Réquiem Por Un Campesino Español (Tema Ebau)
Réquiem Por Un Campesino Español (Tema Ebau)
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RÉQUIEM POR UN CAMPESINO ESPAÑOL de RAMÓN J. SENDER (Lit. del exilio español)
1939. Final de la guerra civil (no de la paz) y comienzo del exilio por parte de los
republicanos (si bien había comenzado a partir del golpe de estado el 18 de julio del 36).
Los primeros años tras el fin de la guerra fueron muy duros y España vivió en la autarquía:
cartillas de racionamiento, venta en el mercado negro (estraperlo), pobreza absoluta
mientras quienes habían apoyado el golpe de estado se apoderaban de las riquezas de los
republicanos…
El exilio no fue ordenado pero los países con más afluencia de exiliados fueron Francia e
Italia en Europa, México y Argentina en Hispanoamérica, y dentro de los Estados Unidos
los intelectuales exiliados fueron a universidades muy distintas a lo largo de todo el país.
En 1946 existían aún en España tres campos de concentración y ciento treinta y siete
campos de trabajo (Naciones Unidas condenó este año la dictadura nacionalcatólica) y en
el general Franco se concentraba el poder de un sistema que tenía tres pilares: las fuerzas
armadas, protagonistas de la rebelión antirrepublicana; Falange, como partido único; y la
Iglesia, legitimadora del nuevo régimen (los privilegios eclesiásticos y el poder del clero se
extienden a todos los ámbitos de la sociedad: prohibición del matrimonio civil y del
divorcio, introducción de la religión en la enseñanza pública…). Por hundir sus raíces en
estos pilares, este sistema no puede ser más que una dictadura.
El desarrollo de la guerra fría favoreció la permanencia del franquismo pues Estados
Unidos consideraba de gran valor estratégico el control de la Península. Así, la dictadura
aprovechó para ponerse a bien con los vencedores en la guerra: se rehúyen las referencias
al fascismo, deja de ser oficial el saludo del brazo en alto, se sustituye a los dirigentes más
afines a Hitler y Mussolini, se subraya el carácter anticomunista y católico del sistema…
Los acuerdos de 1953 se debieron a que para Estados Unidos, España era un punto
estratégico en el control del Mediterráneo; según estos pactos, el Estado español cedió
bases militares al ejército norteamericano y recibió como contrapartida ayuda económica y
respaldo político. España ingresó en la ONU en 1955 y en las instituciones económicas
internacionales. El proceso se afianzó con el Plan de Estabilización de 1959, que supuso
una reordenación de la economía española para integrarla en el capitalismo mundial.
❖ Contexto social:
donde los estudiantes protagonizan a partir de 1956 diversos enfrentamientos con las
fuerzas del orden.
Políticamente, el abandono del modelo económico autárquico aparta a Falange de la
dirección de la economía. Esta parcela de poder la ocuparán desde finales de los cincuenta
personalidades del Opus Dei, los llamados tecnócratas, un grupo de poder que conduciría
al país a la liberalización económica, al tiempo que su carácter integrista permitía el enlace
con el reaccionarismo tradicional, y aseguraba así el inmovilismo político del régimen.
❖ Contexto cultural:
❖ Contexto literario:
El exilio republicano supuso una cultura y unas literaturas que la dictadura franquista
condenó políticamente, entre 1939 y 1975, al silencio y al olvido.
La obra literaria del exilio republicano español fue, durante los años 40, muy superior
estéticamente a la publicada en la España franquista. Los célebres versos del poema «Hay
dos Españas», incluido en Ganarás la luz, que León Felipe publicó en 1943 ya durante su
destierro mexicano («Soldado, tuya es la hacienda, / la casa, / el caballo / y la pistola. /
Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante
por el mundo… / Mas yo te dejo mudo… ¡mudo! / y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a
alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?»), respondían a una realidad histórica y
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❖ Aunque Sender es coetáneo de la generación del 27, que también tuvo prosistas importantes,
la publicación de sus primeras obras, sobre todo Imán (1930) coincide con la renovación de
las corrientes vanguardistas. La aparición de esta novela se enmarcaba en un tipo de «novela
social» que se fragua en aquellos años y que tiene sus antecedentes en la literatura rusa
revolucionaria, en la novela antibelicista de postguerra y en la novela de denuncia cultivada
en España desde principios de siglo por autores como Felipe Trigo, y editoriales de avanzada
como Cénit, Oriente o Zeus contribuyeron a su difusión.
❖ La guerra civil acabó brutalmente con la ilusión de cambio y renovación de la sociedad que
había traído consigo la República. Se produjo un exilio masivo que supuso una fractura total
en la evolución de la cultura española, que se vio privada de figuras como Juan Ramón
Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Francisco Ayala, Max Aub, María
Zambrano, Juan Larrea, Rafael Alberti… mientras la férrea censura y el control ideológico del
régimen hicieron que lo más interesante se produjera y publicara fuera de España, con la
excepción de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo
o Gonzalo Torrente Ballester (Buero y Aleixandre lucharon desde dentro contra el régimen y
contra la censura).
❖ Dentro de la extensa nómina de autores en el exilio, en el género de la novela las figuras más
importantes son: Max Aub (destaca su ciclo narrativo sobre la guerra civil, serie en la que
analiza los orígenes del conflicto bélico, la guerra misma y los primeros y duros momentos del
exilio; también destacan sus numerosos cuentos: Crímenes ejemplares, Cuentos mexicanos, La
verdadera muerte de Francisco Franco y otros cuentos); Francisco Ayala (destacan sus colecciones
de cuentos Los usurpadores, La cabeza del cordero, De raptos, violaciones y otras inconveniencias, El
jardín de las delicias, El jardín de las malicias; todo lo que escribe en el exilio es una reflexión
sobre el poder y la violencia y sus secuelas de corrupción y degradación moral; y sus dos
novelas: Muertes de perro y El fondo del vaso); Rosa Chacel (en su literatura no hay el tono
dolorido y angustiado del destierro, sus libros continúan el proceso de indagación intelectual
en ambientes y psicologías de personajes propio de los seguidores de Ortega, como se aprecia
en su novela Memorias de Leticia Valle, sobre el despertar erótico de una adolescente, y en su
interés por el recuerdo y la memoria, que está presente en la trilogía novelesca de corte
autobiográfico integrada por Barrio de Maravillas, Acrópolis y Ciencias naturales) y el propio
Ramón J. Sender, además de Manuel Andújar, Arturo Barea (autor de la trilogía La forja de
un rebelde), Eduardo Blanco Amor, María Teresa León o José Bergamín.
❖ La caracterización de esta literatura del exilio es difícil debido a la dispersión geográfica y a la
heterogeneidad de sus componentes. La narrativa ofrece gran variedad temática:
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muerte del dictador, realizó un nuevo viaje con motivo de una exposición de su obra
pictórica. Se habló de una vuelta definitiva pero nunca llegó a ocurrir; comienza a resentirse
de una vieja dolencia bronquial y en 1982 fallece en su residencia californiana.
❖ La obra de Sender es muy extensa y variada. La actividad del periodismo no la abandonó en
toda su vida. Su producción literaria abarca un período de más de 50 años y se dedica sobre
todo a los géneros narrativos. En su obra se pueden establecer dos grandes etapas marcadas
por la guerra civil:
Primera época. Abarca toda su vida en España y se cierra con su marcha al exilio en 1939.
Hay una etapa inicial, Primeros escritos (1916-1924), seguida de una etapa de afirmación y
proyección que se inicia con su marcha definitiva a Madrid y el comienzo de su labor
periodística y la aparición de su primer libro El problema religioso en México (1928), y se
cierra con Contraataque (1937). Su labor periodística es capital, pero también es la época
de sus grandes novelas: Imán (1930), Siete domingos rojos (1932) y Mr. Witt en el cantón
(1935), que nos sitúan ante un escritor maduro y dueño de sus recursos, son el germen de
las variaciones temáticas de su obra posterior en el exilio.
Segunda época: el exilio. Se inicia en 1939 en México con Proverbio de la muerte (luego La
Esfera) y El lugar de un hombre y finaliza con su obra póstuma Toque de queda (1985).
Aunque sigue con el periodismo, este pasa a un lugar secundario. Dentro de la cuantiosa
producción de esta época tan extensa podemos distinguir dos etapas: los primeros años del
exilio en México y los Estados Unidos, hasta 1955-1960, y la segunda, que va desde esos
años hasta 1982.
❖ Aunque cultivó preferentemente la narración, no faltan en su obra incursiones en otros
géneros: en 1960 aparecen Las imágenes migratorias (poesía); El secreto (1935), obra de teatro a
la que seguirán Don Juan en la mancebía o Donde crece la marihuana; en sus últimos años
publica una serie de libros de memorias (Radiografías secretas, Monte Odina…) que carecen de
pretensiones de exactitud histórica si bien proporciona las claves de muchos de los textos
ubicados en su infancia y juventud; y ensayos y literatura periodística de temática muy
variada que nos ayudan también a la comprensión de sus planteamientos vitales y literarios.
❖ Su obra narrativa presenta series novelescas como Crónica del alba, novelas extensas como La
aventura equinoccial de Lope de Aguirre, novelas cortas como Réquiem por un campesino español,
además de relatos y narraciones breves que se recogieron con posterioridad en el volumen
titulado Relatos fronterizos. Es difícil establecer unas características y tipologías generales
debido a la gran variedad temática y formal de su obra. Son fundamentales en la obra de
Sender constantes como la preocupación por el hombre, pero la evolución en el tratamiento
de estas constantes y la incorporación de nuevos temas señalan su evolución.
❖ En su etapa española (1930-39) publicó siete novelas y un libro a medio camino entre la
novela y el relato personal, Contraataque; cinco están en la línea de una literatura
«comprometida» y dos son novelas históricas. En el exilio podemos dividir una primera etapa
de 1939 a 1960 con mayor frecuencia de novelas referidas al pasado (la España abandonada,
la guerra) y de novelas de ambiente mexicano, mientras solo publica una novela histórica; y
una segunda etapa en que aumenta la frecuencia de la novela histórica, y aparecen la España
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En la línea estructural exterior surgen tres planos narrativos: el de la espera, casi exento de acción
(presente); el de los recuerdos angustiosos del cura que reconstruyen la vida de Paco (pasado) —recuerdos
que marginalmente plasman la vida del pueblo (pasado y presente unidos en fusión atemporal)—; y el
plano muy sugerente del romance que recita el monaguillo (la voz, protesta implícita del pueblo que,
aunque rememora intermitentemente el pasado, adquiere también carácter atemporal en un impreciso
nivel de evocación poética). Cada uno de estos tres planos lleva consigo tres distintos niveles de enfoque,
o puntos de vista, expuestos todos en tercera persona: el punto de vista del narrador; el de los recuerdos
del cura, en los que insensiblemente se inmiscuye la voz del autor; y el impersonal y anónimo del
romance. La fusión de estos tres planos y sus correspondientes puntos de vista —en los que nunca
aparecen comentarios explicativos sobre personas, cosas o incidentes— da como resultado la fría y serena
objetivación de la fábula. Sobre todo, no hay introspección expresa ni elaboración psicologista (en el
único personaje en que cabría lo psicológico, mosén Millán, esta característica aparece por inferencia, por
insinuaciones indirectas, y no a través del análisis directo de sus reacciones). La tensa impaciencia del
cura permea sutilmente cada página del relato creando una marcada intensidad, serena y angustiosa al
mismo tiempo, sin que el autor trate de penetrar, de forma explícita y directa, en la conciencia del
personaje. El conflicto interno del cura surge solo, sin comentarios, en múltiples e implícitas sugerencias
que emergen de los hechos narrados. Por eso tal conflicto adquiere más fuerza, al crear indirectamente,
en evocación tácita, la tensión interna del relato. Así, el contorno psicológico del cura queda firmemente
delineado, no con las líneas nítidas de un dibujo ajustado a un modelo, sino con los vagos y más
sugestivos perfiles que los propios hechos van destacando, en contraste de claridades y sombras, a su
alrededor. Así, la acción real se diluye en una simple espera, en una tensa escena en la que domina lo
estático, y aún más estática es la figura de mosén Millán, que permanece inmóvil durante toda la novela y
solo se levanta del sillón al final para salir al presbiterio para comenzar la misa de réquiem. La línea del
desarrollo narrativo va desde el cura esperando al recuerdo de incidentes y tipos de la aldea; para volver
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intermitentemente al cura, quien con los ojos cerrados no hace nada ni dice casi nada. La acción física
comienza y termina en la pasividad inmóvil de la espera; es decir, el desarrollo estructural es circular, de
círculos concéntricos que se abren desde la figura inmóvil y expectante de mosén Millán en la sacristía, y
que van abarcando las diversas facetas de la vida de Paco al mismo tiempo que desarrollan estampas de la
vida de la aldea para volver una y otra vez al centro, a mosén Millán. Estos círculos, más o menos
concéntricos, nos llevan a la estructura interna del relato.
La novela tiene una estructura circular pues comienza y termina en el mismo punto: Mosén
Millán, en la sacristía, se prepara para celebrar una misa de réquiem por Paco el del Molino, asesinado
hace un año. Entre la primera página y la última transcurre poco más de media hora de tiempo real. En
ese intervalo, y según van llegando tres personajes, Mosén Millán repasa la biografía de Paco desde que lo
bautizó hasta que lo confesó para morir. En paralelo a los recuerdos del sacerdote y con efecto
dramatúrgico, el monaguillo va cantando un romance sobre el prendimiento y asesinato de Paco.
Aunque la obra no presenta ninguna división en capítulos, es evidente su división en secuencias
que alternan dos tiempos: el presente, la acción en la sacristía; y el pasado, los recuerdos de la vida de
Paco. Los fragmentos del romance que canta el monaguillo son el enlace entre los dos tipos de
secuencias. La novela consta de 17 secuencias de las que 9 pertenecen al presente y 8 al pasado, si bien
dos de estas se subdividen al quedar interrumpidas: el bautizo por una evocación olfativa y el recuerdo de
la boda por la llegada de don Gumersindo.
➢ La primera secuencia es la más extensa y significativa de las del tiempo presente. En ella
aparecen ya esbozados todos los elementos de la novela, sus protagonistas, sus conflictos y sus
actitudes. Se podría decir que es una especie de síntesis de la historia.
➢ Destaca la oposición entre la iglesia y el pueblo y el retrato moral y físico de Mosén Millán: su
actitud pasiva, su abatimiento, su angustia producida por los recuerdos y que se manifiesta en
la repetición inquieta y nerviosa de preguntas al monaguillo, y las referencias a su físico y a
su pobreza. “Sentado en un sillón con la cabeza inclinada”, “¿Han llegado los parientes?, ¿Hay
gente en la iglesia?”, “Era viejo y estaba llegando a esa edad en que la sal ha perdido su
sabor”, “Los zapatos tenían el cuero rajado por el lugar donde se doblaban al andar”…
➢ Nadie le ha encargado la misa que va a comenzar. Consciente o inconscientemente, cree con
ello pagar una deuda ya que su conciencia lo acusa. De aquí en adelante entraremos en el
mundo interior del sacerdote para escuchar una verdadera confesión.
➢ Las secuencias 2, 3 y 4 son muy breves. Sirven de soporte a la estructuración de la novela e
insisten en la caracterización de Mosén Millán. “Mosén Millán cerró los ojos y esperó”,”
Mosén Millán recordaba aquellos hechos y suspiraba bajo sus ropas talares, esperando con la
cabeza apoyada”. Contemplan también la inquietud del monaguillo.
➢ Las secuencias 5, 6, 7 y 8 recogen la aparición de los tres personajes ricos del pueblo
causantes del asesinato de Paco. Hay una descripción física y psíquica de cada uno de ellos, lo
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que nos va a permitir conocer mejor su conducta en las secuencias del pasado. Cuando están
todos en la sacristía, el monaguillo les avisa de que han metido en la iglesia el potro de Paco.
➢ Los tres caciques son conscientes de su culpabilidad. Ellos han llevado a la muerte a Paco y
quieren expiarla mediante lo único efectivo que conocen: el dinero. El sacerdote no acepta el
dinero como la única protesta posible, pero comparte con ellos la culpabilidad: “…creía tener
todavía manchas de sangre en sus vestidos.”
➢ En la última secuencia Mosén Millán ha terminado el repaso a la vida de Paco y la novela se
cierra patéticamente: expulsado el espíritu de Paco, el pueblo y los familiares ausentes en la
iglesia, Mosén Millán inicia una misa de réquiem por el alma de Paco, pero los cuatro
presentes saben que es una misa de expiación, de intento de limpiar sus conciencias.
Las 8 secuencias nos cuentan, a través de los recuerdos del cura, la vida de Paco desde su
nacimiento hasta su muerte. Se pueden distinguir dos partes diferenciadas:
Desde el punto de vista de la historicidad de los hechos, en esta novela la ficción aparece
mezclada con sucesos reales e históricos. En la 1ª parte el fondo histórico apenas aparece, los primeros
datos se insinúan a partir de la boda de Paco, el zapatero repite alegre: “En Madrid pintan bastos”.
Ya en la 2ª parte, a la vuelta de su viaje de novios, los acontecimientos históricos van
adquiriendo mayor relieve: “La bandera tricolor flotaba al aire en el balcón de la casa consistorial”, “En
Madrid suprimieron los bienes de señorío de origen medieval y los incorporaron a los municipios”. Los
hechos que se cuentan después (intimidaciones, terror, palizas, asesinatos…) son hechos cotidianos que
ocurrieron en miles de pueblos y ciudades a lo largo de la guerra.
Desde el punto de vista de las costumbres aldeanas, la 1ª parte es una visión idílica de una
comunidad rural, feliz, en la que las celebraciones profanas y religiosas se van sucediendo rítmicamente,
con la excepción del episodio de las cuevas que minimiza esa felicidad. Este mundo feliz cambia con el
anuncio del señor Cástulo y la vuelta de Paco de su viaje de novios. A partir de aquí el carácter idílico del
pueblo se sustituye por un clima de miedo, violencia y muerte.
Esta novela presenta los elementos básicos del problema rural español, en sus raíces más hondas y
al mismo tiempo más visibles. Es decir, los tres niveles de la difícil convivencia española: arriba, los
propietarios de las tierras; abajo, los campesinos, sumidos en la miseria. Y en medio el tercer factor, la
iglesia, que con su influencia moral bien orientada podría servir de enlace suavizador de tensiones
(posibilidad diáfanamente sugerida en el relato), pero que por la inercia de la historia, por su tradicional
actitud de preocuparse demasiado por intereses seculares, se alía con el dinero y el poder.
La condena de las injusticias sociales y la reivindicación de la dignidad del hombre son los
temas fundamentales de la obra, temas que expresan la preocupación moral del autor, su profunda
sensibilidad ante el sufrimiento humano y las injusticias. Sin embargo, estos temas son expresados con
serenidad y con ausencia de retórica efectista.
Otro de los temas importantes es el de las injusticias sociales. El libro plantea el drama de la
situación rural en la España de la Guerra Civil, donde el campo estaba en manos de un reducido número
de terratenientes. El autor critica las diferencias sociales, la miseria, el hambre de gran parte de la
sociedad española en el primer tercio del siglo XX frente a una rica aristocracia terrateniente, el régimen
de señoríos y el mundo de los caciques (don Valeriano). Paco toma conciencia de las injusticias sociales
por primera vez en el episodio de la visita al moribundo de las cuevas. Allí observa que el único mueble
que había era una silla desnivelada, que la lumbre estaba apagada por falta de leña y que sólo una
chaqueta vieja colgaba de una estaca, y esto le indigna. Incrementa su conciencia social cuando se entera,
por su padre, de que los campesinos de cinco pueblos vecinos tenían que pagar el arrendamiento de
pastos en el monte a un duque que nunca o casi nunca había pisado la aldea. Y pasa a la acción, para
intentar ayudar a los más débiles, tras las elecciones, animando a los cinco pueblos a reclamar sus
derechos y su dignidad y negándose a pagar al duque.
Otro de los temas importante unido a los anteriores es la reivindicación de la dignidad del
hombre, en general, y del campesino, en particular. La bondad y la integridad no se encuentran en las
personas con poder o dinero sino en la gente humilde: los ricos y los señoritos son los asesinos, ya actúen
directa o indirectamente; los pobres y los campesinos son las víctimas.
venidos de la ciudad que, por medio de las armas y la violencia acaban con las personas (Paco, sus
compañeros o las mujeres del carasol), pero no con las ideas. Hay en la obra una clara defensa y añoranza
de la República y sus ideales, si bien las referencias históricas solo aparecen aludidas y los conflictos se
reducen al problema agrario.
- El sacrificio, e incluso la muerte por conseguir la justicia social. El sacrificio de Paco no parece
que haya sido en balde, sus ideas se mantienen en el recuerdo de la gente y aunque la guerra,
aparentemente, deje las cosas igual que estaban, la lucha no habrá sido inútil. La muerte adquiere en la
novela diferentes manifestaciones:
- La muerte de los pobres que viven en las cuevas, carentes de medios y de higiene.
- La muerte -engaño y traición.
- La muerte por fusilamiento, la represión, el asesinato.
- La muerte bajo la forma de sacrificio en la persona de Paco.
- El mundo de la religión y el de las supersticiones se enfrentan en el conflicto Mosén
Millán-La Jerónima. El enfrentamiento entre una cultura ancestral y la cultura de las clases dominantes.
- El valor y la rebeldía (recordar el episodio del revólver en Paco, sus enfrentamientos, el episodio
de las elecciones).
- El tema de las fiestas populares, de los ritos y costumbres de carácter tradicional, tanto
religiosas (bautizo, comunión, confirmación, Semana Santa, extremaunción, procesiones, bodas…) como
profanas (los pequeños robos en las huertas, el inicio en el mundo de los adultos: baño desnudo en el
estanque, los juegos rurales: los bolos, los bailes, las rondas de mozos, las rondallas por las calles…)
Cualquier obra narrativa obliga a analizar en su técnica narrativa los siguientes elementos: el
narrador y el punto de vista narrativo, el tiempo y el espacio (los personajes forman parte de la
narración, pero aquí se estudian aparte).
Comencemos por el narrador y el punto de vista narrativo. Uno de los grandes aciertos de esta
novela reside en la manera de contarnos la historia a través de distintos narradores.
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Gracias a esta alternancia de los narradores –Mosén Millán inicia los recuerdos y Sender retoma
la narración- se consigue, por un lado, amenidad, y por otro, evitar que todas las secuencias del pasado se
reduzcan a un intento de autoconfesión de Mosén Millán, lo que hubiera dejado a un lado la carga
política y épica que tiene el libro.
1. Desde el punto de vista narrativo, se trata de un tercer narrador de las secuencias del
pasado; es una autor anónimo, colectivo al que el monaguillo sirve tan solo de
divulgador.
2. En cuanto a las escenas del presente, el monaguillo va delimitando lo que hay de
leyenda y de verosimilitud en el relato, ejerciendo así la función de testigo a la vez
inocente y veraz, p. ej.: “Eso de llorar no era verdad, porque el monaguillo vio a Paco y no
lloraba”.
3. Por último, el romance simboliza —al igual que el potro— la permanencia de Paco y de
su ejemplo. La muerte de Paco se ha convertido ya en una leyenda que es peligroso
recordar (don Gumersindo dice al monaguillo: “No lo digas todo, zagal, porque aquí el
alcalde te llevará a la cárcel”).
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La escena de la sacristía a su vez es posterior a la vida de Paco. En esta escena transcurre muy poco
tiempo y muy lentamente (una media hora, un tiempo similar al que se tarda en leer la novela). Es una
escena casi estática.
Los recuerdos de la vida de Paco aparecen narrados en un pasado anterior respecto a la escena de
la sacristía. En este plano se pueden señalar tres partes muy diferenciadas: infancia y adolescencia, cuyo
ritmo es lento y pausado y se narran los acontecimientos con detalle (también su estilo estará lleno de
lirismo), abarca aproximadamente los primeros quince años de la vida de Paco; una etapa de transición
(noviazgo y boda) que participará de los rasgos de las otras dos; y la otra parte bien diferenciada abarcaría
desde la proclamación de la República (abril del 31) hasta el verano del 36. El ritmo de los
acontecimientos se va haciendo progresivamente más rápido hasta precipitarse al final. Así tendremos
secuencia 6: II República (5 años); secuencia 7: 18 de julio-denuncia de Mosén Millán (1 semana);
secuencia 8: prendimiento y muerte de Paco (1 día).
Este juego presente-pasado está resuelto con especial maestría porque se van intercalando los dos
tiempos; porque el ritmo de la historia del pasado va avanzando cada vez más rápidamente, aumentando
el interés por el final y por la introducción de nuevos interlocutores en las escenas del presente: el cura y
el monaguillo, y después cada uno de los caciques. Además, el potro en la última escena sirve para dar
dramatismo y acción a un presente que quizá era un poco monótono y estático.
Así la historia va avanzando con dos velocidades muy distintas: una lenta en las escenas del
presente y otra cada vez más acelerada en las del pasado, para confluir al final: “La muerte de Paco estaba
tan fresca que Mosén Millán creía tener todavía manchas de sangre en sus vestidos”. Esta coincidencia final de las
dos historias viene reforzada porque en ese momento termina su relato el monaguillo: “…y rindió su postrer
suspiro al Señor de lo creado. Amén.”
El romance es ATEMPORAL. Su función es marcar la transición entre las escenas de la sacristía y
los recuerdos del sacerdote incorporando un nuevo punto de vista que en su primer fragmento ya
anticipa el desenlace. Es un romance fragmentado de carácter noticioso semejante por su forma a los
romances de ciego y de sucesos que aún se difundían en el siglo XIX. Los fragmentos no aparecen en
orden sucesivo, porque el monaguillo no lo recuerda completo. Para subrayar su función de memoria
colectiva, será paradójicamente Mosén Millán quien nos diga los versos que se refieren a él: Pero el cura
quería evitar que el monaguillo dijera la parte del romance en la que se hablaba de él: «aquel que lo bautizara,
Mosén Millán el nombrado, en confesión desde el coche le escuchaba los pecados.»
Simbólicamente el romance es la voz de la aldea, de los amigos de Paco ausentes en la iglesia. Es
la permanencia de la memoria colectiva frente al silencio impuesto, convirtiéndolo en una leyenda fuera
del alcance de sus enemigos y por encima de ellos.
Terminaremos con el análisis del espacio. Sender sitúa la obra en una “geografía imaginaria” en la
que se integran los lugares más significativos de su juventud aragonesa. La aldea es imaginaria, (al igual
que otros lugares literarios que solo existen en la mente de los autores: Macondo, Villanea, Vetusta,
Ficóbriga…). No olvidemos que el propio autor denominó al espacio mítico del mundo novelesco
relacionado con su pasado con el nombre de «territorio».
En otro sentido, es también interesante la diferenciación de espacio y toda la carga simbólica que
ello implica: en la sacristía el espacio es cerrado y contrasta con los espacios abiertos que marcan la vida
de Paco.
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A nivel general la mayor parte de los caracteres de esta narración, en una de sus dimensiones, son
arquetipos esquemáticos de la vida rural española, aunque en su humanidad rebasan el concreto marco
geográfico en que viven: Paco, personificación simbólica del campesino español; mosén Millán, de la
Iglesia; la Jerónima, de la superstición popular, de lo pagano; el zapatero, del escepticismo anticlerical; el
viejo moribundo en la cueva, de la miseria extrema… Las mujeres del carasol vienen a formar con sus
chismes una especie de eco de los acontecimientos que recuerda el coro de la tragedia griega. El
esquematismo de estos caracteres es un factor más de la concisión y austeridad del relato.
La novela aparece centrada en torno a dos personajes: Mosén Millán y Paco. Se trata de dos
víctimas a las que Sender llama “culpables de inocencia”. Pasamos al análisis de todos ellos.
héroe. Pero el romance, por lo que tiene de leyenda y mito, es a la vez recuerdo y acusación y
debe ser proscrito: «-No lo digas todo, zagal, porque aquí, el alcalde [por don Valeriano], te llevará a
la cárcel».
➢ El sentimiento de culpa, MOSÉN MILLÁN. El cura desempeña un papel principal tanto
porque ocupa el primer plano temporal como porque nuestro conocimiento de Paco es
básicamente el de la relación de mosén Millán con él (de la que hablaremos a continuación).
«Este humilde ministro del Señor ha bendecido vuestro lecho natal, bendice en este momento vuestro
lecho nupcial [...], y bendecirá vuestro lecho mortal, si Dios lo dispone así». Son los tres momentos
principales de la novela y en ellos se demora Mosén Millán, cuyos recuerdos presentan un
ritmo alternante de aproximación/alejamiento en su relación con Paco: proximidad (bautizo
y niñez), alejamiento (mocedades), proximidad (boda), alejamiento (reformas políticas),
proximidad (prendimiento y muerte). Parece un relato enmarcado por la espera del cura,
pero va mucho más allá: asistimos al torturante examen de conciencia de un hombre débil,
víctima de su formación, sus creencias y de una larga tradición de sumisión: don Valeriano y
el duque habían contribuido al mantenimiento de la iglesia y «Mosén Millón no conocía el vicio
de la ingratitud». Protesta débilmente ante la feroz represión de los campesinos y se le concede
-¡qué sarcasmo!-que pueda confesarlos. Cuando don Cástulo le cuenta riendo el
ametrallamiento del carasol se horroriza, pero «aquel hombre no había denunciado, tal vez, el
escondite de nadie. ¿De qué se escandalizaba?». Mosén Millán es un personaje mucho más
complejo que Paco. Siempre lo vemos vacilante, indeciso, con una conciencia de culpabilidad
que lo abate. Una personalidad marcada por la aceptación resignada del estado de la
sociedad, a pesar de lo injusta que es: el episodio de las cuevas y las discusiones con Paco
acerca de las tierras del duque lo confirman. El estallido de la guerra y la llegada de los
señoritos lo ponen a prueba y es ahora cuando su actuación lo convierte en culpable, al
menos ante su conciencia. Hasta entonces era un personaje querido y respetado por casi
todos, bondadoso con los niños, pobre y sencillo, predicaba la comprensión y la esperanza
cristiana. Pero las circunstancias de 1936 no le permiten permanecer al margen de lo que está
pasando: cuando el centurión le dice que “quien no está con nosotros está en contra”, cede y
revela el escondite de Paco. Aquí está la clave de su angustia, el porqué de su abatimiento. Él
mismo se lo repite, recordando las últimas palabras de Paco: “Él me denunció…Mosén Millán,
Mosén Millán…” El sentimiento de culpabilidad ya no le abandonará, por eso no salía de casa
sino para decir la misa, ni había llevado aún el reloj y el pañuelo de Paco a sus familiares, “la
muerte de Paco estaba tan fresca que Mosén Millán creía tener todavía manchas de sangre en sus
vestidos”. Es fundamental subrayar la soledad de Mosén Millán, solo en la sacristía, solo en la
iglesia. Para los ricos es un instrumento y el pueblo ya no acude. La relación entre Paco y
Mosén Millán va evolucionando a lo largo de la novela. Desde el bautizo hasta la confesión
final, el cura está presente en todos los hechos fundamentales en la vida de Paco, pero a
partir de la visita a las cuevas, Paco se va alejando de la iglesia. El último encuentro tendrá
lugar al final: en el coche del señor Cástulo. Es la escena más patética de la novela. Paco se
nos muestra aquí como un ser menos esquemático: acosado, se revuelve contra el cura, se
rebela contra su injusto final, no deja de pensar en los demás, y también vemos cómo siente
miedo. Mientras, el cura, solo sabe reconfortarle con estériles consuelos espirituales: “Me han
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engañado a mí también. ¿Qué puedo hacer?” y consciente del paralelo de Paco con Jesucristo, le
dice “A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió con su propio Hijo, que era
más inocente que vosotros tres”. Pasividad del cura que contribuye a romper definitivamente el
vínculo que les unía.
➢ Los personajes de las clases acomodadas, CULPABLES DE LA MUERTE DE PACO. Los
«pudientes» están representados por don Valeriano, don Gumersindo y don Cástulo. Son,
aunque no empuñen las armas, los «victimarios». Los tres querrán pagar la misa de réquiem y
por tres veces mosén Millán rehusará el estipendio, que entre los tres suma curiosamente
treinta pesetas (Judas recibió treinta monedas por entregar a Cristo). Su posición la define
mosén Millán en su primer monólogo al inicio de la novela: «Casi toda la aldea había sido
amiga de Paco, menos las dos familias más pudientes: don Valeriano y don Gumersindo. La tercera
familia rica, la del señor Cástulo Pérez, no era ni amiga ni enemiga». Don Valeriano,
administrador del duque y propietario él mismo, es la cabeza visible de la reacción. Aparece
descrito como individuo con pretensiones de distinción. Nombrado alcalde por los fascistas,
dirige la represión. Sus palabras al llegar a la sacristía -«Mosén Millán, el último domingo dijo
usted en el púlpito que había que olvidar. Olvidar no es fácil, pero aquí estoy el primero» son de una
hipocresía condescendiente, como si el ofendido fuera él. Sender tiene aquí un nuevo
descuido: tras el asesinato del zapatero, las mujeres del carasol «se ponían a insultar con voz
recelosa a las mujeres de los ricos, especialmente a la Valeriana y a la Gumersinda» mientras que en
la entrevista con Paco nos lo describe «mirando al techo y jugando con el guardapelo de la difunta».
Don Gumersindo, de quien solo conocemos las botas y la costumbre de hablar de su propia
bondad -como el fariseo de la parábola-, es simple comparsa y eco del anterior. Don Cástulo
Pérez, «carácter fuerte», ni amigo ni enemigo, va a la suya y procura estar a bien con el poder.
Los otros no se fían de él en el momento de la conspiración. Su modo de colaborar se limita
a prestar su coche -entonces un bien escaso-, ya sea para conducir a los novios a la estación, ya
para «dar el paseo» durante la represión. Aunque no siente piedad por las atrocidades,
tampoco denunciará a nadie, lo que hace a mosén Millán sentirse peor.
➢ La familia de Paco. Modestos agricultores con cierta independencia económica a fuerza de
trabajar de sol a sol. Se compone de dos mujeres: la madre y Águeda, primero novia y luego
esposa, cuyo retrato es algo más detenido. Desempeñan un papel funcional y escaso salvo en
las escenas donde son imprescindibles: nacimiento y boda. El padre tiene mayor relevancia
por ser el modelo vital de Paco y porque sus comentarios a partir del episodio de las cuevas
contribuyen a moldear la personalidad de Paco, que le había oído decir «que había gente en el
pueblo que vivía peor que los animales, y que se podía hacer algo para remediar aquella miseria», o el
sarcasmo de enviar a Paco a preguntar al cura si es cabal o no el arrendamiento de pastos.
➢ El zapatero. Es amigo de Paco. En su composición apuntan elementos folclóricos: siempre
descontento, hablador y gracioso, se mete con la Jerónima llamándola bruja y dirigiéndole
una sarta de insultos muy graciosos. Ventea la tragedia y su neutralidad no lo librará de ser
apaleado y fusilado por los «pijaítos» de la ciudad.
➢ La Jerónima. Bruja y ensalmadora, vieja y con la «pata reumática», representa el mundo de la
superstición, de las creencias ancestrales que tanto el cura como el médico pretenden
combatir, cada uno a su modo. Su dominio es el «carasol», donde ejerce su autoridad. Se la
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tenía por medio bruja: recitaba extraños conjuros en “latinajos”; con sus habladurías “agitaba
un poco las aguas mansas de la aldea” y tenía sorprendentes capacidades de adivinación. En la 1ª
escena de la vida de Paco ya se enfrenta con el cura (episodio de los amuletos y el escapulario)
y manifiesta claramente su voluntad de convertirse en la “madre espiritual de Paco: El chico
será lo que tenga que ser. Cualquier cosa menos cura”. Cuando ve que Paco sigue la huella del
cura, no deja de lanzar puyas contra el sacerdote. Y cuando contempla el distanciamiento de
los dos hombres se alegra. La pintoresca relación de la Jerónima y el zapatero es cómica y
patética: cómica por la sarta de insultos que le propina el zapatero durante la boda; patética al
final, cuando la Jerónima, tras el asesinato del zapatero, se siente culpable no del hecho sino
de burlarse de la paliza que le habían dado y que era el anuncio de su destino.
➢ El médico. Frente a la Jerónima, que simboliza la irracionalidad, la superstición y la
tradición, el médico representa la racionalidad moderna e ilustrada, que se refleja también en
el apelativo que le aplica a Paco, «Cabarrús» (nombre de un financiero y político ilustrado
cuya actividad se centró en la reforma económica del estado y que redactó el informe que
decidió la desamortización de los mayorazgos en subasta pública). Pero en esta historia
también la racionalidad sufre la represión y está en la cárcel cuando las mujeres del carasol
son ametralladas.
6. ANÁLISIS DEL ESTILO DE LA OBRA Y LOS SÍMBOLOS (PARA RELACIONAR CON LOS DEL FRAGMENTO).
El estilo de la obra es sencillo y natural. Lo escueto del relato, toda una vida en unas pocas
páginas, obligan al autor a ceñirse a lo esencial prescindiendo de elementos superfluos.
Frases sencillas, cortadas, sugerentes y ausencia de ornamentación en las parcas descripciones,
sobre todo de ornamentación adjetival, son rasgos característicos de Réquiem. Dominan de forma absoluta
los verbos y los nombres (los pocos adjetivos que aparecen son verdaderamente importantes). La prosa es
tersa, sobria, sin énfasis.
En la novela encontramos pocas descripciones, y las que hay se integran en la narración. Los dos
únicos lugares que se describe con cierta detención son la sacristía (el mundo de Mosén Millán) y la cueva
de las afueras (lugar que marca el destino futuro de Paco). Con pocas palabras y menos adjetivos describe
el carasol, el lavadero, la casa de la novia, la de don Valeriano y la plaza del pueblo. También están
escuetamente descritos los personajes: Mosén Millán, don Valeriano, don Gumersindo, el zapatero y la
Jerónima.
Las partes narrativas presentan diferencias de estilo:
A) En las secuencias del presente (la acción en la sacristía), la casi ausencia de acción se
contrarresta con las reflexiones de mosén Millán, las preguntas del monaguillo y los
diálogos con los tres personajes que van llegando; abunda el diálogo, por lo que el tono es
más tenso.
B) En las del pasado (los recuerdos de la vida de Paco) al principio, hasta el regreso del viaje
de bodas, el narrador se va demorando en cada uno de los hechos, como participando en
ellos. Sin embargo, en las últimas escenas, desde la llegada de los señoritos, hay un cambio
radical: las atrocidades se narran con frialdad, con un distanciamiento que sorprende
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(como si los personajes que van muriendo —el zapatero, los concejales, las mujeres del
carasol— fueran unos desconocidos). Los motivos de este cambio son:
✓ Hacer más claro el contraste de la violencia final con la paz del principio,
✓ No caer en el sentimentalismo,
✓ Realzar el carácter simbólico de la novela (los muertos representan la masa de
inocentes asesinados durante la Guerra Civil), y al estar los hechos contados desde
el punto de vista del cura, este no quiere detenerse en acontecimientos de los que se
siente culpable.
Los diálogos no escasean, pero no son muy extensos. En las escenas del presente, el cura solo
pregunta al monaguillo y escucha sin responder a los ricos del pueblo. En las escenas del pasado los
diálogos sirven para acercar al lector los hechos narrados y dar una impresión mayor de realismo e
inmediatez: ayudan al lector a “ver” las escenas al tiempo que va leyendo. Otras veces el diálogo
intensifica el dramatismo de la acción, como ocurre en las escenas dialogadas más importantes: Paco y
mosén Millán a la salida de las cuevas; Paco y don Valeriano en casa de este y Paco y el cura antes del
fusilamiento. En todos los casos el diálogo sigue la técnica tradicional, precedido de verbo dicendi.
En cuanto al vocabulario, abundan los términos religiosos y campesinos, propios de la historia
que se nos cuenta: términos referentes a vestidos y ropas litúrgicos, objetos de culto, fiestas religiosas,
faenas del campo, sonidos de animales, instrumentos musicales, árboles y frutos.
Es frecuente el uso de aragonesismos y catalanismos: “mosén, cotovías, pijaítos, nen, birlas,
Marieta”…, que contribuyen a localizar la acción (una aldea aragonesa próxima a Lérida).
También aparecen elementos propios del lenguaje coloquial para resaltar el realismo de las
situaciones:
Frente a esta avalancha de términos populares apenas hay términos cultos: “especulaban, exprofeso,
subterfugio, mensaje vejatorio”…
La adjetivación es escasa y con respecto a la sintaxis prefiere los periodos breves, sencillos, sin
ningún tipo de rebuscamiento (incluso la rapidez con que se escribió la obra se deja ver en algunas
incorrecciones). Es frecuente que el orden normal de la frase castellana se altere (verbo + sujeto) para dar
mayor rapidez a la frase: “Iba y venía el monaguillo”, “Vivía todavía la Jerónima”. Otras veces, y por influjo
del inglés debido a su exilio americano termina las frases con un verbo: “Nadie más que el padre de Paco
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sabía dónde su hijo estaba” o incluye anglicismos. Usa frecuentemente pronombres enfáticos: “Yo la pago, la
misa”, gerundios poco correctos en castellano también por influencia del inglés: “e hicieron discursos que
nadie entendió, hablando del imperio” (que hablaban); y también presenta un uso irregular de las comas.
En cuanto a las figuras literarias, Sender las utiliza para intensificar el dramatismo de la historia,
no para presumir de escritor culto, de ahí que escaseen en la novela. Las más frecuentes son dos:
injusticia, que intentaron no ver lo que estaba pasando, cerrar los ojos; él es la representación
de la no-acción, del pecado de omisión cuyo remordimiento lo acompañará siempre; por eso
algunos críticos han querido ver cierto paralelismo entre Paco-Jesucristo / mosén Millán-
Judas.
➢ INTERPRETACIÓN ANTROPOLÓGICA (OPOSICIÓN LA JERÓNIMA – MOSÉN MILLÁN). Según esta
interpretación, la novela trata de la historia anónima de una colectividad campesina con sus
propias reglas, costumbres y formas de pensar y a la que un hecho externo y casi
incomprensible (la llegada de los señoritos de la ciudad, su violencia y destrucción) trastoca
su modo de vida. Aquí mosén Millán representa, además de su papel religioso, un elemento
de orden, de respeto por lo establecido; mientras que la Jerónima es un ejemplo de un modo
de vida más ancestral y primitivo, en constante oposición con el sistema. Ambos tienen su
propio feudo, al que el otro nunca se acerca y siempre desprecia. La iglesia es el dominio del
cura y el carasol y el lavadero lo son de la Jerónima. Ambos se oponen radicalmente, como se
aprecia en el siguiente esquema:
IGLESIA CARASOL
Preside Mosén Millán Preside la Jerónima
Regida por hombres Regido por mujeres
En el centro del pueblo En las afueras
Símbolo del poder establecido Refugio de gente humilde y marginal
Decae ante la República En alza y esperanza con la República
Con la llegada de los forasteros vuelve Los falangistas ametrallan a las mujeres en el
su poder carasol
El carasol, además, desempeña la función de periódico oral en una sociedad en la que mucha
gente era analfabeta (durante la guerra civil, la gente que en los pueblos sabía leer, leía las noticias en voz
alta a sus vecinos a una hora determinada para que supieran lo que en realidad ocurría). En el carasol se
cuenta, exageradamente casi siempre, lo que pasa en el pueblo entre bromas, chismes y frases de doble
sentido. Ese refugio de mujeres representa también la supervivencia del poder matriarcal de tantas
comunidades antiguas. Además, la alegría y el ambiente festivo del carasol en la primera parte de la
novela contrastan con la soledad y la muerte que reina en el lugar en la segunda parte tras el paso con las
ametralladoras.
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