EL MISTERIO DE LA SALVACION.
Dios nos justifica, ¿por lo que hacemos o por lo que creemos? Somos justificados,
¿solo por obedecer la ley de Cristo? Somos salvos, ¿solo por fe en la gracia de Dios?
Somos justificados, ¿por creer en Jesús y por obedecerle? ¿Sirven nuestras obras para
la justificación? ¿Cuál es el papel de nuestras obras en la salvación?
La salvación del ser humano es un misterio que está en las profundidades de la
grandeza de Dios.
A Dios, y solo a Él, le pertenece esta facultad. El Señor (categóricamente) le dijo a
Moisés: "Yo tendré compasión de quien yo quiera tenerla" (Ex. 33:19, Ro. 9:15). Él
decide quién entra al cielo, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo
humano, sino de la misericordia de Dios (Ro. 9:16).
La salvación no es una simple deducción matemática, no obstante, en las Escrituras
encontramos algunos resquicios por donde entra algo de luz a nuestro
entenebrecido entendimiento, que nos brinda ciertos criterios divinos que puede
alumbrar a nuestra mente finita.
Antes que nada, es oportuno mencionar que somos responsables ante Dios por
nuestros pecados. Todos pecamos en Adán (Ro. 6:18-19). Somos pecadores porque
nacimos en pecado y porque pecamos, y por eso estamos lejos de Dios (Ro. 3:23). La
paga del pecado es muerte (Ro. 6:23).
Además, no nos vamos al infierno por rechazar a Jesús sino porque somos
pecadores. Es nuestro pecado lo que nos ha condenado. En consecuencia,
necesitamos resolver el tema del pecado. Necesitamos ser salvados. Es urgente. El
evangelio, con su mensaje de salvación, nos da esa esperanza (Ro. 6:8).
Pero, ¿qué va a pasar con esa gente que nunca oyó de la ley de Dios? ¿Se pierden
irremediablemente? ¿Tienen chance los que no han oído el mensaje de salvación?
La Carta a los Romanos dice: "todos los que han pecado sin conocer la ley, también
perecerán sin la ley" (2:12). Así, los que no han oído el mensaje de salvación serán
juzgados y declarados justos por cumplir la ley escrita en sus corazones (2:15).
¿Y cuál es la suerte de quienes escucharon el mensaje de Dios? ¿Son salvos solo por
haber oído o porque a ellos les fue entregado la ley de Moisés?
La biblia dice: "no son los oidores de la ley, los justos ante Dios, sino los hacedores
de la ley serán justificados" (Ro. 2:13). Es que Dios no justifica a los que oyen la ley,
sino a los que la cumplen. Aquí, las obras ayudan a ganar justificación.
A los gálatas, les hace saber que "la salvación es por la fe, aparte de las obras" (Ga.
2:16), que la circuncisión no es requisito para ser cristianos, que no hay que agregar
obra o rito alguno para ser salvos, que solo la fe en Jesús es suficiente y que, volver a
depender de las obras sería negar la gratuidad de la salvación ganada por Cristo
Jesús.
Pablo, el paladín de la justificación por la fe en la gracia, rescata del AT una frase
lapidaria: "el justo por la fe vivirá" (Ga. 3:11), pero también escribe que ese tipo de fe
obra por el amor (Ga. 5:6). Cuando a la fe le cortamos su dimensión amorosa,
obradora y actuante, termina por morirse y deja de ser. Una fe sin obras debería ser
considerada una fe falsa. Así, la fe que nos justifica también es una fe que actúa.
Asimismo, y con la misma fuerza increpa a los efesios: "por gracia sois salvos por
medio de la fe... No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos… creados…
para buenas obras..." (Ef. 2:8–10).
La salvación es por fe en la gracia de Dios. Todo lo que hayamos hecho antes de
creer son malas obras. Toda nuestra obediencia después de creer son buenas obras.
Pero ninguna de ellas nos salva.
Por ello, a los filipenses los confronta a ocuparse en su salvación (Fil. 2:12), para
inmediatamente recordarles que es Dios el que obra en ellos (Fil. 2:13). Mostrando
así que Dios desea que sus hijos se esfuercen en vivir con intencionalidad y propósito
la vida cristiana, sin perder de vista que el amoroso Padre está comprometido con
terminar la obra de gracia que comenzó en cada uno de ellos.
Además, debemos recordar las tantas veces que Jesús dijo: "tu fe te ha salvado",
tanto a la mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años (Lc. 8:43-48),
como al hombre que volvió a agradecerle porque lo había sanado de lepra (Lc.
17:11-19), como también a Bartimeo después de devolverle la vista (Mr. 10:52)... y a
tantos otros (Mt. 9:22, Mr. 5:34; 17:19, 18:42).
Vemos un recordatorio maravilloso de fe salvadora en el relato de la mujer pecadora
que interrumpió la cena de Jesús con Simón el fariseo (Lc. 7:36-50). La mujer, muy
conocida por su pecado, expresó su lamento con lágrimas, besos y perfume. Jesús
elogió su amor, pero su amor fluyó del perdón recibido gratuitamente. La historia
concluye con: “Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
La historia del fariseo y el publicano también indica que el perdón y la justificación
no son concedidas al fariseo orgulloso de sus actos de devoción religiosa (Lc. 18:9-
14). En lugar de ello, Jesús declara que el que está bien delante de Dios es el
publicano, quien se da cuenta de que su única esperanza es la misericordia de Dios.
Jesús también enseña que la bendición pertenece al pobre en espíritu (Mt. 5:3), a
quienes se lamentan de su pecado (Mt. 5:4), a los que son humildes (Mt. 5:5), a los
que tienen hambre de una justicia que no es la propia (Mt. 5:6).
Las comidas de Jesús con los pecadores y publicanos apuntan a la misma verdad (Mt.
9:9-13). Tales comidas en el antiguo mundo significaban aceptación social, y al
comer con publicanos, Jesús comunicó aceptación, perdón, y amor hacia aquellos
que se habían arrepentido de sus pecados.
No obstante, a los que escuchaban el Sermón del Monte, Jesús les dijo "no todo el
que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la
voluntad de mi Padre celestial" (Mt. 7:21). Les indicó que la fe que salva conlleva
obediencia y produce obras. Las parábolas: de las Vírgenes, de los talentos, o del
juicio final (Mt. 25) van también en la misma dirección.
Fue el mismo Señor que también dijo: "El que oye Mi palabra, y cree… ha pasado de
muerte a vida" (Jn. 5:24). Habló de una salvación plena, sin pasar por ningún ritual. El
ladrón en la cruz es el ejemplo clásico, en la prueba más exigua de su fe, Jesús le dijo:
"hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:43).
Santiago, parece contradecir la teología de justificación de Pablo. Pablo afirma que
los creyentes son justificados por fe y no por obras. Santiago dice que la justificación
es por obras “y no solo por la fe” (Stgo. 2:24).
Santiago se refiere al mismo versículo sobre la fe de Abraham (Stgo. 2:23; Gn. 15:6)
que Pablo cita (Ro. 4:3; Gá. 3:6), pero aplica el versículo de una manera radicalmente
diferente, argumentando que las obras que siguieron a la fe de Abraham lo
justificaron, mientras que Pablo sostiene que Abraham fue justificado por su fe, y no
por sus obras.
Acaso, ¿podemos ser tan determinantes en decir que nuestras obras, obediencia,
frutos o actos de devoción no influyen en la salvación?
Jesús enseña que aquellos que se rehúsan a perdonar a otros no serán perdonados
por Dios (Mt. 6:14-15; 18:31-35), que quienes practican la iniquidad no entrarán al
reino (Mt. 7:21-23), que quienes produzcan fruto son salvos (Mr. 4:1-20), que solo los
verdaderos discípulos le pertenecen (Lc. 9:57-62; 14:25-35), y que aquellos que
practican el bien serán resucitados (Jn. 5:29).
Pablo también dice que quienes practican las obras de la carne no entrarán al reino
de Dios (Gá. 5:19-21; 1Co. 6:9-11). Dios es imparcial y justo; quienes practiquen el
mal enfrentarán el juicio final (Ro. 2:6-11).
Y entre estos pequeños rayos de luz escucho a tantos defensores de la fe cristiana
enseñar sobre la salvación. Admiro a muchos de estos maestros. Utilizan la misma
versión de la biblia, pero con una marcada la diferencia de opinión entre ellos. Todos
dicen hablar de lo que el Espíritu Santo les dijo que enseñaran aunque parados en
extremos teológicos opuestos.
Entre tantos, me referiré solo a dos grupos de ellos, porque como cristianos,
militamos en uno de ellos:
En un 1er grupo están los que predican que, para entrar al cielo, debo aferrarme
mediante la fe en la obra de Jesucristo, a la gratuidad de la salvación, pero una vez
que “entro”, la salvación depende de mí obediencia a Dios. Si es así, me pregunto:
¿quién es lo suficientemente obediente para permanecer?
Éstos aseveran, ardientemente, que la puerta de salvación es Jesucristo, pero viven
meditando inquietos y con preocupación, sosteniendo que hay que hacer algo más,
que la salvación depende de la capacidad para perseverar y guardar los
mandamientos de Cristo, no solo de lo que hizo Jesús.
Éstos, no tienen seguridad ni certeza de su salvación.
Viven en una constante pérdida y recuperación de la misma en base a sus
actos/obediencia, siempre luchando por la perfección moral y creyendo que sin la
misma, su salvación no es segura, porque los creyentes desobedientes no entran al
cielo.
Éstos, aunque en el discurso no lo dicen, su práctica parece indicar que falta algo a
las cinco Solas que enarbolaron los reformadores del Siglo XVI: “solo por medio de la
Escritura”, “solo por la fe Dios salva”, “solo por la gracia”, “solo a través de Cristo” y
“la gloria solo para Dios”.
Y cual nuevos reformadores izan una nueva sola, una más, con el fin de “arreglar” o
“corregir” la distorsión que caricaturizó a las otras, en especial a la "sola gracia", que
la degradó de tal manera (dicen ellos) hasta diluirla en “gracia barata” o “súper
gracia”.
Éstos, siguen diciendo, que esa gracia escandalosa derivó, en algunos, en una
repugnante pasividad, pero en otros actuó como licencia, de desenfreno y libertinaje
para pecar, so pretexto de que la obra de Jesús ya ha consumado su salvación y que
ello no implica compromiso ni responsabilidad alguna en el beneficiario receptor.
Por todo eso, es más que bienvenida la nueva sola: “solo a través de la obediencia”.
Ésta "sexta doctrina" recalca que sin obediencia nadie verá al Señor, que sólo los que
son obedientes a los mandamientos de Dios heredaran la vida eterna.
Así proclaman que no es suficiente la obra de Cristo en la cruz ni su propia
obediencia perfecta (Ro. 5:19), sino que para pasar la eternidad con Cristo también es
imprescindible obedecer taxativamente cada uno de los mandamientos del Señor.
En el otro grupo están los que enseñan que la salvación es solo por gracia, solo por
medio de la fe, solo en Cristo, que somos salvados y perdonados y aceptados por lo
que Jesús hizo por nosotros, y no por nuestras buenas acciones.
Y, entonces, me pregunto: ¿cuál es el papel que juegan la obediencia a la Palabra de
Dios y las obras en la vida cristiana?
Entonces los escucho decir que la obediencia es un acto de gratitud a Dios por la
gracia que Él nos ha mostrado en Jesucristo, que no fuimos salvados por nuestras
buenas obras, sino que fuimos salvados para vivir una vida de buenas obras y de
obediencia.
Aunque somos salvos por gracia, somos salvos para vivir una vida de buenas obras y
de obediencia, lo cual también nos da la seguridad de que somos escogidos de Dios.
Eso es lo que Pablo expresa (1Tes. 1:3-5) después de citar las obras de fe de los
tesalonicenses y de alabar su trabajo de amor y su constancia sostenida por la
esperanza.
Por otra parte, las buenas obras y la obediencia en la vida cristiana se relacionan al
área del testimonio. Pedro explica esto cuando nos dice que quiere que vivamos
ejemplarmente frente al mundo para que nos observen y glorifiquen a nuestro Padre
celestial, quien nos amó y nos salvó por gracia (1Pe. 2:12).
Así que, aunque somos salvos por gracia, somos salvos para vivir una vida de buenas
obras y de obediencia. No para que Dios nos ame, sino porque Dios nos ama y
porque queremos ser como Su Hijo, quien dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del
que me envió y terminar Su obra” (Jn. 4:34).
En resumen, ambos grupos creen en la salvación mediante la fe en la gracia de Dios.
Ambos hablan de fe y de obediencia, de creer y de hacer. Unos añaden la obediencia
para ser salvos, mientras que otros se paran solo en la fe.
Creo con todas mis fuerzas que nadie puede reclamar que es un verdadero cristiano
si no está dispuesto a someterse a la voluntad de Dios.
Sostengo que no somos salvos por obedecer a Dios, ni por hacer buenas obras; pero
todos aquellos que han sido salvados por gracia, por medio de la fe, muestran la
realidad de la gracia y de la fe a través de su obediencia y de sus buenas obras.
Adhiero a que somos salvos por la fe sola, pero no por una fe que está sola, sino por
una fe (cuando es genuina, cuando es del Dios vivo) que viene acompañada de
frutos de justicia (Ef. 2:8-10; Stgo. 2:20, 26).