Crisis Neoliberal en Argentina
Crisis Neoliberal en Argentina
A partir de 1979 el endeudamiento causó una sangría de divisas en un país que cada vez recibía menos dólares.
Desde 1981 y hasta la vuelta de las inversiones externas en la década del noventa, el pago de utilidades e
intereses comienza a ser superior al ingreso de capitales. Más aún, la liberación financiera permitió la fuga de
capitales en una escala desconocida hasta entonces:
En 1984 el Banco Mundial estimó que 44% de la deuda externa correspondía a evasión de capitales por parte de
agentes privados, nacionales y extranjeros; el 33% al pago de intereses y el 25% destinados a la compra de armas
y de importaciones no registradas.
Una evaluación realizada concluye que la evasión de capitales es igual a la deuda externa existente en ese
momento.
La devaluación de 1981 encontró a muchas empresas con endeudamiento externo, que es su casi totalidad era
fraguado. Por una parte, las empresas cancelan sus deudas con los acreedores externos pero no lo informan al
Banco Central a la espera de un plan de salvataje.
El gobierno autoproclamado liberal y privatista convalidó esas operaciones trasladando a la sociedad buena parte
de la deuda empresaria.
La economía de acumulación financiera tuvo un efecto desastroso sobre la economía real: entre 1976 y 1983 el PBI
creció un promedio anual del 1, 4%. Paralelamente la inflación mantenía sus fueros. En 1977 los precios
aumentaron 176%.
Según muchas opiniones el triunfo de la inflación significó el fracaso de la política de Martínez de Hoz, pero había
logrado transformar de tal modo el funcionamiento de la economía argentina que el país encontraría ya difícil
volver al antiguo régimen aun cuando se lo propusiera.
La adaptación radical
El retorno de la democracia no cambió el modelo reinante. El gobierno de Raúl Alfonsín no pudo desarmar el
sistema basado en la renta financiera, la desindustrialización y el retroceso del Estado. El alfonsinismo había
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iniciado su gestión prometiendo el fortalecimiento del sistema republicano frente a las corporaciones militares,
empresarias y sindicales.
Una de sus primeras iniciativas fue modificar la legislación. Tuvo éxito con la corporación militar, sometiendo a
juicio a las cabezas de la dictadura. En el terreno de lo económico intentó moverse con independencia, pero
terminó cediendo a las presiones del capital local y el extranjero, que exigían que siguiera una línea ortodoxa.
La crisis fiscal y de balance de pagos obligó al Gobierno a decretar una moratoria universal en el pago de intereses.
Pero, sometido al aislamiento internacional y enormes presiones externas, el Gobierno se allanó al cumplimiento
de los compromisos. En diciembre de 1984 se firmó un acuerdo con el FBI que implicó llevar adelante un clásico
plan de ajuste.
En febrero de 1985 Alfonsín despidió a su ministro de de Economía Bernardo Grinspun, y lo reemplazó por Juan
Vital Sourrouille. A partir de ese momento el gobierno inicia una política de negociaciones con el gran capital local
representado por los denominados “Capitanes de la industria” y las asociaciones de bancos. Al mismo tiempo
comenzó a tender lazos con un sector del sindicalismo más tradicional.
Una de las primeras debilidades del Gobierno, ante el establishment y el sindicalismo, era que no lograba dominar
la inflación, que en junio de 1985 llegó al 1000% anual. En ese momento, el gobierno lanzó el Plan Austral, basado
en un cambio de moneda, control de precios industriales y un sistema de desindexación.
El plan cortó la inercia inflacionaria y revirtió las expectativas precedentes. El incremento de precios se redujo y la
actividad económica se recuperó. Pero los precios libres del agro aumentaron muy por encima de los industriales
sometidos a control, lo que provocó un crecimiento de la inflación.
En ese momento la Argentina fue víctima, también, de su especialización en la exportación agropecuaria. Una caída
en los precios internacionales de granos redujo drásticamente los ingresos de divisas de exportaciones. Esto fue un
duro golpe para un país fuertemente endeudado y con un déficit fiscal creciente.
El fracaso de Plan Austral provocó un declive del sustento político del Gobierno y el inicio de una crisis que
culminaría con el retiro anticipado del presidente Alfonsín.
En agosto de 1988 se lanzó el Plan Primavera cuyo propósito era evitar una escalada inflacionaria previa a las
elecciones. El tipo de cambio comercial lo fijaba el Gobierno y el financiero era libre, pero regulado por las ventas
del Banco Central. Se fijó una tasa de interés muy alta para desalentar la compra de dólares y contener los precios.
El sistema cambiario fue aceptado por la industria pero no por el campo que no aceptó tener un tipo de cambio
menos que el financiero fijado en el mercado libre. El malestar agrario se puso de manifiesto en el acto de apertura
de la exposición de la Sociedad Rural, donde el presidente Alfonsín recibió una rechiflada.
El gobierno tenía el propósito de cubrir el déficit fiscal sin hacer un corte muy drástico en el gasto público, por lo
cual recurrió al endeudamiento. Se creó, entonces, lo que dio en llamar un “festival de bonos”. El plan también
disponía estudiar la posibilidad de privatizar parcialmente las empresas como Aerolíneas, la telefónica ENTel y los
ferrocarriles. Desde el inicio del Plan Primavera el gobierno devaluó pausadamente para contener a los precios,
pero la inflación siguió siendo elevada.
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En enero de 1989, en plena crisis del sector externo y fiscal y poco antes de las elecciones presidenciales, los EEUU
retiraron el apoyo al gobierno y exigieron mayor disciplina fiscal y una reforma estructural que enfatizaba a venta
de empresas públicas.
El aislamiento externo aceleró los pasos de la crisis. El dólar se fue por las nubes y la Argentina pasó de una
historia de inflación alta y variable a vivir su primera historia de inflación alta y variable de vivir su primera
HIPERINFLACIÓN: los índices de precios aumentaron más de 50% mensual.
El balance económico y social de los seis años de gobierno radical es penoso: en ese lapso de PBI cayó un 2% en
promedio y la inversión fija se desplomó; el desempleo aumentó de 5, 5% a 8, 4%; en 1989 la inflación llegó al
4.900% y el déficit del sector público al 7, 6% del PBI; entre 1983 y 1989 la deuda externa aumentó un 50%. El
único indicador macroeconómico con resultado positivo fue el superávit del comercio exterior, y esto como
consecuencia de la baja demanda de importaciones debida a la recesión interna porque las exportaciones apenas
crecieron.
En marzo de 1989 el radicalismo perdió las elecciones presidenciales ante el binomio Menem- Duhalde. El gobierno
que ya era débil ante las corporaciones no estaba en condiciones de manejar una economía desequilibrada.
Alfonsín retiró anticipadamente en julio de 1989.
Cap.2 La convertibilidad: apogeo y declinación
En 1989 Carlos Menen se hizo cargo del Gobierno en forma anticipada. Durante su campaña el candidato a
Presidente había prometido una “revolución productiva” y un “salariazo”. Pero al mismo tiempo negociaba con los
factores de poder y escuchaba los consejos de economistas que proponían ortodoxia económica y flexibilizacion
salarial. Mientras se preparaba para entregar el manejo de la economía a los representantes directos del poder
económico.
¿Qué pensaba hacer Menem? su programa básico consistió en forjar una alianza sin fisuras con el poder
dominante local y externo; consideraba que las políticas de enfrentamiento o negociación dura q habían
desarrollado anteriores gobiernos peronistas y radicales eran insustentables y terminaban inevitablemente en
golpes de mercado.
Para llevar adelante esa orientación necesitaba el apoyo de la población, el proyecto era arriesgado pero la
convertibilidad le dio plafón definitivo para concretarlo.
Las vísperas
Menem hizo una alianza con el grupo Bunge & Born, en ese momento el mayor conglomerado del país y le entregó
el manejo del Ministerio de Economía. La alianza con Bunge & Born era, a su vez, la punta más visible de la alianza
con el conjunto de los grupos más importantes del país.
Bajo el supuesto e de que lo q era bueno para el grupo exportador Bunge & Born era lo mejor para la Argentina, el
gobierno unificó los tipos de cambio, practicó una devaluación de casi el 100%, decidió un ajuste fiscal e inició la
política de desarticulación del Estado y la extranjerización.
El Ejecutivo diseñó y el Legislativo aprobó las leyes de Reforma del Estado y de Emergencia Económica, que dieron
potestad al gobierno para privatizar empresas públicas, vender inmuebles del Estado y liberalizar el ingreso de
inversiones extranjeras.
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La devaluación provocó una carrera inflacionaria mientras la política monetaria restrictiva del BCRA aumentó las
tasas de interés y frenó la actividad económica. La estadía de B&B en el gobierno terminó abruptamente, a seis
meses de comenzarla. El Ministro de Economía fue ocupado, entonces, por un hombre cercano a Menem desde
sus días de dirigente riojano: Antonio Erman González.
El nuevo ministro dispuso un plan basado en flotación del tipo de cambio y reducción de retenciones a las
exportaciones agropecuarias. Por la ley de Emergencia Económica se suspendieron subvenciones y subsidios
oficiales, se suspendieron los regímenes de promoción industrial y se redujeron los beneficiarios otorgados a las
empresas ya acogidas a los mismos.
En septiembre de 1989 se sancionó una ley clave para el proceso de transformaciones que se iniciaba: la Ley de
Reforma del Estado 23.696, q autorizó la venta de activos públicos. El plan de Erman no mejoró las cosas, hubo un
nuevo impulso inflacionario y las cuentas públicas se deterioraron.
En ese momento el fisco estaba pagando tasas elevadísimas para el financiamiento de sus gastos. Con el propósito
de reducir ese costo, en enero de 1990 el ministro dispuso un programa que sería un antecedente del corralito
ideado por Domingo Cavallo en 2001: un canje de depósito a plazo fijo del sistema financiero por Bonex, bonos de
deuda pública en dólares.
La diferencia entre uno y otro consiste en que el Plan Bonex estuvo destinado a conseguir financiamiento para el
E’, mientras que el corralito tuvo el propósito de frenar la huida de depósito del sistema bancario.
El Bonex fue, una colocación compulsiva de títulos de la deuda pública con vencimiento en diez años en el sector
privado para obtener fondos para el Estado. Con el fondo obtenido con el Plan Bonex el Estado obtuvo dos
beneficios inmediatos: hizo pagos atrasados reduciendo su deuda de corto plazo y, al volatizar los depósitos a plazo
fijo, no tuvo que pagar las remuneraciones a los encajes q los bancos mantenían por esas colocaciones. La inflación
aumentó, por un momento la Argentina volvió a experimentar lo que es tener una moneda sobrevaluada que
estimula el consumo de importaciones y desalienta la exportación.
En marzo de 1990 el gobierno respondió con un nuevo programa, el Erman III, por el cual se redujeron gastos y se
eliminaron reparticiones del sector público, se iniciaron las privatizaciones y se flexibilizó el régimen de inversión
externa. El tipo de cambio y los precios fueron liberados mientras se congelaban los salarios.
Es decir que cada uno plan del Ministro de Menem era un nuevo paso hacia la liberación de la economía. Se había
producido un nuevo paso hacia la reorientación en la política económica pasando a favorecer a otros sectores del
poder económico, el de los acreedores externos y, de manera secundaria, el de los exportadores. Los grandes
contratistas del Estado también se beneficiarían participando en las privatizaciones.
El auge de la acumulación en base a rentas financieras y derivadas de la apropiación de activos públicos, avanzaba a
pasos agigantados sobre los escombros de una económica sumida en la recesión y la hiperinflación y las
frustraciones del retorno democrático.
El gobierno creía que reducido el déficit fiscal y la emisión monetaria contendría la inflación y mejorarían las
expectativas de los agentes económicos. Pero los sucesivos ajustes sólo profundizaron la recesión sin frenar la
escalada de precios.
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En octubre de 1990, el gobierno implementó un nuevo plan profundizando el ajuste del sector público, los mismos
resultados que los anteriores. En enero de 1991 se produjo un nuevo pico hiperinflacionario que obligó a renunciar a
Erman González. Su cargo fue ocupado por Domingo Cavallo. En poco tiempo éste presentaría en sociedad a la
criatura que lo haría famoso en todo el mundo y cuya muerte aceleraría una década después: la convertibilidad.
Historia de la Inflación
Para comprender la convertibilidad hay que tener en cuenta la historia de la inflación argentina. Entre los años 70 y
1991, la Argentina vivió una historia de inflación alta e inestable inédita en términos internacionales.
Pero en la Argentina, especialmente a partir de los años ochenta, se hizo evidente q la evolución del tipo de cambio
era la variable q más influía en los precios internos, tanto por razones reales como por expectativas.
El aumento de dólar incrementa los costos de bienes importados y la inflación. El dólar aumenta, a su vez, porque las
personas y las empresas dejaran de crecer en la moneda nacional y utilizaban la divisa como refugio de valor o como
instrumento de especulación. De este modo se genera un círculo vicioso de inflación que, en dos ocasiones terminó
en hiperinflación.
Las políticas antiinflacionarias gradualistas basadas en las restricciones monetarias o de demanda o controles
cambiarios no tenían efecto. La única alternativa efectiva esa una política de shock que cambiara las expectativas
sobre el valor futuro de la moneda y convenciera a la población de confiar en el valor de la misma.
El plan
En enero de 1991 Domingo Cavallo ingresó al Ministerio de Economía recibiendo un dólar de 6.000 australes.
Compró dólares y dejó que la paridad trepara hasta 1.000 australes, provocando una inflación del 60% en el mes de
febrero.
El 1° de abril de 1991 se aprobó la Ley 23.928, fijó el tipo de cambio en un dólar cada 10.000 australes y permitió la
libre convertibilidad de cada austral a dólar la cotización establecida. Para reforzar la simbiosis entre moneda
nacional y dólar, se modificó el Código Civil autorizando contratos en moneda extranjera. A partir de 1992 el austral
fue reemplazado por el peso, convertible en un dólar.
La convertibilidad era un sistema con tres partes articuladas: tipo de cambio fijo, moneda convertible y emisión de
moneda basada en el ingreso de dólares al Banco Central.
En el sistema anterior, el Bco. Central emitía en forma indiscriminada en función de las necesidades del E’. El Tesoro
se endeudaba con el BCRA y cada año esa deuda se cancelaba. El dinero ingresaba al sistema a través de los pagos
que hacía el E´ y allí se quedaba, sin guardar relación con el incremento de la población ni con la disponibilidad de
dividas. Ese tipo de emisión se convertía, en una de las causas de la inflación perpetua que sufría el país.
En el sistema de convertibilidad, la única forma que tenía el Estado de obtener dinero era tomando prestado,
emitiendo títulos de la deuda interna o externa.
Por eso es que, una de las reglas básicas de la convertibilidad, era q el E’, debía mantener la disciplina fiscal y gasta
en base a los recursos obtenidos a través de impuestos.
La convertibilidad era una pieza monetaria-cambiaria de un programa más amplio destinado a liberalizar el
comercio, las inversiones y las relaciones laborales. El propósito era crear una economía estable, abierta y
privatizada, es decir, corporizar el mito neoliberal de la economía de mercado globalizada. En otros términos, se
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trataba de recomponer un modelo de acumulación basado en la renta financiera, la extranjerización y el
aplastamiento de cualquier resistencia social e intelectual a los designios de capital más concentrado.
Primeros resultados
La fijación del tipo de cambio y la posibilidad de cambiar australes por dólares modificó rápidamente las expectativas
inflacionarias. El freno de la inflación redujo la erosión de los ingresos fijos. Los salarios, es especial los más bajos, re
recuperaron con el freno de la inflación y la pobreza se redujo.
Durante muchos años, el alza y la inestabilidad de los precios había desalentado el ahorro en el sector financiero y
estimulado la compra de dólares como refugio de valor de los ahorros. La fluctuación de precios, intereses y tipo de
cambio era una fuente de ganancias especulativas para el sector financiero pero, al mismo tiempo, un obstáculo
estructural a su desarrollo.
La estabilización y la posibilidad de hacer depósitos en dólares estimularon la vuelta del dinero al sistema financiero
incrementando su capacidad crediticia. El público se animó a endeudarse, en divisas o en moneda nacional, aun a
tasas muy elevadas.
Los depósitos del sistema financiero se triplicaron entre 1991 y 1994. La estabilización de la economía y las
privatizaciones provocaron el ingreso de capitales externos mientras que el ingreso al Plan Brady, en 1992, redujo el
monto y los intereses de la deuda. La deuda externa se redujo del 30% del PBI en 1991 al 23% en 1992.
La mejora en los ingresos reales y la reaparición del crédito fomentó una expansión del consumo, era la recuperación
de consumos largamente postergados o la recuperación de artefactos del hogar y automóviles.
En 1991 el PBI creció en 10, 6%, como consecuencia, principalmente, de la recuperación de consumos. En 1992
aumentó 9, 6%; en 1993, 5, 7%; en 1994, 5, 8% y en 1995 se quebró la onda expansiva con una caída del 2, 8%.
En 1993 comenzó a despuntar un problema estructural del sistema: la desocupación que pasó del 7% en 1992 al 9, 6%
en 1993. Pero en esos años de aumento de la actividad, del consumo y de la inversión, el gobierno y el establishment
podían presentar las señales del sector externo y del mercado de trabajo como problemas circunstanciales, como
resultados coyunturales de una transformación virtuosa de la economía argentina.
La convertibilidad y el programa oficial en general gozó, en sus primeros años, de un enorme consenso. El gobierno
repetía que la Argentina está ingresando en el Primer Mundo. Sin embargo, en 1998, la vitalidad del modelo comenzó
a agotarse.
¿Era viable la convertibilidad?
Un sistema de moneda convertible puede funcionar como un sistema de patrón oro, el cual teóricamente garantiza
el equilibrio permanente de la balanza de pagos y la ausencia de inflación.
En una economía abierta con moneda convertible a oro, la oferta monetaria está determinada por la cantidad de
reservas de oro que tiene el Banco Central: el Banco Central sólo entre moneda nacional a cambio de ingreso de oro.
Si el balance de comercio de bienes y servicios más el saldo de los movimientos de capital es positivo, las reservas
del BC aumentan y la cantidad de moneda en el mercado también. La abundancia de moneda hace subir los precios,
por lo tanto las exportaciones bajan y las importaciones aumentan, reduciendo el ingreso de oro. Por otra parte, la
liquidez reduce las tasas de interés, reduciendo el atractivo para los capitales externos. En consecuencia, la cantidad
de oro del BC baja y lo mismo sucede con la cantidad de moneda en la economía.
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La baja de la moneda provoca deflación, que desalienta las importaciones y aumenta las importaciones. La reducción
en la cantidad de moneda aumenta la tasa de interés. Todo esto provoca un nuevo ingreso de oro a la economía y la
cantidad de moneda vuelve a subir, etc., etc. El juego continua indefinidamente.
En tales condiciones la economía puede crecer en la medida en que, a través del tiempo, aumentan las reservas y, en
consecuencia, crece la liquidez disponible.
El aumento de reservas implica el ingreso de divisas. Para eso es necesario ganas más dividas exportando bienes y
servicios y atrayendo inversiones de largo plazo, que las que gasta para importar, pagar intereses y girar utilidades.
Si el sector privado no ingresa divisas suficientes para garantizar la ampliación de las reservas y la liquidez, porque no
atrae inversiones o no exportan lo suficiente, la economía de las divisas necesarias para cumplir sus compromisos
externos.
En tales condiciones las únicas alternativas son dejar que la economía se deslice en la recesión o que el E’ atraiga
dividas endeudándose.
Durante la convertibilidad las exportaciones aumentaron, pero las importaciones y los pagos de intereses y
utilidades, aumentaron aun más. En los primeros años, la brecha fue cubierta por el ingreso de inversiones, en un
primer momento dirigido primero a las empresas de servicios públicos privatizados y luego a la compra de empresas
nacionales.
Cuando la gran ola de privatizaciones se agotó, los ingresos externos se redujeron. A partir de ese momento, la
necesidad de divisas fue cubierta principalmente por el endeudamiento público.
Finalmente, por su acumulación de deudas, el sector público perdió el crédito externo, con lo cual el flujo de divisas
se cortó. Ese momento marca el comienzo del fin de la convertibilidad.
Otro requisito crucial de cualquier sistema de patrón oro o tipo de cambio fijo y moneda convertible es la flexibilidad
de los precios a la baja. Cuando la economía sufre la perdida de divisas una de las vías de ajuste es que los precios
internos bajen para recuperar la capacidad exportadora y para que la producción interna pueda desplazar a la
importada que se encarece. Si los precios internos no bajan el déficit de comercio y la salida de divisas se mantienen.
En los primeros tiempos de la convertibilidad los salarios se mantuvieron estables en términos nominales y se
redujeron en relación al aumento de la productividad, tanto en la producción como en los servicios, en la industria y
el agro. No obstante se produjeron reducciones en los salarios públicos y privados. En ausencia de inflación la única
forma de reducir los salarios es bajar los nominales. En los últimos años de la convertibilidad los salarios nominales
bajaron, pero eso no impidió la caída del sistema.
Las contradicciones
El análisis del flujo de divisas generado por el comercio de bienes y servicios, los pagos y los cobros de intereses y las
entradas y salida de dinero por inversiones o fugas de capitales, muestra dos cosas: una, que el principal sostén de la
convertibilidad, en lo que respecta al aporte de divisas, fue el sector público mediante el endeudamiento. Otra que
el sistema generaba, por su propia lógica, una creciente salida de dividas para el pago de bienes y servicios
importados y pago de intereses, por lo cual era insustentable.
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La fuga de capitales es un indicador de la disposición del gobierno a permitir pasivamente la perdida de divisas y un
signo de la desconfianza de los empresarios e inversores en relación al destino del modelo y del país.
El flujo de divisas de un país se refleja en el balance del comercio de mercadería y de los servicios y en el balance de
ingreso y egreso de capitales. Cuando en la cuenta corriente es negativa implica que salen más divisas de las que
ingresan.
Durante el periodo de la convertibilidad el resultado del comercio exterior tuvo fuertes variaciones, el primer
quinquenio de la convertibilidad las exportaciones se duplicaron y luego se estancaron. Las importaciones siguieron
el rumbo de la economía, aumentando en los periodos de crecimiento y reduciéndose en los de baja. Pero a lo largo
del periodo tendieron a aumentar debido a la reducción arancelaria y el abaratamiento del tipo de cambio.
El balance comercial fue positivo en 1991, luego, en los años de recesión, mientras resultó negativo en los años
de aumento de la demanda interna.
En los once años del periodo, el balance comercial acumulado fue negativo. A esto se sumó el balance también
negativo de la cuenta de servicios reales y financieros, lo cual implica un resultado negativo para el balance de la
cuenta corriente. Esto se debió al creciente pago de servicios de la deuda externa y pagos de servicios
tecnológicos, royalties y giro de utilidades. Estos pagos crecieron a lo largo de la convertibilidad como
consecuencia de la extranjerización de la economía.
En 1991 la cuenta corriente se mantuvo en un equilibrio y luego comenzó a desvanecerse, llegando a un déficit
de 4% del PBI en 1994.
En los dos años siguientes el déficit se redujo por la recesión (caída del PBI del 2, 8%). Pero en 1996, con la
reactivación (aumento del PBI 5, 5%), el balance comercial fue equilibrado y el déficit en cuenta corriente
retomó el camino ascendente: subió a 2, 4% del PBI en 1996 y llegaría al 4, 8% del PBI en 1998.
¿Quién aportó los capitales para cubrir el déficit de cuenta corriente y aumentar las reservas?
En los primeros años fueron las privatizaciones, cuando ese proceso languideció la necesidad de divisas comenzó a
ser satisfecha por el endeudamiento público. El aporte de divisas del sector público puede evaluarse por la
evolución de las reservas.
1992-1999 las reservas de divisas del BC aumentaron. El sector público aportó más que el sector privado.
A esto se debe sumarse un saldo negativo del balance de pagos en el rubro errores y omisiones. El E´ tiene
registrada una perdida que puede ser por motivos varios. Uno de ellos, salidas no declaradas de capitales o
porque su produjeron ingresos menores a los declarados. En sentido contrario, cuando los ingresos reales de
divisas son mayores que los declarados, puede deberse a operaciones de lavado de dinero. ¿Cuál fue el aporte
privado? Durante la vigencia de la convertibilidad, el sector privado ingresó menos capitales que los necesarios
para cubrir su propio déficit de cuenta corriente. El sector privado no generó las divisas que consumió y que la
diferencia fue cubierta por endeudamiento público.
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La única salida a este atolladero hubiera sido que el sector público se endeudara para financiar la creación de
capacidades exportadoras o acotara los gastos de divisas no indispensables para el crecimiento y la exportación.
Pero el plan oficial no incluía esa posibilidad porque no se financió la expansión exportadora y se estimuló el gasto
en bienes y servicios externos. Para peor, el gobierno contempló pasivamente cómo el sector privado fugaba divisas.
El aumento del endeudamiento alargó la vida de la convertibilidad, pero fue un salvavidas de plomo. El sistema no
necesitó el shock externo para derrumbarse. Se hundió por el peso de sus propias contradicciones.
La deuda externa
El gobierno de Menem heredó una deuda externa de 60.000 millones de dólares y un atraso en el pago de intereses
de 8.300 millones de dólares. El gobierno mantuvo la cesación de pagos hasta que puedo renegociar los
compromisos con el Plan Brady. Este plan obedecía a una doble estrategia: una era preservar la salud del circuito
financiero internacional y de los bancos estadounidenses en particular. La otra, utilizar el endeudamiento como
palanca para forzar en el mundo endeudado las transformaciones estructurales propuestas por el Consenso de
Washington, sintetizadas en la trilogía de privatización- liberación-desregulación, y destinadas a modelar el mundo
de acuerdo a los intereses del gran capital y de la estrategia económica y cultural de los EEUU.
En los años 80, el endeudamiento había convertido en un problema para los bancos acreedores y para los países
industriales porque todo mostraba que era impagable y que prometía una sucesión ininterrumpida de crisis
financieras, económicas y políticas.
En agosto de 1982 México anunció que no podía seguir pagando sus compromisos y disparó la crisis de la deuda
externa latinoamericana.
En un primer momento el establishment internacional consideró que se trataba de una dificultad temporaria. Pero
muy pronto comprendieron que la dificulta no era de liquidez sino de solvencia, no de coyuntura sino estructural, y
que, en tales condiciones, los bancos estaban en peligro, especialmente los estadounidenses, que eran los primeros
prestamistas de la región.
En 1989, el Secretario del Tesoro de los EEUU, Nicholas Brady, lanzó una nueva iniciativa, que ofrecía las siguientes
alternativas: recompra de deuda por parte de los deudores, utilizando fondos propios o aportes de organismos
internacionales; canje de deuda con reducción de intereses o de capital; cande de deudas por activos, o sea,
utilización de títulos de deuda para realizar inversiones directas en el país deudor. Esas inversiones podían ser en
compras de empresas públicas.
El plan Brady se aplicó, en abril de 1992 la Argentina acordó con el FMI y un comité de bancos acreedores la
conversión de la deuda. En ese momento el país tenía una deuda externa de 60 millones de dólares y debía 8.300
millones de intereses atrasados. La Argentina documentaba sus pagos en bonos denominados cupón cero del Tesoro
de los EEUU. El deudor, pasaba a deberle directamente al gobierno de los EEUU, lo cual convertía cualquier
incumplimiento en un problema económico y político con la principal potencia. ´
La deuda externa pública se redujo entre 1991 y 1993. Pero el alivio del Plan Brady duró poco. La deuda volvió a
aumentar por los préstamos tomados en años posteriores para financiar el incremento en el déficit público, y, en
menor medida, por el aumento en la deuda externa privada.
El precio del Big Mac
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Durante dieciséis años el país tuvo una inflación elevada fluctuando en torno al 300% anual, lo cual constituyó una
historia sin antecedente en el mundo.
La convertibilidad provocó una modificación en las estructuras de precios relativos en contra de la producción
nacional. Mientras los preciso en contra de la producción nacional. Mientras los precios de la industria fueron
disciplinados por la competencia externa, los precios de las materias primas y alimentos subieron más que el
promedio.
Entre marzo de 1991 y diciembre de 2001 el índice de precios al consumidor aumentó 57% mientras la inflación
mayorista un 11%. En ese mismo período el alquiler aumentó 165%, el transporte público 135%, la educación 91%,
los lácteos 78% y los servicios públicos 76%. El aumento de los servicio afectó a los consumidores minoristas y a las
actividades productivas. En sectores como el trasporte de cargas o pasajeros, la industria que utiliza intensivamente
la electricidad (siderurgia) o las actividades en las cuales el transporte de la producción es una parte importante del
costo (Agro), la política de tarifas de las privatizaciones aumentó los costos y redujo la competitividad.
Como consecuencia de la retracción de la actividad, la estabilidad de precios terminó convirtiéndose en deflación. En
1994 el índice de precios mayoristas tuvo una leve retracción; en 1998 volvió a caer y, a partir de allí se movió entre
la estabilidad y la deflación. El índice de precios minoristas se mantuvo cerca del crecimiento cero entre 1996 y 1998
y luego comenzó a bajar.
En un país con una tremenda historia inflacionaria la caída de los precios puede parecer, a primera vista, una buena
noticia. Pero no lo es. La baja de precios aumenta los intereses pagados en términos reales y hace que los precios
cobrados por los productores vendidos sean menores a los estimados cuando se inició el proceso de producción. La
tendencia a la baja estimula, también, la postergación de las decisiones de compra, por lo cual, en momentos de
recesión contribuye a agravar el fenómeno.
Teorías de las decisiones
La política de Domingo Cavallo estuvo guiada, durante sus gestiones con Carlos Menem y Fernando de la Rúa, por
idea del ofertismo, que recomienda estimular la actividad económica reduciendo costos de producción o facilitando
la obtención de ganancias de las empresas o sus dueños.
Durante las décadas del auge del Estado de Bienestar, la política económica se basaba en la idea de origen
keynesiano del sostén de la demanda la cual estaba destinada a garantizar un piso de ingresos mínimos a la
población. Las políticas neoliberales instauradas a partir de los setenta revirtieron esa concepción, presionaron su
batería de estímulos hacia las reducciones fiscales.
En los países desarrollados con sistemas impositivos razonables, el criterio de que las reducciones impositivas para
las grandes empresas o los ricos no son injustas y, por el contrario, son beneficiosas para la sociedad es discutible.
Pero en una economía asentada en los impuestos al consumo y es inadmisible.
No obstante el Gobierno de Menem- Cavallo, redujo los impuestos al sistema de seguridad social, con el argumento
de que contribuirían a mejorar el empleo, lo que, evidentemente, no sucedió ya que la desocupación se triplicó
entre 1991 y 1995 y nunca volvió a su punto de partida. Paralelamente el gobierno aumentó los impuestos al
consumo, afectando la demanda interna.
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El ofertismo siguió imperando con la administración de la Rúa- Machinea que mantuvo las rebajas impositivas
mientras procuraba bajar el déficit fiscal reduciendo los sueldos públicos y aumentando los impuestos a la clase
media. Esa orientación sólo consiguió profundizar la recesión y aumentar el déficit.
Los defensores de las expectativas racionales admiten que las economías tienen ciclos pero consideran que ellos se
deben a la evolución del ciclo de negocios de las empresas y que la política macroeconómica no tiene la capacidad
de controlarlos.
Política monetaria en la convertibilidad
La convertibilidad modificó sustancialmente el papel del BC. En los sistemas monetarios estándar, imperantes en casi
todo el mundo, el BC emite moneda de acuerdo a los criterios fijados por el gobierno o en forma independiente. La
Argentina hasta fines de 2001, la oferta monetaria está determinada por el ingreso o salida de dólares de las
reservas del BC: por cada dólar que recibe el banco emite una unidad de moneda nacional y viceversa.
A partir de la segunda posguerra se estableció un sistema basado en tipos de cambio fijos y la convertibilidad del
dólar en oro, con el que se trató de evitar el caos monetario, cambiario y comercial del periodo entreguerras. Bajo
ese sistema los bancos centrales controlaron los tipos de cambio, los movimientos de capital y las tasas de interés.
En argentina, el BC emitía dinero que prestaba al Tesoro el cual nunca lo devolvía. Esto permitía gastar
independientemente lo que se recaudara.
En el mundo industrial, la tolerancia ante estos procedimientos comenzó a cambiar en los años sesenta ante el
crecimiento lento pero sostenido de la inflación. Las visiones estructurales de la economía vieron en este fenómeno
la consecuencia de la monopolización de la economía.
La independencia del BC no es un principio universal sino una opción de política puesta en boga debido a una
particular situación económica y la preeminencia del poder de las finanzas.
La dolarización
A partir de la crisis de 1995 y a partir de las crisis de Asia y Rusia, comenzó a discutirse más abiertamente el futuro de
la convertibilidad. En ese contexto sectores del menemismo y de la ortodoxia económica formularon su propuesta
de dolarización, la cual tiene una dimensión política.
La dolarización se planteó como una huida hacia delante de la convertibilidad: si el mercado y el público pierde la
confianza en que un peso podrá ser convertido en un dólar, convirtamos todos los pesos en dólares.
Los defensores de la dolarización sostenían, además, que la certidumbre cambiaria no solo evitaría la fuga de divisas
sino que estimularía el ingreso. Sin embargo, el primer efecto que tendría una dolarización, seria perder el ingreso
proporcionado por las reservas de dólares del BC depositarias en el exterior.
La apuesta a la dolarización era y es, además, una apuesta de política estratégica porque fijaría a la Argentina en el
área de influencia de los EEUU, en momentos en que se desarrolla el Euro, una moneda representativa de un espacio
económico aun más grande que el de los EEUU. La adopción del dólar como moneda es, también, una forma de
distanciamiento del MERCOSUR como proyecto de integración.
Cap. 3 La alianza: continuidad y derrumbe
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Una primera y apretada síntesis de la gestión de la Alianza es que, ni bien comenzó, puso en acto una política fiscal
ortodoxa, apeló a la corrupción para probar una ley de precarización laboral, reprimió reclamos populares. La
política elegida no sólo era injusta sino equivocada, y condujo a la crisis de la Alianza, de las finanzas públicas, de la
convertibilidad, del gobierno y del sistema político.
El programa de la Alianza estaba formulado en un documento denominado “ Carta de los Argentinos” en el cual la
formación política prometía algunos cambien en la política económica y social y luchar contra la corrupción. Pero no
cuestionaba las privatizaciones o la liberación financiera y comercial. Tampoco se proponía salir del tipo de cambio
fijo.
La Alianza heredó una situación compleja, en los últimos años el menemismo había permitido el incremento del
déficit público, evitando el ajuste con el propósito de facilitar la campaña del Presidente por una segunda campaña,
de este modo proveía a la economía de capitales externos a través del endeudamiento público.
En tales condiciones, si se reducía el déficit fiscal se reducía también el ingreso de capitales. Pero sí, se lo mantenía,
aumentaba el costo del endeudamiento y la desconfianza externa, lo que ahuyentaba a los capitales.
Como además, la economía recién se estaba recuperando lentamente, una política fiscal restrictiva sólo podía
profundizar la recesión y reducir los ingresos fiscales.
En ese momento se presentaban varias alternativas para resolver ese dilema; la ortodoxa sostenía que era necesario
reducir el déficit porque, de esa forma, se recrearía la confianza en los inversores, volverían a ingresar capitales y se
reactivaría la economía. La heterodoxia consideraba que la recesión se debía a la insuficiencia de la demanda, por lo
cual un ajuste recesivo agravaría la situación. Sostenía que, aunque el déficit se redujera, los capitales externos no
ingresarían al sector productivo si éste se mantenía en parálisis. De todos modos era claro que el déficit fiscal
implicaba un permanente aumento del endeudamiento interno y externo y que eso era insostenible. Pero como
alternativa a la ortodoxia se proponía un ajuste positivo del déficit fiscal, enfatizando, no la reducción del gasto, sino
la mejora de los ingresos mediante la eliminación de beneficios impositivos y previsionales y el combate a la
corrupción y la evasión.
Algunos sectores también planteaban, también, la pertinencia de tomar medidas para mejorar el ingreso de los
sectores más postergados para estimular la demanda agregada.
Era imposible determinar si un programa heterodoxo reformista habría podido estimular la economía y una nueva
afluencia de divisas. Mucho más difícil es evaluar si, en ese momento o en los meses posteriores, hubiera sido
posible una salida “ordenada” de la convertibilidad o una devaluación controlada.
Por otra parte, la suerte de la convertibilidad y de la economía no dependía sólo de las políticas internas ya que
estaba fuertemente influida por factores externos, como la desconfianza de los inversores en los mercados
periféricos surgida a partir de la crisis asiática, o la evolución de los precios de las commodities.
Continuidad ortodoxa
El gobierno y el presidente Fernando de la Rúa eran tildados de pasivos e inactivos, pero en realidad mostraban una
notable decisión y para tomar medidas drásticas. Ni bien se hizo cargo del Ministro de Economia, el gobierno declaró
que el déficit fiscal consolidado era de 10.000 millones de dólares, mucho mayor que el declarado por el gobierno.
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Anunció un plan de ajuste basado en el aumento de impuestos a las ganancias a los ingresos medios y altos, incluso
el gobierno sobreactuó.
El solo anuncio de que se aplicaría una política fiscal restrictiva congeló la demanda interna. Las expectativas que
desde agosto de 1999 estaban mejorando, comenzaron a caer. La actividad productiva, que se venía recuperando
desde agosto de 1989, se frenó a fin de 1999. En consecuencia los ingresos fiscales, fuertemente dependientes de los
impuestos al consumo, se debilitaron.
Cuando se hizo evidente que el “impuestazo” no estaba dando el resultado esperado, el gobierno, en lugar de
rectificar el rumbo, lo profundizó con un recorte de salarios de empleados públicos nacionales. Esto fue seguido por
la aprobación, de Ley de Reforma Laboral destinada a avanzar en la flexibilización del mercado de trabajo y a
legalizar muchas relaciones laborales precarias ya existentes.
El recorte de salarios y la política de precarización laboral se reforzaron entre la población el temor por el futuro de
los ingresos y del trabajo, lo cual reforzó la retracción del consumo y, de la inversión. Es decir, que en pocos meses,
el Gobierno instaló, una espiral impositiva de caída de ingresos, de inversión y de recaudación impositiva que
terminaría en un desastre.
En el campo empresario la inquietud era también notoria. Los empresarios más vínculos del mercado interno
comenzaron a reclamar medidas de reactivación. Incluso el vicepresidente de la ortodoxa Sociedad Rural Argentina,
Luciano Miguens, quien apoyó el propósito de reducir el gasto público manifestó: “Somos productores de alimentos
y este achique de sueldos lógicamente va a provocar una reducción en el poder adquisitivo del consumidor, con lo
cual podría verse afectada la colocación de nuestros productos.
A comienzos de 1995, como consecuencia de la inquietud causada por la crisis del tequila, se produjo una salida de
depósitos. En ese momento el BCRA aumentó los requisitos de capital y de inmovilización de depósitos del sistema
bancario. Esos cambios permitieron sostener los bancos en pleno tembladeral pero provocaron, también, una
reducción en la capacidad crediticia del sistema.
La recesión de la economía no se debía básicamente a las restricciones de crédito sino a una debilidad de la
demanda. De hecho, en 2000 el gobierno realizó cambies regulatorios que permitieron reducir la tasa de interés
cobrada por los créditos hipotecarios para estimular la construcción, pero la demanda de crédito hipotecarios
prácticamente no creció porque los potenciales demandantes estaban dominados por el temor sobre sus ingresos.
A mediados de 2000 el gobierno reconoció implícitamente el fracaso de su política y anunció una serie de medidas
destinadas a reactivar, la más importante de ellas, un plan de infraestructura que incluía la realización de obras
públicas y viviendas, con financiamiento privado. Pero el plan nunca llegó a concretarse. También se dispusieron
algunos planes para la promoción de las Pymes, pero su efecto fue escaso.
La economía siguió el camino previsible en el año 2000 el PBI no creció y la industria cayó un 3%. La deflación, que
había comenzado en 1999, se mantuvo y la desocupación aumentó. Los capitales no sólo no volvieron sino que
comenzaron a huir. En 2000, las reservas del BCRA bajaron un 5% en relación al año precedente. El déficit público,
aumentó de un 1, 7% del PBI en 1999 al 2, 4%.
La estrategia de ajuste era parte de las exigencias del FMI, que comió un error fatal: apoyó una política fiscal
restrictiva. Se suponía que la austeridad fiscal iba a restaurar la confianza. Pero el programa del FMI no alcanzó sus
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metas, cualquier economista podía haber predicho que las políticas de ajuste del gasto incitarían a la recesión y que
los objetivos presupuestarios no serían alcanzados.
Otro aspecto el dilema de la convertibilidad: si la economía se hubiera reactivado hubiera, aumentado la demanda
de importaciones en un momento en que las exportaciones sufrían la debilidad del mercado externo y las
inversiones externas habían caído bruscamente. Es decir que un aumento de la demanda hubiera provocado una
baja de reservas por aumento de las importaciones y hubiera chocado, muy pronto, con la escasez de divisas.
La única alternativa a ese dilema hubiera sido intentar una política orientada a promover las exportaciones
combinada con un ajuste fiscal basado en el cobro de impuestos a evasores, a las rentas monopólicas y los altos
ingresos. También hubiera sido posible intentar una salida ordenada de la convertibilidad con una devaluación
controlada.
Y el FMI también
En septiembre de 2000 se hizo evidente que la Argentina ya no podía conseguir financiamiento en el mercado
externo privado. El Ministro logró posponer su caída obteniendo un respaldo financiero del FMI, que le gobierno
denominó “blindaje” y que demostró ser tan resistente a los embates de la realidad como un escudo de papel.
El blindaje consistió en un cronograma de aportes financieros de 40.000 millones de dólares, organizado por el FMI
con fondos del organismo, de otras entidades y de gobierno, con los cuales se esperaba afrontar vencimientos de la
deuda del año 2001.
A cambio del apoyo, el gobierno se comprometió a llevar a cabo una serie de “reformas estructurales” como
desregular las obras sociales, lo que equivaldría a privatizar el sistema de salud, profundizar la reforma laboral y
completar la privatización del sistema jubilatorio.
El blindaje, como varios de los salvatajes del FMI, estaba destinado a mantener vivo artificialmente un sistema que
no tenía destino porque no estaba en condiciones de generar por sí mismo las divisas necesarias para el crecimiento.
El blindaje podía aliviar una crisis fiscal, pero al costo de un mayor endeudamiento. El blindaje no resultó.
El 3 de marzo de 2001 Ricardo López Murphy se hizo cardo del Ministro de Economía. En sus primeras semanas se
dedicó a preparar su programa económico basado en un ajuste del gasto público, una fuerte baja del gasto
universitario, despidos de 100.000 empleados públicos.
Apenas fue presentado, el programa generó una enorme protesta popular, sindical y política, de la oposición y del
propio oficialismo. El presidente De la Rúa pretendió hacer oídos sordos a la voz de la calle y manifestó su apoyo al
Ministro, pero pocas horas después se desprendió de él. El paso triunfal de Murphy por el Ministro de Economía
duró 17 días durante los cuales no pudo aplicar ninguna de sus medidas.
El “salvador” conduce el derrumbe
La convertibilidad fue conducida hacia su crisis final por su propio creador. El 20 de marzo de 2001, Cavallo volvió al
Ministerio de Economía. El padre de la convertibilidad reapareció como un hombre de salvación, como el único que
podía resolver los problemas del sistema que el mismo había instaurado. Su reingreso a Economía contó con el
apoyo de Carlos Álvarez y la aceptación de Raúl Alfonsín. El ex presidente se oponía a la incorporación de Cavallo al
gobierno porque lo consideraba como uno de los causantes de su salida precipitada del Gobierno. También lo
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señalaba como un arquitecto de un modelo económico injusto. Pero, Alfonsín se allanó a las presiones de los
poderes, privilegio la cohesión de su partido y sostuvo la continuidad del statu quo.
Cavallo presentó lo que él denomino un “plan de crecimiento y saneamiento fiscal”. Para estimular la demanda
anunció la anulación del aumento de impuestos a las ganancias para ingresos medios y altos, que había dispuesto
Machinea en el inicio de la gestión.
El programa incluyó Planes de Competitividad por los cuales se otorgaban rebajas de impuestos y de aportes
patronales a sectores productivos. El objetivo de los planes era reducir el costo empresario para compensar el efecto
del atraso cambiario y, de ese modo, mejorar la competitividad. También aquí se presentaban contradicciones y
problemas, porque el principal obstáculo que encontraban las empresas era la debilidad de la demanda masica del
mercado interno.
Una de las piezas claves del plan de Cavallo consistió en imponer un impuesto a las transacciones financieras con el
cual esperaba colectar 300 y 400 millones de dólares anuales. Esta medida fue rechazada por el mundo financiero
local y externo y provocó un aumento del riesgo del país. A mediados de año Cavallo reconoció lo que ningún
ministro de Economía se había atrevido siquiera a insinuar: que era necesario abandonar la paridad uno a uno con el
dólar. Para eso dispuso vincular la moneda local a una canasta integrada por el dólar y el Euro.
La decisión de modificar la paridad de la moneda estaba justificada. En los últimos años el dólar se había
revalorizado frente a las monedas europeas y el yen japonés, arrastrando consigo al peso; después de la crisis de
1997 las monedas de los países asiáticos se habían devaluado, aumentando ya importante competitividad de esos
países en el mercado mundial; en 1999, finalmente, Brasil devaluó el real y lo dejó florar, con lo cual se avecinaba
una creciente desvalorización de la moneda del principal mercado de exportación del país.
La decisión de vincular la moneda local con una canasta de monedas tenía la virtud de reducir la rigidez que suponía
la atadura al dólar. Pero la oportunidad elegida no era la más apropiad, porque el dólar venia de sufrir una fuerte
revaluación en relación a la monedas europeas que perjudicaba seriamente a las exportaciones argentinas.
Ninguno de los planes dispuestos por Cavallo tuvo el efecto prometido por el Gobierno. La economía siguió en
recesión.
Como el sector público ya no disponía de financiación en el mercado de crédito externo, el coste se reflejaba en las
tasas que pedían los acreedores locales, bancos y AFJP, para renovar los títulos de la deuda pública que iban
venciendo.
En junio de 2001, cuando el gobierno salió a renovar Letras de Tesorería que vencían y que no estaban en
condiciones de pagar, los bancos exigieron una tasa del 15%. Cavallo sostuvo que no iba a tomar dinero a esas tasas
y lanzó una operación de canje de títulos existentes por otros por lo que esperaba obtener tasas más bajas, que fue
bautizado como “megacanje”.
Al anunciar el canje, Cavallo sostuvo que las tasas de interés se iban a desplomar como consecuencia del alivio
financiero del sector público. Pero cuando en Julio realizó una licitación de Letras de Tesorería, debió pagar una tasa
del 14%, lo cual testificaba la desconfianza de los inversores.
El riesgo país ya estaba en 1400 puntos. A partir de allí el sector financiero interno dejó de prestarle voluntariamente
al Estado. El Ministerio respondió a la situación, anunció el plan de déficit cero. El plan disponía de un recorte del
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13% en salarios estatales y jubilaciones y establecía el pago de sueldos sujetos a disponibilidad de fondos existentes
luego del pago de la deuda. Es decir que, a partir de allí, los empleados públicos y los jubilados no sabían cuál iba a
ser su ingreso futuro.
La continuidad de la recesión y el fracaso de las políticas oficiales de la recesión y el fracaso de las políticas oficiales
seguía erosionando la base política del gobierno, jaqueado por los desacuerdos internos, conflictos gremiales y
presiones externas. En esas condiciones llegaron las elecciones de legisladores y gobernadores de octubre, en las
cuales el oficialismo perdió el control del Congreso y de algunas provincias.
Este desenlace fue crucial para la situación económica. El resultado de las urnas determinó que, el gobierno no
podría imponer ningún paquete económico y que debería contar con el apoyo de la oposición para cualquier
iniciativa importante.
Ante el incremento del déficit y la falta de financiamiento, el gobierno dispuso un sistema de rescate de títulos de la
deuda para reducir sus compromisos. Esto dio a las grandes empresas una nueva oportunidad de obtener restas
financieras, las empresas pudieron cancelar deudas fiscales bancarias con bonos. Las empresas también pudieron
pagar deudas atrasadas con acciones, con lo cual el Estado se convirtió en socio de empresas en crisis.
El sistema permitía, reducir deuda, pero a cambio el Estado renunciaba a cobrar impuestos adeudados por una suma
elevada, precisamente en momentos en que la recaudación se desplomaba.
El 5 de noviembre el FMI anunció que suspendía el desembolso, con lo cual la Argentina, que se había quedado sin
financiamiento en el mercado privado interno y externo, se queda también sin financiamiento de los organismos
internacionales. El gobierno evitó reconocer esa realidad apelando a un nuevo canje de deuda y a una colocación
forzosa de títulos de la deuda en las AFJP.
El gobierno sostuvo que de esa forma lograría un ahorro de 2.500 millones en intereses. Los bancos y las AFJP
aceptaron canjear títulos por 12.000 millones porque, de otra forma, habrían precipitado la quiebra del Estado y
sufrido la falta de pago y la depreciación de sus títulos.
Cuando la crisis de la convertibilidad era ya tan evidente como inevitable, y el FMI negaba financiamiento para un
exhausto, aquí y en el exterior se recordó que hasta hacía muy poco los organismos internacionales habían apoyado
fervorosamente el modelo ahora en crisis, que lo habían presentado como un ej. Ante el mundo y que habían
contribuido a sostenerlo con sucesivos aportes.
Capitales en fuga
La desconfianza en la solvencia pública y en el sostenimiento de la convertibilidad y del propio gobierno se reflejó, a
lo largo de 2001, en la pérdida de reservas y la salida de depósitos de los bancos.
Entre diciembre de 1991 y diciembre de 1999, las reservas del BCRA se multiplicaron por tres. De allí a diciembre de
2000 cayeron ligeramente y luego se derrumbaron.
La pérdida de reservas es consecuencia del deseo de los grupos económicos, bancos, inversores y ahorristas de
cambiar sus pesos por dólares, por el temor a una devaluación. Pero los dólares comprados en pesos no fueron
guardados en el sistema oficial local ya que los depósitos en dólares en los bancos cayeron un 12% a lo largo de
2001.
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La desconfianza de demostró, también, en el retiro de dinero del sistema financiero. Entre enero y diciembre de
2001 los depósitos en pesos cayeron un 40% y los depósitos en dólares un 12%.
En los últimos meses del año, se registró un fuerte retiro de depósitos de grandes empresas y grandes inversores
que, seguramente, se dirigieron al exterior, a pesar de que los mismos estaban cobrando tasas de interés
elevadísimas.
El retiro de dólares de las reservas y su traslado al exterior estaba autorizado por el sistema de liberalización
financiera vigente hasta diciembre de 2001. Por otra parte, según denuncias formuladas por algunos diputados,
además de los traslados registrados tuvieron lugar otros irregulares, destinados a sacar del país dinero negro.
El corralito fatal
La caída de los depósitos ponía a los bancos en la zona de riesgo. Ante la disyuntiva, Cavallo tomó una decisión
crucial: impuso restricciones a los retiros de los depósitos bancarios. Esas restricciones, que fueron bautizadas con el
término “corralito”, tuvieron un efecto paradójico. Por otra parte, lograron detener la sangría de depósitos y
estabilizaron el sistema bancario. Por otra, profundizaron la recesión y la caída de la recaudación impositiva y
provocaron una reacción popular y política explosiva.
El corralito implicó, en un primer momento, la imposibilidad de retirar más de 200 pesos a dólares del sistema
financiero por semana. El gobierno dispuso, paralelamente, controles a las salidas de capitales.
Las restricciones redujeron la disponibilidad de efectivo en la población ya que, para utilizar el dinero inmovilizado
en cajas de ahorro y cuentas corrientes, los depositantes debían pagar con tarjera de crédito, cheque o tarjeta de
débito.
Cavallo consideró que esto sería beneficioso porque forzaría la bancarización de la población y contribuiría a
blanquear la economía y a mejorar la recaudación.
En términos productivos, laborales y fiscales, los resultados del plan de salvataje bancario fueron desastrosos. En
diciembre la industria cayó un 18% y se perdieron 24.000 puestos de trabajo. La recaudación impositiva se redujo un
28% y la del IVA un 40%.
La instauración del corralito demostró que el sistema financiero no podía sostenerse por sus propios medios en las
condiciones existentes, lo cual dio la pauta de que el sistema económico, tal como estaba, estaba quebrado y era
inviable.
La administración Menem- Cavallo promovió la extranjerización de los bancos, argumentando que, de ese modo, el
sistema contaría con el respaldo de las casas matrices que actúan como “prestamistas de última instancia”. Pero
ante la fuga de depósitos el único respaldo existente fue el Estado, quien proveyó 3.000 millones de pesos a través
del BCRA y, cuando eso no alcanzó, inmovilizó los depósitos obligando a los depositantes a actuar como prestamistas
del sistema bancario.
En suma, así como la concentración y extranjerización de la producción no sirvieron para mejorar el empleo y la
competitividad externa, la concentración y extranjerización bancaria tampoco sirvieron para garantizar la solidez del
sistema financiero.
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La retención de depósitos puso en cuestión el concepto de seguridad jurídica. El establishment recurre
frecuentemente a este criterio cuando algún gobierno decide cambios de normas que afectan sus intereses o cuando
la Justicia investiga negocios oscuros.
Sin embargo tanto el Estada como las grandes empresas someten a sus consumidores, clientes y trabajadores, a una
perpetua inseguridad jurídica violando contratos sobre prestación de servicios, regímenes laborales o, como sucedió
un diciembre de 2001, depósitos bancarios.
La instauración del corralito provocó una explosión social inesperada y original que trastocaría el escenario político.
Los depositantes atrapados en el sistema, salieron a protestar contra el gobierno y los bancos. El corralito, que había
terminado con la huida de depósitos y salvado al sistema financiero a costa de los depositantes, precipitó la caída del
gobierno.
El mapa del desastre
En dos años, el gobierno de la Alianza y el poder económico sumieron al país en lo que quizá sea la crisis más
profunda de su historia.
En los años 2000 y 2001, el PBI cayó más de un 5% y la industria más de 10%; la inversión interna fija 30% y la
inversión externa también se desplomó; el desempleo aumentó casi un 30%. El único indicar positivo fue el superávit
del comercio exterior, el cual se debió fundamentalmente a que la recesión provocó una abrupta caída de las
importaciones. Desde 1999 el gasto público se redujo pero el déficit aumentó por la caída de la recaudación. El
déficit fiscal consolidado más de las monedas paralelas (patacones) y bonos emitidos, se estima en un 5% del PBI.
Como consecuencia del déficit, de la asistencia externa y de las operaciones de canje, la deuda externa total
aumentó un 13%, pasando del 60% a más del 70% del PBI.
La Argentina se codeaba con países arrasados por crisis y guerras, política e institucionalmente destrozados y sin
futuro económico a la vista.
El default
En la madrugada del 20 de diciembre, ante el rechazo popular el gobierno se desprendió del Ministro de Economía y
renunció Fernando de la Rúa. Esto creó un vacío institucional, debido a que no existía vicepresidente. El mando
recayó en Adolfo Rodríguez Saá, quien permaneció en el cargo diez días. Su decisión económica más importante fue
la declaración del default parcial, consistente en el cese de pagos de la deuda con los bancos comerciales. Saá
renunció, Eduardo Duhalde, sería el encargado de reciclar el orden imperante con un nuevo sistema cambiario y con
la vieja práctica de descargar sobre la población más desprotegida los costos de la crisis.
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