LAS 7 MARIPOSAS MAGICAS
Daniel Segovia
Ilustración: Lola Fernández Lentisco
En un lugar donde reinaba la magia hace mucho tiempo, existía un misterioso bosque
encantado que por el día lucía colores vivos y llamativos, pero por la noche, se convertía en un
lugar triste y apenado de colores grises. El bosque permanecía bajo el «hechizo de luna»
lanzado por la malvada bruja, al saber que habían nacido siete mariposas mágicas. Un
encantamiento que hacía que los colores se borrasen cada vez que salía la luna.
Las siete mariposas vivían en el árbol más alto. Eran grandes y hermosas, con unas alas
de terciopelo pintadas con purpurinas y colores llamativos y con adornos bordados en oro y
plata. Todas tenían una sonrisa dulce y transparente como las aguas cristalinas. Pero cada una
de las siete mariposas era de un color diferente.
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Por la mañana el mismísimo sol gris, iluminaba un bosque triste y ceniciento.
Entonces las siete mariposas empezaban a despertarse, moviendo sus alitas poco a
poco. Tenían que repintar todo el misterioso bosque, pero con rapidez y cautela, para que no sé
enterara la malvada bruja.
La mariposa verde era la mayor, por eso era también, la más responsable y ordenada.
Ella le daba color a la copa de los arboles, a las hojas y al césped. Según iba acabando de
pintarlos los animalillos del bosque sonreían de felicidad, al ver que las cosas volvían a
recuperar su color durante unas horas.
La mariposa naranja tenía unos mofletes muy redondos, se dedicaba a pintar muchas de
las frutas y las verduras: las zanahorias, las calabazas, las naranja…, le gustaba tanto pintar,
que incluso había días que pintaba el atardecer.
La mariposa amarilla era la más perezosa, le encantaba dormir, y siempre protestaba
cuando se tenía que levantar tan pronto, porque ella, era la que tenía que pintar el sol antes de
que empezara a calentar demasiado y derritiera sus alas.
La mariposa violeta era muy glotona, a todas horas estaba comiendo, por eso empezaba
siempre la última. Se dedicaba a pintar todos los animales del bosque, le daba igual, animal que
veía, animal que pintaba: las ardillas, los ratones, los lobos, los ciervos… Todos eran de color
violeta.
A la mariposa azul le gustaba vestirse como las princesas, era presumida y coqueta, y se
dedicaba a darle color al cielo, a las nubes esponjosas como los algodones de azúcar y a las
aguas de los mares.
La mariposa roja estaba enamorada de la vida y le gustaba mucho la Navidad, le gustaba
tanto, que lo único que hacía era colorear las rosas, las amapolas y la flor de pascua.
La mariposa de color añil era la más rara, ella repasaba todo lo que las demás pintaban,
dándole luces y reflejos y era también la que se encargaba de vigilar por si se acercaba la bruja
malvada.
Las siete mariposas trabajaban duramente todo el día para que todo estuviera reluciente
y lleno de vida, pero cuando el sol se iba a dormir y la luna asomaba la nariz, las mariposas
caían rendidas de cansancio. Entonces el bosque encantado, poco a poco, iba perdiendo los
colores, volviendo a su tono triste y ceniciento.
Así estuvieron mucho tiempo, hasta que un día la bruja decidió darse un paseo con su
escoba mágica, a ver como marchaban las cosas en su bosque encantado. Cuando sus
pequeños y feos ojos divisaron el bosque, no dio crédito a lo que estaba viendo, incluso se frotó
los ojos, por si contemplaba un espejismo. El bosque encantado estaba lleno de luz y colores
vivos. La bruja se enfadó tanto que se fue a su guarida para hacer un hechizo contra las
mariposas.
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A la mañana siguiente, cuando las 7 mariposas de colores, se preparaban para pintar el
bosque, la bruja malvada de la verruga en la nariz, había preparado una terrible trampa. Sin que
se dieran cuenta, les echó unos polvos mágicos para que no pudieran volar y así las pudo
capturar una a una, encerrándolas en una jaula de hierro viejo.
Al día siguiente, cuando los animalillos y las plantas; el cielo y las nubes; los mares y el
sol se dieron cuenta de que su mundo seguía gris, se pusieron muy tristes. Los días pasaban
con la misma pena y el mismo color gris. Las plantas no tenían ganas de florecer, los animalillos
apenas comían, los niños de la aldea ya no jugaban a la pelota y el sol no calentaba.
Tan tristes se pusieron, que las nubes lloraban de pena y las 7 mariposas, al notar que se
mojaban, sacudieron las alas, lanzando al viento miles y miles de gotas de agua, impregnadas
con sus colores. Todos los habitantes del misterioso bosque miraron el espectáculo, incluso el
sol se hizo un hueco entre las nubes, y entonces ocurrió algo mágico: sus rayos tocaron las
gotas de agua y desde un horizonte a otro, cómo un espectro de luz, surgió el arco iris,
cubriendo todo el bosque encantado. «¡Magia! ¡Magia!» gritaban todos, locos de alegría, «¡Por
fin vuelven los colores! Desde entonces, cada vez que llueve y sale el sol, las 7 mariposas
mágicas aletean con alegría, indiferentes a su triste destino, lanzando al viento los colores que el
arco iris dibuja en el cielo, mientras la bruja malvada de la verruga en la nariz se muere de rabia
al verlo.
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