0% encontró este documento útil (0 votos)
86 vistas48 páginas

Carcel

El documento describe un incendio mortal en una cárcel chilena que mató a 83 prisioneros. Detalla las condiciones infrahumanas en las cárceles chilenas debido al hacinamiento, falta de servicios básicos y malos tratos. Argumenta que el sistema penitenciario chileno mantiene una estructura injusta y que las personas encarceladas provienen principalmente de los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad.

Cargado por

Tierra Desvelada
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
86 vistas48 páginas

Carcel

El documento describe un incendio mortal en una cárcel chilena que mató a 83 prisioneros. Detalla las condiciones infrahumanas en las cárceles chilenas debido al hacinamiento, falta de servicios básicos y malos tratos. Argumenta que el sistema penitenciario chileno mantiene una estructura injusta y que las personas encarceladas provienen principalmente de los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad.

Cargado por

Tierra Desvelada
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Tierra Desvelada Ediciones

El infierno
en la torre 5:
Reflexiones sobre
la cárcel en Chile

María Emilia Tijoux

1
El presente artículo fue extraído de la Revista
Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos,
Emociones y Sociedad (RELACES) Nº5, año 3,
abril-julio de 2011, Córdoba, Argentina, pp. 39-49.

Ningún derecho reservado.


Haz que corra, compártelo, reprodúcelo, piratéalo.
Que los libros no se vuelvan fetiche, ni privilegio.
Que libres sean las palabras, los saberes
y la vida entera.

Primera Edición.
Impreso en Santiago Waria, 2021.

2
María Emilia Tijoux1

Introducción

  Chile, como país democrático, ha firmado trata-


dos internacionales que resguardan los derechos
humanos, tal como el de la Convención America-
na de DDHH o Pacto de San José (Costa Rica, 1990)
que es la base principal de este sistema mundial de
protección que ha sido pensado para todos los in-
dividuos sin distinción. Pero democracia es un con-
cepto abstracto y razonar desde ella invita más bien

1 Doctora en Sociología (Universidad París VIII ‐ 2005),


Magíster en Ciencias de la Educación (Universidad Pa-
rís XII Francia ‐ 1993) y Magíster en Ciencias Sociales,
Universidad de Arte y Ciencias Sociales (1994); directo-
ra de la revista Actuel Marx Intervenciones y docente e
investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad de Chile sobre temas vinculados a la Socio-
logía del cuerpo, sociología del habitus y problemas de
la dominación social.
3
a buscar los dispositivos de poder que la mueven.
Las personas encarceladas no son consideradas
por la democracia y quedan desprotegidos a causa
de su calidad de inculpados que los excluye de la
condición ¿‘humana’? de los que gozan de libertad.
Es curiosa la democracia chilena que exhibe un sis‐
tema político regido por la Constitución de la dicta‐
dura de Pinochet, de rasgos autoritarios y antide‐
mocráticos reflejados por ejemplo en la autonomía
de las Fuerzas Armadas o en un Consejo de Seguri‐
dad Nacional dirigido por las cuatro ramas de las
Fuerzas Armadas y Carabineros y por los Presiden-
tes de la República, del Senado, de la Corte Supre-
ma y el Contralor General de la República (Cintras,
La Morada, Opción, 2004). Estas características la
ubican lejos de los intereses reales de las personas
y la llenan del autoritarismo que ha penetrado en
los estilos de vida de los chilenos, dañando a los
sectores y personas más vulnerables a la exclusión
y al encierro.

  La cárcel proviene de la administración del Es-


tado. Es una institución confirmada por tratados,
convenciones y declaraciones internacionales don-

4
de se racionalizan los castigos, se rehabilita y se
resocializa a individuos salidos o por salirse de los
márgenes del juego social. Contiene una economía
y una jerarquía fundada en normas ajenas a la vida
social que impulsan la rehabilitación basada en el
adiestramiento de los detenidos en el aprendizaje
de órdenes, códigos, lenguajes, lealtades que tiene
como efecto la creación de una identidad ‘carcela‐
ria’. Dicha identidad marca la vida de quien ha pa‐
sado por la cárcel y la convierte en lugar temido,
evitado y rechazado que guarda a las personas te‐
midas, evitadas, rechazadas, provenientes del pue‐
blo pobre. La seguridad ciudadana ha hecho el tra‐
bajo previo que opera en defensa de la propiedad
privada instalando en el corazón de la sociedad una
coraza que rechaza a todo hombre mujer joven o
niño que turbe el orden social y amenace con sus
‘posibles delincuencias’.

  Si bien los problemas de la cárcel son universa-


les, adquieren proporciones inesperadas en nues-
tro país rebasado del neoliberalismo que ha hecho
a los chilenos más conformistas, consumistas y
centrados en el valor del dinero, volviéndolos agre-

5
sivos, castigadores, ofensivos, represivos. En este
marco, las personas encarceladas son consideradas
como desechos peligrosos y los gobiernos los sien-
ten, tal como a la cárcel, como la piedra quemante
que nadie quiere asir y que rebota de uno a otro.
Las reformas son siempre superficiales porque el
sistema penitenciario mantiene su estructura firme
(aunque desvencijada), sus separaciones del mun-
do de ‘afuera’, sus incoherencias, sus desigualda-
des, su profunda injusticia. Al interior, los internos
viven en condiciones infrahumanas que expresan la
crisis del sistema penitenciario: hacinamiento exce-
sivo, falta de agua, luz y ventilación, malos tratos,
castigos desmedidos en celdas aisladas sin condi-
ciones higiénicas, encierro por más de quince ho-
ras, celdas de aislamiento, forman parte de la larga
lista que las retrata. Los conflictos brotan en esos
reducidos espacios de la insoportable cotidianidad
rutinaria donde la vida es un lujo que pende de un
hilo. Acompañada por la violencia hecha espectá-
culo por los medios de comunicación, la muerte se
sienta y espera la ocasión de actuar. Como ocurrió
en el incendio de diciembre 2010.

6
  El día 8 de diciembre quedará en la memoria.
Un incendio calcinó a ochenta y tres internos en
la cárcel de San Miguel, sumándose a otros ante-
riores. La brutalidad de esta muerte colectiva es la
que anima el texto que presento con el propósito
de reflexionar sobre la situación de las personas
que pasan por las cárceles chilenas y dar cuenta del
lazo que une a la cárcel con la pobreza. El artícu-
lo comienza por dar cuenta del hecho para luego
entregar algunos antecedentes sobre las cárceles
en Chile, aborda los conceptos de tolerancia cero y
seguridad ciudadana acuñados en instituciones del
estado norteamericano y refiere a la prisión como
un lugar del castigo moderno aludiendo a los ‘ilega‐
lismos’ que Foucault planteara como la práctica in‐
tersticial que proviene de la sociedad misma.

7
Día de visita/ día de la virgen

  El 8 de diciembre es el día de la Inmaculada Con-


cepción celebrado por la Iglesia Católica. Eso lo
ha convertido en un día feriado que inicia un mes
inundado por el espíritu religioso y la angustia eco-
nómica de la compra de regalos. Hace calor y es
difícil trasladarse en los transportes públicos. Los
cuerpos intentan liberarse de las ropas y buscan la
desnudez que los alivie. En la cárcel de San Miguel
es un día de visita esperado con ansias por los dete‐
nidos. Sus familiares han dejado preparadas de an‐
temano encomiendas y comidas para compartir en
la conocida peregrinación de familias que salen de
sus poblaciones para visitar a sus parientes en pri‐
sión. Se han levantado temprano para ‘ganar’ lugar
en la fila y con él, unos minutos más con el hijo, el
esposo, el padre, el familiar o el amigo encerrado,
a quienes rara vez dejan de visitar, salvo que estén
separados por kilómetros y no tengan medio algu-
no para desplazarse. Es la conocida solidaridad que
la gente hila en la pobreza, que no abandona ni a
presos ni a enfermos, pues la cárcel y el hospital

8
son lugares muy parecidos.

  Es cerca de las cuatro y media de la madrugada


del día 8 cuando estalla el incendio que abraza a los
ochenta y tres hombres amontonados en la torre
5 de la cárcel. Los vecinos escuchan los gritos des-
garradores y consiguen ver tras los barrotes de las
minúsculas ventanas a rostros, manos, dedos aso-
mados en signo de auxilio y graban las escenas a la
lejanía en sus celulares. Lo que sucede al interior es
indescriptible. Los hombres se calcinan sin ninguna
posibilidad de escape en el antiguo edificio donde
han estado hacinados. Intentan correr y salir, pe‐
ro no funciona la red de agua. El fuego quema y
los que consiguen llegar a la puerta encuentran el
candado y las cadenas pero no a los centinelas en-
cargados de vigilarlos que han salido del penal. Al-
gunos morirán abrazados como un último intento
de compartir el final de la vida con otro que corre
la misma suerte brutal. El grupo que no muere que-
da herido de gravedad. Alguien llama a bomberos
cuarenta minutos después pero ya es demasiado
tarde. Los cuerpos han sido borrados por el fue-
go, borradas las marcas, las sonrisas, las miradas,

9
los tatuajes de amor a sus mujeres y a sus niños.
Seguirán existiendo durante semanas a través de
la publicación de sus prontuarios y delitos que les
arranca de cuajo alguna calidad humana. El Servi-
cio Médico Legal intenta identificarlos mientras se
especula sobre el origen del incendio. Una riña, un
balón de gas, un lanzallamas, un fósforo, poco im-
porta. Una vez más, ellos son los responsables de
su propia muerte. Muchas manos se lavan.

  Al día siguiente, sus familiares llegan desespera-


dos buscando noticias. Son rodeados por la policía
fuertemente armada que cuida a los gendarmes
temerosos de tanta mujer de tanta gente de tan-
to anciano que, al igual que en los entierros de las
poblaciones, han llegado numerosos con todos los
parientes, los vecinos, los amigos. Son demasiados
los reunidos ante el portón de la cárcel y están ate-
rrados enojados desesperados. Los reprimen, los
agrupan, los empujan, los cercan. A lo lejos desde
un megáfono, surge una voz fuerte que grita nom-
bres y apellidos. La gente no sabe si se trata de los
vivos o de los muertos. Crece la muchedumbre y el
calor es insoportable. Algunas mujeres se desma-

10
yan mientras se oyen gritos, llantos. Otros rostros
callados miran al suelo esperando lo peor. La voz
sigue nombrando y se aclara la duda. Se trata de las
víctimas. Se abre espontáneamente entre la gente
un corredor humano que deja paso a los familiares
quienes tras oír el nombre, tastabillan avanzando
hacia lo que no quieren oír.

  Los medios de comunicación luchan por el mejor


lugar para una mejor lágrima un mejor rostro una
mejor exposición del dolor. Todos los canales de la
televisión chilena transmiten la tragedia, mientras
en un recuadro de la pantalla desfilan rostros bajo
los cuales se leen sus delitos. El prontuario es más
fuerte y pesa en una opinión pública que ya los ha
juzgado y que comienza a escribir y a aullar su ven-
ganza contra la ilegalidad de estos hombres pobres
que quedaron definitivamente en una prisión del
Estado chileno.2 La ira social de los ‘normales’ sur-

2 Se puede revisar las cartas al lector o los innumerables


listados de opinión en diversos medios, tanto periodísti-
cos conocidos como alternativos. En todos se advierte la
felicidad social ante esta muerte colectiva. Son muchos.
Y el nivel de odio es tan feroz que los propios medios
11
ge con furia: “por fin la calma”, “que se maten en-
tre ellos es lo mejor que le puede pasar a Chile”,
“son animales que no merecen vivir”, “ahora son
menos”, “se merecen haber muerto así, con dolor”,
son opiniones suaves. No vale ensuciar la página
con otras que estremecen y recuerdan momentos
brutales de nuestra historia. El incendio de la cárcel
de San Miguel es un incendio que sigue a muchos
otros y que probablemente precede a los que ven-
drán.

“La prisión no es alternativa a la muerte, porta a la


muerte en ella” (Foucault, 1994: 387)

Encierro y castigo en las cárceles chilenas

  Siempre se han incendiado las cárceles. Solo en


este siglo XXI, el 11 de diciembre [del] 2000 falle-
cieron siete internos por asfixia en la Torre 2 del
mismo Centro de Detención Preventivo de San Mi-
guel (Radio Bio‐Bio 2010). Sus familiares, organiza-
dos en la Confraternidad de familiares y amigos de
presos (CONFAPRECO), declararon en un recurso
que los publican deciden prohibir algunos.
12
de protección, que Gendarmería llegó 50 minutos
después de iniciado el fuego. El 20 de mayo [del]
2001 fallecieron calcinados en la Cárcel de Iquique
26 internos. El gendarme de turno estaba ebrio
y dormía. Él tenía la llave. (La Estrella de Iquique
2001). En el incendio del 11 de septiembre de 2003
en la Cárcel “El Manzano” de Concepción fallecie-
ron 9 reclusos y 18 quedaron heridos (El Mercurio
2003).

  Hay 95 cárceles en nuestro país. Según datos de


Gendarmería de Chile el total de la población penal
es de 105.894 personas de las cuales 89%, (93.794)
son hombres y el 11% (12.110) mujeres, repartidos
mayoritariamente en las regiones Metropolitana,
de Valparaíso, Bio Bio y la Araucanía (Gendarmería
de Chile, 2011). El reciente trabajo de Liza Zúñiga
(2010) sobre la cárcel “enferma” y sus consecuen-
cias en los funcionarios y los reclusos, señala que
en Chile la población encarcelada ha aumentado en
más de un 50%, por ejemplo ente 1987 y 1997 la
población atendida en el sistema cerrado y el sis-
tema abierto pasó de 37.585 a 57.402 mostrando
un aumento de 53%. Entre 1998 y 2009 se pasó de

13
60.990 a 106.877 representando un aumento de
75%.

  A nivel mundial, Chile ostenta el record de 318


presos por cada 100.000 habitantes, superado so-
lamente por Estados Unidos. Chile, Panamá y El
Salvador son los países latinoamericanos con más
presos por cada 100.000 habitantes, según seña-
la el informe del Instituto Latinoamericano de las
Naciones Unidas para la Prevención del Delito y el
Tratamiento del Delincuente (ILANUD 2008). Según
la información entregada, El Salvador, Uruguay y
Brasil están en los cinco primeros lugares con 258,
231 y 226 presos por cada 100.000 habitantes res-
pectivamente. Bolivia presenta una tasa de 85 reos
por cada 100.000 habitantes y es el país con menos
reclusos. Guatemala (88), Paraguay (100), Ecuador
(118) y Nicaragua (120) se ubican al final de la lis-
ta de países de América Latina en cuanto a presos
por habitante. Los sistemas penitenciarios de Costa
Rica y la República Dominicana son los mejores de
la región, gracias a la elevada formación de todos
sus funcionarios, la estabilidad profesional ofrecida
a los trabajadores y la ininterrumpida continuidad

14
del programa de reforma del sistema.

  A pesar del crecimiento de la población penal, la


dotación de gendarmes es escasa, lo que empeo-
ra la inseguridad de los penales. Los salarios de los
funcionarios son muy bajos y las jornadas laborales
pueden llegar a 100 horas semanales, exacerban-
do el cansancio, las frustraciones y la agresividad
contra los reclusos y contra ellos mismos. Esto ha
tenido como consecuencia a funcionarios someti-
dos a grandes tensiones que los afectan a ellos y a
su entorno, es decir a sus familiares y a los reclusos
(Zúñiga, 2009: 8), cumplen variadas funciones al in‐
terior como al exterior de las cárceles, actuando in‐
cluso como guardaespaldas de las autoridades. Su
condición laboral es precaria y se les responsabiliza
cada vez que hay problemas graves, hecho que de‐
muestra que no se busca más allá de los recintos,
en las causas más profundas que involucran a un
sistema que supera la acción de los vigilantes de
prisión.

  El informe de ILANUD refiere también al haci-


namiento como obstáculo a la ‘resocialización’,

15
a la detección de muertes violentas y a las malas
condiciones de vida en las cárceles. Efectivamente
éste ha aumentado al mismo tiempo que la pobla‐
ción penal, desde el año 2003 cuando sólo había
38.266 internos. El gran número de personas en-
carceladas en Chile corresponde, según la fiscal
Maldonado (2010), a las reformas implementadas
en los últimos años, tales como la reforma procesal
penal y la reforma penal adolescente que han cam-
biado los antiguos procedimientos y que actual-
mente sentencian de modo rápido condenando a
una gran mayoría. A esto se agrega la rigurosidad
de las penas contra los delitos cometidos por la
gente más pobre como el microtráfico y los robos,
y las altas exigencias del servicio de Gendarmería
con internos. La capacidad del Centro de Detención
Preventiva Santiago Sur es de 3.170 internos, pero
actualmente hay 6.690. El Centro de Cumplimiento
Penitenciario de Arica tiene capacidad para 1.112
internos pero alberga a 2.197. El Centro Peniten-
ciario de Valparaíso tiene capacidad para 1.200 in-
ternos y alberga a 2.896 y el Centro Penitenciario
de Concepción mantiene a 2.096 cuando sólo tiene
capacidad para 998 detenidos. La misma situación

16
se vive en los penales Colina II, Puente Alto, Buin,
San Miguel, Antofagasta, Lebu, Quillota, Coronel y
San Antonio.

  Además de la falta de espacio, los detenidos per-


manecen cerca de quince horas encerrados en las
celdas, pues Gendarmería realiza un ‘desencierro’
que se extiende de las 8:30 a las 17:00 horas. A par-
tir de esa hora deben compartir espacios repletos
que no tienen servicios higiénicos ni luz adecuada
ni ventilación. Los horarios de alimentación son ab-
surdos: desayuno a la 9, almuerzo a las 12 y cena
a las 3 y media de la tarde, horarios que afectan
la salud y que también hacen perder la noción del
tiempo. En algunos recintos donde no hay comedo‐
res, se entrega la comida en fondos y se distribu-
ye de cualquier manera. Hay pésimas condiciones
sanitarias e higiénicas y es grave la falta de agua
potable en Centros Penitenciarios como los de Val-
paraíso y Arica. En la calle 6 de la ex Penitenciaría
de Santiago los reclusos deben convivir con la ba-
sura acumulada en tarros junto a desperdicios y ex-
crementos depositados en el lugar donde reciben
alimentación.

17
  El sistema de castigo complica la vida de los in-
ternos en aislamientos que pueden durar hasta
diez días en celdas solitarias. Son insultados, gol‐
peados (aún se administran tratamientos crueles e
indignos reñidos con los derechos más básicos de
las personas), y sometidos a un encierro en celdas
vacías sin muebles, sin catres, ni colchón, ni fraza‐
das. Estas celdas de castigo no tienen luz eléctrica
ni natural, generalmente carecen de servicios higié-
nicos y los castigados dependen de la voluntad de
los gendarmes para sus necesidades biológicas. En
ocasiones deben compartir la celda de castigo con
otros (Maldonado, 2010).

  El Informe anual sobre Derechos Humanos (UDP,


2006) señala que respecto a los castigos recibidos
el 34,2% afirma haber sido castigado. De éstos un
89,4% ha recibido el encierro como castigo y un
11,3% la restricción de visitas. El castigo físico afecta
al 17% de la población penal y un 6,3% ha recibido
castigos físicos considerados como “torturas”. Los
motivos son mayoritariamente conflictos con otros
internos (33%) y con funcionarios (23,3%). Vale

18
agregar que hay recintos donde aún permanecen
o permanecieron oficiales de gendarmería que for-
maron parte de la policía secreta DINA (1974‐1977)
y CNI (1977‐1990) y son dos los comandantes del
penal Colina II –donde se verifican los peores mal-
tratos–, que han estado vinculados a los aparatos
represivos de la dictadura. La aplicación de torturas
con métodos similares a los usados con presos po-
líticos que evita dejar huellas en los cuerpos impli-
ca que existe una política de represión sistemática
(Cintras, La Morada, Opción, 2004).

  En cuanto a la cárcel de San Miguel, el Informe


anual de Derechos Humanos señalaba en el año
2006: “En noviembre del 2005 en la Cárcel de San
Miguel se fusionaron las torres 3 y 4, con lo cual,
además del hacinamiento evidente, se ha generado
gran número de lesionados y peleas entre internos.
Se trata de que entre los presos de las torres existía
rivalidad, la cual, se arrastraba en la mayoría de los
casos por problemas de la calle entre los reclusos,
con lo cual al fusionarse las dos torres se han ge-
nerado gran número de peleas, venganzas y lesio-
nados. Además esta situación ha generado dos di-

19
námicas, la primera que el ingreso de antimotines
a la torre se ha tornado habitual, generándose con
ello abusos por parte de Gendarmes que golpean
a cualquier interno, haya o no tenido participación
en las peleas” (UDP, 2006: 25‐26).

Tolerancia cero y seguridad ciudadana

  En los años ochenta surge en Washington y en


Nueva York una nueva razón penal. Esta nueva doxa
punitiva tiene como consecuencia la implementa-
ción de políticas ultra represivas con participación
del sector privado. A través de ella se advierte la
construcción del concepto de ‘seguridad ciudada-
na’, difundido por el “Manhattan Institut for Policy
Research” organismo que se propone atravesar las
fronteras norteamericanas para imponer su políti-
ca y que ha asesorado a diversos gobiernos latinoa-
mericanos, proponiendo la aplicación de las políti-
cas de ‘tolerancia cero’ y ‘las ventanas rotas’ que
plantean que el hecho de tolerar delitos menores
permite que se cometan delitos mayores. Esto ha
significado un aumento de penas contra los auto‐
res de pequeños delitos. Para llevar a cabo el plan

20
en Nueva York se trabajaron nuevas líneas para per‐
seguir delincuentes, vagabundos, niños de la calle,
vendedores ambulantes, entre otros y alejarlos de
los centros urbanos (Wacquant, 2004).

  William Bratton, jefe de la policía del metro de


Nueva York organizó en su país una labor de ‘limpie-
za’ poniendo en práctica un sistema estadístico que
opera a partir de la delación de los ciudadanos. En
el año 1994 Bratton fue invitado a Chile para entre-
gar su propuesta de enfrentamiento a la delincuen-
cia. El Instituto Libertad y Desarrollo organizó las
conferencias en las que participaron los expertos
norteamericanos Carlos Medina y Michel O’Connor
y sus homólogos chilenos Cristian Larroulet de Li-
bertad y Desarrollo y Joaquín Lavín Alcalde de San-
tiago en ese entonces, sobre temáticas vinculadas
a la escuela, la higiene, la vigilancia de la ciudad y
los planes policiales especiales.3 Los norteamerica-

3 Medina presentó el proyecto de escuelas públicas au-


tónomas que integra a padres y profesores en un siste-
ma centralizado con participación de sectores públicos y
privados. Son escuelas abiertas para todos y evaluadas
por sus resultados.
21
nos exhibieron a la ‘tolerancia cero’ como prueba
de éxito frente a la ebriedad, el vagabundaje, la
prostitución, la drogadicción, la vida en la calle, los
graffitis e incluso conductas como orinar y escupir
en la vía pública. Es sobre conductas como estas
que se construye el temor, de ahí que encararlas
‘comunitariamente’ suponga evitar su crecimiento.
La presencia en las calles en horarios de trabajo y/o
de estudio de personas que ni trabajan ni estudian,
debe ser repelida para liberar los espacios públi-
cos a ciudadanos que han debido desertarlos por
el temor que les provocan. Hay necesariamente
que liberar las calles del ‘lumpen’. El plan del Man-
hattan Institut es interesante y efectivo: crear una
‘sensación de seguridad’ a partir de la detección de
la falta más pequeña,4 construir una sólida relación
de confianza entre la comunidad y la policía para
trabajar juntos (en lugar de hacer gastos excesivos
signando recursos a la policía) y simultáneamente
crear una ‘sensación de vigilancia’ gracias a una

4 Tal como sucedió en el Metro de N. York, cuando lue-


go de sancionar a los que no pagaban, a los que provo-
caban desórdenes y ruidos molestos, a los vagabundos,
a los extranjeros, se redujeron los problemas.
22
presencia policial que haga retroceder a los posi-
bles transgresores.5 Los especialistas aseguraron
–ante la preocupación manifestada por el costo de
estas medidas– que pueden aplicarse en cualquier
ciudad por limitados que sean los recursos. Vale
considerar a este respecto la gratuidad que implica
la participación de ciudadanos ‘honrados’ que los
medios de comunicación presentan como ‘héroes
anónimos’ que salvan de la delincuencia.

  Frente al temor, las propuestas de los gobiernos


no se hacen esperar. En Chile, los gobiernos de la
Concertación como el actual han instalado priori-
tariamente a la seguridad ciudadana como prome-
sa electoral y como tema en sus agendas. Desde
el Gobierno de Aylwin en adelante se plantearon

5 El problema de la “violencia en los estadios” mues-


tra la supuesta eficacia de un plan para controlarla: em-
padronamiento de las barras, prohibición de desplegar
lienzos en la cancha, severos controles en los ingresos
permitirían, gracias a la coordinación entre las autori-
dades del fútbol, el Gobierno y la policía, terminar con
esos actos. La ley deberá aplicarse a los futbolistas que
inciten a desmanes
23
medidas que planteaban que la seguridad ciuda-
dana formaba parte de la consolidación y el per-
feccionamiento de la democracia, visión moral que
generaliza el sentimiento comunitario de declarar
la “guerra a la delincuencia”. Las medidas han sido
muchas: a los ‘paquetes’ de Aylwin de 1996, le si-
guieron la dotación de Carabineros (1997), el Plan
cuadrante y el plan de seguridad (1999), el Plan
comuna segura compromiso cien, los Consejos co-
munales de seguridad ciudadana (2000). Se insta-
la en Chile la máxima de “la seguridad ciudadana
como tarea de todos” incorporada en el sentido
común haciendo surgir a la delincuencia como una
prioridad, antes que demandas sociales como el
empleo, la salud o la educación. Pero hay que sa-
ber que la producción de estos discursos no surge
espontáneamente, pues se inscribe en discursos y
tesis norteamericanas movidos por una ideología
económica y social basada en el individualismo y
traducida en lo jurídico que termina por conformar
un eficiente dispositivo de marketing ideológico
de impacto mundial que criminaliza a la pobreza
(Wacquant, 2004).

24
  Durante su campaña el Presidente Sebastián Pi-
ñera esgrimió la lucha contra la delincuencia como
bastión y desde espectaculares slogans: “Vamos a
derrotar la delincuencia” “Narcotraficantes, tienen
sus días contados”. En el año 2010 el gobierno deci‐
dió los “tres ejes” de su agenda legislativa en mate‐
ria de seguridad ciudadana. El primero contempla
terminar con la “puerta giratoria” y poner fin a la
sensación de impunidad, el segundo el resguardo
del orden y la seguridad y el tercero la reducción
del consumo excesivo de alcohol y drogas (Gobier-
no de Chile Cuenta pública 2010). En esta lucha las
cárceles tienen una presencia prioritaria.

Privatizar concesionando: un buen negocio

  Ante el hacinamiento y los problemas derivados


del sistema carcelario la privatización de las cárce-
les surge como el remedio más eficaz. Esta práctica
existe desde hace 25 años y surge como ‘alterna-
tiva’ de solución a la superpoblación de penales y
al gasto de la administración penitenciaria estatal,
muy difundida en Estados Unidos y que se ha exten-
dido como negocio y como práctica hasta Europa:

25
Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, Francia y Ale-
mania. En Latinoamérica ya hay cárceles privadas
en Chile y prontamente las habrá en Brasil, México,
Honduras y Perú. En Argentina hubo intentos de un
sistema mixto en la provincia de Mendoza que no
prosperó. Elías Carranza (2009) considera que la
privatización de las cárceles no resuelve el proble-
ma penitenciario pues se trata de un negocio que
lo agrava. Entregar a los privados el sistema peni-
tenciario desresponsabiliza al Estado y deja de lado
los costos o la eficiencia de ejecución de las san-
ciones, arriesgando que ese trabajo se convierta en
un negocio. Activar la cárcel privada en un sistema
penitenciario con superpoblación y carencias ma-
teriales, crea privilegios para un grupo y aumenta
el deterioro del resto del sistema. Stephen Nathan
(2010) afirma que la gestión privada de las cárce-
les no es efectiva, debido a la mala preparación de
un personal con salarios bajos que rota constante-
mente. Además la privatización de las cárceles ha
tenido resultados negativos debido a que el sector
privado no se ha hecho cargo realmente de los seg-
mentos que plantea.

26
  El interés de privatizar proviene de los accionis-
tas que buscan acumular ganancias a través de este
fructífero negocio que en Estados Unidos controla
principalmente la empresa Wackenhut6, la misma
que instaló estas cárceles en Inglaterra y Australia y
que presentó el proyecto en Chile. Se puede pensar
que si el negocio funciona no es raro que aumente
la población penal de Estados Unidos −la más alta
del mundo−, pues las políticas de ‘mano dura’ im-
plementadas desde los años ochenta coinciden con
el proyecto de ejecución de cárceles privadas. La
población penal de ese país, compuesta por per-
sonas de origen africano e hispano principalmen-
te es un indicador de lo que algunos especialistas
advierten: una continuidad de las políticas raciales

6 Según palabras del mismo George Zoley su Presiden-


te durante la conferencia organizada por Paz Ciudadana
en el año 1994, el negocio comenzó cuando el Servicio
de Migración de Estados Unidos recibió financiamiento
del gobierno para desarrollar un proyecto que alojara a
cierto número de inmigrantes que ingresaban al país. Se
declara ‘orgulloso’ de las cárceles construidas y de los
nuevos proyectos que preparan para distintos países del
mundo.
27
discriminatorias que duraron hasta los años sesen-
ta. T. Kupers (2205) afirma al respecto que a la cifra
de casi tres millones de personas encarceladas hay
que agregar cinco millones de personas más, que
sin estar presas, se encuentran bajo supervisión de
la justicia penal. En Texas, donde Bush fue gober-
nador, se encuentra el mayor número de cárceles.
El complejo carcelario industrial (prison industrial
complex) invita así a los grandes inversores a com-
petir en un mercado altamente interesante. En
cuanto a Wackenhut, su negocio partió con la ela-
boración de expedientes de tres millones de nor-
teamericanos “potencialmente subversivos” que al
estar encerrados trabajan pagados con un salario
mínimo al que se le aplican descuentos de hasta un
80% (2005).

  Chile está siguiendo muy bien el modelo de la


privatización con las cárceles concesionadas don‐
de destaca la segregación de la población según el
delito. Solo que la cárcel al igual se vive colectiva‐
mente. Por tanto la pretensión de rehabilitar [a] los
detenidos se detiene ante la soledad y el suicidio.
Es difícil conseguir las cifras porque la muerte de

28
presos comunes es socialmente un alivio. Lo sabe-
mos por familiares, por funcionarios que temen
hablar. Los decidores siguen estando muy lejos del
mundo de la exclusión y su deseo de un encierro
que invite a la reflexión y a purgar en la meditación
no funciona.

La prisión: lugar de los ‘ilegalismos’


de los pobres

  La experiencia de los GIP7 como un modo de


acción concreta y militante en una cárcel francesa
desarrollada en torno a la crítica de la sociedad dis‐
ciplinaria en los años 70, pone a Foucault en el cen‐
tro de los conflictos de una huelga de hambre se‐
guida de un motín. Con otros militantes ingresa a la
cárcel dando la palabra a los detenidos sin intención
de reformas ni de propuestas. Lo que lleva a cabo
son acciones concretas: visitas, cartas, entrevistas,
manifestaciones, protestas, ayuda en los procesos.
A medida que Foucault se entera de la vida en la

7 Grupo Información Prisión donde participó con otros


intelectuales en la década de los 70’ apoyando a presos
comunes en sus luchas más cotidianas.
29
prisión ‘ve’ cómo el poder se ha arraigado tras los
muros. El detenido obedece, trabaja, es sometido a
vigilancia, no tiene privacidad e incluso encerrado
es permanentemente sospechoso. La cárcel enton-
ces no es un lugar cualquiera, es la heterotopía de
la desviación donde se deposita a individuos que
presentan un comportamiento desviado respecto a
la media o a la norma exigida (1967). Al igual que
los hospitales psiquiátricos o los asilos de ancianos,
es el terreno donde se imprime la marca del estig-
ma (Goffman, 1973). No es resultado de un acon-
tecimiento ni de una coyuntura política particular
ni de una ideología específica, sino de un régimen
que surge en las sociedades europeas y que Michel
Foucault llama ‘la edad de las disciplinas’, pues en
un inicio la cárcel forma parte de una serie de ins-
tituciones como el asilo, la escuela, la fábrica, que
participan todas de la panoplia punitiva (Artières,
Lascoumes, Salle, 2004). La cárcel es el aparato
disciplinario que ordena y codifica el encierro para
transformar el mal en bien gracias a una cobertu-
ra jurídica que se presenta como la más justa. Solo
que el mal se trata con el mal, por eso hay castigo.
Es una forma de administrar la pobreza que a pesar

30
de sus “ilegalismos”8 permanece en el tiempo.

  En un momento en que se despliegan los proyec-


tos de construcción de nuevas cárceles destinadas
a jóvenes, adultos, mujeres, (extranjeros ilegales en
otros países) volver a leer Vigilar y castigar (1975)
es un ejercicio fundamental que invita a conocer
que la cárcel no existió siempre, que surge en un
momento particular por razones económicas, po-
líticas, sociales precisas que la han hecho definiti‐
va, que sucede a la era de los suplicios pero estos
no desaparecen. La cárcel surge porque se necesita
una nueva penalidad para un nuevo tipo de ilega-
lismos provenientes de las transformaciones eco-
nómicas.

  Una de las tesis de Vigilar y castigar (1975) es


el fracaso de la prisión: “la prisión, en su realidad
y sus efectos visibles, ha sido denunciada como el
gran fracaso de la justicia penal [...] Las prisiones no

8 Michel Foucault se preguntaba sobre la perennidad


de esta institución llena de “ilegalismos” que de cierta
manera resume simbólicamente a las demás y dejan en
la oscuridad aquella que se debe o desea tolerar.
31
disminuyen la tasa de criminalidad: se les puede ex‐
tender, multiplicar o transformarlas y la cantidad
de crímenes y de criminales sigue estable o peor
aún, aumenta” (Foucault, 1975: 269) afirmación
con la que siempre todos están de acuerdo. Pero
Foucault se pregunta a quién le sirve este fracaso
y sobre todo por qué si la prisión fracasa todavía
sigue existiendo: “La prisión ha sido una fábrica de
delincuentes; la fabricación de la delincuencia por
la prisión no es un fracaso de la prisión sino su éxito,
porque ella está hecha para eso. La prisión permite
la reincidencia, asegura la constitución de un grupo
de delincuentes bien profesionalizado y bien cerra-
do sobre sí mismo” (Foucault 1976: 93‐94).

  El fracaso tiene una utilidad y es que a fin de


cuentas necesitamos la delincuencia a varios nive‐
les, principalmente a nivel ideológico y político. Y
necesitamos la cárcel. Por eso según Foucault ella
no inhibe la delincuencia sino que redistribuye el
ilegalismo. En la cárcel se fabrican delincuentes
debido al tipo de vida de los detenidos aislados en
celdas o haciendo trabajos inútiles con el que no
encontrarán trabajo creando una existencia con-

32
traria a la naturaleza humana que es peligrosa. Y
también se los fabrica con los reiterados abusos
de poder que finalmente aumenta el sentimiento
de injusticia (Foucault 1975: 270‐271). “La prisión
por una parte es el lugar que rompe con las normas
habituales de la sociedad del afuera (aburrimiento,
hacinamiento, hambre) y por otra es un espacio del
no‐derecho. La justicia envía un hombre a la cárcel
en nombre de la ley y al interior el detenido ya no
está sometido a ella” (Kiéfer 2009: 68). Ello impide
cualquier rehabilitación aun cuando los detenidos
den muestra de interés al participar frecuentemen-
te en las actividades de la cárcel que sirven para
‘hacer conducta’.

  Con la noción de ‘ilegalismo’ desarrollado en


Vigilar y castigar (1975) Foucault enfrenta por un
lado “la falsa neutralidad de las categorías jurídicas
que representan el “orden” y el “desorden” como
hechos históricos estables y universales, hechos
objetivos desprovistos de todo juicio de valor”, y
por otro lado alude al análisis de las características
socioeconómicas que llevan al éxito de la trayecto-
ria penal (Chantraine, 2004: 60), es decir a la mayor

33
posibilidad que un sujeto sea encarcelado cuando
ha sido detenido, ha estado en un hogar de meno-
res, ha cometido faltas en la infancia, en la escue-
la, por ejemplo. Pero también y a partir de estas
características puede ser detenido más fácilmente
cuando conociendo su pasado ‘se sabe’ que tendrá
una difícil inserción. El “ilegalismo” evita referir a
la ‘delincuencia’, término único construido para fo-
calizar solo a parte de los delitos y a parte de las
personas que delinquen. Siendo los ilegalismos
múltiples, las sociedades los administran diferen-
cialmente. La ideología que subyace y orienta las
políticas públicas sobre la seguridad de los ciuda-
danos trabaja buscando prevenir los riesgos socia-
les de las víctimas, según la naturaleza de su vul-
nerabilidad. No hay interés de mantener un orden
jerárquico del edificio social, sino de preservar las
relaciones socioeconómicas que se han fragilizado
y que arriesgan desestabilizar la política y la econo-
mía. Los ilegalismos son evaluados en torno a las
consecuencias para la ‘víctima’, en torno a una ló-
gica de la victimización (Milburn, 2004). Esta pena-
lización de lo social, encarnada en los más pobres
puede buscarse en las políticas del neoliberalismo

34
económico que busca disminuir costos sociales y
colocar solamente en la responsabilidad del indivi-
duo, todas las faltas, respondiendo así al principio
de ciudadanía.

  En este contexto la cárcel no solo es necesaria


sino que justifica plenamente el encierro de po‐
bres constantemente sometidos a rehabilitaciones
para que no se rehabiliten nunca. Y la adopción
de una política generalizada de criminalización de
la pobreza se complementa con las más variadas
y novedosas políticas públicas que pretenden be-
neficiar a un sector de personas comprometidas a
permanecer en la norma. Política social y política
penal se divisan como los únicos horizontes posi-
bles para subsistir en el mundo. “El neoliberalismo,
“teoría” originariamente desocializada y deshistori-
zada tiene hoy día más que nunca los medios para
hacerse verdadera, empíricamente verificable” ¿Se
ha desencadenado un social‐panoptismo? (Bour-
dieu, 1988: 109).

  Hoy día la sociedad se ha vuelto cada más carce-


laria y Chile es un buen ejemplo de cómo la cárcel

35
se arma por fuera y por dentro de los sujetos. Por
fuera en los lugares cercanos a las poblaciones –a
pesar de la oposición organizada de los vecinos–, en
sectores y barrios ya estigmatizados. Nunca en tie-
rras de los poderosos. Por dentro la cárcel funciona
como idea y como práctica de delación, compensa-
da o no, de los ciudadanos alertas a la diferencia que
contiene algún peligro: jóvenes, inmigrantes, cesan-
tes por ejemplo. Una sociedad punitiva que pensa-
mos había desaparecido en su visión panóptica hoy
refinada con los avances tecnológicos, puesta en el
cuerpo con brazaletes que anuncian cualquier trans-
gresión cualquier ilegalismo de un pobre. Brazalete
innecesario tal vez pues quien lo porta ya ha sido
reconocido por su diferencia que da cuenta de la cla-
se social pero sobretodo de la cárcel que marca al
cuerpo como marca maldita.

36
A modo de conclusión

  Hay mucho por decir sobre lo que oculta la cár-


cel. No solo está plagada de historias que luego se
convierten en objetos de arte ilustrando filmes,
obras de teatro, literatura. Está presente en la his-
toria de la dominación que ha enmarcado la ma-
yoría de las sociedades modernas. Es la ‘máquina
infernal’ que concita todos los acuerdos de todos
los sectores políticos y que ha escapado a guerras
y dictaduras.

  Los hechos terribles que la exponen a las críticas


terminan siempre por olvidarse tras las promesas
de cambio, las reformas y el desplazamiento de au-
toridades. Después del incendio de la cárcel de San
Miguel los resultados de las investigaciones han
provocado la destitución de los oficiales de mayor
rango de Gendarmería de Chile. Es la primera vez.
Y según declara el Ministro de Justicia Felipe Bul-
nes la decisión forma parte de un plan integral y
responde al interés de transformar al sistema car-
celario: “Esta reestructuración del mando no está

37
directamente relacionada con el incendio, sino que
es una mirada reflexiva e institucional”.

  El incendio y la muerte de ochenta y tres per-


sonas han permitido que el sistema prosiga, pero
transformado. La reforma propuesta se pone en
boca de la sociedad porque es “la reforma que el
país reclama” y tal vez es la sociedad así ‘en gene-
ral’ que ha convencido al Ministro que es “funda-
mental introducir cambios profundos en la institu-
ción” (El Mercurio 3 de marzo 2011). Interesante.
Pues el cambio se produce casi un mes después
que una consultora norteamericana Altegrity Risk
International (ARI) haya entregado su diagnóstico
sobre todo el sistema carcelario. ARI es una firma
especializada en el análisis de administración, se-
guridad, planificación y construcción peniteniaria,
tiene un reconocido trabajo en 33 establecimientos
de Estados Unidos y realiza operaciones en todo el
mundo. Los reemplazantes de los antiguos jefes
que serán ‘jóvenes jefes’ tomarán el mando y pro-
bablemente ya estén formados bajo los parámetros
de la Altegrity Risk International. La máquina eco-
nómica neoliberal está funcionando para seguir fa-

38
bricando la anomia que la alimenta.

  Los funcionarios de gendarmería reclaman y ca-


lifican negativamente la decisión y consideran que
se viola el principio de inocencia (Asociación Nacio‐
nal de Oficiales Penitenciarios (ANOP, marzo 2011).
La Asociación Nacional de Funcionarios Penitencia‐
rios (ANFUP, marzo 2011) es más dura y declara
que para cambiar la problemática penitenciaria hay
que cambiar a las autoridades que dirigen la insti-
tución. Parece que las fuerzas estuviesen divididas.

  El viento se ha llevado a los ochenta y tres hom-


bres que murieron calcinados en un 8 de diciem-
bre, un día feriado en que muchos chilenos y chile-
nas celebraban el día de la Inmaculada Concepción.
Tal vez mientras rezaba, alguno de ellos pensó en
lo que sucedía en una cárcel de Santiago o tal vez
otro se sintió profundamente aliviado. Los familia-
res seguirán heridos. Han enterrado sus restos, al
igual que otros restos de jóvenes encarcelados que
han muertos en riñas, por asfixia, por negligencias
médicas, por enfermedades no tratadas, o, como
ocurre a menudo, por suicidios. Han dejado la mar-

39
ca de la cárcel y la marca de su muerte en la tris-
teza de los suyos. No los conocí pero han estado
tras esta reflexión que ha intentado unir los tantos
cabos que hay entre la vida en la cárcel y la vida en
las poblaciones de mi ciudad, entre el encierro en
la cárcel y en el encierro en la pobreza.

40
Bibliografía

CARRANZA, E. (2009) Cárcel y justicia penal en


América Latina y el Caribe: Como implementar el
modelo de derechos y obligaciones de las Naciones
Unidas. Siglo XXI. México

BOURDIEU, P. (1998) Contre‐feux. Ed. Liber, Raison


d’agir. Paris.

CASTEL, Robert. (1995) Les metamorphoses de la


question sociale, une chronique du salariat. Fayard.
Paris.

CHANTRAINE, G. (2004) “Les temps des prisons.


Inertie, réformes et reproduction d’un dispositif ins-
titutionnel”, en: Gouverner, enfermer. La prison un
modèle indépassable. Presses de Sciences Po. Paris.

CINTRAS, LA MORADA, OPCION, OMCT. (2004) Vio-


lencia de Estado en Chile. Informe Alternativo al Co-
mité contra la Tortura de Naciones Unidas. Santia-
go. Disponible en: [Link]

41
pdf/[Link]

COMBESSIE, P. (2001): Sociologie de la prison. Ed.


La Découverte. Paris.

CHRISTIE, N. (2003) L’industrie de la punition. Prison


et politique pénale en occident. Autrement. Paris.

DAMMERT L y SALAZAR F. (2009) ¿Duros con el de-


lito? Populismo e inseguridad en América Latina.
FLACSO. Chile.

Estadísticas de la población penal atendida por


Gendarmería de Chile, mes de enero (2011), en
[Link]

FOUCAULT, M. [1967] (1984) “Des espaces autres.


Hétérotopies”. Conférence au Cercle d’études archi-
tecturales), en Architecture, Mouvement, Continui-
té, n° 5, pp. 46‐49.

___________ (1975) Surveiller et punir, naissance


de la prison. Gallimard. Paris.

42
___________ (1976) “Points de vue”. Extracto de la
conferencia del 29 de marzo 1976 en la Universidad
de Montreal en el marco de la semana del prisione-
ro, sobre el tema de las alternativas a la prisión. En:
Dits et écrits 1954‐1988. Gallimard. Paris.

Gobierno de Chile. Presidente Piñera. Cuenta pú-


blica 2010.

GOFFMAN, E. (1973). Stigmate. Les usages sociaux


des handicaps. Minuit. Paris.

GOLDBERG, E. y EVANS L. (1997) “The Prison Indus-


trial Complex and the Global Economy”. Disponible
en: [Link].

GLOBALHOY (2005) “Estados Unidos: nuevo re-


cord de presidiarios”, en revista Gloobal, n° 3.
Instituto del tercer Mundo. Disponible en: http://
[Link]/iepala/gloobal/fichas/[Link]?
entidad=Textos&id=931

KIEFER A. (2009) Michel Foucault: Le GIP, l’histoire


et l’action. Disponible en: [Link]

43
org/licenses/by‐nc‐sa/2.0/fr/

ILANUD/RWI (2008) Informe sobre los sistemas pe-


nitenciarios de los países de América Latina produ-
cido por los funcionarios y funcionarias de las de-
fensorías de los habitantes, defensorías del pueblo
y comisionados de derechos humanos. (2005‐2008)
San José de Costa Rica. Disponible en: [Link].
[Link]/acerca...ilanud/informe‐de‐ actividades

Informe anual (2006) sobre Derechos Humanos en


Chile (Hechos de 2005). Facultad de Derecho Uni-
versidad Diego Portales.

Informe anual (2009) sobre Derechos Humanos en


Chile (Hechos de 2008). Facultad de Derecho, Uni-
versidad Diego Portales.

KELLING, G y COLES K. (1997) Fixing broken Win-


dows: Restoring order and reducing crime in our
communities. First Touchstone Edition. New York.

MALDONADO, M. (2010) Informe entregado a la


Corte Suprema por la Fiscal Mónica Maldonado con

44
los antecedentes de la visita realizada a Cárcel de
San Miguel. Santiago

MARTINEZ ESCANILLA, M. (2005) “Conversaciones:


Dr. Terry Kupers. La orgía del encarcelamiento en
Estados Unidos y la ideología que la sustenta”, en
Revista Electrónica Penal y Criminológica. http://
[Link]/recpc/07/recpc07‐[Link]

MILBURN, P. (2004) “Le panoptisme nouveau est‐il


arrivé ? Les politiques sociales actuelles à l’épreuve
de la théorie de Foucault”, en Le Portique. Revue
de philosophie et de sciences humaines, n° 13‐14.
[Link]

NATHAN, S. (2010) “Informe Internacional sobre


Privatización de Prisiones” (PPRI, [Link]/
justice) Inglaterra: Servicios Públicos de la Unidad
de Investigación Internacional, Universidad de Gre-
enwich.

ROSTAING, C. (1996). “Les détenus: de la stigmati-


sation a la négociation d’autres identités” en: Pau-
gam, S., L’exclusion, l’état des savoirs. La Découver-

45
te. Paris.

SUTHERLAND, E., LUCKENBILL, D. y CRESSY, D.


[1934] (1992), Principles of Criminology. AltaMira
Press. Lanham

VILCHES, L. (2008) Confrontando las violaciones a


los derechos humanos en las cárceles de Argentina,
Chile y Venezuela: ¿una batalla perdida? Grin Ver-
lage. Germany.

WACQUANT, L. (2001) Parias Urbanos. Marginali-


dad en la ciudad a comienzos del milenio. Manan-
tial. Buenos Aires.

___________ (2004) Punir les pauvres. Le nouveau


gouvernement de l’insécurité sociale. Agone. Paris.

___________ (2004) Las cárceles de la miseria. Ma-


nantial. Buenos Aires.

ZUÑIGA, L. (2010) La cárcel enferma. Consecuen-


cias para reclusos y vigilantes, Serie Documentos
electrónicos. Programa Seguridad y Ciudadanía.
FLACSO. Santiago.
46
47
48

También podría gustarte