Protección Contra La Corrosión
Protección Contra La Corrosión
En la industria petrolera los métodos de protección más comunes utilizados para partes de
maquinarias, tanques de almacenamiento y tuberías se listan a continuación:
Sobre la elección del procedimiento más adecuado para cada caso no se pueden dar normas
generales. Cada problema debe ser estudiado como un caso particular, puesto que
simplemente pequeñas impurezas en el medio o en el metal pueden cambiar por completo
el planteamiento del problema.
Antes de proyectar un metal sobre una superficie, debe someterse esta a una preparación
previa, para obtener una buena adhesión del metal proyectado.
El chorro de arena realiza una limpieza bastante perfecta. El chorro de arena proyectado
por aire comprimido se emplea con dos fines:
A) Para limpiar la superficie de la pieza.
B) Para la creación de rugosidades que favorecen la adherencia del metal proyectado.
La limpieza que produce el chorro de arena es solo superficial, y por eso, si la pieza esta
embebida de grasa, debe calentarse previamente y limpiarse con tricloroetileno u otro
disolvente apropiado. El chorro de arena elimina la cascarilla de las piezas templadas y toda
traza de oxidación. La limpieza con chorro de arena debe preceder a cualquier otra
preparación para evitar que el oxido superficial pueda quedar incluido en la masa de la
pieza. Además de la limpieza, el chorro de arena produce una rugosidad que es función del
abrasivo que se emplea y de la presión del aire comprimido.
El abrasivo generalmente utilizado es la arena silícea, que debe ser de arista viva, exenta de
polvo y completamente seca. Si la arena tiene polvo, blanqueara la pieza, pero no producirá
rugosidad. La arena de granos redondeados pulimenta, pero no da rugosidad y tampoco
sirve. El diámetro del grano debe ser inferior a 0,4 mm, que corresponden al tamiz 30 (el
numero de un tamiz es el número de alambres por pulgada cuadrada). Para trabajos
delicados será preferible emplear granos más finos (tamiz 35).
También se emplea el chorro de perdigones, proyectando con una maquina especial que los
recupera, y cuya acción, además, sobre la superficie de la pieza mejora su resistencia a la
fatiga. Se emplean perdigones de 1 mm de diámetro, proyectados sobre la superficie a una
presión de 5 Kg por centímetro cuadrado.
Decapado químico: El procedimiento más empleado, sobre todo como operación previa
para el galvanizado y estañado, es la limpieza por medio de ácidos. El decapado químico se
realiza sumergiendo la pieza en ácido sulfúrico diluido al 10 por ciento a unos 80º C.,
durante cinco minutos, o en ácido clorhídrico en frío, al 20 por ciento, ayudando alguna
vez, aunque no es frecuente, a levantar la cascarilla raspando la superficie de la pieza.
Para evitar que resulte excesivamente atacado el metal, se añaden a la solución del ácido
inhibidores que retardan el ataque del metal sin interferir la eliminación de la cascarilla y el
orín. Se emplean como inhibidores sustancias coloidales como la gelatina, agar-agar y
tanino. Sin embargo, se suelen emplear corrientemente inhibidores más complejos, como el
di-orto-tolil-tiourea o el dihidro-dioto-toloudina. La eficacia de los inhibidores disminuye a
medida que se eleva la temperatura.
La pieza actúa de cátodo en una cuba electrolítica y sobre ella se deposita el metal
protector. Ejemplo: niquelado, cobreado, cromado, dorado, plateado, etc. Los principales
metales autoprotectores que se depositan electrolíticamente son: el cobre, el níquel y el
cromo, y alguna vez el cinc, el cadmio y el latón. También se depositan electrolíticamente
el oro, la plata, el vanadio y el rodio, aunque estos metales tienen a veces más interés
decorativo que protector. El espesor de las películas es del orden de 0,001 a 0,01 mm.
El níquel protege bien al acero contra la oxidación y corrosión, pero se empaña o mancha
en el aire húmedo y por eso se acostumbra a aplicar una película de cromo sobre níquel, lo
que resulta ventajoso porque el cromo es más duro que el níquel. El depósito del cobre
tiene por objeto cubrir el metal base si queda algún poro en la película de níquel, y, además,
aumentar la adherencia del revestimiento.
Se han hecho ensayos de depositar el cinc y el estaño electrolíticamente; pero estos metales
se aplican corrientemente por inmersión, en su masa fundida, de los metales que se desea
proteger. El cadmio depositado electrolíticamente se creyó que desplazaría al cinc; pero en
realidad solo se emplea actualmente para objetos que han de funcionar en atmósferas
tropicales.
El estaño es catódico con respecto al acero, y, por tanto, en los poros o fisuras del
recubrimiento se producirá una corrosión del metal base más intensa que si estuviese el
metal desnudo. Sin embargo, en las conservas de frutas, los jugos cambian la polaridad
electrolítica y el acero resulta generalmente catódico, por lo que se pierden pocos botes de
conserva por corrosión. Algunos en cambio, se rompen por la presión del hidrogeno
desprendido en el cátodo.
La metalización se emplea cada día más, tanto para trabajos de reparación como para piezas
de nueva construcción, pudiendo citar, entre otras, las siguientes aplicaciones:
1) Recargues de ejes o piezas desgastadas.
2) Reparación de defectos en piezas fundidas.
3) Protección de piezas contra el desgaste, con la aportación de metales más
duros que el metal base.
4) Protección de piezas contra la corrosión atmosférica o de los ácidos.
5) Mejora del acabado de las piezas por aplicación de níquel, cromo-níquel, etc.
6) Fabricación de moldes y de electrodos para electroerosión.
7) Aplicaciones decorativas.
Mejora las propiedades de la superficie del metal base. Esta mejora puede ser
producida por la porosidad del depósito o por la calidad del metal aportado. El
metal proyectado es más poroso que el metal laminado o fundido, lo que facilita la
absorción del aceite o grasa lubricante, mejorando el coeficiente de rozamiento y
disminuyendo considerablemente las posibilidades de gripado.
Por otra parte, el poder proyectar un metal sobre cualquier otro metal base permite
la proyección, por ejemplo, de un acero cromo-níquel para recubrir ejes de acero
ordinario, recubrir de bronce los pistones de acero de las bombas hidráulicas.
Los espesores del metalizado abarcan una gama muy amplia, pudiendo hacer
recargues de hasta 20 mm de espesor y más.
Debido a la poca elasticidad de los metales proyectados, no pueden exponerse las piezas
metalizadas a choques directos. Por eso no se deben recargar dientes de engranajes, etc.
También la forma de las piezas impone una limitación a la metalización, puesto que el
chorro de metalizado debe proyectarse perpendicularmente a las superficies, no pudiendo
en ningún caso ser este ángulo de proyección inferior a 45º. Por eso el interior de tubos
muy pequeños, cuya longitud sea más del doble de su diámetro, no podrá recargarse desde
el exterior, ya que, aun atacando por las dos extremidades, quedaría el centro sin metalizar.
Lleva también la pistola una boquilla de aire comprimido, utilizada para pulverizar el metal
fundido por el soplete y proyectarlo sobre la pieza, y un mecanismo de avance del alambre
del metal que se proyecta, que generalmente consiste en una pequeña turbina de aire cuya
velocidad es regulable. Y, por fin, está provista la pistola metalizadora de válvulas de
regulación del paso del aire comprimido del oxigeno y del acetileno, y de la velocidad de
avance del alambre. Hay pistolas que llevan también una válvula general de cierre de paso
de los tres fluidos.
Como accesorios para el buen funcionamiento de una pistola metalizadora, se deben contar
los siguientes:
a) Un filtro o depuradora de aire.
b) Un manodetentor de acetileno que se coloca en la botella de acetileno.
c) Un manodetentor de oxigeno que se coloca en la botella de oxigeno.
d) Un tablero de reglaje, provisto de un manodetentor de aire, otro de oxigeno y
manómetros de acetileno, oxigeno y aire.
e) Una devanadera para soporte del hilo de metalizar.
f) Tuberías flexibles de goma o plástico para la unión de los diferentes elementos
descritos.
Se calientan las piezas que se desean proteger, en presencia de polvo del metal protector, se
crea por difusión una capa superficial resistente. Cuatro son los procedimientos de
cementación más empleados: la sherardización, la cromización, la calorización y la
silicación.
La sherardización fue ideada por Sherard Cowper Coles, en 1901. Se emplea para proteger
contra corrosión piezas pequeñas de acero de forma más o menos complicada, como
cerrojos, etc., por medio de una aleación de cinc.
La operación consiste en calentar los objetos, una vez limpios y empaquetados con polvo
de cinc y naftaleno, a unos 360º C. El naftaleno tiene por objeto proteger los granos de cinc
de la oxidación.
Al final de la operación se forma una película de cinc puro sobre los objetos, de 0,02 a 0,05
mm de espesor, sobre una capa de una aleación hierro-cinc. El recubrimiento es anódico
respecto al acero, aunque de menos potencial que si el recubrimiento fuese de cinc puro;
pero la protección se mantiene aunque se produzcan grietas o poros.
La cromización es un procedimiento caro, que se aplica sobre aceros de menos de 0,15 por
ciento de carbono, y tiene como fin producir sobre las piezas una capa que contiene del 10
al 20 por ciento de cromo, es decir, una composición parecida al acero inoxidable, por
difusión de cromo a través de la superficie del acero.
La operación se realiza empaquetando las piezas de acero con una mezcla de cromo
y alúmina (Al2 O3) finamente pulverizados, en la relación 55/34, y calentando el conjunto
a unos 1.350º C durante tres o cuatro horas, en una atmósfera de hidrogeno para que no se
oxide el cromo.
Otro método para aplicar la cromización es calentar el acero entre 900º y 1.000ºC, en una
atmósfera de cloruro crómico gaseoso. Al cabo de dos horas se forma una capa cromizada
de unos 0,1 mm de espesor.
Se emplea la cromización principalmente para proteger los ejes de las turbinas contra la
corrosión y erosión y para la protección del acero contra el ácido nítrico.
La calorización, también denominada aluminación, tiene por objeto proteger al acero por
medio del aluminio. La calorización se realiza en un horno giratorio, en el que se calienta a
unos 850º las piezas, una vez limpias y empaquetadas con una mezcla del 49 por ciento de
polvo de aluminio, 49 por ciento de alúmina y 2 por ciento de cloruro amónico.
Al cabo de una hora, aproximadamente, se habrá formado una capa de 0,1 a 1 mm de
aleación hierro-aluminio, que contiene aproximadamente un 25 por ciento de aluminio, y
sobre ella una capa protectora de alúmina (Al2 O3) cuyo punto de fusión es muy elevado.
Las piezas calorizadas son muy resistentes a la corrosión producida por gases sulfurosos a
alta temperatura, y por eso se emplea este método para la protección de crisoles para sales
fundidas en los tratamientos térmicos, cajas de carburación, cubiertas de pirómetros, etc.
Otro procedimiento es el de Bower-Barf, que consiste en calentar a 650º, durante tres horas,
las piezas de acero, una vez limpias, en un horno cerrado, en el que se desplaza el aire por
medio de vapor de agua recalentado o una mezcla de vapor de agua y benceno.
La oxidación anódica del aluminio se realiza empleando las piezas como ánodo, y como
electrolito, el ácido oxálico, el ácido crómico o el ácido sulfúrico al 20 por ciento. Este es el
procedimiento más empleado, con el nombre de aluminita. La oxidación la realiza el
oxigeno que se desprende en el ánodo y que forma una película protectora de oxido de unos
0.02 mm. Después del tratamiento se cierran los poros que contiene la capa formada, por
inmersión en agua hirviendo o en vapor de agua, lo que produce una expansión de la capa
por transformarse parte del oxido en la forma hidratada.
La oxidación anódica se aplica también para la formación de los denominados
condensadores electrolíticos, utilizando como electrolitos ácido bórico y boratos, que
producen recubrimientos muy delgados y sin poros y de un gran poder aislante de la
electricidad en uno de los sentidos. Por eso los condensadores electrolíticos solo se utilizan
para corriente continua, pues si se invierte la polaridad, se destruye la capa de oxido.
Existen otros tratamientos para producir patinas, bronceados, etc., que tienen como fin
producir una película de oxido por procedimientos empíricos que mejoran el aspecto del
metal, pero tienen poca eficacia desde el punto de vista protector contra la oxidación.
El esmaltado se utiliza mucho para utensilios de cocina caseros y para aparatos empleados
en la industria química. Los esmaltes tienen el inconveniente de que no son elásticos y
saltan con facilidad si se golpean.
Las pinturas al aceite no son anticorrosivas y solamente se les asigna, desde el punto de
vista de protección contra la corrosión y la oxidación, una misión impermeabilizante, aparte
del efecto decorativo.
Normalmente deben aplicarse por lo menos dos capas, sobre una imprimación previa sobre
el metal de un pigmento pasivador, como el minio o el cromato de cinc, que detienen la
corrosión aun cuando se produzca algún poro en la capa de pintura que llegue hasta el metal
base.
Las capas de pintura al aceite evitan que el pigmento pasivador sea arrastrado por el
agua de lluvia o alterado por la atmósfera viciada. De las pinturas al aceite, las fabricadas
con pigmentos de oxido férrico (Fe2 O3), y precisamente con el denominado hierro oligisto
micanio, son las que dan mejor resultado.
Las pinturas a base de purpurinas formadas por aluminio o polvo de aluminio tienen
propiedades impermeabilizantes superiores a las pinturas al aceite. También se emplean
mucho actualmente pinturas de caucho clorado y poliestireno,que contienen polvo de cinc
y que al secarse dan un acabado similar al galvanizado.
Las pinturas cuya base son los alquitranes procedentes de la destilación de la hulla, o los
betunes naturales, se emplean también mucho para la protección, sobre todo, de tuberías
enterradas. A las pinturas a base de alquitrán conviene adicionarles cal para neutralizar su
acidez. Todas las pinturas de esta clase tienen el inconveniente de que se cuartean si sufren
grandes variaciones de temperatura, y además fluyen en tiempo caluroso y se hacen frágiles
en tiempo frío.
Los materiales cerámicos abarcan una serie de productos de gran utilidad en la industria:
vidrios, cementos, ladrillos refractarios, sensores,
Suelen definirse como unos materiales sólidos que no son metales ni polímeros, aunque
pueden contener en sus estructuras elementos metálicos o poliméricos.
Sus propiedades son muy variadas; existen materiales cerámicos blandos (yeso, talco) otros
muy duros (cuarzo, carborundo). Las diversas aplicaciones de los materiales cerámicos
derivan de esta variedad, siendo muy importantes sus capacidades de resistir el calor y los
ataques de los agentes químicos, presentando generalmente un inconveniente, su fragilidad.
Los materiales cerámicos de más utilidad industrial, teniendo en cuenta sobre todo su
utilización en medios agresivos y por lo tanto sus características de materiales a utilizar
como alternativa de los metales y polímeros sintéticos en la lucha contra la corrosión son:
- Porcelana.
- Vidrio.
- Hormigón.
- Cemento.
3. Protección por el empleo de inhibidores.
En algunos casos se forma una película en la superficie del metal que detiene la corrosión
apenas iniciada. Se dice entonces que estos metales tienen pasividad natural contra la
corrosión en el medio que ocurre esto. También puede conseguirse la pasividad tratando
previamente el metal, y entonces se dice que la pasividad ha sido provocada por un
pasivador.
Los pasivadores mas empleados son el minio y el cromato de cinc, ambos muy usados
como impregnadores de las piezas de acero antes de aplicar cualquier pintura sobre ellos.
Minio: El minio es oxido de plomo (Pb3 O4), y es quizá el pigmento pasivador mas
empleado.
Cromato de cinc: El cromato de cinc (Cr O4 Zn) transforma los iones ferrosos generados
en el agua en férricos, produciendo una capa bastante insoluble, en el ánodo, de bióxido
férrico. La diferencia entre un pasivador como el minio, por ejemplo, y una pintura
antioxidante, preparada a base de oxido férrico, es que si se hace una raya en la pintura que
descubra el metal, resulta este atacado; pero si la raya se hace en una superficie recubierta
con minio, no se produce en ella ninguna corrosión.
5. Protección catódica.
Fig. 2. Protección catódica sin suministro de energía eléctrica exterior de una tubería de hierro por
medio de un ánodo de magnesio.
Los ánodos más utilizados, cuando se aplica protección catódica sin suministro de energía
eléctrica exterior, son de cinc, aluminio, magnesio o aleación rica en magnesio. El aluminio
tiene el inconveniente de formar una capa de oxido que disminuye su acción protectora.
Los cascos de los navíos se protegen contra la corrosión galvánica producida por la acción
de las hélices de bronce colocando ánodos de cinc o de magnesio en el casco, en las
proximidades de la hélice.
Si la resistencia del electrolito, o sea, del medio en que esta el metal (puede ser tierra
húmeda, etc.) es demasiado grande y la corriente que circula entre los dos metales es
demasiado débil para anular las corrientes locales, debe proveerse un suministro de
corriente continua exterior para establecer una corriente eléctrica de intensidad adecuada.
Naturalmente, este tipo de protección exige el sacrificio del metal que hace de ánodo.
Los ánodos utilizados cuando se emplea la protección anódica con suministro de energía
eléctrica exterior, pueden ser de hierro, generalmente tubos o chapas viejas, pues ya no es
necesario que el metal protector tenga distinto potencial galvánico que el metal protegido.
Si las piezas, tuberías por ejemplo, tienen un buen recubrimiento protector, los gastos
originados por la protección catódica se reducirán notablemente. Por esto, en general, solo
se emplea la protección catódica con suministro de energía eléctrica en los puntos más
expuestos a la corrosión, que pueden determinarse midiendo la resistencia eléctrica del
terreno. Todas las zonas de menor resistencia con respecto a las vecinas, son zonas de
corrosión de intensidad apreciable.
Fig. 3. Protección catódica sin suministro de energía eléctrica exterior del casco de un buque.
5.2) Corrientes impresas.
Se hace circular una corriente continua, producida por un generador exterior, a través del
medio corrosivo, entre un ánodo muy resistente a la corrosión y la pieza que actúa de
cátodo.
Uno de los procedimientos más sencillos para proteger las piezas contra la corrosión y la
oxidación, es fabricarlas con metales autoprotectores, es decir, metales que tengan la
suficiente resistencia contra la oxidación y corrosión que haga innecesaria la aplicación de
ninguna protección adicional.
Así el cromo, el níquel, el platino, el oro, el tántalo y el wolframio, entre otros, son muy
resistentes a la oxidación y corrosión atmosférica y a la acción de muchos ácidos. Pero su
elevado precio impide su utilización salvo para aplicaciones científicas y/o muy especiales
en la ndustria.
Necesitamos un ambiente oxidante para formar la película de oxido que parece ser la causa
de la inoxidabilidad de estos aceros. Con un 11,5 por 100 de cromo, que es la mínima
proporción contendida en estos aceros, la atmósfera normal es capaz de formar la película
protectora.
Aun cuando los aceros con 12 por 100 de cromo resisten el poder oxidante atmosférico con
el tiempo acaban corroiendose si prestan servicio a la intemperie.
A medida que aumenta el riesgo de corrosión por las condiciones en que deba trabajar el
acero, es preciso aumentar la proporción de cromo para favorecer así la formación de
películas protectoras; sin embargo, la resistencia al ataque corrosivo no aumenta
proporcionalmente al aumento de cromo. No obstante, a partir de cierto porcentaje
podemos garantizar la formación de una película protectora que, en líneas generales, será
suficiente.
Los aceros inoxidables no son atacados por el ácido nítrico y otros ácidos oxidantes. Estos
mismos aceros resisten mal la acción de otros ácidos, tales como el clorhídrico o
fluorhídrico, y son atacados por las sales de ellos (cloruros, fluoruros, bromuros y ioduros).
El ácido sulfúrico marca la frontera entre unos y otros, ya que en algunas circunstancias es
inofensivo y en otras ataca fuertemente.
Tanto el efecto de los ácidos como el de las sales varía con las condiciones de servicio y
con la concentración del agente corrosivo, y por otra parte, depende del tipo de acero de
que se trate.
Los aceros martensíticos se denominan así por admitir el temple y quedar, por tanto, con
estructura martensítica cuando están bien templados. Contienen del 12 al 15 por ciento de
cromo y del 0 al 2 por ciento de níquel, con porcentajes de carbono variables desde el 0,08
al 0,60 por ciento. Estos aceros resisten la corrosión de ácidos débiles y la oxidación hasta
temperaturas de 700ºC.
Los aceros ferríticos conservan la estructura ferrítica a cualquier temperatura. Son también
aceros al cromo, conteniéndolo hasta en un 27 por ciento. Resisten mejor la corrosión que
los acero martensíticos, y pueden calentarse sin oxidarse hasta 1150º
Hay también aceros que resisten la corrosión mejor que el acero ordinario y que pudieran
calificarse de simi-inoxidables, como son los acero al cobre, al níquel-cobre y también los
de baja aleación de cromo (del 2 al 6 por ciento), y que se emplean mucho en la industria
del petróleo (se habla de todos ellos en el punto siguiente).
Los aceros inoxidables pertenecen a tres grupos principales: los aceros al cromo, aceros al
cromo-níquel y aceros al níquel.
a) Aceros al cromo.- el elemento aleado que más influye en la resistencia a la corrosión y
oxidación de los aceros es el cromo, atribuyéndose su influencia en este sentido a la
formación de una capa de oxido de cromo muy fina que protege el interior de la pieza e
impide que prospere la corrosión y la oxidación.
Los aceros con una composición del 12 al 15 por ciento de cromo, y martensíticos después
del temple al aire, impiden totalmente la corrosión en ambiente húmedo. Se utilizan para
cuchillería, álabes de turbinas, ejes de bomba, etc. El temple y revenido les da la máxima
inoxidabilidad y, al mismo tiempo, un excelente limite elástico. Resisten sin oxidarse
temperaturas de 750º.
Los aceros de menos del 0,12 por ciento de carbono y 15 al 30 por ciento de cromo son
ferríticos y no adquieren, por tanto, temple. Se utilizan en la industria alimenticia y en la
del ácido nítrico. Resisten sin oxidarse temperaturas de 850º a 1050º, según el contenido
en cromo.
b) Aceros al cromo-níquel austeníticos.- La aleación de níquel mejora aun más la
resistencia a la corrosión de los aceros al cromo, creyéndose que esto se debe a que
favorece la formación y da más estabilidad a la capa superficial del oxido.
El acero 18-8 (18 por ciento de cromo y 8 por ciento de níquel) es el más utilizado, aunque
se emplean también los de 12-12 y 25-20. El cromo le da la inoxidabilidad, y el níquel tiene
por objeto obtener un estado austenítico homogéneo a la temperatura ambiente, en cuyo
estado presenta el acero una resistencia química a la corrosión, muy elevada para
numerosos reactivos. En particular resiste indefinidamente a la acción del agua del mar.
Resisten también los aceros al cromo-níquel austeníticos temperaturas de 950º a 1150º.
Un grave inconveniente de los aceros inoxidables 18-8 con el 0,10 por ciento de carbono,
es que están en el límite de la austenita estable. Cuando se calientan entre 500º y 850º,
particularmente cuando se quiere soldar, se deposita carburo de cromo en el contorno de los
granos. El carbono y el cromo necesarios para la formación de una partícula de carburo
provienen de las partes adyacentes de la austenita que quedan empobrecidas de cromo, y si
este contenido queda inferior al 12 por ciento, puede sufrir corrosión intergranular.
• Disminuir la proporción de carbono del acero hasta un 0,02 por ciento, con cuyo
contenido de acero 18-8 es insensible a la corrosión intergranular.
• Incorporar titanio o niobio, que son elementos muy ávidos de carbono, con el que
forman carburos y dificultan la formación de carburo de cromo.
• Elevar el contenido de cromo y disminuir el de níquel para obtener una estructura
mixta de austenita y ferrita.
c) Aceros al níquel.- los aceros con un 25 a un 35 por ciento de níquel y un 2 por ciento de
cromo resisten mejor que los anteriores, a base de cromo y cromo-níquel, la acción del
ácido clorhídrico y sulfúrico.
Nota.- Se ha de aclarar que no existe ningún acero totalmente resistente a todos los agentes
corrosivos. Para cada clase de corrosión, hay un tipo de acero que mejor la resiste, que es el
que debe de ser empleado. También tiene mucha importancia la estructura del material. Así,
por ejemplo, si el cromo esta en forma de carburo, no solamente no favorece la resistencia a
la corrosión del acero, sino que puede ser causa de que se inicie la corrosión de los aceros
por las zonas carburadas.
Los aceros de tipo ferrítico están sujetos al riesgo de crecimiento de grano cuando se les
calienta fuertemente; por esta razón no deben emplearse en aquellos casos en que sea
preciso soldar, salvo que sus restantes características los hagan imprescindibles. Esto
mismo ocurre con los de tipo martensítico.
También se utiliza la soldadura con plata para unir aceros inoxidables, pero la gran cantidad
de calor que hay que aportar hace que este sistema sea prohibitivo cuando se trate de aceros
templables al cromo y puede causar un regruesamiento del grano en los aceros de tipo
martensítico. Cuando se suelden por este procedimiento aceros austeníticos, debe realizarse
la operación tan rápidamente como sea posible, a no ser que se trate de un acero
estabilizado. También se utiliza mucho en los aceros inoxidables la soldadura suave.
Además hay otros materiales férricos que resisten la corrosión atmosférica, y que se
emplean en construcciones metálicas que deben permanecer a la intemperie, para las que el
precio hace prohibitivo el empleo de los aceros inoxidables.
En primer lugar, puede citarse como “material semi-inoxidable” el hierro Armco, cuya
composición es 0,012 por ciento de C, 0,017 por ciento de Mn, 0,005 por ciento de P
y 0,025 por ciento de Si.
También pueden considerarse como semi-inoxidables los aceros al 5 por ciento de cromo,
empleados en la construcción de tuberías para la industria del petróleo y cuya resistencia a
los gases sulfurosos es más de cinco veces mayor que la del acero ordinario.
La composición media de estos aceros es: 0,05-0,25 por ciento de C, 0,50 por ciento de
Mn, 0,5 por ciento de Si, 4-6 por ciento de Cr. A veces llevan pequeños porcentajes de W,
Mo, Al, Cu, etc., inferiores siempre al 1 por ciento.
6.4) Aceros refractarios.
Bajo la denominación de aceros refractarios se conocen una serie de materiales que resisten
sin oxidarse y conservan buena resistencia mecánica a elevadas temperaturas.
De los aceros que hemos citado como inoxidables en los párrafos precedentes, los más
resistentes a la oxidación son el acero ferrítico al 27 por ciento de cromo y los austeníticos
cromo-níquel de 25-20 y 25-12.
Todos se conservan sin formar cantidad apreciable de cascarilla hasta los 1000º. Sin
embargo, no basta con no oxidarse, sino que es, además, necesario que conserven buena
resistencia a temperaturas elevadas.
La resistencia de los aceros disminuye mucho en caliente, sobre todo a partir de los 450º.
Se han realizado ensayos para determinar la carga máxima que pueden resistir los aceros a
500º, y además las carga que pueden resistir a esa temperatura sin que se rompan en el
plazo de mil horas, siendo esta carga muy inferior a la primera.
Los aceros más resistentes a elevadas temperaturas son los cromo-níquel austeníticos.