Tema 7 ISM
Tema 7 ISM
La moral cristiana,
fundamento del
comportamiento
cristiano
(Moral Fundamental)
Iglesia, Sacramentos y Moral
ESQUEMA DE CONTENIDOS
1. Introducción
2. La moral en la historia
2.1. Introducción
2.2. Teología moral
2.3. La moral política-filosófica
2.4 La ética en el Antiguo Testamento y la Biblia Hebrea
3. El hombre imagen y semejanza de Dios
4. La llamada de Dios a la santidad
4.1. La inclinación al mal
4.2. El pecado
4.2.1. Origen conceptual del pecado
4.2.2. Pecado según el cristianismo
4.2.3. Definición de pecado y su subdivisión
4.2.4. Pecado según la Iglesia Católica
4.2.5 Pecado social
4.3. Arrepentimiento y conversión
4.5. La justificación
4.6. La Gracia del Espíritu
4.7. La llamada a la santidad
5. Fundamentos de la moral cristiana
6. La acción moral
7. Elementos fundamentales de la moralidad
7.1. Libertad
7.2. Conciencia moral
7.3. Ley moral
8. Criterios determinantes del acto moral
8.1. El objeto del acto moral
8.2. El fin del acto moral
8.3. Las circunstancias del acto moral
8.4. La acción de doble efecto
9. La moral cristiana, una llamada al amor
Anexo: Las virtudes morales
1. Introducción
El catecismo ha puesto como título a esta tercera parte referida a la moral: “la vida en
Cristo”, es decir, el estilo de vida propio de quien es seguidor de Jesucristo. Buen cristiano
es aquel que cree en la doctrina de Cristo, la celebra y la practica. Quien sigue a Jesucristo no
lo hace solamente a nivel teórico, sino que ese seguimiento es un seguimiento que se traduce en
la propia vida. La diferencia entre el cristianismo y otras filosofías es que uno puede profesar
determinadas filosofías y éstas, normalmente, tienen que ver poco con la vida concreta y diaria,
mientras que por el contrario seguir a Jesucristo no es profesar unas determinadas teorías, sino
que seguir a Jesucristo supone adherirse a su persona, hacer de ella nuestro referente, es vivir en
Cristo.
No se trata de un mero moralismo, sino que supone vivir impulsados con el mismo
Espíritu que impulsó a Jesucristo, dejarnos mover y guiar por ese Espíritu, hasta llegar a decir:
“Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20). La vida moral no es, pues, cumplir unos
meros preceptos y obligaciones y someterse a unas prohibiciones, sino que es vivir en Cristo, es
dejar que Cristo viva en mí, es que el hombre pueda ser un instrumento para que Cristo lleve
adelante su obra, es dejarse mover por el Señor.
2. La moral en la historia
2.1. Introducción
La moral es una idea presente desde las primeras civilizaciones y religiones como el judaísmo y el
cristianismo. Por su parte, en las escuelas de Grecia y Roma ésta era enseñada en forma de preceptos
prácticos, tales como las Máximas de los siete sabios de Grecia, los Versos dorados de los poetas de
Grecia; o bien en forma de apólogos y alegorías hasta que se después se revistió de un carácter
filosófico.
Los antiguos romanos concedían a las mores maiorum („costumbres de los mayores‟, las
costumbres de sus ancestros fijadas en una serie continuada de precedentes judiciales) una
importancia capital en la vida jurídica, a tal grado que durante más de dos siglos (aproximadamente
hasta el siglo II a. C.) fue la principal entre las fuentes del Derecho. Su vigencia perdura a través de la
codificación de dichos precedentes en un texto que llega hasta nosotros como la Ley de las XII
Tablas, elaborado alrededor del 450 a. C.
Ocupa importante lugar en las enseñanzas de Pitágoras, Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro
y, sobre todo, entre los estoicos (Cicerón, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, etc.). Los neoplatónicos se
inspiraron en Platón y los estoicos cayeron en el misticismo. Los modernos han profundizado y
completado las teorías de los antiguos.
Diez Mandamientos
En la Biblia (escritura sagrada de judíos y cristianos), el profeta Moisés (aprox. 1250 a. C.)
recibió directamente de manos de Yahveh, «escritas con su dedo», una lista de órdenes o
mandamientos que los israelitas debían respetar, los Diez Mandamientos. El nombre decálogo, con
que suelen designarse, procede de la fórmula griega δεκάλογος (dekalogos: „diez palabras‟) con que
se citan en la Septuaginta, la versión griega tradicional, tanto en el Éxodo 20:1, como en el
Deuteronomio 5:1-21.
Las Mitzvot (mandamientos divinos) contenidos en la Torá (Pentateuco) son muy numerosos,
613 de acuerdo con el cómputo judío, pero se le ha dado una significación especial a los que
constituyen el tratado que Dios selló con el pueblo elegido en el curso del éxodo, escribiéndolos en
tablas de piedra que entregó a Moisés en el monte Sinaí. El contenido de esos mandatos divinos se
encuentra en varios pasajes del Pentateuco.
Las dos fuentes principales son Éxodo, 20: 2-17 y Deuteronomio, 5: 6-21. En el Libro del
Éxodo (34:10-28) aparece otro texto muy antiguo, considerado por los antiguos rabinos israelitas
como uno de los que mejor expresaban las ordenanzas de Yahveh DIOS al celebrarse la Alianza. Los
que redactaron estos capítulos posiblemente conocían varios catálogos de mandamientos, redactados
algunos siglos antes en otros lugares (como Ebla, Canaán o Ugarit), que pretendían expresar los
mandatos de sus dioses.
El libro del Éxodo contiene la siguiente narración:
1
Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2 Yo soy tu YAHVÉ tú Dios, que te saqué de la
tierra de Egipto, de casa de servidumbre. 3 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No te harás
imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. 5 No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahveh tu
Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta
generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan
mis mandamientos. 7 No tomarás el nombre de YAHVÉ tu Dios en vano; porque no dará por inocente
Yahveh al que tomare su nombre en vano. 8 Acuérdate del día del sábado para santificarlo 9 Seis días
trabajarás, y harás toda tu obra, 10 mas el séptimo día es reposo para Yahveh tu DIOS; no hagas en él
obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está
dentro de tus puertas. 11 Porque en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas
que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Yahveh bendijo el día de reposo y lo santificó.
12
Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Yahveh tu DIOS te da.
13
No matarás. 14 No cometerás adulterio. 15 No Hurtaras 16 No diras falso testimonio contra tu projimo 18 No codiciarás la
casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
«Éxodo 20:1-17».
El libro del Deuteronomio, cuyo nombre griego alude a que repite en buena medida el
contenido de los anteriores, ofrece una enumeración muy semejante a la de Éxodo 20:
6
Yo soy Israel tu Dios, que te saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre y te di de
comer toda tu vida. 7 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 8 No harás para ti escultura, ni imagen
alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 9
No te inclinarás a ellas ni las servirás; porque yo soy Yahveh tu Dios, fuerte, celoso, que visito la
maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 10 y
que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 11 No tomarás el
nombre de Yahveh tu Dios en vano; porque Yahveh no dará por inocente al que tome su nombre en
vano. 12 Guardarás el día de reposo para santificarlo, como Yahveh tu Dios te ha mandado. 13 Seis días
trabajarás, y harás toda tu obra; 14 mas el séptimo día es reposo a Yahveh tu Dios; ninguna obra harás
tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el
extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. 15 Acuérdate
que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Yahveh tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo
extendido; por lo cual Yahveh tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo. 16 Honra a tu padre
y a tu madre, como Yahvé tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te
vaya bien sobre la tierra que Yahveh tu Dios te da. 17 No matarás. 18 No cometerás adulterio. 19 No
hurtarás 20 No dirás falso testimonio contra tu prójimo. 21 No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni
desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa
alguna de tu prójimo.
«Deuteronomio 5:6-21».
Cuando Moisés bajó del Sinaí, encontró que los israelitas con ayuda de su hermano Aarón
habían construido y adorado entretanto un ídolo y, airado, rompió las tablas contra el becerro de oro.
Luego Dios le ordenó tallar otras tablas nuevas, en las que Dios mismo volvería a escribir sus
mandamientos como en las primeras tablas (Éxodo, 34:1). En contradicción con el versículo 1, Dios
ordena a Moisés escribir una alianza o pacto (versículo 27), que contiene otras cláusulas (Éxodo
34:10-28):
10
Y él contestó: He aquí, yo hago pacto delante de todo tu pueblo; haré maravillas que no han
sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú, la
obra de Yahveh; porque será cosa tremenda la que yo haré contigo. 11 Guarda lo que yo te mando hoy;
he aquí que yo echo de delante de tu presencia al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y
al jebuseo. 12 Guárdate de hacer alianza con los moradores de la tierra donde has de entrar, para que
no sean tropezadero en medio de ti. 13 Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y cortaréis sus
imágenes de Asera. 14 Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Yahveh, cuyo nombre es
Celoso, Dios celoso es. 15 Por tanto, no harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque
fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás de sus
sacrificios; 16 o tomando de sus hijas para tus hijos, y fornicando sus hijas en pos de sus dioses, harán
fornicar también a tus hijos en pos de los dioses de ellas. 17 No te harás dioses de fundición. 18 La
fiesta de los panes sin levadura guardarás; siete días comerás pan sin levadura, según te he mandado,
en el tiempo señalado del mes de Abib; porque en el mes de Abib saliste de Egipto. 19 Todo primer
nacido, mío es; y de tu ganado todo primogénito de vaca o de oveja, que sea macho. 20 Pero redimirás
con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. Redimirás todo
primogénito de tus hijos; y ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías. 21 Seis días
trabajarás, mas en el séptimo día descansarás; aun en la arada y en la siega, descansarás. 22 También
celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a
la salida del año. 23 Tres veces en el año se presentará todo varón tuyo delante de Yahveh el Señor,
Dios de Israel. 24 Porque yo arrojaré a las naciones de tu presencia, y ensancharé tu territorio; y
ninguno codiciará tu tierra, cuando subas para presentarte delante de Yahveh tu Dios tres veces en el
año. 25 No ofrecerás cosa leudada junto con la sangre de mi sacrificio, ni se dejará hasta la mañana
nada del sacrificio de la fiesta de la pascua. 26 Las primicias de los primeros frutos de tu tierra llevarás
a la casa de Yahveh tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre. 27 Y Yahveh dijo a
Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con
Israel. 28 Y él estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan, ni bebió agua; y
escribió en tablas las palabras del pacto, los Diez Mandamientos.
«Éxodo 34:10-28».
La palabra moral (mos, moris en latín), significa costumbre y la introdujo Cicerón como
traducción de ética (ethos), que significa “uso o costumbre”. En sentido estricto, ética, significa la
ciencia de las costumbres, pero en un sentido amplio, podría ser descrita la ética como reflexión
sobre el actuar del hombre bajo el presupuesto de lo humanamente digno o indigno.
El catecismo, cuando comienza la parte dedicada a la moral establece como primer epígrafe la
creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. En el Concilio Vaticano II, en la
Constitución Gaudium et spes, se recoge una expresión que es central en la vida cristiana y que
trata de explicar esta idea de la imagen y semejanza: “el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, es decir, el hombre es un misterio, no se conoce a
sí mismo, no se entiende, es un enigma. La pregunta ¿quién soy yo? ¿por qué existo?,
permanece sin respuesta hasta que conocemos a Jesucristo, ya que en Él se descubre el
misterio del hombre que antes permanecía inaccesible para nosotros. Conocer a Jesucristo es
como mirarse en el espejo para descubrir quién es el hombre y el plan que Dios tiene
establecido para Él, ser hijo en el Hijo.
Todo esto aparece recogido por San Pablo cuando afirma: “Jesucristo es imagen de Dios
invisible, primogénito de toda criatura, porque en Él fueron creadas todas las cosas, celestes y
terrestres, visibles e invisibles….Todo fue creado por Él y para Él” (Col. 1, 16). Es decir,
nosotros fuimos creados por Cristo y para Cristo. Por ello, uno de los pecados más graves que
puede cometer el hombre es rechazar el sentido de la existencia, ya que ello supone rechazar a
Jesucristo mismo, que es el que da sentido a la vida del hombre.
b) Que el hombre sea imagen y semejanza de Dios lleva consigo aparejado su inmensa
dignidad, y es una forma importante de fundamentar la moral. Al hombre es imposible
exigirle elcumplimiento de una serie de normas si previamente no se han puesto las
bases de su existencia y se ha fundamentado la grandeza de su dignidad. San León Magno lo
expresaba así en un sermón de navidad: “¡hombre reconoce tu dignidad!”, reconoce que
has sido creado a imagen de Jesucristo, y que estás llamado, por tanto al ideal sublime de la
santidad, por lo que has de vivir conforme a esa condición de hijo de Dios. La
exigencia moral no parte de la voluntad arbitraria de alguien, sino de la propia dignidad
del hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, la moral cristiana
es vivir conforme a la propia dignidad.
Aunque el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, no hay que olvidar que tanto
el pecado original como los pecados personales entran en la historia distorsionando el
proyecto primero de Dios de hacernos hijos suyos, aunque esta situación no es definitiva, ya
que Dios es capaz de integrar en su providencia hasta nuestro propio pecado, a fin de llevar a
cabo su historia de salvación con el hombre.
Este sello que Dios ha plasmado en el corazón del hombre le lleva, a imitación de la
relación entre las Tres Personas divinas, a una sociabilidad con los demás que se traduce en
términos de fraternidad y de comunión. Así todo, estamos llamados por un lado a no confiar en el
hombre, y por otro a vivir en confianza con los que nos rodean, y no caer en la tentación de vivir
una vida enaislamiento en relación con el prójimo, paradoja ésta que es fruto del amor
fundamentado en Dios y hecho carne en la relación con los demás.
c) La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu. Con esta expresión es
necesario llevar cuidado, ya que herejías como el gnosticismo afirman que el hombre tiene
una chispa divina encarcelada en la materia, y la dignidad del hombre consiste en
comprender esa chispa divina, intentar liberarse de la cárcel del cuerpo, y una vez liberados
de la materia poder llegar al conocimiento de Dios. El cristianismo rechaza esta
interpretación del hombre, porque parecería que ser imagen de Dios supondría que dentro
de nosotros hay una parte que tiene una especie de sustancia escondida, luego la dignidad del
hombre consistiría en la parte que esconde esa chispa, mientras que la corporalidad, la materia,
sería rechazada como imagen y semejanza de Dios.
d) Cuando afirma el Catecismo que “la persona humana participa….”, se está refiriendo a que
todo el ser de la persona es imagen y semejanza de Dios. Todo el ser es creación de Dios, “y
vio Dios que era bueno” (Gn. 1, 10). También es necesario superar tendencias panteístas,
que entienden la creación como un pedazo que se ha desprendido de Dios, pero no es correcto,
ya que el hombre es creatura que participa de Dios, pero que no deja de ser creatura, aunque
Dios haya dejado en él su huella, su imagen.
El hombre por su inteligencia y voluntad ha sido creado con capacidad de ir conociendo
la verdad, y con capacidad de amarla, sentirse atraído por ella y seguirla. También es verdad
que el hombre muchas veces va tomando opciones egoístas en su vida, en las que más que
buscar humildemente la verdad y el bien ha ido buscando simplemente su egoísmo,. Fruto de ese
cúmulo de opciones egoístas al final la voluntad y la razón, en vez de estar al servicio de la
búsqueda de la verdad y del bien, se han colocado al servicio de diferentes ideologías para
justificarse, o simplemente para servir al egoísmo. Por ello, es necesario educar correctamente
las facultades de la razón y la voluntad para que lleguen al conocimiento del bien y la
verdad, de lo contrario se convertirán en dos facultades al servicio de la autojustificación, de la
ideología o del servicio al propio egoísmo.
El cristiano vive unido a Cristo, tiene las primicias del Espíritu Santo y es hijo de Dios,
pero todavía camina por este mundo, y su camino está lleno de luchas, sufrimientos y
tentaciones. Las tentaciones prueban la autenticidad de nuestra entrega a Dios, pero es evidente
que la vida cristina exige un combate constante contra las tendencias del hombre viejo (Col
3, 9-10; Rm 7, 19-21). Hay una desarmonía en el hombre: tendencias y fuerzas está a cada
paso en conflicto con la orientación fundamental de la persona. A este hecho le llamamos
“concupiscencia”.
4.2. El pecado
Por muy profundamente que haya caído el hombre en el pecado, no tiene por qué
permanecer en ese estado: la gracia y el amor de Dios le llama siempre a la conversión, al
perdón y a la penitencia. Elemento imprescindible de la conversión es el arrepentimiento,
el rechazo del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a pecar. Si bien es cierto
que no podemos eliminar el acto pecaminoso y, a veces, sus consecuencias, sí
podemos -en el arrepentimiento- cambiar nuestra voluntad y deplorar el acto cometido,
despegarnos de “lo malo” y movernos hacia “el bien”. El hombre está expuesto a caer
siempre de nuevo, y de hecho cae frecuentemente en el pecado, por eso la conversión es una
tarea permanente. Sin embargo, más fuerte que el pecado es la Gracia de Dios.
4.4. La justificación
- Gracia increada: es el don que Dios hace de sí mismo por puro amor.
- Gracia creada: son los efectos que se producen en el hombre agraciado:
- Filiación adoptiva.
• Gracias actuales: son iluminaciones y mociones que preceden y que acompañan a todos los
actos que nos llevan a la salvación.
Un adagio latino dice: “el obrar es consecuencia del ser”, no se puede hacer sin ser. Uno es
capaz de realizar obras conforme sea su ser, por ejemplo, a un animal no se le puede pedir que
rece, ya que no es un ser espiritual, y por tanto, no puede llevar a cabo obras espirituales. Así
todo, si uno es hijo de Dios, lo natural es que sus obras sean conformes a su condición y
manifiesten su dignidad, y no que exista una disonancia entre lo que uno es y lo que obra. Esto es
la mística del cristianismo, que muchas veces hemos referido exclusivamente a fenómenos
extraordinarios vividos por los santos, sin embargo, no es esa la esencia y el verdadero significado
de la mística, sino que con esta expresión se busca expresar el deseo de que Cristo viva en mí,
que nos vayamos configurando a Él, de manera que nuestro obrar sea la consecuencia lógica de
nuestro ser, hasta el punto de que nuestras acciones sean una prolongación de la caridad de
Jesucristo. Un ejemplo de todo ello lo encontramos en la Madre Teresa de Calcuta, que cuando
recibe su especial vocación de parte de Cristo (lo que ella llamaba la llamada dentro de la
llamada) es interpelada por el Señor a que le lleve a los más pobres de entre los pobres de Calcuta.
La moral no es meramente un mandato, sino que es una gracia; por la oración y los
sacramentos se recibe la gracia para vivir los mandamientos, que ya no son algo imposible de
cumplir, sino que se convierten en una experiencia gozosa de vida en Cristo.
La vida moral del cristiano es un dinamismo que ha comenzado con el bautismo, ya que el
mismo nos incorpora a Jesucristo y nos sumerge en su misterio de muerte y resurrección. El
bautizado está llamado a vivir la misma vida de Cristo: morir para vivir (“si el grano de trigo no
cae en tierra y muere no da fruto” (Jn. 12, 24). En nosotros, al ser bautizados, muere el hombre
viejo para que nazca el hombre nuevo, morimos al pecado para nacer a una vida nueva, imitando
a Jesucristo en su muerte y resurrección, que aunque no tiene pecado alguno, al morir está
enterrando el pecado para que podamos nacer nosotros a una vida de santidad, a una vida nueva.
El bautismo introduce en nosotros la misma surte que Jesús: hay que morir para vivir, lo que no
se refiere al morir físico, sino a que en este mismo momento hay que morir al pecado para vivir,
para ser feliz, para gozar de la vida eterna que empieza ya en este mundo y que está incoada en
cada uno de los bautizados en Cristo.
En el bautismo comienza la vida moral, lo que sucede es que a veces hemos reducido
ésta más a la dimensión ascética, que subraya sobre todo el concurso de la voluntad, que tiene
que colaborar con Dios, que a la dimensión mística, que subraya sobre todo el don gratuito de
Dios que con su gracia nos santifica. Ahora bien, hay que señalar que la ascética y la mística no
son dos ámbitos que estén separados, sino que ambas dimensiones están unidas, de manera que
nos vamos percatando que en nuestra vida todo es un don de Dios que suscita en nosotros una
colaboración por medio de nuestra voluntad.
El hombre es llamado a “imitar a Dios”, pero ¿cómo se puede imitar a Dios? Para que
podamos hablar de imitación hace falta una semejanza, así, por ejemplo, la hormiga no puede
imitar a un hombre, porque no hay semejanza. Si Dios es espíritu puro, ¿cómo puede el hombre,
que aparece marcado por su corporalidad, imitarlo? Si nosotros estamos sujetos a la mediación
de los sentidos para percibir las cosas, ¿cómo podemos imitar a Dios? La respuesta a este enigma
está en la Encarnación: Dios se hizo hombre, y por tanto, ese Dios que parece inalcanzable e
inimitable ha tomado el rostro humano en Jesucristo, y a Jesucristo sí que le podemos imitar, es
más, hay un claro deseo en Jesús de ser imitado por el hombre internamente y que participe de sus
mismos deseos y sentimientos. Se nos invita a ser imitadores de Dios como hijos queridos,
conformando nuestros pensamientos, palabras y acciones con los sentimientos que tuvo Cristo, y
siguiendo sus ejemplos.
Cuando hablamos de imitar no nos referimos a perder nuestra personalidad, sino que Cristo
lo que quiere es que crezcamos internamente, que seamos nosotros mismos. Jesús no ha venido a
anular nuestra personalidad, sino a fortalecerla. La imitación superficial se caracteriza porque a
uno le falta personalidad y por ello se dedica a copiar aspectos externos de otra persona: la forma
de hablar, de vestir, etc. Sin embargo, la imitación a Jesucristo lleva consigo que Él mismo
quiere que nosotros crezcamos, que nuestra personalidad sea más fuerte, más madura, y
nuestra imitación consiste en conformarnos con los sentimientos de Jesucristo, unos
sentimientos que anteponen a todo la gloria a Dios y el amor a los hermanos; es por tanto más
una imitación interna que externa. Como decía San Ignacio de Loyola se trata de alcanzar un
conocimiento interno del Señor, e imitarle en las actitudes de su corazón: “aprended de mí, que
soy manso y humilde de corazón”.
Pero la vida moral no es solamente don de Dios, sino que exige de cada hombre una
respuesta positiva de su voluntad. El Espíritu Santo quiere mover la voluntad del hombre, pero
siempre lo hace respetando su libertad. Se trata, en el fondo, de un misterio de colaboración
entre la gracia de Dios y la voluntad del hombre, que debe elegir entre el camino de la salvación
y el de la perdición. Jesucristo nos transmite en su Palabra la necesidad de optar por el camino de
la salvación, ya que el retraso en esa decisión lleva consigo una elección por el camino contrario,
pues en esta vida el que no se conduce, el que no elige, acaba por ser arrastrado, ya que no hay
posibilidad de un punto intermedio: “no se puede servir a dos señores”.
El Señor ha venido a revelarnos un camino que es gozoso, pero que al mismo tiempo
supone la cruz. Dios ha venido a predicarnos el ideal de la felicidad, pero no es lo mismo
felicidad que facilidad, la cual acaba por suponer que lo que a uno le hace feliz es lo que no le
cuesta nada. Tenemos conciencia que en esta vida los grandes ideales que nos hacen felices
llevan consigo el precio del esfuerzo y de la cruz. No hay ideales que merezcan la pena que no
supongan renuncias importantes. El camino de Cristo es un camino gozoso, porque Dios no
viene a quitarnos nada, por más que muchos puedan llegar pensar que la moral viene a ser algo
así como un peaje que hay que pagarle a Dios, como si el hombre tuviera que renunciar a una serie
de cosas porque su religión se lo prohíbe, sin llegar a caer en la cuenta que cualquier cosa que Dios
pide al hombre es por el bien del mismo hombre. Cualquier prescripción moral busca el bien de la
persona, luego la misma es impuesta por Dios para mi gozo, para mi felicidad y para mi alegría.
Es por ello, que la moral cristiana tiene que ser presentada como la alegría del hombre.
En sentido contrario hay que afirmar que sería falsificar a Jesucristo si para hacerlo más
atractivo al hombre se escondiera la dimensión de cruz que conlleva su seguimiento. Un
evangelio sin cruz es algo insignificante, que no es novedoso ni salva al hombre. Un autor
católico afirmaba. “cuando el cristianismo, en su predicación, tiene miedo de dar la espalda al
mundo, se encuentra con la sorpresa de que luego el mundo le da la espalda a él”. Cristo ha venido
al mundo para hacernos felices, no para robarnos la felicidad, ahora bien, esa felicidad es una
felicidad que está íntimamente unida a la cruz, de manera que no se da auténtica felicidad, sin
la existencia de una verdadera fidelidad a todo lo que Dios pide.
Las características que se pueden destacar de la vida moral del cristiano son:
a) El Espíritu Santo es el maestro de nuestra vida interior, y el que lleva a cabo la obra de Dios
dentro de nosotros. La vida moral, por tanto, es un trabajo del Espíritu Santo en nosotros. Es
por ello necesario una familiaridad con dicho Espíritu para poder discernir qué es inspiración
del Espíritu Santo y qué es ocurrencia propia. El Espíritu Santo en nuestro interior nos inspira,
nos conduce y nos corrige.
b) La vida moral debe tener muy presente la gracia de Dios. Puede acontecer que el hombre realice
obras que humanamente sean muy grandes, pero que no sean salvíficas por no estar realizadas
bajo el influjo de la gracia. Por la gracia somos salvados y por influencia de la gracia las obras
del hombre pueden alcanzar el don de la vida eterna cuando tienden a la gloria de Dios. La
gracia no es otra cosa que dejarnos acompañar por Dios, dejarnos mover por Él.
c) La vida moral debe tener como modelo las bienaventuranzas, pues expresan el corazón de la
predicación del Reino que Cristo vino a ofrecernos. En ellas está resumido el alma de la
predicación de Jesucristo. Las bienaventuranzas vienen a poner el espíritu a los diez
mandamientos, porque Cristo no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento y a llevarla a
plenitud. En el fondo de las bienaventuranzas se está recogiendo la aspiración del hombre a
ser plenamente feliz y dan respuesta a la pregunta de qué es aquello que puede saciar el deseo de
felicidad que tiene todo hombre. “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt.5, 3) es remarcar
que el hombre está hecho para Dios y que sólo en Él alcanzará su felicidad.
d) Sin reconocerse pecador el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo, condición del
obrar justo, y sin el ofrecimiento del perdón no es capaz de soportar esta verdad. Cuando el
hombre se asoma a la santidad de Dios es cuando descubre su pecado. Por eso, el hombre
cuanto más cerca está de Dios más pecador se ve, y cuanto más lejos está de Dios menos pecador
se ve.
e) Se han de fomentar las virtudes humanas, que hagan captar la belleza y el atractivo de las
rectas disposiciones para el bien. Las virtudes humanas nos hacen entender que cuando Cristo
ilumina nuestra vida transforma nuestra forma natural de ordenar y conformar nuestra existencia.
Jesucristo no viene a dar un sobreañadido sobrenatural a lo natural. No se trata de que nosotros
tengamos una vida natural, y sobre ella Jesucristo venga como “a poner una guinda”, sino que
él viene a que el hombre también sea naturalmente más maduro. El hombre, para poder vivir las
virtudes humanas necesita de Jesucristo.
f) Se han de desarrollar también las virtudes teologales para una adecuada vida moral. La fe, la
esperanza y la caridad son las virtudes más propiamente evangélicas. Las demás virtudes han
sido tratadas ya con anterioridad a Cristo, por ejemplo en la filosofía griega, pero han recibido
un influjo y una nueva significación bajo la luz de las virtudes teologales. La fe, la esperanza y
la caridad son las virtudes que más nos configuran y unen con Jesucristo.
Es importante decir también, que la moral está íntimamente ligada a la visión de hombre
que se tenga, es decir, de acuerdo a como entendamos al ser humano, de acuerdo a la imagen
que tengamos de hombre será la calidad de nuestra moral. Por ejemplo, aquellos que consideran
al ser humano como un ser con derechos pero sin ningún deber, podrán pensar que el ser
humano tiene derecho a ser feliz pero que no está obligado a responder por ninguna de sus
acciones, pues no tiene deberes hacia nadie, lo cual puede llevar a la búsqueda de la propia
felicidad faltando completamente al respecto de los derechos de los otros y no
comprometiéndose nunca con el bien común, sino buscando sólo el bien individual. Si el ser
humano fuera así, la moral consistiría sólo en indicarle cuáles son las acciones que le darán
mayor placer sin medir las consecuencias de sus actos.
Los católicos creemos en el ser humano como una creatura, es decir alguien creado por
Dios. Al decir que el ser humano es "creado" nos referimos a que ha sido pensado y querido por
Dios para que exista con ciertas características. El hecho de ser creado debe hacernos tomar
conciencia de que no somos fruto de una casualidad, sino fruto de la inteligencia de Dios (que
nos ha pensado, nos ha diseñado) y también fruto de la voluntad de Dios (ha querido que
existiéramos, ha deseado nuestra existencia), no somos un accidente sino el resultado de un plan y
un proyecto divinos.
Las características que el creador nos ha dado al regalarnos la existencia, y que hemos ido
analizando hasta ahora, pueden resumirse en las siguientes:
a) Somos cuerpo material y alma espiritual. El cuerpo material está sujeto a cambios y
deterioros que llegan a ser irreversibles, y por ser materia acabará por descomponerse. El alma
espiritual está dotada de las potencias de la inteligencia (para diferenciar lo bueno del humano,
entender, razonar, etc.) y de la voluntad (para querer lo bueno y rechazar lo malo, generara
sentimientos y amor) estas dos potencias otorgan al alma la condición de ser libre, es decir, con
todas las herramientas necesarias para elegir lo bueno y alcanzarlo. Por ser espiritual el alma no
muere nunca, pero ante el deterioro del cuerpo material llega a desprenderse de este hasta
luego recibir el definitivo cuerpo glorioso en la Resurrección.
b) El ser humano tiene la dignidad de persona humana: el hombre imagen y semejanza de Dios.
“La dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza
de Dios… Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona
humana está ordenada a Dios y llamada, con alma y cuerpo, a la bienaventuranza eterna”.
c) El ser humano es una criatura dañada en su condición (inteligencia, voluntad, libertad) por el
pecado.
d) El ser humano pecador puede ser fortalecido en su condición (inteligencia, voluntad, libertad)
por la gracia santificante.
e) El hombre no está preparado para vivir según le conviene, necesita ser ayudado.
Hay un deseo natural que trasciende el deseo (las apetencias). Hoy se vive el deseo sin el deseo,
por eso viene la angustia.
El hombre creado a imagen y semejanza de Dios tiene que vivir conforme a la dignidad en la
que fue creado, y a la que ha sido elevado, y ésta es una de las razones de ser de la moralidad
cristiana, el hecho de que Cristo nos dé unos pasos a seguir, el hecho de que se nos entregara una
ley en la alianza del monte Sinaí, no quiere decir que la razón de ser de la moralidad esté en
una decisión arbitraria externa a nosotros. No es así, sino que hay razones intrínsecas por las
que Cristo nos ha marcado el camino a seguir: vivir en coherencia con el ser. Se dice que el
hacer debe estar en consonancia con el ser.
Para entender la moralidad cristiana es necesario entender que cada uno de nosotros
somos persuadidos por el maligno. Cuando se niega, oculta o silencia la existencia del
demonio y su influjo en nosotros, se hacen más ininteligibles muchos aspectos de la Sagrada
Escritura. En nuestra cultura actual se da una versión secularizada del cristianismo que
tiende a negar o silenciar la acción del maligno en lo que se llama la tentación. Puede ocurrir que
el hombre, siendo esclavizado por la acción de Satanás, sin embargo acabe sintiéndose cuasi
cómodo con esa situación, hasta el punto de llegar a negar la acción del maligno en nosotros.
Dice el catecismo: “el hombre, persuadido por el maligno, abusó de su libertad desde el
comienzo de la
historia”.
6. La acción moral
La moral trata del hombre en cuanto autor de sus acciones, esto lo hace imagen de Dios
porque es “dominus”, dueño de sí mismo y el señorío lo expresa en sus acciones. San
Gregorio de Nisa dice “somos hijos de nuestras acciones” (llegamos a ser aquello que hemos
construido en nuestra vida, así si robamos nos convertimos en ladrones). Mediante nuestras
acciones; nos convertimos en cierto modo en nuestros mismos progenitores, creándonos como
queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos. Son las acciones las que
configuran a la persona misma. Tenemos que distinguir entre:
a) Actos del hombre: en los que no interviene la voluntad, como por ejemplo la digestión, y por
tanto no son imputables a la persona.
b) Actos humanos: son aquellos actos en los que interviene la voluntad, y que en determinas
circunstancias y condiciones sí que son imputables a la persona.
El acto moral es el que el hombre ejecuta libremente y con advertencia de la norma moral. Es
libre porque es un acto consciente y querido. En este caso se considera si es bueno o malo. La
advertencia debe ser doble: conocer el acto en sí y su moralidad. Los elementos constitutivos de
un acto moral son la advertencia en la inteligencia y el consentimiento en la voluntad. El hombre
realiza acciones de forma voluntaria y otras en las que no interviene la voluntad, que el hombre
no controla, por ejemplo cuando una persona duerme puede soñar y no controla qué tipo de sueño
quiere tener, o si le dan con un martillo en la rodilla levanta la pierna.
Sin embargo, los actos humanos que se pueden valorar moralmente son aquellos que el hombre
ejecuta con conocimiento y con libre voluntad. La moral es un acto humano porque interviene la
voluntad. Toda acción humana implica un acto de la voluntad guiado por la inteligencia. Para
que la voluntad humana pueda determinarse por una acción es preciso que tenga una razón para
ello: esta razón lo que expresa es el motivo o el fin que guía la voluntad y que responde a la
pregunta ¿por qué, o mejor, para qué quiero yo tal acción? La acción “estudiar”, por ejemplo,
queda especificada por la intención próxima de “asimilar una verdad”. Pero si uno quiere “asimilar
una verdad” es porque tiene una intención más honda: “formarse”.
7.1. Libertad
Somos libres porque somos imagen y semejanza de Dios. ¿Qué tendrá la libertad que en
determinadas circunstancias anhelamos ser libres, sin embargo en otros momentos nos
asusta esa libertad, y la negamos o la minimizamos? Nos resulta seductora la libertad, pero al
mismo tiempo nos da miedo. Lo primero que hace el catecismo es afirmar la libertad
partiendo de que el hombre no es mera biología, sino que tiene un alma humana y goza, a
diferencia de los animales, de la capacidad de optar. El hombre está condicionado por su biología,
pero no determinado, como es el caso de los animales, que sí que están determinados por sus
instintos.
La ley de Dios no elimina ni recorta la libertad del hombre, muy al contrario, la promueve y la
garantiza. Solamente la libertad que se somete a la verdad nos conduce al verdadero bien, esto es, el
bien de la persona consiste en estar en la verdad y realizar la verdad, para lo cual el hombre ha de
procurar que la voluntad concuerde con la verdad, de lo contrario se estará autodestruyendo.
Decía el filósofo Pascal: “el hombre supera infinitamente al hombre”, expresión que nos ha de
hacer reflexionar, en el sentido de que el hombre siendo “poca cosa”, al mismo tiempo se nos
presenta como algo inmenso y con grandes expectativas. La dimensión espiritual abre al
hombre una serie de expectativas que le dan una dignidad inigualable, superando enormemente a las
que le corresponderían únicamente desde su dimensión biológica y corporal.
La libertad es un poder radicado en la voluntad y en la razón, que son las dos facultades del alma.
En su dimensión corporal el hombre no es libre, sino que está determinado por las leyes
fisiológicas que mandan en él, por ello, se puede afirmar que el hombre es libre porque tiene alma,
la cual a través de sus potencias le permite al hombre ser dueño de su cuerpo y de su persona, de tal
manera que se puede decir que el hombre, aunque está condicionado por su biología, sin
embargo no está determinado totalmente por ella. Un ejemplo de esto que afirmamos lo tenemos en
San Maximiliano María Kolbe, quien superando el instinto de supervivencia, que nos lleva a
aferrarnos a la vida por cualquier medio, fue capaz de entregar su vida por amor a Dios y al prójimo y
ofrecerla en lugar de la de un padre de familia que había sido condenado a morir de hambre en un
campo de concentración naci, lo cual nos reafirma en la consideración de que en el ser humano hay
una capacidad, un poder de determinarnos muy por encima de lo que la biología esté condicionando, y
es ahí donde radica la esencia de la libertad del hombre. A modo de resumen se puede afirmar
que si bien el hombre tiene que superar numerosos condicionamientos (culturales,
familiares, etc), sin embargo estos condicionamientos no le
determinan y al final es él quien puede elegir.
La libertad nos permite crecer y madurar al tener que elegir entre diferentes opciones en la
vida en función de la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección únicamente cuando
está ordenada a Dios. Un ejemplo de lo que afirmamos lo encontramos en la parábola del hijo
pródigo: el hijo menor, cuando pide la parte de la herencia que le corresponde a su padre y decide
marcharse para vivir su vida, ¿era libre? Por supuesto que era libre. Y cuando después de estar
arruinado comienza a trabajar en el campo cuidando los cerdos, y sopesa su situación y decide
marchar a la casa de su padre, ¿era libre? También era libre. Pero entonces surge la pregunta:
¿cuándo era más libre? Era más libre cuando volvió a la casa del padre que cuando se marchó,
porque la libertad sólo es plenamente libertad cuando busca el bien. Cuando la libertad opta por el
mal es una libertad esclavizada, enferma. Cuando el hijo pródigo marchó de la casa de su padre poseía
una libertad oscurecida por el engaño, y cuando regresó a su hogar llevó a cabo una opción de su
libertad esclarecida por la verdad y la bondad del padre.
En la vida hay momentos en los que una persona tiene que llevar a cabo grandes opciones, y eso
va a determinar, de alguna manera, tomar un camino u otro. Por ejemplo, un joven al que Dios
llama a ser sacerdote, y él tiene que decir sí o no, pues su decisión va a determinar mucho su vida.
Pero sin referirnos a esos momentos, en las pequeñas elecciones que hacemos en el día a día es
donde estamos determinándonos por un camino o por otro, y al optar estamos condicionando las
siguientes elecciones, lo cual termina por afectar gravemente a la libertad. Por ejemplo, uno podría
elegir unos amigos u otros, y el hecho de elegir esos amigos en lugar de los otros va a condicionar
muchísimo las siguientes elecciones que tenga que hacer. En la medida que el hombre se determina
por una elección determinada se va condicionando por dicha elección, por ello es importante optar
siempre por lo que permite elegir más fácilmente el bien y la verdad.
Una manera de saber qué tiene uno que elegir es hacerse la siguiente pregunta:
¿qué me va a poner más fácil elegir el bien y la verdad, esto o lo otro? Si una
determinada opción va haciendo más difícil que las siguientes elecciones a hacer puedan ser en
favor del bien y la verdad, es que estoy tomando decisiones equivocadas y voy perdiendo libertad.
La libertad que elige bien es aquella para la que cada vez es más fácil elegir entre el bien y la verdad.
Como conclusión podemos señalar que elegir bien nos da más libertad, y elegir mal nos va
restando libertad. En este contexto surge la pregunta, ¿el hombre que peca es libre? La respuesta es
afirmativa, lo que sucede es que está abusando de su libertad, y por lo tanto, al abusar de su
libertad la está perdiendo, y si sigue pecando una y otra vez cada vez será menos libre, y al final será
esclavo. Por ejemplo, el que abusando de su libertad cada vez va bebiendo más y más, y al final
tiene tal esclavitud con la bebida que acaba perdiendo la libertad, ya que termina por beber de una
manera compulsiva y enfermiza.
b) La duda: puede afectar tanto al conocimiento como a la voluntad y destacan dos tipos de dudas
fundamentalmente: la positiva, cuando sí que hay motivos positivos para dudar, y la
negativa, caracterizada por la ausencia de razones serias para dudar. En el caso de la existencia
de duda se ha de actuar conforme a los siguientes principios morales:
Si existe una duda positiva no es lícito actuar, sino que previamente se han de poner todos los
medios necesarios para salir de esa duda.
• En el caso de que no sea posible salir totalmente de la duda positiva, se ha de actuar cuando se
tenga un cierto convencimiento sobre la rectitud de la opción que se ha de tomar.
c) La violencia: consiste en la coacción que sobre la voluntad ejerce una fuerza externa, hasta el
extremo de que impide a dicha voluntad obrar con libertad y le obliga a conducirse por caminos
que no desea. En el caso de que la violencia sea absoluta las acciones que la persona realiza no le
son imputables, ya que las lleva a cabo sin la necesaria libertad.
d) El miedo: es el temor fundado en los males que se pueden seguir, de una determinada
elección, para el interesado o su entorno. Este miedo puede ser externo, cuando viene
mediatizado por agentes externos, amenazas, por ejemplo, o interno, cuando nace en el propio
sujeto fruto de motivaciones psicológicas. Si el miedo es tal que suprime la libertad del sujeto
sus acciones no le son imputables, en caso contrario, como el miedo relativo, sí que le son
imputables.
e) La concupiscencia: nos referimos con ella a la inclinación de las pasiones que buscan
exclusivamente satisfacer en la persona un bien sensible. Estas pasiones, si son de tal entidad que
llegan a apagar la voz de la conciencia, eliminan el ejercicio libre de los actos, y así, por
ejemplo, quien tiene una afición desordenada al juego no decide bien sobre lo que tiene que
hacer cada día, ya que la pasión le arrastra una y otra vez.
Para concluir este epígrafe hay que señalar que el hombre es un ser libre por naturaleza
(partiendo de este presupuesto Jesucristo se dirigía a la gente en el propio evangelio), ahora
bien, no es menos cierto que la libertad es una conquista que el hombre ha de llevar a cabo a lo
largo de toda su vida. ¿Cómo crecer en libertad?: en primer lugar el hombre debe trabajar su
inteligencia, creciendo en el conocimiento de la verdad y el bien, a fin de tener el poso de
conocimiento necesario a la hora de llevar a cabo cualquier elección. Junto a ello, el hombre debe
educarse en lo que se conoce como ascesis, esto es, realizar toda una serie de actos que le ayuden
a dominar sus pasiones y a no estar determinado en el ejercicio de su voluntad por ellas. Por
último buscar ayuda en la gracia divina, que nos llega por medio de la oración y los
sacramentos, a fin de crecer en la práctica de actos virtuosos y en la asunción de
responsabilidades.
En lo más profundo del interior de la persona existe una conciencia moral, en la que el
hombre descubre una ley que él no se la da a sí mismo, que le viene fijada externamente, que ha sido
inscrita por Dios en su corazón, y cuya voz resuena en los oídos de su alma, llevándole siempre a
amar el bien y a evitar el mal. La conciencia es el núcleo más secreto, como el sagrario interior del
hombre en el que está a solas con Dios.
La expresión “allá cada uno con su conciencia” encierra la idea de que cada cual se
construya la verdad a su medida, sin embargo eso supondría manipular la conciencia, ya que ésta no
crea la verdad moral, sino que se limita a aplicarla a las circunstancias personales, no es ella la que
decide lo que es bueno o malo, sino que todo ello le viene dado, por lo que ha de ser obediente a
aquello que ha conocido.
San Buenaventura afirmaba que “la conciencia es como un mensajero de Dios”, y lo que dice
no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo no habla
por sí mismo, sino que está proclamando el edicto del rey. Sin embargo, aunque hay quien reduce la
conciencia a la propia opinión, ambas no se pueden identificar ni confundir, ya que la conciencia no
es lo mismo que el parecer o la propia opinión, pues eso sería como contraponer la
La conciencia es la voz de Dios, aunque ahora esté de moda considerarla como una
creación del hombre, por lo tanto es algo muy distinto a hacer o creer lo que a uno le parezca o le
plazca. No es ridículo apelar a los deberes de la conciencia para entrar en la obediencia de la
verdad, ya que si la conciencia tiene unos derechos es también porque tiene unos deberes. De
hecho, cuando en el lenguaje popular decimos: ¡qué tranquilidad de conciencia!, no es porque
hayamos hecho lo que nos ha venido en gana, sino porque hemos superado una dificultad para
hacer aquello que sabíamos que Dios
nos estaba pidiendo.
El hombre anhela tanto su libertad, que en numerosas ocasiones se deja vencer por la fácil
tentación de pensar que cualquier clase de ley lo único que hace es limitar la libertad. Así, sólo se
puede ser plenamente libre cuando es uno quien crea los propios calificativos morales y decide lo
que está bien o mal. Sin embargo ley y libertad no sólo no se oponen, sino que se necesitan
mutuamente, ya que por un lado, como hemos visto, la inteligencia se encuentra continuamente
amenazada por el riesgo de equivocarse, en tanto que la voluntad lo está por la fuerza de las
pasiones. Frente a ello, la ley se postula como la determinación objetiva necesaria para que el
sujeto pueda conocer lo que debe hacer, lo que debe evitar y los riesgos que pueden seguirse en su
vida en el caso de que opte por lo más fácil y no por lo más útil.
La ley moral no supone para el sujeto una limitación de su libertad, sino que por el
contrario marca al sujeto el camino más apropiado a seguir para hacer un uso inteligente y
adecuado de ella. Por ejemplo, las normas de circulación no limitan la libertad del hombre, sino
que buscan facilitarle cuáles son los criterios adecuados a seguir para que pueda llegar
finalmente a su destino.
Si el hombre ha sido creado por Dios, por lógica su camino y su meta no es otro que el
mismo Dios, por lo que la ley moral que el hombre debe seguir es la que Dios ha inscrito en su
corazón y que se conoce como ley natural, la cual aparece explicitada en la Sagrada Escritura
en numerosas prescripciones, pero especialmente en los mandamientos y las
bienaventuranzas, a los que el cristiano ha de acomodar su existencia y que deben
determinar sus elecciones en la vida.
En relación con el cumplimiento de estas leyes se pueden señalar una serie de principios
morales:
a) Desde su nacimiento todos los hombres están sometidos a las exigencias de la ley natural, ya que
la misma es objetiva, universal e inmutable.
b) En la ley natural se encuentran fundamentados los derechos y deberes de la persona, que deben
ser respetados y protegidos jurídicamente.
d) En la ley natural se puede distinguir entre principios primarios, que no admiten excepción alguna,
como no matar, y principios secundarios, como el derecho a la propiedad.
A la hora de poder emitir un juicio moral sobre las acciones humanas se han de tener en
cuenta tres criterios fundamentales: el objeto, el fin y las circunstancias:
El objeto del acto moral es el bien hacia el cual tiende la voluntad, y que está llamado a
perfeccionar o enriquecer la naturaleza del sujeto que lo posee. Objeto es la acción concreta que
el sujeto lleva a cabo, por ejemplo, un acto de caridad, una mentira, etc. Ahora bien, el objeto
moral no es algo aislado, sino que tiene una íntima relación con el fin que pretende alcanzar la
persona.
El objeto es la materia de un acto humano, si el objeto es malo, el acto será malo o ilícito, si
el objeto es bueno, el acto será bueno, dependiendo de las circunstancias o el fin. El acto depende
fundamentalmente de la decisión, más que de las circunstancias. La acción de “hablar” puede
tener varios objetos morales: se puede mentir, insultar, bendecir, alabar, difamar, calumniar,
rezar, etc., puede ser un acto bueno o malo, dependiendo de lo que se hable. Siempre hay que
hacer el bien y evitar el mal. Hay que cumplir las normas morales siempre.
Las circunstancias, son los elementos secundarios que rodean la realización de un acto,
pudiendo agravar o atenuar su bondad o malicia. De hecho no pueden modificar la calidad
de los actos. Son elementos secundarios de un acto moral. Por ejemplo, la cantidad de dinero
robado, actuar por miedo a la muerte, etc. Hay que considerar los siguientes aspectos:
Quién realiza la acción. Por ejemplo, un mal ejemplo de la autoridad es más grave.
Qué cosa, es decir la cualidad del objeto. Por ejemplo, si es algo sagrado, el importe de lo
robado, etc.
Dónde, en qué lugar. Por ejemplo, el pecado cometido en público es más grave, por el escándalo.
Con qué medios. Por ejemplo, el fraude, engaño, violencia, etc.
El modo como se realizó. Por ejemplo, rezar con atención o distraídamente, castigar a
hijos con crueldad, etc.
Cuándo se realizó la acción. Por ejemplo, no ir a Misa el domingo, no es igual que no ir a Misa
entre semana.
Los cristianos deben conocerse por la vivencia del amor, tal como los primeros cristianos.
El amor es radical; o se ama a Dios y al prójimo o se ama al “yo” y a sí mismo.
Las características fundamentales del mensaje moral predicado por Jesucristo cabe
reducirlas a las siguientes:
a) Lo más importante no es el actuar sino el ser, un árbol bueno no da sino frutos buenos.
b) Lo decisivo no es el exterior, sino el interior del hombre, y es el obrar el que sigue al ser.
c) La moral cristiana es una moral de actitudes, pero que se materializa en actos concretos.
d) La moral cristiana no es la moral negativa del no hacer, ni la represiva del evitar, ni la permisiva de
la arbitrariedad, sino la moral del actuar.
e) La moral predicada por Jesús no se mide por la ley de "lo justo" sino de la perfección. Jesús
nos da su Espíritu para ser perfectos.
f) Jesús no absolutiza los preceptos, pero en el cristianismo existen "preceptos absolutos".
g) La moral cristiana es una moral para alcanzar la verdadera libertad.
h) La moral cristiana contempla siempre la vida futura del hombre.
i) La moral cristiana es una moral de la gracia no del esfuerzo y, por lo tanto, una
La vida moral de las persona humana no se puede reducir a una sucesión de actos sueltos; es,
al menos tendencialmente, unitaria y dinámica en su curso temporal. Cada persona tiene una
peculiar fisonomía moral, conformada por actitudes y disposiciones habituales para el bien o el
mal, que dirigen en un sentido u otro su conducta: las virtudes y los vicios. Las virtudes son
actitudes o disposiciones firmes y constantes de la persona humana para obrar el bien moral. Las
virtudes humanas se dividen en:
• Virtudes morales: son las adquiridas por el esfuerzo humano y en ellas la educación tiene un
papel primordial. Además necesitan arraigar en las virtudes teologales.
• Virtudes teologales: las infundidas por Dios en el hombre (se estudiarán en el tema 7 en
relación con el primer mandamiento y son la fe, la esperanza y la caridad).
En la tradición cristiana, junto a las tres virtudes teologales -la fe, la esperanza y la caridad-
juegan un papel importante las cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y
la templanza. Reciben este nombre de la palabra latina “cardo” - quicio-, porque en torno a ellas
gira toda la vida moral del hombre. Además de las cuatro virtudes cardinales existen muchas
otras virtudes morales -por ejemplo la sinceridad, la honradez…-, sin embargo los moralistas
las exponen reduciendo cada una de ellas a la virtud cardinal correspondiente.
1.1.1. Prudencia
• El objeto, pues, de la justicia es darle a cada uno aquello a lo que tiene derecho y se le debe.
• La justicia regula la vida social; así, mientras las otras virtudes cardinales
perfeccionan al hombre, ésta afecta a las relaciones del individuo con el otro y con la
comunidad, y viceversa. Es una virtud eminentemente social.
• Como comunidad solidaria, la humanidad ha de estar orientada al bien de todos y cada uno
de los hombres, particularmente de los más desfavorecidos. Lo exige la dignidad inviolable de
cada uno.
• Las formas de la Justicia son: conmutativa, distributiva y legal. Y hoy en día ha cobrado
particular importancia la justicia social.
1.1.3. Fortaleza
• Nos hace capaces de vencer el temor a los males -reales o imaginarios- que nos
amenazan, incluso la muerte, y nos da ánimos para arrostrar las pruebas de la
vida y las persecuciones por seguir el camino del bien o por la fidelidad a Dios.
• Conduce a lo que podemos llamar “valor cívico”, es decir, libertad y valentía para defender
en público las propias convicciones, independientemente de lo que se opina
corrientemente.
• “La fortaleza es la virtud moral que asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia
en la búsqueda del bien” (CIC 1808)
1.1.4. Templanza
ACTIVIDADES
1. Comentario de textos
“La libertad del hombre, modelada según la de Dios, no sólo no es negada por su obediencia a
la ley divina, sino que solamente mediante esta obediencia permanece en la verdad y es
conforme a la dignidad del hombre, como dice claramente el Concilio: «La dignidad del
hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e
inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la
mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud
de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y
habilidad los medios adecuados para ello». El hombre, en su tender hacia Dios —
«el único Bueno»—, debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Pero para esto el hombre
debe poder distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón
natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro de Dios…. El hombre puede reconocer el
bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante
su razón iluminada por la revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha
dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí”. (Encíclica Veritatis
splendor, nº 42 y 44)
Cuando se parte de una idea de libertad como mera espontaneidad, sin otro compromiso que
el que se funda en las emociones, el vínculo matrimonial aparece como un estorbo y su
estabilidad como la “cárcel” del amor. Una concepción del amor conyugal que lo desvinculara
de todo orden normativo haría, por eso mismo, que ya no fuera verdadero, pues pertenece a la
naturaleza humana no ser simplemente naturaleza, sino tener historia y derecho, precisamente
con el fin de ser natural.
3) Rebate con argumentos la siguiente afirmación: “Sólo es verdaderamente libre aquél que,
sin estar sujeto a normas, puede hacer siempre lo que le place”.