Cuentos Apócrifos de Caperucita
Cuentos Apócrifos de Caperucita
PRESENTACIÓN 2
CAPERUCITA ULTRAVIOLETA 3
CAPERUCITA VERDE 5
CAPERUCITA NEGRA 7
CAPERUCITA ROSA 9
CAPERUCITA GRIS 10
CAPERUCITA INCOLORA 12
CAPERUCITA MORADA 14
CAPERUCITA DURMIENTE 16
CAPERUCITA NARANJA 19
CAPERUCITA PARDA 21
CAPERUCITA Y CÍA 23
CAPERUCITO/A ROJO/A 28
CAPERUCITA ESCARLATA 31
CAPERUCITA PARITARIA 32
CAPERUCITA ECOLÓGICA 34
CAPERUCITA CINEGÉTICA 36
CAPERUCITA ZOMBI 37
CAPERUCITA LICÁNTROPA 38
LOBITO ROJO Y LA CAPERUZA FEROZ 39
CAPERUCITA DOMINATRIX 40
CAPERUCITA FOFA 41
CERDITO ROJO 43
CAPERUCITA PIJA 45
CAPERUCITA ROJA... DE VERDAD 47
CAPERUCITA CENICIENTA 48
CAPERUCITA INDÓMITA 50
CAPERUCITA SIGLO XXI 52
1
PRESENTACIÓN
Tal como su nombre indica estos cuentos son versiones apócrifas, cuando no
descaradamente parodias, del clásico cuento de Caperucita Roja. En realidad su origen,
al igual que el de otras versiones de diferentes cuentos infantiles, fue dentro de la
sección de los Apócrifos irreverentes, pero el incremento de su número, puramente
casual y no premeditado, acabó recomendando segregarlos no sólo de los citados
Apócrifos irreverentes, sino incluso de los Apócrifos infantiles. No obstante su unidad
argumental y estilística se sigue manteniendo, por lo cual esta segregación persigue
únicamente facilitar una mayor comodidad de lectura.
Por esta razón, la totalidad de los Apócrifos irreverentes quedan así repartidos en
cinco volúmenes, cuatro de ellos genéricos y numerados con los ordinales I a IV, y este
último temático.
2
CAPERUCITA ULTRAVIOLETA
-¿Quién demonios será éste? -se preguntó la niña, desconcertada ante la extraña
fisonomía del intruso- Desde luego, no parece un lobo... que yo sepa, los lobos no son de
color verde, no tienen tentáculos ni antenas, ni tampoco ese cuerpo en forma de saco de
patatas...
Por más que estrujaba sus escasos conocimientos zoológicos -en el colegio no le
enseñaban demasiado de esta disciplina-, Caperucita no lograba desentrañar el misterio.
-Hola, Caperucita. -saludó el ser con voz cavernosa- ¿A dónde vas por este tenebroso
bosque?
-No, no soy el Lobo; el pobre está de baja por culpa de una molesta ciática. Yo soy su
sustituto, me han enviado de la Oficina de Empleo para ocupar su puesto hasta que se
recupere. Pero no te preocupes, conozco perfectamente mi trabajo y estoy convencido de
que podré suplirle sin problemas.
-Pero... -Caperucita se preguntaba por qué razón no podían haber enviado a alguien
más parecido físicamente al viejo cánido; a veces esos burócratas hacían cosas muy raras-
¿Quién es usted?
-¡Oh, de muy lejos! ¿Qué tal andas de astronomía? ¿Os han hablado de las galaxias y
los cúmulos estelares en el colegio? -y viendo la cara de extrañeza de la niña se corrigió-
Bueno, tampoco importa tanto. Digamos que de allá arriba. -concluyó, señalando con uno
de los tentáculos superiores el firmamento.
-Encantada de conocerle, señor Bem, pero si me disculpa... tengo que llegar a casa de
mi abuelita antes de las doce, si ficho más tarde me pueden descontar el plus de
puntualidad y la hipoteca es la hipoteca...
-Vaya, niña, eso tiene fácil solución; -el alienígena se desvivía por ser amable- si
quieres, te puedo llevar en mi aeromóvil; lo tengo aparcado detrás de esa loma.
3
-Y sacando de no se sabe donde, ya que iba completamente desnudo, un pequeño
mando a distancia, lo esgrimió con un tentáculo presionando uno de los botones. Segundos
después un pequeño aparato volador de forma lenticular se posaba silenciosamente a su
lado.
Pero valiente al fin y al cabo, y viendo que se le hacía tarde y que la hipoteca no
esperaba, aceptó tras un corto titubeo. Al fin y al cabo estaba acostumbrada a bregar con el
Lobo, y no le parecía que este estrafalario ser pudiera llegar a ser más peligroso.
Así pues, ambos se acomodaron en el interior del pequeño vehículo el cual, tras cerrar
su cubierta transparente, se lanzó como un rayo hacia el azul firmamento perdiéndose
instantes después en la lejanía.
El cuento no relata lo que ocurrió a partir de ese momento, pero lo que sí consta en los
archivos es que la niña jamás llegó a fichar en la casa de su abuelita y nunca más se volvió
a saber nada de ella. Transcurrido el plazo estipulado fue despedida por abandono
injustificado de su puesto de trabajo, siendo embargado asimismo su apartamento por
impago de la hipoteca.
De ser ciertas, no obstante, algunas leyendas que corren por los mundos remotos del
Cinturón de Orión, Caperucita y el Bem habrían sido felices y comido perdices, e incluso
con la ayuda de la ingeniería genética -¿cómo, si no?- habrían sido padres de una prolífica
estirpe de esporas que con el tiempo acabaron convirtiéndose en tiernos niños, niñas -y así
hasta un total de los ocho sexos distintos en que se divide la raza del Bem- con tiernos
tentáculos tornasolados -el color verde no surge hasta la pubertad- heredados del padre y
las bellas trenzas y la capa de terciopelo con caperuza recuerdo de su ascendencia terrestre.
He de advertir, no obstante, que debido a la lejanía del lugar ningún investigador ha podido
corroborar fehacientemente la verosimilitud de esta historia.
4
CAPERUCITA VERDE
Ante todo, permítanme que me presente. Soy un macho adulto de Canis lupus, es
decir, un hermoso lobo; pero no un lobo cualquiera, sino el afamado Lobo Feroz de los
cuentos infantiles; y bien que me he esforzado, a lo largo de mi existencia, por mantener en
alto el pabellón de mi bien merecida reputación.
Sin embargo, paradojas del destino, ahora me encuentro cumpliendo una larga
condena en un penal de alta seguridad como convicto de un delito de pederastia; sí, ustedes
han leído bien, pederastia, y todo por culpa de esa zorrita intrigante de Caperucita a la que
mal rayo parta.
Doy por supuesto que habrán leído en más de una ocasión el cuento del que ambos
somos protagonistas, pero es mucho menos probable que conozcan su verdadero final,
censurado y modificado por culpa de la mojigatería imperante en estos malhadados días en
los que impera la estúpida dictadura de lo políticamente correcto. Porque en realidad yo no
fui asesinado por el cazador, tal como a ustedes les contaron, al ser sorprendido por éste en
la cama de la abuelita cuando intentaba capturar a Caperucita; oh, no, él se cuidó muy
mucho de hacerlo, ya que sabía que los lobos somos una especie protegida y que, de
matarme, se habría visto encausado por ello bajo la amenaza de una fuerte condena. No, él
fue mucho más listo, se limitó a reducirme gracias a la amenaza de su escopeta -por muy
protegido que pueda estar tengo tanta estima a mi pellejo como cualquiera, y el miedo es
libre- hasta que la policía se hizo cargo del asunto deteniéndome y poniéndome a
disposición judicial.
Y ahí empezó mi calvario. Caperucita, esa rijosa y repugnante criatura camuflada tras
ese aspecto angelical con el que la muy hipócrita sabe encandilar a todos cuanto se cruzan
en su camino, logró convencer al tribunal que me juzgó de que yo pretendía violarla,
contando para ello con el inestimable apoyo del perjuro del cazador que, probablemente
conquistado por sus encantos -es a él a quien deberían haber condenado por pederastia, y
no a mí-, testificó en falso en contra mía. De nada sirvieron mis encendidas protestas
alegando algo tan evidente como que los lobos no sentimos la menor atracción sexual por
unos seres tan repulsivos como son los humanos -y todavía más sus crías-, y que lo único
que pretendía era devorarla como Dios manda; en vez de condenarme por ello, lo cual
hubiera dejado a salvo mi prestigio de depredador, los muy estúpidos lo hicieron por algo
que jamás habría pasado por mi imaginación y que me provoca náuseas tan sólo con
pensarlo, algo que humilla profundamente mi dignidad a la par que daña de forma
irreversible mi bien labrada reputación.
Ojalá hubiera hecho caso a mi primo, olvidándome de esta lolita con capuchón para
dedicarme, como hizo él, a perseguir a los Tres Cerditos; mejor me habrían ido las cosas ya
que, por más que me pudieran denunciar la Sociedad Protectora de Animales o la
5
Federación Nacional de Ganaderos Porcinos, el caso no habría sido el mismo y yo no me
encontraría preso por un delito que nunca pensé siquiera en cometer.
6
CAPERUCITA NEGRA
-Estamos a la espera de las pruebas de ADN para confirmar la identidad del cadáver,
pero según su DNI se trata del Lobo Feroz... o de lo que queda de él. ¡Vaya escabechina!
Jamás había visto nada igual.
-Yo tampoco, -respondió su superior- pero según los informes que he consultado antes
de venir aquí, éste es el cuarto asesinato de características similares en poco más de medio
año... todos en un radio de unos quinientos kilómetros, y todas las víctimas lobos, jamás
humanos o ninguna otra especie. Estamos ante un asesino en serie, de eso no cabe la menor
duda.
-Sí, o mejor dicho lo hemos intentado, ya que la pobre era presa de un ataque de
histeria; hemos tenido que sedarla y enviarla al hospital. Lo único que sabemos es que la
víctima asaltó su casa, la encerró en un armario atada y amordazada y, al parecer, se hizo
pasar por ella recibiendo poco después, según todos los indicios, al asesino. La pobre
anciana no vio nada al estar cerrada la puerta del armario, pero debió de oírlo todo... no me
extraña que acabara así, máxime cuando todo parece indicar que el asesino la buscaba a
ella y que sólo gracias a esta extraña suplantación logró salvar la vida.
-Esto también encaja con los crímenes anteriores. -respondió el comisario haciendo
algunas anotaciones en su agenda electrónica- En todos los casos las víctimas obraron de
forma similar, siendo asesinados cuando habían suplantado a las propietarias de las
viviendas... pero no acabo de comprenderlo, no tiene ninguna lógica.
7
-¿Quién es capaz de entender a estos psicópatas? -sentenció Rebolledo.
-De momento salir de aquí, porque si no voy a acabar vomitando. Cuando los chicos
terminen de tomar muestras que salgan también, no tiene sentido permanecer en ese
matadero, pero que aguarden en la puerta hasta que lleguen los de la Policía Científica.
También están avisados ya los servicios funerarios, alguien tendrá que recoger todo esto... -
concluyó, expresando su repugnancia con una significativa mueca-. Me han pedido que
envíe un informe a la central, los chicos de la Brigada de Investigación Criminal han
decidido hacerse cargo del caso, y yo me alegro de no tener que cargar con el muerto. En la
vida he visto nada tan desagradable.
-¿Quién piensas que habrá podido ser? -le preguntó Rebolledo mientras franqueaban el
umbral de la modesta vivienda.
-¿Quién sabe? -respondió el comisario- La gente de esta región es muy rara, y sus
pautas de conducta son muy diferentes de las nuestras. Sólo tienes que ver como viven; -
sentenció, abarcando con un amplio movimiento de la mano los vastos e impenetrables
bosques que se extendían en todas direcciones hasta el lejano horizonte- estoy deseando
agotar el período de destino forzoso para pedir traslado a la ciudad, a cualquier ciudad
siempre que sea lejos de aquí.
Y ambos policías, tras limpiarse cuidadosamente las suelas de sus zapatos, montaron
en el coche patrulla camino de la lejana comisaría.
8
CAPERUCITA ROSA
-Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! -se extrañó la niña.
-¡Son para comerte mejor! -exclamó el Lobo Feroz abalanzándose sobre ella.
-¡Un chico! -gritó a su vez el Lobo al descubrir con sorpresa el verdadero sexo de su
víctima cuando ésta, en su brusco retroceso para huir de su embestida, perdió la capucha
que hasta entonces había cubierto su cabeza.
9
CAPERUCITA GRIS
-¡Son para comerte mejor! -aulló el Lobo Feroz abalanzándose sobre ella con sus
poderosas fauces abiertas.
De paso aprovechó para renegar también de Caperucita -una Caperucita senil que ya
peinaba canas cuando él se criaba con el resto de su camada- y de aquellos cretinos de sus
sobrinos, que habían estimado conveniente combatir su demencia con esa mascarada para
tenerla contenta y que así no los desheredara. ¿Qué culpa tenía él de que esa vieja grillada
creyera ser de nuevo la niña que en su día provocó la muerte de su retatarabuelo? Si estaba
zumbada, lo mejor que podían hacer era encerrarla y dejarse de zarandajas. Pero no, había
que montar el numerito, y lo peor de todo era que había que repetirlo indefectiblemente
todas las semanas, o incluso antes si a la dichosa Caperucita, a sus noventa años, se le
antojaba ir a visitar de nuevo a su abuelita, la cual por cierto llevaba más de cincuenta años
criando malvas...
10
Perra vida, se dijo mientras por una puerta disimulada -la casa de la abuelita era un
simple decorado, ya que la original hacía mucho que había sucumbido víctima de la
especulación y su solar pertenecía ahora a un flamante campo de golf- se dirigía a su
camerino para ducharse -el maldito olor a la pólvora le impregnaba todo su cuerpo- y
vestirse -se encontraba incómodo desnudo- antes de refugiarse en su domicilio, un pequeño
apartamento en el piso vigésimo de una torre de viviendas de protección oficial diseñada,
eso sí, por un prestigioso -y extravagante- arquitecto.
11
CAPERUCITA INCOLORA
-¡Son para comerte mejor! -aulló el Lobo Feroz abalanzándose sobre ella con sus
poderosas fauces abiertas.
-Un Omniphagus vorax, para servirte. -respondió el engendro con voz infantil.
El lobo sintió que su sangre se helaba. Los Omniphagus, también conocidos por el
significativo nombre vulgar de Trágalotodos, eran los seres más temidos de la galaxia.
Oriundos de las profundas regiones estelares vecinas a la Nebulosa de Orión, poseían la
capacidad de imitar a cualquier ser vivo, de la cual hacían uso para capturar a sus presas...
porque, tal como se deducía de sus apelativos, eran unos depredadores terriblemente
voraces.
-¡Oh, tan sólo estoy de paso! Se me averió la astronave y no tuve más remedio que
realizar un aterrizaje de emergencia en estos andurriales. Llamé inmediatamente al servicio
de Asistencia en Ruta, por supuesto, pero me dijeron que tardarían algún tiempo en llegar;
entremedias me entró hambre, salí a dar una vuelta a ver qué encontraba por aquí y...
-¿Te refieres a esa impertinente larva de humano? ¡Oh, sí!, me preguntó por el camino
a seguir para llegar a casa de su abuelita. Me sirvió de aperitivo, pero como me supo a poco
decidí convertir a su abuelita en el plato fuerte de la pitanza. Pero no me suena que tú seas
ella... -al parecer, según decían, los Omniphagus eran capaces de asimilar parcialmente los
recuerdos de las presas que devoraban- Da igual. -concluyó- No tienes mala pinta, y desde
luego me saciarás más que ese saco de huesos.
12
al infeliz lobo. Apenas unos minutos después de éste quedaba tan sólo un puñado de huesos
descarnados desparramado sobre el desierto lecho, mientras el alienígena, saciado ya su
apetito, se retiraba satisfecho a su vehículo a la espera de que llegara la ayuda que le
permitiera salir de allí.
Lo único que le fastidiaba era esa irritante compulsión por aullar al satélite del planeta
que le había entrado de repente, aunque confiaba en que con el tiempo se le acabaría
pasando.
13
CAPERUCITA MORADA
El monótono tic tac del reloj de cuco desgranaba insensiblemente las horas mientras el
Lobo Feroz, cada vez más nervioso, daba vueltas sin parar en el lecho. El tiempo pasaba y
Caperucita no aparecía, pese a que según sus cálculos debería haber llegado ya hacía
mucho a casa de su abuelita.
-El Señor sea contigo, abuelita. ¿Estás preparada para rezar el rosario?
Y sin más dilación se arrodilló junto a la cama y empezó a entonar las plegarias.
-¡Venga abuelita, no te quedes callada! -le apremió ésta- ¡Reza conmigo! Bastante
sacrificio he tenido que hacer para venir aquí a acompañarte, si tanto te preocupaba no
poder acercarte a la iglesia, no entiendo por qué ahora estás tan parada!
14
Tres horas después, seguía rezando avemarías.
15
CAPERUCITA DURMIENTE
-¡Adelante! La puerta está abierta -exclamó el Lobo Feroz con voz de falsete, mientras
revisaba con inquietud su improvisado disfraz.
La figura que penetró en la habitación no era la que esperaba; en vez de una niña
ataviada con una capa de color rojo, se encontró con un atildado mocetón vestido con un
lujoso traje de color azul turquesa.
-Eso resulta evidente -sonrió el recién llegado-. Permíteme que me presente: soy el
Príncipe Azul, para servirte. ¿Y tú? Porque tampoco te pareces demasiado a la Bella
Durmiente...
-No, yo soy... ¿pero qué demonios está pasando aquí? -se interrumpió irritado- ¿Dónde
está la cría? Tenía que venir a casa de su abuelita.
-Mi querido y peludo amigo, por cierto permíteme que te diga que tu disfraz es
patético, o mucho me equivoco, o te has debido de equivocar de cuento.
-¿Equivocado? ¿Qué quieres decir con eso? -rugió el Lobo incorporándose del lecho-
Estamos en Caperucita Roja...
-En absoluto -la flema del Príncipe no podía ser más lograda-. Comprueba la ficha que
hay adherida en la trasera del cabecero de la cama; estamos en el sector 3A47BX, y la...
Caperucita esa me suena que pertenece a la sección 3B. Has metido la zarpa, querido...
-Entonces... -aulló la fiera con ademán lastimero- ¿quién demonios era la vieja que
devoré al llegar aquí?
-Desde luego, la abuela de la rapaza no. Según todos los indicios, en estos momentos
debes de estar haciendo la digestión de la Bella Durmiente que yo venía a despertar. Que te
aproveche.
-¡Vaya, pues sí que la he hecho buena! -el acongojamiento del Lobo parecía sincero-
Pero era una anciana decrépita y fea, apenas algo más que un costal de huesos y pellejo,
nada que ver con la joven lozana que pinta la leyenda...
-Es normal -explicó el Príncipe al tiempo que se sentaba en el borde de la cama sin que
la afilada dentadura de su compañero le incomodara lo más mínimo-. Después de tantos
años dormida, ¿qué esperabas?
16
-Pero te he dejado sin novia...
-¿Cómo dices? -le preguntó el Lobo mirándole de hito en hito; cada vez entendía
menos lo que estaba ocurriendo.
-¿Por qué crees que he tardado tantísimo tiempo en venir a despertarla? -le explicó con
gesto cómplice- Maldito lo que me apetecía casarme con esa petarda, máxime cuando aun
de joven era más fea que picio aparte de tonta del bote; pero hijo, nobleza obliga, y además
estaba en las cláusulas del contrato. Por eso he estado dando largas durante todos estos
años, pero ya no podía retrasarlo más... por suerte me has quitado ese peso de encima,
razón por la cual te estaré eternamente agradecido. Libre de mi compromiso, podré seguir
dedicándome a mis juergas, que al fin y al cabo es lo que verdaderamente me gusta.
-Hum... eso es cosa tuya, amigo -se desentendió el Príncipe encogiéndose de hombros-
. No creo que te exijan responsabilidades penales, al fin y al cabo tú sólo eres una fiera
salvaje, pero es bastante probable que no te vuelvan a contratar en ningún otro cuento
vistos los resultados.
-¡Entonces estoy acabado! ¿Qué voy a hacer a mis años? Ya no soy ningún lobezno, y
si me devuelven al bosque moriré de inanición o, todavía peor, me cazarán como a una
alimaña...
-En eso tienes razón, me temo. Pero me caes simpático y además estoy en deuda
contigo, por lo que me sabe mal dejarte en la estacada. Así pues, te propongo un trato: ¿por
qué no te vienes conmigo? Podrías ser mi mascota.
-Por supuesto -respondió el de azul en tono solemne-. Eso sí, te advierto que mi ritmo
de vida es bastante frenético; ya sabes, una fiesta aquí, una juerga allá, una orgía acullá...
aunque me esté mal decirlo, lo cierto es que soy uno de los miembros más solicitados y más
afamados de toda la jet. ¿Lees las revistas del corazón? En el último número de ¿Qué tal?
me hacen una entrevista en la que...
-Me da igual -le interrumpió el ansioso cánido-. Acepto tu ofrecimiento; lo único que
quiero es salir de aquí en cuanto pueda.
-Estupendo. Quítate esos ropajes, haz la maleta si es que la tienes, y vente conmigo
antes de que descubran el desaguisado. Tengo aparcado el ferrari allí afuera; ya estaba
17
harto de los caballos. Eso sí, te advierto que no podrás entrar conmigo en las fiestas, ya que
no suelen admitir a las mascotas. Pero te lo pasarás bien, y no tendrás que aceptar trabajos
ridículos.
Y se fueron.
18
CAPERUCITA NARANJA
Para sorpresa suya, su abuela no estaba allí. En su lugar, sentado sobre la cama en
la posición del loto, se encontraba un extraño individuo de luengo hocico y enhiestas
orejas ataviado con una túnica de color azafrán. Su insólita indumentaria, unida a un
incongruente cráneo afeitado que contrastaba vivamente con la hirsuta pelambrera del
resto de su cuerpo, hizo que la muchacha tardara algún tiempo en identificar al intruso.
Era el Lobo, el Lobo Feroz, de eso no cabía duda... pero, ¿qué extraña
transformación había experimentado esta fiera, la cual no se limitaba al parecer a su
estrambótica apariencia dado que, lejos de abordar su tradicional papel, se limitó a
ignorar a la recién llegada sin interrumpir la extraña y monocorde salmodia que estaba
entonando con aire ausente.
Harta de esperar, y frustrada por no poder recitar eso de “Abuelita, abuelita, qué
orejas tan grandes tienes”, que al fin y al cabo era por lo que la pagaban, Caperucita
optó por interrumpir el trance del absorto lobo. No le resultó fácil, pero finalmente, y
tras reiterados esfuerzos, consiguió devolverle más o menos a la realidad.
-¡Qué trance ni qué niño muerto! -la rapaza empezaba a tener un cabreo
monumental- ¡Se supone que tenemos un trabajo que hacer, querido!
-¡Uhhh, sí, el trabajo! -el lobo estaba todavía muy lejos de recobrar la lucidez-
Mira, mona, me temo que tendrás que seguir tú sola; yo he visto la luz y he decidido
cambiar de vida.
19
-Tronco, ¿tú de qué vas? -la irritación de Caperucita había cedido paso a la
perplejidad- ¿Se te ha ido la olla, o qué? No me fastidies; ¿no te habrán comido el tarro
esos tíos raros de los Hare Krishna?
-¡Pues sí que estamos apañaos contigo! -Caperucita estaba al borde mismo del
síncope- ¡Escucha, gilipollas, tenemos un contrato firmado! ¿Entiendes? Y tenemos que
cumplirlo, si no queremos que nos pongan de patas en la calle.
-¡Me cagüen la leche que me han dao! ¿Me puedes decir, pedazo de capullo, dónde
demonios voy a encontrar yo a estas alturas a otro lobo? ¿Es que no sabes que están
protegidos por los ecologistas, y que está prohibido utilizar animales salvajes para
cualquier tipo de espectáculo como el nuestro? Y eso sin contar con las presiones de los
sindicatos, o con los mangoneos del productor que, con la excusa de la caída de
audiencia, lleva tiempo amenazando con pegar el cerrojazo... ¡y ahora vas tú y se lo
pones a huevo! ¿Es que quieres hundirme? -exclamó rabiosa la chica, con lágrimas en
los ojos.
-Lo siento, de verdad que lo siento, pero mi decisión es firme y ya no tiene marcha
atrás. Y ahora, si me disculpas, quisiera volver a meditar...
-¿Y ahora qué hago yo? -gemía con desconsuelo al tiempo que se despojaba con
rabia de la capa y arrojaba la cestita con la merienda al lindero del camino- ¡Pero a éste
lo mato, te juro que lo mato!
20
CAPERUCITA PARDA
-¡Son para comerte mejor! -rugió el Lobo Feroz abalanzándose sobre Caperucita.
Pero no llegaría a alcanzarla, puesto que en ese mismo instante dos hoscos
individuos de tez cetrina, ataviados ambos con indumentaria paramilitar, irrumpieron en
la habitación interponiéndose entre ambos y haciendo férrea presa de la sorprendida
fiera. Pese a su aspecto tosco e hirsuto y su achaparrada estatura, lograron inmovilizarlo
tras apenas unos segundos de forcejeo.
-Quien quiera que sean es algo que no viene a cuento; -fue la respuesta de la
muchacha- puedes considerarlos mis guardaespaldas.
-Está bien, prometo no hacerte nada, palabra de lobo; por favor, ¿te importaría
decirles que me soltaran?
-Mi querido y peludo amigo, me temo que eso no va a ser posible. Y no porque te
tema, te aseguro que nunca has representado un verdadero peligro para mí, y mucho
menos lo serías en un futuro; pero conforme a las leyes que rigen el Nuevo Orden todos
los cánidos antropomorfos habéis sido considerados como una raza inferior, y como
tales, lamento tener que decírtelo, no tenéis cabida en el Nuevo Orden. Así pues, te
recomiendo que no te resistas a tu destino, porque entonces sería todavía peor para ti.
-Enviarte al lugar donde te corresponde, junto con tus congéneres y el resto de las
razas inferiores. No te preocupes, si acatas las órdenes que se te impartan el trabajo te
hará libre.
Una vez que éstos hubieron partido con su doliente prisionero, Caperucita sacó el
teléfono móvil y marcó un número:
-¡Hola! Soy Caperucita. Sí, misión cumplida. Ah, y procurad que los próximos
esbirros que me mandéis sean arios puros, rubios y con los ojos azules; ya estoy harta
21
de tener que bregar con semejante chusma. Sí, ya sé que la cosa está muy mal y que
cuesta trabajo reclutar gente, pero todo tiene un límite...
22
CAPERUCITA Y CÍA
-¿No nos conoces? -respondió con tono burlón el que parecía llevar la voz cantante,
al tiempo que su jeta se retorcía en el feo remedo de una sonrisa- ¿Seguro que no te
suenan nuestras caras?
-Efectivamente, somos tus colegas, los Tres Cerditos, para servirte. -corroboró el
segundo de ellos rematando la frase con una cómica reverencia.
-Algo muy simple. -remachó el tercero- Que te des media vuelta y te vayas
tranquilamente a casa.
-¡Pero tengo que ver a mi abuelita! -protestó Caperucita sin demasiada convicción-
He cruzado todo el bosque para llegar hasta aquí. No puedo volverme ahora.
-Pues tendrás que largarte por donde has venido, rica. -graznó el primer marrano.
-¿Pero cómo puedes ser tan idiota? -le espetó el segundo cochino- ¿Es que no sabes
quién se esconde detrás de esa puerta, pedazo cenutria?
-La carcajada de sus tres interlocutores fue tan estentórea que dejó a la niña tan
sorprendida como humillada.
-¿Pero cómo puedes ser tan ingenua? -se avino a explicarle el tercer gorrino, algo
más amable que sus dos hermanos- ¿Acaso no recuerdas con quién tropezaste al
penetrar en el bosque?
-Sí, con el Lobo Feroz, que dicho sea de paso fue muy amable conmigo... Oye, ¿no
estaréis insinuando que...?
23
-¡Bingo! Piensa un poquito, muñeca, que no es tan difícil como parece. ¿Olvidas
que este individuo mostró mucho interés en saber a dónde ibas, y que tú, que eres más
tonta que como la sopa con un tenedor, se lo dijiste?
-¿Y cómo sabéis vosotros eso? -preguntó ella con suspicacia- No recuerdo que
estuvierais allí...
-Puede que el cuento sea tuyo, pero desde luego el lobo no...
-¡Eso tendréis que demostrarlo! -chilló la muchacha- ¡Idos a hacer jamones, que es
lo único bueno para lo que servís!
Caperucita comenzó a retroceder con lentitud, sin perder de vista un solo instante a
los tres matones, que se habían desplegado formando un semicírculo en torno suyo,
cuando oyó una recia voz a sus espaldas:
-¡Quieto todo el mundo! ¡Tengo la escopeta cargada con postas, y al primero que se
mueva lo dejo tieso!
24
Los cerdos, que tenían de frente al intruso, se quedaron inmóviles y bajaron las
cachiporras, aunque sin llegar a soltarlas. En cuanto a Caperucita, optó también por
quedarse quieta pese a no poder ver al recién llegado.
-¡Y tú, niñata, date la vuelta con cuidado o te agujereo esa horterada de capa que
llevas puesta junto con lo que hay debajo!
-¿Quién eres tú? -oyó decir a sus espaldas a uno de los tres cerdos- ¿Y qué pintas
aquí?
-¡Cochinos, bah! ¡Donde estén las ovejas...! Me llamo Pedro, y como es fácil de
adivinar, soy pastor. Y he venido para llevarme a ese lobo por el que os estabais
peleando, puesto que yo también lo necesito para mi cuento.
-¿Y para qué lo quieres, si nunca aparece? ¿No te conocen como el pastor
mentiroso? -se atrevió a preguntar otro de los gochos.
Iba a protestar Caperucita en un intento de hacer valer sus derechos, cuando una
nueva voz vino a interrumpir la discusión.
-Quien había hecho la pregunta, como pudieron comprobar sorprendidos todos los
allí presentes, era una cabra de blanco vellón que acababa de llegar al claro.
25
-¡Pues tendrás que ponerte a la cola, amiga, porque al parecer todos hemos venido a
lo mismo! -exclamó, mordaz, uno de los cerdos.
-¡Ya te estás largando con viento fresco de aquí. -graznó el pastor de mala gana-
Bastante tengo con estos imbéciles para que tú vengas a incordiar.
-¡Pero es que yo traigo una autorización por escrito del productor para llevarme al
lobo esté donde esté! -porfió la cabra- Tengo prioridad sobre cualquier otro cuento.
Iban a hacer valer también sus presuntos derechos los tres cerdos, cuando se montó
tal pandemónium que cualquier tipo de negociación se tornó directamente imposible.
Hubiera sido difícil predecir el resultado de la discusión de no darse la circunstancia de
que, cuando menos lo esperaban, se abrió la puerta de la cabaña apareciendo en el
umbral el disputado Lobo Feroz.
-¿Qué coño está pasando aquí? -rugió con profunda y terrorífica voz- ¿Es que no se
va a poder trabajar tranquilo?
-¡Hombre, Caperucita! ¡Y los Tres Cerditos, Pedro el Pastor y Mamá Cabra! ¡Pero
si estáis todos mis compañeros de trabajo! ¿Qué hacéis aquí todos juntos? ¿No... no
habréis venido a buscarme todos a la vez? ¡No...! ¡Quietos! ¡Quietos, os digo!
Instantes después, todos ellos yacían magullados en el claro. El lobo, uno de los
peor parados puesto que todos habían ido a por él, se levantó cojeando; tenía un ojo
morado y una de las orejas desgarradas por culpa de un mordisco de su primo el mastín,
y las ropas de mujer con las que se había disfrazado eran tan sólo unos destrozados
jirones de ropa.
-¡Estoy harto! -rezongaba el pobre animal al tiempo que se dirigía hacia el sendero
del bosque- ¡Completamente harto! ¡No basta con seguir siendo eventual después de
26
tantos años, ni con que te contraten siempre por una empresa de empleo temporal que te
explota y te paga una miseria! ¡No basta con tener que hacer pluriempleo para poder
sobrevivir, aguantando a toda esta panda de chiflados y sin tener tiempo libre ni para ir
a mear! ¡No señor, encima van y te pegan una paliza sin venir a cuento! ¡Pues que les
zurzan, porque yo prefiero quedarme en casa cobrando el paro!
-¿Y ahora qué hacemos? -se atrevió a decir uno de los cerdos.
-¡Ah, no, eso sí que no! Mi convenio lo dice claramente: perro de trabajo y
compañía hasta el final de la obra, nada de disfrazarme de... ¡Aink!
Unos y otros tiraban para sí de las patas del pobre animal, que se debatía
inútilmente entre tanta fiera.
27
CAPERUCITO/A ROJO/A
-¡Son para comerte mejor! -rugió la fiera abalanzándose sobre la indefensa niña.
Sin embargo, y para sorpresa suya, su atacante se detuvo en seco con una expresión
de ira reflejada en su semblante.
-¡Oye, niña, no te confundas! -la reprendió con acritud- Que yo de lobo no tengo
nada; soy una loba, y a mucha honra.
-¡Un respeto, guapa, un respeto! Que ya está bien de tanta leyenda negra. ¿O es que
no ves los documentales de la tele? Claro, te tragarás tan sólo los programas de
telebasura... De fiera salvaje nada, servidora es una honrada depredadora que cumple
con una tarea clave en la pirámide ecológica.
-¡Pero bueno! ¿Por quién me has tomado? Yo soy una loba comprometida con la
lucha contra la discriminación sexual, y si estoy aquí en lugar de alguno de mis
congéneres machos, es para denunciar el machismo de los cuentos, y no para colaborar
con él.
-¡Que no, leches, que no! Devoraría gustosa a un macho de tu especie, pero no a
una compañera.
-¡Ah, ya! -Caperucita seguía sin tenerlas todas consigo- Entonces, ¿qué hago yo
ahora?
-¡Pero mira que eres pelma! -gruñó la loba, agitando el peludo rabo con
impaciencia- ¡Y yo qué sé! Haz lo que te dé la gana, no es mi problema. Yo lo único
que pretendía era reventar el cuento, y ya lo he conseguido.
28
-¿Qué cazador?
-El que se supone que está ahí afuera y que tendría que entrar en el momento en el
que usted intentara devorarme, disparándole a usted... -respondió la niña con un hilo de
voz- ¿Es que no se sabe el cuento?
-¡Pues claro que sí, listilla! ¡No me lo voy a saber! Pero resulta que no es cazador,
sino cazadora, y compañera además de mi comando feminista. ¿O es que no te extraña
que no haya entrado todavía pese al escándalo que has montado con tus gritos? Está
apostada ahí afuera, por si algún retrógrado machista intentara oponerse a nuestro acto
de denuncia.
-¿Y mi abuelita?
-Ya te he dicho que no tenemos nada contra ti, pero si quisieras unirte a nuestro
movimiento serías bienvenida.
-Le aseguro que me gustaría, señora, pero tenga en cuenta que soy menor de edad,
y si mi padre se entera...
-¡Machos! -escupió la loba con desprecio- Todos son iguales. Está bien, márchate,
al fin y al cabo nosotras también estamos deseando largarnos.
Instantes después, Caperucita trotaba por el caminito que atravesaba por el bosque.
Una vez que hubo perdido de vista la casita, escondida tras la densa masa de los árboles,
apretó el paso a la par que exhalaba un profundo suspiro.
-¡Uf! ¡De buena de la que me he librado! Si esa zumbada llega a enterarse de que
no soy una chica, a estas alturas no quedan de mí ni los huesos. En cuanto me eche a la
cara a la lista de Caperucita me va a oír, ya estoy hasta las narices de tener que
sustituirla cada vez que se le antoja irse a morrear con su novio. Bastante ridículo es ya
tenerme que disfrazar como si fuera un travesti, para que encima me toque jugarme el
pellejo... y por las cuatro miserables perras que me paga.
29
Cuando su figura se perdió en lontananza, todavía seguía maldiciendo.
30
CAPERUCITA ESCARLATA
El oficiante hizo una pausa exhibiendo una sonrisa que, sin solución de continuidad, se
trocó en un rictus de espanto. Profundamente alarmado, exclamó:
Pero ya era tarde. El Lobo se había abalanzado sobre el grácil cuello de Caperucita
asestándole una feroz dentellada, y ésta se desangraba por momentos sin que ninguno de
los presentes pudiera hacer nada por evitarlo mientras su blanco vestido se teñía con el
escarlata de la sangre.
Instantes después expiraba, sin haber podido disfrutar siquiera de su efímera condición
de desposada.
-Es una lástima. -suspiró el oficiante contemplando con tristeza cómo los servicios
funerarios retiraban el cadáver de la infortunada joven- Para una vez que el cuento
terminaba bien...
31
CAPERUCITA PARITARIA
-¡Son para comerte mejor! -exclamó el Lobo Feroz abalanzándose sobre la indefensa
muchacha.
-¡Corten! -exclamó una voz. Y saliendo de detrás de las cámaras, el director ordenó al
ahora calmado lobo:
-¡Tú! ¡Ve a ducharte, límpiate bien las fauces y pasa luego por vestuario para que te
den ropa nueva... esa la has dejado hecha un asco!
-¡Y vosotros los de atrezzo, quiero esto limpio en media hora... todavía tenemos que
grabar tres escenas más!
Tras lo cual, volvió tras las cámaras. Aunque su intención era sentarse en su silla, al
ver a un tipo de aspecto reptilesco que pululaba por allí se dirigió a él con cara de pocos
amigos.
-¡Bien, estará satisfecho! -le increpó sin un ápice de amabilidad en su tono-. Como
puede comprobar, y decírselo a sus amos, aquí respetamos escrupulosamente la ley de
paridad... un lobo, una Caperucita. Un lobo, una Caperucita. Siempre al cincuenta por
ciento, aunque el espíritu original del cuento se vaya al carajo. Esta vez le ha tocado a ella,
así que la próxima será el lobo quien acabe fiambre por los disparos del cazador.
-Sí, claro -respondió éste con sorna-. Lo que ha olvidado añadir es que con esta ley que
aparentemente tanto detestan ustedes se están ahorrando un montón de pasta... porque los
lobos, al ser tan escasos, les salían bastante más caros que las caperucitas; eso sin contar
con que al cazador le tienen ahora a media jornada con la excusa de que tan sólo hace la
mitad del trabajo.
32
Y volviéndose hacia el lugar en el que aguardaba el equipo técnico, gritó con toda la
fuerza de sus pulmones:
-¡La siguiente Caperucita! ¿Está lista ya? ¡Que no tenemos todo el día...!
33
CAPERUCITA ECOLÓGICA
-¡Son para comerte mejor! -exclamó el Lobo Feroz abalanzándose sobre la indefensa
muchacha.
Por fortuna, un cazador que pasaba por allí, al oír los gritos de la desesperada
muchacha y los aullidos de la fiera, entró a toda prisa en la cabaña descerrajándole un tiro
en las fauces que dio con él en tierra antes de que pudiera devorar a la aterrorizada
Caperucita. Acto seguido sacó su cuchillo de monte y, abriendo en canal el cadáver del
lobo, sacó de su estómago a la abuelita, magullada y sucia, pero por fortuna ilesa.
-¡Corten! -exclamó una voz. Y saliendo de detrás de las cámaras, el director ordenó:
-¡Y vosotros los de atrezzo, quiero esto limpio en media hora... todavía tenemos que
grabar tres escenas más!
Tras lo cual, volvió tras las cámaras. Aunque su intención era sentarse en su silla, al
ver a un tipo de aspecto reptilesco que pululaba por allí se dirigió a él con cara de pocos
amigos.
-¡Bien, estará satisfecho! -le increpó sin un ápice de amabilidad en su tono-. Como
puede comprobar, y decírselo a sus amos de producción, hemos seguido sus instrucciones
para ahorrar presupuesto... aunque no me negará que queda un tanto ridículo usar perros
San Bernardos en lugar de lobos de verdad, por mucho que los maquillemos...
-Hace mal en renegar de los jefes del estudio, al fin y al cabo tanto usted como yo
somos empleados suyo -le reconvino éste-. En cuanto al cambio de los lobos por perros,
debería saber usted que, al tratarse de una especie protegida, no nos era posible recurrir a
ellos sin correr el riesgo de que nos denunciaran y nos paralizaran el rodaje... ya les pasó a
los productores de Los tres cerditos, que por empeñarse en usar un lobo real todavía están
pagando las multas, y gracias que lo les embargaron también los estudios.
34
35
CAPERUCITA CINEGÉTICA
-¡Son para comerte mejor! -exclamó el Lobo Feroz abalanzándose sobre la indefensa
muchacha.
Por fortuna, un cazador que pasaba por allí, al oír los gritos de la desesperada
muchacha y los aullidos de la fiera, entró a toda prisa en la cabaña descerrajándole un tiro a
quemarropa a Caperucita, que se desplomó sobre la cama.
Rezongando, la fiera sacó del cajón de la mesilla un taleguillo que entregó al cazador
con gesto de enfado.
-¡Ahí la tienes! -exclamó-. Bien caro me sales por un simple disparo... ¿acaso crees
que nado en la abundancia?
Una vez el cazador se hubo marchado, el lobo suspiró y, tras sacar del armario
diversos utensilios de carnicero, procedió a la tediosa y desagradable tarea de trocear el
cadáver.
-¡Mira que es desgracia llegar a viejo! -se lamentaba mientras manejaba con torpeza
las cuchillas- Ni fuerzas tengo para cazar por mí solo... y por si fuera poco, tendré que ir en
cuanto pueda al dentista para que me saque el único colmillo que me quedaba, porque el
dolor es inaguantable. Dentro de poco me veo comiendo sopas y purés. ¡Para que luego
digan que la vida de los lobos es afortunada! Se la cambiaba yo a esos listos
36
CAPERUCITA ZOMBI
-¡Un zombi! -exclamó aterrorizado el Lobo Feroz al tiempo que intentaba saltar de la
cama.
Pero el camisón y las sábanas entorpecieron sus movimientos, impidiéndole huir del
peligro. Además el monstruo bloqueaba el paso hacia la única puerta de la habitación,
dejándole acorralado y sin posibilidad de escapar. No le cupo la menor duda de que estaba
perdido.
Instantes después, sentía como los aguzados dientes de su presunta víctima se hincaban
con saña en su cuello. Sus días como mortal habían terminado, y a partir de ese momento
pasaría a engrosar el número de los muertos vivientes.
-Bien -se dijo con resignación mientras agonizaba-. Al fin y al cabo yo ya estaba
acostumbrado a devorar carne humana, así que con un poco de suerte no tendrán por qué
notarse mucho las diferencias.
Y expiró.
37
CAPERUCITA LICÁNTROPA
La niña, terriblemente asustada, dio un salto hacia atrás cayéndosele la capucha que
hasta entonces había llevado echada sobre la cabeza. Este gesto, aparentemente trivial, tuvo
la virtud de detener a la bestia justo cuando iba a clavar las fauces en su indefensa víctima.
Perplejo, observó el rostro de la muchacha, que no era humano pero tampoco lobuno...
o era ambas cosas a la vez. Con un escalofrío, recordó que era noche de luna llena.
38
LOBITO ROJO Y LA CAPERUZA FEROZ
Lobito Rojo era el cachorro más pequeño de la camada, y debía su apelativo a la bella
tonalidad caoba de su pelaje. Esa mañana había decidido ir a visitar a su abuelita, una vieja
y venerable loba, para llevarle como obsequio el gazapo que había cazado la noche
anterior, su primera presa, de la cual se sentía legítimamente orgulloso.
-¡Abuelita, abuelita! -y viendo el extraño objeto alargado que yacía al lado del cuerpo
de la loba, exclamó:- ¡Abuelita, qué rabo más largo tienes!
-¡Es para cazarte mejor! -exclamó la falsa abuela, desprendiéndose de la piel de lobo
con la que se había camuflado al tiempo que apuntaba al aterrado Lobito con la escopeta
que éste había tomado ingenuamente por su rabo.
Lobito, petrificado por el pánico, se supo perdido. Había caído en una trampa de la
pérfida Caperuza Feroz, la más sanguinaria cazadora de lobos de todo el país. Se decía que
ni siquiera respetaba la vida de los cachorros más indefensos, con cuyas pieles gustaba de
hacerse guantes y calcetines... tan sólo era cuestión de que apretara el gatillo.
39
CAPERUCITA DOMINATRIX
-¡Son para comerte mejor! -exclamó el Lobo Feroz abalanzándose sobre Caperucita.
Ésta, sin amilanarse, dio un paso atrás al tiempo que, con un hábil movimiento de su
brazo, se desprendía de la capa roja con la que hasta entonces había estado embozada,
desvelando un ajustado atavío de cuero negro profusamente adornado con herrajes
metálicos. Unas botas altas, también de cuero y rematadas por unos espectaculares tacones,
y unas medias de malla que le cubrían los muslos, completaban su peculiar vestimenta.
-¡Atrás, bestia inmunda! ¡Atrás! -le conminó, al tiempo que fustigaba a la fiera con un
látigo que había sacado de la cesta.
-¡Habrase visto! -rezongaba ésta para sus adentros-. Lo que hay que hacer para poder
ganarse el sueldo. Como si a mí me apeteciera andar sacudiendo a este imbécil...
-¡Sigue, sigue! -gemía mientras tanto el Lobo Feroz, cada vez más excitado por el
castigo.
40
CAPERUCITA FOFA
-¿Dónde vas, Caperucita, tan sola por este apartado bosque plagado de peligrosas
fieras? -le preguntó la alimaña interponiéndose en el sendero.
-¿No será, por casualidad, del Burger Shit? ¿O quizá del Pizza Trash?
Aunque Caperucita persistió en su silencio, la fiera supo que había dado en el clavo.
-¡Así estás cada vez más gorda, de tanto comer comida basura! ¿Acaso te has mirado
últimamente en el espejo? ¿O es que ni te atreves siquiera? -la espetó-, Porque cada día te
vas pareciendo más a una foca. Eso sin contar con que tendrás el colesterol, los
triglicéridos, las transaminasas, la glucosa y la tensión arterial por las nubes, así que no te
extrañe que cualquier día te pueda dar un jamacuco. ¿Es que no puedes comer algo más
sano como fruta, verdura o pescado?
Caperucita no rechistó, pero agachó la cabeza al tiempo que su terso -en realidad
hinchado- cutis, incluyendo la doble papada, se teñía de un vívido tono cárdeno.
-Y seguro que también le llevarás a tu abuela esas porquerías ¡Trae aquí! -ordenó al
tiempo que le arrebataba de un zarpazo la cesta.
-Me lo temía -rezongó el lobo-. Una Big Caca doble con queso o lo que sea esa cosa
amarilla, chorreante de ketchup y mostaza; unas patatas fritas, que además serán
transgénicas, rezumando aceite de palma, y para beber una Soja Mola Mil calorías con
sabor a barbacoa... ¿es que quieres matar a la pobre vieja?
-¡Ya estás volviendo a tu casa y preparándole a tu abuela una merienda como Dios
manda! Pescado a la plancha, una ensalada, pan candeal, fruta, un yogur semidesnatado y
para beber, agua. ¡Ah, y el aceite de la ensalada que sea de oliva, nada de esas guarrerías
que tanto te gustan! Y con esto me quedo yo -remachó volcando la cesta y devolviéndosela
41
vacía-, no sea que tengas tentaciones de comértelo por el camino. ¡Venga! -le apremió-,
que se hace tarde.
Cuando Caperucita, aterrada, se perdió corriendo y llorando tras un recodo del camino,
el Lobo suspiró y, recogiendo las viandas requisadas, se apresuró a devorarlas.
-¡Hay que ver lo bajo que he caído, yo que no hace tanto era el terror del bosque! -se
lamentó la fiera tras beberse, a modo de postre, el brebaje camuflado de refresco-. Pero
después de una semana sin probar bocado, lo cierto es que la dignidad puede irse
tranquilamente a hacer puñetas.
-Sí, ya sé que podría haber devorado a las dos tal como establecía el guión original,
pero entre que la vieja es un saco de huesos y la niñata una bola de grasa, la verdad es que
no me apetecía lo más mínimo. Esto que me acabo de comer es una porquería, de acuerdo,
y además estaba asqueroso, pero al fin y al cabo me ha llenado el estómago. Muy sano no
debe de ser, pero por comerlo una vez no creo que me haga demasiado daño. Menos,
probablemente, que el que me podría haber hecho comerme a Caperucita, que a saber a qué
sabrá después de tantos años cebándose con esta bazofia.
42
CERDITO ROJO
Se encontraba el Lobo Feroz acechando a los incautos viajeros que osaban internarse
por el sendero que atravesaba el bosque, cuando vio llegar por él a una figura que le resultó
familiar bajo la capa y la caperuza de vivo color rojo.
Así pues, saltó a mitad del camino interceptándole el paso al tiempo que preguntaba
con voz fingidamente meliflua:
-¿Dónde vas, Caperucita, por estos parajes tan peligrosos para una niña?
-¿A dónde quieres que vaya, sino a llevarle la comida a ese puñetero vejestorio? -
rezongó quien se agazapaba bajo la vestimenta, con una voz chirriante que poco tenía que
ver con la que cabía esperar en una muchacha-. ¿Crees que lo hago por gusto en lugar de
estar viendo tranquilamente la final de la Liga de Campeones? -concluyó, rematando con
un rotundo taco que daba buena muestra de su malhumor.
-¿Acaso lo parezco? -gruñó el recién llegado- Y a mucha honra, sólo faltaría que me
compararan con esa mocosa. Pero a la muy imbécil no se le ocurrió otra cosa que coger el
sarampión, el médico le dio la baja y ¡hale!, los de arriba echaron mano del primer
pringado que tuvo la mala suerte de tropezar con ellos, es decir, yo. ¡Y ni siquiera me
pagan las horas extras alegando no sé que cláusula del convenio!
-Soy uno de los Tres Cerditos -respondió éste echando hacia atrás la capucha y
mostrando orgulloso la jeta-. Pero te aseguro que otra vez no me pillan en un marrón, ya
sabré escurrir el bulto como lo hicieron mis dos hermanos.
El Lobo estaba desconcertado, pero como astuto que era supo reaccionar con rapidez.
-Vaya mala suerte... -condescendió-. Y dime, ¿cuál de los tres eres tú? ¿El de la choza
de paja, el de la cabaña de madera o el de la casa de ladrillos?
-¡Pero bueno, tío! ¿De dónde has salido? -respondió el gorrino-. Hace ya mucho que
los tres nos mudamos a un chalet adosado en una urbanización en primera línea de playa; a
ver si te crees que íbamos a seguir viviendo en mitad del bosque como unos miserables
anacoretas.
-Eso está bien, siempre es bueno mejorar -respondió el taimado cánido-. Así estaréis a
salvo de las alimañas que pululan por estos parajes -añadió con total desparpajo.
43
-Pues sí, sobre todo después del percance que tuvimos con un congénere tuyo, menudo
susto que nos llevamos. Y ahora, si me lo permites... -concluyó el Cerdito mostrando su
intención de continuar su camino-. Estoy deseando darle su comida a la vieja y volver a
casa lo antes posible, no sea que mientras tanto me vuelvan a largar otro muerto.
-¡Vaya, vaya! -murmuró para sí el Lobo una vez se vio de nuevo solo-. Ya me
extrañaba a mí que llevara tanto tiempo sin poder echarme a la boca a un mísero personaje
de cuento... y mi primo, el rival de estos tres puercos, me dijo el otro día que a él no le iba
mejor. Bien, tendré que ir a buscarlo y proponerle que dejemos de acechar en el bosque, ya
que así sólo conseguiremos acabar muriéndonos de hambre. Será mejor que nos asociemos
y nos reconvirtamos en asaltadores de casas. Al fin y al cabo entrar en uno de esos
adosados no puede ser demasiado complicado, y allí sin duda no nos faltarán presas
incautas a las que poder devorar. ¡Sí, es una buena idea! -exclamó ilusionado.
Y silbando entre las fauces -bastante mal, por cierto- la melodía de Mira siempre el
lado bueno de la vida de los Monty Phyton, marchó alegre hasta la cercana cueva de su
primo para proponerle su plan.
44
CAPERUCITA PIJA
Caperucita salía con sus amigas Blancanieves, Cenicienta -que sólo lo era en pantalla-
y las dos Bellas del exclusivo resort donde todos los días jugaban al pádel y al golf,
chapoteaban en la piscina, se ponían al día de los chismes de la alta sociedad y
mariposeaban entre los numerosos jóvenes ociosos -y adinerados- que se dejaban caer por
allí.
-Bueno, chicas, mañana nos vemos -se despidió de ellas, encaminándose hacia el
Lamborghini rojo regalo de su último cumpleaños.
Además olía mal, constató al tiempo que fruncía con desagrado el entrecejo. ¿Es que la
gente no se podía duchar todos los días? Tampoco era tan cara el agua...
-¿Qué haces aquí? -le espetó con acritud-. Éste no es un sitio para ti.
-Ya lo sé -respondió la fiera con humildad-. Pero es que estoy desesperado. Llevo
varios años sin trabajar, no tengo ningún ingreso, me desahuciaron de mi cueva y... -
concluyó avergonzado- tengo hambre. Hace varios días que no pruebo bocado.
-¿Y qué quieres que haga yo? No tengo la culpa de que por tu mala cabeza no supieras
salir adelante como actor.
“Y de no haber tenido unos padres podridos de dinero y con contactos en las altas
esferas como tú -pensó rencorosamente el Lobo-. De haber contado con tus agarraderas,
poco me hubiera importado que colapsara el mercado de películas basadas en los cuentos
infantiles”.
-Caperucita, por el recuerdo de los años que fuimos compañeros de trabajo, te ruego
que me ayudes. Estoy desesperado...
-Lo siento, pero no acostumbro a llevar dinero en metálico encima, hay mucho
desaprensivo por ahí suelto y no quiero que me den un susto.
-Llévame a donde sea, a una hamburguesería barata, donde puedas pagar con tarjeta...
para ti no es nada, y para mí sería mucho -suplicó el Lobo.
45
-¡Qué dices! -respondió ésta, palideciendo ante la perspectiva de que pudiera llegar a
mancharle los asientos de cuero-. No puedo, tengo que ir a visitar a mi abuelita y ya voy
con retraso.
Era cierto, aunque calló que no le apetecía lo más mínimo ver a semejante arpía; pero
su padre le insistía una y mil veces en la conveniencia de mostrarse simpática con ella y
dorarle la píldora, ya que la vieja estaba podrida de dinero y había que evitar por todos los
medios que se lo dejara en herencia a las imbéciles de sus primas.
46
CAPERUCITA ROJA... DE VERDAD
Tras salvar a su abuelita de las garras del lobo, Caperucita se convirtió en una heroína
para los habitantes del bosque, los cuales, agradecidos por haberles librado de la fiera, le
ofrecieron el gobierno de su pequeño territorio.
Nunca lo hubieran hecho. Tras condenar al desdichado lobo a trabajos forzados de por
vida en los Monegros, medida que todos sus conciudadanos aplaudieron, Caperucita
implantó la dictadura del campesinado concentrando a los lugareños en koljós a los que
tenían que entregar el fruto de sus trabajos, recibiendo a cambio unas magras cantidades de
alimentos que apenas si les bastaban para no morir de inanición. Asimismo creó una
guardia personal con los cazadores más montaraces, a los cuales recurrió para vigilar a sus
nuevos súbditos reprimiendo cualquier intento de protesta o rebelión que pudiera brotar
entre ellos.
47
CAPERUCITA CENICIENTA
Caperucita era una niña muy desgraciada. Huérfana de madre desde su más tierna
infancia, su padre se había casado en segundas nupcias con una mujer malvada que la
maltrataba junto con sus dos hijas, pues pretendía arrebatarle no sólo el cariño de su padre,
sino también la herencia que le correspondía, que no era poca, en beneficio de sus
aborrecibles hermanastras.
No contenta con ello, su madrastra la obligaba a vela vestía con ropa vieja y sucia y le
obligaba a hacer las tareas más serviles tal como si ella fuera una vulgar criada, mientras
sus hermanastras lucían bellos vestidos y su única ocupación era asistir a fiestas en las que
intentaban buscar -infructuosamente, ya que ambas eran detestables-, a jóvenes ricos con
los que conseguir un matrimonio ventajoso.
Así pues, siempre que podía se escabullía de la lúgubre casa que constituía su prisión
y, enfundada en una capa de color ceniza de las que usaban las lugareñas, con la caperuza
bajada para no ser descubierta por la servidumbre leal a la madrastra, enfilaba la senda que
atravesaba el bosque sin arredrarle el riesgo que suponía cruzar aquellos parajes que hasta
los más avezados cazadores temían.
Caminaba Caperucita por lo más espeso de la arboleda cuando el pérfido Lobo Feroz,
siempre acechante...
-¡Un momento! -le interrumpió el director-. ¿Qué demonios es esto? Está usted
mezclando dos cuentos diferentes...
-Lo sé de sobra -reconoció el guionista con gesto contrito-. Pero no se trata de una
iniciativa mía, sino de órdenes de arriba. Dicen que los tiempos son malos y que la gente
está harta de los cuentos clásicos, por lo que me pidieron que los refundiera porque la
audiencia subiría con el aliciente de las versiones nuevas... y de paso, añado yo -confesó-,
para ahorrarse dinero, empezando por mis honorarios. ¿Pero qué quiere que haga? Era esto
o verme en el paro.
48
que podemos hacer, espero que al menos no haya tenido que cambiar también el papel del
lobo...
49
CAPERUCITA INDÓMITA
-¿Dónde vas, Caperucita, por estos apartados lugares? -le preguntó la fiera con fingida
amabilidad.
El lobo se desplomó sin tiempo siquiera para suspirar, abatido de forma fulminante por
los dos certeros disparos.
Con lo que no contaba era con la presencia cercana de una patrulla de guardabosques
que, al oír los disparos, se encaminaron al lugar en el que acababa de ocurrir la tragedia,
arrestando a Caperucita y trasladándola a su cuartel junto con el cadáver de la fiera.
Aunque Caperucita logró salir en libertad bajo fianza, deberá enfrentarse a cargos por
uso de un arma sin licencia, la cual le fue incautada para disgusto de su padre, y por haber
matado a un animal protegido y en peligro de extinción. Su abogado le ha prometido que
hará cuanto pueda por defenderla, pero que resultará difícil librarla cuanto menos de una
fuerte multa y de una orden de alejamiento del bosque.
La acusación particular, promovida por la loba viuda con el apoyo de varios grupos
animalistas que han aprovechado para reclamar la concesión de ciudadanía a los lobos y a
otros animales del bosque, le reclama el pago de una fuerte indemnización en beneficio de
la viuda y de sus lobeznos, así como que sea condenada a una fuerte pena de cárcel por
asesinato con premeditación, como lo demuestra el hecho de que llevara la escopeta
cargada y sin seguro y que disparara a su desarmada víctima sin advertencia previa y sin
haber sido atacada ni amenazada en ningún momento.
50
reivindicando el derecho de las mujeres a atravesar libremente el bosque sin miedo y sin
que nadie las importune o amenace en ningún momento.
51
CAPERUCITA SIGLO XXI
La espera había resultado larga, pero la paciencia de la fiera había rendido sus frutos.
En lontananza, apareciendo y desapareciendo conforme describía las revueltas del camino,
se atisbaba una mancha roja en movimiento. Sin lugar a dudas, se trataba de ella.
Conforme iba acercándose el lobo apreció más detalles. En efecto, se trataba de una
persona, cubierta con una capa de vivo color carmesí, que atravesaba con paso vivo el
bosque. Su rostro quedaba tapado por la capucha, del mismo color que la capa, y de su
mano pendía una cesta de mimbre. Todos los detalles coincidían.
Aguardó a que la niña salvara el último recodo y, al verla enfilar el tramo recto que
había elegido para la emboscada, saltó al sendero al tiempo que, con fingida amabilidad, le
preguntaba:
El lobo esperaba que ella respondiera que iba camino de la casa de su abuelita a
llevarle la comida. De ahí su sorpresa cuando, en vez de una meliflua voz de niña, se
encontró con un vozarrón que no se atenía al guión:
-No me llamo Caperucita, sino Cosme, y voy a llevar un encargo al otro lado del
bosque. Llevo prisa, así que si no te importa, te agradecería que te quitaras de en medio y
me dejaras seguir mi camino.
52
-¡Espera! -exclamó éste agarrándole del borde de la capa-. ¡Tú vas vestido de
Caperucita Roja!
-¿No te he dicho que mi jefe le compró los derechos de imagen? La empresa se llama
Caperucita Roja y más, y a nosotros nos obliga a ponernos este ridículo disfraz para ir a
tono con el nombre. Copió la idea de las empresas de cobro de morosos, y está tan
orgulloso de su ingenio. Yo le ponía la capa a él, pero atada al cuello. ¡Y suéltame ya, o te
atizo un garrotazo! ¡Con razón me habían advertido que anduviera con cuidado en esta
ruta! -concluyó, al tiempo que esgrimía con la mano libre una gruesa porra que hasta
entonces había llevado colgada del cinturón.
Así lo hizo el chasqueado lobo, que volvió cabizbajo a su cubil rezongando sobre
cuanto habían cambiado los tiempos y cuan difíciles se les ponían las cosas a los honrados
depredadores.
53