Enseñanza de valores en grupo
Últimos títulos publicados
10. No estamos solos. Bruno Ferrero.
11. El ángel de las cosas. Constantino Benito-Plaza.
12. El repartidor de sonrisas. José Fernández del Cacho.
13. El aparcacoches y otros relatos. Santiago Chivite.
14. Es hora de vivir. Adolfo Olivera.
15. El retorno del profeta/1. Anónimo.
16. El retorno del profeta/2. Anónimo.
17. Lucero, el potrillo salvaje. Marisa Botella.
18. Susurro y Pity. Marisa Botella.
19. Lo aprendí de camino. Raúl Berzosa.
20. El lirio del Carrascal. Marisa Botella.
21. La cigüeña que no emigró. Marisa Botella.
22. Manantial de los presagios. José Fernández del Cacho-Álvaro Ginel.
23. Tras los muros. José Antonio Montull.
24. Pensamientos pedagógicos. Isabel Agüera.
25. Educarse y educar hoy. Millán Arroyo.
26. Donde habita el corazón. Todos somos niños... niños distintos. P.Biniés.
27. Con buena educación. Sebastián Estradé.
28. Nunca te detengas. José Andrés Ocaña.
29. Monólogos contra la tontería. Jesús Villegas.
30. Aprender a aprender. José Andrés Ocaña.
31. Gánate a tus hijos. José Manuel Tarrío.
32. Aprendiendo a ser padres. José Daniel Montoya.
33. De pequeños te los comerías... P.Biniés.
34. Cuentos para pensar. Alfonso López Caballero.
35. Un hospital un mundo. Cecilio Eseverri.
36. 101 enseñanzas de Oriente. David Luján.
37. La alondra y las tortugas. Bruno Ferrero.
38. Solo de noche se ven las estrellas. Bruno Ferrero.
ALFONSO LÓPEZ CABALLERO
Enseñanza de valores en grupo
Introducción: Historia del pajarito
Capítulo 1
ENFRENTÁNDOSE A SÍ MISMO
1. Akira y el Dragón
2. El peregrino
3. El escarabajo nómada
4. El elefante del circo
5. El rompecabezas
6. Irene y el espejo
7. La botella de vinagre
8. La empanada mental
9. Los dos amigos
10. Las etiquetas
11. El martillo mágico
12. La tortuga lentilla
13. El leñador y el hacha perdida
14. Las gafas
Capítulo 2
EL TRABAJO NOS CONCIERNE A TODOS
15. La hormiga productiva y feliz
16. El diseñador artístico
17. La opinión del trabajador
18. El constructor de barcos
19. La persona que cree en ti
20. La necesidad de aire
21. El aprendiz de médico
22. El Universo se expande
Capítulo 3
LA IMPORTANCIA DE LOS VALORES
23. El brujo de la tribu
24. Lo importante
25. Los dos halcones
26. Los dos lobos
27. El político
28. El oportunista
29. La jerarquía del picoteo
30. La limpiadora
31. La manada
32. El coleccionista de errores
33. El ángel de la muerte
34. La señora hiperocupada
35. Los jíbaros
36. El hombre-esponja
37. El gato bonsái
38. Letanía a los Reyes Magos
Capítulo 4
LA FAMILIA ES COMO UN UNIVERSO EN MINIATURA
39. El nido
40. La gallina y los patitos
41. El educador prevenido
42. La madre afectuosa
43. Historia de camellos
44. El observador
Capítulo 5
LOS OTROS ESTÁN AHÍ, A NUESTRO ALREDEDOR
45. La adolescente ansiosa de amor
46. El buscador de amigos
47. El gurú visionario
48. La amargante
49. Caminos hechos
50. El viejo y el joven
51. La frase de la maestra
52. El hombre supuestamente muerto
53. Las dos solteras
54. El lobo y la cabra
55. La abadesa Toshio
56. Turistas extraterrestres
57. El magrebí
58. El rinoceronte visionario
59. Un gato llamado Grimaldi
60. La bandera
Capítulo 6
LOS ERRORES EN QUE CAEMOS
61. La palomita de maíz
62. El castillo
63. El pirata Jack
64. El centauro
65. El Clan Hill
66. De profesión, sus bondades
67. El loro que ansiaba la libertad
68. El sueño
69. El hombre libre
70. El obediente
71. Las diez reglas definitivas
72. Minusvalías
73. La mujer perfecta
74. La muralla defensiva
75. El pensamiento negativo
76. El filósofo y la muerte
77. El monstruo en el pajar
78. El hombre que no sabía decir no
Capítulo 7
DIOS Y LO TRASCENDENTE
79. Empezar la casa por el tejado
80. El Hombre de Dios
81. San Cristóbal
82. Un hombre oraba en el templo
83. El alma en pena
84. La reunión en el cielo
85. El gran inquisidor
86. El legionario
87. Las soluciones de la Biblia
88. Preguntas de novicios
89. El ermitaño
90. El diablo joven
Capítulo 8
TODOS TENEMOS PROBLEMAS
91. El último capítulo
92. Cambiar los toros
93. El superviviente
94. El hombre sometido
95. Las malas soluciones
96. El valiente samurai
97. La flecha envenenada
98. La gata parida
99. El aborigen y la marisma
100. La competición de sapitos
101. El viajero
Capítulo 9
LUCES Y SOMBRAS DE LA PAREJA
102. El matrimonio perfecto
103. La mariposa romántica
104. El faro
UN DECÁLOGO PARA EL NARRADOR DE CUENTOS
Índice temático
HISTORIA DEL PAJARITO
Había una vez un pajarito inconform ista que p retendía vivir por su cuenta y
riesgo: así es que, cuando llegó el in vierno, decidió no volar hacia el Sur con
sus congén eres. Pero el frío se hizo sen tir pronto. El pajarito, contra su
volun tad, se vio obligado a emprender el vuelo en solitario.
Al poco rato se le empezó a formar hielo en las alas y cayó al suelo, en el
patio de una granja. En aquel momento, pasaba por allí una vaca y se cagó
encima del pajarito. Éste pensó que había llegado su última hora.
Pero el calor del estiércol lo reconfortó y descongeló sus alas. Calentito y
feliz, empezó a cantar. Acertó a pasar por allí un gato que, al oír sus gorjeos,
se lo comió en un abrir y cerrar de ojos.
Si analizamos el argumento, estas podrían ser posibles enseñanzas:
Notodo el que se caga en ti es necesariamente tu enemigo.
Deigual modo, no todo el que te ayuda a salir de la mierda es
necesariamente tu amigo.
-Si te sientes calentito y feliz, aunque sea inundado por una montaña de
mierda, cierra el pico.
Alque tiene mucha hambre, poco importa el olor de la comida.
Se trata simplemente de un ejemplo.
El cuento, como método de enseñanza, no proporciona soluciones, sino
datos concretos para que reflexionemos, analicemos y discutamos las
posibles salidas que se pueden encontrar. El cuento como método pedagógico
no oferta soluciones, sino que nos entrena en generarlas. Nos obliga a pensar
y a contrastar nuestras conclusiones con las conclusiones de otros. Ese es su
gran valor.
Este no es un libro teórico. Más bien pretende facilitar el abordaje de una
determinada metodología didáctica, de resultados sorprendentes, a quien aún
no la haya experimentado. Y lo realiza por la vía práctica, procurando
simplificar y desmitificar su técnica. Una técnica que muchos erróneamente
pueden considerar complicada.
Para ello, después de una introducción - en que se explica brevemente qué
es un cuento, có mo se elabora o cómo se analiza-, el bloque central del libro
será una colección de pequeños cuentos.
No hay mejor manera de aprender a nadar que lanzarse al agua. El mejor
comienzo, por lo tanto, es zambullirse en la práctica: seleccionar un cuento y
hacerlo discutir al grupo. El que nunca haya ensayado esta metodología se
sorprenderá de los resultados.
Evidentemente, al tratarse de una metodología pedagógica activa, se
exigen algunas condiciones mínimas; por ejemplo, algunos supuestos previos
en el profesor o director del grupo: creatividad, metodología activa,
preocupación por una formación integral, iniciación en el manejo de grupos,
buena comunicación con el alumnado, apasionada vocación docente...
También hay que reconocer que se maneja mejor el método en clases o
grupos poco numerosos.
¿Cómo son los cuentos propuestos en el libro?
1.Breves. Los cuentos contenidos en este libro pretenden ser breves,
fácilmente abordables, sin exigencia de datos complementarios, que
admiten una narración sencilla de cara a los integrantes del grupo.
2.De amplio espectro. Esto quiere decir que son aplicables tanto a
adolescentes como a representantes de la tercera edad, lo mis mo a
sujetos muy cultos como a menos cultos, igual a mujeres que a
varones...
3.Orientados, en principio, a estudiantes de Primaria y de Secundaria, pero
también aplicables a cualquier grupo de adultos.
4.Centrados en el factor humano. El tema de fondo siempre gira en torno a
la relación personal.
5.Con moraleja o sin moraleja final. Muchos llevan adosada al final una
moraleja. En otros, el cuento es la escueta historia. Corresponde
entonces al grupo y al animador sacar todo el partido a dicha historia,
desmenuzando antecedentes, actitudes y comportamientos. En cuanto
el grupo adquiera alguna experiencia en el análisis, debería el profesor
hacer caso omiso de las moralejas si ya vienen formuladas al final del
cuento.
6.Con temas universales subyacentes en el argumento (amistad, racismo,
fidelidad, incomunicación, violencia, suicidio, justicia,
homosexualidad, machismo...).
Estos cuentos propuestos en el libro, y otros similares, se pueden
fácilmente aplicar a distintos grupos: scouts, clases de Secundaria, cursillos
prematrimoniales, terapia de grupo, clases universitarias (psicología,
empresariales, sociología, perio dismo, pedagogía, magisterio...), Escuela de
Padres, cursos de reciclaje para directivos, reuniones familiares con los niños,
catequesis, formación de profesorado... Eso sí, en alguno de estos grupos
puede que sea necesaria la readaptación del cuento: habrá que introducir
pequeñas modificaciones, en personajes o argumento, de modo que la historia
se adapte perfectamente a la mentalidad o finalidad del grupo concreto.
Algunas características recomendables en el cuento
Un buen cuento debe ser:
-Verosímil, de modo que su argumento sea posible, que tengamos la
impresión de que aquello lo hemos podido vivir nosotros.
-Provocante, de modo que la historia que nos cuenta estimule nuestra
curiosidad y nos invite al análisis de sus personajes.
Conciso,sin florituras literarias ni exceso de tecnicismos que degeneren en
pesadez.
-Cercano, con narraciones y psicologías de nuestro entorno más cercano,
de nuestra cultura.
Ambiguo,como lo es la vida, de modo que no se convierta en un teatro
infantil y maniqueo, de buenos contra malos.
El estudio de un cuento se enmarca en un esquema general que abarca las
siguientes fases:
Fase preliminar: presentación del cuento a los participantes. En el caso de
los cuentos que vienen a continuación, no interesa leerlos públicamente sin
más preámbulos. Lo más adecuado será que el director del grupo lea
previamente el cuento, lo interiorice, se identifique con él, lo personalice a su
estilo concreto, lo amplifique si lo estima conveniente y lo adapte al grupo en
cuestión.
1. Fase eclosiva
Explosión de opiniones, impresiones, recuerdos, juicios, posibles
alternativas... por parte de los participantes. Cada uno reacciona a la
situación, tal como él la percibe subjetivamente. Si cada cual se puede
expresar libremente, esta fase revela a cada uno 1) su subjetividad, 2) la
posibilidad de que existan otras opiniones o tomas de posición tan valiosas
como las propias y 3) hasta qué punto los diagnósticos emitidos son
proyecciones de la propia persona, más que análisis objetivos de la situación
real.
2. Fase de análisis
Se impone una vuelta a los hechos y a la información disponible, para salir de
la subjetividad. La búsqueda en común del sentido de los acontecimientos
permite a los participantes acrecentar su conciencia de la situación analizada.
Se redescubre la realidad y se integran aspectos informativos que, por
determinados prejuicios, se habían orillado.
3. Fase de conceptualización
Es la formulación de conceptos operativos o de principios concretos de
acción, aplicables en el cuento actual y que permiten ser utilizados en una
situación parecida. Se trataría de concretar una o varias moralejas elaboradas
por el grupo, principios pragmáticos de acción que sean válidos en
situaciones similares. Como en la fase anterior, la única garantía de validez y
objetividad es el consenso del grupo.
La «conceptualización» es algo esencial después del análisis. Se trataría
de inventar una o varias moralejas. Significa que es preciso formular
expresamente los conceptos clave que se deducen del cuento. Pero se trata de
una «conceptualización operativa»: las ideas generales extraídas del cuento
no son leyes abstractas, sino certezas de conducta que se deben adquirir.
Servirán para el afrontamiento directo de situaciones similares en la vida real.
Actuaciones concretas del profesor o animador del grupo pueden ser:
Formularbuenas preguntas durante la discusión.
-Mantener con los alumnos una relación sincera, afable, informal y
democrática.
Concederla palabra a los alumnos que la pidan.
Procurarque todos participen, pero sin que nadie acapare la conversación.
Evitarque un participante sea inhibido por otro.
Llevaral grupo de una fase a otra.
Sintetizarprogresivamente lo que descubra el grupo.
Evitarexponer sus propias opiniones personales.
Utilizarla pizarra para resumir y clarificar.
Cronometrarel tiempo.
Reformular(repetir con otras palabras) las buenas intervenciones de
cualquier participante.
Forzartanto el análisis riguroso como la toma de decisiones.
En cuanto a la discusión del cuento en pequeños grupos, el método aporta
fundamentalmente:
Elconocimiento experimental de los procesos grupales.
Elfomento de la cooperación, el intercambio y la flexibilidad.
Lareducción progresiva de posturas extremistas o viscerales.
Elmejoramiento en las actitudes para afrontar problemas humanos.
Eldesbloqueo de actitudes inhibidas, inseguras o temerosas.
Eldesarrollo del sentimiento del «nosotros».
Ladisposición a la escucha comprensiva.
Elentrenamiento dinámico de la autoexpresión, la comunicación, la
aceptación, la reflexión y la integración.
Por tanto, esta colección de pequeños cuentos tendría que ver con
conceptos como los siguientes:
Materialpara animación y desarrollo sociocultural.
Educaciónpara la acción social.
Modosde participación en la escuela.
Aumentode eficacia en la transmisión de actitudes.
Formaciónen valores individuales y colectivos.
Técnicasy habilidades en la dirección de grupos.
ENFRENTÁNDOSE A Si MISMO
1 samurai Akira se pasó la vida preparándose para el gran día. El gran
día llegaría cuando se enfrentara por fin al Dragón.
Se entrenó esforzadamente, dedicó ímpetu y coraje, agotó literalmente sus
fuerzas en renovados odios al Dragón. Pasaron los años y él esperaba
impaciente el gran combate.
Pero el tiempo pasaba y el Dragón no aparecía. Su rencor se fue
enconando y convirtiéndose en puro veneno, que literalmente le quemaba las
entrañas.
Llegó, por fin, la vejez. Y el temible Dragón seguía sin aparecer. Cuando
le quedaban unos cuantos días de vida, Akira, el esforzado samurai,
comprendió de pronto que el Dragón no estaba fuera sino dentro de él.
Moraleja
Tanto el cielo como el infierno, tanto los ángeles como los demonios...
puede que estén dentro de nosotros.
El peregrino
ra un peregrino, buscador incansable, empeñado en descubrir la verdad.
Había recorrido muchos países y un buen día se encontró con un gurú.
-¿Cómo soy yo? - preguntó el peregrino.
-Eres como una vaca - contestó el guru.
El peregrino se quedó estupefacto, sin poder creer lo que oía. ¿Aquel gurú
tenía fama de sabiduría? Contemplando el asombro imposible de disimular, el
gurú preguntó:
Acaso no comes? También lo hace una vaca. ¿Acaso no duermes? Igual
que una vaca. ¿Acaso no defecas? Lo mismo que una vaca. O sea, ya lo ves,
eres como una vaca.
-Lo dudo.
El gurú sonrió, hizo una pausa y dijo:
-Esa es la diferencia: que tú dudas y la vaca no. Si dudas inteligentemente
y la duda te conduce a seguir tu investigación personal, un día hallarás la
verdad. Entonces dejarás de ser como una vaca. Si no es así, no habrá
diferencia entre tú y la vaca.
El escarabajo nómada
abía una vez un escarabajo que vivía a la orilla de un desierto. Se
había conseguido un hueco en una roca volcánica y estaba orgulloso de él. El
agujero le servía de cobijo, defensa y dormitorio. Otros congéneres no habían
tenido esa suerte y vagaban por la arena expuestos a todo peligro.
Ese era su universo: las paredes del agujero. Pero su escondite le ocasionaba
algunos problemas que le quitaban el sueño. Por ejemplo, el orificio de salida
tenía una arista cortante que lo obligaba a doblarse para salir, el agua entraba
en el boquete cuando la lluvia venía de poniente, alguna hormiga belicosa
penetraba de cuando en cuando a su refugio... esos eran sus problemas.
Porque, para él, el universo terminaba en el orificio de su agujero.
Pero, un día, sobrevino en el desierto una lluvia de barro que lo anegó
todo a su paso. El agujero se vio inundado de cieno y el escarabajo se salvó
como pudo. Cuando intentó volver, descu brió que el fango se había secado
dentro de la oquedad, volviéndose tan duro como la misma piedra, de modo y
manera que no tuvo más remedio que lanzarse a caminar, dejando atrás su
refugio.
Lo primero que le sorprendió fue la inmensa grandeza del cielo lleno de
estrellas. Nunca se había imaginado algo tan colosal. Disfrutó con multitud
de pequeños sonidos y de pequeños olores que provenían de todas partes. Se
extasió con los colores del sol naciente. Descubrió que en el desierto había
miles de plantas distintas. También extraños animales, cada uno con su
necesidad de vivir. Todo le parecía enorme y fabuloso, comparado con su
agujero.
A la sombra de una piedra, se paró a filosofar. Constató de golpe que la
existencia era infinita y que su pequeña oquedad, con los problemas que
ocasionaba - la lluvia, las hormigas...-,sólo podía ser clasificada como
auténtica ridiculez. Le dio incluso un poco de vergüenza pensar en el tema.
Por eso, desde ese día, se convirtió en nómada.
Moraleja
Tu vida tiene un número determinado de horas. Cada hora que pasas
dentro de tu agujero... es una hora perdida, no recuperable.
El elefante del circo
n día, llegó a un pueblo un circo. Instalaron las carpas y comenzaron
los preparativos para la primera función.
En los alrededores del circo, se podían ver distintos animales de los que
intervendrían en sus pistas. Había dos cabras, cuatro caballos blanquísimos,
unos cuantos perritos pequeños y un gran elefante.
Un niño quedó sorprendido, porque el enorme elefante estaba atado con
una pequeña cuerda a una endeble estaca de madera clavada en el suelo.
Le preguntó a su madre:
Mamá, ¿por qué no se libera el elefante, siendo así que con un leve
esfuerzo por su parte podría llevarse por delante tanto la cuerda como la
estaca?
Su madre le contestó:
-La razón es la siguiente. Cuando el elefante es joven y débil, lo atan con
una cadena a una estaca recia e inamovible. Aprende que es imposible li
brarse: no puede romper la cadena ni arrancar la estaca. Más adelante, el
elefante adulto y fuerte sigue creyendo que le es imposible librarse, aunque se
le ate con una cuerda liviana a un palo ridículo. Nunca comprenderá su poder
ni la debilidad de su sujeción.
Moraleja
Como el elefante del circo, muchos adultos están atados por sus
pensamientos. Nunca se mueven fuera de las limitaciones que se han
impuesto a ellos mismos.
El rompecabezas
aestro: miro alrededor y veo personas que triunfan y otras que
fracasan, personas que van encajando su vida y otras que caminan de desastre
en desastre, personas que saben salir a flote y otras que, irremediablemente,
se hunden... ¿a qué se debe esto?
El monje permaneció unos momentos en silencio, contempló el agua del
arroyo y quedó como extasiado. Después de una larga pausa, contestó:
-Cuando nacemos, llevamos con nosotros una caja repleta de fichas de un
rompecabezas. Con esas fichas debemos componer un conjunto aceptable,
que es nuestra vida.
-¿Y dónde está el modelo que tenemos que reproducir? - preguntó el
novicio.
-No hay modelo, tienes que ir aprendiendo sobre la marcha.
-Entonces, Maestro, eso explica tanta variedad y tanto desconcierto...
-Se trata de una tarea difícil, porque solamente tú puedes mover tus fichas.
Ni siquiera sabes si te falta alguna pieza. Además, se dan muchas reacciones
inadecuadas. Los hay, por ejemplo, que culpan al destino de la falta de
buenos resultados. Así intentan eludir su responsabilidad. Otros se pasan la
vida llorando sobre las piezas del rompecabezas, porque los efectos que
consiguen no son de su agrado. Hay algunos que se autocastigan por no
obtener un final tan perfecto como quisieran. Para muchos, los culpables de
sus malos resultados son siempre los demás. Otros, finalmente, dan una
patada a la caja de fichas y renuncian a la tarea. Son los que se suicidan.
Moraleja
Te guste o no te guste... el rompecabezas está delante de ti.
Irene y el espejo
los 3 años, Irene se mira al espejo y se ve como una reina.
A los 8 años, Irene se mira al espejo y se ve como la Cenicienta..., al día
siguiente se ve como la Bella Durmiente.
A los 15 años, Irene se mira al espejo y se ve gorda, con puntitos negros
en la cara. Se dice:
-No puedo salir a la calle con esta facha. Todo el mundo me mira.
A los 20 años, Irene se ve gorda, flaca, tiesa, lacia... pero decide salir de
todos modos.
-Aunque todo el mundo me mire, tengo que salir.
A los 30 años, Irene se ve gorda, flaca, tiesa, lacia... pero no tiene tiempo
de solucionarlo. Acepta que no es una princesa de cuento de hadas y descubre
al ser humano que sencillamente es, con sus miserias y sus grandezas.
A los 40 años, Irene ya cuenta en su recuerdo con desilusiones y
desencantos. Se mira al espejo y advierte algunas arrugas, pero se dice: -
Estoy viva, yo soy más importante que mis arrugas. Siente que debe saludar
con cariño a la joven que fue, pero dejarla a un lado, porque ahora le estorba.
Su mundo de ilusiones y fantasía ya no le interesa.
A los 50 años, Irene acepta con alegría que puede permitirse el lujo de no
ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarse,
de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás. Y,
a pesar de ello, quererse mucho.
A los 60 años, Irene se mira y recuerda a las personas que ya no se pueden
ver. Por primera vez se siente libre, nadie la mira y puede ser ella misma. Se
dice: - Por fin soy yo, no tengo que vivir en función de los demás-. Y se
alegra de no sufrir el desasosiego permanente que produce correr tras los
sueños. Ya no busca a la que fue en el pasado. Sonríe a la que es hoy... se
alegra del camino andado y asume sus contradicciones.
A los 70 años, Irene mira al espejo y ve sabiduría, alegría, serenidad.
Sospecha que se ha vuelto invisible para el mundo, pero nunca fue tan
consciente de su existencia como ahora, nunca se sintió tan protagonista de su
vida y nunca disfrutó tanto de cada momento. Sale y aprovecha la vida.
A los 80 años, Irene piensa que la vida es tan corta y el oficio de vivirla es
tan difícil, que cuando uno comienza a aprenderlo... ya hay que morirse. Ni
se preocupa de mirarse al espejo. Se pone una gorra roja y sale al mundo a
divertirse.
Moraleja
Tal vez habría que ponerse la gorra roja algunos años antes.
Ganaríamos años de libertad.
La botella de vinagre
or propia iniciativa y sin que nadie la obligara, aquella mujer decidió
vivir dentro de una botella. Estaba ya harta de tanto chismorreo y de tanto
cabildeo. Todo, a su alrededor, eran comidillas, habladurías y fábulas.
«Dentro de la botella, pensó, estaré a salvo de chismes y maledicencias.»
Y, en efecto, al principio así ocurrió. Sólo existían sus propios
pensamientos rodeados de vidrio.
La dejaron tranquila, porque a través del cristal, difícilmente le llegaban
los rumores.
Pero, como siempre ocurre en las botellas cerradas, se comenzó a crear
vinagre. La mujer, al principio, lo catalogó como un mal menor. Incluso se
consoló convenciéndose de que todo a su alrededor se veía con un tono añejo
y arcaico, lo cual daba a su encierro un aliciente estético. Al final, el vinagre
llegó al cuello de la botella y la mujer tuvo que acostumbrarse a vivir
inundada por el líquido.
Lo que la mujer no sabía, ni tenía por qué saberlo, es que un cuerpo
sumergido en un líqui do... termina por asimilar el líquido que lo envuelve.
De modo y manera que, al cabo de un tiempo, la mujer comenzó a parecerse
cada vez más al brebaje ácido que la envolvía.
Sin que fuera muy consciente, se generaron en ella algunos cambios: fue
perdiendo dulzura, ternura y flexibilidad. Se volvió agria. Era como si
interiormente estuviera forrada con alambre espinoso.
Y cuando un día se decidió a salir de la botella, todos se sorprendieron de
que fuera la primera que se embarcaba en rabiosas insidias, infamias y
maledicencias. Salió de la botella llena de odio y resentimiento.
Moraleja
La simple introversión es la enfermedad más peligrosa (Shelling).
La empanada mental
n señor que viajaba en automóvil sufrió un pinchazo en el neumático
delantero. Paró inmediatamente el motor, abrió el maletero, sacó la rueda de
repuesto, montó el gato, pero advirtió de momento que no tenía llave inglesa
para desatornillar la rueda.
No había nadie a la vista, estaba en medio de una campiña solitaria. A 300
metros divisó una casita con un cobertizo adosado. Pensó que tal vez allí le
podrían proporcionar lo que necesitaba.
Por el camino, a nuestro hombre le asaltó el pensamiento:
zY si en la casa no vive nadie? Es posible que el que habita en la casa sea
un sujeto desagradable y me dé con la puerta en las narices. Hoy día hay
gente para todo y te puedes esperar cualquier cosa. Puede que no tenga llave
inglesa, o que no sea de la medida que necesito. ¿Y si piensa que es un timo y
quiero robarle la llave? Sería el colmo. ¿Acaso tengo yo pin ta de timador?
¿Y si no quiere prestármela? Porque igual va y dice que no me la presta. Yo,
en un caso así, le pres taría la llave a cualquiera. ¿ Cómo puede uno negarse a
hacer un favor tan simple? La verdad es que hay gente indeseable. Personas
así no deberían existir. ¿Y si sospecha que voy a robar a su casa? ¿Acaso
tengo yo pinta de ladrón? Sería el colmo, porque soy un hombre de carrera y
yo creo que con buena facha. Pero hay gente para todo. Podría incluso
echarme a los perros. Con lo poco que me gustan a mí los perros. Si sólo
quiero que me preste la llave. Y luego, seguro que dirá que le he molestado,
que podría haber sido más previsor, que busque un taller de reparaciones, que
él no es mecánico, que compre nuevas cubiertas al coche... ¿Ya él qué le
importa el estado de las cubiertas de mi coche? Hay personas que siempre
tienen que meterse en lo que no les importa. Y todo porque él tiene una llave
inglesa y yo no tengo. La gente así es que me saca de quicio, no puedo
remediarlo. Si no voy a pedirle que me cambie la rueda, solamente que me
preste la llave. Ni que se la fuera a gastar. No soporto a la gente que se
comporta de ese modo.
Cuando nuestro hombre llegó a la casa y llamó a la puerta, abrió un
sonriente anciano de barba blanca con un racimo de uvas en la mano. Antes
de que tuviera tiempo de abrir la boca, nuestro hombre le gritó:
-¿Sabe lo que le digo? Que se meta la llave donde le quepa.
Moraleja
Hay quienes dicen que piensan mucho. Pensar atolondradamente
adelantándose a los acontecimientos, a base de confabular
imaginativamente, conduce a lo que técnicamente se llama empanada
mental.
No hay nada más generador de problemas para la especie humana que
las empanadas mentales.
Los dos amigos
os amigos, ya jubilados, salían todas las tardes a pasear. Eran
realmente distintos.
Uno de ellos era fuerte, superaba todos los obstáculos, siempre tenía en
mente algún proyecto, salía a flote con facilidad. Disfrutaba con una copa de
buen vino, con un solomillo, con un concierto o con una puesta de sol.
Al otro le sucedía todo lo contrario: la existencia lo zarandeaba y con
facilidad se hundía como si careciera de energía. Todo le salía mal sin saber
muy bien por qué. Como si el destino la hubiera tomado con él. Carecía de
ilusiones y era inapetente en todos los sentidos.
Un día, se preguntaron mutuamente qué serían en caso de no ser personas.
Es decir, con qué imagen se identificaban mentalmente.
El primero dijo: - Para mí está claro. Soy un pequeño y sencillo cactus en
medio del desierto. He soportado condiciones muy adversas: calores
abrasadores, sequías prolongadas, fríos nocturnos... pero estoy muy vivo y
me alegro de ello. He resistido to do. Me mantengo receptivo. En cuanto
caiga la más mínima lluvia, estoy seguro de que absorberé con fruición la
humedad y floreceré.
El segundo dijo: - Lo he pensado muchas veces. Soy una hoja seca. El
otoño ha llegado y, por tanto, mi función en la vida ha terminado. Una racha
de aire frío me ha desgajado de la rama que me proporcionaba vida y ahora
floto en el aire, a merced del viento. No soy dueño de mi existencia. Sólo me
queda caer al suelo y morir definitivamente.
Moraleja
Nos convertimos en la materia de nuestros pensamientos.
Las etiquetas
enía entonces 10 años. Su abuela, una señora muy ilustrada, le dijo un
día:
-Hija, hay que ver cómo piensas. Tienes una mente kaJkiana.
Ella nunca había oído hablar del tal Kafka. Por eso se compró un libro de
ese autor y palideció al comprobar qué tipo de pensamiento se generaba en su
cerebro.
A los 14 años, su madre le predijo:
-Hija mía, si sigues haciendo esas muecas... se te quedará una cara como
las que pinta Picasso.
Cuando tenía 20 años, un novio muy nervioso que tuvo le dijo:
-Realmente, eres como la tortuguita sonriente, que a todos sitios llega
tarde.
Mucho más tarde, su marido a diario le decía:
-Eres la señora gafe. Todo te sale mal, todo lo estropeas, no das una en el
blanco.
Y después de eso, un día su hijo adolescente le espetó:
Mamá, estás en el pasado, eres una pieza de museo.
Últimamente una amiga le predijo, como una premonición de futuro:
-No te das cuenta, pero tu vocación auténtica es la de Cenicienta.
Acabarás siendo la alfombra familiar, que está ahí para que todos la pisen.
Una tarde, sentada en un banco del parque, se planteó quién era ella. Y
descubrió que en realidad tenía muchas personalidades: mente kafkiana,
rostro picassiano, tortuguita, señora gafe, pieza de museo, Cenicienta y
alfombra.
Pero lastimosamente, a su edad, no pudo encontrar su auténtica
personalidad, porque estaba escondida debajo de todas esas etiquetas.
Moraleja
No permitas que nadie te coloque encima ninguna etiqueta. Todas son
falsas.
El martillo mágico
n campesino fue a la feria del pueblo. Compró una papeleta en la
tómbola parroquial y le tocó un martillo. Al principio puso mala cara, porque
pensó:
Ypara qué quiero yo un martillo?
Pero el feriante le aseguró que no era un martillo normal: se trataba nada
menos que de un martillo mágico.
La magia consistía que en que el martillo tenía vida propia, es decir,
martilleaba por su cuenta y no había que manejarlo. Eso, evidentemente,
proporcionaba a su dueño un considerable ahorro de energía.
El campesino se fue para su casa. Estaba muy contento porque había
conseguido lo que se dice un chollo y a precio de ganga. Mentalmente, se iba
planteando las cosas que repararía con su martillo mágico: el tejado de la
vaquería, el vallado de los cerdos, el gallinero y el palomar, la puerta del
pajar... amén de alguna silla desvencijada que se movía más que una
mecedora.
Estaba seguro de que aquél había sido para él un día de suerte y se
felicitaba interiormente de haber ido a la feria del pueblo.
Pero, cuando llegó a su casa, se llevó una mala sorpresa. El martillo, en
cuanto lo dejó encima de la mesa, comenzó a saltar de un lado a otro, a dar
golpes en las paredes, en el suelo, en el techo, rompió dos tazas y provocó
una estampida del gato que huyó despavorido.
El campesino intentó atrapar al martillo, pero era imposible porque no se
estaba quieto. En una de las idas y venidas, el martillo propinó al campesino
un golpe en el cogote que francamente le llegó a asustar. Aquello no era un
martillo, era un arma peligrosa.
Aquel martillo no servía para nada. Su automatismo, más que en una
ventaja, se había convertido en un riesgo. Había que acabar con él.
De modo que el campesino se metió en su dormitorio y sacó de debajo de
la cama una escopeta del calibre 12. Le metió un cartucho de postas y, por
una rendija de la puerta, le descerrajó un tiro al martillo que lo estampó
contra la pared de enfrente.
Moraleja
Muchas gentes que dicen pensar mucho, sólo se dejan arrastrar por un
enjambre de pensamientos que funcionan con igual descontrol que el
martillo mágico.
La tortuga lentilla
omo ella sabía que era lenta en todo su proceder, se tomaba las cosas
con calma. No es que fuera perezosa, dejada o haragana. Es que no podía
evitar que genéticamente sus neuronas estuvieran espesas y que su
metabolismo fuera tan lento.
Como, por otro lado, sabía que viviría muchos años, su planteamiento
vital era a largo plazo. En absoluto tenía prisa y jamás improvisaba, porque
en realidad tiempo es lo a ella le sobraba.
Todo su proceder era calculado, metódico y preciso. Pretendía con esta
táctica que progresivamente su comportamiento fuera mejorando y así un día,
más o menos lejano, llegaría a plasmar la perfección que era lo que en el
fondo ambicionaba.
De modo y manera que su existencia se convirtió en un continuo ensayo
de lo que en el futuro conseguiría. Gozaba, como un niño se deleita el día de
la víspera, viviendo imaginativamente los logros que más adelante, gracias a
su metódico en trenamiento, obtendría para envidia de sus congéneres. Así,
ensayo tras ensayo, esperaba un día conseguir la perfección. Todo era
cuestión de método y de insistencia. Y ella de ambas cosas tenía mucho.
Ese día se verían reconocidos sus esfuerzos; ese día conseguiría la
felicidad.
Tanto su comportamiento social, como su proceder interior, todo estaba
regulado por ese metódico entrenamiento en que se había convertido su
existencia.
Pero un buen día, cuando intentaba atrapar una suculenta hoja de arveja
silvestre, al borde de un arroyo, cayó rodando por el terraplén. Fue una mala
caída, porque, como todo el mundo sabe, la tortuga si se queda de espaldas no
puede sola ponerse de nuevo en pie. Y ella quedó así: con el duro caparazón
contra el suelo, encajado entre dos piedras, y las cuatro patas oscilando
patéticamente hacia arriba.
Mientras le llegó la muerte, tuvo tiempo de pasar revista a lo que había
sido su vida. Y lamentó en su interior que todos sus progresivos ensayos y
entrenamientos no hubieran podido plasmarse en aquella meta a largo plazo,
aquella meta que se propuso como la felicidad de su existencia.
Moraleja
No hagas con tu vida un borrador, porque puede que no tengas tiempo
de pasarlo a limpio. La felicidad no puede ser una meta hacia la que se
camina: es un determinado modo de caminar.
El leñador y el hacha perdida
ierta mañana, un leñador no encontró su hacha, cuando se disponía a
cortar leña en el bosque. Trató de recordar dónde la puso el día anterior. Le
vino entonces a la memoria el niño del vecino que, al anochecer, le observaba
mientras trabajaba. Empezó a sospechar de él.
-Seguro que ese maldito niño se la ha llevado. No me extraña... nunca me
ha gustado ese muchacho.
Se compró un hacha nueva y cada vez que veía al niño se daba cuenta de
que todo en él era sospechoso.
-Desde luego, es un niño raro. Su sonrisa es maliciosa, su mirada torva,
sus gestos huidizos, su manera de expresarse esquiva... Es un ladrón, un
miserable ladronzuelo.
Llegó el invierno y, cuando comenzó a consumir leña, apareció un buen
día el hacha debajo de unos troncos. Desde ese día, curiosamente, comenzó a
encontrar al niño más simpático: tenía una mirada cariñosa, su sonrisa era
franca y leal, sus palabras afectivas.
-Siempre me ha gustado ese muchachito. Es simpático y cariñoso. No me
importaría tener el día de mañana un hijo como él.
Moraleja
La mente engendra sus propias creaciones y la persona se las cree.
Las gafas
.n muchacho, que hacía deporte en un solitario parque, se vio de pronto
sorprendido por la aparición de un hada. En principio, el hada parecía
bondadosa y sonriente. De modo que él se detuvo y la miró expectante.
Ella, además de demostrar conocerlo a la perfección, le dio algunos
consejos y finalizó su conversación con esta propuesta desconcertante.
Mira, muchacho. Te voy a dar unas gafas que necesitas. Te vendrá muy
bien usarlas siempre.
-Señora - dijo el muchacho - yo no necesito gafas, porque desde pequeño
veo perfectamente. Todo lo percibo con una nitidez envidiable.
-Te equivocas. Tú crees que ves bien, pero no es verdad. Ya verás como al
final te alegras.
Y, de este modo, sin más conversación, el hada le puso encima de las
orejas unas lentes invisibles. Porque las hadas pueden hacer esas cosas.
El muchacho enseguida se dio cuenta de que las lentes no estaban
acomodadas a su visión, porque todo lo percibía confuso, borroso e
impreciso. Antes de que el hada desapareciera, le gritó que le cambiara las
lentes, porque con aquellos cristales él no veía nada claro.
Pero el hada no le hizo el menor caso:
No, muchacho. Esas son tus gafas y con ellas tendrás que pasar algún
tiempo. Te gusten o no te gusten. Al final, te alegrarás.
Como no podía quitarse de encima las gafas mágicas, el muchacho se
enfadó, cosa por demás natural. Porque antes todo lo veía claro y ahora todo
estaba difuso, indefinido y con los perfiles desdibujados. Era como si la
realidad se difuminara y perdiera los contornos.
Poco a poco, se tuvo que acostumbrar a la nueva situación. Aparecieron
en él actitudes que antes le eran completamente desconocidas: vacilar,
titubear, dudar, poner en tela de juicio, utilizar otros sentidos, analizar
minuciosamente cada situación para evitar equívocos...
Y así fue como, al cabo de un tiempo, constató que gozaba de menos
seguridad pero que había ganado en sentido crítico. Se equivocaba menos
porque antes de dar un paso analizaba con cuidado el terreno que iba a pisar.
Y, sobre todo, había aprendido una cosa importante: que las cosas no son
con frecuencia lo que parecen ser.
Moraleja
Todos los seres inteligentes dudan.
EL TRABAJO NOS CONCIERNE A TODOS
La hormiga productiva y feliz
odos los días, muy temprano, llegaba a su empresa la hormiga
productiva y feliz. Allí pasaba sus días, trabajando y canturreando una
antigua canción.
Era productiva y feliz, pero ¡ay!... no era supervisada. El abejorro Gerente
General consideró que ello no era posible, así que se creó el puesto de
Supervisor, para el cual contrataron a un escarabajo con mucha experiencia.
La primera preocupación del escarabajo Supervisor fue organizar la hora
de llegada y de salida, pero también preparó hermosos informes. Pronto fue
necesario contar con una Secretaria para que ayudara a preparar los informes,
así que contrataron una arañita que organizó los archivos y se encargó del
teléfono. Mientras tanto, la hormiga productiva y feliz trabajaba y trabajaba.
El abejorro Gerente estaba encantado con los informes del escarabajo
Supervisor, así que pidió cuadros comparativos y gráficos, indicadores de
gestión y análisis de tendencias. Entonces fue ne cesario contratar una avispa
ayudante para el Supervisor y se consideró indispensable un nuevo ordenador
con impresora a color.
Pronto la hormiga productiva y feliz dejó de canturrear sus melodías y
comenzó a quejarse de todo el papeleo que había que hacer ahora. El abejorro
Gerente consideró que era el momento de adoptar medidas.
Así crearon el cargo de Gerente del Área donde trabajaba la hormiga
productiva y feliz. El cargo fue para una cigarra que alfombró su oficina y se
hizo comprar un sillón especial. El nuevo Gerente de Área necesitó, claro
está, una nueva computadora y, cuando se tiene más de una computadora, hay
que contar con una red local. El nuevo Gerente pronto necesitó un Asistente
(que había sido su ayudante en la empresa anterior), para que le ayudara a
preparar el plan estratégico y el presupuesto para el área donde trabajaba la
hormiga productiva y feliz.
La hormiga ya no canturreaba sus viejas melodías y cada vez se le notaba
más irascible. - Un día de estos vamos a tener que contratar un estudio de
clima laboral - dijo la cigarra. Una mañana, el Gerente General, al revisar las
cifras, constató que la unidad de negocios (donde trabajaba la hormiga
productiva y feliz) ya no era tan rentable como antes. Así que contrató al
búho, pres tigioso Consultor, para que efectuara un diagnóstico. El búho
estuvo tres meses en la empresa y luego emitió un sesudo informe: «Hay
demasiada gente en este departamento».
De modo que el Gerente General, siguiendo el consejo del Consultor...
despidió a la hormiga productiva y feliz.
Moraleja
Si eres hormiga productiva y feliz, instala tu propia empresa.
El diseñador artístico
rase una vez un diseñador artístico. Trabajando día y noche, con sudor y
sangre, concibió una nueva idea.
Y, ¡oh maravilla!, había creado un alazán de pura sangre, de llameantes
ojos, cuello orgullosamente arqueado, poderosos remos y una flameante cola.
Era un animal perfecto, tanto que ni los antiguos dioses podrían haberlo
creado mej or.
Entonces convocó orgulloso a la familia para enseñarle su obra maestra.
Su mujer afirmó con seguridad: - Trota con demasiada ligereza. Después
de mucho discutir el asunto, pusieron al caballo patas de elefante. Su suegra
sugirió: - Creo que su alcance de visión es limitado. Se produjo una nueva
discusión y al equino le colocaron un cuello de jirafa. Su hijo, de 7 años,
censuró el color, que se parecía al puré de judías. En consecuencia, lo
cambiaron por un bonito tono violeta. Finalmente, su cuñado, empleado en
una gasolinera, opinó con tono crí tico: -No es lo bastante distinguido. Y,
siguiendo su consejo, se añadió al animal una cola de pavo real.
Al cabo del tiempo, todos en la familia se preguntaban por qué la empresa
publicitaria había rechazado la idea, aduciendo que no tenía garra.
Moraleja
No pidas asesoramiento a quien claramente está por debajo de ti.
La opinión del trabajador
n la Edad Media, un constructor salió a la calle con la intención de
averiguar qué opinaban sus asalariados del trabajo.
Fue hasta las obras de un edificio. Se acercó al primer trabajador y le
preguntó:
z Qué haces?
-Estás ciego o qué? - le contestó el peón-. Estoy partiendo esta maldita
roca con unas herramientas prim itivas y juntando los pedazos como me
manda el jefe. Sudo bajo este sol de justicia, el trabajo es agotador y me m
uero de aburrimien to.
El constructor se alejó y planteó a otro empleado la misma pregunta.
-Estoy tallando esta roca - contestó - y dando la forma apropiada a los
trozos para luego unirlos según las instrucciones del arquitecto. El trabajo es
cansado, a veces repetitivo, pero gano cinco francos por semana y eso me
permite mantener a mi mujer y a mis hijos. Es un empleo como otro
cualquiera. Podría ser peor.
Algo más animado, el constructor se acercó a un tercer peón.
-¿Y tú qué haces?
-Es que no lo ves? - replicó el hombre exultante, alzando los brazos al
cielo-. Estoy levantando una catedral.
El constructor de barcos
n la Edad Media, un entusiasta comerciante se propuso construir un
navío y dedicarse a la compra y venta por tierras de oriente.
Para ello, lo primero que hizo fue reclutar un grupo de artesanos, que
después también formarían su escueta tripulación.
Como le corría una cierta prisa emprender el viaje, comenzó por comprar
las mejores herramientas que encontró en el mercado.
La cosa iba lenta, para su gusto.
Contrató a un capataz, que inspeccionaba el ritmo del trabajo y sancionaba
con severidad los retrasos.
La cosa seguía lenta, para su gusto.
Contrató a un famoso naviero, que instruyó con eficacia al grupo sobre el
corte de los troncos, el ensamblaje de los maderos y el correcto embreado de
la quilla.
La cosa seguía lenta, para su gusto.
Amplió la paga en alimentación, pasando de dos comidas diarias a cuatro.
Con ello, pensaba que el grupo se motivaría.
Pero la cosa seguía lenta, para su gusto.
Entonces se le ocurrió al constructor charlar con sus empleados sobre la
libertad del mar abierto, sobre la belleza de los atardeceres en las playas del
Sur, sobre los placeres reservados a los que se arriesgan, sobre la hermosura
que se revela en las fantasías.
Y la cosa funcionó.
Moraleja
Si consigues que la gente sueñe y disfrute con sus sueños... empezará a
moverse en la dirección de sus ilusiones.
La persona que cree en ti
n anciano empresario había dirigido varias industrias y en la
actualidad pertenecía a varios consejos de Administración. Sobre la mesa de
su despacho, tenía siempre a la vista una pequeña tarjeta enmarcada
cuidadosamente. Era una tarjeta antigua, amarillenta y quemada por el
tiempo. En una tinta descolorida, con un desvaído color sepia, se podía leer:
«Tú puedes conseguir todo lo que te propongas, si te lo propones con coraje».
Contaba el empresario que, cuando tenía 8 años, se la regaló un maestro
que le apreciaba mucho, un maestro que creía en él. Desde entonces, como si
se tratara de un talismán, siempre la había llevado consigo y la había tenido a
la vista. Atribuía gran parte de sus conquistas y triunfos personales a esa
tarjeta, que encerraba dos contenidos: el mensaje escrito y la persona que lo
escribió, una persona que creyó en él.
La necesidad de aire
n joven fue a ver a un sabio maestro y le preguntó:
-Señor, ¿qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero?
El sabio no contestó. El joven después de repetir su pregunta varias veces
con el mismo resultado, se marchó y volvió al día siguiente con la misma
demanda. No obtuvo ninguna respuesta y entonces volvió por tercera vez y
repitió su pregunta:
-¿Qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero?
El sabio le dijo:
-Ven conmigo.
Y se dirigieron a un río cercano. Entró en el agua llevando al joven de la
mano y, cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los
hombros del joven y lo sumergió en el agua y pese a los esfuerzos del joven
por desasirse de él, allí lo mantuvo. Al fin lo dejó salir y el joven respiró
recuperando su aliento. Entonces preguntó el sabio:
-Cuando estabas bajo el agua, ¿qué era lo que más deseabas?
Sin vacilar contestó el joven:
Aire, quería aire.
-No hubieras preferido mejor riquezas, comodidad, placeres, poder o
amor?
No, señor, deseaba aire, necesitaba aire y sólo aire.
-Entonces - contestó el sabio-, para conseguir lo que tú quieres debes
quererlo con la misma intensidad que querías el aire, debes luchar por ello y
excluir todo lo demás. Debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese
fervor obsesivo, conseguirás sin duda lo que quieres.
El aprendiz de médico
n estudiante fue con un maestro para aprender el arte de curar. Vieron
venir a un paciente y el maestro dijo:
-Este hombre necesita granadas para curarse.
El estudiante recibió al paciente y le dijo:
-Tiene usted que tomar granadas: es todo lo que necesita.
El hombre se fue protestando y probablemente no consideró en serio el
consejo. El estudiante corrió a su maestro y preguntó qué es lo que había
fallado. El maestro no dijo nada y esperó a que de nuevo se dieran las
circunstancias.
Pasó un tiempo y el maestro dijo de otro paciente:
-Ese hombre también necesita granadas para curar, pero esta vez seré yo
quien actúe.
Le recibió y se sentaron, hablaron de su familia, de su trabajo, de su
situación, dificultades e ilusiones. El maestro, con aire pensativo, dijo como
para sí mismo:
Necesitarías para tu mal algún fruto de cáscara dura, anaranjada, y que en
su interior contenga granos] ugosos de color granate.
El paciente interrumpió exclamando:
-¡Granadas L ¿y eso es lo que podría mejorarme?
El paciente curó y el estudiante tuvo una ocasión más para aprender.
Moraleja
El remedio es la mitad de la cura, la otra mitad es la respuesta de aquel
a quien se cura.
El Universo se expande
1 pequeño Mateo Bermúdez dejó de hacer los deberes el día que se
enteró de que el Universo se expande.
El Universo lo es todo y, si se expande, llegará el día en que explote y será
el fin de todas las cosas. ¿Qué sentido tiene, por tanto, hacer los deberes o
cualquier otra cosa?
Y ese razonamiento era más fuerte que la lógica simple y demoledora de
su madre:
¡Estamos en Alcorcón y Alcorcón no se expande! O que las
tranquilizadoras palabras del maestro:
-Pasarán millones de años antes de que llegue el colapso.
O que las sensatas recomendaciones del psicólogo escolar:
-Ante lo inevitable no es bueno rebelarse, lo mejor es adaptarse.
O que las frívolas recomendaciones de su amigo Fidel:
No seas pardillo, tío, disfruta a tope, vive al día y olvídate del resto.
Y es que, en el fondo, el pequeño Mateo tenía razón. El Universo se
expande: todo acto de resistencia es inútil.
Moraleja
Las excusas que, a veces, buscamos para no hacer los deberes son en
verdad exóticas y peregrinas.
LA IMPORTANCIA DE LOS VALORES
El brujo de la tribu
abía una vez un brujo que era honesto, pero que no estaba muy
convencido de sus poderes sanadores. Titubeaba con frecuencia, sospechaba
de que sus diagnósticos no eran acertados, ejecutaba sus hechizos sin mucho
convencimiento... Por ello, las visitas cada día eran más escasas. Preocupado
por el tema, ya que en ello le iba el futuro de su familia, visitó a un brujo de
mucha experiencia y que era muy considerado en su comunidad.
Estos fueron los consejos del brujo experimentado:
1.Mírate todos los días al espejo y di en voz alta: «Soy el mejor brujo del
mundo». Si tú no crees en ti mismo... no esperes que nadie lo haga.
2.Plantea tratamientos prolongados. Que la gente no tenga prisa.
3.Utiliza el sentido común. Si mandas unas hierbas y no hacen efecto,
cambia rápidamente.
4.Preséntate siempre como alguien superior. Los demás no deben verte a
su misma altura. Para eso ayuda mucho utilizar, de cuando en cuando,
palabras que no entienda nadie.
5.Ten siempre preparado algo o alguien a quien achacar la causa del
fracaso: el mismo enfermo (la culpabilidad es lo que mejor funciona),
su cuñada o su suegra, la temperatura ambiental, un mal de ojo, el
hechizo de un enemigo desconocido...
Moraleja
Si no posees «gramática parda» no te metas a brujo de tribu. Con la
honestidad por delante, ningún brujo ascendió jamás.
Lo importante
n galeón procedente de las Indias naufragó en medio del océano, cerca
de una isla desconocida. Como el naufragio ocurrió no lejos de la costa y el
buque tardó varias horas en desaparecer bajo las aguas, los marineros
tuvieron tiempo de salvarse y de salvar también una parte pequeña de la
mercancía.
Se hundieron, eso sí, varios cofres cargados de monedas de oro, una bolsa
de badana llena de piedras preciosas, plantas exóticas y desconocidas en
Europa y algunos animales extraños que venían expresamente pedidos por el
rey.
Y, en realidad, lo que se salvó fue poca cosa: varios mosquetones,
cuchillos, algunas herramientas de carpintería, un pequeño barril de pólvora,
dos cueros llenos de agua potable, un saco lleno de carne amojamada y un
cajón de galletas.
Los marineros descansaban en la playa, lamentándose de la pérdida y
maldiciendo su mala suerte. Mientras tanto, un grumete bailaba como loco
alrededor del montón de los escasos bienes resca tados. Sus compañeros lo
miraban con expresión de asombro, como pensando para sus adentros que
aquel pobre muchacho había perdido la cabeza.
Finalmente, uno de los marineros más viejos le dijo:
Muchacho, después de todo lo que hemos perdido sin remedio... ¿tú te
diviertes alrededor de esas cuatro basuras que hemos rescatado? ¿Es que se te
ha ido la cabeza?
Y el grumete respondió, sin dejar de bailar:
-Lo importante no es lo que hemos perdido, lo importante es lo que nos
queda.
Moraleja
En todos los órdenes de la vida, lo importante no es lo que hemos
perdido: lo importante es lo que nos queda.
Los dos halcones
n rey recibió como obsequio dos pequeños halcones, y los entregó al
maestro de cetrería para que los entrenara.
Pasando unos días, el maestro cetrero informó al rey de que uno de los
halcones estaba perfectamente, pero que al otro no sabía que le sucedía. No
se había movido de la rama donde lo dejó.
Al día siguiente, el monarca pudo observar por la ventana que el ave aún
continuaba inmóvil.
El rey mandó llamar a curanderos, chamanes y sanadores para que vieran
al halcón, pero nadie pudo hacer volar el ave. Encargó después la misión a
inteligentes miembros de la corte, pero nada consiguieron.
Entonces decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a
la persona que hiciera volar al halcón.
A la mañana siguiente, con gran sorpresa, vio al halcón volando ágilmente
por los jardines. El rey dijo entusiasmado: - Traedme al autor de ese milagro.
Rápidamente le presentaron a un campesino.
Y el rey le preguntó:
-¿Tú hiciste volar al halcón?¿ Cómo lo hiciste? ¿Eres mago? ¿Tienes
poderes especiales?
Intimidado, el campesino le dijo al rey:
Fue fácil, mi Señor. Sólo corté la rama y el halcón voló. Se dio cuenta que
tenía alas y se lanzó a volar.
Moraleja
A veces necesitamos que nos corten la rama para constatar que
tenemos alas.
Los dos lobos
orría el siglo xii y, en parte de Europa, los campos se cubrían de
cadáveres por culpa de las llamadas Cruzadas contra los infieles.
Después de una de esas batallas en que la llanura quedaba sembrada de
cuerpos fríos, un lobo pasó por allí y, después de saciar su hambre, pensó que
una de aquellas casacas le vendría bien para soportar los fríos de la noche.
La casaca llevaba bordada una cruz, dado que pertenecería a uno de los
famosos cruzados. Acertó a pasar por allí otro lobo y tuvo, más o menos, los
mismos pensamientos. Pero la casaca, que se colocó encima de sus lomos,
tenía, para su desgracia, una media luna.
Cuando los dos lobos se encontraron al rato, se miraron de soslayo, se
enseñaron los colmillos, calibraron sus respectivas fuerzas, amagaron gestos
de ataque... y de forma categórica se enzarzaron en una pelea a muerte.
Finalmente, uno de los lobos - para la historia da igual quién fuera - sufrió
una dentellada en la yugular. A los pocos minutos moría desangrado.
El lobo superviviente siguió su camino y, de pronto, se encontró en una
curva del camino con una cabra. Ésta se había puesto una casaca similar a la
que él vestía. Inmediatamente, se sintió tranquilo. Aquel animal era, de su
mismo bando, vestía el mismo atuendo, era, por consiguiente, amigo.
Caminaron ya en el futuro siempre juntos, como compañeros, camaradas,
colegas, afines y correligionarios.
Aseguran las crónicas que, en un momento determinado, se juraron
incluso amor eterno. Pero esto, obviamente, no se ha podido probar.
Moraleja
Los símbolos tienen, por desgracia, más fuerza que la evidente
realidad.
El político
quel señor prometía llegar muy alto en los estamentos directivos del
país: era un maestro utilizando el lenguaje político.
El lenguaje político constituye un modelo patente de cómo se puede
emplear la palabra, incluso durante horas, sin transmitir idea alguna
constructiva. No simplifica, sino que más bien embrolla con su verborrea
inacabable. Pero se trata de un arte que exige un dedicado empeño y
entrenamiento para su mejora progresiva.
Porque no es fácil. Hablar y hablar sin decir nada... eso no se improvisa.
Hay pocos que lo consigan en alto grado, como para sacar nota. El político es
como un charlatán venido a más, como un charlatán depurado y selecto.
Para llegar a ser un calificado experto en lenguaje político se requieren
algunas cualidades innatas: verbo fácil, agudeza en la réplica, mínimo sentido
del ridículo, no creerse demasiado lo que se dice, facilidad de contagio
emocional y gesto decidido.
Y aquel señor lo tenía todo.
Se distinguía especialmente por la claridad. La progresión de sus
discursos maravillaba a todos, porque demostraba una luminosidad y
transparencia dignas de envidia. Sus palabras eran claras, sus frases eran
claras, sus párrafos eran claros.
Pero un día aquel señor se vio obligado a dar una mala noticia a un amigo
suyo. Y, en el momento en que más necesitaba la claridad, se vino abajo:
titubeó, trastocó las palabras, vaciló... y únicamente salieron de su boca unas
cuantas frases deslavazadas. No parecía el mismo.
Y las gentes se preguntaban: ¿Dónde está la proverbial claridad de este
político?
Moraleja
Es fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad.
El oportunista
abía en el siglo xiii un señor feudal, llamado Amalrico. Si algo le
caracterizaba era su oscilación y alternancia entre reyes, pontífices y partidos.
Defendió inicialmente a los cátaros, pero luego se cambió a las tropas del
papa Inocencio III y los masacró despiadadamente.
Durante un tiempo se hizo templario, pero posteriormente se pasó a la
Orden de Malta.
Ayudó a Sancho el Fuerte, rey de Navarra, en la reconquista. Pero le
pareció mejor pasarse después a las tropas de Alfonso VIII, con el que ganó
la batalla de las Navas de Tolosa.
Participó, junto al cabildo, en la construcción de la catedral de Burgos. De
ello sacó buenos beneficios. Aunque posteriormente se enemistó con el
obispo y dicen las malas lenguas que participó en su envenenamiento.
Luchó junto a Alfonso IX en la toma de Cáceres, pero a continuación le
vio más futuro a las alianzas con Fernando III, junto al que reconquistó
Sevilla y gran parte de Andalucía.
Esto no impedía, por supuesto, que mientras tanto tuviera negocios no
muy claros con los zegríes del reino de Granada.
Y, ciertamente, su estrategia le proporcionó excelentes resultados.
Además de acumular - para sí y para sus herederos - cuantiosos territorios,
cada vez que cambiaba de partido ascendía uno o dos escalones. De simple
hijodalgo pasó a gentilhombre, luego barón y vizconde, para seguir escalando
a conde, marqués y duque. Su máxima aspiración, que era conseguir el
archiducado, no la pudo satisfacer, pero no fue por falta de empeño.
En su escudo nobiliario se hizo grabar una medusa en el centro, medusa
que, gracias a un esmalte peculiar, ofrecía una curiosa novedad: cambiaba de
color según el lado de donde incidían los rayos del sol. Todo muy simbólico.
Encima de la medusa se leía:
«Tengo mis principios, pero».
Y debajo se concluía el lema:
«Me muevo con los tiempos».
Moraleja
Todo se justifica con una acertada frase en el escudo.
La jerarquía del picoteo
abía una vez un gallinero que, como todos, se regía por la jerarquía
del picoteo.
Correteaban por allí seis gallinas. La primera picoteaba a todas y no
permitía que ninguna le picoteara a ella. La segunda picoteaba a cuatro y era
picoteada por la primera. La tercera picoteaba a las tres últimas y era
picoteada por las dos primeras. Y así sucesivamente, hasta la sexta, que era
picoteada por todas y a ninguna podía picotear.
El hecho es que cada una sabía dónde estaba situada dentro de la escala y
la cosa funcionaba a las mil maravillas. Como tiene que ser. No había duda:
todas sabían quién dominaba a quién y quién se sometía a quién.
Pero, un buen día, el dueño del gallinero compró una nueva gallina y todo
se complicó. Porque la nueva gallina llegó con unas ideas un tanto extrañas.
Comenzó por dejar bien claro que ella era una gallina independiente, que
no pretendía dominar ni le gustaba ser dominada. Lo único que pedía es que
la dejaran en paz.
Aquello no sentó muy bien en el colectivo. No parecían dispuestas a que
una advenediza cualquiera pusiera en cuestionamiento su estructura
jerárquica, que tan bien funcionaba. Como no atendía a razones, se
confabularon y una tarde, las seis al unísono, le dieron una paliza como sólo
saben dar las gallinas cabreadas. La dejaron en un rincón, medio desplumada
y sangrante.
Pero, aunque alicaída y renqueante, la gallina nueva persistía erre que erre
en sus principios. De forma que optaron por excluirla de la comida
comunitaria. Ya no hubo maíz para ella y tenía que alimentarse, como podía,
de gusanos, garrapatas y otros pequeños insectos.
Como la nueva era pertinaz y no parecía cambiar de posición, la echaron
de mala manera de los palos donde todas dormían tan tranquilamente. Esto
tenía su riesgo porque, en el suelo, no podía abandonarse tranquilamente al
sueño: las ratas correteaban a su alrededor y, como todo el mundo sabe, se
trata de un ganado bastante poco fiable.
Debilitada progresivamente y marginada en el corral, una noche la gallina
murió en silencio. Eso sí, murió fiel a sus principios.
Moraleja
Ser independiente y salirse de los esquemas establecidos tiene un alto
coste.
La limpiadora
e producían una especial fascinación los santos y las santas.
De pequeña, su madre la solía llevar a la iglesia del pueblo y allí veía
imágenes en las paredes. Eran los santos y las santas que ya estaban en el
cielo. Para su mentalidad de niña, aquellas personas recubiertas con
vestimentas de colores ejercían una atracción especial.
Cuando creció, esa fascinación infantil se transformó en un interés más
maduro y objetivo. De todas formas, las santas siempre la atrajeron de forma
especial. En sus oraciones y en sus sueños, las veía rodeadas de un halo
luminoso. Se convirtieron en las heroínas de sus fantasías. Se imaginaba
exultante, viendo a alguna santa de verdad.
De todas formas, poco tiempo le quedaba para imaginaciones. Trabajaba
ocho horas diarias como limpiadora en una empresa, tenía que alimentar a
dos hijos y a la abuela, cosía para unos almacenes porque el dinero no le
llegaba, hacía de camarera en un bar los fines de semana... poco tiempo le
quedaba para imaginaciones.
Al cabo de muchos años, la pobre mujer, ya cansada y desgastada, llegó a
la puerta del cielo. Había varias personas esperando: un oficinista, un
arzobispo vestido de rojo, un albañil, una madre abadesa y un monje budista.
Por fin, iba a hacerse realidad su ilusión de ver a las santas. Y las iba a ver
cara a cara.
En estos pensamientos estaba, cuando se abrió la puerta, y alguien dijo:
-Que pase primero la santa.
Ella, como es natural, pensó que se referían a la abadesa. Lo mismo pensó
la propia abadesa... pero ambas se equivocaban: la señalaron con el dedo y la
invitaron a entrar la primera.
La manada
abía una vez una manada de ovejas, con sus .correspondientes
carneros y sus correspondientes corderos. Si por algo se caracterizaba aquella
manada era porque todos actuaban al unísono. Si la primera oveja cruzaba la
carretera... todas la seguían sin rechistar. Si la primera oveja se metía en el
río... todas la seguían sin rechistar. Si la primera oveja se paraba en un
prado... todas se paraban sin rechistar.
Pero una primavera nació un corderito precioso, que con el tiempo
comenzó a dar problemas. Daba problemas porque no seguía las normas del
grupo, sino que en ocasiones se rebelaba contra lo normal y establecido.
Por qué tengo que hacer lo que todos hacen?
-Hijo, tienes que hacerlo porque es lo que durante miles de años ha hecho
nuestra especie.
-Y por qué tengo que decir continuamente amén, amén, sin pensar por mi
cuenta?
-Hijo, pensar por tu cuenta sólo te traerá problemas.
z Y por qué no hago yo mi propio camino?
-Hijo, si haces tu propio camino te podrás equivocar. Si sigues a la
manada, nunca yerras.
En los corrillos, tertulias y cabildeos de la manada, se calificaban las
opiniones del cordero como disparatadas, descabelladas, desatinadas, ilógicas
y absurdas.
Un buen día, el cordero se dijo: - Ya está bien, ya estoy harto de decir
amén, amén... voy a tener mis propias iniciativas.
Y, dicho y hecho, se puso en camino y se marchó por su cuenta. Esto,
como es natural, no gustó nada en los ambientes tradicionales del colectivo
ovino y comenzaron a decir: - Esta conducta no es propia de una auténtica
oveja, nos ha salido una cabra loca.
Desde entonces, en los agregamientos de corte ovino y conformista, se
denomina «cabra loca» a todo el que no acepta dócilmente los dictámenes
tradicionales.
Moraleja
El mundo avanza, en muchas ocasiones, gracias a las «cabras locas».
El coleccionista de errores
quel hombre se había equivocado muchas veces. Se podría decir que
coleccionaba equivocaciones.
Se equivocó al elegir carrera, de lo que tuvo que arrepentirse durante años
y años de vida laboral.
Se equivocó al elegir esposa. Esto fue aún más doloroso, pero tuvo el
remedio de corregir lo andado y cambiar de pareja. Al segundo intento,
parece que se acercó más al acierto.
Se equivocó en la educación de sus hijos. Unas veces por excesiva
blandura y otras por excesiva dureza.
Se equivocó al elegir sus amistades. Este error le proporcionó no pocos
sinsabores. Hubo frustraciones, chantajes, estafas... acabó casi en la pura
miseria por culpa de malos amigos.
De todas formas, aquel hombre se fue adaptando a la realidad. Consiguió
salir a flote de tanto desastre acumulado. Poco a poco fue adquiriendo
sabiduría. Porque hemos de saber que la sabiduría, en gran medida, está
hecha de adaptación a la realidad.
Y al final de sus días, paradójicamente, aquel hombre se podría decir que
era muy sabio. De hecho, todos en el pueblo le consideraban un anciano
sabio. Y es que uno se hace sabio a base de experiencia, que es la forma en
que normalmente se llama al conjunto de nuestras equivocaciones.
Moraleja
La sabiduría suele llegar tarde, cuando ya no sirve para nada, porque
las decisiones fundamentales de la vida se toman cuando no se está
preparado.
El ángel de la muerte
na anciana estaba planchando un montón de ropa cuando el ángel de la
muerte se le acercó, diciendo:
-«Mujer, ya es hora. ¡Ven!».
La mujer contestó:
-«Bien, pero primero tengo que terminar de planchar la ropa. ;Quién lo
haría si no lo hago yo? Y luego tengo que guisar, porque mi hija trabaja en la
tienda y necesita comer cuando llegue a casa».
El ángel se marchó. Después de un tiempo volvió de nuevo. Se encontró
con la anciana cuando ésta salía de casa. El ángel dijo:
-«Ven, que ya es hora».
Y la mujer le contestó:
-«Pero primero tengo que ira la residencia de ancianos, donde hay una
docena de personas que me están esperando, olvidadas de sus familias.
¿Cómo podré abandonarlas?».
El ángel partió. Después de cierto tiempo, el ángel volvió nuevamente
diciendo:
-«Mujer, ya es hora. ¡Ven!».
La anciana contestó:
-«Sí... ya sé. Pero, ¿quién llevará a mi nieto al jardín de infancia si ya no
estoy yo?».
El ángel suspiró:
-«Bien, esperaré mientras tu nieto no sepa andar solo».
Unos años más tarde, hacia la noche, la anciana estaba sentada,
sintiéndose muy cansada y pensaba:
-«En realidad, ahora podría venir el ángel. Después de tanto trabajo, la
bienaventuranza tiene que ser hermosa».
El ángel apareció. Y la mujer preguntó:
-«¿Me traes la bienaventuranza?».
El ángel, a su vez, le preguntó:
-«¿ Y dónde crees que has estado todo este tiempo?».
Moralejas
1.El sentido de la danza no consiste en su terminación, sino en la danza
misma.
2.La felicidad no es una meta hacia la que se camina, es un determinado
modo de caminar.
La señora hiperocupada
quella señora no tenía un minuto de descanso.
La mañana se le iba entre el gimnasio, la piscina y el masaje. Al tiempo
que sufría un duro castigo de su masajista preferido, la manicura le preparaba
con esmero las uñas de manos y pies.
Previamente, por supuesto, había tenido que dar las órdenes precisas al
servicio sobre compra de viandas en el mercado, menú previsto para el día y
provisiones para el fin de semana. Eso contando con que no hubiera
programada ninguna fiesta en casa, porque entonces se acumulaba el trabajo
de forma desmesurada y, consecuentemente, la responsabilidad.
Terminado el masaje, aperitivo en el club. Después del almuerzo, le
gustaba tomar el sol en una tumbona del jardín y, posteriormente, se
acicalaba con esmero. Entonces solía alternar reuniones con amigas, unas
veces simplemente para tomar el té y departir las últimas noticias, otras para
planificar las fiestas que periódicamente, con los motivos más peregrinos,
solían celebrar en casa de una o de otra.
Las tardes se reservaban ritualmente a una actividad casi religiosa: una
partida de bridge, con merienda incluida, partida que semanalmente se
celebraba en una casa distinta. Ella lo consideraba lo lúdico del día y
afirmaba contundente que nadie puede vivir sano de mente sin alguna
actividad lúdica. El bridge alternaba, por supuesto, con el póker o la canasta.
Porque, democráticamente, la anfitriona era quien escogía el tipo de juego
que se pondría sobre la mesa y el nivel de las apuestas.
Después de cambiarse de vestido y maquillarse de nuevo, la noche
normalmente oscilaba entre el teatro, la ópera o alguna fiesta en casa de
cualquier personaje de reconocido prestigio en la alta sociedad.
Lo cierto es que, a lo largo de la semana, aquella señora no tenía un
minuto de descanso. De modo y manera que le sobrevino una especie de
estrés, un interno regomello por tanto ajetreo. Era como un runruneo visceral,
que ella definía como ansiedad por la aceleración.
Y ello hizo que finalmente tuviera que visitar de forma periódica a un
reconocido psicólogo, lo cual a su vez se convirtió en otra tarea más.
Moraleja
Ocupa mucho tiempo disimular el vacío.
Los jíbaros
ace muchos siglos, un grupo de exploradores cayó en poder de una
tribu de jíbaros. Como es bien sabido, estos salvajes se divierten achicando
las cabezas de sus enemigos. Pero, en este caso, prefirieron realizar un
experimento y achicaron las conciencias de los exploradores. Al final, resultó
que los exploradores se escaparon con sus conciencias achicadas.
Cuando llegaron a la llamada civilización, se mezclaron con los demás,
formaron familias, tuvieron hijos y numerosa descendencia, cosa por demás
natural.
De ese grupo de exploradores desciende, por tanto, una copiosa prole, que
se ha ido expandiendo a lo largo de los siglos. En ese colectivo podríamos
muy bien incluir a los mafiosos, los macarras y explotadores, los déspotas y
abusadores, los autócratas y tiranos, los arbitrarios e injustos, los psicópatas
desalmados, los maledicentes y calumniadores, los opresores y pandilleros...,
además de algún que otro abogado, algún que otro notario, algún que otro
militar, incluso algún que otro obispo.
No debe sorprendernos, por tanto, que haya gente sin conciencia o con la
conciencia achicada.
Moraleja
Aunque comprendas el origen de la maldad, harás bien en mantenerte
alejado de ella.
El hombre-esponja
n leñador vivía en una cabaña, en medio del bosque. Se ganaba la vida
vendiendo madera a los habitantes del pueblo y era conocido por todos como
una buena persona. Una noche en que volvía a su cabaña, con el burro
cargado de troncos, de pronto se le apareció en medio del camino un hada.
Parecía un hada buena y le preguntó:
-«¿Qué quieres que te conceda?».
El leñador pensó un momento y dijo:
-«Una casa mejor».
El hada respondió:
-«No. Eso no es lo que te conviene».
El leñador pidió algo nuevo:
-«Un caballo con más fuerza que este pobre burro con que cuento».
El hada contestó:
«No, eso no te conviene».
El leñador dijo entonces:
«Un cofre de oro para no tener que trabajar tanto».
El hada, sonriendo, también se lo negó y dijo:
-«Mira, me estás pidiendo cosas materiales y eso no es lo que te traerá la
felicidad. Te voy a convertir en el hombre-esponja».
El leñador se asustó un poco, pero el hada le dijo:
-«De ahora en adelante, tendrás una habilidad especial para empaparte,
igual que una esponja, de todo lo bonito, lo agradable, lo hermoso que ofrece
la existencia».
Y efectivamente, a partir de entonces nuestro hombre adquirió una
sensibilidad especial para gozar de los sonidos, de los colores, de los sabores,
de los olores que la vida ofrecía a su alrededor. Era como si hubiera entrado
en un mundo maravilloso, lleno de placeres nuevos y sinfonías desconocidas.
Siempre recordó la última frase que le dijo el hada, antes de desaparecer:
«La felicidad no es una meta hacia la que se camina, es un determinado modo
de caminar».
El gato bonsái
n paciente cirujano japonés logró recubrir con alambre el esqueleto de
un gatito recién nacido, para impedir el crecimiento natural. El gato se quedó
pequeñito toda su vida. Todo el mundo estuvo encantado del experimento,
menos el gato bonsái, que tenía unos terribles dolores y un tremendo estrés.
Como concluyeron que estaba mal de los nervios, lo atiborraron de Valium,
Tranquimazin y Prozac. Terminó el pobre completamente adicto a los
fármacos.
Un día, harto de la situación, se dijo: «¡Ya está bien!». Y con unos
pequeños alicates, se cortó los alambres. Creció con un poco de retraso, es
cierto, pero la sensación de esponjamiento que gozó al quitarse el arnés de
alambre fue tan fuerte, que le dejó una sonrisa en los labios hasta el día de su
muerte, muchos años después.
Moraleja
1.Cuando uno se dice: «¡Ya está bien!», se produce a continuación un
crecimiento acelerado.
2. Ningún modelo teórico, ninguno, puede mejorar lo que la naturaleza ha
conseguido a través de millones de años.
3.Dios nos guarde de encontrarnos con chamanes, visionarios, hechiceros,
nigromantes, adivinos, brujos de tribu, iluminados, videntes y
profetas... que pretendan recubrir con alambre nuestra alma libre.
Letanía a los Reyes Magos
ueridos Reyes Magos:
La pura verdad es que, en nuestro mundo, poco creemos ya en vuestras
venidas periódicas de Oriente. Además, tenéis que sufrir la competencia
desleal de un tal Papá Noel.
De todos modos, si es cierto que vais a venir, - además de juguetes para
los críos que han sido buenos y obedientes-, podríais concedernos algunas
cosas:
Que mantengáis la inocencia de los niños, que creen que la democracia es
el gobierno del pueblo, que todos los hombres somos iguales y que su padre
es el más listo del mundo.
Que disminuya, en esta nuestra hermosa tierra, la caza de brujas, la
idolatría del líder y la fe en la fuerza bruta del sable.
Que quiebre y fracase y sea engullido por Hacienda todo negocio que
utilice al hombre, o a la mujer, o al niño como mercancía.
Que nos deis suficiente sentido crítico para enfrentarnos a publicistas,
promotores, difusores, propagandistas y políticos... que en el fondo sólo
quieren lo que quieren: «llevarnos al huerto».
Que nos libréis de los necrófagos, gafes y flagelantes, por un lado, y de
los gurus, salvadores y mesías, por otro.
Que todos los que cantan «gracias a la vida que me ha dado tanto»,
florezcan, crezcan, se multipliquen y aumenten su poder de contagio.
Que no nos dejéis caer en la tentación de creer todo o de negar todo:
ambas posturas nos evitan pensar... y eso no es bueno.
Que conservéis la libertad interior a los nómadas y trashumantes, porque
no echan raíces y siempre ven horizontes nuevos.
Que hagáis comprender al hombre de hoy que no se puede vivir tan sólo
de oscilaciones de bolsa, de ordenadores, de prensa rosa, de basura televisiva,
de crucigramas y horóscopos.
Que no caigamos en el destino fatídico de pasar media vida
equivocándonos y la otra media quejándonos de que los demás hagan lo
mismo.
Que comprendamos, de una vez por todas, que los seres verdaderamente
importantes no son los que en un momento nos dijeron «te quiero», sino
quienes tocaron nuestra vida de una mane ra especial, aquéllos que nos hacen
sonreír cuando realmente lo necesitamos, aquéllos que permanecen a nuestro
lado en silencio y conocen nuestras costumbres.
Que nos enseñéis a retroceder, enmendar lo dicho y desandar lo andado,
porque sólo la mano que tacha puede escribir lo justo.
Que nos proporcionéis algo más de agilidad mental que la del mejillón,
algo más de sensibilidad que la del cencerro, algo más de ternura que la del
marrajo.
Que no nos dejemos engañar: detrás de una espléndida sonrisa puede
haber mucha mentira, mucha maldad o mucha estupidez.
Que, de tiempo en tiempo, nos dejemos pasivamente llevar por la materia
de la que están hechos los sueños.
Que, aun cuando nos enfrentemos a la certeza lúcida de la desesperanza,
no cometamos la sandez de afirmar que «cualquier tiempo pasado fue
mejor».
Que aprendamos algo muy simple: tanto para ser feliz como para ser
desgraciado se necesitan muy pocas cosas.
Que los responsables de arriba comprendan - que todos comprendamos
también - que no haber podido eliminar la guerra es el fracaso ma yor de
nuestra especie, como especie inteligente que pretende ser.
Que alejéis de nuestro camino a los siniestros augures, cuyo oficio es
sembrar angustia con sus negros presagios, premoniciones y catastrofismos.
Que, de una vez por todas, caigamos en la cuenta de que las realidades
humanas no son totalmente blancas o negras, totalmente buenas o malas, sino
más bien grises, ambiguas y oscilantes.
Que no nos preñen la mente con posturas fanáticas, espasmódicas y
viscerales. Ello nos lleva a luchar innecesariamente y toda victoria
innecesaria es un crimen.
Que nos concedáis la fuerza necesaria para enfrentarnos a la verdad sin
titubeos, a la decepción sin amargura, al amor sin acaparamiento, al éxito sin
arrogancias... y a la muerte sin descomponer la figura.
Amén. Así sea.
LA FAMILIA ES COMO UN UNIVERSO EN MINIATURA
El nido
n lo alto de la copa de una encina gigantesca, una pareja de águilas
había construido su nido. El padre salía periódicamente para proveer de
comida a la hembra, que incubaba por entonces los dos huevos de su puesta.
Se trataba de una hembra particularmente maternal, afectuosa, solícita,
emotiva..., aunque un tanto retentiva, como luego veremos.
Cuando por fin salieron los dos polluelos, un macho y una hembra, la
madre los cuidó con todo cariño y dedicación. Estaba orgullosa de haber
formado una familia y por todos los medios pretendía que se mantuviera
siempre unida, como tiene que ser.
Por ello, en sus conversaciones diarias con los polluelos, insistía en los
peligros de andar sueltos, en la seguridad del hogar familiar, en la protección
que supone estar cerca de una madre.
A pesar del miedo que infundía la madre con sus intervenciones y con las
que pretendía retener cerca a sus crías, la hija comenzó a batir sus alas, a
amagar los gestos del vuelo, a entrenarse para cuan do tuviera que saltar fuera
del nido. Y un buen día, cuando le llegó la hora marcada por su naturaleza, se
lanzó al vacío y comenzó su vida independiente.
Pero la cría macho se dejó influir por la madre y creció lleno de miedos y
aprensiones. El águila madre estaba muy contenta, porque lo retenía cerca
como si fuera un polluelo, cuando en realidad era ya un adulto capaz de cazar
por sí mismo. Según ella, había conseguido mantener unida sólo media
familia.
Pero un mal día, mientras la madre volaba buscando algún lagarto con que
alimentar a su hijo, una serpiente trepó por el tronco y asomó de repente su
cabeza triangular por encima del nido. El aguilucho, cuando vio aquellos ojos
fijos, que no parpadeaban, aquella lengua que se movía como un gusano... se
sintió morir. En lugar de hacerle frente, se lanzó fuera del nido. Como sus
alas estaban atrofiadas y no había ensayado previamente el vuelo, fue dando
golpes de rama en rama hasta quedar inmóvil en el suelo. Y allí fue donde la
serpiente acabó con él.
Moraleja
El nido es un trampolín hacia fuera, no un refugio hacia dentro.
La gallina y los patitos
abía una vez una pata que había puesto cuatro huevos.
Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató. Pero, por alguna
razón, no llegó a comerse los huevos antes de huir, y éstos quedaron
abandonados en el nido.
Una gallina clueca pasó por allí y encontró el nido descuidado. Su instinto
la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos. Poco después nacieron los
patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina por su madre y caminaban en
fila detrás de ella.
La gallina, contenta con su nueva cría, los llevó a la granja.
Todas las mañanas, después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el
suelo y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían
arrancar de la tierra ni un mísero gusano, la mamá proveía de alimento a
todos los polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos
dándoles de comer en el pico.
Un día como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los
alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.
Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos se zambulleron de un salto en
la laguna, con toda naturalidad, mientras la gallina cacareaba desesperada
pidiéndoles que salieran del agua.
Los patitos nadaban alegres, chapoteando, y su mamá saltaba y lloraba
temiendo que se ahogaran.
El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la
situación.
-No se puede confiar en los jóvenes - fue su sentencia. Son todos unos
imprudentes.
Uno de los patitos, que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo:
-No nos culpéis a nosotros por vuestras propias limitaciones.
Moraleja
No pienses que la gallina estaba equivocada. No juzgues tampoco al
gallo. No creas a los patos prepotentes y desafiantes. Ninguno de estos
personajes está equivocado. Lo que sucede es que ven la realidad
desde posiciones distintas.
El único error, casi siempre, es creer que la posición en que estoy es la
única desde la cual se divisa la verdad.
El educador prevenido
n padre, preocupado por la óptima educación de su hijo, leía cuantos
libros caían en sus manos sobre pedagogía. Además, no perdía conferencia o
cursillo sobre educación que se le pusiera a tiro. Gustaba indagar en Internet
sobre las últimas tendencias en educación moderna y los resultados de
múltiples investigaciones que en todo el mundo se llevaban a cabo.
Decía que la educación de los primeros años es como el abono de un
arbolito, del que depende su correcto crecimiento en el futuro. Y,
evidentemente, tenía razón.
Pero, al margen de sus conocimientos teóricos - que los tenía y muchos-,
aquel padre confiaba en una regla básica de su invención, que llevaba a la
práctica ya desde los primeros meses de vida de su hijo.
Esta regla básica, a la que otorgaba una importancia extraordinaria, era
sencilla y llanamente mentir. Así como suena.
Desde las primeras conversaciones con su bebé, le mentía
descaradamente. Había mentiras pequeñas, mentiras jocosas, mentiras
transcendentes, mentiras familiares, mentiras lúdicas... toda clase de mentiras.
Al final, no sólo mentía sobre los Reyes Magos y sobre cómo vienen los
niños al mundo - que son mentirijillas sin importancia de tan repetidas-, sino
que en aquella familia la mentira se convertía en una forma de comunicación
diaria y continuada.
Un día, al preguntarle un amigo por qué se comportaba de esa forma tan
poco usual, él le contestó muy seguro:
-«Educo a mi hijo para encarar la forma de comunicación que, durante
toda su vida, van a tener los políticos con él».
Moralejas
1. Más vale prevenir que lamentar.
2. Como, posiblemente, al leer esto tú estés pensando en políticos
opuestos a los que yo pensé al escribir... ello quiere decir que todos
son sospechosos.
La madre afectuosa
na vez, había una madre cariñosa y tierna. Viuda desde hacía varios
años, sólo tenía una hija que daba sentido a su existencia. Sus noches y sus
vigilias, sus entradas y sus salidas, sus pensamientos y sus sentimientos...
todo el ser de aquella mujer estaba centrado en su hija.
En las veladas ante el televisor, solía mostrarle a su hija cuanto la
necesitaba hablando de amor y de relación maternofilial.
Estas eran algunas de sus frases:
-«Si tú supieras lo que yo he sufrido cuando eras pequeña para sacarte
adelante...»
«Te amo entrañablemente, por tanto debes amarme y abandonarlo todo en
aras de mi amor».
-«Como yo soy mayor -desvalida y falta de fuerzas y como tú eres fuerte y
segura de ti mismo... tienes que quedarte a mi lado y cuidarme con cariño».
-«He hecho esto y esto por ti, ¿qué harás tú por mí?».
-«Debes amarme porque sufro y estoy indefensa».
-«Me has hecho sufrir en el pasado, tienes por tanto que ayudarme,
cuidarme, sacrificarte por mí».
-«Siento a veces, con verdadero pánico, que te alejas de mí. No quiero ni
pensarlo, pero vas a conseguir que un día haga una locura».
-«Te interesa estar a buenas conmigo, porque conozco algunas cosillas de
tu pasado que deben quedar siempre en el secreto. Y lo estarán, porque soy
una buena madre».
«El amor más verdadero es el amor que no espera nada a cambio y que se
expresa por medio del sacrificio. Así espero yo ser querida por ti».
-«Cariño, no busques a ninguna persona fuera de estas cuatro paredes.
Nunca encontrarás a nadie que te quiera como yo te quiero».
Cuando un buen día, la hija alquiló un apartamento, hizo su maleta y se
marchó de casa dando un portazo, aquella mujer lloraba por los rincones
amargamente:
-Que' pecado habré cometido, Dios mío, para merecer esto? Yo que di la
vida entera por mi hija... Está visto: mientras más das, menos recibes. ¡No
hay cosa peor que la ingratitud.!..».
Moraleja
No es posible querer por obligación. Cariño manipulado, más tarde o
más temprano es cariño muerto.
Historia de camellos
na madre camella y su bebé estaban descansando. De repente, el bebé
camello pregunta...
Bebé: ¿Por qué los camellos tenemos joroba?
Mamá: Mira hijo, nosotros somos animales del desierto y necesitamos la
joroba para guardar agua y poder sobrevivir sin ella.
Bebé: Bien, ¿y por qué son nuestras piernas largas y nuestras patas
redondas?
Madre: Hijo, obviamente ellas se adaptan para andar en el desierto: ¡con
estas piernas nos podemos mover por el desierto mejor que nadie!
Bebé: Bien, ¿y por qué son nuestras pestañas tan grandes? A veces esto
molesta mi vista.
Madre: Hijo mío, estas pestañas largas y gruesas son una tapa protectora.
Ellas ayudan a proteger tus ojos de la arena de desierto y del viento.
Bebé: Ya entiendo. Entonces la joroba debe almacenar el agua cuando
estamos en el desierto, las piernas son para andar por el desierto y estas
pestañas protegen mis ojos de la arena del desierto... ¿Entonces, qué
demonios estamos haciendo aquí en el zoológico?
Moraleja
Habilidades, conocimientos, capacidades y experiencia únicamente
son útiles si estás en el lugar correcto.
El observador
él le habían dicho siempre que la sabiduría reside en los ancianos. Por
temperamento, él era científico: buscaba pruebas concretas y objetivas acerca
de todo lo que se le decía. De modo que puso a prueba esa afirmación.
Durante un tiempo, se dedicó a observar el comportamiento de ancianos
en la ciudad y en el campo, en el mar y en la montaña, en soledad y en
compañía...
Todo lo fue anotando en su cuaderno. Y lo que anotaba en su cuaderno no
eran precisamente expresiones de sabiduría.
Había miedos, muchos miedos, había resentimiento, había manifiesta
avaricia en determinados casos, había envidia. En ocasiones, había pereza y
manipulación de los más jóvenes, había corazones resecos y sin esperanza.
Encontró frustración vengativa y poca reconciliación con el pasado. Había
desilusión y culpabilidad. En ocasiones, los gestos de paloma que expresaban
las manos no se correspondían con los sentimientos de halcón que salían del
corazón. Intolerancia, intransigencia, dogmatismo propio del que se cree en
posesión de la verdad absoluta. Veneno almacenado durante largos años,
rechazo de los cambios traídos por los tiempos, amargura por la propia vejez
y el decaimiento consiguiente...
Al final, tuvo que concluir, con una cierta pena, que cuando se afirma que
la sabiduría reside en los ancianos... se trata sin duda de una afirmación
gratuita.
Eso sí, cuando encontraba un anciano sabio se trataba de una gran
sabiduría. Pero no era lo corriente. Más bien parecía que esa persona siempre
había sido sabia y ahora lo era más.
Moraleja
La vejez únicamente acentúa y magnifica lo que ya había con
anterioridad, no crea nada nuevo.
LOS OTROS ESTÁN AHÍ, A NUESTRO ALREDEDOR
La adolescente ansiosa de amor
abía una vez una adolescente que, por encima de todo, pretendía ser
amada. El amor siempre es algo bonito, hay que reconocerlo, pero para ella
era imprescindible.
Como ser amada se convirtió en una cuestión tan importante, pensó para
sus adentros: si me parezco mucho a alguien... ese alguien me querrá sin
duda, porque soy igual a él.
De modo que, cuando se enamoró de un chico que acababa de ingresar en
las fuerzas armadas, comenzó a caminar de modo marcial, marcando el paso
con un raro estilo castrense.
Aquello terminó y se enamoró de un estudiante de botánica. Entonces se
pasaba los días rebuscando en el monte plantas extrañas sobre las que
discutía animadamente, aunque en el fondo nada le importaban esos
vegetales.
Tuvo una amiga deportista y durante esa etapa hizo más ejercicio físico
que en el resto de su vida.
Se metió en un grupo con intereses políticos y, para estar a su altura, se
compró varios libros de teoría política. Estudiaba por las noches, porque para
ser aceptada en el grupo tenía que parecerse a sus componentes.
Finalmente, pasaron los años y se enamoró de un hombre con una salud
francamente débil. Era un ser enfermizo y enclenque, pero ella ansiaba
conseguir su amor como fuera. Necesitaba ser amada a toda costa. De modo
que ella misma, hasta entonces sana, comenzó a padecer extrañas dolencias y
malestares.
Aquel hombre al final murió. Y ella, al poco tiempo, para parecerse a él...
también murió sin razón aparente.
Lo triste del caso es que, después de hacer todo lo que hizo, se fue de este
mundo sin conseguir que nadie la quisiera.
Moraleja
No te conviertas en la sombra de nadie. Es muy dificil querer a una
sombra.
El buscador de amigos
abía un anciano, Rafael, que era sociable y amistoso. Por eso, hacía
tiempo que anhelaba contar con un grupo de amigos. Pero, cuando pasaba
lista...
Franciscose altera por nada y discute levantando la voz. Una persona así
no es agradable.
Pedrohabla demasiado. La conversación con una persona demasiado
habladora se reduce a escuchar. Uno también necesita que le escuchen
los demás.
Josées un poco nervioso. Dialogar con él trastorna a cualquiera.
Juan¡es una buena mujer, pero solamente habla de su pasado. Uno, a estas
alturas de la vida, lo que quiere es mirar al presente.
Antoniono tiene más conversación que su madre y lo que él la quiso. La
gente que no tiene más que un tema de conversación irrita bastante.
Manuelaes una mujer simpática y buena conversadora, pero le huele el
aliento. Alguien para tenerlo al lado no puede ser así.
De modo que Rafael, nuestro anciano, cuando iba al Hogar del
Pensionista, se sentaba en un rincón y miraba cómo los demás hablaban entre
sí.
Moraleja
El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
El gurú visionario
quel gurú predicaba todas las mañanas desde hacía muchos años. Sus
oyentes crecían de día en día y él impartía sus enseñanzas a miles de
peregrinos.
Y sus enseñanzas era estas: «No hay más que una verdad, que es esta que
yo os declaro: Cumplid esta verdad que yo os anuncio y todo irá bien».
Pero una noche, el gurú tuvo una revelación. A la mañana siguiente, sus
enseñanzas fueron estas: «No hay una verdad sino muchas verdades. Cada
uno de vosotros tiene que encontrar su propia verdad. Esa es vuestra
responsabilidad. Yo tengo mi verdad y vosotros tenéis que encontrar la
vuestra».
A partir de ese día, los peregrinos dejaron de acercarse a escucharlo.
Buscaron otros gurús. Sus comentarios al alejarse eran estos: «No tiene las
ideas claras, no proporciona ninguna seguridad, su filosofa no es sólida, ¿para
qué quiero yo un gurú que no me dice claramente lo que tengo que hacer?».
Moraleja
Si quieres que las multitudes te sigan, no les pidas que piensen.
La amargante
onozco una mujer un tanto peculiar. Debes tener cuidado cuando te
aproximas. Por tu bien.
Porque estas son sus típicas actuaciones:
Si un día se te ocurre comentarle - lamentable error - que te duele la
cabeza, ella puede responderte:
-Pues a mi Enrique, que en gloria esté, le dio una punzada en ese mismo
sitio tres días antes de abandonarme, pobrecito mío.
Si te has tenido que extirpar un quistecito - completamente benigno según
el médico-, puede decirte:
-No te confíes, porque hasta que te den el resultado de la biopsia... no
sabes seguro si es o no es algo malo.
Si le anuncias que estás embarazada, lo más probable es que te anime con
algo como lo que sigue:
-Pues hija, qué tranquila eres, yo que tú me preocuparía porque a tu edad...
es muy posible tener un hijo con síndrome de Down.
Si tienes que operarte de apendicitis, su comentario puede ser:
-Advierte al anestesista que tenga cuidado, porque el sobrino nieto de la
suegra de mi vecina Engracia, visto y no visto, se quedó como un pajarito en
la mesa de operaciones.
Si el ATS te ha quitado un granito en el pie, puede animarte con algo así:
-Vigila cuidadosamente ese pie porque mi cuñada se confió y al final le
cortaron la pierna por culpa de la gangrena.
Con esta mujer hay que mantener las distancias.
Si la conocieras, comprenderías al que inventó el refrán «más vale estar
solo que mal acompañado». El pobre debió de sufrir lo suyo.
Moraleja
Hay gente a quien produce un placer morboso el asustar. Aléjate de
ellos.
Caminos hechos
n día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a
sus pastos. Como era un animal irracional, abrió un sendero tortuoso, lleno de
curvas, subiendo y bajando colinas.
Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para
atravesar el bosque. Después llegó el turno de un carnero, jefe de un rebaño,
que, viendo el espacio ya abierto, hizo a sus compañeros seguir por allí. Más
tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero: entraban y salían, giraban
a la derecha y a la izquierda, descendían, se desviaban de obstáculos,
quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero no hacían nada para crear
una nueva alternativa.
Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino
donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas, obligados a
recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en 30
minutos si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.
Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un
poblado y, finalmen te, en la avenida principal de una ciudad. Todos se
quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.
Moraleja
Los hombres tienen la tendencia a seguir como ciegos el camino que
ya está abierto, sin preguntarse nunca si esa es la mejor elección.
Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué lo hacen de ese
modo, su respuesta sería: «No sé, aquí las cosas siempre se han hecho
así».
Te suena esa conocida frase? Por eso una buena parte de la humanidad
acepta las reglas sin preguntarse por qué estamos haciendo las cosas de
una manera, si a lo mejor las podemos hacer de otra.
«Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio» (Albert
Einstein).
El viejo y el joven
na vez un viejo y un joven hablaban en un parque.
El viejo decía:
-«Los jóvenes sois el futuro. El mundo cuenta con vosotros para avanzar,
porque representáis el ímpetu y las nuevas ideas. Sois como la savia nueva
que renueva y resucita al árbol en primavera.»
Y el joven le contestaba:
-«Los viejos sois como el vino añejo que da fuerza al nuevo, como las
señales que nos indican el camino que se debe seguir, como el modelo del
que deberíamos aprender. Sois los que habéis creado el pasado sobre el que
nos apoyamos».
Pero, en realidad, el viejo pensaba:
-«Los jóvenes de hoy sois unos holgazanes, que todo os lo encontráis
hecho, superficiales, que disfrutáis una libertad que nunca soñamos nosotros,
con más oportunidades y menos coraje que nuestra generación. No os
merecéis lo que tenéis, sencillamente porque no habéis luchado por
conseguirlo».
Y el joven, a su vez, pensaba:
-«Sois un lastre para la sociedad. Vivís en el pasado, porque no lo habéis
superado. Os falta capacidad de comprensión y flexibilidad. Os creéis en
posesión de la verdad y difícilmente se os aguanta. Habláis incluso un
lenguaje distinto del nuestro. Los viejos resultáis patéticos y provocáis pena,
porque estáis en otra onda».
La frase de la maestra
n niño creció dentro de lo que se podría llamar una infancia normal.
No se produjeron circunstancias dramáticas, no se dieron ninguno de los
llamados traumas infantiles. Unos padres normales, unos hermanos normales,
un devenir normal.
Durante toda su infancia, aquel niño vio muchas cosas, oyó muchas cosas,
aprendió muchas cosas, experimentó muchas cosas...
Pero, 40 años después, aquel niño solamente recordaba de su infancia -y
lo recordaba con una imagen vívida y fresca - la sensación que le produjo una
pequeña conversación con su maestra.
Preso en una de esas internas tormentas infantiles, un día estaba triste,
apoyado en una columna del patio, sintiéndose el ser más pequeño,
marginado y olvidado del planeta. Los demás niños jugaban y reían, mientras
él estaba solo, perdido en la maraña de sus pensamientos.
Entonces se le acercó la maestra y le dijo:
«Aunque ahora mismo no lo creas, tú puedes conseguir lo que quieras, tú
puedes triunfar. Sólo tienes que confiar en ti mismo del mismo modo que yo
confió en ti. Y puedes conseguir lo que quieras porque eres fuerte, porque
estás lleno de vida... y porque tienes una sonrisa maravillosa».
Moraleja
Las personas podrán olvidar lo que tú dices, olvidarán lo que tú
haces... pero nunca olvidarán lo que tú les haces sentir.
El hombre supuestamente muerto
n una tribu de África Ecuatorial, un hombre murió por causas
desconocidas. Conforme las costumbres ancestrales, fue llevado por sus
amigos para ser enterrado. A todos se les veía tristes, dado que se trataba de
un hombre de cierto prestigio dentro del clan.
De camino hacia el lugar destinado para el sepelio, los hombres oyeron de
pronto unos ruidos extraños dentro del ataúd. Se produjo un silencio
temeroso y uno de ellos dijo: - Deben de ser los demonios del muerto que nos
quieren confundir... porque cuando un hombre se muere es que se ha muerto.
Y siguieron el camino.
Cuando el ataúd estaba a punto de ser introducido en su agujero, el
presunto muerto comenzó a golpear desesperadamente la tapa. Levantaron
una madera del féretro y el hombre asomó la cabeza.
Qué estáis haciendo? - dijo a los sorprendidos asistentes-. Estoy vivo. No
he muerto.
Sus palabras fueron acogidas con asombrado silencio y ojos muy abiertos.
Al fin, uno de los asistentes, el más decidido, acertó a hablar en medio de la
aprobación de todos los demás:
Amigo, tanto el gran sacerdote, como el curandero y el brujo de la tribu
han certificado que habías muerto. ¿Cómo van a haberse equivocado los
expertos? ¿Vas a saber tú más que ellos?
Así pues, volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron
debidamente.
Moraleja
Una evidencia nada puede frente a prejuicios compartidos.
Las dos solteras
n un pueblo vivían dos amigas, Pity y Mity, que eran solteras. Como ya
eran un tanto entradas en años - todo hay que decirlo-, estaban empezando a
ver perdidas las esperanzas de encontrar un buen partido con quien fundar
una familia. Y la familia, según afirmaban con rotundidad, es el pilar básico
de la sociedad.
El hecho es que no llevaban muy bien su situación y pensaron que, en el
ancho mundo, muchas mujeres sufrirían con su mismo problema. Por ello, se
les ocurrió fundar una ONG para ayudar a todas las mujeres que padecieran
la misma frustración. Ellas, aunque de pueblo, se consideraban a sí mismas
mujeres modernas, emprendedoras, liberadas y con preocupaciones altruistas.
Comenzaron a recopilar información, solicitaron subvenciones, patearon
organismos oficiales, rellenaron formularios... y finalmente consiguieron un
fondo económico que les permitió poner en marcha, con una cierta holgura,
su altruista aventura.
Pusieron por nombre a la ONG «Solteras sin Fronteras». Y, fieles al
nombre, iniciaron las dos un viaje por toda Europa y por el Norte de África.
A los seis meses, no habían solucionado el problema de ninguna soltera
europea ni africana. Por ello, decidieron de común acuerdo, disolver la ONG.
De todos modos, Pity se había ya casado con un mecánico de Frankfurt.
La otra, Mity, también lo había hecho con un imán del Sur de Marruecos. Era
la tercera esposa del imán, pero la verdad es que no le importaba mucho.
Moraleja
Mira bien a quién das tu dinero. Hay organizaciones que llevan a la
práctica con rigor aquello de «la caridad bien entendida empieza por
uno mismo».
El lobo y la cabra
na vez, de forma inusual, un lobo y una cabra hicieron amistades. No
se sabe muy bien cómo, pero el caso es que establecieron una alianza
perdurable. Sin llegar a declamar frases pomposas, como «hasta que la
muerte nos separe» u otras parecidas, de hecho se desplazaban por la campiña
siempre uno junto a la otra.
El lobo, hablando con los campesinos que encontraba en su camino,
afirmaba:
-Mis antepasados han tenido que sufrir las consecuencias de una serie de
prejuicios y maledicencias, como por ejemplo que somos seres sanguinarios y
crueles, cuando en realidad el lobo es un ser pacífico, sociable y amistoso. No
hace daño a nadie. La prueba está a la vista: yo mismo deambulo
continuamente junto a una cabra. ¿Cómo podría explicarse este hecho si yo
fuera feroz y desalmado? No hay una amistad más desinteresada que la
nuestra.
La cabra, por su parte, argumentaba de esta forma:
-Desde tiempos inmemoriales, las cabras hemos tenido mala prensa.
¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de «la cabra tira al monte», «se
comporta como una cabra loca», «está como una cabra»...? Pues bien, todo
mentira. Somos seres ponderados, estables y complacientes.
Gozamos con las alianzas amistosas y desinteresadas, como la que yo
mantengo con este lobo.
¿Qué gano yo con la compañía de este lobo? Nada. Simplemente el deleite
de la amistad.
En realidad, el lobo se aprovechaba de la compañía de la cabra porque así
lo tomaban por un perro y nadie se alarmaba ante su vista. Con ello, por la
noche podía entrar impunemente en corrales y rediles a perpetrar lo que en
realidad su naturaleza le pedía.
La cabra, por su parte, se sentía protegida por la compañía elegida.
Cuando penetraba en un huerto para atiborrarse de los tiernos vegetales,
nadie se atrevía a echarla. Se sentía impune, escoltada por tal guardaespaldas.
Moraleja
Amistades extrañas normalmente esconden motivos extraños.
La abadesa Toshio
a espalda vertical en el tatami, sentada sobre sus rodillas, la abadesa
Toshio platicaba a sus monjas como todas las tardes.
Durante años, había tenido que sortear a los señores de la guerra, a los
sogún, a los samuráis, a los mercaderes ambiciosos, a las bandas de asesinos
sin rumbo que merodean después de todas las contiendas.
La reverenda abadesa Toshio pretendía en principio, para ella y para todas
sus monjas, conseguir el samadhi: la meta máxima para todo budista. Pero,
antes que eso, estaba dotada de una gran inteligencia práctica. Nunca perdía
el contacto con el suelo y sus planes seguían pautas calculadas, metódicas y
pragmáticas.
En su plática, miraba a Okamura, su novicia preferida, y utilizaba con
frecuencia frases como estas:
Durante milenios...
Como dijo Buda...
Desde tiempos inmemoriales...
Confucio dijo...
Se puede leer en los Vedas...
La reverenda abadesa Toshio conocía lo bastante bien las mentiras, como
para reconocer aquellas palabras que tienen como propósito esconder más
que iluminar.
Sabía de sobra que tanto Buda como Confucio, a quienes citaba, no
predicaron la aceptación sino la búsqueda. No predicaron acatar la verdad de
otros sino buscar la propia verdad. Pero la abadesa estaba segura de que es
mucho más fácil conseguir la obediencia citando un precepto antiguo que
convencer a las personas para que asuman el riesgo de la innovación.
Por tanto, fiel a su pragmatismo, seguía citando preceptos antiguos y
frases supuestamente pronunciadas muchos siglos antes. Al fin y al cabo, ella
era la responsable del orden y la estabilidad entre aquellos cuatro muros que
enmarcaban al monasterio.
Al final, prefería para su colectividad lo previsible a lo innovador. Aunque
resultara más empobrecedor para las personas, era más seguro para la
comunidad.
Cincuenta años después, como una repetición exacta del pasado, la
reverenda abadesa Okamura, sentada en el tatami, también hablaba a sus
monjas.
Comenzaba su disertación con palabras como estas:
Durante milenios...
Como dijo Buda...
Desde tiempos inmemoriales...
Confucio dijo...
Se puede leer en los Vedas...
Moraleja
¿Acaso es extraño que quienes crecen escuchando mentiras se
conviertan en mentirosos?
Turistas extraterrestres
quella familia de extraterrestres había decidido que iban a emplear las
vacaciones en conocer más de cerca la tierra.
Venían de los alrededores de Sirio. Sirio, también llamada Alfa del Can
Mayor, es la estrella más brillante del cielo nocturno. Es un astro blanco que
está situado a 8,7 años luz de la tierra, siendo la quinta estrella más cercana al
Sol. Hay que reconocer, por tanto, que venían de un poco lejos, pero es cierto
que contaban con una tecnología punta en todos los sentidos.
Cuando se acercaron a nuestro pequeño planeta, el niño dijo:
-Papá, he interceptado una emisora de los terrícolas y decía que en la
tierra mueren diariamente de hambre 25.000 niños.
El padre miró a la madre y calló.
El niño de nuevo:
-Papá, dice la misma emisora que en los países ricos la mitad de los
animales de compañía, perri tos y gatitos, tienen problema de sobrepeso... o
sea, que están sobrealimentados.
El padre tampoco dijo nada.
-Papá, ¿cómo es posible que sólo 10 individuos de su raza acaparen el
60% de toda la riqueza de la tierra? No lo termino de entender.
El padre intentó cambiar de conversación, pero el niño insistía:
-Papá, dice en este folleto de la agencia de viajes que en la tierra vive un
ser llamado «homo sapiens». Y que, durante siglos y siglos, los habitantes de
la tierra se han matado a miles y a millones por causas diversas... entre otras,
porque su piel era de distin to color o porque adoraban a dioses diferentes.
El padre señaló al niño una vista del espacio realmente espectacular, pero
el niño seguía:
-Papá, escucha, esto es sorprendente. Dice el folleto que, en los últimos
200 años, la actividad humana ha causado la desaparición de 816 e s p ecies
de animales. Y eso es lo que ellos comen... Por lo visto, uno de cada 10
pájaros y 25 de cada 100 mamíferos están en una lista negra: amenazados de
extinción.
El padre, de suyo tranquilo, se estaba poniendo ya un pelín nervioso.
Además, papá, dice el folleto que en la actualidad tienen problema con el
clima y que, si no cambian de costumbres, terminarán por morir y
desaparecerán todos intoxicados. Lo que no entiendo es que si lo saben...
cómo es que no cambian.
-Mira niño - terminó diciendo el padre-, ¿sabes lo que te digo? Que nos
vamos a Marte... que cae por aquí cerca y por lo visto tiene unos paisajes
preciosos.
Moraleja
La mas clara prueba de que existe inteligencia fuera de nuestro planeta
es que nadie ha venido a quedarse.
El magrebí
n ciudadano magrebí consiguió trabajo en Suecia.
A los dos años, se cansó de que le vieran como distinto, simplemente
porque su piel era oscura. De modo y manera que pidió el finiquito y se
trasladó a Zambia.
En Zambia empezó a parecerle que le veían también como distinto porque
su piel era más clara que la del resto de la población.
-Me iré a Sudáfrica - se dijo-. Allí hay muchos blancos y muchos negros:
pasaré desapercibido que es lo que yo quiero.
Pero en Sudáfrica, para su desgracia, los negros eran negros negros y los
blancos eran blancos blancos. Él destacaba sobre el conjunto, como un raro
espécimen de mestizaje.
Desgraciadamente, también era señalado como algo anómalo.
Con los ahorros conseguidos en sucesivos trabajos, se marchó finalmente
a China.
-Como allí la cosa no va de negros ni de blancos, sino de amarillos, puede
que consiga mi propósito.
Pero la cosa no funcionó. Seguía siendo raro. Parecía que le miraban con
ojos entornados y enigmática sonrisa nada menos que 1.500 millones de
chinos. Demasiados chinos.
Finalmente encontró la solución. Se enroló en el «Gran Circo
Internacional» trabajando como payaso. Con la cara perpetuamente
empolvada, pudo, sin problemas, recorrer distintos países sin sentirse extraño.
Eso sí, a costa de perder su identidad.
Moraleja
Todo es relativo y ha de verse en su contexto: un pelo en la cabeza es
muy poco, pero en la sopa es demasiado.
El rinoceronte visionario
abía una vez un rinoceronte que una noche tuvo una visión del cielo.
Posiblemente fue la consecuencia de una indigestión de algarrobas silvestres.
Soñó que una voz extraña le ordenaba que pusiera orden en la selva y en la
sabana, en la estepa y en el páramo.
Cuando despertó se sintió diferente. Algo había cambiado en su interior.
Poseía una misión. Estaba predestinado: la providencia había puesto en su
vida una tarea importante. Se vio a sí mismo como un rinoceronte iluminado,
destinado a cambiar el caos en orden, la anarquía en reglamentación precisa.
El problema surgió cuando los demás habitantes de su entorno siguieron
su vida sin hacerle el más mínimo caso. Al principio se sintió frustrado por
tal incomprensión. Pero a continuación pensó que no podía dejar las cosas
como estaban. Él tenía una clara misión y la voz que había escuchado en
sueños no le permitía claudicar.
Arremetió primeramente contra los monos, frívolos, chillones y
superficiales. Poco consiguió, porque se subieron rápidamente a los árboles,
haciendo burla de aquel mazacote de músculos con cuerno.
Atacó a una familia de leones porque eran unos perezosos y todo el día se
lo pasaban a la sombra sin hacer nada. Se salvó, porque la leona estaba sola
con sus cachorros y no se atrevió a hacer frente a aquella locomotora salvaje.
A continuación arrasó los sembrados de un poblado indígena del valle.
Según él, aquellas tierras debían ser para pasto de los rumiantes salvajes.
Como los campesinos lo echaron a voces, se enfureció y embistió contra las
chozas del pueblo, dejando a su paso un reguero de cañas, maderas y barro
pateado.
Se enfrentó a una familia de elefantes, porque, según él, arrasaban toda la
vegetación y comían demasiado. Llegó a herir a una cría de pocos meses y
entonces tuvo que salir por pies ante la embestida furiosa de toda la manada.
Las cebras, gacelas, jirafas y antílopes corrían desperdigados por el valle,
sin comprender bien una conducta tan estentórea y desconcertante.
Al final, el rinoceronte estaba contento: había sido fiel a su misión. Pero
sólo había conseguido crear un insólito estado de desbarajuste, caos,
desconcierto y anarquía.
Moraleja
No hay cosa mas peligrosa que un idiota con una misión.
Un gato llamado Grimaldi
lla presumía de que su gato, Grimaldi, poseía el regio porte de un zar y
el distante misterio de un chamán. Pensaba que el depurado «pedigrí» de
Grimaldi justificaba y exigía un determinado tren de vida: collarín
antiparásitos, galletas ricas en tiamina y sales minerales, champú
abrillantador, supositorios antivérmicos (contra las lombrices, hablando
claro), gotas para el moquillo, mantita eléctrica color mostaza, ambientador
de sándalo y almizcle, grageas anafrodisíacas (que mitigaran la frustración de
un instinto yugulado).
Grimaldi se convirtió para ella en el eje de su vida, el centro de
cristalización de todos sus sentimientos: Grimaldi proporcionaba sentido a su
existencia. En verdad, el gato había degenerado en un parásito opulento y ella
en una mujer solitaria, intentando disimular su soledad con un substitutivo
ridículo, movida por unos extraños resortes psicológicos fáciles de entender.
Como ocurre que a un animal no le pedimos nada, no puede haber
decepción, no sufrimos des engaños. En consecuencia, se convierte
fácilmente en un símbolo, al que podemos atribuirle todas las cualidades que
desearíamos encontrar en un ser humano. Y con él se puede dar salida a toda
la afectividad retenida, efectuando como un simulacro de cotidianos rituales
de ternura. Pero había algo todavía más sutil: al identificarse con su gato, la
señora recibía indirectamente, de forma simbólica, el afecto que a él le daba y
del que tenía evidente necesidad. En esos momentos, se acariciaba a sí misma
como si se mirase en un espejo.
Grimaldi fomentaba un extraño género de esclavitud dorada, porque ganar
libertad sería perder confort. Y en cuanto a ella, nadie de su especie se
beneficiaba de ese amor que derrochaba en el minino tan espléndidamente.
En realidad, resultaba un despilfarro de cariño. Como contrapartida, era muy
difícil dar afecto a quien había reducido tan estrechamente el círculo de su
afectividad. En consecuencia, la señora se sentía -y lo estaba - radicalmente
sola.
De hecho, la verdad es que, tanto Grimaldi como su dueña, compartían al
alimón una soledad camuflada.
Pero un buen día, el día de su cumpleaños, le dio al gato un perrengue
obsesivo por los pasteles. Él, erre que erre, y ella que perdía el culo ante
cualquier insinuación suya... En resumen: que Grimaldi se engulló media
fuente. En un tris, le dio al gato un tantarantán digestivo de tal calibre, que se
desaguaba de mala manera por esquinas y rincones. Era de ver la solicitud
maternal con que ella - manga por hombro y fregona en ristre - seguía los
tristes despojos del sopitipando. Una escena que partía el alma.
Lamentablemente, Grimaldi cumplía 14 años y dicen los entendidos que
eso es mucho para un gato. El resultado fue fatal: se marchó de este mundo.
Una semana después, la señora seguía el mismo camino.
Moraleja
No es bueno tener un solo motivo para vivir.
La bandera
n buen día apareció por la puerta del cielo nada menos que el inventor
de la bandera. Iba tan contento, porque se tenía por un gran inventor. Durante
siglos y siglos, todos los hombres habían hecho un uso constante de su
invento. Estandartes, gallardetes, blasones, banderines, emblemas, lábaros,
banderolas, pendones y enseñas... toda suerte de señales distintivas habían
sido blandidas, a lo largo y ancho del mundo, durante miles de años. Y todo
eso, gracias a la idea que un día se le pasó por la cabeza.
El buen hombre pensaba que había hecho una gran aportación a la cultura
y a la civilización humana. Por ello, se prometía un buen sitio en el cielo,
lejos de los pardillos y pringaos que entran casi de rondón y ocupan una plaza
vergonzante en tan egregio lugar.
Pero su sorpresa fue mayúscula, porque el portero le bloqueó la entrada y
dijo que tenía que consultar. Como ocurre con frecuencia, el hombre
conjeturó que faltaba una póliza, que su documentación no estaba
debidamente compul sada, que los papeles no venían por triplicado, que en
algún trámite se había producido un error administrativo...
Pero la cosa tenía pinta de más grave. Las consultas parecían prolongarse
y los consultados cada vez eran más importantes. Al final, empezó a
preocuparse realmente porque los que iban apareciendo pertenecían ya a los
altos estratos celestiales.
Con delicadeza, lo derivaron a un despachito que, para casos similares,
había dispuesto junto a la entrada. Allí esperó sentado, con la angustia
expectante de los que se sienten acusados sin saber de qué.
Al final, apareció un personaje insigne que muy bien podría llamarse san
Severo o san Augusto.
Tal era su expresión y porte. Sin más preámbulos ni concesiones
protocolarias, comenzó:
-Pensamos que, antes de tener un sitio en el cielo, vas a tener que purgar
el mal que has provocado.
-¿Qué mal he provocado yo? ¿Acaso no ha sido un gran invento el de la
bandera?
No, muchacho, no ha sido un gran invento. En lugar de promover
entendimiento y mejora de las relaciones, ha supuesto la división del género
humano. En cuanto que alguien levanta una bandera, se produce
automáticamente el surgimiento de una muralla. La muralla que separa mi
grupo del vecino: mi grupo es el bueno, el otro es el malo. La bandera no ha
hecho sino provocar divisiones y oposiciones. Muchas guerras y muchos
muertos por culpa de las banderas. Nacionalismos, partidismos, banderías,
exclusivismos, sectarismos, prejuicios, fanatismos, delirios, xenofobias y
patrioterías... todo eso nace de la bandera.
Moraleja
Si no existieran las banderas, más feliz sería el género humano.
LOS ERRORES EN QUE CAEMOS
La palomita de maíz
esde pequeñito, aquel grano de maíz se consideraba especial.
Reflexionaba con frecuencia sobre su destino, sabía que él estaba llamado a
grandes cosas. No tenía las miras rastreras de sus hermanos de mazorca, que
se contentaban con terminar en el estómago de un cerdo.
No, yo seré distinto. Tengo que ascender, tengo que triunfar, tengo que
destacar.
Por eso, su existencia se convirtió en una paciente preparación para
aprovechar la primera oportunidad de ser distinto.
Primero tuvo que soportar que una máquina quitara las hojas externas de
la mazorca. A continuación, antes de que pudiera darse cuenta, se vio
envuelto en un papel transparente que le impedía moverse con libertad.
Después de muchos traqueteos, acabó en la estantería de un supermercado.
Pasaba mucha gente, pero nadie le hacía caso.
-No importa - se decía él-, al final triunfaré. Es mi destino.
Por fin, un niño se empeñó en que su madre le comprara la mazorca. Y
cuando, ya en la casa, la mujer preparaba el agua para hervirla, con su
poquito de sal y su hoja de laurel, él se las ingenió para escaparse y caer a la
plancha de la cocina.
Aquello quemaba horriblemente, pero presintió que había llegado su gran
momento. Algo explotaba en su interior, pero eso debía de ser el éxito. Al
final, con una torpe pirueta, salió despedido hacia el suelo. Aquello
constituyó su gran apoteosis.
Fue su gran triunfo, efímero triunfo, porque la mujer cogió una escoba y
lo echó directamente al cubo de la basura.
Moraleja
Hay gentes que piensan como el grano de maíz. Normalmente, tienen
el cerebro del mismo tamaño.
El castillo
abía una vez un joven, lleno de ilusiones y entusiasmo. Se puso en
camino un buen día, porque pretendía llegar al Castillo de la Felicidad,
escondido en las más altas cimas de una gran cordillera. Le habían dicho, de
muchas y variadas maneras, que el que consiguiera llegar a dicho castillo
entraría en la felicidad.
Día y noche, nuestro joven subió y subió, con la mirada puesta en el
castillo que se divisaba a lo lejos como un punto luminoso. No apartaba la
vista del castillo y ello lo animaba a seguir subiendo sin descanso.
Nuestro joven estaba seguro de que todo lo que se propone uno con
decisión se consigue. Como siempre ocurre cuando alguien se empeña en
algo con entusiasmo, a su alrededor desapareció todo. Sólo miraba al castillo
porque allá, según le habían dicho, estaba su felicidad.
Pasaron los meses y después los años. Nuestro joven, ya no tan joven,
persistía sin apartar la mirada del castillo. Subía con la ilusión de ser feliz en
un futuro, el día que por fin tocara con sus manos las murallas. Ese día se
compensarían todos sus esfuerzos.
Pero, cuando por fin llegó al castillo, un vigilante le dijo que se había
equivocado de camino: aquél no era el Castillo de la Felicidad, sino el
Castillo de la Ilusión. Tendría que ascender un poco más, hasta donde estaba
el verdadero castillo que buscaba.
Comenzó, con renovados esfuerzos, la nueva ascensión, sin apartar la
vista del nuevo castillo que ya se divisaba en lo alto.
Pero, cuando sólo quedaban unas pocas montañas para llegar a su destino,
se sentó al borde del camino. Miró una pequeña flor silvestre. Y de pronto, en
un instante de lucidez, comprendió que toda su ascensión había sido una
pérdida de tiempo. En realidad, había perdido todo lo que la vida le ofrecía en
cada uno de sus pasos: las nubes y el paisaje, el canto del jilguero, el olor a
primavera, el murmullo del arroyo, la flor en el reguero, el roce de la brisa...
Había perdido la felicidad presente por perseguir una felicidad futura, que
nunca llegaría.
Porque, en ese momento, empezó a sospechar que todos los castillos que
encontrara serían Castillos de la Ilusión.
Moraleja
La felicidad no es una meta hacia la que se camina, es un determinado
modo de caminar.
El pirata Jack
abía una vez un pirata que tenía fama de terrible. Todos le conocían
como Jack «El Intratable». Le faltaba un ojo y un trozo de la mejilla.
Además, renqueaba ostensiblemente de su pierna derecha, herida por un
arcabuz en un infortunado abordaje.
No era el capitán de su barco, pero abrigaba esperanzas de serlo algún día.
Por eso, sus modales eran extremadamente fieros, bruscos y destemplados.
Tenía que ganarse, como fuera, fama de bravío e indomable entre la
tripulación.
Pero «El Intratable» tenía un secreto. Debajo de su litera escondía novelas
rosa y, cuando las leía a escondidas, lloraba como una quinceañera. Esto era
la vergüenza de su existencia y, como es natural, nadie en su entorno podía
maliciar algo así.
Este vicio secreto lo dominó durante mucho tiempo y nadie sospechó
nada. Pero un día, un compañero lo sorprendió «in fraganti» y divulgó el
comportamiento entre el resto de la tripulación.
Las burlas, chanzas y candongas fueron las propias de una marinería de
piratas.
Nuestro amigo Jack, avergonzado, desembarcó en el primer puerto y se
buscó otro oficio. Muchos años después, trabajaba en un barrio de Alejandría
como batanero. Gozaba de su familia, se sentía feliz y era querido por todos,
que le conocían como Jack «El Sentimental».
Moraleja
No escondas tus sentimientos, aunque por ello dejes de ser capitán.
El centauro
abía una vez un centauro que, como todos los centauros, era mitad
hombre y mitad caballo.
Una tarde, mientras paseaba por el prado, le entró hambre y se preguntó:
z Qué comeré?¿ Una hamburguesa o un fardo de alfalfa? ¿Un fardo de
alfalfa o una hamburguesa?
Como no pudo decidirse, se quedó sin comer.
Más tarde, el centauro quiso dormir.
Dónde dormiré? - pensó-. ¿En el establo o en un hotel? ¿En un hotel o en
el establo?
Como tampoco pudo decidirse, se quedó sin dormir.
Sin comer y sin dormir... el centauro enfermó.
-A quién llamaré? - pensó-. ¿A un médico o a un veterinario? ¿A un
veterinario o a un médico?
Finalmente, enfermo y sin poder decidir a quién llamar, el centauro murió.
La gente del pueblo se acercó al cadáver y sintió pena.
-Hay que enterrarlo - dijeron-. Pero, ¿dónde? ¿En el cementerio del
pueblo o en el campo? ¿En el campo o en el cementerio del pueblo?
Y como no terminaban de decidirse, lo dejaron abandonado en la pradera
y los buitres se lo comieron.
Moraleja
No decidir por temor a equivocarse es la mayor equivocación.
El Clan Hill
e cuenta una leyenda sobre un clan que habitaba en las tierras altas de la
antigua Escocia. Conocido como el Clan Hill, entre las gentes de las tierras
bajas tenía fama de ser un grupo de personas de extrema fiereza y
agresividad. Se les eludía por sistema y su solo nombre hacía temblar de
miedo a los niños. Raramente se les veía, porque la gente de las tierras bajas
evitaban pasar cerca de sus dominios.
Un día, un grupo de arqueros que perseguía ciervos se perdió y, cuando
quisieron darse cuenta, constataron aterrados que estaban en los territorios del
Clan Hill. Minutos más tarde fueron rodeados por varias decenas de
componentes de dicho Clan. Pero los arqueros quedaron sorprendidos, porque
los supuestos atacantes no llevaban ningún tipo de armas. Por el contrario, los
saludaron amistosamente y los invitaron a su poblado. Resultó que el Clan
Hill no era feroz y sanguinario, sino pacífico y amistoso.
Sencillamente, al Clan Hill se le había colocado una etiqueta equivocada y
nadie, en todo ese tiempo, había cuestionado dicha etiqueta. La consecuencia
era que los habitantes de las tierras bajas habían vivido durante años
sometidos a un miedo innecesario.
Moraleja
No tengas nada como cierto, a menos que lo hayas constatado
personalmente.
De profesión, sus bondades
abía una vez una mujer en apariencia normal. Aquella mujer sólo
tenía una obsesión en la vida: hacer el bien.
Cuando se levantaba, ya tenía planificado el día en cuanto a buenas obras
se refiere. Incluso cuando despertaba por la noche, empleaba el tiempo
pensando a quién y de qué modo podría hacer el bien. Buscaba a las personas
con dificultades, porque su mayor placer era solucionar problemas a los
demás.
Le pasó una vez por el pensamiento hacerse unas tarjetas de visita en las
que, debajo de su nombre, figurara la siguiente inscripción: «De profesión,
sus bondades». Luego no lo llevó a cabo, porque le pareció un tanto
pretencioso y no quería caer en la vanidad.
Pero, hay que reconocerlo, tenía mérito su actitud. No poseía familia,
porque en su quehacer cotidiano de darse a los demás no cabía una relación
sentimental. No tuvo hijos, porque le habrían quitado tiempo para llevar a
cabo sus carida des. Abandonó su trabajo, porque estaba obligaba a gastar
horas sin hacer el bien a su alrededor. Su hogar se encontraba más bien
descuidado y sucio, pero eso no le importaba gran cosa. La atención a su
persona se fue descuidando progresivamente y en los últimos tiempos su
apariencia dejaba mucho que desear.
Todo eso era secundario. Si conseguía dedicar una media de 12 horas
diarias al servicio a los demás..., todo lo restante no tenía importancia.
Ella no podía esperar, como el pozo espera al sediento. Ella tenía que
buscar con urgencia los problemas para darles solución.
Pero aquella mujer, sin saber por qué, comenzó a sentirse insegura,
ansiosa y como vacía por dentro. Pensó que era el cansancio de sus
actividades benéficas y comenzó a tomar Tranquimazin. Sin embargo, no
cambió para nada sus hábitos. Todo, incluso la salud, había que darlo para
solucionar problemas a los demás.
Y efectivamente, la salud y todo lo demás empezó a ir mal. Como quería
más a los demás que a sí misma, se sentía vacía por dentro. Los demás
empezaron a rehuirla porque se metía en asuntos que no eran de su
incumbencia. Incluso el párroco, que al principio la apoyaba, al final la
miraba ya como a una pobre neurótica.
Y, tristemente, aquella mujer terminó quedándose sola con su obsesión.
Poca gente se acordaba de sus bondades.
Moraleja
El que se ocupa demasiado en hacer el bien, no tiene tiempo de ser
bueno.
El loro que ansiaba la libertad
abía una vez un mercader que, en la trastienda, guardaba un loro al
que tenía mucho cariño. El loro, de cuando en cuando, solía gritar:
«¡Libertad, libertad, libertad!».
Un día entró en la tienda un muchacho a comprar un trompo y oyó al loro
que gritaba al otro lado del tabique. A los pocos días, el mismo muchacho,
comprando un metro de popelín por encargo de su madre, volvió a escuchar
al loro. Sintió, en sus entrañas, un avenate de compasión y de ansias
redentoras.
En secreto, maquinó una estrategia para liberar al pobre loro encarcelado.
Dos semanas después, entró en la tienda y pidió al mercader tres kilos de
azúcar. Sabía el muchacho que el saco de azúcar, como el de la sal y el del
pimentón, se encontraban en la parte alta del establecimiento.
El mercader confiado - no tenía por qué desconfiar - subió las escaleras de
madera y comenzó a servir los tres kilos de azúcar.
Mientras tanto, el muchacho entró rápidamente en la trastienda y abrió la
puerta de la jaula. Se sentía pletórico de altruismo y con un gratificante
complejo de libertador.
Pero, sorprendentemente, el loro no salió por la puerta abierta, como era
de esperar. En lugar de eso, se recluyó asustado en el último rincón de la
jaula mientras gritaba: «¡Libertad, libertad, libertad!».
Moraleja
«Sólo unos pocos prefieren la libertad. La mayoría no busca más que
buenos amos» (Salustio).
El sueño
yer tuve un sueño y, en mi sueño, me detuve ante una procesión de
gentes curiosas y peculiares.
Vi, por ejemplo, un hombre que no cesaba de hablar de la vida futura,
pero que no sabía qué hacer con la presente.
Escuché el sermón de un clérigo que exhortaba a dar a los pobres, pero
sus bolsillos estaban sellados con grapas.
Vi también una mujer que se empeñaba en derramar miel a su alrededor,
pero por dentro estaba llena de vinagre.
Observé un sujeto portando una pancarta en la que se podía leer
«APRENDE A COMPARTIR», y a todo el que se le acercaba le decía:
«Búscate tu propia pancarta».
Escuché las declaraciones de una mujer que todos los días hablaba con
Dios, pero que no se trataba con nadie de su familia.
Me llamó la atención un monseñor en cuyo estandarte se leía en letras
doradas: «MEA MA XIMA VIRTVS HVMILITAS» («la humildad es mi
mayor virtud»), pero iba rodeado de una corte de aduladores y sus brillantes
ropajes resaltaban sobre todos los demás.
Alguien se llamaba a sí mismo «el mayor enamorado de las flores»... y
llevaba en las manos una de plástico.
Una mujer predicaba sobre el amor a los demás, pero se odiaba a sí
misma.
Dos individuos se cruzaban continuamente de un lado al otro y llevaba
cada uno una pancarta en la que se leía: «La felicidad está al otro lado de la
calle».
Un hombre disertaba vehementemente y con ira contra los pecados de los
jóvenes, pero en su espalda alguien había colgado un letrero que decía
«ADÚLTERO».
Otro se enorgullecía de lo buen cristiano que era, porque todos los
domingos se colocaba en el primer banco de la iglesia..., pero estaba lleno de
soberbia, mentía para medrar, no controlaba sus instintos y defraudaba
millones en la declaración a Hacienda.
La vista de esa procesión me llenó de tristeza.
El hombre libre
n hombre, que valoraba en gran medida la libertad y la autonomía, se
planteó un buen día que la creencia en Dios era un conjunto de mitos que de
chico le metieron en la cabeza. Lo veía como un corsé que aprisionaba su
mente y no le permitía ser él mismo.
Echó mano de la escoba y barrió todas las creencias que al respecto tenía
alojadas en su cabeza. En realidad, se dijo, son simples configuraciones
medievales y oscurantistas. Un hombre moderno no puede permitirse creer en
semejantes simplezas.
Se sintió francamente bien, con la mente libre de mitologías extrañas, y
experimentó una gratificante sensación de libertad. Al fin era un individuo
autónomo y emancipado, acorde con los tiempos modernos.
Todos, en su entorno social, alabaron la valentía que había demostrado. Se
había liberado, por fin, de mitos extravagantes y de fábulas insensatas.
Seis meses después, nuestro hombre se había introducido en ambientes de
la llamada Nueva Era. Su horizonte estaba formado por la carta astral, la
cartomancia, la astrología, los ectoplasmas y la estimulación de los chacras.
Se consideraba un experto en temas como la kinesología holística, la
proyección astral, la iridología, el campo akásico, las lámparas biotérmicas,
los rodillos magnéticos, la curación por diapasones, por péndulos y
aromatoterapia, por ecualizadores energéticos y cristales facetados... todo un
experto.
Además, se había convertido en un acólito apasionado de Shri Gavananda,
artífice de un nuevo orden mundial y encarnación visible de Buda en la tierra.
Evidentemente, nuestro hombre había llegado a ser un individuo
autónomo y emancipado, acorde con los tiempos modernos.
Moraleja
El ser humano hará bien en utilizar la mente para elegir sus creencias,
porque creencias siempre ha de tener.
El obediente
esde pequeñito, le dijeron que los Reyes Magos solo traían regalos a
los niños buenos y obedientes. De modo que, sin poderlo remediar, creció
vinculando bondad y obediencia. Desarrolló virtudes como la sumisión, la
docilidad y el acatamiento. Por el contrario, rechazó actitudes como la
rebeldía, la insubordinación y la independencia.
Comenzó obedeciendo a la señorita de su guardería. Posteriormente,
obedeció también a su maestro. Evidentemente, no es preciso decirlo,
obedecía siempre a sus padres. Era la imposición del cuarto mandamiento.
También, de paso, obedecía a su hermano mayor, que se aprovechaba de la
situación.
Cuando hizo el servicio militar, se sometió al cabo, al sargento, al teniente
y al capitán. En la vía pública, obedecía siempre a los guardias municipales.
Luego tuvo que obedecer al pequeño jefe de su oficina y al gran jefe
provincial. Lo hacía sin esfuerzo, porque para él obedecer era parte de su ser.
El conserje de su empresa nunca le mandó nada, pero de hacerlo, seguro que
habría obedecido sin ningún problema.
Desde el día de su boda, quedó sometido a su mujer, a la que siempre
obedeció en la salud y en la enfermedad hasta el final. Dentro de la familia,
también acató a su suegra y a una cuñada que tenía mucho carácter. Ya de
mayor, se tuvo que someter a sus hijos, que lo trajeron y llevaron como mejor
les pareció.
Durante toda su existencia obedeció, como buen católico, al Papa en todo
lo que desde Roma escribía y dogmatizaba. También al obispo y a su párroco,
en todo lo que hablaban referente a la fe y a las costumbres.
Se sometió, a lo largo de su vida, a varios presidentes: al presidente de la
nación, al presidente de su autonomía, al presidente del sindicato, al
presidente de su cofradía y al presidente de la comunidad de vecinos.
Un mal día, apareció por su puerta la muerte y con una leve señal le dio a
entender que tenía que seguirla. Él se rebeló y dijo que de ningún modo, que
no quería obedecer. Pero la muerte, con una sonrisa, le expresó serenamente
que eso no era posible y se lo llevó.
Moraleja
Si pretendes rebelarte, mejor que lo hagas cuanto antes... porque, si lo
dejas para mas tarde, puede que cuando lo intentes, sea ya imposible.
Las diez reglas definitivas
abía una vez un viajero que toleraba muy poco la ansiedad. Todo lo
que sonara a indeterminación, búsqueda, indagación, posibilidad de error... lo
desquiciaba. Prefería siempre que sus pasos estuvieran perfectamente
marcados, que su ruta estuviera prefijada y la meta prevista de antemano.
Para él, lo peor de todo era vagar en búsqueda de rumbo, ensayar nuevas
rutas, tener que pensar en la mejor opción. Una bifurcación en el camino era
para este hombre la más angustiosa de las contingencias.
Por eso se sintió feliz cuando un mago - mitad brujo y mitad astrólogo - le
proporcionó un viejo pergamino titulado «Las diez reglas definitivas». Allí
parecía estar compendiado todo lo necesario para eludir el pensar y el decidir.
Siguiendo sus indicaciones, no había posibilidad de error porque todo estaba
previsto, todo está prefijado. Afirmaciones dogmáticas y que proporcionaban
seguridad ante cualquier eventualidad.
Comenzó a caminar siguiendo las indicaciones del pergamino y la verdad
es que se sentía seguro. Todo estaba allí dicho, escrito y prefijado de
antemano. Incluso se reía por dentro de otros caminantes que dudaban,
indagaban y preguntaban sobre el camino que debían seguir. Él no tenía
dudas. Todo lo tenía claro. No tenía que pensar ni que decidir.
Pero, después de un tiempo caminando, cuando por fin esperaba descubrir
la meta de su viaje..., en realidad se encontró a sí mismo en el punto de donde
partió. Sólo tenía en las manos el pergamino con «Las diez reglas
definitivas».
Y es que la equivocación de hacer caso a los dogmas consiste en seguir un
camino trazado por otro, vivir según las conclusiones sacadas del
pensamiento de otro. No existen «Las diez reglas definitivas»... por la
sencilla razón de que tú tienes que elaborarte tus reglas.
Por eso, todo dogma es engañoso. Pretende tranquilizarnos, haciéndonos
creer que nuestros pasos están bien orientados, que el sendero es atinado y
fácil, que nuestra meta es la correcta, que estamos en posesión de la verdad y
que fuera de nuestra verdad sólo existe la mentira.
Moraleja
El error básico de los dogmas es la exclusión: todo dogma enmarca y
el gran coste de enmarcar es que excluye.
Minusvalías
uando aquel hombre entró por la puerta del cielo, pensó que todo
estaba ya hecho, que ya lo había conseguido. Pero, un señor con barba blanca
le dijo:
-Ponte ahí, donde están los minusválidos, para tu recuperación.
Y el hombre, sorprendido, dijo:
-Perdone, pero yo no soy minusválido.
Y el señor de la barba blanca le respondió:
-No te has dado cuenta... pero sí que eres minusválido. Y ahora tienes que
reconstruir tus capacidades antes de entrar plenamente en el cielo.
-No lo entiendo - dijo el hombre.
-Pues está claro. Eras sordo cuando oías más el ruido de los coches que
los latidos del propio corazón. Eras ciego cuando veías más las luces de los
anuncios que la bondad de los seres humanos. Eras mudo cuando decías más
chistes aprendidos que palabras de ternura. Poseías un ligero retraso mental
cuando preferías una pantalla gigante a una conversación, cuando valorabas
más un caro maquillaje que una sonrisa, cuando pensabas que más vale
parecer que ser.
La mujer perfecta
quella mujer abrigaba una oculta ambición: ser la mujer perfecta.
Desde pequeña le habían fomentado un nivel de aspiraciones muy elevado y
ella, en consecuencia, siempre procuraba lo perfecto.
De modo que se propuso ser un modelo femenino. Ella se consideraba
capaz de conseguirlo. Además serviría de estímulo a tantas y tantas mujeres
que se debaten en un mundo competitivo y cruel.
Estudió una carrera, consiguió aprobar unas oposiciones y finalmente se
colocó en una multinacional. La jornada laboral era excesiva, la competencia
entre compañeros cruel..., pero finalmente se abrió paso entre los mejores
puestos de la empresa. A nivel laboral se podía decir que sus expectativas se
habían cumplido, aunque necesitaba de modo continuado somníferos y
ansiolíticos.
Se casó y de igual modo se propuso ser la esposa perfecta. Realizó cursos
de cocina, se apuntó a clases de gimnasia nocturna para mantener un cuerpo
envidiable, pagó durante años la terapia con un acreditado sexólogo para
estar a la al tura en su relación matrimonial y comportarse como una experta
amante.
Cuando tuvo hijos se planteó que tenía que conseguir ser la madre
perfecta. Leyó libros sobre educación, se matriculó en cursos de eminentes
pedagogos, siguió un master - con diploma incluido - sobre «Cómo dirigir de
modo perfecto una familia».
Cuando sus hijos se casaron, se planteó ser la madre política perfecta. Y
posteriormente, se propuso ser la jubilada perfecta. También tenía todo
previsto para, cuando llegara su muerte, conseguir un funeral perfecto.
Al final de sus días, pensando para sus adentros, se sorprendía de no haber
sido feliz. Con lo bien planificado que tenía todo...
Toda su vida luchó por ser una mujer «matrícula de honor».
Lamentablemente, ni su marido, ni sus compañeros de trabajo, ni sus hijos, ni
sus yernos y nueras... le habrían concedido un «aprobado» en caso de pedirles
una evaluación. Triste.
Moraleja
En todos los órdenes, lo mejor es enemigo de lo bueno.
La muralla defensiva
omo los niños en la escuela se burlaban de sus orejas, comenzó a
levantar una muralla que lo defendiera de ellos.
Como el maestro lo humilló un día delante de los demás, amplió la
muralla.
Como a los 15 años le preguntó a una niña si quería ser su novia y ella le
dijo que no, reforzó la muralla.
Como se presentó a unas oposiciones y perdió, ensanchó la muralla.
Como en la oficina sus compañeros le daban de lado, amplificó la muralla.
Como se casó y su mujer lo abandonó, añadió nuevas zonas a la muralla.
Al final, la muralla lo rodeaba por completo. Era como un búnker con una
única abertura en el techo, por donde entraba el aire. Pero un día, la cagada de
una avutarda penetró por el resquicio y fue a dar en su hombro. Eso precipitó
el final. Tapió por completo el agujero. Ya nadie podría hacerle daño por
ningún sitio.
Murió tranquilo, porque su sistema defensivo era perfecto.
Moraleja
Si estás vivo tienes que aceptar ser vulnerable. El sitio más tranquilo y
sosegado, el sitio donde nadie te puede molestar... es la tumba.
El pensamiento negativo
quella mujer gozaba de buena salud, pero cada mañana al despertar se
preguntaba a sí misma: «¿ Ysi tengo dentro un cáncer, sin saberlo?».
Aquella mujer era una persona normal, admitida en su pueblo, pero
siempre albergaba la duda: «¿Y si me saludan por compromiso y en realidad
me detestan?».
Cuando algo le salía bien, aquella mujer inmediatamente se hacía un
comentario en su interior: «Algo malo me va a pasar».
Si las cosas marchaban bien y delante de ella se ofrecía un camino
atractivo, siempre pensaba: «Esto no es normal, porque la vida es un valle de
lágrimas».
Cada vez que se miraba al espejo, aquella mujer proyectaba su vista hacia
el futuro y se veía ya vieja, achacosa, erosionada, arrugada y fea. Y, como
una mujer así no puede ser querida, se veía sola y abandonada.
Cuando alguien le ofrecía un pequeño regalo, aquella mujer lo rechazaba.
Porque primero se decía: «No puedo comprender que alguien me quiera»; y
en segundo lugar sospechaba: «Algo querrá éste a cambio».
Si por casualidad gozaba un rato de una especial placidez, aquella mujer
era de inmediato invadida por el miedo: «No se puede ser tan feliz... seguro
que Dios me castigará».
Moraleja
Hay personas que no soportan la felicidad. Es una pena.
El filósofo y la muerte
esde aquel día en que se le ocurrió leer a Nietzsche, se consideró a sí
mismo un filósofo. Por eso, cuando tuvo aquella intuición no se sorprendió
en absoluto. Era lo normal en un filósofo.
La intuición se refería a algo muy concreto: la muerte es inevitable. Nunca
lo había visto tan claro. Lo que realmente le impactó fue el hecho de que
fuera inevitable y para todo el mundo.
Desde ese momento comenzó, como buen filósofo, a divagar mentalmente
sobre esta realidad y a sacar conclusiones. Poco a poco, el hecho de la muerte
se convirtió en el eje de sus cavilaciones, en el centro de cristalización de
todos sus pensamientos. Era como si sus neuronas hubieran desarrollado una
adherencia morbosa al tema y no pudieran despegarse de él.
Le maravillaba que el común de los seres humanos no estuviera
obsesionado como él. ¿Cómo podían ser tan superficiales?
Se compró varios discos de marchas fúnebres que resonaban en las
paredes de su casa día y noche. Entornó las ventanas, de modo que en todo el
recinto reinaba una penumbra lúgubre que recordaba a una cripta e invitaba al
recogimiento.
En torno a su cama encendió cuatro cirios, de un metro de altura y del
diámetro de la pantorrilla de un futbolista. Por eso, en cuanto se entraba en su
domicilio, un agrio olor a cera impregnaba todas las paredes.
Cada mañana compraba los tres periódicos de la localidad, aunque sólo
leía las esquelas mortuorias. Luego las recortaba y pegaba cuidadosamente en
una especie de álbum que se había agenciado al efecto.
Alguien, en su pueblo, le dijo que cuando aúllan los perros es que
presienten que alguien ha muerto o va a morir en breve. Entonces se compró
un cachorro de pastor alemán y lo adiestró convenientemente, de modo que
siempre caminaba detrás de él y aullaba de vez en cuando.
Consiguió que el empleado de una funeraria le enseñara a tejer coronas
fúnebres. A partir de entonces, su afición preferida fue elaborar sofisticadas
coronas con magnolias, hortensias y crisantemos, artísticamente entretejidos.
En un cuaderno fue escribiendo, día a día, una lista de posibles epitafios
para su tumba. No quería dejar nada a la improvisación. Después de rellenar
varias páginas, consiguió uno que le pareció el más adecuado: «Aquí yace
alguien a quien la muerte no cogió por sorpresa».
Al levantarse, lo primero que se decía a sí mismo ante el espejo, mientras
se afeitaba, era el saludo de los primitivos monjes del desierto: «Hermano,
que morir habemos». Y a continuación se respondía muy serio: «Ya lo
sabemos».
Moraleja
Lo evidente es evidente. No es bueno subrayarlo demasiado.
El monstruo en el pajar
rase una vez un pueblo donde un campesino, su mujer y su hijo se
levantaron, como todos los días, dispuestos a su faena. Entró la mujer en el
pajar a buscar heno y salió de nuevo corriendo, totalmente pálida y sin
aliento.
¡Socorro, socorro! - gritó despavorida-, he visto un monstruo en el pajar.
-Tonterías - contestó el campesino-. Las mujeres veis visiones en
cualquier parte. Sacaré yo el heno, para demostrarte que no hay ningún
monstruo.
Y el campesino intrépido entró en el pajar.
Había ocurrido que, durante la noche, una lechuza con cuernos había
entrado en el pajar por una rendija de la puerta. El viento cerró la puerta y la
lechuza quedó atrapada.
Cuando entró el campesino y miró hacia la viga, sus ojos fijos se
centraron en los ojos inmóviles de la lechuza, que estaba quieta como una
piedra. El campesino palideció y salió corriendo.
-Buscad ayuda en el pueblo. Corred, realmente es un monstruo terrible.
Se reunieron los hombres del pueblo. Entraban y salían temblando de
miedo. Todos estaban de acuerdo en que era el monstruo más temible que
jamás habían visto. Entonces llegó el hombre más valiente de aquellos
contornos. Entró con la cabeza alta y los ojos muy abiertos. La lechuza
hinchó el pecho y gritó: Tutúu, tutúu, tutúu.
Ante estos sonidos, el valiente supuso que se encontraba ante algo de
naturaleza no humana.
Salió corriendo del pajar.
No hay nada que hacer - gritó espantado-. Ha comenzado a pronunciar un
hechizo del que a duras penas he escapado. Hay que quemar el pajar.
Y así, entre todos prendieron fuego al pajar, quemando todo lo que había
dentro, incluida la lechuza. La familia del campesino tuvo que ponerse a
construir un nuevo pajar. Pero, muchos años después, los viejos del lugar
contaban, en las duras noches de invierno, cómo entre todos habían librado al
pueblo de un temible monstruo.
El hombre que no sabía decir no
abía una vez un hombre que no sabía decir no.
Esta característica le gratificaba en gran medida, porque se veía a sí
mismo como bueno, servicial, desinteresado y sin un ápice de egoísmo.
No había a su alrededor problema, duda, ansiedad, angustia o sufrimiento
personal al que nuestro hombre no atendiera al instante. Casi se podría decir
que se adelantaba a la petición de sus vecinos, pero desde luego en cuanto
alguien le pedía ayuda, dejaba todo para acudir en socorro del necesitado. No
sabía decir no.
Sus propios intereses los fue dejando de lado sistemáticamente, de modo
que su vida personal quedó reducida a la ayuda que prestaba a su alrededor.
En el barrio se sabía que siempre estaba disponible, fuera la hora que fuera.
Por otro lado, las historias que le contaban le afectaban en gran medida,
de modo y manera que se contagiaba sucesivamente del miedo, de la
angustia, de la culpabilidad, de la duda y de los dolores que manifestaban sus
vecinos. «Hay que sufrir con el que sufre», era su lema. Por eso, su vida, que
en principio no tenía problemas, comenzó a verse contagiada de los
desequilibrios de los demás. Se identificaba de tal modo con lo negativo de
los otros, que poco a poco esos contenidos lo fueron inundando y se
volvieron insoportablemente pesados.
Un día, estaba a punto de celebrar el cumpleaños de un hijo suyo, pero un
amigo enfermo lo llamó y, como era habitual, nuestro hombre dejó todo y
acudió en su ayuda. No sabía decir no.
Toda la noche el hombre lloró, al pie del amigo enfermo. Cuando
amaneció, nuestro hombre había muerto y el paciente estaba vivo.
DIOS Y LO TRASCENDENTE
Empezar la casa por el tejado
abía una vez un señor que pretendía construir su edificio espiritual.
Pero, no se sabe por qué, se planteó empezar por el tejado. En el fondo, es lo
que más le preocupaba. Porque el tejado representaba la vida de perfección.
De modo que comenzó por acumular jubileos, quinarios, jaculatorias,
penitencias prolongadas, horas de meditación y reflexión, lecturas
edificantes, rosarios, mortificaciones celosamente programadas, triduos,
análisis escrupulosos de conciencia, peregrinaciones, muchas misas y
reuniones apostólicas..., además de solicitar el ingreso en un grupo
considerado exclusivo y muy cerrado en sí mismo.
En realidad, hay que reconocerlo, el tejado quedó magnífico y digno de
admiración. Era la envidia de sus vecinos y compañeros de búsqueda
espiritual.
A continuación, tocaba el turno a los muros. Los muros debían estar
compuestos por actitudes cristianas y evangélicas. Pero al señor le pareció
que esas actitudes no eran muy vistosas y además exigían un esfuerzo
exagerado. De modo que se descuidó un poco en la construcción de los
muros y éstos resultaron faltos de sencillez, de auténtico amor a los otros, de
austeridad y entrega a los que sufren.
Por fin, llegó el turno a los cimientos. Los cimientos, en principio,
deberían estar compuestos por valores simplemente humanos. Pero el señor
llegó ya muy cansado a esta fase de la construcción y la abandonó por
completo. No parecía muy importante todo eso: estos valores quedaban muy
por debajo de sus expectativas de perfección. De forma que en los cimientos
faltaba honradez, veracidad, honestidad, autenticidad... Entre otras cosas, no
pagaba lo justo, manejaba dinero negro, traficaba con influencias, se
enriquecía a costa de los demás, utilizaba la mentira para medrar...
Pero estas cosas, según él, nada tenían que ver con la perfección
espiritual.
El Hombre de Dios
ficialmente era conocido como Hombre de Dios y, aquel día, se
perdió en el bosque. Fue a dar con la cabaña de un leñador, donde todo era
pobre: los avíos, los camastros y las personas.
Hasta los parásitos eran pobres.
El leñador tenía a su mujer acostada, enferma desde hacía varios meses, y
una hija inválida, que miraba como un animal asustado desde un rincón.
Ofreció de su comida al Hombre de Dios, que la aceptó de buen grado
aunque la encontró escasa y desabrida.
En la sobremesa, el Hombre de Dios constató, con sorpresa y un tanto de
reproche, que el leñador no había pisado nunca el templo ni sabía nada de las
verdades sagradas. Se sintió obligado a instruirlo, ya que él era Hombre de
Dios.
Le aclaró todos los dogmas trascendentales de su religión y le expuso
minuciosamente las reglas y preceptos de su moral. El leñador quedó
sorprendido, porque no sospechaba que hubiera tantas formas de pecado y
tantas posibilidades de ser castigado.
Después de escuchar en silencio las explicaciones eruditas del Hombre de
Dios, el leñador se atrevió a preguntar qué podría él hacer para mitigar los
sufrimientos de su mujer. Era pobre y no podía pagar un médico, pero
seguramente el Hombre de Dios sabría algo.
Pero el Hombre de Dios no le oyó. Estaba nervioso y aceleró su despedida
cuando sospechó consternado que en aquel ambiente podía haber pulgas.
El leñador saludó triste desde la puerta de su choza. El Hombre de Dios se
alejó ufano y lleno de satisfacción, porque había actuado como el mismo
Dios habría hecho.
San Cristóbal
an Cristóbal era un gigante cananeo que se convirtió al cristianismo.
Ayudaba a los viajeros a cruzar un vado peligroso, llevándolos sobre sus
hombros.
En una ocasión cogió a un niño que se le hizo insoportablemente pesado.
Cuando le preguntó en medio del río por qué pesaba de ese modo, el niño le
dijo que era el Niño Jesús y que llevaba sobre sus espaldas los pecados de
todos los hombres.
Antiguamente, a lo largo de muchos siglos, podía verse a san Cristóbal,
con su barba y su cayado, en todas las puertas de las ciudades. También era
corriente representarlo en cuadros descomunales, dentro de las catedrales. Era
creencia común que el viajero, con sólo mirarle, quedaba libre durante ese día
de todo peligro.
Modernamente, muchos conductores lo llevan a modo de pegatina junto al
volante.
Un santo simpático este Cristóbal.
Hay escasos datos sobre su vida. Poco sabemos con certeza de su
existencia concreta. Lo único seguro que nos dicen los historiadores a
propósito de su vida... es que jamás existió.
Moraleja
Los mitos protectores son poderosos. Lo que menos importa es si
realmente existieron.
Un hombre oraba en el templo
ecía:
«Te doy gracias, Señor, porque no soy como ellos, porque yo no soy un
mandón, ni trato a la gente con suficiencia. Te doy gracias, porque no soy
estirado ni prepotente, porque no pretendo para nada ocupar los primeros
puestos.
Te doy gracias porque soy educado y correcto. Te doy gracias también
porque no me enfado, no grito, no soy violento. No soy dictador ni
impositivo y siempre estoy más cerca de los de abajo... además, me enfurezco
cada vez que otros usan mal el poder.
Te doy gracias porque cumplo mis obligaciones dominicales, aporto
dinero a una ONG y soy un modelo para mi comunidad cristiana. Te doy
gracias porque me sugieres el camino correcto y no cometo tantos errores
como cometen los de mi alrededor, sobre todo los de mi institución, los
poderosos, los que manejan el cotarro.
Te doy gracias porque me has dado unas formas discretas: no soy como
esos que hacen lo que les viene en gana, inoportunos, horteras, maleducados,
malas pintas, barriobajeros, incorrectos o inadecuados...
Te doy gracias, Padre, por mi mesura en tantos aspectos de mi vida, en el
comer, en el beber, en el consumir... en el sexo, en el ocio, en el amor.
Te doy gracias Padre, porque no veo telebasura, porque no soy como esos
otros que se tragan cualquier cosa, que se divierten de cualquier manera, que
les valen todos los programas y películas.
Te doy gracias, Señor, por mi interés por la cultura, porque me has hecho
selectivo y no leo cualquier cosa, por mi desconocimiento de los libros que
leen la mayoría, las películas que ve todo el mundo y la televisión que no
frecuento.
Te doy gracias, porque me has hecho selecto, no me junto con cualquiera,
porque la gente es frívola, consumista, vacía, incoherente, radical,
chabacana...
Te doy gracias, Padre, porque has puesto en mí una exquisitez que me
hace alejarme de los que no me mantienen puro, inmaculado, interesante,
intelectual, superior...
Te doy gracias porque se me nota enseguida que soy distinto y me has
dado la sabiduría de mantenerme así. Y finalmente, te doy gracias, Señor, por
la humildad que me has dado, porque la humildad es mi mayor virtud».
Moraleja
1. Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, aunque no
estoy seguro de esta afirmación con respecto al universo (Einstein).
2. Cada día que amanece, el número de los tontos crece.
El alma en pena
n la Edad Media se creía que los muertos seguían en contacto con los
vivos y se temía su aparición.
Las «almas en pena» eran seres errantes que no habían abandonado del
todo el cuerpo, bien por ser inconscientes de su muerte repentina o por haber
fallecido en pecado.
Y se temía su aparición porque, básicamente, el alma en pena se aparecía
para anunciar la muerte de algún conocido, para reclamar el alma de alguien
o para reprochar algún problema o falta pendiente.
Estas almas en pena eran ahuyentadas con cruces, campanas o agua
bendita. Para ellas, la Iglesia creó a finales del siglo x11 el Purgatorio, un
lugar donde las almas esperaban a que los vivos las sacasen con sus rezos.
Aun en el caso de no aparecer como alma en pena, la separación del alma
y el cuerpo no se producía durante el fallecimiento, ni siquiera durante el
enterramiento. El alma necesitaba un tiempo para desprenderse de sus
ataduras terrenales.
La marcha colectiva de estas almas rezagadas se situaba entre el Día de
Difuntos y la Pascua. En primavera comenzaba la peregrinación hacia el otro
mundo. Precisamente hacia el 25 de abril, día de san Marcos, solía aparecer la
Santa Compaña.
La Santa Compaña era como una procesión de almas en pena, en doble
hilera, vestidas con túnicas con capucha que vagaban durante la noche. Cada
fantasma llevaba una luz, pero era invisible, sólo un olor a cera y un ligero
viento eran las señales de que estaba pasando la legión de espectros.
Tan sólo ciertos «dotados» poseían la facultad de verla (los niños a los
que el sacerdote, por error, bautizaba usando el óleo de los difuntos). Los
demás tenían que conformarse con sentirla, intuirla... pero no podían decir
que la habían percibido.
Moraleja
Donde no llega la ciencia, todo es mitología.
La reunión en el cielo
n día, se reunieron en el cielo todos los dioses. Los había de distintas
tallas y colores, antiguos y modernos, famosos y menos famosos.
Allí estaban Vishnú, Neptuno, Shiva, Alá, Vulcano, Baco, Yahvé, Varuna,
Ishtar, Thor, Júpiter, Minerva, Osiris, Amón, Mitra y muchos otros.
El tema del debate era averiguar la causa de tantos y tantos males que
aquejan a la humanidad. En el fondo, estaban intranquilos porque, cada uno a
su manera, todos apreciaban al hombre.
-Yo creo que la primera causa de dolor es el hambre, la pobreza y la
escasez.
-Pues yo le doy más importancia al egoísmo, a la envidia y a la pereza.
-Yo pienso que la humanidad ha ido avanzando por encima de miles y
millones de muertos inútiles. La guerra es el origen de todos los males.
Aunque les costó trabajo admitirlo, al final llegaron a una conclusión: una
gran parte de esos muertos habían abandonado la existencia por culpa de
guerras religiosas.
Y, después de acalorados debates, todos convinieron en que el mayor
error que el ser humano había cometido... era ponerle nombres distintos a sus
respectivos dioses. Eso tan sólo, tan sólo ese detalle había provocado
discordias, divisiones, fraccionamientos, banderías y luchas fratricidas.
Estaban de acuerdo en que la divinidad es un ser con mil caras y mil
nombres, pero que en el fondo responde del mismo modo a las mismas
necesidades del mismo ser humano.
Moraleja
Por nuestro propio bien, busquemos lo que nos une y no lo que nos
separa.
El gran inquisidor
levaba muchos años al servicio de la Iglesia, velando incansable por la
pureza de la fe y de las costumbres. Firmaba en los documentos como
«celoso defensor de Dios».
Muchas gentes fueron condenadas por él, porque se apartaban del recto
camino. Algunos fueron azotados y pasaron por la tortura, hasta renegar
públicamente de sus vicios.
Especial vehemencia espiritual desarrollaba cuando se trataba del sexo. En
sus prédicas y disertaciones, empleaba cáusticos nombres para designar todo
pecado contra el sexto mandamiento: vicio nefando, perversión ignominiosa,
lujuria de la carne, infamante conducta, fornicación vergonzosa, onanismo
denigrante, instinto animal...
Su furia contra lo sexual era conocida por todos. Parecía que no existiera
para él otro pecado que el sexual. Por ello, en círculos eclesiásticos, se le
consideraba un ejemplo de pureza y castidad.
Cuando murió, al amortajarlo según la costumbre habitual, se descubrió
con sorpresa que estaba castrado. Seguramente, por algún accidente en la
infancia, había sido precisa la extirpación total de los genitales.
Moraleja
A los que no pueden amar, pésales que haya hermosura (Lope de
Vega).
El legionario
quel hombre estaba completamente calvo, renqueaba de una pierna y
le faltaba el ojo izquierdo. Una enorme cicatriz le cruzaba la cara, recuerdo
de los crueles enfrentamientos con los cántabros.
Pero se le veía feliz. Como muchos otros, después de largos años de
servicio al Imperio Romano como legionario, había conseguido del divino
Augusto una pequeña parcela en la Bética. Era el destino final soñado por
todo legionario.
Una fanega de tierra, un cerdo, una cabra y cinco gallinas... era el premio
codiciado por todos los que consagraron su vida a la defensa y expansión del
Imperio.
Allí, dedicado a la agricultura, pensaba terminar plácidamente sus días,
rodeado de su familia.
Sentado a la puerta de su choza, conversaba con un amigo:
-He combatido en Palestina y también en la Galia de los belgas. He estado
en Galatia y en Moe tia. También he luchado a las órdenes del general
Agripa, el yerno del emperador, con la VIII Legión en la feroz campaña de
Cantabria.
Su amigo le contestó:
-Pero, gracias a los dioses a los que invocaste, aquí estás gozando de esta
tierra fértil que te ha regalado el cielo.
Y el legionario dijo con expresión seria:
-No estoy de acuerdo. A los dioses hay que darles cuanto menos trabajo
mejor. Lo principal siempre tiene uno que hacerlo solo.
Moraleja
Posiblemente los dioses lo primero que quieren es que, para solucionar
nuestros problemas, utilicemos la inteligencia y el coraje que nos
dieron al nacer.
Las soluciones de la Biblia
abía una vez un hombre que se tenía por muy religioso, tanto que las
pastas de su Biblia estaban descoloridas y lastimosamente desgastadas.
Y es que nuestro hombre usaba de continuo el libro sagrado para salir de
dudas cuando se le presentaba algún problema. No quería equivocarse y
recurría a ella, porque en ella estaba la verdad absoluta. Abría al azar y, según
él, siempre recibía la respuesta correcta.
De ese modo, un día el perro del vecino se orinó en el rellano, cerca de su
puerta. Abrió la Biblia y leyó: «Ojo por ojo y diente por diente» (Éxodo
21,11). El no tenía perro, pero actuó en consecuencia de forma personal.
Tenía 12 hijos y su esposa le solicitó un día plantearse «una paternidad
controlada». Él, siguiendo su costumbre, abrió la Biblia y leyó: «Creced y
multiplicaos» (Génesis 9,1). En consecuencia, siguió procreando.
Un buen día le tocó la lotería. Su mujer saltaba de alegría porque la pobre
se las veía y se las deseaba para dar de comer a tanta boca. Pero él abrió la
Biblia y leyó: «Es mejor dar que recibir» (Hechos 20,35). Y, por tanto, dio
todo el dinero a una tribu de rumanos que encontró en un descampado.
Ante esta particular solución bíblica, su mujer se rebeló y le manifestó su
desacuerdo. Entonces él de nuevo abrió al azar la Biblia y leyó en voz alta:
«No permito a la mujer tomar autoridad sobre el marido, sino que se esté
callada» (1 Timoteo 2,11).
Uno de sus muchos hijos resultó un tanto díscolo y respondón. La verdad
es que no sabía cómo actuar. De modo que abrió la Biblia y encontró: «Si un
hombre tuviese un hijo rebelde y desvergonzado, que no atiende a lo que
manda su padre y su madre... morirá apedreado por la gente de su ciudad»
(Deuteronomio 21,18). Le pareció un poco fuerte, pero como se trataba de la
palabra de Dios, estaba dispuesto a llevarlo a cabo. Lo malo es que no
encontró a nadie en su ciudad dispuesto a tirar piedras.
Las cosas iban de mal en peor y al final su vida era un puro desastre.
Alguien le insinuó dejarse aconsejar por un psicólogo, hombre sensato y de
reconocido prestigio, pero él abrió la Biblia y leyó: «El Señor conoce los
argumentos de los sabios y sabe que no valen nada» (1 Corintios 3,18).
Al borde de la depresión, se propuso buscar la solución definitiva en su
libro sagrado y encontró: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos
15, 34).
Se derrumbó entonces en un mar de lágrimas y exclamó: - ¿Qué pecado
habré cometido, Dios mío, para merecer esto?¡ Yo que siempre te he sido
fiel!
Moraleja
1. La cabeza está para pensar, no para ser fiel.
2. La Biblia no es un catálogo de soluciones prefabricadas.
Preguntas de novicios
n un monasterio tibetano, un grupo de novicios tenía por mentor a un
anciano maestro. Con frecuencia, respondía a sus preguntas del mismo modo.
Persiste el yo después de la muerte?
-Quién sabe...
-Se pueden comunicar los espíritus?
-Quién sabe...
Existe realmente la reencarnación de las almas?
-Quién sabe...
Un día, los discípulos ironizaban acerca de su maestro y censuraban su
ignorancia. Otro monje que los oyó, les dijo:
-Cuando vuestro maestro dice «quién sabe», puede entenderse de varias
formas: «yo no lo sé», «nadie lo sabe», «unos lo saben y otros no», «vosotros
no lo sabéis», «no es posible saberlo», «no importa saberlo o no saberlo»,
«sólo los iluminados lo saben»... Su ambigüedad es intencionada, pero sois
tan necios que no os dais cuenta de ello. Es ambiguo para obligaron a utilizar
el discernimiento y la reflexión. Pero está claro que mover la lengua para
murmurar es más fácil.
El ermitaño
esde hacía varios años, aquel hombre vivía retirado en una cueva,
ubicada a las afueras del pueblo. Pretendía llegar a Dios y para ello se había
separado de los hombres.
Desde su situación, observaba a los padres jugar con sus hijos, a las
mujeres contar confidencias a sus amigas, a los jóvenes cortejar a sus
primeros amores, a los grupos de amigos juntarse para gozar de la vida...
En su interior, no podía reprimir un sentimiento de menosprecio hacia
todas esas gentes. Vivían con unos intereses tan rastreros...
Él, en cambio, había roto con todo: solamente vivía para encontrar a Dios
en el aislamiento. Pero la realidad es que, por mucho que se esforzaba, aquel
ermitaño no conseguía conectar con Dios.
Su soledad, su desapego y retraimiento sólo habían conseguido desecar su
corazón.
Un día, acertó a pasar por aquellos parajes un sabio peregrino. Vivía de lo
que le ofrecían, con versaba con todo el mundo y parecía un hombre normal.
Lo visitó y, al final de la conversación, le dijo:
-Piensa esto: o ves a Dios en tu hermano o no lo verás en ningún sitio.
Moraleja
Es triste, pero hay gente que cree amar a Dios en el cielo porque no
quiere a nadie sobre la tierra.
El diablo joven
n día llegó corriendo un diablo joven ante el diablo mayor de todos,
ante el diablo jefe máximo, y le dijo angustiado:
-Señor, acabo de llegar de la tierra. Ha aparecido un hombre realmente
santo. Un hombre que ha encontrado la verdad. Estamos perdidos.
Y, sonriendo, el diablo jefe le respondió muy tranquilo:
-No te preocupes, muchacho, porque ese hombre haya encontrado la
verdad. Ya aparecerá alguien para regularla y organizarla. No hay más que
esperar a que muera ese hombre santo y a que aparezcan sus seguidores.
Siempre ha ocurrido lo mismo, desde el principio de los tiempos.
Moraleja
Es realmente una pena que mueran los hombres santos y más pena
todavía que aparezcan sus seguidores.
TODOS TENEMOS PROBLEMAS
El último capítulo
na jovencita se acostumbró a escribir en un diario todos los
acontecimientos que sucedían en su vida. Los fue dividiendo en capítulos,
que abarcaban sucesivos episodios de su existencia.
Cuando tenía 25 años conoció a un joven del que se enamoró
rabiosamente. Era un amor ciego, compulsivo, obsesionado... de esos amores
que te sacan de ti mismo. De esos amores que se convierten en una mezcla de
éxtasis, de embriaguez y de locura.
Comenzó el capítulo de su nuevo amor con renovadas ilusiones, volcando
en su diario ensueños, delirios y pasiones estremecidas. Escribir se convirtió
para ella en un tembloroso dejarse ir del sentimiento, en un desahogo casi
morboso de emociones encontradas.
Pero, un buen día, el joven la engañó. Fue algo repentino y
desconcertante, como algunas conductas de los humanos. Se marchó con otra
y literalmente desapareció como diluido en el aire. No contestaba al teléfono,
no se daba entera do de los mensajes, no aceptaba ningún tipo de llamadas de
atención. Era el hombre sin rostro, sin voz, sin corazón. Se había esfumado.
Ni el Gran Houdini lo hubiera hecho mejor.
Ella, como era habitual, se volcó en su diario y comenzó a relatar lo
sucedido. Pero, en lugar de pasar página y comenzar otro capítulo dando por
finalizado el actual, se dedicó a volcar en el papel toda su frustración, su
sorpresa y amargura.
Cada día retocaba lo anterior, añadía sentimientos nuevos, subrayaba lo ya
escrito. Se acumulaban emociones como la decepción, el odio, la
autocompasión, el desengaño, el resentimiento, la amargura, el rencor... Se
veía a sí misma como una mujer de usar y tirar, como un pañuelo de papel.
Todo lo que no pudo decir a su amado, lo volcaba apasionadamente en el
papel. Y la consecuencia fue una amalgama de recuerdos fermentados, una
ciénaga maloliente que despedía fetidez a medida que se removía día tras día.
De ese modo, este capítulo dejó de ser un capítulo más de su diario y se
convirtió en «el capítulo». El único y exclusivo. A partir de entonces, no
hubo nuevos capítulos. Su tarea existencial hasta que llegó la muerte, muchos
años después, se convirtió en retocar y retocar este pasaje.
Por eso, lastimosamente, su vida se detuvo el día en que decidió no pasar
página y empezar otro capítulo.
Moraleja
1. Quien te haga llorar de amargura no se merece tus lágrimas. No
desperdicies sentimientos.
2. Nos puede bloquear la existencia tanto un amor obsesivo como un odio
obsesivo. Con la diferencia de que un amor obsesivo dura meses y un
odio obsesivo puede durar toda una vida.
Cambiar los toros
abía una vez una tertulia de ambiente taurino.
Un novillero, con aspiraciones de llegar a matador de toros, siempre se
quejaba de la mala suerte que tenía. Le tocaban toros mansos, resabiados,
ariscos, retozones..., pero en ninguno de sus lotes venía el toro con el que
soñaba realizar su gran faena, la faena que le lanzara a la fama.
Un día, un viejo matador ya retirado le dijo sabiamente:
Mira, muchacho. En la plaza de toros, como en la vida misma, te toca el
lote que te toca. No puedes pedir que te cambien los toros. Ni tiene sentido
quejarte porque tal toro no embiste como a ti te gustaría que lo hiciera. Con
ellos, tu tarea consiste en sacarle el mayor provecho posible. Y salir de la
plaza con algún que otro rasguño, pero no con la femoral seccionada. No se
trata, por tanto, de que te cambien los toros, sino de aprender realmente a
torear.
Moraleja
No vale la pena pedir al vecino que cambie de conducta. Aprende tú a
torear.
El superviviente
n el siglo xvi, un galeón que venía de Isla de Trinidad se hundió en el
Atlántico. Cuando en las costas de Portugal apareció un único superviviente,
se produjo un gran revuelo entre los habitantes del pueblecito que lo acogió.
Una vez comido y dormido, el muchacho, que había llegado extenuado a
la playa, fue interrogado ávidamente por los aldeanos, deseosos de conocer
sus desventuras durante los varios días que duró la zozobra.
El muchacho contó:
-El capitán desarrolló sus capacidades de mando y se pasaba el día dando
órdenes. El contramaestre era muy organizador y planificaba a todo el
personal. El segundo de a bordo era un hombre indeciso y no paraba de ir de
allá para acá, como si tuviera muchas cosas que hacer. El capellán no nos
dejaba en paz, organizando rogativas, súplicas y plegarias para que Dios nos
ayudara. El grumete no paraba de llorar por su mala suerte y porque nunca
había aprendido a nadar. El oficial de cubierta, junto con el carpintero,
intentaban en vano parchear el palo de mesana y algunas cuadernas que se
desencajaban. El cocinero estaba obsesionado con ahorrar agua, porque
aquello podía durar varios días más. El maestro calafate subía y bajaba
inútilmente a la bodega inspeccionando las posibles vías de agua. Un
marinero se subió a la cofa del trinquete y se puso a disparar su arcabuz,
como si con eso nos pudieran oír desde tierra y venir en nuestro auxilio.
Mientras tanto, un pasajero ilustre que venía en el galeón gritaba como un
loco desde su camarote, enfermo de tabardillo.
Los aldeanos, intrigados, le preguntaron al muchacho:
-Y tú, ¿qué hacías en todo ese tiempo?
El muchacho contestó sobriamente:
-Sobrevivir.
Moraleja
En momentos de crisis, la mejor ocupación a que nos podemos dedicar
es esta: sobrevivir.
El hombre sometido
abía una vez un hombre cuya mujer era de tal modo dominante, que el
pobre sufría una persistente sensación de nulidad e incompetencia.
Ante ella titubeaba, vacilaba y a duras penas conseguía balbucir torpes
palabras sin contenido. Su actitud en el hogar era de absoluto sometimiento.
Sólo así conseguía eludir los envites despóticos de su esposa.
Muchas noches, en sus ensoñaciones, se veía a sí mismo como un toro de
lidia, fiero y temible, que siembra el pánico en la plaza, dueño y señor de su
entorno. Pero esta imagen gratificante de los sueños se tornaba patética y
grotesca, incluso para él mismo, en cuanto despertaba al lado de su esposa.
Como si de un ritual liberador se tratara, todos los domingos, este hombre
se encaminaba al fútbol. Allí en las gradas, como por arte de magia, se
efectuaba una transformación sorprendente. Su indecisión, inseguridad,
torpeza y titu beo se convertían en una cascada de agresividad, cólera y ciega
virulencia.
Los ojos enrojecían, las venas del cuello se hinchaban, las cuerdas vocales
rugían de esfuerzo, los vocablos que salían de su boca no son para repetirlos.
Todo su organismo se inundaba con una sobredosis de adrenalina. No
importaba lo acertada o desacertada que fuera la actuación del árbitro, él
siempre tenía razones para desahogar su ira con bramidos destemplados.
Pero un día, el esfuerzo físico y emocional resultó excesivo. De pronto, el
hombre cayó en las gradas, entre el desconcierto de los demás espectadores.
Poco se pudo hacer por él, porque murió antes de llegar a la ambulancia.
Moraleja
Los problemas exigen soluciones allí mismo donde están.
Las malas soluciones
n conductor se saltó un semáforo y un guardia le dio el alto. Como
«solución», el infractor se dio a la fuga precipitadamente y atropelló a un
borracho. Presa del pánico, abandonó a su víctima, pero fue perseguido y en
su huida chocó con un árbol destrozando completamente su coche. Cuando
llegó la policía, agredió al agente y finalmente ingresó en prisión.
Como el ingreso en prisión le produjo un trauma, ya que nunca antes
había tenido problemas con la justicia, comenzó a tomar alcohol para olvidar
el tema.
Para anular el problema del alcohol y poder dormir, comenzó a
automedicarse somníferos y ansiolíticos. Las dosis que venían de la farmacia
fueron creciendo y creciendo, de modo y manera que al final ya el problema
no era el alcohol, sino las pastillas.
Le aconsejaron visitar a alguien que le proporcionara una solución para su
problema. Así se metió en el mundo de los curanderos, visionarios,
iluminados y echadoras de cartas.
Un mal día, una supuesta vidente - experta en cartomancia, adivinación y
vaticinio - le predijo que sus problemas lo destrozarían y que finalmente no
podría soportarlo.
Nuestro hombre comenzó a rumiar, día y noche, las palabras de la
echadora de cartas. Evidentemente, su destino estaba fatalmente escrito en
algún sitio. Aquella mujer tenía razón: no sería capaz de soportarlo.
Cinco días más tarde, se suicidó.
Moraleja
Si la solución no es la adecuada, esa «solución» se convierte
inmediatamente en un problema mayor, por el «efecto bola de nieve».
Si no te conviertes en parte de la solución, es que eres parte del
problema.
El valiente samurai
esde pequeño, aquel samurai había sido adiestrado en las artes de la
guerra, del honor y del coraje.
Desde pequeño, aquel samurai había intentado demostrar a todo el mundo
su crecimiento en los valores que exigía su posición social.
Desde pequeño, aquel samurai progresivamente adquiría prestigio y
admiración entre los componentes de su comunidad.
Pero desde pequeño, aquel samurai había escondido un secreto, un secreto
vergonzoso: le tenía miedo - más que miedo, pavor - a los ratones.
Por eso, su vida se convirtió en un teatro de cara a la galería. Por fuera,
aparecía como pleno de arrojo, intrepidez y audacia. Era la admiración de
todos. Por dentro, se veía a sí mismo como frágil, endeble y deleznable. Se
avergonzaba al mirarse al espejo.
A nadie confesó jamás su debilidad. Lo que siendo niño era un secretillo
vergonzoso, al cabo del tiempo, a fuerza de mantenerlo oculto, se con virtió
en una pesada losa que cada día se le hacía más insoportable.
A partir de esta dualidad en su vida, el samurai comenzó a cavilar: «La
mentira domina mi existencia, soy una caricatura de samurai, tengo
engañados a los demás, no encuentro salida honrosa a este problema, cada día
se oscurece más mi horizonte, así no vale la pena vivir para un auténtico
samurai...».
Al cabo de unas semanas de rumiar estas reflexiones, el samurai se sentó
en el suelo, delante del altar de sus dioses particulares... y se hizo el harakiri.
Moraleja
Cualquier pequeño problema, si no lo gestionamos correctamente,
puede convertirse en tragedia.
La flecha envenenada
n día de primavera, una jovencita paseaba por el parque, ignorante -
como todas las jovencitas - de lo que el destino le tenía preparado.
Entre unos arbustos se escondía una amiga suya (amiga es un decir) que,
en un descuido, le lanzó una flecha envenenada. La flecha se clavó en un
costado de la jovencita, que corrió asustada a su casa.
El médico de cabecera, su padre que era sensato, el municipal que la
acompañó a casa, su tío el notario y una prima ATS..., todos le aconsejaron
que se quitara cuanto antes la flecha del costado.
Pero nuestra jovencita no quería consejos. Ella sabía bien lo que tenía que
hacer y no estaba dispuesta a permitir que nadie sabiondo le marcara el
camino.
Todos los días, al levantarse y al acostarse, nuestra jovencita llevaba a
cabo un ritual metódico: se ponía delante una foto de su amiga (amiga es un
decir) y con las dos manos se removía la flecha dentro de sus carnes. Eso
hacía que el veneno se difundiera progresivamente y no hubiera posibilidad
de cicatrización.
Veinte años después, la jovencita seguía imperturbable el mismo ritual,
pero había añadido una frase final: «¿Qué habré hecho, Dios mío, para que la
gente me haga tanto daño?».
Moraleja
Las flechas que me lancen desde fuera me harán el daño que yo
permita que me hagan. Ni más ni menos.
La gata parida
i a una gata recién parida se le quitan las crías, se pone como loca: no
come, ni bebe, ni duerme, se pasa el día de acá para allá, busca en todos los
rincones posibles a sus crías, no atiende a ningún estímulo que se le
proponga... llega casi al borde de la extenuación y de la muerte.
Pero, a los tres días, ocurre como si un paño invisible frotara su cerebro,
borrando todo recuerdo de su parto. Se olvida de las crías por completo,
empieza a comer y a beber, reanuda su vida ordinaria.
La existencia le exige seguir viviendo y el problema de las crías
desaparece de su mente.
Moraleja
Muchos adultos humanos deberíamos aprender de la gata parida.
Estamos en deuda con los vivos, no con los muertos. Poner límite al
dolor es algo que los animales hacen correctamente, pero que algunas
personas no saben hacer.
El aborigen y la marisma
abía una vez un aborigen que se ganaba la vida cortando leña y
vendiéndola luego en el poblado. Para ir de su choza al trabajo atravesaba
una especie de ciénaga, con tierras pantanosas. Años atrás, su padre y su
abuelo también tuvieron que atravesarla.
Se trataba de una especie de barrizal o marisma, del tamaño de una
laguna, pero con zonas que recordaban lo que son las arenas movedizas.
El aborigen, que se consideraba a sí mismo persona analítica y
observadora, siempre que volvía a su casucha reflexionaba sobre las causas
de sus repetidas caídas en el lodazal. Resultaba francamente molesto volver a
casa lleno de barro hasta las pestañas, además del peligro que suponía
hundirse en una zona de arenas movedizas y no volver a salir.
-Tendría que plantearme si alguien me ha echado mal de ojo y debería
liberarme de él con algún conjuro.
-Tengo que cambiar la hora de atravesar el humedal.
-Si recurro al brujo de la tribu posiblemente me proporcione algún
amuleto que me proteja.
-Posiblemente lo hago mal porque me distraigo con cualquier ruido en el
momento de entrar.
-Puede que esto que me ocurre se deba a algún castigo por pecados que he
cometido en el pasado.
-Tengo que encontrar como sea una solución porque estoy perdiendo el
sueño por culpa de este problema.
-Es posible incluso que en mi vida anterior yo fuera una rana y el agua me
atrae irresistiblemente.
-Tengo que buscar una solución definitiva: plantearé este asunto en el
próximo consejo de la tribu.
Con lo fácil que le hubiera sido al aborigen dar un rodeo...
Moraleja
A veces buscamos la solución allí donde no está.
La competición de sapitos
abía una vez una competición de sapitos. Tenían que llegar a una alta
torre y empezaron todos a correr. Los espectadores se reían de ellos y
comentaban en alto: «Jamás lo conseguiréis, estáis haciendo el ridículo».
Poco a poco, los sapitos fueron abandonando la carrera. Los espectadores
decían: «¡Si ya se veía venir!».
Pero había un sapito que renovaba sus esfuerzos. Cuando todos dejaron de
competir, él siguió y siguió... hasta que finalmente consiguió subir a la torre.
Entonces se le acercó un periodista para investigar cómo lo había conseguido
y descubrieron que el sapito ganador «era sordo».
El viajero
na antigua fábula de Abisinia cuenta que un viajero caminaba por el
desierto. Acarreaba a sus espaldas un saco lleno de arena, sujetaba dos
grandes piedras en las manos y arrastraba dos gruesas cadenas atadas a sus
tobillos.
Se cruzó con una caravana de camellos. El camellero le dijo: -Si mis
camellos arrastraran esas cadenas, no llegarían nunca a su destino.
El viajero se miró a los pies y concienció de pronto la inutilidad de
aquello que arrastraba: - Te agradezco que me lo digas, porque no me había
dado cuenta, me has hecho un gran favor.
Se quitó las cadenas de los tobillos y se sintió mucho más ligero.
Al cruzar un oasis, intentó beber en una alberca, pero con las manos
ocupadas no podía. Pidió ayuda a un niño que le dijo: ¿Y para qué llevas esas
piedras innecesarias en las manos? Si las tiras, podrás manejarte mucho
mejor.
El viajero agradeció la advertencia: - Pues tienes razón, pequeño, no me
había dado cuenta hasta ahora que me lo dices.
Tiró las piedras y se sintió mucho más ligero.
Junto a unas antiguas murallas, el viajero se secaba el sudor cuando una
anciana le preguntó qué llevaba en el saco. Al decirle que arena, la anciana le
dijo: z Ypara qué quieres acarrear por el desierto un saco de arena? ¿Es que
no tienes bastante a tu alrededor?
Se sintió confuso y avergonzado, porque la anciana tenía toda la razón.
Así es que tiró el saco y la arena al borde del camino. Se sintió mucho más
ligero.
Finalmente, era un hombre libre y podía caminar como tal.
LUCES Y SOMBRAS DE LA PAREJA
El matrimonio perfecto
levaban 40 años casados y eran considerados por todos como el
matrimonio perfecto. Ahora, sus amigos y conocidos iban a concederle un
homenaje por el ejemplo de armonía y convivencia perfecta que eran para
toda la comunidad.
Se afirmaba incluso que, en los 40 años, ni una sola vez discutieron entre
sí. Parecía imposible, pero es cierto que jamás se les descubrió una mala
palabra, un mal gesto, un movimiento de desacuerdo o de desagrado. No
cabía duda, eran el matrimonio perfecto. Un modelo para seguir.
Se preparaban para el homenaje, en el que se les otorgaría un diploma y
una placa dorada, como constancia material de sus virtudes de pareja. En voz
baja hablaban entre ellos.
Él dijo: Al final, expondré yo unas cuantas ideas que he pensado.
Ella contestó: Como tú quieras, cariño.
Él dijo: Tú siéntate al lado de la señora del alcalde.
Ella contestó: Muy bien, cariño, como tú quieras.
Él dijo: - Cuando terminemos y estemos en la comida, lo mejor es que
hables lo menos posible.
Ella contestó: - Como tú quieras, cariño.
El dijo: - Ten cuidado en la comida, que cuando te pones nerviosa,
jugueteas con el tenedor y comes muy deprisa.
Ella contestó: - Tienes razón, cariño, tendré cuidado.
Él dijo: - Y no hables de política ni de economía, que no entiendes y
puedes quedar mal ante los demás.
Ella contestó: - Como a ti te parezca, cariño.
En los discursos y panegíricos que finalizaron el homenaje, todos los
oradores se preguntaron cómo era posible algo tan difícil: no discutir durante
40 años.
Moraleja
En relaciones humanas, toda situación de estabilidad prolongada e
inalterable se puede predecir que es a costa de alguien.
La mariposa romántica
lla no era una mariposa normal. Se sabía poseedora de unas alas con
tonalidades fuera de lo habitual, de unas irisaciones con matices realmente
sorprendentes. Por eso, no se contentaba con ser perseguida por cualquier
niño correteando por el bosque. Ella esperaba a un verdadero especialista, a
alguien que valorara profundamente su belleza.
Cuando lo descubrió en el fondo del valle, atravesando el pequeño arroyo,
supo que era él. No podía permitir que se le escapara. Tenía que ser capturada
por él. Ningún otro ser humano podía sustituirlo.
Comenzó entonces un juego de atracción y escape. Se hizo notar
claramente y cuando el hombre la persiguió, se escapó de su red en varias
ocasiones... hasta que sintió que claramente la perseguía con obstinación.
Para aquel cazador de mariposas no existía otra en el mundo. Lo había
conseguido. Se había fijado en ella, se había obsesionado y evidentemente
pretendía capturarla. Fue el momento más bello de su existencia.
Cuando finalmente se dejó atrapar en la red, cuando ella pensaba que
empezaba su etapa gloriosa y llena de ternura..., en realidad comenzó su
tragedia.
Porque aquel hombre no perseguía la belleza. No era un entusiasta de la
hermosura, sino un obsesionado por la colección.
Y así fue como la mariposa romántica terminó su existencia: pinchada en
una cartulina, en una de las múltiples hileras perfectamente alineadas, entre
otras 2.000 mariposas que también un día fomentaron vanas ilusiones.
Moraleja
¿No se parece esta historia a la de algunas mujeres?
El faro
quel señor tenía una auténtica inquietud por todos lo males de la
humanidad. Lo mismo se preocupaba por la hambruna en Eritrea, que por el
sida en Nigeria o por la silicosis en los mineros de Bolivia.
Sufría por el sufrimiento de los demás, especialmente por los más
necesitados habitantes de países lejanos. Se hizo socio de numerosas ONG de
tipo benéfico y, poco a poco, ascendió en ese mundo de la ayuda
desinteresada a los demás. Participaba en congresos internacionales,
preparaba ponencias - normalmente alabadas - y su nombre se terminó
asociando a la UNESCO, la FAO, UNICEF... además de otras organizaciones
menos conocidas.
En una ocasión, en el curso de un homenaje, alguien dijo de él que era
como un faro que irradiaba luz al resto del mundo. Aquello le gustó, sobre
todo teniendo en cuenta la frase de jesús: «Vosotros sois la luz del mundo».
Y renovó sus esfuerzos en pro de los sufrientes de la tierra.
Pero aquel señor, como todo lo viviente, tenía sus grietas y debilidades. Y
la suya era un desconocimiento casi total del mundo cercano a sus pies.
No tenía ni idea de las angustias que sufría su hija adolescente, intentando
resistir el acoso de una secta a la que ingenuamente se había asomado.
La frase más larga que intercambió con la asistenta de su casa fue:
«Buenos días».
No podía imaginarse los zarandeos que la existencia le estaba dando a su
hijo, metido en el mundo de la cocaína y cicatrizando las primeras
frustraciones que da el amor.
Desconocía el nombre de la mujer peruana que cuidaba día y noche de su
madre, enferma de Alhzeimer.
Pero, sobre todo, le era completamente ajena la profunda soledad y
amargura que sufría su esposa, aquella mujer que le acompañaba siempre
sonriente a homenajes y congresos. Aquella mujer que, discreta, permanecía
siempre en la penumbra.
Moraleja
Si de noche te sitúas a los pies de un potente faro, posiblemente has
escogido uno de los lugares más oscuros del planeta.
1.El estilo narrativo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos: no sólo
que los piensa, sino que los siente. Lo que importa más es la vida: el
estilo es secundario, lo importante es que debe vivir.
2.El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de unos oyentes
determinados a los que quieres comunicar tu pensamiento. Nunca olvides
los sentimientos de los que te escuchan.
3.Lo que puedas decir con 100 palabras dilo con 100 palabras. Lo que con
una, con una. Si un cuentista, a la hora de contar un cuento, no se impone
ciertos límites, es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos, la
historia que cuenta no tendría principio ni fin.
4.Habla como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño
ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. Sólo así se
obtiene la vida en el cuento.
5.Fórmate un público inteligente. Hazlo pensar y que saque sus propias
conclusiones. Es muy sensato y muy hábil dejarle la tarea de formular él
mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
6.No pienses en tus amigos al narrar, ni en la impresión que dejará tu historia.
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin
ver otra cosa que el camino que les trazaste.
7.Cree en ti, pero no demasiado. Duda de ti, pero no demasiado. Ten fe ciega
no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas.
Nunca cuentes un cuento que no te satisface por completo.
8.Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es
hacer converger hacia ella todos los sentidos del que escucha. Las
evocaciones táctiles y olfativas son las que más perduran en la mente del
oyente.
9.No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas capas de color adhieras a
un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá un color
incomparable. Pero hay que encontrarlo.
10.No empieces a contar sin tener muy claro desde la primera frase hacia
dónde te diriges. En un cuento bien logrado, las tres primeras frases
tienen casi siempre la misma importancia que las tres últimas.
(Se hace referencia al número del cuento)
C
D
E
F
1
J
M
N
P
R
S
T
V
Colección de teatro infantil y juvenil, con talleres y actividades
complementarios a cada obra.
1. Los enredos del gato con botas
Ignacio del Moral
2. En busca de la isla del tesoro
Alberto Miralles
3. El señor de las guerras
José González Torices
4. Volar sin alas • Las maravillas del teatro
Luis Matilla
5. Pasos, entremeses y sainetes
Germán Díez Barrio
6. Mis queridos monstruos
Fernando Almena
7. Teatro muy breve
Antonio A.Gómez Yebra
8. Blancanieves y los siete enanitos gigantes
Jesús Campos García
9. En busca del Arco Iris
Teresa Núñez
10. Titirimundi • Muñecos y muñecas
Lluís Coquard
11. Puntapié
Ramón García Domínguez
12. Pelosverdes
José González Torices
13. Teatro de Pinocho
Jaime García Padrino - Lucía Solana Pérez
14. Sueños y Sonidos
Pury Estalayo - Daniel Lovecchio
15. Cervantes para la imagen y la imaginación
Alfredo Castellón
16. Como reyes
Manuel Muñoz Hidalgo
17. Aires de juego
Lucía Solana Pérez
18. Los globos de Abril
Germán Ubillos
19. El salto de la gallina
Manuel Muñoz Hidalgo
20. El retablo del rey Midas
José González Torices
21. El gabán del rey
Germán Díez Barrio
22. Pindongo y la costurera
Braulio Llamero
23. Comotú
Ramón García Domínguez
24. La abuela de los soldaditos de plomo
José González Torices
25. ¿Dónde se enconden los sueños?
Juan Carlos Rubio
SERIE CLÁSICOS
1. La vida es sueño
Pedro Calderón de la Barca. Miguel Ángel Ontanaya (adaptador)
2. El alcalde de Zalamea
Pedro Calderón de la Barca. Miguel Ángel Ontanaya (adaptador)
3. Entremeses
Miguel de Cervantes. Germán Díez Barrio (adaptador)
4. Peribáñez y el Comendador de Ocaña
Lope de Vega. Germán Díez Barrio (adaptador)
5. Poema de Mío Cid
Anónimo. Germán Díez Barrio (adaptador)
Colección
CRECER
Colección de lecturas y temas educativos para preadolescentes y
adolescentes. Destinada a ellos y a quienes intervienen en su educación.
1. Te vas haciendo mayor.
B.Ferrero.
2. Adolescentes como tú.
T.Lasconi.
3. Estudiante con clase.
G.Boscato.
4. Hacia la casa de la felicidad.
M.Delpiano.
5. Busco amigos.
G.Boscato.
6. El misterioso lenguaje del cuerpo.
T.Lasconi.
7. No me importa contártelo.
C.J.Romero.
8. Maravillosamente insoportable.
M.P.Ayerra.
9. Quiero aprender a amar.
G.Rizzi.
10. Soy adolescente, ¿ahora qué?
G.Martí.
11. Adolescentes. Manual de supervivencia.
R.Alberto.