CHISTES
1. "Me encantan los mensajes de voz". "Yo los detesto". "Sí, esos también molan".
2. ¿Qué hace un mudo bailando? Una mudanza.
3. "Hola, busco trabajo". "¿Le interesa de jardinero?". "¿Dejar dinero? ¡Si lo que busco
es trabajo!".
4. ¿Qué le dice una impresora a otra? Esta hoja es tuya o es impresión mía.
5. "¿Qué tal tu primer día de parkour?". "De futa madfre".
6. "Me acabo de tirar un pedo de esos silenciosos, ¿qué hago?". "Ahora nada, pero,
cuando llegues a casa, cámbiale las pilas al audífono".
7. "Me han despedido". "¿Y qué vas a hacer?". "Croquetas". "Digo con tu vida". "Pues
comerme unas croquetas".
8. "¿Me da un café con leche corto?". "Se ha roto la máquina, cambio".
9. "Buenas, quería una camiseta de un personaje inspirador". "¿Ghandi?". "No, mediani".
10. ¿Sabes por qué no se puede discutir con un DJ? Porque siempre están cambiando de
tema.
11. "No sé si conseguiré enamorar a esa chica". "¿Tienes vacas y ovejas?". "Sí". "Pues ya
tienes mucho ganado".
12. ¿Qué hace un perro con un taladro? Ta-ladrando.
13. ¿Qué le dice un pingüino a una pingüina? ¡Como tú ningüina!
14. ¿Qué hace una abeja en el gimnasio? Zumba
15. "¿Sabes? Hoy me he comprado una paloma que cuesta diez mil euros".
"¿Mensajera?". "No no, no te exagero en absoluto".
ADIVINANZAS
1. Con una manguera, casco y escalera, apago el fuego de la hoguera. ¿Quién soy
El bombero
2. Es el héroe de la comunidad y la cuida noche y día para conservar la seguridad.
El policía
3. Caminar es su destino y, yendo de casa en casa, de su valija de cuero saca paquetes y cartas.
El cartero
4. Con madera de pino, haya o de nogal construyo los muebles para tu hogar.
El carpintero
5. Preparo ricos manjares, mi lugar es la cocina de restaurantes y hoteles. ¿Veamos quién lo adivina?
El cocinero
6. Con destreza y sin desastre hace las mangas al traje.
La costurera
7. Amasa la harina con todo esmero, siempre puesto gorro y delantal, horneando los panes de dulce y
deliciosa sal. ¿Adivina quién es?
El panadero
8. Quiero arcilla o barro, agua y mucho color. Llevo una bata y con mis manos, hago esculturas, ¿Quién
soy yo?
Un escultor
9. Hago paredes, pongo cimientos y a los andamios subo contento.
El albañil
10. Preparo el terreno y la semilla siembro; siempre esperando que el sol y la lluvia lleguen a tiempo.
El agricultor
11. Tengo los zapatos rotos por la suela y el tacón, ¿quién me los arreglará con la aguja y el punzón?
El zapatero
12. Un valiente ser que tiene la vocación de enseñar a la niñez.
El maestro
13. Instalo y reparo grifos también tuberías, usando mis herramientas, con prisa, ánimo y alegría. ¿Quién
soy?
El plomero
14. Mi pueblo es costero, sueño con el mar, en mi viejo barco me voy a pescar.
El pescador
15. Usa ruleros, peines y tijeras, dejando hermosas las cabelleras.
El peluquero
15 Cuentos
Uga la tortuga - Cuento infantil sobre la perseverancia
- ¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente Uga, la tortuga.
Y es que no es para menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas, casi nunca consigue premios
a la rapidez y, para colmo es una dormilona.
- ¡Esto tiene que cambiar!,- se propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le recriminaran
por su poco esfuerzo al realizar sus tareas.
Y es que había optado por no intentar siquiera realizar actividades tan sencillas como amontonar hojitas secas
caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas de camino hacia la charca donde chapoteaban los calurosos
días de verano.
- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis compañeros? Mejor es
dedicarme a jugar y a descansar.
- No es una gran idea - dijo una hormiguita - Lo que verdaderamente cuenta no es hacer el trabajo en un
tiempo récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo mejor que sabes, pues siempre te quedará la
recompensa de haberlo conseguido.
No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren tiempo y esfuerzo. Si no lo
intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y siempre te quedarás con la duda de si lo hubieras logrado
alguna vez.
Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La constancia y
la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos proponemos; por ello yo te aconsejo que lo
intentes. Hasta te puede sorprender de lo que eres capaz.
- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba: alguien que me ayudara a
comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo intentaré.
Pasaron unos días y Uga la tortuga se esforzaba en sus quehaceres.
Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía porque era consciente de
que había hecho todo lo posible por lograrlo.- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse
grandes e imposibles metas, sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a lograr grandes fines.
FIN
El Patito Feo
En una hermosa mañana de verano, los huevos que habían empollado la mamá Pata empezaban a romperse, uno a uno. Los patitos
fueron saliendo poquito a poco, llenando de felicidad a los papás y a sus amigos. Estaban tan contentos que casi no se dieron cuenta de
que un huevo, el más grande de todos, aún permanecía intacto.
Todos, incluso los patitos recién nacidos, concentraron su atención en el huevo para ver cuándo se rompería. Al cabo de algunos
minutos, el huevo empezó a moverse. Pronto se pudo ver el pico, luego el cuerpo, y las patas del sonriente pato. Era el más grande, y
para sorpresa de todos, muy distinto de los demás. Y como era diferente todos empezaron a llamarle el Patito Feo.
La mamá Pata, avergonzada por haber tenido un patito tan feo, le apartó con el ala mientras daba atención a los otros patitos. El patito
feo empezó a darse cuenta de que allí no le querían. Y a medida que crecía, se quedaba aún más feo, y tenía que soportar las burlas de
todos. Entonces, en la mañana siguiente, muy temprano, el patito decidió irse de la granja.
Triste y solo, el patito siguió un camino por el bosque hasta llegar a otra granja. Allí, una vieja granjera le recogió, le dio de comer y
beber, y el patito creyó que había encontrado a alguien que le quería. Pero, al cabo de algunos días, él se dio cuenta de que la vieja era
mala y solo quería engordarle para transformarlo en un segundo plato. El patito salió corriendo como pudo de allí.
El invierno había llegado, y con él, el frío, el hambre y la persecución de los cazadores para el patito feo. Lo pasó muy mal. Pero
sobrevivió hasta la llegada de la primavera. Los días pasaron a ser más calurosos y llenos de colores. Y el patito empezó a animarse otra
vez.
Un día, al pasar por un estanque, vio las aves más hermosas que jamás había visto. ¡Eran cisnes! Y eran elegantes, delicadas y se movían
como verdaderas bailarinas, por el agua. El patito, aún acomplejado por la figura y la torpeza que tenía, se acercó a una de ellas y le
preguntó si podía bañarse también en el estanque.
Y uno de los cisnes le contestó:
- Pues, ¡claro que sí! Eres uno de los nuestros.
Y le dijo el patito:
- ¿Cómo que soy uno de los vuestros? Yo soy feo y torpe, todo lo contrario de vosotros. Vosotros son elegantes y vuestras plumas brillan
con los rayos del sol.
Y ellos le dijeron:
- Entonces, mira tu reflejo en el agua del estanque y verás cómo no te engañamos.
El patito se miró y lo que vio le dejó sin habla. ¡Había crecido y se había transformado en un precioso cisne! Y en este momento, él supo
que jamás había sido feo. Él no era un pato sino un cisne. Y así, el nuevo cisne se unió a los demás y vivió feliz para siempre
FIN
Pinocho - cuento para enseñar a los niños a no mentir
En una vieja carpintería, Geppetto, un señor amable y simpático, terminaba un día más de trabajo dando los
últimos retoques de pintura a un muñeco de madera que había construido.
Al mirarlo, pensó: '¡Qué bonito me ha quedado!'. Y como el muñeco había sido hecho de madera de pino,
Geppetto decidió llamarlo Pinocho. Aquella noche, Geppetto se fue a dormir, deseando que su muñeco fuese
un niño de verdad.
Siempre había deseado tener un hijo. Y al encontrarse profundamente dormido, llegó un hada buena y viendo
a Pinocho tan bonito, quiso premiar al buen carpintero, dando, con su varita mágica, vida al muñeco.
Al día siguiente, cuando se despertó, Geppetto no daba crédito a sus ojos: Pinocho se movía, caminaba, se reía
y hablaba como un niño de verdad para alegría del viejo carpintero. Fin
El cuento de La Sirenita
En el fondo de los océanos había un precioso palacio en el cual vivía el Rey del Mar junto a sus cinco hijas,
bellísimas sirenas. La más joven, la Sirenita, además de ser la más hermosa, poseía una voz maravillosa.
Cuando cantaba, todos los habitantes del fondo del mar acudían para escucharla. Además de cantar, Sirenita
soñaba con salir a la superficie para ver el cielo y conocer el mundo de los hombres, como lo relataban sus
hermanas.
Pero su padre le decía que solo cuando cumpliera los 15 años tendría su permiso para hacerlo. Pasados los
años, finalmente llegaron el cumpleaños y el regalo tan deseados.
Sirenita por fin pudo salir a respirar el aire y ver el cielo, después de oír los consejos de su padre: 'Recuerda que
el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo. Somos hijos del mar. Sé prudente y no te
acerques a los hombres'. Fin
El soldadito de plomo
Jorgito obtuvo buenas calificaciones escolares y recibió como premio una caja de juguetes con trenes, un
arlequín, una bailarina y soldaditos de plomo.
Con tristeza, Jorgito se dio cuenta que a uno de sus soldados le faltaba una pierna, pero lo quiso más porque
ello indicaba que la había perdido heroicamente en una batalla. Un día por la noche y cuando todos dormían,
sonó el clarín de los juguetes y uno por uno empezaron a cobrar vida. El soldadito de plomo quiso estar más
cerca de la muñeca bailarina que no paraba de sonreírle, pero el malvado arlequín negro se interpuso entre
ellos tratando de evitar su cercanía. Y fue tanto su rencor que al abrir la ventana logró que un fuerte viento
lanzara por los aires al soldadito que apenas podía mantenerse de pie con una sola pierna.
La bailarina sollozó y el arlequín se burló al ver que el soldadito caía en una charca y que un vagabundo lo
alejaba en un endeble barco de papel. Pero, lejos de sentirse vencido, el valiente soldadito de plomo al percibir
el llanto de su amada se armó de valor y blandiendo su espada, decidió enfrentar al malvado arlequín y a los
que no querían verlos juntos.
El barquito de papel tomó el curso de una alcantarilla y en medio de la oscuridad, el soldadito pudo presentir la
presencia del enemigo. Esta vez era una inmensa y voraz rata que trató de atacarlo, pero gracias a la hábil
maniobra de nuestro héroe pudo alejarse de la orilla, al tiempo que el hambriento roedor le gritaba:
“¡Maldito soldado de plomo!, pero si yo no he podido acabar contigo, más allá te llevarás una amarga sorpresa.
¡De esta no sales vivo, soldadito mutilado, ja, ja, ja, ja...!”
No le hizo caso y siguió navegando en busca de su amada muñeca bailarina.
Pero la amenaza del roedor se hizo realidad: el barquito se dejó llevar por la corriente que anunciaba la
presencia de un río. El barco de papel naufragó, el soldadito se hundió muy profundo y allí un salmón se lo
trago apuradamente. Ya dentro, una especie de sismo lo lanzó contra el espinazo del pez y quedó desmayado.
Al despertar no podía creerlo: estaba en casa de Jorgito, donde llegó el salmón que había sido pescado por el
padre para cenar. El soldadito corrió en busca de su amada. Se abrazaron felices e iban a casarse, pero el
malvado arlequín atropelló al soldadito, enviándolo a las brasas de la chimenea. Sin pensarlo dos veces, la bella
bailarina fue tras él y algo maravilloso ocurrió. El cielo los llamó y juntos se elevaron para ser felices durante
toda su vida. Fin
CUENTO ARBOL MAGICO
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro encontró un árbol con un cartel que
decía: soy un árbol encantado, si dices las palabras mágicas, lo verás.
El niño trató de acertar el hechizo, y probó con abracadabra, supercalifragilisticoespialidoso, tan-ta-ta-chán, y
muchas otras, pero nada. Rendido, se tiró suplicante, diciendo: "¡¡por favor, arbolito!!", y entonces, se abrió
una gran puerta en el árbol. Todo estaba oscuro, menos un cartel que decía: "sigue haciendo magia". Entonces
el niño dijo "¡¡Gracias, arbolito!!", y se encendió dentro del árbol una luz que alumbraba un camino hacia una
gran montaña de juguetes y chocolate.
LA PRINCESA DE FUEGO
Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se
acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más
valioso, tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de
amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra;
una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró
estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es
sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será
más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que
llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su
corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego;
al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces
comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de
lo importante.
Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida,
su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las
gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y
cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, que comenzaron a
llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido,
resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días
El cohete de papel
Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia la luna, pero tenía tan poco
dinero que no podía comprar ninguno. Un día, junto a la acera descubrió la caja de uno de sus cohetes
favoritos, pero al abrirla descubrió que sólo contenía un pequeño cohete de papel averiado, resultado de un
error en la fábrica.
El niño se apenó mucho, pero pensando que por fin tenía un cohete, comenzó a preparar un escenario para
lanzarlo. Durante muchos días recogió papeles de todas las formas y colores, y se dedicó con toda su alma a
dibujar, recortar, pegar y colorear todas las estrellas y planetas para crear un espacio de papel. Fue un trabajo
dificilísimo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de su habitación parecía una ventana abierta
al espacio sideral.
Desde entonces el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta que un compañero visitó su
habitación y al ver aquel espectacular escenario, le propuso cambiárselo por un cohete auténtico que tenía en
casa. Aquello casi le volvió loco de alegría, y aceptó el cambio encantado.
Desde entonces, cada día, al jugar con su cohete nuevo, el niño echaba de menos su cohete de papel, con su
escenario y sus planetas, porque realmente disfrutaba mucho más jugando con su viejo cohete. Entonces se
dio cuenta de que se sentía mucho mejor cuando jugaba con aquellos juguetes que él mismo había construido
con esfuerzo e ilusión.
Y así, aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando creció, se convirtió en el mejor
juguetero del mundo.
El elefante fotógrafo
Había una vez un elefante que quería ser fotógrafo. Sus amigos se reían cada vez que le oían decir aquello:
- Qué tontería - decían unos- ¡no hay cámaras de fotos para elefantes!
- Qué pérdida de tiempo -decían los otros- si aquí no hay nada que fotografíar...
Pero el elefante seguía con su ilusión, y poco a poco fue reuniendo trastos y aparatos con los que fabricar una
gran cámara de fotos. Tuvo que hacerlo prácticamente todo: desde un botón que se pulsara con la
trompa, hasta un objetivo del tamaño del ojo de un elefante, y finalmente un montón de hierros para poder
colgarse la cámara sobre la cabeza.
Así que una vez acabada, pudo hacer sus primeras fotos, pero su cámara para elefantes era tan grandota y
extraña que paracecía una gran y ridícula máscara, y muchos se reían tanto al verle aparecer, que el elefante
comenzó a pensar en abandonar su sueño.. Para más desgracia, parecían tener razón los que decían que no
había nada que fotografiar en aquel lugar...
Pero no fue así. Resultó que la pinta del elefante con su cámara era tan divertida, que nadie podía dejar de reir
al verle, y usando un montón de buen humor, el elefante consiguió divertidísimas e increíbles fotos de todos
los animales, siempre alegres y contentos, ¡incluso del malhumorado rino!; de esta forma se convirtió en el
fotógrafo oficial de la sabana, y de todas partes acudían los animales para sacarse una sonriente foto para el
pasaporte al zoo.
Los juguetes ordenados
Érase una vez un niño que cambió de casa y al llegar a su nueva habitación vió que estaba llena de juguetes,
cuentos, libros, lápices... todos perfectamente ordenados. Ese día jugó todo lo que quiso, pero se acostó sin
haberlos recogido.
Misteriosamente, a la mañana siguiente todos los juguetes aparecieron ordenados y en sus sitios
correspondientes. Estaba seguro de que nadie había entrado en su habitación, aunque el niño no le dio
importancia. Y ocurrió lo mismo ese día y al otro, pero al cuarto día, cuando se disponía a coger el primer
juguete, éste saltó de su alcance y dijo "¡No quiero jugar contigo!". El niño creía estar alucinado, pero pasó lo
mismo con cada juguete que intentó tocar, hasta que finalmente uno de los juguetes, un viejo osito de
peluche, dijo: "¿Por qué te sorprende que no queramos jugar contigo? Siempre nos dejas muy lejos de nuestro
sitio especial, que es donde estamos más cómodos y más a gustito ¿sabes lo difícil que es para los libros subir a
las estanterías, o para los lápices saltar al bote? ¡Y no tienes ni idea de lo incómodo y frío que es el suelo! No
jugaremos contigo hasta que prometas dejarnos en nuestras casitas antes de dormir"
El niño recordó lo a gustito que se estaba en su camita, y lo incómodo que había estado una vez que se quedó
dormido en una silla. Entonces se dio cuenta de lo mal que había tratado a sus amigos los juguetes, así que les
pidió perdón y desde aquel día siempre acostó a sus juguetes en sus sitios favoritos antes de dormir.
Los últimos dinosaurios
En el cráter de un antiguo volcán, situado en lo alto del único monte de una región perdida en las selvas
tropicales, habitaba el último grupo de grandes dinosaurios feroces. Durante miles y miles de años,
sobrevivieron a los cambios de la tierra y ahora, liderados por el gran Ferocitaurus, planeaban salir de su
escondite para volver a dominarla.
Ferocitaurus era un temible tiranosaurus rex que había decidido que llevaban demasiado tiempo aislados, así
que durante algunos años se unieron para trabajar y derribar las paredes del gran cráter. Y cuando lo
consiguieron, todos prepararon cuidadosamente sus garras y sus dientes para volver a atermorizar al mundo.
Al abandonar su escondite de miles de años, todo les resultaba nuevo, muy disitinto a lo que se habían
acostumbrado en el cráter, pero siguieron con paso firme durante días. Por fin, desde lo alto de unas montañas
vieron un pequeño pueblo, con sus casas y sus habitantes, que parecían pequeños puntitos. Sin haber visto
antes a ningún humano, se lanzaron feroces montaña abajo, dispuestos a arrasar con lo que se encontraran...
Pero según se acercaron al pueblecito, las casas se fueron haciendo más y más grandes, y más y más.... y
cuando las alcanzaron, resultó que eran muchísimo más grandes que los propios dinosaurios, y un niño que
pasaba por allí dijo: "¡papá, papá, he encontrado unos dinosaurios en miniatura! ¿puedo quedármelos?".
Así las cosas, el temible Ferocitaurus y sus amigos terminaron siendo las mascotas de los niños del pueblo, y al
comprobar que millones de años de evolución en el cráter habían convertido a su especie en dinosaurios
enanos, aprendieron que nada dura para siempre, y que siempre hay estar dispuesto a adaptarse. Y eso sí,
todos demostraron ser unas excelentes y divertidas mascotas.
Un papá muy duro
Ramón era el tipo duro del colegio porque su papá era un tipo duro. Si alguien se atrevía a desobedecerle, se
llevaba una buena.
Hasta que llegó Víctor. Nadie diría que Víctor o su padre tuvieran pinta de duros: eran delgaduchos y sin
músculo. Pero eso dijo Víctor cuando Ramón fue a asustarle.
- Hola niño nuevo. Que sepas que aquí quien manda soy yo, que soy el tipo más duro.
- Puede que seas tú quien manda, pero aquí el tipo más duro soy yo.
Así fue como Víctor se ganó su primera paliza. La segunda llegó el día que Ramón quería robarle el bocadillo a
una niña.
- Esta niña es amiga del tipo más duro del colegio, que soy yo, y no te dará su bocadillo - fue lo último que dijo
Víctor antes de empezar a recibir golpes.
Y la tercera paliza llegó cuando fue él mismo quien no quiso darle el bocadillo.
- Los tipos duros como mi padre y yo no robamos ¿y tú quieres ser un tipo duro? - había sido su respuesta.
Víctor seguía llevándose golpes con frecuencia, pero nunca volvía la cara. Su valentía para defender a aquellos
más débiles comenzó a impresionar al resto de compañeros, y pronto se convirtió en un niño
admirado. Comenzó a ir siempre acompañado por muchos amigos, de forma que Ramón cada vez tenía menos
oportunidades de pegar a Víctor o a otros niños, y cada vez menos niños tenían miedo de Ramón. Aparecieron
nuevos niños y niñas valientes que copiaban la actitud de Víctor, y el patio del recreo se convirtió en un lugar
mejor.
Un día, a la salida, el gigantesco papá de Ramón le preguntó quién era Víctor.
- ¿Y este delgaducho es el tipo duro que hace que ya no seas quien manda en el patio? ¡Eres un inútil! ¡Te voy a
dar yo para que te enteres de lo que es un tipo duro!
No era la primera vez que Ramón iba a recibir una paliza, pero sí la primera que estaba por allí el papá de Víctor
para impedirla.
- Los tipos duros como nosotros no pegamos a los niños, ¿verdad? - dijo el papá de Víctor, poniéndose en
medio. El papá de Ramón pensó en atizarle, pero observó que aquel hombrecillo delgado estaba muy seguro
de lo que decía, y que varias familias estaban allí para ponerse de su lado. Además, después de todo, tenía
razón, no parecía que pegar a los niños fuera propio de tipos duros.
Fue entonces cuando el papá de Ramón comprendió por qué Víctor decía que su padre era un tipo duro:
estaba dispuesto a aguantar con valentía todo lo malo que le pudiera ocurrir por defender lo que era correcto.
Él también quería ser así de duro, de modo que aquel día estuvieron charlando toda la tarde y se despidieron
como amigos, habiendo aprendido que los tipos duros lo son sobre todo por dentro, porque de ahí surge su
fuerza para aguantar y luchar contra las injusticias.
Y así, gracias a un chico que no parecía muy duro, Ramón y su papá, y muchos otros, terminaron por llenar el
colegio de tipos duros, pero de los de verdad: esos capaces de aguantar lo que sea para defender lo que está
bien.
El gran lío del pulpo
Había una vez un pulpo tímido y silencioso, que casi siempre andaba solitario porque aunque quería tener
muchos amigos, era un poco vergonzoso. Un día, el pulpo estaba tratando de atrapar una ostra muy
escurridiza, y cuando quiso darse cuenta, se había hecho un enorme lío con sus tentáculos, y no podía
moverse. Trató de librarse con todas sus fuerzas, pero fue imposible, así que tuvo que terminar pidiendo ayuda
a los peces que pasaban, a pesar de la enorme vergüenza que le daba que le vieran hecho un nudo.
Muchos pasaron sin hacerle caso, excepto un pececillo muy gentil y simpático que se ofreció para ayudarle a
deshacer todo aquel lío de tentáculos y ventosas. El pulpo se sintió aliviadísimo cuando se pudo soltar, pero era
tan tímido que no se atrevió a quedarse hablando con el pececillo para ser su amigo, así que simplemente le
dió las gracias y se alejó de allí rápidamente; y luego se pasó toda la noche pensando que había perdido una
estupenda oportunidad de haberse hecho amigo de aquel pececillo tan amable.
Un par de días después, estaba el pulpo descansando entre unas rocas, cuando notó que todos nadaban
apresurados. Miró un poco más lejos y vio un enorme pez que había acudido a comer a aquella zona. Y ya iba
corriendo a esconderse, cuando vio que el horrible pez ¡estaba persiguiendo precisamente al pececillo que le
había ayudado!. El pececillo necesitaba ayuda urgente, pero el pez grande era tan peligroso que nadie se
atrevía a acercarse. Entonces el pulpo, recordando lo que el pececillo había hecho por él, sintió que tenía que
ayudarle como fuera, y sin pensarlo ni un momento, se lanzó como un rayo, se plantó delante del gigantesco
pez, y antes de que éste pudiera salir de su asombro, soltó el chorro de tinta más grande de su vida, agarró al
pececillo, y corrió a esconderse entre las rocas. Todo pasó tan rápido, que el pez grande no tuvo tiempo de
reaccionar, pero enseguida se recuperó. Y ya se disponía a buscar al pulpo y al pez para zampárselos, cuando
notó un picor terrible en las agallas, primero, luego en las aletas, y finalmente en el resto del cuerpo: y resultó
que era un pez artista que adoraba los colores, y la oscura tinta del pulpo ¡¡le dió una alergia terrible!!
Así que el pez gigante se largó de allí envuelto en picores, y en cuanto se fue, todos lo peces acudieron a
felicitar al pulpo por ser tan valiente. Entonces el pececillo les contó que él había ayudado al pulpo unos días
antes, pero que nunca había conocido a nadie tan agradecido que llegara a hacer algo tan peligroso. Al oir
esto, los demás peces del lugar descubrieron lo genial que era aquel pulpito tímido, y no había habitante de
aquellas rocas que no quisiera ser amigo de un pulpo tan valiente y agradecido.
EL HADA FEA
Había una vez una aprendiz de hada madrina, mágica y maravillosa, la más lista y amable de las hadas. Pero era
también una hada muy fea, y por mucho que se esforzaba en mostrar sus muchas cualidades, parecía que
todos estaban empeñados en que lo más importante de una hada tenía que ser su belleza. En la escuela de
hadas no le hacían caso, y cada vez que volaba a una misión para ayudar a un niño o cualquier otra persona en
apuros, antes de poder abrir la boca, ya la estaban chillando y gritando:
- ¡fea! ¡bicho!, ¡lárgate de aquí!.
Aunque pequeña, su magia era muy poderosa, y más de una vez había pensado hacer un encantamiento para
volverse bella; pero luego pensaba en lo que le contaba su mamá de pequeña:
- tu eres como eres, con cada uno de tus granos y tus arrugas; y seguro que es así por alguna razón especial...
Pero un día, las brujas del país vecino arrasaron el país, haciendo prisioneras a todas las hadas y magos.
Nuestra hada, poco antes de ser atacada, hechizó sus propios vestidos, y ayudada por su fea cara, se hizo pasar
por bruja. Así, pudo seguirlas hasta su guarida, y una vez allí, con su magia preparó una gran fiesta para todas,
adornando la cueva con murciélagos, sapos y arañas, y música de lobos aullando.
Durante la fiesta, corrió a liberar a todas las hadas y magos, que con un gran hechizo consiguieron encerrar a
todas las brujas en la montaña durante los siguientes 100 años.
Y durante esos 100 años, y muchos más, todos recordaron la valentía y la inteligencia del hada fea. Nunca más
se volvió a considerar en aquel país la fealdad una desgracia, y cada vez que nacía alguien feo, todos se
llenaban de alegría sabiendo que tendría grandes cosas por hacer.
LOS MALOS VECINOS
Había una vez un hombre que salió un día de su casa para ir al trabajo, y justo al pasar por delante de la puerta
de la casa de su vecino, sin darse cuenta se le cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana
en ese momento, vio caer el papel, y pensó:
- ¡Qué descarado, el tío va y tira un papel para ensuciar mi puerta, disimulando descaradamente!
Pero en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera junto a la puerta del primer
vecino. Este estaba mirando por la ventana en ese momento y cuando recogió los papeles encontró aquel
papel tan importante que había perdido y que le había supuesto un problemón aquel día. Estaba roto en mil
pedazos, y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además lo había roto y tirado en la puerta
de su casa. Pero no quiso decirle nada, y se puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para
hacer un pedido de diez cerdos y cien patos, y pidió que los llevaran a la dirección de su vecino, que al día
siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse de los animales y sus malos olores. Pero éste, como
estaba seguro de que aquello era idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a planear su
venganza.
Y así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente, cada vez más exageradamente, y de aquel simple
papelito en la puerta llegaron a llamar a una banda de música, o una sirena de bomberos, a estrellar un camión
contra la tapia, lanzar una lluvia de piedras contra los cristales, disparar un cañón del ejército y finalmente, una
bomba-terremoto que derrumbó las casas de los dos vecinos...
Ambos acabaron en el hospital, y se pasaron una buena temporada compartiendo habitación. Al principio no se
dirigían la palabra, pero un día, cansados del silencio, comenzaron a hablar; con el tiempo, se fueron haciendo
amigos hasta que finalmente, un día se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces se dieron cuenta
de que todo había sido una coincidencia, y de que si la primera vez hubieran hablado claramente, en lugar de
juzgar las malas intenciones de su vecino, se habrían dado cuenta de que todo había ocurrido por casualidad, y
ahora los dos tendrían su casa en pie...