Uno más
M. Russell Ballard
Of the Quorum of the Twelve Apostles
Necesitamos más misioneros trabajadores y de firme testimonio a fin de llegar
a más de los hijos de nuestro Padre Celestial.
Hermanos y hermanas, hace unas semanas, mi esposa y yo tuvimos el placer
de dirigir la palabra a los misioneros del Centro de Capacitación Misional de
Provo. Nos emocionó vivamente ver sus rostros radiantes y deseosos de
aprender, y sentir la presencia del Espíritu del Señor. Esos excelentes
misioneros ya están en camino para llevar al mundo el mensaje de la
restauración del Evangelio de Jesucristo. Damos las gracias a los padres, así
como a los obispos, los presidentes de estaca y sobre todo a nuestra gente
joven por haber respondido bien a la petición del profeta de esmerarse más en
su preparación espiritual para servir al Señor.
Cuando “elevamos el nivel de los requisitos” para el servicio misional, el
presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Esta obra es rigurosa, exige fuerza y
vitalidad; exige agudeza mental y capacidad; exige fe, deseo y consagración;
exige manos limpias y un corazón puro”.
Además dijo: “Ha llegado la hora de elevar los niveles de aquellos a los que se
llama… como embajadores del Señor Jesucristo… Sencillamente, no
podemos permitir que los que no sean completamente dignos vayan al mundo
a compartir las buenas nuevas del Evangelio” (Primera Reunión Mundial de
Capacitación de Líderes, 11 de enero de 2003, pág. 19).
Hoy en día, pedimos misioneros más capacitados, hombres jóvenes que se
hayan preparado para servir habiendo aceptado el reto de nuestro profeta de
“practi[car] la autodisciplina para vivir por encima de los bajos valores del
mundo a fin de evitar la transgresión y seguir un sendero más elevado en todas
sus actividades” (Íbid., pág. 19).
La obra del Señor en nuestras 339 misiones está creciendo, por lo que
debemos intensificar nuestro empeño en ocuparnos de que todo jovencito de
12 años de edad sea dignamente ordenado diácono; de que todo joven de 14
años sea ordenado maestro; de que todo joven de 16 años sea ordenado
presbítero y de que todo joven de 18 a 19 años reciba dignamente el
Sacerdocio de Melquisedec. Lograremos eso si llenamos el corazón de
nuestros hombres jóvenes de amor por el Señor, de entendimiento de Su
expiación y de gratitud por ella, y de una clara visión de la maravilla de la
Restauración.
Si nuestros jóvenes llegan a comprender la importancia de la restauración del
Evangelio y a saber por sí mismos que Dios es nuestro Padre Celestial y que
Él ama a todos Sus hijos, así como que Jesús es el Cristo y que Ellos dos
juntos visitaron a José Smith para abrir ésta, la última dispensación de los
tiempos, desearán llevar ese mensaje al mundo. Si nuestros jóvenes llegan a
ver el Libro de Mormón como evidencia tangible de que el mensaje de la
Restauración es verdadero, se llenarán del deseo de realizar su parte en la
enseñanza de esas verdades a los hijos de nuestro Padre Celestial.
Supimos por los misioneros del Centro de Capacitación Misional lo que les
habría servido más para prepararse para su misión. Por encima de todo,
deseaban haber:
Aprendido mejor la doctrina mediante un estudio concentrado de las
Escrituras.
Aprendido el modo de estudiar y de orar sinceramente.
Sido más disciplinados y haberse esforzado con mayor ahínco.
Comprendido con mayor claridad lo que se esperaba de ellos.
Tenido más oportunidades de enseñanza y
Tenido entrevistas más escrutadoras tanto por parte de los obispos como por
los padres.
Hermanos y hermanas, juntos podemos enseñar el Evangelio de Jesucristo, en
su sencillez y poder, a todos los jóvenes de la Iglesia. Al esforzarnos junto con
los padres, les ayudaremos a prepararse para el campo misional, así como para
toda una vida de servicio. Sigamos adelante y busquemos a cada uno de
nuestros valiosos jóvenes, sea cual sea su nivel de actividad en la Iglesia y
hagamos brillar la luz de Cristo que está dentro de ellos. El presidente Boyd
K. Packer dijo: “La luz de Cristo es tan universal como la luz del sol.
Dondequiera que haya vida humana, ahí está el Espíritu de Cristo. Toda alma
viviente la posee… Es el inspirador de todo lo que bendiga y beneficie a la
humanidad. Es lo que nutre la bondad misma” (Liahona, abril de 2005, pág.
13).
Por tanto, sabemos que todas las personas tienen dentro de sí la luz de Cristo.
Nuestra responsabilidad en calidad de padres, de maestros y de líderes es
encender esa luz en nuestros jóvenes hasta que la llama del testimonio arda
profundamente dentro de su corazón y de su alma, y, en seguida, instar a cada
uno de ellos a llevar esa llama y utilizarla para encender la luz de Cristo en las
demás personas.
Desde luego, el adversario sabe eso y se está esforzando más que nunca por
ejercer su influencia en algunos de nuestros jóvenes para que hagan caso
omiso de las enseñanzas de la Iglesia. Por esa razón, los padres, los líderes y
los maestros deben deliberar juntos en consejo y conocer a todo joven y a toda
joven, a todos. Sean activos o no, debemos conocerlos.
Es cierto que se ha elevado el nivel de los requisitos para nuestros misioneros,
y eso significa que el nivel de los requisitos también se ha elevado para los
padres y para los líderes. Tendremos que aumentar nuestra fe e intensificar
nuestros esfuerzos a fin de dar a todo hombre joven la oportunidad de prestar
servicio.
El presidente Hinckley también expresó su inquietud al respecto:
“Necesitamos más misioneros. El mensaje de elevar la norma en los requisitos
misionales no fue una señal para enviar a menos misioneros sino un llamado
para que los padres y los líderes trabajen con los hombres jóvenes más
temprano para prepararlos mejor para el servicio misional y mantenerlos
dignos de tal servicio. Todos los hombres jóvenes dignos que sean física y
emocionalmente capaces deben prepararse para servir en esta obra tan
importante” (“A los obispos de la Iglesia”, Reunión Mundial de Capacitación
de Líderes, 19 de junio de 2004, pág. 27).
Del mismo modo, en relación a las mujeres jóvenes, el Presidente dijo: “Con
respecto a las misioneras jóvenes, ha habido un malentendido sobre un
consejo anterior acerca del servicio de las hermanas solteras como misioneras.
Necesitamos algunas jóvenes; ellas realizan un trabajo destacable y llegan a
hogares a los que los élderes no pueden llegar, pero debe tenerse en cuenta
que las hermanas jóvenes no tienen la obligación de ir a la misión. No deben
pensar que tienen un deber comparable con el de los jóvenes, pero algunas
desearán ir” (“A los obispos de la Iglesia”, pág. 27).
Hermanos y hermanas, hay una cantidad extraordinaria de trabajo que es
preciso llevar a cabo. El Espíritu del Señor se está cerniendo sobre muchas de
las naciones del mundo. Puertas de países que estaban cerradas
herméticamente ahora están abiertas para nosotros. Necesitamos más
misioneros trabajadores y de firme testimonio a fin de llegar a más de los hijos
de nuestro Padre Celestial que residen donde ahora podemos llegar a ellos.
Éstos son nuestros hermanos y nuestras hermanas, y tenemos la
responsabilidad de enseñarles el mensaje de la Restauración.
Sabemos que ocurren sucesos extraordinarios a quienes sirven fielmente en
una misión de tiempo completo. El servicio misional no es fácil, pero su valor
es infinito. Los que sirven y vuelven a casa habiendo hecho honor a su misión
instituyen un modelo de vida y de servicio que será una bendición tanto en su
propia vida como en la de las generaciones que sigan. Regresan mejor
preparados para ser grandes líderes y maestros en las organizaciones de la
Iglesia. Regresan mejor preparados para ser rectos padres y madres y capaces
de enseñar el Evangelio a sus hijos. El servicio misional de tiempo completo
es una bendición para las personas a las que los misioneros encuentran y
enseñan, así como para los misioneros mismos.
Ahora les vamos a hacer una petición especial a ustedes, los obispos y los
presidentes de rama. Somos conscientes de que ustedes ya conocen a los que
han llenado los requisitos de nivel más elevado y se están preparando para
aceptar el llamamiento misional durante este año. Nuestra petición a los
líderes de todas las unidades es que deliberen juntos en consejo con los padres
y que oren para hallar al menos uno más, un joven más, además de los que ya
hayan hecho el cometido, que pueda ser llamado a prestar servicio. Si los más
de 26.000 barrios y ramas de la Iglesia envían a todos los que ya tienen
previsto enviar al campo misional, más uno más, el número de nuestros
misioneros de tiempo completo aumentará y nos acercaremos en tanta mayor
medida al mandato divino que hemos recibido de llevar el Evangelio a toda
nación, tribu, lengua y pueblo. Desde luego, esos misioneros deben ser dignos,
fieles, saludables y totalmente dedicados. Quizás ese uno más no esté
preparado ahora mismo. Por tanto, pedimos a los padres y a los miembros de
los consejos de estaca y de barrio que confíen en el poder discernidor del
Espíritu Santo para saber a quién podrán ayudar a prepararse para ser llamado
a la misión este año.
Al intentar llegar a ellos, por favor recuerden lo que le ocurrió a un amigo
mío. Él nunca en su vida había tenido un caballo hasta que se casó con una
mujer magnífica a la que le gustaban mucho los caballos. Deseando
impresionar a su nueva esposa, un atardecer le dijo que iba al potrero a domar
al potrillo para que se dejase llevar de la rienda. Él pesaba más que el potrillo
y [creía] que sabía más que el potrillo. Supuso que todo lo que tendría que
hacer sería tirar de la rienda y que tarde o temprano el animal cedería. Estaba
convencido de que el procedimiento sería breve y sencillo.
Amarró la rienda a la brinda, se puso delante del potrillo y comenzó a tirar de
él. El potrillo se resistió, mi amigo tiró de él con más fuerza y el animal plantó
las patas en el suelo con mayor firmeza. Mi amigo tiró todavía con mayor
fuerza y el potrillo cayó a tierra. Repitió varias veces el mismo procedimiento
hasta que concluyó que en tan sólo cuatro o cinco minutos había enseñado
satisfactoriamente al potro a caer a tierra, y que todo lo que tenía que hacer era
ponerse delante del animal y tirar de la rienda hasta que éste cayera al suelo.
Su esposa, que había estado observando semejante proceder, por fin le sugirió
que en lugar de ponerse delante del potrillo y tirar de él, pusiera la correa
alrededor del animal y sencillamente caminase al lado de él. Para gran
vergüenza de mi amigo, eso dio buen resultado.
Al parecer hay algo dentro de cada uno de nosotros que se resiste a ser
manejado, empujado o arrastrado a tirones. Pero si alguien rodea los hombros
de un joven con un brazo y camina al lado de él, es probable que éste siga
adelante con el deseo de servir. Por favor, recuerden eso al fortalecer el
testimonio de uno más que pueda servir.
¿Podría darles tres sugerencias para que las tuvieran en cuenta al intentar
establecer una rica tradición de servicio misional en su familia, en sus estacas
y en sus barrios o ramas?
Primero, asegúrense de que todos nuestros jóvenes comprendan quiénes son.
Desde su más temprana edad en la Primaria, nuestros hijos cantan “Soy un
hijo de Dios” (Himnos, Nº 196). Ayúdenles a comprender lo que en realidad
significa ser un hijo de Dios. Recuérdenles que ellos están aquí, en esta época
particular de la historia del mundo, con la plenitud del Evangelio al alcance de
sus manos, por motivo de que fueron valientes al escoger lo que habían de
hacer en la existencia preterrenal. Nuestros jóvenes deben defender los
principios de la rectitud y de la verdad. Es preciso que tengan la visión de las
bendiciones que pueden recibir si demuestran su amor por nuestro Padre
Celestial y el Señor Jesucristo mediante su buena disposición para servir.
Segundo, enseñen la doctrina. Si bien las actividades y los acontecimientos
sociales tienen su debido lugar en el programa global de nuestra juventud, la
doctrina es lo que convierte y lleva a la dedicación absoluta. Nuestros jóvenes
tienen derecho a esperar que tanto sus padres como sus líderes y maestros de
la Iglesia hagan todo lo que puedan por que ellos conozcan y comprendan el
Evangelio de Jesucristo. El Espíritu Santo confirmará la verdad en el corazón
de ellos y encenderá la luz de Cristo en sus almas. Y entonces ustedes
tendrán uno más, un misionero más plenamente preparado. Ayer, el élder
Scott indicó que Predicad Mi Evangelio, la nueva guía que nuestros
misioneros utilizan en la actualidad para enseñar el Evangelio, podría ser una
buena fuente de consulta y de ayuda para ustedes.
Por último, reconocemos que no sería prudente que algunos de nuestros
hombres jóvenes y algunas mujeres jóvenes se enfrentaran con los rigores y
los retos de una misión de tiempo completo. Si los líderes del sacerdocio
eximen a cualquiera de ustedes del servicio misional de tiempo completo, les
rogamos que ustedes y sus familiares acepten esa decisión y sigan adelante en
la vida. Ustedes podrán prepararse para participar en las ordenanzas de
salvación del templo y hallar otras maneras de prestar servicio. Y pedimos a
todos nuestros miembros que brinden todo su apoyo y manifiesten gran amor
y comprensión al ayudar a todos nuestros fieles jóvenes en sus diversos
llamamientos en la Iglesia.
Hermanos y hermanas, añado mi testimonio de la divina misión del Señor
Jesucristo y ruego que Él nos bendiga a todos en nuestros empeños por
inspirar y motivar a más de nuestros jóvenes y matrimonios para servir en una
misión de tiempo completo. En el nombre de Jesucristo. Amén.