Domingo de Resurrección
Domingo de Resurrección
I. INTRODUCCION.
Al enfrentarnos con los relatos de la resurrección de Jesús tenemos que decidir si se trata del hecho
más glorioso que ha tenido lugar en la historia de la humanidad, o si por el contrario es un fraude
colosal. Lo cierto es que no hay un punto intermedio en el que nos podamos detener.
Si Cristo ha resucitado de la forma en la que los evangelios lo describen, esto quiere decir que hay vida
más allá de la muerte y que Jesús es el único que ha logrado salir victorioso de la tumba y traer así
esperanza a una humanidad que sigue mirando con horror y temor a la muerte. En ese caso, ignorar la
resurrección de Cristo nos dejaría sin otra alternativa que esperar el fin de nuestros días sobre este
mundo sobreviviendo lo mejor que podamos.
En fuerte contraste con este pesimismo existencial, nos encontramos con aquel grupo de hombres y
mujeres que vieron a Jesús después de que resucitó. La ilusión y pasión con la que proclamaban el
milagro de la resurrección resultaba contagioso. ¿Se trataba simplemente de una mentira inventada con
el fin de perpetuar la memoria de Jesús? Si sólo fuera eso, no podemos entender cómo es que la
mayoría de ellos estuvieron dispuestos a morir por defender algo que sabían que era falso. Además,
¿de dónde sacaron la valentía y el poder para enfrentarse a los dirigentes judíos que unos días antes
habían crucificado a su Maestro? Esto tampoco era normal, sobre todo si recordamos que desde el
momento en que arrestaron a Jesús, todos ellos habían huido cobardemente y habían permanecido
ocultos por miedo a los judíos (Jn 20:19). Sin lugar a dudas, algo milagroso había tenido lugar en esas
personas. Y cuando consideramos que este pequeño grupo, sin grandes recursos intelectuales,
económicos o políticos, transformaron el mundo sólo con la predicación de la resurrección de Cristo,
todo esto nos obliga a pensar seriamente en lo que realmente ocurrió en aquel sepulcro a las afueras de
Jerusalén hace ahora casi dos mil años.
La cuestión fundamental que tenemos que decidir cada uno de nosotros es si la resurrección de Cristo
es cierta o falsa. Y si finalmente descubrimos que Cristo no resucitó, deberemos considerar el
cristianismo como un gran fraude del que tendríamos que olvidarnos para siempre. El apóstol Pablo
era consciente de esto y lo expresó de esta manera: "Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra
predicación, vana es también vuestra fe" (1 Co 15:14).
Examinando la evidencia
Pero para tomar una decisión correcta acerca de la resurrección de Jesús, antes tendremos que
examinar la evidencia histórica de la que disponemos.
Los documentos en los que se relata la resurrección de Cristo fueron escritos por los apóstoles y sus
colaboradores. Ahora bien, ¿es fiable este testimonio escrito?
En el siglo XIX un buen número de críticos hicieron grandes esfuerzos con la intención de demostrar
que los evangelios fueron escritos a mediados del siglo II d.C., es decir, unos cien años después de que
los acontecimientos hubieran tenido lugar, cuando la verdad de los hechos había quedado gravemente
distorsionada por la leyenda y la imaginación.
Sin embargo, los grandes avances que la investigación moderna ha realizado en la determinación de la
fecha y paternidad de estos escritos ha aplastado estas teorías, estableciendo una fecha
extraordinariamente cercana a los hechos, remontándose en algunos casos a la primera década de la era
cristiana. Por lo tanto, podemos estar seguros de que fueron escritos cuando muchos de los testigos
oculares de la resurrección de Cristo todavía estaban vivos. Veamos cómo lo expresa el apóstol Pablo
en la carta que escribió a los corintios sobre el año 55 d.C.:
Notamos que cuando Pablo escribió esta carta, muchos de los testigos de la resurrección todavía
estaban vivos y se les podía consultar. Ahora bien, ¿cómo han respondido los críticos ante estas nuevas
evidencias? Pues una vez que quedó demostrado que los documentos históricos fueron escritos por los
testigos oculares de los hechos, volvieron a desarrollar nuevas teorías con la clara intención de negar la
resurrección de Cristo.
Algunos de ellos no ocultan sus prejuicios al acercarse a la historia, algo que claramente condiciona
sus conclusiones. Se trata de personas que afirman que los milagros no existen, así que, puesto que la
resurrección de Jesús es un milagro, necesariamente tiene que ser falsa y ahí acaba toda su
investigación. Son gente de mente estrecha que se atreven a afirmar que no puede existir nada más que
aquello que ellos pueden comprobar con sus sofisticados aparatos científicos. Nos parece que tal
actitud es muy prepotente. Y además no tiene en cuenta que la resurrección de Jesús se trata de un
hecho histórico que ocurrió hace siglos y que por lo tanto no puede ser verificado con ningún aparato
tecnológico de última generación, sino que tiene que ser investigado sobre la base de principios
históricos. El tipo de cuestiones que nos debemos plantear son por ejemplo si hay certeza de que los
testigos realmente vieron a Jesús resucitado, si los documentos que describen los hechos son fiables...
Otros evitan la cuestión argumentando que aunque los relatos son muy antiguos y auténticos, sin
embargo, el propósito de sus autores no era transmitirnos hechos históricos, sino simplemente
explicarnos algunas "verdades" espirituales por medio de símbolos. Así que nos dicen que no podemos
fiarnos de todo lo que escribieron, porque muchas veces cuadraban sus relatos añadiendo otros detalles
inventados por ellos mismos para conseguir el fin que se habían propuesto. Sin embargo, esto no se
ajusta a lo que los propios evangelistas afirmaban cuando escribieron. Veamos por ejemplo lo que dice
Lucas al comienzo de su evangelio:
(Lc 1:1-4) "Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre
nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con
sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber
investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh
excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido
instruido."
La tumba vacía
Después de estas breves consideraciones previas, vamos a centrar nuestra atención en lo que el
texto bíblico nos dice acerca de la resurrección de Jesús. Marcos comienza su relato con estas
palabras: "Cuando pasó el día de reposo...". Con un poco de imaginación fácilmente podremos
entender que aquel sábado tuvo que ser el día más oscuro en toda la vida de los discípulos.
Cuando en la tarde del viernes Jesús murió en la cruz, todas sus esperanzas y sueños se
deshicieron. Ellos quedaron desanimados, tristes y también asustados. A partir de ese momento su
mayor preocupación sería cómo volver nuevamente a la rutina de sus trabajos y ocupaciones,
buscando la forma de llenar de alguna manera el enorme vacío que Jesús había dejado en sus
corazones y mentes. Después de haber estado tres años junto al Señor, seguro que en esos
momentos ninguno de ellos lograba pensar en el futuro con optimismo y alegría, sino todo lo
contrario; la desesperación y la falta de significado les presionaban por todas partes.
Pero las mujeres enfocaban el asunto de una manera diferente que los hombres. Algunas de ellas,
"María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé", se habían puesto de acuerdo para ir al
sepulcro para terminar los ritos funerarios y ungir el cuerpo de Jesús rindiéndole así su último
homenaje de amor. Lucas nos dice que había también otras mujeres que fueron al sepulcro en esa
mañana (Lc 24:10). Esto nos hace pensar que seguramente hubo varios grupos que fueron por
separado con la intención de juntarse en el sepulcro.
Ahora bien, ¿qué ocurrió cuando llegaron allí? Pues para su sorpresa, encontraron que el sepulcro
estaba vacío y también se les apareció un ángel que les informó de que Jesús había resucitado.
Por lo tanto, la primera evidencia de la resurrección de Jesús es esta tumba vacía. Así lo han
interpretado los críticos, que de diversas maneras han intentado explicar este hecho sin aceptar su
carácter sobrenatural. Veamos algunas de sus sugerencias:
Esta teoría enfrenta varias dificultades. En primer lugar debemos recordar que los principales
sacerdotes habían previsto que algo así podía ocurrir, puesto que ellos sabían que Jesús había
anunciado que al tercer día iba a resucitar. Esto les llevó a pedir a Pilato que asegurase el sepulcro
hasta entonces, a lo que el gobernador romano respondió facilitándoles una guardia para que ellos
mismos organizaran el asunto (Mt 27:62-66). A partir de ese momento la custodia del cuerpo de
Jesús estaba a cargo de Roma y de las principales autoridades judías. Ahora bien, cuando Jesús
resucitó y salió triunfante de la tumba, la guardia romana no pudo hacer nada para impedirlo, sino
que se fueron de aquel lugar huyendo a toda prisa (Mt 28:1-15). Ellos fueron los primeros testigos
de la resurrección de Jesús. Sin embargo, las autoridades judías compraron su silencio con una
gran suma de dinero. Así que, si alguien les preguntaba, decían lo que los judíos les habían
mandado: "Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos". En
cualquier caso, este argumento se cae por su propio peso: Si estaban dormidos, ¿cómo supieron
que habían sido los discípulos quienes robaron el cuerpo de Jesús? ¿Cómo es posible que unos
hombres pudieran retirar la gran piedra que tapaba la entrada del sepulcro sin que ninguno de los
soldados escuchara nada? Y otro detalle aun más sorprendente, es que los supuestos ladrones se
tomaron la molestia de quitar todos los vendajes del cuerpo de Jesús y dejarlos colocados allí
mismo con todo cuidado (Jn 20:6-7). Nada de todo esto parece confirmar la teoría del robo.
Por otro lado, el robo de las tumbas o su violación era un delito, entonces ¿por qué las autoridades
judías no presentaron una denuncia ante Pilato para que investigara el asunto y condenara a los
discípulos? Estaba claro que ni a los líderes judíos, ni tampoco a la guardia romana, les convenía
que se investigara este asunto, porque unos y otros tenían muchas cosas que ocultar.
Además, como ya hemos señalado, los discípulos habían quedado completamente abatidos
después de la muerte de Jesús y estaban escondidos por temor a las autoridades judías. En esas
condiciones, no era razonable pensar que intentaran robar el cuerpo de Jesús, arriesgando para
ello sus vidas. Hay que tener en cuenta también que esto es completamente incompatible con su
vida posterior de heroísmo y martirio. ¿Cómo puede ser que la mayoría de ellos murieran por
predicar la resurrección de Jesús y que ni uno sólo llegara a retractarse o a confesar que habían
sido ellos quienes habían robado el cuerpo de Jesús y que todo era una gran mentira?
Este argumento tampoco es digno de ser tenido en cuenta. Recordemos que además de las
mujeres, también los discípulos fueron hasta el sepulcro en aquella mañana (Jn 20:1-10). ¿Acaso
se equivocaron todos los que fueron allí?
No debemos olvidar tampoco que las mujeres conocían bien el lugar donde Jesús había sido
sepultado porque habían seguido a José de Arimatea y a Nicodemo, observando con mucho
cuidado dónde lo colocaban (Mr 15:47).
Pero en cualquier caso, si esto hubiera sido así, cuando los discípulos comenzaron a predicar la
resurrección de Jesús en Jerusalén, los dirigentes judíos podrían haberlo desmentido mostrando la
tumba verdadera y el cuerpo. El ridículo para los discípulos habría sido mayúsculo y de esta
manera sus opositores habrían logrado terminar con el movimiento cristiano cortándolo de raíz.
Pero no hicieron nada de esto porque la tumba donde Jesús había sido sepultado quedó realmente
vacía y era bien conocida por todos.
Sugieren que fue sepultado vivo, tal vez desmayado, y que después se fue recuperando
gradualmente hasta lograr salir de la tumba por sí mismo. Luego fue a buscar a sus discípulos y se
presentó ante ellos haciéndoles creer que había vencido a la muerte.
Evidentemente, los defensores de esta teoría tratan al Señor Jesucristo como un mentiroso y le
hacen culpable de un fraude que dura hasta nuestros días. Esto en sí mismo es injusto, pero
también ignoran otros detalles importantes.
En primer lugar no tienen en cuenta que el centurión romano a cargo de la ejecución de Jesús
certificó su muerte después de que un soldado romano traspasara su costado con una lanza (Mr
15:43-45) (Jn 19:33-34). José de Arimatea y Nicodemo también comprobaron que estaba muerto,
porque de otra manera no habrían preparado su cuerpo para su estancia permanente en el sepulcro.
Los soldados que fueron a custodiar el sepulcro, comprobaron previamente que Jesús estaba allí y
que estaba realmente muerto.
Hay que tener en cuenta además que las heridas que Jesús había recibido eran demasiado graves
como para pensar que pudiera sobrevivir. Recordemos los brutales azotes, todo el proceso de
crucifixión al que fue sometido durante seis horas, sus manos y pies traspasados por los clavos y
la lanza que traspasó su costado.
Pero supongamos por un momento que Cristo solamente había sufrido un desfallecimiento
momentáneo. ¿Cómo es posible que después de tres días en un frío sepulcro, sin alimentos y sin
atención médica pudiera reanimarse? ¿Cómo pudo liberarse de todos los lienzos que lo tenían
inmovilizado? ¿Cómo pudo en esas condiciones mover desde dentro la gran piedra que cerraba el
sepulcro cuando ni siquiera había podido llevar el madero hasta el Gólgota antes de ser
crucificado? ¿Cómo pudo salir sin que ningún soldado romano se diera cuenta de ello y se lo
impidiera? ¿Cómo logró en esas condiciones llegar hasta la ciudad y buscar a sus discípulos?
¿Cómo puede ser que en ese estado sus discípulos recibieran la impresión de que él era el
Vencedor de la muerte y el Príncipe de la Vida?
Conviene recordar también que son los críticos modernos quienes dudan de que la tumba en la
que Jesús fue sepultado quedara realmente vacía, porque ninguno de los líderes judíos que
vivieron en aquellos días se atrevió a negar este hecho.
Ignorando este hecho, algunos críticos han argumentado que los discípulos habían escuchado en
tantas ocasiones las afirmaciones de Jesús en el sentido de que resucitaría de los muertos (Mr
8:31) (Mr 9:31) (Mr 10:34), que estaban completamente preparados psicológicamente para ver
visiones y confundir la realidad.
Pero tristemente tenemos que admitir que ninguno de los discípulos tomó en serio las palabras de
Jesús ni en cuanto a su muerte y mucho menos aun sobre su resurrección. Así que cuando las
mujeres fueron a la ciudad para anunciar a los apóstoles que Jesús estaba vivo, la respuesta de
ellos fue de incredulidad.
Y de igual manera, cuando las mujeres fueron al sepulcro en esa mañana, no fue para comprobar
si Jesús había resucitado, sino para ungir el cuerpo de Jesús y despedirse definitivamente de él.
Esto queda confirmado por la preocupación que llenaba sus mentes mientras se dirigían al
sepulcro cargadas con sus especias: "¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?".
Y su preocupación era razonable, puesto que como Marcos nos aclara, la piedra era "muy grande",
y de hecho tenía que serlo para tapar por completo la apertura de aquel sepulcro que era como una
cueva practicada en la roca.
Estos razonamientos de las mujeres nos dan a entender que tampoco sabían que una guardia de
soldados romanos había sido colocada para custodiar el sepulcro, y que muy probablemente no les
habrían dejado acceder a ungir el cuerpo de Jesús.
Por lo tanto, había dos grandes dificultades que iban a impedir que llevaran a cabo la obra de
amor que se habían propuesto en sus corazones. Una de las dificultades la esperaban, mientras que
la otra les era desconocida, pero en cualquier caso, Dios honró su devoción quitando ambas antes
de que ellas llegaran.
Nos encontramos aquí con un ejemplo muy vívido de lo que muchas veces nos ocurre a los
cristianos. Con frecuencia nos sentimos angustiados y abatidos pensando en dificultades por las
que creemos que vamos a pasar, pero cuando llega el momento de la verdad, el Señor ya las ha
quitado antes de que tengamos que pasar por ellas. Y hay que decir también que muchos de estos
obstáculos nunca llegan a existir fuera de nuestra imaginación, por lo que todo sufrimiento
anticipado resulta ser completamente inútil. En lugar de esto debemos confiar en el Señor, estando
seguros de que si nos encontramos caminando en su voluntad, él se encargará de quitar cualquier
obstáculo.
Las mujeres llegaron al sepulcro con la cabeza hundida en el pecho, se sentían desesperadas, sin
ser capaces de vislumbrar ningún futuro. Pero todo iba a cambiar rápidamente.
Para empezar, nada más que llegaron al sepulcro observaron que la piedra de la entrada había sido
removida. Se dieron cuenta así de que ellas no habían sido las primeras en llegar a la tumba en
aquella mañana. Seguramente lo primero que pensaron es que alguien había profanado el
sepulcro, lo que no haría sino añadirles más tristeza y dolor. Luego, cuando miraron dentro,
vieron a un ángel que inmediatamente comenzó a hablar con ellas, algo que les produjo mucho
temor y espanto.
El evangelista Mateo nos explica que antes de que ellas llegaran, un ángel había estado allí para
remover la piedra, con tal energía celestial que se había estremecido la tierra.
(Mt 28:2-4) "Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y
llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido
blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos."
Por supuesto, el ángel no bajó del cielo porque el Señor necesitara su ayuda para salir del
sepulcro, puesto que el cuerpo con el que Jesús había resucitado no estaba limitado por ninguna
cosa material. El propósito del ángel era mostrar al mundo que Jesús ya no estaba en la tumba,
que la muerte había sido vencida por el Príncipe de la Vida. Así que quedó allí para comunicar la
buena noticia de la resurrección a todos los que llegasen interesándose por el Señor. Vemos, por
lo tanto, que el mensaje glorioso de la resurrección vino primeramente del cielo, antes de que
ningún predicador de esta tierra llegase a hacerse eco de él. Recordemos que algo similar ocurrió
cuando el Hijo de Dios vino a hacerse hombre en Belén (Lc 2:8-20).
Por lo tanto, después de que el ángel tratara de calmar a las mujeres, les informó de que Jesús
había resucitado, y les mostró el lugar donde había sido puesto. En aquel momento tuvieron que
ver los lienzos perfectamente colocados, como si el cuerpo de Jesús hubiera salido
atravesándolos (Jn 20:6-8). Y a continuación el ángel les encargó que transmitieran a los
discípulos, y a Pedro, que Jesús había resucitado y que esperaba encontrarse con ellos en Galilea,
tal como les había dicho antes de morir (Mr 14:28).
Las mujeres que en aquella mañana habían ido a ungir el cuerpo de Jesús se vieron frustradas en
sus planes. Esto también lo había anunciado el Señor cuando unos días antes había sido ungido en
Betania. En aquella ocasión, mientras los discípulos criticaban a la mujer por el desperdicio
realizado, Jesús dijo que ella se había "anticipado a ungir su cuerpo para la sepultura" (Mr 14:8).
Evidentemente, estas otras mujeres no pudieron realizar este último servicio a su Maestro, pero
había otro que sí podrían hacer. Se trataba de ser las primeras portadoras de las buenas noticias de
la resurrección a los discípulos. El haber sido testigos de estos hechos gloriosos les hacía
responsables de su proclamación.
El mensaje debía ser entregado en primer lugar a los discípulos. Todos recordamos que ellos
habían abandonado al Señor en el momento de su arresto, pero él estaba tendiéndoles nuevamente
la mano con el fin de perdonarles y restaurarles nuevamente al ministerio apostólico.
Notemos también que en la comisión que el ángel dio a las mujeres había una alusión especial a
Pedro. Seguro que este apóstol tenía una carga muy grande en su corazón por haber negado tres
veces a Jesús. Después de esto no había tenido ocasión de pedirle perdón puesto que había
muerto. Así que no es de extrañar que se hubiera sumido en una profunda depresión. Pero el
Señor también sabía esto y por eso añadió esta pequeña nota personal para él. Y podemos
imaginarnos cómo esto tuvo que emocionar el corazón de Pedro cuando lo escuchó. A pesar de su
deslealtad, Jesús seguía amándole y deseaba verlo de nuevo.
Por lo tanto, una de las primeras cosas que aprendieron de la resurrección de Cristo fue su
disposición a perdonar al pecador. Él no había resucitado con la intención de vengarse de sus
enemigos. Esta fue una gran lección que los apóstoles rápidamente compartieron con otros.
Podemos ver cómo en su primera predicación, Pedro y los otros apóstoles ofrecieron el perdón de
Dios y la restauración a aquellos judíos que unas semanas antes habían gritado para que Jesús
fuera crucificado:
(Hch 2:36-38) "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien
vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón,
y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo:
Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo."
El mensaje del ángel trasmitido por las mujeres tuvo que resultarles auténtico a los discípulos,
porque cuando ellos estaban solos con el Señor en el aposento alto celebrando la pascua, él les
había dicho exactamente las mismas palabras, y había muy pocas posibilidades de que las mujeres
hubieran llegado a conocer este detalle (Mr 14:28).
Sin embargo, surge la pregunta: ¿Por qué ir a Galilea? Tal vez habría sido más razonable quedarse
en Jerusalén, donde de hecho tuvieron lugar algunas de las apariciones de Jesús después de su
resurrección (Lc 24:33-39), y donde vino el Espíritu Santo sobre los discípulos (Hch 2) y
comenzó la expansión del evangelio (Lc 24:47).
Sin embargo, podemos suponer algunas de las razones por las que el Señor quiso reunirse con sus
discípulos en Galilea.
Fue allí, en el mar de Tiberias, después de una infructuosa jornada de pesca, donde Jesús llevó a cabo la
restauración definitiva del apóstol Pedro (Jn 21:1-19). Para él tuvo que ser como volver a empezar,
puesto que había sido precisamente en ese contexto donde el Señor le había llamado la primera vez
para ser un discípulo suyo (Mr 1:16-18).
Fue también en Galilea donde Jesús se apareció a los discípulos y renovó la comisión apostólica,
ampliándola para enviarles hasta el fin del mundo con nuevo poder y autoridad (Mt 28:16-20). Al hacer
esto desde Galilea, alejados de Jerusalén, estaban mucho más cerca de los gentiles, a los que finalmente
habrían de dirigirse.
Salir de Jerusalén para ir a Galilea a encontrarse con Jesús implicaba también que cualquier persona
que quisiera seguirle tendría que salir del sistema religioso que Jerusalén representaba para ir a Galilea,
fuera del judaísmo oficial. Es allí donde el Señor pasó cerca de cuarenta días enseñándoles y teniendo
comunión con ellos.
Sin embargo, una vez que estuvieron algún tiempo en Galilea, nuevamente volvieron a Jerusalén
y desde muy cerca de allí el Señor ascendió al cielo. Esta nueva entrada en la capital después de la
resurrección, indicaba que Jesús no había renunciado a sus derechos legítimos de Rey. Pero en ese
momento los discípulos sí que entendieron el tipo de Rey que realmente era, algo que no
comprendieron en su primera entrada cuando las multitudes le aclamaron sin darse cuenta de la
obra que él realmente había venido a realizar.
Todos los relatos acerca de la resurrección tienen el sello de la naturalidad, lo que los hace
completamente creíbles. A nadie le extraña, por ejemplo, esta reacción de las mujeres.
El evangelio de Mateo añade que se fueron con "temor y gran gozo" (Mt 28:8). Y aunque puede
parecer contradictorio, lo podemos entender sin dificultades. Era lógico que sus emociones
estuvieran mezcladas. El gozo por el anuncio de la resurrección de su amado Maestro se cruzaba
con el temor reverente y la emoción por lo que el ángel les acababa de decir en el sepulcro.
Esto hizo que en el camino no dijesen nada a nadie, lo que no quiere decir que incumplieran el
mandamiento que acababan de recibir. Más bien debemos entender que su entusiasmo era
demasiado grande como para detenerse a hablar con nadie en el camino. Ellas iban rápidas, como
si tuvieran alas en los pies, en busca de los apóstoles para entregarles el mensaje recibido.
De esta manera, las mujeres abandonaron el sepulcro en donde había sido colocado Jesús, y
Marcos no vuelve a hacer referencia a él. De hecho, en muy pocos días aquel sepulcro quedó
definitivamente abandonado por varios siglos. Tal vez podríamos pensar que rápidamente se
habría convertido en un lugar de peregrinaje para muchos de los discípulos que Jesús había tenido
a lo largo de su ministerio, pero lo cierto es que no fue así. Pasaron varios siglos sin que nadie se
interesase por él, y la razón la debemos encontrar en la resurrección. ¿Para qué ir a un sepulcro
donde Jesús ya no estaba, máxime cuando habían tenido la ocasión de verlo a él en persona? Pero
cuando el cristianismo se convirtió para la mayoría de las personas en una mera religión de
ceremonias, dogmas y liturgias frías y muertas, sin ningún contacto real y vital con Cristo
resucitado, fue entonces cuando comenzaron a buscar sitios sagrados y reliquias a las que hicieron
objetos de su veneración.
Jesús fue sepultado en la tarde del viernes y resucitó el domingo por la mañana. Hay personas que
ven un problema en el hecho de que Jesús no permaneció en el sepulcro durante tres días
completos. Sin embargo, debemos notar que lo que Jesús dijo es que él resucitaría al tercer día, no
en el cuarto (Mr 9:31).
Ahora bien, el hecho de que resucitara en el día domingo, el primer día de la semana, tiene cierta
importancia. Todos sabemos que los judíos celebraban el sábado con una religiosidad extrema, sin
embargo, los primeros cristianos, que eran todos ellos judíos, hicieron del domingo su día más
especial, algo que ha llegado hasta nuestro tiempo. ¿Cuál fue la causa de este cambio tan
revolucionario? Pues esto se debió a que Jesús resucitó precisamente en domingo. Ahí empezó
todo.
Hasta ahora hemos comentado mucho acerca del sepulcro vacío, y aunque es un presupuesto
necesario para creer en la resurrección de Jesús, sin embargo no puede ser tenida como una
prueba definitiva que sirva para demostrarla. Por esta razón, a partir de aquí el evangelista nos va
a relatar diferentes ocasiones en las que Jesús se apareció vivo. Marcos selecciona tres de ellas:
María Magdalena, dos discípulos que iban de camino al campo y los once discípulos que se
encontraban reunidos. Leyendo los otros evangelios, el libro de los Hechos y la primera carta de
Pablo a los corintios, veremos que esta lista es mucho más larga.
María Magdalena fue la primera que vio a Jesús una vez que resucitó. En ese momento se
encontraba sola, tal vez porque después de dar el aviso a los apóstoles ella se había separado del
grupo de mujeres y había regresado nuevamente al sepulcro. Es cierto que es difícil establecer una
cronología precisa de todo cuanto ocurrió en aquella mañana, y en gran medida esto se debe al
hecho de que el sepulcro se encontraba cerca de Jerusalén, lo que hacía relativamente fácil ir y
volver en muy poco tiempo (Jn 19:20) (Jn 19:41-42).
María Magdalena había estado junto a la cruz cuando Jesús murió, también acompañó a José de
Arimatea y a Nicodemo cuando llevaron su cuerpo hasta el sepulcro, y en la mañana del primer
día de la semana fue de las primeras en llegar para ungir el cuerpo de Jesús (Mr 15:40) (Mr
15:47) (Mr 16:1). Y ahora también fue la primera en ver al Señor resucitado, siendo premiado así
su intenso amor y devoción por él.
Marcos añade que Jesús había echado de ella a siete demonios (Mr 16:9), lo que sirve para
mostrarnos que por grande que haya sido nuestra caída, si nos arrepentimos y creemos en Cristo,
somos restaurados para disfrutar plenamente de la comunión con él.
Después de su encuentro con Jesús fue rápidamente a hacérselo saber a los que habían estado con
él. Seguramente ésta era la segunda vez que hacía ese recorrido, porque Juan nos dice que en una
ocasión previa sólo había explicado a los discípulos que se habían llevado del sepulcro al Señor y
que no sabía dónde lo habían puesto (Jn 20:1-2). Si en ese momento ya hubiera tenido lugar el
encuentro con el Señor, por supuesto también lo habría incluido en su informe. Así que lo más
probable es que fue en su segunda visita al sepulcro cuando Jesús se encontró con ella.
Cuando las mujeres encontraron a los discípulos, ellos "estaban tristes y llorando". Y cuando les
contaron que Jesús estaba vivo, "no lo creyeron". No es difícil imaginarse la escena. El más
absoluto pesimismo inundaba los corazones y las mentes de los discípulos.
Ahora bien, ¿por qué no creyeron a las mujeres cuando les anunciaron que Jesús había resucitado?
Algunos han pensado que tratándose de mujeres, su testimonio no les inspiró confianza. Sin
embargo, ocurrió lo mismo cuando más adelante dos que iban de camino al campo estuvieron con
Jesús y regresaron para dar la noticia a los discípulos (Mr 16:12-13). Por todo ello, cuando
finalmente el Señor se apareció a los once, tuvo que reprocharles "su incredulidad y dureza de
corazón porque no habían creído a los que le habían visto resucitado" (Mr 16:14).
En el fondo del asunto, el problema de los discípulos era que no habían aceptado todavía ninguno
de los anuncios que habían escuchado de Jesús en cuanto a la necesidad de su muerte y
resurrección. Y esto era debido a que no comprendían que era imposible reinar sobre los hombres
pecadores si primero éstos no eran reconciliados con Dios, y para ello había que solucionar
previamente el problema del pecado. Esta fue la razón por la que Jesús había muerto y resucitado:
(Ro 4:25) "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación."
Pero los discípulos, al igual que el resto de la nación judía, esperaban un Mesías que rompiera el
dominio imperialista de los romanos por la fuerza. Bajo esa perspectiva, un Mesías que muriera
crucificado quedaba definitivamente descalificado. Y después de eso, hablar de su resurrección,
ya no tenía ningún sentido. Así que no nos extraña la oposición inicial de los discípulos a los
anuncios que recibieron acerca de la resurrección de Jesús.
Pero precisamente esta predisposición tan negativa de los discípulos a creer se convierte en un
fuerte argumento para nuestra fe. Si al primer rumor que ellos hubieran escuchado sobre la
resurrección de Jesús se hubieran entregado plenamente a predicarlo al mundo, nosotros
habríamos desconfiado. Pero aquí nos encontramos con personas nada propensas a sugestionarse
con facilidad con visiones, o a creer cosas que no encajaran con sus planteamientos teológicos.
Por lo tanto, si finalmente aceptaron como un hecho la resurrección de Jesús fue porque quedaron
totalmente convencidos por las evidencias.
No podemos saber con seguridad si estos dos que iban al campo eran los mismos que aquellos dos
a los que Jesús se apareció cuando iban de camino a Emaús, una aldea a unos diez kilómetros de
Jerusalén y de los que nos habla Lucas (Lc 24:13-35). De cualquier manera, parece que en ambos
casos la muerte de Jesús había terminado con sus esperanzas y una vez que había pasado el día de
reposo intentaban volver a sus ocupaciones y rehacer así su vida lo antes posible, alejándose
cuanto antes de Jerusalén para dejar enterrada allí su pesadilla.
Ahora bien, las breves indicaciones que Marcos nos da sobre esta aparición nos tienen que llevar a
reflexionar sobre algunos temas importantes en relación con la resurrección.
¿Qué quiere decir esto? ¿Se refiere simplemente a que Jesús apareció en otras circunstancias
diferentes a las que antes lo había hecho con María Magdalena? ¿O quiere decir que su aspecto
era diferente al que había tenido antes de morir?
En el encuentro que Jesús tuvo con los dos que iban a Emaús y que Lucas describe, vemos que no
le reconocieron durante el camino, pero la razón que nos da es porque "los ojos de ellos estaban
velados, para que no le conociesen" (Lc 24:16). ¿Tenía esto algo que ver con que la apariencia de
Jesús había cambiado después de su resurrección, o era simplemente que el dolor que sentían les
impedía reconocerle? ¿Se trataba tal vez de que iba vestido de una forma distinta que además no
les dejaba ver su rostro?
Seguramente había algo de todo esto, pero parece que el problema principal de los dos del camino
a Emaús radicaba en el hecho de que después de que vieron a Jesús morir crucificado, habían
llegado a la conclusión de que él no podía ser el Mesías, así que tampoco esperaron que resucitara
y mucho menos que fuera a acompañarles en el camino. Por esta razón Lucas nos dice que el
Señor dirigió la conversación para que se dieran cuenta a través de las Escrituras de que "era
necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria" (Lc 24:25-27). Sólo
después de que lograron entender esto, fue cuando le reconocieron.
Pero en cualquier caso, aunque era evidente que el problema principal de estos dos era de carácter
teológico, también podemos ver por otros pasajes que el cuerpo con el que Jesús había resucitado
presentaba algunas características diferentes al que había tenido antes de morir y que esto pudo en
algunos casos dificultar su identificación en un primer contacto.
En relación a esto tenemos que decir que los testigos que vieron a Jesús resucitado nos confirman
en repetidas ocasiones que él era realmente un hombre al que podían identificar: caminaba junto a
los discípulos que iban a Emaús (Lc 24:15), dejaba que Tomás tocara sus heridas (Jn 20:27),
comía con sus discípulos un trozo de pez asado (Lc 24:42-43), y hasta les preparó el desayuno en
una ocasión (Jn 21:8-12). De esta manera Jesús mismo quería hacerles entender que él no era un
espíritu o un fantasma (Lc 24:39-40).
Sin embargo, considerando estos relatos, también es cierto que su cuerpo tenía características
nuevas. Por ejemplo, era capaz de presentarse de repente a donde los discípulos estaban reunidos
con todas las puertas bien cerradas (Jn 20:19), y de igual manera desaparecer al terminar de hablar
con los dos de Emaús (Lc 24:31). Parece que no estaba sujeto a las leyes del espacio y del tiempo.
Era el mismo hombre, pero había entrado en un género de existencia distinto. Incluso las heridas
que le habían causado la muerte seguían estando presentes, pero ya no tenían ningún efecto sobre
él. Este nuevo cuerpo no estaba sujeto a las leyes de la biología y tampoco tendría que volver a
morir.
Tampoco estos dos discípulos guardaron las buenas noticias para sí mismos, sino que una vez que
estuvieron seguros de que habían visto a Jesús regresaron para informar de ello al resto de los
discípulos. Podemos imaginarnos que su viaje de regreso no fue con el corazón apesadumbrado
como había sido el de ida, sino que ahora sus pasos eran ligeros y su corazón se desbordaba de
alegría.
Sin embargo, el resultado fue el mismo que cuando María Magdalena había dado noticias
parecidas: "ni aun a ellos creyeron". Este es un detalle más que nos hace dudar de que estos dos
discípulos fueran los mismos que Jesús encontró en el camino de Emaús. Recordemos que Lucas
nos dice que cuando los dos de Emaús regresaron a dar la noticia a los discípulos, ellos ya se
estaban regocijando de la resurrección de Jesús.
(Lc 24:33-35) "Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once
reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha
aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y
cómo le habían reconocido al partir el pan."
La resurrección de Jesús fue completamente diferente a las otras resurrecciones que ellos habían
visto. Por ejemplo, cuando resucitó a Lázaro, éste volvió a la vida en la misma forma y condición
en la que se había ido cuatro días antes, y finalmente tendría que volver a morir. Pero la
resurrección de Jesús marcó un antes y un después. Como ya hemos dicho, su cuerpo manifestaba
cierta continuidad con el que había tenido antes de morir, de tal manera que sus discípulos podían
identificarle, pero al mismo tiempo había también otros rasgos que lo hacían totalmente diferente.
Con ese nuevo cuerpo fue capaz de ascender al cielo en gloria sin necesidad de tener que volver a
pasar por la muerte, y de esa misma manera volverá un día no muy lejano (Hch 1:9-11). La
resurrección de Jesús superaba el horizonte de la propia experiencia de los discípulos, y no resultó
fácil para ellos aceptar algo que era del todo inusual.
Además, muchos de los judíos que creían en la resurrección de los muertos la asociaban con el
final de los tiempos y el comienzo de un mundo nuevo. Marta lo expresó de esta manera cuando
Jesús le anunció que su hermano Lázaro iba a resucitar: "Yo sé que resucitará en la resurrección,
en el día postrero" (Jn 11:23-24). Los discípulos participaban de estos planteamientos teológicos,
así que la resurrección de Jesús fue algo totalmente inesperado para ellos por el momento en el
que tuvo lugar. ¿Cómo era posible que Jesús hubiera resucitado a una condición definitiva y
diferente en pleno mundo viejo en el que nada había cambiado? Para ellos este nuevo tipo de vida
debía estar unida necesariamente a un mundo nuevo, pero nada de esto parecía estar ocurriendo.
Aquí tenemos otro detalle más que debe fortalecer nuestra fe en la resurrección de Jesús. Si ésta
hubiera sido una invención de los discípulos, se habría ajustado a las ideas y conceptos en que los
discípulos se habían formado, en lugar de explicar los hechos de una manera en la que hasta ellos
mismos tenían dificultades para entender y aceptar.
Así que, si llegaron a creer en la resurrección de Jesús con una certidumbre absoluta, tal como se
desprende de sus predicaciones y escritos, fue porque se trató de un hecho histórico real que ellos
pudieron comprobar y así vencer toda resistencia inicial.
Otras consideraciones
Inmediatamente después de que Jesús ascendió al cielo, los apóstoles comenzaron a predicar la
resurrección de Jesús a muy poca distancia del lugar donde había sido sepultado, y a pesar de la
dura oposición de los líderes judíos, miles de personas llegaron a creer, entre ellos un buen
número de sacerdotes (Hch 2:41) (Hch 4:4) (Hch 6:7). Por supuesto, si todo esto hubiera sido un
montaje de los apóstoles, habría sido imposible que allí mismo en Jerusalén, donde habían
ocurrido todos los hechos, hubiera tantísimas personas que aceptaron como verdadero el hecho de
la resurrección de Jesús.
Y en cuanto a los mismos apóstoles, ¿qué hizo que aquel pequeño grupo de atemorizados
discípulos se convirtieran en irresistibles misioneros que pusieron el mundo del revés sin que
hubiera fuerza que pudiera detenerlos? La predicación apostólica de la resurrección, con el
entusiasmo y el poder con que la llevaban a cabo, es imposible entenderla a no ser que realmente
tuvieran un contacto auténtico con Cristo resucitado.
Es cierto que las primeras apariciones de Jesús después de resucitar fueron muy discretas. Tal vez
nosotros habríamos pensado en preparar un espectáculo a lo grande, pero el Señor no lo hizo. Sin
embargo, ocurrió algo totalmente revolucionario en todas las personas que vieron a Jesús
resucitado y es que sus vidas ya nunca más volvieron a ser iguales.
¿Y qué diremos de los millones de personas que a lo largo de todos estos siglos han visto cómo
sus vidas han sido transformadas desde el momento en que creyeron en la resurrección de Jesús?
Una inmensa multitud de hombres y mujeres, pobres y ricos, sabios e ignorantes, civilizados y
salvajes, dan testimonio de la realidad de su experiencia.
Es seguro que si nos dijeran que una persona de nuestro tiempo ha resucitado, nosotros también
reaccionaríamos con la misma incredulidad con la que lo hicieron los apóstoles cuando recibieron
la noticia de la resurrección del Señor. Sin embargo, Jesús no era un hombre como nosotros. Él
fue único en todo lo que hizo, en todo lo que dijo y en todo lo que fue. No vino a este mundo
como los demás hombres, y por lo tanto, tampoco nos debe extrañar que no terminara sus días en
un frío sepulcro como el resto, sino que resucitara y ascendiera al cielo en gloria. De cualquier
otro hombre nos parecería imposible, pero no en el caso de Jesús. Él fue extraordinario en todo,
no sólo en su resurrección.
13 Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. 14 Y si Cristo no resucitó, vana
es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… 1 Corintios 15:13-14
Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que
vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?... Juan 11:25-26
En verdad, en verdad os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no
viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. En verdad, en verdad os digo que viene la
hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oigan vivirán… Juan
5:24-25
Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con El,… Romanos 6:8
y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la
muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio,… 2 Timoteo 1:10
Lucas 24:1-6
24 El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro, llevando las especias
aromáticas que habían preparado. 2 Encontraron que había sido quitada la piedra que cubría el
sepulcro 3 y, al entrar, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Mientras se preguntaban qué habría
pasado, se les presentaron dos hombres con ropas resplandecientes. 5 Asustadas, se postraron sobre su
rostro, pero ellos les dijeron:
—¿Por qué buscan ustedes entre los muertos al que vive? 6 No está aquí; ¡ha resucitado! Recuerden lo
que les dijo cuando todavía estaba con ustedes en Galilea:
Hoy es un domingo especial porque recordamos que nuestro Señor Jesucristo murió en la cruz del
calvario, fue sepultado pero resucito al tercer día y ahora vive para siempre.
Jesús con su resurrección venció a los máximos enemigos del ser humano: satanás, la muerte
y la tumba.
Satanás trajo la muerte para la raza humana haciendo pecar a Adán, pero nuestro Señor
Jesucristo trajo la vida por medio de su resurrección (1 Corintios 15:21-22) por medio de la
resurrección de Cristo somos vivificados, la muerte que entro por el pecado de Adán ha sido
vencida por la muerte y la resurrección de Cristo.
1 Corintios 15:21-22
21 De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la
resurrección de los muertos. 22 Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán
a vivir,
Nuestro Señor Jesucristo venció la tumba, no lo pudo retener porque nuestro Señor es más
poderoso que la tumba y que la muerte (Hechos 2:22-24)
Hechos 2:22-24
22 »Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes
con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo
saben.
23 Este fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y, por medio
de gente malvada,[a] ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz.
24
Sin embargo, Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque era imposible que la
muerte lo mantuviera bajo su dominio.
La victoria de Cristo sobre la muerte y sobre la tumba nos da a nosotros la victoria sobre las
demás situaciones que enfrentamos en la vida (1 Corintios 15:57)
1 Corintios 15:56-57
56
ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a
Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Juan 11:25-26
25
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y
todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Jesús dijo esas palabras cuando aún no había muerto en la cruz, si el no hubiera resucitado,
esos versículos serian simples palabras, pero el ha resucitado, el venció la muerte, esas
palabras no son ya solamente palabras sino que son promesas para nuestra vida.
El que cree en el verdaderamente tiene inmortalidad, aunque este muerto vivirá porque la
resurrección de Cristo es garantía de vida eterna.
Nosotros podemos creer que viviremos aunque muramos, podemos creer que un día nos
levantaremos de la tumba porque quien lo prometió lo cumplió, el murió y resucito, el fue
sepultado y salió victorioso del sepulcro.
1 Corintios 15:13-20
13
porque, si los muertos no resucitan, entonces Cristo tampoco resucitó. 14 Y si Cristo no resucitó, esta
buena noticia que anunciamos no sirve para nada, y de nada sirve tampoco que ustedes crean en
Cristo. 15 Si fuera cierto que los muertos no resucitan, nosotros estaríamos diciendo una mentira acerca
de Dios, pues afirmamos que él resucitó a Cristo.
Como leemos en los textos que hemos leído, si nuestro Señor Jesucristo no hubiera
resucitado nuestro cristianismo seria en vano, nuestra predicación seria en vano, nuestra fe
seria en vano, nuestra salvación sería una mentira, nuestra vida cristiana no tendría ningún
valor.
Lo único que le da valor a nuestra fe, a nuestra predicación, a nuestra vida cristiana, es la
resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Creemos en un Cristo vivo, predicamos a un Cristo vivo, vivimos para un cristo que está
vivo, nuestras oraciones son escuchadas, nuestras oraciones son contestadas, el gozo es real
en nuestra vida, porque nuestro Señor Jesucristo vive y puede cumplir todo lo que él ha
prometido (Mateo 18:19-20).
Mateo 18:19-20
19
Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa
que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
1 Pedro 1:3
3
bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo
renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,
Nuestra esperanza es una esperanza viva porque Cristo venció las peores circunstancias que
un ser humano puede experimentar, pues morir y ser sepultado significa perder toda
esperanza, pero el venció la muerte y venció la tumba, por eso nosotros podemos tener
esperanza, pues no hay circunstancia en nuestra vida que nuestro Señor no pueda vencer.
Nuestra esperanza es una esperanza viva porque Cristo venció las peores circunstancias que un
ser humano puede experimentar, pues morir y ser sepultado significa perder toda esperanza,
pero el venció la muerte y venció la tumba, por eso nosotros podemos tener esperanza, pues no
hay circunstancia en nuestra vida que nuestro Señor no pueda vencer.
VII. CONCLUSION.
Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de
lástima… 1 Corintios 15:19