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Tierra de olvido: novela cátara

El documento describe la agitación en la ciudad de Tolosa en 1213, cuando las tropas del rey Pedro II de Aragón se preparaban para unirse a las fuerzas confederadas del conde de Tolosa contra la cruzada. Tras cuatro años de combates de la cruzada, el rey Pedro acudía en ayuda de sus vasallos occitanos a pesar de la oposición del papa, quien consideraba a los occitanos herejes. La ciudad bullía con la preparación para la batalla mientras llegaba el ejército del rey Pedro.

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Tierra de olvido: novela cátara

El documento describe la agitación en la ciudad de Tolosa en 1213, cuando las tropas del rey Pedro II de Aragón se preparaban para unirse a las fuerzas confederadas del conde de Tolosa contra la cruzada. Tras cuatro años de combates de la cruzada, el rey Pedro acudía en ayuda de sus vasallos occitanos a pesar de la oposición del papa, quien consideraba a los occitanos herejes. La ciudad bullía con la preparación para la batalla mientras llegaba el ejército del rey Pedro.

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Tierra

de olvido es una de las más sólidas novelas que se han escrito sobre
el mundo cátaro. De la mano de la joven pareja formada por Vierna y
Guilhem, Antoni Dalmau nos traslada al Languedoc del siglo XIII, y recrea
con extraordinaria intensidad las vicisitudes de unos pueblos en los que
convivían diferentes culturas y religiones. Pero sobre el camino que
emprenden juntos los protagonistas de esta historia se cierne la amenaza del
fanatismo y la intolerancia. A raíz de la cruzada promovida por el papa
Inocencio III, los cátaros vivirán una persecución sin tregua y se verán
obligados a la clandestinidad o a emprender el amargo canino del exilio. Una
impresionante novela contra el olvido.

ebookelo.com - Página 2
Antoni Dalmau

Tierra de olvido
La senda de los cátaros

ePub r1.1
Titivillus 22.08.18

ebookelo.com - Página 3
Título original: Terra d'oblit
Antoni Dalmau, febrero del 2000
Retoque de cubierta: Titivillus

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Los hijos del pueblo de Israel, exiliados lejos de sus casas, se lamentaban
diciendo: «¿Cómo podríamos cantar los cánticos del Señor en una tierra
extranjera?» (Ps 137:4). Y el diablo construyó para los espíritus celestiales
unas túnicas, unos cuerpos de tierra extranjera, de tierra de olvido.

(Pèire Autier, bon home de la Iglesia cátara)

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Dramatis Personae

VIERNA, nacida en 1212, hija de un escudero del conde de Tolosa.


GUILHEM, nacido en 1204, en el país de Ayllón. Primero pastor y después comerciante
de lanas.
BRUNA, hija de Guilhem y Vierna, nacida en 1230.

En Tolosa:
JORDAN DE MONTASTRUC, escudero de Raimon VI, conde de Tolosa, y padre de
Vierna.
ESTÈLA, esposa de Jordan de Montastruc y madre de Vierna.

En Gebetz (país de Ayllón, comarca del país de Foix) y cercanías:


EL PADRE de Guilhem, pastor, la MADRE, PEIRONA, MIQUÈU y el HERMANO MENOR.
ALAMANDA, costurera de Acs que hablaba con el más allá. EL MÉDICO de Tarascón.

En El Mas Santas Puellas (Lauragués):


DOÑA FAURÈSA, priora de la casa de las «buenas mujeres».
MAURINA, amiga de Vierna.
DOÑA RAIMONDA ASTRUC, CLEMENSA…, buenas mujeres.
BONET, panadero, y ESTÈVE, tejedor.

En Sant Joan de Verges (alto condado de Foix):


EL ESCRIBANO, tesorero de la iglesia, y su Esposa.

En Foix (capital del alto condado):


TOMIER DE FOIX, trovador.
HUC DE MONTGRENIER, jefe de la mesnada del conde de Foix.
DOÑA FABRISSA, dama de la corte del conde.

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Personajes históricos:
PEDRO el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona (1177-1213).
SIMÓN DE MONTFORT, jefe de la cruzada (1150?-1218).
RAIMON VI, el Viejo, conde de Tolosa (1156-1222).
RAIMON VII, el Joven, conde de Tolosa (1197-1249).
GUILHABERT DE CASTRAS, obispo cátaro (1150?-1240?).
LUIS VIII, rey de Francia (1187-1226).
GUILHEM ARNAUT DE MONTPELHIÈR, inquisidor de Tolosa (?-1242).

En Montsegur:
RAIMON DE PERELHA, señor del castillo.
PÈIRE ROTGER DE MIRAPEIS, jefe militar.
BERTRAND MARTÍ, obispo cátaro.
EL SENESCAL del rey francés en Carcasona.

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Prólogo

LA TRÁGICA HISTORIA que se narra en este libro arranca en la noche de los


tiempos, en la Edad Media. Más concretamente en el siglo XIII, en la época de la
cruzada militar que, por primera vez en tierra cristiana, había convocado el papa de
Roma Inocencio III con el fin de liberar la tierra occitana de la peste del catarismo.
Efectivamente, desde mediados del siglo XII una corriente religiosa de una notable
fuerza se había extendido peligrosamente por el Languedoc. Fundado en las sagradas
escrituras, este movimiento —considerado herético por la Iglesia de Roma— seguía
el modelo de los primeros cristianos, pero en cambio proponía una vía de solución
distinta de aquélla en la que creían los católicos. Tenía su propia doctrina, su
sacramento, sus ritos, sus clérigos, y hablaba a la gente con el ejemplo de una vida de
pobreza y con palabras que insuflaban los corazones de una certera esperanza.
Así pues, la fuerza de atracción y la implantación social del catarismo se habían
convertido en algo muy preocupante para la Iglesia católica, que intentó combatirlo
con diversos métodos: envío de legados papales, presencia de predicadores,
celebración de coloquios o debates entre católicos y cátaros… Sin embargo, ninguno
de estos métodos se había revelado efectivo para extirpar la herejía. En consecuencia,
el siguiente paso consistió en promover la guerra santa, es decir, la lucha armada
contra los caballeros occitanos que, de uno u otro modo, prestaban su apoyo a los
cátaros.
Así nació la cruzada llamada albigense, que se puso en marcha en 1209 y que
cubrió de desolación y de ruina todo el país del Languedoc.
Ciertamente, se trataba de unos tiempos inclementes y penosos, en los que la fe
religiosa impregnaba los más remotos rincones y las fibras más íntimas de los
hombres y las mujeres. Así, y en el nombre de Dios, se llevaban a cabo las más
heroicas hazañas y las más extraordinarias pruebas de amor y generosidad. Y en el
nombre de Dios, también, se perpetraban las más horribles atrocidades y se
instauraba a menudo el dominio del sufrimiento y de la muerte.

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Para las gentes de aquellos tiempos, Dios —y su principio contrario, el Diablo—
no constituía una presencia lejana, sino una luz, un pretexto y una fuerza que
intervenía constantemente en la vida de los hombres. Y Dios se expresaba de una sola
manera, puesto que una sola era la vía de salvación: así pues, aquellas voces que, ya
por ignorancia, ya por mala fe, se apartaban del camino recto, del único camino
posible, hablaban sin duda por boca del Maligno.
Era preciso, pues, que la depravación herética fuese extirpada y que las tierras
infestadas por la peste fuesen pasadas por las armas, sin compasión.
Y así se hizo.

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Primera parte

1213-1229
LA CRUZADA

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I

Catalan et aragones
an senhor honrat e valen,
e larc e franc e conoissen,
humil et adreg e cortes.

Los catalanes y los aragoneses


tienen señor honrado y valiente,
y generoso y franco e instruido,
humilde y diestro y cortés.

(Pèire Vidal, trovador, siglos XII-XIII).

AQUEL DÍA, un cielo plomizo se cernía sobre la ciudad de Tolosa y una ligera
neblina mitigaba el color rosado de los baluartes y las murallas. Palacios, iglesias y
torres de guardia veían palidecer sus aristas más agudas, a causa de la grisalla que
dominaba por doquier.
Sin embargo, en las calles y en las plazas, y sobre todo en los patios de armas y
en los caminos de ronda, reinaba un terrible vocerío, una inusitada agitación.
Hombres, animales y bártulos ocupaban todos los rincones y, tantos eran los
voluntarios y los refugiados que pululaban dentro del cerco de las murallas, que
incluso los claustros de los monasterios habían sido transformados en apriscos para
los rebaños y en establos para los caballos. Por todas partes podían oírse las voces de
mando, el sonido vibrante de las trompas y el tintineo de las armas. Toda la ciudad se
hallaba en pie, y la aparente confusión dificultaba identificar el motivo de tanto ruido
y de tanto bullicio.
Aun así, la explicación era muy simple. Don Pedro, rey de Aragón y conde de
Barcelona, había enviado mensajeros al conde de Tolosa y a sus aliados para
notificarles que estaba a punto de llegar con sus tropas a las afueras de la ciudad. Era
preciso, pues, que las guarniciones alojadas en la capital del Languedoc se pusieran
en marcha de inmediato para unirse al rey y concentrar así todas las fuerzas

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confederadas en un gran ejército.
Era el otoño de 1213 y habían transcurrido cuatro años desde el inicio de la
cruzada. Cuatro larguísimos años de combates, saqueos, hogueras, muerte y
desolación. Después de tanto tiempo de tribulaciones, los condes occitanos, que
habían jurado fidelidad al rey don Pedro, recibían de éste la ayuda necesaria para
enfrentarse conjuntamente al ejército de la santa cruz. Así pues, un soberano apodado
«el Católico» se disponía, por un deber de lealtad, a prestar apoyo a unos vasallos a
quienes la Iglesia consideraba, simplemente, como los grandes defensores de la
herejía. Así desafiaba las iras de un papa a la vez impasible y enérgico que, pocos
meses antes, le había enviado una carta en la que, entre otras cosas, le decía:

… Si los tolosanos y los señores que les apoyan persisten en defender la herejía, otorgaremos nuevas
indulgencias para animar a los cruzados a marchar contra tales personajes, contra quienes les oculten y
amparen, sean quienes fueren, puesto que los fautores de herejía son más peligrosos que los propios
herejes.

Con el fin de disipar cualquier tipo de duda, el escrito de Inocencio III terminaba de
esta forma tan explícita:

… Os recordamos que, a pesar de nuestra afección por vuesa persona, nos sería imposible salvaros o
trataros de forma distinta a expensas de la causa de Dios… Si os opusierais a la Iglesia, con la intención de
poner obstáculos a la terminación de nuestra santa empresa, la magnitud del peligro que os amenazaría os
puede ser revelada por ejemplos antiguos y otros más recientes…

Se trataba, sin lugar a dudas, de una advertencia categórica, pero las cartas estaban
echadas definitivamente y, puesto que el rey había tomado ya una firme decisión, no
había tiempo que perder. Así pues, la ciudad de Tolosa se alborotaba preparando la
marcha de las tropas. Entre tanto, en una de las habitaciones del castillo condal, un
hombre joven, de piel clara, barba oscura y mirada franca, se estaba despidiendo de
su esposa. Era Jordan de Montastruc, uno de los escuderos del conde, revestido ya
para emprender la marcha junto a su señor.
—Ya falta poco, amor mío, y el tiempo huye de nuestras manos como si se tratara
de una flecha… —constataba él, con un deje de resignación en sus palabras.
—Lo sé, Jordan —respondía ella—, y no sabes lo que daría por evitar la temible
hora de nuestra despedida. Pero no quisiera que la certidumbre del adiós nos privase
de los instantes que todavía nos quedan.
Y, mientras así le hablaba, le rodeaba el cuello con sus brazos y le besaba mejillas
y labios. Era una mujer delgada y esbelta, de ojos azules y una piel blanca como el
marfil. Poseedora de una serena belleza, ceñía su frente con una guirnalda de flores y
mirto, al tiempo que una dorada cabellera, anudada en una larga trenza, adornaba su
espalda.
—No temas, Estèla, volveré sano y salvo —aseguraba ahora Jordan, con una
convicción voluntariosa—. Verás como la ayuda del rey don Pedro nos llevará a la
victoria.

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—No sufro por la victoria, amor mío, ni albergo duda alguna acerca de la justicia
de nuestra causa. Temo por ti, sólo por ti; por si te alcanzara cualquier mal que
desconozco. Y, más aún, por si la muerte determinara ir a buscarte, en cualquier
momento, en el campo de batalla…
—Nada sucederá, te lo aseguro —respondía él, al tiempo que besaba sus labios
como si quisiera sorber de ellos un rastro perdurable.
Así, entre caricias y besos, entre muestras de aliento y de angustia, fue
transcurriendo de modo inexorable el brevísimo plazo de que disponían. Llegada la
hora, el escudero del conde de Tolosa se dirigió a la cuna donde dormía su única hija,
Vierna, una hermosa muñeca de rosadas mejillas que acababa de cumplir su primer
año de vida. Sin atreverse a despertarla, Jordan le besó la frente con inmensa ternura.
Después, abrazó fuertemente a Estèla y, con el corazón en un puño, tomó sus armas y
su bagaje y se dispuso a partir. Sin embargo, no tuvo el valor de mirar nuevamente a
los ojos de su mujer, como si no quisiera que ella comprendiera el miedo secreto y
oscuro que le atenazaba, o como si se negara a leer en aquellas pupilas tan claras
algún temible augurio.
En cuanto él se fue, Estèla se sentó junto a la cuna. Podía oír todavía los cascos de
los caballos por el empedrado de las calles y los toques de los clarines en lo alto de
las torres, así como los chillidos y los gritos de las mujeres al despedir a sus hijos y a
sus maridos que partían hacia la guerra y a quienes tal vez no volverían a ver. Dentro
de la habitación, por el contrario, reinaban la soledad y el silencio, y una tenue luz
iluminaba la cara de la niña dormida. Poco a poco se apagaron los ruidos de fuera y el
sueño de Vierna pareció todavía más profundo y placentero. Su madre le retenía la
mano y le acariciaba la mejilla con dulzura, como si la felicidad de aquel rostro
pudiera consolarla de sus propios temores. Se sentía sola y desvalida, y veía frente a
sí la angustiosa perspectiva de una espera interminable…
La desazón y la añoranza transportaron su mente dos años atrás. Por aquel
entonces, recién cumplidos los diecisiete, su padre la había casado ya, mediante una
respetable dote, con aquel joven escudero del conde de Tolosa de barba oscura: un
muchacho algo tímido que había aportado al matrimonio, procedentes de su familia,
unas arras igualmente dignas.
El día de los esponsales, Estèla, presa de los nervios, vestía una túnica con brial y
un manto carmesí tejido con cendal y abrochado con cordoncillos de hilo de oro y
seda. Era tan alta y tan delgada, y aparecía tan gentil y tan noble, que se la podría
tomar por una princesa. Apenas conocía a aquel muchacho de Montastruc, pero era
atractivo y galante, y desde el primer día la trató con delicada ternura. Por ello, y por
su talante desenvuelto, no vaciló ni un instante en el momento de ponerle el anillo de
oro con una piedra de zafiro en el cuarto dedo a contar desde el pulgar. Y su voz
resonó con plena seguridad delante de todos cuando pronunció las llamadas palabras
de presente:
—Yo, Estèla, os ofrezco mi corazón a vos, Jordan, como leal esposa, y tomo el

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vuestro como leal marido…
A pesar de las sacudidas de aquella época que les había tocado vivir, todo parecía
presagiar un venturoso futuro para ambos, puesto que Jordan no tardaría en recibir las
armas de caballero y, además, era manifiesto ante los ojos de todo el mundo que el
conde Raimon lo distinguía con una notable confianza.
Un año después de su matrimonio, cuando la chispa del verdadero amor ya había
prendido en el corazón de Jordan y de Estèla, vino al mundo Vierna, aquella preciosa
criatura de ojos claros como el cielo de Tolosa, la piel de una extremada blancura y
cabello tan rubio que casi parecía albino. Ella, en su pequeñez, había acabado de
anudar con fuerza los sentimientos de sus padres, que desde el primer momento
resolvieron quedársela en el castillo condal, incluso durante el período de su
lactancia.
Así pues, y con el empeño de garantizar en lo posible la viabilidad de aquella
pequeña existencia, buscaron como nodriza a una mujer de buena salud y de total
confianza, casada con un menestral de Montastruc, y le acordaron un generoso salario
de veinte libras anuales, además de proporcionarle techo y alimento aparte. A los
pocos meses, y gracias a la leche de la nodriza y al amor de Estèla, Vierna ganó con
facilidad el peso y la altura necesarios y, con sus pequeños progresos de todos los
días, fue conquistando el corazón de los sirvientes y de las damas nobles del castillo.
Sin embargo, aquel estado de gracia no podía durar mucho, puesto que los
caballeros y los escuderos vivían para servir con lealtad a sus señores con las armas,
y la muerte sembraba de huérfanos y jóvenes viudas aquel tiempo tan convulso. Por
ello, y a pesar de sus enormes esfuerzos para que Jordan no llegara a darse cuenta,
Estèla vivía con auténtico terror las ausencias de su esposo.
Pocos días después de la despedida de la pareja, los ejércitos de Tolosa, Cominges
y Foix se unieron a los del rey de Aragón y juntos se pusieron en marcha con el
objetivo de asediar la villa de Muret, donde se hallaba una guarnición de los cruzados
que no cesaba de efectuar incursiones en tierras tolosanas. Habiendo llegado a la vista
del castillo, el rey don Pedro plantó su estandarte y su campo. Inmediatamente, varias
embajadas de la fortaleza asediada se apresuraron a visitarle para disuadirle a él, tan
católico, de luchar junto a los occitanos. Pero todo fue inútil y, muy pronto,
culminados los preparativos necesarios, ambos ejércitos se encontraron prestos para
entrar en combate.
Uno era el ejército del Señor, con el aval del papa de Roma y la presencia de los
barones franceses. Al frente, un hombre cruel y ambicioso, un hábil estratega: el
temible Simón de Montfort. Sus tropas se hallaban recluidas en el castillo de tres
torres que se erguía junto al río Garona.
El otro ejército, realmente mucho más numeroso, tenía al mando al propio rey
don Pedro, un hombre de grande y hermosa figura, generoso y valiente, amante de las
mujeres y no muy escrupuloso en la administración de las finanzas. Audaz, también,
sin duda alguna.

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Al rayar el alba del jueves, día 12 de septiembre, el campamento de las fuerzas
confederadas se había ido despertando sin demora. Todos tenían conciencia clara de
que aquélla sería una jornada decisiva. Así pues, no resultaba nada extraño que la
noche hubiese sido breve, intranquila, desasosegada incluso. Jordan de Montastruc,
obsesionado por tenerlo todo a punto y presa de la incertidumbre que siempre precede
a una batalla, apenas había dormido. Tumbado en su lecho, se agitaba sudoroso de un
lado a otro y percibía con toda nitidez los pasos del relevo de la guardia, las voces
sofocadas, el sueño inquieto de los soldados tolosanos que anhelaban y temían, a la
vez, los primeros albores del nuevo día.
Al salir el sol, el rey don Pedro resolvió convocar un gran consejo para preparar
la batalla. Raimon, conde de Tolosa, se presentó montando su brioso corcel de pelo
negro, mientras Jordan, con la ayuda de los mozos de cuadra, aparejaba debidamente
el caballo de batalla. A medida que condes y caballeros acudían expectantes al lugar
de la cita, aumentaban las habladurías acerca de lo que había sucedido, poco antes,
durante la misa celebrada en el campo real: llegada la hora de la lectura del
Evangelio, el rey había permanecido en su sitial sin ponerse en pie en ningún
momento, mostrando ante todos una enorme fatiga…
Sin embargo, no resultaba extraño que se sintiera cansado al levantarse, pues
algunos soldados, que estaban de guardia en aquella zona o tenían un sueño más
liviano, habían oído las risas y los gritos que abreviaron el reposo del monarca. Otro
aseguraba incluso haber visto salir de la tienda capitana, poco antes del alba, a la
mujer con quien el rey don Pedro había yacido aquella noche.
Sea como fuere, una vez reunido el consejo, el monarca dio prueba de estar
despejado y animoso e, incorporando de forma decidida su inmenso cuerpo de unos
dos metros de altura, exhortó a sus aliados a luchar con brío y fuerza para vencer a las
tropas cruzadas y capturar a Simón de Montfort.
Y mientras hablaba de tal suerte, los hombres reunidos contemplaban el
descampado que se extendía a sus pies, rodeado de álamos y cubierto de herbazales y
ciénagas. Se trataba realmente de una hermosa llanura, espejeante por los arroyos que
la regaban y teñida de amarillo en aquellos lugares donde se encontraban todavía los
restos de los rastrojos y granzones de la última cosecha. Al fondo, erigiéndose con
orgullo por encima de la colina y el río Garona, podía verse la villa de Muret, con su
fortaleza asediada y sus tres torres de defensa, ahora enrojecidas bajo un sol
madrugador que rasgaba las brumas.
Una vez terminada la intervención inicial del rey, el conde de Tolosa tomó la
palabra para exponer ante el consejo el plan que había concebido. Era un hombre que
rozaba los sesenta, prudente y pacífico, sin duda tolerante con la herejía que campaba
por sus tierras. Consciente del interés de un buen matrimonio en beneficio de su
causa, se había desposado pocos años antes con una hermana del rey don Pedro. Por
ello apenas titubeó al promover ante el monarca una táctica cautelosa, que intentaba
templar el impulso natural de su cuñado:

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—Senher reis d’Aragó, si’m voletz escoutar…[1]. Conozco mejor que nadie el
ejército enemigo, que ha robado nuestras tierras y ha hostigado sin compasión a
nuestras gentes. Por lo tanto, creo que no nos conviene en modo alguno plantear
frontalmente la batalla, sino que nos resultaría mucho más provechoso que lo hicieran
las huestes asediadas en Muret.
Como no podía ser de otra manera, las primeras palabras de Raimon cogieron por
sorpresa a unos hombres que alardeaban de su arrojo y de morir por honor, si era
preciso. Sin embargo, desatendiendo a la expectación que creaba, el viejo conde
siguió exponiendo hasta el final un plan preñado de prudencia, que pronto levantó un
fuerte murmullo entre los caballeros de la mesnada del rey. Y uno de ellos,
concretamente el alférez aragonés que acostumbraba a llevar el estandarte real, tomó
la palabra para decir, con voz sonora y modos abruptos:
—Nunca vióse hasta hoy indignidad parecida, ni un propósito que pudiera
causarnos mayor daño ni mayor deshonra. Los planes del conde cubrirían de oprobio
y de vergüenza nuestro real ejército, el mismo que hizo señorear su pendón por tierras
extranjeras y que logró someter, hace apenas un año, las tropas sarracenas en Las
Navas de Tolosa.
Todo el mundo le escuchaba atentamente. El caballero aragonés cobró aliento y,
con el mismo tono trascendental y solemne, llevó su réplica todavía más lejos:
—Atrincherarse en nuestro campo, esperar el asalto enemigo, resulta propio de
cobardes que no saben conducir adecuada y esforzadamente una guerra, ni son
capaces tampoco de defender con bravura su linaje. Ahora comprendo, Raimon de
Tolosa, que os hayáis dejado arrebatar, una tras otra, vuestras posesiones.
Las palabras ofensivas del alférez del rey alborotaron más aún a los miembros del
consejo, y otros nobles tomaron entonces la palabra a favor y en contra de la
propuesta, hasta que fue el propio Raimon quien dejó la decisión en manos del
monarca, no sin antes añadir que, cualquiera que fuese su determinación, la aceptaría
sin reparo. Dicho esto, visiblemente mortificado, el conde montó en su corcel,
abandonó el consejo y se retiró a su tienda. Antes, sin embargo, sentenció:
—Sea como queráis. Pero no llegará la noche sin que veamos cuál de nosotros
será el último en levantar su campamento y huir.
Expuestos tan contradictorios pareceres, el consejo se disolvió a la espera de
conocer la decisión final del rey, que no tardaría mucho. El monarca era un hombre
que se dejaba arrastrar por una impetuosa arrogancia, siendo como era vencedor
indiscutible en el campo del amor y de la guerra, adulado por cortesanos y privados,
halagado por una multitud de trovadores que cantaban sus alabanzas sin rubor ni
mesura. Un hombre así no podría conformarse de buena gana a las leyes de la
prudencia, ni permitiría que fuese debida a los consejos de su cuñado y vasallo
aquella gloria que ya empezaba a saborear entre sus labios. No es extraño, pues, que
acabara inclinándose por rechazar la propuesta de Raimon y optara por un combate a
campo abierto.

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Entre tanto, alguien gritó con fuerte voz: «¡A las armas!», y todos se aprestaron a
prepararse para la hora temida y deseada. También don Pedro se revistió de su
armadura, aun cuando resolvió intercambiar las armas de su escudo con un noble de
su mesnada, siguiendo un hábito muy usual en la época.
Así pues, había llegado por fin el momento decisivo en el que los soldados
sienten fraguar en su corazón una extraña mezcla de miedo y rabia ilimitados, puesto
que toman conciencia plena de lo mucho que está en juego. Unos bruñían la espada o
la lanza, otros murmuraban plegarias inaudibles… Jordan de Montastruc, el escudero
del conde, hecho un manojo de nervios, iba de un lado a otro del campo tolosano
ocupado en mil bagatelas. Por fin, deseoso de centrarse en una sola labor, se aplicó
con desmesurado afán a sacar todo el brillo posible al escudo almendrado de su señor,
así como a comprobar el buen estado de correas y braceras. Ya no faltaba mucho…

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II

Molt fo gran lo damnatge, e’l dol, e’l perdiment,


can lo rei d’Aragon remas mort e sagnens,
e molt d’autres baros, don fo gran l’aunimens
a tot lo crestianesme e a trastotas gens.

Fueron grandes el desastre, el duelo y la pérdida,


cuando el rey de Aragón permaneció muerto y sangrante,
y muchos otros barones; y fue muy grande la vergüenza
para toda la cristiandad, para la humanidad entera.

(Guillermo de Tudela y anónimo, Cansó de la Crozada).

MIENTRAS TANTO, al otro lado de la llanura, en el interior de la villa


amurallada, también los cruzados habían hecho penitencia, habían asistido a misa al
rayar el alba y habían recibido el cuerpo de Cristo con manifiesta devoción. Los
caballeros y los obispos celebraban igualmente su consejo, más pendientes de las
sucesivas embajadas de paz que habían enviado al campo contrario que de armarse.
Por ello, porque no esperaban todavía un inicio de las hostilidades, les sorprendió un
repentino vuelo de piedras, flechas y jabalinas, así como el ataque improviso de un
puñado de caballeros tolosanos en una de las puertas del arrabal. No era un pelotón
muy numeroso y todo parecía indicar que, más que la conquista de la villa, aquella
escaramuza pretendía provocar una salida a campo abierto de los cruzados.
Ésta fue, en efecto, la gota que colmó el vaso de la paciencia del caudillo del
ejército de la Iglesia, Simón de Montfort, quien, henchido de ira, exclamó
visiblemente irritado:
—Señores obispos, ya se ha visto que vuestras embajadas al campo enemigo no
valen para nada y que, lejos de mejorar, la situación empeora. Todos hemos
aguantado demasiado. ¡Así que ya va siendo hora de que deis vuestro permiso para
luchar!
Rechazada prontamente la acometida de la puerta del arrabal, Montfort ordenó

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que sus hombres se armasen de inmediato y aparejaran los caballos con gualdrapas,
lorigas y sillas. Después, él mismo se equipó con su propia loriga y, de vuelta, al
pasar ante la capilla, entró para reclinarse al pie del altar por última vez. Fue entonces
cuando se le rompió el cinto de los calzones de malla, y más de uno de sus
acompañantes vio en tal percance un augurio terrible. Pero Simón era un hombre de
arraigadas convicciones y no se dejó arrastrar ni un solo instante por el mal presagio.
Ni por éste, ni por haberse roto poco después una correa de la silla de su caballo de
batalla, ni siquiera por haber recibido del animal un testarazo en la frente que lo dejó
levemente aturdido…
Superados los contratiempos sin mengua de su ánimo, el caudillo de los cruzados
montó a caballo, arengó enérgicamente a las tropas y, consciente de la inferioridad
numérica de sus fuerzas, expuso con brevedad el plan de batalla que habría de
resultarles sin duda más conveniente: salir hacia el campamento enemigo simulando
atacarlo, pero retroceder de inmediato y atraer a los soldados aliados lejos de sus
posiciones, con el fin de luchar a campo abierto contra ellos.
Cuando las tropas cristianas ya estaban a punto de desplegarse, uno de los obispos
compareció frente a los caballeros cubierto con la mitra y revestido con los hábitos
pontificales de color blanco y oro, llevando en sus manos tapadas con un velo un
relicario que contenía un fragmento de la Vera Cruz. Encaramado en un mojón de
piedra, el obispo los bendijo a todos solemnemente, al tiempo que proclamaba:
—¡Id en nombre de Jesucristo! ¡Por mi fe os garantizo que quienes caigan hoy en
el combate obtendrán la recompensa eterna y la gloria del martirio!
Inmediatamente, y tras haber efectuado un acto de contrición, los caballeros de la
cruz montaron a caballo y se dispusieron a abandonar la fortaleza. De forma
simultánea, los siete obispos, los tres abades y una multitud incontable de clérigos se
reunieron dentro del templo para rogar por el éxito de los soldados de la Iglesia, y
tanta fue su vehemencia y tan fuerte su clamor que, más que rezar, parecía que
aullasen.
Así pues, los cruzados salieron por una puerta lateral del castillo en tres
escuadrones y, resguardándose bajo la muralla, franquearon la villa por el lado del río
Garona. Posteriormente, cruzaron un arroyo y se encontraron frente a la llanura. Era
mediodía, después de comer, y el cielo se había ido encapotando con un espeso manto
de nubes.
El primer cuerpo del ejército aliado esperaba las tropas de la Iglesia en medio del
campo. Y es que el rey don Pedro, valiente y audaz al mismo tiempo, no deseaba
tampoco una guerra de hostilidades o un enfrentamiento a distancia, sino un combate
abierto en el que su caballería, mucho más numerosa, pudiera medirse con la francesa
y aplastarla. Así pues, y por razones distintas, la táctica de los dos caudillos era
coincidente en la práctica. Pero el exceso de confianza de Pedro y la falta de una
disposición ordenada y homogénea en el campo de batalla por parte del conjunto de
su ejército alterarían muy pronto el pronóstico optimista del monarca.

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Situadas frente a frente las dos huestes en medio de la llanura, la caballería
francesa se lanzó contra la adversaria a través de una ciénaga. El choque fue terrible y
el cielo tolosano se llenó de repente de un estrépito ensordecedor de escudos y lanzas
que entrechocaban con una insólita furia.
Al primer escuadrón en pugna se superpuso inmediatamente un segundo cuerpo
de ejército por cada bando, de modo que la confusión y el impacto de unos contra
otros fue realmente indescriptible. Por todas partes volaban estandartes y pendones,
yelmos y testeras rodaban por el suelo, cuerpos mutilados de hombres y animales
malheridos se amontonaban en un informe revoltijo. Por otro lado, los relinchos y los
resoplidos de los caballos cubrían el aire de aturdidores quejidos y, bajo el cielo gris
de Muret, toda la planicie se llenaba de los gritos de rabia y de dolor de los caballeros
malparados.
En todas partes podían verse espadas blandidas con un enorme esfuerzo, mazas de
cobre y lanzas esgrimidas con increíble ímpetu contra los soldados adversarios, así
como escudos y arneses que pugnaban por resistir y detener las embestidas, mientras
bestias y caballeros chapoteaban penosamente por los pantanales de la llanura.
Grupos de hombres despavoridos y maltrechos intentaban huir una muerte que
parecía segura.
Mientras tanto, el rey don Pedro, siempre gallardo y temerario, lejos de
permanecer según costumbre al frente del tercer cuerpo de reserva, había optado por
encabezar el segundo escuadrón de su ejército, rodeado de su mesnada aragonesa. Y
ello por la simple razón de que, cuando se acercaba la hora mágica y terrible del
combate, el rey catalán sentía hervirle la sangre en las venas. Por otro lado, tenía una
fe ciega en sus fuerzas y en su superioridad numérica, y ardía en deseos de entrar en
batalla y poner término a la expansión de los cruzados por tierras occitanas. Así pues,
rebasando el límite de lo que era aconsejable, pronto se encontró en medio del fragor
de la contienda, montando su caballo de batalla y empuñando su larga lanza de fresno
y hierro bruñido.
Los caballeros cruzados, al descubrir en medio del campo la oriflama del caudillo
de las fuerzas aliadas, comprendieron de inmediato que si lograban abatir al rey el
pronóstico de aquel combate incierto daría un vuelco definitivo. Incluso dos de ellos
se habían juramentado, antes de ver el estandarte real, para buscar al monarca por
todo el campo hasta matarlo o perecer en el intento.
Así pues, ansiosos por encontrar a don Pedro, los dos franceses buscaban en
medio de la confusión el pendón fijado en lo alto de la lanza del monarca. Locos de
rabia y ávidos de gloria, creyeron haberlo reconocido en el escudo de armas del
desdichado caballero que había permutado las armas con su señor. Sin pérdida de
tiempo, uno de los cruzados derribó a la infortunada víctima de un solo golpe de
espada, pero comprendió en seguida que aquél no era el hombre que buscaba:
—Éste no puede ser el rey. El rey es mejor caballero…
Cuando Pedro les oyó, se le arrebató la sangre y gritó con voz potente y

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ostentosa:
—¡Yo soy el rey!
Al instante, Pedro el Católico se vio rodeado de enemigos que le atacaban. Se
entabló entonces un combate feroz en el que el rey hirió a un caballero francés con la
lanza y lo derribó muerto en tierra. Después comprendió que la lanza ya no le servía,
tal era la presión que recibía de parte de los franceses, de modo que tomó su espada
en mano, la empuñó con sumo vigor y, cubriendo su flanco izquierdo con el escudo,
abatió a tres caballeros rivales con sus golpes. Sin embargo, el cerco que le rodeaba a
él y a su mesnada fue estrechándose de forma ineluctable, hasta que le hirieron de
muerte de una fuerte lanzada y cayó del caballo en medio de un charco de sangre. El
rey don Pedro tenía por aquel entonces treinta y seis años y siempre fue un hombre
valeroso, un gran caballero que había seguido, al pie de la letra, la divisa de los de su
linaje en las batallas que libraban: «O vencer o morir».
La noticia de la muerte del rey catalán se extendió en seguida como un rayo y,
lógicamente, provocó el pánico y la huida como alma que lleva el diablo de
caballeros y soldados que ya no podían contener el poderoso embate de la caballería
francesa. De ahí a la desbandada general sólo transcurrió un lapso brevísimo de
tiempo…
Entre tanto, Simón de Montfort, consciente del derrotero favorable que iba
tomando la lucha entre las dos caballerías, abandonó el escenario principal de la
batalla para intentar cubrir otros flancos igualmente necesarios: los infantes de la
milicia tolosana y el grueso de la reserva de los aliados. Habiendo triunfado también
en ambas misiones, aumentó más si cabe la desbandada masiva de las fuerzas aliadas,
que se desperdigaron sin orden ni concierto por el llano. Y tras ellas se inició la
persecución inclemente de los dos primeros escuadrones de las tropas de la Iglesia,
que mataron a millares a los soldados fugitivos, atacándoles por la espalda y
esparciendo por las ciénagas y los campos de rastrojos una carnicería terrible. Fue,
realmente, una espeluznante mortandad.
Los demás, los supervivientes que iban más avanzados en su huida, corrían como
endemoniados a campo traviesa, abandonando carros y bagajes, esquivando tiendas y
obstáculos de toda especie, en desesperada búsqueda del río Garona, donde buena
parte de los fugitivos no logró subir a las barcazas o nadar hasta la orilla contraria; así
pues, también ellos encontraron muy pronto una muerte pavorosa, ahogados por la
impetuosa corriente del río en aquel punto.
El estrépito del combate fue dejando paso a los gritos de dolor y a los quejidos de
las víctimas. Y, entregándose a los impulsos más primarios, los soldados de la
cruzada se dedicaron en cuanto terminó la batalla a rematar cruelmente a los heridos
y a rapiñar de vivos y muertos cualquier cosa que llevasen encima: vestidos,
armaduras, espadas y lanzas, dinero…
Así las cosas, no resultó nada extraño que cuando Simón de Montfort recorrió
todo el campo buscando el cuerpo del rey don Pedro, acabase encontrando sus restos

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completamente desnudos, con la boca abierta y una enorme herida en un costado, sin
que ni siquiera una tela de la más humilde textura cubriese la figura, larguísima y
esbelta de un hombre que fue tan poderoso y tan temido mientras vivió.
Simón tuvo palabras de pesar en homenaje a su rival. Y después, convencido en
su fanatismo de que un milagro como aquél se debía a la mano directa de Dios y no a
las fuerzas humanas, dio gracias al Todopoderoso por la victoria y se dirigió, a pie y
descalzo, hasta la iglesia de la villa. Más tarde, los restos del monarca fueron
entregados a los frailes hospitalarios y acabaron finalmente, años después, en el
monasterio de Sigena, un apartado lugar de las tierras de Aragón.
En un extremo del campo de batalla, allí donde acampaban las tropas aliadas, los
condes de Tolosa y de Cominges y el vizconde de Bearn habían contemplado la
prematura derrota de los escuadrones de vanguardia. Se hallaban tan lejos porque
tenían asignado el ataque final en el combate de la llanura y, además, se mostraban
desdeñosos con una táctica que no compartían.
En cuanto tuvieron noticia de la muerte del rey don Pedro optaron por retirarse en
seguida con el grueso de su ejército, de modo que éste ni siquiera llegó a entrar en
combate. A pesar del derrotero previsible y fatal de la batalla, fue aquélla una huida
precipitada y no muy honorable, que intentaba evitar más muertes inútiles y que
terminó por desequilibrar notablemente la ventaja numérica de las fuerzas
confederadas.
Tropas, caballos, carros y máquinas de guerra del conde de Tolosa se
apresuraban, pues, a alejarse de aquel lugar maldito, protegidos en la retaguardia por
un pelotón de caballeros y algún escudero, entre los cuales Jordan de Montastruc. De
repente, justo después de cruzar un rodal manchado de carrascas, la guarnición
rezagada recibió el ataque por sorpresa de un puñado de hombres armados procedente
del campo de batalla. Y allí se entabló una breve prolongación de la contienda, con
las espadas resonando contra el acero de los escudos y los cascos.
Jordan tuvo la mala fortuna de verse de pronto rodeado por tres caballeros
adversarios. Siendo como era un hombre valeroso, se resistió a las embestidas cuanto
pudo, haciendo voltear su caballo de un lado a otro y blandiendo el arma en todas
direcciones. Pero fue inútil, puesto que se hallaba en franca desventaja tanto en la
defensa como en la montura: al fin y al cabo, un escudero como él no podía llevar ni
yelmo ni ristre para la lanza, y no iba calzado ni con escarpe de hierro ni con espuelas
doradas, sino tan sólo con borceguíes de ternero blanco y espuelas de plata… Se
trataba, pues, de un combate desigual que unos caballeros nobles nunca hubieran
proseguido contra un simple servidor del conde de Tolosa.
Primero fue una lanzada que le desgarró la brafonera de malla que le cubría el
brazo izquierdo; después, un golpe preciso de la espada de otro francés, que le golpeó
justo por debajo del casco de hierro y le partió el pedazo de almófar que le protegía la
nuez del cuello. El corte afilado de la hoja le abrió una enorme brecha en la garganta,
que lo hizo caer muerto en el acto y cubrió de salpicaduras de sangre el rostro del

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francés que acababa de matarlo.
Poco después, el cuerpo de Jordan fue rescatado de milagro gracias a un amigo
que se atrevió a volver atrás para llevárselo. Él mismo lo entregó a su viuda, Estèla,
que derramó por su esposo lágrimas amargas y lo enterró en Montastruc, la villa
cercana a Tolosa que lo había visto nacer. A sus veintiún años, aquel joven escudero,
fiel a su señor hasta el último instante de la vida, había sabido luchar y morir como si
ya hubiera recibido las armas de caballero que soñaba.
El llanto y las oraciones lo acompañaron, pues, hasta la tumba; mientras tanto, no
muy lejos de allí, en uno de los aposentos del castillo de Tolosa, una niña de poco
más de un año —de nombre Vierna— ignoraba la desdicha de su padre y sollozaba
con desespero por el hambre que sentía. En su tierna edad, no conocía aún la señal
imborrable que conlleva la orfandad.
Ciertamente, las lágrimas y los sollozos se extendieron por todo el condado de
Tolosa, ya que no existía casa donde no hubiera un muerto o un prisionero a quien
llorar. Y la maldición de Muret dejó un rastro perenne en la memoria de las gentes de
aquella época, e incluso en muchas generaciones posteriores, puesto que sus
perniciosos efectos para la causa occitana se hicieron sentir por mucho tiempo, hasta
borrar el espejismo de un hermoso sueño.
Para los catalanes, la derrota de Muret significó el final de su expansión hacia el
norte, por las bellas tierras del Languedoc, y hoy mismo muchos se siguen
preguntando todavía qué habría sido de su patria si la historia no se hubiese mostrado
tan poco propicia con ellos.
Finalmente, para los hombres y mujeres de la Iglesia de los amigos de Dios, los
herejes cátaros, tan enemigos de la guerra y de la violencia, la derrota de las fuerzas
aliadas suponía un paso enorme de la cruzada y, en consecuencia, el agravamiento de
una persecución cada vez más implacable.

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III

Ara no vei luzir solelh,


tan me son escurzit li rai…

Ahora ya no veo el sol brillar,


tanto se me han oscurecido sus rayos…

(Bernart de Ventadorn, trovador, siglo XII).

EN LAS SEMANAS y los meses posteriores a Muret, Simón de Montfort


aprovechó su victoria para ampliar notablemente sus dominios. Convencido de contar
con la ayuda de Dios, allí donde encontró resistencia completó su triunfo con la
demolición de las murallas o la quema de los herejes en enormes hogueras en el
centro de las plazas. Aun así, el caudillo de los cruzados se abstuvo de sitiar Tolosa,
dando paso a una negociación larga y compleja con los cónsules de la ciudad.
La desolación y el luto se apoderaron durante mucho tiempo de la capital del
condado. La milicia urbana quedó en gran medida desmantelada, muchos de los
prisioneros fueron torturados hasta la muerte y sólo unos pocos pudieron regresar a
sus casas tras pagar un considerable rescate. Toda la ciudad se hallaba anonadada,
dolida, lamiendo sus heridas…
Y, naturalmente, cada hogar lloraba sus propios muertos. Estèla, la viuda de
Jordan de Montastruc, vestida ahora con gonela morada y manto negro, no conseguía
acostumbrarse a la ausencia de su esposo. Sentía el desconsuelo de haber perdido en
Muret a aquel que, siendo tan extraño y forastero el primer día, al cabo del tiempo se
le hizo indispensable. La cama se le había ensanchado con un vacío desolador y su
piel turgente reclamaba anhelante las caricias y besos a los que de buena gana se
había acostumbrado. Las noches eran largas, pobladas de clamorosos silencios, y a
veces los sueños la torturaban con vivísimas imágenes de su marido o con escenas del
pasado que él mismo le había descrito mientras vivía.
Así, por ejemplo, Jordan se le aparecía a menudo con unos cuantos años menos,

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concretamente el día en que le nombraron escudero. Veía en su sueño a sus padres
acompañándolo emocionados hasta el altar de la basílica de Sant Serni. Él llevaba un
cirio blanco y no dejaba de sonreír. Después, el sacerdote celebrante tomaba una
espada y un talabarte y, tras bendecir arma y cinturón, se los ceñía con toda
solemnidad. A continuación, el padrino y la madrina prometían amor y lealtad en su
nombre y le calzaban la espuela de plata. De repente, y sin transición posible, el
sueño se trasladaba a un tenebroso campo de batalla en el que Jordan, el leal
escudero, resultaba herido de muerte: del cuello le manaba sangre a borbotones, y el
rojo manantial resultaba tan abundante que terminaba por cubrirlo todo, y no paraba
de manar y de inundar todo el aposento… hasta que Estèla se despertaba
sobresaltada, con el cuerpo empapado de sudor y el corazón encogido y atribulado
por su delirio… Ya no encontraba distracción ni consuelo en las habladurías y en los
juegos de los aposentos de las mujeres. Sólo los gritos repentinos de la chiquillería
del castillo y el llanto y las sonrisas de Vierna aliviaban una pena tan abrumadora.
Pero cuando la niña se dormía y el silencio se apoderaba de nuevo de la alcoba, las
lágrimas se deslizaban por el rostro de Estèla y sus manos buscaban a tientas el
consuelo de otra mano protectora. Entonces, se sentía completamente sola en este
mundo…
Por otra parte, la vida del castillo condal y de toda la ciudad de Tolosa había
perdido su antigua alegría, como si esperasen nuevos acontecimientos dolorosos que
tarde o temprano acabarían por llegar. La vida galante había desaparecido, los
trovadores tan sólo escribían versos rebosantes de tristeza y los juglares de pronto
habían hecho enmudecer los laúdes y las violas. ¿Adónde habían marchado las nobles
damas que lucían sus generosos escotes o sus mantos de piel de vero o de tejido de
seda? ¿Por qué no arrastraban ya tras de sí las largas colas de sus túnicas, abrochadas
con cierres de pedrería? ¿Por qué ya no cubrían su rostro con colorete rojo en los
pómulos, con un poco de azul bajo los ojos, con un punto de azafrán o de blanquete
en sus mejillas?
La vida callejera se había contagiado igualmente de melancolía y de tristeza.
¿Dónde estaba aquel bullicio que antes subía de las plazuelas, aquel vocerío
interminable de los puestos del mercado? ¿Y aquella hermosura de mercancías
procedentes de países exóticos? ¿Qué fue de los esclavos de Nubia, de los moros de
Granada, de los cautivos de Bagdad, que llenaban las calles de una coloración
pintoresca? Todo parecía mudo y silencioso, los portales y las ventanas permanecían
siempre cerrados, las cortes principescas habían enterrado el lujo y la brillantez de
sus fiestas, los gritos y las risas de su antiguo galanteo.
Las iglesias se llenaban de viejos y nuevos feligreses, que lloraban por los
familiares difuntos y por sí mismos. Y todos y cada uno establecían con su propio
dios una comunicación singular, mediante unas prácticas religiosas muy variadas que
convivían armónicamente. Sin embargo, la cruzada había provocado una considerable
dispersión entre las filas de los cátaros, muchos de los cuales abandonaron el condado

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de Tolosa en búsqueda de lugares más seguros.
De su reciente tristeza, Estèla hallaba consuelo asistiendo de vez en cuando, en
casas particulares de confianza, a las predicaciones que algún bon home[2] seguía
impartiendo, a pesar de los malos tiempos que corrían. Y es que, desde muy pequeña,
la habían educado en la entendensa[3] del bien y del mal y en los ritos de la Iglesia de
aquellos que se denominaban entre sí buenos cristianos. Su propio padre le había
explicado y repetido mil veces que, a diferencia de lo que predicaban los católicos en
el templo, todo, desde siempre, estaba gobernado por dos principios, uno bueno y
otro malo. Decía, asimismo, que este mundo terrenal —y todo lo visible: el cielo, el
mar y los peces, el sol, la luna y las estrellas, la nieve y la lluvia, todos los seres vivos
— era obra del dios malvado. En cambio, más allá de ese mundo de corrupción y de
mal, donde la vida es tan precaria y dolorosa, donde reinan las guerras, las epidemias
y la muerte, existe otro formado por unos espíritus incorruptibles que el Dios de
verdad y de justicia había creado en el origen de los tiempos.
Estèla recordaba vívidamente un día no muy lejano de su primera adolescencia,
cuando su padre ordenó que la despertaran más temprano que de costumbre y, con un
insólito gesto, se presentó por sorpresa en la habitación en la que ella dormía.
Entonces, sentado junto a ella en la cama, le anunció con gran solemnidad que ya era
lo bastante mayor y lo bastante juiciosa como para asistir a una predicación de su
obispo en una casa de una noble dama, en Lavaur, a menos de una jornada de marcha
desde Tolosa.
Aquél fue, pues, un día especial; por encima de la camisa de lino, la ataviaron con
la gonela de color rosado y el manto rojo de los días festivos, y le recogieron la
melena con una cofia de seda. Y, habiendo entrado en la mansión, a Estèla le
sorprendió la diversidad de las gentes y la gentileza natural de la señora de la casa,
que recibía a todos en la puerta e iba acomodando a los invitados con un gesto cordial
y una franca sonrisa en los labios.
Cuando vio al obispo Estèla tuvo un desengaño, pues esperaba los fastos y las
pompas de la Iglesia católica que en alguna ocasión había visto en Tolosa, en la
basílica de Sant Serni. Aquel hombre, por el contrario, sólo vestía un hábito negro de
paño buriel y se cubría con un capuchón, y no llevaba cruces, ni mitras, ni báculos, ni
zapatos de colores ni pedrería: sólo un cordón que le ceñía la cintura y un estuche de
cuero donde guardaba un libro. Era de mediana edad, tenía el cabello largo y la barba
abundante y hablaba con una cadencia pausada y tranquila.
Aquel día, que quedó grabado para siempre en la memoria de la niña, el obispo
habló a sus fieles de la creación del mundo. Y lo hizo con palabras llanas y sencillas,
como si narrara un cuento, con el fin de que pudiera comprenderle aquel auditorio tan
heterogéneo que le estaba escuchando:
—Al principio de todas las cosas, el maligno se propuso subir al cielo y establecer
allí su trono porque quería parecerse al Altísimo. Fue una gran batalla, terrible y
cruenta, pero Satanás fue derrotado y cayó, y hay quien dice que en su caída se

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quebró el firmamento de cristal que contenía la tierra y los siete cielos que el mismo
diablo había creado. Así pues, el príncipe de las tinieblas se vio obligado a
permanecer durante años y años en las puertas del paraíso, siempre pensando y
pugnando por entrar. Hasta que un día, valiéndose de la sorpresa y del engaño,
consiguió penetrar en el Reino. Allí se dirigió a los espíritus creados por el Padre
celestial, les convenció de que vivían sometidos y les ofreció bienes terrenales que no
conocían. En definitiva, les hizo creer que serían como dioses.
Mientras hablaba, el gran retablo de los orígenes del mundo, coloreado y repleto
de vistosas imágenes, se iba desplegando ante los ojos abiertos de par en par de
aquella gente humilde, y de aquella adolescente que escuchaba al obispo embelesada.
Pero todavía estaba por llegar la parte más sustanciosa, que el clérigo cátaro fue
espaciando con una voz siempre pausada:
—De este modo, Satanás arrastró a una tercera parte de las criaturas del cielo, que
cayeron como una lluvia espesa, más prietas que las puntas de la hierba fresca de
nuestros prados. Así sucedió durante nueve días y nueve noches y, junto a los
espíritus seducidos por el dios extranjero, hubo otros que cayeron por descuido, como
arrastrados por una especie de vértigo. Hasta que el Padre de los cielos, advertido por
los espíritus fieles de lo que estaba aconteciendo, se levantó de su trono, puso el pie
encima del agujero por donde se deslizaban los espíritus pecadores, y advirtió a los
que quedaban que, si se movían, nunca jamás tendrían reposo; y a los espíritus que
caían: «Podéis iros, de momento».
La tensión del auditorio se iba incrementando por momentos, hasta el extremo de
que una muchacha que estaba junto a Estèla no pudo evitar preguntar en voz alta:
—¿Y qué fue de los espíritus pecadores?
El obispo respondió a continuación:
—Una vez caídos hasta la tierra, los espíritus celestiales se acordaron del bien que
habían perdido y se afligieron por el mal que habían encontrado. Viéndoles tan
apesadumbrados, el diablo les dijo que entonaran un cántico al Señor, tal como tenían
por costumbre. Ellos le respondieron aquello que leemos en los salmos: «¿Cómo
podríamos cantar cantos al Señor en una tierra extranjera?». Incluso hubo uno que se
dirigió sin miedo al Dios malvado y le preguntó: «¿Por qué nos engañaste y nos
hiciste abandonar el cielo para seguirte? El diablo le respondió que jamás regresarían
al cielo, puesto que pensaba cubrir cada uno de aquellos espíritus con una túnica de
piel, hecha de tierra de olvido, de la que nunca podrían salir: unos cuerpos de carne
en cuyo interior perderían el recuerdo de los bienes y la alegría de que habían gozado
en el cielo.
Ahora la gente se agitaba inquieta en los bancos de madera y en los escabeles, a la
espera de una señal de salvación que se hacía de rogar. Pero el hombre barbudo del
hábito negro, sin prisa alguna, fue administrando sabiamente el final de aquella
historia:
—Cuando llegó el tiempo de gracia, Dios envió a su hijo al mundo a predicar el

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reino de su Padre. Es decir, vino a recordar la patria celestial a las almas dormidas y
prisioneras en la túnica de piel y a enseñarles el gesto libertador que podía
devolverlas a la eternidad y liberarlas del mal y del tiempo. Este gesto de libertad y
de salvación es el bautismo por el Espíritu, el Consolament, que Cristo transmitió a
sus apóstoles con la imposición de las manos.
Por fin la gente había comprendido plenamente la lógica del discurso del obispo,
que les había conducido a un desenlace de esperanza y salvación. Pero todas estas
explicaciones, por más que hubieran sosegado su ánimo, no completaban
íntegramente el círculo. Por ello, aprovechando una breve pausa del sermón, la
misma muchacha desenvuelta intervino de nuevo para preguntar:
—Perdonad, mi señor, pero ¿qué ocurrirá con el espíritu que vive en nuestro
interior cuando el mundo haya durado ya muchos años?
El obispo sonrió, como si ya esperase una pregunta tan natural:
—El espíritu se salva si habita en la bella túnica de un buen cristiano, y no en
ninguna otra persona, ya sea ésta católica, judía o sarracena. Y cuando llega la hora
de la muerte, el cuerpo de carne se destruye, mientras que el espíritu se eleva hacia la
gloria acompañado de legiones de ángeles y en medio de una luz deslumbrante, siete
veces más luminosa que el mismo sol. Y allí, en la tierra de los vivos, en el paraíso, el
espíritu se une al cuerpo original y espera confiado el último día. Cuando llegue ese
momento, y sin necesidad de juicio alguno, los espíritus alcanzarán la resurrección
definitiva y la visión de la faz de Dios. Y habrá tanta alegría que nuestros hermanos
saltarán los unos encima de los otros como los corderos sobre la hierba de los prados
o sobre la paja de los campos. Por su parte, el mundo del maligno será
completamente destruido. Ya no habrá, pues, manifestación posible del mal y todo
volverá al origen de los tiempos.
—Pero los clérigos que predican en los templos nos asustan con la visión del
infierno, donde dicen que arderán eternamente las almas que se hayan condenado —
insistió un hombre mayor de pelo gris.
—Ellos hablan con palabras vanas —replicó inmediatamente el obispo cátaro—.
Yo, por el contrario, os digo que, al final de los tiempos, todas las almas serán
salvadas, porque sólo al bien pertenece la eternidad. Olvidad, pues, el luego eterno de
un infierno imposible y recordad lo que acabo de deciros: cuando el último espíritu
haya abandonado este mundo bajo y perverso, esta tierra de tribulación, las obras del
mal desaparecerán para siempre.
Y, finalizada la prédica, aquella gente se fue levantando de su banco, en silencio,
y abandonando la casa de Lavaur con el corazón enardecido por una esperanza. Así lo
hicieron también Estèla y sus padres, y el recuerdo de aquel día y la fe que le había
sido transmitida acompañaron siempre a la muchacha.
Pero ahora el mundo había dado un vuelco, muchos de los bons homes habían
tenido que abandonar aquella Tolosa amenazada, y la ciudad tan alegre y bulliciosa
de antaño vivía hoy en el espanto y en la tristeza. Y, por encima de todo, un caballero

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desconocido, que llevaba cosida en el pecho la cruz de la guerra santa, había
empuñado la espada contra el cuello indefenso y contra la propia vida de Jordan.
Parecía realmente como si la obra de creación del príncipe de las tinieblas siguiera
actuando día tras día, como si no existiera esperanza ni un mañana para los buenos
cristianos y para la tierra occitana.
Y, a pesar de su carácter resuelto, el ánimo de aquella joven viuda flaqueaba ante
un futuro tan incierto y ante tanta desdicha. Pero a menudo, cuando más oscuros eran
sus pensamientos, se le acercaba Vierna gateando con las mejillas coloradas, sus
carnes rollizas y una sonrisa que le iluminaba la cara. Y los malos presagios se
desvanecían de golpe, pues Estèla, sacando fuerzas de flaqueza, pensaba entonces
que no era posible que no existiera un mañana para una criatura como aquélla…

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IV

E venc toit drei la peira lai on era mestiers


e feric lo comte sobre l’elm, qu’es d’acers,
que’ls olhs e las cervelas e’ls caichals estremiers,
e’l front e las maichelas li partic a cartiers,
e’l coms cazec en terra mortz e sagnens e niers…

Y fuese la piedra directamente donde debía


e hirió al conde sobre el yelmo, que es de acero,
de modo que los ojos, el cerebro y las muelas traseras,
y la frente y las mandíbulas le saltaron a pedazos,
y el conde cayó en tierra muerto y sangrante y negro…

(Guillermo de Tudela y anónimo, Cansó de la Crozada).

PASARON VARIOS años. Las acciones militares y diplomáticas cambiaron a


menudo de escenario, así como las alianzas y las rupturas entre los poderes de la
Iglesia y del mundo. Períodos de paz y de calma alternaron con brotes de guerra más
o menos esporádicos. Las villas y ciudades, y los títulos nobiliarios que establecían su
dominio, cambiaron de manos en varias direcciones. A decir verdad, y tal como suele
ocurrir desde que el mundo es mundo, detrás de las grandes palabras, a la sombra de
la presunta defensa de la fe católica, la codicia natural de los hombres y los intereses
políticos movían en realidad todos los hilos de la historia.
Tras muchas vicisitudes, Simón de Montfort había logrado ser investido
finalmente conde de Tolosa y, temeroso de los sentimientos del pueblo, había
ordenado derribar las murallas de la ciudad y abrir un foso lleno de agua alrededor
del palacio condal que había caído en sus manos. Mientras tanto, despojados de la
mayor parte de sus bienes, el conde Raimon y su hijo —el conde joven, Raimon VII
— tuvieron que alejarse del solar patrio e instalarse en la Provenza.
Así pues, y a pesar de las muertes y las hogueras, podía decirse que tal vez la
cruzada no había conseguido extirpar la herejía, pero en cambio sí había instaurado
por la fuerza una nueva legalidad en las tierras del Languedoc, con la autoridad

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superior del rey de Francia. Aun así, los pueblos y las villas se levantarían muy
pronto contra esta forzada imposición, y la gente se alinearía de nuevo junto al
estandarte del conde natural y contra el señor postizo.
Mientras esto sucedía, la pequeña Vierna iba creciendo, ajena a las desdichas de
su propia ciudad. Vivió, eso sí, un obligado traslado de residencia, pues la llegada de
Montfort al castillo condal había dispersado la corte y había obligado a Estèla a huir y
a buscar cobijo en la gran casona de una familia amiga, gente noble de fe católica.
Ambas, madre e hija, eran cada vez más pobres, ya que sólo poseían lo que les
reportaba el dote de Estèla y unos pocos muebles: una cama grande de cinco tablas,
una cuna, una mesa y un arquibanco, algo de vajilla, un cofre de madera de álamo
encorado y una caja de madera de nogal…
En aquellas fechas de tanto ajetreo, Vierna pudo ver a su madre agobiada y,
finalmente, abatida cuando el noble que las había acogido fue detenido primero como
rehén y desterrado después. Pero el mundo de los niños apenas conoce las cuitas que
afligen a los mayores, de modo que el tiempo feliz de aquella criatura transcurría
comiendo y durmiendo, corriendo y saltando, jugando con muñecas de trapo, peonzas
y cascabeles de porcelana.
Desde su más tierna infancia, su madre le explicaba cuentos y le cantaba
canciones y, al llegar a cierta edad, se ocupó de que aprendiera las primeras letras. De
forma más discreta, le enseñó igualmente la oración más importante de todas, aquella
que sólo podían pronunciar en voz alta los bons homes y las bonas donas, aquella que
la niña ya empezaba a recitar sin comprender palabra:
—Pater noster qui es in celis… Padre nuestro celestial, sea bendito tu nombre y
alabado por ser santo. Danos tu reino. Hágase tu voluntad en el cielo y la tierra.
Danos hoy el pan de sostenimiento de nuestra vida…
Así lo decía Estèla y así lo repetía Vierna de modo inconsciente, puesto que los
fieles de su Iglesia nunca mencionaban «el pan nuestro de cada día», sino «el pan
supersustancial», «el pan de sostenimiento», que significaba no un alimento para el
cuerpo, sino la ley de Cristo que ha sido dada a todos los pueblos. Y a pesar de la
maldad que las rodeaba, pronto la madre fue enseñando también a Vierna, una tras
otra, las sagradas reglas de no matar, no cometer robo ni deshonestidad, no mentir ni
levantar falsos testimonios, no jurar, no blasfemar ni maldecir a nadie…
En el exterior, la vida parecía transcurrir completamente inmóvil y resignada,
pero algo se estaba tramando en secreto bajo aquella superficie calma. Aprovechando
que Simón de Montfort se había ausentado por un tiempo y que la guarnición cruzada
se hallaba encerrada dentro de los muros del palacio del conde, los nobles de Tolosa
decidieron conjurarse en un movimiento de resistencia para lograr el retorno por
sorpresa del conde Raimon y, a continuación, promover un alzamiento de toda la
ciudad. Y, en efecto, un día de septiembre de 1217, cuando se habían cumplido justo
cuatro años de la derrota de Muret, el viejo Raimon se presentó en su añorada ciudad
entre aclamaciones y la desbordante alegría de las gentes.

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Aquel día, alertada por los nobles de la casona y por la algarabía de las calles,
Estèla tomó en sus brazos a su hijita de cinco años y le dijo:
—Ven, mi cielo, que hoy es un gran día para nosotros y no quiero que te lo
pierdas.
La niña miraba con ojos muy abiertos a su madre, sin comprender nada en
absoluto…
—Hoy, Vierna, vuelve a casa el conde Raimon, el príncipe legítimo de Tolosa y el
hombre que fue señor de tu padre…
A continuación, Estèla bajó las escaleras con alborozo y, así que llegó al portal de
la entrada, se le inundaron los ojos de lágrimas al ver las tropas del conde y,
chasqueando al viento, los rojos pendones con la cruz perlada de Tolosa. La multitud,
igualmente conmovida, besaba las cotas de seda de los caballeros y se arrodillaba con
los brazos extendidos para dar gracias al cielo. Un clamor de libertad, y también de
venganza, resonó por todas partes.
La ciudad, privada de murallas, de torres y de armamento ofensivo, pero
enardecida ahora por el retorno de su señor, se movilizó en muy pocas horas, puesto
que había que prever la furiosa reacción de Simón de Montfort en cuanto regresara.
Las iglesias se convirtieron en fortaleza, el castillo condal donde se alojaba la
guarnición de los cruzados fue aislada con fosos y empalizadas, todo el mundo
ayudaba a reconstruir muros, torres y barbacanas a lo largo de las antiguas defensas.
De noche y de día, una gran efervescencia se apoderó de todos los tolosanos, sin
distinción de clases: hombres, mujeres y niños aportaban sus brazos o se proveían de
picos y palas para hacer barricadas, terraplenes y trincheras.
Y así, cuando se produjeron las primeras escaramuzas de los cruzados, desde el
exterior de la ciudad o desde el castillo condal, fueron todas rápidamente abortadas a
fuerza de entusiasmo y de bravura, contando tan sólo la mayoría de las veces con la
precaria ayuda de las ballestas, los garrotes y las piedras. Mientras tanto, nobles y
barones de todas las procedencias, residentes o dispersos por las comarcas vecinas,
hasta más allá de los Pirineos, acudían a Tolosa para unirse al conde Raimon y
reforzar la defensa.
Transcurrió un largo invierno en medio de aquel asedio y, con el paso del tiempo,
la ciudad se halló cada día más reforzada y protegida. Torres y murallas se levantaban
de nuevo hacia el cielo, los talleres de herreros, carpinteros y maestros de obras
prácticamente no dormían y, en puntos estratégicos, aparecían maganeles, trabuquetes
y otras máquinas de lanzar proyectiles. Vituallas de toda clase y armamento ligero
seguían entrando en la ciudad por medios increíbles. Mientras tanto, nuevas
escaramuzas procedentes del bando de Montfort fueron fracasando una tras otra.
Finalmente, llegó la primavera y vino la Pascua, y nuevos refuerzos impulsaron a
los cruzados a intentar de nuevo un asalto a la ciudad asediada. Pero cuando más
angustiosa era la situación de los defensores, la llegada del conde joven, el hijo de
Raimon, con un poderoso ejército, renovó el entusiasmo popular. Y corrió la voz de

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que ese día glorioso el estandarte del león rampante de los Montfort, que flameaba en
lo alto de una torre del palacio condal, se desplomó sin que nadie lo hubiese tocado
siquiera…
El tiempo corría en contra de los cruzados, pues a Simón de Montfort ya no le
quedaba dinero en las arcas con el que pagar a sus mercenarios ni para procurar
víveres a sus tropas. Sus caballeros se consumían en la espera prolongada del asalto
definitivo y algunos vacilaban y empezaban a inclinarse por abandonar el asedio.
Alarmado y fastidiado él mismo, roído por su orgullo y por su temible cólera, la
respuesta del caudillo del ejército de Dios no se hizo esperar mucho: el ataque final
empezaría, por fin, el día de San Juan de aquel 1218.
En su estrategia ofensiva, Simón de Montfort depositó sus esperanzas en un arma
impresionante, una máquina de guerra conocida con el nombre de gata. Se trataba de
una enorme casa de madera montada sobre ocho ruedas, cubierta con cuero crudo de
buey para que el techo fuera incombustible y reforzada en los costados con placas de
hierro y acero: hasta cuatrocientos caballeros y ciento cincuenta arqueros podían
alojarse dentro del vientre de aquel monstruo. Pero el primer día del combate
decisivo, y a consecuencia de la intervención de los artilleros de Tolosa, la gata sufrió
varios desperfectos y muy a menudo quedó inmovilizada debido a las bajas
constantes entre los servidores de la máquina. Por ello los defensores de la muralla,
antes tan sobrecogidos por la estampa de la bestia, gritaban ahora a voz en cuello
desde las almenas:
—Dama gata, traidora, ¡ya no podréis cazar ratones!
Al día siguiente, dentro de los muros de la ciudad, una mujer resuelta y
trabajadora madrugó más de lo habitual. Todavía estaba a oscuras y únicamente el
lucero del alba centelleaba en medio de la bóveda del cielo. Sin hacer ruido, vistió a
su hija medio dormida y la condujo a toda prisa hasta la casa de una cuñada de edad
provecta. A decir verdad, Estèla se había convertido, también ella, en una obrera y
una luchadora tenaz en defensa de su querida ciudad.
Era una mujer humilde, mal preparada para los embates de una época turbulenta,
pero se sentía empujada por una fuerza interior y por un odio furibundo contra
aquella gente extranjera. Asimismo, y en los rincones más recónditos de su apenado
corazón, se sentía impulsada también por la firme voluntad de seguir la senda de
justicia y de coraje que le había mostrado aquel esposo difunto a quien, a pesar del
tiempo transcurrido, no lograba olvidar ni un solo instante. Deseaba ver, ayudar,
compartir, incluso luchar si hacía falta, junto a los suyos. Hacer algo por defender el
honor de Tolosa y el paratge, es decir, la nobleza y la libertad de corazón de su linaje.
Todo el mundo decía que aquel día iba a ser definitivo en el asedio. Y Estèla se
sumó de buena gana a un puñado de damas nobles y de muchachas que, en lo alto de
la muralla, cuidaban de las catapultas que un maestro carpintero había construido. No
muy lejos de allí podían distinguir, entre las luces del alba, la temible silueta de la
gata, afortunadamente distante todavía del foso donde pretendía plantarse.

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Era, aquélla, la hora en la que el centinela da la voz y, en la mágica quietud de la
transición entre la noche agonizante y el día que apenas empezaba a despertar,
parecía como si la vida misma permaneciera en suspenso. A pesar de lo avanzado de
la primavera, corría un poco de fresco y, en la cumbre de las atalayas, una ligera brisa
hacía restallar sordamente los estandartes y las banderas. Grupos dispersos de
hombres y mujeres en silencio esperaban expectantes el primer rayo del sol. Nadie se
atrevía a quebrar la aparente inmovilidad del tiempo, pero todos sentían una angustia
inefable y administraban su propio miedo como podían. Mientras tanto, abajo en la
pradera, y como si la naturaleza quisiera ignorar la huella destructora de los hombres
armados y de las máquinas, el beso del alba rociaba las hojas con la misma ternura
que todas las mañanas.
De repente se oyó un grito ensordecedor, que en seguida se convirtió en un
prolongado eco que resonaba a lo largo del lienzo de la muralla. Inmediatamente, y
siguiendo el ritmo del despliegue de las enseñas y del sonido de los cuernos, los
soldados y las máquinas del ejército de la Iglesia de Roma se pusieron en marcha y
reanudaron el asalto. Pero, al mismo tiempo, pudo escucharse también un gran
clamor de respuesta, procedente de lo alto de la muralla, que decía: «¡¡¡Tolosa!!!
¡¡¡Tolosa!!!». Yelmos y escudos brillaban en la llanura, mientras los dardos y las
piedras de los defensores salían silbando de las troneras. Pronto los fosos y los
taludes se cubrieron de moribundos y de cadáveres, mientras caballos sin jinete
relinchaban y agitaban arriba y abajo, descarriados, su poderosa testuz.
En el campamento de los cruzados, Simón de Montfort estaba asistiendo a la misa
de alba mientras el combate ya se había reanudado con mucho ímpetu. Alertado
acerca de los avatares del asalto, esperó que el sacerdote alzara la hostia consagrada
y, seguidamente, se presentó en el campo de batalla para guiar a sus tropas. De modo
simultáneo, y desde la muralla, los arqueros redoblaron sus tiros y las mujeres
intensificaron los lanzamientos de proyectiles con las catapultas.
De pronto, una enorme piedra bien dirigida fue a chocar con tanta precisión
contra el yelmo de acero de Montfort que su cerebro reventó como si fuese una
granada. Cayó al suelo herido de muerte, mientras la sangre fluía por la hendidura de
sus ojos y los respiraderos del casco, así como también por la junta del cuello hasta
empapar la cofia de mallas. Todo quedó en suspenso por unos instantes hasta que
muy pronto, como si se tratara del creciente rugido de una mar embravecida, se
levantó un clamor desde dentro de las murallas y se extendió como un relámpago por
toda la ciudad:
—¡Ha muerto! ¡¡¡Ha muerto!!!
Estèla y las mujeres de los trabuquetes gritaban sin saber muy bien cuál de
aquellas manos había tenido una puntería tan precisa, y pronto sus clamores de
alegría quedaron ahogados por el toque de los cuernos, las trompas y los clarines que
celebraban tan fausta noticia.
Así pues, la espada de Dios, el hombre despiadado que había vencido en Muret y

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en tantas otras batallas, murió frente a Tolosa, la ciudad a la que quiso ver
completamente demolida, piedra sobre piedra. Las gentes de la tierra del Languedoc
dieron gracias al cielo por la muerte de aquel guerrero ambicioso que, sin ningún tipo
de clemencia, había asolado su país a sangre y fuego. Por el contrario, los cruzados,
aquellos que le habían acompañado en la sangrante campaña d’envilir paratge[4], no
tuvieron otra opción que llevarse el cuerpo exánime, tras haberlo preparado
cuidadosamente a la manera francesa, es decir, tras hervir los restos para separar del
esqueleto la carne y las entrañas. Después esculpieron encima de su sarcófago el
símbolo del león rampante, junto con una inscripción que decía: «Gloriosísimo mártir
de Jesucristo»…
En la ciudad, pues, todo el mundo se abrazaba por los baluartes y por los caminos
de ronda, y era tanta la euforia de los tolosanos que nadie se apercibió de la muerte
instantánea de Estèla. Una flecha anónima y perdida había subido zumbando desde la
pradera cercana y, deslizándose entre dos almenas de la muralla, había logrado el raro
acierto de alcanzar a la madre de Vierna justo en medio del pecho. La mujer viuda
cayó en silencio sobre un saco de arena y sólo un breve gemido precedió a su sigilosa
muerte. Su rostro, tan terso y joven todavía, llevaba la marca del coraje que siempre
la había distinguido. Y no fue hasta al cabo de un rato que una de sus compañeras
reparó en el cuerpo tendido que yacía no muy lejos de donde ella misma todavía reía
y saltaba…
Ésta es la paradoja, tan cruel y tan absurda, de la guerra. Cuando los vencedores
hacen sonar sus clarines de victoria, cuando los supervivientes levantan los ojos al
cielo y se palpan el cuerpo para asegurarse de que todavía siguen vivos, cuando los
gritos de alegría se apoderan del aire irrespirable por la sangre y el hedor, el propio
campo de quienes han vencido se muestra de repente sembrado de cuerpos sin vida,
de miembros desgarrados y pestilentes, de terribles quejidos y de lágrimas que jamás
encontrarán consuelo. Y se miran unos a otros sin comprender, porque nadie puede
entender que las risas y los llantos, mezclados de indistinta forma, puedan convivir
con tanta impudicia entre las personas de un mismo bando. De igual manera, el
absurdo de la muerte de Estèla se pintaba ahora en el estupor de aquellas mejillas
todavía rosadas, de aquellos ojos cerrados que parecían dormir, de aquella boca
deformada por una extraña mueca…
Después, manos amigas lavaron su cuerpo y secaron y peinaron sus cabellos
dorados, y pusieron entre sus dedos un manojo de violetas silvestres. Seguidamente,
la amortajaron con velos blancos y sábanas de lino, como si de una virgen se tratara,
y antes de enterrarla colocaron sus restos sobre una alfombra ribeteada de seda.
Todo lo que vino después ya no es más que la historia del final del sitio de Tolosa.
A fines de julio, cansados y abatidos por la muerte de su caudillo, los cruzados
incendiaron su campamento y sus máquinas de guerra y se retiraron, avergonzados y
mustios, hacia la ciudad de Carcasona. Alimentada con varias campañas, la cruzada
se prolongaría todavía un año más, hasta 1219. Se producirían todavía muchas

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muertes e infortunios, e incluso tendría lugar un tercer asedio de Tolosa. Pero las
cosas habían cambiado y, poco a poco, los condes de Tolosa y de Foix fueron
reconquistando sus tierras.
Con ellos, también los obispos y los bons homes cátaros volvieron a sus casas y a
los viejos caminos del Languedoc para predicar de nuevo su fe y su doctrina. Las
nuevas circunstancias permitirían que, aquí y allá, floreciese una vez más la herejía:
las hogueras, pues, habían resultado finalmente inútiles, y la sangre derramada por
tantos millares de mártires tan sólo había logrado que aquella Iglesia perseguida
retoñara con renovado impulso.
Mientras todo el mundo celebraba la muerte de Simón, mientras los bailes y las
canciones llenaban las plazas y las calles de la ciudad todavía asediada, una niña de
seis años había esperado inútilmente el regreso de su madre. Cuando todo se supo y
la bondadosa tía se hizo cargo de aquella huérfana de padre y de madre, Vierna no era
capaz todavía de llorar con plena conciencia su desdicha. Preguntaba, tan sólo,
cuándo regresaría su madre, no atendía a razones ni a respuestas afables y,
desalentada por fin ante una espera tan enormemente prolongada, creció más deprisa
de lo normal y empezó a contemplar el mundo con unos ojos azules cada vez más
tristes.
Más allá de Tolosa, la vida le reservaba todavía una incierta ventura. Antes, sin
embargo, ha llegado el momento de buscar otro escenario, es hora de tomar el hilo de
otra historia personal. Será preciso, pues, abandonar por un tiempo el condado de
Tolosa y dirigir la mirada más al sur de la tierra occitana, hacia las montañas más
indómitas, allí donde el espanto y la desolación de la cruzada nunca consiguieron
llegar.

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V

Quan la neus chai e gibron li verjan


dei nielhs chantar que quan la flors s’espan…

Cuando cae la nieve y las ramas escarchan


debo cantar mejor que cuando la flor se abre…

(Raimon Jordan, trovador, siglo XII).

— GUILHEM, LEVÁNTATE, ya es hora de partir…


Una leve sacudida en el hombro acompañó las lacónicas palabras de aquel
hombre arisco, que daba vueltas por la casa desde hacía mucho rato. El muchacho,
por el contrario, profundamente dormido, tuvo que resignarse a ver cómo se
desvanecía de repente su luminoso sueño compuesto de verdes pastos y corderos
añales de un blanco inmaculado…
Con los ojos legañosos y el pelo despeinado, Guilhem se vio a sí mismo
apartando maquinalmente la manta que lo cubría y poniendo los pies en el suelo con
el tembloroso porte de un madrugador forzado. Después, y procurando no despertar a
sus dos hermanos menores que permanecían en la cama, logró incorporarse con un
ligero tambaleo y vestirse sin maña alguna calzones, pantalones y blusa. En la
habitación contigua, en la foganha llena de humo donde solían estar, la madre
reanimaba las brasas de la noche anterior que palpitaban bajo las cenizas y llenaba de
agua un perol que colgaba del hogar.
Guilhem se hallaba todavía en su propio duermevela, pero logró oír la voz
gruñona de su padre que le apremiaba y, finalmente, le colgaba en el hombro un
enorme zurrón. Plantado en el umbral de la puerta, el hombre mayor se dirigió a la
mujer que trasteaba junto al fuego y, por toda despedida, le dijo:
—Nos vamos ya, que pronto va a salir el sol y el camino es muy largo. —Y,
seguidamente, con la voz un poco más queda—: No sufras, cuidaré del muchacho…
Al reveire![5].

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Un beso extrañamente tierno selló sus palabras. Guilhem, por su lado, se despidió
en silencio de su madre con un beso conmovido en la mejilla. A continuación, hizo lo
propio con su hermana Peirona y con los dos pequeños que aún dormían un profundo
resuello. Finalmente, y en cuanto la puerta dio entrada al frío exterior, un embate de
aire helado lo despertó por completo.
Afuera, una noche sin luna engulló a los dos hombres en una oscuridad hostil y
adusta, cubierta de brillantes estrellas que centelleaban en la bóveda del cielo.
Abrieron el corral sin hacer ruido y, muy pronto, las ovejas y los carneros, adivinando
el frescor y la libertad que les esperaba en el exterior, llenaron con su rumor de
esquilas el espeso silencio de la noche. Mientras tanto, el perro de la casa corría
atolondrado de un lado a otro hasta que, de repente, sin motivo aparente alguno, se
detenía y ladraba asustado contra las sombras y las fantasmales siluetas de los árboles
y los peñascos más próximos.
Mientras iban alineando los animales alborotados, no había palabras entre ambos
hombres, sólo algún grito esporádico para guiar al rebaño por el buen camino:
—¡Veeen pa cá! Chet, chet… ¿Adóóóónde vas? ¡Pasa, pasa!
Poco a poco, el resplandor inminente del nuevo día se acercaba de forma
perceptible y una dulce aurora enardecía todo el cielo de levante. El aire olía a hierba
húmeda y, a la vera del camino, bajo los primeros albores, las matas de correhuela y
de hinojo perlaban con sus gotas de rocío. Sin pérdida de tiempo, hombres y rebaño
emprendieron la ruta de la montaña, en búsqueda de nuevos pastos y nuevos
horizontes.
El padre iba por delante, acarreando con paso grave un cuerpo inmenso,
terriblemente baqueteado a fuerza de tantos caminos trillados y de tantas noches al
sereno. Era un hombre alto y grueso como un pajar, con profundas entradas en el
pelo, un rostro curtido y rugoso y la mirada esquiva. Acostumbrado a la compañía
muda del ganado y a los pensamientos solitarios, apenas pronunciaba palabra alguna
y había olvidado el gusto de la risa. Por otro lado, la vida austera y ruda de la
montaña le habían embotado la expresión de sus sentimientos, hasta el extremo de
que sólo el brillo momentáneo de los ojos mostraba, a quienes le conocían bien, las
emociones que sin duda latían en su interior. Sin embargo, aquel hombre arisco era
inmensamente sabio en las lecciones de la naturaleza: conocía los animales mejor que
a las criaturas humanas, adivinaba con mucha antelación los veleidosos cambios del
tiempo y sabía leer el paso de las estaciones sólo con ver la primera floración o con
oír el embate improviso del viento y de la lluvia.
Pasaba meses y meses lejos del ostal[6] familiar, siguiendo el paso del rebaño a
través de largos caminos de trashumancia, y este género de vida había moldeado una
relación con su mujer y sus hijos preñada de silencios y de impulsos entrecortados,
incluso abruptos. Suspiraba, pues, porque su primer hijo se hiciera mayor cuanto
antes y pudiera, cuando llegase el invierno, acompañarle por las praderas de la tierra
baja: así podría recibir de Guilhem aquel rescoldo de presencia y de afecto que él

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mismo sólo había logrado sentir muy de vez en cuando.
Ahora había llegado aquel momento esperado, puesto que su hijo había cumplido
los catorce años y había dejado atrás la etapa de la infancia. Más incluso: un par de
años antes, de retorno a casa después de la invernada, le había llamado un buen día y,
con un aire un tanto solemne, le había dicho:
—Guilhem, ya eres casi un hombre… Es hora ya de que aprendas a ser pastor…
El chico miraba y miraba, y sólo se atrevía a responder con una cabezada:
—Sí, padre…
—Ahora mismo el rebaño se dispone a pasar el verano en la montaña. Fíjate bien
y ayuda en todo lo que puedas. Y si eres un muchacho avispado, dentro de un par de
años podrás pasar todo el invierno conmigo en la tierra baja…
—Sí, padre, como usted diga…
Guilhem, que era un chico sagaz, tuvo un aprendizaje muy rápido. Superado el
tiempo de prueba, aquel rabadán tan ansioso de saberlo todo ya había guardado las
ovejas por los pastizales más altos del país de Ayllón, había aprendido a encerrar el
rebaño en el redil siguiendo las órdenes del mayoral y, al caer la noche, cuando el
mundo entero se hallaba a oscuras y en silencio, había compartido con los demás
pastores la sopa hirviente y el lecho de pieles en la negrura de la cabaña.
Siguiendo el estricto calendario de la primavera y el verano en la montaña de su
país, Guilhem había ordeñado con manos expertas las ovejas y había recibido de su
padre las recetas caseras de la secreta maduración de los quesos. Cuando llegó el
tiempo de esquilar los animales, había observado con atención cómo los esquiladores
cortaban la lana a golpes secos de tijera y, embelesado por la maña de aquellos
hombres, les había alcanzado la bota de vino cuando descansaban o les había buscado
un poco de polvo de carbón cuando algún animal sufría una herida.
Acabada la esquila, Guilhem había vaciado los cestos rebosantes en el cuarto de
la lana y había visto cómo se distribuían las partes: una, la de los vellones más
grandes, para el ama de casa, que tejería paño con ellos y estambre para calcetines;
otra, para vender en el mercado o en la feria; y una tercera, la de la lana más blanca y
más pura, para hacer con ella unas balas que se utilizaban como moneda de cambio
en la tierra de Ayllón. Finalmente, y en unión de su padre y otros pastores de la
comarca, había ofrecido un vellón de su lana a san Antonio y otro a la hermosa
imagen de la Virgen María que, con el niño en su regazo, presidía la pequeña e
humilde iglesia de Gebetz.
Más adelante, y cuando ya se acercaba el tiempo de conducir los rebaños al llano,
Guilhem había aprendido también a elegir y marcar el ganado con aquella especie de
cruz invertida que distinguía las ovejas de su casa. En definitiva, todos convenían en
que aquel muchacho tenía las manos diestras y un talento natural para ese tipo de
labores: así, por ejemplo, y aun siendo tan joven, nadie llamaba a los corderos como
él sabía hacerlo, ni nadie hacía oír de modo tan largo y tan profundo el sonido del
cuerno, y en ninguna parte se habría podido encontrar un rabadán que curase tan bien

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como él lo hacía, con aceite de jengibre, las heridas de los borregos…
Llegado el momento de pasar el primer invierno fuera del ostal familiar, Guilhem
esperaba la fecha prevista con una mezcla de curiosidad y temor, y no imaginaba
cómo podrían ir las cosas con aquel padre tan huraño y tan parco en palabras. Sabía,
eso sí, que él mismo había crecido ya como una torre y que había llegado la hora de
abandonar el regazo de su madre. Por otro lado, y por si no se hubiese apercibido de
ello, su propio cuerpo le daba pruebas de una completa madurez. Lo había
descubierto, también, en la mirada de alguna muchacha del pueblo que le observaba
cuando bajaban al mercado de Gebetz o, más secretamente, en algunos repentinos
ardores al abrigo de las sábanas.
Ya era mayor, sí, y un mechón rebelde de pelo negro caía por su frente hasta sus
mismos ojos, penetrantes y oscuros. Algunos pequeños granos poblaban su mentón, y
sobre sus labios brillantes y carnosos se adivinaba una leve sombra de bozo. A
diferencia de su padre, como se había formado en una casa provista de una bulliciosa
pandilla de lujos, Guilhem era extravertido y dicharachero. Tenía la mente despierta y
el genio avivado, y lo aprendía todo con la agudeza y el fulgor de una comadreja.
Andando al ritmo acompasado de las ovejas y con la ayuda de un cayado en la
mano, padre e hijo tramontaron un suave collado que debía conducirles hacia la otra
vertiente de la montaña. Desde allí, dándose la vuelta, pudieron distinguir su humilde
casa en el centro de un claro y, más allá, el bosque espeso y las casas dormidas de
Gebetz. Pero era inútil echar la vista atrás para un último adiós imposible y, por otro
lado, la silueta de las próximas montañas prometía, a lo lejos, una ruta de alicientes y
sorpresas. Así pues, apremiaron el paso cuesta abajo, con una rara impaciencia, como
si les urgiera vivir en seguida aquel futuro desconocido que les estaba esperando.
Se acercaba el día de Todos los Santos, el tiempo de conducir el rebaño a la tierra
baja para buscar allí nuevos pastos, puesto que la nieve ya no tardaría muchas
semanas en cubrir de blanco y de frío el abundoso herbazal de la montaña. Partían
con unas setenta cabezas de ganado, todas de su propia casa: ovejas, carneros,
moruecos y añales, así como también algunas ovejas reniles que, como no podían
criar, serían separadas más adelante en un rebaño aparte. Su punto de destino se
situaba hacia levante, en unos prados del valle del río Aglí cercanos al condado de
Rosellón, unos pastizales frescos y lozanos que el padre de Guilhem, junto con otros
pastores con quienes preveía encontrarse por el camino, tenía arrendados al señor del
lugar.
Aquel primer día caminaron durante toda la jornada, prácticamente sin reposo y
con el único alimento de dos comidas frugales, consistentes en un cuarto de leche de
oveja y un poco de pan que el padre bendijo previamente con la señal de la cruz. A
mediodía el sol apretaba de lo lindo, de modo que, sin decir palabra, el hombre había
resuelto de repente detener la marcha y dejar que el rebaño sestease tranquilamente
junto a un bojedal. Guilhem, siempre incómodo durante los silencios prolongados,
intentaba una y otra vez establecer un mínimo contacto con aquel hombre tan adusto:

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—Así que ya no falta mucho para reanudar la marcha, ¿no?
—No, no mucho…
—¿Está muy lejos la cabaña donde pasaremos la noche?
—¿Lejos? No, quia…
Indiferente al esfuerzo de Guilhem, el viejo pastor se concentraba con un
extraordinario afán en trabajar una cepa de pino negro para hacer con ella un collar de
cencerro.
—Padre, ¿algún día me enseñará usted cómo se hace un collar?
—Sí, hijo, sí, cuando tú quieras…
—¿Aprenderé muy deprisa?
—Claro que sí, hombre…
A la vista de las lacónicas palabras que recibía por respuesta, Guilhem optó muy
pronto por desistir de su fracasado intento de conversar con su padre. Así pues, el
silencio entre ambos y el rumor del ganado se apoderaron del tiempo y del espacio.
Al cabo de poco rato, y cuando el paso del sol anunció la proximidad de la tarde, un
par de estridentes silbidos advirtieron al ganado y a Guilhem de la reanudación de la
marcha.
Se hallaban todavía en tierras montañosas y la cañada seguía por la línea de la
cresta sin perder apenas altura. El ganado, feliz de encontrarse al aire libre, avanzaba
en formación cerrada cuando el camino se estrechaba, o bien se desplegaba como un
enorme manto blanco allí donde se ampliaba la cañada. El aire se hallaba ocupado en
su totalidad por un abigarrado concierto de sonidos, inseparable mezcla de los gritos
y los silbidos de los dos pastores, los ladridos del perro, el persistente tañido de los
cencerros y los balidos siempre lastimeros de las ovejas. Entre todos los ruidos
sobresalía uno de tono singular: el grave sonido de la arrancadera, la esquila grande y
redonda que llevaba la oveja que dirigía el rebaño.
Cuando la tarde ya declinaba, y tras recorrer penosamente una larga y escarpada
cuesta, los hombres y los animales llegaron al lugar donde iban a pasar la noche, un
calvero lleno de saúcos y frambuesos rodeado por todas partes de pinos negros y
abedules. A un lado, lo bastante apartados del bosque, estaban los dos cobijos que
necesitaban: un redil cerrado con una pared de piedra medio derrumbada y una
cabaña de forma circular, hecha con muros de adobe, una viga central y un techo de
troncos relleno de estiércol y terrones.
Cuando llegaron al calvero, el cielo diáfano de toda la jornada se ensombreció en
un abrir y cerrar de ojos, de modo que, ante la amenaza de una inminente tormenta,
los dos pastores se apresuraron a llevar el ganado hacia el redil. Así que cerraron el
rebaño en un vallado de ramas de pino y enebro, el cielo se abrió con un rayo
aterrador. Sorprendentemente, tan sólo verlo, el padre de Guilhem cogió un guijarro
del suelo y, después de lamer con saliva el dedo gordo de la mano derecha, dibujó
una cruz en la piedra. Después la tiró tan lejos como se lo permitió la fuerza de su
brazo: así, y según la creencia de los pastores, en el caso de que cayera un nuevo

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rayo, iría directo hacia el guijarro…
Sin embargo, esta precaución secular no pudo impedir el inclemente aguacero de
lluvia y granizo. El agua caía a cántaros y todos los peñascos de las cercanías
parecían resonar como un tambor en medio del temporal. Decidieron, pues, los dos
hombres cobijarse dentro de la cabaña, uno pendiente tan sólo de encender fuego y de
mirar la trayectoria de las nubes y otro, el más joven, oculto en un rincón, rezando
interiormente para que terminasen cuanto antes aquel fragor y aquella furia tan
horribles.
En realidad, la tormenta duró muy poco y, rápidamente, coincidiendo con la caída
de la noche, la negrura del cielo fue sustituida por el fulgor de las primeras estrellas.
Sin pérdida de tiempo, el padre se aparejó un lecho justo al lado de la pared del
aprisco, puesto que un buen mayoral duerme siempre junto al rebaño que tiene a su
cargo. El muchacho, más tranquilo ya, permaneció en la cabaña vigilando el fuego
hasta que, poco antes de tumbarse en su propio jergón, todavía pudo distinguir la
enorme silueta de su padre diciéndole desde el umbral:
—Buenas noches, Guilhem. Duerme y descansa, que mañana nos espera un largo
trecho… Ah, y no olvides santiguarte…
—Sí, padre, buenas noches —respondió cautamente el muchacho—. ¿Dejo el
fuego encendido?
—Sí, no lo apagues, que ha escampado y esta noche podría ser un poco fría.
Así terminó el primer día de Guilhem lejos de su ostal, un día sin el humeante
plato de coles a la hora de la cena, sin la algazara de sus hermanos en la mesa y sin el
beso indispensable de su madre antes de dormirse. En realidad, ya era todo un
hombre, el brazo derecho del mayoral del rebano, y como un auténtico pastor debía
irse acostumbrando no sólo a pasar semanas y meses lejos de la añorada foganha de
su casa, sino también a decir tan sólo las palabras estrictamente imprescindibles y a
imaginar historias por sí mismo y para sí, sin explicarlas siempre en voz alta.
Le costó dormirse, a pesar de que estaba muerto de fatiga y de que, afuera, el
silencio nocturno sólo se veía truncado por alguna esquila removida y por el lejano
aullido de los lobos.
Dentro del bosque, siguiendo las sagradas pautas que fija la madre naturaleza, los
osos pasaban la noche en una madriguera próxima a cualquier torrentera. Vencido
finalmente por el sueño, poco podía imaginar Guilhem que precisamente un oso sería
el animal más madrugador del nuevo día y que un hambre atroz lo acercaría, con una
desconcertante agilidad, al calvero donde rebaño y pastores descansaban.

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VI

I avia una filha


qu’anava far un fais de lenha morta dins le bosc…

Érase una vez una chica


que solía ir a por leña bosque adentro…

(Jan de l’ors, cuento popular occitano).

—¡¡¡ GUILHEM!!! ¡¡¡Corre, ven, deprisa!!!


Eran unos gritos apremiantes, desbordantes de espanto y de alarma, hasta tal
punto que no fue preciso repetírselos dos veces al muchacho dormido. Saltó del lecho
con presteza y, tan atolondrado anduvo, que estuvo en un tris de chocar contra el
dintel de la puerta. Afuera, bajo la luz arrebolada de la aurora, le esperaba una escena
inusual e impresionante: un enorme oso, que tenía el pelaje del mismo color de la
tierra y que debía pesar unos trescientos kilos y medir la altura de un hombre,
acababa de abandonar el aprisco con un cordero entre los dientes.
El cercado no había sido realmente ningún obstáculo para detener tanta
corpulencia y, al pie de los restos de troncos y arbustos, podían distinguirse trazas de
sangre y tres o cuatro ovejas malheridas. El padre, armado con un cuchillo en una
mano y el cayado en la otra, esperaba a la fiera algunos pasos fuera del redil,
moviendo los brazos y gritando a voz en cuello para atraer al oso lo más lejos posible
del rebaño. El perro, mientras tanto, no cesaba de ladrar y de agitarse, sin duda
amedrentado ante aquella enorme bestia.
Mientras tanto, el oso pardo, robusto como un peñasco y armado de largas uñas,
movía el cuello y giraba constantemente el cuerpo, atraído por los gritos y ladridos
que le requerían desde todas partes. De repente, el perro fiel de casa de Guilhem se le
acercó demasiado haciendo eses. Mejor no haberlo hecho: con un zarpazo brutal y
feroz, el oso lo estrelló contra el muro de piedra con tal violencia que, tras proferir un
último estertor, el perro quedó tendido e inmóvil al pie del cercado, con el cuello roto

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tan fácilmente como si fuese una caña.
Todo había sido muy breve. A continuación, la fiera pegó un par de largas
zancadas saltando sobre sus cuatro patas con una increíble agilidad, y se detuvo de
nuevo, expectante, sin abandonar su presa. El padre de Guilhem, que no cesaba de
blasfemar y de bracear de un lado a otro, aprovechó aquel respiro para gritar al
indeciso muchacho que estaba mirando desde la cabaña, boquiabierto:
—¡Guilhem! ¡Coge el cuerno que hay en la cabaña y vuelve en seguida!
Así lo hizo, sin pérdida de tiempo. Ahora todo permanecía inmóvil, puesto que el
oso había dejado de moverse y el padre prolongaba su instante de reposo, jadeando.
Pero el hombre añadió de inmediato:
—¡Escucha! Ve hacia el bosque y súbete a un árbol, lo más arriba posible.
Cuando estés allí, en lugar seguro, toca el cuerno lo más fuerte que puedas, a ver si
logramos asustarlo y huye corriendo… ¿Has comprendido?
—¡Sí, padre!
—¡Ve con cuidado, hijo, y sopla fuerte, por lo que más quieras!
Guilhem no perdió ni un momento y salió corriendo hacia el lado opuesto de
donde estaba el animal. Justo en el umbral del bosque, avistó un pino negro que le
ofrecía el ramaje idóneo y trepó por él como si fuera una ardilla. Una vez apuntalado,
se permitió un breve respiro para tomar aliento y, acto seguido, embocó el cuerno de
buey y, con todo el fuelle de sus pulmones, lanzó al aire un toque largo y poderoso
que el eco hizo resonar de peñasco en peñasco por toda la montaña. El padre lo
acogió a lo lejos con gritos de entusiasmo y de ánimo:
—Atau, atau! Oc, Guilhem, oc! Va plan…[7].
El efecto esperado fue realmente instantáneo. Tan pronto como el oso escuchó
aquel grave trueno retumbando en los tímpanos de sus oídos, se encabritó aterrado
sobre las dos patas traseras y, dejando caer el borrego que llevaba preso en su morro
ensangrentado, huyó dando grandes saltos hacia el interior del bosque, por el lado
contrario a aquél desde donde el muchacho seguía soplando. El viejo recurso de los
pastores había revelado una vez más su probada eficacia…
Cuando descendió del pino, Guilhem tenía inflamadas las mejillas y temblaba
todo él como una hoja, mientras que, por debajo de su rebelde mechón de pelo negro,
chorreaban largas gotas de sudor. Venciendo estúpidos pudores, se echó en brazos de
su padre con un indescriptible sentimiento. El hombre, por su lado, recuperándose a
medias del susto que llevaba encima, le acarició tiernamente los cabellos diciéndole:
—Buen chico, Guilhem, te has comportado como un hombre…
Más tarde, cuando el muchacho ya había llorado con amargura la muerte de su
perro y había recuperado un poco la calma, el hijo del pastor se atrevió por fin a
formular la pregunta que le carcomía por dentro:
—Padre, ¿qué habría hecho usted si el oso le hubiese atacado?
—Defenderme, hijo mío, defenderme lo mejor que hubiera sabido… Pero es muy
difícil que un oso ataque a un hombre, ¿me entiendes?: tiene que temer por sus crías o

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encontrarse malherido. Normalmente, acaban huyendo hacia su madriguera cuando
ya han conseguido lo que querían…
—¿Y por qué habrá venido? ¿Tanto les gusta a los osos la carne de cordero?
—A fe mía que no… Es muy raro, porque los osos se alimentan sobre todo de
hierbas y de raíces, de fruta y de insectos… Pero, vete a saber, a lo mejor este año ha
nevado más de la cuenta, o quizá las hayas han producido hayucos más tardíos o más
pequeños. Estaría hambriento…
—¿Y adonde habrá ido?
—Seguramente a buscar su madriguera y a reunirse con su familia. Pronto llegará
el frío, y es necesario que todos estén saciados para resistir la dormida del invierno…
El espanto que todavía sentían puso alas en sus pies para recogerlo todo y
abandonar el calvero lo antes posible. Y otra vez emprendieron el camino de forma
presurosa, alineando el rebaño dentro de los márgenes de una estrecha cañada que
debía conducirlos a la otra ladera, lejos ya del oso y del miedo. A mediodía, cuando
ya se habían detenido para tomar un mendrugo de pan con algunos torreznos de
tocino, pareció como si, por primera vez, fuese el padre quien buscara la
conversación, como si el asunto del oso trajera una cola que no se había resuelto y
que había que saldar:
—Hoy conociste el miedo, Guilhem, el auténtico miedo. Yo mismo pude verlo
pintado en tu rostro…
—Sí, padre —respondió el muchacho, algo mustio.
—El miedo está por todas partes, hijo mío, y puede aparecer de repente en
cualquier recodo del camino. No hay que avergonzarse, ¿comprendes?: todo el
mundo lo ha sentido un montón de veces, y si alguien te dijera lo contrario, o está
mintiendo o es un insensato…
Se hallaban sentados en la parte solana de un pequeño valle cubierto de matas de
rododendro, mientras el ganado pacía cerca de ellos con una calma absoluta. El padre
se llevó un pedazo de pan a la boca y luego, con el mismo tono severo, prosiguió con
estas palabras:
—Aquí, en las montañas, el miedo nos acecha oculto en mil guaridas. Un día lo
ves cuando sientes todavía fresca la huella del lobo que te robó una cordera, o cuando
tres o cuatro ovejas amenazan con despeñarse desde lo alto de un risco, o cuando una
tormenta de mil demonios te atrapa completamente solo en medio de un prado, muy
lejos de cualquier abrigo…
El chico iba asintiendo en silencio, como si su padre se refiriera a una sensación
que le resultaba familiar.
—Abajo en el llano, o en cualquier circunstancia de la vida, verás cómo el miedo
se presenta también de diferentes maneras: cuando un hombre poderoso te amenace,
por ejemplo, o cuando te acorrale un peligro cercano, o cuando llegue el momento de
tomar una decisión importante… El miedo, Guilhem, es como un humo tenue que se
escurre por la gatera de tu puerta o por las hojas de tu ventana. No creas, a veces

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incluso te acompaña en momentos mucho más agradables: cuando alguien te ofrece
cualquier cosa deseable o cuando el amor de una mujer se apodera de tu corazón y no
te deja vivir, ni de noche ni de día…
El muchacho levantó la cabeza, un poco sorprendido al oír hablar a su padre en
estos términos. Pero el hombre no estaba sonriendo, sino que parecía hablar de algo
que le resultaba harto conocido. De pronto, empezó a guardar sus cosas en el zurrón,
y el chico comprendió que había llegado el momento de concluir:
—No importa que sientas miedo, Guilhem, todo lo contrario, lo realmente raro
sería no sentirlo. Lo importante es que tengas arrojo suficiente para enfrentarte a él,
que el terror no bloquee tus piernas o paralice tus brazos… Y cuando consigas
derrotarlo, como antes al arrancar a correr hacia el bosque, se te queda por dentro una
suerte de orgullo muy especial, tan agradable que yo no sabría contarte…
Guilhem caviló durante un buen rato sobre todo aquello, hasta que, mediada la
tarde, cuando el aliento ya les faltaba después de tanto andar, ambos oyeron de
repente un agudo silbido procedente de un valle cercano: era otro pastor que les
saludaba blandiendo el cayado y levantando los brazos. Acto seguido, como una
blanca aparición, surgió tras él un rebaño de unas cincuenta cabezas que seguía
idéntica ruta, persiguiendo los mismos pastizales de la tierra baja. Y antes de caer la
noche se les unieron todavía tres hombres más que conducían una carnerada tan
inmensa que ella sola cubría un flanco entero de la montaña.
Por la noche, junto al fuego de una nueva cabaña y reconfortado el estómago con
una sopa caliente, padre e hijo relataron a sus compañeros la historia del oso que
aquella misma mañana había matado a su perro, a tres ovejas y al añal. Y mientras la
bota de vino corría de mano en mano, las lenguas se fueron soltando y todo el mundo
contó lo que había conocido o le habían explicado acerca de aquellas bestias terribles.
Así fue como Guilhem se sorprendió al ver como su padre, un hombre tan parco en
palabras, abandonaba por una vez su habitual mutismo para contar llanamente la
antigua rondalla, tan popular en aquellas tierras, de Jan de l’ors, un chico velludo y
fuerte que había nacido de la unión de un enorme oso y una muchacha tan bella y tan
blanca como una corderita primala… Arrebatados por aquella atmósfera de magia y
de misterio, los sucesivos relatos de los demás hombres fueron cada vez más
espantosos, y las garras del oso se hicieron sucesivamente más largas y la talla más
alta, hasta adquirir unas proporciones que aterrorizaban la imaginación tan fértil de
Guilhem…
Así pues, transcurrió otra noche y, al tercer día, cuando los primeros rayos del sol
fueron ahuyentando las húmedas sombras de los rincones y las umbrías, las montañas
parecieron haberse poblado de pastores y de ovejas. A medida que iban descendiendo
hacia el llano, el número de cabezas de ganado crecía de tal modo que el primer hato
del ostal de Guilhem se convirtió en una auténtica grey que ya se acercaba al millar
de animales. No todos, ciertamente, se dirigían a los valles del río Aglí, sino que
algunos rebaños eran conducidos por pastores del llano que, tras haber pasado el

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verano en la montaña, regresaban a sus casas.
Eran tantos, y el enredo de esquilas y señales era tan considerable, que fue
menester organizarse. Reunidos todos aquellos pastores de tan variados orígenes,
concentraron los animales en una enorme pradera y, en poco tiempo y de buen humor,
se repartieron entre sí las funciones y el trabajo: el padre de Guilhem, el hombre más
experimentado de la cuadrilla, fue designado mayoral de todo el rebaño, de modo que
debería ir por delante y decidir la ruta y la estancia en los pastos; otro pastor, el
mayoral de tarde, se pondría a la cola; y dos pastores más, el de la derecha y el de la
izquierda, cubrirían los flancos laterales. Finalmente, Guilhem y los demás hombres
sobrantes fortalecerían estas posiciones. Adoptado el acuerdo, todos lo celebraron
con un pedazo de queso y un trago de vino.
Era ya el momento de reanudar la marcha. El mayoral lanzó al aire un silbido
agudísimo, y al instante los demás pastores le imitaron para contribuir a que los
animales se movieran. Al frente, y abriendo camino, iban los castrones más forzudos,
estimulados por el mendrugo de pan que les mostraba el mayoral y cargados con unas
esquilas de yegua tan largas y tan enormes que los pastores se las tenían que cambiar
cada dos o tres horas. Después venían las cabras y los cabritos, los carneros y los
moruecos, las ovejas y, finalmente, las reniles, aquellas que no servían para la cría. El
estruendo que producía aquel montón de esquilas, de sonidos tan diversos, se
extendía por toda la montaña y anunciaba a las casas más próximas la inminente
llegada del rebaño.
Guilhem, excitado por un magno espectáculo que veía por primera vez, iba de un
lado a otro observando maravillado cómo los pastores llamaban a los animales por su
nombre y los iban disponiendo por el buen camino. La exaltación que entonces sentía
le hizo olvidar de repente los apuros con el oso y la añoranza de su casa. El corazón,
pues, se le ensanchaba y, a pesar de que nunca habría sido capaz de expresarlo con
palabras, por unos momentos creía estar viendo en aquella incontable multitud de
pastores y de ovejas la manifestación más viva de la realidad de la montaña, la más
auténtica prueba de una forma distinta de comportarse y de ver las cosas. Allí, en la
vida solitaria y dura de los pastores, en el más sublime testimonio de los atributos
naturales de la gente montañesa, se establecía sin duda el vínculo más ancestral y más
sólido que toda la humanidad podía jamás anudar con las propias entrañas de la tierra,
con la voz impenetrable y secreta de la naturaleza.
Por otro lado, su ojo atento le permitía reparar en el cambio gradual del paisaje y
en cómo los valles que antes recorrían se iban volviendo cada vez más abiertos y más
amplios, el herbaje de un verde más claro y los ríos más sosegados y caudalosos. Las
casas que encontraban por el camino, siempre pobladas de mozuelos que recibían con
entusiasmo el paso de la grey, tenían grandes cubiertos de madera y unos graneros y
establos de unas dimensiones que nunca había conocido.
Y llegaron por fin a los pastizales de la tierra baja, y el inmenso rebaño que se
había concentrado fugazmente en la montaña se rompió de nuevo en hatos diversos,

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que buscaban la hierba y el forraje en pequeños prados separados de los campos de
sembradura mediante unas altas estacas.
Muy pronto, siguiendo el paso inexorable de las estaciones, acabó por llegar el
invierno, y padre e hijo se alojaron en casa de unos lejanos parientes que les cedieron
un cobertizo situado en la parte trasera de una casa humilde, casi miserable, de
labranza, construida con paredes de adobe y techo de ramaje. Ahora los días eran
cortos pero también monótonos, y la vida cotidiana ya no tenía el atractivo de antes.
Una vez más, retornaba a la mente el recuerdo de la madre y de los hermanos, con
una nostalgia que dolía en el pecho y que hacía padecer en los adentros una
inexplicable zozobra…

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VII

Molt dezir l’aura dossana


lanquan vei los albres floritz
et aug d’auxels grans e petitz
lur chans per vergiers e per plais…

Mucho deseo el aura dulce


cuando veo los árboles floridos
y oigo de los pájaros grandes y pequeños
los cantos por los vergeles y los setos…

(Arnaut de Tintinhac, trovador, siglo XII).

DURANTE EL PERÍODO invernal, la labor de los pastores era más sosegada y


aburrida. Como el forraje del país no era lo bastante salobre para los animales, de vez
en cuando era preciso compensar esta carencia con un poco de sal. Sin embargo,
forzosamente había que evitar hacerlo los viernes, ya que los pastores creen
firmemente que hay uno malo a lo largo del año y, como no hay forma de saber cuál
es, cabe tener la previsión de saltárselos todos. De modo que, mediada la tarde de un
día cualquiera, el padre conducía el rebaño hasta el arroyo para que pudiera beber y,
mientras tanto, Guilhem esparcía un puñado de sal encima de unas piedras planas
cercanas a la casa. De vuelta del arroyo, el padre emitía un silbido característico y
todas las ovejas se ponían a balar y a correr hacia las saleras, donde lamían y
relamían con ansiedad hasta saciarse.
Llovía muy a menudo y esto abreviaba las estancias al aire libre, porque con el
frío la hierba húmeda podría perjudicar las ovejas. En tales ocasiones, padre e hijo
permanecían mano sobre mano en el cobertizo, pendientes de los animales, tocando
la flauta o trabajando la madera. El padre pasaba horas enteras sin decir palabra,
distraído en sus cavilaciones; cuando esto ocurría, Guilhem, impelido por la sangre
caliente de sus pocos años, se impacientaba como las ovejas y se carcomía sin poder
hablar con nadie o sin poder reír y jugar, como solía hacer en casa, con sus hermanos.

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Tal vez se habría marchitado por completo de no haber sido porque, al cabo de unas
semanas, un cachorro nacido en la casa donde vivían le libró con su presencia y sus
alegrías del hastío mortal en el que estaba sumido.
Algunas veces, sin embargo, el padre se ausentaba del cobertizo y de la casa
durante un par de días, dejando a Guilhem como único responsable del rebaño. Nunca
explicó a qué se debían tales ausencias, pero el muchacho supo por algún pastor de la
comarca que acostumbraba a ir andando hasta el pueblo y acudir a un miserable
burdel donde aplacaría sin duda, por cuatro cuartos y en un cuerpo arrugado, las
exigencias de su deseo y su necesidad de afecto. Después volvía a encargarse del
rebaño como si nada y, a pesar de sus silencios, Guilhem descubría de vez en cuando
en aquel rostro impenetrable una mirada ausente y un leve asomo de melancolía.
Un día la rutina cotidiana se vio repentinamente alterada por un hecho singular. El
ama de la casa, con la faz demudada y las manos crispadas, se presentó por sorpresa
en el cobertizo que ellos ocupaban. Era muy temprano, había nevado y, como no
podrían sacar las ovejas, Guilhem y su padre estaban llenando con un brazado de
hierba las perchas adosadas a la pared donde comían los animales. Embarullándose
como una madeja y sin saludarles siquiera, la mujer les soltó con sólo verlos estas
palabras:
—¡Deprisa! Tenéis que dejar el lecho donde dormís y trasladar vuestras cosas…
—Pero ¿qué ocurre, buena mujer?
—Mi marido…
—¿Qué le pasa a tu marido?
—Está muy enfermo, eso es todo, y tengo miedo de que se vaya a morir… Ha
perdido mucho peso y tiembla como una hoja… Por esto quiero traerlo aquí, cerca de
los animales, para que esté más caliente…
—¿Y dónde quieres que nos metamos?
—Id al cuarto del otro lado del cobertizo. Me parece que, bien arrimados, vais a
caber los dos…
Dicho y hecho. El hombre del ostal, una especie de tonel achaparrado de
coloradas mejillas, tenía ahora muy pálida la cara y se había ido quedando
ostensiblemente flaco hasta quedar tan delgado como una binza de cebolla. Respiraba
con dificultad y, realmente, era presa de unos constantes escalofríos que lo hacían
estremecer de pies a cabeza. Nada parecía quedar en su aspecto de aquel ahuecado
campesino que los recibió el primer día y que, por ser primo remoto de la madre de
Guilhem, les había cedido el cobertizo para la invernada a cambio de unas cuantas
cabezas de ganado. Por el contrario, ahora mismo yacía tendido en su lecho, cerca de
las ovejas, y se veía a la legua que ya no le quedaba mucho tiempo de vida.
Al día siguiente del traslado, al caer la noche, el ama y sus dos hijos se
presentaron en el cobertizo acompañados por dos hombres barbudos, uno ya mayor y
otro más joven, que vestían ropa de paño de color negro con un capuchón y que
llevaban un libro en las manos que entre sí denominaban el texto[8]. Todos se

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desplazaban con un cierto aire de misterio, y la mujer no dejaba de agitarse e
inclinarse ante aquellos forasteros. Guilhem y su padre permanecían algo alejados de
la cama del enfermo, pero por nada del mundo se habrían perdido lo que estaba
ocurriendo. En cuanto vio a los hombres del capuchón, el campesino enfermo revivió
tímidamente y dijo a media voz:
—¡Dios tenga compasión de mí!
Por su parte, el forastero de mayor edad se dirigió a él de esta manera:
—Así sea… Decidme, amigo mío, ¿deseáis recibir el don de Dios, así como
aquella santa oración que el Señor trajo de la corte celestial e impuso a sus discípulos,
la misma oración que los discípulos transmitieron a los bons homes, y los hombres
buenos a los demás hombres buenos hasta hoy?
El campesino respondió afirmativamente y juntó sus manos entre las de aquel
extraño, quien entonces le preguntó:
—¿Prometéis a Dios y al evangelio y a todos nosotros que, de ahora en adelante,
no vais a comer carne, ni queso, ni huevos ni ninguna otra clase de grasa que
provenga de animales, salvo el aceite y el pescado, y que no vais a jurar ni a mentir, y
que permaneceréis siempre en castidad, tanto si vais a vivir como si no, y que no
abandonaréis la santa Iglesia de Dios por temor al fuego, al agua u a otra clase de
muerte o de suplicio…?
El pobre campesino iba asintiendo con la cabeza, mientras su mujer y los dos
chicos guardaban silencio y los dos pastores de la montaña mantenían abiertos los
ojos con una curiosidad inmensa. A continuación, el segundo hombre del capuchón,
el más joven, puso su libro sobre la cama cerca del enfermo, encima de un paño
blanco. Mientras tanto, el ama y los dos hijos levantaron a duras penas a su padre, lo
vistieron con unos calzones y una camisa blanca y limpia y le lavaron las manos.
Después, se sentaron en un costado de la cama.
Afuera se oían las ráfagas del viento golpeando contra los marcos de puertas y
ventanas. Dentro, en cambio, el silencio nocturno se veía interrumpido únicamente
por el murmullo de las voces y el balar de las ovejas. Todo el cobertizo permanecía
en una incierta luz, y la pálida claridad de un par de lámparas de aceite llenaba de
fantasmales sombras los rincones.
Seguidamente, el enfermo cogió el texto y lo puso sobre su pecho, mientras el
hombre mayor le soltaba un breve sermón que los dos pastores apenas alcanzaron a
entender. El enfermo pronunció unas palabras asimismo inaudibles, tras lo cual el
forastero añadió lo siguiente:
—Ésta es la oración que Jesucristo trajo a este mundo y que enseñó a los bons
homes. No comáis ni bebáis nada sin antes haberla rezado. Y si no cumplís este
precepto, tendréis que hacer penitencia por ello…
El enfermo respondió:
—Yo la recibo de Dios, de vos y de la Iglesia.
Siguieron luego otras oraciones, en latín y en occitano, y padrenuestros, parcite y

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adoremus. El enfermo dijo después:
—Por todos los pecados que he cometido, he proferido o he pensado, pido perdón
a Dios, a la Iglesia y a todos vosotros.
Y fue entonces cuando recibió la absolución:
—Por Dios, por nosotros y por la Iglesia, os sean perdonados los pecados que
hayáis cometido. Roguemos a Dios que os los perdone.
En un momento dado, los dos extraños, poniendo el libro y sus manos sobre la
cabeza del difunto, recitaron de nuevo el padrenuestro en latín, y el más anciano de
los dos leyó un fragmento del Evangelio de San Juan desde el comienzo: In principio
erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus era la paraula… Él mismo invocó
el Espíritu de Dios pronunciando en voz alta y de forma claramente audible:
—Padre Santo, acoge a tu siervo en tu justicia y envía sobre él tu gracia y tu
Espíritu Santo.
Dicho esto, los cinco se arrodillaron para rezar e ir repitiendo, de vez en cuando,
tres benedicite. Entonces los dos hombres del hábito negro se dirigieron al enfermo
para terminar con estas palabras:
—Decid con nosotros a quienes están enfrente: Dieus vos benesigua[9].
Así lo hizo el campesino y, una vez finalizada la larga ceremonia, todos los
hombres se besaron entre sí con los labios de través y la mujer besó devotamente el
texto. Y los dos forasteros barbudos permanecieron en la casa esperando la llegada de
la muerte. Después, cuando todo hubiese terminado, al llegar el momento de su
partida, la viuda se despediría de ellos con grandes inclinaciones de cabeza y,
agradecida por tanto consuelo, les recompensaría con una jarra de aceite y algunos
vellones de lana.
La muerte aún tardó dos días más en llegar en busca del campesino, pero ahora él
y toda su familia tenían plena confianza en la salvación de su alma y se sentían en
paz. Fiel al compromiso que había adquirido con su fe, durante aquellos dos días el
enfermo no tomó más que cucharadas de agua fría que su mujer, tras rezar el Pater
noster, le servía en la boca con amorosa diligencia.
Poco antes de la defunción, el chico mayor de la casa se había encaramado con
presteza al tejado del cobertizo y, justo encima de donde se hallaba la cama de su
padre, había retirado una teja y horadado el techo: lo hizo para que el espíritu, una
vez liberado del diabólico cuerpo que lo había aprisionado, pudiera elevarse
rápidamente hacia el cielo luminoso que lo esperaba hacía ya tanto tiempo.
Cuando aquel hombre murió, su viuda le lavó la cara y, a continuación, le arrancó
las uñas de las manos y los pies con unas tijeras. Después, le cortó con sumo cuidado
un abundante mechón de cabello. Finalmente, le cubrió la cara y lo amortajó. De esta
manera, conservando aquellos restos que seguirían creciendo tras la muerte del
difunto, el ostal mantendría activa la buenaventura que él le había aportado mientras
vivió.
Así fue como Guilhem, que conocía a algunas familias de Gebetz devotas de la

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herejía, vio por primera vez a dos bons homes y pudo asistir de cerca a la ceremonia
del consolament de la bona fi[10], así denominado por referencia al Espíritu
consolador, el Paráclito, que Cristo había prometido infundir a sus discípulos por
Pentecostés, después de su retorno al cielo. Durante muchos días y muchas semanas
le turbó cuanto había visto y oído, y todo le quedó grabado en la memoria con una
impresión muy profunda…
Más allá de este incidente excepcional, no había forma de que finalizara aquel
larguísimo invierno, apenas roto por pequeños acontecimientos cotidianos y, sobre
todo, por el nacimiento de las crías poco antes de la Navidad, coincidiendo con el
tiempo en que los días empezaban a prolongarse, poco a poco. Durante todos aquellos
meses, las veladas junto al hogar, las conversaciones con los pastores de los prados
cercanos y algunas visitas al pueblo más próximo constituyeron, en realidad, el único
contacto de aquellos dos hombres solitarios con el resto del mundo.
En algunas ocasiones, incapaces de soportar aquel interminable tedio, padre e hijo
se dejaban poseer por el mal de una vida tan ingrata, y entonces discutían con acritud
por nimiedades sin sentido hasta que, al cabo de varios días con cara de perro,
acababan por restablecer entre ambos una cierta tregua o una nueva bonanza.
Guilhem comprendió muy pronto que él no estaba hecho para una vida como
aquélla. En los primeros momentos, cuando todo resultaba novedoso o cuando el
paisaje cotidiano se transformaba siguiendo las cañadas, la nueva experiencia le había
parecido estimulante e incluso arrebatadora. Pero la forzosa inmovilidad en una casa
extraña y la monótona repetición de los hábitos de la vida pastoril fueron resecando,
paso a paso, la ilusión primera. Con la experiencia directa que ahora tenía,
comprendió que aquella clase de vida sentaba bien a las personas solitarias y ariscas,
gente dispuesta a pasar días y más días, en el llano o en la montaña, con la única
compañía del rebaño.
Él no estaba hecho para aquello. Tenía sueños y quimeras, ardía en deseos de
descubrir qué secretos se ocultaban tras la siguiente ladera de cada montaña, quería
averiguar qué es lo que había más allá del mundo ya conocido. Ciertamente era un
hijo de la montaña y sabía muy bien cuáles eran la pequeñez y la soledad del hombre
frente a la naturaleza, pero él ansiaba romper aquel encierro familiar tan áspero y
abrirse, con la mirada clara, a los amplios caminos de la tierra baja: conocer las villas
y ciudades, ver el bullicio de los mercados, aprender a leer y a escribir, acercarse a la
vida galante de los castillos y los nobles…
Todavía durante tres años, Guilhem acompañó a su padre por los caminos de
trashumancia y durante la invernada en el llano. Ya no era el despabilado rabadán de
otros tiempos, sino un pastor hecho y derecho que podía desempeñar el papel de
mayoral del rebaño y que conocía como pocos las necesidades y las enfermedades de
los animales, que sabía distinguir al primer vistazo las distintas especies de herbaje y
que, en un santiamén, podía montar el redil donde fuera preciso. Durante todo ese
tiempo, Guilhem fue un compañero atento y sumiso de su padre y, a costa de hurgar

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en el pensamiento de éste a lo largo de muchas noches en la cabaña o en el cobertizo
de la casa del valle del Aglí, había conseguido descifrar los repliegues más íntimos de
aquel hombre adusto que apenas hablaba.
Sin embargo, Guilhem había ido alimentando mientras tanto su sueño, lo había
ido perfilando en todos sus extremos. Un día del tercer año, cuando la primavera ya
comenzaba a estallar y los dos habían iniciado una vez más el venturoso camino del
regreso, el muchacho intuyó que tal vez la noche serena podría facilitarle una ocasión
propicia para desahogar todos sus proyectos.
Aquel día, efectivamente, ninguno de los dos parecía tener sueño. A la vista del
impresionante centelleo de las estrellas, el padre le había recordado que un pastor
como Dios manda sabe leer su ruta en el cielo, distingue las noches entre sí y adivina
la hora con sólo mirar la posición de los tres Reyes y las Cabrillas. Y, desde luego, un
pastor curtido sabe que el camino de Santiago va de norte a sur, conoce el sol
naciente por el lucero del alba y se deja llevar sin temor por la estrella polar.
Poco a poco, la visión de la bóveda celeste había establecido entre ambos una
atmósfera mágica que favorecía, sin duda alguna, las confidencias. Así es que, una
vez finalizada la explicación de su padre, Guilhem se armó de valor y sin pensárselo
dos veces, le soltó de repente:
—Padre… Verá usted, no sé cómo empezar… Quisiera hablarle de algo que hace
mucho tiempo que medito.
—Tú dirás, Guilhem —contestó el hombre, visiblemente intrigado.
—Padre, quisiera dejar el rebaño y la montaña…
Ya lo había dicho, ya la piedra lanzada después de tanto tiempo de darle vueltas
había agitado por fin la placidez de las aguas. Guilhem levantó tímidamente la cabeza
intentando adivinar el efecto de sus palabras. El padre, cogido por sorpresa, refunfuñó
por dentro durante un rato y finalmente masculló una respuesta:
—¿Cómo dices? ¿Que quieres dejar lo del rebaño? ¿Y eso por qué?
—Pues hace mucho tiempo que voy dándole vueltas al asunto y pienso que esta
clase de vida no es exactamente la que yo quisiera para mí.
—Ah, ¿no? ¿Y qué tendrá esta vida que no valga para ti?
—No, padre, entiéndame, no quiero decir que no me guste… Yo lo he pasado
muy bien con usted durante todos estos años, y usted me ha enseñado cuanto podría
saber. Pero la vida de los rebaños es muy solitaria y muy arisca, y yo… yo quisiera
buscarme la vida abajo, en el llano.
—¿Y qué vas a hacer tú en el llano? ¿Cómo piensas ganarte la vida? —Cada vez
los ademanes de su padre eran más hoscos y cada vez eran más recelosas sus
preguntas.
—No quisiera dejar lo de las ovejas, eso sí que no… Podría dedicarme a vender la
lana de nuestra casa y la de nuestros vecinos… Fíjese usted, padre… Según adonde
fuéramos a venderla, nos la pagarían mucho mejor que en Gebetz o en cualquier otro
pueblo de la tierra de Ayllón.

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—Ah, ¿sí? ¿Y se puede saber de dónde has sacado todo esto?
Cada nueva información abría nuevos interrogantes, velados de escepticismo. Sin
embargo, la conversación no duró mucho y, durante dos o tres días, el padre acentuó
su aspecto hosco y su mutismo natural. Guilhem, por su parte, no se atrevía a insistir
en el tema, temeroso de un hiriente silencio o de un exabrupto por respuesta, a pesar
de su anhelo de desahogarse, por abrir a su padre su corazón de par en par y por
explicarle todo lo que había pensado durante meses y meses: en qué mercados
vendería, cuánto ganaría, las estancias en el ostal que podría permitirse sin tener que
vivir todo el año con la grey… Y, si se hubiese atrevido, le habría hablado incluso de
sus sueños, de su afán por vivir con mayor libertad, de sus ganas de ver mundo y de
conocer gente distinta.
Tuvo que transcurrir el tiempo necesario para que el padre fuese considerando y
asimilando la propuesta de Guilhem, el tiempo prudencial para que tomase
conciencia de que su hijo mayor ya no seguiría acompañándole durante las noches de
la cabaña o en las estancias en el valle. Finalmente, el hombre aprovechó la parada de
un mediodía, justo cuando descansaban en un prado florido con el resplandeciente
amarillo de las matas de codeso, para romper el hielo de nuevo de esta manera:
—Así que, Guilhem…, vamos a ver, cuéntame todo eso de la lana…
Y de esta forma, a pesar de la pesadumbre que sentía por su padre, el muchacho
puso fin a la guardia de las ovejas y a los caminos de trashumancia. Por esos mundos
de Dios le esperaban desafíos y aventuras mil, y no tardaría mucho en descubrir que
el escudo protector de la montaña y el cobijo de su casa lo habían mantenido hasta
entonces a cubierto de las inclemencias de la vida. Tierra adentro y en dirección al
norte, en un lugar perdido y tranquilo de la comarca del Lauragués, el azar le tenía
destinada una imprevista fortuna que habría de cambiar radicalmente su vida…

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VIII

Neus ni gels ni plueja ni fanh


no.m tollon deport ni solaz,
que l’escurs temps mi par clartatz
pel novel joi en que.m refranh…

Nieve ni hielo ni lluvia ni barro


me quitan alegría ni solaz,
porque el tiempo oscuro me parece claridad
por un nuevo gozo en que me reconforto…

(Pèire Vidal, trovador, siglos XII-XIII).

A PRINCIPIOS DE 1222, el Languedoc vivía una época de recuperación y de


esperanza. Hacía dos años que Raimon el Viejo, ayudado por el conde de Foix, había
emprendido con éxito la reconquista de sus tierras. La cruzada, pues, había sido
inútil… Los obispos y diáconos cátaros volvían a predicar su fe por casas y plazas, en
las cámaras de los nobles y en las foganhas de la gente humilde, y de aquellas cenizas
aventadas de las viejas hogueras parecía haber resurgido una vida nueva para la
Iglesia de los buenos cristianos.
Fue precisamente en esa época, al calor de aquel rescoldo nuevamente avivado,
cuando una viuda noble de la ciudad de Tolosa, doña Faurèsa, tomó la decisión de
abrir una casa de bones dones[11], en El Mas Santas Puellas, un pueblo del Lauragués
arracimado en torno al castillo de los señores del lugar.
Era un rincón tranquilo, encaramado en lo alto de un cerro, rodeado de campiña y
guarecido en un paisaje de grandes llanuras y suaves pendientes. En este pueblo,
donde el tiempo parecía correr sin ninguna prisa y donde la gente cultivaba la tierra o
vivía del comercio o de algún oficio, la inmensa mayoría de sus habitantes creía con
toda firmeza en la que ellos denominaban muy a menudo la Iglesia de Dios, para
distinguirla de la Iglesia católica de Roma. Un lugar a propósito, pues, para fundar en
él una casa de trabajo y de oración.

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Los señores del castillo —cinco hermanos bien avenidos, todos casados, todos
caballeros— también eran de la misma fe, desde siempre, y la madre de familia,
antigua amiga de doña Faurèsa, se había alejado del mundo y dirigía ella misma otro
ostal de buenas mujeres ubicado en unas habitaciones apartadas dentro del propio
castillo.
Por ello, cuando doña Faurèsa tomó la determinación de entregarse también ella a
Dios y al Evangelio, se puso en contacto en seguida con su amiga de El Mas y ésta le
propuso la cesión de una vieja casa con patio que podría ser idónea para crear en ella
una nueva comunidad.
De modo que doña Faurèsa, habiendo recibido el Consolament —es decir, el
bautismo por medio del Espíritu y la imposición de las manos—, se instaló
pobremente en dicha casa y cubrió su cuerpo con un hábito negro y una toca que le
ocultaba los cabellos. Después reformó el edificio de arriba abajo, con sus propias
manos y con alguna esporádica ayuda, y llenó el patio de árboles y flores de todas las
especies. Muy pronto vino a hacerle compañía doña Raimonda Astruc, una amiga
tolosana de su infancia, también noble, y a renglón seguido otras mujeres, jóvenes
algunas de ellas, atraídas por la santidad del lugar y por la personalidad de la nueva
priora.
Un día, poco después de haberse instalado en la casa, doña Faurèsa recibió la
visita de la mujer del zapatero del pueblo, que iba acompañada de una chiquilla de
negro pelo llamada Maurina. Tras haber venerado solemnemente a la priora con tres
benedicite y con las inclinaciones de rigor, la mujer se sentó con toda humildad
delante de ella y le dijo:
—Querida hermana, quisiera pedirle un gran favor.
—Le escucho… —respondió, vivamente interesada, doña Faurèsa.
—Mi marido y yo queremos la Iglesia de Dios desde que éramos niños y
procuramos ser fieles en todo momento a sus preceptos. Aun cuando no seamos
dignos de recibir la imposición de las manos, confiamos en que, tan pronto como nos
llegue la hora de la muerte, podamos recibir el Consolament de manos de un buen
cristiano, de modo que nuestra alma obtenga salvación. Mientras tanto, nos
esforzamos siempre en no comer nada que sea graso y, por lo tanto, no probamos la
carne, ni los huevos, ni la leche, ni el queso. También sabemos que no hay que matar
a nadie por nada del mundo, ni mentir, ni jurar, ni juzgar a los demás. Ayunamos de
vez en cuando y, antes de las comidas, o al levantarnos por la mañana y antes de
acostarnos, rezamos siempre el benedicite.
Dicho esto, la mujer se detuvo un instante y cogió la mano de la niña de cabello
oscuro que estaba sentada a su lado. Era una criatura dócil y apacible, de ojos verdes
y pestañas largas y onduladas. Durante todo el rato no había movido siquiera un
músculo, pero seguía con suma atención las palabras de su madre y observaba el
efecto que iban causando en la priora.
—Ésta es Maurina, nuestra única hija. Nuestro más ferviente deseo, aquello que

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colmaría de dicha toda nuestra vida, sería poder verla una día vestida con los hábitos
de nuestra Iglesia y con el derecho de predicar el Evangelio.
—Muy bien, hermana. A decir verdad, éste es realmente el mayor don que nos
pueda ser concedido —observó doña Faurèsa.
—Sí, es cierto, y por eso he venido a verla en mi nombre y en el de mi marido, el
zapatero de El Mas, que es un poco asustadizo y no se atrevió a acompañarme.
Quisiéramos que usted permitiera que Maurina entrase a vivir en esta casa…
—Pero es muy joven todavía…
—Lo sabemos, pero de este modo se acostumbraría en seguida a la vida de las
buenas mujeres y aprendería el oficio de su taller, hasta que usted misma considerase
llegado el momento de prepararla para poder recibir el bautismo…
Así fue como Maurina, la hija del zapatero, entró en aquella casa y fue puesta
bajo la tutela directa de la priora. Y la madre de la niña muy pronto obtuvo por ello su
propia recompensa puesto que, a los pocos meses, habiendo enfermado súbitamente
de un extraño mal, pudo recibir el Consolament en su lecho de muerte y salvar así su
alma para siempre.
En un período de tiempo muy breve, otras mujeres, hasta un número total de
quince, se incorporaron asimismo al ostal. Sus orígenes o las causas que les hicieron
acudir hasta allí eran muy distintos, y algunas de ellas no pretendían ni tan siquiera
ser ordenadas, sino que buscaban un refugio de paz después de una vida ajetreada o
un lugar donde ganarse modestamente el sustento, rodeadas de puro amor cristiano.
Tanta era la riqueza humana de aquel ostal que incluso vivían allí cuatro niños:
uno de mantillas, una niña de tres años, un mozuelo de cinco y una niña espigada y
desenvuelta que ya había cumplido los siete. Los cuatro habían entrado en la casa de
la mano de sus respectivas madres, mujeres de edades diversas que no podían ofrecer
una dote a sus hijas o que habían optado por abandonar el mundo —y en algún caso
incluso el marido, y también sus posesiones o riquezas— para entregarse a Dios y al
Evangelio. Todas ellas vivían en hermandad y en buena armonía, dirigidas por la
mano enérgica y flexible de una mujer singular.
Doña Faurèsa, en efecto, no era una dama cualquiera. Su presencia física era, de
entrada, aquello que más impresionaba a todo el mundo. Se trataba de una mujer alta,
con un cuerpo robusto y vigoroso y unas acentuadas facciones, que miraba directo a
los ojos y que sabía lo que quería. Sus maneras, en cambio, denotaban fácilmente un
origen noble, y sus palabras eran siempre claras pero serenas, sin levantar en ningún
momento el tono de voz más de lo imprescindible.
Había sido educada con toda clase de atenciones, y sus padres, además de
procurarle un amor sincero, un trato natural y el arte de leer y escribir, la habían
dotado igualmente del precioso tesoro de la entendensa del bien y del mal y de la
verdadera fe. Se había casado después, siendo muy joven todavía, con un noble muy
rico de Carcasona y tuvo con él una única hija que murió a la prematura edad de once
años. Por si fuera poco, su propio marido fue una de las víctimas del saqueo de la

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ciudad de Tolosa, en septiembre de 1216, de modo que doña Faurèsa se quedó
prácticamente sola en este mundo.
Unos cuantos años después, y una vez hubo dispuesto adecuadamente de sus
cosas, la viuda tolosana adoptó la decisión de abandonar su hogar y renunciar a sus
derechos y posesiones en beneficio de su único hermano. Libre, por fin, de los
vínculos y las riquezas que embarazan el espíritu y lo alejan del camino verdadero, la
casa de El Mas le dispensaba, según su forma de ver las cosas, toda la felicidad
alcanzable.
Así pues, dotado el ostal de unas condiciones algo más dignas, las quince mujeres
que lo ocupaban se propusieron desde el primer día cumplir con el deber de trabajar
con sus propias manos y de no aceptar ninguna clase de limosna o de diezmo. Y ello
porque ya san Pablo, en la primera Epístola a los Cristianos de Tesalónica, había
dicho: «Os exhortamos a trabajar con vuestras propias manos, tal como os habíamos
recomendado»; y en la segunda epístola: «Si alguno de vosotros no quiere trabajar,
que no coma»… Eso es también lo que hicieron los apóstoles, pues todos tenían un
oficio, como san Pablo, que tejía tiendas con gruesas telas hechas con pieles de cabra.
Y eso mismo es lo que no hacían, por el contrario, los clérigos de la Iglesia
usurpadora, que aceptaban vivir a costa de los demás, abrumaban con diezmos y
otras extorsiones de toda clase a los pobres labriegos y cometían impunemente el
pecado de simonía.
Así es que, muy pronto, aquella casa se convirtió en un auténtico taller en el que
un grupo de mujeres de labor esforzada e infatigable cardaban e hilaban la lana.
Posteriormente, vendían el hilo a uno de los tejedores del mismo pueblo, Esteve, un
hombre que también era de la fe y que, siempre que iba a recoger las madejas,
solicitaba expresamente poder ver a la priora, con el fin de venerarla mediante el rito
de un milhorier[12] y atestiguarle de esta manera —tan habitual en la Iglesia de los
buenos cristianos— su deseo de progresar en todo momento por el camino del bien.
A diferencia de los monasterios católicos, la casa de El Mas Santas Puellas no era
un recinto cerrado, un lugar remoto de reclusión para vivir lejos de nuestro bajo
mundo y buscar de este modo la vía personal de salvación. Muy al contrario, aquélla
era una vivienda en medio del siglo y dentro del estricto recinto del pueblo, con las
puertas abiertas a la gente que entraba y salía, a las mujeres que iban a trabajar allí
durante algunas horas, a las madres que visitaban a sus amigas y a los niños que
buscaban en aquel lugar un par de manzanas o un puñado de nueces.
Allí, precisamente a ese rincón pacífico y hospitalario, fue a parar Vierna, aquella
muchacha tolosana de dorados cabellos que, a consecuencia de la guerra santa de la
cristiandad, se había quedado huérfana de padre y madre a una edad muy temprana.
Una mañana de invierno, y viéndose a las puertas de una muerte inmediata, su tía y
tutora —aquella bondadosa mujer que la adoptó cuando murió Estèla la había
llamado a su habitación y se había dirigido a ella de esta manera:
—Vierna, hija mía, tengo que hablar contigo. Escúchame bien…

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Estaba pálida y demacrada y se expresaba con dificultad. Tenía junto a la cama
dos cajas de nogal en las que había metido la ropa de ellas dos y los bártulos más
necesarios.
—Tu tía ya no vivirá por mucho tiempo, Vierna. Pero no te asustes… Sé que la
vida te ha tratado con una extremada dureza y que yo sólo he logrado suplir mal que
bien la ausencia de tus padres. Pero todos estos apuros te han convertido en una chica
juiciosa, una chica mayor de lo que pudiera hacer pensar tu corta edad. Por esto
comprenderás bien cuanto tengo que contarte. Mañana por la mañana, un carro nos
llevará a ti y a mí, y todos nuestros bártulos, y nos conducirá hasta una pequeña aldea
del Lauragués, un lugar hermoso y tranquilo que tiene por nombre El Mas Santas
Puellas.
La niña abría unos ojos como platos y escuchaba con una extremada tensión,
pendiente de cada palabra y de cada gesto de su tía.
—Allí existe una casa de santas mujeres, miembros fieles de la Iglesia de Dios,
dirigidas por una amiga mía, una viuda que se llama doña Faurèsa. Ella está de
acuerdo en acogerte entre sus brazos y en ayudarte para que vayas creciendo por la
vía del bien. Yo misma iré allí contigo, Vierna, puesto que mi amiga ha aceptado
recibirme en mis últimos días y darme el Consolament así que la muerte venga a
buscarme…
Las previsiones de la enferma se cumplieron de forma exacta. Al día siguiente por
la noche, tía y sobrina fueron calurosamente acogidas en la comunidad de doña
Faurèsa. Y justo al cabo de ocho días, consolada con el bautismo de fuego y de
Espíritu y la imposición de las manos, la enferma dejó de sufrir y, con toda serenidad,
cerró los ojos a este mundo extranjero, persuadida de que el espíritu errante que
habitaba dentro de ella alcanzaría a ver sin duda alguna la tierra de los vivos.
En ese momento, concretamente a los doce años, la orfandad de Vierna fue total y
absoluta: ya no le quedaba nadie en el mundo de su misma sangre y, si alguna vez
tuviera que casarse, nadie pagaría por ella ni la más humilde dote. Llevaba consigo,
eso sí, un tremendo montón de recuerdos, había conocido la soledad y el terror y
había derramado lágrimas en abundancia.
Ahora, pues, comenzaba una vida distinta, una nueva etapa en el seno de una
familia singular, hecha de silencios y murmullos, de sonrisas y de sincera estimación.
Se sentía cansada y quería descansar, cerrar los ojos sin temer ninguna señal de
alarma, no esperar nada ni sufrir por causa de nadie. Quería dormir larga y
profundamente, vivir todos aquellos sueños de fantasía y color que su infancia
merecía…

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IX

Tug preguem Dieu que nos don bon ostal


en paradis, on es clars jorns et alba.

Roguemos todos a Dios que nos dé buen ostal


en el paraíso, donde son claros el día y el alba.

(Bernart de Venzac, trovador, siglo XIII).

EN LA CASA DE las bones dones de El Mas Santas Puellas la vida transcurría con
toda placidez. El recuerdo de la guerra se iba desvaneciendo poco a poco, las nuevas
amenazas de una cruzada del rey francés parecían todavía una pesadilla imposible y
las horas se repartían entre la oración y los ayunos, las comidas y el trabajo cotidiano.
Para asombro de los extraños, el silencio dominante se rompía a menudo, de forma
imprevisible, por el llanto o los gritos de los cuatro niños que vivían en la casa.
En cualquier caso, lo cierto es que Vierna y Maurina, las dos muchachas
adolescentes que, por azares muy diversos, habían coincidido en aquella parte del
mundo, se hicieron en seguida muy amigas. Y ni que decir tiene que, junto con las
cuatro criaturas, ellas eran sin duda alguna la alegría del ostal Aunque ya habían
transcurrido un par de años desde que cumplieron la mayoría de edad, los catorce
años que tenían seguían llenando de pájaros sus mentes y de risas toda la casa.
Realmente, la accidentada vida que habían conocido las había maltratado a ambas a
una edad muy temprana, y todo hacía pensar que les esperaba sin duda una precoz
madurez. Pero, lógicamente, la infancia se resistía a pesar de todo a abandonarlas.
Les resultaba difícil ceñirse al rigor de la vida de oración del hogar donde vivían,
pese a que su condición de residentes —y no de novicias todavía— les permitía un
régimen distinto: así, por ejemplo, les ahorraba bastante a menudo la oración de las
horas, o bien les otorgaba una libertad de movimientos y de actitudes que no estaban
al alcance de las restantes mujeres, cuya mayoría ya había recibido el Consolament o
se acercaba al momento de una ordenación religiosa que tanto deseaban.

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Ellas dos habían edificado para sí un mundo exclusivo de confidencias y secretos,
de juegos y carreras, de llanto y de risa. Vestían como las demás, ciertamente, con la
toca en la cabeza y el hábito de paño buriel con un cordón en la cintura. Pero no se
habían cortado la cabellera como sus compañeras y, en la soledad de la habitación
que compartían, se despiojaban a menudo y se peinaban entre sí. Cada desenredo con
el peine de cuerno o cada piojo liberado de entre los mechones del pelo implicaba
para ellas la oportunidad de un nuevo chascarrillo o una nueva ocurrencia, o quién
sabe si la revelación de alguna inquietud, esperanza, o incluso de un sueño.
Así fue como Vierna confesó a Maurina la atracción todavía en ciernes que sentía
por un muchacho de ojos oscuros y mechón rebelde que le caía sobre la frente, el
mozo montañés que abastecía de lana la casa donde vivían. Venía muy de vez en
cuando, siempre serio y formal, pero el primer día, en cuanto la mirada de Guilhem
se apercibió de los ojos azules de Vierna, algo empezó ya para los dos. Jamás habían
intercambiado ni siquiera dos palabras; sin embargo, cada vez que él regresaba el
ardiente diálogo de sus miradas habría podido provocar un auténtico fuego…
Vierna se sentía culpable de sus sofocos, de sus mejillas encendidas y de la
audacia de unos ojos que siempre sostenían, sin inmutarse, la mirada del otro. A decir
verdad, no sabía gran cosa del amor ni tan siquiera de aquel muchacho, pero en
cambio le habían enseñado que el cuerpo de carne que alberga nuestra alma no es
más que obra del diablo: así pues, intuía que aquellos sentimientos tan terriblemente
humanos podían apartarla del hábito con que soñaba ser revestida algún día.
A todo esto, Maurina, libre de semejantes emociones, la escuchaba con expresión
seria y respetable y luego rompía a reír de tal modo que, en un instante, se
desvanecían todos los quebraderos de cabeza. Pero no censuraba en absoluto los
sentimientos de su amiga y, a su manera, pensaba que el tiempo acabaría por discernir
todas las cosas y colocarlas oportunamente en su lugar.
A media distancia, la priora de la casa, doña Faurèsa, vigilaba atentamente la
evolución de las dos muchachas. Consciente en todo momento de la comunidad de la
que era responsable, se había propuesto plantearles para una fecha muy cercana el
inicio del noviciado que abriría, por fin, la puerta de su futura salvación. Les exigía,
por tanto, una mínima adecuación progresiva a las horas de plegaria y a los demás
ritos religiosos del ostal. Por otro lado, y para cumplir con el deber de la santa Iglesia,
les imponía una cierta regularidad en su trabajo y, más concretamente, un aprendizaje
gradual del uso de la carda y de la rueca, al modo de las restantes hermanas de la
casa.
Éste habría de ser, también, el oficio de aquellas dos muchachas: peinar con toda
la maña posible la lana humedecida con aceite de oliva y después, una vez cardada,
enrollar y ajustar adecuadamente el copo en el extremo de la caña para hilarla. A
continuación, tenían que mover los dedos con diligencia y destreza, pues así
cumplían con su deber y de paso contribuían, de modo cada vez más efectivo, al
sustento de la comunidad que las había acogido.

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Por último, y tan a menudo como le era posible, doña Faurèsa hablaba
extensamente con cada una de ellas. Procuraba hacerlo siempre con la misma
amorosa disposición que habría correspondido a la madre que ninguna de las dos
tenía ya y, al mismo tiempo, con las dosis adecuadas de estímulos y regaños que su
formación reclamaba.
Así transcurrían, pues, los días y los meses, con un oído atento a la información
sobre la nueva cruzada que quería aparejar el rey francés y con el otro oído puesto en
las noticias relativas a la próxima visita de algunos bons homes que estaban de paso o
a la llegada del diácono de la Iglesia del Lauragués.
Este último hecho constituía, realmente, un motivo de alborozo y de fiesta —pero
también de penitencia— para toda la casa. Solía producirse aproximadamente una
vez al mes y, entre otras cosas, tenía el encanto de romper la rutina cotidiana. Con sus
visitas regulares, el diácono alimentaba la fe religiosa de la comunidad y, al mismo
tiempo, ponía en contacto a esta última con todos los acontecimientos, tanto
interiores como exteriores, que marcaban el ritmo de la vida de la Iglesia. El acto
principal de la visita del diácono era siempre la celebración del ritual del servisi[13],
en cuya virtud las buenas mujeres se arrepentían de todos sus pecados y renovaban,
una y otra vez, los actos de sumisión a su Iglesia.
Cierto día de mayo, cuando la primavera aparecía ya en todo su esplendor y el
patio de la casa mostraba una infinita gama de colores y perfumes, doña Faurèsa
reunió a todas las mujeres en la sala principal. En cuanto pudo lograr el silencio total
que deseaba, y con un punto de misterio que incrementaba más aún la expectación
que sentían, tomó la palabra y les dijo:
—Hoy es un día importante para todas. Tengo una gran noticia que daros, una
noticia que esperaba hace mucho tiempo y que pensé que nunca podría anunciaros.
Dentro de una semana tendremos a nuestro querido obispo entre nosotras. —Dejó
transcurrir unos breves instantes y, a continuación, añadió sin más dilación—: Hace
tiempo que tenía previsto abandonar por una temporada el pueblo de Mirapeis, donde
vive habitualmente, y emprender un largo viaje por todo el obispado, hacía el país de
Foix y hasta el Sabartés y las aldeas montañesas. Durante el camino, él y los nobles
caballeros que le acompañan se alojarán en nuestra casa durante un día y una noche.
Os aliento, pues, a disponer vuestros espíritus y vuestro corazón para acoger de forma
adecuada una visita como ésta.
Un clamor espontáneo de voces acogió las palabras de la priora y algunas de las
mujeres presentes irrumpieron en aplausos de forma entusiasta. El alborozo estaba
plenamente justificado, no sólo por el rango jerárquico del visitante, sino, muy
particularmente, por su personalidad tan singular: el obispo no era otro que
Guilhabert de Castras, personaje eminente en la Iglesia de los buenos cristianos,
conocido en todas partes por su santidad, por su actividad prodigiosa, por sus
mediaciones políticas y, en fin, por una temible elocuencia que le había llevado a
participar con éxito en célebres disputas con los mejores predicadores de la Iglesia de

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Roma.
No resultaba nada extraño, pues, que todo el pueblo de El Mas se alborotara por
el anuncio y que, a partir de aquel día, una gran fiebre se apoderase de la comunidad.
De modo que la casa se puso patas arriba para preparar la mejor acogida posible a tan
venerable huésped.
Transcurrieron ocho días y, tal como estaba previsto, Guilhabert llegó a la casa de
El Mas Santas Puellas, acompañado de otro bon home, de dos nobles y de dos
escuderos que voluntariamente le escoltaban, en una tarde luminosa y cálida. Era ya
un hombre anciano, andaba con escasa ligereza y llevaba unos cabellos largos y una
barba blanca que le otorgaban una gran majestuosidad. Numerosas arrugas surcaban
su rostro y el humilde hábito negro que le cubría, algo enharinado en ese momento
por el polvo del camino, no le distinguía en absoluto de sus compañeros de la Iglesia.
Hablaba con voz grave y con una extremada cortesía y reclamó para su aposento la
misma estricta austeridad que presidía la vida de las mujeres.
Aquella misma tarde, Guilhabert, tras entrevistarse extensamente con los cinco
señores del castillo, habló con voz clara y serena ante una muchedumbre que le
escuchaba en medio de un silencio sepulcral. Lo hizo desde la sala principal de la
casa de las mujeres, pero fue preciso abrir puertas y ventanas de par en par, con el fin
de que consiguiera oírle toda aquella multitud que, aprovechando el buen tiempo y la
fama del clérigo, se había ido congregando en el jardín.
Guilhabert de Castras sabía perfectamente qué clase de gente le estaba
escuchando, gente humilde que no deseaba otra cosa que un poco de luz y un poco de
consuelo para sus vidas. Su homilía, pues, huyó de la erudición, que en otras tribunas
había subyugado a tantos adversarios dialécticos, y se concentró en la transmisión a
la llana de algunas verdades esenciales de la doctrina:
—Amados míos: ya sabéis que los espíritus celestiales, llevados por su codicia y
por las tentaciones del maligno, habían perdido para siempre el recuerdo del paraíso
en que vivían. Condenados al terrible castigo del olvido, sometidos al implacable
dominio del pecado, peregrinaban por este miserable mundo sufriendo penas y
fatigas. Un día, sin embargo, vino de parte de Dios Padre alguien que les devolvió la
memoria y les mostró el modo de volver a la salvación y escapar del poder de
Satanás… Él mismo les enseñó también, mediante las escrituras, que, del mismo
modo que nos hallamos exiliados del paraíso por el orgullo y el engaño del diablo,
por haber creído a Satanás más que al mismo Dios, es preciso que regresemos al cielo
por medio de la humildad, la verdad y la fe…
La gente se apiñaba en la estrechura del patio de la casa, se encaramaba a los
árboles, apretaba a los de al lado para ganar un poco de espacio, ávida como estaba
por escuchar una palabra clara de salvación. Después, una vez terminada la prédica
de Guilhabert, reconfortados con la doctrina que habían recibido, todos aquellos
vecinos del pueblo fueron regresando a sus casas de modo discreto, hablando entre sí
acerca de cuanto habían podido escuchar de aquel hombre más santo que todos los

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demás.
Y cuando las puertas y ventanas estuvieron cerradas, cuando la noche tendió sus
brazos por encima de todas y cada una de las casas y las familias se agruparon para
compartir la última comida del día, también las mujeres se reunieron fraternalmente
para cenar. Una vez puesta la mesa, Guilhabert bendijo el pan ante todas ellas, tal
como era costumbre hacer antes de todas las comidas. Tomó el pan, lo envolvió con
un paño blanco que colgaba de su cuello y de sus hombros y, llevándoselo a la altura
del pecho, rezó en voz alta el Pater noster, que finalizó como siempre con aquellas
palabras que figuran en los libros griegos y que en latín dicen así: «Quoniam tuum est
regnum et virtus et gloria in saecula. Amén[14]». Luego tomó su cuchillo e hizo partes
iguales con el pan y las repartió entre los comensales, sin dejar que sobrara ni un solo
bocado. En primer lugar lo dio a doña Faurèsa al tiempo que decía:
—Benedicite, dòna.
Y ella respondió:
—Deus vos benedicat. Dios os bendiga.
Sirvió después a las mujeres de mayor edad y luego a las más jóvenes, hasta
llegar a Vierna y a Maurina e incluso a aquella mozuela espigada que había cumplido
siete años.
Al día siguiente, el tiempo había cambiado por completo y amenazaba lluvia.
Reunidas de nuevo todas las mujeres de la casa en la sala principal, llegó el momento
del servisi, es decir, el acto de contrición y penitencia de la comunidad. Guilhabert
cogió el libro que contenía el Nuevo Testamento y se lo puso igualmente encima del
pecho, y todas las mujeres, con la excepción de las dos jóvenes y de la niña, se
inclinaron ante el obispo hasta el mismo suelo. Después, siguiendo el rito establecido,
doña Faurèsa pronunció, en nombre de todas y en la lengua de la tierra, el texto más
hermoso que jamás pudieran recordar:
—Nos en vengut denant Deu e denant vos e denant l’azordenament de Sancta
Gleisa…[15] para recibir servicio y perdón y penitencia por todos los pecados que
cometimos, dijimos o pensamos u obramos desde el día en que nacimos hasta ahora,
y deseamos pedir misericordia a Dios y a vos para que roguéis al Padre santo que nos
perdone… Puesto que son muchos todos estos pecados con los cuales ofendemos a
Dios de noche y de día, de palabra y obra, con voluntad o sin ella…
Estas palabras de contrición, como lluvia goteando en el mes de mayo, planeaban
por encima de todas las presentes, que se sentían profundamente arrepentidas de
cosas parecidas a éstas:
—… Con nuestras lenguas caemos en palabras ociosas, en conversaciones vanas,
en risas, en burlas y en maldades, y hablamos mal de nuestros hermanas y
hermanos… No hemos sabido guardar el servicio que recibimos, ni el ayuno, ni
nuestras oraciones: hemos transgredido nuestros días, hemos prevaricado nuestras
horas. Cuando oramos, los sentidos se nos van hacia los deseos de la carne, hacia las
preocupaciones del siglo, hasta el extremo de que, llegado ese momento, apenas

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alcanzamos a saber qué es lo que podríamos ofrecer al Padre de los justos…
Finalmente, la fórmula ritual finalizaba con estas palabras:
—Oh, Señor, juzga y condena los vicios de la carne, no te apiades de la carne
nacida de la corrupción, mas compadécete del espíritu que se encuentra aprisionado,
y administra nuestros días y nuestras horas y nuestras prosternaciones y ayunos y
oraciones y prédicas, tal como es costumbre de los buenos cristianos, con el fin de no
que seamos juzgados ni condenados con los traidores en el día del juicio. Benedicite,
parcite nobis[16].
Después de esto, el obispo Guilhabert habló extensamente a las mujeres y, en
prueba de su benignidad, les impuso tan sólo una penitencia de tres días a pan y agua.
A continuación, preparó sus enseres, hizo avisar a los hombres que gentilmente le
escoltaban por aquellos caminos tan llenos de peligros y malicia y, habiendo cubierto
su testa blanca con el capuchón, se marchó dejando tras de sí un rastro de sabiduría y
de bondad…
Todo esto ocurría a principios del año 1226. Mientras tanto, lejos de la tierra
occitana, se había estado preparando una nueva embestida contra los enemigos de la
fe y contra el país de la lengua de oc. El ilustre rey de Francia había tomado
personalmente la cruz de manos del legado del Papa, y treinta y seis barones
franceses habían decidido apoyarle. La Santa Sede había aceptado del rey las
condiciones exigidas: la Iglesia protegería al rey, a su familia, al reino y a la tropa; los
soldados tendrían idénticas indulgencias que los cruzados de Tierra Santa; y quienes
atacasen el reino de Francia serían excomulgados…
Luis VIII, garantizada igualmente la quietud del rey inglés y la neutralidad de los
dos vecinos más poderosos del Languedoc —el rey don Jaime de Aragón y Cataluña
y su vasallo, el conde de Rosellón—, había movilizado el ejército más poderoso del
mundo y establecido su plan de campaña. Poco después, mediado el mes de mayo, se
puso en marcha con el objetivo de aniquilar por siempre jamás la funesta herejía e
incorporar a sus dominios el condado de Tolosa y todo el Languedoc.
De esta forma, muy pronto quedaría extinguida aquella paz tan duramente
recuperada, aquel respiro de una Iglesia que al cabo de tan sólo cinco años había
logrado cicatrizar las terribles secuelas de la primera cruzada. La pesadilla de la
persecución tomaba cuerpo de nuevo: una nueva alianza entre el lirio real y la cruz
romana se disponía una vez más a dispersar y sacrificar las obstinadas ovejas de un
rebaño incorregible…

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X

Felon cor ai et enic


car vei tric
pojar e prez perdre abrir…

Tengo el ánimo irritado y entristecido


porque veo que el engaño
asciende y el mérito pierde abrigo…

(Perseval Doria, trovador, siglo XIII).

— TENDREMOS QUE huir.


Un largo silencio, interrumpido apenas por alguna exclamación de sorpresa,
siguió a estas tres palabras, pronunciadas a guisa de intempestivo saludo. Todas
aquellas buenas mujeres, reunidas urgentemente por su priora en la sala principal del
ostal, miraban con incontenible expectación el rostro serio y compungido de doña
Faurèsa. Todas adivinaron desde el primer momento que, sin ninguna duda, algo muy
grave debía de estar ocurriendo.
—Es preciso que sepáis que, después del brevísimo período de paz que nos ha
tocado en suerte, el ejército real está progresando mucho más deprisa de lo que
pensábamos, y puede que llegue aquí en poco más de una semana. En realidad, y
según hemos podido saber por la señora del castillo de El Mas, el pueblo de Pamias
acaba de caer ya en sus manos y el rey ha dictado una nueva ordenanza contra
nosotros, los pobres de Cristo. Aquellos que nos ayuden y sean excomulgados
deberán pagar una multa de nueve libras y un denario. Y si se trata de personas
contumaces, les confiscarán sus bienes… Ahora mismo, las tropas se han desplazado
ya hacia el noroeste para intentar llegar cuanto antes a Castèlnou d’Arri y apoderarse
de todo el Lauragués…
Un denso y prolongado murmullo se extendió por toda la sala. Era una forma
como cualquier otra de liberar el manojo de nervios en que cada una de aquellas
mujeres se había convertido. Pero la necesidad irresistible de hablar a borbotones y

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de andar de un lado a otro de la estancia se veía superada, sin duda, por el deseo de
conocer algo más, de saber exactamente qué es lo que iba a ocurrir. De modo que, en
cuanto se apaciguaron los murmullos, doña Faurèsa prosiguió con la seguridad y
calma que la caracterizaban:
—Tendremos que abandonar esta casa en seguida, del mismo modo que tendrán
que hacerlo nuestros hermanos y hermanos de las casas vecinas, e irnos lejos de aquí.
Es triste y doloroso, desde luego, pero no hay otro remedio, puesto que no existe
fuerza armada que pueda protegernos. Sin embargo, habrá que hacerlo sin alarmismo,
de forma organizada, procurando saber en todo momento dónde se encuentra cada
una de nosotras. Esto nos permitirá reunirnos de nuevo, aquí o en cualquier otra parte,
el día en que Dios quiera que pase este apuro.
—Pero…, ¿adónde iremos? —La más impaciente de aquellas mujeres había
formulado en voz alta la primera pregunta que sin duda todas se hacían.
—Vamos a ver… Tendremos que huir lejos del pueblo de una forma escalonada,
de dos en dos, con el fin de que ninguna de nosotras se vaya a quedar sin compañía.
Las de mayor edad se marcharán con una compañera más joven, de modo que se
ayuden mutuamente y que la audacia y la impaciencia de una quede compensada por
el buen juicio y la experiencia de la otra. La mayoría podrá alojarse sin peligro
alguno en otras casas de buenas cristianas, o bien, en el caso de aquellas que tenéis a
vuestros hijos con vosotras, en algún castillo de los nobles señores que nos protegen.
Finalmente, si la amenaza se aproximara demasiado y no tuviéramos ningún cobijo
de confianza, habría que emprender entonces el camino de las montañas.
Se interrumpió tan sólo un instante y, sin modificar ni un ápice el tono de su voz,
continuó de la manera siguiente:
—No sufráis, queridas hermanas, nuestro único problema es no poder seguir
juntas y permanecer aquí por más tiempo como sería nuestro deseo, sin tener que
distanciarnos de los soldados que nos mandan el rey de Francia y la Iglesia de Roma.
De modo que nos dispersaremos hacia el sur y hacia el este, más allá del país de Foix,
hacia la tierra de Olmes y hacia el Sabartés…
—¿Y qué será de esta casa? —Vierna acababa de expresar otra cuestión que sin
duda las preocupaba a todas.
—No quiero engañaros… —contestó doña Faurèsa—. Si estos hombres llegan
efectivamente hasta aquí, no espero de ellos nada bueno, de modo que no vamos a
pensar que la dejen intacta. Aun así, y por si no llegaran, o por si la ayuda de Dios
quisiera ahorrarnos todo el mal que yo imagino, procuraremos dejar aquí una mínima
presencia. Por un lado, está la buena disposición de Bonet, nuestro amigo panadero,
que se ofreció a vigilar la casa y el patio en nuestra ausencia. Por otro, Maurina podrá
quedarse hasta el último minuto, y, llegado el momento, cerrar a cal y canto: ella
puede ocultarse aquí, en casa de su padre, o en cualquiera de las muchas casas amigas
que la acogerán con los brazos abiertos.
—Pero…

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—En realidad, el empeño principal de estos hombres consiste tan sólo en pasar
impetuosamente por todos aquellos lugares en los que habitan buenos cristianos y
llevar su brazo destructor lo más lejos posible. De momento, pues, no es nada
probable que estén en condiciones de instalar en cada pueblo y en cada comarca una
mínima guarnición, por pequeña que sea; de modo que, una vez hayan perpetrado
todo el daño que desean, dejarán únicamente un pelotón de guardia. Más adelante, si
las cosas se van complicando y estos primeros hombres se consolidan con una fuerza
más numerosa…, entonces ya veremos…
En este punto, y como es natural, la zozobra de aquellas mujeres se había
acrecentado notablemente. Todas veían ante sus ojos el inicio de un espinoso camino
de final imprevisible, un incierto período henchido de interrogantes y de riesgos. En
la medida de su carácter y de sus propios temores, cada una de ellas efectuaba sus
cálculos y procuraba imaginar lo que podría pasar, y cuánto durarían la incertidumbre
y el peligro, hasta que volviera de nuevo el tiempo de la paz y la alegría, el feliz
retorno a aquella casa que, en la diversidad de sus orígenes y procedencias, tan
amorosamente las había acogido.
—¿Qué llevaremos con nosotras? —preguntó la probablemente más previsora.
—No hay problema, queridas —contestó con una confiada sonrisa la priora—. La
vida de pobreza que adoptamos un día nos ahorra el doloroso trance de aquellos que
se ven en el caso de abandonar de repente sus posesiones y riquezas… Nada, un poco
de ropa, un minúsculo lecho, algo de comida, el texto y el puchero. No os preocupéis,
os lo ruego, ni por el camino que debemos emprender ahora ni por lo que va a ser de
nosotras: a lo largo del trayecto y, al final del mismo, allí donde ya nos están
esperando, no nos va a faltar la ayuda ni el alimento de tantas y tantas personas
desconocidas que, sin embargo, aman la Iglesia de los buenos cristianos…
—¿Y por qué no nos quedamos? —Un repentino silencio acompañó de inmediato
esta pregunta, formulada sin duda por la compañera más valiente, o la más temeraria,
tal vez—. ¡Qué importa, el daño que puedan causarnos! ¿Acaso no vivimos para
esperar la salvación de nuestras almas? Pues ha llegado la hora de purificar para
siempre el espíritu que vive dentro de nosotras. Y quienes vean o conozcan nuestra fe
y nuestro arrojo sentirán en su interior un inesperado temblor y abrazarán la causa del
Dios vivo y verdadero…
Esta vez, doña Faurèsa tardó algo más en responder. Deseaba encontrar las
palabras justas, la explicación más razonable que le permitiera ser comprendida en
sus propósitos sin defraudar la fe inocente y generosa de aquella comunidad a la que
tanto quería.
—Verás, Clemensa, no creas que no haya meditado a fondo una opción como
ésta. Algunas de nosotras tenemos ya suficiente edad como para pensar que la vida en
esta tierra del maligno nos pueda ofrecer muchos atractivos para permanecer en ella.
Y sé muy bien cuán sincero es tu afán por salvar tu alma y por dar una prueba de
valor y un ejemplo a todos aquellos que todavía no han recibido, del Dios de luz, la fe

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que poseemos. Pero no estamos solas, no vivimos pendientes de un destino personal
que sólo a nosotras mismas nos interesa. No es así… Nosotras, Clemensa, formamos
parte de la Iglesia de los amigos de Dios, nosotras tenemos la obligación de divulgar
nuestra fe hasta los confines de este mundo miserable, y la mejor forma de propagar
esta creencia no consiste aún en dejarnos arrastrar hasta la liberación de la hoguera y
de la muerte, sino en intentar vivir y predicar aquello que pensamos y aquello en lo
que creemos.
Clemensa no se atrevió a replicar. Era una mujer resuelta y ardorosa, que estaba
impaciente por asumir algún día un destino heroico que garantizase la salvación de su
alma. Pero esa hora aún no había llegado y la joven debería seguir, al igual que sus
compañeras, la ruta de la incertidumbre y el destierro antes de llegar a su final. En
cualquier caso, su visible pesar se vio interrumpido por el suspiro de su vecina, una
mujer mayor que sollozaba en silencio. Sus suspiros no pasaron desapercibidos
tampoco a los oídos de doña Faurèsa, que se dirigió a ella con toda la deferencia de
que era capaz:
—¿Qué te ocurre, Raimonda? ¿Acaso temes por tu vida? ¿O tal vez te asusta el
camino desconocido que nos espera?
—Oh, no, Faurèsa, no me asusta nada de todo eso —se apresuró a contestar, un
poco avergonzada—. Tú ya sabes que de buena gana iría hasta la hoguera si así
pudiera salvar mi alma.
—Pues entonces, ¿por qué sollozas?
—Lloro por todas nosotras, por nuestra separación, por esta fatalidad que siempre
nos acompaña de tener que huir, de sufrir persecución, de no poder predicar la buena
nueva sin necesidad de temer constantemente por nuestra suerte. ¿Cuándo va a llegar
el día en que el Dios de verdad y de justicia confunda para siempre a nuestros
adversarios? ¿Cuándo reinarán por fin la paz y la concordia entre los hombres?
Doña Faurèsa se levantó de su banco y empezó a caminar con toda calma por la
sala. Sabía que este desasosiego, esta angustia expresada de modo tan sincero, roía la
mente de todas sus compañeras. Por eso volvió a medir muy bien sus palabras antes
de coger el Libro con las manos y responder de esta forma:
—Tú conoces la respuesta lo mismo que yo, Raimonda, ya que nuestra fe nos la
enseñó cuando éramos unas crías y las dos jugábamos por las calles y las plazuelas de
nuestra añorada Tolosa…
Se detuvo un instante, como si ese recuerdo empañara el pensamiento. Afuera, en
el patio, el día empezaba a declinar y una suave brisa zarandeaba las hojas de los
árboles, todavía relucientes bajo la claridad menguante del ocaso.
—El escándalo y la persecución irán siempre con nosotras, Raimonda, porque lo
mismo sucedió a Nuestro Señor. Y él aceptó el sufrimiento para rescatar y salvar a su
Iglesia y para mostrarle con palabras y con hechos que, hasta el fin de los tiempos,
debería padecer tribulaciones y vergüenza. Así lo dice el Evangelio de san Juan: «Si
me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros». Ésta es la suerte que nos

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espera, siempre jamás…
—Ya lo sé, Faurèsa… —Ella era una de las pocas que llamaba a la priora por su
nombre, ya que así se lo permitía su infancia compartida—. Pero me resulta difícil
aceptarlo, cuando ya me parece oír los cascos de los caballos y el zumbido de las
espadas de los soldados que la Iglesia de Roma envía contra nosotras…
—La Iglesia de Roma hunde sus raíces en la mentira, Raimonda, y no hace
ningún caso al Evangelio. Recordaréis sin duda que el Evangelio de san Mateo nos
cuenta cómo Cristo subió a la montaña y habló a sus discípulos con estas palabras:
«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino
de los cielos. Bienaventurados cuando os insulten y os persigan y cometan Contra
vosotros toda clase de males, por mi causa; alegraos y celebradlo, porque vuestra
recompensa será grande en el cielo…».
La priora interrumpió de repente sus pasos, como si quisiera percibir el efecto de
sus palabras entre aquellas mujeres que le escuchaban. Y añadió:
—Cristo dijo también: «Yo os envío como ovejas en medio de los lobos». Pues
bien, hermanas: la Iglesia de Roma no es perseguida, ni por el bien ni por la justicia
que debería haber dentro de ella. Todo lo contrario: es ella quien persigue y mata a
cualquiera que no se avenga a sus pecados y a sus prevaricaciones. No huye de
pueblo en pueblo, sino que impera por encima de pueblos y ciudades, se asienta
majestuosamente en las pompas de este mundo y es temida por reyes y emperadores.
Y, sobre todo, ya lo veis, persigue y mata la santa Iglesia de Cristo, que todo lo sufre
con paciencia, como la oveja que se defiende del lobo. Pero no hay nada que temer si
seguimos las enseñanzas que recibimos de Cristo, el mismo Cristo que en otra
ocasión, cuando envió a sus doce discípulos a predicar, les dijo: «Todos os
aborrecerán por causa de mi nombre; pero quien haya perseverado hasta el final se
salvará. Y cuando os persigan en esta población, huid hacia otra; y, si os persiguieran
también en ésta, huid de nuevo hasta la de más allá…».
Poco a poco, doña Raimonda Astruc había dejado de sollozar, y la sala entera
parecía compartir el bálsamo que había recibido por medio de aquellas palabras.
Mientras tanto, el sol había completado su trayecto y, más allá del horizonte visible a
través de la ventana, tan sólo un rastro de luz anaranjado evocaba su camino hacia la
puesta. Doña Faurèsa esperó durante unos breves momentos y, recuperando su
habitual entereza, les dijo:
—Eso es todo por hoy, hermanas. Ya es hora de efectuar nuestras oraciones e
irnos a la cama. Mañana seguiremos con nuestro trabajo y prepararemos sin prisas
nuestra huida…
Todas se levantaron y, de acuerdo con la costumbre de aquella santa casa, doña
Faurèsa comenzó a recitar con toda la calma:
—Benedicite, parcite nobis.
Todas respondieron al unísono:
—Pater et Filius et Spiritus Sanctus dimittat nobis et parcat omnia peccata

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Nostra[17].
A continuación, y por tres veces, inclinaron profundamente la cabeza hasta el
suelo y lo levantaron después con los brazos extendidos hacia arriba, siguiendo la
pauta de la recitación de la priora que iba diciendo:
—Adoremus Patrem et Filium et Spiritum sanctum —el primero en voz alta, el
segundo en silencio y el tercero nuevamente en voz alta.
A esta invocación respondían ellas cada vez, siempre al unísono:
—Dignum et iustum est…
Rezaban después hasta dieciocho Pater noster y otras muchas invocaciones, y se
arrodillaban en el suelo varias veces con una extremada devoción. Y es que la
plegaria de las horas era muy importante en la vida de aquellas buenas mujeres, de
modo que el trabajo y las comidas se supeditaban a esta práctica religiosa. Una
práctica de purificación interna que, con una estricta regularidad, repetían todos los
días hasta quince veces entre la noche y el día…

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XI

L’aur’amara fa.ls bruels brancutz


clarzir, que.l dous’espeys’ab fuelhs…

El aura amarga hace aclarar los bosquecillos ramosos


que el aura dulce espesó con hojas…

(Arnaut Daniel, trovador, siglo XII).

LOS DÍAS SIGUIENTES fueron de mucho trajín y agitación en aquella casa de paz
y de silencio. Sin mayor dilación, y de acuerdo con un plan perfectamente
establecido, las bones dones fueron abandonando su hogar por parejas, hacia el sur y
hacia el este. Todas sentían en su interior una indefinible angustia, todas lloraban
desconsoladamente cuando llegaba el momento del triple saludo mutuo de acción de
gracias, el doble beso de la paz en la boca y, por fin, la despedida.
A continuación emprendían a pie su camino, hacia las montañas, o bien subían al
carretón de algún buen cristiano que se había ofrecido a acompañarlas. De vez en
cuando, echaban la vista atrás para lanzar una última mirada a la casa que tanto
querían. Seguían su ruta tal vez un poco apocadas, pero sin ningún reproche ni
ninguna queja, hasta que un recodo cualquiera las alejaba de su visión.
Poco a poco, las noticias de la inminente llegada de los cruzados se hicieron más
apremiantes y angustiosas. Incluso corrió la voz de que su llegada al pueblo era
cuestión de horas. La priora resolvió quedarse la última, en unión de Vierna —que la
acompañaría en su inevitable huida— y de Maurina —encargada de cerrar finalmente
la casa.
A la desazón natural de cada una de ellas, Vierna añadía su particular desasosiego,
que no podía contar a nadie. Si se alejaba del pueblo, dejaría de ver a aquel muchacho
de ojos oscuros y cabello negro que las visitaba de vez en cuando. ¿Qué pensaría?
¿Cuánto tiempo tardaría en enterarse de la huida de las buenas mujeres y de la
posterior irrupción de los franceses? ¿Quién le contaría qué fue de la comunidad de

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mujeres que presidía doña Faurèsa? ¿Y quién le diría adonde había huido la priora…
y, naturalmente, la joven que con ella compartiría su destierro?
Los nervios y la fatiga se incrementaban a medida que se acercaba el día de la
marcha, pero Vierna no conseguía quitarse a aquel muchacho de la cabeza. Le parecía
que abandonar el lugar donde lo había conocido era un gesto poco amistoso, una
especie de renuncia sin las indispensables palabras de explicación y cortesía. Y, por
encima de todo, temía no volver a verlo, perder su rastro para siempre a lo largo de
una incierta ruta, por bosques, cerros y hondonadas. Sin embargo, no podía avisarle,
ya que ni siquiera sabía dónde vivía. Tenía únicamente, eso sí, su nombre, un nombre
mágico que día y noche percutía en su cerebro: Guilhem, como una lisonjera melodía
que va y viene hasta la mente, sin fatigarla nunca. Y ella se dejaba llevar porque no
imaginaba todavía qué podría ser, algún día, cuando los sentimientos se desbocasen
sin freno, la fuerza irresistible del amor.
Por fin llegó el día del adiós definitivo. Y doña Faurèsa y Vierna emprendieron su
camino sin demora, guiadas por un amigo de confianza y montando dos pacíficas
burras que unos buenos cristianos les habían regalado. Maurina permaneció confiada
en la casa, como si todavía tuviera por delante todo el tiempo del mundo.
De repente, todo se precipitó. Un puñado de hombres armados se adelantó al
grueso de la fuerza que se apoderaría de la aldea indefensa. Y, cuando nadie los
esperaba todavía, irrumpieron dentro de los muros con sus caballos, sus espadas, sus
arneses, sus cruces rojas y sus flores de lis en los estandartes y en la pechera.
La entrada de los primeros guerreros en la aldea de El Mas causó, lógicamente,
un indescriptible alboroto. Los campesinos y mercaderes que tenían un puesto en la
plaza se apresuraron a cerrar sus mostradores y su tienda. Por todas partes había
gritos y carreras, postigos atrancados de forma abrupta, cerrojos violentamente
echados en las puertas. Las madres recogían bruscamente a sus hijos, al tiempo que
procuraban salvar a la buena de Dios la mercancía que llevaban en sus cestas. Los
ancianos levantaban la vista con una mirada suplicante, reclamando una mano
cualquiera que les ayudase a llegar hasta sus casas. Y más allá del pueblo, buscando
el abrigo de las montañas, hombres fugitivos y caballos desbocados corrían a galope
tendido, mientras los carros llenos a rebosar de muebles y fardos, balanceándose de
forma temeraria, se arriesgaban a perder su bagaje o chirriaban con estridencia sobre
el empedrado de los caminos.
En la casa de las buenas mujeres todo se produjo, también, muy rápidamente. Se
hallaba Maurina entreteniéndose más de la cuenta en la preparación de un fardo de
ropa, cuando se oyó un fuerte estrépito que hizo retumbar toda la estancia: un hombre
corpulento y robusto, un cruzado francés vestido con la loriga de mallas y la cruz de
tela cosida en el pecho, armado con una enorme espada, acababa de sorprenderla en
la habitación, tras golpear violentamente en la puerta con una patada. Una vez en el
umbral, el intruso se detuvo de repente y repasó de arriba abajo la figura de la
muchacha, con una mirada cada vez más penetrante y lasciva:

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—¡Dios mío…! ¿Así que tú eres el pájaro que se quedó para guardar el
repugnante nido de los herejes?
Tenía una voz ronca y oscura. Sin embargo, hablaba con decisión y sarcasmo,
como si las precisas indicaciones de algún delator lo hubieran guiado sin titubeos
hasta la casa de las mujeres. Se trataba, sin duda, del hombre adelantado que
anunciaba la próxima llegada de un pelotón de guerreros mucho más numeroso.
—¿Cómo es posible que la perversa obra del maligno penetrase en un cuerpo
como el tuyo? —añadió tras repasarla de nuevo de arriba abajo.
Al oír estas palabras, y de forma instintiva, Maurina retrocedió hacia la ventana.
No tenía salida, y por más que gritase nadie la oiría. Por otra parte, la mirada del
soldado, favorablemente sorprendido ante tan precioso hallazgo, no presagiaba desde
luego nada bueno.
Después de una larga pausa que pareció eterna, el desconocido cruzado decidió
avanzar tres o cuatro zancadas. Se plantó frente a la muchacha, empuñó la espada y,
antes de que ella abriese siquiera la boca, levantó su arma con un gesto brusco y
repentino. Ella pensó que todo había terminado y, en consecuencia, giró
instintivamente el rostro para no ver el filo de la espada. Pero se equivocaba, y un
reflejo atávico femenino debiera haberla advertido de que las cosas no serían tan
rápidas ni tan fáciles.
Con mano diestra, el hombre acercó la espada a la mejilla de aquella joven
aterrorizada y, simplemente, como quien desata un nudo enrevesado, levantó el arma
hacia arriba hasta cortar la toca de la cabeza con un movimiento seguro. Liberado de
la cofia que lo retenía, un espeso mechón de pelo brillante y negro se deslizó por la
espalda de la muchacha, al tiempo que el soldado se apresuraba afanosamente a
sujetar con rudeza la cabellera de Maurina para atraerla hacía sí y arrodillarla
después, poco a poco, hasta arrojarla de bruces contra el suelo. Ella se resistió como
pudo, pero entonces el cruzado, sin pensárselo dos veces, le propinó un furioso
manotazo, de modo que el guante de mallas laceró el rostro de la muchacha
haciéndole sangrar el mentón.
Fue precisamente entonces cuando Maurina, con las mejillas enrojecidas y sus
verdes ojos empañados de lágrimas, comprendió de repente lo que le esperaba. Entre
tanto, el guerrero del rey francés, enloquecido por la resistencia de la chica y por el
deseo que reflejaba su propia mirada, se quitó los guantes y aferró a la muchacha por
el cuello con la mano izquierda, mientras con la otra mano pugnaba por arremangarle
la gonela y la camisa. A partir de entonces, ya no hubo nuevas palabras ni sollozos en
aquel aposento, sólo una sorda y prolongada lucha por cubrirse ella y desnudarla él,
primero buscando febrilmente sus senos, después por entre los muslos y el bajo
vientre de la joven.
La riña siguió todavía, cruelmente, durante un rato interminable. El hombre,
mientras se le deslizaba sudor y saliva por la frente y la espesa barba, resoplaba y
gruñía ante la firmeza de su víctima. Maurina, por su lado, presa del terror, se

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revolvía y agitaba los brazos y las piernas, en la inútil desazón por cubrir la desnudez
de los diversos flancos por los que se veía sucesivamente atacada. De vez en cuando,
aquella bestia enardecida que se abalanzaba sobre ella parecía perder terreno por
momentos, hasta que a no tardar lo recuperaba de nuevo, a puñetazos y golpes,
mientras las ropas de la muchacha, cada vez más estropeadas y hechas lirones, abrían
y tapaban alternativamente fragmentos de su piel tan clara y tan tierna, de sus pechos
turgentes, de su pubis cada vez más indefenso.
Por fin, mediante un brusco movimiento, el soldado de la cruz logró asir a la
inocente mujer que tenía tendida debajo y, mientras la mantenía inmovilizada
sujetándola violentamente por los hombros, consiguió penetrarla como un hierro
candente, hasta lo más profundo de su ser. Ella se sintió súbitamente privada de
fuerzas en los brazos y las manos, y todos sus sentidos se concentraron forzosamente
en la percepción de la desgarradora punzada que la estaba desflorando, de modo
espasmódico, hasta el fondo secreto de sus entrañas.
Primero pudo oírse su enorme grito, como un prolongado aullido de sufrimiento y
de rabia. Después vinieron los resoplidos del hombre saciado y sudoroso que, una vez
logrado su propósito, acabó finalmente por retirarse, mientras soltaba
momentáneamente la presa virginal que había logrado poseer por la fuerza.
Hubo, seguidamente, una extraña y desoladora transición, con Maurina replegada
sobre su vientre lacerado y con la anónima bestia acompasando lentamente su
fatigoso respiro. Sin embargo, se trató tan sólo de un breve espejismo, porque estaba
muy claro que, tras aquel terrible combate y aquella violación tan evidente, la
herética muchacha no podría llegar con vida hasta la hoguera. De modo que el
francés se incorporó fatigosamente cogiendo la empuñadura de la espada y
apoyándose en ella hasta lograr levantarse, con un enorme esfuerzo. Una vez en pie,
tambaleándose aún a causa del forcejeo y de su propia saciedad, reunió las fuerzas
que le quedaban para empuñar el arma con ambas manos, levantarla extendiendo
completamente los brazos y asestarla de forma impetuosa hasta desgarrar rápida y
abruptamente las entrañas de Maurina.
Ella, medio aturdida todavía por el primer dolor y por el enorme asco que sentía,
no alcanzó a ser consciente de la estocada definitiva que se le vino encima, hasta tal
punto fue inmediata e imprevisible. La muerte le llegó de forma tan instantánea que
sus labios ni siquiera fueron capaces de articular el más leve quejido o el más breve
adiós a esta vida…
El cruzado permaneció aún un rato en la habitación antes de dar aviso a sus
compañeros y de proceder con ellos, mediante el fuego y la ira, a derribar la casa
hasta arrasarla por completo y convertirla en pura ruina. Embriagado por el furor y
por la violencia que él mismo había desatado, debía completar aún la magna gesta de
aquel día y librarse antes a un nuevo alud irracional de destrucción. Así que tomó
nuevamente la espada y empezó a blandiría de un lado a otro del aposento,
destrozando cualquier cosa que se opusiera a su fuerza incontrolada. Muebles, sillas,

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ruecas, rodaron por el suelo despedazados por el corte afilado de la hoja; vestidos,
cortinas, sacos de lana y damascos quedaron hechos jirones en un macabro escenario
compuesto de colgaduras y pingajos. Nada podía permanecer intacto en aquella casa
del diablo, vivienda indigna donde el pecado y la herejía habían plantado raíces tan
profundas.
Aliviado por fin de todos sus instintos, el guerrero de la cruz en el pecho
abandonó la habitación con un enérgico portazo. Allí, en medio de aquel aposento en
el que tantas veces habían resonado sus risas, permanecía inmóvil para siempre
Maurina, la hija del zapatero de El Mas Santas Puellas. Había quedado tendida boca
arriba, con los ojos cerrados, la negra melena desparramada y fulgurante, la ropa
desgarrada y jironada y los brazos extendidos a ambos lados del abundante charco de
sangre que seguía brotando de su vientre.
Éste fue el triste e ignominioso fin del joven y pequeño cuerpo en el que se
hallaba prisionero el espíritu que habitaba en Maurina. Sin embargo, en la espléndida
belleza de sus escasos quince años, aquel cuerpo no era más que una simple y tosca
túnica de piel moldeada por el príncipe de las tinieblas, y por esa razón estaba
llamado a volver a la nada de la que había sido creado. En poco tiempo, y una vez
trasladado el cadáver de la chica a la inmensa pira que los cruzados estaban
levantando en la plaza del pueblo, no quedarían de aquel cuerpo que un día fue tan
bello más que las cenizas resultantes de la hoguera de los herejes.
Por el contrario, su espíritu seguiría su camino. Desgraciadamente, y a pesar de la
vida ejemplar de Maurina, la juventud de la muchacha la había privado del bautismo
de fuego y de Espíritu Santo que le habría sido concedido si hubiese recibido el
Consolament y la imposición de las manos. Así pues, era muy probable que aquel
desdichado espíritu tuviese que proseguir su penosa andadura por este mundo y no
podría iniciar la luminosa ascensión a través de los siete cielos: es decir, aquella
subida triunfal que, un día u otro, antes del fin de los tiempos, debería conducirlo
hasta la gloria, hasta la tierra de los vivos.
En cuanto el espíritu se viese expulsado del cuerpo de Maurina, no habría ni un
instante de reposo para él: abrasado por el diabólico fuego del dios extranjero, el
antiguo espíritu celestial erraría febrilmente por la tierra hasta reproducirse en otro
cuerpo de carne. Allí iría envejeciendo, allí haría penitencia del pecado cometido en
el origen de los tiempos contra el Dios de verdad y de justicia. Hasta que un día,
alojado por fin en la bella túnica de un buen cristiano, lograría salvarse y ascender al
paraíso en compañía de los ángeles…

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XII

Las, qu’eras planlh so que.m


dol plus que nafra de cairell
no fera ni de cotell…

¡Ay de mí!, que ahora lamento lo que me duele


más que herida de dardo
o de puñal lo haría…

(Pèire Vidal, trovador, siglos XII-XIII).

A LOS DOS DÍAS exactos de la muerte de Maurina, Guilhem llegó a El Mas


Santas Puellas. Había corrido como alma que lleva el diablo y con un nudo en la
garganta, alarmado por las noticias del rápido avance, a través del Lauragués, de las
tropas del lirio y de la cruz. Los rumores que circulaban eran, sin duda, exagerados y
confusos.
Por un lado, existía la certidumbre de un triunfal paseo del ejército cruzado, que
apenas hallaba resistencia a su paso. Por otro lado, todo el mundo comentaba la mala
salud de Luis VIII y su decisión de dar media vuelta hacia el norte y regresar a casa,
temeroso de tener que pasar el invierno cabalgando al frente de su ejército.
Este cambio de planes del rey enfermo alejaba Tolosa de verse nuevamente
asediada, al menos hasta la siguiente primavera. Al contrario, y por idéntica razón, el
Lauragués se había convertido en un lugar de paso del ejército hacia el norte y, al
desandar su camino hacia Castèlnou d’Arri, algunos pelotones se habían dispersado
por las aldeas vecinas —entre ellas El Mas Santas Puellas— en desesperada
búsqueda de los herejes y sus nidos.
Alarmado, pues, por rumores y noticias, Guilhem se dirigió sin pérdida de tiempo
al pueblo de sus parroquianas… y de la muchacha de ojos azules que todas las noches
se le aparecía en sueños. Por el camino supo de alguna hoguera improvisada, de
varias casas demolidas, de grupos de fugitivos que habían emprendido a toda prisa la
ruta de las montañas, siempre hacia el sur. Pero mientras se acercaba a El Mas, la

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visión de las suaves pendientes de las colinas y la armonía de los pastos y de los
campos labrados le apaciguaron un poco el espíritu, como si la pervivencia del
paisaje se situara al margen de las maldades de los hombres de la guerra. Y, como si
nada ocurriera, también las matas de glasto se extendían por los yermos y los
roquedales, esperando indiferentes una nueva primavera que las llenaría de flores
amarillas y de un intenso perfume meloso.
Enfiló el sendero que conducía a la aldea, y muy pronto su ánimo desfalleció sin
remedio. El pueblo de El Mas estaba completamente desierto y todo el mundo se
había recluido en sus casas. Ni rastro de soldados, tampoco. Entre los callejones y las
hileras de los árboles se sentía el terrible aullido del auta, el impetuoso viento del
Lauragués que se había levantado de repente. El castillo se hallaba intacto, al menos a
primera vista, pero sus señores habían huido de forma precipitada, convertidos a la
fuerza en faidits, es decir, nobles desposeídos de sus tierras y derechos. En el centro
«Ir la plaza del pueblo, podían verse todavía los troncos requemados y las cenizas
dispersas de lo que, sin duda alguna, fue una hoguera.
Cuando Guilhem llegó por fin ante la casa de las mujeres, se le cayó el alma a los
pies: apenas quedaban cuatro muros derrumbados y ennegrecidos y un informe
amasijo de vigas y piedras. En el patio desolado, un perro hambriento y escuálido
hurgaba entre los escombros buscando algún hallazgo imprevisto… La visión era
terrible, y cualquiera que visitase por vez primera aquel lugar no podría imaginar
jamás que aquello hubiera sido, en algún momento, la idílica residencia de un grupo
de santas mujeres.
Guilhem retrocedió aterrado. Sin embargo, muy pronto se recuperó a medias de la
primera impresión y, enloquecido de rabia y de terror, empezó a llamar a voz en grito
a todas y cada una de las puertas que permanecían cerradas. Y tanto fue el alboroto
que causó que, por fin, una mujer robusta se asomó por la ventana y le dijo con la voz
muy queda:
—Sé quien sois… Sé que abastecíais de lana la casa de las mujeres. Hacedme
caso, idos antes de que vuelvan los soldados del rey.
—Pero, escuchadme, contadme algo, decidme qué ocurrió, qué fue de las mujeres
y los niños que allí vivían…
—No gritéis, alguien podría oírnos… Todos huyeron hacia las montañas, a
refugiarse allí donde no alcance el brazo armado del rey de Francia.
—¿Todos? ¿Estáis segura?
—Todos… no, esperad, menos la hija del zapatero, pobrecilla, tan joven: un
soldado la mató con su espada y luego, incluso muerta, la arrojó a la hoguera.
—¿La hija del zapatero? ¿Os referís acaso a una chica más bien bajita, de ojos
claros, que mostraba un mechón de su negro cabello por debajo de la toca que le
cubría la cabeza?
—Sí, exacto, Maurina, la hija del zapatero, os lo estaba diciendo… Era
inconfundible…

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—¿Y su amiga, una muchacha de su misma edad, de ojos azules y la melena rubia
medio oculta por una cofia? —Guilhem levantaba la voz para sobreponerse a los
latidos de su corazón y al aullido del viento…
—Ah, sí, la pobre huérfana… No, ella huyó como todas las demás, tal vez fuera
una de las últimas…
La impaciencia del muchacho aumentaba a medida que, estremecido y
esperanzado al mismo tiempo, iba esclareciendo las circunstancias de lo ocurrido. Sin
embargo, tenía que darse prisa, puesto que ya se veía a la legua que aquella mujer
fisgona acabaría por cerrar los postigos de su ventana en cualquier momento…
—¿Podríais decirme adonde fueron? ¿Quién iba con ella?
—Ay, chico, pedís demasiado… Diría más bien que la muchacha acompañaba a
doña Faurèsa, la priora. Pero adonde fueron, ni lo sé ni quiero saberlo…
—Oídme, no os vayáis aún, os lo ruego. ¿Dónde están los señores del castillo?
Y… ¿a qué otras personas quemaron, en la hoguera?
—Los señores de El Mas y su madre marcharon mucho antes, con la gente de
armas y el servicio. Los soldados del rey han confiscado el castillo por causa de
herejía. Lo cierto es que, entre unos y otros, el pueblo se quedó medio vacío…
—Pero ¿a quién más quemaron?
—Ah, sí, llevaban consigo a algunos herejes que habían capturado por la
comarca. Incluso hubo uno de ellos que, antes de que lo ataran al poste, todavía tuvo
el ánimo suficiente para seguir rezando y poniendo las manos por encima de la
cabeza de sus compañeros de hoguera…
—Pero… ¿de El Mas? ¿A quién quemaron de El Mas Santas Puellas?
—Al zapatero, claro, que en cuanto vio el cuerpo de su hija, le faltó tiempo para
pedir que los soldados lo detuvieran en seguida… Y Esteve, el tejedor que trabajaba
para las mujeres… Y Bonet, sí, el panadero, que tenía en su poder un juego de llaves
de la casa… Pero otros muchos consiguieron huir, ya os lo he dicho… Y ahora basta
ya, que ya lograsteis que hablara demasiado…
Dicho esto, la mujer cerró la ventana de un portazo. Guilhem permaneció de pie,
medio aturdido todavía, horrorizado por cuanto había oído y zarandeado por el
embate del viento furioso. No sabía hacia dónde revolverse, ni qué hacer, ni por
dónde empezar una búsqueda que ya no abandonaría jamás, en pos de una dulce
muchacha de mirada clara que, a pesar de todo, seguía viva. Sí, Vierna estaba viva,
perdida por estos mundos del diablo, tal vez pasando hambre y frío, tal vez
durmiendo al raso o en alguna cueva de las montañas. O quizá no, quizás alguien las
guió hacia casas seguras, o a algún escondrijo secreto en algún lugar inaccesible para
las tropas, hacia el país de Foix, más cerca de la tierra donde él había nacido…
¿Y Maurina? Pobre niña desgraciada… ¿Y su desdichado padre? ¿Y aquellas
buenas gentes, hombres y mujeres que ayudaban a todo el mundo y pasaban su vida
predicando de un lado a otro o trabajando en casas de acogida y de oración…? Una
vez más, la ira del rey y del Papa se había desatado contra los condes de Tolosa y

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contra el Languedoc, de nuevo la maldad y las hogueras, la destrucción y la muerte
contra personas indefensas, de nuevo la tristeza y la desolación en aquella tierra
desdichada…
Debía marcharse de El Mas y, siguiendo las huellas de las mujeres de la casa
destruida, emprender los caminos del sur para acercarse a las montañas indómitas y
amigas. Debía dirigirse a los territorios adonde no había llegado la mano del rey, allí
donde la verdadera fe no era perseguida todavía. Debía entrar en las casas de los bons
homes y de las bones dones, debía buscar buenos cristianos que le facilitaran pistas
del paso de la priora y de Vierna. Quién sabe si podría ayudarlas, proveerlas
nuevamente de la mejor lana posible, para que, en una aldea segura, pudieran
restablecer un taller parecido y ganarse nuevamente la vida con la carda y la rueca.
Lejos de allí, mientras Guilhem buscaba su rastro por las ruinas de El Mas Santas
Puellas, dos mujeres silenciosas habían continuado su ruta, siguiendo senderos poco
frecuentados por la gente y con el recuerdo indeleble del pueblo y del ostal que
acababan de dejar atrás. La mayor de las dos, doña Faurèsa, sufría lo indecible por las
compañeras que habían tenido que dispersarse, sufría por el Lauragués y las tierras
vecinas, sufría por Bonet y Maurina y por todos los amigos del pueblo añorado,
únicos testigos de cinco años de vida en común, cinco años de predicación y de
ejemplo.
Por otro lado, confiaba en que tal vez el conde de Tolosa podría defenderles, en
que quizás el ejército real se habría desviado de su trayecto, en que la venida del
invierno o la salud de Luis VIII habría hecho desistir a los cruzados de sus
propósitos. Si cualquiera de estas circunstancias hubiera sido posible, ya no habría
problema, tan sólo deberían esperar un tiempo prudencial, obtener noticias fidedignas
de la situación y empezar a reconstruir poco a poco la antigua comunidad, reuniendo
de nuevo el rebaño desperdigado por todo el país. Pero si eso, desgraciadamente, no
fuera así, no habría más remedio que resignarse a un período de inestabilidad y de
incertidumbre, hasta que las circunstancias políticas permitieran asegurar, con una
mínima garantía, el mejor lugar posible para poner en marcha de nuevo una casa de
bones dones y, desde allí, predicar la buena nueva de la Iglesia de Dios.
Vierna, por su parte, pensaba en cosas más inmediatas, más triviales. No sabía
dónde se detendrían para comer, ni dónde dormirían la noche siguiente, ni en dónde
se hallarían al cabo de una semana… Veía aproximarse un crudo invierno sin techo,
imaginaba a un pelotón de guerreros persiguiéndolas, se horrorizaba con sólo
imaginar un puñado de soldados preparando una hoguera…
No olvidaba, claro que no, a las dos personas que, además de la priora, sentía más
próximas: por un lado, Maurina, que en aquellos momentos estaría sin duda
escondida en casa de su padre y se presentaría en el ostal en cuanto el pueblo quedara
sin la vigilancia de los soldados del rey; por el otro lado, Guilhem, tal vez preocupado
por haber encontrado vacía la casa e inquiriendo al vecindario por el posible paradero
de las mujeres fugitivas.

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Siguiendo el paso rítmico de las borricas y el rastro del hombre providente que las
guiaba, las dos mujeres veían cómo el paisaje se iba renovando una y otra vez,
trepaban por colinas desguarnecidas, descendían hacia valles ufanos y frescos,
atravesaban bosques espesos donde ni tan siquiera penetraba un triste rayo de sol. Las
cadenciosas pisadas de los animales se acompañaban del ladrido de algún perro
distante o del ruido de las hojas secas que coloreaban los bosques y los caminos con
tonalidades amarillentas, castañas y ocres. Pero no eran éstos los únicos murmullos
del viaje: puesto que iban a lomos de un animal, doña Faurèsa y Vierna rezaban muy
a menudo un doble Pater noster, siguiendo las normas de su creencia para situaciones
como aquella…
De vez en cuando, tan pronto como el guía vislumbraba la presencia de alguien,
la breve comitiva se detenía y esperaba. Entonces las dos viajeras se trastornaban por
un momento y rezaban varias veces seguidas una gratia —«Gratia domini nostri
Ihesu Christi sit cum omnibus nobis»[18]—, hasta que la reanudación de la marcha las
devolvía a sus cavilaciones respectivas.
Llegada la hora de comer, la priora rezaba sus oraciones y bendecía el pan como
si se hallara al frente de su comunidad, sin olvidar el más leve elemento de la liturgia
doméstica. Tras la partición del pan, los tres se sentaban y comían un poco de
pescado —salmón o trucha, por ejemplo, a menudo rebozado hasta hacer con él
empastatz o empanadas— y, como postre, un poco de fruta o algunas nueces. Cada
una utilizaba su propio puchero o su propia escudilla, con el fin de garantizar que el
recipiente de barro no estuviera contaminado con nada de grasa. Y doña Faurèsa no
despreciaba la menor oportunidad para seguir adoctrinando a Vierna con los
preceptos de la santa Iglesia:
—¿Tú sabes, Vierna, por qué los hombres y las mujeres de la fe no comemos
ningún alimento que sea graso?
—Sí, hermana, porque la carne es obra del diablo.
—Así es, y por eso no nos es posible probar nada que provenga de los animales,
ya que ellos se reproducen de forma impura y, por lo tanto, mancillan a quien los
coma. En cambio, el pescado es un fruto del agua, como la fruta nace del árbol o el
trigo brota de la tierra…
Doña Faurèsa tomaba un bocado y proseguía:
—Ya lo dice la primera carta a los corintios: «No toda carne es igual, sino que la
carne de los hombres es de una clase, y la de los cuadrúpedos», significa los animales
de cuatro patas, «de otra; de una especie es la carne de los pájaros, y de otra la de los
peces». Más clara todavía es la carta a los romanos, que dice así: «Es bueno no comer
carne…». ¿Lo comprendes, Vierna?
—Sí, hermana. Pero ¿por qué la Iglesia de Roma no hace lo mismo que nosotros?
—Pues porque ha olvidado los viejos preceptos de la fe y se ha entregado a todos
los desenfrenos del siglo. Los obispos, los curas, los frailes predicadores o menores,
todos hablan de Cristo y usurpan su memoria; sin embargo, no hacen lo que Cristo

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nos enseñó.
—Pero, hermana, y el propio Cristo, ¿qué es lo que hacía?
—Buena pregunta, Vierna. El Evangelio nos enseña que Cristo alimentaba a la
multitud con panes y peces, no con carne u otras viandas impuras, y que después de
la resurrección comió pescado en dos ocasiones con sus discípulos…
La conversación tomaba después otros derroteros, acerca del significado del
ayuno y de la abstinencia, sobre los períodos de pan y agua, sobre las tres cuaresmas
que tienen todos los años: la primera, desde el domingo de la quincuagésima hasta el
día de Pascua; la segunda, desde el lunes de Pentecostés hasta San Juan; y la tercera,
desde San Martín hasta la Nochebuena… A aquellas alturas de la doctrina, la
muchacha, cansada por el camino y por la atención concentrada, ya daba cabezadas
apoyada en el tronco de algún árbol. Entonces doña Faurèsa sonreía y la cubría con
su manta.
Llegada la noche, alguien las estaba esperando en la casa de un buen cristiano
que, al ver a doña Faurèsa, la veneraba con un milhorier lleno de unción y reverencia
y le pedía que bendijera el pan y lo repartiera. Seguidamente, comían un poco de
verduras y de fruta y hablaban sobre cuál era el mejor camino para poder alcanzar,
algún día, la salvación.
El sueño las encontraba tumbadas en algún establo o en el lecho humilde de
alguna casa de labranza. Y mientras Vierna dormía profundamente e iba
construyendo, noche tras noche, sueños fantásticos en tierras de quimera donde todo
el mundo se amaba, doña Faurèsa se levantaba de vez en cuando para rezar sus
plegarias de las horas. Después miraba al firmamento, contaba las estrellas y pensaba
en su difunta hija y en el cielo de Tolosa, y por unos instantes se sentía enternecer
recordando épocas pasadas. Finalmente, antes de tumbarse de nuevo, rezaba un
último Pater noster y arropaba aquella preciosa muñeca que le prestaba su compañía
y que tenía una piel tan clara y unos cabellos rubios que asemejaban auténticos hilos
de oro.

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XIII

Ara non siscla ni chanta


rossigniols,
ni crida l’auriols
en vergier ni dinz forest…

Ahora ya no silba ni canta


el ruiseñor,
ni grita la oropéndola
en vergel alguno ni en el bosque…

(Raimbaut d’Aurenga, trovador, siglo XII).

MIENTRAS LAS DOS mujeres proseguían su huida, el ejército real iba


conquistando nuevos territorios en dirección contraria a la inicial, siempre hacia el
norte, dejando Tolosa para mejor ocasión. Llegadas las tropas a Albí, el rey francés
hizo enarbolar su pendón en lo alto de la catedral y recibió juramento de los
habitantes del pueblo. Y dejó en manos de su primo hermano el mando supremo del
ejército.
Fatigado de tanto cabalgar y enfermo de una infección intestinal, Luis VIII
emprendió la ruta de Francia por el macizo central, más allá de la tierra occitana. Su
figura, amarillenta y pálida, permanecía penosamente tumbada en una litera forrada
de seda azul con flores de lis del color del oro, dentro de un carruaje tirado por media
docena de caballos ataviados de blanco. De vez en cuando, el rey doliente, sabedor de
la suerte que le esperaba, se incorporaba poco a poco hasta correr con sus
temblorosas manos las cortinas que le impedían ver y enviaba una lánguida mirada de
despedida a las tierras y los pueblos que no hacía mucho había conquistado. Sin
embargo, muy pronto se vio obligado a guardar cama. Y fue entonces cuando uno de
sus compañeros, alarmado ante un fin inevitable, tuvo la idea de intentar curarlo con
un último remedio, usado en otras ocasiones con incierto resultado: introducir a una
muchacha joven en el lecho del monarca mientras éste dormía. Así lo hizo. Pero

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cuando el muy virtuoso rey la halló desnuda entre sus sábanas, se dirigió a ella sin
encono y le dijo:
—Muchacha, nunca vi en cuerpo alguno tanta belleza, pero por nada del mundo
puedo caer en pecado.
Le dijo, pues, que abandonara su cama, y solicitó a sus compañeros de armas que
procurasen casarla con honor.
A los pocos días, en noviembre de 1226, el rey de Francia murió de disentería a
los treinta y nueve años de edad. Su cuerpo embalsamado y cosido en piel de buey
fue transportado hacia el norte, oculto dentro de la misma litera, tapizada ahora con
negros ropajes de arriba abajo. Un séquito de obispos y clérigos precedía la comitiva
llevando blandones y cantando salmodias, pero no pasaría mucho tiempo sin que la
noticia fuera recibida con vítores de alegría en la tierra tolosana y sin que el conde de
Foix y el vizconde de Trencavel, con la ayuda de un considerable número de faidits y
a costa de la excomunión de la Iglesia católica, se levantaran en armas para recuperar
el terreno perdido.
Entre tanto, ajenas a los rodeos y a los sobresaltos de la gran historia, las dos
mujeres fugitivas avanzaban lentamente hacia el sur, siempre buscando rutas poco
transitadas. Ahora andaban a pie, ya que una de las dos burras se había lesionado en
una pata y había sido preciso abandonarla. De modo que el segundo animal las
ayudaba a transportar su ligerísimo equipaje y a descansar sus pies fatigados, primero
una y después otra.
Una mañana nublada y ventosa, precisamente cuando la marcha resultaba más
agotadora que nunca debido al mal tiempo y a la fuerte pendiente de una cuesta, el
buen cristiano que las guiaba les dijo en voz baja:
—De ahora en adelante, habrá que andar con mucho cuidado.
—¿Por qué? —preguntó doña Faurèsa.
—Pronto cruzaremos la línea por donde avanzó, hace un par de semanas, el
ejército del rey…
—¿Acaso encontraremos soldados?
—No lo creo… —Procuró tranquilizarlas el guía—. Según mis cálculos, ya
deberían estar lejos de aquí.
Así pues, adoptaron todas las cautelas necesarias y rezaron un número
considerable de gratiae. Sin embargo, y a pesar de las palabras tranquilizadoras de su
compañero, el temor de las dos mujeres superaba el aguzamiento de sus sentidos. Una
rama que chasqueaba a su paso, el grito de alguna corneja asustada o el ruido del
viento entre las hojas sobresaltaba su ánimo hasta el mismo terror. Y, más aún,
llegaban a pensar que el bosque entero retumbaba con los latidos de su corazón…
Al final, nada sucedió y pudieron proseguir su caminata sin problemas. Por
último, sin haber avistado ni a un solo cruzado ni la menor guarnición, cruzaron el
paso de la Barra y penetraron, esperanzadas, en tierras del país de Foix. Tres horas
más tarde, cuando la noche ya se acostaba en los campos fecundados de sembradura,

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doña Faurèsa, Vierna y el guía se aproximaron a los alrededores de un pueblo, Sant
Joan de Verges, situado en la llanura. Ocultas tras un ribazo, esperaron que la
oscuridad las envolviera por completo y, a través de un pequeño huerto situado en la
parte trasera, entraron en una casa de piedra de dos pisos, sin duda la vivienda de una
familia acomodada.
Se trataba, efectivamente, del hogar del escribano del pueblo, un hombre creyente
que, tal vez por su formación y su cultura, se había ofrecido como tesorero de la
Iglesia de Dios en su comarca. Ello implicaba encargarse de percibir y custodiar los
donativos y legados que los creyentes efectuaban en beneficio de la tarea de los bons
homes y las bones dones. Asimismo, poseía secretamente un almacén de comestibles
donde guardaba las donaciones en especie que provenían de la gente más humilde: él
mismo se cuidaba después de distribuirlos, con estricta equidad, entre los hombres y
las mujeres de la Iglesia que, hallándose de camino de un lugar a otro para divulgar la
palabra de Dios, recalaban alguna noche en su casa.
Cuando doña Faurèsa y Vierna entraron en la casa, sólo encontraron en la misma
a la esposa del escribano, una mujer enjuta y sumamente discreta, incapaz de zaherir
a los demás con una palabra imprudente o excesiva. Apenas esbozada una sonrisa de
bienvenida, la mujer se arrodilló por tres veces hasta tocar con la cabeza en el suelo.
Las dos primeras veces dijo:
—Benedicite. Buena cristiana, la bendición de Dios y la vuestra.
Y doña Faurèsa, realmente acostumbrada ya a un recibimiento tan ceremonioso,
respondió:
—De Deu la haiatz e de nos[19].
La tercera vez, levantando un poco la cabeza, la mujer dijo desde el suelo:
—Dòna, pregatz Deus per aquesta peccaire, que Deus m’aport a bona fi[20].
A lo que doña Faurèsa contestó diciendo:
—Deus vos benedicat, e us fassa bona chrestiana, e us aport a bona fi[21].
A continuación, la mujer del escribano se incorporó y, en señal de paz, efectuó un
doble beso de través en la boca de doña Faurèsa y otro en la de Vierna. Después, y
con el fin de dar también la paz al hombre que las acompañaba, tomo el Libro que
llevaba la priora y lo besó por dos veces, lo pasó seguidamente al buen cristiano y
éste lo besó también. En definitiva, ésta era la forma que utilizaban los creyentes,
cuando estaban en casa o cuando no había ningún forastero, para efectuar su
milhorier —acto de mejoramiento o veneración— a los buenos hombres y las buenas
mujeres de la Iglesia de Dios.
Completados los saludos de rigor, la mujer se interesó en seguida por los lances
del viaje y ofreció alimento y hospedaje a las dos fugitivas. Después, sentada frente a
ellas —y no a su lado, para poner de manifiesto que eran de una condición superior a
la suya—, les explicó la situación del pueblo y los riesgos que corrían. Al cabo de un
rato, cuando ya se acercaba la hora de acostarse, el escribano regresó por fin a su
casa. Era un hombre alto y escuálido, de largas manos y cara angulosa, que hablaba

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con voz severa y una impecable precisión. Cerró la puerta, se quitó el bonete y,
visiblemente conmovido y alterado, abrevió al mínimo el rito del milhorier ante doña
Faurèsa. Lo cierto es que aquel hombre traía noticias de El Mas que habían llegado a
su conocimiento aquella misma tarde.
Con frases atropelladas y la cara compungida, el escribano fue relatando la
violenta entrada de los soldados, la destrucción de la casa, la muerte de Maurina y,
finalmente, la hoguera, con la cremación de bons homes y de fieles. Mientras le
escuchaba, la cara de doña Faurèsa se iba demudando a causa del trastorno y el dolor
que sentía, al tiempo que murmuraba un Pater noster, apretaba las manos con fuerza
e iba sollozando en silencio. Vierna, por su parte, anegada en llanto tras conocer el
asesinato de Maurina, contemplaba asustada el aspecto de la priora, a quien nunca
antes había visto llorar.
Todos se arrodillaron y elevaron al cielo incesantes plegarias rogando a Dios que
salvara de una mala muerte a todos los fíeles de la Iglesia y que concediera un buen
fin a tantos amigos y conocidos que iban cayendo, por todas partes, bajo la mano
implacable y homicida de los hombres del rey de Francia. Y no hubo consuelo para
tanta pena, ni otras palabras que no fueran interminables oraciones hasta que el sueño
acabó por vencerles.
Cuando la luz del nuevo día empezó a despertarlas, ambas mujeres sintieron el
corazón en un puño, ya que se les confirmó plenamente la certeza de aquello que, en
la ambigüedad de un largo duermevela, creían tan sólo haber soñado.
Para Vierna, la noticia de la muerte de Maurina fue un auténtico mazazo, como si
de repente se hubieran destruido todos los castillos de ensueño que había edificado en
la más absoluta inconsciencia. Comprendió que ya no regresaría a la casa de El Mas,
que los breves años transcurridos en aquel ostal se habían desvanecido para siempre,
sin continuación posible. Nunca volvería a peinar los negros cabellos de su amiga, ni
podría confiarle sus zozobras, ni podrían reír las dos por cualquier fruslería…
Por otro lado, la propia Vierna, ignorando que su amiga hubiera sido forzada, no
alcanzaba a comprender un crimen tan cruel con la espada en la mano, cuando según
todos los indicios ya se estaba construyendo una hoguera en el centro de la plaza. Y
se devanaba los sesos pensando que ello excluía, a la fuerza, la posibilidad de que
Maurina hubiera recibido el Consolament antes de morir. Así que el espíritu que
moraba en ella no se habría podido salvar de ninguna manera y tal vez vagabundeaba
por este mundo buscando otro cuerpo donde poder envejecer y cumplir su penitencia.
Era, desde luego, una horripilante perspectiva, que apenas le permitió dormir.
A decir verdad, Vierna siempre vio la muerte como una realidad muy próxima y, a
fuerza de topar con ella tan a menudo, hasta cierto punto llegó a acostumbrarse a ella.
Por otro lado, la idea del fuego no le resultaba tan terrible como podía parecer: en
primer lugar, por el simple hecho de que la hoguera era la puerta de entrada al
paraíso; y, en segundo y principal lugar, porque le habían contado en multitud de
ocasiones que «el fuego no causa sufrimiento» y que Dios tomaba sobre sí el dolor de

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los buenos cristianos: de esta manera convertía en insensible al dolor el cuerpo de
aquellos que, conocedores de que cuanto quemaría no era más que obra del diablo, se
habían ejercitado toda la vida en menospreciar ese cuerpo de carne.
De modo que el fuego no era precisamente lo peor. Lo peor de todo era perder el
alma. La idea de que una muchacha dulce y buena como Maurina hubiera sufrido
inútilmente tanto daño torturó a Vierna durante muchos días, hasta que determinó
hablar de ello a doña Faurèsa. Y, como siempre, obtuvo de los consejos de la priora
un poco de consuelo:
—Es muy cierto, Vierna, que el alma que no ha sido bautizada con el
Consolament no puede salvarse. Pero nosotros, los pobres de Cristo, no alcanzamos a
saber la totalidad de los misterios divinos. Algunos de nuestros hermanos creen que
quienes han llevado una vida entera como buenos cristianos, aun cuando una muerte
inesperada y violenta les visitara sin haber sido consolados, es muy posible que
puedan hallar en el martirio la puerta de entrada en la gloria…
Aferrada a esta idea, la angustia de Vierna fue desvaneciéndose lentamente, al
tiempo que la añoranza y el desconsuelo por la ausencia de su amiga iba labrando
otro profundo surco en su corazón, junto a los que traía ya de sus padres y su tía. Y
aunque transcurrieran muchos días, aunque en el futuro la vida le brindara alegrías y
tristezas en abundancia, nunca podría olvidar la risa de aquellos labios ni la luz de
aquellos ojos verdes…
La tristeza y el silencio se apoderaron de las jornadas siguientes, durante los
cuales las fugitivas permanecieron en Sant Joan de Verges, en casa del escribano y su
mujer, puesto que no se veían con suficiente ánimo para reanudar su camino. Durante
los veinte días que se alojaron allí, en dos ocasiones vino un bon home a visitarlas y a
predicar la palabra de Dios ante una treintena de personas de confianza. Y, poco a
poco, la vida de oración y de trabajo, las noticias sobre plazas reconquistadas por el
conde de Foix y las atenciones del ama de casa —que a menudo cocinaba para ellas
empanadas de anguila, buñuelos de salmón e higos con miel— fueron suavizando el
dolor de los primeros momentos.
Cuando la paz se adueñó nuevamente de sus corazones, llegó la hora de reanudar
el viaje, pues doña Faurèsa ardía en deseos de buscar un lugar tranquilo donde
establecerse nuevamente. Sin embargo, durante un cierto tiempo vaciló entre volver
atrás, hacia algún villorrio del Lauragués, que afortunadamente había mudado ya de
manos, o bien proseguir hacia delante por la ruta del sur, hasta cruzar el pequeño
desfiladero que se abría al valle del río Arièja y alcanzar la capital del país de Foix.
Consultado el diácono de la zona, se decidieron finalmente por la segunda opción.
Vierna se alegró sin reservas: por un lado, le resultaba angustioso ver de nuevo un
paisaje en el que la ausencia de Maurina sería sin duda insoportable; por el otro,
porque tenía la impresión de que, si alguien debía buscarlas —por ejemplo, un joven
comerciante de lana llamado Guilhem—, se inclinaría más bien por una zona alejada
de cualquier escenario bélico, en tierras donde la Iglesia no se hallara directamente

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amenazada.
Así pues, entrado ya el año 1227, y con el zurrón provisto de pan y pescado, llegó
para las dos buenas mujeres el tiempo de reanudar la marcha. Antes, en el momento
de la partida, el escribano y su mujer, tan estrictos y tan impasibles como parecían al
principio, las despidieron de buena mañana con las manos temblorosas y los ojos
anegados en lágrimas. Doña Faurèsa les dijo aún, a modo de último adiós:
—Gracias… El Dios de los buenos espíritus os guarde por siempre…

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XIV

De ren als no pes ni cossir


ni ai dezirier ni talan,
mas de lieys quo.l pogues servir
e far tot quant l’es bon ni.l platz…

No pienso en nada ni medito


ni pongo mi deseo y mi voluntad,
más que en cómo pudiera servirle
y hacer cuanto le conviene o le complace…

(Pèire Rogier, trovador, siglo XII).

EN AQUEL ATARDECER de invierno de 1227, la villa de Foix presentaba a los


ojos de las dos fugitivas un aspecto halagüeño y acogedor. No hacía mucho frío y una
llovizna pasajera había impregnado el aire de olor a tierra mojada y a hierba húmeda.
Frente a ellas, un sereno crepúsculo se despedía del día sin prisa alguna y, tras las
ventanas de las casas, se iluminaban, una tras otra, las luces temblorosas de las
candelas. Más allá del valle, las crestas nevadas del pech de Montgalhard y de las
montañas de los Pirineos se difuminaban entre las luces del ocaso.
Deseosas de poner fin a su vagabundeo por los caminos de este mundo, doña
Faurèsa y Vierna habían depositado por completo su confianza respecto al futuro en
aquella importante villa, situada en la confluencia de los ríos Argel y Arièja. Las
casas, silenciosas en aquellos momentos por lo tardío de la hora, se guarecían
alrededor de los dos edificios que simbolizaban los dos poderes en presencia: la
abadía de San Volusiano, dueña de la mayor parte de las tierras del lugar, y la
imponente mole del castillo, una enorme fortaleza situada en lo alto de una peña
aislada y abrupta, coronada por dos torres cuadradas de altiva silueta.
Ambas mujeres estaban convencidas de que aquél habría de ser un entorno
favorable para ellas, puesto que allí tenían algunas amistades y, por si fuera poco, el
conde de Foix se había distinguido notoriamente en la resistencia occitana contra la

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cruzada. Incluso su esposa, Ermessenda de Castellbó, nacida catalana, profesaba sin
duda la fe de la Iglesia de los buenos cristianos. En aquella zona del país todo seguía
en paz, el cruzado más próximo se hallaba a muchas leguas de distancia y la
comunidad cátara podía permitirse llevar una vida relativamente normal. Así que,
caminando por las empedradas callejuelas que subían hasta el castillo fortificado, las
dos mujeres habrían derramado lágrimas henchidas de emoción de no haber sido
porque una cuesta tan escarpada las dejaba casi sin aliento.
Durante las primeras semanas, doña Faurèsa y Vierna se instalaron en una
pequeña habitación del castillo gracias a los buenos oficios de doña Fabrissa, una
dama noble que allí vivía y que, como ellas, pertenecía a la Iglesia de Dios. En
realidad, su aposento no era más que un rincón angosto y un poco inhóspito, con una
ventana en lo alto por donde entraba la luz, pero ellas dos apenas llevaban equipaje y
les bastaba con una cama de cuatro tablas y un arca que utilizaban también para
sentarse. En realidad, doña Faurèsa se propuso desde el primer día buscar en el
pueblo otra vivienda donde poder practicar su vida religiosa e iniciar por fin el
noviciado de Vierna; ésta, en cambio, se sintió atraída muy pronto por el bullicio y el
ambiente de la fortaleza, donde la algazara de los sirvientes y los artesanos se
alternaba con la elegancia cortesana de las damas y la altanería de los caballeros y
hombres de armas.
Como era de suponer, la vida de ambas mujeres tomó en el castillo caminos muy
distintos. El origen señorial de doña Faurèsa y su condición de buena cristiana le
permitieron organizar su vida a voluntad y convertirse en un remedo de consejera
espiritual de las nobles castellanas. Por el Contrario, la juventud y la alegría de
Vierna hacían de ella una perfecta compañía para doña Fabrissa, la dama que las
había acogido. Y, a pesar de la fe que profesaba, la entrada al servicio de una señora
de la corte la introdujo de inmediato en el conocimiento preciso de la vida palatina, es
decir, de las comidas ubérrimas y las suntuosas fiestas, del interminable desfile de
vestidos, perfumes y joyas por parte de las damas, de las constantes exhibiciones de
las armas, del despliegue multiforme e insaciable del amor cortés. En resumen, del
magnífico retablo de una vida mundana y aparentemente fútil que Vierna, aun
habiendo nacido en una estancia del castillo condal de Tolosa, jamás había conocido.
Doña Faurèsa se daba cuenta de lo que estaba pasando y, de momento, decidió no
entrometerse. Conocía mejor que nadie el irresistible atractivo de los señuelos que
deslumbraban a la muchacha, y hasta cierto punto le parecía natural que viviera una
experiencia como aquélla, al menos mientras no pudieran encontrar una vivienda
alejada del castillo. Sin embargo, al anochecer, la buena mujer se aseguraba todos los
días de que Vierna regresara a su aposento y compartiera con ella una cena frugal y
las plegarias de la noche y del alba. Finalmente, sabía a ciencia cierta que la fe
religiosa de la señora que las protegía garantizaba una vigilante mirada y una guía
segura para las actividades cotidianas de la muchacha.
Poco después de su llegada al castillo, Vierna conoció a un chico singular. Era un

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mozo alto, espigado, con una mata abundante de cabello pelirrojo y una gran cantidad
de graciosas pecas en el rostro. Se llamaba Tomier de Foix, tenía dieciocho años
recién cumplidos y deambulaba apesadumbrado por las estancias del castillo,
arrastrando en todo momento una melancolía incontenible. Tenía buen corazón y un
alma sensible, y se moría por una dama casada de la corte del conde de Foix que, por
más que le suplicara desde hacía mucho tiempo que le diera placer según derecho de
amor, en realidad le dispensaba con cicatería sus favores.
Componía coplas y danzas para la dama de su corazón y, en todo momento y en
toda circunstancia, enaltecía con las más placenteras razones y con las más hermosas
palabras el prestigio y el valor que la adornaban. Cuidando mucho de no mencionar
jamás el nombre real de la dama, Tomier le escribía y le dedicaba unos versos tan
ardientes como el mismo sol estival en el momento del ocaso. Después, tras haber
finalizado la afanosa tarea de ordenar de forma apropiada las palabras, les añadía una
música dulce y melodiosa que los juglares interpretaban dentro y fuera del castillo, al
son de laúdes y violas.
Al poco tiempo, Tomier abrió su corazón a Vierna y derramó ante ella sus
contradictorios sentimientos, su inaccesible amor, la pena profunda que lo tenía
atormentado.
—Tú apenas la conoces, Vierna. Avistarla de lejos en un par de ocasiones es tanto
como no saber nada sobre ella…
—Cierto, Tomier, pero aun así me pareció muy hermosa… —lo alentaba la
muchacha.
—¿Hermosa, dijiste? La más bella de palacio, Vierna, no te quepa la menor
duda… Su cuerpo es menudo y su cara pequeña, mas no conozco mujer alguna con
facciones tan perfectas, ni pestañas tan largas, ni labios tan pulcramente dibujados
bajo el velo de muselina malva que oculta su rostro. Sin embargo, ni siquiera todo eso
es lo más importante. Lo importante es que, más allá de la belleza incomparable de su
gentil figura, mi dama es, por encima de todo, cortés, amable e instruida, y siempre se
desvela por un noble deseo de prestigio, de honor y de fama…
Tomier suspiraba un instante con una mirada de extrema languidez y, finalmente,
concluía de este modo:
—En dos palabras, Vierna, que posee juicio y saber, y esto la convierte en la más
hermosa de todas las mujeres…
Tal era el sufrimiento de Tomier por culpa de la dama que, para designarla en sus
poemas, le había atribuido un senhal tan revelador y acongojado como el de
Tort-n’avetz, es decir, Injusta-me-sois, con el cual iniciaba siempre el primer verso:

Mon Tort-n’avetz mant, s’a lieys platz,


qu’aprenda lo vers, s’il es bos…[22].

Así pues, no era nada raro que sus canciones amorosas destilaran una profunda
tristeza, una aflicción realmente inconsolable que se apoderaba de cada palabra:

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Greus m’es lo mals tragz a sufrir
e.l dolors, qu’ay de lieys tan gran,
don lo cors no.m pot revenir…[23].

La vida entera de Tomier daba vueltas en torno a su deseo de alcanzar la alegría de


amar (el joi d’amors que merecía), de la respuesta gélida y distante que recibía casi
siempre de su dama y de los versos y canciones en los que vertía su terrible desdicha.
De nada servían las palabras de aliento de Vierna, ni los intentos de la muchacha
procurando que se solazara en otras cosas…
A todo esto, había transcurrido ya más de un mes desde la llegada al castillo de
Foix y las cosas habían tomado un aire familiar que serenaba el espíritu de las dos
mujeres fugitivas. Un buen día, por la mañana, mientras Vierna y una amiga
correteaban por el camino de ronda de la muralla, la muchacha huérfana se encontró
de repente ante la impresionante figura de un hombre armado, de barba rizada, que
con cara adusta le gritaba:
—¡Aparta, muchacha! ¿Acaso no ves que estás en medio del paso?
Vierna se retiró asustada hacia el muro y el hombre siguió su camino con paso
marcial. Pero en su retina se había registrado la imagen instantánea de una chica rubia
de bella figura y exuberantes senos. De modo que, volviendo sobre sus pasos, se
dirigió de nuevo hacia ella diciendo:
—¿Y tú quién eres? —Gruñó con voz enronquecida.
—¿Yo? —Respondió Vierna, moviendo la cabeza a uno y otro lado—. ¿Me
habláis a mí?
—Claro… ¿A quién si no? —tronó el hombre, mirándola fijamente con unos ojos
vidriosos de extraña coloración.
—Pues… me llamo Vierna…
—¿Vierna?… Y ¿se puede saber qué haces por aquí? ¿De dónde has salido?
—Vivo en el castillo, señor… Estoy al servicio de dama Fabrissa…
—Ah, ¿sí? —Interrogó el guerrero al tiempo que la desnudaba con la mirada—.
No te había visto antes, ¿sabes?, pero no lo dudes, muchacha, volveremos a vernos…
Y se fue con el mismo ademán arrogante y amenazador que había adoptado desde
el primer momento. Eso fue todo por aquel día y, atareada por los asuntos de su dama
y por sus propios juegos y cavilaciones, Vierna olvidó de inmediato este incidente.
Al día siguiente, por la noche, tuvo lugar en el castillo una gran fiesta, a cuya
celebración acudieron damas y caballeros provenientes de lugares muy diversos del
condado. El propio conde Foix, Rotger Bernart, y su esposa, Ermessenda de
Castellbó, presidieron la cena y el baile, que terminaron cuando en las campanas de
San Volusiano ya sonaban las primeras horas del nuevo día. Todos los sirvientes y las
damas de compañía tuvieron que trabajar a fondo hasta que, una vez finalizada su
labor, algunos de ellos permanecieron ocultos tras los cortinajes y las ventanas para
poder seguir de cerca los fastos de la opulenta vida de sus señores.
Aquella noche, Vierna no pudo acompañar a doña Faurèsa en sus plegarias y,

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mientras ayudaba a su señora a despojarse de la preciosa ropa que vestía, a duras
penas supo contener sus enormes ansias de bostezar. Después, cuando salió al aire
libre para regresar a su habitación, el embate del frío le cogió por sorpresa y la
despabiló de su indolente modorra. Estaba muy oscuro, y sólo la plateada palidez de
la luna y la vacilante luz de los fogariles proyectaban espectrales sombras en las
zonas despejadas. En el preciso instante en que daba la vuelta a uno de los baluartes
de la muralla, Vierna se encontró de repente ante una inmensa sombra de forma
humana que sin duda la había estado esperando y que ahora, con los brazos abiertos y
las piernas separadas, le impedía el paso por completo.
—¿Adónde vas, tan sola, a estas horas de la noche? —le espetó el guerrero que
había conocido el día anterior, con un vaho maloliente de vino que tumbaba.
—¿Quién sois? ¿Qué queréis de mí? —preguntó asustada la muchacha.
—¿Acaso no me conoces?
—No, no sé quién sois. Dejadme pasar…
—Antes tendrás que hablar conmigo, chiquilla. Ven, acércate, fíjate bien: ¿me
reconoces ahora? —dijo el hombre arrimando el rostro barbudo a su mejilla.
—No… o tal vez sí… Ya os recuerdo, sois el soldado que vi ayer en el camino de
ronda. Pero ahora dejadme pasar, os lo ruego.
—No tengas tanta prisa, gatita, que antes tú y yo vamos a jugar un rato…
Dicho esto, el hombre fue empujándola hacia un portal cercano que permanecía a
oscuras, y allí la arrinconó fácilmente con la hercúlea fuerza de sus brazos. Estaba
completamente ebrio y las obscenas palabras que profería se atropellaban en su
lengua, mientras pugnaba por aproximar sus labios húmedos al rostro de la
muchacha. Ella, considerando la diferencia de fuerzas, no tenía posibilidad alguna de
soltarse, aunque no por ello dejaba de bregar todo el rato intentando escabullirse.
Entonces empezó a gritar, lo cual enfureció más aún al guerrero, que le tapó la boca
con su enorme mano al tiempo que le decía:
—¡No grites, ramera, que te van a oír!
Forcejeaba de un modo frenético y, con la mano que le quedaba libre, le iba
subiendo la ropa entre los muslos, intentando agarrarle de forma grosera el bajo
vientre. Pero la chica se agitaba sin parar, de modo que durante un buen rato no hubo
más que resoplidos, contorsiones y quejidos. En un momento dado, cuando el rostro
de aquella bestia se situó bajo el radio de iluminación de un fogaril, Vierna pudo
darse cuenta de que aquel hombre odioso la miraba con ojos de distinta coloración,
uno azul y el otro de color de miel. Una peculiaridad tan singular le otorgaba, sin
duda alguna, una mirada todavía más siniestra.
De repente, justo cuando el hombre había logrado meter su repulsiva mano en la
entrepierna de la muchacha, se oyó a alguien acercándose que, intrigado por el ruido
que llegaba a sus oídos, dijo en voz alta:
—¿Quién va? ¿Quién grita?
Era Tomier, el trovador, que regresaba meditabundo del baile y se había retrasado

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en exceso contemplando las estrellas del cielo. Su presencia cercana provocó en el
agresor una vacilación momentánea que Vierna aprovechó con astucia para escurrirse
fuera del portal y echar a correr hacia aquel muchacho que la providencia le enviaba.
—Tomier, ¡eres tú! ¡Gracias a Dios que has venido!
—¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
—Allí… un hombre… ¡Huyamos, corre!
La imponente figura del soldado surgió entonces de la oscuridad del portal y se
mostró altanera en medio del camino, justo debajo de la luz de la luna. Sus piernas
temblaban de excitación y de embriaguez y, azuzado por la frustración y por la rabia
que le dominaban, se puso a gritar con todas sus fuerzas a la pareja que huía:
—¡Nos veremos las caras, mozuela! ¡Nadie se burló jamás de Huc de
Montgrenier!
Mientras corrían, y aprovechando tan sólo un breve instante de reposo para tomar
aliento, Tomier le dijo a la muchacha:
—¡Dios te guarde, Vierna! ¿Sabes quién es?
—No, no lo sé —respondió ella, sudorosa y resoplando.
—Es un hombre temible, y tendrás que andarte con mucho cuidado…
—Pero ¿quién es? ¡No me asustes! —insistía Vierna.
—Se trata de Huc de Montgrenier, el jefe de la mesnada del conde. Es un mal
bicho, te lo aseguro, un hombre sanguinario y sin escrúpulos. A decir verdad, se trata
también de un caballero singular, de un guerrero que maneja la lanza y la espada
como nadie en el mundo. Apártate de él, hazme caso: tiene mucho poder y puede
hacerte mucho daño.
Aquella noche, en la habitación, Vierna no lograba dormirse. Al cabo de unas
horas sin poder pegar ojo, vio a doña Faurèsa arrodillada en el suelo y rezando con
suma devoción, fija la mirada en la pálida luz de la luna que penetraba aún por la
ventana. Esperó a que terminara el último Pater noster y entonces le contó lo que
había ocurrido.
—Mañana hablaré con doña Fabrissa —le dijo la priora—. Ella nos dirá qué
podemos hacer… Ahora procura dormir un poco y olvidar a ese hombre. Mañana,
con la luz del nuevo día, verás las cosas de un modo distinto…
Doña Faurèsa la besó en la frente y le deseó con dulzura que pasase buena noche.
Pero entonces fue ella quien no consiguió dormir, meditando las consecuencias de lo
que había acontecido. Al día siguiente, la priora habló con su amiga y multiplicó sus
pasos y gestiones para encontrar alguna vivienda en el pueblo.
Los días siguientes fueron tranquilos y pacíficos, y Vierna consiguió poco a poco
olvidar aquella pesadilla. En cuanto le era posible, aprovechaba su tiempo libre para
buscar a Tomier de Foix y conversar con él sobre cualquier asunto. Sentía por el
trovador un afecto sincero y, cuando no la entristecía demasiado con su desdicha, a la
chica le complacía enormemente oírle hablar acerca del fin’amors y de todas aquellas
palabras tan hermosas que inspiraban en el alma los mejores sentimientos: gallardía,

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generosidad, lealtad, distinción… Y, de modo singular, por encima de los demás,
aquel concepto que lo resumía todo, la cortesía. Cuando él hablaba de la alegría de
amar y se solazaba enalteciendo los interminables atributos de su excelsa dama, la
muchacha se sentía estremecer y anhelaba alcanzar algún día un amor igual de
sublime pero mucho más real, un amor noble y distinto al mismo tiempo con el
hombre por quien ella suspiraba.
Por otro lado, Vierna, militante de la fe de la Iglesia de Dios, buscaba cualquier
excusa para aproximar a Tomier de Foix hacia la buena creencia. Pero aquel trovador
enamorado no se sentía atraído en modo alguno por los sentimientos religiosos y no
le agradaba en absoluto que nadie insinuara que el cuerpo humano —es decir, la
anatomía gentil y maravillosa de su dama, henchida de virtudes— pudiera ser obra
del diablo. Él vivía tan sólo por su amor, para contemplarlo a todas horas si podía y
para ir forjando, con el mismo obstinado afán que un herrero sobre su yunque, las
más hermosas palabras que en el mundo hayan sido. Y es que Tomier sabía a ciencia
cierta que una canción bien rimada, unos versos perfectamente impregnados de los
sentimientos que le enardecían, lograrían el milagro de arrancar por fin aquellos
favores que tanto deseaba: una sonrisa, una caricia, una presencia continuada, tal vez
un pañuelo de seda con dos letras bordadas…
Sin embargo, aquella venturosa quietud y aquellas conversaciones atormentadas
sobre la alegría de amar se interrumpieron al alba de una fecha próxima, el mismo día
en que Vierna se hallaba contemplando desde la muralla a un puñado de caballeros
que abandonaban el castillo por el puente levadizo, llamados a alguna misión
desconocida. Al frente de la fuerza se hallaba la terrorífica persona de Huc de
Montgrenier, montado en un imponente caballo de piel parda y revestido con la
armadura. La fatalidad quiso que, justo antes de marcharse, se le ocurriera levantar la
cabeza y avistara, por casualidad, el rostro de la muchacha rubia que le estaba
espiando a escondidas desde detrás de las almenas. La boca de Huc se llenó entonces
con una sarcástica sonrisa, como si aquel día se limitara a acechar de soslayo a una
presa que tenía segura y sólo se dejara relamer pensando en los placeres que, tarde o
temprano, obtendría de ella.
Por fin, al cabo de un par de meses de haber llegado a la villa de Foix, doña
Faurèsa consiguió aquello que, desde que entró en el castillo, había constituido su
objetivo irrenunciable: abandonar el aposento poco propicio que hasta entonces
habitaban y hallar algún caserón del pueblo en el que pudiera crear una nueva
comunidad al servicio de la santa Iglesia. Así lograría, además, alejar a Vierna de los
peligros de todas clases que sin duda la asediaban…

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XV

Belh m’es quan lo vens m’alena


en abril ans qu’entre mais,
e tota la nueg serena
chanta’l rossinhols e’l jais…

Me es agradable cuando el viento me sopla,


en abril, antes de que entre mayo,
y toda la noche serena
cantan el ruiseñor y el arrendajo…

(Arnaut de Maruelh, trovador, siglos XII-XIII).

EL LUGAR ELEGIDO por doña Faurèsa fue precisamente una casa que ya antes
había albergado a un grupo de bones dones y que, desde hacía un par de años, había
quedado desocupada. Estaba situada en la calle del Forn d’Avalh, cerca de la muralla
y de la ribera del Arièja, y era más pequeña que la casa de El Mas Santa Puellas. Por
otro lado, no era precisamente nueva y requería un arreglo a fondo que la hiciera
habitable, pero todos estos retos domésticos no hacían más que estimular el espíritu
emprendedor de la priora.
A los quince días de haberse instalado, dos antiguas compañeras que también
habían huido de El Mas se presentaron en el nuevo ostal de las buenas mujeres. En
cuanto volvieron a verse, ya no hubo en la casa más que llantos y abrazos,
comentarios sobre las peripecias de cada una e intercambio atropellado de noticias.
Así fue como doña Faurèsa y Vierna, abstraídas durante dos meses por la vida del
castillo de Foix, se enteraron de una nueva tragedia que no conocían: pocas semanas
antes, en un lugar no muy lejano de Carcasona, los cruzados habían apresado a un
grupo de buenos cristianos fugitivos entre los cuales se hallaba Clemensa, la ardiente
muchacha de El Mas que, cuando todas tuvieron que abandonar el ostal, había
planteado la posibilidad de evitar la persecución y entregarse voluntariamente a la
hoguera.

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Según contaron las recién llegadas, la muerte posterior de la muchacha no
desmintió en absoluto su carácter audaz e irreductible. Cuando los buenos hombres y
los creyentes se dirigían hacia el montón de troncos y estacas que alguien había
preparado en el centro de una plaza, uno de sus compañeros de pira —un hombre
mayor, de figura enjuta y canosos cabellos— arrancó a gimotear al comprender que
se acercaba el momento, definitivo y trágico, de cruzar el umbral desde este mundo
hacia el otro. Al verlo, Clemensa sujetó enérgicamente al anciano por el brazo y,
sobreponiéndose a los gritos de aquellos que desde fuera les incitaban a renegar de su
fe, se puso a cantar un himno de gloria y alabanza, con una voz tan poderosa y tan
clara que los alentó a todos. Al instante, hombres y mujeres condenados a una muerte
segura cantaron al unísono junto a aquella intrépida mujer.
Aquel día, ciertamente, ni uno solo de los pobres de la fe se amedrentó…
Después, justo en el momento en que un par de clérigos católicos se disponían a
encender el fuego con una antorcha, Clemensa arrancó de sus entrañas un último
alarido que estremeció de turbación tanto a los propios verdugos como a sus víctimas:
—Pulèu crema que renuncia!!![24].
La plaza se llenó entonces de gritos y de insultos, de modo que las personas que
presenciaban la cremación se iban excitando con las llamas y el terror de tan inmundo
espectáculo y se agitaban presas de la histeria. Clérigos y fieles de la Iglesia de
Roma, mezclando el clamor con repetidas señales de la cruz, se enardecían
visiblemente con la rabia y el odio que sentían. Sin embargo, tanta desazón resultaba
inútil por completo, puesto que la vida de los quemados había huido al aspirar la
primera humareda y, de acuerdo con la fe que todos ellos profesaban de forma
inamovible, su alma ya estaba ascendiendo velozmente hacia la gloria.
Como era de suponer, la crónica de la edificante muerte de Clemensa abrió un
nuevo surco en el corazón de las mujeres y, durante varios días, hizo revivir el
doloroso recuerdo de Maurina. Después las cosas se fueron apaciguando lentamente
y, muy pronto, junto a las fervorosas plegarias, pudieron escucharse también las risas
de una comunidad que en las semanas siguientes fue creciendo poco a poco. Atrás
quedaban los días desdichados y el agridulce paréntesis de la estancia en el castillo
del conde. Paulatinamente, todo volvió a asemejarse a los días felices de El Mas
Santas Puellas, los dedos de las mujeres acariciaron nuevamente el áspero tacto de la
lana y, de la misma forma que antes, siempre que Vierna tomaba su rueca, el
pensamiento volaba otra vez hasta muy lejos de la villa de Foix, hacia el incierto
lugar donde se encontraría el muchacho de sus sueños.
Aquel muchacho, alabado sea el Dios de bondad y justicia, ya no tardaría mucho
en descubrir el nuevo hogar de Vierna. Dando tumbos de un lado a otro, durmiendo
en acogedores albergues o en mugrientos establos, preguntando a todo caminante
procedente del sur, Guilhem había ido reconstruyendo el trayecto de las mujeres.
Finalmente, una mañana de abril en que nevaba de forma copiosa, calado hasta los
huesos por culpa de la humedad, el antiguo pastor llamó con mano temblorosa a la

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puerta de las buenas mujeres.
Fue justamente doña Faurèsa quien le abrió y, al reconocerlo, exclamó llena de
contento:
—¡Guilhem! ¿Qué haces aquí? Dios te bendiga… ¿Cómo nos has encontrado?
—Uy, resultaría muy largo de contar, hace tantos días ya que os busco… —
respondió Guilhem con aquel acento tan fuerte de la gente del Sabartés y del país de
Ayllón.
—Debiste suponerlo, ¿no?… tuvimos que huir a toda prisa de los soldados del rey
de Francia…
—Lo sé muy bien… y conozco también vuestro periplo y vuestra estancia en el
castillo —añadió Guilhem. Entonces, dudando un poco sobre si debía decirlo, se
atrevió a adelantar tímidamente lo que le estaba royendo—: Esto, mi señora… volví a
El Mas al cabo de unos días… Supongo que ya estaréis al corriente…
—Sí, Guilhem, no sufras, sabemos lo ocurrido…
—Ah, bien, así no es necesario que os lo explique —suspiró Guilhem,
visiblemente aliviado.
Se produjo entonces un breve silencio que, como podía desempolvar recuerdos
demasiado tristes, fue interrumpido en seguida por doña Faurèsa:
—Así que, Guilhem, ¿podrás abastecernos de nuevo de la lana que nos falta?
Últimamente hemos tenido muchos problemas para conseguirla…
—Faltaría más, mi señora… Aquí me encuentro todavía más cerca de mi casa y
de la tierra de Ayllón… —Se atropellaba un poco, el muchacho, y no sabía muy bien
qué otra cosa podía añadir—: Me… me entristeció mucho lo que pasó, ¿sabéis? Por
eso tenía tantas ganas de volver a veros y de comprobar que no habíais sufrido daño
alguno…
—Así es, Guilhem, ya lo ves… De nuevo tenemos nuestra propia casa y hemos
recuperado a algunas hermanas que se habían desperdigado —suspiró la priora—. No
es como la casa que teníamos en El Mas, pero no está nada mal… No podemos
quejarnos: por lo menos aquí no corremos ningún peligro…
—Claro, claro…
—Pero pasa, hombre, no te quedes en la entrada, que estás empapado y es preciso
que te calientes y te seques un poco… Además… —añadió con un tono que
realmente aparentaba una sorprendente y extraña complicidad—, las hermanas
estarán contentas de volver a verte…
Entraron todos en la sala interior, una amplia habitación que, sin ser holgada,
permitía alojar a toda aquella pequeña comunidad durante las horas de labor y de
plegaria. En un rincón había un hogar con el fuego encendido y, a su alrededor, siete
u ocho mujeres con hábito negro trasteaban en medio de ruecas y cestas de lana. Al
oír el ruido, la más joven de todas ellas levantó la cabeza y, de forma espontánea, se
le transmutó el rostro al ver quién era aquel hombre que se hallaba plantado en el
umbral de la puerta.

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—Guilhem… —dejó escapar de sus labios, y esa fue la primera palabra que le
dirigió desde que lo conoció en la añorada casa de El Mas. Después, sin embargo, sus
mejillas enrojecieron de repente y temió por si su reacción tan natural la hubiera
puesto clamorosamente en evidencia.
Pero no fue así. En realidad, otras dos mujeres se habían levantado para saludarle
llenas de contento. Él no se atrevía a entrar definitivamente en la habitación, mientras
se comía con los ojos a aquella muchacha que no se había movido todavía de su sitio.
Finalmente, la propia Vierna levantó la cabeza por segunda vez y por fin determinó
incorporarse asimismo de la silla que ocupaba.
—Guilhem, ¿qué haces aquí? ¿Cómo lograste encontrarnos?
Todas se hacían la misma pregunta, con la sincera alegría de quien recupera a un
buen amigo. Y mientras él balbuceaba cualquier palabra por respuesta, Vierna pudo
contemplarlo con mayor detenimiento. Era alto y fuerte, y muy atractivo, mucho más
aún de cómo lo recordaba, y agitaba unas manos enormes que parecían abarcarlo
todo. Tenía el rostro curtido y unos ojos oscuros y penetrantes que de vez en cuando
la escrutaban, unos ojos inmensos que revelaban a primera vista un corazón ardiente
y sincero, una nobleza de carácter que se traslucía mucho más allá de su mirada. Sus
negros cabellos eran más largos que antes y seguían cayéndole por la frente con la
rebeldía de siempre. Ella no podía saberlo con precisión, pero Guilhem ya había
cumplido los veintidós años y, dando vueltas por estos mundos del diablo, hacía ya
mucho tiempo que había dejado de ser aquel rabadán que guardaba las ovejas de su
padre.
A pesar del visible aturdimiento que al principio le causaban las atropelladas
preguntas de las mujeres, él las iba respondiendo con rotundidad y soltura. Vierna lo
miraba y remiraba llena de incredulidad, procurando hacer encajar la robusta figura
de aquel pedazo de hombre que tenía enfrente con la imagen que había recreado a lo
largo de tantas noches de incierta huida o en el angosto aposento del castillo. Pero se
trataba de él, sin duda alguna, Guilhem había regresado desde la imprecisa niebla de
los recuerdos; y no sólo eso, sino que ahora se había ido desprendiendo
completamente de su inicial titubeo y, por fin, se dirigía a ella de forma directa:
—Y tú, Vierna, ¿cómo estás? —Aquéllas fueron asimismo las primeras palabras
que Guilhem le dirigía, y su voz tenía el mismo tono resuelto de sus modos.
—Ya ves, Guilhem, juntas de nuevo como si nada hubiera pasado…
Y una nube de tristeza se extendió levemente por la sala, como si el espíritu
ausente de Maurina y de las restantes mujeres fallecidas hubiera sobrevolado por
unos instantes sus cabezas.
Guilhem se quedó a comer con las buenas cristianas y, antes de empezar, doña
Faurèsa levantó a la altura de su pecho el pan que había cocido con sus propias
manos y rezó en voz alta el Pater noster. A continuación lo repartió comenzando por
aquellas mujeres que primero habían abrazado la buena fe y la buena religión, y así
una tras otra hasta el propio Guilhem, que observaba aquella liturgia con aire severo y

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terriblemente interesado. Sin embargo, todo le pareció de una familiaridad muy
consabida y su estado de ánimo no era otro que el de aquella persona que, tras haber
deambulado sin norte durante un largo período de tiempo, sabe a ciencia cierta que ha
regresado, por fin, a su propia casa.
Guilhem alquiló una habitación muy cercana al ostal, en la calle del Relôtge: un
simple cobijo donde pasar la noche y donde guardar las cuatro pertenencias que lo
acompañaban por la vida. Después, dejó su caballo y su carro en un establo y se
apresuró a procurar vender en los mercados de Foix y cercanías los escasos sacos de
vellones que todavía le quedaban de aquel año. A partir de entonces, bien cubierto el
riñón por una temporada y con todo el tiempo libre por delante, volvió casi todos los
días a aquella casa habitada por tantas mujeres. Sin haberlo discutido claramente, y
sin haber establecido ningún trato expreso con la priora, pronto se convirtió en el
hombre imprescindible que solucionaba mil problemas de intendencia, que ayudaba
en cuanto hiciera falta y que, además, siempre tenía anécdotas e historias que contar.
Enseñaba a cardar y a hilar a las mujeres más inexpertas, buscó a nuevos
tejedores del pueblo que compraran las madejas hiladas por ellas y muy pronto porfió
para que aprendieran ellas mismas a tejer el hilo, en lugar de venderlo. Y, como
nunca dejaba de animarlas a probar nuevas cosas, les enseñó cómo se tiñe la lana, con
un color de sangre de buey que conseguían con corteza de aliso o bien, mucho más a
menudo, con el color negro que resultaba de mezclar el hilo con agua hervida
separadamente en dos calderos: primero, con el jugo de una planta que segregaba un
líquido amarillento y, luego, con la cocción de unos terrones de caparrosa, una
sustancia de color verde oscuro que el propio Guilhem les traía al regresar del
mercado. Cuando las madejas habían sorbido el agua por completo, el hilo aparecía
con un color negro tan firme que ya nunca más desteñía…
Así pasaban los días y las semanas y, con su simpatía y con su oficio, aquel
muchacho se fue convirtiendo, como si tal cosa, en una compañía realmente
imprescindible. Y cada vez eran más largas sus charlas con una Vierna que todas las
mañanas esperaba, con sus azules ojos ardientes como centellas, que él entrase por la
puerta de la sala. Hasta tal punto era así que, si Guilhem debía marcharse por un
tiempo, todo resultaba completamente distinto y la casa e incluso la vida misma
parecían desaboridas y vacías.
Como es natural, algo así no podía pasar inadvertido al ojo avizor de doña
Faurèsa, que se daba perfecta cuenta de que alguna poderosa semilla había germinado
en el corazón de aquellos dos jóvenes en edad de amarse. Ella, que muchos años atrás
había conocido igualmente la fuerza del amor, sabía con certeza que aquel
sentimiento embrionario acabaría por arrastrar lo que se pusiera por delante y que,
inevitablemente, acabaría perturbando los planes que había trazado para su Vierna.
La priora veía aquello como una evidencia, y no sabía qué hacer. Por un lado, no
podía ni quería cerrar el paso a un generoso muchacho que se había puesto a
disposición de aquella pequeña comunidad sin pedir nada a cambio. Un muchacho

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que, a decir verdad, discutía con ellas sobre temas de la fe e incluso asistía, con
ademán sorprendido y a veces huraño, a los sermones que, de vez en cuando, les
soltaba el diácono del pueblo. En este sentido, estaba muy claro que la fe católica de
Guilhem empezaba a trastabillar de un modo perceptible y que, a fuerza de sermones
y de charlas junto a Vierna, no tardaría mucho a captar plenamente la entendensa del
bien y del mal. Por otro lado, aquel chico encantador había encendido en el corazón
de la futura novicia unas brasas que iban creciendo de forma imparable y que
amenazaban con convertirse, cualquier día, en un fuego abrasador.
Doña Faurèsa pensó mucho en todo ello, rogó al cielo para que la iluminase sobre
qué hacer y, en algunos momentos, incluso sintió celos de aquel providencial
Guilhem que, sin embargo, estaba a punto de robarle, a ella y a la Iglesia de los
buenos cristianos, a la hija que había adoptado cuando no era más que una niña.
Después, una buena mañana, harta de darle vueltas al asunto, resolvió de repente que
ya no se atormentaría más y que, mientras no corriera peligro la salvación de Vierna,
era preciso que las cosas siguieran su curso con toda libertad.

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XVI

Bona es l’amors e molt pro vau.

Bueno es el amor, y mucho vale.

(Jaufré Rudel, trovador, siglo XII).

UN DÍA, VIERNA solicitó permiso para salir de la casa con Guilhem. Él le había
hablado en más de una ocasión de ciertos hermosos parajes del valle del río Arièja
que ella no conocía y que, lógicamente, estaban situados al otro lado de las murallas
del pueblo. Esa tarde, el muchacho la había invitado a recorrer alguno de esos parajes
y nada hacía suponer que, por sí misma, se tratase de una idea descabellada. Doña
Faurèsa supo desde el primer momento que se hallaba ante el primero de muchos
pasos que después seguirían, pero no puso ningún impedimento.
Muy pronto, como quien no quiere la cosa, se convirtió en algo perfectamente
corriente que Guilhem y Vierna, de vez en cuando, salieran juntos de la casa de la
calle del Forn d’Avalh para cumplir cualquier recado o para ir a comprar lo que fuera
necesario al mercado que, de forma regular, se apiñaba junto a la sombra de la iglesia
de San Volusiano.
Acudir al mercado era siempre una fiesta. Un terrible hervidero reinaba por
doquier y hombres, animales y niños, chapoteando a menudo por el fango, se
perseguían entre sí de un lado a otro y chocaban constantemente sin ni siquiera darse
cuenta. El aire se llenaba de griterío y de bullicio y, por encima de la multitud, se
elevaba una mezcla irrespirable de rastro de humanidad y de olores y hedores de
todas clases. Los vendedores ambulantes y las tenderas anunciaban a voz en grito sus
mercancías y, a lo largo de los puestos y los rincones de la plaza, siguiendo las
estrictas instrucciones del baile del lugar, se producía una razonable distribución por
especialidades: aquí se vendían frutas y verduras, más allá el aceite, el queso y las
aves de corral, un poco más lejos el pescado y, más allá todavía, el trigo y la harina.
En un rincón se encontraba el carbonero y, un poco separados, los vendedores de

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leña. Muy cerca de la puerta de la abadía, disponían su mesa las sederas y, no muy
lejos, se hallaba la de los estambres y las lanas hiladas, en la que Guilhem solía
detenerse siempre durante mucho rato para apreciar calidades y precios.
Vierna, radiante de felicidad, le tiraba del brazo y se lo llevaba saltando de un
lugar a otro, constantemente atraída por nuevos reclamos, por los tristes lamentos de
un horripilante lisiado que pedía limosna, por la charlatanería de cualquier mercader
vocinglero o por los penetrantes olores del cuero y las especias. Finalmente, se
detenían a comprar algo de fruta y verdura bajo los porches del mercado. Y allí, a la
sombra de un altísimo olmo, se concentraban la mayor algarabía y el mayor bullicio,
puesto que las verduleras no podían guardar plaza fija con prendas y tenían que
buscar, de un día para otro, el puesto de venta donde colocar los canastos y las cestas.
Esto suponía, ni que decir tiene, una constante fuente de disputas y refriegas, de
modo que los gritos y los insultos terminaban muy a menudo con el lanzamiento de
coles o pepinos…
Al regreso del mercado, Vierna traía coloradas sus mejillas, resplandecían sus
ojos y, sin saber muy bien porque, se reía por cualquier futilidad. Pero ya no se
trataba tan sólo de sus visitas al mercado, sino que había que contar también con los
paseos por el bosque próximo y, cada vez más a menudo, cuando ya la tarde
empezaba a declinar, con las caminatas a paso de buey y sin prisa alguna hacia el
lavadero o hacia los molinos de la abadía. Así, de charla en charla y de confidencia
en confidencia, se fue labrando el surco de una amistad sincera y algo más. En
realidad, Vierna tenía ya la plena certidumbre de sus sentimientos por Guilhem y de
que, para conquistarlo, no le harían ninguna falta los hechizos de una amiga del
castillo que, con objeto de obtener el amor de un escudero del conde, introducía una
gota de su propia sangre o raeduras de sus uñas en el brebaje que ella misma le
servía.
Sin embargo, aquel amor que latía en su corazón, y que no tardaría mucho en
estallar con toda su fuerza, tenía trastornado el ánimo de la muchacha. Ella sabía muy
bien que aquello implicaría un giro absoluto en su vida, que ya nunca sería novicia,
que no recibiría la imposición de las manos y que, si amaba a un hombre, no podría
seguir los principios de la fe con el rigor de una verdadera cristiana. Por otro lado, no
todo se reducía de modo exclusivo a los sentimientos que anidaban en su corazón:
por cualquier circunstancia fortuita, Vierna había podido sentir en más de una ocasión
el contacto de la mano de Guilhem o el olor penetrante de su cuerpo, y había
comprobado cómo sus más íntimas fibras se habían agitado dentro de ella con un
deseo profundo que todavía no alcanzaba a comprender por completo.
La chica huérfana temía muy particularmente aquel impulso natural de su cuerpo,
puesto que su iglesia no sólo condenaba el matrimonio, sino que estaba radicalmente
en contra del goce de la carne. Y ella sabía desde muy pequeña que el cuerpo era obra
del príncipe malvado, que toda carne era impura y que la concupiscencia empujaba al
hombre a reproducirse y a colaborar de esta manera en la obra del diablo. Recordaba

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con precisión una prédica de un buen cristiano que, con una especial vehemencia, les
había recordado que «la obra de la carne es mala por esencia, ya que multiplica los
cuerpos materiales que pertenecen al Dios malvado y retrasa, pues, la unión de las
almas con el Dios bueno…».
El mismo bon home, en una de sus visitas al ostal de El Mas Santas Puellas, había
remachado el clavo una y otra vez con citas bíblicas que ahora resonaban en la mente
de la muchacha: «Así pues, yo os digo: comportaos según el espíritu, y no deis
satisfacción a los deseos de la carne, ya que los designios de la carne son contrarios a
los del espíritu (…) Son claramente manifiestas las obras de la carne: fornicación,
impureza, libertinaje… y quienes cometen tales cosas no podrán poseer el Reino de
Dios en herencia…». En definitiva, el hombre había concluido su argumentación con
unas frases auténticamente lapidarias: «No creáis que el matrimonio transforma la
esencia del pecado de la carne. Para Dios el pecado es el mismo, ya se trate de la
esposa como de una extraña, una hermana o una pariente cualquiera. Más aún: el
matrimonio favorece una fornicación sin vergüenza alguna, puesto que no existe la
propia conciencia del pecado…».
Todo empezaba a suponer para ella una carga demasiado pesada. De modo que,
resuelta a apaciguar su corazón a cualquier precio, decidió un buen día hablar de todo
ello con doña Faurèsa. Una vez más, la priora ya había adivinado lo que estaba
ocurriendo y tenía preparadas para ella palabras de consuelo:
—Yo también quise a un hombre, Vierna, aunque no te hagas a la idea después de
verme durante tanto tiempo llevando una vida de oración y castidad. Así que conozco
bien el embrollo de tus sentimientos. Sé que sientes una especie de dolor en tu
corazón, que no siempre consigues dormir cuanto quisieras y que cualquier cosa te
apasiona de repente o te desanima de forma incomprensible. Y sé también qué
sensación se tiene por dentro, quiero decir en un cuerpo tan joven como el tuyo,
cuando un hombre como Guilhem se aproxima demasiado…
Acababa de llegar el verano de aquel 1227 y, mientras seguían hablando, los
campos granados que podían ver desde la casa mostraban la lozanía de sus mejores
momentos. Con el calor, las flores de las ventanas del ostal de las mujeres empezaban
a tornarse marchitas y, por más que se tratara de una obra del diablo, animales y
personas habían sucumbido también ese año a aquel celo irresistible que, desde los
tiempos más remotos, dominaba el mundo de forma imperiosa y permitía la
perpetuación de las especies.
—Tú verás, Vierna, la clase de vida que deseas —proseguía con voz pausada la
priora—. Sabes muy bien que existe una vida santa que te conducirá con toda
seguridad hasta un buen fin, pero sabes igualmente que el amor por Guilhem, o por
cualquier otro hombre, no tiene cabida en ella. Yo había previsto para ti una vida de
mayor perfección, una vida como la que aquí llevamos, de castidad, de trabajo y de
oración. Esto es lo que yo deseaba para ti y para todas las personas a las que quiero…
Doña Faurèsa ya no miraba los ojos de Vierna, sino que su mirada se asomaba

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más allá de la ventana y parecía extenderse por todo el mundo exterior, aquel mundo
extraño que pugnaba tan dolorosamente por librarse de los pecados que lo mantenían
afligido.
—En cualquier caso, yo no tengo poder alguno para alterar tus sentimientos,
Vierna, ni para imponerte una continencia que sólo es exigible en aquellos que,
habiendo recibido ya la imposición de las manos, han conseguido liberarse del mal.
Así que sigue tu propio camino, procura aproximar en todo momento tu conducta a
los principios de la fe verdadera y manténte fiel a la Iglesia en toda circunstancia. No
puedo decirte más…
Pareció que ya había terminado, pero la priora se apercibió en seguida de que
había algo que no podía olvidar de ninguna manera:
—Hay algo que me preocupa, Vierna, y cuanto acabo de decirte hasta ahora no
valdría nada si no lo tienes en cuenta. Guilhem no pertenece todavía a nuestra fe, ya
lo sabes, y sin la entendensa del bien no existe salvación posible. Así pues, procura
enseñarle la buena creencia y de esta manera lograrás salvar el espíritu celestial que
lleva dentro…
Todo resultaba tan serio, y tan trascendente, que incluso una mujer como doña
Faurèsa se sintió obligada a quebrar una imagen tan severa:
—Ah, Vierna, y por si te marchas a recorrer el mundo entero con este chico,
procura que no pierda nunca la risa y que siempre te pueda mirar con esos mismos
ojos tan enamorados de ahora… Y, por cierto, venid a vernos a menudo, que las
hermanas y yo misma nos moriremos de tristeza y de nostalgia si te alejas de
nosotras…
Al fin, pues, todo se había colocado en su lugar natural, en un equilibrio perfecto,
y la confusión y el trastorno se convirtieron en un mundo ordenado y en un apacible
sosiego dentro de su corazón. A tenor de las palabras pronunciadas por doña Faurèsa,
existía un camino posible para el amor que luchaba por desbordarse, un camino que
podría recorrer sin desgarrarse internamente en la imposible elección entre Guilhem y
la fe de los amigos de Dios.
Mientras tanto, muy cerca del aposento en el que ambas mujeres habían
conversado, el muchacho de Gebetz se hallaba lejos de aquellos quebraderos de
cabeza. Simplemente, amaba con locura a Vierna y, a pesar de su carácter resuelto y
emprendedor, no dejaba de darle vueltas a cuál sería la mejor forma de decírselo. Mil
veces había ensayado las palabras exactas y, sin embargo, todas le parecían ridículas
y sin sentido. Por otro lado, temía que ella respondiera a su aturdimiento con alguna
risotada que pudiera herirlo.
No lo habría resistido. Había descendido de la montaña en busca de los atractivos
de la tierra baja y, en un imprevisible lugar, la fortuna le había permitido sentir
aquella irrepetible sacudida que sólo el auténtico amor consigue provocar. Ya no
deseaba saber nada acerca de nuevos caminos ni de nuevas aventuras, ya no le
complacía como antes dejarse rodar como un guijarro por aguas inciertas. Ahora, en

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cambio, deseaba apaciguar su corazón, mitigar la punzada que sentía en su interior
mediante el bálsamo de un sentimiento compartido con la mujer a la que amaba.
Por si fuera poco, por la noche, empujado por el deseo que le embargaba,
Guilhem soñaba muy a menudo con Vierna como si ésta se encontrara en carne y
hueso, y veía su rubia melena desparramándose fuera de la toca para deslizarse a lo
largo de su espalda. Entonces, siguiendo las maravillosas trazas de su sueño, él la
cogía en sus brazos y le besaba la boca con un deseo insaciable, le acariciaba los
senos y los muslos y le pasaba los labios y la lengua por el cuello y por la oreja.
Después la tomaba con una urgencia desmesurada, como si lo hubiera estado
esperando desde el instante mismo de nacer, y luego, cuando los espasmos del placer
supremo cedían su lugar al reposo y a la calma, se retiraba un poco para descansar su
rostro sudoroso y besarla con ternura en el vientre…
De repente, se despertaba con un enorme sobresalto y en seguida maldecía sus
huesos al darse cuenta de que todo no había sido más que un sueño y que una viscosa
humedad se escurría entre sus muslos. Y se enfurruñaba de nuevo por ser incapaz de
hablar a Vierna sin ambages y de abrir así las puertas a una vida en común y a tantos
y tantos placeres como sin duda le esperaban.
De modo que un día de finales de junio, cuando ya había oscurecido y había
llegado la hora de que todo el mundo regresara a su casa, Guilhem se armó de valor y,
junto a la entrada del ostal de las mujeres hasta donde había acompañado a Vierna, le
dijo con voz angustiada:
—Vierna, escucha, no te vayas todavía, tengo algo importante que decirte…
La chica lo miró llena de curiosidad y, por su condición de mujer, adivinó
perfectamente cuál era el origen de la turbación de aquel muchachote tan alto y tan
fuerte que ahora mismo, extraviado entre sus propias palabras, se acurrucaba contra
la pared como un gorrión.
—Tengo algo muy importante que decirte, Vierna, de veras… Lo malo es que no
sé cómo empezar…
—¿Ah, no? ¿Y por qué no lo intentas? Venga, hombre, di algo, no tengas
miedo… —le incitaba la muchacha con una sonrisa levemente maliciosa en los
labios.
—Pues, resulta que hace ya tiempo que yo… ¿Cómo lo diría? Pues que tú ya
sabes, que me gustas mucho… que por las noches no puedo dormir y me duele el
corazón cada vez que te veo. Y que yo, pues, que yo te quiero, Vierna…
Entonces lanzó un resoplido al tiempo que levantaba los brazos y añadió a
continuación:
—Eso es todo…
Por fin aquel tormento que tanto le había roído en los últimos días llegaba a su
final. Por su lado, la respuesta de la muchacha consistió en una resplandeciente
sonrisa y en una suave caricia en su mejilla:
—Yo también te quiero, Guilhem… Diría que desde el primer día en que te vi,

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cuando llegaste a la casa de El Mas, cargado con los cestos y las sacas de la lana y
con el rostro sonrojado…
—Vierna… —Guilhem se abrazó a la muchacha, y le llenó de besos la cara—. No
puedes imaginarte el peso que me quitas de encima…
—¿Y se puede saber qué pensaste que respondería? —Sus ojos chispeaban al
preguntarlo.
—No, si yo ya pensaba que me querías… Pero, claro, no sabía cómo hablarte… y
tenía miedo de que te burlaras de mí.
—¿Burlarme, yo, cuando hace ya tantos días que espero que me lo digas? ¿Yo,
que a lo largo de tantas y tantas noches echándote de menos no me he dormido ni una
sola vez sin antes recordar todos y cada uno de los pliegues de tu cara? —Vierna se
expresaba ahora con un incontenible afán, como si derramara de un golpe todos los
sentimientos que albergaba su corazón—. ¿Yo, que jamás he podido dormirme sin
antes musitar tu nombre, diez, cientos, miles de veces seguidas todas las noches?
¿Cómo pudiste pensar que iba a burlarme, precisamente hoy, el feliz día en que por
fin pronunciaste las palabras que siempre había soñado leer en tus labios?
—Te quiero, Vierna —repetía él, sumándose con voz nueva al incalculable coro
de los amantes de todos los tiempos que se han susurrado al oído las mismas
palabras.
—Te quiero, Guilhem, te quiero… —contestaba ella, presa de una viva emoción
—. Y sólo con poder decirlo cara a cara, con poder proclamar mi amor en voz alta, mi
corazón se atropella en mil latidos y siento correr por mi piel un extraño escalofrío…
Vivían solos en aquel lugar remoto, ella huérfana y él con sus padres y hermanos
en el país de Ayllón, lejos de la villa de Foix. Nadie, pues, pudo hacer para ellos
previsión alguna de futuro ni trato alguno de boda. Por otro lado, nada importante
aparte de su amor les pertenecía y, por último, la fe de Vierna veía el matrimonio
como una manifestación más de la lujuria… De modo que no hacían falta más
preámbulos, y estaba claro que resultaba ocioso preguntarse si la luna de aquellas
noches les era favorable: pocos días después, a petición de una Faurèsa un poco
turbada y con la presencia de todas las buenas mujeres en la sala, el diácono de su
iglesia se sentó ante la pareja y, tras rezar un Pater noster, les espetó por toda
ceremonia:
—Guilhem y Vierna, ¿deseáis amaros y vivir juntos?
Ambos respondieron de modo afirmativo.
—Esto puede ser bueno, si Dios quiere —prosiguió el hombre del hábito negro—.
Entonces, ¿prometéis que seréis fieles el uno al otro, y que os ayudaréis tanto en la
salud como en la enfermedad?
Ellos respondieron otra vez que sí, que serían fieles y siempre se ayudarían.
—Pues esto es todo. Podéis besaros, ya estáis casados. Dieus vos benesigua…
Poco tiempo después, doña Faurèsa obsequió a Vierna con el único vestido que
conservaba de su vida tolosana: una preciosa gonela roja, teñida con aquel escarlata

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sin par que la gente del Languedoc obtenía de la grana de la coscoja. Vierna, con el
llanto en los ojos, dejó su cinturón y su hábito oscuro en la casa de las mujeres y
aquella misma noche trasladó sus cuatro pertenencias a la calle del Relôtge, a la
habitación en la que vivía su marido.
Cuando quedaron a solas, y viendo a Vierna moverse con soltura por su casa, la
muchacha le pareció a Guilhem más hermosa que nunca. En realidad, ya no era
tampoco la niña que un día llegó a la casa de El Mas, acompañada por su tía: ahora
había cumplido ya los quince años y, sin duda alguna, su cuerpo estaba tan bien
formado como el de una mujer adulta.
La imaginación y el desvarío de tantas noches no tardaron en ceder el paso a un
conocimiento sin trabas. Y, a medida que la iba desnudando sin prisa, Guilhem supo
que, efectivamente, Vierna poseía unos senos turgentes y sabrosos y que aquella piel
tersa, tan blanca como la flor del espino, tenía un sabor salobre que enloquecía.
Después se apercibió de que tenía un cuerpo esbelto y unas piernas muy largas, y
tomó conciencia, asimismo, de que siempre que regresara en busca de su rostro
encontraría allí, en el mismo centro de la cara, una expectante boca que se abriría en
unos labios rojos como la grana. Por fin, abandonadas en el pasado sus antiguas
pesadumbres, unos ojos azules le sonreían ahora con renovada alegría, y esa sonrisa
los llenaba en todo momento de una luz especial.
¿Y su pelo? A decir verdad, y siguiendo el proceso gradual y excitante de quitarle
la ropa, sus ondulados cabellos aún permanecían ocultos por la toca que, como
siempre, ceñía la cabeza de Vierna. De modo que fue entonces, en aquel preciso
instante, cuando Guilhem consideró llegada la hora de dejar que se soltaran a lo largo
de su espalda y de hacer realidad, de una vez por todas, su sueño angustioso de tantas
húmedas noches.
Al final del trayecto le esperaba, como una puerta franca, como un cordial
pasadizo de sabrosos frutos, el triángulo dorado y oscuro del vientre de la muchacha.
Así pues, la poseyó por vez primera, y hubo un antes y un después de aquella noche.

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XVII

Tant ai mo cor ple de joya,


tot me desnatura.

Tengo mi corazón tan lleno de alegría


que todo me lo transfigura.

(Bernart de Ventadorn, trovador, siglo XII).

LLEGÓ ENTONCES un tiempo de una absoluta placidez, en el que el amor de


Guilhem y Vierna pudo desplegar sus alas sin restricciones de ninguna clase.
Los dos jóvenes pasaban tantas horas como podían en el lecho de aquel humilde
aposento, un rincón sin amueblar apenas que ni siquiera todas las riquezas del mundo
entero habrían podido convertir en una alcoba mejor. Se amaban con impaciencia y
con deleite, persiguiendo los rincones secretos y los espacios abiertos de sus cuerpos
con el incansable empeño de quien descubre una tierra incógnita, poblada de
maravillas. Nunca desfallecían en sus besos, y una caricia seguía a la anterior sin
tregua posible. El paso del tiempo no existía para ellos. Y cuando Guilhem, tras
recorrer de forma concienzuda el cuerpo de Vierna, alcanzaba a penetrarla hasta su
rincón más oculto, ella se entregaba con la fuerza del amor completo y, al mismo
tiempo, con el furor provocado por el deseo de enterrar todas las lágrimas que había
derramado.
Se sabían dueños de unos instantes irrepetibles, poseedores de un precioso tesoro
que, lejos de agotarse, se enriquecía sin cesar con nuevos descubrimientos y
conquistas. Y quién sabe si el incierto mañana que tenían por delante habría de
permitirles una vida lo bastante larga para poder consumar todo el amor que
atesoraban…
Era el buen tiempo, y parecía como si la naturaleza quisiera acompañar los
primeros pasos en común de la joven pareja. A menudo, a la hora del fresco, cansados
de trajinar por casa o de trotar sobre la cama, permanecían sentados en el umbral de

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la puerta que daba a la calle. Entonces Vierna arqueaba sus piernas y mantenía la
cabeza de Guilhem en su regazo. Mientras comentaban sus sentimientos y sus sueños,
ella se demoraba quitándole los piojos del pelo con una paciencia y una ternura
infinitas.
Guilhem, por su lado, le hablaba incansablemente de sus montañas, le explicaba
la vida de los pastores y le describía, con todo el esmero de que era capaz, cómo
varios centenares de cabezas de ganado se desparramaban, lo mismo que un blanco
tapiz en movimiento, por los valles cubiertos de hierba de su país.
—Tú, Vierna —le decía en otras ocasiones—, conoces tan sólo aquella nieve
pasajera que, todos los inviernos, corona las cumbres de las montañas y cubre los
tejados de las casas. Pero allá arriba la nieve no está simplemente de adorno, ni
siquiera para darnos el agua clara que, más adelante, cuando llegue el deshielo,
manará de las fuentes cristalinas o correrá por los arroyos y badenes. La nieve,
Vierna, también es un manto precioso que protege las plantas y las flores para que las
heladas no las maten de frío.
—Pero si la misma nieve está helada, Guilhem…
—Tan sólo en su justa medida… Fíjate en las matas de rododendro, aquellos
arbustos que apenas se yerguen tres o cuatro palmos del suelo pero que, tan pronto
como llega el buen tiempo, cubren la montaña toda como una bendición de flores de
un rosa muy vivo. Has de saber que, antes de la llegada del otoño, y sin ser visto, el
rododendro ya ha echado aquellos tiernos retoños y aquellas yemas que no van a
florecer hasta la primavera siguiente. Si esto es así, si tanto se adelanta al ciclo
natural de las cosas, cabría preguntarse cómo despabila, un arbusto tan precoz, para
pasar todo el invierno allá arriba y resistir a las heladas… Pues resulta que, cuando
más cerca se encuentra del peligro, justo en ese momento, hace su aparición la nieve
providencial que con su capa protectora se extiende por encima de la planta y la cubre
mientras dura el tiempo frío. Por eso, y no por otra cosa, las matas de rododendro se
expanden precisamente a través de las zonas más sombrías, y buscan siempre
aquellos lugares donde suele nevar más a menudo…
Vierna permanecía completamente muda, por temor a que a su compañero se le
olvidaran otras ideas semejantes. Pero de repente, en cualquier momento, Guilhem
observaba el profundo azul de los ojos de su amada durante un largo rato e,
interrumpiendo el hilo de su propio discurso, le espetaba por sorpresa un nuevo
antojo:
—¿Sabes, Vierna? Algún día tú y yo iremos a ver el mar…
—¿El mar? Oh, sí, Guilhem, me encantaría —contestaba ella.
—Verás, hace muchos años conocí a un pastor de Gebetz que guiaba el rebaño de
una abadía cercana a nuestro pueblo y que todos los inviernos, cuando había que
bajar hasta el llano, apacentaba sus ovejas más allá de los collados, en tierras
catalanas. De vez en cuando, al tiempo que se dirigía hacia el sur, se acercaba con
prudencia hasta la costa, en una zona repleta de acantilados en la que las olas rompían

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contra la roca con enormes montañas de espuma blanca. Mi amigo decía que, al
crecer, los pinos y las sabinas que había en lo alto del risco se inclinaban hacia
delante en busca del mar, porque también ellos ardían en deseos de recibir el embate
de las aguas…
—Y acerca del mar, ¿qué decía tu amigo? —preguntaba Vierna, mientras
acariciaba los negros y rebeldes cabellos del hombre a quien amaba.
—Pues decía que era inmenso y que los ojos de los hombres, por más que se
afanaran en ello, jamás alcanzarían a ver sus límites. Y que al final, en la misma línea
del horizonte, el mar y el cielo se unían a menudo en una difusa mezcla de un azul
profundamente intenso, el mismo azul que ahora veo en tus ojos…
—¿Y el agua, Guilhem?
—Oh, el agua… siempre iba y venía sin descanso, de noche y de día, y muchas
veces, cuando el rey del fondo de los mares se enfurecía, las olas se agitaban de tal
modo que alcanzaban una altura mayor que la de dos hombres subidos uno encima
del otro. Por lo demás, mi amigo decía asimismo que una nave o un barco de guerra,
atrapados en medio del mar embravecido, cabeceaban dentro de él como un cascarón
de nuez perdido en una torrentera anegada por la lluvia…
—¿Qué otras cosas te contaba tu amigo? —seguía insistiendo la muchacha.
—Pues no sé, muchas otras cosas… Que no existe un único azul dentro del agua,
sino que los diversos tonos del color del mar, incluido el ocre de la tierra y el verde
más sombrío, se oscurecían a medida que se alejaban de la costa. Y que dentro del
mar viven millares y millares de peces muy diversos, y que alcanza tal profundidad
que una montaña como el pech de Montsegur cabría entera en su vientre…
—¿Iremos al mar algún día, Guilhem?
—Sí, Vierna, ya te lo dije, un día iremos los dos juntos…
La conversación tomaba después derroteros distintos, hasta que el muchacho se
cansaba por fin de permanecer tumbado en el suelo con la cabeza en el regazo de
Vierna. Entonces se levantaba bruscamente y, con una expresión risueña, la tomaba
por la cintura. Y Vierna, que había pasado la tarde entera despiojándolo y escuchando
sus historias sin fatiga, rezongaba entre los dientes por tan absurda impaciencia…
Guilhem tenía mil historias que contar, pero Vierna, por su lado, no dejaba pasar
la menor oportunidad sin ir adoctrinando a su compañero en la buena creencia. Si,
por ejemplo, se acercaba la hora de comer, jamás habría consentido que empezaran la
hogaza del pan de morcajo sin rezar previamente el benedicite; o bien, si se trataba de
cortar el pan a rebanadas, la muchacha se sorprendía al ver cómo Guilhem lo
bendecía haciendo la señal de la cruz con su cuchillo:
—¿Qué haces?
—Nada, estoy cortando el pan…
—Sí, pero antes ¿qué hiciste?
—¡Ah! Lo bendije, esto es todo…
—Y ¿por qué lo bendices con una cruz?

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—Pues, no sé… supongo que porque así solían hacerlo mis padres —explicaba
Guilhem, visiblemente sorprendido.
—¿Con la cruz? ¿No comprendes que no tiene sentido?
—Perdona, Vierna, pero no te entiendo…
—Sí, hombre, sí, está muy claro… Verás, la costumbre de la Iglesia romana de
adorar la cruz es completamente absurda. ¿Se puede saber por qué deberíamos
adorarla?
—Pues, no sé, porque siempre se ha hecho así, supongo… y porque Jesús murió
en la cruz, mira tú…
—No, Guilhem… Vamos a ver, si hubiesen colgado a tu padre de un árbol, ¿se te
ocurriría venerar ese árbol? ¿Verdad que no?
—Hombre, pues no, seguro que no…
—Y si lo hubiesen colgado de la horca, ¿venerarías el instrumento de suplicio de
tu padre? —insistía Vierna, cada vez más enardecida al ver como Guilhem titubeaba.
—No, no, supongo que no…
—Pues eso, Guilhem: la cruz no es otra cosa que el instrumento de suplicio de
Cristo, y por esto es totalmente absurdo adorarla…
Siguiendo una lógica tan abrumadora, la conclusión tenía todos los visos de ser
definitiva, pero el chico vacilaba todavía un poco, como si le quedara algo que
aclarar…
—De acuerdo, Vierna, tal vez tengas razón… Pero ¿qué nos dice la fe sobre las
estatuas de las iglesias? ¿Y las imágenes de Santa María?
—Nunca verás ninguna en las casas de los bons homes. ¿No te das cuenta de que
resulta absurdo venerar todos estos ídolos? ¡Son pedazos de madera, Guilhem,
cortados por la mano de los hombres! —Vierna tomaba aliento un instante y entonces
vertía el último elemento de su lógica implacable—: ¡Y pensar que sigue habiendo
gente que cree que estas estatuas hacen milagros!
Y entonces ya sí, Guilhem quedaba visiblemente desconcertado y recordaba la
pequeña iglesia de su pueblo, las procesiones y las fiestas religiosas de primavera, así
como la ceremonia anual de la entrega de los primeros vellones a san Antonio y a la
Virgen María. Pero no insistía porque habría sido inútil contradecir a aquella
muchacha tan segura que, cuanto más se enardecía, más hermosa parecía. Por si fuera
poco, se había propuesto firmemente hacer de él un buen cristiano y era evidente que
no cejaría en su empeño hasta lograrlo…

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XVIII

… Covench que cavayler per noblea de coratge


e de bones custumes (…)
fos amat e temut per les gents…

… Conviene que el caballero, por nobleza de su valor


y de buenas costumbres (…)
sea amado y temido por la gente…

(Ramon Llull, Llibre de l’Orde de Cavalleria).

HUC DE MONTGRENIER no era un hombre que se rindiera fácilmente ni que


dejara sin respuesta alguna negativa o cualquier ultraje. Si se había propuesto obtener
alguna cosa, por inasequible o difícil que fuera, no ahorraría esfuerzos ni diligencias
de ninguna clase hasta llegar a conseguirla. Y Vierna se había convertido, justamente,
en un objeto apetitoso que, más allá de su primera resistencia, tarde o temprano caería
en sus manos.
Huc era, asimismo, un hombre sin escrúpulos, acostumbrado a salirse con la suya
a garrotazos o comprando voluntades. Hijo de un ceñudo herrero de Montgrenier, su
padre había sido proveedor del castillo de Foix en materia de armas, herraduras y
herramientas de corte y, desde el primer día, se había propuesto liberar a su único hijo
de un oficio tan duro como el del yunque. De modo que, empleando sus buenas
relaciones con la nobleza, había conseguido que el muchacho entrara como paje al
servicio de la corte condal cuando era todavía un chiquillo. Después, sucesivamente,
el joven Huc había escalado hacia la condición de escudero y, gracias a méritos
propios exhibidos en el campo de batalla, había llegado de forma excepcional a
obtener la investidura en el orden de caballería.
Más tarde, cuando ya se había dado a conocer y tenía el cuerpo marcado de
cicatrices, entró al servicio personal del conde de Foix y se casó con una mujer
flacucha y discreta, pálida como la cera, una dama noble de aspecto amedrentado que
se sometía sin rechistar a los requerimientos de aquel rufián. Pero aquella mujer tan

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sumamente dócil no le dio sucesión alguna y Huc se fue desentendiendo de ella cada
vez más, hasta acabar viviendo tan sólo para las armas y para los escándalos y las
bullangas que organizaba a diario recorriendo las tabernas y las casas del burdel de la
villa.
Todo el mundo le odiaba, pero ello constituía para él una suerte de signo
distintivo que le situaba en un plano superior a la gente vulgar y asustadiza que huía
al verle. Por el contrario, se había convertido en el brazo derecho del conde en las
empresas bélicas, pues su fuerza descomunal y su extraordinario manejo de la espada
y de la lanza hacían de él, en los campos de batalla, un temible caballero. Finalmente,
la extraña coloración de sus ojos le otorgaba una mirada singular y aterradora que
completaba el aspecto conturbador que presentaba.
Huc, pues, se había empecinado en poner entre sus piernas a aquella muchacha
tan insolente y atractiva que, cuando ya olfateaba su fragancia, se le había escurrido
entre los dedos. Pero daba lo mismo: en cierto modo, la momentánea rebeldía y la
inaudita desvergüenza de su víctima añadirían una incitación y un aliciente
suplementarios a la segura conquista.
Al volver de una expedición que le mantuvo alejado durante un tiempo del
castillo condal, Huc de Montgrenier tuvo la sorpresa de descubrir que, durante su
ausencia, el pájaro que tanto codiciaba había abandonado su nido. Sin embargo, no
tardó mucho en saber que, curiosamente, la antigua sirviente de doña Fabrissa vivía
ahora en una comunidad de buenas cristianas y, por lo tanto, vestía el hábito oscuro.
Desde luego, se trataba de una vida más oculta y más inaccesible para el mundo
exterior, pero estaba seguro de encontrar la forma de burlar la reclusión de la novicia.
Por otro lado, la probable virginidad de la muchacha se completaba ahora con el
estimulante atractivo de una vida que se pretendía casta y pura para siempre. ¡Ah,
siendo así, quién pudiera palpar aquellos redondeados senos púdicamente ocultos
bajo la camisa, quién pudiera desgarrar con un golpe de su daga el hábito de aquella
santa novicia y penetrar sus más íntimos secretos! ¡Qué mujer tan apetecible, que
objetivo tan excitante y lujurioso! En sus noches de delirio, Huc de Montgrenier iba
imaginando en millares de ocasiones la escena soñada y se complacía en revestirla de
contornos alucinantes y lúbricos, mientras se entregaba, como descarga final y con
una frenética energía, a su placer solitario.
De repente, cuando ya estaba tramando su conquista, tuvo la desagradable
sorpresa de descubrir la existencia, en la vida de la muchacha, de un hombre joven y
robusto, un comerciante de lana que, según se decía, provenía de las altas montañas.
Más aún, pudo comprobar con estupor que aquel desconocido muchacho se había
llevado consigo a su presa del ostal de las buenas mujeres y vivía amancebado con
ella en una pobre casa de la calle del Relôtge. Su sueño virginal se desvanecía por
momentos, por más que la muchacha conservara por supuesto una bella figura y un
cuerpo apetecible.
Todo empezaba a resultar demasiado enojoso y complicado, y a la espera de su

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presunta conquista, Huc de Montgrenier pensó en la forma de perjudicar aquella
unión conyugal tan inoportuna y de amargarles a ambos la existencia. Poseído por el
orgullo y sumamente pagado de sí mismo, el caballero llegó a pensar que tal vez la
muchacha se le había resistido, no tanto por un escrúpulo absurdo, sino por culpa de
aquel joven, e incluso tal vez se enfrentó a él contando con la confianza de un brazo
protector. En suma, un ridículo obstáculo para un hombre que había matado a un
incontable número de cruzados y que había salido airoso de mil lances infinitamente
más comprometidos. Consagrado, pues, a buscar la forma de perjudicar a la pareja,
no tardaría mucho tiempo en hallar la ocasión más propicia.
Entre tanto, los dos jóvenes vivían felices, ajenos por completo a los perversos
planes de aquel caballero de extraña mirada. Sentían la exaltación de su nuevo amor y
se entregaban a él sin ningún tipo de reparo. Muy a menudo, compartían mesa y
plegarias con las bones dones del ostal, o bien las ayudaban en sus labores con la
lana. Tomier de Foix, el joven trovador de cara pecosa y pelo rojizo, les visitaba de
vez en cuando y, entre uno y otro plato, les iba contando sus lentísimos progresos
ante la bella dama de sus sueños. Lo cierto es que, últimamente, aquella mujer
esquiva y distante —a quien el joven poeta había designado con el lastimero nombre
de Injusta-me-sois— ya le admitía ahora entre sus más asiduos acompañantes.
Incluso, un día memorable, seducida por unos afortunados versos, la dama había
llegado hasta el extremo de regalar a su trovador un pañuelo de lino perfumado en
almizcle.
Al término de la cena, cuando la noche se iba apoderando de todos los rincones
de la pequeña habitación, Guilhem encendía un par de candelas y llenaba los vasos de
vino añejo. Entonces, Tomier ponía su rabel entre las rodillas y, con la ayuda del arco,
arrancaba del instrumento melancólicos lamentos y sonidos que acompañaban su
canto. Tenía buena voz y cantaba con un indefinible sentimiento, como si su profunda
tristeza tuviera sus raíces hundidas en prolongados siglos de desamor. Al finalizar sus
canciones, la casa quedaba impregnada de melodía y de nostalgia, y Tomier
emprendía la cuesta del castillo una vez más para regresar a su cama: muchas veces
era ya la tercera vigilia de la noche…
Entonces, Guilhem y Vierna no podían pegar ojo, y el dulce eco de aquellos
versos y canciones les abría la puerta hacía el mágico dominio del amor, donde
ambos recalaban como en un puerto acogedor y amistoso. Seguían sin desfallecer en
sus besos y en sus relatos acerca de todos y cada uno de los pliegues de sus vidas,
hasta que al fin se dormían casi sin darse cuenta, uno en brazos del otro.
A menudo Vierna se despertaba al rayar el alba y, bajo la pálida luz que entraba
por la ventana, se deleitaba contemplando durante largo rato el sueño tranquilo y
confiado de Guilhem. No se hacía a la idea de sentirse poseída interiormente por tan
impetuosa fuerza, de amar con tal intensidad al hombre que dormía semidesnudo a su
lado y que mostraba a los ávidos ojos de la muchacha un cuerpo robusto y armonioso,
curtido a fuerza de tantas horas al sol y a la intemperie. Poco a poco, cediendo a una

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inmensa ternura y liberada para siempre de un falso pudor, ella le acariciaba el
mechón de cabellos que cubría su frente, y luego las mejillas, el pecho y los brazos,
hasta que Guilhem se despertaba ardiente como una brasa y, cubriéndola de besos y
abrazos, la tomaba de nuevo hasta lo más profundo. Entonces, ansiosos por convertir
en infinita aquella noche, ambos amantes habrían deseado que el rosado beso de la
aurora se demorase lo más posible aquel día…
Así pues, las horas y los días huían raudos y ellos vivían su tiempo de exaltación
sin preocuparse mucho por las cosas materiales, y en una considerable pobreza. De
modo que no resultó nada extraño que lentamente fueran disminuyendo de forma
apreciable sus ahorros. Pronto habría que hacer algo…
Por fortuna llegó la época de esquilar las ovejas y, en consecuencia, el momento
de regresar al país de Ayllón para comprar a los pastores de Gebetz y alrededores los
vellones de lana para otro año. Guilhem esperaba anhelante aquel momento, ya que
ardía en deseos de encontrar de nuevo su paisaje, de ver a sus padres y hermanos y,
sobre todo, de mostrarles a Vierna. Así es que, una mañana del mes de mayo,
cargaron con lo necesario su zurrón, se subieron a su carro y, siguiendo el pausado
ritmo del caballo que les guiaba, emprendieron el camino de las montañas.
Tras varios días que parecieron interminables, Guilhem avistó por fin los
primeros tejados de Gebetz y, más arriba, la encumbrada pradera donde se levantaba
la casa de mis padres y hermanos. Sentía una extraña agitación y se dirigía
constantemente a Vierna para mostrarle con su brazo extendido los prodigios del
mayo exuberante y luminoso de su país. Por fin, fatigados pero contentos, se
aproximaron al humilde hogar de los pastores y pudieron distinguir, a lo lejos, la
silueta algo más curvada de padre y madre que, alertados por los ladridos y el
alboroto de los perros, habían salido a recibirles.
Aquel día, la madre de Guilhem, incómoda ante la presencia de aquella muchacha
de pelo dorado y discreto ademán que parecía vivir amancebada con su hijo —sin
padres, sin dote, sin contrato de matrimonio…—, habría matado un cordero en señal
de bienvenida; sin embargo, no lo hizo, pues su hijo mayor, atrayéndola súbitamente
hasta un rincón de la foganha, le advirtió de forma apresurada que él y su mujer
jamás probaban la carne…
Después, con toda naturalidad, vino el trabajo de esquilar las ovejas, de separar
los vellones y de aportar sus brazos a las agobiantes labores cotidianas. Por la noche,
mientras permanecían sentados junto al hogar, Miquèu, el segundo hijo de la familia,
narraba las aventuras de la última invernada en los valles del río Aglí. El padre, parco
en palabras como siempre, se limitaba a mover la cabeza en señal de asentimiento o a
añadir alguna precisión a lo que iba relatando el muchacho. Guilhem les escuchaba
en silencio con una profunda emoción y, al tiempo que iba rememorando los años
pasados, contaba los surcos que el paso del tiempo dibujaba en el rostro y en las
manos del viejo pastor. Sin embargo, se le iba el santo al cielo muchas veces, absorto
en la idea de comprobar que todas las cosas regresaban a su orden natural, a la

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certidumbre de lo realmente duradero, al consuelo de recuperar por unos cuantos días
la dicha inocente de su infancia.
Allí, en aquel humilde rincón de una casa tan sumamente pobre, se encontraban
todas las personas a las que amaba, y las maldades del Dios malvado y de los
perversos hombres no parecían alcanzar la paz de las montañas.

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XIX

Roma, tant tenetz estreg la vostra grapa


que so que podetz tener, greu vos escapa…

Roma, estrecháis de tal modo vuestra garra,


que difícilmente se os escapa lo que podéis alcanzar…

(Guilhem Figueira, trovador, siglo XIII).

AL CABO DE UN mes, Guilhem y Vierna emprendieron el camino de regreso


hacia Foix. Ahora llevaban en su carro varios sacos llenos a rebosar de vellones de
lana suarda, todavía sin lavar, y calculaban ganar con ella un buen dinero siguiendo
mercados y ferias del condado. Mientras tanto, permanecerían a la espera de que un
arriero de Gebetz les bajara con sus bueyes y su carreta —la única de todo el pueblo
— los restantes sacos de aquel año.
El arriero era un hombre fornido y chaparro que, cuando no se hallaba montado
en su carreta de transporte, tenía un oscilante caminar que mecía sus caderas y sus
brazos como un barco a las puertas de un naufragio. Honrado y merecedor de toda
confianza, robustecía su natural respeto con una barra de hierro que alejaba a
ladrones y proscritos de la mercancía que transportaba por los caminos del mundo.
Tenía a gala servir el género en la fecha fijada, pero no podía soportar plazos
demasiado forzados ni prisas de ninguna clase, pues nada existía en parte alguna que
pudiera acelerar ni un instante el ritmo tranquilo y hasta cachazudo de su existencia.
Así es que el buen hombre se tomó todo el tiempo necesario para ir descendiendo
de las montañas con aquellos sacos repletos de vellones de lana que, comprados a
módico precio entre los pastores de la tierra de Ayllón y vendidos después con el
correspondiente recargo, permitirían a Guilhem y Vierna recomponer sus maltrechas
finanzas. Próxima ya la fecha de San Juan, los bueyes y las carretas enfilaron con
paso remolón el trillado camino que llevaba hasta la villa de Foix: otras dos jornadas
de marcha y habrían llegado…

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Aquel día, ansioso de poner término a su ruta, el arriero madrugó más de lo
habitual e inició su andadura a la hora del tercer canto del gallo. Y, cuando ya había
recorrido más o menos un par de leguas, al amparo de la espesura y de la tenue luz de
la mañana, cuatro hombres montados a caballo y armados con espada y con antorchas
se plantaron de un salto ante la carreta. Los bueyes detuvieron el balanceo de sus
calmosas pisadas y un reguero de frío sudor se deslizó entre los erizados cabellos del
arriero. No hubo palabras: una espada oportunamente colocada ante su cuello
persuadió al buen hombre de la conveniencia de bajar tan deprisa como pudiera del
pescante de la carreta y dejarse guiar dócilmente hacia un claro cercano, donde le
ataron fuertemente a un árbol. Después, estremecido por la duda de lo que podría
pasar, sintió muy próximo a él el chisporroteo que suele hacer un fuego cuando se
aviva y, a renglón seguido, pudo ver cómo subía hacia el cielo una negra y espesa
humareda. Habían quemado la carreta y las sacas de lana. Más adelante, podría
comprobar asimismo que aquellos hombres armados habían llegado al exceso
gratuito de sacrificar los dos pacíficos bueyes que le habían conducido hasta aquel
maléfico lugar.
Acabado rápidamente su trabajo, los cuatro hombres regresaron al claro donde se
hallaba el arriero y éste creyó que se disponían a quitarle la vida. Pero no fue así. Uno
de los cuatro hombres, aquel que parecía estar al mando, se le acercó montando un
magnífico caballo de piel negra y, arrimándose hasta su mejilla, le espetó:
—¡Saludos al pastor y a la antigua novicia! —Y, mientras hablaba, unos extraños
ojos resplandecieron de forma inquietante bajo la luz de la antorcha.
Acto seguido, los cuatro hombres armados se perdieron en la espesura del bosque.
El arriero permaneció atado un buen rato, aterrorizado por cuanto había visto y por
cuanto podía ocurrir si no lograba soltarse de inmediato, con tantos animales
acechando en el bosque. Finalmente, un leñador que había acudido hasta aquel lugar
atraído por la negra nube que ascendía cielo arriba, lo acompañó a ver los dos
animales muertos y los humeantes restos de la carreta y los vellones. Todo se había
perdido, desde luego, y de esta manera Guilhem y Vierna se verían privados de la
mayor parte de la lana que pensaban vender.
Una vez en Foix, el pobre arriero les contó su desdicha y, entre resoplidos y
lamentos, fue describiendo ante ellos las facciones y el porte del jefe del grupo.
—Así pues, ¿qué aspecto tenía? —preguntaba Guilhem.
—No sé, muy alto y fortachón, con el pelo largo y la barba rizada. Hablaba con
voz grave, como si estuviera hablando desde la boca del mismísimo infierno. Ah…,
ahora que me acuerdo, miraba de un modo muy extraño…
—¿Extraño? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Vierna, encogida.
—Pues, no sabría cómo explicarlo. Parecía como si tuviera la mirada de un
loco… A decir verdad, era repulsivo.
No precisaron más detalles. Vierna y Guilhem acababan de descubrir que alguien
se había propuesto perjudicarles y que el largo brazo de un ser tan poderoso podía

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alzarse, amenazante, en cualquier esquina.
Vierna sintió en su interior un antiguo desconcierto que le resultaba familiar, una
suerte de vértigo que le hacía trastabillar en aquella realidad que la estaba
acorralando. Una vez más, en un inesperado recodo del camino de su existencia, el
mal adoptaba forma humana y se aparecía ante ella con el perverso afán de hurgar las
heridas que con el paso del tiempo habían ido cicatrizando. Entonces le parecía que
jamás tendría descanso, que tantas veces como intentara construir un entorno amable
y seguro que la guareciera del dolor y la pena que siempre la habían acompañado,
acabaría resurgiendo, tarde o temprano, la presencia del antiguo mal que siempre la
acechaba entre tinieblas.
De momento, sumidos ambos en un profundo desconcierto, se apresuraron a
vender la lana que ellos mismos habían traído en su carro y a imaginar un futuro
inmediato de agobiantes e imprevisibles contornos. Guilhem se incorporó a una
partida de leñadores y Vierna, incapaz de comprender el alcance de lo que estaba
ocurriendo, volvió a cardar e hilar la lana en el ostal de doña Faurèsa. Así,
conscientes de la sombra cercana del hombre del castillo, resolvieron dejar transcurrir
varios meses, hasta que adoptaran una decisión definitiva.

* * *
Mientras tanto, en otras partes del Languedoc, la historia había seguido su curso.
Desde luego, continuaban las escaramuzas y las batallas, y los pueblos cambiaban de
señor y de estandarte siguiendo el vaivén de un trágico péndulo: ora caían en manos
de los cruzados y de la hueste francesa, ora regresaban a los brazos salvadores del
conde Raimon. Sin embargo, las hostilidades se prolongaban demasiado, los graneros
estaban cada vez más vacíos, el país entero se sentía exhausto de tanta sangre y de
tanta guerra y el ejército real iba asentando su dominio de manera implacable, hasta
el extremo de haberse presentado una vez más ante las puertas de Tolosa y haber
sitiado la ciudad a lo largo de tres meses. Y hubo más, todavía: las tropas cruzados
llegaron a efectuar varias incursiones hasta el mismo condado de Foix…
Así pues, todo estaba a punto para una capitulación definitiva, todo conducía
hacia la forzosa firma de un tratado que implicaría en realidad la sumisión del
Languedoc a la corona francesa. En consecuencia, las negociaciones para la «paz»
religiosa y política culminaron en un acuerdo que sometía al joven conde de Tolosa,
Raimon VII —el hijo de aquél que estuvo en la batalla de Muret—, a una treintena de
condiciones vergonzosas, una de las cuales parecía inevitable:

Nos perseguiremos sin tregua y con todas nuestras fuerzas a los herejes, a sus creyentes, fautores y
encubridores, por las tierras que Nos mismo y los nuestros poseemos y poseeremos, sin escatimar en esta
tarea ni a nuestros próximos, ni a nuestros vasallos, ni a nuestros parientes, ni a nuestros amigos.
Purgaremos estas tierras de los herejes y de la peste herética, y ayudaremos asimismo a purgar las tierras
que poseerá el señor rey…

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Este compromiso genérico fue concretado, de una forma más precisa todavía, en otra
cláusula del acuerdo forzoso:

Nos prometemos hacer justicia sin demora a los herejes comprobados, y hacer que los busquen sin tregua
ni miramientos por medio de nuestros bailes; buscar asimismo con celo a los herejes eventuales, a sus
creyentes, fautores y encubridores, según las órdenes que a tal efecto dará el señor legado del Papa. A fin
de desenmascararlos mejor y más fácilmente, prometemos pagar dos marcos de plata durante dos años, y
un marco transcurrido este plazo, a toda persona que denuncie a un hereje…

El acuerdo fue solemnemente ratificado en París, el jueves santo del año 1229, ante el
pórtico de Notre-Dame y en presencia de un muchacho rubio y delgaducho, Luis, el
ilustre rey de Francia que un día sería elevado a la gloria de los altares. Aquella
mañana de abril, la gente se apiñaba en los tejados y las ventanas de las casas, y los
palacios y los márgenes del Sena estaban atestados de burgueses y artesanos,
deslumbrados por la magnificencia de un estrado coronado de lujosísimos damascos
y repleto de telas de oro y alfombras de Persia. Desde aquel lugar, el cardenal legado,
vestido de púrpura desde los zapatos hasta el capelo, bendecía con su enguantada
mano a aquel gentío enfervorizado bajo el toque de las campanas…
Allí mismo, en la plaza y delante de todos, Raimon el Joven juró, punto por
punto, todos los artículos del ignominioso acuerdo, sin que esto bastara todavía para
un hombre de su ralea, tan necesitado de penitencia: sería preciso que, además, se
sometiera a la denominada reconciliación canónica. Así, pues, despojado de su traje
de gala y de todo calzado, cubierto únicamente con una simple camisa y unos
calzones, el conde de Tolosa tuvo que entrar andando en la catedral hasta ser
conducido a los pies de un altar mayor rodeado por una impresionante pléyade de
obispos, abades y clérigos. Y fue en aquel solemne marco donde, arrodillado ante el
altar y con una cuerda alrededor del cuello, recibió en su desnuda espalda una espesa
lluvia de azotes del legado papal que lo dejaron tan sangrante y humillado como el
más vil de los malhechores. Después, el fiel servidor de un dios aparentemente tan
implacable colocó su estola sobre la cabeza de aquel penitente sin enmienda y,
poseído entonces por una infinita misericordia, le otorgó una absolución que, por fin,
devolvía al conde al seno de la Iglesia de Roma.
Muy pronto, las defensas de Tolosa fueron desmanteladas, varios castillos
tuvieron que ser entregados de inmediato y se enviaron distintos comisarios a vigilar
el cumplimiento del acuerdo. Incluso la hija del conde Raimon fue prometida al
hermano del rey… Con estas medidas y otras muchas, el sueño occitano y la primera
cruzada en tierra cristiana habían llegado a su término…
Toda esta actividad política no podía dejar indemne el condado de Foix, tierra
donde vivían Guilhem y Vierna, doña Faurèsa y las buenas mujeres. De momento,
obligado por las circunstancias y por el vasallaje debido al condado de Tolosa, el
conde Rotger Bernart tuvo que someterse igualmente al rey de Francia y a las
cláusulas religiosas del Tratado de París, entre las cuales la lucha contra la herejía.
Después, sometido a nuevas presiones, tuvo que aceptar que el propio castillo condal

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de Foix fuese ocupado durante cinco años por una guarnición del rey de Francia. Y,
como si se negara a seguir viviendo en un mundo tan hostil, la esposa catalana del
conde, Ermessenda de Castellbó, fiel creyente de la Iglesia de los buenos cristianos,
cayó enferma y murió al cabo de pocos meses…
Mientras tanto, aquí y allí, un puñado de hombres y mujeres que vivían muy lejos
de las pompas y las miserias del siglo, permanecían obstinados en una fe religiosa sin
futuro ni esperanzas razonables. Por más que se vieran obligados a emprender de
nuevo el camino de la clandestinidad y del exilio, estaban convencidos de acoger en
su corazón la buena creencia, aquella que habría de conducirles al buen fin que
esperaban.

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Segunda parte

1229-1244
LA INQUISICIÓN

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XX

Ai, Toloza e Proensa…


quo vos vi e quo’us vey!

¡Ay, Tolosa y Provenza…


cómo os vi y cómo os veo!

(Bernart Sicart de Maruèjols, trovador, siglo XIII).

LLEGARON NUEVOS TIEMPOS. Tiempos de cambios, de adaptación a unas


circunstancias distintas, tiempos de constantes humillaciones para la gente del
Languedoc, que vio su tierra ocupada por los soldados de las tropas reales. El nuevo
régimen surgido del tratado de París, es decir, la paz de la Iglesia y del rey,
transformó en muchos aspectos la vida de un gran número de personas.
En Foix, por ejemplo, doña Faurèsa se vio nuevamente en la obligación de
disolver de forma precipitada su comunidad de bones dones y buscar un refugio
provisional en una casa amiga del Lauragués, no muy lejos de aquel Mas Santas
Puellas donde había fundado su primer ostal. Tomier de Foix, el trovador de pelo
rojizo y corazón apesadumbrado, tuvo que sufrir ahora la marcha de su dama hacia
Lombardía y, consciente de que aquéllos no eran buenos tiempos para poetas y
músicos, tomó la decisión de emprender una nueva vida en tierras catalanas. Por su
parte, doña Fabrissa, la noble dama que había acogido a doña Faurèsa y a Vierna en
cuanto llegaron a Foix, optó por abandonar el castillo antes de que algún clérigo
católico la denunciara por una fe considerada herética que nunca quiso disimular.
Finalmente, Guilhem y Vierna consideraron que lo mejor sería dejar la habitación de
la calle del Relôtge y, por el momento, regresar a Gebetz, donde pasarían una larga
temporada en casa de los pastores.
En definitiva, toda una pequeña comunidad basada en profundas convicciones
religiosas y en sólidas relaciones personales se estaba viendo devastada por una
desbandada imprevista y fulminante. Para unos, los bons homes y los creyentes de la

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Iglesia de Dios, todo aquello no era más que la irrefutable prueba de un anuncio
evangélico contenido ya en las proféticas palabras de Jesús: «Si me persiguieron a
mí, también os perseguirán a vosotros». Para los demás, amigos, parientes y
conocidos, lo que estaba ocurriendo era, naturalmente, la trágica consecuencia de la
capitulación en toda regla contenida en el Tratado de París.
Sea como fuere, lo cierto es que Guilhem y Vierna tuvieron que resignarse a
cerrar los acuerdos que tenían pendientes con algunos tejedores y a disponer las cosas
para emprender el camino del país de Ayllón. A pesar de la amenazadora sombra que
les rondaba, creían disponer todavía en aquellos momentos de unos cuantos días; sin
embargo, no podían ni siquiera imaginar lo que estaba a punto de acontecer.
Todo empezó una tarde del mes de septiembre, después de comer. Aquel día, Huc
de Montgrenier, que ya estaba cavilando la forma de abandonar a su señor y pasarse
al bando de los cruzados, recibió de la fortuna un regalo inesperado. Acababa de salir
de Foix, solo, para llevar a cabo una urgentísima misión a las órdenes del conde, uno
de los últimos encargos que, antes de traicionarle, tenía previsto ejecutar. Al pasar
cerca del río, mientras cabalgaba su magnífico corcel de pelo negro, tuvo la sorpresa
de ver a la muchacha que tanto codiciaba bajando tranquilamente hasta la ribera con
una cesta bajo el brazo. Parecía resuelta y contenta y nadie la acompañaba; no había
tampoco ninguna otra lavandera en la orilla del río. Ante tan afortunado encuentro,
Huc detuvo su caballo y se ocultó tras un enorme nogal, esperando un momento
propicio.
Ignorando el peligro que corría, Vierna llegó sin ninguna prisa al final de su
trayecto. Bajo la sombra protectora de unos altísimos chopos, la corriente efectuaba
en aquel punto un imprevisto recodo que tenía la virtud de contener el embate de las
aguas. Arrodillada ante el lavadero y canturreando entre dientes, la muchacha se puso
a restregar la ropa con tanto ímpetu que parecía como si de esta forma alejase de su
interior temores y quebraderos de cabeza. De repente, cuando más lejos volaba su
pensamiento, detuvo el frenético ritmo de su brazo, al creer haber oído rumor de
pasos.
Apenas había llegado a darse la vuelta para ver quién era, cuando una imponente
mano, cubierta con un guante negro de piel, la amordazó por sorpresa, al tiempo que
se sentía furiosamente arrastrada más allá de la ribera. Intentaba patear y bracear,
pero la fuerza que tiraba de ella le impedía liberarse, por más que se agitara. Poco
después, sin contemplación de ninguna clase, la mano enguantada fue ágilmente
sustituida por un jirón de tela que le impedía gritar como habría deseado, hasta que se
encontró tumbada en el suelo con las dos manos atadas en la espalda. Sin embargo,
gracias a un rápido movimiento, pudo distinguir de repente el rostro de su asaltante, y
se le heló la sangre en las venas al descubrir, pegados a su mejilla, aquella barba
rizada y aquellos inquietantes ojos —uno de color azul y otro de color de miel— que
la estaban mirando con extraño frenesí.
De un tirón, y como si fuera una pluma, Huc de Montgrenier logró levantar a

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Vierna hasta la grupa de su caballo, donde la mantuvo sujeta y con las piernas
colgando. Después montó con destreza y, sin decir palabra, emprendió el camino a
toda velocidad, dejando como único rastro, junto al río, una colada a medio hacer,
una cesta boca abajo y un tenderete de ropa blanca diseminada por el suelo.
Galoparon durante un buen rato, cruzaron colinas y pequeñas hondonadas y, al poco
tiempo, avanzada la tarde, se adentraron en una profunda espesura. El jinete
espoleaba con furia su caballo, conduciéndolo con mano diestra por caminos de
herradura, cada vez más angostos, que parecía conocer como la palma de su mano.
Finalmente, después de una larga cabalgata, el ritmo de su marcha se moderó de
improviso y ambos viajeros enfilaron entonces un roquedal repleto de peñas y
matorrales, hasta llegar frente a una pequeña oquedad en la que se hallaba la entrada
de una cueva.
Era sin duda un lugar indómito, alejado del mundo, y Vierna lo examinó con
aterrados ojos. Sin embargo, muy pronto el jefe de la mesnada del conde de Foix la
introdujo en brazos en la cueva y la dejó en un rincón en el que podían verse una
estaca y una argolla clavada en la roca. Había en el suelo un lecho de paja repulsivo y
nauseabundo, una jarra vacía, una escudilla de barro y los restos de un fuego
completamente apagado. Se apreciaba a la legua que aquel agujero había servido con
anterioridad para otras fechorías de un hombre terrible que se mantenía en silencio y
que la ató sin más contemplaciones. Entonces, por fin, le quitó la mordaza.
—Puedes gritar cuanto quieras. Nadie podrá oírte —dijo el hombre.
—Pero ¿qué queréis de mí? —suspiró la muchacha con un hilo de voz.
—¿Acaso no te lo imaginas todavía? —respondió él, socarrón.
La muchacha calló, más asustada si cabe.
—Aquí tienes un mendrugo de pan y un poco de agua en la escudilla. Con eso
tienes de sobra para esperar hasta mañana.
—¿Mañana?
—Sí, hoy tengo trabajo y no puedo acompañarte. Pero no sufras, mañana
regresaré sin falta a visitarte —sonrió otra vez con ironía.
—No os vayáis aún… ¡No me abandonéis! —La voz de Vierna denotaba una
ansiedad cada vez mayor.
—No te asustes. Nadie te molestará en un paraje como este… —le respondió el
caballero de Foix con una risa siniestra.
—Pero ¿qué he hecho yo? —replicó la muchacha.
—¿Tú? ¿Te parece poco?
—¿Qué… qué queréis decir?
—¿Acaso te parece bien huir de mí cuando ya casi te tenía en mis manos?
—Pero ¡yo no he hecho nada malo! ¡Soltadme, os lo ruego, aquí moriré, tan sola!
—suplicaba Vierna.
—Una noche resulta muy corta si consigues dormir un rato. Mañana por la
mañana regresaré, y entonces verás lo bien que lo pasaremos juntos. —Y diciendo

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esto le sujetaba las mejillas y buscaba su boca con sus húmedos labios.
Vierna le apartó la cara y se acurrucó en un rincón. Al segundo intento de aquel
hombre por acercarse y meter la mano bajo el escote de su camisa, la muchacha le
escupió sin rodeos en mitad de la cara.
—¡Mala bruja! ¡Me las pagarás! —rugió Huc de Montgrenier con voz ronca y
cavernosa.
Entonces la mano enguantada se disparó con terrible furia y se proyectó contra el
rostro de la indefensa muchacha.
—¡Tienes suerte de que tenga que marcharme en seguida! Si no, ¡te juro que no te
reirías de mí, estúpida!
De repente, como si tratara de una afortunada tregua para la muchacha, el
caballero sintió una inesperada prisa y la abandonó sin mediar palabra, con el
mendrugo de pan por los suelos y cuatro dedos de agua en la escudilla.
Seguidamente, haciendo caso omiso de las protestas de Vierna, montó en su caballo y
desapareció.
Fuera de la cueva, se oyeron en un primer momento los gritos de aquel
apresurado jinete y el ruido de los cascos contra las piedras. Después, en un instante,
un pavoroso silencio se apoderó de aquel lugar recóndito, al tiempo que la antigua
novicia, avergonzada y sollozante, recorría el angosto espacio en el que la habían
abandonado. Por un instante le alegró quedarse sola, pero en seguida se apoderó de
ella un pánico tan horripilante que la indujo a gritar como una loca en demanda de
auxilio, aun sabiendo con certeza que nadie podría oírla.
Pasó una noche de espanto, aterrorizada por la idea de que alguna fiera pudiera
entrar en la cueva, atenazada junto a la estaca y viendo desde el interior las
fantasmales sombras que se agitaban afuera, en una espléndida noche de luna llena.
Los dientes le castañeteaban de tanto miedo y no dejaba de rezar constantemente
multitud de gratiae, rogando al Dios de misericordia y de bondad que la salvase de
un trance tan horrible. Pensaba en Guilhem y, en pleno desvarío, se dirigía a él
sollozando para que acudiera a rescatarla. Después, se aterrorizaba imaginando que
sus gritos en medio de la oscuridad pudieran atraer cualquier visita inquietante.
Algunas veces, cuando lograba recuperarse un poco y sentía la boca pastosa y reseca,
se estiraba hasta alcanzar el vaso de barro con la punta de los labios y lamía el agua
de la escudilla con auténtico delirio, igual que un perro sediento. Finalmente, medio
tumbada, medio apoyada en la pared, con un terrible dolor en las muñecas y un frío
que laceraba sus huesos, se fue amodorrando hasta acabar durmiéndose por completo
avanzada la noche.
Mientras ella vivía este trance, en la villa de Foix un grupo de gente se mantenía
en vela. Extrañado por su tardanza, Guilhem había descendido al caer el día hasta el
lavadero y había descubierto allí la cesta boca abajo y la ropa desparramada. En
seguida comprendió que aquella ausencia obedecía a alguna causa de fuerza mayor,
de modo que movilizó a cuanta gente pudo para ir en busca de Vierna. Ampliando

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progresivamente el círculo alrededor del río, el nuevo día les atrapó sin haber
encontrado ni el más mínimo indicio de su paradero, y ya comenzaban a temer que
aquella búsqueda sería probablemente inútil.
Lejos de Foix, la muchacha a quien buscaban había conseguido, mal que bien,
dormir unas horas, en un inquieto duermevela que nunca le dio reposo. De repente,
cuando las primerísimas luces del alba iluminaban la entrada de la cueva, se sintió
despertar por una vaga sensación de estar acompañada. Abrió los ojos aterrorizada y
no pudo evitar proferir un quejido, al tiempo que se incorporaba un poco y se
acurrucaba más aún hacia la estaca que la mantenía inmóvil. Efectivamente, en la
boca de aquella cárcel solitaria e inhóspita, en aquel recóndito lugar de un bosque
ignorado, unos ojos la estaban mirando.
Poco a poco, sin poder gritar a causa del pánico renovado que sentía, logró
distinguir a contraluz la figura de una mujer andrajosa de rostro oscuro y enjuto y de
aspecto cochambroso. Mientras Vierna tomaba fuerzas para lograr decir algo, aquella
visitante tan extraña se le adelantó de modo repentino:
—¿Qué haces aquí?
Vierna tragó la escasa saliva que tenía y preguntó:
—¿Y vos? ¿Quién sois?
—¡Y a ti qué te importa! ¿Qué haces aquí?
—Me han atado a la fuerza y me han abandonado.
—¿Se puede saber quién lo hizo? —preguntó la mujer aproximándose un poco.
—Un hombre —se atrevió a decir, solamente, Vierna.
—¿Y llevas toda la noche aquí, atada a la estaca?
—Sí… ¿Os importaría soltarme…? ¡Os lo ruego!
—Despacito, muchacha, no hay ninguna prisa. Habla, hermosa, y cuéntame cómo
llegaste hasta esta cueva.
Vierna relató quién era, de dónde venía y lo que había ocurrido, sin revelar en
ningún momento el nombre ni el aspecto concreto del salvaje animal que, sin duda,
no tardaría en ir a buscarla. Después, fervientemente, con un ahínco y una
impaciencia que embarullaban sus palabras, reclamó de nuevo a aquella bruja del
bosque que cortase la cuerda que la tenía sujeta. Al final, aparentemente satisfecha de
la versión recibida, la extraña mujer sacó un mellado cuchillo de entre sus ropas y
liberó a aquella muchacha de piel clara y dorados cabellos. Cuando Vierna logró salir,
con un terrible dolor en las manos y las piernas temblando, de pronto se sintió presa
de una angustia terrible.
—¡Tengo que escapar a toda prisa, antes de que vuelva!
—¿Ah, sí? —profirió la mujer, como si no acertara a comprender lo que ocurría.
—Dijo que vendría a buscarme cuando rayara el alba. Tengo que huir volando, y
vos deberíais venir conmigo, si no queréis que os encuentre y os castigue por
haberme liberado.
—¡Yo sí que…! —Replicó la mujer—. Aún está por nacer la persona capaz de

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encontrarme, en medio de estas peñas y en esta espesura. Esto es mi casa, muchacha,
y sólo me encuentra en ella quien yo quiero.
—Tomad, coged esta aguja de cuerno de mis cabellos. No tengo otra cosa que
ofreceros… ¿Cómo podría agradeceros lo que hicisteis por mí?
—Nada, mujer, no sufras. Al fin y al cabo, resulta humillante que la tengan a una
amarrada como un perro. Ven, te mostraré un atajo que te conducirá, dentro de un par
de horas o tres, hasta el camino de Foix.
Vierna no sabía cómo dar las gracias a aquella sorprendente criatura que se le
había aparecido como un milagro. Y mientras corría anhelante, tropezando con las
raíces y las piedras del sendero que le había indicado, daba gracias al cielo por
haberla salvado una vez más de las garras de aquel hombre terrible.
Simultáneamente, se preguntaba si el Dios de bondad acaso le había enviado un
angélico mensajero que se había presentado en la boca de la cueva bajo la forma de
aquella mujer tan salvaje y tan descuidada.
A última hora de la mañana, un carro tirado por dos caballos la condujo hasta el
portal de las murallas de la villa de Foix, donde supo muy pronto del grupo de gente
amiga que se había movilizado para buscarla. Y, cuando todo hubo pasado, Vierna se
estremeció al imaginar la colérica reacción de Huc de Montgrenier cuando llegara a
la cueva y descubriera que, una vez más, se había escapado aquella presa que tanto
codiciaba.
Esa misma noche, ella y su compañero durmieron en un pajar y, por si no fuera ya
suficiente la amenaza de los soldados del rey de Francia, aquel inesperado rapto les
hizo comprender que no podían tentar de nuevo la suerte. Era preciso escapar de una
vez por todas del alcance del jefe de la mesnada del conde y partir a toda prisa a
buscar el abrigo reconfortante y seguro de las montañas.

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XXI

… No aias merce de la carri nada de corruptio,


mais aias merce del esperit pausat en carcer…

… No tengas piedad de la carne nacida de la corrupción,


pero apiádate en cambio del espíritu encarcelado…

(Del Ritual cátaro de Lión. «El servisi»).

UN DÍA DE FINALES de aquel desdichado septiembre, cuando los árboles de las


riberas del Aneja mostraban una ubérrima gama de colores en sus hojas, un carro
lleno hasta los topes se dirigía, a paso lento, hacía las montañas del país de Ayllón.
Con un bagaje improvisado en pocas horas, Guilhem y Vierna abandonaban un
humilde hogar, una comunidad afectiva y, sobre todo, un horizonte de vida
esperanzada. El recuerdo de los primeros días de su amor y el imposible sueño de una
existencia larga y tranquila permanecerían unidos, por siempre jamás, a aquel pueblo
de Foix que ahora iban dejando a sus espaldas. Debían empezar de nuevo…
Sentados en la tabla delantera, hacían su camino sin apenas palabras, cruzando a
menudo frondosos bosques en los que jamás encontraban a nadie. El espeso silencio
que les acompañaba sólo se veía truncado por los trinos de los pájaros, por el rumor
de los árboles o por el ruido del carro cuando descanteraba las fangosas crestas del
camino polvoriento. Un buen día, a media mañana, justo cuando acababan de cruzar
un arroyo ceñido de roquedales y helechos Guilhem se despabiló de repente de la
modorra del viaje y dijo a voz en grito:
—¡Fíjate, Vierna! ¡Allí… junto al abedul! Hay una trampa, ¿la ves? —Estiró el
cuello un poco más y añadió—: ¿Ves aquello que se mueve? Es un animal
aprisionado…
Así pues, interrumpieron su marcha y Guilhem saltó del carro para examinar la
pieza. Al poco rato regresó satisfecho, agarrando por el cuello un magnífico faisán
que había quedado atrapado en un lazo corredizo colocado a ras de suelo. Se trataba

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probablemente de un macho, pues lucía un plumaje de bellos colores. Pero el ave
cacareaba y movía las patas con fuertes sacudidas, como si no acertara a comprender
que primero la hubiesen liberado de la trampa para apresarla después con mayor
ahínco. Entonces Guilhem, con aire triunfal, exclamó:
—¡Menuda suerte, Vierna! ¡Encontrar una pieza como ésta en medio del bosque!
No nos la comeremos, desde luego, pero seguro que nos pagarán por ella un buen
pico en el mercado…
—No, Guilhem —respondió la muchacha—. Esto no nos está permitido…
—¿Ah, no…? Pero si estaba en un rincón remoto y no hay forma de descubrir a
su dueño…
—Pero, Guilhem, ¿y si este animal inocente lleva en su interior algún espíritu
celestial?
—Es verdad, Vierna, no lo había pensado… —replicó Guilhem vivamente, no sin
mostrar un visible gesto de desengaño—. Sin embargo, no vamos a dejarlo de nuevo
atrapado en su lazo…
—No, claro que no, Guilhem. Nuestra creencia nos indica que, si en alguna
ocasión uno se encuentra en un caso como éste, hay que dejar el animal en libertad…
—¿Y el cazador que tendió el lazo con la esperanza de atraparlo? Si soltamos el
faisán, sufrirá un quebranto parecido.
—No, Guilhem, ya que la fe nos dice que, en el mismo lugar en el que se halle la
trampa, hay que dejar una moneda por el mismo valor de la caza que se habrá
perdido. Así, el cazador del lazo podrá ganar igualmente su sustento…
Guilhem hubiese querido replicar, pero sabía que en cuestiones de doctrina su
esposa era totalmente inamovible y, hasta cierto punto, intransigente. Así es que,
privado de su reciente alborozo, liberó el faisán con un visible ademán de irritación y
en su lugar depositó junto al lazo, a regañadientes, una moneda. Después montó en el
carro y emprendió de nuevo la marcha con aire enfurruñado, sin poder evitar
cuestionarse qué clase de religión tan rara era aquélla, que no sólo no permitía
disfrutar de un bien de fortuna sino que, además, incluso exigía emplear en dicho
bien una suma de dinero…
El resto del viaje transcurrió sin otros incidentes. Sin embargo, cuando faltaba
muy poco para llegar a su nuevo hogar, Vierna se sintió indispuesta y devolvió con
enormes arcadas la frugal comida que había tomado poco antes. Primero pensó que
era una lógica consecuencia de su reciente estado de tensión nerviosa y del
permanente balanceo del carro. Pero los mareos y los vómitos se repitieron otras
veces, y la hinchazón que sentía en los pechos desde hacía varios días no dejaba
ningún lugar a dudas…
Poco después, los dos viajeros llegaron al ostal de los padres de Guilhem, y lo
llenaron de alborozo y de fiesta. La madre, feliz de tener en casa a su hijo y a su
nuera —justo cuando su marido y Miquèu se preparaban para empezar de nuevo la
invernada con el rebaño—, dispuso para ellos una habitación en el piso superior, en el

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denominado solier, totalmente construido de madera. Y la primera noche, poco antes
de la plegaria que solía rezar antes de acostarse, Vierna le dijo a su esposo:
—Estoy preñada, Guilhem. En primavera tendremos un hijo…
Lo había anunciado sin énfasis especial alguno, sin cargar sus palabras con
ninguna emoción perceptible. Como si hubiera dicho, hablando del rebaño de su casa:
«Cuando llegue la Navidad, la oveja glotona ya habrá parido», o bien «a la cabra
roncera se le ha echado a perder la cría»… Guilhem la miró sorprendido y apenas se
atrevió a mostrar su alegría, conocedor de los contradictorios sentimientos que sin
duda revoloteaban por el magín de su esposa. Después le dio un beso y la acompañó
como todas las noches en su plegaria. Al fin y al cabo, mañana sería otro día, y habría
tiempo más que suficiente para acoger como Dios manda a la criatura que se hallaba
de camino.
Efectivamente, Vierna tenía su corazón dividido. Por un lado, sentía el impulso
natural de prolongar su propia existencia en un nuevo ser, la indescriptible emoción
de llevar una vida nueva en sus entrañas. Así, pronto notaría a la criatura moviéndose
en su interior, pronto se establecería entre la mujer encinta y su hijo una relación
mágica e intransferible que no habría de romperse jamás. Pero, al mismo tiempo,
Vierna era muy consciente de que aquel pequeño cuerpo que se estaba formando no
era más que una de esas túnicas de piel, de tierra de olvido, que el diablo modela con
el fin de aprisionar los ángeles de Dios que un día sustrajo de la gloria. En definitiva,
aquel minúsculo ser era carne de la nada que, tarde o temprano, a la nada volvería.
En sus años de mayor efervescencia religiosa, la futura madre había sabido de
algunas mujeres que pedían a sus vecinas que rogasen a Dios para que las liberase del
demonio que llevaban en su vientre. Ella no podía llegar hasta ese extremo, si bien no
conseguía quitarse de la cabeza que llevaba dentro de sí a una criatura del maligno y
que, por lo tanto, se hallaba en estado de irremisible pecado hasta el momento mismo
de dar a luz.
Así pues, suspiraba porque el tiempo del embarazo transcurriera lo más deprisa
posible. Y pensaba que ojalá llegara cuanto antes el venturoso día del parto, puesto
que, habiendo alumbrado a su hijo, una de las almas caídas del reino de Dios iría a
vivificar aquel feto material y lo convertiría en un ser humano completo. Entonces el
hijo de sus entrañas, aun habiendo sido concebido de carne del diablo, tendría en su
interior un alma divina. Un alma que, tarde o temprano, después de otras
encarnaciones, acabaría por volver al glorioso cielo que nunca debería haber
abandonado.
Durante los meses de embarazo, Vierna estuvo alicaída y poco habladora. Parecía
haber perdido aquella alegría que enloquecía a Guilhem, a pesar de que el estado de
gestación y los aires de la montaña la habían adornado con una cara de buena salud.
Pero ella siempre cavilaba, y temía que la criatura naciera muerta, o que ella misma
perdiera la vida antes de la hora del parto. Por si fuera poco, no podía hablar de ese
tema con ninguna mujer: doña Faurèsa vivía muy lejos, en algún lugar desconocido

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por el momento, y, por otra parte, la pobre muchacha no podía sincerarse ante una
suegra educada en la fe de la Iglesia de Roma que no comprendería nada de nada de
cuanto habría querido contarle. Muy al contrario, aquella buena mujer se mostraba
feliz esperando a su primer nieto y sabiendo que su familia se enriquecería con el
refuerzo, bendecido por Dios, de dos nuevos brazos que ayudarían en las tareas del
bosque y los rebaños.
En cualquier caso, el tiempo fue transcurriendo y muy pronto tan sólo quedaron
del paso de la nieve de aquel invierno los ventisqueros de las cumbres de las
montañas más altas. Un luminoso día del mes de mayo, Vierna trajo al mundo una
niña que tenía los mismos ojos claros de su madre, aun cuando el código genético de
Guilhem hubiera dejado igualmente visible su rastro en un abundante mechón de
cabellos negros y rizados. Todo ello le confería una cara singular, que prometía para
cuando fuera mayor una belleza poco corriente. Todos se sintieron felices en aquella
casa, y el padre del recién nacido pudo distinguir en los ojos azules de Vierna un
brillo especial, puesto que la joven parturienta no sólo se había liberado de su
gravidez, sino también de las contradicciones y los temores que la habían estado
royendo durante nueve meses. Aquella criatura que lloriqueaba en brazos de su madre
sería conocida muy pronto por todos con el nombre de Bruna y, alabado sea el Dios
de bondad, en su interior ya palpitaba sin ninguna duda la existencia de un espíritu
celestial.
Sin embargo, y para disgusto de sus abuelos, la niña nunca fue bautizada, ya que
sus padres creían ciegamente, a tenor de la fe que practicaban, que el bautismo del
agua no tiene ningún valor y que la Iglesia usurpadora lo confiere de un modo
completamente absurdo a unos niños llorones que no tienen conciencia alguna de lo
que se les otorga. En definitiva, Guilhem y Vierna creían que el bautismo de su
Iglesia —el Consolament— sí que valía y estaba libre de mentira, puesto que era de
Espíritu Santo y no de agua, y siempre se concedía a personas con uso de razón que,
por medio de aquella imposición de las manos, se convertían en hijos de Dios…
Entre tanto, mientras Bruna venía al mundo y se alimentaba de la leche de su
madre —en la tierra de Ayllón muy pocas personas podían permitirse una nodriza—,
la comunidad de la santa Iglesia procuraba adaptarse, con enormes dificultades, a una
nueva época de forzosa clandestinidad. Así pues, todos los buenos cristianos y sus
afectos iban rodando de un lugar a otro, a la espera de hallar por fin un lugar
relativamente estable o lo bastante discreto para continuar su tarea sin levantar
ninguna clase de sospecha.
Más concretamente, los dirigentes de la Iglesia, amparados en todo momento por
caballeros que habían perdido sus posesiones —los faidits—, iban cambiando a
menudo de residencia, buscando siempre no sólo su seguridad personal sino, sobre
todo, el mantenimiento de una red básica que garantizase la continuidad de la
predicación y de la existencia misma de la comunidad de los amigos de Dios. Al
oscurecer, la noche podía sorprenderlos, ya fuese cabalgando entre barrizales y

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cañaveras, ya fuese mal durmiendo en cualquier cabaña en medio del bosque o en una
casa de labranza, o quién sabe si en algún castillo inexpugnable. Como es lógico, su
presencia concitaba en seguida un momentáneo reencuentro de los creyentes de
aquella zona, que los esperaban con deleite con el fin de compartir la partición del
pan y escuchar sus palabras de salvación.
Uno de estos dirigentes de la Iglesia, el más significado de todos, se encontraba a
principios del invierno de 1230 en el castillo remoto e inconquistable de Albedún, en
la parte alta de la comarca del Rasés, al sudeste del condado de Foix. Había llegado
hasta allí, en plena noche, en compañía de cinco caballeros, ocho bons homes y un
grupo de creyentes, todos con la certidumbre de una cálida acogida por parte del
señor del castillo. Allí, en el fondo de las Corberas, estarían lo bastante seguros como
para permanecer en el lugar durante todo el invierno sin peligro.
Ese hombre singular era Guilhabert de Castras, el eminente obispo que un día
había visitado la casa de El Mas Santas Puellas y había compartido con doña Faurèsa
y las bones dones el ritual del servici, es decir, el acto de contrición y penitencia de la
comunidad. Desde entonces, habían transcurrido ya seis largos años, y su ancianidad
parecía cada vez más profunda. Su cabellera y su barba blanca seguían otorgándole
una gran majestuosidad y, a pesar de que solía fatigarse un poco más que antes,
conservaba la mente y la lengua tan ágiles y eficaces como siempre. Ni las
circunstancias de la época ni su avanzada edad le aconsejaban menudear sus
desplazamientos, pero Guilhabert acudía allí donde se le requería, procurando
reanimar una comunidad diezmada, predicando en una casa de confianza o
concediendo el Consolament a nuevos pobres de la fe.
Como era de esperar, la presencia de Guilhabert en el castillo de Albedún no
podía pasar inadvertida entre los creyentes de los alrededores. Y quiso el azar que, en
el pueblo más cercano, se alojase una de las buenas mujeres que había vivido en el
ostal de doña Faurèsa, en la villa de Foix. Se trataba de una novicia que, en vista de la
persecución, había optado por regresar al hogar de sus padres y esperar tiempos más
seguros. La muchacha se había conmovido hasta sus más íntimas fibras al tener
conocimiento de la presencia del obispo tan cerca de su casa, y ardía en deseos de
hacer partícipes de esta noticia a sus antiguas compañeras.
—Doña Faurèsa…, se lo tengo que comunicar a doña Faurèsa —se dijo de
repente, tras haber cavilado un buen rato—. Y que pase las Navidades en casa… Así
podremos revivir los buenos tiempos de la calle del Forn d’Avalh…
Dicho y hecho. El mensaje llegó sin contratiempos a la antigua priora y, anhelante
de volver a ver a la novicia y, sobre todo, a Guilhabert de Castras, doña Faurèsa se
puso en camino con la única compañía de otra bona dona y de una mula baya, con el
objeto de pasar varios días en las solitarias montañas de las Corberas. Sin embargo,
antes de emprender el viaje lo puso en conocimiento de un mercader del país de
Ayllón que, por ser de la Iglesia de Dios, transmitiría sin riesgo la noticia a Guilhem y
Vierna, por si les complacía también a ellos encontrarse de nuevo a los pies del

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castillo de Albedún.
Así fue como, tras un largo año de separación, doña Faurèsa se encontró de nuevo
con la pareja. Tan pronto como se abrazaron, la priora se sorprendió del aspecto de
Vierna: ya no era, desde luego, la chiquilla que un día pusieron en sus manos, pero,
además, se había convertido en una mujer plenamente adulta. Conservaba la piel
clara y los cabellos dorados que había heredado de su madre, Estela, pero la altura de
las montañas había bronceado de forma apreciable su rostro. Su figura entera había
adquirido consistencia, y su busto y sus caderas se habían redondeado sin perder ni
un ápice de firmeza. Era, como siempre, una mujer muy hermosa, y sus ojos de un
azul profundo brillaban con fulgor enmarcados por la piel tostada de su frente y sus
mejillas. Por el contrario, su sonrisa era afortunadamente tan sincera y tan franca
como antes, aunque ya no tintineaba con el frescor de cuando la pequeña huérfana y
Maurina correteaban retozonas por la casa de El Mas.
—¡Vierna! ¡Hija mía! ¡Cómo has cambiado! ¿Cómo te lo diría…? ¡Te has hecho
ya una auténtica mujer! —le dijo sonriendo, al desprenderse sus brazos—. Creo que
los aires de la tierra de Ayllón te han sido muy provechosos, ¿no es cierto?
—Sí, hermana —así la llamaba desde su infancia—, pero no podéis imaginaros
cuánto os he echado de menos. Y hay algo que todavía no sabéis: en mayo di a luz a
una niña preciosa que lleva por nombre Bruna…
—Vierna… —murmuró doña Faurèsa, con lágrimas en los ojos—, ¡ahora
comprendo por qué has cambiado tanto! ¿Y dónde está esa niña?
—Se quedó con sus abuelos. Precisamente ahora he dejado de amamantarla… El
camino es muy largo y Bruna es todavía tan pequeña…
—Ay, Vierna —replicaba la priora, como si no consiguiera hacerse a la idea—,
también yo te eché tanto de menos… Y te aseguro que, aunque pasen y pasen los
días, no consigo acostumbrarme a llevar una vida en la que no tengáis vuestro lugar
tú y tus compañeras…
Guilhem contemplaba la escena a cierta distancia, consciente de la profunda
emoción que experimentaban aquellas dos mujeres. Después, sin estar muy seguro de
cómo debía saludar a la priora —a quien nunca había visto sin su hábito y vestida
como el resto de las mujeres—, optó por arrodillarse a sus pies y, con aquel acento
tan fuerte del Sabartés que siempre delataba su origen, le habló de esta manera:
—¡Dios os bendiga, doña Faurèsa! —exclamó agachando la cabeza hasta el suelo.
—Dios te bendiga, Guilhem, y te haga un buen cristiano, y te libre de una mala
muerte —respondió doña Faurèsa, al tiempo que le rogaba con un gesto que se
levantara de inmediato. Después, sin mayores ceremonias, lo abrazó con fuerza,
emocionada—. ¡No sabéis lo contenta que estoy de volver a veros! ¡Empezaba a
pensar que jamás nos encontraríamos de nuevo!
Realmente, parecía como si todo fuera en cierto modo como antes: doña Faurèsa,
Vierna y su marido, la muchacha que les acogía y sus padres, la buena mujer que
había viajado con la priora… Una pequeña comunidad de la Iglesia de Dios que a

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duras penas salía a la calle y que ardía en deseos de visitar a su obispo, un venerable
anciano que deambulaba por el mundo ocultándose en recónditos lugares. Un obispo,
eso sí, sin catedral, sin mitra, sin báculo.

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XXII

Dieus devalec del cel


e adombrec se en Sancta María.

Dios bajó del cielo


y se asombró en santa María.

(De un catecismo cátaro).

VOLVIERON, PUES, las oraciones y la partición del pan, así como los severos
ayunos que antes solían practicar con frecuencia, pues la cuaresma en que se hallaban
no finalizaría hasta la misma Nochebuena. Una vez terminada la cena, reunidos todos
alrededor de la mesa, bajo la trémula luz de una lámpara de aceite y al abrigo del
calor que provenía del hogar, doña Faurèsa retomaba, como si nada hubiera pasado,
el imperturbable hilo de sus homilías y explicaciones hogareñas.
A pesar de haber sufrido tantos embates en la vida, la priora tolosana conservaba
la imagen de seguridad y firmeza de antaño. La ayudaban sin duda alguna la grandeza
y la esbeltez de su figura, así como la marca indeleble de su noble condición. De
modo que, más allá del desánimo o la duda que raramente se permitía a sí misma,
todo contribuía a otorgarle aquella autoridad natural que, en medio del bullicio y la
confusión, generaba a su alrededor una enorme confianza.
Una noche en la que no tenían mucho sueño, Guilhem quiso dar un paso más en
su abrupto camino para discernir entre la vieja fe de sus padres y aquella nueva
religión tan diferente. Estaba próxima ya la fiesta de la Navidad, una fecha que la
Iglesia de Roma celebraba en sus templos con gran boato y con unos oficios
litúrgicos rebosantes de ornamentos y de púrpura. Así es que, impulsado por el
ambiente de aquellos días, el antiguo pastor de Gebetz preguntó a doña Faurèsa:
—Hermana, sé muy bien que la fe nos dice que también en Belén comienza
nuestra Iglesia. Pero el Cristo que mis padres me inculcaron cuando era pequeño dista
mucho del nuestro. Así pues, ¿por qué no nos habláis de Jesús, de quién era

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exactamente, de cómo descendió a este mundo del maligno…?
—Se acerca la Navidad, ciertamente, y nos encontramos en el mejor momento
para hablar de todas estas cosas —respondió la priora—. Sin embargo, no quisiera
que mis palabras anticipasen, con escasa pericia, todo aquello que muy pronto vas a
oír de los propios labios de Guilhabert…
—Ya lo sé, doña Faurèsa —insistió Guilhem—, pero ¿por qué no nos ofrecéis un
adelanto de estos temas, aquí, entre nosotros…?
Durante unos minutos, la priora estuvo considerando la petición. Después, como
si de repente acabara de encontrar una fórmula satisfactoria, su cara se iluminó y dijo:
—Ya sé lo que vamos a hacer… Hoy por hoy, y a la espera de lo que nos diga
nuestro obispo, creo que podemos recorrer un trecho del camino si os cuento lo que
un bon home de mi ciudad de Tolosa, un cristiano viejecito e iletrado, me explicó un
buen día acerca del hijo de Dios.
La priora se removió en su asiento y, acto seguido, ante la absorta mirada de la
comunidad que presidía, comenzó su relato de la siguiente manera:
—Sabéis muy bien lo que ocurrió en el origen de los tiempos, como también de
qué manera el príncipe del mal, mediante sus engaños y mentiras, hizo que cayeran
de la gloria muchas criaturas celestiales. Pues bien, resulta que el Padre santo,
viéndose muy solo y empobrecido por la pérdida de los espíritus, observaba todos
aquellos sitiales vacíos y se sentía muy triste. De modo que se puso a pensar de qué
manera los espíritus podrían regresar a la gloria. Y resolvió escribir un libro que le
ocupó cuarenta años y en cuyas páginas estaban descritos todos los dolores,
aflicciones, anhelos, rencores y, en general, todas las vicisitudes que pueden afectar a
los hombres en esta vida. Y en el libro decía que quien quisiera soportar todos estos
avatares, y se comprometiera en firme, sería el hijo del Padre santo.
Doña Faurèsa había logrado encandilar a su auditorio con esta historia tan
próxima a la lógica cotidiana de la vida de los humanos. Y ello sin forzar la atención
con imprevistas inflexiones de la voz o con otros ardides de experto sermoneador,
sino recurriendo a su forma natural de hacer las cosas.
Afuera, mientras tanto, había empezado a nevar con espesos copos que arqueaban
las ramas de los árboles y cubrían los tejados de las casas con un manto de blancura
inmaculada. Parecía como si la naturaleza ajustase su conducta al decorado de
invierno que todo el mundo lleva escrito en su imaginario al recordar las inefables
noches del período navideño. Sin embargo, la historia proseguía:
—Una vez terminado su libro, el Padre santo lo colocó ante los espíritus
celestiales que habían permanecido con él en la gloria y les dijo: «Quien lleve a cabo
lo que figura en este libro será mi Hijo». Muchos espíritus celestiales, deseosos de ser
hijos del Padre santo, y también de verse honrados por encima de los demás, se
acercaron al libro y abrieron sus páginas. Cuando habían leído tan sólo un fragmento
de lo que les esperaba entre los hombres, se sentían repentinamente indispuestos y se
retiraban de inmediato, puesto que ninguno de ellos quería abandonar la gloria que ya

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disfrutaba y someterse a las vicisitudes de esta vida para ser Hijo de Dios.
Un completo silencio se había apoderado de todo el aposento y la voz de doña
Faurèsa tan sólo se veía alterada por el chasquido de algún leño del hogar que
crepitaba. Y dijo entonces la priora:
—Viendo esto, el Padre santo habló en voz alta de esta manera: «¿Realmente
ninguno de todos vosotros desea ser mi Hijo?». Entonces, uno de los espíritus
presentes, que se llamaba Juan, se levantó y dijo que estaba dispuesto a ser el Hijo del
Padre y llevar a cabo todo lo que estaba escrito en aquel libro. Así pues, se acercó,
abrió el libro, leyó cuatro o cinco páginas y, sólo ver lo que le esperaba, cayó al suelo
inconsciente. Así permaneció durante tres días y tres noches. Después, tras haberse
recuperado de su desfallecimiento, derramó lágrimas en abundancia. Pero como había
prometido que ejecutaría todo lo que el libro contenía, y no podía mentir, se dirigió al
Padre diciéndole que quería ser su Hijo, y que llevaría a cabo todo lo que el libro
narraba, por muy grave que fuera.
Doña Faurèsa tomó aliento y terminó la historia con estas palabras:
—Y así es como, a continuación, Dios envió a Cristo a este mundo como hijo
suyo, para que predicase el nombre de Dios. Y Cristo llegó a la tierra y tomó el
nombre de Jesús, palabra que en hebreo significa «El Señor salva»…
El tono de las últimas palabras dejaba muy claro que la priora había llegado al
final de su relato. Pero no paso mucho tiempo sin que alguien, en este caso la antigua
novicia que les acogía a todos en su casa, preguntara en voz alta:
—Así, el Hijo de Dios, es decir el Cristo, ¿no es Dios por naturaleza, sino un
ángel?
—Exacto, hermana —respondió doña Faurèsa—. Por muy importante que el
Cristo sea, sin duda es inferior al Padre, que le concedió «todo poder en el cielo y en
la tierra», según nos cuenta el Evangelio. Está claro que quien recibe algo se
encuentra por debajo de quien se lo concede, ¿no es cierto? Pero, además, en el
mismo Evangelio de Mateo podemos leer lo siguiente: «Nadie sabe ni el día ni la
hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino únicamente el Padre». Y, por si quedara
alguna duda, el mismo Jesús dijo un buen día: «El Padre es más grande que yo».
—Pero…
—Ya sé lo que pensáis… Fue un ángel, ciertamente, pero aceptando la pasión se
hizo merecedor del poder y de la divinidad que le fueron otorgados. Así, leemos en el
Libro del Apocalipsis: «Digno es el Cordero que ha sido degollado, de recibir el
poder, la gloria y la bendición…».
Esto último pareció tranquilizarles un poco, sobre todo a un Guilhem que, como
quien escribe sobre una tabla de cera, tenía el doble trabajo de borrar lo que le habían
explicado en la iglesia de Gebetz y anotar las nuevas enseñanzas que constantemente
recibía.
Era ya muy tarde y los maderos del fuego tan sólo emitían una luz amortiguada y
sin llama. Pero nadie insinuaba el menor movimiento, de modo que doña Faurèsa,

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incorporándose del asiento con la imponente altitud de su figura, dijo a todos los
presentes:
—Ya es hora de acostarse, hermanos míos, y en estos temas de la doctrina es
preciso no ir demasiado deprisa. Así pues, recemos ahora nuestras oraciones y
mañana ya os contaré de qué manera el Hijo del Padre santo descendió a esta tierra
por Nochebuena. Así que repetid conmigo: Benedicite, parcite nobis…
Aquella noche, cautivados todavía por la magia de lo que habían escuchado,
Guilhem y Vierna no se habrían atrevido a librarse a sus juegos del amor aunque
estuvieran solos. Por otro lado, cerca de su propia cama yacía la antigua novicia de
Foix, que jamás habría comprendido que dos personas tan devotas de la fe pudieran
librarse al diabólico pecado de la carne con el deleite y la frecuencia con que solían
hacerlo. Así es que tan sólo el benedicite de todas las noches y el recuerdo de la
pequeña Bruna ausente precedieron el sueño de los dos amantes. Más allá del calor
del hogar, mientras tanto, los copos de nieve persistían todavía en su benéfica caída
sobre los prados y las silenciosas casas de aquel rincón perdido de las Corberas…
El día siguiente era la víspera de Navidad y doña Faurèsa, tras haber recibido una
misteriosa visita a media mañana, anunció a todos los residentes en la casa que
aquella misma noche, cuando hubiera oscurecido por completo y las tinieblas
envolvieran todas las sombras, subirían hasta el castillo de Albedún para pasar la
vigilia en compañía de su obispo. Hasta entonces, todos procuraron apresurar la
exasperante lentitud de las horas ayudando en las tareas de aquella humilde morada:
el ama de casa y su hija cuidaban de la cocina y de la limpieza de los aposentos,
mientras las otras mujeres aseaban un poco el corral de las ovejas con los animales
consumiéndose en el interior, puesto que la nevada nocturna había impedido al
rebaño salir a pacer a los ribazos de la solana, como siempre solía en invierno.
Guilhem, por su parte, ayudaba al dueño de la casa a dar la hierba al ganado o bien
podaba y desmenuzaba rebollos para el hogar.
A mediodía, terminada la plegaria de las horas, pareció como si doña Faurèsa se
dispusiera a reanudar con toda normalidad la tarea que había quedado interrumpida.
Pero todos los demás la miraron sorprendidos y decepcionados, como si les privara
de algo que esperaban. La buena mujer se apercibió de repente de su olvido y, con
una amplia sonrisa, les dijo:
—Os había prometido la segunda parte de la historia, ¿no es cierto? Tenéis toda la
razón…
Así es que nadie se movió de la foganha, donde el ambiente era confortable
gracias al calor del hogar y al espeso vaho que despedía la caldera en la que se cocía
la comida de los cerdos, hecha de col, vainas de judías verdes, pan duro y forraje. De
vez en cuando, sin hacer ruido, el ama de casa se levantaba del banco para embutir
con una horquilla de madera las coles que colmaban la caldera, con el fin de evitar
que el agua hirviendo rebosara y chisporroteara al caer sobre las brasas ardientes.
Vierna lo veía y se sentía feliz empapándose de aquellos olores y de aquellos ruidos

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tan familiares y acogedores, junto al hombre que amaba y junto a todas aquellas
personas de la buena creencia. Pero no podía distraerse, puesto que ya se oía la voz
de la priora retomando el hilo interrumpido de la historia:
—Según me contó mi viejo amigo de Tolosa, Cristo descendió de la gloria a
través de los siete cielos inferiores y, con el propósito de que su misión terrenal
permaneciera secreta en todo momento, se revistió de forma sucesiva con el aspecto
de los ángeles de cada uno de los cielos, hasta tomar en este mundo un cuerpo de
carne. Y nació en el portal de Belén, pero no de la Virgen María. En realidad, María
quedó embarazada, ciertamente, pero no alumbró hijo alguno, sino que el Cristo, que
ya existía desde toda la eternidad, se apareció junto a ella como un recién nacido: el
Cristo se asombró, es decir, se dibujó como una sombra en María; y María volvió
rápidamente a su estado anterior.
Vierna conocía desde hacía mucho tiempo aquella historia, pero su marido quedó
atónito al oír aquella versión tan singular y tan distinta de la venida del Mesías. No
lograba asimilar lo que estaba escuchando, pero siendo de talante resuelto, no dejó de
preguntar en seguida en voz alta:
—Pero… doña Faurèsa… ¿Qué significa eso de que el Cristo se asombró junto a
María?
—Jesús no era de este mundo, Guilhem, sino que se hizo carne al bajar del cielo.
No era hijo de la carne del pecado, ni de la obra del diablo, aunque tuviera el mismo
semblante que los hombres. De modo que Jesús no pudo recibir de santa María nada
en absoluto…
—De acuerdo, pero…
—Mira, Guilhem, te voy a poner un ejemplo y lo comprenderás en seguida. Si un
día de verano, cuando el sol da de lleno sobre las piedras, un hombre se cobija bajo la
fresca sombra de un tonel de vino, se encuentra dentro de la sombra, es cierto, pero
no recibe de ésta absolutamente nada. El Cristo, pues, tan sólo se esbozó, se perfiló
en María como una sombra.
—Y su cuerpo, el cuerpo de Jesús, ¿cómo era exactamente? —insistió un
Guilhem embelesado por lo que estaba escuchando.
—Era semejante, lo he dicho antes, al cuerpo de los hombres, pero era también de
una especie distinta, más espiritual. Por esta razón, según nos cuenta el Evangelio,
unos asombrados apóstoles le vieron caminando un día sobre las aguas, como si tal
cosa; por eso mismo huyó de los judíos en Nazaret pasando a través de ellos de una
manera invisible; por eso, también, una vez resucitado, tras haberse aparecido ante
los discípulos de Emaús, se desvaneció delante de sus ojos cuando ellos
comprendieron quién era.
—Pero actuaba y sentía como los demás hombres, y sufrió un enorme tormento
cuando lo clavaron en la cruz…
—Sólo en apariencia, Guilhem, sólo en apariencia… En realidad, puesto que era
de una especie distinta, parecía que comía o bebía, parecía que se afanaba y sufría

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como todos nosotros. Pero él provenía de Dios y, cuando los hombres de la tierra
pensaban haberlo matado en la cruz, en realidad su espíritu regresó sin daño alguno
cerca del Padre santo…
El sol se había acostado muy temprano en aquella helada tarde de invierno,
cuando faltaban unas pocas horas para la Nochebuena. Así es que recogieron todo,
asearon la foganha y se pusieron ropa limpia, y doña Faurèsa les sorprendió al
aparecer de nuevo vestida con su hábito negro, su cinturón y su capucha. Aquella era
una noche especial, y la oscuridad protegería la pequeña comitiva de las miradas de
delatores y clérigos católicos, demasiado ocupados en aquellos momentos en preparar
la misa nocturna en la iglesia del pueblo.
Así pues, el grupo de mujeres, más el dueño de la casa y Guilhem, salieron a la
calle y, amparándose en las sombras de los muros, emprendieron la ascensión al
castillo de Albedún, situado en una vertiginosa cresta de la montaña. Muy pronto, a
mitad de camino, se les unieron otros grupos de gente que, andando con zancos sobre
la nieve, surgían de la oscuridad con idéntico propósito. La luna brillaba pálidamente,
pero la noche era diáfana y la mole del castillo se recortaba en el cielo bajo la luz
refulgente de aquel blanco manto que todo lo cubría. Los más ancianos resoplaban
ante una cuesta tan escarpada, pero la ilusión que sentían ponía alas en sus pies.
Siguieron una vereda que serpenteaba entre pinos y, por fin, cuando ya las fuerzas
parecían abandonarles, descubrieron que solamente un sendero empinado y rocoso les
separaba del acceso final al castillo. A la derecha de la entrada principal, donde se
hallaban dos buenas cristianas que saludaban y cribaban a los visitantes, había una
barbacana con hombres armados que desde lo alto observaban a la gente que penaba
por llegar. Tras cruzar la puerta, los hombres y las mujeres que subían del llano, en
fila y en silencio, fueron ascendiendo por una rampa descubierta que conducía al
recinto superior del castillo.
Habiendo llegado a la parte más alta, franquearon el portal de la torre maestra y,
subiendo por una escalera de caracol, accedieron uno tras otro a una gran sala
abovedada, en la que alguien había encendido varios tederos y un hogar. Largos
damascos colgaban de los muros con el fin de embellecer el recinto y evitar la
frialdad de las paredes. Una enorme mesa rectangular rodeada de bancos ocupaba la
parte central de la sala. Encima de dicha mesa podían verse varias hogazas de pan,
jarros y vasijas de barro, así como un paño blanco y el texto que contenía los
evangelios y las epístolas de San Pablo, forrado con cuero negro por fuera e
iluminado por dentro con el azur y el bermellón de las letras capitulares.
La sala estaba llena a rebosar, con gente sentada por el suelo, en los poyos y
alféizares y en los bancos y sillas pegados a las paredes. Curiosamente, todos se
cedían el sitio entre sí, y el murmullo de las voces mantenía en todo momento un tono
muy discreto. De repente, la puerta de la sala se abrió para dar paso a una comitiva
formada por varios hombres y mujeres vestidos con el hábito negro de la Iglesia. En
medio de todos ellos, la cabellera y la larga barba blanca de Guilhabert de Castras

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parecían crear en torno a su persona un luminoso halo de devoción y respeto.
Todos se acomodaron como buenamente pudieron, respetando de forma
escrupulosa la jerarquía de la Iglesia y la antigüedad en la pertenencia a la fe, sin
carrerillas ni empujones. En todo momento, los bons homes procuraron no ocupar su
sitio en ningún banco en el que ya estuviera sentada una mujer, de acuerdo con las
estrictas prescripciones de su fe en esta materia. Finalmente, el señor del castillo,
vestido con un camisote de mallas y un blanco perpunte adornado tan sólo con una
banda roja, se reservó de forma expresa el último lugar de la mesa, en el extremo
opuesto a donde el obispo presidía.
Cuando el silencio se hubo apoderado de la sala, comenzó la celebración
extraordinaria de la llegada de Cristo a este mundo, un feliz momento que tuvo por
objeto rescatar del olvido los espíritus cautivos y conseguir que regresaran a la gloria
que nunca debieron haber perdido. La liturgia consistió en la fracción del pan de la
santa oración, que Guilhem fue partiendo con la ayuda de un cuchillo de mesa y con
manos temblorosas. Después repartió los pedazos entre los presentes, al tiempo que
decían «Benedicite, senher» y el obispo respondía: «Dieus vos benesigua». Y las
plegarias se multiplicaron una y otra vez, con aquel vigor y aquel sentimiento tan
especiales que otorga la certidumbre de una persecución implacable que, al día
siguiente, les esperaría a todos fuera de los muros protectores de aquel castillo.
Terminada la liturgia, Guilhabert de Castras se levantó de nuevo y se dirigió a la
comunidad que lo contemplaba con arrobo. Habló durante largo rato, sin prisa alguna
y apenas sin darse tregua, con un tono convincente y con la voluntad prioritaria de
reafirmar la creencia de sus fieles y de reconfortar su ánimo, tan descompuesto en
aquellos días. Y para que todos los presentes comprendieran mejor la significación de
aquella noche tan singular, les contó esta parábola:
—Érase una vez un enorme pájaro blanco, llamado pelícano, que era tan
luminoso como el sol, y que perseguía en todo momento el astro del día en su carrera
por la bóveda del cielo. Tenía unos pequeños polluelos que, como estaban tan
indefensos, únicamente gracias a él podían subsistir. Sin embargo, él los abandonaba
en su nido todas las mañanas para salir en pos del sol. Entonces llegaba un animal
feroz que atacaba a los polluelos del pelícano y les cortaba el pico y magullaba sus
alas. Cuando el pelícano regresaba a donde estaban sus crías, las encontraba
mutiladas y sin pico, y entonces cuidaba de ellas y les daba consuelo. Y como esto
sucedía demasiado a menudo, se le ocurrió ocultar su propia luz y permanecer junto a
sus polluelos para que, cuando acudiera el animal feroz, pudiera apoderarse de él y
matarlo, de modo que jamás volviera a magullar a sus crías ni las privara de su pico.
Así lo hizo, y así se salvaron por fin los polluelos del pelícano del mal que les estaban
infligiendo.
Guilhabert descansó un momento, rodeado por un profundo silencio. En realidad,
no era más que un anciano venerable, con el pelo blanco y la piel arrugada, pero una
fuerza interior inaudita le otorgaba un vigor realmente extraordinario. Y añadió a

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continuación:
—Del mismo modo, el Dios bueno creó a sus criaturas, y el Dios malvado las
destruía, hasta que el Cristo ocultó su resplandeciente luz en un cuerpo de materia y
vino al mundo a hacerse carne en un día como hoy, en una humilde cueva de pastores
de un lugar que lleva por nombre Belén. Y el Cristo cogió al Dios malvado y lo envió
a las tinieblas, y desde entonces hasta hoy mismo el Dios malvado ya no puede
destruir a las criaturas del Dios de verdad y justicia.
Contó luego muchas otras cosas, algo más complejas, que algunas personas de la
sala comprendieron y otras menos. Y les habló asimismo, con palabras luminosas, de
la persecución que siempre acompaña a la Iglesia de Dios esté donde esté:
—Desde el inicio de los tiempos, los lobos persiguen y matan a las ovejas, los
malvados persiguen a los buenos y los pecadores persiguen a los santos. Por esto san
Pablo dijo: «Quienes deseen vivir piadosamente en Cristo serán perseguidos». Fijaos
bien: no habla de «perseguirán», sino de serán perseguidos». Y Jesucristo, en el
Evangelio de san Juan dijo a su santa Iglesia: «E incluso llegará la hora en que aquel
que os mate creerá estar ofreciendo a Dios un acto de culto». Y fijaos también que no
dice: «Llegará la hora en que perseguiréis y mataréis a los hombres para servir a
Dios», sino todo lo contrario…
Nadie se atrevía a moverse, y las palabras de consuelo descendían como un
bálsamo sobre los atribulados corazones de aquella gente asustada:
—Nos llaman herejes… ¿Sabéis por qué? Porque el mundo nos odia, y no resulta
nada sorprendente, desde luego, que el mundo nos odie, porque odió igualmente antes
que a nosotros a Nuestro Señor y le persiguió, así como a todos sus apóstoles. Y
nosotros somos víctimas del odio y somos perseguidos a causa de su Ley, que
cumplimos firmemente, y aquellos que son buenos y desean guardar su fe con
constancia se dejan crucificar y lapidar cuando caen en manos de sus enemigos, tal
como lo hicieron los apóstoles, y se niegan a renegar ni una sola palabra de la sólida
fe que poseen.
En este punto, Guilhabert se detuvo un momento, lanzó una mirada penetrante a
cuantos le estaban escuchando y concluyó su homilía de esta manera:
—Hermanos míos, existen dos Iglesias: una huye y perdona, la otra posee y
desuella. Aquella que huye y perdona sigue el recto camino de los apóstoles; nunca
engaña ni miente… Y aquella que posee y desuella no es otra que la Iglesia de
Roma…
Antes de finalizar la ceremonia, todos los hombres y mujeres presentes en la sala
del castillo veneraron al obispo con un milhorier. Después, aceptaron del señor del
castillo el obsequio navideño de unos barquillos con clarea[25] algunos frutos secos.
Finalmente, se dieron el beso de la paz y regresaron a sus casas reconfortados en sus
convicciones y más seguros, también, del buen fin que les esperaba cuando llegase el
momento de dejar este mundo.
Aquel invierno, Guilhabert de Castras permaneció todavía durante varias semanas

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en el castillo de Albedún, en las Corberas. Después, cabalgando de noche y corriendo
mil peligros, multiplicó sus visitas a las sedes clandestinas de la Iglesia de Dios. Sin
embargo, según fue acentuándose la represión, procuró ser visto por grupos cada vez
menos numerosos. De todas formas, había que proseguir la tarea de predicación y de
ordenación de nuevos cristianos con el fin de que, por muy feroz que la represión
llegara a ser, no se rompiera bajo ningún precio el orden de la santa Iglesia, es decir,
la línea que les unía, de bon home en bon home, con la Iglesia de los apóstoles de
Jesucristo.
Y todo esto porque, si algún día la línea se quebraba y no había forma de
reconstruirla mediante algún buen cristiano fugitivo, dondequiera que viviese, la
Iglesia desaparecería para siempre, por muy ferviente y por muy numerosa que fuese
una comunidad de creyentes todavía viviente pero falta de pastores.
Por su parte, doña Faurèsa y Guilhem y Vierna se despidieron al cabo de un par
de días y, prometiendo volver a verse lo antes posible, emprendieron el camino de
regreso hacia los respectivos pueblos de donde habían venido.

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XXIII

Qu’er son tornat tug li mey gaug em plor,


per un felh dol que dins mon cor s’atura…

Que ahora todas mis alegrías se han vuelto en llanto,


por un triste dolor que se detiene en mi corazón…

(Aimeric de Belenoi, trovador, siglo XIII).

DURANTE LOS PRIMEROS tiempos de estancia en Gebetz, todo fue placentero y


tranquilo, como si la vida se hubiera sometido de buena gana a la apacible calma de
un mundo estable. Mientras la tierra baja se enardecía contra los herejes por la acción
de los clérigos católicos, el mundo de las montañas constituía un oasis recluido y
remoto, lejos todavía de las maldades del rey de Francia y de la Iglesia usurpadora.
Vierna encontró allí la paz que buscaba, la seguridad de sentirse en todo momento
protegida.
Sin embargo, con el transcurso de los meses, aquella acogedora vida de Gebetz se
hizo más difícil. En invierno, con la marcha del padre y de Miquèu a los valles del río
Aglí, la presencia de Guilhem, Vierna y Bruna no representaba ningún problema, al
contrario: el primogénito ejercía como auténtico cabeza de familia y su esposa era
hacendosa y despabilada. Pero cuando llegaba el verano, todo resultaba muy exiguo
en aquel humilde ostal, y las bocas que había que alimentar eran demasiado
numerosas para los frutos provenientes del rebaño, de un pequeño huerto y de un
pedazo de tierra. Por si fuera poco, una parte de sus rentas se les iba en el pago de los
censos, diezmos y carnerajes con los que el baile y el obispado de Pamias abrumaban
a la gente del pueblo.
Por otra parte, más allá de las estrecheces, tanto Guilhem como Vierna
empezaban a echar de menos la tierra baja. Él, porque sentía rebrotar en su interior,
de vez en cuando, el viejo impulso de su adolescencia que le había conducido a
ensanchar su espacio de vida, a buscar el contacto de la gente y las expectativas de

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una tierra abierta. Siempre había suspirado, ciertamente, por regresar cada año a su
auténtico hogar, pero cuando ya llevaba varias semanas allí la casa se le caía encima.
Ella, por su parte, porque se había criado en el llano, porque estaba acostumbrada al
bullicio de las gentes y las calles, porque echaba de menos una comunidad más
amplia de intereses y de ideas. Al fin y al cabo, la casa de sus suegros se hallaba
aislada del resto del mundo, y las visitas a una aldea tan pequeña como Gebetz eran
muy esporádicas. Porque allí todo daba vueltas siempre, de forma exclusiva, en torno
al estrecho ámbito de la familia, a las peripecias del ganado, a la próxima cosecha, al
tiempo del día siguiente.
Y eso que Vierna tenía a Bruna, cuya existencia le ocupaba una vida entera: había
cumplido su primer año, ya andaba bastante bien y, feliz y risueña de carácter, llenaba
de alegría aquel ostal tan alejado del resto del mundo… Sin embargo, Vierna había
establecido asimismo una relación de confianza y afecto con la hermana de Guilhem,
una muchacha delgada y más bien esquiva que se llamaba Peirona. Era cinco o seis
años mayor que su cuñada, pero todavía no se había casado, algo realmente raro.
Desde el primer día, mostró por Vierna una singular debilidad y, a su lado, sus
escasas palabras y su timidez habitual se convertían en espontaneidad y desparpajo.
Nunca había visto otra cosa que la tierra de Ayllón y el Sabartés, y le complacía en
grado sumo que aquella muchacha de piel clara y delicada le hablase de sus recuerdos
infantiles en Tolosa y de los años pasados en El Mas Santas Puellas y en Foix. Se
sentía fascinada, también, por el pelo largo y rubio de Vierna, y jamás se cansaba de
despiojarlo y peinarlo mientras la oía hablar de temas desconocidos y cautivadores.
Vierna se dio cuenta en seguida de que Peirona era receptiva a la entendensa del
bien y del mal y, muy pronto, a escondidas de sus padres, mientras recogían nabos al
aire libre o cocían la sopa diaria de puerros y coles, fue adoctrinándola en la fe de la
Iglesia de los buenos cristianos. De esta manera, se sentía útil y simbólicamente
vinculada a aquella dispersa comunidad que se había visto obligada a abandonar la
villa de Foix. Fue precisamente Peirona quien le explicó que, en el pueblo, había
algunas familias que también pertenecían a la buena creencia y que, de vez en
cuando, recibían la visita de bons homes que pasaban la noche escondidos en el Solier
de la casa. Así pues, las dos muchachas tomaron contacto con los creyentes de
Gebetz y comenzaron a participar en algunas reuniones clandestinas, lo cual reforzó
también su propia amistad. Cuando acudían a tales encuentros, y contando con el
tácito acuerdo de Guilhem, sacaban de su propio alimento una hogaza de pan o un
poco de harina para entregarlas a los bons homes que estaban de paso. A cambio, por
toda recompensa, recibían de ellos la lectura y el comentario de las bienaventuranzas,
de los preceptos de Cristo y de las palabras de vida de los apóstoles.
Un día, justo cuando empezaba la primavera, el equilibrio inseguro de aquella
precaria existencia se rompió de improviso. El padre de Guilhem y Miquèu acababan
de regresar de la invernada con el rebaño y, nada más llegar, todos se apercibieron de
que el viejo cabeza de familia se había transformado en un hombre distinto. En

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aquellos pocos meses de frío y nieve, parecía como si hubiera envejecido varios años.
Su enorme envergadura se veía mermada ahora por una excesiva tendencia a agachar
la cabeza y a corcovarse por la espalda, y la esquiva mirada de siempre había perdido
el antiguo brillo de la pupila. En seguida se cansaba por todo, dormía mucho más que
antes y los largos silencios de antaño se habían convertido ahora en un mutismo
absoluto, que sólo se quebraba cuando contestaba, lacónicamente, con un «oc» o con
un «no» a las preguntas que le formulaban.
No pasaron muchos días sin que apareciera el mal que, sin duda, ya le estaba
consumiendo por dentro. Primero fueron unas manchas rojizas en la piel, que pronto
se convirtieron en enormes ampollas que secretaban una serosidad acre y que,
finalmente, acababan por reventar y desgarraban su piel a jirones. Después se fueron
hinchando todos los miembros de su cuerpo, empezando por brazos y piernas, al
mismo tiempo que los vértigos y las convulsiones le impedían encontrar consuelo en
el descanso. Por las noches no lograba dormirse jamás, y se quejaba con grandes
lamentos de que una terrible quemazón roía sus entrañas. De vez en cuando era presa
del delirio y, retorciéndose por el dolor, profería unos gritos y unos quejidos
escalofriantes que se apoderaban de todos los rincones de la casa.
La familia entera se conmovió ante la naturaleza de aquel mal tan espantoso. Y la
primera respuesta de la madre fue correr en busca de la curandera del pueblo, una
mujer vieja y cochambrosa que, sólo ver al paciente, diagnosticó la enfermedad sin
ningún género de dudas:
—Vuestro marido tiene una dolencia muy mala, señora.
—¿Qué significa eso? Hablad sin tapujos, ¡os lo ruego! —exclamó la madre de
Guilhem.
—Tiene el fuego de san Antón…
—¿Y qué clase de mal es ése? —insistió la pobre mujer, que no conocía a nadie
que hubiera sufrido tan extraña enfermedad.
—Pues se trata de un mal diabólico que… que arde por dentro con una llama que
todo lo consume.
Un terror desmesurado se dibujó en el rostro de la madre.
—¿Y qué se puede hacer, ante un mal como ése?
—Por desgracia, mis letanías y mis pociones no le ayudarían mucho. Conozco un
único remedio que puede apagar esa llama, y se encuentra tan lejos de aquí que,
aunque mandaseis en su busca, no llegaríamos a tiempo.
—¿Cuál es ese remedio?
—Unas gotas del santo mosto, una maceración que se hace con vino de una viña
de las tierras del Delfinado, y que todos los años, por la Ascensión, es derramado
sobre las reliquias de san Antonio.
Dicho esto, la curandera se alejó lo más rápidamente posible de aquella casa
maldita, lanzando sobre el enfermo un conjuro inaudible y murmurando pestes contra
el diablo.

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Al parecer, pues, no había nada que hacer y, a falta de un tratamiento o de un
sortilegio realmente aplicable, tan sólo las plegarias al santo del cerdito y unas
lámparas de aceite en su capilla de Gebetz permitirían albergar alguna suerte de
esperanza. Mientras tanto, el viejo pastor se consumía en la quemazón insoportable
de su mal y se retorcía con nerviosas contorsiones e incesantes contracturas. En
cuanto a su mujer, sumida en el desconcierto y la angustia, lo velaba de noche y de
día sin concederse descanso alguno. Sentada en un costado de la cama, le hablaba con
palabras cariñosas y, de vez en cuando, le lavaba las ampollas con vinagre y le
aplicaba por todo el cuerpo paños empapados de agua hervida con acelgas.
Sin embargo, Guilhem no podía resignarse a ver como su padre era devorado por
aquel fuego interno y despellejado en carne viva por obra de aquellas pústulas rojizas
que cubrían su piel y que ahora, con el paso de los días, iban tomando el color negro
del carbón. Así es que, arriesgando la totalidad de sus ahorros, partió a toda prisa
hacia Tarascón —a mitad de camino de la villa de Foix—, en busca de un afamado
médico que no sólo había servido durante cinco años en la botica de un maestro
cirujano, sino que además había estudiado varios cursos de medicina en la ciudad de
Montpelhièr.
El galeno, previo pago de un buen saco de monedas, se avino a presentarse un
buen día en aquella casa tan humilde de las montañas, ataviado con una larga túnica,
una gramalla colorada y un bonete en la cabeza. Causaba un gran efecto, y las dos
cejas negras y espesas que se abombaban por encima de sus ojos acababan de
redondear tan impresionante presencia. Con pocas palabras y gestos solemnes,
observó con gran atención al enfermo, tomó su pulso varias veces, analizó su orina y
le lavó las heridas con agua de vino y con un ungüento viscoso que llevaba consigo.
Seguidamente, hizo público su diagnóstico: aquello era, efectivamente, el fuego de
san Antón, una enfermedad muy dolorosa y prácticamente incurable.
Después, habiendo comprobado en su tabla de cálculo que se encontraba en un
tiempo propicio —el mes de mayo— y que podría contar con el auxilio de una
favorable influencia de la luna —ya que no era el día cinco, ni el quince, ni el veinte,
ni el veinticinco, ni el treinta del mes corriente—, el médico cirujano de Tarascón
cogió una lanceta en sus manos y practicó al enfermo una sangría en las dos venas de
la flexión del codo. A continuación, se lavó las manos con gran parsimonia, advirtió a
Guilhem sobre el inminente riesgo de gangrena y recetó una tisana elaborada con
goma de acacias, hojas y flores de coriandro y raíces de mandrágora. Finalmente,
montó en su magnífica cabalgadura y aseguró que regresaría al ostal al cabo de una
semana…
Transcurrido ese tiempo, cuando el médico subió de nuevo a la montaña, observó
el pie izquierdo del enfermo e inmediatamente levantó de forma ostensible sus
pobladas cejas y comenzó a dar cabezadas como si de un péndulo se tratara.
—Esto tiene mala pinta —aseguró, preocupado.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Guilhem.

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—Pues eso, que tiene muy mala pinta —repitió, como si hablara para sí mismo.
—Pero…
—¿Os dais cuenta de ese tono morado y azulado de su pie?
—Sí, sí, me doy cuenta… —respondió Guilhem con un hilo de voz.
—¿Veis esa piel que parece reseca, como si fuese de pergamino? —insistía el
galeno.
—Sí…
—¿Y esa especie de círculo inflamado que se dibuja a su alrededor?
— …
—Pues todo esto significa que ha sucedido lo que yo me temía, y que nos
hallamos frente a una gangrena…
Hacía ya un buen rato que, según le iban cayendo encima las preguntas, Guilhem
había perdido sus ansias de abrir la boca. De modo que miró al médico de Tarascón
con una cara totalmente inexpresiva.
—¿Sabéis lo que es una gangrena, supongo? —Preguntó todavía, inútilmente, el
hombre del bonete—. Significa que los tejidos del pie se le han ido muriendo, eso
significa. De modo que habrá que amputárselo en seguida…
No había más que hablar… En presencia de una numerosa familia que lo miraba
en silencio y con cara de espanto, el cirujano, sin pérdida de tiempo, tomó una
esponja y la mojó con un preparado compuesto a partes iguales de jugo de
mandrágora, beleño, adormidera, hojas de hiedra y la mitad de extracto de tebaína.
Después, mientras preparaba los instrumentos de incisión, dejó secar la esponja
durante un rato a pleno sol. Finalmente, la mojó de nuevo con agua caliente y la
aplicó a la nariz del enfermo, que quedó dormido al instante y cesó por un buen rato
en sus convulsiones y quejidos. Seguidamente, y con la misma naturalidad con que lo
habría hecho un carnicero, el médico le cortó el pie, le lavó cuidadosamente la herida
y le vendó el muñón con un paño blanco. A continuación, finalizada su labor,
despertó al infortunado enfermo con otra esponja, empapada en esta ocasión con
apio, anís, comino y vino.
Sin embargo, todo fue inútil, puesto que el fuego no cesaba de arder en las
entrañas del pastor y la gangrena ya se había extendido hacia los brazos y las piernas.
Y fue entonces cuando se suscitó una gran disputa en la casa, ya que Guilhem y
Peirona, viendo la proximidad del fallecimiento de su padre, propusieron llamar
cuanto antes a una pareja de buenos cristianos que en aquellos días, precisamente, se
alojaban en casa del zapatero de Gebetz: así, perdido por siempre aquel cuerpo
creado y abrasado por el diablo, al menos podría salvarse el espíritu que lo habitaba.
Pero la madre y los dos hijos menores se negaron en redondo a tal pretensión, pues
creían que eso violentaría la tradicional fe católica del enfermo y, peor aún, alejaría
de forma irremediable la milagrera intercesión de san Antonio. Fue una discusión
agria y enojosa, que se prolongó durante un par de días y que, finalmente, terminó
haciendo prevalecer la autoridad de la madre.

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Así pues, fue el párroco de Gebetz quien dio la extremaunción a un enfermo
agónico que virtualmente ya estaba delirando. Antes, sin embargo, el clérigo católico
echó mano de su breviario y leyó en voz alta esta invocación que ninguno de los
presentes alcanzó a comprender: «Deus, qui nos concedis obtentu beati Antonii,
confessoris tui, morbidum ignem exstingui et membris aegris refrigeria praestari, fac
nos, propitius, ipsius mentis a gehenne incendiis liberatis, integros mente et corpore,
tibi feliciter in gloria presentan[26]». Después, la madre, tranquilizada su conciencia
por haber hecho lo que debía, encendió una vela y la puso sobre la boca de su marido.
El viejo pastor, consumido por el fuego oculto de sus entrañas, murió al día
siguiente, ya que la insaciable voracidad de la gangrena se había apoderado del
tronco y de la cabeza, y el corazón de roble de aquel hombre no había podido resistir
tal extensión destructora. Una vez muerto, lavaron su cuerpo cubierto de ampollas,
colocaron un velo blanco sobre su cabeza y le cortaron un mechón de cabellos y las
uñas para conservar algún resto del impulso vital con que había alimentado aquella
casa. La vela que había recibido el leve soplo de su último aliento acompañó al
difunto durante el funeral y el camino del cementerio, hasta extinguirse por completo.
Por otra parte, el aceite de la lámpara de san Antonio fue renovado una y otra vez, al
objeto de garantizar la eterna salvación del alma del viejo pastor y así abreviarle,
tanto como fuera posible, el paso por el purgatorio.
Durante la semana siguiente a la muerte de su marido, la madre no abrió la boca y
se desentendió completamente de las tareas del ostal. Como si se tratara de preservar
íntimamente la presencia del difunto, pasaba horas y más horas inmóvil ante el hogar
de la foganha, observando sin cesar las caprichosas formas de las llamas y las
espirales del fuego. De vez en cuando, un pequeño reguero de lágrimas se deslizaba
por sus mejillas y entonces, sin prisa alguna, se enjugaba el rostro con el pañuelo, sin
decir palabra ni dejar escapar un solo quejido audible. Algunas veces, quizá cuando
pensaba que podía ser presa del desvarío en cualquier momento, se levantaba
despacito de su banco y salía afuera, a pasear sin prisa por el camino del bosque. Sus
cuatro hijos la miraban con el corazón encogido, pero no se atrevían a romper sus
silencios.
Al final de aquella semana, una mañana que se había levantado con un velo de
espesa calina en el horizonte, Peirona se apercibió de que su madre no estaba en casa.
Era justo al rayar el alba, de modo que debía haber abandonado su cama en plena
oscuridad. Se había llevado consigo la capa y el cayado de su marido, así como el pan
del cajón y un queso que había en la repisa de la foganha. Salvando todo esto, no
podía verse ni rastro de su partida.
Los hijos y la nuera emprendieron de inmediato una intensa batida por el bosque
y los prados cercanos. Después dieron voces abajo en el pueblo y un grupo de
vecinos pasó tres días con sus respectivas noches buscándola, a voz en grito, por toda
la comarca. Pero todo fue inútil, y el baile de la aldea resolvió abandonar las batidas.
Transcurridos cuatro días, cuando ya muchos la daban por muerta, la madre se

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presentó, como si nada hubiese ocurrido, en la casa rectoral de Gebetz, y pidió al
sacerdote del pueblo que aquel día diera de comer a tres pobres, que los vistiera con
una camisa nueva y que, siempre a su costa, rezara tres misas por el alma de su
marido. Después explicó a todo el mundo que había estado en Acs-dels-Tèrmes, que
había visitado a una conocida suya que era costurera llamada Alamanda, y que
lamentaba muchísimo haber causado tanto revuelo. Finalmente, subió con paso ligero
hacia su casa y abrazó a sus hijos con la alegría de quien regresa de un viaje muy
largo.
Estaba contenta y feliz, como si se hubiera librado de un enorme fardo, y hablaba
por los codos. Así es que no se hizo de rogar en absoluto para explicar lo que había
hecho durante aquellos cuatro días de una ausencia tan teñida de misterio.

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XXIV

Senher, Dieu prec la vostr’arma ampar,


que sai m’avetz pro layssat que plorar.

Señor, ruego a Dios que ampare vuestra alma,


pues aquí ya me habéis dejado bastante que llorar.

(Aimeric de Belenoi, trovador, siglo XIII).

EFECTIVAMENTE, LA MADRE había estado en Acs-dels-Tèrmes, en la tierra


llana del Sabartés, a donde había decidido trasladarse, sin decir nada a nadie, tras
pasar varios días muy preocupada por la suerte de su marido. Allí vivía una costurera,
Alamanda, a quien conocía desde hacía muchos años y que, católica muy singular, en
alguna ocasión le había confesado que se le aparecían los muertos y que tenía
contactos con la otra vida.
Recordándolo, presa de la angustia, la madre había discurrido durante una semana
sobre la conveniencia de visitar a Alamanda. Por fin se había decidido, de modo que
se fue andando hasta llegar a la casa de aquella mujer, una vivienda de madera
situada en la calle Mayor de la aldea. Tras las salutaciones de rigor, la madre se había
dirigido a ella secamente con estas palabras:
—Alamanda, he venido a veros porque me dijisteis que los muertos se os
aparecían de vez en cuando… Pues bien: mi marido acaba de morir hace una semana
del fuego de san Antón y quisiera que me contarais qué ha sido de él.
La mujer la miró con aire receloso, como si le fastidiara tener que responder
demasiado a menudo de una facultad tan especial. Sin embargo, no le manifestó del
todo la desconfianza que sentía y, con una cierta precaución, se limitó a decirle lo
siguiente:
—Es cierto, a veces me visitan difuntos que ya están en la otra vida. Pero siempre
se trata de personas a quienes he conocido cuando aún vivían…
—Vos conocíais a mi marido, Alamanda…

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—También es cierto, pero no he tenido nuevas sobre él en mis apariciones de los
últimos días. Regresad mañana y os diré si consigo saber algo…
En su aspecto físico, la vidente de Acs no presentaba la imagen malvada y
tortuosa que cabría esperar. Muy al contrario, se trataba de una mujer gruesa,
achaparrada, y ofrecía una cara de espléndida salud. Sus manos eran carnosas,
pesadas, con unos dedos cortos y regordetes y unas uñas redondeadas. Se sabía
poseedora de un don singular, y por eso solía actuar con enorme cautela ante los
fisgones y los curiosos, pero en cambio era absolutamente incapaz de revestir con
truculencias y misterios sus sorprendentes visiones. Hablaba de la otra vida como si
se tratase de su propio vecindario, y le parecía muy natural que la existencia de los
amigos y conocidos se prorrogase en sus apariciones, más allá del hecho
circunstancial de la muerte.
Aquella noche, la viuda del pastor durmió con un sueño agitado en un humilde
hostal de la aldea de Acs-dels-Tèrmes. Pero al día siguiente, de buena mañana, ya se
encontraba frente al portal de la casa de Alamanda con un cordero desollado en una
mano y una botella de buen vino en la otra.
—Tengo nuevas acerca de vuestro marido. Ayer por la noche vino a visitarme…
—le soltó a guisa de saludo la costurera.
La madre de Guilhem se hallaba de pie en el umbral hecha un manojo de nervios,
inquieta por conocer cuanto antes las noticias que esperaba.
—Pasad, pasad, no os quedéis en la puerta. Esto… sentaros, y bebamos juntas un
vaso de este vino que habéis traído —le dijo Alamanda, administrando con sabiduría
la información que tenía en sus manos.
Después, a duras penas, consiguió descansar su considerable figura sobre un
banco, bebió un trago sorbiendo de forma ruidosa y añadió con voz resuelta:
—Pues sí, amiga mía, anoche vi el alma de vuestro marido que, por cierto,
llevaba la camisa un poco agujereada…
La viuda enrojeció de repente, avergonzada ante una observación tan enojosa, y
se prometió en silencio que, para salvar el alma de su marido, regalaría al párroco de
Gebetz camisas nuevas para los pobres. Pero no se atrevió a decir nada para no
interrumpir la exposición de la vidente.
—Vuestro marido está bien, sí, y nadie diría que ha pasado por el terrible trance
del fuego de san Antón. Al principio, como ya estaba viejo en el momento de
morirse, el viento lo levantaba del suelo y hacía que se voltease, de modo que los
demás difuntos pasaban por encima de él. Finalmente, encontró a uno a quien
conocía. Así es que yo pude verlo ya, en el día de ayer, en compañía de otros
hombres del país de Ayllón, todos cogidos de la mano, recorriendo juntos las iglesias
de la comarca… Por cierto, pude reconocer a otro, Arnaut de Prades, que murió hace
tres meses y que solía venir a vender harina en el mercado de Acs.
—¿Arnaut de Prades estaba con él? —preguntó la viuda, sorprendida y atribulada.
—Sí, mujer, no tiene nada de extraño: difuntos los hay a porrillo, muchísimos,

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pero cada alma suele ir con aquellos a quienes ya conocía en vida. Y todos van
andando más despacio o más deprisa según el peso de sus pecados —respondió
Alamanda.
—¿Y necesita algo, mi marido? —preguntó seguidamente la viuda.
—No, quedad tranquila, basta con que hagáis rezar tres misas por su alma y que
conservéis encendida la lámpara del milagrero san Antonio… Una lámpara de aceite,
sobre todo, no unas velas encima del altar, que se consumen demasiado deprisa…
—Pero ¿dónde estaba exactamente mi marido?
—Durante el día va de iglesia en iglesia, para estar de vigilia durante toda la
noche. Ya os lo he dicho antes… —replicó Alamanda—. Pero es preciso que sepáis
que muy pronto se trasladará al lugar del santo reposo.
—¿Y cuál es ese lugar? ¿Acaso no se trata del paraíso?
—No, mujer, no es el paraíso. Mirad, las almas no entrarán en el reino de los
cielos hasta el día del juicio final, cuando hayan recuperado el cuerpo que tenían en
vida. Mientras tanto, permanecen en el lugar del santo reposo, que no es el paraíso
celestial, sino el paraíso de la tierra en el que vivían Adán y Eva, donde se sacian de
la gracia de Dios.
—Y el purgatorio, Alamanda, ¿sabéis si mi marido tendrá que ir al purgatorio? —
preguntaba la viuda con voz implorante.
—Eso sí que no lo sé, querida mía. Algunas almas van allí, ciertamente, para
purificarse de sus pecados en medio de un fuego áspero y pestilente, pero en todo
caso eso sucede antes de su traslado al lugar del santo reposo. Todavía es un poco
pronto para saberlo…
Consumida por los nervios, la viuda del viejo pastor se apretaba y frotaba las
manos hasta hacerse daño, mientras unas gotas de sudor perlaban su frente. ¡Tenía
tantas preguntas que hacer, tantas dudas que aclarar!
—Escuchadme, Alamanda, ¿pensáis que, cuando llegue el juicio final, algunos
hombres serán condenados por toda la eternidad?
—Yo creo que, antes del día del juicio, ni una sola alma será condenada, y sé muy
bien que los curas dicen otra cosa en las iglesias. Y creo también que, después, santa
María y los demás santos rogarán a Cristo, y gracias a sus oraciones el Cristo salvará
a todos los hombres, por perversos que hubieran sido en vida, incluidos los paganos y
los herejes, y los valdenses, los insabatats y los pobres de Lión. Y los judíos también,
puesto que santa María era de su raza e intercederá por ellos… Pues Dios ha hecho a
los hombres a su imagen y semejanza y los ha rescatado a todos con su propia
sangre…
Seguidamente, presa de una invencible curiosidad, la viuda empezó a preguntar
por otros conocidos de Gebetz, por si Alamanda los había visto en su aparición. No
pudo contestar nada acerca de algunos a quienes no había conocido; por el contrario,
explicó que otros ya se encontraban en el lugar del santo reposo, pero había uno que
aún estaba haciendo penitencia, puesto que en vida había puesto obstáculos a los

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sacerdotes que querían cobrarle los diezmos y las partes de frutos de la Iglesia.
Después la madre de Guilhem volvió de nuevo al alma de su esposo:
—Perdonadme, Alamanda, antes habéis dicho que mi marido no tenía ni rastro
del mal ardiente que le consumió, y habéis dicho, también, aquello de la camisa. No
quisiera hacerme pesada, pero ¿podríais contarme algo más acerca de su aspecto?
—Pues, ¿qué podría deciros? —Reflexionó Alamanda—. Bueno, en realidad las
almas de los difuntos siempre resultan más hermosas y con mejor porte que en vida,
pero también es verdad que se asemejan bastante a lo que fueron mientras vivían.
Vuestro marido, por ejemplo, se veía fuerte y robusto como un roble…
—¿Y van de acá para allá sólo con sus amigos y conocidos?
—No, también les acompañan algunos ángeles. Ellos sí son realmente distintos:
tienen el rostro resplandeciente como el sol, y son ellos quienes anuncian a las almas
en qué momento tienen que ir al lugar del santo reposo.
Antes de despedirse, Alamanda añadió un último comentario que llenó de paz el
corazón de la viuda:
—Por cierto, debéis saber que muy pronto vuestro marido vendrá a visitaros y os
dará un beso mientras dormís. Así descansaréis mejor hasta que llegue el nuevo día.
—¿Lo decís en serio?
—Claro, mujer. Cuando los muertos desean que alguien duerma mejor, y que
concilie el sueño sin desvelarse, ponen su mano encima de su rostro, le dan un beso y
entonces el bienaventurado que ha recibido su visita consigue dormirse como un
tronco.
Feliz de una revelación como ésta, la viuda del viejo pastor salió de la casa de la
vidente y, deambulando por la plaza del mercado, completó una apacible jornada.
Quería irse a la cama muy temprano, ya que ardía en deseos de madrugar y regresar
en seguida a su casa, donde cualquier día recibiría en sueños el beso de su marido.
Pero cuando ya había terminado de cenar y estaba arreglando su cama del hostal,
Alamanda compareció de repente en su habitación. Estaba terriblemente trastornada y
resoplaba tanto agitando su cuerpo que las palabras apenas salían de su boca:
—Tengo… tengo novedades para vos. —La viuda le lanzó una mirada llena de
angustia, como si esperase de ella alguna desgracia—. No, no sufráis… son buenas
noticias…
Aliviada por esta precisión, la madre de Guilhem hizo sentar a la costurera en uno
de los costados de la cama y le ofreció un vaso de agua. Después, recuperada de su
conturbación, Alamanda ya estuvo en condiciones de explicarse:
—Esta tarde, cuando ponía la mesa para cenar, he visto el alma de vuestro marido
que se apoyaba en el escaño de la foganha. Tenía muy buen aspecto, y es porque
mañana mismo se traslada al lugar de reposo, sin tener que seguir penando con sus
vigilias de iglesia en iglesia. En cambio, los demás difuntos del país de Ayllón
estaban muy tristes porque, de momento, no podrán acompañarle…
Con sus mejillas aún enrojecidas como una brasa, la vidente bebió otro vaso de

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agua y, tras relamerse los labios y secarlos bruscamente con la manga de su camisa,
continuó de esta guisa:
—Vuestro marido me ha dicho que, ya que ahora se traslada al lugar del santo
reposo, no podré volver a verle. Y que, además de visitar la iglesia de Santa María de
Gebetz y la ermita de San Antonio, días atrás estuvo también en Santiago de
Compostela y en Roma. Finalmente, me ha dicho también que quedéis tranquila, que
os confeséis a menudo, y que comáis y bebáis cuanto os plazca. Ah, y que saquéis
provecho de todo lo que este mundo os ofrezca porque, según ha añadido, en ningún
lugar existe una vida que sea mejor que ésta.
La viuda dio un suspiro y entregó un par de denarios tolosanos a la vidente.
Después, como si ya se sintiera hastiada de tanta aparición, la despidió a toda prisa,
apagó la candela que iluminaba su aposento y se metió en la cama de inmediato.
Pensaba en sus hijos, y en Vierna y en Bruna, y anhelaba regresar cuanto antes al
viejo ostal. En realidad, los había abandonado de repente, sin previo aviso, y seguro
que al cabo de tantos días estarían angustiados…

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XXV

Grans merces er qu’ieu morrai enaissi,


car estau sai marritz en terr’estranha,
don ai assatz que plor e que complanha…

Gran merced será que yo muera así,


pues estoy aquí, afligido, en tierra extraña,
donde tengo mucho que llorar y que lamentar…

(Perdigón, trovador, siglos XII-XIII).

EN LOS DÍAS siguientes, la viuda del viejo pastor reanudó su vida con renovado
ímpetu, como si su marido se encontrase viviendo tan sólo una larga invernada como
las de antes, sólo que esta vez en el lugar del santo reposo. Su corazón estaba triste y
apesadumbrado, ciertamente, pero ya no sufría como antes, puesto que el dolor y la
incertidumbre de los primeros días se habían transmutado en la paz interior que
recibió de las extrañas visiones de la costurera de la aldea de Acs.
A su alrededor, y no muy recuperados todavía de la sorpresa, la acompañaban el
desconcierto escéptico de Miquèu y del benjamín de la familia —ahora ya dos
hombres hechos— y, como es natural, la más absoluta incredulidad de Guilhem,
Vierna y Peirona. Más que ninguna otra cosa, a los tres últimos les angustiaba
constatar como, a falta del Consolament salvador para su difunto padre, el diablo
continuaba distrayendo las almas caídas y prolongando, con sus argucias, la triste
prisión del tiempo.
En cualquier caso, lo cierto es que la ausencia definitiva del cabeza de familia
abría una nueva etapa en el seno de ésta. Guilhem y Vierna, afligidos aún por la
pérdida que habían sufrido, comprendieron de todas formas que había llegado el
momento de regresar a la tierra baja, de reanudar el estilo de vida que habían
conocido cuando decidieron permanecer unidos bajo un mismo techo. No podían
volver a la villa de Foix, claro está, donde demasiada gente les conocía y en la que
podían toparse de nuevo con Huc de Montgrenier. Pero, a fin de cuentas, ya acabarían

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por encontrar cualquier otro sitio en el que pudieran vender aquellos vellones de lana
suarda que, apretados dentro de las sacas, ya habían dispuesto en su carro y
rebosaban entonces por encima de los costados y las tablas.
Así pues, Guilhem, consciente de un destino que parecía condenarlos a una vida
migratoria, se sentó una vez más en el cabezal delantero y tomó el zurriago y las
riendas del caballo, con una nebulosa mezcla de desazón y confianza. Vierna y
Bruna, por su parte, unidas para siempre al destino de aquel hombre, se embutieron
de la mejor forma posible sobre el entablado y, entre los fardos y el bagaje, buscaron
un mínimo acomodo.
En la montaña, amarrados por siempre jamás a la aparente inmovilidad del tiempo
y del paisaje, permanecerían la madre, los dos muchachos que cuidarían del rebaño y,
finalmente, Peirona, más delgaducha y pálida que nunca y anegada ahora en un
interminable llanto, por culpa de una dolorosa despedida que desgarraba su corazón y
le auguraba una soledad insoportable. Siendo así que, en el momento del adiós, los
rostros se mostraban severos y las palabras, escasas. Tan sólo Bruna, en su tierna
inconsciencia, se reía y alborotaba de felicidad ante el atractivo de aquella nueva
aventura.
Durante los meses siguientes, los tres viajeros fueron descendiendo hacia el llano
sin prisa alguna, siguiendo el ritmo cansino del carro y durmiendo en lugares
incógnitos y remotos, al abrigo del asalto de vagabundos y ladrones. Recorrían las
ferias y los mercados, en donde vaciaban varios quintales de las sacas laneras y
llenaban su zurrón con monedas y vianda. Se dejaban rodar por la incertidumbre de
los caminos del valle del río Arièja, como si esperasen una señal misteriosa o un
paisaje atractivo y seguro que les invitase a olvidar el polvo de la ruta y a buscar la
comodidad de un techo más estable.
Entre tanto, el tiempo parecía haber perdido todo su valor y, en medio de aquel
vagabundeo sin norte ni destino conocido, Bruna iba creciendo asilvestrada. Tenía la
piel bronceada, el pelo rebelde y las facciones más bien angulosas de su padre, pero
en el centro de su redondeada cara dos ojos de un intenso azul sorbían con avidez los
azares de la existencia. Ahora ya gorjeaba todo el día y, cuando abría la boca para
echarse a reír o bien para balbucear cuatro palabras a medias, mostraba ante todo el
mundo la imprevista brecha de una boca desdentada.
A menudo, cuando la niña se dormía, la madre pasaba largos ratos observando su
cara, sus manos diminutas, sus brazos carnosos señalados con rasguños o picaduras
de mosquito. El cansancio de todo el día y el balanceo del carro le concedían un
sueño reparador y profundo, y lo más probable es que poblaran sus noches de felices
sueños repletos de fantasía. Sin embargo, Vierna no podía dejar de pensar en qué
clase de vida llevaría aquella niña indefensa, cómo crecería en un mundo cargado de
fanatismo y de odio, cómo lograría sobrevivir entre tanto lobo que ya la acechaba
desde su más tierna infancia. Y esta idea helaba por completo su corazón, en vista de
tantos interrogantes angustiosos sin previsible respuesta. Después, cuando llegaba el

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nuevo día y Bruna movía ojos y manos, la luminosa sonrisa de la niña desvanecía
todos los temores y alejaba el posible peligro hasta más allá de un tiempo impreciso,
hacia un remoto mañana envuelto todavía en neblina. Entonces tan sólo existía el
presente, un día entero que despertaba de forma perezosa y que, sin indicio alguno de
riesgos inmediatos, les unía a los tres en una misma vivencia compartida.
Fue en esta época, justamente, cuando Vierna quedó embarazada por segunda
vez. Y de nuevo volvieron los recelos y las dudas, los temores y las esperanzas
alrededor de una pequeña y misteriosa simiente de vida nueva, nacida de un acto de
la carne. De nuevo, también, aquellos fervientes deseos de completar cuanto antes el
ciclo temporal en el que, por diabólico infortunio, el germen que llevaba en su vientre
no podía acoger todavía, en su interior, un espíritu celestial. Y, mientras suspiraba
porque aquel nuevo ser pudiera ver muy pronto la luz primera, Vierna se sentía un
poco desorientada y no acertaba a adivinar de qué manera tenía que amarle…
Entre tanto, la obra del maligno se hacía visible en este mundo extraño por medio
de ostentaciones de todas clases. De vez en cuando, en cualquier pueblecito perdido
de su trayecto, los tres viajeros del carro de la lana hallaban el rastro de la
persecución que, desde el Tratado de París, se ensañaba más que nunca sobre el orden
de la santa Iglesia. A veces se trataba de la llegada imprevista de una guarnición
armada que, bajo las órdenes de los oficiales del rey, se llevaba consigo
violentamente a un par de hombres o a una familia entera bajo la acusación de
herejía. Otras veces eran los humeantes restos de una hoguera o bien las ruinas de una
casa que, según algunas pruebas fehacientes o unos simples rumores, había cobijado
a algún bon home. A menudo la persecución resultaba particularmente visible en
algún caminante solitario que, habiendo renegado de la fe herética, se veía obligado,
no obstante, a abandonar su pueblo y a llevar, en señal de infamia, dos cruces
amarillas de fieltro, de dos palmos de longitud y cosidas a la ropa, una delante por
encima del pecho y la otra detrás, entre los hombros.
Aquellos que, atenazados por el miedo, abjuraban a la fuerza, ya no podían ser
vistos en parte alguna, puesto que tenían que hacer penitencia en el muro, es decir, en
la cárcel, durante largos períodos de condena. Y no bastaba con un juramento público
de servir a la fe católica, sino que, para no caer en sospecha de herejía, era preciso ir a
la iglesia todos los domingos, confesarse tres veces al año y comulgar por Navidad,
Pascua y Pentecostés. Y así hasta los detalles más nimios y más concretos, contenidos
en los cuarenta y cinco cánones que un concilio reunido en Tolosa aprobó «para
purgar de la depravación herética este país prácticamente virgen para la fe y para
mantener en él la paz»…
Un día, mientras se alojaban por una breve temporada en un pueblo del país de
Foix, Vierna escuchó de repente un enorme bullicio en el mercado. Atraída por los
gritos y el alboroto, cogió rápidamente a Bruna, se la subió a cuestas y bajó a toda
prisa hacia la plaza. Estaba llena hasta los topes y todas las ventanas rebosaban de
curiosos. Varios hombres armados, con la ayuda de algunos vecinos e impelidos por

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los gritos de un clérigo que no paraba de vociferar y de mover los brazos de un lado a
otro, guiaban unos caballos que arrastraban por el suelo un zarzo de cañas y madera
en el que había un cadáver mal envuelto en su mortaja.
Después de dar algunas vueltas por el mercado, los restos quedaron
momentáneamente abandonados en la plaza y muy pronto, como es natural, se formó
un círculo de, curiosos alrededor de aquellos despojos polvorientos y podridos. La
gente susurraba en voz muy baja y señalaba con el dedo el objeto de una escena tan
macabra. A continuación, el mismo clérigo, encaramándose sobre el mostrador de un
tendero para ser mejor visto, se santiguó con grandes brazadas y, poseído por una
profunda ira, explicó con febril vehemencia el sentido de aquella ceremonia:
—¡Hermanos y hermanas! Todos vosotros sabéis muy bien quién era la mujer
envuelta en esta mortaja… Miradla, pues, fijaos en qué se ha convertido aquella
vecina que, hace unos pocos años, vivía entre vosotros. Ahora ya no es más que un
montón de huesos y un polvo inmundo, y sus restos han ensuciado y prostituido,
durante todo este tiempo, la tierra santa de vuestro cementerio…
Todo el mundo le escuchaba con el alma en vilo, ya que el clérigo católico se
estaba refiriendo a alguien a quien conocían y a quien tal vez habían incluso querido.
A continuación, el hombre se dio la vuelta de un lado a otro y prosiguió de esta
manera:
—Sabed que esta mujer, a pesar de su normal apariencia, a pesar de la impresión
falaz de ser como todas las demás, era en realidad una criatura del diablo. Sí,
hermanos míos, ¡¡¡esta mujer era una hereje!!! Muchos de vosotros pudisteis ver
cómo doblaba la rodilla ante los hijos de Satanás, al tiempo que sus labios
murmuraban sacrílegas palabras. ¡Así pues, mirad bien sus despojos, sus restos
pestilentes de podredumbre, porque es preciso que sepáis, también, que no se
arrodilló ante ellos en una sola ocasión, ni en dos ni en tres, ni siquiera en diez, sino
que se revolcó en su pecado y en su inmundicia del mismo modo que los perros se
deleitan en su propio vómito una y otra vez!
La gente se removía inquieta y excitada, temiendo ver hasta dónde les conduciría
aquel terrorífico sermón:
—Sí, esta mujer era un hereje, ¡un apóstol de Satanás! De modo que, con el fin de
abominar tan detestable crimen y en señal de condenación eterna, hemos ordenado
vaciar su tumba de la tierra sagrada para que nunca más pueda reposar en ella una
criatura tan indigna, y para que sus restos, arrastrados en medio de quienes la habían
conocido, ardan de inmediato en el centro de esta plaza…
Un enorme griterío respondió a esta última frase. Pero el clérigo, enardecido al
ver el efecto que causaban sus palabras, levantó rápidamente la mano para reclamar
silencio de nuevo. Entonces se santiguó muy despacio una vez más y, con una voz
que resonaba por entre las mudas losas y las paredes de la plaza, dijo como última
proclama:
—¡Sea por la exaltación de la fe de Jesucristo, Nuestro Señor, por los siglos de

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los siglos, amén!
A continuación, las cosas se hicieron como se había anunciado. En un abrir y
cerrar de ojos, y en medio de los histéricos aullidos de buena parte del gentío, no
quedaron de aquellos restos polvorientos y del cadáver de la mujer más que unas
pocas cenizas humeantes que, mezcladas con cal viva, serían tiradas poco después a
las profundidades de un pozo negro. De tal modo que, según la fe católica, aquella
criatura del maligno sería borrada del Libro de la Vida y no podría participar en la
resurrección de la carne cuando llegase el momento del acto final de la historia.
Seguidamente, una comitiva encabezada por el mismo clérigo exhibiendo una
enorme cruz se puso en marcha para no dejar piedra sobre piedra de la casa en la que
aquella mujer había vivido y de la barraca en la que había ocultado, una docena de
años antes, a una pareja de buenos cristianos.
Vierna, aterrorizada bajo los porches de la plaza, contempló con el rostro crispado
y los ojos anegados en lágrimas toda la impudicia de aquel horrendo espectáculo. Y
cuando se dio cuenta de que estaba a punto de ponerse en evidencia en medio de la
muchedumbre, se dio la vuelta de repente y regresó a su casa a toda prisa. Allí
empezó a recoger sus cosas frenéticamente, a deshacer el jergón y a llenar varios
hatos con la ropa y las escasas pertenencias que tenían, mientras las lágrimas se
deslizaban por sus mejillas y sollozaba y resollaba sin medida.
No conocía a aquella mujer, claro está, y ni siquiera sabía su nombre ni su
historia, pero se daba perfecta cuenta de que no quería permanecer ni un instante más
en aquel pueblo que se entregaba a una obscenidad tan ostentosa. Así es que la noche
siguiente los tres durmieron al raso, no muy lejos de un recodo del camino, en un
solitario pedregal manchado de coscojas. Vierna había casi suplicado a su marido que
llenase el carro a toda prisa y se marcharan cuanto antes. No por miedo, desde luego,
sino por el terrible sentimiento, de rabia y de impotencia, que se enardecía en su
interior y le provocaba náuseas.
Aquella noche, la mujer de Guilhem perdió a su segundo hijo, entre grandes
vómitos y pérdidas de sangre que no parecían restañarse. Y aquello que había de ser
la túnica de un espíritu errante regresó a la nada de dónde provenía. En los días
posteriores, mansamente y en silencio, Vierna derramó abundantes lágrimas, presa de
una enorme fatiga, como si hubiera acarreado penosamente una carga muy pesada.
Durante un cierto tiempo, Guilhem echó de menos su antigua risa y sus ganas de
hablar. Sin embargo, poco a poco, y a medida que se fueron alejando de aquel lugar
de tan malos recuerdos, ella recuperó su coraje y el tono rosado de sus mejillas. Aun
así, era muy consciente de que algo se había transformado en su interior, como si se
hubiera trastornado en sus entrañas la natural disposición de las cosas, y de que ya
nunca más volvería a traer criatura alguna a este mundo de corrupción y de llanto.
A pesar de todo, más allá del extraño vacío que sentía, el espanto que Vierna
había sufrido en la plaza del mercado fue tan sólo una especie de aviso, un
insignificante caso de la locura que se había desatado por doquier. Muy pronto se

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extendió por el país del Languedoc un clima de auténtico terror, doblado por el odio
en muchos casos. Se había abierto la veda para los delatores y para venganzas
personales de toda clase, pero existía asimismo un enorme campo libre para el
desespero, las represalias y los conflictos civiles. Todos aquellos que habían sido
vistos en alguna prédica, que se habían preciado públicamente de su fe, que habían
llevado a algún bon home ante un enfermo para consolarle, que habían doblado su
rodilla hasta el suelo para hacer un simple milhorier, temían ahora la denuncia o la
indiscreción de un vecino, de un pariente.
Poco a poco, con el paso del tiempo, la Iglesia de Roma fue afinando sus
mecanismos de represión contra la herejía, hasta acabar descubriendo aquel
instrumento que, en el futuro, borraría el catarismo de la historia: la Inquisitio
Herelicae Pravitatis, comúnmente llamada Inquisición. Y si, con anterioridad, esta
labor persecutora había sido confiada de forma exclusiva a los obispos de cada
diócesis, ahora correspondería fundamentalmente a los frailes predicadores, la orden
religiosa creada por Domingo de Guzmán hacía apenas veinte años.
Así pues, un día de abril de 1233, el Papa dirigió una carta al prior provincial de
los dominicos de Tolosa para que designara, entre sus hermanos instruidos en la ley
del Señor, a aquellos que le parecieran más capaces de predicar a las masas y de
buscar tenazmente, hasta donde estuvieren, a los herejes: a ellos correspondería, con
plenos poderes, la instrucción de las correspondientes investigaciones y el juicio sin
posible apelación.
Uno de los primeros elegidos para llevar a cabo esta misión fue un hombre alto y
enjuto, hijo de Montpelhièr, profundo conocedor del derecho y la justicia. Se llamaba
Guilhem Arnaut, lucía una barba negra corta y afilada y estaba poseído en su interior
por una fe ardiente, inconmovible.

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XXVI

Errare humanum est, sed perseverare diabolicum.

Errar es humano, pero es diabólico perseverar en el error.

(Agustín de Hipona, Sermones, CLXIV, siglo V).

— LAS GUARIDAS DE los herejes se encuentran por todas partes, y también


aquí, entre nosotros, aunque no siempre lo parezca…
El hombre del hábito blanco y la capa negra paseaba su severa mirada por los
tejados y las callejuelas que avistaba desde la ventana de la casa. Se dirigía a un fraile
de su misma orden, pero la dispersión de su mirada y la cadencia de sus palabras
mostraban a todas luces que estaba reflexionando en voz alta:
—Demasiado a menudo, tendemos a imaginarlos desperdigados por las aldeas de
los valles lejanos o por los castillos encumbrados en las montañas. Pero el veneno de
la serpiente se ha extendido por todos los rincones, querido hermano, y ha penetrado
en todos los hogares…
Hablaba con una voz pausada y grave, con toda la calma del mundo, mientras
acariciaba su oscura barba y acechaba los alrededores de aquella casa tolosana de los
dominicos, el mismo edificio en el que Domingo de Guzmán había fundado su orden
en la primavera de 1215. El hombre que miraba por la ventana tenía unos ojos
escudriñadores, casi felinos, como si quisiera penetrar profundamente en los rincones
más secretos de todas las casas, de todas las consciencias susceptibles de haber
sucumbido a las garras de la herejía.
Guilhem Arnaut de Montpelhièr era un hombre de figura altiva, esbelta, y esa
impresión se veía reforzada por una cabeza casi completamente rapada por la tonsura
y por el largo hábito que llegaba hasta sus pies. Como el padre fundador de su orden,
creía fervientemente en la fuerza de persuasión de la palabra, en la capacidad de
convicción de la fe cristiana siempre que el mensaje de salvación se extendiera de
forma tenaz y continuada desde todas las tribunas, al pie de los caminos y las plazas.

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Creía, asimismo, en la necesidad de superar las estrecheces y los límites de los
reductos monásticos, tan alejados de las miserias del mundo, tan impenetrables en la
placidez de su claustro, con el fin de que la voz de redención consiguiera ocupar el
mismo terreno en el que la herejía había encontrado su fuerza. Sin embargo, y a
diferencia de Domingo de Guzmán, el nuevo inquisidor no era en absoluto un hombre
manso ni humilde de corazón, no tenía la misma fe del santo predicador de Castilla
en la eficacia del ejemplo de una vida sencilla y austera, de un sincero retorno a la
vida de pobreza. Tal vez por su condición de eminente jurista, o quizá por su
educación en una familia de alto linaje, estaba demasiado convencido de la fuerza del
derecho que le asistía, de la vía justiciera de la ley divina en medio del mundo. Y
creía que no podía abandonarse todo a la obra natural de la mano del Dios supremo,
sino que era preciso ayudar de forma más eficaz a extirpar la pústula de la herejía
mediante la predicación y, muy particularmente, mediante la acción expeditiva de la
justicia.
Admiraba, ni que decir tiene, la trascendental obra de su maestro y mentor, pero
en el fondo de su corazón, quizá sin saberlo, le reprochaba que confiara demasiado en
la bondad de las personas, que tuviera tanta fe en la capacidad natural de la especie
humana de abandonar la vía del pecado.
—Nos espera un trabajo urgente y desmedido que tal vez arrastrará consigo todas
nuestras energías… No podremos escatimar en ello tiempo ni afanes… Y ni siquiera
la ayuda divina ni la certidumbre de nuestra causa nos garantizan que seamos capaces
de poder llevarlo a cabo, al menos con la rapidez que convendría…
Guilhem Arnaut instruía a sus colaboradores, hacía visitas, daba órdenes, ajustaba
cuentas. No le hacía falta levantar mucho la voz, ni tampoco repetirse, puesto que el
tono de sus palabras parecía no admitir réplica de clase alguna. En la casa que los
frailes predicadores tenían en Tolosa todo estaba patas arriba, albañiles y carpinteros
trabajaban noche y día para terminar las obras que deberían convertir aquella
vivienda en la sede de la nueva inquisición. Se mandaron cartas urgentes por todo el
antiguo territorio del condado, se contrataron notarios y escribanos, nuncios y
carceleros, ujieres y hombres de armas, todos al servicio de la primera burocracia
moderna, de un tribunal de la fe que pretendía funcionar con la máxima rapidez y
eficacia. Se establecieron los métodos, las asignaciones, los gastos. Todo estaba a
punto. Y, a comienzos del año 1234, un mandato oficial expedido por el legado de la
Santa Sede autorizó a los inquisidores para que iniciaran sus trabajos.
Guilhem Arnaut, siempre de forma conjunta con otro compañero de su misma
orden, no perdió precisamente el tiempo. Para empezar, y de forma inmediata,
pusieron en marcha una gran investigación que abarcaba toda la diócesis de Tolosa.
En virtud de una citación general lanzada desde todas y cada una de las parroquias,
centenares de tolosanos, sospechosos o no, fueron desfilando ante los jueces para
explicar, de buena gana o a la fuerza, sus conocimientos y sus vínculos con la herejía.
Empezó a tejerse así una espesa trama que, inmediatamente, y más allá de las lógicas

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reconciliaciones de mucha gente con la fe católica, comportó asimismo muchas
sentencias de prisión —a pan y agua, con grilletes y cadenas—, de forzosa
peregrinación a lugares sagrados y hasta a Tierra Santa, de cruces amarillas cosidas
en la ropa, de flagelación pública, de incautación de bienes y de limosna forzosa…
No faltaron, naturalmente, numerosas exhumaciones y cremaciones de cadáveres en
el caso de aquellos herejes que habían muerto sin arrepentirse de su abominable
pecado. Finalmente, en los casos de los más obstinados, se establecía que los herejes
fuesen entregados al veguer real para que procediera a hacerlos quemar
públicamente, en «holocaustos agradables al Señor».
Pero Guilhem Arnaut de Montpelhièr y su compañero no se limitaron tan sólo a
recoger los testigos que se presentaban en la casa dominicana. Muy pronto, para
ahorrar desplazamientos tan largos y concentraciones masivas de la gente, los dos
inquisidores y su séquito emprendieron los primeros viajes hacia pueblos y villorrios
de los obispados de Tolosa y de Cáurs, desde donde les habían llegado varias
denuncias.
Un día de finales de junio, los dos jueces y sus ayudantes se instalaron en el
Norte, muy cerca de Cáurs, una villa del Quercy de antigua y sólida tradición
herética. Acababan de llegar los primeros calores, y los campos estaban a punto para
la cosecha. Como es natural, se había creado una gran expectación entre la gente y
circulaban multitud de rumores y habladurías, puesto que todo el mundo había visto
entrar los caballos y los carruajes por la calle mayor, hasta la misma casa rectoral en
la que se acomodaron los visitantes. A la mañana del día siguiente, reunido todo el
pueblo en la iglesia, Guilhem Arnaut presentó públicamente las cartas de comisión
que estipulaban claramente los poderes que habían recibido de la Santa Sede.
Después, de pie y revestido con los sagrados ornamentos, procedió con voz recia y
segura a la «predicación general».
Aquél era siempre un gran momento para el jurista de Montpelhièr. Dotado de
una gran elocuencia y aderezando la homilía con sobrecogedores ejemplos, el
inquisidor se dirigía con ampulosos gestos y palabra fácil a un atemorizado auditorio
que guardaba el mismo silencio que los sepulcros. Mientras hablaba, su mirada iba
recorriendo uno por uno los rostros tostados y graves de aquella gente desconocida:
delante de todos, en las primeras filas de los bancos, lo escuchaban los nobles y
señores de la villa, vestidos con sus mejores galas y acompañados de toda la parentela
y la larga recua de sus sirvientes; en segundo término, en muchos casos de pie, había
una masa abigarrada y difusa de artesanos y campesinos que, sólo unos momentos
antes, habían dejado las herramientas en el obrador o la hoz y la zoqueta al mismo pie
de los sembrados. Todos sabían que nadie podía perderse, por nada del mundo, el
sermón de aquel hombre severo que les hablaba con una seguridad y un aplomo
insuperables, tanto de las delicias que les esperaban en la gloria como de las
llamaradas eternas que ardían en el infierno.
No obstante, y sin perder el hilo, el fraile predicador fue descendiendo de

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inmediato al terreno de las cosas concretas. A los católicos más fieles, les pidió sin
ambages que denunciasen a los herejes y a quienes les apoyaban; a los herejes,
también presentes en la iglesia con el fin de no levantar prematuramente las
sospechas, les sugirió de forma lo bastante entendible que confesasen su error de
manera espontánea durante el período de una semana, el llamado «tiempo de gracia».
Instalados nuevamente en la casa rectoral, comenzó muy pronto el desfile de
denuncias y confesiones ante los jueces. Unos se apresuraban a decir que, tres años,
diez años atrás, habían escuchado la prédica de algún bon home, pero que se habían
arrepentido por completo, lo cual les garantizaba sin duda una pena leve. Otros, al
contrario, explicaban punto por punto las vicisitudes de la comunidad local de la
Iglesia perseguida.
Una mujer de mediana edad, casada con un mercader de grano, se destacó muy
pronto por la abundancia de nombres y detalles. En seguida aparecieron en su
declaración las mejores familias, las casas más nobles, los vínculos de amistad y de
parentesco más insospechados. Y, de repente, cuando parecía que ya había explicado
cuanto sabía, la mujer se descolgó diciendo con idéntica voz mojigata:
—Esto… mi señor, todavía otra cosa… Tengo una prima lejana de Tolosa, de la
familia de mi marido y de buena familia, a quien no he visto desde hace muchos
años… Pero hará un par de años una vecina me dijo que le pareció haberla
reconocido, tiempo atrás, en el Lauragués, en una casa de mujeres de El Mas Santas
Puellas…
—¿Cómo se llama vuestra parienta? —preguntó, vivamente interesado, el
inquisidor.
—Raimonda, mi señor, Raimonda Astruc… Pero creo que todos la conocían por
doña Raimonda de Tolosa.
—¿Y cuántos años pensáis que pueda tener?
—Ay, eso sí que no lo sé… Pongamos que tenga, no sé…, más de setenta…
—¿Y pensáis que ella era la priora de la casa, la auténtica cabeza de serpiente de
aquel nido de herejía?
—Quia, mi señor… El ama de la casa era otra mujer tolosana, también de noble
familia y más joven que ella… Una gran señora, me parece… Pero no sé cómo se
llama, si eso es lo que ibais a preguntarme… Cuánto lo siento, precisamente ahora…
—¿Qué otras cosas sabéis acerca de esta casa? —Guilhem Arnaut y sus
ayudantes habían intuido el interés de seguir aquel rastro—. ¿Qué otras mujeres
vivían en ella? ¿A qué se dedicaban?
—No sé mucho más, pobre de mí… Vamos, sé que en los tiempos de la guerra
todas huyeron de un día para otro y que los soldados del rey de Francia derribaron la
casa y encendieron una hoguera con alguna de esas herejes…
—Ah, ¿sí? Seguid, seguid… —insistía el compañero de Guilhem Arnaut—. Así
que algunas ya murieron…
—Sí, sí, fue muy triste, pobrecillas… Bueno, ya me comprendéis…, vamos, que

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se lo habían ganado a pulso… Pues nada, que vivían allí algunos niños y un par de
jovencitas, en la misma casa. Por cierto, una era la hija del zapatero del Mas, y tanto
ella como su padre murieron quemados en la hoguera… Y yo diría que todas las
demás lograron poner pies en polvorosa…
—¿También vuestra parienta y la priora?
—Sí, sí, ellas dos no murieron en esa hoguera, seguro…
Parecía como si la cosa se deshilachara por momentos, de modo que el fraile
predicador de Montpelhièr consideró que debía agarrar un cabo más consistente con
el fin de recuperar la madeja entera.
—Escuchadme, buena mujer, volvamos a vuestra parienta… Doña Raimonda,
habéis dicho, ¿no es así?
—Sí, sí señor… Perdonadme, ¿eh?, pero es que me hago mayor y pierdo la
memoria —se excusaba la mujer del mercader, mientras ardía en deseos de contar
incluso más de lo que sabía…
—No, no, vuestra memoria es realmente envidiable… Vamos a ver, esa amiga
vuestra que había visto a doña Raimonda en El Mas Santas Puellas, ¿no os habló
jamás de que la hubiera visto de nuevo en alguna otra ocasión?
—Tal vez sí… Ahora que lo decís… A ver, ahora mismo recuerdo que me habló
de haberla visto después en Montreal… Eso mismo, Montreal me parece que dijo…
—¿Y vivía en otra casa como la de El Mas?
—No, en absoluto, de ningún modo… Quizá dijera que vivía con una familia…
Sí, eso una joven pareja y una criatura… La verdad es que ignoro por completo qué
clase de relación tendrían, ¿sabéis? Quizás eran parientes… pero no de la misma
rama, ¿eh? ya me entendéis, tal vez de su familia de Tolosa…
—Os entiendo, señora, os entiendo perfectamente…
El interrogatorio se prolongó todavía durante un buen rato, al objeto de estrechar
el círculo alrededor de doña Raimonda, la vieja amiga de infancia de doña Faurèsa
que, ocho años antes, cuando llegó el momento de abandonar la casa de El Mas
Santas Puellas, había mostrado su desamparo por la incesante persecución de que era
víctima su Iglesia.
Durante mucho tiempo, doña Raimonda Astruc había sido una sombra
perfectamente desconocida de la historia. Ahora, gracias al celo de la Iglesia católica
y al testimonio de la mujer del comerciante de grano, su rostro sin contornos y su
nombre sin interés habían cobrado un insospechado relieve: ahora, doña Raimonda y
sus amigos y conocidos aparecían en el punto de mira de un implacable tribunal…

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XXVII

Todas las almas serán una sola.

(Declaración de Sibil.la Pèire, en 1323, ante Jacques Fournier, inquisidor).

AL DÍA SIGUIENTE, y entre muchas otras misivas, salió de la villa del Quercy un
correo urgente con una carta sellada con las armas del Santo Oficio y dirigida al
párroco de Montreal. Traducida del latín, decía lo siguiente:

Fray Guilhem Arnaut de Montpelhièr, O.P., por la misericordia divina inquisidor de la diócesis de
Tolosa, a su amado en Cristo párroco de Montreal o a su vicario, salud en el Señor.
Os ordenamos citar, de forma perentoria, a doña Raimonda Astruc, más conocida como doña
Raimonda de Tolosa, para que comparezca ante nos, en persona, el sábado de la próxima semana en
nuestra Sede itinerante del Quercy para responder de ciertos hechos relativos a la fe católica, sobre los
cuales deseamos conocer la verdad y, además, actuar en lo que corresponda.
Hecha en nuestra sede antedicha, a los diez días de las calendas de julio[27], en el año del Señor 1234.
Devolved la carta estampada con vuestro sello en señal de cumplida la orden.

La carta llegó sin problemas a su destinatario, que emprendió de forma inmediata las
gestiones pertinentes para que la orden del inquisidor dominicano fuera ejecutada al
pie de la letra. Doña Raimonda, inocentemente, abrió la puerta al oficial que le traía
la misiva y, aunque en seguida comprendió su procedencia, no dejó que se trasluciera
ni por un momento el escalofrío que recorrió sus carnes. Así pues, sin decir casi nada,
dio a entender que, aunque se encontrara extraordinariamente lejos, acudiría en el día
fijado a la sede itinerante de la inquisición de Tolosa.
Más adelante, y con relación a los hechos que se sucedieron en las siguientes
semanas, el proceso abierto en esta causa explicitaría de forma literal lo que sigue:

El día señalado, dicha doña Raimonda Astruc no compareció, por más que se la estuvo esperando
suficientemente a lo largo de todo el día, y es por tal motivo que dicho señor inquisidor la tuvo por
contumaz y la reputó como tal, ordenando y actuando de modo que fuese constatada su falta.
Después de esto, la susodicha doña Raimonda Astruc, buscada por la gente de monseñor inquisidor
portadora de sus cartas a los bailes, oficiales y justicieros que fuesen, acabó siendo hallada oculta en un

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pajar en los alrededores de Montreal, en el Lauragués, conducida presa por la gente de monseñor
inquisidor y los sargentos del juzgado a monseñor Guilhem Arnaut de Montpelhièr y presentada ante él el
día 15 del año en curso, con los objetos que se encontraron con ella. Éstos le fueron mostrados en
presencia de monseñor inquisidor, y reconoció que eran de su propiedad y que había huido llevándolos
consigo.
Hecho esto, el antedicho monseñor inquisidor, teniéndola por fuertemente sospechosa sobre la fe
católica, tanto por la información de la que disponía como por los objetos que le hallaron, deseando
informar contra ella, solicitó que jurase decir la pura, simple y entera verdad tanto sobre sí misma como
acusada, como sobre los restantes vivos y muertos como testigo, en lo que concierne a la fe católica.

Habiéndose negado a prestar juramento de acuerdo con sus creencias, doña


Raimonda, que acababa de cumplir setenta y tres años, aceptó llanamente su
pertenencia a la Iglesia de los amigos de Dios. Y no sólo eso, sino que ofreció un
buen número de aclaraciones y de indicios que, a los ojos de los hombres que la
interrogaban, «considerando la monstruosidad y la enormidad del crimen de herejía»,
hicieron que aquella mujer, moldeada por completo de bondad y de nobleza, acabara
apareciendo como la encarnación misma del maligno. Así pues, sin necesidad de
flagelación ni de tortura de fuego o agua, la declarante reconoció:

—Haber recibido la imposición de las manos del obispo Guilhabert de Castras, tras haberse preparado
para ello durante un noviciado de año y medio;
—haber participado con doña Faurèsa, doce años antes, en la fundación de un ostal de bones dones
situado en El Mas Santas Puellas;
—haber huido de dicho lugar, ocho años antes, con motivo de la llegada de las tropas del rey de
Francia;
—haber conferido el Consolament a varios moribundos en ausencia de bons homes de su diabólica
secta;
—haber protegido, en numerosas ocasiones, a personas que huían de la justicia de la Iglesia;
—haber vivido durante muchos meses en lugares varios, escondida en el bosque junto a otra
compañera y en algunos establos de personas protectoras y amigas;
—haber recalado, por fin, una vez consolada y muerta su compañera, en una casa de Montreal donde
vivió en soledad hasta que, hace tres meses, recibió la inesperada visita de un matrimonio al que conocía
de antiguo y al que acogió en su propia casa;
—haber huido, ella, el matrimonio y su hija, el mismo día en que había llegado la citación del tribunal,
sin que en el momento de declarar tuviera conocimiento de cuál sería el paradero de quienes con ella
convivieron.

Y doña Raimonda aseguró que esto era toda la verdad, afirmación sin duda
completamente cierta considerando que la santa Iglesia de Dios prohibía mentir a los
buenos hombres y a las buenas mujeres. Invitada después a abjurar de su fe en
repetidas ocasiones, se negó a ello todas las veces, con una obstinación que, según el
tribunal, todavía convertía en más execrable su crimen. La sentencia, dictada por los
inquisidores con el fin de ayudar a separar la cizaña de la herejía de lo que era el buen
trigo en el campo del Señor, era muy prolija en detalles y en acusaciones varias. Sin
embargo, un párrafo decía lo siguiente:

… La declarante ha sostenido que hay dos Iglesias; una benigna, su propia secta que ella dice que es la
Iglesia de Jesucristo y que detenta la verdadera fe en la que todo el mundo —y sin la cual nadie en
absoluto— puede ser salvado; y otra, en verdad, la maligna Iglesia romana, que ella ha dicho
impúdicamente que es madre de fornicación, basílica del diablo y sinagoga de Satanás, de cuya Iglesia ha

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insultado calumniosamente los grados, las órdenes religiosas, el ordenamiento y los estatutos,
considerando —contra toda verdad— herejes y errantes a quienes siguen su ley…

La sentencia del tribunal de inquisición incluía, además de la orden de remitir a


aquella bona dona al «brazo secular» —es decir, al poder civil— para que fuese
quemada, otro requerimiento expreso con el fin de que la casa de Montreal en la que
había vivido doña Raimonda, así como el pajar en el que había sido hallada, se
destruyesen y derribaran hasta los cimientos; que los materiales se quemaran y
recuperaran para usos piadosos; y que, en el futuro, ninguna vivienda, reconstrucción
o clausura fuese posible en dichos lugares, sino que permanecieran para siempre
inhabitables, incultivados y abiertos a todos los vientos. Y que, habiendo sido un
receptáculo de perfidia, fuesen en adelante un vertedero…
Dictada la sentencia, doña Raimonda emprendió un severísimo ayuno y dio
gracias al Dios de verdad y justicia por haber hecho posible que el espíritu que la
habitaba no tuviera que seguir dando tumbos por este bajo mundo —mar extrema,
tierra última, profundísimo infierno—, sino que, por el contrario, pudiera ascender en
seguida a los cielos, en medio de una resplandeciente luz y de una gloria que no se
marchitaría jamás. Así había ocurrido ya sin duda con su antigua compañera de El
Mas, Clemensa, y con tantos otros hermanos y hermanas de su Iglesia, y quién sabe si
incluso con aquella adorable criatura de ojos verdes que llevaba por nombre Maurina
y cuyo cuerpo fue quemado por la guarnición del rey de Francia, junto a su padre, de
profesión zapatero.
Llegada la hora, y mientras un hombre de adusto semblante la ataba con una
cuerda, a ella y a otras cinco personas, en un poste levantado sobre las pilas de leña,
doña Raimonda tenía fijo el pensamiento en lo que siempre explicaba su amiga doña
Faurèsa cuando se refería a los postreros días de la historia: «Después del fin del
mundo, todo este mundo visible se llenará de fuego, de azufre y de pez, y será
consumido. Éste será el único infierno. Pero todas las almas de los hombres y las
mujeres estarán entonces en el paraíso, y habrá en el cielo el mismo alborozo y la
misma alegría por un alma que por otra; todas serán una sola, y cada una de las almas
amará a las demás igual que a la de su padre, la de su madre o la de sus hijos…».
Incluso aquel hombre desconocido que se disponía a prender fuego a la leña, y
sus superiores, y los clérigos de la Iglesia de Roma, y el propio inquisidor que había
dictado su sentencia, todos serían salvados. Porque doña Faurèsa recordaba siempre
que «ellos estaban ciegos y sordos, ya que no podían ver ni podían oír, hoy por hoy,
la voz de Dios. Pero, finalmente, aun cuando fuera con penas y fatigas, todos ellos
vendrían a la inteligencia y al conocimiento de la santa Iglesia, en otros cuerpos en
los que serían capaces de reconocer la verdad».
Al final, ni un solo grito ni un gemido salieron de la boca de doña Raimonda, y
quienes la vieron morir aseguraron después que su último ayuno la había dejado en
los mismos huesos y que, a pesar del suplicio que la esperaba, no perdió la sonrisa en
momento alguno. Y cuando, «por la exaltación de la fe de Jesucristo», las llamas se

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apoderaron con voracidad de la paja y los leños de la hoguera, la primera vaharada de
humo llenó sus pulmones antes de que ni siquiera ella misma pudiera darse cuenta.
Sólo en un instante, e incluso antes de que el fuego ardiente consiguiera atraparla,
aquella inhalación mortal le quitó la vida.

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XXVIII

Ben es aventuros
qui ab son joi estai…

Es bien afortunado
aquel que permanece con su gozo…

(Aimeric de Sarlat, trovador, siglos XII-XIII).

MIENTRAS ESTO acontecía, Guilhem, Vierna y Bruna habían continuado su


errante vida a la buena ventura, con el regreso anual al país de Ayllón para recoger
los vellones con que ganaban su sustento. Esta vez, la caprichosa rueda de su
vagabundeo les había conducido de nuevo al Lauragués, la hermosa llanura de los
suaves cerros y de la amarilla flor del glasto.
Y, efectivamente, un día en que estaban vendiendo lana en el mercado de
Montreal, tuvieron la sorpresa de ver cómo se acercaba hacia ellos la figura titubeante
y envejecida de doña Raimonda, la mujer tolosana que había compartido plegarias y
labores con Vierna en el ostal de El Mas Santas Puellas. Vestía, naturalmente, sin el
negro hábito al que siempre la habían asociado y andaba con el paso menos ligero,
pero la sonrisa y la bondad de su rostro seguían siendo los mismos.
Les había reconocido desde lejos y, al verles, comprendió de inmediato que la
muchacha huérfana había abandonado la vía de perfección de su Iglesia para unirse a
la persona de aquel muchacho de oscuros ojos que las abastecía de lana. Y mira por
dónde, por la razón que fuera, ahora se hallaban en Montreal, en compañía de una
risueña criatura de tres o cuatro años de edad que, curiosamente, mostraba en sus
rasgos físicos una cautivadora mescolanza de su padre y de su madre.
Doña Raimonda les invitó a comer un poco de salmón crudo y un plato de
verdura. Vivía sola en una casa de madera y conservaba en secreto el contacto regular
con otras buenas mujeres de la santa Iglesia. En realidad, en los últimos tiempos
aquella morada humilde y sórdida había servido de escondrijo a muchos buenos

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cristianos que huían de la persecución o que, jugándose la vida, acudían prestamente
a la cama de cualquier moribundo para ofrecerle consuelo.
Rezaron todos juntos alrededor de la mesa y, tal como le había ocurrido cuando,
cuatro años antes por Navidad, encontró de nuevo a doña Faurèsa a los pies del
castillo de Albedún, Vierna se sorprendió una vez más de aquella paz intangible, de
aquella halagüeña sensación de serenidad y de confianza que impregnaba su corazón
siempre que compartía el Pater noster o la partición del pan con sus antiguas
compañeras. Sucedía que, cuando estaban juntas, recluidas en el secreto de alguna
habitación de una casa desconocida y dejándose balancear en el susurro ritual de las
plegarias, el mundo enloquecido de fuera parecía un mal remoto, una nube oscura y
tenebrosa que no tenía más remedio que retroceder ante la llegada de tanta bonanza.
Recordando tiempos pasados y presentes, la risa y el llanto abreviaron de forma
sorprendente aquella tarde. Cuando cayó la noche, los tres viajeros durmieron en casa
de doña Raimonda y, de tanto repetirse, aquella estancia provisional por una sola
noche acabó convirtiéndose, en realidad, en residencia permanente. Esta situación
llenaba de dicha a la antigua noble tolosana y al mismo tiempo permitía a Guilhem y
a Vierna el descanso y el cobijo que buscaban desde hacía demasiado tiempo. Sin
embargo, aquel período de calma y de paz duró tan sólo un intervalo de tres meses,
ya que la urgente citación del inquisidor de Tolosa disolvió de inmediato aquella
nueva familia.
Así pues, la pareja y su hija tuvieron que uncir nuevamente el caballo a su carro y
marchar a toda prisa, por enésima vez, hacia un destino desconocido. Doña
Raimonda, alegando motivos de edad y de salud, pero pensando sinceramente que ya
no temía en absoluto por lo que pudiera sucederle, rechazó acompañarles en la huida
y se limitó a procurar retrasar, tanto como le fuera posible, una detención inevitable.
Y, cuando llegó la hora, se dejó prender de forma dócil y sin ofrecer ninguna clase de
resistencia. Estaba preparada y ningún poder de este mundo podía asustarla…
Entre tanto, los tres viajeros se alejaron todo lo que pudieron de Montreal y,
profundamente desconsolados por la tragedia que acababan de conocer, añadieron
otro estimado nombre a la larga lista de las personas desaparecidas que tanto echaban
de menos. Procuraban ahora permanecer menos tiempo en cada pueblo, ya que
estaban convencidos de que varias órdenes de citación les estarían pisando los talones
por los valles y montañas que iban cruzando.
Así era, efectivamente. Guilhem Arnaut de Montpelhièr se sentía satisfecho de la
investigación abierta en el Quercy, ya que, por lo menos en apariencia, había hecho
posible que muchas personas volvieran a la vía de la Iglesia romana. Podía decirse,
pues, que la obra de conversión había sido felizmente consumada… Por otra parte, y
de forma inevitable, hubo que dictar algunas condenas más o menos severas, y fue
preciso enviar varias personas al «brazo secular», ya que se trataba de casos probados
de herejía. Aun así, se había producido también algún conato de tumulto que no pasó
de un simple intento, y un joven de Cáurs se anticipó a llevarse el cuerpo sepultado

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de su padre hereje antes de que acudieran al cementerio a desenterrarlo… Pero, de
todas formas, todo aquello no era más que el precio que había que pagar por realizar
una tarea tan enormemente ingrata.
Como siempre solía ocurrir, la estancia en una villa alejada de Tolosa había
permitido, también en este caso, ir completando la red en dirección hacia otros
lugares que muy pronto habrían de merecer una minuciosa visita de la sede itinerante
de la Inquisición. Como siempre, también, quedaban algunos cabos por atar y algunas
piezas sueltas que, con dedicación y persistencia, acabarían completándose
armónicamente en un plazo muy breve.
Entre estas piezas, el fraile predicador retenía, sin duda, el nombre de una viuda
tolosana fugitiva, doña Faurèsa, que ciertamente había sido priora de un ostal de la
herejía en El Mas Santas Puellas. El nombre, el noble linaje y la descripción física de
esta mujer coincidían extrañamente con una referencia que conservaba de la primera
investigación efectuada en Tolosa. Resulta que una de las primeras personas que
acudieron a la casa de los dominicos había sido un caballero de barba rizada y mirada
francamente inquietante e insólita, pues tenía los ojos de distinto color. Aquel
hombre, de modos expeditivos y bruscos, había manifestado llamarse Huc de
Montgrenier y comparecer con el propósito de rendir cuentas por el tiempo en que
había estado al servicio del conde de Foix, un noble claramente sospechoso de
herejía.
El caballero, mientras aclaraba su garganta y estiraba sus guantes de piel con una
manía obsesiva, había aportado tal riqueza de información y mostrado tal
arrepentimiento que esta espontánea conducta, junto con el hecho de haberse puesto
al servicio del rey de Francia poco después de la firma de la paz, habían merecido
para él una condena bastante leve: peregrinación a varios santuarios de Occitania y de
Francia; entrega de tres mil ladrillos, diez cahíces de cal y cien costales de arena fina
destinados a la construcción de cárceles para los herejes; y, por último, obligación de
visitar todas las iglesias de Tolosa el primer domingo de cada mes durante un año…
Aquel hombre, pues, empujado por su santa ira, denunció un ostal de mujeres de
la villa de Foix, a cuyo frente estaba asimismo una tal Faurèsa… Curiosamente, el
declarante se había referido a otro rastro que Guilhem Arnaut tampoco pensaba dejar
escapar: el de una joven pareja, claramente herética, vinculada a dicho ostal. Huc de
Montgrenier dio una descripción precisa y casi lujuriosa de la muchacha:
—¿Cómo os lo diría? Es hermosa, muy hermosa, esa muchacha… Tiene el pelo
rubio y los ojos claros, pero os garantizo que está poseída por el diablo…
—¿Y cómo podéis saberlo? —había preguntado el inquisidor.
—Pues, porque lo sé, porque un cuerpo como el suyo, con aquellas formas y
aquella figura, sólo puede ser obra del diablo… —razonaba Huc, mientras su febril
recuerdo se llenaba de furor y de rabia—. Y se trata de una hereje acérrima, ¿sabéis?
Tened en cuenta que vivía con todas aquellas mujeres pecadoras de la calle del Forn
d’Avalh…

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—Pero ¿no habéis dicho antes que las abandonó por un comerciante de lana?
—Esto fue después… Además, nunca dejó de estar en contacto con ellas…
Al tiempo que iba atando cabos y reconstruyendo los hechos, el inquisidor
pensaba que quizá se tratara de la misma pareja que, años después, en unión de una
criatura, había compartido mesa y techo con doña Raimonda Astruc…
Habría que averiguarlo cuanto antes. Sin embargo, los tiempos que llegaron a
continuación no fueron muy propicios para Guilhem Arnaut y su gente. La dureza de
las condenas y, muy especialmente, la violencia de las exhumaciones de cadáveres
habían ido excitando hasta límites insostenibles los ánimos de los ciudadanos de
Tolosa. Por otra parte, se habían producido manifiestos errores, como el caso de un
ciudadano que fue juzgado como bon home y que, de forma inapropiada para una
persona que hubiera pertenecido a la santa Iglesia, se quejaba públicamente por las
calles: «¡Oídme, mis señores! —Declaraba el infeliz a cuantos querían escucharle—,
yo no soy hereje, ni mucho menos, puesto que tengo una esposa y me acuesto con
ella, y además tengo hijos. Acostumbro a comer carne, y miento y juro… ¡Soy un
auténtico cristiano!»…
Sin embargo, el caso más grave se produjo en agosto de 1234, el mismo día en
que se celebraba por primera vez la reciente canonización de santo Domingo. Aquel
día, el obispo de Tolosa fue a la casa de los dominicos para oficiar una misa solemne
y, mientras se estaba lavando las manos antes de comer, se presentó un hermano
predicador anunciando que, a dos pasos del convento, en la calle del Om Sec, se
hallaba una enferma en peligro de muerte que acababa de recibir el sacramento de los
herejes. El obispo y el prior no llegaron a sentarse a la mesa y se presentaron
repentinamente en casa de la mujer, que se encontraba agonizante en su cama. Una
vez ante ella, el obispo le habló de modo que la pobre enferma, víctima de un
malentendido tremendo, creyó tener enfrente a un alto dignatario de su Iglesia. En
consecuencia, la anciana le confesó llanamente su fe y le reiteró que no la cambiaría
jamás por su pobre y miserable vida. Entonces, el obispo, lleno de ira, exclamó:
—¡Así que sois una hereje, ya que habéis confesado la fe de los apóstoles de
Satanás! Habéis de saber que estas herejías son manifiestas y están condenadas.
¡Abandonad vuestra fe y creed en lo que cree la Iglesia romana y católica!
Sin embargo, la mujer, presa del desconcierto, persistía en sus creencias y se
negaba a abjurar de manera alguna. El prelado insistió con vehemencia:
—¡Yo soy vuestro obispo de Tolosa! ¡Yo predico la fe romana católica, y quiero y
ordeno que la creáis!
Todo fue inútil, ya que aquella pobre mujer, incluso en su estado, perseveró una y
otra vez en su propia fe. De modo que, habiendo convocado inmediatamente al
veguer y a otros testigos ante sí, el obispo la condenó como hereje. Y el veguer hizo
que se la llevaran, con cama incluida, y que fuese quemada inmediatamente en el Prat
del Comte. Una vez encendida la hoguera, el prelado, los frailes predicadores y sus
compañeros regresaron al convento de los dominicos y comieron con alegría lo que

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tenían preparado, al tiempo que daban las gracias a Dios y a santo Domingo…
De hecho, las cosas eran ya insostenibles y se iban calentando cada vez más.
Unos meses más tarde, Guilhem Arnaut de Montpelhièr ordenó que citaran a declarar
a una docena de notables, la mayoría de los cuales eran familiares del conde de
Tolosa. Esto provocó una conmoción generalizada por toda la ciudad, de modo que,
enardecidos por el clamor popular, los doce sospechosos se negaron a comparecer. A
consecuencia de esta espiral de enfrentamientos, un día de octubre de 1235, los
cónsules expulsaron a viva fuerza de la ciudad al inquisidor que aborrecían: todo el
convento de los dominicos le acompañó entonces en procesión hasta el final del
puente de la Dorada, al otro lado del río Garona. Allí, por última vez, los cónsules
anunciaron a Guilhem Arnaut que podía quedarse si cesaba la inquisición; si, por el
contrario, se obstinaba en continuarla, tendría que abandonar las tierras del conde. Él,
inconmovible en su altivez y en el designio de su misión, optó por exiliarse; muy
poco después tuvieron que seguirle, también expulsados, todos los dominicos de
Tolosa, unos cuarenta. Como es natural, y en vista de la magnitud de la afrenta, la
previsible respuesta de inquisidores y obispos no se hizo esperar demasiado: al poco
tiempo, el conde y los cónsules fueron excomulgados de la Iglesia…
Mientras las autoridades y los clérigos pugnaban entre sí para establecer y jalonar
sus propios poderes, los tres vagabundos de esta historia habían pasado varios meses
en Gebetz, en las montañas. Un año más, esquiladas las bestias el día de San Juan, se
aproximaba el calor del verano y, en consecuencia, el tiempo de descender de nuevo
hacia el llano. Sin embargo, aquel año Vierna no se sentía con fuerzas suficientes para
dejarse vagar de un lado a otro, aguas abajo como un canto rodado. Así es que una
noche, cuando todos dormían en la casa de los padres y ya sólo quedaba un pálido
rescoldo en el hogar de la foganha, la muchacha se dirigió a su marido con estas
palabras:
—Guilhem, deberíamos tomar una decisión… No creo que pueda pasar otro
invierno dando tumbos de un lado a otro. Y no se trata tan sólo de lo que me ocurre a
mí, ¿entiendes?, es que Bruna tiene ya cinco años y no debería pasar toda su vida
vagabundeando como la niebla volandera…
—Tienes razón… —contestó él—, pero no veo otra salida que permanecer aquí
arriba, en el país de Ayllón. Si nos instalamos en algún lugar de la tierra baja, los
soldados de los inquisidores acabarán por encontrarnos…
—Existe otro lugar al que podríamos ir…
Guilhem levantó la cabeza, vivamente sorprendido por una alternativa que no
esperaba. Por otra parte, estaba muy claro que Vierna llevaba mucho tiempo dándole
vueltas a una idea concreta…
—¿Dónde, si puede saberse?
—¿Recuerdas cuando estuvimos en Montreal, en casa de doña Raimonda?
—¡Claro que sí! Pero…
—Escucha, Guilhem —le interrumpió ella, al tiempo que le ponía la mano en el

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hombro—. Cuando doña Raimonda nos habló de dónde habían ido a parar las
restantes mujeres de la casa de El Mas ¿te acuerdas de lo que dijo acerca de doña
Faurèsa?
—Sí, explicó que alguien le había contado que pensaba instalarse en el pech de
Montsegur, y que allí vivían Guilhabert de Castras y muchos otros hombres y mujeres
de la Iglesia que habían huido…
—¡Exacto! —Concluyó triunfante Vierna—. A estas alturas, doña Faurèsa y otras
personas amigas ya estarán sin duda en la fortaleza que hay en Montsegur. ¿Y si
fuéramos también nosotros?
—Pero ¿nos querrán allá arriba? No creo que en aquel picacho de piedra puedan
caber todos los que quisieran… —replicó Guilhem.
—Si doña Faurèsa vive allí, ¡ya lo creo que nos querrán!
Guilhem contempló a su mujer a la luz vacilante del rescoldo del hogar. Seguía
siendo, todavía, la más hermosa y su pelo rubio seguía brillando como el polvillo del
oro. Tendría ahora veintitrés años, pero alguna arruga incipiente y una sorprendente
madurez dejaban entrever que los zarpazos de la vida la habían maltratado sin
ninguna clase de contemplación. Sin embargo, seguía teniendo la espontaneidad y los
modos resueltos y bruscos de las muchachas y, cuando se salía con la suya en
cualquier propósito, le miraba a él de soslayo con aquella sonrisa que le hacía
enloquecer.
Aquella noche se amaron durante largo rato y con una extraña fuerza, hasta
perder el aliento y los sentidos. Él acarició su piel y su cabello con la sabiduría del
amante experto en que se había convertido. Y, cuando ella ya no podía resistir más,
cuando le parecía que si le dejaba continuar todo se precipitaría muy deprisa, Vierna
lo atraía una y otra vez hacia su rostro y le brindaba sus labios, candentes y mórbidos
por tanta avidez y tanto deseo de amarle. Por fin, cuando la armonía de los sentidos
dictaba la hora precisa, ella lo acogía cálidamente en su interior, y el impetuoso
embate del reencuentro hacía sacudir su cabeza de un lado a otro hasta que,
lentamente, arrebataba todo su cuerpo hasta el dominio del éxtasis.
Se amaban, todavía, con la misma impaciencia de la noche primera, pero el paso
del tiempo les había otorgado una mayor pericia y había anudado entre los dos, paso
a paso, unos vínculos de solidez extraordinaria. Ahora, ciertamente, sus encuentros
amorosos resultaban más apacibles y más largos que antes, y la furia de antaño y de
siempre se alternaba de buena gana con una insondable ternura.
Antes de dormirse, Guilhem contempló sonriente a su mujer. Y, al tiempo que se
daba la vuelta hacia su lado de la cama, le dijo en voz muy queda:
—Te quiero, ¿sabes? —Se detuvo un instante y entonces añadió—: Iremos a
Montsegur, Vierna, iremos a Montsegur…

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XXIX

Qui atal fara, atal perira.

Tal harás, tal morirás.

(Proclama de la Inquisición por las calles de Tolosa, 1237).

EL PECH DE MONTSEGUR era, realmente, una montaña singular: un espolón


escarpado y rocoso que se levantaba de forma repentina, cielo arriba, por encima del
país de Olmes, hasta alcanzar más de mil doscientos metros de altura.
Situado muy cerca de la cordillera pirenaica, se hallaba en aquellos tiempos
distante de todas partes, demasiado lejos y demasiado alto para merecer que alguien
se arriesgase a un asedio incierto y prolongado: esta circunstancia, así como los
problemas que el rey de Francia y la Iglesia de Roma tenían para implantar un nuevo
orden político y religioso en todo el Languedoc, garantizaron durante muchos años su
condición de refugio alejado de los males del siglo. Por otra parte, su situación
estratégica era excepcional: encrucijada de cuatro caminos, Montsegur dominaba
principalmente la vía de paso que, de norte a sur, viniendo de Mirapeis y L’Avelanet,
cruzaba el macizo de Sant Bertomieu a través del collado de la Pèira y se abría de
inmediato hacia el país de Ayllón y el alto valle del río Arièja y, desde allí, hacia los
valles de la Cerdaña y de Andorra.
Precisamente por ese mismo camino, un día de verano del año 1235, un carro
repleto de sacas de lana y proveniente de Gebetz ascendía poco a poco con un
esfuerzo enorme. En comparación con las rutas de todos los años, esta vez su
recorrido consistía tan sólo en una vuelta hasta la otra vertiente de la montaña; sin
embargo, la subida resultaba francamente larga y escarpada. En el carro se
encontraban una pareja sentada en la tabla delantera, una niña menuda que dormía
mansamente sobre las sacas y un batiburrillo inextricable de odres, cacharros de
cerámica, horcas de ajos y cebollas y capazos rebosantes de fruta seca. Siguiendo el
camino carretero, los viajeros bordeaban espesuras de pino negro y profundos

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desfiladeros con riachuelos de plata en su lecho invisible. Más allá, en un enorme
aprisco que ocupaba la mitad de la montaña, las ovejas de los rebaños moteaban de
blancos lunares el intenso verdor de los pastos.
Cuando llegaron a lo alto del collado de la Pèira, Guilhem y Vierna pudieron
contemplar, como una prodigiosa aparición en el fondo del valle, el imponente
picacho de Montsegur. En la cumbre, concretamente en la explanada relativamente
estrecha que coronaba la cima, casas con paredes de adobe y precarias cabañas de
madera y ramaje se amontonaban de forma increíble alrededor de la torre señorial de
la familia Perelha, como si estuvieran suspendidas en el aire y al borde del precipicio.
Allá arriba, en aquel lugar fortificado casi inaccesible y en aquel hormiguero de casas
que lo rodeaba, la Iglesia de los buenos cristianos había establecido su sede principal.
Efectivamente, así tuvo que ser en cuanto la firma del Tratado de París y las ulteriores
disposiciones habían implicado un salto cualitativo, de gran trascendencia, en la
persecución de los herejes.
Vivían en Montsegur un par de centenares de bons homes y bones dones —con
Guilhabert de Castras al frente—, así como los dos señores del castillo, su baile, sus
caballeros —muchos de ellos faidits, desposeídos de sus tierras—, unos cincuenta
sargentos y ballesteros, varios artesanos y buena parte de la familia de aquel pequeño
gentío. Así pues, Montsegur era en aquellos tiempos un pueblo abigarrado y
laborioso de unas quinientas personas y medio centenar de monturas, sin campesinos,
sin tierra de cultivo, sin árboles frutales ni pastos, sin otra agua que la que podía
recogerse por medio de cisternas. Al frente de todos ellos, dejando aparte la jerarquía
de la Iglesia, se hallaban Raimon de Perelha, señor originario del castillo, y su primo
Pèire Rotger de Mirapeis, jefe militar de la plaza.
En lo alto de la superficie edificada estaba el castillo, con su torre maestra y sus
murallas, y con las casas apiñadas a su alrededor, construidas a distintos niveles,
cubiertas de ramaje o de teja rojiza y separadas entre sí por angostas callejuelas y
pasajes. Un muro serpenteante de piedra y un par de barbacanas protegían todo el
recinto, en cuyo exterior, y en la cara sur de la montaña, había una estrecha liza
destinada a permitir que, en caso de peligro, los soldados pudieran moverse con
rapidez. Por último, al borde mismo del perímetro del despeñadero, una última
empalizada de madera con lienzos de muro de piedra seca constituía la defensa
externa de todo el conjunto en aquellas partes que lo requerían: otras veces era la
misma roca, cuidadosamente tallada, la que cumplía funciones de última muralla.
Guilhem y su familia, vivamente intrigados por saber qué futuro les aguardaba,
fueron descendiendo poco a poco desde el collado de la Pèira, siguiendo un angosto
camino que se ocultaba ahora bajo las sombras de un espeso bosque de hayedo y
abetal. Al llegar al fondo del valle, se apercibieron de que el sendero que subía pech
arriba, bastante estrecho y a menudo con peldaños cortados en la roca, hacía
imposible la ascensión del carro hasta la cumbre. Así es que alquilaron un cobertizo
en una casa próxima para guardar el carruaje y parte de la mercancía, al tiempo que

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se procuraban un borrico que, junto con su caballo, les ayudaría a transportar el
bagaje hasta la cima.
Era ya el atardecer y, en aquella hora tardía de incierta claridad, ellos y los dos
animales no eran los únicos visitantes o peregrinos que subían monte arriba para
pasar la noche en el pueblo fortificado. El sendero ascendía por la ladera sur de la
montaña, a través de un recorrido sinuoso rodeado de espinos y bojedales. Cuando
llegaron resoplando a la cumbre, tuvieron que franquear todavía dos grandes muros
sucesivos que les cortaban el paso, ambos apoyados por sus extremos en
impracticables escarpados. Desde allí se podían ver hombres armados que,
encaramados en la barbacana, vigilaban el acceso al recinto.
En aquel pueblo singular de espacios imposibles vivía, efectivamente, doña
Faurèsa, la antigua priora de El Mas y de Foix. Residía, junto a otras cinco buenas
mujeres, en una casa construida con madera, barro y paja que descansaba sobre
hiladas de pared seca. La planta baja tenía un pequeño cancel y una sola habitación
que hacía funciones de foganha —cocina, comedor y sala a la vez—, con un pequeño
hogar en el centro; arriba había un Solier de madera utilizando como dormitorio
único para todas y que tenía las vigas del suelo empotradas en la roca. Existía una
ventana en cada planta, pero las estrechuras del espacio exterior concedían pocas
horas de luz solar.
Al verles, y más allá de su sincera alegría, doña Faurèsa no pareció sorprenderse
mucho de su presencia:
—No os lo vais a creer, ¡pero estaba segura de que vendríais!
—¿Y cómo puede ser? —replicó, incrédula, Vierna.
—Pues no lo sé, me lo diría el corazón, o tal vez porque sabía que todavía no
teníais casa propia. —De repente, un velo de tristeza cubrió el rostro de la priora—.
En realidad, seguro que también a vosotros os están buscando y, fuera de los bosques
y las montañas, no hay precisamente muchos rincones donde ocultarse con una
criatura…
—¿Sabíais que vivimos durante tres meses en Montreal, con doña Raimonda? —
preguntó Guilhem cautamente.
—Sí, hijo mío, sí lo sabía. Y sé que también vosotros tuvisteis que huir a toda
prisa antes de que os atraparan. —Entonces se produjo un largo silencio y doña
Faurèsa acabó por decir lo que todos pensaban—: Tuve noticias de la muerte de mi
querida Raimonda al día siguiente… Gracias a Dios, no nos faltan correos ni visitas.
—Doña Faurèsa apartó su mirada, como si deseara alejar tan oscuros pensamientos
—: Bien… Ahora no es el momento de hablar de cosas tristes… Escucha, Guilhem:
¿a ver si adivinas cuál es el trabajo de las mujeres de esta casa?
Guilhem contempló con una sonrisa a aquella mujer tan poco corriente y le espetó
de inmediato:
—No sé… Apuesto lo que queráis a que tejéis la lana…
—¡Exacto, Guilhem! ¡Lo has adivinado! —Respondió doña Faurèsa con alborozo

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—. ¿Qué otra cosa podría hacer una mujer como yo, que jamás ha tenido oficio
alguno?
Aquella noche los recién llegados durmieron en un rincón de la casa de la
panadera del pueblo, una bona dona robusta y dicharachera que había dispuesto para
sí un pequeño obrador en el que, siempre que no hubiera escasez de harina, cocía el
pan para todos los residentes de la montaña. A la mañana siguiente, sin pérdida de
tiempo, doña Faurèsa dedicó buena parte del día a buscar un aposento en el que
pudieran alojarse los tres de forma estable. Después, les acompañó a saludar a
Guilhabert de Castras, a quien ya conocían bien. El anciano obispo tenía en aquellos
momentos una edad realmente provecta, pero seguía recibiendo visitas a todas horas,
dirigiendo los asuntos de la Iglesia con mano firme y discutiendo con los dos señores
de Montsegur los mil detalles de la vida cotidiana.
Muy pronto, con una sorprendente naturalidad, Guilhem y Vierna se sintieron
plenamente integrados en aquel enjambre abigarrado de gente en el que, de noche y
de día, se podía respirar la estrecha complicidad de una misma creencia, vivamente
compartida. Él, despierto y mañoso, se ofreció de inmediato a instruir a algunas
mujeres que nunca habían trabajado la lana, pero muy rápidamente le asignaron
funciones relacionadas con el abastecimiento alimentario (trigo, aceite, pescado, sal y
legumbres) de una vecindad que tenía la particularidad de vivir en lo alto de una
montaña prácticamente inaccesible.
Así pues, Guilhem subía y bajaba a menudo, se marchaba a encargar o a comprar
directamente víveres de todas clases, hacía llegar encargos a bons homes que vivían
escondidos en grutas o cabañas. Embarcado en un continuo trajín, aquel hijo del país
de Ayllón se sorprendía al ver cómo los buenos cristianos, a pesar de la persecución
que sufrían, iban de un lado a otro para seguir consolando a los moribundos y
predicando la buena nueva. Y, si ahora el riesgo se había multiplicado por mil, no
dudaban en reunir a la gente en algún claro perdido en medio del bosque o detrás de
la horma de piedra seca de cualquier era: así permanecían ocultos a los ojos de los
forasteros y, de paso, actuando al aire libre, evitaban que las casas de los creyentes
que les acogían se expusieran al derribo previsto por los cánones de la Iglesia
católica.
Vierna, por su parte, cuidaba de su hija y trabajaba con las mujeres de la casa de
doña Faurèsa. Conocía únicamente a la antigua priora, pero pronto aquella sala le
recordó las felices horas de El Mas y de Foix. Allí en el pech, casi como suspendidas
en una nube y rodeadas de puro amor cristiano, parecía que los aprietos de la
implacable persecución que les acechaba fuesen tan sólo una remota amenaza.
Pasaban los días, y su corazón se abría a la esperanza de un futuro más halagüeño, de
una nueva etapa de paz y tolerancia en una patria sometida a la tiranía de gente
forastera.
Transcurrieron cinco o seis años de una calma relativa. De vez en cuando,
llegaban procedentes del llano noticias de tumultos y revueltas, pero también el rastro

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desolador de la implacable acción que llevaban a cabo los inquisidores, incorporados
de nuevo a su tarea en la ciudad de Tolosa. Una vez más, habían reaparecido las
condenas y las exhumaciones de cuerpos dictadas por Guilhem Arnaut, acompañadas
por las calles al son de grandes trompas y con solemnes proclamas que decían: «Qui
atal fara, atal perira[28]»… Sin embargo, la Iglesia de Dios proseguía mientras tanto
la defensa de su causa sin desfallecer, ordenando, convirtiendo, consolando, partiendo
el pan de la oración, predicando la Palabra.
En el transcurso de estos años de quietud habían muerto dos ancianos muy
queridos de Guilhem y Vierna: en Gebetz, la madre de Guilhem, que nunca consiguió
sobreponerse a la ausencia de su marido, y allí mismo, en Montsegur, Guilhabert de
Castras, que fue sustituido en su misión por un nuevo obispo, Bertrand Martí.
Bruna, mientras tanto, fue creciendo muy espigada. Siempre alegre y retozona
como un gorrión, no cesaba de recorrer todos los rincones de aquel curioso lugar que
conocía como la palma de su mano. Adoraba a su padre y, cuando no existía ningún
peligro, él la llevaba consigo al bosque y le enseñaba a distinguir las diversas
especies de plantas y aves, a abastecerse de raíces y de frutos silvestres, a reconocer
las huellas y los gritos de los animales, a discernir entre la multitud de ruidos que
pueblan las arboledas.
De todas formas, lo que la más le gustaba a Bruna era que Guilhem le enseñara a
leer las estrellas del firmamento, o que la llevara a cazar al arbolete. En este caso,
muchos días antes de la fecha prevista su padre ya se había preocupado por encontrar
algún acebo de copa muy espesa y, con su cuchillo, había arrancado diestramente la
corteza del tronco hasta su propia altura. Después llenaba de agua una artesa y dejaba
reposar en ella la corteza durante cuarenta días al sol y al sereno. De allí, bien
exprimida, salía finalmente la liga, una masa muy viscosa imprescindible para la
caza. Entonces Bruna embadurnaba con la liga varias varetas y alguna rama muy
lozana, y con la ayuda de su padre hincaba en tierra el arbolete como si fuera un
auténtico árbol. A continuación, sólo debían esperar que la voz del pájaro cautivo
colocado a la vera de la rama enviscada surtiera su efecto: muy pronto, los pinzones y
los luganos, los jilgueros y los verderones, atraídos por el canto del reclamo, acudían
prestos hacia las varetas de liga y quedaban prendidos por las patas en la trampa. Una
vez cazados los pájaros, Guilhem escogía algunas piezas para llevarse a casa y ponía
las restantes en las manos temblorosas de Bruna, para que las liberase hacia el cielo,
levemente asustada por el aleteo de las aves. Después ella corría exultante a
contárselo a su madre…
En definitiva, Vierna y Guilhem habían encontrado al fin aquel hogar por el que
tanto suspiraban, aun a pesar de conseguirlo mediante un azar imprevisto. Pero allá
arriba, en Montsegur, en aquella habitación pequeña y húmeda, en aquel pueblo tan
singular, se sentían realmente felices, y respiraban un aire de paz tan extrañamente
puro que nunca en la vida, ni por un momento, podrían imaginar la terrible
conmoción que estaba a punto de acontecer.

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XXX

Cocula carta es trencada…!

¡El c… de papeles ya están rotos!

(Grito de un creyente del Languedoc, 1242).

LLEGÓ EL OTOÑO del año 1241. Mientras los viñadores recogían la uva y los
árboles perdían sus hojas a merced del viento, Guilhem Arnaut de Montpelhièr y su
compañero inquisidor recorrían el Albigés y el Lauragués, entregando cartas de
penitencia a las personas que abjuraban y dictando rigurosas sentencias de condena a
las más irreductibles o a los difuntos póstumamente hallados en herejía.
El plan trazado les condujo un buen día al pueblo de El Mas Santas Puellas. Allí,
emprendieron según costumbre la predicación general en la iglesia y, concedido el
tiempo de gracia, comenzaron a interrogar a la gente con la pericia acostumbrada,
mientras se extendía por doquier un profundo rencor contra ellos. Fue en ese
momento cuando los dos jueces acabaron de atar por fin, entre otras investigaciones,
todos los cabos relativos a un ostal de buenas mujeres que se había instalado allí
mismo diecinueve años antes, al pie del castillo de los señores del lugar.
Ahora todo quedaba muy claro: cuatro años después de la fundación de la casa, la
priora y una joven muy hermosa a la que tenía como ahijada habían huido poco antes
de que entrase en el pueblo el ejército cruzado. Poco después, ellas mismas
establecieron una nueva sede de la herejía en la villa de Foix, concretamente en la
calle del Forn d’Avalh. Más adelante, la muchacha se había unido a un comerciante
de lanas y, una vez firmada la paz de 1229, todos habían huido de nuevo sin dejar ni
el más mínimo rastro. Huc de Montgrenier, ahora al servicio incondicional y
fervoroso del rey de Francia, había buscado a la muchacha durante cierto tiempo,
inútilmente. Entre todas las personas identificadas de aquellas dos casas, Maurina,
Clemensa y Raimonda fueron cayendo en la condenación de la hoguera, otras dos
mujeres murieron por causas naturales, una jovencita abjuró y permanecía en prisión

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y, finalmente, doña Faurèsa y la pareja se hallaban en paradero desconocido…
Terminada la investigación, los jueces dominicos condenaron a la priora y a
Vierna como herejes, mediante sentencia definitiva por contumacia, y resolvieron
también «excomulgar y anatemizar como fautores y defensores de herejes» a todos
aquellos que, dondequiera que fuese, les concedieran «ayuda, consejo o favor».
Después, y tras una breve interrupción durante el período más crudo del invierno,
prosiguieron su labor por otros pueblos de la misma comarca.
En mayo, la larga comitiva de la Inquisición se instaló en el castillo que el conde
de Tolosa tenía en Avinhonet, un pueblo rural situado a lomos de una colina y que
pasaba por ser un auténtico nido de herejes. Era el tiempo del florecimiento de la
hierba del glasto, poco antes de que las hojas tomasen aquella coloración violeta clara
que anuncia la cosecha de la amarilla flor del Lauragués. La expedición estaba
integrada por once personas: los dos inquisidores, otros dos dominicanos y un
franciscano, un arcediano y su vicario, un notario y dos ujieres y el propio prior del
pueblo, que se había sumado al grupo.
La víspera del día de la Ascensión, finalizados los interrogatorios de la jornada,
todos ellos cenaron tranquilamente y, tras haber rezado las últimas oraciones del día,
se acostaron en la gran sala que tenían reservada en la torre maestra del castillo
condal. No hacía mucho tiempo que dormían cuando de repente un enorme estruendo
los despertó. Alguien había reventado a hachazos la puerta e, incluso antes de que los
frailes pudiesen apercibirse de ello, les cayó encima un grupo de hombres provistos
de armas blancas y antorchas. Algunos de los asaltantes eran faidits y soldados que
vivían en Montsegur, más un numeroso grupo procedente del pueblo de Gaja y otro
del mismo Avinhonet, entre los cuales el baile del conde de Tolosa. No muy lejos, en
un castillo de la comarca, les esperaba el hombre que dirigía el pelotón: Pèire Rotger
de Mirapeis, el jefe de la guarnición de Montsegur.
La mortandad fue terrible. Los frailes más cercanos a la puerta cayeron de forma
inmediata bajo las hachas y las dagas de los agresores, mientras se arrodillaban y
entonaban el Te Deum con voz temblorosa. Otros tuvieron todavía el ánimo de huir
hacia el piso superior, donde fueron igualmente abatidos sin compasión. Toda la rabia
de aquellos años, todo el odio acumulado por la represión y las condenas de los
inquisidores se descargaron aquella noche contra Guilhem Arnaut y su gente. El
aposento quedó repleto de cuerpos mutilados entre charcos de sangre. A
continuación, cofres, vestidos, escapularios, pupitres, rodaron por el suelo y
enriquecieron el sacrílego botín de los asesinos. Los libros que contenían las
declaraciones efectuadas ante los inquisidores fueron destruidos…
Guilhem Arnaut fue, sin duda, la causa y el blanco principal de la matanza, pues
representaba como nadie a la institución aborrecida por la gente del país. Uno de los
soldados asaltantes le partió el cráneo de un hachazo y otro se jactó después de
haberle arrancado la lengua. El propio Pèire de Mirapeis, cuando sus hombres
regresaron, recriminó a un sargento por no haberle traído, entera, la bóveda del

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cráneo del dominico: hubiera querido tenerla en sus manos para convertirla en la copa
de su vino…
Como es natural, la conmoción fue enorme en todo el país. En el mismo
Avinhonet y en los pueblos vecinos, mucha gente manifestó abiertamente su alegría
por las calles y las plazas, y es que muchos de ellos pensaron que, muertos los jueces
y destruidos sus papeles, la propia Inquisición moriría y el país entero sería liberado.
Simultáneamente, Raimon VII, el conde de Tolosa, que en los últimos tiempos había
estado tramando una red de alianzas para levantarse contra el rey de Francia, se puso
en pie de guerra y, en sólo tres meses, reconquistó una parte considerable de su
territorio, incluida toda la zona de Montsegur.
Arriba en el pech, todo se encontraba patas arriba, en aquellos días. Todo el
mundo había asistido a los preparativos del pelotón de los caballeros y los sargentos
que había marchado hacia Avinhonet y, en los tres días siguientes, había esperado su
regreso con ansiedad. Después, todos habían seguido día a día las noticias relativas a
la cabalgata militar del conde de Tolosa, a la que habían contribuido de forma muy
activa los faidits y los hombres de armas del picacho. Pronto los pueblos de la
comarca vieron como sus antiguos señores recuperaban los castillos y las tierras, y
como algunos de los bons homes descendían de Montsegur para instalarse de nuevo
entre la gente, como si nada hubiera pasado.
Las visitas arriba y abajo, las idas y venidas, fueron incesantes durante aquel
período, y Guilhem y Vierna tuvieron la alegría de acoger en su casa a Peirona, a
quien acompañaron después hasta Gebetz en su regreso. A lo largo de todos aquellos
años, la muchacha de figura delgaducha y severa se había mantenido firme en el amor
que les profesaba y en la fe adquirida de su cuñada. Seguía soltera, pero ya no era la
única mujer de la familia: su hermano Miquèu se había casado con la hija del
albardero del pueblo y, en consecuencia, había llevado a su esposa a la casa de la
montaña.
Parecía abrirse una vez más un resquicio de esperanza… que muy pronto se
truncaría de nuevo, ya que la campaña del conde de Tolosa —la guerra del conde—
contra el rey de Francia fracasó en tan sólo cuatro meses, ante las fuerzas del campo
contrario y las apresuradas deslealtades del propio. Una nueva paz tuvo que ser
firmada y, como si se tratara de la misma canción de siempre, todos los vencidos, los
caballeros y los cónsules de las villas tuvieron que prestar juramento de fidelidad otra
vez a la Iglesia y al rey, uno tras otro. Era la primavera del año 1243…
La esperanza, pues, se había marchitado más deprisa de lo que tardó en fundirse
la nieve que coronaba las cimas de las montañas más próximas. Y los que vivían en
Montsegur comprendieron que todo había cambiado a peor y que ya no sería posible
mantener la sede principal de la Iglesia de los buenos cristianos como un refugio
ignorado y solitario. Fue entonces, precisamente, cuando Vierna temió por su hija.
Bruna había cumplido trece años, uno más de los que tenía su madre cuando
había ingresado, de la mano de su tía enferma, en la casa de El Mas Santas Puellas.

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Prácticamente todos los recuerdos de su vida se reducían a los ocho años pasados en
Montsegur: un aposento pequeño y oscuro en una casa de barro y madera, un pueblo
hecho de impracticables callejuelas y un entorno de hombres y mujeres, vestidos con
hábito negro de buriel, que alternaban trabajo y oración como si a eso se redujera el
mundo… No muy lejos, las salas del castillo y una minúscula corte que lo habitaba,
así como un pequeño ejército de caballeros y de soldados que subían y bajaban de la
cumbre con sus caballos, sus espadas y sus ballestas. Más allá del recinto de la
montaña, un paisaje inamovible, pero cambiante al mismo tiempo: las imponentes
cimas de Sant Bertomieu y Soularac, los pliegues del Plantaurel, los espesos bosques
que el paso de las estaciones teñía con coloraciones varias y, como frontera
infranqueable, un círculo de espeluznantes riscos que se hundían en gargantas y
desfiladeros invisibles. Muy de vez en cuando, los horizontes de Bruna se ampliaban
gracias a algunas visitas al llano, o hasta el país de Ayllón, donde la gente cultivaba la
tierra y conducía los rebaños a través de extensísimas llanuras, y donde los carros
balanceaban pesadamente su carga de heno y de paja por interminables caminos,
llenos de polvo en verano y de barro durante el tiempo de la nieve y la lluvia. Por
compañía, y más allá del mundo de los mayores, tan sólo un reducido grupo de niños
y media docena de chicas de su edad. Para Bruna, pues, la vida era aquello y poco
más…
Trece años, solamente, y un mundo demasiado reducido, cerrado entre sus propias
murallas. Y, por si fuera poco, un mundo que en aquellos momentos resultaba tan
frágil como la capa de hielo de la cisterna cuando helaba. Más allá de las cordilleras y
los caminos, se insinuaba una sombra de inminente amenaza que no tardaría en
convertirse en un cuerpo de ejército, sembrador de destrucción y de muerte. En
resumen, pensaba Vierna, demasiado duro para una edad tan temprana, demasiado
grave para arriesgar las esperanzas de toda una vida.
Una noche estrellada, cuando el centelleo del firmamento parecía borrar la
negrura de los malos presagios, Peirona y Miquèu se presentaron en Montsegur en
respuesta inmediata a la urgente demanda que les había llegado a Gebetz gracias a un
mensajero de confianza. Montaban sendos caballos con los serones repletos de trigo y
de legumbres para los habitantes del pueblo fortificado. Después de la cena, todos los
miembros de la familia, a excepción de Miquèu, se trasladaron a la gran sala de la
torre maestra para acompañar al obispo Bertrand Martí y a la jerarquía de la Iglesia
en las últimas oraciones del día. Y cuando llegó la hora de acostarse, Vierna habló a
su hija de esta manera:
—Escucha, Bruna, escúchame bien. Antes de que te duermas tengo algo que
decirte…
La muchacha frunció las cejas, intrigada por el tono tan serio de las palabras de su
madre.
—Verás, hija, tu padre y yo hemos pensado que convendría que te marcharas por
algún tiempo de Montsegur.

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—¿Por qué, madre? —preguntó la muchacha, sorprendida.
—Pues porque barruntamos que el ejército del rey no tardará mucho en poner
sitio a nuestra montaña. Y, si así fuera, preferiríamos que te encontraras en Gebetz, en
casa de tus tíos. Allí estarás mucho más segura…
—Pero ¿y vosotros? ¿Qué será de vosotros, si atacan las tropas del rey?
Con la firmeza y la serenidad que la caracterizaban, Vierna fue tranquilizando a
su hija, sin revelar, ni mucho menos, sus propios temores ni las terribles
incertidumbres que entonces vislumbraba. Antes de dormirse, Bruna le pidió aún una
última cosa:
—Madre, cuando me marche y tú no estés a mi lado para arroparme, ¿qué debo
hacer para rezar al Padre de los buenos espíritus?
—No lo hagas con el Pater noster, querida Bruna, porque tú ya sabes que sólo
pueden rezar la santa oración aquellos que se encuentran en la vía de la verdad.
—¿Y quiénes son, madre?
—Los buenos cristianos y las buenas cristianas, ya que ellos no mienten ni
cometen pecado ni mal.
—Así pues, ¿cómo puedo dirigirme al Padre de los cielos?
—Todas las noches, antes de dormirte, ruega a Dios de esta manera: «Que el
Señor Dios, que guió a los reyes Melchor, Gaspar y Baltasar cuando viajaron a
Oriente para adorarle, me guíe igual que les guió a ellos».
Después la arropó como solía y permaneció durante un largo rato velando su
sueño, como si quisiera embeberse de todos los rasgos de aquella indefensa criatura.
Así pues, las últimas horas de aquella noche tan triste fueron breves para ella
mientras apartaba los mechones de pelo negro que caían sobre su frente, le tomaba la
mano con ternura o acariciaba dulcemente su mejilla.
A la mañana siguiente, al rayar el alba, Peirona y Miquèu se llevaron a Bruna
hacia el país de Ayllón. Guilhem les acompañó hasta el valle, mientras Vierna, desde
una ventana muy alta, fue siguiendo el rastro de las dos monturas durante un largo
rato, más allá del camino de herradura que ascendía hacia el collado de la Pèira. Las
lágrimas brillaban en sus ojos y, con el corazón encogido, sus labios musitaban
incansablemente plegarias y gratiae para que, cuando llegase la hora incierta, el
Padre de los justos concediera un buen fin a la hija que tanto quería. Una hija a la que
ya no vería nunca más.

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XXXI

Dieus! qui pot dire


ni saber lo turmen?,
qu’ieu, quan m’albire,
suy en gran pessamen.

¡Dios! ¿quién puede decir


ni saber este tormento?,
pues yo, cuando me doy cuenta,
estoy en gran pesadumbre.

(Bernart Sicart de Maruèjols, trovador, 1230).

EN LAS SEMANAS siguientes, hubo en Montsegur y sus alrededores una insólita


agitación y un alboroto enorme. Un poderoso ejército de varios miles de hombres,
reclutado como servicio obligatorio por el senescal del rey francés en Carcasona,
plantó su campamento, sus carruajes y sus estandartes al pie de la montaña y, a
continuación, con la connivencia explícita de los obispos de la Iglesia católica, le
puso sitio. En medio de un impresionante despliegue, varios puestos de guardia
fueron instalados allí donde no alcanzaba el grueso del ejército, al mismo tiempo que
se iban acumulando, a toda prisa, municiones, armamento y máquinas de guerra.
Arriba en el pech, se seguía un proceso simultáneo, aun cuando en una escala
muy inferior. De acuerdo con las directrices de Pèire Rotger de Mirapeis, los
asediados fueron procediendo a un cuantioso acopio de víveres y armas de todas
clases, así como también de cuerdas, hondas y proyectiles para los trabuquetes y
maganeles, máquinas que los carpinteros y los forjadores se aprestaban a construir
rápidamente. Algunos hombres de apoyo subieron hasta el castillo y, a lo largo del
perímetro de la roca, se multiplicaron las defensas y las guardias. En los talleres de
las casas, en el molino y en el horno, en los almacenes y los establos, en los patios y
las salas de armas, todo el mundo trabajaba sin descanso, pues deberían resistir y
sobrevivir al asedio y al asalto de las fuerzas del rey y de la Iglesia, con la esperanza

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de que, tan pronto como le fuera posible, el conde de Tolosa haría valer sus legítimos
derechos y acudiría a socorrer a sus vasallos.
Sin embargo, fueron transcurriendo las semanas y los hombres del senescal de
Carcasona, ante la imposibilidad de un asalto a una cumbre rodeada de escarpaduras
y precipicios, apenas se movían, como si tan sólo estuvieran pendientes de ver cómo
el paso del tiempo les entregaba sin coste alguno la fruta madura. Mientras, los
ánimos de la gente de Montsegur oscilaba según los rumores que circulaban en cada
momento. Guilhem y Vierna disponían de información de primera mano, puesto que
doña Faurèsa visitaba a menudo el castillo y mantenía contactos regulares con los
cabezas de su Iglesia. Algunas veces, se les encogía el corazón al enterarse de que
algún sargento había sido herido de muerte en una escaramuza o que algún mensajero
enviado al valle había sido interceptado por los sitiadores. Sin embargo, otras veces
las noticias eran esperanzadoras, tal como ocurrió en un día de mayo, justo poco
después de que Guilhem regresara sano y salvo de una incursión nocturna que él y
otros dos hombres habían emprendido para abastecerse de alimentos.
Aquella noche, doña Faurèsa entró bruscamente en la austera habitación que
ocupaba la pareja y, sin darles apenas tiempo de arrodillarse ante ella para venerarla,
les dijo radiante de alegría:
—Tengo noticias…, buenas noticias, ¡alabado sea el Dios bueno!
—¿De veras? Venga, hermana, no nos tengáis en vilo… ¡Contadlas en seguida!
—respondió Guilhem levantándose a toda prisa.
—Ay, no sé, tan buenas son que hasta parece imposible…
La mujer se sentó en un escabel y, tras tragar un poco de saliva, comenzó sin más
preámbulo:
—¿Recordáis que os hablé de unos correos que mi señor de Mirapeis envió a la
tierra baja para confirmar hasta qué punto el conde de Tolosa llevaba bien sus
asuntos?
—Sí, desde luego… —replicó, impaciente, Vierna.
—Pues bien, hace sólo un rato nuestro obispo y mi señor acaban de saber que las
cosas del conde Raimon están marchando muy bien…
—¿Qué queréis decir? —inquirió Guilhem, desconcertado.
—A ver, a ver, empecemos por el principio —se interrumpió de repente la priora
—. Hace un par de días llegó a Montsegur un sargento de paso procedente de Tolosa.
El hombre, informado sólo a medias, explicó que tenía buenas impresiones de cómo
marchaban las cosas, pero que, como regresaba a su casa, procuraría confirmarlo.
Entonces el sargento acordó con Pèire Rotger en que, si las noticias del conde
Raimon eran realmente favorables, subiría al pech de la Bastida y, desde allá arriba,
haría dos señales con fuego para que nosotros pudiéramos verlas…
—¿Y…?
—Pues que, hace más o menos una hora, el hombre ha enviado sus señales como
habían prometido…

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—Y esto significa…
—Esto significa que nuestro conde ya levanta cabeza, y que pronto va a venir a
salvarnos. Así de simple… —sentenció doña Faurèsa, alborozada.
Sin embargo, parecía como si Vierna no acabara de creerlo:
—¿Y cuándo ocurrirá algo tan maravilloso? —preguntó con un deje de
incredulidad.
—Uy, eso ya es harina de otro costal… ¡Yo qué sé, cuándo será! Pero esperad,
esperad, hay más todavía…
—¿Más… buenas noticias?
—Sí, mujer, sí, ¡hoy es un día de esperanza para nosotros! Me ha dicho el hijo
mayor[29] de nuestro obispo que, anoche, otro mensajero explicó detalles todavía
mucho más concretos: que el conde Raimon había tomado una nueva mujer, que esto
puede otorgar finalmente un heredero al condado de Tolosa, que tal vez le levanten la
excomunión y que tiene previsto venir a Montsegur con un numeroso ejército…
Durante las semanas siguientes, los residentes de aquel nido de águila colgado en
lo alto de las nubes fueron alimentando y aumentando hasta la exageración aquella
llama de esperanza que tanta falta les hacía para resistir las privaciones derivadas del
asedio. Los mensajeros seguían cruzando las líneas del enemigo, los rumores
contradictorios circulaban como la pólvora y la gente hablaba de ciertas cartas
llegadas de lejanas tierras que tan sólo conocían los dos señores del castillo y el
obispo Bertrand Martí. Éste, mientras tanto, no dejaba de visitar los ostals de sus
hijos en la fe, celebraba constantemente reuniones, recibía gente de dentro y de fuera,
congregaba a su alrededor a los nobles del castillo y a grupos escogidos de buenos
cristianos para predicarles, sin descanso, la Palabra.
Así llegó el invierno, y se cumplió medio año desde la marcha de Bruna hacia el
país de Ayllón y de un sitio militar en Montsegur que llevaba todas las trazas de
eternizarse. El senescal del rey comprendió que, si no tomaba alguna iniciativa antes
de que llegaran el frío y las nevadas, el tiempo jugaba en contra y no le sería posible
retener a la gente que él y los obispos habían reclutado. De modo que formó un
pelotón con varios gascones y algunos hombres del país y, tras haberlos retribuido
con gran generosidad, les encargó una misión francamente temeraria: trepar de noche
por el despeñadero situado al sol naciente de la montaña, en el punto más alejado de
la concentración del castillo y de las casas. Allí, en la roca de la Tor, ya no alcanzaba
la muralla y los defensores tan sólo tenían una torre de guardia y una pequeña
guarnición…
En efecto. Provistos de cuerdas y armas ligeras, los gascones lograron ascender
por un acantilado tan espeluznante que, sin duda alguna, de haberlo visto a la luz del
día y contemplando con sus propios ojos las profundas gargantas que tenían bajo sus
pies, a buen seguro no se hubieran atrevido a escalarlo. Sin embargo, una vez arriba,
y cogidos los centinelas a oscuras y por sorpresa, les quitaron el pellejo a cuchilladas
y se apoderaron en un abrir y cerrar de ojos de la torre. El camino, pues, quedaba

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expedito y muy pronto los soldados del rey ocuparon aquella cresta de la montaña. Y
se mantuvieron en ella, a pesar de que en las semanas siguientes los defensores de
Montsegur procuraron en varias ocasiones recuperar la posición perdida con un
nutrido fuego de piedras y flechas y con alguna que otra escapada fuera de sus muros.
Aquella grave fisura en las defensas precipitó rápidamente las cosas. Bertrand
Martí comprendió que corrían un serio peligro de ocupación y, en consecuencia, se
propuso poner a buen recaudo las finanzas de la Iglesia de Dios que tenía a su cargo.
En los días ya próximos a la Navidad, un diácono y otro buen cristiano, contando con
la complicidad de algún soldado del senescal, se escurrieron entre las filas de los
sitiadores y lograron llevarse con ellos, hasta una gruta del Sabartés ocupada por
gente de confianza, una caja con un buen puñado de piezas de plata y vellones de
cobre, así como varios objetos de oro y de plata procedentes de legados y donativos
de nobles creyentes.
Poco después, y en respuesta a la pérdida de la defensa de Tor, llegó a Montsegur
un maestro especialista en máquinas de guerra enviado por el baile del conde de
Tolosa. Y todos vieron en su llegada, no sólo un apoyo a las defensas del pueblo
fortificado, sino sobre todo un anticipo de la ayuda salvadora que anhelaban.
Aquel año, extrañamente, no hizo mucho frío en la montaña, y la nieve y la lluvia
sólo tuvieron en ella una esporádica presencia. A menudo, de noche, doña Faurèsa se
presentaba en casa de sus amigos y se reunían los tres bajo la tenue luz de un candil
de cerámica y alrededor de un humilde fuego, dispuesto encima de grava y arcilla y
alimentado tan sólo por ramillas de boj y de brezo. Ella bendecía y repartía el pan de
la santa oración y después les contaba rumores y noticias del poblado y les
reconfortaba con animosas palabras. Vierna, más bien meditabunda, les servía con
fatigado gesto un poco de verdura y de congrio, y un vaso de vino si quedaba, pero
apenas abría la boca: recordaba mucho a su hija y, cada vez más a menudo, daba
vueltas a lo que debería hacer con su vida si no llegaba el anhelado auxilio del conde
de Tolosa. Guilhem, por el contrario, procuraba romper a toda costa el opresivo
silencio que, de vez en cuando, se les venía encima como un sudario. Con una fe
sincera, el antiguo comerciante de lana mantenía viva la esperanza. Pero las horas
avanzaban lentamente, a paso de buey, y la brevedad de los días de invierno
debilitaba aquí y allí el vigor de los espíritus…
A menudo, la aparente placidez se rompía como consecuencia de los asaltos que,
a partir de los hechos de la roca de Tor, resultaban cada vez más frecuentes. Desde la
posición conseguida, los hombres del senescal forzaban las hostilidades hasta el
límite, lanzaban proyectiles constantemente contra la barbacana y los muros de
defensa y se acercaban, sin tantas precauciones como antes, para plantar sus escalas.
Así pues, los muertos y heridos de uno y otro bando aumentaban en número, y los
clérigos católicos y los bons homes cátaros tenían que multiplicarse invocando el
perdón de un mismo Dios que todos pretendían suyo: así podrían garantizar a sus
respectivos moribundos, ya por la extremaunción, ya por el Consolament, la entrada

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segura en la gloria de un mismo cielo.
El día del Caramentrant[30], cuando ya se había convertido en una triste
costumbre ver las flechas de las ballestas sobrevolando las casas o más de un techo
despanzurrado a causa de alguna piedra, Guilhem regresó a su casa visiblemente
afligido. Con el fin de contribuir a revisar el estado de las provisiones, había visitado
el castillo, concretamente el almacén de la planta baja de la torre maestra, y lo que
vio le había desalentado en grado sumo:
—Se nos está acabando la comida, Vierna. Hace varios días que nadie consigue
traspasar las filas de los franceses, y eso significa que tampoco nos llegan víveres.
—Entonces, ¿qué es lo que haremos?
—Mi señor Pèire dice que habrá que repartir mejor lo que nos queda…
—¿…?
—Sí, mujer. Dará órdenes para que se entregue a cada familia medio sextario de
habas y un poco de aceite, de sal y de pimienta. Con esto, y con un poco de dorada y
de mújol que todavía nos queda, tendremos que ir tirando.
—Pero, Guilhem, así no resistiremos muchos días…
—Ya lo sé… —confesaba su marido moviendo los brazos y frunciendo las cejas
—. Yo no puedo hacer nada… Me imagino que él, que es un hombre avispado, habrá
pensado algo…
Tal y como estaban las cosas, la única solución posible ya no se hizo esperar. El
día 2 de marzo, Pèire Rotger de Mirapeis, jefe de la guarnición de Montsegur, solicitó
al senescal de Carcasona negociar las condiciones de una rendición honrosa. Mientras
tanto, el conde de Tolosa se encontraba muy lejos de sus vasallos, en la ciudad de
Roma, atrapado y retenido desde hacía varios meses por un enrevesado avispero de
negociaciones y complicadas componendas…

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XXXII

Dona nos a conoiscer so que to conyoshes


e amar so que tu amas…

Danos a conocer lo que tú conoces,


y a amar lo que tú amas…

(Oración cátara del siglo XIII).

LOS TÉRMINOS DE la rendición resultaron perfectamente claros: cuando se


entregara Montsegur a manos del rey y de la Iglesia, los soldados y civiles, cualquiera
que fuese su pasado, podrían descender de la montaña con la vida salva y sin ninguna
clase de condena, con la única condición de comparecer ante los inquisidores para
prestar declaración. En cambio, los bons homes y las bones dones seguirían la misma
senda que tenían señalada desde siempre: o abjuraban de su fe, o serían entregados a
la hoguera.
Pèire de Mirapeis obtuvo asimismo una tregua de quince días antes de la entrega
de la plaza. Era el tiempo que necesitaba la Iglesia de los amigos de Dios para poner
sus asuntos en orden, o quién sabe si el jefe de la guarnición mantenía aún la leve
esperanza de ver llegar el auxilio que habían aguardado inútilmente.
Así pues, las hostilidades finalizaron de repente y un grávido y desconcertante
silencio se apoderó de la cumbre de la montaña. Ya no caían piedras ni flechas, ya no
se oían los gritos pavorosos ni las órdenes de los guerreros, ya no había que
preocuparse por nuevos heridos, ya no se producían sobresaltos en medio de la
noche… Nadie puso en duda los términos del acuerdo, ya que todos eran muy
conscientes de que se trataba de la mejor rendición posible. Pero los hombres y las
mujeres que habían recibido el sacramento que libera de los pecados, es decir, el
bautismo de Cristo por el Espíritu y el fuego, sabían que estaban a punto de entregar
su propia vida y que no tardarían en poder ver aquella tierra nueva a la que se refiere
san Juan en el Libro del Apocalipsis.

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Nadie hablaba mucho en aquellos días, por lo menos de puertas afuera. El camino
que unos y otros tenían abierto ante sus ojos era tan divergente que los que estaban
llamados a sobrevivir no se atrevían a referirse en modo alguno a su futuro inmediato.
Los buenos cristianos, entre tanto, contemplaban su final sin temor alguno,
convencidos en su interior de que en la hoguera no les esperaba ningún sufrimiento y
de que las llamas no serían más que la puerta de acceso al paraíso de sus sueños.
Durante los primeros días de la tregua, Vierna se sumergió en un extraño y
profundo mutismo, entreverado de reflexiones y designios que su marido apenas
intuía. Pero éste la miraba con el corazón encogido, terriblemente angustiado por
conocer las ideas que daban vueltas por la mente de aquella mujer a la que tanto
amaba. Ella, pues, seguía ordenando su aposento, fregaba con ceniza las bacías de
latón y la caldera de cobre, barría el suelo sin decir ni palabra. Hasta que, cuando sólo
faltaban tres días para que finalizara la tregua, Vierna rompió finalmente su silencio:
—Guilhem, quiero hablar contigo…
Subieron al camino de ronda de la muralla, desde donde se avistaban las nevadas
cimas del pico de Sant Bertomieu y las montañas cercanas, así como la plena
extensión de un cielo de invierno completamente despejado, pintado de un intenso
azul que deslumbraba. Abajo en el patio, unas gallinas picoteaban junto a las gavillas
de paja de las cuadras y un sargento herraba su rocín a golpes de mazo y de
ininteligibles maldiciones, mientras en el lado opuesto dos mujeres hacendosas y
risueñas vaciaban las cestas de la ropa y tendían al sol su colada. Vierna los miraba
ligeramente conmovida por la cotidiana simplicidad de unos gestos tantas veces
repetidos, como si la paz de los días felices de antaño hubiese regresado a Montsegur
por un instante. Después, se dio la vuelta hacia su marido y le miró en lo más
profundo de sus ojos. Entonces le habló con voz pausada y tranquila y, entre tanto, su
belleza resplandecía con la serenidad de quien pudo aclarar al fin todas sus dudas.
—Verás, Guilhem, en tres días todo esto habrá terminado…
—Lo sé muy bien, Vierna…
—Sí, todo habrá terminado para siempre, y aquellos hombres y mujeres más
queridos, aquellos con quienes hemos compartido nuestra vida en estos últimos años,
habrán tenido que elegir su propio camino. Unos, los que ni siquiera sienten nuestra
fe, o la viven de un modo distante, aquellos que nos apoyaron sobre todo para
defender paratge contra las maquinaciones del rey de Francia, todos ellos regresarán
a sus casas. Los demás, los buenos cristianos, ya lo sabes, serán entregados a una
muerte segura…
Medía sus palabras, como si quisiera devanar sus razones con una lógica natural e
inapelable. Decirlo todo con las palabras justas, dar forma a sus ideas a tenor de un
plan previsto en todos sus detalles. Era, una vez más, una mujer resuelta y segura,
firme en sus convicciones, poco amiga de doblegarse frente a ningún obstáculo.
—Así es que tú y yo, Guilhem, debemos elegir también nuestro camino…
—¿Tú y yo…? Pero, escucha Vierna, ¡nosotros no pertenecemos a la Iglesia de

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Dios…! ¡Podemos salvar nuestra vida, huir de aquí, volver con nuestra hija! —La
voz iba subiendo de tono a medida que vislumbraba los propósitos de Vierna.
—Espera, Guilhem, deja que te explique lo que pienso…
Él estaba hecho un manojo de nervios y la sujetaba de los brazos mientras la
zarandeaba de un lado a otro, al tiempo que una bocanada de sangre le subía por la
cara y se sentía presa de una profunda conmoción.
—Tú, Guilhem, te irás con los señores del castillo y con los caballeros y soldados
que hasta hoy han protegido nuestras vidas. Sobre ti no hay condenas ni agravios de
los jueces inquisidores, y no te van a perseguir… Por otra parte, la luz de tu fe sigue
siendo tenue y vacilante porque, después de tanto tiempo, todavía descansa sobre el
amor que sientes por mí y no sobre la fuerza que surge de tu propio corazón. Así
pues, tienes que vivir para cuidar de nuestra hija y fortalecer tu creencia, y para
mantener el testimonio de nuestra fe en este mundo corrupto.
Su voz no vacilaba, pero sus labios temblaban y los ojos casi se le arrasaban en
llanto, mientras lágrimas de un profundo desconsuelo se deslizaban de modo
silencioso por sus mejillas. Pero ya no podía interrumpirse, tenía que proseguir su
reflexión en voz alta, tenía que llevar hasta el final aquel intrépido esfuerzo:
—En cuanto a mí, todo es distinto, amor mío… Nací en el seno de la buena
creencia, y apenas tenía doce años cuando entré en casa de doña Faurèsa, en El Mas
Santas Puellas. Y mi destino, marcado para siempre, tan sólo se torció porque un
buen día me enamoré de ti, porque el amor se apoderó de los dos con una fuerza
irresistible…
—Pero…
—Te sigo queriendo, Guilhem, y mi pensamiento postrero será para ti y para
Bruna. Pero ahora mismo, los míos, aquellos que guiaron mi camino hacia la
entendensa de todo bien, se disponen a seguir la misma senda hasta un punto sin
retorno. Ellos tendrán el buen fin que esperaban y verán la gloria del Padre santo.
Yo… Yo quiero acompañarles, Guilhem, porque ése es también el final para el que
me he preparado a lo largo de esta vida, intensamente, con una fidelidad que tan sólo
atenué simplemente para poder amarte…
Una ráfaga de viento glacial hizo estremecer las hojas de los arbustos situadas al
pie de la muralla y, como un aullido siniestro, transportó hacia ellos, hasta el camino
de ronda, los ladridos de un perro extraviado que se agitaba entre una espesa broza de
bojedales y coscojas. Ahora Guilhem, con sus ojos abatidos ante la evidencia que se
iba imponiendo, ya no pretendía detener las palabras de Vierna. Parecía como si
estuviera todo dicho… Sin embargo, su lacerado corazón se negaba todavía a
comprender y le iba dictando, uno tras otro, los mil imaginables reparos:
—Pero, Vierna, escúchame, podríamos vivir todavía muchos años, y recorrer
juntos como hasta ahora los mismos caminos…
—No te engañes, Guilhem, mis días están contados… La larga mano de la Iglesia
usurpadora está a punto de alcanzarme, y me hubiese atrapado ya varios años antes si

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Montsegur no nos hubiera acogido bajo sus alas protectoras. Si no es hoy, será dentro
de muy poco; por ejemplo, cuando comparezca ante los frailes predicadores y
proclame frente a ellos mi fe irrenunciable.
—Podríamos ocultarnos, Vierna…
—¿Por cuánto tiempo, Guilhem, por cuánto tiempo? ¿Tres meses, un año, tal vez
dos? Lo que tiene que venir que llegue ahora, en Montsegur, con los obispos y los
diáconos de la santa Iglesia, con doña Faurèsa, que siempre me quiso como la madre
que perdí cuando era niña, con todos los bons homes y las bones dones que me
acompañarán en el camino de la salvación de mi alma. Veré el cielo, amor mío, las
puertas del paraíso se abrirán de par en par para acogerme, y el espíritu que vive en
mí podrá liberarse por fin de la tierra de olvido que lo mantiene prisionero.
Ya no lloraba, sino que la visión que enardecía su corazón brillaba en el azul
indescriptible de sus ojos. Y cuanto más se arrebataba, más se sumía Guilhem en su
tormento. Sabía a ciencia cierta que, cuanto había escuchado, no tenía vuelta de hoja
y que Vierna había perfilado un trayecto por el que él no podía seguirla. Y, habiendo
comprendido hasta el último pliegue de su conciencia el destino que le esperaba, lloró
con amargura, con aquel desespero y aquellos irreprimibles sollozos que los hombres,
al hacerse mayores, creen haber arrinconado para siempre en el baúl de su infancia.
Aturdido por las bocanadas de sangre que batían en sus sienes, aquel hombre
desgarrado y perplejo levantó sus ojos hacia el impresionante cielo de Montsegur, y
no supo encontrar, en aquel purísimo azul que le cegaba, ninguna suerte de consuelo
ni respuesta…
Al día siguiente de esta conversación, más de una veintena de creyentes, hombres
y mujeres, visitaron a Bertrand Martí para pedir de sus manos el Consolament.
Algunos eran caballeros faidits, nobles de alta estirpe pero sin tierras, otros eran
simples escuderos o plebeyos de múltiples oficios. Incluso estaban la mujer y la hija
de Raimon de Perelha, uno de los dos señores de Montsegur, y naturalmente Vierna y
otras mujeres. Más de uno abandonaba a su marido, o a su mujer, o a varios hijos;
otros se disponían a morir con su pareja. Unos tenían una fe inconmovible, otros tal
vez temían que, tras la caída de Montsegur, jamás podrían hallar quien les diera el
Consolament a la hora de su muerte.
Recibieron la imposición de manos de su obispo y a la vista de todos, y aquella
misma noche Vierna vistió el oscuro hábito de buriel y fue a dormir en el ostal de
doña Faurèsa. De esta manera, habiendo recibido el sacramento único de su Iglesia, la
antigua novicia de El Mas Santas Puellas había adoptado por fin el compromiso de
entregarse a Dios y al Evangelio por todo el tiempo de vida que le quedara: dicho de
otra manera, se había convertido, a sus treinta y dos años, en una buena cristiana…
Al día siguiente, quienes estaban condenados a la hoguera repartieron sus escasos
bienes entre quienes debían sobrevivirles: unos zapatos, un bonete de lino y una
bolsa, unos calzones, diez sueldos melgarenses, un saquete de trigo… El propio
Bertrand Martí hizo distribuir entre todos los sargentos un estipendio de cinco

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sueldos tolosanos para cada uno y acordó con Pèire Rotger que éste se llevaría de
casa del obispo la pimienta, el aceite, la sal, la cera y una manta. El jefe de la
guarnición se encargó de llevarse todo el trigo que quedaba y unos cincuenta
perpuntes que algunas buenas mujeres habían cortado y cosido en sus casas a lo largo
de los diez meses de asedio.
Cuando cayó la noche, antes de que la oscuridad sepultara por completo la última
noche de Montsegur, Bertrand Martí reunió a todos los buenos cristianos y a algunos
de los creyentes y nobles en la sala mayor de la torre del castillo. Estaba llena a
rebosar, y la mayoría de ellos tuvo que escucharle de pie. Pero todos esperaban de su
obispo unas palabras de esperanza que pudieran reconfortar su ánimo hasta el último
instante que ya se aproximaba. Así es que les dijo lo siguiente:
—Ahora que ya se avecina la hora decisiva, cuando el Padre santo está a punto de
acogernos amorosamente entre sus brazos, tal vez a alguno de vosotros se le hiele la
sangre en las venas. Tal vez algunos, quizá los más jóvenes, sintáis un temor difuso al
tener que cruzar hasta la luz que nos espera en la otra orilla… Pero yo os digo: no
temáis, puesto que Dios no permitirá que ninguna de sus criaturas pueda descarriarse
ni que una sola padezca ningún tipo de dolor o sufrimiento. Muchos de nuestros
hermanos nos han precedido, por los caminos del mundo, en el incierto trance de una
muerte solitaria. Nosotros, en cambio, caminaremos juntos hasta el buen fin que nos
espera, y Jesús estará con nosotros, tal como él mismo expresó con palabras que,
hasta el último momento, guiarán nuestros pasos: «Yo permaneceré a vuestro lado día
tras día, hasta el fin del mundo…».
Bertrand Martí se detuvo un instante, con una expresión de enorme serenidad en
el rostro que se contagiaba a quienes le escuchaban en silencio. Después, apoyó las
manos sobre el paño blanco de la mesa y, en un tono apacible, les dirigió sin prisa
alguna las siguientes palabras:
—La Iglesia de Dios sufre las persecuciones, las tribulaciones y el martirio en
nombre de Cristo, ya que él mismo los sufrió. Y lo hizo llevado por su voluntad de
rescatar y salvar a su Iglesia y de mostrarle, tanto de palabras como de hecho, que
hasta el fin del mundo también ella tendría que sufrir persecución, maldición y
vergüenza…
Cuando el obispo finalizó su parlamento, ya era noche cerrada, y las antorchas de
la sala parecían haberse extinguido al compás de las escasas horas de vida que
todavía les quedaban. Tras haber compartido el pan de la santa oración, los bons
homes y las bones dones regresaron a sus casas, y muchos de ellos permanecieron en
vela o en un sueño angustioso que les trasladaba a un mundo irreal situado a mitad de
camino entre el cielo y la tierra, entre la plena lucidez y el desvarío. Afuera, mientras
tanto, los grillos cantaban sin reposo con el congénito instinto de su especie y, más
allá, indiferentes a la incomprensible angustia de los hombres, centelleaban las
últimas estrellas…
Aquella misma noche, a petición de su obispo, cuatro bons homes fueron

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ocultados por Pèire Rotger en un escondrijo secreto de la montaña. Desde allí, antes
de la madrugada, descendieron por la sima con la ayuda de unas cuerdas. Tenían por
misión garantizar que no se perdiera aquel tesoro de la Iglesia que, tres meses antes,
había sido conducido hasta una gruta del Sabartés. Así podría ser útil a la Iglesia
clandestina o a los bons homes emigrados a las lejanas tierras de la Lombardía. Por
otra parte, y para evitar que fueran quemados por los inquisidores, llevaron consigo
todos los libros de Montsegur; es decir, ejemplares del Nuevo Testamento en lengua
occitana —algo que estaba prohibido por los concilios católicos— y de los rituales de
la Iglesia de los amigos de Dios, tanto en la lengua de oc como en latín. Encargados,
pues, de una misión tan delicada, aquellos cuatro buenos cristianos fueron los únicos
que escaparon de la hoguera.
Al rayar el alba del día 16 de marzo de 1244, los jefes militares y religiosos del
ejército del rey de Francia se personaron al objeto de tomar posesión de Montsegur y
asegurar la entrega de aquellos a los que denominaban perfectos. Sin embargo, éstos,
despiertos desde mucho antes de la primera luz del día, les estaban esperando en las
lizas sin ninguna clase de ansiedad aparente, sostenidos en una seguridad
desconcertante.
Poco a poco, en un largo séquito que serpenteaba por el camino de la roca
desnuda, doscientos veinticinco hombres y mujeres, vestidos con el hábito negro y
con las manos atadas con correas de cuero, fueron conducidos entre empujones e
insultos de los soldados del rey hasta un extenso prado situado al pie de la montaña.
Allí, al fondo de una hondonada, los verdugos habían encendido una enorme hoguera
circundada en su totalidad por una empalizada de postes y de estacas, cuyo fuego se
alimentaba de troncos, ramaje y resina. Al pie de la hoguera, el arzobispo de Narbona
les esperaba revestido con sus ornamentos y blandiendo la cruz en los brazos, con el
fin de conminarlos, uno a uno, a renegar de su herejía.
Vierna se hallaba en la cola, siguiendo los pasos de doña Faurèsa. Se sentía
aturdida por los empellones de los soldados y por la enorme expectación que parecía
concitar un espectáculo tan terriblemente inmundo, así como por la magnitud y la
crepitación de las llamas. Podía ver a hombres adustos revestidos con sus uniformes
de guerra, caballeros a lomos de su montura esgrimiendo estandartes azules con
flores de lis, severos frailes vestidos con el hábito blanco y el manto negro…, una
confusa amalgama de borrosas imágenes y de rostros desconocidos que les
observaban con malos ojos, como si vieran en ellos la auténtica encarnación del
diablo. Tan extraña era la mezcla de sensaciones que incluso le pareció reconocer,
entre los caballeros, una cara fugaz y siniestra parecida a la de aquel monstruo que
intentó forzarla, hacía varios años, en el camino de ronda del castillo de Foix, aquel
hombre sombrío que, más tarde, la encerró un mal día en una oscura gruta. Sin
embargo, aquella visión pasó como un relámpago, y nuevas imágenes inciertas
trasladaron una vez más a Vierna hacia un interminable vértigo. No estaba asustada,
no, tan sólo perdida en una espiral de encadenadas emociones…

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Ciertamente, les incitaban a voz en grito y con la cruz en la mano a que abjurasen,
pero ni uno de ellos, ni tan sólo uno de aquellos pobres de Cristo, renegó de sus
creencias. Al contrario, se alentaban los unos a los otros, cantaban himnos de gloria y,
cuando una voz enronquecida enmudecía de repente en medio del fuego, docenas de
voces reanudaban con mayor fuerza sus cantos. Los enfermos y los heridos, tal vez
liberados por fin del dolor que los había atenazado, eran empujados con pértigas
hacia la boca de las llamas. Otros, en cambio, se dejaban caer en ella armados de una
convicción sin fisuras. Entre los quejidos y los gritos, como si de la incontestable
prueba del gran fracaso de la Iglesia de Roma y de aquel tiempo desdichado se
tratara, se levantaba el coro de una multitud de desheredados de la tierra que entonaba
su última plegaria:
—Payre sant, Dieu dreyturier de bons speritz, qui anc no falhist, ni mentist, ni
errest, ni duptest, per paor de mort a pendre al mon de Dieu estranh —car nos no em
del mon ni.l mon no es de nos—, dona nos a conoysher so que tu conoyshes e amar
so que tu amas…[31].
Entre los troncos encendidos ascendía ya, cielo arriba, una grandiosa y espesa
humareda, repulsiva en su irrespirable hedor, de una negrura tan lúgubre que
oscurecía el cielo entero de Montsegur con sus tinieblas. Poco a poco, los soldados
iban apartándose de la hondonada llameante, incapaces de resistir aquella atmósfera
nauseabunda y aquel calor bochornoso.
Doña Faurèsa y Vierna seguían andando juntas, sin torcer el gesto ni el paso. Al
final del camino les estaba esperando, no un fuego, ni un castigo, ni un tormento, ni
suplicio alguno que pudiera provenir de la mano de los hombres. Al final de esa
senda, con una fuerza de atracción irresistible, se les abría la luminosa puerta de la
tierra de los vivos.
Así pues, caminaron una junto a la otra hasta el límite de la empalizada de
estacas. Nadie tuvo que empujarlas… Antes del último paso, su mirada todavía tuvo
tiempo de impregnarse, con avidez, de un pedazo de aquel cielo tan alto y, sin
embargo, tan extrañamente cercano. Después, se hizo el silencio…

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Epílogo

MONTSEGUR FUE, ciertamente, un símbolo. Sin embargo, a pesar de la pérdida


de muchos hombres y mujeres eminentes, la historia de la Iglesia de los amigos de
Dios prosiguió todavía. Había que mantener aquel vínculo que, desde los primeros
apóstoles, debía transmitirse de buen hombre en buen hombre y de buena mujer en
buena mujer hasta el fin de los tiempos.
Pero el catarismo era, cada vez más, y a medida que la tarea de la Inquisición
progresaba, una Iglesia condenada al exilio y, al mismo tiempo, una fe clandestina
que permanecía recluida en el interior de las conciencias, en el secreto de las más
humildes moradas, en el refugio lejano y oculto de las montañas. Hasta que, tres
cuartos de siglo después, en 1321, la muerte en la hoguera del último buen cristiano
conocido disolvió para siempre el orden de la santa Iglesia. Sin duda alguna,
quedaban todavía muchos creyentes desperdigados que mantenían viva en su corazón
la buena creencia; pero, habiéndose roto el vínculo de la filiación del Espíritu, la
Iglesia había dejado de existir…
Tras la rendición, el muy ilustre rey de Francia puso la plaza de Montsegur en
manos de Guy de Lévis, mariscal de Mirapeis, a quien teóricamente pertenecía.
Según costumbre, es muy probable que la Inquisición ordenase arrasar hasta los
cimientos aquel castillo y aquel poblado que, colgados en lo alto de la cumbre, fueron
el caput dragonis, la hidra herética que con tanto afán tuvieron que decapitar. Años
después, a principios del siglo XIV, fue edificada en aquel lugar la fortaleza que hoy
conocemos.
Cinco años después de la caída de Montsegur, murió Raimon VII, conde de
Tolosa. A tenor de lo que estaba previsto en el Tratado de París, su hija Joana se casó
con el hermano del rey y, al morir ambos sin descendencia, el condado pasó a manos
de la corona francesa. Así se consumaba históricamente el dominio de la casa real de
la dinastía de los Capetos sobre la tierra occitana.
Por otra parte, cuando todo hubo terminado, cuando tan sólo quedaban en el prat
dels cremats[32] un montón de cenizas y una horrible humareda negra, Guilhem
regresó a su casa de Gebetz, en el país de Ayllón. Allí, dedicado a la venta de lana y

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al cuidado del rebaño, vivió todavía mucho tiempo junto a su única hija, Bruna. Sin
embargo, perdió por completo el antiguo deseo de volver a la tierra baja. Así pues,
recluido para siempre bajo la protectora mirada de las montañas, no llegó a
contemplar jamás aquel lejano mar que había prometido a Vierna…

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Nota del Autor

1. Una novela de ficción no exige, necesariamente, la expresa mención de las fuentes


documentales que ha utilizado el autor. Sin embargo, la lejanía en el tiempo de lo que
aquí se cuenta aconseja dejar escrita una referencia sumaria, aunque sea tan sólo
como prueba de agradecimiento explícito.
Para conocer el mundo del catarismo, hasta sus más mínimos detalles, he
examinado y utilizado a fondo una buena parte de la abundante bibliografía existente,
no sólo la más antigua, que ha envejecido de forma sensible, sino también la más
reciente, aquella que ha abierto nuevas perspectivas en el estudio de aquel
movimiento cristiano. En este sentido, me parece indispensable citar, como mínimo, a
autores de nuestro tiempo como René Nelli, Jean Duvernoy, Anne Brenon, Michel
Roquebert, Emmanuel Le Roy Ladurie, etc. Podría decirse, sin apenas exageración,
que todo lo he aprendido de ellos y que esta novela les es completamente deudora.
Por otro lado, he consultado exhaustivamente todos los fondos de varias
publicaciones periódicas, como por ejemplo los Cahiers de Fanjeaux o la revista
Heresis.
Habiendo sido escrita esta novela en Cataluña, resulta imprescindible citar, en el
terreno de la investigación científica, a Jordi Ventura Subirats, que abrió el camino
definitivo en un terreno inexplorado; y, en el de la divulgación histórica, a Jesús
Mestre i Godes, cuyos libros han logrado recientemente una extraordinaria y
merecida difusión.
Cuando no me ha sido posible disponer de los libros que necesitaba, los he
consultado allí donde podía encontrarlos y, muy particularmente, en la excelente
biblioteca del Centre National d’Études Cathares/René Nelli, en Carcasona, centro
que Anne Brenon dirigió hasta hace muy poco.
Finalmente, y para saldar esta primera parte de mi deuda, debo decir que a
menudo he recurrido a las propias fuentes de la época, afortunadamente transcritas en
libros de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de la Cansó de la Crozada
(Canción de la cruzada) o de los registros de Jacques Fournier y otros inquisidores.
Así, para mencionar un solo caso, cualquier persona que conozca un poco la materia
se dará cuenta en seguida de que el personaje de Alamanda, la mujer que habla con

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los muertos y recibe sus encargos, nace de una transposición literaria de lo que
Arnaut Gelis, alias en Botheler, declaró ante el obispo Fournier en 1320.

2. Por otra parte, la inmersión en el mundo de los «buenos cristianos» me ha llevado


a conocer bastante bien un país tan hermoso como el Languedoc, a recorrer sus villas
medievales, a patear buena parte de sus caminos y a ascender a sus castillos. Siempre
guardaré de estas visitas y excursiones un imborrable recuerdo y, cuando pienso en
ello, no sabría separar mi novela de esta vivencia personal.

3. La profundización en la vida medieval, en particular del siglo XIII, me ha llevado a


consultar gran número de obras especializadas que sería muy largo referir. Sin
embargo, sí quiero mencionar el nombre de Martín de Riquer en cuanto a la
documentación acerca del mundo de los caballeros y de los trovadores: he extraído de
sus obras, entre otras cosas, la transcripción de los fragmentos de los versos
provenzales que figuran al inicio de muchos de los capítulos.
Debo decir también que no me hubiese atrevido a hablar del mundo de los
pastores si no hubiera podido documentarme en los autores que nos lo han descrito.
De Occitania, quiero mencionar a Max y Denise Dejean; de Cataluña, son ineludibles
los nombres y las obras de Salvador Vilarrasa, Joan Lluis, Ramon Violant i Simorra y
Ernest Costa. Puestos a hablar de la vida de los pastores, debo explicar ahora que el
pueblo montañero de Gebetz —hoy desaparecido— había existido realmente en la
comarca de Bellcaire, en el país de Sault, en el actual departamento francés del Aude.
Estaba separado del famoso pueblo de Montaillou tan sólo por una cresta boscosa;
por eso, me he permitido desplazarlo un poquito, situarlo plenamente en el país de
Ayllón y atribuirle buena parte de los rasgos distintivos de la aldea occitana que el
registro de Jacques Fournier y la obra de Le Roy Ladurie han universalizado, al
menos entre los historiadores medievalistas y los sociólogos.

4. Quisiera añadir algo más. En todo momento, y a pesar de escribir una obra de
ficción, he procurado moverme en un terreno de máxima veracidad histórica,
huyendo de las fantasías esotéricas y religiosas que rodean el mundo del catarismo y
que algunos autores han explotado con tanta gracia y con tanto provecho. Quiero
decir con ello que los grandes hechos de la época han sido incorporados a la novela
básicamente tal como los recoge la historia y que los textos y los argumentos
doctrinales que aparecen por doquier son idénticos a los que, por lo que sabemos,
utilizaban los bons homes. A lo sumo, me he permitido, en algún caso esporádico,
cambiarlos de marco, por ejemplo, cuando he puesto en boca de Guilhabert de
Castras o de doña Faurèsa palabras de Pèire Autier o algún fragmento de los rituales

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de Dublín y de Lyon, o cuando he trasladado un siglo antes alguna referencia de la
vida del pueblo de Montaillou.

5. Por ese mismo prurito de verosimilitud histórica, así como por el hecho de que la
novela está explicada desde la perspectiva interior del catarismo, no he utilizado en
ningún momento aquellas palabras que, referidas a la Iglesia de los amigos de Dios,
provienen sin embargo de los textos inquisitoriales y, en consecuencia, poseen una
connotación intencionada: perfectos por «buenos hombres o buenos cristianos»;
hacer la adoración de un buen hombre en lugar de «hacer un milhorier»; secta en
sustitución de «Iglesia», etc. Igualmente, ni una sola vez aparece en boca de los
protagonistas la propia palabra cátaro o catarismo, puesto que los «buenos
cristianos» nunca se denominaron a sí mismos de esta manera. Y es que, tal como
recuerda Anne Brenon, «ésta no fue más que una de las múltiples denominaciones
con sentido peyorativo inventadas por la Iglesia romana para calificar a aquellos a los
que ella misma designaba como herejes».

6. También por esa misma fidelidad a la historia debo advertir a los lectores que la
senhal y los versos que en mi novela han sido puestos en boca de Tomier de Foix
pertenecen a un poeta real, Pèire Rogier, trovador alvernés del tercer cuarto del
siglo XII, y más concretamente a la canción amorosa Ges non puesc en bon vers fallir.

7. Para las versiones de textos clásicos, entre ellos el Nuevo Testamento, he utilizado
fuentes comunes y me he «apropiado» de dos pasajes de Jordi Ventura: por un lado,
la traducción de la carta que el papa Inocencio III envió el 21 de mayo de 1212 a
Pedro el Católico y que conocemos por la coetánea Hystoria Albigensis del
cisterciense Pedro des Vaux-de-Cernay; por otro lado, las frases del Pater noster que
Estela enseña a su hija Vierna y que, en su literalidad, provienen de los evangelios
catalanes que figuran en unos manuscritos de principios del siglo XIV llamados de
Marmoutier.
Evidentemente, la obra literaria propiamente dicha, así como la construcción del
mundo imaginario de los protagonistas y el acoplamiento de todas las piezas,
pertenece al autor, como es natural.

8. Unas palabras relativas a la parte de la novela dedicada a la Inquisición: debo decir


que Guilhem Arnaut de Montpelhièr fue un personaje histórico, pero que nos resulta
bastante desconocido, de modo que lo he revestido con los atributos propios del papel
que representa, sin —pienso— forzar mucho la mano sobre lo que fue, seguramente,

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la verdad histórica. Para sus citas y sentencias he utilizado fórmulas y textos de la
época y un fragmento de la condena que el inquisidor Bernardo Gui escribió, casi un
siglo después, para Pèire Autier, el notario cátaro de Acs-dels-Tèrmes. Los hechos de
la calle del Om Sec y de Avinhonet son, realmente, verídicos, y fue en este último
pueblo donde murió, por cierto de forma muy atroz, el Guilhem Arnaut auténtico: así
pues, me he limitado a transcribir las cosas tal como nos las cuentan las crónicas…

9. Antes de terminar debo resaltar todavía algo más, también de método. Salvo algún
caso obvio en el que el nombre tiene sólidas raíces en castellano —es el caso de Foix
o de Carcasona, por ejemplo—, he transcrito en lengua occitana la práctica totalidad
de los topónimos, así como también los nombres de pila —por ejemplo, Guilhem,
Raimon, Pèire, Huc, etc.—, tal como resulta pertinente por el lugar y por la época. Y
he utilizado reiteradamente el nombre de Languedoc aun a sabiendas de que esta
designación apareció después de los hechos que relato, pero resulta conocida la
imposibilidad de hallar un nombre común de aquellos tiempos que permita designar
el conjunto de condados y vizcondados en los que se sitúa la acción.

10. Dicho todo esto, necesito todavía un último párrafo para expresar mi
agradecimiento más sincero a todas aquellas personas que, sin haber sido citadas, han
alimentado de un modo u otro mi pasión por la época, me han proporcionado
informaciones y detalles preciosos —como el Dr. Flocel Sabaté— o han efectuado
primeras lecturas de mis borradores. Sin ellas este libro no habría existido…

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ANTONI DALMAU I RIBALTA (Igualada , 13 de marzo de 1.951). Es un escritor y
político socialista catalán.
Fue presidente de la Diputación de Barcelona (1982-1987) y vicepresidente del
Parlamento de Cataluña (1988-1995). Ha sido presidente de la Fundación Teatro
Libre-Teatro Público de Barcelona, profesor de la facultad de Ciencias de la
Comunicación (Blanquerna) de la Universidad Ramon Llull, traductor y colaborador
regular de varios medios de comunicación, director de la revista de Igualada y autor
de más de una veintena de libros, de entre las cuales siete son novelas. Afiliado al
PSC, en agosto de 2013 abandonó la militancia.
En su vertiente de escritor, ha publicado varias novelas y ensayos políticos y se ha
destacado como especialista en la historia del catarismo, en el estudio del obrerismo y
la violencia social en el cambio de siglo XIX-XX y también de la Guerra Civil .
Asimismo, ha traducido numerosos libros, usando en algunos casos el seudónimo
Albert Vilardell.
Ha colaborado habitualmente en diversos medios de comunicación (El Punt Avui, El
Periódico de Cataluña , Región 7, Cataluña Radio, Anoiadiari.cat, RAC1 y TV3). Ha
sido fundador y director de la Revista de Igualada y profesor de la facultad de
Ciencias de la Comunicación, Blanquerna, de la Universidad Ramon Llull.

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Notas

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[1] Señor rey de Aragón, si queréis escucharme… más provechoso que lo hicieran las

huestes asediadas en Muret. <<

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[2] En lengua occitana, buen hombre, término con que se designaba a los cátaros. <<

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[3] O sea, el entendimiento, la gnosis. <<

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[4] De envilecer el linaje, la propia ascendencia. <<

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[5] ¡Hasta la vista!. <<

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[6] En lengua occitana, casa. <<

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[7] ¡Así, así! ¡Sí, Guilhem, sí! Va bien… <<

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[8] Es decir, el Libro que contenía el Nuevo Testamento en lengua de oc y, a veces, un

ritual, un modelo de glosa del padrenuestro y un modelo de homilía bautismal. <<

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[9] Dios os bendiga. <<

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[10] O sea, el consolamentum o consolación del buen fin. <<

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[11] En lengua occitana, «buenas mujeres», es decir, cátaras. <<

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[12]
En las fuentes católicas, «melioramentum» o «adoratio», salutación que los
creyentes efectuaban a los bons homes para mostrarles su respeto y pedirles su
bendición e intercesión. <<

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[13] Servicio, también denominado, en las fuentes judiciales, «apparelhamentum», es

decir, aparejamiento, preparación, puesta en disposición. <<

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[14] Porque son vuestros para siempre el reino, el poder y la gloria. Amén. <<

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[15] Hemos venido ante Dios y ante vos y ante la jerarquía de la Santa Iglesia… <<

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[16] Bendícenos, perdónanos. <<

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[17]
Padre, Hijo y Espíritu Santo, tenga piedad de nosotros y perdone nuestros
pecados. <<

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[18] «La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea siempre con vosotros». <<

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[19] Tenedla de Dios y de nosotros. <<

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[20] Mujer, rogad a Dios por esta pecadora, que Dios me conduzca hasta un buen fin.

<<

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[21] Dios os bendiga, y os haga una buena cristiana, y os conduzca hasta un buen fin.

<<

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[22] Mando mi verso a Injusta-me-sois, / para que lo aprenda si le complace y le viene

en gana. <<

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[23] Me afligen las penas / y los dolores que tengo que sufrir por ella / por lo que no se

puede reanimar mi corazón… <<

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[24] ¡¡¡Antes morir quemada que abjurar!!!. <<

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[25] Bebida hecha con pimentón, vino y miel. <<

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[26] «Oh Dios, que nos concedes por la protección de tu confesor san Antonio
extinguir el fuego malsano y aliviar los miembros enfermos, propicia que todos
nosotros, liberados del fuego del infierno por los méritos de él, podamos presentarnos
felizmente ante Ti en la gloria, con el cuerpo y la mente restaurados». <<

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[27] Es decir, 22 de junio. <<

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[28] Tal harás, tal morirás. <<

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[29] Los obispos cátaros eran auxiliados por dos coadjutores, el hijo mayor y el hijo

menor, ambos especialmente ordenados. <<

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[30] Palabra occitana que significa «entrando en la cuaresma», es decir, los tres días

que preceden al Miércoles de Ceniza, y más especialmente el Martes de Carnaval. En


1244, el día 16 de febrero. <<

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[31] Padre santo, Dios justo de los buenos espíritus, tú que jamás te engañaste, ni

mentiste, ni te equivocaste, ni dudaste, por temor a que nosotros muriéramos en el


mundo del Dios extraño —ya que no pertenecemos a este mundo, ni este mundo es el
nuestro—, danos a conocer lo que tú conoces, a amar lo que tú amas… <<

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[32]
Literalmente «prado de los quemados», nombre que la memoria popular ha
conservado para el probable lugar de la hoguera de Montsegur. <<

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