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Tema 5. La Poesía de 1939 A 1975. Claudio Rodrígue

La poesía española de 1939 a 1975 se divide en dos corrientes principales: la poesía arraigada, asociada con el régimen franquista y que retoma modelos clásicos, y la poesía desarraigada, que expresa angustia ante el caos del mundo. En los años 50 surge la poesía social, de tono comprometido, liderada por Blas de Otero y Gabriel Celaya. La Generación del 50 introduce nuevas consideraciones al rechazar la eficacia política de la poesía. Los Novísimos de los 70 se alejan del
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Tema 5. La Poesía de 1939 A 1975. Claudio Rodrígue

La poesía española de 1939 a 1975 se divide en dos corrientes principales: la poesía arraigada, asociada con el régimen franquista y que retoma modelos clásicos, y la poesía desarraigada, que expresa angustia ante el caos del mundo. En los años 50 surge la poesía social, de tono comprometido, liderada por Blas de Otero y Gabriel Celaya. La Generación del 50 introduce nuevas consideraciones al rechazar la eficacia política de la poesía. Los Novísimos de los 70 se alejan del
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TEMA 5. LA POESÍA DE 1939 A 1975.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

La guerra civil dividió a los escritores en dos bandos. Se escribe entonces una poesía de guerra,
de circunstancias, al servicio de los ideales de cada uno de los dos bloques contendientes, con
una difusión primordial en revistas y periódicos. Tras la guerra, ya habían muerto Unamuno,
Machado y Lorca; Miguel Hernández escribía desde la cárcel y la mayoría de los poetas del 27
se encontraban fuera de España. La poesía del exilio tiene, en un primer momento, tonos de
angustia y desgarro, pero, paulatinamente, va dando paso a la nostalgia de la patria lejana y de
los amigos perdidos. Por otro lado, se produce el rechazo, por parte de los dirigentes del nuevo
régimen, de la tradición cultural inmediatamente anterior y su propósito de conectar con los
ideales de la España Imperial del Siglo de Oro A ello se une la implantación de una censura
para erradicar posibles disidencias frente al ideario del nuevo Régimen.
En estos años inician su vida poética un grupo de escritores que viven su juventud en la guerra
civil. De un lado, retoman los modelos clásicos (Garcilaso, Quevedo); de otro, el gusto por
autores contemporáneos como Unamuno, A. Machado y algunos poetas de la Generación del
27 –como el grupo Cántico, que retoma la poesía pura del 27. Así, a poesía de la posguerra se
divide en dos cauces: poesía arraigada y poesía desarraigada, según Dámaso Alonso en Poetas
españoles contemporáneos.
Los poetas de la poesía arraigada pertenecen a la llamada Generación del 36, inmediatamente
posterior a la del 27, con la que no hay una clara ruptura. Ideológicamente se sienten
identificados con el régimen franquista. Escriben una poesía sencilla y de evasión, con una
vuelta a los temas directamente humanos: el amor, la patria o la religión. Mantienen una
especial preocupación por la belleza formal-de ahí que reciba el nombre de formalismo- de sus
composiciones a través de las estrofas clásicas, siguiendo los modelos de los poetas de los
Siglos de Oro o de neoclásicos como Meléndez Valdés. Publicaron en revistas como Escorial
o Garcilaso –el poeta renacentista fue el modelo estético a imitar, de ahí que a estos poetas se
les llamara “garcilasistas”. El mayor representante de esta corriente es Luis Rosales (La casa
encendida)
La poesía desarraigada surge en aquellos poetas que se sienten angustiosamente instalados en
la España del momento. Publican en la revista Espadaña. Para ellos el mundo es un caos y una
angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla, lejos de toda armonía y
serenidad. En 1944, Dámaso Alonso inicia esta corriente con la publicación de Hijos de la ira,
que encierra una imagen monstruosa del mundo, una visión del hombre como criatura
“desnortada” y acosada por el odio y la injusticia. Otros poetas destacados de esta corriente son
José Luis Hidalgo y Carlos Bousoño.
Muchos de los poetas que comienzan escribiendo poesía existencial sienten la necesidad de dar
el paso del yo al nosotros. La tendencia dominante en la década de los cincuenta es la POESÍA
SOCIAL, derivada de la desarraigada. Es una literatura que se propone denunciar, o al menos
dar testimonio, de miserias e injusticias. Surge así una “poesía comprometida”, opuesta a la
“poesía pura” que pretende “transformar el mundo”
Esta tendencia concibe la poesía como un arte de comunicación con «la inmensa mayoría», con
un contenido ético que impone unas exigencias estéticas y temáticas. Se desvincula de todo
esteticismo mediante un lenguaje inmediato y desnudo de recursos retóricos, a veces cercano
al prosaísmo, centrándose en el nosotros (social y colectivo) para crear una conciencia solidaria
que proteste por la injusticia social y el problema de España, dentro de los límites de la censura.
Blas de Otero fue uno de sus mayores artífices. Evoluciona de una primera etapa desarraiga
(Ángel fieramente humano) a una poesía social (Pido la paz y la palabra). Su tercera etapa se
caracteriza por una búsqueda de nuevas formas poéticas, consciente de que debe renovar el
lenguaje poético para obtener un mayor enriquecimiento formal (Mientras e Historias fingidas
y verdaderas)
La obra poética de Gabriel Celaya es muy extensa, y la mayor parte representativa de la poesía
social. Entre sus obras más importantes están Las cartas boca arriba, epístolas poéticas de claro
contenido social; Cantos Íberos, en el que toma partido con un tono beligerante de incitación y
arenga ante los problemas del mundo que le rodea. Para Celaya, «la poesía es un instrumento
para transformar el mundo, un arma cargada de futuro».
José Hierro ha conectado con las líneas poéticas más vivas, sin adscribirse a ninguna de ellas,
aunque se le incluyó en la poesía social. Él mismo señaló “dos caminos” en su poesía: el de los
“reportajes”, poemas que dan testimonio de algo “de manera directa”; y el de las
“alucinaciones”, composiciones en que “se habla vagamente de emociones”. Sin embargo, hay
un elemento unificador: el conflicto entre un hondo amor a la vida y una lúcida conciencia del
dolor y de las limitaciones. De su extensa obra, los libros más cercanos a la poesía social son:
Quinta del 42, Cuanto sé de mí y Libro de las alucinaciones.
Bajo el nombre de GENERACIÓN DEL 50 se sitúan poetas nacidos tras 1925 que, sin rechazar
completamente el realismo ni el carácter comprometido y comunicativo de la poesía, pretenden
aportar nuevas consideraciones. Desaparece la creencia en la eficacia política de la poesía, que
pasa a ser considerada, sobre todo, un instrumento de conocimiento del mundo interior y
exterior del poeta. Entre los miembros de esta generación se encuentran Ángel González, Jaime
Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo…
De Ángel González cabe destacar Áspero mundo, donde emplea el recurso de la poesía social
para hablar de la soledad del hombre y construir el testimonio histórico de una época; Palabra
sobre palabra -de asunto amoroso- o Tratado de urbanismo, en tono vital próximo al
escepticismo.
Para José Ángel Valente la poesía es un medio de conocimiento de la realidad, lo que le hace
avanzar por una línea más intelectualizada, de creciente hermetismo, hacia un “punto cero” en
que el lenguaje presenta un máximo de ambigüedad y de sugerencias. Punto cero dio nombre
a su obra completa. La obra de Jaime Gil de Biedma se caracteriza por su visión desencantada
del mundo, el uso de la ironía, el tono coloquial y una cuidada retórica, de la que se desprende
una gran vitalidad y entusiasmo. Publicó su obra en conjunto como Las personas del verbo.
Los Novísimos, o Generación del 70, toman su nombre de la antología publicada por José
María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles, en la que figuran nueve poetas nacidos
entre 1936 y 1950, representantes de una nueva renovación estética, No formaron grupo, pero
comparten la necesidad de buscar la originalidad y alejarse del tono conversacional, que
derivaba en falta de calidad y técnica. Retoman tendencias anteriores y las usan como modelo-
vanguardias, Simbolismo, Modernismo...- sin olvidar el tema metapoético o la influencia de la
cultura de masas (el cine, la televisión, el rock, las novelas policíacas, la publicidad, los cómics,
las revistas de modas, etc.). Destacaron Pere Gimferrer (Arde el mar, en el que el poeta utiliza
las tradiciones literarias: simbolismo, modernismo, surrealismo...) y Antonio Martínez Sarrión
(Teatro de operaciones).
El fin del franquismo y el inicio de la Transición supondrán la consolidación de la democracia
entre las décadas de los 80 y los 90. Surgirán tantas tendencias poéticas que es casi imposible
establecer una clasificación. Entre sus rasgos generales están la rehumanización y recuperación
del yo, el afán de comunicación y renovación lingüística, el humor y la ironía, la vuelta al
compromiso; la influencia del realismo sucio y la metapoesía. Varias son las tendencias y
corrientes que marcarán la lírica de las últimas décadas: poesía de la experiencia,
neosurrealismo, poesía del silencio y poesía épica o coral.
Se cultiva una poesía de la experiencia caracterizada por la creación ficticia del yo poético, la
propensión al monólogo dramático, la sencillez expresiva y el anticulturalismo (Luis García
Montero, Luis Alberto de Cuenca, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, Ana Rosseti…); el
neosurrealismo, de herencia surrealista, con poemas teñidos de emoción irracional e ironía
(Pedro Casariego, Blanca Andrey…); poesía del silencio concibe el género lírico como
instrumento de reflexión y conocimiento (Álvaro Valverde, Amparo Amorós, Olvido García
Valdés…); poesía épica o coral, busca la memoria colectiva a partir del yo (Julio Llamazares,
Julio Martínez Mesanza…)
La guerra civil y la dictadura interrumpen una de las generaciones poéticas más prometedoras,
la del 27, y condenan a España al aislamiento. La llegada de la Democracia supondrá la apertura
a la influencia exterior y la aparición de una amplia gama de tendencias.

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