Nagash
Nagash
EL RETORNO DE N AG A S H
Times El retorno de Nagash y The Lord
of the End Times, los relatos de Gotrek
Las aventuras de Gotrek y Félix. y Félix Charnel Congress, Road of Skulls
Segundo ómnibus y The Serpent Queen, y las novelas
Neferata, Master of Death y Knight of the
JOSH REYNOLDS
William King
Blazing Sun. Vive y trabaja en Sheffield.
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EL RETORNO DE
N AG A S H
JOSH REYNOLDS
Título original: The Return of Nagash
Traducción: Simon Saito Navarro
The Return of Nagash, El retorno de Nagash, GW, Games Workshop, Warhammer, y todos los logos,
ilustraciones, imágenes, nombres, criaturas, razas, vehículos, localizaciones, armas, personajes y la
imagen distintiva están registrados en los distintos países como ® o TM y/o © Games Workshop
Limited y usados bajo licencia. Todos los derechos reservados.
Versión original inglesa publicada originalmente en Gran Bretaña en 2014 por Black Library
Games Workshop Limited.,
Willow Road, Nottingham,
NG7 2WS, UK
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© De la traducción Games Workshop Limited. 2014. Traducida y explotada bajo licencia por
Editorial Planeta. Todos los derechos reservados.
Esta es una obra de ficción. Todos los personajes y situaciones descritos en esta novela son ficticios,
y cualquier parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia.
ISBN: 978-84-450-0337-4
Preimpresión: Ediciones del Simio, S.L.
Depósito legal: B 20745-2016
Impreso en España por Blackprint
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en
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UNO
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corazón del mundo de los hombres. Las grandes ciudades se tambalea-
ban bajo estos ataques súbitos e impredecibles, y las puertas de Altdorf,
Middenheim y Nuln habían sido reforzadas y atrancadas como si no
tuvieran que volver a abrirse nunca más.
Erikan había visto todo eso con sus propios ojos, aunque de lejos. Se
había visto obligado a luchar más de una vez desde que había cruzado
las Montañas Grises, y no sólo contra bestias y orcos. Contra hombres
también, y contra seres peores que los hombres. Por cierto, Erikan
no era exactamente humano. Hacía algún tiempo que había dejado de
serlo.
El corazón de Erikan Cuervodemonio se había detenido hacía al-
rededor de un siglo, y ni uno solo de los días que habían transcurri-
do desde entonces había echado de menos sus rítmicos latidos. Ahora
esperaba la caída de la noche para moverse de un sitio a otro, pues las
quemaduras que le producía el sol eran peores que cualquier fuego. Su
aliento apestaba a tajo de carnicería, y era capaz de oír el pulso de una
mujer a varias leguas de distancia. Su fuerza le permitía hacer añicos
piedra y huesos con la facilidad con la que un niño partiría una hoja
seca. Desconocía lo que eran el cansancio, la enfermedad y el miedo. Y
en unas circunstancias diferentes no habría tenido reparos en dar rienda
suelta a sus instintos básicos mientras la locura se apoderaba del mundo.
A fin de cuentas, él era un monstruo y, a juzgar por lo que había visto,
era el momento de los monstruos.
Sin embargo, ya no era el dueño de su destino. Había perdido esa
condición la noche en que una mujer de tez pálida lo había rodeado con
sus brazos y lo había convertido en algo a un mismo tiempo superior e
inferior que el aprendiz de nigromante que era. De modo que se dirigió
al este, arrastrado por una oscura fuerza que tiraba de él en esa dirección,
a través de montañas infestadas de bestias y campos calcinados, por bos-
ques cuyos árboles gemían como perros apaleados y tendían hacia él
ramas retorcidas que parecían garras.
Una bandada de murciélagos ocultó momentáneamente la luna enci-
ma de su cabeza; sólo los dioses sabían adónde se dirigían. Erikan sospe-
chaba que su destino era el mismo que el de él. Ese pensamiento no lo
reconfortó. La llamada se había producido, y él, como los murciélagos,
no tenía más opción que obedecer.
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—¿Erikan? —dijo una voz débil y cansada que lo sacó de su ensimis-
mamiento.
—Dime, Obald —respondió Erikan, y suspiró.
—No sé si estaré delirando por culpa del alcohol o de este cataplasma
que me has aplicado con manos inexpertas, si bien con la mejor inten-
ción del mundo, pero tengo la certeza de que me estoy muriendo —dijo
Obald Bone, el Padre Óseo de Brionne. Tomó otro sorbo de la botella
de vino casi vacía que sujetaba con una garra vendada.
El nigromante estaba completamente consumido y no era más que
pellejo y huesos, envueltos en pieles mohosas y en unas prendas de viaje
que jamás habían sido lavadas. Estaba tendido sobre una narria de piel y
huesos de cadáveres humanos, para cuya construcción se había emplea-
do a partas iguales hechicería y fuerza bruta. Pestañeó e hizo un gran
esfuerzo para incorporarse apoyado sobre un codo.
—¿Dónde estamos?
—A punto de cruzar la frontera con Sylvania, Obald —respondió
Erikan, que tiraba de la narria a pie, con las correas de carne y tripas
humanas, curtidas y endurecidas, atadas alrededor de la coraza abollada
y mugrienta. Su caballo había desaparecido en un lamentable caso de
ingesta por parte de una criatura de mayor tamaño y más hambrienta,
que incluso había puesto en un serio aprieto a Erikan antes de que éste
pudiera acabar con ella. No tenía ni idea de qué era, pero a Erikan no
le apeteció quedarse a averiguarlo. Monstruos que habían vivido con-
finados en los márgenes de los mapas ahora campaban a sus anchas y
atacaban a cualquiera que se cruzara en su camino, ya fuera comestible o
no—. Y no te estás muriendo.
—Detesto contradecirte, pero soy maestro de las artes nigrománticas,
y creo que sé algo sobre la muerte, ya sea inminente, personal o de otra
clase —repuso Obald, con dificultades para pronunciar las palabras. La
narria estaba llena de botellas vacías y él apestaba a gangrena y a alcohol.
Su estado había empeorado paulatinamente desde que Erikan le había
extraído la flecha que le había alcanzado en el vientre en las postrimerías
de la batalla de Couronne, justo antes de que el Caballero Verde decapi-
tara a Mallobaude.
Durante las primeras semanas parecía que Obald estaba recuperán-
dose; por lo menos los dolores habían remitido, aunque la herida no se
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curaba. Sin embargo, ni él ni Erikan eran la clase de individuos que las
sacerdotisas de Shallya recibían con los brazos abiertos. Obald había so-
brevivido a cosas peores en sus buenos tiempos, pero daba la sensación
de que, como le ocurría al mundo, estaba tocando a su fin.
Obald volvió a desplomarse sobre la narria y varias botellas salieron
disparadas.
—¿Te he dicho que soy de Brionne, Erikan? Un buen sitio, ya lo creo.
—Sí —respondió Erikan.
—Criaba cerdos, como mi padre, y como su padre antes que él. Cer-
dos, Erikan… Una granja de cerdos nunca te lleva por el mal camino.
—Obald alargó un brazo y dio un débil manotazo a la espada envainada
que colgaba de la cintura de Erikan—. Maldita hoja templaria. ¿Por qué
aún no te has deshecho de ella?
—Soy un templario. Los templarios llevamos espadas templarias,
Obald —respondió Erikan.
—No eres un templario, sólo un aprendiz. Ni siquiera es una espada
como es debido. No pesa sobre ella ninguna maldición —gruñó Obald.
—Pero está afilada y es larga, y lo corta todo —replicó Erikan. Había
dejado de ser el aprendiz de Obald en el mismo momento en que había
recibido el beso de sangre y había entrado en la aristocracia de la noche.
Se sonrió al recordarlo. Lo cierto era que nada tenía de aristocrático an-
dar escondiéndose en fosas anónimas y devorando desafortunados cam-
pesinos.
—¿Dónde está mi espada? Me gustaría que te la quedaras —farfulló
Obald.
—Tu espada sigue clavada en el cuerpo del tipo al que le robamos el
caballo —dijo Erikan. La huida de Couronne había sido tan sangrienta
como la propia batalla. Una vez caída la Serpiente, sus fuerzas, tanto
vivos como muertos, habían huido en desbandada. Obald ya había re-
cibido entonces el flechazo en el estómago, y Erikan había tenido que
abrirles a golpe de espada una senda hacia la libertad a través de la mul-
titud de muertos que los rodeaba.
—¡Ah, sí, claro! —exclamó Obald—. La cara de engendro endogámi-
co que puso no tiene precio… Aunque aquella armadura no estaba nada
mal, ¿verdad? ¡Oh, amigo mío! La espada de un muerto atraviesa cual-
quier cosa, incluso una bonita armadura. —Se balanceó adelante y atrás
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sobre la narria hasta que sus carcajadas se convirtieron en una fea tos.
—Tuve un buen maestro —repuso Erikan.
—Hice un buen trabajo, ¿verdad? —Obald hipó—. Fuiste mi mejor
alumno, Erikan. Es una pena que te atacara aquella bruja Von Carstein.
—No es ninguna bruja, Obald.
—Pues entonces es una puta —espetó Obald—. Una furcia, Erikan.
—Eructó—. No me vendría mal una puta en este momento; una de esas
tan elegantes de Nuln.
—¿Quieres hablar de mujeres? —dijo Erikan.
—Se untan mermelada en el pastel, mermelada de verdad. Nada de
serrín ni de grasa de vaca como las de Altdorf —dijo Obald, gesticulando
para enfatizar sus palabras.
—Sí, ya —dijo Erikan, y meneó la cabeza—. Estoy seguro de que te
encontraremos una puta en Sylvania, Obald.
—No, no. Déjame morir aquí, Erikan. Estaré bien —dijo Obald—.
Para ser un saco de huesos, me resulta extrañamente grata la idea de la
muerte. —Puso en posición completamente vertical la botella que soste-
nía en la mano y la mayor parte del contenido se vertió sobre su rostro
y la barba desgreñada—. Huesos, huesos, Padre Óseo. Aún me parece
increíble que me dejaras ponerme ese nombre. Padre Óseo… Por cierto,
¿qué cojones significa en realidad? Seguramente el resto de los nigroman-
tes estén riéndose de mí.
Guardó silencio durante un momento, y Erikan albergó la esperanza
de que se hubiera quedado dormido. Pero entonces Obald gruñó.
—Les demostramos el porqué de mi nombre, ¿verdad, Erikan? A
aquellos malditos nobles y a su pérfida dama. —Obald y un puñado de
nigromantes habían cargado contra el estandarte de serpiente de Ma-
llobaude después de que los duques de Carcassonne, Lyonesse y Artois
hubieran coronado rey al hijo bastardo de Louen y levantado legiones de
muertos para que marcharan al lado del ejército de los deshonrosos caba-
lleros de la Serpiente. No obstante, Obald y sus colegas habían sido un
juguete en comparación con el verdadero poder que se escondía detrás
de la ilegítima entronización de Mallobaude, el anciano liche conocido
con el nombre de Arkhan el Negro.
Erikan no sabía por qué Arkhan había decidido ayudar a Mallo-
baude. Seguramente tendría sus razones, como Obald y Erikan, pensó
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éste. Con el apoyo del liche, Bretonia cayó a sus pies. En la batalla de
Quenelles, Erikan había tenido el placer de ver a la Serpiente lanzar al
barro el cuerpo sin vida de su padre. Muerto el rey Louen, las provincias
meridionales habían caído una detrás de otra, hasta que la Serpiente
había fijado su mirada en el norte, en Couronne.
A partir de entonces todo había ido mal. Mallobaude había perdido
la cabeza, Arkhan había desaparecido y…
—Perdimos —dijo Erikan.
Una risa áspera salió de Obald.
—Nosotros siempre perdemos, Erikan. Así son las cosas. No hay
vencedores, salvo para los muertos y los Dioses Oscuros. También te
enseñé eso.
Erikan resopló con los dientes apretados.
—Me enseñaste muchas cosas, viejo. Y vivirás para enseñarme mu-
chas más, si dejas de hacer esfuerzos.
—No lo creo. —Obald tosió—. Sé que lo hueles. Despido el olor. Mi
tiempo se acaba. Un arco es un arma fantástica en el campo de batalla. Si
aún sigo vivo es por puro asco. Pero ya estoy cansado. —Volvió a toser,
y Erikan percibió el aroma de la sangre fresca. Obald se dobló por la
cintura encima de la narria, presa de un espantoso ataque de tos. Erikan
se detuvo y soltó la narria, se agachó al lado de su anciano mentor y
posó una mano en la espalda temblorosa.
Obald siempre había tenido el aspecto de un anciano, pero ahora
parecía un hombre débil y decrépito. Erikan sabía que su maestro tenía
razón. La flecha que lo había atravesado había causado estragos en su
cuerpo. El hecho de que hubiera sobrevivido al viaje a través de las Mon-
tañas Grises y de las provincias del Imperio se debía más a su tozudez
que a cualquier otra cosa. Cuando llegaron a las tierras de Stirland, no
había sido capaz de cabalgar, y apenas podía mantenerse sentado. Estaba
muriéndose, y Erikan no podía hacer nada al respecto.
No, eso no era del todo cierto. Aún había algo que podía hacerse. Se
acercó la muñeca a los labios y abrió la boca; aparecieron unos largos
colmillos corvos. Erikan se preparó para hundirlos en la muñeca.
Se detuvo cuando vio que Obald estaba observándolo. Sangre y ba-
bas colgaban de la barba del anciano como telarañas perladas. Obald
sonrió y mostró dos hileras de dientes podridos. Le dio una palmada en
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la mejilla a su discípulo.
—No necesito tu sangre, Erikan. De todos modos mi viejo cuerpo
no sobreviviría.
Erikan bajó el brazo. Obald volvió a tenderse sobre la narria.
—Fuiste un buen amigo, Erikan. Es decir, para ser un depravado fa-
mélico en el que no se puede confiar. —El nigromante resolló—. Pero
de la misma manera que el agua de lluvia se filtra en la tierra y que el río
desemboca en el mar, todas las cosas tienen a su final.
—Un proverbio strigano —masculló Erikan—. Ahora sí estoy seguro
de que estás muriéndote. —Se irguió acuclillado y contempló cómo su
último lazo con la vida mortal trataba de sacar la cabeza—. Sabes que no
tienes razón, ¿verdad? Sólo estás siendo cabezón y rencoroso.
—He sido cabezón y rencoroso toda mi miserable vida, chico —gru-
ñó Obald—. He pasado muchos más años que tú luchando, malhumo-
rado y huyendo. Yo presencié la ascensión y la caída de Kemmler, vi
Mousillon en su máximo esplendor de putrefacción y he visitado las
ruinas secretas de Morgheim, donde los strigoi bailan y aúllan. —Los
ojos del anciano miraban al vacío—. He luchado durante años y años
y años y ahora creo que estoy harto de luchar. —Sus dedos marchitos
y trémulos se posaron en la muñeca de Erikan—. Me parece que es la
decisión acertada, teniendo en cuenta lo que se avecina. —Sus ojos vi-
driosos buscaron el rostro de Erikan—. Siempre desaparece antes de que
las cosas se pongan demasiado feas, he ahí mi consejo para ti. —Su voz
se había convertido en apenas un susurro. Erikan se inclinó hacia él.
—Echo de menos mis cerdos —dijo Obald. Tras un leve gruñido, su
rostro se laxó, y cualquiera que fuera la oscura fuerza que había habi-
tado en su interior escapó al cielo plomizo que se extendía sobre sus
cabezas.
Erikan se quedó mirándolo fijamente. Nunca había perdido la espe-
ranza de que el viejo llegara vivo a Sylvania. Cuando ya habían dejado
atrás Couronne se enteraron de que el resto de los supervivientes se di-
rigían allí, impelidos a atravesar las montañas por una fuerza tenebrosa.
Se contaban historias sobre murallas de huesos y un estado independien-
te de muertos, gobernado por la aristocracia de la noche. Incluso habían
oído el rumor de que las fuerzas de Arkhan también marchaban en esa
dirección.
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Erikan pensaba que era el comienzo de algo. Obald se había burlado
de esa idea suya entre ataques de tos, pero Erikan sentía en la oquedad
oscura y acre de sus huesos que era así. Había humo en el cielo y sangre
en el agua, y el viento arrastraba la promesa de muerte. Era todo lo que
había soñado desde que sus padres habían sido arrojados chillando a las
llamas, todavía con el regusto de cadáver en la boca. Él había tenido una
visión en ese fuego cuando Obald lo había rescatado tras despellejar a
sus captores con magia oscura. En aquellas llamas negras, que habían
separado la carne de los huesos como si se tratara de un cuchillo de
carnicero, Erikan había visto el desmoronamiento de todas las cosas. El
final de todo dolor, toda hambre y todo conflicto.
Y ahora ese sueño estaba haciéndose realidad: el mundo estaba mu-
riendo y Erikan Cuervodemonio se proponía presenciar con sus pro-
pios ojos el final. Pero había esperado hacerlo con Obald a su lado.
¿Acaso el viejo no se merecía por lo menos eso? Sin embargo, ahora sólo
era un cadáver más.
Por lo menos él era libre, no como Erikan, que seguía siendo prisio-
nero del mundo.
Retiró despreocupadamente los dedos del anciano de su muñeca y se
puso de pie. Dejó caer la mano hasta el pomo de la espada y dijo como
sin darle importancia:
—Está muerto.
—Lo sé —repuso una voz femenina—. Debería haber muerto hace
años, y lo habría hecho si no hubieras malgastado tu tiempo salvándole
el pellejo.
—Él me crio. Se ocupó de mí cuando todos los demás me habrían
quemado como al resto de los míos por el mero hecho de querer so-
brevivir —replicó Erikan. Apretó la mano alrededor de la empuñadura
de la espada y la desenvainó suavemente en tanto se volvía en redondo
para encararse con la recién llegada—. Él me ayudó a convertirme en el
hombre que soy.
A la tenue luz de la luna, la tez pálida de la mujer parecía irradiar
un fulgor sobrecogedor. Vestía una recargada armadura negra con los
bordes de oro sobre seda roja. El tono del delicado tejido hacía juego
con sus fogosas trenzas, enroscadas sobre la parte superior de la cabeza
según un estilo que había pasado de moda tres siglos atrás. Unos ojos
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como ágatas lo miraban fijamente mientras ella tendía una mano para
apartar la espada.
—Creía que yo también había tenido algo que ver en eso, Erikan.
Erikan bajó la espada.
—¿Qué haces aquí, Elize?
—Lo mismo que tú, supongo.
Erikan clavó la espada en el suelo margoso y posó las palmas de las
manos sobre la guarda.
—Sylvania —dijo escuetamente.
Elize von Carstein asintió con la cabeza. Una trenza carmesí se des-
prendió del resto y quedó suspendida ante su rostro, hasta que la apartó
con un soplido. Erikan sintió nacer el deseo, pero se obligó a reprimir-
lo. Esos días ya formaban parte del pasado.
—Sentí la llamada. —Alzó la vista hacia la luna—. La campana negra
de Sternieste está convocando a la guerra a los templarios de la Orden
de Drakenhof.
Erikan bajó los ojos y miró el murciélago rojo con las alas desplega-
das grabado en el pomo de la empuñadura de su espada. Era el símbolo
de los Von Carstein y de los templarios de Drakenhof. Lo tapó con las
manos.
—¿Y contra quién nos enfrentaremos en esa guerra?
Elize no respondió y se puso a caminar. Erikan echó a andar detrás
de ella. Se alejó del cadáver de Obald, que quedó donde yacía, esperando
su destino, cualquiera que éste fuera. El corrompido espíritu del anciano
ya había abandonado su cuerpo, de modo que el mentor de Erikan ya
no era más que un trozo de carne enfriándose en el suelo; y ya hacía mu-
cho tiempo que Erikan había perdido el gusto por despojos tan rancios.
—Entonces, ¿vamos a reunirnos todos? —preguntó mientras seguía
a Elize a través de los árboles, hacia un soto silencioso donde dos caba-
llos negros y de ojos rojos los esperaban piafando con impaciencia. Las
monturas de los establos del castillo Drakenhof (inmortales, incansables
y despiadadas) no admitían comparación con ningún corcel del mundo
conocido, excepto quizá con los sementales del lejano Ulthuan. Cogió
las bridas del caballo que Elize le indicó y lo acarició mientras murmu-
raba para sí. Siempre había tenido mano para las bestias, incluso después
de su renacimiento. Había tenido como compañeros a los enormes y
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peludos lobos que Obald había levantado de sus tumbas en los bosques
y que había liderado en cacerías a la luz de la luna. Pensó que jamás ha-
bía experimentado una sensación más cercana a la felicidad que cuando
Obald le había enseñado a convocar a los lobos.
—Todos los que aún existamos y nos mantengamos fieles al juramen-
to —respondió Elize—. Encontré a unos cuantos más y decidimos hacer
el viaje juntos.
—¿Por qué?
—¿Y por qué no? —replicó Elize tras pensarlo un momento, mientras
subía a la silla de montar—. ¿Acaso los allegados no se reúnen? Descubrí
tu rastro y se me ocurrió proponerte que te unieras a nosotros. Después
de todo eres uno de los nuestros.
—No recuerdo que me hayas preguntado si quiero ir con vosotros
—dijo Erikan en voz baja.
Elize espoleó su montura y se alejó al galope. Erikan vaciló un ins-
tante, pero entonces se subió al caballo y salió detrás de ella. Mientras
cabalgaba no pudo evitar pensar que siempre ocurría lo mismo. Elize le
llamaba y él acudía. La observó sobre el caballo, su figura esbelta inclina-
da sobre el cuello del animal, con la armadura relumbrando pálidamente
a la luz de la luna. Era hermosa y terrible, e implacable, como la muerte
misma encarnada en una mujer. Se dijo que debía de haber maneras
peores de pasar la eternidad.
Elize lo condujo hacia los altos túmulos y los arbustos que poblaban
las colinas y los valles al oeste de la frontera con Stirland. Toda clase de
construcciones en ruinas, el legado de siglos de guerras, moteaban el
paisaje. Molinos derrumbados y casas de pastores reducidas a escombros
se alzaban por encima de los restos de fuertes fronterizos y de granjas
aisladas. Algunos eran más recientes que otros, pero todos habían sufri-
do el mismo destino. Se hallaban en la tierra de nadie situada entre las
provincias de los vivos y las de los muertos, y nada construido por los
primeros duraba mucho tiempo.
Cuando salieron de los bosques y de la niebla que se aferraba a los
árboles, Erikan tiró de las riendas del caballo, sobresaltado por la lejana
muralla de huesos que apareció ante sus ojos. El muro se alzaba alto en
el cielo, muy por encima de todo lo demás. Era muchísimo más impo-
nente de lo que decían los rumores. No parecía tanto una muralla como
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una nueva cadena montañosa de reciente formación. Sólo los gigantes
más grandes podrían trepar por ella.
—Por los dientes de Nagash —murmuró—. Me habían hablado de su
existencia, pero nunca creí que pudiera ser cierto.
La sensación de que todo estaba llegando a su fin que había experi-
mentado antes regresó con más fuerza que nunca. Siempre había tenido
la sensación de que Sylvania era un lugar inmutable; una herida gangre-
nosa que jamás cicatrizaba, aunque tampoco se agravaba. Sin embargo
ahora estaba preparada para ser mortal. Le entraron ganas de reír y de
aullar, pero se contuvo.
—Sí —dijo Elize por encima del hombro—. Mannfred se ha separado
del Imperio. Los tiempos en los que teníamos que escondernos en las
sombras han terminado.
Por la manera como lo dijo, Erikan se cuestionó que eso la hiciera
completamente feliz. La mayoría de los que eran como él eran conserva-
dores por naturaleza. La inmortalidad conllevaba el temor a los cambios
y la necesidad de trabajar para que el mundo se mantuviera tal como era.
Sin embargo, Erikan nunca había compartido ese sentimiento. Cuan-
do uno nacía en la miseria y se criaba rodeado de cadáveres, cualquier
pequeño cambio se recibía con los brazos abiertos. Erikan sacudió las
riendas de su caballo.
—No me sorprende que tañera las campanas. Si ha sido capaz de le-
vantar esto, va a necesitar toda la ayuda que pueda reunir.
La idea no resultaba tranquilizadora. Los vampiros eran muy capaces
de salirse con la suya cuando algo se les metía entre ceja y ceja. Pero las
inevitables luchas internas y las intrigas para ascender en el escalafón
que se producirían serían tediosas, si no fatales.
Elize no dijo nada. Continuaron cabalgando al abrigo de la noche,
al galope. Las monturas jamás desfallecían. Erikan divisó en más de una
ocasión el brillo lejano de fuegos de campamento y percibió el olor de
sangre humana. Los ejércitos de los hombres estaban en marcha, pero no
era capaz de determinar en qué dirección se movían. ¿Estarían sitiando
Sylvania? ¿O serían ciertos los rumores acerca de una nueva invasión
desde el norte? ¿Sería esa la razón por la que Mannfred von Carstein
había elegido ese momento y no otro para realizar su osada declaración
de intenciones?
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Todos esos pensamientos rondaban por su cabeza mientras Elize le
conducía hacia los escombros más próximos al bastión de huesos. Las
hogueras de los campamentos que salpicaban la oscuridad quedaban le-
jos de las ruinas de una vieja torre de vigilancia. Ahora sólo era una
montaña de piedras carbonizadas e invadidas por el musgo y la maleza.
Cuando Erikan bajó del caballo y lo llevó junto al resto de las mon-
turas que estaban atadas a una horca, vio que dentro había tres hombres
esperando. Elize lo condujo al interior de lo que quedaba de la torre y
él saludó con la cabeza a los presentes mientras se agachaba para pasar
bajo el semiderruido arco de la entrada. La única iluminación en el
interior procedía de la luna, pues ninguno de los que estaban allí nece-
sitaba más.
—¿Qué hace éste aquí? —gruñó uno de los hombres, llevándose una
mano a la empuñadura de la espada que le colgaba de la cintura.
Erikan se cuidó de mantener las manos lejos de su espada y dijo:
—Lo mismo que tú, Anark.
Elize se acercó al otro vampiro y puso una mano encima de la suya
como para impedir que pudiera desenvainar la hoja. Anark von Carstein
era un hombre grande, más que Erikan, y poseía la constitución de un
guerrero. Iba enfundado en una armadura oscura compuesta por placas
dentadas y bordes afilados, y a juzgar por las abolladuras y los arañazos,
no debían haber sido pocas las batallas en las que había participado.
La última noticia que Erikan había tenido de Anark lo situaba en los
Reinos Fronterizos, liderando un ejército de muertos que luchaba en el
bando de un insignificante Señor de la Guerra.
Elize se inclinó hacia Anark y le susurró algo al oído. El vampiro se
tranquilizó visiblemente. Erikan recordó que Elize siempre había sabi-
do manejarlo. Anark era, como él mismo, un protegido de la decana de
la Abadía Roja, e incluso se le había concedido el privilegio de tomar el
nombre Von Carstein, algo que él probablemente jamás conseguiría. Si
bien era cierto que tampoco lo anhelaba; estaba contento con su nom-
bre. Recordó que ése había sido precisamente el motivo principal de
que ella se hubiera distanciado de él. Elize le había ofrecido su nombre
y él lo había rechazado. De modo que se había buscado otro vástago de
sangre, amante y paladín. Y Erikan se había marchado.
Erikan apartó la mirada de ellos y sus ojos se toparon con las miradas
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rojas de los demás Von Carstein.
—Markos —dijo, e inclinó la cabeza.
Markos era un tipo de facciones halconadas y el cabello peinado ha-
cia atrás, lo que le daba un aspecto de armiño. Si Anark destacaba por
su fuerza bruta, Markos lo hacía por su astucia. Poseía un don especial
para la hechicería y una lengua viperina.
—Cuervodemonio, no esperaba volver a verte —dijo Markos—. Creo
que ya conoces al conde Nyktolos.
Markos señaló al otro vampiro, quien, como Anark y Markos, lleva-
ba puesta una recia armadura. Nyktolos también usaba un monóculo,
como era común entre la aristocracia de Altdorf, y su sonrisa se extendía
de oreja a oreja de un modo que resultaba desagradable. A diferencia
de la de sus dos camaradas, la piel de Nyktolos tenía un color morado,
seguramente por la ingesta reciente de sangre, o tal vez sólo se debiera a
la putrefacción sufrida dentro de la tumba. Era algo que podía ocurrir si
no se daba el beso de sangre como era debido.
—Conde —dijo Erikan, e hizo una leve reverencia.
Conocía al noble de oídas. Había sido conde de Vargravia hasta la
irrupción de Konrad, en los viejos y funestos tiempos. Nyktolos sonrió
y dejó al descubierto una boca llena de afilados colmillos, más de los
que ningún vampiro respetable necesitaría, en opinión de Erikan. Si era
obra de Konrad, su extraño color probablemente fuera el menor de sus
problemas.
—Es educado. Ya me cae bien —dijo Nyktolos.
—No te encariñes demasiado con él —le advirtió Anark—. No se
quedará mucho tiempo. Erikan no tiene estómago para la guerra. Es de-
cir, para una de verdad. Ni para esas escaramuzas a las que llaman guerra
al oeste de las Montañas Grises.
Erikan clavó los ojos en la mirada fría y serena de Anark. El otro
vampiro estaba intentado provocarle, para variar. No llegaba a entender
por qué le odiaba tanto. Él no suponía una amenaza para Anark. Inten-
tó que su mirada se encontrara con la de Elize, pero la atención de ésta
seguía puesta en su amante. No, se dijo Erikan, por mucho que deseara
lo contrario, él jamás sería un peligro para Anark, en ningún aspecto.
—Espero que no estuvierais esperándome a mí —dijo dirigiéndose a
Markos, sin prestar la menor atención a Anark.
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—No, no estábamos esper… ¡Ah! Hablando del diablo… —dijo Mar-
kos, alzando la mirada. Una batida de alas agitó el aire y un olor fétido
colmó el interior de la torre en ruinas cuando en el tejado aterrizó algo
pesado. El recién llegado descendió para reunirse con ellos, deslizándose
por las viejas paredes como un lagarto, lo que hizo que cayeran algunas
piedras al suelo.
—Llegas tarde, Alberacht —dijo en voz alta Markos.
El cuerpo peludo del recién llegado permaneció inmóvil adherido a
las piedras durante unos segundos, y luego reanudó el descenso. Erikan
retrocedió cuando Alberacht Nictus se irguió en toda su estatura. La
criatura, conocida en algunos lugares como el Segador de Drakenhof,
extendió una garra corva y apresó delicadamente por la nuca a Erikan,
que no opuso resistencia cuando el monstruoso vampiro tiró de él para
acercárselo.
—Hola, muchacho —dijo Alberacht con una voz retumbante. Su cara
conservaba los rasgos humanos justos, aunque dilatados alrededor de un
cráneo deforme y lleno de irregularidades. Sin embargo, su cuerpo hin-
chado era una repugnante mezcla de murciélago, simio y lobo. Apenas
llevaba puestas unas piezas de armadura sueltas e iba desarmado. Erikan
le había visto metido en faena y sabía que no necesitaba armas. Sus lar-
gas garras y sus poderosos músculos lo hacían tan peligroso como un
caballero a la carga.
—Maestro Nictus —dijo Erikan, evitando la mirada bestial del vam-
piro.
Alberacht era impredecible, más que ningún otro vampiro. Cada vez
que Erikan lo veía le parecía menos humano, y a veces se preguntaba si
ése era el destino que lo esperaba a él con el paso de los siglos. Algunos
vampiros se mantenían como habían sido durante el último latido del
corazón. Pero otros se embriagaban con la carnicería y perdían la poca
humanidad que les pudiera quedar.
—«Maestro», dice —gruñó Alberacht. Su rostro se contorsionó para
formar la parodia de una sonrisa—. ¡Cuánto respeto para este viejo gue-
rrero! ¿Habéis visto el respeto que me tiene? —La sonrisa se esfumó—.
¿Por qué los demás no seguís su ejemplo? —Se volvió para clavar su
mirada torva en los demás. Su barbilla se llenó de baba sanguinolenta
cuando mostró los colmillos—. ¿Acaso no soy el Gran Maestro de vues-
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tra orden? ¿Es que tengo que destruiros en el Altar de los Castigos?
Los demás retrocedieron cuando Alberacht soltó a Erikan y se volvió
hacia ellos. Desplegó parcialmente sus correosas alas y sus ojos se encen-
dieron con un brillo de demencia. El vampiro hedía a violencia y locura,
y Erikan retrocedió hasta una distancia prudencial. Alberacht era capaz
de matar a cualquiera de ellos en un arrebato.
—Hace siglos que dejaste de serlo —dijo suavemente Elize—. ¿Lo has
olvidado? Renunciaste a tu cargo y delegaste todas tus responsabilidades
en Tomas.
Elize tendió una mano y acarició el pellejo peludo de Alberacht
como quien tratara de tranquilizar a un semental nervioso. Erikan se
puso tenso. Si Alberacht se ponía violento con ella, tendría que actuar
rápidamente. Vio que Anark apretaba la mano alrededor de la empuña-
dura de su espada y que el otro vampiro hacía un breve gesto de asenti-
miento con la cabeza cuando sus miradas se cruzaron. Nadie quería que
Elize sufriera daño alguno, por mucho que se despreciaran unos a otros.
—¿Tomas? —gruñó Alberacht. Plegó las alas—. Sí, claro, Tomas. Un
buen chico, para tratarse de un Von Carstein. —Sacudió el cuerpo, como
alguien que despertara de una pesadilla, y acarició la cabeza de Elize
como lo haría un abuelo cansado a su nieta—. He oído las campanas.
—Todos las hemos oído, bestia vieja —dijo Markos—. Nos convocan
en Sternieste.
—En ese caso, ¿qué estamos haciendo aquí? —preguntó Alberacht—.
La frontera está ahí mismo, a sólo un par de pasos.
—Bueno, para empezar está esa maldita muralla de huesos —dijo el
conde Nyktolos, cambiando la pierna sobre la que depositaba todo su
peso—. Tendremos que prescindir de los caballos.
—No lo haremos —intervino Elize. Miró a Markos—. ¿Primo?
—¿Eh? ¿Tengo que hacerlo yo? ¿Desde cuándo estás tú al mando?
—preguntó Markos. Las miradas de Anark y de Alberacht se encontra-
ron, y Markos dejó caer los brazos ante él en un gesto de rendición—.
De acuerdo, vale, está bien. Nos introduciré a la antigua usanza. Sutile-
za es tu segundo nombre, Elize. Formad una cola ordenada, amigos, tú
también Erikan, por supuesto. Vayamos a casa.
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