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El Ajedrez Pablo Matilla

El documento habla sobre cómo el autor aprendió a jugar ajedrez de manera más profunda gracias a su tío durante un verano, donde pasaban las mañanas y noches jugando y estudiando el juego.
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El Ajedrez Pablo Matilla

El documento habla sobre cómo el autor aprendió a jugar ajedrez de manera más profunda gracias a su tío durante un verano, donde pasaban las mañanas y noches jugando y estudiando el juego.
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El Ajedrez. Pablo Matilla.

Empecé a jugar al ajedrez y, como casi todo, me lo tomé al principio con mucho ímpetu.
Aunque ya sabía lo básico sobre el juego, no aprendí a jugar con más profundidad hasta el
verano del año 99 o 2000.

Fue gracias a mi tío. Mi tío es, en cierto sentido, un ser con ciertas características mitológicas.
Al menos para un chaval de 14 años nacido en los ochenta.

Es cubano, procedente de la ciudad de Matanzas, mide casi dos metros, tiene el pelo y la barba
blancos. Estudió Física Nuclear en la URSS: en Minsk (Bielorrusia) y Járkov (Ucrania), después
trabajó unos años en Kiev y también en Ustilimsk (Siberia). Allí, además de aprender ruso, se
divirtió ganando a sus compañeros soviéticos jugando al ajedrez.

En n, mi tío constituía en el año 2000 una gura bastante enigmática, sobre todo cuando le oía
hablar por teléfono en ruso, a una velocidad endiablada, gesticulando por la casa mientras,
como si nada, me iba ganando una partida tras otra durante aquel verano.

Pero la decisión de pasar un verano entero junto a él, jugando y estudiando ajedrez de la
mañana a la noche durante todas mis vacaciones, se gestó algunos meses antes.

Yo estaba en casa de mis tíos, en el poco mítico Oviedo, jugando solo con el tablero, (aún no
tenía mucha idea) y me dedicaba a mover las piezas sin ton ni son. Mi tío se acercó y dijo:

—Coloca las piezas, vamos a echar una partida. Yo con negras.

Y se fue a algún otro lado de la casa.

Yo coloqué las piezas y moví, supongo que el peón de rey. Él se asomó al salón y desde la
puerta miró el tablero. Dijo: —e5.

Yo le puse cara de no entender. Entonces se acercó y movió el peón de rey. Luego supe que
existía una (dos, de hecho) maneras de transcribir los movimientos del ajedrez, y que eso
permitía jugar a distancia, reproducir partidas para aprender de los demás, o de los errores
propios cometidos en partidas anteriores.

Se pasó la partida entera moviéndose por la casa, atendiendo otros temas o hablando por
teléfono, mientras yo pasaba largos minutos ante el tablero, pensando cómo coño aquel
hombre podía hacer eso. Entonces, sin tener un plan muy claro, movía una pieza. Él llegaba,
echaba un vistazo al tablero, y movía sin pensárselo dos veces. Con cada movimiento mi
situación sobre el tablero empeoraba, hasta que, rápidamente, perdí la partida.

Joder, yo quería hacer eso.

Así que pasé el verano entero con él jugando al ajedrez. Aprendí mucho y me divertí mucho.
Nos levantábamos por la mañana y el tablero mantenía la posición que habíamos dejado la
noche anterior, seguramente ya demasiado cansados como para seguir pensando.

Teníamos una Biblia: el libro Mosaico ajedrecístico, escrito por Anatoli Kárpov y por Evgueni
Guik.

Era una traducción al castellano de la Editorial Raduga, de Moscú, que se había traído mi tío de
Rusia al venir a España. Tenía una ilustraciones preciosas.
Recuerdo que, una vez, leyendo antes de irme a dormir un capítulo sobre la Variante del
Dragón de la Defensa Siciliana, me quedé fascinado con la ilustración del libro, un dragón de
múltiples cabezas.

Tuve pesadillas con aquel dragón.

Y, como si nada, el verano terminó. Durante aquellos 3 meses había aprendido muchas cosas
sobre ajedrez: la apertura Española, la Caro-Kann, la variante Scheveningen de la Siciliana; y los
Alekhine, Petrosian, Lasker, Capablanca y compañía... eran ya nombres habituales. Conocía la
manera de transcribir y leer partidas, y empezaba a entender un

poco más el juego. Para ganarme, mi tío tenía que esforzarse un poco más que antes y por lo
general se quedaba toda la partida delante del tablero. Aunque nunca pasé de ser un jugador
mediocre, conseguí un nivel aceptable.

Cuando vuelvo a casa, busco en los estantes y siempre acabo echando un vistazo a Mosaico
ajedrecístico, sus ilustraciones pasadas de moda, su cuidada tipografía, las impresiones de
Karpov sobre algún movimiento brillante...

Casi todo en mi vida tiene que ver con libros y palabras. Mosaico ajedrecista es importante
para mí por la época que representa, por lo que es, por lo que tiene de inicio de una curiosidad
que ya nunca más se iba a cerrar: Rusia, sin darme cuenta, había entrado en mí y poblaba ya
mi imaginación.

Aún hoy echo alguna partida con mi tío, aunque hace ya muchos años que no juego ni estudio
ajedrez. Como siempre, con su imponente gura de pelo y barba blanca, me sigue ganando con
una facilidad que enerva a mi yo competidor.

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