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1 - La Joya en La Frente - Moorcock, Michael PDF

Este documento presenta un resumen de la primera parte del libro "La joya en la frente" de Michael Moorcock. Narra la inspección matutina rutinaria del Conde Brass, lord Protector de la Camarga, por sus territorios. Mientras cabalga bajo la lluvia para regresar a su castillo, se encuentra con una manada de caballos asustados que lo obligan a introducirse en las marismas con su montura para evitar ser atropellado.

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Este documento presenta un resumen de la primera parte del libro "La joya en la frente" de Michael Moorcock. Narra la inspección matutina rutinaria del Conde Brass, lord Protector de la Camarga, por sus territorios. Mientras cabalga bajo la lluvia para regresar a su castillo, se encuentra con una manada de caballos asustados que lo obligan a introducirse en las marismas con su montura para evitar ser atropellado.

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Dorian Hawkmoon 01 - La joya

en la frente
Sobrecubierta
None
Tags: General Interest
Dorian Hawkmoon 01 - La joya
en la frente
Sobrecubierta
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Tags: General Interest
La joya en la frente
Michael Moorcock
Libro primero
1. El conde Brass
Y entonces la Tierra envejeció, y sus paisajes se suavizaron y mostraron las señales del
paso del tiempo, y sus caminos se hicieron caprichosos y extraños a la manera de un
hombre en los últimos años de su vida.
–LA ALTA HISTORIA DEL BASTÓN RÚNICO
El conde Brass, lord Protector de la Camarga, salió una mañana
a lomos de su unicornio para inspeccionar sus territorios. Cabalgó
hasta llegar a una pequeña colina, sobre la que se elevaban unas
ruinas antiquísimas, pertenecientes a una iglesia gótica cuyos muros
de gruesa piedra habían quedado suavizados por los efectos de los
vientos y las lluvias. La mayor parte estaba cubierta por un tipo de
hiedra floral, de modo que, en esta estación del año, las flores de
colores púrpura y ámbar cubrían los oscuros ventanales, como
excelentes sustitutos de las vidrieras policromadas que en otros
tiempos las habían decorado.
El conde Brass siempre acudía a estas ruinas cuando salía a
cabalgar. Experimentaba por ellas una especie de sensación de
compañerismo, ya que eran viejas, como él, habían sobrevivido a
grandes tumultos, como él mismo y, también como él, parecía como
si los estragos del tiempo no hubieran hecho otra cosa que
fortalecerlas, en lugar de debilitarlas. La colina sobre la que se
elevaban era un ondulante océano de hierba, movido por el viento.
La colina se hallaba rodeada por las ricas y aparentemente infinitas
marismas de la Camarga, formando un paisaje solitario poblado por
toros blancos salvajes, manadas de centauros y los gigantescos
flamencos escarlata, tan enormes que podían elevar fácilmente a un
hombre adulto.
El cielo mostraba un ligero color gris que anunciaba lluvia, y de él
procedía la luz solar de un dorado acuoso que, al tocar la armadura
de bronce pulido del conde, la hacía refulgir como una llamarada. El
conde llevaba colgada al cinto una enorme espada de hoja ancha, y
sobre la cabeza lucía un casco sencillo, también de bronce.
Todo su cuerpo aparecía envuelto en pesado bronce, y hasta los
guanteletes y las botas estaban formados por juntas de bronce
cosidas sobre cuero. El conde tenía un cuerpo ancho, rudo y alto,
con una cabeza grande y fuerte sobre los hombros y un rostro
curtido que daba la impresión de haber sido moldeado igualmente
en bronce. Sus dos ojos, de un marrón dorado, miraban fijamente al
frente. Su poblado bigote era rojizo, como su pelo. Tanto en la
Camarga como más allá no era insólito escuchar la leyenda según
la cual el conde no era, en realidad, un hombre de verdad, sino una
estatua viva hecha de bronce, un Titán, invencible, indestructible,
inmortal.
Pero quienes conocían bien al conde Brass sabían que era un
hombre en todos los sentidos, un amigo leal, un enemigo terrible,
proclive a la risa pero capaz de la más feroz de las cóleras, un
bebedor de enorme capacidad a quien también le gustaba comer
con abundancia, aunque sus gustos no eran en modo alguno
indiscriminados, un bromista. espadachín y jinete sin parangón,
sabio en el conocimiento de los hombres y de la historia, amante a
la vez tierno y salvaje. Con su voz cálida y su exhuberante vitalidad,
el conde Brass no podía evitar haberse convertido en una leyenda,
puesto que si el hombre era excepcional, también lo eran sus
hazañas.
El conde Brass acarició la cabeza de su unicornio, rozando con
su guantelete los agudos cuernos espirales del animal, y miró hacia
el sur, allí donde el mar y el cielo se confundían. El caballo lanzó un
relincho de placer y el conde sonrió, se enderezó sobre la silla y, con
un movimiento rápido de las riendas, hizo que el animal descendiera
por la colina para enfilar el camino secreto que cruzaba las
marismas y que conducía hacia las torres septentrionales, situadas
más allá del horizonte.
El cielo se estaba ya oscureciendo cuando llegó ante la primera
torre y distinguió a su guardián, una silueta provista de armadura
que se recortaba, vigilante, contra la claridad del cielo. Aunque no
se había lanzado ningún ataque contra la Camarga desde que el
conde Brass llegara para sustituir al antiguo y corrupto lord
Protector, existía ahora el ligero peligro de que los ejércitos
nómadas, compuestos por aquellos a los que había derrotado el
Imperio Oscuro del oeste, penetraran en sus dominios, en busca de
ciudades y pueblos a los que saquear. El guardián, como todos sus
compañeros, estaba equipado con una lanza de fuego de diseño
algo barroco, una espada de casi metro y medio de longitud, un
flamenco domesticado, atado a un lado de las almenas, y un
heliógrafo para transmitir información a las otras torres. También
había otras armas en las torres: se trataba de armas que había
construido e instalado el propio conde, aunque los guardianes sólo
sabían cómo funcionaban a nivel teórico, ya que nunca las habían
visto emplear. El conde Brass les había asegurado que eran mucho
más poderosas que cualquier otro tipo de armas poseído incluso por
el Imperio Oscuro de Granbretan, algo que ellos creyeron, aun
cuando seguían mostrándose algo cautelosos en cuanto a aquellas
máquinas extrañas.
El guardián se volvió cuando el conde Brass se aproximó a la
torre. El rostro del hombre quedaba casi oculto por su casco de
hierro negro, que se curvaba alrededor de las mejillas y sobre la
nariz. Una pesada capa de cuero envolvía su cuerpo. Saludó,
elevando un brazo.
El conde Brass le devolvió el saludo, levantando también su
brazo. – ¿Está todo bien, guardián?
–Muy bien, milord. – El guardián soltó la lanza de fuego y se
levantó la capucha de la capa cuando empezaron a caer las
primeras gotas de lluvia-. A excepción del tiempo -añadió.
–Espera a que llegue el mistral y luego podrás quejarte -dijo el
conde riendo.
Apartó el caballo de la torre y se dirigió hacia la segunda.
El mistral era el feroz viento frío que soplaba sobre la Camarga
durante meses y cuya frialdad penetrante producía un continuo
sonido sibilante hasta la llegada de la primavera. Al conde Brass le
encantaba cabalgar cuando más viento hacía, sólo para sentir su
fuerza azotándole el rostro, y ver cómo su tez curtida adquiría
brillantes tonalidades rojizas.
Ahora, la lluvia le rociaba la armadura, así que se volvió para
sacar la capa que llevaba atada en la silla, echándosela sobre los
hombros y cubriéndose la cabeza con la capucha. Los juncos se
inclinaban por todas partes bajo el azote de la lluvia, cuyo ruido
sordo tamborileaba sobre los charcos, produciendo incesantes
círculos. Las nubes se hicieron cada vez más negras, amenazando
con descargar una buena cantidad de agua. El conde Brass decidió
dejar el resto de la inspección hasta el día siguiente y regresar hacia
su castillo en AigüesMortes, del que le separaban unas buenas
cuatro horas de marcha a través de los retorcidos caminos que
serpenteaban por entre las marismas.
Hizo que su cabalgadura regresara por el mismo camino por el
que había venido, sabiendo que el animal lo encontraría
instintivamente. Mientras cabalgaba, la lluvia caía cada vez con
mayor violencia, empapándole la capa, y la noche se cerró
rápidamente a su alrededor hasta que sólo pudo ver el sólido muro
de negrura únicamente interrumpido por los trazos plateados de la
lluvia. El caballo se movió con mayor lentitud, pero no se detuvo. El
conde Brass olió su piel húmeda y se prometió darle un tratamiento
especial en las caballerizas cuando llegaran a Aigues-Mortes. Le
limpió las crines empapadas con su mano enguantada y trató de
mirar lo que tenía delante, aunque no vio sino los juncos más
cercanos que se agitaban a su alrededor y, aparte del permanente
tamborileo del agua, sólo pudo escuchar el maníaco cuá-cuá
ocasional de un pato real aleteando sobre las marismas, perseguido
sin duda por una nutria o algún otro animal. En algunas ocasiones
creyó ver una sombra oscura deslizándose sobre su cabeza y sintió
el aleteo de un flamenco que se dirigía hacia su nido comunal, o
reconoció el graznido de una polla de agua luchando por su vida
contra un buho. Una vez observó un relampagueo de blancura entre
la oscuridad y escuchó claramente el ruidoso paso de un cercano
rebaño de toros blancos que evidentemente buscaban un terreno
más firme para dormir. Algo más tarde escuchó el sonido producido
por un oso de las marismas que seguía al rebaño, con su sibilante
respiración y el ligero murmullo de sus patas al posarse
cuidadosamente sobre la estremecida superficie de barro. Todos
estos sonidos eran muy familiares para él y no le alarmaron en lo
más mínimo.
Ni siquiera se sintió perturbado cuando escuchó el agudo
relincho de caballos asustados y las pisadas de sus cascos en la
distancia…, hasta que su propio caballo se detuvo de pronto,
moviéndose inquieto. Los caballos se dirigían directamente hacia
donde él se encontraba, avanzando llenos de pánico por el estrecho
camino. De repente, el conde Brass distinguió al semental que iba a
su cabeza, con los temerosos ojos muy abiertos y bufando por entre
las aletas de la nariz.
El conde Brass gritó y osciló los brazos de un lado a otro,
confiando en poder desviar así al semental, pero éste estaba
demasiado aterrorizado como para hacerle caso. No pudiendo hacer
otra cosa, tiró de las riendas de su montura y la introdujo en la
marisma, confiando desesperadamente en que el terreno fuera lo
bastante firme como para soportar su peso, al menos hasta que
hubiera pasado la manada. El caballo se tambaleó entre los juncos,
buscando con sus cascos un lugar en el que afianzarse sobre el
barro blando. Después, cayó al agua y el conde Brass sintió una ola
de líquido sobre su rostro, y el caballo se puso a nadar lo mejor que
pudo a través del frío lago, sosteniendo valientemente el
considerable peso del jinete y su armadura.
La manada no tardó en pasar con gran estruendo. El conde
Brass se preguntó extrañado qué podría haberles asustado tanto, ya
que los unicornios salvajes de la Camarga no se alborotan tan
fácilmente. Después, mientras guiaba a su montura hacia el camino
que acababa de abandonar, escuchó un sonido que explicó
inmediatamente la causa de tanta conmoción. El conde Brass
extendió la mano hacia la empuñadura de su espada.
Lo que escuchó fue un sonido deslizante y chapoteante,
producido por un baragón, el gibón de las marismas.
Ahora ya no quedaban más que unos pocos de aquellos
monstruos. Habían sido creados por el anterior lord Protector, que
los había utilizado para aterrorizar a las gentes de la Camarga antes
de la llegada del conde Brass, cuyos hombres, y él mismo,
destruyeron esta raza de monstruos, a excepción de unos pocos
que habían aprendido a cazar por la noche y a evitar a toda costa
encontrarse con grandes grupos de seres humanos.
Antiguamente, los baragones habían sido hombres, antes de que
fueran esclavizados en los embrujados laboratorios del anterior lord
Protector, donde fueron transformados. Ahora eran unos monstruos
de dos metros y medio de altura por metro y medio de anchura, del
color de la bilis, que se deslizaban sobre sus vientres por entre las
marismas elevándose sólo para saltar y dominar a su presa con sus
garras aceradas. Ocasionalmente, tenían la buena suerte de
encontrarse con un hombre solo y entonces se vengaban
lentamente, devorando primero sus extremidades ante los
aterrorizados ojos del infortunado.
Cuando el caballo regresó al camino, el conde Brass vio delante
al baragón, olió su hedor y tosió a causa del mismo. La mano
empuñaba ya su enorme espada.
El baragón le había oído y se detuvo.
El conde Brass desmontó y se situó entre su caballo y el
monstruo. Sujetó con firmeza la amplia empuñadura de su espada,
agarrándola con ambas manos, y empezó a caminar hacia el
baragón, con las piernas rígidas embutidas en su armadura de
bronce.
Instantáneamente, el monstruo empezó a gemir con una voz
aguda y repulsiva, incorporándose y mostrando las garras, en un
inútil esfuerzo por aterrorizar al conde. Pero aquel monstruo no era
nada terrorífico para el conde Brass, ya que los había visto mucho
peores en otros tiempos. No obstante, sabía que sus posibilidades
de victoria sobre la bestia se veían disminuidas por el hecho de que
el baragón era capaz de ver en la oscuridad, y de que la marisma
era su propio ambiente natural. El conde tendría que actuar con
astucia.
–Bien, bestia inmunda e infecta -empezó diciendo con su tono
más burlón-. Soy el conde Brass, el enemigo declarado de tu raza.
He sido yo quien ha destruido tu maldito clan, y a mí me debes que
en estos tiempos tengas tan pocos hermanos y hermanas. ¿No los
echas de menos? ¿No quieres unirte a los que faltan?
El rugido gimiente del baragón fue alto, pero no lo bastante como
para disimular un atisbo de incertidumbre.
Su enorme masa se estremeció, pero no avanzó hacia el conde
Brass.
–Y bien, cobarde creación de la brujería… -dijo el conde Brass
riendo-, ¿cuál es tu respuesta?
El monstruo abrió las fauces y trató de articular unas pocas
palabras con sus labios deformados, pero pocos sonidos surgieron
de ellos capaces de ser reconocidos como lenguaje humano. Sus
ojos ya no miraban hacia donde estaba el conde Brass.
Actuando con la mayor naturalidad, el conde Brass enterró en el
suelo la punta de la gran espada y apoyó sobre el puño sus manos
recubiertas por los guanteletes.
–Ya veo que te avergüenzas de haber aterrorizado a los caballos
que yo protejo, y como además me siento de buen humor, voy a
tener piedad de ti. Vete y te dejaré vivir unos cuantos días más.
Pero, si te quedas, morirás aquí mismo.
Pronunció aquellas palabras con tal seguridad que la bestia se
dejó caer de nuevo al suelo, aunque no retrocedió. El conde volvió a
elevar la espada, como en un gesto de impaciencia, y avanzó con
decisión hacia el monstruo. Arrugó la nariz, tratando de evitar el olor
nauseabundo del baragón. y le hizo un gesto imperativo.
–Desaparece en la marisma a la que perteneces. Esta noche
estoy de buen humor.
El hocico húmedo del baragón se retorció, pero aún dudaba.
El conde Brass frunció un poco el ceño, juzgando la situación,
pues sabía que el baragón no se retiraría tan fácilmente. Elevó la
espada y preguntó: -¿Te habrás encontrado por fin con tu destino?
El baragón empezó a elevarse sobre sus patas traseras, pero la
acción del conde Brass se produjo en el momento más oportuno.
Hizo oscilar la pesada hoja sobre el cuello del monstruo, y la dejó
caer con fuerza.
La bestia extendió las garras de ambas manos delanteras,
emitiendo un gemido agudo que fue una mezcla de odio y terror. Se
escuchó un chirrido metálico cuando las poderosas garras arañaron
la armadura del conde, obligándole a retroceder. Las fauces del
monstruo se abrieron y se cerraron a pocos centímetros del rostro
del conde, mientras sus enormes ojos negros parecían querer
devorarlo con su cólera. Al retroceder, el conde retiró la espada, que
quedó libre, al tiempo que recuperaba el equilibrio y volvía a golpear.
Una sangre negra surgió a borbotones de la herida, salpicando al
conde. La bestia lanzó otro grito terrible y se llevó las manos a la
cabeza, intentando desesperadamente sostenérsela en su sitio.
Después, la cabeza del baragón medio se desprendió de sus
hombros, un chorro de sangre brotó del cuello con fuerza y el
cuerpo cayó de costado.
El conde Brass permaneció erguido, jadeando pesadamente,
pero con una expresión de burlona satisfacción en su rostro. Se
limpió con un gesto de fastidio la sangre del monstruo que le había
salpicado sobre la cara, se alisó el poblado bigote con los dedos, y
se felicitó a sí mismo al comprobar que no había perdido nada de su
astucia y habilidad. Había planeado previamente cada instante del
enfrentamiento, y desde el principio tuvo la intención de matar a la
bestia. Para ello, mantuvo distraído al baragón, hasta que llegó el
momento adecuado para golpear.
No vio nada malo en el hecho de haber engañado a la bestia. En
caso de haberle ofrecido una lucha honesta, probablemente sería él,
y no el baragón, quien yacería sobre el barro con la cabeza cortada.
El conde Brass suspiró profundamente, aspirando el aire frío de
la noche y avanzó hacia el monstruo caído. Se las arregló, con no
poco esfuerzo, para apartarlo del camino y arrojarlo por la ligera
pendiente hacia la marisma.
Después, el conde Brass volvió a montar en su unicornio y
reanudó el camino de regreso hacia Aigues-Mortes sin que se
produjeran más incidentes.
2. Yisselda y Bowgentle
El conde Brass había combatido al frente de los ejércitos en casi
todas las batallas famosas de su época; había sido el poder
existente detrás de los tronos de la mitad de los gobernantes de
Europa, un verdadero hacedor y destructor de reyes y príncipes. Era
un maestro en las artes de la intriga y un hombre cuyo consejo se
buscaba en cualquier asunto relacionado con la lucha política por el
poder. En realidad, siempre había sido un mercenario, pero un
mercenario que perseguía un ideal: el de impulsar a todo el
continente europeo hacia la unificación y la paz. Así pues, prefería
aliarse con cualquier fuerza a la que juzgara capaz de contribuir a su
propia causa. En más de una ocasión había rechazado la oferta de
gobernar un imperio, sabiendo, como sabía, que le había tocado
vivir en una época en la que un hombre podía ganar un imperio en
cinco años y perderlo en seis meses, ya que la historia aún se
encontraba en un estado de cambios continuos, y la situación no se
estabilizaría en largo tiempo.
Lo único que intentaba era guiar un poco la historia en el sentido
que a él le parecía más conveniente.
Cansado de las guerras, las intrigas e incluso, hasta cierto punto,
de los ideales, el viejo héroe había terminado por aceptar la oferta
del pueblo de la Camarga de convertirse en su lord Protector.
Este antiquísimo territorio cubierto de marismas y lagos se
encontraba muy cerca de la costa del Mediterráneo. En otros
tiempos había formado parte de una nación llamada Francia, que
ahora se había desmembrado en un par de docenas de ducados,
todos ellos con nombres grandiosamente altisonantes. La Camarga,
con sus extensos y desteñidos cielos de colores naranja, amarillo,
rojo y púrpura, sus reliquias de un oscuro pasado, sus
inconmovibles costumbres y rituales, había atraído al viejo conde,
quien se había impuesto la tarea de hacerse cargo de la seguridad
de su país de adopción.
Durante sus viajes por todas las cortes de Europa había
descubierto muchos secretos, de tal modo que, ahora, las grandes y
lóbregas torres que se elevaban a lo largo de las fronteras de la
Camarga, protegían el territorio con armas mucho más potentes y
menos conocidas que las espadas de hoja ancha y las lanzas de
fuego.
En los límites meridionales, las marismas daban paso
gradualmente al mar, y a veces los barcos atracaban en los
pequeños puertos, aunque raramente desembarcaban pasajeros.
Ello se debía al terreno propio de la Camarga. Aquellos salvajes
paisajes eran traicioneros para quienes no los conocían bien, y
resultaba difícil encontrar los caminos que cruzaban las marismas;
por otra parte, las cadenas montañosas flanqueaban tres lados del
territorio. Quien deseaba introducirse en el interior del continente,
prefería desembarcar más hacia el este y subir en una embarcación
fluvial por el Ródano. De ese modo, a la Camarga llegaban pocas
noticias del mundo exterior, y las que llegaban solían ser muy
atrasadas.
Ésa era una de las razones por las que el conde Brass había
decidido asentarse allí. Le encantaba disfrutar del aislamiento; se
había visto involucrado durante demasiado tiempo en los asuntos
mundanos como para que ahora le interesaran demasiado ni
siquiera las noticias más sensacionales. En su juventud había
dirigido ejércitos que intervinieron en las guerras que asolaban
constantemente Europa. Ahora, sin embargo, se sentía cansado de
tanto conflicto y se negaba a escuchar todas las peticiones que
llegaban hasta él, pidiéndole ayuda o consejo, sin fijarse siquiera en
las compensaciones que se le ofrecieran.
Al oeste se hallaba situada la isla imperio de Granbretan, la
única nación que aún conservaba cierta estabilidad política real, con
su ciencia medio loca y sus ambiciones de conquista. Tras haber
construido un plateado puente alto y curvado que salvaba los poco
más de cuarenta kilómetros que le separaban del continente, el
imperio mostraba ahora inclinación a incrementar sus territorios por
medio de su magia negra y de sus máquinas de guerra, como los
ornitópteros soldados que poseían un radio de acción de más de
ciento sesenta kilómetros.
Pero el conde Brass ni siquiera se sentía excesivamente
perturbado por la invasión del continente europeo por parte del
Imperio Oscuro. Según creía, era una ley histórica que tales cosas
sucedieran, y comprendía los beneficios que podrían derivarse del
empleo de una fuerza capaz de unificar a todos los estados
guerreros en una sola nación, independientemente de lo cruel que
pudiera ser dicha fuerza.
La filosofía del conde Brass era la filosofía de la experiencia, la
que corresponde a un hombre de mundo antes que a un erudito, y
no veía razón alguna para dudar de ella, siempre y cuando la
Camarga, su única responsabilidad por el momento, fuera lo
bastante fuerte como para resistir todo el poderío de Granbretan.
Como quiera que él mismo no tenía nada que temer de
Granbretan, observaba con una cierta y remota admiración toda la
crueldad y eficacia con que aquella nación extendía su sombra más
y más hacia el interior de Europa a medida que transcurrían los
años.
Dicha sombra se había extendido ya sobre toda Scandia y las
naciones septentrionales, a lo largo de una línea moteada por la
existencia de ciudades famosas como Parye, Munchein. Wien,
Krahkov y Kerninsburg (que representaba una posición avanzada en
el misterioso territorio de Muskovia). Se había formado así un gran
semicírculo de poder dentro del territorio continental; un semicírculo
cuya extensión aumentaba casi a diario, y que no tardaría en entrar
en contacto con los principados más septentrionales de Italia,
Magyaria y Slavia. El conde Brass suponía que el poder del Imperio
Oscuro no tardaría en extenderse desde el mar de Noruega hasta el
Mediterráneo, de tal modo que únicamente la Camarga quedaría
fuera de su ámbito de influencia. Sabiendo esto, había aceptado la
jefatura del Protectorado del territorio, cuando su lord Protector
anterior, un hechicero corrupto y falso procedente del territorio de los
búlgaros, fue desmembrado y destrozado por los guardianes nativos
a los que había mandado hasta entonces.
El conde Brass había transformado la Camarga en una región a
salvo de ataques desde el exterior, librándola igualmente de
amenazas interiores. Ya sólo quedaban unos pocos baragones
capaces de aterrorizar a las gentes de los poblados pequeños, y
también se habían eliminado otro tipo de terrores.
Ahora, el conde vivía en su cálido castillo de Aigues-Mortes,
disfrutando de los placeres simples y rurales de la tierra, mientras el
pueblo se veía libre de ansiedades por primera vez en muchos
años.
El castillo, conocido como el castillo de Brass, había sido
construido algunos siglos antes sobre lo que fuera una pirámide
artificial que se elevaba sobre el centro de la ciudad. Pero la
pirámide se hallaba ahora oculta por la tierra, en la que se había
sembrado hierba y se habían creado jardines de flores, y plantado
viñedos y hortalizas en una serie de terrazas. Allí había prados muy
bien cuidados sobre los que jugaban los niños del castillo o por los
que paseaban los adultos, y cerca de los cuales se cultivaban las
viñas de las que se obtenía el mejor vino de la Camarga, más abajo
de las cuales crecían bancales de alubias, patatas, coliflores,
zanahorias, lechugas y otras muchas verduras, así como algunas
otras especies algo más exóticas, como los gigantescos tomates de
calabaza, los árboles de apio y las berenjenas dulces. También
había árboles frutales y arbustos de bayas cuyos frutos alimentaban
a los habitantes del castillo durante la mayor parte del año.
El castillo estaba construido con la misma piedra blanca con que
se habían construido las casas de la ciudad.
Tenía ventanas de gruesos cristales (la mayoría de ellos
graciosamente pintados), torres ornamentales y almenas de
delicada manipostería. Desde sus torres más altas se distinguía la
mayor parte del territorio que protegía, y la estructura estaba
diseñada de tal modo que, cuando soplaba el mistral, se podía
variar la disposición de los respiraderos, poleas y pequeñas puertas
para que todo el castillo sonara de forma que su música, como la de
un órgano, fuera transportada por el propio viento y escuchada a
muchos kilómetros de distancia.
El castillo dominaba los tejados rojos de las casas de la ciudad,
así como la plaza de toros que había más allá que, según se decía,
había sido construida muchos milenios antes por los romanos.
El conde Brass condujo a su cansado caballo por el camino
azotado por el viento que subía hacia el castillo, y gritó a los
guardias para que abrieran la puerta. La lluvia amainaba, pero la
noche era fría y el conde anhelaba encontrarse junto al fuego de la
chimenea. Cruzó las grandes puertas de hierro y entró en el patio de
armas, donde un caballerizo se hizo cargo de su montura. Subió los
escalones, cruzó las puertas de entrada al castillo, bajó por un corto
pasillo y entró en el vestíbulo principal.
Allí, un enorme fuego crepitaba ya en el hogar y junto a él, en un
cómodo sillón acolchado, estaba su hija. Yisselda, y su viejo amigo,
Bowgentle. Ambos se levantaron al entrar él y Yisselda se elevó
sobre las puntas de los pies para besarle en la mejilla, mientras
Bowgentle permanecía en pie a su lado, sonriente.
–Tenéis el aspecto de alguien a quien le vendría muy bien una
comida caliente y ponerse algo más cálido que la armadura -dijo
Bowgentle al tiempo que tiraba de un cordón de llamada-. Yo mismo
me ocuparé de eso.
El conde Brass asintió con un gesto de agradecimiento y se
acercó al fuego, quitándose el casco y dejándolo con un seco sonido
metálico sobre la amplia repisa de la chimenea. Yisselda ya se
había arrodillado a sus pies y le desataba las grebas de las piernas.
Era una hermosa joven de diecinueve años, con una suave piel de
color rosado y un pelo entre castaño y rubio. Llevaba puesto un
amplio vestido de un vivo color naranja que le hacía parecer como
un duende llameante mientras se movía con rapidez para entregar
las grebas al sirviente, que había acudido con ropas limpias para
que su padre se cambiara.
Otro sirviente ayudó al conde Brass a quitarse el peto, el
espaldar y el resto de la armadura, y éste no tardó en ponerse unos
pantalones suaves y amplios, una camisa de lana blanca y una toga
de lino.
Los sirvientes llevaron junto al fuego una pequeña mesa llena
con platos de ensalada, patatas, carne asada y una deliciosa salsa
espesa, así como una jarra de vino calentado con especias. El
conde Brass tomó asiento con un suspiro y empezó a comer.
Bowgentle permaneció junto a la chimenea, observándole,
mientras Yisselda se enroscaba en el sillón situado enfrente y
esperaba a que él hubiera calmado una buena parte de su apetito.
–Bien, milord -dijo la joven con una sonrisa-, ¿cómo os ha ido el
día? ¿Está seguro todo nuestro territorio?
–Así parece -asintió el conde Brass con una burlona seriedad-,
aunque no he podido inspeccionar ninguna de las torres
septentrionales, a excepción de una sola. Empezó a llover con tal
fuerza que decidí regresar a casa.
Les contó el encuentro que había tenido con el baragón. Yisselda
escuchó con los ojos muy abiertos, mientras Bowgentle adoptaba
una expresión seria, con su rostro amable y ascético algo inclinado y
los labios apretados. El famoso filósofo-poeta no siempre aprobaba
las proezas de su amigo, y parecía creer que el conde Brass atraía
tales aventuras hacia sí mismo.
–Recordaréis que esta misma mañana os aconsejé que viajarais
con Von Villach y alguno de los demás -dijo Bowgentle cuando el
conde hubo terminado su narración.
Von Villach era el lugarteniente del conde, un viejo y leal soldado
que le había acompañado en la mayor parte de sus hazañas
anteriores. – ¿Von Villach? – preguntó el conde riéndose al ver la
cara preocu pada de su amigo-. Se está volviendo viejo y lento, y no
sería nada amable por mi parte hacerle salir con este tiempo.
–Tiene uno o dos años menos que vos, conde… -dijo Bowgentle
con cierta hosquedad.
–Posiblemente, pero ¿podría derrotar él solo a un baragón?
–No es ésa la cuestión -replicó Bowgentle con firmeza-. Si
hubierais viajado con él y os hubierais hecho acompañar por un
grupo de hombres armados, no tendríais que haberos enfrentado
vos solo con un baragón.
–Tengo que mantenerme en forma -dijo el conde Brass
despreciando aquella discusión con un movimiento de la mano-. En
caso contrario me convertiría en un viejo tan chocho como el propio
Von Villach.
–Tenéis una responsabilidad para con el pueblo de aquí, padre -
observó Yisselda con tranquilidad-. Si os mataran… -¡Nadie me
matará! – le interrumpió el conde sonriendo burlonamente, como si
la muerte fuera algo que sólo sufrían los demás.
A la luz del fuego de la chimenea, su cabeza parecía la máscara
de guerra de alguna antigua tribu bárbara, casi cincelada en metal y,
de algún modo, daba la impresión de ser imperecedera.
Yisselda se encogió de hombros. Poseía la mayor parte de las
cualidades del carácter de su padre, incluyendo el convencimiento
de que no servía de nada discutir con alguien tan terco como el
conde Brass. En cierta ocasión, Bowgentle había escrito acerca de
ella, en un poema privado: «Es como la seda, tan fuerte y al mismo
tiempo tan suave». Ahora, al mirarlos a ambos, observó con sereno
afecto cómo la expresión del uno se reflejaba en la otra.
–Hoy me he enterado de que la Granbretan se apoderó hace
apenas seis meses de la provincia de Colonia -dijo Bowgentle,
cambiando de tema-. Sus conquistas se extienden como una plaga.
–Una plaga bastante saludable -replicó el conde Brass
arrellanándose en la silla-. Por lo menos, establecen el orden.
–Quizá el orden político -argumentó Bowgentle con mayor
vehemencia-, pero en modo alguno el orden espiritual o moral. Su
crueldad no tiene precedentes. Están locos. Sus almas están
corrompidas por la afición hacia todo lo malvado y por el odio contra
todo lo que sea noble.
–Esa perversidad ya ha existido antes -observó el conde Brass
acariciándose el bigote -. El hechicero búlgaro que me precedió
aquí, por ejemplo, era tan malvado como ellos.
–El búlgaro sólo era un individuo, como el marqués de Pesht,
Roldar Nikolayeff. y los de su clan. Pero se trataba de excepciones y
en casi todos los casos los pueblos que gobernaban se rebelaron
contra ellos y los destruyeron a su debido tiempo. Pero el Imperio
Oscuro es una nación formada por individuos de esa ralea, y
consideran como naturales todas las acciones malvadas que
cometen. El deporte favorito que practicaron en Colonia consistió en
crucificar a todas las niñas de la ciudad, convertir a los niños en
eunucos y obligar a todos los adultos que quisieron salvar sus vidas
a representar actos obscenos en las mismas calles. Eso no es
ninguna crueldad natural, conde, y en modo alguno fue lo peor que
hicieron. Su entretenimiento preferido consiste en degradar todo
rasgo de humanidad.
–Esas historias han sido exageradas, amigo mío. Deberías darte
cuenta de ello. Yo, por ejemplo, también he sido acusado de…
–Por lo que he podido oír -le interrumpió Bowgentle -, los
rumores no son una exageración de la verdad, sino más bien una
simplificación. Y si sus actividades públicas son tan terribles, ¿cómo
serán sus placeres privados?
–No puedo soportar el pensar… -dijo Yisselda.
–Exactamente -intervino Bowgentle de nuevo, volviéndose hacia
ella-. Y son muy pocos los que se atreven a repetir aquello de lo que
han sido testigos. El orden que imponen es superficial, mientras que
el caos que generan destruye las almas de los hombres.
El conde Brass encogió sus anchos hombros.
–Hagan lo que hagan, no es más que una cuestión temporal.
Pero la unificación que imponen a todo el mundo es algo
permanente… Recordad mis palabras.
–El precio a pagar por ello es demasiado elevado, conde Brass -
dijo Bowgentle cruzando los brazos sobre el pecho cubierto con una
toga negra. – ¡Ningún precio es demasiado alto! ¿Qué quieres?
¿Que los principados de Europa se dividan en segmentos cada vez
más pequeños, y que la guerra se convierta en un factor constante
en la vida del hombre común?
Actualmente, muy pocos hombres conocen lo que significa la paz
mental, desde la cuna hasta la tumba. Las cosas cambian una y otra
vez. ¡Al menos, Granbretan ofrece consistencia! – ¿Y terror? No
puedo estar de acuerdo con vos, amigo mío.
El conde Brass se sirvió una copa de vino, bebió su contenido y
bostezó un poco.
–Te tomas estos acontecimientos inmediatos demasiado en
serio, Bowgentle. Si tuvieras mi experiencia, te darías cuenta de que
tales iniquidades no tardan en pasar, ya sea por simple aburrimiento
de quienes las practican, o bien porque, de algún modo, son
destruidos por los demás. Dentro de cien años Granbretan será una
nación que se encontrará dentro de los límites de la rectitud y la
moral.
El conde Brass miró a su hija, haciéndole un guiño y sonriéndole,
pero ella no le devolvió la sonrisa, y pareció estar de acuerdo con
Bowgentle.
–Su crueldad es demasiado profunda como para que se cure con
el transcurso de cien años -dijo éste -.
Eso es algo que se puede deducir observando simplemente su
apariencia. Esas bestiales máscaras enjoyadas que jamás se
quitan, esas grotescas ropas que se ponen incluso cuando hace el
calor más espantoso, las posturas que adoptan, su forma de
moverse… Todo eso los muestran como lo que realmente son: locos
por herencia, y su progenie heredará su misma locura. – Bowgentle
pasó la mano por una de las columnas de la chimenea-.
Nuestra pasividad es como una especie de admisión de sus
propios actos. Deberíamos…
–Deberíamos irnos a la cama a dormir, amigo mío -le interrumpió
el conde Brass levantándose-. Mañana tenemos que aparecer en la
plaza de toros para el inicio de las fiestas.
Hizo un gesto de saludo hacia Bowgentle, besó ligeramente a su
hija en la frente y abandonó el salón.
3. El barón Meliadus
En esta época del año, una vez terminados los trabajos del
verano, el pueblo de la Camarga iniciaba su gran fiesta. Las casas
aparecían cubiertas de flores, las gentes se ponían ropas de seda y
lino ricamente bordadas, y los guardias desfilaban con su mayor
marcialidad. Por las tardes, las fiestas de toros se celebraban en el
antiguo anfiteatro de piedra situado en las afueras de la ciudad.
Los asientos del anfiteatro eran de granito, dispuestos en gradas.
Cerca de la pared escalonada del propio ruedo, en la parte que
daba al sur, había una zona cubierta compuesta por columnas
talladas sobre las que se extendía un techo de pizarra roja, del que
colgaban cortinajes de colores marrón oscuro y escarlata. En su
interior estaba sentado el conde Brass, su hija Yisselda, Bowgentle y
el viejo Von Villach.
Desde allí, el conde Brass y sus acompañantes podían observar
casi todo el anfiteatro a medida que éste empezaba a llenarse, así
como escuchar las excitadas conversaciones y los bufidos y golpes
de los toros detrás de las barricadas.
En el extremo más alejado del anfiteatro había un grupo de seis
guardias con cascos emplumados y capas azul celeste que hizo
sonar las fanfarrias. A sus trompetas de bronce les contestó como
un eco el ruido de los toros y el griterío de la multitud. El conde
Brass avanzó un paso.
El griterío se hizo más fuerte cuando él apareció, sonriéndole a
la multitud y elevando una mano a modo de saludo. Una vez que se
aquietaron los gritos, empezó a pronunciar el tradicional discurso
con el que se inauguraba la fiesta.
–Antiguo pueblo de la Camarga, preservado por el destino del
infortunio del Milenio Trágico; vosotros, a quienes se os concedió la
vida, celebráis hoy la vida. Vosotros, cuyos antepasados se salvaron
gracias al feroz mistral que limpió los cielos de los venenos que
produjeron la muerte y la malformación a otros, agradecéis ahora
con esta fiesta la llegada del viento de la vida.
Los gritos estallaron de nuevo y las fanfarrias sonaron por
segunda vez. Después, doce enormes toros entraron en el ruedo.
Los animales patearon la arena, con las colas levantadas, los
cuernos relucientes, las aletas de la nariz dilatadas y los ojos
enrojecidos y brillantes. Eran toros seleccionados de la Camarga,
entrenados durante todo el año para la fiesta de hoy, cuando se
enfrentarían a hombres desarmados que tratarían de recoger las
diversas banderolas que se les había atado alrededor de sus cuellos
y cuernos.
Aparecieron a continuación unos guardias a caballo que
saludaron a la multitud y volvieron a conducir los toros hacia el
recinto cerrado situado bajo el anfiteatro.
Una vez que los guardias hubieron encerrado a los toros, no sin
ciertas dificultades, salió a la arena el maestro de ceremonias,
vestido con una capa multicolor, un sombrero de ala ancha de un
brillante color azul y portando un megáfono dorado con el que
anunciaría los nombres de los primeros contendientes.
La voz del hombre, amplificada por el megáfono y por los muros
del anfiteatro, casi pareció el gran rugido de un toro encolerizado.
Anunció primero el nombre del toro -Cornerouge de Aigues-Mortes,
propiedad de Pons Yachar, el famoso criador de toros-, y a
continuación el nombre del principal torero, Mahtan Just de Arles. El
maestro de ceremonias caracoleó con su caballo y desapareció.
Casi inmediatamente, Cornerouge surgió desde debajo del
anfiteatro, con sus enormes cuernos cortando el aire y las cintas
escarlata que los decoraban ondeando bajo la fuerte brisa.
Cornerouge era un toro enorme, de poco más de un metro y
medio de alzada. Hacía oscilar la cola con fuerza de un lado a otro,
como un león; sus enrojecidos ojos contemplaron desafiantes a la
enfervorizada multitud que saludaba su presencia. Se arrojaron
flores a la arena, que cayeron sobre su amplio lomo blanco. El
animal se volvió con rapidez, pateando la arena y pisoteando las
flores.
Entonces apareció una figura de corta estatura, pero fuerte, que
se movió con ligereza y sin ostentación. Iba vestida con una capa
negra que mostraba tiras de seda escarlata, un ajustado jubón
negro, pantalones decorados con oro y botas de cuero negro que le
llegaban hasta las rodillas, adornadas con plata. Su rostro era
atezado, joven y mostraba una expresión de alerta. Se quitó el
sombrero de ala ancha, haciendo una inclinación de saludo ante la
multitud, y se volvió para enfrentarse a Cornerouge. Aunque apenas
tenía veinte años Mahtan Just ya se había destacado en tres
festivales anteriores. Ahora, las mujeres le arrojaron flores que él
recibió con galanura, enviándoles besos mientras avanzaba hacia el
animal. Se quitó la capa con un movimiento lleno de gracia y
extendió el manto rojo ante Cornerouge, que avanzó unos pocos
pasos, bufó de nuevo y bajó los cuernos.
El toro se lanzó a la carga.
Mahtan Just dio un ligero salto hacia un lado, y extendió una
mano para arrancar de un tirón una cinta de uno de los cuernos de
Cornerouge.
La multitud lanzó gritos y vítores de alegría. El toro se volvió con
rapidez y se lanzó de nuevo a la carga. Just volvió a saltar hacia un
lado en el último instante y recogió otra cinta. Sostuvo ambos
trofeos entre sus blancos dientes y sonrió burlonamente, mirando
primero al toro y después a la multitud.
Las dos primeras cintas, que habían estado atadas en la parte
superior de los cuernos del toro, resultaron comparativamente
fáciles de conseguir y Just, que lo sabía perfectamente, las había
obtenido casi con naturalidad. Ahora, sin embargo, tenía que coger
las cintas inferiores, algo que resultaba bastante más peligroso.
El conde Brass se inclinó hacia adelante en su palco,
contemplando con admiración al torero. Yisselda sonrió. – ¿No es
maravilloso, padre? ¡Parece un bailarín!
–Sí, un bailarín que baila con la muerte -comentó Bowgentle con
una indulgente severidad.
El viejo Von Villach se arrellanó en su asiento, con el aspecto de
quien se aburre con el espectáculo, aunque eso podía deberse a
que sus ojos ya no eran lo que habían sido y, sin embargo, no
deseaba admitirlo así.
Ahora, el toro se lanzaba directamente contra Mahtan Just, quien
se interponía en su camino, con las manos desdeñosamente en
jarras y la capa abandonada sobre la arena. Cuando el toro ya casi
se encontraba sobre él, Just dio un poderoso salto en el aire y su
cuerpo rozó los cuernos, describiendo un salto mortal sobre
Cornerouge, que frenó su carrera con las pezuñas sobre la arena y
bufó lleno de estupefacción antes de volver la cabeza al escuchar el
grito y la risa de Just detrás de él.
Pero antes de que el animal pudiera girarse, Just había vuelto a
saltar, esta vez sobre su lomo y, mientras el toro se encabritaba
locamente bajo él, el joven se sujetó con una mano a uno de los
cuernos mientras con la otra desataba rápidamente una cinta más.
En cuanto lo hubo hecho, Just se soltó, pegó un brinco llevando en
la mano una nueva cinta, rodó sobre sí mismo y consiguió ponerse
en pie antes de que el animal volviera a cargar.
Un tremendo rugido de satisfacción se elevó de entre la multitud,
que gritaba y lanzaba un verdadero océano de vistosas flores hacia
la arena. Ahora, Just corría grácilmente por el ruedo, perseguido por
el toro.
De pronto, se detuvo y se volvió con deliberada lentitud,
aparentemente sorprendido al ver que el toro se le echaba encima.
Entonces, Just volvió a saltar. En esta ocasión, sin embargo, uno de
los cuernos le enganchó el jubón, desgarrándolo y haciéndole
perder el equilibrio. Una de sus manos se apoyó sobre el lomo del
toro, ayudándose con ella para saltar al suelo, aunque cayó en mala
posición y rodó sobre sí mismo al tiempo que el toro se lanzaba a la
carga.
Just se revolvió, pero fue incapaz de levantarse, aunque seguía
conservando el control de su cuerpo. El toro bajó la cabeza y uno de
sus cuernos enganchó el cuerpo. Unas gotas de sangre salpicaron
la arena, bajo la luz del sol, y la multitud gimió, con una mezcla de
piedad y sed desangre. – ¡Padre! – exclamó Yisselda, cuya mano
apretaba con fuerza el brazo del conde Brass-. Lo matará. ¡Ayúdalo!
El conde Brass sacudió negativamente la cabeza, a pesar de
que su cuerpo ya se había movido involuntariamente hacia el ruedo.
–Es asunto suyo. Sabe a lo que se arriesga.
Ahora, el cuerpo de Just fue elevado por los aires, con los brazos
y las piernas flaccidos, como si fuera un muñeco de trapo. Los
guardias montados aparecieron inmediatamente en el ruedo para
alejar al toro de su víctima, empujándolo con sus garrochas.
Pero el toro se negó a moverse y se mantuvo sobre el cuerpo
inmóvil de Just, como un felino depredador sobre el cuerpo de su
presa.
El conde Brass saltó por encima de la barandilla casi antes de
darse cuenta de lo que estaba haciendo. Ya sobre la arena, echó a
correr hacia el toro con su armadura de bronce, como un gigante de
metal.
Los jinetes apartaron sus caballos mientras el conde lanzaba su
cuerpo contra la cabeza del toro, agarrándole los cuernos con sus
grandes manos, desde atrás. Las venas sobresalieron de la piel de
su rudo rostro a medida que iba haciendo retroceder lentamente al
toro.
Entonces, la cabeza se movió y los pies del conde Brass se
elevaron sobre el suelo, pero sus manos seguían agarrando los
cuernos con fuerza y desplazó su peso hacia un lado, obligando al
animal a echar la cabeza hacia atrás, de tal modo que,
gradualmente, pareció inclinarla.
Todo el mundo guardaba el más absoluto silencio. Desde el
palco, Yisselda, Bowgentle y Von Villach se habían inclinado hacia
adelante, con los rostros pálidos. Por todo el anfiteatro se extendió
una gran tensión, mientras el conde Brass ejercía toda su fuerza
sobre la cabeza del toro.
Las rodillas de Cornerouge se estremecieron. Bufó y bramó y su
cuerpo se tensó. Pero el conde Brass no cejó en su empeño,
temblando él mismo por el enorme esfuerzo que estaba realizando.
Los pelos del bigote y de la nuca parecieron erizársele, los músculos
del cuello se hincharon y se pusieron rojos, pero el toro se fue
debilitando gradualmente y después, lentamente, cayó de rodillas
sobre la arena.
Los hombres corrieron para sacar al herido Just del ruedo, pero
la multitud seguía en silencio.
Y entonces, con una fuerte sacudida, el conde Brass obligó a
Cornerouge a doblarse hacia su lado.
El toro permaneció quieto, reconociendo así a su dominador,
admitiendo haber sido derrotado sin paliativos.
El conde Brass se incorporó y retrocedió y el toro ni se movió,
sino que se limitó a levantar la cabeza para mirarle con unos ojos
brillantes y extrañados, al tiempo que elevaba ligeramente la cola
sobre la arena y su enorme pecho se agitaba.
Y entonces estallaron los vítores de la multitud.
El griterío fue aumentando de intensidad hasta que pareció como
si se fuera a escuchar en todo el mundo.
La multitud se levantó de sus asientos y vitoreó a su lord
Protector de un modo sin precedentes, mientras Mahtan Just
avanzaba tambaleándose hacia él, sujetándose la herida, y le cogía
al conde Brass el brazo en un breve instante de gratitud.
En el palco, Yisselda lloraba de orgullo y alivio, y hasta el propio
Bowgentle se limpiaba sin remilgos unas lágrimas de sus ojos. El
único que no lloraba era Von Villach, aunque su cabeza no dejaba
de hacer serios gestos de aprobación ante la hazaña de su jefe.
El conde Brass regresó hacia el palco, sonriendo a su hija y a
sus amigos. Se agarró a la barandilla y, de un salto grácil, regresó a
su puesto. Después, se echó a reír alegremente y saludó a la
multitud que le vitoreaba.
A continuación, elevó una mano pidiendo silencio y se dirigió a
todos ellos cuando disminuyeron los vítores.
–No me ovacionéis a mí…, sino a Mahtan Just. Fue él quien se
ganó los trofeos. Mirad… -Abrió las palmas de las manos y las
mostró a la multitud-. ¡Yo no tengo nada! – Hubo grandes risas-.
Que continúe el festival -terminó diciendo al tiempo que se sentaba.
Bowgentle había recuperado su compostura. Ahora, se inclinó
hacia el conde Brass.
–Y ahora, amigo mío, ¿seguís afirmando que no queréis veros
involucrado en las luchas de los demás?
–Eres infatigable, Bowgentle -dijo el conde sonriéndole-. Sin
lugar a dudas, esto no ha sido más que un asunto local, ¿no es
cierto?
–Si seguís conservando vuestros sueños sobre un continente
unido, los asuntos de Europa deberían ser locales para vos -replicó
Bowgentle acariciándose la barbilla-. ¿No es cierto?
La expresión del conde Brass se hizo muy seria por un
momento.
–Quizá… -empezó a decir, pero después sacudió la cabeza y se
echó a reír-. ¡Oh, insidioso Bowgentle! ¡Aún te las arreglas para
confundirme de vez en cuando!
Pero más tarde, cuando abandonaron el palco e iniciaron el
regreso hacia el castillo, el conde Brass tenía fruncido el ceño.
Cuando el conde Brass y su séquito entraron a caballo en el
patio de armas del castillo, un soldado echó a correr hacia ellos
señalando con el brazo un carruaje ornamentado y un grupo de
caballos negros y emplumados con sillas de una artesanía
desconocida, que en aquellos momentos se encargaban de quitar
los caballerizos.
–Señor -informó el soldado con voz entrecortada-, han llegado
visitantes al castillo mientras estabais en la arena. Son visitantes
nobles, aunque no sé si los queréis recibir.
El conde Brass contempló el carruaje. Era de metal batido, de un
dorado oscuro, hecho de acero y cobre, con incrustaciones de
madreperlas, plata y ónice. Había sido diseñado para que pareciera
una bestia grotesca, con sus patas extendidas para formar garras
que sostenían los ejes de las ruedas. Su cabeza era como la de un
reptil, con ojos de rubí ahuecados desde arriba para formar así un
asiento para el conductor. En las puertas se veía un elaborado
escudo de armas dividido en cuartos representando armas animales
de aspecto extraño y símbolos de una naturaleza oscura, aunque
perturbadora. El conde Brass reconoció el diseño del carruaje, así
como el escudo de armas. El primero era producto de la artesanía
de los locos herreros de Granbretan, mientras que el segundo era el
escudo de armas de uno de los nobles más poderosos e infames de
aquella nación.
–Es el barón Meliadus de Kroiden -dijo el conde Brass al tiempo
que desmontaba-. ¿Qué asunto puede traer a un señor tan grande a
nuestra pequeña provincia rural? – Había hablado con cierta ironía,
a pesar de lo cual su voz pareció algo preocupada. Miró a
Bowgentle cuando el filósofo poeta desmontó y se le acercó-. Le
trataremos con cortesía, Bowgentle -dijo el conde, advirtiéndole de
sus intenciones-. Le mostraremos cómo es la hospitalidad del
castillo de Brass. No tenemos ninguna disputa con los lores de
Granbretan.
–Quizá no en estos momentos -dijo Bowgentle, hablando con
evidente precaución.
Seguidos por Yisselda y Von Villach, el conde Brass y Bowgentle
subieron los escalones y entraron en el gran salón, donde
encontraron al barón Meliadus, que les estaba esperando, a solas.
El barón era casi tan alto como el propio conde Brass. Iba
vestido con telas brillantemente negras y azul oscuras. Y hasta su
máscara animal enjoyada, que le cubría toda la cabeza como si
fuera un casco, estaba hecha de un extraño metal negro y mostraba
por ojos unos zafiros de un intenso azul. La máscara tenía la forma
de un lobo en actitud de gruñir, lo que le permitía mostrar unos
agudos dientes como agujas en sus quijadas abiertas.
De pie entre las sombras del salón, con la mayor parte de su
armadura negra envuelta en su capa, igualmente negra, el barón
Meliadus podría haber sido uno de los míticos dioses-bestia que aún
eran adorados en los territorios situados más allá del mar Medio.
Cuando ellos entraron, levantó las manos enfundadas en
guanteletes negros, y se quitó la máscara, poniendo al descubierto
una cabeza pálida y pesada, con una barba y un bigote negros bien
cuidados. Su pelo también era negro y espeso y sus ojos mostraban
un extraño color azul pálido.
Aparentemente, el barón iba desarmado, quizá como muestra de
que había acudido en son de paz. Se inclinó lentamente y habló con
un tono de voz bajo y musical.
–Saludos, famoso conde Brass, y os ruego disculpéis esta
repentina intrusión. Envié mensajeros para anunciarme, pero
desgraciadamente llegaron cuando ya habíais salido. Soy el barón
Meliadus de Kroiden, Gran Guarda de la Orden del Lobo, primer
lugarteniente de los ejércitos de nuestro gran rey-emperador Huon…
–Conozco vuestras grandes hazañas, barón Meliadus -dijo el
conde Brass inclinando la cabeza a modo de saludo-, y he
reconocido vuestras armas en vuestro carruaje. Sed bienvenido. El
castillo de Brass es vuestro mientras decidáis quedaros. Nuestra
comida es simple, me temo, en comparación con la riqueza con la
que he oído se sirve la mesa del ciudadano más sencillo de ese
poderoso imperio de Granbretan. pero ésa también os la ofrecemos.
–Vuestra cortesía y hospitalidad avergüenzan a las de la
Granbretan, poderoso héroe -dijo el barón Meliadus con una
sonrisa-. Os lo agradezco.
El conde Brass presentó a su hija y el barón avanzó unos pasos
para inclinarse ante ella y besarle la mano, evidentemente
impresionado por su extraordinaria belleza. Después, se mostró
cortés con Bowgentle, demostrando estar familiarizado con los
escritos del poeta filósofo, aunque a Bowgentle se le notó en la voz
el esfuerzo que tuvo que hacer para ser amable. En cuanto a Von
Villach, el barón Meliadus le recordó varias famosas batallas en las
que se había distinguido el viejo guerrero, que ahora se sintió
visiblemente complacido.
A pesar de todas estas exquisitas cortesías y palabras
elaboradamente altisonantes, se podía percibir la existencia de una
cierta tensión en el salón. Bowgentle fue el primero en presentar sus
excusas y, poco después, Yisselda y Von Villach se marchaban
discretamente, permitiendo así que el barón Meliadus abordara
libremente el tema que le había traído al castillo de Brass. La mirada
del barón Meliadus siguió durante un momento a la figura de la
joven, mientras ésta abandonaba el salón.
Los sirvientes trajeron vino y refrescos, y los dos hombres
tomaron asiento en pesados sillones tallados.
El barón Meliadus miró al conde Brass por encima del borde de
su copa.
–Sois un hombre de mundo, milord -dijo-. Lo sois en todos los
sentidos. Estoy seguro de que apreciaréis el hecho de que mi visita
se haya visto alentada por algo más que la urgencia de disfrutar de
las vistas de vuestra hermosa provincia.
El conde Brass sonrió ligeramente, agradándole la franqueza del
barón.
–Sí que es hermosa -admitió-. Por mi parte, es un verdadero
honor encontrarme con un noble tan famoso de la corte del gran rey
Huon.
–Un sentimiento que comparto con respecto a vos -replicó el
barón Meliadus-. Sois, sin duda, el héroe más famoso en toda
Europa, y quizás el más famoso de su historia. Resulta casi
alarmante descubrir que, después de todo, estáis hecho de carne y
hueso y no de metal.
Se echó a reír y el conde Brass rió con él.
–He tenido bastante buena suerte -dijo el conde Brass-. Y el
destino se ha mostrado amable conmigo, ya que, al parecer, ha
colaborado en confirmar mis juicios. ¿Quién puede decir si la época
en que vivimos es buena para mí, o yo soy bueno para esta época?
–Vuestra filosofía rivaliza con la de vuestro amigo, el señor
Bowgentle -dijo el barón Meliadus-, y confirma lo que he oído decir
sobre vuestra sabiduría y buen juicio. Nosotros, en Granbretan, nos
enorgullecemos de nuestras propias capacidades en ese sentido,
pero creo que podríamos aprender mucho de vos.
–Yo sólo domino los detalles -replicó el barón Brass-, pero vos,
en cambio, tenéis el talento de comprender el esquema general de
las cosas.
Trató de averiguar, a partir de la expresión del rostro de
Meliadus, hacia dónde quería llevar la conversación, pero aquel
rostro permaneció inexpresivo.
–Precisamente son los detalles lo que necesitamos -dijo el barón
Meliadus-, sobre todo si queremos que nuestras ambiciones
generales se conviertan en realidad con toda la rapidez que nos
gustaría.
Ahora, el conde Brass comprendió la razón de la presencia allí
del barón Meliadus, aunque no lo dejó entrever; únicamente pareció
algo extrañado y se inclinó amablemente para servir más vino a su
huésped.
–Tenemos la misión de gobernar toda Europa -dijo el barón
Meliadus.
–Ese parece ser vuestro destino -dijo el conde Brass,
mostrándose de acuerdo-. Y, en principio, apoyo tal ambición.
–Me alegro de ello, conde Brass. A menudo se nos describe
engañosamente y, según parece a veces, tenemos muchos
enemigos dedicados a extender calumnias sobre nosotros por todo
el globo.
–A mí no me interesan ni la verdad ni la falsedad de tales
rumores -le dijo el conde Brass-. Yo únicamente creo en vuestras
actividades generales.
–En tal caso, ¿quiere eso decir que no os opondríais a la
extensión de nuestro imperio? – preguntó el barón Meliadus
mirándole atentamente.
–Sólo en un caso particular -contestó el barón Brass sonriendo-.
En el caso particular de este territorio que protejo, la Camarga.
–En tal caso, ¿estaríais de acuerdo en obtener la seguridad de
un tratado de paz entre nosotros?
–No veo la necesidad de hacerlo. Tengo la seguridad de mis
torres.
–Hmmm… -murmuró el barón Meliadus mirando el suelo. – ¿Ha
sido ésa la razón por la que habéis venido, lord barón? ¿Para
proponerme un tratado de paz? ¿O incluso, quizá, para proponer
una alianza?
–Una alianza de objetivos -asintió el barón Meliadus.
–Yo no me opondría ni os apoyaría en la mayor parte de los
casos -le dijo el conde Brass-. Sólo me opondría si atacarais mis
territorios. En cuanto a mi apoyo, únicamente lo tenéis en mi actitud
de considerar que, en estos momentos, Europa necesita una fuerza
unificadora.
El barón Meliadus guardó un momento de silencio, pensativo,
antes de hablar. – ¿Y si esa unificación se viera amenazada? –
preguntó por fin.
–No creo que pueda serlo -replicó el conde Brass riendo-. En
estos momentos no existe poder alguno capaz de resistir a la
Granbretan.
–Tenéis razón al pensar así -admitió el barón con los labios
apretados-. Nuestra lista de victorias casi nos aburre. Pero cuanto
más conquistamos, tanto más extendemos nuestras fuerzas. Si, por
ejemplo, conociéramos tan bien como vos las cortes de Europa,
sabríamos en quién confiar y de quién desconfiar, y de ese modo
podríamos concentrar nuestra atención en los puntos débiles.
Tenemos, por ejemplo, al gran duque Ziminon como gobernador
nuestro en Normandía. – El barón Meliadus miró cautelosamente al
conde Brass-. ¿Diríais que hemos acertado al elegirlo? Intentó
apoderarse del trono de Normandía cuando lo poseía su primo
Jewelard. ¿Creéis que se sentirá satisfecho con el trono estando
bajo nuestro dominio?
–Ziminon, ¿eh? – dijo el conde Brass sonriendo-. Ayudé a
derrotarlo en Rouen.
–Lo sé. Pero ¿qué opinión os merece?
La sonrisa del conde Brass se hizo más amplia al ver la ansiedad
en la actitud del barón Meliadus. Ahora sabía con toda exactitud qué
quería de él la Granbretan.
–Es un jinete excelente y ejerce cierta fascinación sobre las
mujeres -dijo.
–Eso no nos ayuda a valorar hasta qué punto podemos confiar
en él -dijo el barón dejando la copa de vino sobre la mesa, con un
gesto casi impaciente.
–Cierto -admitió el conde Brass. Levantó la vista hacia el gran
reloj de pared que colgaba sobre la chimenea. Sus manecillas
doradas mostraban las once de la noche. Su enorme péndulo se
balanceaba lentamente de un lado a otro, arrojando sobre la pared
una sombra oscilante. En aquel momento empezaron a sonar las
horas-. En el castillo de Brass solemos acostarnos temprano -dijo el
conde con naturalidad-. Me temo que aquí vivimos como los
campesinos de nuestro territorio. – Se levantó del sillón -. Haré que
un sirviente os muestre vuestras habitaciones.
Vuestros hombres ya han sido alojados en estancias cercanas a
las vuestras.
Una débil sombra se extendió sobre el rostro del barón Meliadus.
–Conde Brass…, sabemos de vuestra habilidad política, de
vuestra sabiduría y amplio conocimiento sobre todas las debilidades
y fortalezas de las cortes europeas. Queremos emplear esos
conocimientos. A cambio de lo cual os ofrecemos riquezas, poder,
seguridad…
–En cuanto a las dos primeras, tengo todo lo que necesito, y con
respecto a la tercera, estoy lo bastante seguro -replicó el conde
Brass con suavidad al tiempo que tiraba de un cordón -. Espero que
me dis culpéis por estar tan cansado y deseando acostarme. He
tenido una tarde muy ajetreada.
–Escuchad la voz de la razón, milord conde, os lo ruego -dijo el
barón Meliadus, haciendo un evidente esfuerzo por parecer amable.
–Espero que os quedéis algún tiempo con nosotros, barón, y
podáis comunicarnos todas las noticias. – En ese momento apareció
un sirviente-. Mostrad sus habitaciones a nuestro huésped, por favor
-le dijo al sirviente. Después, inclinándose hacia el barón, añadió-:
Buenas noches, barón Meliadus. Espero veros mañana durante el
desayuno, que aquí tomamos a las ocho.
Una vez que el barón se hubo marchado en pos del sirviente, el
conde Brass permitió que en su rostro se reflejara una parte del
regocijo que sentía. Era muy agradable saber que la Granbretan
buscaba su ayuda, pero él no tenía la menor intención de
concedérsela. Confiaba en que podría resistirse amablemente a las
peticiones del barón, pues no sentía el menor deseo de enemistarse
con el Imperio Oscuro. Además, el barón Meliadus le caía bien.
Ambos parecían compartir ciertas cualidades comunes.
4. La lucha en el castillo de Brass
El barón Meliadus permaneció durante una semana en el castillo
de Brass. Después de la entrevista de la primera noche, logró
recuperar su compostura y no volvió a mostrar el menor signo de
impaciencia ante el conde Brass por su persistente negativa a
escuchar los incentivos y propuestas de Granbretan.
Quizás el barón no se quedó en el castillo de Brass únicamente
a causa de su misión, ya que fue evidente la gran atención que
dedicó a Yisselda. Se mostró particularmente agradable y cortés con
ella, hasta el punto de que la joven no dejó de sentirse atraída por
él, sobre todo porque no estaba familiarizada con las actitudes
sofisticadas habituales en las grandes cortes.
El conde Brass no pareció darse cuenta de ello. Una mañana,
mientras paseaban por las terrazas superiores del jardín del castillo,
Bowgentle habló con su amigo.
–El barón Meliadus no sólo parece interesado en seduciros para
la causa de la Granbretan -dijo-. Si no me equivoco, tiene en mente
ejercer otra clase de seducción. – ¿Eh? – El conde Brass dejó de
contemplar los viñedos que se extendían por la terraza de abajo-.
¿Qué otra cosa anda buscando?
–A vuestra hija -contestó Bowgentle con suavidad.
–Oh, vamos, Bowgentle -dijo el conde riendo-. Veis malicia y
malvadas intenciones en todas las acciones de ese hombre. Es un
caballero, un noble. Y, además, quiere obtener algo de mí. Jamás
permitiría que la ambición se viera entorpecida por un flirteo. Creo
que os mostráis injusto con el barón Meliadus. A mí ha empezado a
gustarme.
–En tal caso, ya va siendo hora de que volváis a comprometeros
con la política, amigo mío -dijo Bowgentle con una mirada muy
intensa, aunque hablando con suavidad-, porque, al parecer, vuestro
juicio ya no es tan agudo como solía ser.
–Como quieras -replicó el conde Brass encogiéndose de
hombros-. Creo que os estáis convirtiendo en una vieja gruñona,
amigo mío. El barón Meliadus se ha comportado con todo decoro
desde su llegada. Admito que está despilfarrando su tiempo al
quedarse aquí y desearía que se marchara pronto, pero si guarda
alguna intención con respecto a mi hija, os aseguro que no me he
dado cuenta de nada. Puede desear casarse con ella, desde luego,
con el propósito de establecer un lazo de sangre entre nosotros y la
Granbretan, pero Yisselda jamás consentiría aceptar esa idea. Y yo
tampoco. – ¿Qué sucedería si Yisselda amara al barón Meliadus y él
sintiera pasión por ella? – ¿Cómo podría ella amar al barón
Meliadus?
–Es una jovencita que ha visto muy pocos hombres tan
elegantes y sofisticados en la Camarga.
–Hmmm -gruñó el conde con cierto desprecio-. Si amara al barón
me lo habría dicho, ¿no os parece?
Creeré en vuestra historia cuando la vea confirmada de los
propios labios de Yisselda.
Bowgentle se preguntó si la negativa del conde a ver la verdad
se veía estimulada por un secreto deseo de no querer saber nada
sobre el verdadero carácter de quienes gobernaban Granbretan, o
bien si se trataba simplemente de la habitual incapacidad de los
padres para ver en sus hijos lo que era tan perfectamente evidente
para los demás. Bowgentle decidió vigilar atentamente tanto al
barón Meliadus como a la joven Yisselda. No podía creer que el
juicio del conde fuera correcto tratándose, como se trataba, del
nombre que había causado la masacre de Lieja, el mismo que había
dado la orden de entrar a saco en Sahbruck, y cuyos perversos
apetitos eran el horror de todas las murmuraciones, desde el cabo
Norte hasta Túnez. Tal y como él mismo había admitido, el conde
llevaba demasiado tiempo viviendo en el campo, respirando el limpio
aire rural. Ahora, ni siquiera era capaz de reconocer la nauseabunda
hediondez de la corrupción cuando la olía.
A pesar de que el conde Brass se mostró reticente en sus
conversaciones con el barón Meliadus, el granbretaniano pareció
dispuesto a contarle muchas cosas. Al parecer, había nobles y
campesinos descontentos, incluso allí donde no gobernaba
Granbretan, dispuestos a establecer tratados secretos con los
agentes del Imperio Oscuro, obteniendo la promesa de alcanzar
poder bajo el rey-emperador si ayudaban a destruir a quienes se
oponían a Granbretan. Y, al parecer, las ambiciones de Granbretan
se extendían más allá de Europa y penetraban en Asia. Al otro lado
del Mediterráneo había grupos bien establecidos y dispuestos a
apoyar al Imperio Oscuro cuando llegara el momento del ataque. A
cada día que pasaba aumentaba la admiración del conde Brass por
las habilidades tácticas del imperio.
–Dentro de veinte años -dijo el barón Meliadus-, toda Europa
será nuestra. Dentro de treinta habremos ocupado toda Arabia y los
países que la rodean. Dentro de cincuenta, tendremos la fuerza
necesaria para atacar ese misterioso territorio de nuestros mapas al
que denominamos Asiacomunista.
–Un nombre antiguo y romántico -sonrió el conde Brass-, lleno
de grandes embrujos, según se dice. ¿No es allí donde está el
Bastón Rúnico?
–Eso es lo que se dice…, que está en la más alta montaña del
mundo, allí donde la nieve se arremolina y los vientos aullan
constantemente, protegido por hombres peludos de una increíble
sabiduría y edad, que tienen más de tres metros de altura y rostros
de mono. – El barón Meliadus sonrió-. Pero se dice que el Bastón
Rúnico está en muchos lugares…, en Amarehk, por ejemplo.
–Ah -asintió el conde Brass-, Amarehk, ¿incluís ese territorio en
vuestros sueños de crear un gran imperio?
Amarehk era el gran continente que, según se decía, se
encontraba al otro lado del océano, hacia el oeste, gobernado por
seres de poderes casi divinos. Tenían la reputación de llevar unas
vidas abstractas, tranquilas y remotas. Según afirmaban las historias
que se contaban, la suya era la civilización que menos había sufrido
los efectos del trágico Milenio, cuando el resto del mundo se colapso
en diversos grados de ruina. El conde Brass bromeó al mencionar
Amarehk, pero el barón Meliadus le miró de soslayo, con un extraño
brillo en sus ojos pálidos. – ¿Por qué no? – replicó-. Asaltaría los
muros del cielo si supiera dónde están.
Molesto, el conde Brass le dejó a solas poco después,
preguntándose por primera vez si su decisión de permanecer neutral
era tan prudente como él mismo creía.
A Yisselda, aun siendo tan inteligente como su padre, le faltaba
tanto su experiencia como su habitual buen juicio. La infame
reputación del barón le parecía incluso atractiva y, al mismo tiempo,
no podía creer que fueran ciertas todas las historias que se
contaban sobre él. Porque, cuando se dirigía a ella, era tan suave,
su voz era tan cultivada cuando alababa su gracia y su belleza, que
creía ver a un hombre de temperamento amable, obligado a parecer
severo y rudo a causa de las exigencias de su cargo y al papel que
jugaba en la historia.
Ahora, por tercera vez desde su llegada, Yisselda abandonó su
dormitorio a altas horas de la noche para acudir a una cita amorosa
con él en la torre oeste, que no se utilizaba desde que se cometiera
allí el sangriento asesinato del anterior lord Protector.
Sus encuentros eran bastante inocentes… Se cogían de las
manos, se besaban suavemente, susurraban palabras de amor, y él
hablaba de matrimonio. Aunque todavía no estaba segura de esa
última sugerencia (pues amaba a su padre y tenía la sensación de
que le haría mucho daño si se casaba con el barón Meliadus), no
podía resistir las atenciones que el barón le prodigaba. Ni siquiera
estaba segura de que fuera amor lo que sentía por él, pero le
gustaba la sensación de aventura y excitación que le
proporcionaban aquellos encuentros.
En esta ocasión particular, mientras se deslizaba rápida y
sigilosamente por los oscuros pasillos, no se dio cuenta de que la
estaban siguiendo. Detrás de ella avanzaba una figura envuelta en
una capa negra, que llevaba en la mano derecha una larga daga
enfundada en un tahalí de cuero.
Con el corazón latiéndole violentamente en el pecho y los rojos
labios ligeramente abiertos en una semisonrisa, Yisselda subió
rápidamente los escalones que conducían a la torre, hasta llegar a
la pequeña estancia de la tórrela, donde ya la estaba esperando el
barón.
El hombre se inclinó cortésmente ante ella y después la estrechó
entre sus brazos, acariciando su piel suave a través del ligero batín
de seda que llevaba puesto. En esta ocasión, su beso fue más
firme, casi brutal, y la respiración de la joven se hizo más profunda
al devolvérselo, aferrándose a su espalda cubierta de cuero.
Entonces, la mano del barón descendió hacia su cintura y
después hacia su muslo y, por un momento, ella apretó
estrechamente su cuerpo contra el del hombre, tratando después de
apartarse al experimentar una creciente y desconocida sensación de
pánico.
Pero él la retuvo, jadeante. Un rayo de luz lunar penetró por la
estrecha ventana iluminando el rostro del barón y poniendo al
descubierto su ceño fruncido y la expresión de odio de sus ojos.
–Yisselda, tenéis que casaros conmigo. Podemos abandonar el
castillo de Brass esta misma noche y mañana ya estaremos más
allá de las torres. Vuestro padre no se atreverá a seguirnos hasta
Granbretan.
–Mi padre se atrevería a cualquier cosa -dijo ella totalmente
convencida-, pero creo, milord, que no tengo el menor deseo de
causarle problemas. – ¿Qué queréis decir?
–Quiero decir que no me casaré sin su consentimiento. –
¿Estará él de acuerdo?
–Creo que no.
–En tal caso…
Ella trató de apartarse, pero las fuertes manos del barón la
sujetaron por los brazos. Ahora, Yisselda tuvo miedo, y se preguntó
cómo era posible que su pasión anterior pudiera transformarse tan
rápidamente en miedo.
–Tengo que marcharme -dijo. – ¡No! Yisselda, no estoy
acostumbrado a que nadie se oponga a mi voluntad. En primer
lugar, tu obstinado padre se niega a aceptar lo que le pido… ¡Y
ahora tú! ¡Te mataré si no me prometes venir conmigo a Granbretan!
– la amenazó, atrayéndola con más fuerza hacia él e intentando
besarla.
Yisselda gimió, al tiempo que trataba de resistirse.
En ese momento, la figura envuelta en la capa negra entró en la
estancia, desenvainando la larga daga de su funda. El acero brilló a
la luz de la luna y el barón Meliadus miró al intruso con una
expresión de cólera, pero no por ello soltó a la muchacha.
–Soltadla -dijo la oscura figura-. Si no lo hacéis, olvidaré todos
los principios y os mataré aquí mismo. – ¡Bowgentle! – exclamó
Yisselda entre sollozos-. Buscad a mi padre… ¡No sois lo bastante
fuerte para enfrentaros con él!
El barón Meliadus se echó a reír y arrojó a Yisselda hacia un
rincón de la pequeña estancia. – ¿Luchar? No será una lucha con
vos, filósofo… Será una carnicería. Apartaos y os dejaré en paz…,
pero debo llevarme a la muchacha.
–Marchaos solo -replicó Bowgentle-. Hacedlo así, por los dioses,
pues no quiero tener vuestra muerte sobre mi conciencia. Pero
Yisselda se queda conmigo.
–Ella viene conmigo esta misma noche…, ¡tanto si quiere como
si no! – Meliadus se apartó la capa con un gesto brusco, revelando
una corta espada colgando de su cinto-. Apartaos, señor Bowgentle.
En caso contrario, os prometo que jamás escribiréis un soneto sobre
este asunto.
Bowgentle se mantuvo firme, con la daga extendida hacia el
pecho del barón Meliadus.
El granbretaniano echó mano de la empuñadura de su espada y
la desenvainó con un rápido movimiento. – ¡Tenéis una última
oportunidad, filósofo!
Bowgentle no dijo nada. Sus ojos, algo vidriosos, no
parpadearon. Únicamente la mano que sostenía la daga tembló
ligeramente.
Yisselda gritó. Su grito fue agudo y penetrante y su eco pareció
recorrer todo el castillo.
El barón Meliadus se volvió en un acceso de cólera, levantando
la espada.
Bowgentle avanzó, lanzando un desmañado tajo con la daga,
que fue desviado por el resistente peto de cuero que llevaba puesto
el barón. Meliadus se volvió de nuevo hacia él con una risa
despreciativa, y su espada golpeó dos veces el cuerpo de
Bowgentle, una en la cabeza y otra en el torso. El poeta filósofo
cayó sobre las losas, que quedaron manchadas con su sangre.
Yisselda volvió a gritar, esta vez llena de terror y compasión por el
fiel amigo de su padre. El barón Meliadus se volvió hacia ella y la
agarró por un brazo, se lo retorció hasta dejarla sin aliento y, con un
rápido movimiento, se echó su cuerpo sobre un hombro.
Inmediatamente después, abandonó la pequeña estancia de la
torreta y empezó a descender la escalera con rapidez.
Tenía que cruzar el salón principal para llegar a sus propios
aposentos. Al entrar en él escuchó un rugido procedente del otro
lado. A la luz de los rescoldos de la chimenea, vio al conde Brass,
vestido sólo con una túnica suelta, con su gran espada de hoja
ancha en las manos, bloqueando la puerta por la que tenía que
pasar el barón Meliadus. – ¡Padre! – gritó Yisselda.
El granbretaniano la dejó a un lado y blandió su corta espada
ante el conde Brass.
–De modo que Bowgentle tenía razón -retumbó la voz del conde
Brass-. Abusáis de mi hospitalidad, barón.
–Quiero a vuestra hija. Ella me ama.
–Eso parece. – El conde Brass miró a Yisselda al tiempo que
ésta se incorporaba, sollozando-. Defendeos, barón.
–Tenéis una espada de hoja ancha -dijo el barón Meliadus
frunciendo el ceño -. Mi hoja no es más que un punzón. Además, no
deseo luchar centre un hombre de vuestra edad. Sin duda alguna,
podemos hacer las paces… -¡ Padre…, ha matado a Bowgentle!
Al escuchar estas palabras, el cuerpo del conde Brass tembló de
rabia. Se dirigió hacia el muro, donde había una panoplia con
espadas, cogió la mayor de ellas y se la arrojó al barón Meliadus. El
arma se estrelló ruidosamente sobre las losas. Meliadus dejó caer
su pequeña espada y recogió la otra del suelo. Ahora tenía ventaja,
pues llevaba puesto el peto de duro cuero, mientras que el conde no
llevaba puesto más que una bata de lino.
El conde Brass avanzó hacia él, con la espada en alto, y lanzó
un tajo contra el barón Meliadus que lo detuvo, desviándolo. Las
pesadas hojas se cruzaron de uno y otro lado, y el estrépito que
producían llenó el salón. Ante el ruido, acudieron los sirvientes del
castillo, así como los soldados del barón. Todos contemplaron
desconcertados la escena, sin saber qué hacer. Poco después
llegaron Von Villach y sus hombres; los granbretanianos
comprendieron que estaban en inferioridad numérica y decidieron no
hacer nada.
Los destellos producidos por el choque de las hojas surgieron en
la semipenumbra del salón, mientras los dos hombres continuaban
su duelo, levantando y dejando caer sus espadas, moviéndose de
un lado a otro, deteniendo y desviando cada estocada con suma
habilidad. El sudor cubría los rostros de ambos hombres, que
jadeaban pesadamente.
El barón Meliadus lanzó un tajo hacia el hombro del conde
Brass, pero sólo logró arañarle. La espada del conde cayó sobre el
costado del barón, pero su penetración quedó bloqueada por el
espeso cuero del peto. Se intercambiaron una serie de rápidos
golpes, a cada uno de los cuales parecía como si ambos hombres
fueran a quedar cortados en trozos, pero cuando retrocedieron y
volvieron a ponerse en guardia, el conde Brass sólo tenía un ligero
corte en la frente y el batín rasgado, mientras que la capa del barón
Meliadus había quedado desgarrada.
El sonido de sus jadeos y de sus fuertes pisadas sobre las losas
del suelo quedaba apagado por el estruendo de las hojas al
entrechocar cada vez que se encontraban, lanzándose el uno contra
el otro.
Entonces, el conde Brass tropezó con una pequeña mesa y cayó
hacia atrás, con las piernas extendidas, al tiempo que la espada se
le escapaba de entre las manos. El barón Meliadus sonrió,
satisfecho, y levantó su arma, dispuesto a descargar su golpe
mortal; el conde Brass rodó sobre sí mismo, se lanzó hacia las
piernas del barón y lo hizo caer a su lado.
Con las espadas olvidadas por el momento, ambos se
enzarzaron en una dura lucha cuerpo a cuerpo sobre las losas,
golpeándose fieramente.
Entonces, el barón se hizo rápidamente hacia atrás y se puso en
pie de un salto, pero el conde Brass también se incorporó en
seguida agarrando su espada y pegándole una patada a la espada
del barón, enviándola hacia el otro lado del salón, donde quedó
incrustada en una columna de madera, temblando como un junco de
metal al rojo.
En la mirada del conde Brass no había el menor asomo de
piedad; sólo había en sus ojos la intención de matar al barón
Meliadus.
–Habéis matado a mi más leal y mejor amigo -rugió, levantando
la espada.
Lentamente, el barón Meliadus cruzó los brazos sobre su pecho
y esperó el golpe, con la mirada baja y una expresión casi de
aburrimiento en su rostro.
–Habéis matado a Bowgentle, y por eso os voy a matar. –
¡Conde Brass!
El conde vaciló, con la espada aún levantada por encima de su
cabeza.
La voz que acababa de sonar era la de Bowgentle.
–Conde Brass, no me ha matado. Me alcanzó con la hoja, no con
el filo. Y la herida que me ha hecho en el pecho no es mortal.
Bowgentle avanzó por entre los presentes, cubriéndose la herida
con la mano. Tenía un gran moretón en la frente.
El conde Brass suspiró.
–Agradecédselo al destino, Bowgentle. A pesar de todo… -Se
volvió para contemplar al barón Meliadus-.
Este villano ha abusado de mi hospitalidad, ha insultado a mi
hija, ha herido a mi amigo…
El barón Meliadus levantó la mirada para encontrarse con la del
conde.
–Perdonadme, conde Brass. La pasión que me ha producido la
belleza de Yisselda ha cegado mi cerebro y me ha poseído como un
demonio. No os pido compasión, ahora que amenazáis mi vida, pero
sí os pido que comprendáis que sólo han sido las emociones
humanas más honestas las que me han impulsado a hacer lo que
hice.
–No puedo perdonaros, barón -dijo el conde Brass sacudiendo la
cabeza-. No estoy dispuesto a seguir escuchando vuestras
insidiosas palabras. Tenéis que marcharos del castillo de Brass
ahora mismo y haber salido de mis territorios mañana por la
mañana. En caso contrario, pereceréis. – ¿Os arriesgaríais a
ofender a Granbretan?
–No ofendo al Imperio Oscuro -replicó el conde Brass con un
encogimiento de hombros-. En cuanto se sepa la verdad de lo que
ha sucedido aquí esta noche, os castigarán por vuestros errores, y
no vendrán contra mí por haber hecho justicia. Habéis fracasado en
vuestra misión. Sois vos quien me habéis ofendido a mí…, no yo a
Granbretan.
El barón Meliadus no dijo nada más, y rabioso se dirigió a sus
aposentos para preparar su partida. Deshonrado y encolerizado, no
tardó en hallarse en su extraño carruaje y cruzar las puertas del
castillo apenas media hora después. No se despidió de nadie.
El conde Brass, Yisselda, Bowgentle y Von Villach
permanecieron en el patio de armas viéndole marchar.
–Teníais razón, Bowgentle -murmuró el conde -. Tanto Yisselda
como yo mismo fuimos engañados por ese hombre. No permitiré
que ningún otro emisario de Granbretan visite el castillo de Brass. –
¿Os dais cuenta de que se tiene que luchar contra el Imperio
Oscuro hasta destruirlo? – preguntó Bowgentle lleno de esperanza.
–Yo no he dicho eso. No creo que vayamos a tener más
problemas ni con Granbretan ni con el barón Meliadus.
–Os equivocáis -dijo Bowgentle muy convencido.
Mientras tanto, en su oscuro carruaje que traqueteaba por entre
la noche dirigiéndose hacia los límites septentrionales de Camarga,
el barón Meliadus hablaba en alta voz consigo mismo, haciendo un
solemne juramento ante el objeto sagrado más misterioso que
conocía. Juró por el Bastón Rúnico (ese artefacto perdido del que se
decía que contenía todos los secretos del destino) que se
apoderaría del conde Brass, utilizando para ello todos los medios a
su alcance, que poseería a Yisselda, y que la Camarga se
convertiría en un gran horno en el que perecerían todos sus
habitantes.
Así lo juró por el Bastón Rúnico, y de ese modo quedó
irrevocablemente decidido el destino del barón Meliadus, del conde
Brass, de Yisselda, el Imperio Oscuro y de todos aquellos que
participaron ahora o participarían en el futuro en los acontecimientos
ocurridos y por ocurrir en el castillo de Brass.
De ese modo se había iniciado la representación, se había
preparado el decorado y se había levantado el telón.
Ahora, las máscaras deberían cumplir con su destino.
Libro segundo
2.Dorian Hawkmoon
Quienes se atreven a jurar por el Bastón Rúnico tienen que
beneficiarse o sufrir las consecuencias del modelo fijo de destino
que acaban de poner en movimiento con su juramento. A lo largo de
la historia de la existencia del Bastón Rúnico se han hecho algunos
de tales juramentos, pero ninguno de ellos con tan vastos y terribles
como el poderoso juramento de venganza hecho por el barón
Meliadus de Kroiden el año antes de que Dorian Hawkmoon de
Colonia apareciera en las páginas de esta antigua narración.
–LA ALTA HISTORIA DEL BASTÓN RÚNICO El barón Meliadus
regresó a Londra, la tenebrosa capital del Imperio Oscuro, llena de
torres, y meditó obsesivamente durante casi un año antes de poner
en marcha su plan. Durante todo ese tiempo, otros asuntos de
Granbretan le mantuvieron ocupado. Hubo rebeliones que reprimir,
ejemplos que dar a ciudades recién conquistadas, nuevas batallas
que planificar y ganar, y gobernadores marioneta a los que
entrevistar y situar en el poder.
El barón Meliadus cumplió con todas estas responsabilidades
con fidelidad e imaginación, pero no desapareció de sus
pensamientos ni su pasión por Yisselda ni el odio que sentía por el
conde Brass. Seguía sintiéndose frustrado, a pesar de no haber
sufrido ignominia alguna por su fracaso en ganarse al conde Brass
para la causa de Granbretan. Además, siempre tenía que
enfrentarse con problemas en los que el conde podría haberle
ayudado con suma facilidad. Cada vez que surgía uno de tales
problemas, el cerebro del barón Meliadus no dejaba de imaginar una
docena distinta de formas de vengarse, pero ninguna de ellas le
parecía adecuada para conseguir todo lo que él exigía. Tenía que
poseer a Yisselda, obtener la ayuda del conde para manejar los
asuntos de Europa, y tenía que destruir la Camarga, tal y como
había jurado hacer. Se trataba, pues, de ambiciones incompatibles
entre sí.
En su alta torre de obsidiana, desde la que se dominaba el
enrojecido río Tayme, por donde las barcazas de bronce y ébano
transportaban las mercancías llegadas a la costa, el barón Meliadus
se paseaba preocupadamente por su atestado despacho, con sus
tapices de colores marrones, negros y azules, algo desvaídos por el
paso del tiempo, sus relojes de metales preciosos y gemas, sus
globos y astrolabios de hierro batido, latón y plata, sus muebles de
madera oscura y bien pulimentada, y sus alfombras de pelo espeso
que imitaban los colores de las hojas otoñales.
Alrededor de él, en las paredes, en cada uno de los estantes y
de los ángulos, estaban sus relojes. Todos perfectamente
sincronizados, y que daban los cuartos, las medias horas y las
horas, muchos de ellos con efectos musicales. Tenían diversas
formas y tamaños y se alojaban en cajas de metal, de madera e
incluso de sustancias menos reconocibles. La mayor parte de ellos
mostraba tallas ornamentales, hasta el punto de que, a veces,
resultaba difícil saber con exactitud la hora que marcaban. Se
trataba de piezas obtenidas en su mayoría de las regiones de
Europa y el Oriente Próximo, como botín de una serie de provincias
conquistadas. Esta colección representaba lo que el barón Meliadus
más quería de entre todas sus posesiones. No sólo su despacho,
sino todas las estancias de la vasta torre estaban llenas de relojes.
En la parte más alta de la torre había un enorme reloj de cuatro
caras, hecho de bronce, ónice, oro, plata y platino, y cuando sus
grandes campanas eran golpeadas por figuras de muchachas
desnudas, de tamaño natural, que sostenían martillos en sus
manos, toda Londra escuchaba sus ecos. Los relojes rivalizaban en
variedad con los del cuñado de Meliadus, Taragorm, el señor del
palacio del Tiempo, a quien Meliadus detestaba profundamente
como rival, debido a los extraños afectos que sentía por su perversa
y caprichosa hermana.
El barón Meliadus interrumpió su paseo y cogió un pergamino de
la mesa. Contenía la última información recibida de la provincia de
Colonia, a la que apenas dos años antes Meliadus había sometido a
un duro y ejemplar castigo. Al parecer, aquello no había sido
suficiente, ya que el hijo del viejo duque de Colonia (a quien
Meliadus había arrancado personalmente las entrañas en la plaza
pública de la capital) se había rebelado al frente de un ejército que
casi había conseguido vencer a las fuerzas de ocupación de
Granbretan. De no haberse enviado refuerzos rápidamente, sobre
todo en forma de ornitópteros armados con lanzas de fuego de
amplio radio de acción, el Imperio Oscuro podría haber perdido
temporalmente la provincia de Colonia.
Pero los ornitópteros destrozaron a las fuerzas del joven duque,
que fue hecho prisionero. El duque no tardaría en llegar a Londra, y
sus sufrimientos servirían para distraer y complacer a los nobles de
Granbretan. Ésta era, una vez más, una situación en la que el conde
Brass podría haber ayudado, puesto que, antes de lanzarse a una
rebelión abierta, el duque de Colonia se había ofrecido como
comandante mercenario al Imperio Oscuro, siendo aceptado y
habiendo luchado bien al servicio de Granbretan en Nuremberg y
Ulm, ganándose así la confianza del imperio, que le concedió el
mando de una fuerza compuesta en su mayor parte por soldados
que en otros tiempos habían servido bajo las órdenes de su padre.
Fue precisamente al mando de esos soldados con los que se rebeló
y marchó hacia Colonia, con el propósito de atacar la provincia.
El barón Meliadus frunció el ceño, ya que el joven duque había
sido un ejemplo pernicioso que podrían seguir otros. Según
aseguraban los informes, ya se había convertido en un héroe en las
provincias germánicas. Pocos se atrevían a oponerse al Imperio
Oscuro como lo había hecho él.
Si el conde Brass hubiera estado de acuerdo en…
De pronto, el barón Meliadus empezó a sonreír ante la idea que
surgió completa e instantánea en su mente.
Quizá pudiera utilizar de algún modo al joven duque de Colonia,
en lugar de entregarlo para la diversión de sus pares.
El barón Meliadus volvió a dejar el pergamino sobre la mesa y
tiró de un cordón de llamada. En el despacho entró una mujer
esclava con el cuerpo enrojecido, que se arrodilló ante él para recibir
instrucciones. (Todos los esclavos del barón eran mujeres; no
permitía que ningún hombre entrara en su torre, por temor a ser
traicionado.) -Lleva un mensaje al jefe de las catacumbas-prisión -le
ordenó a la muchacha-. Dile que el barón Meliadus se entrevistará
con el prisionero Dorian Hawkmoon de Colonia en cuanto llegue allí.
–Sí, amo.
La mujer se levantó y retrocedió hacia la puerta, sin darle la
espalda al barón, a quien dejó contemplando el río desde la
ventana. Meliadus mostraba una ligera sonrisa en los labios.
Dorian Hawkmoon, cargado de cadenas de hierro sobredorado
(como correspondía a su situación ante los ojos de los
granbretanianos), descendió tambaleándose por la pasarela tendida
entre la barcaza y el muelle, parpadeando a la luz del atardecer y
contemplando a su alrededor las enormes y amenazadoras torres
de Londra.
Si alguna vez había necesitado poseer una prueba de la locura
congénita de los habitantes de la Isla Oscura, ahora tenía la más
completa evidencia de ella. Había algo antinatural en las líneas
arquitectónicas, en la elección de los colores y las esculturas. Y, sin
embargo, todo poseía un gran sentido de la fortaleza, el sentido y la
inteligencia. No era extraño que fuera tan difícil llegar a conocer la
psicología del pueblo del Imperio Oscuro cuando sus obras parecían
tan paradójicas.
Uno de los guardias le empujó suavemente hacia adelante.
Llevaba la máscara de la muerte, de metal blanco, e iba vestido de
cuero, como correspondía con el uniforme de la orden a la que
servía. Hawkmoon se tambaleó a pesar de la ligereza de la presión,
pues llevaba casi una semana sin comer. La mente se le nubló en
seguida; apenas si se daba cuenta del significado de las
circunstancias. No había hablado con nadie desde que fuera
capturado durante la batalla de Colonia. Se había pasado la mayor
parte del tiempo tumbado en la oscuridad de la bodega del barco,
bebiendo ocasionalmente del abrevadero de agua sucia situado
junto a donde se encontraba.
Iba sin afeitar, tenía los ojos vidriosos, el largo pelo rubio estaba
enmarañado, y tenía la malla y los calzones cubiertos de suciedad.
Las cadenas le habían rozado la piel de tal modo que mostraba
surcos sanguinolentos en el cuello y en las muñecas, aunque no
experimentaba dolor alguno. De hecho, se sentía como un
sonámbulo y lo veía todo como si estuviera inmerso en un sueño.
Dio dos pasos sobre el muelle de cuarzo, se tambaleó y cayó de
rodillas. Los guardias, uno a cada lado, le ayudaron a levantarse y lo
sostuvieron mientras se dirigían hacia el muro negro que se elevaba
sobre el muelle.
Había una pequeña puerta enrejada en el muro a cuyos lados
había dos soldados que llevaban máscaras de cerdo coloreadas de
rojo. La orden del Cerdo controlaba las prisiones de Londra. Los
guardias intercambiaron unas pocas palabras pronunciadas como
gruñidos, en el lenguaje secreto propio de su orden, y uno de ellos
se echó a reír, agarró a Hawkmoon por el brazo y, sin decirle nada al
prisionero, lo empujó hacia el interior mientras el otro guardia abría
la puerta de rejas.
El interior estaba a oscuras. La puerta se cerró detrás de
Hawkmoon, que se encontró a solas durante unos momentos.
Después, a la débil luz que procedía de la puerta, vio una máscara;
era una máscara de cerdo, aunque mucho más elaborada que las
que llevaban los guardias del exterior. Acto seguido, apareció otra
máscara similar y a continuación otra más. Hawkmoon fue agarrado
y conducido a través de la maloliente oscuridad, descendiendo hacia
las catacumbas-prisión del Imperio Oscuro. En su fuero interno se
daba cuenta, aunque con muy poca emoción, de que su vida había
terminado allí.
Finalmente, escuchó que alguien abría otra puerta. Lo empujaron
hacia el interior de una pequeña cámara; después, la puerta se
cerró y alguien colocó una viga al otro lado.
El aire de la mazmorra era fétido y las losas del suelo y la pared
estaban cubiertas por una capa de asquerosa suciedad. Hawkmoon
se apoyó contra el muro y luego, poco a poco, su cuerpo se fue
deslizando hacia el suelo.
No supo si se desmayó o se quedó dormido, pero sus ojos se
cerraron y cayó en la inconsciencia.
Apenas una semana antes había sido el héroe de Colonia, un
campeón que se había rebelado contra los agresores, un hombre
lleno de gracia y burla sardónica y un guerrero de gran habilidad.
Ahora, los hombres de Granbretan lo habían convertido en un
animal…, un animal al que le quedaba muy poca voluntad de seguir
viviendo. Cualquier otro hombre se habría agarrado ceñudamente a
su humanidad, se habría alimentado con su propio odio, habría
imaginado mil formas de escapar; pero Hawkmoon, que lo había
perdido todo, ya no deseaba nada.
Quizá llegara a despertar de su trance. En tal caso, se habría
convertido en un hombre muy distinto al que había luchado con un
valor tan insolente en la batalla de Colonia.
2. El trato
Había luz procedente de las antorchas, y el brillo de máscaras
bestiales; hocicos de cerdos y lobos aullantes, metal rojo y negro;
ojos de miradas burlonas, blanco diamante y azul zafiro. El pesado
susurrar de las capas y el sonido de una conversación mantenida en
murmullos.
Hawkmoon suspiró débilmente y cerró los ojos. Luego los volvió
a abrir cuando los pasos se acercaron y la máscara de lobo se
inclinó sobre él, acercándole la antorcha al rostro. El calor que sintió
fue incómodo, pero Hawkmoon no hizo el menor esfuerzo para
apartarse.
El lobo se enderezó y le habló al cerdo.
–No sirve de nada hablarle ahora. Alimentadle, lavadle.
Restaurad un poco su inteligencia.
El cerdo y el lobo se marcharon, cerrando la puerta tras de sí, y
Hawkmoon cerró los ojos.
Cuando se despertó, lo estaban transportando a lo largo de
lóbregos pasillos, a la luz de las antorchas. Lo introdujeron en una
estancia iluminada con lámparas. Había una cama cubierta con
ricas pieles y sedas, y comida servida sobre una mesa tallada, un
baño de un metal anaranjado brillante lleno de agua humeante y dos
mujeres esclavas dispuestas a atenderle.
Le quitaron las cadenas y después las ropas; lo volvieron a
levantar y lo introdujeron en el agua. La piel le escoció cuando las
esclavas empezaron a lavarle. Poco después acudió un hombre que
le cortó y peinó el pelo y la barba. Hawkmoon asistió a todo esto con
una actitud pasiva, contemplando el cielo de mosaicos con una
mirada perdida. Permitió que lo vistieran con suave y exquisito lino,
una camisa de seda y unos calzones de terciopelo. Poco a poco una
débil sensación de bienestar se fue apoderando de él. Pero cuando
lo sentaron ante la mesa y le introdujeron fruta en la boca, su
estómago se contrajo y sintió inútiles ganas de vomitar. Le dieron
entonces un poco de leche narcotizada, lo llevaron a la cama y lo
dejaron allí, a excepción de una esclava que se quedó para vigilarle.
Transcurrieron algunos días y Hawkmoon empezó a comer
gradualmente y a apreciar el lujo de su existencia.
Había libros en la habitación, y las mujeres eran suyas, pero aún
mostraba muy poca tendencia a utilizar ambas facilidades.
La mente de Hawkmoon, que había quedado aletargada poco
después de haber sido capturado, tardó algún tiempo en despertar,
y cuando finalmente lo hizo sólo fue para recordar su vida pasada
como si todo hubiera sido un sueño. Un día abrió un libro y las letras
le parecieron extrañas, a pesar de que sabía leerlas perfectamente.
Lo que sucedía era que no encontraba en ellas ningún significado,
no daba importancia alguna a las palabras y frases que formaban, a
pesar de que el libro había sido escrito por un erudito que en otros
tiempos fue uno de sus filósofos favoritos. Se encogió de hombros y
dejó el libro sobre una mesa. A ver su acción, una de las mujeres
esclavas apretó su cuerpo contra el de él, acariciándole la mejilla.
Suavemente, Hawkmoon la apartó de su lado y se dirigió a la cama,
tumbándose en ella, con las manos entrelazadas detrás de la
cabeza. – ¿Por qué estoy aquí? – preguntó al cabo de un rato.
Eran las primeras palabras que pronunciaba.
–Oh, milord duque, no sé nada…, excepto que sois un prisionero
respetado.
–Supongo que se tratará de un juego antes de que los lores de
Granbretan se diviertan conmigo.
Hawkmoon habló sin experimentar la menor emoción. Su voz era
monótona, aunque profunda. Hasta las propias palabras le
parecieron extrañas al tiempo que las pronunciaba. Se volvió hacia
la muchacha, que temblaba, y la miró. Tenía un pelo largo y rubio y
estaba bien formada; por su acento, parecía una muchacha de
Scandia.
–No sé nada, milord. Lo único que sé es que debo complaceros
en todo aquello que deseéis.
Hawkmoon hizo un ligero gesto de asentimiento y contempló la
estancia.
«Yo diría que me están preparando para infligirme alguna clase
de tortura», se dijo para sí mismo.
La habitación no tenía ventanas, pero Hawkmoon supuso por la
calidad del aire relativamente viciado y húmedo que debía ser
subterránea, y que probablemente estaría situada en alguna parte
de las catacumbasprisión. Empezó a medir el paso del tiempo por
las lámparas que, según le pareció, eran rellenadas una vez al día.
Permaneció en la habitación durante unos quince días antes de
volver a ver al lobo que le había visitado en su mazmorra.
La puerta se abrió sin ceremonia alguna y entró la alta figura
vestida de cuero negro desde la cabeza a los pies.
Llevaba colgando al cinto una larga espada (de negra
empuñadura) en una funda de cuero negro. La negra máscara de
lobo le ocultaba toda la cabeza. De ella surgió la misma voz rica y
musical que apenas si había escuchado la vez anterior.
–De modo que nuestro prisionero parece haber recuperado su
antigua compostura.
Las dos mujeres esclavas se inclinaron y se retiraron.
Hawkmoon se incorporó de la cama en la que había permanecido
tumbado durante la mayor parte del tiempo que llevaba allí. Hizo
oscilar el cuerpo hacia un lado y se levantó. – ¿Os encontráis bien,
duque de Colonia?
–Muy bien.
La voz de Hawkmoon no puso de manifiesto la menor inflexión.
Bostezó, con una actitud conscientemente desinteresada, y
decidió que, después de todo, no tenía por qué permanecer de pie,
de modo que volvió a tumbarse en la cama.
–Supongo que me conocéis -dijo el lobo con un atisbo de
impaciencia en su voz.
–No. – ¿Ni siquiera lo habéis supuesto?
Hawkmoon no dijo nada.
El lobo cruzó la estancia y se detuvo ante la mesa, donde había
un gran cuenco de cristal lleno de fruta. Su mano enguantada cogió
una granada y la máscara de lobo se inclinó para inspeccionarla. –
¿Estáis completamente recuperado, milord?
–Así parece -contestó Hawkmoon-. Tengo una gran sensación de
bienestar. Todas mis necesidades han sido atendidas tal y como,
según creo, habéis ordenado. Y ahora, supongo que tenéis la
intención de burlaros de mí.
–No parece que eso os moleste mucho.
–Finalmente, todo terminará -dijo Hawkmoon encogiéndose de
hombros.
–Podría durar toda una vida. Aquí, en Granbretan, tenemos
mucha inventiva.
–Después de todo, una vida no es tan larga.
–Tal y como están las cosas -dijo el lobo cambiándose la fruta de
una mano a otra-, sucede que estamos pensando en ahorraros tanta
incomodidad. – El rostro de Hawkmoon no mostró ninguna
expresión-. Os mostráis muy reservado, milord duque -siguió
diciendo el lobo-. Algo tanto más extraño en cuanto que sólo vivís
gracias al capricho de vuestros enemigos…, esos mismos enemigos
que mataron tan despiadadamente a vuestro padre.
Las cejas de Hawkmoon se contrajeron como si un lejano
recuerdo acudiera a su mente.
–Recuerdo eso -dijo vagamente-. Mi padre…, el viejo duque.
El lobo dejó caer la granada al suelo y se quitó la máscara,
poniendo al descubierto unos rasgos elegantes y una barba negra.
–Fui yo mismo, el barón Meliadus, quien le mató -dijo con una
sonrisa provocadora en sus labios gruesos. – ¿El barón
Meliadus…? ¿Vos… le matasteis?
–Habéis perdido todo rasgo de virilidad, milord -murmuró el
barón Meliadus -. ¿O acaso intentáis engañarnos con la esperanza
de volvernos a traicionar?
–Estoy cansado -dijo Hawkmoon apretando los labios.
Los ojos de Meliadus lo miraron extrañados, casi con un gesto
de cólera. – ¡Yo maté a vuestro padre! – exclamó.
–Si vos lo decís… -¡Bien! – Desconcertado, Meliadus dio media
vuelta, se dirigió hacia la puerta y allí se volvió de nuevo hacia él -.
No he venido aquí para discutir eso. Sin embargo, me parece muy
extraño que no sintáis contra mí ningún odio o deseo de venganza.
Hawkmoon empezó a sentirse aburrido, y deseó que Meliadus le
dejara finalmente en paz. La actitud tensa de aquel hombre y sus
expresiones medio histéricas le importunaban más bien como el
zumbido de un mosquito podría distraer a un hombre que sólo
desea dormir.
–No siento nada -replicó Hawkmoon, confiando en que eso fuera
suficiente para satisfacer al intruso. – ¡No os queda ningún temple! –
exclamó enojado Meliadus-. ¡Ninguno! ¡Vuestra derrota y captura os
lo han quitado todo!
–Quizá. Y ahora, estoy cansado…
–He venido para ofreceros!a devolución de vuestros territorios -
siguió diciendo Meliadus -. Os ofrezco un estado totalmente
autónomo dentro de nuestro imperio. Mucho más de lo que jamás
hemos ofrecido antes a un país conquistado.
Ante aquellas palabras, un atisbo de curiosidad apareció en el
rostro de Hawkmoon. – ¿Por qué lo hacéis? – preguntó.
–Deseamos establecer un trato con vos…, en beneficio mutuo.
Necesitamos un hombre fuerte y hábil en el combate, como vos. – El
barón Meliadus frunció el ceño en un gesto de duda y añadió-: O
eso es lo que parecíais ser. Y necesitamos a alguien en quien
puedan confiar quienes no confían en Granbretan. – No era
precisamente así como Meliadus había tenido la intención de
plantear el trato, pero se sentía desconcertado por la extraña falta
de emoción de Hawkmoon-. Deseamos que cumpláis una misión
para nosotros…, a cambio de vuestros territorios.
–Me gustaría regresar al hogar -asintió Hawkmoon-. A los valles
de mi niñez… -dijo, sonriendo al recordar.
Perturbado por aquella muestra de lo que le pareció
erróneamente no era más que un rasgo de sentimentalismo, el
barón Meliadus espetó:
–No nos interesa lo que hagáis una vez hayáis regresado…
Podéis dedicaros a plantar margaritas o a construir castillos. Pero,
en cualquier caso, sólo regresaréis una vez hayáis cumplido
fielmente con vuestra misión. – ¿Acaso creéis que he perdido la
razón, milord? – preguntó Hawkmoon levantando sus ojos tristes
para mirar a Meliadus.
–No estoy seguro de eso, pero tenemos medios para descubrirlo.
Nuestros brujos científicos harán ciertas pruebas…
–Estoy perfectamente cuerdo, barón Meliadus. Quizá mucho
más cuerdo de lo que estuve jamás. No tenéis nada que temer de
mí. – ¡Por el Bastón Rúnico! – exclamó el barón Meliadus elevando
la mirada hacia el techo-. ¿Es que no sois capaz de tomar partido? –
Se dirigió hacia la puerta-. Ya veremos de lo que sois capaz, duque
de Colonia. ¡Más tarde vendrán a buscaros!
Una vez que el barón Meliadus se hubo marchado, Hawkmoon
continuó tumbado sobre la cama. La entrevista desapareció
rápidamente de su mente y apenas si la recordaba cuando, dos o
tres horas más tarde, unos guardias con máscaras de cerdo
entraron en la habitación y le ordenaron que les acompañara.
Hawkmoon fue conducido a través de numerosos pasillos,
marchando siempre a buen paso hasta que llegaron a una gran
puerta de hierro. Uno de los guardias la empujó ayudándose con el
mango de su lanza de fuego y la puerta se abrió con un crujido
dejando entrar el aire fresco y la luz del día. Al otro lado de la puerta
esperaba un destacamento de guardias vestidos con armaduras y
capas de color púrpura. Todos llevaban los rostros cubiertos con las
máscaras púrpura de la orden del Toro. Hawkmoon les fue
entregado y, al mirar a su alrededor, vio que se encontraba en un
amplio patio cubierto de césped, a excepción de un camino de
gravilla. El prado aparecía rodeado por un muro alto en el que vio
una puerta estrecha, hacia la que se dirigieron los guardias de la
orden del Cerdo. Por detrás de los muros sobresalían las lúgubres
torres de la ciudad.
Hawkmoon fue conducido por el camino de gravilla hacia la
puerta. La atravesaron y se encontraron en una calle estrecha,
donde le esperaba un carruaje de ébano sobredorado que tenía la
forma de un caballo de dos cabezas. Subió al carruaje, acompañado
siempre por dos guardias silenciosos. El vehículo se puso en
marcha.
Gracias a un resquicio de los cortinajes, Hawkmoon pudo
contemplar las torres mientras pasaban ante ellas.
Eran las últimas horas de la tarde, el sol se ponía y una luz
misteriosa envolvía toda la ciudad.
Finalmente, el carruaje se detuvo. Pasivamente, Hawkmoon
permitió que los guardias le sacaran y entonces se dio cuenta de
que se encontraba en el palacio del rey-emperador Huon.
El palacio se elevaba hasta casi perderse de vista. Estaba
coronado por cuatro torres gigantescas, que refulgían, envueltas en
una profunda luz dorada. El palacio estaba decorado con
bajorrelieves que representaban extraños ritos, escenas de batallas,
episodios famosos de la prolongada historia de Granbretan,
gárgolas, figurines, figuras abstractas…, toda la grotesca y
fantástica estructura que se había ido construyendo a lo largo de
muchos siglos. En su construcción se habían empleado todos los
materiales imaginables, y en los colores más diversos, de tal modo
que el edificio brillaba ahora con una extraña mezcla de matices que
parecía abarcar todo el espectro. No existía el menor orden en la
disposición de los colores, ni se había hecho el más mínimo intento
de emparejarlos o contrastarlos. Cada color fluía en el siguiente,
produciendo una gran tensión a la vista y ofendiendo la inteligencia.
Era el palacio de un loco que ensombrecía al resto de la ciudad con
su sobreimpresión de locura.
Ante sus puertas, otro grupo de guardias armados esperaba a
Hawkmoon. Los nuevos guardias llevaban las máscaras y
armaduras de la orden de la Mantis, la orden a la que pertenecía el
propio rey Huon. Sus elaboradas máscaras en forma de insecto
estaban cubiertas de joyas, con antenas hechas de hilo de platino y
ojos facetados con distintas piedras preciosas. Los hombres tenían
piernas y brazos largos y delgados, y cuerpos enjutos recubiertos
por armaduras de placas, como insectos, de colores negro, dorado y
verde. Cuando hablaban entre sí empleando su lenguaje secreto, lo
hacían de tal modo que los susurros y chasquidos parecían los
propios de unos insectos.
Hawkmoon se sintió perturbado por primera vez cuando estos
guardias le condujeron por los pasillos inferiores del palacio, cuyos
altos muros estaban hechos de metal de un profundo color escarlata
que reflejaba distorsionadamente las imágenes de los hombres a
medida que éstos se movían.
Entraron por fin en una gran sala de techo alto cuyas paredes
oscuras mostraban vetas, como el mármol, de color blanco, verde y
rosado. Pero esas vetas se movían constantemente, parpadeando y
cambiando el sentido de la longitud y la anchura de las paredes y el
techo.
El suelo de la sala, que tenía casi cuatrocientos metros de
longitud por algo menos de anchura, estaba lleno de instrumentos
que a Hawkmoon le parecieron máquinas, aunque no sabía cuál
podría ser su función. Como todo lo que había visto desde su
llegada a Londra, estas máquinas estaban ornamentadas y muy
decoradas, hechas de metales preciosos y piedras semipreciosas.
Se trataba de instrumentos desconocidos para él, muchos de los
cuales estaban en actividad, registrando, contando y midiendo,
atendidos por hombres que llevaban las máscaras serpiente de la
orden de la Serpiente, compuesta exclusivamente por brujos y
científicos al servicio del reyemperador. Los hombres iban envueltos
en capas moteadas, y se cubrían las cabezas con capuchas.
Desde la parte central de la sala, una figura se dirigió hacia
Hawkmoon haciendo un gesto a los guardias para que se retiraran.
Hawkmoon juzgó que ese hombre debía ocupar un alto cargo en
la orden puesto que su máscara serpiente aparecía mucho más
ornamentada que las de los demás. Incluso era posible que se
tratara del gran jefe, a juzgar por su porte y su actitud generales.
–Saludos, milord duque.
Hawkmoon correspondió a la inclinación de saludo con una leve
inclinación propia, pues no había olvidado las costumbres de su vida
anterior.
–Soy el barón Kalan de Vitall, científico jefe ante el rey-
emperador. Tengo entendido que seréis mi huésped durante un día.
Sed bienvenido a mis apartamentos y laboratorios.
–Gracias. ¿Qué deseáis que haga? – preguntó Hawkmoon con
una actitud abstraída.
–En primer lugar, espero que aceptéis cenar conmigo.
El barón Kalan le hizo un gracioso gesto a Hawkmoon para que
le precediera, y ambos caminaron a lo largo de la sala, pasando
junto a construcciones muy peculiares, hasta que llegaron a una
puerta que conducía al interior de lo que. evidentemente, eran los
apartamentos privados del barón. La cena ya había sido servida. En
comparación con lo que Hawkmoon había estado comiendo durante
las dos últimas semanas, fue una cena sencilla, pero estaba bien
cocinada y tenía buen gusto. Una vez que hubieron terminado, el
barón Kalan, que ya se había quitado la máscara, dejando al
descubierto un rostro pálido de edad mediana, con una diminuta
perilla blanca y un pelo escaso, sirvió vino para ambos. Apenas si
habían hablado durante la cena. Hawkmoon probó el vino. Era
excelente.
–Ese vino es una invención mía -dijo Kalan sonriendo
afectadamente.
–No me es conocido – admitió Hawkmoon-. ¿De qué uvas…?
–De ninguna uva…, sino de grano. Se trata de un proceso algo
diferente.
–Es fuerte.
–Más fuerte que la mayoría de los vinos -admitió el barón-. Y
ahora, duque, debéis saber que se me ha encargado establecer el
nivel de vuestra cordura, juzgar vuestro temperamento y decidir si
sois adecuado para servir a Su Majestad el rey-emperador Huon.
–Sí, creo que eso fue lo que me dijo el barón Meliadus -dijo
Hawkmoon sonriendo débilmente-. Me interesará mucho aprender
de sus observaciones.
–Hmmm. – El barón Kalan lo observó atentamente-. Ya
comprendo por qué me pidieron que os atendiera.
Debo decir que parecéis ser una persona muy racional.
–Gracias.
Merced a la influencia de aquel vino tan extraño, Hawkmoon
volvía a descubrir una parte de su antigua ironía.
El barón Kalan se frotó la cara y emitió una tos seca, apenas
audible, durante unos instantes. Sus actitudes denotaban un cierto
nerviosismo desde que se quitara la máscara. Hawkmoon ya había
observado que las gentes de Granbretan preferían conservar puesta
la máscara durante la mayor parte del tiempo. Ahora, Kalan extendió
la mano para coger su extravagante máscara serpiente y se la
colocó sobre la cabeza. La tos se detuvo de inmediato, y el cuerpo
del hombre se relajó visiblemente. Aun cuando Hawkmoon había
oído decir que la etiqueta granbretaniana prohibía conservar puesta
la máscara mientras se atendía a un invitado de noble origen, no
demostró ninguna sorpresa ante la acción del barón.
–Ah, milord duque -dijo un susurro desde el interior de la
máscara-, ¿quién soy yo para juzgar qué es la cordura? Hay
quienes creen que nosotros, los granbretanianos, somos unos
locos…
–Seguramente no.
–Es cierto. Quienes tienen sus percepciones embotadas,
quienes son incapaces de comprender nuestro gran plan, no están
convencidos de la nobleza de nuestra gran cruzada. Dicen, como
debéis saber, que estamos locos. ¡Ja, ja! – El barón Kalan se
levantó -. Pero ahora, si queréis acompañarme, iniciaremos
nuestras investigaciones preliminares.
Regresaron a la sala de máquinas, que cruzaron para entrar en
otra sala apenas más pequeña que la anterior.
Las paredes eran igualmente oscuras, pero éstas pulsaban con
una energía que se desplazaba gradualmente a lo largo de todo el
espectro, desde el violeta al negro para regresar al violeta. En esta
sala únicamente había una máquina, un artefacto de brillante metal
de color azul y rojo, dotado de proyecciones, brazos y adminículos,
con un objeto similar a una gran campana suspendido de un
intrigante andamio que parecía formar parte de la propia máquina.
En uno de los lados había una consola atendida por una docena de
hombres que vestían el uniforme de la orden de la Serpiente, con
sus máscaras de metal reflejando parcialmente la luz pulsante
procedente de las paredes. Un zumbido llenaba toda la sala.
Emanaba de la propia máquina y era como un débil martilleo, un
gemido y una serie de silbidos, como si aquel artilugio respirara
como una bestia.
–Ésta es nuestra máquina de la mentalidad -dijo el barón Kalan
con orgullo-. Ella será la que os someterá a prueba.
–Es muy grande -dijo Hawkmoon avanzando hacia ella.
–Una de las mayores de que disponemos. Tiene que serlo,
puesto que debe realizar tareas muy complejas.
Esto es el resultado de la brujería científica, milord duque, nada
parecido a los hechizos que suelen emplearse en el continente. Es
nuestra ciencia la que nos proporciona nuestra principal ventaja
sobre naciones inferiores.
A medida que iba desapareciendo el efecto de la bebida,
Hawkmoon se fue convirtiendo cada vez más en el mismo hombre
que había sido en las catacumbas-prisión. Su sentido de la
imparcialidad aumentó, y experimentó muy poca ansiedad o
curiosidad cuando fue conducido hacia la campana y se le pidió que
permaneciera de pie bajo ella, al tiempo que ésta descendía sobre
su cabeza.
Finalmente, la campana le cubrió por completo y los lados
flexibles del artilugio se movieron para adaptarse alrededor de su
cuerpo. Era como un abrazo obsceno, algo que habría horrorizado
al Dorian Hawkmoon que había combatido en la batalla de Colonia,
pero que a este nuevo Hawkmoon sólo produjo una vaga
impaciencia e incomodidad. Empezó a notar que algo se arrastraba
sobre su cráneo, como si unos hilillos increíblemente finos
estuvieran penetrando en el interior de su cerebro, tanteándolo. Las
alucinaciones empezaron a manifestarse sin que él hiciera nada por
ello. Vio brillantes océanos de color, rostros distorsionados, edificios
y flora de una perspectiva antinatural. Pareció como si llovieran
joyas durante cientos de años, y después unos vientos negros le
soplaron a través de los ojos, que quedaron desgarrados para
revelar océanos que estaban helados al mismo tiempo que en
movimiento, unas bestias de infinita simpatía y bondad, mujeres de
una extraña humanidad. Intercaladas con todas estas visiones, tuvo
claros recuerdos de su niñez, de su propia vida hasta el momento
mismo en que había entrado en la máquina. Uno tras otro, los
recuerdos fueron aumentando hasta que toda su vida había sido
recordada y presentada ante él mismo. Y, sin embargo, seguía sin
experimentar emoción alguna, a excepción del recuerdo de las
emociones sentidas en el pasado. Cuando finalmente los lados de la
campana se apartaron y la propia campana empezó a elevarse,
Hawkmoon permaneció impasible, con la sensación de haber
asistido a la experiencia de otro.
Kalan estaba allí. Le cogió por el brazo y le apartó de la máquina
de la mentalidad.
–Las investigaciones preliminares muestran que sois bastante
más que normalmente cuerdo, milord duque…, si es que he leído
correctamente lo que me han indicado los instrumentos. Dentro de
unas pocas horas la máquina de la mentalidad nos proporcionará un
informe detallado. Ahora, debéis descansar. Mañana por la mañana
continuaremos con las pruebas.
Al día siguiente, Hawkmoon fue nuevamente entregado al abrazo
de la máquina de la mentalidad. En esta ocasión le hicieron
tumbarse por completo, mirando hacia arriba, posición en la que se
le pasó una imagen tras otra ante los ojos, y aquellas imágenes que
más le recordaban a sí mismo fueron proyectadas después sobre
una pantalla. Durante todo este proceso, el rostro de Hawkmoon
apenas si cambió su expresión. Experimentó una serie de
alucinaciones en las que se encontró inmerso en situaciones muy
peligrosas: un demonio oceánico atacándole, una avalancha, una
lucha contra tres espadachines, hallarse en el incendio de un edificio
y tener que saltar desde un tercer piso… En cada uno de los casos,
se salvó actuando mentalmente con valor y habilidad, a pesar de
que sus reflejos fueron mecánicos y no estuvieron inspirados por
ninguna sensación particular de temor. Fue sometido a numerosas
pruebas similares, y pasó por todas ellas sin haber demostrado en
ningún momento emoción alguna de ningún tipo. Incluso sus
reacciones fueron principalmente de expresión física cuando la
máquina de la mentalidad le indujo a reír, llorar, odiar, amar,
etcétera.
Finalmente, la máquina le dejó libre y a continuación se encontró
ante la máscara serpiente del barón Kalan.
–Da la impresión de que, en cierto sentido muy peculiar, sois
demasiado cuerdo, milord duque -susurró el barón-. Parece una
paradoja, ¿verdad? Sí, eso es, demasiado cuerdo. Es como si una
parte de vuestro cerebro hubiera desaparecido, o bien hubiera sido
separada del resto. No obstante, lo único que puedo hacer es
informar al barón Meliadus de que sois eminentemente adecuado
para sus propósitos, siempre y cuando se tomen ciertas
precauciones elementales. – ¿Qué propósitos son esos? – preguntó
Hawkmoon sin sentir un verdadero interés.
–Eso será él quien os lo diga.
Poco después, el barón Kalan se despidió de Hawkmoon, que
fue escoltado por dos guardias de la orden de la Mantis a lo largo de
un laberinto de pasillos. Finalmente, llegaron ante una puerta de
plata pulimentada que se abrió para mostrar una estancia
escasamente amueblada cuyas paredes, suelo y techo estaban
formadas por espejos, a excepción de un gran ventanal situado en
un extremo que se abría a un balcón desde el que se dominaba toda
la ciudad. Cerca del ventanal había una figura que llevaba puesta
una máscara negra de lobo, y que no podía ser otro que el barón
Meliadus.
En efecto, el barón Meliadus se volvió e hizo una seña a los
guardias para que se marcharan. A continuación, tiró de un cordón y
los tapices se desenrollaron desde los techos, cubriendo los espejos
de las paredes.
Hawkmoon aún podía mirar hacia abajo y ver su propio reflejo si
así lo deseaba. Pero en lugar de hacerlo así prefirió mirar por el
ventanal.
Una espesa niebla cubría toda la ciudad, enroscándose
alrededor de las torres y oscureciendo el río. Era tarde y el sol ya
casi se había puesto. Las torres parecían extrañas y antinaturales
formaciones rocosas que surgieran de un océano primitivo. No le
habría sorprendido que de aquel océano hubiera surgido un gran
reptil y hubiera apretado un ojo contra la humedad exterior del
ventanal.
Una vez ocultos los espejos de las paredes, la estancia aún
pareció más sombría, pues no había ninguna fuente artificial de luz.
El barón, enmarcado por el ventanal, murmuraba algo para sí
mismo, ignorando la presencia de Hawkmoon.
Desde alguna parte de las profundidades de la ciudad surgió un
grito lejano cuyo eco atravesó la niebla y se extinguió. El barón
Meliadus se quitó la máscara de lobo y miró atentamente a
Hawkmoon, a quien ahora apenas si podía ver debido a la
penumbra.
–Acercaos a la ventana, milord -dijo. Hawkmoon avanzó, y sus
pies resbalaron una o dos veces sobre las alfombras que cubrían
parcialmente el suelo de espejo-. Bien -siguió diciendo Meliadus-, he
hablado con el barón Kalan, y éste me ha comunicado la existencia
de un enigma. Al parecer tenéis una psique que él apenas si puede
interpretar. Me ha dicho que una parte de ella parece haber muerto.
¿Por qué ha muerto?, me pregunto. ¿De dolor? ¿De humillación?
¿De temor? No había esperado encontrarme con tales
complicaciones. Había confiado en poder hacer un trato con vos, de
hombre a hombre, intercambiando algo que deseáis por un servicio
que os pido. Aun cuando no veo razón alguna para no seguir
queriendo obtener ese servicio de vos, ahora ya no estoy tan seguro
en cuanto a la manera de abordarlo. ¿Consideraríais la posibilidad
de establecer un trato, milord duque? – ¿Qué proponéis? – preguntó
Hawkmoon mirando más allá de donde se encontraba el barón,
hacia el oscurecido cielo del otro lado del ventanal. – ¿Habéis oído
hablar del conde Brass, el viejo héroe?
–Sí.
–Ahora es el lord Protector de la provincia de Camarga.
–He oído hablar de eso.
–Se ha mostrado muy tozudo al oponerse a la voluntad del rey-
emperador, y ha insultado a Granbretan.
Deseamos estimular en él algo de sabiduría. La forma de
conseguirlo consistirá en capturar a su hija, que le es muy querida, y
traerla a Granbretan como rehén. Sin embargo, él no confiará jamás
en ningún emisario nuestro y tampoco en cualquier extranjero. No
obstante, debe de haberse enterado de vuestras hazañas en la
batalla de Colonia y, sin duda alguna, simpatiza con vos. Si
acudierais a Camarga en busca de refugio, huyendo del imperio de
Granbretan, estoy casi seguro de que os recibiría bien. Una vez que
os encontréis en el castillo, no será nada difícil para un hombre de
vuestros recursos elegir el momento más adecuado para raptar a la
joven y traérnosla a nosotros. Naturalmente, una vez que estéis al
otro lado de las fronteras de Camarga, no será posible daros todo
nuestro apoyo. La Camarga es un territorio pequeño, por lo que
podréis escapar con facilidad. – ¿Es eso lo que deseáis de mí?
–Exactamente eso. A cambio de ello os devolveremos vuestros
territorios para que los gobernéis como os plazca, siempre y cuando
no toméis partido contra el Imperio Oscuro, ya sea de palabra u
obra.
–Mi pueblo vive en la miseria bajo Granbretan -dijo de pronto
Hawkmoon, como si hubiera tenido una revelación. Habló sin pasión
alguna, más bien como el que está tomando una decisión moral
abstracta-. Será mucho mejor que sea yo quien lo gobierne. – ¡Ah! –
exclamó el barón Meliadus sonriendo-. ¡De modo que mi oferta os
parece razonable!
–Sí, aunque no creo que cumpláis vuestro compromiso. – ¿Por
qué no? Esencialmente, sería una ventaja para nosotros que un
estado problemático fuera gobernado por alguien en quien ese
pueblo pudiera confiar…, y en el que nosotros también pudiéramos
confiar.
–Iré a Camarga. Les contaré la historia que me habéis sugerido,
capturaré a la joven y la traeré a Granbretan.
–Hawkmoon suspiró y miró al barón Meliadus -. ¿Por qué no?
Desconcertado por el extraño comportamiento de Hawkmoon,
poco acostumbrado a tratar con una personalidad como la suya,
Meliadus frunció el ceño.
–No podemos estar absolutamente seguros de que no albergáis
alguna forma compleja de engañarnos permitiendo que os
liberemos. Aunque la máquina de la mentalidad es infalible en los
casos de todos los demás sujetos que han sido sometidos a ella,
podría ser que conocierais alguna clase de brujería secreta capaz
de confundirla.
–No sé nada de brujería.
–Eso es lo que creo… casi. – El tono de voz del barón Meliadus
se hizo algo más alegre -. Pero no tenemos ninguna necesidad de
sentir miedo… Podemos tomar una excelente precaución contra
cualquier veleidad de traición por vuestra parte. Una precaución
capaz de obligaros a regresar, o de suicidaros si ya no tuviéramos
razones para confiar en vos. Se trata de un instrumento inventado
hace poco por el barón Kalan, aunque tengo entendido que no se
trata de un invento original suyo. Se le conoce con el nombre de la
Joya Negra. Os la entregarán mañana. Esta noche dormiréis en
apartamentos preparados especialmente para vos en el palacio.
Antes de que os marchéis tendréis el honor de ser presentado a
Su Majestad el rey-emperador. A muy pocos extranjeros se les ha
concedido tanto.
Y, tras pronunciar estas palabras, el barón Meliadus llamó a los
guardias con máscaras de insecto y les ordenó escoltar a
Hawkmoon a sus aposentos.
3. La Joya Negra
A la mañana siguiente, Dorian Hawkmoon fue llevado a ver de
nuevo al barón Kalan. La máscara serpiente parecía mostrar una
expresión casi cínica al observarle, pero el barón no dijo una sola
palabra, y se limitó a precederle a través de una serie de
habitaciones y salas hasta que llegaron a una estancia que tenía
una puerta de acero puro. Se abrió la puerta, poniendo al
descubierto una segunda puerta de características similares que, al
abrirse, reveló una tercera. Esta última conducía a una cámara
pequeña intensamente iluminada, hecha de metal blanco, que
contenía una máquina de gran belleza. Estaba compuesta de
delicados tejidos rojos, dorados y plateados, algunas de cuyas tiras
rozaron la cara de Hawkmoon. Tenían la calidez y vitalidad de la piel
humana.
Una débil música procedía de los tejidos, que se movían como
impulsados por una ligera brisa.
–Parece como si estuviera vivo -dijo Hawkmoon.
–Está vivo -dijo el barón Kalan orgullosamente-. Está vivo. – ¿Es
una bestia?
–No. Es una creación de la hechicería. Ni siquiera estoy seguro
de saber lo que es. Lo construí de acuerdo con las instrucciones de
un antiguo documento que le compré a un oriental hace muchos
años. Es la máquina de la Joya Negra. Ah, y pronto os
familiarizaréis más íntimamente con ella, lord duque.
En lo más profundo de su ser, Hawkmoon sintió una débil
agitación de pánico, que ni siquiera llegó a aflorar a la superficie de
su mente. Dejó que las tiras rojas, doradas y plateadas le
acariciaran.
–No está completa -dijo Kalan-. No está completa. Tiene que
hacer girar la joya. Acercaos más a ella, milord. Meteros en ella. Os
garantizo que no sentiréis ningún dolor. Tiene que hacer girar la
Joya Negra.
Hawkmoon obedeció al barón y los tejidos se agitaron y
comenzaron a cantar. Sintió confusión en sus oídos, y los tirantes
sueltos de rojo, dorado y plateado confundieron su visión. La
máquina de la Joya Negra le acarició, pareció penetrar en él, se
convirtió en él mismo, y él en ella. Suspiró y su voz fue la música de
los tejidos; se movió y sus extremidades fueron como las tenues
tiras de tejido.
Experimentó una presión en el interior de su cráneo, y su cuerpo
se vio invadido por un calor y una suavidad absolutas. Se desplazó
como si no tuviera cuerpo y perdió el sentido del transcurso del
tiempo, aunque sabía que la máquina estaba tejiendo algo de su
propia sustancia, naciendo algo que se convirtió en duro y denso y
que se implantó en su frente de tal modo que, de pronto, tuvo la
impresión de poseer un tercer ojo y contempló el mundo con una
nueva clase de visión. Después, gradualmente, todo esto se fue
desvaneciendo y finalmente se encontró mirando de nuevo al barón
Kalan, que se había quitado la máscara para contemplarle mejor.
Hawkmoon sintió un dolor repentino y agudo en su cabeza. El
dolor desapareció casi inmediatamente. Miró de nuevo la máquina,
pero sus colores se habían apagado y sus tejidos parecían haberse
encogido. Se llevó una mano a la cabeza y sintió con un
estremecimiento que allí había algo que no había estado antes. Era
algo duro y liso. Y ahora formaba parte de él. Se estremeció. – ¡Eh!
– exclamó el barón Kalan mirándole con preocupación-. No estaréis
loco, ¿verdad? ¡Estaba seguro de alcanzar el éxito! ¿No estaréis
loco?
–No, no estoy loco -contestó Hawkmoon -. Pero creo que siento
miedo.
–Os acostumbraréis a la presencia de la joya. – ¿Es eso lo que
tengo en mi cabeza? ¿Una joya?
–En efecto. Es la Joya Negra. Esperad.
Kalan apartó una cortina de terciopelo escarlata, poniendo al
descubierto un óvalo plano de cuarzo lechoso de unos sesenta
centímetros de longitud. En él empezó a formarse una imagen.
Hawkmoon vio que la imagen correspondía al propio Kalan mirando
fijamente el cuarzo ovalado, hacia el infinito. La pantalla reveló
exactamente aquello que Hawkmoon veía. Al volver ligeramente la
cabeza, la imagen se alteró en el mismo sentido.
–Funciona, ¿lo veis? – murmuró Kalan encantado-. Aquello que
vos percibís, es lo que percibe la joya.
Vayáis adonde vayáis, desde aquí podremos ver todo aquello
que hagáis y las personas con las que os encontréis.
Hawkmoon trató de hablar, pero no pudo decir nada. Tenía la gar
ganta reseca y parecía como si algo le estuviera presionando los
pulmones. Volvió a tocarse la cálida joya, de una textura tan similar
a la carne, pero al mismo tiempo tan distinta en cualquier otro
aspecto. – ¿Qué me habéis hecho? – terminó por preguntar con su
tono uniforme de siempre.
–Simplemente, nos hemos asegurado vuestra lealtad -contestó
Kalan con una sonrisa-. Habéis entrado a formar parte de la vida de
la máquina. Si así lo deseáramos, podríamos transferir toda la vida
de la máquina a la joya, y entonces…
Hawkmoon se adelantó rígidamente hacia el barón y le cogió por
el brazo. – ¿Qué hará en tal caso?
–Devorará vuestro cerebro, duque de Colonia. Devorará vuestro
cerebro.
El barón Meliadus precedió apresuradamente a Dorian
Hawkmoon a través de los pasillos brillantemente iluminados del
palacio. Hawkmoon llevaba ahora una espada colgada al cinto, e iba
vestido con ropas como las que había llevado en la batalla de
Colonia. Era plenamente consciente de la presencia de la joya en la
frente, pero de muy poco más. Los pasillos se fueron haciendo cada
vez más anchos, hasta alcanzar la extensión de una calle de buen
tamaño. A lo largo de las paredes se alineaban de trecho en trecho
los guardias con las máscaras de la orden de la Mantis. Ante ellos
se levantaban enormes puertas, como masas de joyas que
configuraban extraños modelos de mosaicos.
–La sala del trono -murmuró el barón-. Ahora, el rey-emperador
os inspeccionará.
Las puertas se abrieron lentamente para dejar al descubierto la
magnificencia de la sala del trono, que casi cegó a Hawkmoon con
su brillantez. Había resplandor y música; desde una docena de
galerías que se elevaban hacia el techo abovedado descendían
centenares de temblorosos estandartes pertenecientes a las familias
más nobles de Granbretan.
Los soldados de la orden de la Mantis, con sus máscaras insecto
y sus armaduras de colores negro, verde y dorado, se alineaban a lo
largo de las paredes y galerías, rígidos en su actitud de presentar
armas, con la lanza de fuego adelantada. Detrás de ellos estaban
los cortesanos, formando una gran multitud de diferentes máscaras
y una atiborrada profusión de ricos ropajes. Todos miraron llenos de
curiosidad a Meliadus y a Hawkmoon cuando ambos entraron en la
sala del trono.
Las hileras de soldados se extendían en la distancia. Allí, al final
del salón, casi tan lejos que no se podía ver, colgaba algo que
Hawkmoon no pudo distinguir al principio. Entonces frunció el ceño.
–El globo del trono -le susurró Meliadus-. Y ahora, haced lo
mismo que yo.
El barón empezó a caminar.
Las paredes de la sala del trono eran de un lustroso verde y
púrpura, pero los colores de los estandartes eran muy diversos,
tanto como las telas, metales y piedras preciosas que llevaban los
cortesanos. No obstante. Hawkmoon tenía la mirada fija en el globo.
Empequeñecido por las proporciones de la sala del trono,
Hawkmoon y Meliadus avanzaron con paso mesurado hacia el globo
del trono, acompañados por el sonido de las fanfarrias que tocaban
los trompeteros situados a izquierda y derecha, sobre las galerías.
Poco a poco. Hawkmoon pudo ir distinguiendo el globo del trono
y se quedó atónito. Contenía un fluido lechoso de color blanco que
surgía lenta y casi hipnóticamente. A veces, el fluido parecía
contener una radiación iridiscente que se desvanecía gradualmente
para reanudarse después. En el centro de este fluido parecía flotar
un hombre muy anciano, que a Hawkmoon le hizo pensar en un
feto, con la piel muy arrugada, las extremidades aparentemente
inútiles y una cabeza desproporcionadamente grande. Desde
aquella cabeza, unos ojos miraban aguda y maliciosamente.
Siguiendo el ejemplo de Meliadus, Hawkmoon se humilló ante la
extraña criatura.
–Levantaos -dijo una voz.
Hawkmoon se dio cuenta con un estremecimiento de que la voz
surgía del globo. Correspondía a la voz de un hombre joven en lo
más vigoroso de su salud; era una voz excelsa, melódica y vibrante.
Hawkmoon se preguntó de qué garganta joven habría sido
arrancada aquella voz.
–Rey-emperador -dijo Meliadus inclinándose-, os presento a
Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, que ha elegido realizar una
delicada misión para nosotros. Recordaréis, noble señor, que os
mencioné mi plan…
–Hemos hecho muchos esfuerzos y actuado con una
considerable ingenuidad para asegurarnos los servicios de ese
conde Brass -dijo la excelsa voz-. Confiamos en que vuestro juicio
sea correcto en este asunto, barón Meliadus.
–Tenéis razones para confiar en mí, a la vista de mis pasados
actos, gran majestad -dijo Meliadus inclinándose de nuevo. – ¿Ha
sido advertido el duque de Colonia del inevitable castigo que tendrá
que pagar en el caso de que no nos sirva fielmente? – preguntó la
voz juvenil, ahora un tanto sardónica-. ¿Se le ha dicho que podemos
destruirle instantáneamente, desde cualquier distancia?
–Así se le ha dicho, poderoso rey-emperador -contestó Meliadus.
– ¿Le habéis informado de que la joya de su frente ve todo lo que él
ve y nos lo muestra en la cámara de la máquina de la Joya Negra? –
siguió preguntando la voz con viveza.
–Sí, noble monarca. – ¿Y le habéis aclarado que haremos que la
joya adquiera toda su potencia vital, en el caso de mostrar algún
signo de querer traicionarnos, por muy ligero que sea, y que
nosotros podremos detectar fácilmente observando, a través de sus
ojos, los rostros de las personas con las que habla? ¿Que podemos
liberar toda la energía de la máquina en él? ¿Le habéis dicho, barón
Meliadus, que la joya, una vez haya adquirido toda su vitalidad,
devorará poco a poco su cerebro, convirtiéndolo en una criatura
babeante e inútil?
–En esencia, ha sido informado de todo ello, gran emperador.
El ser suspendido en el trono rió burlonamente.
–Por su aspecto, barón, se diría que no le asusta la amenaza de
la estupidez total. ¿Estáis seguro de que no está poseído ya por
toda la fuerza vital de la joya?
–Forma parte de su personalidad aparentarlo así, inmortal
gobernante.
Entonces, los ojos se volvieron para escudriñar los de Dorian
Hawkmoon, y la voz sardónica y excelsa surgió nuevamente de
aquella garganta infinitamente vieja.
–Duque de Colonia, habéis establecido un trato con el inmortal
rey-emperador de Granbretan. Corresponde a nuestra
magnanimidad el que ofrezcamos tal clase de trato a alguien que,
después de todo, es nuestro esclavo. Tenéis que servirnos, a
cambio de ello, con toda lealtad, sabiendo que compartís una parte
del destino de la raza más grande que haya surgido jamás sobre
este planeta. Tenemos el derecho de gobernar la Tierra, en virtud de
nuestro intelecto omnisciente y de nuestra fuerza omnipotente, y no
tardaremos en ejercer plenamente ese derecho. Todo aquel que nos
ayude a alcanzar nuestros nobles propósitos, recibirá nuestra
aprobación. Ahora, duque, id y ganaros esa aprobación.
La apergaminada cabeza se volvió, y una lengua prensil surgió
de su boca para tocar una pequeña joya que flotaba cerca de la
pared del globo del trono. El globo empezó entonces a
empequeñecerse, hasta que la figura fetal del reyemperador,
descendiente inmortal de una dinastía fundada casi tres mil años
antes, apareció por un breve instante en forma de silueta.
–Y recordad el poder de la Joya Negra -dijo la voz juvenil antes
de que el globo adquiriera el aspecto de una esfera sólida, de un
negro apagado.
La audiencia había terminado. Inclinándose, Meliadus y
Hawkmoon retrocedieron unos pasos sin darle la espalda, y
finalmente se volvieron para salir de la sala del trono. La audiencia
había servido para un propósito no anticipado ni por el barón ni por
su superior: dentro de la extraña mente de Hawkmoon, en sus
profundidades más ocultas, había empezado a surgir una diminuta
irritación; una irritación que no estaba siendo causada por la Joya
Negra incrustada en su frente, sino por una fuente mucho menos
tangible.
Quizá dicha irritación no fuera más que una señal de la
recuperación por parte de Hawkmoon de su sentido de la
humanidad. Quizá indicara el desarrollo de una cualidad nueva y
totalmente diferente; quizá no fuera más que la influencia ejercida
por el Bastón Rúnico.
4. El viaje al castillo de Brass
Dorian Hawkmoon fue devuelto a sus apartamentos originales en
las catacumbas-prisión y allí esperó durante dos días hasta que el
barón Meliadus acudió, llevando consigo un traje de cuero negro,
completado con botas y guanteletes, una pesada capa negra con
capucha, y una espada de hoja ancha con empuñadura de plata,
introducida en una funda de cuero negro, decorada sencillamente
con hilo de plata, y una máscara de color igualmente negro con
figura de un lobo aullante. Evidentemente, el equipo y las ropas eran
iguales a los del propio Meliadus.
–Al llegar al castillo de Brass -empezó diciendo Meliadus-
contaréis una historia muy bonita. Yo mismo os hice prisionero y
después, con la ayuda de un esclavo, os las arreglasteis para
narcotizarme y adoptar mi personalidad. Disfrazado de este modo,
cruzasteis Granbretan y todas las provincias que están bajo su
control, antes de que Meliadus se recuperara de los efectos del
narcótico. Siempre es mucho mejor contar una historia sencilla, y
ésta sirve no sólo para explicar cómo lograsteis escapar de
Granbretan, sino también para aumentar vuestra importancia a los
ojos de quienes me odian.
–Comprendo -dijo Hawkmoon pasando los dedos por el pesado
jubón negro-. Pero ¿cómo podré explicar la presencia de la Joya
Negra?
–Diciendo que ibais a ser sometido a un experimento inventado
por mí, pero que lograsteis escapar antes de que nadie os hiciera
ningún daño. Contad bien esta historia, Hawkmoon, pues vuestra
seguridad dependerá de ello. Estaremos observando la reacción del
conde Brass…, y particularmente la de ese astuto creador de rimas
que se llama Bowgentle. Aunque no podremos escuchar lo que
decís, podremos leer perfectamente los labios de los demás. Ante
cualquier signo de traición por vuestra parte… daremos su plena
vitalidad a la joya.
–Comprendo -repitió Hawkmoon con el mismo tono uniforme de
antes.
–Evidentemente -siguió diciendo Meliadus frunciendo el ceño-,
ellos observarán vuestra extraña manera de comportaros, pero con
un poco de suerte se lo explicarán al pensar en las grandes
desgracias que habéis sufrido. Y eso es algo que hasta les puede
inducir a mostrarse más solícitos. – Hawkmoon asintió con un gesto
vago. Meliadus le observó escrutadoramente. Después, añadió-:
Seguís preocupándome, Hawkmoon. Aún no estoy plenamente
seguro de que no nos hayáis engañado mediante alguna treta o
clase de hechicería…, pero, a pesar de todo, estoy seguro de
vuestra lealtad. La Joya Negra es lo que me proporciona esa
seguridad. – Sonrió -. Bien, os espera un ornitóptero para llevaros a
Deau-Vere, en la costa. Preparaos, milord duque, y servid fielmente
a Granbretan. Si alcanzáis el éxito que espero, no tardaréis en
encontraros de nuevo al mando de vuestros territorios.
El ornitóptero se había posado sobre los prados situados más
allá de la entrada a las catacumbas. Era un artilugio de gran belleza,
con forma de un grifo gigantesco, todo él hecho en cobre, latón,
plata y acero negro.
Descansaba sobre poderosas patas que tenían forma de garras
de león, con las alas, de unos doce metros, plegadas sobre el lomo.
El piloto estaba sentado por debajo de la cabeza, en la pequeña
cabina de mando.
Llevaba puesta la máscara pájaro característica de su orden, la
del Cuervo, a la que pertenecían todos los aviadores, y mantenía
sus manos enguantadas sobre los controles enjoyados.
Actuando con cautela, vestido ahora con las ropas que tanto le
hacían parecerse a Meliadus, Hawkmoon subió y se situó detrás del
piloto, aunque le resultó difícil acomodar su espada cuando trató de
sentarse en el largo y estrecho asiento. Finalmente, adoptó una
posición relativamente cómoda y se agarró a los costillares
metálicos laterales de la máquina voladora cuando el piloto bajó una
palanca y las alas se desplegaron y empezaron a batir el aire,
produciendo un extraño estruendo. El ornitóptero se estremeció y se
inclinó un instante hacia un lado antes de que el piloto, lanzando
una maldición, lograra controlarlo. Hawkmoon había oído decir que
volar en aquellas máquinas tenía sus peligros, y había visto cómo
algunas de las que le atacaron en Colonia plegaban de pronto sus
alas y se precipitaban contra el suelo. Pero, a pesar de su
inestabilidad, los ornitópteros del Imperio Oscuro habían sido el
arma principal en la lucha por conquistar tan rápidamente el
continente europeo, puesto que ninguna otra raza poseía máquinas
voladoras de ningún tipo.
Ahora, el grifo metálico empezó a elevarse lentamente con un
incómodo movimiento de sacudida. Las alas golpearon el aire, como
en una parodia del vuelo natural, y el artilugio se fue elevando más y
más, hasta que se encontraron por encima de las torres más altas
de Londra y describieron un amplio círculo hacia el sudeste.
Hawkmoon respiraba pesadamente, disgustado por aquella
sensación tan desconocida.
El monstruo no tardó en atravesar una pesada capa de nubes
oscuras y la luz del sol refulgió sobre sus escamas de metal. Con el
rostro y los ojos protegidos por la máscara, a través de cuyos ojos
enjoyados podía mirar, Hawkmoon vio la luz del sol refractada en un
millón de relámpagos con los colores del arco iris. Cerró los ojos.
Transcurrió el tiempo y notó que el ornitóptero empezaba a
descender. Abrió los ojos y vio que estaban de nuevo entre las
nubes, que ya empezaban a desgarrarse para mostrar campos de
un color gris ceniza, los contornos de una ciudad llena de torres y el
lívido océano más allá.
Pesadamente, la máquina aleteó hacia una extensión de roca
plana que se elevaba desde el centro de la ciudad.
Aterrizó con un pesado movimiento de sacudidas, con las alas
moviéndose frenéticamente, hasta que se detuvo cerca del borde
del acantilado de la meseta artificial.
El piloto le hizo a Hawkmoon una seña para que descendiera.
Así lo hizo, sintiendo el cuerpo rígido y las piernas temblorosas,
mientras el piloto trababa los controles y descendía a su lado. Aquí y
allá se veían otros ornitópteros. Mientras atravesaban la explanada
de roca, uno de ellos se elevó en el aire, y Hawkmoon sintió el batir
del viento producido por las alas del artilugío, cuando éste pasó por
encima de su cabeza.
–Deau-Vere -le dijo el piloto con máscara de cuervo-. Un puerto
muy adecuado para la mayor parte de nuestras naves aéreas,
aunque los buques de guerra siguen utilizando el puerto.
Hawkmoon no tardó en ver una escotilla circular de acero por
delante de ellos, sobre la roca. El piloto se detuvo al lado de ella y
dio una serie de complicados golpes con la bota. Finalmente, la
escotilla se abrió hacia abajo, poniendo al descubierto una escalera
de piedra. Descendieron por ella y la escotilla volvió a cerrarse a su
espalda. El interior estaba en penumbras, y la decoración estaba
compuesta por brillantes gárgolas de piedra y algunos bajorrelieves
inferiores.
Al cabo de un rato atravesaron una puerta vigilada por guardias,
y salieron a una calle pavimentada situada entre los edificios
dotados de torres que llenaban la ciudad. Las calles estaban
atestadas con los guerreros de Granbretan. Grupos de aviadores
con máscaras de cuervo se mezclaban con las tripulaciones de los
buques de guerra, con máscaras de pez o serpiente marina, los
soldados de infantería y caballería, con su gran variedad de
máscaras, algunas de ellas pertenecientes a la orden del Cerdo,
otras a la orden del Lobo, la Calavera, la Mantis, el Toro, el
Sabueso, el Carnero y muchas otras. Las espadas se balanceaban
junto a las piernas protegidas por corazas, las lanzas de fuego
tintineaban entre los apretones, y por todas partes se escuchaba el
lúgubre tintineo de los arreos militares.
Abriéndose paso por entre la multitud, Hawkmoon se sorprendió
al observar que le dejaban pasar con suma facilidad, hasta que
recordó lo mucho que debía de parecerse al barón Meliadus.
En las puertas de la ciudad había un caballo esperándole, con
las alforjas llenas de provisiones. A Hawkmoon ya se le había
informado que tendría que cabalgar, y qué caminos debía seguir.
Montó el animal y cabalgó hacia el mar.
Las nubes no tardaron en abrirse y el sol se filtró por entre ellas.
Dorian Hawkmoon contempló entonces por primera vez el puente de
plata que se extendía a lo largo de cuarenta y cinco kilómetros,
cruzando el mar.
Refulgía a la luz del sol. Era una construcción bellísima,
aparentemente demasiado delicada como para resistir la menor
brisa, pero en realidad lo bastante fuerte como para soportar a todos
los ejércitos de Granbretan. El puente se curvaba sobre el océano,
más allá del horizonte. La propia calzada tenía casi cuatrocientos
metros de anchura, y estaba flanqueada por estremecidas redes de
calabrotes de plata, sostenidos por torres arqueadas,
intrincadamente modeladas con motivos militares.
El puente era cruzado en uno y otro sentido por una espléndida
variedad de tráfico. Hawkmoon pudo ver carruajes de nobles, tan
elaborados que hasta era difícil creer que pudieran funcionar;
escuadrones de caballería, con los caballos tan magníficamente
acorazados como los jinetes; batallones de infantería que
marchaban de a cuatro en fondo con una increíble precisión;
caravanas comerciales de carros; bestias de carga con oscilantes
bultos de toda clase de mercancías concebibles: pieles, sedas,
carne de res, frutas, verduras, cofres, candelabros, camas, juegos
enteros de sillas… Hawkmoon comprendió que una buena parte de
todo aquello no era más que el producto del botín arrancado a
estados como el de Colonia, recientemente conquistado por
aquellos mismos ejércitos que pasaban junto a las caravanas.
También pudo ver máquinas de guerra, artefactos de hierro y
cobre, dotadas con crueles picos de demolición, altas torres de
asedio, largas vigas para el lanzamiento de bolas de fuego y
piedras. Marchando junto a ellas, portando máscaras que
ostentaban la insignia del hurón, avanzaban los zapadores del
Imperio Oscuro, de cuerpos recios y poderosos y manos grandes y
pesadas. Todo esto le produjo a Hawkmoon la impresión de hallarse
en un hormiguero, empequeñecido por la majestuosidad del puente
de plata que, como sucedía con los ornitópteros, tanto había
contribuido a facilitar las conquistas de Granbretan.
A los guardias de la puerta de acceso al puente se les había
comunicado la orden de dejar pasar a Hawkmoon, por lo que las
puertas se abrieron al acercarse él. Cabalgó directamente hacia el
vibrante puente y los cascos de su caballo repiquetearon sobre el
metal. La calzada, vista de cerca, perdía algo de su magnificencia.
Su superficie había quedado ya entallada y dentada por el paso del
tráfico. Aquí y allá se veían montones de estiércol de caballo,
andrajos, paja y otras cosas menos reconocibles. Era imposible
mantener en perfectas condiciones un lugar de paso tan utilizado
como aquel, pero, de algún modo, la sucia calzada simbolizaba una
parte del espíritu de la extraña civilización de Granbretan.
Hawkmoon cruzó el puente de plata a través del océano y, al
cabo de algún tiempo, llegó al continente europeo, dirigiéndose a
continuación hacia la ciudad de Cristal, últimamente conquistada por
el Imperio Oscuro; descansaría en la ciudad de Cristal de Parye
durante un día antes de continuar su viaje hacia el sur.
Pero, por mucho que cabalgara, aún le quedaba más de un día
de viaje antes de llegar a Parye. Decidió no quedarse en Karlye, la
ciudad más cercana al puente, sino encontrar un pueblo donde
pudiera descansar aquella noche antes de continuar su viaje, a la
mañana siguiente.
Poco antes de la puesta de sol llegó a un pueblo formado por
agradables villas y jardines que aún mostraban las señales del
conflicto. De hecho, algunas de las villas estaban en ruinas. El
pueblo estaba extrañamente tranquilo, aunque unas pocas luces
empezaban a encenderse en las ventanas. Cuando llegó a la
posada vio que tenía las puertas cerradas y que desde su interior no
llegaba ninguna señal de actividad. Desmontó en el patio de la
posada y golpeó la puerta con el puño. Esperó varios minutos antes
de que alguien retirara la tranca de la puerta y el rostro de un
muchacho le mirara interrogativamente. El chico pareció asustarse
en cuanto vio la máscara de lobo. Terminó de abrir la puerta de mala
gana para permitirle a Hawkmoon que entrara. En cuanto se halló
en el interior, Hawkmoon se quitó la máscara y trató de sonreírle al
chico para tranquilizarlo, pero su sonrisa fue artificial, pues
Hawkmoon se había olvidado de mover correctamente sus labios. El
chico pareció tomar su expresión como un gesto de desaprobación y
retrocedió con los ojos medio desafiantes, como si esperara recibir
un golpe en cualquier momento.
–No pretendo hacerte ningún daño -dijo Hawkmoon con rigidez-.
Sólo quiero que te cuides de mi caballo y me ofrezcas comida y
cama. Me marcharé mañana al amanecer.
–Señor, sólo tenemos comida muy sencilla -murmuró el
muchacho, algo más tranquilo.
En estos tiempos, las gentes de Europa estaban acostumbradas
a soportar la ocupación por parte de una u otra facción y, en
esencia, la conquista de Granbretan no era para ellos una nueva
experiencia. La ferocidad del pueblo del Imperio Oscuro era algo
nuevo, desde luego y, evidentemente, eso era lo que más temía y
odiaba aquel muchacho, que no esperaba ni el menor gesto de
justicia por parte de quien, sin lugar a dudas, era un noble
granbretaniano.
–Tomaré lo que tengas. Guarda tu mejor comida y tu vino más
exquisito si quieres. Sólo pretendo satisfacer mi hambre y dormir un
poco.
–Señor, nuestra mejor comida ha desaparecido. Si nosotros…
–No me interesa lo que puedas decirme, muchacho -le
interrumpió Hawkmoon con un gesto-. Acepta mis palabras
literalmente, y ésa será la mejor forma de servirme.
Contempló la sala en la que se encontraba y observó a uno o
dos viejos sentados en la penumbra, bebiendo de unas jarras y
evitando mirarle. Se dirigió hacia el centro de la sala y se sentó ante
una mesa pequeña, quitándose la capa y los guanteletes y
sacudiéndose el polvo del camino del rostro y del resto del cuerpo.
Dejó la máscara de lobo en el suelo, junto a la silla, un gesto de lo
más insólito para un noble del Imperio Oscuro. Vio que uno de los
hombres le miraba con un cierto gesto de sorpresa, y cuando algo
más tarde escuchó un murmullo, se dio cuenta de que aquel hombre
había visto la Joya Negra. El muchacho regresó trayéndole una
cerveza ligera y unos trozos de carne de cerdo, y Hawkmoon tuvo la
sensación de que, en efecto, aquello era lo mejor que tenía.
Se comió la carne y bebió la cerveza, y después llamó al
muchacho para que le acompañara a su habitación. En cuanto se
encontró en una estancia es casamente amueblada, se quitó todos
sus avíos, tomó un baño, se metió entre las bastas sábanas y no
tardó en quedarse dormido.
Durante la noche experimentó una cierta molestia, sin darse
cuenta de qué era lo que le había despertado. Por alguna razón, se
sintió atraído hacia la ventana y miró al exterior. A la luz de la luna
creyó ver una figura montada en un pesado caballo de combate que
miraba hacia su ventana. La figura correspondía a un guerrero con
su armadura completa, y la visera le cubría el rostro. Hawkmoon
creyó captar un destello de azabache y oro. Después, el guerrero se
dio media vuelta y desapareció.
Hawkmoon regresó a la cama con la sensación de que aquel
acontecimiento tenía algún significado. Se volvió a dormir con la
misma facilidad que antes, pero a la mañana siguiente no estaba
seguro de saber si lo había soñado o no.
En el caso de que hubiera sido un sueño, sin duda alguna era el
primero que había tenido desde que fuera capturado.
Una punzada de curiosidad le hizo fruncir ligeramente el ceño
mientras se vestía, pero finalmente se encogió de hombros y bajó a
la sala principal de la posada para pedir el desayuno.
Hawkmoon llegó a la ciudad de Cristal durante la noche. Sus
edificios, del más puro cuarzo, parecían vivos por el color, y observó
por todas partes el destello de las decoraciones de cristal con el que
los ciudadanos de Parye solían adornar sus casas, edificios públicos
y monumentos. Era una ciudad tan hermosa que hasta los señores
de la guerra del Imperio Oscuro la habían dejado casi
completamente intacta, prefiriendo apoderarse de la ciudad con
sigilo y emplear en ello varios meses, antes que atacarla
abiertamente.
Pero las señales de la ocupación en el interior de la ciudad eran
visibles por todas partes, desde las expresiones de temor en los
rostros de la gente sencilla, hasta los guerreros con máscaras de
bestias que pululaban por las calles, y las banderas que ondeaban
al viento sobre las casas que antes habían pertenecido a los nobles
de Parye. Ahora, las banderas eran las de Jarak Nankenseen, señor
de la guerra de la orden de la Mosca; Adaz Promp, gran jefe de la
orden del Sabueso; Mygel Holst, archiduque de Londra; y Asrovak
Mikosevaar, renegado de Moscovia, mercenario señor de la guerra
de la legión Buitre, un hombre perverso y destructor, cuya legión
había servido a Granbretan incluso antes de que fuera evidente su
plan de conquista de Europa. Se trataba de un loco comparable a
los dementes nobles de Granbretan, a los que permitía ser sus
dueños. Asrovak Mikosevaar siempre se encontraba en la
vanguardia de los ejércitos de Granbretan, ampliando más y más los
límites del imperio. Su infame bandera, que llevaba bordadas en
escarlata las palabras «Muerte a la vida», inducía un gran temor en
los corazones de quienes luchaban contra él.
Hawkmoon llegó a la conclusión de que Asrovak Mikosevaar
debía de estar descansando en la ciudad de Cristal, puesto que no
era propio de él encontrarse tan lejos de la línea de batall a. Los
cadáveres atraían al moscoviano del mismo modo que las rosas
atraen a las abejas.
No había niños en las calles de la ciudad de Cristal. Quienes no
habían sido asesinados por los granbretanianos habían sido hechos
prisioneros por los conquistadores, como medio para asegurarse el
buen comportamiento de los ciudadanos que habían quedado con
vida.
El sol pareció manchar de sangre el cristal de los edificios
mientras descendía en el horizonte, y Hawkmoon, demasiado
cansado para seguir cabalgando, se vio obligado a buscar la posada
que Meliadus le había indicado, durmiendo allí durante la mayor
parte de la noche y el día siguiente, antes de reanudar su viaje hacia
el castillo de Brass. Aún le faltaba por hacer más de la mitad de ese
viaje.
Más allá de la ciudad de Lyon, el imperio de Granbretan había
encontrado dificultades para extender sus conquistas, pero el
camino que conducía a Lyon estaba desierto, salpicado de horcas y
cruces de madera de las que colgaban hombres y mujeres, jóvenes
y viejos, chicos y chicas e incluso, como una broma que ponía de
manifiesto la mayor de las locuras, animales domésticos como
gatos, perros y conejos de compañía. Allí se pudrían familias
enteras, linajes completos, desde el bebé recién nacido hasta el
más anciano de los sirvientes, todos ellos clavados en actitudes
agónicas a las cruces que sostenían sus cadáveres.
El olor nauseabundo de la carne corrompida llenó las narices de
Hawkmoon mientras conducía su caballo por el camino de Lyon, y el
hedor de la muerte pareció agarrársele a la garganta. El fuego había
ennegrecido los campos y los bosques, asolado las ciudades y
pueblos, haciendo que hasta el propio aire pareciera gris y pesado.
Todos los que aún quedaban con vida se habían convertido en
mendigos, fuera cual fuese su situación social anterior, a excepción
de las mujeres que se habían transformado en prostitutas de los
soldados del imperio, o de aquellos hombres que habían jurado una
lealtad inquebrantable al rey-emperador.
Del mismo modo que antes se había sentido aguijoneado por la
curiosidad, ahora una sensación de disgusto agitó levemente el
pecho de Hawkmoon, pero él apenas si se dio cuenta de ello. Siguió
cabalgando hacia Lyon sin quitarse la máscara de lobo. Nadie le
detuvo; nadie le interrogó, pues quienes servían en la orden del
Lobo se hallaban luchando sobre todo en el norte, por lo que
Hawkmoon estaba a salvo de que cualquiera de ellos se dirigiera a
él empleando el lenguaje secreto de la orden.
Más allá de Lyon, Hawkmoon prefirió cabalgar por entre los
campos, pues los caminos eran patrullados por los guerreros
granbretanianos. Guardó la máscara de lobo en una de sus alforjas,
ahora ya vacías, y cabalgó rápidamente hacia el territorio libre
donde el aire seguía teniendo un olor dulce, pero donde ya
empezaba a florecer el terror, aunque este terror se refería más al
futuro que al presente.
Hawkmoon contó su historia por primera vez en la ciudad de
Valence, donde los guerreros se preparaban para resistir el
inminente ataque del Imperio Oscuro, discutiendo inútiles
estratagemas y construyendo inadecuadas máquinas de guerra.
–Soy Dorian Hawkmoon de Colonia -le dijo al capitán ante quien
le llevaron unos soldados.
El capitán le observó atentamente. Uno de sus pies, enfundado
en una bota que le llegaba hasta el muslo, descansaba sobre uno
de los bancos de la atestada posada.
–El duque de Colonia ya debe de estar muerto a estas horas -
dijo-. Fue capturado por Granbretan. Más bien creo que sois un
espía.
Hawkmoon no protestó, sino que se limitó a contarle la historia
que Meliadus le había dicho que contara.
Hablando sin expresión alguna, describió su captura y el método
empleado para escapar, y el extraño tono empleado convenció al
capitán mucho más que la propia historia. Entonces, un espadachín
que llevaba puesta una cota de malla avanzó por entre la multitud
gritando el nombre de Hawkmoon. Volviéndose, Hawkmoon
reconoció su propia insignia en la capa del hombre: eran las armas
de Colonia. Aquel nombre era uno de los pocos que había logrado
huir de algún modo del campo de batalla de Colonia. Habló al
capitán y a la multitud, describiendo el valor y la habilidad del duque.
Como consecuencia de ello, Dorian Hawkmoon fue vitoreado como
héroe en Valence.
Aquella misma noche, mientras se festejaba su llegada,
Hawkmoon le dijo al capitán que debía seguir viaje hacia la
Camarga para tratar de obtener ayuda del conde Brass en la guerra
contra Granbretan.
–El conde Brass no se pone de parte de nadie -dijo el capitán,
sacudiendo la cabeza-. Pero es muy probable que os escuche a vos
antes que a nadie más. Sólo espero que tengáis éxito, milord duque.
A la mañana siguiente, Hawkmoon se alejó cabalgando de
Valence por el camino que conducía al sur, cruzándose con
hombres de aspecto ceñudo que se dirigían hacia el norte para
unirse a las fuerzas que se disponían a resistir los embates del
Imperio Oscuro.
El viento empezó a soplar cada vez con mayor fuerza a medida
que Hawkmoon se iba acercando a su destino.
Finalmente, contempló ante sí las marismas de la Camarga, con
los lagos brillando en la distancia, los juncos inclinados bajo la
fuerza del mistral… Era un territorio solitario y encantador. Al pasar
cerca de una de las altas y viejas torres vio el destello del heliógrafo,
y supo que su llegada sería conocida en el castillo de Brass antes
de que se produjera.
Con el rostro impertérrito y una expresión fría, Hawkmoon siguió
cabalgando, muy erguido en la silla, a lo largo del camino que
bordeaba las marismas, donde crecían los matojos, el agua formaba
suaves ondas y unos pocos pájaros sobrevolaban los cielos.
El castillo de Brass apareció ante su vista poco antes de la caída
de la noche, recortándose a la luz del atardecer su silueta negra y
gris, con su colina llena de terrazas y sus delicadas torres.
5. El despertar de Hawkmoon
El conde Brass sirvió a Dorian Hawkmoon una nueva copa de
vino y murmuró:
–Continuad, por favor, milord duque.
Hawkmoon estaba contando su historia por segunda vez. En el
salón del castillo de Brass estaban también Yisselda, desplegando
toda su hermosura, Bowgentle, con una expresión reflexiva en su
rostro, y Von Villach, que se acariciaba el bigote y se dedicaba a
contemplar el fuego de la chimenea.
–Y así fue como decidí buscar ayudar en Camarga -terminó
diciendo Hawkmoon-. Conde Brass, sé que éste es el único territorio
que se halla a salvo del poder del Imperio Oscuro.
–Sois bienvenido aquí -dijo el conde Brass frunciendo el ceño-, si
todo lo que buscáis es refugio.
–Eso es todo. – ¿No venís a pedirnos que nos alcemos en armas
contra Granbretan? – preguntó Bowgentle con una expresión
esperanzadora.
–He sufrido bastante por haberlo intentado yo mismo, y por el
momento no desearía estimular a otros para que se arriesguen a
correr un destino del que yo sólo he podido escapar por los pelos -
contestó Hawkmoon.
Yisselda casi pareció sentirse desilusionada. Estaba claro que
todos los presentes en la sala, a excepción del propio conde Brass,
deseaban la guerra con Granbretan. Quizá fuera así por razones
distintas: Yisselda para vengarse de Meliadus; Bowgentle porque
creía que alguien se tenía que enfrentar contra aquel mal, y Von
Villach simplemente porque deseaba volver a ejercitar su espada.
–Bien -dijo el conde Brass-, porque ya estoy cansado de
oponerme a los argumentos en el sentido de que debo ayudar a
éste o aquél. Pero, ahora, parecéis agotado, milord duque. De
hecho, raras veces he visto a un hombre tan cansado como vos. Os
hemos entretenido durante demasiado tiempo. Yo mismo os
mostraré vuestras habitaciones.
Hawkmoon no experimentó ninguna sensación de triunfo por
haber conseguido que su engañosa historia fuera creída. Había
dicho aquellas mentiras porque había acordado con Meliadus que
así lo haría. Y cuando llegara el momento de raptar a Yisselda
realizaría la tarea con la misma actitud.
El conde Brass le acompañó para mostrarle sus habitaciones,
compuestas por un dormitorio, un lavabo y un pequeño estudio.
–Confío en que sea de su agrado, milord duque.
–Completamente -replicó Hawkmoon.
El conde Brass se detuvo ante la puerta, diciendo:
–Esa joya…, la que lleváis en la frente… ¿Decís que Meliadus
no tuvo éxito alguno con su experimento?
–Así es, conde.
–Aja… -El conde Brass miró hacia el suelo y después, tras un
momento de reflexión, volvió a levantar la mirada-. Es posible que
yo conozca un hechizo para quitárosla…, si es que os molesta
mucho…
–No me molesta en absoluto -dijo Hawkmoon.
–Aja -volvió a decir el conde.
Y abandonó la habitación.
Aquella misma noche, Hawkmoon se despertó de pronto, tal y
como se había despertado en la posada unas pocas noches antes, y
creyó ver una figura en su habitación… Era un hombre vestido con
una coraza azabache y dorada. Sus pesados párpados se
mantuvieron cerrados durante un momento a causa del sueño, y
cuando volvió a abrirlos la figura había desaparecido.
Un conflicto empezaba a desarrollarse en el pecho de
Hawkmoon… Quizá fuera un conflicto entre la humanidad y su
ausencia, o entre la conciencia y la falta de ella, si es que tales
conflictos son posibles.
Fuera cual fuese la naturaleza exacta del conflicto, no cabía la
menor duda de que el carácter de Hawkmoon estaba cambiando por
segunda vez. No era el mismo carácter que había tenido en el
campo de batalla de Colonia, ni el extraño estado de ánimo apático
en el que había caído desde que se produjera la batalla, sino un
nuevo carácter, como si Hawkmoon estuviera naciendo de nuevo
bajo un molde completamente diferente.
Pero las indicaciones de que se estuviera produciendo tal
renacimiento aún eran débiles, y se necesitaba un catalizador, así
como un clima en el que su renacimiento fuera posible.
Hawkmoon se despertó a la mañana siguiente pensando en la
forma más rápida de llevar a cabo la captura de Yisselda y regresar
a Granbretan con ella para librarse de la Joya Negra y volver al
territorio donde había pasado su juventud.
Cuando abandonaba sus habitaciones se encontró con
Bowgentle. El filósofo poeta le cogió por el brazo.
–Ah, milord duque, quizá podáis contarme algo de Londra.
Nunca he estado allí, a pesar de que viajé mucho cuando era joven.
Hawkmoon se volvió para mirar a Bowgentle, sabiendo que el
rostro que vería sería el mismo que contemplarían los nobles de
Granbretan gracias a la Joya Negra. En los ojos de Bowgentle había
una expresión de franco interés, y Hawkmoon decidió que aquel
hombre no sospechaba de él.
–Es una ciudad enorme, alta y lóbrega -contestó Hawkmoon-. La
arquitectura es complicada y la decoración compleja y variada. – ¿Y
su espíritu? ¿Cómo es el espíritu de Londra? ¿Cuál ha sido vuestra
impresión?
–Es un espíritu de poder – contestó Hawkmoon -. De
confianza… -¿De locura, acaso?
–Soy incapaz de saber lo que es locura y lo que no lo es, sir
Bowgentle. ¿Os parezco quizá un hombre extraño? ¿Os resulta
curiosa mi actitud? ¿Distinta a la de otros hombres?
Sorprendido ante el giro que tomaba la conversación, Bowgentle
observó atentamente a Hawkmoon.
–Bueno, sí…, pero ¿por qué lo preguntáis?
–Porque las preguntas que me hacéis me parecen insensatas.
Os lo digo sin…, sin desear insultaros… -Hawkmoon se frotó la
barbilla-. A mí, al menos, me parecen insensatas.
Empezaron a bajar los escalones que conducían al salón
principal, donde ya se había servido el desayuno, y donde el viejo
Von Villach ya se estaba sirviendo un gran filete de una bandeja
sostenida por un sirviente.
–Sensatez… -murmuró Bowgentle-. Os preguntáis lo que es la
locura…, y yo me pregunto lo que es la sensatez.
–Eso es algo que no sé -replicó Hawkmoon-. Yo sólo sé aquello
que hago. – ¿Acaso vuestra penosa experiencia os ha impulsado a
retraeros…, a abolir la moralidad y la conciencia? – preguntó
Bowgentle con simpatía-. No es una circunstancia desconocida.
Cuando uno lee los textos antiguos se aprende que hubo muchos
que perdieron los mismos sentidos bajo condiciones de extrema
dureza. Una buena alimentación y una compañía afectuosa os
servirán de mucho para restaurar esos sentidos. Ha sido una suerte
que hayáis venido al castillo de Brass. Quizá una voz interior os ha
enviado hasta nosotros.
Hawkmoon escuchó sin interés mientras observaba a Yisselda
que bajaba la escalera opuesta y le sonreía a él y a Bowgentle
desde el otro extremo del salón. – ¿Habéis descansado bien, milord
duque? – preguntó la joven.
–Este hombre ha sufrido mucho más de lo que imaginamos -dijo
Bowgentle antes de que él pudiera contestar-. Creo que nuestro
huésped tardará una o dos semanas en recuperarse por completo. –
¿Queréis acompañarme esta mañana, milord? – sugirió Yisselda
graciosamente-. Os mostraré nuestros jardines. Son muy hermosos,
incluso en invierno.
–Sí -asintió Hawkmoon-. Me gustaría verlos.
Bowgentle sonrió al darse cuenta de que el cálido corazón de
Yisselda se había visto afectado por la difícil situación de
Hawkmoon. Desde su punto de vista, nadie mejor que ella para
restaurar el dañado estado de ánimo del duque.
Caminaron por las terrazas de los jardines del castillo, donde
había árboles de hoja perenne, flores de invierno y vegetales. El
cielo era claro y el sol lucía con todo su esplendor, y el viento no les
incomodaba mucho ya que iban envueltos en pesadas capas.
Contemplaron los tejados de la ciudad y todo a su alrededor era
paz. Yisselda apoyaba su brazo en el de Hawkmoon y conversaba
con agilidad, sin esperar ninguna respuesta del hombre de rostro
triste que caminaba a su lado. Al principio, la presencia de la Joya
Negra en su frente la había perturbado un poco, hasta que decidió
que no era tan diferente de un adorno en forma de círculo que ella
solía ponerse en la frente para impedir que el pelo le cayera sobre
los ojos.
Su joven corazón rebosaba de calidez y afecto. El mismo afecto
que se había convertido en pasión por el barón Meliadus, pues
necesitaba expresarlo de todas las formas posibles. Ella se sentía
contenta de ofrecérselo ahora a este extraño y rígido héroe de
Colonia, con la esperanza de que pudiera ayudar a curar las heridas
de su espíritu.
Pronto observó que la única vez en que apareció un amago de
expresión en sus ojos fue cuando le mencionó al duque su tierra
natal.
–Habladme de Colonia -le pidió-. No como es ahora, sino como
fue…, o como puede volver a ser un día.
Aquellas palabras le recordaron a Hawkmoon la promesa de
Meliadus de restituirle sus territorios. Apartó la vista de la muchacha
y la dirigió hacia el cielo, cruzando los brazos sobre su pecho.
–Colonia -dijo ella con suavidad-, ¿era como la Camarga?
–No… -contestó él volviéndose para mirar los tejados allá abajo
-. No…, porque la Camarga es salvaje y se conserva tal y como ha
sido a lo largo de los tiempos. En Colonia se puede observar por
todas partes la mano del hombre…, en sus campos bordeados de
setos, en sus cursos de agua rectos, en sus pequeños caminos, en
sus granjas y pueblos. Sólo era una pequeña provincia, con gruesas
vacas y ovejas bien alimentadas, con sus almiares de heno y sus
prados suaves que protegían a los conejos y a los ratones de
campo. Tenía cercas amarillas y bosques umbríos, y nunca se
dejaba de ver el humo del hogar surgiendo de alguna que otra
chimenea. Sus gentes eran sencillas y amistosas, y amables con los
niños. Sus edificios eran antiguos y originales, y tan sencillos como
las propias gentes que vivían en ellos. No había nada oscuro en
Colonia hasta que llegó Granbretan, con una riada de duro metal y
fuego feroz procedente desde el otro lado del Rhin. Y Granbretan
también dejó la impronta del hombre sobre el paisaje campesino…,
la marca de la espada y de la antorcha… -Suspiró, dejando que su
tono de voz fuera adquiriendo un creciente signo de emoción-. La
marca de la espada y de la antorcha sustituyendo a la del arado… -
Se volvió para mirarla-. Y la cruz y la horca se confeccionaron con
las maderas de las cercas amarillas, y los esqueletos de las vacas y
de las ovejas obturaron los cursos de agua y emponzoñaron la
tierra, y las piedras de las granjas se transformaron en munición
para las catapultas, y las gentes del pueblo se convirtieron en
cadáveres o en soldados… porque no había otra elección.
Ella le puso suavemente una mano sobre el brazo envuelto en
cuero.
–Habláis como si los recuerdos fueran muy lejanos -dijo.
La expresión se desvaneció de los ojos de Hawkmoon, que
volvieron a adquirir un matiz de frialdad.
–Así es, así es… como en un viejo sueño. Ahora, todo eso
significa muy poco para mí.
Pero Yisselda le observó reflexivamente mientras le conducía por
entre los jardines, creyendo haber encontrado una forma de llegar
hasta él y ayudarle.
En cuanto a Hawkmoon, acababa de recordar todo lo que
perdería si no conducía a la muchacha hasta donde estaban los
lores oscuros, y agradeció las atenciones que ella le dispensaba,
aunque por razones muy distintas a las que ella misma suponía.
El conde Brass los encontró en el patio de armas. Estaba
inspeccionando un viejo caballo de guerra y hablando con un
caballerizo.
–Déjalo fuera de servicio -ordenó el conde Brass-. Ya está viejo.
– Después se acercó a Hawkmoon y a su hija-. Sir Bowgentle me
dice que os encontráis más débil de lo que pensábamos -le dijo a
Hawkmoon-.
Pero podéis permanecer en el castillo de Brass todo el tiempo
que juzguéis conveniente. Espero que Yisselda no os esté cansando
con su conversación…
–No. Me parece… sosegante. – ¡Bien! Esta noche tendremos un
pequeño entretenimiento. Le he pedido a Bowgentle que nos lea
algo de su última obra. Nos ha prometido ofrecernos algo ligero y
cómico. Confío en que lo disfrutéis.
Hawkmoon se dio cuenta de que la mirada del conde Brass le
observaba atentamente, a pesar de que su actitud parecía muy
sincera. ¿Acaso podía sospechar el conde Brass la naturaleza de su
misión? El conde era una persona muy conocida por su carácter
prudente, sabio y de buen juicio. Pero si su propia personalidad
había logrado confundir al barón Kalan, sin duda alguna engañaría
al conde. Hawkmoon decidió que no tenía nada que temer.
Después, permitió que Yisselda le condujera al interior del castillo.
Aquella noche se celebró un banquete en el que se sirvieron las
mejores viandas del castillo de Brass sobre una larga mesa. Allí
estaban los principales ciudadanos de la Camarga, algunos
dedicados a la cría de toros y otros que eran toreros afamados,
incluyendo al ahora recuperado Mahtan Just. cuya vida había
salvado el conde Brass un año antes. Sobre la larga mesa se
amontonaban pescados y aves de corral, carnes rojas y blancas,
verduras de todas clases, vinos de una docena de variedades,
cerveza y numerosas salsas y guarniciones de aspecto delicioso.
Dorian Hawkmoon estaba sentado a la derecha del conde Brass, y a
su izquierda se sentaba Mahtan Just, convertido ahora en el
campeón de la temporada. Just adoraba al conde y le trataba con tal
respeto que hasta el propio conde se sentía algo incómodo por ello.
Junto a Hawkmoon estaba sentada Yisselda, y frente a ella se
acomodaba Bowgentle. En el otro extremo de la mesa estaba el
viejo Zhonzhac Ekare, el mayor de los criadores de toros, vestido
con pesadas pieles y con el rostro oculto por su enorme barba y
espesa mata de pelo.
Era un hombre que reía a menudo y comía desaforadamente.
Junto a él se sentaba Von Villach, y ambos parecían disfrutar mucho
con la compañía del otro.
Cuando ya casi había terminado el banquete y se habían retirado
las pastas y dulces, así como los ricos quesos de Camarga, cada
invitado tenía ante sí tres jarras de vino de distintas clases, un
diminuto barril de cerveza y una gran copa para beber. Únicamente
Yisselda tenía una sola botella y una copa más pequeña, ya que, al
parecer, ella prefería beber menos.
El vino había nublado un poco la mente de Hawkmoon,
otorgándole lo que quizá fuera una falsa apariencia de humanidad
normal. Sonrió una o dos veces, y si bien no contestó las bromas de
sus compañeros con algunas de su cosecha, al menos no les
ofendió con una expresión hosca. – ¡Bowgentle! – rugió entonces el
conde Brass-. ¡La balada que nos has prometido!
Bowgentle se incorporó sonriente, con el rostro enrojecido, como
el de los demás, por el buen vino y la excelente comida.
–A esta balada le he puesto el título de El emperador Glaucoma,
y confío en que os divertirá -dijo, y a continuación empezó a recitar
las palabras:
El emperador Glaucoma pasó ante los formales guardias en la
arcada más lejana y entró en el bazar, donde yacían entre las
sombras de las palmeras del templo los restos de la última guerra,
desde los caballeros templarios hasta el otomano, los huéspedes
del alcázar y el poderoso khan.
Pero el emperador Glaucoma pasó sin detenerse, mientras
flautas y tambores tocaban en honor del paso del emperador.
El conde Brass observaba cuidadosamente el grave rostro de
Bowgentle con una irónica sonrisa en sus labios.
Mientras tanto, el poeta recitaba la compleja poesía con ingenio
y graciosos ademanes. Hawkmoon miró en derredor y vio que unos
sonreían y otros tenían la mirada perdida, a causa del alcohol.
Hawkmoon permanecía impertérrito. Yisselda se inclinó hacia él y
murmuró algo inaudible.
Los barcos del puerto hicieron sonar sus cañones cuando el
emperador rechazó al embajador vaticano (***) -¿De qué diablos
está hablando? – gruñó Von Villach.
–De cosas antiguas -contestó el viejo Zhonzhac Ekare -. De
cosas que sucedieron antes del Milenio Trágico.
–Pues yo preferiría escuchar una balada de combate.
Zhonzhac Ekare se llevó un dedo a los labios casi cubiertos por
la barba y le hizo guardar silencio a su amigo, mientras Bowgentle
continuaba: que le había hecho regalos de alabastro, y una hoja de
Damasco, y una escayola de París, de la tumba de Zoroastro, allí
donde florecen las sombras de la noche.
Hawkmoon apenas si escuchaba las palabras, aunque su
cadencia parecía ejercer sobre él un efecto peculiar.
Al principio pensó que sólo se trataba del vino, pero entonces se
dio cuenta de que en un determinado momento de la recitación su
mente pareció estremecerse, y unas olvidadas sensaciones brotaron
de pronto en su pecho. Se revolvió, incómodo, en su asiento.
Bowgentle observó duramente a Hawkmoon, mientras
continuaba con su poema, al tiempo que gesticulaba de un modo
exagerado.
El poeta laureado con laurel y brocados de color naranja
adornado con topacio, y ópalo, y lucido jade, lleno de fragantes
ungüentos, perfumado con mirra y lavanda, los tesoros de Tracia y
Samarcanda, cayó postrado en la plaza del mercado, – ¿Os
encontráis bien, milord? – preguntó Yisselda inclinándose hacia
Hawkmoon y hablándole con una expresión de preocupación.
–Estoy bien, gracias -contestó Hawkmoon sacudiendo la cabeza.
Se estaba preguntando si no habría ofendido de algún modo a los
señores de Granbretan y ellos habían decidido transmitir ahora a la
Joya Negra todo su poder vital. Sentía que la cabeza le daba
vueltas. insensato, y mientras las antífonas corales cantaban su
gloria, el emperador, majestuoso, con babuchas de oro y marfil,
tropezó con él, arrancando aplausos al dios mortal.
Ahora, todo lo que Hawkmoon podía ver era la figura y el rostro
de Bowgentle, y no podía escuchar más que el ritmo de las
palabras, preguntándose si no sería aquello una especie de
encantamiento. Y si Bowgentle estaba tratando de encantarle, ¿cuál
era la razón de su actitud?
Desde ventanas y torres alegremente ornamentadas con
guirnaldas de flores y ramos frescos, los niños arrojaban lluvias de
pétalos de rosas y de jacintos a la calle por donde Glaucoma
pasaba.
Abajo, desde las casas y los parapetos otros niños arrojaban
violetas, pimpollos de flores, lilas y peonías, y finalmente, ellos
mismos, por donde Glaucoma pasaba.
Hawkmoon bebió un largo trago de vino y respiró
profundamente, mirando con fijeza a Bowgentle mientras el poeta
continuaba recitando sus versos:
La luna brillaba débilmente, el caliente sol oscilaba retrasando el
mediodía, y las estrellas se esparcían, con serafín elevando un
himno pues pronto el emperador estaría ante la ruina sagrada,
sublime, y apoyaría su mano en aquella puerta desconocida para el
tiempo, que sólo él, entre los mortales, podía abrir.
Hawkmoon boqueó como puede hacerlo un hombre cuando
acaba de ser arrojado al agua helada. Yisselda le puso la mano
sobre la frente humedecida por el sudor y sus dulces ojos reflejaban
una expresión preocupada. – ¿Milord…?
Hawkmoon miró fijamente a Bowgentle mientras el poeta,
implacable, seguía recitando:
Glaucoma cruzó con los ojos bajos el tenebroso portal ancestral
incrustado de piedras preciosas, perlas, huesos y rubíes.
Cruzó la puerta y la columnata, mientras el sonido de trombones
y trompetas hacían retemblar la tierra, y por encima se extendían las
huestes, y un olor de ámbar gris quemaba en el aire.
Débilmente, Hawkmoon fue consciente de la mano de Yisselda
tocándole el rostro, pero no pudo escuchar lo que ella le dijo. Tenía
los ojos fijos en Bowgentle, y sus oídos se concentraban en la tarea
de escuchar lo que éste seguía recitando. Una copa se le cayó de la
mano. Indudablemente, se sentía enfermo, pero el conde Brass no
hizo el menor movimiento por ayudarle. En lugar de ello, miraba de
Hawkmoon a Bowgentle, con el rostro medio oculto tras su propia
copa de vino y una expresión irónica en los ojos.
Ahora el emperador libera una paloma blanca como la nieve.
Oh, una paloma tan justa como la propia paz, tan rara que el
amor aumenta en todas partes.
Hawkmoon gimió. En el extremo más alejado de la mesa, Von
Villach dejó su copa de vino sobre la mesa.
–Estaría de acuerdo con eso -dijo-. ¿Por qué no recitar La
montaña del baño de sangre? Es una buena…
El emperador liberó esa paloma blanca como la nieve, y ésta
voló hasta que nadie pudo verla volar a través del aire nítido, a
través del fuego, volando aún más alto, aún más y más alto, justo
hacia el sol, para morir por el emperador Glaucoma.
Hawkmoon se incorporó, tambaleante, y trató de decirle algo a
Bowgentle, pero finalmente cayó sobre la mesa, derramando el vino
en todas direcciones. – ¿Está borracho? – preguntó Von Villach con
un tono de disgusto. – ¡Está enfermo! – exclamó Yisselda-. ¡Oh, está
enfermo!
–No creo que esté borracho -dijo el conde Brass inclinándose
sobre el cuerpo de Hawkmoon y levantándole un párpado-. Pero,
desde luego, ha perdido el conocimiento.
Levantó la mirada hacia Bowgentle y sonrió. Bowgentle le
devolvió la sonrisa y se encogió de hombros, diciendo:
–Espero que estéis seguro de eso, conde Brass.
Hawkmoon permaneció durante toda la noche en un coma
profundo, del que despertó a la mañana siguiente, encontrando a
Bowgentle, que actuaba como físico del castillo, inclinado sobre él.
Aún no podía estar seguro de si lo sucedido había sido causado por
la bebida, la Joya Negra, o Bowgentle. Ahora se sentía muy caliente
y débil.
–Tenéis fiebre, milord duque -le dijo Bowgentle con suavidad-.
Pero os curaremos, no temáis.
Después acudió a verle Yisselda, que se sentó al lado de la
cama y le sonrió.
–Bowgentle dice que no es nada serio -le dijo-. Yo os cuidaré. No
tardaréis en volver a sentiros bien.
Hawkmoon escudriñó su semblante y experimentó una gran
oleada de emoción.
–Lady Yisselda… -¿Sí, milord?
–Yo…, gracias…
Hawkmoon desvió la mirada, aturdido. Desde detrás de él
escuchó una voz que hablaba con urgencia. Era la del conde Brass.
–No digáis nada más. Descansad. Controlad vuestros
pensamientos. Dormid todo lo que podáis.
Hawkmoon no se había dado cuenta de que el conde Brass
estaba en la habitación. Entonces, Yisselda le acercó un vaso a los
labios. Bebió el frío líquido y no tardó en volver a quedarse dormido.
Al día siguiente la fiebre ya había desaparecido y, en lugar de
una ausencia de emoción. Dorian Hawkmoon se sintió más bien
como si estuviera física y espiritualmente entumecido. Se preguntó
si acaso no le habrían drogado.
Yisselda acudió a verle cuando estaba terminando de desayunar,
y le preguntó si se sentía con fuerzas para acompañarla a dar un
paseo por los jardines, ya que hacía un día estupendo.
Se frotó la frente, sintiendo el extraño calor de la Joya Negra
bajo su mano. Apartó la mano, alarmado. – ¿Os sentís mal todavía,
milord? – preguntó Yisselda.
–No… Yo… -Hawkmoon suspiró -. No sé. Me siento extraño…
Es algo desconocido…
–Quizá un poco de aire fresco os ayude a despejaros la cabeza.
Pasivamente, Hawkmoon se levantó para acompañarla a los
jardines. El aire de éstos estaba lleno con toda clase de agradables
aromas, el sol lucía espléndidamente, haciendo que los arbustos y
los árboles se destacaran nítidamente en el claro aire invernal.
El contacto del brazo de Yisselda, apoyado en el suyo, aún agitó
más los sentimientos de Hawkmoon. Era una sensación agradable,
como lo era la sensación del viento en la cara y la vista de los
jardines y de las casas de la ciudad. Sentía una mezcla de temor y
desconfianza… Temor por la Joya Negra, pues estaba seguro de
que le destruiría si dejaba entrever cualquier indicio de lo que ahora
estaba ocurriendo; y desconfianza para con el conde Brass y los
demás, pues tenía la sensación de que le estaban engañando de
algún modo, y de que tenían algo más que un indicio sobre el
verdadero propósito de su presencia en el castillo de Brass. Podía
raptar a la muchacha ahora mismo, robar un caballo y quizá contara
con una buena oportunidad para escapar. De pronto, se volvió hacia
ella, mirándola.
Ella le sonrió dulcemente. – ¿Os hace sentir mejor el aire, milord
duque?
Hawkmoon escudriñó su rostro al tiempo que sentía en su
interior el conflicto de numerosas y encontradas emociones. –
¿Mejor? – replicó roncamente -. ¿Mejor? No estoy seguro… -
¿Estáis cansado?
–No.
Empezó a dolerle la cabeza y volvió a tener miedo de la Joya
Negra. Extendió una mano y agarró a la muchacha. Ésta, creyendo
que estaba a punto de caerse a causa de la debilidad, le cogió a su
vez de los brazos tratando de sostenerle. Entonces, las manos de
Hawkmoon perdieron su fuerza y no pudo hacer nada.
–Sois muy amable -dijo el duque.
–Y vos sois un hombre muy extraño -dijo ella, casi hablando
consigo misma-. Sois un hombre que se siente infeliz.
–Ah…
Se apartó de ella y empezó a caminar sobre el césped, en
dirección al borde de la terraza. ¿Podrían saber los señores de
Granbretan lo que estaba sucediendo en su interior? No era muy
probable. Por otro lado, le parecía verosímil que hubieran entrado
en sospechas y que pudieran activar la fuerza vital de la Joya Negra
en cualquier momento. Respiró profundamente el aire frío y
enderezó los hombros, recordando lo que le había dicho la noche
anterior el conde Brass: «Controlad vuestros pensamientos».
El dolor de su cabeza iba en aumento. Se volvió hacia la joven.
–Creo que será mejor que regresemos al castillo -le dijo a
Yisselda.
Ella asintió con un gesto y volvió a cogerle del brazo. Ambos
regresaron por el mismo camino por el que habían venido.
Ya en el salón principal, el conde Brass salió a su encuentro.
Tenía una expresión de amable preocupación, pero no distinguió en
su semblante nada capaz de confirmarle el tono de urgencia que
había empleado la noche anterior. Hawkmoon se preguntó si no lo
habría soñado, o si quizá el conde Brass había supuesto la
naturaleza de la Joya Negra y estaba actuando ahora para engañar
tanto a la joya como a los lores oscuros, que incluso ahora podrían
estar observando aquella escena desde los laboratorios del palacio
en Londra.
–El duque de Colonia no se encuentra bien -dijo Yisselda.
–Me apena mucho saberlo -replicó el conde Brass-. ¿Necesitáis
algo, milord?
–No -se apresuró a contestar Hawkmoon-. No…, gracias.
Se dirigió hacia la escalera, caminando con la mayor firmeza que
pudo. Yisselda le acompañó, sosteniéndole todavía por un brazo,
hasta que llegaron a sus habitaciones. Una vez ante la puerta, él se
detuvo y la miró. Los ojos de la muchacha estaban muy abiertos y le
miraban con una expresión llena de simpatía; ella levantó una mano
y le acarició suavemente la mejilla por un breve instante. Ante aquel
contacto, Hawkmoon experimentó un estremecimiento y tuvo que
abrir la boca para respirar con fuerza. Después, ella se volvió y casi
echó a correr por el pasillo.
Hawkmoon entró en sus habitaciones y se arrojó sobre la cama.
Respiraba con rapidez, tenía todo el cuerpo en tensión y trataba
desesperadamente de comprender lo que le estaba sucediendo y
cuál era la fuente del dolor que sentía en la cabeza. Finalmente,
volvió a dormirse.
Se despertó por la tarde, sintiéndose débil. El dolor ya casi había
desaparecido por completo y Bowgentle estaba junto a la cama,
dejando un cuenco lleno de fruta en una mesa cercana.
–Me equivoqué al creer que ya habíais dejado de tener fiebre -
dijo. – ¿Qué me está sucediendo? – murmuró Hawkmoon.
–Por lo que yo puedo decir, creo que estáis sufriendo una ligera
fiebre causada por todas las penalidades por las que habéis tenido
que pasar, y me temo también que a causa de nuestra hospitalidad.
Sin duda alguna era demasiado pronto para que comierais una
comida tan abundante y rica y bebierais tanto vino. Tendríamos que
habernos dado cuenta de eso. Sin embargo, os encontraréis bien
dentro de muy poco, milord.
En su fuero interno, Hawkmoon sabía que aquel diagnóstico no
era acertado, pero no dijo nada. Escuchó una ligera tos a su
izquierda y volvió la cabeza, pero sólo vio la puerta abierta que
conducía al despacho, en cuyo interior parecía haber alguien. Volvió
a mirar interrogativamente a Bowgentle, pero el semblante del
hombre permaneció inexpresivo, mientras aparentaba controlar el
pulso de Hawkmoon.
–No debéis temer nada -dijo una voz procedente del cuarto
contiguo-. Deseamos ayudaros. – La voz correspondía a la del
conde Brass -. Comprendemos la naturaleza de la joya que lleváis
en la cabeza. En cuanto hayáis descansado, levantaros y acudid al
salón principal, donde Bowgentle os entretendrá con una
conversación trivial. No os sorprendáis aunque sus acciones os
parezcan un tanto extrañas.
Bowgentle apretó los labios y se incorporó.
–No tardaréis en estar bien, milord. Y ahora, os dejo.
Hawkmoon le vio marcharse y después oyó que se cerraba otra
puerta…, la de la habitación donde había estado el conde Brass.
¿Cómo podían haber descubierto la verdad? ¿Y cómo le afectaría
eso a él? A estas alturas, los lores oscuros debían de estar muy
extrañados ante el raro giro que habían tomado los acontecimientos,
y quizá hubieran empezado a sospechar algo. Podían poner en
funcionamiento toda la fuerza vital de la Joya Negra en cualquier
momento. Y, por alguna razón, el saberlo así le perturbó mucho más
de lo que le había preocupado hasta entonces.
Hawkmoon llegó a la conclusión de que no podía hacer nada,
excepto obedecer la orden del conde Brass, aunque era muy
probable que, al haber descubierto el propósito de su presencia allí,
el conde se mostrara tan vengativo como los lores de Granbretan.
En cualquier caso. Hawkmoon se encontraba metido en una
situación muy desagradable.
Cuando la habitación se fue oscureciendo y cayó la noche,
Hawkmoon se levantó y bajó al salón principal.
Estaba vacío. Miró a su alrededor a la débil luz de la chimenea
encendida, preguntándose si acaso no le habrían inducido a
meterse en alguna clase de trampa.
Entonces apareció Bowgentle por la puerta más alejada y le
sonrió. Vio que los labios de Bowgentle se movían, pero no escuchó
ningún sonido que surgiera de ellos. A continuación, Bowgentle se
detuvo como si estuviera escuchando la respuesta de Hawkmoon y
él se dio cuenta de que aquello no era más que una pantomima
destinada a engañar a quienes les observaban gracias al poder de
la Joya Negra.
Al escuchar unos pasos tras él, no se volvió, sino que aparentó
replicar a la silenciosa conversación mantenida con Bowgentle.
Entonces, el conde Brass le habló a su espalda:
–Sabemos lo que es la Joya Negra, milord duque. Sabemos que
los de Granbretan os indujeron a venir aquí, y creemos conocer el
propósito de vuestra visita. Os explicaré…
Hawkmoon se sintió impresionado ante lo inverosímil de aquella
situación en la que Bowgentle aparentaba estar hablando, sin decir
nada, mientras que la profunda voz del conde surgía de alguna
parte situada a su espalda.
–Cuando llegasteis al castillo de Brass -siguió diciendo el conde
Brass-. me di cuenta de que la Joya Negra era algo más de lo que
vos decíais…, aunque ni vos mismo os dierais cuenta. Me temo que
los del Imperio Oscuro me han valorado en muy poco, puesto que
he estudiado tanta hechicería como ellos mismos y poseo un
antiguo documento en el que se describe la máquina de la Joya
Negra. Sin embargo, no sabía si erais una víctima consciente o
inconsciente de la joya, y tenía que descubrirlo sin que los
granbretanianos se dieran cuenta. »Así pues, la noche del banquete
le pedí a sir Bowgentle que camuflara una runa en forma de una
sucesión de versos aparentemente suyos. El propósito de dicha
runa consistía en privaros de vuestra conciencia, para así poder
privaros también de la joya, de modo que pudiéramos estudiaros sin
que se dieran cuenta los lores del Imperio Oscuro. Confiábamos en
que os creyeran borracho y no relacionaran vuestra repentina
pérdida de conciencia con las rimas de Bowgentle. »Así, Bowgentle
empezó a pronunciar su runa, destinada exclusivamente a vuestros
oídos. Ello sirvió para haceros entrar en un coma profundo. Mientras
dormíais. Bowgentle y yo nos las arreglamos para introducirnos en
vuestra mente interior, profundamente enterrada… como la de un
animal asustado que excava un agujero tan profundo que, una vez
allí, empieza a sofocarse casi hasta morir. Ciertos acontecimientos
ya habían contribuido a conseguir que vuestra mente interior se
acercara a la superficie un poco más de lo que había estado en
Granbretan, y de ese modo pudimos interrogarla. Descubrimos así
la mayor parte de lo que os había ocurrido en Londra, y cuando
supe la misión que os había traído aquí estuve a punto de
deshacerme de vos. Pero entonces me di cuenta de que en vuestro
interior se desarrollaba un conflicto… del que vos apenas si erais
consciente. En el caso de que ese conflicto no hubiera surgido a la
luz, yo mismo os habría matado, o habría permitido que la Joya
Negra cumpliera su cometido.
Hawkmoon, que aparentaba contestar a la inexistente
conversación con Bowgentle, se estremeció a pesar de sí mismo.
–Sin embargo -siguió diciendo el conde Brass -, llegué a la
conclusión de que no se os podía acusar por lo ocurrido y de que, al
mataros, podía destruir a un enemigo potencialmente poderoso de
Granbretan. Aun cuando permanezco neutral, Granbretan me ha
ofendido demasiado como para enviar a la muerte a una persona de
vuestras características. Así. hemos imaginado esta situación con el
exclusivo propósito de informaros sobre lo que sabemos, y también
para deciros que hay esperanza. Poseo los medios necesarios para
anular temporalmente el poder de la Joya Negra. En cuanto yo haya
terminado, acompañaréis a Bowgentle a mis habitaciones del
sótano, donde yo haré lo que tenga que hacer. Disponemos de poco
tiempo antes de que los lores de Granbretan pierdan la paciencia y
liberen toda la fuerza vital de la joya en vuestra cabeza…
Hawkmoon escuchó alejarse los pasos del conde Brass.
Entonces, Bowgentle sonrió y dijo en voz alta:
–De modo que si queréis acompañarme, milord, os mostraré
algunas de las partes del castillo que no habéis visitado todavía.
Pocos invitados han visitado las cámaras privadas del conde Brass.
Hawkmoon se dio cuenta de que aquellas palabras habían sido
pronunciadas en beneficio de los vigilantes de Granbretan. Sin duda
alguna, Bowgentle confiaba en estimular así su curiosidad y ganar
algo más de tiempo.
Bowgentle le indicó el camino hacia un pasillo que terminó en lo
que aparentemente era un muro sólido cubierto de tapices. Apartó
los tapices a un lado y tocó un pequeño clavo introducido en la
piedra del muro.
Inmediatamente, una sección del muro empezó a refulgir y
después se desvaneció, poniendo al descubierto un portal a través
del cual podía pasar un hombre agachando la cabeza. Hawkmoon lo
cruzó, seguido por Bowgentle, y se encontró en una pequeña
estancia cuyos muros aparecían cubiertos por antiguos gráficos y
diagramas. Abandonaron esta estancia y entraron en otra más
grande. Contenía una gran cantidad de aparatos alquímicos, con las
paredes cubiertas de estanterías llenas de enormes volúmenes
antiguos de química, hechicería y filosofía.
–Por aquí -murmuró Bowgentle apartando una cortina tras la que
se extendía un pasillo oscuro.
–Hawkmoon aguzó la mirada tratando de distinguir algo en la
oscuridad, pero le fue imposible. Avanzó precavidamente por el
pasillo que, de repente, cobró vida con una luz cegadora muy
potente.
Revelada en forma de silueta vio la amenazante figura del conde
Brass, que sostenía un arma extraña en las manos, apuntada hacia
la cabeza de Hawkmoon.
Hawkmoon jadeó y trató de hacerse a un lado, pero el pasillo era
demasiado estrecho. Se produjo un crujido que pareció romperle los
tímpanos, seguido por un sonido extraño, zumbante y melodioso, y
cayó hacia atrás, perdiendo el conocimiento.
Hawkmoon se despertó y se encontró envuelto en una suave luz
dorada, experimentando una asombrosa sensación de bienestar
físico. Sentía completamente vivas toda su mente y su cuerpo, como
si jamás hubiera estado vivo con anterioridad. Sonrió y se
desperezó. Estaba tumbado sobre un banco de metal y se
encontraba solo. Levantó una mano y se tocó la frente. La Joya
Negra seguía estando allí, pero su textura había cambiado.
Ahora ya no la percibía como carne, y tampoco poseía aquel
extraño calor antinatural. Ahora la sentía como una joya ordinaria,
dura, lisa y fría.
Se abrió una puerta y el conde Brass entró, mirándole con una
expresión de satisfacción en su semblante.
–Siento haberos alarmado tanto ayer por la noche -dijo-, pero
tenía que actuar con rapidez, paralizar el poder de la Joya Negra y
aprisionar la fuerza vital que contenía. Ahora poseo esa fuerza vital,
obtenida tanto por medios físicos como de hechicería. Sin embargo,
no puedo contenerla para siempre. Es demasiado fuerte. En algún
momento se escapará y regresará a la joya que seguís teniendo en
la frente, sin que importe el lugar donde os encontréis.
–De modo que sólo es un alivio temporal y no estoy a salvo -dijo
Hawkmoon-. ¿Cuánto tiempo durará esa situación?
–No estoy seguro. Por lo menos seis meses… Es posible que un
año…, o incluso dos. Pero entonces sólo será cuestión de horas. No
debo engañaros, Dorian Hawkmoon, pero sí puedo daros una
esperanza adicional. Existe un hechicero en el Oriente que podría
quitaros la Joya Negra de la cabeza. Es un oponente del Imperio
Oscuro y podría ayudaros si pudierais encontrarlo. – ¿Cómo se
llama?
–Malagigi de Hamadán. – ¿Es de Persia ese hechicero?
–En efecto -asintió el conde Brass-. Está tan lejos que casi está
fuera de vuestro alcance.
–Bien -dijo Hawkmoon con un suspiro, incorporándose -, en tal
caso sólo puedo confiar en que vuestra hechicería dure el tiempo
suficiente para sostenerme durante una temporada. Abandonaré
vuestro territorio, conde Brass, y me dirigiré hacia Valence para
unirme allí al ejército que se está formando para luchar contra
Granbretan. Aunque no pueda ganar la batalla, al menos me llevaré
conmigo unos cuantos perros del reyemperador a modo de
venganza por todo lo que me han hecho.
–Os devuelvo la vida e inmediatamente decidís sacrificarla -dijo
el conde Brass sonriendo-. Yo os sugeriría que reflexionarais
durante algún tiempo antes de tomar ninguna decisión. ¿Cómo os
sentís ahora, milord duque?
Dorian Hawkmoon osciló las piernas fuera del banco y volvió a
desperezarse.
–Despierto -contestó -, como si fuera un hombre nuevo… -
Frunció el ceño y añadió-: Ah…, como un hombre nuevo… Y estoy
de acuerdo con vos, conde Brass -murmuró reflexivamente -. La
venganza puede esperar hasta que se me ocurra un plan algo más
sutil.
–Al salvaros os he privado de vuestra juventud -dijo el conde
Brass, casi con tristeza-. Ya no volveréis a conocerla jamás.
6. La batalla de Camarga
–No se extienden ni hacia el este ni hacia el oeste -dijo
Bowgentle una mañana, unos dos meses más tarde -, sino que
avanzan directamente hacia el sur. No cabe la menor duda, conde
Brass, de que se han dado cuenta de la verdad y tienen el propósito
de vengarse de vos.
–Quizá su venganza vaya dirigida contra mí -dijo Hawkmoon
desde donde estaba sentado, en un cómodo sillón situado junto al
fuego de la chimenea-. Si yo saliera a su encuentro, es posible que
se dieran por satisfechos. No cabe la menor duda de que me
consideran un traidor.
–Por lo que conozco al barón Meliadus -dijo el conde Brass
sacudiendo la cabeza-, creo que ahora desea la sangre de todos
nosotros. El y sus lobos marchan al frente de los ejércitos. No se
detendrán hasta que no hayan llegado a nuestras fronteras.
Von Villach se volvió desde la ventana donde había estado
mirando la ciudad.
–Dejadlos acercarse. Los borraremos de un plumazo, del mismo
modo que el mistral se lleva las hojas de los árboles.
–Esperemos que así sea -dijo Bowgentle con expresión de
duda-. Sus fuerzas son masivas. Da la impresión de que están
ignorando por primera vez sus tácticas habituales. – ¡Qué tontos! –
exclamó el conde Brass-. Siempre les he admirado por la forma en
que solían extenderse, describiendo un amplio semicírculo. De ese
modo, siempre podían reforzar su retaguardia antes de avanzar.
Ahora se van a encontrar con territorios todavía no conquistados
situados en sus dos flancos, y también con ejércitos enemigos
capaces de cortarles la retaguardia. Si les derrotamos lo pasarán
muy mal para poder retirarse. La sed de venganza que siente el
barón Meliadus contra nosotros le ha privado de su buen sentido.
–Pero si ganan -dijo Hawkmoon con suavidad-, habrán creado
un camino de penetración que llegará de un océano a otro, y de ese
modo el resto de sus conquistas será más fácil.
–Es posible que Meliadus justifique su acción de ese modo -
admitió Bowgentle-. Me temo que podría tener razón al anticipar tal
desenlace. – ¡Tonterías! – gruñó Von Villach -. Nuestras torres
resistirán los embates de Granbretan.
–Han sido diseñadas para resistir un ataque por tierra -señaló
Bowgentle -. Pero no hemos tenido en cuenta las naves aéreas del
Imperio Oscuro.
–Disponemos de nuestro propio ejército aéreo -observó el conde
Brass.
–Sí. pero los flamencos no son de metal -replicó Bowgentle.
Hawkmoon se levantó de su asiento. Seguía llevando el peto de
cuero negro y los grebones que le había entregado Meliadus. El
cuero crujió al moverse.
–Dentro de unas pocas semanas, los ejércitos del Imperio
Oscuro estarán ante nuestras puertas -dijo -. ¿Qué preparativos
debemos hacer?
–En primer lugar, debemos estudiar esto -dijo Bowgentle tocando
el gran mapa que llevaba enrollado bajo el brazo.
–Extendedlo sobre esa mesa -dijo el conde Brass señalándola.
Cuando Bowgentle extendió el mapa, utilizando copas de vino
para sostener las esquinas, el conde Brass, Hawkmoon y Von
Villach se reunieron a su alrededor. El mapa mostraba los territorios
de Camarga, así como algunos cientos de kilómetros de la tierra que
los rodeaba.
–Sus ejércitos avanzan siguiendo más o menos la orilla oriental
del río -dijo el conde Brass indicando la ondulante línea del
Ródano-. Por lo que nos ha dicho el mensajero, dentro de una
semana deberían estar aquí.
–Su dedo señaló las colinas que rodeaban Cevennes-. Debemos
enviar exploradores para asegurarnos de conocer todos sus
movimientos con anticipación. Después, cuando lleguen a los límites
de nuestro territorio, deberemos agrupar todas nuestras fuerzas
exactamente en la posición correcta.
–Es posible que envíen por delante a sus ornitópteros -señaló
Hawkmoon -. ¿Qué haremos entonces?
–Mantendremos en el aire a nuestros propios exploradores
aéreos, y de ese modo podremos descubrirlos anticipadamente -
gruñó Von Villach-. Y las guarniciones de las torres podrán
entendérselas con ellos si los flamencos no pueden.
–Nuestras fuerzas actuales son escasas -observó Hawkmoon-,
de modo que dependeremos casi por completo de esas torres, que
tendrán que limitarse a desarrollar una acción netamente defensiva.
–Eso es todo lo que necesitamos hacer -puntualizó el conde
Brass-. Esperaremos dentro de nuestras fronteras, distribuyendo
fuerzas de infantería para rellenar los huecos existentes entre las
torres, y utilizaremos heliógrafos y otros señalizadores para dirigir la
potencia de fuego de las torres hacia donde más se necesite.
–De ese modo sólo vamos a intentar detener su ataque contra
nosotros -dijo Bowgentle con una ligera entonación sarcástica-. No
tenemos más intención que la de resistir.
–Exactamente, Bowgentle -admitió el conde Brass mirándole y
frunciendo el ceño-. Seríamos unos estúpidos si pretendiéramos
atacarles… Somos demasiado pocos contra muchos. Nuestra única
esperanza de supervivencia consiste en depender de las torres y
demostrarle al rey-emperador y a sus lacayos que en Camarga
podemos resistir cualquier cosa que intente, ya se trate de una
batalla abierta o de un largo asedio, o de un ataque por tierra, mar o
aire. Sería una insensatez extender nuestras fuerzas más allá de
nuestras fronteras. – ¿Y qué decís vos, amigo Hawkmoon? –
preguntó Bowgentle -. Sois el único que tenéis experiencia de
combate con el Imperio Oscuro.
Hawkmoon guardó un momento de silencio, consultando el
mapa.
–Comprendo el sentido de la táctica del conde Brass -dijo al fin-.
He aprendido a costa mía que no se puede plantear una batalla
abierta contra Granbretan. Pero se me ocurre pensar que podríamos
hacer algo para inclinar un poco más la balanza a nuestro favor,
siempre y cuando pudiéramos elegir el terreno donde librar la
batalla. ¿En qué lugar son más fuertes nuestras defensas?
Von Villach señaló una zona situada al sudeste del Ródano.
–Aquí es donde las torres son más sólidas y el terreno es más
abrupto, lo que permitiría agruparse a nuestros hombres. El terreno
en el que tendrá que luchar el enemigo, por el contrario, está lleno
de marismas en esta época del año, y eso les causaría algunas
dificultades. – Se encogió de hombros y añadió-: Pero ¿de qué sirve
discutir lo que más nos gustaría? Serán ellos los que elijan el punto
del ataque, no nosotros.
–A menos que se les pueda atraer hacia esa zona -puntualizó
Hawkmoon. – ¿Cómo lo conseguiríais? ¿Desencadenando una
tormenta de cuchillos? – preguntó el conde Brass sonriendo.
–Algo así -admitió Hawkmoon-. Con la ayuda de un par de
cientos de guerreros montados… que nunca aceptarían entablar
una batalla abierta. Un grupo de combate capaz de aguijonear
constantemente sus flancos podría desviarlos, con un poco de
suerte, hacia esa zona, del mismo modo que los perros conducen a
los toros.
Al mismo tiempo, los tendríamos siempre a la vista y podríamos
enviaros mensajes, de modo que supierais en todo momento dónde
se encuentran exactamente.
El conde Brass se acarició el bigote y miró a Hawkmoon con una
expresión de respeto.
–Ésa es una de mis tácticas preferidas. Quizá, después de todo,
esté actuando a mis años de un modo excesivamente prudente. Si
fuera más joven, probablemente habría imaginado un plan bastante
similar. Podría funcionar, joven Hawkmoon, siempre y cuando
tuviéramos bastante suerte.
–Ah… -exclamó Von Villach aclarándose la garganta-. Suerte y
perseverancia. ¿Os dais cuenta de lo que estáis hablando,
muchacho? Habrá muy poco tiempo para dormir, y tendréis que
estar en guardia en todo momento. Lo que estáis considerando
representa una tarea muy penosa. ¿Seréis lo bastante hombre
como para llevarla a cabo? ¿Y podrán soportarla los soldados que
os llevéis? Además, hay que considerar la acción de las máquinas
voladoras…
–Sólo necesitaremos vigilar cuidadosamente a sus exploradores
-dijo Hawkmoon-, ya que golpearemos y huiremos antes de que
pueda levantar el vuelo la mayor parte de su fuerza aérea. Vuestros
hombres conocen bien el terreno… y saben dónde ocultarse.
–Debemos hacer otra consideración -dijo Bowgentle apretando
los labios-. La razón por la que avanzan a lo largo del río es para
estar cerca de su línea de suministros fluvial. Utilizan el río para
acarrear provisiones, utillaje, máquinas de guerra, ornitópteros…, lo
cual, a su vez. explica por qué se están moviendo con tanta rapidez.
¿Cómo se les va a poder inducir a abandonar ese esquema con
todo su bagaje?
Hawkmoon lo pensó durante un rato y por fin sonrió
burlonamente.
–No es una pregunta tan difícil de contestar -dijo-.
Escuchadme…
Al día siguiente, Dorian Hawkmoon salió a cabalgar por las
salvajes marismas, con lady Yisselda a su lado.
Habían pasado mucho tiempo juntos desde su recuperación, y él
se sentía profundamente atraído hacia ella, a pesar de que parecía
dedicarle muy poca atención. En cuanto a Yisselda, se contentaba
con permanecer cerca de él, aunque a veces experimentaba cierto
resentimiento por el hecho de que él no le hiciera ninguna
demostración de afecto. No sabía que eso era precisamente lo que
él más deseaba hacer, pero que sentía por ella una cierta
responsabilidad que le obligaba a controlar su deseo natural de
cortejarla. Sabía que en cualquier momento de la noche o del día
podía convertirse de pronto en una criatura babeante y sin mente,
totalmente privada de su humanidad. Vivía sabiendo
constantemente que el poder de la Joya Negra podía traspasar los
límites entre los que había sido encerrada por el hechizo del conde
Brass, y que poco después de que eso sucediera, los lores de
Granbretan darían a la joya toda su fuerza vital para que le devorara
la mente.
Así pues, no le dijo que la amaba y que había sido precisamente
ese amor el que se había agitado primero en su mente más
profunda, gracias a lo cual el conde Brass le había perdonado la
vida. Ella, por su parte, era demasiado tímida como para hablarle de
su propio amor.
Cabalgaron juntos sobre las marismas, experimentando la
sensación del viento en sus rostros, envueltos en sus capas,
galopando más rápidamente de lo que era aconsejable por entre los
caminos semiocultos batidos por el viento, por entre los lagos y los
charcos superficiales, perturbando la existencia de las codornices y
los patos, haciéndoles salir volando, asustados, encontrándose con
manadas de caballos salvajes a los que espantaban, alarmando
igualmente a los toros blancos, galopando por las extensas playas
donde las olas se deshacían en espuma blanca por entre la que
chapoteaban los cascos de los caballos, bajo las sombras de las
vigilantes torres, riendo y deteniendo finalmente sus monturas para
contemplar el mar y gritar por encima del silbante sonido del mistral.
–Bowgentle me dijo que os marcháis mañana -dijo ella
aprovechando un instante en que disminuyó la fuerza del viento y
todo quedó repentinamente tranquilo.
–Sí, mañana. – Volvió hacia ella su semblante triste y después,
rápidamente, se volvió de nuevo hacia el otro lado-. Mañana. Pero
no tardaré en regresar.
–No permitáis que os maten, Dorian.
–No creo que mi destino sea el de caer muerto por Granhretan -
replicó él, sonriendo confiadamente-. Si fuera así…, ya habría
muerto varias veces.
Ella quiso decir algo pero entonces el viento volvió a soplar con
furia, revolviéndole el pelo alrededor de la cara. Él se inclinó para
apartarlo, sintió la suavidad de la piel en sus dedos y deseó con
todo su corazón poder coger aquel rostro entre las manos y besarlo
dulcemente con sus labios. Yisselda levantó la mano para coger la
de él y mantenerla donde estaba, pero Hawkmoon la retiró
suavemente, hizo dar la vuelta a su caballo y lo lanzó al galope, de
regreso hacia el castillo de Brass.
Las nubes se arremolinaban en el cielo, por encima de los
inclinados juncos y el agua ondulante de las marismas. Empezó a
caer una lluvia ligera, apenas lo suficiente como para humedecer
sus hombros. Después, ambos cabalgaron despacio, uno junto al
otro, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Vestido con una cota de malla desde el cuello hasta los pies, con
un casco de acero provisto de nariguera para protegerle la cabeza y
el rostro, y armado con una larga y ancha espada que le colgaba del
cinto y un amplio escudo sin insignia, Dorian Hawkmoon levantó la
mano para ordenar a sus hombres que se detuvieran. Los hombres
iban fuertemente armados, con arcos y flechas, hondas, algunas
lanzas de fuego, hachas y lanzas, cualquier cosa capaz de ser
lanzada desde cierta distancia. Las llevaban colgando de las
espaldas, de las sillas de montar, de los costados; las sostenían con
las manos y colgaban de sus cintos. Hawkmoon desmontó y siguió a
su escolta hacia la cresta de la colina, agachándose y moviéndose
con precaución.
Una vez que llegó arriba se tumbó en el suelo y miró hacia el
valle que se extendía más abajo, por donde pasaba el río. Era la
primera vez que veía todo el poder de los ejércitos de Granbretan.
Era como una vasta legión surgida de los infiernos que se movía
lentamente hacia el sur, un batallón de infantería tras otro, un
escuadrón de caballería tras otro, con todos los hombres
enmascarados de tal modo que parecía como si todo el reino animal
marchara contra Camarga. Altas banderolas ondeaban al viento,
sobresaliendo de esta fuerza, y los estandartes de metal se
balanceaban en los extremos de largas lanzas. Allí estaba el
estandarte de Asrovak Mikosevaar, con su sonriente calavera en
cuyo hombro aparecía un buitre, y bajo la cual se había bordado la
frase ¡MUERTE A LA VIDA! La diminuta figura que se balanceaba
sobre la silla, cerca del estandarte, debía de corresponder al propio
Asrovak Mikosevaar. Junto al barón Meliadus, era uno de los más
despiadados señores de la guerra de Granbretan. Cerca distinguió
el estandarte del felino, correspondiente al duque de Vendel, gran
jefe de dicha orden; más allá estaba el estandarte de lord Jarak
Nankenseen. y otros muchos cientos de banderas similares,
pertenecientes a otras tantas cientos de órdenes.
Hasta la bandera de la Mantis se encontraba allí, aunque su gran
jefe estaba ausente, pues no era otro que el propio rey-emperador
Huon. Pero al frente de todos ellos cabalgaba la figura de Meliadus.
con su máscara de lobo, portando su propio estandarte, la figura de
un lobo rampante. y hasta su propio caballo, acorazado con su
armadura, parecía la cabeza de un lobo gigantesco.
La tierra se estremecía, incluso desde aquella distancia, a
medida que el ejército avanzaba, y el aire portaba hasta la colina el
sonido metálico del entrechocar de las armas, y un olor a sudor y a
animales.
Hawkmoon no se quedó mucho tiempo contemplando el avance
del ejército. Su mirada se concentró en observar más allá, donde
discurría el río. lleno con un gran número de barcazas pesadamente
cargadas que se apretaban unas contra otras, formando un conjunto
tan espeso que casi ocultaban las aguas del río. Sonrió y le susurró
al escolta que estaba a su lado:
–Eso viene muy bien para nuestro plan, ¿lo veis? Todas sus
naves están juntas. Vamos, tenemos que rodear su ejército y cruzar
al otro lado desde una gran distancia a su retaguardia.
Bajaron la colina corriendo. Hawkmoon montó en su silla e hizo
señas a sus hombres con la mano para que continuaran avanzando.
Siguiéndole, el grupo se lanzó al galope. Sabían que no podían
perder el tiempo.
Cabalgaron durante la mayor parte del día, hasta que el ejército
de Granbretan no fue más que una lejana nube de polvo hacia el
sur, y el río quedó libre de embarcaciones del Imperio Oscuro. Se
encontraban en una zona donde el Ródano se estrechaba y sus
aguas eran más superficiales, ya que atravesaban un curso de agua
artificial hecho de piedra antigua, cruzado por un bajo puente de
piedra. En uno de los lados el terreno era plano, mientras que en el
otro formaba un suave declive que descendía, terminando en un
valle.
Cuando llegó la noche, Hawkmoon vadeó esta parte del río,
inspeccionando cuidadosamente las riberas de piedra y el puente, y
comprobando la naturaleza del propio lecho del río, mientras el agua
se arremolinaba alrededor de sus piernas, dejándoselas heladas al
penetrar por entre los intersticios de su cota de malla. El curso de
agua estaba en malas condiciones. Había sido construido antes del
Milenio Trágico y apenas había sido reparado desde entonces. Lo
habían construido para desviar el río por alguna razón. Ahora,
Hawkmoon tenía intenciones de darle un nuevo uso.
En la orilla, esperando su señal, se habían agrupado sus
lanceros, sosteniendo cuidadosamente las largas y pesadas lanzas
de fuego. Hawkmoon regresó a la orilla y empezó a señalar ciertos
lugares del puente y de las orillas. Los lanceros saludaron y
empezaron a moverse en las direcciones que él les había indicado,
levantando sus armas. Hawkmoon extendió un brazo hacia el oeste,
allí donde el terreno formaba un declive y les llamó, señalándolo.
Los hombres asintieron.
Cuando aún se hizo más de noche, unas llamaradas rojas
empezaron a surgir de las bocas ahusadas de las armas,
abriéndose paso por entre la piedra, convirtiendo el agua en vapor
hirviente, hasta que todo fue caos y calor.
Las lanzas de fuego cumplieron su tarea; después, de pronto, se
escuchó un gran crujido y el puente se vino abajo sobre el río
enviando el agua en todas direcciones. Ahora, los lanceros de fuego
volvieron su atención hacia la ribera occidental, desprendiendo
bloques que cayeron igualmente sobre las aguas, formando así una
especie de represa ante la que se iba amontonando el agua.
A la mañana siguiente, el agua ya se precipitaba por un nuevo
curso, en dirección ai valle, y sólo una débil corriente seguía
fluyendo por lo que hasta entonces había sido el lecho original del
río.
Cansados pero satisfechos, Hawkmoon y sus hombres se
miraron sonrientes y montaron en sus caballos, volviendo grupas
para regresar por la misma dirección por donde habían venido.
Acababan de lanzar su primer golpe contra Granbretan. Y era un
golpe muy efectivo.
Hawkmoon y sus soldados descansaron en las colinas durante
unas pocas horas y después reanudaron la marcha hacia donde se
hallaba el ejército del Imperio Oscuro.
Hawkmoon sonrió, a cubierto entre unos matorrales, sonrió al
mirar hacia el valle y observar la escena de confusión que allí se
desplegaba.
El río se había convertido ahora en un cenagal de barro oscuro y
en medio de su cauce, como ballenas varadas en medio de una
playa, estaban las barcazas de batalla de Granbretan, algunas con
las proas elevadas y las popas hundidas en el barro del lecho del
río. otras tumbadas de costado, con las máquinas de guerra
desparramadas por cualquier parte, el ganado mugiendo de pánico
y las provisiones estropeadas. Y en medio de toda aquella
confusión, los soldados, chapoteando en el barro, intentaban
transportar a tierra seca las cargas llenas de barro, liberar a los
caballos de las cuerdas que los sujetaban, y rescatar a las ovejas.
cerdos y vacas que se agitaban salvajemente entre el barro.
Hasta él llegaban los fuertes ruidos producidos por los animales
y los gritos de los hombres. Las hileras ordenadas y uniformes que
Hawkmoon había visto antes se habían roto ahora. En las orillas, los
orgullosos caballeros se veían obligados a utilizar sus monturas
como animales de carga para transportar los fardos más cerca de
tierra firme. Por todas partes se habían levantado campamentos, al
darse cuenta Meliadus de la imposibilidad de continuar su avance
hasta que no se hubiera recuperado toda la carga de las barcazas
de transporte. Aunque se habían apostado guardias alrededor de los
campamentos, todos ellos tenían puesta su atención en lo que
sucedía en el río, y no en las colinas donde Hawkmoon y sus
hombres esperaban pacientemente.
La tarde ya estaba muy avanzada, y como los ornitópteros no
podían volar de noche, el barón Meliadus no se enteraría hasta el
día siguiente de la razón exacta del repentino y sorprendente
resecamiento del río. Entonces, según esperaba el propio
Hawkmoon, enviaría río arriba a sus equipos de zapadores para
tratar de reparar el daño; pero Hawkmoon estaría preparado para tal
eventualidad.
Ahora había llegado el momento de preparar a sus hombres.
Arrastrándose, retrocedió, bajando hacia la depresión que formaba
la colina, donde sus hombres vivaqueaban, y conferenció con sus
capitanes. Tenía el proyecto de perseguir un objetivo particular que
confiaba ayudaría a desmoralizar a los guerreros de Granbretan.
Cayó la noche y, a la luz de las hogueras, los hombres del valle
continuaron su trabajo, moviendo a mano las pesadas máquinas de
guerra, dirigiéndolas poco a poco hacia la orilla, y transportando
cajas de provisiones hacia las elevadas orillas del río. Meliadus,
cuya impaciencia por llegar a Camarga no permitía descanso alguno
a sus hombres, cabalgaba entre los agotados y sudorosos soldados,
urgiéndoles a darse prisa. Detrás de él se levantaban los
estandartes de cada orden, rodeados por un gran círculo de tiendas,
aunque muy pocas de ellas estaban ocupadas en aquellos
momentos, ya que la mayor parte del ejército seguía dedicado al
trabajo.
Nadie descubrió las sombras de los guerreros montados cuando
éstos se aproximaron. Los caballos descendieron suavemente de
las colinas y cada jinete iba envuelto en una capa oscura.
Hawkmoon detuvo su caballo y se llevó la mano derecha al
costado izquierdo, de donde colgaba la fina espada que Meliadus le
había entregado. La desenvainó, levantándola por un momento en
el aire y después señaló con su punta hacia el frente. Era la señal
para lanzarse a la carga.
Sin lanzar gritos de guerra, produciendo únicamente el sonido
del retumbar de los cascos de los caballos y el tintineo metálico de
sus armas y arneses, los camarguianos se lanzaron al ataque,
conducidos por Hawkmoon, inclinado sobre el cuello de su animal,
que se abalanzó directamente contra un sorprendido guardia. La
espada alcanzó al hombre en el cuello y el guardia se derrumbó con
un sonido gorgoteante. Cruzaron por entre las primeras tiendas,
cortando las cuerdas que las sostenían, destrozando a los pocos
hombres armados que intentaron detenerles, sin que los
granbretanianos tuvieran la menor idea de quiénes les estaban
atacando.
Hawkmoon llegó al centro del primer círculo, y su espada trazó
un amplio arco, dando un golpe cortante sobre el estandarte que se
elevaba allí, perteneciente a la orden del Perro. El palo que lo
sostenía crujió, gimió y finalmente cayó sobre una de las hogueras
levantando una gran cantidad de chispas.
Hawkmoon no se detuvo a mirar; espoleó a su caballo hacia el
centro del enorme campamento. En la orilla del río no cundió la
alarma, pues era tal el ruido producido por los propios
granbretanianos, que no pudieron escuchar el que estaban creando
los invasores.
Tres hombres con sus corazas a medio poner se dirigieron
contra Hawkmoon. Tiró del caballo hacia un lado e hizo oscilar su
espada a derecha e izquierda, deteniendo los golpes que le dirigían
y logrando desarmar a uno de ellos. Los otros dos presionaron más,
pero Hawkmoon rebanó de un tajo una de las muñecas que se
adelantaban contra él. El otro guerrero retrocedió y Hawkmoon se
abalanzó contra él hasta que su espada le destrozó el pecho.
El caballo se encabritó y Hawkmoon se esforzó por controlarlo,
obligándolo después a cruzar por entre otra hilera de tiendas,
seguido por sus hombres. Salió entonces a un espacio abierto y vio
que su camino se hallaba bloqueado por la presencia de un grupo
de guerreros vestidos únicamente con sus ropas de dormir y
armados con espadas. Hawkmoon gritó una orden a sus hombres,
que se desparramaron hacia los flancos para lanzarse en tromba
contra la línea defensiva, con las espadas tendidas al frente. Casi
con un solo movimiento mataron o pusieron en fuga la línea de
guerreros y lograron así pasar al siguiente círculo de tiendas, donde
siguieron cortando las cuerdas de aquéllas. A medida que lo hacían,
las tiendas se desmoronaban sobre quienes las ocupaban.
Finalmente, con la espada reluciente de sangre, Hawkmoon se
abrió paso hacia el centro de este nuevo círculo, encontrando allí lo
que andaba buscando: el orgulloso estandarte de la orden de la
Mantis, cuyo gran jefe era el propio rey-emperador. Había un grupo
de guerreros a su alrededor poniéndose los cascos y ajustándose
los escudos. Sin esperar a ver si sus hombres le seguían,
Hawkmoon se lanzó hacia ellos emitiendo un poderoso grito de
guerra. El brazo que sostenía la espada experimentó un fuerte
estremecimiento cuando ésta golpeó contra el escudo del guerrero
más cercano, que alcanzó el rostro del hombre que se protegía tras
él, haciéndole retroceder, arrojando sangre por la boca destrozada.
Inmediatamente, Hawkmoon lanzó la espada hacia un lado,
cortando otra cabeza. Su hoja se elevaba y caía como una máquina
de matar implacable. Sus hombres se le unieron ahora, haciendo
retroceder más y más a los defensores que formaban un grupo cada
vez más apretado alrededor del estandarte de la Mantis.
Hawkmoon hizo una mueca, se inclinó hacia adelante y, con un
movimiento de la espada, le sacó a un hombre el casco de la
cabeza y se la partió en dos. Después, se inclinó y arrancó el
estandarte de la Mantis de donde estaba clavado en la tierra, lo
levantó para mostrarlo a sus hombres e hizo dar media vuelta a su
caballo, disponiéndose a cabalgar de nuevo hacia las colinas. No
sería nada difícil dejar atrás los cadáveres y las tiendas
destrozadas.
A su espalda, escuchó el grito de un guerrero herido: -¿Lo has
visto? ¡Llevaba una joya negra incrustada en la frente!
Supo así que el barón Meliadus no tardaría en comprender quién
había asaltado su campamento arrebatándole el estandarte más
precioso de todo el ejército.
Se volvió hacia la dirección de donde había partido el grito, hizo
ondear triunfalmente el estandarte y lanzó una risa salvaje y
burlona. – ¡Hawkmoon! – gritó-. ¡Hawkmoon!
Era el viejo grito de guerra de sus antepasados. Ahora, había
surgido inconscientemente en sus labios, estimulado por el afán de
que su gran enemigo Meliadus, el destructor de su linaje, supiera
quién se le oponía.
El semental azabache que montaba se levantó sobre sus patas
traseras, con los belfos abiertos y los ojos brillantes, se mantuvo así
durante un instante y después descendió y se lanzó al galope por
entre la enorme confusión que reinaba en el campamento.
Detrás de él cabalgaban sus guerreros montados, aguijoneados
por la furiosa risa de Hawkmoon.
No tardaron en llegar de nuevo a las colinas, dirigiéndose hacia
el campamento secreto que ya habían preparado. Detrás de ellos,
los hombres de Meliadus se movían a ciegas de un lado a otro.
Hawkmoon vio que la escena de las secas orillas del río se había
hecho aún más confusa, y que las antorchas se movían
apresuradamente en dirección al campamento recién asaltado.
Gracias a su perfecto conocimiento del terreno, los hombres de
Hawkmoon no tardaron en distanciarse de sus perseguidores hasta
que finalmente llegaron a una colina rocosa donde el día anterior
habían camuflado la entrada de una gran cueva. Ahora se metieron
en ella, desmontando rápidamente y volviendo a colocar el
camuflaje. La cueva era enorme, y más allá había cavernas incluso
mayores, lo bastante grandes como para ocultar a toda la fuerza y
sus caballos. Una pequeña corriente de agua se deslizaba por la
caverna más alejada, donde se habían guardado provisiones para
varios días. A lo largo de todo el camino de regreso hacia Camarga
se habían preparado otras cuevas similares.
Alguien encendió antorchas y Hawkmoon desmontó, dejando el
estandarte de la Mantis en un rincón. Sonrió burlonamente mirando
el rostro rubicundo de Pelaire, su lugarteniente.
–Mañana, Meliadus enviará zapadores a nuestra represa, una
vez que los ornitópteros le hayan informado de la causa de sus
dificultades. Debemos asegurarnos de que no destruyan el hermoso
trabajo que hemos hecho.
–Sí -asintió Pelaire -, pero aun cuando destruyamos a un grupo,
enviará a otro.
–Y a otro, sin duda alguna -admitió Hawkmoon encogiéndose de
hombros-. Pero confío en su impaciencia por llegar a Camarga.
Terminará por darse cuenta de que no vale la pena perder tiempo y
hombres tratando de volver a encauzar el río. Entonces continuará
su avance…, y si tenemos suerte y sobrevivimos, quizá podamos
empujarlo hacia el sudeste de nuestras fronteras.
Pelaire había empezado a contar el número de los guerreros que
habían regresado. Hawkmoon esperó a que terminara y después
preguntó: -¿Cuántas bajas hemos tenido?
–Ninguna, señor… -contestó Pelaire con una expresión de
regocijo e incredulidad-. ¡No hemos perdido un solo hombre!
–Eso es un buen augurio -dijo Hawkmoon palmeando la espalda
de Pelaire-. Ahora tenemos que descansar, pues mañana nos queda
un largo camino que recorrer.
Al amanecer, el guardia que Hawkmoon había apostado a la
entrada regresó trayendo malas noticias.
–Una máquina voladora -le informó al duque, que estaba
lavándose en la corriente de agua-, ha estado describiendo círculos
desde hace diez minutos, sobrevolando la zona. – ¿Creéis que el
piloto ha podido sospechar algo…, distinguir nuestras huellas,
quizá? – preguntó Pelaire.
–Imposible -contestó Hawkmoon secándose el rostro-. Las rocas
no permitirían ver nada incluso a alguien que hubiera tratado de
seguirnos por tierra. Tenemos que esperar el momento más
oportuno… Los ornitópteros no pueden permanecer durante mucho
tiempo en el aire sin regresar a repostar.
Sin embargo, una hora más tarde, el guardia regresó para
informar que el primer ornitóptero había sido sustituido por un
segundo. Hawkmoon se mordió un labio y después tomó una
decisión.
–Se nos acaba el tiempo. Tenemos que llegar a la represa antes
de que los zapadores inicien su trabajo.
Tendremos que recurrir a un plan bastante más arriesgado de lo
que me había imaginado…
Rápidamente, llamó a uno de sus hombres y le habló; después,
ordenó que se acercaran dos lanceros de fuego y finalmente ordenó
al resto de sus hombres que ensillaran los caballos y se dispusieran
a abandonar la cueva.
Un poco más tarde, un jinete solitario salió de la caverna y
empezó a descender lentamente la suave pendiente rocosa.
Observando desde la caverna. Hawkmoon vio el brillo del sol
reflejado en el gran cuerpo metálico de la máquina voladora, cuyas
alas mecánicas se balanceaban ruidosamente en el aire al tiempo
que descendía hacia el jinete solitario. Hawkmoon ya había previsto
la curiosidad del piloto. Ahora hizo un gesto con la mano y los dos
lanceros de fuego elevaron sus pesadas y largas armas, cuyos
tubos ya empezaban a enrojecer, preparados.
Las desventajas de la lanza de fuego consistían en que no se
podían manejar instantáneamente, y en que a menudo se
calentaban demasiado como para poderlas manejar.
El ornitóptero trazaba círculos cada vez más bajos. Los ocultos
lanceros de fuego levantaron sus armas. Se pudo ver al piloto,
inclinado sobre la cabina, con la máscara de cuervo dirigida hacia
abajo.
–Ahora -murmuró Hawkmoon.
Las llamaradas rojas abandonaron los cañones de las lanzas
como si fueran una sola. La primera se estrelló contra la parte lateral
del ornitóptero y sólo calentó un poco la armadura. Pero la segunda
estalló contra el cuerpo del piloto, que empezó a arder casi
instantáneamente. El piloto trató de apagar el fuego con las manos,
abandonando los delicados controles de la máquina. Las alas se
movieron erráticamente y el ornitóptero se retorció en el aire, se
inclinó hacia un lado y se precipitó a tierra con el piloto tratando de
recuperar el control.
Chocó contra una colina cercana desmembrándose en trozos,
con las alas todavía batiendo por un instante más. y el desgarrado
cuerpo del piloto a varios metros de distancia; finalmente, se produjo
un estallido y se escuchó un extraño chasquido. La máquina no se
incendió pero sus fragmentos quedaron desparramados por toda la
colina. Hawkmoon no comprendía las peculiaridades de la unidad de
potencia utilizada por los ornitópteros. pero una de ellas era la forma
en que explotaban.
Hawkmoon montó en su semental negro e hizo señas a sus
hombres para que le siguieran. Pocos instantes después bajaban al
galope la suave pendiente rocosa de la colina, dirigiéndose hacia la
represa que habían creado el día anterior en el curso superior del
río.
El día de invierno era brillante y claro, y el aire muy vigorizante.
Cabalgaron con cierta confianza, alegres por el éxito alcanzado la
noche anterior. Ralentizaron el paso al llegar cerca de la represa,
vieron el río, que ahora seguía su nuevo curso, y observaron desde
lo alto de la colina un destacamento de guerreros y zapadores,
dedicados a inspeccionar el puente roto que bloqueaba el antiguo
curso de agua. Después, se lanzaron a la carga, con los lanceros de
fuego montados a la cabeza, firmemente apoyados en los estribos al
tiempo que manejaban sus terribles armas.
Diez líneas de fuego surgieron en dirección de los sorprendidos
granbretanianos. convirtiendo a los hombres en antorchas vivientes
que corrían gritando en busca del agua. El fuego se extendió por
entre las filas de hombres con sus máscaras de topos y tejones, asi
como por entre el destacamento de protección, con sus máscaras
de buitres…, los mercenarios de Asrovak Mikosevaar. A
continuación, los hombres de Hawkmoon se abalanzaron sobre
ellos, y el aire se llenó con el estruendo de sus armas. Hachas
ensangrentadas se elevaron en el aire, las espadas repartieron tajos
a diestro y siniestro, los hombres lanzaron gritos de agonía y los
caballos bufaron y relincharon, golpeando con sus cascos.
El caballo de Hawkmoon, protegido por una cota de malla, se
tambaleó cuando un hombre enorme lanzó contra él una gran hacha
de guerra de doble filo. El caballo cayó, arrastrando con él a
Hawkmoon y atrapándole con su cuerpo. El hachero, con la cabeza
cubierta por la máscara de buitre, se acercó levantando el arma
sobre la cabeza de Hawkmoon. Éste sacó un brazo de debajo del
cuerpo del animal. Sostenía la espada en alto, y la movió justo a
tiempo para detener la mayor parte de la fuerza del golpe. El caballo
volvió a incorporarse.
Hawkmoon se levantó a su vez, soltó las riendas y, al mismo
tiempo, se protegió del hacha que volvía a lanzarse contra él.
Las armas entrechocaron una, dos, tres veces, hasta que a
Hawkmoon le dolió el brazo que sostenía la espada.
Entonces, deslizó hacia un lado el mango de la espada y alcanzó
con él las muñecas del hachero. Una de las manos del adversario
de Hawkmoon soltó el hacha y el hombre lanzó un juramento desde
el interior de su máscara. Hawkmoon le golpeó la máscara de metal
con toda la fuerza de su espada, abollándola. El hombre lanzó un
gemido y se tambaleó hacia atrás. Hawkmoon agarró la espada con
ambas manos y la volvió a dirigir contra la cabeza. La máscara de
buitre se partió, dejando al descubierto un rostro ensangrentado,
cuya boca, rodeada por una barba, gritaba pidiendo piedad. Los ojos
de Hawkmoon se estrecharon, pues detestaba mucho más a los
mercenarios que a los propios granbretanianos. Lanzó un tercer
golpe contra la cabeza, abriéndole un gran agujero y haciendo
retroceder al hombre, ya muerto, que se desmoronó contra uno de
sus compañeros, enzarzado en la lucha contra un jinete
camarguiano.
Hawkmoon volvió a montar y dirigió a sus hombres contra los
restos del destacamento de la legión Buitre, golpeando y
destrozando cuerpos, sumidos todos ellos en una verdadera fiebre
de sangre, hasta que sólo quedaron los zapadores, apenas armados
con espadas cortas. Sin embargo, los zapadores presentaron muy
poca resistencia y no tardaron en ser diezmados. Sus cuerpos
quedaron tendidos sobre la represa, y algunos fueron arrastrados
por las aguas que habían intentado liberar.
Mientras cabalgaban de regreso hacia las colinas, Pelaire miró a
Hawkmoon y exclamó: -¡No tenéis piedad alguna, capitán!
–Así es -replicó el duque con aire ausente-. Ninguna piedad.
Todos los granbretanianos o los que luchan a su favor, son
enemigos míos, ya se trate de hombres, mujeres o niños.
Esta vez habían perdido ocho hombres. Habían vuelto a tener
mucha suerte, teniendo en cuenta la fuerza del destacamento que
acababan de destruir. Los granbretanianos estaban acostumbrados
a masacrar a sus enemigos, y no estaban habituados a ser
atacados de aquella manera. Quizá eso explicaba las pocas
pérdidas que habían sufrido hasta el momento los hombres de
Camarga.
Meliadus envió cuatro expediciones más para destruir la represa,
cada una de ellas acompañada por fuerzas más y más numerosas.
Todas fueron destruidas por los repentinos ataques lanzados por los
jinetes de Camarga, y aún quedaban ciento cincuenta hombres de
los doscientos que habían partido con Hawkmoon. Esta exigua
fuerza sería suficiente para llevar a cabo la segunda parte del plan
concebido por Hawkmoon: empujar a los ejércitos de Granbretan,
estorbados por las máquinas de guerra y los suministros que tenían
que transportar ahora por tierra, de modo que poco a poco se fueran
dirigiendo hacia el sudeste.
Hawkmoon decidió no seguir atacando durante el día, cuando los
ornitópteros describían grandes círculos en el cielo, sino que prefirió
lanzar sus asaltos por la noche. Sus lanceros de fuego quemaban
grupos de tiendas, abrasando a sus ocupantes, mientras que sus
flechas derribaban a los hombres destinados a montar la guardia
alrededor de las tiendas, así como a los pequeños grupos de
exploradores que salían durante el día para intentar encontrar los
lugares donde los camarguianos tenían sus campamentos secretos.
Las espadas apenas se secaban cuando ya tenían que ser
utilizadas de nuevo. Las hachas se despuntaron a causa de su
terrible trabajo, y las pesadas lanzas de Camarga empezaron a
fallar. Hawkmoon y sus hombres se sentían agotados, con los ojos
enrojecidos por la falta de sueño, ya que a veces apenas si podían
desmontar de sus sillas, librándose a menudo por los pelos de ser
descubiertos por los ornitópteros o las patrullas de exploradores. No
obstante, se aseguraban de que el camino seguido a lo largo del río
quedara lleno de cadáveres de granbretanianos.
Tal y como había supuesto Hawkmoon, Meliadus no perdió el
tiempo intentando buscar a la partida de guerrilleros. Su impaciencia
por llegar a Camarga era incluso superior al gran odio que abrigaba
contra Hawkmoon y, sin duda alguna, pensaba que una vez se
hubiera apoderado de Camarga tendría tiempo suficiente para
vérselas con él.
Sólo en una ocasión estuvieron ambos lo bastante cerca como
para enfrentarse directamente, cuando Hawkmoon y sus jinetes, que
se movían por entre las tiendas, incendiándolas y acuchillando
enemigos, ya se disponían a abandonar el campo ante la
proximidad del amanecer. Meliadus montó en su caballo, se puso al
frente de un grupo de su caballería de lobos, y distinguió a
Hawkmoon. ocupado en aquellos momentos en despachar a dos
hombres aprisionados entre una tienda caída. El barón se lanzó a la
carga contra él.
Hawkmoon levantó la vista, levantó la espada para detener el
golpe que le dirigía Meliadus y sonrió burlonamente, al tiempo que
hacía retroceder gradualmente el arma de su enemigo.
Meliadus gruñó cuando Hawkmoon le obligó a retrocer su brazo
más y más.
–Os tengo que dar las gracias, barón Meliadus -dijo Hawkmoon-.
La alimentación que me dispensasteis en Londra parece haber
aumentado mi fortaleza…
–Oh, Hawkmoon -replicó Meliadus con voz suave pero
temblando de rabia-. No sé cómo habéis logrado escapar al poder
de la Joya Negra, pero cuando me haya apoderado de Camarga y
volváis a ser mi prisionero, sufriréis un destino mil veces más cruel
del que habéis evitado por el momento.
De repente, Hawkmoon movió su hoja por debajo de la espada
de Meliadus, hizo girar la punta con un movimiento rápido y
desarmó al otro. Levantó después la espada, dispuesto a golpear, y
en ese instante se dio cuenta de que se acercaba un numeroso
grupo de granbretanianos.
–Lo siento, barón, pero ya es hora de marcharse. ¡Os recordaré
vuestra promesa…, cuando seáis mi prisionero!
Volvió grupas y se alejó riendo, poniéndose al frente de sus
hombres y sacándolos del caos que reinaba por todo el
campamento. Describiendo un movimiento colérico con la mano,
Meliadus desmontó para recuperar su espada. – ¡Insolente! –
exclamó, jurando en voz alta-. ¡Se arrastrará a mis pies antes de un
mes!
Llegó el día en que Hawkmoon y sus jinetes ya no lanzaron
ningún ataque más contra las fuerzas de Meliadus, sino que
galoparon rápidamente a través del terreno pantanoso situado por
debajo de la hilera de colinas donde les esperaban el conde Brass,
Leopold von Villach y su ejército. Las altas torres oscuras, casi tan
antiguas como la propia Camarga, dominaban el paisaje, cubiertas
ahora de guardias cuyas poderosas armas sobresalían de casi
todas las almenas.
El caballo de Hawkmoon subió la colina, aproximándose a la
solitaria figura del conde Brass, quien sonrió con calidez y alivio al
reconocer al joven y valeroso noble.
–Me alegro mucho de haber decidido conservaros la vida, duque
de Colonia -dijo con un tono de buen humor-. Habéis realizado todo
lo que planeasteis…, conservando con vida a la mayor parte de
vuestras fuerzas.
No estoy seguro de que yo mismo hubiera podido hacerlo mejor
en mis buenos tiempos.
–Gracias, conde Brass. Ahora tenemos que prepararnos. El
barón Meliadus apenas si se encuentra a medio día de marcha por
detrás de nosotros.
Por debajo de donde se encontraban, en el extremo más alejado
de la colina, distinguió ahora a las fuerzas de Camarga, compuestas
fundamentalmente por infantería.
Eran, como máximo, unos mil hombres, una cifra ridiculamente
exigua en comparación con el amplio peso de los guerreros que
marchaban contra ellos. Los camarguianos se veían superados en
número, en una proporción de veinte a uno, y probablemente en el
doble de esa cantidad.
El conde Brass observó la expresión de Hawkmoon.
–No temáis, muchacho. Disponemos de armas mejores que las
espadas para resistir esta invasión.
Hawkmoon se equivocó al creer que las fuerzas de Granbretan
alcanzarían las fronteras en apenas medio día.
Habían decidido acampar, antes de emprender el asalto, y no fue
hasta el mediodía del día siguiente que los camarguianos vieron
aproximarse las fuerzas del enemigo. Avanzaban sobre la llanura en
una formación abierta.
Cada escuadrón de infantería y caballería estaba formado por
miembros de una orden determinada, y cada miembro de una orden
estaba comprometido a defender a su compañero, ya estuviera vivo
o muerto. Este sistema formaba parte de la gran fuerza de
Granbretan, ya que implicaba que ningún hombre se retiraba del
campo a menos que su gran jefe diera una orden expresa en tal
sentido.
El conde Brass. montado en su caballo, observaba la
aproximación del enemigo. A un lado tenía a Dorian Hawkmoon y al
otro a Leopold von Villach. El conde Brass, en el centro, daría las
órdenes. «Ahora, la batalla empieza en serio», pensó Hawkmoon. Y
resultaba difícil comprender cómo podrían ganar. ¿Acaso el conde
Brass estaba sintiendo una confianza desmesurada?
La poderosa aglomeración de guerreros y máquinas se detuvo
finalmente a unos ochocientos metros de distancia; entonces, dos
figuras se apartaron del cuerpo principal del.ejército y empezaron a
cabalgar hacia la colina. A medida que se acercaban, Hawkmoon
reconoció el estandarte del barón Meliadus, y un momento más
tarde se dio cuenta de que una de las figuras era el propio Meliadus,
que avanzaba acompañado de su heraldo.
Sostenía un megáfono de bronce, simbolizando así el deseo de
parlamentar pacíficamente.
–No creo que se vaya a rendir…, ni que espere nuestra rendición
-comentó Von Villach con un tono de malhumor.
–Sin duda alguna se trata de uno de sus trucos -dijo Hawkmoon
sonriendo-. Es muy famoso por ellos.
Al observar la naturaleza de la sonrisa de Hawkmoon, el conde
Brass le aconsejó:
–Llevad cuidado con ese odio, Dorian Hawkmoon. No permitáis
que se apodere de vuestro buen juicio, tal y como le sucede a
Meliadus.
Hawkmoon se limitó a mirar delante de él y no dijo nada.
Entonces, el heraldo se llevó el pesado megáfono hacia los
labios.
–Hablo en nombre del barón Meliadus, gran jefe de la orden del
Lobo, primer capitán de los ejércitos al mando del muy noble rey-
emperador Huon, gobernante de Granbretan y destinado a ser el
gobernante de toda Europa.
–Decidle a vuestro amo que se quite la máscara y hable él
mismo -gritó el conde Brass.
–Mi amo os ofrece una paz honorable. Si os rendís ahora,
promete que no matará a nadie y que sólo se limitará a nombrarse
como gobernador de vuestra provincia, en nombre del rey Huon,
para que se haga justicia y se imponga el orden en este revoltoso
territorio. Os ofrecemos clemencia. Si os negáis, toda Camarga será
destruida, todo será incendiado y las mareas se llevarán los restos.
El barón Meliadus dice que sabéis muy bien que tiene el poder para
hacerlo así. y que vuestra resistencia será la responsable de la
muerte de todo vuestro pueblo y de vos mismo.
–Decidle al barón Meliadus, que se esconde tras su máscara,
demasiado avergonzado para hablar por sí mismo, puesto que sabe
que es un canalla desagradecido que ha abusado de mi
hospitalidad, y a quien yo mismo he derrotado en una justa lucha
decidle que bien podría suceder lo contrario: que fuéramos nosotros
quienes le matáramos a él y a todos los de su clase. Decidle que es
un perro cobarde, y que ni siquiera mil como él serían capaces de
derribar a uno de nuestros toros. Decidle que nos burlamos de su
oferta de paz, por considerarla un truco más… algo tan evidente que
hasta un niño lo comprendería. Decidle que aquí no necesitamos
ningún gobernador, que nos gobernamos nosotros mismos y a
nuestra entera satisfacción. Decidle…
El conde Brass no pudo dejar de lanzar una sonora risotada
cuando el barón Meliadus volvió grupas con un gesto de cólera y.
con el heraldo pegado a sus talones, galopó de regreso hacia donde
aguardaban sus hombres.
Esperaron durante un cuarto de hora y entonces vieron que los
ornitópteros se elevaban en el aire. Hawkmoon lanzó un suspiro. En
otra ocasión ya había sido derrotado por aquellas máquinas
voladoras. ¿Volvería a ser derrotado por segunda vez?
El conde Brass levantó su espada a modo de señal y se escuchó
un gran sonido de aleteo. Hawkmoon miró hacia atrás y vio que los
flamencos escarlata levantaban el vuelo, con sus gráciles
movimientos muy superiores en belleza, en comparación con los
torpes movimientos de los ornitópteros de metal que los parodiaban.
Elevándose vertiginosamente en el cielo, los flamencos escarlata
aletearon en dirección de los ornitópteros metálicos, con sus jinetes
montados en las altas sillas, cada uno de ellos armado con una
lanza de fuego.
Los flamencos ganaron altura con facilidad y no tardaron en
hallarse en mejor posición, aunque resultaba difícil creer que
pudieran igualar a las máquinas de metal, por muy torpes que éstas
fueran. Rojos chorros de fuego, apenas visibles desde la distancia,
envolvían los costados de los ornitópteros, y uno de los pilotos fue
alcanzado de lleno, muriendo casi instantáneamente y cayendo de
su máquina. El ornitóptero, sin piloto, siguió batiendo las alas y entró
en barrena, cayendo en la marisma situada bajo la colina.
Hawkmoon vio un ornitóptero que disparaba su doble cañón de
fuego contra un flamenco y su jinete. E! pájaro escarlata dio un
brinco en el aire, describió una vuelta de campana y se estrelló
contra el suelo entre un verdadero diluvio de plumas. El aire estaba
caliente y las máquinas voladoras hacían mucho ruido, pero la
atención clel conde Brass se dirigía ahora hacia la caballería
granbretaniana. que avanzaba hacia la colina, lanzada a la carga.
Al principio, el conde Brass no hizo el menor movimiento, sino
que se limitó a observar la enorme oleada de jinetes a medida que
se acercaba más y más. Después, levantó de nuevo la espada y
gritó: -¡Torres… abran fuego!
Las toberas de algunas de las desconocidas armas se volvieron
hacia los jinetes enemigos y produjeron un sonido agudo que
Hawkmoon creyó le iba a hacer estallar la cabeza, pero no vio que
nada saliera de aquellas armas. Entonces, se dio cuenta de que los
caballos se encabritaban en cuanto llegaban a la zona cubierta por
las marismas. A continuación, los caballos corcovearon, con los ojos
muy abiertos y la espuma saliéndoles de los belfos. Los jinetes
fueron desmontados hasta que la mitad de la caballería se encontró
con sus hombres desparramados por encima del traicionero barro
de las marismas, tratando de controlar a sus animales.
El conde Brass se volvió a mirar a Hawkmoon.
–Un arma que emite un rayo invisible capaz de transportar el
sonido. Sólo escucháis una parte del que produce…, pero los
caballos lo experimentan con toda intensidad. – ¿Debemos
lanzarnos ahora a la carga? – preguntó Hawkmoon.
–No. no hay necesidad. Esperad y contened vuestra
impaciencia. Los caballos caían, rígidos, perdido el sentido.
–Desgraciadamente, al final los mata -dijo el conde Brass.
La mayor parte de los caballos no tardó en hallarse entre el
barro, mientras sus jinetes maldecían y trataban de vadear las
marismas para ganar tierra firme, donde permanecieron, sin saber
qué hacer.
Por encima de ellos, los flamencos aleteaban y rodeaban a los
ornitópteros, compensando con su gracilidad de movimientos lo que
les faltaba en poder y fortaleza. Pero muchos de los pájaros
gigantes estaban cayendo, en mayor número que los ornitópteros.
Grandes piedras empezaron a caer entonces cerca de las torres.
–Las máquinas de guerra están utilizando sus catapultas -gruñó
Von Villach-. ¿No podríamos…?
–Paciencia -le interrumpió el conde Brass, aparentemente
imperturbable.
En ese momento, una gran bola de fuego se dirigió hacia ellos,
yendo a chocar contra la torre más cercana.
Hawkmoon señaló hacia el frente enemigo:
–Es un cañón de fuego… el mayor que he visto jamás. ¡Nos va a
destruir a todos!
El conde Brass se dirigió hacia la torre sometida al ataque. Le
vieron desmontar y entrar en la construcción, que parecía
condenada. Momentos más tarde, la torre empezó a girar sobre sí
misma, cada vez con mayor rapidez, y Hawkmoon observó, lleno de
asombro, que estaba desapareciendo bajo tierra, mientras las
llamas se extinguían inofensivamente sobre ella. Él cañón dirigió
entonces su atención hacia la torre contigua y. al hacerlo, ésta
empezó a girar a su vez y a descender hacia el suelo, al tiempo que
la forre anterior surgía de nuevo de la tierra, se detenía y abría
fuego contra el cañón con un arma montada sobre sus almenas.
Este arma tenía un brillo verde y púrpura, y mostraba forma
acampanada. De ella salieron volando una serie de objetos blancos
y redondos que cayeron cerca del cañón de fuego. Hawkmoon vio
como aquellos objetos rebotaban entre los artilleros que manejaban
el cañón. Entonces, su atención se desvió hacia un ornitóptero que
se estrelló cerca de donde se encontraba, lo que le obligó a volver
grupas y galopar a lo largo de la cresta de la colina, hasta hallarse lo
bastante lejos de la unidad de fuerza que debía de estar a punto de
explotar. Von Villach se le unió enseguida. – ¿Qué son esas cosas?
– le preguntó Hawkmoon.
Pero Von Villach sacudió la cabeza, tan extrañado como su
camarada.
Hawkmoon se dio cuenta entonces de que habían dejado de
surgir esferas blancas y de que el cañón de fuego ya no disparaba.
El centenar de guerreros que antes había estado actuando
alrededor del cañón tampoco se movía. Con un estremecimiento,
Hawkmoon se dio cuenta de que todos habían quedado helados.
Ahora, el arma de forma acampanada siguió lanzando esferas
blancas, que cayeron cerca de las catapultas y otras máquinas de
guerra de Granbretan. Poco después, los servidores de todas estas
piezas también habían quedado helados, y dejaron de caer rocas
cerca de las torres.
El conde Brass abandonó la torre en la que había entrado, montó
sobre su caballo y cabalgó para unirse a ellos.
–Aún nos quedan por desplegar otras armas ante esos estúpidos
-dijo.
–Pero ¿podrán hacer retroceder a un ejército tan numeroso? –
preguntó Hawkmoon.
Porque, ahora, la infantería había empezado a moverse, y su
contingente era tan enorme que no parecía que pudiera haber
armas lo bastante poderosas como para detener su avance.
–Ya veremos -replicó el conde Brass señalando una atalaya que
se elevaba sobre una torre cercana.
Por encima de ellos, el aire estaba ennegrecido por las aves y
las máquinas enzarzadas en la lucha y el trazo de las llamaradas
cruzaba los cielos, así como piezas de metal y plumas
ensangrentadas, que caían a su alrededor.
Resultaba imposible saber qué bando estaba ganando la batalla
aérea.
La infantería ya estaba casi encima de ellos cuando el conde
Brass levantó la espada en dirección a la atalaya, y desde la torre
unas armas de boca ancha apuntaron contra los ejércitos de
Granbretan. Unas esferas de cristal, de un azul brillante a la luz del
día, se abalanzaron hacia los guerreros atacantes, cayendo entre
ellos.
Hawkmoon observó cómo se rompía su formación y los
guerreros empezaban a correr salvajemente, tratando de apartar el
aire a su alrededor y arrancándose de las cabezas las máscaras de
sus respectivas órdenes. – ¿Qué ha sucedido? – le preguntó
extrañado al conde Brass. – Las esferas contienen un gas
alucinatorio -le dijo el conde -. Eso hace que los hombres tengan
terribles visiones. – Entonces se volvió sobre la silla y levantó la
espada hacia los hombres que esperaban más abajo. Éstos
empezaron a avanzar-. Ha llegado el momento de enfrentarnos a
Granbretan con armas más ordinarias -dijo.
Desde las filas de infantería que habían quedado indemnes
surgió una lluvia de flechas y de llamaradas disparadas por las
lanzas de fuego. Los arqueros del conde Brass se tomaron la
revancha y sus lanceros de fuego replicaron al ataque. Las flechas
rebotaron en sus armaduras y algunos hombres cayeron. Otros
fueron alcanzados por las llamaradas. A través del caos producido
por las lanzas de fuego y la lluvia de flechas, la infantería de
Granbretan fue avanzando con lentitud, pero con seguridad, a pesar
del gran número de bajas que había sufrido. Se detuvieron al llegar
ante el terreno pantanoso, obstruido como estaba por los cadáveres
de los caballos, mientras sus oficiales les gritaban furiosamente que
siguieran el avance.
El conde Brass ordenó que acudiera su heraldo, y los hombres
se aproximaron llevando la sencilla bandera de su jefe, un
guantelete rojo sobre campo blanco.
Los tres hombres esperaron, mientras la infantería enemiga
rompía filas y empezaba a abrirse paso por entre el barro y los
cadáveres de los caballos, esforzándose por llegar al pie de la
colina, donde esperaban las fuerzas de Camarga para rechazarlos.
Hawkmoon distinguió a Meliadus a cierta distancia en la
retaguardia, y también reconoció la bárbara máscara de buitre de
Asrovak Mikosevaar. mientras el gigantesco muscoviano dirigía a su
legión Buitre a pie y era uno de los primeros en cruzar la ciénaga y
alcanzar la pendiente de la colina.
Hawkmoon hizo avanzar un poco su cabalgadura, de tal modo
que pudiera encontrarse directamente en el camino que debía
seguir Mikosevaar cuando éste avanzara.
Escuchó un grito y la máscara de buitre le miró fijamente, con
ojos inyectados en sangre. – ¡Aja! ¡Hawkmoon! ¡El perro que nos ha
preocupado durante tanto tiempo! ¡Veamos cómo os comportáis
ahora en una lucha justa, traidor! – ¡No me llaméis traidor,
carroñero! – espetó Hawkmoon lleno de cólera.
Mikosevaar levantó con ambas manos acorazadas su gran
hacha de guerra, volvió a gritar y se lanzó hacia donde estaba
Hawkmoon, que saltó del caballo y, armado con escudo y espada,
se preparó para defenderse.
El hacha, toda ella calzada de metal, retembló contra el escudo
haciendo retroceder un paso a Hawkmoon.
Inmediatamente siguió otro golpe que rajó el borde superior del
escudo. Hawkmoon balanceó la espada y golpeó con fuerza el
hombro de Mikosevaar, pesadamente acorazado, produciendo un
gran crujido y haciendo saltar las chispas. Los dos hombres se
mantuvieron firmes en su puesto, lanzando un golpe tras otro,
mientras la batalla arreciaba a su alrededor. Hawkmoon miró hacia
donde se encontraba Von Villach y lo vio enzarzado en una lucha
cuerpo a cuerpo contra Mygel Holst. archiduque de Londra. Ambos
eran hombres de fuerza y edad similares. En cuanto al conde Brass,
se abría paso por entre las hordas de guerreros, tratando de salir al
encuentro de Meliadus, quien, evidentemente, había preferido
supervisar el curso de la batalla desde cierta distancia.
Desde su posición ventajosa, los camarguianos resistieron el
embate de los guerreros del Imperio Oscuro, manteniendo sus
posiciones con firmeza.
El escudo de Hawkmoon ya había quedado transformado en un
retorcido amasijo de metal y resultaba prácticamente inútil. Su brazo
lo dejó caer y agarró la enorme espada con ambas manos,
levantándola para detener el hachazo de Mikosevaar, dirigido contra
su cabeza. Los dos hombres gruñían de agotamiento mientras
maniobraban de un lado a otro sobre la resbaladiza tierra de la
colina, tratando de golpear al otro con la fuerza suficiente como para
hacerle perder el equilibrio, o dirigiendo un golpe repentino contra
las piernas o el torso, ya fuera desde arriba o desde los flancos.
Hawkmoon sudaba copiosamente en el interior de su armadura,
y lanzó un fuerte gruñido causado por el esfuerzo. De pronto, uno de
sus pies se deslizó, haciéndole resbalar y cayó con una rodilla en
tierra. Mikosevaar se adelantó y levantó el hacha para decapitar a
su enemigo de un solo tajo. Hawkmoon se dejó caer a lo largo en
dirección a su enemigo, al que agarró de las piernas, haciéndole
perder igualmente el equilibrio. Ambos hombres rodaron hacia la
ciénaga y los montones de caballos muertos.
Golpeándose y lanzando maldiciones, ambos se detuvieron entre
el barro. Ninguno de los dos había soltado su arma, y ahora se
incorporaron, tambaleantes, preparándose para continuar la lucha.
Hawkmoon se apoyó contra el cuerpo de un caballo de guerra y
lanzó un tajo contra el muscoviano. El golpe le habría podido cortar
el cuello a Mikosevaar si éste no se hubiera agachado a tiempo,
pero le arrancó el casco de buitre de la cabeza, poniendo al
descubierto su poblada barba blanca y unos ojos encendidos y
llenos de locura. El hacha del muscoviano descendió hacia el vientre
de Hawkmoon, pero éste la detuvo con un giro de su espada.
En ese momento, Hawkmoon soltó la espada y se lanzó contra el
pecho de Mikosevaar, con ambas manos por delante. El muscoviano
cayó hacia atrás. Mientras trataba de incorporarse, Hawkmoon se
revolvió rápidamente, agarró la espada, la levantó y la descargó de
punta contra el rostro de su enemigo. El hombre lanzó un grito
horrendo. La hoja se elevó y volvió a descender. Asrovak
Mikosevaar volvió a gritar y, de pronto, el sonido murió en su
garganta. Hawkmoon atravesó una vez más a su enemigo hasta que
su cabeza apenas si fue reconocible; después, se volvió para ver
cuál era el curso de la batalla.
Era difícil decirlo. Los hombres caían por todas partes y daba la
impresión de que la gran mayoría de ellos eran granbretanianos. La
lucha en el aire ya casi había terminado y sólo unos pocos
ornitópteros trazaban círculos en el cielo, aunque parecía haber
muchos más flamencos. ¿Sería posible que Camarga estuviera
ganando?
Hawkmoon se volvió cuando dos guerreros de la legión del
Buitre corrieron hacia él. Despiadadamente, se agachó para levantar
la ensangrentada máscara de Mikosevaar y se echó a reír ante
ellos. – ¡Mirad! ¡Vuestro gran jefe ha sido vencido…, destruido!
Los guerreros dudaron un instante. Después, dieron media
vuelta y echaron a correr por donde habían venido, alejándose de
Hawkmoon. La legión del Buitre no tenía la misma disciplina que las
otras órdenes.
Hawkmoon empezó a abrirse paso dificultosamente sobre los
cadáveres de los caballos, que ahora estaban literalmente cubiertos
de cadáveres humanos. La batalla había amainado en esta zona,
pero pudo ver a Von Villach en la colina lanzando una tremenda
patada contra el cadáver de Mygel Holst, y emitiendo un rugido de
triunfo, al tiempo que se volvía para enfrentarse a un grupo de
guerreros de Holst que corrían hacia él blandiendo sus lanzas. Von
Villach no parecía necesitar ninguna ayuda. Hawkmoon empezó a
correr lo mejor que pudo hacia la cresta de la colina para hacerse
así una mejor idea de cómo se desarrollaba la batalla.
Su espada quedó ensangrentada tres veces más antes de llegar
a donde se había propuesto. Una vez allí, contempló el campo de
batalla. El enorme ejército que Meliadus había lanzado contra ellos
había quedado reducido a una sexta parte de su tamaño original,
mientras que la línea de los guerreros camarguianos seguía
sosteniéndose con firmeza.
La mitad de las banderas de los señores de la guerra habían
caído, y otras apenas si se mantenían en pie. Las apretadas
formaciones de la infantería granbretaniana ya se habían roto desde
hacía tiempo, y Hawkmoon comprendió que estaba sucediendo lo
increíble, que las filas de unas órdenes se mezclaban con las de
otras, produciéndose así una gran confusión, ya que estaban
acostumbrados a luchar hombro con hombro de sus propios
camaradas.
Hawkmoon distinguió al conde Brass, todavía montado a caballo,
enzarzado en una lucha contra varios guerreros, en una posición
situada colina abajo. Vio el estandarte de Meliadus a una cierta
distancia. Estaba rodeado por los hombres de la orden del Lobo.
Meliadus se había ocupado de protegerse muy bien. Ahora,
Hawkmoon distinguió a algunos de sus comandantes -entre los que
estaban Adaz Promp y Jarak Nankenseen -, que cabalgaban hacia
donde se encontraba Meliadus. Evidentemente, deseaban retirarse,
pero antes tenían que recibir la orden de Meliadus en tal sentido.
Sólo pudo suponer lo que los comandantes le dijeron a Mcliadus:
que la flor y nata de sus guerreros había quedado destruida, que no
valía la pena soportar tal destrucción simplemente por apoderarse
de una pequeña provincia.
Pero los heraldos que estaban cerca no hicieron ninguna
llamada con sus trompetas. Evidentemente, Meliadus se resistía a
admitir sus ruegos.
Yon Villach se acercó a donde él estaba, montado sobre un
caballo cogido en el campo de batalla. Se levantó el yelmo y le
sonrió a Hawkmoon.
–Creo que los estamos derrotando -dijo-. ¿Dónde está el conde
Brass?
–Está dando buena cuenta de unos cuantos -contestó
Hawkmoon señalando hacia donde estaba el conde -. ¿Debemos
sostener la posición o empezar a avanzar? – preguntó con una
sonrisa -. Ahora podríamos hacerlo si quisiéramos. Creo que los
comandantes granbretanianos están flaqueando y desean retirarse.
Si les presionáramos un poco, eso podría decidirles.
–Enviaré un mensajero a consultar al conde -asintió Von Vülach-.
Es él quien debe tomar la decisión.
Se volvió hacia un jinete y le murmuró unas palabras. El hombre
empezó a descender la colina a través de la confusión de guerreros
enzarzados en la batalla.
Hawkmoon le vio llegar a donde estaba el conde. El conde Brass
levantó la mirada hacia donde ellos estaban, saludó con la mano,
hizo dar una vuelta a su caballo y empezó a subir. Diez minutos más
tarde, el conde se las había arreglado para llegar a lo alto de la
colina.
–He destrozado a cinco señores de la guerra -dijo lleno de
satisfacción-. Pero Meliadus se me ha escapado.
Hawkmoon repitió lo que antes le había dicho a Von Villach. El
conde Brass se mostró de acuerdo con el sentido del plan, y la
infantería de Camarga no tardó en avanzar con firmeza, empujando
a los guerreros granbretanianos colina abajo.
Hawkmoon encontró un caballo sin jinete, lo montó y condujo el
avance, emitiendo salvajes gritos mientras lanzaba tajos a diestro y
siniestro, cortando cabezas, desgarrando extremidades y torsos
como manzanas cortadas del árbol. Su cuerpo se hallaba totalmente
cubierto con la sangre de la matanza. La cota de malla aparecía
rasgada y amenazaba con desprendérsele. Todo su pecho era una
informe masa de cardenales y cortes menores, el brazo le sangraba
y la pierna le dolía horriblemente, pero lo ignoró todo, arrebatado por
la sed de sangre, y se dedicó a matar un hombre tras otro.
Durante un instante de momentánea tranquilidad. Von Villach.
que cabalgaba a su lado, le dijo:
–Parecéis dispuesto a matar más perros que todo nuestro
ejército junto.
–No cejaré hasta que la sangre de Granbretan llene toda esta
llanura -replicó Hawkmoon hoscamente -.
No cejaré hasta que haya quedado destruido todo rastro de vida
en Granbretan.
–Vuestra sed de sangre es como la de ellos -observó Von Villach
irónicamente.
–No, la mía es mayor -replicó Hawkmoon al tiempo que
continuaba su avance -, porque la mitad de la suya sólo es por puro
deporte.
Y se alejó sin dejar de lanzar tajos.
Finalmente, pareció como si sus comandantes le hubieran
convencido, porque las trompetas de Meliadus sonaron, tocando a
retirada, y los supervivientes se apartaron de los camarguianos y
echaron a correr.
Hawkmoon mató a varios de los que arrojaron sus armas en
actitudes de rendición.
–No me importan los granbretanianos vivos -espetó en una
ocasión atravesando con su espada a un joven que se había quitado
la máscara y suplicaba piedad.
Pero, finalmente, hasta la amargura de Hawkmoon quedó más
que saciada. Entonces, dirigió su caballo hacia donde se
encontraban el conde Brass y Von Villach, y los tres observaron
cómo los granbretanianos reorganizaban sus filas y se alejaban.
Hawkmoon creyó escuchar un gran grito de cólera elevándose
por encima del ejército en retirada, creyó reconocer al propio
Meliadus en aquel grito de venganza y sonrió despreciativamente.
–De una u otra forma, volveremos a ver a Meliadus -dijo. El
conde Brass asintió, mostrándose de acuerdo con su observación-.
Se ha dado cuenta de que Camarga es invencible cuando se la
ataca con los ejércitos, y sabe que somos demasiado listos para
dejarnos engañar por sus tretas. Pero no tardará en encontrar otra
forma de atacarnos. Los territorios que rodean Camarga no tardarán
en pertenecer al Imperio Oscuro, y entonces tendremos que estar
en guardia durante todo el tiempo.
Aquella noche, cuando regresaron al castillo de Brass,
Bowgentle habló al conde:
–Ahora os daréis cuenta de que Granbretan es un imperio
loco…, como un cáncer capaz de infectar a la historia, dirigiéndola
por un curso que no sólo conducirá a la más completa destrucción
de la raza humana, sino que. en último término, es capaz de
producir la destrucción de toda criatura inteligente o potencialmente
inteligente en el universo.
–Estáis exagerando, Bowgentle -replicó el conde Brass
sonriendo-. ¿Cómo podríais saber tanto?
–Porque mi tarea consiste en comprender las fuerzas que actúan
para configurar lo que denominamos destino. Os lo vuelvo a decir,
conde Brass, el Imperio Oscuro infectará a todo el universo, a
menos que sea extirpado de este planeta…, y preferiblemente de
este continente.
Hawkmoon estaba sentado, con las piernas extendidas ante él,
haciendo todo lo que podía por aliviar el dolor de sus músculos.
–No he comprendido los principios filosóficos en los que basáis
vuestras creencias, sir Bowgentle -dijo-.
Pero, instintivamente, sé que tenéis razón. Nosotros sólo
creemos ver a un enemigo implacable que tiene el propósito de
gobernar el mundo… Ya ha habido otras razas como ésta en el
pasado, pero en el Imperio Oscuro hay algo diferente. No olvidéis,
conde Brass, que pasé algún tiempo en Londra, y fui testigo
presencial de muchas de sus locuras más excesivas. Vos sólo
habéis visto sus ejércitos, los cuales, como sucede con la mayoría
de los ejércitos, luchan despiadadamente por ganar, utilizando para
ello tácticas convencionales porque creen ser los mejores. Pero no
hay nada de convencional en ese rey-emperador, que no es más
que un cadáver inmortal metido en su globo del trono. Tampoco hay
nada de convencional en la forma secreta que tienen de
relacionarse unos con otros, ni en el sentido de locura que subyace
en el ánimo de toda la ciudad… -¿Queréis decir que no hemos sido
testigos de lo peor que son capaces de hacer? – preguntó el conde
Brass con una expresión muy seria.
–Eso es lo que pienso -contestó Hawkmoon-. Lo que me induce
a descuartizarlos como lo hago no es sólo la sed de venganza…,
sino una sensación mucho más profunda que me hace verlos como
verdaderas amenazas para las propias fuerzas de la vida misma.
–Quizá tengáis razón -dijo el conde Brass suspirando-. No lo sé.
Únicamente el Bastón Rúnico podría demostrar que tenéis razón o
que estáis equivocado.
Hawkmoon se levantó, con el cuerpo rígido.
–No he visto a Yisselda desde que hemos regresado -dijo.
–Creo que esta noche se ha acostado temprano -le dijo
Bowgentle.
Hawkmoon se sintió desilusionado. Había anhelado tanto su
bienvenida. Hubiera deseado contarle todas sus victorias. Ahora, le
sorprendía que no estuviera allí para saludarle.
–Bueno -dijo, encogiéndose de hombres-, en tal caso creo que
yo haré lo propio. Buenas noches, caballeros.
Desde su regreso, habían hablado poco de su triunfo. Ahora
empezaban a experimentar la reacción natural ante un duro día de
lucha, y todos parecían sentirse un poco ausentes aunque, sin lugar
a dudas, al día siguiente lo celebrarían.
Al llegar a sus habitaciones, Hawkmoon las encontró a oscuras,
pero tuvo la sensación de que allí había algo extraño y desenvainó
la espada antes de acercarse tambaleante a una mesa y encender
la lámpara que había sobre ella.
Había alguien tumbado en la cama, sonriéndole. Era Yisselda.
–Ya me he enterado de vuestras hazañas -dijo la joven-, y quería
felicitaros en privado. Sois un gran héroe, Dorian.
A Hawkmoon se le aceleró la respiración y el corazón empezó a
latirle con violencia en el pecho.
–Oh,Yisselda…
Lentamente, paso a paso, avanzó hacia la joven acostada,
librando un conflicto entre su conciencia y su deseo.
–Me amáis, Dorian, lo sé -dijo ella con suavidad-. ¿Os atrevéis a
negarlo?
No pudo hacerlo.
–Sois… muy… audaz -balbuceó Hawkmoon tratando de sonreír.
–Así es…, puesto que vos os mostráis tan extraordinariamente
tímido. Como veis no soy inmodesta.
–Yo… no soy tímido, Yisselda. Pero nada bueno puede salir de
esto. Estoy condenado… La Joya Negra… -¿Qué es esa joya?
Hawkmoon se lo contó todo con cierta vacilación, le dijo que no
sabía durante cuántos meses resistirían las cadenas del hechizo del
conde Brass, impidiendo que la joya adquiriera toda su fuerza vital,
le dijo que en cuanto su poder quedara en libertad, los lores del
Imperio Oscuro serían capaces de destruir su mente.
–De modo que, como veis… no debéis comprometeros
conmigo… Sería mucho peor si lo hicierais.
–Pero ese Malagigi…, ¿no trataréis de conseguir su ayuda?
–El viaje duraría meses. Y en tal caso podría estar
desperdiciando todo el tiempo que me queda en una búsqueda
inútil.
–Si me amáis os arriesgaréis a hacerlo así -dijo ella, mientras él
se sentaba en la cama, junto a ella, y le cogía la mano.
–Sí, lo haré -admitió él pensativamente -. Quizá tengáis razón…
Yisselda se incorporó y atrajo el rostro de él hacia el suyo,
besándole en los labios. El gesto no fue artero, sino que estuvo lleno
de dulzura.
Hawkmoon ya no pudo contenerse. La besó apasionadamente y
la estrechó entre sus brazos.
–Iré a Persia -dijo al fin-, aunque el camino será peligroso, ya
que en cuanto abandone la seguridad que me ofrece la región de
Camarga, las fuerzas de Meliadus me perseguirán…
–Regresaréis -dijo ella convencida-. Sé que regresaréis. Mi amor
os traerá de vuelta a mi lado. – ¿Y el que yo siento por vos? –
preguntó él, casi hablando consigo mismo, acariciándole el rostro
con suavidad-. Sí…, es posible que sea así.
–Mañana -dijo ella-. Marchaos mañana mismo y no perdáis más
tiempo. Esta noche…
Yisselda volvió a besarle y Hawkmoon replicó intensamente a su
apasionamiento.
Libro tercero
1. Oladahn
Las historias cuentan como, tras abandonar Camarga,
Hawkmoon voló hacia el este montado en un gigantesco pájaro
escarlata que le transportó a más de mil quinientos kilómetros de
distancia, hasta posarse en las montañas que bordeaban los
territorios de los griegos y de los búlgaros…
–LA ALTA HISTORIA DEL BASTÓN RÚNICO Fue
asombrosamente fácil volar en el flamenco, tal y como le había
asegurado el conde Brass. Respondía a las órdenes a la manera de
un caballo, por medio de riendas sujetas a su pico curvado, y su
vuelo era tan grácil que Hawkmoon nunca tuvo miedo de caerse. A
pesar de la negativa del ave a volar cuando llovía, le transportó diez
veces más rápidamente que cualquier caballo, ya que sólo
necesitaba descansar durante un corto período de tiempo al
mediodía, y dormir por la noche, como el propio Hawkmoon.
La alta y suave silla de montar, con su pomo curvado, resultaba
bastante cómoda, y de ella colgaban alforjas llenas de provisiones.
Un arnés aseguraba a Hawkmoon a la silla. El largo cuello del
animal se extendía directamente ante él y las grandes alas batían
suavemente el aire. El pájaro escarlata le llevó por encima de las
montañas, los valles, los bosques y las llanuras. Hawkmoon siempre
intentaba que el pájaro descendiera cerca de ríos o lagos donde
pudiera encontrar alimento de su gusto.
Ocasionalmente, la cabeza le latía con fuerza, recordándole la
urgencia de su misión, pero a medida que su montura alada le
llevaba más y más lejos hacia el este y el aire se hacía cada vez
más cálido, Hawkmoon empezó a sentirse también mucho más
animado, y tenía la impresión de que aumentaban
considerablemente las posibilidades de volver a ver a Yisselda.
Aproximadamente una semana después de haber abandonado
Camarga, estaba volando por encima de una cadena de montañas
escarpadas, atento por si veía un lugar adecuado para aterrizar.
Eran las últimas horas de la tarde y el pájaro empezaba a sentirse
cansado, descendiendo más y más, hasta que empezaron a verse
rodeados de tenebrosos picos montañosos, y él seguía sin descubrir
el menor rastro de la presencia de agua. Entonces, de repente,
Hawkmoon distinguió la figura de un hombre en las laderas rocosas
situadas más abajo y, casi al instante, el flamenco lanzó un grito y
batió frenéticamente las alas, meciéndose en el aire. Hawkmoon vio
que una larga flecha le sobresalía de un costado. Una segunda
flecha acertó en el cuello del animal el cual se precipitó rápidamente
hacia el suelo al tiempo que lanzaba un graznido de dolor.
Hawkmoon se agarró con fuerza al pomo de la silla con el viento
alborotándole los cabellos. Vio que las rocas se acercaban con
rapidez, sintió una gran conmoción y después su cabeza golpeó
contra algo y pareció caer, tambaleante, en un pozo negro y sin
fondo.
Hawkmoon se despertó presa de pánico. Tenía la sensación de
que la Joya Negra había recuperado su fuerza vital y le estaba
devorando el cerebro, como una rata abriéndose paso por un saco
lleno de grano. Se llevó ambas manos a la cabeza y notó cortes y
chichones, dándose cuenta con cierto alivio de que todo su dolor era
físico, y sólo era el resultado del choque contra la tierra. Todo estaba
a oscuras y, al parecer, se hallaba en el interior de una cueva. Miró
hacia adelante y distinguió el parpadeo de una hoguera más allá de
la entrada a la cueva. Se levantó y empezó a caminar hacia ella.
Cerca de la abertura, su pie tropezó contra algo y descubrió
todos sus avíos apilados sobre el suelo. Todo había sido
ordenadamente dispuesto…, la silla, las alforjas, la espada y la
daga. Se inclinó para recoger la espada, que sacó suavemente de
su funda; después, salió.
El calor de una gran hoguera encendida a corta distancia le dio
en la cara. Sobre ella se había construido un gran espetón, y en él
giraba lentamente la enorme carcasa del flamenco, debidamente
espetada, desplumada y privada de cabeza y garras. Una figura de
aspecto fornido, pero que sólo tenía la mitad de altura que el propio
Hawkmoon, se dedicaba a girar el espetón por medio de un
complicado sistema de correas de cuero que humedecía de vez en
cuando.
Al acercarse Hawkmoon, el pequeño hombre se volvió, lanzó un
grito en cuanto vio la espada en sus manos y pegó un salto,
apartándose del fuego. El duque de Colonia quedó asombrado; el
rostro del pequeño hombre estaba cubierto de un fino pelo rojizo, y
una piel más espesa del mismo color parecía cubrirle el cuerpo. Iba
vestido con un justillo de cuero y un kilt de cuero sostenido por un
amplio cinturón. Calzaba botas de suave piel de ante, y llevaba
puesta sobre la cabeza una gorra en la que había sujetado cuatro o
cinco de las más finas plumas del flamenco, obtenidas sin duda del
exquisito plumaje del ave mientras la estuvo desplumando.
Se apartó de Hawkmoon, levantando las manos con un gesto
apaciguador.
–Perdonadme, señor. Siento mucho lo ocurrido, os lo aseguro.
De haber sabido que el ave transportaba a un jinete, no le habría
disparado, desde luego. Pero todo lo que pude ver fue una cena que
no debía dejarpasar por alto… -¿Quién sois? – preguntó Hawkmoon
bajando la espada-. En realidad, ¿qué sois?
Se llevó entonces una mano a la cabeza. El calor de la hoguera
y el excesivo esfuerzo le hacían sentirse mareado.
–Yo soy Oladahn, de la familia de los gigantes de las montañas -
empezó a decir el pequeño hombre-, muy bien conocida por estos
lares… -¿De los gigantes? ¿Gigantes?
Hawkmoon se echó a reír roncamente, se tambaleó y cayó,
perdiendo de nuevo el conocimiento.
Cuando volvió a despertarse, fue para sentir el delicioso olor de
la carne de ave asada. La saboreó antes de darse cuenta de lo que
significaba. Estaba medio sentado a la entrada de la cueva, y su
espada había desaparecido. El pequeño hombre peludo se le
acercó vacilante, ofreciéndole una baqueta enorme con carne
ensartada en ella.
–Comed, señor y os sentiréis mejor -le dijo Oladahn. Hawkmoon
aceptó el gran trozo de carne.
–Supongo que sí -dijo-, puesto que, casi con toda certeza, me
habéis quitado aquello que más deseaba. – ¿Queríais mucho a ese
pájaro, señor?
–No… pero estoy en peligro mortal y el flamenco era mi única
forma de escapar -contestó Hawkmoon mordiendo la dura carne. –
¿Queréis decir que alguien os persigue?
–Sí, alguien me persigue…, un destino insólito y muy
perturbador…
Y Hawkmoon se encontró contando su historia a la criatura cuya
acción había contribuido más a acercarle a dicho destino. Mientras
hablaba, le resultó difícil comprender por qué confiaba en Oladahn.
Había algo tan serio en su rostro semihumano, algo tan atento en la
forma con que ladeaba su pequeña cabeza, con los ojos abriéndose
más a cada nuevo detalle de su historia, que Hawkmoon olvidó su
reticencia natural.
–Y ahora aquí estoy -concluyó diciendo-, comiéndome la misma
ave que probablemente habría sido mi salvación.
–Es una historia irónica, milord -dijo Oladahn con un suspiro,
limpiándose la grasa de la comisura de los labios-, y se me
ensombrece el corazón al darme cuenta de que ha sido mi ávido
estómago el causante de esta última desgracia vuestra. Mañana
mismo haré todo lo que pueda por rectificar mi error y encontraros
algún tipo de montura que os pueda llevar hacia el este. – ¿Algo
capaz de volar?
–Desgraciadamente, no. Lo mejor en lo que se me ocurre pensar
es en una cabra. – Antes de que Hawkmoon pudiera decir nada,
Oladahn siguió diciendo-: Poseo cierta influencia en estas
montañas, donde soy considerado como una especie de curiosidad.
Soy el fruto de un cruce, como podéis ver; el resultado de la unión
entre un joven aventurero de gustos bien peculiares, de naturaleza
hechicera, y Alas, una giganta de las montañas. Ahora soy
huérfano, pues mi madre se comió a mi padre durante un crudo
invierno, y mi madre fue devorada a su vez por mi tío Barkyos, el
terror de estos territorios, el más grande y feroz de los gigantes de
las montañas. Desde entonces he vivido solo, teniendo por única
compañía los libros de mi padre. Soy un marginado, demasiado
extraño para ser aceptado por los de la raza de mi padre como por
los de la raza de mi madre. Ahora vivo a mi aire. Si no fuera tan
pequeño no cabe la menor duda de que a estas alturas ya habría
sido devorado por mi tío Barkyos…
El semblante de Oladahn parecía tan cómico en su melancolía
que Hawkmoon ya no pudo sentir por él ningún rencor. Además,
empezaba a sentirse cansado debido al calor del fuego y a la cena
abundante que había tomado.
–Ya es suficiente, amigo Oladahn. Olvidemos lo que no se puede
rectificar y durmamos ahora. Por la mañana debemos encontrar una
nueva montura que me lleve hasta Persia.
Durmieron y, al despertarse al amanecer, vieron el fuego, cuyos
rescoldos todavía refulgían bajo la carcasa del ave, y a un grupo de
hombres envueltos en pieles y hierro comiendo su carne con
regocijo. – ¡Bandidos! – gritó Oladahn levantándose alarmado -. ¡No
tendría que haber dejado el fuego encendido! – ¿Dónde habéis
escondido mi espada? – le preguntó Hawkmoon.
Pero dos de los hombres, que olían fuertemente a grasa animal
rancia, ya se contoneaban hacia ellos con las espadas
desenvainadas. Hawkmoon se levantó lentamente, preparado para
defenderse lo mejor que pudiera, pero Oladahn ya había empezado
a hablar.
–Te conozco, Rekner -dijo, señalando al más alto de los
bandoleros-. Y debes saber que yo soy Oladahn de los gigantes de
las montañas. Ahora que ya habéis comido, marcharos o los de mi
familia vendrán para mataros.
Rekner sonrió burlonamente, imperturbable, limpiándose los
dientes con una uña sucia.
–Ya he oído hablar de ti, el más pequeño de los gigantes, y no
veo nada de lo que tener miedo, aunque me han dicho que los
aldeanos de la zona evitan encontrarse contigo. Pero los aldeanos
no son bandidos valientes, ¿verdad? Y ahora guarda silencio, o te
mataremos lentamente en lugar de hacerlo con rapidez. – Oladahn
pareció perder el ánimo, pero siguió mirando con dureza al jefe de
los bandidos. Rekner se echó a reír-. Y ahora veamos qué tesoros
ocultas en el interior de tu cueva.
Oladahn se movió de un lado a otro, como lleno de terror,
canturreando algo en voz baja. Hawkmoon lo miró, y después ai
bandido, preguntándose si le daría tiempo a meterse rápidamente
en la cueva en busca de su espada. Entonces, el canturreo de
Oladahn se hizo más fuerte y Rekner se detuvo, con la sonrisa
helada en su rostro y una mirada vidriosa en los ojos, mientras
Oladahn no dejaba de mirarlo intensamente. De pronto, el pequeño
hombre levantó una mano, señalándole y diciendo con una voz fría:
-¡Duerme, Rekner!
Rekner se desmoronó sobre el suelo y sus hombres lanzaron
maldiciones y empezaron a avanzar hacia ellos, pero Oladahn les
detuvo manteniendo la mano en alto.
–Cuidado con mis poderes, sabandijas, pues Oladahn es hijo de
un hechicero.
Los bandidos dudaron, observando a su jefe dormido.
Hawkmoon miró asombrado a la criatura peluda, que mantenía a
raya a todos aquellos bribones. Después, se metió en el interior de
la cueva y encontró su espada. Se puso el cinturón con la funda y el
tahalí donde estaba su daga y se lo ató, desenvainando la hoja y
regresando al lado de Oladahn. El pequeño hombre murmuró desde
la comisura de los labios:
–Traed vuestras provisiones. Sus monturas están en el fondo de
la pendiente. Los utilizaremos para escapar, pues Rekner no tardará
en despertarse y después de eso ya no podré contenerle.
Hawkmoon cogió las alforjas, y él y Oladahn retrocedieron poco
a poco hacia la pendiente, con los píes resbalando sobre las rocas y
los guijarros sueltos. Rekner ya se estaba despertando. Lanzó un
gemido y se sentó en el suelo. Sus hombres se inclinaron sobre él
para ayudarle a levantarse.
–Ahora -dijo Oladahn.
Se volvió y echó a correr, seguido por Hawkmoon. Y allí abajo,
para su sorpresa, había media docena de cabras del tamaño de
ponies. Cada uno de los animales tenía sobre el lomo una silla de
piel de oveja. Oladahn se subió sobre la del animal más cercano y
cogió las bridas de otro para entregárselas a Hawkmoon. El duque
de Colonia vaciló por un momento, después sonrió secamente y
montó sobre la silla. Rekner y sus hombres bajaban corriendo la
pendiente en dirección a ellos. Con la parte plana de la espada,
Hawkmoon dio un golpe sobre las grupas de los restantes animales
y éstos empezaron a dar saltos, alejándose. – ¡Seguidme! – gritó
Oladahn espoleando a su cabra para que bajara la montaña en
dirección a un estrecho camino. Pero los hombres de Rekner ya
habían llegado a donde estaba Hawkmoon, cuya brillante espada
tuvo que cruzarse con las toscas armas de los bandoleros, que se
arremolinaban a su alrededor. Le traspasó el corazón a uno de los
hombres, golpeó a otro en un costado, consiguió descargar la parte
plana de la espada sobre la mollera de Rekner, y después se
encontró cabalgando sobre la cabra, que avanzaba a saltos, en pos
del extraño enano, dejando tras de sí a los bandoleros, que
lanzaban juramentos y maldiciones.
La cabra se movía con una serie de saltos, con lo que él corría el
peligro de que se le descoyuntaran todos los huesos del cuerpo,
pero no tardaron en llegar al estrecho camino y poco más tarde
bajaban por otro camino algo más ancho, aunque tortuoso, que iba
rodeando la montaña, mientras los gritos de los bandoleros iban
quedando más y más atrás. Oladahn se volvió hacia él con una
sonrisa de triunfo.
–Ya tenemos nuestras monturas, lord Hawkmoon. Ha sido
mucho más fácil de lo que yo mismo había esperado. ¡Eso es un
buen presagio! Seguidme. Os conduciré hacia el camino que debéis
seguir.
Hawkmoon sonrió a pesar de sí mismo. La compañía de
Oladahn le parecía muy estimulante, y la curiosidad que sentía por
aquel hombre pequeño, junto con el creciente respeto y gratitud por
la forma en que había salvado sus vidas, hicieron que Hawkmoon
casi se olvidara por completo del hecho de que aquel hombrecillo
peludo de los gigantes de las montañas había sido, en realidad, el
causante de todos sus nuevos problemas.
Oladahn insistió en cabalgar con él durante varios días más
hasta atravesar las montañas. Cuando llegaron a una vasta llanura
amarillenta, Oladahn señaló hacia el horizonte y dijo:
–Ése es el camino que debéis seguir.
–Os lo agradezco -dijo Hawkmoon, mirando ahora hacia Asia-.
Es una verdadera pena que tengamos que separarnos. – ¡Aja! –
exclamó Oladahn, sonriente, frotándose el pelo rojizo de la cara-.
Estoy de acuerdo con ese sentimiento. Vamos, os acompañaré por
la llanura durante un trecho.
Y, diciendo esto, espoleó a su montura hacia adelante.
Hawkmoon se echó a reír, se encogió de hombros y le siguió.
2. La caravana de Agonosvos
Empezó a llover casi en cuanto llegaron a la llanura, y las cabras
que tan bien les habían transportado sobre terreno montañoso,
empezaron a moverse con lentitud al no estar habituadas a terrenos
blandos Viajaron durante un mes, envueltos en sus capas,
estremecidos por la humedad que les enfriaba hasta los huesos.
Durante todo ese tiempo a Hawkmoon le palpitaba la cabeza con
frecuencia. En cuanto empeza ban las palpitaciones era incapaz de
hablar con el solícito Oladahn, y se limitaba a ocultar la cabeza entre
los brazos, con el rostro pálido, los dientes muy apretados y una
mirada atormentada en los ojos que no miraban hacia ningún lugar.
Sabía que allá lejos, en el castillo de Brass, el poder de la joya
empezaba a romper las cadenas con que lo había aprisionado el
hechizo del conde, y a veces se desesperaba pensando que jamás
volvería a ver a Yisselda.
La lluvia caía con fuerza y soplaba un viento frío. A través de la
densa cortina de agua, Hawkmoon vio amplios terrenos pantanosos
ante ellos, interrumpidos por aulagas y árboles negros y caídos.
Había perdido el sentido de la orientación, ya que las nubes
oscurecían el cielo durante la mayor parte del tiempo. El único
indicio de dirección estribaba en observar la forma en que crecían
los matorrales en esta parte del mundo, todos ellos inclinados casi
invariablemente hacia el sur. No había esperado encontrarse con
aquel paisaje tan al este, y supuso que aquello no era más que el
resultado de algún cataclismo ocurrido en aquella zona durante el
Milenio Trágico.
Hawkmoon se frotó la cara, apartándose el pelo humedecido por
el agua, sintiendo el duro tacto de la Joya Negra incrustada en su
frente. Se estremeció y miró el rostro abatido de Oladahn, para
volver a mirar después a través de la lluvia. Allá lejos, en la
distancia, distinguió una línea oscura que podía indicar la existencia
de un bosque, donde al menos podrían hallar cierta protección de la
fuerte lluvia. Los cascos puntiagudos de las cabras avanzaban
dando traspiés por entre la hierba encharcada. A Hawkmoon
empezó a hormiguearle la cabeza, y volvió a tener la sensación de
que algo le roía el cerebro y de una náusea en el estómago. Aspiró
aire profundamente, apretándose un antebrazo contra la frente,
mientras Oladahn le observaba con silenciosa simpatía.
Finalmente, llegaron al bosque de árboles bajos. La marcha se
había hecho aún más lenta y evitaron los charcos de agua negra
que aparecían por todas partes. Los troncos y las ramas de los
árboles parecían malformados, retorciéndose hacia el suelo, en
lugar de alejarse de él. La corteza era negra, o de un color marrón
oscuro y en esta época del año no tenían follaje. A pesar de todo, el
bosque les pareció espeso y difícil de penetrar. El agua brillaba en la
zona donde ellos se encontraban y daba la impresión de que un
foso húmedo protegía los árboles.
Los cascos de sus monturas chapotearon entre el agua llena de
barro cuando penetraron en el bosque, inclinando las cabezas para
evitar las retorcidas ramas bajas. El terreno era pantanoso, incluso
aquí, y se habían formado charcos alrededor de las bases de los
troncos, pero, después de todo, los árboles desnudos no les
protegían mucho de la lluvia, que seguía cayendo con fuerza.
Aquella noche acamparon en un terreno relativamente seco, y
aunque Hawkmoon trató de ayudar a Oladahn a encender un buen
fuego, no tardó en verse obligado a sentarse, apoyando la espalda
contra el tronco de un árbol, apretándose la cabeza con las manos,
mientras que el pequeño hombre terminaba la difícil tarea.
Al día siguiente avanzaron por entre el bosque. Oladahn
conducía la montura de Hawkmoon. pues el duque de Colonia se
había dejado caer pesadamente sobre el cuello del animal. Hacia el
mediodía, escucharon voces humanas y dirigieron sus bestias hacia
el lugar de donde procedía el sonido.
Se trataba de una caravana de mercaderes, que se abría paso a
través del barro y del agua existente entre los árboles. Había unos
quince carros, con toldos empapados por el agua, de colores
escarlata, amarillo, azul y verde. Las mulas y los bueyes se
esforzaban por tirar de ellos, con las patas resbalando en el barro y
los músculos abultados y tensos, al tiempo que eran azuzados por
sus conductores, que avanzaban junto a ellas con látigos y
bastones. Otros hombres se esforzaban junto a las ruedas de los
carros, tratando de ayudarlos a avanzar, y en la parte posterior
también había otros hombres empujando, consiguiendo moverlos a
duras penas.
Pero los dos viajeros no se asombraron tanto por esta escena
como por la naturaleza de las gentes que componían la caravana.
Hawkmoon los vio con ojos nublados y no pudo dejar de extrañarse.
Todos ellos eran grotescos, sin excepción. Se trataba de enanos,
gigantes y gordos, todos cubiertos de pelo (bastante parecidos en
ese aspecto a Oladahn, aunque en este caso resultaba
desagradable mirarlos); otros, en cambio, eran calvos y no
mostraban pelo alguno. Había un hombre con tres brazos, otro con
uno solo, dos personas unidas con sólo dos piernas para ambos -un
hombre y una mujer-, niños con barba, hermafroditas con los
órganos correspondientes a ambos sexos, otros con pieles
moteadas como serpientes, y otros con rabos, extremidades y
cuerpos malformados, rostros con rasgos retorcidos o
anormalmente desproporcionados; algunos tenían gibas enormes,
otros no tenían cuello, o mostraban brazos y piernas raramente
acortados, y a uno de ellos que tenía el pelo de color púrpura le
sobresalía un cuerno de la frente. Sólo en los ojos había una cierta
similitud entre todos ellos, pues en sus expresiones se reflejaba una
sombría desesperación, mientras aquel extraño grupo de seres se
esforzaba por hacer avanzar la caravana unos pocos metros más a
través del pantanoso bosque.
Parecía como si estuvieran en el infierno y pertenecieran a los
seres condenados.
El bosque olía a corteza húmeda y a musgo, a lo que ahora se
mezclaban otros olores difíciles de identificar.
Se percibía el olor propio de los hombres y las bestias, un
pesado perfume y ricas especias, pero además de eso había algo
más que parecía flotar sobre todos ellos; algo que a Oladahn le
produjo un estremecimiento.
Hawkmoon se había incorporado sobre el cuello de su montura y
ahora olisqueaba el aire como un lobo agotado. Miró a Oladahn,
frunciendo el ceño. Las deformadas criaturas no prestaron la menor
atención a los recién llegados y continuaron realizando su trabajo en
silencio. Sólo se escuchaba el ruido de las carretas al avanzar, el
bufido de los animales y el restallar de los látigos.
Oladahn espoleó a su montura, decidido a adelantar a la
caravana, pero Hawkmoon no siguió su ejemplo.
Continuó contemplando pensativamente la extraña procesión.
–Vamos -le dijo Oladahn-. Aquí corremos peligro, lord
Hawkmoon.
–Tenemos que orientarnos…, saber dónde estamos y cuánto
tenemos que viajar aún por esta llanura -dijo Hawkmoon con un
duro susurro-. Además, ya casi se nos han terminado las
provisiones…
–Ya encontraremos algún venado que cazar en el bosque.
–No -replicó Hawkmoon sacudiendo la cabeza-. Por otro lado,
creo que sé a quién pertenece esta caravana. – ¿A quién?
–A un hombre del que he oído hablar, pero al que no he llegado
a conocer. Se trata de un paisano mío…, que es incluso de mi
propio linaje… y que se marchó de Colonia hace unos nueve siglos.
– ¿Nueve siglos? ¡Eso es imposible!
–No. no lo es. Agonosvos es inmortal…, o casi. Si se trata de él,
podría ayudarnos, ya que sigo siendo su jefe por derecho… -
¿Seguirá conservando su lealtad al linaje de Colonia después de
nueve siglos?
–Veámoslo.
Hawkmoon espoleó a su bestia hacia la cabeza de la caravana,
donde se movía dificultosamente una carreta con toldo de seda
dorada y la estructura de la carreta mostrando complicados dibujos
pintados de colores brillantes. Muy a su pesar, Oladahn le siguió con
mayor lentitud. En el asiento de la carreta, algo echado hacia atrás
para evitar lo más recio de la lluvia, había una figura envuelta en un
amplio manto de piel de oso, con un sencillo casco que le cubría
todo el rostro, a excepción de los ojos. La figura se movió cuando
vio a Dorian Hawkmoon observándole. y un sonido tenue y hueco
surgió del casco.
–Lord Agonosvos -dijo Hawkmoon-, soy el duque de Colonia, el
último miembro del linaje iniciado hace mil años.
La figura contestó con un tono de voz bajo y lacónico:
–Ah, Hawkmoon. ya veo. Os habéis quedado sin tierras, ¿eh?
Granbretan se apoderó de Colonia, ¿no es cierto?
–Sí…
–De modo que ambos hemos sido desterrados; yo mismo por
vuestros antepasados, y vos por vuestro conquistador.
–Sea como fuere, sigo siendo el último de mi linaje y, en
consecuencia, vuestro jefe -dijo Hawkmoon, cuyo rostro
atormentado miraba fija y duramente la figura sentada en el
pescante del carro. – ¿Mi jefe, decís? Vuestros antepasados
renunciaron a ejercer ninguna autoridad sobre mí cuando el duque
Dietrich me desterró a las tierras salvajes.
–Debéis saber que eso no es así. Ningún hombre de Colonia
puede negarse a acatar jamás la autoridad de su príncipe. – ¿Que
no? – Agonosvos se echó a reír tranquilamente-. ¿Que no puede,
decís?
Hawkmoon hizo un movimiento, como para volverse, pero
Agonosvos levantó una mano delgada mostrando un dedo huesudo.
–Quedaos. Os he ofendido y ahora tengo que reparar mi ofensa.
¿En qué puedo serviros? – ¿.Admitís la lealtad que me debéis?
–Admito mi descortesía. Parecéis sentiros agotado. Detendré mi
caravana y os atenderé. ¿Qué me decís de vuestro sirviente?
–No es mi sirviente, sino mi amigo. Oladahn, de las Montañas
Búlgaras. – ¿Un amigo? ¿Y no es de vuestra raza? Bueno, de todas
formas dejad que se una a nosotros. – Agonosvos se inclinó sobre
el pescante y llamo lánguidamente a sus hombres, ordenándoles
que dejaran de trabajar.
Instantáneamente, las extrañas figuras se relajaron, quedándose
dónde estaban, con los cuerpos flaccidos, pero conservando aún
una lúgubre expresión de desesperación en sus ojos-. ¿Qué os
parece mi colección? – preguntó Agonosvos una vez que ellos
hubieron desmontado y subido al espacio sombrío del interior de la
carreta-. En otros tiempos me divirtieron tales curiosidades, pero
ahora me parecen lerdos. Por eso tienen que trabajar para justificar
su existencia. Tengo por lo menos uno casi de cada tipo. – Miró a
Oladahn y añadió-:
Incluyendo el vuestro. Alguien a quien yo mismo crucé con otra
raza.
Oladahn cambió de posición, sintiéndose incómodo. Dentro de la
carreta se estaba extrañamente caliente y, sin embargo, no se
observaba la menor señal de que hubiera estufa alguna o cualquier
aparato para calentar el ambiente. Agonosvos le sirvió vino que
extrajo de una calabaza azul. El vino también tenía un color azul
profundo y lustroso. El antiguo exiliado de Colonia seguía llevando
su casco negro, sin rasgos distintivos, y sus ojos oscuros y
sardónicos contemplaban a Hawkmoon con una cierta expresión
calculadora.
Hawkmoon hacía considerables esfuerzos por aparentar una
excelente salud, pero quedó claro que Agonosvos había adivinado
la verdad cuando, al tenderle una copa dorada de vino, le dijo:
–Esto hará que os sintáis mejor, milord.
El vino contribuyó a reavivarle realmente y el dolor que había
sentido no tardó en desaparecer. Agonosvos le preguntó cómo era
que se encontraba por aquellos parajes, y Hawkmoon le contó una
buena parte de su historia.
–De modo que queréis mi ayuda, ¿no es eso? – dijo finalmente
Agonosvos -. En consideración a vuestro antiguo linaje, ¿no?
Bueno, meditaré sobre eso. Mientras tanto, os destinaré una de las
carretas para que podáis descansar. Mañana ya habrá tiempo para
discutir la cuestión.
Hawkmoon y Oladahn no se quedaron dormidos de inmediato.
Se sentaron entre las sedas y pieles que Agonosvos les prestó y
discutieron el comportamiento del extraño hechicero.
–Me recuerda mucho a los lores del Imperio Oscuro de los que
tanto me habéis hablado -dijo Oladahn-.
Creo que no abriga buenas intenciones con respecto a nosotros.
Quizá desee vengarse de vos por todo el mal que en su opinión, le
hicieron vuestros antepasados…, y quizá pretenda añadirme a mí a
su colección -terminó diciendo con un estremecimiento.
–Es posible -admitió Hawkmoon, pensativo-. Pero no sería
prudente encolerizarnos con él sin razón alguna. Podría sernos útil.
Dormiremos y ya veremos mañana.
–Dormid cautelosamente -le advirtió Oladahn.
Pero Hawkmoon durmió profundamente y cuando se despertó se
encontró envuelto en apretadas correas de cuero que le envolvían
todo el cuerpo y que luego habían sido tensadas para impedirle todo
movimiento. Se revolvió, mirando el enigmático casco que cubría el
rostro de su compatriota inmortal. Agonosvos emitió una ligera risita.
–Me conocíais, vos, el último de los Hawkmoon…, pero no
sabíais de mí lo suficiente. ¿Acaso no sabíais que me he pasado
muchos años en Londra, enseñando mis secretos a los lores de
Granbretan? Hace ya mucho tiempo que el Imperio Oscuro y yo
tenemos establecida una alianza. El barón Meliadus me habló de
vos la última vez que le vi. Me pagará cualquier cosa que yo desee
con tal de que os entregue con vida. – ¿Dónde está mi compañero?
– ¿Os referís a esa criatura peluda? Se perdió entre la noche
cuando nos oyó llegar. Todos los miembros de ese pueblo de
bestias son iguales…, amigos tímidos y de corazón débil. – ¿De
modo que tenéis intenciones de entregarme al barón Meliadus?
–Me habéis comprendido perfectamente. Sí, eso es lo que tengo
intención de hacer. Dejaré que esta pesada caravana continúe su
camino lo mejor que pueda hasta mi regreso. Nosotros nos
moveremos cabalgando en rápidos corceles. Se trata de corceles
especiales que he conservado para una ocasión como ésta. Ya he
enviado a un mensajero para comunicarle al barón la captura que
acabo de hacer. Vosotros… ¡cogedlo!
Ante la orden de Agonosvos, dos enanos acudieron presurosos,
agarraron a Hawkmoon por los largos y musculosos brazos y lo
sacaron de la carreta a la luz grisácea del amanecer.
Aún caía una ligera llovizna, a través de la cual Hawkmoon
distinguió dos grandes caballos, ambos con ojos azules brillantes,
de mirada inteligente, y poderosas patas. Nunca había visto caballos
tan buenos y exquisitos.
–Yo mismo los he criado -le dijo Agonosvos-, no para que sean
montados por extraños, como en este caso, sino para alcanzar
mayor velocidad. No tardaremos en hallarnos en Londra.
Volvió a reír burlonamente cuando Hawkmoon fue izado sobre el
lomo de uno de ellos y atado al pomo de la silla.
Agonosvos montó en el segundo corcel, tomó las riendas de la
cabalgadura de Hawkmoon y espoleó a su montura. Los caballos se
movieron con facilidad, galopando casi con la misma rapidez con
que había volado el flamenco de Hawkmoon. Pero mientras que el
ave le había transportado hacia la salvación, este caballo le
acercaba ahora hacia su perdición. Con la mente atormentada por la
desesperación, Hawkmoon se dijo que su causa estaba perdida.
Cabalgaron durante largo rato a través de la encharcada tierra
del bosque. El rostro de Hawkmoon empezó a quedar cubierto de
barro, hasta el punto de que sólo podía ver parpadeando con fuerza
y echando la cabeza hacia atrás con una sacudida.
Mucho más tarde, escuchó a Agonosvos lanzar una maldición y
un grito. – ¡Apártate de mi camino! ¡Apártate!
Hawkmoon trató de distinguir algo, pero sólo pudo ver los
cuartos traseros del caballo de Agonosvos y una parte de la capa
del hombre. Débilmente, escuchó otra voz, pero no pudo
comprender lo que dijo. – ¡Aaah! ¡Que Kaldreen te coma los ojos!
Ahora. Agonosvos parecía tambalearse sobre la silla. Los dos
caballos aminoraron el paso y finalmente se detuvieron. Hawkmoon
vio a Agonosvos inclinarse hacia adelante y después caer sobre el
barro, por el que se arrastró, tratando de incorporarse. Llevaba una
flecha clavada en un costado. Inútilmente. Hawkmoon se preguntó
qué nuevos peligros habían podido surgir. ¿Lo iban a matar allí
mismo, en lugar de ser llevado a la corte del rey Huon?
Una pequeña figura apareció ante su diminuto campo de visión.
La figura se subió sobre el estremecido cuerpo de Agonosvos y le
desató las correas a Hawkmoon. Éste se dejó caer de la silla,
agarrándose al pomo, y se frotó los entumecidos brazos y piernas.
Oladahn le miró, sonriente.
–Encontraréis vuestra espada en el equipaje del hechicero -le
dijo.
Hawkmoon sonrió a su vez, lleno de alivio.
–Creí que habíais huido a vuestras montañas.
Oladahn empezó a contestar algo, pero Hawkmoon lanzó un
grito de advertencia. – ¡Agonosvos!
El hechicero se había incorporado, agarrándose con una mano la
flecha que le sobresalía del costado, y tambaleándose hacia el
pequeño hombre de las montañas. Hawkmoon se olvidó de su
propio dolor, corrió hacia donde estaba el caballo del hechicero y
desgarró las pertenencias del hombre hasta que encontró su
espada.
Ahora, Oladahn se hallaba enzarzado en una pelea con
Agonosvos, revolcándose ambos por el barro.
Hawkmoon se lanzó hacia ellos, pero no se atrevió a dirigir
ninguna estocada contra el hechicero por temor a hacerle daño a su
amigo. Se inclinó y agarró a Agonosvos por el hombro, tirando hacia
atrás del encolerizado hechicero. Escuchó una maldición que surgió
de debajo del casco, y Agonosvos desenvainó su propia espada de
la funda. El acero silbó en el aire al tiempo que descendía hacia
Hawkmoon quien detuvo el golpe con la suya y retrocedió,
tambaleándose, apenas con fuerzas para mantenerse en pie. El
hechicero volvió a golpear.
Hawkmoon desvió la hoja, lanzó su propia espada contra la
cabeza de Agonosvos. aunque algo débilmente, y apenas tuvo el
tiempo justo de parar el siguiente golpe. Entonces, vio un hueco en
su defensa y rápidamente introdujo la punta de la hoja en el vientre
del hechicero. El hombre lanzó un grito y retrocedió, con las piernas
curiosamente rígidas, agarrando la espada de Hawkmoon con
ambas manos, y arrancándola de manos del propio duque de
Colonia. Después, abrió ampliamente los brazos, empezó a decir
algo y finalmente cayó de bruces sobre el agua oscura de la charca.
Jadeante, Hawkmoon tuvo que apoyarse contra el tronco de un
árbol, notando como aumentaba el dolor de sus extremedidades a
medida que iba recuperando la circulación.
Oladahn se levantó de entre el barro, apenas reconocible. Un
montón de flechas se había desprendido de su cinturón y ahora las
recogió, inspeccionando las puntas.
–Se han estropeado algunas -dijo-, pero no tardaré en
sustituirlas. – ¿De dónde las habéis sacado?
–Anoche decidí inspeccionar el campamento de Agonosvos por
mi propia cuenta. Encontré el arco y las flechas en una de las
carretas y pensé que podrían serme útiles. Al regresar, vi que
Agonosvos entraba en la carreta donde descansabais y no me fue
difícil suponer lo que se proponía. De modo que permanecí oculto y
os seguí.
–Pero ¿cómo pudisteis seguir a unos caballos tan rápidos? –
preguntó Hawkmoon.
–Encontré a un aliado incluso más rápido -contestó Oiadahn
sonriendo y señalando hacia los árboles. Una figura grotesca
empezó a acercarse hacia ellos. Tenía unas piernas increíblemente
largas, mientras que el resto de su cuerpo era de un tamaño normal
-. Éste es Vlespeen. Odia a Agonosvos y se ha mostrado dispuesto
a ayudarme.
Vlespeen les observó a ambos.
–Le habéis matado -dijo-. Eso está bien.
Oladahn inspeccionó el equipaje de Agonosvos. Poco después
mostró un rollo de pergamino, diciendo:
–Un mapa. Y provisiones suficientes como para que todos
nosotros podamos llegar a la costa. – Desenrolló el mapa-. No está
muy lejos. Mirad.
Los tres se inclinaron sobre el mapa y Hawkmoon vio que
apenas faltaban ciento sesenta kilómetros para llegar al mar de
Mormian. Vlespeen se dirigió a continuación hacia donde había
caído Agonosvos, quizá para contemplar triunfalmente el cadáver.
Un instante después escucharon su grito y se volvieron para ver el
cuerpo del hechicero, blandiendo la misma espada que le había
atravesado, avanzando rígidamente hacia el hombre de piernas tan
largas. La espada desgarró hacia arriba el estómago de Vlespeen,
cuyas piernas se desmoronaron bajo su cuerpo como si fueran las
de un muñeco, hasta que el hombre quedó inmóvil, tendido sobre el
barro.
Hawkmoon quedó horrorizado. Desde el interior del casco de su
enemigo surgió una risita sardónica. – ¡Idiotas! He vivido durante
novecientos años. Durante ese tiempo, he aprendido a engañar a
todas las formas de la muerte.
Sin pensárselo dos veces, Hawkmoon se abalanzó contra él,
sabiendo que aquélla era la única oportunidad que tenía de salvar
su propia vida. Aunque había sobrevivido a una estocada que
debería haber sido mortal, Agonosvos estaba evidentemente
debilitado. Los dos se enzarzaron en una pelea cuerpo a cuerpo, al
borde de la charca, mientras Oladahn bailoteaba a su alrededor,
saltando finalmente sobre la espalda del hechicero y arrancándole el
apretado casco de la cabeza. Agonosvos lanzó un aullido, y
Hawkmoon sintió náuseas al contemplar ante él la cabeza blanca y
descarnada que quedó al descubierto. Era la cabeza de un antiguo
cadáver que ya se habían encargado de comerse los gusanos.
Agonosvos se cubrió el rostro con las manos y retrocedió,
tambaleándose.
Mientras Hawkmoon se apresuraba a recoger su espada y
montar sobre el gran caballo azul, escuchó tras él una voz que le
gritó:
–No olvidaré esto, Dorian Hawkmoon. Llegará el día en que os
convertiréis en juguete del barón Meliadus…, y yo estaré allí para
verlo.
Hawkmoon se estremeció y espoleó su caballo hacia el sur, en
dirección al lugar donde, según el mapa, estaba el mar de Mermian.
Dos días más tarde el cielo se había despejado y un sol
amarillento refulgía en el cielo azul. Por delante de ellos se extendía
una ciudad situada junto al mar refulgente. Allí podrían embarcarse
en dirección a Turquía.
3. El Guerrero de Negro y Oro
El pesado mercante turco surcó las tranquilas aguas del océano,
con la espuma rompiéndose ante su quilla y su única vela latina
extendida como el ala de un ave para tomar el fuerte viento. El
capitán de la nave, que llevaba un fez dorado con borla y una
chaquetilla bordada, con los largos y sueltos pantalones sujetos a
los tobillos por bandas doradas, se encontraba en la popa de la
nave, en compañía de Hawkmoon y Oladahn. El capitán señaló con
un dedo los dos grandes caballos azules sujetos en el puente
inferior y comentó:
–Son animales muy hermosos. Nunca he visto otros iguales por
estos parajes. – Se rascó la barba puntiaguda y añadió-: ¿No
estaríais dispuestos a venderlos? Una parte de este barco me
pertenece y podría pagaros un buen precio.
–Esos caballos valen para mí mucho más que cualquier riqueza -
contestó Hawkmoon negando con un movimiento de cabeza.
–Lo creo -replicó el capitán, sin comprender el verdadero
significado de sus palabras.
Después, levantó la mirada hacia lo alto del palo cuando
escuchó el grito del hombre que había allí, quien señalaba, con el
brazo extendido hacia el oeste.
Hawkmoon miró en la misma dirección y observó que tres velas
surgían sobre el horizonte. El capitán levantó su catalejo. – ¡Por
Rakar…! ¡Son naves del Imperio Oscuro!
Le entregó el catalejo a Hawkmoon y éste pudo observar con
claridad las velas negras de las naves. Cada una de ellas ostentaba
el símbolo del tiburón, perteneciente a la flota de guerra del Imperio
Oscuro. – ¿Tendrán intenciones de hacernos algún daño? –
preguntó.
–Esas naves hacen daño a todas las que no son de su clase -
contestó sombríamente el capitán-. Sólo podemos rezar para que no
nos hayan descubierto. Cada vez hay más naves como ésas en los
mares. El año pasado… -Se detuvo para comunicar unas órdenes a
sus hombres. El barco mercante avanzó con mayor rapidez cuando
se desplegó la vela de estay-. Hace un año sólo había unas pocas, y
la mayoría de ellas se dedicaban al comercio pacífico. Pero ahora
dominan los mares. Encontraréis sus armas en Turquía, en Siria, en
Persia, en todas partes, extendiendo la insurrección y ayudando a
los revoltosos locales. En mi opinión, no tardarán en apoderarse del
este del mismo modo que se han apoderado del oeste… Sólo
necesitarán un par de años más.
Las naves del Imperio Oscuro no tardaron en desaparecer de
nuevo bajo la línea del horizonte, y el capitán lanzó un suspiro de
alivio.
–No me sentiré tranquilo hasta que no hayamos divisado puerto
– dijo.
Avistaron el puerto turco a la caída del sol, y se vieron obligados
a permanecer fuera de sus aguas hasta la mañana siguiente,
cuando entraron en él, aprovechando la marea alta, y atracaron.
No mucho después, los tres barcos de guerra del Imperio Oscuro
entraron a su vez en el puerto, mientras Hawkmoon y Oladahn se
apresuraban a comprar todas las provisiones que podían y a seguir
la ruta indicada por el mapa, hacia el este, en dirección a Persia.
Una semana más tarde los grandes caballos les habían llevado
ya más allá de Ankara y cruzado el río Kizilirmac, y ahora
cabalgaban por un terreno lleno de colinas, donde todo parecía
amarillo y pardo bajo un sol implacable. En varias ocasiones vieron
el paso de ejércitos, pero los evitaron. Los ejércitos estaban
compuestos por tropas locales, incrementadas a menudo por
guerreros enmascarados de Granbretan. Hawkmoon se sintió muy
perturbado al ver esto último, pues no había esperado que la
influencia del Imperio Oscuro se extendiera tan lejos. En una
ocasión fueron testigos de una batalla, librada a cierta distancia, y
observaron cómo las disciplinadas fuerzas de Granbretan
derrotaban con facilidad al ejército oponente. Ahora, Hawkmoon
cabalgaba desesperadamente hacia Persia.
Un mes más tarde, mientras sus caballos trotaban a lo largo de
las riberas de un lago enorme, Oladahn y Hawkmoon se vieron
repentinamente sorprendidos por un grupo de unos veinte guerreros
que aparecieron de pronto sobre la cresta de una colina, que
descendieron, lanzándose a la carga contra ellos. Las máscaras de
los guerreros refulgieron al sol. aumentando así la ferocidad de su
aspecto… Eran las máscaras de la orden del Lobo. – ¡Vaya! ¡Los
dos que busca nuestro jefe! – gritó uno de los jinetes delanteros-. Si
apresamos con vida al más alto obtendremos una buena
recompensa.
–Me temo, lord Dorian, que estamos condenados -dijo Oladahn
con serenidad.
–No queda más escapatoria que morir luchando -dijo Hawkmoon
sombríamente, desenvainando la espada.
Si los caballos no hubieran estado tan cansados, habría tratado
de huir a uña de caballo, pero sabía que eso sería inútil ahora.
Los jinetes con máscaras de lobo no tardaron en rodearles.
Hawkmoon contaba con la ligera ventaja de querer matarlos,
mientras que ellos le querían coger vivo. Golpeó de lleno a uno en
plena máscara con la empuñadura de su espada, medio cortó un
brazo de otro, atravesó la ingle de un tercero y derribó a un cuarto
de su caballo.
Ahora combatían ya en las aguas superficiales del lago, con los
caballos chapoteando en el agua. Hawkmoon vio que Oladahn se
estaba defendiendo bien, pero el pequeño hombre lanzó de pronto
un grito y cayó de la silla de su montura. Hawkmoon ya no pudo
verle, rodeado de enemigos como estaba, pero lanzó maldiciones y
redobló sus esfuerzos.
Ahora, le presionaban tanto que apenas si disponía de sitio para
maniobrar la espada. Se dio cuenta, con una oleada de angustia, de
que no tardarían en apresarle. Siguió revolviéndose e hiriendo a sus
enemigos, ensordecido por el entrechocar de los metales y con las
narices llenas del olor de la sangre.
Entonces notó que la presión cedía y, a través de un bosque de
espadas levantadas, vio que un aliado se le había unido en su
lucha. Ya había visto con anterioridad a aquel hombre…, pero sólo
en sueños, o en visiones muy similares a los sueños. Se trataba del
mismo hombre que había visto en Francia y más tarde en Camarga.
Iba vestido con una armadura completa de colores negro y oro, y
un largo casco le cubría la cabeza por entero.
Manejaba una enorme espada de más de metro y medio de
longitud, y montaba un caballo blanco de batalla, casi tan grande
como el del propio Hawkmoon. Cada vez que lanzaba un golpe caía
un hombre, y pronto no quedaron más que unos pocos guerreros
lobo montados, los cuales no tardaron en volver grupas y alejarse a
todo galope por el agua, dejando atrás a los muertos y heridos.
Hawkmoon vio que uno de los jinetes caídos se esforzaba por
levantarse. Entonces vio que otra figura se incorporaba a su lado:
era Oladahn. El pequeño hombre conservaba la espada en la mano
y se defendía desesperadamente contra el granbretaniano.
Hawkmoon obligó a su caballo a avanzar sobre el agua y osciló la
espada con fuerza para golpear al guerrero lobo en la espalda,
atravesándole la cota de malla y el cuero y hundiendo la hoja en la
carne. El hombre cayó con un gemido de dolor, y su sangre
contribuyó a enrojecer aún más las aguas ya rojas.
Hawkmoon se volvió hacia donde el Guerrero de Negro y Oro
permanecía silenciosamente sentado en su silla.
–Os agradezco vuestra ayuda, milord -le dijo al tiempo que
limpiaba la hoja de su espada-. Me habéis seguido durante un largo
camino.
–Mucho más largo del que imagináis, Dorian Hawkmoon -dijo la
voz profunda y sonora del guerrero-. ¿Os dirigís a Hamadán?
–En efecto…, para buscar al hechicero Malagigi.
–Bien. Os acompañaré durante un trecho del camino. Ahora ya
no os falta mucho. – ¿Quién sois? – preguntó Hawkmoon-. ¿A quién
debo mi agradecimiento?
–Soy el Guerrero de Negro y Oro. No me deis las gracias por
haberos salvado la vida, pues todavía no os habéis dado cuenta de
para qué la he salvado. Vamos.
Y el guerrero inició la marcha, alejándose del lago. Algo más
tarde, mientras descansaban y comían, con el guerrero sentado
frente a él, Hawkmoon le preguntó: -¿Conocéis bien a Malagigi?
¿Estará dispuesto a ayudarme?
–Le conozco -contestó el Guerrero de Negro y Oro-. Quizá os
ayude. Pero debéis saber que Hamadán se ve asolada en estos
momentos por la guerra civil. Nahak. el hermano de la reina
Frawbra, intriga contra ella, y cuenta para ello con la ayuda de
muchos que llevan la misma máscara de quienes hemos derrotado
junto al lago.
4. Malagigi
Una semana más tarde pudieron contemplar la ciudad de
Hamadán a sus pies, toda blanca y refulgente bajo la luz del sol, con
sus agujas, cúpulas y minaretes revestidos de oro, plata y
madreperlas.
–Os dejo ahora -dijo el misterioso guerrero, haciendo girar a su
montura-. Adiós, Dorian Hawkmoon. Sin duda alguna, volveremos a
encontrarnos.
Hawkmoon le vio alejarse a lomos de su caballo por entre las
colinas; después, él y Oladahn espolearon a sus monturas en
dirección a la ciudad.
Pero a medida que se aproximaron a las puertas de entrada
escucharon un gran ruido procedente desde el otro lado de las
murallas. Era el sonido característico de la lucha, los gritos de los
guerreros y los relinchos de las bestias. De pronto, por las puertas
salió un gran contingente de soldados, muchos de ellos
terriblemente heridos y todos con aspecto agotado. Los dos
hombres dirigieron sus caballos hacia un lado, tratando de
apartarse, pero no tardaron en verse rodeados por el ejército, que
huía a la desbandada. Un grupo de jinetes pasó a todo galope a su
lado, y Hawkmoon oyó que uno de ellos gritaba: -¡Todo está perdido!
¡Nahak ha vencido!
Detrás de ellos apareció un enorme carro de guerra, hecho de
bronce, tirado por cuatro caballos negros, en el que se encontraba
una mujer de pelo revuelto, que llevaba puesta una hermosa
armadura azul y gritaba a sus hombres, tratando de que éstos se
volvieran y reanudaran la lucha. La mujer era joven y muy hermosa,
con unos ojos grandes, oscuros y rasgados llenos ahora de cólera y
frustración. Sostenía una cimitarra con una mano, que blandía en lo
alto.
La mujer tiró de las riendas en cuanto vio a los extrañados
Hawkmoon y Oladahn. – ¿Quiénes sois? ¿Más mercenarios del
Imperio Oscuro?
–No -contestó Hawkmoon-. Soy enemigo del Imperio Oscuro.
¿Qué está ocurriendo?
–Un levantamiento. Mi hermano Nahak y sus aliados han
penetrado por los túneles secretos que comunican la ciudad con el
desierto y nos han sorprendido. Si sois enemigo de Granbretan,
será mejor que huyáis ahora mismo. Ellos disponen de bestias de
batalla que…
No terminó la frase, sino que se volvió hacia sus hombres
gritándoles de nuevo y continuó su marcha.
–Será mejor que regresemos a las colinas -murmuró Oladahn.
Pero Hawkmoon sacudió la cabeza con un gesto negativo.
–Tengo que encontrar a Malagigi. Está en alguna parte, dentro
de esta ciudad. Nos queda poco tiempo.
Se abrieron paso entre el ejército que huía y entraron en la
ciudad, donde algunos hombres seguían luchando en las calles. Los
cascos puntiagudos de los soldados locales se entremezclaban con
los cascos de lobo de los guerreros del Imperio Oscuro. Observaron
una verdadera carnicería por todas partes. Hawkmoon y Oladahn
cabalgaron por una calle secundaria donde había poca lucha y
salieron finalmente a una plaza cuadrada. En el lado opuesto vieron
unas gigantescas bestias aladas, como grandes murciélagos negros
pero dotadas de largas patas delanteras armadas con garras
curvadas. Se estaban cebando en los guerreros en retirada, y
algunas de las bestias se dedicaban a devorar los cadáveres. Aquí y
allá, los hombres de Nahak intentaban espolear a las bestias para
que continuaran la batalla, pero estaba claro que aquellos
murciélagos gigantescos ya habían servido para su propósito.
Uno de los murciélagos se volvió de pronto y los vio. Hawkmoon
le gritó a Oladahn para que le siguiera por una estrecha calleja, pero
la bestia ya les perseguía, medio corriendo, medio batiendo las alas
en el aire, produciendo un angustioso sonido sibilante que les
pisaba los talones, y exhalando un terrible olor pestilente de su
cuerpo. Se metieron por la calleja, pero el murciélago se deslizó por
entre las casas en su persecución.
Entonces, en el extremo opuesto de la calleja apareció media
docena de jinetes con máscaras de lobo.
Hawkmoon desenvainó la espada y cargó contra ellos. No podía
hacer otra cosa.
Se enfrentó con el primero de los jinetes con tal arremetida que
el hombre saltó de la silla. Una espada golpeó su hombro y notó la
mordedura del metal en su carne, pero siguió luchando a pesar del
agudo dolor. La bestia de batalla lanzó un grito y los guerreros lobo
empezaron a volver grupas, presas del pánico.
Hawkmoon y Oladahn pasaron entre ellos y se encontraron de
pronto en una plaza mayor que la anterior y en la que no vieron a
nadie. Sólo había cadáveres desparramados sobre las piedras y el
pavimento. Hawkmoon vio a un hombre vestido de amarillo que salió
de un portal y se inclinó sobre uno de los cadáveres, cortándole la
bolsa y la daga enjoyada que pendía de su cinto. El hombre levantó
la mirada, lleno de pánico y trató de volver a meterse en el interior
de la casa al ver al duque de Colonia, pero Oladahn le impidió el
paso. Hawkmoon le colocó la espada ante el pecho. – ¿Qué camino
debo seguir para encontrar la casa de Malagigi? – preguntó.
El hombre señaló hacia un lado con un dedo tembloroso y
balbuceó:
–Por ahí… Es la casa con bóveda que tiene los signos
zodiacales incrustados en ébano sobre un tejado de plata. Por esa
calle. No me matéis, yo…
El hombre suspiró aliviado cuando Hawkmoon hizo girar su gran
caballo azul y se alejó por la calle que le habían indicado.
No tardó en divisar la casa con bóveda donde se veían los
signos zodiacales. Hawkmoon se detuvo ante la entrada y golpeó la
puerta con el pomo de su espada. La cabeza empezaba a latirle de
nuevo, y supo instintivamente que el hechizo del conde Brass no
lograría contener la fuerza vital de la Joya Negra durante mucho
más tiempo. Se dio cuenta de que debería haberse aproximado a la
casa del mago de un modo mucho más cortés, pero no disponía de
tiempo, con los soldados de Granbretan desparramados por todas
las calles de la ciudad. Por encima de él, dos murciélagos gigantes
aleteaban en busca de víctimas.
La puerta se abrió por fin y cuatro enormes negros armados con
picas y vestidos con ropas de color púrpura le impidieron el paso.
Hawkmoon vio un patio interior tras ellos. Trató de avanzar hacia
allí, pero las picas le amenazaron inmediatamente. – ¿Qué asunto
tenéis que tratar con nuestro amo, Malagigi? – le preguntó uno de
los negros.
–Busco su ayuda. Se trata de una cuestión de gran importancia.
Estoy en peligro.
Una figura apareció en los escalones que conducían a la casa. El
hombre iba vestido con una sencilla toga blanca. Tenía un largo pelo
gris e iba pulcramente afeitado. Su rostro era arrugado y viejo, pero
la piel mostraba un aspecto juvenil. – ¿Por qué razón debería
ayudaros Malagigi? – preguntó el hombre-. Ya veo que venís del
oeste. Las gentes que llegan del oeste sólo traen guerra y disensión
a Hamadán. ¡Marchaos! ¡No quiero saber nada de ninguno de
vosotros! – ¿Sois el señor Malagigi? – preguntó Hawkmoon-. Yo
mismo soy una víctima de esas gentes. Ayudadme y yo podré
ayudaros a desembarazaros de ellos. Por favor, os lo ruego…
–Marchaos. ¡No tomaré parte en vuestras luchas internas!
Los negros hicieron retroceder a los dos hombres y las puertas
se cerraron.
Hawkmoon empezó a golpear de nuevo las puertas, pero
entonces Oladahn le agarró por un brazo, haciéndole una indicación
hacia la parte alta de la calle. Por allí llegaban seis jinetes con
máscara de lobo, dirigidos por alguien cuya ornamentada máscara
Hawkmoon reconoció instantáneamente. Se trataba del propio
Meliadus. – ¡Ja! ¡Vuestro momento ha llegado, Hawkmoon! – gritó
Meliadus con una expresión de triunfo, al tiempo que desenvainaba
la espada y se lanzaba a la carga.
Hawkmoon le hizo dar la vuelta a su caballo. Aunque su odio
contra Meliadus era tan fuerte como siempre, sabía que no podía
enfrentarse con él en aquellos momentos. Él y Oladahn huyeron
calle abajo, y sus poderosos caballos no tardaron en dejar atrás a
los de los hombres de Meliadus.
Agonosvos o su mensajero debía de haberle dicho a Meliadus lo
que Hawkmoon se proponía, y el barón habría acudido para unirse a
sus propios hombres, ayudarles a apoderarse de Hamadán y
cumplir su venganza personal sobre Hawkmoon.
Hawkmoon huyó pasando de una estrecha calle a otra hasta que
perdió de vista a su perseguidor, al menos por el momento.
–Tenemos que escapar de la ciudad -le gritó a Oladahn-. Es
nuestra única oportunidad. Quizá podamos volver a entrar más tarde
y convencer a Malagigi de que nos ayude…
Su voz se detuvo de pronto cuando uno de los murciélagos
gigantescos descendió de repente para posarse justo frente a ellos,
con las garras extendidas. Más allá de aquella tenebrosa criatura se
abría una puerta y se encontraba la libertad.
Hawkmoon se hallaba ahora tan desesperado, sobre todo
después de la negativa de Malagigi a ayudarle, que cargó
directamente contra la bestia de batalla, haciendo oscilar la espada
contra sus crueles garras. El murciélago lanzó un silbido y sus
garras golpearon, alcanzando a Hawkmoon en el brazo que ya tenía
herido. El joven noble levantó su espada una y otra vez,
introduciéndola en la carne de aquella bestia horrible hasta que
surgió una sangre negra y le cortó uno de los tendones. El hocico
picudo se abrió y se lanzó contra Hawkmoon.
El caballo retrocedió cuando la cabeza de la bestia avanzó y
Hawkmoon lanzó rápidamente la espada hacia arriba, tratando de
golpear el enorme y brillante ojo. La hoja se introdujo en él. La
criatura lanzó un grito terrible y una mucosa amarillenta empezó a
brotar de la herida.
Hawkmoon introdujo la hoja por segunda vez. Aquella bestia se
tambaleó y empezó a caer hacia él, pero Hawkmoon se las arregló
para lograr ladear su caballo, apenas a tiempo, en el instante en que
el murciélago de batalla se desmoronaba. Después, se lanzó a todo
galope hacia la puerta y las colinas que se extendían más allá,
mientras Oladahn gritaba a su espalda: -¡Le habéis matado, lord
Dorian!
Y el pequeño hombre reía ferozmente.
No tardaron en hallarse entre las colinas, donde se unieron a los
cientos de guerreros derrotados que habían sobrevivido a la batalla
librada en el interior de la ciudad. Ahora cabalgaban con lentitud.
Finalmente, llegaron todos a un valle profundo donde vieron el carro
de bronce que había conducido antes la reina guerrera. Los
soldados se habían tumbado sobre la hierba, agotados, mientras
que la mujer de pelo revuelto deambulaba entre ellos. Hawkmoon
vio otra figura cerca del carro. Se trataba del Guerrero de Negro y
Oro, que parecía estar esperándole a él.
Hawkmoon desmontó y se acercó al guerrero. La mujer se
aproximó y permaneció apoyada contra el carro, con los ojos
encendidos por la misma cólera que Hawkmoon había observado
antes en ellos.
La profunda voz del Guerrero de Negro y Oro surgió de debajo
del casco, sonando lacónica:
–De modo que Malagigi no está dispuesto a ayudaros, ¿no es
eso?
Hawkmoon sacudió la cabeza, mirando a la mujer sin curiosidad
alguna. Se sentía desilusionado, aunque esa sensación empezaba a
ser sustituida por el salvaje fatalismo que le había salvado la vida en
su lucha contra el murciélago gigante.
–Ahora ya he terminado -se limitó a decir-, pero al menos puedo
regresar para tratar de encontrar una forma de matar a Meliadus.
–Ésa es una ambición común a ambos -intervino la mujer-. Soy
la reina Frawbra. Mi traicionero hermano aspira a ocupar el trono y
trata de conseguirlo con la ayuda de vuestro Meliadus y de sus
guerreros. Es posible que ya lo haya conseguido, puesto que, al
parecer, nuestros enemigos nos superan en número y no contamos
con la menor posibilidad de recuperar la ciudad.
Hawkmoon la miró con una expresión reflexiva.
–Si hubiera una posibilidad, por muy débil que fuera, ¿correríais
el riesgo?
–Si no existiera esa posibilidad, trataría de encontrarla -replicó la
mujer-. Pero no estoy segura de que mis guerreros quieran
seguirme.
En ese momento, otros tres jinetes llegaron al campamento. La
reina Frawbra les llamó y preguntó: -¿Acabáis de escapar de la
ciudad?
–Sí -contestó uno de ellos-. Están empezando a saquearla.
Jamás he visto unos conquistadores tan salvajes como esos
occidentales. Su jefe, un hombre muy alto, se ha atrevido a asaltar
la casa de Malagigi y le ha hecho prisionero. – ¿Qué? – exclamó
Hawkmoon-. ¿Que Meliadus ha hecho prisionero al hechicero? En
tal caso no me queda la menor esperanza.
–Tonterías -dijo el Guerrero de Negro y Oro-. Aún queda
esperanza. Mientras Meliadus conserve a Malagigi con vida,
tendréis una posibilidad. Y a él le interesa conservarlo con vida,
puesto que el hechicero conoce muchos secretos que a Meliadus le
encantaría aprender. Tenéis que regresar a Hamadán con los
ejércitos de la reina Frawbra, volver a tomar la ciudad y rescatar a
Malagigi.
–Pero ¿nos queda tiempo? – preguntó Hawkmoon encogiéndose
de hombros-. La Joya Negra ya muestra señales de estar
calentándose. Eso significa que está recuperando su fuerza vital. No
tardaré en verme convertido en una criatura sin mente…
–En tal caso, nada tenéis que perder, lord Dorian -intervino
Oladahn. Puso una mano peluda sobre el brazo de Hawkmoon y le
dirigió una sonrisa amistosa-. Nada que perder.
Hawkmoon se echó a reír amargamente apartando con suavidad
la mano de su amigo.
–Ah, tenéis razón. No tengo nada que perder. Bien, reina
Frawbra, ¿qué decís vos?
–Hablemos con los que quedan de mi ejército -dijo la mujer
embutida en su coraza.
Un momento después, Hawkmoon se subió al carro de combate
y se dirigió a los agotados guerreros.
–Hombres de Hamadán, he recorrido muchos centenares de
kilómetros desde el oeste, donde Granbretan gobierna. Mi propio
padre fue torturado hasta morir por el mismo barón Meliadus que
hoy ayuda a los enemigos de vuestra reina. He visto naciones
enteras reducidas a cenizas, con sus poblaciones diezmadas o
esclavizadas.
He visto niños crucificados y colgados de las horcas. He
conocido a bravos guerreros convertidos en perros serviles. »Sé que
os debe parecer inútil resistir a los hombres enmascarados del
Imperio Oscuro, pero pueden ser derrotados. Yo mismo fui uno de
los comandantes de un ejército que apenas contaba con mil
hombres, y que fue capaz de poner en fuga a un ejército de
Granbretan de más de veinte mil soldados. Y lo que nos permitió
conseguir la victoria fue nuestra voluntad de vivir, el hecho de saber
que, si huíamos, nos merecíamos ser cazados como conejos y morir
finalmente de un modo ignominioso. »Vosotros, al menos, podéis
morir con valentía, como hombres…, sabiendo que existe una
posibilidad de derrotar a las fuerzas que hoy han ocupado vuestra
ciudad…
Siguió hablando de la misma guisa y, poco a poco, los cansados
guerreros se fueron reanimando. Algunos le vitorearon. Entonces, la
reina Frawbra se unió a él en el carro y gritó a sus hombres que
siguieran a Hawkmoon de regreso a Hamadán, para atacar mientras
el enemigo se hallaba desprevenido, mientras sus soldados estaban
borrachos, peleándose entre ellos por la posesión del botín.
Las palabras de Hawkmoon les habían animado; ahora, las
palabras de la reina Frawbra les ayudaron a comprender la lógica de
su actitud. Empezaron a aprestar sus armas, a ajustarse las
armaduras, a buscar sus caballos.
–Atacaremos esta misma noche -gritó la reina-. No les daremos
tiempo para que adivinen nuestro plan.
–Creo que cabalgaré con vos -dijo el Guerrero de Negro y Oro.
Y aquella misma noche regresaron a caballo hacia Hamadán,
donde los soldados conquistadores se divertían tumultuosamente.
Las puertas de acceso seguían abiertas y apenas si estaban
vigiladas, mientras que las bestias de batalla dormían sonoramente,
con los estómagos llenos con la carne de sus presas.
5. La vida de la Joya Negra
Penetraron estruendosamente en la ciudad y asaltaron a sus
enemigos casi antes de que se dieran cuenta de lo que estaba
ocurriendo. Hawkmoon los dirigió. La cabeza le dolía terriblemente,
y la Joya Negra había empezado a palpitar en su cráneo. Tenía el
rostro tenso y pálido, y había en su actitud algo que inducía a los
soldados a huir ante su sola presencia, cuando su caballo se
encabritaba y él levantaba la espada y gritaba: «¡Hawkmoon!
¡Hawkmoon!», lanzando estocadas a uno y otro lado, lleno de una
histeria por matar.
Pisándole los talones avanzaba el Guerrero de Negro y Oro, que
combatía metódicamente con el aspecto de quien cumplía con una
aburrida obligación. La reina Frawbra también estaba allí, dirigiendo
su carro de combate contra los asombrados grupos de guerreros,
mientras que Oladahn de las montañas, subido a uno de los
pescantes, arrojaba una flecha tras otra contra el enemigo.
Hicieron retroceder a las fuerzas de Nahak y a los mercenarios
de la orden del Lobo por toda la ciudad.
Entonces, Hawkmoon distinguió la bóveda de la casa de
Malagigi y lanzó a su caballo sobre las cabezas de quienes le
impedían el paso hasta llegar ante la casa. Una vez. allí, se puso en
pie sobre la grupa de su montura, se agarró a la parte superior del
muro y se izó a pulso.
Cayó al otro lado del patio evitando por poco el cuerpo
despatarrado de uno de los guardianes negros de Malagigi. La
puerta de la casa estaba destrozada y el interior había sido
saqueado.
Abriéndose paso por entre los muebles destrozados, Hawkmoon
encontró una estrecha escalera. Sin duda alguna, conducía a los
laboratorios del mago. Empezó a subir la escalera, y se hallaba a
medio camino cuando una puerta se abrió en la parte superior y
aparecieron ante él dos guardias con máscaras de lobo. Los
hombres descendieron a su encuentro, con las espadas preparadas.
Hawkmoon levantó la suya para defenderse. La expresión de su
rostro se contrajo en una mueca mortal mientras lo hacía, y en sus
ojos brillaba un rasgo de locura que se mezclaba con la furia y la
desesperación. Lanzó su espada una, dos veces y dos cadáveres
cayeron rodando por los escalones. Poco después, Hawkmoon
entró en la estancia situada en la parte superior de la escalera,
donde descubrió a Malagigi atado con correas al muro, con huellas
de haber sido torturado en las extremidades.
Rápidamente, cortó las ligaduras del anciano y lo depositó
suavemente sobre un camastro que había en un rincón. Había
bancos de trabajo por todas partes, llenos de aparatos alquímicos y
de pequeñas máquinas.
Malagigi se agitó y abrió los ojos.
–Tenéis que ayudarme, señor -dijo Hawkmoon con la voz
enronquecida-. He venido para salvaros la vida. Al menos podríais
intentar salvar la mía.
Malagigi se incorporó sobre el camastro, haciendo muecas de
dolor.
–Ya os lo dije… No haré nada en favor de ninguno de los dos
bandos. Torturadme si queréis, como ha hecho vuestro compatriota,
pero yo no… -¡Maldito seáis! – exclamó Hawkmoon-. Me arde la
cabeza. Tendré suerte si consigo llegar al amanecer.
No podéis negaros. He recorrido más de tres mil kilómetros sólo
para buscar vuestra ayuda. Yo soy tan víctima de Granbretan como
vos, e incluso más. Yo…
–Demostrádmelo y quizá os ayude -dijo Malagigi-. Arrojad a los
invasores de la ciudad y después de eso venid a verme.
–Para entonces ya será demasiado tarde. La joya tiene su propia
vida. En cualquier momento puede…
–Demostradmelo -insistió Malagigi, volviendo a hundirse en el
camastro.
Hawkmoon medio levantó la espada, lleno de rabia y
desesperación, casi decidido a matar al anciano. Pero finalmente se
dio media vuelta y bajó corriendo la escalera, salió al patio, abrió la
puerta y montó de un salto sobre la silla de su caballo.
Finalmente, encontró a Oladahn. – ¿Qué curso sigue la batalla?
– le preguntó a gritos por encima de las cabezas de los
combatientes.
–Creo que no muy bien. Meliadus y Nahak se han reagrupado y
conservan la mitad de la ciudad. La fuerza principal se ha
concentrado en la plaza central, donde está el palacio. La reina
Frawbra y vuestro amigo de la coraza negra ya dirigen un ataque en
esa zona, pero me temo que inútilmente.
–Veámoslo por nosotros mismos -dijo Hawkmoon.
Tiró brutalmente de las riendas de su caballo y lo obligó a abrirse
paso por entre los guerreros que no dejaban de combatir, lanzando
tajos aquí y allá, contra amigos o enemigos, dependiendo de quien
se interpusiera en su camino.
Oladahn le siguió, y finalmente ambos llegaron a la gran plaza
central, donde encontraron a los dos ejércitos enfrentados. Montado
y a la cabeza de sus hombres estaba Meliadus, acompañado por
Nahak, de expresión bastante estúpida, que, evidentemente, no era
más que un títere en manos del barón del Imperio Oscuro. Frente a
ellos se encontraban la reina Frawbra en su ya medio destrozado
carro de guerra y el Guerrero de Negro y Oro.
Cuando Hawkmoon y Oladahn entraron en la plaza, escucharon
a Meliadus que, a la luz de las antorchas que iluminaban a ambos
ejércitos, gritaba: -¿Dónde está ese cobarde traidor de Hawkmoon?
¿Acaso se oculta?
Hawkmoon se abrió paso por entre las filas de guerreros,
dándose cuenta de lo débiles que eran sus líneas.
–Aquí estoy, Meliadus. ¡He venido para destruirte! –
¿Destruirme? – preguntó Meliadus echándose a reír-. ¿Acaso no
sabéis que vuestra vida depende de mi capricho? ¿No sentís ya la
Joya Negra dispuesta a devoraros el cerebro?
Involuntariamente, Hawkmoon se llevó la mano a la frente
palpitante, percibiendo el malvado calor de la Joya Negra, sabiendo
que Meliadus estaba diciendo la verdad. – ¿A qué esperáis
entonces? – dijo torvamente.
–Estoy dispuesto a ofreceros un trato. Decidle a estos idiotas
que su causa es inútil. Decidle que arrojen sus armas…, y os evitaré
lo peor a vos.
Ahora, Hawkmoon se dio cuenta realmente de que sólo
conservaba su mente para el placer de sus enemigos.
Meliadus había contenido su deseo de alcanzar una venganza
inmediata, con la esperanza de obligar a Hawkmoon a evitar más
pérdidas de guerreros de Granbretan.
Incapaz de contestar a la propuesta, Hawkmoon se detuvo,
tratando de debatir las alternativas. Entre sus propias filas se
produjo un gran silencio, mientras los hombres esperaban
tensamente su decisión. Sabía que, en aquellos instantes, todo el
destino de Hamadán podía depender de él. Mientras permanecía
allí, con la mente confundida, Oladahn le tiró de un brazo y
murmuró:
–Tomad esto, lord Dorian.
Hawkmoon bajó la mirada hacia el objeto que le ofrecía el
hombre de las montañas. Era un casco. Al principio, no lo reconoció.
Entonces vio que se trataba del mismo casco que el hombrecillo le
había arrancado de la cabeza a Agonosvos. Recordó la
nauseabunda cabeza que lo había portado antes y se estremeció. –
¿Por qué? Eso está contaminado.
–Mi padre fue hechicero -le recordó Oladahn-. Él me enseñó sus
secretos. Este casco tiene ciertas propiedades. En él se han
introducido circuitos que os protegerán durante un breve período de
tiempo de toda la fuerza vital de la Joya Negra. Ponéoslo, milord, os
lo ruego. – ¿Cómo puedo estar seguro…?
–Ponéoslo… y lo descubriréis.
Cautelosamente, Hawkmoon se quitó su propio casco y aceptó el
que le entregaba Oladahn. El casco se le ajustó perfectamente y se
sintió aprisionado por él, pero también se dio cuenta de que la joya
ya no le palpitaba tan rápidamente en la frente. Sonrió y una salvaje
sensación de alivio llenó todo su ser. Desenvainó la espada. – ¡Ésta
es mi respuesta, barón Meliadus! – gritó lanzándose a la carga
contra el sorprendido lord de Granbretan.
Meliadus lanzó una maldición y se esforzó por desenvainar su
propia espada de la funda. Apenas había logrado hacerlo cuando la
espada de Hawkmoon le alcanzó de plano en la cabeza,
arrancándole el casco, dejando al descubierto su rostro ceñudo y
desconcertado. Detrás de Hawkmoon sonaron los vítores de los
soldados de Hamadán, que, dirigidos por Oladahn, la reina Frawbra
y el Guerrero de Negro y Oro, se lanzaron contra el enemigo,
obligándole a retroceder hacia las puertas del palacio.
Por el rabillo del ojo, Hawkmoon vio que la reina Frawbra se
inclinaba sobre su carro y rodeaba el cuello de su hermano con un
brazo, arrancándole de la silla de su caballo. La reina levantó la
mano y la dejó caer dos veces, después de lo cual sólo sostenía una
daga ensangrentada, mientras el cadáver de Nahak caía al suelo,
donde fue pisoteado por los cascos de los caballos de los hombres
que seguían a la reina.
Hawkmoon seguía experimentando una salvaje desesperación,
sabiendo, como sabía, que el casco de Agonosvos no podía
protegerle durante mucho tiempo. Hizo oscilar la espada
rápidamente, lanzando un golpe tras otro contra Meliadus, que los
fue deteniendo con la misma rapidez. El semblante de Meliadus se
hallaba contraído en una expresión que le hacía parecerse a la del
lobo del casco que acababa de perder; de sus ojos se desprendía
un odio que sólo era igualado por el del propio Hawkmoon.
Sus espadas se cruzaban rítmicamente, bloqueando cada una
de las estocadas, devolviendo cada uno de los golpes. Parecía
como si pudieran continuar así hasta que uno de los dos cayera
agotado. Pero entonces, un grupo de guerreros en lucha retrocedió
contra el caballo de Hawkmoon, obligándolo a su vez a retroceder,
arrojándole hacía atrás y haciéndole perder los estribos. Meliadus
sonrió salvajemente y se lanzó contra el pecho desguarnecido de
Hawkmoon. A su golpe le faltó fuerza, aunque fue suficiente para
lograr que Hawkmoon cayera de la silla. Cayó al suelo por debajo de
los cascos del caballo de Meliadus.
Rodó de costado y el barón trató de lanzarle el caballo encima.
Hawkmoon logró ponerse en pie y trató de defenderse lo mejor que
pudo de la lluvia de golpes que el triunfante granbretaniano hacía
descender sobre él.
La espada de Meliadus golpeó en dos ocasiones el casco de
Agonosvos, abollándolo. Hawkmoon sintió que la joya empezaba a
palpitar de nuevo en su frente. Maldijo interiormente y, con un
arranque de furia, se acercó más.
Asombrado ante aquel movimiento inesperado, Meliadus fue
sorprendido con la guardia baja y su intento de detener la estocada
de Hawkmoon sólo consiguió a medias su propósito. La espada de
Hawkmoon trazó un gran surco en uno de los lados de la
desprotegida cabeza de Meliadus, y todo su rostro pareció abrirse al
tiempo que la sangre surgía a borbotones. Meliadus lanzó un grito
de dolor y quedó paralizado por un momento. Trató de limpiarse la
sangre de los ojos y Hawkmoon aprovechó el instante de vacilación
para agarrarle el brazo que sostenía la espada y tirar de él con
fuerza hacia el suelo. Meliadus se liberó de un tirón, retrocedió,
tambaleándose, y después se lanzó contra Hawkmoon con la
espada en alto, chocándola contra la hoja de éste con tal fuerza que
ambas se partieron.
Los jadeantes antagonistas quedaron quietos por un instante,
mirándose fijamente el uno al otro; después, cada uno extrajo un
largo puñal de su cinto y empezaron a estudiarse, moviéndose en
círculo, dispuestos para lanzarse al ataque. Los elegantes rasgos de
Meliadus ya no eran tan elegantes, y si lograba sobrevivir siempre
llevaría en su cabeza la marca del golpe que le había dejado
Hawkmoon. La sangre continuaba saliendo por la herida, goteándole
sobre el peto.
En cuanto a Hawkmoon, se estaba debilitando por momentos. La
herida recibida el día anterior empezaba a causarle dolorosas
molestias, sentía la cabeza ardiente por el dolor causado por la joya,
y a causa de ello apenas si podía ver. Se tambaleó dos veces, pero
se enderezó inmediatamente en cuanto Meliadus hizo una finta
hacia él empuñando la daga.
Entonces, los dos hombres se abalanzaron el uno contra el otro
y quedaron enzarzados instantáneamente en una lucha a muerte,
esforzándose desesperadamente por dar un golpe mortal que
pusiera punto final a su antagonismo.
Mehadus lanzó un golpe contra un ojo de Hawkmoon pero lo
falló, y la daga resbaló por la parte lateral del casco, mientras que el
arma de éste buscaba el cuello de Meliadus. La otra mano del barón
se levantó a tiempo de agarrar la muñeca que empuñaba la daga y
se la retorció.
La danza de la muerte continuó, con ambos hombres
enzarzados, pecho contra pecho, dispuestos a dar el golpe final. La
respiración se les escapaba de las gargantas produciendo gemidos,
los cuerpos les dolían de agotamiento, pero un odio feroz brillaba en
ambos pares de ojos, y así continuarían hasta que uno de los dos
hubiera dejado de existir.
A su alrededor, la batalla continuaba, con las fuerzas de la reina
Frawbra haciendo retroceder más y más a sus enemigos. Ahora,
nadie luchaba ya cerca de los dos hombres, que sólo estaban
rodeados de cadáveres.
El amanecer empezaba a asomar en el cielo.
El brazo de Meliadus tembló cuando Hawkmoon trató de hacerlo
retroceder para dejar libre su muñeca. Su propia mano libre sostenía
débilmente el antebrazo de Meliadus, pues era la que correspondía
a la parte que tenía herida. Desesperadamente, Hawkmoon elevó la
rodilla, protegida por la armadura, metiéndola en la entrepierna de
Meliadus y levantándola con fuerza. El barón retrocedió,
tambaleándose. Un pie tropezó con uno de los arneses de un
caballo muerto y cayó al suelo. Hizo un esfuerzo por levantarse,
pero eso contribuyó a enredarle aún más. Los ojos se le llenaron de
temor al ver avanzar a Hawkmoon, que apenas si podía sostenerse
en pie.
Hawkmoon levantó su daga. La cabeza le palpitaba ahora con tal
fuerza que se sentía mareado. Se lanzó contra el barón, y en ese
instante notó que una gran debilidad se apoderaba de pronto de él y
la daga se le cayó de la mano.
Ciegamente, extendió la mano en busca del arma, pero en ese
momento perdió el conocimiento. Abrió la boca, lleno de cólera, pero
hasta esa emoción se desvaneció en la nada. De un modo fatalista,
se dio cuenta, en aquel último instante de conciencia, de que
Meliadus podría matarle en el momento en que él había creído
alcanzar el triunfo.
6. Servidor del Bastón Rúnico
Hawkmoon miró a través de las ranuras del casco, parpadeando
al percibir el fulgor de la luz. Aún le ardía la cabeza, pero la cólera y
la desesperación parecían haberle abandonado. Volvió la cabeza y
vio a Oladahn y al Guerrero de Negro y Oro que le contemplaban.
Oladahn mostraba un gesto de preocupación en el rostro, pero el
semblante del guerrero seguía oculto tras aquel casco enigmático. –
¿No estoy… muerto? – preguntó Hawkmoon débilmente.
–A mí no me lo parece -respondió lacónicamente el guerrero-.
Aunque quizá lo estéis.
–Simplemente, estáis agotado -se apresuró a decir Oladahn,
dirigiendo una mirada de desaprobación hacia el misterioso
guerrero-. Ya os han curado la herida del brazo y es probable que
sane con rapidez. – ¿Dónde estoy? – preguntó Hawkmoon -. Una
habitación…
–Una habitación en el palacio de la reina Frawbra. La ciudad
vuelve a ser suya, el enemigo ha sido destrozado, capturado o ha
huido. Encontramos vuestro cuerpo tendido sobre el del barón
Meliadus. Al principio, pensamos que los dos habíais muerto. – ¡De
modo que Meliadus ha muerto!
–Es probable. Cuando nos volvimos para mirar su cadáver, éste
se había desvanecido. Sin duda alguna se lo llevaron algunos de
sus hombres que huían.
–Ah, muerto al fin -dijo Hawkmoon sintiéndose agradecido.
Ahora que Meliadus había pagado por todos sus crímenes, se sintió
repentinamente en paz, a pesar del dolor que seguía
experimentando en su cabeza. Y entonces se le ocurrió otro
pensamiento-. Malagigi. Tenéis que encontrarle. Decidle…
–Malagigi ya viene hacia aquí. En cuanto se enteró de vuestras
hazañas decidió venir al palacio. – ¿Me ayudará ahora?
–No lo sé -contestó Oladahn volviendo a mirar al Guerrero de
Negro y Oro.
Algo más tarde la reina Frawbra entró en la habitación. Detrás de
ella venía el brujo de rostro arrugado, llevando consigo un objeto
cubierto con una tela. El objeto en cuestión tenía aproximadamente
el tamaño y la forma de la cabeza de un hombre.
–Lord Malagigi -murmuró Hawkmoon tratando de incorporarse en
la cama. – ¿Sois vos el joven que me ha estado persiguiendo estos
últimos días? No puedo ver vuestro rostro con ese casco que lleváis.
Malagigi habló irasciblemente, y Hawkmoon volvió a sentirse
desesperado.
–Soy Dorian Hawkmoon. He demostrado mi amistad por
Hamadán. Meliadus y Nahak han sido destruidos y sus fuerzas han
huido. – ¿De veras? – Malagigi frunció el ceño-. Ya me han hablado
de esa joya que tenéis en la cabeza. Conozco muy bien esa clase
de creaciones y cuáles son sus propiedades. Pero no sé si se podrá
eliminar su poder…
–Me dijeron que erais el único hombre que podría hacerlo -dijo
Hawkmoon.
–Podría…, sí. Pero ¿puedo? No lo sé. Me estoy haciendo viejo.
Físicamente, no estoy seguro de si…
El Guerrero de Negro y Oro avanzó un paso y tocó a Malagigi
suavemente en el hombro. – ¿Me conocéis, hechicero?
–Ah, sí, os conozco -asintió Malagigi. – ¿Y conocéis también el
poder al que sirvo?
–Sí -asintió Malagigi frunciendo el ceño, mirando a uno y a otro-.
Pero ¿qué tiene eso que ver con este joven?
–Él también sirve a ese mismo poder, aunque no lo sabe.
El semblante de Malagigi adquirió una expresión de resolución.
–En tal caso le ayudaré -dijo con firmeza-, aun cuando eso
signifique arriesgar mi propia vida.
Hawkmoon se incorporó de nuevo en la cama. – ¿Qué significa
todo esto? – preguntó-. ¿A quién estoy sirviendo? No sabía…
Malagigi apartó la tela que cubría el objeto que sostenía entre las
manos. Se trataba de un globo cubierto de pequeñas
irregularidades, cada una de las cuales brillaba con un color
diferente. Los colores cambiaban constantemente, lo que hizo que
Hawkmoon parpadeara con rapidez.
–Primero tenéis que concentraros -le dijo Malagigi, sosteniendo
el extraño globo cerca de su cabeza-.
Contemplad fijamente este objeto. Miradlo sin apartar la vista.
Miradlo todo el rato. Mirad, Dorian Hawkmoon, todos los colores…
Hawkmoon dejó de parpadear hasta que ya no pudo apartar la
mirada de los colores del globo, que cambiaban rápidamente de
lugar. Se sintió poseído por una extraña sensación de ingravidez y
de bienestar enormes.
Empezó a sonreír y después todo se hizo neblinoso y le pareció
hallarse suspendido en medio de una neblina suave y cálida, más
allá del espacio y del tiempo. En cierto modo, seguía conservando
toda su conciencia y, sin embargo, no percibía nada del mundo que
le rodeaba.
Permaneció en este estado durante largo rato, sabiendo
vagamente que su cuerpo, que ya no parecía formar parte de él,
estaba siendo trasladado de un lugar a otro.
Los delicados colores de la neblina cambiaban a veces, pasando
de una sombra de rosa rojizo a un azul cielo o a un amarillo dorado,
pero eso era todo lo que se sentía capaz de ver, y no sentía
absolutamente nada más. Se sintió en paz, como no se había
sentido jamás, a excepción quizá de cuando era un niño pequeño y
se encontraba entre los brazos de su madre.
Después, los tonos pastel empezaron a verse cruzados por
venas de colores más oscuros y sombríos, y la sensación de paz se
fue perdiendo gradualmente a medida que unos relámpagos negros
y rojizos zigzagueaban ante sus ojos. Experimentó la sensación de
que algo tiraba violentamente de él, sintió una gran angustia y lanzó
un grito.
Después, abrió los ojos para contemplar horrorizado la máquina
que estaba delante de él. Era idéntica a la máquina que había visto
tanto tiempo atrás en los laboratorios del palacio del rey Huon. ¿Se
encontraba acaso de regreso en Londra?
Las tiras de tejido negro, dorado y plateado le murmuraban, pero
ahora no le acariciaban como lo habían hecho la vez anterior; en
lugar de eso, se contraían, alejándose de donde él estaba,
haciéndose más y más pequeña, hasta que sólo ocuparon una
fracción del espacio. Hawkmoon miró a su alrededor y vio a Malagigi
y detrás de él el laboratorio donde antes había rescatado al mago de
los hombres del Imperio Oscuro.
Malagigi parecía exhausto, pero en su viejo rostro había una
expresión de gran autosatisfacción.
Avanzó hacia él sosteniendo una caja de metal, levantó la
máquina de la Joya Negra y la guardó en la caja, cerrándola
firmemente con llave.
–La máquina -dijo Hawkmoon espesamente -. ¿Cómo la
conseguisteis?
–Yo mismo la construí -contestó Malagigi sonriendo-. Así es,
duque Hawkmoon, yo mismo la construí.
Me ha costado una semana de intenso esfuerzo mientras vos
yacíais aquí, protegido en parte de esa otra máquina…, la que está
en Londra…, gracias a mis hechizos. Hubo momentos en que creí
haber perdido la batalla, pero esta mañana terminé por fin la
máquina, a excepción de un solo elemento… -¿De qué se trataba?
–De su fuerza vital. Esa era la cuestión crucial…, saber si podría
pronunciar el hechizo a tiempo. Tenía que conseguir que toda la
fuerza vital de la Joya Negra apareciera y llenara vuestra mente,
confiando en que esta máquina absorbería todo su poder antes de
que pudiera empezar a devorar vuestro cerebro. – ¡ Y lo hizo! –
exclamó Hawkmoon aliviado.
–En efecto, lo hizo. Ahora, en cualquier caso, estáis libre de ese
temor.
–En cuanto a los peligros humanos, los puedo aceptar y arrostrar
alegremente -dijo Hawkmoon levantándose de la cama donde había
estado tumbado-. Estoy en deuda con vos, lord Malagigi. Si puedo
serviros en algo…
–No, en nada -replicó Malagigi con una sonrisa de satisfacción-.
Me alegra poder tener aquí esta máquina -añadió dando unos
golpecitos sobre la caja cerrada-. Quizá en algún momento me sea
de gran utilidad.
Además…
Frunció el ceño, mirando pensativamente a Hawkmoon. – ¿Qué
sucede?
–Ah, nada -contestó Malagigi encogiéndose de hombros.
Hawkmoon se tocó la frente. La Joya Negra seguía incrustada allí,
pero ahora estaba fría. – ¿No me habéis quitado la joya?
–No, aunque podría hacerse si así lo deseáis. Pero ahora no
ofrece peligro alguno para vos. Quitarla de vuestra frente sólo será
una cuestión de cirugía menor.
Hawkmoon estaba a punto de preguntarle cómo se podría hacer
eso, cuando se le ocurrió otra idea.
–No -dijo al fin -. No, dejádmela… Será un símbolo de mi odio
contra el Imperio Oscuro. Confío en que no tarden en temer ese
símbolo. – ¿Queréis decir que tenéis la intención de continuar la
lucha contra ellos?
–En efecto…, y con un esfuerzo redoblado ahora que me habéis
liberado.
–Representan una fuerza a la que hay que oponerse -dijo
Malagigi. Después, dando un profundo suspiro, añadió-: Ahora
tengo que dormir. Me siento muy cansado. Encontraréis a vuestros
amigos esperándoos en el patio de la casa.
Hawkmoon bajó los escalones de la casa, saliendo a la brillante
y cálida luz solar de la mañana, y allí estaba Oladahn, con una
brillante sonrisa casi dividiendo su rostro en dos. Junto a él estaba la
alta figura del Guerrero de Negro y Oro. – ¿Estáis completamente
bien? – preguntó el guerrero.
–Completamente.
–Bien. En tal caso, os dejo. Adiós. Dorian Hawkmoon.
–Os agradezco toda vuestra ayuda -dijo Hawkmoon mientras el
guerrero se encaminaba hacia su gran caballo blanco de combate.
Entonces, cuando ya se disponía a montar, le asaltó un recuerdo y
añadió-:
Esperad. – ¿Qué ocurre? – preguntó la cabeza cubierta por el
casco, volviéndose hacia él.
–Fuisteis vos quien convencisteis a Malagigi para que eliminara
la fuerza vital de la Joya Negra. Le dijisteis que yo estaba al servicio
del mismo poder al que vos servís. Y, sin embargo, no conozco
poder alguno a cuyo servicio me encuentre.
–Algún día lo conoceréis. – ¿A qué poder servís vos?
–Sirvo al Bastón Rúnico -contestó el Guerrero de Negro y Oro.
Montó en su cabalgadura y la espoleó, pasando a través de la
gran puerta y alejándose antes de que Hawkmoon pudiera hacerle
más preguntas. – ¿Ha dicho el Bastón Rúnico? – murmuró Oladahn,
frunciendo el ceño-. Creo que se trata de un mito…
–Sí, un mito. Creo que a ese guerrero le gustan mucho los
misterios. Sin duda alguna se ha burlado de nosotros. – Hawkmoon
sonrió burlonamente, palmeando ligeramente a Oladahn en el
hombro-. Si volvemos a verle le sonsacaremos la verdad de todo
esto. Y ahora, estoy hambriento. Vendría muy bien un buen
almuerzo…
–Se está preparando un banquete en el palacio de la reina
Frawbra -dijo Oladahn con un guiño-. El más exquisito que he visto
jamás. Y creo que el interés que la reina siente por vos no sólo se
debe a la gratitud. – ¿De veras? Bueno, confío en no desilusionarla,
amigo Oladahn, puesto que estoy comprometido con una doncella
más hermosa que la propia Frawbra. – ¿Es eso posible?
–Sí. Vamos, pequeño amigo…, disfrutemos de la buena comida
de la reina y hagamos nuestros preparativos para regresar al oeste.
– ¿Tenemos que marcharnos tan pronto? Aquí somos héroes y,
además, nos merecemos un buen descanso, ¿no os parece?
–Quedaos si queréis -le dijo Hawkmoon sonriendo-. Pero yo
tengo que asistir a una boda…, la mía.
–Oh, si es así -concedió Oladahn con un suspiro y una mueca
burlona-. Yo tampoco debería perderme ese acontecimiento.
Supongo que tendré que acortar mi estancia en Hamadán.
A la mañana siguiente, la propia reina Frawbra les escoltó hasta
las puertas de Hamadán. – ¿No queréis cambiar de opinión, Dorian
Hawkmoon? Os ofrezco un trono… El trono por el que mi hermano
encontró la muerte.
Hawkmoon miró hacia el oeste. A más de tres mil kilómetros de
distancia y varios meses de viaje estaría Yisselda esperándole, sin
saber si había tenido éxito en su misión o si en estos momentos
había caído víctima de la Joya Negra. El conde Brass también le
esperaba y debía contarle la nueva infamia cometida por
Granbretan.
Sin duda alguna, Bowgentle estaba ahora junto a Yisselda, en la
torreta de la torre más alta del castillo de Brass, contemplando las
marismas de Camarga, tratando de consolar a la joven, que se
preguntaría si el hombre que se había comprometido a casarse con
ella regresaría alguna vez.
Se inclinó en su silla y besó la mano de la reina.
–Os lo agradezco, majestad, y me honráis mucho al creerme
digno de gobernar a vuestro lado, pero debo cumplir un
compromiso… por el que renunciaría a veinte tronos si fuera
necesario… Debo marcharme. También se necesita mi espada para
luchar contra el Imperio Oscuro.
–En tal caso, marchaos -dijo ella con tristeza-, pero acordaos de
Hamadán y de su reina.
–Asi lo haré.
Espoleó a su gran caballo azul y se lanzó al galope sobre la
rocosa llanura. Detrás de él, Oladahn se volvió, lanzó un beso hacia
la reina Frawbra, le sonrió, haciéndole un guiño, y cabalgó en pos
de su amigo.
Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, cabalgó firmemente en
dirección al oeste, dispuesto a afirmar su amor y tomar su
venganza.
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15/11/2009
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