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Conferencia Magistral Jaime Alfonso Sandoval

El autor describe cómo de niño quedó fascinado con la magia y quería ser mago. Más tarde descubrió que la magia de los magos era en realidad engañar a la gente. Esto lo decepcionó mucho. Para recuperar la fantasía, el autor comenzó a escribir literatura infantil y juvenil. También habla sobre cómo dos libros que leyó de niño, uno de fantasía y otro realista, influyeron en su amor por la lectura y escritura. Finalmente, explica que a pesar de su amor por la fantasía,

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Conferencia Magistral Jaime Alfonso Sandoval

El autor describe cómo de niño quedó fascinado con la magia y quería ser mago. Más tarde descubrió que la magia de los magos era en realidad engañar a la gente. Esto lo decepcionó mucho. Para recuperar la fantasía, el autor comenzó a escribir literatura infantil y juvenil. También habla sobre cómo dos libros que leyó de niño, uno de fantasía y otro realista, influyeron en su amor por la lectura y escritura. Finalmente, explica que a pesar de su amor por la fantasía,

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Fantasía y humor, llaves para crear mundos en la LIJ

(Ponencia leída durante las Segundas Jornadas LIJeras de la FFyL de la UNAM)


Jaime Alfonso Sandoval

Cuando tenía unos siete años decidí cual sería mi profesión: mago. A esa edad
me di cuenta que era la ocupación perfecta, era misteriosa, ningún otro profesional es
tan elegante como un mago ¡trabajaría todos los días con sombrero y una capa como de
estudiantina! Y además, gracias a la varita mágica no me faltaría nada. Si tenía hambre
siempre podía aparecer una paloma y comérmela asada o mejor aún, un buen conejo al
horno. Esto fue por ahí de finales de los años 70, años pre Harry Potter y escuelas de
hechicería; así que mis referencias sobre los magos eran los que aparecían en los
programas de variedades dominicales de la televisión y alguno que había visto en los
festivales de la escuela.

Descubrí que mi sueño se podía volver realidad en el lugar menos pensado, en


las páginas de las historietas. A pesar de mi corta edad era un voraz consumidor de los
cuentos de la editorial Novaro, de las aventuras de Kalimán y a escondidas leía unos
semanarios horripilantes llamados Fototerror, que eran fotonovelas que compraba mi
madre, donde salían señores de largas patillas y pantalones acampanados disfrazados de
zombis y señoritas con minifalda, peinado con laca y colmillos vampíricos.

En ese entonces, en las contratapas e interiores de las historietas solían


anunciarse productos milagrosos, como gafas con vista de rayos X “Las usadas por los
espías rusos” decía el anuncio; o el famoso método “Charles Atlas” para muscularse con
sólo diez minutos diarios y sin pesas, utilizando un secreto sistema de resistencia
dinámica (que jamás supe qué diantre era); y el método llamado Cre-Cen que prometía
diez centímetros más de estatura “garantizado y sin rebote”. Eso me hacía suponer que
había otros métodos donde sí que existía un desagradable rebote a la baja estatura.

Y un día, entre los anuncios de las contratapas descubrí mi santo grial, era un
curso de magia por correspondencia en la Academia del doctor Fu Manchú (no es
broma). El sistema prometía una caja con productos de magia, la famosa varita, jugosos
secretos y un diploma de graduación al término del curso. De inmediato y temblando de
nervios, recorté el formato, lo llené, obviamente puse el nombre de mi madre que era

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mayor de edad y solicité el pago contra reembolso. Después de eso, sólo me quedaba
esperar unas semanas y listo, mi vida profesional estaría resuelta.
No fue así.

Primero porque mi madre se enteró de mi extravagante pedido y tuvo que pagar


el curso cuando llegó a la pequeña ciudad de Michoacán, donde vivíamos entonces. Le
supliqué que mi futuro dependía de ese empaque que estaba detenido en las bodegas de
correos. Accedió cuando le dije que no me diera domingo el resto de la infancia; sin
embargo mi victoria fue breve, porque descubrí que la “caja de magia” contenía un
mazo de naipes con cartas extrañamente repetidas, unos dados con numeración
caprichosa, un huevo falso, una varita hueca de plástico y varios cuadernillos
engrapados en donde descubrí algo espantoso, terrible, decepción absoluta. No había
acceso a nada fantástico, la magia de los magos de cumpleaños y de los que salían en
los programas dominicales, era básicamente engañar a los demás. Fue una gran
desilusión saber que los magos eran estafadores profesionales y quien los iba a ver,
gente que les gustaba dejarse estafar y además aplaudía y pagaba por un buen engaño.

Saber que la magia no existía me generó una crisis que duró bastante tiempo, de
hecho creo que aún la sufro, y por ello, en algún punto de mi vida me dediqué a escribir
literatura infantil y juvenil; lo hice como una manera de volver a recuperar el balance y
sano convivio entre la realidad y la fantasía.

Y es que para hablar de realidad necesito antes hablar de la fantasía, que para mí
es el punto de referencia nodal. La fantasía es un territorio vasto, complejo, y durante la
infancia es cuando más nos adentramos entre sus tierras, tanto que a veces resulta
complicado encontrar la línea que marca la frontera, pero todo esto ejercita los músculos
de la imaginación que usaremos el resto de nuestras vidas.

Ratones que trafican con dientes, ancianos obesos con barba que les da por
entrar a las casas a través la chimenea una vez al año para dar regalos (aunque
misteriosamente casi no haya chimeneas en México, pero los regalos de que aparecen,
aparecen); señores que tienen un saco para llevarse a niños que no terminan la comida;
monstruos que viven bajo las camas; velas de pastel que cumplen deseos si se piden en
silencio y con suficiente intensidad; el “coco” criatura de la que nunca sabremos si es

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vegetal, animal o mineral. Todo parece indicar que los niños tienen asentado un pie en
el mundo de la ficción y además les está plenamente permitido. La fantasía es uno de
nuestros países de origen del que poco a poco, al entrar a la vida escolar, a la pubertad y
finalmente a la adolescencia, nos despedimos, cruzamos la frontera y obtenemos un
pasaporte con sello y vigencia indeterminada para vivir en la realidad.

Curiosamente hay dos libros que me marcaron en la infancia, uno fantástico y


otro realista. En el lugar donde crecí no había librerías, había que hacer un viaje a la
capital del estado (Morelia Michoacán) para visitar la Librería de Cristal de Plaza Las
Américas. Ahí, cada cumpleaños me compraban un libro y como el regalo tenía que
durar un año, siempre elegía la novela más gorda, para que me rindiera varios meses. A
los once años escogí La Historia Interminable de Michael Ende, que además, era como
dos libros en uno, con dos tintas: verde y magenta, una para la realidad y otra la
fantasía.

Fue mi Harry Potter de entonces. Y la historia de Bastian y Fujur me cambió la


vida como lector. No podía creer que hubiera un libro donde cupieran tantas cosas:
gnomos, tribus perdidas, monstruos, come-rocas, reinos, dragones, enigmas, misiones
místicas y terroríficas. Era como haber encontrado una fuente inagotable de donde
salían historias, en cascada, tantas, que muchas veces el narrador tenía que disculparse
porque no podía seguir los destinos de ciertos personajes secundarios. La fantasía era
tan poderosa, que me preocupaba más que la realidad, incluso dormir se volvió trivial,
fue la primera vez que me desvelé por estar enganchado a una novela. Había encontrado
mi primera llave, la fantasía, sí existía, y la entrada estaba entre las páginas de un libro.
Bastaba pasar las hojas para viajar a un lugar lejano e imposible, tan distinto a mi
entorno, pero al mismo tiempo me revelaba tantas cosas de mi realidad cotidiana.

Por desgracia La Historia interminable me duró sólo dos semanas y como


faltaban más de once meses para recibir el siguiente libro de cumpleaños se me ocurrió
tomar prestado uno de mi hermana, lo eligió básicamente por tener en la portada a un
tierno borrico. Se trataba de El Platero y yo de Juan Ramón Jimenez. Que nadie piense
que desprecio el lirismo de esa historia de la España rural, pero luego del banquete de
fantasía de Michael Ende, el platero me supo a bolillo viejo. Odié todo: el escenario tan

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árido, los personajes que no tenían pizca de fantasía y sobre todo el final, con el burro
muerto.

Me enfureció tanto la desoladora resolución que arrojé el libro contra una pared.
Aunque ese odio tuvo su provecho porque me movió a actuar en consecuencia. Ya que
había leído un libro que no me gustó, buscaría otro que me apasionara, y como no lo
encontré en casa, tomé una decisión que en su momento me pareció completamente
natural: yo mismo iba a escribir mi siguiente libro para leer. Conseguí entonces un
bolígrafo a cuatro tintas y a los once años redacté mi primera novela. Si alguien piensa
que ese fue el momento en el que surgió un prodigioso talento literario, temo que se
equivoca, el resultado fue un mamotreto a cuatro tintas, que sospechosamente parecía
una copia michoacana de La Historia interminable. Por falta de técnica, pronto me
enredé con los personajes, el conflicto se desdibujó, los diálogos parecían recitación de
festival del día de la madre y terminé por abandonar la novela al tercer capítulo. Pero lo
principal fue que se encendió dentro de mí una mecha incombustible, el deseo de narrar.
Me hice la promesa de algún día escribir una gran historia de fantasía.

Crecí, salí de Michoacán y me trasladé a la Ciudad de México donde estudié


preparatoria y a los 17 años entré a la Escuela de Escritores de la Sogem. Eran
principios de los años 90 y estaba eufórico, esperaba que en la antigua casona de Juan
José Tablada, ahora convertida en un centro literario, obtendría las herramientas para
crear esas historias llenas de magia y fantasía pero me topé con una noticia. Según mis
compañeros e incluso ciertos profesores, si uno quería ser tomado en serio como escritor
había que evitar a toda costa cualquier género donde se manifestara la fantasía, pues
ésta era un divertimento pueril, algo tolerado en un cuento para niños o en una novela
de consumo rápido, es decir, una golosina para ser devorada y deglutida en minutos,
casi a escondidas; pero jamás podría dejar una marca ni tocar el borde del olimpo de las
letras. Si hubiera confesado entonces que las historias de fantasía eran precisamente las
que me hicieron lector y por las que quería ser escritor, habría recibido una fulminante
mirada de desprecio y condescendencia. Así que mentí, claro que quería ser un escritor
“de verdad”.

Intenté primero con la poesía, pues poetas era lo que más abundaba en el salón y
además estaban en el tope de las castas literarias locales. Me di cuenta que la mayoría

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de mis compañeros hacía un listado de frases apabullantes, que hacían efecto por
acumulación, al estilo: “Mi corazón, esa incertidumbre perentoria”; “Tus labios,
arrebolados atardeceres”; “Oh musa y obra, caprichos de un tálamo nupcial”. Y si algo
no cuadraba, siempre se podía convocar al poder del verso libre y a la frase: “Es que tú
no entiendes la poesía”. Me aventuré, leí dos o tres poemas, incluso recibí buenas
críticas, pero me ganó el azoro cuando me topé con un libro de César Vallejo y me di
cuenta que ésa era poesía de verdad, y mis símiles y palabrejas, estaban a años luz. Me
retiré discretamente por la puerta de atrás. Por suerte aún quedaba un espacio digno y
puro: el género dramático y me inscribí a un taller de teatro que daba el profesor Hugo
Argüelles en su tenebrosa casa de la calle de Cacahuamilpa, en la Condesa, a la que
cariñosamente se llamaba la cueva de Kafkahuamilpa.

La casa del maestro era una escenografía en sí misma. Te recibía un lóbrego


pasillo tapizado con cupidos y amorcillos, de ojos vidriosos y tallados en madera
estofada. Luego pasabas al lado de una habitación dickensiana, a la que nadie había
entrado en veinte años, pero se podía ver los cortinajes consumidos por la polilla, los
muebles hundidos en el polvo mientras que, sobre la duela, las ratas corrían
alegremente, pero que el maestro pedía respetar: “También son parte de la familia”,
señalaba. Había una habitación con muros recubiertos con peceras. El escenario
principal de la casa era, claro, el salón de clases, donde el maestro Agüelles, con
infaltable gazné de seda al cuello, dictaba su clase tras un gran escritorio, montado sobre
una plataforma, y detrás de él, había su enorme retrato pintado al óleo. Su narcisismo
era proverbial, pero también su generosidad con los alumnos.

Adoraba ir al taller de dramaturgia. Era el más joven, acababa de cumplir 18


años y veía con admiración y respeto a mis compañeros que escribían tragedias de alto
voltaje: historias del terremoto de 1985 no tan lejano aún, de niños de la calle,
prostitución, drogas, la guerra de Iraq, “temas importantes” para sacudir consciencias.
Me preparé pues, para hacer una obra en un acto, con personajes que recorrieran todos
los registros de sufrimiento humano.

Cuatro semanas después, tecleando en mi olivetti lettera, conseguí terminar una


obra y levanté la mano cuando en el taller el maestro preguntó quién llevaba material
para leer. Más que a él, la mayoría le teníamos terror a un trío de compañeros apodados:

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“Cicuta”, “Sulfuro” y “Veneno”, que destruían los sueños de los nuevos dramaturgos
con críticas mordaces. Conocí el caso de una compañera llamada Marina, dejó de
escribir teatro y entró en una depresiva fase de bloqueo creativo por culpa del trío. La
última vez que la vi, vendía marionetas tipo dedal en una feria del libro infantil. “Al
menos todavía se dedica a algo del teatro… guiñol”, pensé. Pero vuelvo a esa tarde, que
estaba seguro que saldría validado como joven promesa de las letras, una auténtica alma
atormentada que producía arte usando su propio dolor. Saqué mis hojas
mecanografiadas y hasta las ratas guardaron silencio expectante.

Mi texto trataba de un suicida que por casualidad encuentra a otra suicida en un


puente peatonal y discuten por quién tiene derecho a morir. Según yo, había creado un
intenso drama al estilo “Quien teme a Virginia Wolf” de Edward Albee, que acababa de
ver en mi televisión portátil, fue mi ejemplo a seguir: personajes enzarzados en agrias
discusiones dialécticas que van develando oscuros secretos y retorcidas relaciones
sentimentales. Pero sucedió algo curioso, mientras iba leyendo, comenzaron a
producirse risas, tímidas al principio, aunque después se volvieron francas carcajadas.
“Cicuta”, “Sulfuro” y “Veneno” rieron tanto que empezaron a llorar, víctimas de algún
tipo de histeria colectiva, y el mismo profesor, de tanto reír al final casi cae de su trono,
digo, escritorio. Y yo, bueno, seguí leyendo como si no me diera cuenta de nada.

Al principio di por sentado que se burlaban de mi drama psicológico, lleno de


crimen y desesperación, pero cuando al final escuché los atronadores aplausos por mi
chispeante obra (así le llamaron), me enteré que todos habían tomado el humor como
intencional. Por supuesto, no aclaré nada. Temblando, di las gracias, con un azoro que
mis compañeros tomaron como la modestia de un genio.

Inmediatamente supe dos cosas. La primera era que a pesar de los atronadores
aplausos, seguía sin ser una joven promesa de las letras, porque mi texto era comedia
fársica, lo que era un “género menor”, divertido, sí, pero lejos del olimpo de los
dramaturgos y poetas. La segunda novedad fue un poco más esperanzadora: el maestro
Argüelles señaló que tenía lo que en el teatro le dicen “la vena” o “la vis cómica”, y era
sin duda, un talento a tomar en cuenta. Fue cuando encontré mi segunda llave: el humor.

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Durante algún tiempo, me esforcé por ocultar esta “vis”, porque me parecía una
limitante, como si todo lo que tocara el humor inmediatamente le restara importancia y
trascendencia. Y por una buena temporada, me obligué a escribir “obra seria”,
comprometida, poética, y en algún momento conseguí finalmente que mis textos fueran
iguales a los de mis compañeros: historias con drama social, seres marginados,
toneladas de desesperanza… pero el problema fue precisamente ése, que mis textos
sonaban “iguales” a los de los demás.

Los profesores siempre mencionaban que teníamos que encontrar “nuestra voz”,
era lo que nos iba a diferenciar del resto de los escritores, de lo contrario seríamos
fotostáticas de Bukowski o Raymond Chandler (y en el salón teníamos Bukowskis
como para surtir un par a cada cantina de la delegación). Y encontré precisamente mi
voz en la LIJ, aunque fue un poco por accidente y después de recorrer otro camino al
que dediqué años.

A los 19 hice el examen de ingreso a la escuela de cine de la UNAM, llamada


entonces Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Entrar al mítico CUEC era
casi un milagro, me preparé durante un año. Había que pasar por un sistema de
exámenes eliminatorios, que culminaban con una entrevista inquisitorial donde una
docena de profesores y alumnos avanzados, interrogaban al aspirante con una saña que
harían palidecer de inocencia a “Cicuta”, “Sulfuro” y a “Veneno”. Recuerdo que cuando
esperaba mi turno, veía a los demás candidatos, salir llorando de la sala de
interrogatorios. Entré y comencé fatal, se me ocurrió mencionar a Arturo Ripstein como
mi director mexicano favorito (un maestro de los azotes existenciales), y unos de los
profesores me informó que lo tenía demandado. La entrevista transcurrió más bien
como una sesión en el ring a doce sparrings. Pero cuando salí me di cuenta de algo: “Al
menos no estoy llorando”, noté, triunfal.

Algo debí hacer bien porque me aceptaron en el CUEC. Y en ese momento


pensé que las puertas de Hollywood, Cannes, Venecia y hasta del festival de Acapulco,
se abrían ante mí. Podría contar al fin las historias fantásticas que se anidaban en mi
mente. En el último año de la carrera, debíamos hacer una película de tesis, con equipo
prestado y pagado por la UNAM. Pero antes, el guión lo debía autorizar el director de la

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escuela. Así que me presenté con él, con un fajo de hojas mecanografiadas, con lo que, a
mi juicio, era la historia que iba a revolucionar la cinematografía mundial.

El director sacó su pipa (entonces era perfectamente normal que un profesor


fumara en tu cara) y leyó mi guión con expresión reconcentrada. Muy pronto tomó un
plumón rojo y comenzó a tachar una palabra aquí, un renglón allá, luego un párrafo y al
final, simplemente cruzaba en diagonal cada folio. Le pregunté con mi autoestima a
punto de un infarto masivo si no le estaba gustando la historia. “Es chistosita”,
reconoció.
¿Chistosita? A mi parecer era épica. Trataba de un joven huérfano que por
accidente conoce a unos científicos que poseen un conocimiento tan peligroso sobre el
planeta que trabajan en secreto y son perseguidos por implacables enemigos. Se hacen
llamar anticientíficos y han descubierto el funcionamiento verdadero del sistema solar:
es una incubadora cósmica y cada planeta es un inmenso huevo, la tierra está a punto de
eclosionar y las millones de especies que la habitan, incluyendo humanos, van a
desaparecer como el simple sedimento pegado a un cascarón. La historia contaba con
locaciones en Roma, París, una aventura submarina que remataba con una ciudad debajo
del mar, erigida al interior de una burbuja en las Fosas Marianas.
“Estoy quitando lo que sé que no puedes producir”, explicó el director de la
carrera, agitando el plumón rojo. “¿O cómo vas a resolver las locaciones por el
mundo?”, preguntó. Revelé que usaría maquetas, hechas con material de papelería,
¡muchas películas de hacían así! “¿Y cómo vas a conseguir la escena del monstruo
submarino?”, volvió a inquirir. Respondí emocionado, que para esa parte tenía pensado
disfrazar a mi hermano menor con peluche. El director de la carrera aspiró todo el humo
que su pipa era capaz de proveer, y paciente, me explicó que justo eso iba a obtener:
maquetas de cartón de papelería y a mi hermano disfrazado con peluche, no una película
de verdad, no como la que tenía en mente. Hizo un cálculo por encima, producir la
historia de los anticientíficos costaría al menos unos diez millones de dólares, y me
preguntó mi presupuesto. “Cuatro mil pesos, con todo y comidas en la fonda para el
equipo”, confesé. El director se negó a firmar la autorización, tuve que escribir otra
historia que podría desarrollarse en la colonia Roma y no en Roma, y el proyecto de los
anticientíficos se fue a empolvar en un cajón.

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Al salir de la carrera descubrí que seguían cerradas las puertas de Hollywood,
Cannes, Venecia y hasta del festival de Acapulco. El único trabajo que encontré fue
como asistente de asistente de dirección de una telenovela de TvAzteca. “Es un trabajo
honorable, al menos no ando robando” (ni vendiendo marionetas de dedo), me
convencí. Realmente debía sacar copias de los llamados, repartirlas, ir por los actores a
los camerinos y servir cafés. Mi paso por el mundo de la producción de las telenovelas
fue breve. Al poco tiempo el productor nos avisó que la historia se reduciría de 200 a 40
episodios, y en un solo capítulo la villana cayó por unas escaleras, la heroína recuperó la
memoria, encontró al amor de su vida y los espectadores se ahorraron 160 episodios de
paja y miles de anuncios de champú.

Volví al desempleo, pero yo no sabía aún que estaba de suerte. Descubrí en el


periódico una convocatoria de literatura infantil y juvenil, una empresa editorial
española que acababa de llegar a México, llamada SM, junto con la dirección general de
publicaciones de Conaculta, solicitaban novelas de autores nacionales. El problema es
que faltaban 28 días para el cierre del certamen. Entonces recordé el rechazado e
improducible guión de los anticientíficos y se me ocurrió convertirlo en novela para
jóvenes, en una especie de homenaje a Julio Verne. Como entonces el internet era un
servicio rústico de módem chirriante que tardaba cinco minutos en cargar cada página,
hice la investigación en la enciclopedia Salvat, una colección de revistas GeoMundo y
en varias visitas a la biblioteca México de Balderas. Estaba tan preocupado por terminar
a tiempo que no pensé en el “drama social” “figuras poéticas” o “verdad trascendente” y
dejé fluir la famosa “vis”. Sin darme cuenta, volvieron a emerger mis dos llaves, las que
cargaba en el ADN: la fantasía y el humor, que conforman mi voz de escritor.

Confieso que nunca pensé lo que sucedería después con una novela escrita en 28
días (aunque después tuve un par de meses para pulirla). No sólo conseguí inscribirla al
concurso, sino que al cabo de unos meses recibí una llamada en la que preguntaban por
“el profesor Sandoval”, pues creían que era un científico por los “conocimientos
mostrados en el texto”, dije que claro, sabía algo de ciencia, no me atrevía a confesar
que era un joven veinteañero que hasta hace unos meses servía cafés en los foros de
TvAzteca. La llamada era para informarme que había ganado el primer lugar del
concurso y “El Club de la Salamandra” como finalmente se llamó el libro, se publicó, al
año siguiente resultó elegida para la lista de honor de White Raven de la biblioteca de la

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juventud de Múnich, tuvo una traducción al holandés, una venta de noventa mil
ejemplares a bibliotecas de aula, y lleva 21 años reeditándose sin interrupción. Suerte de
principiante, le dicen y lo confirmo.

Pero lo importante en el proceso de escribir mi primera novela (no cuenta mi


intento de La Historia interminable michoacana) fue que supe al fin, después de
recorrer por años tantos caminos, que había encontrado mi lugar, y era la Literatura
Infantil y Juvenil. Un espacio donde no se discrimina a la fantasía, al contrario, se busca
y se celebra. En las nóminas de la LIJ entran princesas encantadas, brujos, hadas,
unicornios, fantasmas y objetos mágicos. Nadie levanta la ceja por la aparición de un
gnomo, ni frunce el ceño por una época medieval imaginaria o por un castillo-escuela
donde a los niños se les enseña magia. Y tuve la certeza entonces, de que la fantasía no
es ningún “género menor”, es tan poderosa, que le dedicamos años en la infancia. El
pedagogo y escritor italiano Gianni Rodari dice en uno de sus ensayos que la fantasía
sirve para explorar la realidad, habla en términos lingüísticos y creativos, pero además,
es la definición más limpia y efectiva que conozco.

La fantasía explora, es una lupa, un microscopio, un sextante, un mapa, un


campo de entrenamiento: quién en la infancia aprende a lidiar con el hombre del saco,
estará mejor entrenado para enfrentarse a los miedos reales de la calle. Quién de niño
dejó agua para los sedientos camellos en la víspera de los Reyes Magos, en la adultez
tendrá más posibilidad de aceptar la bondad innata. Quien de niño cree en las hadas, de
adulto tendrá más herramientas para cambiar el mundo, cualquiera que sea su profesión.
Curioso que en todos los gobiernos represores, lo primero que se prohíbe sea la fantasía,
“por deformar la realidad” acusan, “por escapista”, aseguran, y básicamente por su
capacidad de trasgresión, de cambio, de cuestionamiento.

Por su parte el humor, ha sido la llave ideal para dirigirme a los lectores
infantiles y sobre todo adolescentes. Algunos escritores le temen a los lectores jóvenes,
por su visión crítica, su impulso automático a rechazar lo que suene a las lecciones de
un adulto. Ciertos creadores intenta imitar la manera de hablar “de la chaviza” y casi
siempre, lo que consiguen, es que el rechazo sea más virulento.

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En un congreso tuve la suerte de convivir con la escritora española Montserrat
del Amo. Decía que un creador nunca debe ponerse de rodillas frente al lector. No hay
que rogarle así de: “Mira muchacho, mi libro es monísimo y vas a aprender cosas
interesantes en él”. Ella usaba la psicología inversa, decía: “A ver tú, ¿no me quieres
leer?, pues tú te lo pierdes, adiós y que te vaya bien”. Y los mandaba de paseo. Claro,
Montserrat del Amo llegó a los 87 años en absoluta lucidez y en pleno control creativo.
Con ese legado y trayectoria podía escribir y hacer lo que quisiera. Espero algún día
llegar a su sabio desparpajo, pero, sin ponerme de rodillas, el humor me ha servido para
romper el hielo de desconfianza que suele tener el lector joven.

Al entrar a la adolescencia muchos lectores dejan atrás sueños infantiles y se


vuelven severos y a veces despiadados críticos del mundo que están heredando, con
justa razón hay que decirlo. Así que muchas veces, y desde mi experiencia, la ironía y el
sarcasmo son ingredientes valorados en una novela juvenil.

¿El humor aligera una historia? Sí, pero no necesariamente la trivializa. Al


menos eso fue lo que intenté hacer cuando hace unos años me puse a escribir un libro
sobre los ninis en México. Hice una investigación porque quería darle un contexto
realista a esta problemática social y los datos resultaron tan espeluznantes como para
escribir una novela de terror. Según la Encuesta Nacional de la Juventud en ese año,
existían 7.8 millones de jóvenes mexicanos (entre 12 y 29 años) que ni estudiaban ni
trabajaban en México, para dimensionar es la población de todo un país como Irlanda y
además sobrarían ninis para poblar todo Uruguay. Además me enteré de algo que casi
nadie dice: de todos los ninis, el 75% son mujeres.

Hay además, otra cifra de terror, el 50% de los jóvenes que al fin consiguen un
trabajo, normalmente es uno sin prestaciones, ganan mucho menos que cualquier adulto
y les tocan jornadas de 10 y hasta 12 horas diarias por un salario mínimo. Sé de buena
fuente, que en los centros comerciales, en las noches, están llenas de jóvenes que
trabajan en los cines y cadenas de comida rápida, por 3100 pesos mensuales, y como no
alcanzan a volver a sus casas, tienen que dormir en los baños y pasillos de servicio de la
plaza.

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Con todos estos datos podría hacer una novela oscura, triste y desgarradora, pero
pensé en el lector, ¿realmente los jóvenes querían leer una novela sombría de un tema
tan dramático? Igual y sí… pero como ya he mencionado que no se me da bien el
género trágico, elegí la comedia con un tono cercano a la picaresca.

Los personajes de este género sobreviven a un entorno hostil utilizando su


ingenio y exploran la escalera social saltando de trabajo en trabajo, de amo en amo y de
desastre en desastre. Apareció así el personaje principal del libro: Paulo Simancas con
una autoestima que yo quisiera para un fin de semana. En realidad lo que hace Paulo es
blindarse con un ego a prueba de balas para hacer frente a sus pocas oportunidades de
vida y también a su propia pereza.

Paulo vive en una unidad habitacional por el bordo de Xochiaca, aunque -en el
libro- desde el 2010 la rebautizaron como “Mártires del bicentenario” que le da más
caché. Según él no es feo, simplemente es una belleza masculina fuera de contexto.
Sabe que en tierras aztecas no llama mucho la atención, pero está convencido de que si
estuviera en Noruega, las escandinavas lo venerarían como a un Dios del cacao o algo
así. Por desgracia nació más cerca de Chimalhuacán que de Oslo. Sólo terminó la
secundaria pero según él tiene una exquisita formación autodidacta porque leyó “El
tesoro de los jóvenes” una enciclopedia en formato de cómic que venía de regalo con
una suscripción en una de las revistas de tejido de su madre. Trabaja en el estimulante
negocio del comercio electrónico, así le dice al portal vendobarabara.com donde remata
las cosas que sospecha que ya no sirven en la cocina de su casa, como la licuadora que
da toques.
El papá los abandonó hace años y dejó a Paulo como única herencia el fanatismo
por las películas de Chuck Norris, pero a la larga eso se volvió una bendición porque
Chuck se ha convertido para el personaje en un modelo de hombría y sólidos principios
morales con películas como Delta Force que Paulo se sabe de memoria y sigue cada
frase como si fuera un mantra. Menos mal que el papá no lo llevó a ver películas de
Chabelo.
El mejor amigo de Paulo es Tufiño o Tifus, no es que sea tonto, sino es de
inteligencia distraída. Es como su Sancho Panza personal y tienen a otra amiga (o
enemiga porque siempre pelean) llamada Mayra Madrazo que anda por las calles

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pidiendo para los proletarios del mundo y como ella se considera una de ellos, se queda
con el dinero.
Este trío de emprendedores jóvenes son los protagonistas de Operativo Nini. La
historia arranca cuando se anuncia que hay una reunión con ex alumnos de la secundaria
y Paulo, Tufiño y Mayra descubren que son los únicos que no han hecho nada en cinco
años, y tienen pocas semanas antes de la reunión para inventarse una vida, les toca
entonces cruzar el infierno de los primeros empleos entre los que están una cadena de
comida rápida, una empresa “ejecutiva” de turbios negocios piramidales y terminan en
el autoempleo al abrir una disparatada agencia de citas románticas.
Mi objetivo era hacer una novela divertida de un tema nada divertido, ojo, no
para evadir o burlarme de una realidad espinosa, sino para buscar el camino más amable
hacia la reflexión.

El humor cumple una función catártica. Citando a Aristóteles en La Poética, la


catarsis tiene la facultar de redimir (o purificar) al espectador de sus propias bajas
pasiones, al verlas proyectadas en los personajes y ser testigos del resultado al que
conducen estos defectos, que normalmente es el desastre. El personaje recibe un castigo
o se ve expuesto al ridículo y el espectador toma su distancia. Por un lado se estremece,
pero también se siente liberado al saber que el pellejo que estuvo en juego no fue el
suyo y al final, si todo se hizo bien, le caen algunos veinte, anagnórisis le dicen.

Así pues, mi apuesta es porque el humor en la literatura juvenil no sea


puramente inofensivo, ni un divertimento que haga menos pesada la tarea de la lectura
(muchos jóvenes lectores ven la lectura justo así, como una tarea). El humor permite
establecer puentes con el lector, conectar con la visión irónica y crítica propia de
muchos adolescentes, pero además, y esto es lo más importante, al apoyarse en su
función catártica el humor funciona como una herramienta para la reflexión y convoca
al debate.

Fantasía y humor han sido mis herramientas principales en las veinticinco obras
de LIJ que he escrito. No siempre tienen la misma concentración, a veces es apenas un
guiño, en otras ocasiones el humor es feroz y constante, como en República Mutante,
donde una familia, los Topete, que están más emparentados con Los Burrón de Gabriel
Vargas que con los Simpson; deciden emigrar y someterse un disparatado experimento

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social que consiste en fundar un nuevo país reciclado, que termina por replicar el
ascenso y caída de una típica dictadura latinoamericana. Es curioso de esta obra es fue
traducida al francés, y me tocó visitar colegios de Francia donde vi que la obra se
reinterpretó como una novela ecologista con un fuerte mensaje sobre la migración.

A veces, las dosis de humor y fantasía, son tan abundantes que me han servido
para crear un universo alterno, como cuando, cansado y harto de la banalización y
exceso de cursilería de la figura vampírica en la LIJ (hace unos años, uno levantaba una
piedra y debajo se encontraba con una novela romántica de vampiros), decidí, por mis
pistolas refundar (a mi entender) el género nosferatu. El proyecto que originalmente
serían tres libros de 200 páginas cada uno, se salió de control o tomó el control de mí.
Por cinco años escribí en total más de 2 mil páginas. En esa vastedad todo cabe en
Mundo Umbrío, hay desde una reflexión sobre el concepto de belleza, la inmortalidad,
la orfandad, el sentido de urgencia y orgullo adolescente, el proceso de la maduración,
el despertar sexual, episodios de aventuras, el terror, los enigmas, la intersexualidad, la
solidaridad familiar, la venganza, las anticiencias. Es un mundo alterno, que espero que
hayan disfrutado los lectores que alcanzaron a adquirir los libros.

De mis recientes obras, en Mexicoland de editorial Montena, lo que hago es


retomar el género de la distopía y regresarle su sentido político inicial, al mostrar a
nuestro país, en ficción especulativa, a dónde podría parar si la violencia, como ahora
nos azota, sigue aumentando, hasta que, el país entra en guerra civil, se fracciona y
finalmente se construye un muro, pero al interior de México, que queda dividido en la
parte sin remedio, corrompida hasta la médula: los Territorios Perdidos, y un nuevo
país: el corporativo México Nuevo, completamente hacinado, con tecnología limitada,
pero con un sistema de justicia implacable, donde todo delito es brutalmente castigado y
la gente, al fin, vive, en relativa paz, sin saber que han vuelto a un neoporfiriato, una
plutocracia de un puñado de familias con todos privilegios, mientras que los nuevos
peones, trabajan en un sistema de tiendas de rayas del futuro. El Mexicoland, que alude
el título, es un parque de diversiones temático, donde el concepto de México se reduce
por fines turísticos a un folclor machacón que sirve para adornar casinos y atraer turistas
extranjeros que salen con una bolsa de Frida Kahlo, impresa sobre un calendario azteca,
aunque made in China. Esta historia, no hubiera sido posible pasar por el buche de
cualquier lector, sin unos buenos tragos de humor negro.

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A veces, la fantasía ayuda a explorar de manera simbólica temas duros, ásperos e
incluso dolorosos como la novela de Los fantasmas de Fernando editada por FCE. La
consigna editorial es que debía entregar un texto que tuviera, al frente o de fondo la
problemática del cutting, la autolesión. “Pero la novela debe ser para niños”, me explicó
la editora ante mi estupefacción y agregó: “Hay que visibilizar esta problemática. Nos
han reportado que el cutting aparece en edades cada vez más tempranas”. Así que
después de meses de investigación y asesorías, di con la clave, al menos la de mi
historia. El tema central sería la violencia masculina en una familia mexicana, a través
de distintas generaciones, donde se tocan subtemas de salud mental, duelo y depresión.
Pero necesité de la fantasía: un hotel encantado, un tesoro y espectros, para arropar un
tema tan duro.

Leer fantasía permite regresar a los territorios de infancia, del juego, cuando se
puede explorar la realidad desde otro ángulo, ver el mundo con ojos nuevos, ya sea de
un gigante, de un gnomo, de un superhéroe o de una cucaracha. Mientras tanto, el
humor es eminentemente cerebral, quita peso emocional, permite tomar distancia y
cuestiona. El reto es saber combinar las llaves, y para conseguir eso, el cuento o novela
recurre a un montón de artilugios engranes, trucos… sí, justo a eso, a trucos de magia.

Quien escribe, debe saber montar actos de ilusionismo en cada página para
volver creíbles a los personajes; esconder conejos tras la chistera de los renglones para
apuntalar una trama, y guardar siempre un as bajo la manga al final de los capítulos para
despertar la curiosidad del lector. El lector hace un acuerdo tácito, de creer en lo que lee
mientras no se vean los hilos, ni las serpentinas ocultas en los bolsillos secretos. Es
posible que al final de cuentas, me reencontré con la profesión anhelada, mago, vaya, y
trabajo sin tener que usar capa de estudiantina.

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