“Siga derecho hasta llegar al Anses, ahí doblando empieza toda la Nueva York”
La travesía por la calle Nueva York tiene sus orígenes a la izquierda de Perón y Evita - sería
inimaginable que haya otra manera - quienes se erigen dándole la espalda a España y desde su
bronce radiante miran hacia el pueblo. Una ciudad cuyos orígenes coinciden con el fin del S
XIX, naciente de un caserío sin trazado urbanístico alguno, al calor de las inmigraciones y de un
incipiente polo industrial hecho de saladeros y frigoríficos.
Su recorrido se extiende de norte a sur, como el país y su historia, y por la tarde tiene la calma
de una siesta de domingo. Las construcciones se repiten en sus formas, hechas de ondulantes
chapas ensambladas, pero tienen la riqueza cromática de un arco iris propio de un pasado
portuario. En ella faltan los barcos que nos llevarían a un sueño de Quinquela Martín, y por las
dilaciones en la reactivación de las instalaciones pareciera que restan aún años para ello. El río
tampoco se ve pero se lo sabe ahí, como a las manchas de nacimiento.
La calle, ancha y adoquinada, adquiere con el correr de las horas las sombras lánguidas del
atardecer. Sombras interrumpidas por el pasar de vehículos de radios altas, de boinas en
bicicletas, y de perros que se agrupan en tertulias itinerantes. Los pasillos salen como
nervaduras de la misma, llevando a la intimidad de lo privado, de lo íntimo de esa gran familia
nueva en su género que han creado las pensiones y conventillos. Cada tanto algún almacén
interrumpe esas salidas, haciendo de las construcciones una puerta hacia el afuera, hecha de
cigarrillos y galletitas surtidas, de moldura donde sentarse a compartir una cerveza entre
amigos. Las personas se saludan, te miran a los ojos incluyéndote también en ese saludo tan
alejado de la ciudad capital que tienen cerca, lo ajeno se estrecha con el correr del tiempo.
Es así que llegando al final de la vía uno se encuentra con lo que supo ser el “Bar Los Ingleses”,
que ahora toma el nombre de Raíces, emulando esa historia que no cesa de abrirse como una
herida que no sabe del tiempo. Allí, los hermanos de recorridos vitales, Beto y Ariel, toman las
palabras con mansedumbre para contar lo vivido entre esas calles que supieron ser dos dedos
en alza divergente, multiplicados en miles de rostros. Ellos hablan desde la identidad del
centro devenida periferia, y ello aplica al territorio, al partido, como a esa cantina donde ya no
toca una gorda el piano mientras los ingleses toman el té. Se denominan peronistas, inflando
el pecho hacia arriba, como si no hubiesen pasado casi 75 años de esa epopeya que quiso ser
puente a la isla Martín García. Desde esa nominación respiran, trabajan y luchan por un mejor
vivir en la calle Nueva York, un mejor vivir hecho de copa de leche, de pollos y pan dulces
populares y navideños, de clubes que intentan funcionar aún sin canchita, estirando
presupuestos anacrónicos y devaluados. Entre sus palabras se atisba la aflicción y la decepción
ante sus propios compañeros que han malversado fondos asignados por la gestión nacional
anterior a ese territorio, dejándolos con las veredas mal planificadas y a medio hacer como
denuncian las aguas servidas que se hacen ríos urbanos con las lluvias, con un corso
interrumpido y sin muchos motivos de festejo posibles. “Nos sacaron lo poco que había para
los pibes, antes teníamos plata para el club, pensábamos en un teatro también que quedó
solo en la estructura (…) somos lo abandonado, lo que no se ve de Berisso”. Les preocupan las
nuevas generaciones que no tienen donde hacer lazos vitales, encontrando en diferentes
sustancias una salida entrampada, sin expectativas y sin futuro. Les preocupa el descuido, el
mirar hacia otro lado, que se ha llevado adolescentes ahogados en un río turbulento y
abandonado, de una profundidad hecha para navíos no así para balnearios. Lo que les
preocupa les duele, se les nota en los ojos y en los brazos cansados, en una pesadumbre que
no solo espera sino que pelea por la vuelta de otro octubre que venga con primavera.