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Análisis de Relación Madre-Hija en Literatura

Este documento presenta una guía de aprendizaje para el 4o grado que incluye dos textos literarios, instrucciones para los estudiantes, y preguntas de comprensión. El primer texto es un cuento sobre la relación entre una madre e hija que se niegan a envejecer. El segundo texto es un cuento sobre un padre y su hijo que son hinchas de equipos de fútbol rivales. Se pide a los estudiantes que analicen los puntos de vista de los personajes, respondan preguntas con citas de texto, e interpreten las rel
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Análisis de Relación Madre-Hija en Literatura

Este documento presenta una guía de aprendizaje para el 4o grado que incluye dos textos literarios, instrucciones para los estudiantes, y preguntas de comprensión. El primer texto es un cuento sobre la relación entre una madre e hija que se niegan a envejecer. El segundo texto es un cuento sobre un padre y su hijo que son hinchas de equipos de fútbol rivales. Se pide a los estudiantes que analicen los puntos de vista de los personajes, respondan preguntas con citas de texto, e interpreten las rel
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GUÍA DE APRENDIZAJE 3

4º A-B
Unidad 1 : Tradición y cambio
OA : Analizar las perspectivas del narrador y de los personajes e interpretar cómo los
acontecimientos narrados construyen la intimidad de los personajes.

Fecha de entrega: 24 de mayo (entrega vía mail: ayeiyu@[Link]


o por fotografías a mi celular+56982010000)
Instrucciones Generales: RECUERDA QUE ESTOS TRABAJOS SON IMPORTANTES, YA
QUE DEBES AUTOEVALUAR TU APRENDIZAJE.( DEBERÁS HACERLO UNA VEZ QUE
LA HOJA DE RESPUESTAS SE ENCUENTRE DISPONIBLE EN LA PÁGINA DEL
COLEGIO/PAUTA DE AUTOEVALUACIÓN)
Copia las respuestas en el cuaderno para verificar tus avances de lectura.

TEXTO 1
Crianzas
Cristina Peri Rossi
Siempre imagino que mi madre tiene nada más que veinticinco años (la edad que ella tenía
cuando yo nací), de ahí, que me enfurezca si la oigo arrastrar los pies, cloquear, toser o pensar
como una vieja. No entiendo por qué a los veinticinco años le han salido arrugas ni me explico
cómo siendo tan joven se acuesta tan temprano.
Si en algún momento de pavorosa lucidez advierto que es una vieja, tal descubrimiento me llena
de horror, por lo cual trato inmediatamente de expulsar dicho conocimiento de la luz de mi
conciencia, de manera que enseguida recupera sus veinticinco años.
Ella me trata a mí continuamente como si yo fuera una niña, por lo cual nos entendemos
perfectamente.
No insisto en crecer, porque sé que es inútil: para nosotras dos, el tiempo se ha estacionado y
ninguna cosa en el mundo podría hacerlo correr. Moriré de cinco años y ella de veinticinco: a
nuestros funerales asistirá una muchedumbre de ancianos niños y de niños que jamás llegaron a
crecer.
En Por favor, sea breve. Madrid: Páginas de Espuma.

1. ¿Qué visión de la relación madre e hija se representa en este relato? Interprétala


considerando el punto de vista de la narradora.
2. ¿Cuál será el punto de vista de la madre?, ¿por qué? Responde en primera persona,
asumiendo la voz de este personaje.
3. A la luz de esta relación, ¿crees que la hija es una mujer que ejerce su libertad para decidir?
Formula tu hipótesis y apoya con evidencias del texto. (CITAS)

CONTEXTUALIZANDO (para el texto 2)

River Plate es uno de los equipos de fútbol más populares de Argentina. Fue fundado en 1901 y
ostenta la mayor cantidad de títulos en las diversas competiciones de ese país. Suma más de
treinta estrellas del Campeonato de Primera División y cuatro copas Libertadores de América.
River Plate ha dado al fútbol grandes ídolos, admirados no solo por su hinchada, sino por los
seguidores de este deporte en todo el mundo. Destacan entre otros, Enzo Francescoli, el chileno
Marcelo Salas y José Manuel Moreno.

El estilo narrativo corresponde a la forma en que el narrador da voz a los personajes en el relato.
En el estilo directo estos hablan por sí mismos, por ejemplo: —No quiero —dijo. En el estilo
indirecto es el narrador quien expresa lo que los personajes dicen o sienten, por ejemplo: Le dijo
que no quería. En el estilo indirecto libre el narrador se introduce en la conciencia del personaje y
tiñe su relato con la voz de este, borrando los límites que marcan la diferencia.

El lenguaje coloquial es propio de la conversación y se caracteriza por el tono distendido, el uso


de expresiones informales y también de jergas propias de un país o de un grupo identitario. 1

VOCABULARIO CONTEXTUAL (para comprender el cuento)


Gastar pólvora en chimangos: expresión argentina que significa no desperdiciar recursos en algo
inútil.
Subrepticiamente: de forma oculta, a escondidas.
Vilipendiar: humillar, ofender.
Tara: defecto, mancha.
Fixture: calendario o programación de eventos deportivos.

1
Que tiene relación con la identidad las tradiciones forjan el carácter identitario de la comunidad.
Zaguero: jugador que juega en la línea defensiva.
Inoculado: infestado, contaminado.

El cuadro de Raulito
Eduardo Sacheri
Él decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se
imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que
se le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que, si tenía que ser,
sería, y que, si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.
No le fue fácil, sin embargo. Sobre todo, cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar
de convencerlo. Le costó sobreponerse, y aceptar sonriendo a tíos y primos y cuñados y amigos
y vecinos tentándolo al Raulito, ofreciéndole camiseta y pelotas y gorritos, a cambio de promesas
de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a más de uno de esos
buitres futboleros enseñándole al chico los cantitos de la cancha, instruyéndolo subrepticiamente
en las rivalidades históricas, ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos, y vilipendiando las
supuestas taras infames de los otros.
Él los dejó. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces, en sus
días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se
cortase con él, sin involucrar a su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo
hincha de algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena,
comprando El Gráfico con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo él venía sufriendo hacía...
¿cuánto? Más de veinte años desde aquel campeonato.
Y después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir, hasta el descenso. Y a la
vuelta, la desilusión grande del 94. Justo en la última fecha, será de Dios, en la última fecha. Si
faltaba tan poquito, un empate y listo. Pero ni siquiera.
Por eso, seguramente, aceptó con entereza que Raulito, desde los nueve, más o menos,
empezase a decir que era de River, «como el tío Hugo»; aunque en el fondo más recóndito de su
ser, él sintiese sinceros deseos de pasar al «tío Hugo», lenta, dulcemente, por la picadora de
carne y la máquina de hacer chorizos.
Es que, a solas consigo mismo, en el resto de los días, sabía que era todo grupo. Que le hubiese
encantado que Raulito saliese de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo un
hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde, tempranito, en el tren y el 118,
hablando de bueyes perdidos, mirando el partido de tercera acodados en el escalón de arriba,
dejando pasar la vida.
Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenía que ser que fuese, y si no, no. Igual, y
por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas mentirosas, como para mantener viva su
persistente esperanza. Y aunque le daba un poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la
Selección del 86, igual seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido
en la admiración dibujada en los ojos del Raulito.
Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y la radio en la mesita de
hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de entrada:
—Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. —El hijo lo miró con curiosidad.
— ¿Y qué problema hay, pa?
El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:
—Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?
A los veinte minutos penal para River. El chico lo miró al padre, como dudando. Él lo tranquilizó,
a pesar de sí mismo:
—Gritálo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te enojés si yo lo grito.
—No, papá, si no me enojo —le aclaró, muy serio. Después gritó el gol, pero no mucho. Fue un
grito breve, un poco tímido. El padre lo palmeó.
—No seas tonto, Raúl, gritálo todo lo que quieras.
—Así está bien, pa —fue toda su respuesta. Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miró
primero, y después dio un par de aplausos, y eso fue todo.
—Che, ¿qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu tío Hugo a gritar los goles?
—No pa, él los grita como loco. Como vos, los grita.
—Y entonces gritá tranquilo, hijo. —Y después añadió, con un guiño: — Ojo que en el segundo
tiempo capaz que grito yo, ¿eh?
Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se acordaba de que iban
perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan terrible que su hijo fuese de River. A lo
mejor iban a poder ir a la cancha igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba.
El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia.
Un contraataque y tres a cero. El pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el relator vociferó la
novedad a voz en cuello.
—Che, Raulito, ¿estás dormido, vos? —El padre lo palmeó con afecto.
—No, papi. —Zarandeaba las piernas cruzadas debajo del asiento, y tenía los dedos cruzados
en el regazo, como cuando pensaba en cosas complicadas.
Luego aventuró:
—No sé, me da un poco de lástima.
El padre se rio con ganas.
—Dejáte de jorobar, Raúl, y disfrutalo. Total, un partido más, uno menos... Aparte, cuidado, pibe
—bromeó—, mirá que a lo mejor todavía se lo empatamos.
Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre lanzó un gritito
contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores, saludándose apenas entre ellos,
disputándole la pelota a un arquero con ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio
campo para ganar tiempo.
El hijo lo miró sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.
—Te dije, pibe, ojo con nosotros. Mirá que somos bravos.
Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.
—Escuchá, Raulito, escuchá: los tenemos en un arco.
Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio. Acompañaba las jugadas
trascendentes con patadas en el aire, como jugando él también su parte del asunto. El padre
sonrió. Cómo son los pibes. Se posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos
protagonistas del partido. En realidad, no solo los pibes: un par de semanas atrás él mismo
había hecho trizas el termo en un esfuerzo supremo por despejar al córner un disparo bajo que
iba a sobrar fatalmente al arquero.
A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico seguía
enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a otro, como todo buen
cabeceador, esperando el momento de correr un par de metros y madrugar al marcador y pegar
el salto y conectar el frentazo. Pero había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en
que estaba parado, algo en la expresión de sus ojos negros.
El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando de atacante, no de
zaguero. El movimiento era para zafarse de algún marcador pegajoso, los ojos tenían el fuego de
vení bola vení que te mando a guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al
siete de ponéla acá, justito acá por lo que más quieras.
El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan, que perduran en el
aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o decir que pasó cerca. Igual no hizo falta,
porque la hinchada, detrás de ese arco, lo gritó primero, y el relator en todo caso se encaramó
después a ese alarido. El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero
tres a dos es otra bien distinta, y entonces... Tuvo que interrumpirse de golpe en sus
divagaciones. Porque a sus pies, al costado de la mesita, de rodillas, de cara al cielo, gritando
como si lo estuviesen desollando, con los brazos extendidos y las palmas abiertas, mezclando
los chillidos de su voz de nene y los ronquidos incipientes de su madurez en ciernes, estaba el
pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance alguna de retorno, ya inoculado para siempre con el
veneno dulce del amor perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier otra camiseta, más allá de
cualquier dolor y de todas las glorias, dando al cielo el primer alarido franco de su vida.
El padre se lo quedó mirando, impávido, hasta que el pibe se quedó sin voz y volvió a sentarse.
Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa que dijese conllevara el riesgo de
destruir ese hechizo de epopeya. El pibe, igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que
no fuese esa cancha, ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato
interminable de centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso el padre pensó
después, porque en ese momento, agobiado en la constatación de su pequeño milagro íntimo,
apenas le quedaba tiempo de mirarlo al pibe, de comérselo con los ojos, de grabárselo para
siempre en el recoveco más recóndito de su alma.
En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugó mal al off–side y el nueve se escapó con
pelota dominada. El relato radial se trepó de nuevo a uno de esos agudos oraculares. El pibe se
puso de pie, incapaz ya de tolerar la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo,
padre e hijo contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al área a
liquidar el pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero, buscando el segundo palo. El
relato se cortó de pronto, y cuando continuó ya lo hizo en un tono menor, para explicar lo
inexplicable: la pelota besando el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin
sentido, ya con el árbitro pitando el final.
El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de la bronca, con los ojos muy abiertos de tan
incrédulos, con los puños apretados de impotencia.
Pensó primero en decir algo, como para tratar de mitigar ese dolor en carne viva. Pero lo
disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran siempre las cosas, y las cosas no
podían estar mal, si así eran siempre. Los labios del chico se torcieron en una mueca, y por fin
se lanzó en un llanto desbocado. Ya era grande. Lo suficiente como para querer llorar a solas.
Por eso se levantó de pronto y corrió hasta su pieza. El padre escuchó el portazo, y no necesitó
verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso, dolido, ignorante de qué debe hacer uno
con el dolor y con la rabia.
El padre lo supo llorando a mares, y se regocijó en esas lágrimas. Porque uno puede decir que
es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces. Sobre todo si abundan los tíos
y los primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón
novato. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No
hay caso. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno
sufre por su Cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O
mejor dicho, solo se le llena con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que
asunto concluido. La suerte está echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos,
otros menos. Pero de este lado nosotros, los de acá, los que no tenemos en común, tal vez,
victoria alguna, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas.
Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al sereno en el atardecer
frío del otoño, lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que
abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como
para sencillamente reírse.
— ¿Se puede saber qué les pasa? —preguntó la mujer, confundida.
Él la miró, sin preocuparse siquiera de ocultar sus lágrimas—: Hace rato que el Raulito entró a su
pieza y dio un portazo, y me dice que no quiere que entre, y se lo escucha llorar y llorar como
loco. Y ahora salgo y te veo a vos también moqueando. ¿Me querés explicar qué cuernos pasa?
El hombre la consideró con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Intentar explicarle?
¿Cómo? Se conformó con mirarla, mientras seguía sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de
cristal de ese momento indestructible.
—Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que te la agarraste con
el nene, ¿no? —Ella lo miraba con gesto de severo reproche—. Semejante grandulón, ¿no te da
vergüenza?
—No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó tres a dos. Al chico no le dije nada, te juro —
respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.
—Pero entonces no entiendo nada. ¿Me decís que ganó River, y el nene está llorando como loco
encerrado en la pieza?
—Sí, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela.
—Y se sintió reconciliado con la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño legítimo y
absoluto de las palabras que iba a pronunciar. Después se incorporó, porque cosas así se dicen
de parado—. Lo que pasa es que el Raulito es de Huracán, Graciela. ¡De Huracán!
En Esperándolo a Tito. Buenos Aires: Galerna.

ACTIVIDADES TEXTO 2
1. Analiza las acciones, los sentimientos y las emociones relacionadas con el fútbol que
caracterizan a cada personaje. Luego, interpreta:
1.1. ¿Qué perspectiva sobre el fútbol tienen el padre, la madre y Raulito?
1.2. ¿Qué rol cumple este deporte en la relación padre e hijo?
1.3. ¿Qué visión del mundo privado masculino presenta el cuento?
2. Relee el siguiente fragmento y responde las preguntas más abajo.
El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero tres a dos es otra bien
distinta, y entonces... Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones.
2.1. ¿Qué perspectiva se expresa en el segmento subrayado: la del narrador o la de un
personaje? Si es un personaje, ¿cuál?
2.2. A partir del fragmento: ¿qué estilo narrativo tiene el cuento? Apóyate en el concepto clave a
la derecha.
2.3. ¿Qué efecto logra el autor al usar este estilo?
3. Busca en la narración ejemplos de expresiones coloquiales argentinas y palabras propias de
la jerga futbolera. ¿Qué nos dicen sobre los personajes que las usan?
4. Escoge uno de los siguientes temas y desarrolla en tu cuaderno: ¿qué ideas o visión propone
«El cuadro de Raulito» sobre este tema?
El amor
La libertad
La derrota
La familia
(No es necesario imprimir)
PUEDES RESPONDER EN EL CUADERNO Y ENVIAR FOTOGRAFÍAS A MI CELULAR
PUEDES RESPONDER EN LA GUÍA Y ENVIAR RESPUESTAS A MI CORREO

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