿Ve usted la situación en que nos colocamos cuando
invocamos y exigimos la aclaración del testimonio personal ante cada
problema planteado? No sabemos, es imposible que sepamos cómo
actuaremos cuando llegue el momento de la acción. Sabemos cómo
deberíamos obrar, sí. Pero no hay forma de conocer con anticipación
lo que efectivamente haremos en una coyuntura dada… Recuerdo,
cuando era muchacho, a mi madre en Dresden hablando con mi tía
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sobre la inminente llegada de los rusos. Se suponía que yo no oía,
pero oí. Mi madre pasó a mi tía un pote de jalea lubricante y le dijo:
"Creo preferible relajarse y tratar de sobrevivir antes que resistir y
ser asesinada… De todos modos seremos violadas y no creo que
exista la promesa de ningún milagro capaz de prevenir hechos
semejantes, ni tampoco ninguna legislación que cubra la violación en
tiempo de caos". —Sonrió y extendió su mano hacia la joven—. No
discutamos. Conversemos sobre estas ideas, pero en paz.
Mendelius y la muchacha se dieron la mano mientras un breve
murmullo de aprobación surgía de la audiencia; luego Mendelius
continuó con otra pregunta.
—En un mundo plural ¿de quiénes podemos afirmar que son los
elegidos? ¿Nosotros romanos, ustedes luteranos, los Sunitas o los
Chutas en el Islam, los Mormones de Salt Lake City, los Animistas de
Tailandia?
—Si respetamos verdaderamente al individuo no es a nosotros
a quienes corresponde elegir —un pastor de cabello gris con las
manos agarrotadas por la artritis se puso penosamente de pie. Habló
entrecortadamente pero con convicción—. No hemos sido llamados
para juzgar a los demás de acuerdo a nuestros conocimientos. La
única orden que hemos recibido es la de amar la imagen de Dios en
nuestros compañeros peregrinos en esta tierra.
—Pero también se nos ha ordenado que mantengamos intacta
la pureza de nuestra fe y que hagamos conocer al mundo la buena
nueva de Cristo —dijo el pastor Petrus de Darmstadt.
—Cuando usted llega a sentarse a mi mesa —explicó
pacientemente el anciano— le ofrezco la comida que tengo. Si usted
es incapaz de digerirla, ¿qué puedo hacer yo? ¿Obligarlo a comerla y
atorarse con ella?
—Y por eso, amigos míos —dijo Mendelius volviendo a coger las
riendas de la discusión— cuando la negra noche cae sobre el ancho
desierto donde no hay pilares ni nubes ni chispas de fuego para guiar
nuestro camino; cuando la voz de la autoridad enmudece y no
escuchamos ya nada sino la algarabía de las mismas y viejas
discusiones, cuando Dios parece haberse ausentado de su propio
universo ¿hacia dónde podemos volvernos? ¿a quién,
razonablemente, podemos creer?
Caminó lentamente de regreso hacia el sitial del conferenciante
y allí, quieta, largamente, esperó que alguien le respondiera.

—Tengo miedo, schatz. Me siento tan mortalmente asustado


que lo único que desearía es salir de aquí y tomar el primer avión de
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regreso a Alemania.
Eran las doce y media de la mañana y se encontraban sentados
frente a un temprano almuerzo en un tranquilo restaurante cerca del
Panteón, antes que Mendelius partiera hacia Monte Cassino. Dos
mesas más allá, Francone engullía spaghetti sin cesar de vigilar la
puerta. Lotte se inclinó hacia Mendelius y limpió una salpicadura de
salsa de un rincón de su boca. Lo regañó firmemente.
—En verdad, Carl, no sé por qué se ha formado todo este
alboroto. Eres un hombre libre. Vas a visitar a un viejo amigo. Y más
allá de esta única visita no tienes por qué emprender ninguna misión,
ni estás obligado a aceptar nada.
—Me pidió que lo juzgara.
—No tiene derecho a pedirte eso.
—No lo pidió. Lo rogó, lo suplicó. Escucha, schatz. He dado
vueltas y más vueltas en torno a este asunto; me lo he planteado a
mí mismo en todas las formas y niveles de análisis y sin embargo
estoy tan lejos de cualquier respuesta como lo estaba cuando
comencé. Jean Marie está exigiendo de mí que lleve a cabo un acto
de fe tan grande como… el reconocimiento de la Resurrección. Y no
puedo hacer ese acto de fe.
—Bueno, explícale esto a él. Así, tal cual.
—¿Y deberé explicarle también el por qué? "Jean, no estás loco,
no eres un impostor, no estás engañado ni eres sujeto de ninguna
ilusión; te amo como a un hermano, pero no creo que Dios elija
jardines para dialogar sobre el fin del mundo; y aunque vinieras a mí
cubierto por todos los estigmas de la Corona de Espinas continuaría
no creyéndolo".
—Si eso es lo que realmente piensas, debes decírselo.
—El problema es, schatz, que además pienso otra cosa. He
comenzado a creer que los cardenales tuvieron razón al obligar a
Jean Marie a abdicar.
—¿Qué te hace decir eso?
—Puede que sea el resultado de mis diálogos en la Academia y
también de una conversación que tuve con Hilde Frank. El único fin
que cada ser humano es capaz de enfrentar es su propio fin… La
catástrofe total está más allá de la capacidad de comprensión de una
persona y probablemente de su capacidad de actuar frente a ella. De
manera que es nada más que una invitación a la desesperación. Jean
Marie en cambio ve todo esto como una invitación a la caridad
evangélica. Y yo creo, me he convencido, de que sólo llevará a una
ruptura completa de toda forma de comunicación social. ¿Quién fue el
que dijo? "¿El velo que cubre la faz del futuro fue tejido por las
manos de la misericordia?"
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—Por todo lo que acabas de decirme —dijo Lotte firmemente—
creo que tienes la obligación de ser tan honesto con Jean Marie como
en este momento estás tratando de serlo contigo mismo. Te pidió que
lo juzgaras. Ofrécele el juicio que te pide.
—Quiero hacerte una pregunta directa y sencilla, schatz…
¿Crees tú que soy un hombre honrado?
Ella no le contestó inmediatamente. En cambio apoyó su
mentón en ambas manos y se quedó mirándolo por un largo rato sin
hablar. Luego, muy suavemente, le respondió.
—Recuerdo, Carl, el día en que te conocí. Yo estaba con
Frederika Ullman. Bajábamos por la Piazza Spagna, dos muchachas
alemanas haciendo su primera visita a Roma. Y tú estabas ahí,
sentado en las escaleras al lado de un joven que estaba pintando un
cuadro, pésimo por lo demás. Te veo aún. Llevabas pantalones
negros y una camiseta de lana de cuello alzado, negra también. Nos
detuvimos para mirar el cuadro. Tú nos oíste conversar en alemán y
nos hablaste. Y entonces nos sentamos a tu lado, felices de poder
charlar con alguien. Tú nos ofreciste té y bizcochos en la pequeña
tienda inglesa. Y luego nos invitaste a pasear en carrozza. Y salimos,
al trote de los caballos, hacia Campo dei Fiori. Cuando llegamos allá
nos mostraste esa maravillosa y pensativa estatua de Giordano Bruno
y nos contaste sobre él, sobre el juicio que le siguieron y de cómo lo
quemaron por herejía en aquel mismo sitio. Y luego dijiste: "Eso es lo
que ellos desearían hacer conmigo". Yo pensé que habías bebido o
que eras algo loco, hasta que tú nos explicaste que eras un sacerdote
y que estabas bajo sospecha de herejía… Parecías tan solo, tan
abrumado por el destino, que mi corazón, en ese instante, voló hacia
ti. Y luego tú citaste las últimas palabras de Bruno a sus jueces:
"Pienso, señores, que ustedes tienen más miedo de mí que el que yo
tengo de ustedes…" Y ahora creo que estoy mirando al mismo
hombre que vi aquel día. El mismo hombre que dijo: "Bruno fue un
farsante, un charlatán, un pensador confuso y oscuro, pero de él solo
sé una cosa: que murió como un hombre honrado". Entonces te amé,
Carl. Te amo ahora. Hagas lo que hagas, sea ello bueno o malo,
verdadero o falso, sé que morirás como un hombre honrado.
—Así lo espero, schatz -dijo gravemente Carl Mendelius— y
espero en Dios poder ser honesto con el hombre que nos casó.
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2005

CAPITULO 5

A las tres y media en punto de aquella tarde, Francone detuvo


el coche frente a los portales de entrada del gran monasterio de
Monte Cassino. Un hermano a cargo de los huéspedes dio la
bienvenida a Mendelius y lo condujo hasta su cuarto, una sencilla
habitación pintada a la cal y amoblada con una cama, un escritorio,
una silla, un armario para la ropa y un reclinatorio sobre el cual
colgaba un crucifijo tallado en madera de olivo. Al abrir las
contraventanas, descubrió una espectacular vista sobre el valle del
Rápido y las colinas que ondulaban hacia el Lacio. Sonrió ante la
sorpresa de Mendelius y dijo:
—Como ve ya estamos a mitad de camino hacia el cielo…
Espero que disfrute de su estada entre nosotros.
Esperó hasta que Mendelius terminó de desempacar su liviano
equipaje y luego lo acompañó a través de los desnudos y resonantes
corredores hasta el estudio del abad. El hombre que se levantó para
recibirlo era pequeño y delicado, con un rostro delgado y curtido por
el tiempo, el cabello gris y la dichosa sonrisa de un niño.
—¡Profesor Mendelius! Es un placer conocerlo. Le ruego que se
siente. ¿Quiere un café, tal vez un poco de licor?
—No gracias; nos detuvimos a tomar café en la autostrada.
Estoy muy agradecido por su bondad al aceptar recibirme.
—Viene usted muy bien recomendado, profesor —la inocente
sonrisa reveló un dejo de ironía—. No intento hacerlo esperar para su
encuentro con su amigo; pero creo que, primero, debemos hablar.
—Por supuesto. Usted me dijo por teléfono que él había estado
enfermo.
—Lo encontrará muy cambiado. —El abad hablaba escogiendo
cuidadosamente sus palabras—. Ha sobrevivido a una experiencia
que hubiera aplastado a otro menos fuerte. Y ahora está
sobrellevando otra forma de experiencia, más difícil, más intensa,
porque la lucha, esta vez, es interior. Yo lo aconsejo y ayudo lo mejor
que puedo. Y el resto de los hermanos lo apoyan con sus oraciones y
sus permanentes atenciones… pero es un hombre consumido por un
fuego interior. Tal vez quiera franquearse con usted. Si no lo hace,
déjele ver que usted comprende. No lo presione. Sé que le ha escrito
y sé lo que le ha pedido. Soy su confesor pero no estoy en
condiciones de discutir el tema con usted porque él no me ha dado
permiso para hacerlo… Por otra parte, usted no depende en nada de
mí y en consecuencia tampoco puedo presumir e intentar dirigir su
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2005
conciencia.
—Entonces, tal vez usted y yo podamos abrirnos el uno al otro
y aclarar así, mutuamente, nuestro pensamiento respecto de nuestro
amigo.
—Tal vez —la sonrisa del abad Andrew fue enigmática—, pero
creo preferible que antes de eso, usted converse con él.
—Desearía obtener primero respuestas para algunas preguntas.
¿Desea él realmente verme?
—Oh sí, claro que sí.
—Entonces explíqueme por qué cuando yo escribí a ambos, no
me contestó él como lo hizo usted y cuando llamé por teléfono ¿por
qué no lo invitó a él también para que hablara conmigo? —preguntó
Mendelius.
—Le prometo que no hubo en ello ninguna intención descortés.
—¿Qué fue entonces?
Por un largo momento, el abad permaneció en silencio,
estudiando el dorso de sus largas manos. Finalmente dijo, destacando
con lentitud cada palabra.
—Hay momentos en que él se ve imposibilitado de comunicarse
con nadie.
—Suena bastante siniestro.
—Al contrario, profesor. Tengo la convicción, basada en
observaciones personales, de que nuestro amigo Jean ha alcanzado
un grado muy alto de contemplación, que de hecho ha llegado a ese
estado que llamamos "iluminativo" y que se caracteriza porque
durante ciertos períodos el espíritu se absorbe completamente en su
comunicación con el Creador. Es un fenómeno raro y escaso, pero
que suele ser familiar en las vidas de los grandes místicos. Durante
estos períodos de contemplación el sujeto no responde a ningún
estímulo externo. Cuando la experiencia ha terminado, vuelve
inmediatamente a la normalidad… Pero en realidad no le estoy
diciendo nada que usted no sepa ya.
—Sé también —dijo Carl Mendelius secamente— que los
estados catatónicos y catalépticos son muy conocidos por la medicina
psiquiátrica.
—Estoy perfectamente consciente de ello, profesor. No crea que
aquí vivimos todavía en la Edad de Piedra. Nuestro fundador, San
Benito, era un hombre sabio y tolerante. Tal vez se sorprenda usted
al saber que uno de nuestros padres es un médico muy eminente con
grados y títulos de Padua, Zurich y Londres. Ingresó a la orden hace
diez años, a la muerte de su esposa. Ha examinado a nuestro amigo.
Bajo mi dirección, ha consultado el caso con otros especialistas en la
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2005
materia. Y está tan convencido como lo estoy yo, de que Jean Marie
es un místico y no un psicópata —dijo el abad mirándolo con
expresión seria.
—¿Ha informado de eso a la gente que lo declaró loco?
—He pasado un informe al cardenal Drexel. En cuanto al resto…
—sofocó, divertido, una pequeña risita— ellos parecen ser hombres
muy atareados y yo no deseo ser motivo de perturbación en los
importantes asuntos que los ocupan. ¿Alguna otra pregunta?
—Sólo una —dijo Mendelius gravemente—. Usted cree que Jean
Marie es un místico, un iluminado de Dios. ¿Cree también que Dios le
dispensó una revelación de la Parusía?
El abad frunció las cejas y sacudió la cabeza.
—Después, amigo mío. Hablemos de esto después que usted
haya conversado con él. Entonces le diré lo que yo creo… Venga. Lo
está esperando en el jardín. Lo llevaré hasta donde él está.

Se encontraba de pie en el medio del jardín del claustro, una


alta y delgada figura vestida con el hábito negro de San Benito,
dando de comer a las palomas que revoloteaban a sus pies. Al oír el
ruido de los pasos de Mendelius, se volvió y por el espacio de unos
segundos, se quedó mirándolo antes de avanzar vivamente hacia él,
con los brazos extendidos, mientras las palomas, asustadas, se
dispersaban sobre su cabeza. Mendelius avanzó a su vez y se
estrecharon en un largo abrazo. Mendelius impresionado sintió, aun a
través de los gruesos hábitos, cuan frágil y delgado se había vuelto
su amigo. Sus primeras palabras no fueron por eso, sino un ahogado
grito:
—¡Jean…! ¡Jean! Amigo mío.
Jean Marie Barette se aferró a él, dando repetidos golpecitos en
su espalda y diciendo una y otra vez:
—Grâce à Dieu! Grâce à Dieu!
Luego se separaron manteniendo el abrazo, pero a una
distancia suficiente para poder mirar los ojos del otro.
—¡Jean! ¡Jean! ¿Qué le han hecho? Está delgado como una
serpiente.
—¿Ellos? Nada —extrajo un pañuelo de la manga de su hábito y
limpió una salpicadura del rostro de su amigo—. Todos han sido más
que bondadosos. ¿Cómo está su familia?
—Muy bien, gracias a Dios. Lotte está aquí en Roma y me
encargó transmitirle todo su cariño.
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2005
—Estoy muy agradecido de que ella haya consentido en
prestármelo a usted… He orado rogando que viniera pronto, Carl.
—Hubiera deseado venir antes, pero no me fue posible dejar
Tübingen antes del fin del período académico.
—¡Lo sé…! ¡Lo sé! Y ahora me he enterado de que se ha visto
envuelto en problemas con los terroristas en Roma. Eso me
preocupa…
—¡Por favor, Jean! Olvidémonos de ello. Cuénteme más bien
acerca de usted.
—¿Qué le parece que caminemos un poco? Este lugar es muy
agradable, se siente la brisa que viene de las montañas, fresca y
pura, aun en los días de mayor calor.
Cogió el brazo de Mendelius y ambos amigos comenzaron a
caminar lentamente a través de los claustros, conversando sobre
temas triviales para dar tiempo a que la primera emoción del
encuentro se calmara y que la paz de su vieja amistad descendiera
una vez más sobre ellos.
—Me siento muy bien aquí —dijo Jean Marie—. El abad Andrew
es muy considerado conmigo. Y me gusta el ritmo de los días: las
Horas del Oficio cantadas en coro, el trabajo tranquilo… uno de los
padres es un excelente escultor en madera. Me siento a su lado en su
taller y lo observo mientras trabaja. Me encanta el olor de las astillas
de madera. Hoy es día de fiesta. Y fui yo quien preparó el postre que
usted comerá a la hora de la cena y que está hecho con una vieja
receta de mi madre. La fruta proviene del huerto del monasterio. En
la cocina dicen que soy mucho mejor como cocinero que como papa…
¿Y cómo va su vida, Carl?
—Es una buena vida, Jean. Los niños han comenzado a llevar
sus propios rumbos independientes. Katrin está enamorada de pies a
cabeza de su pintor. Johann ha resultado muy brillante como
economista y ha declarado que ha dejado de ser creyente. Uno
siempre continúa esperando que de alguna manera regresará a la fe,
pero de todos modos sigue siendo un espléndido muchacho. En
cuanto a Lotte y a mí, bueno, estamos comenzando a gozar juntos de
este mediodía de la vida… El nuevo libro va caminando. Por lo menos,
iba caminando, hasta que usted llegó y lo sacó por completo de mi
cabeza y de mis preocupaciones… No creo que haya pasado una hora
desde entonces en que usted haya estado ausente de mis
pensamientos.
—Y usted nunca estuvo muy lejos de los míos, Carl. Es como si
fuera la última tabla a la cual yo podía aún asirme después de mi
naufragio. No me atrevía a perderlo. Cuando miro hacia atrás esos
últimos días en el Vaticano; me estremezco de horror.
—¿Y ahora, Jean…?
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—Ahora me siento más calmado, aunque no plenamente en paz
todavía, porque aún no ha terminado mi lucha por liberarme de los
últimos vestigios de lo que se opone a mi plena conformidad con la
voluntad de Dios… Parece increíble pensar en cuan duro puede ser,
cuando en realidad debiera ser tan sencillo, abandonarse a la
Voluntad Divina y decir, sintiéndolo con todo el corazón: "Aquí estoy,
soy sólo un instrumento en Tus Manos. Haz de mí lo que Te plazca".
La entrega y la confianza han de ser absolutas; pero siempre uno
trata, aun sin saberlo ni darse cuenta, de proteger la propia apuesta.
—¿Y yo era una parte de la apuesta? —Mendelius habló con una
sonrisa y un leve toque de la mano destinados a suavizar la pregunta.
—Sí, usted era una parte, Carl. Supongo que aún lo es; pero
creo que usted forma también parte del designio divino sobre mí. Si
no hubiera escrito, si hubiera rehusado venir, me habría visto forzado
a pensar en otras alternativas y por eso rogué desesperadamente
para que me fueran dadas las fuerzas para enfrentar la posibilidad de
un rechazo suyo.
—Continúa siendo una posibilidad, Jean —dijo Mendelius con
grave gentileza—. Usted me pidió que lo juzgara.
—Y usted, ¿se ha formado ya una opinión sobre cuál será su
veredicto?
—No. Necesitaba hablar primero con usted.
—Sentémonos, Carl. Aquí, en este banco de piedra. Aquí estaba
yo sentado cuando ocurrió aquello… Pero antes de hablarle de eso he
de contarle otras cosas…
Se sentaron sobre el banco. Jean Marie cogió un puñado de
piedrecillas y comenzó a lanzarlas hacia un blanco imaginario. Habló
en un tono casual, cargado de lejanas reminiscencias.
—…Con toda sinceridad debo decirle Carl, que a pesar de las
abundantes y rituales negativas, de los públicos actos de humildad, la
verdad era que yo deseaba ser papa. Toda mi vida no había sido sino
una larga carrera dentro de la Iglesia. Uso la palabra carrera en el
sentido en que la emplean los franceses. Había sido formado para lo
que había hecho. Cuando joven, durante la guerra luché en la
Resistencia y así llegué al seminario como un hombre seguro de su
vocación y de sus motivos. Más aún, desde el primer momento,
comprendí la forma de trabajar del sistema. Es muy similar a la de
Saint Cyr, o de Oxford o de Harvard… Si usted conoce las reglas del
juego, todas las condiciones se dan en favor suyo. No estoy
intentando desacreditar nada… lo que digo no tiene nada que ver con
eso. Simplemente estoy reconociendo la existencia de ciertas
realidades, del hecho de que, en este campo, como en otros, hay,
debe haber, elementos de cálculo, de ambición… Yo tenía esa
ambición. Poseía también una buena, objetiva y precisamente
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francesa… De manera que fui un buen sacerdote, un buen obispo
diocesano. Quería serlo. Y trabajé duro para serlo. Repartí mucho
amor, logré reunir e interesar a la gente, aun a la gente joven. Hice
algunos experimentos sociales. Atraía vocaciones cuando en otras
diócesis las vocaciones al contrario, se perdían. Mis feligreses me
decían que ellos, a mi lado, experimentaban un sentido de unidad, de
dirección, de propósito religioso. En resumen, era natural que fuera,
tarde o temprano, candidato al capelo rojo del cardenalato. Al final
me fue ofrecido, pero con la condición de que viviera en Roma y
trabajara en la Curia. Naturalmente, acepté. Me nombraron prefecto
del Secretariado para la Unidad de los Cristianos y sub-prefecto del
Secretariado de los no-creyentes… Como sabe, son cargos de
segundo orden. El verdadero poder reside en las Congregaciones
Importantes: Doctrina de la Fe, Asuntos Episcopales y Clericales.
"Pero no obstante, me sentía dichoso. Tenía acceso al pontífice.
Tenía muchas posibilidades, la oportunidad de viajar, de hacer
contactos de todo orden con gente muy alejada de la enclave
romana… Y así fue como nos conocimos, Carl. Usted recuerda los
entusiasmos que compartimos. Como si hubiéramos tenido un palco
en la Opera… Y había tantas cosas buenas e importantes que parecía
posible llegar a realizar.
"Y fue entonces también cuando comencé a ver cuan poco
había yo hecho en realidad, o cuan poco podía llegar a hacer. Cuando
era obispo, si fundaba una escuela o un hospital, los resultados eran
tangibles, tenían sus propias y naturales consecuencias, estaban ahí.
Yo podía, con mis propios ojos ver a las hermanas confortando a los
moribundos… podía ver a los niños recibiendo enseñanza religiosa…
¿Pero un cardenal en Roma? ¿Qué hacía? Planes y proyectos y
discusiones y una nueva prensa para sacar más rápidamente los
documentos, pero entre el pueblo y yo, entre la gente y yo, una
infranqueable muralla parecía haberse levantado. Había dejado de ser
un apóstol. Me había transformado en un diplomático, un político, un
intermediario y la verdad es que el hombre que caminaba sobre mis
zapatos había dejado de gustarme… Y el sistema me gustaba aún
menos: engorroso, arcaico, costoso y lleno de tibios y cómodos
rincones acogedores para la pereza de los hombres que deseaban
dormir sus vidas y donde los intrigantes podían florecer como plantas
exóticas en un invernadero.
—Y sin embargo, si yo deseaba cambiar todo aquello, y lo
cambié, no le quepa duda, debía permanecer dentro de la Curia,
debía trabajar en los límites y en el marco de mi propio carácter. Soy
por naturaleza un hombre que gusta de persuadir, no de mandar.
Odio toda forma de rudeza. En toda mi vida no he golpeado jamás
una mesa…
—De manera que cuando mi predecesor murió y el cónclave se
encontró en un callejón sin salida, me escogieron a mí, Jean Marie
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Barette, como sucesor del Príncipe de los Apóstoles… —Lanzó las
últimas piedrecillas sobre el camino y se levantó penosamente de su
asiento en el banco—. ¿Le importaría, Carl, que fuéramos al taller del
padre Edmund? La temperatura es más suave allá, y siempre
estaremos tranquilos y solos. Al llegar la tarde, siento el frío…
En el taller, entre el alegre desorden de los diversos trozos de
madera, de las herramientas del padre Edmund y de un hirsuto Juan
Bautista que surgía a medio terminar de un bloque de roble, los
amigos se instalaron sobre un banco, como dos escolares, mientras
Jean Marie continuaba su relato.
—…Y ahí estaba yo, mi querido Carl, elevado repentinamente al
más alto sitial que un hombre puede alcanzar en la ciudad de Dios.
Mis títulos daban fe de mi eminencia y de mi autoridad "Supremo
Pontífice de la Iglesia Universal", "Patriarca de Occidente", "Primado
de Italia"… y patatín y patatán. —Rió, auténticamente divertido—. Se
lo digo yo, Carl, cuando se asoma por primera vez a aquel balcón y
mira hacia la plaza de San Pedro y oye el aplauso de la
muchedumbre, en ese momento realmente se cree que es alguien. Es
muy fácil olvidarse de que Cristo fue un profeta errante que dormía
en cuevas cavadas en la roca, que Pedro fue pescador de una aldea
galilea y que Juan el Precursor fue asesinado en el fondo de una
cárcel…
—…Y claro, después de aquellos primeros ensayos, usted
aprende muy rápido. El sistema está especialmente diseñado para
rodearlo con el aura de la autoridad absoluta y al mismo tiempo para
obstruir en forma resuelta y definitiva su posibilidad de usarla. Las
largas ceremonias litúrgicas y las apariciones públicas son piezas de
teatro en las cuales uno es presentado y lucido como el actor
principal. Las audiencias privadas son acontecimientos diplomáticos.
Se hablan banalidades. Se bendicen medallas. Se fotografía uno con
los visitantes para la posteridad de ellos… Entre tanto el molino de la
burocracia sigue moliendo su grano, filtrando todo lo que llega a su
mesa de trabajo, editando y desglosando lo que uno escribe. Usted se
ve constantemente asediado por consejeros cuyo único propósito
parece ser el de dilatar toda decisión. Usted no puede actuar sino a
través de intermediarios. Las horas del día no alcanzan para que
usted pueda digerir toda la información que le presentan, y el
lenguaje de la Curia está cuidadosamente estudiado para ser oscuro,
tanto como el lenguaje oficial de los americanos o las declaraciones
de doble sentido de los marxistas…
—Recuerdo haber hablado de esto con el presidente de los
Estados Unidos y, más tarde, con el presidente de la República
Popular China. Y cada uno de ellos me contestó, con expresiones
distintas, pero en substancia, lo mismo. El presidente americano,
famoso por sus sabrosas salidas, dijo: "Primero nos castran y luego
esperan que ganemos el Derby de Kentucky". El presidente chino fue
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más discreto: "Usted tiene —dijo— quinientos millones de fieles. Los
hombres sobre los que yo gobierno doblan ese número. Es por eso
que usted necesita los fuegos del infierno y yo los campos de
concentración, y la muerte nos lleva antes que alcancemos a realizar
siquiera la mitad de la tarea…” Y ese es el otro problema, Carl, la
desesperación que nuestra propia mortalidad provoca en nosotros, y
los líderes desesperados son muy vulnerables. Porque tendemos a
rodearnos de aduladores o a agotar nuestras energías en una lucha
sin cuartel contra hombres tan resueltos como nosotros mismos…
—O tal vez comenzamos a esperar por los milagros —dijo
suavemente Carl Mendelius.
—O nos sentimos tentados de crear esos milagros —Jean Marie
lanzó a su amigo una rápida y sagaz mirada—. Los políticos tienen su
andamiaje de propaganda y el papa sus artesanos de maravillas. Eso
es lo que sus palabras han implicado ¿no es así, Carl?
—Es un punto importante, Jean. Y tiene mucho que ver con el
tema que nos preocupa. Por eso debía decírselo.
—La respuesta es muy sencilla, no obstante. Sí. Es verdad que
uno desea que ocurran milagros. Uno ruega, a Dios para que se deje
ver alguna vez, de alguna forma, en este planeta tan cruel. Pero de
ahí a crear uno mismo esos milagros o buscarse un mago hecho a
medida, o adoptar un soi-disant santo de la cosecha anual que nunca
deja de producirse, eso no, Carl. Jamás. Lo qué me sucedió fue real,
no fue deseado, ni pedido. Fue un tormento y no un regalo.
—Pero usted trató de explotarlo.
—¿Cree usted eso, mi viejo amigo?
—Hago la pregunta porque otros lo creen, y porque otros más
pueden afirmar eso en el futuro.
—Y no puedo ofrecerle a usted ninguna prueba para apoyar mis
palabras.
—Precisamente, Jean. Para usar los términos de análisis bíblico,
usted afirma haber sido objeto de una revelación privada, pero no
puede exigir a otros que apoyen con un acto de fe un acontecimiento
sin pruebas. En consecuencia, es preciso que surja algún signo que
otorgue legitimidad a lo que afirma… Los cardenales temieron que
usted tratara de legitimar su revelación a través del dogma de la
infalibilidad. Y por eso trataron desesperadamente de librarse de
usted antes que pudiera usar de ese recurso…
Jean Marie, con el ceño fruncido, reflexionó por unos minutos y
luego asintió.
—Sí. Acepto sus definiciones. Declaro haber sido objeto de una
revelación privada. Y carezco de un signo que legitime mi revelación
y me permita proclamarla…
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—Corrección —Mendelius se esforzó por encontrar la frase
precisa—: que lo autorice a usted para proclamarla en tanto que
Pontífice de la Iglesia Universal.
—Contemple sin embargo a nuestro Bautista —Jean Marie
paseó su mano por la escultura inconclusa—. Vino del desierto
proclamando que el reino de Dios estaba por llegar, que los hombres
debían arrepentirse y ser bautizados. ¿Qué patente de autoridad
tenía? Cito: "Fue dirigida la palabra de Dios a Juan hijo de Zacarías
en el desierto…" —Sonrió y se encogió de hombros—. Por lo menos,
Carl, hay precedentes. Pero permítame continuar… Estábamos
hablando acerca del poder y de sus limitaciones. Uno de los
privilegios de que disfruté siendo papa fue el del pleno acceso a la
información, y a la información desde las más altas fuentes. Viajé.
Hablé con los jefes de Estado. Recibí a sus emisarios.
—Y todos ellos, sin excepción, enfrentaban el mismo horrendo
dilema. Habían sido elegidos para servir al interés nacional. Si
fallaran en servir ese interés, corrían el riesgo de ser depuestos. Pero
ellos sabían que, llegado un momento, debían encontrar una forma
de compromiso entre el interés de su país y otros intereses,
igualmente imperativos, y que, si este compromiso fracasaba, el
mundo podría verse sumido en una guerra atómica…
—Todos ellos sabían más, Carl, mucho más de lo que jamás
osaron, ni osarían decir en público: que los instrumentos de
destrucción son tan amplios, tan mortales, que no hay contra ellos
ningún antídoto posible, que están en condiciones de arrasar con la
humanidad y de transformar al planeta en un lugar inapto para toda
forma de vida humana… Lo que estos hombres me dijeron alimentó
las pesadillas que comenzaron a asediarme, y que ya no me
abandonaron ni de día ni de noche. Todo lo demás me pareció, desde
entonces, insignificante, irrelevante: las disputas dogmáticas, alguno
que otro pobre sacerdote acostándose con la sirvienta, la cuestión de
saber si una mujer podía tomar una píldora o llevar consigo una
pequeña tarjeta para calcular sus períodos y evitar así la fabricación
de más carne de cañón para el día del Armageddon… ¿Comprende,
amigo mío? ¿Comprende realmente?
—Comprendo, Jean —dijo Mendelius con sombría convicción—.
Mejor que usted mismo, tal vez, porque yo tengo hijos y usted no.
Sobre este punto nuestras situaciones difieren. Pero yo tenía que
decírselo, decirle que no se precisa de ninguna visión para ver la
proximidad de la catástrofe final. Lo que sí creo es que esta visión ha
estado ardiendo en su cerebro. Usted mismo acaba de llamarla
alimento de sus pesadillas, y dice que puede tenerlas caminando o
durmiendo.
—¿Y el resto, Carl? ¿La liberación final, la última justificación
del Plan Redentor de Dios, la Parusía? ¿La soñé también?
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—Podría haberla soñado. —Mendelius elaboró cuidadosa y
lentamente su respuesta—. En tanto que historiador y en tanto que
estudioso e investigador de las creencias religiosas de la humanidad,
yo le digo que el tema de los últimos días nunca ha dejado de estar
presente en la memoria popular de todas las razas que han existido
bajo el sol. Se la puede encontrar en todas las literaturas, en todas
las manifestaciones del arte, en todos los ritos conocidos y
practicados por el hombre. Las modalidades en que se ha expresado
pueden haber sido diferentes, pero es el mismo sueño el que
persiste, que nos persigue bajo nuestras almohadas en la oscuridad y
que, durante el día, toma sus formas de las nubes de tormenta que
se acumulan en el cielo o del rayo que cae, inesperado y aterrador.
Usted y yo compartimos ese mismo sueño pero cuando usted dice, en
su encíclica; "El Espíritu Santo me ha ordenado escribir para ustedes
estas palabras", entonces me veo obligado a preguntarle, como en su
momento lo hicieron sus colegas, si en este caso, está hablando de
símbolos o de hechos. Si me habla de hechos, muéstreme el escrito o
el sello, pruébeme que el mensaje es auténtico.
—Usted sabe que no lo puedo hacer —dijo Jean Marie Barette.
—Así es —dijo Carl Mendelius.
—Pero si admite, Carl, que la catástrofe es posible y aún más,
inminente, si admite que la doctrina de los últimos días forma parte
de los sueños más auténticos de toda la humanidad, y que además
está inscrita en la más clara tradición de la doctrina cristiana, ¿por
qué debería yo callar acerca de ella, visión o no visión?
—Porque usted mismo determinó esa catástrofe —Mendelius se
mostraba implacable— usted determinó la circunstancia en que se
produciría, el tiempo aproximado en que ocurriría. Pidió preparativos
inmediatos y específicos. Cerró la puerta a toda esperanza de
continuidad y se encerró a sí mismo en una doctrina que implicaba un
margen de elecciones tan estrechas que de hecho estaba destinada a
ser rechazada por la gran mayoría de la humanidad y también por la
mitad de su propia Iglesia. Para los que estuvieran dispuestos a
aceptarla, las consecuencias serían desastrosas: pánico de masas,
desórdenes públicos y casi seguramente, una ola de suicidios…
—Felicitaciones, Carl —Jean Marie le sonrió con irónica
aprobación—. El alegato que acaba de presentar es espléndido, muy
superior aun al que presentaron mis cardenales.
—Ahí se lo dejo —dijo Carl Mendelius.
—¿Y espera que yo le responda?
—En su carta, me pidió que yo fuera, ante el mundo, testigo y
apóstol de un mensaje, que usted ya no se encontraba en
condiciones de proclamar. Pero antes, es preciso que me pruebe a mí
que su mensaje es auténtico.
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—¿Cómo, Carl? ¿Qué evidencia sería capaz de convencerlo?
¿Una zarza ardiendo? ¿Un bastón de caña transformado en serpiente?
¿Nuestro Bautista de aquí emergiendo vivo de su talla de madera?
Pero antes que Mendelius tuviera tiempo para contestar, la
campana del convento comenzó a tañer. Jean Marie se deslizó fuera
del banco y sacudió el polvo de su sotana.
—Es día de fiesta, Carl. Las vísperas se rezan media hora antes
de lo acostumbrado. ¿Nos acompañará a la capilla?
—Si puedo —dijo Mendelius suavemente—. He agotado todas
las respuestas humanas.
—No hay respuestas humanas —dijo Jean Marie Barette y citó
lentamente—: Nisi Dominus aedificaverit domum… "A menos que el
Señor construya la casa, los constructores trabajarán en vano…"
El antiguo orden jerárquico continuaba prevaleciendo en la
capilla. El abad, rodeado por sus consejeros ocupaba el lugar de
honor. Jean Marie, ex-papa, estaba sentado entre los monjes más
jóvenes. Carl Mendelius se encontró colocado entre los novicios, con
un breviario prestado en las manos. Le resultó una extraña, punzante
experiencia, como si hubiera retrocedido treinta años, hacia la
antigua vida monástica en la cual había sido entrenado. Cada
cadencia del canto gregoriano le era familiar. Las palabras de los
Salmos revivieron en su memoria, como en un caleidoscopio, las
imágenes de sus días de estudiante, clases, discusiones y, en el
período que precedió a su partida, largas y dolorosas disputas con
sus superiores. "Ad te, Domine, clamabo…" entonaba el coro "A Ti
clamo, Señor".

No guardes silencio frente a mí


porque si callas
yo seré como los que caen al abismo.
Escucha, Señor, la voz de mi súplica
cuando te ruego,
cuando levanto las manos
a Tu Santo Templo.

La invocación tenía ahora un nuevo sentido para él. Porque el


silencio que había caído entre él y Jean Marie le parecía siniestro.
Repentinamente habían dejado de ser amigos, eran como extranjeros
que se hubieran encontrado casualmente en una tierra de nadie
hablando cada uno un lenguaje incomprensible para el otro. El Dios
que había hablado a Jean Marie había permanecido
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inescrutablemente silencioso para Carl Mendelius.
"De acuerdo al trabajo de sus manos…" los acordes del canto
resonaron bajo las abovedadas naves "otórgales, Señor, su
recompensa". Y la respuesta llegó, sombría y amenazadora. "Porque
ellos no comprendieron los trabajos del Señor… destrúyelos, Señor, y
no les permitas construir".
Pero… pero luchando contra el contrapunto de la melodía,
Mendelius despejó los caminos para construir su argumentación.
¿Cuál era el verdadero sentido de todo aquello? Si el gran salto de la
fe dejara de ser un acto racional, entonces se transformaría en lo
contrario, un acto insano, el acto de un loco que Mendelius de
ninguna manera cometería, aunque ello significara la ruptura del lazo
que lo unía a Jean Marie. Y era en verdad muy triste, a estas alturas
de su vida, contemplar semejante perspectiva, cuando el simple
transcurrir del tiempo se encargaba solo de borrar tantas y tan
queridas relaciones.
Se alegró cuando el servicio terminó por fin y la comunidad se
reunió para la cena de fiesta en el refectorio del convento. Descubrió
que le era posible reírse de las pequeñas bromas, aplaudir el postre
de Jean Marie, discutir con el padre archivista sobre los recursos de la
biblioteca y con el abad sobre la cualidad del vino de los Abruzzos.
Cuando la cena terminó y los monjes comenzaron a dirigirse hacia la
sala común para el recreo de la velada, Jean Marie se acercó al abad
y le dijo:
—¿Podría excusarnos, padre? Tengo aún algunas cosas que
discutir con Carl. Después leeremos juntos las Completas en mi celda.
—Naturalmente… Pero no lo haga velar hasta muy tarde,
profesor. Estamos tratando de obligarlo a que se cuide.
La celda de Jean Marie era tan desnuda como el cuarto donde
Mendelius había sido hospedado. No había otro adorno que un
crucifijo, y los únicos libros que se veían eran la Biblia, una copia de
la Regla, un libro de Horas y una edición francesa de la Imitación de
Cristo. Jean Marie se despojó de su hábito, lo besó y lo colgó en el
armario. Luego colocó una camiseta de lana sobre su camisa y se
sentó en la cama frente a Mendelius. Dijo, con un toque de ironía.
—Y así pues, aquí estamos, Carl. Mire atentamente. En esta
celda no hay monjes. Sólo dos hombres tratando de ser honrados el
uno con el otro. Permita que yo haga ahora algunas preguntas…
¿Cree que soy un hombre cuerdo?
—Sí, lo creo, Jean.
—¿Soy un mentiroso?
—No.
—¿Y la visión?
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—Creo que tuvo la experiencia que me describió en su carta. Y
creo que es totalmente sincero en la interpretación que le da.
—Pero no desea comprometerse con esa interpretación.
—No puedo. Lo más que puedo es abrir mi mente y mantenerla
abierta.
— ¿Y el servicio que le pedí?
—¿Que yo sirva de mensajero para la idea de la próxima
catástrofe y de la Segunda Venida? No puedo hacerlo, Jean. No lo
haré. Ya le he explicado algunos de los motivos que me mueven a no
hacerlo. Pero además hay otras razones. Este asunto provocó su
abdicación. Usted llevaba el anillo del Pescador. Usted ostentaba el
sello del Supremo Maestro. Y usted entregó esos signos. Se rindió. Si
como papa, no fue capaz de proclamar aquello en que creía, ¿qué
espera de mí? He dejado de ser un clérigo. Soy nada más que un
académico seglar. He sido privado de toda autoridad de enseñar en la
Iglesia. ¿Qué puede esperar que haga yo? ¿Ir por allí formando
sectas de cristianos milenaristas? Eso ya ha sido hecho, en tiempos
tan lejanos como los de Montanus y Tertuliano, y las consecuencias
siempre han sido desastrosas…
—No. No es eso lo que pretendo, Carl.
—Eso es lo que sucedería. Le guste o no, lo único que
conseguiría sería una anarquía carismática.
—De todos modos, la anarquía será inevitable.
—Entonces yo rehúso contribuir a ella.
—Le diré algo, Carl. Llegará un día en que aceptará la misión
que hoy está rehusando. Porque algún día verá la luz que hoy no
puede ver. Llegará un día en que sentirá la mano de Dios en su
espalda y entonces caminará hacia dondequiera que ella lo dirija.
—Por el amor de Dios, Jean, ¿qué es usted? ¿Alguna especie de
oráculo? No puede amontonar profecías sobre profecías de lo cual no
resultan sino locuras. Ahora, escúcheme. Soy Carl Mendelius, ¿lo
recuerda? Usted me pidió que emitiera un juicio. Pues bien, lo haré.
Juzgo que usted nos ha dicho mucho y muy poco. Usted era el papa.
Dijo que había tenido una visión. En esa visión fue llamado por Dios
para proclamar la inminencia de la Parusía. Ahora, enfrente este
hecho: usted no lo hizo. No lo proclamó. En cambio cedió ante la
presión de un grupo de poder. ¿Por qué permitió que ellos lo
silenciaran, Jean? ¿Por qué continúa en silencio ahora? Usted
renunció a la única cátedra desde la cual hubiera podido hablar al
mundo. ¿Por qué espera que un profesor de mediana edad de Suavia
rescate lo que usted abandonó? —La furia y la frustración de
Mendelius se desataron en una última y amarga amonestación—
Drexel me ha dicho que usted se ha transformado en un místico. Ser
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un místico es algo muy adecuado, muy tradicional y evita un montón
de problemas al establishment, porque aun la misma prensa huye de
la locura de Dios. Pero lo que usted escribió en su encíclica significa la
vida o la muerte para millones de seres en este pequeño planeta.
¿Fue un hecho o una simple ficción? Necesitamos un testimonio real y
pleno. No podemos esperar mientras Jean Marie Barette juega a las
escondidas con Dios en el jardín de un monasterio.
En el momento mismo en que pronunciaba aquellas palabras se
avergonzó de su brutalidad. Jean Marie permaneció por un largo
momento silencioso, contemplando el dorso de sus manos. Cuando
finalmente habló, lo hizo con una contenida frialdad.
—Me pregunta por qué abdiqué… El conflicto entre la Curia y yo
era mucho más desesperado de lo que usted pueda imaginar. Si yo
hubiera decidido permanecer en mi cargo, eso hubiera, sin duda
alguna, producido un cisma. El Sacro Colegio me hubiera depuesto y
hubiera elegido a un rival. Y durante el medio siglo subsiguiente, el
mundo hubiera resonado con nuestras querellas por la legitimidad del
título. Papas y anti-papas son una vieja historia que en este caso se
hubiera repetido. Pero vivir y morir con eso sobre mi conciencia, no,
jamás… Hace un minuto, acaba de usar usted una metáfora terrible,
"Jean Marie jugando a las escondidas con Dios en el jardín de un
monasterio…"
—Lo siento, Jean. Realmente yo no quise decir…
—Al contrario, Carl, quiso decir exactamente lo que dijo; pero
sin embargo se equivocó. No estoy jugando a las escondidas con
Dios. Estoy sentado aquí, muy quieto, esperando que el Señor me
hable nuevamente y me diga lo que tengo que hacer. Sé que necesito
un signo que legitime lo que digo, pero sé también que no estoy en
condiciones de dar ese signo por mí mismo. Por eso espero…
Hablamos hace poco de milagros, Carl, de signos y maravillas. Y
usted preguntó si yo alguna vez los había pedido. ¡Oh, sí! Cuando los
cardenales venían a argumentar conmigo, cuando llegaban los
médicos, graves y clínicos, yo rogaba pidiendo un milagro: "Dame
Dios, algo para enseñarles, algo que pruebe que no estoy loco, que
no soy un impostor". Antes que usted llegara, supliqué y supliqué:
"Por lo menos, haz que Carl crea en mí". Bien… —Sonrió y se alzó de
hombros en un gesto muy galo—. Parece que deberé esperar más de
lo que creía para ser legitimado… ¿Leemos ahora las Completas?
—Antes de hacerlo, Jean, déjeme decirle una última cosa. Vine
como amigo. Deseo irme como amigo.
—Y así se irá. ¿Por qué rogaremos?
—Roguemos para obtener el último pedido de Goethe: Mehr
licht, "más luz".
—Amén.
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Jean Marie cogió su breviario. Mendelius se sentó a su lado
sobre la angosta cama y juntos recitaron los salmos de las últimas
horas canónicas del día.
A la mañana siguiente la conversación entre ambos amigos
resultó mucho más fácil. Las palabras más duras ya habían sido
pronunciadas. No cabían ya temores de malentendidos pues los
puntos en disputa habían sido aclarados. En el jardín de la visión,
Jean Marie Barette, ex-papa, lanzaba migajas de pan a las palomas
que se contoneaban a su alrededor, el jardinero hacía zumbar su
azadón, el padre sacristán cortaba nuevas rosas para los floreros del
altar y Carl Mendelius exponía su posición.
—…En lo referente a su revelación privada, Jean, soy un
agnóstico. No sé. En consecuencia, no puedo actuar. Pero en lo
referente a nosotros dos, viejos amigos de corazón, si bien poseo
muy poca fe, me sobra el amor. Le ruego que acepte esto.
—Lo acepto.
—No puedo aceptar una misión en la que no creo y sobre la
cual usted carece de la autoridad para enviarme a preciarla. Pero en
cambio puedo hacer algo para someter sus ideas a prueba ante una
audiencia internacional.
—¿Y de qué manera se propone hacer eso, Carl?
—En dos formas. En primer lugar puedo llegar a un acuerdo con
Georg Rainer, un periodista de mucho prestigio y autoridad, para
publicar una versión precisa y verdadera de su abdicación. En
segundo lugar, yo mismo puedo escribir, para la prensa internacional,
algunos recuerdos personales de mi amigo, el ex Gregorio XVII. En
estas memorias puedo llamar la atención hacia algunas de las ideas
que usted expresa en su encíclica. Finalmente, puedo tomar las
medidas necesarias para asegurarme de que ambos documentos
lleguen a poder de las personas incluidas en su lista diplomática… Le
ruego que comprenda lo que le estoy ofreciendo, Jean. No es un
alegato en favor de su visión, no es una cruzada. Se trata
simplemente de ofrecer al público una honrada historia de lo que
ocurrió, un retrato simpático, una exposición clara de sus ideas tal
como yo las he entendido… con la posibilidad, para usted, de negar
cualquier aspecto que le moleste o le disguste sobre lo que yo haya
publicado.
—Es un ofrecimiento muy generoso, Carl.
Jean Marie se había conmovido. Mendelius se sintió obligado a
hacerle una advertencia.
—Es mucho menos de lo que me pidió. Por otra parte deja al
desnudo los vacíos y la debilidad de su posición. Por ejemplo, aun
para mí, en esta reunión, usted casi no ha dicho nada respecto de su
estado espiritual…
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2005
—¿Qué puedo contarle sobre esto, Carl? —El desafío implícito
en las palabras de su amigo parecía haberlo sorprendido—. A veces
me siento sumido en una oscuridad tan honda, tan amenazadora,
como si hubiera sido despojado de toda forma humana y condenado a
una eterna soledad. En otros momentos, al contrario, me siento
bañado en una calma luminosa, en una paz total y sin embargo al
mismo tiempo armoniosamente activa, como un instrumento en las
manos de un gran artista… No puedo leer lo que está escrito y no
tengo urgencia alguna en interpretarlo, tengo tan solo la serena
confianza de que cada momento que pasa contribuye a realizar en mí
el sueño del maestro. El problema es, mi querido Carl, que tanto el
terror como la calma me cogen igualmente desprevenido. Se van tan
súbitamente como aparecen y dejan mis días tan llenos de vacíos
como un queso suizo. A veces me suelo encontrar en el jardín o en la
capilla o en la biblioteca sin tener la menor idea de cómo he llegado
allí. Si eso es el misticismo, Carl, entonces, que Dios me ayude.
Preferiría mil veces caminar por el purgatorio del mundo como todos
los hombres… Ahora, cómo se arreglará usted para explicar esto a
sus lectores, ya es asunto suyo.
—Entonces, ¿está de acuerdo con la publicación que he
sugerido?
—Precisemos algunos puntos —los ojos de Jean Marie brillaban,
traviesos—. Veamos las cosas a la manera romana y diplomática. Las
especulaciones que un periodista pueda hacer sobre la historia actual
no requieren ningún permiso mío. Y si usted, mi distinguido y docto
amigo, desea escribir memorias sobre mí o sobre mis opiniones, yo
no puedo impedírselo… Y dejemos las cosas así, ¿qué le parece?
—¡Encantado! —Mendelius sofocó una risita. En verdad se
estaba divirtiendo—. Ahora, una última pregunta. ¿Podría usted,
querría considerar la posibilidad de venir a Tübingen a pasar unas
vacaciones con nosotros? ¡Lotte estaría tan dichosa de tenerlo en
casa! Para mí, sería como si un hermano viniera a vivir conmigo.
—Gracias amigo querido, pero no. Un permiso de esa
naturaleza solicitado por mí podría traerle problemas al abad y
además habría dificultades diplomáticas que requerirían de un manejo
muy delicado… Por otra parte nunca estaremos más próximos el uno
al otro de lo que estamos en estos momentos… Ve usted Carl, cuando
yo vivía en el Vaticano, el campo de mi visión estaba constituido por
el panorama total del mundo con sus incontables millones de seres
trabajando temerosos bajo la amenaza de la nube en forma de
hongo. Aquí, al contrario, percibo las cosas en forma reducida,
pequeña. Y todo el amor y el anhelo y la capacidad de cuidado que
poseo se concentran en el rostro humano más próximo a mí. En este
momento, ese rostro es el suyo, Carl; usted es todo lo que yo puedo
amar y todo es usted. Sé que no es un sentimiento fácil de expresar,
y esa fue precisamente la agonía que experimenté en el momento de
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la visión: la pura simplicidad de las cosas, la esplendorosa, la
aterrorizante unidad del Todopoderoso y de sus designios.
Mendelius frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Desearía que me fuera posible compartir su visión, Jean. Pero
no puedo. Pienso que la humanidad tiene ya suficientes terrores sin
necesidad de agregarles éste del Dios del supremo holocausto. Y he
conocido gente muy buena que prefiere la oscuridad eterna a la
visión de Siva el Destructor.
—¿Es así como usted percibe a Dios, Carl?
—Allá en Roma —dijo suavemente Mendelius— hay asesinos
esperando para matarme. Pero debo confesarle que temo menos a
esos asesinos que a un Dios que puede cerrar de golpe la tapa de su
caja de juguetes y lanzarla al fuego. Y es por eso que no me siento
capaz de predicar su catástrofe del milenio, Jean… No, si ese horror
decretado desde la eternidad es en realidad inevitable.
—Pero el asesino no es Dios, Carl, no es Dios quien apretará el
botón rojo.
Por un largo momento Carl Mendelius permaneció en silencio.
Luego cogió las migajas de pan de las manos de Jean Marie y
comenzó a alimentar con ellas a los pájaros. Cuando finalmente
habló, fue para decir una banalidad.
—El cardenal Drexel me pidió que lo llamara a mi regreso a
Roma. ¿Qué desea usted que le diga?
—Dígale que estoy contento y bien; que no le deseo mal a
nadie; que ruego a Dios por todos ellos todos los días.
—Ruegue también por mí, Jean. Soy un hombre árido perdido
en un oscurecido desierto.
—La oscuridad pasará. Y después verá amanecer la mañana de
la primavera y contemplará el pozo de agua dulce.
—Así lo espero. —Mendelius se levantó y estiró una mano para
ayudar a Jean Marie a ponerse de pie—. No alarguemos la despedida.
—Escríbame cuando pueda, Carl.
—Le escribiré todas las semanas. Es una promesa.
—Que Dios lo guarde, amigo mío.
Se estrecharon en un largo, fuerte y silencioso abrazo de
despedida. Luego Jean Marie se fue, frágil y oscura silueta
despertando con sus pasos los ecos del pavimento del claustro.

—Usted me hizo una pregunta, profesor —el padre abad


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caminaba al lado de Mendelius hacia la puerta del monasterio— y yo
le dije que hoy le daría mi respuesta.
—Tengo mucho interés en escucharla, padre abad.
—Creo que nuestro amigo recibió en efecto la visión de la
Parusía.
—Entonces, permítame otra pregunta. ¿Siente usted al
respecto, la obligación de hacer algo?
—No, nada en especial —dijo el abad blandamente—. Después
de todo, un monasterio es un lugar donde el hombre aprende a
reconciliarse con la idea de los últimos días. Nos mantenemos en
vigilia permanente, en permanente oración; tratamos de estar
siempre prontos, tal como nos lo ordena el Evangelio, y nos
esforzamos por practicar la caridad hacia el viajero y entre nuestra
misma comunidad.
—Dicho así, todo parece muy sencillo —dijo Mendelius sin
dejarse impresionar.
—Demasiado simple, demasiado blando —el abad le lanzó una
rápida mirada de soslayo—. ¿Eso es lo que usted ha querido decir, no
es así? ¿Y qué sugiere que haga yo, amigo mío? ¿Que envíe a los
monjes a anunciar el Apocalipsis en las aldeas de las montañas?
¿Cuánta gente cree que prestaría oídos a semejante mensaje?
Cuando sonaran las trompetas del juicio final, continuarían viendo a
Lacio jugar al fútbol… ¿Qué hará usted mismo ahora?
—Terminar mis vacaciones con mi esposa. Regresar a Tübingen
y prepararme para el próximo año académico… Cuide a Jean por mí.
—Se lo prometo.
—Espero que usted me permita escribirle regularmente.
—Le aseguro que su correspondencia será estrictamente
privada.
—Gracias. ¿Puedo dejar algún obsequio con el padre de la
recepción?
—Sería muy bienvenido.
—Estoy muy agradecido de la hospitalidad que me han
brindado.
—Permítame ofrecerle una palabra de advertencia, amigo mío.
No intente lidiar con Dios. Es un adversario demasiado grande para
usted… Tampoco intente manejar Su Universo, ocúpese más bien de
cuidar el pequeño jardín que Él le ha otorgado y goce de él mientras
pueda…
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—Comprendo que esta visita ha sido muy dolorosa para usted
—Drexel echó los restos del café en la taza de Mendelius y cogió para
sí mismo el último bizcocho.
—Así es, Eminencia.
—¿Y ahora que ha terminado…?
—Ese es precisamente el problema —Mendelius se levantó de
su silla y caminó hacia la ventana—. No ha terminado en absoluto.
Para Jean Marie, en cambio sí, todo ha concluido porque él ha sido
capaz de llevar a cabo los actos definitivos de un creyente: un acto
de aceptación de su propia mortalidad, un acto de fe en la continua y
benevolente acción del Espíritu en los asuntos humanos. Yo no he
llegado a eso todavía. Y sólo Dios sabe si algún día podré llegar. Por
eso detesto haber tenido que venir al Vaticano hoy, detesto la pompa
y el poder, los históricos oropeles de la Congregaciones, de los
Tribunales, de los Secretariados, todos ellos dedicados ¿a qué? A la
más elusiva de las abstracciones: a las relaciones del hombre con un
incognoscible Creador. Me siento dichoso de que Jean haya
abandonado todo eso…
—¿Y usted amigo mío? —El tono del cardenal conservaba toda
su dulzura—. ¿Desea usted también abandonar todo eso?
—Oh sí —Mendelius se volvió para enfrentarlo—, pero no me es
posible hacerlo, del mismo modo que no me es posible despojarme
de lo que mi madre hizo de mí, o mi padre, o mis más lejanos
antecesores. No puedo abandonar la herencia que ha hecho de mí lo
que soy. No puedo introducirme en la historia de otro hombre o
fabricar para mí un nuevo mito. Aborrezco lo que esta familia a la que
pertenezco hace tan a menudo con sus hijos; pero no puedo
abandonarla y tampoco puedo calumniarla. De manera que sólo me
queda sentarme a esperar…
Se encogió de hombros confesándose derrotado y luego
permaneció de pie, con la cabeza baja, silencioso, contemplando a
través de la ventana el plácido jardín.
—¿Usted espera? ¿Espera qué, Mendelius? —dijo Drexel
presionándolo.
—Sólo Dios sabe. El último día de primavera antes del
holocausto. Las agoreras palabras escritas por el dedo sobre el muro.
Espero y eso es todo. ¿Le conté —no, debo haberlo olvidado— que
Jean Marie hizo una profecía con respecto a mí?
—¿Y qué dijo?
—Dijo —Mendelius citó las palabras con una voz sin
inflexiones—: "…Algún día usted aceptará la misión que ahora rehúsa.
Algún día verá la luz que ahora no puede ver. Algún día sentirá sobre
su espalda la mano de Dios y caminará hacia dondequiera ella lo
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guíe…"
—¿Y usted lo creyó?
—Quise creerlo. Pero no pude.
—Yo le creo —dijo suavemente Drexel.
Estas últimas palabras quebraron el control de Mendelius y se
enfrentó a Drexel con un duro reto.
—¿Y entonces por qué, en nombre de Dios, no ha creído en el
resto, en la visión de Jean Marie y permitió que los demás lo
destruyeran?
—Porque no me atreví a arriesgarme —la voz de Drexel
temblaba de infinita pena—. Así como usted y tal vez más que usted,
yo necesitaba disponer de la seguridad de saber quién soy, un
hombre con un alto cargo en un antiguo sistema que ha resistido
victoriosamente la prueba del tiempo. La oscuridad me asustaba. Me
era preciso asentarme en la calmada, fría luz de la tradición. No
quería tener nada que ver con misterios, anhelaba sólo un Dios con el
cual poder entenderme, una autoridad ante la cual, en buena fe y
limpia conciencia, me fuera posible inclinarme. Cuando llegó el
momento, yo no estaba preparado. No fui capaz ni de renegar del
pasado ni de abdicar a mi función presente… No me juzgue
demasiado duramente, Mendelius. No juzgue a ninguno de nosotros.
Usted es más libre y en consecuencia más afortunado de lo que todos
nosotros hemos sido con respecto a esto.
Mendelius se inclinó ante el reproche y dijo, con mansa
humildad.
—Fui duro e injusto, Eminencia. Y no tenía derecho a serlo…
—Por favor. Nada de disculpas. —Drexel lo detuvo con un
gesto—. Por lo menos hemos conseguido ser francos el uno con el
otro. Y permítame explicarle algo más. Antiguamente, cuando el
mundo estaba lleno de misterios, era mucho más fácil creer tanto en
los espíritus que visitan los bosques como en el Dios que manda a los
truenos. Hoy, en cambio, estamos condicionados por la ilusión visual.
Para nosotros existe sólo lo que podemos ver. Suprima usted los
símbolos visibles de una organización establecida —las catedrales, los
templos parroquiales, los obispos y su mitra— e inmediatamente,
para muchos, la Asamblea Cristiana dejará de existir. Usted puede
hablar hasta quedar afónico sobre el Espíritu que nos habita o sobre
el Cuerpo Místico; pero aun dentro del clero, usted le estará hablando
a sordos incapaces de entenderlo. Subconscientemente muchos
asocian estas cosas con los cultistas y los carismáticos. La palabra,
segura y tranquilizadora es la de disciplina; disciplina, autoridad
doctrinal y la Misa Cantada del cardenal cada domingo. En este
mundo no hay lugar para santos errantes… Mucha gente prefiere una
religión más sencilla. Una religión que permita ir al templo, presentar
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su ofrenda y luego salir llevándose la salvación en un paquete bien
amarrado. ¿Cree usted que un clérigo en sus cabales está dispuesto a
ser el anunciador de una iglesia carismática, o una diáspora cristiana?
—Probablemente no —Mendelius sonrió a pesar de sí mismo—,
pero de todos modos están obligados a aceptar por lo menos un
hecho evidente.
—¿Y ese hecho es…?
—Que todos pertenecemos a la misma y amenazada especie: el
hombre del milenio.
Drexel meditó sobre la frase por algunos momentos y luego
asintió.
—Es una idea muy sensata, Mendelius. Merece que se
reflexione sobre ella.
—Me alegro de que usted piense así, Eminencia. Me propongo
incluirla en mi próximo ensayo sobre Gregorio XVII.
Drexel no demostró ninguna sorpresa. Se limitó a preguntar,
como si solo se tratara de algo de interés académico:
—¿Cree que en estos momentos, un ensayo así sería oportuno?
—Aun si no lo fuera, Eminencia, creo que se trata de un
problema de justicia elemental. Se honra la memoria del más
modesto funcionario, aunque solo sea con cinco líneas en el Diario
Oficial del gobierno… Espero que Vuestra Eminencia me concederá la
libertad de consultarlo sobre algunos hechos y tal vez incluso yo lo
engatuse para que me ofrezca su opinión sobre ciertos aspectos de
los recientes acontecimientos.
—En lo que se refiera a hechos —dijo Drexel calmadamente—
estaré encantado de ayudarlo indicándole las fuentes adecuadas. En
cuanto a mis opiniones, me temo que no son aptas para ser
publicadas. Por lo demás ello sin duda merecería la desaprobación de
mi actual jefe. De todos modos, gracias por la invitación. Y buena
suerte con su ensayo.
—Me alegro de que le agrade la idea… —Mendelius estaba
suave como la miel.
—En ningún momento dije que me gustara —una fugaz sonrisa
iluminó el áspero rostro de Drexel—. Simplemente lo reconozco como
un acto de piedad que, moralmente, me siento obligado a
recomendar…
—Gracias Eminencia —dijo Carl Mendelius—. Y gracias también
por la protección que usted nos ha brindado a mi esposa y a mí en
este lugar.
—Desearía poder hacerla extensiva a otros lugares también —
dijo Drexel gravemente— pero mi jurisdicción no se extiende hasta
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donde ustedes van ahora. Vaya con Dios, profesor.

Eran las cinco de la tarde cuando Francone finalmente lo dejó


en el apartamento. Lotte y Hilde habían ido a la peluquería. Frank no
había regresado de la Academia; de manera que disponía de tiempo
para bañarse, descansar y ordenar sus pensamientos antes de contar
a los demás sus experiencias en Monte Cassino. Un detalle lo colmaba
de satisfacción: ya no estaba obligado a guardar el secreto. Podía
discutir libre y abiertamente los problemas involucrados, probar la
verdad o fuerza de sus opciones y opiniones enfrentándolas por igual
a las de cínicos devotos, y expresar sus perplejidades en el lenguaje
corriente de todos los días y no en la pesada jerga de los teólogos.
Estaba muy lejos de sentirse satisfecho con las explicaciones
que le había ofrecido Jean Marie. La descripción de sus estados
místicos hecha por su amigo —que obviamente otros habían
presenciado— parecía demasiado suave, demasiado familiar,
demasiado —se esforzó por encontrar la palabra adecuada—
claramente derivada del vasto cuerpo de escritos piadosos. En
relación a las posibilidades de un conflicto de consecuencias
catastróficas, Jean Marie era muy preciso; pero aun en términos
visionarios, era muy vago respecto de la naturaleza de la Parusía
misma. La mayoría de los escritos apocalípticos eran, al contrario,
muy vívidos y detallados. La revelación de Jean Marie Barette era
demasiado abierta y demasiado general para prestarse a una total
credibilidad.
En términos puramente psicológicos había también una
contradicción entre la imagen que Jean Marie tenía de sí mismo como
un hombre de carrera eclesiástica y el trágico fracaso de su capacidad
para ejercer el poder en tiempos de crisis. La buena voluntad, para
no decir la verdadera ansiedad para aceptar una defensa parcial de
su acción en la prensa, resultaba casi penosa, si no levemente
siniestra por parte de un hombre que aseguraba haber dialogado
privadamente con la Omnipotencia.
Y sin embargo… sin embargo… cuando Mendelius salió a la
terraza bajo el sol del atardecer se vio forzado a admitir que era
mucho más fácil condenar a Jean Marie ausente que hacerlo estando
frente a él. Había que reconocer que no se había retractado en nada
de su pretensión de haber sido objeto de una experiencia reveladora,
ni tampoco había abandonado su tranquila convicción de que, en
algún momento, recibiría el apoyo de un signo legitimador. A su lado
Carl Mendelius era sólo el pequeño hombrecito, el correo que lleva
secretos de estado en el cinturón de su traje, pero que carece de
otras convicciones que no sean las del conocimiento del estado de los
hechos y del costo del vino en las posadas del camino…
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Estos pensamientos y varios más fueron el tema de la
vehemente conversación que Mendelius sostuvo con Lotte y los
Franks a la hora de los aperitivos. Se sorprendió al descubrir que era
sometido a la más rígida de las inquisiciones y que el más ansioso
inquisidor era Herman Frank.
—Usted nos está diciendo, Carl, que cree por lo menos la mitad
de la historia. No tome en cuenta la visión, olvídese de la Segunda
Venida, que de todos modos pertenece al orden de los mitos
primitivos; pero la catástrofe de la guerra total es algo muy próximo.
—Bueno, sí, la cosa es más o menos así, Herman.
—No, no creo que sea así —la sonrisa de Hilde tenía un dejo
más que regular de ironía—. Usted sigue siendo un creyente, Carl. De
manera que continúa obsesionado por la presencia de Dios en cada
sentencia que anuncia. Y desde que lo conocemos, usted siempre ha
sido así, medio racionalista, medio poeta. Eso es verdad, ¿no es así?
—Supongo que sí —Mendelius extendió la mano para tomar su
bebida— pero el racionalista dice que aún no tiene en su poder toda
la evidencia requerida y el poeta dice que no hay tiempo para hacer
versos cuando los asesinos están llamando a la puerta.
—Y hay algo más —Lotte se inclinó hacia él y palmeó su
muñeca—. Tú quieres a Jean Marie como un hermano. Y antes que
rechazarlo totalmente, a él y a su visión, estás dispuesto a partirte tú
mismo en dos… Le dijiste que escribirías estas memorias sobre él.
¿Estás seguro, con tu mente dividida como la tienes, de poder hacerlo
bien?
—No, no estoy seguro, schatz. Creo que Rainer hará un buen
trabajo de la parte que le corresponda. Para él se trata de una
primicia que cualquier periodista agradecería, una noticia exclusiva
que dará la vuelta al mundo. En cuanto a lo que me corresponderá, el
retrato personal, la interpretación de los pensamientos de Jean, no,
no estoy en absoluto seguro de poder hacerlo adecuadamente.
—¿Dónde piensa trabajar en eso? —preguntó Hilde—. Ustedes
son bienvenidos aquí y pueden quedarse cuanto tiempo deseen.
—Debemos regresar a Tübingen —Lotte se mostró una pizca
demasiado ansiosa—. Los niños estarán de vuelta la próxima semana.
Pero naturalmente Carl puede quedarse un tiempo más aquí, el que
necesite…
—No es preciso —dijo Mendelius firmemente—. Gracias de
todos modos por el ofrecimiento, Hilde, pero creo que trabajaré mejor
en casa. Hablaré el viernes con Georg Rainer, y el domingo saldremos
para Tübingen. Este lugar es demasiado seductor. Necesito ahora de
una buena dosis de sólido sentido común protestante.
—Y expresado con acento suavo —dijo Herman con una
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sonrisa—. Tan pronto como pase el verano, Hilde y yo partiremos a
preparar nuestra futura habitación en Toscana.
—Tómalo con calma, Herman —Hilde parecía irritada—. No creo
que nada grave pueda ocurrir tan pronto. ¿No es así, Carl?
Mendelius sonrió pero rehusó ser arrastrado a la discusión entre
los esposos.
—Yo también estoy casado, muchacha. Y nosotros los varones
tenemos que apoyarnos mutuamente. Sin embargo yo más bien me
inclinaría a tener el lugar preparado tan pronto como les sea posible.
Si hubiera anuncios de crisis, los recursos materiales y la mano de
obra doblarán de precio en cuestión de días. Además, si quieren tener
una cosecha el próximo verano, es preciso que planten este invierno.
—¿Y usted qué hará, Carl? —preguntó agudamente Hilde—. Su
amigo Jean Marie está a salvo en su monasterio. Si algo sucede,
Alemania será el primer campo de batalla. ¿Qué piensa hacer con
respecto a Lotte y a los niños?
—La verdad es que no he planeado nada al respecto.
—Tübingen está sólo a ciento ochenta kilómetros de la frontera
suiza —dijo Herman—. Sería tal vez conveniente que usted depositara
allí algunos de los derechos que recibe por sus libros.
—Rehúso seguir hablando de esto —Lotte, bruscamente,
parecía al borde de una crisis de rabia—. Estos son nuestros últimos
días en Roma. Y deseo pasarlo bien.
—Tiene toda la razón —dijo Herman instantáneamente
arrepentido-. Esta noche comemos aquí. Después iremos a oír música
folklórica en el Arciliuto. Es un lugar curioso y dicen que Rafael tuvo
allí una querida. ¿Quién sabe? En todo caso es una prueba de la
capacidad de los romanos para sobrevivir.
Hubo más detalles que finiquitar antes que Lotte y él pudieran
finalmente hacer sus maletas y abandonar Roma. Mendelius pasó
toda la mañana del viernes dictando a la grabadora su informe para
Anneliese Meissner: un relato de su visita a Monte Cassino, una
franca y abierta admisión de sus propias perplejidades y un último y
directo mensaje:

''…Usted tiene ahora en sus manos todas las


informaciones que obran en mi poder dictadas aquí tan
honestamente como me ha sido posible. Deseo que las
someta a un cuidadoso estudio antes que yo llegue a
Tübingen… Hay mucho más que decir, pero lo hablaremos
después. La veré pronto… Esta ciudad febril y sin clase me
tiene enfermo. Carl.”
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Envolvió cuidadosamente las cintas grabadas y le dio
instrucciones de Francone para que las entregara a un servicio de
correo que conectaba diariamente a Roma con varias ciudades
alemanas. Luego Francone lo llevó al almuerzo que había convenido
con Georg Rainer. A la una de la tarde, instalado en un
compartimiento privado de "Ernesto's" comenzó la esgrima verbal
ritual en estos casos. Georg Rainer demostró ser un maestro en el
arte.
—Parece haber estado muy ocupado, Mendelius. Ha sido
imposible seguirle los pasos. Ese asunto en el Salvator Mundi cuando
la policía mató a un hombre y arrestó a otros tres… ¿Estaba usted en
el hospital?
—Sí. Estaba visitando al senador Malagordo.
-Así lo supuse. Pero no publiqué nada al respecto porque me
pareció que no era prudente continuar exponiéndolo a usted.
—Muy generoso de su parte. Créame que se lo agradezco.
—Bueno, tampoco quería echar a perder mi prometida historia
de hoy… ¿Porque tiene una historia para mí, no es así?
—Tengo una, en efecto, Georg. Pero antes de entregársela
quiero ver si nos ponemos de acuerdo en algunas reglas básicas.
Rainer sacudió la cabeza.
—Las reglas ya están operando, amigo mío. Lo que usted me
dé ahora será verificado primero y luego entregado al télex. Le
garantizo una relación cabal y precisa de los hechos y de las citas que
me entregue y me reservo el derecho de hacer los comentarios que
estime adecuados para ilustrar y guiar a mis editores… No le puedo
garantizar inmunidad respecto del énfasis editorial que otros quieran
colocar a su historia o respecto de títulos dramáticos o tergiversados,
o de versiones distorsionadas por otras manos. Una vez que esta
entrevista haya comenzado, usted será solamente un testigo en el
banquillo y todo lo que diga queda grabado en los registros de la
corte…
—En ese caso —dijo Mendelius deliberadamente— me gustaría
saber si podemos ponernos de acuerdo sobre la forma en que esta
historia será presentada.
—No —dijo llanamente Georg Rainer-, porque no puedo hacer
promesas ni realizar acuerdos sobre lo que ocurrirá a mi copia una
vez que salga de mi escritorio. Tendré mucho gusto en mostrarle lo
que yo escriba y cambiar lo que a usted le parezca que no refleja la
realidad… Pero si está pensando que existe alguna forma de controlar
las consecuencias de una noticia, olvídelo. Este negocio se parece a la
caja de Pandora: una vez que uno la ha abierto, no hay modo de
detener el vuelo de todos los diablillos que contiene… Y a propósito,
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¿por qué motivo me está dando esta historia a mí?
—En primer lugar, porque usted cumplió su palabra conmigo.
Por eso estoy tratando a mi vez de cumplir con usted. En segundo
lugar porque deseo dejar claramente establecida la verdad sobre un
amigo antes que los fabricantes de mitos pongan manos a la obra. Y
en tercer lugar, porque deseo acompañar su historia con otra
publicación que tomaría la forma de unas memorias personales. Y no
puedo hacer esto último si la historia que usted cuente se sale de
ciertos límites y descarrila. De manera que permítame volver a
plantear mi pregunta de otra manera. ¿Cómo podemos arreglarnos
para encontrar una fórmula que satisfaga a la vez sus necesidades y
las mías?
—Dígame primero el nombre de la historia.
—La abdicación de Gregorio XVII.
Georg Rainer abrió la boca con indisimulado asombro.
—¿La verdadera historia?
—Sí.
—¿Posee documentos que apoyen sus palabras?
—Siempre que nos sea posible ponernos de acuerdo sobre un
adecuado uso o no uso de los documentos, sí… y para evitarle a usted
mayores problemas y preguntas, Georg, le diré que acabo de pasar
veinticuatro horas con Gregorio XVII en el monasterio de Monte
Cassino.
—¿Y él está de acuerdo en estas publicaciones?
—No se opone a ellas y, en lo referente a la elección de un
periodista para la historia exclusiva, confía en mi discreción. Hemos
sido, desde hace mucho, amigos, y amigos muy íntimos. De manera,
Georg, que usted puede ver por qué necesito estar muy seguro de
conocer muy bien las reglas del juego antes que podamos comenzar.
Un camarero se acercó presuroso con su cuaderno de apuntes y
un lápiz. Georg Rainer dijo.
—Ordenemos primero nuestro almuerzo, ¿qué le parece?
Detesto que los camareros revoloteen alrededor de mí cuando estoy
realizando una entrevista.
Se decidieron por unas pastas, saltimboca y una jarra de
Bardolini. Luego Georg Rainer colocó sobre la mesa su grabadora en
miniatura y la empujó hacia Mendelius, y dijo:
—Usted controlará el aparato. Y guardará la cinta grabada
hasta que nos hayamos puesto de acuerdo en un texto definitivo.
Trabajaremos juntos en la redacción de este texto. Y todo lo que no
se incluya en el texto será destruido inmediatamente. ¿Le parece
satisfactorio?
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—Espléndido —dijo Mendelius—. Comencemos entonces por los
dos documentos manuscritos de Gregorio XVII y que me fueron
entregados por un mensajero personal suyo. El primero es una carta
en que describe los acontecimientos que condujeron a su abdicación.
El otro es una encíclica que no fue publicada porque la Curia la
suprimió.
—¿Puedo verlos?
—A su debido tiempo, sí. Obviamente no los llevo encima.
—¿Cuál es el mensaje central, clave de esos documentos?
—Gregorio XVII fue forzado a abdicar porque declaró haber
tenido una visión que le anunciaba el fin del mundo bajo la forma de
un holocausto y de una Segunda Venida de Cristo. Consideró que
esta visión implicaba para él un llamado a ser el precursor del
acontecimiento. —Torció la boca en una sonrisa y agregó: —Ahora
comprenderá usted por qué le pedí discreción sobre la historia del fin
del mundo. Necesitaba ponerla a prueba ante una audiencia
adecuada, en este caso ante una audiencia de clérigos evangélicos,
antes de ir a Monte Cassino…
Georg Rainer saboreó lentamente su vino y se echó a la boca
un trozo de pan. Finalmente se alzó de hombros, como un jugador de
póquer que hubiera perdido su apuesta y dijo:
—Ahora, por supuesto, todo se aclara. La Curia no tenía otra
alternativa sino la de librarse de él. El hombre es un lunático.
—Ese es precisamente el problema, Georg —Mendelius sirvió
más vino e hizo señas al camarero para que retirara los platos de
pasta—. Ese hombre es y está tan cuerdo como usted o yo.
—¿Quién afirma eso? —Rainer apuntó con el dedo al pecho de
Mendelius—. ¿Usted, su amigo?
—Yo, sí. Y el cardenal Drexel y el abad Andrew que es su
director espiritual en Monte Cassino. Ellos dos lo consideran un
místico al estilo de San Juan de la Cruz. Y más aún. Drexel está
atravesando una verdadera crisis de conciencia porque en su
momento no fue capaz de defenderlo en contra de la Curia o del
Sacro Colegio.
—¿Ha hablado usted con Drexel?
—Dos veces. Y dos veces también con el abad de Monte
Cassino. Lo raro de todo el asunto es que ellos son los que creen y yo
soy el escéptico.
—Lo que tal vez es precisamente lo que ellos quieren —dijo
Rainer mordazmente—. Se han librado de un papa molesto y ahora
pueden permitirse alabar sus virtudes de obediencia y humildad…
¿Sabe usted Mendelius, que para ser un eminente académico, es
bastante ingenuo? Incluso ha aceptado salir a todas partes en el
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automóvil del cardenal manejado por el chofer del cardenal, de tal
manera que Drexel sabe todo lo que ha hecho y hace en Roma,
incluyendo este almuerzo conmigo.
—La verdad es, Georg, que me da lo mismo lo que el cardenal
sepa o no sepa de mis actividades.
—¿Sabe que usted tiene esos documentos?
—Sí, por cierto. Yo mismo se lo conté.
—¿Y?
—Nada.
—¿No cree que él podría insinuar que desearía recobrarlos o
entregarlos a la custodia de manos más ortodoxas que las suyas?
—Francamente no puedo imaginar a Drexel en el papel de jefe
de espías o de guardián de manuscritos robados.
—Eso significa entonces que usted es mucho más confiado que
yo —Rainer se alzó de hombros—. Yo también leo historia y sé
perfectamente que los modos y usos del poder se han mantenido
intactos a través del tiempo, no han cambiado ni en la Iglesia ni en
ninguna otra parte. No obstante… hablemos de su Gregorio XVII.
¿Cómo juzga usted que es él?
—Creo que es un hombre cuerdo y sincero. Cree
profundamente en sus propias convicciones.
—No hay nadie más peligroso que un visionario sincero.
—Jean Marie reconoce eso. Y abdicó para evitar una división de
la Iglesia. Y su silencio se debe a que carece de un signo que
legitimice su visión y pruebe que es auténtica.
—¿Signo que legitimice? No comprendo ni sitúo esa expresión.
—Es un término que es bastante usado en el análisis bíblico
moderno. Básicamente significa que el profeta o reformador que dice
hablar en nombre de Dios necesita mostrar alguna prueba tangible de
que tiene derecho a hacerlo.
—Ni usted ni yo estamos en condiciones de darle esa prueba.
—No, pero en cambio podemos garantizarle una honrada
publicación de los hechos y una iluminadora interpretación de su
mensaje. Podemos relatar los hechos que condujeron a su abdicación.
Los documentos mostrarán el por qué de lo que sucedió. Y podemos
también relatar lo que Jean Marie Barette me contó acerca de la
visión que dice haber tenido.
—Hasta aquí eso está muy bien. Pero esa visión se refiere a
temas muy majestuosos: el fin del mundo, la Segunda Venida, el
Juicio Final. ¿Cómo nos arreglaremos para contarles a nuestros
lectores semejantes cosas?
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—Yo puedo hablar de lo que la gente del pasado creyó y
escribió acerca de estos problemas. Puedo enfocar la atención de
nuestros lectores sobre la existencia de las sectas milenarias en el
mundo de hoy…
—¿Y nada más?
—Después, Georg, le tocará a usted. Usted es quien está
acostumbrado, porque es su oficio escribir informes diarios sobre el
estado de las naciones. ¿Cuan cerca cree que puede estar el
Armageddon? El mundo está lleno de profetas. ¿Es posible que
alguno de ellos sea El que debe venir? Si considera cuan loco y
absurdo es todo lo que está ocurriendo actualmente en el mundo, la
predicción de Jean Marie está muy lejos de ser irracional.
—Sí, estoy de acuerdo —Rainer se veía pensativo—. Pero hacer
de esta historia algo coherente y digerible va a significar un gran
esfuerzo y mucho trabajo. ¿Puede usted quedarse en Roma?
—Me temo que no. Debo preparar la iniciación del semestre
universitario. ¿Hay alguna posibilidad de que usted pueda venir a
pasar unos pocos días a Tübingen? Sería bienvenido en mi casa. Y
creo que podríamos trabajar muy bien allí. Tendríamos a mano todos
mis textos y mis sistemas de fichas.
—Tengo por costumbre trabajar muy rápidamente. Estoy
entrenado para coger la idea, probar su lógica, escribirla y enviarla al
télex todo en el mismo día…
—Yo soy sin ninguna duda mucho más lento —dijo Mendelius—,
pero en este caso tengo la ventaja de conocer el tema y estar algo
preparado a su respecto… De todos modos, nos iremos el domingo y
comenzaré a trabajar al día siguiente.
—Yo podría llegar a Tübingen el miércoles. Necesito encontrar
alguna cobertura para explicar mi presencia allá. Porque no deseo
hablar de esta historia con mi editor hasta que esté escrita y cada
una de sus frases haya sido suficientemente probada… De manera
que deberé encontrar alguna excusa para ausentarme por unos días.
—Hay algo que también deberemos aclarar —dijo Mendelius—.
Usted y yo tendremos que trabajar juntos. En consecuencia sería
conveniente que hiciéramos entre nosotros alguna especie de
convenio. Y me gustaría que mi agente de Nueva York se ocupara de
nuestros contratos con los editores de nuestra historia.
—Me parece muy bien.
—Entonces lo llamaré esta noche y le pediré que venga a
Tübingen.
—¿Puedo darle un consejo, Mendelius? Por el amor de Dios,
tenga cuidado con esos documentos. Deposítelos en el banco. Sé que
hay gente que estaría dispuesta a matarlo para apoderarse de ellos.
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—Jean Marie me hizo también, en su carta, la misma
advertencia. Me temo que no le presté suficiente atención.
—Entonces sería preferible que ahora tomara el asunto más en
serio. Porque esta historia lo hará a usted más famoso y mucho más
notorio aún de lo que ya es por su intervención en el Corso. Cuando
se encuentre de regreso en Tübingen y se crea a salvo, cuide sin
embargo cada paso que dé. No olvide que continúa siendo el testigo
clave en contra de esa muchacha y que por culpa suya, los terroristas
han perdido a cuatro de sus hombres… Esta gente tiene el brazo largo
y una implacable memoria.
—Sí. Comprendo lo de los terroristas —Mendelius estaba
genuinamente sorprendido—, Pero en lo que se refiere a los
documentos, una carta privada dirigida a mí, una encíclica no
publicada, puedo ver su valor como noticia, pero no me parece que
puedan representar el precio de la vida de un hombre.
—¿No? Pues bien, mírelo entonces desde este otro punto de
vista. La encíclica tuvo como consecuencia una abdicación papal.
Podría igualmente haber producido un cisma o Gregorio XVII, por
culpa suya, podría haber sido declarado loco.
—Cierto, pero…
—Hasta aquí —dijo Georg Rainer cortándole bruscamente la
palabra— usted ha considerado todo este asunto únicamente desde
su punto de vista personal, su reacción a él, su preocupación por su
amigo. Pero ¿qué me dice de los centenares o miles de personas con
las cuales Gregorio XVII tuvo que ver durante su pontificado? ¿Cómo
han reaccionado? ¿Cómo reaccionarían si se enteraran de los hechos
tal cual ocurrieron? Algunos de ellos pueden haber tenido muy
buenas o estrechas relaciones con él…
—Sí, así es. El me envió una lista de esa gente…
—¿Qué clase de lista? —dijo Rainer instantáneamente alerta.
—Una lista de gente que ocupa cargos importantes en diversos
lugares de todo el mundo y que, según Gregorio, podrían estar
dispuestos a recibir su mensaje.
—¿Puede darme algunos de los nombres de esa lista? Mendelius
pensó unos minutos y luego enumeró una media docena de nombres
que Rainer apuntó cuidadosamente en su libreta. Luego preguntó.
—¿Alguna de estas personas ha tratado de comunicarse con él
en Monte Cassino?
—No lo sé. No lo pregunté. De todos modos, antes de poder
llegar a ver a Jean Marie serían cuidadosamente investigados, como
lo fui yo. De hecho, nunca me fue posible hablar por teléfono con
Jean Marie. Y después hubo momentos en que creí que trataban de
alejarme de él, de impedir que lo viera. Pero Drexel fue muy claro al
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respecto. No había impedimentos para mi visita. Sólo una buena
dosis de interés oficial.
—Interés que difícilmente se disipará sobre todo cuando esta
entrevista entre nosotros sea conocida.
—Seamos honrados, Georg. Drexel no intentó averiguar lo que
yo me proponía hacer. Tampoco volvió a referirse a los documentos,
no obstante que yo me mostré bastante duro con él.
—¿Y qué prueba eso? Nada. Salvo que Drexel es un hombre
muy paciente. Y no olvide que fue la persona que los cardenales
eligieron como mensajero. Piense en eso. Ahora, en cuanto a los
otros amigos o conocidos de Gregorio XVII, le confieso que, antes de
viajar a Tübingen, tengo la intención de realizar con respecto a ellos
la investigación más completa que pueda… No. No. Yo pagaré este
almuerzo. Considerando la enorme cantidad de dinero que esta
reunión significará para mí, la cosa resulta casi obscena.
—No será tan sencillo, amigo mío. Usted deberá trabajar duro
—Mendelius reía al hablar—. Los jesuitas me enseñaron dos reglas
esenciales: la regla de la evidencia y el respeto por un buen estilo
literario. Quiero que éste sea el mejor reportaje que usted jamás
haya escrito.
En cuanto se encontró de regreso en el apartamento, Mendelius
hizo un llamado privado a Lars Larsen, su agente en Nueva York;
Larsen reaccionó inmediatamente, primero con un silbido de
excitación y luego con un gemido de angustia… La idea era
maravillosa. Valía muchísimo dinero, pero ¿por qué demonios tenía
Mendelius que compartirla con un periodista? La contribución de
Rainer al equipo se limitaba a su conexión con un gran imperio
periodístico alemán. Esta historia podía, debía ser lanzada desde
América…
Y así, por los diez minutos siguientes continuó la apasionada
defensa de su punto de vista por parte de un ansioso Larsen;
Mendelius esperó que el torrente se calmara y luego procedió, con
paciencia, a explicar que el propósito central de la historia era
presentar un relato objetivo y sobrio de los recientes acontecimientos
y orientar seriamente la atención hacia lo esencial del último mensaje
de Jean Marie. Por consiguiente, ¿querría Lars hacer el favor de venir
a Tübingen para discutir sobre el asunto con toda la seriedad que
correspondía a un caso tan importante?
Lotte que oía a su lado la mitad de la conversación musitaba
con desconsuelo:
—…Te lo advertí, Carl. Esta gente sólo piensa en sus intereses
personales que con toda seguridad entrarán en conflicto con los
tuyos. Este Larsen percibe el olor del dinero, de mucho dinero. Georg
Rainer sabe que con esto su reputación de buen periodista se irá a las
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nubes. Estás abordando un tema que a través de toda la historia
humana, no ha dejado jamás de obsesionar al hombre. Y no puedes
permitir que, debido a esto, te transformen en una especie de estrella
de cine… Las cartas de triunfo están en tu poder: los documentos. No
los entregues ni los muestres hasta que hayas llegado a un arreglo
que implique tu propia protección y la de Jean Marie.
Más tarde, acunada en los brazos de él en la inmensa cama
barroca, murmuró soñolienta.
—…En fin de cuentas hay una profunda ironía en todo esto. A
pesar de tu escepticismo le estás ofreciendo a Jean Marie
exactamente lo que él comenzó por pedirte. La presentación que
harás de su persona estará cargada con toda la simpatía que sientes
por él, precisamente porque es amigo tuyo. Y porque gozas de una
reputación internacional de académico serio y respetable, tus
comentarios no podrán ser pasto de los bufones. Si Anneliese
Meissner está dispuesta a colaborar contigo en esta publicación, será,
como es ella, cínicamente honrada… En resumen, amor mío, estás
pagando en forma principesca tu deuda con Jean Marie… Y a
propósito, hoy compré un regalo para Herman y Hilde. Resultó un
tanto caro, pero pensé que no te importaría. Ellos han sido tan
generosos con nosotros.
—¿Y qué compraste, schatz?
—Una pieza de antiguo Capodimonte. Cupido y Psyche. El
anticuario dijo que se trataba de un ejemplar muy difícil de encontrar.
Mañana te lo mostraré. Espero que les gustará, ¿qué te parece? —
preguntó Lotte.
—Oh, estoy seguro de que les encantará. —Se sentía
agradecido por el tono liviano e intrascendente de la conversación.
—Oh, olvidaba contarte que hemos recibido una postal de
Katrin desde París. No dice mucho excepto "El amor es maravilloso.
Gracias para ustedes dos de parte de nosotros dos". Hemos recibido
también una larga carta y algunos impresos de colores de Johann.
—Eso sí que es una sorpresa. Siempre pensé que una postal
entraba más dentro de su estilo.
—Lo sé. Bueno, ¿no te parece divertido? Para describir sus
vacaciones emplea un tono verdaderamente lírico. No llegaron muy
lejos, ni siquiera alcanzaron Austria. El y sus amigos descubrieron un
pequeño valle en la parte más alta de los Alpes bávaros. Hay un lago
y algunas cabañas más bien ruinosas… y ni un alma en muchas millas
a la redonda. Han estado acampando allí sin moverse, salvo para
bajar al pueblo a buscar provisiones…
—Suena maravilloso. No me vendría nada mal cambiar de lugar
con Johann. No tengo ningún deseo de volver a Roma antes de
mucho, mucho tiempo. En cuanto lleguemos a Tübingen le escribiré a
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Jean… Y a propósito, deberíamos hacer algo por Francone. Creo que
un regalo en dinero sería lo más adecuado. Me parece que su sueldo
no debe de ser muy alto. Recuérdamelo ¿quieres, schatz?
—Lo haré, no te preocupes. Cierra los ojos ahora y trata de
dormir.
—Creo que en unos pocos minutos más me quedaré dormido.
Oh. Y algo más que olvidaba. Debo enviarle una nota de
agradecimiento al cardenal Drexel por Francone y por el auto.
—Te lo recordaré… Ahora, duerme. Esta noche tienes todo el
aspecto de un hombre absolutamente agotado. Y la verdad es que no
quiero que desaparezcas de esta tierra tan pronto —le dijo
cariñosamente Lotte.
—Estoy muy bien, schatz. No debes preocuparte por mí.
—Me preocupo. Y no puedo remediarlo. Carl, si Jean Marie
tuviera razón, si hubiera una última y gran guerra ¿qué haríamos?
¿Qué sucedería con los niños? No creas que me estoy poniendo tonta.
Simplemente quiero saber lo que piensas.
¿Cómo podía él responderle? Carecía de una respuesta y lo
sabía. Se enderezó sobre un codo y se inclinó sobre ella, mirándola,
dichoso de las sombras protectoras que escondían el dolor que
inundaba sus ojos.
—Esta vez, amor mío, no habrá estandartes ni trompetas. La
guerra será corta y terrible. Y después que haya terminado a nadie le
importará el lugar donde estuvieron las fronteras. Si logramos
sobrevivir, deberemos unirnos más que nunca, como la familia que
somos; pero debes recordar que no podemos imponer a nuestros
hijos la conducta que deben seguir. Si nos encontráramos separados
de ellos, podríamos entonces reunir algunas buenas almas y tratar,
juntos, de defendernos contra los asesinos que dominarán las calles.
Eso es todo lo que puedo decirte.
—Qué extraño es —Lotte se enderezó a su vez para tocar la
mejilla de él—. Cuando por primera vez hablamos de esto, antes de
venir a Roma, yo vivía en un estado de permanente temor. Por
momentos lo único que deseaba era sentarme en un rincón y llorar,
llorar porque sí, sin motivo ni objeto alguno. Luego, mientras tú te
encontrabas en Monte Cassino, vi aquel pequeño trozo de cerámica
que te regaló el senador Malagordo, lo cogí y lo sostuve en las
manos. Leí, con los dedos, el hombre escrito en él. Recordé lo que
había sucedido en Masada, cómo aquellos trozos habían sido
grabados y echados a la suerte para ver quién moría y quién
ejecutaba el acto de matar. Y bruscamente sentí que una gran paz se
apoderaba de mí, sentí que era afortunada. Comprendí que en la
medida en que uno se aferra demasiado a algo, aunque sea a la vida,
se transforma uno en un cautivo. De manera que, como ves, no
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necesitas preocuparte por mí… Bésame, deséame las buenas noches
y quedémonos dormidos.
Aquella noche, mientras permanecía despierto, insomne y
vigilante oyendo sonar las horas, él se interrogó sobre el cambio que
ella había experimentado: vio el nuevo sentido de confianza, la
extraña calma con la cual ella parecía aceptar la indecible perspectiva
de la catástrofe nuclear. ¿Es que acaso el coraje de Aharon Ben Ezra
se había transmitido, en alguna forma mágica, a través de aquel
trozo de cerámica que llevaba su nombre? ¿O sería más bien aquello
fruto de un pequeño viento de gracia venido del desierto donde Jean
Marie Barette había conversado con su Creador?
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CAPITULO 6

Qué bueno era estar de regreso en el hogar. En el campo, las


cosechas habían sido debidamente guardadas y los mirlos picoteaban,
satisfechos, los rastrojos marrones. El Neckar corría, plateado y
tranquilo, bajo el sol del verano. El tránsito de la ciudad era aún
liviano pues los veraneantes no habían regresado de las playas y
campos. Los claustros y galerías de la universidad se veían vacíos.
Los pasos de los raros cuidadores o colegas que allí se encontraban,
resonaban en el silencio. Era posible creer —asumiendo que no se
leyera la prensa ni se oyera la televisión o la radio— que nada,
nunca, sería capaz de perturbar esta paz y que los viejos duques de
Württemburg podrían dormir para siempre tranquilos bajo el piso de
piedra de la Stifskirche.
Pero aquella paz era solo una ilusión, no era más real que la
cubierta pintada de una pastoral. Desde Plisen a Rostock, los ejércitos
del Pacto de Varsovia acumulaban la densidad de sus hombres y
materiales de guerra: tropas de choque y fuertes formaciones de
tanques y, detrás de todo ello, las rampas de lanzamiento de cohetes
de cabeza atómica. Enfrente de ellas se encontraban las delgadas
líneas de las fuerzas de la NATO, preparadas para retirarse ante la
primera embestida, confiando, aunque no demasiado, en que sus
propios cohetes tácticos serían capaces de detener el avance del
enemigo el tiempo suficiente para permitir la llegada de los grandes
bombarderos provenientes de las Islas Británicas y de los I.B.M. que
serían lanzados desde sus lejanos silos de los Estados Unidos.
Sin embargo la movilización propiamente dicha no había
comenzado todavía; no se habían llamado las reservas, porque la
crisis no había madurado de manera que los gobiernos demócratas
pudieran esperar que sus deprimidas e inquietas poblaciones
estuvieran dispuestas a responder a un llamado a las armas o a la
retórica de la propaganda. La industria alemana continuaba
dependiendo de los trabajadores extranjeros, los cuales, privados
aquí de toda participación o ciudadanía difícilmente podrían sentirse
dispuestos a prestar servicios de vasallo en una causa perdida. En el
otro extremo del mundo se había formado un nuevo eje: el Japón
industrial estaba exportando a China técnicos y equipos industriales a
cambio del petróleo de las regiones norteñas y de los nuevos pozos
de los Spratleys. Desde Marruecos hasta los altos desfiladeros del
Afganistán, todo el Islam se hallaba en fermento. África del Sur era
una ciudadela armada hasta los dientes, asediada por las repúblicas
negras, sus vecinas… No existía jefe, junta o parlamento alguno que
fuera capaz de conducir o de controlar los problemas geopolíticos de
un mundo obsesionado por la disminución de sus reservas y por otra
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parte, por el envilecimiento o la adulteración de todos los signos
monetarios internacionales que hasta ahora habían servido de base
para el intercambio. La montaña elevada por las contradicciones
parecía una barrera contra la cual toda razón no podía sino
estrellarse. Las corporaciones mismas parecían petrificadas como en
un síncope de impotencia.
Después de la primera y sana reacción de dicha por encontrarse
de regreso a casa, Carl Mendelius se sintió tentado de dejarse abatir
por la desesperación. ¿Quién prestaría oídos a una minúscula voz que
resonaría apenas sobre la babel de millones de gritos? ¿Qué sentido
tenía propagar ideas que serían barridas tan pronto aparecieran como
granos de arena en medio de una tempestad? ¿De qué podría
aprovechar a nadie revolver un pasado que pronto sería tan
irrelevante como los animales mágicos de los hombres de las
cavernas?
Comprendió claramente que éste era el síndrome capaz de
producir espías, desertores, fanáticos y destructores profesionales.
"La sociedad no es sino una decrépita población a punto de hundirse,
de manera que hagámosla estallar". “El parlamento es un nido de
badulaques y de hipócritas. Destruyamos la inmunda simiente"'.
'"Dios ha muerto, arreglemos pues las estatuas de Baal y Ashtaroth,
llamemos de vuelta al Brujo de Endor y así tendremos los hechizos
que necesitamos para gobernar a los hombres".
El mejor remedio para tales pensamientos era la imagen de
Lotte, atareada y feliz, sacando el polvo, charlando con amigas por
teléfono o comenzando a tejer una tricota de invierno para Katrin.
Sintió que no tenía derecho a perturbarla con aquellos negros sueños
suyos. De manera que se retiró a su estudio y se concentró
decididamente en el trabajo que se había acumulado durante su
ausencia.
Para comenzar estaba la alta pila de libros que se le rogaba
leyera y luego recomendara. A continuación seguían los informes de
los estudiantes que era preciso asesorar, las revisiones que debía
hacer a sus libros de texto, y las inevitables cuentas que pagar.
Había una nota del presidente de la universidad invitándolo,
para el martes a mediodía, a una reunión informal con los miembros
más antiguos de la facultad. Las reuniones informales del presidente
eran muy conocidas. Se sabía que tenían por objeto revisar todos los
problemas que pudieran presentarse antes que fueran llevados a la
asamblea plenaria de las facultades que tenía lugar a mediados de
agosto. Tenían también por objeto persuadir a los crédulos de que
ellos eran miembros privilegiados de un grupo muy seleccionado… A
Mendelius no le gustaba, aunque no podía dejar de admirar, la
destreza del presidente para la intriga académica.
La carta siguiente era una comunicación del Bundeskriminalant,
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la Oficina Federal de Investigaciones Criminales, en Bonn.
"…Nuestros colegas italianos nos han informado que, a
consecuencia de algunos incidentes que acaban de ocurrir en Roma,
usted puede ser víctima de ataques, ya sea por parte de agentes
terroristas extranjeros como por parte de grupos locales afiliados a
ellos.
"Por consiguiente nos permitimos advertirle que se sirva tomar
las precauciones señaladas en el folleto que le adjuntamos y que son
de uso normal entre funcionarios de gobierno y ejecutivos antiguos o
importantes de las grandes empresas. Además le aconsejamos
ejercer una vigilancia especial en el recinto de la Universidad ya que,
debido a la alta concentración de estudiantes del lugar, es posible y
muy fácil para los activistas políticos disimular su presencia.
"Si llegara a notar cualquier tipo de actividad que le pareciera
sospechosa, ya sea en su vecindad o en la Universidad, le rogamos
comunicarse inmediatamente con la Landeskriminalant de Tübingen.
Ellos están al corriente de su situación…" Mendelius leyó
cuidadosamente el folleto que no agregó nada a lo que ya sabía; pero
el párrafo final constituía una helada advertencia del hecho de que la
violencia era tan contagiosa como la peste negra.
"…Las citadas precauciones deben ser estrictamente observadas
no sólo por el sujeto, sino por todos los miembros de su familia, ya
que ellos también están amenazados por cuanto el sujeto es
vulnerable a través de ellos. Una vigilancia concertada y común
contribuirá a disminuir los riesgos". Había una brutal ironía en el
hecho de que un acto de misericordia llevado a cabo en una calle de
Roma pudiera significar para una familia entera quedar a merced de
la violencia en una ciudad provincial de Alemania. Y todo ello traía a
la memoria la posibilidad de un corolario aún más sombrío: que unos
tiros disparados en el río Amur de China pudieran sumir al planeta en
una guerra total.
Entretanto tenía, para distraerse, otros pensamientos más
agradables. Los Evangélicos le habían escrito una carta firmada por
todos ellos en la que le expresaban sus agradecimientos por su
apertura y receptividad en la discusión y su enfática afirmación de la
caridad cristiana como elemento central de unión en la diversidad de
nuestras vidas. Había también otra carta de Johann dirigida
personalmente a él. "…Antes de salir para estas vacaciones me sentía
profundamente deprimido. Tu comprensión respecto de mi problema
religioso representó una gran ayuda para mí, pero aun así continuaba
deprimido sin podérmelo explicar. Estaba inquieto con relación a mi
carrera. No encontraba ningún sentido a lo que estaba haciendo. No
tenía interés en entrar a formar parte de una gran compañía y
comenzar a planificar la economía de un mundo que en cualquier
momento podía estallar en nuestra propia cara. Temía ser llamado
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para hacer el servicio militar y participar en una guerra que no
produciría nada sino un desastre universal… Mi amigo Fritz compartía
plenamente estos sentimientos. Nos sentíamos resentidos y
descontentos con la generación de ustedes porque ustedes tenían
siquiera un pasado que recordar, y en cambio a nosotros sólo nos
habían dejado como futuro una vacía interrogación… Y luego,
encontramos este lugar, —Fritz y yo y dos muchachas americanas
que conocimos en una bierkeller de Munich.
"Es un valle pequeño al que sólo es posible llegar por un
sendero para peatones. Está rodeado de altos picos montañosos,
cubiertos de pinos hasta la línea de las nieves eternas. Hay un viejo
pabellón de caza y unas pocas cabañas agrupadas alrededor de un
lago rodeado por frescas praderas. En los bosques vecinos hay
ciervos y en el lago muchos peces. Hay también una vieja mina con
un túnel que se adentra en la montaña.
"Fritz, que es aficionado a la arqueología dice que la mina fue
trabajada en la Edad Media para extraer de ella hematites. Hemos
encontrado allí herramientas quebradas, una chaqueta de ante sin
mangas y algunas vasijas de peltre así como un herrumbroso cuchillo
de monte…
"En nuestra última bajada al pueblo hicimos averiguaciones
sobre el lugar y descubrimos que es propiedad privada y que
pertenece a una anciana señora, Graftin von Eckstein… Su marido
solía usar el valle como coto de caza. Seguimos la pista de la señora
hasta Tegernsee y fuimos a verla… Es una viejecita muy ágil y lista,
que, después que se hubo recobrado de la sorpresa que le causó esta
invasión de cuatro jóvenes a quienes jamás había visto, nos ofreció té
y bizcochos y nos dijo que se sentía dichosa de que estuviéramos
disfrutando del lugar.
"Entonces, en una inspiración del momento, le pregunté si
acaso ella consideraría la idea de vender el valle. Preguntó para qué
lo queríamos y le contesté que pensábamos que resultaría perfecto
como sitio de veraneo para estudiantes como nosotros… Al comienzo,
pareció que se trataba de una charla como otra cualquiera, pero
luego ella comenzó a tomarnos en serio. Y pensó sobre nuestra
propuesta.
"De todos modos, el resultado final fue que ella mencionó una
cifra: un cuarto de millón de Deutschmarks. Le dije que no teníamos
ninguna posibilidad de juntar una suma como aquélla… Entonces ella
dijo que si nosotros hablábamos en serio, ella consideraría la
posibilidad de arrendarnos el lugar. Le dije entonces que lo
pensaríamos y que volveríamos a darle una respuesta.
"Me encantaría que esto pudiera resultar. El sitio es tan
tranquilo, está tan lejos del mundo de hoy, y podría perfectamente
auto-financiarse… A menudo, en clase, hemos estudiado una
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posibilidad como ésta que ahora se nos presenta: un sistema
económico pequeño y auto-sostenido que proteja y mantenga una
cierta calidad de vida. A mi regreso, me gustaría hablar contigo
acerca de esto y ver lo que piensas. Por las noches, a la luz de mi
lámpara, me he esforzado en elaborar un plan. Me parece un ejercicio
infinitamente más satisfactorio que estudiar los problemas
monetarios de la Comunidad Europea o las relaciones entre los
productores de petróleo y las economías industrializadas y las
naciones agrícolas… De alguna manera, como dice Fritz, tendremos
que volver a reducir las cosas a su escala humana, porque de otro
modo terminaremos enloqueciendo o transformándonos en
indiferentes muñecos mecánicos en un sistema que siempre seremos
incapaces de controlar… Sé que me he extendido demasiado, pero
esta es la primera vez que me he sentido libre para conversar franca
y abiertamente con un padre al que realmente quiero. Es una
sensación tan nueva como placentera…"
Más tarde, cuando se sentaron a comer, Mendelius leyó esta
última carta para Lotte que la escuchó sonriendo y cabeceando con
aprobación.
—Bien. Espléndido. Finalmente ha logrado salir de su selva
negra. Y es claro que en estos tiempos no es fácil ser joven. Me gusta
la idea, Carl, y creo que hay que alentarla, aunque al final no resulte.
No tenemos ninguna posibilidad de disponer de tanto dinero; y sin
embargo…
—Podríamos —dijo Mendelius pensativamente—. Sí, podríamos.
En septiembre debo recibir las entradas de algunos libros y creo que
serán grandes, y cuando salga este nuevo libro… Y además Johann no
es el único que alimenta un sueño privado.
Lotte le lanzó una rápida mirada de reproche.
—¿Te importaría compartir ese sueño con tu esposa?
—Vamos, schatz —dijo Mendelius riendo—, tú sabes que
detesto hablar de las cosas hasta que no las tengo muy claras en mi
mente. Hace ya algún tiempo que he estado incubando esta idea.
¿Qué sucede con los profesores que se retiran y dejan su cátedra? Sé
que puedo continuar escribiendo, pero también me gustaría continuar
enseñando, dando clases a pequeños grupos de alumnos graduados.
He considerado la idea de fundar una academia privada ofreciendo
cursos anuales para alumnos de post-grado… Los músicos suelen
hacer eso, los violinistas, compositores, directores de orquesta… Un
lugar como el que describe Johann sería ideal para ese propósito.
—Sí, podría ser —Lotte parecía dudosa—. No me comprendas
mal. Me gusta tu idea, Carl, pero creo que sería un error mezclar tus
proyectos con los de Johann. Muéstrate interesado por los planes de
él, pero no te entrometas. Déjalo que siga su propia estrella.
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—Tienes razón, naturalmente —Mendelius se inclinó sobre la
mesa y besó la mejilla de su esposa—. No te preocupes. No pondré
mis grandes manos en la torta de mi hijo. Además, tenemos otro
problema…
Le contó de la carta que había recibido de la policía de Bonn.
Lotte frunció el ceño y suspiró lastimeramente.
—¿Y cuánto durará esto? ¿Por cuánto tiempo habremos de vivir
así, mirando siempre por sobre nuestros hombros para ver quién nos
sigue?
—Sólo Dios sabe, schatz. Pero no podemos dejarnos ganar por
el pánico. Tenemos que tratar, al contrario, de transformar esto en
una rutina, como observar las luces del tránsito o cerrar la casa por la
noche o manejar dentro de las velocidades permitidas. Después de un
tiempo será solo un automatismo más en nuestras vidas. —Cambió
bruscamente de tema. —Llamó Georg Rainer para avisar que llegará
el miércoles por la tarde. Lars Larsen llega esa misma mañana desde
Frankfurt, lo que nos da la posibilidad de poner en claro algunos
puntos antes de la llegada de Rainer.
—Espléndido —Lotte manifestó su aprobación entusiasta y
vigorosamente—. Antes de dar un paso más con Rainer debes
asegurarte de que los términos del contrato sean convenientes.
—Te prometo que lo haré. ¿Necesitas alguna ayuda extra para
la casa durante estos días?
—Ya la tengo. Gudrun Schild vendrá todos los días. —Bueno…
Me pregunto lo que nuestro presidente nos tiene reservado para la
reunión del martes.
—Ese me preocupa —Lotte estaba tensa—. Es un brujo.
Siempre me hace pensar que va a sacar de su manga una copa de
vino. Y lo que uno realmente obtiene al final es…
—Sé qué es lo que finalmente obtiene, schatz —dijo Mendelius
con una sonrisa—. El truco consiste en no beber nunca lo que él te
da…
Las nociones del presidente sobre lo que él consideraba una
reunión informal databan de los tiempos del Imperio. Cada colega era
acreedor a un firme apretón de manos, a una solícita pregunta sobre
la esposa y su familia, a una taza de café y un trozo de pastel de
manzanas confeccionado por la esposa del presidente y servido por
una criada en delantal almidonado.
La ceremonia estaba cuidadosamente planeada. Con una taza
de café en una mano y el plato con pastel de manzanas en la otra, los
profesores tomaban asiento. Las sillas, cada una de las cuales tenía a
su lado una pequeña mesita, estaban dispuestas en un semicírculo
que enfrentaba el escritorio del presidente. El presidente no se
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sentaba. Se limitaba a apoyarse en el borde del escritorio en una
actitud que intentaba sugerir informalidad, intimidad y franqueza
entre colegas. El hecho de que hablara a los profesores desde tres
pies por encima de sus cabezas y de que dispusiera libremente de sus
dos manos para gesticular y puntuar sus frases, era sólo una gentil
forma de recordarles el título que ostentaba. Sus discursos eran
generalmente tan untuosos como banales.
—…Necesito del consejo de ustedes en su calidad de expertos
en la materia. Las… ah… responsabilidades de mi cargo me impiden
mantener el diario contacto que considero tan conveniente con los
estudiantes y con los jóvenes profesores de esta Universidad. Recurro
entonces a ustedes para que sirvan de intérpretes entre estos
jóvenes y yo…
Brand, de Latín, se inclinó hacia Mendelius y susurró.
—Él es el fons et origo y nosotros sólo somos los
ensangrentados acarreadores de agua.
Mendelius sofocó una sonrisa detrás de su servilleta. El
presidente continuó.
—…La semana pasada fui invitado, junto con los presidentes de
otras Universidades a una reunión privada con el ministro de
Educación y el ministro del Interior, en Bonn. La reunión tenía por
objeto conversar sobre las implicaciones académicas de la presente
crisis internacional…
Hizo una pausa para que ellos tuvieran tiempo de considerar la
solemnidad de la reunión que había tenido lugar en Bonn y también
en cuales podrían ser las… ah… implicaciones. Estas eran
suficientemente impactantes como para borrar de la audiencia todo
vestigio de tedio.
—En septiembre del año en curso el Bundestag autorizará la
plena movilización tanto de mujeres como de hombres que deberán
cumplir con su servicio militar. Se nos pidió que preparáramos los
certificados para aquellas categorías de alumnos que serían eximidos
de este servicio y que confeccionáramos listas de los alumnos
especializados en física, química, ingeniería, medicina y todas las
disciplinas anexas a ésta… Se nos pidió además que consideráramos
los tipos de cursos sobre estos temas que podrían ser acelerados de
manera de cumplir con las exigencias planteadas por la industria y las
fuerzas armadas. También es preciso que encaremos el vacío de
estudiantes y de profesores jóvenes que va a producirse como
resultado de este llamado a las armas… —La audiencia se estremeció
en ondas de sorpresa que el presidente barrió con un gesto. —Por
favor, señoras y señores, permítanme terminar. Después tendremos
tiempo para discutir. Este es un asunto respecto del cual no tenemos
otra alternativa sino la de hacer lo que hace todo el mundo, esto es
cumplir con los reglamentos. Pero hay, sin embargo, otro problema
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anexo y delicado… —Hizo otra pausa. Esta vez era evidente que se
sentía embarazado y que se esforzaba por buscar las palabras
adecuadas. —…Fue presentado por el Ministro del Interior, presionado
a su vez, me imagino, por nuestros aliados de la NATO. Se trata de la
seguridad interna, de la protección contra el espionaje, la subversión
y… ah… las actividades de los elementos descontentos y marginados
del cuerpo estudiantil… —Estas últimas palabras fueron acogidas por
un silencio hostil. El presidente hizo una profunda aspiración y
prosiguió. —En resumen se nos pide que cooperemos con los
servicios de seguridad poniendo a su disposición los datos que
poseemos sobre los estudiantes y otras informaciones que
posiblemente, en resguardo de la seguridad publica se nos puedan
solicitar más adelante.
—¡No! —la violenta negación brotó, unánime, del grupo
reunido. Alguien volcó una taza de café que se desparramó sobre el
parquet.
—Por favor, por favor —el presidente abandonó su pose sobre
el escritorio y levantó las manos en un gesto de imploración—. He
transmitido la petición del ministro. La discusión queda abierta.
Dahlmeyer de Física Experimental, grandote, hirsuto, con una
barbilla sobresaliente, fue el primero en levantarse. Se enfrentó
duramente al presidente.
—Creo, señor, que tenemos derecho a saber qué respuesta
ofreció usted a la petición del ministro.
Se oyó un coro de aprobaciones. El presidente, incómodo, trató
de evadir la respuesta.
—Le dije al ministro que si bien todos estábamos conscientes
de la necesidad de… ah… un sistema de seguridad adecuado a la
gravedad de la situación, también… ah… estábamos igualmente
preocupados de hacer lo necesario para preservar los… ah… principios
de la libertad académica.
—¡Oh, Cristo! —explotó Dahlmeyer.
Se escuchó nítidamente el gruñido de Brandt. Mendelius se
puso de pie. Estaba blanco de ira pero habló con pausada formalidad.
—Deseo hacer una declaración personal, señor. He sido
contratado para enseñar en esta Universidad. No he sido contratado,
ni aceptaré ninguna comisión ni nada que involucre cualquier tipo de
investigación sobre la vida privada de mis estudiantes. Si se me exige
hacerlo, prefiero renunciar.
—Deseo aclarar, profesor —el presidente habló fríamente —que
sólo me he limitado a transmitir a ustedes una petición del ministro,
no una orden suya que, en las presentes circunstancias al menos,
sería ilegal. Sin embargo, ustedes comprenderán fácilmente que, en
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un caso de emergencia nacional, la situación sería radicalmente
diferente.
—En otras palabras —Hellman, de Química Orgánica se había
puesto también de pie— tenemos una amenaza para respaldar una
petición.
—Estamos amenazados, profesor Hellman. Pesa sobre nosotros
la amenaza de un conflicto armado y en ese caso las libertades civiles
deben necesariamente ceder el paso al interés nacional.
—Existe otra amenaza que usted debe igualmente considerar —
dijo Anneliese Meissner— y es la de la sublevación estudiantil como
expresión de una total pérdida de fe en la integridad de la facultad
académica. Me permito recordarles lo que ocurrió en nuestras
universidades en los años treinta y cuarenta, cuando los nazis
gobernaban a este país… ¿Desean ustedes que eso se repita ahora?
—¿Cree que no veremos precisamente eso cuando vengan los
rusos?
—Ah. De manera que usted ya eligió lo que haría, ¿no es así,
señor?
—No. No he elegido —ahora el presidente estaba furioso—; le
dije al ministro que transmitiría su proposición a mi facultad y que le
informaría sobre la reacción que ella provocara.
—Lo que naturalmente nos coloca a todos en las fichas de la
computadora de nuestros servicios de seguridad. Bueno. Que así sea.
Yo estoy con Mendelius. Si esos señores desean espiar a nuestros
alumnos, pues me voy.
—Con el debido respeto para nuestro presidente y para mis
estimados colegas —un pequeño y ratonil Kollwitz de Medicina
Forense se puso de pie— sugiero que hay un medio muy sencillo de
evitar esta situación. El presidente puede informar al ministro que los
decanos de su facultad están unánimemente en contra de la medida
propuesta. No necesita dar nombres.
—Me parece una idea muy buena —dijo Brandt—. Si el
presidente se une firmemente a nosotros, nuestra posición será muy
fuerte y tal vez otras Universidades podrían animarse a seguirnos.
—Gracias, señoras y caballeros —el presidente se veía
claramente aliviado—. Como siempre me han ayudado mucho.
Pensaré en… ah… alguna respuesta apropiada para el ministro.
Después de eso ya no quedó mucho más por decir y el
presidente se manifestó ansioso por librarse de ellos. Abandonando
las tazas con los restos del café y los últimos vestigios del pastel de
manzanas, los profesores se apresuraron hacia la salida y hacia el
sol. Anneliese Meissner ajustó su paso al de Mendelius. Resoplaba,
enfurecida.
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—¡Dios Todopoderoso! Qué viejo embustero… ¡Una respuesta
apropiada para el ministro…! ¡Pelotas!
—Pero ahora se encuentra con que sus pelotas están en un
cascanueces —dijo Mendelius con una agria sonrisa—; le faltan sólo
dos años para retirarse. En consecuencia es difícil reprocharle que
trate de buscar un compromiso… De todos modos tiene a una
facultad férreamente unida y que lo respaldará si actúa de acuerdo
con ella. Eso le dará, espero, algún coraje.
—¿Unida? —Anneliese lanzó, otro bufido—. ¡Mi Dios, Mendelius!
¿Cómo puede usted ser tan ingenuo? Eso fue nada más que práctica
de coro, todas nuestras nobles almas cantando al unísono "Nuestro
Dios es nuestra Fortaleza". ¿Cuántos cree usted que serán capaces de
mantenerse firmes cuando comience la presión real de los muchachos
de la seguridad? ¿No es verdad profesor Brandt que usted ha estado
jugando con la pequeña Mary Toller…? ¿Y usted Dahlmeyer? ¿Sabe su
esposa lo que hace los sábados en el Hotel del Amor en Frankfurt…? Y
en cuanto a usted Heinzl, o Willi o Traudl, si se niegan a cooperar nos
vemos obligados a advertirles que estamos muy al día en algunas
especialidades no muy limpias como la de científicos sanitarios o
ayudantes en la casa de torturas… No se equivoque, amigo mío. Si en
la cuenta final, de diez quedamos tres, habremos tenido una suerte
de los mil demonios.
—Pero olvida a los estudiantes. En el momento en que se
enteren de esto, se levantarán como un solo hombre.
—Algunos sí. ¿Pero cuántos quedarán de pie después de la
primera carga a bastonazos, y de los gases lacrimógenos y el cañón
de agua? No serán muchos, Carl. Y serán menos aún cuando la policía
comience a usar municiones verdaderas.
—Jamás harán eso.
—¿Por qué no? No tienen nada que perder. Cuando la
maquinaria de la propaganda comience a funcionar, ¿cree que alguien
oirá los disparos de la calle? Además, no olvide que bastará una
maldita bom