Amores obscenos
Es absolutamente romántico enamorarse de una prostituta. Artistas como
Baudelaire o Brahms lo supieron bien. Otra cosa muy distinta es tratar a la mujer que
amas como si fuera una prostituta. Prueba definitiva de amor, si luego no te echan a
patadas. Si un amor cualquiera logra convertirse en amor obsceno, no durará hasta que
la muerte los separe, pero sí hasta que el cuerpo aguante.
Cuando Henry Miller trabajaba en la Western Union se aficionó a las
paseanderas muchachas católicas. Una vez contó: “Recuerdo a una que solía acariciar su
rosario y que, mientras jodía como una condenada, exclamaba: ¡Oh, Madre de Dios, oh,
Virgen bendita, perdóname por lo que estoy haciendo!...Hazlo durar un poco más,
Henry, es tan agradable... ¡Y que la Santa Virgen me perdone y me proteja!” Si mezclas
sexo y religión, receta infalible en aras de un amor obsceno, nunca querrás dejarlo. Te
volverás adicto. Te ayudará a expiar arraigados sentimientos de culpa. Es bastante
célebre, en ese sentido, la correspondencia entre James Joyce y Nora Barnacle. Joyce,
en una de sus lúbricas cartas, escribe: “Me encantaría sentir mi carne estremeciéndose
bajo tu mano… Quisiera que me pegaras e incluso que me azotaras. No en broma,
cariño, sino en serio y sobre mi carne desnuda. Me gustaría que fueras ruda, que me
pegaras fuerte, cariño, y que tuvieras un enorme y orgulloso busto y unos grandes y
rollizos muslos. ¡Me encantaría que me azotaras, Nora, amor mío!” Y si de epístolas se
trata, no quiero dejar de citar un pasaje del conspicuo Sigmund Freud, escrito allá por el
año de 1884, a su prometida Martha Bernays: “¡Ay de ti, mi princesa, cuando vengas!
Te besaré hasta dejarte morada y te alimentaré hasta que engordes. Y si eres atrevida,
verás quién es más fuerte, una dulce chiquilla que no come lo suficiente o un hombre
salvaje y corpulento que lleva cocaína en el cuerpo”. Que me disculpen las mujeres un
tanto metidas en carne, pero hacerle el amor a una mujer obesa es fascinantemente
obsceno.
Y ya que mencionamos a Freud ¿qué puede ser más obsceno que desear
secretamente acostarse con la propia madre? Por ejemplo August Strindberg, el
dramaturgo sueco, gustaba de las mujeres menuditas y de tez morena porque le
recordaban a su querida mamá. Se cuestionaba así el edipito de origen escandinavo:
“¿Están mis sentimientos pervertidos porque quiero poseer a mi madre? ¿Es un incesto
inconsciente del corazón?” Vemos cómo lo obsceno roza lo ridículo, lo ridículo se
asemeja a lo cursi, y no existe amor sin su poquito de cursilería y obscenidad. “No soy
bueno en el amor porque no amé lo suficiente a mi madre”, escribió Rilke. Podrían
llenarse cientos de cuartillas con lo mismo. Un poco sobre D. H. Lawrence, otro poco
sobre Nietzsche y su alucinado libro de confesiones incestuosas “Mi hermana y yo”.
Freud ha iluminado regiones oscuras de nuestra afligida psiquis, pero también ha
alimentado enormemente nuestra capacidad de morbo y obscenidad. Si deseamos
explorar el amor obsceno en todo su esplendor, leer y creer devotamente en Freud sería
requisito indispensable.
Sin entrar en fetichismos, y dejando a Sade de lado, creo que ya tenemos
bastante.