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Lenin y la Revolución Socialista en Rusia

1) Lenin creía que era posible realizar la revolución socialista en Rusia sin pasar primero por una etapa de capitalismo avanzado. Apoyaba la alianza entre el proletariado y los campesinos para establecer una "dictadura revolucionario-democrática". 2) Criticaba la posición de los mencheviques de aliarse con los partidos burgueses y apoyar una revolución burguesa. Pensaba que la clase media rusa no era realmente revolucionaria. 3) Su objetivo era que la revolución apoyara inicial

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Lenin y la Revolución Socialista en Rusia

1) Lenin creía que era posible realizar la revolución socialista en Rusia sin pasar primero por una etapa de capitalismo avanzado. Apoyaba la alianza entre el proletariado y los campesinos para establecer una "dictadura revolucionario-democrática". 2) Criticaba la posición de los mencheviques de aliarse con los partidos burgueses y apoyar una revolución burguesa. Pensaba que la clase media rusa no era realmente revolucionaria. 3) Su objetivo era que la revolución apoyara inicial

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Lenin y el socialismo en el Estado.

Estrategia y táctica revolucionaria.


Inicialmente, el esquema histórico de Marx postulaba dos revoluciones distintas y sucesivas, la burguesa y la
socialista.
Una cuestión decisiva, dada la vocación «transformadora» de la realidad, propia del marxismo, era la
referencia a las condiciones de posibilidad de la revolución socialista, las «condiciones objetivas». Casi todos los
teóricos marxistas, a comienzos del siglo XX, proclamaban que las condiciones para una revolución socialista
sólo existían en los países en que el capitalismo hubiere alcanzado su más elevado desarrollo, en los que una
poderosa clase obrera hubiese adquirido conciencia de su papel revolucionario. Por el contrarío, en los países
precapitalistas, o de capitalismo incipiente, con regímenes políticos autocráticos y/o «feudales», la primera
etapa debería consistir en promover la industrialización, en el plano económico, y una revolución burguesa y
liberal, del tipo de la francesa, en el político. En estos países, el proletariado industrial debía, en su actividad
política, alternar la alianza con los burgueses liberales y las acciones pre-revolucionarias (de contestación, más o
menos violenta, del sistema, pero en cuestiones y con objetivos limitados).
Rusia había de pasar primero por una fase, históricamente inevitable, de capitalismo maduro, en otras
palabras, había agotar la misma evolución histórica que los países más desarrollados de Occidente, antes de que
fuera procedente el intento de toma del poder por el proletariado.
A esta interpretación se opusieron Rosa Luxemburg, Trotsky y Lenin, todos, aunque con diferencias de
comprensión, partidarios del asalto al poder sin la etapa intermedia de la república burguesa.
El año 1905 comienza con una matanza de obreros por la tropa zarista, presencia la revuelta de la marinería
del crucero Potemkin y culmina, tras la concesión por el zar de la reunión de un Parlamento, con la formación de
soviets (consejos obreros), que establecen un poder paralelo, a los que Lenin concedió importancia singular.
Para él, estos consejos eran la instancia capaz de llevar adelante la revolución, aunque para ello hubiese que
atraer a sus miembros a la versión del marxismo representada por la fracción bolchevique.
Lenin también creía posible realizar la revolución socialista, al menos una primera fase de ella, en Rusia.
Comparte a este respecto, partiendo de análisis muy semejantes, los puntos de vista de Trotsky. Pero tarda algo
más en admitir que la insurrección del proletariado pueda permitir otra cosa que una democracia burguesa.
Pensaba que en una primera fase la burguesía, impotente por sí sola, debería ser ayudada a encaramarse al
poder por el proletariado, circunstancia que necesariamente abriría, poco después, la oportunidad de la
revolución socialista.
Las condiciones para esta segunda fase decisiva eran: (i) la complicidad activa y la solidaridad de los
movimientos revolucionarios de Europa occidental y (ii) la alianza del proletariado con los campesinos. Sobre
este tema, Lenin es el autor más original: comprende perfectamente que el campesino ruso no es el portador de
una misión revolucionaria, a diferencia de lo que afirmaban los populistas. Combate las reformas del ministro
Stolypin, que, proponiendo «nacionalizar» el suelo para, atribuirlo a los campesinos y hacer de ellos pequeños
propietarios, pretende erigir una defensa frente al socialismo. Pero sostiene que los revolucionarios pueden
realizar, en una primera etapa, junto con todos los campesinos 1, una «dictadura revolucionario-democrática del
proletariado y del campesinado». Concluida esta etapa, sabe que la mayoría de los campesinos se negarán a ir
1
Según Trotsky en un primer momento, el proletariado insurrecto debía hacer suyas las reivindicaciones campesinas, para
unirlo, temporalmente, a su causa.

1
más lejos; entonces el proletariado deberá apoyarse en los campesinos más pobres contra los que se han
enriquecido con el reparto de tierras.

2
Ningún principio de la estrategia marxista fue mejor establecido que la regla de que es imposible hacer una
revolución por la fuerza o la conspiración, antes de que el tiempo haya “madurado” para ello, es decir, antes de
las “contradicciones” en una sociedad hayan producido una situación revolucionaria. El locus classicus de este
principio era el pesaje del prefación de El Capital en el que Marx decía que, aunque una nación puede aprender
de otra, “jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo”. Lo único que puede
hacer un revolucionario es “acotar y mitigar los dolores del parto” o hacer lo más rápida posible la transición
“necesaria” al socialismo. El sentido literal de estos pasajes parecía ser que todas las sociedades deben, por ley
natural, atravesar las tres etapas del feudalismo, capitalismo y socialismo, haciéndose en cada caso la transición
mediante una revolución. Cualquier socialista marxista estaba en situación de tener que tolerar temporalmente
un gobierno de clase media, al que moralmente estaba comprometido a derrocar. Su actitud justa en esta
circunstancia siempre fue una fuente de preocupación, pero en Europa Occidental, a fines del siglo XIX, se le
había dado una solución convencional: los socialistas apoyarían las reformas políticas liberales que fortalecieran
a la clase trabajadora, pero no entrarían en gobiernos de coalición con los partidos burgueses.
Esta solución no tenía sentido para un marxista ruso. En Rusia no había ni instituciones parlamentarias ni
gobiernos de gabinete, ni se había producido una revolución burguesa. Según la teoría, el desarrollo de una
economía capitalista debía provocar primero una revolución burguesa, para destruir el feudalismo del gobierno
zarista y establecer las instituciones políticas liberales adecuadas a una sociedad burguesa. Solo entonces podía
existir la esperanza de pasar al socialismo. Porque el materialismo dialectico parecía probar que el espíritu
revolucionario del proletariado y su educación política solo podían producirse como resultado de la
industrialización y el liberalismo político. Un partido socialista ruso debe adaptar sus tácticas a las de los partidos
de clase media que no están en el poder que se suponen también revolucionarios y debe apoyar una revolución
burguesa. No obstante, la clase media seguía siendo el enemigo de clase implacable del proletariado y este no
debía comprometerse en una revolución burguesa hasta el punto de perjudicar el éxito futuro de su propia
revolución. La revolución de 1905 agudizo este problema. Porque fomentó la esperanza de que la revolución en
Rusia era posible y hasta inminente y, sin embargo, estaba lejos de ser una revolución burguesa completa. Nada
de lo que se había producir en la política de Europa Occidental correspondía a ella y tampoco en Marx podía
encontrarse mucho en relación directa con ese fenómeno.
Existían dos teorías incompatibles, con ideas correspondientes acerca de las tácticas adecuadas para un
partido marxista en Rusia. Una pertenecía a los mencheviques y respondía a su tendencia a imitar lo más de
cerca posible a los grandes partidos marxistas de Occidente. Seguía una línea convencional: era imposible que el
socialismo triunfara en Rusia antes de que se desarrollara una industria capitalista y de que el proletariado se
convirtiera gradualmente en una mayoría. En una revolución, los marxistas deben apoyar a la clase media;
después que la revolución liberalice la política, los partidos socialistas formaran una oposición de izquierda,
hasta que esté maduro el momento para la revolución socialista. La suposición táctica tras esta teoría era que la
clase media rusa era, realidad, revolucionaria y asumiría la dirección y sus consecuencias eran que un partido
socialista debía buscar aliados entre los más liberales de los partidos de clase media. No era una teoría muy
realista, ya que no sugería ninguna política positiva respecto del campesinado, que constituía en Rusia el más
2
Fuente: Sabine, G. Historia de la Teoría Política.

2
serio de todos los problemas tácticos. Ni Lenin ni Trotsky, que expresaban la otra teoría sobre las tácticas
revolucionarias, podían sentirse satisfechos con este tipo de programa.
Las reflexiones de Lenin acerca de las dos revoluciones no produjeron nada tan provisto de elegante lógica
como la teoría de la revolución peramente de Trotsky 3, que no consideró muy importante. Sin embargo, el
mismo llego a conclusiones no muy diferentes. Lenin pensaba en términos tácticos y no quería prejuzgar como
podrían organizarse las diversas fuerzas en una revolución rusa. Suponía que una revolución socialista podría
contar con el apoyo occidental y compartía plenamente la desconfianza de Trotsky por la clase media rusa. En
consecuencia, la política menchevique de una alianza con un partido de clase media le parecía poco realista.
Pero si no podía confiarse en la clase media, la única alternativa posible era una alianza temporal de la clase
trabajadora industrial con los campesinos y esta fue la importante idea estratégica adoptada por Lenin y Trotsky.
Lenin creía que podía iniciarse una revolución con una revuelta agraria y que podía convertirse, bajo la dirección
de la clase trabajadora, en una autentica revolución burguesa. En 1905 califico a su programa de “dictadura
revolucionario-democrática del proletariado y el campesinado”. El primer paso era apoyar al campesinado con la
expropiación de los grandes terratenientes, pero esto suponía el peligro de que la revolución pudiera acabar en
una transacción Junker, como en Prusia. De ahí que el objetivo del proletariado fuera impulsarla hacia una
república democrática plena. En ningún momento, ni en 1905 ni más tarde, quiso crear Lenin una clase de
campesinos propietarios: el único movimiento reformista al que temió fue el esfuerzo de Stolypin por hacer
precisamente esto después de 1907. La política de Lenin era nacionalizar la tierra, lo que convertía a los
campesinos en arrendatarios del estado y sería un paso hacia una economía burguesa. También sería un paso
hacia la agricultura colectivista pero, en 1905, Lenin todavía pensaba en completar la revolución burguesa.
La idea central subrayada por Lenin era que el campesinado tenía posibilidades revolucionarias que un
partido proletario podía explotar pero, como Trotsky, comprendía que esa alianza tenía que ser temporal. Por
eso calificaba a su teoría de plan para un “gobierno revolucionario provisional”. En algún momento, la alianza
con el campesinado tendría que convertirse en una alianza con el proletariado de Europa Occidental.
Inclusive diez años después del estallido de la 1°GM había hecho nuevamente de la revolución en Rusia un
problema práctico, Lenin seguía diciendo que la transferencia de la alianza del campesinado al proletariado
europeo bastaría para distinguir a ambas revoluciones. Aun cuando el intervalo entre una y otra desapareciera,
la distinción debía conservarse. La lucha desesperada de Lenin con su ortodoxia marxista parece haber
respondido a una razón básica: no podía abandonar la creencia en que la distinción entre ambas revoluciones
garantizaba, hasta cierto punto, la democracia de la revolución socialista que habría de seguir. Porque ningún
marxista puede olvidar que no puede haber una camino de libertad real para el proletariado, sin la “plena
libertad política”, que consideraba incluida en su fórmula, una dictadura revolucionario-democrática del
proletariado y el campesinado

El partido.
El término ideología está, originalmente, connotado peyorativamente en Marx, que lo asocia con un
pensamiento deformado por efecto de la división de la sociedad en clases y con la pretensión, más o menos
consciente, de la reproducción de la dominación de clase. Dé tal suerte, refiere el término siempre el
pensamiento burgués. En cambio, en Lenin la palabra «ideología» pierde la connotación peyorativa y es utilizada
como sinónimo de «teoría social y política».
3
Ver esta teoría y la postura de Trotsky sobre las tácticas revolucionarias en Sabine, G: Historia de la Teoría Política, págs.
611-612.

3
La reivindicación de la «teoría» o «ideología» revolucionaria se enmarca en el combate leninista contra el
economicismo, por la derecha, y el espontaneísmo, por la
izquierda. «Sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario [...]. Sólo un partido
dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia».
La radical oposición de Lenin al espontaneísmo lleva a la afirmación de que el proletariado ha de «importar»
de fuera, de ideólogos «burgueses», la conciencia revolucionaria, pues la clase trabajadora, por sí sola, sólo
engendra una conciencia sindicalista. «En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas,
históricas y económicas que han sido elaboradas por representantes instruidos de las clases poseedoras. Por su
posición social, también los fundadores del socialismo científico contemporáneo, Marx y Engels, pertenecían a la
intelectualidad burguesa».
En todo caso, según Lenin, «no puede ni hablarse de una ideología elaborada por las [...] masas obreras [...] el
problema se plantea [...] así: ideología burguesa o [...] socialista [...]. La humanidad no ha elaborado ninguna
“tercera” [...]. En la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al
margen [...] ni por encima de las clases [...]. Todo lo que sea rebajar la ideología socialista [...] equivale a
fortalecer la burguesa El desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha [...] hacia su subordinación a la
ideología burguesa [...]. El trade-unionismo [...] implica [...] la esclavización ideológica de los obreros por la
burguesía La tarea de la socialdemocracia consiste en combatir la espontaneidad [...] en apartar el movimiento
obrero de esta tendencia espontánea del trade-unionismo a cobijarse bajo [...] la burguesía y atraerlo hacia [...]
la socialdemocracia revolucionaria»
Por tanto, mientras en Marx la posición de clase proletaria permite acceder a la verdadera ciencia social,
desechando la deformación de la ideología (burguesa), de ahí la insistencia en el carácter «científico» de su
sistema, en Lenin la identificación de ideología y teoría social conduce a una matriz dualista: según la posición'
de clase, hay ciencia burguesa y hay ciencia proletaria, pues Lenin fustiga cualquier pretensión de objetividad
científica.
Lenin ve, por todas partes, un progreso del fideísmo y una desvirtualización del materialismo dialéctico, ya
que la filosofía no es ajena a la lucha de clases. Este es el sentido de su intervención filosófica, Materialismo y
empiriocriticismo, pues el objetivo revolucionario también se impone en la actividad intelectual.
El «espíritu de partido» es imprescindible; con Lenin, la filosofía, como todo, se vuelve política. La ideología
revolucionaria es «una guía para la acción», pero «no es un dogma». El dogmatismo, y sus secuelas de
sectarismo e intransigencia, es criticado por Lenin, años después, en “El izquierdismo, enfermedad infantil del
comunismo”, donde reitera su opinión de que el «izquierdismo» conduce a la misma calamidad que el
«derechismo», el desarme de la revolución. La ideología revolucionaria debe estar ligada constantemente a la
práctica, para poder responder a los nuevos problemas, frente a los que no cabe, simplemente, aplicar las
fórmulas marxistas acuñadas con anterioridad.
La actitud dirigista, constante en Lenin, se había acentuado tras la toma del poder, pues recelaba que el
asambleísmo espontaneísta acabaría por dejarse robar la victoria. Para impedirlo, era preciso que los soviets
contasen con dirigentes «armados» de una ideología sólida, capaz de guiarlos en la construcción del poder
Soviético. Por eso, cada miembro del partido tiene, y más imperiosamente sus cuadros, el deber primordial de
formarse ideológicamente.
Esta «obligación» contribuyó a generalizar la explicación de qué los errores o faltas en la acción práctica eran
debidos a «una mala asimilación de los principios teóricos del marxismo-leninismo». Abruptamente, y
parafraseando a Marx, en el «cielo», en el plano ideológico, la teoría es la instancia soberana, de modo que la

4
corrección de las decisiones políticas se determina por referencia a ella. En cambio, en la «tierra», en la realidad
del poder soviético, la instancia dotada del máximo poder político decide la corrección de las interpretaciones
teóricas, con lo que el cielo vuelve a ser lo que siempre ha sido, la sublimación de la tierra.
Aunque Lenin proclamó la necesidad y la libertad del debate ideológico en el seno del partido, e incluso
sobreestimaba sus virtudes, su particular valorización de la ideología revolucionaria, conjugada con la
estructuración altamente centralizada del partido bolchevique, preconizada por él mismo —precursora de la
posterior formulación oficial del «centralismo democrático»—, era tendencialmente contradictoria con los
primeros postulados.
Lenin quería un partido altamente unido en la ideología, inflexiblemente revolucionario, alejado del
reformismo y capaz de erigirse, en fin, en la vanguardia del proletariado. De aquí su énfasis sobre la cuestión de
la naturaleza del partido. Le importaba poco el número de los efectivos. Los meros simpatizantes, aquellos que
no adquirían un compromiso firme, no le interesaban. En las condiciones de 1902 estas exigencias podían
justificarse en el designio de una lucha eficaz contra la terrible policía política zarista, pero la comprensión de
Lenin no es circunstancial.
No; el rasgo principal de la concepción leninista del partido es su comprensión como «vanguardia del
proletariado», indisociable de su crítica del espontáneísimo revolucionario de masas. El partido había de ser la
vanguardia del proletariado, había de identificarse con sus intereses, pero no debía ir a la zaga del movimiento
de masas, sino que debía guiarlo. Disciplina interna, jerarquización de funciones y división sistemática del
trabajo revolucionario eran los principios organizativos que traducían aquella comprensión.
En cuanto a las organizaciones sindicales, el partido debe servirse de ellas, organizarlas en caso necesario y
estimularlas siempre, pero nunca debe caer en el «vicio» del trade-uníonismo o del sindicalismo revolucionario
«a la francesa». Es más, el elitismo revolucionario de Lenin se proyecta incluso al terreno sindical: «Un pequeño
núcleo estrechamente unido, compuesto por los obreros más seguros, más experimentados y mejor templados,
con delegados en los principales barrios y en conexión rigurosamente clandestina con la organización de
revolucionarios, podrá perfectamente, con el más amplio concurso de la masa y sin reglamentación alguna,
realizar todas las funciones que competen a una organización sindical, y realizarlas, además, precisamente de la
manera más deseable para la socialdemocracia».
Las virtudes tácticas del modelo leninista de partido se evidenciarían plenamente hasta culminar en el triunfo
de la revolución de octubre. Pero, la concepción leninista no se agota en la virtualidad insurreccional. Como se
ve en El Estado y la revolución, su imprescindible papel de «vanguardia» incluye la dictadura del proletariado.
Ello explica que el Partido Comunista asuma el monopolio partidario en 1918.

4
Su tesis principal, que se convirtió en el principio de organización del partido, se expresaba así:
Un núcleo pequeño, compacto, integrado por trabajadores leales, experimentados y recios, con
agentes responsables en los principales distritos y relacionados por todas las reglas de estricto
secreto con las organizaciones de revolucionarios puede, con el amplio apoyo de las masas y sin
una serie de reglas precisas, realizar todas las funciones de una organización sindical y realizaras,
tal como lo desean los socialdemócratas.

4
Fuente: Sabine, G. Historia de la Teoría Política.

5
Pero la revolución social, para el propio Marx, no puede simplemente lograrse por la fuerza o la
exhortación, adelantarse a la estructura del desarrollo industrial, del que depende una mentalidad proletaria.
Sabiendo todo esto, Lenin comprendía que su concepción del la organización era lógicamente insostenible, sin
un correspondiente cambio en la teoría marxista de las ideologías. En consecuencia, introdujo una enmienda a
la teoría marxista aceptada: el razonamiento marxista en uso, afirmó, confundía la mentalidad o la ideología del
sindicalismo con la del socialismo. Espontáneamente los trabajadores no se hacen socialistas sino sindicalistas;
el socialismo tiene que serles inculcado desde fuera por los intelectuales de clase media.

Dijimos que no podía existir todavía una conciencia socialdemócrata entre los trabajadores. Esta
conciencia solo podía serles inculcada desde fuera. La historia de todos los países demuestra como
la clase trabajadora, dejada a sus propios esfuerzos, solo puede desarrollar una conciencia
sindicalista, es decir, puede comprender por sí misma la necesidad de agruparse en sindicatos, para
luchar contra los patronos y tratar de obligar al gobierno a aprobar la legislación laboral necesaria,
etc.

La filosofía socialista de Marx y Engels, sostenía Lenin, fue un hecho histórico creada por representantes de
la intelectualidad burguesa y fue introducida en Rusia por un grupo semejante. Un movimiento sindical es
incapaz de elaborar por sí mismo una ideología revolucionaria. De ahí que un partido revolucionario tenga que
elegir entre permitir que los sindicatos sean presa de la ideología de la clase media o adoctrinarlos con la
ideología de los intelectuales socialistas.
El punto de vista de Lenin no era normal para un marxista en Europa Occidental. Porque él decía que la clase
trabajadora no se inclina mucho naturalmente a la revolución, ha aprendido muy poco de su experiencia con la
industria capitalista y, en general, tiene poca capacidad para reflexionar acerca del lugar que ocupa en la
sociedad o la manera de mejorarlo. Todo esto iba en contra de la idea marxista de que es la experiencia
industrial la que crea un proletariado y lo hace inherentemente revolucionario. Pero el proletariado de Lenin
requería ser maniobrado y manejado por lideres no proletarios, aunque conocedores de lo que debe querer el
proletariado aunque pocas veces lo quiera en la realidad. La tesis de Lenin sobre los sindicalistas resultaba
paralela a la tesis de Marx sobre la pequeña burguesía, políticamente impotente salvo si sigue al proletariado o
a la burguesía. Pero Lenin aplicaba esta tesis al proletariado mismo y para él la ideología proletaria no era
creada por una clase social sino por un pequeño grupo de intelectuales de clase media. Su concepción de la
ideología era ultra intelectualista, porque solo el experto marxista era realmente competente para tener una
opinión acerca de la estrategia proletaria y el proletariado está en la posición singular de necesaria de un
concejo experto, hasta para saber lo que es el proletariado.
Generalmente establecía un contraste entre “conciencia” y “espontaneidad” y tenía una confianza
exagerada en la primera y una arraigada desconfianza en la segunda. La conciencia significa inteligencia: la
facultad de comprender y prever; la capacidad para organizar, hacer planes, calcular las oportunidades; la
agudeza para aprovechar las oportunidades, anticipar los movimientos de un opositor y prevenirlos. El producto
último de la conciencia es la ley de la historia de Marx, que permite a un partido inclusive anticipar la historia
misma, planear sus movimientos de acuerdo con la tendencia general del cambio social. La política era, para
Lenin, el arte de lo posible aun en una escala cósmica; la victoria corresponde al partido que posea la más clara
percepción del “paso siguiente”. El partido de Lenin era la encarnación de la conciencia, la personificación de la

6
previsión perfecta y una idealización de estar preparados para todas las contingencias 5. El “espontaneismo”, por
el contrario, significa impulso, estimulo o voluntad. En un nivel social es la tremenda conmoción de un gran
movimiento social, ciego e incomprensivo, pero irresistible y provisto de la fuerza sin la cual no es posible
ningún cambio social revolucionario. La actitud de Lenin respecto del espontaneismo era de respeto,
fuertemente teñido de desconfianza y hasta de temor. Creía que no podía hacerse nada importante sin ese
fenómeno y que no podía ser provocado por ningún líder o partido, pero desconfiaba de ello como algo sin
objeto determinado, primitivo, y lo temía como imprevisible. Pero un dirigente suficientemente astuto,
suficientemente armado con todas las artes que puede elaborar la conciencia, puede guiar, dirigir, maniobrar el
espontaneismo por la línea del progreso en vez de permitir que se pierda en una violencia sin sentido. Las
masas encarnan el espontaneismo lo mismo que el partido encarna la conciencia. El partido es una elite
inteligente e instruida, esencialmente desprovista de fuerza por sí misma, pero capaz de una fuerza infinita si
puede encaminar el enorme impulso del descontento social de las masas y la acción de las masas.
El contraste de espontaneismo y conciencia de Lenin matizaba el sentido que daba a la democracia. Su
partido estaba destinado a ser una elite, una minoría escogida por la superioridad intelectual y moral, el sector
más avanzado de la clase trabajadora y, por tanto, su “vanguardia”. Pero Lenin no pensaba crear una
aristocracia. Porque, tal como concebía la labor del partido, este se distinguía pero no se encontraba separado
ni alejado del pueblo al que dirige. El dirigente de partido puede perder el contacto de dos maneras y ambas
son pecados morales. Una es “adelantarse”, es decir, ir más rápidamente o mas lejos de lo que puede
convencerse al pueblo para que lo siga o proponer un camino, aunque sea en si justo, para el cual todavía no
haya sido preparado el pueblo mediante la propaganda. El otro es “quedarse atrás”, es decir, no ir tan
rápidamente como podría incitarse a marchar al pueblo. La democracia para Lenin no significa mucho más que
un cálculo precios de la posición intermedia entre los dos errores. No significaba que un dirigente democrático
debiera realizar la voluntad popular, porque esta es siempre corta de vista o supone un juicio errado. Lo que
quiere el pueblo es importante sólo para calcular lo que se le puede inducir a hacer. Al decidir cuál es la política
objetivamente correcta, el partido, armado con la ciencia marxista, tiene siempre razón o esta tan cerca de la
razón como es humanamente posible. De ahí que un dirigente no tenga nada que aprender acerca de los fines
del pueblo al que dirige. Tiene mucho que aprender acerca de cómo impulsarlo lo más rápidamente y lo más
lejos posible y sin utilizar indebidamente la fuerza, que funciona mejor si se emplea moderadamente.
El partido tenía tres características principales. Primero, se suponía que el partido poseía un singular
conocimiento y penetración del marxismo, con el único método de gran fuerza y utilidad, la dialéctica. Esta era
considerada como una ciencia, pero las facultades que se le atribuían se salían de lo que se considera
generalmente como científico. Porque pretendía prever el progreso social y se una guía de la política
conducente al progreso. En consecuencia, puede originar decisiones que son realmente morales y hasta
religiosas. El partido tiene algo de sacerdocio y exige de sus miembros la correspondiente sumisión de juicio y
una sujeción total de los fines privados a los fines de la organización. Segundo, el partido de Lenin, que era en
principio una elite cuidadosamente seleccionada y rígidamente disciplinada, nunca fue planeado para
convertirse en la organización de masas para ejercer su influencia a través del convencimiento y la atracción de
votantes. Pretendía poseer una superioridad intelectual y moral, intelectual porque está compuesto por
adeptos a las teorías de la ciencia única del partido y moral porque sus miembros se dedican sin ningún egoísmo
a la realización del destino de la clase social que pretenden representar, que es también el destino de la

5
El partido es la vanguardia del proletariado y la sede de la conciencia proletaria .

7
sociedad. Su ideal era de dedicación absoluta, primero a la revolución y después a la construcción de la nueva
sociedad cuyo camino fuera abierto por la revolución. Tercero, el partido de Lenin estaba planeado como una
organización rígidamente centralizada, excluyendo cualquier forma de federalismo o autonomía de sus
organismos locales o de cualquier otro género. Debía tener una organización casi militar, sometiéndose sus filas
a una estricta disciplina y reglas de obediencia y sus dirigentes a una cadena jerárquica de autoridad de la cima
a la base. Permitía la libertad de discusión entre sus miembros acerca de las cuestiones políticas aun no
decididas por el partido pero, una vez tomada la decisión, debía ser aceptada y seguida sin discusión. Lenin
llamó a esta forma de organización “centralismo democrático”.
En las revoluciones, decía Lenin, hay innumerables casos en que “las minorías más organizadas, con mayor
conciencia de clase y mejor armadas imponen su voluntad a una mayoría”. Un partido revolucionario primero
toma el poder y obtiene después la mayoría. Esta conclusión tenía repercusiones directas en dos importantes
problemas estratégicos. Una era la relación del partido leninista, como vanguardia del proletariado, con los
campesinos que eran una mayoría. Tanto Lenin como Trotsky querían utilizar el hambre de tierra de los
campesinos para obtener un apoyo temporal para constituir la punta de lanza revolucionaria en una minoría
trabajadora urbana y ambos pensaban en romper la alianza tan pronto como los campesinos dejaran de ser
fáciles de manejar. El otro problema era la relación del partido con los soviets y esto resultaba más difícil.
Cuando Lenin volvió en abril de 1917 la situación real era la que el calificaba de “poder dual”, la existencia
coincidente del gobierno provisional burgués y de los soviets. Dadas las circunstancias, la única consigna posible
para un partido de izquierda era “todo el poder para los soviets” y Lenin la adoptó y siguió utilizándola. Pero en
los soviets los marxistas eran una minoría y los bolcheviques constituían a su vez una minoría entre los
marxistas. Además, el espontaneismo revolucionario de los soviets y su democracia primitiva estaban más de
acuerdo con las ideas mencheviques acerca del federalismo en la organización de los partidos socialistas que
con la teoría leninista de un partido rígidamente centralizado 6.

El imperialismo como fase superior del capitalismo.


Lenin se interesó casi exclusivamente por el lado táctico del imperialismo (las oportunidades que ofrecía a un
dirigente revolucionario) y la primera guerra mundial le abrió los ojos a las posibilidades que suponía el
descontento y las aspiraciones nacionales de los pueblos coloniales.
La primera contribución teórica de Lenin en esta época (1914-16) se refiere al significado de la guerra: “El
imperialismo, etapa superior del capitalismo”. Las leyes internas del capitalismo, dice, llevan al imperialismo. Las
clases burguesas que dominan en cualquiera de las naciones avanzadas no pueden contentarse con eso. Su
voracidad les lleva a buscar nuevos mercados, nuevas zonas de expansión. Al mismo tiempo, el militarismo y la
guerra pueden absorber a las masas trabajadoras, distraerlas de sus intereses y lanzarlas a destrozarse
mutuamente en el campo de batalla.
Estas ideas habían sido anticipadas parcialmente por Hobson, en 1902 y, sobre todo por Hilferding, en 1910
(en menor medida, también por Luxemburg, La acumulación del capital, 1913). Lenin conjugó y desarrolló tales
enfoques: el imperialismo es un estadio del capitalismo, caracterizado por el dominio del capital financiero y de
los monopolios; la exportación de capitales adquiere singular importancia, y los trusts internacionales, con base
en los países más desarrollados, se reparten los mercados y, finalmente, el mundo. Dicho reparto conduce a
6
Lenin había dicho que el partido debía ser “una cadena de transmisión” para llevar las ordenes de la cima a su destino
final, en el escalón más bajo donde fuera necesario.

8
conflagraciones de alcance mundial que ponen en peligro la existencia misma del Estado burgués, ya que el
pueblo, exasperado por la miseria y la penuria y demás penalidades de la guerra, puede alzarse contra, la clase
dominadora.
En la comprensión leninista, el partido es agente de los intereses de la clase, su constitución y vigor pueden
ser expresivos del progreso de la conciencia de clase (del para-si), pero es, por definición, algo distinto de la
clase. El partido es la vanguardia de revolucionarios «profesionales» que asegura la «importación» y expansión
de la conciencia de clase y, por ello, la instancia dirigente del proceso revolucionario, incluida la dictadura del
proletariado.
Tal «instancia dirigente» anuló, dejándolos reducidos a forma vacía, la expresión orgánica de la acción
institucionalizada de masas, los soviets. Inmediatamente, tras la victoria de la revolución, éstos fueron
eclipsados por el poder del partido y su reflejo en la institucionalización del Estado soviético. Se impone
progresivamente un régimen de poder de una minoría, el partido, aunque su legitimación apelase al «poder» de
la clase y de las masas; se encarnó en la realidad histórica la contradicción teórica, particularmente perceptible
en El Estado y la revolución, entre la legitimación de masas y la práctica de élites revolucionarias.
7
A medida que las unidades industriales aumentan de tamaño, tienden a hacerse monopolistas y, en algún
punto del desarrollo de una economía capitalista, el monopolio llega a convertirse en su característica
fundamental. La economía se organiza cada vez más en truts y cartels. Dentro de las empresas nacionales, la
competencia entre empresarios individuales desaparece prácticamente y el control de la industria pasa de
manos de los productores de mercancías a manos de financieros y banqueros. El capital comercial se funde con
el capital bancario, que tiende más y más a ser controlado por una oligarquía financiera. Dentro de una
economía así controlada, la “anarquía” que Marx atribuía a la competencia capitalista se reduce
sustancialmente y sus “contradicciones” son controladas pero, en el plano internacional, los resultados son muy
distintos. El sistema depende de las mayores utilidades producidas por la mano de obra barata y las materias
primas baratas en los países subdesarrollados y los mayores ingresos procedentes del capital invertido en estos
países, acompañados de una mayor producción, crean una presión permanente hacia la búsqueda de más
amplios mercados. En consecuencia, aunque la competencia entre empresarios disminuye, la competencia entre
naciones o bloques de naciones capitalista crece; las tarifas se convierten en armas en las luchas comerciales
nacionales; y, así como la política nacional tiende a un socialismo de estado, la política internacional se inclina
hacia una lucha entre las naciones imperialistas por la explotación de los territorios subdesarrollados y sus
poblaciones. El resultado era la guerra imperialista por la repartición de los países no desarrollados y la
extensión de los imperios coloniales.
Fundamentalmente el monopolio y el capitalismo financiero son desarrollos lógicos del capitalismo libre, de
competencia; el imperialismo político es la consecuencia lógica del capitalismo monopolista; y la guerra es el
resultado lógico del imperialismo. Por eso el imperialismo es “la etapa superior del desarrollo capitalista” y
constituye una etapa de transición, que conduce a una economía y una sociedad comunista superiores.
Esta teoría, pensaba Lenin, sirve para explicar no solo la guerra sino también el incumplimiento de las
predicciones de Marx sobre una inminente revolución proletaria en los países con avanzadas economías
industriales. Porque las grandes utilidades derivadas de los capitalistas gracias a la explotación de los países
atrasados les permitían pagar altos salarios a su mano de obra nacional. En consecuencia, la mano de obra
europea, especialmente la mano de obra calificada, ha experimentado realmente una elevación de su nivel de

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Fuente: Sabine, G. Historia de la Teoría Política.

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vida. Esto se ha logrado al precio de una mayor explotación sobre la mano de obra no calificada de los países
coloniales y subdesarrollados. En efecto, la clase trabajadora europea se convirtió en pare de un sistema
mundial de explotación y, hasta cierto punto, ha participado del botín. Temporal y localmente la lucha de clases
se ha mitigado o el capitalismo ha encontrado un medio para demorar los efectos de sus “contradicciones”
inherentes. El resultado ha sido un periodo en la historia europea, fijado por Lenin entre 1871 (año de la
comuna de Paris) y 1914, en que el proletariado europeo ha sido infectado por una ideología pequeños-
burguesa. Fue presa de la ilusión de los revisionistas, de que puede haber armonía entre capitalistas y
trabajadores, y que la revolución económica puede realizarse por métodos pacíficos o reformistas.
El imperialismo, mediante la exportación de capitales, esta apresurando la industrialización en los países
subdesarrollados y extendiendo el capitalismo. La naturaleza fundamental del capitalismo no vari ni puede
variar. Sus contradicciones inherentes no han sido suprimidas sino únicamente “transformadas”, de modo que
tienen que reaparecer bajo una nueva forma. La clase dominante imperialista y la clase trabajadora se dividen
en grupos nacionales con intereses en competencia y estas divisiones no tienen correspondencia en el sistema
de producción, que se ha hecho ya de carácter mundial. La ideología de la solidaridad nacional, las políticas de
protección arancelaria y monopolios nacionales son obstáculos a la expansión adecuada del sistema económico
e, inevitablemente, las fuerzas de producción reafirmaran su acción por encima de las restricciones artificiales.
Más específicamente, Lenin creía que estas contradicciones asumirían ahora dos formas. Primero, el capitalismo
no será capaz de impedir o controlar las depresiones y crisis, que anticipaba más frecuentes y más severas; son
una debilidad insalvable de la economía capitalista. En segundo lugar, sostenía de manera definitiva que las
naciones imperialistas no pueden evitar la guerra: la guerra iniciada en 1914 nos seria más que la primera de
una serie de guerras entre naciones rivales por la expansión imperialista.

Los cambios en la geografía de la revolución.


A instancias de la consulta con el profesor se desprenden que este apartado hace referencia a que la acción
política, así como sus respectivas formulaciones teóricas, leninista demuestra que la revolución proletaria no se
iba terminar dando, o bien disparando, en los países más industrializados de la Europa occidental, como
Inglaterra o Francia, como el mismo Marx había interpretado (y esperaba) que sucedería, sino mas bien
demostró que la revolución se traslada geográficamente a la Europa Oriental (para el caso, la Rusia zarista),
fundamentalmente desindustrilizada y atrasada, con un proletariado industrial muy escasamente desarrollado,
ubicado en ciertas grandes urbes, frente a una población económicamente activa mayoritariamente campesina.

Notas:

*Pero el problema estaba, en verdad, en la distribución del poder en la nueva sociedad. O, por decirlo en
palabras, de El Estado y la revolución, no en que se extinguiese el Estado soviético, pero sí en que fuese, como

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dictadura del proletariado, un semi-Estado. Las instituciones y agencias fundamentales de la dictadura del
proletariado leninista eran los consejos, o soviets, de obreros, campesinos y soldados, que dieron nombre al
régimen, y el Partido Comunista. La primera institución, se situaba en la línea de las ideas anticipadas por Marx,
y era realmente una forma política muy diferente a las del Estado precedente. La segunda, en cambio, se
distanció mucho de la idea del partido de Marx. Para éste el partido era la expresión política de la clase, el
momento de culminación de la misma constitución de la clase, la superación del estadio de clase-en-sí en el de
clase-para-sí. De ello se desprendía una correspondencia biunívoca entre partido político- y clase social. Un
partido implica una clase, aunque una clase (el proletariado) pudiera no haber alcanzado (todavía) a constituir
un partido.

Centralismo democrático. Ninguna cualidad del pensamiento político de Lenin fue más constante que su
preferencia por la organización centralizada o, en un sentido negativo, su desconfianza por cualquier tipo de
federalismo, coalición o alianza, si esta amenazaba su libertad de decisión. Ésta fue la principal característica de
su partido, tal como lo planeo en 1902, y aunque las circunstancias lo obligaron a veces a modificar su acción
practica, nunca se apartó voluntariamente de este principio. Lo llamó centralismo democrático. El aspecto
democrático de su plan consistía en el derecho de los miembros a discutir una política sobre la que el partido no
hubiera pronunciado aun su decisión; una vez tomada la decisión, toda disensión tendría que mantenerse en el
silencio. El centralismo significaba que todos los órganos del partido estaban estrictamente obligados por las
decisiones de cualquier órgano con una posición superior en la escala de mando. El principio era totalmente
razonable para un partido revolucionario y hasta para cualquier organización con funciones exclusivamente
ejecutivas; pero no aportaba ningún medio para resolver las diferencias graves acerca de los fines de una política
determinada. En general, la práctica de discusión libre dentro del partido prevaleció durante la vida de Lenin,
aunque en escala decreciente después que la meta de hacer la revolución fue desplazada por los problemas más
complejos del gobierno. La política que Lenin propugnaba se convirtió casi siempre en la política del partido
aunque, con frecuencia, solo después de agudas polémicas.

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